Santiago Dabove
¡Inexorable severidad de las circunstancias! Los médicos que me atendían
tuvieron que darme, a mis pedidos insistentes, a mis ruegos desesperados,
varias inyecciones de morfina y otras sustancias para poner como un guante
suave a la garra con que habitualmente me torturaba la implacable enfermedad:
una atroz neuralgia del trigémino.
Yo, por mi parte, tomaba más venenos que
Mitrídates. El caso era poner una sordina a esa especie de pila voltaica o
bobina que atormentaba mi trigémino con su corriente de viva pulsación
dolorosa. Pero nunca se diga: he agotado el padecimiento, este dolor no puede
ser superado. Pues siempre habrá más sufrimiento, más dolor, más lágrimas que
tragar. Y no se vea en las quejas y expresión de amargura presentes otra cosa
que una de las variaciones sobre este texto único de terrible dureza: “¡No hay
esperanza para el corazón del hombre!”. Me despedí de los médicos y llevaba la
jeringa para inyecciones hipodérmicas, las píldoras de opio y todo el arsenal
de mi farmacopea habitual.
Monté a caballo, como solía hacerlo, para atravesar
esos cuarenta kilómetros que separaban los pueblos que con frecuencia recorría.
Exactamente frente a ese cementerio abandonado y
polvoriento que me sugería la idea de una muerte doble, la que había albergado
y la de él mismo, que se caía y se transformaba en ruinas, ladrillo por
ladrillo, terrón por terrón, me ocurrió la desgracia. Exactamente frente a esa
ruina me tocó la fatalidad lo mismo que a Jacob el ángel que en las tinieblas
le tocó el muslo y lo derrengó, no pudiendo vencerlo. La hemiplejia, la
parálisis que hacía tiempo me amenazaba, me derribó del caballo. Luego que caí,
este se puso a pastar un tiempo, y al poco rato se alejó. Quedaba yo abandonado
en esa ruta solitaria donde no pasaba un ser humano en muchos días, a veces.
Sin maldecir mi destino, porque se había gastado la maldición en mi boca y nada
representaba ya. Porque esa maldición había sido en mí como la expresión de
gratitud que da a la vida un ser constantemente agradecido por la prodigalidad
con que lo mima una existencia abundante en dones.
Como el suelo en que caí, a un lado del camino, era
duro, y podía permanecer mucho tiempo allí, y poco me podía mover, me dediqué a
cavar pacientemente con mi navaja la tierra alrededor de mi cuerpo. La tarea
resultó más bien fácil porque, bajo la superficie dura, la tierra era
esponjosa. Poco a poco me fui enterrando en una especie de fosa que resultó un
lecho tolerable y casi abrigado por la caliente humedad. La tarde huía. Mi
esperanza y mi caballo desaparecieron en el horizonte. Vino la noche, oscura y
cerrada. Yo la esperaba así, horrorosa y pegajosa de negrura, con desesperanza
de mundos, de luna y estrellas. En esas primeras noches negras pudo el espanto
contra mí. ¡Leguas de espanto, desesperación, recuerdos! No, no, ¡váyanse,
recuerdos! No he de llorar por mí, ni por… una fina y persistente llovizna
lloró por mí. Al amanecer del otro día tenía bien pegado mi cuerpo a la tierra.
Me dediqué a tragar, con entusiasmo y regularidad “ejemplares”, píldora tras
píldora de opio y eso debe de haber determinado el “sueño” que precedió a “mi
muerte”.
Era un extraño sueño-vela y una muerte-vida. El
cuerpo tenía una pesadez mayor que la del plomo, a ratos, porque en otros no lo
sentía en absoluto, exceptuando la cabeza, que conservaba su sensibilidad.
Muchos días, me parece, pasé en esa situación y las
píldoras negras seguían entrando por mi boca y sin ser tragadas descendían por
declive, asentándose abajo para transformar todo en negrura y en tierra.
La cabeza sentía y sabía que pertenecía a un cuerpo
terroso, habitado por lombrices y escarabajos y traspasado de galerías
frecuentadas por hormigas. El cuerpo experimentaba cierto calor y cierto gusto
en ser de barro y de ahuecarse cada vez más. Así era, y, cosa extraordinaria,
los mismos brazos que al principio conservaban cierta autonomía de movimiento,
cayeron también a la horizontal. Solo parecía quedar la cabeza indemne y
nutrida por el barro como una planta. Pero como ninguna condición tiene reposo,
debió defenderse a dentelladas de los pájaros de presa que querían comerle los
ojos y la carne de la cara. Por el hormigueo que siento adentro, creo que debo
de tener un nido de hormigas cerca del corazón. Me alegra, pero me impele a
andar y no se puede ser barro y andar. Todo tiene que venir a mí; no saldré al
encuentro de ningún amanecer ni atardecer, de ninguna sensación.
Cosa curiosa: el cuerpo está atacado por las
fuerzas roedoras de la vida y es un amasijo donde ningún anatomista
distinguiría más que barro, galerías y trabajos prolijos de insectos que
instalan su casa y, sin embargo, el cerebro conserva su inteligencia.
Me daba cuenta de que mi cabeza recibía el alimento
poderoso de la tierra, pero en una forma directa, idéntica a la de los
vegetales. La savia subía y bajaba lenta, en vez de la sangre que maneja
nerviosamente el corazón. Pero ahora ¿qué pasa? Las cosas cambian. Mi cabeza
estaba casi contenta con llegar a ser como un bulbo, una papa, un tubérculo, y
ahora está llena de temor. Teme que alguno de esos paleontólogos que se pasan
la vida husmeando la muerte, la descubra. O que esos historiadores políticos que
son los otros empresarios de pompas fúnebres que acuden después de la
inhumación, descubran la vegetalización de mi cabeza. Pero, por suerte, no me
vieron.
…¡Qué tristeza! Ser casi como la tierra y tener
todavía esperanzas de andar, de amar.
Si me quiero mover me encuentro como pegado, como
solidarizado con la tierra. Me estoy difundiendo, voy a ser pronto un difunto.
¡Qué extraña planta es mi cabeza! Difícil será que dure su singularidad
incógnita. Todo lo descubren los hombres, hasta una moneda de dos centavos
embarrada.
Maquinalmente se inclinaba mi cabeza hacia el reloj
de bolsillo que había puesto a mi lado cuando caí. La tapa que cerraba la
máquina estaba abierta y una hilera de hormigas pequeñas entraba y salía.
Hubiera querido limpiarlo y guardarlo, pero ¿en qué harapo de mi traje, si todo
lo mío era casi tierra?
Sentía que mi transición a vegetal no progresaba
mucho porque un gran deseo de fumar me torturaba. Ideas absurdas me cruzaban la
mente. ¡Deseaba ser planta de tabaco para no tener la necesidad de fumar!
…El imperioso deseo de moverme iba cediendo al de
estar firme y nutrido por una tierra rica y protectora.
…Por momentos me entretengo y miro con interés
pasar las nubes. ¿Cuántas formas piensan adoptar antes de no ser ya más,
máscaras de vapor de agua? ¿Las agotarán todas? Las nubes divierten al que no
puede hacer otra cosa que mirar el cielo, pero, cuando repiten hasta el
cansancio su intento de semejar formas animales, sin mayor éxito, me siento tan
decepcionado que podría mirar impávido una reja de arado venir en derechura a
mi cabeza.
…Voy a ser vegetal y no lo siento, porque los
vegetales han descubierto eso de su vida estática y egoísta. Su modo de
cumplimiento y realización amorosos, por medio de telegramas de polen, no puede
satisfacernos como nuestro amor carnal y apretado. Pero es cuestión de probar y
veremos cómo son sus voluptuosidades.
…Pero no es fácil conformarse y borraríamos lo que
está escrito en el libro del destino si ya no nos estuviera acaeciendo.
…De qué manera odio ahora eso del “árbol
genealógico de las familias”; me recuerda demasiado mi trágica condición de
regresión a un vegetal. No hago cuestión de dignidad ni de prerrogativas; la
condición de vegetal es tan honrosa como la de animal, pero, para ser lógicos,
¿por qué no representaban las ascendencias humanas con la cornamenta de un
ciervo? Estaría más de acuerdo con la realidad y la animalidad de la cuestión.
…Solo en aquel desierto, pasaban los días
lentamente sobre mi pena y aburrimiento. Calculaba el tiempo que llevaba de
entierro por el largo de mi barba. La notaba algo hinchada y, su naturaleza
córnea igual a la de la uña y epidermis, se esponjaba como en algunas fibras
vegetales. Me consolaba pensando que hay árboles expresivos tanto como un
animal o un ser humano. Yo recuerdo haber visto un álamo, cuerda tendida del
cielo a la tierra. Era un árbol con hojas abundantes y ramas cortas, muy alto,
más lindo que un palo de navío adornado. El viento, según su intensidad, sacaba
del follaje una expresión cambiante, un murmullo, un rumor, casi un sonido,
como un arco de violín que hace vibrar las cuerdas con velocidad e intensidad
graduadas.
…Oí los pasos de un hombre, planta de caminador
quizás, o que por no tener con qué pagar el pasaje en distancias largas, se ha
puesto algo así como un émbolo en las piernas y una presión de vapor de agua en
el pecho. Se detuvo como si hubiera frenado de golpe frente a mi cara barbuda.
Se asustó al pronto y empezó a huir; luego, venciéndolo la curiosidad, volvió
y, pensando quizás en un crimen, intentó desenterrarme escarbando con una
navaja. Yo no sabía cómo hacer para hablarle, porque mi voz ya era un
semisilencio por la casi carencia de pulmones. Como en secreto, le decía:
¡Déjeme, déjeme! Si me saca de la tierra, como hombre ya no tengo nada de
efectivo, y me mata como vegetal. Si quiere cuidar la vida y no ser meramente
policía, no mate este modo de existir que también tiene algo de grato, inocente
y deseable.
No oía el hombre, sin duda acostumbrado a las
grandes voces del campo, y pretendió seguir escarbando. Entonces le escupí en
la cara. Se ofendió y me golpeó con el revés de la mano. Su simplicidad de
campesino, de rápidas reacciones, se imponía sin duda a toda inclinación de
investigación o pesquisa. Pero a mí me pareció que una oleada de sangre subía a
mi cabeza, y mis ojos coléricos desafiaban como los de un esgrimista enterrado,
junto con espadas, pedana y punta hábil que busca herir.
La expresión de buena persona desolada y servicial
que puso el hombre, me advirtió que no era de esa raza caballeresca y duelista.
Pareció que quería retirarse sin ahondar más en el misterio… y se fue en
efecto, torciendo el pescuezo largo rato para seguir mirando… pero en todo esto
había algo que llegó a estremecerme, algo referente a mí mismo.
Como es común a muchos cuando se encolerizan, me
subió el rubor a la cara. Habrán observado que sin espejo no podemos ver de
esta última más que un costado de la nariz y una muy pequeña parte de la
mejilla y labio correspondientes, todo esto muy borroso y cerrando un ojo. Yo,
que había cerrado el izquierdo como para un duelo a pistola, pude entrever en
los planos confusos por demasiada proximidad, del lado derecho, en esa mejilla
que en otro tiempo había fatigado tanto el dolor, pude entrever, ¡ah!… la
ascensión de un “rubor verde”. ¿Sería la savia o la sangre? Si era esta última:
¿la clorofila de las células periféricas le prestaría un ilusorio aspecto
verdoso?… no sé, pero me parece que cada día soy menos hombre.
…Frente a ese antiguo cementerio me iba
transformando en una tuna solitaria en la que probarían sus navajas los
muchachos ociosos. Yo, con esas manazas enguantadas y carnosas que tienen las
tunas, les palmearía las espaldas sudorosas y les tomaría con fruición “su olor
humano”. ¿Su olor?, para entonces, ¿con qué?, si ya se me va aminorando en
progresión geométrica la agudeza de todos los sentidos.
Así como el ruido tan variado y agudo de los goznes
de las puertas no llegará nunca a ser música, mi tumultuosidad de animal,
estridencia en la creación, no se avenía con la actividad callada y serena de
los vegetales, con su serio reposo. Y lo único que comprendía es precisamente
lo que estos últimos no saben: que son elementos del Paisaje.
Su tranquilidad e inocencia, su posible éxtasis,
quizás equivalen a la intuición de belleza que ofrece al hombre la escena de su
conjunto.
…Por mucho que se valore la actividad, el cambio,
la traslación de humanos, en la mayoría de los casos el hombre se mueve, anda,
va y viene en un calabozo filiforme, prolongado. El que tiene por horizonte las
cuatro paredes bien sabidas y palpadas no difiere mucho del que recorre las
mismas rutas a diario para cumplir tareas siempre iguales, en circunstancias no
muy diferentes. Todo este fatigarse no vale lo que el beso mutuo, y ni siquiera
pactado, entre el vegetal y el sol.
…Pero todo esto no es más que sofisma. Cada vez
muero más como hombre y esa muerte me cubre de espinas y capas clorofiladas.
…Y ahora, frente al cementerio polvoriento, frente
a la ruina anónima, la tuna “a que pertenezco” se disgrega cortado su tronco
por un hachazo. ¡Venga el polvo igualitario! ¿Neutro? No sé, pero, ¡tendría que
tener ganas el fermento que se ponga de nuevo a laborar con materia o cosa como
“la mía”, tan trabajada de decepciones y derrumbamientos!
(Tomado
de www.ciudadseva.com)
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