lunes, 7 de agosto de 2017

El fantasma

Silvina Ocampo


Mi alma:
Sirvientas distinguidas, señoras ricas, prostitutas de buena familia, adolescentes que estudian, mujeres de todas las edades, ociosas o que trabajan, y algunos hombres, cuando no temen parecer afeminados, tienen por costumbre exhibir en el dormitorio, en un marco bonito como si se tratara de un novio, un retrato de ellos mismos. Vi a una mendiga sin vivienda, sin ropa (salvo la que tenía puesta), sin alimentos (salvo la basura recogida), que llevaba en su bolsa vacía un retrato de sí misma, con marco en forma de corazón. Hay también mujeres que en algún álbum costoso conservan fotografías de sí mismas, en distintas edades con distintos trajes y posturas. Si pululan en estas fotografías perros, amigos y parientes, es para disimular el amor que sienten por sí mismas. El cuerpo parece ajeno a nosotros; nunca nuestro como podría ser o darnos la ilusión de ser. Además, los cuerpos incesantemente cambian, como las personas de quienes nos enamoramos. Se transforman en algo peor, o mejor cuando tienen mucha suerte. El enamorado sigue los rastros originales del ser amado. Narciso se enamoró de Narciso: estaba menos solo que yo. Me enamoré de una sustancia volátil y siendo tú, mi alma, de calidad parecida, me dirijo a ti para justificar de algún modo un sentimiento que no comprendo. La única superioridad que tiene esta sustancia sobre los seres humanos es que no envejece o que si envejece, el hecho no se advierte. Cambia, eso sí: parece maternal a veces, frívola otras o bien grave, suele llevar faldas, pura vestimenta y pedrerías, o bien estar desnuda, puede convertirse en la naturaleza, es árbol y es agua, en temperatura maravillosa, en música y en luz.
Parecería que he desvariado pero ¿quién no habría de hacerlo tratándose de una experiencia como ésta?
Cuando ese perfume a junquillo, a jazmín, a tumbergias, a no sé qué extravagante flor, me sorprendió de improviso, al abrir la puerta de calle de mi casa, pensé que una mujer perfumada, llevando tal vez flores, había entrado. Supe después, por los porteros y por la gente que allí habitaba, que semejante mujer no había entrado.
Cuando el mismo perfume me sorprendió después en mi dormitorio, otro día en la oficina en donde trabajo, entre hombres y mujeres con olor a tabaco, comenzó a preocuparme.
Ráfagas inopinadas entraban por la ventanilla del tren, cuando viajaba, o refrescaban súbitamente el aire, cuando cruzaba por la calle, lugares fétidos, tales como mercados, farmacias, queserías o, en verano, esos montones de basura, con hálito inmundo, a donde acuden las moscas verdes y los perros abandonados.
No me atreví a confesárselo a nadie. Amar a algo que no tiene rostro ni forma alguna es un suplicio que, sospecho, ni siquiera los santos han soportado. Jesús está representado en miles de formas: entre los brazos de la Virgen, en el pesebre, en los brazos de San Cristóbal, cruzando el mar, sentado en una sillita con el mundo en la mano, jugando con San Juan o bien mostrando su corazón. La Virgen tiene millones de rostros y de vestimentas. Puede estar con un manto azul, un vestido rojo, puede tener al niño entre sus brazos, puede tener un rosario en la mano o una serpiente a los pies. Cristo, en formas aún más variadas por las actitudes en que está clavado en la cruz, por la trenza de la corona, por la edad de la cara, por el color de la túnica.
Mi suplicio es de los peores a que puede estar condenado un hombre.
A veces aquel perfume quedaba en mis labios como el sabor a sal que el mar deja en los labios. A veces quedaba en mi pelo, como el olor a cosmético cuando uno sale de la peluquería. A veces quedaba simplemente en un dedo o en la solapa de un traje o en un guante usado. Llegó a parecerme casi natural. Hoy me parece totalmente natural.
Cirila, mi novia, no me amaba, pero yo gozaba con ella de todos los inconvenientes del amor; esta circunstancia hacía que estuviésemos dispuestos a casarnos, creyendo que estábamos enamorados el uno del otro.
Un día que paseábamos como de costumbre, sacó del bolsillo un pequeño frasco de perfume y me pasó el tapón suavemente debajo de la nariz. Me estremecí, pero no dije nada.
–Este perfume –dijo– es de Claudia.
–¿Quién es Claudia? –pregunté ansiosamente; pensé que había descubierto la clave del enigma.
–No la conocerás nunca –respondió Cirila–, murió hace un año. Este perfume lo fabricó ella misma con una mezcla de flores que puso a macerar en alcohol. Tenía el proyecto de poner una perfumería, pues le interesaban las cuestiones de perfumes de las destilerías. Estudió química durante algunos años. Pero antes de recibirse abandonó la carrera.
–¿La quieres mucho? –le pregunté, no pudiendo contener mi turbación.
–Estás temblando –respondió–. ¿Qué te pasa?
–No sé. He fumado mucho. Contesta lo que te pregunté.
–A decir verdad, no la quería mucho.
–¿Por qué?
–No sé. Me molestaba, tenía celos de todo.
–¿Y de qué murió?
–En un accidente. Íbamos juntas. Fue horrible.
–¿Por qué no me lo contaste?
–¡No sé! No puedo pensar en eso: me hace mal. Nos peleamos. Fue nuestra última pelea, y su última frase fue: “Me las vas a pagar”.


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