martes, 22 de mayo de 2018

La ofrenda más grata


Angelina Muñiz-Huberman


¿Soy yo guarda de mi hermano?
Génesis 4:9

En algún libro estaba escrito, en algún libro grande y denso que tuviera toda la historia del hombre, un libro que marcara cada destino, que enseñara todos los caminos a elegir, un libro que a fuerza de gritar la palabra de Dios cantara al hombre pleno y débil, poderoso e impotente, amante y asesino. En algún libro, en ese tal vez, estaba también escrito mi acto. Así como la mayoría se preocupa por dejar su huidiza sombra en el curso deleznable de la historia, yo, en cambio, sabía que mi vida ya había sido vivida y que sólo repetía un relato antiguo e injusto. Pero saberlo no me evitaba el sufrimiento. Por eso, desde niña, desde el día en que naciste empezó mi odio por ti.
¿Por qué tenía que ser alabado tu nacimiento? ¿Por qué los regalos y las predicciones, las palabras, los deseos y la felicidad? Yo no sentía nada y tu presencia me desagradaba: ahí estabas, pequeño, indefenso, amoratado. Imposible amarte. Mi lugar me lo habías quitado sin ningún esfuerzo, sin siquiera dejarme luchar, mi lugar que había ido ganando con dolor y lentamente, pero que me pertenecía y que todos respetaban hasta que tú llegaste.
¿De dónde venías y por qué me alejabas tan fácil y cruelmente? Nuestras sangres no eran las mismas: la mía hervía en odio y en pasión; la tuya, dulce y apacible, creaba el amor.
Caí en la soledad y en el olvido. Nadie preguntaba por mí, nadie recordaba que yo era la primogénita. Y lo peor, oír las palabras que antes eran para mí sola, repetidas para ti solo. ¿Qué tenías tú, acabado de nacer, indefenso, amoratado, que hacías recaer la maldición sobre mí?
Porque yo había sido maldecida. Por alguna razón, para mí oculta, había caído del favor de los demás. Lo mío no valía: mi llanto, mis gritos y mis juegos eran desagradables. Para mí era la orden del silencio y el hastío constante.
No, nunca pude quererte, y aún se atrevían a preguntármelo. ¿Cómo quererte si me lo prohibieron? ¿Cómo jugar contigo si me lo negaban?

Y pasó el tiempo y llegó el momento en que las primicias debían ser recogidas, y en que alguna ofrenda debía ser entregada, a la vista de todos, por nosotros dos. Tú habías crecido y eras fuerte y hermoso; yo siempre en la sombra, sin luz propia y sin que nadie me descubriera. Tu belleza, ya de hombre joven, era apacible y segura, tranquila como un paisaje de pinos y césped alto. Poseías un halo sagrado: quien se enamoraba de ti no se atrevía a decírtelo. Tu nombre iba de boca en boca, palabra mágica y redonda. Murmullo de agua que corre acompañaba tu caminar y los rostros se encendían al verte. Tu caminar, pausado y armónico, reflejaba la proporción exacta de tus miembros y el peso suave de tu sexo. Seguramente no lo sabías y la inocencia te daba otra aureola más.
El día de nuestras ofrendas se acercaba y yo pensaba en algo bello y grandioso, algo inalcanzable, perfecto, preciso. Tú, en cambio, no pensabas, sabías que cualquier cosa resultaría magnífica. Yo odiaba tu serenidad, la confianza de tu triunfo, tu conciencia de lo sublime, y empezaba a germinar en mí una idea, informe aún, subrepticia, que iba arrastrándose por mi mente sin apenas advertirla. Esa idea perdidiza iba convirtiéndose en un dolor punzante que hacía palpitar aceleradamente mi corazón. Y esas punzadas iban acostumbrándome poco a poco a la idea y la idea iba tomando forma, crecía, brillaba, resplandecía. Hasta que adquirió su madurez y conocí su integridad y su frescura.
El día de la ofrenda todos conocerían esa forma perfecta y plena que yo buscaba y que atraería sobre mí el centro del universo. En ese momento nadie me amaría, igual que ahora, pero en cambio todos me odiarían, existiría para ellos, no sería la sombra indefinible en que me había convertido, y mi vida valdría.

Ahora estoy en su cuarto. Lo esperé desnuda en la cama. Cuando entró y me vio, no dijo nada: empezó lentamente a desvestirse y nuestros cuerpos limpios conocieron las caricias del amor por primera vez. Éxtasis y marejadas envolvieron nuestros sentidos: todo lo olvidamos y nos hundimos en un mar lejano y ondulante. Sólo cuando empezábamos a iniciar el retorno a las orillas perdidas, antes del relajamiento total, fue cuando le clavé el cuchillo.
Su imagen de perfección no se ha destruido, a pesar del asombro y del dolor: ha sonreído levemente y sus miembros se han aflojado con dulzura: su cabeza reposa sobre mi hombro, y su cuerpo desnudo, extendido sobre el mío, se desgana tibiamente. Ya no le odio; siento un inmenso amor por él: es todo mío, mío, mío, y le amo eternamente.
Mañana, cuando vengan a abrir la puerta, conocerán todos mi ofrenda.


El artista


Oscar Wilde


Una tarde le vino al alma el deseo de dar forma a una imagen del “Placer que se posa un instante”. Y se fue por el mundo a buscar bronce, pues sólo el bronce podía concebir su obra.
Pero había desaparecido el bronce del mundo entero; en parte alguna del mundo entero podía encontrarse bronce, salvo el bronce de la imagen del “Dolor que dura para siempre”.
Era él quien había forjado esta imagen con sus propias manos, y la había puesto sobre la tumba de lo único que había amado en la vida. Sobre la tumba de lo que más había amado en la vida, y había muerto, había puesto esta imagen hechura suya, como prenda y señal del amor humano que no muere nunca, y como símbolo del dolor humano que dura para siempre. Y en el mundo entero no había más bronce que el bronce de esta imagen.
Y tomó la imagen que había formado y la puso en un gran horno y se la entregó al fuego.
Y con el bronce de la imagen del “Dolor que dura para siempre” esculpió una imagen del “Placer que se posa un instante”.


La señorita Julia


Amparo Dávila


La señorita Julia, como la llamaban sus compañeros de oficina, llevaba más de un mes sin dormir, lo cual empezaba a dejarle huellas. Las mejillas habían perdido aquel tono rosado que Julia conservaba, a pesar de los años, como resultado de una vida sana, metódica y tranquila. Tenía grandes y profundas ojeras y la ropa se le notaba floja. Y sus compañeros habían observado, con bastante alarma, que la memoria de la señorita Julia no era como antes. Olvidaba cosas, sufría frecuentes distracciones y lo que más les preocupaba era verla sentada, ante su escritorio, cabeceando, a punto casi de quedarse dormida. Ella que siempre estaba fresca y activa. Su trabajo había sido hasta entonces eficiente y digno de todo elogio. En la oficina empezaron a hacer conjeturas. Les resultaba inexplicable aquel cambio. La señorita Julia era una de esas muchachas de conducta intachable y todos lo sabían. Su vida podía tomarse como ejemplo de moderación y rectitud. Desde que sus hermanas menores se habían casado. Julia vivía sola en la casa que los padres les habían dejado al morir. Ella la tenía arreglada con buen gusto y escrupulosamente limpia, por lo que resultaba un sitio agradable, no obstante ser una casa vieja. Todo allí era tratado con cuidado y cariño. El menor detalle delataba el fino espíritu de Julia, quien gustaba de la música y los buenos libros: la poesía de Shelley y la de Keats, Los Sonetos del Portugués y las novelas de las hermanas Brontë. Ella misma se preparaba los alimentos y limpiaba la casa con verdadero agrado. Siempre se la veía pulcra; vestida con sencillez y propiedad. Debió de haber sido bella; aún conservaba una tez fresca y aquella tranquila y dulce mirada que le daba un aspecto de infinita bondad. Desde hacía algún tiempo estaba comprometida con el señor De Luna, contador de la empresa, quien la acompañaba todas las tardes desde la oficina hasta su casa. Algunas veces se quedaba a tomar un café y a oír música, mientras la señorita Julia tejía algún suéter para sus sobrinos. Cuando había un buen concierto asistían juntos; todos los domingos iban a misa y, a la salida, a tomar helados o pasear por el bosque. Después Julia comía con sus hermanas y sobrinos; por la tarde jugaban canasta uruguaya y tomaban el té. Al oscurecer Julia volvía a su casa muy satisfecha. Revisaba su ropa y se prendía los rizos.

Hacía más de un mes que Julia no dormía. Una noche la había despertado un ruido extraño como de pequeñas patadas y carreras ligeras. Encendió la luz y buscó por toda la casa, sin encontrar nada. Trató de volver a dormirse y no pudo conseguirlo. A la noche siguiente sucedió lo mismo, y así, día tras día… Apenas comenzaba a dormirse cuando el ruido la despertaba. La pobre Julia no podía más. Diariamente revisaba la casa de arriba abajo sin encontrar ningún rastro. Como la duela de los pisos era bastante vieja, Julia pensó que a lo mejor estaba llena de ratas, y eran éstas las que la despertaban noche a noche. Contrató entonces a un hombre para que tapara todos los orificios de la casa, no sin antes introducir en los agujeros un raticida. Tuvo que pagar por este trabajo 60 pesos, lo cual le pareció bastante caro. Esa noche se acostó satisfecha pensando que había ya puesto fin a aquella tortura. Le molestaba mucho, sin embargo, haber tenido que hacer aquel gasto, pero se repitió muchas veces que no era posible seguir en vela ni un día más. Estaba durmiendo plácidamente cuando el tan conocido ruido la despertó. Fácil es imaginar la desilusión de la señorita Julia. Como de costumbre revisó la casa sin resultado. Desesperada se dejó caer en un viejo sillón de descanso y rompió a llorar. Allí vio amanecer…

Como a las once de la mañana Julia no podía de sueño; sentía que los ojos se le cerraban y el cuerpo se le aflojaba pesadamente. Fue al baño a echarse agua en la cara. Entonces oyó que dos de las muchachas hablaban en el pasillo, junto a la escalera.
–¿Te fijaste en la cara que tiene hoy?
–Sí, desastrosa.
–No sé cómo puede presentarse a trabajar así, hasta un niño sospecharía…
–¿Entonces tú también crees…?
–¡Pero si es evidente…!
–Nunca me imaginé que la señorita Julia…
–Lo que a mí me da coraje es que se haga pasar por una santa.
–A mí me da mucho dolor verla, la pobre ya no puede ni con su alma.
–¡Claro!, a su edad…

Julia sintió que toda la sangre se le subía a la cabeza. Le comenzaron a temblar las manos y las piernas se le aflojaron. Le resultaba difícil entender aquella infamia. Un velo tibio le nubló la vista y las lágrimas rodaron por las mejillas encendidas.

La señorita Julia compró trampas para ratas, queso y veneno. Y no permitió que Carlos de Luna la acompañara, porque le apenaba sobremanera que llegara a saber que su casa se encontraba llena de ratas. El señor De Luna podía pensar que no había la suficiente limpieza, que ella era desaseada y vivía entre alimañas. Colocó una ratonera en cada una de las habitaciones, con una ración de queso envenenado, pues pensaba que si las ratas lograban salvarse de la ratonera morirían envenenadas con el queso. Y para lograr mejores resultados y eliminar cualquier riesgo, puso un pequeño recipiente con agua, envenenada también, por si las ratas se libraban de la trampa y no gustaban del queso, pues imaginó que sentirían sed, después de su desenfrenado juego. Toda la noche escuchó ruidos, carreras, saltos, resbalones… ¡Aquellas ratas se divertían de lo lindo, pero sería su última fiesta! Este pensamiento le comunicaba algunas fuerzas y le abría la puerta de la liberación. Cuando el ruido terminó, ya en la madrugada, Julia se levantó llena de ansiedad a ver cuántas ratas habían caído en las ratoneras. No encontró una sola. Las ratoneras estaban vacías, el queso intacto. Su única esperanza era que, por lo menos, hubieran bebido el agua envenenada.
La pobre Julia empezó a probar diariamente un nuevo veneno. Y tenía que comprarlos en sitios diferentes y donde no la conocieran, pues en los lugares adonde había ido varias veces comenzaban a verla con miradas maliciosas, como sospechando algo terrible. Su situación era desesperada. Cada día sus fuerzas disminuían de manera notable. Había perdido su alegría habitual y la tranquilidad de que siempre había gozado; su aspecto comenzaba a ser deplorable y su estado nervioso, insostenible. Perdió por completo el apetito y el placer por la lectura y la música. Aunque lo intentaba, no podía interesarse en nada. Lo único que leía y estudiaba con desesperación eran unos viejos libros de farmacopea que habían pertenecido a su padre. Pensaba que su única salvación consistiría en descubrir ella misma algún poderoso veneno que acabara con aquellos diabólicos animales, puesto que ningún otro producto de los ordinarios surtía efecto en ellos.

La señorita Julia se había quedado dormida. Alguien le tocó suavemente un hombro. Despertó al instante, sobresaltada.
–El jefe la llama, señorita Julia.
Julia se restregó los ojos, muy apenada, y se empolvó ligeramente tratando de borrar las huellas del sueño. Después se encaminó hacia la oficina del señor Lemus. Apenas si llamó a la puerta. Y se sentó en el borde de la silla, estirada, tensa. El señor Lemus comenzó diciendo que siempre había estado contento con el trabajo de Julia, eficiente y satisfactorio, pero que de algún tiempo a la fecha las cosas habían cambiado y él estaba muy preocupado por ella… Que lo había pensado bastante antes de decidirse a hablarle… Y le aseguraba que, por su parte, no había prestado atención a ciertos rumores… (esto último lo dijo bajando la vista). Julia había enrojecido por completo, se afianzó de la silla para no caer, su corazón golpeaba sordamente. No supo cómo salió de aquel privado ni si alcanzó a decir algo en su defensa. Cuando llegó a su escritorio sintió sobre ella las miradas de todos los de la oficina. Afortunadamente el señor De Luna no estaba en ese momento. Julia no hubiera podido soportar semejante humillación.

Las hermanas se dieron cuenta bien pronto de que algo muy grave sucedía a Julia. Al principio aseguraba que no tenía nada, pero a medida que las cosas empeoraron y que Julia fue perdiendo la estabilidad tuvo que confesarles su tragedia. Trataron inútilmente de calmarla y le prometieron ayudarla en todo. Junto con sus maridos revisaron la casa varias veces sin encontrar nada, lo cual las dejó muy desconcertadas. Aumentaron entonces sus cuidados y atenciones hacia la pobre hermana. Poco después decidieron que Julia necesitaba un buen descanso y que debía solicitar cuanto antes un “permiso” en su trabajo. Julia también se daba cuenta de que estaba muy cansada y que le hacía falta reponerse, pero veía con gran tristeza que sus hermanas dudaban también del único y real motivo que la tenía sumida en aquel estado. Se sentía observada por ellas hasta en los detalles más insignificantes, y ni qué decir de la oficina, donde su conducta llevaba a los compañeros a pensar en motivos humillantes y vergonzosos. La incomprensión y la bajeza de que era capaz la mayoría de la gente, la había destrozado y deprimido por completo. Recordaba constantemente aquella conversación que había tenido el infortunio de escuchar, y la reconvención del señor Lemus… y entonces las lágrimas le rodaban por las mejillas y los sollozos subían a su garganta.
La señorita Julia estaba encariñada con su trabajo, no obstante la serie de humillaciones y calumnias que a últimas fechas había tenido que sufrir. Llevaba quince años en aquella oficina, y siempre había pensado trabajar allí hasta el último día que pudiera hacerlo, a menos que se le concediera la dicha de formar un hogar como a sus hermanas. Pensaba que era poco serio andar de un trabajo en otro, y que eso no podía sentar ningún buen precedente. Después de mucho cavilar resolvió que no le quedaba más remedio que solicitar un permiso, como deseaban sus hermanas, y tratar de restablecerse.

Las relaciones de Julia con el señor De Luna se habían ido enfriando poco a poco, y no porque ésta fuera la intención de ella. Cuando empezó a sufrir aquella situación desquiciante, se rehusó a verlo diariamente como hasta entonces lo hacía, por temor a que él sospechara algo. Experimentaba una enorme vergüenza de que descubriera su tragedia. De sólo imaginarlo sentía que las manos le sudaban y la angustia le provocaba náuseas. Después ya no era sólo ese temor, sino que Julia no tenía tiempo para otra cosa que no fuera preparar venenos. Había improvisado un pequeñísimo laboratorio utilizando algunas cosas que se había encontrado en un cajón, y que sin duda su padre guardaba como recuerdo de sus años de farmacéutico, pues unos años antes de morir vendió la farmacia y sólo se dedicaba a atender unos cuantos enfermos. En ese laboratorio Julia pasaba todos sus ratos libres y algunas horas de la noche mezclando sustancias extrañas que, la mayoría de las veces, producían emanaciones insoportables o gases que le irritaban los ojos y la garganta, ocasionándole accesos de tos y copioso lagrimeo… Así las cosas, Julia ya no tenía tiempo ni paz para sentarse a escuchar música con el señor De Luna. Se veían poco, si acaso una vez por semana y los domingos que iban a misa. Pero Julia sentía que aquel afecto era de tal solidez y firmeza que nada lo podía menoscabar. “Un sentimiento sereno y tranquilo, como una sonata de Bach; un entendimiento espiritual estrecho y profundo, lleno de pureza y alegría…” Así lo había Julia definido.
Y el señor De Luna pensaba igual que Julia respecto de la nobleza de sus relaciones, “tan raras y difíciles de encontrar, en un mundo enloquecido y lleno de perversión, en aquel desenfreno donde ya nadie tenía tiempo de pensar en su alma ni en su salvación, donde los hogares cristianos cada vez eran más escasos…” y daba gracias diariamente por aquella bella dádiva que se le había otorgado y que tal vez él no merecía. Pero Carlos de Luna era un hombre en extremo piadoso, hijo y hermano ejemplar, contador honorable y muy competente. Pertenecía con gran orgullo a la Orden de Caballeros de Colón de cuya mesa directiva formaba parte. Ya hacía algunos años que debería haberse casado, pero él, responsable en extremo, había querido esperar a tener la consistencia moral necesaria, así como cierta tranquilidad económica que le permitiera sostener un hogar con todo lo necesario y seguir ayudando a sus ancianos padres. Había conocido a Julia desde tiempo atrás, después tuvo la suerte de trabajar en la misma oficina, lo cual facilitó la iniciación de aquella amistad que poco a poco se fue transformando en hondo afecto. A últimas fechas, el señor De Luna se hallaba muy preocupado y confuso. Julia había cambiado notablemente, y él sospechaba que algo muy grave debía de ocurrirle. Se mostraba reservada, evitaba hablarle a solas. Empezó a sufrir en silencio aquel repentino y extraño cambio de Julia y a esperar que un día le abriera su corazón y se aclarara todo. Pero Julia cada día se alejaba más y el señor De Luna empezó a notar que en la oficina se comentaba también el cambio de Julia. Después llegaron hasta él frases maliciosas y mal intencionadas que tuvieron la virtud, primero de producirle honda indignación y, después, de prender la duda y la desconfianza en su corazón. En este estado fue a consultar su caso con el Reverendo Padre Cuevas, que desde hacía muchos años era su confesor y guía espiritual y quien resolvía los pocos problemas que el buen hombre tenía. El Reverendo Padre le aconsejó que esperara un tiempo prudente para ver si Julia volvía a ser la de antes o, de lo contrario, se alejara de ella definitivamente, ya que a lo mejor ésa era una prueba palpable que daba Dios de que esa unión no convenía y estaba encaminada al fracaso y al desencanto, y podía ser, tal vez, un grave peligro para la salvación de su alma.

La señorita Julia llegó una tarde, última que trabajaba en la oficina, a pedirle a Carlos de Luna que la acompañara hasta su casa porque quería comunicarle algo importante. Éste la recibió con marcada frialdad, de una manera casi hostil, como se puede ver algo que está produciendo daño o un peligro inmediato y temido. Julia, más cohibida que de costumbre por la actitud de Carlos, le relató en el camino que iba a dejar de trabajar por un tiempo porque necesitaba descanso. Carlos de Luna escuchaba sin hacer ningún comentario. Con sombrero y paraguas negros y su habitual traje oscuro tenía siempre un aire grave y taciturno, que ese día estaba más acentuado.
Julia lo invitó a pasar. Mientras hacía el café experimentaba un gran bienestar. La sola presencia del señor De Luna le producía confianza y tranquilidad. Se reprochó entonces haberlo visto tan poco durante ese último tiempo. Se reprochó también no haber tenido el valor de confiarle su tragedia. Él la hubiera confortado y juntos habrían encontrado alguna solución. Decidió entonces hablar con Carlos.
Los dos bebían el café, en silencio. De pronto Julia dijo:
–Carlos… yo quisiera decirle…
–Diga, Julia.
–¿No quisiera oír algo de música?
–Como usted guste.
Julia se levantó a poner unos discos, profundamente contrariada consigo misma. No se había atrevido, no se atrevería nunca. Las palabras se habían negado a salir. Tal vez aquella actitud demasiado seca de Carlos la había contenido. Aquella mirada tan lejana cuando ella iba a empezar a contarle su tragedia. Cogió su tejido y se sentó. Entonces Carlos de Luna comenzó a hablar, más bien a balbucear:
–Julia, yo quisiera proponerle… más bien… yo he pensado… querida Julia… yo creo que lo mejor… es decir, tomando en cuenta… Julia, por nuestro bien y salud espiritual… lo más conveniente es dar por terminado… bueno, quiero decir no llevar adelante nuestro proyecto de matrimonio…
Mientras el señor De Luna trataba de decir esto, se secó la frente con el pañuelo varias veces. Estaba tan pálido como un muerto y la voz se le quebraba constantemente. Después, un poco más calmado, siguió hablando “de la tremenda responsabilidad que el matrimonio implicaba, de los numerosos deberes y las obligaciones de los cónyuges…”
Julia estaba aún más pálida que él. El tejido había caído de sus manos y la boca se le secó completamente. El dolor y el desencanto la habían traspasado de tal manera que temía no poder decir ni una sola palabra. Haciendo un verdadero esfuerzo le aseguró que estaba de acuerdo con él, y que esa decisión, sin duda, era lo mejor para ambos.

La señorita Julia se sentía como una casa deshabitada y en ruinas; no encontraba sitio ni apoyo; se había quedado en el vacío; girando a ciegas en lo oscuro; quería dejarse ir, perderse en el sueño; olvidarlo todo. Dejó entonces de preparar venenos y de inventar trampas para las ratas. Tenía la convicción de que aquellos animales la perseguirían hasta el último día de su vida, y toda lucha contra ellos resultaría inútil. No fue más los domingos a comer con sus hermanas por no poder soportar el ruido que hacían los niños y menos aún jugar a las cartas. Tejía constantemente con manos temblorosas; de cuando en cuando se enjugaba una lágrima. Y sólo interrumpía su labor para asear un poco la casa y prepararse algo de comida. A veces se quedaba, algún rato, dormida en el sillón, y esto era todo su descanso. Su hermana Mela iba todas las noches a acompañarla. Temían que algo le pasara, si la dejaban sola; tal era su estado. Y Mela, cansada de las labores de su casa, caía rendida y se dormía profundamente. A veces la despertaban los pasos de Julia que iba y venía por toda la casa buscando las ratas, “aquellas ratas infernales que no la dejaban dormir…”

Julia tenía los ojos cerrados, pero estaba despierta y escuchaba los ruidos en la estancia… en la escalera… aquellas carreras… saltos… resbalones… después allí en su cuarto… llegando hasta su cama… debajo de la cama. Abrió los ojos y se incorporó; algo de claridad penetraba por las viejas persianas de madera. Escuchó como una estampida, una huida rápida, distinguió unas sombras alargadas y alcanzó a ver unos ojillos muy redondos, muy rojos y brillantes. Encendió la luz y saltó de la cama; ahora sí las encuentro… Después de algún rato de inútil búsqueda volvió a la cama tiritando de frío. Lloró sordamente. Se mesaba los cabellos con desesperación o se clavaba las uñas en las palmas de las manos produciéndose un daño que ya no sentía.
Aquella mañana la señorita Julia se levantó haciendo un gran esfuerzo. Dio algunos pasos tambaleante y se detuvo unos minutos frente al espejo para componerse el cabello. El rostro que vio reflejado no podía ser más desastroso. Abrió el clóset para buscar algo que ponerse y… ¡allí estaban!… Julia se precipitó sobre ellas y las aprisionó furiosamente. ¡Por fin las había descubierto!… ¡las malditas, las malditas, eran ellas!… con sus ojillos rojos y brillantes… eran ellas las que no la dejaban dormir y la estaban matando poco a poco… pero las había descubierto y ahora estaban a su merced… no volverían a correr por las noches ni a hacer ruido… estaba salvada… volvería a dormir… volvería a ser feliz… allí las tenía fuertemente cogidas… se las enseñaría a todo el mundo… a los de la oficina… a Carlos de Luna… a sus hermanas… todos se arrepentirían de haber pensado mal… se disculparían… olvidaría todo… ¡malditas, malditas!… ¡qué daño tan grande le habían hecho!… pero allí estaban… en sus manos… reía a carcajadas… las apretaba más… caminaba de un lado a otro del cuarto… estaba tan feliz de haberlas descubierto… ya había perdido toda esperanza… reía estrepitosamente… Ahora estaban en su poder… ya no le harían daño nunca más… hablaba y reía… lloraba de gusto y de emoción gritaba, gritaba… qué suerte haberlas descubierto, qué suerte… risa y llanto, gritos, carcajadas… con aquellos ojillos rojos y brillantes… gritaba… gritaba… gritaba…
Cuando Mela llegó, restregándose los ojos y bostezando, encontró a Julia apretando furiosamente su hermosa estola de martas cebellinas.


lunes, 21 de mayo de 2018

El amigo fiel


Oscar Wilde


Una mañana, la vieja Rata de Agua sacó la cabeza de su madriguera. Tenía los ojos claros, parecidos a dos gotas brillantes, unos bigotes grises muy tiesos y una cola larga, que parecía una larga cinta elástica negra. Los patitos nadaban en el estanque, como si fueran una bandada de canarios amarillos, y su madre, que tenía el plumaje blanquísimo y las patas realmente rojas, trataba de enseñarles a mantener la cabeza bajo el agua.
–Nunca podrán codearse con la alta sociedad, a menos que aprendan a mantenerse bajo el agua –les repetía machaconamente, mostrándoles de vez en cuando cómo se hacía.
Pero los patitos no prestaban atención; eran tan pequeños que no entendían las ventajas de pertenecer a la sociedad.
–¡Qué chiquillos más desobedientes! –gritó la vieja Rata de Agua–. Realmente merecen ahogarse.
–¡Qué cosas dice usted! –respondió la Pata–. Nadie nace enseñado y a los padres no nos queda más remedio que tener paciencia.
–¡Ay! No sé nada de los sentimientos de los padres –dijo la Rata de Agua–. No soy madre de familia; en realidad nunca me he casado, ni tengo intención de hacerlo. El amor está bien, dentro de lo que cabe, pero la amistad es un sentimiento mucho más elevado. La verdad es que no creo que haya nada en el mundo más noble ni más raro que una amistad verdadera.
–Y dígame usted, por favor, ¿cuáles son, a su juicio, los deberes de un amigo fiel? –le preguntó un Pinzón Verde, que estaba posado encima de un sauce llorón muy cerca de allí, y que había oído la conversación.
–Sí, eso es justamente lo que yo quisiera saber –dijo la Pata mientras se alejaba nadando hasta la otra orilla del estanque y allí metía la cabeza en el agua, para dar buen ejemplo a sus pequeños.
–¡Qué pregunta más tonta! –exclamó la Rata de Agua–. Qué duda cabe de que, si un amigo mío es fiel, es porque me es fiel a mí.
–¿Y usted qué haría a cambio? –preguntó el pajarillo, que se columpiaba sobre una rama plateada batiendo sus diminutas alas.
–No te entiendo –le contestó la Rata de Agua.
–Deje que te cuente un cuento sobre eso –dijo el Pinzón.
–¿Es un cuento sobre mí? –preguntó la Rata de Agua– Porque, si lo es, estoy dispuesta a escucharlo. Me encantan los cuentos.
–Se le podría aplicar –contestó el Pinzón.
Y bajó volando del árbol y, posándose a la orilla del estanque, empezó a contar el cuento del Amigo Fiel.
–Érase una vez –comenzó a decir el Pinzón– un honrado muchacho, que se llamaba Hans.
–¿Era muy distinguido? –preguntó la Rata de Agua.
–No –contestó el Pinzón–. No creo que lo fuera, excepto por su buen corazón y su carilla redonda y simpática. Vivía solo, en una casa pequeñita y todo el día lo pasaba cuidando del jardín. No había jardín más bonito que el suyo en los alrededores: en él crecían minutisas y alhelíes, y pan y quesillo y campanillas blancas. Había rosas de Damasco y rosas amarillas y azafranes de oro y azul, y violetas moradas y blancas. La aguileña y la cardamina, la mejorana y la albahaca silvestre, la primavera y la flor de lis, el narciso y la clavellina brotaban y florecían unas tras otras, según pasaban los meses, de tal modo que siempre había cosas hermosas para la vista y exquisitos perfumes para el olfato.
El pequeño Hans tenía muchísimos amigos, pero el más fiel de todos era el grandote Hugo el Molinero. Tan leal le era el ricachón Hugo al pequeño Hans, que no pasaba nunca por su jardín sin inclinarse por encima de la tapia para arrancar un ramillete de flores, o un puñado de hierbas aromáticas, o sin llenarse los bolsillos de ciruelas y cerezas, si estaban maduras.
–Los amigos verdaderos deberían compartir todas las cosas –solía decir el Molinero.
Y pequeño Hans asentía y sonreía, muy orgulloso de tener un amigo con tan nobles ideas.
Aunque la verdad es que, a veces, a los vecinos les extrañaba que el rico Molinero nunca diera al pequeño Hans nada a cambio, a pesar de que tenía cien sacos de harina almacenados en el molino y seis vacas lecheras y un gran rebaño de ovejas de lana. Pero a Hans nunca se le pasaban por la cabeza estos pensamientos y nada le daba tanta satisfacción como escuchar las maravillosas cosas que el Molinero solía decir sobre la falta de egoísmo y la verdadera amistad.
El pequeño Hans trabajaba en su jardín. Durante la primavera, el verano y el otoño era muy feliz; pero llegaba el invierno y se encontraba con que no tenía ni fruta, ni flores que llevar al mercado, y sufría mucho por el frío y por el hambre. En ocasiones tenía que irse a la cama sin más cena que unas cuantas peras secas o algunas nueces duras. Y además, en invierno, estaba muy solo, ya que el Molinero nunca iba a visitarlo.
–No es conveniente que vaya a ver al pequeño Hans mientras haya nieve –decía el Molinero a su mujer–. Porque, cuando la gente tiene problemas, es preferible dejarla sola y no molestarla con visitas. Por lo menos, ésta es la idea que yo tengo de la amistad, y estoy convencido de que es lo correcto. Por lo tanto esperaré a que llegue la primavera y después le haré una visita y podrá darme una cesta llena de prímulas, y con ello será feliz.
–Eres muy considerado con todo el mundo –le decía su mujer, sentada en un cómodo sillón junto a un buen fuego de leña–, muy considerado. Da gusto oírte hablar de la amistad. Estoy segura de que ni un sacerdote diría las cosas tan bien como tú, y eso que vive en una casa de tres plantas y lleva un anillo de oro en el dedo meñique.
–¿Pero no podríamos invitar al pequeño Hans a que suba a vernos? –preguntó el hijo menor del Molinero. –Si el pobre está en apuros, le daré la mitad de mis gachas y le enseñaré mis conejitos blancos.
–¡Pero qué tonto eres! –exclamó el Molinero– Realmente no sé para qué te mando a la escuela, pues la verdad es que no aprendes nada. Mira, si el pequeño Hans viniera a casa y viera el fuego tan hermoso que tenemos y nuestra buena cena y nuestro hermoso barril de vino tinto, le daría envidia. Y la envidia es una cosa tremenda, capaz de echar a perder a cualquiera. Y yo no permitiré que se eche a perder el carácter de Hans. Soy su mejor amigo y siempre velaré por él, y que no caiga en tentación. Además, si Hans viniera a casa, podría pedirme prestado un poco de harina, y eso sí que no lo puedo hacer. Una cosa es la harina y otra la amistad, y no hay que confundirlas. Está claro que son dos palabras diferentes y significan cosas distintas. Eso lo sabe cualquiera.
–¡Pero qué bien hablas! –dijo la mujer del Molinero, sirviéndose un gran vaso de cerveza tibia–. Estoy medio amodorrada, como si estuviera en la iglesia.
–Mucha gente obra bien –prosiguió el Molinero–, pero muy poca habla bien, lo que nos demuestra que es mucho más difícil hablar que obrar; aunque también es mucho más elegante.
Y se quedó mirando con severidad, por encima de la mesa, a su hijo pequeño, que se sintió tan avergonzado que bajó la cabeza, se puso muy colorado y se echó a llorar encima de la merienda. Pero era tan joven que hay que disculparlo.
–¿Y así acaba el cuento? –preguntó la Rata de Agua.
–Claro que no –contestó el Pinzón– Así es como empieza.
–Pues entonces no está usted al día –le dijo la Rata de Agua–. Hoy los buenos narradores empiezan por el final, siguen por el principio y terminan por el medio. Así es el nuevo método. Se lo oí decir el otro día a un crítico, que iba paseando alrededor del estanque con un joven. Hablaba del asunto con todo detalle y estoy segura de que estaba en lo cierto, porque llevaba gafas azules, y era calvo y, a cada observación que hacía el joven, le respondía: “¡Psss!” Pero le ruego que continúe usted con el cuento. Me encanta el Molinero. Yo también estoy lleno de hermosos sentimientos, de modo que tenemos muchas cosas en común.
–Pues bien –dijo el Pinzón, apoyándose ora en una patita ora en la otra–, tan pronto como acabó el invierno y las prímulas comenzaron a abrir sus pálidas estrellas amarillas, el Molinero le dijo a su mujer que iba a bajar a ver al pequeño Hans.
–¡Ay, qué buen corazón tienes! –le dijo su mujer–. ¡Siempre estás pensando en los demás! No te olvides de llevar la cesta grande para las flores.
Así que el Molinero sujetó las aspas del molino de viento con una gruesa cadena de hierro y bajó por la colina con la cesta en su brazo.
–Buenos días, pequeño Hans –dijo el Molinero.
–Buenos días –dijo Hans, apoyándose en la pala con una sonrisa de oreja a oreja.
–¿Y qué tal has pasado el invierno? –dijo el Molinero.
–Bueno, la verdad es que eres muy amable al preguntármelo, muy amable, sí, señor –exclamó Hans. Te diré que lo he pasado bastante mal, pero ya ha llegado la primavera y estoy muy contento, y todas mis flores están hechas una maravilla.
–Hemos hablado muchas veces de ti este invierno, Hans –dijo el Molinero–, y nos preguntábamos qué tal te iría.
–Qué amables son –dijo Hans– Y yo que me temía que me hubieran olvidado.
–Hans, me sorprendes –dijo el Molinero– Los amigos nunca olvidan. Eso es lo más maravilloso de la amistad, pero me temo que no seas capaz de entender la poesía de la vida. Y, a propósito, ¡qué bonitas están tus prímulas!
–Realmente están preciosas –dijo Hans–; y es una suerte para mí tener tantas. Voy a llevarlas al mercado y se las venderé a la hija del alcalde, y con el dinero que me dé compraré otra vez mi carretilla.
–¿Que comprarás de nuevo tu carretilla? ¡No me irás a decir que la has vendido! ¡Qué cosa más tonta!
–La verdad es que no tuve más remedio que hacerlo dijo Hans. Pasé un invierno muy malo, y no tenía dinero ni para comprar pan. Así que primero vendí la botonadura de plata de la chaqueta de los domingos, y luego vendí la cadena de plata y después la pipa grande, y por último la carretilla. Pero ahora voy a comprarlo todo otra vez.
–Hans –le dijo el Molinero–, voy a darte mi carretilla. No está en muy buen estado, porque le falta un lado y tiene rotos algunos radios de la rueda. Pero, a pesar de ello, voy a dártela. Ya sé que es una muestra de generosidad por mi parte y que muchísima gente pensará que soy tonto de remate por desprenderme de ella, pero es que yo no soy como los demás. Creo que la generosidad es la esencia de la amistad y, además, tengo una carretilla nueva. De modo que puedes estar tranquilo; te daré mi carretilla.
–Es muy generoso por tu parte –dijo el pequeño Hans, y su graciosa carita redonda resplandecía de alegría–. La puedo arreglar fácilmente, pues tengo un tablón en casa:
–¡Un tablón! –exclamó el Molinero– Pues eso es lo que necesito para arreglar el tejado del granero, que tiene un agujero muy grande y, si no lo tapo, el grano se va a mojar. ¡Es una suerte que me lo hayas dicho! Es sorprendente ver cómo una buena acción siempre genera otra. Yo te he dado mi carretilla y ahora tú me vas a dar una tabla. Por supuesto que la carretilla vale muchísimo más que la tabla, pero la auténtica amistad nunca se fija en cosas como ésas. Anda, haz el favor de traerla enseguida, que quiero ponerme a arreglar el granero hoy mismo.
–Voy corriendo –exclamó el pequeño Hans.
Y salió disparado hacia el cobertizo y sacó el tablón a rastras.
–No es una tabla muy grande –dijo el Molinero mirándola–. Y me temo que, después de que haya arreglado el granero, no sobrará nada para que arregles la carretilla. Claro que eso no es culpa mía. Bueno, y ahora que te he regalado la carretilla, estoy seguro de que te gustaría darme a cambio algunas flores. Aquí tienes la cesta, y procura llenarla hasta arriba.
–¿Hasta arriba? –dijo el pobre Hans, muy afligido, porque era una cesta grandísima y sabía que, si la llenaba, no le quedarían flores para llevar al mercado; y estaba ansioso por recuperar su botonadura de plata.
–Bueno, en realidad –dijo el Molinero–, como te he dado la carretilla, no creo que sea mucho pedirte un puñado de flores. Puede que esté equivocado, pero, para mí, la amistad, la verdadera amistad, ha de estar libre de cualquier tipo de egoísmo.
–Ay, mi querido amigo, mi mejor amigo –exclamó el pequeño Hans, todas las flores de mi jardín están a tu disposición. Prefiero mucho más ser digno de tu estima que recuperar la botonadura de plata.
Y salió disparado a coger todas sus lindas prímulas y llenó la cesta del Molinero.
–Adiós, pequeño Hans –le dijo el Molinero, mientras subía por la colina, con el tablón al hombro y la gran cesta en la mano.
–Adiós –respondió el pequeño Hans.
Y se puso a cavar tan contento, pues estaba encantado con la carretilla.
Al día siguiente estaba sujetando unas ramas de madreselva en el porche cuando oyó la voz del Molinero, que lo llamaba desde el camino. Así que saltó de la escalera, cruzó corriendo el jardín y miró por encima de la tapia.
Allí estaba el Molinero con un gran saco de harina al hombro.
–Querido Hans –le dijo el Molinero–, ¿te importaría llevarme este saco de harina al mercado?
–Lo siento mucho –comentó Hans–, pero es que hoy estoy muy ocupado. Tengo que levantar todas las enredaderas, y regar las flores y atar la hierba.
–Bueno, pues, teniendo en cuenta que voy a regalarte mi carretilla, es bastante egoísta por tu parte negarte a hacerme este favor.
–Oh, no digas eso –exclamó el pequeño Hans–. No querría ser egoísta por nada del mundo.
Y entró corriendo en casa a buscar su gorra y se fue caminando al pueblo con el gran saco a sus espaldas.
Hacía mucho calor, y la carretera estaba cubierta de polvo y, antes de llegar al sexto mojón, Hans tuvo que sentarse a descansar. Sin embargo prosiguió muy animoso su camino, y llegó al mercado. Después de un rato, vendió el saco de harina a muy buen precio y regresó a casa inmediatamente, temeroso de que, si se le hacía tarde, pudiera encontrar a algún ladrón en el camino.
–Ha sido un día muy duro –se dijo Hans mientras se metía en la cama– Pero me alegro de no haber dicho que no al Molinero, porque es mi mejor amigo y, además, me va a dar su carretilla.
A la mañana siguiente, muy temprano, el Molinero bajó a recoger el dinero del saco de harina, pero el pobre Hans estaba tan cansado, que todavía seguía en la cama.
–Válgame, Dios –dijo el Molinero–, qué perezoso eres. La verdad es que, teniendo en cuenta que voy a darte mi carretilla, podías trabajar con más ganas. La pereza es un pecado muy grave, y no me gusta que ninguno de mis amigos sea vago ni perezoso. No te parezca mal que te hable tan claro. Por supuesto que no se me ocurriría hacerlo si no fuera tu amigo. Pero eso es lo bueno de la amistad, que uno puede decir siempre lo que piensa. Cualquiera puede decir cosas amables e intentar alabar a los demás; pero un amigo verdadero siempre dice las cosas desagradables, y no le importa causar dolor. Es más, si es un verdadero amigo lo prefiere, porque sabe que está obrando bien.
–Lo siento mucho –dijo el pobre Hans frotándose los ojos, y quitándose el gorro de dormir–. Pero estaba tan cansado que quise quedarme un rato en la cama, escuchando el canto de los pájaros. ¿Sabes que trabajo mejor cuando he oído cantar a los pájaros?
–Bien, me alegro –dijo el Molinero, dándole una palmadita en la espalda–, porque, tan pronto estés vestido, quiero que subas conmigo al molino y me arregles el tejado del granero.
El pobrecito Hans estaba deseando ponerse a trabajar en el jardín, porque hacía dos días que no regaba las flores, pero no quería decir que no al Molinero, que era tan amigo suyo.
–¿Crees que no sería muy buen amigo tuyo si te dijera que tengo mucho que hacer? –preguntó con voz tímida y vergonzosa.
–Bueno, en realidad no creo que sea mucho pedirte, teniendo en cuenta que te voy a dar mi carretilla –le contestó el Molinero–. Pero, si no quieres, lo haré yo mismo.
–¡De ninguna manera! –exclamó Hans y, saltando de la cama, se vistió y subió al granero. Allí trabajó todo el día, y al anochecer fue el Molinero a ver cómo iba la obra.
–¿Has arreglado ya el agujero del tejado, Hans? –le preguntó el Molinero con voz alegre.
–Está completamente arreglado –contestó el pequeño Hans, mientras se bajaba de la escalera.
–¡Ay! No hay trabajo más agradable que el que se hace por los demás –dijo el Molinero.
–Realmente es un privilegio oírte hablar –respondió el pequeño Hans, sentándose y enjugándose el sudor de la frente– Es un gran privilegio. Lo malo es que yo nunca tendré unas ideas tan bonitas como las tuyas.
–Ya verás cómo se te ocurren, si te empeñas –dijo el Molinero– De momento, tienes sólo la práctica de la amistad; algún día tendrás también la teoría.
–¿De verdad crees que la tendré? –preguntó el pequeño Hans.
–No tengo la menor duda –contestó el Molinero–. Pero ahora que ya has arreglado el tejado, deberías ir a casa a descansar, quiero que mañana me lleves las ovejas al monte.
El pobre Hans no se atrevió a replicar, y a la mañana siguiente, muy temprano, el Molinero le llevó sus ovejas cerca de la casa, y Hans se fue al monte con ellas. Le llevó todo el día subir y bajar del monte y, cuando regresó a casa, estaba tan cansado, que se quedó dormido en una silla y no se despertó hasta bien entrado el día.
–¡Qué bien lo voy a pasar trabajando el jardín! –se dijo Hans; e inmediatamente se puso a trabajar.
Pero cuándo por una cosa, cuándo por otra no había manera de dedicarse a las flores, pues siempre aparecía el Molinero a pedirle que fuera a hacerle algún recado, o que le ayudara en el molino. A veces el pobre Hans se ponía muy triste, pues temía que sus flores creyeran que se había olvidado de ellas; pero le consolaba el pensamiento de que el Molinero era su mejor amigo.
–Además –solía decir– va a darme su carretilla y eso es un acto de verdadera generosidad.
Así que el pequeño Hans seguía trabajando para el Molinero, y el Molinero seguía diciendo cosas hermosas sobre la amistad, que Hans anotaba en un cuadernito para poderlas leer por la noche, pues era un alumno muy aplicado.
Y sucedió que una noche estaba Hans sentado junto al hogar, cuando oyó un golpe seco en la puerta. Era una noche muy mala, y el viento soplaba y rugía alrededor de la casa con tanta fuerza, que al principio pensó que era sencillamente la tormenta. Pero enseguida se oyó un segundo golpe, y luego un tercero, más fuerte que los otros.
“Será algún pobre viajero”, pensó Hans; y corrió a abrir la puerta.
Allí estaba el Molinero con un farol en una mano y un gran bastón en la otra.
–¡Querido Hans! –dijo el Molinero–. Tengo un grave problema. Mi hijo pequeño se ha caído de la escalera y está herido y voy en busca del médico. Pero vive tan lejos y está la noche tan mala, que se me acaba de ocurrir que sería mucho mejor que fueras tú en mi lugar. Ya sabes que voy a darte la carretilla, así que sería justo que a cambio hicieras algo por mí.
–Faltaría más –exclamó el pequeño Hans–. Considero un honor que acudas a mí. Ahora mismo me pongo en camino; pero préstame el farol, pues la noche está tan oscura que tengo miedo de que pueda caerme al canal.
–Lo siento mucho –le contestó el Molinero–, pero el farol es nuevo. Sería una gran pérdida, si le pasara algo.
–Bueno, no importa, ya me las arreglaré sin él –exclamó el pequeño Hans.
Descolgó su abrigo de piel, se puso su gorro de lana bien calientito, se enrolló una bufanda al cuello y salió en busca del médico.
¡Qué tormenta más espantosa! La noche era tan negra, que el pobre Hans casi no podía ver; y el viento era tan fuerte, que le costaba trabajo mantenerse en pie. Sin embargo era muy valiente, y después de haber caminado alrededor de tres horas llegó a casa del médico y llamó a la puerta.
–¿Quién es? –gritó el médico, asomando la cabeza por la ventana del dormitorio.
–Soy yo, el pequeño Hans.
–¿Y qué quieres, pequeño Hans?
–El hijo del Molinero se ha caído de una escalera, y está herido, y el Molinero dice que vaya usted enseguida.
–¡Está bien! –dijo el médico.
Pidió que le llevaran el caballo, las botas y el farol, bajó las escaleras y salió al trote hacia la casa del Molinero. Y el pequeño Hans le siguió con dificultad.
Pero la tormenta arreciaba cada vez más y la lluvia caía a torrentes y el pobre Hans no veía por dónde iba, ni era capaz de seguir la marcha del caballo. Al cabo de un rato se perdió y estuvo dando vueltas por el páramo, que era un lugar muy peligroso, lleno de hoyos muy profundos; y el pobrecito Hans cayó en uno de ellos y se ahogó. Unos cabreros encontraron su cuerpo flotando en una charca y se lo llevaron a casa.
Todo el mundo fue al funeral del pequeño Hans, porque era una persona muy conocida; y allí estaba el Molinero, presidiendo el duelo.
–Como yo era su mejor amigo, es justo que ocupe el sitio de honor –dijo el Molinero.
Y se puso a la cabeza del cortejo fúnebre envuelto en una capa negra muy larga y, de vez en cuando, se limpiaba los ojos con un gran pañuelo.
–Ha sido una gran pérdida para todos nosotros –dijo el herrero, cuando hubo terminado el entierro y todos estaban cómodamente sentados en la taberna, bebiendo ponche y comiendo pasteles.
–Una gran pérdida, al menos para mí –dijo el Molinero–, porque resulta que le había hecho el favor de regalarle mi carretilla, y ahora no sé qué hacer con ella. En casa me estorba y está en tal mal estado, que no creo que me den nada por ella, si quiero venderla. Pero, de ahora en adelante, tendré mucho cuidado en no volver a regalar nada. Hace uno un favor y mira cómo te lo pagan.
–¿Y luego qué? –dijo la Rata de Agua, después de una larga pausa.
–Luego, nada. Éste es el final –dijo el Pinzón.
–Pero, ¿qué fue del Molinero? –preguntó la Rata de Agua.
–Realmente no lo sé, ni me importa, de eso estoy seguro –contestó el Pinzón.
–Entonces, es evidente que no tiene usted sentimientos –dijo la Rata de Agua.
–Me temo que no ha comprendido usted la moraleja del cuento –observó el Pinzón.
–¿La qué? –gritó la Rata de Agua.
–La moraleja.
–¡Quiere decir que ese cuento tenía moraleja!
–Pues sí –dijo el Pinzón.
–¡Bueno! –dijo la Rata de Agua muy enfadada– Pues debería habérmelo dicho antes de empezar. Y así me habría ahorrado escucharle. Y hasta le hubiera dicho igual que el crítico: “¡Psss!” Aunque aún estoy a tiempo de decírselo.
Y entonces le gritó muy fuerte: –“¡Psss!”, hizo un movimiento brusco con la cola y se metió en su agujero.
–¿Qué le parece a usted la Rata de Agua? –preguntó la Pata, que llegó chapoteando unos minutos después–. Tiene muy buenas cualidades, pero yo, la verdad, es que tengo sentimientos maternales y no puedo ver a un solterón sin que se me salten las lágrimas.
–Siento mucho haberle molestado –contestó el Pinzón–. El hecho es que le conté un cuento con moraleja.
–Ah, pues eso es siempre muy peligroso –dijo la Pata.
Y yo estoy de acuerdo con ella.