martes, 12 de julio de 2022

El agujero en el puente

Slawomir Mrozek

 

Érase una vez un río, y en cada una de las orillas de este río había un pueblo. Los dos pueblos estaban unidos por un camino que pasaba por un puente.

Un buen día en el puente apareció un agujero. El agujero debía arreglarse, en cuanto a esto la opinión pública de ambos pueblos estaba de acuerdo. Sin embargo, surgió una disputa sobre quién debía hacer el arreglo. Ya que cada uno de los pueblos se consideraba más importante que el otro. El pueblo de la orilla derecha opinaba que el camino conducía sobre todo a él, por lo que el pueblo de la orilla izquierda había de arreglar el agujero porque debía de estar más interesado en ello. El pueblo de la orilla izquierda consideraba que era el objetivo de cualquier viaje, de modo que el arreglo del puente debía de ser el interés para el pueblo de la orilla derecha.

La disputa se prolongaba, así que el agujero seguía allí. Y cuanto más tiempo pasaba, tanto más crecía la mutua antipatía entre ambos pueblos.

Un buen día un mendigo local cayó al agujero y se rompió una pierna. Los habitantes de ambos pueblos le preguntaron con insistencia si iba de la orilla derecha a la izquierda, o bien de la izquierda a la derecha, ya que de esto dependía cuál de los dos pueblos era responsable del accidente. Pero él no se acordaba porque aquella noche iba borracho.

Algún tiempo más tarde pasó por el puente un carro con un viajero, y cayó al agujero y se le rompió el eje. Puesto que el viajero estaba de paso en ambos pueblos –no iba ni del primero al segundo, ni del segundo al primero–, los habitantes de ambos pueblos se mostraron indiferentes con el accidente. El viajero, hecho una furia, bajó del carruaje, preguntó por qué no se arreglaba el agujero, y al enterarse de las razones dijo:

–Quiero comprar este agujero. ¿Quién es su propietario?

Ambos pueblos reclamaron al unísono su derecho al agujero.

–O el uno o el otro. La parte propietaria del agujero tiene que demostrar que lo es.

–Pero ¿cómo? –preguntaron al unísono los representantes de ambas comunidades.

–Es muy sencillo. Sólo el propietario del agujero tiene derecho a arreglarlo. Lo compraré al que arregle el puente.

Los habitantes de ambos pueblos se pusieron manos a la obra, mientras el viajero se fumaba un puro y su cochero cambiaba el eje. Arreglaron el puente en un santiamén y se presentaron para cobrar por el agujero.

–¿Qué agujero? –se sorprendió el viajero–. Yo no veo aquí ningún agujero. Hace tiempo que buscó un agujero para comprar, estoy dispuesto a pagar por él un dineral, pero ustedes no tienen ningún agujero para vender. ¿Me están tomando el pelo o qué?

Subió al carro y se alejó. Y los dos pueblos hicieron las paces. Los habitantes de ambos están ahora al acecho en buena armonía en el puente y, si aparece un viajero, lo detienen y lo zurran.

 

Cuento de Nochebuena

Rubén Darío

 

El hermano Longinos de Santa María era la perla del convento. Perla es decir poco, para el caso; era un estuche, una riqueza, un algo incomparable e inencontrable: lo mismo ayudaba al docto fray Benito en sus copias, distinguiéndose en ornar de mayúsculas los manuscritos, como en la cocina hacía exhalar suaves olores a la fritanga permitida después del tiempo de ayuno; así servía de sacristán, como cultivaba las legumbres del huerto; y en maitines o vísperas, su hermosa voz de sochantre resonaba armoniosamente bajo la techumbre de la capilla. Mas su mayor mérito consistía en su maravilloso don musical; en sus manos, en sus ilustres manos de organista. Ninguno entre toda la comunidad conocía como él aquel sonoro instrumento del cual hacía brotar las notas como bandadas de aves melodiosas; ninguno como él acompañaba, como poseído por un celestial espíritu, las prosas y los himnos, y las voces sagradas del canto llano. Su eminencia el cardenal –que había visitado el convento en un día inolvidable– había bendecido al hermano, primero, abrazádole enseguida, y por último díchole una elogiosa frase latina, después de oírle tocar. Todo lo que en el hermano Longinos resaltaba, estaba iluminado por la más amable sencillez y la más inocente alegría. Cuando estaba en alguna labor, tenía siempre un himno en los labios, como sus hermanos los pajaritos de Dios. Y cuando volvía, con su alforja llena de limosnas, taloneando a la borrica, sudoroso bajo el sol, en su cara se veía un tan dulce resplandor de jovialidad, que los campesinos salían a las puertas de sus casas, saludándole, llamándole hacia ellos: “¡Eh!, venid acá, hermano Longinos, y tomaréis un buen vaso…” Su cara la podéis ver en una tabla que se conserva en la abadía; bajo una frente noble dos ojos humildes y oscuros, la nariz un tantico levantada, en una ingenua expresión de picardía infantil, y en la boca entreabierta, la más bondadosa de las sonrisas.

Avino, pues, que un día de Navidad, Longinos fuese a la próxima aldea…; pero ¿no os he dicho nada del convento? El cual estaba situado cerca de una aldea de labradores, no muy distante de una vasta floresta, en donde, antes de la fundación del monasterio, había cenáculos de hechiceros, reuniones de hadas, y de silfos, y otras tantas cosas que favorece el poder del Bajísimo, de quien Dios nos guarde. Los vientos del cielo llevaban desde el santo edificio monacal, en la quietud de las noches o en los serenos crepúsculos, ecos misteriosos, grandes temblores sonoros…, era el órgano de Longinos que acompañando la voz de sus hermanos en Cristo, lanzaba sus clamores benditos. Fue, pues, en un día de Navidad, y en la aldea, cuando el buen hermano se dio una palmada en la frente y exclamó, lleno de susto, impulsando a su caballería paciente y filosófica:

–¡Desgraciado de mí! ¡Si mereceré triplicar los cilicios y ponerme por toda la viada a pan y agua! ¡Cómo estarán aguardándome en el monasterio!

Era ya entrada la noche, y el religioso, después de santiguarse, se encaminó por la vía de su convento. Las sombras invadieron la Tierra. No se veía ya el villorrio; y la montaña, negra en medio de la noche, se veía semejante a una titánica fortaleza en que habitasen gigantes y demonios.

Y fue el caso que Longinos, anda que te anda, pater y ave tras pater y ave, advirtió con sorpresa que la senda que seguía la pollina no era la misma de siempre. Con lágrimas en los ojos alzó estos al cielo, pidiéndole misericordia al Todopoderoso, cuando percibió en la oscuridad del firmamento una hermosa estrella, una hermosa estrella de color de oro, que caminaba junto con él, enviando a la tierra un delicado chorro de luz que servía de guía y de antorcha. Diole gracias al Señor por aquella maravilla, y a poco trecho, como en otro tiempo la del profeta Balaam, su cabalgadura se resistió a seguir adelante, y le dijo con clara voz de hombre mortal: ‘Considérate feliz, hermano Longinos, pues por tus virtudes has sido señalado para un premio portentoso.’ No bien había acabado de oír esto, cuando sintió un ruido, y una oleada de exquisitos aromas. Y vio venir por el mismo camino que él seguía, y guiados por la estrella que él acababa de admirar, a tres señores espléndidamente ataviados. Todos tres tenían porte e insignias reales. El delantero era rubio como el ángel Azrael; su cabellera larga se esparcía sobre sus hombros, bajo una mitra de oro constelada de piedras preciosas; su barba entretejida con perlas e hilos de oro resplandecía sobre su pecho; iba cubierto con un manto en donde estaban bordados, de riquísima manera, aves peregrinas y signos del zodiaco. Era el rey Gaspar, caballero en un bello caballo blanco. El otro, de cabellera negra, ojos también negros y profundamente brillantes, rostro semejante a los que se ven en los bajos relieves asirios, ceñía su frente con una magnífica diadema, vestía vestidos de incalculable precio, era un tanto viejo, y hubiérase dicho de él, con sólo mirarle, ser el monarca de un país misterioso y opulento, del centro de la tierra de Asia. Era el rey Baltasar y llevaba un collar de gemas cabalístico que terminaba en un sol de fuegos de diamantes. Iba sobre un camello caparazonado y adornado al modo de Oriente. El tercero era de rostro negro y miraba con singular aire de majestad; formábanle un resplandor los rubíes y esmeraldas de su turbante. Como el más soberbio príncipe de un cuento, iba en una labrada silla de marfil y oro sobre un elefante. Era el rey Melchor. Pasaron sus majestades y tras el elefante del rey Melchor, con un no usado trotecito, la borrica del hermano Longinos, quien, lleno de mística complacencia, desgranaba las cuentas de su largo rosario.

Y sucedió que –tal como en los días del cruel Herodes– los tres coronados magos, guiados por la estrella divina, llegaron a un pesebre, en donde, como lo pintan los pintores, estaba la reina María, el santo señor José y el Dios recién nacido. Y cerca, la mula y el buey, que entibian con el calor sano de su aliento el aire frío de la noche. Baltasar, postrado, descorrió junto al niño un saco de perlas y de piedras preciosas y de polvo de oro; Gaspar en jarras doradas ofreció los más raros ungüentos; Melchor hizo su ofrenda de incienso, de marfiles y de diamantes…

Entonces, desde el fondo de su corazón, Longinos, el buen hermano Longinos, dijo al niño que sonreía:

–Señor, yo soy un pobre siervo tuyo que en su convento te sirve como puede. ¿Qué te voy a ofrecer yo, triste de mí? ¿Qué riquezas tengo, qué perfumes, qué perlas y qué diamantes? Toma, señor, mis lágrimas y mis oraciones, que es todo lo que puedo ofrendarte.

Y he aquí que los reyes de Oriente vieron brotar de los labios de Longinos las rosas de sus oraciones, cuyo olor superaba a todos los ungüentos y resinas; y caer de sus ojos copiosísimas lágrimas que se convertían en los más radiosos diamantes por obra de la superior magia del amor y de la fe; todo esto en tanto que se oía el eco de un coro de pastores en la tierra y la melodía de un coro de ángeles sobre el techo del pesebre.

Entre tanto, en el convento había la mayor desolación. Era llegada la hora del oficio. La nave de la capilla estaba iluminada por las llamas de los cirios. El abad estaba en su sitial, afligido, con su capa de ceremonia. Los frailes, la comunidad entera, se miraban con sorprendida tristeza. ¿Qué desgracia habrá acontecido al buen hermano?

¿Por qué no ha vuelto de la aldea? Y es ya la hora del oficio, y todos están en su puesto, menos quien es gloria de su monasterio, el sencillo y sublime organista… ¿Quién se atreve a ocupar su lugar? Nadie. Ninguno sabe los secretos del teclado, ninguno tiene el don armonioso de Longinos. Y como ordena el prior que se proceda a la ceremonia, sin música, todos empiezan el canto dirigiéndose a Dios llenos de una vaga tristeza… De repente, en los momentos del himno, en que el órgano debía resonar… resonó, resonó como nunca; sus bajos eran sagrados truenos; sus trompetas, excelsas voces; sus tubos todos estaban como animados por una vida incomprensible y celestial. Los monjes cantaron, cantaron, llenos del fuego del milagro; y aquella Noche Buena, los campesinos oyeron que el viento llevaba desconocidas armonías del órgano conventual, de aquel órgano que parecía tocado por manos angélicas como las delicadas y puras de la gloriosa Cecilia…

El hermano Longinos de Santa María entregó su alma a Dios poco tiempo después; murió en olor de santidad. Su cuerpo se conserva aún incorrupto, enterrado bajo el coro de la capilla, en una tumba especial labrada en mármol.

 

El frío de la noche de verano es fuerte

Stig Dagerman

 

Un muchacho y una habitación. La habitación es calurosa y pequeña y tiene una ventana estrecha hacia la vida. Por la ventana el muchacho ve el cielo como una estrecha franja entre casas altas y sus párpados. Es joven e impaciente y cree que los párpados le impiden ver. La ventana da a cinco patios traseros de piedra y asfalto. En uno de los patios hay un álamo. En cuatro de los patios hay siempre ropa tendida a secar, lacia y amarilla como hojas mustias. Por las noches no puede dormir. Tiene la lámpara de la mesa encendida, aunque está prohibido, y lee libros que ha tomado prestados, pero nunca el bueno. Por las mañanas, justo cuando acaba de dormirse, el padre golpea la puerta hasta que contesta.

Las mañanas en la pequeña cocina huelen a gas, a cama y a café. El padre sorbe el café del plato haciendo ruido. Delante del espejo, la madre peina su largo pelo negro. Él está a medio vestir sentado contra la leñera y se quema con el café. Cuando el padre ha terminado, coge la bolsa con el termo que está en la leñera y se va con un saludo breve y mudo. Cuando la madre se ha peinado, abre la ventana y limpia el peine sobre el patio. Él entra en su pequeña habitación, hace la cama, fuma, hojea un libro con dedos húmedos. Es un estúpido y cálido verano, ese verano él ha fracasado y en una silla cuelga la chaqueta con el brazalete de Correos. Él piensa que parece un brazalete de luto.

A veces saca los libros escolares del pequeño cajón de azúcar que hay debajo de la ventana y se pone en medio de la habitación a rebuscar en ellos. Es una sandez y un disparate y le hace sufrir, pero a pesar de todo lo hace, con alegría del mal ajeno y sin piedad, como si él fuera su propio enemigo. Los hijos de los pobres suelen tener libros de texto usados, comprados en librerías de viejo y llenos de manchas y notas de otros. En la primera página está el nombre del primer propietario escrito con fuertes y esmerados trazos. No se puede borrar. Los hijos de los pobres escriben su nombre debajo con débiles trazos a lápiz que pueden borrarse fácilmente para que sus madres puedan sacar el precio más alto posible cuando vendan los libros después de terminar el curso. Sus libros están marcados por otros y a veces piensa que es por eso que ha fracasado. Los hijos de los pobres no pueden fracasar, por un lado porque es una vergüenza y por otro porque es demasiado caro. Alguna de esas estúpidas y cálidas mañanas de junio, justo antes de irse a la oficina de Correos, está en mitad del suelo hojeando con dolor sus viejos libros de texto. Luego vuelve a meterlos con cuidado en el cajón como si hubiera hecho algo prohibido. Y tal vez sí. Ya no son suyos. Los ha perdido. Van a venderse todos en agosto, poco antes de que empiece la escuela.

La mañana de la víspera de San Juan es como de costumbre: lenta, calurosa, pesados impresos. Las calles huelen levemente a abedul y a gasolina. El sol pica. Las campanas del edificio de Medborgarhuset repican. En la esquina de las calles de Gotgatan y Folkungagatan sale del metro su profesor de inglés. Va balanceando un maletín de piel y silbando. Es un profesor temido que siempre silba antes de atacar. Detiene a Ake con la complacida amabilidad que muestran siempre los profesores a sus alumnos durante las vacaciones. Ake lleva demasiados impresos para poder darle la mano. El profesor dice: “Está muy bien que usted, Bergstrom, trabaje durante las vacaciones”.

Ake contesta: “No son vacaciones. He dejado la escuela”.

El profesor se siente entonces abochornado como cuando uno se confunde de persona y se apresura a seguir su camino silbando. Ser escolar y cartero está muy bien. Ser solo cartero no está bien. De un cartero no dice nadie que es aplicado. Nadie dice que ser cartero está bien. Si se queda atrapado en un ascensor se le grita que debe usar la escalera. Si alguien recibe una carta arrugada, abre la puerta y dice que es culpa del maldito cartero. Si llama a una puerta porque la carta no cabe por el buzón, la que abre se queja de que está enferma, como si fuera su obligación saberlo. Si la próxima vez la estruja para hacerla entrar en el buzón, el destinatario está sano y algo de valor se ha roto.

Un cartero de verdad llega a conocer las casas como ninguna otra persona. Cada casa tiene su olor, grato o desagradable. Hay casas engreídas como las casas de Folkungagatan con su aroma a comedor y a polvorientas alfombras, o casas honradas, limpias pero pobres, llenas de un aroma ácido a fregado, como algunas de la calle de Sodermannagatan, o casas antipáticas, tenebrosas, con olor a chismorreo y a pobreza como en Kocksgatan. Y también hay casas con sombras invisibles en las escaleras y en los zaguanes en las que se hace un nudo en la garganta de pena. En Folkungagatan hay una casa en la que se ha quemado un hombre, en Sodermannagatan una puerta por la que siempre pasa acobardado: allí dentro se cometió una vez un doble asesinato. En lo más alto de una casa de Kocksgatan una pareja joven se ha asfixiado con gas hace tan poco tiempo que aún reciben cartas de Noruega. A principios de junio una postal con el puerto de Oslo: Esperamos carta de ustedes. A mediados de junio una tarjeta de felicitación: Te felicitamos de todo corazón en tu treinta aniversario. Esperamos carta con ansiedad.

La víspera de San Juan, segundo reparto, llega una carta abultada. De pie ante la puerta, la tiene en las manos, la calienta un poco antes de echarla por el buzón. Imagina una carta que él escribiría como respuesta: “Queridos amigos desconocidos. Permitan a un cartero del distrito tercero comunicarles que…”

Pero eso se quedó en nada. Todo se quedó en nada. En el segundo reparto está cansado, las plantas de los pies le arden como si hubiera pisado ascuas y en las casas sin ascensor siente punzadas. El mayorista de setas le libera de un buen brazado de revistas. La empresa de maderas tropicales en la única casa de Kocksgatan que huele bien (a buena madera extranjera se figura él) recibe pequeños sobres alargados con contenido duro. Una vez fue una pesada carta de la India. Un día llegará una palmera, piensa, una enorme palmera de verdad con cocos en la copa que tendrán que repartir entre todos los carteros de Estocolmo 4. Como es su distrito irá él a llamar. Perdonen, dirá, ha llegado una carta larga para ustedes. Una carta larga y alta. La hemos puesto en la calle.

Durante la pausa entre el segundo y el tercer reparto está en casa. Se ha metido el brazalete en el bolsillo para que no se le note que ha fracasado. De alguna manera debe de notarse a pesar de todo porque el padre, que está sentado en la caldeada cocina con la camisa desabrochada, tomando un carajillo con dos compañeros de trabajo, dice de pronto: “Este ha ido al instituto cinco años, así que pueden estar seguros de que ya sabe repartir cartas”. Entonces la madre, que está sentada aparte en un taburete junto al fregadero escuchando, solo escuchando, se mete un nudillo en la boca como si quisiera ahogar un grito.

Él entra en su pequeña habitación y se pone junto a la ventana. El cielo está azul y muy despejado. Tres nubes blancas navegan a gran altura por encima de los patios traseros del barrio de Sodermalm, como globos de verano sueltos. Una mujer recoge la ropa de una cuerda. Otra saca las macetas con la esperanza de que llueva. Un hombre que está al otro lado del patio con la típica borrachera de San Juan golpea a su mujer en los dedos cuando sacuden una alfombra. Alguien abre la ventana y un gramófono empieza a sonar acompañando los palmetazos. A sus espaldas entra la madre en la habitación. Él no se vuelve. Ella pone una bandeja en la mesa y se marcha. En una casa que no se ve grita un niño con un alto tono encendido que atraviesa el macizo de toda la manzana. En el patio vecino un músico ambulante toca el acordeón y mira hacia las ventanas. Pero la casa está vacía a causa de San Juan y solo una moneda de cinco céntimos suena contra las piedras.

En el tercer reparto todas las casas están vacías y silenciosas. Las escaleras huelen a polvo y a soledad. Las tiendas están cerradas y los pasos de Ake resuenan cuando cruza los patios. El repique de campanas de la iglesia de Santa Catalina cae sobre él cada cuarto de hora y lo lleva a otras puertas. Sobre todos los distritos de los carteros hay un repique de campanas de alguna iglesia como un trallazo largo y duro. Hace bochorno y en las calles no hay nada de sombra. Sobre los patios flota un tenue humo azul de tarde. Los que están de viaje han bajado las persianas oscuras de las ventanas de manera que las casas parecen estar de luto.

Cuando vuelve a casa el padre está fuera. La madre está sentada en la habitación grande delante del armario de la ropa blanca con su alto espejo y juega con su pelo. Debajo de una silla hay un pañuelo arrugado. Ha llorado. Él va a su cuarto.

Se tumba en la cama y estudia la gramática inglesa hasta Should-Would. Luego entra la madre. Se sienta a los pies de la cama y deja que se temple el silencio antes de decir nada. Mientras tanto llegan hasta ellos los ruidos de la ciudad con afiladas púas; suena la sirena de un barco, estridente y angustiada, abajo en las aguas de Strommen; una ventana se cierra de golpe y los cristales vibran; una ambulancia se acerca con su música enferma y desaparece despacio dejando su zozobra tras de sí. La madre le coge los tobillos con sus manos, con rudeza y desaliento.

–Tienes que salir –murmura–, salir y divertirte. La noche de San Juan. Cómo vas a quedarte en casa una noche de San Juan. No debes.

El campanario de la iglesia de Santa Catalina da un toque tan suave como un tono de piano. Él cierra los ojos y no contesta. Ella lo deja solo. Poco después oye llegar al padre. Da tumbos, tropieza, abre y cierra puertas, aparta sillas. Está arrepentido y ha comprado flores, tulipanes seguramente. Va y viene por la habitación grande mientras la madre calla. Después de un buen rato parece que hacen las paces. Hablan en voz baja. El padre sale al pasillo y se acerca a su puerta, llama. El hijo se levanta rápido de la cama y se pone junto a la ventana. El padre entra en la habitación y se acerca a él con una lentitud interminable. Luego, el brazo por el cuello y el demoledor y bochornoso abrazo.

–¿No irás a quedarte en casa?, muchacho, es la noche de San Juan.

El padre le alza la cara y la sostiene entre sus manos como una piedra.

–No –contesta–, voy a salir.

–Coge mi bici –le dice el padre a la piedra–. Está en la calle.

Y él coge la bici y baja por Katarinavagen. Es una bicicleta vieja y los guardabarros rechinan. La ciudad está en silencio, solo los guardabarros hacen ruido. A través de la leve calina azul formada por el humo de los transbordadores y el anochecer, ve la serpiente de luz del Tívoli, el parque de atracciones, retorciéndose de impotencia y desesperación. Pedalea junto al mar y serpentea con los chirriantes guardabarros entre alegres masas de gente locuaz. Como un leproso, piensa, porque ha leído que los leprosos llevan campanillas para advertir. Por los sombríos y sinuosos caminos del parque de DjurgArden, asusta a una liebre y a varias parejas de enamorados. No hay nadie que vaya en bicicleta. Solo, en plena naturaleza, él va en una bicicleta. Si no tuviera la bici, piensa, no estaría tan solo.

En una playa deja la bicicleta a un lado. Es tarde pero el aire es tibio todavía. Blancos barcos vacíos se deslizan seguidos por gaviotas detrás de sus humaredas. Él los sigue con la mirada hasta que desaparecen en la puesta de sol con sus alicaídas banderas de popa. Uno de ellos toca la sirena rabiosamente al transbordador de Tegelviken, como si fuera un perro. A su alrededor hay música en la noche, hogueras bajas en las islas y en las colinas que de pronto llamean y tienden sus lenguas sobre el agua. Desde las oscuras fauces de la vía de Hammarby se acerca una vela blanca volando como una carta de un buzón. En una larga fila negra las grúas de StadsgArden inclinan sus cuellos como lagartos hacia el agua como si fueran a beber. En lo alto del cielo, más o menos encima de su distrito, piensa él, hay negras nubes quemadas con bordes enrojecidos. Acaba de leer un libro en el que llaman a esas nubes “desgracias durmientes”. En una casa muy por debajo de esas nubes acaba de dormirse su padre con la boca abierta y las manos cruzadas sobre el pecho. Junto a la ventana abierta está la madre peinándose el negro cabello para dormir.

Un día ha de llegar una palmera de África a la empresa maderera de Kocksgatan. Será difícil pasarla por la angosta esquina que hay junto a la calle de Ostgotagatan, pero se hará.

Luego empieza a tener frío. Se monta en la bicicleta del padre y va traqueteando en la clara noche hacia las desgracias durmientes.

 

Ser polvo

Santiago Dabove

 

¡Inexorable severidad de las circunstancias! Los médicos que me atendían tuvieron que darme, a mis pedidos insistentes, a mis ruegos desesperados, varias inyecciones de morfina y otras sustancias para poner como un guante suave a la garra con que habitualmente me torturaba la implacable enfermedad: una atroz neuralgia del trigémino.

Yo, por mi parte, tomaba más venenos que Mitrídates. El caso era poner una sordina a esa especie de pila voltaica o bobina que atormentaba mi trigémino con su corriente de viva pulsación dolorosa. Pero nunca se diga: he agotado el padecimiento, este dolor no puede ser superado. Pues siempre habrá más sufrimiento, más dolor, más lágrimas que tragar. Y no se vea en las quejas y expresión de amargura presentes otra cosa que una de las variaciones sobre este texto único de terrible dureza: “¡no hay esperanza para el corazón del hombre!”. Me despedí de los médicos y llevaba la jeringa para inyecciones hipodérmicas, las píldoras de opio y todo el arsenal de mi farmacopea habitual.

Monté a caballo, como solía hacerlo, para atravesar esos cuarenta kilómetros que separaban los pueblos que con frecuencia recorría.

Frente mismo a ese cementerio abandonado y polvoriento que me sugería la idea de una muerte doble, la que había albergado y la de él mismo, que se caía y se transformaba en ruinas, ladrillo por ladrillo, terrón por terrón, me ocurrió la desgracia. Frente mismo a esa ruina me tocó la fatalidad lo mismo que a Jacob el ángel que en las tinieblas le tocó el muslo y lo derrengó, no pudiendo vencerlo. La hemiplejia, la parálisis que hacía tiempo me amenazaba, me derribó del caballo. Luego que caí, este se puso a pastar un tiempo, y al poco rato se alejó. Quedaba yo abandonado en esa ruta solitaria donde no pasaba un ser humano en muchos días, a veces. Sin maldecir mi destino, porque se había gastado la maldición en mi boca y nada representaba ya. Porque esa maldición había sido en mí como la expresión de gratitud que da a la vida un ser constantemente agradecido por la prodigalidad con que lo mima una existencia abundante en dones.

Como el suelo en que caí, a un lado del camino, era duro, y podía permanecer mucho tiempo allí, y poco me podía mover, me dediqué a cavar pacientemente con mi cortaplumas la tierra alrededor de mi cuerpo. La tarea resultó más bien fácil porque, bajo la superficie dura, la tierra era esponjosa. Poco a poco me fui enterrando en una especie de fosa que resultó un lecho tolerable y casi abrigado por la caliente humedad. La tarde huía. Mi esperanza y mi caballo desaparecieron en el horizonte. Vino la noche, oscura y cerrada. Yo la esperaba así, horrorosa y pegajosa de negrura, con desesperanza de mundos, de luna y estrellas. En esas primeras noches negras pudo el espanto contra mí. ¡Leguas de espanto, desesperación, recuerdos! No, no, ¡idos, recuerdos! No he de llorar por mí, ni por… Una fina y persistente llovizna lloró por mí. Al amanecer del otro día tenía bien pegado mi cuerpo a la tierra. Me dediqué a tragar, con entusiasmo y regularidad “ejemplares”, píldora tras píldora de opio y eso debe de haber determinado el “sueño” que precedió a “mi muerte”.

Era un extraño sueño-vela y una muerte-vida. El cuerpo tenía una pesadez mayor que la del plomo, a ratos, porque en otros no lo sentía en absoluto, exceptuando la cabeza, que conservaba su sensibilidad.

Muchos días, me parece, pasé en esa situación y las píldoras negras seguían entrando por mi boca y sin ser tragadas descendían por declive, asentándose abajo para transformar todo en negrura y en tierra.

La cabeza sentía y sabía que pertenecía a un cuerpo terroso, habitado por lombrices y escarabajos y traspasado de galerías frecuentadas por hormigas. El cuerpo experimentaba cierto calor y cierto gusto en ser de barro y de ahuecarse cada vez más. Así era, y, cosa extraordinaria, los mismos brazos que al principio conservaban cierta autonomía de movimiento, cayeron también a la horizontal. Tan solo parecía quedar la cabeza indemne y nutrida por el barro como una planta. Pero como ninguna condición tiene reposo, debió defenderse a dentelladas de los pájaros de presa que querían comerle los ojos y la carne de la cara. Por el hormigueo que siento adentro, creo que debo de tener un nido de hormigas cerca del corazón. Me alegra, pero me impele a andar y no se puede ser barro y andar. Todo tiene que venir a mí; no saldré al encuentro de ningún amanecer ni atardecer, de ninguna sensación.

Cosa curiosa: el cuerpo está atacado por las fuerzas roedoras de la vida y es un amasijo donde ningún anatomista distinguiría más que barro, galerías y trabajos prolijos de insectos que instalan su casa y, sin embargo, el cerebro conserva su inteligencia.

Me daba cuenta de que mi cabeza recibía el alimento poderoso de la tierra, pero en una forma directa, idéntica a la de los vegetales. La savia subía y bajaba lenta, en vez de la sangre que maneja nerviosamente el corazón. Pero ahora ¿qué pasa? Las cosas cambian. Mi cabeza estaba casi contenta con llegar a ser como un bulbo, una papa, un tubérculo, y ahora está llena de temor. Teme que alguno de esos paleontólogos que se pasan la vida husmeando la muerte, la descubra. O que esos historiadores políticos que son los otros empresarios de pompas fúnebres que acuden después de la inhumación, descubran la vegetalización de mi cabeza. Pero, por suerte, no me vieron.

…¡Qué tristeza! Ser casi como la tierra y tener todavía esperanzas de andar, de amar.

Si me quiero mover me encuentro como pegado, como solidarizado con la tierra. Me estoy difundiendo, voy a ser pronto un difunto. ¡Qué extraña planta es mi cabeza! Difícil será que dure su singularidad incógnita. Todo lo descubren los hombres, hasta una moneda de dos centavos embarrada.

Maquinalmente se inclinaba mi cabeza hacia el reloj de bolsillo que había puesto a mi lado cuando caí. La tapa que cerraba la máquina estaba abierta y una hilera de hormigas pequeñas entraba y salía. Hubiera querido limpiarlo y guardarlo, pero ¿en qué harapo de mi traje, si todo lo mío era casi tierra?

Sentía que mi transición a vegetal no progresaba mucho porque un gran deseo de fumar me torturaba. Ideas absurdas me cruzaban la mente. ¡Deseaba ser planta de tabaco para no tener la necesidad de fumar!

…El imperioso deseo de moverme iba cediendo al de estar firme y nutrido por una tierra rica y protectora.

…Por momentos me entretengo y miro con interés pasar las nubes. ¿Cuántas formas piensan adoptar antes de no ser ya más, máscaras de vapor de agua? ¿Las agotarán todas? Las nubes divierten al que no puede hacer otra cosa que mirar el cielo, pero, cuando repiten hasta el cansancio su intento de semejar formas animales, sin mayor éxito, me siento tan decepcionado que podría mirar impávido una reja de arado venir en derechura a mi cabeza.

…Voy a ser vegetal y no lo siento, porque los vegetales han descubierto eso de su vida estática y egoísta. Su modo de cumplimiento y realización amorosos, por medio de telegramas de polen, no puede satisfacernos como nuestro amor carnal y apretado. Pero es cuestión de probar y veremos cómo son sus voluptuosidades.

…Pero no es fácil conformarse y borraríamos lo que está escrito en el libro del destino si ya no nos estuviera acaeciendo.

…De qué manera odio ahora eso del “árbol genealógico de las familias”; me recuerda demasiado mi trágica condición de regresión a un vegetal. No hago cuestión de dignidad ni de prerrogativas; la condición de vegetal es tan honrosa como la de animal, pero, para ser lógicos, ¿por qué no representaban las ascendencias humanas con la cornamenta de un ciervo? Estaría más de acuerdo con la realidad y la animalidad de la cuestión.

…Solo en aquel desierto, pasaban los días lentamente sobre mi pena y aburrimiento. Calculaba el tiempo que llevaba de entierro por el largo de mi barba. La notaba algo hinchada y, su naturaleza córnea igual a la de la uña y epidermis, se esponjaba como en algunas fibras vegetales. Me consolaba pensando que hay árboles expresivos tanto como un animal o un ser humano. Yo recuerdo haber visto un álamo, cuerda tendida del cielo a la tierra. Era un árbol con hojas abundantes y ramas cortas, muy alto, más lindo que un palo de navío adornado. El viento, según su intensidad, sacaba del follaje una expresión cambiante, un murmullo, un rumor, casi un sonido, como un arco de violín que hace vibrar las cuerdas con velocidad e intensidad graduadas.

…Oí los pasos de un hombre, planta de caminador quizás, o que por no tener con qué pagar el pasaje en distancias largas, se ha puesto algo así como un émbolo en las piernas y una presión de vapor de agua en el pecho. Se detuvo como si hubiera frenado de golpe frente a mi cara barbuda. Se asustó al pronto y empezó a huir; luego, venciéndole la curiosidad, volvió y, pensando quizás en un crimen, intentó desenterrarme escarbando con una navaja. Yo no sabía cómo hacer para hablarle, porque mi voz ya era un semisilencio por la casi carencia de pulmones. Como en secreto, le decía: ¡Déjeme, déjeme! Si me saca de la tierra, como hombre ya no tengo nada de efectivo, y me mata como vegetal. Si quiere cuidar la vida y no ser meramente policía, no mate este modo de existir que también tiene algo de grato, inocente y deseable.

No oía el hombre, sin duda acostumbrado a las grandes voces del campo, y pretendió seguir escarbando. Entonces le escupí en la cara. Se ofendió y me golpeó con el revés de la mano. Su simplicidad de campesino, de rápidas reacciones, se imponía sin duda a toda inclinación de investigación o pesquisa. Pero a mí me pareció que una oleada de sangre subía a mi cabeza, y mis ojos coléricos desafiaban como los de un esgrimista enterrado, junto con espadas, pedana y punta hábil que busca herir.

La expresión de buena persona desolada y servicial que puso el hombre, me advirtió que no era de esa raza caballeresca y duelista. Pareció que quería retirarse sin ahondar más en el misterio… y se fue en efecto, torciendo el pescuezo largo rato para seguir mirando… Pero en todo esto había algo que llegó a estremecerme, algo referente a mí mismo.

Como es común a muchos cuando se encolerizan, me subió el rubor a la cara. Habréis observado que sin espejo no podemos ver de esta última más que un costado de la nariz y una muy pequeña parte de la mejilla y labio correspondiente, todo esto muy borroso y cerrando un ojo. Yo, que había cerrado el izquierdo como para un duelo a pistola, pude entrever en los planos confusos por demasiada proximidad, del lado derecho, en esa mejilla que en otro tiempo había fatigado tanto el dolor, pude entrever, ¡ah!… la ascensión de un “rubor verde”. ¿Sería la savia o la sangre? Si era esta última: ¿la clorofila de las células periféricas le prestaría un ilusorio aspecto verdoso?… No sé, pero me parece que cada día soy menos hombre.

…Frente a ese antiguo cementerio me iba transformando en una tuna solitaria en la que probarían sus cortaplumas los muchachos ociosos. Yo, con esas manazas enguantadas y carnosas que tienen las tunas, les palmearía las espaldas sudorosas y les tomaría con fruición “su olor humano”. ¿Su olor?, para entonces, ¿con qué?, si ya se me va aminorando en progresión geométrica la agudeza de todos los sentidos.

Así como el ruido tan variado y agudo de los goznes de las puertas no llegará nunca a ser música, mi tumultuosidad de animal, estridencia en la creación, no se avenía con la actividad callada y serena de los vegetales, con su serio reposo. Y lo único que comprendía es precisamente lo que estos últimos no saben: que son elementos del Paisaje.

Su tranquilidad e inocencia, su posible éxtasis, quizás equivalen a la intuición de belleza que ofrece al hombre la escena” de su conjunto.

…Por mucho que se valore la actividad, el cambio, la traslación de humanos, en la mayoría de los casos el hombre se mueve, anda, va y viene en un calabozo filiforme, prolongado. El que tiene por horizonte las cuatro paredes bien sabidas y palpadas no difiere mucho del que recorre las mismas rutas a diario para cumplir tareas siempre iguales, en circunstancias no muy diferentes. Todo este fatigarse no vale lo que el beso mutuo, y ni siquiera pactado, entre el vegetal y el sol.

…Pero todo esto no es más que sofisma. Cada vez muero más como hombre y esa muerte me cubre de espinas y capas clorofiladas.

…Y ahora, frente al cementerio polvoriento, frente a la ruina anónima, la tuna “a que pertenezco” se disgrega cortado su tronco por un hachazo. ¡Venga el polvo igualitario! ¿Neutro? No sé, pero, ¡tendría que tener ganas el fermento que se ponga de nuevo a laborar con materia o cosa como “la mía”, tan trabajada de decepciones y derrumbamientos!

 

El crimen invisible

Catherine Crowe

 

En 1842 en el barrio de Marylebone, se derribó una casa a la que ya no acudía ningún huésped desde hacía ya muchos años, y cuyos propietarios no estaban dispuestos a gastar más dinero en reparaciones.

Sus últimos habitantes fueron el mayor W…, su esposa, sus tres hijos y su sirviente.

El mayor W…, que desempeñaba un digno cargo en la Intendencia, había insistido innumerables veces a sus superiores para que le permitieran cambiar de vivienda (el alquiler del inmueble estaba a cargo de la Intendencia). Como esta autorización demoraba, alegó para justificar su repetida insistencia que la casa estaba embrujada “del modo más desagradable”.

Todas las noches, la puerta del salón se abría violentamente, se oía un ruido de pasos precipitados, una respiración ronca y luego dos o tres gritos horribles y la pesada caída de un cuerpo contra el piso.

A menudo encontraban los muebles volcados, sobre todo cuando estaban situados en el ángulo norte de la sala.

Luego se restablecía el silencio, pero alrededor de un cuarto de hora más tarde, se oía algo semejante a un pataleo, un sollozo y al fin un espantoso estertor.

El mayor W… acabó por prohibir a sus familiares la entrada a este salón. Incluso clausuró la puerta. Pero antes hizo constatar estos hechos por varios de sus compañeros del ejército. En efecto, el informe que presentó estaba firmado por el lugarteniente de Intendencia E…, el capitán S… y el comisario de víveres E…

Se procedió a una búsqueda de datos y muy pronto descubrieron una trágica historia.

En el año 1825, la casa estaba habitada por el corredor de joyas C… y su esposa. Esta última, mucho más joven que su marido, llevaba una vida desordenada y malgastaba enormes sumas de dinero.

Aunque el desgraciado C… le perdonó muchas veces sus caprichos, no parecía querer enmendarse; al contrario, su vida era progresivamente escandalosa.

C…, empujado por la amargura y los celos, se dio a la bebida.

Una noche volvió ebrio, decidido a acabar con sus desgracias.

Armado de un trinchete de zapatero, se abalanzó sobre su mujer, que huyó hacia el salón, pero C… la alcanzó y con un solo golpe de su arma, la decapitó. Permaneció largo rato mudo de horror ante su crimen, luego se colgó de la araña del techo.

Desde entonces ese horrible asesinato se reproducía cada noche, de una forma audible, pero jamás los espantados testigos vieron la más mínima aparición; sólo los ruidos fantasmales que se repetían con una perfecta exactitud.

La petición del mayor W… tuvo resultados favorables y, desde entonces, la casa permaneció desocupada hasta el día en que cayó bajo el pico de los demoledores.

 

lunes, 11 de julio de 2022

Una tarde en el cine

Víctor Roura

 

Le dije:

–Quítese el sombrero porque me estorba.

Me volteó a ver.

–Deje de molestar –advirtió.

No me dejaba ver la pantalla. Le sugerí a mi acompañante que nos cambiáramos de sitio.

–No, ya quédate aquí, me da pena –dijo, en voz baja.

La miré con verdadera impaciencia. Se llevaba como siete palomitas de una vez a la boca.

–Hágame el favor de poner su sombrero en su rodilla –le volví a decir, tocándole el hombro.

Esta vez no hizo caso. Miré a mi acompañante. Sacaba con su puño varias palomitas. “Vale”, pensé.

–¡Ese sombrero! –dije.

Se lo quitó. “Buen hombre”, cavilé. Pero volteó de pronto y me dio un sombrerazo que me dejó perplejo y confundido. Oí risas alrededor. Se puso el sombrero, de nuevo.

–…Té molestando –alcancé a escuchar que decía el sujeto.

Mi acompañante me miró extrañada.

–Déjalo de molestar –dijo.

Y se llevó aproximadamente doce palomitas a la boca.

No veía nada de lo que ocurría en la pantalla. Saqué mi lamparita. La prendí. Abrí mi libro y me puse a leer. Era una luz tenue. Mi acompañante se volteó a verme.

No seas absurdo –dijo.

No le hice caso.

El matemático Philip Cunningham seguía recordando su vida inútil entre razonamientos formalistas, análisis combinatorios, axiomatizaciones de teorías, eliminación de paradojas, cicloides, los círculos octogonales, las circunferencias tangentes, los problemas de Apolonio, las coordenadas cilíndricas, las ecuaciones diferenciales no ordinarias e integrales abelianas. Arturo Azuela nos está contando las divagaciones de un matemático, pero no nos está contando nada a la vez. Voy en la página 129 y no ha pasado nada. Leía la parte donde el investigador emérito Zemansky, maestro de Cunningham, se preguntaba por cuadragésima cuarta ocasión si las matemáticas eran una ciencia, cuando mi acompañante me dio un codazo.

–Apaga ya esa luz, ¿quieres?…

Y el sujeto de adelante, sin siquiera voltear, se quitó el sombrero y me asestó un golpe. Con elegancia. Mi acompañante se rio quedito.

–¡Ora! –le dije al sujeto.

–Su luz me daña –dijo el tipo.

Volteé a ver a mi acompañante. Seguía la película con ánimo exaltado. (Juro que a esas alturas no sabía ni siquiera la trama. Escuchaba de vez en vez las risas de la gente o su pesado silencio. No podía ver nada.)

Me levanté.

–¿Adónde vas? –preguntó mi acompañante.

–Al lobi, ahí te espero…

Antes de salir, le di un manotazo al sombrero, que fue a dar dos o tres filas adelante. El tipo reaccionó furiosamente. Se puso en pie, también. Me fui corriendo por el pasillo (ya se habían acostumbrado mis ojos a la penumbra), seguido por el sujeto. Algunas personas gritaron:

–¡Lo va a matar!

–¡Deténganlos!

No era para tanto, creo.

Salí al lobi para subir de volada por las escaleras hacia la planta alta. El tipo me correteaba con ganas.

–¡Deténte, desgraciado! –imprecaba.

Oí unos aplausos.

–¡Córrele, maestro! –me alentaban.

Llegó un momento en que o él cedía o yo me abandonaba a la persecución. Estábamos entrampados. Si corría, me agarraba el sujeto; si él intentaba apresarme, yo me le escapaba. Pero yo estorbaba evidentemente a la gente que estaba enfrente de mí, y él a los que estaban atrás.

–¡Muévete, chiquilín! –me decían.

–¡A jugar a su charco! –gritaban.

Peladeces aparte, yo empecé a sudar. Qué hacer.

–Ora condenado, no le chaques… –decía el tipo.

–Ai muere, maestro –dije.

–¡Muere otro, jijo é la! –contestó.

Estaba realmente alterado el sujeto. Pensé que el alterado debía ser yo.

O él o yo, así que tuve la paciencia suficiente para esperar a que se le bajara la cólera. Me agaché para no molestar la visión de los espectadores.

–¡Han de ser agentes, par de psicópatas! –gritó alguien.

Me sentí abochornado. Sudaba como loco.

En eso, el tipo se atrevió a bajar los escalones para ir por mí. Y que me salgo, cual noctámbulo al encontrarse en una esquina con dos policías, silbando el aire. Rumbo a la salida.

Ya en la calle, anduve como el viento en un día de tormenta. Al minuto, estaba distanciado del cine como unas diez cuadras. Nadie me seguía. Me subí al Metro. Iba vacío. Tomé asiento. Abrí el libro en la página 130 de El matemático. Cunningham continuaba con sus disquisiciones inútiles. Me bajé en cualquier estación. Salí. Estaba en Bellas Artes. Caminé un rato sobre Avenida Juárez. Para tranquilizarme.

En la noche le hablaría a mi acompañante.

Para saber por lo menos el nombre de la película que fuimos a ver.

 

Confesión auténtica de un ahorcado resucitado

Juan Vicente Camacho

 

I

Hace algunos meses que varios periódicos de diferentes países referían la prisión de un hombre que manejando él solo un buque lo había fondeado en las costas norteamericanas.

Era este un buque de alto bordo, en perfecto estado de construcción y que parecía no haber sufrido avería de ningún género.

Era muy extraño el caso, y si la llegada de un bote conduciendo las reliquias de un naufragio llama la atención, mucho más debía preocupar los ánimos la de un soberbio buque cuya procedencia se ignoraba y que se presentaba con un solo conductor como muestra de la vasta tripulación que debió contener.

Era fácil presumir que en la inmensa soledad del océano había pasado un drama misterioso y terrible sin más testigo que el ojo de Dios y sin otro eco que el órgano mismo del solo actor que quedaba como resto de esas gigantescas luchas del hombre con los fenómenos naturales y la furia de las olas tempestuosas.

Cuando entró en la rada, la soledad y el silencio del puente, y aquel hombre solo y tranquilo en el timón hacían aparecer la masa impotente de aquel buque como esos navíos fantasmas con que se complace la imaginación de los sencillos y supersticiosos marinos en poblar las profundidades de las aguas desconocidas.

El que estaba a la vista, sin embargo, era de reciente construcción, se conocía que había salido de los astilleros de los Estados Unidos y su identidad era fácil de verificar.

El personaje que lo monta es de talla hercúlea; su enorme cabeza parece unida al tronco sin auxilio del cuello; su cabellera es negra y espesa como la barba que lleva entera; la frente es deprimida y chata; el ojo fijo e inyectado y sombreado por enormes pestañas, lo que da a su fisonomía un aspecto salvaje y siniestro, que aumenta el corte singular de la boca cuyos labios son delgados y recogidos.

Su aspecto es el de un hombre dotado de rara energía, y sus brazos cruzados sobre el pecho, el rostro levantado con audacia, manifiestan que ese hombre es de aquellos que no retroceden ante ningún obstáculo.

Aparenta tener treinta años.

El capitán del puerto a quien se anunció la llegada de este buque se trasladó a bordo a reconocerlo, y condujo ante el Consejo del Almirantazgo a quien tan felizmente lo había traído a las aguas de la rada, para que hiciese la relación de los sucesos.

Declaró llamarse Alberto Guillermo Heecks, marino de profesión y que era el único que había sobrevivido a la tripulación del buque que montaba, pues todos, incluso el capitán, habían muerto en el viaje que acababa de hacer.

Aunque el aplomo de este hombre no le abandonó un solo instante, y aunque su narración aparecía llena de buena fe, no fue, sin embargo, tan ingeniosa que dejase de traslucir un misterio espantoso oculto bajo apariencias fingidas y hábilmente combinadas. Puestos en este camino, los jueces con espíritu perspicaz llevaron la cuestión a otro terreno y con tal habilidad que, envuelto el narrador en su lógica tortuosa, se embrolló, se contradijo, y ya pudo entreverse, al través del extremo levantado del velo, una parte de la horrible verdad que pronto debía descubrir todos los detalles siniestros y tenebrosos de este drama espantoso.

Después de haber referido que el buque fue asaltado en el mar por piratas chinos que habían degollado a la tripulación, salvándose él por haberse ocultado en un tonel de alquitrán, y que dichos piratas después de arrojar los cadáveres al mar habían dejado al buque a la merced del viento, hizo otra narración y declaró: que un tifus fulminante cayó de improviso a bordo llevándose a sus infelices compañeros y que solo él, Heecks, no había sufrido el más ligero síntoma, y que se halló solo en aquella metrópoli sin haber encontrado un puerto a donde dirigirse para obtener algún socorro.

Pero el registro de a bordo no contenía hecho alguno que diese a esta versión la menor apariencia de verdad.

Desde aquel momento ya no se podía dudar que se estaba delante de uno de esos ejemplos monstruosos de piratas cuya historia estremece la humanidad.

Los anales marítimos nos prueban que, aunque raros, se presentan estos casos, y es entonces que se comprende en todo su horror de cuántas atrocidades es capaz el alma humana.

Desde que el hombre tuvo la audacia de entregarse al capricho de los vientos y de la fortuna de la inmensidad del mar ¿cuántos dramas misteriosos han sucedido que han quedado ignorados o hundidos en la conciencia de sus actores?

Alberto G. Heecks fue, pues, preso y sometido a juicio.

Todos los periódicos dieron cuenta de los crímenes del acusado y la emoción pública se excitó vivamente desde que se tuvo noticia de su instructiva, de suerte que el pretorio del tribunal se halló asaltado por una turba curiosa y compacta cuando se abrieron los debates.

 

II

No es nuestro ánimo recordar los detalles de ese proceso para siempre célebre y cuya relación completa ha dado la vuelta al mundo traducida en todas las lenguas conocidas. Nos limitaremos a recordar sumariamente que desde el instante en que Alberto Heecks se halló descubierto no desmintió jamás su actitud enérgica, y las cínicas confesiones que hizo produjeron tanta admiración como espanto.

Hallando en su singular naturaleza un poder enorme de fuerza y de voluntad para el mal, contó cómo él solo había degollado a toda la tripulación de su buque sin perdonar uno solo de sus desgraciados compañeros.

Y después, con el orgullo del crimen y como para desafiar la humanidad en el santuario de la justicia misma y envolviéndose en el manto de su perversidad, declaró en voz alta que desde la edad de once años que viajaba en calidad de marino había cometido muchos otros asesinatos y sabe Dios a qué punto habría llegado la escala ascendente del crimen.

Aquel desgraciado parecía abominar al género humano y haber cursado una guerra de exterminio a sus semejantes y esto sin que se contrajese un solo músculo de su semblante. El estudio analítico, fisiológico y psicológico de este raro temperamento, ofrecía un atractivo poderoso a los hombres de la ciencia, de manera que desde el punto de su arresto y sobre todo después de la sentencia que le condenaba a ser colgado por el cuello hasta que sobreviniese la muerte, Heecks estuvo rodeado sin cesar de sabios doctores que acudían de todas partes a hacer sus observaciones.

Fue de este modo que yo mismo fui llamado con el objeto de visitar y conocer a este ser excepcional bajo tantos puntos de vista.

Después de su sentencia, su hermana que lo quería muchísimo, se instaló en su prisión; él a su vez parecía amarla mucho y confesaba que era ella el único ser a cuyo lado no sentía horror.

La pobre criatura no juzgaba a su hermano ni lo comprendía, pues cuanto era de cruel y feroz era para ella dulce y humano.

En suma, parecía muy tranquilo y hablaba con gusto con nosotros, respondiendo muy acertadamente a las preguntas que se le dirigían.

A veces le asaltaba la idea de su próximo fin, y entonces se informaba de los fenómenos que precedían a la cesación de la vida.

–Doctor –me dijo un día–, he visto ahorcados algunas veces, y hacen un gesto muy feo; se me figura que es una triste muerte la de horca… ¿se sufre mucho?

Habría sido cruel responderle afirmativamente.

–No –le contesté–; por el contrario, la ciencia demuestra que se produce una especie de sueño estático como esos en que uno se deleita. Vale cien veces más que la guillotina.

–¡Bah! ¿Está usted seguro, doctor?

–Es mi íntima creencia.

–Mejor, doctor, tanto mejor.

Su hermana le suplicó entonces que no hablase de esas cosas tan tristes; pero a pesar de sus lágrimas, él volvía a la conversación y aun muchas veces chanceándose.

–Esta corbata de cáñamo no me hace maldita la gracia como objeto de maletal… pero como no hay forma de excusarse… En fin, tanto vale; bien quisiera yo alguna cosa… Yo que he tenido siempre la costumbre de llevar el cuello descubierto.

–¿Qué preferiría usted entonces?

–¡Cáspita!, yo preferiría largarme –respondía riéndose.

¿Era esto descaro ante la muerte o ganas de aturdirse cuando hablaba así? Eso no lo podemos asegurar, pero semejantes bufonadas salidas de aquella boca que debía cerrarse para siempre tenían algo más fúnebremente serio que de risible.

Pasaban entre tanto los días y la hora de la ejecución llegaba.

Heecks parecía más abatido que de costumbre.

La reacción venía.

Los doctores MacIllary, O’Reilly, Carnagan y Chrane rodeaban como yo al condenado, que estaba acostado en su lecho; de repente se levantó sobre un codo y mirándonos expresivamente nos dijo:

–¿Es verdad que ha habido ahorcados que han vuelto a la vida?

Nosotros nos interrogamos con las miradas; él estaba muy conmovido y su voz temblona manifestaba que al fin aquel corazón endurecido tenía miedo de la muerte.

Las leyes de la humanidad nos imponían una respuesta afirmativa.

–¡Oh!, el hecho no es dudoso y hay muchos ejemplos de casos semejantes.

–Ciertamente –respondió el célebre Chrane–, la estrangulación no trae siempre consigo de un modo preciso la muerte. Se sabe, por el contrario, que hay en Londres una sociedad de personas que se ahorcan por vía de distracción y que no por eso mueren. Parece por el contrario que se goza de un placer físico parecido al que produce el consumo del opio o del hachís.

–Sí, he oído hablar de eso –replicó Heecks–; pero eso no pasa de un juego que no creo, sin embargo, peligroso; mientras que en mi caso es realmente muy serio.

–Aun en casos serios, como usted dice, de una ejecución capital –observó gravemente nuestro sabio colega Carnagan–, ha habido pruebas de esta especie de resurrecciones. Los análisis médicos de Anspire redactados por el célebre fisiologista alemán von Serfvelt contienen la curiosa experiencia practicada por él mismo con un famoso bandido que asolaba el país. Pues bien, proclamémoslo en alta voz para honor de la ciencia, el doctor Von Serfvelt ha devuelto a la sociedad a este ahorcado. Este fue un curiosísimo experimento, muy curioso a la verdad.

–Aún hay más –agregó magistralmente MacIllary–, hay filósofos que pretenden que la muerte por suspensión depende de la voluntad del paciente.

–¿Cómo así?

–Con una gran contención de espíritu y un firme poder sobre la materia orgánica, si usted logra, lo que no es posible, refugiar el fluido vital en las vértebras cervicales de la caja huesosa del cráneo, puesto que la cuerda no estrecha el cuello; es claro que es muy fácil entonces distribuir ese fluido en la economía general del individuo y restablecer todas las funciones animales. Esto está probado.

–¿Naturalmente será preciso descolgarlo?

–Sin duda.

–¿Ha hecho usted el experimento, doctor? –preguntó Heecks.

–Yo no, lo siento –contestó MacIllary–; pero yo no soy de una constitución fuerte y conozco que no tengo una gran fuerza de voluntad.

–¡Qué lástima, doctor! Usted hubiera podido decirme qué se debía hacer y yo habría hecho el ensayo. Porque sea dicho entre nosotros, la muerte no me hace maldita la gracia y no me pesaría de no ofrecerle aún tan seriamente la mano.

–Se lo repito a usted mi buen amigo, porque está escrito; una gran fuerza de espíritu y un poder decidido de voluntad hacen subir el fluido vital a las…

–Sí, sí, lo he comprendido bien y lo ensayaré.

–Pero ¿qué hace usted, desgraciado? –interrumpió el reverendo Rowells, pastor de las prisiones que asistía a Heecks como consolador–; Dios me lo perdone, pero su temperamento le arrastrará a las más sanguinarias pasiones. ¿Por qué, hijo mío, si está usted preparado a morir santamente, no se resigna con su suerte? Láncese usted a los pies del Padre Eterno que al sacarlo de este valle de lágrimas le promete la bienaventuranza.

–Usted tiene razón, reverendo pastor, pero se me figura que no he tenido tiempo suficiente para pensar bien en mis execrables crímenes y algunos años más de vida no me vendrían mal.

El reverendo alzó los ojos al cielo, dando muestras de compasión.

–Oiga usted –dijo Heecks, dirigiéndose a mí–; ¿me promete usted hacer todo lo posible por volverme a la vida después de mi ejecución? Yo creo, hablando formalmente, que voy a morir y que para mí todo acabó; por consiguiente, la súplica de un moribundo es sagrada ¿me lo promete?

Aunque nuestras creencias se habían debilitado mucho, le prometimos todo lo que quiso para consolar su alma inquieta y atemorizada. Entre tanto, llegaba el momento de cumplirse la justicia humana hasta que empezase la de Dios.

 

III

Todo el pueblo se desbordó para presenciar la ejecución; ciudades, cabañas y despoblados, caminos, todos se dieron cita en Bellocs Island, y ríos y caminos estaban cubiertos de curiosos. Como prueba de la excitación que produjo este suceso, copiamos el siguiente aviso que se leía en grandes letras, en todas las esquinas: “¡Gran espectáculo! El vapor Massachussets de la compañía general saldrá en “train de plaisir” para asistir a la ejecución del famoso bandido y pirata Alberto G. Heecks que tendrá lugar el trece de julio actual. La cocina de a bordo hace tiempo que es conocida y apreciada; habrá una orquesta sobre cubierta para distraer el fastidio del viaje”.

La horca se había levantado en el patio de la prisión al nivel de las murallas, de manera que el horrible aparato dominaba la multitud que era inmensa y compacta y esperaba con ansiedad.

Un redoble de tambor anunció que el reo iba a salir de su prisión y que la sentencia se iba a ejecutar. Un silencio glacial sucedió a los diálogos insultantes que se habían oído en el pueblo.

El estrado se cubrió de jueces de gran gala.

Alberto Guillermo Heecks apareció rodeado por los verdugos, con las manos atadas por la espalda. A su vista se levantó un clamor de todas partes, inmenso de maldiciones. Alberto paseó su mirada serena e impasible sobre la turba mientras el redoble del tambor imponía silencio y el sheriff leía en alta voz la sentencia. La sangre fría de Heecks no le abandonó un instante durante esta escena.

Concluida la lectura, los ejecutores se acercaron al condenado. ¡Abajo los sombreros!, gritaron varios.

–Bien hecho –contestó Heecks–; debéis saludarme con el sombrero que bien pronto he de saludar yo con la cabeza.

El fatal nudo corredizo estaba ya en el cuello de Heecks y en menos tiempo que el que se necesita para escribirlo, una trampa se abrió bajo sus pies y el cuerpo se balanceó en el aire; la cabeza cubierta con el gorro fatal, cayó sobre el pecho, el cuerpo dio una vuelta y todo cesó.

Pero salvo este movimiento, ninguna crispadura ni gesto alguno indicaron que Heecks hubiese sufrido una larga agonía.

Trece minutos después, el médico de las prisiones se acercó al cadáver, lo pulsó, aplicó el oído sobre el corazón y dijo con voz reposada y grave:

–Este hombre está muerto.

A estas palabras la turba se dispersó y no quedamos en la horca más que los doctores J. P. Belt, Henry D. O’Reilly y yo.

El doctor Belt envolvió el cadáver en cubiertas calientes de lana y así fue transportado cuidadosamente a Brooklyn a la casa del doctor O’Reilly donde ya le esperaban el doctor Chrane y MacIllary, de Nueva York, pues el doctor Carnagan no pudo estar presente en el experimento por haber enfermado de repente, pero en cambio nos mandaba una carta llena de juiciosas observaciones y donde había prodigado todos los tesoros de la ciencia para ayudar a los experimentadores.

 

IV

El cadáver de Heecks fue acostado de espaldas con las mismas cubiertas sobre una mesa que servía para operaciones quirúrgicas.

Tenía en la cara una ligera contracción de los músculos cigomáticos, y la piel estaba seca y ligeramente resistente, pero sin la rigidez ni el frío glacial de la muerte. Sin embargo, ni el pulso ni el corazón dieron señal alguna perceptible al estetoscopio.

Un ligero movimiento de presión sobre el abdomen y la insuflación del aire por la boca no dieron ningún resultado; siempre la misma insensibilidad, pero también el mismo calor en la epidermis.

Un corte de lanceta en la sangría del brazo izquierdo y otro en la arteria temporal no produjeron más que una gotita de sangre pero no gelatinosa, y por consiguiente, en las mejores condiciones.

Habíamos preparado un baño electromagnético según el modelo y fórmulas del doctor Vergnes y contábamos mucho con el empleo del agente eléctrico.

Colocado cuidadosamente en el baño electroquímico se le hicieron incisiones en la laringe y en las sienes, y aplicamos armadores a los nervios correspondientes, haciendo funcionar la pila, primero parcialmente y con método, y aumentando después la intensidad que repetimos de rato en rato en las descargas.

Empezaron entonces sobresaltos convulsivos y movimientos puramente automáticos; entonces distribuimos los ácidos en grandes dosis.

Después de treinta y una descargas vimos que la sangre se iba liquidando más y más y tomando el tinte rojo que le es propio. El doctor Chrane que había presenciado el experimento sin operar, exclamó entonces:

–Ese hombre vive.

Y precipitándose sobre el cuerpo practicó con la habilidad que le distingue una operación traqueotómica, e introduciendo en seguida un tubo de plata en la herida por medio de la máquina neumática, introdujo el aire en los pulmones que empezaron a funcionar.

El milagro se cumplía. Hacía ya dos horas que habían comenzado los experimentos; estábamos anhelantes y aunque eran aún muy débiles los síntomas de la vuelta de la circulación, nos sentimos animados y nuestro celo en continuar nuestra tarea fue más ardiente.

Se aplicó un cauterio activo al pie derecho que hizo contraer en el acto la pierna, y la misma aplicación practicada detrás de la oreja derecha sin afectar la yugular, hizo volver la cabeza al reo con un movimiento semejante al que ejecutaría uno que quisiese hacer una muda protesta; los músculos faciales se contrajeron con gestos muy desagradables a la vista y como si el paciente sufriese dolores agudos.

Desde este momento estábamos seguros del éxito de nuestra operación porque los ojos se abrieron y la boca exhaló un sonido ronco e inarticulado.

El órgano visual izquierdo estaba casi perdido porque el nudo de la cuerda afectó los nervios orbitarios de ese ojo, y entonces notamos la parálisis casi total de ese lado del cuerpo. Pero ya no era un cadáver.

El sentimiento real de la vida y la conciencia de sí mismo fueron tardías en producirse en Heecks, quien por otra parte no podía hablar a causa de las lesiones de la laringe.

Su cara y el único ojo que le quedaba se abría y se cerraba alternativamente expresando una estupefacción que casi llegaba al idiotismo. Sin embargo, tenía vida aunque fuese la vida puramente animal.

Pronto se encontró en estado de ser transportado y fue conducido a Ponghkeepsie donde vivía su hermano.

 

V

Heecks, como lo habíamos previsto, permaneció muchos días en estado vegetativo y sin conciencia alguna de sí mismo, teniendo perdido casi el sentimiento moral. Las heridas, sin embargo, empezaban a cicatrizarse y desaparecía poco a poco el sacudimiento que había recibido su constitución: al fin pudo expresar su pensamiento.

Quiero repetir literalmente su primera conversación para que se vea la incoherencia de sus ideas. Sus primeras palabras aún balbucientes fueron estas:

–Contención de espíritu… fuerza de voluntad… cerebro… ¡el diablo! El cuerpo de un hombre pesa enormemente en su cabeza cuando tiene una cuerda en el pescuezo. Esto es todo lo que puedo decir.

–Heecks –le dije acercándome con presteza–, ¿cómo se siente usted?

Abrió desmesuradamente el único ojo que le quedaba como un hombre que despierta de un profundo letargo y me vio con espanto. Su mirada se fijó casualmente en un espejo y exclamó:

–¿Soy yo el que está allá? ¡En qué estado me encuentro! Estoy horroroso. ¿Es esto lo que ustedes han hecho?

–No, nosotros lo hemos salvado a usted.

–¡Cómo! ¿Salvado? Ustedes no me han salvado enteramente; yo he sido bien y bonitamente ahorcado.

–Pero… pero esto es precisamente lo que hace la curación más maravillosa. Ya está usted restablecido, que fue lo que nos comprometimos a hacer.

–¿Y a esto llama usted restablecido?, vaya que no es usted difícil: ¿qué han hecho ustedes de mi ojo?

–¡Ay!, hijo mío, fue la cuerda la causa de este desagradable incidente imposible de prever y de evitar. Téngase usted por feliz de salir librado a ese precio.

–¡Dios mío! –continuó tocándose la pierna paralizada y las cicatrices del cuello–; ustedes me han deteriorado y esto no fue lo convenido.

–Reconozca usted, Alberto, que ya empieza usted a ser ingrato.

–Yo no me merezco absolutamente, doctor. ¿Está usted seguro de no haberse equivocado? ¿No han soltado ustedes de la horca a otro mientras me han dejado a mí flotando a todo viento?

Ese día no quise continuar la conversación y en la mañana siguiente, después de un reposo saludable, Heecks despertó tranquilo y con el aspecto más sereno.

–Doctor –me dijo–, ¿sabe usted una cosa? Creo que he hecho un mal negocio y que el reverendo Rowells tenía razón y hubieran hecho ustedes mejor en dejarme donde estaba.

–¿Habla usted seriamente?

–Palabra de honor; a fe de hombre de bien.

–¿De manera que estaba usted a su gusto en la horca?

–Seguro y conforme.

–¿Cuáles fueron sus impresiones? Ahora puede usted decirme la verdad, pero la verdad pura.

–Pues bien, la idea del suplicio no me hacía mucha gracia y fue muy mal de mi grado y haciendo de tripas corazón, que me presenté delante de ese pueblo que me aclamaba como un rey. Las palabras que uno oye le estrechan la garganta y en aquel momento no hay valor sino una especie de locura; pasan delante de la vista fantasmas y hay un vértigo completo. Si en aquel momento pudiera uno exterminar jueces, verdugos y público no se haría más que una carnicería; pero como no se puede y luego andan tan aprisa…

–¿Pero la sensación del cáñamo en el cuello?

–¡Horriblemente desagradable! Cuando se abrió la trampa bajo mis pies y me lancé en el espacio comprendí que estaba perdido; una presión atroz me estrechó la garganta y oí como un crujido de cerebro, quise gritar pero me fue imposible. Entonces sentí una masa de sangre de un rojo ardiente saltar de las extremidades como revolviéndose en sí misma y queriendo romper su estrecha prisión: todas esas moléculas parecían extraviadas y que querían saltar, torcerse y sufrir; yo vi después el color de fuego ennegrecerse al espesarse. Este segundo es espantoso y dura siglos. A esta primera sensación suceden otras más soportables y que es imposible analizar, pero yo creo que los goces del paraíso de Mahoma no son otra cosa, y puesto que los turcos tienen fe en su profeta estoy seguro de que ellos han inventado la estrangulación; y ya no se admira que reciban de tan buen agrado el cordón con que tan galantemente los obsequia el Gran Señor. Un suavísimo calor recorre todos los miembros, y estremecimientos de éxtasis penetran en los órganos; las visiones más fantásticas, no visiones sino realidades, se presentan a la vista y la felicidad más completa se apodera de uno. Renaciendo sin cesar, parece que uno adquiere incesantemente nuevas fuerzas en fuentes nuevas también, para gozar. ¡Oh!, hablando seriamente, doctor, han hecho ustedes muy mal en sacarme de ese lugar de delicias. Haga usted la prueba, doctor, y conocerá las huríes del paraíso.

–¿Pero, desgraciado, no comprende usted que esos fenómenos son los últimos síntomas de la vida que se va?

–¡Vaya! Bien ve usted que no, pues he vuelto. ¿Quiere usted apostar veinte guineas a que empiezo de nuevo?

–Disparate; yo no se lo aconsejaría a usted jamás, porque no se hacen dos veces las experiencias que hemos practicado en su cadáver.

–¡Demonios! La cosa vale la pena de pensarse. ¿Cree usted que van a hablar mucho de mí?

–Tal vez más de lo necesario.

–Efectivamente y eso sin contar con que nada saben de lo pasado; porque en suma me han procesado, condenado y ahorcado, pero sin saber a punto fijo por qué.

–Verdad es que el asunto no está claro: ¡qué hombre tan singular es usted!

–Nunca ha habido uno igual, y cada cual tiene su amor propio y lo fija en lo que quiere; lo mío es que un misterio impenetrable oculte mi existencia.

–¡Cómo!, ¿y no revelará usted nada, ni aun a mí?

–Para qué diablos, doctor, no me creería usted.

–Sí tal.

–Si le digo a usted la verdad.

–Razón de más.

–Pues bien –me dijo haciéndome acercar a su voz–, yo soy inocente como un niño en el seno de su madre.

–¿Se burla usted de mí? –exclamé dando un salto y casi ofendido en mi dignidad.

–Ya lo ve usted –me contestó riéndose–; lo había previsto que usted no me creería.

–Sí tal, pero con la condición de que hable usted con seriedad.

–Crea usted todo lo que quiera, nada me importa; pero en adelante no volveré a decir una palabra.

En efecto este hombre singular no ha vuelto a pronunciar una letra que ilustre la opinión pública.

 

***

Entre tanto circuló la nueva de la resurrección de Heecks, lo que dio margen a eruditas cuestiones de abogados sobre si había derecho para reclamar como reo de evasión a Heecks, ahorcado por sentencia judicial y salvado por esfuerzos médicos.

He aquí la cuestión.

Si bajo el punto de vista de la ciencia y de la humanidad tras la cual se refugian los profesores acusados J. P. Belt y Henry O’Reilly, tenían derecho para reanimar el principio vital en el cadáver de un reo, tendrían esas mismas personas el derecho bajo el punto de vista del contrato que liga sólidamente a los miembros de un país, para sustraer de un castigo justamente aplicado a un hombre que había pisoteado todas las leyes.

La cuestión está aún por resolverse y este juicio hará época en los anales del foro.

 

***

Un concurso de experiencias felices y que harán el orgullo de la ciencia han vuelto la vida física a Alberto Guillermo Heecks. Que viva si puede como hombre de bien, es lo que nosotros deseamos.

Pero moralmente no podemos menos de exclamar con nuestra conciencia que es un gran miserable y que por fortuna de la humanidad esos tipos de bandidos crueles y feroces se van haciendo raros en el mundo.