sábado, 16 de junio de 2018

Un sueño realizado


Juan Carlos Onetti


La broma la había inventado Blanes; venía a mi despacho –en los tiempos en que yo tenía despacho, y al café, cuando las cosas iban mal y había dejado de tenerlo– y, parado sobre la alfombra, con un puño apoyado en el escritorio, la corbata de lindos colores sujeta a la camisa con un broche de oro y aquella cabeza –cuadrada, afeitada, con ojos oscuros que no podían sostener la atención más de un minuto y se aflojaban en seguida como si Blanes estuviera a punto de dormirse o recordara algún momento limpio y sentimental de su vida que, desde luego, nunca había podido tener–, aquella cabeza sin una sola partícula superflua, alzada contra la pared cubierta de retratos y carteles, me dejaba hablar y comentaba redondeando la boca: “Porque usted, naturalmente, se arruinó dando el Hamlet.” O también: “Sí, ya sabemos. Se ha sacrificado siempre por el arte, y si no fuera por su enloquecido amor por el Hamlet…”
Y yo me pasé todo ese montón de años aguantando tanta miserable gente, autores y actores y actrices y dueños de teatro y críticos de los diarios y la familia, los amigos y los amantes de todos ellos, todo ese tiempo perdiendo y ganando un dinero que Dios y yo sabíamos que era necesario que volviera a perder en la próxima temporada, con aquella gota de agua en la cabeza pelada, aquel puño en las costillas, aquel trago agridulce, aquella burla no comprendida del todo de Blanes:
–Sí, claro. Las locuras a que lo ha llevado su desmedido amor por Hamlet
Si la primera vez le hubiera preguntado por el sentido de aquello, si le hubiera confesado que sabía tanto del Hamlet como de conocer el dinero que puede dar una comedia desde su primera lectura, se habría acabado el chiste. Pero tuve miedo a la multitud de bromas no nacidas que haría saltar mi pregunta y sólo hice una mueca y lo mandé a paseo. Y así fue que pude vivir los veinte años sin saber qué era el Hamlet, sin haberlo leído, pero sabiendo, por la intención que veía en la cara y el balanceo de la cabeza de Blanes, que el Hamlet era el arte, el arte puro, el gran arte, y sabiendo también, porque me fui empapando de eso sin darme cuenta, que era, además, un actor o una actriz, en este caso siempre una actriz con caderas ridículas, vestido de negro con ropas ajustadas, una calavera, un cementerio, un duelo, una venganza, una muchachita que se ahoga. Y, también, W. Shakespeare.
Por eso, cuando ahora, sólo ahora, con una peluca rubia peinada al medio que prefiero no sacarme para dormir, una dentadura que nunca logró venirme bien del todo y que me hace silbar y hablar con mimo, me encontré en la biblioteca de este asilo para gente de teatro arruinada al que dan un nombre más presentable, aquel libro tan pequeño encuadernado en azul oscuro donde había unas hundidas letras doradas que decían Hamlet, me senté en un sillón sin abrir el libro, resuelto a no abrir nunca el libro y a no leer una sola línea, pensando en Blanes, en que así me vengaba de su broma, y en la noche en que Blanes fue a encontrarme en el hotel de alguna capital de provincia y, después de dejarme hablar, fumando y mirando el techo y la gente que entraba en el salón, hizo sobresalir los labios para decirme, delante de la pobre loca:
–Y pensar… Un tipo como usted que se arruinó por el Hamlet.
Lo había citado en el hotel para que se hiciera cargo de un personaje en un rápido disparate que se llamaba, me parece, Sueño realizado. En el reparto de la locura aquella había un galán sin nombre, y este galán sólo podía hacerlo Blanes porque cuando la mujer vino a verme, no quedábamos allí más que él y yo; el resto de la compañía pudo escapar a Buenos Aires.
La mujer había estado en el hotel a mediodía y, como yo estaba durmiendo, había vuelto a la hora que era, para ella y todo el mundo en aquella provincia caliente, la del fin de la siesta y en la que yo estaba en el lugar más fresco del comedor comiendo una milanesa redonda y tomando vino blanco, lo único bueno que podía tomarse allí. No voy a decir que a la primera mirada –cuando se detuvo en el halo del calor de la puerta encortinada, dilatando los ojos en la sombra del comedor y el mozo le señaló mi mesa y en seguida ella empezó a andar en línea recta hacia mí con remolinos de la pollera– yo adiviné lo que había adentro de la mujer ni aquella cosa como una cinta blanduzca y fofa de locura, que había ido desenvolviendo, arrancando con suaves tirones, como si fuese una venda pegada a una herida, de sus años pasados, solitarios, para venir a fajarme con ella, como a una momia, a mí y a algunos de los días pasados en aquel sitio aburrido, tan abrumado de gente gorda y mal vestida. Pero había, sí, algo en la sonrisa de la mujer que me ponía nervioso, y me era imposible sostener los ojos en sus pequeños dientes irregulares exhibidos como los de un niño que duerme y respira con la boca abierta. Tenía el pelo casi gris, peinado en trenzas enroscadas y su vestido correspondía a una vieja moda; pero no era el que se hubiera puesto una señora en los tiempos en que fue inventado, sino, también esto, el que hubiera usado entonces una adolescente. Tenía una pollera hasta los zapatos, de aquellos que llaman botas o botinas, larga, oscura, que se iba abriendo cuando ella caminaba y se encogía y volvía a temblar al paso inmediato. La blusa tenía encajes y era ajustada, con un gran camafeo entre los senos agudos de muchacha, y la blusa y la pollera se unían y estaban divididas por una rosa en la cintura, tal vez artificial ahora que pienso, una flor de corola grande y cabeza baja, con el tallo erizado amenazando el estómago.
La mujer tendría alrededor de cincuenta años, y lo que no podía olvidarse en ella, lo que siento ahora cuando la recuerdo caminar hasta mí en el comedor del hotel, era aquel aire de jovencita de otro siglo que hubiera quedado dormida y despertara ahora un poco despeinada, apenas envejecida pero a punto de alcanzar su edad en cualquier momento, de golpe, y quebrarse allí en silencio, desmoronarse roída por el trabajo sigiloso de los días. Y la sonrisa era mala de mirar, porque uno pensaba que frente a la ignorancia que mostraba la mujer del peligro de envejecimiento y muerte repentina en cuyos bordes estaba, aquella sonrisa sabía, o, por lo menos, los descubiertos dientecillos presentían, el repugnante fracaso que los amenazaba.
Todo aquello estaba ahora de pie en la penumbra del comedor y torpemente puse los cubiertos al lado del plato y me levanté. “¿Usted es el señor Langman, el empresario de teatro?” Incliné la cabeza sonriendo y la invité a sentarse. No quiso tomar nada; separados por la mesa, le miré con disimulo la boca con su forma intacta y su poca pintura, allí justamente en el centro donde la voz un poco española había canturreado al deslizarse entre los filos desparejos de la dentadura. De los ojos, pequeños y quietos, esforzados en agrandarse, no pude sacar nada. Había que esperar que hablara y, pensé, cualquier forma de mujer y de existencia que invocaran sus palabras iban a quedar bien con su curioso aspecto, y el curioso aspecto iba a desvanecerse.
–Quería verlo por una representación –dijo–. Quiero decir que tengo una obra de teatro…
Todo indicaba que iba a seguir, pero se detuvo y esperó mi respuesta; me entregó la palabra con un silencio irresistible, sonriendo. Esperaba tranquila, las manos enlazadas en la falda. Aparté el plato con la milanesa a medio comer y pedí café. Le ofrecí cigarrillos y ella movió la cabeza, alargó un poco la sonrisa, lo que quería decir que no fumaba. Encendí el mío y empecé a hablarle, buscando sacármela de encima sin violencias, pero pronto y para siempre, aunque con un estilo cauteloso que me era impuesto no sé por qué.
–Señora, es una verdadera lástima… Usted nunca ha estrenado, ¿verdad? Naturalmente. ¿Y cómo se llama su obra?
–No, no tiene nombre –contestó–. Es tan difícil de explicar… No es lo que usted piensa. Claro, se le puede poner un título. Se le puede llamar El sueño, El sueño realizado. Un sueño realizado.
Comprendí, ya sin dudas, que estaba loca y me sentí más cómodo.
–Bien; Un sueño realizado, no está mal el nombre. Es muy importante el nombre. Siempre he tenido interés, digamos personal, desinteresado en otro sentido, en ayudar a los que empiezan. Dar nuevos valores al teatro nacional. Aunque es innecesario decirle que no son agradecimientos los que se cosechan, señora. Hay muchos que me deben a mí el primer paso, señora, muchos que hoy cobran derechos increíbles en la calle Corrientes y se llevan los premios anuales. Ya no se acuerdan de cuando venían casi a suplicarme…
Hasta el mozo del comedor podía comprender, desde el rincón junto a la heladera donde se espantaba las moscas y el calor con la servilleta, que a aquel bicho raro no le importaba ni una sílaba de lo que yo decía. Le eché una última mirada con un solo ojo, desde el calor del pocillo de café, y le dije:
–En fin, señora. Usted debe saber que la temporada aquí ha sido un fracaso. Hemos tenido que interrumpirla y me he quedado sólo por algunos asuntos personales. Pero ya la semana que viene me iré yo también a Buenos Aires. Me he equivocado una vez más, qué hemos de hacer. Este ambiente no está preparado, y a pesar de que me resigné a hacer la temporada con sainetes y cosas así… ya ve cómo me ha ido. De manera que… Ahora, que podemos hacer una cosa, señora. Si usted puede facilitarme una copia de su obra yo veré si en Buenos Aires… ¿Son tres actos?
Tuvo que contestar, pero sólo porque yo, devolviéndole el juego, me callé y había quedado inclinado hacia ella, rascando con la punta del cigarrillo en el cenicero. Parpadeó:
–¿Qué?
–Su obra, señora. Un sueño realizado. ¿Tres actos?
–No, no son actos.
–O cuadros. Se extiende ahora la costumbre de…
–No tengo ninguna copia. No es una cosa que yo haya escrito –seguía diciéndome ella. Era el momento de escapar.
–Le dejaré mi dirección de Buenos Aires y cuando usted la tenga escrita…
Vi que se iba encogiendo, encorvando el cuerpo; pero la cabeza se levantó con la sonrisa fija. Esperé, seguro de que iba a irse; pero un instante después ella hizo un movimiento con la mano frente a la cara y siguió hablando.
–No, es todo distinto a lo que se piensa. Es un momento, una escena se puede decir, y allí no pasa nada, como si nosotros representáramos esta escena en el comedor y yo me fuera y ya no pasara nada más. No –contestó–, no es cuestión de argumento, hay algunas personas en una calle y las casas y dos automóviles que pasan. Allí estoy yo y un hombre y una mujer cualquiera que sale de un negocio de enfrente y le da un vaso de cerveza. No hay más personas, nosotros tres. El hombre cruza la calle hasta donde sale la mujer de su puerta con la jarra de cerveza y después vuelve a cruzar y se sienta junto a la misma mesa, cerca mío, donde estaba al principio.
Se calló un momento y ya la sonrisa no era para mí ni para el armario con mantelería que se entreabría en la pared del comedor; después concluyó:
–¿Comprende?
Pude escaparme porque recordé el término teatro intimista y le hablé de eso y de la imposibilidad de hacer arte puro en estos ambientes y que nadie iría al teatro para ver eso y que, acaso sólo, en toda la provincia, yo podría comprender la calidad de aquella obra y el sentido de los movimientos y el símbolo de los automóviles y la mujer que ofrece un bock de cerveza al hombre que cruza la calle y vuelve junto a ella, “junto a usted, señora”.
Ella me miró y tenía en la cara algo parecido a lo que había en la de Blanes cuando se veía en la necesidad de pedirme dinero y me hablaba de Hamlet: un poco de lástima y todo el resto de burla y antipatía.
–No es nada de eso, señor Langman –me dijo–. Es algo que yo quiero ver y que no lo vea nadie más, nada de público. Yo y los actores, nada más. Quiero verlo una vez, pero que esa vez sea tal como yo se lo voy a decir y hay que hacer lo que yo diga y nada más. ¿Sí? Entonces usted, haga el favor, me dice cuánto dinero vamos a gastar para hacerlo y yo se lo doy.
Ya no servía hablar de teatro intimista ni de ninguna de esas cosas, allí frente a frente con la mujer loca que abrió la cartera y sacó dos billetes de cincuenta pesos –“Con esto contrata a los actores y atiende los primeros gastos y después me dice cuánto más necesita”–. Yo, que tenía hambre de plata, que no podía moverme de aquel maldito agujero hasta que alguno en Buenos Aires contestara a mis cartas y me hiciera llegar unos pesos. Así que le mostré la mejor de mis sonrisas y cabeceé varias veces mientras me guardaba el dinero en cuatro dobleces en el bolsillo del chaleco.
–Perfectamente, señora. Me parece que comprendo la clase de cosa que usted… –mientras hablaba, no quería mirarla, porque estaba pensando en Blanes y porque no me gustaba encontrarme con la expresión humillante de Blanes también en la cara de la mujer–. Dedicaré la tarde a este asunto y si podemos vernos… ¿Esta noche? Perfectamente, aquí mismo; ya tendremos al primer actor y usted podrá explicarnos claramente esa escena y nos pondremos de acuerdo para que Sueño, Un sueño realizado…
Acaso fuera simplemente porque estaba loca; pero podía ser también que ella comprendiera, como lo comprendía yo, que no me era posible robarle los cien pesos y por eso no quiso pedirme recibo, no pensó siquiera en ello y se fue luego de darme la mano, con un cuarto de vuelta de la pollera en sentido inverso a cada paso, saliendo erguida de la media luz del comedor para ir a meterse en el calor de la calle, como volviendo a la temperatura de la siesta que había durado un montón de años y donde había conservado aquella juventud impura que estaba siempre a punto de deshacerse podrida.
Pude dar con Blanes en una pieza desordenada y oscura, con paredes de ladrillos mal cubiertos, detrás de plantas, esteras verdes, detrás del calor húmedo del atardecer. Los cien pesos seguían en el bolsillo de mi chaleco y, hasta no encontrar a Blanes, hasta no conseguir que me ayudara a dar a la mujer loca lo que ella pedía a cambio de su dinero, no me era posible gastar un centavo. Lo hice despertar y esperé con paciencia que se bañara, se afeitara, volviera a acostarse, se levantara nuevamente para tomar un vaso de leche –lo que significaba que había estado borracho el día anterior– y otra vez en la cama encendiera un cigarrillo; porque se negó a escucharnos antes y, todavía entonces, cuando arrimé aquellos restos de sillón de tocador en que estaba sentado y me incliné con aire grave para hacerle la propuesta, me detuvo diciendo:
–¡Pero mire un poco ese techo!
Era un techo de tejas, con dos o tres vigas verdosas y unas hojas de caña de la India que venían de no sé dónde, largas y resecas. Miré el techo un poco y no hizo más que reírse y mover la cabeza.
–Bueno. Déle –dijo después.
Le expliqué lo que era y Blanes me interrumpía a cada momento, riéndose, diciendo que todo era mentira mía, que era alguno que para burlarse me había mandado la mujer. Después me volvió a preguntar qué era aquello y no tuve más remedio que liquidar la cuestión ofreciéndole la mitad de lo que pagara la mujer una vez deducidos los gastos y le contesté que, en verdad, no sabía lo que era ni de qué se trataba ni qué demonios quería de nosotros aquella mujer; pero que ya me había dado cincuenta pesos y que eso significaba que podíamos irnos a Buenos Aires o irme yo, por lo menos, si él quería seguir durmiendo allí. Se rio y al rato se puso serio; y de los cincuenta pesos que le dije haber conseguido adelantados quiso veinte en seguida. Así que tuve que darle diez, de lo que me arrepentí muy pronto porque aquella noche, cuando vino al comedor del hotel, ya estaba borracho y sonreía torciendo un poco la boca y con la cabeza inclinada sobre el platito de hielo empezó a decir:
–Usted no escarmienta. El mecenas de la calle Corrientes y toda calle del mundo donde una ráfaga de arte… Un hombre que se arruinó cien veces por el Hamlet va a jugarse desinteresadamente por un genio ignorado y con corsé.
Pero cuando vino ella, cuando la mujer salió de mis espaldas vestida totalmente de negro, con velo, un paraguas diminuto colgando de la muñeca y un reloj con cadena del cuello, y me saludó y extendió la mano a Blanes con la sonrisa aquella un poco apaciguada en la luz artificial, él dejó de molestarme y sólo dijo:
–En fin, señora; los dioses la han guiado hasta Langman. Un hombre que ha sacrificado cientos de miles por dar correctamente el Hamlet.
Entonces pareció que ella se burlaba mirando un poco a uno y un poco a otro; después se puso grave y dijo que tenía prisa, que nos explicaría el asunto de manera que no quedara lugar para la más chica duda y que volvería solamente cuando todo estuviera pronto. Bajo la luz suave y limpia, la cara de la mujer y también lo que brillaba en su cuerpo, zonas del vestido, las uñas en la mano sin guante, el mango del paraguas, el reloj con su cadena, parecían volver a ser ellos mismos, liberados de la tortura del día luminoso; y yo tomé de inmediato una relativa confianza y en toda la noche no volví a pensar que ella estaba loca, olvidé que había algo con olor a estafa en todo aquello, y una sensación de negocio normal y frecuente pudo dejarme enteramente tranquilo. Aunque yo no tenía que molestarme por nada, ya que estaba allí Blanes, correcto, bebiendo siempre, conversando con ella como si se hubieran encontrado ya dos o tres veces, ofreciéndole un vaso de whisky, que ella cambió por una taza de tilo. De modo que lo que tenía que contarme a mí se lo fue diciendo a él, y yo no quise oponerme porque Blanes era el primer actor y cuanto más llegara a entender de la obra mejor saldrían las cosas. Lo que la mujer quería que representáramos para ella era esto (a Blanes se lo dijo con otra voz, y aunque no lo mirara, aunque al hablar de eso bajaba los ojos, yo sentía que lo contaba ahora de un modo personal, como si confesara alguna cosa cualquiera íntima de su vida y que a mí me lo había dicho como el que cuenta esa misma cosa en una oficina, por ejemplo, para pedir un pasaporte o cosa así):
–En la escena hay casas y aceras, pero todo confuso, como si se tratara de una ciudad y hubieran amontonado todo eso para dar impresión de una gran ciudad. Yo salgo, la mujer que voy a representar yo sale de una casa y se sienta en el cordón de la acera, junto a una mesa verde. Junto a la mesa está sentado un hombre en un banco de cocina. Ése es el personaje suyo. Tiene puesta una tricota y gorra. En la acera de enfrente hay una verdulería con cajones de tomates en la puerta. Entonces aparece un automóvil que cruza la escena, y el hombre, usted, se levanta para atravesar la calle y yo me asusto pensando que el coche lo atropella. Pero usted pasa antes que el vehículo y llega a la acera de enfrente en el momento que sale una mujer vestida con traje de paseo y un vaso de cerveza en la mano. Usted lo toma de un trago y vuelve en seguida que pasa un automóvil, ahora de abajo para arriba, a toda velocidad; y usted vuelve a pasar con el tiempo justo y se sienta en el banco de cocina. Entretanto yo estoy acostada en la acera, como si fuera una chica. Y usted se inclina un poco para acariciarme la cabeza.
La cosa era fácil de hacer pero le dije que el inconveniente estaba, ahora que lo pensaba mejor, en aquel tercer personaje, en aquella mujer que salía de su casa a paseo con el vaso de cerveza.
–Jarro –me dijo ella–. Es un jarro de barro con asa y tapa.
Entonces Blanes asintió con la cabeza y le dijo:
–Claro, con algún dibujo, además, pintado.
Ella dijo que sí y parecía que aquella cosa dicha por Blanes la había dejado muy contenta, feliz, con esa cara de felicidad que sólo una mujer puede tener y que me da ganas de cerrar los ojos para no verla cuando se me presenta, como si la buena educación ordenara hacer eso. Volvimos a hablar de la otra mujer y Blanes terminó por estirar una mano diciendo que ya tenía lo que necesitaba y que no nos preocupáramos más. Tuve que pensar que la locura de la loca era contagiosa, porque cuando le pregunté a Blanes con qué actriz contaba para aquel papel, me dijo que con la Rivas, y, aunque yo no conocía a ninguna con ese nombre, no quise decir nada, porque Blanes me estaba mirando furioso. Así que todo quedó arreglado, lo arreglaron ellos dos, y yo no tuve que pensar para nada en la escena; me fui en seguida a buscar al dueño del teatro y lo alquilé por dos días pagando el precio de uno, pero dándole mi palabra de que no entraría nadie más que los actores.
Al día siguiente conseguí un hombre que entendía de instalaciones eléctricas y por un jornal de seis pesos me ayudó también a mover y repintar un poco los bastidores. A la noche, después de trabajar cerca de quince horas, todo estuvo pronto, y, sudando y en mangas de camisa, me puse a comer sandwiches con cerveza mientras oía sin hacer caso historias de pueblo que el hombre me contaba. El hombre hizo una pausa y, después, dijo:
–Hoy vi a su amigo bien acompañado. Esta tarde; con aquella señora que estuvo en el hotel anoche con ustedes. Aquí todo se sabe. Ella no es de aquí; dicen que viene en los veranos. No me gusta meterme, pero los vi entrar en un hotel. Sí, qué gracia; es cierto que usted también vive en un hotel. Pero el hotel donde entraron esta tarde era distinto… De ésos, ¿eh?
Cuando al rato llegó Blanes, le dije que lo único que faltaba era la famosa actriz Rivas y arreglar el asunto de los automóviles, porque sólo se había podido conseguir uno, que era del hombre que me había estado ayudando y lo alquilaría por unos pesos, además de manejarlo él mismo. Pero yo tenía mi idea para solucionar aquello, porque como el coche era un cascajo con capota, bastaba hacer que pasara primero con la capota baja y después alzada o al revés. Blanes no me contestó nada porque estaba completamente borracho, sin que me fuera posible adivinar de dónde había sacado dinero. Después se me ocurrió que acaso hubiera tenido el cinismo de recibir directamente el dinero de la pobre mujer. Esta idea me envenenó y seguía comiendo los sandwiches en silencio mientras él, borracho y canturreando, recorría el escenario, se iba colocando en posiciones de fotógrafo, de espía, de boxeador, de jugador de rugby, sin dejar de canturrear, con el sombrero caído sobre la nuca y mirando a todos lados, desde todos los lados, rebuscando vaya a saber el diablo qué cosa. Como a cada momento me convencía más de que se había emborrachado con dinero robado casi, a aquella pobre mujer enferma, no quería hablarle y, cuando acabé de comer los sandwiches, mandé al hombre que me trajera media docena más y una botella de cerveza.
A todo esto, Blanes se había cansado de hacer piruetas; la borrachera indecente que tenía le dio por el lado sentimental y vino a sentarse cerca de donde yo estaba, en un cajón, con las manos en los bolsillos del pantalón y el sombrero en las rodillas, mirando con ojos turbios, sin moverlos, hacia la escena. Pasamos un tiempo sin hablar y pude ver que estaba envejeciendo y el cabello rubio lo tenía descolorido y escaso. No le quedaban muchos años para seguir haciendo el galán ni para llevar señoras a los hoteles, ni para nada.
–Yo tampoco perdí el tiempo –dijo de golpe.
–Sí, me lo imagino –contesté sin interés.
Sonrió, se puso serio, se encajó el sombrero y volvió a levantarse. Me siguió hablando mientras iba y venía, como me había visto hacer tantas veces en el despacho, todo lleno de fotos dedicadas, dictando una carta a la muchacha.
–Anduve averiguando de la mujer –dijo–. Parece que la familia o ella misma tuvo dinero, y después ella tuvo que trabajar de maestra. Pero nadie, ¿eh?, nadie dice que esté loca. Que siempre fue un poco rara, sí. Pero no loca. No sé por qué le vengo a hablar a usted, ¡oh padre adoptivo del triste Hamlet!, con la trompa untada de manteca de sandwich… Hablarle de esto.
–Por lo menos –le dije tranquilamente–, no me meto a espiar en vidas ajenas. Ni a dármelas de conquistador con mujeres un poco raras –me limpié la boca con el pañuelo y me di vuelta para mirarlo con cara aburrida–. Y tampoco me emborracho vaya a saber con qué dinero.
Él se estuvo con las manos en los riñones, de pie, mirándome a su vez pensativo, y seguía diciéndome cosas desagradables, pero cualquiera se daba cuenta de que estaba pensando en la mujer y que no me insultaba de corazón, sino para hacer algo mientras pensaba, algo que evitara que yo me diera cuenta de que estaba pensando en aquella mujer. Volvió hacia mí, se agachó y se alzó en seguida con la botella de cerveza y se fue tomando lo que quedaba sin apurarse, con la boca fija al gollete, hasta vaciarla. Dio otros pasos por el escenario y se sentó nuevamente, con la botella entre los pies y cubriéndola con las manos.
Pero yo le hablé y me estuvo diciendo –dijo–: “Quería saber qué era todo esto. Porque no sé si usted comprende que no se trata sólo de meterse la plata en el bolsillo.” Yo le pregunté qué era esto que íbamos a representar y entonces supe que estaba loca. ¿Le interesa saber? Todo es un sueño que tuvo, ¿entiende? Pero la mayor locura está en que ella dice que ese sueño no tiene ningún significado para ella, que no conoce al hombre que estaba sentado con la tricota azul, ni a la mujer de la jarra, ni vivió tampoco en una calle parecida a este ridículo mamarracho que hizo usted. ¿Y por qué, entonces? Dice que mientras dormía y soñaba eso era feliz, pero no es feliz la palabra, sino otra clase de cosa. Así que quiere verlo todo nuevamente. Y aunque es una locura, tiene su cosa razonable. Y también me gusta que no haya ninguna vulgaridad de amor en todo esto.
Cuando nos fuimos a acostar, a cada momento se entreparaba en la calle –había un cielo azul y mucho calor– para agarrarme de los hombros y las solapas y preguntarme si yo entendía, no sé qué cosa, algo que él no debía entender tampoco muy bien, porque nunca acababa de explicarlo.
La mujer llegó al teatro a las diez en punto y traía el mismo traje negro de la otra noche, con la cadena y el reloj, lo que me pareció mal para aquella calle de barrio pobre que había en escena y para tirarse en el cordón de la acera mientras Blanes le acariciaba el pelo. Pero tanto daba: el teatro estaba vacío; no estaba en la platea más que Blanes, siempre borracho, fumando, vestido con una tricota azul y una gorra gris doblada sobre una oreja. Había venido temprano acompañado de una muchacha, que era quien tenía que asomar en la puerta de al lado de la verdulería a darle su jarrita de cerveza; una muchacha que no encajaba, ella tampoco, en el tipo del personaje, el tipo que me imaginaba yo, claro, porque sepa el diablo cómo era en realidad; una triste y flaca muchacha, mal vestida y pintada, que Blanes se había traído de cualquier cafetín, sacándola de andar en la calle por una noche y empleando un cuento absurdo para traerla, era indudable, porque ella se puso a andar con aires de primera actriz y, al verla estirar el brazo con la jarrita de cerveza, daban ganas de llorar o de echarla a empujones. La otra, la loca, vestida de negro, en cuanto llegó, se estuvo un rato mirando el escenario con las manos juntas frente al cuerpo y me pareció que era enormemente alta, mucho más alta y flaca de lo que yo había creído hasta entonces. Después, sin decir palabra a nadie, teniendo siempre, aunque más débil, aquella sonrisa de enfermo que me erizaba los nervios, cruzó la escena y se escondió detrás del bastidor por donde debía salir. La había seguido con los ojos, no sé por qué, mi mirada tomó exactamente la forma de su cuerpo alargado vestido de negro y apretada a él, ciñéndolo, lo acompañó hasta que el borde del telón separó la mirada del cuerpo.
Ahora era yo quien estaba en el centro del escenario y, como todo estaba en orden y habían pasado ya las diez, levanté los codos para avisar con una palmada a los actores. Pero fue entonces que, sin que yo me diera cuenta de lo que pasaba por completo, empecé a saber cosas y qué era aquello en que estábamos metidos, aunque nunca pude decirlo, tal como se sabe el alma de una persona y no sirven las palabras para explicarlo. Preferí llamarlos por señas y, cuando vi que Blanes y la muchacha que había traído se pusieron en movimiento para ocupar sus lugares, me escabullí detrás de los telones, donde ya estaba el hombre sentado al volante de su coche viejo que empezó a sacudirse con un ruido tolerable. Desde allí, trepado en un cajón, buscando esconderme, porque yo nada tenía que ver en el disparate que iba a comenzar, vi cómo ella salía de la puerta de la casucha, moviendo el cuerpo como una muchacha –el pelo, espeso y casi gris, suelto a la espalda, anudado sobre los omóplatos con una cinta clara–, daba unos largos pasos que eran, sin duda, de la muchacha que acababa de preparar la mesa y se asoma un momento a la calle para ver caer la tarde y estarse quieta sin pensar en nada; vi cómo se sentaba cerca del banco de Blanes y sostenía la cabeza con una mano, afirmando el codo en las rodillas, dejando descansar las yemas sobre los labios entreabiertos y la cara vuelta hacia un sitio lejano que estaba más allá de mí mismo, más allá también de la pared que yo tenía a la espalda. Vi cómo Blanes se levantaba para cruzar la calle, y lo hacía matemáticamente antes que el automóvil, que pasó echando humo con su capota alta y desapareció en seguida. Vi cómo el brazo de Blanes y el de la mujer que vivía en la casa de enfrente se unían por medio de la jarrita de cerveza y cómo el hombre bebía de un trago y dejaba el recipiente en la mano de la mujer que se hundía nuevamente, lenta y sin ruido, en su portal. Vi, otra vez, al hombre de la tricota azul cruzar la calle un instante antes de que pasara un rápido automóvil de capota baja que terminó su carrera junto a mí, apagando en seguida su motor, y, mientras se desgarraba el humo azuloso de la máquina, divisé a la muchacha del cordón de la acera que bostezaba y terminaba por echarse a lo largo en las baldosas, la cabeza sobre un brazo que escondía el pelo, y una pierna encogida. El hombre de la tricota y la gorra se inclinó entonces y acarició la cabeza de la muchacha, comenzó a acariciarla y la mano iba y venía, se enredaba en el pelo, estiraba la palma por la frente, apretaba la cinta clara del peinado, volvía a repetir sus caricias.
Bajé del banco, suspirando, más tranquilo, y avancé en puntas de pie por el escenario. El hombre del automóvil me siguió sonriendo intimidado, y la muchacha flaca que se había traído Blanes, volvió a salir de su zaguán para unirse a nosotros. Me hizo una pregunta, una pregunta corta, una sola palabra sobre aquello, y yo contesté sin dejar de mirar a Blanes y a la mujer echada; la mano de Blanes, que seguía acariciando la frente y la cabellera desparramada de la mujer, sin cansarse, sin darse cuenta de que la escena había concluido y que aquella última cosa, la caricia en el pelo de la mujer, no podía continuar siempre. Con el cuerpo inclinado, Blanes acariciaba la cabeza de la mujer, alargaba el brazo para recorrer con los dedos la extensión de la cabellera gris desde la frente hasta los bordes que se abrían sobre el hombro y la espalda de la mujer acostada en el piso. El hombre del automóvil seguía sonriendo, tosió y escupió a un lado. La muchacha que había dado el jarro de cerveza a Blanes empezó a caminar hacia el sitio donde estaban la mujer y el hombre inclinado, acariciándola. Entonces me di vuelta y le dije al dueño del automóvil que podía ir sacándolo, así nos íbamos temprano, y caminé junto a él, metiendo la mano en el bolsillo para darle unos pesos. Algo extraño estaba sucediendo a mi derecha, donde estaban los otros, y cuando quise pensar en eso tropecé con Blanes, que se había quitado la gorra y tenía un olor desagradable a bebida y me dio una trompada en las costillas, gritando:
–¡No se da cuenta que está muerta, pedazo de bestia!
Me quedé solo, encogido por el golpe, y mientras Blanes iba y venía por el escenario, borracho, como enloquecido, y la muchacha del jarro de cerveza y el hombre del automóvil se doblaban sobre la mujer muerta, comprendí qué era aquello, qué era lo que buscaba la mujer, lo que había estado buscando Blanes borracho la noche anterior en el escenario y parecía buscar todavía, yendo y viniendo con sus prisas de loco: lo comprendí todo claramente como si fuera una de esas cosas que se aprenden para siempre desde niño y no sirven después las palabras para explicar.


viernes, 15 de junio de 2018

Sin pan y sin amor


Betsy Vereckey


Las dos hogazas de pan captaron mi atención. Después vi al hombre que las sostenía, con un sombrero ridículo. En su foto de perfil se veía como un carpintero o un constructor naval, alguien que siempre usa camisas de franela, un hombre de hombros amplios y una barba casi hecha para atrapar migajas.
Arrastré su foto a la derecha. La aplicación anunció que había un match: él había hecho lo mismo.
Revisando su Instagram, me di cuenta de que su trabajo era hacer comida. Sus publicaciones tenían croissants del tamaño de una cabeza humana, lasaña de calabacín, rosquillas de coco, pizza de coliflor y pasta de tocino con huevo.
Resultó que podía llegar caminando a su panadería desde mi apartamento, así que decidí ir a verla (y a él también). Conocer al panadero en persona en mis propios términos secretos parecía más seguro que presentarme a una cita a ciegas potencialmente horrible. Además, si no había química entre nosotros, por lo menos regresaría a casa con algo delicioso que almorzar.
Así que una mañana calurosa de domingo me adentré en Brooklyn, pasé por fábricas y edificios desvencijados con cocheras tan grandes que podían contener excavadoras. Veía a cada rato el mapa y me preguntaba si estaba del lado correcto de la calle. Después vi el letrero.
Esperaba encontrarme con la típica panadería hípster, con focos de cables expuestos y cerveza fría que costaba 5 dólares, pero su panadería parecía más un laboratorio científico. El espacio era enorme, con techos altos, y el aire era blanquecino por la harina esparcida.
El panadero estaba en la parte de atrás y llevaba un delantal cubierto de harina. Nuestras miradas se cruzaron de inmediato. Soltó el pan que sostenía y me preguntó si podía ayudarme en algo. Estaba bastante segura de que no me reconoció a partir de las fotos que tenía en línea.
He descubierto que cuanto más sales con personas, más te recuerdan a la gente con la que ya has salido. Sin embargo, este panadero era distinto a cualquier hombre que haya conocido. Los músculos de sus antebrazos estaban entrelazados como el pan trenzado que estaba en sus fotos.
Después de preguntarle qué tenían, comenzó a hablar del pan. Yo crecí en un pueblo obrero de Ohio donde hay dos variedades: blanco e integral. No podía seguirle el paso con todos los detalles que mencionó acerca de los granos.
No soy tímida, pero estar cerca de él me hacía sentir como si estuviera bajo el agua. Mantuve los ojos enfocados en las hogazas frente a mí y por fin le pregunté qué pan prefería él.
“Ah”, dijo, vacilando. “Eso es como elegir a tu hijo favorito”.
Tomó un cuchillo afilado y, como el Zorro, rebanó un pedazo generoso y me lo dio. Mi enamoramiento había nacido.
Comencé a seguir la panadería en Instagram para ver qué ofrecía cada día. La experiencia imitaba todo lo que me encantaba de vivir en Europa… ir a la panadería por pan y pastelillos que habían sido horneados horas o minutos antes y hablar con las personas que los hicieron. Una vez, decidí comer una de las baguettes del panadero directo de la bolsa, como todos lo hacen en Francia. El primer bocado fue tan delicioso que hasta murmuré una grosería.
Mis amigos no tardaron en saberlo todo acerca de lo enamorada que estaba del panadero y su pan.
“¿Cómo te va con el panadero?”, me preguntaban. “¡Me encanta este hombre para ti!”
Seguí esperando que el panadero me invitara a salir, pero no sucedía. Finalmente, se me ocurrió que, si de verdad quería salir con él, tan solo debía decírselo. Pero ¿cómo? Había vivido gran parte de mi vida esperando que los hombres dieran el primer paso. Ahora, en la mitad de mis treinta, aún no le había pedido a un hombre que saliera conmigo (en persona y sobria, por lo menos).
Al parecer, todos tenían una opinión distinta acerca de si las mujeres deben invitar a salir a los hombres. Los hombres con los que hablé creían que era una excelente idea y me alentaron, garantizando que el panadero diría que sí. Incluso repasaron estrategias conmigo y fingieron ser él para practicar. Algunas mujeres pensaban lo mismo, pero otras intentaron disuadirme con consejos como: “Yo no lo haría… probablemente no le cuesta trabajo tener citas”.
Hasta entonces, jamás había pensado en el valor que deben reunir los hombres para pedirle a una mujer que salga con ellos. La tecnología y las aplicaciones han hecho que el rechazo sea menos personal pero, a veces, también más cruel, pues la gente se desvanece en el aire sin explicaciones ni disculpas.
Sin embargo, mi fabuloso panadero ya no era una imagen nada más. Era un chico lindo con apariencia de leñador que hacía unas chapatas buenísimas. Si le pedía que saliera conmigo y me rechazaba, estaría demasiado avergonzada para verlo de nuevo. Eso significaba un problema más grande: ¿dónde compraría mi pan?
Tuve muchas oportunidades para decírselo ese verano, pero siempre sucumbí ante mi inseguridad. Un día, un amigo me obligó a regresar a la panadería minutos después de que me había ido para comprarle una hogaza de pan y charlar con él.
“¿Sabes lo loca que voy a parecer?”, le pregunté. “Acabo de ir”.
“No me importa”, dijo. “Ve”.
Para cuando regresé, el panadero y su equipo estaban almorzando.
“Regresé”, les dije.
Todos me miraron como si estuviera loca, pero el panadero se levantó de su asiento y dijo: “Eso es bueno”.
Salí con dos hogazas de pan, un bagel y una galleta, pero sin una cita.
Cuanto más pensaba en cómo podría reaccionar, más nerviosa me ponía. Era como amasar pan: si lo haces demasiado, lo arruinas. El truco está en saber cuándo detenerte.
Ese momento llegó cuando terminó el verano y decidí mudarme a un vecindario distinto. Sabiendo que no haría el trayecto a la panadería cada fin de semana, decidí intentarlo.
Entré a la panadería en una mañana lluviosa de domingo, mala para el negocio pero perfecta para pedirle a un hombre –que no lo sospecha– que salga contigo cuando no quieres una audiencia.
El panadero llevaba calcetines con rayas rojas y blancas; me saludó con una sonrisa y dijo que había un par de especiales: un estofado de col guisada y rosquillas de calabaza moscada. “Prueba ambos”, dijo. “Te los traeremos como primer y segundo tiempo”.
Unos segundos después, el panadero salió con una generosa porción de sopa caliente servida en un plato elegante con una rebanada de su pan distintivo. Mi corazón se detuvo un poco cuando vi que había rallado queso encima.
Cuando me había terminado la mitad fue a preguntarme si todo estaba bien. Me estaba sintiendo un poco mal esa mañana por haber bebido demasiado la noche anterior, y mencioné que su sopa me había ayudado con el dolor de cabeza.
“¿Tienes resaca?”, preguntó.
Se fue y regresó con una cerveza burbujeante con sabor a uva, y me dijo que me haría sentir mejor (y tenía razón).
Media hora más tarde no quedaba una migaja o gota en mi tazón. Estaba satisfecha, pero apareció la dona, así que le dije a mi estómago que hiciera espacio. La dona era tan grande que necesité un cuchillo y un tenedor para comerla.
Pude haber dudado de mí misma todo el día, pero terminé por levantarme y acercarme al panadero, quien estaba solo en el mostrador. Sabía que si no lo invitaba a salir conmigo, la respuesta siempre sería no.
Justo cuando estaba a punto de hablar, encendió la licuadora. El ruido me calló y solo pude reír. Cuando tomó mi plato, le agradecí por una comida grandiosa. Después respiré hondo y le dije: “¿Quieres salir algún día?”
Sentí alivio al escuchar el sonido de mis propias palabras, tanto así que deseé haberlo hecho antes.
Él me observó, se puso nervioso y confundido.
“Podríamos hablar de pan o algo así”, dije.
Con eso, su rostro se relajó. “Eso me gustaría”, dijo. “¿Tienes una tarjeta?”
Saqué una de mi cartera y la deslicé por el mostrador.
“Te mandaré un mensaje”, me dijo.
Mientras me iba, la descarga de adrenalina no era como nada que hubiera sentido antes, no sólo porque había dicho que sí, sino porque yo también había pedido algo que de verdad quería. Sin embargo, ese mismo día, más tarde, me encontré en territorio conocido: viendo mi celular, esperando un mensaje. Mis amigos dijeron que tenía permitido tardarse varios días.
Jamás se me ocurrió que podría no escribirme. Tenía una idea romántica de que si era capaz de reunir el valor para pedirle que saliera conmigo, me escribiría y saldríamos. Porque así es como funcionan los grandes gestos, ¿no? Te atreves y recibes una recompensa, ¿cierto?
Lo que no vi a causa de mi nerviosismo infantil fue que sólo yo veía lo grandioso de mi gesto. Él no tenía idea. Todo lo que él sabía es que una chica le había preguntado si quería salir a hablar de pan.
Pasó un día y después dos. Una semana más tarde, revisé la cuenta de Instagram de la panadería para ver si seguía vivo. Lo estaba. Todo lo que me había estado dando era un excelente servicio al cliente. Eso… y una lección de amor.


jueves, 14 de junio de 2018

El modelo millonario


Oscar Wilde


A menos que se sea rico, no sirve de nada ser una persona encantadora. Lo romántico es privilegio de los ricos, no profesión de los desempleados. Los pobres debieran ser prácticos y prosaicos. Vale más tener una renta permanente que ser fascinante. Estas son las grandes verdades de la vida moderna que Hughie Erskine nunca comprendió. ¡Pobre Hughie!
Intelectualmente, hemos de admitir, no era muy notable. Nunca dijo en su vida una cosa brillante, ni siquiera una cosa mal intencionada. Pero era, en cambio, asombrosamente bien parecido, con su pelo castaño rizado, su perfil bien recortado y sus ojos grises. Era tan popular entre los hombres como entre las mujeres, y tenía todas las cualidades, menos la de hacer dinero. Su padre le había legado su espada de caballería y una Historia de la guerra peninsular, en quince volúmenes. Hughie colgó aquella sobre el espejo, puso ésta en un estante entre la Guía de Ruff y la Revista de Bailey, y vivió con las doscientas libras al año que le proporcionaba una anciana tía. Lo había intentado todo. Había frecuentado la Bolsa durante seis meses; pero ¿qué iba a hacer una mariposa entre toros y osos? Había sido comerciante de té algo más de tiempo, pero pronto se había cansado del té chino negro fuerte y del negro ligero. Luego había intentado vender jerez seco; aquello no resultó; el jerez era tal vez demasiado seco. Por último, se dedicó a no hacer nada, y a ser simplemente un joven encantador, inútil, de perfil perfecto y sin ninguna profesión.
Para colmo de males, estaba enamorado. La muchacha que amaba era Laura Merton, hija de un coronel retirado que había perdido el humor y la digestión en la India, y que no había vuelto a encontrar ni lo uno ni la otra.
Laura lo adoraba, y él hubiera besado los cordones de los zapatos que ella calzaba. Hacían la más bonita pareja de Londres, y no tenían ni un penique entre los dos. Al coronel le parecía muy bien Hughie, pero no quería oír hablar de noviazgo.
–Muchacho –solía decirle–, ven a verme cuando tengas diez mil libras tuyas, y veremos.
Y Hughie tomaba un aspecto taciturno en esos días, y tenía que ir a Laura en busca de consuelo.
Una mañana, cuando se dirigía a Holland Park, donde vivían los Merton, entró a ver a un gran amigo suyo, Alan Trevor. Trevor era pintor. En verdad, poca gente escapa de eso hoy día; pero este era artista, además, y los artistas son bastante escasos. Como persona era un individuo extraño y rudo, con una cara llena de pecas y una barba roja descuidada. Sin embargo, cuando cogía el pincel era un verdadero maestro, y sus cuadros eran muy solicitados. Hughie le había interesado mucho; en un principio, hay que reconocer, a causa enteramente de su encanto personal.
–Un pintor –solía decir– debiera conocer únicamente a las personas que son tontas y hermosas, a las personas que son un placer artístico cuando se las mira y un reposo intelectual cuando se habla con ellas. Los hombres elegantes y las mujeres amadas gobiernan al mundo, al menos debieran gobernarlo.
No obstante, cuando hubo conocido mejor a Hughie, le gustó otro tanto por su radiante optimismo y su generosa naturaleza atolondrada, y le dio entrada libre en su estudio.
Cuando llegó Hughie aquel día encontró a Trevor dando los últimos toques a un magnífico retrato de un mendigo en tamaño natural. El mendigo mismo estaba posando en pie, subido a un estrado, en un ángulo del estudio. Era un viejo seco, con una cara semejante a un pergamino arrugado y una expresión sumamente lastimera. De los hombros le colgaba una tosca capa parda, toda desgarrada y harapienta; sus gruesas botas estaban remendadas y con parches, y con una mano se apoyaba en un áspero bastón, mientras que con la otra sostenía su maltrecho sombrero, pidiendo limosna.
–¡Qué modelo tan asombroso! –susurró Hughie al estrechar la mano a su amigo.
–¿Un modelo asombroso? –gritó Trevor a plena voz–, ¡eso creo yo! No se encuentran todos los días mendigos como él. ¡Une trouvaille, mon cher; un Velázquez en carne y hueso! ¡Rayos!, ¡qué aguafuerte hubiera hecho Rembrandt con él!
–¡Pobre viejo! –dijo Hughie–, ¡qué aspecto tan triste tiene! Pero supongo que para ustedes, los pintores, su cara vale una fortuna.
–Ciertamente –replicó Trevor–, no querrás que un mendigo parezca feliz, ¿verdad?
–¿Cuánto cobra un modelo por posar? –preguntó Hughie, mientras encontraba cómodo asiento en un diván.
Un chelín por hora.
–¿Y cuánto cobras tú por el cuadro, Alan?
–¡Oh, por este cobro dos mil!
–¿Libras?
–Guineas. Los pintores, los poetas y los médicos siempre cobramos en guineas.
–Bueno, yo creo que el modelo debiera llevar un tanto por ciento –exclamó Hughie riendo–; trabaja tanto como ustedes.
–¡Tonterías, tonterías!; ¡mira, aunque sólo sea la molestia de extender la pintura, y el estar de pie todo el santo día delante del caballete! Para ti es muy fácil hablar, Hughie, pero te aseguro que hay momentos en que el arte alcanza casi la dignidad del trabajo manual. Pero no debes charlar; estoy muy ocupado. Fúmate un cigarrillo y estate callado.
Al cabo de un rato entró el sirviente y dijo a Trevor que el hombre que le hacía los marcos quería hablar con él.
–No te vayas corriendo, Hughie –dijo al salir–; volveré dentro de un momento.
El viejo mendigo aprovechó la ausencia de Trevor para descansar unos instantes en un banco de madera que había detrás de él. Parecía tan desamparado y tan desdichado que Hughie no pudo por menos de compadecerse de él, y se palpó los bolsillos para ver qué dinero tenía. Todo lo que pudo encontrar fue una libra de oro y algunas monedas de cobre.
“¡Pobre viejo! –pensó en su interior–, lo necesita más que yo; pero esto supone que no podré tomar un simón en dos semanas.”
Y cruzó el estudio y deslizó la moneda de oro en la mano del mendigo.
El viejo se sobresaltó, y una débil sonrisa revoloteó en sus labios marchitos.
–Gracias, señor –dijo–, gracias.
Entonces llegó Trevor, y Hughie se marchó, sonrojándose un poco por lo que había hecho. Pasó el día con Laura, recibió una encantadora reprimenda por su extravagancia, y tuvo que volver a casa andando.
Aquella noche entró en el Palette Club hacia las once, y encontró a Trevor sentado solo en el salón de fumadores bebiendo vino del Rin con agua de seltz.
–Bien, Alan, ¿terminaste el cuadro? –dijo, mientras encendía su cigarrillo.
–Está terminado y enmarcado, muchacho –contestó Trevor–; y a propósito, has hecho una conquista. El viejo modelo que viste te tiene verdadera devoción. He tenido que contarle todo acerca de ti: quién eres, dónde vives, de qué ingresos dispones, qué perspectivas de futuro tienes…
–Querido Alan –exclamó Hughie–, probablemente lo encontraré esperándome cuando vaya a casa. Pero, naturalmente, estás sólo bromeando. ¡Pobre viejo desgraciado! Desearía hacer algo por él; creo que es terrible que haya alguien tan desdichado. Tengo montones de ropa vieja en casa; ¿crees que le interesaría algo de ella? ¡Como sus harapos se le estaban cayendo a pedazos!
–Pero tiene un aspecto espléndido con ellos –dijo Trevor–. No lo pintaría con levita por nada del mundo. Lo que tú llamas harapos, yo lo llamo atuendo romántico; lo que a ti te parece pobreza, a mí me parece aspecto pintoresco. Sin embargo, le hablaré de tu ofrecimiento.
–Alan –dijo Hughie gravemente–, ustedes los pintores son gente sin corazón.
–El corazón de un artista es su cabeza –replicó Trevor–; y, además, nuestra tarea es comprender el mundo como lo vemos, no reformarlo de acuerdo con el conocimiento que tenemos de él. A chacun son métier. Y ahora, dime, cómo está Laura. El viejo modelo se interesó mucho por ella.
–¿No querrás decir que le hablaste de ella? –dijo Hughie.
–Desde luego que sí. Él sabe todo respecto al inexorable coronel, la bella Laura y las diez mil libras.
–¿Contaste al viejo mendigo todos mis asuntos privados? –exclamó Hughie, enrojeciendo y enfadándose mucho.
–Mi querido muchacho –dijo Trevor, sonriendo–, ese viejo mendigo, como tú le llamas, es uno de los hombres más ricos de Europa. Podría comprar mañana todo Londres sin dejar al descubierto sus cuentas corrientes. Tiene una casa en todas las capitales; come en vajilla de oro, y cuando quiera puede impedir que Rusia entre en una guerra.
–¿Qué demonios quieres decir? –exclamó Hughie.
–Lo que digo –respondió Trevor–. El viejo que viste hoy en el estudio era el barón Hausberg. Es un gran amigo mío; compra todos mis cuadros y todas esas cosas, y hace un mes me encargó que lo pintara de mendigo. Que voulez-vous? La fantaisie d’un millionnaire! Y he de reconocer que hacía una magnífica figura con sus harapos, o quizá debiera decir con los míos, pues es una ropa vieja que conseguí en España.
–¡El barón Hausberg! –exclamó Hughie–. ¡Cielo santo! ¡Y yo le di una libra!
Y se desplomó en un sillón, pareciendo la imagen de la consternación.
–¿Que le diste una libra? –gritó Trevor, lanzando una carcajada–. Mi querido muchacho, nunca volverás a verla. Son affaire c’est l’argent des autres.
–Creo que bien podías habérmelo dicho, Alan –dijo Hughie malhumorado–, y no haberme dejado que hiciera el ridículo.
–Bueno, para empezar, Hughie –dijo Trevor–, nunca se me hubiera ocurrido que fueras por ahí repartiendo limosnas de ese modo tan atolondrado. Puedo entender que des un beso a una modelo guapa, pero que des una moneda de oro a un modelo feo, ¡por Júpiter, no! Además, el hecho es que en realidad yo no estaba en casa para nadie, y cuando entraste tú yo no sabía si a Hausberg le gustaría que se mencionara su nombre. Ya sabes que no estaba vestido de etiqueta.
–¡Qué imbécil debe creer que soy! –dijo Hughie.
–Nada de eso. Estaba del mejor humor después de que te fuiste; no hacía más que reírse entre dientes y frotarse las viejas manos rugosas. Yo no podía explicarme por qué estaba tan interesado en saber todo lo referente a ti, pero ahora lo veo todo claro. Invertirá tu libra por ti, Hughie, te pagará los intereses cada seis meses, y tendrá una historia estupenda para contar después de la cena.
–Soy un pobre diablo sin suerte –refunfuñó Hughie–. Lo mejor que puedo hacer es irme a la cama, y tú, querido Alan, no debes decírselo a nadie; no me atrevería a dejar que me vieran la cara en el Row.
–¡Tonterías! Esto hace honor a tu alta reputación de espíritu filantrópico, Hughie. Y no te vayas corriendo. Fúmate otro cigarrillo, y puedes hablar de Laura tanto como quieras.
Sin embargo, Hughie no quiso quedarse allí; se fue a casa, sintiéndose muy desgraciado y dejando a Trevor con un ataque de risa.
A la mañana siguiente, cuando estaba desayunando, el sirviente le llevó una tarjeta en la que estaba escrito: “Monsieur Gustave Naudin, de la part de M. le baron Hausberg.”
–Supongo que habrá venido a pedir que me disculpe –se dijo Hughie.
Y ordenó al criado que hiciera pasar al visitante.
Entró en la habitación un señor anciano con gafas de oro y pelo canoso, y dijo con un ligero acento francés:
–¿Tengo el honor de hablar con monsieur Erskine?
Hughie asintió con la cabeza.
–Vengo de parte del barón Hausberg –continuó–. El barón…
–Le ruego, señor, que le ofrezca mis más sinceras excusas –balbuceó Hughie.
–El barón –dijo el anciano con una sonrisa– me ha encargado que le traiga esta carta.
Y le tendió un sobre lacrado, en el que estaba escrito lo siguiente: “Un regalo de boda para Hugh Erskine y Laura Merton, de un viejo mendigo.” Y dentro había un cheque por diez mil libras.
Cuando se casaron, Alan Trevor fue el padrino, y el barón pronunció un discurso en el desayuno de bodas.
–Los modelos millonarios –observó Alan– son bastante raros, pero, ¡por Júpiter!, los millonarios modelo son más raros todavía.