Olga Traba Carballo
Sé que la abuela no le contó a nadie más esta historia.
Ahora que está muerta
dirán que es otra de mis fantasías, que lo inventé todo, y es una mentira. Pero
no es así, ocurrió de verdad y lo cuento tal y como ella me lo trasmitió aquella
vez.
Todos
saben que la Tene, como le decíamos, se casó muy joven, parió muchos hijos
y no conoció más hombre que el abuelo. No miento, ¿verdad? Esa es la historia oficial,
nadie la discute, pero recordarán que una vez, después de enviudar, ella viajó sola
a Brasil, con un grupo de personas de su edad, y todos se pusieron contentos porque
pensaron que a partir de ahí tendría vida propia y empezaría a salir. ¿Lo recuerdan?
Bien, durante ese viaje sucedió todo.
Todavía no entiendo
bien por qué me lo contó a mí, que apenas empezaba a ser una adolescente; tal vez
lo hizo porque se daba cuenta que yo tenía la cabeza llena de pájaros enloquecidos
por volar, cabeza de humo como dice mi hermana… La Tene era
una hermosa mujer, parir a tantos hijos no le hizo perder ningún encanto. Tenía
la cintura fina, la piel tersa, los senos blancos y erguidos como los de una joven,
siempre me hicieron pensar en dos palomas, prontas de desplegar vuelo. La Tene
no se avergonzaba delante de nosotros cuando se estaba cambiando la ropa y entrábamos
a su habitación sin llamar, asumía su cuerpo con naturalidad. Su pelo era abundante,
yo no llegué a verlo sino cuando estaba todo blanco, pero en las fotos se lo ve
de ese rojo oscuro como el de casi todas las mujeres de nuestra familia. Sus ojos
amarillos brillaron hasta el final llenos de picardía. Tenía un carácter alegre
que le permitió superar todas las dificultades durante su matrimonio con el abuelo.
Ya sé, él también está muerto hace mucho y
no se debe hablar mal de quienes ya no están entre nosotros; no hablo mal, sólo
comento hechos y nadie podrá negar que el abuelo se pasó más tiempo tocando el acordeón
por las estancias que trabajando, y la abuela crio a los hijos gracias a su propia
iniciativa y creatividad.
No pienso discutirlo, es mi opinión.
Al volver de ese viaje la abuela se mostraba
ilusionada, contenta, todos pensaron que repetiría los viajes, se extrañaron al
ver pasar el tiempo sin que ella volviera a salir. Retomó sus tejidos, en la semipenumbra
del caserón enorme, lleno de fantasmas conocidos, de plantas, de olores familiares.
Todavía recuerdo muy bien el aire ausente que
lucía cuando me relató lo sucedido, y la dulzura inusual de su voz; las palabras
que pondré en sus labios no serán las mismas que pronunció, pero eso tendrán que
perdonarlo, mi memoria ya no es tan fiel, guardo demasiados recuerdos.
El viaje fue muy agradable, la gente era simpática,
conversadora y cariñosa. Al llegar nos llevaron a un hotel enorme donde no había
mucha gente, cada uno se fue a su habitación.
Yo no era amiga de nadie, conocía a todos pero
nunca he tenido amigos de verdad.
Por la tarde, luego de almorzar salimos a recorrer
la ciudad y al llegar la noche estaba exhausta. No quise cenar y me quedé sola,
en un pequeño salón próximo a mi habitación, sentada junto al fuego bebiendo una
copa de vino…
No sé cuánto tiempo
estuve así, debo de haberme dormido un momento, no se oía ningún ruido. Estaba ligeramente
tendida en el sillón sin pensar en nada.
De pronto sentí
sobre mí el peso de una mirada. No levanté los ojos, continué tal como estaba, mirando
el fuego.
La persona que me
observaba estaba en la escalera, no veía más que sus pies asomando por debajo de
unos vaqueros remangados, eran unos pies masculinos de extraña belleza, unos pies
duros, firmes pero delicados que no sé por qué me llenaron de ternura. El
hombre se acercó despacio sentándose a mi lado como si fuera un viejo conocido.
Sin pronunciar una sola palabra volvió a llenar mi copa y me la alcanzó. Yo bebí
también en silencio.
Era un hombre joven, no más de treinta años.
No sé de qué modo sucedió pero de pronto sentí que se acercaba más y me sorprendió
con su boca en la mía, besando suavemente como si esa fuera la única cosa en el
mundo que podía hacer. Pero lo más extraño es que yo le respondía del mismo modo.
Pensé que el vino tendría algo que me hizo
obrar de aquella forma.
Sentía el cuerpo como en una nube, un sueño,
algo blando y leve que deseaba ser acariciado como él lo estaba haciendo, pero también
mis manos querían acariciar, estaban abiertas, húmedas, no tenía los puños cerrados
como cada vez que tu abuelo venía a acostarse conmigo, mis dientes no estaban apretados
y mi cuerpo no estaba tenso. Algo en mi interior me empujaba a abrirme, a desatarme,
a dar. El hombre no parecía tener ninguna urgencia, la seda de sus manos vagaba
por mi cuerpo y la ropa de ambos desapareció como por magia.
Nunca había estado desnuda en presencia de
ningún hombre pero no sentí vergüenza, al contrario, un orgullo desconocido hizo
que me atreviera a exhibirme como si fuese perfecta.
No sabía besar pero lo cubrí de besos, besos
tiernos, dulces como cuando las palomas picotean a sus pichones, luego fueron más
audaces, más apasionados, pequeños mordiscos llenos de fuego. No dijimos una sola
palabra. Aunque tenía deseos de gritar, de gemir, de aullar como una perra, guardé
silencio. Sólo se oían nuestras respiraciones agitadas, tenía miedo de que cualquier
otro sonido pudiera hacer desvanecer el sueño.
Necesitaba que ese hombre entrara en mí, que
tomara posesión de ese lugar de mi cuerpo desde el que había expulsado a mis hijos
pero donde nunca había habitado nadie. Lo conduje hasta allí sin pronunciar palabra.
Él me miró en silencio y vi que entendía. Sus gestos eran una copia de los míos.
Creí que iba a morirme, deseaba que aquello
no terminara nunca. Era como si todo fuese a estallar dentro de mí, y de pronto
sucedió. Algo como un terremoto me sacudió, todo mi interior se volvió de terciopelo,
de algodón como un nido, y no deseaba que saliera de allí, quería que ese abrazo
durara el resto de mi vida, que me apretara entre sus brazos para siempre, sentir
eternamente ese aleteo de mariposas en el vientre, que nunca dejara de derramar
su vida en mí.
Cuando desperté estaba en mi alcoba, sólo vi
sus hermosos pies cuando cerraba la puerta, y volví a dormirme…
(Tomado
de www.tallermecontasunahistoriadale.blogspot.com)
No hay comentarios:
Publicar un comentario