Álvaro Cepeda Samudio
Todos vimos cuando Juan García entró a la Inspección. No es como han
dicho por ahí que a Juan García lo trajeron los Rurales. No, él vino por sus
propios pies, sin que nadie lo trajera. Vino simplemente, sin alboroto, con sus
pantalones sucios y los cabellos despeinados, con la camisa a cuadros que no se
quita nunca, y sin que nadie lo llamara ni le dijera nada entró a la
Inspección. Y esto lo pueden decir los que estaban conmigo, los que estábamos
esa tarde en la puerta del billar de Venancio, que también vieron lo que yo:
que Juan García entró solo a la Inspección, entró por su propia voluntad.
Ninguno de nosotros sabía de qué se trataba, ni ninguno hizo comentarios hasta
cuando salió apresuradamente un Rural. No sé cuánto tiempo transcurrió desde
cuando Juan García entró hasta cuando el Rural salió apresuradamente, pero ya
Jácome y el Mono habían jugado dos partidos de a cincuenta y el Mono perdió
ambos, y para no pagar dijo que Jácome le hacía trampas y le rompió la cabeza
con el taco: el Mono es así. Pero cuando el Rural volvió y vimos que detrás de
él venía el viejo Hernández, con su sombrero de fieltro y mascando tabaco
nerviosamente, y detrás del viejo Hernández su mujer, envuelta en un pañolón
negro y con el moño fijo sobre la cabeza reluciente, cuando vimos esto,
Venancio salió de detrás del mostrador, dobló el periódico que había estado
leyendo, atravesó la calle y se recostó, haciéndose el tonto, contra la ventana
de la Inspección. Entonces todos atravesamos la calle; hasta el Mono que ya
había comenzado otro partido dejó el taco sobre la mesa, cruzado entre las
bolas de modo que no pudieran moverlas, se vino a ver lo que sucedía en la
Inspección. Todos vimos a Juan García con sus pantalones sucios y su camisa a
cuadros, de pie frente al Inspector, quieto, mirando fijamente el tintero que
está encima del escritorio. Y ni siquiera se movió cuando el viejo Hernández
dijo bien alto, para que todos lo oyéramos, que un día de estos mataría a un
hijo de puta. Siguió quieto frente al escritorio. El Inspector le dijo al viejo
Hernández que se callara y Juan García siguió hablando. La sala de la
Inspección es pequeña y todos oímos claramente cuando Juan García dijo: “Yo
maté a Regina, señor Inspector, la ahogué”. Lo dijo sencillamente, sin
alboroto, exactamente como había entrado a la Inspección, sin pizca de miedo. Y
todos vimos al viejo Hernández cerrar los puños y abalanzarse contra Juan
García. Nosotros creíamos que se iba a defender, pero se quedó quieto,
protegiéndose la cara con las manos, hasta que un Rural se lo quitó de encima.
La vieja no dijo nada al principio, se quedó muda de rabia, pero cuando nos vio
detrás de los barrotes de la ventana se puso a pujar tratando de sacarse
lágrimas, pero no pudo y se quedó callada. Todos oímos al Inspector cuando
amenazó al viejo Hernández con soltar a Juan García si no guardaba compostura.
Después siguió preguntando, descuidadamente, sin mucho interés, mientras se
abanicaba con el secante grande que dan de propaganda en la farmacia y lanzaba
resoplidos espaciados entre contestación y contestación. Todos oímos el relato
de Juan García, casi completo, porque cuando dijo que el viejo Hernández quería
vender a Regina, Venancio gritó que era un viejo cabrón, y los Rurales nos
hicieron quitar de la ventana. Pero esto fue casi al final, Juan García no pudo
decir mucho más pues el Mono no había comenzado a jugar nuevamente cuando el
viejo Hernández salió de la Inspección. Lo que nosotros le oímos decir a Juan
García fue que había matado a Regina, la hija del viejo Hernández, más
precisamente: que la había ahogado. Refirió que anoche había ido, como de
costumbre, a ver a Regina después de que los viejos se acostaban. Todas las
noches iba a verla a escondidas desde que el viejo Hernández le dijo que no iba
a dejar que Regina se comprometiera con él. Ella no podía salir de la casa pues
el viejo le ponía candado a la puerta antes de acostarse y tenía que esperar a
que se durmieran para abrir la ventana de la cocina y hablar con él. Juan
García contaba todo esto sin mirar a ningún lado, quieto, con la vista fija en
el tintero. También dijo que anoche Regina le había dicho que el viejo
Hernández la iba a vender, y que ella le contó cómo esa tarde había venido un
hombre muy bien vestido y estuvo un rato encerrado con la vieja y el viejo, y
cómo luego la llamaron y el viejo Hernández le había hecho quitar el vestido y
el hombre le apretó los senos. El Inspector seguía abanicándose y lanzando
resoplidos.
Cuando Juan García dijo esto, todos miramos a los
viejos Hernández, pero estos no se movieron. El viejo buscaba un lugar para
escupir, escupió su tabaco y todos creímos que iba a hablar, pero no dijo nada.
Entonces fue cuando Venancio le gritó: “Viejo cabrón”. Y los Rurales nos
echaron de la ventana. Pero antes Juan García contó cómo la había matado. Sin
alterarse en lo más mínimo, cómo quien cuenta un suceso natural, siempre
mirando al tintero, contó que se había pasado toda la noche hablando con Regina,
esperando que el viejo abriera la puerta para que ella pudiera salir. Se habían
puesto de acuerdo en que ella echaría a correr hacia la quebrada en cuanto el
viejo quitara el candado, que allí estaría él esperándola. Y así lo hizo. Pero
después de haber caminado quebrada abajo hasta que el sol quemaba fuerte, no
dijo cuánto tiempo caminaron, se dio cuenta de que no tenían donde ir. Que no
podía volver a vivir en su casa pues el viejo Hernández era capaz de matarlo y
llevarse a Regina otra vez. Entonces fue cuando la metió en la quebrada y la
ahogó. Y cuando el Inspector le preguntó el sitio exacto donde la había
ahogado, Juan García no dijo una palabra. Es verdad que el Inspector no
insistió mucho, pero Juan García se negó a hablar. Entonces todos vimos que el
viejo Hernández sonreía y se movió inquieto. Después fue cuando Juan García
dijo lo de la venta y los rurales nos echaron. Venancio no quería quitarse de
la ventana, al fin se volvió y cruzó la calle y mientras alzaba la tapa del
mostrador dijo en voz baja: ese no ha matado a Regina, ese no mata a nadie.
Debe tenerla escondida en alguna parte y apuesto a que todavía no se ha
acostado con ella. A lo mejor se mete en un lío por querer hacer las cosas
legalmente. El Mono apenas había levantado su taco cuando los viejos Hernández
salieron casi corriendo de la Inspección. Los que estaban dentro del billar no
oyeron al viejo cuando le dijo a su mujer: “Hay que buscar a Regina”, pero yo
sí lo oí, y miré a Venancio, que había vuelto a abrir su periódico, y me pregunté
por milésima vez: ¿por qué sabe tanto Venancio?
(Tomado
de www.literatura.us)
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