miércoles, 20 de julio de 2022

El gran terremoto

Ryunosuke Akutagawa

 

Olía como a albaricoques podridos. Caminando entre las ruinas del incendio, percibió ese tenue olor. También pensó que, extrañamente, el hedor de cadáveres putrefactos bajo el calor del sol no era tan desagradable. Ante el estanque donde habían ido apilando los cadáveres, comprendió que en el ámbito de las sensaciones, la expresión “atroz y truculento” no era exagerada. En especial, lo había impresionado el cadáver de un niño de doce o trece años. Mientras lo miraba, sintió algo parecido a la envidia. Las palabras “Los amados por los dioses, mueren prematuramente” surgieron en su mente. La casa de su hermana, quemada. La de su hermano adoptivo, también. Sin embargo, su cuñado, en libertad provisional por haber cometido perjurio…

“Ojalá se mueran todos”.

Fue todo lo que se le ocurrió pensar mientras permanecía inmóvil y de pie ante las ruinas de los incendios que siguieron al terremoto.

 

La sibila

Silvina Ocampo

 

Las herramientas de trabajo están en la sala del comisario: un reloj pulsera de oro, los guantes, un alambre, una caja de madera con llaves, la linterna, las tenazas, el destornillador y una valijita (para parecer más serio llevo siempre una valijita). ¿Armas? Nunca las quise. ¿Para qué me sirven las manos?, digo yo. Son garras de fierro; si no estrangulan, dan puñetazos como Dios manda.

Solía desanimarme últimamente. Hay mucha competencia y pobreza. ¡Quién no lo sabe! La vida de un carnicero es menos sacrificada que la nuestra. De noche, no tenía a veces ganas de salir, y rondar por las manzanas para conocer un barrio determinado de Buenos Aires, o una casa; era francamente aburrido. Del Barrio Norte me gusta Palermo porque tiene fuentes y lagos, donde uno bebe y se lava las uñas de algunos dedos; del barrio Sur, Constitución, sin duda porque allí conocí a mis compañeros en la escalera mecánica subiendo y bajando, bajando y subiendo, entregados a nuestras ocupaciones. Me sentaba en las plazas, comiendo naranjas o pan, salame cuando tenía suerte, o queso fresco. A veces, los transeúntes me miraban como si vieran algo raro en mí. No llevo barba larga hasta el ombligo, ni llevo los dedos de los pies al aire, ni tengo lunares grandes entre las cejas, ni dientes de oro. Los otros días le pregunté a uno: “¿Tengo monos en la cara?”, olvidando mi responsabilidad, mi edad, mi situación. Tal vez mi pantalón de paño azul sea llamativo, porque lleva, en lugar de botones en la bragueta, cierre relámpago: todo lo que uno hace por no llamar la atención, llama la atención. ¡Qué le vamos a hacer! Si me deslizo como un gusano, todo el mundo se fija en cómo camino. Si me visto como un puerco, del color de los árboles o de las paredes o de la tierra, todo el mundo se fija en mi vestimenta. Si trato de no elevar la voz ¡Dios me libre!, todo el mundo estira la oreja para oírme. Comer helados me resulta imposible. Las chicas me miran y se codean. A veces ser simpático a las mujeres no es agradable; tengo que oír macanas todo el día. Felizmente que de una oreja no oigo nada. Quedé sordo a los dieciséis años. Me perforaron el tímpano con una astilla. Vivíamos con mis padres en Punta Chica, en una casa sobre pilotes. Mi padre, que es malhumorado, y mis hermanos, que son cascarrabias, una noche que en broma les puse bagres en las camas, se envalentonaron, me acostaron en el piso, y mientras unos me sujetaban, otro me clavó la astilla adentro de la oreja. Después, naturalmente, para que yo no hablara, me metieron en una bolsa que tiraron al río. Los vecinos me salvaron. Me pareció raro. Luego supe que lo hicieron para hacerme hablar. ¡Hay de curiosos! Todo el mundo me odia, salvo las mujeres; sin embargo, la señorita Rómula, que vive en el almacén, porque un día maté un gato de un cascotazo en la puerta de su cuarto, me interpeló.

–Mal educado –me dijo–, ¿no puede hacer esas cosas en otra parte?

¿Qué podían molestarle unas gotas de sangre en el piso? Se limpian en dos segundos. Nunca me perdonó. Es una haragana, eso es lo que es. Cuando me emplearon en la farmacia Firpo, ya la gente comenzó a mirarme como a un tipo que llama la atención. “Cachaciento” me llamaban cuando corría, “Tren expreso” cuando me demoraba, “Roñitis” cuando me había bañado, “Palmolive” cuando no me bañaba. Pero lo que más me indignó fue cuando me llamaron “Pizza”, injustamente, porque me vieron comiendo, mientras repartía las mercaderías, un trozo de torta pascualina que me regaló Susana Plombis, para llevar en el bolsillo, cuando tuviera hambre, sobre mi bicicleta.

Fue en aquella época cuando conocí los interiores de muchas casas. Ninguna me impresionó como la de Aníbal Celino; sería porque entré por la puerta principal. En las otras casas me tocaba entrar por la cocina. Guardo algunas cucharitas, algunos saleritos de plata, que sustraje de los cajones mientras las sirvientas buscaban dinero para pagar la cuenta, y que no me sirvieron para nada. La casa de Aníbal Celino era un palacio, ni más ni menos. La primera vez que me mandaron allí con un paquete de la farmacia Firpo, la puerta de servicio me pareció la principal y corrí en busca de la otra, creyendo que era la de servicio, porque estaba sucia. Conozco bien las casas de hoy. Casa muy lujosa, casa sucia. La puerta estaba cerrada y se abrió cuando moví el llamador, que era un león de bronce masticando un aro, también de bronce. Entré en la casa y no vi a nadie. Volví a salir y vi en el jardín las pelucas despeinadas de las palmeras. ¡Qué árboles! Ni a un perro le gustarían. Volví a entrar: no había nadie. La puerta se abrió sola. En seguida tropecé con la escalera de mármol que tenía una balaustrada lustrosa, como el león de la puerta. Di unos pasos y entré en una sala enorme, llena de vitrinas; aquello era una tienda o una iglesia. Por todas partes se veían estatuas, bomboneras, miniaturas, collares, abanicos, relicarios, muñequitos. Ya adentro de mi mano, porque soy distraído, vi una bombonera de oro con turquesas; la guardé en mi bolsillo; después guardé una estatuita que brillaba, sobre una mesa, en el otro bolsillo (mis bolsillos tienen doble fondo, por si acaso. Rosaura Pansi se ocupa de forrarlos. Le hago muchos regalos y la pobrecita es agradecida hasta decir basta). Cuando salí del salón oí un ruidito como de laucha, en la escalera. Se me detuvo el corazón, porque vi a una niña de poquísimos años, sentada sobre el último escalón, mirándome con cara de gitana. Me dio risa.

–Aquí traigo un paquete de la farmacia Firpo –le dije.

–¡Qué lástima! –me contestó–. Entonces usted no es el Señor.

–¿Que yo no soy ningún señor? ¿Qué soy, entonces? Traigo un frasco de alcohol, magnesia y polvos de arroz –dije, leyendo la boleta.

–Esta no es la puerta de servicio. Salga –dijo, arrancándome de las manos la boleta y mirándola–. Vaya hasta la esquina. Allí lo atenderán.

Me hubiera gustado estrangular a esa nena; era blanca y suave como un ángel de porcelana que una vez vi en el escaparate de una santería.

–¿No son todas las puertas iguales?

–Todas –respondió–, salvo la del cielo.

–¿Y entonces, por qué no recibe el paquete y lo paga?

–Porque no tengo plata para pagar cuentas. Tengo plata para regalar o perder.

–¿Regalar a quién?

–Regalar a cualquiera que no sea de mi familia ni de mis amistades.

–¿Perder cómo?

–¿Perder? De mil maneras.

Del bolsillo de su delantal sacó un monedero con plata, puso las monedas en fila sobre el escalón.

–Las monedas se pierden jugando para tirar a la suerte –me dijo–, en las fuentes o en cualquier parte, la cuestión es que se pierden. ¿Para qué sirven?

Me pareció un poco menos repelente y le dije:

–Adiós, Micifus.

–Me llamo Aurora —contestó con voz autoritaria.

–¿Qué culpa tengo yo si tiene ojos de gato? ¿Se enoja?

No me contestó y subió saltando la escalera.

Durante mucho tiempo no volví a ver a Aurora, por más que fuera de vez en cuando a la casa, a llevar mercaderías.

Cuando me despidieron de la farmacia Firpo, conocí a Cuchillito y a Torno. Nos entendíamos, no puedo decir como hermanos, dada la trifulca que tuve con los míos; nos entendíamos como amigos inseparables, eso quiere decir que a veces no nos mirábamos la cara delante de la gente sin reírnos como locos. La verdad es que todo era una diversión. No tardé en hablarles de la casa de Aníbal Celino y de Aurora, al pasar por la calle Canning. Les enumeré los objetos que yo había visto allí. ¡Fue un verdadero inventario! porque ninguna de las riquezas del palacio había pasado inadvertidas para mí. Cuchillito me miró sin ánimo:

–¡Cuánto cachivache! ¿Y para qué los queremos? –dijo.

Pero a Torno, que es más entendido, se le iluminaron los ojos y susurró, con esa voz que sonaba como un silbido en la noche:

–A cualquier hora, entraremos esta semana.

Comimos cada uno ocho helados y entramos en el Jardín Zoológico, a mirar los monos. El sol pelaba. Nos detuvimos a oír la musiquita de la calesita, porque a Torno le gusta cualquier musiquita. No es extraño: el padre tocaba el bandoneón. Planeaba, como pensando en otra cosa, el asalto.

Durante varios días, como era nuestra costumbre, anduvimos vagando por el barrio, donde queda la casa. Un día entero estuve sentado sobre los restos del paredón roto de un baldío viendo el movimiento de la gente que salía y entraba. No había vigilante en la esquina, por suerte. El único peligro, tal vez, era el silencio de esa manzana. El calor me obligó a quitarme la camisa: nadie me dijo nada, porque sudar vuelve distraída a la gente.

Por fin llegó la noche esperada. Yo tenía que entrar primero en la casa, porque la conocía y porque soy menos nervioso. Cuchillito y Torno quedarían afuera, escondidos detrás de las plantas, con una bolsa vacía, donde pondríamos los objetos adquiridos. Yo tenía que avisarles, con un chistido de lechuza, si convenía que ellos entraran. Comimos aquella noche a las mil maravillas, con vino tinto, y grapa al final. Nos costó cara la fiesta.

Después de algunas discusiones sobre la hora conveniente para entrar en la casa de Aníbal Celino, consultando el reloj cada cuarto de hora, nos encaminamos hacia la calle Canning y nos detuvimos frente al jardín de nuestra casa, como si nos hubiésemos perdido. Bruscamente Cuchillito y Torno saltaron la verja del jardín y se escondieron entre unas plantas. Yo me guarecí en la oscuridad de la entrada, con la ganzúa ya en la mano. La cara brillante del león que mascaba el aro me distrajo un instante de mi tarea; se abrió de improviso la puerta. Retrocedí de un salto y me escondí entre las plantas, pero la puerta permaneció abierta. Durante un tiempo larguísimo un reloj dio las horas con variadísimas campanadas, luego el cuarto y luego la media hora. Esperé, arañándome el tobillo, con una maldita rama, que algo sucediera. Nada sucedió; silencio tras silencio, carcomiéndome los ojos de sueño, hormigas subiéndome por las piernas hasta el ombligo. Esperé otro cuarto de hora y me acerqué a la puerta que permanecía abierta. Entré en la casa y encendí la linterna. Hice girar el redondel de luz a mi alrededor y lo detuve sobre la escalera: en uno de los escalones estaba sentada Aurora. Creo que fue la primera vez en mi vida que me asusté: parecía una verdadera enana, porque llevaba puesto un camisón largo y el pelo recogido en la punta de la cabeza. Como si me hubiera esperado, se me acercó y me dijo al oído:

–Usted es el Señor. Hace mucho que lo espero.

Empecé a temblar y le pregunté en secreto:

–¿A quién espera?

Entonces, como si no escuchara lo que yo le estaba diciendo, me dijo agitando una de sus patas que parecía de gato que se limpia la cara:

–Clotilde Ifrán me espera.

–¿Quién es Clotilde Ifrán? ¿Dónde está?

–Está en el cielo. Es una adivina que me leyó las manos. Cuando murió estaba acostada en una cama preciosa, en su tienda. Era corsetera. Hacía fajas y corpiños para señoras y tenía los cajones de su cuarto llenos de cintas celestes y rosadas, elásticos y broches, botones y encajes por todas partes. Cuando yo iba a su casa con mamá y la esperaba, me dejaba jugar con todo y a veces, cuando yo no iba al colegio, y mamá iba al teatro o Dios sabe dónde, me dejaba en la casa de Clotilde Ifrán, para que ella me cuidara. Y entonces sí que me divertía. No sólo me daba bombones y me dejaba jugar con las agujas, con las tijeras y con las cintas, sino que me leía las manos y me tiraba las cartas. Un día, que estaba echada sobre la cama, pálida como un susto, me dijo: “El Señor vendrá a buscarme, también vendrá por ti: y entonces nos encontraremos en el cielo”. “¿Y nos divertiremos como nos divertimos acá?”, le pregunté. “Mucho más, me respondió; porque el Señor es muy bueno.” “¿Y cuándo vendrá a buscarme?” “No sé ni cuándo ni cómo, pero luego echaré las cartas para saberlo”, me respondió. Al día siguiente unos enormes caballos negros la llevaron a la Chacarita en un coche lleno de adornos negros, con flores y no la vi más, ni en sueños. Usted es el Señor del que ella siempre me hablaba, para el cual no había puertas. Usted quiso probar mi lealtad, ¿no es cierto?, cuando trajo aquel paquete de la farmacia Firpo. Usted es el Señor, porque tiene barba crecida.

–He de ser, si usted lo dice.

–Un Señor, al cual tenemos que dar todo lo que tenemos.

–Llevaremos cosas brillantes y bonitas, ¿no es cierto?

–Pondremos todo adentro de una canastita de picnic. Espéreme.

Aurora volvió con una canastita. Entramos en la sala. Aurora se subió a una silla y de arriba de un mueble buscó una llavecita. Abrió la vitrina y fue sacando objetos que iba mostrándome. Cuando la canastita estuvo llena, cerró la vitrina con llave.

–Ya está –dijo Aurora.

En ese momento Aurora elevó la voz. Con temor dije:

–Tenga cuidado. No haga ruido.

–Mamá toma píldoras para dormir y a papá no lo despierta ni un trueno. ¿Quiere que le eche las cartas? Haré con usted lo que Clotilde Ifrán hizo conmigo. ¿Quiere?

De un salto bajó la escalera y me trajo un mazo de naipes; se sentó en uno de los escalones.

–Así echaba las cartas Clotilde Ifrán.

Aurora mezcló las cartas, las colocó en fila, una por una, sobre tres de los escalones. El vaivén de sus manos empezó a marearme. (Temí dormir: es el peligro de mi tranquilidad.) Le propuse que fuéramos a la sala, pensando en los objetos que yo tenía que recolectar, pero no me escuchó; con su voz autoritaria, empezó a enseñarme el significado de las cartas.

–Este rey de espadas, con la cara muy seria, es un enemigo suyo. Lo está esperando afuera; van a matarlo. Este caballo de espadas, también lo está esperando. ¿Usted no oye los ruidos que vienen de la calle? ¿No oye los pasos, que van acercándose? Es difícil esconderse en la noche. Porque en la noche todos los ruidos se oyen y la luz de la luna es como la luz de la conciencia. Y las plantas. ¿Usted cree que las plantas pueden ayudarlo a uno? Son nuestras enemigas, a veces, cuando llega la policía, con las armas desenvainadas. Por eso Clotilde Ifrán quería llevarme con ella. Hay muchos peligros.

Quería irme, pero un sopor como el que siento después de haber comido, me detuvo. ¿Qué pensaría Torno, el jefe? Como un borracho me acerqué a la puerta y la entreabrí. Alguien hizo fuego; caí al suelo como un muerto y no supe más nada.

 

¿Tú crees, acaso, abuela, que voy a morir?

Juan Malpartida

 

Está creciendo abuela, como un tumor de papera, y siento que se mueve más cada día.

Dejó que la abuela le pasase las manos por los cabellos y le echase una mirada lacrimosa, con sus ojitos de conejo.

¿Tú crees acaso, abuela que me voy a morir? La abuela le dijo que ya estaba asada la papa, que le alcanzara la coronta, para raspar las partes quemadas, que ayer por la tarde se despeñó borracho tu tío Ishico, ¿qué no sabias? Que todo el pueblo estuvo enterado, que había muerto, dijeron al principio, que no, porque los malos tienen que mascar el agua de viejos, que la chinita lo encontró a eso de las siete, ¡que santo Dios que no estuviera muerto!

¿Abuela, acaso crees que me voy a morir? La abuela buscó para sus ojos un refugio y jugó aplastando sus dedos arrugados, hasta que los perros dieron tres vueltas a su rabo y, de oreja, se echaron a dormir.

Ay niña, ay niñacha, quien pues mierda, te habrá dejado un hijo que tendrá sus ojitos oscuritos como los pushpos, es que madre vas a ser pues niña, vas a parir como las vacas, a darle de comer de tu chichi, madre de doce años vas a ser, y no te vas a morir, sólo vas a llorar un poquito, vas a pujar como si fuera una bolita de caca estreñida, y allí sabrás si tu guagua es mujer o es hombrecito, y le pondrás un nombre, para que puedas llamarlo cuando esté yendo por el camino, aprenderás a lavar pañalitos y le limpiarás su culito con hojitas de plátano, y le dirás guagüita linda, y jugarás con sus patitas llevándotelas a tu boca, y cuando venga el cura lo bautizaremos, y será su padrino el Gumercindo; no te vas a morir niña, niñacha, aquí está tu abuela, y ningún mierda te dirá que tu abuela está mintiendo carajo.

 

La injusticia

Slawomir Mrozek

 

He leído en el periódico una noticia que me ha indignado.

Se trata de los elefantes. Amenazados por la civilización moderna, pronto se extinguirán por completo si no se les protege. Precisamente, acaban de ser aprobadas medidas en este sentido y eso es lo que me ha indignado.

Y es que ¿acaso hay que proteger a los elefantes? Siendo el elefante un animal prehistórico, hijo del mamut, ¿no es el símbolo del retroceso? ¿Acaso la misma palabra “mamut” no nos incita a una risa paternalista, cuando no desdeñosa, frente a alguien o algo que se obstina en las viejas costumbres y se resiste al cambio, o sea, al progreso, hasta que es castigado merecidamente y se convierte en un fósil? Si el elefante no está a gusto en nuestra civilización, que se extinga. ¿Por qué otros animales, la chinche por ejemplo, se adaptan y el elefante no? ¿Es que se considera mejor?

¿Y por qué precisamente el elefante? ¿Acaso no hay otras especies en vías de extinción? Nadie se preocupa de ellas, porque sólo se habla de los elefantes. ¿Por qué, si se puede saber, el elefante merece un trato especial y los demás no? ¿Será porque tiene un primo en el circo y un cuñado en el zoológico? ¿Se lo han facilitado ellos a niveles superiores? ¿Contactos? ¿O tal vez los judíos han metido mano en el asunto? Quién sabe si en verdad este mastodonte no es un mastodonte… ¿Los masones?

Cada vez más indignado, estaba a punto de protestar públicamente, cuando se me ha ocurrido una idea mejor.

Voy a hacerme un par de orejas de algún material duradero, preferiblemente de nailon, me pillaré alguna trompa y me iré a África a unirme a los elefantes. Tal vez no se den cuenta de que voy disfrazado y me acepten como a uno de ellos. Y aunque se den cuenta, tal vez lo entiendan.

A ver si de esta manera sobrevivo.

 

Adrienne Buquet

Anatole France

 

Cuando estábamos terminando de cenar en el restaurante Laboullée me dijo:

–Lo admito, todos esos hechos relacionados con un estado aún mal definido del organismo como doble visión, sugestión a distancia o presentimientos verídicos, la mayor parte del tiempo no son constatados de una manera suficientemente rigurosa como para satisfacer todas las exigencias de la crítica científica. Casi todos se basan en testimonios que, aunque sinceros, dejan subsistir algo de incertidumbre acerca de la naturaleza del fenómeno. Esos hechos están aún mal definidos, lo admito. Pero su posibilidad ya no plantea dudas para mí desde el momento en que yo mismo he constatado uno. Por pura casualidad, pude reunir todos los elementos de observación. Puedes creerme cuando te digo que he procedido metódicamente y he puesto cuidado en evitar cualquier causa de error. –Mientras articulaba estas frases, el joven doctor Laboullée golpeaba con las dos manos su pecho hundido, atiborrado de folletos y, por encima de la mesa, acercaba hacia mí su cráneo agresivo y calvo–. Sí, querido amigo, –añadió– por una suerte única, uno de esos fenómenos clasificados por Myers y Podmore bajo la denominación de “fantasmas de vivos”, se desarrolló en todas sus fases ante los ojos de un hombre de ciencia. Lo constaté todo, lo anoté todo.

–Te escucho.

–Los hechos –continuó Laboullée– se remontan al verano de 1891. Mi amigo Paul Buquet, del que te he hablado con frecuencia, vivía entonces con su esposa en un pequeño apartamento de la calle de Grenelle, frente a la fuente. ¿Conoces a Buquet?

–Lo he visto dos o tres veces. Es un chico grueso, con una barba hasta los ojos. Su mujer es morena, pálida, de grandes facciones y grandes ojos grises.

–Eso es: un temperamento bilioso y nervioso, bastante bien equilibrado. Pero en una mujer que vive en París, los nervios ganan ventaja y… ¡a hacer puñetas!… ¿Has visto alguna vez a Adrienne?

–La encontré una tarde en la calle de la Paz, detenida con su marido delante de una joyería, con la mirada encendida contemplando unos zafiros. Me pareció una mujer hermosa y asombrosamente elegante para ser la esposa de un pobre diablo sumergido en los sótanos de la química industrial. ¿Buquet no había triunfado en la vida?

–Buquet trabajaba desde hacía cinco años en la casa Jacob, que vende productos y aparatos para la fotografía en el bulevar Magenta. Esperaba ser socio de un día a otro. Sin ganar millones, su posición no era mala. Y tenía futuro. Era un hombre paciente, sencillo, trabajador. Había nacido para triunfar a largo plazo. Mientras tanto, su mujer no era una carga para él. Como auténtica parisina, sabía ingeniárselas y a cada instante encontraba buenas ocasiones para comprar ropa interior, vestidos, encajes, joyas. Sorprendía a su marido por el arte que tenía para vestirse maravillosamente por casi nada, y Paul se sentía feliz de verla siempre tan bien vestida con ropas elegantes. Pero esto carece de interés.

–Esto me interesa mucho, mi querido Laboullée.

–En todo caso, esta charla nos aleja de nuestro objetivo. Como sabes, yo fui compañero de estudios de Paul Buquet. Nos conocimos en la clase de seconde en el instituto Louis–le–Grand y no habíamos dejado de relacionarnos cuando, a los veintiséis años y sin posición, se casó por amor con Adrienne y, como él decía, con lo puesto. Este matrimonio no interrumpió nuestra amistad. Al contrario, Adrienne me aceptó con simpatía y cenaba frecuentemente con la joven pareja. Como sabes, soy el médico del actor Laroche; tengo buena relación con los artistas que, de vez en cuando, me regalan entradas. A Adrienne y a su marido les gustaba mucho el teatro. Cuando tenía un palco para la noche, iba a cenar con ellos y luego los llevaba a la Comédie–Française. Estaba siempre seguro de encontrar en el momento de la cena a Buquet –que regresaba normalmente a las seis y media de la fábrica–, a su esposa y al amigo Géraud.

–¿Géraud? –pregunté– ¿Marcel Géraud, el empleado de banca que llevaba siempre unas corbatas tan bonitas?

–Sí, el mismo, que era amigo de la casa. Como estaba soltero y era un invitado amable, cenaba allí a diario. Les llevaba bogavantes, patés y todo tipo de golosinas. Era gracioso, amable y hablaba poco. Buquet no podía estar sin él, y nos lo llevábamos también al teatro.

–¿Qué edad tenía?

–¿Géraud? No sé. Entre treinta y cuarenta años… Un día en que Laroche me había regalado un palco, fui como de costumbre a casa de los amigos Buquet, en la calle Grenelle. Iba un poco retrasado y cuando llegué la cena estaba servida. Paul decía que tenía mucha hambre, pero Adrienne no se decidía a sentarse a la mesa porque Géraud no había llegado aún.

–Amigos míos –dije– tengo un palco para el Français. Se representa Denise.

–¡Vamos! –dijo Buquet– Cenemos rápido e intentemos no perdernos el primer acto.

La criada sirvió la cena. Adrienne parecía preocupada y se veía que con cada cucharada de sopa se le levantaba el estómago. Buquet tragaba ruidosamente los fideos cuyos hilos pegados al bigote recuperaba con la lengua.

–Las mujeres son extraordinarias –dijo–. Imagina, Laboullée, que Adrienne está preocupada porque Géraud no ha venido a cenar esta noche. Se está montando mil ideas en la cabeza. Dile que es absurdo. Géraud puede haber tenido algún impedimento. Tiene sus asuntos. Es soltero; no tiene que darle cuentas a nadie de lo que hace con su tiempo. Lo extraño, por el contrario, es que nos dedique casi todas las veladas. Es muy amable por su parte. Pero es justo que le dejemos un poco de libertad. Yo tengo por costumbre no inquietarme por lo que hacen mis amigos. Pero las mujeres son distintas.

La señora Buquet respondió con voz alterada:

–No estoy tranquila. Temo que le haya ocurrido algo malo al señor Géraud.

Mientras tanto Buquet activaba la cena.

–¡Sophie! –le gritaba a la criada– ¡la carne, la ensalada, el queso, el café!

Observé que la señora Buquet no había comido nada.

–Vamos –le dijo su marido– ve a vestirte. Anda, no nos hagas perder el primer acto. Una obra de Dumas no es como esas operetas en las que basta con escuchar un aria o dos. Es una sucesión lógica de deducciones de la que no hay que perderse nada. Anda, querida. Yo sólo tengo que ponerme la levita.

Ella se levantó y se marchó a su habitación a paso lento y como a regañadientes. Su marido y yo tomamos el café mientras fumábamos un cigarrillo.

–Me siento algo contrariado porque el bueno de Géraud no haya venido esta noche –me dijo Paul–. Le habría gustado ver Denise. Pero, ¿puedes creer que Adrienne se atormente por su ausencia? De nada sirve intentar hacerle comprender que este excelente chico puede tener asuntos que no nos cuenta, ¿quién sabe? tal vez asuntos de mujeres. Pero Adrienne no comprende. Pásame un cigarrillo.

En el momento preciso en que le tendía mi pitillera oímos salir de la habitación contigua un prolongado grito de terror seguido del ruido de una caída pesada y desmadejada.

–¡Adrienne! –exclamó Buquet.

Y salió corriendo hacia el dormitorio. Yo le seguí. Encontramos a Adrienne tendida en el suelo, con la cara pálida y los ojos vueltos, inmóvil. No presentaba ningún síntoma de estado epiléptico o similar. No tenía espuma en los labios. Tenía los miembros tendidos, pero sin rigidez. El pulso era irregular y corto. Ayudé a su marido a ponerla en un sillón. La circulación se restableció casi de inmediato y su tez, normalmente de un blanco mate, se inundó de rosa.

–¡Ahí! –dijo señalando el espejo del armario– ¡ahí! Lo he visto ahí. Cuando estaba abrochándome el corpiño, lo he visto en el espejo. Me di la vuelta creyendo que se encontraba detrás de mí. Pero al no ver a nadie, lo he comprendido y me he desmayado.

Mientras tanto indagué si la caída le había producido alguna lesión pero no encontré ninguna. Buquet le hacía beber agua de melisa con azúcar.

–Vamos, querida –le decía– reponte. ¿Qué diablos te ocurre? ¿Qué dices?

Ella palideció de nuevo.

–¡Oh! ¡lo he visto! ¡he visto a Marcel!

–¡Ha visto a Géraud! ¡Qué curioso! –exclamó Buquet.

–Sí, lo he visto –repitió gravemente– me ha mirado sin decir nada, así. –Y ponía una cara desencajada.

Buquet me interrogó con la mirada.

–No te inquietes, –respondí–; estos trastornos no son graves; es posible que respondan a una afección del estómago. Lo estudiaré gustosamente. Por el momento no hay que preocuparse. Yo conocí en el hospital de la Caridad a un enfermo gastrálgico que veía gatos debajo de todos los muebles.

Unos minutos después, como la señora Buquet se había recuperado por completo, su marido sacó el reloj y me dijo:

–Laboullée, si consideras que el teatro no le producirá daño, es hora de marcharnos. Voy a decirle a Sophie que vaya a buscar un coche.

Adrienne se puso bruscamente el sombrero.

–Paul, Paul, doctor, escuchen: pasemos antes por la casa del señor Géraud. Estoy inquieta, mucho más inquieta de lo que puedo expresar.

–¡Estás loca! –exclamó Buquet– ¿Qué quieres que le haya pasado a Géraud? Lo vimos ayer en perfecta salud.

Ella me lanzó una mirada suplicante, cuya ardiente luz me atravesó el corazón.

–Laboullée, amigo mío, pasemos por la casa del señor Géraud, por favor.

Se lo prometí. ¡Me lo había pedido de tal modo! Paul estaba gruñendo, porque quería ver al primer acto. Le dije.

–Vamos a casa de Géraud, no supone un gran rodeo.

El coche nos estaba esperando. Le grité al cochero: “Al nº 5 de la calle del Louvre. Y vaya rápido.”

Géraud ocupaba en el nº 5 de la calle del Louvre, no lejos de su banco, un apartamento de tres habitaciones repleto de corbatas. Era el gran lujo del aquel buen chico. Apenas nos detuvimos ante la casa Buquet saltó del simón e introduciendo la cabeza en la portería, preguntó:

–¿Cómo está el señor Géraud?

La portera le respondió:

–El señor Géraud regresó a las cinco y recogió su correo. No ha vuelto a salir. Si quiere usted verlo, es en la escalera del fondo, cuarto piso, a la derecha.

Pero Buquet se encontraba ya junto a la puerta del simón y decía:

–Géraud está en su casa. Ya ves que no tenías razón, querida. Cochero, a la Comédie-Française.

Entonces Adrienne sacó casi medio cuerpo del coche.

–Paul, te lo suplico, sube a su casa. Ve a verlo. Ve a verlo, es necesario.

–¡Subir cuatro pisos! –dijo encogiéndose de hombros–. Adrienne, vas a hacer que no lleguemos al teatro. En fin, cuando a una mujer se le mete algo en la cabeza…

Permanecí en el coche con la señora Buquet de la que veía brillar los ojos en la oscuridad vueltos hacia la casa. Paul regresó.

–¡Caramba! –dijo–, he llamado tres veces. No me ha contestado. Sin duda tenía razones para no querer ser molestado. Tal vez esté con una mujer. ¿Qué tendría de raro?

La mirada de Adrienne adoptó una expresión tan trágica que incluso yo sentí una sensación de inquietud. Y luego, pensándolo bien, no me parecía demasiado normal que Géraud, que no cenaba nunca en su casa, se hubiera quedado allí desde las cinco hasta las siete y media.

–Espérenme –dije al señor y la señora Buquet–, voy a hablar con la portera.

Ésta también encontraba raro que Géraud no hubiera salido para ir a cenar como de costumbre. Era ella quien le hacía la limpieza al inquilino del cuarto por lo que tenía la llave del apartamento. Cogió la llave del rastel y se ofreció a subir conmigo. Cuando llegamos al rellano, abrió la puerta y desde el vestíbulo llamó tres o cuatro veces: “Señor Géraud”. Al no recibir respuesta, se arriesgó a entrar en la habitación siguiente que servía de dormitorio. Llamó de nuevo: “Señor Géraud, señor Géraud”. No hubo respuesta; todo estaba a oscuras. No teníamos cerillas.

–Debe haber una caja de cerillas suecas en la mesita de noche –me dijo la mujer que estaba empezando a temblar y no podía dar un paso.

Me puse a palpar sobre la mesita y sentí que mis dedos se impregnaban de algo pegajoso: “Conozco esto –pensé–, es sangre.” Cuando por fin encendimos una vela, vimos a Géraud tendido sobre su cama, con la cabeza destrozada. El brazo le colgaba hasta la alfombra sobre la que había caído su revólver. Una carta manchada de sangre se hallaba sobre la mesita. Escrita de su puño y letra, iba destinada al señor y la señora Buquet y empezaba así: “Mis queridos amigos, ustedes han sido la alegría y el encanto de mi vida…” Luego les anunciaba su decisión de quitarse la vida, sin revelarles exactamente los motivos. Pero daba a entender que eran los problemas económicos los que habían determinado su suicidio. Reconocí que la muerte se había producido hacía una hora aproximadamente; por lo que se había suicidado en el instante mismo en que la señora Buquet lo había visto en el espejo.

–¿No es éste un caso perfectamente constatado de doble visión o, para hablar con más exactitud, un ejemplo de esos extraños sincronismos psíquicos que la ciencia estudia en la actualidad con más celo que éxito?

–Tal vez sea otra cosa –contesté yo–. ¿Estás seguro de que no había nada entre Marcel Géraud y la señora Buquet?

–Pues… nunca me di cuenta de nada… Pero, ¿qué podía importar eso?…

 

Ciudad de Dios

Rubem Fonseca

 

Su nombre es João Romeiro, pero es conocido como Zinho en la Ciudad de Dios, una favela en Jacarepaguá, donde controla el tráfico de drogas. Ella es Soraia Gonçalves, una mujer dócil y callada. Soraia supo que Zinho era traficante de drogas dos meses después de que empezaron a vivir juntos en un condominio de clase media alta en la Barra de Tijuca. ¿Te molesta?, preguntó Zinho, y ella contestó que ya había tenido en su vida un hombre dedicado al Derecho que no pasaba de ser un canalla.

En el condominio Zinho es conocido como vendedor de una firma de importaciones. Cuando llega una partida grande de droga a la favela, Zinho desaparece por unos días. Para justificar su ausencia Soraia dice a las vecinas que se encuentran en el parque de recreo o en la piscina que la firma tiene viajando al marido. La policía anda tras él, pero solo sabe su apellido, y que es blanco. Zinho nunca ha estado preso.

Hoy por la noche Zinho llegó a la casa luego de pasarse tres días distribuyendo en sus puntos; cocaína que envió su proveedor de Puerto Suárez y marihuana que llegó de Pernambuco. Fueron a la cama. Zinho era rápido y rudo y luego de cogerse a la mujer le daba la espalda y se dormía. Soraia era callada y sin iniciativa, pero Zinho la quería así, le gustaba ser obedecido en la cama como era obedecido en la Ciudad de Dios.

–¿Antes de que te duermas te puedo preguntar una cosa?

–Dime rápido, estoy cansado y quiero dormir, amorcito.

–¿Serías capaz de matar a una persona por mí?

–Amorcito, maté a un tipo porque me robó cinco gramos, ¿crees que no voy a matar a un sujeto si me lo pides? Dime quién es. ¿Es de aquí, del condominio?

–No.

–¿De dónde es?

–Vive en Taquara.

–¿Y qué te hizo?

–Nada. Es un niño de siete años. ¿Has matado algún niño de siete años?

–He mandado que agujeren las palmas de las manos a dos mierditas que desaparecieron con unos paquetes, para que sirva de ejemplo, pero creo que estos tenían diez años. ¿Por qué quieres matar a un negrito de siete años?

–Para hacer sufrir a su madre. Ella me humilló. Me quitó a mi novio. Me hizo menos, a todo el mundo le decía que yo era una burra. Luego se casó con él. Ella es rubia, tiene ojos azules y se cree lo máximo.

–¿Quieres vengarte porque te quitó a tu novio? Todavía te gusta ese marica, ¿verdad?

–Solo me gustas tú, Zinho, eres todo para mí. Ese mierda del Rodrigo no vale nada, solo siento desprecio por él. Quiero hacer sufrir a la mujer porque me humilló, me llamó burra delante de todos.

–Puedo matar a ese marica.

–A ella ni siquiera le gusta él. Quiero hacer que sufra mucho. La muerte del hijo deja a las madres desesperadas.

–Está bien. ¿Sabes dónde vive el niño?

–Sí.

–Voy a mandar que agarren al niño y lo lleven a Ciudad de Dios.

–Pero no hagas que el niño sufra mucho.

–Si la puta esa se entera de que el hijo murió sufriendo es mejor, ¿o no? Dame la dirección. Mañana mando que hagan el trabajo, Taquara está cerca de mi base.

Por la mañana bien temprano Zinho salió en el carro y fue a Ciudad de Dios. Permaneció dos días fuera. Cuando volvió, llevó a Soraia a la cama y ella obedeció dócilmente a todas sus órdenes. Antes de que él se durmiera, ella preguntó:

–¿Hiciste lo que te pedí?

–Cumplo lo que prometo, amorcito. Mandé a mi personal a que cogieran al niño cuando iba al colegio y que lo llevaran a Ciudad de Dios. En la madrugada le rompieron los brazos y las piernas al negrito, lo estrangularon, lo cortaron todo y luego lo tiraron en la puerta de la casa de la madre. Olvida a ese mierda, no quiero oír hablar más de ese asunto –dijo Zinho.

–Sí, ya lo olvidé.

Zinho le dio la espalda a Soraia y se durmió. Zinho tenía un sueño pesado. Soraia se quedó despierta oyendo roncar a Zinho. Después se levantó y tomó un retrato de Rodrigo que mantenía escondido en un lugar que Zinho nunca descubriría. Siempre que Soraia miraba el retrato del antiguo novio, durante todos aquellos años, sus ojos se llenaban de lágrimas. Pero ese día las lágrimas fueron más abundantes.

–Amor de mi vida –dijo, apretando el retrato de Rodrigo contra su corazón sobresaltado.