Verónica Bujeiro
Con
dedicación y agradecimiento a
Jorge
Flores Oliver, cómplice de esta jaulita de
engendros, amigo afín, recurrente y
atávico.
Elvis Kilo: el glotón del siglo
En las primeras horas del nuevo año se encontró
a
una mujer
partida
por la
mitad,
con las extremidades rotas y una sola fosa nasal. Pegado a uno de sus
pechos,
yacía rozagante un varón recién nacido de doce kilos de peso, a quien los paramédicos registraron como el primer mal nacido del siglo.
Los medios electrónicos controlados, inmediatamente se volcaron sobre el caso, publicitando a todas luces que aquello había sido un asesinato. Y aunque la autopsia reveló más tarde que la mujer había sido descuartizada por las labores de parto, el detalle jamás fue ventilado por estrategia de publicidad. Conveniente
provecho para la televisora más
poderosa, misma que acertó a acoger
de inmediato al chico como la última causa lastimera de oportuna recaudación económica, digna para la propiedad de una marcación 01-900.
En respuesta condicionada, la manipulación trascendió el brillo de la pantalla
y
no sólo la televisora vio crecer sus arcas con placer, sino que inesperadamente algunas televidentes se mostraron tan conmovidas por el huérfano que prontamente ofrecieron sus servicios como vacas que no comen pasto. Litros y litros de leche humana y sintética
intentaron saciar sin
éxito el hambre del crío, hasta que más
allá del
ardid teletonero, la televisora pronto cayó en cuenta que aún con las multitudes que ofrecían su líquido, no había
alimento que colmara la voracidad de aquel niño. Por ello decidieron deshacerse del problema mediante una subasta que denominaron:
Adopte al glotón del siglo.
La puja fue una auténtica batalla entre poderosos que veían al niño como una inversión altamente redituable, si se le sabía explotar en campañas de vacunación, anuncios de fármacos para enfermedades desarrolladas en la infancia o para aquellos que pensaban que poseer al “glotón” sería el objeto más trendy desde la moda de pulseras para la lucha
contra el colesterol.
Tras
la pelea, que
incluso descontroló
algunas bolsas mundiales, finalmente
resultó ganador Salvador
Galleta junior,
heredero de la fábrica de pastelitos, galletas y croquetas para
perico Limbo. Poseedor de un pedazo de
tierra tan grande, concentrado
de azúcar y
carbohidratos, que podía verse
desde el
telescopio espacial Hub.
Terminado
el remate, los reporteros y curiosos se volcaron hacia Galleta
junior y preguntaron
con ansiedad con qué alimentaría aquella insaciable
hambre infantil. Salvador
atinó a responder
con una pausa dramática, calculada y espectacular, generadora
de un silencio que permitió que el joven magnate desenfundara de su bolsillo un empaque chocante y diamantino, cuyo resplandor desorientó a los presentes que ya apetecían, sin saber
por
qué, una respuesta. Galleta, afectado e intentando disimular su voz de niño, atinó a responder: “El glotón
del siglo será alimentado con Elvis Kilo,
mi nueva línea de pastelillos hechos de grasa, cocoa y platino”, y agregó con un
movimiento torpe de cadera: “Si el Rey viviera, sería su favorito”.
En pocos minutos, la
ciudad entera abarrotó los supermercados y tiendas demandando “el delicioso y nutritivo
pastelillo, favorito del glotón del siglo”, redituando de inmediato a la
manutención del insaciable infante, ya que, con las ventas de su producto, apenas
se invertiría el 0.001% bruto
de las ganancias en el suministro diario de su alimentación.
En casa de los señores Galleta, quienes se denominaban como tal a pesar de ser madre e hijo, la llegada
del inocente que se
abrió paso entre la carne de
su madre
hacia el nuevo siglo, sería la coronación con la que ejercerían
el anhelado soborno para legalizar un viraje en la
constitución y el orden social que finalmente
les permitiría hacer pasar su relación filial al carácter de lo conyugal. Pero la muerte súbita que provocaba
el pastelillo por su alta concentración de platino, con sus
consecuentes demandas millonarias no contempladas en la información nutricional, hicieron que madre e hijo Galleta se precipitaran
hacia sus hornos a meter la cabeza para liquidarse, en el
justo lugar en que hasta entonces sólo se habían
fabricado diabetes y felicidad.
El pequeño glotón no sufrió al enterarse de la trágica
noticia,
pues en su corto tiempo de vida ya había degustado cantidades suficientes de los pastelillos
y
galletas Limbo, famosamente altos en carbohidratos, proteínas y litio. Su cambio
desafortunado de destino también pasó desapercibido para la opinión
pública,
pues seguramente otra causa lastimera ya había irrumpido en la carne mediática. Su suerte
quedó a
merced de los abogados y herederos (sin deformidad cromosómica) de la familia Galleta, quienes avariciosos e indolentes ante las ganancias que a sus pocos meses ya había generado el crío, decidieron que lo mejor para todos sería recluirlo en una de las bodegas Limbo, ese probable
paraíso a donde se llega
tras un coma diabético.
Lo que ninguno de los familiares sabía, era que dicho almacén contaba con la cualidad de poder ponerse en órbita tras la posible catástrofe de una explosión nuclear, y un
día,
antes que a su cena, el “glotón” encontró esa posibilidad. Desde entonces navega como una ciega estrella alrededor de la tierra, colmado de dulce prosperidad, “dancing to the jailhouse rock”.
Eutanasio Rh Negativo: funeral top model
Su primera fotografía le fue tomada dentro de un cuerpo, el de su madre. Fue esa primigenia revelación
del negativo al positivo la que lo salvó de la muerte, aun sin haber llegado a
la vida, ya que el niño traía unido el cordón umbilical al cuello, cual accesorio
de última moda. A tiempo pudo ser rescatado, aunque los doctores y los padres no
notaron en el ultrasonido que las manos del nonato yacían cerca del cordón
ejerciendo su presión.
Al dar sus primeros pasos, Eutanasio siempre
buscaba el vacío y no era por error. Estrellaba su cabeza con esmero y no era
un berrinche. Metía la cabeza en bolsas de plástico sin querer imitar a un
superhéroe. Bebía frascos de medicinas, destapacaños, anticongelantes, se
introducía cuchillos, comía focos, prendía cerillos y absorbía filtros para
lavadora sin ser el registro educativo de la prueba, ensayo y error.
Los padres inexpertos suponían que era la
conducta idónea para un niño, pero al mostrar sus retratos a la comunidad de
padres de familia con la que periódicamente se reunían en acaloradas sesiones
de intercambio de parejas, descubrieron que aquello no era lo que se esperaba
de un hijo.
Tras probar distintos métodos de castigo, a
los que Eutanasio respondía con un “más, más”, los afligidos padres decidieron
amarrarlo de pies y manos confiando su educación a las repeticiones gratuitas
de la telesecundaria, cuya lección más preciada fue reconocer las
bondades de la autoasfixia como práctica educativa.
Los años pasaron y los
metros de cuerda también, pues Eutanasio crecía cada vez más, convirtiéndose en
un apuesto maniaco-depresivo, febril e insurrecto. No tardó demasiado en descubrir cómo desatarse de sus nudos de contención y por las noches
escapaba, entregándose
a los brazos del sexo inseguro, las drogas intravenosas
y la música pop
con el arrojo y decisión de
quien decide aventarse al metro en hora pico.
Fue en una noche de tinieblas y karaoke con “tehuacanazo”
que Eutanasio conoció
a uno de sus ídolos, el popular
presentador de infomerciales de cajas de
muerto, Sibarito Jones. El conductor
no tardó en quedar impresionado con el talento autodestructivo
del chico y decidió contratarlo como figura de exhibición. Así fue como Eutanasio
descubrió su vocación como modelo de cajas fúnebres y rápidamente se tiró al deparo
de su destino, colocándose
en el mercado como el mejor en su género y obteniendo
contratos alrededor del mundo, especialmente en Japón. El país del sol
naciente pudo apreciar en Eutanasio el potencial de un ídolo maldito, lo suficientemente atractivo y redituable en vida o muerte, como para tener su programa propio de televisión. Desde entonces, Eutanasio decidió prolongar su vida por voluntad propia, cobrando fama por medio de Canción de cuna, una emisión de más de tres horas en donde contesta llamadas en vivo provenientes de la saturada línea para suicidas nipona. Todas las noches se le puede ver aposentado en un féretro revestido de fina seda, arreglado con una palidez
atractiva y mórbida que contesta al llamado de una especie proscrita, como el más solitario eslabón de una cadena
perdida.
Lucio Pascalito:
tumor cerebrito
Cuando a los cuatro te sabes todas las capitales
del
mundo y sus provincias, a los
siete
ya cuentas
hasta un billón doscientos, a los nueve divides entre 6200
sin calculadora y a los
once
ya escribiste tu primera enciclopedia, suena a que necesitas
espacio extra en tu disco duro. Pero a los papas de Pascalito sólo les pareció
un chichón, y cuando empezó a crecer le vieron cara de tumor y de inmediato corrieron al doctor. En una primera revisión
los médicos pudieron percatarse que la protuberancia de Pascalito ya sabía decir
cuánto daba dos más dos. Asustados ante falsas creencias
sobrenaturales y películas que los habían traumado,
los médicos rechazaron seguir tratando al niño. Los padres, desesperados,
recurrieron a otras alternativas y pronto fueron recomendados con los conocidos
galenos Gelio y Helio Díaz, gemelos hermafroditas, lectores de tarot y cirujanos
intermedios, quienes estudiaron de cerca el caso y recomendaron un estado de
abstención total ante bibliotecas, libros de texto, programas de televisión y
todo aquello que pudiese generar conocimiento en el crío. Pero el geniecillo
desobedeció ejemplarmente obteniendo a diario pequeñas y grandes dosis de información
en Internet, estimulando así el crecimiento de un tumor que cada vez se volvía más
grande y carismático. Ante el asunto, los afamados galenos consultaron la baraja
y tomaron la difícil decisión de remover aquella protuberancia de Pascalito, y
para cuando notaron que no sólo podía quejarse, sino también platicar amenamente,
informaron a los padres de un requisamiento del tejido con la aparente intención
de estudiarlo, aunque en realidad los gemelos ya veían en ese pedazo de carne
parlante el potencial para un nuevo objeto de compañía, capaz de poder reemplazar
la fatal y reciente pérdida de su perro robot Ivo.
Ante la remoción del tejido abultado,
Lucio Pascalito se encontró fatalmente
solo y vacío, por lo que rápidamente se consagró a recetarse altas y peligrosas
sesiones de consumo banal en Internet. Su molesto cansado cerebro no aguardó para empezar a expandirse fuera
del cráneo en la forma ya por todos conocida. Los gemelos Díaz atacaron no sólo
removiendo la nueva masa, sino confinando al ansioso infante a un cuarto blanco.
Ellos, mientras tanto, descubrieron que el nuevo tumor era una excelente guía
de viajes y decidieron zarpar cuanto antes al puerto más cercano. Pero la
memoria de Pascalito no se quedó quieta y con todo lo que recordaba fue capaz de
llenar aquella austeridad impuesta, generando nuevas masas que rápidamente
salían a manifestarse fuera de su cabeza. Los Díaz enviaban a su paciente postales en blanco para
no saturarlo y pensaban que todo iba bien, hasta que fueron informados que a Lucio chiquito ya le
habían empezado a crecer bultos en la frente, nuca y arriba de las orejas. Los responsables galenos de
inmediato cancelaron sus planes aventureros, no sin mucho pesar, puesto que ya habían agotado la vida del “tumor
viajero” y se encontraban en necesidad de otra novedad acompañante.
De los seis nuevos abscesos que pudieron
remover del chico, cuatro fueron adoptados por los hermafroditas galenos como
mascotas varias y esclavos genitales. Uno fue vendido en el mercado negro y
otro llegó, ante misteriosas circunstancias, a promocionarse en un video en la
red, diseminando su fama de masa carismática y pensante. El fenómeno viral
desató una demanda inesperada por poseer aquellos excesos de Pascalito, obligando
a los Díaz a confiscar a Lucio de sus padres bajo nuevos pretextos de
investigación médica.
Los hábiles
galenos sometieron a Lucio a una dieta ilimitada de navegación
en la red, así
como la lectura indispensable de al
menos una enciclopedia al día y por las noches le hacían descansar escuchando
la poesía que se guardaba secretamente en la Sección Amarilla. Éste
óptimo entorno no sólo facilitó la continua formación de masas y tumores en Pascalito,
sino que subió sus niveles de serotonina hacia grados desconocidos para la felicidad
de los hombres.
Por su parte, los galenos Díaz vieron hinchar
sus arcas con la creación de la marca de mascotas virtuo-carnales Tumogochis Incorporated,
convirtiéndose rápidamente en dos de los diez seres más ricos del planeta.
Mónico
Aparicio: licántropo al pastor
Mónico
no desobedeció a sus padres, porque no los tenía. Ni contradijo a sus maestros,
pues no iba a la escuela. Tampoco fue por no comerse la sopa, pues vivía de las
sobras que sólo los perros con hambre comen. El castigo no
era divino, ni de ningún
otro orden, simplemente
le
había tocado la extraña suerte de ser el producto de una filmación clandestina entre una actriz porno y un
lobo en peligro de extinción. Tras
su
llegada al mundo, Mónico fue abandonado con
urgencia en un parque, pues su progenitora tenía cita en un importante casting para
una película con pingüinos. No pasó mucho tiempo para que el papel recién dejado
por la madre fuera tomado con recelo por una perra salvaje que rondaba la zona.
Junto con ella, Mónico aprendió a husmear en los basureros después de los días de
campo, a aparearse con las mejores perras y pelear tal como las mejores bestias.
Pero un día sin mucha suerte, llegó al parque una asociación caritativa que
rehabilitaba perros callejeros para convertirlos en ejemplares guías de ciego. Mónico
probó ser uno de los casos más ineficientes del programa, pues al ser cruza
directa de lobo, elevó a un par de discapacitados visuales a categorías de mayor
disfunción. Su mayor logro entre los otros animales consistió en convertir a
uno de los indefensos débiles visuales en el primer beneficiario para un transplante de cara
en el país. El escándalo que provocó semejante avance, forzó a la
asociación a enviar a Mónico a un
lugar más selecto: la taquería de don Heriberto Aparicio, “el rey
del taco de suadero”.
Como era bien conocido, Heriberto periódicamente
recibía perros para producir con ellos la delicia y gusto de sus comensales. Cuando
Mónico llegó ante su machete grasiento, Aparicio le preguntó radical y
violento: “¿Sabes quién soy?”
y para su sorpresa, el pequeño licántropo contestó en un acento españolizado: “Sí,
eres Dios”.
Heriberto tiró de
súbito
el machete, se le escurrieron las lágrimas y tomó entre sus brazos a Mónico, reconociendo que en realidad lo que tenía frente a él
no era un perro, sino
un niño.
El pequeño
licántropo prosiguió recitando frases afectadas en el acento extraño, producto de su exposición prolongada ante
la película Marcelino, pan y vino en el
albergue, camino último al que recurrieron los entrenadores, pensando en su salvación.
Heriberto lo recibió no sólo como a un
hijo, sino como la revelación que cambiaría para siempre su vida. Tras la llegada
del peculiar niño lobo, la familia de Aparicio, perteneciente a una de esas religiones
altamente influenciables por medio de la repetición de creencias sin sentido,
desconoció a su patriarca y huyó en misión religiosa hacia las partes bajas de
otra delegación. Ahí se establecieron haciendo de su local un auténtico templo del
taco, cultivando fama a través de su mayor atracción: ser atendidos personalmente
por el monaguillo licántropo, un auténtico ángel peludo en vías de extinción.
Evaristo
X: el que quería ser distinto
Ser el de en medio de nueve
hermanos, no te hace ni el más grande, ni el más chico. Si en la escuela tu promedio
es de siete, no eres ni el más tonto ni el
más listo. Esto lo sabía bien Evaristo, un tipo que no tenía nada que lo hiciera distinto. Al llegar a
la adolescencia se despertaba con el deseo
de sólo una cosa: ser el molestado o el que molesta, el que tiene barros o el que apesta. Pero cada mañana
descubría en su cara que no había indicios de nada que llamara
a los golpes o las patadas, ni siquiera era tan feo como para
ganarse un apodo. Fue hasta que Maura, la enfermera de la secundaria, inoculó en estado de ebriedad
su nalga izquierda, que dejó en el indistinto Evaristo el
primer paso hacia la diferencia. La aguja se le quedó allí clavada y Evaristo encantado, reconoció una actividad sólo
practicada por salvajes y primitivos. Decidió conservar el mal
tino de la ebria Maura para ventilarlo
al mundo y clamar así
su recién ganada distinción. De inmediato rompió
sus jeans y clavó otra aguja en su nalga
derecha, imponiendo
una moda muy
aplaudida por sus compañeros de celda educacional y totalmente
reprobada por la conservadora asociación
de padres de familia, quien de inmediato lo mandó de vuelta a casa. Fue en ese camino que su destino se topó con la galería La Llaga, antes
carnicería Santa Rita (en honor a la descarnada santa
de Lima). Su dueño, el Joto Tito, reconoció en Evaristo al artista de performance
que impulsaría su changarro artístico a nivel mundial y, sin pensarlo mucho,
reclutó al chamaco para una serie de experimentos que lo harían pasar a la historia
como “El Rorrito Vudú”. El Joto Tito llamó a los
medios de comunicación para realizar
su primera intervención en
Evaristo, que consistiría en incrustarle todos los viejos
artículos de la carnicería
en una acción llamada: Santa Rita
la carnicería, hoy, a favor de la vida
vegetariana y en contra de la famosa belleza superflua. Críticos del mundo entero viajaron para
ver a Evaristo y apenas comenzaba
su fama. A esta exitosa intervención le siguieron Sin
título 1 (Llaves con peluchito que cuelga) en protesta por el trabajo mal pagado en China, y Sin título 2 (Perro con rabia en el cuello), una fuerte crítica al maltrato
animal y corridas de toros que le trajeron a la pareja artística, nunca
sentimental, su primer premio en Europa. Evaristo no se quejaba, por más que
cada objeto que penetraba su cuerpo llegaba para quedarse. Incluso el perro con
rabia fue curado y se convirtió en su mascota. Groupies de todo el mundo
venían a visitar a “El Rorrito
Vudú” para frotar contra él sus metales en sinfonías orgiásticas, que incluso
inspiraron al músico vanguardista Oki Montone en la
creación
de Metal Cacharros Music No. 2. Su felicidad era tan grande que pronto
los comités de derechos humanos
tomaron nota y demandaron al ahora conocido como J-Tito por sus oficiosidades en el
cuerpo de Evaristo. Ante la presión de semejantes grupos, que
por centrarse en el caso del “Rorro” descuidaron varios genocidios, J-Tito ha planeado hacer una última injerencia artística en Evaristo, consistente en exponerlo a una placa gigante de imanes que retiren de una vez por todas las intervenciones varias que ha realizado en su cuerpo. Acción que le sacará el alma artística y hasta la vida misma al “Rorrito”.
Pero esto en realidad no importa, pues Evaristo sabe que morirá siendo distinto.
Anabel Careta: un rostro entre la multitud
Desde que adquirió la maldición
de
la memoria, Anabelita recuerda siempre haber estado sola. Sus papacitos trabajaban todo el día y cuando finalmente volvían, ella les quería hacer
la plática y ellos siempre le respondían con un sutil movimiento que la colocaba
frente al televisor. En la escuela intentaba ser simpática, contando chistes que
ella se inventaba en las muchas horas que pasaba sola en casa, pero a nadie hacía
gracia. A cambio sólo recibía unas discretas patadas en las espinillas que a los
ojos de sus padres la hacían ver como una
idiota,
por ello le prohibieron
salir
a jugar los jueves con su amiguita la paralítica Nieves, la única que compartía su solitario y retorcido
sentido del humor. Así
pasaron los años de infancia para Anabelita, a quien llegó la
locura para consolarla, regalándole suficientes amigos imaginarios que en la
fantasía disfrutaban sin freno de sus ocurrencias retorcidas. Pero al llegar a
la adolescencia con todos sus cambios, las voces que acompañaban sus solitarias
tardes se esfumaron y a cambio de tetas y barros, la mayor transformación
experimentada en Careta fue la aparición de una colección de caritas parlantes en
su jeta. Los científicos horrorizados sólo pudieron explicarlo como un regalo que
le había hecho su metabolismo ante sus deseos más profundos y callados, pero Anabel
juraba que eso no era cierto. Sus padres pensaron en recluirla para siempre en un
hospital psiquiátrico de entrenamiento, pero los maestros insistieron que
repitiera por sexta vez el quinto grado, para ver si esta vez, con la ayuda de
tantas gentes, podía pasar el año.
Como muchos
adolescentes, Anabel
no soportaba su cara y se recluía entre una masa de pelo y ropas negras. Aun con
ello no podía ignorar los gustos culinarios de cada carita más las discusiones que
llevaban a cabo a altas horas de la noche, no sin contar las acaloradas
insinuaciones que se hacían entre ellas día con día. La situación
orilló
en un principio a la afligida adolescente a sepultarlos con el remedio recurrente
de una gruesa capa de peróxido de benzoilo. Algunos gritaron, otros se callaron, pero al final
todos
se sublevaron en contra de ella. Más tarde, la chica
desesperada intentó acuchillar
a las caras, sin importar que por ello
quedara
deformada, pero los dientes de algunas la mordieron tan fuerte que ni siquiera llegó a rasguñarlas. Luego intentó rociarlas con gasolina, hacerse una mascarilla con aguarrás y crema Pond’s; llamó
a la
policía para que se las removieran
quirúrgicamente y
al final intentó quitarse la vida, pero nada resultó. Tal era la conmoción que causaban los problemas
de Careta con sus jetas, que los vecinos
la postularon para un famoso
talk show, el muy gustado “Venga, cuénteme y le diré quién sos”, conducido por la
ex
traficante de órganos, la argentina Melinda Coors. La misma mujer que fue perdonada
de
su sentencia a la
silla eléctrica, cuando los carceleros descubrieron que no sólo era hábil
leyendo la mano, sino también otros miembros del cuerpo como los pies, las rodillas y hasta algunos órganos en formol. Coors pasó a la historia por realizar una extensa entrevista a la mano del General
Álvaro
Obregón antes de su incineración. Era muy popular la argentina, pero para su desgracia
Anabel llegó para robarle
el
show. Las caritas, con sus pleitos
y los resucitados chistes de la solitaria Anabel
Careta,
con las
vulgaridades soeces que le trajo
la amargura del crecimiento,
probaron ser más populares que la cabeza criogenizada de Walt Disney, el último gran invitado del talk
show.
De inmediato los hábiles productores ofrecieron a Anabel y a sus caritas un atractivo
programa diurno que incluiría comedia, consejos de belleza, salud,
espectáculos, chismes, una sección de cocina y por las noches le dedicarían una
emisión centrada en una acalorada mesa de debate que tendría por cometido
culminar en una orgía de sexo oral.
Los programas de Anabel Careta han probado tener
gran éxito, pero las demandas de la televisión a veces obligan la aparición de Melinda
Chrs para subir el rating. La ex presidiaria se presenta amenazando con un
frasco de ácido a su más odiada enemiga, haciendo el deleite de aquellos que se
faltan a sí mismos denominándose como “respetable público”. Anabel no dice nada,
pues los hábiles productores le practicaron una remoción parcial de cerebro para
asegurar su exclusividad. Semejante intervención le ha hecho perder muchas capacidades,
especialmente la que tiene que ver con la depresión.
Telémaco
Cienfuegos: culterano del anís del mico
Un
moco es una secreción del tracto nasal que se deja en un pañuelo desechable o
un manjar pegajoso que se desliza por el esófago dejando sal a su paso, dependiendo
desde dónde lo veas o cuántos años tengas. Para Telémaco a los tres y a los dieciocho,
el hábito de comerse los mocos era más que una vulgar cochinada, una revelación
primera acerca de su futura vida culterana. Sus padres, incómodos con el apetito
inusual del hijo al que le gustaba comer todo lo que salía por sus orificios,
decidieron enviarlo a una escuela militarizada de donde pronto fue despedido por
lustrar compulsivamente las botas con saliva, pues el irresistible sabor del cuero
con polvo le hacía imaginar delicadezas nunca antes servidas a la hora de la
cena. De regreso al hogar y aunque fregaba, aspiraba y realizaba toda labor de
limpieza con su pequeña lengua, sus aún más incómodos padres decidieron dejarlo
perdido y sin límite de crédito en un congal de sexo-servicio, en donde creyeron podrían enderezar el árbol torcido. Pero Telémaco no sólo
le encontró sentido al sabor del tubo, al látigo de cuero curtido y al condón
lubricado tras su pertinente uso, cuando las tangas sudadas le hicieron pensar en
ensaladas fue cuando supo cuál era su misión: convertirse en el primer gourmet misofílico
del planeta.
Atrás dejó a sus padres, afligidos con la
grandísima pena que les causaba no poder unirse a ningún grupo de atención a
familiares de hijos con problemas de alcohol o drogas, y con la firme intención
de compartir su exquisito paladar con el mundo. Pronto Telémaco inauguró el
género culinario underground Lick under the table, probándole al mundo
que podía catar expertamente secreciones varias, así como sabores
deliciosamente escondidos en las cosas más inusitadas. La fama no se dejó
esperar y pronto ya tenía columnas en periódicos internacionales, así como un
gustado programa de televisión en el que recorría hospitales. También era
reclamado en altos círculos de la élite social, organizaba “orgías de sabor” en
donde compartía su amplia cultura en degustación de fluidos humanos, mismos que
por cierto ya empezaban a cansarlo. Por ello y aconsejado por uno de sus más
fieles fans, el traficante de animales en peligro de extinción Teo Sedillo, decidió
trasladar su paladar hacia caminos más arriesgados, probando suerte entre los
habitantes del zoológico de su fan Sedillo. Las cosas encontradas entre la
jaula de los tigres y los osos polares deleitaron el exquisito paladar del ambicioso
culterano, pero ninguna lo hizo llorar de éxtasis como las localizadas en el
simple roce de la lengua con el culo rosado de un mandril llamado “Fonseca”. Teo Sedillo
supo ver un negocio grande en donde otros sólo veían rosa
magenta y reprodujo artificialmente el sabor de aquel mico para venderlo como
licor. Desde entonces Telémaco abandonó los programas
televisivos y las élites de culto, para entregarse sin recelo a la adicción provocada
por el sabor de aquel simio. Para
su desgracia el alto precio que su nuevo vicio le demanda, sólo
puede ser cubierto con su papel de
mucama en la casa de Teo Sedillo, quien sostiene que sus
botas de monstruo de Gila sólo pueden ser lustradas con la saliva exquisita
del otrora gourmet misofílico.
(Tomado de Varios autores, Lados B. Narrativa de
alto riesgo, Nitro/Press, Cdmx, 2014)
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