jueves, 26 de febrero de 2026

Maternidad

José María Tamparillas

 

No siempre desaparece la humanidad, eso es lo malo. Ya se ha comido ocho de sus diez dedos y parte del antebrazo. Pero el hambre es fuerte y no sabe cuánto aguantará; mientras, el bebé le sonríe desde la cuna, inocente, ajeno al fin.

 

(Tomado de www.talesofmytery.blogspot.com)

 

El ama de casa de clase media

Patricia Highsmith

 

Pamela Thorpe consideraba que Liberación Femenina era uno de esos estúpidos movimientos de protesta sobre los cuales les gusta escribir a los periodistas para llenar sus páginas. Las de Liberación Femenina afirmaban que “querían independencia” para las mujeres, mientras que Pamela pensaba que, de todas formas, las mujeres dominaban a los hombres. Por eso, ¿para qué armar tanto jaleo?

El motivo por el que surgió esta cuestión fue porque su hija, Bárbara, volvió a casa en junio después de graduarse de la Universidad y le dijo a su madre que iba a haber una reunión de Liberación Femenina en su barrio. La había organizado Bárbara con su compañera Fran, a cuya familia conocía Pamela. Naturalmente, Pamela fue a la reunión, que se celebraba en la parroquia, sobre todo por divertirse y para oír lo que la generación joven tuviera que decir.

Había globos de colores y cadenetas de papel colgando de las vigas y de los alféizares de las vidrieras. Pamela se quedó sorprendida al ver a Connie Haines joven y madre de dos niños pequeños, predicando como un converso.

–¡Las mujeres trabajadoras necesitan guarderías estatales gratuitas! –gritó Connie, y sus últimas palabras quedaron casi ahogadas por los aplausos–. ¡Y la pensión alimentaria, esa explotación legalizada de los maridos divorciados, debe desaparecer!

¡Vítores! Las mujeres se pusieron de pie, aplaudiendo y gritando.

¡Guarderías estatales! Pamela imaginaba ríos de mujeres trabajadoras (que únicamente se figuraban que querían trabajar) abandonando sus hogares a las ocho de la mañana, dejando a sus críos en algún sitio y, al final de la semana, trayendo el cheque de la paga a una casa donde la próxima comida ni siquiera estaba en el fuego. Ahora muchas mujeres levantaban la mano pidiendo la palabra, así que Pamela levantó la suya también. Había muchas cosas que quería decir.

–¡Los hombres no están en contra de nosotras! –gritaba una mujer desde uno de los bancos–. ¡Son las mujeres quienes nos retienen, mujeres egoístas y cobardes que creen que van a perder algo eligiendo a igual trabajo, igual salario!

–Mi marido –empezó Connie, que de repente volvía a tener la palabra y hablaba todavía más alto que antes– está a punto de acabar la carrera de Medicina. Estamos preocupados porque apenas llegamos a fin de mes. ¡Contratar a una niñera se llevaría todo mi sueldo si yo tuviera un trabajo! ¡Por eso estoy a favor de las guarderías estatales gratuitas! ¡Yo no soy demasiado cómoda para tener un trabajo!

Más aplausos y vivas.

Ahora Pamela se puso de pie.

–¡Guarderías estatales! –dijo, y tuvieron que oírla porque su voz se alzaba por encima de todas las demás–. Ustedes, las jóvenes –yo tengo cuarenta y dos años–, no parecen comprender que el sitio de una mujer está en su casa, para crear un hogar; estarán creando una generación de delincuentes si los convierten en una generación de niños formados en guarderías estatales…

Un griterío general acalló a Pamela por un momento.

–¡Eso no está demostrado! –chilló una chica.

–¡Y la supresión de la pensión alimentaria! A lo mejor también estás en contra de eso, ¿no? –preguntó otra. Era su hija Bárbara.

Las caras se volvieron borrosas. Pamela reconoció a algunas de ellas, vecinas suyas desde hacía años, pero en cierto sentido no podía reconocerlas en su nuevo papel de enemigas, de atacantes.

–Respecto a la pensión –resumió Pamela, aún de pie–, es tarea del marido mantener a la familia, ¿no?

–¿Incluso cuando la esposa se fue? –preguntó alguien.

–¡Cada caso de divorcio debería examinarse por separado! –gritó otra voz.

–¿Sabes que algunas mujeres están cometiendo verdaderos abusos, y eso desprestigia a todas las mujeres?

–¡Las mujeres serían las víctimas! –replicó Pamela–. Se ha llamado a la abolición de la pensión alimentaria autorización para Don Juanes, ¡y eso es lo que es! ¡Acabará con nuestros vales de comida!

¡El caos! Ahora estaba la carne en el asador. Quizá la elección de la frase había sido desafortunada –“vales de comida”–, pero, en cualquier caso, toda la congregación, o más bien, la masa, estaba en pie.

El nivel de adrenalina de Pamela ascendió para enfrentarse a la situación. Comprendió también que tenía que protegerse, porque el ambiente se había vuelto de pronto desagradable y hostil. Pero no estaba sola: por lo menos cuatro mujeres, todas ellas vecinas y más o menos de la edad de Pamela, estaban de su parte, y ella vio que los ejércitos estaban tomando posiciones en grupos, o nudos. Las voces se alzaban todavía más. Empezaron a volar los libros de himnos.

¡Plaff!

–¡Reaccionarias!

–¡Destructoras de hogares!

–¡Supongo que serás antiabortista, además!

Un huevo le dio a Pamela entre los ojos. Se limpió la cara con un pañuelo de papel. ¿De dónde había salido el huevo? Pero, claro, muchas de las mujeres llevaban la bolsa de la compra.

Los jitomates describían un arco en el aire, como bombas rojas. También las manzanas. El estruendo recordaba al fuerte cacareo de las gallinas u otro tipo de ave, muy asustadas, confinadas en un espacio reducido. Los bandos no estaban alineados. Los grupos combatían entre sí a corta distancia.

¡Whop! Eso había sido una lata de algo lanzada a la cabeza de una mujer, en represalia –así lo afirmó la atacada– por una ofensa peor. Los paraguas, al menos tres o cuatro, empezaron a desempeñar un papel en la batalla.

–¡Escucha lo que te digo!

–¡Hija de puta!

–¡Basta de pelea!

–¡Siéntense! ¿Dónde está la presidenta?

Pamela vio que algunas mujeres se estaban yendo, produciendo un atasco en la puerta principal. Entonces descubrió sorprendida que tenía un macizo reclinatorio entre las manos y que estaba a punto de lanzarlo. ¿Cuántos había arrojado ya? Dejó caer el reclinatorio (sobre sus propios pies) y se agachó justo a tiempo de esquivar una col.

Pero lo que acabó con Pamela fue una lata de kilo de frijoles blancos que le acertó en la sien derecha. Murió en unos segundos, y su atacante nunca fue identificada.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

Fábula

Voltaire

 

Fue necesario escoger un rey entre los árboles. El olivo no quiso abandonar el cuidado de su aceite, ni la higuera el de sus higos, ni la viña el de su vino, ni los otros árboles los de sus frutos. El cardo, que no servía para nada, fue el rey, porque tenía espinas y podía hacer daño.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 


La hija del guardagujas

Vicente Huidobro

 

La casita del guardagujas está junto a la línea férrea, al pie de una montaña tan empinada que sólo algunos árboles especiales pueden escalonar a gatas, aferrándose con sus raíces afiladas, agarrándose a los terrones hasta llegar a la cumbre.

La casita de madera desvencijada a causa del estremecimiento constante y los fragores. La casita pequeña en un terraplén de veinte metros junto a tres líneas.

Allí vive el guardagujas con su mujer, contemplando pasar los trenes cargados de fantasmas que van de ciudad a ciudad. Cientos de trenes, trenes del norte al sur y trenes del sur al norte. Todos los días, todas las semanas, todo el año. Miles de trenes con millones de fantasmas, haciendo crujir los huesos de la montaña.

La mujer, como buena mujer, le ayuda a enhebrar los trenes por el justo camino.

La responsabilidad de tantas vidas satisfechas les ha puesto un gesto trágico en el rostro. Apenas si pueden sonreír cuando se quedan como suspendidos mirando a su pequeña, una criatura de tres años, graciosa, delicada, con gestos de flor y de paloma.

Pasan los trenes con el fragor de hierros y largos metales arrastrados de toda una ciudad que soltara sus amarras, de tantos fantasmas desencadenados y ebrios de libertad.

La hija del guardagujas juega entre los trenes de su montaña con una confianza aterradora. Ignora que los niños ricos de la ciudad se entretienen con unos trenes pequeñitos como ratones sobre rieles de lata. Ella posee los trenes más grandes del mundo… y ya empieza a mirarlos con desprecio.

Es un encanto de niñita. Viva, despreocupada, suelta como si no quisiera apegarse a nadie. Se diría que un tren la arrojó allí al pasar como por casualidad.

En cambio sus padres viven pendientes de ella, la contemplan, mientras todavía es tiempo, la miman, la adoran.

Ellos saben que un día la va a matar un tren.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

miércoles, 25 de febrero de 2026

Única vez

Olga Traba Carballo

 

Sé que la abuela no le contó a nadie más esta historia.

Ahora que está muerta dirán que es otra de mis fantasías, que lo inventé todo, y es una mentira. Pero no es así, ocurrió de verdad y lo cuento tal y como ella me lo trasmitió aquella vez.

Todos saben que la Tene, como le decíamos, se casó muy joven, parió muchos hijos y no conoció más hombre que el abuelo. No miento, ¿verdad? Esa es la historia oficial, nadie la discute, pero recordarán que una vez, después de enviudar, ella viajó sola a Brasil, con un grupo de personas de su edad, y todos se pusieron contentos porque pensaron que a partir de ahí tendría vida propia y empezaría a salir. ¿Lo recuerdan? Bien, durante ese viaje sucedió todo.

Todavía no entiendo bien por qué me lo contó a mí, que apenas empezaba a ser una adolescente; tal vez lo hizo porque se daba cuenta que yo tenía la cabeza llena de pájaros enloquecidos por volar, cabeza de humo como dice mi hermana… La Tene era una hermosa mujer, parir a tantos hijos no le hizo perder ningún encanto. Tenía la cintura fina, la piel tersa, los senos blancos y erguidos como los de una joven, siempre me hicieron pensar en dos palomas, prontas de desplegar vuelo. La Tene no se avergonzaba delante de nosotros cuando se estaba cambiando la ropa y entrábamos a su habitación sin llamar, asumía su cuerpo con naturalidad. Su pelo era abundante, yo no llegué a verlo sino cuando estaba todo blanco, pero en las fotos se lo ve de ese rojo oscuro como el de casi todas las mujeres de nuestra familia. Sus ojos amarillos brillaron hasta el final llenos de picardía. Tenía un carácter alegre que le permitió superar todas las dificultades durante su matrimonio con el abuelo.

Ya sé, él también está muerto hace mucho y no se debe hablar mal de quienes ya no están entre nosotros; no hablo mal, sólo comento hechos y nadie podrá negar que el abuelo se pasó más tiempo tocando el acordeón por las estancias que trabajando, y la abuela crio a los hijos gracias a su propia iniciativa y creatividad.

No pienso discutirlo, es mi opinión.

Al volver de ese viaje la abuela se mostraba ilusionada, contenta, todos pensaron que repetiría los viajes, se extrañaron al ver pasar el tiempo sin que ella volviera a salir. Retomó sus tejidos, en la semipenumbra del caserón enorme, lleno de fantasmas conocidos, de plantas, de olores familiares.

Todavía recuerdo muy bien el aire ausente que lucía cuando me relató lo sucedido, y la dulzura inusual de su voz; las palabras que pondré en sus labios no serán las mismas que pronunció, pero eso tendrán que perdonarlo, mi memoria ya no es tan fiel, guardo demasiados recuerdos.

El viaje fue muy agradable, la gente era simpática, conversadora y cariñosa. Al llegar nos llevaron a un hotel enorme donde no había mucha gente, cada uno se fue a su habitación.

Yo no era amiga de nadie, conocía a todos pero nunca he tenido amigos de verdad.

Por la tarde, luego de almorzar salimos a recorrer la ciudad y al llegar la noche estaba exhausta. No quise cenar y me quedé sola, en un pequeño salón próximo a mi habitación, sentada junto al fuego bebiendo una copa de vino…

No sé cuánto tiempo estuve así, debo de haberme dormido un momento, no se oía ningún ruido. Estaba ligeramente tendida en el sillón sin pensar en nada.

De pronto sentí sobre mí el peso de una mirada. No levanté los ojos, continué tal como estaba, mirando el fuego.

La persona que me observaba estaba en la escalera, no veía más que sus pies asomando por debajo de unos vaqueros remangados, eran unos pies masculinos de extraña belleza, unos pies duros, firmes pero delicados que no sé por qué me llenaron de ternura. El hombre se acercó despacio sentándose a mi lado como si fuera un viejo conocido. Sin pronunciar una sola palabra volvió a llenar mi copa y me la alcanzó. Yo bebí también en silencio.

Era un hombre joven, no más de treinta años. No sé de qué modo sucedió pero de pronto sentí que se acercaba más y me sorprendió con su boca en la mía, besando suavemente como si esa fuera la única cosa en el mundo que podía hacer. Pero lo más extraño es que yo le respondía del mismo modo.

Pensé que el vino tendría algo que me hizo obrar de aquella forma.

Sentía el cuerpo como en una nube, un sueño, algo blando y leve que deseaba ser acariciado como él lo estaba haciendo, pero también mis manos querían acariciar, estaban abiertas, húmedas, no tenía los puños cerrados como cada vez que tu abuelo venía a acostarse conmigo, mis dientes no estaban apretados y mi cuerpo no estaba tenso. Algo en mi interior me empujaba a abrirme, a desatarme, a dar. El hombre no parecía tener ninguna urgencia, la seda de sus manos vagaba por mi cuerpo y la ropa de ambos desapareció como por magia.

Nunca había estado desnuda en presencia de ningún hombre pero no sentí vergüenza, al contrario, un orgullo desconocido hizo que me atreviera a exhibirme como si fuese perfecta.

No sabía besar pero lo cubrí de besos, besos tiernos, dulces como cuando las palomas picotean a sus pichones, luego fueron más audaces, más apasionados, pequeños mordiscos llenos de fuego. No dijimos una sola palabra. Aunque tenía deseos de gritar, de gemir, de aullar como una perra, guardé silencio. Sólo se oían nuestras respiraciones agitadas, tenía miedo de que cualquier otro sonido pudiera hacer desvanecer el sueño.

Necesitaba que ese hombre entrara en mí, que tomara posesión de ese lugar de mi cuerpo desde el que había expulsado a mis hijos pero donde nunca había habitado nadie. Lo conduje hasta allí sin pronunciar palabra. Él me miró en silencio y vi que entendía. Sus gestos eran una copia de los míos.

Creí que iba a morirme, deseaba que aquello no terminara nunca. Era como si todo fuese a estallar dentro de mí, y de pronto sucedió. Algo como un terremoto me sacudió, todo mi interior se volvió de terciopelo, de algodón como un nido, y no deseaba que saliera de allí, quería que ese abrazo durara el resto de mi vida, que me apretara entre sus brazos para siempre, sentir eternamente ese aleteo de mariposas en el vientre, que nunca dejara de derramar su vida en mí.

Cuando desperté estaba en mi alcoba, sólo vi sus hermosos pies cuando cerraba la puerta, y volví a dormirme…

 

(Tomado de www.tallermecontasunahistoriadale.blogspot.com)

 

El cazador de orquídeas

Roberto Arlt

 

Djamil entró en mi camarote y me dijo: Señor, ya están apareciendo las primeras montañas.

Abandoné precipitadamente mi encierro y fui a apoyarme de codos en la borda. Las aguas estaban bravías y azules mientras que en el confín la línea de montañas de Madagascar parecía comunicarle al agua la frialdad de su sombra. Poco me imaginaba que dos días después me iba a encontrar en Tananarivo con mi primo Guillermo Emilio, y que desde ese encuentro me naciera la repugnancia que me estremece cada vez que oigo hablar de las orquídeas.

Efectivamente, dudo que en el reino vegetal exista un monstruo más hermoso y repelente que esta flor histérica, y tan caprichosa, que la veréis bajo la forma de un andrajo gris permanecer muerta durante meses y meses en el fondo de una caja, hasta que un día, bruscamente, se despierta, se despereza y comienza a reflorecer, coloreándose las tintas más vivas.

Yo ignoraba todas estas particularidades de la flor, hasta que tropecé con Guillermo Emilio, precisamente en Madagascar.

Creo haber dicho que Guillermo Emilio era cazador de orquídeas. Durante mucho tiempo se dedicó a esta cacería en el sur del Brasil; pero luego, habiendo la justicia pedido su extradición por no sé qué delito de estafa, de un gran salto compuesto de numerosos y misteriosos zigzags se trasladó a Colombia. En Colombia formó parte de una expedición inglesa que en el espacio de pocos meses cazó dos mil ejemplares de orquídeas en las boscosas montañas de Nueva Granada. La expedición estaba costosamente equipada, y cuando los ingleses llegaron a Bogotá, de los dos mil ejemplares les quedaban vivos únicamente dos. El resto, malignamente, se había marchitado, y el financiador de la empresa, un lustrabotas enriquecido, enloqueció de furor.

Completamente empobrecido, y además mal mirado por la policía, Guillermo Emilio emigró a México, donde pretende que él fue el primero que descubrió la especie que conocemos bajo el nombre de “orquídea del azafrán”. No sé qué incidentes tuvo con un nativo –los mexicanos son gente violenta–, que Guillermo Emilio desapareció de México con la misma presteza que anteriormente salió de Río Grande, después de Natal, luego de Bogotá y, finalmente, de Tampico. Algunos maldicientes susurraban que el primo Guillermo Emilio combinaba el robo con la caza, y yo no diré que sí ni que no, porque bien claro lo dicen las Sagradas Escrituras: “No juzguéis si no quieres ser juzgado”.

Era él un hombre alto como un poste, de piernas largas, brazos largos, cara larga y fina y mucha alegría que gastar. Se le encontraba casi siempre vestido con un traje caqui, polainas y casco de explorador y un cuaderno bajo el brazo. En este cuaderno estaban pegados varios recortes de periódicos de provincia, donde se le veía junto a una planta de orquídeas acompañado de un grupo de indígenas sonrientes. Tal publicidad le permitió robar en muchas partes.

Este es el genio que yo me encontré una mañana de agosto en Tananarivo cuando semejante a un babieca abría los ojos como platos frente al disparatado palacio que ocupó la ex reina indígena Ranavalo. Este palacio lo construyó un francés aventurero que recaló en Madagascar huyendo de sus crueles deudores, y de quien me contaron extraordinarias anécdotas; pero dejémoslas para otro día.

Estaba, como digo, de pie, abriendo los ojos frente al palacio y rodeado de un grupo de cobrizas chiquillas con motas trenzadas y desparramadas, como los flecos de una alfombra, sobre su frente de chocolate. Por momentos miraba el palacio de la pobre Ranavalo, y si le volvía la espalda tropezaba con una multitud de robustos malgaches, que con la cabeza cargada de cestos de cañas pasaban hacia el mercado transportando sus plátanos. También pasaban rechinantes carros arrastrados por pequeños cebúes despojados de su rabo por una infección que permite salvar al buey sacrificando su cola. Yo conocía un chiste muy divertido respecto al buey y su cola, pero ahora no lo recuerdo. Adelante.

Mis proyectos eran variados. Uno consistía en marcharme a los arrozales de Ambohidratrimo, otro –y éste me seducía muy particularmente– en cruzar oblicuamente la isla partiendo de Tananarivo para el puerto de Majunga, y embarcarme allí para el archipiélago de las Comores. Ninguno de estos proyectos estaba determinado por la necesidad de los negocios, sino por el placer. De pronto escuché una gritería y vi a un viejo con casco de corcho que salió maldiciendo y riéndose a la puerta de su almacén, y al tiempo que maldecía y se reía, amenazaba con el puño la copa de un cocotero. Entonces, fijándome en donde señalaba el viejo, vi un mono con un gran cigarro encendido que se lo había robado. En el almacén ladero, un chino, con un blusón azul que le llegaba a los talones y una gran coleta, miraba al mono, que fumaba haciéndole amenazadoras señales.

–¡Tony! ¡Tú aquí, Tony!

¿Quién diablos me llamaba?

Me volví, y allí, para mi desgracia, estaba el primo Guillermo, con su traje caqui y el cuaderno debajo del brazo. Mientras cambiábamos las primeras preguntas yo pensaba en echarle escrupuloso candado a mi cartera. Sin embargo, me dejé persuadir, y Guillermo, tomándome de un brazo, exclamó en voz alta, tan alta, que creo que la pudo escuchar el chino del “fondak” frontero:

–Nunca entres al restaurante de un chino. Será un misterio para ti lo que te dé de comer.

Terminó mi primo de pronunciar estas palabras, se corrió una cortinilla de abalorios, y corpulento, con una barba despejada sobre su pecho y un turbante del razonable diámetro de una piedra de molino, apareció Taman. Arrastrando sus amarillas babuchas por el piso de madera, se aproximó a nuestra mesa, y Guillermo Emilio le dijo:

–Honorable Taman: te presentaré a un primo mío, perteneciente a una muy noble familia de América.

Taman me saludó al modo oriental; luego estrechó calurosamente mi mano y yo pensé si no había caído en una emboscada. Luego un chico tuerto, con una lamentable chilaba colgando de sus hombros y un fez rojo, depositó tres vasos de café sobre la mesa y el primo Guillermo me lo presentó:

–Es sabio y virtuoso como el ojo de Alá.

El pequeño tuerto me saludó lo mismo que su amo, y el primo Guillermo continuó:

–A ti puedo confiarme –miró en derredor cautelosamente–. Este prodigioso niño llamado Agib, ha descubierto la orquídea negra. Dice que de pétalo a pétalo la flor mide cerca de cuarenta centímetros.

–¿Y dónde descubrió ese prodigio?

–A ti puedo confiártelo. Es en el oeste del lago Itasy, sobre una falda del Tananarivo.

–¿Y por qué no la cazó él?

El tuerto, a quien su tío Taman encontraba sabio y virtuoso como el ojo de Alá, me respondió:

–Te diré, señor. He oído decir en ese paraje que en el tronco mismo de la orquídea se oculta una venenosísima serpiente negra…

El primo Guillermo masculló:

–¡Supersticiones! ¿No sabes acaso, que el perfume de las orquídeas ahuyenta a las serpientes?

–¿Y qué piensas hacer tú? –intervine yo, que a mi pesar comenzaba a sentirme interesado en la aventura.

–Contrataré a dos indígenas. Cargaremos el tronco en una angarilla y traeremos la orquídea aquí.

Taman, el dueño del tabuco, que bebía su café silenciosamente, remató el diálogo con estas palabras, al tiempo que acariciaba la nuca de su sobrino:

–Este precioso niño no se equivoca nunca. Le aconseja un djim.

Finalmente, después de muchas conferencias, tratos y disputas, como se acostumbra en Oriente, Taman le alquiló al primo Guillermo Emilio su sobrino con las siguientes condiciones, de cuya puntual enumeración fui testigo:

TAMAN. –Convenimos tú y yo en que no le pegarás al niño con el puño ni con un bastón.

GUILLERMO. –Únicamente le pegaré cuando haga falta.

TAMAN. –Pero ni con el puño ni con el bastón.

GUILLERMO. –Pero sí podré utilizar una vara flexible.

TAMAN. –Sí; podrás. Le darás, además, de comer suficientemente.

GUILLERMO. –Sí.

TAMAN. –Le dejarás dormir donde quiera, sin forzar su voluntad.

GUILLERMO. –Sí; menos cuando esté de guardia.

TAMAN. –No serás con él cruel ni autoritario.

GUILLERMO (impaciente). –¡No pretenderás que le trate como si fuera mi esposa preferida!

TAMAN. –Bueno, bueno; te recomiendo a la alegría de mi vida, al hijo de mi hermana y a la preferencia de mis ojos.

Finalmente, una semana después, guiados por el tuerto Agib, salimos de Tananarivo en dirección al Norte. Dos malgaches, de pelo tan rizado que le formaba en torno de la cabeza una corona de flecos de alfombra, nos acompañaban como cargueros.

Primero cruzamos los arrabales y las aldeas vecinas, donde encontramos por todas partes, frente a sus cabañas de bambú y rafia, verdaderas colectividades de poltrones malgaches jugando al karatva, un juego muy parecido al nuestro que se conoce bajo el nombre de las damas, con la diferencia que ellos, en vez de tener trazado su tablero en una tabla, lo han pintado en un tronco de árbol.

Después dejamos detrás una larga caravana de cargadores de carbón, semidesnudos, andrajosos, algunos ya completamente ciegos, otros con larga barba blanca caída sobre el pecho desnudo rayado de costillas. Algunos se ayudaban para caminar con un báculo, y entre ellos venían jovencitas, y todos, sin distinción de edad, cargaban hasta cinco cestas redondas, puestas una encima de la otra, sobre la cabeza.

Cantaban una canción tristísima, y aunque el sol se extendía sobre los próximos mambúes, aquella caravana de espectros negruzcos me sobrecogió, y la consideré de mal augurio para nuestra aventura.

Al caer la tarde alcanzamos los primeros bosques de ravenalas, plantas de bananos de hasta treinta metros de altura, con anchas hojas abiertas como abanicos. Indescriptibles gritos de monos acompañaban nuestra marcha. Nunca me imaginé que los monos pudieran conectar tan variadísimas sinfonías de chillidos, rugidos, lamentaciones, gritos, ronquidos, rebuznos y aullidos como los que estas bestias peludas, negruzcas, rojas y amarillentas componían desde sus alturas.

El “Ojo de Alá”, como irreverentemente llamaba Taman a su sobrino Agib, se había humanizado. De tanto en tanto volvía la cabeza y le dirigía una sonrisa de señorita tímida a mi primo, que, implacable como un beduino, seguía adelante sin mirar a derecha ni izquierda, a no ser para lanzar una de esas malas palabras que hasta a las bestias de la selva las obligan a enmudecer. ¡Pobre Guillermo Emilio! ¡Si sabía él para qué se apresuraba!…

Al día siguiente ya cruzamos un bosque de ébanos; luego descendimos a un valle y al cruzar un río cenagoso un cocodrilo, que tenía la misma cabeza conformada que una corneta, atrapó por una pantorrilla a un carguero y se lo llevó aguas adentro, y pudimos ver cuando otro cocodrilo, precipitándose sobre él, le llevó un brazo. El agua se tiñó de rojo, y nosotros nos alejamos consternados. Quedaba ahora un solo cargador malgache, con cara de gato de cobre, y cuyas motas las mantenía constantemente peinadas en trencitas, que le caían sobre la frente como los flecos de una gualdrapa.

El tercer día de nuestra expedición subimos a la altura de unos montes, cuya planicie parecía de cristalización vidriada, piedra negra, resbaladiza como canto de botella. Abajo se veía el mar de la selva, y allá, muy lejos, el confín aguanoso del océano Índico. A pesar de que estábamos en verano, arriba hacía frío. Después de caminar trabajosamente durante dos horas por esta planicie cristalina oscura, pelada de toda vegetación, comenzamos el descenso hacia un valle arborescente, verde como si estuviera recortado en grandes paños de terciopelo verde cotorra. Un gran pájaro azul cruzó delante de nosotros chillando ásperamente, y comenzamos a bajar, pero pronto nos envolvió una nube de estaño; mascábamos agua, y cuando quisimos acordar, casi sin tiempo para refugiarnos debajo de un peñasco, estalló una tempestad terrible.

Verticales centellas conectaban el cielo y la tierra, torbellinos de agua rodaban en el espacio sus trombas de lluvia, y los truenos y la noche nos mantenían acurrucados bajo una roca. De pronto, aquel monstruoso techo de tinieblas se resquebrajó, y nuevamente apareció el cielo azul, con un sol centelleante de alegría. Eran las dos de la tarde. Nos desnudamos y pusimos a secar nuestra ropa al sol, y por primera vez desde la salida de Tananarivo oímos, el rugido corto, parecido al ladrido de un perro afónico. Era una pareja de panteras que andaba cazando cerca de nosotros. Cenamos varios puñados de arroz hervido en agua con un poco de aceite y bebimos abundantes cuencos de cacao.

Luego nos echamos a dormir. Al día siguiente alcanzaríamos el paraje donde florecía la orquídea negra.

Aborrezco los detalles superfluos. Aquel viernes, a las diez de la mañana estábamos a un paso de la orquídea negra. Ismaíl nos había guiado hasta un pequeño sendero rayado de troncos podridos de ravanalas y acacias. Este sendero estaba cerrado al fondo por un murallón de roca, pero cubierto también de una alfombra de musgo, y allí, al fondo, derribado sobre el roquedal, se veía un tronco podrido, tan deshecho, que no podía precisarse a qué especie vegetal pertenecía. Y de este tronco arrancaba un tallo, y al extremo de este tallo… ¡jamás he visto nada tan maravilloso, ni aun pintado!

Era una estrella de picos fruncidos, tallada en un tejido de terciopelo negro bordeado de un festón de oro. Del centro de este cáliz lánguido, inmenso como una sombrilla de geisha, surgía un bastón de plata espolvoreado de carbón y rosa.

Todos lanzamos un grito de admiración. Guillermo Emilio se aproximó, estudió el tronco, lo removió con una palanca muy fácilmente, sacó del bolsillo un puñado de monedas de plata, las repartió entre Agib y el carguero malgache y les dijo:

–Retírenla cuidadosamente. Si llegamos a Tananarivo con la flor completa, les daré el doble.

Armados de hachas y palancas Agib y el malgache comenzaron a separar el tronco de su base musgosa. Guillermo y yo dimos principio a la construcción de una angarilla de bambú provista de su correspondiente techo.

–Este ejemplar nos reportará veinte mil dólares, por lo menos –cuchicheaba Guillermo, mientras ataba las cañas.

Nunca escuché un grito de terror semejante. Salté hacia la orquídea, y allí, arriba del murallón, vi al niño musulmán con la cara cruzada por un látigo de aceite negro; de pronto este látigo de aceite negro cruzó el espacio, y ya no le vimos más. Un doble hilo de sangre corría por la mejilla de Agib.

Fue inútil cuanto hicimos. Cubierto de sudor sanguinolento, estremeciéndose continuamente, pocos minutos después moría Agib. Tenía razón. Una serpiente negra se ocultaba bajo el tronco de la orquídea.

Yo mentiría si dijera que la muerte del Ojo de Alá, como le llamábamos un poco burlonamente, nos importó. Estábamos envenenados de codicia.

Veinte mil dólares danzaban ahora en nuestra mente. El mismo malgache había salido de su apatía oriental, y dos horas después, no sin matar previamente una araña venenosa, gorda como un sapo, cargamos en la angarilla el tronco de la orquídea.

Y con esta preciosa carga, una semana después entrábamos al tabuco de Taman.

–Déjame a mí; yo le hablaré –dijo el primo Guillermo Emilio.

Recuerdo que Taman salió a nuestro encuentro sumamente pálido. Tenía ya noticia de la muerte del hijo de su hermana.

Pero me llamó la atención que no se dignó dirigir una sola mirada a la preciosa flor, cuyos festones de terciopelo y oro llenaban la mísera habitación revestida de tapices baratos y alfombras, mezquinas, de un monstruoso prestigio de sueño chino. Nos miramos todos en silencio: luego Taman dijo:

–¿Dónde han dejado al hijo de mi hermana?

Creo que el primo Guillermo empleó cinco mil palabras para explicarle a Taman el final del Ojo de Alá. Mesándose la barba, lo cual es signo peligroso en un musulmán robusto, Taman escuchaba a Guillermo, y cuanto más profundo era el silencio de Taman, más impaciente y voluble era la cháchara de Guillermo. Y de pronto Taman, cuya exquisita educación no hacía esperar esta reacción de su parte, agarró un garrote, y levantándolo sobre la cabeza de Guillermo, dijo:

–¡Perro maldito! ¡Cómete esa orquídea!

–¡Taman –suplicó el primo Guillermo–, Taman, entiéndeme: ni tú, ni yo, ni él tuvo la culpa! En cuanto a comerme esa orquídea, no digas disparates. ¿Te comerías veinte mil dólares?

–¿Cómete esa orquídea, he dicho!

–Entendámonos, Taman: tu querido sobrino…

–¡Vas a comerte esa orquídea, perro!

El tono que esta vez empleó Taman para amenazar fue terrorífico. Que el primo Guillermo se percató de ello lo demuestra el hecho que sin ningún pudor se arrodilló delante de Taman, y tomándole la chilaba, le dijo:

–Escúchame, honorable hermano mío…

Una sombra de ferocidad cruzo el rostro de Taman. Guillermo Emilio vio esa sombra, y con infinita melancolía se dirigió a la angarilla donde la orquídea negra dejaba caer su picudo cáliz de terciopelo y oro.

–Taman, piensa…

–¡Come! –ladró Taman.

Entonces por primera y probablemente por última vez en mi vida he visto a un hombre comerse veinte mil dólares. El primo Guillermo desgarró la orquídea de su tronco, y con la misma desesperación de quien devora sus propias entrañas comenzó a morder y tragarse el suntuoso tejido de la flor.

Cuando Guillermo terminó de comerse el último pedacito de terciopelo y oro, Taman salió del tabuco en silencio, y Guillermo se desmayó.

Estuvo dos meses enfermo del estómago, y cuando creyeron que se había curado una peste curiosísima, manchas negras con borde bronceado, le comenzó a cubrir la piel en todas partes del cuerpo, y aunque varios médicos sospechan que es una afección nerviosa, ninguna autoridad sanitaria le permite al primo Guillermo abandonar la isla donde “se comió su fortuna”.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)