jueves, 20 de julio de 2017

El restaurante de Pedro y Marta

H. G. Hecky


Durante una hora Marta había estado parada, mirando a la gente pasar por enfrente de su pequeño restaurante, y Pedro, cerca de ella, tenía el mismo tiempo de estar allí, de pie, sin que ninguno de los dos pronunciara palabra. De vez en cuando, ella tomaba un trapo mojado y lo pasaba por la ya reluciente cubierta de aluminio de la estufa, mientras él limpiaba el mostrador que estaba perfectamente limpio.
A las siete y media había entrado un hombre a tomar café solo. Desde entonces, algunas personas, al pasar, los habían mirado fijamente, pero nadie más había entrado al restaurante. Por fin, Marta rompió el silencio. Dijo:
–No parece un buen día, Pedro.
Pedro, con su larga cara delgada y la nuez demasiado prominente en su cuello huesudo, sonrió ligeramente.
–Y tenemos un café tan bueno, Pedro. Les gustaría para su desayuno…
–No te preocupes, Marta –le dijo.
–Ya lo llegarán a probar, no te preocupes –volvió a decir él.
Ella entonces le sonrió.
–Lo sé. Todo marchará bien. No estoy preocupada.
Otra vez había cogido el trapo mojado cuando un ruido en la puerta la sorprendió. Su corazón latía más rápidamente al ver entrar un cliente.
–Buenos días –dijo amablemente Marta, acercándose a él cuando el hombre se sentó ante el mostrador–. ¿Qué desea tomar hoy? –Así era como había que hablar, como si hubiese una estado acostumbrada a este negocio desde hacía muchísimo tiempo.
Era un hombre moreno, grueso. Usaba anteojos con aros de carey. Jadeaba al sentarse en el banco.
–Un sándwich de rosbif –dijo.
–Sí señor. ¿En pan blanco?
–De salvado.
–¡Rosbif en pan de salvado! –le gritó ella a Pedro. Se apresuró con un vaso de agua.
–¿Y –preguntó– algo más?
–No.
–¿Algo de beber?
El hombre movió la cabeza.
–Eso es todo.
Se quedaron de pie otra vez, solos. Ya eran casi las diez de la mañana y Marta dijo:
–Sería bueno que fueras a ver si la carne y la sopa están listas. Pronto llegará gente a comer.
De cualquier modo, más valía ser optimista.
Se reclinó contra una repisa y se quedó contemplando a la gente que pasaba. Una joven vestida de azul, protegida con un paraguas, atravesó rápidamente. Dos hombres con los cuellos de sus sacos levantados, en animada charla, pasaron frente a ella. Caía una lluvia fina y las personas parecían frías y distantes.
–Deberían detenerse a tomar una taza de café cuando menos –pensó Marta –les agradaría un poco.
Salió Pedro de la cocina. La miró. Ella miraba a través de la vidriera.
–Nadie ha entrado todavía –le dijo.
Marta sintió el esfuerzo de Pedro.
–Ya vendrán. Hay que esperar –le contestó él. Y volvió a sacudir el mostrador–. No se ganó Troya en una hora –agregó.
Marta se había levantado a las cinco de la mañana y ahora empezaba a sentirse cansada. Tenía los labios secos y sufría una como palpitación dolorosa en el cerebro. Suspiró y examinó su flamante delantal verde. Sí, estaba nuevo, se lo ponía hoy por primera vez. Empezaba a parecerle inútil.
–Sería bueno que pulieras los cuchillos –dijo Pedro. Había en su voz una alegre esperanza–. En cualquier momento empezarán a llegar para la comida. Más vale estar listos.
Mientras Marta pulía los cubiertos, tallando con fuerza las superficies lisas de los cuchillos, miraba por la vidriera. Todavía pasaba gente, arrebujada en sus abrigos o bajo sus paraguas. El número de transeúntes crecía. Era la hora de comer.
Muchas personas miraban el restaurante nuevo, con su reluciente letrero al frente –RESTAURANTE DE PEDRO Y MARTA–, un nombre raro. Hogareño. Claro está que vieron al joven Pedro y a Marta, parados allí, esperándolos. Pero tenían prisa y no entraban.
Despacio pulía Marta cada cuchillo y cada tenedor. Pensó:
–Ahora que termine éste, entrará alguien, seguramente cuando este otro… –pulía más y más despacio.
Fue en el tercero, que ella pulía tan cuidadosamente; un hombre ya grande, grueso, sin rasurar, con sombrero y gabardina azul oscuro, entreabrió la puerta y se asomó. Luego entró y se sentó.
–¿Quiere usted un menú?
–Yo creo que sí.
Entonces Marta le trajo un vaso de agua. Después de un rato anunció:
–Creo que tomaré unas papas, ejotes y chuletas de puerco.
–¿Papas fritas o en puré?
–Puré –contestó.
–¿Café?
–Sí.
Se dio ella prisa con la orden, y Pedro, con los ojos alegres, pero tratando de aparentar indiferencia, también se daba prisa. Le pasó a Marta el plato con la comida humeante.
–¡Horrible tiempo! –comentó el hombre, mientras colocaba los cubiertos.
Se dedicó a comer y no volvió a hablar.
Además de él, durante la hora de la salida de oficinas, esa hora de las aglomeraciones –¡qué ironía en la palabra!– entraron dos muchachas. Pidieron emparedados; un hombre de mediana edad, de chamarra y cachucha, pidió un plato de caldo, y un joven tomó un pastel y un vaso de leche. Eso fue todo.
Marta cruzó los brazos con un gesto de cansancio. Habían dado las dos y afuera la lluvia seguía. Nadie más había entrado.
Mirando a Pedro entonces, sintió una profunda piedad por él. Estaba contemplando la lluvia, sin ver. ¡Había tal debilidad en la flacura huesosa y en la prominente nuez de su cuello!
Como a las cuatro de la tarde dejó de llover, pero el asfalto de las calles estaba mojado y brillante. Por fin se fueron cerrando los paraguas. La gente ya no caminaba tan de prisa. Marta empezó a sentir una extraña sensación en el pecho.
–Anda –dijo–, más vale que vayamos preparando la cena.
Otra vez se dedicó a pulir los tenedores y los cuchillos, y Pedro a mover con una cuchara el contenido de una cacerola.
–Aunque nadie venga –dijo ella– debemos estar preparados. Pudiera ser que vinieran pronto.
–Sí. Tenemos que esperar –dijo Pedro.
¡Cuánta prisa tenía la gente a las cinco de la tarde! Todos iban camino del hogar. Todos parecían cansados, pero en sus ojos pequeños brillaban destellos de esperanza. Seguramente era agradable no preocuparse por nada e ir camino al hogar. Marta sintió en su cara una pequeña sonrisa de comprensión. Se sentía débil y oprimida.
Ahora las calles estaban apenas mojadas, secándose en pedazos y un viento fuerte empujaba por la acera una bolsa de papel rota, y unas cuantas hojas secas.
Como a las seis un joven entró bruscamente, pidió un paquete de cigarrillos y volvió a salir a toda prisa. Luego un señor alto, flaco, calzando zapatos de hule y deteniendo su paraguas con fuerza, entró.
Preguntó qué sopa había.
–Crema de jitomate.
Pidió un plato de sopa.
–¿De cinco o de diez centavos? –preguntó Marta.
–De cinco.
Eso fue todo lo que tomó. Se fue. Y ahora estaba ya casi oscuro, y ningún otro parroquiano. La blanca luminosidad que precede al anochecer había desaparecido y la pálida luz de las lámparas eléctricas parpadeaba, mientras pasaban los tranvías, ahora brillantes, con su amarillo confort. Cuando Marta observó que muchas de las tiendas adyacentes habían encendido las luces de sus aparadores, le preguntó a Pedro si no debieran ellos también encender la luz. Ahora el rótulo luminoso podía verse desde lejos en la oscura noche –RESTAURANTE DE PEDRO Y MARTA–. ¡Quizá desde una cuadra de distancia!
Pero a las ocho, Pedro, revolviendo una vez más el contenido de la cacerola, preguntó:
–¿Qué haremos con todo esto?
Marta no contestó.
–Vamos a comer alguna cosa –propuso él.
–No tengo hambre, Pedro –dijo ella.
–¿No tienes hambre?
Quizá sí tenía hambre. Tal vez por eso se sentía tan mal. Algunas veces simplemente el tener hambre cambiaba por completo el aspecto de las cosas. Sí, comería algo.
Pero probó la comida con desgano.
Nuevamente empezaba a llover. Primero despacio, después las gotas caían más de prisa, formando una cortina de agua. El viento arreció. Allá afuera, la lluvia golpeaba la noche. La gente había desaparecido. No se veía una sola persona. Y el agua caía con más fuerza.
–Es tan tarde –dijo Marta– y con la lluvia, tal vez deberíamos irnos a casa.
Encogiéndose de hombros, Pedro contestó:
–Vamos a quedarnos un poco más. Al fin está lloviendo demasiado fuerte para irnos ahora.
–Pedro –preguntó ella–, ¿qué piensas de esto?
Él se volteó hacia Marta, pero esquivando su mirada.
–No sé. No sé qué pensar.
–Puede haber sido la lluvia…
–Quizás…
–¿No lo crees así?
–No lo sé –repitió él.
Su gesto era grave, la cara surcada de líneas.
–Es una lástima que todo lo que teníamos, lo hayamos metido aquí. Es demasiado tarde ahora.
–Pedro, ¿qué es lo que vamos a hacer?
–No podemos hacer nada –dijo él–. Parece que nos equivocamos.
Marta sintió un nudo en la garganta.
–Estábamos tan seguros de todo, Pedro.
Asintió él con la cabeza.
–Nos equivocamos, eso es todo.
–Habíamos hecho tan bonitos proyectos –dijo ella–, la clientela, las comidas…
Afuera, un solitario tranvía, sin pasajeros, pasó ruidosamente. El agua azotaba la vidriera con fuerza y luego escurría en delgadas corrientes por el cristal. Su pequeño letrero luminoso, anunciando el nuevo negocio, destacaba brillantemente en la mojada, silbante oscuridad…


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