Guillermo Samperio
Para Ángel José Fernández
Ahora su esposa estará desesperada
porque ya pasan de las once y él acostumbra llegar a casa a las ocho en punto o
a las ocho y media cuando va por pistaches a la avenida hidalgo y hasta la esposa
sabe que siendo las ocho y veinte arturo traerá pistaches y con los pistaches la
sonrisa socarrona y salada de arturo antes de acomodarse frente al televisor. Hace
dos horas con cincuenta minutos que la esposa pensó arturo traerá pistaches y después
nos sentaremos a ver la patrulla salvaje y la hora domecq, aprovechando algún comercial
le pondré sus pantuflas a mi arturito y le serviré el recalentado y quizá quiera
acariciarme una mejilla, darme un beso en la frente. Pero el caso es que han transcurrido
más de dos horas y ella se repite y se repite lo veré entrar con su bolsita blanca,
nos sentaremos a ver la tele y luego si por descuido me besa el cuello lo invitaré
a pasar a la recámara sin que veamos la hora domecq, y como siempre, le advertiré
que la luz se quedará apagada y que no gritaré y que ninguna mordida amoratará su
espalda, en suma, arturo, no te miraré desnudo ni dejaré que me mires los senos
que nada más has visto por descuido cuando salgo del baño o cuando me pongo el camisón
para dormir, los senos que siempre durante treinta años te has negado por lo menos
a rozar, pero eso, con los años, ya no me importa o nunca me importó, arturito,
con tal de sentir las sacudidas y tus convulsiones semirrabiosas, a pesar de que
tus manos se encuentren alejadas, sumergidas entre las sábanas, entre tu cuerpo
y el colchón amordazadas, censurándolas de esa necesaria caricia que de seguro ellas
quieren brindarle a estos pezones desamparados y ya blandos y arrugados de tanto
estar quietos y guardados, como los aretes que dudo que sean de jade que nunca me
he puesto para la famosa fiesta que me prometiste desde recién casados. La fiesta
en la que seríamos unos invitados tan distinguidos como cualquiera de esos gringos
que entran y salen borrachos o mariguanos por la majestuosa puerta que tú tienes
que abrir y detener para luego soportar el miserable aliento a perdices digeridas,
pero a lo mejor nunca te ha importado a cambio de las miserables propinas abundantes,
el trato despectivo, las miradas de desprecio y hasta quedarte mudo frente a la
infame proposición de algún homosexual desesperado. Así, arturito, así tengo guardados
los pezones, en el aretero del tiempo; pero ya no importa, arturo. Además, ahora
que has tardado tanto no puedo definir qué siento por ti, si me das lástima o si
te odio. No lo puedo definir.
Para la mujer tres horas de retraso
equivale a un arroz quemado o a una sopa que hierve durante horas y horas hasta
dejar costras de fideos adheridas al traste. Después del despertador a las seis
y media, los huevos tibios a tiempo, el té de boldo en su punto, en fin, después
de que la vida se cumple con su enquistada modorra, modorra que se cuenta entre
cuartos de hora de eso y aquello, compras contra el reloj al mercado y el jitomate
coloradito, sí, después de tres horas de retraso, se abre camino, en esa misma modorra,
una rotura que se instala en el seno de la obsesidad de la mujer. Y tal parece que
en algún momento de ese monólogo casero se dijo que para qué el té de boldo con
sus gotas de limón, para qué tantos huevos tibios y calcetines remendados; ella
realizaba su recuento a base de multiplicar pequeños actos: en cinco años de mil
quinientos a mil setecientos huevos tibios, en diez años por lo menos cuatrocientos
calzoncillos parchados, en quince años siete mil idas y regresadas al mercado; además,
esos productos aún habría que multiplicarlos por seis o por tres o por dos, según
el caso. Y ahora, ahora que se sabía sentada en el sofá de él, que había tenido
más de tres horas para repasar su biografía, empezaba a desbordar un calor interno
que se le escapaba por la rotura que ya había sido provocada por esas mismas tres
horas de retraso del señor gonzález.
Empezó por anudar y desanudar el
trapo de la cocina, después se comió las puntas del delantal, caminó en varias ocasiones
de la cocina al baño y por último se dejó caer sobre el sofá del señor gonzález;
reseñó una y otra vez la llegada de él; luego ya no pudo detener el deletreo de
algunos pasajes oscuros que sobrepasaron el recuento de la modorra cotidiana; era
la rotura la que le proporcionaba las fuerzas para soltar ese brusco parloteo interno;
pero también era el no-sa-ber-qué-hacer ante la rotura, el que le daba luz verde
a lo que después ella llamaría pasajes oscuros de su vida. Y es probable que nada
más hubiera bastado hora y media para detestar el temblor de sus carnes y el mordisqueo
obsesivo de cuanto trapo y tela estuvieran a su alcance, pero eran tres horas, las
tres horas más cortas y dolorosas porque en tres horas había resumido, entre recuerdos
y números, a base de instantáneas, treinta años de ella y arturo gonzález.
Por su parte, lo que el señor gonzález
nunca supo es que después de tres horas de espera la mujer se había quedado quieta,
respirando tranquilamente una vez que la rotura-orificio había quedado saturada,
sin encender por primera vez el televisor y como observando por encima del trastero
alguna otra pantalla invisible. Cuando el señor gonzález repasaba y repasaba aquel
artículo del reader’s digest sólo pudo imaginar que la esposa estaría comiéndose
las uñas unos instantes, inmovilizada, sin atinar a pensar en nada hasta quedarse
dormida con la hora domecq; por eso se dijo que enriqueta no lo podría ayudar en
lo más mínimo, además de que nadie podía brindarle ayuda, ni él mismo porque aunque
no recordaba el momento en que levantó los brazos entre el cuarto y noveno piso,
se sentía responsable y satisfecho, como descansado de una larga caminata por el
centro de la ciudad. Cuando dijo satisfecho recordó nuevamente el pasaje preciso
del artículo del reader’s digest: “entre otros de los homicidas en potencia, se
cuentan elevadoristas, meseros, veladores, botones, etc.” Y quizá, si la frase lo
hubiera incluido en el etcétera, el escalofrío de la primera ocasión no habría causado
tanta mella en sus presentimientos, quizá la obsesión no habría crecido o por lo
menos habría sido velada entre las infinitas posibilidades de homicidas que encerraba
el etcétera; pero el doctor scott había escrito exactamente una coma antes del etcétera
límite de la palabra “botones” y ahí, en esas siete letras, saltaba el nombre de
él, arturo gonzález, y los nombres de todos sus compañeros; entonces, a pesar de
que siempre se negó a adjudicarse lo que él denominaba una grave irresponsabilidad
clínica, empezó por descubrir en felipe caltenco, novel mucamo, ojos taciturnos,
manos nerviosas y seguramente boca reseca; a rogelio meléndez lo comparaba con el
señor gris, eficiente administrador del hotel durante veinte años, y concluía que
entre el aroma a lavanda del señor gris y el olor a pescado frito de rogelio meléndez
mediaba el asesinato. Así, con esas meticulosas observaciones, que con el tiempo
se volverían una especie de sex-appeal misterioso, el señor gonzález descubrió atributos
desastrosos en cada uno de los empleados menores del hotel. Esperaba, en cualquier
bocacalle o pasillo oscuro, la navaja que le atravesara el abdomen a causa del mínimo
altercado ocurrido en días pasados. Por eso, además de los guantes blancos que usaba
ordinariamente, se ponía otros guantes –que él llamaba de seguridad– para codearse
con sus compañeros. Y por eso también todo mundo descubrió, aunque no supieran la
razón, que no sólo trataba con una buena distancia a los clientes y al administrador,
sino a todo el personal, incluyendo a cocineras y acomodadores de automóviles.
En lo político sus descubrimientos
fueron tumultuosos y escalofriantes; y así fue diciéndose, entre dientes, en lo
que llegaba a su departamento: eso es, tumultuosos y escalofriantes. En la última
reunión del sindicato a la que asistió, mientras botones, mucamas, meseros, galopinas,
y cocineras discutían la necesidad de emplazar a huelga, el señor gonzález pensó:
ustedes son una bola de criminales, que esperan el momento oportuno para balacear
al de junto. Y en cada uno de los rostros, la mayoría morenos, encontró rasgos similares
a los de goyo cárdenas o gonzalo rojas, y hasta al secretario general del ejecutivo
le notó un aire de margarito zendejas. De esa manera, sin darse cuenta de esa creciente
escalada de presentimientos, y descargándose con su esposa, las sospechas se confirmaban
al menor movimiento fuera de lo habitual, al menor tic común y corriente, al menor
guiño de ojo. Ahora, sentado sobre un banquito que el sargento había hecho favor
de acercarle, no le importaba el ir y venir de los fotógrafos ni lo que pudieran
decir mañana los periodistas de todos los diarios ahí reunidos; no le importaba
ese revuelo de judiciales, agentes del ministerio público y tecolotes, en los separos
de la procuraduría de la república. Y no sabía y nunca supo que en ese momento,
más o menos once y cuarto de la noche, se establecía una coincidencia en la tranquilidad,
en la desguansez, en el se acabó, con enriqueta.
Sí, él no sabía y nunca supo que
la mujer que estuvo sentada con las piernas abiertas al desparpajo, dejando que
el aire que se colaba por la ventanilla del comedor se estrellara contra sus carnes
fláccidas, mirando, debido a una rotura repentina, por encima del trastero como
una pantalla; si alguien en ese momento se hubiera acercado a la mujer habría descubierto
que la pantalla se encontraba dentro de ella, debajo de donde nacía el cabello derramado
sobre el respaldo del sofá. El señor gonzález tampoco llegaría a saber ni a pasarle
por casualidad por la cabeza aquella otra acta que enriqueta levantaba al mismo
tiempo que la mecanógrafa redactaba la suya (con algunas faltas de ortografía que
nadie corregiría, escribiendo preguntas y respuestas, acusaciones y delitos, dejando
de lado las mentadas de madre que profería a los mexicanos mr. warners). No, nunca
llegaría a conocer la versión paralela de su esposa que no detuvo el monólogo casero
hasta que un empleado del hotel le fue a avisar de la detención de su marido; que
se apresurara. Nunca supo que la mujer siguió mirando la pantalla hasta la nocturna
despedida del canal imaginario, en el que otra enriqueta hablaba y decía que así
se habían quedado sus pezones, guardados en el aretero del tiempo, como uvas puestas
al sol hasta quedar resecas de nada, de ausencia, de estar a la intemperie, esperando
unos cuantos dedos, no más de diez; pero para mí no siempre fue de esa manera, por
eso tengo un secreto pequeñito, así de chiquitito, pero al fin secreto, arturo,
mi arturo, porque no estás enterado de que una vez restregué estos mismos senos
en la boca de mario, el hijo mayor del portero, sí, el hijo del portero, los restregué
en la boca de uno de los miembros de lo que tú llamas secta de asesinos o taciturnos
homicidas que esperan en el recodo de cualquier pasillo, precisamente en las manos
de uno de ellos derramé los pedazos de carne que tú hiciste a un lado, como si fueran
uno de tus life atrasados, y si quieres una verdadera enriqueta, aquí me tienes,
porque algún día me tenía que pasar, porque ya no podía estar nada más sobándome
contra mis propias manos, esperando inútilmente una desbandada de tus homicidas
para violarme el cuerpo y luego, muchos luegos, resistir la embestida inexistente
de tus truhanes y sátrapas y luego y luego a gozar hasta derretirme debajo de veinte
tipejos de manos detestables que nunca llegarían, no, no podía esperar, arturito,
yo misma lo provoqué con la ventaja de mis piernas, con la premeditación de mis
senos, echándole encima mis carnes, sin dejarlo pestañear y luego mis dos senos,
mis nalgas abundantes, y si quieres más detalles, le pagué, le di dinero para que
no hubiera ambigüedad.
Ahí, parado en el quicio de la puerta,
estaba mario, tan jovencito, sin imaginarme que esa mañana no habría bote de la
basura ni periódicos viejos, sin saber que no se llevaría un peso sino veinte o
treinta o cuarenta, lo que yo, arturo, lo que yo quisiera pagarle de nuestros ahorros;
pero no creas que todo fue tan fácil, no, porque en ese momento, cuando él llamó
a la puerta con su tímida mano, yo me revolcaba desnuda sobre la cama, como perra
encerrada, sobándome hasta llorar de dolor, y si no ha sido por esa coincidencia
que yo tanto anhelaba no habría culpable; nada más le dije ven mijito, pásale, no
tengas miedo, y mientras le ponía los primeros veinte pesos en la bolsa, mi mano
ya le acariciaba su cosita y después, para mí, todo fue escandaloso y cachondo,
y ahí mismo, en el sofá en que estoy sentada, me desabroché la bata y mis senos
se desplomaron sobre su boca y hubo un poco de sangre en los pezones y violaciones
de muchas maneras –si tú le quieres llamar violaciones–, después el jovencito parecía
una fiera, la inocencia de su cara había desaparecido, lo que quería decir que mi
mario, arturo, que mi mario también estaba loco y dócil y luego su cosita, ya sin
pena, me recorría todos los rincones y las montañas de piel y los vellos de todos
los rincones; así fue, arturo, nos revolcamos en el suelo, grité sin que me importaran
nuestros eternos vecinos y el miedo que le vino a mi mario; le mordisqueé las piernas,
al fin que para eso le daba otros veinte pesos, y así se pasó toda la mañana y después
pasaron los días y tú nunca me descubriste los mordiscos y los moretones en las
nalgas; mi mario no regresó y luego vinieron los años y un día lo vi con su esposa
y sus hijos, y supe por su mirada que aquella locura pasaba por su mente, mientras
yo también recordaba mis pensamientos de entonces: que me sentía nuevamente mojada
al imaginar que nuestra aventura era para él un orgullo entre sus amigos y me mojaba
aún más pensando que de seguro mario exageraba y decía que él llevaba la batuta,
que él había doblegado mi cuerpo y que casi me obligó a que mis senos le inundaran
su boca de hombre de mundo y que su cosa y su cuerpo ordenaban y desordenaban en
el departamento 18. Desde aquella mañana me sentí cómplice de tus asesinos, desde
entonces cada vez que nos acostábamos recordaba todo lo sucedido con mario, sus
manos, su boquita, mientras tú escondías las manos, moviéndote en silencio, con
la cara volteada hacia el ropero o hacia la ventana; desde entonces, puedo asegurártelo,
hice el amor con mario y no contigo, aunque ninguna de tus manos hicieran las caricias
que ellas deseaban, aunque mis pezones se fueron volviendo uvas abandonadas al sol,
aunque dijeras que mucho me querías.
Mientras el señor gonzález ignoraba
la coincidencia con enriqueta y respondía monótonamente a las infinitas preguntas,
se aseguraba a sí mismo que ya no volvería a hurgar en los reportajes de la nota
roja; ahora ya no tenía necesidad. No porque los arrepentimientos le corroyeran
el alma, él no sentía ningún arrepentimiento, es más, no tenía por qué arrepentirse
de nada si ya había confesado paso a paso que él no supo en qué momento levantó
los brazos, en qué momento soltó la maleta. Estaba convencido, no volvería a leer
la nota roja; carecía de importancia corroborar el origen de los rateros y criminales.
Sabía que todos los reportajes desembocarían en aquel artículo del doctor scott:
los taxistas seguirán siendo al mismo tiempo que criminales objetos del crimen;
los contadores públicos asesinarán, como es la costumbre, a sus esposas, o golpearán
a sus madres; los meseros encerrarán a sus hijas durante muchos años en el cuarto
oscuro y lleno de ratas; los elevadoristas, además de vender billetes de lotería,
alguna noche, en el maloliente cuarto de un hotel, después de victimar a la infiel,
se pegarán un balazo en el paladar. Cada uno de esos actos respetan mandatos previos,
son conducidos por una mano negra que los induce hasta el resultado obvio y cotidiano
del homicidio y el escándalo. Nada más es cuestión de mirarles la cara, se decía
el señor gonzález, para comprobar que ellos no tienen la culpa, que no hay motivo
para inquietarse ni para sentir arrepentimiento. Al contrario, después de esos años
de angustia y miradas escrutadoras, viene la calma, el descanso. Como ahora, con
esa contradictoria tranquilidad que mostraba el señor gonzález, sentado en el banquito,
cansado y con sueño y un poco urgido de que ya terminara el tecleo de la mecanógrafa
y los insultos de mr. warners. Ya nada tenía compostura.
Sumido en ese sopor, le vino, como
una reseña nostálgica, la imagen de los corredores ocultos del hotel. Estaban, del
otro lado, los pasillos alfombrados, las paredes con sus adornos modestos y recurrentes,
las suites que a pesar de contener esa apelmazada violencia de todos los hoteles
dejaban sentir un no sé qué recordando el hogar; estaban, también, en el bar y el
restaurante, amueblados y atendidos de tal manera que los clientes puedan olvidar
por ese grato momento la urgencia de visitar los lugares característicos de la ciudad;
sí, estaban los espacios de afuera, la cara visible del servicio. Pero el señor
gonzález ahora estaba sumido en el recuerdo de los mecanismos de los otros corredores,
la cara oculta del hotel, aquellos corredores por los que deambulaban sus compañeros
y él, y que nunca les eran dados a los clientes. Y que por estar ocultos estaban
necesariamente desnudos, grises, francamente violentos; pero al fin y al cabo indispensables,
como indispensables y eficaces resultaban casi todos los empleados. Y tanto ellos
como el mismo señor gonzález habían captado que la cara oculta y la visible, la
verdad y la hipocresía del hotel, se reproducían en sus trabajos y en sus personas.
De esta revelación el señor gonzález fue presa mucho tiempo después de haber entrado
a trabajar en el hotel; una noche, después de un día en que hubo una convención
de quién sabe qué organismo de la iniciativa privada, el señor gonzález empezó a
recorrer los pasillos aledaños, iniciando la ida a casa; estaba cansado, sin ganas
de mover una puerta más. Llegó al vestidor y no quiso ni darse una lavada, simplemente
se quedó sentado en una banquita, junto a los lockers, escuchando la algarabía de
voces de los que salían del primer turno y el ruido del dinero que producía el recuento
de las propinas; fijó la vista en luis y fue observando cada movimiento del mesero:
primero se quitó la filipina, le siguió la corbatita negra, luego la camisa, y por
último el golpe: la camiseta de luis mostraba un agujero cerca del ombligo y otro
en el tirante derecho, sin contar cuatro o cinco remendadas aquí y allá. Después
fue hernández con sus calcetines rotos, el izquierdo del talón y el derecho del
dedo gordo. Vino ricardo que, al registrar sus pantalones, se encontró con sendos
agujeros en los bolsillos. El señor gonzález sintió eso, un golpe que lo remontó
al juego de caras del hotel, con sus pasillos verdaderos e hipócritas, con sus cuartos
que rememoraban el calor del hogar, y los cuartos, como en el que se encontraba
en ese momento, que semejaban las cloacas de la ciudad; entonces supo que ellos,
luis y hernández y ricardo y él mismo, también tenían sus pasillos ocultos y sus
cloacas, sus cuerpos alfombrados y sus cuerpos desnudos, grises y francamente violentos.
Mientras apoyaba la cabeza sobre uno de los lockers, le subió el temor, un temor
casi palpable por la fuerza con que se hacía presente, mezclado con un creciente
olor a basura que venía de la cocina. Nadie de los presentes se enteró de lo que
estaba viviendo gonzález, pero tampoco supieron que gonzález también tuvo ganas
de llorar y lástima por él y por sus compañeros y ganas de abrazarse a las piernas
desnudas de ricardo, ganas de que todos se abrazaran en una orgía de solidaridad,
ahí, en las cloacas, para transmitirse las lágrimas y las distintas lástimas, y
poder declarar, gritar, lo que cada uno sentía y opinaba sobre los otros. El temor
pudo más, gonzález se quedó sentado todavía un buen rato, hasta que los del segundo
turno fueron desapareciendo por los corredores. Después presenció su propia desnudez,
sus movimientos fueron lentos, desganados, hasta que también él desapareció por
el pasillo que lo conduciría hasta enriqueta.
Como en otras oficinas de la procuraduría,
en la mesa número cuatro proseguía el alegato; la mecanógrafa levantaba un recuento
distinto al de enriqueta. Era el recuento y la reconstrucción de aquellos hechos
que se coagularon en diez minutos, en cinco minutos antes y cinco minutos después
de que el señor gonzález levantara los brazos. Eso, se trataba únicamente de reconstruir
esos diez minutos, que por los gritos y las maldiciones de mr. warners, y por las
constantes interrupciones del señor gris, parecía que se estaba reconstruyendo un
día de saqueos y masacre. Si bien, como a duras penas explicaba mr. warners, deseaba
no haberla conocido ni invitarla al mismo hotel, o al menos deseaba no haberla acompañado
hasta la puerta del hotel; si bien él, mr. warners, deseaba y no deseaba algunos
de los llamados hechos, opinaba y gritaba que new york era una miel junto al subdesarrollado
distrito federal, además de que ese enano barrigón, es decir el señor arturo gonzález,
era un hijo de perra. Por su parte, la mecanógrafa, a pesar del cansancio, no podía
impedir de vez en cuando una leve sonrisa ante los enredos que ya nadie detenía.
Debido a ese creciente enredo, las declaraciones habían sido repetidas durante cinco
horas entre la calma y la versión diez veces contada por el señor gonzález, los
nunca lo creí de usted del administrador, y el anuncio de que ya estaba avisada
la señora gonzález. Y para diez minutos de vida y muerte el alegato proseguía, sin
contar los meses y los años con que seguramente remataría.
Esta vez, quizá la undécima o la
duodécima, el señor gonzález empezaba de nuevo, con su voz cansada y segura: que
como es su costumbre primero abrió la puerta del automóvil, vio salir a la mujer
rubia mientras él detenía la puerta; que la mujer se puso de pie con dificultad,
sin importarle mostrar toda la longitud de sus piernas, incluyendo unas pantaletas
negras que después los ahora testigos pudieron observar. Prosigue el acusado: una
vez que la mujer estuvo parada o tambaleante en la banqueta, él pensó que ella venía
enferma o tomada, que después salió del automóvil el que ahora sabe que se llama
mr. warners, y que como es típico en los americanos, mr. warners le dijo mucho cuidado,
refiriéndose a las maletas que el taxista ya había puesto a las puertas del hotel.
Lo confirma: la mujer rubia venía borracha, lo mismo que mr. warners; que una vez
que mr. warners le puso la propina en la mano, le mandó un beso volado a la mujer
rubia y luego pronunció algunas palabras en inglés que el acusado no entendió. Que
después de todo lo anterior, ella y él, arturo gonzález, ascendieron las escalinatas,
la rubia por delante y el señor gonzález detrás; pasaron por la administración y
felipe les dijo área azul veintisiete. Que la rubia, además del escote tan pronunciado
y de la indiscutible ausencia de portabustos, quién sabe qué cosa le decía al acusado,
que sus frases eran una mescolanza de inglés y español, porque distinguió las palabras
biutiful, jin, chingoan, beibi, aiam, cuidadou, etc. Que llegaron al elevador y
que fuera de ellos nadie más entró; que lo recuerda muy bien: una vez que el elevador
comenzó a subir como que la intensidad de la luz disminuyó, pero que a partir de
ese bajón de luz siente que hay un hueco en su memoria, porque sólo recuerda que
en el noveno piso se dio cuenta de que el cuello de la hoy difunta rubia estaba
entre sus manos, y que uno de sus senos, parece que el derecho, había saltado del
escote; que el cuerpo de la mujer yacía en semicírculo contra la esquina oriente
del elevador. Lo confirma: sólo se percató del cuello de la rubia entre sus manos
cuando la señora que ocupa el veintinueve pegó un grito, que él, señor arturo gonzález,
confiesa, lo espantó. Que la señora del veintinueve esperaba el elevador acompañada
de su esposo. Por último, el señor arturo gonzález afirma que el esposo de la señora
del veintinueve dijo qué bárbaro, pero que no supo si esa exclamación se refería
al cuerpo de la rubia o al hecho acaecido. Que por alguna razón que el acusado no
se explica el elevador bajó solito y que, en el momento en que se corrían las puertas,
la señora del veintinueve volvió a gritar; pero que una vez en el pb ya nada se
movió hasta que llegaron los agentes y los policías y toda una serie de pajarracos.
Para entonces la ciudad empezaba
a quedarse sola; una lluvia cerrada empapaba las calles del centro; la poca gente
que quedaba, apresurando el paso, caminaba pegada a las paredes, buscando la protección
de las cornisas y de las entradas de los edificios. Por la puerta de uno de esos
viejos edificios salió una mujer de alrededor de cincuenta años y complexión robusta.
Una pañoleta le cubría la cabeza, llevaba los labios pintados de rojo carmesí; quizá
no se enteró de la lluvia o no le importó mojarse, porque era la única valiente
que no corría ni intentaba deshacerse de la lluvia. Caminaba pesadamente, ladeándose
un poco hacia la derecha, debido al peso de una caja de cartón que cargaba. Sería
muy probable que después de algunas cuadras los mecates con que iba amarrada la
caja empezaran a lastimarle la mano. Quizá tampoco eso le importaría.
(Tomado de Sainz, Gustavo,
Los mejores cuentos mexicanos, Ediciones Océano, Barcelona, 1982)
No hay comentarios:
Publicar un comentario