Diana Pagnucco
“¿Cansado
de una vida sin emociones? Viva una vida memorable. Consúltenos”, prometía un
cartel en la entrada del bar.
Helena lo miró brevemente y esgrimió un
gesto irónico. Se sentó en la única mesa libre un martes a media mañana y pidió
un café apenas cortado. El mozo se lo trajo y, al retirarse, le guiñó el
ojo.
Helena era médica especializada en osteopatía.
Esa misma tarde tenía que atender a tres pacientes con afecciones menores. Su marido,
Alejandro, proveía con creces a la casa, por lo que no necesitaba más que
ganarse un dinero extra para sus
propios placeres que, entre otros,
consistían en tomar un café los martes en el mismo
bar. Alejandro era heredero
de una buena cantidad de propiedades y se habían conocido a los treinta y
cinco años justo
cuando Helena
había decidido ir a vivir a China. El matrimonio canceló los planes de oriente y
Helena se convirtió en médica, esposa y mamá de dos hijos que no le daban
grandes sobresaltos.
Helena revolvió el café.
“¿Cambiar mi
vida?”,
pensó. “Es cierto que no tengo emociones, pero ¿quién no querría una vida
tranquila?”
Le dio unas
cuantas vueltas al bucle
retórico que el cartel había disparado.
“¿Estaré por
menstruar y por eso me siento así?, se preguntó.
Pagó, se
calzó el abrigo y salió del bar, no sin
antes sacar una foto del cartel.
Había comprado pastas sin gluten, galletas
de arroz y unas verduras orgánicas con lo que al mediodía cocinó para su marido.
Ninguno de la familia salía de los planes alimentarios de Helena.
–¿No te gustaría comer una hamburguesa de McDonald’s?
–preguntó Helena, mientras enrollaba los fideos con el tenedor.
Alejandro abrió los ojos.
–¿Qué
pasó? ¿Un
mal día? –ironizó.
El marido admiraba la disciplina férrea de
su mujer, que no salía ni un milímetro de las propias reglas y él, algo
desorganizado, se sentía refugiado en ese vaho de orden y previsibilidad.
El día transcurrió calmo como los últimos
años. Todo lo que había que hacer se hizo. La familia cenó y fueron a dormir temprano.
Por la mañana, antes de que sonaran las alarmas,
Helena y Alejandro hacían el amor. Alejandro adoraba esta parte de la rutina.
Helena no tanto. La antesala de la menopausia había llevado su lujuria a niveles
paupérrimos. Alejandro se despidió con un beso, los chicos se fueron y ella no
revisó ni una vez la decisión.
“Hola”, escribió en un mensaje.
“Hola”, contestaron.
Salió del baño, se preparó un café y
volvió a mirar el teléfono.
“¿En qué puedo ayudarte?”, insistieron.
La foto de perfil de su interlocutor
era una poco inspiradora grafía que decía “Cambia tu vida”. Helena no dudó.
“Quiero cambiar
mi vida. No siento nada”, envió.
“Entiendo. Si le interesa asistir a una entrevista,
debe reservar la cita con un dólar que pagará por única vez”.
Helena quería creer que ese dólar iba a ser
el costo de una vida mejor. Transfirió y acordó una cita para el martes
siguiente a las diez de la mañana. El martes de la cita, como de costumbre y
sin ganas, hizo el amor con su marido, se cambió y, sin avisar a nadie, se
dirigió al lugar de la entrevista.
La puerta que correspondía a la dirección
era de chapa negra. Tocó un timbre precario y le pidieron que subiera. Trepó una
escalera y en el otro extremo la recibió un hombre de unos sesenta años, de
cabello rubio y poblado y con postura erguida. Sólo algunas arrugas a los lados
de la boca y unas patas de gallo pronunciadas evidenciaban la edad. “Son arrugas
de reírse mucho”, pensó Helena.
–Puedo decir por lo lozana de su piel que
estoy ante una mujer de unos cuarenta y tantos. ¿Me equivoco? Soy Aldo.
El hombre disparó los brillos de sus dientes
hacia una Helena sonrojada.
–Se equivoca. Tengo cincuenta y tres años.
Soy médica, felizmente casada. Madre de dos –atajó la mujer, en un intento
absurdo de contener el pico hormonal que le provocó Aldo.
–Soy neurólogo –dijo, mientras la ayudaba
a quitarse el saco.
Aldo arrastraba un poco las erres. Helena
no lograba diagnosticar si se trataba de un trastorno del habla o si se
encontraba ante un extranjero. La mujer se sentó, asistida por una abrumadora caballerosidad,
y el neurólogo se acomodó del otro lado de un escritorio anticuado.
–Dígame, doctora, ¿qué la trae por acá?
–Doctor, me presento. Soy Helena. Vi su anuncio en un bar y me hizo reflexionar sobre mi vida, y pensé
que
quizás me sentía… ¿infeliz?
–¿Afirmación
o
pregunta?
Helena se tomó unos segundos de más para procesar. Sabía que era
europeo,
pero no lograba determinar si se trataba de un acento francés o alemán.
–Es una afirmación. Soy infeliz.
Mi
vida está bien pero no logro
encontrar…
–¿Fuego?
–dijo el médico con
los
ojos enormes.
Helena se irguió
en la
silla como si hubiese descubierto el acelerador
de
partículas.
–¡Eso
es lo
que necesito!
¡Fuego!
–¿Se refiere usted a la intensidad de las emociones?
¿A
esa sensación de adrenalina? ¿Se refiere a eso que merece ser grabado en la lápida
cuando dejemos de existir? ¿Al condimento? –las gesticulaciones fueron in
crescendo hasta que de un manotazo tumbó una taza de café que se encontraba
al borde del escritorio–. ¡Scheisse!
–No
se preocupe. Es sólo café, la taza es de plástico, los pisos son de cerámica y yo
suelo emocionarme con facilidad –acompañó las disculpas enmarcadas
con las arrugas cuyo
origen Helena había adivinado. Y siguió–. ¿Usted sabe
que la risa es un
antibiótico natural?
A Helena le sorprendió lo rápido que entendió
el concepto. Era como que su vida acomodada no tenía esos sube y baja
emocionales. La estabilidad la había apoltronado en un bote pacífico que
navegaba en aguas mansas. No quiso más. Apretó fuerte los ojos. Estaba por desnudar
la intimidad de sus deseos.
–Yo puedo ayudarla, pero esto tendrá un
costo –advirtió Aldo.
Helena
volvió a erguirse, no movió un músculo y lo dejó seguir.
–Soy alemán. Tercera generación de
neurólogos. Durante años resultó fácil trabajar en Alemania experimentando en humanos,
porque todos nuestros procesos neuronales deben probarse en la conciencia. Años
de investigación y hemos logrado dar con un tratamiento por el cual usted podrá
elegir la emoción que desea experimentar, sin drogas, ni químicos, ni
intervenciones agresivas. Se trata de un disparo puntual en una región de su cerebro
que ocasionará que usted tenga, por una única vez en su vida, la experiencia
que elija, capaz de despertar emociones nunca sentidas con una intensidad que recordará hasta su muerte. Programaré la emoción exacta que quiera, dispararé el láser y saldrá de aquí con la sensación de no haber recibido ninguna intervención. Poco tiempo después, se encontrará en una situación en donde experimentará la emoción en una intensidad que le proporcionará una reacción hormonal potente, lo que la hará perdurable y memorable. Puede elegir cosas como tener un orgasmo intenso, reír a carcajadas, un ataque de ira… En
cualquier caso, ninguna emoción puede incluir su propio deceso o el de otra persona y, dependiendo
de su elección, el resabio emocional puede durar desde unos días hasta el día de
su muerte. Usted morirá el día que tiene programado en su ADN, fecha que debo
conocer realizando su mapeo genético. ¿Alguna pregunta?
Helena mutó del terror a la fascinación. Si
algo le había despertado
toda esta información, era morbo. Quería más, quería saber cómo y lo quería cuanto
antes.
–¿Cómo se paga esto?
–No se preocupe. No es lo que ambos estamos
pensando –siguió el alemán con una sonrisa de costado–. Le voy a mostrar el
catálogo, la forma en que usted lo va a pagar y lamento anticiparle que la reunión
debe concluir con un contrato firmado o con nuestra despedida.
Helena entendió de inmediato que lo precario
de la oficina tenía que ver con la fugacidad del sujeto. El alemán abrió un
cajón, extrajo una libreta y la abrió delante de Helena, quien se incorporó de un salto y empezó a pasar las hojas.
–¿Terror
fóbico nivel diez? ¿Me explica esto?
–Cuánto morbo…
Es un terror respecto de enfrentarse
a alguna fobia: arañas,
gusanos, encierro, la fobia que usted padezca. Tiene varios niveles.
Supongamos
que compra el nivel diez y que su
fobia consista en el miedo a la
sangre. Unos días después, se encontrará
en una situación en donde su terror fóbico
sea el máximo que pueda enfrentar, con la certeza de
que no tendrá consecuencias
sobre su
integridad física.
–¿Y cómo determina usted qué es lo
que
va a ocurrir en mi vida?
–Excelente pregunta, doctora –Aldo desplegó su batería de dientes en una amplia sonrisa–. La mayoría firma en esta instancia. Le explico:
nosotros
aplicamos un láser
sobre su cerebro para que usted pueda experimentar lo que desea, pero lo que ocurre
luego
es un misterio. Es posible que al
desbloquear su emoción
usted salga de aquí dispuesta
a encontrar cualquier situación que la conduzca
a
esa emoción.
–¿Y cómo sabe que mi integridad física va a estar resguardada?
–Porque
sabemos
con precisión la fecha y hora de su muerte. Hemos tomado la muestra de su ADN de la taza de café en el bar y sabemos cuándo va a morir. Además, pagará esto con tiempo. Si las emociones son intensas, paga con años de vida. Si son menores, paga con
horas. Cuanto mayor sea la cantidad de emociones intensas, más se reduce su tiempo de vida. Por eso
necesitamos saber de antemano cuántos años va a vivir.
Usted sabrá cuánto va
a
vivir al momento de firmar la proforma del contrato, pero sepa que esta reunión concluye con una firma o con nuestra despedida definitiva. Le adelanto
además que, en su caso, la compra mínima son cinco años.
Helena hizo un análisis
rápido:
si este hombre fuese un charlatán, toda la transacción habría sido en vano y sólo sería una anécdota
en el futuro. De ser cierto, cinco años de su vida le parecían sacrificables. Desde su raciocinio
absoluto esto no podía representar
riesgo.
–¿El
procedimiento se realiza despierto?
–Absolutamente. Usted no sentirá nada y sólo toma unos veinte segundos. Mire –el alemán sacó una pistola blanca, de plástico. Apuntó el arma contra su sien
y
apretó el gatillo una vez. Se escuchó un sonido a descompresión y una
luz roja parpadeó entre
la pistola y la sien del
doctor–.
¿Lo ve? No hace nada. Me disparé algunas risas a carcajadas. Ya tengo identificado el punto exacto. No se
asuste, lo hago todo el tiempo.
La mujer volvió la vista
al catálogo sin darle demasiada
importancia. Recorría frenética
las
hojas de la libreta.
–Esto quiero –señaló Helena.
El doctor se puso los lentes.
–Ah… muy interesante.
Uno de los más pedidos. Emoción ciento cuarenta y dos. Ira repentina de corta duración.
El nivel de intensidad disponible va hasta el cinco… Con ira en nivel diez
usted termina presa por asesinato, por eso la vendemos hasta el nivel cinco.
Créame que dentro de la irracionalidad que aparenta nuestro tratamiento, hay ciertas
cosas que no podemos permitirle.
–Me parece correcto –Helena se relajó y lo
que siguió fue una negociación. La mujer firmó primero una proforma del
contrato, se enteró de que iba a vivir hasta los noventa y tres años y decidió
gastar esos cinco años de su vida en emociones varias.
–Primero quiero comprar orgullo propio en
nivel tres. No recuerdo la última vez que lo sentí. Veo que cada orgullo propio
cuesta trescientos diecinueve días. Me llevaré tres. Luego quiero agregar una
alegría solitaria. Mis últimos momentos felices siempre fueron acompañados de mi
familia. Quiero experimentarlo sola. Son cuatrocientos días para el nivel siete.
Agrego ira repentina. Seiscientos días. Como le señalé, tengo algo contenido
dentro que va a explotar y tener la certeza de no ocasionarme ningún daño, me
provoca el deseo de atravesarlo. Quiero ira repentina en nivel cinco. Y quiero llenar
el tiempo hasta completar los cinco años invertidos con risas a carcajadas.
–Excelente elección. Las risas a
carcajadas son muy baratas. Con el tiempo que le queda se llevará cientos de ellas. Procedamos.
El doctor se quitó
el saco y arremangó su camisa. Con la palma de
la mano izquierda extendida
presionó
sobre la cabeza de Helena, que se limitó a cerrar
los ojos
y esperar
por el
láser. El doctor apretó el gatillo
varias veces, mientras Helena
apretaba
los párpados.
–Eso
ha sido todo. Puede usted irse.
–¿Eso es todo? –Helena se tocó
la cabeza sin entender lo que había
ocurrido. El mismo hombre que la
sedujo,
la estaba echando de su despacho de manera irrespetuosa. Buscó su abrigo en el perchero, se lo puso y miró al doctor–. ¿Me
va a acompañar hasta la puerta al menos?
–Sí, claro –dijo el alemán, metiéndose la pistola en el
pantalón.
Acompañó hasta la puerta
a Helena
y la despidió escuetamente.
–Venga, espere –la retuvo el doctor.
El alemán aprisionó a Helena entre su cuerpo y la puerta. Empuñó la pistola, tocó la cabeza de Helena con precisión quirúrgica y le efectuó un disparo mirándola con fijeza.
–Acá
tiene un orgasmo intenso. Corre
por
cuenta mía. Espero lo disfrute.
Se
despidieron. Tuvieron que pasar dos años para que obtuviese su primera validación del contrato, durante los cuales casi se había olvidado del asunto. Un martes
de
estos le llega un mensaje al teléfono. Era un
paciente
que había
tratado por una distensión de ligamentos en la rodilla. El chico
había
clasificado para los Juegos Panamericanos, debía operarse
pero no
tenía tiempo; entonces, a través de un amigo, había contactado a
Helena que le hizo un tratamiento corto sin esperar grandes resultados.
“¿La puedo llamar?”, decía el mensaje.
Helena
supuso que su tratamiento no había resultado y que el chico se había lesionado
del todo. Atiende y el joven empezó a hablar.
–Doctora, mire, yo no
sé
qué me hizo usted en la rodilla, pero le juro que no
hice
más nada, pasé todos los dopping…
¡Tres
me hicieron! Pero le juro que desde que usted me acomodó, empecé a sentirme
como un avión. Mire, si tiene un televisor a mano, ponga ahora el canal ciento
veintidós porque están hablando de los Panamericanos… ¡Gané los cien metros!
¡Rompí todos mis récords personales y los de los argentinos! ¡Gracias, doctora!
¡Gracias!
Orgullo. Grande. Y un pico hormonal que ella
reconocía como testosterona. “Claro –pensó–. Claro que el orgullo propio impulsa a la testosterona”.
Siguió revolviendo su café y le pidió al mozo que pusiera el canal ciento veintidós. Estaban hablando de los Panamericanos
y
vio a su paciente dando declaraciones con la medalla puesta. Sobre el final de la entrevista, el deportista le agradece, ante la vista de todos y en
televisión abierta, a
Helena Minetti, su osteópata.
Después de la
noticia,
el teléfono de Helena explotó.
“Hola, soy Juan, amigo de Agustín, entreno con él en el club”; “Hola, soy Diana, la prima de Agustín, tengo un
hombro malo”; “Hola, soy Alberto, vecino de Agustín, me quieren operar de una hernia, pero quería ver si usted puede hacer algo”, suplicaban los extraños.
El potente evento había provocado un giro
brusco en su vida.
“Orgullo nivel tres. Me quedan
dos
más”, pensó.
El contrato se había puesto en marcha.
Pasaron dos semanas y Helena empezó a tener
una agenda de trabajo algo más cargada. Produjo más dinero que propició cosas como
la compra frívola de un reloj suizo. La recompensa egoísta comenzó a hacerse
más cotidiana hasta que un día se compró un auto cero kilómetros. Cuando
se subió por primera vez a su Ford, fue directo al autoMc y pidió un combo de
cuarto de libra con papas grandes y Coca-Cola. Egoísmo desbloqueado. Gula también.
En los meses siguientes Helena gastó
muchas risas a carcajadas. Su humor había cambiado, sus propias reglas se
flexibilizaron y de manera súbita, mientras disfrutaba de una hamburguesa en
soledad en su auto nuevo, en la radio sonó la canción con la que había conocido
a su primer novio, el que le había roto el corazón luego de haberle hecho pasar
el año más feliz de su vida. Ahí, sola, cantó “Sweet Child O’Mine”
a los gritos, en un estallido de felicidad plena y solitaria.
“Alegría solitaria nivel siete”, pensó y
tal como vaticinó el alemán, ese momento hizo eco durante meses.
La vida de Helena seguía mejorando y eso
repercutió en su aspecto. Habían pasado ocho años desde la firma del contrato y
pasó de ser la tímida señora que revolvía su café de los martes a la mujer que
tragaba su cuarto de libra escuchando a Guns n’Roses en el auto. Pasó de la postura
rígida e intimidante a ser la mujer con la que hombres de un amplio rango etario
se querían acostar, y el Negro Mario, su novio de la juventud, ese que le había
dejado el alma estampada contra una pared, no fue la excepción.
–Hele… ¿sos vos? –Mario le pasó a Helena corriendo
por al lado y giró en un único movimiento sobre sus pies para ponerse frente a ella,
que estaba por abrir su auto. Estaba empapado en transpiración. Iba corriendo
su kilómetro nueve ese martes por la mañana y no dudó en ofrecerle los brazos para
abrazarla al instante–. ¡Estás hermosa! –repitió Mario varias veces.
“Fuego”,
pensó Helena.
Hablaron un rato y pensó que el Negro estaba intacto. Mario era un imán del que
tuvo que escapar casándose con Alejandro; era culpa, toxicidad, frenesí,
ansiedad, inseguridad y pasión; era lo contra fáctico,
era el “qué hubiera pasado si”, y estaba ahí, empujándola otra vez a esa bifurcación
en la que todos nos paramos alguna vez. Helena
no
dudó en darle su número de teléfono y durante los días siguientes, la menopausia se disolvió en una sopa de deseo sexual. Helena seguía haciendo el amor con
su marido, pero ahora pensando en Mario. Cuando concretaron el encuentro, supo que
él había reaparecido en su vida con un solo objetivo: “Orgasmo intenso nivel diez”.
Los amantes se interrumpieron justo antes de
que las cosas se pusieran inmanejables. Helena dejó a Mario tras varios encuentros,
reagrupó los pedazos de su regla de fidelidad e intentó rearmarlos, pero no alcanzó.
La culpa creció como un inquilino problemático. Insomnio, pesadillas,
despistes, y su vida fue en declive, volviendo a bloquear todas las emociones,
volviendo a sentirse como la señora mediocre que había sido desde que se casó
con Alejandro, pero ahora abordada por una culpa que la convertía en una miserable
ante sus propios ojos.
Hizo terapia hasta que
cayó en una depresión que la depositó en el consultorio de un psiquiatra. Clonazepam
y escitalopram. El combo de los que no pueden soportar. Se fueron las risas,
los orgullos, las alegrías y, tras la ruptura con Mario, los orgasmos. Un día en
el bar, revisó el contrato. Recordaba que había una cláusula de rescisión y pensó que tal vez, dado que esta culpa era un atentado
contra su integridad física, podía reclamar y pedir sus años de vuelta. “En el caso
en que el paciente no se encuentre satisfecho con el tratamiento, puede pedir el
reintegro
de sus años y la eliminación de los recuerdos”, decía el contrato. Claro. Le borraban
la cabeza y adiós. Podría terminar su larga vida amesetada en paz.
“Hola”,
escribió Helena.
“Hallo,
Helena”, le respondieron.
“Doctor, todo ha sido un
desastre. Quiero devolver el tratamiento”, contestó Helena.
El doctor accedió a recibirla de inmediato
y Helena se encontró
parada nuevamente en la misma puerta de chapa negra. Subió las escaleras y, con los brazos abiertos, la esperaba el alemán, cuyo rostro parecía rejuvenecido. Para sorpresa de Helena,
la amabilidad del doctor se transformó en crueldad.
–Parece que la vida la ha atropellado, mi estimada
Helena. ¿Tuvo su orgasmo intenso? –arremetió el alemán.
Helena le explicó
las razones por las cuales quería rescindir el contrato y el médico accedió.
–Ningún problema, soy un hombre pragmático.
Le puedo devolver sus años, pero, como dice el contrato, usted deberá devolver las
emociones. Para eso, debo aplicarle algunos disparos para borrar los recuerdos
ya que, con el hecho consumado, no hay otra manera.
–Hágalo –apuró Helena.
El alemán sacó la pistola y aplicó tres disparos
en varios puntos de la cabeza. Se despidieron y el médico, como la primera vez,
la retuvo antes de dejarla salir.
–¿Me reconoce? –le preguntó.
Helena sintió repulsión por esas consonantes
arrastradas. Lo miró sin contestarle y se retiró.
Los disparos surtieron efecto desde la
mañana siguiente. Los recuerdos se habían borrado. El Negro Mario, el auto que
había podido comprarse con su dinero, el reloj suizo y sus cuartos de libra. La
anulación había funcionado, pero no vino sola. Helena había empezado a olvidarlo
todo: primero las llaves, luego la hornalla de la cocina, luego los nombres de sus
nietos.
A sus noventa y dos años, los hijos decidieron
internarla en un geriátrico. Alejandro había
muerto y Helena se manejó sola, con olvidos esporádicos, hasta que
unos meses antes de cumplir noventa y tres, la enfermedad se la llevó puesta como
un tren. No tenía momentos de lucidez, apenas reconocía a los hijos y solía
balbucear incoherencias. Un martes la internaron de urgencia: en un ataque de
ira repentina, le quiso clavar un cuchillo a uno de los viejos del geriátrico. Luego,
se lastimó la cabeza y terminó en un hospital, atada a una camilla con su hija
sosteniéndole la mano. La habían querido dormir, pero Helena aún despertaba de
a ratos. Un doctor, de cabellera abundante y dentadura blanca, entró a la habitación.
–Hola, soy Aldo, el neurólogo –se anunció
con acento extranjero.
Helena se incorporó en su
cama con la fuerza de un cuerpo poseído y señaló al doctor, que
le mostró las hileras de sus dientes blancos.
–¡El alemán! ¡El que me arruinó la vida! Me
disparó tres veces, hija. ¡Tres veces!
La hija intentó contener a Helena entre
medio de manotazos hasta que un grupo de enfermeros muñidos de inyecciones
irrumpieron para ponerla a dormir. La hija salió al pasillo para llorar
histérica a cuclillas. Levantó la cabeza cuando vio los zapatos pulcros del
doctor, que ahora se encontraba parado a su lado. El médico abrió toda la palma
de la mano izquierda y le hizo una suave presión en la cabeza, que pretendía
ser una caricia.
–Tenés que ser fuerte. El Alzheimer es una
enfermedad muy cruel –dijo, con una sonrisa de dientes blancos, arrastrando las
erres, y se marchó.
(Tomado de Varios autores, Universos
alternos. Relatos de ciencia ficción en español, Factor Literario, Estados
Unidos, 2024)
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