sábado, 8 de julio de 2017

Los guayacanes

Umberto Senegal


La muerte llegó sin utilizar la puertecita del jardín, por donde el poeta entraba en su casa a huéspedes especiales. Eligió la ventana para penetrar en la biblioteca. Los árboles del jardín eran la vida del escritor.
–Bueno… –dijo la muerte.
–¡Bueno! –respondió el poeta–, pero, antes, permíteme despedirme de mis guayacanes.
–¿Guayacanes? –preguntó la muerte, y acompañó al poeta hasta el jardín, donde tres frondosos guayacanes, cargados de flores lilas, amarillas y rosadas, eran la fiesta de aquel lugar.
–Son lo único que extrañaré –admitió el poeta. Y agregó, señalándolos:
–¿Habrá algo parecido… allí?
Varias flores cayeron sobre la muerte.
–Creo que no –respondió ella con desconsuelo–. ¡Son hermosos! Nunca me los mostraron.
El suelo estaba tapizado de flores y cada instante, descendiendo en espiral, caían más a su lado, llevándolas y trayéndolas el viento.
–¿Verdad que sí?… Y, además de esto, espera a que se llenen de aves –advirtió el poeta.
Entonces, la muerte, ya sin prisa, lo invitó a sentarse bajo uno de ellos.


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