viernes, 30 de junio de 2017

Olaf oye a Rachmaninoff

Cary Kerner


Es curioso cómo tantas cosas suceden todo el tiempo sin que uno se dé cuenta de nada hasta que se tropieza con ellas. Como eso de los que tocan el piano y andan por todos lados cobrando tres coronas por cada persona que los quiere oír. Yo nunca hubiera sabido que había esa clase de tipos si no hubiera sido por mi sobrina Juanita.
Yo he cuidado a Juanita desde que era un monigotito chiquito. Como Felipa, mi mujer, pronto no la quiso tener cerca porque le daba mucha lata, la mandé de interna a un colegio y dejé que le dieran clases de música, y como para eso hicieron no sé qué arreglo en las vacaciones, la dejé de ver muchos años. Felipa siempre anda recriminándome por aquello de los gastos, pero yo quiero que Juanita llegue al puerto.
Bueno, pues hace como dos años que Juanita me escribió preguntándome si podía cambiar de maestros de piano, y tomar clases de uno que era muy bueno de verdad, uno muy caro que creo que se llamaba Lorry o algo así. Y la señora que dirige el internado también me escribió y me dijo que yo debería dejar que Juanita tomara clases con ese señor, porque ella iba a ser una pianista famosa algún día. A mí me pareció que todo era pura tontería, porque yo nunca he visto que los parientes de Juanita, por los dos lados, hayan sido nunca otra cosa que marineros trabajadores y humildes. Pero como yo no soy de esos que a fuerza quieren que todos piensen igual que yo, pues me decidí a mandar más dinero, después de haberlo pensado un poco, y me callé la boca sin decirle nada a Felipa.
Al fin y al cabo que Felipa no sabe cómo andan mis negocios, porque a veces, cuando estoy muy cansado me voy a la casa, pero otras veces me quedo en la del capitán Spraghe, sobre todo según me haya ido con Felipa la última vez que la vi. Yo siempre he pensado que hay tempestades que se pueden capotear, pero a otras hay que huirles, y yo no soy de los que andan buscando dificultades.
Pues nada, que cuando las cosas se pusieron difíciles con eso del comercio y muchos barcos tuvieron que suspender sus viajes, porque no había carga, pensé que al fin y al cabo podría darle a Felipa lo que me andaba pidiendo desde hace mucho, como era su derecho, si sólo yo le cortara un poco a los gastos que estaba haciendo con Juanita en la escuela. Y le escribí diciéndole cómo andaban las cosas, a ver si podía darse maña para aprender lo mismo con un profesor más barato.
Inmediatamente recibí la carta más linda que pudiera esperar. Me dijo que sentía mucho no haberse dado cuenta de que la situación era mala, y que al fin y al cabo ya había estado pensando dejar de tomar clases y ponerse a enseñar el piano a niños y gente que todavía no sabía tanto como ella.
Fue una carta muy reanimante, hasta con dos o tres chistes como los que siempre acomoda en sus cartas, que acostumbraba yo enseñarle a Felipa, pero que ahora ya no le enseño. Pero me sentía muy raro mientras la estaba leyendo, algo así como cuando yo era chamaco y mi madre me regañaba porque me gustaba andar por el muelle oliendo a pescado y hablando de barcos. Al leer la carta oía todo el tiempo algo como un ruido de alguien que llora, como gaviotas en una noche de borrasca.
Y de repente me dieron ganas de ir a ver a Juanita, ya que no lo había hecho nunca: le escribí y fui.
Ella fue a la estación a encontrarme y fue bueno que ella me reconociera, porque yo nunca me hubiera imaginado que ella era mi pequeña Juanita. De la nena graciosa, gordita y de ojos grandes, que era antes, se había transformado en la muchacha más hermosa que se pudiera imaginar. Delgada y fina como un yate, con ojos azules como el mar y su cara llena de hoyuelos cuando sonreía, y su cabello como una aureola dorada sobre sus hombros. Sus manos eran casi tan fuertes como las de un hombre, pero blancas y largas.
Buscamos un lugar para comer y platicar, y lo primero que hizo fue que le brillaron los ojos y sacó unos papeles de su bolsa:
–Mira, tío Olaf, ¡dos boletos para Rachmaninoff!
Me di cuenta de que lo que debí hacer era patear y gritar de gusto, pero no tuve más remedio que decirle que yo no sabía quién era ese Rachmaninoff.
–¡Pero si es el Príncipe de todos ellos! ¡El gran pianista ruso!
Con lo que me dejó igual que antes. Pero ella dijo que era como un Dios o algo así, y la dejé que se volviera loca de entusiasmo. Pero ya sé por experiencia que hay que tener miedo de ir a donde una mujer quiere llevarlo a uno, y le dije que no tenía mucho tiempo para quedarme, y que mejor ella me tocara algo si había un piano a la mano.
Ella se volvió toda hoyuelos y me dijo:
–¡Pero si pagué seis coronas de las que has ganado con tanto trabajo, tío, para agasajarte a lo grande!
–¡Seis coronas! –temo mucho que grité muy fuerte–. ¿Quieres decir que…?
–¡Ah, pero fue por dos boletos! –me respondió inmediatamente, como si tres coronas por cada uno no fueran nada.
Iba yo a decir algo acerca de la mala situación, pero no quise sentirme responsable de quitarle esa mirada de felicidad y me callé. Además, de todos modos, cada vez que me siento con ánimo de ser tacaño, me acuerdo de lo tacaña que es Felipa, y mejor me callo.
No pasó mucho sin que fuéramos a la Casa de la Ópera donde ese tipo cobraba tres coronas por asiento, y había un montón de mujeres pavoneándose enfrente, hablando tonterías y haciéndose las interesantes, y mirándose en espejitos, y oliendo hasta el cielo con perfumes raros.
–¡Te va a encantar, tío! –me decía Juanita cada vez que yo trataba de disuadirla de meternos entre tanta gente.
–Sí, ya creo que me va a encantar… tanto como si me mandaras a capotear un temporal noreste –dije yo, y ella nada más se reía.
Adentro, cuando al fin entramos, había más asientos de los que yo nunca había visto en mi vida, y muy pronto todos estuvieron llenos. Y había muchos hombres también, lo que muestra que también hay muchas mujeres tercas y alborotadoras en el mundo, y yo me quedé pensando si ellos se sentían tan a disgusto como yo, ahí sentados esperando que viniera otro a tocarles el piano. Ya me imaginaba cómo ese Rachmaninoff estaba por ahí viéndonos y riéndose de habernos hecho gastar tres coronas por oírlo. Eso hizo que me enojara un poco, pero al fin y al cabo, pensé, cada quien se gana la vida como puede, y quizá el pobre no sabía hacer otra cosa.
No había nada de decorado en el escenario, nada más un piano con la tapa abierta, y se veía muy feo.
De repente todos se quedaron quietos, y alguien dijo quedito:
–¡Ya viene! –como si fuera un circo o algo.
Y luego todos comenzaron a aplaudir, y él entró caminando al foro. De veras que me sorprendí al verlo. Me pareció que un hombre tan fuerte, podía hacer lo menos una docena de cosas más útiles que tocar el piano. Él se inclinó, muy serio, y fue, y se sentó delante del piano, y esperó a que todos se quedaran callados a su gusto. No pude menos que sentir lástima por él, ahí sentado solito y todo mundo viéndolo. Supongo que fue lo nervioso que se puso desde el principio lo que lo hizo equivocarse tantas veces en casi todas las piezas que tocó.
Tan pronto como dejaron de aplaudir, comenzó a templar el piano. Al principio sus dedos estaban algo duros y tiesos, y nada más picaba aquí y allá, pero muy pronto se calentó de una manera sorprendente, y antes de que me diera cuenta ya estaba yo sentado en la orilla del asiento tratando de comprender cómo podía hacer para que no se le enredaran los dedos, de tan aprisa que los movía. Iba para arriba y para abajo, cada vez más aprisa, tratando de mostrarle al público qué tan rápido podía mover las manos. Pero al rato, como que ya no pudo más, y lo dejó. Luego comenzó a intentar una que otra tonada, pero sin terminar ninguna, y las dejaba de tocar precisamente cuando uno ya les comenzaba a tomar gusto. Y luego se puso a ver qué tan fuerte tocaba el piano, y luego que vio lo que el piano podía aguantar, suspendió todo.
¡Y vaya! ¡Si vieran cómo aplaudió esa gente! Todos estaban contentos de que ya estaba listo para comenzar a tocar.
Inmediatamente comenzó, pero por cierto que no sonó muy bien. La verdad es que me gustó más cuando estaba templando el piano. Parecía dudar de por fin qué pieza tocar, y esto lo perjudicaba mucho. Había un montón de sonidos agradables y de repente brincaba a otra cosa.
Por fin se puso a tocar una cosa y ya iba para largo y a mí me estaba gustando tanto, por cierto, que hasta me senté bien para oírlo, cuando se tropezó en un montón de notas equivocadas. Luego comenzó de nuevo, pero siempre se equivocaba en el mismo lugar. Sin embargo, persistía en su intento, cada vez más fuerte y más fuerte, como si estuviera decidido a lograrlo así se tuviera que quedar toda la noche. Pero no mejoró nada, hasta que renunció y se dejó de esa pieza, pero no le valió porque siguió igual. Uno podía notar que estaba medio acalorado, y no lo culpo, ¡la vergüenza de fallar delante de tanta gente!
Seguía enojándose más y más hasta que perdió por completo el control y la forma en que golpeaba las teclas era algo horrible. Suerte que la tapa del piano estaba alzada, que si no, explota. Y de repente se dejó caer con las dos manos, tan fuerte como pudo, haciendo el ruido más horroroso que yo haya oído nunca. Y ahí mismo abandonó todo y se paró, inclinándose como pidiendo excusas por haberlo siquiera intentado. Por lo menos eso pensé, pero Juanita me dijo que era una pieza maravillosa. ¡Y la gente aplaudiendo! Me molestaba pensar que la gente debiera darse cuenta de que él comprendía que el aplauso era sólo cortesía.
Iba a decirle algo más a Juanita, pero tengo mis razones para saber que no conviene ser sincero con las mujeres. Pero Juanita no es tan tonta, y me dijo:
–Quizá no te hayan gustado tanto estos números, tío Olaf, pero hay unos en el programa ¡que los vas a adorar!
–¡Ojalá! –exclamé mientras pensaba en las seis coronas.
Y luego ella se encogió toda en su asiento, como llena de gusto:
–Vas a estar contento de haber venido, ¡ya verás!
Pero las dos siguientes piezas no fueron gran cosa, y sin embargo la gente aplaudió cada vez. Ya luego comprendí que todos sabían que tenía una cosa muy buena de reserva, y nada más lo estaban alentando hasta que llegara su turno de tocarla. Juanita decía que no se estaba equivocando, pero yo sé que mis oídos todavía son lo bastante buenos para saber si un son está entonado o no. Lo único que tengo que decir en su favor, es que no se equivocaba para equivocarse, lo que casi lo compone todo, como quien dice. Es como Felipa. Ella se obstina tanto en sus errores, que no tiene uno más remedio que admirarla.
Bueno, pues antes de que comenzara una de esas piezas, se sintió que lo que iba a seguir era cosa buena. Todos como que aguantaban la respiración, y la gente delante de nosotros se hizo para atrás en sus asientos como si se acomodaran para el resto de sus vidas.
Entró muy decidido, de repente, tratando de tantear a la gente de dónde andaban sus manos. Las tenía en los extremos del piano y de repente ya estaban en la mitad, saltando para adelante y para atrás, agarrando un punto de notas en un lado y azotándolas en otro, como si tratara de arrancarle la cáscara a las teclas. Una mano andaba persiguiendo a la otra por todo el piano, repicando como granizo en la cubierta, en golpes rápidos y secos, y más y más aprisa hasta que se le descontrolaron los dedos en tal forma que sólo se deslizaban sin parar, haciéndome recordar al viejo capitán Spraghe, que cuando andaba borracho nada más iba balanceándose sobre el puente, tratando de aparentar que no tenía que pescarse del barandal.
De repente se enredó y se vio en un apuro difícil, pero en un arranque se zafó de la dificultad, volviendo al carril salvajemente. Era como el viento aullando y rasgando entre el velamen, con las lonas azotando unas contra otras. Martilleaba con una mano sobre la otra hasta que la arrinconaba, y tenía que saltar por encima para escapar, como rana, para que la otra la persiguiera de nuevo por el teclado. Y de arriba abajo, tan aprisa, que casi me mareaba tratando de tener los ojos y los oídos bien abiertos. Esas manos brincaban tanto y se perseguían, arrebatándose el lugar, tan aprisa como nadie vio nunca cosa igual.
Y todo el tiempo uno podía oír dos tonadas, ¡tan claro! –como el agudo graznido de una gaviota contra el mar encrespado.
Y de repente alzó las manos y las detuvo en el aire. ¡Por Dios que uno podía oír la melodía escurriendo de sus dedos en alto! Y cuando volvió a bajar las manos, se hundió de lleno en un navegar ligero, poderoso, alisando la melodía como olas grandes y hermosas rodando sobre la playa, y se podía sentir como que lo subían a uno y lo bajaban en el vaivén del mar. Y de cuando en cuando metía un chorro de sonidos brillantes, luminosos, como espuma sobre la cresta de una ola entre las rocas. Y había unos sonidos repetiditos que lograba haciendo temblar sus dedos en un mismo lugar, vuelta y vuelta, hasta que uno creía que se iba a dar un tropezón. Y luego lo hacía un poquito más arriba, y luego más abajo, y luego como que los corría juntos por el teclado, hasta que de verdad no me imaginaba cómo demonios se daba cuenta de lo que estaba haciendo.
De vez en cuando como que terminaba la pieza, pero él la recogía de nuevo y no le gustaba tener que dejarla, y cuando al fin acabó, fue en el lugar preciso en que debía acabarla.
Podría haber cacheteado a esa gente por aplaudirle luego que terminó. Después de que había tocado tan bien, lo debieran haber dejado solo un rato a que se calmara un poco de la emoción.
Le pregunté a Juanita qué pieza era esa. Ella me dijo, pero no la oí bien, y no le quise preguntar de nuevo porque era algo de “apasionada” y ¡ella es tan joven todavía! Debieran tener cuidado de qué nombres les ponen a las piezas. Le pregunté si podía tocar ella eso, porque me gustaría oírlo de nuevo. Sus ojos se entristecieron y me dijo:
–¡Pero no como él, tío Olaf!
Y lo curioso es que en ese momento vi muy claro el primer barco en el que navegué. Y me puse a pensar en qué hubiera sentido yo si en aquel momento me hubieran devuelto a tierra, y eso me puso triste algunos minutos.
Rachmaninoff estaba ya cansado para esto, y creo que si las demás piezas no hubieran estado en el programa, ya ni las hubiera tocado, y por mí, mejor que así hubiera sido. No sé qué ideas tienen algunas personas que le siguieron aplaudiendo.
Pero luego que ya había acabado con el programa, obsequió unas dos piezas extra, y hasta entonces fue cuando de verdad se puso a tocar cosas que la gente puede entender a fondo. No me acuerdo de los nombres, excepto que una era de unos turcos marchando, y ¡vaya si no se fue desde el principio hasta el fin sin equivocarse ni una vez! Apuesto a que esa es la que más le gusta tocar. Uno no pudiera detenerlo una vez que comenzó, no más que pudiera uno detener la marea.
Alguna vez usted debe tratar de oírlo tocar, sobre todo esa de la apasionada. Juanita dice que va a seguir tocando muchos años, y creo que después de todo hace bien, a ver si mejora un poco. Tantita más práctica en unas de esas piezas y con tal que abandone otras por completo, tendrá mucho éxito.
Le pregunté a Juanita, como quien no quiere la cosa, que si había otro profesor mejor que ese Lorry, y ella me dijo que no. Y cuando estábamos esperando el tren, le dije casualmente que después de todo había decidido que siguiera tomando esas clases, pues nadie mejor que yo sabe que se necesita un piloto para entrar al puerto.
Comenzó a llorar, pero se secó las lágrimas cuando se oyó el pito del tren. Luego sonrió y me dijo que yo nunca lo lamentaría.
No le he dicho nada a Felipa. Parece que al fin y al cabo ella y yo ya estamos anclados juntos para siempre, a pesar de lo que Lorry cobra. Pero no protesto. Se me hace que entre más nos vemos Felipa y yo, mejor nos entendemos.
No es que el mar esté muy tranquilo que se diga, pero no olvido cómo Rachmaninoff pudo al fin tocar bien, sólo con que la gente le diera la oportunidad.


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