lunes, 20 de abril de 2026

Simón el mago

Voltaire

 

Simón fue a quejarse al emperador de que un miserable galileo presumía de hacer mayores prodigios que él. Pedro compareció junto con Simón para ver quién de los dos era superior en su oficio.

–Dime lo que estoy pensando –dijo Simón a Pedro.

–Que me dé el emperador un pan de cebada, y verás si sé lo que guardas en el alma.

Se le dio el pan. Inmediatamente, Simón hizo aparecer dos grandes dogos que querían devorarle. Pedro les arrojó el pan y, mientras lo comían, le dijo:

–¡Bien! ¿Sabía o no lo que pensabas? Querías hacerme devorar por tus perros.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

El anillo de Thoth

Arthur Conan Doyle

 

Mr. John Vansittart Smith, F. R. S., domiciliado en el 147-A de Gower Street, era un hombre cuya fuerza de voluntad y claridad de juicio podrían haberle situado en el puesto más alto de los observadores científicos. Sin embargo, fue víctima de una ambición de universalidad que lo incitó a querer sobresalir en todo orden de materias en vez de lograr la celebridad en una en concreto. En sus primeros años demostró una aptitud especial para la zoología y la botánica, lo que hizo que sus amigos le consideraran un segundo Darwin; pero, cuando estaba a punto de obtener una cátedra, interrumpió repentinamente sus estudios y concentró toda su atención en la química. En esta materia, sus investigaciones sobre el espectro de los metales lo acreditaron como miembro de la Royal Society; pero de nuevo jugó la baza de la veleidad y, después de un año de ausencia del laboratorio, se afilió a la Oriental Society y dio lectura a una comunicación sobre las inscripciones jeroglíficas y demóticas de El Kab, proporcionando de esta manera un ejemplo fehaciente de la versatilidad e inconstancia de su talento.

Sin embargo, hasta el más voluble de los pretendientes está expuesto a ser cazado al fin, y esto fue lo que le sucedió a John Vansittart Smith. Cuando más profundizaba en la egiptología más impresionado quedaba por el vasto campo que se abría al investigador y por la excepcional importancia de una materia que prometía arrojar alguna luz sobre los primeros gérmenes de la civilización humana y el origen de la mayor parte demuestras artes y ciencias. Tan impresionado estaba Mr. Smith, que contrajo inmediatamente matrimonio con una joven egiptóloga que había escrito acerca de la sexta dinastía. Asegurada de esta forma una sólida base de operaciones comenzó a recoger materiales para una obra que aglutinaría el rigor de Lepsius y la genialidad de Champollion. La preparación de esta magnun opus lo obligó a realizar muchas visitas perentorias a las magníficas colecciones egipcias del Louvre, y fue precisamente en la última de éstas, no más allá de mediados del pasado octubre, cuando se vio envuelto en la más extraña y notable de las aventuras.

Los trenes habían sido lentos y el paso del Canal borrascoso, de modo que llegó a París en un estado algo nervioso y febril. Cuando se encontró en el Hôtel de France, en la rue Laffitte, se tumbó en un sofá durante un par de horas, pero al ver que era incapaz de conciliar el sueño, resolvió, a pesar de la fatiga, hacer una visita al Louvre, comprobar los temas que había venido a solucionar y coger el tren nocturno para Dieppe. Tomada esta determinación, se puso encima el abrigo, pues era un día frío y lluvioso, y emprendió el camino a través del bulevar de los Italianos y bajó por la avenida de la Ópera. Ya dentro del Louvre se hallaba en terreno familiar y se dirigió rápidamente a la colección de papiros que tenía intención de consultar.

Ni los más entusiastas de los admiradores de John Vansittart Smith podrían asegurar que era un hombre atractivo. Su larga nariz aguileña y la barbilla prominente tenían el mismo carácter agudo e incisivo que distinguía su intelecto. Mantenía erguida la cabeza a la manera de un pájaro, y parecían también picotazos de pájaro los movimientos con que lanzaba sus razonamientos y réplicas en el transcurso de la conversación. Mientras permanecía allí, con el cuello del abrigo levantado hasta las orejas, podría haber observado en el reflejo de la vitrina de cristal que tenía ante él que su aspecto resultaba bastante singular. Pero sólo cayó en la cuenta de esta circunstancia, recibida como una súbita sacudida, cuando alguien que hablaba en inglés exclamó a sus espaldas en un tono perfectamente audible:

–¡Qué aspecto tan raro tiene ese individuo!

El investigador contaba con una considerable proporción de frívola vanidad en su personalidad, que se manifestaba en una despreocupación ostentosa y exagerada por toda suerte de consideraciones personales. Se mordió los labios y se concentró en el rollo de papiro, mientras su corazón rebosaba rabia contra toda la raza de viajeros británicos.

–Sí –dijo otra voz–, realmente es un tipo extraordinario.

–¿Sabes? –dijo el que había hablado primero–, uno podría creer que el tipo ese se ha quedado medio momificado a fuerza de contemplar tantas momias.

–Desde luego, tiene las facciones de un egipcio –dijo el otro.

John Vansittart giró sobre sus talones, decidido a humillar a sus compatriotas con una o dos observaciones corrosivas. Para su sorpresa y alivio, los dos jóvenes que habían estado conversando estaban de espaldas y contemplaban a uno de los vigilantes del Louvre, ocupado en sacar brillo a los bronces del otro lado de la sala.

–Carter nos está esperando en el Palais Royal –dijo uno de los turistas, consultando su reloj. Después se marcharon con ruidosas pisadas, y el estudioso quedó a solas con sus estudios.

“Me gustaría saber a qué llaman esos charlatanes ‘facciones de egipcio’, pensó John Vansittart Smith, y cambió ligeramente de posición para echar un vistazo a la cara del hombre en cuestión. Nada más ponerle los ojos encima experimentó un sobresalto. Desde luego se trataba del mismo tipo de cara que sus estudios le habían hecho tan familiar. Los uniformes rasgos esculturales, la frente ancha, la barbilla redondeada y la tez morena eran una réplica exacta de las innumerables estatuas, las momias que había en las vitrinas y los dibujos que decoraban las paredes de la sala. El parecido estaba más allá de la mera coincidencia. Aquel hombre debía ser egipcio. La característica angulosidad de los hombros y la estrechez de caderas bastaban para identificarlo.

John Vansittart Smith arrastró los pies hacia el vigilante con intención de dirigirle la palabra. No era un hombre brillante en la conversación y le resultaba difícil dar con el medio justo entre la brusquedad del superior y la simpatía del igual. A medida que se acercaba, el rostro de aquel individuo se le presentaba con mayor claridad, aunque permanecía concentrado en su trabajo. Al fijar los ojos en la piel del extraño vigilante, Vansittart Smith recibió la impresión repentina de que su aspecto tenía algo de inhumano y preternatural. Sobre las sienes y los pómulos aparecía un brillo vidrioso, como de pergamino barnizado. No había señal de poros. Uno no podía imaginarse una gota de sudor sobre aquella superficie. Desde la frente a la barbilla, sin embargo, la piel estaba surcada por un millón de delicadas arrugas, que se cruzaban y entrelazaban, como si la Naturaleza, dejándose llevar por un capricho propio de los maoríes, hubiera intentado trazar el dibujo más intrincado y extravagante que pudiera idear.

Où est la collection de Menphis? –preguntó el investigador, con ese aire inoportuno de quien busca una pregunta con el único propósito de entablar conversación.

C’est là –contestó secamente el hombre, indicándole con la cabeza el otro lado de la sala.

Vous êtes un Egyptien, n’est-ce pas? –preguntó el inglés.

El vigilante miró hacia arriba y clavó sus oscuros y extraños ojos en el interlocutor. Eran unos ojos vidriosos, con un brillo seco y nebuloso que no había visto hasta entonces en un ser humano. Al fijar su mirada en ellos, descubrió en sus profundidades una especie de dramática emoción que subía y descendía hasta desembocar en una mirada que tenía tanto de horror como de odio.

Non, monsieur; je suis français.

El hombre se dio la vuelta con cierta brusquedad y se encorvó de nuevo para dedicarse a su trabajo de limpieza. El estudioso lo miró con asombro durante unos instantes, se retiró a un asiento que había en un rincón apartado detrás de una de las puertas y procedió a poner en orden las anotaciones extraídas de sus investigaciones entre los papiros. Sin embargo, sus pensamientos se resistían a regresar a su cauce natural y se escapaban una y otra vez hacia el enigmático vigilante de cara de esfinge y piel de pergamino.

“¿Dónde he visto yo unos ojos como esos? –se preguntaba John Vansittart Smith– Hay algo de saurio en ellos, algo de reptil. Como la membrana nictitante de las serpientes –reflexionó, recordando sus estudios de zoología–. Es lo que produce el efecto vidrioso. Pero hay algo más. Tienen una expresión de fuerza, de sabiduría, al menos así lo interpreto yo, y de cansancio, un cansancio absoluto… y de indecible desesperación. Tal vez sean imaginaciones mías, pero nunca había recibido una impresión tan fuerte. ¡Por Júpiter! Tengo que examinarlos otra vez”. Se levantó y dio una vuelta por los salones egipcios, pero el hombre que despertaba tanta curiosidad había desaparecido.

El investigador volvió a sentarse en su apacible rincón y reanudó sus anotaciones. Había encontrado en los papiros la información que buscaba y sólo quedaba ponerla por escrito mientras permanecía fresca en su memoria. Durante un rato el lápiz corrió por el papel, pero poco a poco las líneas empezaron a torcerse, las palabras se hicieron borrosas y, finalmente, el lápiz tintineó en el suelo y la cabeza del investigador cayó pesadamente sobre su pecho. Rendido por el viaje, se sumergió en un sueño tan profundo en su solitario rincón detrás de la puerta que ni el ruido metálico producido por los vigilantes, ni las pisadas de los visitantes, ni siquiera el ronco estrépito de la campana al dar el aviso de cierre fueron suficientes para despertarlo.

La penumbra dio paso a la oscuridad, el bullicio de la rue de Rivoli aumentó y después disminuyó. En la lejana Nôtre Dame sonaron las campanadas de la medianoche y la figura oscura y solitaria permanecía sentada en silencio entre las sombras. Era cerca de la una de la madrugada cuando John Vansittart Smith, con un súbito jadeo y una aspiración profunda, recobró la conciencia. Durante unos instantes le rondó la idea de que se había quedado dormido en el sillón de lectura de su propia casa. Sin embargo, la luz de la luna penetraba a rachas por la ventana sin postigos y, a medida que sus ojos recorrían las hileras de momias y la inacabable sucesión de estanterías barnizadas, recordaba con claridad dónde se encontraba y cómo había llegado a esa situación. No era nervioso. Se sentía atraído por las situaciones novelescas, lo cual es característico de su raza. Estiró los miembros entumecidos, consultó el reloj y dejó escapar una carcajada al ver la hora que era. El episodio podía constituir una admirable anécdota que relataría en su próximo trabajo, y que sería como un descanso entre las graves y pesadas especulaciones. Tenía un poco de frío, pero se encontraba perfectamente despierto y recuperado. No había nada de sorprendente en el hecho de que el vigilante no hubiera reparado en él, pues la puerta proyectaba una espesa sombra directamente sobre su pupitre.

El silencio absoluto era impresionante. No se oía ni un solo crujido o murmullo ni en el interior ni en el exterior. Estaba solo entre los cadáveres de una civilización desaparecida. ¡Qué importaba el mundo exterior, totalmente librado el bullicio del siglo diecinueve! En toda aquella sala no había un solo objeto que no hubiera soportado el paso de cuatro mil años. Allí estaban los restos que el gran océano del tiempo había rescatado de aquel lejano imperio. Desde la majestuosa Tebas, desde la altiva Luxor, desde los grandes templos de Heliópolis, desde un centenar de tumbas expoliadas aquellas reliquias habían sido reunidas. El investigador miró a su alrededor y contempló las mudas figuras que brillaban vagamente a través de las tinieblas, antaño animadas por múltiples afanes, ahora tan silenciosas, y se vio arrastrado por un sentimiento de respeto y honda meditación. Una desacostumbrada conciencia de su propia juventud e insignificancia lo invadió. Recostado en el asiento, su mirada soñadora vagó a lo largo de las salas, donde la luz de la luna proyectaba rayos plateados, y que ocupaban toda un ala del espacioso edificio. Por fin sus ojos recayeron sobre el resplandor amarillo de una lámpara distante.

John Vansittart Smith se incorporó en su asiento con los nervios al límite. La luz avanzaba despacio hacia él, deteniéndose de vez en cuando, para acercarse a continuación con pequeñas sacudidas. El portador de la luz se movía sin producir el menor ruido. En aquel profundo silencio ni siquiera se percibía el más mínimo roce de los pies que avanzaban. Lo primero que se le pasó por la cabeza al inglés es que se trataba de ladrones. Se recogió todavía más en su rincón. La luz estaba ya a dos salas de distancia. Ahora se encontraba en la sala de al lado y seguía sin escucharse sonido alguno. Con una sensación cercana al estremecimiento o al miedo, el investigador descubrió un rostro, un rostro que parecía flotar en el aire, detrás del resplandor de la lámpara. El cuerpo se hallaba oculto entre las sombras, pero la luz incidía sobre aquel extraño rostro de expresión anhelante. No había posibilidad de error: el brillo metálico de los ojos y la piel cadavérica. Era el vigilante con quien había conversado antes.

El primer impulso de Vansittart Smith fue acercarse y dirigirle la palabra. Unas pocas frases de explicación serían suficientes para aclarar la cuestión, y después le conducirían sin duda hacia alguna puerta lateral desde la que podría regresar al hotel. Cuando el hombre entró en la sala, sin embargo, había algo tan clandestino en sus movimientos y tan furtivo en su expresión que el inglés abandonó su propósito. Estaba claro que no se trataba de la ronda ordinaria de un funcionario. El individuo llevaba puestas unas zapatillas de suela de fieltro, caminaba de puntillas y lanzaba rápidas miradas a derecha e izquierda, mientras la llama de la lámpara oscilaba por efecto de su respiración agitada. Vansittart Smith se agazapó silencioso en el rincón, observándole con creciente interés, convencido de que su visita obedecía a algún motivo secreto y probablemente ocultaba fines siniestros.

Sus movimientos no revelaban la menor vacilación. Se dirigió con paso ligero y rápido hacia una de las grandes vitrinas, sacó una llave de su bolsillo y abrió la cerradura. Entonces bajó una momia del estante superior, avanzó unos pasos y la depositó con sumo cuidado y solicitud en el suelo. Colocó la lámpara al lado y, a continuación, poniéndose en cuclillas al estilo oriental, empezó a deshacer con sus dedos largos y temblorosos las telas enceradas y los vendajes que la recubrían. A medida que se desplegaban las tiras de tela, un fuerte y aromático olor invadió la sala, y fragmentos de perfumada madera y especias cayeron con un ruido sordo en el suelo de mármol.

Para John Vansittart Smith era evidente que aquella momia jamás había sido despojada de su vendaje. La operación le interesaba profundamente. La observó con curiosidad y emoción, y su cabeza de pájaro fue alargándose detrás de la puerta. Sin embargo, cuando aquella cabeza de cuatro mil años de antigüedad fue desposeída del último vendaje, el investigador apenas pudo ahogar un grito de asombro. En primer lugar, una cascada de largas trenzas negras y brillantes se derramó sobre las manos y los brazos del manipulador. La segunda vuelta del vendaje descubrió una frente estrecha y blanca, con las cejas delicadamente arqueadas. A la tercera vuelta aparecieron unos ojos luminosos, bordeados de largas pestañas, y una nariz recta, bien perfilada, mientras que la cuarta y última mostró una boca dulce, henchida y sensual, y una barbilla encantadoramente torneada. Todo el rostro era de una belleza extraordinaria, salvo una mancha irregular en el centro de la frente, de color café. Constituía un triunfo del arte de embalsamar. Los ojos de Vansittart Smith se dilataban a medida que la contemplaba y su garganta dejó escapar un gemido de satisfacción.

Sin embargo, el efecto causado sobre el egiptólogo no era nada comparado con el que produjo al extraño vigilante. Alzó las manos al aire, prorrumpió en un áspero martilleo de palabras y, después, echándose en el suelo, al lado de la momia, la rodeó con sus brazos y la besó varias veces en los labios y en la frente. “Ma petite! –gimió en francés–. Ma pauvre petite!” Su voz estaba quebrada de emoción, y sus innumerables arrugas se estremecían y se retorcían, pero el investigador observó a la luz de la lámpara que los brillantes ojos del vigilante permanecían secos y sin lágrimas, como si fueran dos bolas de acero. Durante algunos minutos se quedó allí tendido, con el rostro crispado, runruneando y susurrando sobre aquella hermosa cabeza. Después mostró una sonrisa de satisfacción, pronunció algunas palabras en un idioma desconocido y se puso en pie con la expresión vigorosa de quien se ha preparado para afrontar un duro esfuerzo.

En el centro de la sala había una vitrina circular que contenía una magnífica colección de anillos egipcios primitivos y piedras preciosas en la que el investigador había reparado con frecuencia. El vigilante se dirigió a la vitrina, manipuló la cerradura y abrió la puerta. Colocó la lámpara en un estante lateral y, a su lado, una pequeña jarra de barro que sacó del bolsillo. Después cogió un puñado de anillos de la vitrina y con un gesto grave y ansioso procedió a mojar cada uno de ellos en el líquido que contenía la jarra, examinándolos a continuación a la luz de la lámpara. El primer lote de anillos le produjo una visible desilusión, porque volvió a arrojarlos con desprecio a la vitrina. Sacó otro puñado. Escogió un anillo de metal macizo con un voluminoso cristal engarzado y lo sometió a la prueba del líquido de la jarra. Al momento lanzó un grito de alegría y extendió los brazos con un gesto tan impetuoso que derribó la jarrita, cuyo líquido se derramó por el suelo y corrió hasta los pies del inglés. El vigilante se sacó un pañuelo encarnado del pecho y se puso a limpiar la mancha, siguiendo el reguero hasta el rincón, donde se encontró de pronto cara a cara con el individuo que lo estaba observando.

–Perdóneme –dijo John Vansittart Smith con cortesía inimaginable–. Tuve la desgracia de quedarme dormido detrás de esa puerta.

–¿Me ha estado observando? –preguntó el otro en inglés, con una mirada venenosa dibujada en su cadavérico rostro.

El investigador era un hombre que no acostumbraba a mentir.

–Confieso –dijo– que he observado sus operaciones y que despertaron mi interés y curiosidad en el más alto grado.

El hombre sacó un cuchillo largo y de hoja llameante que tenía oculto en el pecho.

–Se ha escapado usted por poco –dijo–. Si lo hubiera visto hace diez minutos, le habría clavado esto en el corazón. Sea como sea, si me toca o interfiere de alguna manera conmigo, es usted hombre muerto.

–No tengo intención de entrometerme en sus asuntos –respondió el investigador– Mi presencia aquí es completamente accidental. Todo lo que le pido es que tenga la amabilidad de dejarme salir por alguna puerta lateral.

Habló con extrema suavidad, porque aquel individuo seguía presionando la palma de su mano izquierda con la punta del cuchillo, como si quisiera asegurarse de que estaba bien afilado, y su rostro permanecía con la misma expresión maligna.

–Si yo creyera… –dijo–. Pero no, quizá no tenga importancia. ¿Cómo se llama usted?

El inglés se lo dijo.

–John Vansittart Smith –repitió el otro–. ¿Es usted el mismo Vansittart Smith que leyó una memoria en Londres sobre El Kab? Leí un informe sobre ella. Sus conocimientos del tema son despreciables.

–¡Caballero! –exclamó el egiptólogo.

–Sin embargo, son superiores a los de otros que tienen incluso más pretensiones que usted. La piedra angular de nuestra antigua vida en Egipto no se encuentra en las inscripciones o monumentos, a los que conceden tanta importancia ustedes, sino en nuestra filosofía hermética y nuestros conocimientos místicos, de los que ustedes saben muy poco o nada.

–¡Nuestra antigua vida! –repitió el erudito con los ojos dilatados; de repente exclamó–: ¡Dios mío! ¡Mire la cara de la momia!

Aquel hombre extraño volteó y enfocó la luz sobre la mujer muerta, dejando escapar un grito de dolor mientras lo hacía. La acción de la atmósfera había destruido ya todo el arte del embalsamador.

La piel se había despegado, los ojos aparecían hundidos en el interior de las cuencas, los labios descoloridos se habían retorcido por debajo de los dientes amarillentos y sólo por la mancha marrón de la frente podía asegurarse que se trataba del mismo rostro joven y hermoso que tenía apenas unos minutos antes.

El hombre agitó sus manos con horror y desesperación. Después, dominándose con gran esfuerzo, volvió a fijar sus endurecidos ojos en el inglés.

–No importa –dijo con la voz quebrada por la emoción–. Realmente ya no importa. Vine aquí esta noche con la firme determinación de hacer algo. Y ya lo hice. Todo lo demás sobra. Encontré lo que buscaba. La antigua maldición quedó rota. Puedo reunirme con ella ya. ¿Qué importancia tiene su forma inanimada, si su espíritu me está esperando al otro lado del velo?

–Esas son palabras un tanto exageradas –dijo Vansittart Smith. Cada vez estaba más convencido de que estaba tratando con un loco.

–El tiempo apremia y tengo que partir… –continuó el otro–. Llegó el momento que durante tanto tiempo he estado esperando. Pero antes debo llevarlo a usted hasta la salida. Venga conmigo.

Cogió la lámpara, dio la espalda a la sala desordenada y condujo al investigador con paso rápido a través de los departamentos dedicados a los egipcios, los asirios y los persas. Al final de este último departamento abrió una pequeña puerta que había en la pared y descendió por una escalera de piedra en forma de caracol. El inglés sintió el aire frío de la noche sobre su frente. Enfrente había una puerta que parecía comunicar con la calle. A la derecha había otra puerta abierta que proyectaba un haz de luz amarilla en el pasillo.

–Entre aquí–ordenó el vigilante.

Vansittart Smith vaciló. Creía que había llegado al final de su aventura. Pero la curiosidad era más fuerte que cualquier otro impulso. No podía dejar este asunto sin aclarar, de modo que siguió a su extraño acompañante hasta el interior de la cámara.

Era un cuarto pequeño, similar a los que se suelen destinar para conserjería. En la chimenea ardía la leña. En un extremo había una cama de ruedas y en el otro un tosco sillón de madera, con una mesa redonda en el centro, donde aún se veían restos de comida. Al mirar a su alrededor, el investigador advirtió, con un repetido e intenso escalofrío, que todos los pequeños detalles de la habitación tenían un diseño extraño y constituían un trabajo de artesanía verdaderamente antigua. Los candelabros, los jarrones de la chimenea, los atizadores de la lumbre, los adornos de las paredes… todo pertenecía al tipo de arte que asociamos con el más remoto pasado. Aquel hombre arrugado y de ojos turbios se sentó en el borde de la cama e indicó a su invitado que tomara asiento en el sillón.

–Tal vez haya sido el destino –dijo, expresándose todavía en un excelente inglés–. Tal vez estaba decretado que yo dejara detrás de mí algún relato que pusiera en guardia a los temerarios mortales que enfrentan su inteligencia contra el proceso de la naturaleza. Lo dejo a su elección. Puede hacer con él lo que desee. En este momento le estoy hablando con los pies en el umbral del otro mundo.

“Soy, como usted habrá deducido, egipcio, pero no un egipcio de esa raza pisoteada de esclavos que habita ahora en el delta del Nilo, sino un superviviente de aquel pueblo más valeroso y duro que domesticó a los hebreos, arrastró a los etíopes hasta los desiertos del sur y erigió aquellos monumentos grandiosos que han despertado el asombro y la envidia de todas las generaciones de los hombres. Vi la luz en el reinado de Tutmosis, mil seiscientos años antes del nacimiento de Cristo. Retrocede usted ante mí… espere y comprobará que soy más digno de inspirar lástima que temor.

“Mi nombre era Sosra. Mi padre había sido el sumo sacerdote de Osiris en el gran templo de Abaris, que en aquellos días se alzaba en el brazo del Nilo de Bubastis. Me educaron en el templo y fui iniciado en todas las artes místicas de las que habla su Biblia. Fui un alumno aventajado. Antes de cumplir dieciséis años había aprendido todo lo que podía enseñarme el más sabio de los sacerdotes. Desde entonces estudié por mí mismo los secretos de la naturaleza, pero no compartí mis conocimientos con nadie.

“De todos los problemas que atrajeron mi atención ninguno me fascinaba tanto como aquellos que estaban relacionados con la naturaleza misma de la vida. Investigué profundamente en los secretos del principio vital. El objetivo de la medicina era combatir las enfermedades. Yo estaba convencido de la posibilidad de desarrollar un método que fortaleciese el cuerpo hasta el punto de impedir que jamás se apoderase de él la enfermedad o la muerte. Es inútil que me detenga ahora en el proceso de mis investigaciones. Además, si lo hiciera, sería muy difícil que usted lo comprendiera. Llevé a cabo mis experimentos en parte con animales, en parte con esclavos y en parte conmigo mismo. Basta decir que, como resultado de mis investigaciones, obtuve una sustancia que al ser inyectada en la sangre proporcionaba al cuerpo la fortaleza necesaria para resistir los efectos devastadores del tiempo, de la violencia o de la enfermedad. No proporcionaba la inmortalidad, pero su poder permanecería durante miles de años. Inyecté la sustancia a un gato y después le sometí a la acción de los venenos más mortíferos. Ese gato vive todavía en el Bajo Egipto. No había ningún misterio o magia en mi método. Se trataba simplemente de un descubrimiento químico, que tal vez pueda volver a realizarse algún día.

“El amor a la vida corre impetuoso en la juventud. Creía haber escapado a toda preocupación humana ahora que por fin había conseguido erradicar el dolor y confinar a la muerte en lo remoto del tiempo. Con gran alegría en mi corazón vertí aquella sustancia maldita en mis venas. Después miré a mi alrededor para ver si encontraba a alguien que pudiera beneficiarse de mi descubrimiento. Un joven sacerdote de Thoth, Parmes, había ganado mi simpatía por su naturaleza seria y la devoción que profesaba a sus estudios. Lo hice partícipe de mi secreto y le inyecté mi elixir, puesto que así lo deseaba. Ahora, pensé, nunca me faltará un compañero de mi misma edad.

“Después de este grandioso descubrimiento abandoné hasta cierto punto mis estudios, pero Parmes continuó con renovada energía. Lo veía trabajar todos los días con sus redomas y destiladores en el templo de Thoth, pero apenas me hablaba del resultado de sus investigaciones. Yo, por mi parte, me dedicaba a pasear por la ciudad y miraba con exultación a mi alrededor, pensando que todo aquello estaba destinado a desaparecer, y que sólo yo permanecería. La gente se inclinaba al verme pasar, pues la fama de mi sabiduría se había extendido por doquier.

“Había guerra en aquel entonces, y el gran rey había enviado sus soldados a la frontera oriental para expulsar a los hiksos. Se envió también un gobernador a Abaris, que debía mantener la ciudad para el rey. Yo había escuchado las alabanzas sobre la belleza de la hija del gobernador. Un día, mientras paseaba en compañía de Parmes, la vimos pasar transportada sobre los hombros de sus esclavos. El amor me traspasó como un rayo. Se me escapó el corazón. Habría sido capaz de arrojarme a los pies de los porteadores. Era mi mujer. La vida sin ella me resultaba imposible. Juré por la cabeza de Horus que habría de ser mía. Hice el juramento ante el sacerdote de Thoth, pero se alejó de mi lado con el ceño fruncido, tan oscuro como la noche.

“No es necesario que le hable de nuestros amores. Llegó a amarme tanto como yo la amaba a ella. Me enteré de que Parmes pretendía haberla visto antes que yo, y que le había dado a entender que él también la amaba, pero yo sonreía ante aquella pasión, pues sabía que su corazón me pertenecía. La peste blanca hizo aparición en la ciudad y las víctimas fueron incontables, pero yo pasaba mis manos sobre los enfermos y los cuidaba sin ningún temor o recelo. Ella se maravillaba de mi valentía. Entonces le revelé mi secreto y le supliqué que me permitiera emplear mi arte con ella.

“–Tu juventud jamás se marchitará, Atma –le dije–. Las demás cosas pasarán, pero tú y yo, y el gran amor que nos profesamos, sobreviviremos a la misma tumba del rey Chefru.

“Pero ella estaba llena de dudas y no hacía más que poner objeciones tímidas propias de una doncella. ‘¿Era eso justo? –preguntaba–. ¿Acaso no constituía una burla a la voluntad de los dioses? ¿Si el gran Osiris hubiera deseado que nuestras vidas fueran tan largas no nos lo habría concedido él mismo?’

“A fuerza de palabras cariñosas y enamoradas logré dominar sus dudas, pero seguía vacilando. Era una gran decisión, decía. Necesitaba una noche más para pensarlo. Por la mañana me haría saber el resultado de sus meditaciones. No era demasiado pedir una noche. Deseaba dirigir sus plegarias a Isis para que le ayudara en la decisión.

“Con el corazón abatido, barruntando desgracias, la dejé en compañía de sus doncellas. A la mañana siguiente, una vez finalizado el sacrificio de primera hora, corrí a su casa. Una esclava asustada me recibió al pie de la escalera. Su señora estaba enferma, me dijo, muy enferma. Me abrí paso entre la servidumbre, frenético, y atravesé salones y pasillos hasta llegar a la cámara de mi Atma. Estaba tendida en su lecho, con la cabeza sobre la almohada, el rostro muy pálido y los ojos vidriosos. En la frente aparecía una mancha inflamada, de color púrpura. Yo conocía ya aquella marca infernal. Era la pústula de la peste blanca, el sello de la muerte.

“¿Para qué hablar de aquellas horas terribles? Durante meses me asedió la locura, el delirio, la fiebre, pero yo no podía morir. Jamás un árabe sediento deseó descubrir un pozo de agua como yo deseé la muerte. Si el veneno o el acero hubiera podido cortar el hilo de mi existencia, habría tardado un instante en ir a reunirme con mi amada en el país del angosto portal. Lo intenté, pero todo fue inútil. La influencia de la sustancia era demasiado poderosa. Una noche, cuando yacía en mi lecho, débil y hastiado de la vida, Parmes, el sacerdote de Thoth, vino a visitarme. Lo vi de pie, en el círculo de luz que proyectaba la lámpara, y me miró con unos ojos en los que se adivinaba una alegría insana.

“–¿Por qué permitiste que muriera? –me preguntó–. ¿Por qué no la fortaleciste igual que hiciste conmigo?

“–Era demasiado tarde –respondí–. Me había olvidado: tú también la amabas. Eres mi compañero en la desgracia. ¿No es terrible pensar que han de pasar siglos hasta que la veamos de nuevo? ¡Qué estúpidos fuimos al suponer que la muerte era nuestro enemigo!

“–Tú puedes asegurar eso –exclamó con una risa salvaje–. Esas palabras son acertadas en tus labios. Para mí no tienen significado.

“–¿Qué quieres decir? –exclamé, incorporándome sobre un codo–. Seguramente, amigo mío, el dolor ha trastornado tu cerebro.

“El rostro de Parmes resplandecía de alegría, y se retorcía y convulsionaba de risa, como si estuviera poseído por el demonio.

“–¿Sabes a dónde voy? –preguntó.

“–No –respondí–, no lo sé.

“–Voy hacia ella –dijo–. Ella yace embalsamada en la tumba más alejada, donde se levanta la doble palmera, más allá de los muros de la ciudad.

“–¿A qué vas allí? –pregunté.

“–¡A morir! –gritó–. ¡A morir! Yo no estoy sujeto a las cadenas de la vida terrenal.

“–¡Pero el elixir está en tu sangre! –exclamé.

“–Puedo vencerlo –dijo–. Descubrí un principio más poderoso que lo destruirá. En este momento está actuando en mis venas, y en una hora seré un hombre muerto. Me reuniré con ella y tú quedarás atrás.

“Al mirarlo comprendí que era cierto lo que decía. El brillo acuoso de sus ojos revelaba que estaba más allá del poder del elíxir.

“–¡Tienes que enseñármelo! –grité.

“–¡Jamás! –respondió.

“–¡Te lo imploro, por la sabiduría de Thoth, por la majestad de Anubis!

“–Es inútil –me contestó con frialdad.

“–Entonces lo descubriré –exclamé.

“–No podrás –respondió–. Lo encontré por casualidad. Requiere una mixtura que no podrás conseguir nunca. Salvo la que contiene el anillo de Thoth, jamás se hará otra igual.

“–¡En el anillo de Thoth! –repetí–. ¿Dónde está el anillo de Thoth?

“–Eso tampoco lo sabrás nunca –contestó–. Tú conseguiste su amor. ¿Quién ha ganado al final? Te abandono a tu sórdida vida en la tierra. Mis cadenas se han roto. ¡Debo irme!

“Giró sobre sus talones y salió de la habitación. A la mañana siguiente recibí la noticia de que el sacerdote de Thoth había muerto.

“Desde entonces dediqué todos mis días al estudio. Debía encontrar el sutil veneno que era más poderoso que el elíxir. Desde el amanecer hasta la medianoche permanecía inclinado sobre el tubo de ensayo y el horno. Mi primera medida fue recoger todos los papiros y productos químicos que había dejado el sacerdote de Thoth. Pero apenas me enseñaron nada. Aquí y allá tropezaba con un indicio o una esporádica expresión que despertaba esperanzas en mi corazón, pero no conducía a ninguna parte. A pesar de todo, mes tras mes seguí luchando. Cuando mi corazón desfallecía, solía acercarme hasta la tumba de las dos palmeras. Allí, junto al cofre que contenía la joya que me había arrebatado la muerte, sentía su dulce presencia y le decía en voz baja que si la inteligencia de un mortal podía resolver el problema, iría a reunirme con ella.

“Parmes había dicho que su descubrimiento estaba relacionado con el anillo de Thoth. Yo tenía un recuerdo vago de aquella joya. Era un anillo grande y pesado, no de oro, sino de un metal más raro y pesado procedente de las minas del monte Harbal. Ustedes lo llaman platino. Yo recordaba que el anillo tenía incrustado un cristal hueco que podía albergar algunas gotas de líquido. Estaba claro que el secreto de Parmes no se refería únicamente al metal, pues había muchos otros anillos de dicho metal en el templo. ¿No era más probable que hubiera guardado su precioso veneno en el interior del cristal? Apenas llegué a esta conclusión cuando, al rebuscar entre sus papeles, di con uno que confirmaba mis sospechas y sugería que en el anillo quedaba una porción que no se había usado.

“Pero ¿cómo encontrar el anillo? Parmes no lo llevaba encima cuando fue despojado de todas sus pertenencias para entregárselas al embalsamador. De eso estaba seguro. Tampoco se hallaba entre los objetos de su propiedad. Registré en vano todas las habitaciones en que él había entrado, todas las cajas, jarras y objetos que había poseído. Cribé las arenas del desierto en aquellos lugares donde solía pasear, pero, hiciera lo que hiciera, no pude conseguir el más pequeño rastro del anillo de Thoth. Es posible, sin embargo, que mis esfuerzos se hubieran visto recompensados de no haber sido por una nueva e inesperada desgracia.

“Se había desatado una guerra enconada contra los hiksos, y los capitanes del gran rey habían quedado aislados en el desierto, con todos los cuerpos de arqueros y de caballería. Las tribus de pastores cayeron sobre nosotros como plagas de langosta en un año de sequía. Desde los desiertos de Shur hasta el gran lago de aguas amargas se derramó la sangre durante el día y cundió el fuego durante la noche. Abaris era el baluarte de Egipto, pero no podíamos impedir el avance de los salvajes. Cayó la ciudad. El gobernador y los soldados fueron pasados a cuchillo, y yo, junto con muchos otros fuimos reducidos al cautiverio.

“Durante años y años cuidé ganado en las grandes llanuras del Éufrates. Murió mi amo y envejeció su hijo, pero yo me encontraba tan alejado de la muerte como siempre. Por fin me escapé en un camello y regresé a Egipto. Los hiksos se habían establecido en las tierras conquistadas y su propio rey gobernaba el país. Abaris había sido reducida a escombros, la ciudad incendiada, y del gran templo no quedaba más que una montaña informe de cascotes de piedra. Las tumbas habían sido saqueadas y los monumentos destruidos. No quedó señal alguna de la tumba de mi amada Atma. Las arenas del desierto la habían sepultado y las palmeras que señalaban el emplazamiento habían desaparecido tiempo atrás. Los papiros de Parmes y los enseres del templo de Thoth habían sido destruidos o dispersados por los desiertos de Siria. Cualquier búsqueda resultaba vana.

“Renuncié, pues, a la esperanza de encontrar el anillo o descubrir la sutil droga. Intenté vivir con toda la paciencia que me fuera posible los largos años que habrían de transcurrir hasta que los efectos del elíxir desaparecieran. ¿Cómo puede comprender usted lo terrible que es el tiempo, cuando su única experiencia es ese corto trayecto que media entre la cuna y el sepulcro? Yo sí que he padecido todo su horror… yo que vengo flotando a lo largo de la corriente de la historia. Yo era ya viejo cuando cayeron los muros de Ilión. Y mucho más viejo cuando Heródoto llegó a Menfis. Llevaba sobre mis hombros una insoportable carga de años cuando el nuevo evangelio apareció sobre la tierra. Sin embargo, usted me ve como a cualquier otro hombre, porque el maldito elíxir sigue fortaleciendo mi sangre y preservándome de aquello que yo más deseo. ¡Pero al fin llegué al final de todo!

“He viajado por todas las tierras y he morado en todas las naciones. Todas las lenguas son iguales para mí. Las aprendí para que me ayudaran a pasar el tiempo fatigoso. No hace falta que le diga con qué lentitud han transcurrido los años… el largo alborear de la civilización moderna, los años terribles de la Edad Media, los tiempos oscuros de la barbarie. Todos quedan a mis espaldas. Jamás he vuelto a mirar con ojos enamorados a ninguna otra mujer. Atma sabe que mi amor ha sido constante.

“Me acostumbré a leer todo lo que escribían los estudiosos acerca del antiguo Egipto. He pasado por muchas situaciones: a veces he sido rico, a veces pobre, pero siempre fui capaz de guardar lo suficiente para comprar las publicaciones que se ocupaban de tales materias. Hace nueve meses me encontraba en San Francisco cuando leí un informe sobre diversos descubrimientos realizados en las proximidades de Abaris. Mi corazón dio un vuelco al leer aquello. Decía que el excavador había explorado algunas de las tumbas que se habían descubierto recientemente. En una de ellas se había encontrado una momia intacta con una inscripción en el féretro exterior. Dicha inscripción informaba que el cuerpo que contenía era el de la hija del gobernador en los tiempos de Tutmosis. El artículo decía también que al quitar el féretro exterior había quedado al descubierto un pesado anillo de platino, con un cristal incrustado, y que había sido depositado sobre el pecho de la mujer embalsamada. Así pues, era allí donde Parmes había escondido el anillo de Thoth. Desde luego podía asegurar que estaba a salvo, porque ningún egipcio habría sido capaz de mancillar su alma, aunque se tratara solamente de mover la caja exterior de un amigo sepultado.

“Aquella misma noche salí de San Francisco, y al cabo de unas semanas me encontré de nuevo en Abaris, si es que puede dársele el nombre de la gran ciudad a unos montones de arena y muros derruidos. Me apresuré a presentarme ante los franceses que dirigían las excavaciones y les pregunté por el anillo. Me contestaron que el anillo y la momia habían sido enviados al Museo Bulak de El Cairo. Me presenté en el Bulak, pero allí sólo me dijeron que Mariette Bey los había reclamado y embarcado para llevarlos al Louvre. Fui tras ellos, y por fin, después de cuatro mil años, me encontré en la sala egipcia con los restos de mi amada y el anillo que había estado buscando durante tanto tiempo.

“Pero ¿cómo me las ingeniaría para echarles las manos encima? ¿Cómo apropiarme de ellos? Dio la casualidad de que estaba vacante un puesto de vigilante. Me presenté ante el director. Lo convencí de que tenía grandes conocimientos sobre Egipto. Pero mi ansiedad me hizo hablar demasiado. El hombre me dio a entender que merecía más bien la cátedra de profesor que una silla en la conserjería. Dijo que sabía más que él. Entonces, a fuerza de decir disparates, logré convencerle de que había sobrestimado mi conocimiento y me permitió trasladar a esta habitación los pocos efectos personales que he conservado. Esta es la primera y última noche que paso aquí.

“Esta es mi historia, Mr. Vansittart Smith. No necesito decirle nada más a un hombre de su inteligencia. Gracias a una extraña casualidad ha contemplado usted esta noche el rostro de la mujer que amé en aquellos tiempos remotos. En la vitrina había muchos anillos con cristales y no tuve más remedio que comprobar si eran de platino para asegurarme de que había encontrado el que buscaba. Una simple mirada al cristal ha sido suficiente para comprobar que había líquido en su interior y que por fin me sería dado expulsar lejos de mí esta maldita salud que me ha ocasionado mayores dolores que la más funesta de las enfermedades. No tengo más que decirle. Me he librado de una pesada carga. Puede usted relatar mi historia o silenciarla si lo desea. Lo dejo a su elección. Le debo una compensación, porque ha estado usted a punto de perder la vida esta noche. Yo era un hombre desesperado y no me habría detenido ante ningún obstáculo. Si lo hubiera visto antes de realizar mi tarea, le habría quitado toda posibilidad de oponerse a mis deseos o de dar la alarma. Esa es la puerta. Conduce a la rue de Rivoli. ¡Buenas noches!”

El inglés miró hacia atrás. Durante un instante la figura de Sosra, el egipcio, permaneció enmarcada en el estrecho umbral. Después la puerta se cerró de golpe y el pesado ruido del cerrojo quebró el silencio de la noche.

Dos días después de su regreso a Londres, John Vansittart Smith leyó en la correspondencia de París del Times el breve informe que sigue:

Extraño suceso en el Louvre. “Ayer por la mañana tuvo lugar un extraño descubrimiento en la sala principal de Egipto. Los empleados de la limpieza encontraron a uno de los vigilantes tendido en el suelo, rodeando con sus brazos el cuerpo de una de las momias. Estaban abrazados tan estrechamente que sólo después de múltiples dificultades pudieron ser separados. Una de las vitrinas donde se guardan anillos de considerable valor había sido abierta y saqueada. Las autoridades opinan que el vigilante pretendía llevarse la momia con la idea de venderla a algún coleccionista privado, pero en ese preciso momento sufrió un colapso a consecuencia de una larga enfermedad del corazón. Se dice que el difunto era un hombre de edad indeterminada y costumbres excéntricas, sin parientes o amigos vivos que puedan llorar su muerte trágica y prematura”.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

domingo, 19 de abril de 2026

Martes

Jordi Cebrián

 

No es casualidad que su nombre provenga del dios de la guerra. El martes es día de armas airadas, el día en que las enemistades brotan, y en que las amistades mueren. Si uno es herido en martes con un cuchillo, es más difícil sanar, y la sangre derramada demanda de otras sangres y otras heridas. Si los jefes de estado se llaman ese día, se liará seguro. En algunas ciudades, si dos hombres se pelean siendo martes, nadie debe estorbarles: les rodearán y animarán gritando a su favorito, y dejarán que la fuerza y el coraje decidan el final.

 

(Tomado de www.cienpalabras.blogspot.com)

 

La Casa del Viento

Alejandro Dumas, hijo

 

Sobre la costa que se extiende entre Dieppe y el cabo de Ailli, encuéntrase una aldea encantadora que ninguno de mis lectores conoce, probablemente. Se llama Varengeville y es allí donde los arqueólogos enamorados de la arquitectura del siglo XVI van a visitar las ruinas del castillo de Angó. Angó (cuyo nombre ha sido más popular por la canción de “Madame Angó” que por su nobleza, sus explotaciones, su fortuna prodigiosa y su muerte miserable), no tuvo mal gusto al escoger este lugar con objeto de edificar su morada, desde cuya torre puede verse todo lo que sucede en el mar, en veinte leguas de norte a oeste. Si después de haber visitado las ruinas del castillo, que se encuentra a mano derecha entrando en la ciudad por el camino de Dieppe, se quiere bajar hasta al Océano, no hay más que seguir el camino que se extiende entre dos repechos cubiertos de césped, esmaltados de margaritas, de bruzos y de campánulas blancas y azules. Los árboles que la cercan de ambos lados, entrecruzan, en el estío, sus ramas altísimas formando una bóveda perpetuamente fresca.

A derecha e izquierda se miran las haciendas con sus techos de paja o de ladrillo, con sus muros llenos de vigas exteriores, con sus hierbecillas verdes, con sus manzanos plantados aquí y allá, como al azar, y con sus cercas vivas en donde los pollos recién nacidos van a buscar abrigo durante las horas terribles del calor; de tiempo en tiempo se mira una casa particular ornada de un corto graderío, decorada por grandes persianas de colores y rodeada de matorrales de rosas.

Pero marchad aún: el camino desciende delante de vosotros y pronto llegaréis a un bosque de encinas y de avellanos, frente al cual se yerguen algunos pinos enormes, que se destacan, con su ramaje verde-claro, sobre el cielo azul y sobre el mar oscuro, dando a ese paisaje de Normandía un aspecto napolitano.

Al salir del bosque os encontráis frente a un campo de trigo bordeado, a la derecha, por una hondonada ancha, profunda, llena de arbustos vigorosos y matizada de retamas y de amapolas. Atravesad ese campo, llegad hasta la casa del aduanero y veréis la senda de abrojos, tallada en la roca, formando un tirabuzón sólo practicable para los que van a pie, parecida a los Pirineos y a las montañas de Suiza; senda abrupta que conduce al mar, y cuya parte final es tan estrecha, tan inverosímil, que parece abierta por la mano del hombre. La playa de arena es dulce y hermosa, a la hora en que baja la marea, como una alfombra de terciopelo; el horizonte es inmenso; la soledad es completa.

Ese conjunto pintoresco, salvaje, perfumado y silencioso, tiene para todos los ojos el encanto de la belleza… para mí tiene además el de ser el sitio donde vi la cosa más admirable del mundo.

El deseo impaciente de haceros conocer camino tan raro y mar tan soberbia, me ha hecho olvidar la iglesia de arquitectura romana que domina, por el oeste, las alturas.

Al volver, teniendo que caminar más despacio por la inclinación del terreno, podemos ver una casa situada más allá de la iglesia. Dicha casa, que no tiene sino dos pisos, es cuadrada; está expuesta a los cuatro vientos y rodeada de jazmines, de madreselvas, de aristoloquias y de enredaderas. En medio del jardín y enfrente de la puerta principal, hay una alameda de álamos de Virginia cuyas ramas forman una bóveda sombría, gracias a la inteligencia y a la voluntad del jardinero. El resto del jardín está lleno de manzanos, de guindos, de rosales, de yucas siempre florecientes (argumento poderoso en favor de esas tierras tan calumniadas) y de fresales cuyos frutos encarnados guarnecen las orillas de los senderos hasta fines de septiembre.

La casa es mucho más espaciosa de lo que se figuran los viajeros al verla desde el camino. Su interior es sencillo pero confortable; yo he tenido ocasión de ver el comedor, amueblado a la inglesa, y la sala, tapizada de telas persas, llena de ricos muebles, de jardineras floridas y de estuches de costura que indican la presencia de la mujer.

La primera vez que fui a Varengeville (pronto hará diez años) pregunté al hijo de uno de los más ricos hacendados del lugar quién era el propietario de esa casa tan audazmente construida sobre los montes de la costa, a orillas de un precipicio. Mi joven compañero me respondió:

–Esa casa pertenece a un individuo muy original que vive en ella todo el año con su mujer y su hijita, y que se llama M. Barthelemy. No es una familia originaria de Normandía; aún me acuerdo del día en que llegaron con objeto de comprar un terreno donde nadie se habría atrevido a edificar su vivienda y donde ellos construyeron una casa verdaderamente bella alrededor de la cual todo crece como por arte de magia.

M. Barthelemy es muy caritativo; todo el mundo lo adora y lo respeta; él ha enseñado a nuestros campesinos una multitud de cosas útiles y desconocidas; él los cura gratuitamente cuando están enfermos, y les da lecciones a sus hijos. Su modestia y su sencillez son enormes, aunque también son algo afectadas. Es un hombre robusto y hermoso que tendrá hasta unos treinta y seis años de edad y que aunque, según creo, no posee una gran fortuna, tampoco debe tener gran necesidad de trabajar para vivir, ya que ni siquiera vende los frutos de su huerto. Todo lo que no le es estrictamente necesario, se lo da a los pobres.

Su presencia no nos fastidia, pero nos incomoda: nunca nos ha hecho la menor observación; mas, a pesar nuestro, cuando estamos a su lado dejamos de hacer lo que nos da la gana. Él no bebe sino agua pura teñida con algunas gotas de vino, no come sino un plato, no fuma nunca y no caza en ninguna época del año, porque, según su expresión, “no le gusta matar”. No vaya usted a creer por eso que es un hombre triste: sus carcajadas son tan sonoras como frecuentes y cuando se encuentra entre los niños, que son sus amigos favoritos, se pone tan alegre que cualquiera lo tomaría a él mismo por un niño.

Él lo sabe todo, o, por lo menos, parece no ignorar nada ya que nunca deja de responder con verdadera convicción a las preguntas que se le dirigen; pero yo que sé muy poco no podré decir a usted si todas sus respuestas son exactas. Es médico, firma sus recetas y recibe una multitud de publicaciones médicas; cuando va de paseo, nunca deja de llevar un libro entre las manos, mas no siempre lo abre, sin duda porque las cosas y los hombres son para él más instructivas que las páginas impresas. Yo lo he visto, sin que él me viera a mí, sentado a la orilla del mar, con la frente apoyada en la palma de la diestra y mirando, durante tanto tiempo y con tal fijeza, el horizonte, que parecía querer hacer, con la mirada, un agujero en el azul. Eso nos hacía decir, al principio, que contaba las olas del mar.

Su mujer es preciosa y, según creemos todos, lo quiere apasionadamente. A veces ella está rosada como las flores y a veces pálida y transparente como la cera, pero su carácter es más bien alegre que triste. Poca gente va a visitarlos aunque las puertas de su casa siempre se abren para dejar el paso libre a todo el que quiere entrar. M. Barthelemy es hospitalario como un escocés de comedia, y si usted quiere verlo, no tenemos más que presentarnos para ser recibidos como viejos amigos.

En efecto, parece que ese hombre hubiese venido al mundo conociendo a todos sus semejantes, pues cuando se encuentra por primera vez con alguien, siempre sabe hablarle de lo que le interesa, sin preliminares convencionales. Al principio quisimos hacerlo alcalde, pero él no aceptó nuestro ofrecimiento; luego le ofrecimos un sillón de consejero general, pero tampoco lo quiso, y por último una credencial de diputado (todo el distrito habría votado por él), pero también la rehusó.

No sabemos cuál es su religión, pues ni él, ni su mujer, ni su hija, van nunca a misa los domingos, aunque tienen buena amistad con el señor cura, quien, dicho sea de paso, es una persona tan buena como inteligente. Una vez, sin embargo, lo vimos en la iglesia, en circunstancias verdaderamente tristes: durante las exequias de su madre (que aún estaba viva cuando él vino a establecerse aquí) y hasta me acuerdo de que ese día el De profundis y el Dies irae fueron entonados por una voz de hombre cuya ternura, cuya fuerza y cuyo encanto eran infinitos; según dicen, el cantor era un amigo suyo que trabaja en el teatro de los italianos y que sólo vino para rendir un homenaje póstumo a la difunta señora. Todo el mundo lloraba menos él que fue, sin embargo, un hijo amoroso y bueno. En los últimos años de su vida la pobre anciana no podía andar y él la llevaba a tomar el sol, en brazos, como a un niño; sí, señor, se la llevaba así, contándole historias, hasta la orilla del mar donde ella solía quedarse dormida sobre la hierba, hasta que M. Barthelemy volvía a conducirla, de la misma manera, a su habitación. Su fuerza es hercúlea: cuentan que la víspera de la muerte de su madre se pasó toda la noche conversando con ella, después de haberle dicho que moriría al día siguiente. Ella también era una mujer muy valiente: había querido conocer la verdad y lo había conseguido gracias a la franqueza ruda de su hijo; en cuanto a su nuera, no quiso que supiese nada y le ordenó que se fuese a acostar, diciéndose a sí misma:

–La muerte no es una cosa tan difícil, ni un espectáculo tan agradable como para impedir que los demás duerman sólo porque uno va a exhalar a su lado el último suspiro. No tengo necesidad sino de mi hijo: yo fui quien lo traje al mundo; es natural que él me ayude a salir de la tierra. Los que no me deben tanto, bien pueden descansar.

¿De qué hablarían madre e hijo durante toda esa noche eterna, al fin de la cual ella cerró los ojos, sin dolor y sin agonía, estrechando entre las suyas la mano de su heredero?

El cura no fue llamado a última hora, pero la víspera había comido al lado del lecho de la enferma.

Cuando, hace algún tiempo, yo hablaba con admiración de esa muerte tan grande y tan sencilla, M. Barthelemy me dijo:

–Para morir de la misma manera no hay necesidad sino de pensar en la muerte cinco minutos diarios.

–¿Y cree usted –le pregunté– que las almas se encuentran en otro mundo?

–Sin duda ninguna –me respondió.

–¿Cómo? ¿En qué forma?…

–Eso lo ignoro y si lo ignoro, es porque no me interesa.

–Entonces ¿por qué dice usted que las almas se encuentran en otro mundo?

–Porque eso lo sé.

No hay nadie como él para convencer sin argumentos.

Pero cuando pienso en esa voz deliciosa que entonó el Dies irae y el De profundis –terminó diciendo mi compañero de viaje– siento como que mi alma se estremece; y la verdad es que yo daría con gusto cincuenta francos por oírla de nuevo.

La curiosidad que siempre me han inspirado los tipos y los caracteres originales, unida a lo que el joven hacendado acababa de decirme, hizo nacer en mí un vivo deseo de ver a M. Barthelemy.

–Mañana mismo le presentaré a él con un pretexto cualquiera –me dijo mi amigo y compañero.

Angó nos proporcionó el pretexto deseado; pues siendo éste el personaje histórico más célebre de Varengeville, M. Barthelemy poseía, sin duda, algunos datos inéditos sobre su vida, sacados del archivo local; yo iría a pedirle informes sobre el asunto y así saciaría mi curiosidad.

En efecto, al día siguiente, a las diez de la mañana, nos pusimos en marcha dirigiéndonos hacia la Casa del Viento (que así llamaban los campesinos aquella casa osadamente construida sobre la roca más empinada de la playa).

El propietario era uno de esos hombres que a primera vista parecen delgados, pero cuyos músculos hercúleos causan admiración a quien los mira y los toca; su estatura era más que regular; sus cabellos castaños estaban echados hacia atrás, dejando al descubierto una frente vasta y algo redondeada en la parte superior (una frente de espiritualista); la línea oscura y recta de sus cejas denotaba una gran firmeza y una rara energía en las ideas y en los principios; sus ojos azules y claros, estaban llenos de dulzura y de inocencia, pero su mirada era extraordinariamente penetrante; su nariz, separada de la frente por una curva muy acentuada, era recta y algo corva en el medio, lo que indica sagacidad, reflexión, valor, nobleza e inteligencia; no tenía un solo pelo de barba; sus pómulos eran un poco salientes y sus mejillas un poco descarnadas; el espacio que separaba su boca de su nariz, algo grande y sus labios rojos, gruesos y llenos de una sensualidad corregida por las demás facciones y en especial por la barba, enérgica y casi cuadrada, que servía de zócalo a ese rostro hermoso, respetable y simpático. La edad se había contentado con hacerle un pliegue en la frente y con teñirle de blanco algunos cabellos. Su cuello era fuerte, elástico y redondo como el de un adolescente; sus manos, más bien pequeñas que grandes, tenían ese color blanco que ni el sol ni el frío enrojecen; las articulaciones de sus dedos redondos y puntiagudos, estaban muy desarrolladas; la palma de la mano era mixta, es decir ni blanda ni dura pero hábil para todos los combates; el índice afilado y la primera falange del robusto pulgar, confirmaban todos los rasgos de su rostro, denotando nuevamente el carácter particular de aquel hombre reflexivo, independiente, idealista, lleno de imaginación, de fe, de voluntad y templado en las grandes luchas de la conciencia del alma, del talento y del saber.

Madame Barthelemy era pequeña y poseía esas formas rollizas que han inspirado más caprichos que amor, más canciones que odas, y más zarzuelas que dramas. Tenía las manos y los pies pequeños; los cabellos negros y naturalmente rizados; las cejas negras y casi unidas, la nariz fina Y ligeramente arremangada como la de una pastora de Pater o de Watteau; los ojos grandes, negros y brillantes; el párpado superior color de nácar; el párpado inferior azulado; las mejillas frescas con dos agujerillos deliciosos y los dientes blancos como almendras de julio.

Poned una flor en su peinado, encuadrad su rostro con una mantilla de encaje, haced que una de sus manos mueva un abanico, envolved sus caderas redondas y móviles en una falda corta y tendréis una verdadera andaluza, no como la marquesa de tez morena cantada por Musset, sino como la española viva y graciosa pintada por Goya y puesta en música por Rossini. Madame Barthelemy, en efecto, era de origen español, y tomándose el trabajo de registrar cuidadosamente las ramas de su árbol genealógico, habría podido encontrarse, entre sus antepasados, si no uno de los habitantes, por lo menos uno de los constructores de la Alhambra. La sangre que corría por sus venas, pues, era roja y ardiente como coral fundido; pero observándola atentamente era fácil descubrir la influencia que había ejercido nuestro sol pálido sobre la rosa trasplantada de su existencia.

Ella no había perdido nada ni de su gracia ni de su vivacidad ni de su conjunto; mas algo de extraño –tal vez la tristeza, tal vez la dicha, tal vez la compañía de aquel marido grave– habían velado con una gasa ligera la expansión nativa que si seguía revelándole en el sonido de la voz, en la sonrisa y en la mirada, ya no era ni con la misma frecuencia ni con la misma intensidad de antaño. Probablemente una idea seria había germinado y florecido en su ser instintivo, refinándolo y temperándolo, ya que la edad no podía ser la causa del cambio, puesto que Madame Barthelemy apenas contaba unos veintidós años.

Si no temiera servirme de una expresión demasiado vulgar, diría que la propietaria de la Casa del Viento estaba algo desteñida. Sus ojos, en efecto, eran menos brillantes, sus mejillas menos rosadas, sus labios menos rojos y sus cabellos menos lustrosos que los de sus compatriotas que no abandonan nunca el suelo natal. Su sangre rica no circulaba, bajo nuestro cielo, tan bien como habría circulado en su tierra cuyo clima y cuyas costumbres difieren bastante de las nuestras. Su rostro cambiaba diez veces por hora de color, cubriéndose ya de un resplandor de dicha ya de un velo de tristeza, como esos campos de trigo que varían instantáneamente de matiz al soplo del aire que hace ondular las espigas, sin razón aparente. En algunas ocasiones sus ojos se inmovilizaban y su boca se entreabría como para decir algo –mas las palabras no brotaban de sus labios, porque el pensamiento (que, subiendo hasta el cerebro, había provocado el movimiento) caía, antes de ser traducido por medio de la voz, en las profundidades del alma–; ese trabajo misterioso, esa bomba que no llegaba a hacer explosión, iba gastando insensiblemente aquel organismo condenado a contenerse y a limitarse.

Tales fueron las observaciones que hice en mi primera visita, durante la cual Madame Barthelemy no dejó de moverse un solo momento, levantándose, saliendo, andando, entrando y sentándose cada diez minutos.

En cuanto a su hija, que se llamaba Juana y que apenas tenía entonces dos años de edad, era una de las más bonitas chiquillas que pueden figurarse. Sus ojos verdes-mar, sus rizos dorados, su carita blanca y rosada, sus agujerillos de las mejillas, de la barba, de los codos y de las manos, sus pantorrillas redondas, todo, en fin, era en ella encantador.

M. Barthelemy, a quien yo visitaba con el objeto aparente de obtener algunos datos sobre Angó, invitóme a almorzar el día siguiente, diciéndome que así tendría tiempo de poner en orden, para complacerme, todos los documentos relativos a ese personaje histórico, que hasta entonces había logrado reunir. Yo acepté su invitación.

Hago gracia a mis lectores de la biografía del pirata millonario que prestó dineros a Francisco I. Lo que querría poder anotar es la manera de hablar de M. Barthelemy. Cuando él contaba algo, yo lo habría escuchado diez horas seguidas no sólo sin fatiga pero hasta con una especie de embriaguez que su voz producía. Las palabras brotaban coloreadas, propias, firmes, profundas, luminosas, sombrías, alegres, tiernas, entre el sonido de una voz, armónica cual una sinfonía de Beethoven; y os aseguro que, al oírla, creeríanse oír flautas, arpas, clarines, y otros muchos instrumentos de cuerda y de cobre tocados con bastante dulzura para que el pensamiento pudiera dibujar en relieve, sobre el sonido, sus intenciones más profundas.

M. Barthelemy conocía perfectamente su propio valor y se complacía observando la influencia que su voz ejercía sobre todo el mundo y especialmente sobre su mujer que oía extasiada e inmóvil y del rostro de la cual él no desprendía un solo instante la vista mientras duraba el relato. En efecto, parecía que el grave narrador hubiese querido envolver a la andaluza con su aliento, con su palabra, con su voz y con su pensamiento, para devolver la armonía a su alma desequilibrada. Fue a la hora de los postres, bajo las ramas inquietas de los álamos de Virginia, al aire libre, en medio de los perfumes del campo, cuando él comenzó a contarnos esa historia maravillosa que se llenaba, al salir de sus labios, de la poesía y del color de un cuento oriental. En varias ocasiones tuve que hacer un esfuerzo para no aplaudir. Era la primera vez que me sentía completamente dominado por la magia de la voz.

Cuando acabó de hablar, se lo dije con la mayor buena fe. Madame Barthelemy dio un salto desde su sitio hasta el de su marido, cogió entre sus manos la bella cabeza castaña y oprimiendo con sus labios los labios del orador, como para libar en el manantial la música deliciosa que la había extasiado, gritó apasionadamente:

–¡Ah! ¡Cuánto te adoro!…

En ese mismo momento, mientras yo me encontraba embarazado ante una escena de tal especie, el jardinero se presentó diciendo a M. Barthelemy que una persona deseaba hablarle. La hermosa mujer volvió la cara, sonriendo, con los ojos húmedos y sin pensar en excusarse.

El marido se levantó, le dio un beso en la frente, me dijo que iba a volver pronto, y nos dejó solos.

–Vamos a un lugar más fresco –me dijo ella; y dirigiéndose a su marido–: Te esperamos allá arriba.

–¡Qué voz tan bella! –continuó diciéndome mientras se dirigía hacia la puerta del jardín– ¡qué voz tan bella!… Esa voz me matará porque me hace gozar demasiado. Él sabe que esa manera de hablar me encanta, me embriaga, y estoy segura de que, cuando está solo, se da lecciones de elocuencia a sí mismo para hacerla más melodiosa y más penetrante… ¡Es tan bueno!… ¡Es tan grande!… ¡Es tan hermoso!… ¡Ah! ¡Si usted supiera lo que es este hombre!…

–Es un hombre amado, un hombre dichoso.

–Bien lo merece; pero sería necesario que tuviera una mujer diferente de la que tiene, porque yo no soy sino una miserable, indigna de él… ¿Creerá usted que lo engañé como una miserable idiota?

–Al oír eso me detuve estupefacto.

Ella me miró fijamente y continuó:

–Es natural que mi confesión le cause espanto, pues apenas nos conocemos; pero yo querría hacerla delante del mundo entero; y cuando a veces me siento sofocada, es porque no puedo gritar y hacerme oír de toda la tierra. Figúrese usted (cada momento más exaltada)… que yo estaba loca… porque, en realidad, si no lo hubiera estado, mi traición abominable no tendría ninguna excusa… Mi patria, mi raza y mi origen, son las causas, pues en aquellos países donde florecen los naranjos, no se oye hablar sino de amor… sí, de amor, sólo de amor; las madres duermen a sus cachorros con el ritmo de las historias galantes y apasionadas.

Caseme, a los diez y siete años, edad a la cual me era imposible comprender a ese hombre tan superior a todos los otros hombres. Él me amaba sencillamente, noblemente, profundamente, sin gestos, sin frases, sin contorsiones ridículas… Y yo me agobiaba a su lado… aunque parezca imposible.

Él hacía todo lo que podía por instruirme, por iniciarme en los grandes secretos de la inteligencia, del alma, de la vida presente y de la vida futura; pero cuando me explicaba algo, yo me aburría, y a los cinco minutos de conversación mi atención y mi pensamiento abandonaban su relato para ir a perderse entre la música de los boleros que llenaban mi cerebro. Además yo vivía sin preocupaciones, sin quehaceres; y ninguna labor doméstica me interesaba tanto como la luna de los espejos y la intriga de las novelas que leía a hurtadillas, pues él me rogaba que no leyese novelas.

Sucedió lo que tenía que suceder. Un artista venía a visitarnos con frecuencia. ¿Sabe usted quién era ese artista? Pues era Liberino, el actor del Teatro Italiano que atrae con su voz a todo París y que, según dicen las mujeres, es muy guapo. Había sido compañero de colegio de Barthelemy; y desde el primer día, desde el primer instante en que lo vi, me enamoré de su belleza, de modo que él no tuvo que trabajar mucho para conseguir lo que deseaba. Con algunas de esas miradas que le servían desde hacía diez años en todos los teatros de Europa, y con algunas de esas frases vulgares que creemos hechas expresamente para nosotras cuando los oímos por primera vez, tuvo bastante para ampararse de mi corazón y de mi persona. Él era tan necio como el más necio de los hombres y sin embargo a mí me parecía sublime, pensando en que la hora de hacer mi novela había llegado y sintiéndome amada como las heroínas de las óperas que él cantaba. Yo quería huir con él, expatriarme, subir a las tablas y ser delante de todo el mundo su Julieta, su Rosina, su Desdémona…

Él me disuadió de la mejor manera que le fue posible, no queriendo poner en peligro ni mi reputación, ni su vida, porque era cobarde y creía que mi marido lo habría matado. Cuando mi suegra murió, él vino a cantar la misa de difuntos, para aprovechar, según decía, la ocasión de verme, pues desde que vinimos a vivir aquí, ya no pudimos vernos sino muy rara vez… Pero a partir de ese día parecióme que no podía vivir lejos de mi Liberino y pretextando la muerte de Mme Barthelemy, me hice conducir a París en donde pude verlo todos los días, todos los días…

Una tarde mi marido me dijo:

–Es necesario que esta misma noche salgamos de París con dirección al campo; pero te prometo que dentro de ocho días te traeré aquí de nuevo para que te establezcas definitivamente, en caso de que entonces tus gustos no hayan cambiado aún.

–¡Figúrese usted sí yo aceptaría con placer la proposición! En el acto escribí a Liberino… Y en la noche del mismo día nos encontramos en Varengeville a donde yo venía con el propósito de no pasar sino una semana y de donde nunca más he vuelto a salir… De eso hace tres años.

–¿Qué fue lo que sucedió, pues?

–Al día siguiente de nuestro regreso, Barthelemy entró en mi cuarto cuando yo estaba aún en el lecho. Estaba algo pálido; sentose a mi lado y oprimiéndome una mano:

“He querido –me dijo– dejarte descansar de las fatigas y de las emociones del viaje antes de hablarte de ciertas cosas graves; ahora que ya has dormido bien, escúchame. Yo no soy de los que creen que dos criaturas pueden estar ligadas indisolublemente, en medio de una sociedad como la nuestra, por obra y gracia de un sacramento y de un artículo de código. El hombre no tiene ningún derecho para responder del porvenir, así como Dios no tiene ningún poder para modificar el pasado. Los contratos firmados tienen un valor efectivo cuando se trata de intereses materiales, pero no cuando se trata de intereses morales que están sometidos a la incesante variabilidad de los sentimientos y de las ideas. Estos pactos son voluntarios y el alma tiene derecho para romperlos cuando se convence, gracias a la influencia de alguien o de algo, que procedió con demasiada ligereza al empeñarse. El matrimonio es una sociedad moral en la que el hombre sabe generalmente lo que hace pero en donde la mujer no lo sabe casi nunca; yo creo pues que el único responsable es el hombre.

“Sí; y una vez el enlace efectuado, a él le toca conquistar, por todos los medios que estén a su alcance, a esa persona extraña que a veces sólo se entrega por sorpresa; y si no lo consigue, suya es la culpa, pues teniendo siempre tiempo para hacerlo, debiera, antes de pedir la mano de una mujer, observarla atentamente y renunciar a ella cuando la juzga incapaz de amar, e indigna de ser amada. Al fin llegará una época en la cual los padres y las madres prepararán a sus hijos para el matrimonio de manera muy diferente a la que hoy se emplea; y entonces los dos suscriptores de un contrato sabrán de antemano que con un sí cambiado al pie del altar puede formarse una asociación indisoluble y admirable. Desgraciadamente la humanidad no ha llegado aún a comprender eso. Será necesario que las mujeres aprendan muchas cosas que aún tendrán que ignorar durante largos años, muchas cosas que tú no sabías cuando te casaste conmigo y que yo mismo no pude enseñarte por completo porque la tristeza y la reflexión no me las habían revelado aún. El matrimonio, pues, no existe en realidad, según mi opinión, sino cuando los dos cónyuges proceden con entera libertad y con pleno conocimiento de los deberes y de los derechos recíprocos; o, de otra manera, ese no es más que un contrato realizable ante el gran tribunal de la conciencia.

“Así pues, tú no estás verdaderamente casada conmigo a pesar de tu firma, a pesar de los hombres y a pesar del Dios a quien ellos invocaron pero de quien sólo el nombre les fue dado tomar. Tú no tenías sino diez y siete años cuando me juraste fidelidad y entonces tú no podías saber lo que esa palabra significa puesto que tampoco sabías lo que significa amor. En cuanto a mí, yo tenía treinta y dos años de edad cuando te juré protección; yo estaba ya iniciado en todos los conocimientos sociales y morales y sabía lo que decía; por eso el único verdaderamente casado soy yo. Tú ya no tienes familia; la protección que yo te ofrecí, pues, es al mismo tiempo la del esposo, la del amigo, la del padre y la de la madre.

“Ahora bien: hoy perteneces a un hombre que no soy yo y al mismo tiempo me perteneces a mí. Hoy te has entregado, sin que nadie te lo ordenara, sin sacramentos, sin contrato, sin firmas, pero voluntariamente, libremente, deliberadamente… ¿Por qué al proclamar tu independencia dándote a un nuevo esposo, proclamas al mismo tiempo tu servidumbre dejando al primer marido en posesión de todos sus derechos?

“Hace tiempo que te entregaste a un hombre sin saber si lo amas o no; eso bastaba; y hoy que estás segura de amar a otro, debías dejar de pertenecer al primero. ¿Es tu nuevo esposo quien te impone, temeroso de lo que pudiese suceder, el sacrificio de repartir tu amor? No puedo creerlo porque él debe amarte apasionadamente ya que por ti ha desoído la voz de ese testigo secreto que nos advierte cuando vamos a cometer un crimen o una falta… ¿Eres tú misma quien te repartes con gusto? Tampoco puedo creerlo pues eso denotaría una depravación de que una persona como tú nunca sería capaz… ¿Será la misma honradez de tu alma lo que te obliga a cumplir algunas promesas sabiendo que es imposible cumplirlas todas? No lo sé; pero en todo caso esta doble sujeción de tu persona es indigna de ti y de mí… Además es inútil hoy que conozco tu manera de pensar y de sentir.

“Desde ahora, pues, dejo de ser tu marido. Siempre seguiré siendo tu amigo, tu padre, tu protector; y puesto que tu preferido vive en París, dentro de ocho días iremos a establecernos en esa ciudad. Yo continuaré viviendo a tu lado porque tu llevas mi nombre y porque fue a mí a quien la ley y tu familia te confiaron; pero tú serás una verdadera viuda… sí, y lo mismo que todas las demás viudas, podrás casarte de nuevo.

“Yo me presento desde luego como candidato a tu mano por segunda vez; y si mi rival no tiene, como supongo, más ventaja que su voz, yo trataré de encontrar en el fondo de mi garganta, para gustarte, una voz tan seductora como la suya; y como hablar es más fácil que cantar, llegaré a ser el vencedor…”

Antes de que él hubiese acabado de pronunciar estas últimas palabras, yo estaba ya llorando, avergonzada y vencida, no sólo por la majestad inverosímil de su abnegación sublime, pero también por la ternura rítmica de esa voz artificial y maravillosa que por primera vez me era dado oír. Yo había metido la cabeza entre las sábanas como si, escondiéndome, hubiera querido hacer creer a mi juez que no era a mí a quien se dirigía… En realidad no era a mí; el velo que anublaba mi vista se rasgó y una luz inmensa brotó, para alumbrarme, del fondo de mi ser. Él continuaba oprimiendo con sus manos una de las mías, comunicándome así el poder y la nobleza de su alma sublime: todo mi cuerpo se estremecía y se llenaba, por decirlo así, de una nueva sangre, de una nueva carne y de un calor nuevo; las lágrimas brotaban abundantemente de mis ojos, convirtiendo en placer misterioso e inexplicable mí gran dolor, como si la corriente amarga del llanto lavase todas mis manchas.

Comprendí que mi marido lo sabía todo, y, después de sentir el peso de la ignominia, comencé a sentir el horror y el desprecio de mí misma, viendo la mezquindad de mi alma al lado de la nobleza de la suya, y la enormidad de mi crimen por la magnanimidad del perdón.

Entonces hice un esfuerzo sobrehumano como para arrojar lejos de mí el cuerpo y el alma. Nunca habría podido creer que una metamorfosis tan completa pudiera operarse en tan corto espacio de tiempo, mas la evidencia me convenció de que todo es posible. En un instante me transfiguré; y esa transfiguración que me fatigó, me admiró y me iluminó, hízome salir de la muerte y de las tinieblas… ¿Comprende usted esa voluptuosidad celestial?… Sentí que mi ser nacía de nuevo, lleno de un conocimiento de la ciencia de lo Bello y de lo Bueno que mi otro yo no había nunca gozado; de modo que mi vergüenza, mi disgusto y el horror de mí misma, se cambiaron súbitamente en una clarividencia y en un goce tales que, convencida de que mí cuerpo y mi alma eran vírgenes, salté de mi lecho riendo a carcajadas y me arrojé en los brazos de ese hombre divino.

Esa es la causa de que nunca más hayamos vuelto a París…

Desde ese día yo amo tan apasionadamente a mi marido, que me parece, al oírlo hablar, que voy a morirme… pero mi miedo de la muerte ha desaparecido en absoluto, porque ya he muerto una vez y porque, según él mismo me ha dicho, la muerte no sólo no separa a las personas que se quieren sino que las une más estrechamente…

Después de oír semejante confesión, salí de la Casa del Viento emocionado y conmovido. Estoy seguro de que ninguna otra mujer ha sido nunca capaz de decir a un desconocido cosas parecidas a las que Mme Barthelemy me dijo ese día. Había en su relato tantos sentimientos contrarios a la naturaleza humana, que yo rumiaba el relato que acababa de oír preguntándome cuál sería la verdad… ¿tendría razón aquella mujer al considerar a su marido como un dios, o tendrían razón los que, conociendo la aventura, trataran de imbécil al esposo engañado?…

Transcurrieron seis años. El trabajo, el placer, el aburrimiento, las mil circunstancias de la vida, en fin, me llevaron a Inglaterra, a Italia y a otros varios países de Europa. Todos esos viajes me fatigaron, y al volver a Francia un médico me ordenó que tomase, para curarme, baños de mar. Fui, pues, a Dieppe, y al día siguiente de mi llegada, dirigime a Varengeville y llamé a la puerta de la Casa del Viento.

Nada había cambiado ahí de aspecto. M. Barthelemy, que se paseaba por el jardín, vino a abrirme la puerta en compañía de su hija que entonces contaba ya hasta ocho años de edad. Reconociome en seguida y me estrechó la mano como si no hiciera más que algunos días que nos hubiéramos separado. Su fisonomía, siempre igual, había, sin embargo, ganado en nobleza y gravedad. Es necesario también, decir que su cabellera comenzaba a empobrecerse y a blanquear. La chiquilla me miraba con sus grandes ojos admirados; esos ojos acostumbrados a no ver sino el mar cuyas ondas se reflejaban en sus pupilas.

–¿Y Madame Barthelemy? –pregunté al cabo de algunos instantes.

La niña hizo un movimiento brusco, frunció el entrecejo y apretó los labios pálidos; sus ojos se enrojecieron y se humedecieron.

–Ve a estudiar tu música –le dijo su padre besándola.

La orden y el beso la calmaron y la hicieron alejarse.

La música la consuela aún –dijo entonces M. Barthelemy–. Mi mujer murió ya.

–¡Murió!… ¿Y cuándo?

– Hace poco más de ocho meses.

–¿Y de qué murió?

–De la ruptura de un aneurisma.

–¿Entonces la muerte fue súbita?

–Sí… una mañana deliciosa… ella estaba podando ese durazno y de pronto lanzó uno de esos gritos que no brotan sino una vez en la vida… cuando yo llegué no tuve tiempo sino para recibir su cuerpo entre mis brazos…

–¡Cuánto debe usted de haber sufrido!…

–Muchísimo…

–¿Y a qué atribuye usted esa enfermedad? Porque madame Barthelemy era una de las mujeres más dichosas del mundo, según me dijo ella misma.

–Ella me contó la conversación que ustedes habían tenido y la confidencia que le había hecho.

–Su exaltación, tal vez, la hizo decirme más de lo que hubiera querido.

–No; hace mucho tiempo que ella tenía necesidad de hacer a alguien esa confidencia; ya una vez se la había hecho al cura de la iglesia bajo cuyas naves reposa hoy su cuerpo, mas eso no le bastaba; habría querido humillarse delante de todos los hombres, delante de todas las mujeres, delante de todos los que creen tener derecho para no absolver.

“A usted, pues, que lo sabe todo bien, puedo decirle lo que pienso. A veces se me figura que yo fui quien la maté, pues tal vez no supe tomar bastantes precauciones para llenar de Verdad un alma que no estaba hecha para contenerla. La conmoción demasiado fuerte que su ser sufriera, descompuso, sin duda, algún resorte vital que, después de vibrar durante algunos años, se rompió solo. Yo debí tener paciencia, dejando que esa mujer agotara hasta las heces la copa de sensaciones que tenía entre las manos; tal vez para llenar de nuevo su vaso habría sido menester que ella lo vaciara naturalmente y sin ninguna precipitación…

–Sí, pero como usted sufría, sin duda, mucho, desde que supo la verdad, es natural que no haya podido esperar más tiempo.

–En efecto, más esa no era una razón. Yo había soportado en silencio, durante algunas semanas, un dolor inmenso (porque tuve conocimiento de los hechos antes de que muriera mi madre cuyos últimos días no quise amargar) y el dolor no me mató, pero no debí figurarme por eso que un choque formidable no la mataría a ella.

“Yo había reflexionado mucho, visto mucho y querido mucho durante mi vida, en tanto que ella no se había nunca librado a combates secretos ni a luchas y victorias mortales.

“Debí haberla iluminado poco a poco. Mucha luz mata. No todo el mundo es como san Pablo.

“Yo la conocía lo bastante para prever el desenlace que quería obtener y que al fin obtuve; pero la pasión me hizo olvidar las fatalidades del tipo original. Esa pobre niña no había nacido para nuestros climas sombríos, ni para nuestro gran mar, ni para nuestro viento terrible… no; había sido creada por la Naturaleza para vivir entre cactus, áloes y naranjos, bajo el cielo azul marino y bajo el sol ardiente de Andalucía; ella había sido creada para cantar, para bailar, para sonreír, para amar fácil y ardientemente, para morir tal vez de un navajazo en medio de una escena de celos, pero no para reflexionar sobre una falta, ni para combatir contra un recuerdo, ni para vencer un remordimiento. Yo la hice comprender por la fuerza y la comprensión la mató. ¡Ah! ¡cuán difícil es ser perfecto! –dijo M. Barthelemy pasándose la mano por la frente. Luego agregó–: es preciso, sin embargo, llegar a serlo.

–Afortunadamente ella le ha dejado a usted una hija…

–Que es su retrato blondo ¿no es verdad?; y en la cual trato ya de combatir ciertas influencias que más tarde serían funestas. Todo lo que heredó de su madre es utilizable, pero también hay en ella mucho del otro…

–¿Del otro?

–Sí; porque no es hija mía; he descubierto la verdad por ciertos indicios de carácter, de formas y de aptitudes. Entre sus aptitudes hay algunas buenas, pues Liberino no es un cualquiera; la Naturaleza lo dotó magnánimamente, concediéndole las cualidades simpáticas y brillantes de que los hombres de lujo, los actores y los cantores, han menester. Juana heredó de su padre la voz, más flexible y más varonil, pues gracias a mí, ella será más viril que él… ¡Qué papel tan grande el que la voz habrá desempeñado en mi familia!… pero al mismo tiempo tiene cierta inclinación a la vanidad, a la coquetería, a la inconstancia y al engaño, defectos que utilizaré o destruiré. Yo examino desde lejos la existencia de Liberino y eso me proporciona algunos datos que me sirven para dirigir la educación de la niña. Quiero hacer de ella una mujer tal y como yo concibo a la mujer perfecta. Esa será la única obra de mi vida… ¿Qué obra sería mejor?… Su alma está a mi cargo.

–Después de todo ¿qué pruebas tiene usted para creer absolutamente que no es hija suya? Madame Barthelemy estaba tan exaltada que no habría mentido si usted se lo hubiese preguntado…

–¿Para qué causarle tal pena y tal vergüenza cuando en realidad no podía contestarme? Ella no conocía esta verdad. Las adúlteras no tienen necesidad de llevar las cuentas de su persona por partida doble: hecho cierto y resultado posible… ¡seguridad dolorosa! ¿Cómo quiere usted que las mujeres se reconozcan entre esos dos pasados y que distingan al padre verdadero del padre falso? Se entregan al azar momentáneamente y luego se verían precisadas a preguntar la verdad, como yo hago hoy, a las facciones y al carácter del niño, si no estuviesen organizadas de tal manera que todo se lo explican a sí mismas por medio del amor. Ellas creen que la Naturaleza misma es su cómplice y consideran padre al hombre a quien aman.

“Ahora bien: mi mujer me adoraba cuando Juana vino al mundo, ocho meses después de nuestra violenta explicación. De Liberino ni siquiera había vuelto a acordarse; de manera que su voluntad me nombró desde luego padre. Yo estoy seguro de que por esta parte nunca tuvo ni dudas ni inquietud. ¡Hágase su voluntad! Después de todo ¿qué importa? Yo amaba el árbol; yo adoro el fruto. No es con el cuerpo con lo que se crea, sino con el alma. Juana tiene ocho años; dentro de diez tendrá dieciocho y entonces será mi hija”.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)