José Víctor Martínez Gil
Esa
noche inexplicablemente hubo un apagón. Toda la ciudad y sus alrededores
quedaron a oscuras. Ni una sola luz. Era la media noche. Ni siquiera había luna
en ese cielo coincidentemente despejado. Era una magnífica oportunidad para
rebelarse: los humanos temen a la oscuridad. Y la ciudad estaba harta de ellos.
Con cautela, cada edificio abrió cuatro ventanas de su fachada que dibujaban un
descomunal y macabro rostro. Los puentes, como serpientes, también abrieron sus
ojos. La noche seguía avanzando en total penumbra y con sus habitantes
encerrados. Cuando asomaba la claridad del amanecer, a las siete en punto de la
mañana, los rascacielos comenzaron a desplegar sus colosales estructuras cuales
brazos demoledores. Las iglesias, sus inmensas tenazas. Las antenas, sus
enormes aguijones. Los túneles, sus gigantescas fauces. Los estadios y las
fábricas movieron sus corazas. Los puentes comenzaron a deslizarse
monstruosamente. Las casas como formidables insectos también despertaron. Y
todas las construcciones, muy despacio, se desplazaron, con sus habitantes
dentro, engulléndolos, triturándolos, aplastándolos sin siquiera darles la
oportunidad de algún alarido. Hasta que la ciudad con sus rascacielos, y con
sus puentes, iglesias, casas, se sintió desierta, tranquila. O no. Porque al
anochecer, llegó de nuevo la luz. Y en las fachadas de todos los edificios se
podía ver en las luces encendidas a través de las ventanas, nuevas sonrisas
placenteras y perversas, a la espera de que un nuevo grupo de humanos volviera
a poblar la ciudad.
(Tomado
de www.talesofmytery.blogspot.com)
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