Úrsula Fuentesberain
Doctor, fueron ellas las que me hicieron perder el juicio, perderlas a ellas. Ni siquiera sabía que estaba siendo enjuiciado. Y perdí. Yo era un hombre cuerdo, sabe, estuve completo alguna vez. Ahora me desmantelo poco a poco. Un hombre con una barba y una bata como las suyas me las quitó. Usó el bisturí de Parker. Abrió, fracturó, extrajo, hizo sangrar. Recuerdo que había una ballena en mi boca, se había auto-playado, estaba seca, el hombre de la bata la tenía metal-prensada, finalmente
la humedeció,
la soltó y la dejó perderse. Así he perdido todo lo demás. Los golpes del martillo
sobre el escoplo fueron exactos y las perdí para siempre. Ellas se llevaron mi cordura.
2
Déjeme asomarme una última
vez por la ventana, doctor. Estoy seguro de que el páncreas se me cayó en el camino. Está tirado en la calle, alguien lo
va a pisar, un perro está
a punto de comérselo. Subestimamos
nuestra cohesión, doctor. Lo único que me mantiene
sólido es mi piel, esa membrana
tan frágil.
Siento que la tapa de mi cabeza quiere
salir volando. El cielo es un precipicio, doctor. Constantemente estoy a punto de caerme
en él. Tengo que llenarme los bolsillos con
piedras, tengo que pararme
de cabeza, recogerme bajo un umbral para
que no pase sobre
mí una mujer con zapatos altos y me perfore. ¿Y si mientras
duermo una corriente
de viento me desintegra
y me saca en pedazos por la ventana
y ya nunca más
puedo reunirme?
No, ese no es mi brazo derecho. Eso es una serpiente muerta. Esa tampoco es mi pierna derecha. ¿Que de quién es? Posiblemente del paciente del cuarto contiguo. ¿La mía? Usted la ha escondido, doctor. ¿La guarda en ese cajón?
4
Sí,
siempre fui un niño muy limpio. Mi madre me hacía enemas desde los cinco años.
Limpio hasta por dentro. Eso no tiene nada que ver con que no quiera defecar. Esa
es una historia completamente distinta. ¿Quién me garantiza que no habrá de introducírseme
un pollo muerto mientras lo hago?
5
El vértigo no mejora, doctor. Me sorprende
en un quinto piso y no hay cómo convencer a ninguno de los cinco que bajemos.
6
Doctor, ya se lo he explicado antes: no soy yo el que siente mi cuerpo, es él que se siente a sí mismo y me lo comunica.
7
Esto
no es una consulta, doctor. Es mi misa fúnebre. Y
mi cuerpo no está presente.
8
¿Qué es lo que apunta en su libreta? ¿Y qué dice mi historial clínico de mí? ¿Cree que no lo sé?
¿Aurelio Agustín, 38 años, psicosis, paranoia, aloestesia, agnosia de la imagen corporal? Doctor, creo que yo era un hombre soluble y
ya me he disuelto por completo en ellas, en
mis enfermedades.
9
Yo
aprendí griego en la escuela. Sé lo que
intenta hacer, doctor. Busca la
causa de mis padecimientos. Tiene
que definir el momento preciso de su gestación. Pero ya le dije que todo empezó
con mis muelas. Ellas eran la punta de la hebra y el hombre de la barba-bata
blanca las jaló. Hasta desmadejarme. Ahora soy puro estambre informe. Y nadie
puede tejerme. Ni usted.
10
Si
las tuviera conmigo, a
mis muelas, las
montaría en oro y las colgaría a mi cuello. La prueba de
que he perdido el juicio. No, doctor. Nadie vendría
por ellas, no
sea tonto. Los
ratones ya no existen en este lugar. Se fueron en el último tren que pasó por
aquí, aullando.
(Tomado de Varios
autores, Lados B. Narrativa de alto riesgo, Nitro/Press, Cdmx, 2014)