Teófilo Huerta
I
Era ya una leyenda en vida.
Mantenía en su casa un estudio con sus máscaras, trofeos y fotografías. Estaba
en la plenitud de su carrera y así quería retirarse.
Pero su despedida debía estar acompañada por la develación de su
identidad. Nunca había perdido la máscara en el ring, pero era tiempo de
mostrar su rostro a sus fieles seguidores y al mundo entero.
De cualquier manera, Haz Luminoso quería retirarse invicto y para
“perder” su máscara no lo haría ante un acérrimo rival, sino en una función de
exhibición ante un luchador aficionado.
En conferencia de prensa anunció su retiro e intenciones, lanzó allí una
convocatoria y se encargó él mismo de la meticulosa selección. Cientos de
candidatos hicieron fila durante días a las puertas del gimnasio habitual. Haz
Luminoso dedicó horas y horas durante una semana en recibir y conocer las potencialidades
de los candidatos a luchar contra él. No satisfecho, amplió la fecha límite
hasta que alguien le llenara el ojo. Tenía que ser alguien atlético, con
habilidades, pero también buscaba que fuera una persona de un núcleo de escasa
población, no muy sociable, casi ermitaño. La búsqueda era quirúrgica.
Sucedió por fin un día. Le comunicó directamente al elegido y le pidió
no revelar a nadie que era el ganador.
Durante meses Haz Luminoso entrenó a su discípulo en un gimnasio perdido
en una zona campestre, lo puso en forma y le capacitó en llaves y secretos de
la lucha libre. Nada se filtró de esas sesiones. Ningún periodista tuvo el
olfato para seguir la pista.
La función de despedida se publicitó con bombos y platillos, las
entradas al evento se agotaron el mismo día en que se pusieron a la venta, se
negoció la transmisión en vivo y todo quedó listo.
Llegó el día elegido y millones de espectadores eran testigos del
relevante acontecimiento. Fidelidad y morbo se confundían y fusionaban. El
ambiente era de euforia y expectación, a pesar de que la función sería
solamente de exhibición, sin ser realmente un combate tal como lo había
autorizado la Comisión de Lucha Libre para proteger la integridad del hombre
amateur.
Se apagaron las luces de la arena y al centro impactante se iluminó
exclusivamente el ring; la luz también se hizo en el pasillo por el que
elegantemente vestido de traje caminó Haz Luminoso flanqueado por bellas
mujeres con carteles publicitarios. Una comitiva de funcionarios se sumó al
séquito y todos subieron al encordado. Jovial, entero y ágil, el enmascarado
saludó a los cuatro puntos cardinales. La ovación se magnificaba en la arena,
el espectáculo era imponente, sobre todo a los ojos de los niños y de los
verdaderos apasionados.
El homenaje estaba en marcha. Breves palabras de un par de funcionarios
que hicieron entrega de una placa dorada al Haz Luminoso que tomó la palabra
entre el griterío enloquecido de la audiencia. Agradeció el gesto, le ayudaron
con la placa y se dirigió nuevamente a los vestuarios.
Murmullo de la gente y voceadores de cervezas y golosinas inundaron el
ambiente. Después vino el anuncio oficial.
–Señores y señoras: en su despedida histórica con nosotros: Haaaaaaaaaz
Luminooooooosoooo.
Gritos desaforados, aplausos a rabiar. Estruendo.
Por el pasillo ahora con su lujosa y larga capa dorada, mallones blancos
y el pecho desnudo apareció con las manos levantadas el enmascarado, trepó al
ring e hizo movimientos de calentamiento.
–En esta ocasión, el privilegiado contrincante: Retadoooooor
Anónimooooo.
En un tono menor, aplausos, gritos, chiflidos y luego… un murmullo
apacible producto del impacto que la figura retadora causó en el público. A
distancia, telespectadores e internautas también se impresionaron por el porte
del hasta entonces desconocido retador de quien se ignoraba su nombre real y
procedencia.
Retador Anónimo, con su rostro descubierto, no saludó, no corrió, caminó
con garbo y subió en cámara lenta al ring; su calentamiento fue también
parsimonioso, artístico, más para un acto dancístico que de lucha. Su semblante
apacible emulaba a un héroe griego; labios gruesos, nariz recta, ojos grandes,
negros, brillantes, rasgados y engalanados por unas enormes pestañas naturales.
Cada uno de los “contrincantes” fue a su respectiva esquina. Pasearon y
luego se retiraron las modelos publicitarias. Al centro el réferi de mediana
estatura con su blusa a rayas llamó a los luchadores al centro, éstos
accedieron y se saludaron. Hasta ese momento volvió el griterío.
Los luchadores se pusieron frente a frente y el Haz Luminoso procedió a
tomar un brazo de Retador Anónimo para emular sobriamente una llave, después
cruzó levemente el brazo de su adversario por la espalda sin llegar realmente a
culminar la nueva llave. Desde un inicio se delimitó la autoridad a la nueva
enseñanza pedagógica de los movimientos. Aunque el público estaba informado que
así sería, contagiado del ambiente y la expectativa, comenzó a reclamar acción,
querían lucha en serio, no deseaban conformarse.
Los contrincantes intensificaron un poco el contacto, pero sin llegar a
un combate real. Se aventaron un poco, hicieron fuercitas, pero nada a fondo.
La gente seguía reclamando.
–¡Ya dense en la madre, hombre!
–¡Parecen niñas!
–¡Rómpele el hocico Haz!
–A ver Retador, demuestra de qué estás hecho, ¡no le saques!
–Sí, sí, te pasas, pelea como hombre.
En eso Haz Luminoso se prendió y sorpresivamente atacó a Retador, le
quiso doblar un brazo, pero éste opuso una fiera resistencia. Ello aplacó y
entusiasmó a la gente, aunque incomodó a las autoridades que supervisaban que
aquello no fuera una lucha. El réferi no sabía qué hacer, todo estaba dentro de
los límites de la lucha y él se sentía ajeno al prurito de las autoridades.
Retador se envalentonó. Fue al encordado, se trepó y saltó
prodigiosamente, Haz Luminoso apenas evitó ser derribado. La gente aplaudía, el
réferi seguía nervioso, los funcionarios de la Comisión querían interrumpir la
lucha, pero los mánagers se aliaron para impedirlo.
Haz Luminoso buscó afanosamente y sin técnica tirar a su rival, Retador,
más gallardo simplemente lo esquivó. Haz pareció entrar en razón y recordar que
él mismo había preparado a Retador y debía limitarse a mostrar movimientos, lo
que retomó.
–Vamos Haz –gritó alguien– Retador no es ninguna perita en dulce, te da
clases.
–¡Ya vámonos entonces!
En eso entró la voz del locutor:
–Gentil público, Haz Luminoso se despide para siempre de la lucha.
La gente calló, retomó la fidelidad por su ídolo y aplaudió.
Los dos luchadores se fundieron en un abrazo.
Retador levantó el brazo de Haz y la arena vibró. Ahora sí, el novato se
despidió, bajó del ring y salió corriendo sin que el reflector le acompañara.
Unas notas musicales acrecentaron la tensión en la arena y la gente
comenzó a corear:
–Haz, Haz, Haz, Haz, Haz.
Haz Luminoso en el centro del cuadrilátero, dirigió sus manos a la
máscara, lentamente bajó el cierre, agacho la cabeza, se retiró enérgicamente
la brillante máscara, levantó el rostro y dijo adiós con ambas manos; las
cámaras enfocaron el rostro y los fotógrafos dispararon sus obturadores y
flashes; la transmisión a distancia dio una mejor imagen del rostro descubierto
de Haz Luminoso que la que se pudieron llevar los asistentes que intentaban ver
lo mejor posible desde sus lugares y también tomaban imágenes con sus
celulares. Era un rostro moreno, labios gruesos, ojos grandes y tristes. Haz no
sonreía, permanecía serio y como lejano al acontecimiento, casi incómodo.
No hubo ya ninguna declaración, ni acceso a los medios en ambos
vestuarios a pesar de que los reporteros se agolparon frente a sus puertas. Haz
Luminoso clausuraba así toda una época.
II
En los subsecuentes días,
periódicos y revistas reprodujeron fotografías del evento y particularmente de
los rostros de los luchadores.
Tras la gran expectativa vino el contradictorio desencanto de la gente
al conocer la identidad de su ídolo y la mayoría prefería recordarlo con su
característica máscara.
Lo más misterioso de todo fue que tampoco se supo nada más de Retador
Anónimo, cuyo rostro tras de la máscara provocaba en lectores y audiencias, ese
sí, un imán especial, les cautivaba de manera singular a pesar de su efímera
presencia.
III
Javier Ramírez González, Haz
Luminoso, cuidó muy bien su última aparición y, como nunca, representó un
verdadero acto teatral en su despedida.
Realmente él siempre mantuvo su rostro descubierto, sus ojos grandes y
expresivos, rodeados de tupidas pestañas, su figura gallarda y desenvuelta.
Luchó así ante sus seguidores que le aclamaron y sencillamente luchó contra el
pasado que abandonaba, contra su propia máscara que le había dado tantos
triunfos y alegrías y que en esa ocasión prestó a Margarito Zepeda, originario
de Silao, Guanajuato, seleccionado y entrenado por él.
Algunos periodistas y personas desconfiadas dudaron en pleno espectáculo
y pusieron en entredicho la presencia del verdadero Haz Luminoso, pero, como
siempre, con el tiempo los escépticos fueron ignorados.
Margarito retornó a su apartada comunidad para continuar sus tareas en
un aserradero privado y nadie, en su entorno sospechó absolutamente nada.
Conservó, eso sí, la máscara que portó de Haz debidamente autografiada por el
ídolo.
Javier por supuesto se escondió por un largo tiempo y lo arroparon
familiares, conocidos y vecinos, quienes se solidarizaron con la original
transmutación.
(Tomado de www.cuentosteohuerta.blogspot.com)
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