miércoles, 15 de abril de 2026

Inmenso planeta plano

Pablo Garssía

 

El inmenso planeta plano tardó trescientos billones de años en formarse, cuatrocientos billones menos que su estrella madre. No tuvo planetas hermanos y estuvo siempre alejado de otros sistemas planetarios. Sin embargo, cuando hubo cumplido cuatrocientos cuarenta y cinco billones de años de edad, cuando hubo completado su largo proceso de formación, cuando su superficie, enteramente llana y compuesta únicamente de tierra, estuvo conformada, tuvo la dicha de albergar vida, vida humana.

Los hombres que aparecieron en este planeta fueron extraordinarios: cada una de las células de su cuerpo –o cualquiera que fuese su unidad de composición mínima– estaba dotada de la increíble capacidad de proveerse a sí misma de alimento, a partir de sus propios desechos; los seres no necesitaban buscar comida ni agua para subsistir. Uno de los máximos enigmas sobre estos fantásticos seres es, por tanto, y sin duda, cómo o en qué momento, los componentes más pequeños de su organismo se habían alimentado por primera vez. ¿Qué había sido primero: la excreción, por parte de las células –llamémoslas así–, de un Primer alimento o, por el contrario, la deglución de éstas de un Primer excremento? Sea como fuere, dichos hombres jamás se preocuparon por ello. Eran muy inteligentes, pero nunca se preguntaron sobre cosas tan ocultas; como jamás conocieron un ser humano diferente a ellos, jamás pudieron siquiera pensar en compararse con ese otro hombre. De hecho, en su gigantesco planeta no existía ninguna forma de vida con la que pudieran compararse; no cohabitaban con ningún otro ser vivo distinto a ellos. Porque ningún ser que no poseyera cualidades fisiológicas similares a las que estos hombres tenían podía haber vivido en ese mundo, ya que no había nada, nada de nada. Los ríos, los lagos, los océanos, las nubes, las tormentas, los glaciares, las praderas, los bosques, las selvas, los árboles, el agua, las plantas, todas esas cosas, jamás habían existido allí, ni parecía que existirían. Tampoco había una sola colina, ni la más mínima depresión terrestre, precisamente porque el planeta era totalmente llano. El vacío era tal que ni siquiera el viento existía, hasta el movimiento estaba ausente. Dicho mundo era como un gran desierto en el que parecía haberse detenido el tiempo. Digo parecía porque, en realidad, el tiempo transcurría con mucha naturalidad. Su estrella madre, aunque lejana y sin la suficiente energía como para proveerlo de temperaturas desérticas dignas, sí obligaba al inmenso planeta plano a efectuar un movimiento de traslación veloz alrededor de ella, por lo que, a pesar de su deficiente rotación, el planeta tenía la suerte de poseer días y noches cortos, similares a los de la mayoría de los mundos habitados. Y eso era lo que único que daba la sensación de tiempo en el planeta; las únicas acciones, los únicos movimientos que se podían percibir eran el movimiento del sol y el de los demás astros.

Hasta que aparecieron los hombres.

Lo primero que hicieron los hombres, después de aparecer sobre la faz del planeta, fue ejecutar acciones. Para tener un poco de sombra en el día y algo de calor en la noche, cavaron madrigueras en el suelo; para no aburrirse, empezaron a reproducirse y a comunicarse. De estas dos últimas acciones la segunda la realizaron con mayor velocidad, por lo que eran apenas ciento veintiún varones y ciento veintitrés mujeres cuando lograron, con base en el modesto desarrollo de su lenguaje, crear nombres propios para cada uno de ellos. Para las primeras mujeres algunos nombres fueron: Mavi, Ala, Fas, Nim, Vai, Ti, Caia, Liabi, Mia, Sila, Sai, Fisi, Iah, Agli, Miga, Tisi, Paim, Nila, Vifh, Lari y Aina; para los varones: Ofo, Moeso, Efno, Tem, Soh, Ves, Femvo, Neol, Croten, Jene, Cole, Voc, Deon, Gros, Teo, Nolm, Repjo, Olo, Vefh, Fonor, Med y otros más. Los hombres más viejos eran Moeso, Neol, Croten y Efno; las mujeres más viejas, Mavi, Nim, Iah y Vai.

Neol, Moeso, Efno y Croten se recordaban a sí mismos, algún tiempo atrás, asombrados ante los continuos alumbramientos de las primeras mujeres; y ellas, por su parte, albergaban todavía dentro de sus recuerdos el dolor y la alegría que habían sentido durante el nacimiento de cada uno de los hijos que habían engendrado con los primeros hombres; sin embargo, ninguno de los ocho ancianos, nadie de entre Mavi, Nim, Iah, Vai y sus respectivos varones, podía traer a la mente siquiera el rostro de sus propios padres. En todos y cada uno de ellos el recuerdo de sus progenitores estaba sumergido en una gran laguna mental y ésta parecía haber estado siempre seca. Por eso, desde que pudieron hacerlo, los ancianos trataron todas sus discusiones sobre este gran enigma.

Luego de algún tiempo de razonar y razonar, lograron obtener una premisa: sus padres los habían abandonado cuando eran niños. La idea, además de ser triste, producía –obviamente– otras muchas tristes preguntas: ¿por qué los habían dejado sus padres? ¿era eso lo que ellos debían haber hecho con sus propios críos? ¿a dónde tenían que haberse marchado? Y estas produjeron a su vez una hipótesis, la de Croten, quien pensaba que tal vez sus padres no los habían abandonado, sino que ellos mismos, cuando eran niños, por alguna misteriosa razón, se habían alejado del seno paternal: ¡había que volver!

Los ancianos del inmenso planeta plano decidieron ir a buscar a sus padres lo más pronto posible. Se marcharon la madrugada del tercer día siguiente a la postulación de la teoría de Croten, una semana antes de que el más joven de ellos cumpliera ochenta años. Los demás hombres, que por supuesto habían sido enterados del viaje, pero no invitados, sintieron que el enigma, en vez de empezar a tener mayores probabilidades de ser velado, se hacía más oscuro…

Los ancianos no regresaron nunca. No volvieron no porque eso fuera los que deseaban desde un principio, ni tampoco porque no quisieran compartir lo desconocido con sus hijos, sino porque no podían: habían encontrado algo muy grande, muy fuerte e inesperado: su destino.

Años después, algunos jóvenes decidieron ir en busca de sus abuelos y, principalmente, en busca de respuestas, respuestas y no más preguntas. Recorrieron, tras veinticinco años de viaje, casi por completo la superficie del hemisferio norte del planeta y no encontraron más que enormes planicies y bóvedas celestes siempre despejadas. Frustrados y hechos presa de una gran fatiga, decidieron regresar con los demás.

Una vez en casa, les dijeron a todos lo que habían visto y, con dolor, aceptaron no sólo que no habían encontrado durante el viaje un sólo rastro de los ancianos, sino, también, que pensaban que éstos habían desaparecido de la misma manera que lo habían hecho sus desconocidos padres. Los hombres y mujeres que en ese entonces ya eran viejos, los hijos de Moeso, Nim, Croten, Mavi y los demás, se sintieron muy preocupados y se reunieron para discutir qué era lo que debían hacer. Poco tiempo después, aceptaron que, llegada la hora, debían alejarse también de sus hijos, tal como lo habían hecho sus padres y como lo habían hecho los padres de éstos –suponían.

Los hombres del inmenso planeta llano estaban logrando explicaciones, empezaban a comprender el orden de la naturaleza y a aceptarlo. Pero, a pesar de ello, el deseo por buscar la verdad sobre sus vidas y sobre el mundo –la cual sólo habían logrado imaginar o, en el mejor de los casos, intuir– seguía igual e, incluso, se hacía cada vez más grande. Semanas antes de que la nueva generación de hombres viejos –conformada por los hijos de Croten, Mavi, Nim y los demás– se marchara, un muchacho llamado Velrevo decidió viajar solo sobre la planicie del planeta, siguiendo la trayectoria de la estrella madre –el sol– en el cielo, marcando sobre la tierra una línea recta y no deteniendo su marcha hasta encontrar de nuevo sus propios trazos en el suelo. Velrevo, de veinte años de edad, era filósofo e intuía y deseaba aprehender –como muchos– la complejidad del universo, pero sabía que eso no sucedería si antes no descifraba la complejidad de su propio ser. Por eso había planeado realizar el ambicioso y casi utópico viaje; él no buscaría a sus míticos ancestros, se buscaría a sí mismo.

Hablando con justicia, Velrevo fue el más importante de todos los hombres de su mundo. Fue un genio y, a la vez, un héroe épico, pues logró trazar el ecuador de su planeta en sólo treinta y tres años. Al hacerlo, encontró, como esperaba, gran cantidad de confirmaciones a las teorías que había desarrollado en su juventud –entre ellas, la de que su pueblo vivía al centro del planeta, en un sitio que guardaba la misma distancia al polo norte que al polo sur. Pero su máxima hazaña fue encontrar, días después de comenzar su retorno a casa, semanas después de haber dibujado el gran punto que marcaría los ciento ochenta grados del ecuador, un volcán inactivo –el enorme residuo de uno de los pocos fenómenos geológicos violentos que tuvo el planeta antes de la Era de los hombres.

La impresión de Velrevo al alzar la vista y ver el volcán que con soberbia se erguía y penetraba el cielo fue tremenda. Estuvo durante horas detenido y de pie frente a él, maravillado, extasiado.

Para Velrevo lo más valioso de aquella montaña era su singularidad, su belleza. Sí, encerraba también mucho misterio, pero un misterio que, para ser atractivo o, más bien, para no dejar de serlo, debía permanecer en ese estado, el de la oscuridad. Porque Velrevo, al lograr comprender su planeta físicamente, lo había comprendido en su esencia. El descubrimiento del volcán le había otorgado sólo una ocasión más para sentirse feliz, pleno. Aunque esto no fue así para todos los demás; Velrevo fue el único que no vio en el escarpado pico un bendito camino, un divino sendero que les permitiría a los hombres acercarse a sus dioses, a sus primeros padres.

A pesar de que Velrevo, asumiéndose –de pronto, pero merecidamente– gurú de su pueblo, ordenó lo contrario, la mayoría de los hombres, varones y mujeres, niños y ancianos, decidieron escalar el volcán. Y no sólo eso, sino que decidieron también, cada uno por su parte –y en secreto, claro–, ser los primeros en alcanzar la luz de los creadores y, también, ¿por qué no?, ser los únicos en lograrlo. Por eso ocurrió que los hombres pelearon, entre sí; la envidia, la ira y el odio corrieron por sus venas y alimentaron sus corazones.

Sobre las oscuras rocas de las faldas de la sagrada montaña quedaron tirados, sin vida y sin haber intentado la dura ascensión, una gran cantidad de ellos. Parecía el fin de todo: el mal había visitado a los hombres y, con él, había acudido también, implacable, no por primera ocasión, pero sí prematura y antinaturalmente esta vez, la muerte.

Sólo doce varones adultos, después de trece semanas de dolor y delirio, lograron llegar a la cumbre del volcán. Y, ahí, a miles de metros de altura, más cerca que nunca del cielo y de Él y de Ella, lo más que obtuvieron fue una durísima y terrible desilusión.

Bajaron, después de llorar –sin lágrimas, pues les era imposible lo contrario– arrodillados frente al cráter, pero no lo suficiente como para transmitir su frustración –la única que habían sentido en toda su vida– a los otros, los pocos que no habían decidido subir, pues, cual castigo divino, el volcán resucitó inesperadamente y su sangre alcanzó y devoró a todos los que habían subido y ahora descendían de la montaña.

Después de la erupción, Velrevo se retiró para siempre a la soledad. Pero también la soledad vivió con los demás sobrevivientes. Y con tanta fuerza se alojó ésta en las mentes y en los corazones de todos ellos por tanto tiempo, que, simple y sencillamente, ya no se reprodujeron más y la muerte los consumió, a cada uno por separado, pero simultáneamente.

Cuando sus padres, sus verdaderos padres, regresaron del cielo, después de muchos años, no lograron hallar ya vida en el laboratorio, sino sólo un montón de cadáveres sin pudrirse, los cuales –dicho sea de paso–, junto con el volcán, deformaban seriamente la perfecta redondez y planicie del inmenso planeta, ése cuyas excepcionales condiciones, desgraciadamente, ya no serían nunca hogar de ningún tipo de vida, pues su final llegaría muy pronto, unos segundos antes de cumplir 445.002 billones de años edad.

 

(Tomado de www.museo.ficticia.com)

 

El aya

José María Eça de Queirós

 

Érase una vez un rey, joven y valiente, señor de un reino abundante en ciudades y cosechas, que partía a batallar por tierras distantes, dejando solitaria y triste a su reina y a un hijo chiquitín, que todavía vivía en su cuna, envuelto en sus fajas. La luna llena que lo viera marchar, llevado en su sueño de conquista y de fama, empezaba a menguar, cuando uno de sus caballeros apareció, con las armas rotas, negro de la sangre seca y del polvo de los caminos, trayendo la amarga nueva de una batalla perdida y de la muerte del rey, traspasado por siete lanzas entre la flor de su nobleza, a la orilla de un gran río. La reina lloró magníficamente al rey. Lloró, además, desoladamente al esposo, que era hermoso y alegre. Pero, sobre todo, lloró ansiosamente al padre que así deja al hijito desamparado, en medio de tantos enemigos de su frágil vida y del reino que sería suyo, sin un brazo que lo defendiese, fuerte por la fuerza y fuerte por el amor.

De esos enemigos, el más temeroso era su tío, hermano bastardo del rey, hombre depravado y bravío, consumido por groseras codicias, deseando la realeza sólo por sus tesoros, y que hacía años que vivía en un castillo en los montes, con una horda de rebeldes, como lobo que, desde su atalaya, en su foso, espera la presa. ¡Ay, la presa ahora era aquella criaturita, rey que aún mamaba, señor de tantas provincias, y que dormía en su cuna con un sonajero de oro en la mano cerrada!

A su lado, otro niño dormía en otra cuna. Pero este era un esclavito, hijo de la bella y robusta esclava que amamantaba al príncipe. Ambos habían nacido en la misma noche de verano. El mismo pecho los criaba. Cuando la reina, antes de adormecerse, se acercaba a besar al principito, que tenía el cabello rubio y fino, besaba también por amor suyo al esclavito, que tenía el cabello negro y crespo. Los ojos de ambos relucían como piedras preciosas. Sólo que la cuna de uno era magnifica y de marfil entre brocados, y la cuna del otro, pobre y de mimbre. La leal esclava, sin embargo, a ambos dedicaba igual cariño, porque si uno era su hijo, el otro seria su rey.

Nacida en aquella casa real, tenía por pasión, por religión, a sus señores. Ningún llanto correría más sentidamente que el suyo por el rey muerto a la orilla del gran río. Pertenecía, por lo demás, a una raza que cree que la vida de la Tierra se continúa en el Cielo. El rey, su amo, seguramente ya estaría ahora reinando en otro reino, más allá de las nubes, abundante también en cosechas y ciudades. Su caballo de batalla, sus armas, sus pajes, habían subido con él a las alturas. Sus vasallos, según fuesen muriendo, prontamente irían en ese reino celeste a retomar en torno a él su vasallaje. Y ella, un día, a su vez, remontaría en un rayo de luz para habitar el palacio de su señor, e hilar de nuevo el lino de sus túnicas, y encender de nuevo la cazoleta de sus perfumes; sería en el Cielo como había sido en la Tierra, y feliz en su servidumbre.

¡Pero, además, también ella temblaba por su principito! ¡Cuántas veces, con él colgado al pecho, pensaba en su fragilidad, en su larga infancia, en los años lentos que correrían antes de que él fuese al menos del tamaño de una espada, y en aquel tío, cruel, de rostro más oscuro que la noche y corazón más oscuro que el rostro, hambriento del trono y acechando desde la cima de su roquedo entre los alfanjes de su horda! ¡Pobre principito de su alma! Con una ternura mayor lo apretaba entonces en los brazos. Pero si su hijo parloteaba al lado, sus brazos corrían hacia él con un ardor más feliz. Ese, en su indigencia, nada tenía que temer de la vida. Desgracias, asaltos de la suerte mala, nunca lo podrían dejar más desnudo de las glorias y bienes del mundo de lo que ya estaba allí, en su cuna, bajo el pedazo de lino blanco que resguardaba su desnudez. La existencia, en verdad, era para él más preciosa y digna de ser conservada que la de su príncipe, porque ninguno de los duros cuidados que ennegrecen el alma de los señores rozaría siquiera su alma libre y sencilla de esclavo. Y, como si lo amase más por aquella humildad dichosa, cubría su cuerpecito gordo de besos pesados y devoradores: de los besos que se hacían leves sobre las manos de su príncipe.

Sin embargo, un gran temor llenaba el palacio, en donde ahora reinaba una mujer entre mujeres. El bastardo, el hombre de rapiña que erraba en la cima de las sierras, había bajado a la llanura con su horda, y ya a través de caseríos y aldeas felices iba dejando un surco de matanza y de ruinas. Las puertas de la ciudad se habían asegurado con cadenas más fuertes. En las atalayas, ardían fuegos más altos. Pero a la defensa le faltaba la disciplina viril. Una roca no gobierna como una espada. Toda la nobleza fiel había perecido en la gran batalla. Y la desventurada reina sólo sabía correr a cada instante a la cuna de su pequeño y llorar sobre él su flaqueza de viuda. Solamente el ama leal parecía segura: como si los brazos en que estrechaba a su príncipe fuesen murallas de una ciudadela que ninguna audacia puede transponer.

Pero una noche, noche de silencio y oscuridad, cuando se iba a dormir, habiéndose desvestido, ya en su catre, entre sus dos niños, adivinó, más que sintió, un corto rumor de hierro y de pendencia, lejos, a la entrada de los jardines reales. Envuelta a toda prisa en un manto, echándose los cabellos hacia atrás, escuchó ansiosamente. En la tierra enarenada, entre los jazmines, corrían pasos pesados y rudos. Hubo después un gemido, un cuerpo cayendo indolente, sobre losas, como un fardo. Corrió con violencia la cortina. Y allá, al fondo de la galería, avistó hombres, un resplandor de linternas, brillos de armas… En un momento lo comprendió todo: ¡el palacio sorprendido, el bastardo cruel que venía a robar, a matar a su príncipe! Entonces, rápidamente, sin una vacilación, sin una duda, arrebató al príncipe de su cuna de marfil, lo lanzó a la pobre cuna de mimbre, y sacando a su hijo de la cuna servil, entre besos desesperados, lo acostó en la cuna real, que cubrió con un brocado.

Bruscamente, un hombre enorme, de rostro llameante, con un manto negro sobre la cota de malla, surgió en la puerta de la cámara, entre otros, que levantaban linternas. Miró, corrió a la cuna de marfil en la que lucían los brocados, arrancó al niño, y, ahogando sus gritos en el manto, partió apresurada y furiosamente.

El príncipe dormía en su nueva cuna. El ama se había quedado inmóvil en el silencio y la tiniebla.

Pero bramidos de alarma, de repente, atronaron el palacio. Por las cristaleras se percibió el luengo llamear de las antorchas. Los patios resonaban con el golpe de las armas. Y desgreñada, casi desnuda, la reina invadió la cámara, entre las ayas, clamando por su hijo. Al ver la cuna de marfil, con las ropas en desorden, vacía, cayó sobre las losas, en un llanto, destrozada. Entonces, callada, muy lenta, muy pálida, el ama descubrió la pobre cuna de mimbre… allí estaba el príncipe, quieto, adormecido, en un sueño que le hacía sonreír y le iluminaba todo el rostro entre sus cabellos de oro. La madre cayó sobre la cuna, con un suspiro, como cae un cuerpo muerto.

En ese instante, un nuevo clamor estremeció la galería de mármol. Era el capitán de la guardia y su gente fiel. En sus clamores había, sin embargo, más tristeza que triunfo. ¡El bastardo había muerto! Capturado entre el palacio y la ciudadela al escapar, aplastado por la fuerte legión de arqueros, había sucumbido y con él veinte de su horda. Su cuerpo allí había quedado, con flechas en el costado, en un charco de sangre. ¡Pero, ay, dolor sin nombre! ¡El cuerpecito tierno del príncipe allí había quedado también, envuelto en un manto, ya frío, lívido aún de las manos feroces que lo habían estrangulado! Así, tumultuosamente, lanzaban la nueva cruel los hombres de armas, cuando la reina, deslumbrada, con lágrimas entre risas, levantó en sus brazos, para enseñárselo, al príncipe, que había despertado.

Fue un asombro, una aclamación. ¿Quién lo había salvado? ¿Quién? ¡Allí estaba junto a la cuna de marfil vacía, muda y yerta, la que lo había salvado! ¡Sierva sublimemente leal! Fue ella la que, para conservar la vida a su príncipe, mandó a la muerte a su hijo… entonces, sólo entonces, la madre dichosa, emergiendo de su alegría extática, abrazó apasionadamente a la madre dolorosa, y la besó, y la llamó hermana de su corazón… y de entre aquella multitud que se apretaba en la galería vino una nueva, ardiente aclamación, con súplicas de que fuese recompensada, magníficamente, la sierva admirable que había salvado al rey y al reino.

¿Pero cómo? ¿Qué bolsas de oro podrían pagar un hijo? Entonces un viejo de casta noble sugirió que la llevasen al tesoro real, y que escogiese de entre esas riquezas, que eran las mayores de la India, todas cuantas su deseo apeteciese…

La reina tomó la mano de la sierva. Y sin que su rostro de mármol perdiese la rigidez, con andares de muerta, como en un sueño, así fue conducida a la cámara de los tesoros. Señores, ayas, hombres de armas, seguían con un respeto tan conmovido que apenas se oía el rozar de las sandalias en las losas. Las macizas puertas del tesoro rodaron lentamente. Y cuando un siervo desatrancó las ventanas, la luz de la madrugada, ya clara y rosácea, entrando por las rejas de hierro, prendió un maravilloso y chispeante incendio de oro y pedrerías. Del suelo de roca hasta las sombrías bóvedas, por toda la cámara, relucían, centelleaban, refulgían los escudos de oro, las armas taraceadas, los montones de diamantes, las pilas de monedas, los largos hilos de perlas, todas las riquezas de aquel reino, acumuladas por cien reyes durante veinte siglos. Un largo “¡Ah!”, lento y maravillado, pasó sobre la turba y enmudeció. Después se hizo un silencio ansioso. Y en medio de la cámara, envuelta en un precioso fulgor, el aya no se movía… apenas sus ojos, brillantes y secos, se habían levantado hacia aquel cielo que, más allá de las rejas, se teñía de rosa y de oro. Era allí, en ese cielo fresco y de madrugada, donde estaba ahora su niño. ¡Estaba allí, y ya el sol se levantaba, y era tarde, y su niño seguramente lloraba, y buscaba su pecho!… Entonces, el aya sonrió y alargó la mano. Todos seguían, sin respirar, aquel lento mover de su mano abierta. ¿Qué joya maravillosa, qué hilo de diamantes, que puñado de rubíes iba a escoger?

El aya extendió la mano, y sobre un escabel cercano, de un manojo de armas, asió un puñal. Era el puñal de un viejo rey, todo tachonado de esmeraldas, y que valía una provincia.

Había agarrado el puñal y con él apretado fuertemente en la mano, apuntando hacia el cielo, donde subían los primeros rayos de sol, miró a la reina y a la multitud, y gritó:

–¡He salvado a mi príncipe, y ahora voy a dar de mamar a mi hijo!

Y se clavó el puñal en el corazón.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

martes, 14 de abril de 2026

Helena

Diana Pagnucco

 

“¿Cansado de una vida sin emociones? Viva una vida memorable. Consúltenos”, prometía un cartel en la entrada del bar.

Helena lo miró brevemente y esgrimió un gesto irónico. Se sentó en la única mesa libre un martes a media mañana y pidió un café apenas cortado. El mozo se lo trajo y, al retirarse, le guiñó el ojo.

Helena era médica especializada en osteopatía. Esa misma tarde tenía que atender a tres pacientes con afecciones menores. Su marido, Alejandro, proveía con creces a la casa, por lo que no necesitaba más que ganarse un dinero extra para sus propios placeres que, entre otros, consistían en tomar un café los martes en el mismo bar. Alejandro era heredero de una buena cantidad de propiedades y se habían conocido a los treinta y cinco años justo cuando Helena había decidido ir a vivir a China. El matrimonio canceló los planes de oriente y Helena se convirtió en médica, esposa y mamá de dos hijos que no le daban grandes sobresaltos.

Helena revolvió el café.

“¿Cambiar mi vida?”, pensó. “Es cierto que no tengo emociones, pero ¿quién no querría una vida tranquila?

Le dio unas cuantas vueltas al bucle retórico que el cartel había disparado.

“¿Estaré por menstruar y por eso me siento así?, se preguntó.

Pagó, se calzó el abrigo y salió del bar, no sin antes sacar una foto del cartel.

Había comprado pastas sin gluten, galletas de arroz y unas verduras orgánicas con lo que al mediodía cocinó para su marido. Ninguno de la familia salía de los planes alimentarios de Helena.

–¿No te gustaría comer una hamburguesa de McDonald’s? –preguntó Helena, mientras enrollaba los fideos con el tenedor.

Alejandro abrió los ojos.

–¿Qué pasó? ¿Un mal día? –ironizó.

El marido admiraba la disciplina férrea de su mujer, que no salía ni un milímetro de las propias reglas y él, algo desorganizado, se sentía refugiado en ese vaho de orden y previsibilidad.

El día transcurrió calmo como los últimos años. Todo lo que había que hacer se hizo. La familia cenó y fueron a dormir temprano.

Por la mañana, antes de que sonaran las alarmas, Helena y Alejandro hacían el amor. Alejandro adoraba esta parte de la rutina. Helena no tanto. La antesala de la menopausia había llevado su lujuria a niveles paupérrimos. Alejandro se despidió con un beso, los chicos se fueron y ella no revisó ni una vez la decisión.

“Hola”, escribió en un mensaje.

“Hola”, contestaron.

Salió del baño, se preparó un café y volvió a mirar el teléfono.

“¿En qué puedo ayudarte?”, insistieron.

La foto de perfil de su interlocutor era una poco inspiradora grafía que decía “Cambia tu vida”. Helena no dudó.

“Quiero cambiar mi vida. No siento nada”, envió.

“Entiendo. Si le interesa asistir a una entrevista, debe reservar la cita con un dólar que pagará por única vez”.

Helena quería creer que ese dólar iba a ser el costo de una vida mejor. Transfirió y acordó una cita para el martes siguiente a las diez de la mañana. El martes de la cita, como de costumbre y sin ganas, hizo el amor con su marido, se cambió y, sin avisar a nadie, se dirigió al lugar de la entrevista.

La puerta que correspondía a la dirección era de chapa negra. Tocó un timbre precario y le pidieron que subiera. Trepó una escalera y en el otro extremo la recibió un hombre de unos sesenta años, de cabello rubio y poblado y con postura erguida. Sólo algunas arrugas a los lados de la boca y unas patas de gallo pronunciadas evidenciaban la edad. “Son arrugas de reírse mucho”, pensó Helena.

–Puedo decir por lo lozana de su piel que estoy ante una mujer de unos cuarenta y tantos. ¿Me equivoco? Soy Aldo.

El hombre disparó los brillos de sus dientes hacia una Helena sonrojada.

–Se equivoca. Tengo cincuenta y tres años. Soy médica, felizmente casada. Madre de dos –atajó la mujer, en un intento absurdo de contener el pico hormonal que le provocó Aldo.

–Soy neurólogo –dijo, mientras la ayudaba a quitarse el saco.

Aldo arrastraba un poco las erres. Helena no lograba diagnosticar si se trataba de un trastorno del habla o si se encontraba ante un extranjero. La mujer se sentó, asistida por una abrumadora caballerosidad, y el neurólogo se acomodó del otro lado de un escritorio anticuado.

–Dígame, doctora, ¿qué la trae por acá?

–Doctor, me presento. Soy Helena. Vi su anuncio en un bar y me hizo reflexionar sobre mi vida, y pensé que quizás me sentía… ¿infeliz?

¿Afirmación o pregunta?

Helena se tomó unos segundos de más para procesar. Sabía que era europeo, pero no lograba determinar si se trataba de un acento francés o alemán.

Es una afirmación. Soy infeliz. Mi vida está bien pero no logro encontrar…

¿Fuego? dijo el dico con los ojos enormes.

Helena se irguió en la silla como si hubiese descubierto el acelerador de partículas.

¡Eso es lo que necesito! ¡Fuego!

¿Se refiere usted a la intensidad de las emociones? ¿A esa sensación de adrenalina? ¿Se refiere a eso que merece ser grabado en la lápida cuando dejemos de existir? ¿Al condimento? –las gesticulaciones fueron in crescendo hasta que de un manotazo tumbó una taza de café que se encontraba al borde del escritorio–. ¡Scheisse!

“Alemán”, sentenció Helena.

–No se preocupe. Es sólo café, la taza es de plástico, los pisos son de cerámica y yo suelo emocionarme con facilidad –acompañó las disculpas enmarcadas con las arrugas cuyo origen Helena había adivinado. Y siguió. ¿Usted sabe que la risa es un antibiótico natural?

A Helena le sorprendió lo rápido que entendió el concepto. Era como que su vida acomodada no tenía esos sube y baja emocionales. La estabilidad la había apoltronado en un bote pacífico que navegaba en aguas mansas. No quiso más. Apretó fuerte los ojos. Estaba por desnudar la intimidad de sus deseos.

–Yo puedo ayudarla, pero esto tendrá un costo –advirtió Aldo.

Helena volvió a erguirse, no movió un músculo y lo dejó seguir.

–Soy alemán. Tercera generación de neurólogos. Durante años resultó fácil trabajar en Alemania experimentando en humanos, porque todos nuestros procesos neuronales deben probarse en la conciencia. Años de investigación y hemos logrado dar con un tratamiento por el cual usted podrá elegir la emoción que desea experimentar, sin drogas, ni químicos, ni intervenciones agresivas. Se trata de un disparo puntual en una región de su cerebro que ocasionará que usted tenga, por una única vez en su vida, la experiencia que elija, capaz de despertar emociones nunca sentidas con una intensidad que recordará hasta su muerte. Programaré la emoción exacta que quiera, dispararé el láser y saldrá de aquí con la sensación de no haber recibido ninguna intervención. Poco tiempo después, se encontrará en una situación en donde experimentará la emoción en una intensidad que le proporcionará una reacción hormonal potente, lo que la hará perdurable y memorable. Puede elegir cosas como tener un orgasmo intenso, reír a carcajadas, un ataque de ira… En cualquier caso, ninguna emoción puede incluir su propio deceso o el de otra persona y, dependiendo de su elección, el resabio emocional puede durar desde unos días hasta el día de su muerte. Usted morirá el día que tiene programado en su ADN, fecha que debo conocer realizando su mapeo genético. ¿Alguna pregunta?

Helena mutó del terror a la fascinación. Si algo le había despertado toda esta información, era morbo. Quería más, quería saber cómo y lo quería cuanto antes.

–¿Cómo se paga esto?

–No se preocupe. No es lo que ambos estamos pensando –siguió el alemán con una sonrisa de costado–. Le voy a mostrar el catálogo, la forma en que usted lo va a pagar y lamento anticiparle que la reunión debe concluir con un contrato firmado o con nuestra despedida.

Helena entendió de inmediato que lo precario de la oficina tenía que ver con la fugacidad del sujeto. El alemán abrió un cajón, extrajo una libreta y la abrió delante de Helena, quien se incorporó de un salto y empezó a pasar las hojas.

¿Terror fóbico nivel diez? ¿Me explica esto?

Cuánto morbo… Es un terror respecto de enfrentarse a alguna fobia: arañas, gusanos, encierro, la fobia que usted padezca. Tiene varios niveles. Supongamos que compra el nivel diez y que su fobia consista en el miedo a la sangre. Unos días después, se encontrará en una situación en donde su terror fóbico sea el máximo que pueda enfrentar, con la certeza de que no tendrá consecuencias sobre su integridad física.

¿Y cómo determina usted qué es lo que va a ocurrir en mi vida?

–Excelente pregunta, doctoraAldo desplegó su batería de dientes en una amplia sonrisa. La mayoría firma en esta instancia. Le explico: nosotros aplicamos un láser sobre su cerebro para que usted pueda experimentar lo que desea, pero lo que ocurre luego es un misterio. Es posible que al desbloquear su emoción usted salga de aquí dispuesta a encontrar cualquier situación que la conduzca a esa emoción.

¿Y cómo sabe que mi integridad física va a estar resguardada?

Porque sabemos con precisión la fecha y hora de su muerte. Hemos tomado la muestra de su ADN de la taza de café en el bar y sabemos cuándo va a morir. Además, pagará esto con tiempo. Si las emociones son intensas, paga con años de vida. Si son menores, paga con horas. Cuanto mayor sea la cantidad de emociones intensas, más se reduce su tiempo de vida. Por eso necesitamos saber de antemano cuántos años va a vivir. Usted sabrá cuánto va a vivir al momento de firmar la proforma del contrato, pero sepa que esta reunión concluye con una firma o con nuestra despedida definitiva. Le adelanto además que, en su caso, la compra mínima son cinco años.

Helena hizo un análisis rápido: si este hombre fuese un charlatán, toda la transacción habría sido en vano y sólo sería una anécdota en el futuro. De ser cierto, cinco años de su vida le parecían sacrificables. Desde su raciocinio absoluto esto no podía representar riesgo.

¿El procedimiento se realiza despierto?

Absolutamente. Usted no sentirá nada y sólo toma unos veinte segundos. Mireel alemán sacó una pistola blanca, de plástico. Apuntó el arma contra su sien y apretó el gatillo una vez. Se escuchó un sonido a descompresión y una luz roja parpadeó entre la pistola y la sien del doctor–. ¿Lo ve? No hace nada. Me disparé algunas risas a carcajadas. Ya tengo identificado el punto exacto. No se asuste, lo hago todo el tiempo.

La mujer volvió la vista al catálogo sin darle demasiada importancia. Recorría frenética las hojas de la libreta.

Esto quieroseñaló Helena.

El doctor se puso los lentes.

Ah… muy interesante. Uno de los más pedidos. Emoción ciento cuarenta y dos. Ira repentina de corta duración. El nivel de intensidad disponible va hasta el cinco… Con ira en nivel diez usted termina presa por asesinato, por eso la vendemos hasta el nivel cinco. Créame que dentro de la irracionalidad que aparenta nuestro tratamiento, hay ciertas cosas que no podemos permitirle.

–Me parece correcto –Helena se relajó y lo que siguió fue una negociación. La mujer firmó primero una proforma del contrato, se enteró de que iba a vivir hasta los noventa y tres años y decidió gastar esos cinco años de su vida en emociones varias.

–Primero quiero comprar orgullo propio en nivel tres. No recuerdo la última vez que lo sentí. Veo que cada orgullo propio cuesta trescientos diecinueve días. Me llevaré tres. Luego quiero agregar una alegría solitaria. Mis últimos momentos felices siempre fueron acompañados de mi familia. Quiero experimentarlo sola. Son cuatrocientos días para el nivel siete. Agrego ira repentina. Seiscientos días. Como le señalé, tengo algo contenido dentro que va a explotar y tener la certeza de no ocasionarme ningún daño, me provoca el deseo de atravesarlo. Quiero ira repentina en nivel cinco. Y quiero llenar el tiempo hasta completar los cinco años invertidos con risas a carcajadas.

–Excelente elección. Las risas a carcajadas son muy baratas. Con el tiempo que le queda se llevará cientos de ellas. Procedamos.

El doctor se quitó el saco y arremangó su camisa. Con la palma de la mano izquierda extendida presionó sobre la cabeza de Helena, que se limitó a cerrar los ojos y esperar por el láser. El doctor apretó el gatillo varias veces, mientras Helena apretaba los párpados.

Eso ha sido todo. Puede usted irse.

–¿Eso es todo?Helena se tocó la cabeza sin entender lo que había ocurrido. El mismo hombre que la sedujo, la estaba echando de su despacho de manera irrespetuosa. Buscó su abrigo en el perchero, se lo puso y miró al doctor. ¿Me va a acompañar hasta la puerta al menos?

Sí, clarodijo el alemán, metiéndose la pistola en el pantalón.

Acompañó hasta la puerta a Helena y la despidió escuetamente.

Venga, esperela retuvo el doctor.

El alemán aprisionó a Helena entre su cuerpo y la puerta. Empuñó la pistola, tocó la cabeza de Helena con precisión quirúrgica y le efectuó un disparo mirándola con fijeza.

Acá tiene un orgasmo intenso. Corre por cuenta mía. Espero lo disfrute.

Se despidieron. Tuvieron que pasar dos años para que obtuviese su primera validación del contrato, durante los cuales casi se había olvidado del asunto. Un martes de estos le llega un mensaje al teléfono. Era un paciente que había tratado por una distensión de ligamentos en la rodilla. El chico había clasificado para los Juegos Panamericanos, debía operarse pero no tenía tiempo; entonces, a través de un amigo, había contactado a Helena que le hizo un tratamiento corto sin esperar grandes resultados.

¿La puedo llamar?, decía el mensaje. Helena supuso que su tratamiento no había resultado y que el chico se había lesionado del todo. Atiende y el joven empezó a hablar.

Doctora, mire, yo no sé qué me hizo usted en la rodilla, pero le juro que no hice más nada, pasé todos los dopping… ¡Tres me hicieron! Pero le juro que desde que usted me acomodó, empecé a sentirme como un avión. Mire, si tiene un televisor a mano, ponga ahora el canal ciento veintidós porque están hablando de los Panamericanos… ¡Gané los cien metros! ¡Rompí todos mis récords personales y los de los argentinos! ¡Gracias, doctora! ¡Gracias!

Orgullo. Grande. Y un pico hormonal que ella reconocía como testosterona. “Claropensó. Claro que el orgullo propio impulsa a la testosterona”.

Siguió revolviendo su café y le pidió al mozo que pusiera el canal ciento veintidós. Estaban hablando de los Panamericanos y vio a su paciente dando declaraciones con la medalla puesta. Sobre el final de la entrevista, el deportista le agradece, ante la vista de todos y en televisión abierta, a Helena Minetti, su osteópata.

Después de la noticia, el teléfono de Helena explotó.

“Hola, soy Juan, amigo de Agustín, entreno con él en el club”; “Hola, soy Diana, la prima de Agustín, tengo un hombro malo”; “Hola, soy Alberto, vecino de Agustín, me quieren operar de una hernia, pero quería ver si usted puede hacer algo”, suplicaban los extraños.

El potente evento había provocado un giro brusco en su vida.

“Orgullo nivel tres. Me quedan dos más”, pensó.

El contrato se había puesto en marcha.

Pasaron dos semanas y Helena empezó a tener una agenda de trabajo algo más cargada. Produjo más dinero que propició cosas como la compra frívola de un reloj suizo. La recompensa egoísta comenzó a hacerse más cotidiana hasta que un día se compró un auto cero kilómetros. Cuando se subió por primera vez a su Ford, fue directo al autoMc y pidió un combo de cuarto de libra con papas grandes y Coca-Cola. Egoísmo desbloqueado. Gula también.

En los meses siguientes Helena gastó muchas risas a carcajadas. Su humor había cambiado, sus propias reglas se flexibilizaron y de manera súbita, mientras disfrutaba de una hamburguesa en soledad en su auto nuevo, en la radio sonó la canción con la que había conocido a su primer novio, el que le había roto el corazón luego de haberle hecho pasar el año más feliz de su vida. Ahí, sola, cantó “Sweet Child O’Mine” a los gritos, en un estallido de felicidad plena y solitaria.

“Alegría solitaria nivel siete”, pensó y tal como vaticinó el alemán, ese momento hizo eco durante meses.

La vida de Helena seguía mejorando y eso repercutió en su aspecto. Habían pasado ocho años desde la firma del contrato y pasó de ser la tímida señora que revolvía su café de los martes a la mujer que tragaba su cuarto de libra escuchando a Guns n’Roses en el auto. Pasó de la postura rígida e intimidante a ser la mujer con la que hombres de un amplio rango etario se querían acostar, y el Negro Mario, su novio de la juventud, ese que le había dejado el alma estampada contra una pared, no fue la excepción.

–Hele… ¿sos vos? –Mario le pasó a Helena corriendo por al lado y giró en un único movimiento sobre sus pies para ponerse frente a ella, que estaba por abrir su auto. Estaba empapado en transpiración. Iba corriendo su kilómetro nueve ese martes por la mañana y no dudó en ofrecerle los brazos para abrazarla al instante–. ¡Estás hermosa! –repitió Mario varias veces.

“Fuego”, pensó Helena. Hablaron un rato y pensó que el Negro estaba intacto. Mario era un imán del que tuvo que escapar casándose con Alejandro; era culpa, toxicidad, frenesí, ansiedad, inseguridad y pasión; era lo contra fáctico, era el “qué hubiera pasado si”, y estaba ahí, empujándola otra vez a esa bifurcación en la que todos nos paramos alguna vez. Helena no dudó en darle su número de teléfono y durante los días siguientes, la menopausia se disolvió en una sopa de deseo sexual. Helena seguía haciendo el amor con su marido, pero ahora pensando en Mario. Cuando concretaron el encuentro, supo que él había reaparecido en su vida con un solo objetivo: “Orgasmo intenso nivel diez”.

Los amantes se interrumpieron justo antes de que las cosas se pusieran inmanejables. Helena dejó a Mario tras varios encuentros, reagrupó los pedazos de su regla de fidelidad e intentó rearmarlos, pero no alcanzó. La culpa creció como un inquilino problemático. Insomnio, pesadillas, despistes, y su vida fue en declive, volviendo a bloquear todas las emociones, volviendo a sentirse como la señora mediocre que había sido desde que se casó con Alejandro, pero ahora abordada por una culpa que la convertía en una miserable ante sus propios ojos.

Hizo terapia hasta que cayó en una depresión que la depositó en el consultorio de un psiquiatra. Clonazepam y escitalopram. El combo de los que no pueden soportar. Se fueron las risas, los orgullos, las alegrías y, tras la ruptura con Mario, los orgasmos. Un día en el bar, revisó el contrato. Recordaba que había una cláusula de rescisión y pensó que tal vez, dado que esta culpa era un atentado contra su integridad física, podía reclamar y pedir sus años de vuelta. “En el caso en que el paciente no se encuentre satisfecho con el tratamiento, puede pedir el reintegro de sus años y la eliminación de los recuerdos”, decía el contrato. Claro. Le borraban la cabeza y adiós. Podría terminar su larga vida amesetada en paz.

Hola”, escribió Helena.

Hallo, Helena”, le respondieron.

Doctor, todo ha sido un desastre. Quiero devolver el tratamiento”, contestó Helena.

El doctor accedió a recibirla de inmediato y Helena se encontró parada nuevamente en la misma puerta de chapa negra. Subió las escaleras y, con los brazos abiertos, la esperaba el alemán, cuyo rostro parecía rejuvenecido. Para sorpresa de Helena, la amabilidad del doctor se transformó en crueldad.

–Parece que la vida la ha atropellado, mi estimada Helena. ¿Tuvo su orgasmo intenso? –arremetió el alemán.

Helena le explicó las razones por las cuales quería rescindir el contrato y el médico accedió.

–Ningún problema, soy un hombre pragmático. Le puedo devolver sus años, pero, como dice el contrato, usted deberá devolver las emociones. Para eso, debo aplicarle algunos disparos para borrar los recuerdos ya que, con el hecho consumado, no hay otra manera.

–Hágalo –apuró Helena.

El alemán sacó la pistola y aplicó tres disparos en varios puntos de la cabeza. Se despidieron y el médico, como la primera vez, la retuvo antes de dejarla salir.

–¿Me reconoce? –le preguntó.

Helena sintió repulsión por esas consonantes arrastradas. Lo miró sin contestarle y se retiró.

Los disparos surtieron efecto desde la mañana siguiente. Los recuerdos se habían borrado. El Negro Mario, el auto que había podido comprarse con su dinero, el reloj suizo y sus cuartos de libra. La anulación había funcionado, pero no vino sola. Helena había empezado a olvidarlo todo: primero las llaves, luego la hornalla de la cocina, luego los nombres de sus nietos.

A sus noventa y dos años, los hijos decidieron internarla en un geriátrico. Alejandro había muerto y Helena se manejó sola, con olvidos esporádicos, hasta que unos meses antes de cumplir noventa y tres, la enfermedad se la llevó puesta como un tren. No tenía momentos de lucidez, apenas reconocía a los hijos y solía balbucear incoherencias. Un martes la internaron de urgencia: en un ataque de ira repentina, le quiso clavar un cuchillo a uno de los viejos del geriátrico. Luego, se lastimó la cabeza y terminó en un hospital, atada a una camilla con su hija sosteniéndole la mano. La habían querido dormir, pero Helena aún despertaba de a ratos. Un doctor, de cabellera abundante y dentadura blanca, entró a la habitación.

–Hola, soy Aldo, el neurólogo –se anunció con acento extranjero.

Helena se incorporó en su cama con la fuerza de un cuerpo poseído y señaló al doctor, que le mostró las hileras de sus dientes blancos.

–¡El alemán! ¡El que me arruinó la vida! Me disparó tres veces, hija. ¡Tres veces!

La hija intentó contener a Helena entre medio de manotazos hasta que un grupo de enfermeros muñidos de inyecciones irrumpieron para ponerla a dormir. La hija salió al pasillo para llorar histérica a cuclillas. Levantó la cabeza cuando vio los zapatos pulcros del doctor, que ahora se encontraba parado a su lado. El médico abrió toda la palma de la mano izquierda y le hizo una suave presión en la cabeza, que pretendía ser una caricia.

–Tenés que ser fuerte. El Alzheimer es una enfermedad muy cruel –dijo, con una sonrisa de dientes blancos, arrastrando las erres, y se marchó.

 

(Tomado de Varios autores, Universos alternos. Relatos de ciencia ficción en español, Factor Literario, Estados Unidos, 2024)