martes, 16 de mayo de 2017

Los amigos

Silvina Ocampo


Sucedieron muchas desventuras en nuestro pueblo. Una inundación nos incomunicó con el centro de la ciudad. Recuerdo que durante dos meses no pudimos ir al colegio ni a la farmacia. Con las correntadas del río que desbordó, algunas de las paredes de la escuela se derrumbaron. Al año siguiente, una epidemia de fiebre tifoidea mató a mi tía, que era una mujer piadosa pero severa, a la maestra y al cura de la parroquia, que mis padres estimaban tanto. En tres semanas ocurrieron treinta casos mortales. Casi todo el pueblo estaba de luto y el cementerio parecía una exposición de flores y las calles un concierto de campanas.
Mi amigo Cornelio vivía en el segundo piso de nuestra casa. Teníamos siete años. Éramos como hermanos, porque nuestras familias eran muy unidas. Compartíamos nuestros juegos, nuestros padres, nuestras tías, nuestras comidas. Íbamos juntos al colegio. Cornelio aprendía fácilmente cualquier lección, pero no le gustaba estudiar. Yo aprendía con dificultad, pero me gustaba estudiar. Cornelio detestaba a la maestra; yo la quería.
–Va a ser un santo –decía tía Fermina tristemente.
–Ya se le pasará –decía tía Claudia, que se asemejaba a un ñandú–. No hay que afligirse.
Como un ñandú sacude sus alas, ella sacudía sus hombros al hablar.
–¿Qué mal hay en ser un santo? –decía bruscamente mi madre.
–Si fuera tu hijo, no te haría gracia –respondía la madre de Cornelio.
–¿Por qué? ¿Acaso no conviene estar bien con Dios?
–El cilicio, el ayuno, el retiro –pronunciaba la madre de Cornelio, pausadamente, con terror y asimismo con deleite.
–¿Te agradan más el alcohol, las mujeres, la política? ¿Tienes miedo que te roben a tu hijo? Dios o el mundo te lo quitará.
–¿Dios? Es más serio.
Nuestras madres sonreían melancólicamente, como si hubieran llegado a un acuerdo. Yo escuchaba en silencio. Había visto a Cornelio con su delantal blanco, con un misal en la mano, arrodillado frente a la ventana, rezando, a horas inverosímiles. Cuando yo entraba en el cuarto, fingía, ruborizado, estudiar un libro de gramática o de historia y rápidamente ocultaba el misal, debajo del asiento o en un cajón, para que yo no lo viera. Yo me preguntaba ¿por qué se avergüenza de su piedad? ¿Rezar era para él como jugar a las muñecas? Jamás me demostraba su confianza ni me hablaba de cuestiones religiosas. A pesar de nuestros pocos años, éramos como hombres y con desparpajo hablábamos de noviazgos, de casamientos, del acto sexual. Esto desdecía de la actitud mística y recatada de Cornelio.
–Cuando rezo para pedir una gracia, me la conceden –me dijo un día, canturriando con orgullo.
Repetí la frase a mis tías, que la comentaron durante mucho tiempo. Atribuían la devoción de Cornelio a las profundas impresiones que recibió durante las catástrofes que habían asolado al pueblo. Que un niño de nuestra edad, hubiera visto en un lapso de tiempo tan corto, tantos muertos, tenía que dejar huellas en su alma. Si estos acontecimientos no habían influido en mi carácter, era por mi natural insensible y un poco perverso. El misticismo de Cornelio se había iniciado antes de que ocurrieran la inundación y la epidemia; era absurdo, por lo tanto, atribuirlo a tales hechos. Oscuramente yo advertía el error en que incurrían todas estas personas mayores, pero mi costumbre fue siempre callar y aceptar. Acepté, pues, mi papel de niño perverso, en oposición a Cornelio, que era la sensibilidad y la bondad personificadas. No dejé de sentir celos y admiración por el involuntario culpable de mi inferioridad. Frecuentemente, encerrado en el cuarto, lloré por mis pecados, pidiendo a Dios que me otorgara el favor de volverme parecido a mi amigo.
La dominación que ejercía Cornelio sobre mí era grande: jamás quise contrariarlo, ni disgustarlo ni herirlo, pero él exigía que lo contrariara, que lo disgustara, que lo hiriera.
Un día se disgustó conmigo porque le quité el cortaplumas. Para que no me desdeñara yo tenía que recurrir a tales estratagemas. Otro día que le quité la caja de útiles, me golpeó y me arañó.
–Si volvés a tocar otra cosa mía, pediré que te mueras –me dijo. Me reí.
–¿No me creés? ¿Acaso no hubo una inundación y una epidemia hace un tiempo? ¿Creés que fue por casualidad?
–¿La inundación? –interrogué.
–Yo la obtuve. Fue obra mía.
No dijo, quizá, esas palabras; pero habló como un hombre y sus palabras fueron precisas.
–¿Y para qué?
–Para no ir al colegio. ¿Para qué va a ser? ¿Para qué se reza?
–¿Y la epidemia? –susurré, conteniendo la respiración.
–También. Ésa me dio menos trabajo todavía.
–¿Y para qué?
–Para que matara a la señorita y a mi tía. Puedo conseguir que mueras vos, si me da la gana.
Reí, porque sabía que iba a despreciarme si no lo hacía. En el espejo del armario, frente a nosotros, vi que yo estaba haciendo una mueca. Se me heló la sangre y en cuanto pude fui a contar a las tías el diálogo que tuve con mi amigo. Las tías rieron de mi aflicción.
–Es una broma –dijeron–. El niño es un santo.
Pero Rita, mi prima, que parecía una viejita y que escuchaba siempre las conversaciones, dijo:
–No es un santo. Ni reza a Dios. Tiene un pacto con el demonio. ¿No vieron su libro de misa? La tapa es igual a todas las tapas de los libros de misa, pero lo que lleva escrito adentro es diferente. No se entiende nada de lo impreso en esas páginas horrorosas. ¿Quieren verlo? Trae el libro –me ordenó–. Está en el cajón de la cómoda, envuelto en un pañuelo.
Vacilé. ¿Cómo iba a traicionar a Cornelio? Los secretos son sagrados, pero la debilidad venció. Fui al dormitorio de Cornelio y, temblando, traje el libro de misa, envuelto en el pañuelo. Mi tía Claudia desanudó las puntas del pañuelo y sacó el libro. Una hoja superpuesta estaba pegada sobre la hoja original. Alcancé a ver los signos indescifrables y los dibujos demoníacos que Rita había descrito.
–¿Qué hacemos? –dijeron mis tías.
La madre de Cornelio me devolvió el libro y me ordenó:
–Puedes guardarlo donde lo encontraste –y dirigiéndose a Rita, le dijo–: Merecerías que te denuncie por calumnias. ¡Ah, si estuviésemos en Inglaterra!
Mis tías hicieron un chistido como de lechuza ofendida.
–El niño es un santo. Él tendrá su idioma para comunicarse con Dios –declaró mi madre, observando con severidad a Rita, que se atragantó con una pastilla de menta.
–¿Y si consigue hacerme morir? –pregunté tartamudeando.
Todas las mujeres rieron, hasta la misma Rita, que hacía unos instantes aseguraba que existía un pacto entre el demonio y Cornelio.
¿Qué seriedad había en las palabras de las personas mayores? ¿Quién podía creerme o tomarme en serio? Rita se había burlado de mí. Entonces, para probar la veracidad de mis palabras, subí al cuarto de Cornelio y en lugar de guardar en el cajón el misal que tenía en mis manos, lo guardé en el bolsillo y saqué el objeto que él más apreciaba: un reloj de material plástico, con agujas movibles.
Recuerdo que era tarde y que nos reunimos a comer, con toda la familia. Como era verano, después de comer, salí al jardín, con mi tía. Seguramente Cornelio no había entrado en su cuarto ni advertido aún que algo le faltaba.
¿Qué poder tenía Cornelio para que sus oraciones fueran escuchadas? ¿Qué muerte pediría para mí? ¿El fuego, el agua, la sangre? Todas estas palabras cruzaron por mi mente, cuando oí pasos en la escalera y en su cuarto. Confundía los golpes secos del taconeo con los de mi corazón. Estuve a punto de huir, de enterrar el reloj y el misal en el jardín; pero sabía que no podía engañar a Cornelio porque se había aliado a un ser superior a nosotros. Oí que me llamaba: su grito era un rugido que desentrañaba mi nombre. Subí la escalera que conducía a su cuarto. Me detuve unos instantes en el rellano, atisbando sus movimientos, por la puerta entreabierta; luego me aventuré por la escalera enclenque, con algunos escalones rotos, que lleva al altillo. Cornelio, desde el rellano de la otra escalera, me interpeló y yo, en lugar de contestarle, le arrojé a la cara el libro y el reloj. No dijo nada. Los recogió. Se arrodilló y ávidamente leyó las páginas. Por primera vez Cornelio no tenía vergüenza de que lo vieran rezando. El escalón en donde me detuve crujía y de pronto cedió: al caer me golpeé la nuca contra los barrotes de hierro del balaustre.
Cuando recuperé el conocimiento, toda la familia me rodeaba; Cornelio, en un rincón del cuarto, estaba inmóvil, con los brazos cruzados.
Yo iba a morir, sin duda, pues veía, como desde el fondo de un brocal con agua, los rostros asomados sobre mi cara.
–¿Por qué no pedís a Dios que salve a tu amiguito? ¿No decís que Dios te otorga todo lo que le pedís? –se atrevió a murmurar mi tía Fermina.
Cornelio se prosternó, como un musulmán, en el suelo. Golpeó su cabeza contra el piso y respondió con voz de niño mimado:
–Sólo consigo la enfermedad o la muerte.
Mi madre lo miró con horror y arrodillándose a su lado, tironeándole del pelo como si hubiera sido un perro, le dijo:
–Haz la prueba, m’hijito. Nada se pierde con rezar. Dios tendrá que oírte.
Durante días floté en un limbo rosado y azul, entre vida y muerte. Las voces se habían alejado. No reconocía las caras: seguían temblando en el fondo del agua. Cuando me salvé, dos meses después, agradecieron mi buena suerte a Cornelio: según mis tías y nuestras madres, me había salvado. De nuevo oí cantos de loa a la santidad de Cornelio. Ya no se acordaban de las lágrimas que habían derramado por mí, ni del cariño que les había inspirado mi gravedad. De nuevo yo era el niño insensible y un poco perverso, tan inferior a su amigo.
A través de mis tías, de la costurera y de las amigas de la casa, contradictorios pormenores de lo que había ocurrido llegaron al pueblo. No faltó quien comentara la inclinación mística de Cornelio. Algunas personas dijeron que mi amigo era un santo, otras dijeron que era un brujo y que no convenía frecuentar nuestra casa, por sus maleficios. Cuando mi tía Claudia se casó, nadie vino a la fiesta.
¿Cornelio era brujo o era santo? Durante noches, dando vueltas mi almohada en busca de un lugar fresco donde poner la afiebrada cabeza, pensaba en la santidad o en la brujería de Cornelio. ¿Hasta la misma Rita había olvidado su sospecha?
Fuimos un día al arroyo del Sauce, a pescar. Llevábamos una canastita con alimentos, para pasar el día allí. Andrés, nuestro vecino, que era aficionado a la pesca, estaba ya instalado en la orilla, con la caña preparada. Un perro se nos acercó y anduvo haciendo monerías, como suelen los perros perdidos. Andrés declaró que lo llevaría a su casa; Cornelio, que él lo llevaría; por esta causa, empezaron a discutir. Se agarraron a puñetazos y Cornelio cayó al suelo, vencido. Andrés, muy orondo, arregló el aparejo, tomó el perro en brazos y partió. Desde el suelo, Cornelio comenzó sus imprecaciones: el ruido que hacían sus labios era semejante al de los líquidos cuando van a hervir en una olla. Andrés no alcanzó a caminar veinte metros; cayó al suelo; le salía espuma de la boca. El perro, libre, corrió a nuestro encuentro. Supimos después que Andrés se había vuelto epiléptico.
Cuando Cornelio y yo paseábamos por la calle, la gente secreteaba: sabían que era brujo, que no era santo como creía nuestra familia. Un viernes Santo los niños no nos dejaron entrar en la iglesia: nos apedrearon.
¿Cómo haría yo para castigar a Cornelio? ¿Lo lograría con mi muerte, como testimonio de mi veracidad y de sus perversiones? En un instante imaginé su vida arruinada para siempre, perseguido por mi recuerdo, como Caín por Abel. Busqué el modo de enfurecerlo. Tenía que conseguir que sus imprecaciones de nuevo cayeran sobre mí. Lamentaba que la muerte me impidiera ser testigo de su arrepentimiento, cuando su voluntad se cumpliera. ¿Le impediría el arrepentimiento repetir esos ruegos malvados?
Estábamos en la orilla del arroyo del Sauce. Mirábamos un Martín pescador, que se zambullía continuamente en el agua, con rapidez vertiginosa. Cada uno tenía su honda. Apuntamos: Cornelio, al Martín pescador; yo al azar, para perder el tiro. Cornelio, que era un buen tirador, dio en la cabeza del pájaro, que cayó herido. Nos metimos en la laguna, para sacarlo del agua. Luego, ya en la orilla, empezó la discusión sobre quién había matado al Martín Pescador. Sostuve firmemente que la presa era mía.
Había un lugar muy profundo en el arroyo, donde no hacíamos pie. Yo lo conocía, porque se veía una suerte de remolino. Mi padre me lo había mostrado. Recogí el pájaro, corrí por la orilla hasta que llegué frente al lugar en que se veía aquel misterioso movimiento del agua. Por ahí estaba Andrés, pescando como de costumbre. Me detuve y arrojé el pájaro al remolino. Cornelio, que me perseguía, se echó al suelo de rodillas. Oí el aterrador murmullo de sus labios; repetía mi nombre. Una transpiración fría me humedeció la nuca, los brazos, el pelo. El campo, los árboles, las barrancas, el arroyo, Andrés, empezaron a temblar, a girar. Vi la muerte con su guadaña. Luego oí que Cornelio pronunciaba su propio nombre. No advertí, tan grande era mi estupor, que Cornelio se había arrojado al agua; no trataba de alcanzar el pájaro; se debatía en el agua, se hundía, pues no sabía nadar. Andrés le gritó sin inmutarse, con voz agria, de loro:
–Atorrante. ¿De qué te sirve ser brujo?
Comprendí, después de muchos años, que a último momento, Cornelio cambió el contenido de su último ruego: para salvarme, a cambio de la mía, que tal vez ya estaba otorgada, pidió su propia muerte.


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