Miguelángel Flores
Nos
suicidamos una y otra vez y seguimos vivos y perplejos. Nos hemos ahorcado,
cortado las venas, disparado en la sien. Llegamos a lanzarnos desde azoteas,
precipicios, a los trenes, del puente, al río para que nos llevara. Y nada. Lo
último ha sido tirarnos desde un acantilado al mar con una piedra atada a los
pies. Pero ni aun así. Es duro y esto tampoco es vida ni muerte para nadie. Y
menos para una familia típica y asfixiada. Aquí en el fondo, mi mujer no se
mueve cuando la miro para hacerse la ahogada y no preocuparme. Pero yo sé que
respira sin hacer burbujas. El grande, que está en la edad del pavo, no me
angustia demasiado, todo lo vive a su manera; y que por lo menos se está
fresquito, dice, mientras ve pasar las medusas tumbado en el coral. Pero el
pequeño, ese me rompe el corazón. Lo miro intentando pegar sin parar los cromos
del álbum, que con tanta humedad no hay forma de que se adhieran, y su empeño
me hace llorar y llorar de tristeza. Aunque con el agua salada no se nota y,
encima, parece que ni tan siquiera el llanto aquí consuele.
(Tomado
de www.enfrascopequeno.blogspot.com)
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