martes, 2 de mayo de 2017

Voz en el teléfono

Silvina Ocampo


No, no me invites a casa de tus sobrinos. Las fiestas infantiles me entristecen. Te parecerá una macana. Ayer te enojaste porque no quise encender tu cigarrillo. Todo está relacionado. ¿Que estoy loco? Tal vez. Ya que nunca puedo verte, terminaré por explicar las cosas por teléfono. ¿Qué cosas? La historia de los fósforos. Detesto el teléfono. Sí. Ya sé que te encanta, pero a mí me hubiera gustado contarte todo en el auto, o saliendo del cine, o en la confitería. Tengo que remontarme a los días de mi infancia.
–Fernando, si jugás con fósforos, vas a quemar la casa –me decía mamá, o bien–: Toda la casa va a quedar reducida a un montoncito de cenizas –o bien–: Volaremos como fuegos de artificio.
¿Te parece natural? A mí también, pero todo eso me inducía a tocar fósforos, a acariciarlos, a tratar de encenderlos, a vivir por ellos. ¿Te sucedía lo mismo con las gomas de borrar? Pero no te prohibían tocarlas. Las gomas de borrar no queman. ¿Las comías? Ésa es otra cosa. Los recuerdos de mis cuatro años tiemblan como iluminados por fósforos. La casa donde pasé mi infancia, ya te dije que era enorme: se componía de cinco dormitorios, dos vestíbulos, dos salas con el cielo raso pintado, con nubes y angelitos. ¿Te parece que vivía como un rey? No creas. Siempre había líos entre los sirvientes. Se habían dividido en dos bandos: los partidarios de mi madre y los partidarios de Nicolás Simonetti. ¿Quién era? Nicolás Simonetti era el cocinero: yo lo quería con locura. Me amenazaba, en broma, con un enorme cuchillo lustroso, me daba trocitos de carne y hojitas de lechuga para que me entretuviera, me daba caramelo que derramaba sobre el mármol. Él contribuyó tanto como mi madre a despertar mi pasión por los fósforos, que encendía para que yo los apagara soplando. Debido a los partidarios de mi madre, que eran infatigables, la comida nunca estaba lista, ni rica, ni a punto. Siempre había una mano que interceptaba los platos, que los dejaba enfriar, que agregaba talco a los tallarines, que espolvoreaba los huevos con ceniza. Todo esto culminó con la aparición de un pelo larguísimo en un budín de arroz.
–Este pelo es de Juanita –dijo mi padre.
–No –dijo mi tía–, no quiero “echar pelos en la leche”, para mi gusto, es de Luisa.
Mi madre, que tenía mucho amor propio, se levantó de la mesa en medio de la comida y tomando de la punta de los dedos el pelo, lo llevó a la cocina. La cara absorta del cocinero que vio, en lugar de un pelo, una hebra de hilo negro, irritó a mi madre. No sé qué frase sarcástica o hiriente hizo que Nicolás Simonetti se quitara el delantal que amasó como un bollo para tirarlo y anunciar que dejaba la casa. Yo lo seguí al cuarto de baño donde se vestía y se desvestía diariamente. Aquella vez, él que era tan atento conmigo, se vistió sin mirarme. Se peinó con un poquito de grasa que le quedaba en las manos. Nunca vi manos tan parecidas a peines. Luego, con dignidad juntó, en la cocina, los moldes, los cuchillos enormes, las espátulas y las metió en una valijita que siempre traía y se dirigió a la puerta con el sombrero puesto. Para que se dignara mirarme le di un puntapié en la pierna; entonces puso su mano, que olía a manteca, sobre mi cabeza y dijo:
–Adiós, pibe. Ahora muchos apreciarán las comidas de Nicolás. Que se chupen los dedos.
¿Te hace gracia? Sigo enumerando: dos escritorios. ¿Para qué tantos? Yo también me lo pregunto. Nadie escribía. Ocho corredores, tres cuartos de baño (uno con dos lavatorios). ¿Por qué dos? Se lavarían a cuatro manos. Dos cocinas (una económica y una eléctrica), dos cuartos para lavar y planchar la ropa (uno de ellos decía mi padre que estaba destinado a arrugarla), una antecocina, un antecomedor, cinco cuartos de servicio, un cuarto para los baúles. ¿Viajábamos mucho? No. Esos baúles se utilizaban para distintas cosas. Otro cuarto para los armarios, otro para los cachivaches donde dormía el perro y mi caballo de madera montado en un triciclo. ¿Si existe esa casa? Existe en mi recuerdo. Los objetos son como esos mojones que indican los kilómetros recorridos: la casa tenía tantos que mi memoria está cubierta de números. Podría decir en qué año comí la primera manzana o mordí la oreja del perro, o bien oriné en la dulcera. ¡Te parece que soy un cochino! Las alfombras, las arañas y las vitrinas de la casa me gustaban más que los juguetes. Para el día de mi cumpleaños mi madre organizó una fiesta. Invitó a veinte varones y veinte mujeres para que me trajeran regalos. Mi madre era previsora. ¡Tenés razón, era un amor! Para el día de la fiesta los sirvientes sacaron las alfombras, los objetos de las vitrinas que mi madre reemplazó por caballitos de cartón con sorpresas y automovilitos de material plástico, matracas, cornetas y flautines, dedicados a los varones; pulseras, anillos, monederos y corazoncitos a las mujeres. En el centro de la mesa del comedor colocaron la torta con cuatro velitas, los sándwiches, el chocolate servido. Algunos niños llegaron (no todos con regalos) con sus niñeras, otros con sus madres, otros con una tía o una abuela. Las madres, tías o abuelas se sentaron en un rincón para conversar. Yo las escuchaba de pie, soplando en una corneta que no sonaba.
–Qué bonita estás, Boquita –dijo mi madre a la madre de una de mis amigas–. ¿Venís del campo?
–Es la época en que uno quiere quemarse y es un monstruo –respondió Boquita.
Yo creí que se refería a los fósforos y no al sol. ¿Si me gustaba? ¿Qué cosa? ¿Boquita? No. Era horrible, con su boca diminuta, sin labios, pero mi madre aseguraba que nunca había que decir bonita a las bonitas, sino a las feas porque era más amable; que la belleza está en el alma y no en la cara; que Boquita era un esperpento, pero que “tenía algo”. Además mi madre no mentía: siempre se arreglaba para pronunciar las palabras de un modo equívoco, como si se le enredara la lengua, y así lograba decir “qué loquita estás Boquita”; lo que también podía interpretarse como una alabanza a la fuerte personalidad de su amiga. Hablaron de política, de sombreros y de vestidos, hablaron de problemas económicos, de personas que no habían ido a la fiesta: lo advierto ahora recopilando las palabras que les oí decir. Después de la distribución de globos y de la representación de títeres (donde Caperucita Roja me aterró como el lobo a la abuela, donde la Bella me pareció horrorosa como la Bestia), después de apagar las velas de mi torta de cumpleaños, seguí a mi madre a la salita más íntima de la casa, donde se encerró con sus amigas, entre los almohadones bordados. Conseguí esconderme detrás de un sillón, pisotear el sombrero de una señora, sentado en cuclillas, apoyado contra la pared, para no perder el equilibrio. Ya sé que soy un bruto. Las señoras reían tanto que apenas comprendía yo las palabras que pronunciaban. Hablaban de corpiños, y una de ellas se desabotonó la blusa hasta la cintura para mostrar el que llevaba puesto: era transparente como una media de Navidad, pensé que tendría algún juguete y sentí deseos de meter la mano adentro. Hablaron de medidas: resultó que se trataba de un juego. Por turno se pusieron de pie. Elvira, que parecía una nena enorme, misteriosamente sacó de su cartera un centímetro.
–Siempre llevo en mi cartera una lima y un centímetro, por las dudas –dijo.
–Qué loca –exclamó Boquita estrepitosamente–, parecés una modista.
Se midieron la cintura, el pecho y las caderas.
–Te apuesto a que tengo cincuenta y ocho de cintura.
–Y yo te apuesto a que tengo menos.
Las voces resonaban como en un teatro.
–Quisiera ganar con las caderas –decía una.
–Yo me contento con la pechera –dijo otra–. A los hombres les interesa más el pecho, ¿no ves dónde miran?
–Si no me miran en los ojos no siento nada –dijo otra, con un suntuoso collar de perlas.
–No se trata de lo que sentís, sino de lo que ellos sienten –dijo la voz agresiva de una que no era madre de nadie.
–A mí me importa un bledo –respondió la otra, encogiéndose de hombros.
–Yo, no –dijo la Rosca Pérez, que era preciosa, cuando le tocó el turno de medirse; tropezó contra el sillón donde yo estaba escondido.
–Gané –dijo Chinche, que era puntiaguda como un alfiler de cabeza chica y que hacía sonar las nueve esclavas de oro que llevaba en el brazo.
–Cincuenta y uno –exclamó Elvira, examinando el centímetro que rodeaba la cintura diminuta de Chinche.
¿Que no podía tener cincuenta y un centímetros, a menos de ser una avispa? Pues entonces era una avispa. ¿Se puede hundiendo la barriga como un yogui? Yogui no era, pero encantadora de serpientes, sí. Fascinaba a las mujeres perversas. A mi madre, no. Mi madre era un pan de Dios. Le tenía lástima. Cuando le hablaban mal de Chinche contestaba:
–Macana frita.
Cualquier día. Nunca le oí decir a un malevo “macana frita”. Sería algo muy personal. Era muy ella misma. Seguiré contando. En ese momento sonó el teléfono que estaba colocado junto a uno de los sillones; Chinche y Elvira, repartiéndoselo, lo atendieron; luego, tapando el teléfono con un almohadón, dijeron a mi madre:
–Es para vos, che.
Las otras se codearon y Rosca tomó el teléfono para oír la voz.
–Apuesto a que es el barbudo –dijo una de las señoras.
–Apuesto a que es el duende –dijo otra, mordiendo sus collares.
Entonces comenzó un diálogo telefónico en que todas intervinieron pasándose el teléfono por turno. Olvidé que estaba escondido y me puse de pie para ver mejor el entusiasmo, con tintineo de pulseras y collares, de las señoras. Mi madre al verme cambió de voz y de rostro: como frente al espejo se alisó el pelo y se acomodó las medias; apagó con ahínco el cigarrillo en el cenicero, retorciéndolo dos o tres veces. Me tomó de la mano y yo, aprovechando su turbación, robé los fósforos largos y lujosos que estaban sobre la mesa, junto a los vasos de whisky. Salimos del cuarto.
–Tenés que atender a tus invitados –dijo mi madre con severidad–. Yo atiendo a los míos.
Me dejó en la sala desmantelada, sin alfombra, sin los objetos habituales de las vitrinas, sin los muebles más valiosos, con los caballitos de cartón vacíos, con las cornetas y flautines en el suelo, con los automovilitos todos con dueños que eran impostores para mí. Cada uno de los niños tenía ya un globo que abrazaba, que estrujaba con audacia. Sobre el piano enfundado alguien había colocado los regalos que los amigos me habían traído. ¿Pobre piano? ¡Por qué no decís, más bien, pobre Fernando! Advertí que faltaban algunos regalos, pues yo atentamente los había contado y examinado en el momento de recibirlos. Pensé que estarían en otro lugar de la casa y ahí empezó mi peregrinación por los corredores que me llevaron al tacho de basura donde desenterré unas cajas de cartón y papeles de diario que triunfalmente llevé a la sala desmantelada. Descubrí que algunos de los niños habían aprovechado de mi ausencia para apoderarse de nuevo de los regalos que me habían traído. ¿Vivos? Sinvergüenzas. Después de muchas vacilaciones, muchas dificultades para entrar en relación con los niños, nos sentamos en el suelo para jugar con los fósforos. Pasó una niñera y dijo a su compañera:
–Hay adornos muy finos en esta casa: hay cada florero que si se te cae en un pie te lo aplasta –y mirándonos como si hablaran del mismo florero, agregó–: Cada uno cuando está solo es un diablo, pero acompañado se te vuelve un Niño Dios.
Hicimos construcciones, planos, casas, puentes con los fósforos, les doblamos las puntas, durante un largo rato. No fue sino después, cuando llegó Cacho con los anteojos puestos y una billetera en el bolsillo que tratamos de encender los fósforos. Primero quisimos encenderlos en la suela de los zapatos, después en la piedra de la chimenea. A la primera chispa nos quemamos los dedos. Cacho era muy sabio y dijo que sabía no sólo preparar sino encender una fogata. Él tuvo la idea de cercar la antecocina, donde estaba su niñera, con fuego. Yo protesté. No teníamos que desperdiciar fósforos en niñeras. Esos fósforos lujosos estaban destinados para la salita íntima donde los había encontrado. Eran los fósforos de nuestras madres. En puntas de pie nos acercamos a la puerta del cuarto donde se oían las voces y las risas. Yo fui el que cerré la puerta con llave, yo fui el que saqué la llave y la guardé en el bolsillo. Apilamos los papeles en que venían envueltos los regalos, las cajas de cartón con paja, algunos diarios que habían quedado sobre una mesa, las basuras que había juntado, unos leños de la chimenea, donde nos sentamos un rato para mirar la futura hoguera. Oímos la voz de Margarita, su risa que no he olvidado, diciendo:
–Nos encerraron con llave.
Y la respuesta de no sé quién:
–Mejor, así nos dejan tranquilas.
Al principio el fuego chisporroteaba apenas, luego estalló, creció como un gigante, con lengua de gigante. Lamía el mueble más valioso de la casa, un mueble chino con muchos cajoncitos, decorado con millones de figuras que atravesaban puentes, que se asomaban a las puertas, que paseaban en la orilla de un río. Millones y millones de pesos le habían ofrecido a mi madre por ese mueble, y nunca lo quiso vender a ningún precio. ¡Te parece, una lástima! Mejor hubiera sido venderlo. Retrocedimos hasta la puerta de entrada donde acudieron las niñeras. Retumbaron las voces pidiendo auxilio en la larga escalera de servicio. El portero, que estaba conversando en la esquina, no llegó a tiempo para hacer funcionar el extinguidor de incendios. Nos hicieron bajar a la plaza. Agrupados debajo de un árbol vimos la casa en llamas, y la inútil llegada de los bomberos. ¿Ahora comprendés por qué no quise encender tu cigarrillo? ¿Por qué me impresionan tanto los fósforos? ¿No sabías que era tan sensible? Naturalmente, las señoras se asomaron a la ventana, pero estábamos tan interesados en el incendio que apenas las vimos. La última visión que tengo de mi madre es de su cara inclinada hacia abajo, apoyada sobre un balaustre del balcón. ¿Y el mueble chino? El mueble chino se salvó del incendio, felizmente. Algunas figuritas se estropearon: una de una señora que llevaba un niño en los brazos y que se asemejaba un poco a mi madre y a mí.


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