Slawomir Mrozek
Durante un paseo, me uní a un cortejo fúnebre. Siempre anima más que vagar
uno solo y sin rumbo. No sabía a quién estaban enterrando, pero ¿qué importaba?
Nosotros, los humanos, formamos todos una gran familia.
Además, siempre se puede preguntar. Mi vecino de la
izquierda del cortejo tampoco lo sabía.
–Voy a la tintorería a recoger un pantalón. Vi el funeral
y, puesto que me queda de camino, me uní. Solo hasta la esquina y después doy
vuelta.
Pregunté, pues, al vecino de la derecha.
–¿Que de quién es el funeral? Y yo qué sé, ¿acaso muere
poca gente? El banco no abre hasta las nueve, así que tengo un poco de tiempo todavía.
El tercero, que caminaba unos pasos atrás, tampoco era
capaz de informarme.
–Yo no soy de aquí, soy un simple turista. Pero pregunte
a esa señora con velo negro, la que camina detrás del féretro. Tiene pinta de ser
la viuda y debe saberlo.
En ese momento empezó a llover y abandoné el cortejo.
No voy a mojarme por alguien a quien ni siquiera conozco personalmente.
(Tomado
de www.ciudadseva.com)
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