Dahlia de la Cerda
Escucho el tictac, tictac
del reloj; el palpitar de mi corazón, bum, bum, bum, y el sonido del viento que
silba lentísimo y me acaricia el rostro. Pero, sobre todo, estoy atenta a la voz
de mi Señor, de Jehová de los Ejércitos. Soy solo un corazón dispuesto, una sierva
fiel que lo espera y que, como David, se regocija con su presencia. Oh, mi león de Judá; oh, mi poderoso
de Israel, bendíceme. Señor, háblame, que tu hija oyendo está.
Comenzó
con un mal pensamiento. Nunca los subestimes. No lo hagas. Fue mi culpa,
lo sé. Dejé de alimentarme
con su palabra, me debilité y me arrojé a los placeres mundanos,
sí, a las delicias de la carne. La mente es un campo de batalla, y Satanás
lanza sus dardos de fuego en forma de imágenes que, aunque no lo parecen, son un
ataque.
Posé
mi mirada en el hombre, “maldito el hombre que confía en el hombre”, y fui maldecida por quebrantar
la ley de Dios. Lo conocí oficiando el culto de
adoración. Mi amado, mi amado es tan hermoso, florece en
mi corazón como la rosa de Sarón que crece entre los pantanos. Lo vi, alzó el cuerpo
de Cristo trasmutado en aquel pan sin levadura y ya no pude dejar de mirarlo. A
veces pienso que fue su parecido con nuestro Señor Jesucristo: la barba, el
cabello rizado y los ojos profundos. He pecado. Me enamoré. Me enamoré de un hombre
de Dios. Él, con sus palabras de fe, avivó el fuego en mí, reconstruyó con salmos mi corazón
de alabastro.
Mi mamá me decía “Impura”.
Sí, me apodaba la Impura. Me desarrollé –sabes a lo que me refiero, ¿verdad?– a muy muy muy temprana edad. Los
hombres me veían con lascivia en las calles, y mi madre me culpaba
por “no ser lo suficientemente
pulcra”.
“Eres la imagen del Demonio. Impura”, me gritaba. Cuando menstrué por primera
vez, me casó; me dio en matrimonio a un hombre quince años mayor, apostólico de
la boca para afuera, un monstruo de la boca hacia adentro. Nunca me trató como el
vaso más frágil, según lo ordenado por Jehová, Nuestro Señor.
Descubrí lo que era el sexo entre la perversidad y la desobediencia a la ley
divina.
Me embaracé y parí en dos ocasiones sintiéndome
pecadora porque mis hijos no eran fruto del amor, eran fruto de la violencia y
del sexo desviado. Los bauticé con los nombres de Adán y Eva.
Dice el Antiguo Testamento que Dios se manifestaba a
sus siervos a través de distintos fenómenos, por ejemplo el olor a perfume de la
mirra, o en forma de
fuego, como con Moisés y la zarza ardiendo. Siempre tenían
el mismo significado: “Tu oración
ha sido escuchada”. Cada noche, entre mis rezos, le rogaba a Dios que
me librara de mi esposo. “Oh, Padre mío, que estás en los cielos, santificado sea
tu nombre, venga a mí
tu reino, hágase tu voluntad, Abba Padre, y sé que tu voluntad es que tu criatura
sea tratada como un lirio y acariciada con lino fino aquí en la tierra. Adonaí,
sí es posible, llévate de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad sino la
tuya”. Mis oraciones pedían una sola cosa, que me concediera la gracia de enviudar.
Dios
jamás se apareció, no obstante sí oyó mis súplicas: apenas a cinco años de la
profanación al sagrado sacramento del matrimonio, es decir, del día en que me
casé, ese hombre al que fui obligada a llamar “mi esposo” llegó ahogado en alcohol y se quedó dormido en la estancia. Mientras lo
observaba roncar cual bestia, le oré a Dios con más intensidad. Mi voz fue escuchada.
De su boca salió vómito con olor a alcohol. Me dejé caer al piso y con lágrimas
en los ojos grité pidiendo que se atragantara. “Dios mío, que los muros de
Jericó caigan frente a mis ojos, quebranta las cadenas y llévate a este hombre a
las puertas del Infierno. Dame la victoria sobre mi enemigo, derrumba los muros
de mi prisión y las fortalezas que entristecen mi corazón”. Como David ante la presencia
de Jehová, dancé, dancé, mientras veía con regocijo cómo
el rostro de Efraín cambiaba de rojo a morado, y, al sonar de
trompetas, confirmé su muerte. Mi
espíritu glorificó y magnificó al hijo de la simiente
de Abraham, aquel que le
pisó la cabeza a la serpiente.
Llamé a la ambulancia
y después de la necropsia de ley lo cremé. Lo
cremé para que, en el Juicio
Final, no tenga un cuerpo que se levante
de entre los muertos.
Mi
felicidad al lado de mis hijos duró muy poco porque lo conocí a él, mi pecado.
Me enamoré en silencio. Iba a diario al culto de oración solo para verlo; aunque no me atreví a confesarle
mis sentimientos, mi
espíritu se corrompió aquel día en que, mientras
me bañaba, me masturbé pensando en
él.
El
Demonio, el engañador, el ángel caído encadenó mi alma y mis pensamientos. Comencé a oír dentro de mi cabeza una voz que no se
callaba. Al inicio me pedía que me tocara con más y más lujuria pensando en el pastor
Raúl. Luego la voz demoniaca me ordenó que hurtara piezas de pan y monedas de
las limosnas. Lo hice, pero Satanás exigía cada vez más de mí. Así que dejé de alimentar a
nuestras aves, y nuestras aves
murieron; maltraté a
nuestros gatos, y nuestros
gatos se fueron; azoté al perro con la
escoba, y desde entonces corría a esconderse siempre que me veía. Aunque quería parar, no podía. Me convertí en una ramera, en una mujer
demoniaca, en la gran puta del Apocalipsis encarnada.
Ayuné; oré; le imploré a Dios que ungiera mis manos para
la batalla, que me diera un refuerzo de fe. “Jehová
de los Ejércitos
conviérteme en guerrera, no me abandones”.
Dios no atendió mi llamado. Dejé de ir a la iglesia, de bañarme, de salir a la
calle. “Elí,
Elí, lama sabachthani”.
Una
noche oí dentro de mi cabeza una voz distinta a la demoniaca, era dulce, muy parecida
a la de mi Eva. Me dijo: “¿Recuerdas la historia de Abraham e Isaac?”
“La recuerdo, la recuerdo”. “Dios está enojado contigo y demanda un sacrificio de
sangre. Él te sacó de Egipto, te libró del brazo del faraón, ¿y cómo le correspondiste?
¡Permitiendo que te invadiera la lujuria! El pago por tu pecado es la muerte”, afirmó y se apoderó de mi voluntad.
Fui a la cocina, tomé un cuchillo, subí las escaleras, puse una almohada sobre
la cabeza de Adán y lo ofrecí como ofrenda a Jehová. Di una, di dos, di tres, di
cuatro, di cinco, di seis, di diez, di veinte puñaladas; no olía a sangre, olía
a perfume.
(Tomado de Cerda, Dahlia
de la, Perras de reserva, Narrativa Sexto Piso, México, 2024)
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