sábado, 28 de febrero de 2026

Inmanejable

Lucia Berlin

 

En la profunda noche oscura del alma las licorerías y los bares están cerrados. La mujer palpó debajo del colchón; la botella de medio litro de vodka estaba vacía. Salió de la cama, se puso de pie. Temblaba tanto que tuvo que sentarse en el suelo. Respiraba agitadamente. Si no conseguía pronto algo para beber, le darían convulsiones o delírium tremens.

El truco está en aquietar la respiración y el pulso. Mantener la calma en la medida de lo posible hasta que consigas una botella. Azúcar. Té con azúcar, es lo que te dan en los centros de desintoxicación. Temblaba tanto, sin embargo, que no podía tenerse en pie. Se estiró en el suelo e hizo varias inhalaciones profundas tratando de relajarse. No pienses, por Dios, no pienses en qué estado estás o te morirás, de vergüenza, de un ataque. Consiguió calmar la respiración. Empezó a leer títulos de los libros de la estantería. Concéntrate, léelos en voz alta. Edward Abbey, Chinua Achebe, Sherwood Anderson, Jane Austen, Paul Auster, no te saltes ninguno, ve más despacio. Cuando acabó de leer todos los títulos de la pared se encontraba mejor. Se levantó con esfuerzo. Sujetándose a la pared, temblando tanto que a duras penas podía mover los pies, consiguió llegar a la cocina. No quedaba vainilla. Extracto de limón. Le quemó la garganta y le dio una arcada; apretó los labios para volver a tragárselo. Preparó té, con mucha miel; lo tomó a pequeños sorbos en la oscuridad. A las seis, en dos horas, la licorería Uptown de Oakland le vendería un poco de vodka. En Berkeley tendría que esperar hasta las siete. Ay, Dios, ¿tenía dinero? Volvió sigilosamente a su habitación y miró en el bolso que había encima del escritorio. Su hijo Nick debía de haberse llevado su cartera y las llaves del coche. No podía entrar a buscarlas al cuarto de sus hijos sin despertarlos.

Había un dólar con treinta centavos en morralla en el bote del escritorio. Revisó los bolsos del armario, los bolsillos del abrigo, un cajón de la cocina, hasta que reunió los cuatro dólares que aquel maldito paki cobraba por una pacha a esas horas. Los alcohólicos enfermos le pagaban. Aunque la mayoría compraban vino dulce, porque hacía efecto más rápido.

Era una caminata larga. Tardaría tres cuartos de hora; tendría que volver corriendo a casa para llegar antes de que los muchachos despertaran. ¿Lo lograría? Apenas podía caminar de una habitación a la otra. Y reza para que no pase un coche patrulla. Ojalá tuviera un perro para sacarlo a pasear. Qué buena idea, se rio, le pediré a los vecinos que me presten el suyo. Claro. Ninguno de los vecinos le dirigía ya la palabra.

Consiguió mantener el equilibrio concentrándose en las grietas de la acera, contándolas: un, dos, tres… Agarrándose a los arbustos, los troncos de los árboles para darse impulso, como si escalara una montaña muy escarpada. Cruzar las calles era aterrador, parecían tan anchas, con sus luces parpadeantes: rojo, rojo, ámbar, ámbar. De vez en cuando pasaba una furgoneta de ATESTADOS, un taxi vacío. Una patrulla a toda velocidad, sin luces. No la vieron. Un sudor frío le caía por la espalda, el fuerte castañeteo de sus dientes rompía la quietud de la mañana oscura.

Llegó jadeante y mareada a la licorería Uptown de la avenida Shattuck. Todavía no estaba abierta. Siete hombres negros, todos viejos menos un joven, esperaban de pie junto a la puerta. El hindú estaba sentado al otro lado del escaparate, ajeno a ellos, tomando café con parsimonia. En la acera dos hombres compartían un frasco de jarabe NyQuil para la tos. Muerte azul, eso sí se podía comprar toda la noche.

Un viejo al que llamaban Champ sonrió al verla.

–¿Qué pasa, mujer, te sentiste mal? ¿Tan mal que te duele hasta el pelo?

Ella asintió. Se sentía exactamente así; el pelo, los ojos, los huesos.

–Anda, toma –le ofreció Champ–, cómete alguna –estaba comiendo galletitas saladas, le dio un par–. Tienes que obligarte a comer algo.

–Eh, Champ, déjame unas pocas –le reclamó el muchacho.

La dejaron que comprara primero. Pidió vodka y soltó el montón de monedas en el mostrador.

–Está justo –dijo.

El hombre sonrió.

–Cuéntelo, hágame el favor.

–Venga ya. Mierda –protestó el muchacho mientras ella contaba las monedas con las manos temblando a más no poder. Se guardó la petaca en el bolso y salió a trompicones. En la calle se agarró a un poste de teléfono, sin atreverse a cruzar.

Champ estaba bebiendo de una botella de Night Train.

–¿Eres demasiado señora para beber en la calle?

Ella negó con la cabeza.

–Me da miedo que se me caiga la botella.

–Ven –dijo él–. Abre la boca. Necesitas un trago o te quedarás por el camino.

Le arrimó la botella a los labios y le dio un poco de vino. Ella sintió cómo le corría por dentro, cálido.

–Gracias –dijo.

Cruzó la calle deprisa y trotó desgarbadamente por las calles de vuelta a su casa, noventa, noventa y una, contando las grietas. Era todavía de noche cuando llegó a la puerta.

Recobró el aliento. Sin encender la luz, sirvió un poco de jugo de grosella en un vaso y un tercio de la botella. Se sentó y bebió despacio, sintiendo cómo el alcohol la reconfortaba a medida que calaba en su cuerpo. Se echó a llorar, de alivio por no haber muerto. Se sirvió otro tercio de la botella con un poco de jugo, y entre trago y trago recostaba la cabeza en la mesa.

Después de la segunda copa se sentía mejor, y fue al lavadero y metió la ropa en la lavadora. Se llevó la botella al cuarto de baño. Se duchó y se peinó, se puso ropa limpia. Diez minutos más. Comprobó que la puerta estaba cerrada, se sentó en el escusado y se terminó el vodka. Con esos últimos tragos no sólo se puso a tono, sino que se sintió ligeramente ebria.

Pasó la tanda de ropa de la lavadora a la secadora. Estaba batiendo el concentrado de naranja para preparar jugo cuando Joel entró en la cocina, restregándose los ojos.

–No tengo calcetines, ni camisa.

–Hola, cariño. Toma cereal. Cuando termines de desayunar y ducharte la ropa estará seca –le sirvió un vaso de jugo, y otro a Nicholas, que estaba en silencio junto a la puerta.

–¿Dónde demonios conseguiste licor? –la empujó al pasar y se sirvió cereal. Trece años. Era más alto que ella.

–¿Podrías devolverme la cartera y las llaves del coche? –le preguntó.

–La cartera sí. Te daré las llaves cuando vea que estás bien.

–Estoy bien. Mañana volveré al trabajo.

–Ya no eres capaz de dejarlo sin ir al hospital, mamá.

–Me pondré bien. Por favor, no te preocupes. Tengo todo el día para recuperarme –fue a echar un vistazo a la ropa de la secadora–. Las camisas están secas –le dijo a Joel–. A los calcetines les faltan diez minutos, más o menos.

–No puedo esperar. Me los pondré mojados.

Sus hijos fueron a buscar los libros y las mochilas, se despidieron con un beso y se marcharon. Ella se quedó en la ventana y los vio bajar la calle hacia la parada del camión. Esperó hasta que el camión los recogió y desapareció por la avenida Telegrah. Entonces salió, fue directa a la licorería de la esquina. Ya habían abierto.

 

(Tomado de www.enfrascopequeno.blogspot.com)

 

El acomodador

Felisberto Hernández

 

Apenas había dejado la adolescencia me fui a vivir a una ciudad grande. Su centro –donde todo el mundo se movía apurado entre casas muy altas– quedaba cerca de un río.

Yo era acomodador de un teatro; pero fuera de allí lo mismo corría de un lado para otro; parecía un ratón debajo de muebles viejos. Iba a mis lugares preferidos como si entrara en agujeros próximos y encontrara conexiones inesperadas. Además, me daba placer imaginar todo lo que no conocía de aquella ciudad.

Mi turno en el teatro era el último de la tarde. Yo corría a mi camarín, lustraba mis botones dorados y calzaba mi frac verde sobre chaleco y pantalones grises, en seguida me colocaba en el pasillo izquierdo de la platea y alcanzaba a los caballeros tomándoles el número; pero eran las damas las que primero seguían mis pasos cuando yo los apagaba en la alfombra roja. Al detenerme extendía la mano y hacía un saludo en paso de minué. Siempre esperaba una propina sorprendente, y sabía inclinar la cabeza con respeto y desprecio: No importaba que ellos no sospecharan todo lo superior que era yo. Ahora yo me sentía como un solterón de flor en el ojal que estuviera de vuelta de muchas cosas; y era feliz viendo damas en trajes diversos; y confusiones en el instante de encenderse el escenario y quedar en la penumbra la platea. Después yo corría a contar las propinas, y por último salía a registrar la ciudad.

Cuando volvía cansado a mi pieza y mientras subía las escaleras y cruzaba los corredores, esperaba ver algo más a través de puertas entreabiertas. Apenas encendía la luz, se coloreaban de golpe las flores del empapelado: eran rojas y azules sobre fondo negro. Habían ajado la lámpara con un cordón que salía del centro del techo y llegaba casi hasta los pies de mi cama. Yo hacía una pantalla de diario y me acostaba con la cabeza hacia los pies; de esa manera podía leer disminuyendo la luz y apagando un poco las flores. Junto a la cabecera de la cama había una mesa con botellas y objetos que yo miraba horas enteras. Después apagaba la luz y seguía despierto hasta que oía entrar por la ventana ruidos de huesos serruchados, partidos con el hacha, y la tos del carnicero.

Dos veces por semana un amigo me llevaba a un comedor gratuito. Primero se entraba a un hall casi tan grande como el de un teatro, y después se pasaba al lujoso silencio del comedor. Pertenecía a un hombre que ofrecería aquellas cenas hasta el fin de sus días. Era una promesa hecha por haberse salvado su hija de las aguas del río. Los comensales eran extranjeros abrumados de recuerdos. Cada uno tenía derecho a llevar a un amigo dos veces por semana; y el dueño de casa comía en esa mesa una vez por mes. Llegaba como un director de orquesta después que los músicos estaban prontos. Pero lo único que él dirigía era el silencio. A las ocho, la gran portada blanca del fondo abría una hoja y aparecía el vacío en penumbra de una habitación contigua; y de esa oscuridad salía el frac negro de una figura alta con la cabeza inclinada hacia la derecha. Venía levantando una mano para indicarnos que no debíamos pararnos; todas las caras se dirigían hacia él; pero no los ojos; ellos pertenecían a los pensamientos que en aquel instante habitaban las cabezas. El director hacía un saludo al sentarse, todos dirigían la cabeza hacia los platos y pulsaban sus instrumentos. Entonces cada profesor de silencio tocaba para sí. Al principio se oían picotear los cubiertos; pero a los pocos instantes aquel ruido volaba y quedaba olvidado. Yo empezaba, simplemente, a comer. Mi amigo era como ellos y aprovechaba aquellos momentos para recordar su país. De pronto yo me sentía reducido al círculo del plato y me parecía que no tenía pensamientos propios. Los demás eran como dormidos que comieran al mismo tiempo y fueran vigilados por los servidores. Sabíamos que terminábamos un plato porque en ese instante lo escamoteaban; y pronto nos alegraba el siguiente. A veces teníamos que dividir la sorpresa y atender al cuello de una botella que venía arropada en una servilleta blanca. Otras veces nos sorprendía la mancha oscura del vino que parecía agrandarse en el aire mientras la sostenía el cristal de la copa.

A las pocas reuniones en el comedor gratuito, yo ya me había acostumbrado a los objetos de la mesa y podía tocar los instrumentos para mí solo. Pero no podía dejar de preocuparme por el alojamiento de los invitados. Cuando el “director” apareció en el segundo mes, yo no pensaba que aquel hombre nos obsequiaba por haberse salvado su hija, yo insistía en suponer que la hija se había ahogado. Mi pensamiento cruzaba con pasos inmensos y vagos las pocas manzanas que nos separaban del río; entonces yo me imaginaba a la hija, a pocos centímetros de la superficie del agua; allí recibía la luz de una luna amarillenta; pero al mismo tiempo resplandecía de blanco, su lujoso vestido y la piel de sus brazos y su cara. Tal vez aquel privilegio se debiera a las riquezas del padre y a sacrificios ignorados. A los que comían frente a mí y de espaldas al río, también los imaginaba ahogados: se inclinaban sobre los platos como si quisieran subir desde el centro del río y salir del agua; los que comíamos frente a ellos, les hacíamos una cortesía, pero no les alcanzábamos la mano.

Una vez en aquel comedor oí unas palabras. Un comensal muy gordo había dicho: “Me voy a morir”. En seguida cayó con la cabeza en la sopa, como si la quisiera tomar sin cuchara; los demás habían dado vuelta sus cabezas para mirar la que estaba servida en el plato, y todos los cubiertos habían dejado de latir. Después se había oído arrastrar las patas de las sillas, los sirvientes llevaron al muerto al cuarto de los sombreros e hicieron sonar el teléfono para llamar al médico. Y antes que el cadáver se enfriara ya todos habían vuelto a sus platos y se oían picotear los cubiertos.

Al poco tiempo yo empecé a disminuir las corridas por el teatro y a enfermarme de silencio. Me hundía en mí mismo como en un pantano. Mis compañeros de trabajo tropezaban conmigo, y yo empecé a ser un estorbo errante. Lo único que hacía bien era lustrar los botones de mi frac. Una vez un compañero me dijo: “¡Apúrate, hipopótamo!” Aquella palabra cayó en mi pantano, se me quedó pegada y empezó a hundirse. Después me dijeron otras cosas. Y cuando ya me habían llenado la memoria de palabras como cacharros sucios, evitaban tropezar conmigo y daban vuelta por otro lado para esquivar mi pantano.

Algún tiempo después me echaron del empleo y mi amigo extranjero me consiguió otro en un teatro inferior. Allí iban mujeres mal vestidas y hombres que daban poca propina. Sin embargo, yo traté de conservar mi puesto.

Pero en uno de aquellos días más desgraciados apareció ante mis ojos algo que me compensó de mis males. Había estado insinuándose poco a poco. Una noche me desperté en el silencio oscuro de mi pieza y vi, en la pared empapelada de flores violetas, una luz. Desde el primer instante tuve la idea de que me ocurría algo extraordinario, y no me asusté. Moví los ojos hacia un lado y la mancha de luz siguió el mismo movimiento. Era una mancha parecida a la que se ve en la oscuridad cuando recién se apaga la lamparilla; pero esta otra se mantenía bastante tiempo y era posible ver a través de ella. Bajé los ojos hasta la mesa y vi las botellas y los objetos míos. No me quedaba la menor duda; aquella luz salía de mis propios ojos, y se había estado desarrollando desde hacía mucho tiempo. Pasé el dorso de mi mano por delante de mi cara y vi mis dedos abiertos. Al poco rato sentí cansancio; la luz disminuía y yo cerré los ojos. Después los volví a abrir para comprobar si aquello era cierto. Miré la bombita de luz eléctrica y vi que ella brillaba con luz mía. Me volví a convencer y tuve una sonrisa. ¿Quién, en el mundo, veía con sus propios ojos en la oscuridad?

Cada noche yo tenía más luz. De día había llenado la pared de clavos; y en la noche colgaba objetos de vidrio o porcelana: eran los que se veían mejor. En un pequeño ropero –donde estaban grabadas mis iniciales, pero no las había grabado yo–, guardaba copas atadas del pie con un hilo, botellas con el hilo al cuello; platitos atados en el calado del borde; tacitas con letras doradas, etc. Una noche me atacó un terror que casi me lleva a la locura. Me había levantado para ver si me quedaba algo más en el ropero; no había encendido la luz eléctrica y vi mi cara y mis ojos en el espejo, con mi propia luz. Me desvanecí. Y cuando me desperté tenía la cabeza debajo de la cama y veía los fierros como si estuviera debajo de un puente. Me juré no mirar nunca más aquella cara mía y aquellos ojos de un puente. Eran de un color amarillo verdoso que brillaba como el triunfo de una enfermedad desconocida; los ojos eran grandes redondeles, y la cara estaba dividida en pedazos que nadie podría juntar ni comprender.

Me quedé despierto hasta que subió el ruido de los huesos serruchados y cortados con el hacha.

Al otro día recordé que hacía pocas noches iba subiendo el pasillo de la platea en penumbra y una mujer me había mirado los ojos con las cejas fruncidas. Otra noche mi amigo extranjero me había hecho burla diciéndome que mis ojos brillaban como los de los gatos. Yo trataba de mirarme la cara en las vidrieras apagadas, y prefería no ver los objetos que había tras los vidrios. Después de haber pensado mucho en los modos de utilizar la luz, siempre había llegado a la conclusión de que debía utilizarla cuando estuviera solo.

En una de las cenas y antes que apareciera el dueño de casa en la portada blanca, vi la penumbra de la puerta entreabierta y sentí deseos de meter los ojos allí. Entonces empecé a planear la manera de entrar en aquella habitación, pues ya había entrevisto en ella vitrinas cargadas de objetos y había sentido aumentar la luz de mis ojos.

El hall del gran comedor daba a una calle; pero la casa cruzaba toda la manzana y tenía la entrada principal por otra calle; yo ya me había paseado muchas veces por la calle del hall y había visto varias veces al mayordomo; era el único que andaba por allí a esas horas. Cuando caminaba de frente con las piernas y los brazos torcidos hacia afuera, parecía un orangután; pero al verlo de costado, con la cola del frac muy dura, parecía un bicharraco. Una tarde, antes de cenar, me atreví a hablarle. Él me miraba escondiendo los ojos detrás de cejas espesas, mientras yo le decía:

–Me gustaría hablarle de un asunto particular; pero tengo que pedirle reserva.

–Usted dirá, señor.

–Yo… –ahora él miraba el piso y esperaba– tengo en los ojos una luz que me permite ver en la oscuridad…

–Comprendo, señor.

–¡Comprende, no! –le contesté irritado–. Usted no puede haber conocido a nadie que viera en la oscuridad.

–Dije que comprendía sus palabras, señor; pero ya lo creo que ellas me asombran.

–Escuche. Si nosotros entramos a esa habitación –la de los sombreros– y cerramos la puerta, usted puede poner encima de la mesa cualquier objeto que tenga en el bolsillo y yo le diré qué es.

–Pero, señor –decía él–, si en ese momento viniera…

–Si es el dueño de la casa, yo le doy autorización para que se lo diga. Hágame el favor; es un momentito nada más.

–¿Y para qué?

–Ya se lo explicaré. Ponga cualquier cosa en la mesa apenas yo cierre la puerta; y en seguida le diré…

–Lo más pronto que pueda, señor…

Pasó ligero, se acercó a la mesa, yo cerré la puerta y al instante le dije:

–¡Usted ha puesto la mano abierta y nada más!

–Bueno, me basta, señor.

–Pero ponga algo que tenga en el bolsillo…

Puso el pañuelo; y yo, riéndome, le dije:

–¡Qué pañuelo sucio!

Él también se rio; pero de pronto le salió un graznido ronco y enderezó hacia la puerta. Cuando la abrió tenía la mano en los ojos y temblaba. Entonces me di cuenta que me había visto la cara; y eso yo no lo había previsto. Él me decía, suplicante:

–¡Váyase, señor! ¡Váyase, señor!

Y empezó a cruzar el comedor. Estaba ya iluminado pero vacío.

En la próxima vez que el dueño de casa comió con nosotros, yo le pedí a mi amigo que me permitiera sentarme cerca de la cabecera –donde se ubicaba el dueño–. El mayordomo tendría que servir allí, y no podría esquivarme. Cuando traía el primer plato sintió sobre él mis ojos y le empezaron a temblar las manos. Mientras el ruido de los cubiertos entretenía el silencio, yo acosaba al mayordomo. Después lo volví a ver en el hall. Él me decía:

–¡Señor, usted me va a perder!

–Si no me escucha, ya lo creo que lo perderé.

–¿Pero qué quiere el señor de mí?

–Que me permita ver, simplemente ver, puesto que usted me revisará a la salida, las vitrinas de la habitación contigua al comedor.

Empezó a hacer señas con las manos y la cabeza antes de poder articular ninguna palabra. Y cuando pudo, dijo:

–Yo vine a esta casa, señor, hace muchos años…

A mí me daba pena; y fastidio de tener pena. Mi lujuria de ver me lo hacía considerar como un obstáculo complicado. Él me hacía la historia de su vida y me explicaba por qué no podía traicionar al dueño de casa. Entonces lo interrumpí intimidándolo:

–Todo eso es inútil, puesto que él no se enterará; además, usted se portaría mucho peor si yo le revolviera la cabeza por dentro. Esta noche vendré a las dos, y estaré en aquella habitación hasta la tres.

–Señor, revuélvame la cabeza y máteme.

–No; te ocurrirían cosas mucho más horribles que la muerte.

Y en el instante de irme le repetía:

–Esta noche, a las dos, estaré en esta puerta.

Al salir de allí necesité pensar algo que me justificara. Entonces me dije: “Cuando él vea que no ocurre nada no sufrirá más”. Yo quería ir esa noche porque me tocaba cenar allí; y aquellas comidas con sus vinos me excitaban mucho y me aumentaban la luz.

Durante esa cena el mayordomo no estuvo tan nervioso como yo esperaba, y pensé que no me abriría la puerta. Pero fui a las dos, y me abrió. Entonces, mientras cruzaba el comedor detrás de él y de su candelabro, se me ocurrió la idea de que él no habría resistido la tortura de la amenaza, le habría contado todo al dueño y me tendrían preparada una trampa. Apenas entramos en la habitación de las vitrinas lo miré: tenía los ojos bajos y la cara inexpresiva; entonces le dije:

–Tráigame un colchón. Veo mejor desde el piso, y quiero tener el cuerpo cómodo.

Vaciló haciendo movimientos con el candelabro y se fue. Cuando me quedé solo y empecé a mirar creí estar en el centro de una constelación. Después pensé que me atraparían. El mayordomo tardaba. Para prenderme a mí no hubiera necesitado mucho tiempo. Apareció arrastrando un colchón con una mano porque en la otra traía el candelabro. Y con voz que sonó demasiado entre aquellas vitrinas, dijo:

–Volveré a las tres.

Al principio yo tenía miedo de verme reflejado en los grandes espejos o en los cristales de las vitrinas. Pero tirado en el suelo no me alcanzaría ninguno de ellos. ¿Por qué el mayordomo estaría tan tranquilo? Mi luz anduvo vagando por aquel universo; pero yo no podía alegrarme. Después de tanta audacia para llegar hasta allí, me faltaba coraje para estar tranquilo. Yo podía mirar una cosa y hacerla mía teniéndola en mi luz un buen rato; pero era necesario estar despreocupado y saber que tenía derecho a mirarla. Me decidí a observar un pequeño rincón que tenía cerca de los ojos. Había un libro de misa con tapas de carey veteado como el azúcar quemada; pero en una de las esquinas tenía un calado sobre el que descansaba una flor aplastada. Al lado de él, enroscado como un reptil, yacía un rosario de piedras preciosas. Esos objetos estaban al pie de abanicos que parecían bailarinas abriendo sus anchas polleras; mi luz perdió un poco de estabilidad al pasar sobre algunos que tenían lentejuelas; y por fin se detuvo en otro que tenía un chino con cara de nácar y traje de seda. Sólo aquel chino podía estar aislado en aquella inmensidad; tenía una manera de estar fijo que hacía pensar en el misterio de la estupidez. Sin embargo, él fue lo único que yo pude hacer mío aquella noche. Al salir quise darle una propina al mayordomo. Pero él la rechazó diciendo:

–Yo no hago esto por interés, señor; lo hago obligado por usted.

En la segunda sesión miré miniaturas de jaspe; pero al pasar mi luz por encima de un pequeño puente sobre el que cruzaban elefantes me di cuenta de que en aquella habitación había otra luz que no era la mía. Di vuelta los ojos antes que la cabeza y vi avanzar una mujer blanca con un candelabro. Venía desde el principio de la ancha avenida bordeada de vitrinas. Me empezaron espasmos en la sien que en seguida corrieron como ríos dormidos a través de las mejillas; después los espasmos me envolvieron el pelo con vueltas de turbante. Por último, aquello descendió por las piernas y se anuló en las rodillas. La mujer venía con la cabeza fija y el paso lento. Yo esperaba que su envoltura de luz llegara hasta el colchón y ella soltara un grito. Se detenía unos instantes; y al renovar los pasos yo pensaba que tenía tiempo de escapar; pero no me podía mover. A pesar de las pequeñas sombras en la cara se veía que aquella mujer era bellísima: parecía haber sido hecha con las manos y después de haberla bosquejado en un papel. Se acercaba demasiado, pero yo pensaba quedarme quieto hasta el fin del mundo. Se paró a un costado del colchón. Después empezó a caminar pisando con un pie en el piso y otro en el colchón. Yo estaba como un muñeco extendido en un escaparate mientras ella pisaba con un pie en el cordón de la vereda y el otro en la calle. Después permanecí inmóvil, a pesar de que la luz de ella se movía de una manera extraña. Cuando la vi pasar de vuelta ella hacía un camino en forma de eses por entre el espacio de una vitrina a la otra, y la cola del peinador se iba enredando suavemente en las patas de las vitrinas. Tuve la sensación de haber dormido un poco antes que ella hubiera llegado a la puerta del fondo. La había dejado abierta al venir y también la dejó al irse. Todavía no había desaparecido del todo la luz de ella, cuando descubrí que había otras detrás de mí. Ahora me pude levantar. Tomé el colchón por una punta y salí para encontrarme con el mayordomo. Le temblaba todo el cuerpo y el candelabro. No podía entender lo que me decía porque le castañeteaban los dientes postizos.

Ya sabía que en la próxima sesión ella aparecería de nuevo; no podía concentrarme para mirar nada, y no hacía otra cosa que esperarla. Apareció y me sentí más tranquilo. Todos los hechos eran iguales a la primera vez; el hueco de los ojos conservaba la misma fijeza; pero no sé dónde estaba lo que cada noche tenía de diferente. Al mismo tiempo yo ya sentía costumbre y ternura. Cuando ella venía cerca del colchón tuve una rápida inquietud: me di cuenta que no pasaría por la orilla sino que cruzaría por encima de mí. Volví a sentir terror y a creer que ella gritaría. Se detuvo cerca de mis pies. Después dio un paso sobre el colchón; otro encima de mis rodillas –que temblaron, se abrieron e hicieron resbalar el pie de ella–; otro paso del otro pie en el colchón; otro paso en la boca de mi estómago; otro más en el colchón y otro de manera que su pie descalzo se apoyó en mi garganta. Y después perdí el sentido de lo que ocurría de la más delicada manera: pasó por mi cara toda la cola de su peinador perfumado.

Cada noche los hechos eran más parecidos; pero yo tenía sentimientos distintos. Después todos se fundían y las noches parecían pocas. La cola del peinador borraba memorias sucias y yo volvía a cruzar espacios de un aire tan delicado como el que hubieran podido mover las sábanas de la infancia. A veces ella interrumpía un instante el roce de la cola sobre mi cara; entonces yo sentía la angustia de que me cortaran la comunicación y la amenaza de un presente desconocido. Pero cuando el roce continuaba y el abismo quedaba salvado, yo pensaba en una broma de la ternura y bebía con fruición todo el resto de la cola.

A veces, el mayordomo me decía:

–¡Ah, señor! ¡Cuánto tarda en descubrirse todo esto!

Pero yo iba a mi pieza, cepillaba lentamente mi traje negro en el lugar de las rodillas y el estómago, y después me acostaba para pensar en ella. Había olvidado mi propia luz: la hubiera dado para recordar con más precisión cómo la envolvía a ella la luz de su candelabro. Repasaba sus pasos y me imaginaba que una noche ella se detendría cerca de mí y se hincaría; entonces, en vez del peinador, yo sentiría sus cabellos y sus labios. Todo esto lo componía de muchas maneras; y a veces le ponía palabras: “Querido mío, yo te mentía…” Pero esas palabras no me parecían de ella y tenía que empezar a suponer todo de nuevo. Esos ensayos no me dejaban dormir; y hasta penetraban un poco en los sueños. Una vez soñé que ella cruzaba una gran iglesia. Había resplandores de luces de velas sobre colores rojos y dorados. Lo más iluminado era el vestido blanco de novia con una larga cola que ella llevaba lentamente. Se iba a casar; pero caminaba sola y con una mano se tomaba la otra. Yo era un perro lanudo de un color negro muy brillante y estaba echado encima de la cola de la novia. Ella me arrastraba con orgullo y yo parecía dormido. Al mismo tiempo yo me sentía ir entre un montón de gente que seguía a la novia y al perro. En esa otra manera mía, yo tenía sentimientos e ideas parecidos a los de mi madre y trataba de acercarme todo lo posible al perro. Él iba tan tranquilo como si se hubiera dormido en una playa y de cuando en cuando abriera los ojos y se viera rodeado de espuma. Yo le había transmitido al perro una idea, y él la había recibido con una sonrisa. Era ésta: “Tú te dejas llevar, pero tú piensas en otra cosa”.

Después, en la madrugada, oía serruchar la carne y golpear con el hacha.

Una noche en que había recibido pocas propinas, salí del teatro y bajé hasta la calle más próxima al río. Mis piernas estaban cansadas; pero mis ojos tenían gran necesidad de ver. Al pararme en una casucha de libros viejos vi pasar una pareja de extranjeros; él iba vestido de negro y con una gorra de apache; ella llevaba en la cabeza una mantilla española y hablaba en alemán. Yo caminaba en la dirección de ellos, pero ellos iban apurados y me habían sacado ventaja. Sin embargo, al llegar a la esquina tropezaron con un niño que vendía caramelos y le desparramaron los paquetes. Ella se reía, le ayudaba a juntar la mercancía y al fin le dio unas monedas. Y fue al volverse a mirar por última vez al vendedor, cuando reconocí a mi sonámbula y me sentí caer en un pozo de aire. Seguí a la pareja ansiosamente: yo también tropecé con una gorda que me dijo:

Mirá por donde vas, imbécil.

Yo casi corría y estaba a punto de sollozar. Ellos llegaron a un cine barato, y cuando él fue a sacar las entradas ella dio vuelta la cabeza. Me miró con cierta inasistencia porque vio mi ansiedad, pero no me conoció. Yo no tenía la menor duda. Al entrar me senté algunas filas delante de ellos, y en una de las veces que me di vuelta para mirarla, ella debe haber visto mis ojos en la oscuridad, pues empezó a hablarle a él con alguna agitación. Al rato yo me di vuelta otra vez; ellos hablaron de nuevo, pero pocas palabras y en voz alta. E inmediatamente abandonaron la sala. Yo también. Corría detrás de ella sin saber lo que iba a hacer. Ella no me reconocía; y además se me escapaba con otro. Yo nunca había tenido tanta excitación y, aunque sospechaba que no iría a buen fin, no podía detenerme. Estaba seguro de que en todo aquello había confusión de destinos; pero el hombre que iba apretado al brazo de ella se había hundido la gorra hasta las orejas y caminaba cada vez más ligero. Los tres nos precipitábamos como en un peligro de incendio; yo ya iba cerca de ellos, y esperaba quién sabe qué desenlace. Ellos bajaron la vereda y empezaron a cruzar la calle corriendo; yo iba a hacer lo mismo, y en ese instante me detuvo otro hombre de gorra; estaba sentado en un auto, había descargado un cornetazo y me estaba insultando. Apenas desapareció el auto yo vi a la pareja acercarse a un policía. Con el mismo ritmo con que caminaba tras ellos me decidí a ir para otro lado. A los pocos metros me di vuelta, pero no vi a nadie que me siguiera. Entonces empecé a disminuir la velocidad y a reconocer el mundo de todos los días. Había que andar despacio y pensar mucho. Me di cuenta que iba a tener una gran angustia y entré en una taberna que tenía poca luz y poca gente; pedí vino y empecé a gastar de las propinas que reservaba para pagar la pieza. La luz salía hacia la calle por entre las rejas de una ventana abierta; y se le veían brillar las hojas a un árbol que estaba parado en el cordón de la vereda. A mí me costaba decidirme a pensar en lo que me pasaba. El piso era de tablas viejas con agujeros. Yo pensaba que el mundo en que ella y yo nos habíamos encontrado era inviolable; ella no lo podría abandonar después de haberme pasado tantas veces la cola del peinador por la cara; aquello era un ritual en que se anunciaba el cumplimiento de un mandato. Yo tendría que hacer algo. O esperar tal vez algún aviso que ella me diera en una de aquellas noches. Sin embargo, ella no parecía saber el peligro que corría en sus noches despiertas, cuando violaba lo que le indicaban los pasos del sueño. Yo me sentía orgulloso de ser un acomodador, de estar en la más pobre taberna y de saber, yo solo –ni siquiera ella lo sabía–, que con mi luz había penetrado en un mundo cerrado para todos los demás. Cuando salí de la taberna vi un hombre que llevaba gorra. Después vi otros. Entonces tuve una idea de los hombres de gorra: eran seres que andaban por todas partes, pero que no tenían nada que ver conmigo. Subí a un tranvía pensando que cuando fuera a la sala de las vitrinas llevaría escondida una gorra y de pronto se la mostraría. Un hombre gordo descargó su cuerpo, al sentarse a mi lado, y yo ya no pude pensar más nada.

A la próxima reunión yo llevé la gorra, pero no sabía si la utilizaría. Sin embargo, apenas ella apareció en el fondo de la sala yo saqué la gorra y empecé a hacer señales como un farol negro. De pronto la mujer se detuvo y yo, instintivamente, guardé la gorra; pero cuando ella empezó a caminar volví a sacarla y a hacer señales. Cuando ella se paró cerca del colchón tuve miedo y le tiré con la gorra: primero le pegó en el pecho y después cayó a sus pies. Todavía pasaron unos instantes antes de que ella soltara un grito. Se le cayó el candelabro haciendo ruido y apagándose. En seguida oí caer el bulto blando de su cuerpo seguido de un golpe más duro que sería la cabeza. Yo me paré y abrí los brazos como para tantear una vitrina; pero en ese instante me encontré con mi propia luz que empezaba a crecer sobre el cuerpo de ella. Había caído como si en seguida fuera a tener un sueño dichoso; los brazos le habían quedado entreabiertos, la cabeza echada hacia un lado y la cara pudorosamente escondida bajo las ondas del pelo. Yo recorría su cuerpo con mi luz como un bandido que la registrara con una linterna; y cerca de los pies me sorprendí al encontrar un gran sello negro, en el que pronto reconocí mi gorra. Mi luz no sólo iluminaba a aquella mujer, sino que tomaba algo de ella. Yo miraba complacido la gorra y pensaba que era mía y no de ningún otro; pero de pronto mis ojos empezaron a ver en los pies de ella un color amarillo verdoso parecido al de mi cara aquella noche que la vi en el espejo de mi ropero. Aquel color se hacía brillante en algunos lados del pie y se oscurecía en otros. Al instante aparecieron pedacitos blancos que me hicieron pensar en los huesos de los dedos. Ya el horror giraba en mi cabeza como un humo sin salida. Empecé de nuevo a hacer el recorrido de aquel cuerpo; ya no era el mismo, y yo no reconocía su forma; a la altura del vientre encontré, perdida, una de sus manos, y no veía de ella nada más que los huesos. No quería mirar más y hacía un gran esfuerzo para bajar los párpados. Pero mis ojos, como dos gusanos que se movieran por su cuenta dentro de mis órbitas, siguieron revolviéndose hasta que la luz que proyectaban llegó hasta la cabeza de ella. Carecía por completo de pelo, y los huesos de la cara tenían un brillo espectral como el de un astro visto con un telescopio. Y de pronto oí al mayordomo: caminaba fuerte, encendía todas las luces y hablaba enloquecido. Ella volvió a recobrar sus formas; pero yo no la quería mirar. Por una puerta que yo no había visto entró el dueño de casa y fue corriendo a levantar a la hija. Salía con ella en brazos cuando apareció otra mujer; todos se iban, y el mayordomo no dejaba de gritar:

–Él tuvo la culpa; tiene una luz del infierno en los ojos. Yo no quería y él me obligó…

Apenas me quedé solo pensé que me ocurría algo muy grave. Podría haberme ido; pero me quedé hasta que entró de nuevo el dueño. Detrás venía el mayordomo y dijo:

–¡Todavía está aquí!

Yo iba a contestarle. Tardé en encontrar la respuesta; sería más o menos ésta: “No soy persona de irme así de una casa. Además tengo que dar una explicación”. Pero también me vino la idea de que sería más digno no contestar al mayordomo. El dueño ya había llegado hasta mí. Se arreglaba el pelo con los dedos y parecía muy preocupado. Levantó la cabeza con orgullo y, con el ceño fruncido y los ojos empequeñecidos, me preguntó:

–¿Mi hija lo invitó a venir a este lugar?

Su voz parecía venir de un doble fondo que él tuviera en su persona. Yo me quedé tan desconcertado que no pude decir más que:

–No, señor. Yo venía a ver estos objetos… y ella me caminaba por encima…

El dueño iba a hablar, pero se quedó con la boca entreabierta. Volvió a pasarse los dedos por el pelo y parecía pensar: “No esperaba esta complicación”.

El mayordomo empezó a explicarle otra vez la luz del infierno y todo lo demás. Yo sentía que toda mi vida era una cosa que los demás no comprenderían. Quise reconquistar el orgullo y dije:

–Señor, usted no podrá entender nunca. Si le es más cómodo, envíeme a la comisaría.

Él también recobró su orgullo:

–No llamaré a la policía porque usted ha sido mi invitado; pero ha abusado de mi confianza, y espero que su dignidad le aconsejará lo que debe hacer.

Entonces yo empecé a pensar un insulto. Lo primero que me vino a la cabeza fue decirle “mugriento”. Pero en seguida quise pensar en otro. Y fue en esos instantes cuando se abrió, sola, una vitrina, y cayó al suelo una mandolina. Todos escuchamos atentamente el sonido de la caja armónica y las cuerdas. Después el dueño se dio vuelta y se iba para adentro en el momento que el mayordomo fue a recoger la mandolina; le costó decidirse a tomarla, como si desconfiara de algún embrujo; pero la pobre mandolina parecía, más bien, un ave disecada. Yo también me di vuelta y empecé a cruzar el comedor haciendo sonar mis pasos; era como si anduviera dentro de un instrumento.

En los días que siguieron tuve mucha depresión y me volvieron a echar del empleo. Una noche intenté colgar mis objetos de vidrio en la pared; pero me parecieron ridículos. Además fui perdiendo la luz: apenas veía el dorso de mi mano cuando la pasaba por delante de los ojos.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

viernes, 27 de febrero de 2026

La tumba viva

Augusto Roa Bastos

 

Mucho después –no en el momento en que Fulvio Morel se había puesto intensamente pálido al mirar hacia arriba– comprendí que ciertas mutaciones del tiempo no son caprichosas.

En ese momento no sabíamos todavía que el árbol bajo el cual nos hallábamos sesteando –un guapo’y de descomunales proporciones– era un árbol que se había tragado a otro árbol. No sabíamos todavía que el cardenal que se había introducido entre sus hojas con un vuelo dormido y vertiginoso de colibrí era el índice que el aparente azar había elegido para señalar el sitio con la gota de fuego de su penacho saltarín. No sabíamos todavía nada del misterio que había permanecido oculto durante más de quince años. En una palabra, nada sabíamos aún de toda la historia.

Para los huéspedes de Fulvio Morel todo hasta ese instante se había limitado a unos cuantos hechos sin mayor trascendencia: la fatigosa y nula batida de caza en los bosques de la extensa propiedad, el calor cada vez más sofocante entre los árboles, la sed, el venadito que se había cobrado casi al filo del mediodía y sacrificado en seguida para el asado, la sesteada después, bajo el guapo’y gigantesco, con una sombra de más de veinticinco metros de diámetro, los gritos y la decreciente charla que el sueño y la resolana acabaron por extinguir. Después alguien, un chico, vio al cardenal saltar de rama en rama y posarle por fin en esa ramita seca y blanca parecida a un hueso. Y en ese momento el chico gritó:

–¡Miren… miren eso allá arriba! ¿No es un…? –se había interrumpido tratando sin duda de identificar primero con exactitud lo que señalaba a los otros agitadamente.

Nosotros veíamos solamente la borla roja del cardenal entre las hojas. Pero ya Fulvio Morel se había levantado y miraba hacia arriba como preso de una repentina alucinación.

En los tenaces y secretos caminos que ascienden desde el plomo hasta el oro, o degeneran de la lluvia hasta el barro, de la virtud a la corrupción, de la culpa al castigo, de la indiferencia a la desesperación, todos los momentos, aun los más aparentemente triviales, deben de estar prefijados.

Ese momento evidentemente lo estuvo. Pero sólo después lo comprendí. La acumulación de circunstancias pudo al comienzo atenuar la evidencia. Pero después todo fue claro. Y por qué fue Fulvio Morel y no su padre quien padeció el choque de ese momento, único entre todos pero inexorable, también me lo expliqué después.

O creí intuirlo. Y fue la imagen de ese árbol de increíble voracidad la que me sugirió posteriormente estas cavilaciones. Ese árbol se había tragado a otro árbol que estaba seco y muerto dentro de sus nudosos tentáculos, levantándolo al crecer con sus voraces, ávidas fuerzas, levantando poco a poco con el correr de los años, insensiblemente, ese tronco hueco y muerto, semejante a una hornacina que guardara íntegra la carga de su secreto, amortajado en una leve y porosa capa de corcho, que el viento y los pájaros, la erosión del tiempo implacable habían dejado por fin al descubierto.

Como en el guapo’y vigoroso y voraz, en Fulvio Morel estaba íntegro y vivo el padre muerto hacía algunos años; aquel terrateniente español con alma y manos de encomendero que había sido a su vez despiadado y voraz, y a quien su viudez, primero, luego la extraña desaparición de la hija y, por último, el ascetismo rencoroso de su refugio en el feudo, habían ido convirtiendo, mucho antes aun de morir, en una momia de corcho alrededor de la cual creció, nutriéndose de ella, la vida del único heredero.

Fulvio Morel era su padre, más unas cuantas capas verdes, sus propios tentáculos, la carga sombría de los secretos familiares, su avidez, su robusta capacidad de absorción, su indiferencia.

 

Yo creía conocer bastante bien a Fulvio Morel. Juntos habíamos comenzado los estudios en la Facultad de Derecho y regresamos a fines de 1931, cuando la inminencia de la guerra del Chaco comenzaba a caldear el aire perezoso y antiguo de Asunción.

De una manera que aún hoy me cuesta trabajo explicarme, mi autoritario compañero de estudios, rico, sensual y egoísta, había logrado esclavizarme por completo a sus caprichos. De modo que incluso su flamante título de abogado –y no solamente el mío– había salido en parte de mis laboriosas lecturas. La otra parte la pusieron la intimidación y el soborno.

Su don de asimilación era de todos modos realmente fantástico. Le bastaba oír algo una sola vez; se le quedaba grabado para siempre. Al regreso de sus transnochadas, o al cebarle el mate por las mañanas, tenía que resumirle lo que yo había leído o leerle nuevamente capítulos enteros. Y me daba cuenta de que lo hacía en la misma actitud servil que adopta el criado al cepillar la ropa y los botines del patrón. Pero no podía remediarlo. La casa, los libros, la voluntad de dominio, eran de Fulvio Morel.

La única concesión que me hizo fue consultarme sobre la forma en que festejaríamos la terminación de nuestros estudios.

–Podríamos quedarnos y organizar varias farritas aquí, o irnos al campo a cazar.

Él llamaba simplemente el campo al enorme fundo rural de Ka’apukú, situado a corta distancia del lago Ypoá, bordeado de esteros y montes.

No sé por qué esa propiedad y la antigua casa semiderruida que había en ella, en el centro de un bosque centenario de naranjos, me habían atraído siempre. Así que, sin pensarlo dos veces y con el anticipado regusto del viaje, le dije:

–Mejor al campo, Fulvio. Esto ya debe tenerte aburrido.

–Sí; mucho nuevo no hay.

–Unos días de vida sana en el campo no te van a venir del todo mal para desintoxicarte un poco.

–Sí; pero de todos modos hay que llevar unas cuantas mujeres para el beberaje. Cada vez voy soportando menos beber en mi sola presencia. Tengo la impresión de que chupo mi propia sangre. El espectáculo de una mujer borracha es lo único que todavía hace más o menos digna la vida para mí –y Fulvio Morel lanzaba unas carcajadas roncas y lúgubres festejando su brulote.

–O mejor… sí. Tal vez… –dijo después de una pausa, reflexionando sobre algo que se le habría ocurrido de repente, mientras yo tenía la mente clavada en los pilares con fuste de mármol de la casa en ruinas, donde el viejo terrateniente había vivido sus últimos años, feroces y retraídos, clavada en el inmenso naranjal circular, en el fundo entero que me llenaba desde lejos con su incómoda magia.

–Sí; creo que sería la oportunidad –aclaró– de acorralar a esa chusquita de Hebe Corvalán. La invitaríamos con su madre. La vieja irá con toda seguridad. Anda queriendo echarme el guante. Y ya allá, pueden suceder muchas cosas. ¿No te parece?

–No sé… no sé… –le respondí pensando un poco asustado en la brusca derivación del proyecto. La figurita fina y hermosa de Hebe Corvalán, con sus diecisiete años apenas, de gracia fresca y satinada como un jazmín moreno, se me apareció en el fundo vagando por el caserón o entre los árboles, bajo el acecho bestial de Fulvio Morel.

La hija del ex ministro que había sido baleado una noche por manos anónimas, heredera de un patrimonio en bancarrota y sin más guía y protección actual que la de su madre, una ingenua y blanda señora ansiosa de “colocarla” a todo trance, era una presa a propósito para Fulvio Morel. Yo sabía que, una vez en sus manos, éste no se detendría ante nada para sacrificarla a la inspiración del momento, aunque después arrojara todo el hecho por encima de los hombros, como hacía con las fundas arrugadas de sus cigarrillos, empañados e indiferentes los ojos, la boca fruncida por ese imperceptible tajo de desdén y crueldad solapada que estaba siempre allí flotando a un costado, como la marca emergida de su temperamento.

No podía menos que suceder. Como sucedió al segundo día de nuestra llegada al fundo, a pesar de haberme empeñado como un loco en que no sucediera. Pero esa circunstancia, esa víctima inocente estaban también sin duda prefijadas.

Fulvio Morel consumó su designio la noche anterior a la partida de caza. Pero nadie se enteró, nadie sospechó nada. Yo mismo hube de saberlo sólo mucho después, cuando la ignota casualidad quiso que andando los años Hebe Corvalán fuera mi esposa y, en un momento de debilidad que fue de fortaleza y de restitución para ambos, ella me confesara lo que había sucedido aquella noche de dolor, de humillación y de vergüenza. Para entonces, Fulvio Morel no era ya sino un funesto recuerdo, mientras sus huesos se desintegraban en algún perdido cañadón del Chaco donde la guerra lo había hollado, destruyéndolo y redimiéndolo al mismo tiempo de una manera realmente indescifrable.

 

Por todo eso no me asombró después, al reconstruir los hechos, que ese cardenal hubiera esperado quince años para señalar el sitio con su diminuto penacho rojo; que hubiera esperado todo ese tiempo la presencia de Fulvio Morel para mostrarle la evidencia delante de toda esa gente, llena de jovial odio hacia él, elegida por él mismo para que fuera testigo de ese hecho por el que hubiera dado él la mitad de su sangre para seguir ignorándolo hasta el fin de su vida.

No me asombró que Hebe Corvalán, repentinamente indispuesta, se hubiera quedado en la casa con su madre.

Para ella, doliente y llena aún de desesperado, de íntimo rencor por el ultraje que había padecido en la noche, debió constituir una venganza incomprensible no fraguada, tramada por alguien superior a los dos, verlo a él llegar por la tarde como llegó; verlo a través de la ventana cruzar los rotos fustes de mármol como un muerto que había devorado hojas hasta morir y hasta levantarse de nuevo, de tan pálido y verde que estaba cuando bajó del caballo y se refugió en la más secreta habitación de la casa en ruinas; probablemente en la misma en que había muerto el padre mirando las paredes en cuyas grietas ahora crecía el musgo y aun oscuros manojos de yuyos parásitos.

No me asombró que un chico fuera quien descubriera al cardenal y que, después de dos o tres segundos apenas de vacilación, concluyera la frase comenzada:

–¡Miren… miren eso allá arriba! ¿No es un… esqueleto?

Fulvio Morel se había puesto en pie de un salto, miraba hacia arriba y estaba empezando a ponerse intensamente pálido, como si su palidez creciera en la medida en que el chico iba trepando al árbol. La borla de fuego del cardenal se escurrió entre el follaje. El chico llegó por fin a la cima del árbol. Su grito casi alegre cayó sobre los rostros expectantes.

–¡Sí… es un esqueleto! ¡El esqueleto de un chico!

Se veía a sus manos apartar, hurgar entre las hojas. De pronto volvió a gritar:

–¡Alrededor del cuello hay una cadenita!

En medio del silencio ardiente y febril, el chico seguía traduciendo el secreto mensaje aprisionado en la mortaja, de corcho.

–¡En la cadenilla hay una cruz y una medalla en forma de corazón!

El chico estaba deletreando algo con esfuerzo.

–¡En la medalla hay un nombre! Dice… dice…

Fulvio Morel se lanzó contra el árbol. Todos creíamos que también él iba a trepar al grueso tronco hueco, alrededor del cual se enroscaban los tentáculos fibrosos y tensos. Pero la voz del chico diciendo el nombre lo paralizó de golpe, como si le hubiera arrojado una piedra en la coronilla.

–¡Dice… Alicia! –gritó el chico, respondiéndole abajo, como un eco sordo, el estrangulado gemido de Fulvio Morel.

Después de quince años, él venía a encontrar los restos de su hermanita Alicia, desaparecida misteriosamente, raptada por aquel monstruo, mitad hombre y mito, cuando ella apenas contaba doce años de edad y él uno menos.

No era probablemente el horror lejano de aquel hecho, convertido ya en leyenda de su infancia, sino las circunstancias del hallazgo las que le habían arrancado ese gemido. El momento, las cosas que acababan de pasar.

La tumba viva de su hermana estaba allí. Pero la historia de todo eso se remontaba mucho más atrás.

 

Había comenzado cuando aquellos pobres parias que trabajaban en los arrozales del feudo –algo así como una cincuentena de hombres y mujeres parecidos a espectros cobrizos– vinieron a denunciar a don Francisco Morel y Santillán la misteriosa desaparición de tres críos. Habían desaparecido sin dejar huellas. La única particularidad que habían notado era que la desaparición de los críos, todos entre ocho y doce años de edad, coincidía con el primer día de la luna nueva.

–¿Y qué queréis que os haga? –les había respondido el hosco sátrapa del caserón blanco, sentado en la galería y con los pies apoyados en uno de los fustes de mármol–. ¿Queréis ahora que mientras vosotros holgazaneáis en los arrozales en vez de trabajar yo haga de nodriza a vuestros rapaces? Si vosotros mismos no los cuidáis, no sé cómo podéis quejaros de que vuestros hijos desaparezcan. Se habrán ahogado en el estero… ¡Bah, qué sé yo!

–No, karaí don Francisco –murmuró sollozando una mujer–. Hemo’ buscado por toda’ parte. No etá. Alguno robó ore memby…

–Y bueno, ¡cuidadlos, rediez! No supondréis que he sido yo quien los ha robado.

–No, karaí don Francisco. Pero si se puede hacer algo… por eso’ pobre’ inocente…

–Bastante tengo con ocuparme de vosotros, ¡hato de holgazanes, que me chupáis la hacienda sin misericordia! Idos a trabajar y dejadme en paz de una vez.

Y los ahuyentó con palmadas nerviosas como a animales que hubieran amenazado invadir la casa. Los espectros cobrizos regresaron silenciosos y aplastados al inmenso bañado palúdico donde estaban los arrozales. Habían venido en demanda de justicia, de protección. No encontraron más que improperios, los que no habían brotado, sin embargo, sino como la respiración natural de la sañuda omnipotencia enquistada en el caserón, en el karaí-roga, como lo llamaban con medroso respeto los pobladores del feudo.

A través de una ventana, un par de ojos infantiles, azules con el matiz tierno de las campanillas, miró alejarse por entre los naranjos a la tropa oscura y andrajosa. Eran los ojos de la pequeña Alicia Morel, que había escuchado también parte de la querella de los que acababan de irse. Un poco después irrumpió en la galería, realmente impresionada.

–¿Qué quería esa gente, papito?

–Nada nada, hija. Las eternas protestas de siempre. Que esto, que lo otro, que lo de más allá ¡Uf!

–Hablaban de unos chicos que se habían perdido.

–Nada. ¡Pamplinas! Y tú, ¿cuándo vas a aprender? Te tengo dicho que no escuches detrás de las puertas y ventanas.

–Hablaban en voz alta, papito. Escuché sin querer.

–Bueno, bueno. Vete adentro. ¿Dónde está Fulvio?

–En la despensa, cazando ratones con un anzuelo.

–¡Bonito tunante! Dile que le ordeno que se deje de hacer majaderías, ¿me oyes?

–Sí, papito. Se lo voy a decir, aunque es seguro que no nos hará caso.

Las desapariciones de chicos continuaron metódicamente. La racha llegó a los plantadores de algodón y de maíz. Se habían perdido ya ocho, en total, en menos de cuatro meses. Desaparecía cada uno en sitio distinto. Luego, el misterioso raptor se daba una tregua. Y volvía a empezar la recolección, justo el primer día de luna nueva.

Los pobladores estaban desesperados con los estragos de este azote verdaderamente diabólico. Un espanto supersticioso se abatió sobre ellos; una fatídica zozobra revuelta de figuras monstruosas y terribles: el aliento negro de la mitología.

–¡Será el Luisón, che Dios!

–¡O el Pombero!

–¡Tal vez el Pyta-Yovai!

–¡¡O el Mboi-yaguá…!!

Toda la fauna mítica empezó a danzar por las noches alrededor de las fogatas prendidas en las misérrimas chozas.

Un viejo rasgó algo de la cerrazón sobrenatural cuando dijo:

–Tal ve’ ko sea algún leproso que roba a la’ criatura para bañarse con su sangre. En Tavapy había uno. Colgaba a lo’ mitaí de la’ pierna en un árbol. Luego se ponía debajo y le’ cortaba la cabeza para recibir el chorro caliente sobre lo’ kurú-vaí. Lo agarraron haciendo eto y lo quemaron.

La variante no era menos atroz. Algunos seguramente, en el fondo de su corazón, optarían, entre dos males, por la alternativa demoníaca. Contra eso no había remedio. Pero no podían concebir que el monstruo fuera un “cristiano”.

–¡Aní angá-hená, che Dios!

 

Un día surgió imprevistamente una pista, un indicio. Alguien, durante una siesta, había visto correr en el maizal, rumbo al monte, a un enano giboso y peludo de larga barba e hirsutos cabellos rojizos. La enorme joroba parecía en la espalda otra cabeza, pero monda, pelona. Lo persiguió tenazmente un gran trecho y cuando ya estaba a punto de darle alcance, el monstruo enano, o lo que fuera, desapareció misteriosamente bajo tierra. Se lo volvió a ver dos o tres veces más, y en todas estas ocasiones había tornado a desvanecerse bajo tierra en un soplo.

Esas apariciones fugaces coincidían con nuevos raptos de criaturas, de modo que ya se sabía por lo menos a quién atribuirlos concretamente. La versión de un yasy-yateré comedor de criaturas desplazó entonces a las otras bestias mitológicas y se esparció por todas partes con la influencia de un sueño maligno cuyos rastros eran sin embargo reales: las huellas de los pies deformes del monstruo en la tierra blanda de los plantíos.

Las intermitentes pesadillas acabaron por convertirse en una realidad permanente. Al principio, la giba del enano –no su rostro–, su pelambre rojiza e hirsuta, sus carreras sinuosas de lagarto, sus misteriosos desvanecimientos subterráneos, habían resplandecido siniestramente para ellos sólo en la enceguecedora fiebre de las fiestas, en los maizales. Ahora lo veían a todas horas y en todas partes: un sol negro y jorobado, quemando su retina y su imaginación como un tizón huidizo.

El viejo que había referido la historia del malato de Tavapy no quería entregarse del todo al estupor impotente de los demás. Siguió insistiendo:

–Tal ve ko no sea un yasy-yateré. Tal ve sea otro Lázaro. Tal ve lo podamo’ agarrar con uno bueno perro y una escopeta…

Acabó por convencerlos vagamente cuando aquel carpinchero herido por un onza, de paso por allí, les había prevenido al saber lo que ocurría:

–Puede ser. Un enano como ese que dicen desapareció hace algún tiempo en Isla Yakaré, en el lago. Parecía enfermo. Pero nunca le vimo’ la cara. Un día casi lo lanceamo’ creyendo que era un carpincho. Etaba en el agua entre lo’ camalote. Depué no lo vimo’ nunca má.

Pero Isla Yakaré quedaba muy lejos. No podía ser. La visión del fabuloso yasy-yateré seguía rigiendo el miedo supersticioso de los lugareños.

Sin embargo, urgidos por el viejo, volvieron a impetrar la gracia del karaí del caderón. Él los oyó impasible, sumido en la galería, los pies apoyados en el fuste blanco, la robusta figura un poco desdibujada en la penumbra que empezaba a ponerse color borravino con la caída de la noche. No le pedían esta vez sino una traílla y una escopeta, en préstamo, para tratar de capturar al culpable. El viejo explicó:

–Si no e’ un yasy-yateri ko a lo mejor lo podemo’ agarrar… hemo rociado a una criatura con agua bendita y la dejamo’ en su camino, para marear al tekové vaí. Pero la robó lo mimo. Tal ve ko no’ olvidamo de ponerle una era de pindó karaí al cuello… Ahora queremo probar a la’ mala. A lo mejor ko lo podemo’ agarrá…

Unos ansiosos ojillos azules escrutaban tenazmente desde la ventana. Era la pequeña Alicia Morel, cuyas carnes mordía el fantástico relato que estaba surgiendo de entre los naranjos, de varios labios a la vez, en un ronco dialecto mezcla de guaraní y español.

“Una cruz al cuello…”. Alicia anotó mentalmente este detalle. Ella llevaba al cuello en su cadenilla, junto con el medallón, la cruz de oro que había sido de su madre. Tal vez entonces no había más que salirle al encuentro y pedirle que se fuera. Si no estuviera tan asustada, ella pensó que tal vez se habría atrevido. Esos ocho críos tiraban de ella desde el relato que estaba escuchando; sus pequeñas cabecitas decapitadas y oscuras, sus bracitos ensangrentados tiraban de ella desde los roncos plañidos de sus padres. Ella quizá debería atreverse. El monstruo vería la cruz de oro y huiría bufando con el demonio adentro. Esos desgraciados no tenían una cruz de oro para enfrentarlo. La cruz de pindó tal vez no serviría. Era muy pobre. Por eso el yasy-yateré seguía robando y devorando a sus hijos.

Las palmadas nerviosas volvieron a sonar en la penumbra de la galería ahuyentándolos.

–Si es lo que vosotros decís, no conseguiréis nada con perros ni escopetas. Rezad y aguantaos. Dios seguramente no os estará castigando en vano, holgazanes. Idos, y dejadme en paz, ¡so cretinos!

Don Francisco Morel y Santillán no iba a poner un solo alfiler en manos de esos palurdos, bajo ningún pretexto. Con ellos nunca se sabía. Era mejor tenerlos así aplastados, estrujados, inermes, contra la tierra. Y en cuanto a los críos desaparecidos, a él se le importaba un ardite.

–¡Qué criaturas, roedores son que le esquilman a uno desde que nacen!

Las furiosas palmadas arrojaron a las sombras esqueléticas en la noche verde del naranjal. El aire fragante soplaba entre los pilares blancos.

Alicia buscó a su hermano y le confió en secreto su propósito de enfrentar al yasy-yateré con la cruz de oro.

–Claro, tendrías que hacerlo, Alicia –la alentó él, aviesamente–. Se podría muy bien. Papá duerme por las siestas. El monstruo sólo a esa hora aparece. No lo diremos a nadie. Cuando vuelvas, tendremos de qué hablar… Yo mismo te acompañaré hasta el borde del maizal.

 

Al día siguiente, la pequeña Alicia desapareció misteriosamente.

Don Francisco se levantó de dormir su siesta. Llamó a Alicia. No le respondió. Ya no le habría de responder en su vida.

–¿Dónde está Alicia? –gritó encolerizado.

Fulvio nada sabía, los sirvientes tampoco. Nadie sabía nada. Apaleó a la negra que había sido su ama de leche hasta dejarla medio muerta. Apaleó ferozmente, en medio de denuestos e imprecaciones, a los otros sirvientes. Pero nada sacó en limpio. Fulvio, subido a un naranjo, oía las tundas y los gritos del padre con una imperceptible y perversa sonrisa Él sabía adónde había ido Alicia, pero no iba a decirlo, así le abrieran en tira la piel. Después don Francisco recorrió como un loco el maizal. Arrancaba las matas, arañaba la tierra como un perro rabioso. Tenía la boca llena de espuma y maldiciones. Sólo encontró las huellas de los pies deformes del yasy-yateré. Había llegado hasta muy cerca de la casa. Donde empezaban las huellas del monstruo, terminaban las de los pequeños zapatitos de Alicia. Se había embarcado rumbo al País de las Maravillas. Se acordó del libro con preciosas láminas en colores que le había traído no hacía mucho tiempo de Asunción. Prorrumpió en histéricas risotadas, que murieron en sollozos cuando se dejó caer en la tierra del maizal, hundiendo el rostro en el polvo como si buscara en él a la hija desvanecida para siempre. Para siempre, sí; aunque él en ese momento aún lo ignoraba o, por lo menos, se resistía a creerlo. Se levantó de allí más tétrico aún, con el silencio que le envolvía ahora en una crispadura amenazante y terrible.

Puso a toda su gente a revolver el feudo día y noche, de un extremo a otro. Un mes duró la implacable batida acezante y sonora de perros, de disparos, de gritos. Una siesta vieron –él también lo vio– el destello fugitivo del monstruo en el maizal seco. Un resplandor negro y rojizo de pelos y giba y ojos infernales que duró sólo un momento. Fue una raya, un ruido zigzagueante. Nada más. Cuando se dieron cuenta, ya se había apagado otra vez. Ladraron y acometieron los perros, sonó varias veces el fusil del amo. Pero donde desapareció no había siquiera un poco de ceniza oscura.

Alguien encontró bajo una piedra el agujero de un túnel cavado seguramente por algún yurumí. Estaba considerablemente agrandado. El enano podía muy bien haberse deslizado por allí. Excavaron un largo trecho de la galería subterránea. En una especie de recodo donde la galería se ensanchaba en una especie de cueva parecida a un horno, encontraron los restos de ocho criaturas decapitadas, sus andrajos, sus huesos. Los despojos de Alicia no aparecieron por ninguna parte, la ropita blanca y azul que llevaba puesta el día del rapto, sus zapatos negros de hule. Don Francisco dio orden de cegar ese agujero sepulcral en la tierra. La procesión de los lugareños se alejó hacia el bañado con los restos de sus críos, sollozante y cobriza. Se sintió de pronto más miserable que sus miserables y desgraciados esclavos.

El monstruo no volvió a robar más criaturas Alicia Morel había hecho el milagro de ahuyentarlo.

Entonces don Francisco llevó a Fulvio a Asunción y lo internó en un colegio religioso. A su regreso, más que despedir arrojó del feudo a todos los pobladores y de la casa a todos los sirvientes, y se encerró en ella a vivir hasta el fin en un taciturno aislamiento.

De Asunción se trajo de venida un verdadero cargamento de trampas-serruchos de las que se utilizan para cazar zorros y tigres. Eran más de mil trampas. Las diseminó él personalmente por toda la propiedad, disimulándolas con la prolija obstinación de un obsesionado.

Después de sus siestas, a eso de las cuatro de la tarde, salía a recorrerlas una por una, al paso de su enorme tordillo. Él conocía los sitios, los miraba de soslayo y pasaba rebrillándole en los ojos el odio profundo y frenético que brotaba de la raíz misma de su vida emponzoñada.

Una tarde divisó a lo lejos entre la maleza, en el emplazamiento de una de las trampas, el agitado movimiento de un bulto. Al galope tendido se acercó a él. Su decepción le nubló aún más el rostro sombrío y cadavérico. No era el yasy-yateré. Era uno de los recolectores de yerba que pugnaba por zafar el destrozado pie de las fauces del serrucho. Don Francisco le increpó:

–Y tú, ¿qué haces aquí, perillán, ladrón? Os he dicho que os fuerais todos… todos. ¡Largo de aquí!

Más que para ayudar al incauto, don Francisco se apeó para liberar la trampa y armarla de nuevo.

Quince días después, un nuevo agitado bullir entre los matorrales captó desde lejos su atención. Pero esta vez no se apresuró. Por la desesperación de esos movimientos conjeturó que la presa era otra vez solamente uno de esos pobladores cretinos que no se acababan de ir. Cien metros antes de llegar a la trampa, vio que los movimientos habían cesado por completo. Supuso que el hombre o animal capturado por los dentados resortes se habría zafado o ya estaría muerto. Desmontó y se acercó. El espanto, pero sobre todo el rencor, distendieron sus ojos. De nuevo su odio, su obsesión de venganza, habían marrado parcialmente el golpe: atrapado en el serrucho sólo estaba el pie deforme y ensangrentado del monstruo, no amputado por los dientes del artefacto, sino un poco más arriba, en la coyuntura del tobillo. Él mismo se lo habría cercenado con un machete o un cuchillo para escapar a tiempo del cadavérico señor que venía avanzando al tranco del tordillo.

Ese pie peludo era el retrato chorreante del monstruo: los dedos como muñones protuberantes y separados; el verdadero pie de un plantígrado en el que la reminiscencia humana era lo más monstruoso. Un pie ancho, córneo y plano, negro por la sangre.

 

Don Francisco Morel y Santillán no tuvo, sin embargo, que esperar mucho para ver destruido del todo a su enemigo. Unos días más tarde apareció muerto al borde del arroyo. La gangrena le había devorado la pata amputada a la altura del tobillo. La caquexia, la sed, lo fulminaron en el trayecto al arroyo hacia el cual avanzó arrastrándose. Sus labios, tumefactos por la lepra, no alcanzaron a mojarse en el agua cristalina, que sólo le sirvió de espejo final para morir viendo su hirsuta y deforme cabezota rojiza que se iba oscureciendo poco a poco en la noche tenebrosa de la que había salido.

En el duelo entablado entre esos dos seres siniestros, no se sabía quién había vencido a quién. El adusto señor del caserón murió poco después.

Solamente la sonrisa incorruptible de Alicia Morel siguió vagando por el feudo abandonado. Aun entonces la pudimos ver y aspirar en la escarcha perfumada que las ráfagas del verano hacían llover de los naranjos en torno al caserón en ruinas.

Y sus azules ojos infantiles siguieron encendiéndose en las campanillas azules, cuando de su cuerpo angélico que había fascinado nupcialmente al monstruo no quedaba ya otra cosa que su pequeño esqueleto subiendo lentamente en su leve mortaja de corcho hacia la gota de fuego del cardenal que había de vindicarla quince años más tarde, hacia la secreta razón de unas mutaciones prefijadas, hacia los enloquecidos ojos de su hermano.

 

(Tomado de www.literatura.us)