miércoles, 10 de junio de 2026

Todos estábamos a la espera

Álvaro Cepeda Samudio

 

“And it seemed to him then that every
human was always looking for himself, in bars,
in railway trains, in offices, in mirrors, in love,
especially in love, for the self of him
that is there, someplace, in every other human.
Love was not to give oneself, but to find oneself,
describe oneself. And that the whole conception
had been written wrong. Because the only
part of any man that he can ever touch or
understand is that part of himself he recognizes
in him. And that he is always looking for the way
in which he can escape his sealed bee cell
and reach the other airtight cells with
which he is connected in the waxy comb”.
James Jones (From Here to Eternity).

 

Íbamos llegando uno a uno y nos sentábamos en los altos bancos rojos a lo largo del bar. Nos quedábamos allí, en silencio, oyendo las canciones que alguien cantaba en los discos. Otras noches había boxeo. Entonces dejábamos de echar monedas en los tocadiscos y mirábamos la pelea. Pero no duraban mucho tiempo. Casi nunca llegaban al último round pues siempre alguien era tirado violentamente sobre la lona gris y un hombre con un corbatín le levantaba la mano al que se había quedado de pie y la pelea terminaba. Algunas veces apostábamos, pero después de un tiempo no quisimos ver más esto y dejamos de sintonizar al Madison. Nadie dijo nada. Nos pusimos de acuerdo sobre ello sin que nadie lo propusiera. Dejamos de ver el boxeo como hacíamos todo: sin decirnos nada. Había otras noches cuando no teníamos dinero y entonces entrábamos, nos acercábamos al tocadiscos y apretábamos un botón. La canción sonaba un largo rato y luego nos íbamos otra vez. Porque teníamos que ir todas las noches pues no sabíamos cuándo llegaría y no queríamos que llegara y no estuviéramos nosotros allí. Pero el dueño se dio cuenta. Supo que nosotros también estábamos a la espera y una noche, cuando pasábamos frente a él hacia el tocadiscos, nos dijo: “pueden tomar lo que quieran”. Entonces nos acercamos al bar y comenzamos a tomar como siempre. Desde esa noche ya nunca dejamos de ir. Y aunque no tuviéramos dinero nos sentábamos en los altos bancos rojos y pedíamos nuestros tragos. Una noche llegó alguien a quien nunca habíamos visto. Como si conociera el lugar desde mucho antes, como si él supiera de nosotros. Tomó un banco y lo acercó al nuestro. Luego dijo: “voy a quedarme aquí. Tiene que llegar a este bar”. Nadie lo miró. Pero nosotros sí. Tenía el pelo negro, una pipa labrada y un saco grueso. No dijimos nada y él puso sus billetes sobre el mostrador y comenzó a tomar lentamente. “hace tiempo que estoy esperando”, dijo y golpeó la pipa contra la palma de la mano abierta y dura. “me salí de la carretera con los catorce que me tocaban a mí. Caminé detrás de ellos hasta que encontré un pequeño claro de arena blanca. Entonces oí que ya él había terminado. Ya su ametralladora no sonaba. Estaban de espaldas. Yo comencé a llorar. Cuando él llegó su ametralladora volvió a sonar. Yo me dije que no quería oír más. Y ni siquiera oí cuando las balas se callaron. Seguramente me dijo que lo siguiera y yo lo seguí, pero ya no oí más”. Nosotros no dijimos nada porque él siguió hablando y nosotros dejamos de oírlo de pronto. Era que habíamos comenzado a recordar. Y nos fuimos apartando poco a poco a medida que los recuerdos se alejaban. Llegamos a una estación. Había buses plateados y ventanillas numeradas en negro en el fondo del gran corredor. Allí habíamos comenzado, sentados en unas butacas tibias por el calor de los cuerpos que llenaban la estación, con las revistas y los periódicos desordenados a nuestro lado. No sabíamos si esperábamos o si nos esperaban. Allí habíamos comenzado. Pero antes era yo. Yo sólo viajando sobre las carreteras de ladrillos rojos. Yo frente a la vendedora de revistas, comprando todas las revistas y todos los periódicos, no para leerlos, sino para ofrecérselos a quien había de sentarse a mi lado en el doble asiento del viaje, y la voz de la muchacha preguntando a qué hora sale su bus y un negro le da la hora que yo conozco; porque he estado esperando toda la noche en esa estación. Y de pronto me quedo solo con la muchacha y las paredes se van alejando en cuatro direcciones y estamos allí solos, la muchacha y yo, y el negro, con los botones dorados de su chaqueta y su brillante escoba, se aleja empujado por la huida de las paredes mientras la muchacha de las revistas desaparece detrás de las carátulas multicolores que le hacen muecas. Yo le hablo a la muchacha que tiene un largo tiquete verde y mira sin entender los itinerarios con su complicada combinación de números. En la enorme soledad de la estación mi voz y la voz de la muchacha van llenando lentamente todos sus vacíos. Y después ya no hablamos más. La muchacha se duerme contra la madera lustrosa de los bancos y yo estoy velando su sueño derrotado. De pronto me dice sin abrir los ojos: “Tengo hambre”. Y yo me levanto sin ruido y atravieso el frío ancho de la calle porque he visto en algún lado las vitrinas opacadas de un restaurante. En un tarro de cartón me dan café caliente para la muchacha. Yo le digo al griego que está detrás del mostrador: “Ella está ahí en la estación, no sé para donde va pero ha esperado el bus toda la noche y tiene hambre”. Y el griego me pregunta: “¿Por qué no te vas con ella?”. Y yo le contesto que no lo había pensado, pero que quiero irme con ella. Me llena un tarro de cartón blanco y me lo entrega. “Llévaselo y antes de despertarla dile que te vas con ella”. Yo lo hago así y la muchacha se toma lentamente el café mientras yo pienso en lo que me ha dicho griego. Cuando llegan los buses nos levantamos y salimos a leer las letras blancas hasta hacerlas coincidir con los tiquetes. Yo me vuelvo al restaurante y le digo al griego que ella se ha ido. Él me dice: “Tiene que volver”. Yo atravieso todo el frío del mundo que se ha acumulado en la calle, recojo mis revistas y me meto en el último bus.

Y otra vez las estaciones repetidas a lo largo del cansancio que había comenzado hace muchas semanas. Y por fin he llegado a esta estación y me he encontrado en este banco rodeado de periódicos y revistas. Cuando la voz vieja conocida que anuncia las llegadas y las salidas anunció el nombre que esperábamos, ya éramos nosotros. Y subimos a nuestro bus. Ahora estamos en este bar todavía a la espera. Nos rodea gente, cada uno con su espera. Estamos estrechamente unidos en que todos sabemos que estamos a la espera pero no nos conocemos, ni siquiera hablamos. Solamente “nosotros” hablamos de vez en cuando. Y ahora ha llegado este hombre y nos ha hablado, nos ha dicho cosas que no hemos preguntado. Secretamente sabemos que ha de seguir hablando y hablando, que mañana vendrá y hablará otra vez, y seguirá viniendo todas las noches. Vamos a tener miedo, miedo de que nos interrumpa a cada momento a cada momento cuando nos ponemos a parar monedas de canto sobre la madera humedecida por nuestros vasos. Y de que pregunte cuando nos ponemos a jugar con los círculos de agua que hay debajo de cada trago. Yo sé que nos está mirando y espera que volvamos la cabeza hacia él para seguir hablando. Pero tenemos miedo y no queremos mirarlo porque tenemos los ojos redondeados sobre los vasos. No podemos oírlo pues alguien ha vuelto a meter monedas en el tocadiscos y hemos hecho tapones de música para nuestros oídos. Y para distraernos pensamos: –la foca azul tiene una pelota blanca y roja sobre la nariz– cómo se llamará la foca –tonto no ves que se llama Carstairs– no, ese no es el nombre de la foca –es el nombre del whisky– pero no es lo mismo –yo siempre quise ver las focas –vamos a verlas una tarde cuando haya verano– no, ya he perdido el interés y de propio no son tan reales como esta foca azul –aquellas también tendrán pelotas rojas pues yo las llevaré– llevaremos pelotas blancas y pelotas rojas, las más grandes y más blancas y más rojas que podamos conseguir –llevaremos pelotas para dárselas a las focas– sí, tal vez podamos ir un día cuando haya verano –y después iríamos a un cine, me gusta el cine– creo que me gustaría ver una película que se llame los rinocerontes hacen pompas de jabón en la que esté Susan Peters que cuando yo era pequeño se parecía a una muchacha que llevaba sus libros amarrados con una correa verde –hubo un tiempo cuando veía todas las películas– cuando no se tienen sueños, cuando no esperamos nada, tenemos que meternos en las salas de cine y tomar los sueños prestados de las películas –también yo iba al cine todos los días a hacer míos todos los sueños–. Dejamos de pensar y nos pusimos a jugar otra vez con las monedas. Nos habíamos olvidado de nuestro miedo. No supimos cuándo entró; estaba mirándonos cuando alzamos la cabeza para pedir los tragos. La vimos al mismo tiempo, pero yo me quedé solo mirándola. Cuando me levanté, todas las monedas que estaban paradas de canto comenzaron a rodar. Yo le dije: “He estado esperándote Madeleine”. Y luego: “Ahora vendrás todas la noches”. Ella siguió mirándome y asintió. Cuando salíamos oí su voz diciéndome: “Ya no me necesitas más. Déjame ir ahora”. Yo le tomé la mano y se la apreté con fuerza. Mientras cruzamos la calle veíamos a Madeleine a través de la vitrina que había comenzado a esperar.

 

(Tomado de www.literatura.us)

 

Para ya no volar bajo

Víctor Roura

 

El último día del año intentaré volar.

Para ello, me trasladaré hacia Pahuatlán. Dicen los que saben que por el mes de diciembre hace un frío recalcitrante en esa sierra poblana. Llevaré, acaso, un abrigo. Mis alas tal vez no ocupen mucho sitio. Probablemente entren sin problema en mi maleta, ya que no cargaré sino la ropa que calce. Tampoco me demoraré en los asuntos de hospedaje. Iré directamente al puente colgante. Ahí sacaré el artefacto, cuyo encargo se lo hice al ingeniero Demetrio Cedillo, y miraré desde arriba cómo corre el río en ese bello poblado.

Las alas, al parecer, están diseñadas a la perfección. El ingeniero Cedillo usó, sobre todo, papel albanene y unos delgados cartones que mandó traer de Brasil. Ignoro sus nombres, pero se parecen un poco al cartoncillo que utilizan los caricaturistas de los periódicos. Además, me pidió que le consiguiera queratol y papel fabriano. Lo vi trabajar algunas veces en el proyecto, mas no entendía sus vanas explicaciones. Eran inútiles.

Me decía, por ejemplo:

–El albanene hace un peso casi exacto con el fabriano en lo relacionado con el aire de la sierra…

Yo le decía que sí nomás por no desalentarlo, al pobre. Sin embargo, he de reconocer que, desde que le planteé mi deseo de volar el último día del año, el ingeniero Cedillo fue seis veces a Pahuatlán. “Para sopesar las corrientes de aire”, decía.

Le daba ánimos, empero.

La idea dio comienzo en julio, el 28, para ser precisos. Cedillo me regaló, en esa ocasión, un par de aviones a escala. Entonces le hablé de la afición de Mike Oldfield, el autor de la música de la película El exorcista. Oldfield solo piensa en volar. En su casa colecciona todo tipo de aparatos aéreos. El rock le cayó por casualidad, porque él hubiese preferido ser piloto. Piloto del Concorde, digamos. Y de sus sueños de hombre volador.

–No está tan errado el tal músico –dijo Cedillo.

No comprendí.

–Es que de veras podemos volar, lo que sucede es que nadie se lo cree –dijo el ingeniero.

–Por supuesto que nadie se lo cree –repliqué.

Tomó uno de los aviones a escala. Lo observó con detenimiento.

–Yo he volado –indicó.

Tomé el otro avión. Quería desviar la plática. El ingeniero Cedillo a veces es mitómano. En algunas personas la mitomanía se les da mensualmente, quizás éste era uno de sus días.

–¿No te topaste con ningún pájaro por el camino? –pregunté, fastidiado.

Dejó el avión a escala donde estaba y pegó con uno de sus puños en la mesa.

–¡Allá tú si no me crees! –dijo.

O gritó. No recuerdo bien.

Ahí comenzó todo.

Luego me detalló, al principio con verdadero escepticismo de parte mía, sus vuelos. Me convencí finalmente cuando a la semana siguiente fui a su casa para ver el álbum de fotos. Ahí estaban como once gráficas que mostraban a Cedillo en pleno vuelo. Sus alas apenas se veían. Eran de una transparencia majestuosa.

–¿Quién te tomó las fotos? –pregunté.

Un tal Edward Rice, alemán de procedencia.

–Si lo dudas, vamos a visitarlo –dijo.

Y ahí fuimos, después de una llamada telefónica.

Existía el tal Rice. Es un rubio alto, fornido. Está de paso por México. Se va a mediados de enero. Regresa a su país. Aquí ha expuesto tres veces. Su especialidad son los vuelos. Me mostró algunos trabajos suyos para National Geographic.

No me atreví a preguntarle si eran montajes las fotos de Cedillo. Hubiera sido, tal vez, una ofensa a su labor periodística.

De regreso a la casa de Cedillo, ya casi me había convencido de que yo no podía convencerme si no hacía la prueba.

–¿Y si en pleno vuelo me derrumbo? –pregunté.

–Es que, una de dos, o las alas que te hice no sirven o de plano no te tienes fe.

No supe qué responderle.

Pero al otro día ya estaba el ingeniero dedicado a las alas.

–Las mías no puedo dártelas, porque son un artefacto personal –dijo.

Me reí, pero no le dije de qué. El ingeniero en esas cosas es muy solemne y hasta fastidioso. Me olvidé del albur y le dije que me pidiera cuanto necesitara. Me interrogó ampliamente. Sobre mi estado de salud, enfermedades, vicios, defectos, virtudes. Sobre casi todo.

–Dos semanas antes de volar no debes beber una sola copa –dijo–, para solidificar tus nervios.

Estuve a punto de echarme para atrás, entonces.

–Pero a cambio vas a ganar lo que nadie ha ganado –dijo con una felicidad envidiable.

No pude negarme.

Su primera visita a Pahuatlán la hizo el 15 de septiembre. No regresó sino hasta una semana después. Lo agarraron los días patrios y no pudo abandonar el lugar, porque se puso una borrachera de cuatro días continuos.

–Lástima que no llevé mis alas –dijo, apesadumbrado.

Según el ingeniero Cedillo, Pahuatlán es el sitio ideal para el hombre volador. Hace un clima idóneo para las maniobras aéreas.

–Puedes salir y regresar sin tanta dificultad como pudieras tenerla en Tecate –explicó.

Estuvo dedicado a mis alas durante cuatro meses. Me las entregó exactamente el viernes 22 de diciembre.

Se ven deslumbrantes, por cierto.

Cada una de ellas medirá, aproximadamente, unos siete metros. Pero están confeccionadas de tal forma que pueden doblarse para cargarlas con comodidad.

No sé si funcionen, pero confío en mi fe.

Si no puedo volar y acabo desfallecido en las faldas de algún cerro poblano, el ingeniero se quedará al iniciar enero sin una suma parecida al medio millón de pesos.

Espero sinceramente, y aunque me duela pagar tal ociosidad, entregarle en su mano dicha cantidad el lunes 8 de enero, como hemos acordado, para finiquitar el adeudo de las alas.

Aunque, quién sabe, siempre nos falta una buena excusa para ya no regresar más al Distrito Federal, donde, ciertamente, todos andamos de manera permanente volando bajo.

Tengo una buena excusa a la mano, por fin.

De mí depende. Y de mi fe.

 

(Tomado de Roura, Víctor, Un látigo en mi alcoba, Hoja Casa Editorial, México, 1991)

 

lunes, 8 de junio de 2026

Viernes

Jordi Cebrián

 

El viernes nos aboca al fin de semana, y toma de él su energía y su esperanza. Es un día de trámite, en el que los jefes de estado no se llaman más que para intercambiarse teléfonos o hablar de trivialidades. Los viernes, además, se suele dormir poco, pese al cansancio acumulado. Hay ciudades que prohíben totalmente que se duerma los viernes, y la policía municipal persigue muy en serio a los incívicos que se sientan en los bancos a dar cabezadas, y los ayuntamientos se encargan de que los vecinos, en sus casas, tampoco puedan dormir, pues es viernes.

 

(Tomado de www.cienpalabras.blogspot.com)

 

Mujer de labios hambrientos

Víctor Roura

 

Cuando me dijo que quería una churumbela como muestra de mi amor, le hice ver que la séptima copa se me había subido mucho a la cabeza.

–Te espero en el carro –dije.

Abandoné el bar, pero en lugar de sentarme en el cofre de su auto, cosa que siempre hacía para atenuar su demora, me seguí de largo. Era demasiado. La última vez le esquivé un vaso de vidrio que aventó con mucha puntería. Lamenté el desperdicio del ron, que fue a dar al suelo. Su encono, no. Lo que sucede es que uno es capaz de soportar cualquier felonía por un momento de placer. Sin embargo, tiene que haber un límite. El mío ha llegado.

Caminé tres cuadras. Me detuve en una caseta telefónica.

–Ignoro la hora, pero necesito verte –dije.

Contestó amodorrada.

–Si vienes por mí, me despierto –indicó bostezando.

De Ciudad Satélite, donde estaba, hasta Iztapalapa, donde ella dormía, podría hacer, si me lo proponía, una hora. Dije que se vistiera. Casi corrí a una avenida. Empecé a pedir un raid, porque a esa hora ya no pasaban peseros.

Nada.

Hasta que un Topaz se detuvo. Me abrieron la puerta, sin preguntarme hacia dónde iba, pero tuve confianza, porque al lado de quien manejaba estaba una dama. Subí. Ya en la parte posterior del carro me percaté de que el hombre venía muy bebido y discutiendo, en altos tonos, con la mujer.

–¡Mosquita muerta! –gritó el señor.

Ella no dijo nada.

–¡Coqueta nocturna! –volvió a alzar la voz el hombre.

Yo me hice el desentendido.

–¡Mujer de fácil entrada! –gritó de nuevo el conductor.

Entonces la dama le asestó un cachetadón que hizo que la cabeza del hombre rebotara del vidrio a su costado izquierdo. El coche frenó bruscamente.

–¡Repítelo, mujer de labios hambrientos! –gritó otra vez el hombre, viéndola con un rencor indecible.

Yo, mientras, me sacudía el polvo de mi saco negro.

Ella no dudó. Le asestó otra bofetada que hizo sangrar, de inmediato, la nariz de su (supongo) prometido. Los dos se quedaron un buen rato mirándose, como midiendo sus respectivas temperaturas, sus humores rutinarios, su presión familiar. Ella levantó nuevamente la mano, amenazando con un tercer golpe.

Yo bajé la cabeza, buscando en el asiento no sé qué cosa.

El hombre abrió la puerta y bajó, rumiando algunos insultos. La mujer volteó a verme, retadora. Sus labios se veían realmente hambrientos. No estaba equivocado el hombre en ese inciso.

–Creo que aquí me quedo –dije, apenas.

Ella negó con la cabeza.

–Por favor –pidió.

No pude responder nada. Pasaron, en un silencio ominoso, quizás cinco minutos. El hombre regresó.

–¿Satisfecha, pimpollo de mala juerga? –preguntó con un dejo burlón que no comprendí.

Ella asintió.

Puso en marcha el coche, miró por el retrovisor y me interrogó:

–¿Todavía está usted aquí?

Sonreí.

–Aún –respondí, delgada la voz.

Volvió a frenar, con brusquedad.

–Sírveme otra cuba –ordenó el hombre.

La mujer le sirvió en un vaso de vidrio.

–Sírvele una al joven –indicó.

La mujer tomó, creo que de la cajuela, otro vaso y me sirvió una cuba cargadísima. El hombre prosiguió la marcha.

–¿Gusta usted un poco? –pregunté a la dama.

El hombre dijo, viéndome por el espejo retrovisor.

–La mujer ya no bebe.

Alcé los hombros. “Ni modo”, pensé.

–¿Y para dónde va usted, joven? –preguntó el señor, bebiendo de un solo trago su copa.

Dije que para Iztapalapa.

–Está usted loco si cree que lo vamos a llevar –dijo.

Yo también me tomé de un trago la cuba.

–Déjeme donde usted considere conveniente –dije.

Nos fuimos en silencio. La mujer volteaba a verme, de vez en cuando. Muy seria. Pedí otra cuba.

El coche se metió por caminos ignotos para mí hasta que quince o veinte minutos después, fue a parar a una residencia cuyo alrededor olía a árboles sanos.

–Ésta es su casa, pase un rato –dijo el hombre.

–Por favor –pidió la mujer.

Entramos al hogar. Encendieron las luces. El señor fue directo a su cantina. Se sirvió un güisqui. Fue a sentarse al amplio sillón.

–Sírvase usted lo que quiera –indicó.

Cuando regresé de la cantina, el hombre dormía plácidamente, con su copa en la mano. La mujer me miró largamente. Sonrió.

–Creo que es hora de que se marche –dijo.

Le dije que nomás me terminara el ron.

–No, puede usted llevarse incluso el vaso –dijo.

Se puso de pie y me acompañó hasta la puerta.

–Con todo respeto, señora, sus labios en efecto me parecen hambrientos –dije, cortésmente, pero no sé de dónde sacó la dama un vaso de vidrio y, si no corro agachándome a tiempo, me lo estrella justo en la nuca.

No sabía dónde andaba, pero busqué una avenida y en ella hallé una caseta telefónica.

La mujer en Iztapalapa o yacía pesadamente dormida o esperaba ansiosa ya en la calle, porque jamás contestó.

Decidí, pues, amanecer en otro sitio…

 

(Tomado de Roura, Víctor, Un látigo en mi alcoba, Hoja Casa Editorial, México, 1991)

 

domingo, 7 de junio de 2026

The Tarzan Collection

Alberto Muñoz

 

Ya estoy viejo para cargar sobre los hombros a Maureen O’Sullivan; bastantes dificultades tuve con esos animales que entraron a mi casa esta mañana a disponer de aquellas cosas que aún mantienen mi alegría. Son películas, cintas enroscadas como serpientes que atacan si uno apoya al descuido la planta de los pies. No tengo en qué mirarlas, las estiro frente al sol para ver los cuadros donde está el nadador. Esa es mi vida que no se mueve.

Estoy viejo y con un enjambre que se va con pastillas, La moviola es atroz. Me gustan los cuadritos detenidos; estiro las cintas de un árbol a otro y me siento en una piedra para ver a los monos; el ojo del sol ve lo que yo no veo en esta sala ciega. Va muriendo el día y me revuelco en el río luchando con una bestia, un cocodrilo negro que a la luz es verde y que despanzurro con el cuchillo mientras las sombras deambulan por el patio.

La muchacha que me acompañaba en los decorados nunca me quiso. Yo insistía en olfatearle el culo porque esa es mi naturaleza.

Hay un cuadrito donde estamos solos en una pequeña hoguera bajo las estrellas y ella parece sentir frío, pero no era frío, era simulación de frío, como la casa del árbol, donde yo deseaba llevarla para comer hormigas. Solo recuerdo a la muchacha cuando los elefantes mueven las orejas camino a las duchas. Estoy sordo.

La cinta me muestra en un lugar donde pego mi grito. Cierro las dos manos alrededor de la boca, alrededor de una taza blanca, una sopa, un polvillo amarillo que con el agua hirviendo se disuelve.

Tengo en el armario The six original classic feature films, los muchachos las pasan los domingos; Maureen a veces viene y se sienta en el banco largo; está vieja, no podría cargarla sobre los hombros, pero ya no importa.

 

(Tomado de www.bibliotecaignoria.blogspot.com)

 

Día de los animales

Víctor Roura

 

Luego de darme un beso en la nariz, la Puchunguita Jiménez asestó una pregunta que me dejó distanciado de ella, del cuarto, de la casa, del mundo:

–¿Me acompañas a llevar al burro a la iglesia?

Me desconcertó.

–No sabía que tuvieras novio –le dije.

Pareció no oírme. Se levantó de la cama. Empezó a vestirse, en silencio.

–No hablo de Roberto –indicó.

Ignoraba su nombre. Me senté.

–¿Entonces? –pregunté.

–Al burro me refiero, así de simple, cada año lo llevamos a bautizar.

Vi la hora. Todavía no daban las siete de la mañana. Volví a acostarme. No creí que la Puchunguita Jiménez tuviese esas ideas cada 17 de enero. Había oído algo acerca de eso, pero nunca me vi envuelto en tales menesteres.

–Tengo que ver al reportero Gerardo Galarza –aduje.

–¿A qué hora?

–Al rato, en una hora –mentí.

–No importa, te espero –dijo, poniéndose los zapatos.

Mira que llevar un burro a la iglesia. Se me ocurrió decirle que luego iba a una entrevista con Ángeles Huerta para la televisión mexiquense. Que luego vería a Andrés Bustamante para entregarle unos guiones para su programa. La Jiménez nada me creyó.

–Te espero a las doce en mi casa –dijo, enviándome un beso desde la puerta.

No tenía ningún pretexto para faltar, la verdad, a menos que la dejara de ver unos cuantos meses. Salí de la cama, me bañé, leí un rato, escribí otro poco y dejé que el tiempo transcurriera lentamente. A las doce y diez estaba en la puerta, tocando. Su casa era como un rancho. Siempre esa impresión me dejaba. Abrió la Puchunguita. Olía a establo. Me hizo pasar. Su padre estaba en el amplio patio, con las dos vacas.

–Buen día –saludó.

Le di la mano.

–¿Usted la va a acompañar? Ya es tarde. Esta muchacha se desveló estudiando con su amiga Rocío. Caray, ya es tarde –dijo el señor.

“Chicas de hoy”, pensé.

–¿Trae combi? –preguntó su padre.

Miré a la Puchunguita. Me hizo señas de que dijera que sí. Y así lo hice. Salimos con el burro. Rápidamente le dimos vuelta a la calle y luego amainamos nuestro paso. La Jiménez se subió al animal. Se veía feliz. Fuimos hasta la iglesia que queda en la glorieta de la Aviación. Pensé que la cosa sería de minutos, pero me encontré con una cola inmensa de señoras cargando a sus mascotas.

–Aquí te dejo –le dije–, tengo que ir al periódico…

Pero no me moví de mi sitio. Porque un gato me miró con dureza, y se soltó de los brazos de su dueña para correr hacia el parque de la glorieta. La señora se espantó y empezó a gritar.

–¡Voy por él! –grité, a la vez.

Y fui tras él. La Jiménez ni reaccionó. Corrí con fuerza. Llegué hasta el quiosco. Busqué. Vi una puerta pequeña que se hallaba escalones abajo. Descendí. La empujé. Estaba oscuro. La puerta se cerró tras de mí. No veía nada. Di dos, cuatro, seis pasos y caí, raspándome los brazos. Cuando abrí los ojos, vi una luz mortecina, y una señora me ponía un trapo mojado en mi frente. No me moví, a pesar del escalofrío que sentí momentáneamente en el cuerpo.

–Tranquilo –dijo la señora.

Atrás de ella estaba una niña, jugando con una muñeca. El gato que se soltó de los brazos de su dueña yacía recostado en una esquina. Dormía plácidamente. La señora me ofreció un té. Lo tomé. Me refrescó la boca.

–Gracias –dije.

La niña se acercó. Me dio su muñeca. Tenía, la muñeca, el rostro de la Puchunguita Jiménez. “¿Dónde diablos estoy?”, pensé. La niña me dio su mano y me condujo a otro cuarto, por cuya ventana saltamos hasta llegar a una orilla de mar. Me prestó una pelota de plástico, la inflé y nos pusimos a jugar voleibol. Le gané. La niña se enojó por eso y se fue llorando. Llegó su hermana, una joven muchacha, a regañarme por abusivo. Le dije que jugué con limpieza. Me creyó y nos fuimos a nadar por espacio de dos horas. La muchacha me recordaba a Victoria Abril. Le di un beso, pero a cambio me dio una bofetada. Se fue corriendo. Yo regresé a la ventana, me metí al cuarto, pasé la sala y llegué hasta la puerta de salida. Ahí afuera ya no había luz. Caminé a tientas, hasta que encontré el cerrojo de una puerta. La abrí. Subí por unos escaloncillos. Salí de la parte baja del quiosco. Era ya de noche. En la iglesia aún había varias personas con sus animales. Fui a mi casa. Por teléfono llamé a la Puchunguita. Le narré lo ocurrido. Pero no me creyó.

–Te lo juro por San Antonio Abad, Puchunguita –le dije.

Quedó de aclarar el asunto más noche. Pediría permiso para ir a estudiar con su alivianada amiga Rocío.

 

(Tomado de Roura, Víctor, Un látigo en mi alcoba, Hoja Casa Editorial, México, 1991)

 

sábado, 6 de junio de 2026

El famoso cohete

Oscar Wilde

 

El hijo del rey estaba en vísperas de casarse. Con este motivo el regocijo era general.

Estuvo esperando un año entero a su prometida, y al fin llegó ésta.

Era una princesa rusa que había hecho el viaje desde Finlandia en un trineo tirado por seis renos, que tenía la forma de un gran cisne de oro; la princesa iba acostada entre las alas del cisne.

Su largo manto de armiño caía recto sobre sus pies. Llevaba en la cabeza un gorrito de tisú de plata y era pálida como el palacio de nieve en que había vivido siempre.

Era tan pálida que, al pasar por las calles, se quedaban admiradas las gentes.

–Parece una rosa blanca –decían.

Y le echaban flores desde los balcones.

A la puerta del castillo estaba el príncipe para recibirla. Tenía los ojos violeta y soñadores, y sus cabellos eran como oro fino.

Al verla, hincó una rodilla en tierra y besó su mano.

–Tu retrato era bello –murmuró–, pero eres más bella que el retrato.

Y la princesita se ruborizó.

–Hace un momento parecía una rosa blanca –dijo un pajecillo a su vecino–, pero ahora parece una rosa roja.

Y toda la corte se quedó extasiada.

Durante los tres días siguientes todo el mundo no cesó de repetir:

–¡Rosa blanca, rosa roja! ¡Rosa roja, rosa blanca!

Y el rey ordenó que diesen doble paga al paje.

Como él no percibía paga alguna, su posición no mejoró mucho por eso; pero todos lo consideraron como un gran honor y el real decreto fue publicado con todo requisito en la Gaceta de la Corte.

Transcurridos aquellos tres días, se celebraron las bodas.

Fue una ceremonia magnífica.

Los recién casados pasaron cogidos de la mano, bajo un dosel de terciopelo granate, bordado de perlitas.

Luego se celebró un banquete oficial que duró cinco horas.

El príncipe y la princesa, sentados al extremo del gran salón, bebieron en una copa de cristal purísimo. Únicamente los verdaderos enamorados podían beber en esa copa, porque si la tocaban unos labios falsos, el cristal se empañaba, quedaba gris y manchoso.

–Es evidente que se aman –dijo el pajecillo–. Resultan tan claros como el cristal.

Y el rey volvió a doblarle la paga.

–¡Qué honor! –exclamaron todos los cortesanos.

Después del banquete hubo baile.

Los recién casados debían bailar juntos la danza de las rosas, y el rey tenía que tocar la flauta.

La tocaba muy mal, pero nadie se había atrevido a decírselo nunca, porque era el rey. La verdad es que no sabía más que dos piezas y no estaba seguro nunca de la que interpretaba, aunque esto no le preocupase, pues hiciera lo que hiciera todo el mundo gritaba:

–¡Delicioso! ¡Encantador!

El último número del programa consistía en unos fuegos artificiales que debían empezar exactamente a media noche.

La princesita no había visto fuegos artificiales en su vida. Por eso el rey encargó al pirotécnico real que pusiera en juego todos los recursos de su arte el día del casamiento de la princesa.

–¿A qué se parecen los fuegos artificiales? –preguntó ella al príncipe, mientras se paseaban por la terraza.

–Se parecen a la aurora boreal –dijo el rey, que respondía siempre a las preguntas dirigidas a los demás–. Solo que son más naturales. Yo los prefiero a las estrellas, porque sabe uno siempre cuándo van a empezar a brillar y son además tan agradables como la música de mi flauta. Ya verán… ya verán…

Así pues, levantaron un tablado en el fondo del jardín real, y no bien acabó de prepararlo todo el pirotécnico real, cuando los fuegos artificiales se pusieron a charlar entre sí.

–El mundo es seguramente muy hermoso –dijo un pequeño buscapiés–. Miren esos tulipanes amarillos. ¡A fe mía, ni aun siendo petardos de verdad, podrían resultar más bonitos! Me alegro mucho de haber viajado. Los viajes desarrollan el espíritu de una manera asombrosa y acaban con todos los prejuicios que haya podido uno conservar.

–El jardín del rey no es el mundo, joven alocado –dijo una gruesa candela romana–. El mundo es una extensión enorme y necesitarías tres días para recorrerlo por entero.

–Todo lugar que amamos es para nosotros el mundo –dijo una rueda unida en otro tiempo a una vieja caja de pino y muy orgullosa de su corazón destrozado– pero el amor no está de moda; los poetas lo han matado. Han escrito tanto sobre él, que nadie les cree ya, cosa que no me extraña. El verdadero amor sufre y calla… recuerdo que yo misma, una vez… pero no se trata de eso aquí. El romanticismo es algo del pasado.

–¡Qué estupidez! –exclamó la candela romana–. La novela no muere nunca. ¡Se parece a la luna: vive siempre! Realmente, los recién casados se aman tiernamente. He sabido todo lo concerniente a ellos esta mañana por un cartucho de papel oscuro que estaba en el mismo cajón que yo y que sabe las últimas noticias de la corte.

Pero la rueda meneó la cabeza.

–¡El romanticismo ha muerto! ¡El romanticismo ha muerto! ¡El romanticismo ha muerto! –murmuró.

Era una de esas personas que creen que repitiendo una cosa cierto número de veces, acaba por ser verdad.

De pronto se oyó una tos fuerte y seca y todos miraron a su alrededor. Era un pequeño cohete de altivo continente atado a la punta de un palo. Tosía siempre antes de hacer una advertencia, como para llamar la atención.

–¡Ejem! ¡Ejem! –exclamó.

Y todo el mundo se dispuso a escucharlo, menos la pobre rueda, que seguía moviendo la cabeza y murmurando:

–¡El romanticismo ha muerto!

–¡Orden! ¡Orden! –gritó un petardo.

Tenía algo de político y había tomado siempre parte importante en las elecciones locales. Por eso conocía las frases empleadas en el Parlamento.

–¡Ha muerto del todo! –suspiró la rueda. Y se volvió a dormir.

No bien se restableció por completo el silencio, el cohete tosió por tercera vez y comenzó. Hablaba con una voz clara y lenta, como si dictase sus memorias, y miraba siempre por encima del hombro a la persona a quien se dirigía. Realmente, tenía unos modales distinguidísimos.

–¡Qué feliz es el hijo del rey –observó– por casarse el mismo día en que me van a disparar! Ni preparándolo de antemano podría resultar mejor para él; aunque los príncipes siempre tienen suerte.

–¿Ah, sí? –dijo el pequeño buscapiés–. Yo creí que era precisamente lo contrario y que era usted a quien se disparaba en honor del príncipe.

–Ese quizás sea su caso –replicó el cohete–. Casi diríase que estoy seguro de ello; pero en cuanto a mí, es ya diferente. Soy un cohete distinguido y desciendo de padres igualmente distinguidos. Mi madre era la girándula más célebre de su época. Tenía fama por la gracia de su danza. Cuando hizo su gran aparición en público, dio diecinueve vueltas antes de apagarse, lanzando por el aire siete estrellas rojas a cada vuelta. Tenía tres pies y medio de diámetro y estaba fabricada con pólvora de la mejor. Mi padre era cohete como yo y de origen francés. Volaba tan alto, que la gente temía que no volviese a descender. Descendía, sin embargo, porque era de excelente constitución e hizo una caída brillantísima, en forma de lluvia, de chispas de oro. Los periódicos se ocuparon de él en términos muy halagüeños, y hasta la Gaceta de la Corte dijo que “señalaba el triunfo del arte pilotécnico”.

–Pirotécnico, pirotécnico querrá decir –interrumpió una bengala–. Sé que es pirotécnico porque he visto la palabra escrita sobre mi caja de hoja de lata.

–Pues yo digo pilotécnico –replicó el cohete en tono severo.

Y la bengala se quedó tan apabullada, que empezó inmediatamente a mortificar a los buscapiés pequeños para demostrar que ella también era persona de bastante importancia.

–Decía yo… –prosiguió el cohete–, decía yo… ¿qué es lo que yo decía?

–Hablaba de usted mismo –repuso la candela romana.

–Naturalmente. Sé que hablaba de alguna cosa interesante cuando he sido tan groseramente interrumpido. Odio la grosería y las malas maneras, porque soy extremadamente sensible. No hay nadie en el mundo tan sensible como yo, estoy seguro de ello.

–¿Qué es una persona sensible? –preguntó el petardo a la candela romana.

–Una persona que porque tiene callos pisa siempre los pies a los demás –respondió la candela en un débil murmullo.

Y el petardo casi estalló de risa.

–¡Perdón! ¿De qué se ríe? –preguntó el cohete–. Yo no me río.

–Me río porque soy feliz –replicó el petardo.

–Es un motivo bien egoísta –dijo el cohete con ira–. ¿Qué derecho tiene para ser feliz? Debería pensar en los demás, debería pensar en mí. Yo pienso siempre en mí y creo que todo el mundo debería hacer lo mismo. Eso es lo que se llama simpatía. Es una hermosa virtud y yo la poseo en alto grado. Suponga, por ejemplo, que me sucediese algún percance esta noche. ¡Qué desgracia para todo el mundo! El príncipe y la princesa no podrían ya ser felices: se habría acabado su vida de matrimonio. En cuanto al rey, creo que no podría soportarlo. Realmente, cuando empiezo a pensar en la importancia de mi papel, me emociono hasta casi llorar.

–Si quiere agradar a los demás –exclamó la candela romana–, haría mejor en mantenerse en seco.

–¡Ciertamente! –exclamó la bengala, que no estaba de muy buen humor–, eso es sencillamente de sentido común.

–¿Cree que es de sentido común? –replicó el cohete indignado–. Olvida que yo no tengo nada común y que soy muy distinguido. ¡A fe mía todo el mundo puede tener sentido común con tal de carecer de imaginación! Pero yo tengo imaginación, porque nunca veo las cosas como son. Las veo siempre muy diferentes de lo que son. En cuanto a eso de mantenerme en seco, es que no hay aquí, con toda seguridad, nadie que sepa apreciar a fondo un temperamento delicado. Afortunadamente para mí, no me importa nada. La única cosa que lo sostiene a uno en la vida es el convencimiento de la enorme inferioridad de sus semejantes y éste es un sentimiento que he mantenido siempre en mí. Pero ninguno de ustedes tiene corazón. Gritan y se regocijan como si el príncipe y la princesa no estuviesen celebrando sus bodas.

–¡Eh! –exclamó un pequeño globo de fuego–. ¿Y por qué no? Es una alegre ocasión y cuando estalle yo en el aire pienso comunicárselo a todas las estrellas. Ya verán cómo brillarán cuando les hable de la bella recién casada.

–¡Oh, qué concepto más banal de la vida! –dijo el cohete–, pero no me esperaba yo menos. No hay nada en usted. Es hueco y vacío. ¡Bah! Quizás el príncipe y la princesa se vayan a vivir en un país en que haya un río profundo, quizás tengan un solo hijo, un pequeñuelo de pelo rizado y de ojos violeta como los del príncipe. Quizás vaya algún día a pasearse con su nodriza. Quizás la nodriza se duerma debajo de un gran sauce. Quizás el niño se caiga al río y se ahogue. ¡Qué terrible desgracia! ¡Los pobres perder su hijo único! Es terrible, realmente. No podré soportarlo nunca.

–Pero no han perdido su hijo único –dijo la candela romana–. No les ha sucedido ninguna desgracia.

–No he dicho que les haya sucedido –replicó el cohete–. He dicho que podría sucederles. Si hubiesen perdido a su hijo único, sería inútil decir nada sobre el suceso. Detesto a las personas que lloran por su cántaro de leche roto. Pero cuando pienso que han perdido a su hijo único, me siento verdaderamente tristísimo.

–Ya lo veo –exclamó la bengala–. Realmente es usted la persona más afectada que he visto en mi vida.

–Y usted la persona más grosera que he conocido –dijo el cohete–. No puede comprender mi afecto por el príncipe.

–¡Bah! Ni siquiera lo conoce… –chisporroteó la candela romana.

–No, nunca dije que lo conociera –respondió el cohete–. Me atrevo a decir que si lo conociese no sería de ningún modo amigo suyo. Es cosa peligrosa conocer uno a sus amigos.

–Mejor haría en mantenerse en seco –dijo el globo de fuego–. Eso es lo más importante.

–Para usted no dudo que será importantísimo –respondió el cohete–. Pero yo lloraré si me viene en gana.

Y el cohete estalló en lágrimas que corrieron sobre su vara en gotas de lluvia, ahogando casi a dos pequeños escarabajos que pensaban precisamente en fundar una familia y buscaban un bonito sito seco para instalarse.

–Debe tener un temperamento verdaderamente romántico, pues llora cuando no hay por qué llorar –dijo la rueda.

Y lanzando un profundo suspiro, se puso a pensar en la caja de madera.

Pero la candela romana y la bengala estaban indignadas. Gritaban con todas sus fuerzas:

–¡Pamplinas! ¡Pamplinas!

Eran muy prácticas, y cuando se oponían a algo lo denominaban pamplinas.

Entonces apareció la luna como un soberbio escudo de plata y las estrellas comenzaron a brillar y llegaron al palacio los sones de una música.

El príncipe y la princesa dirigían el baile. Bailaban tan bien que los pequeños lirios blancos echaban un vistazo por la ventana contemplándolos, y las grandes amapolas rojas movían la cabeza, llevando el compás.

En aquel momento sonaron las diez, luego las once y luego las doce, y a la última campanada de media noche, todo el mundo fue a la terraza y el rey hizo llamar al pirotécnico real.

–Empiecen los fuegos artificiales–dijo el rey. Y el pirotécnico real hizo un profundo saludo y se dirigió al fondo del jardín. Tenía seis ayudantes. Cada uno llevaba una antorcha encendida sujeta a la punta de una larga pértiga.

Fue realmente una soberbia irradiación de luz.

–¡Ssss! ¡Ssss! –hizo la rueda que empezó a girar.

–¡Bum! ¡Bum! –replicó la candela romana. Entonces los buscapiés entraron en danza y las bengalas colorearon todo de rojo.

–¡Adiós! –gritó el globo de fuego mientras se elevaba haciendo llover chispitas azules.

–¡Bang! ¡Bang! –respondieron los petardos, que se divertían muchísimo.

Todos tuvieron un gran éxito, menos el cohete. Estaba tan húmedo por haber llorado que no pudo arder. Lo mejor que había en él era la pólvora y ésta se hallaba tan mojada por las lágrimas que estaba inservible. Toda su pobre parentela, a la que no se dignaba hablar sin una sonrisa despectiva, produjo un gran alboroto por el cielo, como si fuesen magníficos ramilletes de oro floreciendo en fuego.

–¡Bravo! ¡Bravo! –gritaba la corte.

Y la princesita reía de placer.

–Creo que me reservan para alguna gran ocasión –dijo el cohete–. Indudablemente es eso.

Y miraba a su alrededor con aire más orgulloso que nunca.

Al día siguiente vinieron los obreros a colocarlo todo de nuevo en su sitio.

–Evidentemente es una comisión –se dijo el cohete–. Los recibiré con una tranquila dignidad.

Y engallándose empezó a fruncir las cejas como si pensase en algo muy importante. Pero los obreros no se dieron cuenta de su presencia hasta dejarlo atrás.

Entonces uno de ellos lo vio.

–¡Ah! –gritó–. ¡Qué mal cohete!

Y lo tiró al paso por encima del muro.

–¡Mal cohete! ¡Mal cohete! –dijo éste girando por el aire–. ¡Imposible! Famoso cohete, eso es lo que han querido decir. Mal y famoso suenan para mí casi lo mismo, y a veces ambas cosas son idénticas.

Y cayó en el lodo.

–No es esto muy cómodo –observó–, pero sin duda es algún balneario de moda a donde me han enviado para que reponga mi salud. Mis nervios están muy desgastados y necesito descanso.

Entonces una ranita de ojillos brillantes y de traje verde moteado, nadó hacia él.

–Ya veo que es un recién llegado –dijo la rana–. ¡Bueno! Después de todo no hay nada como el fango. Denme un tiempo lluvioso y un hoyo y soy completamente feliz… ¿Cree que la tarde será calurosa? Así lo espero, porque el cielo está todo azul y despejado. ¡Qué lástima!

–¡Ejem, ejem! –profirió el cohete tosiendo.

–¡Qué voz más deliciosa tiene! –gritó la rana–. Parece el croar de una rana y croar es la cosa más musical del mundo. Ya oirá nuestros coros esta noche. Nos colocamos en el antiguo estanque de los patos junto a la alquería y en cuanto aparece la luna, empezamos. El concierto es tan sublime que todo el mundo viene a oírnos. Ayer, sin ir más lejos, oí a la mujer del colono decir a la madre que no pudo dormir ni un segundo durante la noche por nuestra causa. Es muy agradable ver lo popular que es una.

–¡Ejem, ejem! –dijo el cohete.

Estaba muy molesto de no poder salir de su mutismo.

–¡Sí, una voz deliciosa! –prosiguió la rana–. Espero que vendrá al estanque de los patos. Voy a echar un vistazo a mis hijas. Tengo seis hijas soberbias y me inquieta mucho que el sollo tope con ellas… es un verdadero monstruo y no sentiría el menor escrúpulo en comérselas. Así es que ¡adiós! Me agrada mucho su conversación, se lo aseguro.

–¿Y llama conversación a esto? –dijo el cohete–. Ha charlado usted sola todo el rato. Eso no es conversación.

–Alguien tiene que escuchar siempre –replicó la rana–, y a mí me gusta llevar la voz cantante en la conversación. Así se ahorra tiempo y se evitan disputas.

–Pues a mí me gusta la discusión –dijo el cohete.

–No lo creo –replicó la rana con aire compasivo–. Las discusiones son completamente vulgares, porque en la buena sociedad todo el mundo tiene exactamente las mismas opiniones. Adiós otra vez. Veo a mis hijas allá abajo.

Y la ranita se puso a nadar nuevamente.

–Es una persona antipática –dijo el cohete–, y mal educada. Detesto a las gentes que hablan de sí mismas como usted, cuando necesita uno hablar de uno mismo, como en mi caso. Eso es lo que se llama egoísmo y el egoísmo es una cosa aborrecible, sobre todo para los que son como yo, pues bien conocen todos mi carácter simpático. Debería tomar ejemplo de mí. No podría encontrar un modelo mejor. Ahora que tiene esa oportunidad, aprovéchela sin tardanza, porque voy a volver a la corte en seguida. Soy muy estimado en la corte. Ayer, el príncipe y la princesa se casaron en mi honor. Seguramente no estará enterada de nada de esto, ¡como es provinciana!

–¡No se moleste en hablarle! –dijo una libélula posada en la punta de una espadaña–. Se ha ido.

–Bueno, ¡ella se lo pierde y no yo! No voy a dejar de hablarle solo porque no me escuche. Me gusta oírme hablar. Es uno de mis mayores placeres. Sostengo a menudo largas conversaciones conmigo mismo y soy tan profundo que a veces no comprendo ni una palabra de lo que digo.

–Entonces debe ser licenciado en filosofía –dijo la libélula.

Y desplegando sus lindas alas de gasa, se elevó hacia el cielo.

–¡Qué necedad demuestra al no quedarse aquí! –dijo el cohete–. Estoy seguro de que no habrá tenido muy a menudo la oportunidad de educar su espíritu; aunque después de todo me es igual. Un genio como el mío será apreciado con toda seguridad algún día.

Y se hundió un poco más en el fango.

Pasado un rato, una gran pata blanca nadó hacia él. Tenía las patas amarillas, los pies palmeados y la consideraban como una gran belleza por su contoneo.

–¡Cuac!, ¡cuac!, ¡cuac! –dijo–. ¡Qué tipo más raro tiene usted! ¿Puedo preguntarle si ha nacido aquí o si es de resultas de algún accidente?

–¡Cómo se ve que ha vivido siempre en el campo! De otro modo sabría quién soy. Sin embargo, disculpo su ignorancia. Sería descabellado querer que los demás fueran tan extraordinarios como uno mismo. Sin duda le sorprenderá saber que vuelo por el cielo y que caigo en una lluvia de chispas de oro.

–No lo considero muy estimable –dijo la pata–, pues no veo en qué puede ser eso útil a nadie. ¡Ah! Si arara los campos como un buey; si arrastrase un carro como el caballo; si guardase un rebaño como el perro del ganado, entonces ya sería otra cosa.

–Buena mujer –dijo el cohete con tono muy altivo–, veo que pertenece a la clase baja. Las personas de mi rango no sirven nunca para nada. Tenemos un encanto especial y con eso basta. Yo mismo no siento la menor inclinación por ningún trabajo y menos aún por esa clase de trabajos que enumera. Además, siempre he sido de opinión que el trabajo rudo es simplemente el refugio de la gente que no tiene otra cosa que hacer en la vida.

–¡Bien, bien! –dijo la pata, que era de temperamento pacífico y no reñía nunca con nadie–. Cada cual tiene gustos diferentes. De todas maneras, deseo que venga a establecer aquí su residencia.

–¡Nada de eso! –exclamó el cohete–. Soy un visitante, un visitante distinguido y nada más. El hecho es que encuentro este sitio muy aburrido. No hay aquí ni sociedad ni soledad. Resulta completamente de barrio bajo… Volveré seguramente a la corte, pues estoy destinado a causar sensación en el mundo.

–Yo también pensé en entrar en la vida pública –observó la pata–. ¡Hay tantas cosas que piden reforma! Así pues, presidí, no hace mucho, un mitin en el que votamos unas proposiciones condenando todo lo que nos desagradaba. Sin embargo, no parecen haber surtido gran efecto. Ahora me ocupo de cosas domésticas y velo por mi familia.

–Yo he nacido para la vida pública y en ella figuran todos mis parientes, hasta los más humildes. Allí donde aparecemos, llamamos extraordinariamente la atención. Esta vez no he figurado personalmente, pero cuando lo hago, resulta un espectáculo magnifico. En cuanto a las cosas domésticas, hacen envejecer y apartan el espíritu de otras cosas más altas.

–¡Oh, qué bellas son las cosas altas de la vida! –dijo la pata–. ¡Esto me recuerda el hambre que tengo!

Y la pata volvió a nadar por el río, continuando sus ¡cuac… cuac… cuac…!

–¡Vuelva, vuelva! –gritó el cohete–. Tengo muchas cosas que decirle.

Pero la pata no le hacía ningún caso.

–Me alegro de que se haya ido. Tiene realmente un espíritu mediocre.

Y hundiéndose un poco más en el fango, empezaba a reflexionar sobre la belleza del genio, cuando de repente dos chiquillos con blusas blancas llegaron al borde de la cuneta con un caldero y unos leños.

–Ésta debe ser la comisión –dijo el cohete. Y adoptó una digna compostura.

–¡Oh! –gritó uno de ellos–. Mira este palo viejo. ¡Qué raro que haya venido a parar aquí!

Y sacó el cohete de la cuneta.

–¡Palo viejo! –refunfuñó el cohete–. ¡Imposible! Habrá querido decir palo precioso. Palo precioso es un cumplido. Me toma por un personaje de la corte.

–¡Echémoslo al fuego! –dijo el otro muchacho–. Así ayudará a que hierva la caldera.

Amontonaron los leños, colocaron el cohete sobre ellos y prendieron fuego.

–¡Magnífico! –gritó el cohete–. Me colocan a plena luz. Así todos me verán.

–Ahora vamos a dormir! –dijeron los niños–, y cuando nos despertemos estará ya hirviendo la caldera.

Y acostándose sobre la hierba cerraron los ojos. El cohete estaba muy húmedo. Pasó un buen rato antes de que ardiese. Sin embargo, al fin, prendió el fuego en él.

–¡Ahora voy a partir! –gritaba.

Y se erguía y se estiraba.

–Sé que voy a subir más alto que las estrellas, más alto que la luna, más alto que el sol. Subiré tan arriba que…

–¡Fisss! ¡Fisss! ¡Fisss!

Y se elevó en el aire.

–¡Delicioso! –gritaba–. Seguiré subiendo así siempre. ¡Qué éxito tengo!

Pero nadie lo veía.

Entonces comenzó a sentir una extraña impresión de hormigueo.

–¡Voy a estallar! –gritaba–. Incendiaré el mundo entero y haré tanto ruido, que no se hablará de otra cosa en un año.

Y, en efecto, estalló.

–¡Bang! ¡Bang! ¡Bang! –hizo la pólvora. La pólvora no podía hacer otra cosa.

Pero nadie oyó, ni siquiera los dos muchachos que dormían profundamente.

No quedó del cohete más que el palo que cayó sobre la espalda de una oca que daba su paseo alrededor de la zanja.

–¡Cielos! –exclamó–. ¡Ahora llueven palos!

Y se tiró al agua.

–¡Me parece que he causado una gran sensación! –musitó el cohete.

Y expiró.

 

(Tomado de www.lecturia.org)