Woody Allen
El
profesor Kugelmass, quien dictaba clases de humanidades en el City College, estaba
infelizmente casado por segunda vez. Su esposa, Dafne Kugelmass, era una idiota.
Él también tenía dos hijos tontos de su primera esposa, Flo, y estaba hasta el cuello
de deudas ocasionadas por los costos de la separación y manutención de los niños.
“¿Acaso yo sabía que las cosas iban a salir
tan mal?”, se lamentó un día Kugelmass dirigiéndose a su analista. “Dafne era muy
prometedora. ¿Quién podría sospechar que ella iba a abandonarse y a engordar como
tonel? Además, ella tenía algunos dolarillos, lo que no es –por supuesto– razón
suficiente para contraer nupcias pero tampoco viene mal, teniendo en cuenta los
problemas operativos que tengo. ¿Entiende lo que le digo?”
Kugelmass era calvo y tan peludo como un oso,
pero tenía un gran corazón.
“Tengo que buscarme
otra mujer”, agregó. “Necesito tener un affaire. Es posible que no sea un
buen partido pero soy un hombre que necesita vivir un romance. Necesito sentir ternura,
coquetear con alguien. Estoy envejeciendo y por ello es muy tarde para sentir el
deseo de hacer el amor en Venecia, burlarse el uno del otro en el ‘21’ e intercambiar
miradas tímidas sobre una copa de vino tinto a la luz de las velas. ¿Entiende lo
que le digo?’’
El Dr. Mandel se
movió en la silla y dijo: “No resolverá nada con una aventura amorosa. Usted es
muy poco realista. Sus problemas son mucho más graves”.
“Debo tener una
relación muy discreta”, seguía pensando en voz alta Kugelmass. “No puedo darme el
lujo de divorciarme por segunda vez. Dafne me lo echaría en cara. Sin embargo, no
puede ser con nadie del City College porque Dafne también trabaja allí. De hecho,
ninguna profesora de esa universidad vale gran cosa; sin embargo, alguna de las
estudiantes… ayúdeme. Anoche tuve un sueño. Estaba en una pradera y de pronto me
puse a saltar con una cesta de comida y la cesta tenía un letrero que rezaba Opciones.
Luego me di cuenta de que la cesta tenía un agujero”.
“Sr. Kugelmass,
lo peor que puede hacer es representar de esa forma sus inhibiciones. Usted debe
limitarse a expresar sus sentimientos para que los analicemos en conjunto. Usted
ha estado en tratamiento el tiempo suficiente como para saber que no hay remedios
instantáneos. Después de todo, soy un analista, no un mago”.
“Entonces, tal vez
lo que necesite sea un mago”, dijo Kugelmass, levantándose de su asiento. Y con
ello puso fin a su terapia.
***
Algunas semanas después, Kugelmass y Dafne se hallaban
deprimidos en su apartamento como dos viejos muebles. De pronto, sonó el teléfono.
Era de noche.
“Yo atiendo”, dijo
Kugelmass. “Hola”.
¨¿Kugelmass?”, se
oyó al otro lado del teléfono. “Kugelmass, le habla Persky”.
“¿Quién?”
“Persky, ¿o debería
decir ‘El Gran Persky’?”
“¿Perdón?”
“He sabido que anda
en búsqueda de un mago que le dé una nota exótica a su vida. ¿No es así?”
“¡Shhhh!”, susurró
Kugelmass. “No cuelgue. ¿De dónde llama, Sr. Persky?”
Al día siguiente,
por la tarde, Kugelmass subió por las escaleras de un decrépito edificio de departamentos
situado en el área de Bushwick, Brooklyn. Aguzando la mirada para romper la oscuridad
del pasillo, Kugelmass finalmente encontró la puerta que buscaba y tocó el timbre.
“Voy a lamentarlo”,
pensó para sí. Segundos después era recibido por un hombre pequeño, delgado, con
una mirada vidriosa. “¿Usted es Persky, el Grande?”, dijo Kugelmass.
“El Gran Persky.
¿Quiere una tasa de té?”
“No. Quiero vivir
un romance. Quiero sentir la música, el amor y la belleza”.
“Pero no quiere
tomar té. ¿Ah? Es raro. Muy bien, tome asiento”.
Persky se paró y
fue al cuarto de atrás. Kugelmass oyó un movimiento de cajas y muebles. Persky reapareció,
empujando un objeto de gran tamaño montado sobre unos patines con las ruedas chirriantes.
Persky quitó algunos viejos pañuelos de seda que se encontraban en la parte superior
y los sopló para quitarle el polvo. Se trataba de un armario chino mal laqueado
y de tosca apariencia.
“Persky”, ¿qué se trae entre manos?”, preguntó
Kugelmass.
“Preste atención”, le respondió Persky. “Esto
va a producir un bello efecto. Lo diseñé el año pasado para una ceremonia de los
Caballeros de Pitia, pero el acto se suspendió por falta de público. Entre en el
mueble”.
“¿Por qué? ¿Acaso va a atravesarlo con un montón
de espadas o algo así?
“¿Usted ve alguna espada?”
Kugelmass puso cara de circunstancias y lanzando
un gruñido se introdujo en el armario. El profesor no pudo evitar observar varias
imitaciones de diamante de mala calidad pegadas en la madera contrachapada justo
frente a su cara. “Esto es un chiste de mal gusto”, dijo.
“Tiene algo de broma. Bien, oiga lo que le
voy a decir. Si lanzo una novela al interior del armario en el que usted se encuentra,
cierro las puertas y toco tres veces, usted se verá proyectado en ese libro”.
Kugelmass hizo un gesto de incredulidad.
“Es mi varita mágica”, dijo Perksy. “Mi contacto
con Dios. No sólo funciona con novelas. Puede ser un cuento, una obra de teatro,
un poema. Podrá conocer algunas de las mujeres creadas por los mejores escritores
del mundo. Sea cual fuere la mujer de sus sueños. Podrá hacer todo lo que desee
como un verdadero triunfador. Luego, cuando haya vivido suficientes experiencias,
pega un grito y volverá aquí al instante”.
“Persky, ¿Usted está enfermo?”
“Le estoy diciendo que todo estará bien”, expresó
Persky.
Kugelmass mantuvo su escepticismo. “¿Lo que
usted me quiere decir es que este cajón casero me puede transportar tal y como usted
me lo ha descrito?”
“Por apenas 20 dólares”.
Kugelmass buscó su billetera. “Ver para creer”,
dijo.
Persky guardó los billetes en sus bolsillos
y se dirigió a su biblioteca ¿A quién desea conocer? ¿A la Hermana Carrie? ¿Hester
Prynne? ¿Ofelia? ¿Tal vez a algún personaje de Saul Bellow? ¿Qué le parece un encuentro
con Temple Drake? Aunque para un hombre de su edad, ella sería una prueba muy difícil”.
“A una francesa. Quiero tener un affaire
con una amante francesa”
“¿Nana?”
“No quiero tener que pagar por ello”.
“¿Qué le parece Natacha, de Guerra y Paz?”
“Le dije que una francesa. ¡Ya sé! ¿Qué le
parece Emma Bovary? Me parece perfecta”.
“Muy bien, Kugelmass. Pegue un grito cuando
esté harto”.
Persky introdujo en el armario una edición
rústica de la novela de Flaubert.
“¿Está seguro de que esto no implica ningún
riesgo?”, preguntó Kugelmass mientras Persky comenzaba a cerrar las puertas del
armario.
“Seguro. ¿Hay algo seguro en este mundo tan
loco?” Persky tocó tres veces el armario y luego abrió de par en par las puertas.
***
Kugelmass
se había ido. En ese mismo instante, apareció en el dormitorio de la casa de Charles
y Emma Bovary en Yonville. Ante él se hallaba una hermosa mujer, de pie y dándole
la espalda a Kugelmass mientras doblaba la lencería. No puedo creerlo, pensó Kugelmass,
mirando a la cautivadora esposa del doctor. Esto es algo sobrenatural. Estoy aquí
junto a ella.
Emma se volteó sorprendida.
“Dios mío, me asustó”, expresó. “¿Quién es usted?” Emma habló en perfecto inglés
como la traducción que aparecía en la edición rústica de Persky.
Esto es increíble,
pensó Kugelmass. Luego, dándose cuenta de que era a él a quien ella se había dirigido,
respondió: “Disculpe. Soy Sidney Kugelmass, del City College. Soy profesor de Humanidades
en una universidad neoyorquina, situada en las afueras de la ciudad. Yo… ¡no puedo
creerlo!”
Emma Bovary sonrió
con coquetería y le preguntó: “¿Desea tomar algo? ¿Tal vez una copa de vino?”
Es hermosa, pensó
Kugelmass. ¡Qué diferencia con el troglodita con el que comparte la cama! Sintió
un impulso repentino de tener entre sus brazos esta visión y decirle que era el
tipo de mujer con el que había soñado toda su vida.
“Sí, un poco de
vino”, contestó con voz ronca. “Blanco. No, tinto. No, blanco. Una copa de vino
blanco”.
“Charles estará
fuera todo el día”, expresó Emma, con voz insinuante.
Después del vino,
fueron a dar un paseo por la encantadora campiña francesa. “Yo siempre había soñado
con un misterioso extranjero que aparecería y me rescataría de la monotonía de esta
aburrida existencia rural”, le confesó Emma, tomando su mano. Pasaron frente a una
pequeña iglesia. “Me encanta la ropa que llevas puesta”, murmuró. “Nunca había visto
un traje como ese. Es tan… tan moderno”.
“Lo llaman traje informal”, le explicó Kugelmass
con voz romántica. “Estaba en oferta”. De pronto, la besó. Durante más de una hora,
estuvieron recostados bajo un árbol, susurrándose frases al oído y expresándose
ideas profundamente significativas con sus miradas. Luego, Kugelmass se incorporó.
Acababa de recordar que tenía que encontrarse con Dafne en Bloomingdale’s. “Debo
irme”, le dijo. “Pero no te preocupes, volveré”.
“Eso espero”, le
dijo Emma.
Kugelmass le dio
un abrazo apasionado y los dos caminaron de vuelta a casa. Acunó el rostro de Emma
en las palmas de sus manos, la besó de nuevo y gritó: “Ya está bien, Persky”. Tengo
que estar en Bloomingdale’s a las tres y media”.
Se produjo un ruido
seco y Kugelmass volvió a Brooklyn.
***
“¿Y entonces? ¿Le mentí?, preguntó Persky, triunfante.
“Persky, se me hace
tarde para encontrarme con mi mujer en la avenida Lexington. Pero, ¿cuándo puedo
volver a viajar? ¿Mañana?”
“Seguro. Sólo debe
traer 20 dólares. Y no le mencione esto a nadie”.
“Por supuesto. Nada
más llamaré a Rupert Murdoch”.
Kugelmass tomó un
taxi que enfiló hacia la ciudad. Su corazón latía desenfrenadamente. Estoy enamorado,
pensó, y tengo en mi poder un secreto maravilloso. Lo que él no se había dado cuenta
era que en ese mismo momento los estudiantes de varios salones de clase del país
le estaban preguntando a sus profesores: “¿Quién es ese personaje que aparece en
la página 100? ¿Un judío calvo está besando a Madame Bovary?” Un profesor de Sioux
Falls, Dakota del Sur, suspiró y pensó: “Dios mío, las cosas que se les ocurren
a estos muchachos. Eso es culpa de la mariguana y de la coca”.
Dafne Kugelmass
se encontraba en el departamento de accesorios para baños en Bloomingdale’s cuando
Kugelmass llegó jadeando. “¿Dónde te habías metido?”, preguntó molesta. “Son las
cuatro y media”.
“Había mucho tráfico
en la calle”, se excusó Kugelmass.
***
Al día siguiente, Kugelmass fue a visitar a Persky y
a los pocos minutos había vuelto a viajar mágicamente a Yonville. Emma no pudo ocultar
su emoción al verlo. Pasaron varias horas juntos, riendo y conversando sobre sus
vidas. Antes de que Kugelmass partiera, hicieron el amor. “¡Dios mío, me acosté
con Madame Bovary!” dijo entre dientes. “Yo, a quien reprobaron en francés en primer
año”.
Transcurrieron los
meses y Kugelmass fue a visitar a Persky en muchas oportunidades y desarrolló una
íntima y apasionada relación con Emma Bovary. “Asegúrese de que siempre entre al
libro antes de la página 120”, le dijo un día Kugelmass al mago. “Siempre tengo
que encontrarme con ella antes de que Emma entre en contacto con el personaje de
Rodolphe”.
“¿Por qué? ¿Acaso
no puedes ganarle?”
“¿Ganarle?”. Él
pertenece a la aristocracia provinciana. Esos tipos no tienen nada mejor que hacer
que flirtear con las mujeres y montar a caballo. Podríamos decir que él es uno de
esos rostros que aparece en la revista Women’s Wear Daily, con un corte de
pelo al estilo Helmut Berger. Sin embargo, para Emma es un galán irresistible”.
“¿Y su esposo no
sospecha nada?”
“Él no sabe ni dónde
está parado. Es un paramédico mediocre que comparte su vida con una bailarina. Siempre
está listo para acostarse a las diez mientras ella se pone sus zapatillas de baile.
Bueno… nos vemos luego”.
Kugelmass entró
al armario y pasó instantáneamente a la casa de los Bovary en Yonville. “¿Cómo te
va, mi adorada?”, le dijo a Emma.
“¡Oh, Kugelmass!”,
susurró Emma. “Las cosas que tengo que soportar. Anoche mientras cenaba, el Sr.
Personalidad se adormeció mientras comíamos el postre. Le estaba expresando todos
mis sentimientos sobre Maxim’s y el ballet e inesperadamente oí un ronquido”.
“No te preocupes,
mi amor. Estoy aquí contigo”, le dijo Kugelmass, abrazándola. Me he ganado esto
a pulso, pensó, mientras olía el perfume francés de Emma y hundía su nariz en el
cabello de su amada. He sufrido mucho. He gastado mucho dinero en analistas. He
buscado hasta el cansancio. Ella es joven y núbil y yo estoy aquí, algunas páginas
después de Léon y poco antes de Rodolphe. Como he aparecido en los capítulos adecuados,
he podido manejar perfectamente la situación.
De hecho, Emma irradiaba
tanta felicidad como Kugelmass. Ella estaba ansiosa de emociones y los relatos que
Kugelmass le contaba sobre la vida nocturna de Broadway, los automóviles veloces
y las estrellas de la televisión y de Hollywood, embelesaban a la preciosa joven
francesa.
“Dime algo sobre
O. J. Simpson”, le imploró una noche, mientras ella y Kugelmass paseaban cerca de
la abadía de Bournisien.
“¿Qué te puedo decir?
Es un gran atleta. Ha establecido una gran cantidad de marcas como corredor de futbol
americano. Tiene un gran movimiento. Es muy difícil tocarlo”.
“¿Y qué me dices
de los premios de la Academia?”, preguntó Emma con melancolía. “Daría cualquier
cosa por ganarme un Oscar”.
“Antes que nada
debes recibir una nominación”.
“Ya lo sé. Tú me
lo explicaste. Pero estoy convencida de que puedo actuar. Por supuesto, quisiera
tomar algunas clases. Tal vez con Strasberg. Luego, si tuviera el agente adecuado…”.
“Ya veremos, ya
veremos. Hablaré con Persky”.
Esa noche, luego
de haber regresado a salvo al apartamento del mago, Kugelmass le propuso la idea
de traerse consigo a Emma para que visitara la Gran Manzana.
“Déjeme pensarlo”,
le dijo Persky. “Tal vez pudiera hacer algo al respecto. Han ocurrido cosas más
extrañas”. Desde luego, a ninguno de ellos se le vino a la cabeza ninguna.
“¿Dónde diablos
has estado metido todo este tiempo?”, le gritó Dafne Kugelmass a su marido cuando
él volvió tarde a su casa. “¿Tienes una madriguera en la que te emborrachas a escondidas?”
“Sí, claro. Soy un borracho”, contestó Kugelmass
con tono de desgano. “Estaba con Leonard Popkin. Estábamos discutiendo sobre la
agricultura socialista en Polonia. Tú conoces muy bien a Popkin. Es un fanático
del tema”.
“Has estado muy raro en los últimos tiempos”,
comentó Dafne. “Distante. Tú no te olvidas del cumpleaños de mi padre. Es el sábado,
¿no?”
“Sí, claro”, contestó Kugelmass, dirigiéndose
al baño.
“Irá toda mi familia. Podremos ver a los mellizos.
Y al primo Hamish. Deberías ser más amable con el primo Hamish. Le caes bien”.
“Sí, los morochos”, dijo Kugelmass, cerrando
la puerta del baño y apagando con ello la voz de su mujer. El profesor se apoyó
en la puerta, y respiró hondo. En pocas horas, se dijo a sí mismo, volvería a Yonville,
para estar con su amada. Y en esta oportunidad, si todo salía de acuerdo a lo previsto,
se traería a Emma consigo.
***
A
las 3:15 p.m. del día siguiente, Persky volvió a realizar su acto de magia. Kugelmass
se apareció ante Emma, sonriente y ansioso. Ambos pasaron varias horas en Yonville
con Binet y luego se montaron en el carruaje de los Bovary. Siguiendo las instrucciones
de Persky, se abrazaron con fuerza, cerraron sus ojos y contaron hasta diez. Cuando
los abrieron, el carruaje estaba cerca de la puerta lateral del Hotel Plaza, en
donde Kugelmass había reservado ese mismo día y con un gran optimismo, una suite.
“¡Me encanta!, es tal y como lo había soñado”,
dijo Emma mientras daba saltos de alegría por la habitación y veía la ciudad desde
su ventana. “Allí está Schwarz. Y allá veo el Central Park y ¿cuál es Sherry? Ah,
allí está. ¡Es maravilloso!
En la cama había
varias cajas de Halston y Saint Laurent. Emma abrió una de ellas y sacó un par de
pantalones de terciopelo negro que puso delante de su perfecto cuerpo.
“Esos pantalones
son de Ralph Lauren”, dijo Kugelmass. “Te verás estupenda. Anda, cariño. Dame un
beso”.
“Nunca había estado
tan feliz”, gritó Emma mientras se paraba frente al espejo. “Vamos a pasear por
la ciudad. Quiero ir a ver el musical Chorus Line, visitar el Guggenheim
y ver el personaje de Jack Nicholson del que siempre me has hablado. ¿Están presentando
alguna de sus películas?”
“No puedo entender
lo que está pasando”, expresó un profesor de Stanford. “En primer lugar, aparece
un extraño personaje llamado Kugelmass y ahora ella ha desaparecido de la obra.
Supongo que la principal característica de una obra clásica es que uno puede releerla
mil veces y siempre hallar algo nuevo”.
***
Los amantes pasaron un dichoso fin de semana. Kugelmass
le había dicho a Dafne que él iba a participar en un simposio en Boston y que regresaría
el lunes. Saboreando cada momento, Kugelmass y Emma fueron al cine, cenaron en Chinatown,
pasaron dos horas en una discoteca y se acostaron viendo una película en la televisión.
El domingo durmieron hasta el mediodía, visitaron el SoHo, y miraron de soslayo
a un grupo de celebridades que estaban en Elaine’s. Comieron caviar y bebieron champagne
en su suite el domingo por la noche, y conversaron hasta el amanecer. Esa mañana
en el taxi que los llevaba al apartamento de Persky, Kugelmass pensó que era una
cosa de locos pero valía la pena vivirla. No puedo traerla muy a menudo, pero el
tenerla en Nueva York de vez en cuando representará un cambio significativo con
respecto a Yonville.
En casa de Persky,
Emma se introdujo en el armario, arregló sus nuevas cajas de ropa y le dio un tierno
beso a Kugelmass. “Este será mi lugar la próxima ocasión”, dijo con un guiño. Persky
tocó tres veces el armario, pero no ocurrió nada.
“Este…”, dijo Persky,
rascándose la cabeza. Tocó el mueble de nuevo, pero la magia no resultó. “Algo está
funcionando mal”, masculló.
“Persky, estás bromeando”,
gritó Kugelmass. “¡Cómo es posible que no funcione?”.
“Tranquilícese.
¿Estás todavía ahí adentro, Emma?
“Sí”.
Persky golpeó el
mueble, esta vez con más fuerza.
“Todavía estoy aquí,
Persky”.
“Ya lo sé, querida.
No te muevas”.
“Persky, tenemos
que hacerla volver”, susurró Kugelmass. “Soy un hombre casado, y tengo clase en
tres horas. En estos momentos sólo estoy preparado para un affair muy discreto”.
“No puedo entender
lo que está ocurriendo”, murmuró Persky. “Es un truco tan sencillo y confiable”.
Sin embargo, no
pudo hacer nada. “Esto me va a tomar algún tiempo”, le dijo a Kugelmass. “Voy a
desarmar el mueble. Lo llamaré luego”.
Kugelmass lanzó
a Emma dentro de un taxi y la llevó de vuelta al Plaza. Apenas pudo llegar a tiempo
a su clase. Todo el día estuvo llamando por teléfono a Persky y a su amante. El
mago le dijo que tal vez tendrían que pasar algunos días antes de que pudiera llegar
al fondo del problema.
“¿Cómo te fue en
el simposio?”, le preguntó Dafne esa noche.
“Muy bien, muy bien”,
le contestó el esposo, encendiendo la colilla de un cigarro.
“¿Qué te pasa? Estás
sumamente tenso”.
“¿Yo? ¡Ja, ja!,
eso es un chiste. Estoy tan tranquilo como una noche de verano. Voy a salir a dar
un paseo”. Cerró con cuidado la puerta, llamó un taxi que lo llevó al Plaza.
“Estoy en problemas”, dijo Emma. “Charles me
extrañará”.
“Ten paciencia, cariño”, le dijo Kugelmass.
Estaba pálido y sudoroso. La besó de nuevo, corrió hacia el ascensor, llamó desesperadamente
a Persky desde una cabina telefónica en la recepción del Plaza y llegó a su casa
poco antes de la medianoche.
“Según Popkin, los precios de la cebada en
Cracovia no habían mostrado tanta estabilidad desde 1971”, le dijo a Dafne mientras
esbozaba una sonrisa y se acostaba junto a ella.
***
Toda
la semana transcurrió igual. El viernes por la noche, Kugelmass le dijo a Dafne
que iba a participar en otra conferencia, esta vez en Syracuse. Salió disparado
al Plaza, pero el segundo fin de semana no se asemejó en nada al primero. “Llévame
de vuelta a la novela o cásate conmigo”, le dijo Emma a Kugelmass. “Mientras tanto,
quiero conseguir un trabajo o estudiar porque estoy harta de ver televisión todo
el día”.
“Me parece bien. Podremos utilizar el dinero”,
le dijo Kugelmass. “Estás gastando una fortuna pidiendo servicio a la habitación
del hotel”.
“Ayer conocí a un productor de Off Broadway
en el Central Park y me dijo que podría encajar a la perfección en un proyecto que
está realizando”, dijo Emma.
“¿Quién es ese payaso?”, le preguntó Kugelmass.
“No es un payaso. Es un hombre sensible, amable
y lindo. Se llama Jeff… algo y es candidato a un premio Tony”.
Esa misma tarde, Kugelmass fue a visitar a
Persky en estado de ebriedad.
“Cálmese”, le dijo el mago. “Puede enfermarse
de las coronarias”.
“¿Tranquilizarme?, ¿Cómo me voy a calmar si
tengo a un personaje de ficción escondido en un hotel y creo que mi esposa me está
siguiendo con un detective privado?”
“Está bien. Sé que estamos metidos en un problema”,
Persky se arrastró bajo el mueble y comenzó a golpear algo con una llave inglesa.
“Parezco un animal salvaje”, prosiguió Kugelmass.
“Ando a escondidas por toda la ciudad y Emma y yo estamos hartos de la relación.
Por no hablar de la cuenta del hotel que ya se parece al presupuesto de defensa”.
“¿Qué puedo hacer? Así es el mundo de la magia”,
masculló Persky. “Todo es cuestión de matices”.
“Matices, un carajo. Esta muchachita lo único
que consume es Dom Perignon y caviar. A eso hay que sumarle su vestuario, la inscripción
en el Neighborhood Playhouse y un portafolios con fotos profesionales. Además
de eso, Persky, el profesor Fivish Popkind, que enseña Literatura Comparada y siempre
ha estado celoso de mí, me identificó como el personaje que aparece esporádicamente
en el libro de Flaubert. Me ha amenazado con que le va a contar todo a Dafne. Ya
me veo arruinado, pagándole la pensión alimentaria a mi mujer, y en la cárcel. Por
el pecado de adulterio con Madame Bovary, mi esposa me convertirá en un mendigo.
“¿Qué quiere que le diga?” Estoy trabajando
día y noche para resolver el problema. En lo que respecta a su angustia, no puedo
hacer nada por usted. Soy un mago, no un sicoanalista”.
El domingo por la tarde, Emma se había encerrado
en el baño y se negaba a responder a los ruegos de Kugelmass. El atribulado profesor
miró la ventana del edificio Wollman Rink y contempló la posibilidad de suicidarse.
“Lo malo es que me encuentro en un piso muy bajo”, pensó; “de no ser por ello, me
lanzaría en el acto. También podría huir a Europa y comenzar una nueva vida… Tal
vez podría vender el International Herald Tribune como lo solían hacer esas
muchachas”.
En ese momento sonó el teléfono y Kugelmass
lo llevó mecánicamente a su oído.
“Traiga a Emma”, dijo Persky. “Creo que reparé
el defecto que tenía el mueble”.
El corazón de Kugelmass estuvo a punto de detenerse.
“¿Está hablando en serio?”, le dijo “¿Logró arreglarlo?”
“Tenía un problema en la transmisión. ¿Quién
se lo iba a imaginar?”
“Persky, usted es un genio. Estaremos allí
en un minuto. En menos de un minuto”.
Una vez más, los amantes corrieron al apartamento
del mago y de nuevo Emma Bovary se introdujo en el armario con sus cajas. En esta
oportunidad no hubo besos. Persky cerró las puertas, respiró fuertemente y tocó
la caja tres veces. Se produjo el ruido habitual y cuando Persky echó un vistazo
al interior el mueble estaba vacío. Madame Bovary había regresado a su novela. Kugelmass
exhaló un suspiro de alivio y estrechó efusivamente la mano del mago.
“Se acabó”, dijo. “Aprendí la lección. Nunca
volveré a faltarle a mi mujer. Se lo juro”. Estrechó de nuevo la mano de Persky
e hizo la promesa mental de que le iba a enviar un corbatín.
***
Tres
semanas después, al terminar una bella tarde de primavera, Persky escuchó el timbre
y abrió la puerta. Era Kugelmass, con una expresión avergonzada en el rostro.
“Está bien, Kugelmass, ¿adónde quiere ir ahora?”
“Sólo una vez más”, indicó Kugelmass. “El tiempo
es tan encantador y yo sigo envejeciendo. Persky, ¿usted leyó el libro La Denuncia,
de Portnoy. ¿Recuerda el personaje del Mono?
“Ahora el precio es 25 dólares, ya que el costo
de la vida ha aumentado. Sin embargo, la primera vez podrá ir gratis, debido a todos
los problemas que le causé”.
“Usted sí es buena gente”, le dijo Kugelmass,
mientras se peinaba los pocos cabellos que le quedaban y entraba en el armario.
¿Está funcionando bien?”
“Eso espero. Sin embargo, no lo he probado
mucho desde que ocurrió todo ese desastre”. “Sexo y romance”, dijo Kugelmass desde
el interior del armario. “Lo que uno tiene que hacer por una cara bonita”.
Persky lanzó al interior un ejemplar de El
mal de Portnoy y tocó tres veces la caja. En esta oportunidad, en lugar de hacer
un ruido seco, se produjo una ligera explosión, seguida por una serie de chisporroteos
y una lluvia de centellas. Persky saltó hacia atrás, sufrió un ataque cardíaco y
cayó muerto. El mueble se incendió y, al final, se quemó todo el apartamento.
Kugelmass, que no tenía conocimiento de esta
catástrofe, también estaba en aprietos. Él no había ido a parar al libro El mal
de Portnoy ni a ninguna otra novela sobre el mismo tema. El profesor había sido
proyectado a un viejo libro de texto llamado Curso básico de francés y estaba
corriendo sobre un terreno árido y pedregoso para salvar su vida mientras la palabra
tener, un verbo peludo e irregular, corría tras él gracias a sus larguiruchas piernas.
(Tomado
de www.tallermecontasunahistoriadale.blogspot.com)