sábado, 10 de enero de 2026

Mi loro Fabricio

Antonio Ballesteros

 

Hace años mi familia regentaba una heladería. Venía mucha gente a saborear los magníficos helados que mis padres elaboraban. En el negocio ayudábamos todos, aunque yo, que soy el pequeño de la familia, tenía menos obligaciones que mis hermanos mayores. Cuando me tocaba ayudar, me acompañaba Fabricio. Es un loro que todavía, quince años más tarde, sigue conmigo.

Casi siempre descansaba en mi hombro, y eso a la gente le parecía gracioso.

A Fabri le gustaban mucho los helados y había que tener cuidado con él. Si el que le servía a algún cliente era de sus preferidos, en cuanto me descuidaba el pájaro exclamaba con su estentórea voz rrrrrrrrrrico, saltaba hacia el helado y lo picoteaba. Eso ya no les hacía tanta gracia a los clientes, y mucho menos a mi madre.

Cuando eso ocurría, ella amenazaba con matar al animalito. Más exactamente prometía ahogarlo, o “curtirnos a palos” a los dos, a Fabricio y a mí.

Una tarde la heladería estaba repleta, y cuando fui a servir su helado a una niña, Fabri extendió sus alas, gritó rrrrrrrrrrico, dio un salto hacia la muchachita y picoteó el cucurucho. La niña se asustó tanto que dejó caer el helado contra el suelo mientras empezaba a llorar.

Su mamá inició un tremendo alboroto que acompañó con grandes aspavientos. Fabricio también se espantó y revoloteaba a lo largo y ancho de la heladería, lo que revolucionó irremisiblemente a todos los que se encontraban allí, sobre todo a los más pequeños.

Ante aquella desmesurada algarabía, mi mamita se enfadó tanto que de sus ojos –mientras intentaba disculparse con la señora y la niña– salían llamaradas incandescentes y lacerantes chispas hacia mí. Tantos rayos y serpientes y malos bichos salían de sus ojos, que dentro de mi cabeza empecé a sentir avispas o alimañas parecidas que amenazaban con taladrarme los tímpanos, y decidí salir corriendo del local con Fabricio, que entretanto, sin saber dónde meterse, había vuelto a mi hombro.

Vámonos de aquí, Fabri, le dije, esto se pone muy feo.

Y nos fuimos lejos de allí, a la playa. Horas después, cuando me entró sed le dije a Fabricio que necesitábamos dinero. Nunca supe si me entiende o no, pero cuando le hablaba de dinero siempre me contestaba lo que yo le había enseñado: parapán, parapán, quieropán. Eso bastaba para que la gente se nos quedara mirando. En ese momento yo ponía cara de niño triste y decía eso tan socorrido de ¿me da para comprar pan?, señora, al tiempo que extendía con languidez la mano. Siempre había alguien que nos daba alguna moneda.

Cuando reuníamos el dinero suficiente, Fabricio y yo nos íbamos a una heladería industrial del malecón y nos comprábamos uno de esos grandes helados de turrón que tanto nos gustan a los dos. No estaban tan ricos como los que hacían mis padres, pero igual eran refrescantes y nos quitaban la sed y el hambre.

Luego se hacía de noche y, como siempre que desaparecíamos de la heladería o de casa, uno de mis hermanos llegaba hasta la playa a buscarnos, por si queríamos cenar y para que no nos pasara nada malo.

 

(Tomado de www.tallermecontasunahistoriadale.blogspot.com)

 

El árbol, el tesoro y el tiempo

Elías Barón

 

La comprensión del universo se escapa de toda medida y lógica; sabemos muy poco, casi nada. Dominamos lo más básico: existen reglas que apenas comprendemos; rutinas que harían sonrojar a los más asiduos obsesivos compulsivos, ya que son una constante “universal”. Mas al analizarlas, nos damos cuenta de que ni siquiera raspamos la superficie.

El sistema solar está comprendido por los planetas Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y, hace algunos años, quitamos a Plutón y estamos indecisos en incluir a Eris dentro de la clasificación. De todos estos planetas podemos deducir millares de cosas. Los hechos más claros son que muchos de estos planetas tienen agua (aun los que parecen más secos y áridos), en muchos de estos planetas hay oro de gran pureza justo en la superficie, tan sólo para tomarlo. Saturno y sus lunas son un claro ejemplo; diamantes de todos los tamaños y purezas los podremos encontrar en Neptuno y Urano como algo normal; plutonio es fácil de encontrar en Plutón. Todos los minerales que consideramos “valiosos” por su utilidad en los campos de la medicina, tecnología y economía están afuera esperándonos. Varios planetas contienen de todo, pero los humanos no nos hemos dado cuenta de que lo más valioso, que no encontramos en otros planetas, es “la madera”.

Se dice que en la Vía Láctea (un conjunto de nada menos de cuarenta galaxias) es nuestra galaxia. Aquí también encontramos un sistema solar donde están en órbita siete exoplanetas de tamaño muy parecido a la Tierra, con agua, tierra y minerales valiosos como aquí. Su nombre es Trappist-1, K2-18b, entre otros, de tal forma que existen posibilidades de que haya otros planetas con características y riquezas similares a la Tierra. Los científicos, astrónomos, hombres y mujeres de ciencia, a pesar de estas brillantes observaciones, mencionan que existe la esperanza de que algún día podamos llegar a ellos y colonizarlos, mas siempre está la misma observación: no hay posibilidad de que en este u otro sistema solar conocido de entre cientos de galaxias observables, exista un planeta que pueda albergar árboles. No hay ningún otro planeta que contenga madera.

Pasaron muchos años y muchos daños. Es así como el programa espacial del gobierno mundial fundado después de la Cuarta Guerra Mundial (larga vida a los Anunakis) puso en marcha el plan de llevar a la colonia marciana un árbol para analizar su supervivencia, así como la posibilidad de generar un microclima y propiciar su reproducción. Se dice que ningún lugar está colonizado hasta que no sembremos y nos mantengamos de lo que tienen que ofrecer sus tierras. Para este fin se construyó una cámara de estasis, bastante especial, que proporcionaba ozono, dióxido de carbono y radiación ultravioleta de baja frecuencia. Tenía un recolector de agua ambiental, su propio efecto invernadero, así como una dotación de nutrientes, por lo cual podría sobrevivir en cualquier entorno, por inhóspito que este fuera.

Todo estaba dispuesto para lograr la hazaña (que era no tan asombrosa si la comparamos con la liberación de los pueblos del dominio extraterrestre de los reptilianos) y poder llevar algo verde al planeta rojo, más aún después de haberlo sobreexplotado, dejándolo seco de oro, platino y piedras preciosas. Salió la nave con tres astronautas: Jin, John y Pedro-Pedro, famosos por haber pasado todas las pruebas de consumo de productos como Cola Coca, Pecsi, Zabritas, Brimbo, y ni qué decir de Mapple y Andruid. Todo estuvo a tiempo gracias a la transportadora de energía oscura del hipermega loop, patrocinada por los vasallos del gran colisionador de hadrones. Sí, todo estaba calculado, excepto por un error de cálculo de la causalidad, ya que un agujero negro que pasaba por la zona no fue contemplado. Hoy todo el mundo sabe que los agujeros negros, a pesar de su súper masa, se comportan como entes vivos; los hay de todos tamaños y formas, además son portales para acceder a otras dimensiones, tantas como tiene la luz fragmentación. La nave, una especie de tren espacial con tres compartimientos, perdió toda su valiosa carga. Los astronautas llegaron al planeta rojo con las manos vacías (pero con sus vidas, lo cual era casi lo mismo), y esto no aliviaba su dolor.

Parte de la carga perdida era el árbol con su cápsula. Gracias a ella, el árbol no sufrió ninguna transformación o transmutación al pasar a través del agujero negro. Del otro lado le esperan una serie de aventuras que, por ser un ser arbóreo, no tendría memoria o ninguna noción de lo sucedido. El árbol era un pino de aproximadamente dos metros de altura, con algunas piñas y frondosas agujas.

Cuando pasó al otro lado, la dimensión que le esperaba era de un color magenta con amarillo, tonos violetas y azules. En este plano había un paneta pequeño y árido. En este planeta, que medía treinta y un mil cuatrocientos dieciséis metros de diámetro, había pequeños seres extraterrestres de aproximadamente treinta centímetros de altura. Estos eran medianamente inteligentes (ya verán por qué). La típica visión de los extraterrestres desnudos, de color gris, con grandes ojos color negro, viviendo con mascarillas que les aportaban el oxígeno necesario para sobrevivir. La cápsula entró en la atmósfera del planeta, se calentó, pero no lo suficiente para tener algún daño. Cuando cayó al suelo, levantó mucho polvo y rocas, llamó encarecidamente la atención de algunos de estos extraterrestres (que, dicho sea de paso, no eran extraterrestres en su planeta, sino “silvanos grises”). Todas las conversaciones y comentarios de estos seres, a partir de este momento, serán traducidos y recolectados por mí, el recolector de datos, o narrador para efectos prácticos.

Como podrán imaginarse, el árbol de dos metros era en realidad un gigante para estas pequeñas criaturas. Dicho esto, podemos anticipar un poco de contexto: este triste y árido planeta no siempre fue así. De hecho, algún tiempo tenía una serie de bosques y lagunas (árboles pequeños para nosotros, normales para ellos, los más grandes medían apenas un metro). Habían logrado un desarrollo tecnológico sobresaliente, mas, como es de esperarse, abusaron de su poder creativo. Las tecnologías no fueron aplicadas para el bien de su medio ambiente, y la sobreexplotación de su medio hizo que su planeta se tornara en una masa de tierra seca. Salieron a otros mundos en busca de vida vegetal, árboles y, sobre todo, madera, ya que esta era combustible, casa y medio para conservar tanto la temperatura como el agua de su desgastado planeta. Respiraban oxígeno como nosotros, entonces, cuando vieron llegar la cápsula con un árbol tan grande y verde, su reacción de sorpresa no se hizo esperar.

Algunos reaccionaron con alegría, pensando que una nueva oportunidad tocaba a su puerta alienígena; otros pensaron que era la oportunidad de hacerse con el valioso recurso que no habían podido encontrar en ninguna parte de su galaxia. Se nombraron dos dirigentes (porque, tristemente, hasta los alienígenas necesitan políticos), los cuales se sentaron en sillas flotantes para dialogar de manera telepática (así se comunicaban) sobre cuál sería la mejor opción para toda su raza.

Debemos recaudar el recurso, hacernos del poder sobre el árbol para que los demás no acaben nuevamente con la fuente de madera.

–No, debemos ver la manera de estudiarlo, analizarlo y reproducirlo, y en un futuro no muy lejano, para el bien de los congéneres, liberarlo.

Mientras tanto, un viejo alienígena, que aún era muy joven cuando los árboles comenzaron a escasear, se acercó a la cápsula. Sintió que el árbol le hablaba, le decía que lo dejara salir, que le permitiera que sus raíces tocaran la tierra. El viejo silvano, sin pensarlo dos veces, sacó una cortadora láser de bolsillo (aunque no tenían bolsillos) y le hizo un agujero por debajo. Algunas raíces salieron y tocaron el suelo. Llevaron un generador de agua, que transforma el oxígeno y el hidrógeno del medio ambiente en agua pura. Mientras todo esto sucedía, los políticos seguían debatiendo cuál era el mejor plan de acción. Cuando pasaron siete días silvanos (doscientas treinta y una horas terrestres) y por fin habían decidido qué hacer (en beneficio de los dirigentes y no del pueblo, obviamente), grande fue su sorpresa cuando llegaron a ver qué hacer con el árbol. Éste estaba plantado en la tierra de su árido planeta, pero no sólo eso: había logrado conectarse con raíces profundas de los antiguos árboles de los bosques devastados y, por su condición extraterrestre, los había hecho germinar nuevamente. Pequeños brotes de árboles locales salieron del suelo. Silvanos sentados alrededor del árbol estaban dispuestos a defenderlo; querían una nueva oportunidad para tener árboles.

Los años silvanos pasaron, el planeta volvía a tomar verdor, y en el centro de todo, un gran pino terrestre que, gracias a la casualidad y la causalidad, era un trago amargo (sin tanta importancia para los terrestres en ese momento). El silvano viejo decía:

Casi nadie aprovecha o valora lo que se tiene de sobra. Nosotros tuvimos que aprender de mala forma, pero siempre que exista la oportunidad, como nosotros los silvanos, deberíamos ayudar a la naturaleza, a que las cosas fluyan y lleven su curso natural. No me imagino de dónde vino ese árbol milagroso, probablemente de un lugar donde son valorados y bien respetados. Repartidos y respetados por una raza superior, muy inteligente, mandado por la galaxia como la maravillosa fuente de vida y recursos que son, procuraremos seguir con ese legado.

 

(Tomado de Varios autores, Universos alternos. Relatos de ciencia ficción en español, Factor Literario, Estados Unidos, 2024)

 

viernes, 9 de enero de 2026

Las cuitas del joven Werther

Slawomir Mrozek

 

El director de la filarmónica nos recibió con amabilidad.

–¿En qué puedo servirles? –preguntó.

–Nos debe cincuenta mil.

–Es posible, pero no acierto a saber por qué razón. ¿Podrían ustedes aclarármelo?

–En calidad de anticipo –le aclaré.

–Tal vez, es una práctica habitual. Pero anticipo, ¿a cuenta de qué?

–De nuestra actuación en la filarmónica.

–Sí, eso ya tiene cierto fundamento. Sin embargo, si no me falla la memoria, es la primera vez que nos vemos. ¿Acaso hemos firmado un contrato por correo?

–Aún no, pero podemos firmarlo ahora mismo.

–Indudablemente. Pero quisiera conocer a grandes rasgos su propuesta. ¿Ustedes forman un conjunto musical?

–De momento no, pero lo formaremos.

–¿Y más o menos con qué repertorio?

–Eso ya lo veremos cuando aprendamos a tocar.

–¿A tocar?

–Sí, a tocar instrumentos musicales, por supuesto.

La torpeza de ese individuo comenzaba a enervarme.

–¿Quiere decir que aún no saben?

–Aún o ya, ¿qué más da? El futuro de todas formas nos pertenece. ¿No ve que somos jóvenes?

–¡Oh!, desde luego. Sin embargo, ¿puedo sugerirles algo? Primero aprendan a tocar, después toquen un poco y después nos vemos. El futuro sin duda les pertenece.

Y no nos dio el anticipo, el muy facha. Salimos de allí perjudicados socialmente. En el muro había un cartel que anunciaba la actuación de un tal Mozart.

–¿Quién es? –preguntó… pero no me acuerdo cuál de nosotros, porque me falla la memoria, sobre todo antes del mediodía.

–Seguramente un viejo.

Dejamos de pensar en el arte y nos dedicamos a construir una bomba. Un día de estos la pondremos en la filarmónica. La lucha por la justicia es lo primero.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

El duende de las papas fritas

José Candás

 

–¡AY!

¿Alguien se había quejado?

Esteban se asomó a la sala y vio a su mamá, aburridísima con el partido. También estaba su hermana Nuria, dibujando en su cuaderno, sin hacer caso a los pitidos del árbitro o a los berrinches de Papá, quien se quejaba amargamente de los jugadores, pero no por dolor. Todo estaba normal.

Esteban se olvidó de aquello y abrió la bolsa, brillante y llena de papas saladas. Iba tan distraído que no notó que al meter la mano, al sacar un puñado de papas, se estaba llevando a la boca una figurita carnosa, que al verse en peligro gritó aterrada:

–¡NO ME COMAAAAAAS!

Esteban vio entonces algo increíble. Entre sus dedos y dos papas había un hombrecito rechoncho y pálido, que aullaba para no convertirse en botana. No era más grande que una salchicha cóctel, pero tenía dos ojos enormes y llenos de miedo. Al encontrarse con ellos, se llevó la mayor sorpresa de su vida.

¡AHHHHHH!

¡GOOOOOOOL!

¡MAMÁÁÁÁÁÁÁ!

Esteban lo lanzó al aire, dando un brinco por el susto. De la cocina salió corriendo a la sala. La bolsa quedó tirada y las papas se regaron por todo el piso. Su grito fue tremendo, pero lo cubrió el gol proclamado por el locutor y los festejos de su padre por la inesperada victoria.

Trató de explicarles a sus padres lo que había visto, pero antes de poder decir nada lo interrogaron acerca de la misión que le habla sido asignada.

–¿Dónde están las papas que te pedí?

Esteban les contó todo, pero nadie le hizo caso. Sus padres entraron en la cocina, y se enojaron con él, al ver las papas regadas por el suelo.

Él quería que le creyeran, pero se dio cuenta de que los adultos no eran capaces de entender algo tan simple como la existencia de un duende escondido entre las botanas, junto a las bolsitas de salsa picosa y los tazos con figuritas del Pato Lucas. Por eso mejor se mantuvo calladito, y dejó que todos se olvidaran del asunto. Él sabía que el hombrecillo era real, y que aún andaba escondido por algún lugar de la cocina. Lo único que tenía que hacer para encontrarlo de nuevo era esperar.

Esa noche fingió que estaba dormido. Le costó mucho trabajo no cerrar los ojos, pero su curiosidad era mucho más fuerte que el sueño. Caminó empiyamado hasta la cocina, evitando hacer ruido para no despertar a sus papás y a su hermanita, y entró ahí, decidido a encontrarse con el duende botanero.

Con cuidado buscó en anaqueles y cajones, pero nada encontró, excepto cazuelas, platos y otras cosas para comer y cocinar. Finalmente, cuando creyó que todo había sido un sueño, lo descubrió, escondido tras los plátanos del frutero. Estaba ahí, temblando de frío, con sus ropas manchadas por la grasa de las papas, y el rostro cachetón crispado de miedo y pena.

El duende le contó a Esteban su aventura. Vivía con su familia en el techo de una fábrica de botanas, y los papás del pequeñín, que se llamaba Grupi, le tenían prohibido asomarse a ver las maquinarias de los gigantes. Él apenas era un niño como Esteban (iba a cumplir noventa y siete años en pocos días), y los había desobedecido. Se cayó desde su casa hasta la empacadora, y se había quedado atrapado en una bolsa. Vivió ahí por varios días, comiéndose las papas para sobrevivir, hasta que Esteban lo liberó.

Esteban notó que Grupi estaba muy triste y trató de alegrarlo, pero el duende se puso a llorar sin consuelo.

–¡Quiero a mi mamá y a mi papá! ¡Ayúdame, por favor!

Y eso hizo Esteban. Le dijo que tendría que esperar un poco, pero que muy pronto regresaría con su familia. Estuvo pensando por un buen rato en un plan, hasta que por fin tuvo una idea.

Corrió al bote de basura, y se puso a buscar la bolsa de papas en la que Grupi había llegado. La encontró bajo unas cáscaras de piña y los cartones del pastel de la cena. En ella venía impresa la dirección de la fábrica donde vivía el duende. Velozmente la copió en un sobre, y le dijo a Grupi que lo mandaría por correo a casa. Al escucharlo, éste dejó de llorar y se metió allí, dando espectaculares brincos de alegría.

–Algún día te lo agradeceré, Esteban. Nunca lo olvidaré. ¡Gracias!

Esteban le puso en el sobre unas galletas marías molidas, se despidió de Grupi, y de un lengüetazo selló el sobre con el duende dentro.

Esa fue la última vez que vio a su amigo, pues a la mañana siguiente lo llevó a la oficina postal. Compró un timbre, se lo pegó al sobre, y metió la carta al buzón del servicio express para que llegara pronto a su destino.

Por la noche, rezó con todas sus fuerzas para que el duende de las papas fritas llegara a su destino, sano y salvo, con sus papás y sus otros amigos duendes. Soñó esa noche con la ciudad de Grupi, entre las vigas de la fábrica, con sus pequeños habitantes sobre las máquinas de tostitos, justo después de decir amén.

Los días pasaron muy rápido, y Esteban se olvidó de Grupi, hasta que una mañana, despertó al escuchar las voces de su padre y la de otro hombre, discutiendo. Los descubrió en la puerta, mientras varios empleados metían en la sala cajas y más cajas con papas fritas de todos los sabores y variedades, que se iban amontonando sin parar. El hombre que las traía respondía a las reclamaciones de su padre con la misma frase indiferente:

–Yo no sé. A mí me dieron esta dirección, y cumplo órdenes. No sé por qué se queja, si ya hasta están pagadas. Yo no tengo la culpa de que haya duendes en la computadora.

 

(Tomado de www.ficticia.com)