Alberto Muñoz
Ya estoy viejo para cargar sobre los hombros a Maureen O’Sullivan;
bastantes dificultades tuve con esos animales que entraron a mi casa esta mañana
a disponer de aquellas cosas que aún mantienen mi alegría. Son películas, cintas
enroscadas como serpientes que atacan si uno apoya al descuido la planta de los
pies. No tengo en qué mirarlas, las estiro frente al sol para ver los cuadros donde
está el nadador. Esa es mi vida que no se mueve.
Estoy viejo y con un enjambre
que se va con pastillas, La moviola es atroz. Me gustan los cuadritos detenidos;
estiro las cintas de un árbol a otro y me siento en una piedra para ver a los monos;
el ojo del sol ve lo que yo no veo en esta sala ciega. Va muriendo el día y me revuelco
en el río luchando con una bestia, un cocodrilo negro que a la luz es verde y que
despanzurro con el cuchillo mientras las sombras deambulan por el patio.
La muchacha que me acompañaba
en los decorados nunca me quiso. Yo insistía en olfatearle el culo porque esa es
mi naturaleza.
Hay un cuadrito donde estamos
solos en una pequeña hoguera bajo las estrellas y ella parece sentir frío, pero
no era frío, era simulación de frío, como la casa del árbol, donde yo deseaba llevarla
para comer hormigas. Solo recuerdo a la muchacha cuando los elefantes mueven las
orejas camino a las duchas. Estoy sordo.
La cinta me muestra en un
lugar donde pego mi grito. Cierro las dos manos alrededor de la boca, alrededor
de una taza blanca, una sopa, un polvillo amarillo que con el agua hirviendo se
disuelve.
Tengo en el armario The six original classic feature films, los muchachos las
pasan los domingos; Maureen a veces viene y se sienta en el banco largo; está vieja,
no podría cargarla sobre los hombros, pero ya no importa.
(Tomado
de www.bibliotecaignoria.blogspot.com)
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