miércoles, 14 de junio de 2017

La escalera

Silvina Ocampo


–Isaura, Isaura.
Las voces resuenan en los corredores de la casa, para que se dé prisa. Isaura sube la escalera. Cincuenta años de su vida ha limpiado aquellos escalones, diez otros años los ha dedicado a ocupaciones frívolas, de crecimiento, diez otros a tener hijos, pero siempre ha limpiado esa escalera o ha acompañado a las personas que la limpian.
Ahora, que no funciona el ascensor, sube de nuevo por los mismos escalones, en busca de la ropa tendida en la azotea. Su corazón late como si quisiera volársele del pecho.
Veinticinco escalones. Cuando enseñaba a caminar a sus hijas, contándolos uno por uno, llevándolas de la mano, subía. Sola, vuelve, después de tantos años, a contarlos, por mera costumbre.
Uno… Tiene este escalón blancura de azúcar. Ahí se sentó una noche de verano, cuando no quedaba casi nadie en la casa, porque todos los inquilinos se habían ido a veranear. Tenía cuatro años. Su padre limpiaba la escalera, hablando con un hombre corpulento, que se apoyaba sobre la baranda y que ensuciaba los escalones limpios, con zapatos embarrados. Los tres estaban borrachos, había olor a vino. Ella conocía el gusto, el olor a vino de aquella damajuana que estaba en la cocina. Su padre le daba vino a cualquiera. Súbitamente el tono de las voces resonó con violencia. Los hombres se trabaron en lucha; parecía que bailaban. Cayó el padre. El otro hombre huyó escaleras abajo. Gotas de sangre comenzaron a caer. ¿Era el vino? ¿Era la lluvia sobre las claraboyas?
Dos… En este escalón, más gris, más sucio que los otros, siempre cae leche de alguna botella rota.
Tres… Es un escalón menos liso. Pasando la mano por la superficie, se siente una aspereza cuyo contacto da escalofríos. Fue allí que Lucrecia, su tía, dándole pan para distraerla, caramelos de dulce de leche, se dejó acariciar por Mario delante de ella. El amor es una cosa sucia, pero mientras consiga caramelos de dulce de leche no me importará presenciarlo, pensó.
Cuatro… Este escalón, liso pero amarillento, le da miedo. (Allí encontró el collar de piedras verdes y lo guardó en el bolsillo. Allí, la acusaron de ladrona, y su padre la dejó sin salir cinco días. Sus tías dijeron que iban a mandarla a un reformatorio.)
Cinco… El escalón del cansancio. Nunca, nunca está limpio. Un día, por broma, alguien defecó sobre sus bordes. Otro día, un perro orinó y el orín bajó los cinco escalones dejando un tinte amarillo y maloliente. Otra vez quedó allí, acurrucado, un recién nacido, envuelto en pañales y papel de diario. Nadie descubrió el paradero de la madre, y lo entregaron a la casa de expósitos. Ella tuvo al niño en sus brazos. Se hubiera quedado con él. ¡Pero qué hubieran pensado los vecinos! Que era hijo de ella, y ella misma lo hubiera creído.
–Seis… El escalón que es como un altar. Sobre él se arrodilló una mañana de invierno, preparándose para tomar la comunión. Ensayó las posturas difíciles que había que adoptar: la inclinación de la cabeza, la postura de las manos, la posición de los labios.
Siete… El escalón del remordimiento. Tiene vetas como venas o como nervaduras de hojas. Allí la violó Roque Alsina, el camionero de la cuadra, la tarde en que trajo la heladera, en el mes de enero. ¡Ese trágico mes de enero! ¿Cómo fue posible? Los inquilinos del primer piso vieron todo. Ni su amiga Isabel le creyó. Y cuando quedó sola, después que el canalla bajó por la escalera, apoyó la mejilla encendida sobre el mármol helado y pensó que ningún hombre decente se casaría con ella.
Ocho… El escalón que huele a lavandina. La camilla dura del hospital, cuando vinieron a buscarla, para hacerle una operación de apendicitis. Ahí, blanda como un trapo, rezó el rosario, antes de llegar a la puerta.
Nueve… Idéntico a la tapa de mármol de una cómoda. La cómoda con la que soñaba, con un espejo cuadrado encima. Formaba parte del juego de muebles para su casamiento; los muebles que nunca obtuvo.
Diez… El escalón más tranquilo, más feliz. Jugaba con el atado de ropa como si fuera una muñeca. Ahí soñó también con el primer hijo, que parecía una verdadera muñeca.
Once… La sombra oscura sobre el escalón parece una mancha. Inútilmente la jabonaba. Los celos, en su corazón, proyectaron la misma mancha. Ni la lavandina ni el querosén sacaron esa mancha. Estaba encinta y abandonada, como una caja hermética e impenetrable.
Doce… ¿Para qué tantos niños? ¡Si con uno basta! A los hombres no les importa. Es la mujer la que paga. ¿Y si la echaban de la casa donde trabajaba? A esa altura de la escalera, los escalones le hacían doler las piernas y el corazón. Sentía ganas de tirarse abajo y de caer deshecha.
Trece… Ese escalón huele a casilla de baño. Ella se había bañado en el mar. Conoció los secretos de la playa y de las vacaciones y ¿por qué no? Allí soñaba con irse, en una vida que sólo fuera vacaciones.
Catorce… El escalón nefasto. Siempre lo había detestado. Tiene como una suerte de mordisco, del lado izquierdo. Ahí, al bajarlo, le dieron la noticia del asesinato de su hija. Tropezó y se retuvo en la baranda.
Quince… A veces, se detenía a descansar y se quitaba los zapatos. “¿Qué haces, ahí?” le decían los inquilinos al pasar. Se reían con ella. Todavía era bonita.
Dieciséis… Empezaba a envejecer. No era en el pelo blanco ni en las arrugas… Ya no cantaba al limpiar los pisos, y los hombres que subían por la escalera no miraban sus piernas con várices. Várices tiene también ese escalón y una mala palabra, escrita con lápiz, siempre por el mismo chico de abajo, que es un boca sucia.
Diecisiete… Algunas cucarachas se aventuran por los zócalos. Es una pena. Hay gente asquerosa: tiran desperdicios en la escalera, caigan donde caigan; un trozo de algodón, la cáscara de una mandarina, a veces una media o una cinta, un peine roto, con pelo, y otras porquerías increíbles. ¡Después se quejan! ¿Qué culpa tiene la persona que limpia si después de limpiar arrojan basuras y el piso queda más sucio que antes?
Dieciocho… Un día que fue al campo, encontró un huevo de urraca. Lo guardó en una cajita y al subir la escalera, se le cayó en ese escalón. Después lloró sobre ese mismo mármol por algo perdido que no recuperó jamás: la hija muerta, un billete de mil pesos y aquel prendedor de filigrana, que todavía echaba de menos.
Diecinueve. El escalón que casi está a oscuras. El escalón de las preocupaciones. ¿En qué había gastado el sueldo? Para no ruborizarse se detenía en la oscuridad. Advirtió un día que el rosario faltaba de su cartera, al volver de la misa.
Veinte… En el departamento treinta y dos de la casa, un pobre hombre engañado adora a su mujer como si fuese buena. Voy a denunciarla. Este escalón presenció el encuentro de esa sinvergüenza con su amante. No soporto las injusticias. Recogí una horquilla que cayó de su horrible pelo colorado, cuando el amante la estrujaba entre los brazos. La impudicia me subleva. Se soltó el pelo, al subir la escalera, para provocar al hombre, que perdió la cabeza.
Veintiuno… Bastante oscuro. Pocas veces jabono en serio este escalón. Es una boca de lobo. Si mi corazón fuera un despertador, serviría más que el despertador de mi marido, que después de sonar no permite seguir durmiendo. Dormir. Dormir, después de la hora en que hay que levantarse. ¡Cuándo tendré esa dicha! Una pequeña enfermedad es a veces agradable.
Veintidós… Desde aquí se puede espiar la entrada y la salida de la gente. El balde lleno de agua y de jabón, a veces rebalsa y salpica a las personas que están en la planta baja. Muchos creen que Isaura hace las cosas por travesura. ¿Qué travesura puede hacer alguien que trabaja de la mañana a la noche y de la noche a la mañana? Esas cosas las piensan los haraganes.
Veintitrés… La oscuridad más perfecta asiste a este escalón. El portero nunca repone las bombillas quemadas. Es peligroso detenerse aquí.
Veinticuatro… Una luz celeste siempre se filtra de la claraboya. Éste es un escalón celeste, donde caen a veces las flores del cajón de basura. Una caléndula encuentro hoy deshojada. ¡Hay gente que gasta plata en flores! Isaura no puede gastarla ni para los muertos, salvo aquellas lágrimas de la Virgen, que temblaron en el viento de junio para su hija, nunca gastó ni un céntimo en flores. Cuando la ventana está abierta, en los pasillos que comunican con la escalera, se oye el trote de los caballos del carro del lechero, del carro de la basura, del coche fúnebre.
Veinticinco… Acostada sobre el hielo, Isaura ve nevar. En su mano tiene un ovillo de nieve. Lo devana, como el ovillo de lana de aquella bufanda que tejió. Sus plantas se apoyan en el aire y no sobre el piso, y su cuerpo sobre el último escalón.


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