martes, 27 de enero de 2026

El gato

Juan García Ponce

 

El gato apareció un día y desde entonces siempre estuvo allí. No parecía pertenecer a nadie en especial, a ningún departamento, sino a todo el edificio. Incluso su actitud hacía suponer que él no había elegido el edificio, haciéndolo suyo, sino el edificio a él, tal era la adecuación con que su figura se sumaba a la apariencia de los pasillos y escaleras. Fue así como D empezó a verlo, por las tardes, al salir de su departamento, o algunas noches, al regresar a él, gris y pequeño, echado sobre la esterilla colocada frente a la puerta del departamento que ocupaba el centro del pasillo en el segundo piso. Cuando D, vencido el primer tramo de las escaleras, daba la vuelta para tomar el pasillo, el gato, gris y pequeño, un gato niño todavía, volvía la cabeza hacia él, buscando que su mirada encontrara sus ojos extrañamente amarillos y ardientes en medio del suave pelo gris. Luego los entrecerraba un momento, hasta convertirlos en una delgada línea de luz amarilla y volvía la cabeza hacia el frente, ignorando la mirada de D que, sin embargo, seguía viéndolo, conmovido por su solitaria fragilidad y un poco molesto por el peso inquietante de su presencia. Otras veces, en lugar de en el pasillo del segundo piso, D lo encontraba de pronto acurrucado en uno de los rincones del amplio hall de la entrada o caminando despacio, con el cuerpo pegado a la pared, ignorando el aviso de los pasos ajenos. Otras más, aparecía en alguno de los tramos de la escalera, enroscado entre los barrotes de hierro, y entonces bajaba o subía delante de D, poniéndose en movimiento sin volverse a mirarlo y apartándose de su paso cuando estaba a punto de darle alcance para volver a enroscarse alrededor de los barrotes, tímido y asustado, a pesar de que, al dejarlo atrás, D sentía la amarilla mirada sobre su espalda.

El edificio en que vivía D era una construcción antigua pero bien conservada, con la sabia arquitectura de hace treinta o cuarenta años que daba valor y lugar a los elementos accesorios y cuyo estilo se ha vuelto anacrónico por su mismo carácter sin perder su sobria belleza. El hall de la entrada, la escalera y los pasillos ocupaban un vasto espacio del edificio y marcaban con su aspecto grave y vetusto toda la construcción. Unos días, quizás unas semanas antes de la aparición del gato, la imprevisible voluntad de los porteros, tan viejos e imperturbables como el edificio y que se apretujaban con hijos y nietos en el tapanco de la planta baja espiando recelosos el paso de los inquilinos, había eliminado del hall los dos pesados sofás de gastado terciopelo y el pequeño pero macizo escritorio de madera cuya antigua presencia acentuaba ese peculiar carácter conservador y ajeno al paso del tiempo de la construcción, y a D le pareció que el gato ocupaba ahora el lugar de los muebles. De algún modo, su inexplicable presencia se llevaba con el tono del edificio y, significativamente, D nunca lo vio entre las amplias y redondas macetas de barro con plantas de anchas hojas tropicales que la pareja joven del departamento contiguo al suyo había colocado por iniciativa propia en los descansos de la escalera para darle vida al pasillo. El gato parecía ser contrario a esa remota evocación de un jardín; su terreno eran los elementos sobrios y desnudos de pasillos y escaleras. Así, de la misma manera que se había acostumbrado a los dos sofás y el escritorio que llenaban el espacio vacío del hall y ahora extrañaba su presencia, D se acostumbró a encontrar de pronto el gato y recibir su mirada indiferente, y a verlo bajar o subir delante de él en las escaleras sin preguntarse a quién pertenecía.

D vivía solo en su departamento y pasaba en él la mayor parte del tiempo que no le quitaba su cómodo empleo, del que, a cambio de unas cuantas horas diarias de trabajo metódico, recibía lo suficiente para vivir; pero su soledad no era completa: una amiga lo visitaba casi diariamente y se quedaba en el departamento todos los fines de semana. Los dos se entendían bien, incluso puede decirse, si eso tiene importancia, que se querían, aunque fuera en un plano condicionado y determinado por sus cuerpos que a los dos, por lo menos, parecía bastarles. Para D siempre era motivo de un renovado placer poder mirar desde casi todos los ángulos del pequeño departamento, en las horas muertas que se extendían frente a ellos los domingos por la mañana, el cuerpo desnudo de su amiga extendido indolentemente sobre la cama, cambiando una postura atractiva por otra postura atractiva que siempre acentuaba más aún esa desnudez a la que hacía casi procaz la conciencia, por parte de ella, de que él la estaba admirando y gozando con la exposición de su cuerpo. Siempre que D recordaba a solas a su amiga la imaginaba así, extendida indolentemente sobre la cama, con las mantas que podían cubrirla invariablemente rechazadas aun cuando estaba dormitando, ofreciendo su cuerpo a la contemplación con un abandono total, como si el único motivo de su existencia fuese que D lo admirara y en realidad no le perteneciera a ella, sino a él y tal vez también a los mismos muebles del departamento y hasta a las inmóviles ramas de los árboles de la calle, que podían verse a través de las ventanas, y al sol que entraba por ellas, radiante e impreciso.

A veces la cara de ella permanecía oculta en la almohada y su pelo, castaño oscuro, ni largo ni corto, casi impersonal en su ausencia de relación con las facciones del rostro, remataba el prolongado trazo de la espalda que se iba estrechando hacia abajo hasta perderse en la amplia curva de las caderas y el firme dibujo de las nalgas. Más allá estaban sus largas piernas, separadas una de la otra en un ángulo arbitrario, pero estrechamente relacionado. Entonces para D el cuerpo de ella tenía casi un carácter de objeto. Pero también cuando estaba de frente, dejando ver sus pechos pequeños con sus vivos pezones y la rica extensión plana del vientre, en el que apenas se sugería el ombligo, y la zona oscura del sexo entre las piernas abiertas, el cuerpo tenía algo remoto e impersonal en la buscada facilidad con que se olvidaba de sí mismo y se entregaba a la contemplación. Definitivamente, D conocía y amaba ese cuerpo y no podía dejar de experimentar la realidad de su presencia mientras iba de un lado a otro en el departamento realizando las pequeñas acciones cotidianas cuyo sentido se pierde en el carácter mecánico con que podemos cumplirlas. Y del mismo modo la sentía cuando se desvestía delante de él o cuando era ella la que, siempre desnuda, se movía de un lado a otro del departamento, volviéndose de pronto hacia D para hacer un comentario banal. Así, la presencia de su amiga, su soledad de dos, la profunda y tranquila sexualidad de su relación, en la que ella estaba siempre desnuda y era suya, formaba parte de su departamento como era una parte de su vida y cuando estaban entre más gente el conocimiento de esa relación volvía de pronto a D envolviéndolo con una fuerza perturbadora que le hacía buscar la piel de ella bajo su ropa y lo separaba de todo el tiempo que le obligaba a sentir que el conocimiento que tenía de ella se proyectaba hacia los demás como una especie de necesidad de que participaran de su secreto atractivo. Entonces ella era para él como un puente por el que todos deberían transitar del mismo modo que la luz que entraba por las ventanas, cuando ella se extendía sobre la cama, se posaba sobre su cuerpo e igual que los muebles del departamento parecían mirarla junto con él.

Una de esas mañanas de domingo en que ella dormitaba sobre la cama, D escuchó a través de la puerta cerrada del departamento unos maullidos lastimosos, insistentes, que rodaban sobre sí mismos hasta convertirse en un solo, monótono sonido. D se dio cuenta, sorprendido, de que era la primera vez que el gato mostraba de esa manera su presencia. Su departamento quedaba exactamente arriba de aquel ante cuya puerta, un piso más abajo, el gato se echaba sobre la esterilla; pero los maullidos parecían salir de un sitio mucho más cercano, daban la sensación de que el gato estaba en el interior de su departamento. D abrió la puerta de entrada y lo encontró, pequeño y gris, casi a sus pies. El gato debía estar pegado por completo a la puerta, lanzando sus lamentos contra ella. Sin dejar de maullar, levantó la cabeza y se quedó mirando fijamente a D, entrecerrando los ojos convertidos en dos estrechas rayas amarillas y volviendo a abrirlos enseguida. Instintivamente, D, que un momento antes había pensado en salir del departamento para comprar los periódicos del día como todos los domingos, lo levantó con las dos manos, lo metió al departamento dejándolo otra vez en el piso, salió y cerró la puerta tras de sí. En el pasillo y la escalera siguió escuchando todavía sus maullidos, insistentes, rodando sobre sí mismos, como si reclamaran algo y no estuvieran dispuestos a cesar hasta conseguirlo, y cuando regresó, con los periódicos bajo el brazo, éstos no habían cambiado. D abrió la puerta y entró al departamento. El gato no estaba a la vista y sus maullidos se escuchaban como si no vinieran de un sitio específico sino que ocuparan todo el espacio del departamento. D avanzó por la sala comedor a la que se abría la puerta de entrada y a través de la otra puerta, en el extremo opuesto, que comunicaba con la habitación, pudo ver el cuerpo de su amiga en la misma posición en que él la había dejado, dormitando con la cara escondida en la almohada. Las mantas arrinconadas al pie de la cama hacían más absoluta su desnudez. D entró a la habitación, envuelto en el lastimero sonido de los maullidos y vio al pequeño gato gris mirando fijamente el cuerpo desnudo, de pie sobre sus cuatro patas, en el centro de la otra puerta de la habitación, como si no se decidiera a entrar en ella. La distribución del departamento permitía que el acceso a la alcoba desde la entrada pudiera hacerse a través de cualquiera de sus dos puertas, avanzando directamente por la sala, o dando un rodeo por la cocina y el pequeño desayunador que se comunicaba directamente con ella y con la alcoba. D se sorprendió preguntándose si el gato había dado ese rodeo o habría pasado directamente a la habitación y ahora sólo fingiera que no se decidía a entrar en ella. En tanto, en la cama, bajo su mirada y la del gato, su amiga cambió de posición estirando una de sus largas piernas para pegarla a la otra y rodeando con un brazo la almohada sin levantar la cabeza de ella ni permitir que el pelo castaño se hiciera a un lado para dejar ver el rostro. D se dirigió hacia el gato, lo levantó sin que éste dejara de maullar, lo dejó otra vez en el pasillo y cerró la puerta. Después se sentó en la cama, acarició lentamente la espalda de su amiga reconociendo su piel contra la palma de su mano como si ella sola pudiera llevarlo al fondo del cuerpo que se extendía ante él, y se inclinó para besarla. Ella se volvió con los ojos cerrados todavía, le echó los brazos al cuello levantando el cuerpo para pegarlo al de D y con la boca en su oreja le susurró que se desvistiera y se mantuvo pegada a su cuerpo mientras él obedecía. Después, cuando los dos yacían uno junto al otro, con las piernas entrelazadas todavía y envueltos en el olor mezclado de sus cuerpos, ella le preguntó, como si de pronto recordara algo que venía de mucho más atrás, si en algún momento había metido a la casa al gato que había estado maullando afuera.

–Sí. Cuando salí a comprar el periódico –contestó D, y se dio cuenta de que los maullidos habían cesado ya.

–¿Y dónde está, qué hiciste con él? –dijo ella.

–Nada. Volví a sacarlo. Ya no tenía objeto que estuviese aquí. Yo quería que te sorprendiera mientras yo no estaba –dijo D y luego agregó–: ¿Por qué?

–No sé –explicó ella–. De pronto me pareció que estaba adentro y me extrañó y me gustó al mismo tiempo, pero no pude decidirme a despertar…

La amiga siguió en la cama hasta bien entrada la mañana, mientras D, sentado en el piso, a su lado, leía los periódicos que había dejado sobre la mesa al entrar. Luego salieron a comer juntos. El gato no había vuelto a maullar ni tampoco estaba en el pasillo, ni en las escaleras, ni en el hall, y los dos olvidaron el incidente.

Durante la siguiente semana, aunque no volvió a escucharlo maullar, D se encontró en varias ocasiones al gato, gris y pequeño, mirándolo un instante, inmutable sobre su esterilla frente a la puerta del departamento de abajo, enroscado entre los barrotes de hierro de la escalera, subiendo o bajando delante de él sin volverse a mirarlo, como si le huyera, o caminando muy despacio, pegado por completo a la pared del hall, y cuando cerraba la pesada puerta de vidrio que daba a la calle, dejándolo tras sí, le parecía que el gato se afirmaba cada vez más como el dueño del edificio y esperaba receloso que D regresara igual que los porteros, fingiendo indiferencia sobre su esterilla o enroscado entre los barrotes de la escalera, con su figura frágil y delicada de gato niño que nunca va a crecer y sin embargo no necesita a nadie. A pesar de que a veces su silenciosa presencia resultaba inquietante, su aspecto tenía siempre algo tierno y conmovedor que incitaba a protegerlo, haciendo sentir que su orgullosa independencia no ocultaba su debilidad. En una de esas ocasiones, D lo encontró cuando subía a su departamento con su amiga, y ella, reparando en la pequeña figura gris, le preguntó de quién sería, pero no se extrañó cuando D no supo contestarle y aceptó con absoluta naturalidad la suposición de que tal vez no era de nadie, sino que simplemente había entrado un día al edificio y se había quedado en él. Esa noche estuvieron en el departamento hasta muy tarde y como otras muchas veces la amiga, que siempre decía que le gustaba que D se quedase en el departamento después de estar con ella, no quiso que él se levantara para acompañarla a su casa. Al verse de nuevo, ella comentó que al salir había encontrado al gato en la escalera y que la había seguido hasta el hall, deteniéndose sólo un poco antes de que ella saliera, como si quisiera y al mismo tiempo temiera irse a la calle, por lo que ella tuvo que cerrar la puerta con mucho cuidado.

D se burló de su amor por los animales y volvió a olvidar a la pequeña figura gris; pero el domingo siguiente, al regresar de comprar los periódicos encontró al gato, al que no había visto al salir, enroscado entre los barrotes de la escalera. Pasó a su lado sin que se moviera como de costumbre para subir delante suyo y D, sorprendido, se volvió, lo levantó y entró con él al departamento. Su amiga esperaba en la cama como siempre y D, que la había dejado despierta, trató de no hacer ruido al cerrar la puerta para sorprenderla. Llevaba al gato en los brazos todavía y él se había acurrucado cómodamente en su regazo entrecerrando los ojos. D podía sentir su pequeño cuerpo pálido y frágil latiendo junto al suyo. Al entrar en la habitación vio que su amiga había vuelto a dormirse extendida por completo en la cama, con las piernas juntas y un brazo sobre los ojos para protegerse de la luz que entraba libremente por las ventanas. En su cuerpo no había ningún signo de espera. Estaba allí simplemente, sobre la cama, bella y abierta, como una esbelta e indiferente figura que no guardase ningún secreto para sí y sin embargo tampoco ignorara en ningún momento el juego silencioso de sus miembros y el peso del cuerpo que formaban su propia realidad y fuese capaz de hacer que la desearan y de desearse a sí misma en un doble movimiento que desconoce su punto de partida. D se acercó a ella con el recogido cuerpo gris inmóvil en su regazo y después de mirarla un momento con la misma extraña emoción con que algunas veces la veía vestida entre la gente, dejó con mucho cuidado al gato sobre su cuerpo, muy cerca de los pechos, donde la pequeña figura gris se veía como un objeto apenas viviente, frágil y atemorizado, incapaz de ponerse en movimiento. Al sentir el peso del animal, su amiga retiró el brazo de su cara y abrió los ojos con un gesto de reconocimiento, como si se imaginara que la que la había tocado era la mano de D. Sólo al verlo de pie frente a la cama bajó la vista y reconoció al gato. Éste estaba inmóvil sobre su cuerpo, pero al verlo ella hizo un movimiento, sorprendida, y la pequeña figura gris rodó a su lado, sobre la cama, donde se quedó quieta de nuevo, incapaz de moverse. D se rio de la sorpresa de ella y la amiga se rio con él.

–¿Dónde lo encontraste? –preguntó después, alzando la cabeza sin mover el cuerpo para ver al pequeño gato inmóvil a su lado todavía.

–En la escalera –dijo D.

–¡Pobrecito! –dijo ella.

Tomó al gato y volvió a ponerlo sobre su cuerpo desnudo, cerca de sus pechos, en el mismo lugar en el que D lo había dejado antes. Él se sentó en la cama y los dos se quedaron viendo al gato sobre el cuerpo de ella. Al cabo de un momento, la tímida figura gris sacó las patas de debajo de su cuerpo, estirándolas primero sobre la piel de ella e iniciando luego un inseguro intento de avanzar por el cuerpo para quedarse enseguida inmóvil otra vez, como si no quisiera arriesgarse a salir de él. Los ojos amarillos se convirtieron en dos estrechas rayas y después se cerraron por completo. D y su amiga volvieron a reírse divertidos, como si la actitud del gato resultara inesperada y sorprendente. Luego ella empezó a acariciarle el lomo con un movimiento suave y repetido, y finalmente tomó el pequeño cuerpo gris con las dos manos y lo levantó manteniéndolo frente a su cara repitiendo una y otra vez “pobrecito, pobrecito, pobrecito”, mientras lo movía ligeramente de un lado a otro. El gato abrió un momento los ojos y volvió a cerrarlos enseguida. Con las patas colgando hacia abajo, libres de las manos que lo sostenían tomándolo por el cuerpo, parecía mucho más grande y había perdido algo de su fragilidad. Sus patas traseras comenzaron a estirarse, como si quisiera estirarse en el cuerpo de la amiga de D y ella dejó de moverlo y lo bajó lentamente, dejándolo con cuidado sobre sus pechos, donde una de las patas estiradas tocaba directamente el pezón. A su lado, D vio cómo el pezón se ponía duro y saliente, como cuando él la tocaba al hacer el amor. Estiró el brazo para tocarla también y junto con el pecho de ella su mano encontró el cuerpo del gato. Su amiga lo miró un instante, pero los ojos de uno y otro se apartaron enseguida. Después ella hizo a un lado el animal y se levantó de un brinco de la cama.

El resto de la mañana leyeron los periódicos y oyeron discos cambiando los comentarios casuales de siempre, pero entre los dos había una corriente secreta, perceptible sólo de vez en cuando y acallada sin necesidad de ningún acuerdo, distinta a la de todos los domingos anteriores. El gato se había quedado en la cama y cuando ella se extendía indolentemente sobre las sábanas, sin cubrirse, como lo hacía todos los domingos para que el sol tocara su cuerpo junto con el aire que entraba por la ventana abierta, y la mirada de D pareciera sumarse a la de los muebles, acariciaba la pequeña figura de vez en cuando o la ponía sobre su cuerpo para ver cómo el gato, que al fin parecía haber recuperado la capacidad de moverse por su cuenta, avanzaba sobre ella, posando sus pies delicados sobre su vientre o sus pechos o atravesaba de un lado a otro por encima de sus largas piernas, estiradas sobre la cama. Cuando D y su amiga entraron al baño, el gato se quedó todavía en la cama, adormecido entre las mantas revueltas que ella había echado hacia atrás con el pie; pero al salir lo encontraron parado en la sala, como si extrañase su presencia y estuviera buscándolos.

–¿Qué vamos a hacer con él? –dijo la amiga, envuelta todavía en la toalla, haciendo a un lado su pelo castaño para mirar al gato con una mezcla de cariño y duda, como si hasta entonces advirtieran que a partir de la inocente broma inicial había estado todo el tiempo con ellos.

–Nada –dijo D con el mismo tono casual–. Déjalo otra vez en el pasillo.

Y aunque el gato los siguió cuando entraron de nuevo a la habitación para vestirse, al salir D lo tomó en brazos y lo dejó cuidadosamente en las escaleras, donde se quedó, inmóvil, pequeño y gris, mirándolos bajar.

Sin embargo, desde ese día, siempre que lo encontraban, silencioso, pequeño y gris, en la penumbra amarillenta manchada con huecos de sombra del pasillo, el hall o la escalera, la amiga lo tomaba en sus brazos y entraban al departamento con él. Ella lo dejaba en el piso mientras se desvestía y luego el gato se quedaba en el cuarto o recorría indiferente la sala, el desayunador o la cocina, para después, subirse a la cama y acostarse sobre el cuerpo de ella, como si desde el primer día se hubiera acostumbrado a estar allí. D y su amiga lo miraban riéndose, celebrando su manera de acomodarse en el cuerpo. De vez en cuando ella lo acariciaba y él entrecerraba los ojos hasta convertirlos en una delgada línea amarilla, pero la mayor parte del tiempo lo dejaba estar allí simplemente, escondiendo la cabeza entre sus pechos o estirando lentamente las patas sobre su vientre, como si no advirtiera su presencia, hasta que al volverse para abrazar a D el gato se interponía entre los dos y ella lo apartaba con la mano, poniéndolo a un lado de la cama. Cuando D esperaba a su amiga en el departamento, ella entraba siempre con el gato en los brazos y una noche que anunció que no lo había encontrado en ninguno de los sitios habituales, la pequeña figura gris apareció de pronto en la alcoba entrando por la puerta del clóset. Sin embargo, un día que ella quiso darle de comer, el gato se negó a probar bocado, a pesar de que ella intentó incluso tomarlo en sus brazos y acercar el plato a su boca. Desde la cama, D sintió una oscura necesidad de tocarla al verla sosteniendo la alargada figura del gato pegada contra su cuerpo, y la llamó a su lado. Ahora, los domingos, la pequeña figura gris se había hecho indispensable junto al cuerpo de ella y la mirada de D registraba vigilante el lugar en que se encontraba buscando al mismo tiempo las reacciones de ella ante su presencia. Por su parte, ella había aceptado también al gato como algo que les pertenecía a los dos sin ser de ninguno y comparaba las reacciones de su cuerpo ante él con las que le producía el contacto con las manos de D. Ya nunca lo acariciaba, sino que esperaba sus caricias y cuando se quedaba dormitando, desnuda y con él a su lado, al abrir los ojos después del sueño sentía también, como algo físico, cubriéndola por completo, la mirada fija de los entrecerrados ojos amarillos sobre su cuerpo y entonces necesitaba sentir a D junto a ella de nuevo.

Poco después, D tuvo que quedarse en cama unos días atacado por una fiebre inesperada, y ella decidió arreglar sus asuntos para poder quedarse en el departamento, cuidándolo. Atontado por la fiebre, sumergido en una especie de duermevela constante en la que la oscura conciencia de su cuerpo adolorido era molesta y agradable al mismo tiempo, D registraba de una manera casi instintiva los movimientos de su amiga en el departamento. Escuchaba sus pasos al entrar y salir de la habitación y creía verla inclinándose sobre él para ver si estaba dormido, la oía abrir y cerrar una y otra puerta sin poder situar el lugar en que se encontraba, percibía el sonido del agua corriendo en la cocina o el baño y todos esos rumores formaban un velo denso y continuo sobre el que el día y la noche se proyectaban sin principio ni fin, como una sola masa de tiempo dentro de la que lo único real era la presencia de ella, cerca y lejos simultáneamente, y a través de ese velo le parecía advertir hasta qué extremo estaban unidos y separados, cómo cada una de sus acciones la mostraban frente a él, aparte y secreta, y por esto mismo más suya en esa separación desde la que ella no sabía nada de él, como si cada uno de sus actos se situara en el extremo de una cuerda tensa y vibrante que él sostenía del otro lado y en cuyo centro no había más que un vacío imposible de llenar. Pero cuando D abría al fin por completo los ojos entre dos incontables espacios de sueño, podía ver también al gato siguiendo a su amiga en cada uno de sus movimientos, sin acercarse mucho a ella, siempre unos cuantos pasos atrás, como si tratara de pasar inadvertido, pero, al mismo tiempo, no pudiese dejarla sola. Y entonces era el gato, la presencia del gato, la que llenaba ese vacío que parecía abrirse inevitable entre los dos. De algún modo, él los unía definitivamente. D volvía a quedarse dormido con una vaga, remota sensación de espera, que quizás no era parte más que de la misma fiebre, pero en cuyo espacio reaparecían una y otra vez, distantes e inalcanzables en unas ocasiones, inmediatas y perfectamente dibujadas en otras, invariables imágenes del cuerpo de su amiga. Luego, ese mismo cuerpo, concreto y tangible, se deslizaba a su lado en la cama y D lo recibía, sintiéndose en él, perdiéndose en el más allá de la fiebre, al tiempo que advertía, a través de esas mismas sensaciones, cómo estaba siempre enfrente, inalcanzable aún en la más estrecha cercanía y por eso más deseable, y cómo ella buscaba de la misma manera el cuerpo de él, hasta que volvía a dejarlo solo en la cama y reiniciaba sus oscuros movimientos por el departamento, prolongando la unión por medio de la quebrada percepción de ellos que la fiebre le daba a D.

Durante esos largos instantes de acercamiento concreto, el gato desaparecía de la conciencia de D. Sin embargo en una ocasión se dio cuenta de que él estaba también con ellos en la cama. Sus manos habían tropezado con la pequeña figura gris al recorrer el cuerpo de su amiga y ella había hecho de inmediato un movimiento encaminado a hacer más total el encuentro, pero éste no llegó a realizarse por completo y D olvidó que una presencia extraña se encontraba junto a ella. Había sido sólo un breve rayo de luz en medio de la laguna oscura de la fiebre. Unos cuántos días después ésta cedió tan inesperadamente como había empezado. D volvió a salir a la calle y estuvo otra vez con su amiga en medio de la gente. Nada parecía haber cambiado en ella. Su cuerpo vestido encerraba el mismo secreto que de pronto D deseaba develar ante todos; pero al acercarse el momento en que normalmente deberían irse al departamento ella empezó, a pesar suyo, sin que ni siquiera pareciera advertirlo conscientemente, a mostrar una clara inquietud y trató de retrasar la llegada, como si en el departamento le esperara una comprobación que no deseaba enfrentar. Cuando al fin, después de varias horas inexplicables para D, entraron al edificio, el gato no estaba en el hall, ni en el pasillo, ni en las escaleras, y mientras avanzaban por ellos, D pudo advertir que su amiga lo buscaba ansiosamente con la vista. Luego, en el departamento, D descubrió en el cuerpo de ella un largo y rojizo rasguño en la espalda. Estaban en la cama y al señalarle D el rasguño ella trató de mirarlo, anhelante, estirándose como si quisiera sentirlo fuera de su propio cuerpo. Después le pidió a D que pasara una y otra vez la punta de los dedos por el rasguño y en tanto ella se quedó inmóvil, tensa y a la expectativa, hasta que algo pareció romperse en su interior y con el aliento entrecortado le pidió a D que la tomara.

El gato no apareció tampoco los días siguientes y ni D ni su amiga hablaron más de él. En realidad, los dos creían haberlo olvidado. Como antes de que apareciera entre ellos la frágil y pequeña figura gris, su relación era más que suficiente para los dos. La mañana del domingo, como siempre, ella se quedó largamente extendida sobre la cama, abierta y desnuda, mostrando su cuerpo indolente mientras D se distraía en las mínima acciones cotidianas; pero ahora ella era incapaz de dormitar. Oculta tras su indolencia y ajena por completo a su voluntad, apareció cada vez más firme una clara actitud de espera, que ella trataba de ignorar, pero que la obligaba a cambiar una y otra vez de posición sin encontrar reposo. Finalmente, al regresar de la calle con los periódicos, D la encontró esperándolo con el cuerpo separado de la cama, apoyándose en ella con el codo. Su mirada se dirigió sin ningún ocultamiento a las manos de D, buscando sin reparar en los periódicos, y al no encontrar la esperada figura gris se dejó caer hacia atrás en la cama, dejando colgar la cabeza casi fuera de ella y cerrando los ojos. D se acercó a ella y empezó a acariciarla.

–Lo necesito. ¿Dónde está? Tenemos que encontrarlo… –susurró ella sin abrir los ojos, aceptando las caricias de D y reaccionando ante ellas con mayor intensidad que nunca, como si estuvieran unidas a su necesidad y pudieran provocar la aparición del gato.

Entonces los dos escucharon los largos maullidos lastimeros junto a la puerta con una súbita y arrebatada felicidad.

–Quién sabe –dijo D imperceptiblemente, casi para sí, como si todas las palabras fueran inútiles, mientras se ponía de pie para abrir–, quizás no es más que una parte de nosotros mismos.

Pero ella no era capaz de escucharlo, su cuerpo sólo esperaba la pequeña presencia gris, tenso y abierto.

 

(Tomado de Sainz, Gustavo, Los mejores cuentos mexicanos, Ediciones Océano, Barcelona, 1982)

 

Coyote 13

Arturo Souto

 

Rodaba el sol detrás del horizonte, dejando una línea de fuego violeta en los confines del desierto; remolinos de viento levantaban polvorientas espirales en las llanuras; nacía Venus cintilante en una esquina sombría del cielo. Y el vaquero Juan, al paso cansino de su caballo exhausto, venía tocando un ritmo melancólico en las cuerdas tensas de la guitarra. Doblado el cuerpo hacia el arzón, con el sombrero en la nuca, baja la vista sobre el cuello sudoroso de la bestia, cantaba el vaquero una canción triste de los llanos. Aquí y allá, engarzando en cualquier punto de la melodía, brotaba el monólogo del solitario. Trece horas de caballo, a la zaga del ganado fantasma; trece horas de jinetear la llanura, guiándose por el sol; trece horas de cuero, de polvo y de sudor. El hombre, errabundo en las inmensas soledades, perdía el sentido de la vida; se le secaba el alma como una avellana; se le mineralizaba la piel, y después el corazón.

Hasta donde alcanzara el poder de los ojos, veíase cielo y tierra, fundidos en el horizonte, en la línea sangrienta del crepúsculo. A esa hora, las piedras candentes del desierto devolvían al espacio las radiaciones diurnas; alargábanse hasta el infinito las sombras de las nopaleras cenicientas. Y el vaquero Juan, adentrándose lentamente en aquellas superficies reverberantes, se aferraba a su canción como una novia. Silbaban ya los vientos, la trompetería de noche y muerte; y el temor a lo desconocido entraba insidioso en las entrañas. Pero el vaquero Juan tenía la mente ocupada. Sin prisa, avanzaba hacia un lugar bien sabido. Orientado por la brisa, olfateaba el aire, rastreando un olor espeso de carne muerta.

Se oscurecía el cielo, brotaba lejano y tembloroso el zodíaco, como rocío del espacio. Poco después, avistó una alambrada de límites invisibles; una frontera de acero empolvado en el desierto. El vaquero Juan avanzó hasta ella y se detuvo a pocos metros. Cortó en seco su canción y permaneció inmóvil contemplando el alambre de púas. Libre de las riendas, el caballo empezó a escarbar estúpidamente la tierra dura. Y su amo, envuelto en una atmósfera viscosa de putrefacción, sonrió al contar los coyotes. Había doce. Doce coyotes colgados de la cerca. Con las patas en cruz, tiesa la cola, inclinadas las cabezas contra el pecho, pudríanse las bestias en el sol del desierto. Pequeños, de piel rojiza, rezumantes los hocicos de sangre seca y carbonienta, parecían espantapájaros o banderitas al viento. Éste, que barría las llanuras, jugaba con los pelillos oxidados de los coyotes; tremolaban, se movían como si estuvieran vivos.

Pero el vaquero Juan tenía manos grandes, callosas, de uña sucia y dedo corto. Sus manos eran las que apretaban la soga áspera, el cuero y el tanino; sus manos eran las que imprimían el sello de fuego en la piel suave de los ternerillos, y olían después al humo blanco de la carne quemada; sus manos, duras y agrietadas, eran las mismas que martirizaban, año con año, innumerables bestias. De ahí que el hombre adquiriese esa violencia ciega, esa testarudez silenciosa, esa intensidad atávica de los animales de rebaño. Y el vaquero Juan, señero y vagando en las inmensidades del llano, tenía un mundo tan chico que le cabría en el sombrero. Lo demás, el cielo, la llanura, la soledad, no era más que una interrogante angustiosa y amenazadora.

Ese día había venido de muy lejos para contar sus coyotes. Predadores del ganado menor, que acechaban con sus ojitos de fósforo; fantasmas del sueño, que mecían con su ulular selénico, los coyotes eran los enemigos naturales de Juan vaquero. Y éste, cazándolos con trampa y rifle, los sacrificaba para ejemplo de los demás. Por eso colgaban los coyotes, prendidos en las púas relucientes del acero; su sangre formaba carámbanos negros en los alambres; y sus sombras, alargadas por la luz violácea de Véspero, dibujaban estrías mortales en el desierto. Pero el vaquero Juan, que hablaba consigo mismo, y sonreía y amenazaba, y maldecía, hubiera querido tener trece coyotes en aquel alambre. El más grande, el más viejo, el Coyote 13, se le escapaba siempre, taimado, receloso, retador. Noche a noche, oculto en algún yerbazal reseco, en alguna hondonada salina, en cualquier punto de aquella coordenada mineral, le aullaba a la luna. Y el vaquero Juan, temblando de frío bajo las mantas, fija la vista en las estrellas, lo escuchaba; y parecía verle, encorvado el espinazo, tensa la cola, puntiagudo el hocico; parecía verle trotar proféticamente por la llanura, fosfórico y salvaje; y después, meses después, cuando tuviera que rendir cuentas al dueño, al petrolero de San Antonio, le diría que un coyote viejo se había llevado más de una cabeza.

Le pidió a Dios o al diablo Juan vaquero que le diera el Coyote 13, y metiendo la última bala en la cámara de su rifle, empezó a alejarse de aquel signo maloliente. Atrás, tremolando al viento, quedaban los coyotes; sus contornos pelirrojos traslucían las luces últimas del ocaso. Pero su imagen, clavada en la memoria del vaquero Juan, persistía indeleble como recuerdo de solitario. Imaginaba al Coyote 13 en cruz, sangrante, humillada la cabeza, vencido. Esa idea le gustaba y llenaba su pensamiento, borrando dolores, cansancio, soledad. Envejecido prematuramente por el sol, tenía la piel cuadriculada por infinitas arrugas. Cuadrado el rostro, de expresión brutal, con los labios tenues y agrietados, permanente en ellos la colilla amarillenta, Juan vaquero tenía mucho de bestia y de anacoreta. La barba rubia y las cejas casi albinas le nacían entre las arrugas como espinas de luz. Y los ojos diminutos, contraída la pupila por años de blancura solar, eran azulgrises, inocentes y, al tiempo, duros y secos, porque en ellos sólo se reflejaba el desierto, la superficie de inmensas soledades, geométrica y abstracta.

Esas llanuras perdieron al fin su brillo; y la noche, límpida, cubrió la tierra. Desmontando, apostóse Juan vaquero detrás de una nopalera y esperó. Para no encender fuego, empezó a mascar tabaco. Acariciaba el gatillo y esperaba, rumiando un gusto anticipado. En poco tiempo, cuando la luna subiera a su órbita exacta, el Coyote 13 se sentaría y alzaría su cuello de peludo collar para cantar su canción nocturna. Y una bala, veloz y acertada, vendría a cortar su aullido en la yugular o en la cabeza. El vaquero Juan así lo pensaba; y sonreía dentro de la manta, cohibido por el acecho y el silencio. Y subió la luna, pero no hubo señal del Coyote 13. Oíase el viento; la vibración de las estrellas; la respiración profunda del caballo; y nada más. El Coyote 13 no venía. Y Juan vaquero sintió muy frío el metal de su rifle. Qué raro le parecía que no hubiese llegado ya. ¡Cuán vacío, muerto, estéril, le parecía el desierto! La piedra y el hombre, el espacio y el hombre. Se le durmió una pierna y dejó que las hormiguitas de la sangre quieta se la apelmazaran.

Y un silencio, un enorme silencio le fue apagando el alma. Era una radiación de su ser, una fuga de todo lo que había de impalpable en su cuerpo. El vaquero Juan sentía que se iba, que algo importante se escapaba, su espíritu sin duda alguna. Se le quedaban vacías las botas de cuero recurtido, y los pantalones de mezclilla, y la manta, hueca, parecía conservar rígida la forma de un bulto inexistente, la huella fósil de un ser. Como las piedras calcinadas que de noche devuelven al espacio los rayos del sol, Juan vaquero se quedó sin alma. Esforzábase por pensar, por recordar; pero sólo conseguía imágenes relampagueantes, vacías. En la pantalla incolora de su mente cruzaron las torres extrañas y metálicas de los pozos petroleros; el sabor amargo de la cerveza; los enormes torsos blancos y fofos de los trabajadores. En ella bailaron fugaces e incoherentes los rebaños que levantan nubes de polvo; el cráneo desnudo de un novillo que se murió de sed en el desierto; los cuerpos morenos de las muchachas que conoció de tarde en tarde en los prostíbulos fronterizos de la llanura. Pero esas imágenes no le servían, por vacías y efímeras.

El silencio llegó a hacerse total, absoluto, y el vaquero Juan, tiritando por la helada, con el alma ausente, se convirtió en un pequeño punto perdido en la soledad. Apretado el rifle contra las rodillas, masticaba la pasta agria del tabaco y aguardaba. Esperaba descorazonado cuando escuchó de pronto un breve ladrido. El sonido, cortísimo, le hizo brincar. Erguido, tembloroso, con el rifle en las manos, miró en rededor. ¡El Coyote 13 había llegado! Por allí, muy cerca, brillarían sus ojitos amarillos. Y Juan vaquero, quitándole el seguro a su arma, corrió por la llanura. Repitióse el ladrido, seguido de otro. Acercóse poco a poco el hombre hacia el lugar de donde salían aquellos sonidos; sentía que la vida le había vuelto al cuerpo; conocía sus manos, y sus pies grandes metidos en las botas viejas y familiares. Y cuando aún vacilaba, desorientado, escuchó un aullido lastimero que le llevó a un raquítico y desecado yerbazal. Allí estaba el Coyote 13. Era grande, canoso; abrió sus fauces, enseñando los colmillos blancos y afilados. Ovillado, sangrante la pata, negra e hinchada la lengua colgante, el animal luchaba desesperadamente por huir. Sus ojitos, iluminados de odio y terror, miraron al hombre que se acercaba gradualmente; erizábanse los pelos del lomo y los labios negros se fruncían, exhalando gruñidos sordos. Y el hombre, adivinando lo que pasaba, apuntó con toda calma. La bestia estaba muriéndose de sed. Exangüe y lastimada, no pudo aullarle a la luna como siempre hacía; y esa noche era la última. El vaquero Juan sonrió. Pensó en los coyotes crucificados, y hasta percibió el olor de su carne muerta; y en seguida, poco a poco, fue apretando el gatillo de manera suave, como si fuera un arco que se tiende. Y así, hombre y bestia se miraron unos instantes; pero el disparo no hizo blanco nunca.

Juan vaquero mudó súbitamente de sentimientos y tiró al aire, al cielo. Retumbó el sonido en las inmensas soledades y el coyote, agitados sus costados como un fuelle, permaneció vivo en el yerbazal. El hombre lo contempló, le dijo unas palabras y fue a buscar agua. Cuando se inclinó para verter la cantimplora en la escudilla de aluminio, el animal se retorcía espantado. Y el vaquero Juan, para dejarlo beber tranquilo, volvió a la nopalera. Entre la manta, con las estrellas verticales sobre la frente, pensó que de haber matado al Coyote 13, habría vuelto aquel silencio mineral y horrible que acababa de sentir esa noche. Y durmió tranquilo, contento, con las botas llenas otra vez; y durmió mecido por el sonido que el coyote producía al beber con lengüetazos ávidos. Y es así como, mucho después, años quizá, aún vivía el Coyote 13; y en las noches de luna llena, aullaba sin cesar; y atacaba al ganado; y Juan vaquero, tozudo e indignado, le perseguía. Y sin embargo, el hombre no sintió nunca más aquella terrible soledad mineral en las inmensidades de la llanura. Y para él, un enemigo sagrado, intocable, fue el Coyote 13.

 

(Tomado de Sainz, Gustavo, Los mejores cuentos mexicanos, Ediciones Océano, Barcelona, 1982)

 

lunes, 26 de enero de 2026

La tumba india

José de la Colina

 

–De modo que para eso acudiste a la cita, para decirme que por fin te casas con él.

–Sí. Lo siento.

–No lo sientas. En realidad no hay nada que sentir, nada que lamentar. Todo está bien. ¿Y cuándo te casas?

–A comienzos de julio.

–Perfectamente. Que sean muy felices. Creo que harás una magnífica ama de casa.

–Por Dios, no son de tu estilo esos sarcasmos.

–Si crees que a esto se le puede llamar un sarcasmo, estás muy equivocada. Puro y simple rencor, puras y simples ganas de mandarte a la chingada, ¿qué te parece?

–Que no lo tomas con mucha elegancia que digamos.

–¿Y qué me dices de la elegancia con que vienes aquí, después de llevar yo una hora esperándote, y me dices así, tranquilamente, que es la última vez que nos vemos? ¿Qué me dices de eso?

–Pensé que no te tomaría de sorpresa. Ya habíamos hablado de ello. En realidad, desde que iniciamos nuestra relación estaba claro que seríamos libres y que no habría ningún sentimentalismo entre nosotros. Tú estuviste de acuerdo.

–Sí, es verdad, no me toma de sorpresa. Y confieso que estuve de acuerdo. Pero creí que habías olvidado ya el pacto. Creí que sería tan hombre, que serías tan mujer y que habría tanto amor entre nosotros, que el pacto quedaría olvidado.

–Sabes que te quiero. No soy una ramera. Imposible haber tenido una relación así contigo y no quererte. Pero…

–Pero no me amas, eso es todo.

–No sé si te amo. Sé que te quiero. Y que agradezco profundamente haberte conocido.

–No es nada, el agradecido soy yo.

–Por Dios, no hables así.

–¿Y cómo no he de estar agradecido? Imagínate, haber podido acostarme contigo, haber tenido el honor de que tú te permitieras gozar conmigo. Mucho más de lo que podía soñar, ¿no es cierto?

–Hablas como un perfecto cínico.

–Hablo como un perfecto cínico. Exacto. Como un perfecto cínico. ¿Y tú? ¿Y tú, querida? ¿No hablas como una perfecta cínica? ¿No es cinismo eso de “no mezclaremos el amor en nuestras relaciones”? ¿No es cinismo acostarse con un hombre y no amarlo?

–Estás haciendo todo esto muy desagradable.

–¿Cómo dices? ¿Muy desagradable? O sea: que no lo tomo con elegancia, ¿verdad?

–Oh, por favor, querido. Tú sabías que no iba a durar, que eso no dura, que lo mejor es vivir ese maravilloso instante y no intentar desesperadamente alargarlo toda una vida.

–Sigue, sigue hablando.

–¿Crees que no voy a recordarte? Claro que voy a recordarte. Y a desearte. Pero, ¿no es mejor quedar con el recuerdo que llegar a cansarse uno de otro, llegar a conocerse tanto que ya no hay misterio ni nada?

–Hablas muy bien, amor mío, sigue, sigue hablando, me encanta oírte.

–Oh, ya sé, ya sé que tienes razón y que merezco tus reproches y tus injurias, merezco que me mates, pero… trata de comprender… trata de…

–Habla, ¿por qué callas?

–No sé, yo quería tanto que nos separáramos como amigos.

–¡Ja!

–Si al menos no me guardaras rencor, si no me odiaras.

–¿Rencor? ¿Odio? ¿De qué hablas? Todo esto son tonterías, amor mío. Ven. Vamos. Vamos al departamento y olvidemos estas tonterías. Te amo y te deseo. Y luego me dirás si aún quieres casarte con ese animal. Ven, vamos al departamento. Vamos…

–No querido, sabes que no iré. No terminemos mal esto.

–Sí, sé que no irás. No irás. Porque esta vez sería por amor, y no hay que mezclar en esto eso que llamas amor, ¿verdad? Pero no puedo prometerte que no voy a guardarte rencor, que no voy a odiarte. Porque quiero odiarte. Eso será lo que me quede de ti. Tu odiado nombre, tu odiado rostro, tus odiados labios. Y vete mucho al demonio, puta.

Hubo un pequeño silencio entre ellos, y luego ella se levantó y se fue, y él se quedó oyendo el jazz estúpido y diciendo puta por lo bajo, hasta que la palabra perdió todo sentido.

Había una vez un maharajá en Eschnapur que amaba con locura a una bailarina del templo y tenía un amigo llegado de lejanas tierras, pero la bailarina y el extranjero se amaban y huyeron, y el corazón del maharajá albergó tanto odio como había albergado amor, y entonces persiguió a los amantes por selvas y desiertos, los acosó de sed, los hizo adentrarse en el reino de las víboras venenosas, de los tigres sanguinarios, de las mortíferas arañas, y en el fondo de su dolorido corazón el maharajá juró matarlos, porque ellos lo habían traicionado dos veces, en su amor y en su amistad, y por ello mandó llamar al constructor y le dijo que debía erigir en el más bello lugar de Eschnapur una tumba grande y fastuosa para la mujer que él había amado…

Vio su propio rostro en las losetas negras de la pared, un rostro oscurecido y borroso, irreal como una imagen cinematográfica mal proyectada, y luego el rostro de ella, tan oscurecido, borroso e irreal, y se dijo todo esto es una historia de fantasmas, una historia de amor y separación entre fantasmas, y miró un momento en torno y distinguió las otras mesas, los rostros de hombres y mujeres suavemente iluminados por las lámparas, hablando en murmullo, oyendo distraídos la dulzona caricatura de jazz que el pianista extraía del piano, y después miró el rostro de ella, no el irreal reflejo en las losetas negras, sino el pálido y bello rostro real de ojos verdes, frente alta y abombada y cabello peinado en corto, cuyos mechones castaños rodeaban la frente y los ojos, y el fino vello sobre los labios humedecidos por el minyulep. Voy a darle una bofetada, pensó.

–De modo que para eso acudiste a la cita, como venías antes, como viniste la segunda vez que nos vimos: traías el traje sastre y el cabello rociado de pequeñas gotas titilantes, y frías las manos, y tomaste un minyulep que yo te sugerí, y hablamos de tonterías hasta que de pronto me dijiste que querías conocer mi departamento y que así añorarías tus días de estudiante, para decirme que por fin te casas con él, con el idiota ese que no tardará en ser el mejor médico de la ciudad, porque, como él nos decía, “el consultorio hace al médico”, y su papi va a ponerle el mejor consultorio de la ciudad.

–Sí –dijo ella–. Lo siento.

Lo siente, la maldita puta. No lo sientas. En realidad, ¿en cuál realidad, en la de esos rostros fantasmales y borrosos que gesticulan en esas losetas oscuras, recordando que fueron nosotros?, no hay nada que sentir, nada que lamentar, salvo lo ya perdido: las tardes caminadas por el Paseo de la Reforma, el ocaso desde el alto edificio de la Latinoamericana y la ciudad vasta y minúscula a nuestros pies, y los juegos en el lecho, y el sabor de tu vientre en mi lengua, y las citas en el pequeño café estilo suizo donde comías aquellos pasteles cuyo hojaldre deliciosamente crujía en tus dientes, y la insistencia del piano y el contrabajo y los tambores en los discos de Brubeck, y tu manera de acariciarme la espalda casi rasguñándomela cuando llegabas al placer. Todo está bien. ¿Y cuándo te casas? ¿Cuándo te tiendes bocarriba y le abres los muslos, puta?

–A comienzos de julio –dijo ella.

–Perfectamente, perfectamente, perfectamente, perfectamente. Que sean muy felices. Creo que harás una magnífica ama de casa, una especie de barredora eléctrica o lavadora automática dotada de sexo, lista y eficiente para barrer, lavar y fornicar en cuanto el amo oprima el botón, aunque por supuesto, como eres una señora, o vas a serlo, delegarás en un simple ser humano las dos primeras funciones para limitarte a la tercera, que es muy de señora, y de puta, y de perra.

–Por Dios, no son de tu estilo estos sarcasmos –dijo ella.

–Si crees que a esto se le pude llamar un sarcasmo, estás muy equivocada. Puro y simple rencor, puras y simples ganas de mandarte a la chingada, pero decirte ven conmigo, ven, vamos al departamento, pondré el disco de Brubeck que te gusta y lo oiremos mientras te desnudo dulcemente, y besaré tus senos y seré más impetuoso y tierno y salvaje y delicado que nunca en el acto de amor, ¿qué te parece?

–Que no lo tomas con mucha elegancia que digamos –dijo ella.

¿Y qué me dices de la elegancia con que me has envenenado, víbora, viborita fatal moviendo el culo como un cascabel? ¿Y qué me dices de la elegancia con que vienes aquí, después de llevar yo una hora esperándote, y me dices, así, tranquilamente, que es la última vez que nos vemos? ¿Qué me dices de eso? Dime, arrastrada, perra vendida al mejor postor.

–Pensé que no te tomaría de sorpresa –dijo ella–. Ya habíamos hablado de ello. En realidad, desde que iniciamos nuestra relación estaba claro que seríamos libres y que no habría ningún sentimentalismo entre nosotros. Tú estuviste de acuerdo.

–Sí, es verdad, no me toma de sorpresa. Fue esa segunda vez que nos vimos, y tú estabas vistiéndote, estirando cuidadosamente la media sobre una pierna y sacando la lengua entre los labios, con esa repentina indiferencia hacia todo lo que no sea presente que hay en la mujer poco después de haberse entregado, como si con ello recuperase un tiempo propio y nada más que suyo, y me dijiste: “esto tiene que ser así siempre, una relación entre dos que se gustan y se entienden sexualmente, no hay que mezclar en esto eso que llaman amor”. Y confieso que estuve de acuerdo, que te dije viéndote desde la cama donde yacía, “perfectamente”, y sin saber por qué eché a reír y tú también reíste, y de repente te echaste sobre mí y empezaste a hacerme cosquillas y caricias y luego, de modo que tuvimos que empezar de nuevo, a pesar de que yo estaba un poco cansado, pero creí que habías olvidado ya el pacto. Creí que sería tan hombre, que serías tan mujer y que habría tanto amor entre nosotros, que el pacto quedaría olvidado.

–Sabes que te quiero –dijo ella, mirándolo con una tierna sonrisa, como a un niño–. No soy una ramera. Imposible haber tenido una relación así contigo y no quererte. Pero…

–Pero no me amas, eso es todo. ¿Y cómo te atreves a decirlo, cómo te atreves, cómo te atreves si nos hemos acostado juntos, si conozco cada curva, cada rincón y cada lunar de tu cuerpo, si conozco tu piel, tu calor, tu sabor, tu aroma, si he visto la frialdad fundirse en tus ojos verdes, si te he oído pedir más, gimiendo de placer, si conoces mi cuerpo y lo has besado sin pudores, si conoces el sabor de mi lengua, si me has dicho durante el acto que la gloria sería morir así, cómo te atreves, di, cómo te atreves a decir que todo ese placer será entregado al olvido, que todo ese placer fue sin amor?

–No sé si te amo –dijo ella–. Sé que te quiero. Y que agradezco profundamente haberte conocido.

Ten cuidado con eso que dices, maldita puta víbora venenosa, ten cuidado con eso que dices, porque ardo en deseos de abofetearte. No es nada, el agradecido soy yo.

–Por Dios –dijo ella–, no hables así.

–¿Y cómo no he de estar agradecido? Imagínate, haber podido acostarme contigo, un futuro medicucho como yo, alguien que probablemente seguirá el camino del fracaso, a menos de que me saque la lotería o consiga una viuda millonaria, cosas para las cuales no tengo suerte o estoy dotado, un joven que tiene lo más que se puede tener y que no tiene nada, porque esa riqueza que es juventud se pierde día con día, y por tanto habría que gozarla día con día, alegre, frenéticamente, para sólo dejarle a la muerte un cuerpo enteramente gastado, vacío, sin una gota de vida por vivir, pero el placer es sólo un instante, poco más que un abrir y cerrar de ojos, que un fuerte latido, y el amor está solitario, aullando en el vacío, mientras las mujeres de la tierra, las bellas, espléndidas, terribles mujeres de la tierra, pasan a nuestro lado, se quedan unas noches con nosotros y luego parten para convertirse en recuerdo, para olvidarnos, para hacerse eternamente ajenas, haber tenido el honor de que tú te permitieras gozar y bien gozaste conmigo. Mucho más de lo que podía soñar, ¿no es cierto?

–Hablas como un perfecto cínico –dijo ella.

–Hablo como un perfecto cínico. Exacto. Como un perfecto cínico. ¿Y tú? ¿Y tú, querida? ¿No hablas como una perfecta cínica, como una perfecta puta cínica? ¿No es cinismo eso de “no mezclaremos el amor en nuestras relaciones”? ¿No es cinismo acostarse con un hombre y no amarlo? ¿No es cinismo acostarse con un hombre, abrirle las piernas, dejarlo penetrar en tu cuerpo y no ponerlo como un sello sobre el corazón, como una marca sobre tu brazo?

–Estás haciendo todo esto muy desagradable –dijo ella.

–¿Cómo dices? Sí, muy desagradable. O sea: que no lo tomo con elegancia, ¿verdad?

–Oh, por favor, querido –dijo ella–. Tú sabías que no iba a durar, que eso no dura, que lo mejor es vivir ese maravilloso instante y no intentar desesperadamente alargarlo toda una vida.

–Sigue, sigue hablando, pero cállate, maldita puta de muslos abiertos, cállate y mira que muero de sed y la serpiente del olvido anida en mi corazón, se retuerce, muerde y devora muerde y devora mi corazón.

–¿Crees que no voy a recordarte? –dijo ella–. Claro que voy a recordarte. Y a desearte. Pero ¿no es mejor quedar con el recuerdo que llegar a cansarse uno de otro, llegar a conocerse tanto que ya no hay misterio ni nada?

–Hablas muy bien, amor mío, sigue, sigue hablando y di todo eso del recuerdo, dilo, como si yo no supiera que la mente recuerda pero la carne olvida, di que vas a preferir un cuerpo recordado, un cuerpo oscurecido y borroso, cada vez más humo, cada vez más nada en tus manos, a mi cuerpo real, tangible, carnal, hecho para que lo toquen tus dedos, tus labios, tu lengua, anda, di, dile a mi pobre cuerpo desesperado, a mi loco sexo disparado hacia ti, que ya nunca tendrán tu cuerpo y tu sexo, diles que van a buscar inútilmente, que van a buscar con el grito feroz del que muere porque lo ha mordido la serpiente que anidaba en su corazón, que mis dedos van a rozar sólo el recuerdo de tu cuerpo, sólo el recuerdo que es el primer tiempo del olvido, nada más que un fantasma oscurecido y borroso, cada vez más humo, cada vez más nada, sigue hablando, miente que la carne recuerda lo que la mente olvida, sigue hablando, me encanta oírte.

–Oh –dijo ella–, ya sé, ya sé que tienes razón y que merezco tus reproches y tus injurias, merezco que me mates, pero… trata de comprender… trata de…

Tú lo has dicho, mereces que te mate, y eso es lo que voy a hacer, amor mío, putita mía, viborita venenosa, eso es lo que voy a hacer, lo que hago, lo que estoy haciendo: matarte, matarte lentamente, con estas manos, estas manos, las mismas del amor, míralas curvar poco a poco los dedos y avanzar hacia tu garganta, crispadas como garras, siéntelas acariciar primero y desgarrar después, siente el loco saltar y tamborilear de esa vena tuya, mira brotar la sangre, asume tu muerte, amor, esta dulce cruel muerte que te doy con toda mi dulzura y toda mi crueldad. Habla, ¿por qué callas?

–No sé –dijo ella–, yo quería tanto que nos separásemos como amigos.

–¡Ja! O quizá sea mejor, amada putilla mía, matarte con el puñal, desnudarte y meter el puñal en tu sexo clavándolo bien hondo y luego dar un tirón hacia arriba desgarrándote, abriéndote en canal de modo que se vean al aire tus vísceras palpitantes y tus venas y tus huesos y quede apaciguada la serpiente que muerde mi corazón, que muerde y devora mi corazón.

–Si al menos no me guardaras rencor, si no me odiaras –dijo ella.

–¿Rencor? ¿Odio? Hay tres cosas en mi corazón: todas las cobras amarillas de Birmania, todos los hongos mortíferos de Bengala, todas las flores venenosas del Nepal. ¿De qué hablas? Todo esto son tonterías, amor mío. Ven. Vamos al departamento y olvidemos estas tonterías. Te amo y te deseo. Y luego me dirás si aún quieres casarte con ese animal.

–No, querido –dijo ella–, sabes que no iré. No terminemos mal con esto.

–Sí, sé que no irás. No irás, no irás, no irás, no irás. Porque esta vez sería por amor, y no hay que mezclar en esto eso que llaman amor, ¿verdad? Te pierdo, la carne te pierde y te olvida, empiezas a no ser más que recuerdo, y giro en la oscuridad para abrazarte y mis dedos se hunden en humo, en nada, en recuerdo, mientras la carne olvida, inexorablemente olvida. Pero no puedo prometerte que no voy a guardarte rencor, que no voy a odiarte. Porque quiero odiarte. Eso será lo que me quede de ti, el odio que te recordará viva, de carne y no de humo. Tu odiado nombre, tu odiado rostro, tus odiados labios. Las muchas aguas no podrán apagar el rencor, ni lo ahogarán los ríos. Y vete mucho al demonio, puta, pero quédate, pero vete, pero quédate.

Y cuando ella se fue, después del silencio que hubo entre ellos, silencio que inútilmente trató de llenar la música del piano, él se quedó llamándola puta por lo bajo, sintiendo que la palabra iba perdiendo todo sentido.

Y entonces el constructor dijo: “Señor, siento que la mujer que amáis haya muerto”, pero el maharajá preguntó: “¿Quién dice que ha muerto? ¿Quién dice que la amo?”, y el constructor se turbó y dijo: “Señor, creí que la tumba sería un monumento a un gran amor”, y entonces le contestó el maharajá: “No, te equivocas: la tumba la construye ahora mi odio. Pero cuando pasen muchos años, tantos años que esta historia será olvidada, y mi nombre, y el de ella, la tumba quedará sólo como un monumento que un hombre mandó construir en memoria de un gran amor”.

 

(Tomado de Sainz, Gustavo, Los mejores cuentos mexicanos, Ediciones Océano, Barcelona, 1982)

 

Filtrarse oscuramente

Tomás Mojarro

 

Miro que me mira con esos ojos suyos a los que el odio hace desconocidos para mí. Ahora miro cómo me está mirando mi hijo. Dice:

–A Sidronio Mojarro yo lo maté.

Y sigue mirándome en tal forma que de pronto se me viene al pensamiento: Si ahora esos ojos lloraran, las lágrimas brotarían espumosas. Oigo cuando dice:

–Yo fui el que le desbarató la cara con una piedra.

Afuera una guitarra comienza a hacer escándalo porque alguien la rasguña. Comienza a subir hasta aquí esa tonada desforme, desbaratada, que parece arrojada a la fuerza y todavía sin peinar. Luego van llegando las palabras una detrás de otra, como alineadas por orden de estatura:

 

Señores pongan cuidado
Loqueles voya cantaar…

El hombre que estaba detrás del escritorio se levantó y fue hacia la ventana. Miró hacia abajo, hacia la plaza. Ahora arroja el cigarro y se regresa a su silla detrás del escritorio. Dice:

–Mientras haya pendejos en este pueblo, no habrá esperanzas de que el ciego Celedonio se nos muera de hambre.

Y suelta un chorrito de risa desganada. A mí se me figura que su boca se levantó las faldas solamente para lucir los tres dientes de oro que alguien guardó en esa gaveta.

Entonces el silencio se apelmaza contra el aire del cuarto donde estamos los tres hombres que estamos dándole vueltas al mismo asunto. Creo que tenía ganas de decir algo cuando mi hijo se me adelanta. Oigo:

–Yo solo. El puñete y los piedrazos en la cabeza.

Y yo lo miro como tratando de mirar sus palabras. Mis ojos en su cara con la mía torcida en otra dirección. Entonces miro cuando mete una de sus manos adentro de una de las bolsas de su pantalón. Luego la saca para meterla en otra y en todas, hasta que sube su mano y de una de las bolsas de su camisa desentierra una caja de cigarros.

Yo estoy mirando la forma como ladea la caja y cómo apronta la otra mano para recibir uno de los cigarros. Se le caen varios al suelo y él se agacha a recogerlos. Pienso: –No tiene suficiente práctica. Estoy seguro de que el muy hijo de la tal aquí mismo agarró el vicio. Porque ese mal ejemplo no lo tomó de mí. De pronto se me trepa este viejo coraje mío a la cabeza. Trato de decirle –No hay que ser irrespetuoso con su padre, hijo de un tal, y miro cuando uno de los policías se le acerca a la boca un cerillo acabado de encender. Entonces él lo mira para luego acercar el cigarro y darle una fumada para que la brasa se enraice en el tabaco. Después de eso el policía tiró el cerillo y caminó con rumbo a la puerta. Yo oigo la voz de mi hijo cuando dice:

–Todo por causa de mi padre. Eso es todo lo que tengo que declarar.

Y vuelve a fumar arrojando todo el humo por las narices. Yo trato de decirle algo. Algo así como: –Hombre, cuando menos respete a su padre. No porque estemos donde estamos me va usted a echar el humo en las barbas. Mal hijo, criatura perversa, desnaturalizado hijo, hijo de la tiznada tan desnaturalizado.

Pero cuando creo que voy a decírselo me dice el presidente:

–Ahora le toca a usted. Comiéncele.

Desde abajo, desde la plaza llega la tonada y suben las palabras estas de que:

 

El yaen trándoen agonía
Con su tréinta descargada
Mírenco mómian dejado
Lósquia tacáron a Jalpa
Lósquia tacáron a Jalpa…

Ahora estoy oyéndolo cuando se pone a hablar. Oigo sus palabras y las voy sintiendo como ser abrojos contra mi espalda. Palabras temblorosas y húmedas como vómitos. Oigo que dice:

–Porque yo no shoy Diosh para dar y quitar vidash a mi antojo…

Y comienza escupiendo esa palabrería que yo le conozco tan bien. Sigo mirando esa cara suya a medias desfigurándose de algo como miedo revuelto con esperanza de algo. Cara vieja un poco asquerosa y otro poco rascuache. Las palabras se le atoran entre las clavijas amarillosas que tiene encajadas donde van encajados los dientes. Entonces me doy cuenta; pienso: –Con razón, con razón se le nota más el defecto cuando habla. Pero si ahora le faltan varios dientes… dientes de los que creo que el presidente me podría dar razón. Oigo que sigue diciendo mientras hace muecas tristes con su cara de animal maniado:

–Shólo Diosh, Sheñor preshidente… shólo shu Shantísima Voluntad…

Y yo trato de decir algo; algo fuera de su lugar, pero por lo que mejor me detengo cuando quisiera decirle:

–Ah, pero cómo de veras es usted hijo de la tiznada. Pero me aguanto de decírselo mientras lo sigo oyendo:

–Qué pecado, sheñor. Qué grandíshimo pecado cometieron mish antepashados para que mi cashtigo fuera tocarme un hijo como este que me vino a tocar…

Y yo miro su modo de pelar los ojos y parpadear aventando lágrimas como cerotes. Saca un paliacate rojo y comienza a secarse lágrimas y mocos por todo el pellejo de la cara. Se me viene al pensamiento:

–Y nuevo; nuevecito el paliacate éste. Cómo se ve que quedó usted empuyado en el asunto, viejo hijo de su reverenda madre.

Eso se me viene al pensamiento mientras me doy cuenta de que el hombre que está sentado detrás del escritorio comienza a impacientarse. Sigo oyendo a mi padre:

–Para qué, Sheñor… para qué me martirizha. Qué másh martirio que el shentirshe padre de un monshtruo como eshte que la Shantíshima Voluntad…

Y yo lo miro manoteando y pelando los dientes mientras suerbe tragos de mocos.

Luego encaja la cabeza en el paliacate que tiene entre las manos. Desde aquí donde estoy alcanzo a mirar que la pelusera de su cabeza está poniéndose rala. Mi padre mueve la cabeza de un lado para otro y el estómago hacia adentro y hacia afuera. El señor que está sentado detrás del escritorio se levanta como si el coraje le picara las sentaderas. Todo porque mi padre está llore y llore.

Yo miré cómo al rato vinieron dos policías y agarraron a mi padre por los sobacos. Entonces él comenzó a destaparse la cara mientras se oyó cuando dijo:

–Mi conshuelo esh que Diosh pondrá a cada quien en el lugar que le corresponde. Pero qué pecado cometieron mish antepashados…

 

Llegaron diciéndome: “Investigaremos”. Y yo le contesté: “Muy bueno está eso de que desquiten su sueldo”. Y los de la Secreta preguntaron y fumaron y se miraron unos a otros mientras volvían a fumar y a hacer preguntas fumando y mirándose unos a otros.

Pero un día supe algo que ellos no habían sabido. Vino diciéndomelo una mujer que venía diciéndome algo así como que le urgía devolver a alguien un billete de veinte pesos. Así: un billete de veinte pesos. Y que yo podía hacerlo venir a ese alguien a la hora que me diera la gana. Entonces sí que le comencé a tomar sabor al asunto. Entonces me deshice de ellos en la forma que mejor pude.

Los de la Secreta se retiraron fumando mientras se miraban las caras unos a otros. Y yo quedé con el asunto entre mis manos y mi conciencia. Entre mi modo de pensar y mi modo de ver las cosas. Un asunto que estoy resolviendo a mi modo de ser porque va de por medio mi conciencia. Ahora estoy hecho bolas en este asunto mientras que los de la Secreta llegan a Zacatecas y se miran entre sí antes de apagar sus cigarros y contestar preguntas para luego salir de allí mirándose unos a otros contentos con el dinero que alguien les dio para comprar más cigarros.

Pero mientras tanto, este asunto mío y de mi conciencia que los de la Secreta no hubieran comprendido en ese modo suyo que tienen de hacer justicia…

Ahora dejo de limpiar la mesa y me quedo mirando el papel húmedo que tengo en una de mis manos. Papel doblado en el que sólo se pueden leer trozos de renglones. Ahora leo esto:

 

Como presidente del citado Municipio el C. Apolon
por nombre Abraham Frausto (a) “Jiricua grande”,
bre Isaac Frausto (a) “Jiricua chica” presunt
egún el acta que los C. C. Agentes de la
que habiéndose trasladado al lug
ciones de cómo sucedió el crim

Entonces alguien trata de quitarme el papel de la mano mientras oigo que me dice:

–No compadre Apolonio, préstalo. Yo fui el pendejo que tiró el mezcal y a mí me toca limpiar tu escritorio…

Yo estoy muy alegre y por eso es que suelto una carcajada.

 

(Sol amarilloso y amargo sobre la conciencia que se resfrió. Talachazo y talachazo contra la tierra cuando el sudor brota acedo por causa de la dolencia. Dolencia criando raíces que crían uñas entre las costillas donde algo trata de hincarse y llorar y desangrarse y soltarse pidiendo perdón.

Hincarse dónde, pedir a quién, cómo llorar si lo enfermo entra en la respiración hasta que la misma respiración se vuelve dolencia.

Madre, Dios Santo, Santo Niño de Plateros. Talachazo y talachazo contra lo amargo de la conciencia que se resfrió.

Comencé a mirar el bulto de mi madre cuando comencé a subir la cuesta que va a terminar en la puerta de la casa. Seguí caminando para mirarla entre más más clara conforme iba subiendo la cuesta. Al rato llegué hasta verme parado en puro enfrente de donde ella cosía su costura hecha bolita sobre sus antiparras. A esa hora ya estaba oscureciendo. A mí se me figuró que mi madre cosía a tientas la costura aquella.

Dije: “Madre”, y ella levantó los ojos y después la cabeza. Entonces se copinó las antiparras y me miró como preguntándome con esos ojos suyos tan desteñidos y tan secos y tan a medio cerrar como son los ojos de mi madre.

Volví a repetir: “Madre”, y ella siguió mirándome con esos sus ojos que se le secaron cuando dejaron de manar lágrimas. Eso por causa de que Dios le mandó mal repartida su parte de lágrimas con la de dolencia.

Y yo miré esos ojos tan completamente pacíficos a fuerza de tanto batallar mirando todo lo que miraron antes de volverse tan secos y tan a medio cerrar. Dije por decir algo, por no decir lo que hubiera querido:

–Ya estoy de vuelta.

Y seguí caminando hacia lo oscuro del cuarto sin hablar de lo que quería, con mi carga todavía entera sobre mi conciencia. Sin hablar otra cosa que: “Ya estoy de vuelta” a la mujer de los ojos medio apagados, que viene siendo mi madre).

 

“Dice mi padre: No haga ruido. Y yo dejo de quebrar la ramita de huizache que estaba quebrando. El huizache desparrama un olor fresco y humedecido desde sus flores redondas y amarillas.

Se oye un ruido arrastrándose bajo el zacate. Pienso: Culebra o ardilla o algo por el estilo arrastrándose sobre ese ruido. A esta hora las sombras se esconden de la luz de la luna. Me imagino que son las dos o tres de la madrugada.

Y de pronto me duele el pensar que no tarda en venir el Sidronio ese que dentro de un rato tendrá que ser difunto por causa de mi padre y del cuchillo que siento entre las pretinas de mis calzones. Levanto la cabeza y miro el arenal de estrellas que brilla sobre mis ojos. Pienso: Parecen algo como… Y no puedo encontrar una comparación para el arenal de estrellas que ahora estoy mirando con mucha atención. Ahora que estoy esforzándome con toda mi voluntad por poner toda mi atención sólo en mirar el parpadeo de las estrellas”.

 

(Cuando comencé a cenar, el aire comenzó a revolverse como agua de machigües que alguien zangoloteara. Se tiñó apestándose por el humo quemado.

Yo dije: “Madre, la tortilla”, y ella siguió mirando el aire con esa forma suya de mirar el aire como si fuera de adobes o las paredes como ser de aire.

Dije: “Se está quemando”, y entonces ella parpadeó para darse cuenta y estirar la mano para sacar la tortilla hecha carbón. Dije: “Ya no tengo hambre”, y ella me contestó: “Acá tengo más tortillas”. Pero de todas maneras yo no tenía ganas de seguir cenando luego que retiré el plato lleno hasta la mitad con aquella comida. Oí cuando me decía: “Tienes que comer algo”, y yo no le contesté nada. De pronto ya no pude aguantarme. “¿Qué hago aquí madre, tuve que decirle, qué tengo que hacer con este maldito tumor que me apachurra las costillas…? Ayúdeme usted, madre, mamacita…” Y al decir lo que dije sentí un par de manos que temblaban arriba de la cabeza que yo tenía encajada entre las manos que tenía encajadas entre las piernas).

 

“Estas fregadas estrellas se me figuran… Y no encuentro algo a lo que las estrellas puedan parecerse.

Junto a mí está mi padre. Ahora callado después de que me estuvo sermoneando toda la noche. Eso después de que se le había antojado desatarme.

Me había maneado las zancas y después amarrado al mezquite de junto a la casa. Luego cortó una vara de hozote y me golpeó hasta creer que me había desmayatado, pero yo sólo estaba mordiéndome uno de los hombros.

Después de eso se metió al cuarto donde estaba mi madre. Esta madre mía, como no creo que haya otra sobre la tierra. Este padre que me tocó, que de haber uno igual sobre la tierra ya hace tiempo que estaría engusanándose entre la misma tierra que lo formó en la forma de ser que es mi padre.

Ya pardeando la tarde fue y me desató para luego seguir preguntándome si había yo comprendido esa virtud que viene siendo la virtud de la obediencia.

Ahora lo tengo junto a mí debajo del mismo huizache. Dice:

–Estosh hijosh de la abominación. Frutosh malvadosh del relajamiento…

Yo me quedo sin hablar nada. Él vuelve a decir:

–Porque el fuego divino caerá shobre shush cabezhas. Shí, mi hijo, shobre la cabezha de lash nuevas Shodomash y Gomorrash. Y la ira Divina shembrará shobre la tierra legionesh y legionesh de eshtatuash de shal…

Yo pienso: Su madre en brama, lástima de usted que, según sé, en el seminario iba para papa y salió camote. O camotero, que a eso se dedica desde que yo lo conozco. Pero no digo nada.

El ruido vuelve a arrastrarse debajo del zacatal. Ardilla o lagartija o algo parecido. Estoy volteando la cabeza hacia arriba para mirar de nuevo cómo relumbran las estrellas. Se me figuran… se me figuran… Y no puede ocurrírseme algo parecido a lo que parecen las estrellas.

Oigo a mi padre:

–Mi hijo sherá el instrumento de shu Shantíshimo Deshignio. Contra los Shidroniosh que bailan shobre la iniquidad; que shiembran la shizhaña del eshcándalo. Yo digo:

–Sí, padre.

Y siento que las corvas me tiemblan como si ya estuviéramos en tiempo de fríos”.

 

(En lo oscuro de la noche mi padre diciendo que la detenga con mis manos. Y yo poniendo contra el borde del cazo ardiendo las palmas de mis manos queriendo detener esta miel pálida y derretida como lumbre escurriendo por entre mis dedos cuando yo trato de gritar por las dolencias cuando al mirar los ojos de mi padre me doy cuenta de que seguiré deteniendo esta lumbre ardiendo contra el ardor de las palmas de mis manos que están rojas de dolencias cuando yo quiero gritar la dolencia de mis manos que los ojos de mi padre me obligan a detener contra el cobre caliente.

Madre, madre, mis manos. Mis manos, madre, mis manos.

Y él viéndome al decir cómo la obediencia tiende su camino pedregoso hasta las puertas de la Gloria Celestial. Y él diciéndome que al salirse el agua se quemarán los camotes y así nadie querrá comprarlos. Y este cazo hirviendo de lumbre ardiendo de dolencias estilando sangre de camotes a medio quemar porque yo no detengo el agua que escurre por las orillas coloradas de lumbre.

Mis manos, madre, mis manos coloradas. Madre, madre, mis manos. Mis manos, madre, mis manos.

Y yo volteando a ver a mi padre que me habla de la obediencia cuando miro que mi padre es un demonio que me grita porque la sangre sigue escurriendo del cazo y así la sangre nunca cocerá el cuerpo de Sidronio Mojarro. Pero mis manos y mi padre demonio y el cuerpo difunto contra lo colorado de mis manos despellejadas con la lumbre que arde entre mi carne viva y colorada de dolencias.

Madre, mi padre. Madre, mis manos. Ese cuerpo quemándose, chorreándose, gritándome el demonio sobre mi conciencia, madre, mamacita, qué hacemos. Qué hay que hacer, madre. Por caridad ayúdeme, mamacita…

Y abrí los ojos y cerré la boca cuando sentí el temblor de sus manos contra mi pesadilla. Miro hacia el techo y me doy cuenta de que mi madre me mira desde la luz que tiene en una de las manos. Me mira con sus ojos sin sueño y siempre desvelados. Estos ojos de los que yo no pudiera decir: “Tienen esto o aquello”, aparte de ese pacífico mirar de lo que se volvió mudo o paralítico para ahora tener que mirar la dolencia de su hijo. Le digo:

–Acuéstese, madre.

Y ella me contesta:

–Duermes boca arriba, Isá. Tienes las manos sobre el corazón. Eso llama a las pesadillas. Ahora duérmete de lado. ¿Me oyes, Isá?

Y yo volteo la cara y la miro hecha bolita sobre mi pena. Le digo:

–Está bien, como usted quiera…

Y vuelvo el cuerpo hacia el lado de las costillas. Entonces ella apaga la luz y yo la siento mirarme a través de la oscuridad. Pienso: “Ayúdeme, madre, míreme y suerba tantito dolor del que me engusana las tripas. Míreme, mamacita, míreme, que es lo único que puede hacer por el bien de su hijo enfermo. Míreme solamente, ya que en este maldito bimbalete de un lado está el dolor de su hijo y del otro el bien de ése que viene siendo padre mío y esposo de usted”.

Ella está junto a mí. Una bolita de sufrimiento que trata de empalmar un pedazo de mi dolencia a la suya entera. Pienso: “Rezando a sus santos. A su santo Crucifijo de Jalpa. A todos sus santos, ella que los tiene tan junto a su tembloroso dolor”).

 

“Al ruido de las risas nos agazapamos. Risas y pisadas y de nuevo risas. Luego se distinguen sus bultos. Uno tratando de tumbarse y tumbar al otro sobre el zacate. El bulto de la mujer suelta la risa y rasguña las costillas del bulto del hombre. Yo alcanzo a oír lo que dicen al pasar por el camino, cerca de donde estamos agazapados. Él dice:

–Ya, güerinche, mi güerinchita, ya estuvo suave de tanteadas…

Y ella se ríe antes de decir:

–Espérate, mi hijito, a mi casa, con un tal…

Y de nuevo suelta la risa y rasguña las costillas del que ahora ya no se ríe ni sacándole la risa por las costillas. Mientras pasan las risas y los pasos oigo a mi padre rechinando los dientes. Luego me dice:

–Depravashión y lujuria que claman cashtigo. Cuando eshe shea el Shantísimo deshignio del que todo lo ve. Ahora el turno de eshe sheñor que she llama…

Yo sigo con mi temblor de piernas cuando mi padre sigue con su sermón como masticar un huevo podrido. Yo, mientras, respirando este olor a flores de huizache como si el olor éste fuera capaz de curarme. Nos habíamos levantado y ahora se acerca por el camino. Dice mi padre:

–También del mishmo lugar. Del mentado baile de losh Valdivia.

Y vuelve a oírse su rechinido de dientes. Estoy mirando que los bultos vienen horquetados sobre los bultos de sus burros. Se oye una voz ronca y otra delgadita. Una tan ronca y cascada que parece salir desde un gañote lleno de cuarteaduras. La otra voz delgada como pito de calabaza. Yo las reconozco. Son las voces de dos músicos que tocan en la música de los “Coyotes”. Las dos voces bien borrachas. Dice una:

–Quiéralo, es su hermanito.

Y la otra voz:

–No, no señor, me dispensa, pero yo no tengo hermano tuerto.

Bien borrachos los dos. Un par de viejos bamboleándose sobre los burros mientras mi padre sigue con su rechinido de dientes. Luego casi junto a nosotros:

–Arrime su animal, cieguito. No se crea de su hermano. Emparéjesenos. Los dos lo queremos, cieguito, los dos.

–No señor, yo no quiero a ese güevón que no es mi hermano. Allí viene bien detrás de nosotros.

Entonces en mero enfrente de donde estamos nosotros miro el tambalear de los viejos borrachos. Miro que detrás viene otro bulto sobre el de su animal. Igual de borracho y sin hablar nada el viejo ése. Se oye al ronco:

–Quiéralo y no le haga dejaciones. ¿Pos luego? Si es su hermanito…

–No, no lo quiero. Me va a perdonar, don Lucas, pero no lo quiero…

Entonces de pronto habla el tercero:

–Pos no me quieras, hijo de la chingada. De la parte de chingada que a ti te va tocando…

Y se corta de los otros agarrando por medio barbecho con todo y burro. A mi padre le brillan los ojos cuando nos volvemos a poner de pie. Entonces dice casi gritando y luego casi en secreto:

–Eshe, mi hijo. A leguash she dishtingue el andado de Shidronio Mojarr. Tenga valor, mi hijo, que llegó la hora.

Y yo pienso: Para que fuera a darle valor a mi abuela por parte de usted. Y rápido y a deshora se me viene la comparación. Las estrellas parpadeando como gallinas que se espulgan gorupos con el pico. Como perras desesperadas a fuerza de rascarse la picazón de las pulgas.

A deshora la comparación a esta hora en la que las piernas me tiemblan con más escándalo. Cimbrar de cuerpo por causa de los golpes que repica el corazón contra las costillas.

El bulto se acerca por medio camino. Bulto tambaleante éste que viene a ser Sidronio Mojarro. Entonces mi padre se le planta a medio camino para que al rato ya estén plática y plática los dos bultos.

Uno de ellos estaba ladeándose y comenzando a orinar mientras el cigarro se le tambalea entre los labios. Mi padre lo empezó a jalar hacia donde estoy yo. Yo miro cómo Sidronio trata de mojarle el pantalón a mi padre mientras esculco las faldas de mi camisa.

Esta boca mía reseca. Este amargar de corazón cuando el corazón se está dando vuelo con sus repiques. Mi padre estaba abrazando al otro bulto. Dice algo como: “pantalones mojados”, y sueltan la risa los dos. Risa que uno de ellos aventó con todo y cigarro. Luego le pega una palmada a mi padre cuando mi padre voltea la cara mirándome en esa forma suya de mirar que apergolla mi voluntad contra la suya. Entonces respiro con todas mis fuerzas y aprieto la mano lo más fuerte que puedo apretar esta cacha de hueso de este cuchillo que me prestó mi padre.

Pienso algo como: Dios, o Madre de Dios, Dios Santo, o algo parecido, cuando con todas mis fuerzas aviento la mano con todo y arma contra el bulto de la espalda de este retazo de quejido que vino sobrando de lo que era Sidronio Mojarro.

(Le dije: “Ya me voy”, y ella me contestó: “Casi no almorzaste, Isá”. Y yo tuve que hablar de nuevo. “No tengo apetito”, le dije antes de mirarla acercándose y agarrándome las canillas de los brazos mientras empalmaba su vista a la mía. Y yo miré cómo sus ojos comenzaron a empaparse con ese especie de sudor amarillo que de tenerlo tan escondido yo creo que ella misma lo creía agotado. Esta lástima tan honda y tan pesada por mirar que los ojos de mi madre me miran y se ruedan de lágrimas. Yo le dije:

–No llore, madre, que es peor para mí. No llore, por vida suya…

Y ella me contestó con esa voz cansada de cuando se habla desde las lágrimas:

–Para los dos, Isá. Una forma de descanso. Porque ahora le voy a ayudar a mi hijo.

Esta madre mía, estos sus ojos como abriéndose a medias de un cuento contado cuando ahora me acuerdo que había olvidado cómo los contaba entre lágrimas).

Se arrodilló en la arena y comenzó desatando el nudo. Después recorrió la soga y el cuerpo aquel quedó libe del lazo con que lo habían arrastrado hasta la arena de aquel arroyo. El viejo señaló algo mientras decía: “Tráigala”. Y el muchacho contestó: “Ya no, padre”. Entonces, el viejo recogió la soga y dobló una parte para luego levantarla y después dejarla caer contra los hombros del muchacho. Uno comenzó golpeando, y otro defendiéndose de rodillas junto al cadáver.

El muchacho se defendía con los brazos hasta que el viejo dejó de golpear para decirle: “Tráigala”. Y el muchacho caminó y fue levantando aquella piedra para enseguida traerla junto al cadáver. El viejo ordenó: “Obedeshca”. Y el muchacho lo miró como espantado y preguntando con la boca a medio abrir mientras el viejo repetía: “Obedeshca, que no vayan a reconocerlo”. Y el muchacho siguió mirando aquella cara pacíficamente enmielada con ácido. Entonces leventó la piedra.

Se oyó el primer golpe y el muchacho aquel comenzó a llorar. Siguió llorando mientras golpeaba. Llanto contenido, constreñido, retenido, un poco convulso y otro poco decidido a seguir llorando mientras seguía con sus golpes. Golpes que sonaban como aplastados contra una calabaza o un tronco de hozote a medias comenzado a podrirse.

Lloraba, jadeaba, golpeaba con furiosa y reprimida furia deformando sus llantos con escupidas a causa de lo que saltó contra su rostro al segundo o tercero de los golpes.

Dijo el viejo aquel: “Ya eshtuvo bien. Ya cumplió mi hijo. Ahora she va a shu casha y eshpera quedar como eshto que tiene junto a shus huarachesh shi esh que por causha de ushted alguien she llega a dar cuenta del trabajito eshte que grashiash a Diosh…”

“Cuánto, cuánto era tu capital. Dizque en el otro lado el dinero se gana a puños. Pero en esta bolsa nada. Y tú siempre cargándolo encima, según díceres. Ni en esta otra. Eso decía la gente. Ni aquí, con una chin… hombre, me lo imaginaba. Acá, en esta bolsa de la chamarra. Acá vino a estar la tatema de centavos. Este ojo mío, que no me hizo quedar mal cuando se clavó en los cuatro o cinco miles que acarreaste de por allá. Estos, éste, sólo este montoncito de papeles. Todo para venir a presumirlos primero y después acabártelos en tequila y en indias patas rajadas. La Arribeña, La Jolina, Las Fonderas y Las Bombas, que de tanto oír sus apodos hasta uno como yo llega a aprendérselos. Gastarlos en estas indias. Eso si yo lo hubiera consentido. Pendejo, pendejito, viejas sebosas y tequila del que prepara mi tocayo. Abran con un bodoque de cagada. Hay que saber dónde se puede hallar diversión con este capitalito. Y yo sé que en Aguascalientes sí que se va a lucir esta nidada de pesos que venía calentándose en un paliacate dentro de una bolsa de tu chamarra norteña.

Sea por Dios, Sidronio Mojarro. Todo sea por Él y por el taruguismo de algunos prójimos nuestros…”

(Cuando miré aquellas lágrimas suyas ya no pude aguantar por más tiempo la hinchazón de la conciencia. Fue como si aquellas lágrimas me hubieran exprimido el pus cuando hablé con una voz como ser desconocida para mí porque alguien me la hubiera prestado para usarla en esta ocasión. Le dije:

–Si viera, madre, si alguien pudiera asomarse a mi dolencia… Ah, Santo Niño de Plateros, ya no puedo con esta carga. Qué hago, madre, ayúdeme o me volveré loco de un de repente. Madre, ah, Santo Niño de Plateros…

Eso dije porque no pude quedarme callado o seguir diciendo más cosas. Ella me soltó las canillas y la oí sorber un poquito de aire por la boca. Me dijo:

–Sí, ya te dije que voy a ayudarte, Isá. Ayudarte. Tu madre te va a ayudar…

Y me enseñó un billete que sacó del seno. Dijo:

–Esta vez vamos al pueblo. No a tu trabajo. Al pueblo. Este dinero es de tu padre. Me lo dio antes de irse. Para mí el billete. Pero yo sólo se lo estaba guardando. Ahora voy a hacer que lo traigan para entregarle su dinero. Tú solamente le cuentas al Presidente lo que te sucedió con tu padre. Vámonos, Isá, que tenemos prisa. Porque hay que devolverle este dinero a su dueño…

Y yo miraba entre su mano aquel billete de veinte pesos. Entonces comenzamos a caminar mientras yo miraba que mi madre arrugaba aquel billete para luego extenderlo y desarrugarlo antes de volverlo a hacer bola entre la palma de las manos).

–Ya, por vida tuya. Ya no me peguesh, por tu mamashita…

–Dímelo, Abrán, dímelo y te dejo en paz.

–Ya nada tengo que deshir. Por vida tuya, Apolonio, los tresh dientesh que me quedan…

–Cómo sucedió. Tú que lo viste, dímelo. ¡Dímelo y te dejo en paz!

–Ya te lo dijo mi muchacho. No, Apolonio, por tu ma…

–A el tú lo golpeabas también. Me enseñó tamaños moretes…

–Para corregirlo, Apolonio. Shólo porque mi obligación de padre…

–Y que a tu mujer la mediomatabas a golpes y a fuerza de tenerla sin comer.

–Calumniash, shólo calumniash. Por el amor de Diosh…

–Cuéntamelo todo.

–Mi muchacho. Mi muchachito que shalió mala yerba y le quitó la vida a un prójimo.

–Sidronio traía en la bolsa cinco mil pesos…

–Y yo qué tengo que ver con esho… Apol…

–Dónde están, dímelo. Para su padre que quedó en la miseria. Ese dinero no es tuyo. Dime dónde está y se lo daremos al viejito, su padre.

–Él esh mi muchacho. Pero cashtígalo shi obró mal. Pero a mí, que Diosh esh teshtigo que no metí lash manosh…

–¿Ni siquiera en las bolsas del difunto? Acuérdate, Abrán, acuérdate. Te doy toda esta noche para que recuerdes dónde quedó el dinero que legítimamente le pertenece al padre de Sidronio Mojarro…

–Si viera usted, madre, lo que he descansado…

–…

–Contésteme, madre, dígame que usted también…

–Vámonos.

–Dígame por qué lo hizo. Por qué les dijo dónde se escondía mi padre.

–Para devolverle sus centavos.

–Haga la lucha por descansar. Usted también, madre, trate de descansar…

–Vámonos.

–Del camino que tuvimos que caminar… Descansar los dos, usted y su hijo…

–Vámonos.

–Tenemos que hacerlo después de tantas fatigas. Pero no llore, madre. En estos últimos días se le ha revenido el llanto. Y yo creo que eso está bien. Es una forma de que usted descanse… que creo que ya se le había olvidado. Pero ahora no llore, que en la casa usted podrá descansar en esa forma todo lo que le venga en gana…

Le dijo: levántate, Abrán, y el otro se levantó y juntos salieron de aquel calabozo para enseguida salir de la presidencia. Luego agarraron por media calle mientras uno fumaba y el otro hacía preguntas con los ojos. Uno de ellos habló: “A dónde vamosh, Apolonio”. Y Apolonio contestó: “Al camposanto”. Y siguieron camino por media calle. Se oyó el ladrido de un perro cuando comenzaron a cantar los gallos. El viejo seguía preguntando con el azoro de sus ojos desvelados.

Dijo Apolonio: “Allí vas a mirar a tu hijo. Tuve que darle su aplaque por la acción tan cochina que cometió tu muchacho”. El otro suspiró: “Diosh esh teshtigo. Siempre tratando de condushirlo por el camino recto”. El otro soltó a medias una risita y el viejo lo miró de reojo como tratando de mirársela. Pero Apolonio seguía a fume y fume y a escupe y escupe gargajos contra el empedrado de la calle.

Siguieron caminando. A veces suspiraba el viejo para en seguida decir algo como: “Remordimiento”, o “Voluntad Divina”. Comenzó a temblarle la voz. Dijo: “De verash, Apolonio…” Y la lengua se le arrastró primero en el paladar y después en los labios. “Qué vash a hasher conmigo…” Y trató de regresarse para que el otro lo afianzara por uno de los brazos.

–No tengas miedo. Sólo vas a mirar a tu muchachito. –Se rio–. A ver si así te decides a recordar la parte que te tocó en el asunto…

Entonces terminaron de salir del pueblo para comenzar metiéndose al camposanto. Rodearon varias sepulturas. A esa hora el aire venía desde el pueblo y desde el canto desvelado de los gallos. Las cruces blancas de cal dibujaban cruces negras de sombra lunar en el zacate. Siguieron rodeando sepulturas mientras uno de ellos volvía a fumar y el otro comenzaba buscando con los ojos algo que pudiera ser un cadáver. De pronto uno de ellos se detuvo deteniendo al otro. Dijo: “Lo pensaste. Lo pensaste toda la noche. Ahora dímelo o de aquí me salgo solo”. El otro quiso tartamudear algo mientras se le doblaban las piernas como a punto de arrodillarse. Dijo: “Por amor de Diosh, Apolo…” El otro lo dejó arrodillarse y entre las faldas de la camisa desenterró una pistola escuadra. Dijo: “Dímelo”, y el otro le abrazó las mangas del pantalón mientras movía los labios como tratando de desenterrarse las raíces o de encontrar la salida. Dijo: “Eshtá bien, te lo voy a deshir todo. Pero no me perjudiquesh, Polonio, por vida tuyita, no me vayash a perjudicar en eshta forma…”

Del pueblo llegó como tamo de ladridos. Aire oloroso a madrugada y a cantos de gallos. Aire que llegó moviendo el zacate como si entre el zacate buscara huevos de gallina. Dijo el viejo que movía los ojos como para vomitarlos:

–Shí, esh shierto, Polonio. Fue culpa mía lo que hisho mi muchacho. Ya te lo dijo él, y esh muy shierto…

–Sí, claro. Por eso es que a estas horas tu muchachito está libre y mi conciencia tranquila. Eso no lo hubieran entendido los de la Secreta. ¿Ves, Abrán, cómo yo hago las cosas según y conforme a mi propia conciencia?

Y el viejo suspiró: –Si no eresh malo, Polonio. Esho yo ya lo shabía…

–¡Dímelo con una tiznada! –sus facciones se alebrestaron–. ¡Dime dónde está ese dinero. Eso nada más; el dinero. Dónde lo fuiste a esconder, con siete tiznadas!

El cuerpo del otro se volvió a desguanzar. Dijo: Ya me eché la culpa de lo que shushedió. Ahora llévame al calabosho. Apolonio, shácame de aquí ahora que me he declarado culpable.

Y el otro contestó: Eso me importa un carajo. El dinero. Te agarré a ti por el dinero. A tu muchacho para qué lo quería preso siendo tú quien se llevó el dinero.

Las facciones del rostro aquel se ablandaron, como si de pronto hubiera encontrado la espina que lo molestara.

–¡Ah, Polonio, conque esho era! Dinero. Dinero para ti y no para el padre del muerto. Dinero y no conshienshia ni jushtishia. Esho ya esh otro cantar. Yo que de verash creía…

El otro lo zangoloteó para ponerlo en pie: “Dónde, dímelo, cabrón…”

El otro sonrió: “Cómo esh bueno lo bueno, ¿verdad?” Y el otro dijo casi gritando: “El dinero”, mientras el viejo seguía sonriendo: “Je-je, qué bonito esh lo bonito, ¿verdad?

Y riéndose recibió el primer cachazo junto a una oreja. Lanzó una especie de pujido y siguió riéndose mientras recibía el siguiente golpe a media cabeza.

–Ah, que Polonio eshte. Je-je, puesh no quiere el dinero… je, je…

Y el otro dejó de jadear y se detuvo. Arrojó la colilla del cigarro. Dijo: “Mita y mita, Abrán, como dos hermanitos”. Y trató de sonreír. “No, Polonio, hermanito, shigue con tush cachashosh. Je-je, láshtima, ¿verdad? Ni pa Diosh ni pal Diablo. Je-je, hermani…” Y pujó al recibir otro de los golpes que ahora le caían en plena cara. Entonces se derrumbó entre el zacate y comenzó arrojando atole rojiespeso por los labios de las bocas que abría la cacha de la pistola aquella. La mueca seguía sonriendo mientras el viejo trataba de pujar y levantar los brazos mientras sonreía con su mueca de burla rabiosa. El otro resoplaba golpeando y comenzando a sudar. Entonces se detuvo y arrojó el arma contra el zacate para luego ponerse de rodillas.

–Dímelo, Abrán, todavía puedes. Dónde, haz un esfuerzo. No seas pendejo, Abrán. De los dos, los cinco mil pesos. Esa pistola se la compré la otra semana al contado, Abrán. ¿Sabes? Todo lo que trajo del norte y todo lo que yo le di por el arma. No seas pendejo, Abrán, mita y mita como hermani… ¡qué, qué tratas de decir; dímelo con setenta mil tiznadas!

Y el otro forzaba a medias su mueca desfigurada como tratando de reírse. Se oyó: “Je, je, Polo…” Y el otro tentaleó mientras lo miraba hasta que su mano encontró la pistola. Entonces la afocó contra aquella cabeza a medio romper que tenía enfrente. El otro hizo: “Jéééé…” de un modo que apenas se entendió que su intención fue reírse. Apolonio soltó el balazo para que el cadáver aquel se estremeciera dándose vuelta como si soñara pesadillas. Pasó un pájaro haciendo: “Jéééé…” Y se volvió pulga en lo pardiazul del cielo que comenzaba a abotagarse de sol.

Apolonio se levantó recogiendo el sombrero que se le había caído un rato antes. Antes de ponérselo guardó el arma y comenzó a persignarse mientras murmuraba:

–Ah, Abrán, que güevos los tuyos… cómo de veras fuiste un hijo de la tiznada…

Eso mientras se persignaba. Después se encasquetó el sombrero y se limpió el sudor de la frente con la manga de su camisa.

 

(Tomado de Sainz, Gustavo, Los mejores cuentos mexicanos, Ediciones Océano, Barcelona, 1982)