Luis Gastélum
para Meli, por su longanimidad
Alicia veía en su padre a
Dios todopoderoso. De niña le invadía el miedo y su padre nada más la abrazaba y
el temor desaparecía. Luego se la sentaba en su regazo y le contaba historias en
las que ella era la estrella y la felicidad, un deber para cada fin de los cuentos.
Todo era fulgor, pero después todo se hizo penumbras y su existencia fue oscura,
tan sombría como la tumba que habita desde su entierro en vida, como ella misma
define al ahogo que debe soportar desde el principio de la enfermedad de su padre.
Alicia era una mujer hermosa en todas sus expresiones
y primero sufrió un deterioro íntimo y luego del cuerpo. El estropicio de su moral,
moldeada en las más sanas convicciones de las escuelas de monjas, se dio poco a
poco hasta abjurar el opuesto de su esencia. Su paso de creyente a hereje fue un
salto repentino, hasta maldecir todo lo bendito por la Iglesia católica, que era
su horma. Perdió la fe en el refugio espiritual del Cristo que su padre le enseñó
a creer y respetar y ahora, en el borde de una realidad infausta, cuando la savia
se le agotó sin haber degustado sus prodigios y la vida se le convirtió en una carga
tan fecunda como la desventura de un alma en pena, Alicia sabe, por experiencia
vivida en carne propia, que no es tan difícil vivir sin alguien y cobijarse en una
soledad punzante, pero lo que le resulta un hastío es cohabitar con ella misma,
en un constante enfrentamiento con los fantasmas de su existir.
A sus casi cincuenta años, el sabor de la hiel de
la amargura es una degustación ordinaria y admite que su aureola es una vida anulada
por la adversidad, por más que la disfrace con la desgracia del coma de su padre.
De hecho, está convencida de que ella es la mejor encarnación del sufrimiento y
el pesar, porque ser como ella duele. “Yo soy el dolor, Esteban”, le dice al padre,
como le llama desde el abandono de Silvia y él asumió las veces de madre y que ahora,
en su larga agonía, está impedido para verla y oírla. Por eso, cuando lo visita
en el hospital, una de sus pocas cotidianeidades aparte de rumiar en su soledad
la frustración de estar y no ser y en la que ya se le fue el tiempo hasta convertirse
en una anciana de espíritu enfermo y sin remedio, Alicia se pasa las horas cogida
a la mano inerme de los despojos de su padre, en estado cataléptico desde hace años
y enredado en tantos tubos con líquidos viscosos que van y vienen. Pero Esteban
no responde. “No quiere”, piensa Alicia, “me quiere mantener aquí, atada a él”.
Le cuenta historias, largas historias inspiradas en
ese techo áspero de su recámara –el otro refugio de su vida inútil después de ese
cuarto de hospital donde se enseñorea el agobio– que durante los eternos insomnios
no ceja en sus figuras demoníacas, como aquella de la representación de la maldad,
que no entiende de razones e invade a cualquiera, a buenos y malos, y que pesa como
un muerto. “La maldad no hace distinción, Esteban, cuando llega, uno siente como
una bienvenida a un mundo sin alternativa: morir en vida y hacer lo mismo a los
demás”, le reclama con cierta ira al tiempo que estruja la mano desvalida de su
padre, en espera de alguna respuesta que nunca llega, ni siquiera un reclamo como
aquellos que le hacía en la otra vida, en represalia a las huidas disfrazadas de
tareas con sus amigos, entre gritos y siempre con su “allá tú, ya eres adulta y
sabes muy bien lo que haces, pero el día que salgas embarazada y te dejen como a
una puta te vas arrepentir”.
Alicia sabe que su padre, que cayó en coma justo en
los días en que iba a casarse y por eso desistió de su matrimonio para dedicarse
a él, ahora ya no puede reclamarle, ni escucharla y mucho menos darle un consejo,
como aquel “tú sabes lo que te conviene”, aunque sea, o tan siquiera hacerle un
chantaje, como solo él sabía hacer: “Sí, porqué habría de importarte dejarme solo,
como lo hizo tu madre contigo y conmigo, aunque yo te haya dado la vida. Anda, cásate,
a ver cómo te va a ir en tu matrimonio por abandonar a tu padre. El Creador sabrá
que hacer contigo cuando te llame a cuentas...”.
Alicia resuella por la herida: “Esteban solo está
empecinado en no hablar para mantenerla atada a su desgracia, que ya es la mía”,
medita mientras vuelve a refugiarse en la cuenta de las gotas que caen de la botella
de uno de los sueros a una de las sondas que hacen de su padre un vegetal, en esa
cuenta que ya suman millones de lágrimas y que cuando los pensamientos dejan de
zumbar le parecen estrepitosas en su caída sobre el silencio del cuarto, de esas
cuatro paredes que envuelven la impresión de un encierro sin salida y que ya es
como una extensión de su casa y que a veces, de acuerdo al humor, le resulta tan
familiar y cuando está de ánimo hasta lo disfruta y lo recorre al tiempo que le
cuenta a su padre las historias que fragua con el techo de su habitación en los
insomnios sempiternos.
“Siempre queremos aminorar nuestra angustia buscando
una angustia más grande, Esteban”, murmura al tiempo que lo ve sin mirarlo y mientras
abre un libro que le lee pero que se lo lee a sí misma, en un intento de no pensar
en la amargura que la acompaña. Su padre, aquel que se impuso en nombrarla Alicia
porque a su hija le esperaba un mundo de maravillas, es el único familiar que le
quedaba y al que, ahora sí, sin temor alguno a la extorsión emotiva, le hace confesiones
que antes ni hubiera imaginado y le cuenta de sus conquistas y con los que se acuesta
y lo que le hacen y lo que les paga, como aquél que conoció en un bar y que se le
acercó y le preguntó que si no le había dolido la caída y ella, extrañada, le respondió
a qué caída se refería y él le contestó que la caída del cielo, ella sonrió y luego
la cortejó y la convenció y fueron a un hotel y la besó y le elogió los labios tan
suaves y le dijo que nunca había besado otros igual, le detalló cómo le quitó la
ropa entre un beso por aquí y una mano por allá y de regreso, mientras le hablaba
de que la ropa y el sexo son lo mismo porque uno nunca sabe qué ponerse para sentirse
bien y le explicó que le pidió permiso para tocarle los senos que ya le estaba tocando,
cómo la desvistió y después cómo la penetró hasta, ahora sí, sentir que caía del
cielo. “Me quedé dormida y a la mañana siguiente me desperté sola, como todos los
días, pero esta vez sin la cartera”, le contó. “Ni siquiera se esperó a que le pagara,
se pagó solo”, dijo para sí nada más, porque no le gustaba que nadie le dijera pendeja,
solo ella, ni siquiera su padre con su frase disfrazada de “ya eres adulta y sabes
lo que haces”, por eso sonrió viéndolo de frente y en espera de un reclamo inútil,
de un milagro.
“En una ciudad donde gobierna el desamor y la soledad
y hoy en día, cuando todos quieren ser el mejor ejemplo para los demás, ¿quién te
puede cuidar mejor que yo, papi?”, le dice con ironía, mientras abre la novela Mañana
en la batalla piensa en mí, de un tal Marías. “Me acuerdo cuando me dijiste
que había perdido la razón. Entonces salí corriendo de la rabia, pero ahora te puedo
asegurar que he perdido el juicio, que estoy loca, pero la culpa es tuya, Esteban”,
le espeta antes de encontrar la página en la que ayer detuvo la lectura y lee: “Eso
es lo que el pánico hace y lo que suele llevar a la perdición a quienes lo padecen:
les hace creer que, dentro del mal o el peligro, en él están sin embargo a salvo”.
Desvió la vista hasta el crucifijo sobre la cabecera de la cama y luego la apostó
sobre el rostro inerme de su padre. Se llenó de rabia y le dijo: “Vete al infierno,
Esteban”. Se le quedó viendo fijo a los ojos, en espera de una revelación, y creyó
que su padre, aquel que algún tiempo fue su Dios todopoderoso, le respondía: “Allí
estoy, hija, ahí estamos”.
Tomado
de www.ficticia.com)
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