miércoles, 20 de septiembre de 2017

Sirena sin mar

Ana Teresa Peralta


Nació y creció siempre cerca del mar. Ella, como sus cinco hermanas, amaba todo lo que se relacionara con el océano; de hecho, no conocía otro lugar tan encantador y maravilloso. Lola era la más pequeña de aquella singular familia y se caracterizaba por ser la más hermosa de sus hermanas, lo que no quiere decir que ellas no lo fueran, pero Lola las opacaba con su tierno y hermoso rostro. Como había nacido cerca de la playa, no fue necesario enseñarle a nadar, sólo la mayor le mostró cómo se debía mover dentro del agua. Lola aprendió con gran rapidez, poseía una enorme gracia para nadar como sirena y sus hermanas comenzaron a llamarla así: Sirena. Jugaban a que lo eran y se disfrazaban construyendo con la arena sus largas colas.
Desde pequeña escuchó aquel sustantivo y empezó a creer que era cierto; pasaba las horas nadando y perdiéndose en el océano, de verdad creía ser una sirena y no había nada que mostrara lo contrario. Fue tanta su fantasía que imaginaba tener una aleta brillante y hermosa cada vez que se clavaba en las olas. Sus hermanas comenzaron a preocuparse por su pequeña hermana, no era normal lo que hacía y en su desesperación llamaron a un especialista. Cuando el médico evaluó a Lola le diagnosticó una enfermedad que le creaba alucinaciones y necesitaba ser internada. La noticia fue muy difícil de aceptar, pero al final su familia cedió.
Lola gritaba, pataleaba, mordía, lloraba, ¡no podían separarla de su hogar! Decía que si la privaban de la sal del océano iba a secarse y convertirse en una mujer fea; gritaba desesperadamente que necesitaba ver el crepúsculo y el ocaso desde la playa, ¡no debían llevársela! Tuvieron que sedarla para poder trasladarla. Sus hermanas lloraban desconsoladas.
No hubo día en que Lola no exigiera que la llevaran a su casa, se mojaba el cabello, salía al patio cuando llovía, deseaba con toda su alma regresar a donde pertenecía.
Nunca regresó.

martes, 19 de septiembre de 2017

El hórreo

Silvina Ocampo


A Basilisa Vázquez

Hace treinta años que salí de España y no sé si volveré. Mi madre quería que me llamara Generosa, como mi abuela, pero me llamaban Pachina. La noche de San Juan me escapé de mi casa. Ya estaba cansada de tanta injusticia. Yo tenía ocho años y hacía todos los trabajos. Mis hermanas, ninguno. Cuando recolectaban la cosecha del centeno, sufría más que nunca, pues no tenía tiempo de juntar los cornatillos, que valen tanto. Mis hermanas, ellas tenían tiempo de juntarlos. Yo tenía que servir el vino, la comida a los segadores, o llevar las vacas al monte, o lavar y planchar la ropa, o encender el fuego, o pelar las papas. “Me iré a Gueral, donde viven mis primas” decía para mis adentros, moviendo los labios como si rezara. “Me ganaré la vida cuidando niños y mañana, cuando mis padres vayan a la iglesia, a buscar todas las cosas que dejaron los vecinos en las puertas de la iglesia, sabrán que escapé y llorarán con grandes pañuelos, porque no sabrán si he muerto de hambre o si me comió un lobo.”
Caía la noche, con las fogatas encendidas, y pensé en los cuentos de lobos y de brujas que me habían contado. No me atreví a caminar por los montes ni a aventurarme por el largo camino que conduce a Gueral; me escondí en el hórreo, donde almacenan los granos, y que queda muy cerca de la casa de mis padres. Me eché sobre el piso. Oí toda la noche las idas y venidas de la gente que me buscaba con linternas. Al amanecer emprendí el viaje. Me mojé la cara en el río, para lavar mis lágrimas, pues no llevaba pañuelo, y bebí mucha agua. Cuando llegué a Gueral, más muerta que viva, no me atreví a pedir trabajo en ninguna casa. Tenía vergüenza. A la entrada del pueblo encontré a mi prima que me preguntó a dónde iba. Le respondí que iba a buscar unos zuecos, que los hacían ahí, en una casa, muy bonitos. Avergonzada volví, caminando por el mismo camino por donde había venido, resuelta a encerrarme en el hórreo hasta morir, pues antes de recibir la paliza que me esperaba, prefería morir debajo de los granos o de un cargamento de pasto. El dolor y el hambre me daban alas. Corrí tanto que caí casi desmayada. Me detuve a descansar debajo de un castaño, cuyas frutas me clavaron sus erizos. Los niños, que salían del colegio, al verme, vinieron a mi encuentro. Uno de ellos quiso llevarme al pueblo y me tomó del brazo. Le clavé las uñas. Los otros me rodearon y durante media hora lucharon conmigo. Cuando caí al suelo, vencida, me hice la muerta. Los niños, gritando que estaba muerta, huyeron. Cuando los perdí de vista, tomé otro camino del monte, más largo pero menos frecuentado y me encaminé al hórreo. Con tranquilidad, pues mi cansancio era ya como un narcótico, penetré en la sombra del recinto, y vi con terror que no estaba sola. Una sombra agazapada se escondía, como yo estaba escondiéndome; era Lelo Garabal, el de los pies grandotes, pero lloraba. ¡Un varón que llora! ¿Qué era mi vergüenza comparada con la de Lelo Garabal? El tenía doce años cumplidos, era casi un hombre con bigotes y yo una niña. Lo miré con desprecio. Gruñía como un cerdo y un mar de lágrimas caía de sus mejillas sobre la blusa oscura, pero no había olvidado su merienda, y mientras lloraba comía pan con chorizo. Hacía muchas horas que yo no comía y probablemente al relamer mis labios Lelo Garabal adivinó mi hambre. Me ofreció la mitad del pan, no la del chorizo, y me dijo:
–Me iré de España.
Si no hubiera estado sentada, me habría caído al suelo.
–Te vas? –le pregunté con voz helada, recordando que una niña nunca debe demostrar su asombro a un varón–. ¿Por qué?
–Porque sí –respondió, mirándose los pies–. Soy grande, mira mis zapatos. Calzo un número más que mi padre.
–Quiero irme contigo –le dije, tratando de no oír sus gruñidos–. Yo también quiero irme de España, aunque muera de hambre.
–¿En un barco? –me respondió incrédulo–. Pachina, ¿te irías en un barco, de los que zarpan de Vigo?
–¿Y en qué me iría? –le dije–. Pero ¿por qué te vas? –insistí–. ¿Te lo permitirá el señor López y Teresa, tu madrina? ¿Por qué te vas?
–Nadie me saluda en el pueblo, ni Manolo, ni Maruja Naveira, ni Ricardo Cayó, ni Luisa Carro.
–¿Qué hiciste? –le pregunté.
–Un sacrilegio –respondió.
–¿Un sacrilegio?
No lo creía capaz ni de un sacrilegio.
–Te acuerdas que soy curioso? El cura que me enseñó el catecismo me dijo que si mascaba las hostias, las llagas de Cristo, mientras las mascaba sangrarían. ¿Sabes que Maruja Naveira y Luisa Carro limpian todos los sábados los pisos, los bancos, el altar de la iglesia? Ayer querían pasear todo el día y les ofrecí limpiar la iglesia. Yo sabía en donde guardaba el cura las llaves del sagrario. En cuanto Maruja y Luisa se fueron, busqué las llaves. Son de oro y brillan mucho. Solo, recorrí la nave, limpiando los bancos, el piso y el presbiterio, hasta que llegué al altar. Tomé el cáliz y, mirando continuamente el Cristo, masqué una por una las hostias, para ver si las llagas sangraban. No sangraron, pero me descubrieron antes que mascara la última hostia, que tal vez hubiera soltado la sangre. Todo el pueblo lo sabe ahora –dijo tragándose una lágrima–. Mi mamá dice que sólo me saludarán los ladrones, los locos o las mujeres de mala vida.
–Yo tampoco –le dije y corrí junto a mi madre.

El sacrilegio de Lelo Garabal me salvó de una paliza. Durante un mes y durante todo el mes siguiente no se habló de otra cosa en el pueblo y en mi casa donde volvieron a tratarme con la misma injusticia como si yo me hubiera portado después de todo, como Lelo Garabal.

lunes, 18 de septiembre de 2017

Anécdota antigua

Anton Chejov


En tiempos de antaño, en Inglaterra, los criminales condenados a la pena de muerte gozaban del derecho a vender en vida sus cadáveres a los anatomistas y los fisiólogos. El dinero recibido de esta forma ellos se lo daban a sus familias o se lo bebían. Uno de ellos, atrapado en un crimen horrible, llamó a su lugar a un científico médico y, tras negociar con éste hasta el hartazgo, le vendió su propia persona por dos guineas. Pero, al recibir el dinero, de pronto se empezó a carcajear…
–¿De qué se ríe? –se asombró el médico.
–¡Usted me compró a mí como un hombre que debe ser colgado –dijo el criminal, riéndose a carcajadas–, pero yo lo timé a usted! ¡Yo voy a ser quemado! ¡Ja, ja!


miércoles, 13 de septiembre de 2017

Rhadamanthos

Silvina Ocampo


La envidiaba por sus pecados con una envidia que la carcomía, una envidia que no la dejaba descansar, y ahora, ahí estaba, muerta. Nada en el mundo podría resucitarla. Ahí estaba, muerta como una piedra preciosa, que no sufre, con todos los honores, con todas las ceremonias. ¡Ni siquiera desfigurada! Y si lo hubiera estado, alguien se hubiera encargado de ver en ella un encanto nuevo, el encanto de sus imperfecciones. Joven, nada le quitaría la juventud; tranquila, nada le quitaría la tranquilidad; impura, nada le quitaría su aparente pureza. Las iniciales, sobre el paño negro del coche fúnebre, brillaban, y sus retratos ya se repartían entre los amigos de la casa. No había modo de contener las lágrimas que vertían por ella un hijo de ocho años, un marido de treinta y esa corte ridícula de amigos que la admiraban, aún más que antes. En los armarios, aquellos vestidos que olían a perfume, serían sus delegados. Con ellos el recuerdo maquinaría costumbres, ritos en su memoria. Las santas tienen altares, pero ella, que se había suicidado, tendría en cada corazón alguien que suspiraba secretamente por su memoria.
Injusticias de la suerte, pensaba Virginia, mientras subía las escaleras. Yo que he sufrido tanto, yo que soy pura, yo que tengo a veces cara de muerta, yo que no tengo miedo de nadie, yo no me he suicidado. Nadie llora por mí.
Entró en el cuarto donde la velaban. Flores, las flores que le agradaban tanto, la cubrían. En la luz trémula de los cirios brillaban la frente, los pómulos, las mejillas, el cuello y los labios, como si estuviese viva. Ninguno de sus defectos se veía, ni los dedos de los pies, que eran tan insólitos, ni las piernas demasiado fuertes. Se había arreglado, peinado, pintado, para torturarla.
Para no verle la cara se arrodilló; para no pensar en ella rezó. Un zumbido de voces le llenó los oídos. La gente hablaba, ¿de qué? Sólo de ella. Era pura, decían, como la luz. Se puso de pie, Por suerte nadie advierte en las miradas los íntimos sentimientos de un ser.
Virginia se dirigió al dormitorio de la muerta. Buscó el peine, para peinarse, buscó el lápiz de los labios, para pintarse, buscó el perfume, para perfumarse, y se miró en el espejo. Salió de la casa apresuradamente; entró en una tienda donde compró papel de cartas (el papel que tenía en su casa era un papel ordinario). Caminó por la calle mirando la punta de sus zapatos de bruja; subió por un ascensor interminable, abrió una puerta y entró en su cuarto. Se puso a escribir maravillosas cartas de amor dirigidas a la muerta, revelando en ellas, con toda suerte de subterfugios, la vida monstruosa, impura, que le atribuía. Al pie de las cartas firmaba con el nombre del supuesto amante. En una noche, mientras velaban a la muerta, escribió veinte cartas, cuyas fechas abarcaban toda una vida de amor.
A la mañana siguiente, al alba, hizo un paquete con las cartas, las ató con la cinta rosada de uno de sus camisones, las llevó a la casa mortuoria y las depositó en el armario de la muerta.

lunes, 11 de septiembre de 2017

Macario

Juan Rulfo


Estoy sentado junto a la alcantarilla aguardando a que salgan las ranas. Anoche, mientras estábamos cenando, comenzaron a armar el gran alboroto y no pararon de cantar hasta que amaneció. Mi madrina también dice eso: que la gritería de las ranas le espantó el sueño. Y ahora ella bien quisiera dormir. Por eso me mandó a que me sentara aquí, junto a la alcantarilla, y me pusiera con una tabla en la mano para que cuanta rana saliera a pegar de brincos afuera, la apalcuachara a tablazos… Las ranas son verdes de todo a todo, menos en la panza. Los sapos son negros. También los ojos de mi madrina son negros. Las ranas son buenas para hacer de comer con ellas. Los sapos no se comen; pero yo me los he comido también, aunque no se coman, y saben igual que las ranas. Felipa es la que dice que es malo comer sapos. Felipa tiene los ojos verdes como los ojos de los gatos. Ella es la que me da de comer en la cocina cada vez que me toca comer. Ella no quiere que yo perjudique a las ranas. Pero, a todo esto, es mi madrina la que me manda a hacer las cosas… Yo quiero más a Felipa que a mi madrina. Pero es mi madrina la que saca el dinero de su bolsa para que Felipa compre todo lo de la comedera. Felipa sólo se está en la cocina arreglando la comida de los tres. No hace otra cosa desde que yo la conozco. Lo de lavar los trastes a mí me toca. Lo de acarrear leña para prender el fogón también a mí me toca. Luego es mi madrina la que nos reparte la comida. Después de comer ella, hace con sus manos dos montoncitos, uno para Felipa y otro para mí. Pero a veces Felipa no tiene ganas de comer y entonces son para mí los dos montoncitos. Por eso quiero yo a Felipa, porque yo siempre tengo hambre y no me lleno nunca, ni aun comiéndome la comida de ella. Aunque digan que uno se llena comiendo, yo sé bien que no me lleno por más que coma todo lo que me den. Y Felipa también sabe eso… Dicen en la calle que yo estoy loco porque jamás se me acaba el hambre. Mi madrina ha oído que eso dicen. Yo no lo he oído. Mi madrina no me deja salir solo a la calle. Cuando me saca a dar la vuelta es para llevarme a la iglesia a oír misa. Allí me acomoda cerquita de ella y me amarra las manos con las barbas de su rebozo. Yo no sé por qué me amarra mis manos; pero dice que porque dizque luego hago locuras. Un día inventaron que yo andaba ahorcando a alguien; que le apreté el pescuezo a una señora nada más por nomás. Yo no me acuerdo. Pero, a todo esto, es mi madrina la que dice lo que yo hago y ella nunca anda con mentiras. Cuando me llama a comer, es para darme mi parte de comida, y no como otra gente que me invitaba a comer con ellos y luego que me les acercaba me apedreaban hasta hacerme correr sin comida ni nada. No, mi madrina me trata bien. Por eso estoy contento en su casa. Además, aquí vive Felipa. Felipa es muy buena conmigo. Por eso la quiero… La leche de Felipa es dulce como las flores del obelisco. Yo he bebido leche de chiva y también de puerca recién parida; pero no, no es igual de buena que la leche de Felipa… Ahora ya hace mucho tiempo que no me da a chupar de los bultos esos que ella tiene donde tenemos solamente las costillas, y de donde le sale, sabiendo sacarla, una leche mejor que la que nos da mi madrina en el almuerzo de los domingos… Felipa antes iba todas las noches al cuarto donde yo duermo, y se arrimaba conmigo, acostándose encima de mí o echándose a un ladito. Luego se las ajuareaba para que yo pudiera chupar de aquella leche dulce y caliente que se dejaba venir en chorros por la lengua… Muchas veces he comido flores de obelisco para entretener el hambre. Y la leche de Felipa era de ese sabor, sólo que a mí me gustaba más, porque, al mismo tiempo que me pasaba los tragos, Felipa me hacía cosquillas por todas partes. Luego sucedía que casi siempre se quedaba dormida junto a mí, hasta la madrugada. Y eso me servía de mucho; porque yo no me apuraba del frío ni de ningún miedo a condenarme en el infierno si me moría yo solo allí, en alguna noche… A veces no le tengo tanto miedo al infierno. Pero a veces sí. Luego me gusta darme mis buenos sustos con eso de que me voy a ir al infierno cualquier día de éstos, por tener la cabeza tan dura y por gustarme dar de cabezazos contra lo primero que encuentro. Pero viene Felipa y me espanta mis miedos. Me hace cosquillas con sus manos como ella sabe hacerlo y me ataja el miedo ese que tengo de morirme. Y por un ratito hasta se me olvida… Felipa dice, cuando tiene ganas de estar conmigo, que ella le cuenta al Señor todos mis pecados. Que irá al cielo muy pronto y platicará con Él pidiéndole que me perdone toda la mucha maldad que me llena el cuerpo de arriba abajo. Ella le dirá que me perdone, para que yo no me preocupe más. Por eso se confiesa todos los días. No porque ella sea mala, sino porque yo estoy repleto por dentro de demonios, y tiene que sacarme esos chamucos del cuerpo confesándose por mí. Todos los días. Todas las tardes de todos los días. Por toda la vida ella me hará ese favor. Eso dice Felipa. Por eso yo la quiero tanto… Sin embargo, lo de tener la cabeza así de dura es la gran cosa. Uno da de topes contra los pilares del corredor horas enteras y la cabeza no se hace nada, aguanta sin quebrarse. Y uno da de topes contra el suelo; primero despacito, después más recio y aquello suena como un tambor. Igual que el tambor que anda con la chirimía, cuando viene la chirimía a la función del Señor. Y entonces uno está en la iglesia, amarrado a la madrina, oyendo afuera el tum tum del tambor… Y mi madrina dice que si en mi cuarto hay chinches y cucarachas y alacranes es porque me voy a ir a arder en el infierno si sigo con mis mañas de pegarle al suelo con mi cabeza. Pero lo que yo quiero es oír el tambor. Eso es lo que ella debería saber. Oírlo, como cuando uno está en la iglesia, esperando salir pronto a la calle para ver cómo es que aquel tambor se oye de tan lejos, hasta lo hondo de la iglesia y por encima de las condenaciones del señor cura… “El camino de las cosas buenas está lleno de luz. El camino de las cosas malas es oscuro.” Eso dice el señor cura… Yo me levanto y salgo de mi cuarto cuando todavía está a oscuras. Barro la calle y me meto otra vez en mi cuarto antes que me agarre la luz del día. En la calle suceden cosas. Sobra quién lo descalabre a pedradas apenas lo ven a uno. Llueven piedras grandes y filosas por todas partes. Y luego hay que remendar la camisa y esperar muchos días a que se remienden las rajaduras de la cara o de las rodillas. Y aguantar otra vez que le amarren a uno las manos, porque si no ellas corren a arrancar la costra del remiendo y vuelve a salir el chorro de sangre. Ora que la sangre también tiene buen sabor aunque, eso sí, no se parece al sabor de la leche de Felipa… Yo por eso, para que no me apedreen, me vivo siempre metido en mi casa. En seguida que me dan de comer me encierro en mi cuarto y atranco bien la puerta para que no den conmigo los pecados mirando que aquello está a oscuras. Y ni siquiera prendo el ocote para ver por dónde se me andan subiendo las cucarachas. Ahora me estoy quietecito. Me acuesto sobre mis costales, y en cuanto siento alguna cucaracha caminar con sus patas rasposas por mi pescuezo le doy un manotazo y la aplasto. Pero no prendo el ocote. No vaya a suceder que me encuentren desprevenido los pecados por andar con el ocote prendido buscando todas las cucarachas que se meten por debajo de mi cobija… Las cucarachas truenan como saltapericos cuando uno las destripa. Los grillos no sé si truenen. A los grillos nunca los mato. Felipa dice que los grillos hacen ruido siempre, sin pararse ni a respirar, para que no se oigan los gritos de las ánimas que están penando en el purgatorio. El día en que se acaben los grillos, el mundo se llenará de los gritos de las ánimas santas y todos echaremos a correr espantados por el susto. Además, a mí me gusta mucho estarme con la oreja parada oyendo el ruido de los grillos. En mi cuarto hay muchos. Tal vez haya más grillos que cucarachas aquí entre las arrugas de los costales donde yo me acuesto. También hay alacranes. Cada rato se dejan caer del techo y uno tiene que esperar sin resollar a que ellos hagan su recorrido por encima de uno hasta llegar al suelo. Porque si algún brazo se mueve o empiezan a temblarle a uno los huesos, se siente en seguida el ardor del piquete. Eso duele. A Felipa le picó una vez uno en una nalga. Se puso a llorar y a gritarle con gritos queditos a la Virgen Santísima para que no se le echara a perder su nalga. Yo le unté saliva. Toda la noche me la pasé untándole saliva y rezando con ella, y hubo un rato, cuando vi que no se aliviaba con mi remedio, en que yo también le ayudé a llorar con mis ojos todo lo que pude… De cualquier modo, yo estoy más a gusto en mi cuarto que si anduviera en la calle, llamando la atención de los amantes de aporrear gente. Aquí nadie me hace nada. Mi madrina no me regaña porque me vea comiéndome las flores de su obelisco, o sus arrayanes, o sus granadas. Ella sabe lo entrado en ganas de comer que estoy siempre. Ella sabe que no se me acaba el hambre. Que no me ajusta ninguna comida para llenar mis tripas aunque ande a cada rato pellizcando aquí y allá cosas de comer. Ella sabe que me como el garbanzo remojado que le doy a los puercos gordos y el maíz seco que le doy a los puercos flacos. Así que ella ya sabe con cuánta hambre ando desde que me amanece hasta que me anochece. Y mientras encuentre de comer aquí en esta casa, aquí me estaré. Porque yo creo que el día en que deje de comer me voy a morir, y entonces me iré con toda seguridad derechito al infierno. Y de allí ya no me sacará nadie, ni Felipa, aunque sea tan buena conmigo, ni el escapulario que me regaló mi madrina y que traigo enredado en el pescuezo… Ahora estoy junto a la alcantarilla esperando a que salgan las ranas. Y no ha salido ninguna en todo este rato que llevo platicando. Si tardan más en salir, puede suceder que me duerma, y luego ya no habrá modo de matarlas, y a mi madrina no le llegará por ningún lado el sueño si las oye cantar, y se llenará de coraje. Y entonces le pedirá, a alguno de toda la hilera de santos que tiene en su cuarto, que mande a los diablos por mí, para que me lleven a rastras a la condenación eterna, derechito, sin pasar ni siquiera por el purgatorio, y yo no podré ver entonces ni a mi papá ni a mi mamá que es allí donde están… Mejor seguiré platicando… De lo que más ganas tengo es de volver a probar algunos tragos de la leche de Felipa, aquella leche buena y dulce como la miel que le sale por debajo a las flores del obelisco…



domingo, 10 de septiembre de 2017

El eclipse

Augusto Monterroso


Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido, aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a espera la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de Los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.
Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como un lecho en el que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.
Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.
Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.
–Si me matáis –les dijo– puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.
Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo y esperó confiado, no sin cierto desdén.
Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado) mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.


miércoles, 6 de septiembre de 2017

La sirena

Marcial Fernández


La vi y me quedé boquiabierto: sin duda era una sirena. Cabellos rojos, rostro de infanta, pechos frondosos y cola de pez. En ese momento sentí que mi sola presencia la aterró, pues se revolvía espantosamente como si quisiera escapar de algo: su torso desnudo y su monstruosa cola emergían y desaparecían a ras de la marea. Su canto, asimismo, se asemejaba más a un lamento que a una entonación melodiosa. La imagen duró apenas unos instantes. Más tarde me enteré que en esa misma playa una mujer fue devorada por un tiburón.