Mercedes Castro Mora
Blanca
se mudó. Volvió a su viejo barrio del centro, llevándose con ella su poltrona
remendada, los libros de páginas amarillentas forrados en cuero, la lámpara de
pie que cojeaba un poco. No recuerdo qué más acarreó esta tarde, pero me dejó
la casa llena de suspiros que a veces, estando en la cocina, se posan sobre mi
espalda. Una noche regué la leche sobre el piso cuando espantaba a uno de ellos
con el matamoscas. Por suerte, el perro estaba cerca y me ayudó a limpiar. Por
las tardes, cuando bordo, entra un sol adormilante, pero ni bien, cabeceo,
escucho los suspiros cerca de la oreja y despierto sobresaltada.
La he llamado muchas veces a pedirle que
venga a recogerlos. Me da pena verlos dasamparados, deambulando por las
habitaciones, mirando por las ventanas, esperando que vuelvan por ellos. La
última vez que hablé con Blanca me aseguró que esos suspiros no eran de ella.
“¿De quién son entonces?” –le pregunté–. “Ve tú a saber cuánta gente ha pasado
por esa casa” –me contestó.
En estos días he pensado en quedarme con
ellos, destinarles un lugar, permitirles jugar con el perro. Tal vez pueda
domesticarlos.
(Tomado
de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)
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