viernes, 6 de marzo de 2026

Cosecha de huesos

José María Tamparillas

 

Huesos.

Sólo huesos.

Un montón de ellos.

Lucas Cebrián no paraba de sacar huesos. Adultos, unos pocos niños… Esqueletos completos y piezas sueltas.

Limpios y algo ennegrecidos por el color rudo del suelo que los acogía.

Los apilaba en la parte de atrás del cobertizo. Lo hacía con cuidado y respeto; imaginaba que en una situación parecida, a él le hubiera gustado que quien perturbara el sueño eterno manejase sus restos con un mínimo de decoro.

Mes tras mes, año a año, Lucas peleaba con denuedo con­tra el destino que había heredado: una granja contagiada de lepra, en medio de un páramo insalubre donde sólo medraban los mosquitos, las culebras y las ratas; rodeado de una tierra estéril con la que había que pelearse para obtener algún fruto.

Y que sólo parecía querer germinar intermitentes cosechas de huesos.

Lucas Cebrián era un hombre solitario: segundo hijo en una familia humilde, y por lo tanto abocado a la miseria en un lugar en el que el primogénito heredaba todo. La granja, las tierras, los cerdos y hasta aquel saco de pulgas, parecido a un mulo, provenían de un tío materno suyo, padrino de bautizo, que había muerto poco tiempo atrás sin más descendencia que aquel muchacho retraído y hosco, aunque trabajador. Era una nueva vida, lejos de su lugar de nacimiento. Cualquier otro hubiera cejado en el empeño al poco tiempo, pero Lucas era un hombre adusto y obstinado, temeroso de Dios a la manera de quien lo ve como un padre exigente, brutal y algo distante. Aquella herencia había sido un regalo, la puerta que se le había proporcionado para salir de una existencia abocada al infortunio: puerta y prueba. Asumía su actual pobreza con pragmatismo: nadie es pobre, un pobre de verdad si tiene un lugar y los medios para subsistir por sí mismo. Sólo se es pobre de verdad si se depende de la caridad ajena. Consideraba que el trabajo era una obligación moral y que la riqueza, la auténtica riqueza estaba en relación inversa a las necesidades que uno mismo se exigía.

Lucas pedía poco: comer, beber, dormir y tener la salud suficiente para ir amanecer tras amanecer a pelearse con aquella tierra preñada de huesos y penuria.

Sin embargo había días en los que percibía un ligero prurito de duda.

Miraba el montón de tibias, costillas y cráneos y se preguntaba en voz baja si él no iba a ser el siguiente en pudrirse bajo la maloliente capa que lo cubría todo; dudaba si alguien iba a recoger sus huesos mondos, roídos por las ratas.

 

(Tomado de www.talesofmytery.blogspot.com)

 

El tapado

Augusto Guzmán

 

Cuando el correo de Cochabamba se anunció a toque de pututu por las calles del pueblo, don Benjamín Díaz Vela había acabado de comer un plato de saisi y de beber su acostumbrada chicha. La familia pasaba en el campo temporada veraniega. Y él, que había venido a vender maíz y muko, no estaba sino a la espera de ese correo para recoger los periódicos de la capital, y su correspondencia.

A pasos lentos bajó desde su casa a la oficina de correos, en la plaza, siguiendo la angosta e inclinada acera de la calle que le obligaba a apoyarse en el bastón de chonta. Debajo de la galería, esperaban muchas personas la distribución de cartas.

El redondeado y rubicundo Benjamín era hombre retraído, de pocas amistades aunque de mucha parentela. Para no entablar conversación alguna, contestó los saludos de sus paisanos con ademanes cortantes y se fue derechamente a la ventanilla de oficina donde una simpática empleada, de moño alto y agradable acento, le entregó sin dilación su paquete de papeles.

–Don Benjamín, tiene Ud. periódicos y una carta del Banco Hipotecario.

–Muchas gracias, señorita Eloína.

Al emprender la subida de regreso Díaz Vela comenzó a sentir cierta desazón por la carta del Banco. Había solicitado una prórroga de seis meses para una obligación cuyo plazo vencía en dos semanas más.

Tenía corazonada de negativa. Aunque podía leer en la calle, pues no pasaba de las cinco de la tarde, prefirió hacerlo en el patio de su casa. Sentado en un viejo sillón de forro verde, junto a los alegres limoneros que perfumaban el recinto, y mientras consentía que sus tordos le picotearan familiarmente los zapatos por las fajas de resorte, sobre los tobillos, encontró que su presentimiento había sido cabal. El banco se negaba a conceder la prórroga y exigía cortésmente la devolución de los diez mil bolivianos prestados por tres años con la garantía de la finca de Lomalarga.

El escarabajo travieso de la preocupación comenzó a rascar el descansado y apacible cerebro del terrateniente Díaz Vela, cuyo hijo menor había partido a Europa, hacía poco, con objeto de estudiar medicina en una universidad alemana. Él hallaba en su conciencia que no había sido puntual en los pagos de amortización fijados en la escritura de préstamo, Tampoco pudo serlo en los de intereses. Todo esto por ayudar a Rómulo cuya vida de estudiante provinciano con el título de “hijo de padres ricos” le costó caro en Cochabamba y ahora le costaba mucho más. Tampoco le demandaba poco gasto sostener el rango de su mujer y de sus tres hijas mozas, dotadas de belleza, imaginación y buen gusto para gastar el dinero con la elegante despreocupación que exigía el buen tono en la pequeña ciudad. Las rentas feudales eran crecidas, pero los gastos se sobreponían a ellas con gallarda preeminencia que por fuerza requería del crédito. Para salir de la deuda tendría que venderle al cura una de sus propiedades, sin duda la más pequeña, esa de Veladeros con seis colonos. Era una solución dolorosa. Se trataba nada menos que de la propiedad heredada a sus padres, henchida de sus recuerdos de infancia.

Díaz Vela acabó de leer en cama, a la discreta luz de una lámpara de kerosén, los diarios. Pasándose la mano por la rubescente calva, comprendió que no podría dormir. La prensa no traía nada sensacional. Continuaban los artículos en torno a la obra y la personalidad del presidente Montes. Se sentía solo y fatigado. Su hacienda de Veladeros se le desprendía del corazón, desgarrándose quejumbrosamente, a las manos del párroco que la ambicionaba desde hacía tiempo. El reloj de la iglesia dio las ocho.

–¡Tata Lanchi! –su llamado salió por la puerta de dos hojas, abierta en una mitad, y fue a despertar en el zaguán al mayordomo de Lomalarga, yacente sobre un par de cueros de carnero, al lado de los pongos.

–Tatay, patrón –contestó Lanchi acercándose solícito al lecho de su amo que le ordenó en quichua.

–Ven a charlarme un poco. No me viene el sueño.

–Bueno, patrón.

El indio se sentó en el suelo, junto a la puerta, a discreta distancia del catre de metal amarillo, cuyos barrotes y varillas brillaban como el oro. Hablaron de la cosecha y de la siembra, del régimen de lluvias nunca satisfactorio, de las heladas y del polvillo en el trigo, del rendimiento del molino, de las entregas de pollos, huevos y quesillos; del herbaje de ganado mayor y menor; del estricto cumplimiento de las obligaciones personales. El indio, provecto y experimentado, tocaba los temas de interés patronal, pues sabía de sobra que sus problemas personales y los de los colonos carecían de importancia. Su charla se desataba y discurría apacible como un arroyo claro por un cauce sin tropiezos. Pero Díaz Vela no conciliaba el sueño. Se sumía en largos silencios y oía llover la charla de Lanchi hasta que al agotarse el tema callaba el comedido relator moviéndole a nueva incitación con preguntas y tanteos sobre esto y lo otro. Al cabo el indio, que tragaba la saliva amarga de su bolo de coca para no escupir sobre la alfombra, osó representar ante su amo, medrosamente, cuando este le repetía el consabido:

–¿Qué más hay? Sigue no más contando.

–Ya de todo te he contado pues patrón. Ya no tengo más para contarte. Tendrás acaso alguna preocupación muy grande para no dormir. Tal vez fuera bueno que tomes un poco de chichita. Iré a comprarte si quieres patrón.

–¡Oh tata Lanchi! –respondió Díaz Vela– bien sabes que yo no tomo más de uno o dos vasos sobre la comida. Tengo mis razones para no dormir. El Banco de Cochabamba me cobra diez mil pesos. Para pagarlos tendré que vender mi finquita de Veladeros. Todo esto por mis hijos. Romulito me cuesta mucha plata. Si ya no recuerdas nada por lo menos inventa pues algo, Lanchi, para distraerme. No puedo esta noche con la soledad que me rodea.

–Así es patrón. Una desgracia muy grande –lo compadeció el mayordomo.

Y seguidamente recordando las exploraciones de unos cateadores de minas que habían estado semanas antes por Lomalarga, continuó su charla.

–Olvidaba comunicarte patrón que hará cosa de un mes estuvieron por Lomalarga unos buscadores de minas. Subieron a la cumbre más alta donde existe el socavón que todos conocemos.

–¿Ese que dejaron los jesuitas?

–Ese mismo patrón. Regresaron diciendo que ahí no hay nada bueno y siguieron por el lado de Ayquile.

–Así es. Yo he estudiado eso. No hay más que piedras.

–Más bien en esta casa patrón, en el patio chico de las gallinas, pueda que haya algo. Dos veces, muy de noche, yo he visto arder y apagarse en el suelo, sin chispas ni humo, una fogata que me ha llenado de miedo. La primer a vez creí que era cosa de duendes o del Diablo…

Un alacrán que le hubiese picado en la cama no le habría hecho incorporarse con tanta vivacidad como la tranquila noticia confidencial de su humilde servidor.

–¿En el patio de las gallinas? ¿En qué sitio precisamente? ¿Dos veces has dicho?

–Al centro, en medio patio, delante del corredor de las gallinas. Como iba diciendo la primera vez, hace ya muchos años, cuando era mayordomo mi padre, vine de su acompañante. Dormimos en el zaguán. Más o menos a la media noche los burros se habían salido del corral hasta la puerta de calle. Yo los devolví y aseguré, Al salir por el pasaje miré el corral de gallinas y vi una llamarada que se apagó al instante. Asombrado y asustado, corrí a contárselo a mi padre quien me ordenó acostarme diciendo que sin duda estaba medio dormido para tener tales visiones. Y más no se habló del caso.

–¿Y la segunda vez, Lanchi?

–La segunda vez hará cosa de seis meses. Para entonces yo sabía que este fuego es señal de plata enterrada.

–No siempre, Lanchi.

–Pero así dicen tatay.

–Dicen pues disparates. ¿Tú has de saber más que yo? Estamos en que viste por segunda vez las llamas, ¿ahí mismo, Lanchi?

–En el mismo sitio patrón, en medio patio, delante del corral donde duermen las gallinas. Pero entonces no eran llamas vivas y altas como la primera vez, sino llamitas bajas y vacilantes como cuando se apagan las hogueras de San Juan en el rescoldo. Una cosa muy rápida.

–Está bien, Lanchi. Yo también he visto en otras partes estos fuegos. En vez de plata lo que generalmente hay en esos entierros es un montón de huesos. Eso puede ser. Ahora vete, ya es tarde.

–Así será patrón. Buenas noches. Que duermas bien.

Díaz Vela rebulló su cuerpo ligeramente obeso y no se dignó contestar al mayordomo. Estaba seguro de que el indio le había dado la clave de un tesoro oculto, de un tapado. ¡Qué capricho el de los viejos coloniales! Él, como todos, había buscado los tapados siempre en las paredes tanteando con un martillo de madera. Pero en esta casa de sus abuelos el tesoro estaba en el suelo. Despacharía cuanto antes al mayordomo. Los pongos que habían llegado esa tarde en reemplazo de los otros serían excelentes jornaleros gratuitos para la excavación que comenzaría al día siguiente mismo. Plata, oro, piedras preciosas…

El sueño acudía a pasos sordos y blandos hasta cerrarle los ojos dulcemente. ¡Y después dicen que la ambición y la avaricia no dejan dormir! Don Benjamín Díaz Vela durmió como un bendito.

La mañana del día siguiente, domingo, hizo desocupar el gallinero y terminó la realización de las cargas de maíz y muko. El mayordomo regresó a la finca llevando una carta en que Benjamín decía a su esposa que se quedaba por unos días, hasta arreglar el despacho de un giro para Romulito y gestionar la prórroga de plazo con el Banco. En realidad estaba resuelto a darle una sorpresa fulminante con el tesoro de Lanchi.

Los pongos armados de picos y lampas iniciaron bajo la vigilancia de su amo la excavación de un pozo en el centro mismo del patio de las gallinas. En seis horas de trabajo duro llegaron a dos metros de profundidad por metro y medio de diámetro. El suelo era duro, compacto de arcilla seca, piedras redondas y cascajo. No se presentaba señal de tesoro oculto. Díaz Vela suspendió la faena un tanto descorazonado. La arcilla blanca, azulosa y bermeja en capas alternadas de variado espesor, mostraba lucientes las huellas de las herramientas sin descubrir indicio alguno, directo o indirecto, de que allí hubiesen enterrado por lo menos una lata de sardinas. Pudiera ser que estuvieran desviados del verdadero sitio del tapado. Por previsión resolvió no adelantar en la profundidad ni una pulgada más sino ensanchar el hoyo por una parte hasta el corredor y por otra hasta la puerta del patio, lo que significaría un diámetro de cinco metros. Prácticamente ese proyecto de excavación abarcaba el registro de todo el subsuelo del patio excluyendo solamente el angosto corredor. Estaba resuelto a seguir. ¿Acaso otros dueños de casas viejas como él no habían encontrado tapados? Díaz Vela comió un buen plato de chajchu y bebió una botella de chicha. Antes de acostarse llamó al par de pongos y les previno, cauteloso:

–No van a hablar con nadie del trabajo que hacemos. Les costaría caro. Estoy buscando el cadáver del hijo de la mujer que fue nuera de uno de mis antepasados.

Y de nuevo la noche abrió sus negros ojos de tinieblas envolviendo los febriles ensueños de grandeza de Díaz Vela. Acostado sobre su brillante catre de varillas y barrotes amarillos, estuvo desvelado en la sombra con la extraña historia de Lanchi que había venido a plantear implícitamente la solución de todos sus problemas. El tapado tendría que ser una fortuna como para pagar al Banco y reconstruir la antigua casona de sus abuelos. Como para ir de viaje él y su mujer y sus hijas en caravana familiar hasta Buenos Aires. Como para embarcarse rumbo a Europa al encuentro de Rómulo. Trajes, joyas, holgada cuenta corriente, prepotencia burguesa. Una vejez no solamente decorosa, sino envidiable… Y el sueño bueno le libraba de los ensueños inquietantes, borrando en su cerebro las imágenes de la vanidad humana.

Domingo de trabajo. Lunes, martes, miércoles, jueves, viernes: jornadas de diez horas con cuatro acullis de coca que él pagaba generosamente dando a cada pongo dos libras por día. Una colina de tierra, salida de la excavación, cubría un sector del corral de caballos. El hoyo era un embudo inmenso de cinco metros de profundidad en cuyo fondo brillaba, como un espejo de cerúleos reflejos, el agua de un manantial recóndito.

A eso habían llegado el viernes por la tarde.

–¡Basta, basta! Aquí lo dejamos todo –gritó desilusionado Díaz Vela–. Ese indio bruto me va a aclarar la cosa mañana.

Por la noche cayó la lluvia, leve, fina, menuda, persistente, haciendo subir el nivel del agua en el embudo, por lo menos medio metro. Al día siguiente sábado, el encuentro del mayordomo con su patrón de Lomalarga en la vieja casona de Díaz Vela aclaró la situación en desenlace poco o nada dramático pero terminante.

–¿Cómo es Lanchi que después de tantos días de trabajo y habiendo hecho cavar tan hondo en el lugar donde tú viste las llamas, no encontramos absolutamente nada? ¿No será que por puro animal me has indicado un sitio diferente? Porque aquí no hallamos ni siquiera un zapato viejo.

–¡Oh patrón! –exclamó Lanchi melancólicamente–. Como no teniendo ya nada que contarte aquella noche me dijiste que inventara algo para distraerte, lo inventé sin la menor malicia, Y como tampoco me avisaste que pensabas hacer cavar supuse que no le diste importancia a mi relato. También recuerdo que me dijiste que estos fuegos no indican tapados de plata sino cuando más de huesos. ¿No habrá habido siquiera huesos. patrón?…

–Indio mentiroso, no me vengas a preguntar nada. Mañana mismo entras al trabajo para tapar solito, por tu cuenta, el hoyo que me has hecho abrir inútilmente.

–Lo haré con toda voluntad patroncituy. Espero que me perdones, papasuy…

Y ambos, alguna vez, ¡oh dulzura patronal! sonrieron buenamente a la pálida luz del atardecer de aquel nuboso día de verano, mientras en el aire parecía disiparse la obsedante presunción del tesoro oculto.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

jueves, 5 de marzo de 2026

Fe

Voltaire

 

Lucrecia, hija del Papa Alejandro VI, estaba de parto.

–¿Quién crees que es el padre de mi nieto? –preguntó el Papa al príncipe Picco de la Mirandola.

En Roma no se sabía si el niño era del santo padre o de su hijo, el duque de Valentinois, o del marido de Lucrecia, Alfonso de Aragón, que pasaba por impotente.

–Yo creo que es vuestro yerno.

– Pero ¿no sabes que un impotente no puede hacerle un hijo a nadie? ¿Cómo puedes creer esa necedad?

–Yo la creo por la fe –dijo Picco–, pues la fe consiste en creer en las cosas porque son imposibles. Además, el honor de vuestra casa exige que el hijo de Lucrecia no pase por ser el fruto de un incesto. Vos me hicisteis creer misterios aún más incomprensibles. ¿No se me exige que esté convencido de que una serpiente habló y que desde entonces todos los hombres están malditos y de que las murallas de Jericó cayeron al son de las trompetas?

–Creo en todo eso como vos –manifestó el Papa–; me doy perfecta cuenta de que sólo la fe puede salvarme, ya que no mis obras.

–¡Ah!, santo padre – declaró Picco–, vos no necesitáis ni de las obras ni de la fe. Eso es para los pobres profanos como nosotros, pero vos, que sois vice-Dios, podéis creer o hacer lo que os parezca. Tenéis las llaves del cielo y, sin duda, San Pedro no os dará con la puerta en las narices. Pero, por lo que a mí respecta, necesitaría de mayor protección que vos si me hubiera acostado con mi hija.

Alejandro VI tenía respuesta para todo:

–Hablemos seriamente: ¿qué mérito puede tener decirle a Dios que se está persuadido de cosas de las que, en realidad, no se puede estar persuadido? Decir que se cree en lo que no es posible creer es mentir.

Picco de la Mirandola se santiguó.

–¡Ah, Dios mío! –exclamó–, que vuestra santidad me perdone, pero vos no sois cristiano.

–A fe mía que no –dijo el Papa.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

Un sueño

Leonid Andréiev

 

Hablamos luego de esos sueños en los que hay tanto de maravilloso y he aquí lo que me contó Sergio Sergueyevich cuando nos quedamos solos en la gran sala semioscura.

–No sé qué pudo ser aquello. Desde luego fue un sueño. Dudarlo sería un delito de lesa sentido común, pero hubo en aquel sueño algo demasiado parecido a la realidad.

“No me había acostado. Permanecía de pie, paseando por mi celda con los ojos bien abiertos. Lo que soñé –si es que lo soñé– quedó grabado en mi memoria como si en efecto hubiera sucedido.

“Llevaba dos años encerrado en la cárcel de San Petersburgo por cuestiones políticas y, como estaba incomunicado y no sabía nada de mis amigos, una negra melancolía se iba apoderando de mi corazón. Todo me parecía muerto. Ni siquiera me preocupaba en contar los días que iban transcurriendo.

“Leía muy poco y pasaba buena parte del día y de la noche paseando arriba y abajo de aquella celda que apenas medía tres metros. Andaba despacio, para no marearme, y recordaba muchas cosas… Sin embargo, poco a poco, las imágenes se iban borrando de mi memoria.

“Sólo una permanecía fresca y viva, a pesar de ser en aquel entonces la más lejana e inaccesible: la de María Nicolayevna, mi novia, una muchacha encantadora. Lo único que sabía de ella era que no había sido detenida y, por ello, la suponía sana y salva.

“En aquel triste atardecer de otoño su recuerdo llenaba mi pensamiento. En mi lento caminar sobre el suelo asfaltado de la celda, en medio de aquel tétrico silencio, veía deslizarse a derecha e izquierda, desnudos y monótonos, los muros… De pronto, me pareció que yo permanecía inmóvil y eran los muros los que se deslizaban.

“¿Estaba en efecto inmóvil? No. Seguía andando lentamente… pero ya no era por la celda sino por la calle Trevskaia de Moscú en dirección a los grandes bulevares.

“Era una hermosa tarde de invierno, hacía un sol espléndido y todo era animación y ruido de coches. Consulté el reloj. Marcaba las tres y media. ‘A esta hora –pensé– en Petersburgo empieza a anochecer’. Sentí una súbita inquietud. Había llegado aquella mañana a Moscú con María Nicolayevna llevado por motivos políticos y nos habíamos inscrito en el hotel como marido y mujer. Ella se había quedado sola y, pese a que le había indicado que cerrara con llave y no le abriera a nadie, me asaltó el temor de que pudieran tenderle una trampa. ¡No había tiempo que perder!

“Tomé un coche de punto. Al llegar, subí la escalera a toda prisa y en seguida me vi ante la puerta de nuestra habitación. No habiendo visto la llave en el vestíbulo, pensé que María no había salido. Llamé del modo que habíamos convenido y esperé: silencio absoluto. Volví a llamar y empujé sin lograr abrir… ¡Nada!

“Sin duda había salido, o de lo contrario algo le había ocurrido. Entonces vi a Vasili, el camarero de nuestro piso.

“–Vasili –le pregunté–. ¿Vio usted salir a mi mujer? ¿Vino alguien a visitarla?

“El camarero titubeó… ¡Había tanto movimiento en el hotel!

“–¡Ah, sí, ya recuerdo! –dijo, al fin–. La señora salió. La vi guardarse la llave en el bolsillo.

“–¿Iba sola?

“–No. Acompañada por un señor alto con gorro de pieles.

“–¿Dejó algún recado?

“–No, Sergio Sergueyevich.

“–No es posible, Vasili, no se debe acordar usted…

“–No. No me ha dicho nada. Tal vez el portero…

“Bajé a la portería seguido por el camarero que se había apercibido de mi inquietud que, por lo demás, no era inmotivada: no conocíamos a nadie en Moscú y aquel caballero alto del gorro de piel me inspiraba angustiosos recelos.

“Tampoco al portero le había dejado María recado alguno. Mi desasosiego iba en aumento.

“–¿No recuerda usted en que dirección se fueron?

“–Se fueron en un coche de punto de la parada de enfrente… ¡Mire usted, ese que llega ahora!

“Estábamos en la misma puerta y el portero llamó al cochero.

“–¿A dónde has llevado a los señores?

“–No recuerdo el nombre de la calle… es una calle muy apartada en la que nunca había estado. El caballero me guio.

“–No te será difícil volver a encontrarla –insistió el portero–, tú no eres un novato.

“–¡Claro que la encontraría! Pero el caballo está tan cansado…

“–Te daré una buena propina –dije para animarlo. Logré convencerlo. El portero abrió la portezuela y subí al carruaje.

“Estaba ya más tranquilo. Dentro de media hora o una hora, a lo más, estaría en la casa a la que el misterioso caballero había conducido a María. En las calles reinaba gran animación y, aunque no se habían encendido todavía los faroles, las tiendas ya estaban iluminadas. El tránsito era tan compacto que, de vez en cuando, teníamos que detenernos y entonces sentía yo en la nuca el cálido aliento del caballo del carruaje de atrás.

“De pronto recordé que era Nochebuena. ¡Cómo se me había podido olvidar!… En la Plaza del Teatro se alzaba en medio de la nieve un verdadero bosque de pinos jóvenes y verdes de una fragancia deliciosa. Muchos hombres, envueltos en abrigos de pieles, paseaban alrededor oliendo a campo y a selva.

“No tardaron en encender los faroles y mi corazón se sintió cada vez más tranquilo. Luego de recorrer varias calles, algunas de las cuales me parecieron muy largas, penetramos en una parte de la ciudad que yo no conocía.

“Al principio, el cochero me iba diciendo los nombres de las calles por las que pasábamos –unos nombres raros que nunca había oído–, pero luego empezamos a zigzaguear por un dédalo de callejuelas tan desconocidas para el cochero como para mí.

“Resulta muy desagradable recorrer de noche una ciudad o un barrio que no se conoce. Cada vez que se dobla una esquina se teme haber penetrado en un callejón sin salida. Debido a que ello me ocurría en Moscú, ciudad que yo creía conocer palmo a palmo, mi desasosiego aumentaba. Me parecía que, en cada callejuela, me acechaban traiciones y emboscadas.

“Al pensar en María y en el individuo del gorro de pieles me entraban impulsos de echar a correr en su búsqueda. El caballo marchaba muy despacio y, de vez en cuando, volvía sobre sus pasos. Yo contemplaba la espalda inmóvil del cochero y me parecía como si siempre la hubiera estado viendo, como si se tratara de algo inmutable y fatal.

“Los faroles eran cada vez más escasos. Casi no se veían tiendas ni ventanas iluminadas. Todo se hundía en el sueño nocturno.

“Al doblar una esquina el coche se detuvo.

“–¿Por qué paras? –pregunté al cochero, lleno de angustia.

“No contestó. De pronto, hizo volver grupas al caballo de modo tan brusco que por poco me lanza al arroyo.

“–¿Te perdiste?

“–Ya pasamos por aquí –repuso tras unos instantes de silencio–. Fíjese usted.

“Me fijé, en efecto, y recordé el paraje, aquel farol junto al montón de nieve, aquella casa de dos pisos… ¡Ya habíamos pasado por allí!

“Aquello fue el comienzo de un nuevo e insoportable tormento: comenzamos a pasar por calles y callejuelas en las que ya habíamos estado, sin poder salir de aquel laberinto. Luego atravesamos una amplia avenida, alumbradísima y muy animada, por la que ya habíamos pasado. Poco después, volvimos a atravesarla.

“–Deberíamos preguntar a alguien…

“–¿Qué vamos a preguntarles? –contestó secamente el cochero–. Si no sabemos a dónde vamos…

“–Pero tú decías…

“–¡Yo no dije nada!

“–Haz por orientarte. Se trata de algo muy importante para mí.

“No contestó. Cuando hubimos recorrido unos cien metros más en zigzag, dijo:

“–Ya ve usted que hago todo lo posible…

“Por fin alcanzamos una calleja en la que no habíamos estado. El cochero, sin volverse, dijo:

“–¡Ya empiezo a orientarme!

“–¿Llegaremos pronto?

“–No sé.

“Mi suplicio no había concluido. Nos envolvía una densa oscuridad y sólo veíamos interminables tapias, tras las que se alzaban corpulentos árboles, cuyas ramas casi se cruzaban con las del lado opuesto, y casas sin ventana alguna iluminada. En una de ellas debía estar María Nicolayevna. Sin duda había caído en una trampa siniestra y terrible. ¿Quién sería el hombre alto que la había llevado allí?

“Las tapias seguían deslizándose a ambos lados del coche. Ya empezaba a sospechar que estábamos pasando otra vez por las mismas calles, cuando, de pronto, el cochero exclamó:

“–¡Ahí es!

“–¿Dónde?

“–¿Ve usted esa puertecita en la tapia?

“Vi la puertecita pese a la oscuridad. Nos detuvimos y bajé del coche. Me acerqué a la puerta y estaba cerrada. No había aldaba. Reinaba un profundo silencio.

“Se me doblaron las piernas al preguntarme para qué habrían llevado allí a María.

“Di unos golpecitos con los nudillos. Silencio. Sobre mi cabeza, las ramas cubiertas de nieve parecían serpientes blancas.

“A través de una rendija pude ver un largo sendero que conducía a la escalera de una casa sin luz alguna, tétrica, terrible. Allí había alguien. Algo ocurría. Lo denunciaba la negrura hipócrita de sus ventanas.

“Enloquecido, empecé a dar tremendos puñetazos en la puertecita y a gritar.

“–¡Abran!

“Los golpes se fundían en un ruido sordo y continuo que resonaba en toda la calle y me impedía oír mi propia voz.

“Las manos me dolían, pero seguía golpeando cada vez con más fuerza. La puerta, la tapia, la calle entera trepidaban como un viejo puente al paso de un escuadrón.

“Por fin, una luz débil y amarillenta brilló en una rendija. Temblaron algunas ramas. Alguien se acercaba con una linterna y se oían voces ahogadas.

“Un profundo temor me embargó. Había algo terrible en aquellas voces, en la luz trémula y débil.

“Los faros se detuvieron ante la puerta. Al cabo de unos instantes, que se me hicieron siglos, se oyó el tintineo de las llaves, el ruido de una cerradura y una luz cegadora hirió mis ojos.

“En la puerta estaban… mi carcelero y otro funcionario.

“–¿Qué es esto? –grité–. ¿Qué hace aquí mi carcelero? ¿Dónde estoy? ¿A qué puerta he llamado?

“Los dos empleados, inmóviles en el umbral, me miraban asombrados.

“–¿Por qué llama usted de ese modo, Sergio Sergueyevich? –me dijo el carcelero–. Tome el quinqué, ahora le traeré el samovar.

“Tomé el quinqué. Estaba en mi celda”.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

miércoles, 4 de marzo de 2026

El poeta negro

Antonio Ballesteros

 

Dicen que la realidad supera con frecuencia a la más delirante ficción. Por eso, a nadie debería extrañarle que si en esta brumosa madrugada mi famoso e insigne archiabuelo, el ilustre poeta don Gustavo Adolfo Bécquer, levantase la cabeza y me viera pasear por las desiertas callejuelas de este Toledo remozado –que apenas vagamente reconocería–, podría pensar que revivía los delirios de la tuberculosis que lo llevó al más allá. Y si por algún extraño encantamiento por fin se convenciera de que yo –su archinieto bastardo y negro– soy real, muy probablemente suplicase que lo regresaran a la tumba: nada supo en vida de aquel hijo ilegítimo que fue mi tatarabuelo.

Su desconcierto habría sido absoluto, siglo y medio más tarde, al encontrarse frente a alguien casi completamente igual a él, pero con la piel negra.

Se habría visto reflejado a sí mismo como en un espejo oscuro: su afilado rostro y su nariz aguileña, las inconfundibles guedejas de su ondulado cabello, la misma perilla e idéntico bigote para disimular el barbilampiño rostro. Y porque la genética es mucho más tenaz y fiable que la genealogía, quizá también habría reconocido en mí, en esta extraña noche en la que mis atribulados pensamientos volvieron errática mi mirada, su melancólico y desesperanzado gesto.

Y si, además, el poderosísimo conjuro que le podría haber convencido de que no deliraba consiguiese guiarle hasta el portón que yo me dispongo a franquear ahora… hubiera recordado que él traspuso aquel umbral en busca de la aventura galante que preñó a mi archiabuela. Sin duda, él nunca sospechó que aquella calurosa noche en la que disfrutó del lecho de una joven e inocente mujer enamorada, tuviera más consecuencias que las de aliviarle, momentáneamente, las penas y los ardores de otro amor.

En ese improbable momento, si se hubiera convencido de que yo no era el reflejo de ningún espejo, ni el fruto de alguna excepcional alquimia, entonces quizá se habría atrevido a preguntarme si yo era el hijo del hijo del hijo del hijo de alguno de sus hijos…

Y yo le habría tenido que contestar que sí, pero también aclararle que no descendía de los hijos que él conoció, los que engendró con su esposa, Casta Esteban. Le habría tenido que decir la verdad: que aquellos muchachos murieron jóvenes y sin descendencia.

Su desconcierto me habría dado la oportunidad de contarle que Manuela Alonso, la ilusionada virgen que él desfloró aquella ardiente noche –la que ilusamente pensó que los versos y las rimas que su pretendiente declamaba eran inspirados por ella, y no por otra–, se quedó esperándolo muchos días y muchas madrugadas, hasta que su vientre engruesó y ya no pudo disimular su estado.

Habría podido ponerle al día de que el padre de Manuela, el ilustre señor don Inocencio Carlos Alonso de Heredia y Olmedilla, al descubrir el sorpresivo embarazo de su hija, montó en cólera y de inmediato escribió a un allegado de la familia para que le auxiliase en tan amarga situación.

Era este pariente un clérigo recién afincado en muy lejanas tierras, y sin pensarlo dos veces a él le envió a su hija descarriada, junto con un cofre repleto de monedas para que, en adelante, la tuviera confinada y a buen recaudo, buscando salvaguardar así el buen nombre de la familia.

Le habría podido explicar a don Gustavo Adolfo que mi archiabuela, para alejarse del vergonzante destino monacal que le aguardaba, al desembarcar en el puerto de Montevideo, tras una larga travesía en la que sufrió innumerables náuseas y mareos –hasta el punto de desconfiar que la criatura que portaba en sus entrañas fuera a nacer con vida–, a la primera oportunidad huyó del sacerdote que la esperaba, llevando a mi tatarabuelo en su vientre y bajo el brazo, bien sujeto, el cofre y las monedas con las que el padre que la repudiaba creía salvado su honor.

A continuación consiguió convencer a un carretero de lanas que la llevase lo más lejos posible. Y temiendo el aborto en cada salto del vehículo, tras siete insufribles días llegó a un inhóspito pueblito de frontera llamado San Eugenio del Cuareim, de apenas veinte casas y doscientas almas.

Más tarde, tras alumbrar en condiciones bien precarias y auxiliada por sus nuevos vecinos –muchos de ellos esclavos negros recién liberados, llegados del Brasil–, hubo de inscribir a su vástago en un registro.

Y en esa ocasión no utilizó el propio apellido, Alonso: no quería dejar ningún rastro de su periplo. Inscribió a su hijo con los nombres y el apellido del hombre al que, aunque desengañada, continuaba amando con infinita devoción. Incluso tuvo que corregir al escribano, que en vez de Bécquer, con cqu, escribió Bécker con ck: en realidad el verdadero apellido de los ascendientes de don Gustavo Adolfo.

Es explicable el error: antes de que se fundara aquel pueblín fronterizo que años más tarde pasaría a denominarse Artigas, unos comerciantes alemanes comprobaron que sus alrededores eran extremadamente ricos en piedras semipreciosas, y se asentaron en la zona: su apellido era el mismo que los nobles flamencos de los que descendía don Gustavo Adolfo.

En efecto, tanto el poeta como su hermano Valeriano y su padre, el también pintor José Domínguez Insausti, para sus obras utilizaron, castellanizado, el apellido de sus antepasados: es decir, cambiaron la ck por cqu. Quizá Manuela Alonso nunca lo supo, y por eso yo me apellido Bécquer con cqu y no Bécker con ck.

Lo demás, si el espectro del desafortunado poeta me hubiera acompañado en el paseo, habría sido fácil de contar: al contrario que los legítimos, el hijo de don Gustavo Adolfo y de Manuela creció sano y perpetuó no sólo su apellido sino, en el primogénito varón de cada generación, el conocido nombre compuesto que figura en mi cédula de identidad.

Se dio la curiosa circunstancia de que tanto aquel vástago bastardo del poeta –el que cruzó el océano en el vientre de su madre– como sus sucesivos descendientes, incluido yo, mostraron una marcada inclinación por emparejarse con las mujeres afrodescendientes que tanto abundan en esa zona fronteriza con el Brasil. Por ello, aunque los nombres y el apellido se transmitieron durante seis generaciones, y los rasgos del poeta permanecieron en nuestro rostro –yo soy la prueba viviente del suceso–, nuestra piel se tiñó del color de la canela.

Por lo que a mí respecta, sólo recientemente tuve el anhelo de cruzar el océano Atlántico y visitar Toledo, la ciudad natal de mi archiabuela. La peripecia de Manuela Alonso no pasó de ser, en nuestra familia, más que una amable curiosidad, una vaga leyenda que se transmitía de padres a hijos como la propiedad de un mueble antiguo al que no se sabe dónde colocar ni qué hacer con él, pero del que es agradable sentirse dueño.

Aunque he de confesar que durante un tiempo sí aproveché mi ascendencia: cuando mis compañeras adolescentes, acostumbradas al rudo cortejo de sus otros pretendientes, me escuchaban decir que “los suspiros son aire y van al aire, las lágrimas son agua y van al mar; dime, mujer, cuando el amor se olvida, ¿sabes tú adónde va?”, se me quedaban mirando embobadas y se reían, nerviosas por no saber qué contestar, pero me dejaban acariciarlas con mucha más facilidad que a los otros, quizá esperando escuchar nuevos poemas.

Tampoco debe de ser casualidad que cuando hube de optar por una salida profesional me dediqué a rapear, porque las letras me brotan con una facilidad que asombra a mis compañeros de grupo.

Si el mismo conjuro que hubiera podido traer al poeta desde ultratumba hubiera permitido presenciar la escena a Manuela, mi archiabuela, ella quizá habría expresado la pregunta que sin duda le carcomió el alma durante el resto de sus días: ¿Por qué, por qué, mi amado, si con voz tan inflamada y mirada tan ardiente me declaraste tu amor, después de esa noche nunca me buscaste…?

Pero en realidad ni aquella desdichada mujer ni el poeta se me han aparecido esta noche. Tras mi plácido paseo por las calles toledanas dormiré en el mismo caserón en el que Manuela Alonso vivió: hace años lo reconvirtieron en un coqueto y confortable hotel.

Entre las mismas paredes en las que yo reposo ahora, vagó ella muchas noches: inquieta y desvelada, esperando en vano la presencia del amor imposible que nunca llegó…

 

(Tomado de www.tallermecontasunahistoriadale.blogspot.com)

 

martes, 3 de marzo de 2026

Demasiados han vivido

Dashiell Hammett

 

La corbata del hombre era tan anaranjada como una puesta de sol. Se trataba de un individuo robusto, alto y puro músculo. El pelo oscuro con raya al medio y pegado al cuero cabelludo, las mejillas firmes y carnosas, la ropa que ceñía su cuerpo con evidente comodidad, e incluso las orejas, pequeñas y rosadas, adheridas a los lados de la cabeza: cada uno de estos elementos parecía formar parte de los distintos colores de una misma superficie uniforme. Tenía entre treinta y cinco y cuarenta y cinco años.

Tomó asiento junto al escritorio de Samuel Spade, se echó hacia adelante, ligeramente apoyado en su bastón de caña, y dijo:

–No. Sólo quiero que averigüe qué le ocurrió. Espero que no lo encuentre –sus ojos verdes saltones miraron solemnemente a Spade.

Spade se balanceó en el sillón. Su rostro –al que las uves de la barbilla huesuda, la boca, las fosas nasales y las cejas densamente pobladas otorgaban un aspecto satánico que no resultaba del todo desagradable– mostraba una expresión tan amablemente interesada como su tono de voz.

–¿Por qué?

El hombre de ojos verdes habló sereno y seguro:

–Spade, con usted se puede hablar. Tiene la clase de reputación que debe tener un detective privado. Por eso acudí a usted.

El gesto de asentimiento no comprometió en nada a Spade. El hombre de ojos verdes siguió:

–Y estaré de acuerdo con un precio razonable.

Spade volvió a asentir y respondió:

–Y yo, pero tiene que decirme qué servicio quiere pagar. Quiere averiguar qué le pasó a este… bueno, a Eli Haven, pero no le importa saber de qué se trata.

Aunque el hombre de ojos verdes bajó la voz, su expresión no cambió.

–En cierto sentido, me interesa. Por ejemplo, si lo encontrara y consiguiera mantenerlo definitivamente alejado, estaría dispuesto a pagar más.

–¿Está diciendo que lo mantenga alejado, aunque no quiera?

–Ni más ni menos –replicó el hombre de ojos verdes.

Spade sonrió y negó con la cabeza.

–Probablemente esa cantidad mayor no sea suficiente… tal como lo ha planteado –apartó de los brazos del sillón sus manos de dedos largos y gruesos y puso las palmas hacia arriba–. Dígame, Colyer, ¿de qué se trata?

Aunque Colyer se ruborizó, sostuvo su mirada fría e inexpresiva.

–Ese hombre está casado con una mujer que me cae bien. La semana pasada se pelearon y él se largó. Si logro convencerla de que se fue definitivamente, cabe la posibilidad de que ella pida el divorcio.

–Me gustaría hablar con ella –declaró Spade–. ¿Quién es Eli Haven? ¿A qué se dedica?

–Es un mal tipo. No da golpe. Escribe poesía o algo por el estilo.

–¿Puede darme más datos útiles?

–No puedo decirle nada que Julia, su esposa, sea incapaz de transmitirle. Hable con ella –Colyer se puso en pie–. Estoy bien relacionado. Es posible que más adelante sepa algo más gracias a mis relaciones.

 

Una mujer menuda, de veinticinco o veintiséis años, abrió la puerta del apartamento. Su vestido azul pálido estaba adornado con botones plateados. Aunque pechugona, era esbelta, de hombros rectos y caderas estrechas, y se movía con un aire orgulloso, que en otra menos agraciada habría sido presuntuoso.

–¿Señora Haven? –preguntó Spade.

–Sí –la mujer vaciló antes de responder.

–Gene Colyer me pidió que hablara con usted. Me llamo Spade, y soy detective privado. Colyer quiere que busque a su marido.

–¿Lo encontró?

–Todavía no. Primero tengo que hablar con usted.

La sonrisa de la mujer se esfumó. Estudió seriamente el rostro de Spade, facción por facción, retrocedió, abrió la puerta y replicó:

–Claro, adelante.

Se sentaron frente a frente en los sillones de una sala modestamente decorada. Tras las ventanas se veía un campo de juego en el que unos niños bulliciosos se divertían.

–¿Le dijo Gene por qué quiere encontrar a Eli?

–Me dijo que cabe la posibilidad de que usted reflexione, si llega a la conclusión de que se fue definitivamente –la mujer guardó silencio–. ¿Se ha largado así en otras ocasiones?

–Frecuentemente.

–¿Cómo es Eli?

–Cuando está sobrio es fantástico. Y cuando bebe también es agradable, salvo en lo que se refiere a mujeres y dinero –replicó imparcialmente.

–Por lo que parece, es interesante en muchos aspectos. ¿Cómo se gana la vida?

–Es poeta y, como sabe, nadie se gana la vida escribiendo poesías.

–¿Cómo…?

–Bueno, a veces aparece con algo de dinero. Dice que lo ganó al póquer o en las apuestas. ¡Yo qué sé!

–¿Hace mucho que están casados?

–Casi cuatro años…

Spade sonrió burlón.

–¿Han vivido siempre en San Francisco?

–No, el primer año vivimos en Seattle, y luego nos trasladamos aquí.

–¿Su marido es de Seattle?

La señora Haven negó con la cabeza.

–Es de un pueblo de Delaware.

–¿De qué pueblo?

–No tengo ni la menor idea.

Spade frunció ligeramente sus pobladas cejas.

–¿De dónde es usted?

–No me está buscando a mí –sonrió ligeramente.

–Se comporta como si así fuera –protestó–. Dígame, ¿quiénes son los amigos de su marido?

–¡A mí no me lo pregunte!

Spade hizo una mueca de impaciencia e insistió:

–Seguro que conoce a algunos.

–Sí. Hay un tal Minera, y un Louis James y alguien a quien llama Conny.

–¿Quiénes son?

–Gente corriente –respondió afablemente–. No sé nada de ellos. Telefonean, pasan a recoger a Eli o los veo en la calle con él. No sé nada más.

–¿Cómo se ganan la vida? Supongo que no serán todos poetas.

La mujer rio.

–Podrían intentarlo. Uno de ellos, Louis James, es… creo que forma parte del equipo de Gene. Sinceramente, no sé más de lo que le he dicho.

–¿Cree que saben dónde está su marido?

La señora Haven se encogió de hombros.

–Si lo saben, me están mintiendo. Aún llaman de vez en cuando para preguntar si ha dado señales de vida.

–¿Y las mujeres que mencionó?

–No las conozco.

Sam miró pensativo el suelo y preguntó:

–¿Qué hacía su marido antes de que empezara a no ganarse la vida con la poesía?

–De todo un poco: vendió aspiradoras, hizo de temporero, se echó a la mar, repartió naipes en una mesa de blackjack, trabajó para el ferrocarril, en industrias de conserveras, en campamentos de leñadores, en ferias, en un periódico… hizo de todo.

–Cuando se fue, ¿tenía dinero?

–Los tres dólares que me pidió.

–¿Qué le dijo?

La mujer rio.

–Me dijo que si mientras estaba afuera yo utilizaba mis influencias divinas para hacer travesuras, regresaría puntualmente a la hora de la cena y me daría una sorpresa.

Spade frunció el entrecejo.

–¿Estaban peleados?

–Qué va, no. Hacía un par de días que nos habíamos reconciliado de la última pelotera.

–¿Cuándo se fue?

–El jueves por la tarde, alrededor de las tres.

–¿Tiene alguna foto de su marido?

–Sí.

La señora Haven se acercó a la mesa que había junto a una de las ventanas, abrió un cajón y se volvió hacia Spade con una foto en la mano. Spade observó la imagen de un rostro delgado, de ojos hundidos, boca sensual y frente surcada de arrugas y coronada por una desgreñada pelambrera rubia y gruesa. Guardó la foto de Haven en un bolsillo y recogió su sombrero. Caminó hacia la puerta y se detuvo.

–¿Qué tal poeta es? ¿Es de los buenos?

La mujer se encogió de hombros.

–Eso depende de a quién se lo pregunte.

–¿Tiene alguno de sus libros?

–No –la señora Haven sonrió–. ¿Cree que se ha escondido entre las páginas?

–Nunca se sabe qué pista conduce a algo interesante. Volveré a visitarla. Piense y compruebe si puede decirme algo más. Adiós.

Spade bajó por la calle Post hasta la librería Mulford y pidió un ejemplar de los poemas de Haven.

–Lo siento, pero ya no quedan –dijo la empleada–. La semana pasada vendí el último –sonrió– al mismísimo señor Haven. Si quiere, puedo pedirlo.

–¿Lo conoce?

–Sólo por haberle vendido libros.

Spade apretó los labios y preguntó:

–¿Cuándo fue? –entregó su tarjeta a la empleada–. Por favor, es muy importante.

La muchacha se acercó a un escritorio, volvió las hojas de un libro de contabilidad encuadernado en rojo y regresó con éste abierto en las manos.

–Fue el miércoles pasado –respondió– y se lo entregamos al señor Roger Ferris, del 1981 de la avenida Pacific.

–Muchísimas gracias –dijo Spade.

Salió de la librería, llamó un taxi y dio al chofer las señas del señor Roger Ferris.

La casa de avenida Pacific era un edificio de piedra gris, de cuatro plantas, que se alzaba detrás de un estrecho jardín. La estancia a la que una criada de cara regordeta hizo pasar a Spade era amplia y de techo alto.

Aunque Spade tomó asiento, en cuanto la criada se retiró, se levantó y recorrió la sala. Se detuvo ante una mesa en la que había tres libros. Uno tenía en la sobrecubierta de color salmón, impreso en rojo, el bosquejo de un rayo que caía a tierra, entre un hombre y una mujer. En negro figuraba: Luces de colores, de Eli Haven.

Spade cogió el libro y volvió a la silla.

En la guarda había una dedicatoria escrita con tinta azul y con letras de trazos gruesos e irregulares:

Al bueno de Buck, que conoció las luces de colores, en recuerdo de aquellos tiempos.

Eli

Spade volvió las páginas al azar y leyó tranquilamente un poema:

Demasiados han vivido tal como vivimos
para que nuestras vidas sean prueba de nuestra vida.
Demasiados han muerto tal como morimos
para que sus muertes sean prueba de nuestra agonía.

Spade apartó la vista del libro cuando en la sala entró un hombre en esmoquin. Aunque no era alto, se mantenía tan erguido que incluso lo pareció cuando quedó frente al metro ochenta y pico de Spade. Sus más de cincuenta años no empañaban aquellos ojos azules y encendidos, su rostro bronceado, en el que no había ni un solo músculo flácido, la frente ancha y uniforme y unos cabellos gruesos, cortos y casi blancos. Su semblante transmitía dignidad e, incluso, amabilidad.

Señaló el libro que Spade aún tenía en la mano, y preguntó:

–¿Le gusta?

Spade sonrió.

–Parezco muy descarado –dijo, y soltó el libro–. De todos modos, señor Ferris, ése es el motivo por el que he venido a verle. ¿Conoce a Haven?

–Sí. Señor Spade, siéntese, por favor –tomó asiento en un sillón próximo al del detective–. Lo conocí de joven. ¿Se metió en líos?

–No lo sé. Estoy tratando de dar con él –dijo Spade.

Ferris preguntó vacilante:

–¿Puedo preguntarle por qué?

–¿Conoce a Gene Colyer?

–Sí –Ferris volvió a titubear. Finalmente agregó–: Que esto quede entre nosotros. Poseo una cadena de cines en el norte de California, y hace un par de años, cuando tuve problemas con el personal, me dijeron que Colyer era el individuo con quien debía ponerme en contacto para resolver la cuestión. Así lo conocí.

–Claro –comentó Spade secamente–. Muchas personas conocen así a Gene.

–¿Qué tiene que ver con Eli?

–Me pidió que lo busque. ¿Cuándo lo vio por última vez?

–El jueves pasado estuvo en casa.

–¿A qué hora se marchó?

–A medianoche… quizás algo después. Se presentó por la tarde, alrededor de las tres y media. Hacía años que no nos veíamos. Lo convencí de que se quedara a cenar… iba bastante desastrado… y le presté dinero.

–¿Cuánto?

–Ciento cincuenta, todo lo que tenía en casa.

–Antes de irse, ¿dijo adónde pensaba dirigirse?

Ferris negó con la cabeza.

–Me dijo que me telefonearía al día siguiente.

–¿Y le telefoneó?

–No.

–¿Lo conoce de toda la vida?

–No exactamente. Trabajó para mí hace quince o dieciséis años, cuando yo era propietario de una empresa de feria, grandes espectáculos combinados del Este y el Oeste, primero con un socio, y luego por mi cuenta. El muchacho siempre me cayó bien.

–¿Cuándo lo vio por última vez antes del jueves?

–Sólo Dios sabe –replicó Ferris–. Le perdí la pista durante años. El miércoles llegó el libro, como llovido del cielo, sin remitente ni nada que se le pareciera, salvo la dedicatoria, y Eli me telefoneó a la mañana siguiente. Me encantó saber que seguía vivo y tratando de superarse. Aquella tarde vino a verme y estuvimos cerca de nueve horas hablando de los viejos tiempos.

–¿Le habló de lo que hizo desde entonces?

–Sólo comentó que había rodado de aquí para allá, hecho esto y lo otro, aprovechando los golpes de suerte que se le presentaron. No se quejó, tuve que obligarlo a aceptar ciento cincuenta.

Spade se puso en pie.

–Muchísimas gracias, señor Ferris. Me he…

Ferris lo interrumpió:

–No se merecen. Si puedo hacer algo por usted, cuente conmigo.

Spade miró la hora.

–¿Me permite telefonear a mi oficina para preguntar si hay alguna novedad?

–Naturalmente. Hay un teléfono en la habitación de al lado, a la derecha.

Spade le dio las gracias y salió. Regresó liando un cigarrillo y con expresión imperturbable.

–¿Alguna novedad? –quiso saber Ferris.

–Sí. Colyer me retiró el encargo. Dice que encontraron el cadáver de Haven oculto entre unos arbustos, al otro lado de San José, con tres balas –sonrió. Luego añadió apaciblemente–: me dijo que quizás se enterará de algo a través de sus relaciones…

 

El sol matinal que se colaba por las cortinas que protegían las ventanas de la oficina de Sam Spade dibujaba sobre el suelo dos amplios rectángulos amarillos y daba a todo un tono dorado.

Spade estaba sentado ante el escritorio y contemplaba meditabundo el periódico. No alzó la mirada cuando Effie Perine entró desde la antesala.

–Llegó la señora Haven –dijo la secretaria. Spade irguió la cabeza y replicó:

–¡Ajá! Hazla pasar.

La señora Haven entró deprisa. Estaba pálida y temblaba, pese al abrigo de piel y a que el día era cálido. Fue directamente hacia Spade y preguntó:

–¿Lo mató Gene?

–No lo sé –respondió Spade.

–Tengo que saberlo –gritó.

Spade le tomó las manos.

–Venga, siéntese –la acompañó hasta una silla. Luego preguntó–: ¿Le dijo Colyer que me anuló el encargo?

La señora Haven lo miró azorada.

–¿Cómo?

–Anoche me dejó dicho que habían encontrado a su marido, y que ya no necesitaba mis servicios.

La mujer hundió la cabeza y habló con voz apenas audible.

–Entonces fue él.

Spade se encogió de hombros.

–Tal vez sólo un inocente podía permitirse el lujo de llamar para anular el encargo, aunque quizá sea culpable y tuvo la astucia y el valor suficientes para…

La mujer no lo escuchaba. Se inclinó hacia él y preguntó con toda seriedad:

–Dígame, señor Spade, ¿está dispuesto a darse por vencido sin presentar batalla? ¿Dejará que Gene lo asuste?

Sonó el teléfono mientras la mujer aún estaba hablando. El detective se disculpó y cogió el auricular.

–Diga… vaya, vaya… ¿seguro? –frunció los labios–. Se lo diré –apartó lentamente el teléfono y volvió a mirar a la señora Haven–. Colyer está en la antesala.

–¿Sabe que estoy aquí? –lo apremió.

–No estoy seguro –Spade se puso en pie y fingió no observarla atentamente–. ¿Le preocupa que sepa que está aquí?

La señora Haven se mordió el labio inferior y replicó vacilante:

–No.

–Me alegro. Diré que lo hagan pasar.

La mujer levantó la mano para protestar pero, finalmente, la dejó caer. La palidez de su rostro había desaparecido cuando dijo:

–Haga lo que quiera.

Spade abrió la puerta y saludó:

–Hola, Colyer. Pase. Da la casualidad de que estábamos hablando, precisamente, de usted.

Colyer asintió y entró en el despacho con el bastón en una mano y el sombrero en la otra.

–Hola, Julia, ¿cómo estás? Tendrías que haberme telefoneado. Te habría llevado en coche al centro.

–Yo… no sabía lo que hacía.

Colyer la observó unos segundos más, y luego concentró sus ojos verdes e inexpresivos en la cara de Spade.

–Dígame, ¿pudo convencerla de que no fui yo?

–Aún no habíamos llegado a esa cuestión –respondió Spade–. Intentaba averiguar si existían motivos para sospechar de usted. Siéntese.

Colyer se sentó con cierta cautela y preguntó:

–¿Y?

–Y en ese momento llegó.

Colyer asintió con gravedad.

–De acuerdo, Spade. Queda nuevamente contratado para demostrar a la señora Haven que yo no tuve nada que ver con este asunto.

–¡Gene! –exclamó la mujer con voz quebrada y, suplicante, extendió las manos hacia él–. No creo que lo hayas hecho… quiero creer que no lo has hecho… pero tengo mucho miedo –se cubrió la cara con las manos y estalló en sollozos.

Colyer se acercó a la mujer y le dijo:

–Cálmate. Lo aclararemos juntos.

Spade fue a la antesala y cerró la puerta. Effie Perime dejó de mecanografiar una carta. El detective le sonrió y comentó:

–Alguna vez alguien debería escribir un libro sobre la gente… es bastante rara –se acercó a la botella de agua–. Supongo que tienes el número de WaIly Kehlogg. Llámalo y pregúntale dónde puedo encontrar a Tom Minera.

Spade regresó a su despacho.

La señora Haven había dejado de llorar y murmuró:

–Lo lamento.

–No se preocupe –la tranquilizó Spade. Miró de soslayo a Colyer–. ¿Aún tengo el trabajo?

–Sí –Colyer carraspeó–. Si en este momento no me necesita, acompañaré a la señora Haven a su casa.

–De acuerdo, pero me gustaría aclarar algo: según el Chronicle, fue usted quien lo identificó. ¿Cómo es que estaba allí?

–Porque fui en cuanto me enteré de que habían encontrado un cadáver –repuso Colyer serenamente–. Ya le dije que estoy bien relacionado. Me enteré por mis contactos de la existencia del cadáver.

–Está bien. Nos veremos –dijo Spade, y abrió la puerta.

En cuanto la señora Haven y Colyer salieron, Effie Penne dijo:

–Minera está en el Buxton, de la calle Army.

–Gracias –murmuró Spade. Entró al despacho a buscar el sombrero. Cuando estaba a punto de salir añadió–: si no he vuelto en un par de meses, diles que busquen mi cadáver en el hotel.

 

Spade caminó por un sórdido pasillo hasta una gastada puerta pintada de verde, en la que se leía “411”. Aunque por la puerta se colaba un murmullo de voces, no entendió una sola palabra. Dejó de escuchar y llamó.

Una voz masculina, toscamente deformada, preguntó:

–¿Qué se le ofrece?

–Soy Sam Spade, y quiero ver a Tom.

Tras una pausa, la voz respondió:

–Tom no está aquí.

Spade sujetó el picaporte y sacudió la destartalada puerta.

–Vamos, abra –gruñó.

Al instante, un hombre moreno y delgado, de veinticinco o veintiséis años, que intentó volver inocentes sus ojos oscuros, pequeños y brillantes, abrió la puerta, al tiempo que decía:

–En un primer momento me pareció que no era su voz.

La flaccidez de su barbilla hacía que pareciera más pequeña de lo que en realidad era. Su camisa de rayas verdes, desabrochada a la altura del cuello, no estaba limpia. Sus pantalones grises estaban primorosamente planchados.

–Actualmente hay que ser cuidadoso –declaró Spade solemnemente, y entró en una habitación en la que dos hombres intentaban disimular el interés que experimentaban por su presencia.

Uno de los individuos estaba apoyado en el alféizar y se limaba las uñas. El otro estaba repantigado en una silla, con los pies en el borde de la mesa y un periódico abierto entre las manos. Miraron simultáneamente a Spade y siguieron como si tal cosa.

–Siempre me alegra conocer a los amigos de Tom Minera –comentó Spade jovialmente.

Minera terminó de cerrar la puerta y dijo con torpeza:

–Bueno… sí…. señor Spade, le presento al señor Conrad y al señor James.

Conrad, que estaba en el alféizar, hizo un ademán ligeramente amable con la lima en ristre. Tenía pocos años más que Minera, estatura media, figura robusta, rasgos marcados y ojos tristones.

James bajó unos segundos el periódico para mirar fría y calculadoramente a Spade y preguntar:

–¿Cómo está, hermano?

Retornó a la lectura. James era tan robusto como Conrad, pero más alto, y su rostro poseía una sagacidad de la que carecía el de aquel.

–Ah, y a los amigos del difunto Eli Haven –apostilló Spade.

El hombre situado junto a la ventana se clavó la lima en un dedo y maldijo dolorido. Minera se humedeció los labios y habló deprisa, con un fondo de protesta en la voz.

–Pero en serio, Spade, ninguno de nosotros lo ha visto desde hace una semana.

Spade pareció divertirse ligeramente con la actitud del hombre moreno.

–¿Por qué supone que lo mataron? –preguntó Spade.

–Sólo sé lo que dice el diario: le habían registrado los bolsillos y no tenía encima ni siquiera un cerillo –hundió las comisuras de los labios–. Por lo que yo sé, no tenía un centavo. El martes por la noche estaba sin dinero.

–Me enteré de que el jueves por la noche recibió algo de lana –comentó Spade en voz baja.

Minera, que se encontraba detrás del detective, contuvo notoriamente el aliento.

–Si lo dice, así será. Yo no estoy enterado –intervino James.

–Muchachos, ¿trabajó alguna vez con ustedes?

James cerró lentamente el periódico y apartó los pies de la mesa. Su interés por la pregunta de Spade parecía grande, aunque casi impersonal.

–¿Y eso qué quiere decir?

Spade simuló sorprenderse.

–Muchachos, supongo que alguna vez trabajan en algo.

Minera se acercó a Spade y dijo:

–Venga, Spade, escuche. El tal Haven no era más que un tipo que conocíamos. No tuvimos nada que ver con su viaje al otro mundo. No sabemos nada de esta historia. Verá, nosotros…

En la puerta sonaron tres golpes calculados.

Minera y Conrad miraron a James, que asintió con la cabeza, pero Spade se movió deprisa, caminó hasta la puerta y la abrió.

Allí estaba Roger Ferris.

Spade miró asombrado a Ferris, y este de igual modo al detective. Luego Ferris le estrechó la mano y dijo:

–Me alegro de verlo.

–Pase –lo invitó Spade.

–Señor Spade, quiero que vea esto –a Ferris le tembló la mano mientras sacaba del bolsillo un sobre algo sucio.

En el sobre estaban mecanografiados el nombre y las señas de Ferris. No llevaba sellos. Spade sacó la carta, un trozo delgado de papel blanco y barato, y la desplegó. Leyó las palabras escritas a máquina:

Será mejor que acuda a la habitación 411 del hotel Buxton, de la calle Army, a las 5 de esta tarde, a causa de lo ocurrido el jueves por la noche.

No había firma.

–Aún falta mucho para las cinco –opinó Spade.

–Es verdad –reconoció Ferris con energía–. Vine en cuanto la recibí. El jueves por la noche Eli estuvo en mi casa.

Minera codeó a Spade y preguntó:

–¿Qué pasa?

Spade alzó la nota para que el hombre moreno la leyera. Minera le echó un vistazo y gritó:

–Spade, le aseguro que no sé nada de esta carta.

–¿Alguien tiene la más remota idea? –preguntó Spade.

–No –se apresuró a replicar Conrad.

–¿De qué carta habla? –inquirió James.

Spade miró a Ferris como si estuviera soñando, y luego comentó como si hablara para sus adentros:

–Ya entiendo. Haven intentaba sacudirle el bolsillo.

Ferris se ruborizó.

–¿Cómo?

–Sacudirle el bolsillo –repitió Spade con paciencia–. Sacarle dinero, chantajearlo.

–Oiga, Spade –dijo Ferris severamente–, ¿está hablando en serio? ¿Por qué motivo querría chantajearme?

“Al bueno de Buck, que conoció las luces de colores, en recuerdo de aquellos tiempos.” –Sam citó la dedicatoria del poeta muerto. Miró severamente a Ferris y frunció el ceño–. ¿Qué significa luces de colores? En la jerga del circo y de las ferias, ¿cómo se dice cuando se arroja a un tipo de un tren en marcha? Ni más ni menos que luz roja. Claro, ahí está la madre del cordero: las luces rojas, Ferris, ¿a quién tiró de un tren en marcha, y por qué Haven lo sabía?

Minera se acercó a una silla, se sentó, apoyó los codos sobre las rodillas, se cubrió la cabeza con las manos y miró vacuamente hacia el suelo. Conrad respiraba entrecortadamente.

Spade se dirigió a Ferris:

–¿Qué dice?

Ferris se secó el rostro con un pañuelo, lo guardó en el bolsillo y se limitó a responder:

–Fue un chantaje.

–Y por eso lo asesinó.

Los ojos azules de Ferris, que miraban los grises amarillentos de Spade, estaban tan límpidos y firmes como su voz.

–Yo no fui –sostuvo–. Juro que no lo maté. Le contaré lo que ocurrió. Tal como le dije, me envió el libro, y en seguida comprendí el significado de la dedicatoria. Cuando al día siguiente telefoneó para decirme que quería hablar conmigo de los viejos tiempos y para tratar de convencerme de que le prestara dinero en recuerdo del pasado, volví a saber a qué se refería, fui al banco y retiré diez mil dólares. Puede comprobarlo, tengo cuenta en el Seamen’s National.

–Lo haré –aseguró Spade.

Tal como ocurrieron las cosas, no hizo falta esa suma. No me exigió demasiado, y lo convencí de que se llevara cinco mil. Al día siguiente ingresé en el banco los otros cinco mil. Puede comprobarlo.

–Lo haré –repitió Spade.

–Le dije que no pensaba aceptar un solo sablazo más, que esos cinco mil eran los primeros y los últimos que le daba. Lo obligué a firmar un documento que decía que había colaborado en el… en lo que yo había hecho… y lo rubricó. Se fue a medianoche y nunca más volví a verlo.

Spade golpeó el sobre que Ferris le había entregado.

–¿Y qué puede decirme de esta nota?

–Me la entregó un mensajero a mediodía, y vine en seguida. Eli insistió en que no había hablado con nadie, pero yo no estaba seguro. Tenía que enfrentarlo.

Spade se volvió hacia los demás con expresión impasible e inquirió:

–¿Qué opinan ustedes?

Minera y Conrad miraron a James, que hizo un gesto de impaciencia y dijo:

–Claro que sí, nosotros le enviamos la nota. ¿Por qué no? Éramos amigos de Eli y no habíamos podido contactar con él desde que decidió apretarle las clavijas a este tipo. Entonces apareció muerto y decidimos hacer venir al caballero para que nos diera una explicación.

–¿Sabían que pensaba apretarle las clavijas?

–Claro. Estábamos reunidos cuando Eli tuvo la idea.

–¿Cómo se le ocurrió? –preguntó Spade.

James estiró los dedos de la mano izquierda.

–Estuvimos bebiendo y charlando, ya sabe lo que ocurre cuando un grupo de muchachos comenta lo que ha visto y hecho… y Eli nos contó una historia acerca de que una vez había visto a un individuo arrojar a otro a un cañón desde un tren, y se le escapó el nombre del autor: Buck Ferris. Alguien preguntó: “¿Qué aspecto tiene Ferris?” Eli explicó cómo era entonces, y añadió que hacía quince años que no lo veía. El que hizo la pregunta soltó un silbido y añadió: “Apuesto a que es el mismo Ferris dueño de la mitad de los cines de este estado.  ¡Apuesto a que te daría algo con tal de que no soltaras la sopa!” Así fue como la idea prendió en Eli. Se notaba. Pensó un rato, y luego se mostró reservado. Preguntó cuál era el nombre de pila del Ferris de los cines, y cuando el otro respondió “Roger”, simuló decepcionarse y añadió: “No, no es él. Se llamaba Martin”. Todos nos reímos y, finalmente, reconoció que pensaba visitar al caballero. Cuando el jueves a mediodía me telefoneó para decir que esa noche daría una fiesta en el bar de Pogey Hecker, deduje inmediatamente qué estaba pasando.

–¿Cuál era el nombre del caballero que sufrió la luz roja?

–No quiso decirlo. Se cerró a cal y canto. Es lógico.

–Supongo que sí –coincidió Spade.

–Y después, la nada. Jamás apareció por el bar de Pogey. A las dos de la madrugada intentamos contactarlo por teléfono, pero su esposa dijo que no había aparecido por casa. Nos quedamos hasta las cuatro o las cinco, llegamos a la conclusión de que nos había dado el esquinazo, convencimos a Pogey de que anotara los consumos en la cuenta de Eli y nos fuimos. Desde entonces no he vuelto a verlo… ni vivo ni muerto.

Spade comentó con tono mesurado:

–Es posible. ¿Seguro que no encontró a Eli por la mañana, lo llevó a dar un paseo, le cambió los cinco mil billetes de Ferris por las balas y lo arrojó entre los…?

Una enérgica llamada doble estremeció la puerta.

El rostro de Spade se iluminó, se dirigió hacia la puerta y la abrió.

Entró un joven. Era apuesto y perfectamente proporcionado. Llevaba un abrigo ligero y tenía las manos en los bolsillos. Nada más entrar, giró a la derecha y se detuvo de espaldas a la pared. En ese momento franqueó la puerta otro joven, que torció a la izquierda. Aunque no se parecían, la apostura compartida, la elegancia de sus cuerpos y sus posiciones casi simétricas –espalda contra la pared, manos en los bolsillos, miradas frías y brillantes que estudiaban a los que ocupaban la estancia–, les concedían fugazmente la apariencia de gemelos.

Entonces hizo su entrada Gene Colyer. Saludó a Spade, y no hizo el menor caso de los demás, pese a que James dijo:

–Hola, Gene.

–¿Alguna novedad? –pregunté Gene Colyer al detective.

Spade asintió.

–Al parecer este caballero fue… –señaló a Ferris con el pulgar.

–¿Hay un lugar donde podamos hablar tranquilos?

–En el fondo está la cocina.

–Denle a todo lo que se mueva –ordenó Colyer por encima del hombro a los dos jóvenes atildados, y siguió a Spade hasta la cocina.

Colyer ocupó la única silla, y miró a Spade sin pestañear, mientras este le contaba todo lo que había averiguado.

Cuando el detective privado concluyó, el hombre de ojos verdes preguntó:

–¿Cuál es su opinión?

Spade lo miró pensativo.

–Usted averiguó algo. Me gustaría saber de qué se trata.

–Encontraron el arma en el río, a cuatrocientos metros del sitio donde apareció el cadáver –dijo Colyer–. Pertenece a James… tiene la marca de la vez que en Vallejo se la quitaron de la mano de un tiro.

–Muy interesante –comentó Spade.

–Escuche. Un muchacho apellidado Thurber dice que el miércoles pasado James fue a verlo y le encomendó que siguiera a Haven. El jueves por la tarde, Thurber lo encontró, comprobó que estaba en casa de Ferris y telefoneó a James. Éste le dijo que no se moviera del lugar y que le dijera a dónde se dirigía Haven cuando saliera, pero una vecina nerviosa denunció al merodeador y, alrededor de las diez de la noche, la policía lo echó.

Spade apretó los labios y, concentrado, miró el techo.

Pese a que los ojos de Colyer no denotaban la menor expresión, el sudor daba brillo a su cara redonda, y su voz sonaba ronca.

–Spade, voy a entregarlo.

Spade desvió la mirada del techo y la fijó en los saltones ojos verdes.

–Nunca había entregado a uno de los míos, pero esto es el no va más –añadió Colyer–. Julia tiene que creer que yo no tuve nada que ver con este asunto si ha sido uno de los míos y lo denuncio, ¿no le parece?

–Supongo que sí –Spade asintió lentamente.

De pronto Colyer apartó la mirada y carraspeó. Cuando volvió a hablar fue lacónico:

–Bueno, ya se puede despedir.

Minera, James y Conrad estaban sentados cuando Spade y Colyer salieron de la cocina. Ferris caminaba de un extremo a otro de la habitación. Los jóvenes apuestos no se habían movido.

Colyer se acercó a James y preguntó:

–Louis, ¿dónde está tu pistola?

James deslizó la mano derecha hacia el lado izquierdo del pecho, se quedó quieto y dijo:

–No la traje.

Con la mano enguantada, pero abierta, Colyer golpeó a James en la cara y lo hizo caer de la silla.

James se incorporó y masculló:

–No pasa nada –se llevó la mano a la cara–. Jefe, no tendría que haberlo hecho, pero cuando telefoneó y dijo que no quería plantarle cara a Ferris con las manos vacías y que no tenía armas, le dije que no se preocupara, y le envié la mía.

–Y también le enviaste a Thurber –apostilló Colyer.

–Nos interesaba saber si lo había conseguido –murmuró James.

–¿No podías ir personalmente o enviar a cualquier otro?

–¿Después de que Thurber alertara a todo el barrio?

Colyer se dirigió a Spade:

–¿Quiere que le ayudemos a entregarlo o prefiere llamar a la policía?

–Lo haremos bien –respondió Spade, y se dirigió al teléfono de la pared. Cuando terminó de hablar tenía cara de palo y la mirada perdida. Lio un cigarrillo, lo encendió y se volvió hacia Colyer–. Soy lo bastante tonto como para pensar que Louis ha dado un montón de respuestas acertadas con la historia que contó.

James apartó la mano de la mejilla irritada y miró desconcertado a Spade.

–¿Qué le pasa? –protestó Colyer.

–Nada –respondió Spade afablemente–. Salvo que me parece que usted está demasiado deseoso de endilgarle el muerto a Louis –exhaló una bocanada de humo–. Por ejemplo, ¿por qué abandonaría el arma sabiendo que tenía marcas que algunas personas podían reconocer?

–Me parece que usted piensa que Louis tiene cerebro –comentó Colyer.

–Si lo mataron estos muchachos, y si sabían que estaba muerto, ¿por qué esperaron a que apareciera el cadáver y se removiera el avispero para perseguir nuevamente a Ferris? ¿Para qué le habrían vaciado los bolsillos si lo habían secuestrado? Supone tomarse muchas molestias, y sólo lo hacen quienes matan por otros motivos y quieren que parezca un robo –Spade meneó la cabeza–. Usted está demasiado deseoso de endilgarles el muerto a los muchachos. ¿Por qué harían…?

–Ahora esto no viene al caso –lo interrumpió Colyer–. La cuestión consiste en que explique por qué dice que estoy demasiado deseoso de endilgarle el muerto a Louis.

Spade se encogió de hombros.

–Quizá para aclarar el asunto con Julia lo más rápida y limpiamente posible, incluso para dejar las cuentas claras con la policía. Además, están sus clientes.

–¿Cómo? –preguntó Colyer.

Distraído, Spade hizo un gesto con el cigarrillo y respondió:

–Ferris. Lo mató él, eso es obvio.

A Colyer le temblaron los párpados, pero no llegó a abrir y cerrar los ojos. Spade añadió:

–En primer lugar, por lo que sabemos, es la última persona que vio vivo a Eli, y esta es una apuesta ganadora. En segundo lugar, es la única persona con la que hablé antes de que apareciera el cadáver de Eli y que se interesó por saber si yo pensaba que estaba ocultando datos. Los demás sólo pensaron que estaba buscando a un individuo que se había largado. Como Ferris sabía que yo buscaba al hombre que había matado, necesitaba quedar fuera de toda sospecha. Incluso tuvo miedo de tirar el libro, porque lo enviaron de la librería, podía rastrearse y cabía la posibilidad de que algún empleado hubiese leído la dedicatoria. En tercer lugar, era el único que consideraba a Eli un muchacho encantador, limpio y adorable… por los mismos motivos. En cuarto lugar, la historia del chantajista que se presenta a las tres de la tarde, solicita amablemente cinco mil y se queda hasta medianoche es absurda, por muy buenas que fueran las bebidas. En quinto lugar, la historia sobre el documento firmado por Eli no tiene asidero, aunque sería bastante fácil falsificar un papel de este tipo. En sexto lugar, tiene un motivo más sólido que el de cualquiera de las personas implicadas para querer ver muerto a Eli.

Colyer asintió lentamente y dijo:

–De todas maneras…

–De todas maneras, nada –lo interrumpió Spade–. Tal vez hizo el truco de los diez mil y los cinco mil dólares con el banco, lo cual no supone ninguna dificultad. Luego metió en su casa a este chantajista imbécil, le hizo perder tiempo hasta que los criados se retiraron, le arrebató la pistola que le habían prestado, lo empujó escaleras abajo, lo metió en el coche y lo llevó a dar un paseo… es posible que ya estuviera muerto cuando se lo llevó, o que le disparara entre los arbustos… le vació los bolsillos para obstruir la identificación y hacer que pareciera un robo, arrojó el arma al río y volvió a casa…

Se interrumpió al oír una sirena en la calle. Por primera vez desde que había empezado a hablar, Spade miró a Ferris.

Aunque Ferris estaba mortalmente pálido, mantuvo firme la mirada. Spade agregó:

–Ferris, tengo la corazonada de que también nos enteraremos de aquel trabajo de la luz roja. Me contó que, en la época en que Eli trabajó para usted, tenía un socio en la empresa de feria. Después llevó solo el negocio. No nos será difícil averiguar si su socio desapareció, murió de muerte natural o si está vivo.

Ferris ya no estaba tan erguido. Se humedeció los labios y dijo:

–Quiero ver a mi abogado. No hablaré hasta que haya consultado a mi abogado.

–Me parece bien –opinó Spade–. Tendrá que enfrentarse con todo esto. Le diré que, personalmente, los chantajistas me caen mal. Creo que Eli escribió un buen epitafio para ellos en su libro: Demasiados han vivido.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)