sábado, 13 de mayo de 2017

Los cangrejos caminan sobre la isla

Anatoly Dneprov


–¡Eh, ustedes! ¡Estén atentos! –gritó Kukling.
Los marineros, con el agua hasta la cintura, tras haber izado a bordo de la chalupa una pequeña caja, intentaban hacerla resbalar a lo largo de la borda.
Se trataba de la última de las diez cajas que el ingeniero había llevado a la isla.
– ¡Qué calor! ¡Un verdadero infierno! –gimió Kukling, secándose el cuello grueso y corto con un pañuelo multicolor. Se quitó la camisa, empapada de sudor, y la tiró sobre la arena– Desnúdese, Bud, aquí no hay “civilización”…
Yo miraba con tristeza el esbelto velero que se balanceaba lentamente sobre las olas a unos dos kilómetros de la orilla. Volvería a recogernos dentro de veinte días.
–¿Y quién diablos lo ha hecho venir con sus máquinas a este infierno? –pregunté a Kukling, mientras me desembarazaba de mis ropas.
–Este sol nos será muy útil. A propósito, mire, ahora es exactamente mediodía y el sol se halla encima de nuestras cabezas.
–En el ecuador siempre es así –murmuré, sin quitar la mirada de la Colombina–. Consta en todos los manuales de geografía.
Los marineros, mientras tanto, habían salido del agua para formarse en silencio frente al ingeniero. Este introdujo lentamente una mano en el bolsillo y sacó un fajo de billetes.
–¿Será suficiente? –preguntó, dando algunos a los marineros.
Uno de ellos asintió con la cabeza.
–De acuerdo… Pueden volver a bordo. Y recuérdenle al capitán Hail que lo esperamos dentro de veinte días.
–Y ahora, al trabajo, Bud –dijo Kukling, dirigiéndose a mí–. No veo la hora de empezar.
Lo miré.
–A decir verdad, no tengo la más mínima idea de para qué hemos venido aquí. Comprendo que en el Almirantazgo le fuera difícil explicármelo, pero ahora creo que ya es el momento.
Kukling hizo una mueca y miró la arena.
–Desde luego. Pero también se lo hubiese contado allí, de haber tenido tiempo.
Comprendí que mentía, pero no dije nada. Mientras, Kukling se frotaba el cuello morado con su mano gordinflona.
Siempre hacía eso cuando iba a decir una mentira.
–Mire, Bud, se trata de un divertido experimento para comprobar la teoría de un tal… ¿cómo se llama? –Se confundió y me miró a los ojos, escrutándome.
–¿Quién?
–Un científico inglés… Demonios, se me escapa el nombre. ¡Ah, ya me acuerdo! Se llama Charles Darwin…
Me acerqué a él y le puse la mano sobre el hombro desnudo.
–Escuche, Kukling. Parece usted convencido de que soy un cretino, de que no sé quién era Charles Darwin. Déjese de mentiras y explíqueme clara y limpiamente qué hacemos en este montón de arena incandescente en medio del océano. Y, por el amor de Dios, no vuelva a mencionar a Darwin.
Kukling estalló en una carcajada, abriendo la boca, llena de dientes postizos. Alejándose de mí unos pasos, dijo:
–Pues es usted realmente tonto, Bud. Porque precisamente es a Darwin a quien venimos a experimentar.
–¿Y para eso ha traído aquí esas diez cajas de hierro? –pregunté, acercándome de nuevo a él. Sentía hervir en mí el odio hacia aquel gordinflón reluciente de sudor.
–Sí, en efecto –contestó Kukling, poniéndose serio–. Por ahora su trabajo consistirá en abrir la caja número uno, sacar la tienda, el agua, las conservas y el instrumento necesario para la apertura de las restantes cajas.
Kukling se dirigía a mí otra vez en el mismo tono que había hablado en el Polígono, cuando fuimos presentados. Entonces llevaba uniforme militar, como yo.
–Muy bien –dije entre dientes, y me acerqué a la caja número uno.
La gran tienda fue levantada en aquel mismo lugar, cerca de la orilla. Necesité cerca de dos horas. Sacamos la azada, el badil, el martillo, algunos destornilladores, el cortafrío y las herramientas de ferretería. Almacenamos cerca de un centenar de latas de conservas variadas y los bidones de agua dulce.
A pesar de sus funciones de jefe, Kukling trabajó como un negro. Era evidente que tenía prisa por empezar la tarea que le había traído hasta allí. La realizamos con tal ardor que no nos dimos cuenta de que la Colombina había levado anclas y desaparecido tras el horizonte.
Después de cenar abrimos la caja número dos. Dentro encontramos una carretilla de dos ruedas, semejante a las que se usan en las estaciones de ferrocarril para transportar equipajes.
Me acerqué a la tercera caja, pero Kukling me detuvo:
–Veamos primero el plano. Hay que distribuir el resto del cargamento en diversos puntos.
Lo miré, sorprendido.
–Es necesario para el experimento –me explicó.
La isla era redonda como un plato sopero invertido, con una pequeña ensenada al norte, exactamente donde habíamos desembarcado. Estaba delimitada por una playa arenosa de cerca de cincuenta metros de anchura. Tras la cinta arenosa del litoral se erguía un altiplano no muy elevado, sobre el que crecían matorrales bajos quemados por el calor.
El diámetro de la isla no superaba los tres kilómetros.
Sobre el plano había algunos signos hechos con lápiz rojo: unos cerca de la costa, otros en el interior.
–Lo que abriremos ahora deberá ser trasladado a estos puntos –indicó Kukling.
–¿Qué son? –pregunté–. ¿Aparatos de medida?
–No –contestó el ingeniero, riendo a carcajadas. Tenía esa desagradable costumbre cuando alguien ignoraba lo que él sabía.
La tercera caja era monstruosamente pesada. Pensé que contendría un macizo banco de taller. Pero, al caer las primeras tablas de madera, casi lancé un grito de sorpresa. De la caja empezaron a salir baldosas y bolitas metálicas de dimensiones y perfiles distintos. La caja estaba llena de las más variadas piezas metálicas.
–Imagino que jugaremos al mecano como niños pequeños –exclamé, sacando de la caja pesadas piezas metálicas rectangulares, cúbicas, esféricas…
–Lo dudo –contestó Kukling. Y se dedicó a la siguiente caja.
La caja número cuatro, al igual que todas las restantes, contenía lo mismo: piezas metálicas variadas.
Eran de tres clases: grises, rojas y plateadas. Me di cuenta en el acto de que eran, respectivamente, de hierro, cobre y zinc.
Cuando me disponía a abrir la última, la décima caja, Kukling me detuvo, diciendo:
–Esta no la abriremos hasta que hayamos distribuido las piezas por toda la isla.
Durante los tres días siguientes, Kukling y yo transportamos con la carretilla todas las piezas metálicas a los diversos puntos de la isla. Las colocamos en pequeños montones: unos, sobre la superficie del suelo; otros fueron enterrados según las indicaciones del ingeniero. En algunos puntos, las bolitas eran todas iguales; en otros eran mixtas, de los tres tipos.
Una vez terminada la distribución, volvimos a nuestra tienda y nos acercamos a la décima caja.
Era mucho más pequeña que las otras y también mucho más ligera.
–Ábrala, pero esté atento –ordenó Kukling.
La caja contenía aserrín muy comprimido, que protegía un paquete envuelto en un paño de fieltro y papel de pergamino.
Lo que se presentó ante nuestros ojos era un aparato de aspecto realmente desacostumbrado.
A primera vista parecía un gran juguete metálico infantil, parecido a un cangrejo. Pero no era simplemente un cangrejo. Poseía seis grandes patas articuladas y en la parte delantera, dos pares de finas pinzas, cuyos extremos estaban cubiertos de un forro: recordaba las fauces abiertas de un animal deforme. En una cavidad practicada en la espalda relucía un espejito parabólico de metal brillante; tenía, en el centro, un cristal de color rojo oscuro. Tenía, además, dos pares de ojos, uno adelante y otro detrás.
Miré maravillado, durante largo rato, aquel mecanismo.
–¿Le gusta? –me preguntó, tras un largo silencio, Kukling.
Me abrazó por los hombros.
–Parece como si hubiésemos venido aquí para divertirnos con juguetes infantiles.
–Este es un juguete peligroso –advirtió Kukling, con aire satisfecho–. Ahora lo verá. Levántelo y póngalo sobre la arena.
El cangrejo era ligero: no pesaba más de tres kilos.
Quedó en un equilibrio relativo sobre la arena.
–¿Y ahora qué? –pregunté al ingeniero, con ironía.
–Esperemos un poco. Tiene que calentarse.
Nos sentamos sobre la arena, observando al pequeño monstruo metálico. Dos minutos después, aproximadamente, advertí que el espejito de la espalda se desplazaba lentamente en dirección al sol.
–¡Eh, parece que se anima! –exclamé, incorporándome.
Al levantarme, mi sombra cayó por casualidad sobre el objeto metálico. El cangrejo, en el acto, movió frenéticamente sus patas hasta colocarse de nuevo al sol. Cogido de sorpresa, pegué un salto en dirección opuesta.
–¿Vio? –Exclamó Kukling, con una carcajada–. Le dio miedo, ¿verdad?
Me sequé la frente, cubierta de sudor.
–Dígame, por amor de Dios, Kukling, ¿qué venimos a hacer aquí?
Kukling se puso en pie y, acercándose a mí, dijo, esta vez con toda seriedad:
–Hemos venido para experimentar la teoría de Darwin.
–De acuerdo, pero es una teoría biológica, la teoría de la selección natural, de la evolución… –empecé a protestar.
–Precisamente. A propósito, mire: ¡Nuestro juguete se ha ido a beber agua!
Me quedé estupefacto. El cangrejo se había acercado a la orilla y, tras bajar una pequeña trompa, evidentemente estaba aspirando agua. Cuando hubo terminado de beber, fue de nuevo al sol y se inmovilizó.
Mientras miraba aquel extraño mecanismo, sentía surgir en mí un extraño disgusto mezclado con terror, Por un momento, me pareció que aquel cangrejo artificial se parecía en cierto modo a Kukling.
–¿Lo inventó usted? –pregunté al ingeniero, tras una pausa.
–Hum –contestó, y se tumbó en la arena.
Yo también me extendí y empecé a observar aquel pequeño dispositivo. Ahora parecía absolutamente privado de vida.
Me aproximé, arrastrándome sobre el vientre, al extraño objeto y empecé a estudiarlo.
La espalda del cangrejo tenía un perfil semejante a un medio cilindro con dos superficies planas delante y detrás. Sobre estas dos superficies había dos agujeros parecidos a ojos. Esta impresión estaba reforzada por el hecho de que a través del fondo de los agujeros brillaban unos cristales. La parte inferior del dorso era plana y formaba el abdomen. Un poco más arriba, hacia la parte posterior, salían tres pares de grandes patas articuladas y dos pares pequeños.
No era posible distinguir el interior del cangrejo.
Observando aquel juguete, intentaba descubrir el motivo por el cual el Almirantazgo le atribuyó una importancia tal como para fletar un barco especialmente para el viaje a la isla.
Kukling y yo continuamos tumbados sobre la arena, cada uno sumido en sus propios pensamientos, hasta que el sol descendió tanto en el horizonte que la sombra de los matorrales que crecían a lo lejos alcanzó al cangrejo metálico. Apenas sucedió esto, el mecanismo se desplazó ligeramente y se puso de nuevo al sol. Pero la sombra le atrapó de nuevo. Nuestro cangrejo empezó a arrastrarse a lo largo de la orilla, descendiendo siempre hacia el nivel del agua para quedar iluminado por el sol. Parecía como si le fuese absolutamente necesario permanecer bajo sus rayos.
Nos levantamos y le seguimos lentamente.
Así dimos poco a poco la vuelta a la isla, hasta que nos encontramos en la parte occidental.
Muy cerca de la orilla se encontraba uno de los montones de bolitas metálicas. Cuando el cangrejo llegó a unos diez pasos del montón, pareció olvidarse del sol para precipitarse impetuosamente hacia una de las bolitas de cobre.
Kukling me tocó la mano y dijo:
–Ahora volvamos a la tienda. Las cosas interesantes se verán mañana por la mañana.
Cenamos en la tienda en silencio. Y luego nos envolvimos en nuestras ligeras mantas de lana. Me parecía que Kukling se sentía satisfecho de que no le hiciera preguntas. Antes de dormirse, lo oí volverse en su catre y roncar de cuando en cuando. Esto significaba, probablemente, que él sabía algo que los demás desconocían…
Al día siguiente, muy temprano, fui a bañarme al mar. El agua estaba templada y nadé mucho, contemplando cómo se encendía por levante, sobre la superficie lisa del agua, casi inmóvil, la purpúrea aurora. Cuando llegué a la tienda no vi al ingeniero.
“Habrá ido a visitar a su pequeño monstruo metálico”, pensé, mientras abría una lata de piña.
No tuve tiempo de tomar ni tres trocitos de fruta, pues me llegó, primero desde lejos, y luego siempre más cercana y clara, la voz del ingeniero:
–¡Teniente, venga aquí en seguida! ¡Rápido! ¡Corra! ¡Ya ha empezado! ¡Venga tan aprisa como pueda!
Salí de la tienda y vi a Kukling de pie en medio de unos matorrales. Agitaba los brazos
–Ya vienen –me gritó, bufando como una locomotora.
–¿Pero dónde, ingeniero?
–¡Donde ayer dejamos a nuestro párvulo!
El sol estaba ya alto sobre el horizonte cuando llegamos al montón de bolitas metálicas. Estas brillaban de forma tan cegadora, que al principio no pude distinguir nada.
Sólo cuando llegué a dos pasos del montón de metal advertí las dos pequeñas columnas de humo azulado que se levantaban hacia el cielo, y después… Después me detuve como si hubiera sido fulminado por una parálisis. Me froté los ojos, pero la visión no desapareció. Junto al montón de metal había dos cangrejos exactamente iguales al que ayer habíamos sacado de la caja.
–¿Es posible que uno de ellos quedara escondido entre la chatarra? –exclamé.
Kukling se arrodilló y se puso a murmurar, frotándose las manos.
–¿Quiere dejar ya de hacer tonterías? –grité–. ¿De dónde salió este segundo cangrejo?
–¡Nació esta noche!
Me mordí los labios y, sin decir palabra, me acerqué a los cangrejos; de sus espaldas salían ligeras volutas de humo. AI primer momento creí sufrir una alucinación. ¡Ambos cangrejos trabajaban sin parar!
Sí, trabajaban, moviendo con rapidez sus delgadas pinzas anteriores. Estas tocaban las bolitas metálicas, creando sobre su superficie un arco voltaico, semejante al que se produce con la soldadura eléctrica, fundiendo pedacitos de metal. Los cangrejos empujaban el metal hacia sus amplias fauces. Del interior de aquellas criaturas metálicas salía un zumbido. De vez en cuando salía de las fauces, con un chirrido, un haz de chispas, y, acto seguido, la segunda pareja de pinzas extraía del interior un elemento metálico terminado.
Estos elementos eran reunidos y montados según un orden preciso sobre la pequeña plataforma que, gradualmente, salía de debajo del cangrejo.
Sobre la plataforma de uno de los cangrejos ya estaba casi terminado el montaje de un tercer ejemplar. Mientras, sobre la del segundo cangrejo, se iniciaba la estructura de un mecanismo completo. Me quedé estupefacto ante lo que veía.
–¡Pero si estas criaturas están fabricando otras idénticas a sí mismas! –exclamé.
–Así es. El único destino de estas máquinas es la procreación de otras perfectamente semejantes a ellas –explicó Kukling.
–Pero, ¿cómo es posible? –pregunté, sin comprender nada.
–¿Por qué no? Una máquina cualquiera, por ejemplo, un torno, realiza los elementos que luego forman otro parecido en todo al primero. Y es por eso que se me ha ocurrido la idea de construir una máquina automática capaz de reproducir otra exactamente igual a sí misma. Mi cangrejo es el primer modelo.
Permanecí pensativo, intentando entender las palabras del ingeniero. En aquel momento, las fauces del primer cangrejo se abrieron, y de ellas empezó a salir una larga tira de metal. Esta recubrió todo el mecanismo montado sobre la pequeña plataforma, formando así la espalda del tercer autómata. Cuando la espalda quedó en su sitio, las dos pinzas anteriores le soldaron rápidamente por delante y por detrás, dos pequeñas paredes perforadas. El nuevo cangrejo estaba terminado. Sobre su espalda, sobre la convexidad central, brillaba, como en todos sus hermanos, un espejito metálico con un cristal rojo en el centro.
El cangrejo-reproductor retiró de debajo de su vientre la pequeña plataforma y su “niño” apoyó las patas en tierra. Observé que el espejito de la espalda empezó a girar lentamente en busca del sol. Inmóvil por un momento, el cangrejo descendió lentamente a la orilla y bebió agua. Luego se puso al sol y empezó a calentarse, siempre en la inmovilidad.
Creí soñar.
Mientras examinaba al recién nacido, Kukling dijo:
–El cuarto ya está listo.
Volví la cabeza para ver que había “nacido” un cuarto cangrejo.
Al mismo tiempo los dos primeros seguían impertérritos junto al montón de metal, fundiendo las piezas y empujándolas a su propio interior, repitiendo cuanto habían hecho antes.
El cuarto cangrejo también se encaminó hacia la orilla para beber agua del mar.
–¿Por qué diablos toman agua? –pregunté.
–Para llenar su acumulador. Mientras dura el sol, la energía de éste, con auxilio del espejito de la espalda y de la batería de silicio, se transforma en electricidad, y es suficiente para realizar todo el trabajo. De noche, el autómata se alimenta con la energía almacenada durante el día en el acumulador.
–¿Entonces estas bestias trabajan día y noche sin interrupción? –pregunté.
–Sí. Las veinticuatro horas.
El tercer cangrejo se dirigió hacia el montón de metal.
Ahora trabajan tres autómatas, mientras el cuarto se cargaba de energía solar.
–Pero estos montones de metal no contienen material para las baterías de silicio… –observé, intentando comprender la tecnología de aquella monstruosa autorreproducción de mecanismos.
–No hace ninguna falta –Kukling con un movimiento brusco lanzó arena al aire con el pie–. La arena es óxido de silicio. Se transforma en silicio puro en el interior del cangrejo, bajo la acción del arco voltaico.
Al atardecer volvimos a la tienda. En torno al montón de metal, trabajaban ya seis cangrejos automáticos, mientras otros dos se calentaban al sol.
–Y todo esto, ¿qué fin tiene? –le pregunté a Kukling mientras cenábamos.
–Fines militares. Estos cangrejos constituyen una terrible arma –respondió.
–No comprendo…
El ingeniero masticó un trozo de carne y explicó con placidez:
–¿Se imagina qué ocurriría si estos mecanismos cayeran inesperadamente sobre territorio enemigo?
–Francamente…
–¿Sabe usted qué es una progresión?
–Supongo que sí,
–Ayer empezamos con un solo cangrejo. A estas horas ya tenemos ocho. Mañana tendremos sesenta y cuatro, pasado mañana quinientos doce, y así sucesivamente. Dentro de diez días habrá aquí más de diez millones. Para ello serán necesarias treinta mil toneladas de metal.
Al oír estas cifras quedé mudo por el estupor.
–En un breve tiempo, estos cangrejos podrán devorar toda clase de metales del adversario, todos sus carros armados, cañones, aeroplanos, todas sus máquinas, todos sus dispositivos, todas sus instalaciones. En una palabra, todo el metal que exista en su territorio. Al cabo de un mes no quedaría el menor vestigio de metal en toda la superficie de la Tierra. Todo sería consumido para la reproducción de estos cangrejos… y no olvide que, en caso de guerra, el metal representa el material estratégico más importante.
–Era por eso que el Almirantazgo se interesó tanto por su juguete… –murmuré en voz baja.
–Precisamente. Pero el que tenemos aquí sólo es un prototipo. Intento simplificarlo notablemente y de esa forma acelerar el proceso de reproducción de los autómatas. Acelerarlo, digamos, unas dos o tres veces. Hacer su estructura más estable y más sólida. Darles mayor movilidad. Intensificar su sensibilidad a los yacimientos de metal. Entonces en caso de guerra, mis autómatas serán peores que la peste. Quisiera eliminar el potencial metálico del adversario en dos o tres días.
–Muy bien. Pero, cuando estos autómatas hayan devorado todo el metal del enemigo, ¿no vendrán a nuestro territorio? –objeté.
–Este es el segundo problema. El trabajo de los autómatas puede ser codificado. Conociendo la clave del código, se podrá interrumpir su actividad en cuanto aparezcan en nuestro territorio. Por otra parte, de esta forma nos podremos apropiar de todas las existencias de metal del adversario.
Aquella noche tuve un sueño terrible. Se me arrastraban por encima nubes de ruidosos cangrejos, mientras finas columnitas de humo azul se alzaban de sus cuerpos metálicos.
Tres días después, los autómatas del ingeniero Kukling habían invadido toda la isla.
De ser ciertos sus cálculos, había más de cuatro mil.
Sus cuerpos brillantes al sol se veían por todas partes. En cuanto se agotaba el metal de un montón, se ponían en marcha por todo el islote hasta encontrar otro.
El quinto día, antes del crepúsculo, fui testigo de una escena terrorífica: dos cangrejos se disputaban la posesión de un fragmento de zinc.
Esto sucedió en la zona meridional de la isla, donde habíamos enterrado algunas bolas de zinc. Los cangrejos periódicamente acudían allí desde los lugares donde trabajaban para fabricar las piezas de zinc necesarias. Casi dos docenas de cangrejos se precipitaron hacia la fosa del zinc, y entablaron una verdadera refriega. Los mecanismos se estorbaban unos a otros. En el alboroto se hizo valer particularmente un cangrejo más ágil y, en apariencia, más robusto y arrogante que los otros.
Empujaba a sus hermanos, caminando sobre sus espaldas para intentar extraer de la fosa el trozo de metal que necesitaba. Y de pronto, justo cuando ya había alcanzado su objetivo, otro cangrejo aferró el mismo trozo de metal. Ambos mecanismos tiraron de la barrita en direcciones opuestas. El que me había parecido más ágil consiguió finalmente arrebatar la barrita al adversario. Pero éste no quería cederle la presa y saltando rápido sobre sus espaldas, se lanzó sobre él y metió sus finas pinzas en las fauces del adversario.
Las pinzas del primero y del segundo cangrejo se entrecruzaron y ambos empezaron a herirse entre sí con una violencia increíble.
Ninguno de los mecanismos próximos les hizo caso, mientras ellos luchaban a vida o muerte. Vi cómo el cangrejo que había saltado sobre su enemigo quedó un poco ladeado con la panza al aire, resbalando la pequeña plataforma de hierro hasta dejar al descubierto las entrañas metálicas. En el mismo instante su adversario se puso a golpear con descargas eléctricas el cuerpo de su rival. Cuando éste se rompió, el vencedor empezó a arrancarle levas, engranajes e hilos eléctricos, engulléndolo todo rápidamente con sus fauces.
A medida que esta materia era ingerida, la plataforma del vencedor se adelantaba velozmente; sobre ella se realizaba, con ritmo febril, el montaje de un nuevo cangrejo metálico.
Unos minutos más tarde cayó de la plataforma al suelo un nuevo cangrejo metálico.
Al contarle a Kukling lo que había visto, éste se alegró.
–Es justo lo que necesito –me dijo.
–¿Por qué?
–Ya le dije que intento perfeccionar mis autómatas.
–Para eso basta con que estudie usted a fondo los diseños. ¿Por qué entonces esta guerra intestina? Si los cangrejos siguen así, terminarán por devorarse unos a otros.
–Exacto. Y de esta forma sobrevivirán los más perfectos.
Reflexioné y objeté:
–¿Los más perfectos? ¿No son todos iguales? Si no he entendido mal, se autorreproducen.
–¿Pero cree acaso que es posible obtener una copia absolutamente igual? Mire, en la fabricación de bolas para cojinetes es absolutamente imposible hacer dos esferas perfectamente iguales, aunque el proceso sea más simple. En nuestro caso, por el contrario, el autómata-reproductor posee un dispositivo de control que confronta la copia que él construye con su propia estructura. ¿Qué sucedería si cada copia consecutiva fuese hecha, no de acuerdo con el original, sino con la copia que le sucede? Resultaría un mecanismo que no tendría nada que ver con el original.
–Pero entonces este mecanismo no podría cumplir su función primera, que es la de reproducirse a sí mismo –repuse.
–¿Y qué? ¡Muy bien! Con su cadáver los otros ejemplares mejor conseguidos harán un nuevo autómata. Y estos ejemplares mejor conseguidos serán precisamente aquellos en los que por el azar se acumulen los detalles de construcción que les den mayor vitalidad. Así nacerán ejemplares más fuertes, más veloces y más sencillos. No tengo, pues, la menor intención de perder el tiempo con los diseños. Sólo tengo que esperar el momento en que los autómatas hayan devorado todo el metal que exista en este islote y comiencen una lucha fratricida, se devoren unos a otros para reproducirse de nuevo. De esta forma obtendré los autómatas que necesito.
Aquella noche me quedé largo tiempo sentado sobre la arena frente a la tienda; miraba el mar y fumaba. ¿Sería posible que la empresa de Kukling significase un peligro para la humanidad? En aquel islote perdido en medio del océano tal vez estuviésemos creando una amenaza terrible capaz de devorar todo el metal del orbe.
Mientras permanecía pensativo, pasaron por delante de mí algunas de las bestias metálicas. Corrían, continuaban chirriando y trabajando sin tregua.
Uno de los cangrejos chocó conmigo por casualidad, y le di disgustado una patada. El autómata quedó patas arriba, impotente. Al punto fue asaltado por otros dos cangrejos, que empezaron a lanzar descargas eléctricas en la oscuridad.
El desgraciado era cortado en pedazos por las descargas. No pude más. Entré rápidamente en la tienda y cogí una paleta de hierro. Kukling roncaba.
Acercándome con cautela al montón de cangrejos, golpeé con todas mis fuerzas a uno de ellos.
Creí, no sé por qué, que de esta manera asustaría a los otros. Pero no fue así. Los cangrejos incólumes se precipitaron sobre el golpeado y las descargas relampaguearon otra vez.
Golpeé el montón varias veces, con el único resultado de aumentar el número de las descargas eléctricas. Mientras, otros cangrejos llegaban del fondo de la isla a toda prisa.
En la oscuridad distinguía sólo los cuerpos de los mecanismos, pero por un momento me pareció que uno de ellos era de dimensiones mucho mayores.
Me fijé especialmente en él. Pero apenas mi paleta tocó su espalda, lancé un grito y di un gran salto hacia atrás. ¡Había recibido una descarga eléctrica! El cuerpo de aquella bestia abyecta estaba, no se sabe cómo, cargado de electricidad.
–Defensa desarrollada como consecuencia de la evolución –se me ocurrió.
Temblando, me acerqué a la multitud zumbante de los autómatas para rescatar mi arma. Pero había hecho mal mis cálculos. En la oscuridad, a la incierta luz de los frecuentes arcos voltaicos, pude observar cómo mi paleta era cortada en pedazos. El autómata que intenté destruir era el que más se afanaba en la tarea.
Volví a la tienda y me tumbé en mi catre.
Conseguí dormir un rato, pero mi sueño no duró mucho. Me desperté sobresaltado porque sentía arrastrar por mi cuerpo algo frío y pesado. Me incorporé de un salto. Un cangrejo –al principio no comprendí de qué se trataba– desapareció por el fondo de la tienda. Al cabo de pocos segundos vi una luminosa descarga eléctrica.
En su búsqueda de metal aquel maldito autómata había llegado hasta nuestra tienda. Su electrodo estaba cortando el bidón que contenía el agua dulce.
Desperté a empujones a Kukling y le expliqué confusamente lo sucedido.
–¡Todas las latas al mar! ¡Las provisiones y el agua! –ordenó.
Empezamos a arrastrar las latas hacia el mar y a ocultarlas en un fondo arenoso, donde el agua nos llegaba a la cintura… Nos llevamos también nuestros instrumentos.
Calados y jadeantes por el esfuerzo, nos quedamos sentados sin dormir, junto a la orilla, hasta la mañana. Kukling bufaba, y yo, en mi interior, me alegré de la mala pasada que le habían jugado sus maléficas invenciones. Porque ahora lo odiaba y deseaba para él un castigo mucho más duro.
No recuerdo el tiempo que había transcurrido desde nuestra llegada a la isla, cuando un buen día Kukling declaró triunfante:
–Ahora empieza lo bueno. Todo el metal ha sido devorado.
En efecto, recorrimos todos los puntos donde habíamos hecho los depósitos sin encontrar absolutamente nada. A lo largo de la orilla y entre los matorrales sólo se veían fosas vacías.
Los cubos, las barritas y las varillas metálicas se habían transformado en mecanismos, que en enorme número se agitaban por la isla. Sus movimientos se habían hecho rápidos y violentos; sus acumuladores estaban cargados al límite máximo, pero la energía no era consumida por el trabajo. Se desplazaban de una forma insensata por el litoral, rebuscaban entre los matorrales, chocaban unos con otros y con frecuencia nos golpeaban también a nosotros.
Observándolos, pude constatar que Kukling tenía razón. Los cangrejos no eran todos iguales. Diferían entre ellos en dimensión, movilidad, tamaño de las pinzas y proporción de las fauces-taller. Probablemente existían diferencias aún más pronunciadas en su estructura interna.
–Muy bien –declaró Kukling–, ahora empezarán a hacerse la guerra entre ellos.
–¿Habla en serio?
–¡Claro! Ya verá lo que ocurre cuando saboreen un poco de cobalto. Su mecanismo está concebido de tal forma que si se introduce en él una cantidad infinitesimal de cobalto, en el acto se anula o, por decirlo así, su aprecio mutuo…
Al día siguiente por la mañana, Kukling y yo fuimos a nuestro “depósito marítimo”. Sacamos del fondo del mar nuestra ración diaria de conservas y agua, así como cuatro pesadas barras de cobalto, que el ingeniero conservó aparte en vista de la fase decisiva de nuestro experimento.
Apenas Kukling salió a la arena levantando en alto los brazos con las barras de cobalto, numerosos cangrejos lo rodearon. No rebasaban el límite de la sombra que protegía el cuerpo de Kukling, pero era fácil advertir que la aparición de un nuevo metal les afectaba mucho. A unos pasos de distancia del ingeniero, observé asombrado cómo algunos autómatas intentaban torpes brincos en su dirección.
–Mire, ¿se da cuenta? En la guerra fratricida que les obligaremos a emprender, sobrevivirán los más fuertes y adaptables. Y fabricarán una descendencia aún más aguerrida.
Con estas palabras, Kukling lanzó, una tras otra, las barras de cobalto hacia los matorrales.
Es difícil describir lo que siguió.
Numerosos autómatas se precipitaron simultáneamente sobre ellas y, empujándose unos a otros, empezaron a cortarlas con sus descargas eléctricas. Los rezagados se amontonaron, intentando inútilmente arrancar también un pedazo de metal. Algunos caminaban sobre las espaldas de sus compañeros, para abrirse camino hasta el centro del montón.
–¡Mire, la primera escaramuza! –gritó alegremente el ingeniero.
Unos minutos después, el lugar donde Kukling había tirado las barras metálicas se había transformado en el campo de una atroz batalla. Para participar en ella, llegaban autómatas de todas partes.
A medida que los fragmentos de cobalto eran engullidos por un número cada vez mayor de autómatas, éstos se transformaban en asesinos salvajes y temerarios, que en el acto se lanzaban sobre sus propios hermanos.
En la primera fase de esta guerra, los cangrejos que habían ingerido el cobalto formaban el bando atacante. Eran precisamente ellos los que despedazaban a los autómatas recién llegados de toda la isla en busca del metal que precisaban. Cuanto mayor número de cangrejos conseguía el cobalto, más encarnizada se hacía la guerra. Y justamente entonces entraron en liza los autómatas recién nacidos durante la batalla.
Se trataba de una generación de autómatas realmente sorprendente. Eran más pequeños que sus antecesores y poseían una enorme rapidez de movimientos. Me sorprendió el hecho de que ya no necesitaran cargar los acumuladores como sus abuelos, les bastaba la energía solar que captaban con los espejos que tenían en la espalda, de dimensiones mayores que los primitivos. Su agresividad era extraordinaria. Atacaban a varios cangrejos a la vez y los cortaban con sus descargas simultáneamente de tres en tres.
Kukling seguía en el agua, y su rostro mostraba una ilimitada satisfacción. Se frotaba las manos y reía:
–¡Bien! ¡Bien!
En cuanto a mí, observaba aquella pelea de mecanismos con profundo disgusto y temor, intentando adivinar las características de los próximos asesinos mecánicos. ¿Qué seres nacerían de aquella lucha?
Hacia mediodía toda la playa cercana a nuestra tienda se había transformado en un extenso frente de batalla, donde se batían los autómatas de toda la isla. La guerra se desarrollaba en silencio, sin gritos ni lamentos, sin rumores ni ruidos. Sólo el crepitar de las frecuentes descargas eléctricas y los choques entre los cuerpos metálicos de los mecanismos constituían el acompañamiento de aquel insólito matadero.
Aunque la generación que nacía entonces fuese de pequeñas dimensiones y extremadamente móvil, hizo su aparición un nuevo tipo de cangrejo. Era mucho mayor que todos los demás. Sus movimientos eran lentos, pero desarrollaban una gran fuerza, que les permitía luchar victoriosamente con los autómatas enanos que les atacaban.
Cuando el sol llegó al ocaso, se pudo observar un cambio repentino en el despliegue de los cangrejos menores, los cuales se hacinaron en la zona occidental de la isla y empezaron a moverse con mayor lentitud.
–Caramba, todo este grupo está desahuciado –comentó Kukling con voz ronca–. No tienen acumuladores y apenas se ponga el sol, llegará su fin.
Efectivamente, en cuanto las sombras proyectadas por los matorrales se alargaron cubriendo la enorme multitud de pequeños autómatas, éstos se inmovilizaron. Ahora ya no constituían un ejército de minúsculos guerreros, sino un enorme depósito de chatarra metálica.
Los enormes cangrejos se acercaron suavemente, sin prisas. Su altura era la mitad de la del hombre. Empezaron a devorar a los otros. Sobre las plataformas de los gigantescos padres empezaron a perfilarse los cuerpos de los descendientes, de dimensiones aún mayores.
El rostro de Kukling se ensombreció. Una evolución semejante no era de su agrado, por supuesto. Los cangrejos autómatas lentos y grandes representaban un arma poco satisfactoria para hostigar al enemigo en la retaguardia.
Mientras los cangrejos gigantes daban buena cuenta de la generación precedente, en la playa reinaba una calma pasajera.
Salí del agua seguido por el ingeniero, ahora silencioso. Nos fuimos a la parte oriental de la isla para descansar un poco.
Estaba muy cansado y me dormí casi en seguida, en cuanto me tendí en la arena blanda y templada.
En plena noche me despertó un grito desgarrador. Al incorporarme, no vi nada, salvo la cinta grisácea de la playa arenosa y el mar que se confundía con el cielo negro sembrado de estrellas.
El grito se repitió junto a los matorrales, pero más débil. Sólo entonces descubrí que Kukling no se hallaba conmigo. Eché a correr en dirección de la que me parecía su voz.
El mar estaba en calma, como de costumbre, y las pequeñas olas lamían de vez en cuando con un leve susurro la arena de la playa. Me pareció advertir que en la zona donde habíamos depositado nuestras provisiones, la superficie del mar estaba agitada. Algo se movía.
Deduje que era el ingeniero.
–Kukling, ¿qué está haciendo? –grité, acercándome a nuestro depósito submarino.
–Estoy aquí –oí por un momento su voz que salía de algún sitio hacia la derecha.
–Dios mío, ¿dónde está?
–Aquí –dijo de nuevo la voz del ingeniero–. Estoy con el agua hasta el cuello. Venga aquí.
Entré en el agua y por un momento tropecé con algo duro. Era un enorme cangrejo que se mantenía sobre el agua con sus largas patas.
–¿Cómo llegó hasta ahí, donde el agua es tan profunda? ¿Qué sucedió? –pregunté.
–¡Me seguían y me han empujado hasta aquí! –gimió lastimosamente Kukling.
–¿Lo seguían? ¿Quién?
–Los cangrejos.
–¡No es posible! A mí no me hacen nada…
Tropecé de nuevo con el autómata. Tras dar un rodeo para evitarlo, me encontré junto al ingeniero. Efectivamente estaba con el agua hasta el cuello.
–¿Qué pasó?
–No lo entiendo –susurró Kukling con voz temblorosa–. Mientras dormía, de pronto un autómata me asaltó… Al principio creí que era por casualidad… Me aparté, pero se me acercó de nuevo hasta tocarme la cara con sus pinzas… Entonces me levanté y retrocedí… Me siguió… Me puse a correr… Y él siempre detrás… Se le unió otro cangrejo… Luego otros… Una multitud… Y me siguieron hasta aquí…
–Me parece muy extraño. Si a consecuencia de la evolución hubiesen desarrollado un odio instintivo hacia el hombre, no me habrían respetado a mí –objeté.
–No lo sé –graznó Kukling–. Pero me da miedo volver a la orilla…
–Tonterías –repuse y le cogí de la mano–. Vamos a lo largo de la playa, hacia el este. Yo lo protegeré.
–¿Cómo?
–Iremos al depósito y cogeré cualquier objeto pesado, un martillo, por ejemplo.
–¡Que no sea metálico! –Gimió el ingeniero–. Coja mejor una tabla de una caja, algo de madera…
Nos dirigimos lentamente hacia el depósito. En sus proximidades dejé al ingeniero solo y seguí la marcha.
Se oía un fuerte chapoteo en el agua y el acostumbrado ruido de los mecanismos.
Las bestias mecánicas desventraban las latas de conserva. Habían descubierto nuestro almacén submarino.
–¡Kukling, estamos perdidos! –exclamé–. Destrozaron todas nuestras conservas.
–¿Y ahora qué hacemos? –dijo con voz lastimera.
–Usted debe decidirlo. Este invento infernal es obra suya. Espabílese.
Evitando la muchedumbre de autómatas salí a tierra firme.
En la oscuridad, arrastrándome entre los cangrejos, reuní a tientas en la arena trozos de carne, piña en conserva y melocotones, y lo llevé todo a la meseta.
A juzgar por la gran cantidad de comida diseminada sobre la arena, se deducía que los cangrejos habían trabajado a fondo mientras dormíamos. No pude hallar ni una lata intacta.
Mientras me ocupaba de la recuperación de los restos de nuestras provisiones, Kukling permaneció a unos veinte pasos de la orilla donde el agua le llegaba a la garganta.
Estaba tan ocupado en la recogida de los restos de nuestro sustento que olvidé su existencia. Pero él me la recordó con un grito desgarrador:
–¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Socorro…! ¡Me están alcanzando!
Me tiré al agua y, chocando con los monstruos metálicos, me dirigí hacia Kukling. A unos cinco pasos de él volví a topar con otro cangrejo.
El cangrejo me ignoró completamente.
–¿Por qué le detestan de ese modo? De hecho es usted su progenitor –dije a Kukling.
–No lo sé –contestó el ingeniero, jadeante mientras chapoteaba–. Haga algo, Bud, échelos. Si nace un cangrejo mayor que ése estoy perdido…
–Ahí tiene el resultado de la evolución… A propósito, ¿me podría indicar cuál es su parte más vulnerable? ¿Qué se puede hacer para destruir el mecanismo?
–Antes bastaba con romper el espejo parabólico… o extraer el acumulador… Pero ahora… no sé… Haría falta un estudio especial.
–Malditos sean usted y sus estudios… –murmuré entre dientes, agarrando con la mano la garra derecha del cangrejo que se tendía hacía la cara del ingeniero.
El autómata se retiró. Pude echar mano también de la segunda garra y la doblé. Se doblaba fácilmente, como un hilo de cobre.
Estaba claro que la operación no había sido agradable para la bestia metálica, porque lentamente empezó a salir del agua, mientras el ingeniero y yo nos marchamos a lo largo de la orilla.
Al despuntar el sol, todos los autómatas se arrastraron fuera del agua sobre la arena y se calentaron un poco. Mientras, tirando piedras, había conseguido romper los espejos parabólicos de por lo menos cincuenta de ellos. Por lo menos ya no se movían.
Pero eso no mejoró la situación. Mis víctimas fueron presa inmediatamente de sus compañeros y sirvieron para la fabricación de nuevos autómatas. Romper los acumuladores de silicio de todas las máquinas superaba mis fuerzas. Muchas veces había tropezado con autómatas cargados de electricidad y eso debilitaba mi decisión de continuar la lucha.
Durante todo ese tiempo, Kukling había permanecido en el agua.
Muy pronto la lucha entre los monstruos estalló de nuevo. Parecía como si hubiesen olvidado completamente al ingeniero.
Abandonamos el escenario de la matanza y nos trasladamos al lado opuesto de la isla. El ingeniero estaba tan aterido tras un prolongado baño de varias horas que, castañeteando los dientes, se tumbó y me pidió que le tapase con la arena caliente.
Hecho esto, volví a nuestro primer campamento para recoger nuestras prendas y todo lo que había quedado de las provisiones. Sólo entonces me di cuenta de que nuestra tienda había sido destruida: habían desaparecido los postes de hierro hincados en el suelo, mientras que de los bordes de la lona habían sido arrancados los anillos metálicos a los que estaban ligadas las cuerdas.
Bajo la lona encontré las ropas de Kukling y las mías. También éstas mostraban huellas del paso de los cangrejos en busca de metal. De tal modo que, todos los ganchos, los botones y las hebillas habían desaparecido. En su lugar quedaban jirones de tela chamuscada.
En este intervalo la batalla entre los cangrejos se había desplazado de la costa hacía el interior. Al llegar a la cima de la meseta vi que, casi en el centro de la isla, entre los matorrales, se erguían sólidamente sobre sus patas algunos monstruos que casi alcanzaban la altura de un hombre. Por parejas, lentamente se alejaban en direcciones opuestas, para luego lanzarse con relampagueante rapidez el uno contra el otro.
En el momento del choque se escuchaban golpes tremendos, que producían un fuerte sonido metálico. Los lentos movimientos de aquellos monstruos denunciaban una fuerza inmensa integrada en un enorme peso.
Ante mis ojos algunos de aquellos mecanismos rodaron por el suelo e inmediatamente fueron destrozados.
Estaba harto de aquellas escenas de violencia entre máquinas enloquecidas. Cargándome a la espalda todo cuanto era posible recoger en nuestro viejo campamento, me dirigí lentamente en busca de Kukling.
El sol quemaba sin piedad y antes de llegar al lugar donde había dejado al ingeniero, me tiré bastantes veces al mar. Así tuve tiempo suficiente para reflexionar sobre todo lo sucedido.
Una cosa estaba clara: los cálculos del Almirantazgo respecto a la evolución eran erróneos. En lugar de pequeños aparatos perfeccionados, habían nacido pesados gigantes mecánicos de fuerza enorme y de movimientos lentos.
Desde el punto de vista militar no valían nada.
Estaba ya acercándome al montón de arena bajo el cual dormía Kukling, cuando desde la meseta, por detrás de los matorrales, apareció un enorme cangrejo.
Era más alto que yo y de patas largas y macizas. Avanzaba a saltos irregulares, doblando el cuerpo de modo extraño. Las patas anteriores, esto es, las de trabajo, tenían una longitud desmesurada y se arrastraban por el suelo. Sus fauces-taller estaban particularmente hipertrofiadas, constituían casi la mitad del cuerpo. El “ictiosauro”, como lo llamé para mí, se desplazó pesadamente y empezó a mover con lentitud todo el cuerpo a derecha e izquierda, como si observase los alrededores.
De forma automática agité en su dirección la lona que tenía en la mano, como se hace cuando se intenta apartar una vaca que te obstruye el camino. Pero aquel ser no me hizo caso y moviéndose de un modo extraño, de costado, como si siguiese el trazo de un gran arco, empezó a acercarse al montón de arena bajo el que Kukling dormía.
De adivinar que el monstruo se dirigía hacia el ingeniero, me habría precipitado en seguida en su ayuda. Pero la trayectoria del desplazamiento del autómata era tan imprecisa que al principio creía que se dirigía hacia el agua. Y sólo cuando hubo tocado el agua con las patas y el monstruo se volvió con brusquedad para lanzarse sobre Kukling, tiré mi carga y me puse a correr en la misma dirección.
El “ictiosauro” se detuvo encima de Kukling y apenas se agachó. Los extremos de sus largas pinzas se movían en la arena junto al rostro del ingeniero.
Un instante después, un montón de arena se levantó como una nube. Era Kukling, el cual, como si hubiese sido mordido por una víbora, se había incorporado e intentaba huir presa del pánico.
Pero no tuvo tiempo. Las sutiles pinzas se cerraron sólidamente en torno al cuello fofo del ingeniero y empezaron a subirlo hacia las fauces del autómata. Kukling quedó colgado en el aire, agitando blandamente los brazos y las piernas.
Aunque yo lo odiaba con todas las fuerzas de mi alma, no podía permitir que pereciese en una lucha desigual con un monstruo mecánico inmundo y sin cerebro. Agarré las altas patas del cangrejo y di una sacudida con todas mis fuerzas. Pero era como pretender derribar un grueso tubo metálico profundamente hincado en la arena. El “ictiosauro” ni se había movido.
Alzándome, conseguí saltar encima de él. Por un instante mi cara se encontró al mismo nivel que el rostro distorsionado de Kukling.
–Los dientes –comprendí en un instante–, Kukling tiene dientes de aleación metálica…
Lancé con todas mis fuerzas un puñetazo al espejo parabólico que brillaba al sol.
El cangrejo empezó a girar sobre sí mismo. El rostro cianótico de Kukling, con los ojos desorbitados, llegó al nivel de las fauces-taller. Y entonces sucedió algo terrible. La descarga eléctrica alcanzó la frente del ingeniero y sus sienes. Después, la pinza del cangrejo se abrió y el cuerpo exánime del creador de aquella pesadilla metálica, cayó sobre la arena.

Mientras enterraba a Kukling, algunos cangrejos recorrían la isla. No prestaban ninguna atención a mí ni al cadáver del ingeniero.
Tras haber envuelto el cuerpo de Kukling en la lona, lo enterré en el centro de la isla en una fosa poco profunda excavada en la arena. Lo hice sin pena. La arena chirriaba en mi boca ardiente y yo maldecía tácitamente al difunto por su invento. Desde el punto de vista de la moral cristiana cometía un terrible sacrilegio.
Luego, durante los siguientes días, me quedé tendido e inmóvil sobre la orilla, mirando al horizonte en dirección al punto por donde debería aparecer el Colombina. El tiempo pasaba con una lentitud insoportable y parecía como si el sol cruel se hubiera detenido sobre mi cabeza. De vez en cuando descendía arrastrándome hacia el agua para mojarme la cara quemada por la calentura.
Para luchar contra el hambre y la sed insostenibles, intentaba pensar en algo abstracto. Pensaba que hoy en día muchos hombres inteligentes malgastan las fuerzas de su inteligencia en dañar de una forma vil al prójimo. Por ejemplo, el invento de Kukling. Estaba convencido de que hubiese sido posible utilizarlo para algún fin útil: la extracción de metales, pongamos por caso. Hasta sería posible guiar la evolución de esas bestias para obligarlas a realizar este trabajo del modo más eficaz. Llegué a la conclusión de que perfeccionando adecuadamente su mecanismo, no habrían degenerado en fofos monstruos gigantescos.
De pronto vi llegar una sombra gigantesca. Levanté la cabeza con dificultad y miré lo que me había ocultado el sol. Descubrí entonces que estaba tendido entre las patas de un cangrejo de monstruosas proporciones. Se había acercado a la orilla y parecía mirar hacia el horizonte como si esperase algo.
Luego empezaron las alucinaciones. En mi mente ardiente, el cangrejo gigantesco se transformaba en un gran depósito de agua dulce suspendido en lo alto, a cuyo borde yo nunca podía llegar.
Recobré el sentido a bordo del velero. Cuando el capitán Hail me preguntó si se debía cargar sobre la nave el enorme y extraño mecanismo que yacía completamente contraído en la orilla, le contesté que por ahora no era necesario.


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