sábado, 30 de mayo de 2026

Magna Viperia Morphis (La disidente)

Juan Antonio Fernández Madrigal

 

El Consejo del Mundo Humano avanzó por la Catedral, rodeando las capillas cerradas que guardaban celosamente con rejas oxidadas su interior oscuro y vacío de sacras figuras. Las vidrieras en lo alto habían sido, o bien sustituidas por cristal de rubí veteado, o bien teñidas de sangre fresca. La última posibilidad aguijoneó algunos estómagos y apartó rápidamente algunas miradas demasiado atrevidas. El grupo se deslizó un poco más rápido.

El gran órgano comenzó a quejarse cuando las figuras se apresuraron bajo él. Sus lamentos vibraron dentro de los oídos, en los pulmones agitados, bajo las pieles, recorrieron el trayecto hacia los nodos del árbol del miedo. El sonido de metal sincronizó con las redes nerviosas y aumentó las señales de histeria que habían comenzado a producir. Nadie pulsaba el teclado del órgano ni manipulaba sus registros. Ellos lo sabían.

Bailaba arriba y abajo la mancha oscura de los ropajes del Chambelán, encabezando el grupo, rozando desagradablemente el suelo descarnado. De vez en cuando saltaba torpe alguna de las pulidas losas de mármol negro que habían sobrevivido al saqueo, jadeando baboso al caer. Casi nunca miraba hacia atrás. Se le agradecía. Su rostro de lepra permanecía oculto bajo la capucha manchada de putridez.

El Consejo del Mundo Humano avanzó por la Catedral hasta llegar frente al altar, que ahora era el trono dorado de la Emperatriz, y continuó observando, pues poco más podía hacer.

El mantel blanco yacía sobre los brazos del supremo asiento. Una estola trazaba su franja púrpura sobre la perfecta palidez, acariciando el suelo polvoriento con sus flecos rubios. Los símbolos circulares eran interrumpidos por uno de los hombros nacarados, hombros que no acusaban la respiración, hombros cubiertos de oro derretido uno, y de hostias enhebradas en cabellos azabache el otro, hombros que parecían no necesitar músculos para demostrar poder.

Sobre los hombros crecía la terrible belleza del cuello esbelto, el mentón aguzado, los labios sorprendentemente carnosos, la nariz fina, los ojos de plata o mar ensombrecidos por las cejas gruesas, los cabellos libres en su exagerada longitud, ocultando el resto.

El Consejo del Mundo Humano se detuvo frente a la Emperatriz, Magna Viperia Morphis. En ese momento se percataron del delicado e irreductible sabor del néctar de miedo.

–Su Majestad, el Consejo.

El Chambelán sorbió ruidosamente y se alejó del grupo, resquebrajando la única barrera que los había separado de la Dama. Pronto se hizo evidente que ni siquiera esa tenue membrana había llegado a ser real. Se hallaban en el reino de la ilusión, Imperio Víbora.

La Emperatriz se alzó en su desnudez blanca interrumpida únicamente por la placa de oro de cáliz derretido y el collar de hostias impuras, y acercó la esbeltez perfecta hacia el Consejo, que no pudo evitar vacilar. La vacilación se generalizó cuando un golpe sordo estalló bajo las bóvedas. Nadie volvió la mirada hacia el bulto empequeñecido del Chambelán, que se levantaba torpemente de su no menos torpe caída.

El joven de la izquierda vaciló triplemente al verla acercarse a él.

La distancia entre ambos se convirtió en tiempo, luego en espacio elástico, luego en dolor, en placer, en gas de hiel, en amor y en distancia de nuevo, y por último en nada, pues los dedos larguísimos de la Dama se elevaban ya hasta el mentón de incipiente pelo recio y lo palpaban, y lo acariciaban, mientras el resto del cuerpo se aproximaba con el propósito evidente de llevar los labios deseables y deseados junto a los de él y dar palabras a la muerte.

–Ego te absorbo.

Una leve sonrisa de ironía ácida golpeó los oídos del muchacho con fuerza de carcajada justo antes, o en el mismo instante, en que ambas bocas se unían y la carne enjugaba los jugos de la carne, y los dedos enmarcaban la yugular palpitante y la otra mano tomaba sin dudas los genitales ya abultados y los sopesaba y los acunaba y los acariciaba.

Cuando los labios se separaron, el joven de la izquierda permaneció inerte, pero en su interior corría hacia el final del túnel sin poder evitarlo.

La Emperatriz se olvidó de él y caminó despacio ante el resto del grupo sin dejar de mirar a nadie ni dejar que nadie dejara de mirar sus senos impávidos, su sexo oscuro, sus piernas altas, su mano ondulando el aire. Sus ojos de metal gris o azul.

Al fin el aire fue roto en pedazos por la risa de río que brotó del cuello delgado.

–Hablad.

Eso, por supuesto, no suponía ninguna diferencia. Las palabras surgirían como si la orden se hubiera dado un instante antes. O en una eternidad pretérita.

–Señora, hemos venido para…

La mujer pelirroja mediocre detuvo su primera frase antes de terminarla, y al mismo tiempo que su terror se incrementaba conforme la distancia entre ella y la Dama disminuía, se preguntó si sería necesario acabarla, porque enteramente parecía que no.

–Espera –los dedos que momentos antes habían atraído la sangre y algo más a esponjosas cavernas de carne hicieron un veloz movimiento sobre su frente. Quiso sentir dolor, y lo sintió, pero luego se convenció de que solo existía en su mente aterrada.

–Ahora estás mejor.

La mujer no pudo verse y no comprendió nada. Algunos cabellos habían sido apartados, otros dejados caer, en un movimiento que le recordó las manos de su madre muchos años antes, cuando iba a salir de casa a escuchar poesía.

–…para… –la fuerza se le escurría– …haceros partícipe… de la decisión… de la decisión unánime del Cons… –la fuerza– …Consejo acerca de vuestra elección… –se le escurría.

–…de escoger esta… –imitó la Emperatriz, encogida la frente, temblando los labios, las manos casi ocultando los pechos en ridículo pero perfecto pudor– …cat… catedral para establecer vuestra… –la fuerza de la mujer se escurría hacia la Dama, que la utilizaba para ser ella– …residencia de… –un último encogimiento, un trémulo fin– …invierno…

La mujer pelirroja se dio cuenta de que mantenía cada músculo en la misma posición que la Emperatriz. En ese momento pudo dejar caer los brazos, porque el espejo viviente había dejado lacios los suyos, y terminó la frase.

–…Señora.

La Señora le sonrió y le fueron perdonados todos sus pecados.

–¿No os gusta mi catedral? –La Emperatriz vertió una lágrima que recorrió no solo su rostro, sino su cuerpo entero. Se dio la vuelta y caminó de nuevo frente al grupo.

El Consejo del Mundo Humano pareció desconcertado. Se miraron unos a otros. Hombres y mujeres. Nobles y burgueses. Músicos, poetas, artistas, gente mediocre. Sabios e incultos, que aunque no lo supieran habrían estado obligados a intercambiar sus actitudes. Líderes, hábiles urdidores de falacias. Conspiradores. Hipócritas. Desconocidos, al fin, para ellos mismos.

–Os creéis muy valientes al venir a decírmelo a mi propia casa –dijo la Dama de repente enfadada, gruñendo, encías rojas entre pálidos labios y nacarados incisivos, lengua viva gesticulando obscena por un instante–. Pero mirad:

La Emperatriz extendió los brazos delicadamente, en una figura de baile, y se sostuvo de puntillas como si no pesara, abriendo más aún su desnudez a su perturbado público.

–¿Quién es el valiente aquí, amados? –Su sonrisa creaba distancias inconmensurables–. Yo os muestro mi alma, oh, ¿y qué veo en vosotros? ¿Acaso esas corazas no ocultan la necesidad de cubrir podredumbres de igual volumen? Miradme bien. Yo soy la leona. Vosotros, las hienas.

Y diciendo esto inclinó el rostro dejando que la tersa inocencia que lo había inundado al hablar se trocara en diabólica astucia, y desapareció.

Sonó un estampido en el lugar en que había estado, al penetrar el aire súbito.

Y la Emperatriz, Magna Viperia Morphis, se abatió desde el aire como gris arpía sobre otra mujer, joven, rubia, de piel tostada, y la mordió en el cuello, en el vientre, entre las piernas, en la cabeza, la espalda, el trasero, las pantorrillas.

Claro, que poco de eso pudo verse dada la mortal rapidez de sus actos de amor.

En pocos segundos la mirada oblicua se alzó dejando ver la boca goteando sangre sobre los destrozados restos del cadáver. La Emperatriz se limpió con las manos, el rostro, la lengua y el cuerpo, y caminó altiva y despacio hasta su trono.

Al leve eructo le siguió una leve sonrisa.

–Tal como su Excelencia conoce, y esto no satisface nuestra ansia de verdad. Sabed que en este año de gracia, primero de nuestro milenio, resulta un gran peligro para la Iglesia, en el mejor de los casos, este ángel caído que nos azota con sus maldades, sus herejías y sus actos caníbales. Algunos ven en él al Anticristo con forma de mujer, aunque a conclusiones tan atrevidas solo puede llegar Su Santidad. Para un humilde fraile y filósofo, llegar a tanto supondría quebrantar varios hechos lógicos incuestionables. El diablo muestra pechos de mujer, pero ¿acaso no son las mujeres indignas de representar incluso al príncipe de los mezquinos? ¿Acaso han sido vistas las señales del Apocalipsis? Ella, maldito sea su nombre, se nos muestra desnuda; pues bien, muchos testigos hay que niegan la existencia de cualquier marca en su piel. ¡Ella misma ha hurgado entre sus cabellos, sonriente mientras nos mostraba el cráneo limpio del número maldito! Otros supervivientes han descrito esta misma carencia en las partes de su cuerpo más impuras. No. Permitidme adelantar esta idea con todo respeto: ella no es el Anticristo. ¿Quién es, pues, la que nos atormenta? ¿Otro de los seguidores de Satanás encarnado desde los infiernos? Si es así, ¿por qué no es portadora de las deformidades que en los libros secretos observamos? ¿Por qué no adora a su señor con aquelarres malditos? ¿Por qué parece tan libre de servidumbres?

“Como veis, son legión las cuestiones que nos acucian. El abad nos presta toda su ayuda, pero ésta no puede ser sino escasa, y la Catedral, que ella ha tomado hace poco como residencia de invierno, está demasiado cerca.

“Nuestro mayor temor es que la chispa acabe prendiendo el bosque.

“Que Dios nos ampare”.

 

–¡Chambelán! –gritó la Emperatriz cuando se hallaba sola y el crepúsculo ensangrentaba las piedras. El cojear ruidoso se acercó al instante. Había otros siervos en la Catedral, pero no estaban en su mente.

El Chambelán llegó ante el trono, jadeante, sudoroso y maloliente.

–No te cubras ante mí, apreciado bastardo –le ordenó con una cándida sonrisa blanca.

La capucha cayó arrastrando colgajos de piel y algunos mechones de pelo rubio. La Dama se irguió contoneando las caderas mientras deslizaba la lengua húmeda entre los labios.

–Desnúdate. Del todo.

El hombre tembló. Luego tembló más y dejó caer con lentitud la sotana oscura que había cambiado de color en tan poco tiempo merced a los productos de su enfermedad. El pus relucía en todo su cuerpo, pues no había más ropas. Su propio olor se expandió como una bofetada. La Emperatriz lo recogió con agrado, se acercó más, se relamió más, le empujó, él cayó al suelo, sonó un crujido de huesos rotos, casi se desmayó, la Dama se acercó, se puso a horcajadas, le tocó, le acarició, le lamió, le besó, y por último le montó.

Tardó poco tiempo en conseguirlo todo de él, principalmente porque había muerto de placer y dolor unos instantes después de comenzar la supurante cópula.

A pesar de eso continuó sola hasta saciarse, luego se levantó y se limpió toda con su propia lengua, y cuando su respiración descendió y el sudor dejó de perlar su piel, se fue.

–Esta noche no me esperes para cenar. Me apetece dar un paseo.

Los pies desnudos no hicieron el menor ruido al alejarse, aunque tampoco había nadie que pudiera no escuchar sus palabras por ello.

Corría por el tiempo y por el bosque sin dirección. La humedad de Europa la enfriaba. El sol bermellón desaparecía entre las hojas. Daba igual. Ella corría por el bosque y por el tiempo sin dirección: se perseguía a sí misma.

Aquella noche no cenó. Se bañó en el riachuelo, subió a los árboles más altos, se revolcó en el manto de la tierra, rio para sí y para todo lo demás, voló con la lechuza y cazó con el lobo, cediéndole a éste su presa. Se convirtió en cernícalo y al alba fue de nuevo mujer.

Acuclillada en la torre de la abadía se percató de los primeros movimientos. Cuando algunos monjes se apresuraron a sus tareas y oraciones, esperó. Cuando el que cuidaba del reloj se dirigió a su capilla del tiempo, esperó. Cuando el herbolario salió a por las tiernas hojas cubiertas de rocío, esperó, ella misma bajo una capa de escarcha. Cuando aquel a quien buscaba entró en su celda después del rezo, desapareció, y el trueno que produjo tras de sí se hizo portavoz de las nubes grises que se avecinaban.

El fraile levantó el crucifijo y se santiguó en silencio al distinguirla en el interior de las penumbras de su cuarto de piedra,

–Cierra la puerta.

Pero se volvió obediente para cerrar la puerta de madera oscura, que se lamentó por el simple esfuerzo.

–¿Q… quién eres?

Ella avanzó un paso para que algo de claridad pudiera reflejarla. Rio con suavidad. La escarcha estaba formando un charco en el suelo bajo sus pies.

–Soy una flor del amanecer –observó recogiendo con un dedo el agua de su vientre. Apagó la risa cálidamente y volvió a mirarle. Su rostro se torció hacia la derecha. Hacia la izquierda. Intentaba buscar un nuevo punto de vista. Sus ojos grises o azules llegaron mucho más allá del hábito y la túnica.

–Qué quieres de mí. No profanarás este templo.

En ese momento ella se puso muy seria. Parecía víctima de una tristeza abrumadora, casi lloró. Él mantenía en alto la vieja cruz. Vaciló.

El demonio desnudo se acercó como la brisa y le besó en la frente.

–Tú lo sabes, ¿verdad? –le preguntó, pero antes de que él pudiera recapacitar sobre alguna cosa, ya no estaba. La puerta oscilaba abierta.

Volvió al bosque, llorando libremente de alegría y de nostalgia. La esperanza se convirtió en impaciencia que se convirtió en carrera. En el claro se detuvo, cazó, despedazó, desgarró, mordió y desayunó liebre cruda.

Había escuchado el canto de la niña varias millas antes. Cuando llegó al estanque aún no había acabado la primera estrofa.

Los bucles de oro caían sobre el vestido sucio y bastante gris, adornado pésimamente con trazos negros y rosas, rompiendo con la vida que llevaba en su interior. Un pequeño chapoteo sonó en el estanque. La niña en el borde buscó algo en el suelo. Se giró a un lado. El rostro resplandecía al sol naciente. Era muy pequeña para estar sola.

La Dama no salió de entre los árboles hasta que la canción se hubo desvanecido.

Su cuerpo frío descendió junto al de la niña.

Se miraron hasta que la niña le habló.

–Hola. Yo me llamo Claudia. ¿Quién eres tú?

–No lo sé.

–No seas mentirosa. Mi mamá dice que es muy feo mentir, y que Dios te castiga cuando dices mentiras. Dame esa flor, por favor.

La Dama se volvió, enseñó los dientes y recogió la flor blanca. Se la dio.

–¿Por qué tiemblas? ¿Tienes frío?

–Tengo miedo.

–¿Y de qué tienes miedo? –insistió la pequeña Claudia mientras engarzaba la flor junto a las otras para terminar de formar algo. Los pies oscilaban al ritmo de la canción que volaba aún por su mente.

–De ti. De todos. De mí misma.

Claudia la miró dubitativa. Luego rio.

–Mira lo que estoy haciendo. Es una corona de flores.

–¿Quién SOY, Claudia?

–¿Quieres ser una Emperatriz? –le preguntó la niña a su vez mientras alzaba la corona para situarla sobre los cabellos negros. La desnudez de la Dama se encogió para que pudiera llegar tan alto, y allí encogida y oculta lloró levemente. Cuando las manos de la pequeña se retiraron, la recién coronada Emperatriz levantó el rostro sonriente y se tocó las flores lánguidas. Había dejado de temblar.

–¿Qué tienes en los ojos?

–¿Qué tengo en los ojos? –repitió la Dama creyendo que la preocupación de Claudia era fingida. No tardó en darse cuenta de su error cuando los dedos regordetes se acercaron curiosos.

–Tienes algo en los ojos. Déjame ver…

–¡No! –gritó de improviso levantándose bruscamente. Su rostro reflejó tantas emociones en un instante que ni ella misma pudo comprender qué estaba haciendo. Y lo peor: por qué.

–Tus ojos. Parece que…

La corona cayó flotando en el aire. La Emperatriz desnuda se alejó corriendo más desnuda que nunca; huyó aullando y espantando a todos los demonios del bosque. Pero los de su interior solo rieron un poco más alto.

Cuando abrió los ojos grises o azules él la estaba mirando. Se irguió con calma en su trono, donde había estado durmiendo no sabía cuánto tiempo después de volver del bosque, y parpadeó lentamente. Pero estaba muy lejos de sentirse lenta: los sentidos se le habían aguzado al instante al verle de pie frente a ella.

La sorpresa que había sobrevolado el rostro del fraile alejó su sombra fugaz. Ahora la miraba a los ojos fijamente. Ella se puso en pie.

–¿Lo vas a hacer?

–Por qué viniste a mi celda.

La Emperatriz se alzó un poco más, dando la ilusión, o no, de flotar ligeramente por encima de las baldosas polvorientas, proyectando la luz blanca de su piel sobre el corazón encogido. Él respiró un poco más agitado; había poder dentro, a pesar del evidente miedo.

–Hace mucho tiempo que viajo –comenzó a hablar la Dama como si no quisiera contestarle, aunque realmente era eso lo que estaba haciendo. Le acarició los hombros con sus manos perfectas, acercó su rostro al hábito pasando tan cerca de sus labios que él pudo constatar perfectamente la inhumana falta de respiración en aquel cuerpo maldito. Ella olió las ropas del fraile: el bosque, la comida de la abadía, el aroma rancio de los libros. Luego se apartó no sin antes hacer rozar los bajos vientres sin disimulo. Se sentó de nuevo en el trono. Sus muslos se separaron dejando ver, con la más absoluta negación del pudor.

–Admitamos que pago tu pequeño precio, así que escúchame con atención –dijo sin apartar los ojos implacables del pequeño hombre, haciendo una breve pero perceptible flexión de sus labios carnosos para confirmar sus futuros actos–. He llegado aquí siguiendo los caminos de viento de mil soles, y diez mil mundos. Cuando tú no existías yo ya era. Provengo de una raza que tiene magníficas mentes de serpiente, sin embargo tuvimos que llegar a la amarga conclusión de que no sabemos realmente nada de nosotras. Quizás por eso cambiamos de forma constantemente, casi sin poder evitarlo.

El silencio cayó bruscamente para levantarse de nuevo. La Dama se movió preocupada, ligeramente, como en una ilusión. Parecía continuar en el mismo lugar y al mismo tiempo haber saltado hacia cualquier otro sitio con su velocidad atroz. Volvió a ser una realidad constante cuando su voz se volvió a elevar, decidida.

–Después de huir hasta aquí solo se me permitió guardar ciertos recuerdos, extraños, enfermizos. Fue el castigo.

–De qué infierno te expulsaron.

Ella rio y el corazón de él se encogió luchando casi, casi, casi sin éxito contra un despiadado sentimiento de amar aquella amalgama: de abrazar el caos, fundirse en su bella carne, matar con ella, y luego acunarla en sus rodillas para protegerla del castigo divino que los devoraría a ambos. Le temblaron las piernas; se santiguó bajando la mirada.

El sol se movió apreciablemente tras las cristaleras. O quizás era otra ilusión cuyo único sentido era ser rota.

–Ven a mí ahora.

Las sandalias sucias dieron un paso imposible de detener con la voluntad de un dios, ni de cien mil, y otro paso, y otro más aún; saborearon el polvo de los escalones que subían hacia el trono. Llamas imaginarias brotaron a ambos lados dándole la bienvenida al infierno en la tierra. Se detuvo casi entre las piernas de ella, y supo que no había sido él quien había ordenado a sus músculos que dejaran de tensarse. Ni siquiera fue capaz de gritar, exhalar un último y gran No, y renunciar a vivir.

El fuerte olor del sexo de ella le mareó. Estuvo una eternidad contemplando la piel blanquísima perla, el vello oscuro como un umbral, la roja puerta al abismo entreabierta para él, dándole la bienvenida, exudando los jugos de Lucifer, la carne perversa palpitando al ritmo de su propio corazón.

No supo si lo había conseguido por puro azar, propia voluntad, o una orden inaudible de ella, pero sus ojos terminaron confundiendo el vello negro con las cascadas de cabello azabache, escalando por ellas durante un milenio como un lento insecto-sísifo despreciable y simbiotizante, hasta que finalmente los destellos de metal gris azulado de los iris le dieron la bienvenida a un extraño averno frío y duro como el hielo, uno de los muchos que albergaba aquel ser.

–La larga búsqueda ha esparcido todos los extremos de mi carne por las encrucijadas de los siglos, ha hecho sangrar mis poros y mutilado para siempre la conexión sagrada con mis hermanas, convirtiéndome en una disidente del NOSOTRAS. ¿Te estás dando cuenta de que te estoy suplicando?

Dios, la voz de ella era una cadena alrededor de su alma. Los círculos de sus ojos, bocanadas de enfermedad insaciables. Las pupilas, pozos sin regreso. La Emperatriz, Magna Viperia Morphis, acercó su aliento inexistente hasta fundir su calor con el de él, y le enseñó los dientes en un gruñido de bestia.

–Así que ni se te ocurra jugar conmigo.

Y entonces, por algún capricho infantil del destino, vio lo que había dentro de los ojos de ella.

–Dios mío, tus ojos…

El fraile cayó hacia atrás a causa del tremendo golpe. La tierra del suelo deshecho se elevó en una nube que se añadió al dolor súbito y le impidió distinguir nada. Luego sintió una leve presión en el vientre. Cuando el polvo se posó vio que ella estaba a horcajadas sobre su cuerpo.

–¿Las ves en mis ojos, despreciable trozo de carne? Ellas aún siguen ahí, lo sé.

Él la sorprendió con el aroma corporal de la aceptación última. Ella tuvo que frenar la muerte que acumulaba dentro. Era más fuerte de lo que había imaginado. Era la clase de persona contra la que sus ataques físicos serían inútiles.

Como desahogo le desgarró la piel del hombro de un mordisco, que se llevó parte de la vieja tela. Él no gritó.

–Veo el infierno detrás de tus ojos, todos tus hermanos demonios volando ahí dentro, esperando que regreses de tu cacería. Si quieres puedes llevarte esta presa, pero nunca seré tuyo, Satanás.

La Emperatriz tuvo un instante de duda. Luego acercó sus labios a la herida y la lamió acariciándola hasta el más profundo músculo desgarrado. Él no protestó, se arrebujó en una letanía como si estuviera muy lejos de allí.

–…debería condenarte al infierno, pero te veo mucho más allá de él. Podría perdonarte tus infinitos pecados para que pudieras alcanzar la gloria eterna, pero también de allí te escaparías. Solo dime por qué viniste a mí y por qué piensas que yo puedo ayudarte.

–Te he buscado para que veas más allá. Navega dentro de mí, cariño –canturreó mientras su cuerpo se movía excitante–, navégame, navégame, navégame, extírpame a mis hermanas y enséñame lo que busco: quién soy sin ellas.

Él tragó saliva y notó el sabor de ella en el fluido que se internaba hasta sus entrañas. Se sintió imposiblemente ligado (un poco más aún) a aquella criatura. Tragó de nuevo, tragó otra vez. El sabor no se iba.

–Sois multitud. Y ninguna de vosotras sois una única meretriz. Pero tú has salido de cacería sola, te has escapado y ahora no sabes encontrar el camino de vuelta a tu Gehena.

–Te equivocas, querido: no deseo volver.

–No. Tú te has equivocado: no puedo mostrarte un camino. Ni siquiera el de vuelta.

Ella le miró con lágrimas en los ojos. La súbita humedad recorrió sus tersos pómulos, resbaló por su mentón, cuando la cabeza se alzó apuntando a la lejana cúpula el flujo transparente se deslizó por su cuello y entre sus senos, goteó hasta su sexo y finalmente empapó los jugos que allí empapaban los manchados hábitos. El líquido salado continuó fluyendo hasta que los ojos de metal volvieron a descender hasta los del fraile, sus manos le acariciaron las mejillas y sus labios besaron delicadamente los labios que nunca habían conocido aquel contacto.

–Está bien, no puedes hacer más. Pero yo también veo dentro de ti. Sembrarás tu semilla y crecerá en terreno fértil. Sembrarás criaturas que se conocerán a sí mismas. Algún día esas criaturas serán multitud, y luego una única cosa, y luego, o mientras, quizás podréis servirme de ayuda.

Las caricias se hicieron más firmes, los dedos afilados se hundieron en la carne. Los ojos de él se abrieron mucho. Las manos blancas presionaron hacia dentro, rodearon la frágil cabeza, empujaron y estiraron, arañaron y dibujaron con la sangre que derramaban. Hasta que golpearon con fuerza sirviendo de compás a los gritos que emanaban de la garganta tan joven.

Inesperadamente la Emperatriz detuvo sus ataques y se levantó brusca comenzando a correr por la Catedral. Aullidos, chillidos de ave rapaz en busca de su presa, ladridos deformes inundaban el aire cambiando con rapidez de un punto a otro. Algunas vidrieras estallaron y cayeron. El fraile pudo ver a través de las cortinas calientes de sangre que le resbalaban por los ojos cómo una de las rejas saltaba en pedazos al pasar junto a la capilla la sombra fugaz de la criatura desnuda. El suelo temblaba, los candeleros caían, los tapices se prendían. Consiguió levantarse con un gemido que no pudo evitar y que parecía surgir de sus costillas. Tenía la vista nublada, pero el olor a humo se intensificaba por momentos. La Catedral estaba en llamas. Tenía que salir de allí.

Entre el fuego el torbellino de la Emperatriz creaba bucles que se estiraban hasta alcanzar otros lugares aún a salvo. La madera crepitaba. Los tubos del órgano emitieron golpes al dilatarse cargados de temor metálico. Algunos cuadros comenzaron a arder, y el calor hizo que más cristales llovieran del cielo.

Intentó cortar la hemorragia de su cabeza haciendo presión con la tela de su hábito mientras procuraba apartar la vista de la sangre que se derramaba cálida. Corrió entre humo, calor y polvo. Los aullidos inundaban de furia y desesperación el templo.

Al fin la providencia le auxilió y se encontró de improviso corriendo hacia el bosque. Las heridas habían dejado de verter, pero fue entonces cuando comenzó a marearse y tuvo que sentarse junto a un árbol mientras observaba impotente la infernal destrucción.

Y sin saber cómo, supo que nadie volvería a ver a la Emperatriz en aquel mundo, viniese del mundo que viniese; fuese quien fuese o fuese lo que fuese.

 

(Tomado de www.talesofmytery.blogspot.com)

 

Mi amor por Santa

Víctor Roura

 

Después de comprar unos libros en El Sótano de Avenida Juárez, le propuse a Belinda Solaris caminar por la Alameda.

–Jamás –dijo, cambiando su voz.

Como viera turbación en mis ojos, aclaró en un susurro:

–Estuve enamorada de un Santa Clos…

Me solté de su brazo. La sujeté de los hombros.

–Déjate de bromas, por favor –le dije.

Pero no lo era. Sus ojos enrojecieron.

–Fue una relación corta –indicó, quizás tres meses. No lo he vuelto a ver. De eso hace tres años. Tal vez continúe ahí. No sé…

Me pareció una locura. Me arrepentí de haberle regalado El péndulo de Foucault, de Umberto Eco. Hubiera bastado con Un cuento de Navidad, de Charles Dickens.

Dimos una vuelta por la calle de López.

–No te lo había contado –dijo.

Y había hecho muy bien. Vi el libro que ella me obsequió. Nueva inestabilidad, de Severo Sarduy. Como para leerlo en el 2000. A ver si me lo cambia el poeta José Antonio Montero. De pronto, me di cuenta de que la Solaris venía hablando sola, muy bajito. Seguramente me perdí algo. Qué diablos.

–…Caminaba con mi amiga Chela, eran como las once de la noche, no recuerdo, casi la media noche, cuando lo vi. Era un Santa Clos imponente. Estaba bailando una pieza de U2. Tenía buen ritmo. Yo le dije a Chela: “Mira mira a ese Santa cómo baila”. Toda la gente se paraba nomás para verlo. Era muy simpático. Su sonrisa atraía…

–A los Santa Closes nunca les ves su sonrisa –la interrumpí–, sus inmensas barbas blancas lo impiden.

Se detuvo la Solaris, severamente indignada.

–A Octavio sí se le veía –dijo, alzando la voz.

Me dio pena. Yo con Severo Sarduy y ella con Umberto Eco. Sentí que todas las personas se nos quedaban viendo. La jalé.

–Sigue caminando –le ordené.

Así lo hizo.

–Lo vi largamente –continuó su charla, como si nada–, hasta que nos invitó a Chela y a mí a bailar arriba de su carrito. Y nos subimos. A eso íbamos, a divertirnos, ¿no? La gente se nos quedó viendo. Era el Santa Clos que más público tenía…

–¿Qué libro llevabas aquella noche? –le pregunté, interrumpiéndola.

Se detuvo con ferocidad.

–Pero qué pesado eres, no pensé que fueras así –dijo.

Hice como que no oí. Seguí caminando. Al rato, ella se me emparejó. Y continuó su plática, como si nada.

–Terminamos de bailar y nos tomamos dos fotos con Santa. Sentí que me abrazaba muy fuerte, pero no le dije nada. Esperamos unos minutos para vernos en el retrato, mientras Santa posó varias veces más…

Me iba sacando de onda la noche navideña, no sé por qué.

–…No te voy a decir cómo fue, pero dos horas después ya estábamos Chela y yo y Santa con dos de sus amigos en un cabaret. Fue muy divertido. Ya sin su barba me gustó más. Era muy joven.

–¿Tú o él? –pregunté, mirando pasar a dos turistas que comían un helado.

Se volvió a detener la Solaris.

–Pero qué pesado eres –dijo.

No hice caso. Me seguí de largo. Al rato se me emparejó y siguió su narración:

–Te lo cuento porque sé que tú no tienes prejuicios en las cosas del amor. No por otra cosa. Además, eso fue hace ya mucho tiempo…

–¿Por eso tu hijo se llama Noel? –interrogué.

Esta vez fue más lejos. Me jaló bruscamente de los dedos. Y se alejó corriendo. Tal vez llorando. Hubiera deseado que en lugar del jalón me hubiese aventado el ladrillo de Eco. La vi correr. Di media vuelta y me encaminé rumbo a la Alameda.

Eso estaba atascado de gente.

Iba con pasos lentos. Un Santa Clos bailaba el Cu-cu de la Sonora Dinamita. Más adelante, otro danzaba al compás de Rod Stewart. Me le quedé viendo. No pude apreciar ninguna sonrisa, pero sin duda era simpático este Santa Clos. La gente se arremolinaba para verlo. No resistí la tentación. Me acerqué junto a él para retratarme. Hice a un lado el bochorno. La gente reía. Pero yo vi a la luna. Me desentendí del todo.

De pronto sentí que me abrazaba con dureza. “Qué me pasa”, pensé, pero no dije nada. Y ya con la fotografía en mis manos, me fui rumbo a Balderas. Tomé asiento en una de las bancas de la Plaza de la Solidaridad. La foto la guardé adentro de Severo Sarduy. Algo me latía que ese Santa era diferente. Me levanté. Volví a tomar el camino de retorno y lo miré de nuevo. Ahora estaba bailando una pieza de los Rolling Stones. Me vio y me guiñó un ojo. Y le vi su sonrisa, a pesar de su inmensa barba blanca. Me cae. Capté todo.

Me acerqué a su fotógrafo. Le dije que por favor me anotara el nombre de Santa Clos en el reverso del retrato. Me vio, intrigado. Pero lo hizo. El Papá Noel se llamaba Teresa Martínez de la Ocaralla.

No voy a decir cómo, pero dos horas después Santa y yo estábamos en un bar hablando de soledades y de angustias económicas.

Al tercer día llamé a Belinda Solaris para confesarle que me había enamorado de un Santa Clos. No terminó de oírme.

–A otra con ese cuento –dijo, y colgó.

Supongo que furiosa.

 

(Tomado de Roura, Víctor, Un látigo en mi alcoba, Hoja Casa Editorial, México, 1991)

 

viernes, 29 de mayo de 2026

Historia para un tal Gaido

Abelardo Castillo

 

Su historia es así: para él, para Martín Gaido, todo comienza una noche de los carnavales de 1940, en lo peor de Parque Patricios, frente al basural. La misma noche que Juan –su hermano– entró como borracho a la pieza, apretándose el estómago con los dos brazos y, antes de caer hecho un ovillo sobre el piso, alcanzó a decir “me la dieron, Martín”, y fue lo último que dijo. Esa noche, Martín supo que tenía que arrodillarse junto a su hermano y preguntar. Aquella pregunta fue la primera de una serie de preguntas, precisa, irrevocable, estirada a lo largo de veinte años, que debía terminar esta noche en un boliche de la costa de San Pedro. Como esa vez Gaido no podía adivinar tanto, simplemente se arrodilló junto a un muerto y preguntó. Solo se oyó el silencio, o tal vez el sonido lejano de unos pitos de murga, de unas matracas, y se oyó un juramento de Martín, una promesa convencional y terrible.

Más tarde se enteró de la pelea. Esto también había sido convencional (todo, supo luego, sería convencional en su historia). Había, por supuesto, un baile, y había una mujer disfrazada de Colombina a la que se disputaban dos hombres. Uno de los hombres era Juan; el otro, a juzgar por lo poco que sabían de él, no era nadie. Le contaron que esa noche su hermano atropelló a lo loco y un resbalón fortuito mezcló las muertes; después del resbalón, una mascarita vio a Juan levantarse del suelo con los ojos llenos de espanto, queriendo sacarse su propio cuchillo del cuerpo, y al otro que, sin pestañear, lo clava suciamente, dos veces más todavía.

Como digo, para él, para Martín Gaido, su vida empieza esa noche. A partir de esos carnavales vivirá persiguiendo a un hombre, una especie de sombra escurridiza, ese nadie que parte de los lugares a donde él llega sin dejar más rastros que la memoria gangosa de algún borracho acerca de un modo de mirar, el color de un traje o la manera de echarse el sombrero gris sobre los ojos. La mujer no tenía mucha importancia en su historia y no apareció nunca, como si hubiera estado en ese baile solo unos minutos, para justificar con su disfraz de Colombina la irrealidad del carnaval. La busca del hombre, en cambio, fue un ajedrez lento, inexorable y exacto. Hubo pueblos perdidos, almacenes de llanura, cantineros con sueño a cuyo oído, en voz baja, Martín formuló preguntas, cantineros que solo conocían una parte del secreto pero lo condujeron sin remedio a lugares donde el rastro se volvía cada vez más preciso. Hubo estaciones de ferrocarril y largas esperas debajo de largos puentes. Hubo camas, mujeres de grandes ojos pintados y caras de tiza, quienes, al enterarse de que Martín solo había venido para llevarse un nombre, lo miraban con decepción, con estupor o con miedo.

Después pasará mucho tiempo y Gaido, por fin, apoyado en el mostrador de un boliche de la costa, estará aguardando pacientemente que se descorra una cortina de flores desleídas; detrás de la cortina está la puerta por la que ha de aparecer un hombre.

–Ginebra –ha dicho Martín.

En cualquier rincón hay un viejo. Tiene una botella entre las piernas y lo mira con ojos blancos. Afuera, la noche es un largo y distante eco de perros. Lejos, seguramente pasa un tren.

Entonces sucedió.

Sí, fue en ese momento, al levantar Martín el vaso de ginebra y llevárselo a los labios.

No puedo asegurar, es cierto, que desde mucho tiempo atrás Gaido no comprendiera, de algún modo, la verdad. El porqué de que él hubiese nacido en lo peor de Parque Patricios, frente al basural, que a su hermano lo mataran como no se olvida y que gente con aspecto de muñecos contestara todas sus preguntas. En algún lugar del juego Martín debió sospechar que su promesa –buscar, dar con un hombre, matarlo y vengar a otro hombre muerto– podía ser mucho más, o mucho menos, que una promesa. Alguna vez, incluso, sintió vértigo y pensó echarse atrás; pero yo no lo dejé tener miedo. Yo le inventé el coraje. Y ahora cada palabra dicha, cada aparente postergación conducían inevitablemente hasta ese boliche de la costa donde Gaido esperaba a un hombre. Las leyes secretas de su historia quieren que otra vez sea carnaval para que Martín haya visto algunas máscaras en el pueblo y haya pensado que ya no van quedando Colombinas.

Martín alzó el vaso de ginebra, se lo llevó a los labios y, en ese preciso momento lo supo. Lo supo antes de que el otro abriera la puerta. Cuando se abrió la puerta, ya había comprendido toda la verdad.

Por reflejo, introdujo la mano en el bolsillo. Ese gesto y los demás gestos que seguirían estaban previstos. Gaido tenía que sacar un puño al que le había crecido repentinamente un revólver; tenía que nombrar al otro, pronunciar un nombre de fácil sonoridad a compadraje y cuchillo, y cuando el otro lo mirase sorprendido (sorprendido al principio, pero luego no; luego con resignación, comprendiendo), debía insultarlo en voz baja con un insulto brutal, rencoroso, pacientemente elaborado durante veinte años.

Gaido, sin embargo, no sacó la mano del bolsillo. No hubo palabras de odio. Todo, el almacén, la cortina de flores desleídas, el carnaval de pueblo, se desarticuló de pronto, como un espejo roto o como un sueño. Y Martín, ya antes de ver al hombre, antes de ver su rostro canallesco – convencional, envejecido y canallesco– supo que ese pobre infeliz tampoco tenía la culpa de nada.

El final de la historia no es fácil de contar.

Es probable que ahora mismo Martín ya esté bajando por la calle Tarija, en Buenos Aires (lo imagino caminando un poco echado hacia atrás, a causa del declive del empedrado), en el barrio de Boedo. Dentro de un instante doblará por Maza. La cuadra es arbolada y propicia. Los carnavales del sesenta también. El pañuelo blanco en el cuello de Martín, sus ajustados pantalones de anchas rayas grises y negras, sus botines puntiagudos de compadre, su sombrero anacrónico, no podían pasar más inadvertidos en una noche como ésta. Lleva la mano en el bolsillo del saco y muerde todavía un insulto que no dijo. Cuando Gaido doble la esquina, verá, inequívoca, una ventana con luz: eso significa que el otro está ahí, dentro de la casa, esperando oír el ruido de la cancel –un rechinar apenas perceptible–, esperando oír luego los pasos de Gaido por el corredor, mientras él escribe un cuento de espaldas a la puerta y cree escuchar ya (escucha ya) un sordo taconeo que da vuelta la esquina, mientras yo acabo la historia de Martín Gaido, oigo el rechinar apenas perceptible de la cancel, sus pasos por el corredor, las últimas matracas desganadas y los pitos lejanos del corso de Boedo y siento una ráfaga de aire en la nuca porque alguien está abriendo la puerta a mi espalda, alguien que me nombra, que ya pronuncia mi nombre aborrecido y, con rencorosa lentitud, saca la mano del bolsillo y me insulta en voz muy baja.

 

(Tomado de www.enfrascopequeno.blogspot.com)

 

Confesión auténtica de un ahorcado resucitado

Juan Vicente Camacho

 

I

Hace algunos meses que varios periódicos de diferentes países referían la prisión de un hombre que manejando él solo un buque lo había fondeado en las costas norteamericanas.

Era este un buque de alto bordo, en perfecto estado de construcción y que parecía no haber sufrido avería de ningún género.

Era muy extraño el caso, y si la llegada de un bote conduciendo las reliquias de un naufragio llama la atención, mucho más debía preocupar los ánimos la de un soberbio buque cuya procedencia se ignoraba y que se presentaba con un solo conductor como muestra de la vasta tripulación que debió contener.

Era fácil presumir que en la inmensa soledad del océano había pasado un drama misterioso y terrible sin más testigo que el ojo de Dios y sin otro eco que el órgano mismo del solo actor que quedaba como resto de esas gigantescas luchas del hombre con los fenómenos naturales y la furia de las olas tempestuosas.

Cuando entró en la rada, la soledad y el silencio del puente, y aquel hombre solo y tranquilo en el timón hacían aparecer la masa impotente de aquel buque como esos navíos fantasmas con que se complace la imaginación de los sencillos y supersticiosos marinos en poblar las profundidades de las aguas desconocidas.

El que estaba a la vista, sin embargo, era de reciente construcción, se conocía que había salido de los astilleros de los Estados Unidos y su identidad era fácil de verificar.

El personaje que lo monta es de talla hercúlea; su enorme cabeza parece unida al tronco sin auxilio del cuello; su cabellera es negra y espesa como la barba que lleva entera; la frente es deprimida y chata; el ojo fijo e inyectado y sombreado por enormes pestañas, lo que da a su fisonomía un aspecto salvaje y siniestro, que aumenta el corte singular de la boca cuyos labios son delgados y recogidos.

Su aspecto es el de un hombre dotado de rara energía, y sus brazos cruzados sobre el pecho, el rostro levantado con audacia, manifiestan que ese hombre es de aquellos que no retroceden ante ningún obstáculo.

Aparenta tener treinta años.

El capitán del puerto a quien se anunció la llegada de este buque se trasladó a bordo a reconocerlo, y condujo ante el Consejo del Almirantazgo a quien tan felizmente lo había traído a las aguas de la rada, para que hiciese la relación de los sucesos.

Declaró llamarse Alberto Guillermo Heecks, marino de profesión y que era el único que había sobrevivido a la tripulación del buque que montaba, pues todos, incluso el capitán, habían muerto en el viaje que acababa de hacer.

Aunque el aplomo de este hombre no le abandonó un solo instante, y aunque su narración aparecía llena de buena fe, no fue, sin embargo, tan ingeniosa que dejase de traslucir un misterio espantoso oculto bajo apariencias fingidas y hábilmente combinadas. Puestos en este camino, los jueces con espíritu perspicaz llevaron la cuestión a otro terreno y con tal habilidad que, envuelto el narrador en su lógica tortuosa, se embrolló, se contradijo, y ya pudo entreverse, al través del extremo levantado del velo, una parte de la horrible verdad que pronto debía descubrir todos los detalles siniestros y tenebrosos de este drama espantoso.

Después de haber referido que el buque fue asaltado en el mar por piratas chinos que habían degollado a la tripulación, salvándose él por haberse ocultado en un tonel de alquitrán, y que dichos piratas después de arrojar los cadáveres al mar habían dejado al buque a la merced del viento, hizo otra narración y declaró: que un tifus fulminante cayó de improviso a bordo llevándose a sus infelices compañeros y que solo él, Heecks, no había sufrido el más ligero síntoma, y que se halló solo en aquella metrópoli sin haber encontrado un puerto a donde dirigirse para obtener algún socorro.

Pero el registro de a bordo no contenía hecho alguno que diese a esta versión la menor apariencia de verdad.

Desde aquel momento ya no se podía dudar que se estaba delante de uno de esos ejemplos monstruosos de piratas cuya historia estremece la humanidad.

Los anales marítimos nos prueban que, aunque raros, se presentan estos casos, y es entonces que se comprende en todo su horror de cuántas atrocidades es capaz el alma humana.

Desde que el hombre tuvo la audacia de entregarse al capricho de los vientos y de la fortuna de la inmensidad del mar ¿cuántos dramas misteriosos han sucedido que han quedado ignorados o hundidos en la conciencia de sus actores?

Alberto G. Heecks fue, pues, preso y sometido a juicio.

Todos los periódicos dieron cuenta de los crímenes del acusado y la emoción pública se excitó vivamente desde que se tuvo noticia de su instructiva, de suerte que el pretorio del tribunal se halló asaltado por una turba curiosa y compacta cuando se abrieron los debates.

 

II

No es nuestro ánimo recordar los detalles de ese proceso para siempre célebre y cuya relación completa ha dado la vuelta al mundo traducida en todas las lenguas conocidas. Nos limitaremos a recordar sumariamente que desde el instante en que Alberto Heecks se halló descubierto no desmintió jamás su actitud enérgica, y las cínicas confesiones que hizo produjeron tanta admiración como espanto.

Hallando en su singular naturaleza un poder enorme de fuerza y de voluntad para el mal, contó cómo él solo había degollado a toda la tripulación de su buque sin perdonar uno solo de sus desgraciados compañeros.

Y después, con el orgullo del crimen y como para desafiar la humanidad en el santuario de la justicia misma y envolviéndose en el manto de su perversidad, declaró en voz alta que desde la edad de once años que viajaba en calidad de marino había cometido muchos otros asesinatos y sabe Dios a qué punto habría llegado la escala ascendente del crimen.

Aquel desgraciado parecía abominar al género humano y haber cursado una guerra de exterminio a sus semejantes y esto sin que se contrajese un solo músculo de su semblante. El estudio analítico, fisiológico y psicológico de este raro temperamento, ofrecía un atractivo poderoso a los hombres de la ciencia, de manera que desde el punto de su arresto y sobre todo después de la sentencia que le condenaba a ser colgado por el cuello hasta que sobreviniese la muerte, Heecks estuvo rodeado sin cesar de sabios doctores que acudían de todas partes a hacer sus observaciones.

Fue de este modo que yo mismo fui llamado con el objeto de visitar y conocer a este ser excepcional bajo tantos puntos de vista.

Después de su sentencia, su hermana que lo quería muchísimo, se instaló en su prisión; él a su vez parecía amarla mucho y confesaba que era ella el único ser a cuyo lado no sentía horror.

La pobre criatura no juzgaba a su hermano ni lo comprendía, pues cuanto era de cruel y feroz era para ella dulce y humano.

En suma, parecía muy tranquilo y hablaba con gusto con nosotros, respondiendo muy acertadamente a las preguntas que se le dirigían.

A veces le asaltaba la idea de su próximo fin, y entonces se informaba de los fenómenos que precedían a la cesación de la vida.

–Doctor –me dijo un día–, he visto ahorcados algunas veces, y hacen un gesto muy feo; se me figura que es una triste muerte la de horca… ¿se sufre mucho?

Habría sido cruel responderle afirmativamente.

–No –le contesté–; por el contrario, la ciencia demuestra que se produce una especie de sueño estático como esos en que uno se deleita. Vale cien veces más que la guillotina.

–¡Bah! ¿Está usted seguro, doctor?

–Es mi íntima creencia.

–Mejor, doctor, tanto mejor.

Su hermana le suplicó entonces que no hablase de esas cosas tan tristes; pero a pesar de sus lágrimas, él volvía a la conversación y aun muchas veces chanceándose.

–Esta corbata de cáñamo no me hace maldita la gracia como objeto de maletal… pero como no hay forma de excusarse… en fin, tanto vale; bien quisiera yo alguna cosa… yo que he tenido siempre la costumbre de llevar el cuello descubierto.

–¿Qué preferiría usted entonces?

–¡Cáspita!, yo preferiría largarme –respondía riéndose.

¿Era esto descaro ante la muerte o ganas de aturdirse cuando hablaba así? Eso no lo podemos asegurar, pero semejantes bufonadas salidas de aquella boca que debía cerrarse para siempre tenían algo más fúnebremente serio que de risible.

Pasaban entre tanto los días y la hora de la ejecución llegaba.

Heecks parecía más abatido que de costumbre.

La reacción venía.

Los doctores MacIllary, O’Reilly, Carnagan y Chrane rodeaban como yo al condenado, que estaba acostado en su lecho; de repente se levantó sobre un codo y mirándonos expresivamente nos dijo:

–¿Es verdad que ha habido ahorcados que han vuelto a la vida?

Nosotros nos interrogamos con las miradas; él estaba muy conmovido y su voz temblona manifestaba que al fin aquel corazón endurecido tenía miedo de la muerte.

Las leyes de la humanidad nos imponían una respuesta afirmativa.

–¡Oh!, el hecho no es dudoso y hay muchos ejemplos de casos semejantes.

–Ciertamente –respondió el célebre Chrane–, la estrangulación no trae siempre consigo de un modo preciso la muerte. Se sabe, por el contrario, que hay en Londres una sociedad de personas que se ahorcan por vía de distracción y que no por eso mueren. Parece por el contrario que se goza de un placer físico parecido al que produce el consumo del opio o del hachís.

–Sí, he oído hablar de eso –replicó Heecks–; pero eso no pasa de un juego que no creo, sin embargo, peligroso; mientras que en mi caso es realmente muy serio.

–Aun en casos serios, como usted dice, de una ejecución capital –observó gravemente nuestro sabio colega Carnagan–, ha habido pruebas de esta especie de resurrecciones. Los análisis médicos de Anspire redactados por el célebre fisiologista alemán von Serfvelt contienen la curiosa experiencia practicada por él mismo con un famoso bandido que asolaba el país. Pues bien, proclamémoslo en alta voz para honor de la ciencia, el doctor Von Serfvelt ha devuelto a la sociedad a este ahorcado. Este fue un curiosísimo experimento, muy curioso a la verdad.

–Aún hay más –agregó magistralmente MacIllary–, hay filósofos que pretenden que la muerte por suspensión depende de la voluntad del paciente.

–¿Cómo así?

–Con una gran contención de espíritu y un firme poder sobre la materia orgánica, si usted logra, lo que no es posible, refugiar el fluido vital en las vértebras cervicales de la caja huesosa del cráneo, puesto que la cuerda no estrecha el cuello; es claro que es muy fácil entonces distribuir ese fluido en la economía general del individuo y restablecer todas las funciones animales. Esto está probado.

–¿Naturalmente será preciso descolgarlo?

–Sin duda.

–¿Ha hecho usted el experimento, doctor? –preguntó Heecks.

–Yo no, lo siento –contestó MacIllary–; pero yo no soy de una constitución fuerte y conozco que no tengo una gran fuerza de voluntad.

–¡Qué lástima, doctor! Usted hubiera podido decirme qué se debía hacer y yo habría hecho el ensayo. Porque sea dicho entre nosotros, la muerte no me hace maldita la gracia y no me pesaría de no ofrecerle aún tan seriamente la mano.

–Se lo repito a usted mi buen amigo, porque está escrito; una gran fuerza de espíritu y un poder decidido de voluntad hacen subir el fluido vital a las…

–Sí, sí, lo he comprendido bien y lo ensayaré.

–Pero ¿qué hace usted, desgraciado? –interrumpió el reverendo Rowells, pastor de las prisiones que asistía a Heecks como consolador–; Dios me lo perdone, pero su temperamento le arrastrará a las más sanguinarias pasiones. ¿Por qué, hijo mío, si está usted preparado a morir santamente, no se resigna con su suerte? Láncese usted a los pies del Padre Eterno que al sacarlo de este valle de lágrimas le promete la bienaventuranza.

–Usted tiene razón, reverendo pastor, pero se me figura que no he tenido tiempo suficiente para pensar bien en mis execrables crímenes y algunos años más de vida no me vendrían mal.

El reverendo alzó los ojos al cielo, dando muestras de compasión.

–Oiga usted –dijo Heecks, dirigiéndose a mí–; ¿me promete usted hacer todo lo posible por volverme a la vida después de mi ejecución? Yo creo, hablando formalmente, que voy a morir y que para mí todo acabó; por consiguiente, la súplica de un moribundo es sagrada ¿me lo promete?

Aunque nuestras creencias se habían debilitado mucho, le prometimos todo lo que quiso para consolar su alma inquieta y atemorizada. Entre tanto, llegaba el momento de cumplirse la justicia humana hasta que empezase la de Dios.

 

III

Todo el pueblo se desbordó para presenciar la ejecución; ciudades, cabañas y despoblados, caminos, todos se dieron cita en Bellocs Island, y ríos y caminos estaban cubiertos de curiosos. Como prueba de la excitación que produjo este suceso, copiamos el siguiente aviso que se leía en grandes letras, en todas las esquinas: “¡Gran espectáculo! El vapor Massachussets de la compañía general saldrá en “train de plaisir” para asistir a la ejecución del famoso bandido y pirata Alberto G. Heecks que tendrá lugar el trece de julio actual. La cocina de a bordo hace tiempo que es conocida y apreciada; habrá una orquesta sobre cubierta para distraer el fastidio del viaje”.

La horca se había levantado en el patio de la prisión al nivel de las murallas, de manera que el horrible aparato dominaba la multitud que era inmensa y compacta y esperaba con ansiedad.

Un redoble de tambor anunció que el reo iba a salir de su prisión y que la sentencia se iba a ejecutar. Un silencio glacial sucedió a los diálogos insultantes que se habían oído en el pueblo.

El estrado se cubrió de jueces de gran gala.

Alberto Guillermo Heecks apareció rodeado por los verdugos, con las manos atadas por la espalda. A su vista se levantó un clamor de todas partes, inmenso de maldiciones. Alberto paseó su mirada serena e impasible sobre la turba mientras el redoble del tambor imponía silencio y el sheriff leía en alta voz la sentencia. La sangre fría de Heecks no le abandonó un instante durante esta escena.

Concluida la lectura, los ejecutores se acercaron al condenado. ¡Abajo los sombreros!, gritaron varios.

–Bien hecho –contestó Heecks–; debéis saludarme con el sombrero que bien pronto he de saludar yo con la cabeza.

El fatal nudo corredizo estaba ya en el cuello de Heecks y en menos tiempo que el que se necesita para escribirlo, una trampa se abrió bajo sus pies y el cuerpo se balanceó en el aire; la cabeza cubierta con el gorro fatal, cayó sobre el pecho, el cuerpo dio una vuelta y todo cesó.

Pero salvo este movimiento, ninguna crispadura ni gesto alguno indicaron que Heecks hubiese sufrido una larga agonía.

Trece minutos después, el médico de las prisiones se acercó al cadáver, lo pulsó, aplicó el oído sobre el corazón y dijo con voz reposada y grave:

–Este hombre está muerto.

A estas palabras la turba se dispersó y no quedamos en la horca más que los doctores J. P. Belt, Henry D. O’Reilly y yo.

El doctor Belt envolvió el cadáver en cubiertas calientes de lana y así fue transportado cuidadosamente a Brooklyn a la casa del doctor O’Reilly donde ya le esperaban el doctor Chrane y MacIllary, de Nueva York, pues el doctor Carnagan no pudo estar presente en el experimento por haber enfermado de repente, pero en cambio nos mandaba una carta llena de juiciosas observaciones y donde había prodigado todos los tesoros de la ciencia para ayudar a los experimentadores.

 

IV

El cadáver de Heecks fue acostado de espaldas con las mismas cubiertas sobre una mesa que servía para operaciones quirúrgicas.

Tenía en la cara una ligera contracción de los músculos cigomáticos, y la piel estaba seca y ligeramente resistente, pero sin la rigidez ni el frío glacial de la muerte. Sin embargo, ni el pulso ni el corazón dieron señal alguna perceptible al estetoscopio.

Un ligero movimiento de presión sobre el abdomen y la insuflación del aire por la boca no dieron ningún resultado; siempre la misma insensibilidad, pero también el mismo calor en la epidermis.

Un corte de lanceta en la sangría del brazo izquierdo y otro en la arteria temporal no produjeron más que una gotita de sangre pero no gelatinosa, y por consiguiente, en las mejores condiciones.

Habíamos preparado un baño electromagnético según el modelo y fórmulas del doctor Vergnes y contábamos mucho con el empleo del agente eléctrico.

Colocado cuidadosamente en el baño electroquímico se le hicieron incisiones en la laringe y en las sienes, y aplicamos armadores a los nervios correspondientes, haciendo funcionar la pila, primero parcialmente y con método, y aumentando después la intensidad que repetimos de rato en rato en las descargas.

Empezaron entonces sobresaltos convulsivos y movimientos puramente automáticos; entonces distribuimos los ácidos en grandes dosis.

Después de treinta y una descargas vimos que la sangre se iba liquidando más y más y tomando el tinte rojo que le es propio. El doctor Chrane que había presenciado el experimento sin operar, exclamó entonces:

–Ese hombre vive.

Y precipitándose sobre el cuerpo practicó con la habilidad que le distingue una operación traqueotómica, e introduciendo en seguida un tubo de plata en la herida por medio de la máquina neumática, introdujo el aire en los pulmones que empezaron a funcionar.

El milagro se cumplía. Hacía ya dos horas que habían comenzado los experimentos; estábamos anhelantes y aunque eran aún muy débiles los síntomas de la vuelta de la circulación, nos sentimos animados y nuestro celo en continuar nuestra tarea fue más ardiente.

Se aplicó un cauterio activo al pie derecho que hizo contraer en el acto la pierna, y la misma aplicación practicada detrás de la oreja derecha sin afectar la yugular, hizo volver la cabeza al reo con un movimiento semejante al que ejecutaría uno que quisiese hacer una muda protesta; los músculos faciales se contrajeron con gestos muy desagradables a la vista y como si el paciente sufriese dolores agudos.

Desde este momento estábamos seguros del éxito de nuestra operación porque los ojos se abrieron y la boca exhaló un sonido ronco e inarticulado.

El órgano visual izquierdo estaba casi perdido porque el nudo de la cuerda afectó los nervios orbitarios de ese ojo, y entonces notamos la parálisis casi total de ese lado del cuerpo. Pero ya no era un cadáver.

El sentimiento real de la vida y la conciencia de sí mismo fueron tardías en producirse en Heecks, quien por otra parte no podía hablar a causa de las lesiones de la laringe.

Su cara y el único ojo que le quedaba se abría y se cerraba alternativamente expresando una estupefacción que casi llegaba al idiotismo. Sin embargo, tenía vida aunque fuese la vida puramente animal.

Pronto se encontró en estado de ser transportado y fue conducido a Ponghkeepsie donde vivía su hermano.

 

V

Heecks, como lo habíamos previsto, permaneció muchos días en estado vegetativo y sin conciencia alguna de sí mismo, teniendo perdido casi el sentimiento moral. Las heridas, sin embargo, empezaban a cicatrizarse y desaparecía poco a poco el sacudimiento que había recibido su constitución: al fin pudo expresar su pensamiento.

Quiero repetir literalmente su primera conversación para que se vea la incoherencia de sus ideas. Sus primeras palabras aún balbucientes fueron estas:

–Contención de espíritu… fuerza de voluntad… cerebro… ¡el diablo! El cuerpo de un hombre pesa enormemente en su cabeza cuando tiene una cuerda en el pescuezo. Esto es todo lo que puedo decir.

–Heecks –le dije acercándome con presteza–, ¿cómo se siente usted?

Abrió desmesuradamente el único ojo que le quedaba como un hombre que despierta de un profundo letargo y me vio con espanto. Su mirada se fijó casualmente en un espejo y exclamó:

–¿Soy yo el que está allá? ¡En qué estado me encuentro! Estoy horroroso. ¿Es esto lo que ustedes han hecho?

–No, nosotros lo hemos salvado a usted.

–¡Cómo! ¿Salvado? Ustedes no me han salvado enteramente; yo he sido bien y bonitamente ahorcado.

–Pero… pero esto es precisamente lo que hace la curación más maravillosa. Ya está usted restablecido, que fue lo que nos comprometimos a hacer.

–¿Y a esto llama usted restablecido?, vaya que no es usted difícil: ¿qué han hecho ustedes de mi ojo?

–¡Ay!, hijo mío, fue la cuerda la causa de este desagradable incidente imposible de prever y de evitar. Téngase usted por feliz de salir librado a ese precio.

–¡Dios mío! –continuó tocándose la pierna paralizada y las cicatrices del cuello–; ustedes me han deteriorado y esto no fue lo convenido.

–Reconozca usted, Alberto, que ya empieza usted a ser ingrato.

–Yo no me merezco absolutamente, doctor. ¿Está usted seguro de no haberse equivocado? ¿No han soltado ustedes de la horca a otro mientras me han dejado a mí flotando a todo viento?

Ese día no quise continuar la conversación y en la mañana siguiente, después de un reposo saludable, Heecks despertó tranquilo y con el aspecto más sereno.

–Doctor –me dijo–, ¿sabe usted una cosa? Creo que he hecho un mal negocio y que el reverendo Rowells tenía razón y hubieran hecho ustedes mejor en dejarme donde estaba.

–¿Habla usted seriamente?

–Palabra de honor; a fe de hombre de bien.

–¿De manera que estaba usted a su gusto en la horca?

–Seguro y conforme.

–¿Cuáles fueron sus impresiones? Ahora puede usted decirme la verdad, pero la verdad pura.

–Pues bien, la idea del suplicio no me hacía mucha gracia y fue muy mal de mi grado y haciendo de tripas corazón, que me presenté delante de ese pueblo que me aclamaba como un rey. Las palabras que uno oye le estrechan la garganta y en aquel momento no hay valor sino una especie de locura; pasan delante de la vista fantasmas y hay un vértigo completo. Si en aquel momento pudiera uno exterminar jueces, verdugos y público no se haría más que una carnicería; pero como no se puede y luego andan tan aprisa…

–¿Pero la sensación del cáñamo en el cuello?

–¡Horriblemente desagradable! Cuando se abrió la trampa bajo mis pies y me lancé en el espacio comprendí que estaba perdido; una presión atroz me estrechó la garganta y oí como un crujido de cerebro, quise gritar pero me fue imposible. Entonces sentí una masa de sangre de un rojo ardiente saltar de las extremidades como revolviéndose en sí misma y queriendo romper su estrecha prisión: todas esas moléculas parecían extraviadas y que querían saltar, torcerse y sufrir; yo vi después el color de fuego ennegrecerse al espesarse. Este segundo es espantoso y dura siglos. A esta primera sensación suceden otras más soportables y que es imposible analizar, pero yo creo que los goces del paraíso de Mahoma no son otra cosa, y puesto que los turcos tienen fe en su profeta estoy seguro de que ellos han inventado la estrangulación; y ya no se admira que reciban de tan buen agrado el cordón con que tan galantemente los obsequia el Gran Señor. Un suavísimo calor recorre todos los miembros, y estremecimientos de éxtasis penetran en los órganos; las visiones más fantásticas, no visiones sino realidades, se presentan a la vista y la felicidad más completa se apodera de uno. Renaciendo sin cesar, parece que uno adquiere incesantemente nuevas fuerzas en fuentes nuevas también, para gozar. ¡Oh!, hablando seriamente, doctor, han hecho ustedes muy mal en sacarme de ese lugar de delicias. Haga usted la prueba, doctor, y conocerá las huríes del paraíso.

–¿Pero, desgraciado, no comprende usted que esos fenómenos son los últimos síntomas de la vida que se va?

–¡Vaya! Bien ve usted que no, pues he vuelto. ¿Quiere usted apostar veinte guineas a que empiezo de nuevo?

–Disparate; yo no se lo aconsejaría a usted jamás, porque no se hacen dos veces las experiencias que hemos practicado en su cadáver.

–¡Demonios! La cosa vale la pena de pensarse. ¿Cree usted que van a hablar mucho de mí?

–Tal vez más de lo necesario.

–Efectivamente y eso sin contar con que nada saben de lo pasado; porque en suma me han procesado, condenado y ahorcado, pero sin saber a punto fijo por qué.

–Verdad es que el asunto no está claro: ¡qué hombre tan singular es usted!

–Nunca ha habido uno igual, y cada cual tiene su amor propio y lo fija en lo que quiere; lo mío es que un misterio impenetrable oculte mi existencia.

–¡Cómo!, ¿y no revelará usted nada, ni aun a mí?

–Para qué diablos, doctor, no me creería usted.

–Sí tal.

–Si le digo a usted la verdad.

–Razón de más.

–Pues bien –me dijo haciéndome acercar a su voz–, yo soy inocente como un niño en el seno de su madre.

–¿Se burla usted de mí? –exclamé dando un salto y casi ofendido en mi dignidad.

–Ya lo ve usted –me contestó riéndose–; lo había previsto que usted no me creería.

–Sí tal, pero con la condición de que hable usted con seriedad.

–Crea usted todo lo que quiera, nada me importa; pero en adelante no volveré a decir una palabra.

En efecto este hombre singular no ha vuelto a pronunciar una letra que ilustre la opinión pública.

 

***

Entre tanto circuló la nueva de la resurrección de Heecks, lo que dio margen a eruditas cuestiones de abogados sobre si había derecho para reclamar como reo de evasión a Heecks, ahorcado por sentencia judicial y salvado por esfuerzos médicos.

He aquí la cuestión.

Si bajo el punto de vista de la ciencia y de la humanidad tras la cual se refugian los profesores acusados J. P. Belt y Henry O’Reilly, tenían derecho para reanimar el principio vital en el cadáver de un reo, tendrían esas mismas personas el derecho bajo el punto de vista del contrato que liga sólidamente a los miembros de un país, para sustraer de un castigo justamente aplicado a un hombre que había pisoteado todas las leyes.

La cuestión está aún por resolverse y este juicio hará época en los anales del foro.

 

***

Un concurso de experiencias felices y que harán el orgullo de la ciencia han vuelto la vida física a Alberto Guillermo Heecks. Que viva si puede como hombre de bien, es lo que nosotros deseamos.

Pero moralmente no podemos menos de exclamar con nuestra conciencia que es un gran miserable y que por fortuna de la humanidad esos tipos de bandidos crueles y feroces se van haciendo raros en el mundo.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)