sábado, 22 de julio de 2017

Una muchacha del este

Chin Ku’i Huan


En el vigésimo año del gobierno de Wan-Li, apareció, entre los miles de estudiantes que se reunían en Pekín para los exámenes, un tal Li, primer nombre de quien fue Chia, y de apellido Chenn-hsi o “El Mil Veces Purificado”. Su familia era de Shao-hsing-fu, en Chekiang; su padre era juez de la provincia de Kang-Su; y el mismo Li era el mayor de tres hermanos. Había estudiado desde niño en la escuela de la provincia, y, no habiendo logrado aún el título literario, había venido, de acuerdo con la tradición, a presentarse personalmente para sustentar exámenes en Pekín. Asociado desde su adolescencia con los libertinos de la provincia, los llamados “Rama de Sauce”, empezó a frecuentar teatros y salones de concierto para ir ganando experiencia. Así fue como conoció a la famosa cantante Tu, primer nombre de quien fue Mei, o “Elegancia”. Como ella era la décima de su familia, fue bautizada en el teatro como Shih-Niang, “La Décima Hija”. Una exquisita seducción manaba de ella: su cuerpo era todo gracia y perfume. Los gemelos arcos de sus cejas tenían el negro que es azul en las lejanas montañas, y sus ojos eran tan profundos y brillantes como los grandes lagos en otoño. Su rostro tenía la gloria de los lotos y sus labios la gloria de los cerezos. ¿Por qué error de los dioses esta pieza perfecta de jade había caído en el torbellino y venido a parar entre las “Flores debajo del Sauce”?
Desde que tuvo trece años, Shih-Niang ya no guardó su “huerto”. Ahora tiene diecinueve, y sería imposible enumerar los jóvenes señores y príncipes a quienes ha roto el corazón, a quienes ha trastornado el pensamiento, a quienes ha hecho gastar la riqueza paterna sin ningún escrúpulo. Y decían: “Cuando Tu Shih-Niang viene a un banquete, los invitados beben mil copas grandes en vez de una pequeña. Cuando Tu Mei aparece en escena, los artistas parecen diablos”.
Debe decirse que nunca, en su apasionada vida, había Li Chia experimentado el dolor de la belleza; pero cuando vio a Shih-Niang, una honda emoción lo embargó y sintió la rama de sauce florecer en su pecho. Li Chia poseía dulzura y gentileza en el alma y una rara belleza en el cuerpo. Había gastado su dinero indiscretamente, con un celo sin control, para regalos de matrimonio. Y fue por esta razón que él ejerció doble atractivo en Shih-Niang, quien consideraba que la falsa juventud y la avaricia son lo opuesto a la rectitud. Y fue también por esta razón que, por primera vez en su mente, Shih-Niang se volvió a la vida del honor. Apreció intensamente la generosidad y la gentileza de Li Chia, y se entregó de lleno a él. Pero él tuvo miedo de su padre, y dudó en casarse al momento, como ella lo deseaba.
El amor de ambos no fue por eso menos tierno. En el goce y en el placer de medianoche, lo cuidaron juntos como hacen el esposo y la esposa. Y en sus promesas, comparaban su amor con el océano o con las montañas, sin reconocer otro vital motivo que la verdad: “Sus ternuras fueron profundas como el mar, pues pasaron bramando. Su amor fue como las montañas, pero más alto”.
Desde que Chia recibió los favores de Shih-Niang, su belleza fue negada a los ricos señores y poderosos ministros. Porque Li llevaba grandes sumas de dinero a la matrona a quien Shih-Niang pertenecía, y ésta sacudía los hombros y sonreía… Pero los días pasaron pronto, y los meses también, y un año pasó. La caja de Li Chia gradualmente se vació y ahora su mano no puede guardar en paz los deseos de su corazón. Mas la anciana ma-maaguarda pacientemente.
Mientras tanto, el juez ha oído que su hijo frecuenta el teatro, y ha enviado órdenes de que regrese a casa. Pero Li Chia era fatuo y guardó, indeciso, su regreso, hasta que oyó decir que su padre estaba verdaderamente furioso. Los ancianos decían: “Tan eterna como la armonía dura la unidad; cuando cesa la armonía hay separación”.
El amor de Shih-Niang era sincero y su corazón ardía tanto por Li Chia ahora, como cuando sus manos estaban repletas de dinero. La ma-macon frecuencia le ordenaba deshacerse de su amante, y viendo que la joven muchacha no acataba sus órdenes, trató de exasperar a Li Chia con palabras hirientes; mas el carácter de su visitante era tan gentil, que no logró provocarlo, sino hacerlo más amable con ella. Y regañó a Shih-Niang:
–Nosotras que guardamos abiertas nuestras puertas, debemos comer tres veces al día y vestirnos. Dejamos salir a los que se van por una puerta, para recibir a otros nuevos por la otra. Cuando el deseo es excitado bajo nuestro techo, la plata y la seda se juntan como montañas. Pero hace más de un año que este Li Chia importuna tus cortinas, y los viejos patrones, los nuevos huéspedes interrumpen sus acostumbradas visitas. El espíritu de Chungk-Nei ya no ha vuelto más a nuestra puerta; nadie, ni el más pequeño diablo. Por lo tanto, estoy brava y humillada. ¿Qué nos va a suceder, ahora que no tenemos más comercio con visitantes?
Shih-Niang, dominándose con dificultad contra esos reproches, contestó claramente:
–El joven señor Li Chia no viene con las manos vacías. Antes nos ha pagado considerables sumas de dinero.
–Así fue en un tiempo; pero no sucede así ahora. Dile que me dé dinero suficiente para comprar arroz para ustedes dos… ¡Ciertamente no tengo suerte! A más de las muchachas compro títulos con toda la plata, y difícilmente cuidan de saber si sus clientes viven o mueren. Pero ahora tengo un raro tigre blanco que rehúsa a los ricos, abre de par en par la puerta, y hace que mi viejo cuerpo lleve toda la responsabilidad. ¡Oh, miserable niña! Tu deseo es tener a Li Chia por nada, ¿dónde vas a encontrar ropa y comida? Dile a tu amigo que me dé unas cuantas onzas de plata, si no lo quieres despedir. Yo te vendería y compraría otra esclava. Eso sería mejor para ustedes dos.
–¿Es verdad lo que dices? –preguntó la muchacha–. Pero tú sabes que Li Chia no tiene dinero ni ropa y no puede conseguir nada.
–No estoy bromeando –contestó la vieja.
–Entonces, ¿cuánto dinero debe él dar para que me lleve?
–Si algún otro me preguntara, yo diría cientos de onzas de plata. ¡Vaya! Este pordiosero no puede pagarlas. De modo que me sentiré satisfecha con trescientas onzas, con las cuales pueda comprarme otra sonrosada cara. Si él las trae dentro de tres días, tomaré la plata con la mano izquierda y daré a la muchacha con la derecha. Pero después de tres días, si el asunto no está resuelto, como que tres veces siete son veintiuno, señor o no señor, le pegaré a ese joven amante con mi escoba, y tú, sufras o no sufras, a no preocuparte más.
–¿De modo que él debe pedir prestadas trescientas onzas? Pero tres días son muy pocos, necesitará diez… Si él no puede conseguir el dinero, no tendrá cara de regresar. Pero mi desquite es que tú cumplirás tu promesa si él trae las trescientas onzas.
–Yo tengo cerca de cincuenta años –contestó la ma-ma–. Diez veces he ofrecido los grandes sacrificios. ¿Cómo pudiera no tener firmeza en loque digo? Si tú no confías en mí, pongamos los planes que tenemos entre manos, juntas, para llegar a un arregloImposible que yo rompa mi palabra. ¡Que me convierta en perro o en puerco si no la cumplo!
Esa misma noche, sentada a la cabecera, Shih-Niang explicó cómo su cuerpo podría ser revendido, y Li Chia dijo:
–Eso me encantaría, pero ¿cómo podré pagar tanto? Mi bolsa está tan vacía como si la hubieran lavado.
–Tu esclava lo ha arreglado todo con la ma-ma. Ella pide sólo trescientas onzas en el término de diez días. Aun cuando hubieras gastado todo el salario que te diera tu familia, tienes aún algunos amigos o parientes de quienes puedes conseguir prestado. Entonces me tendrás a mí enteramente tuya y nunca más he de sufrir la ira de esa mujer.
Li Chia habló:
–Desde que me he obsesionado por nuestro amor, mis amigos y parientes he dejado de reconocerme. Pero tal vez, si yo les pido para mi regreso casa, puede que reúna la suma.
En la mañana, cuando él mismo arregló su pelo y su ropa para despedirse, Shih-Niang le dijo:
–Haz lo que puedas y ven con buenas noticias.
Li Chia fue donde sus parientes y mejores amigos, aparentando que se despedía de ellos antes de partir. Todos lo felicitaron; pero cuando habló de los gastos del viaje y pidió ayuda, todos sin excepción, le dijeron que no podían hacer nada. Sus amigos conocían la debilidad de su carácter, y que estaba absorbido por una “Flor del Viento”, y pensaban: ha permanecido en Pekín todo este tiempo sin tener voluntad de enfrentarse cara a cara con su enojado padre, ¿era este viaje cierto o solamente lo fingía? Si él esperaba el dinero prestado, de “cara maquillada”, ¿no se pusiera su padre enfadado con aquellos que le dieran el dinero a su hijo?… Todo lo más que pudo conseguir Li Chia fueron de diez a veinte onzas.
Avergonzado de su desventura, después de tres completos días de esfuerzos no tenía ánimo de regresar donde Shih-Niang; sin embargo, desde que acostumbraba pasar las noches con su amante, Li Chia no tenía otro cuarto donde dormir. Desde la primera noche, por tanto, fue y pidió hospedaje a un amigo campesino, el muy sabio Liu Yuch’un. Este hombre, viendo la gran tristeza del joven, se atrevió a preguntarle. Li Chia contó el cuento y sus planes de casamiento. Liu movió la cabeza: “Eso es difícil que suceda”, dijo. “Ella es la más famosa de todas las cantantes, ¿quién se contentaría con trescientas onzas por tal belleza? La vieja ha realizado su plan para deshacerse de ti. Es un método viejo. No te molestes más tiempo y resígnate por haber terminado con la muchacha”.
Li Chia se conmovió largo rato, sacudido por sus dudas. Liu añadió:
–No hagas tonterías por eso. Si demuestras verdaderamente que te vas, muchos te ayudarían. Pero para tu plan, necesitarías no diez días sino diez años.
–Buen Hermano Mayor –contestó Li–, tu consejo es verdaderamente profundo.
Sin embargo, continuó en el vano esfuerzo tres días más.
Shih-Niang estaba muy preocupada cuando no vio regresar a su amante. Envió un sirvientito a buscarlo, el chico lo encontró por casualidad y díjole:
–Señor, nuestra Hermana Mayor te espera en su casa.
Y Li Chia contestó apenado:
–No tengo tiempo hoy, mañana iré a verla.
Pero el muchacho estaba aleccionado, morir antes que perderlo, y continuó:
–Es el deseo de la Hermana Mayor que tú vengas conmigo.
Li Chia no pudo resistir y siguió al muchacho.
Una vez en presencia de Shih-Niang se detuvo, de pie, obstinadamente mudo, sin decir palabra.
–¿Cómo va nuestro plan? –preguntó ella.
Él contestó con un torrente de lágrimas. Ella insistió:
–¿Puede la gente ser tan dura para negar trescientas onzas?
Conteniendo sus sollozos, él contestó con estos versos: “Es más fácil cazar al tigre en las montañas, que mover el mundo con sólo palabras”. Y continuó:
–He andado seis días y mis manos están vacías. La vergüenza me ha tenido lejos de mi perfumada compañera y ha sido solamente por su orden que he regresado.
–No le diremos nada a la ma-ma. Permíteme, señor, quedarte aquí esta noche, tu esclava propondrá otro plan.
Ella le sirvió de cenar, le dio vino y lo hizo acostarse.
–Si tú no puedes conseguir trescientas onzas para liberarme, ¿qué vamos a hacer?
Él lloró sin contestar una palabra. Shih-Niang esperó hasta las cinco de la mañana; entonces sacó de debajo de su colchón una bolsa que contenía ciento cincuenta monedas pequeñas y dijo:
–Esta es mi reserva secreta. Como tú no puedes conseguir la suma completa, te voy a dar la mitad de ella. Eso te ayudará, pero tenemos solamente cuatro días más. Y por sobre todo, ¡no vengas tarde!
Atormentado y felicísimo, Li tomó la bolsa y se fue donde Liu. Le dijo lo que había sucendido y le enseñó el dinero. Liu exclamó:
–Sin duda esta mujer tiene un corazón noble. Así que actúa de ese modo. No es permitido que ella sufra. Yo voy a actuar como mediador en tu matrimonio.
Dejando a Li en su casa, se fue él mismo a pedir prestado por todos lados. En dos días reunió las ciento cincuenta onzas y se las dio al joven, diciendo:
–Aún quiero ayudarte más, pues estoy profundamente conmovido por los sentimientos nobles de Shih-Niang.
Li vio la plata como caída del cielo, y corrió a ver a su amante. Era el noveno día. Ella le preguntó:
–¿Ha sido difícil? ¿Has reunido las ciento cincuenta onzas?
Li contó lo que Liu había hecho, y ambos, felices, pasaron una noche de placer. Al día siguiente ella dijo:
–Cuando paguemos con este dinero, yo debo seguir a mi señor. Pero no hemos hecho preparativos para el barco y las cosas que necesitamos para nuestro viaje. Yo he pedido prestadas veinte onzas a mis amigas. Mi señor debe tomarlas para gastos de viaje.
En su gran necesidad concerniente a esos gastos, Li no había tenido valor de hablar de ello, y tomó el dinero y se puso contentísimo.
En ese momento llamaron a la puerta, y la vieja entró diciendo:
–Este es el décimo día.
–Agradezco a la ma-ma por recordarnos el asunto –contestó Li–, yo tenía el propósito de pagarle una visita.
Y sacando la bolsa, regó las trescientas onzas sobre la mesa.
La vieja, que no se imaginó siquiera que Li pudiera conseguir el dinero, cambió de color y empezaba a arrepentirse de su promesa. De modo que Shih-Niang dijo:
–He estado en tu casa largo tiempo y he traído a ella muchos miles de onzas. Ahora voy a casarme. Si tú no cumples tu palabra, me suicidaré enfrente de ti y tú perderás el dinero y la muchacha.
La vieja no podía encontrar palabras para expresar lo que sentía. Tomó el dinero en silencio, y finalmente murmuró:
–Si lo que quieres decir es que te vas, te vas ahora mismo, pero no te llevarás nada de tu ropa ni de tus joyas –empujó hacia afuera a la joven pareja, los dejó en el arco de la puerta y cerró con llave.
Era la novena luna y el tiempo era frío. Shih-Niang acababa de levantarse de la cama y no estaba vestida, ni se había peinado. Sin embargo, saludó a la ma-ma con dos genuflexiones. Li Chia saludó con sus dos manos juntas. Así la joven pareja dejó a la desagrandable ma-ma.
Aún hasta la calumnia escapa del gancho del metal. Mueve su cola y sacude su cabeza. Y no devuelve nada.
Enfrente de la puerta, Li Chia dejó a su amante.
–Espera un momento. Voy a llamar un pequeño palanquín para que te lleve a la casa de Liu.
Ella contestó:
–En esta comunidad todas son mis amigas, mis hermanas, y debo despedirme de ellas, pues no acabo de agradecerles el dinero que me prestaron.
Acompañada de su señor, fue a cada una de las celdas a despedirse de sus amigas. Una de ellas, Yuch-Lang, cuando la vio sin arreglarse el cabello, la sentó en su tocador y corrió a llamar a Hsu Su-Su. Tomó de su cofre muchos adornos de cuero y brazaletes, alfileres de jaspe y hasta adornos de fénix y cinturones bordados, y se los dio a Shih-Niang en prueba de gratitud.
Yuch-Lang ordenó una fiesta de congratulación, a la cual todas sus amigas fueron invitadas; y finalmente, al terminar el día, les ofrecieron un par de camas para esa noche.
Cuando estuvieron solos, ella preguntó:
–Cuando se nos acabe el dinero, ¿dónde iremos? ¿Tiene alguna decisión acerca de este punto mi señor?
–Mi padre –contestó él– aún está enojado conmigo. Y si además oye decir que me casé con la Hermana Pequeña, y que regreso con ella, sin duda huirá de mí con furia. Aún no he encontrado un plan satisfactorio.
–Tu padre cree en el cielo, no puede romper completamente contigo. ¿No sería mejor para nosotros ir donde él, quedándonos en el barco, mientras tus amigos van y le ruegan por una amorosa reconciliación? Después de eso, tú podrás reentrar en paz en tu residencia.
Al día siguiente dieron las gracias a su amiga y se fueron donde Liu.
Y en viendo al sabio, Shih-Niang lo reverenció para expresarle su gratitud:
–Más tarde sabremos cómo devolverte tus bondades.
Liu contestó al instante, de acuerdo con las reglas de la cortesía: “Tu admirable sentimiento excede mucho a mi pequeña acción. Tu eres heroína entre las mujeres. ¿Por qué pones esas palabras en tus labios?”
Los tres bebieron de regocijo, todo el día. La pareja arregló para su viaje caballos y palanquines. Cuando el día de la partida se acercó, Yuch-Lang, Hsu Su-Su y todas sus amigas llegaron a hacerles compañía. Y Yuch-Lang mandó a su sirviente a traer un cofrecillo de metal, adornado con una cerradura dorada, y se lo dio a Shih-Niang, quien lo tomó y lo puso en el palanquín, sin abrirlo.
Los porteros y sirvientes apremiaron a los viajeros, y ellos emprendieron el viaje. Liu y las bellas mujeres los escoltaron, tan lejos hasta encontrar la puerta del otro lado de Ch’ung-Wen, y allí tomaron la última copa juntos, y se separaron con lágrimas.
Cuando llegaron al río, Li Chia y Shih-Niang abandonaron el camino por tierra y alquilaron un gran lanchón de velas, el cual iba a Kua-Chow. Después de haber pagado su pasaje por adelantado, Li Chia quedó solamente con una pieza de cobre en la bolsa. Las veinte onzas que Shih-Niang le había dado habían desaparecido, como si nunca hubieran existido. Li no era capaz de no hacerle algún regalito, y también había comprado sábanas, cosas necesarias para el viaje. Tristemente se preguntó qué debía hacer. Pero ella interrumpió:
–Mi señor, puede que te consueles: mis amigas nos han ayudado aún más.
Y abrió el cofrecito de metal, y mientras miraba su contenido con rubor, sacó una bolsa de seda roja y la puso sobre la mesa, obligándolo a abrirla. La bolsa pesaba, pues contenía cincuenta onzas de plata. Shih-Niang cerró el cofrecito otra vez, sin decir nada de lo que había adentro, pero habló sonriendo:
–¿No tienen nuestras hermanas el más delicado instinto? Ayudándonos de ese modo nos facilitan cruzar montañas y ríos.
Li Chia exclamó con felicidad y sorpresa:
–Si no hubiera encontrado tanta generosidad, lo único que me quedaba era el adivinar y morir sin sepultura. Aun cuando mi pelo se vuelva blanco, nunca olvidaré tal virtud y tal amistad.
Y derramó lágrimas de emoción, hasta que su amada lo consoló sin distraerlo de sus pensamientos.
Días más tarde llegaron a Kua-Chow. Li Chia alquiló una lancha sólo para ellos, y al amanecer atravesaron el gran río.

***
Era el segundo cuarto del segundo mes del invierno. La luna brillaba como agua.
La pareja estaba sentada en la cubierta de la lancha, y él dijo:
–Desde que salimos de la capital no hemos tenido oportunidad de hablar libremente, porque estábamos en el camarote, y nuestros vecinos podían oírnos. Ahora estamos solos en nuestra propia lancha. También hemos dejado el frío del norte y mañana estaremos en el lado sur del río. ¿No es tiempo oportuno para beber y regocijarnos?
–Hace tiempo que tu esclava estaba privada de un poco de distracción y de risas, y ella tiene el mismo deseo. Tus palabras prueban que tenemos una misma alma.
Bebieron un poco lujuriosamente, hasta que estuvieron ebrios, y por último, él dijo:
¡Oh, mis benefactoras! ¡Sus maravillosas voces llenaron los seis teatros! Siempre que te oí, mi espíritu tomaba alas y se iba de mí. Hace tiempo que me hacen sentir de ese modo. La luna brilla sobre el trémulo río, la noche está profunda y solitaria. ¿No consentirás en cantarme una canción?
Por un momento, Shih-Niang se rehusó; después vio la luna y empezó a cantar. Era una melodía apropiada, tomada de una parte de la cultura de la dinastía Yan, llamada “La delicada rosa de los duraznos”: “Su voz tomó rayos de la Vía Láctea, y las nubes se pararon a oír. Su eco llenó lo profundo del agua, y los peces se agitaron”.
¡Shih-Niang cantó! Al lado, en otra lancha estaba sentado un muchacho llamado Sun, su primer nombre era Fen. Rico y sin segundo nombre, era “Excelente en Promesas”. Su familia, una de las más pudientes en Hsin-An, de Hni-Chow. Tenía justamente veinte años y había modelado su carácter de acuerdo con su pasión. Era un asiduo visitante de la Glorieta Azul, donde son llevadas las “Sonrisas Pintadas”. Hacía un viaje y había conseguido repetición de la noche en Kua-Chow. Bebía en soledad, echando de menos a sus compañeros.
De pronto, en la noche, oyó una voz más dulce que la vista del pájaro de la pasión y más hermosa que el canto del Fénix. Parece que no hay palabras para describir lo que él sintió por la belleza de esa canción. Saliendo de su camarote, descubrió que la música venía de no muy lejos de su propia lancha.
En su ansiedad por saber quién lo había encantado, le dijo a su lanchero que le preguntara a su compañero. Pero no supo más que la lancha había sido alquilada por Li Chia y no obtuvo información acerca de la cantante.
Y reflexionó: “Tan perfecta voz no puede pertenecer a mujer de buena familia. ¿Cómo me arreglaré para contemplar a tal pájaro?”
No pudo dormir aquella noche y a la mañana siguiente oyó el viento bramar sobre el agua. La luz del día era velada por nubes y copos de nieve arremolinados malamente. Y se decía: “Las nubes son arrastradas por el viento. Incontables cientos de árboles sobre las montañas. Pisadas desaparecen de las veredas. El pescador con su sombrero de bambú, sobre su frágil bote, coge solamente la nieve y el roce del río”.
Esta tempestad de nieve impidió cruzar el río y los botes no se pudieron poner en marcha. Sun, por lo tanto, le dijo a su lanchero que se alejara del fango y que siguiera a lo largo de la lancha de Li Chia. Después, con su bonete de sable y abrigado con su bufanda de piel de zorro, abrió la ventana de su camarote, aparentando ver caer la blanca nieve. Shih-Niang justamente había arreglado su cabellera y con la yema de los dedos estaba empujando la pequeña cortina para deshacerse de las hojas de té del fondo de su copa. Y el refrescante esplendor de sus labios rojos brilló suavemente.
Sun, al ver esa celestial belleza, tal encantamiento percibió en aquel perfume, que su alma se ensanchó. Durante largos momentos la contempló, y sintió sumergirse en espíritu. Pero se recobró a sí mismo, y asomándose a la ventana, recitó casi a toda voz el poema de “Capullos de Abril del Ciruelo”:
“La nieve cubre la montaña hasta la cumbre del Sagle. Debajo de los árboles, a la luz de la luna, la belleza avanza”.
Li Chia oyó el poema y salió de su camarote, curioso por saber quién lo había declamado. Así cayó en la trampa de Sun, quien odiaba saludarlo, pero a quien preguntó:
–Viejo Hermano Mayor, ¿cuál es tu honorable nombre y cuál es tu primer nombre, el cual no soy digno de repetir?
Contestando de acuerdo con la costumbre, Li Chia tenía que preguntar a Sun el suyo. Cambiaron palabras usadas entre gente educada y finalmente el libertino Sun dijo:
–Este huracán de nieve fue enviado por el cielo para que nos conociéramos; es una gran fortuna para tu Pequeño Hermano. Yo estaba solo y sin diversión en mi camarote. ¿No sería del placer de mi Venerable Hermano venir a la orilla del río y divertirse tomando vino?
Li Chia contestó:
–El agua de meses encontró a su capricho a la corriente. ¿Cómo no voy a alegrarme con ese ofrecimiento?
En medio del mar todos los hombres son hermanos.
Sun ordenó a su sirviente que se acercara a Li Chia y lo protegiera con su parasol. Los dos hombres se saludaron otra vez y desembarcaron en el muelle, caminaron un trecho hasta que encontraron un quiosco blanco.
Entraron, escogieron asientos cerca de la ventana, el ventero les trajo vino caliente. Sun levantó su copa para dar la señal y pronto los dos conversaron amigablemente. Sun decidió ir más a lo hondo y preguntó:
–Anoche se oyó un canto en su venerable barca, ¿de quién era esa voz?
Para aparentar ser hombre acomodado que hacía un viaje, Li Chia dijo al momento la verdad:
–Era Tu Shih-Niang, la famosa cantante de Pekín.
–¿Cómo llegó a ser de mi hermano una cantante?
Li Chia contó ingeniosamente su historia, y Sun dijo:
–Casarse con tal belleza es excepcionalmente una gran fortuna. Pero, ¿le satisfará a tu honorable padre?
Li suspiró:
–No hay ansiedad de pretensiones en mi humilde casa. Mi padre es de carácter severo y aún no sabe nada.
Sun, desenvolviendo su trampa, continuó:
–Si tu honorable padre no se aplacara, ¿dónde llevará mi Hermano Mayor a la belleza que ha traído consigo? ¿Tiene algún plan con ella sobre este particular?
Con duro ceño, Li contestó:
–Mi pequeña esposa y yo tenemos todo eso discutido.
–Su Honorable Persona tiene sin duda un excelente plan.
–La idea de ella es permanecer en el país de Su-Hang, mientras yo voy adelante pidiendo a mis amigos y parientes que apacigüen a mi padre.
Sun dio un profundo suspiro y asumió un aire triste:
–Nuestra amistad no es aún de mucho tiempo. Yo me imagino que debes de considerar mis palabras extrañas y fuera de lugar.
–Cuando tengo la suerte de recibir tu deslumbrante consejo, ¿cómo voy a desconfiar?
–Tu honorable y noble padre, siendo de carácter severo, está desde luego enojado por tu conducta en Pekín. Y ahora mi Hermano Mayor se casa en medio de una convicción social contraria. ¿Cómo van tus parientes y mejores amigos a persuadir a tu padre? Cuando te arrastres a pedirles a ellos que aboguen por ti, ciertamente que se rehusarán. Entonces, ¿no se convertirá la residencia de su Honorable Persona en una lucha continua? Y tu posición será tan difícil de avanzar como de retroceder.
Li Chia sabía que tenía solamente cincuenta onzas en su monedero y que esta suma se gastaría muy pronto. No se sobrepuso a la pena que sintió.
–Tengo aún otra cosa que decirte y es muy sincera, ¿la quieres oír?
–Habiendo recibido tus consejos que están de acuerdo con los míos, sería mejor para mí oírlos.
–Desde temprana edad –dijo Sun– el corazón de una mujer es tan variable como las olas del mar. Y las “Flores en Neblina” especialmente. Son pocas las que son sinceras. El presente caso concierne a una cantante que conoce toda la tierra y es probable que tenga algún socio en la región del sur. En consecuencia, puede que ella se haya valido de ti para venir a la tierra donde los otros viven.
–Te pido que digas que eso no es cierto –protestó Li.
–Aun si así fuera, los hombres del sur son muy listos y activos. Dejas una mujer linda allí sola, ¿puedes garantizar que nadie subirá a su muro o penetrará en su residencia? Después de todo, las relaciones entre padres e hijos vienen del cielo y no pueden destruirse. Si rompes con tu familia a causa de una cantante, te desorientarás y te convertirás en uno de esos incorrectos individuos que van de aquí para allá sin ser estables. Una mujer no es el cielo; debes considerar el asunto seriamente.
Li Chia sintió como si fuera arrastrado por una corriente y preguntó:
–En tu brillante opinión, ¿qué debo hacer?
–Tu sirviente ha planeado lo que será más conveniente para ti. Pero desconfío de que despertando al lado de tu amada, no lo pongas en práctica y que mis palabras serán perdidas.
–Si en realidad tienes una buena idea, seré para siempre tu deudor. ¿Qué tienes que decir?
–Mi Hermano Mayor, durante más de un año has “flotado en la neblina”, obsesionado por tu ruina. No has sido capaz de manejar tu mente en las dificultades presentes ni en las que vendrán, por añadidura, cuando no tengas dónde dormir ni qué comer. La furia de tu padre se debe a que te has vuelto fatuo y entorpecido por las “flores del sauce”, hasta el punto de que derrochaste dinero como si hubiera sido arena. Tu padre piensa que consumirás muy pronto la riqueza de la familia y no vería con agrado que tengas hijos. Y regesando sin dinero justificarás su enojo. Si mi Hermano Mayor pudiera cortar el nudo que lo ata a su amor, yo lo ayudaría con un regalo de mil onzas de plata, para mostrar a tu padre que tú puedes. Yo deseo que regreses a tu familia.
Bebieron otra copa de vino. El viento había cesado y la nieve había terminado de caer. El color del cielo proclamaba la tarde. Sun hizo que su criado pagara la cuenta y tomó a Li Chia de la mano, acompañándolo hasta la lancha. Y es muy cierto que: “Encuentras a un extraño y le dices tres palabras… y rompe un pedazo de tu corazón”.
Shih-Niang había quedado sola en su camarote y le preparaba una fiestecita a su amante, con el deseo de pasar el día en regocijos. Pero el sol se puso sin que Li Chia regresara. Encendió linternas para que se guiase, y por fin apareció. Entró al camarote, levantó los ojos hacia su cara y encontró el color del disgusto. Ella le ofreció una copa llena, pero él negó con la cabeza, sin decir palabra. Se tiró sobre la cama con el corazón triste. Shih-Niang puso en orden las copas y los platos. Le quitó la ropa a su esposo y, recostada sobre la almohada, le preguntó con gentileza:
–¿Qué nuevas has recibido que así te han disgustado?
Li Chia suspiró sin contestar. Ella preguntó por tercera y cuarta vez, pero Li estaba completamente dormido.
Incapaz de ser indiferente respecto a tal necesidad, Shih-Niang permaneció largo rato sentada al extremo de la cama, sin dormir. 
A medianoche él despertó y dio otro suspiro. Ella dijo:
–¿Qué es lo que pasa por lo cual se aflige mi señor? ¿Qué son esos suspiros?
Li Chia apartó las sábanas y pareció que iba a hablar, pero las palabras no le salían. Sus labios temblaban como hojas, y finalmente rompió en sollozos.
Le sostenía la cabeza sobre uno de sus brazos y lo estrechó contra su pecho tratando de confortarlo, diciéndole tiernamente:
–El amor que nos une ha durado muchos días, casi dos años. Hemos sobrepasado cientos ddificultades y amargos momentos, pero ahora estamos lejos de toda dificultad. ¿Por qué te muestras afligido? ¿Hoy, cuando estamos a punto de cruzar el río y tener la dicha para siempre? Debe haber una razón. Todo debe dividirse entre esposo y esposa, en vida y después de la muerte. Si alguna cosa pasa, debemos discutirla. ¿Por qué escondes de mí tu pena?
Así urgido, el joven dominó sus lágrimas y dijo:
–Estoy aplastado por la aflicción con la cual el cielo me cubre. Por la generosidad de tu corazón no me has abandonado. Tú me has compuesto muchos defectos, sin mérito alguno mío. Pero aún pienso en mi padre, quien me manda y yo me resisto. Lo cual está en contra de toda convicción y ley. Su inflexible carácter me hace temer que su enojo crecerá al verme. ¿Quién, entonces, cuando los dos estemos flotando en la corriente, vendrá a ser nuestra ancla? ¿Cómo aseguraré nuestra felicidad cuando nuestro padre haya roto conmigo? Hoy, mi amigo Sun me invitó a beber y le hablé de mis proyectos y lo que me dijo me rompió el corazón.
–¿Qué proyecto tiene mi señor?
–Me estaba poniendo bravo con el giro que tomaba el asunto, cuando mi amigo Sun me esbozó un excelente plan. Pero creo que mi benefactora rehusará seguirlo.
–¿Quién es ese amigo Sun? Si su plan es bueno, ¿por qué no he de opinar sobre él?
–Su primer nombre es Fen, y su familia tiene el monopolio de la sal en Hsin-An. Es un hombre que ha dominado las situaciones y que conoce la vida. Anoche, él estaba encantado con sólo tu voz. Le dije de dónde veníamos y le conté nuestras dificultades. Entonces, impulsado de generoso pensamiento, me ofreció mil onzas de plata si tú te casas con él. Con esas mil onzas de testimonio podré hablarle a mi padre. Deseo saber si tú no rehúsas. Pero yo no puedo dominar mi sentimiento, y es por eso que estoy triste.
Y sus lágrimas cayeron como torrentes. Dejando de sostenerlo y estrecharlo contra su pecho, Shih-Niang lo empujó con gentileza a un lado. Y sonriendo con frialdad, dijo:
–Esta persona debe ser un héroe, un hombre valiente y virtuoso para haber concebido un proyecto tan ventajoso para mi señor. No solamente tendrá mi señor mil onzas y su esclava un paradero, sino que su equipaje será más fácil de manejar. ¡Cómo plan tan maravilloso satisface la convicción y la conveniencia! ¿Dónde están las mil onzas?
Luchando con sus sollozos, Li Chia contestó:
–Como no tenía tu consentimiento, no me dio la plata.
–Debes pedirla mañana temprano, mil onzas son una suma considerable y debetenerla antes de que yo entre a su camarote. Porque no soy mercancía que se pueda dar a crédito.
Eran entonces las cuatro de la mañana. Shih-Niang se hizo el tocado diciendo:
–Hoy debo adornarme para el mejor éxito de mi protector y hacerle honor al nuevo. No es un simple acontecimiento. Debo ponerme los alfileres grandes y perfume y vestirme con mi ropa bordada y mis mejores alhajas.
Y por encima de perfumes, pinturas y joyas añadió el esplendor de rosas de su seducción.
Li Chia estaba perturbado, y sin embargo, parecía casi feliz. Shih-Niang lo urgió acerca del pago del dinero, y él al momento llevó su contestación a la otra lancha. 
Sun dijo:
–No tengo dificultad en dar el dinero, pero debo tener una joya como prueba de su consentimiento.
Li Chia dijo esto a Shih-Niang. Ella señaló el cofrecito de la cerradura de oro para que fuera llevado a Sun, quien, regocijado, contó mil onzas de plata, que envió al barco de Li. La joven misma dio testimonio del precio y peso del metal. E inclinada sobre la baranda, medio abiertos sus labios escarlata y enseñando sus blancos dientes, le dijo al asombrado Sun:
–Creo que ahora puede devolverme mi cofrecito un momento. El pasaporte del señor está allí dentro y debo devolvérselo.
Al instante Sun ordenó que el cofrecito le fuera llevado a ella. Shih-Niang lo abrió. Adentro había varios compartimientos, y ella le pedía a Li Chia ayudarle cada vez.
En el primero había joyas en forma de peces, de plumas, prendedores de jaspe y preciosos aretes con valor de muchos cientos de onzas. Shih-Niang tomó estas cosas con ambas manos y las echó al agua. Li, Sun y los demás tripulantes de las lanchas prorrumpieron en exclamaciones de asombro.
En el segundo compartimiento había una flauta de jade y otra de oro. Y en el tercero, joyas antiguas, decoraciones de oro, y cientos de adornos por valor de muchos miles de onzas cada uno. Ella arrojó todo al río. Los espectadores dieron voces de pesar.
Finalmente echó una caja llena de perlas y rubíes y esmeraldas y ojos de gato, cuyo número y valor iba más allá de toda exageración. Los gritos de asombro de los que estaban alrededor rasgaron el aire como tormenta. Ella quería echar todo eso al agua, pero Li Chia la estrechó en sus brazos, mientras Sun lo alentaba con vehemencia.
Así que, empujando a Li, ella se volvió al otro y le ajustó cuentas, diciendo:
–El señor Li y yo hemos sufrido muchos amargos momentos antes de que llegáramos ayer acá. Y túque sirves a una detestable y criminal lujuria, has hecho que odie al hombre que antes amaba. Después de mi muerte, encontraré el espíritu de la reconciliación y no olvidaré tu vil hipocresía.
Después, volviéndose hacia Li, continuó:
–Durante todos estos años, cuando vivía en el desorden del polvo y la brizna, secretamente reuní esa riqueza con la que podría algún día rescatar mi cuerpo. Cuando encontré a mi señor, nos imaginábamos que nuestra unión sería más alta que las montañas y más profunda que el mar. Juramos eso: aunque nuestros cabellos fueran blancos, tendríamos nuestro amor. Antes de dejar la capital, preparé la trama de recibir esa arca como regalo de mis amigas. Contenía un tesoro de más de un millón de onzas. Tenía intención de juntarlo a tu riqueza cuando viera a tu padre y a tu madre. ¡Quién hubiera pensado que tu fe desaparecería así, por una extraña conversación, y que tú consentirías en perder mi leal corazón! Hoy, ante las miradas de esta gente, he demostrado que tus mil onzas eran una pequeña suma. Estas personas son mis testigos de que éste es mi señor, quien despreció a su esposa, y que no sea él a quien yo adeude mi deber.
Oyendo estas tristes palabras, aquellos que estaban presentes lloraron, y humilló a Li y lo llamó ingrato. Él y Sun se desolaron, derramando lágrimas de arrepentimiento. Li se arrodilló a pedirle que lo perdonara. Pero Shih-Niang, sosteniendo las joyas con ambas manos, se arrojó al amarilla agua del río.
Los que miraban, gritaron. Corrieron para salvarla. Pero bajo la sombra de una nube, las olas en el corazón del río se partieron, tragándola con espumas, y no se vieron más señas de esa desesperada mujer.
Ella era ilustre cantante, tan linda como las flores de jade. Y fue tragada en un instante por las aguas.
Los que la vieron, rechinaban los dientes con ansias de morder a Li y Sun; pero éstos, aterrorizados, empujaron con rapidez sus botes a la corriente, y allí cada cual tomó su camino.
Li Chia, viendo las mil onzas de plata en su camarote, rompió a llorar por la muerte de Shih-Niang. Su remordimiento fue causa de unos accesos de furia de los cuales nunca se pudo aliviar.
Sun se postró en tal forma, que tenía que sostener su cabeza. Imaginaba ver a Shih-Niang de pie, frente a él, todo el día, todos los días. Fue así para expiar su crimen hasta el día de su muerte.
El viejo sabio Liu, necesitando devolver el dinero en su propio pueblo, también se detuvo en Kua-Chow. Y agachándose al río para coger agua en un recipiente de bronce, éste se le fue y pidió a unos pescadores que tiraran sus redes para regogerlo.
Cuando lo recuperó, encontró también una cajita en la red, que estaba llena de perlas y piedras preciosas. Dio parte a los pescadores y colocó la cajita debajo de su almohada.
Por la noche tuvo un sueño. Una mujer joven salía de entre las aguas turbulentas del río y reconoció a Shih-Niang, quien echada cerca de él, le contaba las ingratitudes de Li, y agregaba:
–Por la bondad que tuviste de darme ciento cincuenta onzas, puse esa cajita en la red del pescador, como prueba de agradecimiento.
Despertó, y enterado de lo acontecido a Shih-Niang, suspiró muchotiempo.
Más tarde, aquellos que me contaron esta historia, declararon que Sun, desde que pensó que podía procurarse una mujer linda por mil onzas, no era, evidentemente, un hombre respetable. Li Chia, dijeron, no comprendió el pesar del corazón de Shih-Niang, y era consecuentemente estúpido, sin refinamiento y no digno de mención. Sólo Shih-Niang era heroica. Ella fue única, desde tiempos muy remotos. ¿Por qué no encontró un compañero encantador, digno de ella? ¿Por qué cometió la equivocación de amar a Li Chia? Una admirable pieza de jade fue tirada a él, y no supo apreciarla. Así que el amor se volvió odio y miles de apasionados impulsos fueron lanzados a lo profundo del agua…
(Siendo así que Shih-Niang fue puesta en vergüenza, para arrojarse con su cofrecito de tesoros de muchos miles, a las amarillas aguas del río).


No hay comentarios:

Publicar un comentario