lunes, 5 de enero de 2026

TDA

Gabriel Gala

 

¿Qué si creo tener trastorno de déficit de atención? Bueno, pues… no lo sé, doctor. ¿Le dicen TDA, verdad? Bueno, pues, tener TDA así como se lo diagnosticaron a mi tía Eugenia, pues no lo sé, la verdad. Pero es que cuando le diagnosticaron TDA a mi tía Eugenia fue hace muchos años, cuando la ciencia médica no estaba tan avanzada, ¿verdad? Eso sin contar con que la tía Eugenia vivía sola en aquel caserón de la colonia Juárez… vivía sola desde la muerte del tío Jorge, que falleció en el accidente del Metro, no en el más reciente, ese donde el Metro elevado se cayó, sino uno que hubo a principios de los setentas allá por la estación Viaducto, ¿se acuerda, doctor? Murió el tío Jorge en un choque de trenes del Metro en plena calzada de Tlalpan… ¿Ya vio, doctor, qué desmadre están armando en calzada de Tlalpan con la construcción de la ciclovía y el paso elevado y no sé cuánta mamada más… y todo para recibir al turismo para el Mundial de Futbol… ¿Y para qué? En el Azteca (¿sigue llamándose Azteca o ya le cambiaron el nombre al estadio?) sólo se van a jugar tres partidos… ¡Imagínese, doctor! ¡Tres partidos! Y además los boletos van a costar como 30 mil pesos ¡Imagínese! ¡Un boleto para un partido de futbol en 30 mil pesos! Se supone que el futbol es un deporte popular, ¿no? Un deporte o juego que el gobierno utiliza para distraer a la gente de los problemas cotidianos de inseguridad y carestía. ¡Imagínese! ¡Y sólo tres partidos! Precisamente en ese estadio que ya vivió dos Mundiales y donde jugaron nada más y nada menos que Pelé y Maradona y Beckenbauer y Jairzinho. ¡Es increíble!, Pero, bueno… ¿qué me había preguntado, doctor?

 

(Publicado con permiso del autor)

 

Ecosistema

José María Merino

 

El día de mi cumpleaños, mi sobrina me regaló un bonsái y un libro de instrucciones para cuidarlo. Coloqué el bonsái en la galería, con los demás tiestos, y conseguí que floreciese. En otoño aparecieron entre la tierra unos diminutos insectos blancos, pero no parecían perjudicar al bonsái. En primavera, una mañana, a la hora de regar, me pareció vislumbrar algo que revoloteaba entre las hojitas. Con paciencia y una lupa, acabé descubriendo que se trataba de un pájaro minúsculo. En poco tiempo el bonsái se llenó de pájaros que se alimentaban de los insectos. A finales de verano, escondida entre las raíces del bonsái, encontré una mujercita desnuda. Espiándola con sigilo, supe que comía los huevos de los nidos. Ahora vivo con ella, y hemos ideado el modo de cazar a los pájaros. Al parecer, nadie en casa sabe dónde estoy. Mi sobrina, muy triste por mi ausencia, cuida mis plantas como un homenaje al desaparecido. En uno de los otros tiestos, a lo lejos, hoy me ha parecido ver la figura de un mamut.

 

(Tomado de www.talesofmytery.blogspot.com)

 

Comienzos de una fortuna

Clarice Lispector

 

Era una de aquellas mañanas que parecen suspendidas en el aire. Y qué otra cosa se asemejaba a la idea que nos hacemos del tiempo.

El balcón estaba abierto pero el fresco se había congelado allá afuera y no entraba en el jardín, como si cualquier transbordo fuera una quiebra de la armonía. Sólo algunas moscas brillantes habían penetrado en el comedor y sobrevolaban la azucarera. A esa hora, Tijuca no había despertado del todo. “Si yo tuviera dinero…”, pensaba Arturo, y un deseo de atesorar, de poseer con tranquilidad, daba a su rostro un aire desprendido y contemplativo.

–No soy un jugador.

–Déjate de tonterías –respondió la madre–. No empieces otra vez con historias de dinero.

En realidad él no tenía deseos de iniciar ninguna conversación apremiante que terminara en soluciones. Un poco de la mortificación de la cena de la víspera del día de paga, con el padre mezclando autoridad y comprensión, y la madre mezclando comprensión y principios básicos, un poco de la mortificación de la víspera pedía, sin embargo, continuación. Sólo que era inútil buscar en sí la urgencia de ayer. Cada noche el sueño parecía responder a todas sus necesidades. Y por la mañana, al contrario de los adultos que despiertan oscuros y barbudos, él despertaba cada vez más imberbe. Despeinado, pero con un desorden diferente del de su padre, a quien parecían haberle sucedido cosas durante la noche. También su madre salía del dormitorio un poco deshecha y todavía soñadora, como si la amargura del sueño le hubiera dado satisfacción. Hasta tomar el desayuno todos estaban irritados o pensativos, inclusive la empleada. Ése no era el momento de pedir cosas. Pero para él era una necesidad pacífica de establecer dominios de mañana: cada vez que despertaba era como si necesitase recuperar los días anteriores.

–No soy un jugador ni un gastador.

–¡Arturo –dijo la madre, irritadísima–, ya me basta con mis preocupaciones!

–¿Qué preocupaciones? –preguntó él, interesado.

La madre lo miró, seca, como a un extraño. Sin embargo, él era mucho más pariente de ella que su propio padre, quien, por así decir, se había incorporado a la familia. Apretó los labios.

–Todo el mundo tiene preocupaciones, hijo mío –corrigió ella entrando en una nueva modalidad de relaciones, entre maternal y educadora.

Y de ahí en adelante su madre había asumido el día. Se había disipado la especie de individualidad con que se despertaba y Arturo ya podía contar con ella. Desde siempre, o lo aceptaban o lo reducían a ser él mismo. De pequeño, jugaban con él, lo levantaban en el aire, lo llenaban de besos, y, de repente, pasaban a ser “individuales”, lo dejaban, le decían gentilmente pero ya intangibles “Ahora se acabó”, y él quedaba todo vibrante de caricias, con tantas carcajadas aún para dar. Se ponía caprichoso, empujaba a unos y otros con el pie, lleno de cólera que, sin embargo, en el mismo instante se transformaría en delicia, apenas ellos quisieran.

–Come, Arturo –concluyó la madre y de nuevo él ya podía contar con ella. Así, inmediatamente se volvió más pequeño y más malcriado: –yo también tengo mis preocupaciones pero nadie repara en ellas. ¡Cuando digo que necesito dinero parece como si lo estuviera pidiendo para jugar o para beber!

–¿Desde cuándo el señor admite que podría ser para jugar o para beber? –dijo el padre entrando en la sala y encaminándose a la cabecera de la mesa–. ¡Vaya con ésa! ¡Qué pretensión!

Él no había contado con la llegada del padre. Desorientado, pero acostumbrado, comenzó: –¡pero, papá! –su voz desafinó en una rebelión que no llegaba a ser indignada. Como contrapeso la madre ya estaba dominada, revolviendo tranquilamente el café con leche, indiferente a la conversación que parecía no pasar de algunas moscas más. Las alejaba de la azucarera con mano blanda.

–Vete ya, que es tu hora –cortó el padre. Arturo se volvió hacia su madre. Pero ésta estaba poniéndole mantequilla al pan, absorta y placentera. De nuevo había huido. A todo diría que sí, sin concederle ninguna importancia.

Cerrando la puerta, él tenía nuevamente la impresión de que a cada momento entregaba su vida. Por eso la calle parecía que lo recibiera. “Cuando yo tenga mi mujer y mis hijos tocaré el timbre de aquí, haré visitas, y todo será diferente”, pensó.

La vida fuera de casa era totalmente otra. Además de la diferencia de luz –como si solamente saliendo él viera qué tiempo hacía realmente y qué disposiciones habían tomado las circunstancias durante la noche–, además de la diferencia de luz, estaba la diferencia del modo de ser. Cuando era pequeño, la madre decía: “Fuera de casa él es una dulzura; en casa, un demonio”. Aun ahora, cruzando el pequeño portón, él se había vuelto visiblemente más joven y al mismo tiempo menos niño, más sensible y sobre todo sin saber de qué hablar. Pero con un dócil interés. No era una persona que buscara conversación, pero si alguien le preguntaba como ahora: “Niño, ¿en qué parte está la iglesia?”, él se animaba suavemente, inclinaba el largo cuello, pues todos eran más bajos que él; y daba la información pedida, atraído, como si en eso hubiera un intercambio de cordialidades y un campo abierto a la curiosidad. Quedó atento mirando a la señora doblar la esquina camino a la iglesia, pacientemente responsable de su itinerario.

–El dinero está hecho para gastar y ya sabes en qué –dudó intensamente Carlitos.

–Lo quiero para comprar cosas –respondió un poco vagamente.

–¿Una bicicleta? –rio Carlitos, ofensivo, animoso en la intriga.

Arturo rio con desagrado, sin placer.

Sentado en el banco, esperó que el profesor se irguiera. La carraspera de éste, prologando el comienzo de la clase, fue la señal habitual para que los alumnos se sentaran más atrás, abrieran los ojos con atención y no pensaran en nada. “En nada”, fue la perturbada respuesta de Arturo al profesor que lo interpelaba irritado. “En nada” era vagamente en conversaciones anteriores, en decisiones poco definitivas sobre una ida al cine, en dinero. Él necesitaba dinero. Pero durante la clase, obligado a estar inmóvil y sin ninguna responsabilidad, cualquier deseo tenía como base el reposo.

–¿Entonces no te diste cuenta en seguida de que Gloria quería que la invitaran al cine? –dijo Carlitos, y ambos miraron con curiosidad a la chica que allí estaba, sujetando su portafolio. Pensativo, Arturo continuó caminando al lado del amigo, mirando las piedras del suelo.

–Si no tienes dinero para dos entradas, yo te presto, y me pagas después.

Por lo visto, desde el momento en que tuviera dinero estaría obligado a emplearlo en mil cosas.

–Pero después tengo que devolverte ese dinero, y ya le debo al hermano de Antonio –respondió evasivo.

–¿Y entonces?, ¿qué tiene eso de malo? –explicó el otro, práctico y vehemente.

“Y entonces”, pensó con una pequeña dosis de cólera, “y entonces, por lo visto, en seguida que alguien tiene dinero aparecen los otros queriendo utilizarlo, explicando cómo hay que hacer para perder dinero”.

–Por lo visto –dijo desviando la rabia del amigo–, por lo visto basta que uno tenga unos cruceritos para que de inmediato una mujer los huela y caiga encima.

Los dos rieron. Después de eso él estuvo más alegre, más confiado. Sobre todo menos oprimido por las circunstancias.

Pero después ya fue mediodía y cualquier deseo se tornaba más árido y más duro de soportar. Durante todo el almuerzo él pensó con desagrado en contraer o no deudas, y se sentía un hombre aniquilado.

–¡O él estudia demasiado o no come bastante por la mañana! –dijo la madre–. El hecho es que despierta bien dispuesto, pero luego aparece para el almuerzo con esa cara pálida. En seguida se le endurecen las facciones, y es la primera señal.

–No es nada, es el desgaste natural del día –dijo el padre con buen humor. Mirándose en el espejo del corredor antes de salir, vio que realmente era la cara de uno de esos muchachos que trabajan, cansados y jóvenes. Sonrió sin mover los labios, satisfecho en el fondo de los ojos. Pero en la puerta del cine no pudo dejar de pedirle prestado el dinero a Carlitos, porque allá estaba Gloria con una amiga.

–¿Ustedes prefieren sentarse adelante o en medio? –preguntaba Gloria.

–Por lo visto, el cine se fue al traste –dijo al pasar Carlitos. En seguida se arrepintió de haber hablado, pues el compañero ni lo había escuchado, ocupado con la muchacha. No era necesario disminuirse a los ojos del otro, para quien una sesión de cine sólo servía para ganar a una muchacha.

En realidad el cine solo se había ido al traste al comienzo. De inmediato él relajó el cuerpo, se olvidó de la otra presencia, a su lado, y se puso a ver la película. Solamente a la mitad de la función tuvo conciencia de la presencia de Gloria y sobresaltado la miró con disimulo. Con un poco de sorpresa comprobó que ella no era precisamente la explotadora que él supusiera: allá estaba Gloria inclinada hacia delante, la boca abierta por la atención. Aliviado, se recostó otra vez en la butaca.

Más tarde, sin embargo, se interrogó sobre si había sido explotado o no. Y su angustia fue tan inmensa que él se detuvo ante una vitrina, con terror en la cara. El corazón le golpeaba como un puño. Además del rostro espantado, suelto en el vidrio de la vitrina, había cacerolas y utensilios de cocina que miró con cierta familiaridad. “Por lo visto, fui”, concluyó sin conseguir sobreponer su cólera al perfil sin culpa de Gloria. Poco a poco, la propia inocencia de la muchacha se tomó su culpa mayor: “¿Entonces ella me explotaba, me explotaba, y después quedaba satisfecha viendo la película?”. Y sus ojos se llenaron de lágrimas. “Ingrata”, pensó eligiendo mal una palabra de acusación. Como la palabra era un símbolo de queja más que de rabia, él se confundió un poco y su rabia se calmó. Ahora le parecía, de fuera para dentro y sin ningún deseo, que ella debería haber pagado de aquella manera la entrada al cine.

Pero frente a los libros y cuadernos cerrados, su rostro se fue serenando.

Dejó de escuchar las puertas que se golpeaban, el piano de la vecina, la voz de la madre en el teléfono. Había un gran silencio en su habitación, como en un cofre. Y el final de la tarde parecía una mañana. Estaba lejos, lejos, como un gigante que pudiera estar afuera manteniendo en el aposento apenas los dedos absortos que daban vueltas y vueltas a un lápiz. Había momentos en que respiraba pesadamente como un viejo. La mayor parte del tiempo, sin embargo, su rostro apenas tocaba el aire de la habitación.

–¡Ya estudié! –gritó a la madre que lo interrogaba sobre el ruido del agua. Lavándose cuidadosamente los pies en la tina, él pensó que la amiga de Gloria era mejor que Gloria. Ni siquiera había intentado reparar en si Carlitos se había “aprovechado” o no de la otra. A esa idea salió apresuradamente de la tina y se detuvo frente al espejo del lavabo. Hasta que el azulejo enfrió sus pies mojados.

¡No!, no quería explicarse con Carlitos y nadie le iba a decir cómo debería usar el dinero que iba a tener, y Carlitos era dueño de pensar que sería en bicicletas, y si así fuera, ¿qué había con eso?, ¿y si nunca, pero nunca, quisiera gastar su dinero?, ¿y si cada vez se hiciera más rico?… ¿qué hay con eso, tienes ganas de pelear?, piensas que…

–…puede ser que estés muy ocupado con tus pensamientos –lo interrumpió la madre–, pero por lo menos cena y de vez en cuando di una palabra.

Entonces él, en súbito retorno a la casa paterna:

–Dices que en la mesa no se habla, y ahora quieres que hable, dices que no se habla con la boca llena, y ahora…

–Mira cómo hablas con tu madre –dijo el padre severamente.

–Papá –dijo Arturo dócilmente, con las cejas fruncidas–, papá, ¿qué es eso de las notas de crédito?

–Por lo visto, el colegio no sirve para nada –dijo el padre, con placer.

–Come más papas, Arturo –la madre intentó inútilmente arrastrar a los dos hombres hacia sí.

–Bueno –dijo el padre alejando el plato–, es esto: digamos que tú tienes una deuda…

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

La estrella

H. G. Wells

 

El día de Año Nuevo tres observatorios distintos señalaron casi simultáneamente una perturbación en los movimientos del planeta Neptuno, el más lejano de los que giran en torno al Sol.

Ya en diciembre el astrónomo Ogilvy había llamado la atención del mundo científico sobre una sospechosa disminución de la velocidad del planeta, noticia que apenas conmovió a una docena de sabios de esos que se pasan la vida con el telescopio asestado al firmamento. Y es natural que así fuera, por cuanto a buena parte de los habitantes de la Tierra no les interesa gran cosa lo que ocurre en un planeta cuya existencia les es poco menos que desconocida.

La gente se preocupó aún menos de las nuevas observaciones de Ogilvy respecto a la aparición de un cuerpo celeste, animado y lejanísimo, que había podido descubrir el referido astrónomo poco tiempo después de comprobarse la disminución de velocidad del planeta Neptuno.

Los astrónomos dieron desde luego al asunto la importancia que merecía, aumentando su intranquilidad cuando advirtieron que la masa recientemente descubierta aumentaba cada día más de dimensiones, que se hacía más brillante, que sus movimientos eran por completo diferentes de la revolución normal de los planetas y que la desviación de Neptuno y de su satélite adquirían proporciones sin precedentes.

Sin tener cierto grado de cultura científica no puede uno darse exacta idea del enorme aislamiento del sistema solar. El Sol, con sus planetas, planetoides y cometas, flota en un vacío inmenso, que la imaginación concibe difícilmente. Más allá de la órbita de Neptuno está el vacío sin calor, luz ni sonido, el vacío incoloro y triste, prolongándose treinta millones de veces un millón de kilómetros. Y téngase presente que esa cifra abrumadora es la menor evaluación de la distancia que sería preciso atravesar antes de llegar a la más próxima de las estrellas.

Pues bien, excepto algunos cometas menos densos que la llama del alcohol, ningún cuerpo celeste había atravesado, de memoria de hombre, ese abismo espantoso. Júzguese ahora cuánta no sería al comenzar el siglo presente la zozobra de los sabios, viendo precipitarse inopinadamente en el sistema solar el extraño vagabundo señalado por Ogilvy, cuerpo sólido y enorme sin duda, a juzgar por las perturbaciones que originaba; temible intruso que llegaba del tenebroso misterio de los cielos con aviesas intenciones…

El día 2 de enero todos los telescopios de algún fuste pudieron ver al desconocido viajero sideral cerca de Régulo, en la constelación del León. Su aspecto era el de un punto, de diámetro apenas sensible. En pocas horas fue divisado con la ayuda de simples gemelos.

Aquellas personas amigas de leer periódicos en ambos hemisferios pudieron enterarse el día 3 de que, en realidad, tenía inmensa importancia la insólita aparición celeste. Un diario de Londres tituló la noticia: Una colisión de planetas, y publicó la opinión de Duchaine, según la cual este recién aparecido planeta chocaría probablemente con Neptuno.

Los escritores profesionales trataron el asunto con la extensión merecida; los cronistas y gacetilleros se encargaron luego de familiarizar a los más legos en materias astronómicas con las ideas vertidas por los sabios; la tinta de imprenta corrió a mares, y veinticuatro horas después la mayor parte de las grandes capitales del mundo se hallaban a la expectativa, aunque vaga, desagradable, de un inminente fenómeno astronómico.

Durante la noche del 5 de enero millones de ojos se fijaban en el cielo… para no ver otra cosa que las antiguas y familiares estrellas, tan brillantes y tranquilas como siempre lo habían estado.

El astro apareció en el cielo de Londres un poco antes, en esos momentos en que Pólux desaparece y las estrellas comienzan a palidecer. Fue aquélla una aurora tristísima de invierno londinense; aurora fría, sin arreboles, silenciosa, de luz malsana que luchaba desventajosamente con los mecheros de gas y los grandes focos eléctricos de los muelles del Támesis.

Los soñolientos policías distinguieron la estrella; las gentes de los mercados, a pesar de no impresionarles extraordinariamente las cosas de allá arriba, se pararon y permanecieron buen trecho mirando el astro; los obreros camino de la obra, los repartidores de leche, los cocheros de los furgones de correos, los trasnochadores que regresaban a sus casas fatigados y pálidos, los vagabundos sin hogar, los centinelas en sus garitas, el labrador en la campiña, los cazadores furtivos, los vigías marinos, todo el mundo, en fin, que vive de noche, pudo admirar la hermosa estrella que acababa de aparecer en el occidente.

La estrella era, sin duda, la más brillante del cielo, mucho más refulgente que la admirable Estrella del Sur. Una hora después de salir el Sol aún seguía despidiendo el maravilloso astro blanquísima luz.

Aquello fue considerado por el vulgo como anuncio de calamidades sin cuento. Los astrónomos, cada vez más preocupados, no abandonaban sus observaciones. En éstos se trocó pronto la primera sobreexcitación en verdadero terror, al advertir que los dos lejanos astros, en su vertiginosa carrera, parecían perseguirse. Se requirieron los aparatos fotográficos, los espectroscopios, todos los instrumentos necesarios para estudiar el nuevo y sorprendente fenómeno de la destrucción de un mundo. Porque era un mundo, un planeta hermano del nuestro, mucho mayor que la Tierra, ciertamente, el que de modo tan repentino se lanzaba hacia la muerte. Neptuno debía haber sido herido de lleno por el astro extraño llegado de las profundidades del espacio, y a consecuencia del choque, sus dos globos sólidos se habían convertido en una inmensa masa incandescente.

El día 6, dos horas antes del alba, la estrella blanca y pálida describió su órbita en el cielo y desapareció por el oeste.

Los más maravillados eran los marinos, esos habituales contempladores de las estrellas, a quienes no habían llegado aún las recientes observaciones de los sabios. En sus peregrinaciones a través del océano habían advertido la presencia del nuevo astro que, como una luna minúscula, subía, subía, hasta llegar al cénit, pasaba por encima de sus cabezas, e iba, por último, a hundirse en el mar por el oeste con las últimas sombras de la noche

Cuando la estrella hizo su aparición en la noche del 7, multitudes ansiosas espiaban su llegada en las pendientes de las colinas, en las llanuras, en los tejados de los edificios. El astro surgía precedido de un resplandor blanco parecido al brillo de un incendio. Los que lo habían visto aparecer la noche antes exclamaban: “¡Hoy es mayor! ¡Hoy es más deslumbrador!…” Efectivamente, la luna misma, próxima a desaparecer más allá del horizonte occidental, era mucho más pequeña que la nueva estrella, comparando sus dimensiones aparentes, y desde luego mucho menos brillante, a pesar de hallarse casi en plenilunio.

–¡Mírenla! –decía la gente aglomerada en las calles–. ¡Qué hermosa! ¡Qué brillante!

Entre tanto, en los oscuros observatorios, los sabios que seguían el curso del fenómeno contenían la respiración y se interrogaban con su mirada…

–¡Se aproxima! ¡Está más cerca! –tales eran las terribles palabras de la ciencia a cada nueva observación…

–Está más cerca –repetía el telégrafo, transmitiendo la alarmante nueva a millares de ciudades

–Está más cerca –decía la gente, sugestionada por la idea de una posible catástrofe. Los empleados en los escritorios suspendían e! trabajo para pensar en las fatídicas profecías de los astrónomos; los transeúntes se detenían en las calles para interrogarse sobre el significado inimaginable del amenazador “Está más cerca”… y esta intranquilidad, esta preocupación se extendía desde la ciudad a las aldeas, desde las aldeas a los campos. Los que habían leído la noticia sobre las azules cintas del telégrafo se apresuraban a comunicarla a todo el que encontraban al paso. Las damas aristocráticas supieron la nada tranquilizadora nueva entre un vals y un rigodón. Sus bellas boquitas sonrientes y frescas formularon, poco más o menos, esta pregunta:

–¿De veras se acerca? ¡Es curioso! ¡Esos astrónomos deben ser muy hábiles cuando descubren horrores semejantes!

Y las hermosas seguían sonriendo y bailando, sin importarles, después de todo, que la estrella se aproximara o se alejara.

La gente sin casa ni hogar, obligada a ir de un lado para otro durante la noche glacial, con objeto de no morir de frío, se consolaba mirando al cielo, y decía:

–¡Qué bien haces en acercarte! ¡La noche es tan fría como la caridad!… ¡Ven, si has de traer contigo calor bastante para reconfortar nuestros miembros ateridos!

Una pobre mujer, arrodillada al lado de un cadáver y deshecha en amarguísimo llanto, exclamaba:

–¡Y a mí qué puede ya importarme el que haya una estrella más!

El estudiante, levantado con la aurora para repasar el programa de exámenes, se distrajo de sus labores, y planteando un problema de física astronómica, empezó a hacer cálculos y más cálculos, mientras que la gran estrella blanca enviaba sobre la mesa de trabajo la pálida caricia de su luz azulada.

–¡Centrífuga!… ¡Centrípeta!… ¡Esto es!… –decía el estudiante, apoyando la cabeza en la palma de la mano–. Detenido un planeta en su camino y suprimida instantáneamente su fuerza centrífuga, ¿qué ocurriría? Sin duda, obedeciendo el planeta a su fuerza centrípeta, se precipitaría en el Sol… y en ese caso… pero ¿nos encontramos nosotros en su camino?…

El día siguiente fue como los anteriores. Con los últimos jirones de las tinieblas glaciales se elevó sobre el horizonte el extraño astro. Despedía tanto brillo, que la luna, en su cuarto creciente, parecía no ser sino un pálido y amarillento espectro de la nueva estrella flotando inmensa en su vaguedad del crepúsculo.

El matemático se hallaba delante de un pupitre atestado de papelotes. Acababa en aquel momento sus cálculos. En un diminuto frasco se veían aún algunos gramos de la droga que lo había tenido despierto cuatro eternas noches. Durante el día, el matemático daba sus clases reglamentarias con la misma paciencia, con la misma sabiduría que de costumbre. Luego, terminados los penosos deberes profesionales, volvía a sus cálculos y a sus trabajos de sabio solitario. Su grave fisonomía se veía fatigada y exangüe a consecuencia de la prolongadísima vigilia… aquella noche el matemático se levantó de su pupitre con aire de triunfo, llegó a la ventana y contempló la estrella como se mira a los ojos de un enemigo valeroso… “¡Puedes darme la muerte –dijo el sabio–, pero ya te tengo como a todo el universo dentro de estos estrechos límites de mi cerebro!… Y ahora –añadió dirigiendo una mirada desdeñosa al frasco de droga–, eres inútil, sustancia maldita. ¡En verdad que ya no es necesario dormir ni estar despierto!”

Al día siguiente, el matemático entró en su cátedra con la puntualidad acostumbrada. Colocó el sombrero encima de la mesa, según costumbre, y cogió un pedazo de gis. Era ésta una manía singularísima del maestro… ¡Imposible explicar sin aquel trocito de yeso entre los dedos!… Los muchachos se burlaban donosamente de la curiosísima chifladura. El matemático dirigió a sus discípulos una mirada tristísima… ¡pobres niños, tan frescos, tan sonrientes!… ¡Daba pena decirles nada!… Pero era su deber de maestro y de sabio…

–Hijos míos –murmuró–, circunstancias especiales, ajenas por completo a mi voluntad, van a impedirme acabar este curso… ¡Hablando claramente, voy a decirles que el hombre ha vivido en vano!…

Los muchachos empezaron a comprender…

Aquella noche la estrella hizo su aparición más tarde, porque su propio movimiento hacia el este la había arrastrado un poco, desde la constelación del León hacia la de la Virgen. Su brillo era tan intenso que el cielo, a medida que aquélla se elevaba, fue adquiriendo una coloración luminosa. Las estrellas, a excepción de Júpiter, Capella, Aldebarán, Sirio y los Canes de la Osa, palidecieron cada vez más borrándose del firmamento. En muchos países del mundo pudo observarse que el nuevo astro presentaba aquella noche un rabo grandísimo. A simple vista se notaba ya el aumento de volumen. Contemplando la estrella desde los puntos inmediatos a los trópicos, parecía tener la cuarta parte de las dimensiones de la Luna.

Lo más extraño era que, no obstante la pequeñez de aquella segunda Luna, su luz era tan viva que podía leerse, sin gran esfuerzo, en plena calle un periódico o un libro.

La noche del 10 de enero no durmió nadie en la Tierra. De las campiñas, como de las grandes ciudades, subía un sordo murmullo, semejante al zumbido de una colmena. El lento tañer de millares de campanas recordaba al hombre en toda la cristiandad que había llegado el momento de pedir a Dios misericordia. Ajena a estas angustias humanas, la estrella blanca y pálida seguía inmutable su carrera desesperada a través del espacio, inundando de claridad terrorífica este pobre mundo sublunar. Los mares que rodean a los países civilizados eran surcados por enjambres de barcos, llevando a bordo centenares de pasajeros. Los barcos huían hacia el norte. Porque el aviso del matemático famoso había sido ya telegrafiado a todo el mundo y traducido a todos los idiomas.

El nuevo planeta y Neptuno, confundidos en un abrazo de fuego, avanzaban vertiginosamente con dirección al Sol. A cada segundo, la enorme masa incandescente franqueaba centenas de kilómetros.

Acaso el peligro no debía ser tan inmediato como aseguraba la ciencia. Según los cálculos de los astrónomos, el nuevo planeta debía pasar a 150 millones de kilómetros de la Tierra; de modo que su influencia debía ser escasa. Pero cerca de su camino previsto, hasta entonces nada perturbado, se encontraban el enorme planeta Júpiter y sus lunas girando espléndidamente en torno del Sol La atracción entre la estrella deslumbradora y el mayor de los planetas crecía ya por momentos. ¿Y cuál iba a ser el resultado de esa atracción? Sin duda, Júpiter se desviaría de su órbita haciendo una curva elíptica, y la estrella ardiente, separada por atracción de su marcha hacia el Sol, describiría una curva y quizá chocaría con la Tierra o, al menos, pasaría muy cerca de ella.

En cuanto a las consecuencias de esta aproximación, ya nos había profetizado así el terrible matemático: “Terremotos, erupciones volcánicas, ciclones, altas mareas, ríos desbordados y una elevación constante y regular de la temperatura hasta límites imposibles de calcular”. La estrella seguía brillando con siniestros fulgores en la inmensidad del firmamento, como si tratara de confirmar los tristes vaticinios de la ciencia. Su luz fría y lívida era así como el anuncio inmutable del próximo cataclismo.

Muchas personas que hasta aquella noche no la habían mirado con atención, pararon mientes en ella y advirtieron que, en efecto, el fatídico astro se aproximaba a ojos vistas. Y aquella noche comenzaron ya a sentirse los efectos de la aproximación. El tiempo cambió bruscamente, convirtiéndose las ráfagas heladas de enero en brisas templadas de primavera. En toda la Europa central se inició el deshielo.

No vaya a imaginarse el lector que porque hayamos hablado antes de muchedumbres elevando al cielo sus plegarias durante la noche, o refugiándose a bordo de los buques o huyendo en dirección a las montañas, se encontraba ya el mundo presa del terror infundido por la estrella. Nada de eso. El uso y la costumbre seguían aún dirigiendo a los humanos. Aparte de que las conversaciones versaban casi siempre en los momentos de ocio sobre el amenazador fenómeno astronómico, el 90% de los hombres continuaba entregado a sus quehaceres habituales. Las tiendas y almacenes abrían y cerraban sus puertas a sus horas de costumbre, los médicos y las empresas funerarias proseguían su productiva industria, los obreros concurrían a las fábricas, los soldados hacían el ejercicio, los sabios estudiaban, los enamorados se buscaban, los ladrones realizaban sus fechorías, los políticos redactaban sus programas de gobierno, las rotativas de los grandes diarios funcionaban con febril actividad. Más de un párroco se negó obstinadamente a abrir las puertas de la casa de Dios a las gentes atemorizadas afirmando que el pánico de aquellos insensatos era absurdo e impío.

Los periódicos recordaban que en el año 1000 los pueblos habían sentido algo parecido, creyendo próximo el fin del mundo. No faltaba algún astrónomo que, con la autoridad de su saber, intentara tranquilizar a la humanidad, asegurando que, después de todo, la estrella no era acaso un cuerpo sólido, sino una masa de gases inflamados, y que su choque con la Tierra, de verificarse éste, no podía tener las consecuencias desastrosas que alguien había vaticinado.

Aquella noche, precisamente según los avisos del Observatorio de Greenwich, la estrella iba a encontrarse en el punto más próximo a Júpiter. Los habitantes de la Tierra sabían desde aquel momento el giro que debían tomar las cosas. Los cálculos y profecías del gran matemático eran calificados por muchos escépticos de hábil y laborioso reclamo. Por último, el buen sentido, algo acalorado por las discusiones, evidenció sus convicciones inalterables yéndose a acostar. Y esto no ocurrió sólo en los países civilizados; también en las regiones del planeta donde domina la barbarie, las multitudes, cansadas de mirar al cielo, se entregaron al descanso, o se diseminaron por las selvas para entregarse a la caza o a las dulzuras del amor…

Al comenzar la noche del día inmediato, los europeos que seguían con interés el fenómeno, vieron elevarse la estrella una hora más tarde que de costumbre, sin que, aparentemente, hubiera aumentado el tamaño. Huelga decir que los vaticinios fúnebres del gran matemático empezaron a servir de tema jocoso. Nadie tomaba ya la cosa en serio. Esta agradable incredulidad duró poco. La verdad era que la estrella crecía de nuevo, que crecía de hora en hora con una terrible persistencia, que cada minuto que pasaba eran más brillantes sus rayos, más inquietante su aspecto. Entonces dijo un periódico que si la estrella seguía su marcha hacia la Tierra en línea recta, si no ejercía sobre ella influencia la atracción de Júpiter, podría salvar la distancia intermedia en veinticuatro horas.

No fue así, sin embargo; la estrella empleó más de cinco días en acercarse a nuestro planeta. Durante la noche inmediata su volumen aparente era el de una tercera parte de la Luna, Cuando apareció sobre el horizonte en América tenía el mismo tamaño que nuestro satélite, despidiendo una claridad cegadora y, si vale la palabra, quemante.

A medida que ascendía la estrella en el firmamento aumentaba la violencia del aire, un aire caliente como el que precede a las tempestades de verano. En Virginia, en el Brasil y en el valle de San Lorenzo el astro brillaba de modo intermitente, a través de densas masas de nubes que corrían con velocidades y aspectos fantásticos, iluminadas a veces por relámpagos de color violeta oscuro, y que arrojaban de vez en cuando sobre la Tierra granizadas de una violencia desconocida. En Manitoba ocurrieron inundaciones terribles por la rápida fusión de los hielos. La nieve empezó a derretirse aquella noche en todas las montañas de la Tierra. Los grandes ríos que procedían del interior de los continentes empezaron a arrastrar en sus aguas enturbiadas cadáveres de personas y de animales, que quedaban luego depositados sobre las tierras bajas. Los desbordamientos se sucedían cada vez mayores, arrasando ciudades y devastando campiñas. Las muchedumbres huían del mortal abrazo de las aguas, escalando en confuso tropel las montañas.

En todo el litoral de la América del Sur y en el Atlántico austral llegaron las mareas a un nivel jamás conocido. Las tempestades empujaron las aguas tierra adentro cuarenta y cincuenta kilómetros; muchas ciudades enteras quedaron por completo sumergidas.

El calor se hizo insoportable aquella noche; como que la aparición del Sol a la mañana siguiente pareció llevar consigo la frescura de las sombras de la noche.

Los terremotos eran ya violentísimos y numerosos, especialmente en toda América, desde el Círculo Ártico al cabo de Hornos. Ante aquel incesante trepidar de la tierra se abrieron los flancos de las montañas, desaparecieron islas y promontorios, se desplomaron a millares edificios y muros, aplastando un número incalculable de gentes. Una vertiente del Cotopaxi se hundió tras rápida y vasta convulsión, dejando paso a un mar de lava tan alto, tan ancho, tan rápido y tan fluido que sólo tardó un día en llegar al océano.

La estrella, escoltada por la oscurecida Luna, atravesó el Pacífico, llevando en pos de sí, como si fueran los paños flotantes de una túnica, el huracán y la ola gigantesca, espumosa y destructora; el huracán y la ola, inconscientes trabajadores de la muerte, ejecutando su siniestra obra sobre las islas, hasta no dejar rastro humano sobre ellas…

Hubo ya un momento en que la ola creció hasta convertirse en muralla líquida de veinte metros de altura y que, rugiendo con intensidad espantosa, rebasó las extensas costas de Asia, precipitándose en las vastas llanuras de China. La estrella, cada vez más fulgurante, más enorme y más ardiente que el Sol en toda su fuerza, era contemplada por millones de hombres enloquecidos por el pánico, que huían, huían, sin derrotero fijo, mientras que la muralla de agua salobre avanzaba sobre los campos, penetraba en las ciudades y sembraba por doquier la destrucción y la muerte.

La gran estrella pasó como un globo de fuego por encima de Japón, de Java y de todas las islas del Asia oriental. Densas nubes producidas por el humo y la ceniza de los volcanes la ocultaban en ocasiones. Cuando reaparecía sobre el firmamento era para hacer brillar con más fuerza los torrentes de lava que surgían de las entrañas de la tierra y los inmensos espacios de terrenos anegados por el mar. Las inmemoriales nieves del Tíbet y del Himalaya, al fundirse, se precipitaron sobre las llanuras de Birmania y del Indostán a través de millones de canales. El rebaño humano huía a lo largo de los caminos, siguiendo las márgenes de los ríos, hacia el mar, última esperanza de salvación de los hombres en todos los grandes cataclismos terrestres.

El océano tropical había perdido su fosforescencia; torbellinos gaseosos se elevaban de la superficie de las aguas. Ocurrió entonces un prodigio. Los que esperaban en Europa la salida del astro creyeron que la Tierra había cesado de girar al advertir una noche la ausencia de la estrella. En medio de una incertidumbre espantosa transcurrieron horas y más horas sin que apareciera en el horizonte el astro amenazador. Por primera vez desde hacía mucho tiempo pudieron contemplar los hombres la magnificencia del cielo estrellado. Diez horas después surgió la estrella. El Sol salió a los pocos minutos; su masa incandescente parecía un disco sombrío, recostándose sobre el fondo luminoso y blanco de la estrella.

Calamidades sin cuento seguían afligiendo a la Tierra. En una noche se inundó toda la llanura del Indostán desde el Indo hasta las bocas del Ganges. De la extensa sábana líquida se elevaban los techos de los palacios y templos y las cumbres de las colinas, hormigueantes de seres humanos. Cada minarete era una masa confusa de gente que caía en racimos sobre el negro abismo de sus aguas a medida que el calor y el pánico aumentaban. Del país entero partía un lamento ininterrumpido y penetrante. De improviso, una masa oscura empezó a ascender sobre el horizonte y pasó por delante de la estrella con una rapidez aterradora. Aquella masa opaca y sombría era la Luna. Muy pronto pudo observarse en Europa que el Sol y la estrella salían simultáneamente. Ambos astros parecían perseguirse al principio con furia; luego disminuían su carrera y se detenían en el cénit confundidos en flamígero abrazo. La Luna no eclipsaba ya a la estrella, y parecía alejarse en el esplendor de los cielos. Aunque la mayoría de los humanos que quedaban con vida contemplaban este grandioso espectáculo con la estupidez que engendran el hambre, la fatiga, el calor y la desesperación, hubo alguien, sin embargo, que supo apreciar el significado de aquel aparente alejamiento de la Luna y aquella aparente persecución del Sol por el nuevo astro. Sí; la estrella y la Tierra, después de haberse encontrado cerca, comenzaban a separarse. El astro perturbador se alejaba con velocidad vertiginosa en la última fase de su caída hacia el Sol. Entonces se cubrió el cielo de nubes, el trueno y los relámpagos tejieron su malla terrorífica en torno del mundo, y un nuevo diluvio cayó sobre la Tierra. Allí donde los volcanes habían vomitado mares de lava, se extendían ahora mares de cieno. Muchos días transcurrieron así. El impetuoso desbordamiento de las aguas destruyó lo que había dejado en pie la reciente caricia hecha a la Tierra por la estrella. Algunos terremotos concluyeron la obra de destrucción. Pasaron semanas y meses. La estrella había pasado para siempre. Los hombres, impulsados por el hambre, recobraron sus energías, entraron en las ruinosas ciudades y en los graneros incendiados y medio sumergidos, y se extendieron por las pantanosas llanuras. Los pocos barcos que habían logrado escapar de las tempestades arribaron desmantelados y lastimosos, después de sondear con precaución las entradas de sus puertos, para no encallar en los recién aparecidos arrecifes que ahora obstruían los antes despejados y profundos canales de ingreso.

Cuando se calmaron las tempestades, advirtieron los hombres en toda la extensión de la Tierra que los días eran más cálidos, que el Sol era mayor y que la Luna, que había disminuido en dos terceras partes, presentaba sus fases en ochenta y cuatro días.

La presente historia nada dice de la nueva fraternidad nacida entre los humanos, ni de cómo lograron conservarse las leyes, los libros y las máquinas, ni del extraño cambio operado en Islandia, en Groenlandia y en el litoral del mar de Baffin, países desolados y yermos con anterioridad al cataclismo y ahora alegres y abundantes de vegetación, cual pudieran comprobar los marinos en sus nuevas expediciones. Tampoco dice nada la presente historia acerca de un fenómeno curioso determinado por la catástrofe, y que consistía en haberse trasladado toda la actividad humana hacia el norte y el sur de la Tierra, abandonando por inhospitalarias y abrasadas aquellas regiones que antes del cataclismo fueron su residencia habitual. Nuestro papel de historiadores se limita a esto; a dar cuenta de la aparición y desaparición de la terrible estrella.

Ahora bien; los astrónomos de Marte –porque es cosa averiguada que en Marte existen astrónomos, si bien difieren en su conformación física de sus colegas terrestres– siguieron con especial interés el admirable fenómeno, y consignaron así, según parece, sus observaciones:

“Teniendo en cuenta la masa y la temperatura del proyectil lanzado a través de nuestro sistema solar, es para causar sorpresa el poco daño que ha sufrido la Tierra, no obstante haberse encontrado a tan escasa distancia del viajero sideral. Puede observarse, en efecto, que siguen inalterables todas las antiguas demarcaciones de continentes y las masas oscuras de los mares. La única diferencia perceptible es una disminución de las grandes manchas blancas que en un tiempo circundaban los polos, y que, según todas las probabilidades, eran agua congelada”.

Estas palabras de los sabios marcianos demuestran sencillamente cuan poca cosa puede parecer la mayor de las catástrofes humanas contemplada a una distancia de algunos millones de kilómetros.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

sábado, 3 de enero de 2026

A puñetazos

Jack London

 

A bordo del velero Samoset se realizaban los preparativos para celebrar la Navidad. Hacía meses que no atracaban en un puerto civilizado y entre las reservas de provisiones quedaban pocas exquisiteces, pero Minnie Duncan había conseguido elaborar un buen festín para la cabina y el castillo de proa.

–Escucha, Boyd –le dijo a su marido–, estos son los menús. Para la cabina, bonito crudo al estilo nativo, sopa de tortuga, tortilla a la Samoset…

–¿Qué rayos es eso? –interrumpió Boyd Duncan.

–Pues, para que lo sepas, encontré una lata de champiñones y un paquete de huevo en polvo que se habían caído por detrás de un armario. Además, tengo otros ingredientes que pienso añadir. Pero no me interrumpas. Ñame cocido, taro frito, ensalada de aguacate… vaya, ya me he liado. También encontré un delicioso medio kilo de pulpo desecado. Habrá alubias con tomate a la mexicana, si consigo que Toyama comprenda la receta, además de papaya asada con miel de las Marquesas y, por último, un pastel maravilloso cuyo secreto Toyama se niega a divulgar.

–Me pregunto si será posible preparar ponche o algún cóctel con ron del malo –murmuró Duncan en tono abatido.

–¡Oh, lo había olvidado! Ven conmigo.

La mujer tomó su mano y lo hizo cruzar la pequeña puerta que daba a su diminuto camarote individual. Sin soltarlo, rebuscó en las profundidades de una sombrerera y sacó una botella de champán.

–¡La cena está completa! –exclamó él.

–Espera.

Volvió a rebuscar y fue recompensada con una petaca de whisky montada en plata. La sostuvo frente a la luz que entraba por un portillo y así pudieron ver que aún guardaba un cuarto de licor.

–Hace semanas que lo reservo –explicó ella–. Hay suficiente para ti y para el capitán Dettmar.

–Dos copitas –se quejó Duncan.

–Habría tenido más, pero le di un trago a Lorenzo cuando se puso enfermo.

–Podías haberle dado ron –gruñó Duncan en tono de guasa.

–¡Ese licor repugnante! ¡Para un enfermo! No seas avaricioso, Boyd. Y me alegro de que no haya más, por el bien del capitán Dettmar. Cuando bebe siempre se vuelve irascible. Ahora, la comida de la tripulación: galletas de soda, pan dulce, caramelo de…

–Todo muy sustancioso.

–Cállate. Arroz y curry, ñame, taro y bonito, por supuesto, un gran pastel que está haciendo Toyama, cochinillo…

–¡Oh, no hay derecho! –protestó el marido.

–Tranquilo, Boyd. Dentro de tres días llegaremos a Attu-Attu. Y el cochinillo es mío. Ese anciano jefe, comoquiera que se llamara, me lo regaló. Tú mismo lo viste. Además, dos latas de carne. Esa será su comida. Y ahora, los regalos. ¿Esperamos a mañana o se los damos esta tarde?

–Tiene que ser en Nochebuena –opinó el hombre–. Los reuniremos a todos a las ocho campanadas. Les daré un dedo de ron y luego tú les entregas los regalos. Vamos a cubierta. Esto es sofocante. Espero que Lorenzo tenga suerte con la dinamo, porque sin los ventiladores no dormiremos demasiado esta noche, si nos vemos obligados a permanecer abajo.

Cruzaron la pequeña cabina principal, ascendieron una empinada escalera y salieron a cubierta. El sol empezaba a ponerse y prometía una despejada noche tropical. El Samoset, con las velas mayor y trinquete desplegadas, se deslizaba indolente a una velocidad de cuatro nudos sobre el mar en calma. A través de la lumbrera de la sala de máquinas percibieron un martilleo. Avanzaron hacia popa, donde el capitán Dettmar, con un pie en la barandilla, engrasaba el engranaje de la corredera mecánica. Al timón se hallaba un nativo de los mares del sur, muy alto y ataviado con una camiseta blanca y un taparrabos escarlata.

Boyd Duncan era un extravagante. Al menos eso opinaban sus amigos. Dueño de una fortuna considerable, sin necesidad de hacer otra cosa que vivir cómodamente, prefería viajar alrededor del mundo de una forma estrafalaria y muy incómoda. Además, tenía sus ideas acerca de los arrecifes de coral, no estaba en absoluto de acuerdo con Darwin en ese aspecto, había expresado su opinión en varias monografías y un libro y ahora volvía a dedicarse a su pasatiempo preferido: surcar los mares del sur en un pequeño velero de treinta toneladas para estudiar las formaciones coralinas.

A su esposa, Minnie Duncan, también la tenían por extravagante, ya que compartía encantada los vagabundeos del marido. Entre otras cosas, durante los seis apasionantes años que llevaban casados, había ascendido el volcán Chimborazo con él, realizado un viaje por Alaska de casi cinco mil kilómetros en invierno, con perros y trineos, montado a caballo desde Canadá hasta México, surcado el Mediterráneo en una embarcación de diez toneladas y cruzado en canoa el corazón de Europa, desde Alemania hasta el Mar Negro. Formaban una magnífica pareja de apasionados por el viaje; él, grande y de hombros cuadrados; ella, pequeña, morena y feliz, cuyos cincuenta kilos de peso eran puro aguante y valor y, a pesar de todo, gratos a la vista.

El Samoset había sido una goleta mercante antes de que Duncan lo adquiriera en San Francisco y lo reformara. Había reconstruido por completo su interior y convertido la bodega en cabina principal y camarotes individuales, además de instalar, desde la crujía hacia popa, motores, una dinamo, una máquina de hielo, acumuladores y, más a popa, tanques de gasolina. Necesitaba una pequeña tripulación. Boyd, Minnie y el capitán Dettmar eran los únicos blancos a bordo, aunque Lorenzo, el pequeño y grasiento maquinista, afirmaba tener parte de blanco porque era mestizo portugués. El cocinero era japonés y el grumete, chino. La tripulación de cubierta original había estado compuesta por cuatro blancos, pero uno a uno habían sucumbido a los encantos de las tranquilas islas de los mares del sur, por lo que fueron reemplazados por nativos. Uno procedía de la Isla de Pascua, otro de las Carolinas, un tercero de las Paumotu y el cuarto era un samoano gigantesco. Mientras navegaban, Boyd Duncan, que era oficial de derrota, compartía la guardia con el capitán Dettmar y ambos ocupaban a veces el timón o la cofa para el vigía. En caso de apuro, incluso Minnie podía ocuparse del timón y entonces demostraba que era más fiable que los nativos.

A las ocho campanadas toda la tripulación se reunió junto al timón y Boyd Duncan se presentó con una botella negra y una taza. Sirvió él mismo el ron, media taza para cada hombre. Se lo bebieron de un trago entre expresiones faciales de placer, para luego relamerse de gusto, aunque el licor era lo bastante fuerte y corrosivo como para quemarles las mucosas. Bebieron todos excepto Lee Goom, el grumete, que era abstemio. Concluido ese rito, aguardaron al siguiente, la entrega de regalos. Aquellos polinesios de cuerpos enormes y poderosos músculos eran, en el fondo, como niños y se reían alegres ante las cosas pequeñas. Sus ojos negros y ansiosos destellaban bajo la luz del farol mientras sus corpachones oscilaban al ritmo del barco.

Llamando a cada uno por su nombre, Minnie repartió los regalos, acompañando cada entrega con algún comentario alegre que hizo aumentar el regocijo de todos. Había relojes, navajas, impresionantes surtidos de anzuelos en sus cajas, tabaco de mascar, cerillas y hermosas piezas de tela para hacer taparrabos. Resultaba evidente que apreciaban a Boyd Duncan por las risas con las que recibían la más insignificante de sus bromas.

El capitán Dettmar, pálido y sonriendo sólo cuando su jefe lo miraba, se apoyaba en el timón y observaba. En dos ocasiones abandonó el grupo y fue abajo, donde permaneció un minuto cada vez. Después, en la cabina principal, cuando Lorenzo, Lee Goom y Toyama recibieron sus regalos, volvió a desaparecer dos veces en el interior de su camarote. El diablo había permanecido dormido en el alma del capitán Dettmar para despertar precisamente en aquel momento de celebración y alegría. Tal vez no fuera sólo culpa del diablo, porque el capitán Dettmar había conservado en secreto durante muchas semanas un cuarto de galón de whisky y elegido Nochebuena para trasegarlo.

Aún era temprano –acababan de sonar las dos campanadas– cuando Duncan y su mujer se encontraban junto a la escalera de la cabina, mirando a barlovento y sopesando la posibilidad de extender sus camas en la cubierta. La mancha oscura y pequeña de una nube que se formaba lentamente en el horizonte amenazaba lluvia y era precisamente eso lo que estaban comentando cuando el capitán Dettmar, procedente de popa y a punto de bajar, los miró con desconfianza. Se detuvo, con el rostro dominado por gestos espasmódicos. Luego dijo:

–Están hablando de mí.

Tenía la voz ronca y parecía nervioso. Minnie Duncan iba a responder, pero miró el rostro inmóvil de su marido, siguió su ejemplo y no dijo nada.

–He dicho que estaban hablando de mí –insistió el capitán Dettmar, y esta vez casi rugió.

No se tambaleaba ni traicionaba de otra forma el alcohol que llevaba dentro, excepto por los gestos convulsos de su rostro.

–Minnie, será mejor que bajes –dijo Duncan en tono amable–. Dile a Lee Goom que dormiremos abajo. Ese chaparrón no tardará mucho en empaparlo todo.

Ella hizo caso y se marchó, demorándose lo justo para mirar con preocupación los rostros poco iluminados de los dos hombres.

Duncan continuó fumando su puro y aguardó hasta que la voz de su mujer, en conversación con el grumete, le llegó a través de la lumbrera abierta.

–¿Y bien? –preguntó Duncan en voz baja pero muy seca.

–He dicho que estaban hablando de mí. Y lo vuelvo a decir. No estoy ciego. Día tras día los he visto hablar de mí. ¿Por qué no se anima y me lo dice a la cara? Sé que ha decidido despedirme en Attu-Attu.

–Siento que lo eche todo a perder de esta forma –fue la respuesta tranquila de Duncan.

Pero el capitán Dettmar estaba decidido a buscar pelea.

–Sabe que va a despedirme. Se cree demasiado bueno para relacionarse con gente como yo. Usted y su mujer.

–Tenga la amabilidad de no meterla en esto –advirtió Duncan–. ¿Qué quiere?

–Quiero saber qué piensa hacer.

–Después de esto, despedirlo en Attu-Attu.

–Era su intención desde el principio.

–Al contrario. Lo que me obliga a hacerlo es su conducta actual.

–No me venga con esas.

–No puedo conservar a un capitán que me llama mentiroso.

El capitán Dettmar se quedó desconcertado. Su rostro y sus labios se movían, pero no podía articular palabra. Duncan fumaba sin perder la calma y miraba a popa, hacia la nube cada vez más grande.

–Lee Goom subió el correo a bordo en Tahití –dijo el capitán Dettmar–. Ya estábamos virando a pique para zarpar. Usted no miró las cartas hasta que salimos a alta mar y entonces ya era tarde. Por eso no me despidió en Tahití. Lo sé bien. Vi el sobre alargado cuando Lee Goom subió a bordo. Era del gobernador de California, tenía su sello en una esquina, bien a la vista. Ha estado maniobrando a mis espaldas. Algún raquero vagabundo de Honolulú le contaría el rumor y usted le escribiría al gobernador para asegurarse. Lo que Lee Goom le llevó era su respuesta. ¿Por qué no habló conmigo, como un hombre? No, prefirió portarse de forma deshonesta, sabiendo que este viaje era mi oportunidad de recuperar el buen rumbo. En cuanto leyó la carta del gobernador decidió librarse de mí. Lo he visto en su rostro todo el tiempo, durante estos meses. Los he visto a los dos, siempre amables y educados conmigo, esconderse en los rincones para hablar de mí y de ese asunto de San Francisco.

–¿Terminó? –preguntó Duncan en voz baja y tensa–. ¿Del todo?

El capitán Dettmar no respondió.

–Entonces hablaré yo. Precisamente por ese asunto de San Francisco no lo despedí en Tahití. Y sabe Dios que me provocó más que suficiente. Pensé que nadie necesitaba más que usted la oportunidad de rehabilitarse. De no haber existido esos antecedentes, lo habría despedido cuando me enteré de que me robaba.

El capitán Dettmar se mostró sorprendido, hizo ademán de hablar y luego se lo pensó mejor.

–El calafateo de la cubierta, los machos y hembras de bronce del timón, la revisión del motor, el nuevo botalón de la vela balón, los pescantes nuevos y las reparaciones de la chalupa. Usted aceptó la factura del astillero. Sumaba un total de cuatro mil ciento veintidós francos. Según las tarifas normales del astillero no habría pasado un céntimo de los dos mil quinientos francos.

–Si acepta la palabra de esos buitres costeros antes que la mía… –empezó a decir el otro con voz pastosa.

–Ahórrese la molestia de seguir mintiendo –continuó Duncan sin inmutarse–. Me ocupé de investigarlo. Hice que llevaran a Flaubin ante el gobernador y el muy bribón confesó que había cobrado mil seiscientos francos de más. Dijo que usted lo había obligado. Que usted se quedó con mil doscientos y a él le tocaron cuatrocientos y el trabajo. No me interrumpa. Abajo tengo su declaración jurada. Entonces sí que lo habría dejado en tierra, de no haberse encontrado usted desacreditado. O alguien le daba una oportunidad o acabaría en un hoyo muy profundo. Yo le di esa oportunidad. ¿Qué tiene que decir al respecto?

–¿Qué dijo el gobernador? –preguntó el capitán Dettmar en tono agresivo.

–¿Qué gobernador?

–El de California. ¿Le mintió, como los demás?

–Le contaré lo que me dijo. Dijo que lo habían condenado basándose en pruebas circunstanciales; que por eso fue castigado con cadena perpetua y no acabó en la horca; que usted siempre había insistido, sin descanso, en su inocencia; que era usted la oveja negra de los Dettmar de Maryland; que ellos habían removido cielo y tierra para lograr su indulto; que su conducta en la cárcel resultó ejemplar; que, en la época en que usted fue condenado, él era fiscal; que, después de que pasara siete años en la cárcel accedió a la petición de su familia y lo indultó; y que en el fondo él dudaba de que usted hubiera matado a McSweeny.

Se produjo una pausa que Duncan aprovechó para estudiar la nube de borrasca, mientras el rostro del capitán Dettmar gesticulaba sin descanso.

–Pues el gobernador se equivoca –anunció con una breve carcajada–. Yo maté a McSweeny. Esa noche emborraché al vigilante. Maté a McSweeny a golpes en su litera. Usé la cabilla de maniobra de hierro que guardaron como prueba. No tuvo la más mínima posibilidad. Lo dejé hecho papilla. ¿Le cuento los detalles?

Duncan lo miró con la curiosidad con la que habría mirado a un monstruo, pero no contestó.

–Oh, no me da miedo contárselo –se jactó el capitán Dettmar–. No hay testigos. Además, ahora soy libre. Me indultaron y no pueden volver a encerrarme en ese agujero. Con el primer golpe le rompí la mandíbula. McSweeny dormía boca arriba. Dijo: “¡Dios mío, Jim! ¡Por Dios!”. Tuvo gracia ver cómo le temblaba la mandíbula mientras hablaba. Luego lo machaqué. ¿Le cuento el resto de los detalles?

–¿No tiene nada más que decir? –fue la respuesta.

–¿No le parece bastante? –contestó el capitán Dettmar.

–Sí, me basta.

–¿Qué piensa hacer al respecto?

–Dejarlo en tierra, en Attu-Attu.

–¿Y mientras?

–Mientras… –Duncan se detuvo. El viento sopló con más fuerza y le onduló el cabello. Las estrellas desaparecieron y el Samoset se desvió cuatro puntos de su rumbo ante la despreocupación del timonel–. Mientras, lance las drizas a cubierta y ocúpese del timón. Llamaré a los hombres.

En ese instante la borrasca estalló sobre ellos. El capitán Dettmar se apresuró a popa, sacó de los pasadores las drizas de la mayor adujadas y las lanzó a la cubierta, dispuesto a salir corriendo. Los tres nativos surgieron en masa del pequeño castillo de proa, dos de ellos corrieron hacia las drizas mientras el tercero cerraba el tambucho de la sala de máquinas y daba la vuelta a los ventiladores. Abajo, Lee Goom y Toyama bajaban las tapas de las lumbreras y atornillaban las vigotas. Duncan cerró la tapa de la escotilla del tambucho y se quedó allí aguardando, mientras las primeras gotas de lluvia le empapaban el rostro y el Samoset daba un violento salto hacia adelante, al tiempo que escoraba, primero a estribor y luego a babor, según el viento racheado golpeaba sus velas.

Todos esperaron. Pero no fue necesario arriar velas. El viento perdió fuerza y la lluvia tropical lo inundó todo. El peligro había pasado y mientras los kanakas empezaban a adujar de nuevo las drizas en los pasadores, Boyd Duncan decidió bajar.

–Todo va bien –le dijo alegremente a su mujer–. No ha sido más que una ráfaga.

–¿Y el capitán Dettmar? –preguntó ella.

–Ha estado bebiendo, eso es todo. En Attu-Attu me libraré de él.

Pero antes de subirse a su litera, Duncan sujetó sobre la piel y bajo la chaqueta del pijama una pesada pistola automática.

Se durmió casi de inmediato porque tenía el don de la relajación perfecta. Se dejaba llevar por la tensión al actuar, como los salvajes, pero en cuanto la necesidad pasaba, se relajaba en cuerpo y alma. Por eso se quedó dormido mientras la lluvia aún caía en cubierta y el velero cabeceaba y se balanceaba en el breve e intenso oleaje provocado por el chaparrón.

Se despertó con una sensación de asfixia y pesadez. Los ventiladores eléctricos se habían detenido y el aire era denso y bochornoso. Maldiciendo para sus adentros a todos los Lorenzos y los acumuladores del mundo, oyó moverse a su esposa en el camarote contiguo y salir a la cabina principal. Pensó que, evidentemente, se dirigía a cubierta en busca de aire fresco y le pareció un buen ejemplo a imitar. Se puso las zapatillas y, con una almohada y una manta bajo el brazo, la siguió. A punto de salir a la superficie desde la escalera, el reloj de la cabina empezó a dar la hora y se detuvo a escuchar. Cuatro campanadas. Eran las dos de la madrugada. Del exterior llegaba el crujido del racamento contra el palo. El Samoset se balanceaba ligeramente y la suave brisa hacía vibrar sus velas.

En el momento justo en que ponía el pie sobre la humedad de la cubierta oyó gritar a su esposa. Era un grito de sorpresa y miedo que se apagó con el ruido que hace un cuerpo al caer al agua. Saltó a cubierta y corrió a popa. A la suave luz de las estrellas distinguió la silueta de su cabeza y sus hombros, que se quedaba atrás, en la estela del barco.

–¿Qué ha sido eso? –preguntó el capitán Dettmar desde el timón.

–La señora Duncan –respondió Boyd mientras arrancaba un salvavidas de su gancho y lo lanzaba a popa–. Trasluche a estribor y acérquese con viento de bolina.

Entonces Boyd Duncan cometió un error. Se lanzó al agua.

Al salir a la superficie distinguió la luz azul de la boya salvavidas, que se había encendido de forma automática al caer al mar. Nadó hacia ella y descubrió que Minnie ya estaba allí.

–Hola –le dijo–. ¿Necesitabas refrescarte?

–¡Oh, Boyd! –exclamó ella y extendió una mano mojada para tocar la de él.

La luz azul, ya fuese por mala conservación o avería, parpadeó y se apagó. Al ascender la suave cresta de una ola, Duncan se giró hacia la imagen borrosa del Samoset en la oscuridad. No había luces, pero sí ruidos que indicaban caos a bordo. Pudo oír los gritos del capitán Dettmar por encima de los gritos de los otros.

–Debo decir que tarda lo suyo –se quejó Duncan–. ¿Por qué no cambia el rumbo? Allá va.

Oyeron el ruido de los cuadernales de aparejo de la botavara al aflojar la vela.

–Eso era la mayor –murmuró–. Trasluchada a babor, cuando yo le dije a estribor.

El empuje de una nueva ola los hizo ascender, seguida de otra y varias más, antes de poder distinguir el verde lejano de la luz de estribor del Samoset. Pero en lugar de permanecer inmóvil, como señal de que el velero navegaba hacia ellos, empezó a cruzar en horizontal su campo de visión.

Duncan maldijo en voz alta.

–¿Por qué se queda ahí ese marinero de agua dulce? –quiso saber–. Tiene el compás y conoce nuestro rumbo.

Pero la luz verde, lo único que veían y sólo cuando se encontraban en la cresta de una ola, continuaba alejándose de ellos –al parecer navegaban contra el viento– y se atenuaba cada vez más. Duncan gritó con fuerza varias veces y en los intervalos siempre oían, aunque muy débil, la voz del capitán Dettmar gritando órdenes.

–¿Cómo me va a oír con semejante jaleo? –se quejó Duncan.

–Lo hace para que la tripulación no te oiga a ti –respondió Minnie.

La calma con la que lo dijo llamó la atención del marido.

–¿Por qué dices eso?

–Porque no tiene intención de recogernos –contestó con la misma calma en la voz–. Él me tiró por la borda.

–¿No te habrás equivocado?

–Imposible. Me encontraba en la jarcia mayor, mirando a ver si amenazaba más lluvia. Seguramente dejó el timón y se acercó a mí sin hacer ruido. Yo me agarraba a un viento con una mano. Él me soltó la mano desde atrás y me arrojó al agua. Es una pena que no lo supieras, porque te habrías quedado a bordo.

Duncan gimió, aunque no dijo nada durante varios minutos. La luz verde cambió de rumbo.

–Viró por avante –anunció–. Tienes razón. Maniobra a barlovento a propósito. Contra el viento no podrán oírme, pero seguiré intentándolo.

Gritó a intervalos de un minuto durante un buen rato. La luz verde desapareció y fue reemplazada por la roja, lo que indicaba que el velero había vuelto a virar por avante.

–Minnie –dijo por fin–, me duele decírtelo, pero te has casado con un idiota. Sólo un idiota habría saltado al agua como hice yo.

–¿Qué oportunidades tenemos de que nos recoja algún otro barco? –preguntó ella.

–Una entre diez mil o entre diez mil millones. Ni los vapores ni los mercantes cruzan esta parte del océano. Y en los mares del sur no hay balleneros. Podría haber alguna goleta mercante solitaria, procedente de Tutuwanga. Pero sé bien que solo visitan esa isla una vez al año. Tenemos una oportunidad entre un millón.

–Pues nos la jugaremos –contestó ella con voz firme.

–¡Eres maravillosa! –Cogió su mano y la besó–. Y la tía Elizabeth sin comprender lo que había visto en ti. Claro que nos la jugaremos. Y además ganaremos. No podemos pensar en lo contrario. Allá vamos.

Soltó la pesada pistola que llevaba al cinto y dejó que se hundiera en el mar. Sin embargo, conservó el cinturón.

–Ahora pasa al interior del salvavidas e intenta dormir. Bucea para meterte dentro.

Ella se sumergió y salió a la superficie dentro del flotador. Duncan la sujetó con las correas y luego se pasó el cinto alrededor de un hombro y se ató al exterior del salvavidas.

–Aguantaremos bien todo el día de mañana –dijo–. Gracias a Dios que el agua está templada. Las primeras veinticuatro horas no serán muy duras. Y, si al caer la noche no nos han recogido, tendremos que aguantar un día más. No podemos hacer otra cosa.

Guardaron silencio durante media hora. Duncan, con la cabeza apoyada en el brazo que mantenía sobre el salvavidas, parecía dormido.

–¿Boyd? –llamó Minnie en voz baja.

–Creí que estabas dormida –masculló él.

–Boyd, si no salimos de esta…

–¡Calla! –exclamó él de malas maneras–. Por supuesto que saldremos de esta. No hay duda. En algún lugar de estas aguas hay un barco que se dirige hacia nosotros. Ya lo verás. Te lo digo tan seguro como si tuviera una radio en la cabeza. Y ahora, yo voy a dormir. Tú verás lo que haces.

Pero por una vez el sueño lo abandonó. Una hora después oyó removerse a Minnie y supo que estaba despierta.

–Oye, ¿sabes qué he estado pensando? –preguntó ella.

–No. ¿Qué?

–Que voy a desearte feliz Navidad.

–Caramba, no lo había pensado. Claro, es Navidad. Aún nos quedan muchas más por vivir. ¿Sabes lo que pienso? Que es una vergüenza que nos hayan dejado sin comida de Navidad. Espera a que le ponga las manos encima a Dettmar. Se la haré vomitar. Y no me hará falta usar una cabilla de maniobra de hierro. Lo haré a puñetazos, ya lo verás.

A pesar de su ironía, Boyd Duncan tenía pocas esperanzas. Sabía muy bien lo que era tener una oportunidad entre un millón y estaba seguro de que su mujer y él vivían sus últimas horas, que además, inevitablemente, iban a ser muy duras y trágicas.

El sol del trópico salió en un cielo azul, sin nubes. No había nada que ver. El Samoset estaba más allá del horizonte. Cuando el sol se elevó más, Duncan rompió en dos el pantalón de su pijama y con cada pedazo hizo un turbante. Empapados en agua de mar, contrarrestaban el calor.

–Cuando pienso en esa comida me enfado de verdad –se quejó al darse cuenta de que la preocupación amenazaba con apoderarse del rostro de su mujer–. Quiero que estés conmigo cuando le ajuste las cuentas a Dettmar. Siempre me he opuesto a que las mujeres presencien escenas violentas, pero esto es distinto. Le daré una buena paliza –al cabo de un rato añadió–: espero no romperme los nudillos.

El mediodía llegó y se fue, mientras ellos seguían flotando en medio del mar. La brisa de los últimos alisios los refrescaba al tiempo que ascendían y bajaban, con monótona regularidad, las olas de un tranquilo mar veraniego. Un albatros los espió y permaneció media hora volando en círculos majestuosos sobre ellos. Luego una raya gigantesca, de seis metros de envergadura, pasó cerca.

Al ponerse el sol, Minnie empezó a desvariar en voz baja, balbuceando como una niña. El rostro de Duncan palideció mientras la miraba y escuchaba, lo que lo llevó a planear la mejor forma de poner fin a las horas de agonía que les esperaban. En ello estaba cuando, al ascender una ola más alta de lo normal, barrió el mar con la mirada y vio algo que lo hizo gritar.

–¡Minnie!

Ella no respondió y él le gritó al oído con toda la fuerza que logró reunir. Minnie abrió los ojos, en los que flotaba una mezcla de consciencia y delirio. Golpeó sus manos y sus muñecas hasta que logró despertarla.

–¡Ahí está, nuestra oportunidad entre un millón! –gritó Duncan–. ¡Es un vapor que viene hacia nosotros! ¡Cielos, es un crucero! ¡Ya sé! Es el Annapolis, que regresa de Tutuwanga con un grupo de astrónomos.

 

El cónsul de Estados Unidos, señor Lingford, era un caballero anciano y meticuloso que, en los dos años que llevaba en Attu-Attu, nunca se había tropezado con un caso tan insólito como el que Boyd Duncan le había presentado. El Annapolis lo había desembarcado allí, junto con su mujer, y continuado viaje rumbo a Fiji con su carga de astrónomos.

–Fue un intento de asesinato a sangre fría y deliberado –dijo el cónsul Lingford–. La justicia seguirá su curso. No sé cómo tratar exactamente a ese capitán Dettmar, pero si viene a Attu-Attu, tenga por seguro que nos ocuparemos de él y que… nos ocuparemos de él. Mientras, repasaré las leyes. Pero ahora, ¿no desean quedarse a almorzar su esposa y usted?

Mientras Duncan aceptaba la invitación, Minnie, que miraba por la ventana hacia el puerto, se enderezó de repente y tocó el brazo de su marido. Él siguió su mirada y vio al Samoset, con la bandera a media asta, detenerse y echar el ancla a menos de cien metros de distancia.

–Ahí está mi barco –le dijo Duncan al cónsul–. Ya hay una chalupa al costado, ocupada por el capitán Dettmar. Si no me equivoco, vendrá a informarle de nuestra muerte.

La chalupa llegó a la playa de arena blanca y, tras dejar a Lorenzo reajustando el motor, el capitán Dettmar cruzó a paso firme la arena y siguió el sendero del consulado.

–Permita que presente su informe –dijo Duncan–. Nosotros lo escucharemos desde la habitación contigua.

Tras la puerta entornada, él y su mujer oyeron al capitán Dettmar, con voz triste y atribulada, describir la pérdida de quienes le habían dado empleo.

–Trasluché y regresé al punto donde habían caído –concluyó–. No había ni rastro de ellos. Los llamé sin descanso pero no respondieron. Cambié de rumbo una y otra vez durante dos horas, luego me puse al pairo hasta el alba y continué buscándolos durante todo el día, con dos hombres en las espigas. Es horrible. Estoy desolado. El señor Duncan era un hombre magnífico y nunca…

Pero no pudo completar la frase porque en ese momento su magnífico jefe salió a grandes zancadas de la otra habitación, dejando a Minnie en el umbral de la puerta. El pálido rostro del capitán Dettmar palideció aún más.

–Hice lo que pude por rescatarlos, señor –empezó a decir el capitán.

Boyd Duncan respondió a puñetazos, dos exactamente, que hicieron blanco en el rostro del capitán a derecha y a izquierda. Dettmar se tambaleó hacia atrás, se recuperó y se lanzó amenazante hacia su jefe, que lo recibió con un fuerte golpe entre los ojos.

El capitán se derrumbó llevándose consigo la máquina de escribir.

–¡Esto no es admisible! –farfulló el cónsul Lingford–. Le ruego, le ruego que desista.

–Pagaré los daños que causemos al material de oficina –respondió Duncan mientras seguía descargando puñetazos sobre los ojos y la nariz de Dettmar.

El cónsul Lingford correteaba de un lado al otro como una gallina mojada mientras destrozaban su despacho. En un momento dado agarró a Duncan del brazo, pero este se soltó y lo lanzó a varios metros de distancia. Luego apeló a Minnie.

–Señora Duncan, por favor, ¿sería tan amable de contener a su esposo?

Pero ella, pálida y temblorosa, negó decididamente con la cabeza y se concentró en la refriega.

–Es un ultraje –gritó el cónsul Lingford, mientras esquivaba los cuerpos de ambos hombres–. Es una afrenta al gobierno, al gobierno de Estados Unidos. Les advierto que no lo pasaremos por alto. Por favor, señor Duncan, desista. Lo va a matar. Por favor, se lo ruego. Le ruego que…

Pero el ruido de un jarrón lleno de hibiscos al romperse lo dejó sin habla.

Llegó un momento en el que el capitán Dettmar ya no pudo levantarse. Consiguió ponerse a cuatro patas, luchó en vano por alzarse más y se desmoronó. Duncan tocó con el pie aquel despojo que gemía para intentar espabilarlo.

–Está bien –anunció–. Sólo lo he tratado como ha tratado él a muchos marineros. Él incluso ha ido más allá.

–¡Cielo santo, señor! –estalló el cónsul Lingford, mirando horrorizado al hombre al que había invitado a almorzar.

Duncan dejó escapar una risilla involuntaria y luego se controló.

–Le pido disculpas, señor Lingford. Le pido disculpas de corazón. Me temo que me he dejado llevar ligeramente por mis sentimientos.

El cónsul Lingford tragó saliva y alzó los brazos, incapaz de hablar.

–¿Ligeramente, señor?, ¿ligeramente? –logró articular por fin.

–Boyd –se oyó la voz suave de Minnie desde el umbral.

Él se giró para mirarla.

–Eres maravilloso –le dijo.

–Yo ya he acabado con él, señor Lingford –anunció Duncan–. Y le entrego a usted y a la justicia lo que queda de este hombre.

–¿Eso? –preguntó el cónsul, horrorizado.

–Eso –respondió Boyd Duncan, mientras miraba apesadumbrado sus maltratados nudillos.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)