miércoles, 8 de abril de 2026

Héroes que nos dieron Patria

Verónica Bujeiro

 

Con dedicación y agradecimiento a Jorge Flores Oliver, cómplice de esta jaulita de engendros, amigo afín, recurrente y atávico.

 

Elvis Kilo: el glotón del siglo

En las primeras horas del nuevo año se encontró a una mujer partida por la mitad, con las extremidades rotas y una sola fosa nasal. Pegado a uno de sus pechos, yacía rozagante un varón recién nacido de doce kilos de peso, a quien los paramédicos registraron como el primer mal nacido del siglo.

Los medios electrónicos controlados, inmediatamente se volcaron sobre el caso, publicitando a todas luces que aquello había sido un asesinato. Y aunque la autopsia reveló más tarde que la mujer había sido descuartizada por las labores de parto, el detalle jamás fue ventilado por estrategia de publicidad. Conveniente provecho para la televisora más poderosa, misma que acertó a acoger de inmediato al chico como la última causa lastimera de oportuna recaudación económica, digna para la propiedad de una marcación 01-900.

En respuesta condicionada, la manipulación trascendió el brillo de la pantalla y no sólo la televisora vio crecer sus arcas con placer, sino que inesperadamente algunas televidentes se mostraron tan conmovidas por el huérfano que prontamente ofrecieron sus servicios como vacas que no comen pasto. Litros y litros de leche humana y sintética intentaron saciar sin éxito el hambre del crío, hasta que más allá del ardid teletonero, la televisora pronto cayó en cuenta que aún con las multitudes que ofrecían su líquido, no había alimento que colmara la voracidad de aquel niño. Por ello decidieron deshacerse del problema mediante una subasta que denominaron: Adopte al glotón del siglo.

La puja fue una auténtica batalla entre poderosos que veían al niño como una inversión altamente redituable, si se le sabía explotar en campañas de vacunación, anuncios de fármacos para enfermedades desarrolladas en la infancia o para aquellos que pensaban que poseer al “glotón” sería el objeto más trendy desde la moda de pulseras para la lucha contra el colesterol.

Tras la pelea, que incluso descontroló algunas bolsas mundiales, finalmente resultó ganador Salvador Galleta junior, heredero de la fábrica de pastelitos, galletas y croquetas para perico Limbo. Poseedor de un pedazo de tierra tan grande, concentrado de azúcar y carbohidratos, que podía verse desde el telescopio espacial Hub.

Terminado el remate, los reporteros y curiosos se volcaron hacia Galleta junior y preguntaron con ansiedad con qué alimentaría aquella insaciable hambre infantil. Salvador atinó a responder con una pausa dramática, calculada y espectacular, generadora de un silencio que permitió que el joven magnate desenfundara de su bolsillo un empaque chocante y diamantino, cuyo resplandor desorientó a los presentes que ya apetecían, sin saber por qué, una respuesta. Galleta, afectado e intentando disimular su voz de niño, atinó a responder: “El glotón del siglo será alimentado con Elvis Kilo, mi nueva línea de pastelillos hechos de grasa, cocoa y platino”, y agregó con un movimiento torpe de cadera: “Si el Rey viviera, sería su favorito”.

En pocos minutos, la ciudad entera abarrotó los supermercados y tiendas demandando “el delicioso y nutritivo pastelillo, favorito del glotón del siglo”, redituando de inmediato a la manutención del insaciable infante, ya que, con las ventas de su producto, apenas se invertiría el 0.001% bruto de las ganancias en el suministro diario de su alimentación.

En casa de los señores Galleta, quienes se denominaban como tal a pesar de ser madre e hijo, la llegada del inocente que se abrió paso entre la carne de su madre hacia el nuevo siglo, sería la coronación con la que ejercerían el anhelado soborno para legalizar un viraje en la constitución y el orden social que finalmente les permitiría hacer pasar su relación filial al carácter de lo conyugal. Pero la muerte súbita que provocaba el pastelillo por su alta concentración de platino, con sus consecuentes demandas millonarias no contempladas en la información nutricional, hicieron que madre e hijo Galleta se precipitaran hacia sus hornos a meter la cabeza para liquidarse, en el justo lugar en que hasta entonces sólo se habían fabricado diabetes y felicidad.

El pequeño glotón no sufrió al enterarse de la trágica noticia, pues en su corto tiempo de vida ya había degustado cantidades suficientes de los pastelillos y galletas Limbo, famosamente altos en carbohidratos, proteínas y litio. Su cambio desafortunado de destino también pasó desapercibido para la opinión pública, pues seguramente otra causa lastimera ya había irrumpido en la carne mediática. Su suerte quedó a merced de los abogados y herederos (sin deformidad cromosómica) de la familia Galleta, quienes avariciosos e indolentes ante las ganancias que a sus pocos meses ya había generado el crío, decidieron que lo mejor para todos sería recluirlo en una de las bodegas Limbo, ese probable paraíso a donde se llega tras un coma diabético.

Lo que ninguno de los familiares sabía, era que dicho almacén contaba con la cualidad de poder ponerse en órbita tras la posible catástrofe de una explosión nuclear, y un día, antes que a su cena, el “glotón” encontró esa posibilidad. Desde entonces navega como una ciega estrella alrededor de la tierra, colmado de dulce prosperidad, dancing to the jailhouse rock”.

 

Eutanasio Rh Negativo: funeral top model

Su primera fotografía le fue tomada dentro de un cuerpo, el de su madre. Fue esa primigenia revelación del negativo al positivo la que lo salvó de la muerte, aun sin haber llegado a la vida, ya que el niño traía unido el cordón umbilical al cuello, cual accesorio de última moda. A tiempo pudo ser rescatado, aunque los doctores y los padres no notaron en el ultrasonido que las manos del nonato yacían cerca del cordón ejerciendo su presión.

Al dar sus primeros pasos, Eutanasio siempre buscaba el vacío y no era por error. Estrellaba su cabeza con esmero y no era un berrinche. Metía la cabeza en bolsas de plástico sin querer imitar a un superhéroe. Bebía frascos de medicinas, destapacaños, anticongelantes, se introducía cuchillos, comía focos, prendía cerillos y absorbía filtros para lavadora sin ser el registro educativo de la prueba, ensayo y error.

Los padres inexpertos suponían que era la conducta idónea para un niño, pero al mostrar sus retratos a la comunidad de padres de familia con la que periódicamente se reunían en acaloradas sesiones de intercambio de parejas, descubrieron que aquello no era lo que se esperaba de un hijo.

Tras probar distintos métodos de castigo, a los que Eutanasio respondía con un “más, más”, los afligidos padres decidieron amarrarlo de pies y manos confiando su educación a las repeticiones gratuitas de la telesecundaria, cuya lección más preciada fue reconocer las bondades de la autoasfixia como práctica educativa.

Los años pasaron y los metros de cuerda también, pues Eutanasio crecía cada vez más, convirtiéndose en un apuesto maniaco-depresivo, febril e insurrecto. No tardó demasiado en descubrir cómo desatarse de sus nudos de contención y por las noches escapaba, entregándose a los brazos del sexo inseguro, las drogas intravenosas y la música pop con el arrojo y decisión de quien decide aventarse al metro en hora pico.

Fue en una noche de tinieblas y karaoke con “tehuacanazo” que Eutanasio conoció a uno de sus ídolos, el popular presentador de infomerciales de cajas de muerto, Sibarito Jones. El conductor no tardó en quedar impresionado con el talento autodestructivo del chico y decidió contratarlo como figura de exhibición. Así fue como Eutanasio descubrió su vocación como modelo de cajas fúnebres y rápidamente se tiró al deparo de su destino, colocándose en el mercado como el mejor en su género y obteniendo contratos alrededor del mundo, especialmente en Japón. El país del sol naciente pudo apreciar en Eutanasio el potencial de un ídolo maldito, lo suficientemente atractivo y redituable en vida o muerte, como para tener su programa propio de televisión. Desde entonces, Eutanasio decidió prolongar su vida por voluntad propia, cobrando fama por medio de Canción de cuna, una emisión de más de tres horas en donde contesta llamadas en vivo provenientes de la saturada línea para suicidas nipona. Todas las noches se le puede ver aposentado en un féretro revestido de fina seda, arreglado con una palidez atractiva y mórbida que contesta al llamado de una especie proscrita, como el más solitario eslabón de una cadena perdida.

 

Lucio Pascalito: tumor cerebrito

Cuando a los cuatro te sabes todas las capitales del mundo y sus provincias, a los siete ya cuentas hasta un billón doscientos, a los nueve divides entre 6200 sin calculadora y a los once ya escribiste tu primera enciclopedia, suena a que necesitas espacio extra en tu disco duro. Pero a los papas de Pascalito sólo les pareció un chichón, y cuando empezó a crecer le vieron cara de tumor y de inmediato corrieron al doctor. En una primera revisión los médicos pudieron percatarse que la protuberancia de Pascalito ya sabía decir cuánto daba dos más dos. Asustados ante falsas creencias sobrenaturales y películas que los habían traumado, los médicos rechazaron seguir tratando al niño. Los padres, desesperados, recurrieron a otras alternativas y pronto fueron recomendados con los conocidos galenos Gelio y Helio Díaz, gemelos hermafroditas, lectores de tarot y cirujanos intermedios, quienes estudiaron de cerca el caso y recomendaron un estado de abstención total ante bibliotecas, libros de texto, programas de televisión y todo aquello que pudiese generar conocimiento en el crío. Pero el geniecillo desobedeció ejemplarmente obteniendo a diario pequeñas y grandes dosis de información en Internet, estimulando así el crecimiento de un tumor que cada vez se volvía más grande y carismático. Ante el asunto, los afamados galenos consultaron la baraja y tomaron la difícil decisión de remover aquella protuberancia de Pascalito, y para cuando notaron que no sólo podía quejarse, sino también platicar amenamente, informaron a los padres de un requisamiento del tejido con la aparente intención de estudiarlo, aunque en realidad los gemelos ya veían en ese pedazo de carne parlante el potencial para un nuevo objeto de compañía, capaz de poder reemplazar la fatal y reciente pérdida de su perro robot Ivo.

Ante la remoción del tejido abultado, Lucio Pascalito se encontró fatalmente solo y vacío, por lo que rápidamente se consagró a recetarse altas y peligrosas sesiones de consumo banal en Internet. Su molesto cansado cerebro no aguardó para empezar a expandirse fuera del cráneo en la forma ya por todos conocida. Los gemelos Díaz atacaron no sólo removiendo la nueva masa, sino confinando al ansioso infante a un cuarto blanco. Ellos, mientras tanto, descubrieron que el nuevo tumor era una excelente guía de viajes y decidieron zarpar cuanto antes al puerto más cercano. Pero la memoria de Pascalito no se quedó quieta y con todo lo que recordaba fue capaz de llenar aquella austeridad impuesta, generando nuevas masas que rápidamente salían a manifestarse fuera de su cabeza. Los Díaz enviaban a su paciente postales en blanco para no saturarlo y pensaban que todo iba bien, hasta que fueron informados que a Lucio chiquito ya le habían empezado a crecer bultos en la frente, nuca y arriba de las orejas. Los responsables galenos de inmediato cancelaron sus planes aventureros, no sin mucho pesar, puesto que ya habían agotado la vida del “tumor viajero” y se encontraban en necesidad de otra novedad acompañante.

De los seis nuevos abscesos que pudieron remover del chico, cuatro fueron adoptados por los hermafroditas galenos como mascotas varias y esclavos genitales. Uno fue vendido en el mercado negro y otro llegó, ante misteriosas circunstancias, a promocionarse en un video en la red, diseminando su fama de masa carismática y pensante. El fenómeno viral desató una demanda inesperada por poseer aquellos excesos de Pascalito, obligando a los Díaz a confiscar a Lucio de sus padres bajo nuevos pretextos de investigación médica.

Los hábiles galenos sometieron a Lucio a una dieta ilimitada de navegación en la red, así como la lectura indispensable de al menos una enciclopedia al día y por las noches le hacían descansar escuchando la poesía que se guardaba secretamente en la Sección Amarilla. Éste óptimo entorno no sólo facilitó la continua formación de masas y tumores en Pascalito, sino que subió sus niveles de serotonina hacia grados desconocidos para la felicidad de los hombres.

Por su parte, los galenos Díaz vieron hinchar sus arcas con la creación de la marca de mascotas virtuo-carnales Tumogochis Incorporated, convirtiéndose rápidamente en dos de los diez seres más ricos del planeta.

 

Mónico Aparicio: licántropo al pastor

Mónico no desobedeció a sus padres, porque no los tenía. Ni contradijo a sus maestros, pues no iba a la escuela. Tampoco fue por no comerse la sopa, pues vivía de las sobras que sólo los perros con hambre comen. El castigo no era divino, ni de ningún otro orden, simplemente le había tocado la extraña suerte de ser el producto de una filmación clandestina entre una actriz porno y un lobo en peligro de extinción. Tras su llegada al mundo, Mónico fue abandonado con urgencia en un parque, pues su progenitora tenía cita en un importante casting para una película con pingüinos. No pasó mucho tiempo para que el papel recién dejado por la madre fuera tomado con recelo por una perra salvaje que rondaba la zona. Junto con ella, Mónico aprendió a husmear en los basureros después de los días de campo, a aparearse con las mejores perras y pelear tal como las mejores bestias. Pero un día sin mucha suerte, llegó al parque una asociación caritativa que rehabilitaba perros callejeros para convertirlos en ejemplares guías de ciego. Mónico probó ser uno de los casos más ineficientes del programa, pues al ser cruza directa de lobo, elevó a un par de discapacitados visuales a categorías de mayor disfunción. Su mayor logro entre los otros animales consistió en convertir a uno de los indefensos débiles visuales en el primer beneficiario para un transplante de cara en el país. El escándalo que provocó semejante avance, forzó a la asociación a enviar a Mónico a un lugar más selecto: la taquería de don Heriberto Aparicio, “el rey del taco de suadero”.

Como era bien conocido, Heriberto periódicamente recibía perros para producir con ellos la delicia y gusto de sus comensales. Cuando Mónico llegó ante su machete grasiento, Aparicio le preguntó radical y violento: “¿Sabes quién soy?” y para su sorpresa, el pequeño licántropo contestó en un acento españolizado: “Sí, eres Dios”.

Heriberto tiró de súbito el machete, se le escurrieron las lágrimas y tomó entre sus brazos a Mónico, reconociendo que en realidad lo que tenía frente a él no era un perro, sino un niño. El pequeño licántropo prosiguió recitando frases afectadas en el acento extraño, producto de su exposición prolongada ante la película Marcelino, pan y vino en el albergue, camino último al que recurrieron los entrenadores, pensando en su salvación.

Heriberto lo recibió no sólo como a un hijo, sino como la revelación que cambiaría para siempre su vida. Tras la llegada del peculiar niño lobo, la familia de Aparicio, perteneciente a una de esas religiones altamente influenciables por medio de la repetición de creencias sin sentido, desconoció a su patriarca y huyó en misión religiosa hacia las partes bajas de otra delegación. Ahí se establecieron haciendo de su local un auténtico templo del taco, cultivando fama a través de su mayor atracción: ser atendidos personalmente por el monaguillo licántropo, un auténtico ángel peludo en vías de extinción.

 

Evaristo X: el que quería ser distinto

Ser el de en medio de nueve hermanos, no te hace ni el más grande, ni el más chico. Si en la escuela tu promedio es de siete, no eres ni el más tonto ni el más listo. Esto lo sabía bien Evaristo, un tipo que no tenía nada que lo hiciera distinto. Al llegar a la adolescencia se despertaba con el deseo de sólo una cosa: ser el molestado o el que molesta, el que tiene barros o el que apesta. Pero cada mañana descubría en su cara que no había indicios de nada que llamara a los golpes o las patadas, ni siquiera era tan feo como para ganarse un apodo. Fue hasta que Maura, la enfermera de la secundaria, inoculó en estado de ebriedad su nalga izquierda, que dejó en el indistinto Evaristo el primer paso hacia la diferencia. La aguja se le quedó allí clavada y Evaristo encantado, reconoció una actividad sólo practicada por salvajes y primitivos. Decidió conservar el mal tino de la ebria Maura para ventilarlo al mundo y clamar así su recién ganada distinción. De inmediato rompió sus jeans y clavó otra aguja en su nalga derecha, imponiendo una moda muy aplaudida por sus compañeros de celda educacional y totalmente reprobada por la conservadora asociación de padres de familia, quien de inmediato lo mandó de vuelta a casa. Fue en ese camino que su destino se topó con la galería La Llaga, antes carnicería Santa Rita (en honor a la descarnada santa de Lima). Su dueño, el Joto Tito, reconoció en Evaristo al artista de performance que impulsaría su changarro artístico a nivel mundial y, sin pensarlo mucho, reclutó al chamaco para una serie de experimentos que lo harían pasar a la historia como “El Rorrito Vudú”. El Joto Tito llamó a los medios de comunicación para realizar su primera intervención en Evaristo, que consistiría en incrustarle todos los viejos artículos de la carnicería en una acción llamada: Santa Rita la carnicería, hoy, a favor de la vida vegetariana y en contra de la famosa belleza superflua. Críticos del mundo entero viajaron para ver a Evaristo y apenas comenzaba su fama. A esta exitosa intervención le siguieron Sin título 1 (Llaves con peluchito que cuelga) en protesta por el trabajo mal pagado en China, y Sin título 2 (Perro con rabia en el cuello), una fuerte crítica al maltrato animal y corridas de toros que le trajeron a la pareja artística, nunca sentimental, su primer premio en Europa. Evaristo no se quejaba, por más que cada objeto que penetraba su cuerpo llegaba para quedarse. Incluso el perro con rabia fue curado y se convirtió en su mascota. Groupies de todo el mundo venían a visitar a “El Rorrito Vudú” para frotar contra él sus metales en sinfonías orgiásticas, que incluso inspiraron al músico vanguardista Oki Montone en la creación de Metal Cacharros Music No. 2. Su felicidad era tan grande que pronto los comités de derechos humanos tomaron nota y demandaron al ahora conocido como J-Tito por sus oficiosidades en el cuerpo de Evaristo. Ante la presión de semejantes grupos, que por centrarse en el caso del Rorro” descuidaron varios genocidios, J-Tito ha planeado hacer una última injerencia artística en Evaristo, consistente en exponerlo a una placa gigante de imanes que retiren de una vez por todas las intervenciones varias que ha realizado en su cuerpo. Acción que le sacará el alma artística y hasta la vida misma al Rorrito.

Pero esto en realidad no importa, pues Evaristo sabe que morirá siendo distinto.

 

Anabel Careta: un rostro entre la multitud

Desde que adquirió la maldición de la memoria, Anabelita recuerda siempre haber estado sola. Sus papacitos trabajaban todo el día y cuando finalmente volvían, ella les quería hacer la plática y ellos siempre le respondían con un sutil movimiento que la colocaba frente al televisor. En la escuela intentaba ser simpática, contando chistes que ella se inventaba en las muchas horas que pasaba sola en casa, pero a nadie hacía gracia. A cambio sólo recibía unas discretas patadas en las espinillas que a los ojos de sus padres la hacían ver como una idiota, por ello le prohibieron salir a jugar los jueves con su amiguita la paralítica Nieves, la única que compartía su solitario y retorcido sentido del humor. Así pasaron los años de infancia para Anabelita, a quien llegó la locura para consolarla, regalándole suficientes amigos imaginarios que en la fantasía disfrutaban sin freno de sus ocurrencias retorcidas. Pero al llegar a la adolescencia con todos sus cambios, las voces que acompañaban sus solitarias tardes se esfumaron y a cambio de tetas y barros, la mayor transformación experimentada en Careta fue la aparición de una colección de caritas parlantes en su jeta. Los científicos horrorizados sólo pudieron explicarlo como un regalo que le había hecho su metabolismo ante sus deseos más profundos y callados, pero Anabel juraba que eso no era cierto. Sus padres pensaron en recluirla para siempre en un hospital psiquiátrico de entrenamiento, pero los maestros insistieron que repitiera por sexta vez el quinto grado, para ver si esta vez, con la ayuda de tantas gentes, podía pasar el año.

Como muchos adolescentes, Anabel no soportaba su cara y se recluía entre una masa de pelo y ropas negras. Aun con ello no podía ignorar los gustos culinarios de cada carita más las discusiones que llevaban a cabo a altas horas de la noche, no sin contar las acaloradas insinuaciones que se hacían entre ellas día con día. La situación orilló en un principio a la afligida adolescente a sepultarlos con el remedio recurrente de una gruesa capa de peróxido de benzoilo. Algunos gritaron, otros se callaron, pero al final todos se sublevaron en contra de ella. Más tarde, la chica desesperada intentó acuchillar a las caras, sin importar que por ello quedara deformada, pero los dientes de algunas la mordieron tan fuerte que ni siquiera llegó a rasguñarlas. Luego intentó rociarlas con gasolina, hacerse una mascarilla con aguarrás y crema Ponds; llamó a la policía para que se las removieran quirúrgicamente y al final intentó quitarse la vida, pero nada resultó. Tal era la conmoción que causaban los problemas de Careta con sus jetas, que los vecinos la postularon para un famoso talk show, el muy gustado “Venga, cuénteme y le diré quién sos”, conducido por la ex traficante de órganos, la argentina Melinda Coors. La misma mujer que fue perdonada de su sentencia a la silla eléctrica, cuando los carceleros descubrieron que no sólo era hábil leyendo la mano, sino también otros miembros del cuerpo como los pies, las rodillas y hasta algunos órganos en formol. Coors pasó a la historia por realizar una extensa entrevista a la mano del General Álvaro Obregón antes de su incineración. Era muy popular la argentina, pero para su desgracia Anabel llegó para robarle el show. Las caritas, con sus pleitos y los resucitados chistes de la solitaria Anabel Careta, con las vulgaridades soeces que le trajo la amargura del crecimiento, probaron ser más populares que la cabeza criogenizada de Walt Disney, el último gran invitado del talk show. De inmediato los hábiles productores ofrecieron a Anabel y a sus caritas un atractivo programa diurno que incluiría comedia, consejos de belleza, salud, espectáculos, chismes, una sección de cocina y por las noches le dedicarían una emisión centrada en una acalorada mesa de debate que tendría por cometido culminar en una orgía de sexo oral.

Los programas de Anabel Careta han probado tener gran éxito, pero las demandas de la televisión a veces obligan la aparición de Melinda Chrs para subir el rating. La ex presidiaria se presenta amenazando con un frasco de ácido a su más odiada enemiga, haciendo el deleite de aquellos que se faltan a sí mismos denominándose como “respetable público”. Anabel no dice nada, pues los hábiles productores le practicaron una remoción parcial de cerebro para asegurar su exclusividad. Semejante intervención le ha hecho perder muchas capacidades, especialmente la que tiene que ver con la depresión.

 

Telémaco Cienfuegos: culterano del anís del mico

Un moco es una secreción del tracto nasal que se deja en un pañuelo desechable o un manjar pegajoso que se desliza por el esófago dejando sal a su paso, dependiendo desde dónde lo veas o cuántos años tengas. Para Telémaco a los tres y a los dieciocho, el hábito de comerse los mocos era más que una vulgar cochinada, una revelación primera acerca de su futura vida culterana. Sus padres, incómodos con el apetito inusual del hijo al que le gustaba comer todo lo que salía por sus orificios, decidieron enviarlo a una escuela militarizada de donde pronto fue despedido por lustrar compulsivamente las botas con saliva, pues el irresistible sabor del cuero con polvo le hacía imaginar delicadezas nunca antes servidas a la hora de la cena. De regreso al hogar y aunque fregaba, aspiraba y realizaba toda labor de limpieza con su pequeña lengua, sus aún más incómodos padres decidieron dejarlo perdido y sin límite de crédito en un congal de sexo-servicio, en donde creyeron podrían enderezar el árbol torcido. Pero Telémaco no sólo le encontró sentido al sabor del tubo, al látigo de cuero curtido y al condón lubricado tras su pertinente uso, cuando las tangas sudadas le hicieron pensar en ensaladas fue cuando supo cuál era su misión: convertirse en el primer gourmet misofílico del planeta.

Atrás dejó a sus padres, afligidos con la grandísima pena que les causaba no poder unirse a ningún grupo de atención a familiares de hijos con problemas de alcohol o drogas, y con la firme intención de compartir su exquisito paladar con el mundo. Pronto Telémaco inauguró el género culinario underground Lick under the table, probándole al mundo que podía catar expertamente secreciones varias, así como sabores deliciosamente escondidos en las cosas más inusitadas. La fama no se dejó esperar y pronto ya tenía columnas en periódicos internacionales, así como un gustado programa de televisión en el que recorría hospitales. También era reclamado en altos círculos de la élite social, organizaba “orgías de sabor” en donde compartía su amplia cultura en degustación de fluidos humanos, mismos que por cierto ya empezaban a cansarlo. Por ello y aconsejado por uno de sus más fieles fans, el traficante de animales en peligro de extinción Teo Sedillo, decidió trasladar su paladar hacia caminos más arriesgados, probando suerte entre los habitantes del zoológico de su fan Sedillo. Las cosas encontradas entre la jaula de los tigres y los osos polares deleitaron el exquisito paladar del ambicioso culterano, pero ninguna lo hizo llorar de éxtasis como las localizadas en el simple roce de la lengua con el culo rosado de un mandril llamado “Fonseca”. Teo Sedillo supo ver un negocio grande en donde otros sólo veían rosa magenta y reprodujo artificialmente el sabor de aquel mico para venderlo como licor. Desde entonces Telémaco abandonó los programas televisivos y las élites de culto, para entregarse sin recelo a la adicción provocada por el sabor de aquel simio. Para su desgracia el alto precio que su nuevo vicio le demanda, sólo puede ser cubierto con su papel de mucama en la casa de Teo Sedillo, quien sostiene que sus botas de monstruo de Gila sólo pueden ser lustradas con la saliva exquisita del otrora gourmet misofílico.

 

(Tomado de Varios autores, Lados B. Narrativa de alto riesgo, Nitro/Press, Cdmx, 2014)

 

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