lunes, 1 de junio de 2026

El Extranjero guiñador

Miguel Arteche

 

A la capital de Sansueña llegó cierto día un Extranjero que guiñaba el ojo derecho. Cuando cruzó la frontera, los empleados de la aduana le preguntaron que por qué guiñaba un ojo, y él les contestó que en su patria no había noche y que a sus paisanos se les enseñaba, desde pequeños, a guiñar. Un policía, luego de comprobar que los papeles del Extranjero estaban en regla, lo dejó pasar, no sin antes advertirle que ya no necesitaría guiñar el ojo, pues en Sansueña siempre está anocheciendo. El Extranjero dijo que estaba bien, que ya le habían explicado que en Sansueña siempre anochecía, y que procuraría no guiñar para no ofender a los nativos.

Llegó al hotel. Se acercó a la recepción y pidió un cuarto. El recepcionista le dijo que había tenido mucha suerte, pues estaban en pleno verano y era muy difícil encontrar una habitación. Entregó su pasaporte, y mientras se aguantaba para no guiñar, lo cual habría sido, pensó, de muy mal gusto en un país donde nadie guiñaba, oyó que el recepcionista decía:

–Perdone, señor. Qué rara fotografía la de su pasaporte…

El Extranjero preguntó:

¿Por qué?

El recepcionista le dijo que era muy raro que en su fotografía apareciera con el ojo derecho cerrado.

Es que…iba a decir, y no se pudo contener; guiñó espasmódicamente, como nunca lo había hecho, como si estuviera practicando en un concurso de guiñadores.

El recepcionista puso cara de sorpresa, pero se limitó a decir, luego de anotar los datos del Extranjero en dos hojas de cartulina:

–Bien, señor. Su habitación es la 303. Botones –llamó–. Acompañe al señor.

El Extranjero siguió al botones hasta el ascensor. Cuando llegaron a la planta tercera, el botones dejó la maleta, abrió la puerta de la habitación, y dijo:

Adelante, señor. Le deseo una feliz estancia en mi país. Recuerde que Sansueña es diferente. Siempre tenemos el mejor anochecer del mundo. Todos los extranjeros vienen aquí a darse baños lunares. No hay luna como la de Sansueña. Recuerde: Sansueña es lunática, Sansueña is moon, Sansueña c’est la lune…

El extranjero le guiñó el ojo derecho. El botones parpadeó, y se enrojeció su rostro. El Extranjero pensó que Sansueña era un país de machotes, y se dijo que había metido otra vez la pata.

–Va a creer que soy marica –murmuró–. Tendré que contenerme. Haré un esfuerzo.

Y luego de cerrar la puerta y abrir la maleta, fue al baño y se plantó frente al espejo. El espejo le devolvió un rostro cansado, moreno, curtido por la intensa luz solar de su país; un rostro que guiñaba desvergonzadamente el ojo derecho.

–¡Dios mío! –exclamó.

Al día siguiente inició su trabajo. Traía la representación de la General Sol; compañía que había descubierto la manera de enlatar al astro rey. ¿Y en qué país podría tener más éxito que en el del perpetuo anochecer? Vender el sol enlatado era excitante; comprarlo, mucho más. Estableció contactos. Visitó gerencias. Ofreció el sol a precios irrisorios. Los sansueñenses lo escuchaban arrobados. ¿Era posible? ¿Tener el sol en casa? ¿Abrir una lata y ver salir el sol? ¿Cuánto duraba el sol de cada lata? ¿Qué costaba la lata? Pero cada vez que estaba listo para cerrar el negocio, sentía un cosquilleo que, arrancando del pómulo derecho, se extendía, lenta e inexorablemente, hasta el ojo. Y entonces guiñaba. Guiñaba como si no hubiera guiñado nunca. Guiñaba con rabia, con desesperación, casi con desprecio.

Y el negocio quedaba roto.

Pero eso habría sido lo de menos, pues lo normal era que lo despidieran violentamente. No se aceptaba en Sansueña que un hombre guiñara a otro. Si se hubiera tratado de una mujer, pase. Pero a un hombre, no. En los cócteles fue peor; más bien, trágico. Las sansueñenses eran bellas, muy bellas; tenían una palidez casi mortal, de principios de siglo, y eran, además, muy delgadas, casi quebradizas. El Extranjero se dijo que tal vez saldría mejor parado con ellas. Y se entregó a guiñar con suavidad, procurando que el guiño fuera insinuante. La que se armó. Fue inútil que diera toda clase de explicaciones. Fue inútil que explicara que en su país eso era algo corriente; que, como no había noche, se veían siempre obligados a guiñar. Nada. El honor de las sansueñenses estaba herido. No se ofendía así a las sansueñenses. Y lo sacaban en vilo.

En una cena de gala procuró contenerse. Se puso unas gafas negras, pero le dijeron que eso era ofender a Sansueña, y tuvo que sacárselas. Y al sacárselas, sin querer, sin ánimo de insinuarse con la bella sansueñense que estaba a su lado, le guiñó el ojo derecho. Casi se vio expulsado de Sansueña. La bella pálida era la esposa del Presidente del Gran Consejo.

Le hicieron el vacío. Le hicieron el hielo. Se sintió solo, defraudado, y decidió partir.

Una noche, cuando faltaban dos días para tomar el avión que lo llevaría a su país, el Extranjero, que estaba sentado en la solitaria terraza de un café bebiendo un cortado, vio que, dos mesas más allá, se hallaba una mujer, la más bella sansueñense que había conocido. La miró y se dijo: voy a guiñarle el ojo derecho y el izquierdo; voy a regalarle un festival de guiños; voy a darle mi mejor guiño. Y le guiñó suave, amorosamente, el ojo derecho.

La mujer lo observó extrañada. Seguramente, pensó el Extranjero, ella había visto su fotografía en los periódicos: el Extranjero guiñador vende sol enlatado. La mujer sostuvo la mirada. En sus ojos había ternura y, al mismo tiempo, desolación. Y ante la sorpresa del Extranjero, le respondió con otro guiño: un guiño penetrante, como si en él se hubiera entregado al Extranjero para siempre.

Durante algunos minutos fue un intercambio guiñador. Luego el Extranjero se acercó a ella, se sentó a su lado y le pasó el brazo sobre los hombros. No dejaron de guiñarse. El Extranjero pidió otro cortado y lo bebió lentamente. Se levantaron y caminaron hasta el hotel.

Durmieron abrazados, guiñándose por turnos, después de hacerse el amor pegando un ojo contra otro.

A la mañana siguiente, cuando bajaron al vestíbulo, el Extranjero se sentía tan feliz que guiñó al botones, al camarero, al recepcionista y a los sansueñenses que en ese momento llegaban al hotel. Nadie le llamó la atención. Nadie se sintió ofendido.

Porque unos más, otros menos, todos guiñaban.

 

(Tomado de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)

 

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