Liliana Pedroza
Volví a despertar de madrugada.
Tenía una semana de abrir los ojos automáticamente en las primeras horas del
día, sin poder dormir de nuevo. Las últimas noches mis sueños se resumían en un
espacio extenso y oscuro por el que transitaba. El lugar desierto, sin márgenes,
era lo que me causaba angustia y me hacía despertar como acto reflejo. Por la
luz incipiente que percibí a través de la cortina adiviné serían alrededor de
las cuatro. Desde la cama, miré el plano que había colocado en la pared de la
habitación. Sobre el mapa, la línea roja que marcamos David
y yo de la ruta probable
de nuestra ciudad
subterránea. Hacía seis meses
de eso. El deseo por explorar esos corredores que habitan bajo
nuestros pies se iba acrecentando conforme nos preparábamos a ello.
Cada fin de semana
nos encontrábamos en un
terreno escampado al sur
de la ciudad, cerca de la antigua estación de tren ya clausurada. Hacíamos largas
caminatas contabilizando las embocaduras de acero por la avenida industrial, buscando
posibles ramificaciones, formas de descenso, obstáculos en el trayecto. Nos
alternábamos para realizar pequeñas pruebas sobre lo que nos enfrentaríamos. Nos
atraía aún más la aventura al sentir la respiración de esa boca oscura y húmeda
que se abría para nosotros.
El
objetivo era realizar un recorrido de varios días bajo la superficie. Para ello
habría que aplicar formas de supervivencia con los mínimos recursos. Intentamos
habituarnos a las zonas sin luz y aguzar otros sentidos, tacto, oído. Reconocer
con el movimiento del cuerpo la densidad del aire alrededor, percatarnos de los
objetos cercanos antes de tocarlos con los pies o las piernas. Algunas tardes
aprovechaba para visitar a mi madre en su trabajo, el edificio de una empresa trasnacional,
me detenía frente a los seis ascensores y, pese al ruido del vestíbulo, me concentraba
en el sonido fino de las varias poleas en funcionamiento para advertir lo antes
posible la puerta que se abriría ante mí. En diferentes lugares me propuse identificar
por el sonido de los zapatos el caminar continuo de un hombre o una mujer, si
el peso contra el suelo correspondía al de una persona gruesa o no, la
celeridad de un joven o una persona mayor. Comencé a reconocer las sutilezas y
textura del sonido sobre azulejo, parquet, alfombra y baldosas. Registré los
sonidos de la ciudad a diferentes horas del día.
Poco
a poco fui potenciando otras habilidades y recursos de mi cuerpo. Por las mañanas
iba a la alberca olímpica a nadar dos horas. Recorría al menos tres mil metros diarios.
Me duchaba y me dirigía a la universidad. Varias noches por semana, David y yo
íbamos a correr al parque deportivo. Él fue quien tuvo la idea de explorar los conductos
pluviales.
Era mi amigo desde la secundaria pero desde que entramos a la universidad no nos
habíamos vuelto a ver. Cursaba mi último año en la Escuela de Finanzas y él comenzaba
segundo en la Facultad de Derecho. David había
intentado varias carreras antes sin acertar. Aquella inestabilidad lo volvió de
alguna manera solitario, detenido en una adolescencia que ya habíamos traspasado
hacía tiempo. Poco nos quedaba en común. Durante los años escolares en que coincidimos
no fuimos del grupo seleccionado de futbol. Éramos malos atletas pero mucho mejores
estudiantes en compensación. En esa época comenzamos a adquirir un gusto inexplicable
por los terraplenes que encontrábamos en nuestros recorridos en bicicleta y lo
que sucedía en ellos. Observamos durante horas el tránsito de obreros después
del trabajo, mujeres con bolsas de mandado, perros callejeros, mendigos.
Podíamos quedarnos sentados el resto de la tarde en esos sitios sin hacer nada.
Nuestra zona de exploración se expandió un día cuando merodeamos una fábrica en
desuso y descubrimos una rendija de entrada. En semioscuridad adivinamos la
maquinaria oxidada, los altos muros, los pasillos, las escaleras. Inventamos diferentes
juegos en el interior de la construcción. Aquello era terreno fértil para todo lo
que éramos capaces de imaginar: podíamos ser espías, cazadores, excursionistas.
Por eso comenzamos a buscar sitios abandonados.
Casas o edificios. Ensayábamos rutas nuevas en nuestros trayectos diarios a la escuela
y cada vez nos alejamos más de nuestro barrio. Al encontrar un sitio nuevo, explorábamos
primero los alrededores, la calle, los vecinos, procurando no ser vistos.
Comprobábamos si realmente el lugar estaba vacío o habitado por algún inquilino
temporal. Si descubríamos algún pordiosero, vigilábamos su horario de entrada y
de salida. Esperábamos con paciencia. Nuestro código era ingresar únicamente cuando
el territorio estuviera solo. La técnica
era entrar por algún resquicio, nunca la puerta principal. Podía ser por las entradas traseras o la
ventana del baño. Hacíamos un reconocimiento general. Realizábamos un inventario de objetos
que pudieran ser valiosos en nuestra reconstrucción de la historia del lugar.
Un teléfono, un calzado, una libreta, todo nos era importante. Luego
escribíamos una lista de posibles historias. La edad del edificio, el número de
dueños. la cantidad de personas que lo habitaron, el motivo por el cual había
sido abandonado. Llené mis cuadernos de la escuela con apuntes sobre nuestros descubrimientos.
David y yo contrastábamos nuestros
resultados de las pesquisas, comentábamos, escribíamos nuevas posibilidades. Nuestras notas habían bajado en segundo año
de secundaria, y aparte del regaño en casa, aquello no era importante
para nosotros. En ese momento creímos haber
descubierto la esencia de los objetos que nos rodeaban, condición que se revelaba sólo cuando nos apartábamos del
objeto o éramos abandonados por ellos. Cuando fuera de todo
contexto adquiere ese
aspecto inútil. Éramos en gran parte lo que poseíamos,
pero también lo que arrojábamos fuera de nosotros. Imaginé con desaliento mis objetos
inanimados cuando yo ya no existiera. Por ello propuse a David resguardar en una
caja de metal algunas de nuestras pertenencias con instrucciones detalladas sobre
el año en que fueron hechas y su utilización para futuros exploradores. Acordamos
buscar un lugar secreto en mi casa para cuando ésta fuera abandonada. Pero cómo,
en qué momento se abandona por completo una casa, me pregunté con angustia ante
la incertidumbre.
Con
el tiempo, nuestras expediciones
se hicieron espaciadas. David y yo entramos a la preparatoria pero ya no estábamos
en el mismo salón. Hicimos otros amigos, surgieron otros intereses. Algunos fines
de semana hacíamos recorridos en bicicleta por terrenos montañosos. Salíamos de
madrugada y acampábamos una noche o dos. Tanto a él como a mí nos gustaban los sitios
solitarios. Allí hablábamos de otras cosas. Era yo quien
rehuía los temas pasados en mi afán por entrar a la vida adulta. Ambos
notábamos que se abría una brecha natural de la vida que nos separaba. Al graduarnos
perdimos por completo el contacto.
Debo
admitir que no me extrañó
su presencia a finales de invierno para proponerme esa nueva exploración. Era un interés
que después de todo no habíamos perdido. Hacía más de un año yo divagaba con la idea de viajar al sureste
del país para recorrer las aguas interiores de un río subterráneo. Después de
leer la nota en el periódico del reciente descubrimiento de un nuevo río bajo
tierra, probablemente el más extenso que existiera, despertó aún más mi interés.
Pero advertí que ya no tenía el impulso de otros años. La propuesta de David era
el primer paso para mis expectativas.
Por
ello aumenté mi condición física, sobre todo a nado. Llevaba una bitácora sobre
mi resistencia y una elaboración minuciosa
sobre lo que sería mi traslado en la afluente cercana a las costas del
Caribe. Llevaría
los mínimos elementos requeridos para el buceo. Había investigado sobre ello. Debía
ir ligero para resistir el recorrido el mayor tiempo posible. Planeaba llevar unas
cuerdas y unas estacas para dormir pendido al interior de las paredes, si no
encontrara algún punto de descanso durante la expedición. Las flotillas también
me ayudarían. Con ciento cincuenta y cuatro kilómetros de largo de aquel río,
calculaba una exploración de aproximadamente doce días. En mi entrenamiento,
para poder conducirme en la oscuridad, nadaba algunas veces con los ojos cerrados
para percibir por las ondulaciones del agua los extremos
de la piscina. Cada movimiento era una propagación de energía que, según su
alcance, hacía sentir cerca o lejos los cuerpos. Al menos era mi forma de entender
lo que me ocurría. Comencé a nadar una hora diaria y rápidamente fui aumentando
el tiempo. Se aceleró de manera tal mi inquietud que al cabo de algunos meses
iba a la alberca olímpica por la mañana y por la tarde. Comencé a perder horas
de clase.
David por su parte hacía ejercicios de elasticidad y
de largo alcance como saltos sobre vacío o piruetas sobre muros. Era bastante ágil.
Intentaba enseñarme
pero yo aprendía con no mucho rigor, pese a que tal habilidad podría servirme para
mi propio desafío del que nada le había contado. Hablábamos largamente de los
progresos en nuestra preparación, de las breves excursiones a las que nos
habíamos aventurado hacía poco por el terraplén de San Jacinto. A mitad de la noche,
recorríamos uno a la vez con una larga soga como hilo de Ariadna. Aquel laberinto
bajo tierra era también nuestro minotauro. La humedad de los largos pasillos,
el eco del continuo goteo y del agua escurriendo me aproximaban a la sensación de
lo que sería mi expedición por el río subterráneo. En el recorrido angosto y
cóncavo, imaginaba un camino de aguas claras y dulces, la suave resonancia que
produce el movimiento contra paredes terrosas y no la que provoca el hormigón. El
silencio me hacía estar alerta a los sonidos. Oía con claridad el roce de mi impermeable
contra el pantalón cuando caminaba, el sonido sordo de mis zapatos en el camino
pantanoso, el aleto de insectos que huían a mi paso. Mis manos además de mi ropa
estaban llenas de musgo y barro. En plena oscuridad, me ayudaba con una pequeña
linterna de mano para distinguir las líneas que añadía sobre un papel. Trazos indispensables
para confirmar o corregir el mapa de nuestra ruta. Intuíamos que esas cortas
excursiones eran solamente el umbral de una ciudad ignota que estábamos por
descubrir. Se acercaba el momento de explorarla. David señaló la fecha cuando al
salir a la superficie en mi último ensayo bajo tierra vio mi rostro asombrado y
la hoja de papel, desbordado de líneas con un lápiz casi sin punta. Solo un trozo
blanco limitado para nuestra aventura.
Una semana antes del día señalado, las conversaciones
de David se construían
a partir de frases como la adaptación del hombre ante la continua modificación del paisaje urbano y el estado inalterable
de la fugacidad. A mí solo me
parecía que deliraba pero presté atención
cuando habló de los expedicionarios modernos en que nos
habíamos convertido. En la nueva cartografía que estábamos por
descubrir.
El día se acercaba y comencé
a tener el mismo sueño durante
muchas noches en el que recorría un
espacio vacío.
Una especie de vértigo me alteraba. David intentó
tranquilizarme, me sugirió
acompañarlo
a correr durante las noches siguientes. Al principio lo hacíamos a una velocidad
normal. Poco a poco, David fue aumentando la celeridad y el tramo recorrido.
No pienses en nada más que en el movimiento
de tus piernas y tus manos, me dijo, en cómo tus
pies se posan brevemente sobre el suelo. De manera paulatina
comencé a borrar el paisaje de la ciudad universitaria
y en el recorrido
veloz me concentré solo en la
agitación de mi cuerpo y percibí
que el camino ni siquiera era
una línea continua. No existía el camino, solo existía yo y
el cielo oscuro, despejado, a mis lados podía sentir extenderse un territorio
sin límites, igual que en mi sueño. Seguí corriendo como en un estado hipnótico,
como si mi cerebro estuviera sedado. David me alcanzó, tomó mi brazo y mi hombro
con fuerza y me detuvo.
A
mitad de esa semana, David me presentó a Julián, un amigo que hizo en su periplo
por las diferentes carreras. Julián era el único que sabía sobre nuestra expedición
y quería unirse. David lo había preparado paralelamente sin decirme nada. Yo hice
resistencia, hablamos a solas largamente y al final me convenció de las habilidades
de Julián, que sería más seguro ir los tres que solo él y yo.
En esos días dejé de ir por completo a clases aunque
estuvieran cerca los exámenes finales. Me levantaba temprano y simulaba ir a la
universidad para no despertar sospechas en mi familia. Un mes antes había abandonado,
sin decirles nada, mi puesto de ayudante de investigador que me subvencionaba los
estudios. Pretexté a mi profesor que mi madre estaba enferma y debía ayudar en casa.
David por su parte se había ausentado de la escuela a comienzos de semestre arguyendo
que la jurisprudencia no era lo suyo. Él
no tenía nada que perder, yo en cambio, ponía en juego
mi último año de carrera.
Ese sábado desperté otra vez inquieto. Era temprano, así que
traté de dormir de nuevo, pero solo conseguí dar vueltas por la cama, agitado.
Cerré los ojos y visualicé el río subterráneo para tranquilizarme. Concentré la
imagen en el tragaluz que había visto en el reportaje de los descubridores
extranjeros. Los rayos del sol cruzaban nítidos el lecho cristalino. Una línea oblicua
luminosa dio una visión esmeralda a profundidad. La evocación fue tan clara que
me sentí dormitar sobre el río. Me desperté después de mediodía.
Preparé mis cosas y durante la tarde hablé por teléfono
un par de veces con David para ultimar detalles. Acordamos vernos a la una de
la madrugada en el terraplén donde habíamos realizado nuestras primeras prácticas.
En casa dije que me quedaría con él esa noche para salir acampar muy temprano la
mañana siguiente y no alertarlos con mi ausencia. En las calles desiertas rumbo
a San
Jacinto miré el cielo despejado y sentí a través de mi abrigo impermeable una brisa
fresca que amortiguaba el calor intenso de la tarde anterior. David llegó diez minutos
después en su volkswagen destartalado levantando polvo del terreno
baldío. Del
lado opuesto, Julián se aproximaba a pie. Revisamos el interior de la única mochila
que llevaríamos, abandonamos lo que no era realmente indispensable, acomodamos
botellas de agua y barras energéticas. Puse en el bolsillo delantero de mi pantalón
una brújula, atrás el mapa y una pequeña linterna.
David propuso no llevar
ningún reloj. Intentaríamos abandonar en lo posible todo aquello que no correspondiera
a la vida bajo superficie. David bajó primero por la embocadura, después Julián. Antes de descender, tomé una bocanada
de aire y miré la parte delantera del
auto que sostenía la soga. Me deslicé
experto, con la habilidad que me habían dado
las prácticas de prueba. La oscuridad de
fuera se confundió de inmediato con la de dentro.
El primer tramo del túnel era bajo y angosto por lo
que caminamos largo rato encorvados hasta
saltar a un altillo. El techo ganaba altura pero la vereda
por la que podíamos
andar era imprecisa. David, al tener más equilibrio y elasticidad iba a la
vanguardia dando indicaciones del camino. La linterna alumbraba poco, así que
solo la utilicé para mirar el mapa. Nos acostumbramos rápido a la oscuridad. En
nuestras excursiones individuales David y yo habíamos encontrado varias posibilidades de exploración, no decidimos por ninguna y acordamos
hacerlo cuando estuviéramos los tres sobre el terreno y que la intuición nos guiara.
Yo anotaba con
un lápiz el recorrido hecho. No recuerdo por
cuánto tiempo más caminamos. Debieron ser
horas. En medio de la oscuridad perdí
enseguida la noción del tiempo. Hablábamos
poco, hacíamos bromas de vez en cuando para relajarnos de nuestros posibles terrores
pero más bien estábamos atentos a lo nuevo, al eco de nuestros movimientos y de
todo lo que habitara en esa larga cueva. Creo que estábamos sobre todo
asombrados. La humedad del interior me sofocó durante un
tramo estrecho y me sentí mareado, no lo comenté para no preocupar
a los demás. Solo le pedí a David detenernos en un resquicio de
luz que encontramos. Abrí el mapa.
Por el trayecto deduje que estábamos cerca del centro comercial de la calle Zaragoza
e Independencia. Al suroeste de la ciudad. Me puse en cuclillas para descansar.
El agua barrosa que escurría por el suelo ni siquiera cubría nuestro calzado. Del
boquete de luz que daba al exterior apenas distinguí el ruido de los autos. Era
domingo, probablemente cerca de las doce. Un
día de verano a esa hora eran pocos los que se aventuraban a transitar por las
calles. Julián repartió las barras energéticas. Comimos solo una para extender en
lo posible nuestras provisiones, pero yo no quedé satisfecho, le pedí otra de
mi reserva. Julián miró a David para tener su aprobación. Él
iba a protestar, pero debió haberme visto un poco débil porque no dijo nada.
Sentía los músculos entumidos y comencé
a hacer ejercicios para distraer mi perceptible debilitamiento. Julián, al no encontrar
un sitio seco donde descansar, se recargó primero en la pared y luego se sentó sobre
el suelo húmedo. Nuestras voces junto con el ruido de nuestros movimientos
rebotaban por las paredes, podíamos presentir los varios caminos que se nos presentaban.
David estaba serio, pero su seriedad correspondía a su estado en alerta de ese panorama
poco evidente para nuestra vista. Aun así, no nos era imposible percibir toda una
ciudad construida bajo tierra que respiraba con exhalaciones lentas y caldeadas
como un dragón adormecido. Un laberinto hecho a base de túneles que se ramificaban
a veces sin sentido durante el trayecto. La humedad fría y los vapores variaban
según las dimensiones de los conductos por donde nos trasladábamos, a veces a gatas,
a veces caminando. A menudo topábamos con un falso camino, un sendero que
terminaba en muro y que seguramente nos comunicaba con los cruces del metro
porque el sonido metálico de las aspas de los trenes contra las vías era más claro,
estridente, y el movimiento de los vagones sacudía con más fuerza la construcción
en la que estábamos. El estremecimiento de las paredes me llegaba a todos los
músculos, inclusive los del rostro. Reíamos ante lo nuevo que
experimentábamos –la blancura de los dientes de David y Julián era lo único que
podía ver en ellos– y hacíamos el trayecto de regreso a un camino que nos
comunicara con el resto de la ciudad. Nuestro propósito era llegar a los túneles
del centro histórico.
Debían
ser las tres de la tarde y yo estaba francamente agotado. Les pedí a los
muchachos que buscáramos un acceso para descansar. Encontramos una entrada
amplia donde
escurría menos agua. Julián y yo nos instalamos. Por la excitación, tal vez, David parecía
no estar cansado. Me pidió el plano de ruta y dijo que haría una pequeña excursión a los alrededores para ubicar el trayecto. Me quedé dormido
por no sé cuánto tiempo.
Tuve otra vez el sueño sobre
el espacio oscuro sin bordes. Luego
de caminar en el sueño comencé a ir a nado en aguas tranquilas, y al cabo de un rato, pese a la oscuridad, obtenía una visión
submarina de una profundidad azulada y desierta. Desperté de aquella oscuridad para
pertenecer a otra. Por un momento no tuve una idea clara de si estaba aún
soñando o no. Sentí el cuerpo entumido por estar en la misma posición y la humedad
del ambiente me calaba en los huesos. Julián aún dormía y David no estaba cerca. Me levanté, estiré brazos
y piernas, sentí un leve
dolor en la extremidad
izquierda. Recorrí a tientas
los alrededores y dije bajo, después en
alto, el nombre de David que no respondía. Julián despertó
con mis llamados. Me acerqué a él y tropecé con la mochila
que en el último tramo cargó
David. La había dejado cerca de nosotros. Saqué de ahí una
botella de agua y algo para comer, más por ocio
que por hambre. Decidimos esperar un poco antes de comenzar a buscarlo por los conductos. Julián me contó que estudiaba comunicación
pero no le gustaba lo que
hacía, estaba fastidiado de su rutina en la facultad, por eso le había pedido a
David integrarlo a la excursión. Era un tipo alto, moreno, de cuerpo fuerte. Se
adivinaba que hacía pesas. No era robusto pero aun así me parecía que sus
movimientos eran pesados y la larga caminata lo había fatigado mucho más que a mí.
Oía casi imperceptible una lluvia quizá ligera en un sector lejano de donde
estábamos. No me preocupé porque en esos meses las lluvias suelen ser cortas y
escasas. En un momento más dejaría de oírla. Lo que no lograba escuchar eran los
pasos de David.
Esperamos en un lapso que me pareció largo. Nos alertó primero el chillido,
luego el recorrido que nos constató decenas de ratas corriendo de sur a norte.
Por suerte nosotros nos encontrábamos en un altillo y solo pudimos sentirlas pasar,
abrazados de nuestras rodillas, hechos ovillo. Algo ocurría del otro lado. Propuse
a Julián que camináramos en la misma dirección que los roedores. La precipitación
del agua se oía más cercana y más fuerte. Era momento de salir, no importaba por
qué vertedero. Julián tomó la mochila y comenzamos
a andar. El cambio de circunstancias
me turbó un poco, me sentía desorientado. La brújula de nada
servía puesto que David se había llevado la linterna junto con el mapa.
Comenzamos
a ir por rutas erróneas que nos hacían desandar el camino y elegir otros que en
nada nos aseguraban fueran el correcto. Debía ser de noche porque ninguna luz externa
me guiaba hacia una posible salida. El agua se deslizaba rápido por las grietas
de concreto y comenzó a tomar altura. En menos de lo que pensamos alcanzaba nuestras
rodillas. Julián comenzó a desesperarse. Yo también
pero no lo dije. El agua nos hacía avanzar
más lento y a tener menos
percepción del suelo. Julián tropezó con una hendidura y se lastimó un tobillo.
Lo ayudé a incorporarse. Tomé la mochila y busqué un sitio en alto donde poder sentarnos.
Entramos a una cavidad caldeada en la que percibí olores humanos. Excrementos,
tal vez. Orines. Alguien, quizá algunos, habitaban allí y habían estado hacía
unas horas; por el hedor, los desechos eran recientes. Seres subterráneos que
fantaseé escuálidos con los ojos grandes abiertos más de lo humanamente posible,
con las órbitas oculares perdidas por los tóxicos inhalados. Pobre David, me dije, creía estar descubriendo
un territorio ya habitado bastante tiempo atrás de imaginarnos este mundo bajo nosotros.
Desde mucho antes que nosotros, incluso. No éramos más que
falsos exploradores, entrando a un territorio habitado, otorgando nombres y
trazando rutas que sus nativos habían hecho de antemano sin mapa, brújula o linterna,
solo con la memoria del recorrido cotidiano. Éramos la calca borrosa de los
conquistadores españoles
sobre el continente americano. Nada habían descubierto porque mucho antes de que
ellos imaginaran a nuestros antepasados, estos ya habían soñado con naufragios
y catástrofes. Sentí el movimiento ligero de una persona desplazarse cerca de nosotros,
pero perdí enseguida el rumbo que tomó en medio de aquella oscuridad. Julián no
percibió nada por lo que entonces deduje era producto de mi delirio. No podíamos
quedarnos más tiempo detenidos, teníamos que seguir caminando hasta encontrar una
salida. El sonido del temporal era más intenso. La lluvia golpeaba con fuerza arriba
de nosotros y se filtraba en grandes cantidades. El agua en un momento remontó hasta
la cintura. Y la herida de Julián no sabíamos si sangraba o era solo la
sensación de la humedad y el agua que escurría de su ropa. Llamar a David se había
vuelto inútil. El sonido insistente de la lluvia apagaba nuestros llamados. Julián se reintegró
para seguir con la búsqueda. Tomé la mochila
y al poco rato comencé a sentirla
con más peso, era que la corriente
había alcanzado altura hasta la mitad de
mi espalda. La solté creyéndola
no indispensable. Solo saqué de ahí la soga con la que nos sujetaríamos
para ascender.
Finalmente adiviné por el sonido más claro de los autos una salida. Como Julián no podía sostenerse bien en pie,
fui yo quien lo cargó en hombros para que abriera la boca de metal. Hicimos varios intentos pero
no lograba desprender la tapa
metálica. El amigo de David estaba pesado, por lo que no pude cargarlo por mucho
tiempo. Probé sin conseguirlo yo subido a él. El agua iba en ascenso, le dije que
sería mejor buscar otra salida, aquella por donde los roedores y los nativos
lo habían hecho, pero cuál. Debía estar
cerca. Sin embargo, por el sonido
que tomaba la corriente adivinaba que había varios conductos. Teníamos que ser rápidos. En un momento
dejamos de caminar para
ser arrastrados
por la corriente. Los conductos perdieron altura o era yo el que flotaba más allá
de mi propia estatura porque el techo estaba a unos palmos de mi cabeza. Teníamos
solo un pequeño
corredor de aire. Julián se oía fatigado. Me hablaba con
la voz desgarrada y en un momento tiró de mi camisa y me hundió por el peso del
tirón. Me restablecí pese a que Julián estaba asido a mí. Busqué algo
de donde él pudiera sujetarse y
le indiqué algunos movimientos
para mantenerse a flote con la respiración
uniforme mientras yo seguía rastreando.
Julián me pidió que
no lo dejara solo pero creí que así perderíamos más tiempo, Continué a nado
palpando el techo en busca de una salida. En un tramo encontré varias rendijas
pero eran demasiado pequeñas para emerger a superficie. Me sujeté fuerte de la
hendidura y contuve la respiración tras una corriente espesa que llevaba
pedazos de basura y restos de animales. Pensé en David, quizá el habría podido escapar de la
lluvia o se encontraba igual que nosotros en algún túnel
lejano. Mientras cavilaba entré a un ducto mayor porque ya no lograba tocar las
paredes y el techo ya no estaba a mi alcance, eso me hizo tener una esperanza. Pronto
topé con un muro. Temí estar en un falso camino, así que deduje haber nadado en
círculo y topado con la pared paralela a mi recorrido. Comencé
a moverme sin rumbo. Mis sentidos estaban embotados por el continuo golpear del
aguacero y el frío de mi cuerpo en la corriente. Había perdido dirección. Quise gritar para guiarme por el eco
de mi voz pero no pude sacar ningún sonido. En lugar de ello, tragué agua sucia,
comencé a respirar con desesperación y manotear hasta agotar fuerzas. Allí
estaba, indefenso ante aquellos corredores oscuros que nos habían derrotado. Su
Minotauro parecía cobrar por fin su tributo en una contienda mal jugada por
nosotros. El agua llegó a oleadas, chocaba contra el muro y se devolvía
buscando territorios donde expandirse, avanzando como un animal nocturno. Yo, su presa, luchaba mientras tanto contra el
cansancio de mi cuerpo adormecido y solo lograba ligeros movimientos para
mantenerme a flote. Traté de calmarme pensando en el río subterráneo, donde iría cuando todo esto pasara. En la
línea luminosa que refractaba el color esmeralda en el fondo de las aguas donde
habían estado los exploradores. Cerré los
ojos para atraer con fuerza la imagen,
evitar la sensación de la corriente en ascenso y la de mi cabeza que ya
topaba contra el techo. Mis respiraciones se tornaron agitadas y no pude
concentrarme. Afuera, la
lluvia se convirtió en un sonido monocorde cada vez más
lejano porque, vencido, solté la cuerda que nos ayudaría a
remontar en superficie. Y relajé
los músculos de mi cuerpo para abandonarme en lo profundo del lecho acuoso de
aquel laberinto.
(Tomado de Varios
autores, Lados B. Narrativa de alto riesgo, Nitro/Press, Cdmx, 2014)
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