miércoles, 19 de julio de 2017

Antecedentes

Pep Vilaregut Matavacas


Un rayo de luz, entre tantos como atravesaban el aire y la atmósfera, dio en un pedazo de metal redondo medio oculto entre el polvo de la calle. Santiago vio el destello. Caminó unos pasos sobre los diminutos granos de arena que apenas se mantenían unos instantes en el mismo lugar y se agachó. Sus dedos redondos y tostados como el café rodearon el pedazo de metal, lo levantaron del suelo, jugaron con él dándole vueltas y lo guardaron en su bolsillo. En el aire, ante sus ojos, apareció un trompo de colores transparente. Santiago casi pudo notar como el mecate blanco de algodón se enredaba en su dedo índice. Había estado ahorrando para comprar un trompo durante las últimas semanas y ahora la luz del sol le regalaba el último peso que le faltaba. Sonrió y siguió caminando entre el polvo de las calles de su pueblo.
El sol calentaba el negro alquitrán del asfalto y éste abrasaba el aire que sorprendido culebreaba por encima de las calles de la ciudad. Ronald miraba el espejismo en el horizonte que dibujaba el final de la cuesta por dónde subía al taxi que le llevaba al aeropuerto. En ese aire intrépido que se hacía visible ante sus ojos por el calor, Ronald se vio rodeado de gentes de tez morena que le agradecían su esfuerzo y dedicación, su altruismo para con ellos, los pobres desheredados de la tierra, que ahorita, y gracias a él tendrían un pozo de agua en su comunidad. Casi pudo sentir sobre su piel las sonrisas blancas, por el contraste de las pieles, de los más pequeños del lugar. Sonrió y siguió cómodamente sentado en el taxi que le llevaba al aeropuerto a través de las calles de la gran urbe.
El cursor, una rayita negra y vertical, parpadeaba sobre el fondo blanco electrónico de la pantalla. La luz como azulada del monitor iluminaba el rostro de Jamileth. Ya no quedaba nadie en la oficina, solamente el celador escuchando la radio en la pequeña recepción de la casa que servía de sede a la pequeña organización no gubernamental. El lugar dónde Jamileth laboraba y de donde recibía un poco de dólares para sobrevivir con su chigüín de cinco años. Acababa de leer el correo electrónico que confirmaba la hora de llegada del vuelo que traía al técnico cooperante de la contraparte de su organización en el norte. El nombre de Ronald había aparecido al final del texto, en el centro de la pantalla, firmando el mensaje. El nombre de alguien de quien tenía que inventar el rostro pues no conocía nada de él. Las únicas pistas que tenía eran sus mensajes escritos con un lenguaje que no escapaba del marco lógico que la relación requería. Jamileth estaba cansada, llevaba muchas horas frente la computadora. Le ardían los ojos. En ese ardor apareció su imagen, se miraba un poco mayor. Junto a ella un hombre le tenía la mano. Estaban sentados, elegantemente vestidos, la marcha triunfal del avance de los egipcios sobre los etíopes de la ópera Aída de Verdi amenizaba el momento. Era la promoción de su hijo. El protector de pantalla oscureció su rostro y la sacó del ensimismamiento. Movió el ratón y la luz de la computadora iluminó tenuemente la sala de nuevo. Jamileth apagó la computadora. Recogió sus cosas. Enllavó el cuartito dónde ella trabajaba y salió a la recepción. Dijo un “que pase buenas noches don Apolinar” y salió. Llegó donde su mamá para recoger a su hijo y juntos platicando sobre sus cotidianidades se fueron a su casa. Allí nadie les esperaba.
Santiago caminaba con un gran balde de agua sobre la cabeza. Con el antebrazo en posición horizontal y la mano izquierda a la altura de la cabeza se ayudaba a mantener el equilibrio sujetando el fondo del recipiente. Con la mano derecha sujetaba la parte superior del balde. Recordaba el día que habían inaugurado el pozo. A partir de ese día sólo tuvo que caminar unos cien metros para halar agua. Recordaba también los meses que anduvo un extranjero por el pueblo revisando la construcción del pozo. Parecía que se llamaba Ronald pero todos le llamaban “gringo”. Se le veía ir de aquí para allá quemado por el sol y brillante y resbaloso por el sudor.
Ronald estaba elegantemente vestido en una lujosa sala de conferencias. Ante él un grupo de personas miraba las fotografías que mostraban los trabajos de construcción de unos pozos en algún país desconocido y la sonrisa de algún que otro chaval o chavala acarreando agua en un balde sobre su cabeza. Había estado apenas unos tres meses en ese país y ahorita estaba presentando a su audiencia una conferencia sobre el trabajo realizado y los principales problemas que achacan al país y la forma de solucionarlos. Durante su estancia había hablado largamente con Jamileth. Él le había regalado palabras como objetivos general y específicos, indicadores, actividades, evaluación, ciclo del proyecto, efectividad… Ella le había hablado de su hijo, de sus veinticinco años, de su trabajo. El parecía haberla escuchado, pero ahora lo que ella le dijo no impregnaba su discurso. Al igual que cuando hablaba con ella un “yo” iniciaba sus frases y poco de lo que no era de su mundo particular entraba en sus ideas.
Jamileth había llegado al aeropuerto para recibirle y prácticamente no se había separado de él en los tres meses que duró la visita de Ronald. Para cumplir con su trabajo había descuidado un poco su vida particular, la íntima. Procuró siempre tener listo lo que él demandaba en lo referente al proyecto y organizó el tiempo libre del extranjero de manera que éste se fuera completamente satisfecho del país. Le llevaron a conocer los lugares más bellos. Parajes que muchos de los habitantes de la zona jamás habían visitado y que con poca probabilidad visitarían. Pasear y hacer turismo es un lujo que no se podían permitir. Un quehacer que no formaba parte de su cultura. Tal vez un legado más de la situación actual del mundo. Una herencia más de la historia que vivieron sus antepasados y de la situación de dominio sobre sus tierras que tuvieron los antepasados de los extranjeros de occidente. Jamileth había heredado un contexto que no le dificultaba viajar. A Ronald le habían legado unas circunstancias que le facilitaban viajar. Tal vez los dos viajaban pero no del mismo modo, el viaje de Jamileth era otro, al igual que su mundo. Las oportunidades siguen sin ser las mismas para todos.
Cuando terminaron de construirse los pozos Ronald ocupo su tiempo en la identificación y redacción de otro proyecto. Jamileth le siguió atendiendo y conoció un poco más de su prepotencia y de ese aire de superioridad que exhalaba el extranjero. Otro proyecto significaba continuidad en su trabajo. Jamileth sabía que dependía de la ayuda externa para subsistir y que la injusticia que sufría la mayoría de la población de su país era la razón de su fuente de vida. Ronald, aunque estaba en una situación similar, no era tan consciente de ese hecho. Le faltaban todavía bastantes viajes para descubrirlo y sentir cierto desasosiego e incluso cierto ridículo existencial ante quienes se había mostrado prepotente y ante él mismo.
Santiago no pudo comprar el trompo que había soñado. Un día llego a su comunidad un gobernante de los grandes. Un señor elegantemente vestido, con un bigote ridículo pero que él debía de considerar que le daba cierta dignidad. Llegó en un medio de transporte distinguido, un carro caro o tal vez en helicóptero. Saludó a varias personas del pueblo, a algunos de los más pobres también. Habló lo que alguien calificó como un gran discurso. Muchos no entendieron el porqué de tanta palabra vacía. Pero así hablaban los políticos. Terminó pidiendo reales al pueblo porque resultaba que sin saberlo el pueblo y el país entero tenían una deuda. Otra herencia del pasado y de una historia mal contada. Santiago se sintió conmovido y hasta sintió lástima por ese señor tan elegante y tan desdichado. En verdad también se sintió algo obligado a contribuir con la patria. Así que entregó sus pocos pesos, los que tenía destinados al trompo. Todos menos uno, el que le regaló el sol. Un poco en el fondo de sí mismo sintió como que le robaban. El gobernante refinado recogió bastante y fue a pagar la deuda a otro gobernante de otro país. Con esa plata el otro país hizo grandes inversiones pues era bastante dinero. Con lo que le sobró el gobierno fue caritativo y entregó esas migajas a grupos de personas, todas ellas profesionales, que trabajaban en organizaciones que elaboraban y ejecutaban proyectos. Alguien podría decir que proyectos de desarrollo, pero ese término es demasiado específico y puede llevar a conclusiones erróneas.
Jamileth encendió su computadora. Como cada mañana revisó el correo electrónico. Habían pasado varios años desde la primera visita de Ronald. En la bandeja de entrada había un mensaje de él. El gobierno de su país había destinado una aportación económica a su organización. El financiamiento para el proyecto de letrinas estaba garantizado. Ya llevaban varios proyectos juntos y aunque cada vez era más difícil conseguir plata esta vez habían tenido suerte. Ronald viajaría en los próximos meses y volvería a encontrarse con Jamileth. A lo largo de los años se podría decir que se habían hecho amigos, aunque seguían en realidades distintas. Ronald seguía hablando de si mismo y escuchando poco a Jamileth. Aunque algún cambio poco perceptible se había producido en el extranjero. El calor volvería a calentar el asfalto y el aire intrépido se volvería otra vez visible ante los ojos de Ronald cuando fuera cómodamente sentado en el taxi que le llevaría al aeropuerto. En esta ocasión ningún espejismo o sueño se le apareció entre el aire serpenteante.
Ronald continuaba ajeno al mundo. Seguía con su necesidad de ayudar a los pobres, a los desamparados. Aunque había viajado ya bastante todavía no había descubierto la injusticia. Sentía y pensaba la pobreza como una desgracia, casi como algo inherente a la sociedad y contra la que se luchaba con trabajo y esfuerzo. Nunca habló de injusticia en sus conferencias o charlas ni se reveló para pedirla y exigir dignidad. Facilitó el acceso a agua de muchas personas e hizo que sus vidas fueran un poco más cómodas. Hubo bastantes niños que no murieron de cólera y muchas madres que no lloraron porque no perdieron a sus hijos.
Jamileth seguía sin compañero, había tenido uno pero le salió miedoso y se fue. Le dejó otro hijo. El hijo mayor se aplazó y no había salido de promoción. En la pantalla del ordenador y cuando los ojos le ardían Jamileth todavía podía ver la graduación de su hijo. El muchacho casi nunca estaba en casa. Únicamente llegaba a pedir comida y reales. Jamileth había procurado educarle correctamente. Le había llevado a marchas a favor de la justicia y de la dignidad. Había pintado con él mantas sobre los derechos de los niños y las niñas. Había participado con los jóvenes y adolescentes del barrio en talleres y capacitaciones sobre salud sexual y reproductiva. Había diseñado y pintado con ellos murales reivindicativos en los muros de la ciudad. Ahora su hijo andaba vagando fuera de su control. Jamileth sentía que se le perdía su primer hijo. Ella nada podía hacer. Su hijo tomaba ya sus propias decisiones. Jamileth se convenció de que en cualquier forma de vida que uno elija, uno puede ser feliz. No negó la posibilidad de que su hijo fuera feliz aunque por el momento no se cumpliera lo que ella había imaginado para él. Sufría pero esperaba que su hijo fuera feliz. Aprendió a despojar de todo perjuicio el concepto de felicidad. Cada uno escoge… pensaba y debe de tratar de ser feliz en su elección.
El pequeño Santiago, aunque un poco mayor, seguía notando el mecate blanco de algodón en su dedo índice y seguía soñando con un trompo de colores. Se sentía capaz de hacerlo girar y con él hacer girar el rumbo del mundo.


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