martes, 14 de abril de 2026

Helena

Diana Pagnucco

 

“¿Cansado de una vida sin emociones? Viva una vida memorable. Consúltenos”, prometía un cartel en la entrada del bar.

Helena lo miró brevemente y esgrimió un gesto irónico. Se sentó en la única mesa libre un martes a media mañana y pidió un café apenas cortado. El mozo se lo trajo y, al retirarse, le guiñó el ojo.

Helena era médica especializada en osteopatía. Esa misma tarde tenía que atender a tres pacientes con afecciones menores. Su marido, Alejandro, proveía con creces a la casa, por lo que no necesitaba más que ganarse un dinero extra para sus propios placeres que, entre otros, consistían en tomar un café los martes en el mismo bar. Alejandro era heredero de una buena cantidad de propiedades y se habían conocido a los treinta y cinco años justo cuando Helena había decidido ir a vivir a China. El matrimonio canceló los planes de oriente y Helena se convirtió en médica, esposa y mamá de dos hijos que no le daban grandes sobresaltos.

Helena revolvió el café.

“¿Cambiar mi vida?”, pensó. “Es cierto que no tengo emociones, pero ¿quién no querría una vida tranquila?

Le dio unas cuantas vueltas al bucle retórico que el cartel había disparado.

“¿Estaré por menstruar y por eso me siento así?, se preguntó.

Pagó, se calzó el abrigo y salió del bar, no sin antes sacar una foto del cartel.

Había comprado pastas sin gluten, galletas de arroz y unas verduras orgánicas con lo que al mediodía cocinó para su marido. Ninguno de la familia salía de los planes alimentarios de Helena.

–¿No te gustaría comer una hamburguesa de McDonald’s? –preguntó Helena, mientras enrollaba los fideos con el tenedor.

Alejandro abrió los ojos.

–¿Qué pasó? ¿Un mal día? –ironizó.

El marido admiraba la disciplina férrea de su mujer, que no salía ni un milímetro de las propias reglas y él, algo desorganizado, se sentía refugiado en ese vaho de orden y previsibilidad.

El día transcurrió calmo como los últimos años. Todo lo que había que hacer se hizo. La familia cenó y fueron a dormir temprano.

Por la mañana, antes de que sonaran las alarmas, Helena y Alejandro hacían el amor. Alejandro adoraba esta parte de la rutina. Helena no tanto. La antesala de la menopausia había llevado su lujuria a niveles paupérrimos. Alejandro se despidió con un beso, los chicos se fueron y ella no revisó ni una vez la decisión.

“Hola”, escribió en un mensaje.

“Hola”, contestaron.

Salió del baño, se preparó un café y volvió a mirar el teléfono.

“¿En qué puedo ayudarte?”, insistieron.

La foto de perfil de su interlocutor era una poco inspiradora grafía que decía “Cambia tu vida”. Helena no dudó.

“Quiero cambiar mi vida. No siento nada”, envió.

“Entiendo. Si le interesa asistir a una entrevista, debe reservar la cita con un dólar que pagará por única vez”.

Helena quería creer que ese dólar iba a ser el costo de una vida mejor. Transfirió y acordó una cita para el martes siguiente a las diez de la mañana. El martes de la cita, como de costumbre y sin ganas, hizo el amor con su marido, se cambió y, sin avisar a nadie, se dirigió al lugar de la entrevista.

La puerta que correspondía a la dirección era de chapa negra. Tocó un timbre precario y le pidieron que subiera. Trepó una escalera y en el otro extremo la recibió un hombre de unos sesenta años, de cabello rubio y poblado y con postura erguida. Sólo algunas arrugas a los lados de la boca y unas patas de gallo pronunciadas evidenciaban la edad. “Son arrugas de reírse mucho”, pensó Helena.

–Puedo decir por lo lozana de su piel que estoy ante una mujer de unos cuarenta y tantos. ¿Me equivoco? Soy Aldo.

El hombre disparó los brillos de sus dientes hacia una Helena sonrojada.

–Se equivoca. Tengo cincuenta y tres años. Soy médica, felizmente casada. Madre de dos –atajó la mujer, en un intento absurdo de contener el pico hormonal que le provocó Aldo.

–Soy neurólogo –dijo, mientras la ayudaba a quitarse el saco.

Aldo arrastraba un poco las erres. Helena no lograba diagnosticar si se trataba de un trastorno del habla o si se encontraba ante un extranjero. La mujer se sentó, asistida por una abrumadora caballerosidad, y el neurólogo se acomodó del otro lado de un escritorio anticuado.

–Dígame, doctora, ¿qué la trae por acá?

–Doctor, me presento. Soy Helena. Vi su anuncio en un bar y me hizo reflexionar sobre mi vida, y pensé que quizás me sentía… ¿infeliz?

¿Afirmación o pregunta?

Helena se tomó unos segundos de más para procesar. Sabía que era europeo, pero no lograba determinar si se trataba de un acento francés o alemán.

Es una afirmación. Soy infeliz. Mi vida está bien pero no logro encontrar…

¿Fuego? dijo el dico con los ojos enormes.

Helena se irguió en la silla como si hubiese descubierto el acelerador de partículas.

¡Eso es lo que necesito! ¡Fuego!

¿Se refiere usted a la intensidad de las emociones? ¿A esa sensación de adrenalina? ¿Se refiere a eso que merece ser grabado en la lápida cuando dejemos de existir? ¿Al condimento? –las gesticulaciones fueron in crescendo hasta que de un manotazo tumbó una taza de café que se encontraba al borde del escritorio–. ¡Scheisse!

“Alemán”, sentenció Helena.

–No se preocupe. Es sólo café, la taza es de plástico, los pisos son de cerámica y yo suelo emocionarme con facilidad –acompañó las disculpas enmarcadas con las arrugas cuyo origen Helena había adivinado. Y siguió. ¿Usted sabe que la risa es un antibiótico natural?

A Helena le sorprendió lo rápido que entendió el concepto. Era como que su vida acomodada no tenía esos sube y baja emocionales. La estabilidad la había apoltronado en un bote pacífico que navegaba en aguas mansas. No quiso más. Apretó fuerte los ojos. Estaba por desnudar la intimidad de sus deseos.

–Yo puedo ayudarla, pero esto tendrá un costo –advirtió Aldo.

Helena volvió a erguirse, no movió un músculo y lo dejó seguir.

–Soy alemán. Tercera generación de neurólogos. Durante años resultó fácil trabajar en Alemania experimentando en humanos, porque todos nuestros procesos neuronales deben probarse en la conciencia. Años de investigación y hemos logrado dar con un tratamiento por el cual usted podrá elegir la emoción que desea experimentar, sin drogas, ni químicos, ni intervenciones agresivas. Se trata de un disparo puntual en una región de su cerebro que ocasionará que usted tenga, por una única vez en su vida, la experiencia que elija, capaz de despertar emociones nunca sentidas con una intensidad que recordará hasta su muerte. Programaré la emoción exacta que quiera, dispararé el láser y saldrá de aquí con la sensación de no haber recibido ninguna intervención. Poco tiempo después, se encontrará en una situación en donde experimentará la emoción en una intensidad que le proporcionará una reacción hormonal potente, lo que la hará perdurable y memorable. Puede elegir cosas como tener un orgasmo intenso, reír a carcajadas, un ataque de ira… En cualquier caso, ninguna emoción puede incluir su propio deceso o el de otra persona y, dependiendo de su elección, el resabio emocional puede durar desde unos días hasta el día de su muerte. Usted morirá el día que tiene programado en su ADN, fecha que debo conocer realizando su mapeo genético. ¿Alguna pregunta?

Helena mutó del terror a la fascinación. Si algo le había despertado toda esta información, era morbo. Quería más, quería saber cómo y lo quería cuanto antes.

–¿Cómo se paga esto?

–No se preocupe. No es lo que ambos estamos pensando –siguió el alemán con una sonrisa de costado–. Le voy a mostrar el catálogo, la forma en que usted lo va a pagar y lamento anticiparle que la reunión debe concluir con un contrato firmado o con nuestra despedida.

Helena entendió de inmediato que lo precario de la oficina tenía que ver con la fugacidad del sujeto. El alemán abrió un cajón, extrajo una libreta y la abrió delante de Helena, quien se incorporó de un salto y empezó a pasar las hojas.

¿Terror fóbico nivel diez? ¿Me explica esto?

Cuánto morbo… Es un terror respecto de enfrentarse a alguna fobia: arañas, gusanos, encierro, la fobia que usted padezca. Tiene varios niveles. Supongamos que compra el nivel diez y que su fobia consista en el miedo a la sangre. Unos días después, se encontrará en una situación en donde su terror fóbico sea el máximo que pueda enfrentar, con la certeza de que no tendrá consecuencias sobre su integridad física.

¿Y cómo determina usted qué es lo que va a ocurrir en mi vida?

–Excelente pregunta, doctoraAldo desplegó su batería de dientes en una amplia sonrisa. La mayoría firma en esta instancia. Le explico: nosotros aplicamos un láser sobre su cerebro para que usted pueda experimentar lo que desea, pero lo que ocurre luego es un misterio. Es posible que al desbloquear su emoción usted salga de aquí dispuesta a encontrar cualquier situación que la conduzca a esa emoción.

¿Y cómo sabe que mi integridad física va a estar resguardada?

Porque sabemos con precisión la fecha y hora de su muerte. Hemos tomado la muestra de su ADN de la taza de café en el bar y sabemos cuándo va a morir. Además, pagará esto con tiempo. Si las emociones son intensas, paga con años de vida. Si son menores, paga con horas. Cuanto mayor sea la cantidad de emociones intensas, más se reduce su tiempo de vida. Por eso necesitamos saber de antemano cuántos años va a vivir. Usted sabrá cuánto va a vivir al momento de firmar la proforma del contrato, pero sepa que esta reunión concluye con una firma o con nuestra despedida definitiva. Le adelanto además que, en su caso, la compra mínima son cinco años.

Helena hizo un análisis rápido: si este hombre fuese un charlatán, toda la transacción habría sido en vano y sólo sería una anécdota en el futuro. De ser cierto, cinco años de su vida le parecían sacrificables. Desde su raciocinio absoluto esto no podía representar riesgo.

¿El procedimiento se realiza despierto?

Absolutamente. Usted no sentirá nada y sólo toma unos veinte segundos. Mireel alemán sacó una pistola blanca, de plástico. Apuntó el arma contra su sien y apretó el gatillo una vez. Se escuchó un sonido a descompresión y una luz roja parpadeó entre la pistola y la sien del doctor–. ¿Lo ve? No hace nada. Me disparé algunas risas a carcajadas. Ya tengo identificado el punto exacto. No se asuste, lo hago todo el tiempo.

La mujer volvió la vista al catálogo sin darle demasiada importancia. Recorría frenética las hojas de la libreta.

Esto quieroseñaló Helena.

El doctor se puso los lentes.

Ah… muy interesante. Uno de los más pedidos. Emoción ciento cuarenta y dos. Ira repentina de corta duración. El nivel de intensidad disponible va hasta el cinco… Con ira en nivel diez usted termina presa por asesinato, por eso la vendemos hasta el nivel cinco. Créame que dentro de la irracionalidad que aparenta nuestro tratamiento, hay ciertas cosas que no podemos permitirle.

–Me parece correcto –Helena se relajó y lo que siguió fue una negociación. La mujer firmó primero una proforma del contrato, se enteró de que iba a vivir hasta los noventa y tres años y decidió gastar esos cinco años de su vida en emociones varias.

–Primero quiero comprar orgullo propio en nivel tres. No recuerdo la última vez que lo sentí. Veo que cada orgullo propio cuesta trescientos diecinueve días. Me llevaré tres. Luego quiero agregar una alegría solitaria. Mis últimos momentos felices siempre fueron acompañados de mi familia. Quiero experimentarlo sola. Son cuatrocientos días para el nivel siete. Agrego ira repentina. Seiscientos días. Como le señalé, tengo algo contenido dentro que va a explotar y tener la certeza de no ocasionarme ningún daño, me provoca el deseo de atravesarlo. Quiero ira repentina en nivel cinco. Y quiero llenar el tiempo hasta completar los cinco años invertidos con risas a carcajadas.

–Excelente elección. Las risas a carcajadas son muy baratas. Con el tiempo que le queda se llevará cientos de ellas. Procedamos.

El doctor se quitó el saco y arremangó su camisa. Con la palma de la mano izquierda extendida presionó sobre la cabeza de Helena, que se limitó a cerrar los ojos y esperar por el láser. El doctor apretó el gatillo varias veces, mientras Helena apretaba los párpados.

Eso ha sido todo. Puede usted irse.

–¿Eso es todo?Helena se tocó la cabeza sin entender lo que había ocurrido. El mismo hombre que la sedujo, la estaba echando de su despacho de manera irrespetuosa. Buscó su abrigo en el perchero, se lo puso y miró al doctor. ¿Me va a acompañar hasta la puerta al menos?

Sí, clarodijo el alemán, metiéndose la pistola en el pantalón.

Acompañó hasta la puerta a Helena y la despidió escuetamente.

Venga, esperela retuvo el doctor.

El alemán aprisionó a Helena entre su cuerpo y la puerta. Empuñó la pistola, tocó la cabeza de Helena con precisión quirúrgica y le efectuó un disparo mirándola con fijeza.

Acá tiene un orgasmo intenso. Corre por cuenta mía. Espero lo disfrute.

Se despidieron. Tuvieron que pasar dos años para que obtuviese su primera validación del contrato, durante los cuales casi se había olvidado del asunto. Un martes de estos le llega un mensaje al teléfono. Era un paciente que había tratado por una distensión de ligamentos en la rodilla. El chico había clasificado para los Juegos Panamericanos, debía operarse pero no tenía tiempo; entonces, a través de un amigo, había contactado a Helena que le hizo un tratamiento corto sin esperar grandes resultados.

¿La puedo llamar?, decía el mensaje. Helena supuso que su tratamiento no había resultado y que el chico se había lesionado del todo. Atiende y el joven empezó a hablar.

Doctora, mire, yo no sé qué me hizo usted en la rodilla, pero le juro que no hice más nada, pasé todos los dopping… ¡Tres me hicieron! Pero le juro que desde que usted me acomodó, empecé a sentirme como un avión. Mire, si tiene un televisor a mano, ponga ahora el canal ciento veintidós porque están hablando de los Panamericanos… ¡Gané los cien metros! ¡Rompí todos mis récords personales y los de los argentinos! ¡Gracias, doctora! ¡Gracias!

Orgullo. Grande. Y un pico hormonal que ella reconocía como testosterona. “Claropensó. Claro que el orgullo propio impulsa a la testosterona”.

Siguió revolviendo su café y le pidió al mozo que pusiera el canal ciento veintidós. Estaban hablando de los Panamericanos y vio a su paciente dando declaraciones con la medalla puesta. Sobre el final de la entrevista, el deportista le agradece, ante la vista de todos y en televisión abierta, a Helena Minetti, su osteópata.

Después de la noticia, el teléfono de Helena explotó.

“Hola, soy Juan, amigo de Agustín, entreno con él en el club”; “Hola, soy Diana, la prima de Agustín, tengo un hombro malo”; “Hola, soy Alberto, vecino de Agustín, me quieren operar de una hernia, pero quería ver si usted puede hacer algo”, suplicaban los extraños.

El potente evento había provocado un giro brusco en su vida.

“Orgullo nivel tres. Me quedan dos más”, pensó.

El contrato se había puesto en marcha.

Pasaron dos semanas y Helena empezó a tener una agenda de trabajo algo más cargada. Produjo más dinero que propició cosas como la compra frívola de un reloj suizo. La recompensa egoísta comenzó a hacerse más cotidiana hasta que un día se compró un auto cero kilómetros. Cuando se subió por primera vez a su Ford, fue directo al autoMc y pidió un combo de cuarto de libra con papas grandes y Coca-Cola. Egoísmo desbloqueado. Gula también.

En los meses siguientes Helena gastó muchas risas a carcajadas. Su humor había cambiado, sus propias reglas se flexibilizaron y de manera súbita, mientras disfrutaba de una hamburguesa en soledad en su auto nuevo, en la radio sonó la canción con la que había conocido a su primer novio, el que le había roto el corazón luego de haberle hecho pasar el año más feliz de su vida. Ahí, sola, cantó “Sweet Child O’Mine” a los gritos, en un estallido de felicidad plena y solitaria.

“Alegría solitaria nivel siete”, pensó y tal como vaticinó el alemán, ese momento hizo eco durante meses.

La vida de Helena seguía mejorando y eso repercutió en su aspecto. Habían pasado ocho años desde la firma del contrato y pasó de ser la tímida señora que revolvía su café de los martes a la mujer que tragaba su cuarto de libra escuchando a Guns n’Roses en el auto. Pasó de la postura rígida e intimidante a ser la mujer con la que hombres de un amplio rango etario se querían acostar, y el Negro Mario, su novio de la juventud, ese que le había dejado el alma estampada contra una pared, no fue la excepción.

–Hele… ¿sos vos? –Mario le pasó a Helena corriendo por al lado y giró en un único movimiento sobre sus pies para ponerse frente a ella, que estaba por abrir su auto. Estaba empapado en transpiración. Iba corriendo su kilómetro nueve ese martes por la mañana y no dudó en ofrecerle los brazos para abrazarla al instante–. ¡Estás hermosa! –repitió Mario varias veces.

“Fuego”, pensó Helena. Hablaron un rato y pensó que el Negro estaba intacto. Mario era un imán del que tuvo que escapar casándose con Alejandro; era culpa, toxicidad, frenesí, ansiedad, inseguridad y pasión; era lo contra fáctico, era el “qué hubiera pasado si”, y estaba ahí, empujándola otra vez a esa bifurcación en la que todos nos paramos alguna vez. Helena no dudó en darle su número de teléfono y durante los días siguientes, la menopausia se disolvió en una sopa de deseo sexual. Helena seguía haciendo el amor con su marido, pero ahora pensando en Mario. Cuando concretaron el encuentro, supo que él había reaparecido en su vida con un solo objetivo: “Orgasmo intenso nivel diez”.

Los amantes se interrumpieron justo antes de que las cosas se pusieran inmanejables. Helena dejó a Mario tras varios encuentros, reagrupó los pedazos de su regla de fidelidad e intentó rearmarlos, pero no alcanzó. La culpa creció como un inquilino problemático. Insomnio, pesadillas, despistes, y su vida fue en declive, volviendo a bloquear todas las emociones, volviendo a sentirse como la señora mediocre que había sido desde que se casó con Alejandro, pero ahora abordada por una culpa que la convertía en una miserable ante sus propios ojos.

Hizo terapia hasta que cayó en una depresión que la depositó en el consultorio de un psiquiatra. Clonazepam y escitalopram. El combo de los que no pueden soportar. Se fueron las risas, los orgullos, las alegrías y, tras la ruptura con Mario, los orgasmos. Un día en el bar, revisó el contrato. Recordaba que había una cláusula de rescisión y pensó que tal vez, dado que esta culpa era un atentado contra su integridad física, podía reclamar y pedir sus años de vuelta. “En el caso en que el paciente no se encuentre satisfecho con el tratamiento, puede pedir el reintegro de sus años y la eliminación de los recuerdos”, decía el contrato. Claro. Le borraban la cabeza y adiós. Podría terminar su larga vida amesetada en paz.

Hola”, escribió Helena.

Hallo, Helena”, le respondieron.

Doctor, todo ha sido un desastre. Quiero devolver el tratamiento”, contestó Helena.

El doctor accedió a recibirla de inmediato y Helena se encontró parada nuevamente en la misma puerta de chapa negra. Subió las escaleras y, con los brazos abiertos, la esperaba el alemán, cuyo rostro parecía rejuvenecido. Para sorpresa de Helena, la amabilidad del doctor se transformó en crueldad.

–Parece que la vida la ha atropellado, mi estimada Helena. ¿Tuvo su orgasmo intenso? –arremetió el alemán.

Helena le explicó las razones por las cuales quería rescindir el contrato y el médico accedió.

–Ningún problema, soy un hombre pragmático. Le puedo devolver sus años, pero, como dice el contrato, usted deberá devolver las emociones. Para eso, debo aplicarle algunos disparos para borrar los recuerdos ya que, con el hecho consumado, no hay otra manera.

–Hágalo –apuró Helena.

El alemán sacó la pistola y aplicó tres disparos en varios puntos de la cabeza. Se despidieron y el médico, como la primera vez, la retuvo antes de dejarla salir.

–¿Me reconoce? –le preguntó.

Helena sintió repulsión por esas consonantes arrastradas. Lo miró sin contestarle y se retiró.

Los disparos surtieron efecto desde la mañana siguiente. Los recuerdos se habían borrado. El Negro Mario, el auto que había podido comprarse con su dinero, el reloj suizo y sus cuartos de libra. La anulación había funcionado, pero no vino sola. Helena había empezado a olvidarlo todo: primero las llaves, luego la hornalla de la cocina, luego los nombres de sus nietos.

A sus noventa y dos años, los hijos decidieron internarla en un geriátrico. Alejandro había muerto y Helena se manejó sola, con olvidos esporádicos, hasta que unos meses antes de cumplir noventa y tres, la enfermedad se la llevó puesta como un tren. No tenía momentos de lucidez, apenas reconocía a los hijos y solía balbucear incoherencias. Un martes la internaron de urgencia: en un ataque de ira repentina, le quiso clavar un cuchillo a uno de los viejos del geriátrico. Luego, se lastimó la cabeza y terminó en un hospital, atada a una camilla con su hija sosteniéndole la mano. La habían querido dormir, pero Helena aún despertaba de a ratos. Un doctor, de cabellera abundante y dentadura blanca, entró a la habitación.

–Hola, soy Aldo, el neurólogo –se anunció con acento extranjero.

Helena se incorporó en su cama con la fuerza de un cuerpo poseído y señaló al doctor, que le mostró las hileras de sus dientes blancos.

–¡El alemán! ¡El que me arruinó la vida! Me disparó tres veces, hija. ¡Tres veces!

La hija intentó contener a Helena entre medio de manotazos hasta que un grupo de enfermeros muñidos de inyecciones irrumpieron para ponerla a dormir. La hija salió al pasillo para llorar histérica a cuclillas. Levantó la cabeza cuando vio los zapatos pulcros del doctor, que ahora se encontraba parado a su lado. El médico abrió toda la palma de la mano izquierda y le hizo una suave presión en la cabeza, que pretendía ser una caricia.

–Tenés que ser fuerte. El Alzheimer es una enfermedad muy cruel –dijo, con una sonrisa de dientes blancos, arrastrando las erres, y se marchó.

 

(Tomado de Varios autores, Universos alternos. Relatos de ciencia ficción en español, Factor Literario, Estados Unidos, 2024)

 

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