jueves, 8 de junio de 2017

Unidad

Nelson Osorio Marín


Mi abuelo en su mecedora daba la impresión de encontrarse siempre bajo un sol pesado e intransigente.
Se movía muy poco: para ir a comer, para mirar de lado, para sonreír. Y el perro, eternamente a sus pies, pegado casi, como muerto.
Luego tuvimos que llevarle todo a la mecedora, desde los buenos días hasta la comida. Dejó de hablar, de fumar, de mirar de lado. Y el perro ahí, sin importarle nada más que estar bien cerca de esos pies grandotes del abuelo.
Un día dijo: “Me voy, muchachos”. No hubo forma de disuadirlo. Lloramos pero terminamos preparándole fiambre y mudas al abuelo. Y saliendo ya, sonrió después de mucho tiempo. Me sonrió, mejor dicho. Era una sonrisa de esas que dice: tranquilízate muchacho que nada has visto. Sin embargo muy intranquilo debe andar mi abuelo por aquello que vi cuando se iba: el perro enfrente suyo, tirándolo, conduciéndolo, unido a sus pies por un pequeño cordón de carne humana.


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