Truman Capote
1
–Escucha, Walter, que le caigas mal a todo el mundo,
que todos se metan contigo no es algo arbitrario: tú mismo lo provocas.
Anna había dicho aquello; aunque
la parte más sana de sí mismo le decía que ella actuaba de buena fe (si Anna no
era una amiga, ¿entonces quién?), la consideró despreciable y empezó a decir por
todas partes que la odiaba y que sabía qué clase de puta era. ¡No se fíen de esa
mujer!, dijo, no le crean a la tal Anna, su franqueza es solo una fachada para encubrir
su agresividad reprimida, es una embustera, no hay quien se crea una palabra de
lo que dice, ¡Dios mío, es un peligro! Obviamente todo lo que decía llegaba a oídos
de Anna, de modo que cuando le habló, tal y como habían quedado, de ir juntos al
estreno de una obra, ella le dijo:
–Perdona, Walter, pero no puedo permitirme
el lujo de verte más. Te entiendo perfectamente y te aprecio bastante, pero tu agresividad
es muy compulsiva; aunque no toda la culpa es tuya, no quiero volver a verte, es
un lujo que no puedo permitirme porque tampoco yo estoy demasiado bien.
¿Por qué? ¿Qué había hecho? Claro
que había hablado mal de ella, pero no con mala intención; después de todo, le dijo
a Jimmy Bergman (ese sí que es un falso donde los haya), ¿de qué servía tener amigos
si no se podía hablar de ellos objetivamente?
Él dijo que tú dijiste que ustedes
dijeron que nosotros decíamos. Una y otra vez lo mismo, como el ventilador en el
techo y las aspas que no dejaban de girar tratando en vano de aligerar el aire,
una vuelta y otra, un tictac que contaba los segundos del silencio. Walter se movió
unos centímetros hacia una parte más fresca de la cama y cerró los ojos al pequeño
cuarto a oscuras. Estaba en Nueva Orleans desde las siete de la tarde; a las siete
y media se había registrado en ese hotel, un sitio anónimo en una calle lateral.
El cielo rojo de esa noche de agosto le había hecho
pensar en hogueras encendidas, y el paisaje sureño, aquel paisaje insólito interminablemente
contemplado desde el tren y repasado en la memoria en un intento de sublimar todo
lo demás, había hecho más precisa la sensación de haber viajado hasta el límite,
el desfiladero.
Sin embargo, no hubiera podido decir por qué estaba
en un asfixiante hotel de una ciudad lejana. Había una ventana en el cuarto, pero
no parecía haber manera de abrirla; le daba miedo llamar al botones (¡qué ojos más
extraños los de aquel muchacho!) y le daba miedo salir del hotel, ¿y si se perdía?
Bastaba un instante para perderse definitivamente. Tenía hambre, no había comido
desde el desayuno. Quedaban unas galletas con mantequilla de cacahuete del paquete
que compró en Saratoga. Las digirió con un trago de Four Roses, el último. Le sentó
mal. Vomitó en el cubo de la basura, se volvió a echar en la cama y lloró hasta
mojar la almohada. Después de un rato se limitó a estar allí, tendido en el cuarto
caliente, temblando, viendo el lento girar del ventilador; no había comienzo ni
fin en esa acción: un círculo.
Un ojo, la Tierra, los anillos de un árbol, todo es
un círculo y todos los círculos, dijo Walter, tienen un centro. Era absurdo que
Anna lo hiciera responsable. Si estaba mal se debía a circunstancias ajenas, a su
madre, por ejemplo, una fanática religiosa, o a su padre, un agente de seguros de
Hartford, o a Cecile, su hermana mayor, casada con un hombre que le llevaba cuarenta
años, “lo único que quería era irme de casa”, y a decir verdad, a Walter esta excusa
le parecía bastante sensata.
Pero no sabía por dónde empezar a pensar en sí mismo,
no sabía dónde encontrar el centro. ¿En la primera llamada telefónica? No, solo
habían pasado tres días desde entonces y, en sentido estricto, ése había sido el
fin, no el comienzo. Tal vez pudiera empezar por Irving, por la primera persona
que conoció en Nueva York.
Irving era un agradable muchachito judío, con un notable
talento para el ajedrez y pocas cosas más: pelo lacio, mejillas de bebé sonrosado,
aparentaba dieciséis años; en realidad tenía veintitrés, como Walter. Se conocieron
en un bar del Village. Walter estaba solo y se sentía solo en Nueva York, de modo
que cuando el pequeño Irving hizo un intento de trabar amistad con él no vaciló
en ser amigable (¡y es que uno nunca sabe!). Irving conocía a muchísima gente, todo
el mundo lo apreciaba, y le presentó a todos sus amigos.
Entre ellos, a Margaret. Margaret era más o menos la
novia de Irving. No era gran cosa (ojos saltones, los dientes siempre manchados
de carmín y vestidos de niña de diez años), pero se sintió atraído por su inquieta
inteligencia. No pudo entender por qué perdía el tiempo con Irving.
–¿Por qué? –le preguntó en uno de los largos paseos
que solían dar en Central Park.
–Irving es tierno –dijo ella–, me quiere con gran pureza,
¿quién sabe?, tal vez hasta me case con él.
–Lo cual sería una estupidez. Irving jamás podría ser
tu esposo, es como tu hermano menor. Irving es el hermano menor de todo el mundo.
Margaret era demasiado inteligente para no ver la verdad
que esto encerraba, y cuando Walter le preguntó si no le importaría hacer el amor,
ella dijo: No. Desde entonces hicieron el amor con frecuencia.
Irving acabó por enterarse y un lunes ocurrió algo desagradable,
curiosamente en el bar donde se habían conocido. Margaret y Walter venían de una
fiesta en honor de Kurt Kuhnhardt de Publicidad Kuhnhardt, el jefe de Margaret.
Entraron en el bar a beber la última copa. El sitio estaba vacío, sin contar a Irving
y un par de chicas con pantalones. Irving estaba sentado a la barra, las mejillas
enrojecidas y los ojos vidriosos; parecía un adolescente dándose aires de adulto;
sus piernas eran demasiado cortas para alcanzar el travesaño del taburete y colgaban
como las de un muñeco. Al ver a Irving, ella quiso salir del bar, pero Walter se
lo impidió porque Irving ya los había visto: dejó su whisky en la barra, sin quitarles
los ojos de encima, bajó lentamente del taburete y caminó hacia ellos, con una especie
de rudeza fingida, triste.
–Irving, querido –dijo Margaret, y se interrumpió, pues
él le dirigió una mirada fulminante.
Le temblaba la barbilla.
–Lárgate –dijo en un tono acusatorio, como si denunciara
a un verdugo de su infancia–, te odio.
Luego, casi a cámara lenta, lanzó un puñetazo al pecho
de Walter, como si le encajara un cuchillo. Fue un golpe insignificante; Walter
se limitó a sonreír y entonces Irving se dejó caer contra la gramola, gritando:
–¡Pelea, maldito cobarde! ¡Acércate y te mato, lo juro
por Dios!
Así lo dejaron.
De camino a casa, Margaret empezó a llorar de un modo
suave y cansino.
–Nunca volverá a ser cariñoso –dijo.
–No entiendo.
–Claro que entiendes –Su voz era un susurro–. Claro
que sí; nosotros le hemos enseñado a odiar. No creo que supiera odiar.
Para entonces Walter llevaba ya cuatro meses en Nueva
York. Su capital original de quinientos dólares había disminuido a quince. Margaret
le prestó dinero para pagar el alquiler de enero en el Bretvoort y le preguntó por
qué no se mudaba a un sitio más barato. Bueno, le dijo, más vale tener una buena
dirección. ¿Y un trabajo? ¿Cuándo se pondría a trabajar? ¿Pensaba hacerlo? Por supuesto,
dijo, por supuesto, es más: no dejaba de pensar en ello, pero no tenía la menor
intención de perder el tiempo con la primera bagatela que le saliera al paso. Quería
algo bueno, algo con futuro, algo, por poner un ejemplo, en publicidad. De acuerdo,
dijo Margaret, tal vez ella podría ayudarlo; al menos hablaría con su jefe, Mr.
Kuhnhardt.
2
Le decían la PKK y era una agencia publicitaria de tamaño mediano pero, como
suele suceder en esos casos, muy buena, la mejor. Kurt Kuhnhardt la había fundado
en 1925 y era un hombre peculiar con una reputación peculiar: un alemán delgado,
exigente, soltero, que vivía en una elegante casa negra en Sutton Place, una casa
interesantemente decorada, entre otras cosas, con tres Picassos, una soberbia caja
de música, máscaras de islas de los mares del Sur y un fornido y juvenil mozo danés.
De vez en cuando invitaba a cenar a alguien de su equipo, el favorito de turno,
pues nunca dejaba de seleccionar protegidos. El puesto de protege era arriesgado,
pues se trataba de una alianza caprichosa e incierta: el favorito podía encontrarse
examinando la sección de empleos del periódico a la mañana siguiente de una cena
de lo más agradable con su benefactor. Walter había sido contratado como asistente
de Margaret. Llevaba dos semanas en PKK cuando recibió una nota de Mr. Kuhnhardt
invitándolo a almorzar, y obviamente se entusiasmó mucho.
–¿Aguafiestas? –dijo Margaret, ajustándole la corbata
y quitando las pelusas de su solapa–. No, nada de eso. Es solo que…, bueno, trabajar
con Kuhnhardt es estupendo siempre y cuando no tengas mucho que ver con él; de lo
contrario pierdes el trabajo, así de sencillo.
Walter sabía a qué se refería; no lo engañó ni un instante;
quiso decírselo pero se contuvo; aún no era el momento. Sin embargo, uno de esos
días –bastante pronto– se tendría que librar de Margaret. Trabajar bajo sus órdenes
ya era suficiente humillación, además ella se acostumbraría a considerarlo su inferior.
Y eso nunca, pensó, mirando los ojos azul marino de Mr. Kuhnhardt, nadie podía menospreciar
a Walter.
–Eres un idiota –le dijo Margaret–. Dios mío, he visto
esas amistades de KK docenas de veces: no significan nada. En una época se paseaba
en compañía del recepcionista. Lo único que quiere es jugar. Créeme, Walter, la
vía rápida no existe, lo único que cuenta es tu trabajo.
Él dijo:
–¿Y tienes quejas en ese campo? Estoy cumpliendo tanto
como es de esperar.
–Todo depende de lo que se espere –dijo ella.
A los pocos días la citó un sábado en la estación de
trenes de Grand Central. Iban a ir a Hartford a pasar la tarde con su familia y
ella se había comprado un vestido, unos zapatos y un sombrero para la ocasión. Pero
él no se presentó. En cambio, acompañó a Mr. Kuhnhardt a Long Island y fue el más
celebrado de los trescientos huéspedes del baile de presentación en sociedad de
Rosa Cooper. Rosa Cooper (née Kuppermann), heredera de Productos Lácteos Cooper,
era una muchacha morena, contundente y agradable, con un afectado inglés, producto
de muchos años de lecciones con Miss Jewett. Tiempo después, una amiga llamada Anna
Stimson le mostraría a Walter la carta que Rosa le había escrito: “He conocido al
hombre más divino. Bailé con él seis veces. Magnífico bailarín. Es un ejecutivo
de publicidad, y es superdivinamente guapo. Tenemos una cita: ¡a cenar y al teatro!”
Margaret no mencionó el episodio. Tampoco Walter. Fue
como si nada hubiera sucedido, pero ahora solo se veían y solo se hablaban para
tratar asuntos de la oficina. Una tarde, sabiendo que ella no estaría en casa, fue
a su apartamento y abrió con el duplicado que le diera mucho tiempo atrás. Había
dejado allí algo de ropa, libros, su pipa. Fue de un lado a otro, recogiendo sus
cosas, y vio una fotografía de él marcada con lápiz de labios: por un momento sintió
que caía en un sueño. También vio el único regalo que él le había dado: un frasco
de L’Heure Bleue, aún sin abrir.
Se sentó en la cama a fumar un cigarrillo, pasó su mano
sobre la almohada fría, recordando la forma en que la cabeza de Margaret había reposado
allí y las mañanas de los domingos en que leían en voz alta los cómics de Barney
Google, Dick Tracy y Joe Palloka.
Vio la radio, una pequeña caja verde. Siempre habían
hecho el amor con música, de cualquier tipo, jazz, sinfonías, música coral. Había
sido su contraseña. Cada vez que ella lo deseaba, decía: “¿Ponemos la radio?” Pero
el caso era que habían terminado: la odiaba, eso era lo que debía recordar. Volvió
a mirar la botella de perfume y se la guardó en el bolsillo: a Rosa le agradaría
una sorpresa.
Al día siguiente en la oficina, se encontró con Margaret
cuando iba a servirse un vaso de agua. Ella le sonrió con fijeza:
–No sabía que fueras un ladrón.
Fue la primera muestra de explícita hostilidad entre
ellos. De pronto, Walter se dio cuenta de que no tenía un solo aliado en la oficina.
¿Kuhnhardt? Jamás podría contar con él. Todos los demás eran enemigos: Jackson,
Einstein, Fischer, Porter, Capehart, Ritter, Villa, Byrd, aunque obviamente todos
eran lo bastante listos para no decírselo a quemarropa, al menos no mientras durara
el entusiasmo de KK.
A fin de cuentas el desprecio era algo positivo; lo
que no toleraba eran las relaciones a medias, tal vez porque sus propios sentimientos
eran tan vagos, tan ambiguos. Por ejemplo, no sabía si X le gustaba o no: necesitaba
el amor de X, pero era incapaz de amar; nunca podría ser sincero con él, nunca le
diría más del cincuenta por ciento de la verdad. Sin embargo, no soportaría que
X tuviera el mismo defecto, y de un modo incierto sabía que lo engañaba. Le tenía
pánico a X, pavor. En una ocasión, en el bachillerato, había plagiado un poema para
publicarlo en la revista de la escuela; jamás olvidaría el último verso: todos nuestros
actos son actos de amor. ¿Pudo haber algo más injusto que ser descubierto por el
maestro?
3
Pasó casi todos los fines de semana de principios del verano con Rosa Cooper
en Long Island. Por lo general, la casa estaba bien abastecida de cordiales estudiantes
de Yale y Princeton, algo bastante molesto; en Hartford, ésa era justo la clase
de gente que le hacía sentir gatos en la barriga; rara vez lo aceptaban en su territorio.
En cuanto a Rosa…, era encantadora, todo el mundo lo decía, hasta Walter.http:
Pero las chicas encantadoras casi nunca se toman nada
en serio, y Rosa no era la excepción, al menos respecto a Walter. A él no le importó
gran cosa; esos fines de semana le sirvieron para hacer muchos contactos: Taylor
Orvington, Joyce Randolph (la estrella en ciernes), E. L. McEvoy, cerca de una docena
de personas cuyas direcciones otorgaron considerable brillo a su agenda. Una tarde
fue con Anna Stimson a ver una película protagonizada por la Randolph. Apenas se
habían sentado y todas las butacas de alrededor ya sabían que Joyce era amiga de
Anna, bebía demasiado, carecía de moral y no era tan hermosa como en la pantalla.
Anna le dijo que él era como una adolescente.
–Cariño, tú solo eres hombre en un aspecto.
Había conocido a Anna Stimson a través de Rosa. Editaba
una revista de modas, medía más de uno ochenta, usaba trajes negros, un afectado
monóculo, bastón y varios kilos de tintineante plata mexicana. Se había casado dos
veces, una de ellas con Bock Strong, el ídolo de las películas de vaqueros, y tenía
un hijo de catorce años confinado en una “academia correctiva”, como decía ella.
–Era un chico insoportable –le dijo–. Le gustaba disparar
por la ventana con un rifle calibre 22, y arrojar cosas y robar en los almacenes
Woolworth: un canalla, igual que tú.
Sin embargo, Anna le tenía afecto. En sus momentos menos
deprimidos, menos maledicentes, lo escuchaba con amabilidad quejarse de sus problemas,
explicar por qué era como era: le habían hecho trampa toda la vida, siempre le tocaban
cartas malas. Podía atribuirle muchos defectos a Anna, pero la estupidez no era
uno de ellos; por eso la usaba como una especie de confesora. Nada de lo que decía
podía ser legítimamente desaprobado por ella. Walter comentaba: “Le he dicho a Kuhnhardt
muchas mentiras sobre Margaret, supongo que es algo bastante ruin, pero ella haría
lo mismo; además, no propuse que la despidieran sino que la mandaran a Chicago.”
O: “Me encontré a un tipo en una librería y empezamos a charlar, era un hombre de
mediana edad, bastante agradable, muy inteligente. Cuando salí me siguió a cierta
distancia: crucé la calle, cruzó la calle; caminé deprisa, caminó deprisa. Esto
sucedió durante seis o siete calles. Cuando finalmente estuve seguro de lo que sucedía,
sentí un agradable cosquilleo y deseos de gastarle una broma. Me detuve en la esquina
y paré un taxi; entonces me volví y miré al tipo durante largo, largo rato. Se acercó
corriendo con una sonrisa de oreja a oreja. Entonces brinqué al coche, cerré la
puerta, me asomé por la ventanilla y solté una carcajada: ¡la cara que puso!, ¡era
horrenda, parecía Cristo! No puedo olvidarla. Ahora dime, ¿por qué hago estas locuras?
Es como pagar con la misma moneda a toda la gente que alguna vez me ha perjudicado,
pero también hay algo más.” Le contaba estas cosas a Anna y luego regresaba a dormir
a casa. Sus sueños eran de un azul pálido.
El problema del amor le preocupaba, sobre todo porque
no lo consideraba un problema. Y de algo podía estar seguro: nadie lo amaba. Esta
certeza latía en su interior como un corazón adicional. No tenía a nadie. A Anna,
tal vez. ¿Lo amaba ella?
–¿Cuándo has visto algo que sea lo que aparenta? –dijo
Anna–. Ves un renacuajo y ya es un sapo, te pones un anillo que parece de oro y
te deja una marca verde en el dedo. Ahí tienes el caso de mi segundo marido: parecía
un tipo agradable y resultó un crápula cualquiera. Mira este cuarto: la chimenea
no sirve ni para encender incienso y los espejos solo sirven para dar la impresión
de espacio: mienten. Walter, nada es jamás lo que parece. Los árboles de Navidad
son de celofán y la nieve de hojuelas de jabón. Dentro de nosotros revolotea algo
llamado “alma”: “morir no es morir, vivir no es vivir”, ¿y encima deseas saber si
te amo? No seas tonto, Walter, ni siquiera somos amigos…
4
Escucha: el ventilador: círculos de susurros que giran: él dijo que tú dijiste
que vosotros dijisteis que nosotros dijimos: una y otra vez, rápido y lento, mientras
el tiempo se recupera en un chismorreo infinito. Un viejo ventilador resquebrajado
rompiendo el silencio: tres, tres, tres de agosto.
Viernes tres de agosto. Ahí estaba su nombre, precisamente
en la sección que escribía Winchell: “El pez gordo de la publicidad Walter Ranney
y la heredera de productos lácteos Rosa Cooper están corriendo la voz entre sus
allegados de que empiecen a comprar arroz.” El propio Walter le había dicho esto
a un amigo de un amigo de Winchell. Se lo mostró al barman del Whelan’s, donde desayunaba.
–Soy yo –dijo–. Hablan de mí –Y la expresión del chico
le facilitó la digestión.
Esa mañana llegó tarde a la oficina, y recorrió el pasillo
entre los escritorios precedido de la gratificante conmoción de las mecanógrafas.
Sin embargo, nadie dijo nada. A eso de las once, después de una agradable hora sin
hacer nada pero llena de entusiasmo, bajó a tomar una taza de café. Jackson, Ritter
y Byrd, tres de la oficina, estaban en la cafetería. Cuando Walter entró, Jackson
le dio un codazo a Byrd, Byrd se lo dio a Ritter, y todos se volvieron.
–¿Qué cuenta el “pez gordo de la publicidad”? –dijo
Jackson, un hombre rosáceo, de calvicie prematura. Los otros dos rieron.
Walter entró deprisa en una cabina telefónica, aparentando
no haber oído.
–Cabrones –dijo, y fingió que marcaba un número. Finalmente
después de esperar un buen rato a que se fueran, hizo una llamada de verdad.
–Rosa, qué tal, ¿te he despertado?
–No.
–¿Has visto lo de Winchell?
–Sí.
Walter rio.
–¿De dónde sacará esas cosas?
Silencio.
–¿Qué sucede?, te noto un poco rara.
–¿Sí?
–¿Estás molesta o algo?
–Sólo decepcionada.
–¿De qué?
Silencio. Y luego:
–Fue muy vulgar por tu parte, Walter, muy vulgar.
–¿A qué te refieres?
–Adiós, Walter.
Al salir, pagó en caja el café que había olvidado tomar.
En el mismo edificio había una barbería; pidió que lo afeitaran, no, mejor un corte
de pelo…, no, la manicura…, y luego, al ver su rostro reflejado de golpe en el espejo,
con una palidez que competía con la pechera del barbero, supo que no sabía lo que
quería. Rosa tenía razón, era vulgar, estaba siempre dispuesto a confesar sus errores,
pero una vez que los aceptaba era como si no existieran. Volvió a subir a la oficina,
se sentó en su escritorio, sintiendo que se desangraba por dentro. Deseó angustiosamente
creer en Dios. Una paloma caminaba por el antepecho de su ventana; por un instante
vio las trémulas plumas encendidas por el sol, la serena indecisión de sus movimientos;
luego, sin darse cuenta, tomó el pisapapeles de cristal y lo lanzó por la ventana:
la paloma lo esquivó tranquilamente y el pisapapeles se desplomó como una enorme
gota de lluvia. ¿Qué tal –pensó, a la espera de un grito lejano–, qué tal si le
pega a alguien, si lo mata? Pero no hubo nada. Solo el tabletear de las mecanógrafas,
¡y un golpe en la puerta!
–¿Ranney? KK quiere verte.
–Lo lamento –dijo Mr. Kuhnhardt, garabateando con una
pluma de oro–. Ya sabes que siempre estaré dispuesto a darte una carta de recomendación.
Y luego en el ascensor: el enemigo. Sumergiéndose con
él, aplastó a Walter entre los dos. Margaret estaba allí, un lazo azul en el pelo
y una cara diferente de la de los demás, no tan vacía, ni impávida: allí aún había
compasión. Pero ella le miraba sin verle. Es un sueño: no podía permitirse pensar
de otro modo y, sin embargo, bajo el brazo llevaba la contradicción del sueño, un
sobre manila con los objetos personales que tenía en su escritorio. Al vaciarse
el ascensor en el vestíbulo, supo que debía hablar con Margaret, pedirle perdón,
implorar protección. Ella se alejaba deprisa hacia una salida, confundiéndose con
el enemigo. Te amo, dijo, y corrió tras ella, te amo, dijo, sin decir nada.
–¡Margaret! ¡Margaret!
Ella se volvió. El lazo azul hacía juego con sus ojos,
y al mirarle sus ojos se suavizaron, reflejando afecto. O compasión.
–Por favor –dijo él–. ¿Tomamos una copa juntos? Podríamos
ir al Benny’s. El Benny’s nos gustaba, ¿recuerdas?
Ella negó con la cabeza:
–Tengo una cita, se me hace tarde.
–Oh.
–Sí… bueno, se me hace tarde –Ella echó a correr. La
vio correr calle abajo; el lazo centelleaba en la incipiente oscuridad del verano.
Luego, desapareció.
En un edificio sin ascensor, cercano al parque Gramercy,
estaba su apartamento de una habitación; le hacía falta ventilación y limpieza,
pero después de servirse un trago dijo: “Al carajo”, y se tendió en el sofá. ¿De
qué servía? Hagas lo que hagas, al final todo se reduce a cero. Cada día en cada
lugar a cada instante engañan a alguien, ¿de quién es la culpa? De cualquier forma
era extraño. Ahí tendido, tomando sorbos de whisky en la penumbra grisácea del cuarto,
todo le pareció en calma, sabía Dios cuánto tiempo llevaba sin experimentar algo
así, como cuando le suspendieron en álgebra y se sintió aliviado, libre: el fracaso
era definitivo, cierto, y siempre hay paz en la certeza. Se iría de Nueva York,
tomaría unas vacaciones, tenía unos cuantos cientos de dólares, lo suficiente para
ir tirando hasta el otoño.
Se preguntó dónde ir y de repente fue como si una película
empezara a correr en su cabeza: gorras de seda, de color cereza y amarillo limón,
y unos hombres bajitos, con apariencia de sabios y exquisitas camisas de lunares.
Cerró los ojos; tenía cinco años, era delicioso recordar la algarabía, las salchichas,
los enormes prismáticos de su padre. ¡Saratoga! Las sombras enmascararon su rostro
a medida que la luz se disipaba. Encendió una lámpara, se preparó otro trago, puso
un disco de rumba y empezó a bailar; las suelas de sus zapatos susurraban en la
alfombra: un poco de entrenamiento y hubiera sido un profesional, siempre lo había
creído.
Justo al terminar la música sonó el teléfono. Se quedó
inmóvil, algo, un temor incierto, le impedía contestar; la lámpara, los muebles,
todo parecía inerte; creyó que al fin había dejado de sonar cuando empezó de nuevo,
más fuerte, más insistente. Tropezó con un escabel, descolgó el auricular, lo dejó
caer, lo volvió a tomar, dijo:
–¿Sí?
Larga distancia: una llamada desde un pueblo de Pennsylvania
cuyo nombre no pudo captar. Después de una serie de espasmódicas interferencias,
una voz se abrió paso, seca y asexuada, completamente distinta de cualquiera que
hubiese oído antes:
–Hola, Walter.
–¿Quién habla?
No hubo respuesta al otro lado, solo el jadeo de una
respiración acompasada. La conexión era excelente, quienquiera que fuese parecía
estar a su lado, hablándole al oído.
–No me gustan las bromas, ¿quién habla?
–Oh, tú me conoces, Walter, me conoces desde hace mucho,
mucho.
Un clic y nada más.
5
El tren llegó a Saratoga en medio de una noche lluviosa. Había dormido la
mayor parte del trayecto, sudando en el húmedo calor del vagón. Soñó con un castillo
antiguo, solo habitado por pavos viejos; también tuvo un sueño en el que aparecían
su padre, Kurt Kuhnhardt, alguien sin rostro, Margaret y Rosa, Anna Stimson y una
gorda extraña con ojos como diamantes. Estaba en una calle ancha, vacía, y a no
ser por una procesión que se aproximaba –coches lentos, negros, de aspecto fúnebre–,
no había más señales de vida. Sin embargo, sabía que ojos furtivos contemplaban
su desnudez desde todas las ventanas. Detuvo con ansiedad la primera de las limusinas
y su padre le abrió la puerta, invitándolo a subir. Papá, gritó, acercándose deprisa.
La puerta se cerró, aplastándole los dedos, su padre se asomó por la ventana, rio
desde el fondo de su estómago y arrojó una enorme corona de rosas. En el segundo
coche estaba Margaret, en el tercero la dama con los ojos como diamantes (¿no era
Miss Casey, su antigua maestra de álgebra?); en el cuarto Kuhnhardt y su nuevo protege,
la criatura sin rostro. Cada una de las puertas se abrió y cada una de ellas se
cerró, todos rieron, todos lanzaron rosas. La procesión siguió mansamente por la
calle silenciosa. Walter cayó sobre la montaña de rosas y lanzó un grito pavoroso,
herido por las espinas. De repente empezó a llover, un diluvio plomizo que oscureció
las flores y lavó la pálida sangre que manaba sobre las hojas.
La mirada fija de la señora sentada frente a él le hizo
saber que había gritado en el sueño. Sonrió con timidez y ella desvió la mirada;
supuso que se sentía avergonzada. Era inválida; llevaba un zapato gigante en el
pie izquierdo. Más tarde, en la estación de Saratoga, la ayudó con su equipaje y
compartieron un taxi; no conversaron: cada cual se quedó en su rincón, contemplando
la lluvia, las luces empañadas. Unas horas antes, en Nueva York, había sacado sus
ahorros del banco y había cerrado la puerta de su apartamento sin dejar mensaje
alguno. En ese pueblo no lo conocía ni un alma; una sensación agradable.
El hotel estaba lleno: hay una convención de médicos,
y además están los aficionados a las carreras, le explicó el recepcionista. No,
lo lamento, no sé dónde puede encontrar alojamiento. Tal vez mañana.
Buscó el bar; si iba a pasar la noche en vela, bien
podía hacerlo borracho. En el bar, muy grande, caliente y ruidoso, todo brillaba
con las grotescas figuras de la temporada de verano: fláccidas damas de zorras plateadas,
jockeys diminutos, hombres de rostros pálidos y recias voces ataviados con trajes
de cuadros tan estrafalarios como baratos. Pero después de un par de tragos el ruido
pareció alejarse. Paseó la mirada en derredor y vio a la inválida. Estaba sola en
una mesa, sorbiendo decorosamente su creme de menthe. Intercambiaron una sonrisa.
Walter se le acercó.
–No somos desconocidos, que digamos –dijo, mientras
él se sentaba–. Supongo que ha venido por las carreras.
–No –dijo–, solo a descansar. ¿Y usted?
Ella frunció los labios.
–Seguramente ha notado que tengo un pie deforme. Sí,
hombre, no se haga el sorprendido, todo el mundo lo hace. Pues bien –y dobló la
pajilla en su vaso–, mi médico va a dar una conferencia en la convención, sobre
mí y mi pie, pues soy un caso bastante especial. Caray, estoy asustadísima; es que
tendré que enseñar el pie.
Walter dijo que lo lamentaba y ella dijo, oh, no, no
había nada que lamentar. Después de todo, ¿acaso no le brindaba eso unas breves
vacaciones?
–No he salido de la ciudad en seis años, desde que pasé
una semana en el Hotel Bear Mountain.
Sus mejillas eran sonrosadas y pecosas; sus ojos, quizás
demasiado juntos, tenían un intenso color azul claro, como si no parpadearan nunca.
Llevaba una alianza en el anular, puro teatro, seguro, ¿quién se lo iba a creer?
–Soy sirvienta –dijo, respondiendo a una pregunta–.
Y no hay nada malo en ello. Es un trabajo honesto y me gusta. Los señores con los
que trabajo tienen el niño más hermoso que he visto, Ronnie. Soy más buena con él
que su madre, y me quiere más. Me lo ha dicho. La otra se pasa el día borracha.
Aunque lo deprimía escucharla, sintió un repentino miedo
a estar solo. Se quedó y bebió y habló tal como alguna vez había hablado con Anna
Stimson. ¡Shhh!, le dijo ella en determinado momento, pues había alzado la voz y
muchas personas los miraban. Que se vayan a la mierda, dijo Walter. No le importaba,
era como si su cerebro estuviese hecho de vidrio y el whisky ingerido se convirtiera
en un martillo; sentía cómo tintineaban en su cabeza los pedazos destrozados, nublándole
la vista, confundiendo los contornos; la inválida, por ejemplo, no parecía una persona
sino muchas: Irving, su madre, un hombre llamado Bonaparte, Margaret, todos ellos
y otros más. Se dio cuenta, con creciente exactitud, de que la experiencia es un
círculo en el que ningún momento puede ser aislado ni olvidado.
6
El bar estaba cerrando. Pagó cada uno su consumición. Esperaron el cambio,
sin decir palabra; ella lo miraba con sus inmóviles ojos azules, aparentemente tranquila;
pero él advirtió que algo sucedía, una sutil agitación interior. Cuando el camarero
regresó, se repartieron el cambio y ella dijo:
–Si quiere puede venir a mi habitación –y un rubor de
imprudencia le cubrió el rostro–, es que… como comentó que no tenía dónde dormir…
Walter la tomó de la mano: su sonrisa fue conmovedoramente
tímida.
Ella salió del baño oliendo a un perfume baratísimo,
vestida solo con un raído quimono de color carne y el monstruoso zapato negro. Entonces
supo que no lo iba a soportar. Jamás había tenido tanta lástima de sí mismo, ni
Anna Stimson se lo habría perdonado.
–No mires –dijo ella con voz temblorosa–, soy muy quisquillosa
con lo de mi pie.
Él se volvió hacia la ventana: las ramas de un olmo
agobiadas por la lluvia; un relámpago, demasiado distante para hacer ruido, lanzó
un resplandor blancuzco.
–Ya –dijo ella.
Walter no se movió.
–Ya –repitió, inquieta–. ¿Apago la luz? Tal vez te gusta…
arreglarte a oscuras.
Se acercó al borde de la cama, se inclinó y la besó
en la mejilla.
–Creo que eres adorable, pero…
Los interrumpió el teléfono. Ella le miró, estúpidamente.
–Dios mío –dijo, y cubrió el auricular con la mano–,
¡es una conferencia! ¡Seguro que le pasa algo a Ronnie! A que está enfermo…, ¿hola?…,
¿qué? ¿Ranney? No, se equivoca…
–Espera –dijo Walter, tomando el teléfono–. Soy yo, Walter
Ranney.
–Hola, Walter.
La voz, opaca, asexuada, distante, fue directa a la
boca del estómago. Sintió que la habitación se balanceaba y se torcía. Su labio
superior se cubrió con un bigote de sudor.
–¿Quién habla? –dijo, tan despacio que las palabras
salieron inconexas.
–Oh, tú me conoces, Walter. Me conoces desde hace mucho.
Luego un silencio: quienquiera que fuese, había colgado.
–Caray –dijo la mujer–, ¿cómo crees que han sabido que
estabas aquí? Quiero decir, ¿eran malas noticias? Estás un poco…
Walter cayó sobre ella, la estrechó, presionó su mejilla
húmeda contra la suya.
–Abrázame –dijo, descubriendo que aún podía llorar–.
Abrázame, por favor.
–Pobre niño –dijo ella, dándole palmaditas en la espalda–.
Mi niño, estamos muy solos en este mundo, ¿verdad? –Y finalmente se durmió en sus
brazos.
No había vuelto a dormir desde entonces, y ni siquiera
ahora podía hacerlo, bajo el lento arrullo del ventilador. Ese girar le traía ruedas
de tren: de Saratoga a Nueva York y de Nueva York a Nueva Orleáns. Había escogido
Nueva Orleáns por nada en especial, excepto que era una ciudad muy lejana, llena
de desconocidos. Cuatro aspas que giraban: ruedas y voces, una y otra vez; después
de todo –ahora se daba cuenta–, la red de maldad no acababa nunca: jamás.
Un chorro de agua en las tuberías, pasos sobre su cabeza,
llaves tintineando en el vestíbulo, el locutor de un noticiario hablando con voz
grave en algún sitio, en la puerta de al lado una niñita que decía: ¿por qué?, ¿por
qué? ¿POR QUÉ? Pero su cuarto parecía sumido en un total silencio. En la luz que
se colaba por las persianas sus pies brillaban como piedra amputada: las uñas bruñidas
eran diez pequeños espejos, todos con un reflejo verdoso. Se sentó, se secó el sudor
con una toalla; ahora, más que nunca, el calor lo asustó; le hizo saber, de un modo
tangible, lo inerme que era. Arrojó la toalla al otro extremo del cuarto: aterrizó
sobre la pantalla de una lámpara; se balanceó a un lado, al otro. En eso sonó el
teléfono. Y siguió sonando. Sonaba tan fuerte que el hotel entero debía escucharlo.
Todo un ejército debía estar aporreando su puerta. Entonces metió la cabeza en la
almohada, se tapó los oídos con las manos y pensó: No pienses en nada, piensa en
el viento.
(Tomado
de www.ciudadseva.com)