Pablo Garssía
¿Alguna vez te ha
sucedido que, al estar ahí, sentado sobre tu adorable sofá, impotente –pero
también indiferente– ante la infame programación televisiva, inesperadamente,
insospechadamente, algo, un hecho, una historia, sale de la infinita hediondez
de la pantalla para convertirse en objeto de tu gastada atención, de tu
amargado interés? ¿Y que analizas bien esa historia tan aparentemente ridícula,
tan aparentemente estúpida y te das cuenta de que podría ser un pequeño
segmento de vida tuyo, una ficción que, sin embargo, en tu pasado ha sido un
demoledor hecho real? ¿Alguna vez te sucedió?…
¿Cómo recordarlo? Como si fuera hoy:
Un hijoeputa cualquiera entró a la casa del
profesor de filosofía y asesinó a su esposa. El hijoeputa, imaginas, hubo de
ser uno más de esos hijoeputas cualquiera que últimamente han encontrado
divertido y muy rentable meterse a las casas ajenas y vaciarlas de pies a
cabeza. Pero este hijoeputa fue demasiado lejos: mató a la mujer del profesor.
Vélez, abatido, tristísimo, te lo dice a ti y a tus colegas de estudio la
mañana siguiente, de pie, al frente del aula; así, con ojeras y algunas arrugas
en el rostro, les comenta a todos por qué no podrá darles clase ese día.
Eran casi las ocho de la noche cuando el
delincuente forzó la chapa de la puerta trasera de su casa. Vélez y su esposa
se encontraban cenando tranquilamente, antes de su hora acostumbrada, y el
intruso se los encontró en su camino. Los tres se atemorizaron por el hecho,
pero el intruso, con más valor, desenfundó su revólver y amenazó a la pareja.
Vélez, dócil, le ofreció al hombre dejarlo ir sin decir una sola palabra, como
si nada hubiese pasado. Nuestro hijoeputa, astuto, aceptó la propuesta, pero
con una condición: no huir a pie, sino abordo del auto del profesor.
Hasta ese momento todo había resultado bien para
ambas partes: sin peligro para los Vélez, sin mayores contratiempos para el malhechor.
Pero el infortunio hizo acto de presencia. El infortunio fue una sirena que
comenzó a escucharse a lo lejos y un auricular de teléfono que se encontraba
descolgado. El delincuente, al notar la repentina presencia de esos dos
elementos, encolerizó y a la vez entró en pánico; ya no sabía si descargar su
arma contra los esposos o huir a toda prisa en el auto. La veloz explicación
que el profesor le dio acerca del motivo por el cual el teléfono estaba
descolgado no convenció al hombre. Sudoroso, decidió cruzar todo el comedor y
la estancia de la casa para acercarse al ventanal del frente y mirar a la calle
por entre los cristales en busca del vehículo de la sirena, una sirena cuyo
sonido se hacía a cada momento más y más abrumador. Como el profesor sabía, por
supuesto, que el ruido de tal sirena no provenía de alguna patrulla policíaca
que viniera en su auxilio –le había dicho la verdad al ladrón acerca de la
llamada telefónica inconclusa–, aprovechó el descuido del ladrón para tomar de
la mesa un pequeño cuchillo aserrado. Para su desgracia, el vehículo que tenía
la sirena encendida pasó en ese mismo momento frente a su casa y frente a los
ojos de su enemigo, alejándose también a toda velocidad por la misma calle. El
delincuente aliviado, dio la vuelta, miró al profesor a punto de atacar y
reaccionó: extendió su brazo derecho y disparó un par de veces el revólver.
Pero su pésima habilidad, hizo que las balas pasaran a centímetros del cuerpo
del profesor y se incrustaran en la cabeza y el pecho de su esposa.
Lo tienes, aquí está. Has
ido y has traído tus nuevos juguetes. Antes al menos te importaba cuánto
costaban las cosas, si debías gastar o no tantos billetes; ahora sólo vas,
cumples con tu deseo, lo satisfaces, y regresas a casa con tu madre… Una cámara
fotográfica súper sofisticada que probablemente nunca utilizarás; un par de
zapatos deportivos que tal vez pasado mañana decidas nunca volver a calzar –pues
te habrán parecido, de último momento, claro, un poco feos–; media docena de
novelas que siempre has querido leer y que de todos modos nunca comenzarás a
hojear… Pero ahí están, ya los tienes. Estás satisfecho, tal vez
inconscientemente, pero lo estás. Porque fuiste y trajiste tus juguetes si
ningún problema, sin ningún problema porque: a) tenías para pagar; y b) no
dudaste en hacerlo, no reparaste en sacar los billetes y deshacerte de ellos. Y
ahora están ahí, sobre la cama, todos tus juguetes: esos tres libros enormes
con aspecto de tabiques, sólo que de mucho mejor aspecto –eso sí–; las otras
tres novelas, las pequeñas, las de edición de bolsillo, que, con todo, son
igual de hermosas, igual de deseables que las otras; también está la vistosa
caja de cartón, la que contiene el par de zapatos tenis; y también, por
supuesto, se encuentra ahí la hermosa SLR de cuerpo cromado y objetivo zoom 24–120.
Todo lo tienes, todo te lo has ganado. Pero, ¿qué queda? Queda nada.
Yo era sincero. Si no le mentía a los otros,
mucho menos a mí mismo. Y no era homófobo, ni nada por el estilo, pero la gente
pensaba lo contrario cuando le comentaba que poseía el refinado don de
reconocer la homosexualidad en el rostro de un hombre. Y era verdad. Pero la
gente me juzgaba homófobo, lo recuerdo.
A César, cuando lo conociste, a principios de
año, el día que entró a estudiar a tu escuela, a tu grupo, ese día, lo
supusiste homosexual. Pero con él es con la única persona con quien te has
equivocado en tus suposiciones. O, al menos, él ha sido el único con el que has
tenido la oportunidad de descartar tales afirmaciones. Porque al profesor de filosofía
también lo creíste homosexual, pero nunca pudiste corroborar nada al respecto.
Con lo que supiste poco tiempo después del homicidio de su esposa, tal vez lo
pudiste haber hecho, pero no quisiste, o, más bien, cuando por fin te decidiste
a corroborar tus creencias acerca del profesor con base en aquellas
habladurías, él ya se había marchado… César también se fue, de otro modo, pero
también se fue. Y aunque con él fue con el único con quien tuviste la
oportunidad de darte cuenta de que tu estúpido don divino a veces fallaba, el
mismo César ha sido la única persona quien, después haberse marchado
furtivamente, has deseado no volver a ver nunca más.
¿Eres gay, César?, le preguntaste en alguna
ocasión, pero no te respondió. Igual fue su negativa a contestarte cuando lo
interrogaste acerca de su trabajo en Berriozábal Contadores. Te pusiste a
hacerle preguntas de manera furtiva porque era ya tu amigo y también porque
tenías desde tiempo atrás, y en ese entonces más que nunca, la voracidad de un
detective privado. Y lo hacías disimuladamente, le hacías parecer a César que
todo era broma, pero en el fondo sabías que lo que realmente querías eran las
respuestas a tus propios cuestionamientos: ¿tenía César algo que ver con el
homicidio de la esposa del profesor de filosofía? ¿lo que había entre el
profesor Vélez y César era normal?
Y sí, los rumores eran ya muy fuertes, pero tú no
podías llegar a nada concreto. ¿Sería verdad que el profesor no había sufrido
con la muerte de su esposa y que incluso podría haber deseado que sucediera?
¿Sería también verdad que el profesor tenía ya una nueva mujer? Eso derrumbaba
en cierta forma tu teoría acerca de sus desviaciones sexuales… por otra parte,
parecía que César en realidad sí trabajaba en Berriozábal Contadores y que no
se veía más que por las mañanas, en la escuela, con el profesor de filosofía.
Todo parecía tan terriblemente claro…
Decidiste investigar el pasado de César. Después
de todo, no era más que un desconocido: él y su madre habían llegado a la
ciudad apenas a principios del año escolar. También debías revisar el caso del
asesinato de la mujer del profesor. ¿Cómo iban las investigaciones? ¿Se tenían
ya pistas sobre el homicida? Recurriste a tu padre: era lo menos que podías
hacer: él trabajaba en la policía, era de los tuyos…
Cuando
comenzaste a ganarte a César como amigo, también empezaste a perder a Reno como
tal. ¿Por qué? Porque Reno, tu viejo compañero de escuela, tu viejo amigo, al
principio se mostró cooperador contigo, pero luego empezó a sospechar de ti. Él
también, por misteriosas razones, investigaba sobre el homicidio de la señora
Vélez. Primero, cuando fuiste a su casa y platicaste con él, confió en ti –te
lo dijo–. Pero luego, cuando terminó de darse cuenta de tu relación con César,
se sintió traicionado, por eso se alejó. Era obvio: Reno odiaba a César y al
profesor de filosofía… Fue Reno quien te dijo que César y su madre habían
venido del norte, que rentaban su departamento, incluso que desde los primeros
meses se habían retrasado en el pago del alquiler y hasta que era cierto que
César había trabajado antes, pero nunca como aprendiz de contador o algo
parecido… pero todos los esfuerzos de Reno no fructificaron. Él era el mejor,
por eso fue él a quien se llevaron.
Hasta
ahora, tantos años después, puedo estar seguro de que lo que hacía que Reno
investigase por su parte el homicidio de la esposa del profesor Vélez era
precisamente eso, una hermosa mujer de treinta y tres años. Sus motivos eran
muy diferentes a los míos, sí, pero yo no lo sabía. Por eso, principalmente, es
que siento nostalgia y culpa por el destino de Reno. Al final fue él quien
sufrió la venganza de los enemigos… sólo ahora puedo hablar de enemigos. En
aquel entonces todo era un mero divertimento, al menos para mí. Porque si a
algunos tenía que tachar de enemigos u “hombres malos” eran a los que se
suponía que estaban de mi lado: las autoridades, quienes no podían dar con el
homicida de la señora del profesor Vélez. De hecho, la investigación aún sigue
abierta. Porque el posible culpable de ese y de los otros dos asesinatos que se
suscitaron inmediatamente después del primero y que se vincularon directamente
con éste, el culpable de todo ello, lo sé, sigue aún libre.
Sí, después de todo, recuerdo con mucha claridad
las cosas. Y me vuelven a resultar igual de asombrosas que esos días en que
sucedieron, igual de asombrosas que me parecen al verlas ahí, en el televisor,
ahora, quince, veinte años después, cuando mis ambiciones de detective
profesional se han ido ya, ahora que tengo idea ya de por qué soy precisamente
lo que soy y no lo que quería ser, ahora, cuando ya sé por qué tengo tanto
tiempo libre con regularidad y por qué constantemente me siento en mi sofá a ver
televisión.
La
casualidad hace que estés a bordo del auto de tu padre cuando, por la radio,
los de la policía de prevención piden a las unidades más cercanas a Mar
Mediterráneo 55 que se dirijan hacia allá: se acaba de reportar un homicidio.
Te estremeces al oír “homicidio”; te estremeces mucho más cuando reconoces a la
persona que vive en la calle y número mencionados: el viudo profesor de
filosofía. Abres la puerta, corres dentro del restaurante en busca de tu padre,
lo traes de regreso al auto y ambos se dirigen a toda velocidad al lugar del
crimen.
Camino hacia allá, tu valentía, tu temple de
acero, tu brava personalidad de detective se desmorona. Todo se desmorona,
porque no ha servido para nada… entras a la casa detrás de tu padre y lo que
ves en el piso es el cadáver del profesor Vélez. Dos tiros en la nuca. Sufres
de paroxismo y nunca te recuperarás de ello, pues sólo por esta vez podrás
predecir algo, el próximo movimiento del criminal, pero de nada servirá: es un
criminal rabioso, enfurecido, pero, más que nada, temeroso, temeroso de tener
que pagar por lo que ha hecho; no quiere hacerlo, por eso acaba de ejecutar a
su cómplice, por eso ejecutará, de ser posible, a todos sus perseguidores. Así
lo hará, lo sabes, por eso estás así, tan pálido.
(Tomado
de www.museo.ficticia.com)