martes, 6 de enero de 2026

Pirulí

Augusto Roa Bastos

 

–Pirulíí…! –grita la mujer hacia el rancho, sin dejar de meter entre los dientes del trapiche los trozos de caña dulce que va sacando de una pila. Al agacharse, el humo del cigarro se mezcla al vapor del rocío.

–¡Pirulíí… Pirulíí…! ¡Eyú puée… ! –vuelve a gritar Eleuteria por el costado de la boca, urgiendo a alguien que tarda en aparecer. Sus manos viborean junto a las muelas cilíndricas reponiéndoles su mascada de hinchados canutos que caen del otro lado en bagazo planchado, casi seco. El mosto gotea espeso y fragante de los cilindros de madera que gimen una vez a cada vuelta con un gemido cadencioso y soñoliento de eje de carreta, al girar el malacate del que tira un matunguito apelechado y rengo.

En la espuma rosada del amanecer que aún tiene coágulos de noche al borde de la islita boscosa, la mujer y el caballo se mueven como las figuras de un sueño que poco a poco van adquiriendo consistencia y realidad. El chillido del trapiche sube y baja como un hueso roído bajo la piel de rumores píos y mugidos que los gallos hilvanan de rojos cornetazos, uno tras otro, cada vez más remotos. El horizonte invisible empieza a moler luz como el trapiche de Eleuteria muele la caña de la “cochesa”, en la menuda zafra doméstica.

Las ollas negras se van llenando lentamente. El caldo verde y espumoso atrae las lechiguanas del monte que zumban ávidas y mareadas en el olor azucarado. De las ollas o del bagazo van al lomo del caballejo cuyo cuero sarnoso, comida de uras y yatebús, se estremece al contacto de las trompetillas aladas. Mosto y keresa, pus y miel, humo, luz y vapor, movimientos, recuerdos, sonidos, hacen mezclados el espeso jarabe de la mañana que araña más que el tabaco la garganta de Eleuteria, Crisanto Alvarenga viudaré, que le dicen.

–¡Pirulíí…! ¡Mita’í tepotí…! –vuelve a llamar roncamente más feliz que irritada contra el crío dormilón.

–¡Ya voy, mamaíta…!

El rostro atezado de Eleuteria sonríe en secreto. En la puerta del rancho aparece por fin un mita’í flaco y desnudo, con las greñas duras y las facciones aún adormiladas. Bajo la capa de sueño que se está resquebrajando, la carita de comadreja de Pirulí es hermosa y terrible. Por su boca díscola ya empieza a manar la sonrisa como un tajo de sol sobre un guijarro limpio y cobrizo de arroyo. Bajo la piel oscura ya está despertando también el diablito naranjero.

–¡Ajhátame, mamaíta!

Eleuteria no vuelve el rostro. Sabe que su hijo se está acabando de vestir en la puerta del rancho. Primero se ha enfundado el pantaloncito lleno de remiendos. Se ata el cinto de cuero trenzado del que cuelga la jondita de goma con horqueta de guavirá. Luego se viste la blusa, enorme porque fue del finado. Eleuteria le achicó un poco las costuras, pero se olvidó de las mangas. Pirulí se las arrolla alrededor de los brazos. Mientras sus dedos trabajan con los pliegues sucios y rotosos, en los bolsillos cantan las bolitas de vidrio y un poco más sordamente los bodoques de barro colorado cocidos al sol, a cada uno de los cuales Pirulí encomendará certeramente en el cuero de su jondita la muerte de un chochí o de un havíakorochiré. Sí, che karaí-kuéra. Ese ko e’rni muchachito, ahí donde lo ven u’tedes, cabezudo pero lindo-porä, como un ta’angá hecho de cera de mbá’í pochy, retrato vivo y chiquito de mi pobre Crisanto, que en pá rnanté de’canse. Hay que ver las canas invernices que le saca. Moscas de ceniza entre el cabello oscuro. Le quebranta a cada paso hasta los huesos del alma, pero lo quiere, lo quiere más que a su vida, porque sólo se quiere en este mundo lo que se paga con dolor de corazón.

–¡Guá, mamaíta!

Eleuteria, tomada de improviso por el cariñoso empujón del chico, casi mete la mano en el trapiche.

–Mita’í tepotí! Ya me asutate otra vé, demoño tie’y…

–E’á, mamaíta. ¡Guá!, te dije nomá nikó. Vo’ko te asutá debarte voí.

–Güeno, quedáte aquí, atendé el trapiche. Vi’a traer leña para hacer el eíta.

–Sí, mamaíta.

Eleuteria toma el machete Barcelona y se interna en el montecito, brillante el hierro afilado herido por la luz, oscura ella con el trapo floreado atado a la cabeza, el cuerpo enjuto, aún joven, casto ahora a fuerza por la ausencia de su hombre muerto de una mala puñalada, aunque no muerto del todo porque está creciendo, viviendo de nuevo en este cachorro levantisco que tanto se le parece, que ha heredado su inclinación irresistible a desafiarlo todo, a burlarse de todo con un coraje feroz y sonriente.

Pirulí mete en el trapiche una caña tras otra. Ve gotear el mosto verde. Bebe uno o dos tragos en el hueco de sus manos. Ve caer el bagazo blanco del otro lado. Ve volar las lechiguanas ahítas con sus vientrecitos de seda negra, preñados de azúcar, a punto de estallar. El andar giratorio y rengo del matungo atado al palo del malacate, le da sueño. Bosteza. Se aburre. Por hacer algo levanta del suelo un macizo garrote y lo introduce en el trapiche en lagar de la caña. El caballejo ciego y apelechado encorva el espinazo, estira por encima de sus fuerzas, pero no puede. El trapiche pesa ahora más que la bordalesa de miel que suele llevar al pueblo tirando del carrito, pesa más que el arado, se ha vuelto pesado como el mundo. Los rodillos se atascan en el garrote. Es imposible levantar un tranco más, la mitad de un medio tranco siquiera. Pirulí frunce los labios vagamente satisfecho y retira el garrote de la muela. El caballejo fatigado espera con las verijas sumidas y palpitantes por el esfuerzo, derramando una diarrea flemosa y sanguinolenta.

–iNéike., cabayú tepotí! ¡Vamooo, puee…!

El matunguito no oye, no se mueve. Entonces, Pirulí desenreda del cinto su jondita y le dispara ye –mborayú– jhape dos bodocazos seguidos que explotan en el anca de la bestia sumisa. Su espinazo vuelve a curvarse en el estirón. Reanuda su marcha renga y cansina. El lamento del trapiche vuelve a oírse. Por afinar la puntería, ensaya dos nuevos tiros; esta vez los bodoques estallan en polvo rojizo en las orejas del matungo, cuyos bordes empiezan a sangrar para delicia de los tábanos. El caballo tuerce la cabeza hacia el chico sentado en cuclillas junto al trapiche.

–¿Por qué, Pirulí? ¿Por qué? –parecen preguntar sus ojos muertos y húmedos.

–¡Jliooo… jho’ooo… vamooo, cabayú! –grita Pirulí por toda respuesta.

La marcha circular continúa. Continúa el intermitente lamento del trapiche. Es una carreta que anda fija en un punto, pisando caña, chorreando mosto en las ollas negras bajo el aire maravillosamente límpido de la mañana.

Pían los pájaros. Pirulí se aburre. Quisiera ser Pombero, llora, Luisón, algún monstruo del que todos disparasen. Quisiera hacer algo terrible que justificara este vago ensueño. Pero el sol empieza a brillar. El corazón dulcemente siniestro del chico se arruga para adentro, en la penumbra de sus doce años indómitos.

Pirulí recuerda sus aventuras. Analiza despectivamente cada una de ellas. Casi todas le parecen tontas, pueriles.

–Mita’í rembiapó, sudor de perro debarte… –piensa descontento.

Una sola le produce cierta complacencia: la del kuriyú. Hacía de esto tres o cuatro meses.

Él fue quien, buscando una vaca, encontró la enorme víbora a orillas del bañado, sumida en el sopor de la digestión, después de haberse tragado un ternerito. Sabía que las boas en este estado son inofensivas. Pirulí pensó que no se le presentaría nunca otra oportunidad semejante y se animó. Se apeó del matungo y con el machete degolló a la víbora, casi asfixiado por el temor y la felicidad. Después convocó a consejo de guerra a los demás miembros de su pandilla, de la que era el jefe indiscutido, y les expuso su plan. Todos aceptaron la empresa poseídos de una exaltación sin nombre.

La kuriyú, que medía no menos de veinte varas, fue asegurada con lazos. Pirulí ató los extremos a la cincha del matungo y así arrastraron a la víbora muerta a lo largo de casi media legua hasta dejarla sobre las vías del ferrocarril en el brusco recodo que forman al salir del Corte Maciel, un terreno boscoso y en pendiente donde la locomotora no podría frenar de golpe. Pirulí había calculado todos los detalles.

El tren de pasajeros pasaba por allí a la caída de la tarde. La gran locomotora negra coronada de humo y arrastrando fragosamente sus vagones iluminados, siempre había constituido una tentación demasiado fuerte para Pirulí y los suyos. En ese gran monstruo de hierro, de fuego y de rumor viajaba el misterio, lo desconocido, lo prohibido, lo que ellos nunca conocerían. En las ventanillas con luz que pasaban velozmente unas tras otras como ráfagas de una pesadilla coloreada veían caras humanas; las veían reírse y moverse felices, como si se burlaran de ellos que sólo tenían su selva, su estero, sus sabandijas, su desarrapada y miserable libertad en la que estaban cautivos.

Esta vez les tocaba a ellos; se vengarían del monstruo de hierro al que habían puesto en su camino un monstruo de carne y de sangre. Se escondieron en la maleza para ver la lucha. Y lo que vieron no defraudó sus esperanzas.

Cuando el tren arrolló a la kuriyú, la rolliza cola escamosa y anillada se levantó como disparada por un resorte y chicoteó en los costados de los vagones proyectando chorros oscuros y hediondos a través de las ventanillas iluminadas. El terror agarrotó en la garganta de los pasajeros un solo y largo grito de angustia, de espanto, de muerte. No parecía un clamor humano, sino un chillido de bestias heridas. Pirulí y sus secuaces se estremecieron en sus escondrijos. Sus ojos brillaban como luciérnagas inmóviles y horrorizados entre la maciega. Vieron que muchos pasajeros se arrojaban por las ventanillas. Los más quedaron aplastados contra el suelo. Unos pocos huyeron despavoridos a campo traviesa, renqueando, chillando enronquecidamente sus pedidos de socorro. Uno se hincó al borde de la vía, entre los pedazos descuartizados de la víbora y empezó a rezar sollozando y golpeándose el pecho. La locomotora también pitaba desesperadamente, y sus metálicos alaridos hacían aún más pavorosa la escena. Las ruedas patinaron por la pendiente sobre los restos viscosos de la kuriyú.

Pirulí y sus compinches no vieron más porque huyeron de allí como apereáes disparando del fuego. Todo el pueblo vino a ver el accidente. Ellos, no. Ya lo habían visto y estaban satisfechos.

Pirulí sonríe soñadoramente. Ojalá pudiera volver a hacer alguna vez algo parecido.

–¡Jhojhohóóó, cabayáúú…! ¡Vamooo, pue…! –los bodoques siguen estallando intermitentemente como burbujas rojizas sobre el apelechado lomo del matungo.

Las muelas cilíndricas giran secas. Su lamento entretanto se ha hecho más agudo. Pirulí se ha olvidado de alimentar el trapiche. Ha estado volando lejos de allí con su imaginación de pequeño pájaro sanguinario. De pronto se da cuenta de su olvido, de su negligencia. Siente por anticipado los chicotazos de la madre. Ella es implacable con sus faltas. Y su chicote de ysypó-po’í entra hasta los huesos. Pirulí recuerda el castigo que mereció por la aventura de la kuriyá cuando Karumbé’í, el traidor de la pandilla, acosado por la guasca del padrastro, los delató. Eleuteria le pegó a su hijo hasta que se le durmieron los brazos. Pirulí se toca las cicatrices de la zurra y el recuerdo de dolor le vuelve a latir en las sienes como la picadura de dos rojas avispas enfurecidas.

Eleuteria viene saliendo del montecito con su hato de leña sobre la cabeza. Pirulí necesita encontrar algo pronto para disculparse, para desviar el justo enojo de la madre que él se imagina cómo caerá sobre él. Cierra los ojos. Araña en su interior. No encuentra nada, ¡nada! Ah, sí, encuentra algo. Se remueve un instante dentro de la blusa elásticamente y se lanza contra los rodillos del trapiche que empiezan a comer uno de sus brazos.

–¡Mamááá… mamááá…! ¡Che yagarrá cono la trapiche…! ¡Mamááá…! ¡Ayáyáian, marnaítaaa…!

Los gritos de Pirulí son desgarradores. Las lechiguanas revuelan asustadas. El matungo sigue su marcha renga, sin oír, tirando del palo del malacate. Las terribles muelas cilíndricas siguen mascando el brazo de Pirulí. Ya lo tienen devorado hasta el codo. Eleuteria arroja su atado de leña, arroja el machete y se precipita desalada hacia el caballo para detenerlo. Lo detiene. El lamento del trapiche cesa. Pero siguen los gritos de Pirulí y de su madre, de dolor los de él, de espanto los de ella.

–¡Pirulí… che memby…! ¡Por el amor de Dió…! ¡Socorro, gente huéra… ! ¡Trapiche cooyagarrá che memby-pe… !

Eleuteria hace girar en sentido contrario al caballejo. Prácticamente lo arrastra del bozal. Su fuerza es idéntica a su desesperación. Los rodillos van devolviendo poco a poco su mascada humana. El brazo de Pirulí va saliendo del trapiche convertido en bagazo hasta la mitad. Pirulí ha quedado extrañamente tranquilo. No llora, no se retuerce. Recobra su brazo en actitud reflexiva. Se diría que ya no siente dolor alguno. Los cilindros están apenas húmedos. Y el caldo verde y espumoso no ha perdido su color en las ollas negras que están debajo.

–¡Che memby…! ¡Pobrecito, m’hijo…! ¡Cómo pikó te descuidate…! ¡Y e`el brazo derecho… tu bracito derecho, m’hijo, che Dió Santo…!

La desesperación de Eleuteria va tomando matices sombríos. Abarca el pasado y el futuro sobre el filo del momento terrible. Ve a su hijo lisiado para siempre. Se arrodilla delante de él y va a tomar el brazo herido como algo sagrado. La pobre mujer tiembla en todo el cuerpo. Es una hoja estremecida por el vendaval interior que destroza sus nervios. El pañuelo floreado se le ha caído de la cabeza y sus cabellos negros se han llenado de repentinas moscas de ceniza. Caen lacios y parados sobre su cara lívida. Pirulí está impasible, casi sonriente, concentrado en su pensamiento. Eleuteria toma por fin el brazo triturado y seco. La manga flota vacía en sus manos. No hay humedad de sangre, no hay pedacitos de huesos ni jirones de carne. Nada. Sólo la tela seca y vacía.

Entonces Pirulí, como congraciándose, saca el brazo entero, intacto, que lo tenía metido dentro de la blusa, entre el cinto y la piel, y se lo extiende a su madre.

–Aquí e’etá, mamaíta, mi brazo. Para engañarle un poco nomá ko hice…

Ciega, trémula, jadeante, bruscamente transformada, Eleuteria grita agachándose:

–¡Mita’í tepotí…! ¡Hijo del diablo…! ¡Aña… aña…!

Levanta el garrote del suelo y descarga un gran golpe sobre la cabeza de Pirulí, que cae sin un grito y queda inerte a los pies de Eleuteria.

 

(Tomado de www.literatura.us)

 

La cadena del ancla

Roberto Arlt

 

Cuando a fines del año 1935 visité Marruecos el tema general de las conversaciones giraba en torno a las actividades de los espías de las potencias extranjeras. Tánger se había convertido en una especie de cuartel general de los diversos Servicios Secretos. En Algeciras comenzaba ya esa atmósfera de turbia vigilancia y contravigilancia que se extiende por toda África costera al Mediterráneo.

Entre las verídicas historias y aventuras de espías que me fueron narradas, ésta que se titula “La cadena del ancla” es la que conceptúo la más terrible.

Estaba una noche sentado en la mesa de un café de ese patio de calle que se llama el Zoco Chico de Tánger, en compañía de un hombre uniformado con el modestísimo traje azul de agente de hotel. Este hombrecillo, de ojos repletos de malicia, miraba pasar los burros de los indígenas entre las mesas, al tiempo que me decía caritativamente:

–En África no hable nunca de política. Desconfíe siempre y de todo el mundo.

Por seguir su consejo, empecé a desconfiar de él.

Hacía el servicio de corredor de hotel entre dos importantes establecimientos de Algeciras y Tánger. Es decir un pie en España y otro en África. Su verdadero oficio era de policía. Lo que ignoro es a qué policía servía, si a la inglesa, a la francesa, a la española o a la italiana. Él era muy amigo de otro hombre que atendía el surtidor de nafta, estratégicamente ubicado a la salida del camino que conduce de Tánger a Tetuán.

El hombre del surtidor de nafta era un ciudadano de cara sonrosada, ojos celestes y sonrisa estúpida, que hablaba en francés, inglés y… árabe.

De este ciudadano modesto, que con el conocimiento de tres idiomas se consagraba al cuidado de un surtidor de nafta, me dijo un día Sergia Leucovich:

–Fíjese usted. Ese hombre en el sitio que trabaja controla la filiación de todo el pasaje que va de Tánger a Melilla a Ceuta o Tetuán.

El hombre del surtidor de nafta pertenecía al Intelligence Service.

Estaba, como comencé narrando, una noche bajo los focos voltaicos del Zoco Chico con el corredor de hoteles, que no se quitaba jamás su uniforme azul y gorra de inmensa visera de hule, cuando acertó a pasar, guiado por un lazarillo, un europeo gigantesco, andrajoso, ciego, tan melenudo como un indígena del Borch, la barba en collar y los pies calzados con unas pantuflas de piel de cabra. Extendió la mano y todos dejaron caer en su platillo algunas monedas. Cuando el mendigo se hubo alejado, el corredor de hoteles me dijo:

–Ha visto bien a ese hombre, ¿no?

–Demasiado.

–¿Y qué cree usted que es él?

–¡Hombre, no lo sé!

–Pues ese ciego es un oficial de marina.

–¡Oficial de marina… y mendigando!

–¿Le interesaría conocer esa historia?

–Sí.

El corredor de hoteles se respaldó en la silla, le pidió un té verde al camarero y comenzó su relato:

–Para Leonesa, acusada del asesinato de un oficial de marina británico, hubiera sido preferible que jamás una coincidencia la librara de la horca, que la esperaba en Inglaterra. Ella había matado para salvarse; posiblemente lo que le interesaba a la policía británica no era castigar a la asesina de un súbdito de Su Majestad, pero el lntelligence Service también necesitaba interrogarla.

“En cierto modo, el responsable de todo lo que ocurrió fue el fotógrafo judío Ismael Abraham, agente confidencial del caudillo musulmán nacionalista Yama Mohamed, nieto del gran Raisuli.

“La cosa ocurrió así. Ismael Abraham entró a la oficina de la policía marítima del puerto de Ceuta. Tenía que visar su pasaporte, pues esa noche se embarcaba para Málaga, donde diligenciaría diversos asuntos. Ismael entró al despacho de policía e hizo estos gestos:

“Echó la mano al bolsillo interior de su saco y extrajo una libreta negra. Dentro de la libreta negra estaba su pasaporte. Dejó la libreta negra sobre la mesa y le entregó el pasaporte al oficial.

“Éste conocía al fotógrafo y conversaron de algunas bagatelas. El oficial selló el pasaporte de Abraham y el fotógrafo se echó al bolsillo el pasaporte y la libreta. Luego salió, echando a caminar por los muelles en dirección hacia la compañía de navegación.

“Sin embargo, a mitad del tránsito tuvo una sensación extraña. Su bolsillo estaba excesivamente abultado. Posiblemente había puesto la libreta entre los forros y no en el bolsillo, y estaba por caerse. Llevó la mano al bolsillo y experimentó una sorpresa extraordinaria. En su bolsillo había dos libretas en vez de una: la suya y otra, otra de canto rojizo.

“Inadvertidamente se había llevado una libreta que estaba sobre la mesa de la oficina marítima. Abrió la libreta y encontró varios telegramas. Uno decía: ‘Vigílese escrupulosamente al ciudadano Italo Lonbesti. Usa armas’. Otro: ‘Deténgase a Leonesa Solesvi, acusada de asesinato de un oficial de la marina británica. Lleva en su poder una máquina para cifrar telegramas en clave’.

“Lo de la máquina para cifrar telegramas en clave fue una sorpresa para el agente de Yama Mahomed, pues ignoraba la existencia de tales aparatos.

“Luego otro telegrama: ‘Leonesa Bolesvi se encuentra en Tánger o Tetuán, pero se sabe que tiene que pasar a Ceuta. Vigílese la casa de Antón López y la de Efraín el Negro en la Cuestecilla del Monte’.

“Cuando el fotógrafo Abraham terminó de leer estos telegramas, se había olvidado en absoluto de lo que conversara con el oficial del puesto. Bendijo a Jehová.

“La casualidad, la más extraordinaria de las casualidades le había puesto en coyuntura de servirlo a Yama Mahomed. El informe le valdría una buena bolsa de duros assanis, porque Leonesa estaba refugiada en la casa del nieto de Raisuli. Lo que posiblemente ignoraba la embajada inglesa era que Leonesa pensaba dirigirse a El Cairo.

“Era necesario ponerse en comunicación con Yama Mahomed, pero él no podía utilizar el telégrafo. El teléfono de su casa también debía estar bajo el control de la policía; el único recurso era escribir, pero recientemente, por un empleado indígena, había sabido que en el correo central había un puesto de policía donde se abrían las cartas de todos aquellos individuos conceptuados como sospechosos de espionaje, o actividades políticas. Las cartas eran fotografiadas y luego se remitían al destinatario.

“Cuando el fotógrafo llegó al puesto de donde salían los autobuses de Ceuta para Tánger, hacía cinco minutos que había partido el último coche. Caviló un instante, pero luego se resolvió y contrató un automóvil para volver a Tánger.

“A la una de la mañana, Abraham entraba al jardín de palmeras de Yama Mahomed. El nieto del Raisuli escuchó el relato del fotógrafo, y su mano izquierda, involuntariamente, comenzó a sobar su barba renegrida. El detalle de la máquina para cifrar telegramas en clave indicaba sobradamente que alguien que conocía muy de cerca a Leonesa la había delatado. Yama examinó el rostro del fotógrafo, y le dijo:

“–Espérame.

“Luego cruzó el jardín de palmeras con paso tardo. Estaba caviloso.

“Yama abandonó las pantuflas a la entrada de su dormitorio y entró descalzo. Tendida en unos cojines, fumando y leyendo el Morning Post, estaba Leonesa. Yama se sentó a su lado, sobre una estera, y le dijo:

“–Te han delatado, Lee –y le alcanzó los telegramas.

“Leonesa se cruzó de piernas al modo oriental; vista al soslayo de la lámpara ofrecía el perfil de un ave de rapiña con la cabeza recubierta de un ondulado casco de cabello rojo. Luego murmuró:

“–Es curioso. El único que sabía que yo llevaba una máquina de cifrar telegramas era el subsecretario de Relaciones Exteriores. Él y el ministro.

“–Pues, uno de los dos te ha delatado.

“–Debe ser el subsecretario.

“–Podría ser el ministro.

“–Es el subsecretario; pero escúchame, Yama. Tengo que pasar a El Cairo.

“–¡Irás a meterte en la misma boca del lobo!

“–¿Conoces alguien que pueda llevarme?

“–Por tierra es imposible. Te será fácil escapar a la policía inglesa, pero mejor irás por mar.

“–Si los ingleses me pillan, me ahorcan.

“Yama se restregó la barba y dijo:

“–Nunca debe matarse sino en caso de extrema necesidad. (Se refería al oficial asesinado por Leonesa.)

“–Precisamente, ése fue un caso de extrema necesidad.

“Yama encendió un cigarrillo, y con expresión soñolienta contempló las volutas. El único que podía servirle era René Vasonier. René Vasonier era primer oficial de La Nuit, un paquete de diez mil toneladas que hacía el servicio de cabotaje entre Tánger y El Cairo. René no lo conocía al nieto del Raisuli, pero el caudillo árabe conocía las actividades del primer oficial. Éste contrabandeaba haschich y se dedicaba a la trata de blancas como agente de Giácomo Nigro en toda la costa mediterránea.

“El capitán del buque no sospechaba estas actividades extrañas de su primer oficial. El contrabando de haschich o mujeres se efectuaba de esta manera:

“A medianoche, por el agujero de la cadena del ancla izquierda, se desprendía una escalerilla de cuerda y un hombre trepaba por la escalerilla, y en el escobén por donde salía la cadena del ancla arrojaba los paquetes de haschich. Las mujeres entraban por la borda y, semejantes a un torpedo, eran introducidas en el tubo por donde pasaba la cadena del ancla. El refugio era seguro; el capitán de La Nuit, en el período de diez años que comandaba la nave, no había utilizado ni una sola vez el ancla izquierda de la nave. Ésta se había convertido en una superflua decoración del buque.

“Precisamente, La Nuit hacía dos días que había anclado en Tánger. Yama examinó a la espía y le dijo:

“–¿Te atreverías a viajar embutida en un tubo de acero?

“–¿Un tubo de acero?

“El nieto de Raisuli le explicó de lo que se trataba. Leonesa, atentísima, escuchaba.

“–¿Es seguro?

“–Todos los viajes el oficial lleva y trae. Unas veces es haschich y otras, mujeres.

“–Perfectamente; háblalo a ese hombre.

“Y ésta es la razón por la cual al día siguiente René Vasonier acudió a la tienda del fotógrafo judío, se hizo fotografiar ostentosamente y luego escuchó una historia sobre Leonesa, de la cual no creyó una palabra. Pero el fotógrafo le entregó un paquete con cinco mil francos y dijo:

“–Yama Mahomed, el nieto de Raisuli, te recomienda esa mujer.

“René Vasonier comprendió que el destino de todos sus futuros negocios estaba entre las manos de aquel hombre, y entonces gravemente respondió:

“–Dile a tu señor Mahomed que toda la policía de Inglaterra no sería capaz de impedir que esa mujer entrara a El Cairo.

“El fotógrafo continuó:

“–Vendrás esta tarde a buscar las fotografías, y entonces te diré lo que hay que hacer.

“La noche de ese mismo día, faltaba poco para amanecer, un bote se deslizó junto a La Nuit; una escalerilla de cuerda se desprendió de un costado oscuro de la popa, y Leonesa, envuelta en un impermeable con capuchón, subió al buque. El primer oficial en persona la esperaba. Bajaron unas escalerillas, se deslizaron a lo largo de recalentados corredores de chapas de hierro, y después de atravesar una galería de la sentina llegaron al tubo de la cadena del ancla.

“–Será sumamente molesto –dijo el oficial–, pero es el único lugar del buque que jamás revisará la policía.

“Leonesa le escuchaba grave.

“–A medianoche le traeré siempre los alimentos. Entre al tubo, no de cabeza, sino por los pies. ¿Quiere que le deje haschich para olvidarse del tiempo?

“–No.

“–Entre. Mañana zarparemos a primera hora.

La Nuit debía salir de Tánger a las siete de la mañana, pero a las cinco, inopinadamente, se presentó la policía francesa. Les acompañaban dos oficiales de policía inglesa y un empleado de la embajada. El buque fue revisado escrupulosamente, pero a nadie se le ocurrió mirar en el tubo del ancla.

“Cuando Yama Mahomed escuchó el informe de la revisión del buque, sonrió satisfecho. Leonesa se había salvado. Sería extraordinariamente útil a la causa del nacionalismo árabe. En El Cairo podría reorganizar el servicio de espionaje del movimiento, que había sido quebrado por numerosas detenciones.

“Leonesa entraba y salía de su redondo escondite negro como un topo de las galerías subterráneas. Durante el día le estaba absolutamente prohibido salir del tubo de acero; por la noche se deslizaba fuera de él, el cuerpo marcado por los eslabones de la cadena del ancla, los huesos adoloridos.

“Más de una vez había estado tentada a pedirle haschich al oficial, pero pensaba que una noche René Vasonier se presentaría diciéndole: –Hemos llegado. Salga. –Y entonces ella respiraría el aire puro de la noche, abandonaría para siempre esa sepultura de acero en cuyas tinieblas redondeadas reposaba como un cadáver.

“Cuando estaba tendida en el interior del tubo de la cadena del ancla no podía revolverse casi. Estaba separada de los eslabones por una pequeña franja de lona. Dormía o meditaba extendiendo sus planes en el futuro, dentro de todas las probabilidades que le ofrecía su existencia de espía.

“René Vasonier se había insinuado una vez para hacerle más agradable el viaje durante la noche, pero Leonesa escuchó sus palabras amables con indiferencia. El hombre le resultaba desagradable. René Vasonier no se atrevió a insistir. Tras ella estaba, tiesa y amenazadora, la figura de Yama Mahomed, el nieto de Raisuli. Leonesa le pidió cigarrillos, whisky, y él se los trajo. A partir del cuarto día de viaje, Leonesa comenzó a embriagarse sistemáticamente. Sólo así era posible vivir dentro del tubo de acero, cuya glacial vibración se comunicaba a todo su cuerpo como el resuello de un monstruo que estuviera digiriéndola en su estómago de tinieblas.

“A veces se detenían en puertos, donde el buque permanecía inmóvil un día o dos, luego partían; cuando anclaron en Malta, un cuerpo de policía revisó nuevamente la nave. Esta vez eran ingleses; ella les oía hablar desde lejos; entre los bultos de la estiba; después se fueron, sobrevino el silencio, y por la noche partieron.

“René Vasonier estaba satisfecho. La nueva relación con Yama Mahomed abría amplias perspectivas para su tráfico ilegal. El capitán de La Nuit era un imbécil; no se enteraría jamás de sus actividades. Yama Mahomed podía suministrarle un trabajo abundante; los intereses secretos que corría de El Cairo a Tánger, bajo la forma de informes, paquetes extraños, armas contrabandeadas y personas en constante fuga, aparición y desaparición, le aseguraban con su intervención cómplice un destino magnífico y sorprendente.

“Transcurrían los días; únicamente cuando entraron a Port Said, el capitán de La Nuit, Piontevil, reparó que la mar estaba excesivamente picada. Vasonier también observó que los buques junto al murallón de la ciudad se meneaban constantemente.

“Piontevil, desde el puente de mando, miró a su oficial y exclamó:

“–¡Que bajen las dos anclas!

“René dejó de vigilar la maniobra para volverse espantado:

“–¿Las dos anclas? Siempre trabajamos con una, capitán.

“–Esto está muy picado.

“René sintió que un sudor frío le bañaba el cuerpo con su viscosidad repugnante. ¿Las dos anclas? No era posible. ¿Y la mujer que iba metida en el tubo de acero? La aventura se transformaba en una tragedia. Balbuceó:

“–Hace como diez años que no funciona esa ancla, capitán.

“Piontevil no le escuchaba, mirando el mediodía de Port Said y sus confines de espuma agitada.

“En tanto el primer oficial se decía que descubrir a la fugitiva era perder su carrera, someterse a un proceso por soborno. Callarse era condenar a la muerte a la mujer. Pero su carrera…

“–¡Y esas anclas! –gritó Piontevil.

“Ya no había tiempo de avisar a la mujer. El capitán de La Nuit, sin esperar a que su oficial diera la orden, gritó por el portavoz:

“–¡Las dos anclas! –Y entonces René le hizo una señal a los hombres de los cabrestantes de vapor. Rechinaron las palancas, una columnita de humo se escapó de los cilindros oxidados, comenzó a girar un tambor, y de pronto un grito agudísimo cruzó los aires sobre la superficie del mar; todos se miraron al rostro sin poder especificar de dónde partía aquel grito; luego estalló otro más agudo y cargado de horror, las cadenas rechinaban en los escobenes y ya no volvió a escucharse nada.

“Las anclas entraron en el agua agitada; de pronto, un pescador que rondaba la nave con su botecillo exclamó:

“–¡Una pierna sale por el escobén!…

“Todos los desocupados del puerto se precipitaron a mirar.

“Del ojo de acero, por donde se había deslizado la cadena, colgaba una pierna de mujer. Hilos de sangre se coagulaban en el acero del casco.

“Después de dos años de este suceso, René Vasonier no podía aún encontrar trabajo en ninguna compañía marítima.

“Un día en París se encontró con el fotógrafo Abraham, el mismo fotógrafo de Tánger. El fotógrafo no le preguntó ni una palabra por el destino de aquella desconocida que embarcara una noche en el puerto de Tánger. René pensó:

“–Se han olvidado.

“La muerte de Leonesa se borraba de su mente. Otro día volvió a encontrarse con un arquitecto italiano de Tánger. Le ofrecieron trabajo en las construcciones de cemento armado de la colonia italiana. Aceptó. Pasaban los meses; el drama había tenido menos repercusión de la que él supusiera. Una vez preguntó por Yama Mahomed y le dijeron que estaba lejos. La tragedia de Port Said era un mal negocio. Pero él se levantaría nuevamente. Una noche, dirigiéndose a Ceuta a poco de salir del Borch, su automóvil tropezó con un hombre tendido en la carretera. Se detuvo, abrió la portezuela; cuando puso el segundo pie en el suelo, un palo cayó sobre su cabeza; cuando despertó estaba amarrado de pies y manos; dos hombres cubiertos por el capuchón de la chilaba, con gruesas barbas hasta los pómulos, le miraban en silencio. Un tercero avivaba el fuego en un hornillo donde enrojecía lentamente una barra de hierro.

“Cuando la varilla alcanzó el rojo blanco, los dos hombres se precipitaron sobre él; con sus robustos dedos le abrieron los párpados, mientras el tercero aproximaba la punta de la barra de hierro al rojo blanco, primero a un ojo, después a otro.

“Se desmayó. Algunas horas después le encontraron unos turistas. Le desataron pero René Vasonier no pudo verles. Estaba ciego”.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

lunes, 5 de enero de 2026

TDA

Gabriel Gala

 

¿Qué si creo tener trastorno de déficit de atención? Bueno, pues… no lo sé, doctor. ¿Le dicen TDA, verdad? Bueno, pues, tener TDA así como se lo diagnosticaron a mi tía Eugenia, pues no lo sé, la verdad. Pero es que cuando le diagnosticaron TDA a mi tía Eugenia fue hace muchos años, cuando la ciencia médica no estaba tan avanzada, ¿verdad? Eso sin contar con que la tía Eugenia vivía sola en aquel caserón de la colonia Juárez… vivía sola desde la muerte del tío Jorge, que falleció en el accidente del Metro, no en el más reciente, ese donde el Metro elevado se cayó, sino uno que hubo a principios de los setentas allá por la estación Viaducto, ¿se acuerda, doctor? Murió el tío Jorge en un choque de trenes del Metro en plena calzada de Tlalpan… ¿Ya vio, doctor, qué desmadre están armando en calzada de Tlalpan con la construcción de la ciclovía y el paso elevado y no sé cuánta mamada más… y todo para recibir al turismo para el Mundial de Futbol… ¿Y para qué? En el Azteca (¿sigue llamándose Azteca o ya le cambiaron el nombre al estadio?) sólo se van a jugar tres partidos… ¡Imagínese, doctor! ¡Tres partidos! Y además los boletos van a costar como 30 mil pesos ¡Imagínese! ¡Un boleto para un partido de futbol en 30 mil pesos! Se supone que el futbol es un deporte popular, ¿no? Un deporte o juego que el gobierno utiliza para distraer a la gente de los problemas cotidianos de inseguridad y carestía. ¡Imagínese! ¡Y sólo tres partidos! Precisamente en ese estadio que ya vivió dos Mundiales y donde jugaron nada más y nada menos que Pelé y Maradona y Beckenbauer y Jairzinho. ¡Es increíble!, Pero, bueno… ¿qué me había preguntado, doctor?

 

(Publicado con permiso del autor)

 

Ecosistema

José María Merino

 

El día de mi cumpleaños, mi sobrina me regaló un bonsái y un libro de instrucciones para cuidarlo. Coloqué el bonsái en la galería, con los demás tiestos, y conseguí que floreciese. En otoño aparecieron entre la tierra unos diminutos insectos blancos, pero no parecían perjudicar al bonsái. En primavera, una mañana, a la hora de regar, me pareció vislumbrar algo que revoloteaba entre las hojitas. Con paciencia y una lupa, acabé descubriendo que se trataba de un pájaro minúsculo. En poco tiempo el bonsái se llenó de pájaros que se alimentaban de los insectos. A finales de verano, escondida entre las raíces del bonsái, encontré una mujercita desnuda. Espiándola con sigilo, supe que comía los huevos de los nidos. Ahora vivo con ella, y hemos ideado el modo de cazar a los pájaros. Al parecer, nadie en casa sabe dónde estoy. Mi sobrina, muy triste por mi ausencia, cuida mis plantas como un homenaje al desaparecido. En uno de los otros tiestos, a lo lejos, hoy me ha parecido ver la figura de un mamut.

 

(Tomado de www.talesofmytery.blogspot.com)

 

Comienzos de una fortuna

Clarice Lispector

 

Era una de aquellas mañanas que parecen suspendidas en el aire. Y qué otra cosa se asemejaba a la idea que nos hacemos del tiempo.

El balcón estaba abierto pero el fresco se había congelado allá afuera y no entraba en el jardín, como si cualquier transbordo fuera una quiebra de la armonía. Sólo algunas moscas brillantes habían penetrado en el comedor y sobrevolaban la azucarera. A esa hora, Tijuca no había despertado del todo. “Si yo tuviera dinero…”, pensaba Arturo, y un deseo de atesorar, de poseer con tranquilidad, daba a su rostro un aire desprendido y contemplativo.

–No soy un jugador.

–Déjate de tonterías –respondió la madre–. No empieces otra vez con historias de dinero.

En realidad él no tenía deseos de iniciar ninguna conversación apremiante que terminara en soluciones. Un poco de la mortificación de la cena de la víspera del día de paga, con el padre mezclando autoridad y comprensión, y la madre mezclando comprensión y principios básicos, un poco de la mortificación de la víspera pedía, sin embargo, continuación. Sólo que era inútil buscar en sí la urgencia de ayer. Cada noche el sueño parecía responder a todas sus necesidades. Y por la mañana, al contrario de los adultos que despiertan oscuros y barbudos, él despertaba cada vez más imberbe. Despeinado, pero con un desorden diferente del de su padre, a quien parecían haberle sucedido cosas durante la noche. También su madre salía del dormitorio un poco deshecha y todavía soñadora, como si la amargura del sueño le hubiera dado satisfacción. Hasta tomar el desayuno todos estaban irritados o pensativos, inclusive la empleada. Ése no era el momento de pedir cosas. Pero para él era una necesidad pacífica de establecer dominios de mañana: cada vez que despertaba era como si necesitase recuperar los días anteriores.

–No soy un jugador ni un gastador.

–¡Arturo –dijo la madre, irritadísima–, ya me basta con mis preocupaciones!

–¿Qué preocupaciones? –preguntó él, interesado.

La madre lo miró, seca, como a un extraño. Sin embargo, él era mucho más pariente de ella que su propio padre, quien, por así decir, se había incorporado a la familia. Apretó los labios.

–Todo el mundo tiene preocupaciones, hijo mío –corrigió ella entrando en una nueva modalidad de relaciones, entre maternal y educadora.

Y de ahí en adelante su madre había asumido el día. Se había disipado la especie de individualidad con que se despertaba y Arturo ya podía contar con ella. Desde siempre, o lo aceptaban o lo reducían a ser él mismo. De pequeño, jugaban con él, lo levantaban en el aire, lo llenaban de besos, y, de repente, pasaban a ser “individuales”, lo dejaban, le decían gentilmente pero ya intangibles “Ahora se acabó”, y él quedaba todo vibrante de caricias, con tantas carcajadas aún para dar. Se ponía caprichoso, empujaba a unos y otros con el pie, lleno de cólera que, sin embargo, en el mismo instante se transformaría en delicia, apenas ellos quisieran.

–Come, Arturo –concluyó la madre y de nuevo él ya podía contar con ella. Así, inmediatamente se volvió más pequeño y más malcriado: –yo también tengo mis preocupaciones pero nadie repara en ellas. ¡Cuando digo que necesito dinero parece como si lo estuviera pidiendo para jugar o para beber!

–¿Desde cuándo el señor admite que podría ser para jugar o para beber? –dijo el padre entrando en la sala y encaminándose a la cabecera de la mesa–. ¡Vaya con ésa! ¡Qué pretensión!

Él no había contado con la llegada del padre. Desorientado, pero acostumbrado, comenzó: –¡pero, papá! –su voz desafinó en una rebelión que no llegaba a ser indignada. Como contrapeso la madre ya estaba dominada, revolviendo tranquilamente el café con leche, indiferente a la conversación que parecía no pasar de algunas moscas más. Las alejaba de la azucarera con mano blanda.

–Vete ya, que es tu hora –cortó el padre. Arturo se volvió hacia su madre. Pero ésta estaba poniéndole mantequilla al pan, absorta y placentera. De nuevo había huido. A todo diría que sí, sin concederle ninguna importancia.

Cerrando la puerta, él tenía nuevamente la impresión de que a cada momento entregaba su vida. Por eso la calle parecía que lo recibiera. “Cuando yo tenga mi mujer y mis hijos tocaré el timbre de aquí, haré visitas, y todo será diferente”, pensó.

La vida fuera de casa era totalmente otra. Además de la diferencia de luz –como si solamente saliendo él viera qué tiempo hacía realmente y qué disposiciones habían tomado las circunstancias durante la noche–, además de la diferencia de luz, estaba la diferencia del modo de ser. Cuando era pequeño, la madre decía: “Fuera de casa él es una dulzura; en casa, un demonio”. Aun ahora, cruzando el pequeño portón, él se había vuelto visiblemente más joven y al mismo tiempo menos niño, más sensible y sobre todo sin saber de qué hablar. Pero con un dócil interés. No era una persona que buscara conversación, pero si alguien le preguntaba como ahora: “Niño, ¿en qué parte está la iglesia?”, él se animaba suavemente, inclinaba el largo cuello, pues todos eran más bajos que él; y daba la información pedida, atraído, como si en eso hubiera un intercambio de cordialidades y un campo abierto a la curiosidad. Quedó atento mirando a la señora doblar la esquina camino a la iglesia, pacientemente responsable de su itinerario.

–El dinero está hecho para gastar y ya sabes en qué –dudó intensamente Carlitos.

–Lo quiero para comprar cosas –respondió un poco vagamente.

–¿Una bicicleta? –rio Carlitos, ofensivo, animoso en la intriga.

Arturo rio con desagrado, sin placer.

Sentado en el banco, esperó que el profesor se irguiera. La carraspera de éste, prologando el comienzo de la clase, fue la señal habitual para que los alumnos se sentaran más atrás, abrieran los ojos con atención y no pensaran en nada. “En nada”, fue la perturbada respuesta de Arturo al profesor que lo interpelaba irritado. “En nada” era vagamente en conversaciones anteriores, en decisiones poco definitivas sobre una ida al cine, en dinero. Él necesitaba dinero. Pero durante la clase, obligado a estar inmóvil y sin ninguna responsabilidad, cualquier deseo tenía como base el reposo.

–¿Entonces no te diste cuenta en seguida de que Gloria quería que la invitaran al cine? –dijo Carlitos, y ambos miraron con curiosidad a la chica que allí estaba, sujetando su portafolio. Pensativo, Arturo continuó caminando al lado del amigo, mirando las piedras del suelo.

–Si no tienes dinero para dos entradas, yo te presto, y me pagas después.

Por lo visto, desde el momento en que tuviera dinero estaría obligado a emplearlo en mil cosas.

–Pero después tengo que devolverte ese dinero, y ya le debo al hermano de Antonio –respondió evasivo.

–¿Y entonces?, ¿qué tiene eso de malo? –explicó el otro, práctico y vehemente.

“Y entonces”, pensó con una pequeña dosis de cólera, “y entonces, por lo visto, en seguida que alguien tiene dinero aparecen los otros queriendo utilizarlo, explicando cómo hay que hacer para perder dinero”.

–Por lo visto –dijo desviando la rabia del amigo–, por lo visto basta que uno tenga unos cruceritos para que de inmediato una mujer los huela y caiga encima.

Los dos rieron. Después de eso él estuvo más alegre, más confiado. Sobre todo menos oprimido por las circunstancias.

Pero después ya fue mediodía y cualquier deseo se tornaba más árido y más duro de soportar. Durante todo el almuerzo él pensó con desagrado en contraer o no deudas, y se sentía un hombre aniquilado.

–¡O él estudia demasiado o no come bastante por la mañana! –dijo la madre–. El hecho es que despierta bien dispuesto, pero luego aparece para el almuerzo con esa cara pálida. En seguida se le endurecen las facciones, y es la primera señal.

–No es nada, es el desgaste natural del día –dijo el padre con buen humor. Mirándose en el espejo del corredor antes de salir, vio que realmente era la cara de uno de esos muchachos que trabajan, cansados y jóvenes. Sonrió sin mover los labios, satisfecho en el fondo de los ojos. Pero en la puerta del cine no pudo dejar de pedirle prestado el dinero a Carlitos, porque allá estaba Gloria con una amiga.

–¿Ustedes prefieren sentarse adelante o en medio? –preguntaba Gloria.

–Por lo visto, el cine se fue al traste –dijo al pasar Carlitos. En seguida se arrepintió de haber hablado, pues el compañero ni lo había escuchado, ocupado con la muchacha. No era necesario disminuirse a los ojos del otro, para quien una sesión de cine sólo servía para ganar a una muchacha.

En realidad el cine solo se había ido al traste al comienzo. De inmediato él relajó el cuerpo, se olvidó de la otra presencia, a su lado, y se puso a ver la película. Solamente a la mitad de la función tuvo conciencia de la presencia de Gloria y sobresaltado la miró con disimulo. Con un poco de sorpresa comprobó que ella no era precisamente la explotadora que él supusiera: allá estaba Gloria inclinada hacia delante, la boca abierta por la atención. Aliviado, se recostó otra vez en la butaca.

Más tarde, sin embargo, se interrogó sobre si había sido explotado o no. Y su angustia fue tan inmensa que él se detuvo ante una vitrina, con terror en la cara. El corazón le golpeaba como un puño. Además del rostro espantado, suelto en el vidrio de la vitrina, había cacerolas y utensilios de cocina que miró con cierta familiaridad. “Por lo visto, fui”, concluyó sin conseguir sobreponer su cólera al perfil sin culpa de Gloria. Poco a poco, la propia inocencia de la muchacha se tomó su culpa mayor: “¿Entonces ella me explotaba, me explotaba, y después quedaba satisfecha viendo la película?”. Y sus ojos se llenaron de lágrimas. “Ingrata”, pensó eligiendo mal una palabra de acusación. Como la palabra era un símbolo de queja más que de rabia, él se confundió un poco y su rabia se calmó. Ahora le parecía, de fuera para dentro y sin ningún deseo, que ella debería haber pagado de aquella manera la entrada al cine.

Pero frente a los libros y cuadernos cerrados, su rostro se fue serenando.

Dejó de escuchar las puertas que se golpeaban, el piano de la vecina, la voz de la madre en el teléfono. Había un gran silencio en su habitación, como en un cofre. Y el final de la tarde parecía una mañana. Estaba lejos, lejos, como un gigante que pudiera estar afuera manteniendo en el aposento apenas los dedos absortos que daban vueltas y vueltas a un lápiz. Había momentos en que respiraba pesadamente como un viejo. La mayor parte del tiempo, sin embargo, su rostro apenas tocaba el aire de la habitación.

–¡Ya estudié! –gritó a la madre que lo interrogaba sobre el ruido del agua. Lavándose cuidadosamente los pies en la tina, él pensó que la amiga de Gloria era mejor que Gloria. Ni siquiera había intentado reparar en si Carlitos se había “aprovechado” o no de la otra. A esa idea salió apresuradamente de la tina y se detuvo frente al espejo del lavabo. Hasta que el azulejo enfrió sus pies mojados.

¡No!, no quería explicarse con Carlitos y nadie le iba a decir cómo debería usar el dinero que iba a tener, y Carlitos era dueño de pensar que sería en bicicletas, y si así fuera, ¿qué había con eso?, ¿y si nunca, pero nunca, quisiera gastar su dinero?, ¿y si cada vez se hiciera más rico?… ¿qué hay con eso, tienes ganas de pelear?, piensas que…

–…puede ser que estés muy ocupado con tus pensamientos –lo interrumpió la madre–, pero por lo menos cena y de vez en cuando di una palabra.

Entonces él, en súbito retorno a la casa paterna:

–Dices que en la mesa no se habla, y ahora quieres que hable, dices que no se habla con la boca llena, y ahora…

–Mira cómo hablas con tu madre –dijo el padre severamente.

–Papá –dijo Arturo dócilmente, con las cejas fruncidas–, papá, ¿qué es eso de las notas de crédito?

–Por lo visto, el colegio no sirve para nada –dijo el padre, con placer.

–Come más papas, Arturo –la madre intentó inútilmente arrastrar a los dos hombres hacia sí.

–Bueno –dijo el padre alejando el plato–, es esto: digamos que tú tienes una deuda…

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)