lunes, 24 de julio de 2017

Los amantes

Silvina Ocampo


En la billetera de material plástico él llevaba el retrato de ella, vestida de odalisca. Ella, sobre su mesa de luz, tenía el retrato de él con traje de conscripto.
La familia, el trabajo, los horarios de las comidas y del sueño, confabulaban para que no se vieran a menudo, pero esos encuentros esporádicos eran rituales y ocurrían siempre en invierno. Primeramente compraban masas, después las saboreaban debajo de los árboles, como los niños que llevan la merienda.
La ansiedad es una forma de dicha que beneficia a los enamorados. A través de un laberinto de días, de cacofónicas comunicaciones telefónicas, que parecían no llegar nunca a su término, y después de desechar otras posibilidades, elegían siempre, para lugar de citas, la confitería Las Dalias, y un domingo. Ella llevaba a guisa de abrigo una manta peluda, escocesa, que era de gran utilidad. Frente al escaparate de la confitería se saludaban sin mirarse, ceremoniosamente confusos. Todas las personas que no se ven a menudo, no saben qué decirse; esto es cierto.
“Tal vez en un cuarto bien oscuro o en un automóvil a gran velocidad –pensaba él– perdería mi timidez.” “Tal vez en un cinematógrafo, después del entreacto o siguiendo una procesión, sabría qué decirle”, pensaba ella.
Después de este diálogo interior, entraron en la confitería, como lo hacían siempre, y compraron ocho tajadas de tortas diferentes. Una parecía el monumento de los españoles, con penachos de crema abigarrados y frutas abrillantadas, formando flores; otra, parecía un encaje, era misteriosa y muy negra, con adornos lustrosos de chocolate y de merengue amarillo, salpicado de grageas; otra parecía un pedestal de mármol roto, era menos hermosa pero más grande, con café, crema pastelera y nueces machacadas; otra parecía parte de un cofre, con joyas incrustadas en los lados y nieve en la parte superior. Cuando pagaron y el paquete estuvo listo, se dirigieron a la Recoleta, al reparo del paredón del asilo de ancianos, donde se refugian los niños que rompen los faroles y los mendigos que lavan su ropa en la fuente. Junto a un árbol degenerado, con ramas que hacen las veces de columpios y de caballos para los niños que se hamacan, se sentaron sobre el pasto. Ella abrió el paquete y sacó la bandeja de cartón donde brillaban, un poco aplastados ya, la crema, el merengue y el chocolate. Simultáneamente, como si cada uno proyectara en el otro sus movimientos (¡misterioso y sutil espejo!), tomaron con una mano primeramente, luego con las dos, la tajada de torta con penachos de crema (monumento de los españoles en miniatura), y se la llevaron a la boca. Mascaban al unísono y terminaban de deglutir cada bocado al mismo tiempo. Con idéntica sorprendente armonía se limpiaban los dedos en los papeles que otras personas habían dejado tirados sobre el pasto. La repetición de estos movimientos los comunicaba con la eternidad.
Terminada la primera tajada volvieron a contemplar las restantes tajadas en la bandeja de cartón. Con amorosa avidez y con mayor familiaridad tomaron la segunda ración: las tajadas de chocolate, decoradas con merengue. Sin vacilar, con los ojos bizcos, se las llevaron a las bocas desmedidamente abiertas que esperaban. Los pichones abren de igual modo los picos para recibir el alimento que las madres les traen. Con más energía y mayor velocidad, pero con la misma fruición, comenzaron a masticar y a tragar de nuevo como dos gimnastas que hacen ejercicios al mismo tiempo. Ella, de vez en cuando, se volvía para ver pasar un automóvil más valioso que los otros por su excesivo olor a nafta y por su tamaño, o levantaba la cabeza para mirar una paloma, símbolo de amor, que revoloteaba pesadamente entre las ramas. Él miraba hacia adelante, pero tal vez paladeaba con menos conciencia que ella el gusto de esos manjares, cuya abundante crema caía sobre el pasto, sobre la manta doblada y sobre algunas basuritas adyacentes. Hasta que pudieran terminar el contenido de la bandejita de cartón amarillenta recubierta de papel manteca, ninguna sonrisa animaría aquellos labios armoniosos. El último bocado de ambos trozos de torta se desmenuzó entre el dedo pulgar, el índice y el mayor de ambas manos, y tardó en penetrar en las bocas que lo esperaban. Las migas que caían sobre la bandeja, la falda y el pantalón, fueron cuidadosamente recogidas e introducidas, con el pulgar y el índice, en la boca.
La tercera tajada de torta, más opulenta que las otras, parecía el material que sirve para construir algunas casas originales que hay en los balnearios. La cuarta tajada, más leve pero más ardua, por su consistencia de esponja (estaba espolvoreada de azúcar) les dejó bigotes blancos y pintas blancas en la nariz. Para introducirla en la boca había que sacar la lengua y cerrar los ojos. No aventurarse a tomar un gran bocado era perder buena parte del manjar donde pululaba el maní disfrazado de nuez o de almendra. Ella estiró el cuello y bajó la cabeza; él no cambió de actitud. La masticación siguió su ritmo regular, como acompañada por un cronómetro.
Sabían que quedaban más manjares en la bandeja de cartón. Pasado ese primer momento difícil, el resto fue fácil. Las manos hacían las veces de cucharas. En vez de masticar antes de tragarlos, las bocas hacían buches con la crema el bizcochuelo.
Terminado el contenido de la bandeja, ella tiró lejos el cartón festoneado y sacó del bolsillo un paquetito lleno de maníes. Durante unos minutos, con ademanes de modista, partía las cáscaras, pelaba los granitos de maní, se los daba a él, guardándose algunos, que se llevaba a la boca, para masticar de nuevo al unísono con él. Relamiéndose los labios osaron esbozar algún tímido diálogo, relacionado con picnics: gente que murió al beber vino, después de comer sandía: una araña pollito dentro de una canasta, que sirvió para matar a una muchacha odiada por los suegros, un domingo; conservas en mal estado, aparentemente deliciosas, que causaron la muerte de dos familias, en Trenquelauquen; una tormenta que ahogó la luna de miel de dos parejas, brindando con sidra y comiendo salchichas con pan, en la orilla del arroyo, en Tapalqué.
Cuando terminaron los alimentos y el diálogo, ella desplegó la manta y ambos se cubrieron, acostándose en el pasto. Sonrieron por primera vez, pues tenían la boca libre de alimentos y de palabras, pero ella sabía (y él también lo sabía), que bajo el amparo de esa manta el amor repetiría sus actos y que la esperanza, con alas frívolas, cada vez más remota, la alejaría del matrimonio.


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