jueves, 4 de mayo de 2017

Muerte de un rebelde

Luis Britto García


A mí me dijeron que había que enconcharlo y como yo casualmente me había mudado al apartamento dije que sí. Vino a la noche con un camarada que yo conocía, se presentó con el nombre de Cáceres traía un paquete de papel periódico con pijamas y pantuflas era gordo calvo y yo no lo había visto nunca ni quise saber por qué lo buscaban, lo que siempre en definitiva es mejor. Las recomendaciones, que mientras yo salía a trabajar no hiciera ruido porque podía tocar la puerta algún vecino, que en caso de peligro la toalla en la ventana del baño que se ve desde la esquina, las amabilidades, comprar yo muchas revistas y muchos periódicos porque mis libros los había perdido casi todos salvo unos manuales de Estadística, ponerse él a arreglar el cuarto porque a la gallega que venía a barrer dos veces a la semana hubo que despedirla para no tener que explicarle quién era el señor en pantuflas, las precauciones, conversar de política pero sin entrar en detalles no fuera uno a enterarse de que, que nunca abriera la puerta no fuera a ser cosa también de que.
Le daban de cuando en cuando desvanecimientos y hablé para que me consiguieran un médico el médico vino tarde en la noche y tomó la tensión y el pulso y me preguntó si yo sabía poner inyecciones entonces escribió unas recetas con bolígrafo y yo salí a comprar frasquitos pero me demoré mucho porque era tarde y no se conseguían farmacias de turno. Como las inyecciones a veces había que ponerlas de hora en hora, por las noches hablábamos mucho de las redadas de la policía, de cómo estaba la cosa de jodida y de gente que había caído. Yo pensé inventar una excusa para dejar de ir al trabajo y acompañarlo pero él me dijo que estaba mejor; por el contrario, se puso muy débil y busqué un camarada que estuviera junto con él. Localicé a Aguirre, que estaba en mala situación; estuvo viniendo algunas tardes; comía y se quedaba. Aguirre no sabía poner inyecciones y yo le decía que debía aprender, pero no quise proponer que ensayara con el escondido. Al fin Cáceres se sintió mejor y no fue necesario que Aguirre siguiera viniendo. Yo no sé si de verdad se sentía mejor o si decía eso porque Aguirre era latoso. Pensé en comprar algunos libros para que Cáceres pasara el rato.
La noche del martes Cáceres leyó hasta tarde los periódicos. Al día siguiente amaneció muerto. No había hecho ruido, estaba ya frío y yo me avergoncé de haber en aquel mismo momento a lo mejor roncado y no oído mi nombre dicho muy bajito a lo mejor soñado una banalidad. Llamé por el teléfono del almacén a la pensión donde vivía Aguirre y le dije que viniera porque había sucedido algo muy importante. Me decía que tenía qué hacer pero al fin pude convencerlo. Tardó mucho. A las once de la mañana entró al apartamento, miró y se quedó callado. Yo no había querido cubrir a Cáceres con una sábana porque me parecía una pendejada hacerlo; pero tampoco me parecía bien dejarlo así. Aguirre dijo que hablaría con alguna gente. Se fue, y tardó todavía más. A las once de la noche me dijo que había que esperar al día siguiente. Dormí un rato, pero mal. El día siguiente fue fastidioso, y lo pasé casi todo en un sillón, dándole la espalda a Cáceres. Pensé bajar las persianas y oscurecer el cuarto pero me pareció también una pendejada. A mediodía comí algo en la esquina. La radio hablaba de bombardeos en alguna parte.
A las ocho de la noche apareció Aguirre con un amigo, vestimos el cuerpo, y esperamos. Serían las dos de la madrugada cuando bajamos las escaleras, con cuidado para que no se fuera a despertar el conserje. Yo preferí no salir a la calle para no ver el carro ni quién lo manejaba. Tampoco me esforcé en adivinar cómo arreglarían todo lo demás.
En las hojitas clandestinas jamás se dijo falleció el camarada fulano ni tampoco la prensa dijo hallado cuerpo o ingresó prófugo en clínica y falleció de inmediato. Yo nunca le pregunté nada a Aguirre, y después lo mandaron a hacer trabajo en el interior y hace tiempo que no sé de él. Recogí los frasquitos de medicina vacíos y las agujas usadas. También recogí las pijamas y las pantuflas, y algunos pares de medias. Las revistas viejas no era necesario recogerlas, pensé, pero de todos modos estaban viejas y no había para qué conservarlas. Lo mismo el cepillo de dientes y la maquinita de afeitar. El paquete lo eché a la basura, lejos de la casa. Varios días después encontré un papel con garabatos. Decían condiciones objetivas, inf. pol., ojo, no olvidar C. C., y cosas así. Como no podía entregárselo a Aguirre, lo eché al excusado. De todos modos no decía nada. Cáceres murió sin ver la revolución. Yo había faltado dos días al trabajo, y debí pedirle a un médico amigo que me certificara bronquitis. Después de eso trabajé sobretiempo algunos días. El calor comenzaba a pasar y venían las lluvias.


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