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jueves, 19 de diciembre de 2024

Hermanastros

Iván Teruel

 

Contemplo el pulso firme de sus manos de niño: con una sujeta el gorrión y con la otra sostiene el alfiler con el que atraviesa sus ojos. Esa es la primera escena que parpadea en mi cerebro agónico. Se diluye. Siento mis ojos a punto de reventar. Se desliza otro recuerdo. Este sin dibujo. Sólo un olor y un sabor acres, el de su entrepierna adolescente. Y el apremio de su mano en mi nuca. Y la náusea incontenible después. El contorno de otra imagen barre ese recuerdo ciego: es un envase envuelto en llamas. Hay una rana viva dentro. Volvemos a ser pequeños.

 

Ahora irrumpen algunas palabras suyas, inestables y rendidas, ya adultas, con un murmullo de fondo. Estamos en un bar. Y la voz traza una herida que supura: me habla de un tío suyo, de su primera niñez y de un dolor puntiagudo en el culo. Mi dolor, el de ahora, el de mis ojos, es esférico. Pienso: hay una geometría del dolor. Ya no pienso. Sólo veo un relampagueo nervioso y fulminante: su mano derecha sacándome de un canal; su puño izquierdo crujiendo contra un pómulo; sus nudillos tocando tantas veces mi puerta; las yemas de sus dedos demorándose en mi cuerpo. Sus manos, siempre sus manos. Las mismas que me han acariciado antes. Las mismas que se han abalanzado sobre mi cuello después, tras mis palabras. Las mismas que ahora acaban con mi vida de la única forma en que podían hacerlo. Aplastándola.

 

viernes, 13 de diciembre de 2024

Descubrimiento

Iván Teruel

 

La perra se caga en el pasillo de abajo. Mi mujer grita desquiciada. Y el niño hace rato que berrea. Yo empiezo a sentir un picor agudo en el ojo izquierdo. Baja hijo de puta, baja o coge a tu hijo. El picor se intensifica. Te juro que subo a por el niño y me largo. Me rasco con insistencia. Te vas a quedar ahí pudriéndote con tus historias. El picor se expande. Oigo portazos y voces como en letanía. Comienzo a hurgar con ímpetu. Imagino mi mano como la pala de una excavadora. Las voces vuelven. Me arranco el ojo. El picor no desaparece. Percibo unos pasos subiendo las escaleras. Meto el índice y el anular en mi nueva oquedad. El niño parece que ya no llora. Tanteo con las yemas pero no sé qué busco. Los pasos ahora bajan las escaleras. El picor es terco. Una puerta se abre. Palpo una orografía de recovecos húmedos. La misma puerta se cierra. Llego a una región blanda y viscosa. Un motor arranca. Toco una pequeña protuberancia. El picor desaparece. Y por fin irrumpe el silencio. Creo que descubro algo maravilloso.