Juan Antonio Fernández Madrigal
Noticias
y primavera; fuera y dentro
La
Señora miraba con sus ojos miel a través del cristal hacia el exterior, el
cristal limpio que apenas existía, sus uñas color uña apoyadas delicadamente en
el cristal para cederle existencia. La piel blanca de sus manos estaba fría
como casi siempre, agradeciendo el calor que comenzaba a entrar a través del
cristal. Dentro de su pecho, tic tac, tic tac, más calor se despertaba al ritmo
del sol naciente. La Señora parpadeaba lentamente y despertaba lentamente, y se
deleitaba mirando a través del cristal, sonriendo al jardín que empezaba a
corresponderle floreciendo tímido.
El jardín estaba resguardado por un muro no muy
alto de ladrillo, fuerte, recio, en muchas partes abrigado amablemente por
enredaderas y setos frondosos. Los ladrillos que no disfrutaban de esa
gentileza mostraban sus caras rojas arrugadas y estoicas, acumulando
experiencia y fuerza como servidores de la última frontera. Quizás había
orgullo en el muro. O simplemente lealtad. O el orgullo de ser leal a todo lo
que protegía. Quizás el resto del jardín sintiera aquello; la Señora podía
sentirlo y le hacía sentirse segura.
Había algunos árboles en el jardín, pero no muy
altos, más bien rechonchos y de formas suaves, con sombras acogedoras, con
colores siempre primavera. Los árboles estaban plantados en el centro del
jardín y no se apoyaban en el muro, probablemente por respeto. Bajo ellos, las
rosas aprovechaban su techo refugio y se abrían para despertar al pequeño mundo
que las rodeaba, separaban sus pétalos, examinaban complacidas los regueros
sinuosos pero firmes que les llevaban el alimento, y se preguntaban de dónde
venían esos regueros, a dónde iban y qué misteriosos senderos recorrían a
través de otras rosas, parterres y arbustos.
La Señora suspiró levemente y se alejó de la
ventana no sin antes retocar un poco la caída de las cortinas y las volutas
análogas de su vestido. Tic tac, tic tac, el amanecer avanzaba pausado marcando
el ritmo de todas las cosas. Tic tac. Tic tac.
Ding dong.
La Señora se dirigió hacia el recibidor comprobando
de reojo la disposición de cada mueble, cada utensilio y cada adorno, con
serenidad, a medida que avanzaba con su paso siempre elegante. Cada cosa tenía
su lugar dentro de su corazón, incluso los detalles más pequeños, incluso los
detalles más grandes. Independientemente de la cantidad de espacio que
ocuparan, dentro de ella se ajustaban a su verdadera importancia. Cuando los
repasaba no pensaba: sentía.
Ding dong.
–¡Buenos días! –Al abrir la puerta la voz de la
Señora se extendió a todo el exterior posándose como una segunda manta de rocío
sobre las rosas, los setos, los árboles y el gran muro, y por partida doble
sobre el recién llegado.
–¡En verdad, Señora! –saludó
éste intercambiando de lugar la gorra azul y los paquetes que llevaba bajo el
brazo–. Un envío a este lugar es una bendición. Hacía tiempo que no disfrutaba
de tan espléndida vista.
–Gracias –le sonrió la Señora–. Por tantos regalos.
Su regocijo es el perfecto acompañamiento para las nuevas que ha venido a
traerme. Nos alegramos de haber provocado tanto.
–No hay de qué. El mundo ahí fuera es bastante
triste, ya sabe –el hombre se recompuso la gorra con leve pesadumbre–. O más
bien vacío. Uno nunca sabe cómo definirlo.
–Pero dicen que está lleno de cosas. Muchas y muy
grandes.
–La importancia no se mide por el espacio que se
ocupa, Señora. Ojalá fuera tan complicado. Su pequeño jardín y su acogedora
casa guardan cosas más sencillas y mucho más importantes que lo que hay allí.
En fin.
–En cualquier caso, gracias de nuevo –dijo ella sin
apenas vacilar en su sonrisa–. Y vuelva pronto.
–Ha sido un placer –la puerta se cerró al mismo
tiempo que la bicicleta del hombre se quejaba bajo su peso alejándose al ritmo
del amanecer. Tic tac, tic tac.
La Señora se dirigió hacia el Sillón de las
Noticias y se sentó elegantemente tomando de la mesita cercana el abrecartas.
Lo deslizó con cariño por el borde del sobre manila con cuidado de no estropear
el dibujo que adornaba el centro y que le causaba tantas emociones. Volvía a
sentirse nerviosa y en parte, eso le gustaba.
La lectura le llevó mucho menos tiempo que emoción.
Finalmente volvió a introducir la carta en su sobre y lo depositó todo a un
lado. Sonrió más fuerte y sintió su corazón latir más fuerte, y vio en su mismo
interior claramente todo lo que albergaba: la casa con todas sus habitaciones y
su contenido, el jardín con toda su primavera, su vida con su árbol de
senderos, y una gran estancia allí en un rincón, primorosamente decorada para
aquel que venía por el sendero que se había separado hacía algún tiempo. Sonrió
más fuerte y sintió su corazón latir más fuerte. Tic tac. Tic tac.
Borrasca
y caída; arriba y abajo, y a todos los lados
La
lluvia sorprendió a la Señora cuando regaba el jardín. Primero descendió una
sola gota desde lo alto; haciendo bastante ruido se estrelló contra uno de los
naranjos, y muchas hojas cayeron al suelo por el impacto. Luego hubo otra, y
otra. La lluvia solo duró tres gotas, lentas y ruidosas, grandes y todas sobre
el mismo lugar. Ella por si acaso buscó refugio junto al muro, pero
afortunadamente no hubo más. Luego se acercó al reguero deshecho por los golpes
y comenzó a remover la tierra para rehacerlo. Le pareció un mal presagio
aquella lluvia, pero no le dio importancia.
De uno de los charcos profundos que se habían
formado bajo las rosas tomó un poco de lluvia y la metió en un Bote de Lluvia.
Lo llevó a la cocina y lo selló con una tela bordada y un lazo, y lo dejó en un
rincón. Antes de sellarlo sin embargo probó un poco, y dejó que el sabor
provocara muecas en su rostro. Se divirtió un rato viéndolas reflejadas en el
cristal de la ventana.
Dos días después de la lluvia, todas las estancias
de la casa temblaron. La Señora dormía tras un día de trabajo duro pero
agradable. El sueño la acunaba en los brazos de aquel que regresaba, y de
repente aquellos brazos fuertes se rompieron y ella cayó al lecho blandamente.
Abrió los ojos. Uno de los armarios se tambaleaba de atrás hacia delante,
primero lentamente, luego más decidido a terminar de caer. Parecía sonreírle,
pero también podía ser la histeria de la madera inmóvil amenazada. Mientras
salía de la cama se percató de que la lámpara del techo también se movía. Al
mismo ritmo que el armario. No era el ritmo del amanecer. Su corazón tampoco
latía al ritmo del amanecer, sino a otro desconocido para ella. Lo volvía a oír
muy fuerte, realmente fuerte. Corrió hacia la puerta en el momento en que el
armario decidió besar la cama con su sonrisa histérica. La cama no lo resistió,
se partió lentamente en tres sitios bajo el peso y abrazó el suelo inerte,
ridícula. La lámpara se agitaba más y más.
La Señora también era impelida hacia otro sitio
distinto del que dictaban sus deseos. Se aferró al umbral de la puerta,
mientras la hoja también se agitaba en vaivenes inexplicables. El resto de los
muebles de su dormitorio se movían por el suelo atreviéndose incluso a dar
pequeños saltos. Una visión tan espantosa encogió su corazón aplastando todo lo
que contenía, incluso a sí misma.
Con una fuerza de voluntad que no supo de dónde
extraía, se dirigió temblando hacia el salón en la planta baja. Descendió las
escaleras agarrándose a la barandilla de madera con auténtico terror. La gran
lámpara del salón se agitaba como todo lo demás. Los adornos habían caído al
suelo y muchos se habían roto. Los sillones estaban cambiando de sitio, y los
troncos de la chimenea, afortunadamente apagada, rodaban de un extremo a otro
sin aparente motivo. No supo qué debía hacer en aquella situación. Estaba aterrada
y no pensaba con claridad. Era como si estuviera anestesiada y no sintiera la
realidad. El jardín. Se le ocurrió salir al jardín y recoger un poco de maleza.
Seguramente eso la tranquilizaría y alejaría aquellas sensaciones extrañas: la
ayudaría a despertar de la pesadilla y regresar a la serena vigilia y al tic
tac del sol sobre el rocío.
La Señora descendió los escalones como pudo en su
terrible sueño, golpeándose varias veces contra la pared y contra la
barandilla, hasta que pisó con cuidado el suelo vigilando a ambos lados por si
aparecía alguno de los troncos intentando derribarla. No había muchos sitios
donde sostenerse en pie, ya que la mayoría de los muebles habían caído y yacían
tumbados deslizándose pesadamente en movimientos impredecibles. El ruido era
ensordecedor. Toda la casa retumbaba en sus oídos y dentro de todo su cuerpo.
Dio varios pasos, se agarró el pecho por la sensación de opresión que la
angustiaba, avanzó un poco más, se cayó, se levantó casi sin sentir las
magulladuras en las rodillas y continuó avanzando. Dio otros dos pasos y algo
la golpeó por detrás a la altura de los talones haciéndola caer de nuevo. Esta
vez no llegó a saber qué pasaba después de que el suelo ascendiera hasta su
rostro: ya no sintió nada más salvo la nada de una oscuridad vacía de sentidos
y un único silbido constante, ni suave ni fuerte, que se extendía desde el
centro de sus tímpanos hasta todo el pasado y todo el futuro.
Rotura
y transparencias; verdad y mentira
La
encontraron tumbada en el salón entre el brutal amasijo de muebles rotos y
tablas levantadas. El primero en encontrarla fue el Médico, al que había
invitado a tomar té de rosas la semana anterior. Tras él entró el Cartero, que
de nuevo traía un sobre manila con un símbolo dibujado en el centro. El Médico
tomó a la Señora y la tumbó en uno de los sofás, después de que el Cartero
quitara todos los restos que pudo de cerámica y madera. Le hizo un chequeo
general, miró al Cartero con la misma no-expresión de siempre y luego llamó a
la Hermana de la Señora y se sentó en el Sillón de las Noticias a esperar. El
Cartero le preguntó al respecto, pero el Médico no quiso desvelar su
diagnóstico hasta que la Hermana llegara.
–¿De quién es la carta? –le preguntó al Cartero con
su voz de tenor, quizás para hacer más llevadero aquel malestar salobre. El
Cartero le dio la vuelta al sobre mostrándole el símbolo. Ambos callaron y
supieron que en otras circunstancias hubieran sonreído.
–Se ha roto.
La Hermana dejó suelto al gato y miró al Médico sin
expresar nada salvo fuerza y algo más, algo oscuro y grande. Quizás un No.
–La Señora ha sufrido algo que yo consideraría
inadmisible si no lo hubiera constatado con mi propia ciencia –explicó el
Médico sin perturbarse por la estoicidad de la Hermana–. Ignoro las causas. En
teoría no hay ningún motivo plausible que pudiera causar tal estropicio. Pero
el hecho es que ha sucedido. Mire.
El Médico se acercó de nuevo al cuerpo inerte de la
Señora. Apartó con delicadeza las volutas del camisón, a la altura del pecho, y
manipuló algo que no llegaron a ver. En un momento dado se oyó un chasquido
apagado y se separó parte de la piel. El Cartero y la Hermana se acercaron y lo
que vieron les dejó inmóviles.
El corazón de la Señora ya no latía, tic tac, tic
tac. Sus estancias estaban destrozadas, como si algo las hubiera encogido y
estirado alternativamente. Se vislumbraban aún los restos del pequeño salón, y
algún trozo del jardín. Pero el dormitorio estaba irreconocible y la casa, en
su conjunto, en el centro del pecho, quedaba arrugada como si hubiera sido la
diminuta víctima de cartón de un niño travieso. Los caminos que se alejaban y
circulaban desde y hacia la casa, detrás del corazón, mucho más adentro y mucho
más lejos, parecían también afectados, pero un análisis más detallado era
indudablemente necesario para confirmar tal impresión.
–Qué se puede hacer –dijo al fin la Hermana.
–No hay remedio científico para esto –contestó el
Médico fallándole la voz por primera vez–. Al menos yo no conozco ninguno,
aunque quizás se pudiera pedir ayuda fuera.
–¿Fuera? –intervino el Cartero–. Eso tardaría
meses, quizás años. Y ni siquiera está seguro de ello, ¿verdad? Ahora que ella
está… rota, ¿qué posibilidades hay de salir fuera? Mírense ustedes mismos, ya
no están tan nítidos. Siempre lo dije, siempre lo dije, y nadie me creyó.
Mírense ahora, yo tenía razón.
En efecto, el vestido de la Hermana era demasiado
leve, dejando ver el resto del maltrecho salón a su través, mientras que el
cuerpo del Médico se volvía tan insustancial como su monóculo. El Cartero mismo
temblaba entre la opacidad y la inexistencia de una bruma de mañana,
resistiendo más quizás por la intensidad de su frustración.
–Creo que debemos admitir que usted tiene razón –se
lamentó el Médico–. En este momento las cosas más complicadas se aclaran, lo
difícil se hace asequible, la mentira se desvanece y la verdad queda. ¿Qué
podemos hacer sin la Señora? Ella era lo único sólido, lo más básico, sostenía
a todo lo demás. ¿No se dan cuenta? El Cartero tenía razón todo este tiempo:
ella era la que contenía la única verdad en todo esto, la que estaba en el
centro de todos los caminos, con su pequeño jardín y sus acogedoras estancias,
sus pequeñas verdades inmutables. Sin ella todo lo demás es falso y nada
existe. Había extraños enlaces partiendo de aquí que se están diluyendo.
La Hermana se deslizaba como un fantasma por el
salón.
–Dígame, doctor –continuó el Cartero presa de un
extraño frenesí–. Es cierto que su consulta en la ciudad es gris y fría. Dígame
si la misma ciudad no es gris y fría, y los grandes edificios, y las grandes
cantidades de gente. ¿Existen? ¿Han existido alguna vez? Si lo hicieron, hace
mucho que perdieron su verdadera sustancia: el sentir las pequeñas, sencillas
cosas. Todo lo demás se edificó sobre falsos pilares. Mucho más grandes, pero
el tamaño no es importancia. Se perdieron los sentimientos. ¿Qué haremos ahora
que se han derrumbado los últimos que quedaban puros, en pie? No sabemos cómo
volver a construirlos, a sentirlos. La Señora era la única que sabía.
El silencio volvió a caer como una losa
diluyéndolos aún más cual ácido lento e indoloro.
–Quizás haya un remedio.
La voz limpia y aguda de la Hermana había llegado
desde un rincón. Sostenía en alto el sobre manila con el símbolo en el centro.
Apenas se mantenía en el aire debido a la insustancialidad de la mujer.
Señor
y Señora; dos y uno
Afortunadamente
el Señor únicamente iba retrasado con respecto a su segunda carta unas horas.
Llegó apresurado, como su propia vida. El Médico, el Cartero y la Hermana casi
sintieron los senderos del Señor golpearle en la espalda al frenar bruscamente
para retornar a aquella realidad tan quieta. No hubo necesidad de saludar. La
Señora estaba en el centro y el Señor estaba en la puerta, y había varios
fantasmas translúcidos alrededor pero no eran lo más importante.
–He sido muy lento. Oh, Dios, he sido demasiado
lento –se lamentó el Señor mientras caminaba con las manos en el rostro hacia
el cuerpo inerte de la Señora. Ésta yacía en el sofá, tendida y con la puerta
de su corazón abierta mostrando las ruinas de sus estancias.
–Te quiero –dijo el Señor casi en un susurro, al
oído de la Señora primero, al mismo corazón destrozado después–. Te quiero.
La Señora no movió un músculo.
–Está rota –dijo débilmente una voz de tenor
procedente de uno de los fantasmas. El volumen ascendía y disminuía
alternativamente como si estuviera perdiéndose en aquella realidad.
El Señor era el único que tenía confianza para
tocar el corazón de la Señora. Tanto tiempo fuera en espera de reencontrarse no
hacía más fácil su labor, pero ahora que la sentía tan cerca volvía a tener más
fuerza de voluntad, y eso debería ayudar. Manipuló delicadamente, tan
delicadamente como solo el Señor podía hacerlo, reparando con sus habilidosos
dedos cada pared, cada diminuto objeto, volviendo a situar los senderos y las
flores del jardín. Sin embargo apenas los colocaba, una leve brisa procedente
de ninguna parte volvía a hacerlos caer. Barría los escombros desordenándolos.
Desdibujaba los senderos. Desviaba sus muñecas y torcía lo que él rehacía.
Tras horas de trabajo inútil, el Señor detuvo sus
dedos al borde de la puerta del corazón de la Señora, colgando hacia el abismo
como si les costara irse de allí, sin querer aceptar esa alternativa. Y el
Señor, sobre el corazón roto, lloró.
Un
Bote de Lluvia; estancias dentro de estancias
La
lluvia sorprendió a la Señora cuando regaba el jardín. Primero descendió una
sola gota desde lo alto, haciendo bastante ruido se estrelló contra uno de los
naranjos, y muchas hojas cayeron al suelo por el impacto. Luego hubo otra, y
otra. La lluvia solo duró tres gotas, lentas y ruidosas, grandes y todas sobre
el mismo lugar. Ella por si acaso buscó refugio junto al muro, pero
afortunadamente no hubo más. Luego se acercó al reguero deshecho por los golpes
y comenzó a remover la tierra para rehacerlo.
De uno de los charcos profundos que se habían
formado bajo las rosas tomó un poco de lluvia y la metió en un Bote de Lluvia.
Lo llevó a la cocina y lo selló con una tela bordada y un lazo, y lo dejó en un
rincón. Antes de sellarlo sin embargo probó un poco, y dejó que el sabor
provocara muecas en su rostro. Se divirtió un rato viéndolas reflejadas en el
cristal de la ventana.
Pensó en el Señor que vendría pronto, tan cerca ya,
y en cómo y cuánto le quería, y sintió de nuevo la primavera en el corazón, tic
tac, y se dispuso a tenerlo todo bonito para cuando él llegara.
Primero arregló el jardín. Cortó esquejes de los
rosales y los plantó en la tierra húmeda no sin antes machacarles el extremo
cortado con una piedra, tal y como le habían enseñado hacía mucho tiempo.
Durante el proceso decidió recoger el Bote de Lluvia y utilizarlo para regar
cada rosal. No sabía cómo no se le había ocurrido antes, todos esos días desde
el temporal de viento que había dejado prácticamente en ruinas su casa no había
sentido que fuera el momento de arreglarla. Sin embargo ahora, viendo el Bote
de Lluvia en sus manos, transparente, con multitud de pequeñas manchitas
flotantes, sintió que todo encajaba y había llegado la hora de reconstruir. La
Señora continuó plantando los rosales. Antes de ponerse a redibujar los
regueros en la tierra se puso sus Pantalones de Voluntad y así fue mucho más
rápido. Usó el Bote a lo largo y ancho de todo el jardín, pero cuando hubo
terminado estaba aún casi lleno. Entonces se dispuso a comenzar con la casa.
Tardó varios días en rehabilitarla, y durante los
primeros días volvió a llover. Las rosas crecieron por ello más rápidas y
mientras reconstruía las estancias de su hogar con paciencia y tesón, tic tac,
tic tac, el jardín volvió a recuperar el mismo esplendor que tenía al comienzo
de la primavera. Se alegró de ello y se sintió muy bien consigo misma por las
cosas bien hechas. Esos días, cuando se sentaba en el Sillón del Cariño por las
noches, apenas tardaba en quedarse dormida.
Señor
y Señora; estancias dentro de estancias dentro de estancias
El
Señor se incorporó sobre el cuerpo inerte de la Señora. Había visto sus
lágrimas correr sobre el corazón deshecho y desaparecer dentro. Y luego el
jardín florecer por tan inesperado riego, y luego las paredes levantarse una a
una, los muebles situarse cada uno en su lugar, todo volver a estar en su sitio
como si pequeñas manos invisibles se dedicaran a reconstruir lo roto. El Señor
estaba contento, pues conocía el corazón de la Señora mejor que nadie, pero ni
aun así había recordado hasta entonces lo que realmente albergaba, lo que
necesitaba, ni lo que podía hacer el amor. Cuando hubo visto suficiente cerró
delicadamente la puerta del corazón y tras el chasquido el cuerpo de la Señora
se agitó levemente y volvió a respirar.
–¡Ha vuelto! –exclamó el Cartero acercándose con
pasos ruidosos–. ¡La Señora está de nuevo entre nosotros! –Había lágrimas en
sus ojos, y sus ropas, aunque sucias por los roces con los escombros, le daban
un brillo especial a su figura. El Médico abrazó a la Hermana, y todos se
acercaron al Señor y le tocaron y le palparon y le besaron y le abrazaron. Y
cuando la Señora tuvo fuerzas para incorporarse tocaron y palparon y besaron y
abrazaron a la Señora, y pareció que todo sería más fácil desde entonces. Las
estancias del hogar de la Señora estaban sin embargo rotas, y el jardín
destrozado, así pues todos estuvieron de acuerdo en que tenían que encontrar
remedio a tamaño desaguisado. De fundamental ayuda fue que el Señor recordara
algo que les ayudaría en su labor.
Un
Bote de Lluvia; vida y cariño
Primero
arreglaron el jardín. Cortaron esquejes de los rosales y los plantaron en la
tierra húmeda no sin antes machacarles el extremo cortado con una piedra, tal y
como le habían enseñado a la Señora hacía mucho tiempo. Durante el proceso el
Señor llevaba el Bote de Lluvia que la Señora había guardado en el rincón de la
cocina, y lo utilizaba para regar cada rosal. Viendo el Bote de Lluvia en sus
manos, transparente, con multitud de pequeñas manchitas flotantes, sintieron
que todo encajaba y que podrían reconstruir con éxito aquel desastre.
Continuaron plantando los rosales, y la Señora, antes de ponerse a redibujar
los regueros en la tierra se puso sus Pantalones de Voluntad y así fue mucho
más rápido. Usaron el Bote a lo largo y ancho de todo el jardín, pero cuando
hubieron terminado estaba aún casi lleno. Fueron entonces a ayudar al Médico,
el Cartero y la Hermana, que habían comenzado con la casa mientras tanto.
Tardaron varios días en rehabilitarla, y durante
los primeros días volvió a llover. Las rosas crecieron por ello más rápidas y
mientras reconstruían las estancias del hogar de la Señora con paciencia y
tesón, tic tac, tic tac, el jardín volvió a recuperar el mismo esplendor que
tenía al comienzo de la primavera. Se alegraron de ello y se sintieron muy bien
consigo mismos por las cosas bien hechas, y esos días, cuando se sentaban en el
salón por las noches, apenas tardaban en quedarse dormidos, el Señor y la
Señora juntos y abrazados en sus sueños.
Señora
de las Estancias; Señor de las Estancias
La
Señora de las Estancias había quedado triste hacía algún tiempo. Su corazón,
que contenía las mismas estancias que la casa de muñecas que había en su
dormitorio, y muchos senderos que partían y llegaban, había estado triste y
dolido, por muchas causas, y por miedo, y por amor.
La Señora de las Estancias lloró la primera vez
sobre su casa de muñecas, y el llanto desprendió parte del dolor de su corazón,
pero no todo. Luego golpeó la casa, y destrozó las estancias, y desparramó los
pequeños muebles y los árboles de plástico del jardín, y las pequeñas figuras
que daban tanta impresión de vida, pero eso no arregló nada y sintió punzadas
de pena en su corazón por haberse desahogado contra aquello que quería.
La Señora de las Estancias permaneció varios días
quieta tras ello, sin sentir, sin pensar, esperando que los sentimientos
volvieran a florecer y que los pensamientos volvieran a traerle su recuerdo.
Mientras tanto su corazón lleno de estancias y senderos florecía sin que ella
se percatara.
Cuando la estancia primorosamente adornada que
había en uno de los rincones de su corazón estuvo suficientemente dispuesta una
vez más, la Señora de las Estancias recibió la visita del Señor, y le tocó, le
palpó, le besó y le abrazó, pues ambos se amaban y le abrió de nuevo la puerta
de su corazón. Y el Señor vislumbró la cantidad de estancias y espacio para el
amor que allí había, y sintió un dolor en el pecho y cuando abrió la puerta de
su propio corazón para ella, allí había las mismas estancias, y muchos de los
mismos senderos, y con las puertas abiertas ambos quedaron en pie, mirándose,
sintiendo leves hormigueos en sus corazones como si hubiera vida diminuta allí
en las estancias y mucho más adentro, cuidando de ellos, entrelazándose con sus
vidas de intrincadas formas.
(Tomado
de www.talesofmytery.blogspot.com)
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