lunes, 22 de mayo de 2017

Tales eran sus rostros

Silvina Ocampo


Tales eran sus rostros
Tales eran sus rostros; y tenían sus
alas extendidas por encima, dos
cada uno, las cuales se juntaban.
EZEQUIEL 1, 11.

¿Cómo los niños menores llegaron a saberlo? Nunca se explicará. Además falta dilucidar qué llegaron a saber, y si ya no lo sabrían los mayores. Se presume, sin embargo, que fue un hecho real, no una fantasía, y que sólo personas que no los conocieron y que no conocieron el colegio y a sus maestras podrían negarlo sin sentir algún escrúpulo.
A la hora en que tocaron, inútilmente como siempre, para mantener un rito, la campana que anuncia la leche, o un poco más tarde, en el recreo, cuando se dirigieron corriendo al patio del fondo, o bien, lo que es más probable, inconscientemente, paulatinamente, diariamente, sin orden de edades ni de sexos, llegaron a saberlo, y digo llegaron, porque se advirtió por múltiples manifestaciones que estaban esperando, hasta ese momento, algo que les permitiría esperar de nuevo y definitivamente, algo muy importante. A ciencia cierta, sabemos que a partir de ese instante, que menciono de modo impreciso, pero sobre el cual se hacen miles de conjeturas, sin perder la inocencia, pero perdiendo esa despreocupación aparente, tan característica de la infancia, los niños no pensaron en otra cosa.
Después de meditarlo, todo deja presumir que los niños lo supieron simultáneamente. En los dormitorios, al dormirse; en el comedor, al comer; en la capilla, al rezar; en los patios, al jugar a la mancha o a Martín Pescador, sentados frente a los pupitres, al hacer los deberes o cumpliendo las penitencias; en la plaza, cuando se hamacaban; o en los baños, dedicados a la higiene corporal (momentos importantes, porque en ellos las preocupaciones se olvidan), con la misma mirada hosca y abstraída, sus mentes, como pequeñas máquinas, hilaban la trama de un mismo pensamiento, de un mismo anhelo, de una misma expectación.
La gente que los veía pasar endomingados, limpios y bien peinados, en los días patrios, en las fiestas de la iglesia, o en cualquier domingo, decía:
“Estos niños pertenecen a una misma familia o a una cofradía misteriosa. Son idénticos. ¡Pobres padres! ¡No reconocerán al hijo! Estos tiempos modernos, una misma tijera corta todos los niños (las niñas parecen varones y los varones niñas); tiempos sin espiritualidad, son crueles.”
En efecto, sus caras eran tan parecidas entre sí, tan inexpresivas como las caras de las escarapelas o de las vírgenes de Luján en las medallas que lucían sobre sus pechos.
Pero ellos, cada uno de ellos, en el primer momento, se sentían solos, como si una armazón de hierro los revistiera incomunicándolos, endureciéndolos. El dolor de cada uno era un dolor individual y terrible; la alegría también y por lo mismo era dolorosa. Humillados, se figuraban diferentes los unos de los otros, como los perros con sus razas tan dispares o como los monstruos prehistóricos de las láminas. Creían que el secreto, que en ese mismo momento se bifurcaba en cuarenta secretos, no era compartido y no sería jamás compartido. Pero un ángel llegó, el ángel que asiste a veces a las muchedumbres; llegó con su reluciente espejo en alto, como el retrato del candidato, del héroe o del tirano que llevan los manifestantes, y les mostró la identidad de sus caras. Cuarenta caras eran la misma cara; cuarenta conciencias eran la misma conciencia, a pesar de la diferencia de edades y de familia.
Por horrible que sea un secreto, compartido deja a veces de ser horrible, porque su horror da placer: el placer de la comunicación incesante.
Pero quien supone que fuera horrible se adelanta a los acontecimientos. En realidad no se sabe si era horrible y se volvía hermoso, o si era hermoso y se volvía horrible.
Cuando se sintieron más seguros de sí mismos, se escribieron cartas, en papeles de diversos colores, con festones de puntillas o con figuritas pegadas. Al principio eran lacónicas; luego, largas y más confusas. Eligieron lugares estratégicos que servían de estafeta, para que los otros las recogieran.
Porque eran cómplices felices, los inconvenientes habituales de la vida no los molestaban ya.
Si alguno pensaba tomar una decisión, los otros inmediatamente resolvían hacer lo mismo.
Como si desearan igualarse, los menores caminaban de puntillas para parecer más altos; los mayores se encorvaban para parecer más bajos. Se hubiera dicho que los pelirrojos apagaban el fuego de sus cabelleras y que los morenos moderaban la oscuridad de una tez apasionadamente oscura. Los ojos lucían todos las mismas rayitas castañas o grises, que caracterizan los ojos claros. Ya ninguno se comía las uñas, y el único que se chupaba el dedo dejó de hacerlo.
Estaban unidos también por la violencia de los ademanes, por las risas simultáneas, por una solidaridad bulliciosa y súbitamente triste que se refugiaba en los ojos, en el pelo lacio o levemente encrespado. Tan indisolublemente unidos, hubieran derrotado un ejército, una manada de lobos hambrientos, una peste, el hambre, la sed, o el cansancio aplicado que extermina a las civilizaciones.
En lo alto de un tobogán, no por maldad sino por frenesí, estuvieron a punto de matar a un niño, que se metió entre ellos. En una calle, bajo el entusiasmo admirativo de todos, un vendedor de flores ambulante por poco no pereció con su mercadería.
En los guardarropas, de noche, las faldas azul marino, tableadas, los pantalones, las blusas, la ropa interior áspera y blanca, los pañuelos se apretujaban en la oscuridad, con esa vida que les habían trasmitido sus dueños, durante la vigilia. Los zapatos juntos, cada vez más juntos, formaban un ejército enérgico y organizado: caminaban tanto de noche sin ellos, como de día con ellos. Un barro espiritual se adhería a las suelas. ¡Ya bastante patéticos son los zapatos cuando están solos! El jabón que pasaba de mano en mano, de boca en boca, de pecho en pecho, adquiría la forma de sus almas. ¡Jabones perdidos entre el dentífrico y los cepillos de uñas y de dientes! ¡Todos iguales!
“La voz dispersa a los que hablan. Los que no hablan trasmiten su fuerza a los objetos que los circundan”, dijo Fabia Hernández, una de las maestras; pero ni ella, ni Lelia Isnaga, ni Albina Romarín, sus colegas, penetraba en el mundo cerrado que a veces mora en el corazón de un hombre solo (que se defiende y que se entrega a su desventura o a su dicha). ¡Ese mundo cerrado moraba en el corazón de cuarenta niños! Ellas, por amor a su trabajo, con suma dedicación, querían sorprender el secreto. Sabían que un secreto puede ser venenoso para el alma. Las madres lo temen para sus hijos; por hermoso que sea, piensan, ¡quién sabe qué víboras atesora!
Querían sorprenderlos. Encendían las luces de los dormitorios intempestivamente, con el pretexto de revisar el techo donde una cañería se había roto, o con el de cazar las lauchas que habían invadido las dependencias principales; con el pretexto de imponer silencio interrumpían los recreos, diciendo que la bulla molestaba a algún vecino enfermo o la ceremonia de algún velorio; con el pretexto de vigilar la conducta religiosa, entraban en la capilla, donde el misticismo exacerbado permitía en raptos de amor divino la articulación de palabras desmembradas, pero estruendosas y difíciles, frente a las llamas de los cirios que iluminaban los rostros herméticos.
Los niños, como pájaros aleteando, irrumpían en los cinematógrafos o en los teatros o en alguna función de beneficencia, pues tenían oportunidad de divertirse o de distraerse con espectáculos pintorescos. Las cabezas giraban de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, al mismo tiempo, revelando la plenitud de la simulación.
La señorita Fabia Hernández fue la primera en advertir que los niños tenían los mismos sueños; que cometían los mismos errores en los cuadernos y cuando les reprochó el no tener personalidad sonrieron dulcemente, cosa que no era habitual en ellos.
Ninguno tenía inconveniente en pagar por las travesuras de su compañero. Ninguno tenía inconveniente en ver premiado por mérito suyo a otros compañeros.
En varias oportunidades las maestras acusaron a uno o a dos de ellos de hacer los deberes del resto de los alumnos, pues de otro modo no se podía explicar que la letra fuera tan parecida y las frases de las composiciones tan idénticas. Las maestras comprobaron que ellas se habían equivocado.
Cuando en la clase de dibujo, la profesora, para estimularles la imaginación, les pidió que dibujaran cualquier objeto que sentían, todos dibujaron, durante un tiempo alarmante, alas cuyas formas y dimensiones variaban al infinito sin restar según ella, monotonía al conjunto. Cuando se les reprendió por dibujar siempre lo mismo, rezongaron y, por último, escribieron en el pizarrón: Sentimos las alas, señorita.
Sin incurrir en un irrespetuoso error, ¿cabría decir que eran felices? Dentro de lo que pueden serlo niños con sus limitaciones, todo induce a creer que lo eran, salvo en verano. El calor de la ciudad pesaba sobre las maestras. A la hora en que a los niños les gustaba correr, trepar a los árboles, retozar en el pasto o bajar rodando las barrancas, la siesta, la temida costumbre de la siesta, reemplazaba los paseos. Cantaban las chicharras, pero ellos no oían ese canto que vuelve el calor más intenso. Vociferaban las radios, pero ellos no oían ese ruido que vuelve intolerable al verano, con asfalto pegajoso.
Perdían las horas esperando a la zaga de las maestras con pantallas que bajara el sol o que amainara el calor, haciendo cuando los dejaban solos involuntarias travesuras como llamar desde el balcón a algún perro que al ver tantos posibles amos simultáneos daba un salto delirante para alcanzarlos, o con pitos catalanes provocaban la ira de alguna señora que tocaba el timbre para quejarse de tanta insolencia.
Una inesperada donación permitió que fueran a veranear al borde del mar. Las niñas confeccionaron ellas mismas púdicos trajes de baño; los niños adquirieron los suyos en una tienda económica, cuyos géneros olían a aceite de ricino pero que eran de corte moderno, de esos que caen bien a cualquiera.
Para dar más importancia al hecho de que veranearan por primera vez, las maestras les mostraron con un puntero, sobre el mapa, el punto azul, junto al Atlántico, hacia donde viajarían.
Soñaron con el Atlántico, con la arena, todos el mismo sueño. Cuando el tren partió de la estación, los pañuelos se agitaron en las ventanillas como una bandada de palomas; esto lo registra una fotografía que salió en los diarios.
Cuando llegaron al mar apenas lo miraron; siguieron viendo el mar imaginado antes de ver el verdadero. Cuando se habituaron al nuevo paisaje, fue difícil contenerlos. Corrían detrás de la espuma que formaba copos parecidos a los que forma la nieve. Pero el júbilo no les hacía olvidar el secreto y gravemente volvían a las habitaciones, donde la comunicación entre ellos se volvía más placentera. Si no estaba en juego el amor, algo muy parecido al amor los unía, los alegraba, los exaltaba. Los mayores, influidos por los menores, se ruborizaban cuando las maestras les hacían preguntas capciosas y respondían con rápidos movimientos de cabeza. Los menores, con gravedad, parecían adultos a quienes nada perturba. La mayoría tenía nombre de flores como Jacinto, Delio, Margarita, Jazmín, Violeta, Lila, Azuceno, Narciso, Hortensio, Camelio: apelativos cariñosos elegidos por los padres. Los grababan en los troncos de los árboles, con uñas duras como de tigre; los escribían sobre las paredes, con lápices carcomidos; en la arena húmeda, con un dedo.
Emprendieron el regreso a la ciudad, con el corazón rebosando de dicha, pues viajarían, de regreso, en avión. Se iniciaba un festival de cine aquel día y pudieron entrever furtivas estrellas en el aeródromo. De tanto reír les dolía la garganta. De tanto mirar, los ojos se les pusieron punzó.
La noticia apareció en los periódicos; he aquí un texto: El avión en que viajaban cuarenta niños de un colegio de sordomudos, que volvían de su primer veraneo en el mar, sufrió un accidente imprevisto. Una portezuela que se abrió en pleno vuelo ocasionó la catástrofe. Sólo se salvaron las maestras, el piloto y el resto de los tripulantes. La señorita Fabia Hernández, que fue entrevistada, asegura que los niños al precipitarse en el abismo tenían alas. Quiso detener al último, que se arrancó de sus brazos para seguir como un ángel detrás de los otros. La escena la deslumbró tanto por su intensa belleza que no pudo considerarla en un primer momento una catástrofe, sino una visión celestial, que jamás olvidará. Todavía no cree en la desaparición de esos niños.
–Mostrarnos el cielo, para precipitarnos en el infierno, sería una mala jugada de Dios –declara la señorita Lelia Isnaga–. No creo en la catástrofe.
Dice Albina Romarín:
–Todo fue un sueño de los niños, que quisieron deslumbrarnos, como lo hacían en los columpios de la plaza. Nadie me persuadirá de que han desaparecido.
Ni el cartel rojo que anuncia el alquiler de la casa donde funcionaba el colegio, ni las persianas cerradas, desaniman a Fabia Hernández. Con sus colegas, a las cuales está unida, como los niños lo estaban entre ellos, visita el viejo edificio y contempla los nombres de los alumnos escritos en las paredes (inscripciones por las que los reprendían) y algunas alas dibujadas con destreza infantil, que testimonian el milagro.


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