Guy de Maupassant
–La
verdad, querida, te creo loca por querer salir a pasear por el campo con un
tiempo así. Desde hace dos meses tienes ideas muy extrañas. Me traes, quiera o
no, a la orilla del mar, cuando en cuarenta y cinco años de matrimonio jamás
habías tenido semejante fantasía. Eliges por tu cuenta Fécamp, una ciudad
triste, y ahora te ha dado tal furia por caminar –tú, que nunca te movías– que
quieres recorrer el campo en el día más caluroso del año. Dile a d’Apreval que
te acompañe, ya que se presta a todos tus caprichos. Yo, por mi parte, vuelvo a
dormir la siesta.
La señora de Cadour se volvió hacia su
antiguo amigo:
–¿Viene usted conmigo, d’Apreval?
Él se inclinó, sonriendo, con una
galantería de otros tiempos:
–Donde usted vaya, iré –dijo.
–Bueno, vayan a insolarse –declaró el
señor de Cadour. Y volvió al hotel de los Baños para tenderse una hora o dos en
la cama.
En cuanto quedaron solos, la anciana y su
viejo compañero, ella dijo, muy bajo, apretándole la mano: “¡Al fin! ¡Al fin!”.
Él murmuró:
–Está usted loca. Le aseguro que está
loca. Piense en lo que arriesga. Si ese hombre…
Ella se sobresaltó:
–¡Oh, Henri! No diga ese hombre cuando
hable de él.
Él replicó en tono brusco:
–¡Está bien! Si nuestro hijo sospecha
algo, si desconfía de nosotros, la tiene a usted en sus manos, nos tiene a los
dos. Usted pasó cuarenta años sin verlo. ¿Qué le pasa hoy?
Habían seguido la larga calle que va del
mar a la ciudad. Doblaron a la derecha para subir la cuesta de Étretat. El
camino blanco se desplegaba bajo una ardiente lluvia de sol.
Caminaban despacio, bajo el calor
abrasador, a pasos cortos. Ella había pasado su brazo bajo el de su amigo y
miraba al frente, con la mirada fija, obsesiva.
Dijo:
–¿Así que usted tampoco lo ha vuelto a
ver?
–No, ¡jamás!
–¿Es posible?
–Querida amiga, no empecemos de nuevo esta
eterna discusión. Yo tengo esposa e hijos, como usted tiene marido; los dos
tenemos todo que temer de la opinión ajena.
Ella no respondió. Pensaba en su juventud
lejana, en las cosas pasadas, tan tristes.
La habían casado como se casa a las
jóvenes. Apenas conocía a su prometido, un diplomático, y vivió con él,
después, la vida de todas las mujeres de sociedad.
Pero un joven, el señor d’Apreval, casado
como ella, la amó con una pasión profunda; y durante una larga ausencia del
señor de Cadour, que había partido a las Indias en misión política, ella
sucumbió.
¿Habría podido resistir? ¿Negarse? ¿Habría
tenido la fuerza, el valor de no ceder, cuando ella también lo amaba? No, de
verdad, ¡no! Habría sido demasiado duro. Habría sufrido demasiado. ¡Qué malvada
y astuta es la vida! ¿Puede uno evitar ciertos golpes del destino, huir de la
fatalidad? Cuando se es mujer, sola, abandonada, sin ternura, sin hijos, ¿se
puede huir siempre de una pasión que se alza sobre una, como se huiría de la
luz del sol, para vivir hasta la muerte en la oscuridad?
¡Cómo recordaba ahora todos los detalles:
sus besos, sus sonrisas, su modo de detenerse en la puerta para mirarla al
entrar en su casa! ¡Qué días felices, sus únicos días hermosos, tan pronto
terminados!
Luego descubrió que estaba embarazada.
¡Qué angustias!
¡Oh, aquel viaje al sur, aquel largo
viaje, aquellos sufrimientos, aquellos temores incesantes, aquella vida
escondida en la casita solitaria, a orillas del Mediterráneo, en el fondo de un
jardín del que no se atrevía a salir!
¡Cómo los recordaba, los largos días que
pasaba tendida bajo un naranjo, con los ojos levantados hacia los frutos
anaranjados, redondos, entre el follaje verde! ¡Cómo habría querido salir, ir
hasta el mar, cuyo soplo fresco le llegaba por encima del muro, cuyas breves
olas oía en la playa, cuya gran superficie azul, brillante de sol, con velas
blancas y una montaña en el horizonte, soñaba sin cesar! Pero no se atrevía a
cruzar la puerta. Si alguien la hubiera reconocido, deformada así, exhibiendo
su vergüenza en su abultado vientre…
¡Y los días de espera, los últimos días de
tortura! ¡Las alarmas! ¡Los dolores amenazantes! ¡Y luego la noche espantosa!
¡Cuántas miserias había soportado!
¡Qué noche aquella! ¡Cómo había gemido,
gritado! Todavía veía el rostro pálido de su amante, que le besaba la mano a
cada instante, la cara lampiña del médico, la cofia blanca de la enfermera.
¡Y qué sacudida había sentido en el
corazón al escuchar aquel frágil gemido de criatura, aquel maullido, aquel
primer esfuerzo de una voz de hombre!
¡Y el día siguiente! ¡El día siguiente! El
único día de su vida en que había visto y abrazado a su hijo, porque desde
entonces jamás había vuelto siquiera a tenerlo cerca.
Y desde aquel día, ¡qué larga existencia
vacía en la que flotaba siempre, siempre, el pensamiento de aquel niño! No lo
había vuelto a ver, ni una sola vez, a aquel pequeño ser salido de ella, ¡su
hijo! Se lo habían llevado, escondido. Solo sabía que lo habían criado unos
campesinos normandos, que él mismo se había hecho campesino, y que estaba
casado, bien casado y bien dotado por su padre, cuyo nombre ignoraba.
¡Cuántas veces, en cuarenta años, había
querido ir a verlo, a abrazarlo! No se imaginaba que hubiera crecido. Seguía
pensando en aquella larva humana que había sostenido un día en sus brazos y
apretado contra su costado dolorido.
Cuántas veces le había dicho a su amante: “No
aguanto más, quiero verlo, voy a ir”.
Siempre él la había retenido, detenido.
Ella no sabría contenerse, dominarse; el otro adivinaría, la explotaría.
Estaría perdida.
–¿Cómo es? –decía ella.
–No lo sé. Yo tampoco lo he vuelto a ver.
–¿Es posible? Tener un hijo y no
conocerlo. Tener miedo de él, haberlo rechazado como una vergüenza. –Era
horrible.
Iban por el largo camino, agobiados por la
llamarada del sol, subiendo siempre la interminable cuesta.
Ella continuó:
–¿No parece un castigo? Nunca tuve otro
hijo. No, ya no podía resistir este deseo de verlo que me atormenta desde hace
cuarenta años. Ustedes los hombres no entienden eso. Piense que estoy muy cerca
de la muerte. Y no lo habría vuelto a ver… ¿No haberlo vuelto a ver, es
posible? ¿Cómo pude esperar tanto tiempo? He pensado en él toda mi vida. ¡Qué
existencia espantosa me ha dado eso! No me he despertado una sola vez, ni una
sola vez, ¿me oye?, sin que mi primer pensamiento fuera para él, para mi hijo.
¿Cómo será? ¡Oh, cuánta culpa siento! ¿Se debe temer al mundo en un caso así?
Debí dejarlo todo para seguirlo, criarlo, amarlo. Habría sido más feliz, sin
duda. No me atreví. Fui cobarde. ¡Cuánto he sufrido! ¡Oh, esas pobres criaturas
abandonadas, cuánto deben odiar a sus madres!
Se detuvo de golpe, ahogada por los
sollozos. Todo el valle estaba desierto y mudo bajo la luz aplastante del día.
Solo los saltamontes lanzaban su grito seco y continuo en la hierba amarilla y
escasa a ambos lados del camino.
–Siéntese un poco –dijo él.
Ella se dejó llevar hasta el borde de la
cuneta y se desplomó, con el rostro entre las manos. Sus cabellos blancos,
torcidos en espirales a ambos lados de la cara, se le deshacían, y lloraba,
desgarrada por un dolor profundo.
Él permanecía de pie frente a ella,
inquieto, sin saber qué decirle. Murmuró: “Vamos… ánimo”.
Ella se incorporó: “Lo tendré”. Y,
secándose los ojos, reanudó la marcha con el andar tembloroso de una anciana.
Un poco más adelante, el camino se hundía
bajo un grupo de árboles que ocultaba algunas casas. Distinguían ahora el golpe
vibrante y regular de un martillo de fragua sobre un yunque.
Y pronto vieron, a la derecha, una carreta
detenida frente a una especie de casa baja y, a la sombra de un cobertizo, dos
hombres que herraban un caballo.
El señor d’Apreval se acercó.
–¿La granja de Pierre Bénédict? –preguntó.
Uno de los hombres respondió:
–Tome el camino de la izquierda, junto al
cafecito, y siga derecho; es la tercera después de la de Poret. Hay un abeto
junto a la cerca. No hay cómo equivocarse.
Doblaron a la izquierda. Ella caminaba muy
despacio ahora, con las piernas que le flaqueaban, el corazón latiendo con
tanta violencia que se ahogaba.
A cada paso murmuraba, como una plegaria: “¡Dios
mío! ¡Oh, Dios mío!”. Y una emoción terrible le apretaba la garganta,
haciéndola tambalear como si le hubieran cortado las piernas.
El señor d’Apreval, nervioso, un poco
pálido, le dijo bruscamente:
–Si no logra dominarse más, va a delatarse
de inmediato. Haga un esfuerzo, por favor.
Ella balbuceó:
–¿Acaso puedo? ¡Mi hijo! ¡Cuando pienso
que voy a ver a mi hijo!
Siguieron uno de esos senderos de campo
encajonados entre los corrales de las granjas, hundidos bajo una doble hilera
de hayas alineadas junto a las cunetas.
Y de pronto se encontraron frente a una
cerca de madera junto a la cual crecía un abeto joven.
–Es aquí –dijo él.
Ella se detuvo en seco y miró.
El patio, plantado de manzanos, era grande
y se extendía hasta la casita, con techo de paja. Enfrente, la caballeriza, el
granero, el establo, el gallinero. Bajo un techo de pizarra, los carros: una
carreta, un volquete, un cabriolé. Cuatro terneros pastaban la hierba bien
verde al abrigo de los árboles. Las gallinas negras vagaban por todos los
rincones del recinto.
Ningún ruido. La puerta de la casa estaba
abierta, pero no se veía a nadie.
Entraron. Un perro negro salió enseguida
de un barril colocado al pie de un gran peral y se puso a ladrar con furia.
Contra el muro de la casa, cuatro colmenas
sobre tablas alineaban sus cúpulas de paja.
El señor d’Apreval gritó frente a la
vivienda: “¿Hay alguien?”. Apareció una niña, una chiquilla de unos diez años,
vestida con una camisa y una falda de lana, las piernas desnudas y sucias, con
aire tímido y desconfiado. Se quedó de pie en el marco de la puerta, como para
impedir la entrada.
–¿Qué quieren? –dijo.
–¿Está tu papá?
–No.
–¿Dónde está?
–No sé.
–¿Y tu mamá?
–Está con las vacas.
–¿Va a volver pronto?
–No sé.
Y de repente, la anciana, como si temiera
que fueran a llevársela a la fuerza, dijo con voz precipitada:
–No me iré sin haberlo visto.
–Lo esperaremos, querida amiga.
Al voltear, vieron a una campesina que
venía hacia la casa, cargando dos baldes de hojalata que parecían pesados y a
los que el sol arrancaba por momentos un destello blanco y deslumbrante.
Cojeaba de la pierna derecha y, con el
pecho envuelto en un suéter marrón, desteñido, lavado por las lluvias, quemado
por los veranos, tenía el aspecto de una pobre sirvienta, miserable y sucia.
–Ahí viene mi mamá –dijo la niña.
Cuando estuvo cerca de la casa, miró a los
desconocidos con aire hostil y receloso; luego entró como si no los hubiera
visto.
Parecía vieja, con una cara hundida,
amarillenta, dura: esa cara de madera de las campesinas.
El señor d’Apreval la llamó:
–Disculpe, señora, entramos para pedirle
que nos venda dos vasos de leche.
La mujer refunfuñó, apareciendo de nuevo
en la puerta después de haber dejado los baldes:
–Yo no vendo leche.
–Es que tenemos mucha sed. La señora es
mayor y está muy cansada. ¿No habrá forma de conseguir algo de beber?
La campesina los miraba con ojos inquietos
y desconfiados.
Al fin, se decidió.
–Ya que están aquí, les voy a dar de todos
modos –dijo.
Y desapareció dentro de la casa.
Luego salió la niña cargando dos sillas
que colocó bajo un manzano, y la madre apareció a su vez con dos tazones de
leche espumosa que puso en manos de los visitantes.
Y se quedó de pie frente a ellos, como
para vigilarlos y adivinar sus intenciones.
–¿Son ustedes de Fécamp? –preguntó.
El señor d’Apreval respondió:
–Sí, estamos en Fécamp por el verano –luego,
tras un silencio, continuó–: ¿Podría vendernos pollos todas las semanas?
La campesina vaciló, luego respondió:
–Bueno, podría ser. ¿Los quieren tiernos?
–Sí, tiernos.
–¿A cuánto los pagan en el mercado?
D’Apreval, que no lo sabía, volteó hacia
su amiga:
–¿Cuánto paga usted las aves, querida, las
aves jóvenes?
Ella balbuceó, con los ojos llenos de
lágrimas:
–Cuatro francos, y cuatro francos
cincuenta.
La granjera la miró de reojo, extrañada, y
luego preguntó:
–¿Está enferma esta señora, que está
llorando?
Él no sabía qué responder y tartamudeó:
–No… no… pero es que… ella… perdió su
reloj en el camino, un reloj muy bonito, y eso la ha apenado. Si alguien lo
encuentra, avísenos.
La señora Bénédict no respondió nada,
encontrando todo aquello sospechoso.
Y de pronto dijo:
–¡Ahí viene mi marido!
Sólo ella lo había visto entrar, porque
estaba de cara a la cerca. D’Apreval dio un respingo; la señora de Cadour casi
cayó al volverse desesperadamente en su silla.
Un hombre estaba allí, a diez pasos,
tirando de una vaca con una cuerda, encorvado, resoplando.
Dijo, sin prestar atención a los
visitantes:
–¡Maldita sea! ¡Qué animal tan terco!
Y pasó de largo, hacia el establo, donde
desapareció.
Las lágrimas de la anciana se habían
secado de golpe, y permanecía aturdida, sin palabras, sin pensamientos: “Su
hijo… ¡aquel era su hijo!”.
D’Apreval, herido por la misma idea,
articuló con voz temblorosa:
–¿Es el señor Bénédict?
La granjera, desconfiada, preguntó:
–¿Quién les dijo su nombre?
Él respondió:
–El herrero de la carretera principal.
Luego todos callaron, con los ojos fijos
en la puerta del establo. Parecía un negro agujero en el muro del edificio. No
se veía nada adentro, pero se oían ruidos vagos, movimientos, pasos
amortiguados por la paja esparcida en el suelo.
Reapareció en el umbral, secándose la
frente, y volvió hacia la casa con un paso largo y lento que lo mecía a cada
zancada.
Pasó otra vez frente a los desconocidos
sin reparar en ellos, y le dijo a su mujer:
–Tráeme un jarro de sidra, tengo sed.
Y entró en la casa. La granjera se fue
hacia la bodega, dejando solos a los visitantes.
La señora de Cadour, fuera de sí,
balbuceó:
–Vámonos, Henry, vámonos.
D’Apreval la tomó del brazo, la levantó y,
sosteniéndola con todas sus fuerzas, pues sentía que iba a caer, se la llevó,
después de haber dejado cinco francos sobre una de las sillas.
En cuanto cruzaron la cerca, ella se echó
a sollozar, sacudida por el dolor, y balbuceando:
–¡Oh! ¿Eso es lo que hizo usted con él?…
Él estaba muy pálido. Respondió en tono
seco:
–Hice lo que pude. Su granja vale ochenta
mil francos. Es una dote que no tienen todos los hijos de la burguesía.
Y volvieron despacio, sin agregar una
palabra. Ella seguía llorando. Las lágrimas le brotaban de los ojos y le
rodaban por las mejillas, sin cesar.
Al fin las lágrimas se detuvieron, y
entraron en Fécamp.
El señor de Cadour los esperaba para
cenar. Se echó a reír al verlos y exclamó:
–Muy bien, mi mujer se ha insolado. Me
alegro. La verdad, creo que está perdiendo la cabeza desde hace un tiempo.
No respondieron ni uno ni otra; y cuando
el marido preguntó, frotándose las manos:
–¿Hicieron al menos un buen paseo?
D’Apreval respondió:
–Encantador, querido amigo, absolutamente
encantador.
(Tomado
de www.lecturia.org)