jueves, 9 de julio de 2026

Leer y escribir

Jordi Cebrián

 

Aprenden a leer de muy pequeños, y escriben pronto, con letras precisas y claras.

Leen entonces libros antiguos, y extraen orgullos y certezas.

Escriben cartas largas, repletas de evocaciones, que sus familias leen, honrados de tenerles tan lejos, aprendiendo.

Se hacen expertos en palabras, las buenas y las malas, las que deben repetirse y las que no pueden pronunciarse.

Escriben los nombres de sus dioses y queman papeles con falsos dioses que otros escribieron.

Leen los Textos, de los que nadie puede escribir.

Y escriben en su frente la Palabra, antes de inmolarse en la plaza, en día de mercado.

 

(Tomado de www.cienpalabras.blogspot.com)

 

La debutante

Leonora Carrington

 

En la época en que fui debutante, solía ir a menudo al parque zoológico. Iba tan a menudo que conocía más a los animales que a las chicas de mi edad. Era porque quería huir del mundo, por lo que me hallaba a diario en el zoológico. El animal que mejor llegué a conocer fue una hiena joven. Ella me conocía a mí también. Era muy inteligente. Le enseñé a hablar francés y a cambio ella me enseñó su lenguaje. Así pasamos muchas horas agradables.

Mi madre había organizado un baile en mi honor para el primero de mayo. ¡Lo qué sufrí durante noches enteras! Siempre he aborrecido los bailes; sobre todo los que se daban en mi honor.

La mañana del uno de mayo de 1934, fui muy temprano a visitar a la hiena.

–¡Qué asco! –le dije–. Esta noche me toca asistir a mi baile.

–Tienes suerte –dijo ella–; a mí me encantaría ir. No sé bailar, pero en cambio sabría mantener una conversación.

–Habrá muchas cosas de comer –dije–. He visto llegar a casa carros repletos de comida.

–Y aún te quejas –replicó la hiena con desaliento–. Mírame a mí: yo solo como una vez al día, y me tienen jeringada con tanta bazofia.

Se me ocurrió una idea audaz; estuve a punto de echarme a reír.

–No tienes más que ir en mi lugar.

–No nos parecemos lo bastante; si no, con gusto iría –dijo la hiena un poco triste.

–Escucha –dije–, con las luces de la noche no se ve muy bien. Con que te disfraces un poco, nadie se fijará en ti en medio de la multitud. Además, tenemos casi la misma estatura. Eres mi única amiga; anda, hazlo por mí. Por favor.

Se puso a pensar en esta posibilidad. Comprendí que estaba deseosa de aceptar.

–De acuerdo –dijo de repente.

No había muchos guardianes cerca, dado lo temprano de la hora. Abrí rápidamente la jaula, y en un instante estuvimos en la calle. Llamé un taxi. En casa, todo el mundo estaba aún en la cama. Una vez en mi cuarto, saqué el vestido que debía ponerme por la noche. Era un poco largo, y la hiena andaba con dificultad con mis zapatos de tacón alto. Encontré unos guantes con que ocultarle las manos, demasiado peludas para parecerse a las mías. Cuando el sol iluminó mi habitación, la hiena dio varias vueltas alrededor, andando más o menos derecha. Estábamos tan ocupadas que mi madre, que entró a darme los buenos días, estuvo a punto de abrir la puerta antes de que la hiena se escondiera debajo de la cama.

–Esta habitación huele mal –dijo mi madre, abriendo la ventana–; antes de esta noche date un baño con mis nuevas sales.

–Por supuesto –le dije.

No se entretuvo mucho. Creo que el olor era demasiado fuerte para ella.

–No te retrases para el desayuno –dijo al irse.

Lo más difícil fue encontrar un disfraz para la cara de la hiena. Estuvimos buscando horas y horas: rechazaba todas mis sugerencias. Por fin dijo:

–Creo que he encontrado la solución. ¿Tenéis criada?

–Sí –dije, perpleja.

–Pues verás: vas a llamar a la criada; cuanto entre, nos lanzamos sobre ella y le arrancamos la cara; llevaré su cara esta noche en lugar de la mía.

–No lo veo muy práctico –dije yo–. Probablemente se morirá en cuanto pierda la cara: alguien encontrará su cadáver, y nos meterán en la cárcel.

–Tengo la suficiente hambre como para comérmela –replicó la hiena.

–¿Y los huesos?

–También –dijo–. ¿Te parece bien?

–Solo si me prometes matarla antes de arrancarle la cara. Si no, le va a doler demasiado.

–Bueno, eso me da igual.

Llamé a Marie, la criada, no sin cierto nerviosismo. Desde luego, no lo habría hecho si no odiara tanto los bailes. Cuando entró Marie, me volví de cara a la pared para no verlo. Debo reconocer que no tardó nada. Un breve grito, y se acabó. Mientras la hiena comía, estuve mirando por la ventana. Unos minutos después, dijo.

–Ya no puedo más; aún me quedan los pies, pero si tienes una bolsa, me los comeré más tarde, a lo largo del día.

–En el armario encontrarás una bolsa bordada con flores de lis. Saca los pañuelos que tiene y quédatela.

Hizo lo que le había indicado. A continuación, dijo:

–Date la vuelta ahora y mira qué guapa estoy.

Delante del espejo, la hiena se admiraba con el rostro de Marie. Se lo había comido todo cuidadosamente hasta el borde de la cara, de forma que quedaba justo lo que le hacía falta.

–Es verdad –dije–; lo has hecho muy bien.

Hacia el atardecer, cuando la hiena estuvo completamente vestida, declaró:

–Me siento en plena forma. Me da la impresión de que voy a tener un gran éxito esta noche.

Después de oír un rato la música de abajo, le dije:

–Ve ahora, y recuerda que no debes ponerte junto a mi madre: seguramente se daría cuenta de que no soy yo. Aparte de ella, no conozco a nadie. Buena suerte –le di un beso para despedirla, aunque exhalaba un olor muy fuerte.

Se había hecho de noche. Cansada por las emociones del día, cogí un libro y me senté junto a la ventana, entregándome a la paz y el descanso. Recuerdo que estaba leyendo Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift. Al cabo de una hora, quizá, surgió el primer signo de inquietud. Un murciélago entró por la ventana profiriendo grititos. Los murciélagos me dan un miedo espantoso. Me escondí detrás de una silla, castañeteándome los dientes. Apenas me había arrodillado, cuando un gran ruido procedente de la puerta sofocó el batir de alas. Entró mi madre, pálida de furia.

–Acabábamos de sentarnos a la mesa –dijo–, cuando el ser ese que ha ocupado tu sitio se ha levantado gritando: “Conque mi olor es un poco fuerte, ¿eh? Pues no como pasteles”. A continuación se ha arrancado la cara y se la ha comido. Después ha dado un gran salto y ha desaparecido por la ventana.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

miércoles, 8 de julio de 2026

Moisés y Gaspar

Amparo Dávila

 

El tren llegó cerca de las seis de la mañana de un día de noviembre húmedo y frío. Y casi no se veía a causa de la niebla. Llevaba yo el cuello del abrigo levantado y el sombrero metido hasta las orejas; sin embargo, la niebla me penetraba hasta los huesos. El departamento de Leónidas se encontraba en un barrio alejado del centro, en el sexto piso de un modesto edificio. Todo: escalera, pasillos, habitaciones, estaba invadido por la niebla. Mientras subía creí que iba llegando a la eternidad, a una eternidad de nieblas y silencio. ¡Leónidas, hermano, ante la puerta de tu departamento me sentí morir de dolor! El año anterior había venido a visitarte, en mis vacaciones de Navidad… “Cenaremos pavo, relleno de aceitunas y castañas, espumoso italiano y frutas secas”, me dijiste, radiante de alegría, “¡Moisés, Gaspar, estamos de fiesta!” Fueron días de fiesta todos. Bebimos mucho, platicamos de nuestros padres, de los pasteles de manzana, de las veladas junto al fuego, de la pipa del viejo, de su mirada cabizbaja y ausente que no podríamos olvidar, de los suéteres que mamá nos tejía para los inviernos, de aquella tía materna que enterraba todo su dinero y se moría de hambre, del profesor de matemáticas con sus cuellos muy almidonados y sus corbatas de moño, de las muchachas de la botica que llevábamos al cine los domingos, de aquellas películas que nunca veíamos, de los pañuelos llenos de lipstick que teníamos que tirar en algún basurero… en mi dolor olvidé pedir a la portera que me abriera el departamento de Leónidas. Tuve que despertarla; subió medio dormida, arrastrando los pies. Allí estaban Moisés y Gaspar, pero al verme huyeron despavoridos. La mujer dijo que les había llevado de comer, dos veces al día; sin embargo, ellos me parecieron completamente trasijados.

–Fue horrible, señor Kraus, con estos ojos lo vi, aquí en esta silla, como recostado sobre la mesa. Moisés y Gaspar estaban echados a sus pies. Al principio creí que todos dormían, ¡tan quietos estaban!, pero ya era muy tarde y el señor Leónidas se levantaba temprano y salía a comprar la comida para Moisés y Gaspar. Él comía en el centro, pero a ellos los dejaba siempre comidos; de pronto me di cuenta de que…

Preparé un poco de café y esperé tranquilizarme lo suficiente para poder llegar hasta la agencia funeraria. ¡Leónidas, Leónidas, cómo era posible que tú, el vigoroso Leónidas, estuvieras inmóvil en una fría gaveta del refrigerador…!

A las cuatro de la tarde fue el entierro. Llovía y el frío era intenso. Todo estaba gris, y solo cortaban esa monotonía los paraguas y los sombreros negros; las gabardinas y los rostros se borraban entre la niebla y la lluvia. Asistieron bastantes personas al entierro, tal vez, los compañeros de trabajo de Leónidas y algunos amigos. Yo me movía en el más amargo de los sueños. Deseaba pasar de golpe a otro día, despertar sin aquel nudo en la garganta y aquel desgarramiento tan profundo que embotaba mi mente por completo. Un viejo sacerdote pronunció una oración y bendijo la sepultura. Después alguien, que no conocía, me ofreció un cigarrillo y me tomó del brazo con familiaridad, expresándome sus condolencias. Salimos del cementerio. Allí quedaba para siempre Leónidas.

Caminé solo, sin rumbo, bajo la lluvia persistente y monótona. Sin esperanza, mutilado del alma. Con Leónidas se había ido la única dicha, el único gran afecto que me ligaba a la tierra. Inseparables desde niños, la guerra nos alejó durante varios años. Encontrarnos, después de la lucha y la soledad, constituyó la mayor alegría de nuestra vida. Ya solo quedábamos los dos; sin embargo, muy pronto nos dimos cuenta de que debíamos vivir cada uno por su lado y así lo hicimos. Durante aquellos años habíamos adquirido costumbres propias, hábitos e independencia absoluta. Leónidas encontró un puesto de cajero en un banco; yo me empleé de contador en una compañía de seguros. Durante la semana, cada quien vivía dedicado a su trabajo o a su soledad; pero los domingos los pasábamos siempre juntos. ¡Éramos tan felices entonces! Puedo asegurar que los dos esperábamos la llegada de ese día.

Algún tiempo después trasladaron a Leónidas a otra ciudad. Pudo renunciar y buscarse otro trabajo. Él, sin embargo, aceptaba siempre las cosas con ejemplar serenidad, “es inútil resistirse, podemos dar mil vueltas y llegar siempre al punto de partida…” “hemos sido muy felices, algo tenía que surgir, la felicidad cobra tributo…” ésta era la filosofía de Leónidas y la tomaba sin violencia ni rebeldía… “hay cosas contra las que no se puede luchar, querido José…”

Leónidas partió. Durante algún tiempo fue demasiado duro soportar la ausencia; después comenzamos lentamente a organizar nuestra soledad. Una o dos veces por mes nos escribíamos. Pasaba mis vacaciones a su lado y él iba a verme en las suyas. Así transcurría nuestra vida…

Era de noche cuando volví al departamento de Leónidas. El frío era más intenso y la lluvia seguía. Llevaba yo bajo el brazo una botella de ron, comprada en una tienda que encontré abierta. El departamento estaba completamente oscuro y congelado. Entré tropezando con todo, encendí la luz y conecté la calefacción. Destapé la botella nerviosamente, con manos temblorosas y torpes. Allí, en la mesa, en el último sitio que ocupó Leónidas, me senté a beber, a desahogar mi pena. Por lo menos estaba solo y no tenía que detener o disimular mi dolor ante nadie; podía llorar, gritar y… de pronto sentí unos ojos detrás de mí, salté de la silla y me di vuelta; allí estaban Moisés y Gaspar. Me había olvidado por completo de su existencia, pero allí estaban mirándome fijamente, no sabría decir si con hostilidad o desconfianza, pero con mirada terrible. No supe qué decirles en aquel momento. Me sentía totalmente vacío y ausente, como fuera de mí, sin poder pensar en nada. Además, no sabía hasta qué punto entendían las cosas… seguí bebiendo… entonces me di cuenta de que los dos lloraban silenciosamente. Las lágrimas rodaban de sus ojos y caían al suelo, sin una mueca, sin un grito. Hacia la medianoche hice café y les preparé un poco de comida. No probaron bocado, seguían llorando desoladamente…

Leónidas había arreglado todas sus cosas. Quizá quemó sus papeles, pues no encontré uno solo en el departamento. Según supe, vendió los muebles pretextando un viaje: los iban a recoger al día siguiente. La ropa y demás objetos personales estaban cuidadosamente empacados en dos baúles con etiquetas a nombre mío. Los ahorros y el dinero que le pagaron por los muebles los había depositado en el banco, también a mi nombre. Todo estaba en orden. Solo me dejó encomendados su entierro y la tutela de Moisés y de Gaspar.

Cerca de las cuatro de la mañana partimos para la estación del ferrocarril: nuestro tren salía a las cinco y cuarto. Moisés y Gaspar tuvieron que viajar, con grandes muestras de disgusto, en el carro de equipajes, pues por ningún precio fueron admitidos en los de pasajeros. ¡Qué penoso viaje! Yo estaba acabado física y moralmente. Llevaba cuatro días y cuatro noches sin dormir ni descansar, desde que llegó el telegrama con la noticia de la muerte de Leónidas. Traté de dormir durante el viaje; solo a ratos lo conseguí. En las estaciones en que el tren se detenía más tiempo, iba a informarme cómo estaban Moisés y Gaspar y si querían comer algo. Su vista me hacía daño. Parecían recriminarme por su situación… “yo no tuve la culpa, ustedes lo saben bien”, les repetía cada vez, pero ellos no podían o no querían entender. Me iba a resultar muy difícil vivir en su compañía, nunca me simpatizaron, me sentía incómodo en su presencia, como vigilado por ellos. ¡Qué desagradable fue encontrarlos en casa de Leónidas el verano anterior! Leónidas eludía mis preguntas acerca de ellos y me suplicaba en los mejores términos que los quisiera y soportara. “Son tan dignos de cariño estos infelices”, me decía. Esa vez mis vacaciones fueron fatigosas y violentas, no obstante que el solo hecho de ver a Leónidas me llenaba de dicha. Él ya no fue más a verme, pues no podía dejar solos a Moisés y a Gaspar. Al año siguiente, la última vez que estuve con Leónidas, todo transcurrió con más normalidad. No me agradaban ni me agradarían nunca, pero no me causaban ya tanto malestar. Nunca supe cómo llegaron a vivir con Leónidas… ahora estaban conmigo, por legado, por herencia de mi inolvidable Leónidas.

Después de las once de la noche llegamos a mi casa. El tren se había retrasado más de cuatro horas. Los tres estábamos realmente deshechos. Solo pude ofrecer fruta y un poco de queso a Moisés y a Gaspar. Comieron sin entusiasmo, mirándome con recelo. Les tiré unas mantas en la estancia para que durmieran. Yo me encerré en mi cuarto y tomé un narcótico.

El día siguiente era domingo y eso me salvaba de ir a trabajar. Por otro lado no hubiera podido hacerlo. Tenía la intención de dormir hasta tarde; pero tan pronto como hubo luz, comencé a oír ruido. Eran ellos que ya se habían levantado y caminaban de un lado a otro del departamento. Llegaban hasta mi cuarto y se detenían pegándose a la puerta, como tratando de ver a través de la cerradura o, tal vez, solo queriendo escuchar mi respiración para saber si aún dormía. Entonces recordé que Leónidas les daba el desayuno a las siete de la mañana. Tuve que levantarme y salir a buscarles comida.

¡Qué duros y difíciles fueron los días que siguieron a la llegada de Moisés y de Gaspar a mi casa! Yo acostumbraba levantarme un poco antes de las ocho, a prepararme un café y a salir para la oficina a las ocho y media, pues el autobús tardaba media hora en llegar y mi trabajo empezaba a las nueve. Con la llegada de Moisés y de Gaspar toda mi vida se desarregló. Tenía que levantarme a las seis para ir a comprar la leche y las demás provisiones; luego preparar el desayuno que tomaban a las siete en punto, según su costumbre. Si me demoraba, se enfurecían, lo cual me causaba miedo, por no saber hasta qué extremos podía llegar su cólera. Diariamente tenía que arreglar el departamento, pues desde que estaban ellos allí, todo se encontraba fuera de su lugar.

Pero lo que más me torturaba era su dolor desesperado. Aquel buscar a Leónidas y esperarlo acechando las puertas. A veces, cuando regresaba yo del trabajo, corrían a recibirme jubilosos; pero al descubrirme, ponían tal cara de desengaño y sufrimiento que yo rompía a llorar junto con ellos. Esto era lo único que compartíamos. Hubo días en que casi no se levantaban; se pasaban las horas tirados, sin ánimo ni interés por nada. Me hubiera gustado saber qué pensaban entonces. En realidad nada les expliqué cuando fui a recogerlos. No sé si Leónidas les había dicho algo, o si ellos lo sabían…

Hacía cerca de un mes que Moisés y Gaspar vivían conmigo cuando advertí el grave problema que iban a constituir en mi vida. Tenía, desde varios años atrás, una relación amorosa con la cajera de un restaurante donde acostumbraba comer. Nuestra amistad empezó de una manera sencilla, pues yo no era del tipo de hombre que corteja a una mujer. Yo necesitaba simplemente una mujer y Susy solucionó ese problema. Al principio solo nos veíamos de tiempo en tiempo. A veces pasaba un mes o dos en que únicamente nos saludábamos en el restaurante, con una inclinación de cabeza, como simples conocidos. Yo vivía tranquilo por algún tiempo, sin pensar en ella, pero de pronto reaparecían en mí viejos y conocidos síntomas de nerviosidad, cóleras repentinas y melancolía. Entonces buscaba a Susy y todo volvía a su estado normal. Después, y casi por costumbre, las visitas de Susy ocurrían una vez por semana. Cuando iba a pagar la cuenta de la comida, le decía: “Esta noche, Susy”. Si ella estaba libre, pues tenía otros compromisos, me contestaba: “Será esta noche”, o bien: “esta noche no, mañana si está usted de acuerdo”. Los demás compromisos de Susy no me inquietaban; nada debía uno al otro ni nada nos pertenecía totalmente. Susy, entrada en años y en carnes, distaba mucho de ser una belleza; sin embargo, olía bien y usaba siempre ropa interior de seda con encajes, lo cual influía notablemente en mi ánimo. Jamás he recordado uno solo de sus vestidos, pero sí sus combinaciones ligeras. Nunca hablábamos al hacer el amor; parecía que los dos estábamos muy dentro de nosotros mismos. Al despedirse le daba algún dinero, “es usted muy generoso”, decía satisfecha; pero, fuera de este acostumbrado obsequio, nunca me pedía nada. La muerte de Leónidas interrumpió nuestra rutinaria relación. Pasó más de un mes antes de que buscara a Susy. Había vivido todo ese tiempo entregado al dolor más desesperado, solo compartido con Moisés y con Gaspar, tan extraños a mí como yo a ellos. Esa noche esperé a Susy en la esquina del restaurante, según costumbre, y subimos al departamento. Todo lo que sucedió fue tan rápido que me costó trabajo entenderlo. Cuando Susy iba a entrar al dormitorio descubrió a Moisés y a Gaspar que estaban arrinconados y temerosos detrás del sofá. Susy palideció de tal modo que creí que iba a desmayarse, después gritó como una loca y se precipitó escaleras abajo. Corrí tras ella y fue muy difícil calmarla. Después de aquel infortunado accidente, Susy no volvió más a mi departamento. Cuando quería verla, era preciso alquilar una habitación en cualquier hotel, lo cual desnivelaba mi presupuesto y me molestaba.

Este incidente con Susy fue solo el principio de una serie de calamidades…

–Señor Kraus –me dijo un día el portero del edificio–, todos los inquilinos han venido a quejarse por el insoportable ruido que se origina en su departamento tan pronto como sale usted para la oficina. Le suplico ponga remedio, pues hay personas como la señorita X, el señor A, que trabajan de noche y necesitan dormir durante el día.

Aquello me desconcertó y no supe qué pensar. Agobiados como estaban Moisés y Gaspar, por la pérdida de su amo, vivían silenciosos. Por lo menos así estaban mientras yo permanecía en el departamento. Como los veía tan desmejorados y decaídos no les dije nada; me parecía cruel; además, yo no tenía pruebas contra ellos…

–Me apena volver con el mismo asunto, pero la cosa es ya insoportable –me dijo a los pocos días el portero–; tan pronto sale usted, comienzan a aventar al suelo los trastos de la cocina, tiran las sillas, mueven las camas y todos los muebles. Y los gritos, los gritos, señor Kraus, son espantosos; no podemos más, y esto dura todo el día hasta que usted regresa.

Decidí investigar. Pedí permiso en la oficina para salir un rato. Llegué al mediodía. El portero y todos tenían razón. El edificio parecía venirse abajo con el ruido tan insoportable que salía de mi departamento. Abrí la puerta, Moisés estaba parado sobre la estufa y desde allí bombardeaba con cacerolas a Gaspar, quien corría para librarse de los proyectiles gritando y riéndose como loco. Tan entusiasmados estaban en su juego que no se dieron cuenta de mi presencia. Las sillas estaban tiradas, las almohadas botadas sobre la mesa, en el piso… Cuando me vieron quedaron como paralizados.

–Es increíble lo que veo –les grité encolerizado–. He recibido las quejas de todos los vecinos y me negué a creerles. Son ustedes unos ingratos. Pagan mal mi hospitalidad y no conservan ningún recuerdo de su amo. Su muerte es cosa pasada, tan lejana que ya no les duele, solo el juego les importa. ¡Pequeños malvados, pequeños ingratos…!

Cuando terminé, me di cuenta de que estaban tirados en el suelo deshechos en llanto. Así los dejé y regresé a la oficina. Me sentí mal durante todo el día. Cuando volví por la tarde, la casa estaba en orden y ellos refugiados en el clóset. Experimenté entonces terribles remordimientos, sentí que había sido demasiado cruel con aquellos pobres seres. Tal vez, pensaba, no saben que Leónidas jamás volverá, tal vez creen que solo ha salido de viaje y que un día regresará y, a medida que su esperanza aumenta, su dolor disminuye. Yo he destruido su única alegría… pero mis remordimientos terminaron pronto; al día siguiente supe que todo había sucedido de la misma manera: el ruido, los gritos…

Entonces me pidieron el departamento por orden judicial y empezó aquel ir de un lado a otro. Un mes aquí, otro allá, otro… aquella noche yo me sentía terriblemente cansado y deprimido por la serie de calamidades que me agobiaban. Teníamos un pequeño departamento que se componía de una reducida estancia, la cocina, el baño y una recámara. Decidí acostarme. Cuando entré en el cuarto, vi que ellos estaban dormidos en mi cama. Entonces recordé… la última vez que visité a Leónidas, la misma noche de mi llegada, me di cuenta que mi hermano estaba improvisando dos camas en la estancia… “Moisés y Gaspar duermen en la recámara, tendremos que acomodarnos aquí”, me dijo Leónidas bastante cohibido. Yo no entendí entonces cómo era posible que Leónidas hiciera la voluntad de aquellos miserables. Ahora lo sabía… desde ese día ocuparon mi casa y yo no pude hacer nada para evitarlo.

Nunca tuve intimidad con los vecinos por parecerme muy fatigoso. Prefería mi soledad, mi independencia; sin embargo, nos saludábamos al encontrarnos en la escalera, en los pasillos, en la calle… con la llegada de Moisés y de Gaspar las cosas cambiaron. En todos los departamentos que en tan corto tiempo recorrimos, los vecinos me cobraron un odio feroz. Llegó un momento en que tenía yo miedo de entrar en el edificio o salir de mi departamento. Cuando regresaba tarde por la noche, después de haber estado con Susy, temía ser agredido. Oía las puertas que se abrían cuando pasaba, o pisadas detrás de mí, furtivas, silenciosas, alguna respiración… cuando por fin entraba en mi departamento lo hacía bañado en sudor frío y temblando de pies a cabeza.

Al poco tiempo tuve que abandonar mi empleo, temía que si los dejaba solos podían matarlos. ¡Había tanto odio en los ojos de todos! Resultaba fácil forzar la puerta del departamento o, tal vez, el mismo portero les podría abrir; él también los odiaba. Dejé el trabajo y solo me quedaron, como fuente de ingresos, los libros que acostumbraba llevar en casa, pequeñas cuentas que me dejaban una cantidad mínima, con la cual no podía vivir. Salía muy temprano, casi oscuro, a comprar los alimentos que yo mismo preparaba. No volvía a la calle sino cuando iba a entregar o a recoger algún libro, y esto, de prisa, casi corriendo, para no tardar. No volví a ver a Susy por falta de dinero y de tiempo. Yo no podía dejarlos solos ni de día ni de noche y ella jamás accedería a volver al departamento. Comencé a gastar poco a poco mis ahorros; después, el dinero que Leónidas me legó. Lo que ganaba era una miseria, no alcanzaba ni para comer, menos aún para mudarse constantemente de un lado a otro. Entonces tomé la decisión de partir.

Con el dinero que aún me quedaba compré una pequeña y vieja finca que encontré fuera de la ciudad y unos cuantos e indispensables muebles. Era una casa aislada y semiderruida. Allí viviríamos los tres, lejos de todos, pero a salvo de las acechanzas, estrechamente unidos por un lazo invisible, por un odio descarnado y frío y por un designio indescifrable.

Todo está listo para la partida, todo, o más bien lo poco que hay que llevar. Moisés y Gaspar esperan también el momento de la marcha. Lo sé por su nerviosidad. Creo que están satisfechos. Les brillan los ojos. ¡Si pudiera saber lo que piensan…! Pero no, me asusta la posibilidad de hundirme en el sombrío misterio de su ser. Se me acercan silenciosamente, como tratando de olfatear mi estado de ánimo o, tal vez, queriendo conocer mi pensamiento. Pero yo sé que ellos lo sienten, deben sentirlo por el júbilo que muestran, por el aire de triunfo que los invade cuando yo anhelo su destrucción. Y ellos saben que no puedo, que nunca podré llevar a cabo mi más ardiente deseo. Por eso gozan… ¡cuántas veces los habría matado si hubiera estado en libertad de hacerlo! ¡Leónidas, Leónidas, ni siquiera puedo juzgar tu decisión! Me querías, sin duda, como yo te quise, pero con tu muerte y tu legado has deshecho mi vida. No quiero pensar ni creer que me condenaste fríamente o que decidiste mi ruina. No, sé que es algo más fuerte que nosotros. No te culpo. Leónidas: si lo hiciste fue porque así tenía que ser… “podríamos haber dado mil vueltas y llegar siempre al punto de partida…”

 

(Tomado de www.lecturia.org)

 

La eterna canción

Camilo José Cela

 

I

¿Usted cree que estoy loco…? No; yo le podría asegurar que no lo estoy, pero no lo hago. ¿Para qué? ¿Para darle ocasión a exclamar, como todos los que oyeran: “¡Bah!, como todos… ¡creyéndose cuerdo! ¡La eterna canción!” No, amigo mío; no puedo, no quiero proporcionarle esa satisfacción… es demasiado cómodo venir de visita y sacar la consecuencia de que todos los locos aseguran que no lo están… yo no lo estoy, se lo podría asegurar, repito, pero no lo hago; quiero dejarle con su duda. ¡Quién sabe si mi postura puede inclinarle a usted a creer en mi perfecta salud mental!

Don Guillermo no estaba loco. Estaba encerrado en un manicomio, pero yo pondría una mano en el fuego por su cordura. No estaba loco, pero –bien mirado– no le hubiera faltado motivo para estarlo… ¿Qué tiene qué ver que se haya creído, durante una época de su vida, Rabindranath? ¿Es que no andan muchos Rabindranath, y muchos Nelson, y muchos Goethe, y muchísimos Napoleones y Francos sueltos por la calle? A don Guillermo lo metió la ciencia en el sanatorio… esa ciencia que interpreta los sueños, que dice que el hombre normal no existe, que llama nosocomios a las casas de orates; esa ciencia abstraída, que huye de lo humano, que no se explica que un hombre pueda aburrirse de ser durante cincuenta años seguidos el mismo y se le ocurra de pronto variar y sentirse otro hombre, un hombre diferente y aun apuesto, con barba en donde no la había, con otros lentes y otro acento, y otra vestimenta, y hasta otras ideas si fuera preciso…

 

II

Desde aquel día visitaba con relativa frecuencia –casi todos los jueves y algún que otro domingo– a don Guillermo. Él me recibía siempre afable, siempre deferente. Don Guillermo era lo que se dice un gran señor, y tenía todo el empaque, toda la majestuosidad, toda la campesina prestancia de un viejo conde, cristiano y medieval. Era alto, moreno, de carnes enjutas y sombrío y oscuro mirar… vestía invariablemente de negro y en la blanca camisa –que lavaba y repasaba todas las noches, cuando nadie lo veía– se arreglaba cuidadosamente la negra corbata de nudo, sobre la que se posaba, siempre a la misma altura, una pequeña insignia de plata que representaba una calavera y dos tibias apoyadas sobre dos GG: Guillermo Gartner. Se mostraba cortésmente interesado por mis cosas pero le molestaba mi interés por las suyas, de las que rehuía hablar. Me costaba un gran trabajo el sonsacarle, y algunas veces, cuando parecía que lo conseguía, se me paraba de golpe, me miraba –con una sonrisa de conmiseración que me irritaba– de arriba abajo, se metía las manos en los bolsillos y me decía:

–¡Sabe que es usted muy pillo?

Y se reía a grandes carcajadas, después de las cuales era inútil tratar de hacer recaer la conversación sobre el tema desechado.

 

III

En el manicomio lo trataban con consideración, porque, desde que había entrado –e iba ya para catorce años–, no había armado ni un solo escándalo. Entraba y salía al jardín o a la galería siempre que se le ocurría, se sentaba en el borde del pilón a mirar a los peces, inspeccionaba –siempre silbando viejos compases italianos– la cocina, o el lavadero, o el laboratorio… los otros locos lo respetaban, y los empleados de la casa –excepto los tres médicos– no creían en su locura.

 

IV

Los días eran eternos, y don Guillermo, un día que estábamos hablando del otro mundo, me confesó que si no se había tirado a ahogar –no por desesperación, sino por cansancio– era porque las temperaturas extremas le molestaban.

–Me da grima figurarme –decía– medio acostado, medio flotando en el fondo del pilón, con la camiseta empapada en agua fría; a lo mejor se me quedaban los ojos abiertos y el polvillo del agua se me metería dentro y los irritaría todos… ¿a usted no le estremece un ahogado? Pero no para ahí lo peor; figúrese usted que de repente le toca a uno el turno, comparece, y como uno es un suicida, lo envían al infierno a tostarse; el agua de la camiseta, del pelo, de los zapatos, empieza a cocer y uno a dar saltos, saltos, hasta que el agua se evapora y uno la echa de menos, porque empiezan a gastarse los jugos de la piel…

 

V

Al jueves siguiente, no bien hube pasado de la puerta, salió el portero de su cuchitril, como un caracol de su concha, y me dijo:

–¿Adónde va? A don Guillermo le enterraron el sábado pasado. ¿Pero no se había enterado usted? El viernes por la mañana apareció ahogado en el fondo del pilón… el pobre tenía sus grandes ojos azules muy abiertos; el polvillo del agua se los había irritado como si se los hubieran frotado con arena… estaba medio desnudo… daba grima verlo, al pobre, con toda la camiseta empapada en agua fría…

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

martes, 7 de julio de 2026

El barril de amontillado

Edgar Allan Poe

 

Lo mejor que pude había soportado las mil injurias de Fortunato. Pero cuando llegó el insulto, juré vengarme.

Ustedes, que conocen tan bien la naturaleza de mi carácter, no llegarán a suponer, no obstante, que pronunciara la menor palabra con respecto a mi propósito. A la larga, yo sería vengado. Este era ya un punto establecido definitivamente. Pero la misma decisión con que lo había resuelto excluía toda idea de peligro por mi parte. No solamente tenía que castigar, sino castigar impunemente. Una injuria queda sin reparar cuando su justo castigo perjudica al vengador. Igualmente queda sin reparación cuando ésta deja de dar a entender a quien le ha agraviado que es él quien se venga.

Es preciso entender bien que ni de palabra, ni de obra, di a Fortunato motivo para que sospechara de mi buena voluntad hacia él. Continué, como de costumbre, sonriendo en su presencia, y él no podía advertir que mi sonrisa, entonces, tenía como origen en mí la de arrebatarle la vida.

Aquel Fortunato tenía un punto débil, aunque, en otros aspectos, era un hombre digno de toda consideración, y aun de ser temido. Se enorgullecía siempre de ser un entendido en vinos. Pocos italianos tienen el verdadero talento de los catadores. En la mayoría, su entusiasmo se adapta con frecuencia a lo que el tiempo y la ocasión requieren, con objeto de dedicarse a engañar a los millionaires ingleses y austríacos. En pintura y piedras preciosas, Fortunato, como todos sus compatriotas, era un verdadero charlatán; pero en cuanto a vinos añejos, era sincero. Con respecto a esto, yo no difería extraordinariamente de él. También yo era muy experto en lo que se refiere a vinos italianos, y siempre que se me presentaba ocasión compraba gran cantidad de éstos.

Una tarde, casi al anochecer, en plena locura del Carnaval, encontré a mi amigo. Me acogió con excesiva cordialidad, porque había bebido mucho. El buen hombre estaba disfrazado de payaso. Llevaba un traje muy ceñido, un vestido con listas de colores, y coronaba su cabeza con un sombrerillo cónico adornado con cascabeles. Me alegré tanto de verle, que creí no haber estrechado jamás su mano como en aquel momento.

–Querido Fortunato –le dije en tono jovial–, éste es un encuentro afortunado. Pero ¡qué buen aspecto tiene usted hoy! El caso es que he recibido un barril de algo que llaman amontillado, y tengo mis dudas.

–Cómo? –dijo él–. ¿Amontillado? ¿Un barril? ¡Imposible! ¡Y en pleno Carnaval!

–Por eso mismo le digo que tengo mis dudas –contesté–, e iba a cometer la tontería de pagarlo como si se tratara de un exquisito amontillado, sin consultarle. No había modo de encontrarle a usted, y temía perder la ocasión.

–¡Amontillado!

–Tengo mis dudas.

–¡Amontillado!

–Y he de pagarlo.

–¡Amontillado!

–Pero como supuse que estaba usted muy ocupado, iba ahora a buscar a Luchesi. Él es un buen entendido. Él me dirá…

–Luchesi es incapaz de distinguir el amontillado del jerez.

–Y, no obstante, hay imbéciles que creen que su paladar puede competir con el de usted.

–Vamos, vamos allá.

–¿Adónde?

–A sus bodegas.

–No, mi querido amigo. No quiero abusar de su amabilidad. Preveo que tiene usted algún compromiso. Luchesi…

–No tengo ningún compromiso. Vamos.

–No, amigo mío. Aunque usted no tenga compromiso alguno, veo que tiene usted mucho frío. Las bodegas son terriblemente húmedas; están materialmente cubiertas de salitre.

–A pesar de todo, vamos. No importa el frío. ¡Amontillado! Le han engañado a usted, y Luchesi no sabe distinguir el jerez del amontillado.

Diciendo esto, Fortunato me cogió del brazo. Me puse un antifaz de seda negra y, ciñéndome bien al cuerpo mi roquelaire, me dejé conducir por él hasta mi palazzo. Los criados no estaban en la casa. Habían escapado para celebrar la festividad del Carnaval. Ya antes les había dicho que yo no volvería hasta la mañana siguiente, dándoles órdenes concretas para que no estorbaran por la casa. Estas órdenes eran suficientes, de sobra lo sabía yo, para asegurarme la inmediata desaparición de ellos en cuanto volviera las espaldas.

Cogí dos antorchas de sus hacheros, entregué a Fortunato una de ellas y le guie, haciéndole encorvarse a través de distintos aposentos por el abovedado pasaje que conducía a la bodega. Bajé delante de él una larga y tortuosa escalera, recomendándole que adoptara precauciones al seguirme. Llegamos, por fin, a los últimos peldaños, y nos encontramos, uno frente a otro, sobre el suelo húmedo de las catacumbas de los Montresors.

El andar de mi amigo era vacilante, y los cascabeles de su gorro cónico resonaban a cada una de sus zancadas.

–¿Y el barril? –preguntó.

–Está más allá –le contesté–. Pero observe usted esos blancos festones que brillan en las paredes de la cueva.

Se volvió hacia mí y me miró con sus nubladas pupilas, que destilaban las lágrimas de la embriaguez.

–¿Salitre? –me preguntó, por fin.

–Salitre –le contesté–. ¿Hace mucho tiempo que tiene usted esa tos?

–¡Ejem! ¡Ejem ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem!…!

A mi pobre amigo le fue imposible contestar hasta pasados unos minutos.

–No es nada –dijo por último.

–Venga –le dije enérgicamente–. Volvámonos. Su salud es preciosa, amigo mío. Es usted rico, respetado, admirado, querido. Es usted feliz, como yo lo he sido en otro tiempo. No debe usted malograrse. Por lo que a mí respecta, es distinto. Volvámonos. Podría usted enfermarse y no quiero cargar con esa responsabilidad. Además, cerca de aquí vive Luchesi…

–Basta –me dijo–. Esta tos carece de importancia. No me matará. No me moriré de tos.

–Verdad, verdad –le contesté–. Realmente, no era mi intención alarmarle sin motivo, pero debe tomar precauciones. Un trago de este medoc le defenderá de la humedad.

Y diciendo esto, rompí el cuello de una botella que se hallaba en una larga fila de otras análogas, tumbadas en el húmedo suelo.

–Beba –le dije, ofreciéndole el vino.

Llevóse la botella a los labios, mirándome de soslayo. Hizo una pausa y me saludó con familiaridad. Los cascabeles sonaron.

–Bebo –dijo– a la salud de los enterrados que descansan en torno nuestro.

–Y yo, por la larga vida de usted.

De nuevo me cogió de mi brazo y continuamos nuestro camino.

–Esas cuevas –me dijo– son muy vastas.

–Los Montresors –le contesté– eran una grande y numerosa familia.

–He olvidado cuáles eran sus armas.

–Un gran pie de oro en campo de azur. El pie aplasta a una serpiente rampante, cuyos dientes se clavan en el talón.

–¡Muy bien! –dijo.

Brillaba el vino en sus ojos y retiñían los cascabeles. También se caldeó mi fantasía a causa del medoc. Por entre las murallas formadas por montones de esqueletos, mezclados con barriles y toneles, llegamos a los más profundos recintos de las catacumbas. Me detuve de nuevo, esta vez me atreví a coger a Fortunato de un brazo, más arriba del codo.

–El salitre –le dije–. Vea usted cómo va aumentando. Como si fuera musgo, cuelga de las bóvedas. Ahora estamos bajo el lecho del río. Las gotas de humedad se filtran por entre los huesos. Venga usted. Volvamos antes de que sea muy tarde. Esa tos…

–No es nada –dijo–. Continuemos. Pero primero echemos otro traguito de medoc.

Rompí un frasco de vino de De Grave y se lo ofrecí. Lo vació de un trago. Sus ojos llamearon con ardiente fuego. Se echó a reír y tiró la botella al aire con un ademán que no pude comprender.

Le miré sorprendido. El repitió el movimiento, un movimiento grotesco.

–¿No comprende usted? –preguntó.

–No –le contesté.

–Entonces, ¿no es usted de la Hermandad?

–¿Cómo?

–¿No pertenece usted a la masonería?

–Sí, sí –dije–; sí, sí.

–¿Usted? ¡Imposible! ¿Un masón?

–Un masón –repliqué.

–A ver, un signo -dijo.

–Éste –le contesté, sacando de debajo de mi roquelaire una paleta de albañil.

–Usted bromea –dijo, retrocediendo unos pasos–. Pero, en fin, vamos por el amontillado.

–Bien –dije, guardando la herramienta bajo la capa y ofreciéndole de nuevo mi brazo.

Apoyóse pesadamente en él y seguimos nuestro camino en busca del amontillado. Pasamos por debajo de una serie de bajísimas bóvedas, bajamos, avanzamos luego, descendimos después y llegamos a una profunda cripta, donde la impureza del aire hacía enrojecer más que brillar nuestras antorchas. En lo más apartado de la cripta descubríase otra menos espaciosa. En sus paredes habían sido alineados restos humanos de los que se amontonaban en la cueva de encima de nosotros, tal como en las grandes catacumbas de París.

Tres lados de aquella cripta interior estaban también adornados del mismo modo. Del cuarto habían sido retirados los huesos y yacían esparcidos por el suelo, formando en un rincón un montón de cierta altura. Dentro de la pared, que había quedado así descubierta por el desprendimiento de los huesos, veíase todavía otro recinto interior, de unos cuatro pies de profundidad y tres de anchura, y con una altura de seis o siete. No parecía haber sido construido para un uso determinado, sino que formaba sencillamente un hueco entre dos de los enormes pilares que servían de apoyo a la bóveda de las catacumbas, y se apoyaba en una de las paredes de granito macizo que las circundaban.

En vano, Fortunato, levantando su antorcha casi consumida, trataba de penetrar la profundidad de aquel recinto. La débil luz nos impedía distinguir el fondo.

–Adelántese –le dije–. Ahí está el amontillado. Si aquí estuviera Luchesi…

–Es un ignorante –interrumpió mi amigo, avanzando con inseguro paso y seguido inmediatamente por mí.

En un momento llegó al fondo del nicho, y, al hallar interrumpido su paso por la roca, se detuvo atónito y perplejo. Un momento después había yo conseguido encadenarlo al granito. Había en su superficie dos argollas de hierro, separadas horizontalmente una de otra por unos dos pies. Rodear su cintura con los eslabones, para sujetarlo, fue cuestión de pocos segundos. Estaba demasiado aturdido para ofrecerme resistencia. Saqué la llave y retrocedí, saliendo del recinto.

–Pase usted la mano por la pared –le dije–, y no podrá menos que sentir el salitre. Está, en efecto, muy húmeda. Permítame que le ruegue que regrese. ¿No? Entonces, no me queda más remedio que abandonarlo; pero debo antes prestarle algunos cuidados que están en mi mano.

–¡El amontillado! –exclamó mi amigo, que no había salido aún de su asombro.

–Cierto –repliqué–, el amontillado.

Y diciendo estas palabras, me atareé en aquel montón de huesos a que antes he aludido. Apartándolos a un lado no tardé en dejar al descubierto cierta cantidad de piedra de construcción y mortero. Con estos materiales y la ayuda de mi paleta, empecé activamente a tapar la entrada del nicho. Apenas había colocado al primer trozo de mi obra de albañilería, cuando me di cuenta de que la embriaguez de Fortunato se había disipado en gran parte. El primer indicio que tuve de ello fue un gemido apagado que salió de la profundidad del recinto. No era ya el grito de un hombre embriagado. Se produjo luego un largo y obstinado silencio. Encima de la primera hilada coloqué la segunda, la tercera y la cuarta. Y oí entonces las furiosas sacudidas de la cadena. El ruido se prolongó unos minutos, durante los cuales, para deleitarme con él, interrumpí mi tarea y me senté en cuclillas sobre los huesos. Cuando se apaciguó, por fin, aquel rechinamiento, cogí de nuevo la paleta y acabé sin interrupción las quinta, sexta y séptima hiladas. La pared se hallaba entonces a la altura de mi pecho. De nuevo me detuve, y, levantando la antorcha por encima de la obra que había ejecutado, dirigí la luz sobre la figura que se hallaba en el interior.

Una serie de fuertes y agudos gritos salió de repente de la garganta del hombre encadenado, como si quisiera rechazarme con violencia hacia atrás.

Durante un momento vacilé y me estremecí. Saqué mi espada y empecé a tirar estocadas por el interior del nicho. Pero un momento de reflexión bastó para tranquilizarme. Puse la mano sobre la maciza pared de piedra y respiré satisfecho. Volví a acercarme a la pared, y contesté entonces a los gritos de quien clamaba. Los repetí, los acompañé y los vencí en extensión y fuerza. Así lo hice, y el que gritaba acabó por callarse.

Ya era medianoche, y llegaba a su término mi trabajo. Había dado fin a las octava, novena y décima hiladas. Había terminado casi la totalidad de la oncena, y quedaba tan solo una piedra que colocar y revocar. Tenía que luchar con su peso. Solo parcialmente se colocaba en la posición necesaria. Pero entonces salió del nicho una risa ahogada, que me puso los pelos de punta. Se emitía con una voz tan triste, que con dificultad la identifiqué con la del noble Fortunato. La voz decía:

–¡Ja, ja, ja! ¡Je, je, je! ¡Buena broma, amigo, buena broma! ¡Lo que nos reiremos luego en el palazzo, ¡je, je, je!, a propósito de nuestro vino! ¡Je, je, je!

–El amontillado –dije.

–¡Je, je, je! Sí, el amontillado. Pero, ¿no se nos hace tarde? ¿No estarán esperándonos en el palazzo Lady Fortunato y los demás? Vámonos.

–Sí –dije–; vámonos ya.

–¡Por el amor de Dios, Montresor!

–Sí –dije–; por el amor de Dios.

En vano me esforcé en obtener respuesta a aquellas palabras. Me impacienté y llamé en alta voz:

–¡Fortunato!

No hubo respuesta, y volví a llamar.

–¡Fortunato!

Tampoco me contestaron. Introduje una antorcha por el orificio que quedaba y la dejé caer en el interior. Me contestó solo un cascabeleo. Sentía una presión en el corazón, sin duda causada por la humedad de las catacumbas. Me apresuré a terminar mi trabajo. Con muchos esfuerzos coloqué en su sitio la última piedra y la cubrí con argamasa. Volví a levantar la antigua muralla de huesos contra la nueva pared. Durante medio siglo, nadie los ha tocado. ¡In pace requiescat!

 

(Tomado de www.tallermecontasunahistoriadale.blogspot.com)

 

En la ciudad de las grandes pruebas

Rosa Chacel

 

No diré el nombre ni la situación geográfica de la ciudad donde viví esta aventura: diré solamente que había ido a ella por amor. Pero no se entienda que fue alguna vicisitud amorosa lo que me llevó hasta allí. No: yo había ido a aquella ciudad por amor a ella.

Si enumerase aquí los datos que le habían hecho alcanzar tanto prestigio en mi imaginación, podría parecer mi inclinación hacia aquella ciudad cosa perversa o insana, pues, en realidad, lo que me atraía era su renombre de lugar de perdición. Y es el caso que entre los secretos designios que durante tanto tiempo estuve abrigando, no figuraba el de arrojarme en su torbellino para dejarme perder, ni tampoco el de pasar inconmovible por entre sus tentaciones. Era otra cosa lo que deseaba: quería ver, únicamente, contemplar algo que sabía que había de darse allí. Yo había intuido, no sé por qué, que entre sus arenas y escorias encontraría de pronto un residuo brillante, estaba seguro de que la floresta de pecado que la cubría podría ser de algún modo decantada; yo sabía que los vapores, los líquenes y salitres del mal, por su misma acumulación, llegarían a adquirir en ella una dureza pétrea, llegarían a cristalizar, dejando paso a la luz a través del propio ser de su impureza. Quería, en fin, descubrir su virtud, quería, no redimirla del pecado, sino encontrar en ella la redención del pecado mismo.

Muchas veces, en otros países, había cantado sus canciones, creyendo que al oír en mi propia voz su acento, brotaría ante mí la revelación, único espejismo que no es falaz. Pero el eco de mi voz era demasiado el eco de mi voz. Quiero decir que como respuesta solo obtenía la onda apasionada que mi voz había emitido, y, sin embargo, mi voz había seguido fielmente una melodía y un ritmo dados. Había copiado, leído un misterio que provenía de allí. En fin: era preciso ir a ver, y fui.

Nada más llegar, comprobé que el trazado de sus avenidas, su clima, su luz, eran tal como yo los había imaginado. Es posible que haya quien sostenga que posee como otras ciudades monumentos y edificios públicos, que en su recinto hay casas con habitaciones donde se extiende un mantel blanco al mediodía, y que sobre todas estas cosas se arroja el sol, iracundo: yo todo eso lo ignoro. Yo la encontré como la esperaba, yo no vi más que la noche de sus recovas, y pude leer en ella palabras terribles e incomprensibles, escritas con letras luminosas, por las que circulaba el gas ígneo, vibrando de impaciencia. Yo me abandoné a sus puertas giratorias, cuyas hojas pasan inapelablemente y empujan y dejan del otro lado. Pasé por todas, y una vez dentro mi mente se dilató pasiva, superficial y tersa como un espejo, donde las maravillas elementales iban reflejándose, mirándose más bien, porque yo no necesitaba mirarlas: todas me eran conocidas, y cuanto más conocidas, más maravillosas las encontraba, pues solo el que ha visto más de cien veces el doble fondo de las maravillas, el que ha osado entrar en sus cavernas, el que se ha aventurado por sus gargantas, el que se ha dejado arrastrar, precipitar o sacudir por sus máquinas, siempre con éxito, esto es, con emoción, solo ese posee el verdadero conocimiento: el que hace que el saber cómo son y en qué consisten no merme en nada la dimensión de su misterio. Poseyendo este conocimiento, la inteligencia y la razón, enteramente sumisas a la fe, quedan deslumbradas por el iris de la magia, que es la más ardiente reverberación de la esperanza.

Pero en fin, no hay por qué hablar de mis conocimientos. ¿Podría la idiosincrasia de un hombre servir de pretexto a un prodigio? Describiré someramente, algo de lo que vi al principio, antes de llegar a la ofuscación.

No estaba excluido de allí el lado más pueril del goce, como es la calesita con música de esquilas, con flecos de cristal sobre las grupas de los caballos blancos; se podía girar en ella indefinidamente y nada más. Luego había también casetas de tiro al blanco con escopetas que disparaban proyectiles de luz. El blanco donde se apuntaba era un espejo que tenía el poder de absorber a través de la oscuridad de la noche la imagen de las aves que pasaban por el cielo. Había que apuntar bien y esperar que pasase un pájaro, y solo pasaban pájaros nocturnos que caían irremediablemente si recibían el impacto de aquella luz mortífera. Pero caían lejos y caían en el agua porque la ciudad estaba situada en la costa de un río. Entonces, del puerto mismo, descendiendo por unos rieles, partía una barquilla en la que podía uno meterse con tres o cuatro perros mecánicos insumergibles que había que poner a flotar y que derivaban por la corriente difundiendo en el aire ladridos monótonos de duración limitada.

Casi nunca se llevaba a efecto la búsqueda del pájaro caído, porque otras mil peripecias desviaban el curso de la barquilla, que se perdía a veces en el laberinto de un delta, cuyas emanaciones hacían olvidar todo propósito anterior. El olor de los limos se levantaba en olas densas, desprendiéndose de las ondas oleosas del agua, que curvaban insistentemente los juncales y arrastraban pesadas plantas flotantes. Como un beleño irresistible, el cieno, quintaesenciado, hacía brotar visiones semejantes a las de la embriaguez, y entre las matas, húmedas por haber estado sepultadas bajo las ondas, se veían cabañas iluminadas y habitadas por seres que contrastaban con los rústicos techos de paja y con lo ilógico de su situación, porque eran hombres y mujeres del siglo, correctamente, refinadamente, exquisitamente vestidos. Salían y entraban, paseaban enlazados, bailaban al ritmo de una música que sonaba dentro de las cabañas y a veces desaparecían entre las matas iluminadas a trechos por luces verdes o de color grosella que dejaban, entre unas y otras, zonas de profunda sombra donde las parejas blancas –hombres admirables, mujeres fulgurantes de joyas– se abandonaban sobre lechos de césped o de oscuridad.

Al avanzar la barquilla, el agua que desplazaba invadía aquel mundo y lo cubría totalmente, pero cuando retrocedía la onda, aparecía de nuevo sin que se hubiese apagado ni la música, ni las luces, ni el clima de los abrazos.

Pero el que iba en la barquilla no podía nunca entrar allí, no podía saltar ni echarse al agua: si lo hacía, dejaba de verlo todo, revolvía el cieno y la visión se enturbiaba. Aquello solo se podía ver desde arriba, en una palabra, desde un mundo distinto.

Con lo dicho basta para dar a entender que todo era como yo lo había soñado. No descubriré los vanos o puntos muertos que tuve que atravesar a veces para ir de un lado a otro. En algún momento desfallecí y creí que no tenía sentido continuar, pero no pude detenerme, seguí llevado por la inercia. En algún otro instante creí que iba a alcanzar la cúspide desde donde se abarca la visión cegadora, pero el instante pasó sin llegar a culminar en nada. De pronto me sentí confundido entre los demás, atropellado, llevado por una multitud que se precipitaba con torpeza por un callejón de tablas, apelotonándose en la estrechez de aquel reducto con movimientos propios de otras especies zoológicas. Acaso montándose los unos sobre los lomos de los otros… quién sabe si yo mismo, solo recuerdo los choques de aquel tropel, como un lenguaje desusado, pero no incomprensible, puesto que me persuadía, me transformaba, me adaptaba a una ansiedad irracional apenas iluminada por la preconcebida ilusión.

Al fin, aquella multitud se desparramó buscando asiento en unos bancos inseguros, y yo entre ella logré alcanzar uno de las primeras filas, cerca del tablado. Estábamos dentro de un barracón oscuro; la lona del techo quedaba sostenida por dos mástiles plantados en medio, y las vertientes que formaba, desde el centro hasta las paredes, eran curvas, abombadas, como si soportaran un peso: la noche reposaba blandamente extensa sobre ellas.

En el tablado había unas formas cúbicas que en la penumbra del recinto era difícil precisar. Por entre las cortinas del fondo salió una muchacha abrochándose una bata de enfermera y empezó a hablar al público. Preguntó primero si había alguien que quisiera consultar algo. Tuvo que repetir la pregunta varias veces. Al fin, dos o tres personas se removieron en los bancos y la muchacha les dijo que se acercaran. Les hicieron hueco en la primera fila. Tenían que meditar bien lo que fuesen a preguntar, porque la respuesta sería únicamente sí o no. Además, ese sí y ese no serían imperceptibles para el oído, pues la sibila no podía emitir sonido alguno: la respuesta tenía que ser formulada únicamente con el movimiento de los labios.

Al llegar a ese punto de su explicación, la joven oprimió un conmutador eléctrico, y un foco pálido, como de luz lunar, cayó sobre el tablado; entonces se pudo ver que la forma cuadrangular que había en medio era una especie de armario esmaltado de blanco, con las esquinas redondeadas, asegurada la puerta con profusión de llaves metálicas y que de los costados partía una red de cables que llegaban a otros armarios. En ellos, a su vez, llaves, esferas con agujas movedizas, conmutadores.

La joven reanudó su explicación: dijo que la sibila se había prestado voluntariamente a aquella prueba. El sabio que había llevado a cabo el experimento había sucumbido, víctima de las fuerzas mortíferas con que había vivificado la cabeza de la sibila, habiendo logrado hacer de ella el cerebro perenne. ¿Cómo había concebido este sabio tan grandioso propósito? Muy sencillamente… Esta frase también la repitió la muchacha dos o tres veces, paseándose de un lado a otro del tablado. Se dirigía al público de la derecha y al de la izquierda, y decía: “Muy sencillamente… muy sencillamente…” Su voz era maquinal, mercenaria, y esto mismo demostraba que el prodigio que íbamos a ver allí era igual que los que se ven en cualquier otra ciudad, en cualquier otra barraca; todo era completamente igual, sin más que una única diferencia: la de que aquí el prodigio era verdadero.

El sabio había concebido el propósito… mientras hablaba, la muchacha oprimió el segundo conmutador y la puerta del armario empezó a abrirse lentamente; luego, siempre explicando, fue hacia los armarios laterales y maniobró en ellos. En contraste con la lentitud de la puerta que se abría, mil ruidos presurosos llenaron el ambiente. Sin que se viese lo que había entrado en movimiento, se oyó correr algo que sonaba, como un trencito de juguete, y al mismo tiempo por toda la escena vibraron chispas que se encendían en las conjunciones de ciertos polos, zumbando, como las alas vítreas de las moscas presas en la telaraña. Mi atención fue fascinada un momento por aquellas chispas, pero enseguida volví a mirar el armario. La puerta estaba enteramente abierta, y dentro, entre paredes de una blancura desolada como de hielo, la cabeza de una mujer aparecía con los ojos cerrados, no dormida ni muerta, sino simplemente detenida en su energía mínima. Energía que no podía percibirse más que en la tensión de las facciones que no denotaban relajamiento, peso ni flaccidez. Su quietud, como la quietud de una estatua, representaba la vida y la vida de alguien, pues, aunque sus rasgos eran muy correctos, no tenían una corrección abstracta: eran personales como los de una cabeza romana. El pelo estaba amontonado encima del cráneo, parecía que lo hubiesen recogido allí con una mano mientras con la otra la decapitaban.

Todo esto puedo describirlo porque lo observé antes de que abriera los ojos: después abrió los ojos.

Naturalmente, no volví a prestar atención a lo que decía la explicadora, pero la oía, sabía que sus palabras iban cayendo en mi oído y que alguna vez llegarían a serme comprensibles. En aquel momento solo encontraba sentido en una, aunque me pareciese convencional y tópica. No comprendía por qué al hablar de ella decía la sibila y al mismo tiempo comprendía que no podía llamarla de otro modo. Al levantar los párpados había descubierto una extensión de sabiduría por la que podían aventurarse todas las preguntas; todas las simples cuestiones de los humanos, que esperaban allí, en primera fila, el momento de acercarse a hablarla.

Fueron subiendo al tablado uno tras otro. Hablaban tan bajo que sus voces no llegaban hasta los bancos, pero se veía la respuesta. La cabeza decía sí o no con los labios. Ni el menor aliento pasaba a través de ellos. Y todos, los que estábamos cerca como los que estaban lejos, por un aguzamiento extremo de la atención, percibíamos distintamente las dos palabras, como perciben el lenguaje los sordomudos: la boca se distendía ligeramente en la afirmación y se retraía en la negación, con movimientos leves pero irrevocables. Y los que preguntaban, bajaban del tablado después de haber obtenido la respuesta, unos abrumados, otros llenos de esperanza.

Al fin, la muchacha de la bata blanca oprimió el conmutador y dijo: “Ha terminado”. La cabeza cerró los ojos y la luz lunar se extinguió, la masa humana volvió a estrujarse en otro callejón y salió al aire libre.

Me encontré de nuevo en un vacío áspero, casi insoportable. Los ruidos del exterior me resultaban tan colosales que mis sentidos no podían registrarlos; solo percibía mis pasos en la grava del suelo, el chisporroteo de las estrellas y el manto de claridad que algunos focos extendían a distancia. Llegar hasta ellos era empresa sobrehumana, era atravesar un océano de arena. Acaso la distancia aquella podía medirse con unos treinta pasos, pero no sé cuánto tardé en franquearla. Bebí ávidamente un vaso del alcohol más bronco, y lo sentí llegar hasta la punta de los dedos, como si se esparciese por mis venas, de donde la sangre se hubiese retirado. Esperé que la ola de calor iluminase mi inteligencia: quería comprender lo que había visto, concentrarme en la contemplación del fenómeno. Pero me ocurría que al mismo tiempo que me reconocía enteramente poseído por la impresión de lo que acababa de ver, otra imagen me acosaba, enteramente extraña a todo ello, trivial aparentemente, de procedencia insospechable. Solo discernía que era una imagen antigua, un recuerdo de una época anterior, pertenecía al mundo de donde yo había venido, acaso al tiempo en que mi deseo de venir era más loco. Y no podía comprender por qué aparecía ahora, por qué reclamaba mi atención, que estaba enteramente embargada por el presente, como si tuviera un antiguo derecho, como si quisiera interponerse entre mi pensamiento y la otra imagen.

Bebí con tesón, como quien añade combustible a una lámpara. La imagen intrusa era tan trivial que decidí aniquilarla mediante el análisis. Era probablemente un cromo, un calendario antiguo, la estampa de uno de esos rompecabezas de dados. Era una mujer envuelta en pieles resbalando en un trineo por las estepas de Rusia… era esto y nada más. Creí poder desecharla. Volví a concentrarme en la imagen de la mujer decapitada, recorriendo sus rasgos, sumergiéndome en su silencio: inútil, la imagen trivial reaparecía, y, lo que es más, le robaba a la otra su clima. Aquella imagen de una mujer lujosa, entre la neblina de un manto de chinchilla, con un ramo de violetas en el pecho –cada vez distinguía más detalles–, se rodeaba de un aura idéntica a la de la cabeza sin voz ni aliento.

Salí a la puerta del bar con el vaso en la mano. Los focos proyectaban en el suelo la sombra de las hojas de los plátanos. Aquella sombra, ¡también!, también aquella sombra en el suelo tenía el mismo clima. Di algunos pasos y me paré bajo el árbol, me detuve allí como se detiene uno a hablar cuando va con alguien, y creí oír una voz grave y noble diciéndome en una lengua que no era la mía: “Este año vimos en Rusia…”

El enigma quedó descifrado, el cromo desapareció de mi fantasía y sus valores ficticios fueron sustituidos por los del recuerdo real. El paisaje de Rusia se redujo a una palabra, el ramo de violetas a un perfume, la sombra de las hojas de los plátanos a una avenida de castaños.

¡Qué penoso, qué arduo me fue recordar desde el delirio la vigilia y la lucidez! Recordar lo que había sido yo, yendo por aquella avenida junto a una mujer real, que hablaba y me contaba un mero hecho de su observación, me producía terror y vértigo. Desde mi situación actual, empapado en el alcohol de un prodigio verdadero, el recuerdo de aquel paseo por una realidad llena de ignorancia, era una imagen pavorosa, y lo contemplé con terror de mi nueva comprensión que ahora podía penetrarla.

Apoyé la espalda en el tronco del árbol y mentalmente nos seguí. Vi cómo íbamos con paso largo y lento bajo el ramaje admirable de aquel parque prestigioso, uno de los más prestigiosos del mundo, llegamos hasta un estanque que era como un lecho de agua con una cabecera arquitectónica de piedras ahumadas, entre las que se veían estatuas representando la cruenta historia de Polifemo.

Nos apoyamos en la barandilla. Bajo el agua, entre los troncos de las ninfeas, pasaban lentas carpas, grises. Allí acabó mi amiga de contarme aquella historia que había empezado con las palabras: “Este año vimos en Rusia…” lo que había visto, en un laboratorio, no era más que la cabeza cortada de un perro que unos investigadores mantenían viva indefinidamente.

Al recordar todo esto desde allí, apoyado en el árbol, no me detuve en los detalles del relato: me hundí en la contemplación del silencio que lo siguió. Recordé cómo había sostenido un momento la mirada de mi amiga, que me dejó ver el fondo de sus ojos bajo sus cejas como dos arcos solemnes, como el dintel de una cripta, y no respondí nada, no pregunté nada: cargué con la confidencia de la soledad que descubrí en su espacio.

Después, todo aquello había resbalado en el olvido: una estepa de olvido me había separado de aquel mundo. Su realidad, llena de ignorancia, había dormido bajo la impiedad helada de mi memoria, y de pronto germinaba, se desarrollaba como la hoja del helecho, que de una apretada voluta desenvuelve un minucioso encaje.

Quedé al fin liberado de la obsesión intrusa y la dejé nuevamente hundirse en el olvido, pero nada más que en sus detalles reales: todo aquello del paseo y de las palabras que ella me dijo. El silencio ya entonces pertenecía al universo de ahora. A la ciudad de los misterios y las maravillas, de los grandes experimentos, de las grandes pruebas.

“Ella se había prestado voluntariamente…” A pesar de ser por completo profano, todo me resultaba perfectamente claro, era muy sencillo, como repetía la explicadora, era una simple acumulación de energía. Había bastado amputar el cuerpo para regular infinitesimalmente la economía del cerebro. En éste se guardaban todos los datos obtenidos por aquél en el transcurso de una vida adulta, pues, claro está, el experimento no se podría efectuar con individuos que no hubieran alcanzado un grado de plena madurez si no quería correr el riesgo de hacer evolucionar el cerebro sobre ciclos limitados, de hacerle desplegar una energía de pensamiento meramente funcional y pobre o defectuosa en el encadenamiento de consecuencias. Tampoco se podría experimentar con individuos que hubiesen empezado ya a descender en la curva de la tensión vital, pues en ese caso el cerebro podía haber acumulado datos impuros, efectos de una materia decadente o relajada. La prueba tenía que efectuarse con un organismo en su punto más alto de potencialidad, pues solo en ese momento es cuando el acto voluntario, acto íntegramente espiritual, involucra las fuerzas vitales y, por decirlo así, las arrastra y las lleva consigo.

No había formulado la explicadora absolutamente nada de todo esto, pero se sobrentendía. Ella no hablaba más que de la forma en que la cabeza era activada por la energía de tres mil millones de voltios que equivalían exactamente a la fuerza sumada de trescientos mil organismos, esto es, el cerebro perenne podía ser considerado como el cerebro de trescientos mil cuerpos o más bien, como un cerebro de una potencia de trescientos mil. Potencia que permanecía en su circuito sin sufrir descarga alguna, evolucionando dentro de su unidad y manteniendo una actividad ilimitadamente generadora. Así esta fuerza encerrada en sí misma multiplicaba sin parar unidades de experiencia como se multiplican las células, creando una reserva de respuestas para todas las cuestiones posibles.

Trato de hacer comprensible, mediante una explicación ordenada y en lo posible lógica, la enajenación a que me llevaba el comprender. Comprendía hasta la locura, veía hasta la ofuscación lo que había dentro de aquel mecanismo vivo –muy lejos de ser una máquina–, que era algo como una imprevisible floración fuera de las leyes de la naturaleza, o más bien fuera de las leyes usuales, pues sin una ley sobrenatural la armonía infinita de su secreto no seguiría desenvolviéndose. Habían sido necesarias unas circunstancias materiales, unos cuantos detalles contingentes como era el clima helado del interior del armario que impedía que la materia perdiese su integridad, como era aquella energía, implacable como el insomnio, que en todo momento podía hacerle abrir los ojos y atender, pero la ley, estaba en aquel acto que ella se había prestado a efectuar voluntariamente.

Se había prestado: no había otro modo de decirlo, porque a pesar de su abnegación total seguía perteneciéndose. No se pertenecía para sí misma, pero se pertenecía, puesto que permanecía en su voluntad. Era su voluntad la que había llevado a aquella prisión a su memoria: su entendimiento no era más que como el azogue del espejo, copiaba con pureza lo que se le ponía delante.

La extensión arenosa que poco antes había franqueado con esfuerzo, ahora se deslizó bajo mis pies insensiblemente: llegué con facilidad, ingrave, hasta la barraca, pasé por el callejón, que estaba solitario, aunque algo quedaba en él de la opresión anterior, pero atravesé su oposición como cuando se va contra el viento: llegué hasta el tablado. No creo haber tenido que subir las gradas; más bien me parece recordar que venía ya en un plano que correspondía exactamente a la altura de los armarios. Sin titubear toqué la manivela que provocaba la luz lunar, las chispas presurosas y el lento abrirse de la puerta: ya ante ella, esperé que levantase los párpados.

Abrió los ojos y enseguida vio que mi pregunta no exigiría que moviese los labios; entonces alzó los párpados con aquella amplitud desoladora que yo ya conocía de otro tiempo y me dejó contemplar la cripta de su memoria, en la que un incesante laborar renovaba formas infinitas.

Formas… vi dentro de sus ojos como quien ve el pasado en una esfera de cristal, nacer, morir, arder, padecer, florecer formas que eran su forma, pero no una forma que simplemente había tenido, sino una que había concebido o logrado. Una forma sublime que estaba dentro de ella y que era como si estuviese ante ella, porque ella, aun teniéndola en sí la contemplaba y aun conteniéndola no la poseía. Ella no podía poseer nada, porque se había prestado a sí misma voluntariamente, pues solo a ese precio se logra concebir la forma en que el pecado se redime, solo al precio de la abnegación, al precio del martirio se logra hacer florecer las formas salvadas.

El espectro de su cuerpo actualizaba sin reposo todos sus instantes anteriores, los que habían sido, como los que no habían llegado a ser, pues ahora, en su mundo potencial, todos eran lo mismo. Su cuerpo estaba allí, envuelto en el satén de tonos cambiantes que la ciudad exigía; allí estaban sus manos, que se había alargado a las copas cuando sus labios, ahora cerrados, habían accedido a la sed y también se veía su voz, que había corrido por el cauce de las canciones hasta desbordar. Todo estaba allí y se repetía sin repetirse, todo giraba o rebrotaba, pero no con la paz con que en el seno de Flora se repite el proyecto del lirio. No; todo reflorecía con la singularidad de la pasión eterna.

La ingravidez que había notado en el camino llegó a hacerme inestable como un globo sujeto por un hilo. Sentí que cabeceaba; atraído por ella; temí caer en su abismo o disiparme en su hueco. No intenté profanarla con mi contacto, eso no; pero irresistiblemente me acerqué al espacio cúbico que la contenía. Mi frente tocó apenas la zona helada, que era, no como su aliento, sino como la atmósfera de un mundo donde no es posible el aliento, y en ese momento ya no vi más: perdí el sentido.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)