Silvina Ocampo
Al caer perdí sin duda el conocimiento. Solo recuerdo dos ojos que me miraban
y el último vaivén del avión, como si una enorme nodriza me acunara en sus
brazos. Así agradará a un niño que lo acunen. Cerré los párpados, vagué por
mundos desconocidos. Después un ruido ensordecedor y luego un golpe seco me
devolvieron a la realidad: el encuentro duro de la tierra. Después nada me comunicaba
con esa tierra, salvo la sensación de una hoguera que se apaga y deja la ceniza
gris parecida al silencio. No comprendo en qué forma sucedió el accidente: que
yo esté solo en esta selva con los víveres y que no quede ningún rastro a la
vista de la máquina donde viajé, me desconcierta. Alguien vendrá a buscarme,
confío en la astucia de los aviadores que, más que buscarme a mí y a los demás
tripulantes y pasajeros, buscarán la máquina. Me encontrarán por casualidad; la
casualidad existe y a veces conviene. Estas provisiones, cuidándolas,
alcanzarán para veinte días. Mi cálculo podría ser inexacto.
Además algún roedor, algún pájaro o una bestia cualquiera
podrían devorar los víveres que no están adecuadamente envasados; entonces, mi
dieta se reduciría considerablemente. Me quedarían, asimismo, las conservas y
las galletitas con gusto a cartón que están en latas, el lomito ahumado, las lengüitas,
los dátiles y las ciruelas, las repugnantes castañas de Cajú, el maní.
Pero aquellos ojos, ¿dónde estarán?
Veinte días es mucho, es casi un mes. Víveres para veinte
días, ¿qué más puedo pedir? Compartirlos. ¿me será dada esa felicidad? No sé
dónde leí que algunos monjes se alimentaban durante mucho tiempo de dos o tres
dátiles por día. Las botellas de vino también me ayudarán a mantenerme sano y
fuerte.
Pero aquellos ojos que me miraban, ¿qué beberán?
A ningún animal le interesa tomar vino, ¿por qué será? Y
hablando de animales, pienso en la posible existencia de fieras.
Oigo a veces crujir las ramas y me parece que hay olor a
fiera, pero entiendo que si doy curso a mis cavilaciones me volveré loco, y
entonces me echo de bruces en la tierra, la beso y trato de imaginar un mundo
de corderos, como en las estampas de primera comunión, y de mariposas, como en
los libros de lectura infantil. Mi cama es tan cómoda que después de haber
dormido ocho horas, me despierto plácidamente creyendo que estoy en casa.
Extiendo el brazo y con mano segura, trato de encender la lámpara de mi mesa de
luz; me demoro un rato en esa ilusión. Si la noche está muy oscura, me apresa
una gran angustia, pero si hay luna, contemplo la luz que brilla en las hojas
de los árboles y en los troncos cubiertos de musgo y me imagino que estoy en un
jardín bien cuidado. Me tranquiliza esta imagen tan tonta en realidad, ya que
siempre preferí la selva a un jardín civilizado. Por eso mismo andaba siempre
despeinado, me dejaba crecer la barba y, a veces, el aseo de mi ropa no era
impecable. Ahora que estoy rodeado de una vegetación que se expande al azar,
¿preferiría estar rodeado de las más disciplinadas plantas? No, de ningún modo.
Todos mis pensamientos me llevan a la ciudad que odié; a los alrededores de la
ciudad que desprecié. Recuerdo con rencor su olor a nafta, a naftalina, a
farmacia, a sudor, a vómito, a pies, a sótano, a viejo, a insecticida, a
mingitorio, a recién nacido, a escupitajo, a excrementos, a cocina. No cometo
la equivocación de redimir la imagen de la ciudad con la imagen de las personas
queridas. Trato de no echar de menos ni la letrina ni el lavatorio. Me
acostumbro a esta vida. Uno se acostumbra a todo, me decía mamá y tenía razón.
No conozco el clima de este sitio; eso sí, me molesta un
poco mi ignorancia. Sería difícil conocerlo sin nada que me oriente: ni
barómetro, ni indicación geográfica, ni estudios botánicos ni climáticos. Por
culpa de una tormenta el avión tuvo que cambiar de rumbo, de modo que no sé ni
siquiera aproximadamente dónde cayó. Podría consultar el cielo, pero tampoco
entiendo mucho de estrellas, temo equivocarme. Creo que este lugar es húmedo
porque hay ciertas lianas y cierta variedad de madreselvas que crecen en
lugares húmedos. No sé si el calor que siento es del trópico o simplemente del
verano. Hay bajo los árboles ciertos helechos que se amontonan entre el musgo.
¿De qué color eran aquellos ojos? Del color de las
bolitas de vidrio que yo elegía, cuando era chico, en la juguetería.
De noche hay luciérnagas y grillos ensordecedores. Un
perfume suave y penetrante me seduce, ¿de dónde proviene? Aún no lo sé. Creo
que me hace bien. Se desprende de obres o de árboles o de hierbas o de raíces o
de todo a la vez (¿no será de un fantasma?); es un perfume que no aspiré en
ninguna otra parte del mundo, un perfume embriagador y a la vez sedante.
Husmeando como un perro ¿me volveré perro?, estrujo las hojas, las hierbas, las
flores silvestres que encuentro. Estudio las hojas para averiguar si ese
perfume emana de ellas. Arranco y pruebo la corteza de los árboles. Finalmente
he descubierto lo que perfuma el aire con tanta vehemencia: es una enredadera,
tal vez de flores insignificantes. Nada en su aspecto la distingue de las
otras, salvo su impetuoso follaje. Mientras la miro me parece que crece. Me
alimento metódicamente de acuerdo con el cálculo de cantidades diarias que me
he propuesto comer para que los alimentos me alcancen hasta la llegada del
avión o del helicóptero que espero de los hombres y de Dios. Como varias veces
por día pequeñas dosis de alimentos. Hay algunas frutas silvestres que
enriquecen mi dieta. Soy una porquería. ¿Por qué me cuido tanto? No hace ni un
mes que pensaba suicidarme; ahora metódicamente me alimento, trato de
descansar, como si cuidara a un niño. Hay personas que tardan mucho en saber
quiénes son. El canto de los pájaros a mediodía (lo que yo calculo que es el
mediodía) se vuelve ensordecedor. Hubiera podido fabricar una honda con
elásticos que tengo en la cintura de mi anorak y dos ramas que he recortado.
¿Para qué cazar un pájaro?, me pregunto. Lo natural sería matarlo y comerlo. No
podría. Mi voluntad se debilita, tal vez. Duermo mucho. Cuando me despierto,
saco fotografías de los árboles, de mi mano, de mi pie, del follaje, pues ¿qué
otras fotografías podría sacar? No tengo disparador automático para
fotografiarme. Además no sé si mi cámara fotográfica funciona, porque ha
recibido un golpe. En algunos momentos pronuncio mi nombre varias veces, dando
a mi voz tonalidades diferentes. ¿Tendré miedo de olvidarlo? Descubro que hay
un eco en el bosque. Nada me da tanto miedo. A veces oigo, o creo oír, el motor
de un avión: entonces miro el cielo desesperadamente.
¿Dónde estarán aquellos ojos que me miraban tanto? ¿De
qué conversarán? ¿Habrán caído al mar atraídos por su propio color? ¿Si
llegaran de improviso?
Poco a poco me acostumbro a esta vida. Prefiero dormir,
es lo que hago mejor, a veces demasiado. Si una fiera me atacara durante mi
sueño no podría defenderme y cometo todos los días la imprudencia de dormir
profundamente a la hora de la siesta; es claro que no sé a ciencia cierta
cuándo es la hora de la siesta, porque mi reloj se ha parado y por primera vez
he perdido la noción del tiempo. A través de tantos árboles la luz del sol me
llega indirectamente. Después de perder el hilo de la hora, si así puede
decirse, difícil sería orientarme de acuerdo con esa luz. No sé si es otoño,
invierno, primavera o verano. ¿Cómo podría saberlo si no sé en qué sitio estoy?
Creo que los árboles que me rodean son de hojas perennes. No me atrevo a
aventurarme por el bosque: podría perder mis provisiones. Ésta ya es mi casa.
Las ramas son mis perchas. Extraño mucho el jabón y el espejo, las tijeras y el
peine. Empieza a preocuparme la cuestión del sueño, me parece que duermo casi
todo el tiempo y creo que las culpables son estas flores que perfuman tanto el
aire. El aspecto anodino que tienen, engaña: forman una glorieta que
observándola bien es diabólica. Vanamente las arranco de la tierra: vuelven a
crecer con más ímpetu. Traté de destruir algunas enterrándolas, pero no tengo
herramientas para cavar la tierra y me serví de un trozo de madera chato, cuyo
manejo me resultó engorroso. Pobre Robinson Crusoe, o más bien dicho, feliz
Robinson Crusoe que sabía desempeñarse en las tareas que impone la soledad. Yo
no sirvo para una situación como ésta. Vanamente traté de destruir las flores,
como estaba diciendo, pues muchas de ellas se trepan a los árboles y se pierden
en la altura tapándome el cielo. No podría destruir con nada su perfume, ya que
este lugar es como un cuarto cerrado. A veces me he dormido observando una rama
con dos o tres flores; al despertar he advertido que la misma rama ya tenía
nueve flores más. ¿Cuánto tiempo yo habría dormido? No lo sé. Nunca sé el
tiempo que duermo, pero supongo que duermo como en los días en que llevo una
vida normal. ¿Cómo en ese tiempo tan corto han podido florecer tantas flores?
Si pienso en estas cosas me volveré loco. Observo la flor culpable de mi sueño:
es como una campanilla, y es dulce (la he probado). Las ramas en que brota van tejiendo
extrañas canastitas. Nunca observé una enredadera tan de cerca. Se enrosca en
troncos y en ramas, con un tejido tan apretado que a veces resulta imposible
arrancarla. Es como un forro, como una cascada, como una serpiente. Sedienta de
agua, busca mis ojos, se aproxima. Ahora tengo miedo de dormir. Tengo
pesadillas. Ya van varias noches que sueño lo mismo: la madreselva me confunde
con un árbol y comienza a tejer alrededor de mis piernas una red que me
aprisiona. No creo que estoy mal de salud. Creo, por lo contrario, que estoy perfectamente
bien. Sin embargo, este estado de somnolencia no parece tan normal. A veces me
pregunto: ¿no habré perdido totalmente la noción del tiempo? ¿Duermo más de lo
que es habitual para un ser humano, o creo que duermo más? ¿Es el perfume que
me da sueño? A la hora en que más se expande, empiezo a parpadear, se me
cierran los ojos, y caigo en un letargo que al despertar me asusta. El progreso
que hace la enredadera sobre el árbol fue durante unos días mi reloj. Como una
tejedora iba tejiendo sus puntos alrededor de cada rama. Al despertar, por los
nudos que había hecho yo podía calcular el tiempo de mi sueño, pero ahora,
últimamente, se apresura. ¿Soy yo o el tiempo? Pasar de una idea a la otra sin
orden alguno, es una de mis características actuales, pero la verdad es que
nunca dispuse de tanto tiempo ni de tanta inactividad física. Jamás creí que me
encontraría en una situación semejante. La abstinencia, además, me causó
siempre horror. Ayer ¿sería ayer ayer? bebí dos botellas de vino para
desquitarme, y después de vagar por el bosque, embriagado, caí dormido no sé
por cuánto tiempo.
Soñé que decía: ¿Dónde estarán aquellos ojos que tanto me
miraban? ¿Qué beberán? Hay personas que son manos; otras, bocas; otras,
cabellera; otras, pecho donde uno se recuesta; otras, cuello; otras, ojos, nada
más que ojos. Como ella. Trataba de explicárselo cuando íbamos en el avión,
pero ella no entendía. Entendía solo con los ojos y preguntaba: “¿Cómo? ¿Cómo
dice?”.
Desperté lejos de los víveres creyendo que jamás volvería
a encontrarlos. Me amonesté cruelmente. Tuve discusiones conmigo mismo. Volví
guiado por una gracia divina, sin duda, al lugar de salvación: mis alimentos.
¡Qué ironía de la suerte! ¡Depender de alimentos cuando me jactaba entre los
hombres de poder pasar veinte días ayunando y me reía de las huelgas de hambre!
Ahora, por un dátil o por una repugnante castaña de Cajú, vendería mi alma. Sin
duda todos los hombres son iguales y reaccionarían del mismo modo. No me muevo,
estoy encerrado como en una celda. No supuse que celda y selva se parecieran tanto,
que sociedad y soledad tuvieran tantos puntos de contacto. Dentro de mi oreja
un millón de voces discuten, se enemistan, se dedican a destruirme. Tra ra ra
ra ra estoy harto.
Dios mío, que me sea dado no olvidarme de aquellos ojos.
Que el iris viva en mi corazón como si mi corazón fuese de tierra y el iris una
planta.
Esas voces contradictorias (volviendo a las voces que
siento dentro de mi oreja) se dedican a destruirme.
Amaos los unos a los otros. Nunca me resultó tan difícil
seguir ese precepto. Asimismo no hay que despreciar la soledad. Un día el mundo
se poblará tanto, que mi actual guarida no será solitaria. Pensar en
transformaciones me da vértigo. Con los ojos cerrados pienso todos esos
disparates y es una imprudencia: la enredadera aprovecha mi descuido para
treparse por mi pierna izquierda, teje una red minuciosa en cada dedo de mi
pie. El dedo más chiquito me hace reír. Con qué artimaña lo envuelve. No
hablemos del dedo gordo que parece un hisopo. La enredadera avanza rápidamente
en su trabajo con distintos métodos: para los dedos chicos de mi pie utiliza
simplemente un punto que se parece mucho a los barrotes de las sillas de mimbre
modernas, para superficies grandes utiliza una amalgama extraña de arabescos
que imitan los asientos plásticos de los automóviles. Arranco de mi pie la
trenza con cierta dificultad. Recuerdo una enredadera de mi casa que se llama
enamorada del muro, y que tiene patitas con garras que se adhieren a los muros.
Recuerdo haber arrancado, de niño, algunas ramas y haber sentido la resistencia
de la planta en cada una de las hojas como gatitos que no quieren soltar su
presa. Esta enredadera no tiene patitas como la enamorada del muro. Mayor es su
mérito. Infatigablemente va tejiendo y tejiendo lazos. ¡Pobres árboles, pobres
plantas que caen bajo sus garras! Dichoso el árbol que es apenas sensitivo. Se
lo decía a alguien (por quien ya no siento ningún amor) para conmoverla. Me
quedó el verso. No estoy tan seguro de ese apenas sensitivo. De noche me parece
que oí a los árboles quejarse, abrazarse, rechazarse o suspirar, arrodillarse
frente a otros de su familia o de otros que habían sucumbido bajo la
enredadera. Ingresé en este mundo vegetal desconociéndolo totalmente. El único
árbol que conocí, fuera del sauce, se entiende, fue la tipa. Una vez mamá dijo
al cruzar la plaza San Martín:
–¡Qué lindas tipas! –pasaban en ese momento dos mujeres
horribles y me reí.
–¿De qué te reís? –protestó mamá mirando el follaje de
las tipas y añadió–: ¿Acaso ahora no se puede admirar ni los árboles?
–¿Qué árboles? –interrogué.
–Las tipas, ignorante. Todavía no sabés lo que son las
tipas –¡ah!, las tipas –respondí con debido asombro–, “yo creí que hablabas de
las tipas”.
–Ya no sabés ni hablar. Tendrías que irte a la selva para
hablar con los monos.
Pobre mamá, cómo se habrá arrepentido del insulto. A
veces me desvela ese recuerdo pero no puedo evitarlo. Miro en la oscuridad las
tipas. Tenían flores amarillas: el vestido de mamá parecía más celeste. ¿Y yo
tendré siempre mi cara gris de Buenos Aires?
¿Qué mirarán aquellos ojos?
Cara de pan crudo, decía la modista que venía a coser
para mis hermanas en casa y que siempre pensaba que yo tenía doce años cuando
ya había cumplido los veinte. ¡Qué opio tener veinte años! No extraño mi casa;
eso sí que no, pero un espejo es una compañía, mala o buena, como todas las
compañías, y allí tenía mi espejo redondo como una luna. He dormido esta vez
más que todas las otras veces, más que el día de la borrachera; es claro que no
puedo estar seguro de no equivocarme.
¿Dónde estarán aquellos ojos? ¿Los estaré olvidando? No
recuerdo muy bien la forma del lagrimal.
A veces uno duerme cinco minutos y parecería que ha
dormido toda una noche. Me dormí al atardecer, me desperté con una luz de
atardecer. ¿Habría dormido cinco minutos? Pero tengo una prueba contundente de
que no fue así: la enredadera tuvo tiempo de tejer su trenza alrededor de mi
pierna izquierda y de llegar hasta el muslo; ¡la tiene con mi pierna izquierda!
Como si no fuera bastante hizo otro tanto con mi brazo izquierdo. Esta vez la
arranqué con mayor dificultad pero con menos urgencia que la vez anterior,
diciéndole animal, como a una de mis amigas que siempre me embroma. He resuelto
cambiar de guarida. Cargo mis víveres y me mudo en busca de un sitio sin
enredaderas pero no lo encuentro y la caminata me cansa. A veces pienso que han
pasado varios años y que soy viejo; pero si fuera así no me quedarían
provisiones. Ahora me quedé en un lugar tal vez peor, pero no tengo ánimo para
volver sobre mis pasos. Toda esta selva es una enredadera. ¿Para qué
preocuparme? Hay que preocuparse solo por lo que tiene solución. El perfume
seguirá embriagándome, dándome sueño. La enredadera seguirá haciendo sus
trenzas. Ahora raras veces me despierto sin que haya tejido alguna trenza
alrededor de mi brazo o de mi pierna. Ayer no más, se trepó a mi cuello. Me
fastidió un poco. No es que me diera miedo, ni siquiera cuando se me enroscó
alrededor de la lengua. Recuerdo que al soñar grité y abrí imprudentemente la
boca. Es extraño. Nunca pensé que una enredadera podía introducirse tan
fácilmente adentro de mi boca.
–Anormal. ¿Qué te has creído? Uno no se puede fiar de
nadie –le dije–.
Me hace gracia porque pienso en la risa que les va a dar
a mis amigos esta anécdota. No me creerán. Tampoco creerán que no puedo estar
ociosa. Últimamente trato de tejer trenzas como la enredadera alrededor de las
ramas: es un experimento bastante interesante, pero difícil. ¿Quién puede
competir con una enredadera? Estoy tan ocupada que me olvido de aquellos ojos
que me miraban; con mayor razón me olvido hasta de beber y de comer. ¡Variable género
humano! Envolví la lapicera en mis tallos verdes, como las lapiceras tejidas
con seda y lana por los presos.
(Tomado de Ocampo, Silvina, Cuentos completos II,
Emecé, Buenos Aires, 1999)
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