lunes, 10 de julio de 2017

Puente II

Fabio Osorio Montoya


Sin rodeos llegó hasta el puente y gritó: “Voy a saltar”. Subió al pasamanos del puente, que determina el límite del mismo con el vacío: Límite entre la vida y el olvido. Abajo, el abismo espera con su boca abierta el golpe final del suicida; la altura exacta desde la baranda a las rocas del río, es de 89 metros y 60 centímetros.
Gritó de nuevo: “Voy a saltar”. Las autoridades empiezan a llegar, grupos de gente curiosa hacen presencia; el viaducto se atesta de camiones, buses colmados de personas. Todo tipo de automotores. El tiempo fue suficiente para que muchos ciudadanos acudieran a aquella cita con el horror; ninguno quería perderse el espectáculo. Del puente se hablaba bastante, de los suicidios mucho más. Llamaba la atención aquella teoría de que a los suicidas no les gustaba dar a conocer su fatídica decisión. Llegaban hasta allí, en medio de la soledad y saltaban a lo hondo. Este hombre, en cambio, era especial, saltaría a la vista de toda la gente, en pleno mediodía, por ello, en parte, había acaparado la atención de los morbosos. En el fondo, los habitantes de la ciudad tenían algo de suicidas, de sádicos pero en particular de cómplices: querían asistir al salto final de aquel individuo.
El hombre llevó la punta de los pies al borde del pasamanos, respiró profundo, iba a saltar, ¡todo estaba listo! Los espectadores allí presentes abrieron los ojos con desmesura; a otros les resplandecía el deseo en la cara, gozaban una contenida emoción. Las autoridades en su ley de hipócritas inevitables, trataban de persuadirlo. Todos estaban inmóviles, expectantes.
El hombre hizo un ademán, un gesto final, tomó impulso... pero en ese instante la gran mole de hierro y cemento cedió y el puente se vino abajo.


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