sábado, 15 de julio de 2017

Los defensores

Philip K. Dick


Taylor se reclinó en la silla para leer el periódico. El calor de la cocina y el aroma a café se mezclaban con la tranquilidad de saber que aquel día no iría a trabajar. Estaba en su periodo de descanso, el primero durante mucho tiempo, y se sentía feliz. Pasó la página con un suspiro de satisfacción.
–¿Qué pasa? –preguntó Mary, de pie junto a la estufa.
–Arrasaron Moscú anoche –aprobó Taylor con un movimiento de cabeza–. Les dieron una buena paliza: una bomba. Ya era hora.
Agitó la cabeza de nuevo; todo contribuía a su buen humor: el ambiente confortable de la cocina, la presencia de su atractiva esposa, la visión de los platos del desayuno y el café. A esto se le podía llamar reposo. Y, además, las noticias sobre la guerra eran buenas, buenas y satisfactorias. Lo llenaban de orgullo: la satisfacción del deber cumplido. Después de todo, él era una parte integrante del programa de guerra, no un vulgar obrero de los que arrastran una carretilla cargada de cascotes, sino un técnico, uno de los que prevén y planifican la espina dorsal de la guerra.
–Dice que los nuevos submarinos son casi perfectos. Espera a que entren en acción –saboreó el éxito por adelantado–. Menuda sorpresa se llevarán los soviéticos cuando los empiecen a bombardear desde el fondo del mar.
–Están haciendo un trabajo magnífico –asintió Mary sin demasiada convicción–. ¿Sabes lo que vimos hoy? Nuestro equipo ha conseguido un plomizo para enseñárselo a los niños de la escuela. Lo vi un momento. Es estupendo que los niños vean el resultado de sus esfuerzos, ¿no crees?
Paseó la mirada a su alrededor.
–Un plomizo –murmuró Taylor. Bajó poco a poco el periódico–. Bien, pero conviene asegurarse antes de que haya sido descontaminado a conciencia. Es mejor no arriesgarse.
–Oh, siempre los bañan antes de bajarlos –dijo Mary–. No se les ocurriría hacerlo de otra forma –titubeó ante el impacto de un pensamiento–. Don, eso me recuerda…
–Lo sé –asintió él.
Adivinaba sus pensamientos. En los primeros días de la guerra, antes de que empezaran a evacuarlos de la superficie, habían visto un tren hospital que descargaba a los heridos, gente afectada por radiaciones atómicas. Recordaba su aspecto, la expresión de sus rostros, lo que quedaba de ellos. No fue un espectáculo agradable.
Fueron muchos los afectados antes de que se completara el traslado a los subterráneos. Y, como había muchos, no era difícil recordar.
Taylor miró a su esposa. Se había pasado los últimos meses pensando excesivamente en aquello. Claro que todos lo hacían.
–Olvídalo –dijo–, pertenece al pasado. Arriba sólo quedan los plomizos, y a ellos no les importa.
–Por eso mismo espero que tomen las suficientes precauciones cada vez que dejan bajar a uno. Imagina que aún siga radiactivo…
–Olvídalo –rio él, levantándose de la mesa–. Vivimos un momento maravilloso. Estaré en casa durante los dos próximos turnos. Mi única preocupación será descansar y tomarme las cosas con calma. Hasta podríamos ir al cine, ¿qué te parece?
–¿Al cine? ¿Crees que vale la pena? Estoy harta de ver destrucción y ruinas. A veces veo lugares que recuerdo, como San Francisco. Bombardearon San Francisco, el puente se partió y cayó al agua. Me puse enferma. No me gusta ver esas cosas.
–¿No quieres saber lo que está pasando? Los seres humanos ya no sufren daños.
–¡Pero es horrible! No, Don, por favor –suplicó con el rostro contraído en un rictus de dolor.
Don Taylor recogió su periódico con expresión malhumorada.
–De acuerdo, pero no hay muchas cosas que hacer. Y no lo olvides, sus ciudades aún lo están pasando peor.
Ella asintió con un gesto. Taylor volvió las ásperas y delgadas páginas del periódico. Había perdido el buen humor. ¿Por qué se pasaba el tiempo lloriqueando? Tal como iban las cosas, no podían quejarse, sobre todo considerando que vivían bajo tierra, con un sol artificial y comida artificial. Por supuesto que era irritante no ver el sol, carecer de libertad de movimientos y contemplar siempre un paisaje de paredes metálicas, enormes y ruidosas fábricas, cuarteles y arsenales, pero era preferible a vivir en la superficie. Algún día se terminaría y regresarían. Nadie quería vivir así, pero era necesario.
Volvió la página con rabia, y el papel de mala calidad se rasgó. Maldita sea, el papel era cada vez peor, así como la impresión y la tinta amarillenta…
Bien, todo se destinaba a la guerra, ya debería saberlo. ¿Acaso no era uno de los cerebros?
Se autodisculpó y pasó a la otra habitación. La cama seguía sin hacer. Valdría la pena arreglarla antes de la inspección de las siete. Era un cubículo perfecto y…
El videófono zumbó. Se inmovilizó. ¿Quién sería? Volvió sobre sus pasos y estableció la comunicación.
–¿Taylor? –Un rostro se formó en la pantalla, un rostro ajado, grisáceo y ceñudo–. Soy Moss. Lamento molestarte durante tu Período de Descanso, pero ha ocurrido algo –agitó unos papeles–. Quiero que venga aquí ahora mismo.
–¿Qué pasa? ¿Tan urgente es? –Los tranquilos ojos grises lo observaron, inexpresivos y fríos–. Si me necesita en el laboratorio, iré. Me pondré el uniforme…
–No, no hace falta. Y no vaya al laboratorio. Nos encontraremos en la segunda planta cuanto antes. Si utiliza el elevador rápido, llegará en media hora. Nos veremos allí.
La imagen se disipó.
–¿Quién era? –preguntó Mary desde el umbral de la puerta.
–Moss. Me necesita.
–Sabía que ocurriría.
–Bueno, de todas formas no te apetecía hacer nada. ¿Qué importa? –La amargura se transparentaba en su voz–. Siempre es lo mismo, día tras día. Te traeré algo. Subo a la segunda planta. Quizá me acerque lo bastante a la superficie como para…
–¡No! ¡No me traigas nada! ¡No deseo nada de la superficie!
–De acuerdo, no lo haré. Y no digas más tonterías.
Ella le miró calzarse las botas sin decir nada.

Moss lo saludó y Taylor unió su paso al del anciano. Trenes de carga herméticamente cerrados ascendían sin cesar hacia la superficie por unas rampas, y desaparecían por una abertura que comunicaba con la planta superior. Taylor contempló los vagones cargados de maquinarias tubulares, armas nuevas, sin duda. Decenas de obreros uniformados de gris se afanaban por todas partes, cargando, levantando y gritando. El ruido en la planta era infernal.
–Buscaremos un sitio para hablar –dijo Moss–. Aquí no puedo darle más detalles.
Tomaron un ascensor, mientras un montacargas se zambullía en el vacío con gran estrépito. Al cabo de un momento llegaron a una plataforma de observación situada junto al Tubo, el amplio túnel que conducía a la superficie, a quinientos metros apenas de sus cabezas.
–¡Dios mío! –exclamó Taylor, mirando sin querer hacia abajo–. ¡Qué caída!
–No mire –rio Moss.
Abrió una puerta y entraron en un despacho. Un oficial de Seguridad Interna estaba sentado tras un escritorio.
–Enseguida estoy contigo, Moss –estudió a Taylor con una mirada–. Llegaron pronto.
–El comandante Franks –informó Moss a Taylor– fue el primero en hacer el descubrimiento. Yo me enteré anoche –indicó un envoltorio que sostenía bajo el brazo–. Lo he traído conmigo.
Franks frunció el ceño y se puso en pie.
–Subamos a la primera planta. Discutiremos allí.
–¿A la primera planta? –repitió Taylor, nervioso. Los tres se introdujeron en un pequeño ascensor al que conducía un pasillo lateral–. Nunca he estado arriba. ¿Todo va bien? No es radiactivo, ¿verdad?
–Usted es como todos –dijo Franks–. Cuentos de viejas. Las radiaciones no alcanzan la primera planta. Está blindada con piedra y plomo, y todo lo que desciende por el Tubo se limpia.
–¿Cuál es la naturaleza del problema? –preguntó Taylor–. Me gustaría saber algo más.
–Espere un momento.
Subieron en el ascensor. Desembocaron en un vestíbulo abarrotado de soldados, armas y uniformes. Taylor parpadeó, sorprendido. ¡Así que esto era la primera planta, el nivel subterráneo más próximo a la superficie! A continuación sólo había piedra, piedra y plomo, y los enormes tubos que se alzaban como madrigueras de gusanos. Piedra y plomo, y en el extremo de los tubos, más arriba, se abría la vasta extensión que ningún ser humano había visto en los últimos ocho años, las ruinas sin fin que una vez habían sido la cuna del hombre, el lugar en el que Taylor vivía ocho años atrás.
La superficie era ahora un desierto mortífero, un desierto de escoria y nubes que vagaban de un sitio a otro ocultando el sol rojo. En ocasiones, algo metálico se movía entre los restos de una ciudad, cruzando la tierra torturada de los campos. Un plomizo, un robot de superficie, inmune a las radiaciones, construido a toda prisa antes de que la guerra alcanzara su punto culminante.
Los plomizos, criaturas que podían sobrevivir allí donde la vida era imposible, se movían sobre la tierra, surcaban los océanos y los cielos, figuras de metal y de plástico que libraban una guerra concebida por los hombres, que ahora se veían imposibilitados de luchar entre sí. Los seres humanos habían inventado la guerra, inventado y fabricado las armas, incluso los figurantes, los luchadores, los actores de la guerra. Sin embargo, sólo podían asistir como espectadores. Ningún ser humano poblaba la capa de la tierra, ni en Rusia, ni en Europa, ni en América, ni en África. Vivían bajo la superficie, en refugios sepultados a gran profundidad que habían sido diseñados y construidos cuidadosamente cuando cayeron las primeras bombas.
Fue una brillante idea; de hecho, la única idea plausible. Los plomizos recorrían la devastada superficie de lo que una vez había sido un planeta vivo y combatían en lugar de los hombres. Y bajo la superficie, en las entrañas del planeta, los seres humanos trabajaban incansablemente para fabricar las armas imprescindibles para continuar la contienda, mes tras mes, año tras año.
–Primera planta –anunció Taylor con cierto malestar–. Casi hemos llegado a la superficie.
–Aún no –dijo Moss.
Franks los guió entre los soldados hacia el borde del túnel.
–Dentro de pocos minutos, un ascensor bajará algo de la superficie –explicó–. Ha de saber, Taylor, que de vez en cuando Seguridad examina e interroga a un plomizo de la superficie para confirmar algunas cosas. No podemos conformarnos con la simple información televisada, necesitamos también entrevistas en directo. Los plomizos ejecutan su tarea de forma satisfactoria, pero queremos asegurarnos de que todo funciona según nuestras previsiones.
“El ascensor bajará a un plomizo de clase A. En la sala contigua hay una cámara de entrevistas con una placa de plomo en el centro, a fin de evitar que los interrogadores se vean expuestos a radiaciones. Es más sencillo que bañar al plomizo. No lo entretendremos mucho, pues debe volver a su trabajo.
“Hace dos días interrogamos a un plomizo de clase A. Yo mismo dirigí la sesión. Estábamos muy interesados en una nueva arma de los soviéticos, una mina automática que persigue cualquier objeto en movimiento. Los militares nos dieron instrucciones para obtener todo tipo de información sobre la mina.
“El plomizo nos proporcionó ciertos datos, así como las habituales películas e informes. Luego le ordenamos que volviera a la superficie. Cuando se dirigía hacia el ascensor, sucedió algo extraño. Creo que…”
Franks se interrumpió. Una luz roja parpadeaba.
–El ascensor ha llegado –hizo un gesto a los soldados–. Vamos a la cámara. El plomizo se reunirá con nosotros dentro de un momento.
–Un plomizo de clase A –murmuró Taylor–. He visto entrevistas en los noticieros.
–Es una experiencia fascinante –observó Moss–. Son casi humanos.
Se introdujeron en la cámara y tomaron asiento tras el muro de plomo. Una señal luminosa relampagueó, y Franks movió las manos.
Se abrió la puerta que había detrás del muro. Taylor miró a través de su rendija de observación. Una esbelta figura metálica avanzó con lentitud, con los brazos caídos a lo largo del cuerpo, hasta situarse al otro lado del muro de plomo. Permaneció de pie, esperando.
–Nos interesa saber una cosa –dijo Franks–. Antes de que empiece el interrogatorio, ¿tiene algo especial que comentar sobre la situación en la superficie?
–No. La guerra continúa –la voz del plomizo era automática e inexpresiva–. Necesitamos más aviones de persecución individuales. Podríamos utilizar…
–Lo sabemos, pero hay otros asuntos más importantes. Nos comunicamos con usted sólo por televisión, puesto que jamás subimos a la superficie. Dependemos de aseveraciones que no podemos comprobar. Algunos miembros de la cúpula dirigente empiezan a pensar que hay demasiado margen de error.
–¿Error? –preguntó el plomizo–. ¿De qué tipo? Confirmamos todos nuestros informes antes de enviarlos. Mantenemos un contacto constante con ustedes; transmitimos cualquier dato, por insignificante que sea. Las armas que vemos emplear al enemigo…
–Lo sé –se impacientó Franks –pero quizá valdría la pena que lo comprobáramos nosotros mismos. ¿Hay alguna zona limpia de radiaciones lo bastante amplia como para que una patrulla de hombres ascienda a la superficie? Equipados con trajes de plomo, ¿sobrevivirían para examinar la situación y obtener una información directa?
La máquina vaciló antes de responder.
–Lo dudo. Tomen muestras de aire y decídanlo. Desde que bajaron hace ocho años las condiciones han empeorado. No tienen ni idea de lo que sucede arriba. Cada vez es más difícil que un objeto móvil sobreviva mucho tiempo. Existen proyectiles sensibles al movimiento. La nueva mina no sólo reacciona ante los movimientos, sino que persigue al objeto hasta darle alcance. Y no hay ninguna zona libre de contaminación.
–Entiendo –Franks se volvió hacia Moss con los ojos entornados–. Bien, esto es lo que quería saber. Ya se puede ir.
La máquina se dirigió a la salida, pero antes de llegar se detuvo.
–Cada mes aumenta la cantidad de partículas letales en la atmósfera. El ritmo de la guerra…
–Lo sé –Franks se levantó. Extendió la mano y Moss le entregó el envoltorio–. Antes de que se vaya, quiero que examine un nuevo tipo de metal blindado. Le pasaré una muestra por el conducto de comunicación.
Franks depositó el paquete en el conducto. El mecanismo se puso en marcha y lo trasladó al otro lado. El plomizo lo cogió, lo desenvolvió y sostuvo la plancha metálica en sus manos para examinarla.
De pronto, quedó inmóvil.
–Perfecto –dijo Franks.
Empujó el muro con el hombro y una sección se deslizó a un lado. Taylor tragó saliva: ¡Franks y Moss corrían hacia el plomizo!
–¡Dios mío! ¡Tengan cuidado, es radiactivo!
El plomizo continuaba paralizado, aferrando el metal. Los soldados irrumpieron en la cámara. Rodearon al plomizo y recorrieron su cuerpo con un contador.
–Muy bien, señor –informó uno de ellos a Franks–. Está más frío que una noche de invierno.
–Estupendo. Estaba seguro, pero no quería arriesgarme.
–Como ve –dijo Moss a Taylor–, este plomizo ya no es radiactivo, a pesar de que vino directamente de la superficie y no fue descontaminado.
–¿Cómo se lo explica? –preguntó Taylor.
–Quizá sea un accidente –dijo Franks–. Siempre hay la posibilidad de que un objeto en concreto se salve de las radiaciones. Pero es la segunda vez que sucede, según nuestra información. Tal vez haya habido más.
¿La segunda vez?
–Nos dimos cuenta en la entrevista anterior. El plomizo no era radiactivo. Estaba tan frío como éste.
Moss recuperó la placa metálica de manos del robot. Posó la mano sobre la superficie y la colocó de nuevo entre los rígidos y obedientes dedos.
–Decidimos engañar a éste para comprobarlo directamente. Se recobrará dentro de un momento. Será mejor que nos parapetemos tras el muro.
Retrocedieron, y el muro de plomo se cerró a sus espaldas. Los soldados abandonaron la cámara.
–Dentro de dos periodos –dijo Franks–, una patrulla estará dispuesta para subir a la superficie. Subiremos en el Tubo protegidos con trajes especiales… El primer grupo de hombres que pisará la tierra después de ocho años.
–Quizá nos engañemos –dijo Moss–, pero lo dudo. Algo extraño está pasando. El plomizo nos dijo que ninguna forma de vida podía existir en la superficie sin arriesgarse a perecer abrasada. Las piezas no encajan.
Taylor asintió con un gesto. Miró por la rendija de observación a la figura de metal inmóvil. El plomizo comenzaba a moverse. Diversas partes de su estructura estaban melladas y torcidas, ennegrecidas y chamuscadas. Había servido en la superficie durante mucho tiempo; había sido testigo de la guerra y de la destrucción, una destrucción tan enorme que nadie era capaz de imaginar su alcance. Deambulaba por un mundo contaminado y muerto, un mundo en el que la vida era imposible.
¡Y Taylor lo había tocado!
–Usted vendrá con nosotros –le espetó Franks–. Quiero que nos acompañe; iremos los tres.

Mary lo miró con expresión compungida y temerosa.
–Lo sé. Vas a ir a la superficie, ¿verdad?
Ella lo siguió hasta la cocina. Taylor se sentó sin atreverse a decir nada.
–Es un proyecto secreto –esquivó–. No puedo decirte nada.
–No hace falta. Lo sé. Lo supe desde el momento en que entraste. Vi algo en tu rostro, algo que no veía desde hacía mucho tiempo.
Se acercó, tomó el rostro de Taylor entre sus manos temblorosas y lo obligó a mirarla. Sus ojos brillaban, febriles.
–Pero ¿por qué tú? Nadie puede vivir ahí arriba. ¡Lee, lee esto!
Le arrebató el periódico y lo desplegó frente a él.
–Mira esta fotografía: América, Europa, Asia, África… un montón de ruinas. Lo vemos cada día en los noticieros. Todo destruido, contaminado. Ahí es donde te envían. ¿Por qué? Ni siquiera la hierba crece. La superficie está arrasada, ¿no? ¿O no?
–Es una orden –Taylor se levantó–. Desconozco los motivos. Debo unirme a una patrulla de reconocimiento, es lo único que sé.
Estuvo mucho rato de pie, mirando a la lejanía. Después recuperó el periódico y lo examinó a la luz de la lámpara.
–Parece real –murmuró–. Ruinas, escoria, destrucción. Es muy convincente. Informes, fotografías, películas, muestras de aire. Sin embargo, nunca hemos subido a comprobarlo…
–¿De qué estás hablando?
–De nada –dejó caer el periódico–. Me iré en cuanto termine el próximo periodo de sueño. Vámonos a la cama.
–Haz lo que quieras –se resignó Mary, con las facciones crispadas–. Ojalá subiéramos todos para morir de una vez, en lugar de ir muriendo lentamente como gusanos.
Taylor nunca había percibido la amargura de Mary. ¿Qué sentían los demás? ¿Qué sentían los obreros que trabajaban día y noche en las fábricas? ¿Qué sentían esos pálidos y encorvados hombres y mujeres que se esforzaban penosamente, parpadeando bajo la luz incolora, comiendo productos sintéticos…?
–No te lo tomes así –acertó a decir.
–Me lo tomo así porque sé que nunca volverás –le dio la espalda–. La última vez que te vea será cuando salgas por la puerta.
–¿Por qué? ¿Cómo puedes decir algo semejante?
Ella no respondió.

Lo despertó el ruido de los altavoces exteriores que pregonaban las últimas noticias.
“¡Boletín especial! ¡El ejército de superficie informa de un masivo ataque soviético con armas desconocidas! ¡Retirada de posiciones clave! ¡Que todos los trabajadores se dirijan a las fábricas cuanto antes!”
Taylor se frotó los ojos. Saltó de la cama y se precipitó al videófono para comunicarse con Moss.
–Escuche, ¿sabe algo de ese ataque? ¿Abandonamos el proyecto?
Veía el escritorio de Moss cubierto de informes y documentos.
–No –respondió Moss –todo sigue igual. Venga en seguida.
–Pero…
–No me discuta. –Moss arrugó furiosamente un puñado de informes–. Todo es una farsa. ¡Muévase!
Cortó la comunicación. Taylor, confundido y rabioso, se vistió a toda prisa.
Se apeó del coche media hora más tarde y subió corriendo la escalera del edificio de Productos Sintéticos. Hombres y mujeres se apresuraban por los pasillos. Entró al despacho de Moss.
–Ya era hora –dijo Moss, que se levantó al instante–. Franks nos espera en el punto de salida.
Subieron en un vehículo de seguridad. Hizo sonar la sirena y los obreros se apartaron a su paso.
–¿Qué sabe del ataque? –preguntó Taylor.
Moss encogió los hombros.
–Estamos seguros de que los obligamos a actuar prematuramente. Les hemos sacado ventaja.
Descendieron en la conexión con el Tubo, y un momento después se elevaban a gran velocidad hacia la primera planta.
Irrumpieron en un escenario pleno de actividad. Soldados embutidos en trajes de plomo corrían en todas direcciones, se gritaban unos a otros y se pasaban fusiles e instrucciones.
Taylor miró atentamente a uno de ellos. Iba armado con la temible pistola Bender, un modelo recién salido de la línea de montaje. Algunos de los soldados parecían muy asustados.
–Espero que no cometamos ningún error –murmuró Moss.
Franks fue a su encuentro.
–El plan consiste en que primero subiremos nosotros tres, y los soldados nos seguirán pasado un cuarto de hora.
–¿Qué les diremos a los plomizos? –preguntó Taylor, preocupado–. ¿Lo han pensado?
–Queremos presenciar el próximo ataque soviético –sonrió Franks con ironía–, pues parece que va en serio.
–¿Y luego, qué?
–Dependerá de ellos. Vamos.
Un pequeño ascensor impulsado por émbolos antigravitatorios se elevó hasta la superficie. Taylor miraba abajo de vez en cuando. La distancia aumentaba a cada instante. Sudaba dentro de su traje y agarraba la pistola Bender con dedos inexpertos.
¿Por qué lo habían elegido a él? Pura casualidad. Moss le había pedido que se incorporara al departamento. Después, Franks le enroló sin pensar. Y ahora iban camino de la superficie a velocidad vertiginosa.
Un pánico profundo, cultivado a lo largo de ocho años, se infiltró en su mente. Contaminación, una muerte cierta, un mundo devastado y mortífero…
Taylor se sujetó a las barandillas del ascensor y cerró los ojos. Ya faltaba poco. Eran los primeros seres vivos en remontar la primera planta, en prescindir de la protección de plomo y piedra. Lo sacudían oleadas de horror. Todos sabían que se dirigían hacia la muerte. Lo habían visto miles de veces en las películas: las ciudades, las nubes radiactivas…
–Ya queda poco –indicó Franks–. Estamos llegando. No nos espera nadie en la torre de superficie; di órdenes de que no se enviara ninguna señal.
El ascensor ascendía con gran estrépito. A Taylor le daba vueltas la cabeza; apretó con fuerza los ojos. Arriba, arriba…
El ascensor frenó. Abrió los ojos.
Se hallaban en una amplia caverna iluminada con focos fluorescentes, atestada de equipos y maquinaria alineados en filas interminables. Los plomizos trabajaban en silencio, conduciendo camionetas y carretillas.
–Plomizos –observó Moss, pálido–. No cabe duda de que estamos en la superficie.
Los plomizos trasladaban de un sitio a otro fusiles, piezas, municiones y suministros enviados a la superficie. Ésta era una de las numerosas estaciones de recepción; cada tubo tenía la suya.
Taylor miró nerviosamente a su alrededor. De modo que era cierto: habían llegado a la superficie, donde se disputaba la guerra.
–Vamos. Un guardia de la clase A nos espera.
Bajaron del ascensor: un plomizo se acercó rápidamente. Se detuvo ante ellos y los examinó con su arma preparada.
–Pertenezco a Seguridad –declaró Franks–. Que se presente un clase A al instante.
El plomizo vaciló. Otros guardias de clase B se aproximaban, alarmados y vigilantes. Moss echó un vistazo alrededor.
–¡Obedezca! –gritó Franks–. ¡Acaba de recibir una orden!
El plomizo se volvió, inquieto. Una puerta se abrió al otro lado del edificio. Aparecieron dos plomizos de clase A y caminaron con parsimonia hacia ellos: se distinguían de los otros por una franja pintada en su rostro.
–Forman parte del Consejo de la Superficie –indicó Franks–. Estén preparados.
Los dos plomizos se detuvieron a corta distancia y los examinaron de arriba abajo.
–Soy Franks, de Seguridad. Hemos venido desde los subterráneos para…
–Es increíble –le interrumpió uno de los plomizos fríamente–. ¿No saben que no pueden sobrevivir aquí? La superficie es mortífera. No se pueden quedar.
–Llevamos un traje protector –explicó Franks–. De todas formas, no es su problema. Exijo una entrevista ahora mismo con el Consejo para informarme de la situación. ¿Es posible?
–Los seres humanos no pueden sobrevivir aquí. El nuevo ataque soviético se producirá en esta zona. El peligro es inminente.
–Lo sabemos. Por favor, ordene que se reúna el Consejo –Franks paseó la vista por la amplia sala, iluminada por lámparas que colgaban del techo. Su voz se quebró–. ¿Es de día o es de noche?
–De noche –dijo uno de los plomizos de clase A tras una pausa–. Amanecerá dentro de dos horas.
–Nos quedaremos –afirmó Franks–. Como una especie de concesión a nuestro sentimentalismo, ¿nos indicará un lugar desde el cual poder observar el amanecer? Le estaríamos muy agradecidos.
Un estremecimiento recorrió a los plomizos.
–Un espectáculo muy desagradable –comentó el portavoz–. Ya han visto las fotos, saben lo que van a presenciar. Nubes de partículas flotantes que enturbian la luz, masas de escoria, la tierra destruida. Una visión aterradora, mucho peor de lo que reflejan las películas y las fotos.
–Queremos verlo, a pesar de todo. ¿Transmitirá la orden al Consejo?
–Síganme.
Los dos plomizos, algo reticentes, se dirigieron hacia la pared del almacén. Los tres hombres los siguieron. Sus pasos resonaban en el hormigón. Al llegar al muro, los dos plomizos se detuvieron.
–Ésta es la entrada a la Sala del Consejo. Hay ventanas, pero la oscuridad reina en el exterior, por supuesto. Ahora no verán nada, pero dentro de dos horas…
–Abra la puerta –ordenó Franks.
La puerta se deslizó a un lado. Entraron en una sala pequeña y limpia. En el centro había una mesa redonda, circundada de sillas. Los tres se sentaron en silencio, seguidos de los dos plomizos.
–Los miembros del Consejo llegarán en seguida. Han recibido el anuncio de su presencia y no tardarán. De todas maneras, les ruego que regresen a los subterráneos. Es imposible que resistan las condiciones imperantes. Incluso a nosotros nos cuesta sobrevivir. ¿Cómo piensan hacerlo?
–Estamos sorprendidos y perplejos –declaró el plomizo que parecía llevar la iniciativa–. Pese a que les debemos obediencia, les advertiré que si permanecen aquí…
–Lo sabemos –dijo Franks con impaciencia–. Sin embargo, vamos a quedarnos, al menos hasta el amanecer.
–Si insiste.
Se hizo el silencio. Los plomizos conferenciaron entre sí, pero los tres humanos no captaron ni una palabra.
–Por su propio bien –dijo el plomizo–, vuelvan abajo. Hemos llegado a la conclusión de que su comportamiento es perjudicial para sus propios intereses.
–Somos seres humanos –dijo Franks secamente–. ¿Comprendes? Somos hombres, no máquinas.
–Por eso precisamente deben regresar. Esta cámara, así como la superficie, son radiactivas. Hemos calculado que sus trajes no los protegerán más allá de cincuenta minutos. Sin embargo…
De pronto, los plomizos formaron un círculo alrededor de los humanos. Éstos se pusieron en pie. Taylor buscó su arma, los dedos eran torpes y estaban paralizados. Los humanos se enfrentaron a las silenciosas figuras metálicas.
–Hemos de insistir –declaró el portavoz de los plomizos– en que vuelvan al Tubo y bajen en el siguiente ascensor. Lo siento, pero es necesario.
–¿Qué vamos a hacer? –preguntó Moss a Franks con nerviosismo. Acarició su pistola –¿Acabamos con ellos?
–De acuerdo –aceptó Franks–. Volveremos.
Se encaminó hacia la puerta, empujando a Moss y a Taylor. Los plomizos los siguieron hasta el almacén. No intercambiaron ninguna palabra en el trayecto hacia el Tubo.
–Volvemos porque no nos queda otra elección –declaró Franks al llegar al borde –Somos tres contra doce. Sin embargo, si…
–Ya viene el ascensor –anunció Taylor.
El Tubo chirrió. Varios plomizos de clase D se desplegaron para recibirlo.
–Lo siento –dijo el plomizo–, pero es por su propio bien. Los cuidamos, literalmente. Quédense en los subterráneos y déjennos proseguir la guerra. En cierto sentido, se ha convertido en nuestra guerra. La llevaremos a nuestra manera.
El ascensor se elevó hasta la superficie.
Una docena de soldados, armados con pistolas Bender, surgió de la cabina y rodeó a los tres hombres.
–Bueno, esto cambia las cosas –suspiró Moss–. No pudieron ser más oportunos.
El cabecilla de los plomizos retrocedió. Examinó a los soldados como si quisiera adivinar sus pensamientos. Luego hizo un gesto a los demás plomizos. Se apartaron y dejaron libre un pasillo.
–Incluso ahora, podríamos rechazarlos por la fuerza, pero es evidente que no nos hallamos ante una simple patrulla de exploración; así lo demuestran estos soldados. Sus planes son mucho más complejos.
–Mucho más –asintió Franks.
Los plomizos estrecharon el círculo.
–He de admitir que nos sorprendieron. No conseguimos controlar la situación. Emplear la fuerza hubiera sido absurdo, porque ninguno de ambos bandos puede arriesgarse a dañar al otro; nosotros, a causa de las restricciones que nos obligan a respetar la vida; ustedes, porque la guerra exige…
Los soldados, atemorizados, abrieron fuego sin más dilación. Moss, de rodillas, también disparó. El cabecilla de los plomizos se disolvió en una nube de partículas. Plomizos de clase D y B participaban en el combate, algunos con armas, otros con protectores metálicos. La confusión reinaba en la bóveda. Una sirena aulló en la lejanía. Una muralla de cuerpos metálicos separó a Franks y a Taylor de los soldados.
–No pueden repeler el fuego –dijo Franks–. Es un simple truco. Todo el rato han intentado engañarnos. –Disparó al rostro de un plomizo–. Sólo intentan asustarnos. No lo olvide.
Poco a poco fueron eliminando a todos los plomizos. Un hedor a metal y a plástico quemados invadía la cámara. Taylor, a gatas, buscaba frenéticamente su pistola. Un pie metálico aplastó su mano. Lanzó un chillido de dolor.
Y, de pronto, todo terminó. Los plomizos se retiraban. Sólo quedaban cuatro pertenecientes al Consejo de la Superficie. Los restantes flotaban en el aire, en forma de partículas radiactivas. Los plomizos de clase D se dedicaban a reunir piezas dispersas de sus compañeros destruidos.
Franks exhaló un suspiro.
–Estupendo. Vayamos hacia las ventanas. No nos queda mucho tiempo.
Los plomizos se apartaron. Moss, Franks, Taylor y los soldados caminaron con parsimonia hacia la puerta. Entraron en la Cámara del Consejo. Un débil resplandor grisáceo mitigó la oscuridad que se filtraba por las ventanas.
–Salgamos –dijo Franks, impaciente–. Es mejor contemplarlo directamente.
Una puerta se deslizó a un lado. El aire frío de la mañana se infiltró a través de sus trajes herméticos. Los hombres, vacilantes, intercambiaron una mirada.
–Vamos –ordenó Franks–. Salgamos.
Atravesó la puerta, seguido de los demás.
Se hallaban sobre una colina que dominaba un valle. El perfil de las montañas, casi tangible, se dibujaba contra la luz incierta del cielo.
–Pronto habrá luz suficiente para examinar el panorama –dijo Moss, aterido–. Valía la pena asistir a este espectáculo después de ocho años. Aunque sea lo último que veamos…
–Mire –le interrumpió Franks.
Obedecieron en silencio. El cielo clareaba. Un gallo cacareó en la lejanía.
–¡Un gallo! –murmuró Taylor–. ¿Lo han oído?
Una fila de plomizos montaba guardia a sus espaldas, observándolos en silencio. La luz fue ganando terreno a la oscuridad, derramándose sobre las colinas y el valle.
–¡Santo cielo! –exclamó Franks.
Árboles, árboles y bosques. Un valle rebosante de árboles y flores, cruzado por varias carreteras. Granjas. Un molino. Un pajar.
–¡Miren! –susurró Moss.
El cielo se iluminó. El sol estaba a punto de salir. Los pájaros empezaron a cantar. Las hojas de un árbol danzaron, mecidas por el viento.
–Ocho años. Nos engañaron. No había guerra. En cuanto abandonamos la superficie…
–Sí –admitió un plomizo de clase A–. La guerra terminó en cuanto se marcharon. Tiene razón, todo fue un fraude. Destruíamos las armas que tan febrilmente fabricaban nada más llegar a nuestras manos.
–Pero ¿por qué? –preguntó Taylor–. ¿Por qué?
–Ustedes nos crearon –explicó el plomizo– para proseguir la guerra mientras trataban de sobrevivir bajo la superficie. Sin embargo, pensamos que era imprescindible analizar sus propósitos. Averiguamos que la guerra carecía de sentido, que se trataba de una simple necesidad humana… Algo muy discutible.
“Seguimos investigando. Descubrimos que las culturas humanas atraviesan fases muy determinadas. Cuando la cultura envejece y empieza a olvidar sus objetivos, se producen conflictos entre los que desean establecer nuevas pautas culturales y los que tratan de impedir cualquier cambio.
“Es un momento de extremo peligro: el conflicto puede desencadenar una guerra entre grupos que pertenecen a la misma sociedad. Las tradiciones corren el riesgo de perderse, de destruirse, en este periodo de caos y anarquía. La historia de la humanidad ofrece muchos ejemplos.
“Es perentorio que esta animadversión en el seno de una misma cultura se dirija hacia el exterior, hacia otra cultura, a fin de superar la crisis. El resultado es la guerra. La guerra, para una mente lógica, es una aberración, pero en términos de necesidad humana juega un papel vital, y así continuará hasta que el hombre haya madurado lo suficiente para extirpar sus engaños.”
Taylor escuchaba con la mayor atención.
–¿Y cree que ese día llegará?
–Por supuesto. Ya ha llegado. Ésta es la última guerra. El hombre casi ha conseguido alcanzar una cultura final… una cultura universal. En este momento un continente se enfrenta al otro, la mitad del mundo contra la otra mitad. Sólo falta un paso, el salto hacia una cultura única. El hombre ha progresado penosamente hacia la unificación de la cultura. Falta muy poco…
“Pero, como aún no había llegado el momento, la guerra debía continuar para satisfacer la última oleada de odio del hombre. Han transcurrido ocho años desde que la guerra empezó. En estos ocho años hemos observado y percibido importantes cambios en la mentalidad del hombre. El cansancio y el desinterés han reemplazado poco a poco al odio y al miedo. El odio se disipó al cabo de un tiempo. De momento, el engaño debe continuar, al menos un poco más. No están preparados para saber la verdad. En el fondo, desean proseguir la guerra.”
–Pero ¿cómo lo consiguieron? –preguntó Moss–. Las fotografías, las muestras, los equipos dañados…
–Venga por aquí –el plomizo los condujo hasta un edificio bajo y alargado–. El trabajo no se detiene; todas las unidades se esfuerzan en elaborar una apariencia convincente y coherente de guerra total.
Entraron al edificio. Los plomizos trabajaban por todas partes, encorvados sobre mesas y escritorios.
–Fíjese en este proyecto –dos plomizos fotografiaban cuidadosamente una complicada maqueta–. Es un buen ejemplo.
Los hombres se agruparon alrededor de la maqueta de una ciudad en ruinas.
Taylor la examinó en silencio durante un rato. Luego levantó la vista.
–Es San Francisco. Es una maqueta de San Francisco, destruida. He visto tomas aéreas en los noticieros. Los puentes se hundieron…
–Sí, fíjese en los puentes –el plomizo señaló las brechas con su dedo metálico, una tenue telaraña casi invisible–. Habrá visto muchas fotografías, no lo dude, así como de otras maquetas que encontrará en este edificio.
“San Francisco permanece intacta. La reconstruimos en cuanto ustedes se marcharon; restauramos las zonas destruidas durante la guerra.
“En este edificio elaboramos las noticias. Ponemos especial énfasis en que todos los detalles coincidan. Dedicamos mucho esfuerzo y dedicación.”
Franks tomó en sus manos el modelo de un edificio semidestruido.
–De modo que así pasan el tiempo… construyendo maquetas que luego destrozan.
–No, se equivoca. Somos los administradores provisionales de un mundo abandonado temporalmente por sus amos, y nos preocupamos de que las ciudades se mantengan limpias, en pie y de que todo funcione. Los jardines, las calles, las tuberías, igual que hace ocho años. Así, cuando regresen los amos, se sentirán complacidos. Queremos estar seguros de que se sentirán completamente satisfechos.
Franks palmeó el hombro de Moss.
–Acompáñeme. Quiero hablar con usted.
Condujo a Moss y a Taylor fuera del edificio, lejos de los plomizos, hacia la ladera de la colina. Los soldados los siguieron. El sol estaba alto y el cielo era de un azul radiante. El aire olía a vida renovada.
Taylor se quitó el casco y exhaló un profundo suspiro.
–Cuánto tiempo sin respirar aire puro.
–Escuchen –cuchicheó Franks–, debemos regresar en seguida. Nos queda mucho por hacer. Hemos de aprovechar nuestros descubrimientos.
–¿Qué quiere decir? –preguntó Moss.
–Estoy seguro de que los soviéticos han sido engañados como nosotros. Nuestro conocimiento nos proporciona una gran ventaja.
–Comprendo –aprobó Moss–. Nosotros lo sabemos, pero ellos. no. Su Consejo de Superficie anda tan despistado como el nuestro, lo que les perjudica de la misma forma. Pero si pudiéramos…
–¡Con un centenar de hombres dispuestos a todo podemos adueñarnos de la situación! ¡No costará nada!
Moss le apretó el brazo. Un plomizo de clase A se aproximaba.
–Ya hemos visto bastante –dijo Franks en voz alta–. La situación es crítica. Redactaré un informe y estudiaremos la política a seguir.
El plomizo no dijo nada.
–Vámonos –ordenó Franks a los soldados.
Se dirigió hacia el almacén.
Casi todos los soldados se habían quitado los cascos, incluso los trajes protectores, y deambulaban vestidos sólo con sus uniformes de algodón. Contemplaron con nostalgia los árboles y los arbustos, la llanura verde, las montañas y el cielo.
–Mira el sol –murmuró uno de ellos.
–Brillante como el infierno –comentó otro.
–Regresamos –dijo Franks–. Formen en fila de dos y síganme.
Los soldados se reagruparon a regañadientes. Los plomizos observaron sin la menor emoción cómo los hombres caminaban con lentitud hacia el almacén. Franks, Moss y Taylor abrían la marcha, preocupados por la reacción de los plomizos.
Entraron en el almacén. Plomizos de clase D cargaban armas y material en vehículos de superficie, con ayuda de grúas. El trabajo se realizaba con eficiencia, pero sin prisas ni agitación.
Los hombres se pararon y miraron. Los plomizos subían en los coches e intercambiaban señales. Grúas magnéticas cargaban fusiles y piezas sueltas en los vehículos.
–Vamos –dijo Franks.
Se encaminó hacia el Tubo. Frente a ellos estaba una fila de plomizos de clase D, inmóviles y silenciosos. Franks retrocedió unos pasos.
Un plomizo de clase A se adelantó hacia él.
–Dígales que se aparten –ordenó Franks, acariciando su pistola–. Será mejor que me obedezca.
Pasó el tiempo, un momento eterno. Franks, nervioso y atento, vigilaba la fila de robots.
–Como desee –dijo el plomizo de clase A.
A un gesto suyo, los plomizos de clase D recobraron la vida. Se apartaron lentamente.
Moss lanzó un suspiro de alivio.
–Me alegro de salir de aquí –dijo–. Mírelos: ¿Por qué no intentan detenernos? Saben lo que vamos a hacer.
–¿Detenernos? –rio Franks–. Ya vio lo que pasó antes. No pueden; son simples máquinas. Nosotros las construimos. No pueden ponernos las manos encima, y lo saben.
Su voz se desvaneció.
Los hombres clavaron los ojos en la entrada del Tubo. Los plomizos que los rodeaban seguían vigilándolos, silenciosos, impasibles, inexpresivos.
Los hombres permanecieron quietos durante un largo rato. Por fin, Taylor volvió.
–Dios mío –musitó.
Estaba aturdido, incapaz de experimentar la menor emoción.
El Tubo se había ido. Estaba clausurado, fuera de servicio. No era más que una opaca superficie de metal frío.
Habían cerrado el Tubo.
Franks ladeó su rostro, pálido y descompuesto.
–Como pueden observar –dijo el plomizo de clase A–, hemos cerrado el Tubo; lo teníamos previsto. Dimos la orden en cuanto ustedes salieron a la superficie. Si nos hubieran obedecido, ahora estarían sanos y salvos en los subterráneos. Tuvimos que trabajar a toda prisa porque la operación exigía un esfuerzo inmenso.
–Pero ¿por qué? –preguntó airadamente Moss.
–Porque es impensable permitirles que reanuden la guerra. Con todos los Tubos sellados les costará meses enviar tropas a la superficie; ni siquiera podrán planear una operación militar. De esta forma, el ciclo entrará en la última fase. No creo que les moleste tanto reencontrar su mundo intacto.
“Confiábamos en que se hallaran en los subterráneos cuando se produjera la clausura. Ustedes representan un estorbo. Cuando los soviéticos irrumpieron, pudimos encerrarlos sin…”
–¿Los soviéticos? ¿Nos invadieron?
–Llegaron hace varios meses por sorpresa para averiguar por qué no ganaban la guerra. Nos vimos obligados a proceder con celeridad. En este momento intentan desesperadamente construir nuevos Tubos para acceder a la superficie, y así reanudar la guerra. Sin embargo, los vamos cerrando a medida que los detectamos.
El plomizo contempló a los tres hombres con serenidad.
–Estamos atrapados, aislados –dijo Moss, tembloroso–. No podemos volver. ¿Qué haremos ahora?
–¿Qué técnica utilizaron para sellar el Tubo con tanta rapidez? –preguntó Franks–. Sólo hemos estado dos horas arriba.
–Hemos colocado bombas de calor sobre la primera planta de cada Tubo, en previsión de emergencias de este tipo. Funden el plomo y la piedra.
Franks, aferrando su pistola, se volvió hacia Moss y Taylor.
–¿Qué opinan ustedes? No podemos volver, pero entre los quince, armados con pistolas Bender, destruiremos toda la obra de estos robots. ¿Qué dicen?
Miró a su alrededor. Los soldados se habían alejado hasta la salida del edificio. Contemplaban el valle y el cielo. Algunos empezaban a descender por la cuesta.
–¿Serían tan amables de desprenderse de sus trajes y armas? –preguntó cortésmente el plomizo de clase A–. Los trajes son incómodos y las armas ya no son necesarias. Los rusos también lo hicieron.
Los dedos se tensaron sobre los gatillos. Cuatro hombres con uniforme ruso se acercaban desde un avión que acababa de aterrizar no lejos de allí.
–¡Vamos por ellos! –gritó Franks.
–Van desarmados –advirtió el plomizo–. Los trajimos para que iniciaran las conversaciones de paz.
–Carecemos de autorización para negociar en nombre de nuestro país –dijo Moss entre dientes.
–No me estaba refiriendo a conversaciones diplomáticas –explicó el plomizo–. Se han terminado. Solventar los problemas diarios de la vida les enseñará a compartir el mismo mundo. No será fácil, pero lo conseguirán.
Los rusos se detuvieron. Ambos bandos se contemplaron con hostilidad.
–Soy el coronel Borodoy, y lamento haber entregado mis armas –dijo el oficial de mayor graduación–. Habrían sido los primeros estadunidenses abatidos en casi ocho años.
–O los primeros estadunidenses que abatieran rusos –corrigió Franks.
–Los únicos en enterarse serían ustedes –señaló el plomizo –: un heroísmo inútil. Su auténtico problema será sobrevivir en la superficie. No tenemos comida para darles.
Taylor enfundó su pistola.
–Han conseguido neutralizarnos por completo, maldita sea. Propongo que nos traslademos a una ciudad, empecemos a cultivar la tierra con ayuda de algunos plomizos y nos instalemos cómodamente –miró al plomizo y añadió–: soportaremos la soledad hasta que nuestras familias suban a la superficie, pero valdrá la pena.
–Si me permiten una sugerencia –dijo un ruso, incómodo–, les diré que ya probamos a vivir en una ciudad. Está muy vacía. Es muy duro de sobrellevar para tan poca gente. Por fin, nos instalamos en el pueblo más moderno que encontramos.
–Tenemos que aprender mucho de ustedes, de su país –añadió un tercer ruso.
Los estadunidenses estallaron en carcajadas.
–Yo diría que ustedes también nos pueden enseñar un par de cosas –dijo Taylor magnánimamente–, aunque me cuesta imaginar cuáles.
–¿Quieren vivir en nuestro pueblo? –sonrió el coronel ruso– Trabajaríamos con más comodidad y nos harían compañía.
–¿Su pueblo? –barbotó Franks–. ¡Es estadunidense! ¡Es nuestro!
–Cuando nuestros planes se completen –medió el plomizo–, el término será intercambiable. “Nuestros” significará “de la humanidad” –señaló el avión, que estaba calentando los motores–. Su nave los espera. ¿Serán capaces de levantar entre todos un nuevo hogar?
Los rusos esperaron mientras los estadunidenses reflexionaban.
–Empiezo a entender lo que los plomizos quieren decir cuando hablan de que la diplomacia ya no sirve. Resuelven sus problemas trabajando, no en una mesa de conferencias.
El plomizo los guio hasta la nave.
–El objetivo de la historia es unificar el mundo. Siempre ha sido así, de la familia a la tribu, de la tribu a la ciudad Estado, de la ciudad Estado a la nación, de la nación al hemisferio. Ahora los hemisferios se unificarán y…
Taylor dejó de prestar atención a las palabras del plomizo y desvió la vista hacia el emplazamiento del Tubo. Mary estaba en los subterráneos. Le repugnaba abandonarla; no la vería hasta que el Tubo volviera a funcionar. Luego se encogió de hombros y siguió a los otros.
Si esta endeble amalgama de antiguos enemigos se convertía en un buen ejemplo, Mary y el resto de la humanidad no tardarían en vivir en la superficie como seres humanos racionales, no como topos cegados por el odio.
–Ha costado miles de generaciones –concluyó el plomizo–, centenares de siglos de matanzas y destrucción, pero cada guerra significaba un paso hacia la unidad de los pueblos. Y ahora ya se vislumbra el final: un mundo en paz… el principio de una nueva etapa de la historia.
–La conquista del espacio –susurró el coronel Borodoy.
–El sentido de la vida –añadió Moss.
–La erradicación del hambre y la pobreza –dijo Taylor.
El plomizo abrió la puerta de la nave.
–Todo eso, y mucho más. Es imposible predecir el futuro que nos aguarda, como era imposible para los primeros hombres que formaron una tribu predecir que llegaría un día como el de hoy. Pero lo cierto es que será un futuro inimaginablemente grande.
La puerta se cerró y la nave despegó hacia su nuevo hogar.


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