martes, 6 de junio de 2017

Amelia Cicuta

Silvina Ocampo


Un patio con la estatua de Baco sosteniendo racimos de uvas entre los dedos, que en verano servía de espantapájaros, era memorable en casa de Irma y de Edimia Urbino.
Irma era una buena modista, de las más cotizadas en Buenos Aires. Por la manera de sostener un corte de género sobre los hombros de la clienta y plegarlo en la cintura, haciendo resaltar un busto o una cadera, se adivinaba la jerarquía de su destreza. Su manera de arrodillarse al pie de la clienta apretando con los labios hileras torcidas de alfileres, para marcar el ruedo de una falda, también denotaba su docta capacidad. En cambio, Edimia Urbino servía sólo para rematar las costuras y acomodar en las perchas los vestidos, para abrir la puerta a las clientas y para pasar la escoba por el piso para juntar las agujas o los alfileres caídos, cuando las clientas se habían retirado.
En los primeros tiempos, las dos hermanas ganaban poco dinero, pero fueron aumentando los precios e insensiblemente acumularon una fortuna, como la que tuvieron los padres hoy venidos a menos. Compraron una casita en Mar del Plata, del tamaño de una lata de sardinas, según los informes que ellas mismas daban, para no despertar envidias. Televisor, enceradora, aspiradora, máquina de lavar, heladera y automóvil atraían pretendientes, que venían de Burzaco en motoneta o de Avellaneda en microómnibus. Irma, que tenía las piernas bien formadas y la cintura fina, era la de más éxito; Edimia, que era como una especie de fotografía fuera de foco de su hermana, no lograba que la mirasen siquiera, cosa que no le preocupaba en lo más mínimo. Los hombres no le interesaban: todos tenían barba e inútilmente se afeitaban; un formato de cuerpo incómodo, por más que dijeran que era más práctico que el de las mujeres para orinar, trajes llenos de tiradores y de ligas. Le interesaban los gatos: todas las mañanas desde que cumplió quince años les llevaba carne cruda y restos de comida. En Buenos Aires hay muchas personas que llevan a Palermo, al Botánico, al Parque Lezama, comida para los gatos; pero ella, Edimia, llevaba comida a todos los gatos de la ciudad. La conocían, acudían a su llamado, y ahora que era más rica y que tenía automóvil, con más razón. Podía llevar carne de lomo, pescado, que les gustaba tanto, y leche cuajada en jarras de plata. Diariamente Edimia iba a distintos barrios; los gatos la seguían; un maullido de ella bastaba para que acudieran y entraran en el automóvil, saltando con exaltada familiaridad. Irma tuvo que desistir de sus viajes, de sus veraneos.
Edimia no podía abandonar los gatos e Irma no podía abandonar a Edimia. El dinero se iba como agua. La comida de los gatos resultaba demasiado cara, “¿Acaso no les podría dar corazón o carnaza?” decía Irma. “Los gatos son delicados –respondía Edimia–. Si les llevamos porquerías ¡qué dirán de nosotros!”. Irma se resignó.
Edimia siguió recorriendo en automóvil las calles de Buenos Aires, los lugares apartados, los alrededores. Fue en Almagro donde se detuvo un día en una reunión de gatos gordos que tomaban sol y se lamían las patas perezosamente. Edimia detuvo el automóvil con una frenada brusca y emitió un maullido perfecto. Abrió las portezuelas y todos los gatos; se precipitaron dentro del coche, salvo uno que ronroneando se quedó acostado. Indignada, Edimia bajó del coche, se acercó al animal y le habló en estos términos: “Vengo del centro de la ciudad, me molesto y usted se queda, señor, durmiendo. ¿Es justo? ¿Es natural?” El gato no se movió. Edimia le dio una palmadita y algo de comer en la boca. El gato levantó la cabeza sin convicción, pidiendo más. Edimia le dio bocados de carne hasta que el gato, satisfecho, se levantó y lentamente se alejó. Edimia maulló de nuevo, el gato siguió caminando con su paso de tigre desdeñoso. Edimia lo siguió, cruzó un mercado, una plaza, un terreno baldío; ahí se metió en una casa prefabricada. Edimia espió desde la puerta el interior del cuarto. Un hombre le daba de comer al gato. Afuera, al sol, en una reja, colgaban catorce cueros. Edimia no alcanzaba a ver de qué color ni qué animales eran. Se aproximó para mirarlos: vio que eran cueros de gato. Golpeó a la puerta de la casa. El hombre, con amabilidad, la invitó a entrar.
–¿Hay rabia entre los gatos? –inquirió Edimia, nerviosamente.
–¿A qué gatos se refiere, señorita? ¿A los señores vecinos? Tienen uñas de gato y lenguas de víbora, es cierto, y son rabiosos...
–No. No quiero insultar a los gatos –agregó Edimia con una sonrisa encantadora–; dígame la verdad, señor, ¿hay rabia entre los gatos?
–¿Por qué me lo pregunta, preciosa?
Edimia se estremeció; pensó que el hombre iba a violarla, pero serenamente siguió sus averiguaciones.
–Vi los cueros colgados en la reja y pensé que habrían muerto de alguna peste.
–Esos cueros son la prueba de que gozan todos de buena salud, señorita. ¿Acaso los comería yo si estuvieran rabiosos?
–¿Los come? –musitó Edimia conteniendo la respiración–. ¡Cómo puede!
–¿Le da asco?
–¡Usted me da asco!
–A algunas les dan asco los gatos, a otras les doy asco yo porque como gatos que ellas aprecian, ¿en qué estamos, señorita? ¿No come usted gallinas, vacas, que son tan grandes, perdices, pollos, pichones que son tan indigestos, pavos, chanchos que son tan inteligentes, y pescados que también son animales como cualquier otro, aunque vivan en el agua?
–Se va a ir al infierno –musitó Edimia.
–Mientras la encuentre a usted allí, me sentiré honrado, señorita.
–Me encontrará, no pierda cuidado, mientras coma gatos.
–Diga, ¿no come usted la carne de vaca? Diga, diga.
–El gato es diferente. No se me ocurriría comer un perro por ejemplo, ni a un cristiano. ¿Cómo se llama usted?
–Torcuato Angora, ¿y usted?
–Amelia Cicuta. Lo denunciaré a la Sociedad Protectora de Animales Pequeños –dijo Edimia, con energía amenazante.
–Será inútil. Observe. –Torcuato Angora emitió con los labios un sonido como el que emplean las mujeres para hacer orinar a sus hijos. Aparecieron millones de gatos. Los alimento, por eso vienen, y después, con los propios cueros les hago mantitas para cubrirlos cuando hace frío: mientras, engordan. ¿Qué hace en cambio la Sociedad Protectora de Animales?
–Es horrible –musitó Edimia.
–¿Ve cómo me quieren? –dijo Torcuato Angora, mostrando un gato que se trepó a sus hombros–. ¿Está celosa? –preguntó con malicia.
–Protege para matar. Engorda para comer a unos inofensivos animales. Es horrible.
–¿Horrible? Éste es el gato Maestro, el que enseña a todos los otros a conducirse como la gente.
–¡Pobre inocente! –exclamó Edimia–. ¿Por qué no me lo presta? Lo traeré listo para comer.
–Se lo regalo, señorita. Soy comilón pero no egoísta.
–Regalos no acepto. Me lo llevaré a casa por unos días. Me gustaría verlo jugar con mis ovillos de lana. ¿Qué hace usted? ¿No trabaja?
–¿Cree que puedo vivir del aire? Trabajo en la oficina de Transradio. ¿Y usted?
–Yo trabajo en la fábrica de embutidos. ¿Y necesita comer gatos?
–No es por economía, es por costumbre. Mi horario es de ocho a seis.
Edimia se despidió y tomó en sus brazos el gato. Se encaminó hacia el automóvil, temblando. Era la primera vez que llevaba un animal doméstico a la casa. ¿Qué diría su hermana? ¿Y las clientas?
El gato no congeniaba con ella, por lo que fue más fácil llevar a cabo su proyecto. Después de cebarlo durante dos meses, lo llevó a las cuatro de la tarde de un hermoso día a la casa de Torcuato Angora. Había previsto todo. Llevaba en un paquetito la carne con estricnina. Para no llamar la atención dejó en la otra cuadra el coche, y llegó a pie a la casa. Se arrodilló, le dio la carne envenenada al gato y, con lágrimas en los ojos y un martillo, antes de marcharse, violentamente le golpeó la cabeza. Luego, después de comprobar que el gato estaba muerto, con los guantes puestos escribió en un papelito que sacó del bolsillo: “Señor Torcuato: el gato Maestro está a punto para comer. Lo engordé para usted. Que le aproveche. Amelia Cicuta”. Acomodó el gato junto a la puerta con el mensaje.
En los diarios, entre las noticias policiales del día siguiente, no salió la noticia del envenenamiento de Torcuato Angora. Edimia Urbino compró durante varios días los diarios de la tarde, para ver si aparecía. Pensó que Torcuato Angora le había dado un falso nombre como ella. No se atrevió a volver a Almagro. Pero sabía que en el infierno Torcuato Angora y el gato Maestro estarían esperándola y que de nada le valdría llamarse Edimia Urbino, haber nacido en una casa con un patio que tenía una estatua de Baco sosteniendo racimos. Como si su vida entera hubiera transcurrido sólo en Almagro, en ese terreno baldío, su nombre valedero era Amelia Cicuta.


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