viernes, 7 de julio de 2017

La venganza

Silvina Ocampo


La señora Mercedes de Umbel era una de las mujeres más elegantes del mundo, pero algunos de sus amigos opinaban que era muy remilgada, y ninguno de los que la criticaban se ponía de acuerdo sobre sus verdaderos defectos y méritos. A veces hablaba la envidia, otras veces los celos, otras veces el sentimiento religioso, pero nunca la pura verdad ni la pura mentira.
No todo es éxito para una mujer hermosa y pudiente. Porque no sabía manejar la llave de la puerta de calle, porque dejaba a menudo abierta la del ascensor; Toño Juárez, el portero de la casa de departamentos donde ella vivía, la maltrataba. Cada vez que debía subir los ocho pisos para cerrar esa maligna puerta del ascensor, Toño Juárez dedicaba a Mercedes de Umbel un selecto repertorio de malas palabras, que ella oía con la sonrisa en los labios. Pero no eran éstos los únicos motivos que él tenía para despreciarla; y tenía razón. Siempre hay cosas peores. Con sus manos, diariamente, la desgraciada ponía en el balcón miguitas o maíz y aun alpiste para las palomas (no por amor a las palomas; sino para encarnar la figura de un cuadro visto en una casa de remates), Toño Juárez comparaba las palomas con las mujeres elegantes.
–Están cubiertas de plumas, con la pechuga llena, pero roñosas, ensuciando lo que otros limpian con el sudor de su frente –decía a quien quisiera oírlo.
–¡Para qué le sirve tanta riqueza! ¡Mucha pintura en los ojos; pero es más ciega que una lechuza! Mucha en la boca, ¡pero ni un diente de oro!
Un día, más bien dicho una tarde, a la hora del teatro, la señora de Umbel quedó encerrada, con un cajón de basura, en el ascensor. Su angustia fue grande, tan grande que olvidó las reglas de la elegancia. Se puso a traspirar. Apoyó la rodilla sobre una basura memorable. Tocó el timbre de auxilio. Se quitó el sombrero y los guantes y al ver que nadie venía a socorrerla se sentó en el piso, pensando que se asfixiaría en pocos minutos, si alguien, aunque fueran los bomberos, no la sacaba de ese fétido suplicio. Media hora de encierro y de gritos bastaron para dejarla afónica. Cuando llegó Toño Juárez, que la había oído desde el primer momento, la asustó un poquito más, gritándole desde afuera que la dejaría pasar la noche dentro del ascensor, que olía a coliflor y a queso de rallar. Este episodio desagradable no se borró de la memoria, llena de recuerdos lujosos, de la señora de Umbel.
Para los que no meditan, meditar es un sacrificio, pero la señora de Umbel estaba dispuesta a hacer cualquier locura. La gente, al verla tan abstraída, creyó que un inesperado misticismo se apoderaba de su alma. Pensaba. Pensaba en vengarse. Una mañana, más allá de la ventana abierta, por donde entraban sol y campanadas de iglesia, las palomas volaban de la casa de enfrente a la suya y ensuciaban la vereda, que el portero limpiaba. Con la escoba, este último las amenazaba de vez en cuando, y les echaba maldiciones. Tristemente, alejadas del símbolo habitual de pureza y de paz, aquellas angelicales aves, con plumas del color de guantes femeninos a la moda, que arrullaban todo el día, que al desprenderse de las cornisas batían el ala como una mano de colegial, que ponían huevos inútiles, inspiraron la sutil venganza.
A la hora en que toda la gente de la ciudad duerme la siesta, Mercedes de Umbel, después de vestirse, puso papel higiénico en su bolsillo. Papel rosado. Bajó los ocho pisos sin utilizar el ascensor. En el último tramo de la escalera se detuvo unos instantes. Después, con lentitud, salió de la casa, poniéndose los guantes.
Cuando la señora volvió del cine, el mismo día, Toño vociferaba, en la puerta, rodeado de vecinos y de moscas.
Algunas voces decían:
–Fue un perro, seguramente.
–¡Qué perro ni perro! –contestaba Toño Juárez–. Perra digan ustedes. Gran perra.
Esta escena se repitió a diferentes horas en los subsiguientes días. Toño Juárez resolvió quedarse en un lugar estratégico día y noche, esperando. ¿Esperando qué? El cumplimiento de un sueño premonitorio que tuvo no hacía un año, cuando le dio por redoblar la limpieza de la escalera.
El sacrificio no fue vano.
Con el corazón trémulo, como en sus mocedades, vio el sueño hecho realidad: desde la penumbra del patio donde había un ínfimo jardín, divisó a la dama en la postura prevista. Se acercó y, obedeciendo a la continuación inevitable del sueño, con un certero puntapié descargó su venganza contra palomas y señoras elegantes.


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