Miguel Arteche
A la capital de Sansueña llegó
cierto día un Extranjero que guiñaba el ojo derecho. Cuando cruzó la frontera, los
empleados de la aduana le preguntaron que por qué guiñaba un ojo, y él les contestó
que en su patria no había noche y que a sus paisanos se les enseñaba, desde
pequeños, a guiñar. Un policía, luego de comprobar que los papeles del Extranjero
estaban en regla, lo dejó pasar, no sin antes advertirle que ya no necesitaría guiñar
el ojo, pues en Sansueña siempre está anocheciendo. El Extranjero dijo que estaba
bien, que ya le habían explicado que en Sansueña siempre anochecía, y que
procuraría no guiñar para no ofender a los nativos.
Llegó al hotel. Se acercó a la recepción y
pidió un cuarto. El recepcionista le dijo que había tenido mucha suerte, pues estaban
en pleno verano y era muy difícil encontrar una habitación. Entregó su
pasaporte, y mientras se aguantaba para no guiñar, lo cual habría sido, pensó,
de muy mal gusto en un país donde nadie guiñaba, oyó que el recepcionista decía:
–Perdone, señor. Qué rara fotografía la de
su pasaporte…
El Extranjero preguntó:
–¿Por qué?
El recepcionista le dijo que era muy raro
que en su fotografía apareciera con el ojo derecho cerrado.
–Es que… –iba a decir, y no se pudo
contener; guiñó espasmódicamente, como nunca lo había hecho, como si estuviera practicando en un concurso de guiñadores.
El recepcionista puso cara de sorpresa,
pero se limitó a decir, luego de anotar los datos del Extranjero en dos hojas
de cartulina:
–Bien, señor. Su habitación
es la 303. Botones –llamó–. Acompañe
al señor.
El Extranjero siguió al botones hasta el
ascensor. Cuando llegaron a la planta tercera, el botones dejó la maleta, abrió
la puerta de la habitación, y dijo:
–Adelante, señor. Le deseo una feliz estancia en mi país. Recuerde que Sansueña es diferente. Siempre
tenemos el mejor anochecer del mundo. Todos los extranjeros vienen aquí a darse
baños lunares. No hay luna como la de Sansueña. Recuerde:
Sansueña es lunática, Sansueña is moon, Sansueña c’est la lune…
El extranjero le guiñó el ojo
derecho.
El botones parpadeó, y se enrojeció su rostro. El Extranjero pensó que Sansueña era un país de machotes,
y se dijo que había metido otra vez la pata.
–Va a creer que soy marica –murmuró–.
Tendré que contenerme. Haré un esfuerzo.
Y luego de cerrar la puerta y abrir la maleta,
fue al baño y se plantó frente al espejo. El espejo le devolvió un rostro
cansado, moreno, curtido por la intensa luz solar de su país; un rostro que guiñaba
desvergonzadamente el ojo derecho.
–¡Dios mío! –exclamó.
Al día siguiente inició su trabajo. Traía
la representación de la General Sol; compañía que había descubierto la manera
de enlatar al astro rey. ¿Y en qué país podría tener más éxito que en el del
perpetuo anochecer? Vender
el
sol enlatado era excitante; comprarlo, mucho más. Estableció contactos. Visitó gerencias. Ofreció el sol a precios irrisorios. Los sansueñenses lo escuchaban arrobados. ¿Era posible?
¿Tener el sol en casa? ¿Abrir una lata y ver salir el sol? ¿Cuánto duraba el sol
de cada lata? ¿Qué
costaba la lata? Pero cada vez que estaba listo para cerrar el negocio, sentía un cosquilleo que, arrancando del pómulo derecho, se extendía, lenta e
inexorablemente,
hasta el ojo. Y entonces guiñaba. Guiñaba como si no hubiera guiñado nunca. Guiñaba con
rabia, con desesperación, casi con desprecio.
Y el negocio quedaba roto.
Pero eso habría sido lo de menos, pues lo
normal era que lo despidieran violentamente. No se aceptaba en Sansueña que un
hombre guiñara a otro. Si
se hubiera tratado de una mujer, pase. Pero a un hombre, no. En los cócteles fue
peor; más bien, trágico. Las sansueñenses eran bellas, muy bellas; tenían una palidez
casi mortal, de principios de siglo, y eran, además, muy delgadas, casi quebradizas.
El Extranjero se dijo que tal vez saldría mejor parado con ellas. Y se entregó
a guiñar con suavidad, procurando que el guiño fuera insinuante. La que se
armó. Fue inútil que diera toda
clase de explicaciones. Fue
inútil que explicara que en su país eso era algo corriente; que, como no había noche, se veían siempre obligados a guiñar. Nada. El honor de las sansueñenses
estaba herido. No se ofendía así a las sansueñenses. Y lo sacaban en vilo.
En una cena de gala procuró contenerse. Se
puso unas gafas negras, pero le dijeron que eso era ofender a Sansueña, y tuvo que
sacárselas. Y al sacárselas, sin querer, sin ánimo de insinuarse con la bella sansueñense que estaba
a su lado, le guiñó el ojo
derecho.
Casi se vio expulsado de Sansueña. La
bella pálida era la esposa del Presidente del Gran Consejo.
Le hicieron el vacío.
Le
hicieron el hielo. Se sintió
solo,
defraudado, y decidió
partir.
Una noche, cuando faltaban dos días
para tomar el avión que lo llevaría a su
país,
el Extranjero, que estaba sentado en la solitaria terraza de un café bebiendo
un cortado, vio que, dos mesas más allá, se hallaba una mujer, la más bella
sansueñense que había conocido. La miró y se dijo: voy a guiñarle el ojo
derecho y el izquierdo; voy a regalarle un festival de guiños; voy a darle mi mejor
guiño. Y le guiñó suave, amorosamente, el ojo derecho.
La mujer lo observó extrañada.
Seguramente, pensó el Extranjero, ella había visto su fotografía en los periódicos:
el Extranjero guiñador vende sol enlatado. La mujer sostuvo la mirada. En
sus ojos había ternura y, al mismo tiempo, desolación. Y ante la sorpresa del Extranjero,
le respondió con otro guiño: un guiño penetrante, como si en él se hubiera
entregado al Extranjero para siempre.
Durante algunos minutos fue un intercambio
guiñador. Luego el Extranjero se acercó a ella, se sentó a su lado y le pasó el
brazo sobre los hombros. No dejaron de guiñarse. El Extranjero pidió otro
cortado y lo bebió lentamente. Se levantaron y caminaron hasta el hotel.
Durmieron abrazados, guiñándose por turnos,
después de hacerse el amor pegando un ojo contra otro.
A la mañana siguiente, cuando bajaron al
vestíbulo, el Extranjero se sentía tan feliz que guiñó al botones, al camarero,
al recepcionista y a los sansueñenses que en ese momento llegaban al hotel. Nadie
le llamó la atención. Nadie se sintió ofendido.
Porque unos más, otros menos, todos
guiñaban.
(Tomado
de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)
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