domingo, 19 de julio de 2026

Bajo el mar

Stella Benson

 

Había un ruido fuerte en los oídos de Victoria; era como la luz verde alrededor de ella traducida en sonido. Dentro de su cabeza todo estaba claro y tranquilo. Miró frente a ella a Amos, quien con aquella redondez en la cabeza caminaba tan raro como un animal irritado, plantando sus enormes patas en jardines y removiendo animales y flores.

“Este es el hombre que yo amo”, pensó Victoria al mirarlo a través del agua. Y cuando ella lo pensó, él dio un paso descuidado y brincó lejos, a algún lugar donde ya no pudo verlo. Ella solo podía ver un paisaje oscurecido desde la mirilla de su escafandra. Victoria no llevaba un traje completo de buzo, solo la escafandra y su propio traje de baño. Sentía un gran peso encima. Llevaba el tubo del aire bajo el brazo. En la escafandra había un poco de aire atrapado. Ella podía inclinar su cuerpo sin peso un poco, sin aceptar riesgos, para manejar la vista. Vio plantas blancas, agujeros blancos, ramas, hierbajos, pececillos que se movían, como si fueran mosquitos, alrededor de sus pies. Mirándose los pies, verdes bajo un cuerpo que se sentía tan pesado de arriba, intentó bailar uno o dos pasos. De inmediato se elevó por error, de espaldas, de lado, y tocó fondo con un pie.

“¿A quién se parece ese hombre?”, se le ocurrió de golpe mientras se movía en el agua, incapaz de detenerse, incapaz de caer. Pensaba en el hombre a cargo de la bomba del aire, allá arriba, en la superficie del mar. “¿A quién se parece?” Sus ojos lo recordaron en camiseta, enojado con los marineros que hacían funcionar la bomba, dándose vuelta para disculparse con ella y con Amos. Su oído también recordó: “Aquí no vienen damas que quieran bucear por puro gusto. Usted no aguantaría el traje completo, señora. Bueno, mire, no podría ni moverlo. Pruébese una bota. Bueno, mire, ni puede con tanto peso. Ochenta kilos. Claro que se aligera en cuanto se hunde en el agua, pero usted no podría ni llegar al agua. Pero me gustaría que usted bajara a ver ese barco, Quimera, acostado tan bonito, allí nomás a diez metros. Para mañana en la noche ya habremos acabado de sacar el whisky, al menos eso creo, a ver si es cierto que nada más traía cien cajas. No vale la pena poner el barco a flote, está viejo y se dañó contra la roca aquella. El whisky vale dinero, yo sé lo que le digo. Bueno, mire señora, voy a ayudarla a verlo. ¿Por qué no baja con la escafandra? Solamente la escafandra y el tubo del aire. Para un descenso corto resulta igual.

“Bueno, mire”, lo repitió con frecuencia. ¿A quién se parecía? El modo de hablar era como el de Nana. Podría ser el hijo de Nana. Por eso ella se había sentido tan incómoda. Todo lo relacionado con Nana era desagradable. El recuerdo de Nana le puso en la mente una juventud de comodidades y olvidos hasta el día en que Amos descubrió que Nana, ya para entonces su ama de llaves, durante diez años había hurtado cientos de libras del dinero que le entregaban para la atención del niño.

Al expulsar de la casa a Nana, Amos le gritó:Tienes suerte de que no llamemos a la policía”. Poco después llegó el hijo de Nana, un marinero.

–¿Y usted es un caballero? –gritó–, ¿y así le pagan a mi madre una vida de servicios? Bueno, mire, ya lo agarraré solo. Algún día me vengaré.

Solo en aquella ocasión había visto al hijo de Nana; nunca antes ni después.

El hombre que estaba arriba era como él. Amos no pudo notarlo, él veía mal de lejos. Además, habían pasado veinte años. Pero el hombre de arriba tenía la voz del hijo de Nana. ¿O era coincidencia?

Victoria y Amos estaban allí, en las Indias Occidentales, por mera casualidad. Habían venido a distraerse. Supieron del naufragio. ¡Ah, allí habrá buceo! ¡Vamos, Vi! Y aquí andan ya; por distraerse, en el fondo del océano, y a merced del hombre que está en la superficie, el que es igual al hijo de Nana. “Algún día me vengaré”, había jurado. ¿Era o no era el hijo de Nana? De pronto, Victoria recordó que él le había dicho a Amos: “Bueno, mire, hay gente que bucea por gusto, y otras que lo hacen una vez y no regresan”. Y Amos había respondido: “Nos guste o no, nosotros no volveremos a bucear”. Y el hijo de Nana había replicado: “Quizá no”. (Era el hijo de Nana). Y poco antes le había gritado a los que hacían funcionar la bomba del aire: “Quítense. Lo haré yo mismo”.

La mujer, solitaria en el agua silenciosa, miró aterrorizada a su alrededor. Pensó, sedienta de aire, en la luz del cielo, en las aves, en la seguridad de Inglaterra. Ah, estar en Inglaterra, ahora que abril llega.

Victoria dio a su tubo de aire un jalón lento, señal para pedir ayuda del bote. Y no hubo jalón de respuesta. Quizá podría nadar hasta la superficie sin ayuda, incluso tenía cierta dificultad para permanecer en el fondo. Pero Amos, en su pesado traje de buzo, ¿dónde andaba? ¿Dónde estaría el Quimera? Allí lo encontraría.

Victoria comenzó a trepar por el talud de una depresión, una cuesta suave de tal vez dos metros, y sin embargo tan difícil para sus pies como una montaña. Por fin, al encumbrarla, pudo descubrir el naufragio. Era muy distinto de lo que esperaba. Parecía una casita ladeada con su puerta de resorte, y la luz verdosa le daba aspecto amenazante. Entonces vio a Amos.

Cuando su esposa se acercó, Amos, con un paso largo quiso animarla a acercarse al naufragio, pero resbaló y cayó, todo ello con una pesantez desconcertante. La escafandra no permitió ver que su expresión cambiaba hacia la sonrisa, y por un momento se pareció al perrito angustiado la primera vez que intenta trepar un escalón. Victoria, sin embargo, no sonrió. Como pudo, llegó al barco hundido y, al esforzarse en ponerse en pie logró asirse cuidadosamente a un pie de Amos, y Amos cayó de nuevo, y con disgusto le hizo un gesto de no me toques.

“Amos, ven rápido, ése es el hijo de Nana, estamos en peligro”, gritó ella y se aturdió en su escafandra. Casi volvió a caer. Amos no podía oírla.

Él se movía de nuevo sin control. “Amos, Amos”, ella lo jaló de un pie, era lo más que conseguía alcanzar y él insistía en alejarla con mímica de enojo. Ella señaló hacia arriba. Él orientó su mirilla hacia ella y Victoria vio que Amos movía la boca detrás del cristal. Recargado en el barco hundido, señaló a Victoria y luego apuntó hacia arriba, para expresar: si quieres subir hazlo y déjame aquí. Y allí estaba, envuelto en su mundo, aislado de todo sonido. Un pez cruzó entre él y ella.

“Amos, Amos”, gritó Victoria, y una vez más la detuvo el retumbo del sonido encerrado en su escafandra. ¿Le habían cortado el aire desde arriba? Amos retiró el pie del alcance de ella, casi se puso en pie y repitió el mensaje de que se alejara de él. Se alejó de ella con un paso largo. Y como paso resultó fallido, pero como vuelo fue bellísimo. Pareció un salto hacia atrás, voló hacia su mujer y por un segundo pareció posarse en la escafandra de Victoria, quien lo abrazó por la cintura. Él escapaba de nuevo, ella se aferró a un brazo: “Es el hijo de Nana, el que está arriba, hay peligro”. Victoria trató de empujar a Amos hacia arriba, y se dio cuenta de que por fin él parecía alarmado; no entendía la actitud errática de su mujer. Amos jaló su cuerda. Ambos fueron izados al instante. Sus escafandras chocaron en la superficie, al inicio de la escalera.

Alguien le quitó a Victoria la escafandra. De nuevo era ella misma, en traje de baño, segura, como si regresara de nadar,

Un rostro se inclinó sobre ella. ¿El hijo de Nana? ¿Qué es lo que ella había estado pensando? Este hombre, bajo y ancho, en nada se parecía al hijo de Nana, que era alto. Éste era claramente australiano. Ella lo supuso desde las primeras palabras que no fueron: “Bueno, mire”, sino “escuche, señora”. ¿En qué laguna de la memoria había caído allá abajo, en aquel mundo nuevo lleno de sombras y de fría sensibilidad?

Amos fue ayudado a trepar por la escalera. Alguien abrió la ventana de la escafandra y su voz, como un gorrión que escapa de la jaula, saltó irritada: “Caramba, Vi, ¿qué es lo que te sucede?”

 

(Tomado de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)

 

Kappa

Ryunosuke Akutagawa

 

Extrañamente, experimentaba simpatía por Gael, presidente de una compañía de vidrio. Gael era uno de los más grandes capitalistas del país. Probablemente, ningún otro kappa tenía un vientre tan enorme como el suyo. ¡Y cuán feliz se le ve cuando está sentado en un sofá y tiene a su lado a su mujer que se asemeja a una litchi y a sus hijos similares a pepinos! A menudo fui a cenar a la casa de Gael acompañando al juez Pep y al médico Chack; además, con su carta de presentación visité fábricas con las cuales él o sus amigos estaban relacionados de una manera u otra. Una de las que más me interesó fue la fábrica de libros. Me acompañó un joven ingeniero que me mostró máquinas gigantescas que se movían accionadas por energía hidroeléctrica; me impresionó profundamente el enorme progreso que habían realizado los kappas en el campo de la industria mecánica.

Según el ingeniero, la producción anual de esa fábrica ascendía a siete millones de ejemplares. Pero lo que me impresionó no fue la cantidad de libros que imprimían, sino la casi absoluta prescindencia de mano de obra. Para imprimir un libro es suficiente poner papel, tinta y unos polvos grises en una abertura en forma de embudo de la máquina. Una vez que esos materiales se han colocado en ella, en menos de cinco minutos empieza a salir una gran cantidad de libros de todos tamaños, cuartos, octavos, etc. Mirando cómo salían los libros en torrente, le pregunté al ingeniero qué era el polvo gris que se empleaba. Éste, de pie y con aire de importancia frente a las máquinas que relucían con negro brillo, contestó indiferentemente:

–¿Este polvo? Es de sesos de asno. Se secan los sesos y se los convierte en polvo. El precio actual es de dos a tres centavos la tonelada.

Por supuesto, la fabricación de libros no era la única rama industrial donde se habían logrado tales milagros. Lo mismo ocurría en las fábricas de pintura y de música. Contaba Gael que en aquel país se inventaban alrededor de setecientas u ochocientas clases de máquinas por mes, y que cualquier artículo se fabricaba en gran escala, disminuyendo considerablemente la mano de obra. En consecuencia, los obreros despedidos no bajaban de cuarenta o cincuenta mil por mes. Pero lo curioso era que, a pesar de todo ese proceso industrial, los diarios matutinos no anunciaban ninguna clase de huelga. Como me había parecido muy extraño este fenómeno, cuando fui a cenar a la casa de Gael en compañía de Pep y Chack, pregunté sobre este particular.

–Porque se los comen a todos.

Gael contestó impasiblemente, con un puro en la boca. Pero yo no había entendido qué quería decir con eso de que “se los comen”. Advirtiendo mi duda, Chack, el de los anteojos, me explicó lo siguiente, terciando en nuestra conversación.

–Matamos a todos los obreros despedidos y comemos su carne. Mire este diario. Este mes despidieron a 64.769 obreros, de manera que de acuerdo con esa cifra ha bajado el precio de la carne.

–¿Y los obreros se dejan matar sin protestar?

–Nada pueden hacer aunque protesten –dijo Pep, que estaba sentado frente a un durazno salvaje–. Tenemos la “Ley de Matanzas de Obreros”.

Por supuesto, me indignó la respuesta. Pero, no solo Gael, el dueño de casa, sino también Pep y Chack, encaraban el problema como lo más natural del mundo. Efectivamente, Chack sonrió y me habló en forma burlona.

–Después de todo, el Estado le ahorra al obrero la molestia de morir de hambre o de suicidarse. Se les hace oler un poco de gas venenoso, y de esa manera no sufren mucho.

–Pero eso de comerse la carne, francamente…

–No diga tonterías. Si Mag escuchara esto se moriría de risa. Dígame, ¿acaso en su país las mujeres de la clase baja no se convierten en prostitutas? Es puro sentimentalismo eso de indignarse por la costumbre de comer la carne de los obreros.

Gael, que escuchaba la conversación, me ofreció un plato de sándwiches que estaba en una mesa cercana y me dijo tranquilamente:

–¿No se sirve uno? También está hecho de carne de obrero.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

La bella alma de don Damián

Juan Bosch

 

Don Damián entró en la inconsciencia rápidamente, a compás con la fiebre que iba subiendo por encima de treinta y nueve grados. Su alma se sentía muy incómoda, casi a punto de calcinarse, razón por la cual comenzó a irse recogiendo en el corazón. El alma tenía infinita cantidad de tentáculos, como un pulpo de innúmeros pies, cada uno metido en una vena y algunos sumamente delgados metidos en vasos. Poco a poco fue retirando esos pies, y a medida que iba haciéndolo, don Damián perdía calor y empalidecía. Se le enfriaron primero las manos, luego las piernas y los brazos; la cara comenzó a ponerse atrozmente pálida, cosa que observaron las personas que rodeaban el lujoso lecho. La propia enfermera se asustó y dijo que era tiempo de llamar al médico. El alma oyó esas palabras y pensó: “Hay que apresurarse, o viene ese señor y me obliga a quedarme aquí hasta que me queme la fiebre”.

Empezaba a clarear. Por los cristales de las ventanas entraba una luz lívida, que anunciaba el próximo nacimiento del día. Asomándose a la boca de don Damián –que se conservaba semiabierta para dar paso a un poco de aire– el alma notó la claridad y se dijo que si no actuaba pronto no podría hacerlo más tarde debido a que la gente la vería salir y le impediría abandonar el cuerpo de su dueño. El alma de don Damián era ignorante en ciertas cosas; por ejemplo, no sabía que una vez libre resultaba totalmente invisible.

Hubo un prolongado revuelo de faldas alrededor de la soberbia cama donde yacía el enfermo, y se dijeron frases atropelladas que el alma no atinó a oír, ocupada como estaba en escapar de su prisión. La enfermera entró con una jeringa hipodérmica en la mano.

–¡Ay, Dios mío, Dios mío, que no sea tarde! –clamó la voz de la vieja criada.

Pero era tarde. A un mismo tiempo la aguja penetraba en un antebrazo de don Damián y el alma sacaba de la boca del moribundo sus últimos tentáculos. El alma pensó que la inyección había sido un gasto inútil. En un instante se oyeron gritos diversos y pasos apresurados, y mientras alguien –de seguro la criada, porque era imposible que se tratara de la suegra o de la mujer de don Damián– se tiraba aullando sobre el lecho, el alma se lanzaba al espacio, directamente hacia la lujosa lámpara de cristal de Bohemia que pendía del centro del techo. Allí se agarró con suprema fuerza y miró hacia abajo; don Damián era ya un despojo amarillo, de facciones casi transparentes y duras como el cristal; los huesos del rostro parecían haberle crecido y la piel tenía un brillo repelente. Junto a él se movían la suegra, la señora y la enfermera; con la cabeza hundida en el lecho sollozaba la anciana criada. El alma sabía a ciencia cierta lo que estaba sintiendo y pensando cada una, pero no quiso perder tiempo en observarlas. La luz crecía muy de prisa y ella temía ser vista allí donde se hallaba, trepada en la lámpara, agarrándose con indescriptible miedo. De pronto vio a la suegra de don Damián tomar a su hija de un brazo y llevarla al pasillo; allí le habló, con acento muy bajo. Y he aquí las palabras que oyó el alma:

–No vayas a comportarte ahora como una desvergonzada. Tienes que demostrar dolor.

–Cuando llegue gente, mamá –susurró la hija.

–No, desde ahora. Acuérdate que la enfermera puede contar luego…

En el acto la flamante viuda corrió hacia la cama como una loca diciendo:

–¡Damián, Damián mío; ay, mi Damián! ¿Cómo podré yo vivir sin ti, Damián de mi vida?

Otra alma con menos mundo se hubiera asombrado, pero la de don Damián, trepada en su lámpara, admiró la buena ejecución del papel. El propio don Damián procedía así en ciertas ocasiones, sobre todo cuando le tocaba actuar en lo que él llamaba “la defensa de mis intereses”. La viuda lloraba ahora “defendiendo sus intereses”. Era bastante joven y agraciada, en cambio don Damián pasaba de los sesenta. Ella tenía novio cuando él la conoció, y el alma había sufrido ratos muy desagradables a causa de los celos de su ex dueño. El alma recordaba cierta escena, hacía por cierto pocos meses, en la que la mujer dijo:

–¡No puedes prohibirme que le hable! ¡Tú sabes que me casé contigo por tu dinero!

A lo que don Damián había contestado que con ese dinero él había comprado el derecho a no ser puesto en ridículo. La escena fue muy desagradable, con intervención de la suegra y amenazas de divorcio. En suma, un mal momento, empeorado por la circunstancia de que la discusión fue cortada en seco debido a la llegada de unos muy distinguidos visitantes a quienes marido y mujer atendieron con encantadoras sonrisas y maneras tan finas que sólo ella, el alma de don Damián, apreciaba en todo su real valor.

Estaba el alma allá arriba, en la lámpara, recordando tales cosas, cuando llegó a toda prisa un sacerdote. Nadie sabía por qué se presentaba tan a tiempo, puesto que todavía no acababa de salir el sol del todo y el sacerdote había sido visita durante la noche.

–Vine porque tenía el presentimiento; vine porque temía que don Damián diera su alma sin confesar –trató de explicar.

A lo que la suegra del difunto, llena de desconfianza, preguntó:

–¿Pero no confesó anoche, padre?

Aludía a que durante cerca de una hora el ministro del Señor había estado encerrado a solas con don Damián, y todos creían que el enfermo había confesado. Pero no había sucedido eso. Trepada en su lámpara, el alma sabía que no; y sabía también por qué había llegado el cura. Aquella larga entrevista solitaria había tenido un tema más bien árido; pues el sacerdote proponía a don Damián que testara dejando una importante suma para el nuevo templo que se construía en la ciudad, y don Damián quería dejar más dinero del que se le solicitaba, pero destinado a un hospital. No se entendieron y al llegar a su casa el padre notó que no llevaba consigo su reloj. Era prodigioso lo que le sucedía al alma, una vez libre, eso de poder saber cosas que no habían ocurrido en su presencia, así como adivinar lo que la gente pensaba e iba a hacer. El alma sabía que el cura se había dicho: “Recuerdo haber sacado el reloj en casa de don Damián para ver qué hora era; seguramente lo he dejado allá”. De manera que esa visita a hora tan extraordinaria nada tenía que ver con el reino de Dios.

–No, no confesó –explicó el sacerdote mirando fijamente a la suegra de don Damián–. No llegó a confesar anoche, y quedamos en que vendría hoy a primera hora para confesar y tal vez comulgar. He llegado tarde, y es gran lástima –dijo mientras movía el rostro hacia los rincones y las doradas mesillas, sin duda con la esperanza de ver el reloj en una de ellas.

La vieja criada, que tenía más de cuarenta años atendiendo a don Damián, levantó la cabeza y mostró dos ojos enrojecidos por el llanto.

–Después de todo no le hacía falta –aseguró–, que Dios me perdone. No necesitaba confesar porque tenía una bella alma, una alma muy bella tenía don Damián.

¡Diablos, eso sí era interesante! Jamás había pensado el alma de don Damián que fuera bella. Su amo hacía ciertas cosas raras, y como era un hermoso ejemplar de hombre rico y vestía a la perfección y manejaba con notable oportunidad su libreta de banco, el alma no había tenido tiempo de pensar en algunos aspectos que podían relacionarse con su propia belleza o con su posible fealdad. Por ejemplo, recordaba que su amo le ordenaba sentirse bien cuando tras laboriosas entrevistas con el abogado don Damián hallaba la manera de quedarse con la casa de algún deudor –y a menudo ese deudor no tenía dónde ir a vivir después– o cuando a fuerza de piedras preciosas y de ayuda en metálico –para estudios, o para la salud de la madre enferma– una linda joven de los barrios obreros accedía a visitar cierto lujoso departamento que tenía don Damián. ¿Pero era ella bella o era fea?

Desde que logró desasirse de las venas de su amo hasta que fue objeto de esa mención por parte de la criada, había pasado, según cálculo del alma, muy corto tiempo; y probablemente era mucho menos todavía de lo que ella pensaba. Todo sucedió muy de prisa y además de manera muy confusa. Ella sintió que se cocinaba dentro del cuerpo del enfermo y comprendió que la fiebre seguiría subiendo. Antes de retirarse, mucho más allá de la medianoche, el médico lo había anunciado. Había dicho:

–Puede ser que la fiebre suba al amanecer; en ese caso hay que tener cuidado. Si ocurre algo llámenme.

¿Iba ella a permitir que se le horneara? Se hallaba con lo que podría denominarse su centro vital muy cerca de los intestinos de don Damián, y esos intestinos despedían fuego. Perecería como los animales horneados, lo cual no era de su agrado. Pero en realidad, ¿cuánto tiempo había transcurrido desde que dejó el cuerpo de don Damián? Muy poco, puesto que todavía no se sentía libre del calor a pesar del ligero fresco que el día naciente esparcía y lanzaba sobre los cristales de Bohemia de que se hallaba sujeta. Pensaba que no había sido violento el cambio de clima entre las entrañas de su ex dueño y la cristalería de la lámpara, gracias a lo cual no se había resfriado. Pero con o sin cambio violento, ¿qué había de las palabras de la criada? “Bella”, había dicho la anciana servidora. La vieja sirvienta era una mujer veraz, que quería a su amo porque lo quería, no por su distinguida estampa ni porque él le hiciera regalos. Al alma no le pareció tan sincero lo que oyó a continuación.

–¡Claro que era una bella alma la suya! –corroboraba el cura.

–Bella era poco, señor –aseguró la suegra.

El alma se volvió a mirar y vio cómo, mientras hablaba, la señora se dirigía a su hija con los ojos. En tales ojos había a la vez una orden y una imprecación. Parecían decir: “Rompe a llorar ahora mismo, idiota, no vaya a ser que el señor cura se dé cuenta de que te ha alegrado la muerte de este miserable”. La hija comprendió en el acto el mudo y colérico lenguaje, pues a seguidas prorrumpió en dolorosas lamentaciones:

–¡Jamás, jamás hubo alma más bella que la suya! ¡Ay, Damián mío, Damián mío, luz de mi vida!

El alma no pudo más; estaba sacudida por la curiosidad y por el asco; quería asegurarse sin perder un segundo de que era bella y quería alejarse de un lugar donde cada quien trataba de engañar a los demás. Curiosa y asqueada, pues, se lanzó desde la lámpara en dirección hacia el baño, cuyas paredes estaban cubiertas por grandes espejos. Calculó bien la distancia para caer sobre la alfombra, a fin de no hacer ruido. Además de ignorar que la gente no podía verla, el alma ignoraba que ella no tenía peso. Sintió gran alivio cuando advirtió que pasaba inadvertida, y corrió, desolada, a colocarse frente a los espejos.

¿Pero qué estaba sucediendo, gran Dios? En primer lugar, ella se había acostumbrado durante más de sesenta años a mirar a través de los ojos de don Damián; y esos ojos estaban altos, a un metro y setenta centímetros sobre el suelo; estaba acostumbrada, además, al rostro vivaz de su amo, a sus ojos claros, a su pelo brillante de tonos grises, a la arrogancia con que alzaba el pecho y levantaba la cabeza, a las costosas telas con que se vestía. Y lo que veía ahora ante sí no era nada de eso, sino una extraña figura de acaso un pie de altura, blanduzca, parda, sin contornos definidos. En primer lugar, no se parecía a nada conocido, pues lo que debían ser dos pies y dos piernas, según fue siempre cuando se hallaba en el cuerpo de don Damián, era un monstruoso y, sin embargo, pequeño racimo de tentáculos como los del pulpo, pero sin regularidad, unos más cortos que otros, unos más delgados que los demás y todos ellos como hechos de humo sucio, de un indescriptible lodo impalpable, como si fueran transparentes y no lo fueran, sin fuerza, rastreros, que se doblaban con repugnante fealdad. El alma de don Damián se sintió perdida. Sin embargo sacó coraje para mirar más hacia arriba. No tenía cintura. En realidad, no tenía cuerpo ni cuello ni nada, sino que de donde se reunían los tentáculos salía por un lado una especie de oreja caída, algo así como una corteza rugosa y purulenta, y del otro un montón de pelos sin color, ásperos, unos retorcidos, otros derechos. Pero no era eso lo peor, y ni siquiera la extraña luz grisácea y amarillenta que la envolvía, sino que su boca era un agujero informe, a la vez como de ratón y de hoyo irregular en una fruta podrida, algo horrible, nauseabundo, verdaderamente asqueroso, ¡y en el fondo de ese hoyo brillaba un ojo, su único ojo, con reflejos oscuros y expresión de terror y perfidia! ¿Cómo explicarse que todavía siguieran esas mujeres y el cura asegurando allí, en la habitación de al lado, junto al lecho donde yacía don Damián, que la suya había sido una alma bella?

–¿Salir, salir a la calle yo así, con este aspecto, para que me vea la gente? –se preguntaba en lo que creía toda su voz, ignorante aún de que era invisible e inaudible. Estaba perdida en un negro túnel de confusión. ¿Qué haría, qué destino tomaría?

Sonó el timbre. A seguidas la enfermera dijo:

–Es el médico, señora. Voy a abrirle.

A tales palabras la esposa de don Damián comenzó a aullar de nuevo, invocando a su muerto marido y quejándose de la soledad en que la dejaba.

Paralizada ante su propia imagen el alma comprendió que estaba perdida. Se había acostumbrado a su refugio, al alto cuerpo de don Damián; se había acostumbrado incluso al insufrible olor de sus intestinos, al ardor de su estómago, a las molestias de sus resfriados. Entonces oyó el saludo del médico y la voz de la suegra que declamaba:

–¡Ay, doctor, qué desgracia, doctor, qué desgracia!

–Cálmese, señora, cálmese –respondía el médico.

El alma se asomó a la habitación del difunto. Allí, alrededor de la cama se amontonaban las mujeres; de pie en el extremo opuesto a la cabecera, con un libro abierto, el cura comenzaba a rezar. El alma midió la distancia y saltó. Saltó con facilidad que ella misma no creía tener, como si hubiera sido de aire o un extraño animal capaz de moverse sin hacer ruido y sin ser visto. Don Damián conservaba todavía la boca ligeramente abierta. La boca estaba como hielo, pero no importaba. Por allá entró raudamente el alma y a seguidas se coló laringe abajo y comenzó a meter sus tentáculos en el cuerpo, atravesando las paredes interiores sin dificultad alguna. Estaba acomodándose cuando oyó hablar al médico.

–Un momento, señora, por favor –dijo. El alma podía ver al doctor, aunque de manera muy imprecisa. El médico se acercó al cuerpo de don Damián, le tomó una muñeca, pareció azorarse, pegó el rostro al pecho y lo dejó descansar ahí un momento. Después, despaciosamente, abrió su maletín y sacó un estetoscopio; con todo cuidado se lo colocó en ambas orejas y luego pegó el extremo suelto sobre el lugar donde debía estar el corazón. Volvió a poner expresión azorada; removió el maletín y extrajo de él una jeringa hipodérmica. Con aspecto de prestidigitador que prepara un número sensacional, dijo a la enfermera que llenara la jeringa mientras él iba amarrando un pequeño tubo de goma sobre el codo de don Damián. Al parecer, tantos preparativos alarmaron a la vieja criada.

–¿Pero para qué va a hacerle eso, si ya está muerto el pobre? –preguntó.

El médico la miró de hito en hito con aire de gran señor; y he aquí lo que dijo, si bien no para que le oyera ella, sino para que le oyeran sobre todo la esposa y la suegra de don Damián:

–Señora, la ciencia es la ciencia, y mi deber es hacer cuanto esté a mi alcance para volver a la vida a don Damián. Almas tan bellas como la suya no se ven a diario y no es posible dejarle morir sin probar hasta la última posibilidad.

Este breve discurso, dicho con noble calma, alarmó a la esposa. Fue fácil notar en sus ojos un brillo duro y en su voz cierto extraño temblor.

–¿Pero no está muerto? –preguntó.

El alma estaba ya metida del todo y sólo tres tentáculos buscaban todavía, al tacto, las venas en que habían estado años y años. La atención que ponía en situar esos tentáculos donde debían estar no le impidió, sin embargo, advertir el acento de intriga con que la mujer hizo la pregunta.

El médico no respondió. Tomó el antebrazo de don Damián y comenzó a pasar una mano por él. A ese tiempo el alma iba sintiendo que el calor de la vida iba rodeándola, penetrándola, llenando las viejas arterias que ella había abandonado para no calcinarse. Entonces, casi simultáneamente con el nacimiento de ese calor, el médico metió la aguja en la vena del brazo, soltó el ligamento de encima del codo y comenzó a empujar el émbolo de la jeringuilla. Poco a poco, en diminutas oleadas, el calor de la vida fue ascendiendo a la piel de don Damián.

–¡Milagro, Señor, milagro! –barbotó el cura.

Súbitamente, presenciando aquella resurrección, el sacerdote palideció y dio rienda suelta a su imaginación. La contribución para el templo estaba segura, ¿pues cómo podría don Damián negarle su ayuda una vez que él le refiriera, en los días de convalecencia, cómo le había visto volver a la vida segundos después de haber rogado pidiendo por ese milagro? “El Señor atendió a mis ruegos y lo sacó de la tumba, don Damián”, diría él.

Súbitamente también la esposa sintió que su cerebro quedaba en blanco. Miraba con ansiedad el rostro de su marido y se volvía hacia la madre. Una y otra se hallaban desconcertadas, mudas, casi aterradas.

Pero el médico sonreía. Se hallaba muy satisfecho, aunque trataba de no dejarlo ver.

–¡Ay, si se ha salvado, gracias a Dios y a usted! –gritó de pronto la criada, los ojos cargados de lágrimas de emoción, tomando las manos del médico–. ¡Se ha salvado, está resucitado! ¡Ay, don Damián no va a tener con qué pagarle, señor! –aseguraba.

Y cabalmente en eso estaba pensando el médico, en que don Damián tenía de sobra con qué pagarle. Pero dijo otra cosa. Dijo:

–Aunque no tuviera con qué pagarme lo hubiera hecho, porque era mi deber salvar para la sociedad un alma tan bella como la suya.

Estaba contestándole a la criada, pero en realidad hablaba para que le oyeran los demás; sobre todo para que le repitieran esas palabras al enfermo unos días más tarde, cuando estuviera en condiciones de firmar.

Cansada de oír tantas mentiras el alma de don Damián resolvió dormir. Un segundo después don Damián se quejó, aunque muy débilmente, y movió la cabeza en la almohada.

–Ahora dormirá varias horas –explicó el médico– y nadie debe molestarlo.

Diciendo lo cual dio el ejemplo, y salió de la habitación en puntillas.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)