jueves, 15 de enero de 2026

La declaración de Randolph Carter

H. P. Lovecraft

 

Les repito, caballeros, que su encuesta es inútil. Enciérrenme para siempre, si quieren; ejecútenme, si necesitan una víctima para propiciar la ilusión que ustedes llaman justicia; pero yo no puedo decir más de lo que ya he dicho. Todo lo que puedo recordar se los he contado a ustedes con absoluta sinceridad. No he ocultado ni desfigurado nada, y si algo continúa siendo vago, se debe únicamente a la oscura nube que ha invadido mi cerebro… a esa nube, y a la confusa naturaleza de los horrores que cayeron sobre mí.

Vuelvo a decir que ignoro lo que ha sido de Harley Warren, aunque creo –casi espero– que encontró la paz y el olvido definitivos, si es que existen en alguna parte. Es cierto que durante cinco años fui su amigo más íntimo y que compartí parcialmente sus terribles investigaciones en lo desconocido. No niego, aunque mi memoria no es todo lo precisa que sería de desear, que ese testigo suyo puede habernos visto juntos como él dice en el camino de Gainsville, andando hacia Big Cypress Swamp, a las once y media de aquella horrible noche. Y no tengo inconveniente en añadir que llevábamos linternas eléctricas, azadón y un rollo de alambre con diversos instrumentos; ya que esos objetos representaron un papel en la única escena que ha quedado grabada de un modo indeleble en mi trastornada memoria. Pero de lo que siguió, y del motivo de que me encontraran solo y aturdido a orillas del pantano a la mañana siguiente, insisto en que sólo sé lo que les he contado una y otra vez. Dicen ustedes que no hay nada en el pantano o cerca de él que pudiera constituir el marco de aquel espantoso episodio. Repito que no sé nada, aparte de lo que vi. Pudo ser una alucinación o una pesadilla –y espero fervientemente que lo fueran–, pero eso es todo lo que recuerdo de lo ocurrido en aquellas terribles horas, después de que nos alejamos de la vista de los hombres. Y el motivo de que Harley Warren no haya regresado sólo pueden explicarlo él, o su espectro… o algo desconocido que no puedo describir.

Como dije antes, las fantásticas investigaciones de Harley Warren no me eran desconocidas, y hasta cierto punto las compartía. De su gran colección de libros raros y extraños sobre temas prohibidos he leído todos los que están escritos en los idiomas que domino; muy pocos, comparados con los escritos en idiomas que no entiendo. La mayoría, creo, son obras en lengua arábiga; y el libro inspirado por el espíritu del mal –el libro que Warren se llevó en su bolsillo al otro mundo– que provocó los acontecimientos, estaba escrito en unos caracteres que nunca había visto. Warren no quiso decirme nunca lo que contenía aquel libro. En cuanto a la naturaleza de nuestras investigaciones… ¿tengo que repetir que no gozo ya de una plena comprensión? Y encuentro misericordioso que sea así, ya que eran unas investigaciones terribles, que yo compartía más por renuente fascinación que por verdadera inclinación. Warren siempre me había dominado, y a veces le temía. Recuerdo cómo me estremecí ante la expresión de su rostro la noche anterior al espantoso acontecimiento, mientras hablaba ininterrumpidamente de su teoría, de que ciertos cadáveres no se corrompen nunca sino que permanecen enteros en sus tumbas durante un millar de años. Pero ahora no le temo, ya que sospecho que conoció horrores más allá de mis posibilidades de comprensión. Ahora temo por él. Repito que no tenía la menor idea de nuestro objetivo de aquella noche. Desde luego, tenía mucho que ver con el libro que Warren llevaba –aquel libro antiguo en caracteres indescifrables que le había llegado de India un mes antes–, pero juro que ignoraba lo que esperábamos descubrir. Su testigo dice que nos vio a las once y media en el camino de Gainsville, en dirección al pantano de Big Cypress. Probablemente es cierto, aunque yo no lo recuerdo claramente. En mi cerebro sólo quedó grabada una escena, y debió producirse mucho después de medianoche, ya que una pálida luna en cuarto menguante estaba muy alta en el cielo, velada por gasas semitransparentes. El lugar era un antiguo cementerio; tan antiguo, que temblé ante las múltiples evidencias de años inmemoriales. Se encontraba en una profunda y húmeda hondonada, cubierta de musgo y de maleza, y llena de un vago hedor que mi fantasía asoció absurdamente con piedras en descomposición. Por todas partes se veían señales de descuido y decrepitud, y parecía acosarme la idea de que Warren y yo éramos los primeros seres vivientes que invadíamos un silencio letal de siglos. Por encima del borde de la hondonada la luna menguante atisbaba a través de los fétidos vapores que parecían brotar de ignotas catacumbas, y a sus débiles y oscilantes rayos pude distinguir una repulsiva formación de antiquísimos mausoleos, panteones y tumbas; todos en estado ruinoso, cubiertos de musgo y con manchas de humedad, y parcialmente ocultos por una lujuriante vegetación.

Mi primera impresión vívida de mi propia presencia en aquella terrible necrópolis se refiere al acto de detenerme con Warren ante una determinada tumba y de desprendernos de la carga que al parecer habíamos llevado. Observé entonces que yo había traído una linterna eléctrica y dos azadones, en tanto que mi compañero había cargado con una linterna similar y una instalación telefónica portátil. No pronunciamos una sola palabra, ya que ambos parecíamos conocer el lugar y la tarea que nos estaba encomendada; y sin demora empuñamos los azadones y empezamos a limpiar de hierba y de maleza la arcaica sepultura. Después de dejar al descubierto toda la superficie, que consistía en tres inmensas losas de granito, retrocedimos unos pasos para contemplar el fúnebre escenario; y Warren pareció efectuar unos cálculos mentales. Luego se acercó de nuevo al sepulcro y, utilizando su azadón como una palanca, trató de levantar la losa más próxima a unas piedras ruinosas que en su día pudieron haber sido un monumento funerario. No lo consiguió, y me hizo una seña para que acudiera en su ayuda. Finalmente, nuestros esfuerzos combinados aflojaron la losa, la cual levantamos y apartamos a un lado.

Quedó al descubierto una negra abertura, por la que brotó un efluvio de gases miasmáticos tan nauseabundos que Warren y yo retrocedimos precipitadamente. Sin embargo, al cabo de unos instantes nos acercamos de nuevo a la fosa y encontramos las emanaciones menos insoportables. Nuestras linternas iluminaron un tramo de peldaños de piedra empapados en algún detestable licor de la entraña de la tierra, y bordeados de húmedas paredes con costras de salitre. Entonces, por primera vez que yo recuerde durante aquella noche, Warren me habló con su meliflua voz de tenor; una voz singularmente inalterada por nuestro pavoroso entorno.

–Lamento tener que pedirte que te quedes en la superficie –dijo–, pero sería un crimen permitir que alguien con unos nervios tan frágiles como los tuyos bajara ahí. No puedes imaginar, ni siquiera por lo que has leído y por lo que yo te he contado, las cosas que tendré que ver y hacer. Es una tarea infernal, Carter, y dudo que cualquier hombre que no tenga una sensibilidad revestida de acero pudiera llevarla a cabo y regresar vivo y cuerdo. No quiero ofenderte y el cielo sabe lo mucho que me alegraría llevarte conmigo; pero la responsabilidad es mía, y no puedo arrastrar a un manojo de nervios como tú a una muerte o una locura probables. Te repito que no puedes imaginar siquiera de qué se trata… Pero te prometo mantenerte informado por teléfono de cada uno de mis movimientos. Como puedes ver, he traído alambre suficiente para llegar al centro de la tierra y regresar.

Todavía puedo oír, en mi recuerdo, aquellas palabras pronunciadas fríamente; y puedo recordar también mis protestas. Parecía desesperadamente ansioso por acompañar a mi amigo a aquellas profundidades sepulcrales, pero él se mostró inflexible. En un momento determinado amenazó con abandonar la expedición si no me daba por vencido; una amenaza eficaz, dado que sólo él tenía la clave del asunto. Tras haber obtenido mi asentimiento, dado de muy mala gana, Warren cogió el rollo de alambre y ajustó los instrumentos. Finalmente, me entregó uno de los auriculares, estrechó mi mano, se cargó al hombro el rollo de alambre y desapareció en el interior de aquel indescriptible osario.

Fui a sentarme sobre una vieja y descolorida lápida, cerca de la negra abertura que se había tragado a mi amigo. Durante un par de minutos pude ver el resplandor de su linterna y oír el crujido del alambre mientras lo desenrollaba detrás de él; pero el resplandor desapareció bruscamente, como tapado por una revuelta de la escalera, y el sonido se apagó con la misma rapidez. Yo estaba solo, pero unido a las desconocidas profundidades por aquel mágico alambre cuyo verde revestimiento aislante brillaba bajo los pálidos rayos de la luna menguante.

Consultaba continuamente mi reloj a la luz de mi linterna, y estaba pendiente del auricular con febril ansiedad; pero durante más de un cuarto de hora no oí absolutamente nada. Luego percibí un leve chasquido, y llamé a mi amigo con voz tensa. A pesar de mis aprensiones, no estaba preparado para las palabras que me llegaron desde aquella pavorosa bóveda, con un acento de alarma que resultaba mucho más estremecedor por cuanto que procedía del imperturbable Harley Warren. Él, que se había separado de mí con tanta tranquilidad momentos antes, llamaba ahora desde abajo con un tembloroso susurro más impresionante que el más desaforado de los gritos:

–¡Dios! ¡Si pudieras ver lo que estoy viendo!

No pude contestar. Me había quedado sin voz, y sólo pude esperar. Warren habló de nuevo:

–¡Carter, es terrible… monstruoso… increíble!

Esta vez la voz no me falló, y vertí en el micrófono un chorro de excitadas preguntas. Aterrado, repetía sin cesar:

–Warren, ¿qué es? ¿Qué es?

De nuevo me llegó la voz de mi amigo, ronca de temor, ahora visiblemente teñida de desesperación:

–¡No puedo decírtelo, Carter! ¡Es demasiado monstruoso! No me atrevo a decírtelo… ningún hombre podría saberlo y continuar viviendo… ¡Dios mío! ¡Nunca había soñado en nada semejante!

Silencio de nuevo, interrumpido solamente por mis ocasionales y ahora estremecidas preguntas. Luego, la voz de Warren con un trémulo de desesperada consternación:

–¡Carter! ¡Por el amor de Dios, vuelve a colocar la losa y márchate si puedes! ¡Aprisa! ¡Déjalo todo y márchate… es tu única oportunidad! ¡Haz lo que te digo y no me pidas explicaciones!

Lo oí, pero sólo fui capaz de repetir mis frenéticas preguntas. A mi alrededor había tumbas, oscuridad y sombras; debajo de mí, alguna amenaza más allá del alcance de la imaginación humana. Pero mi amigo estaba expuesto a un peligro mucho mayor que el mío, y a través de mi propio terror experimenté un vago resentimiento al pensar que me creía capaz de abandonarlo en semejantes circunstancias. Se oyeron más chasquidos, y tras una breve pausa un lamentable grito de Warren:

–¡Dale esquinazo! ¡Por el amor de Dios, coloca de nuevo la losa y dale esquinazo, Carter!–. La jerga infantil de mi compañero, reveladora de que se encontraba bajo la influencia de una profunda emoción, actuó sobre mí como un poderoso revulsivo.

Formé y grité una decisión:

–¡Warren, resiste! ¡Voy a bajar!

Pero, ante aquel ofrecimiento, el tono de mi amigo se convirtió en un alarido de absoluta desesperación:

–¡No! ¡No pueden comprenderlo! Es demasiado tarde… y la culpa ha sido mía. Coloca de nuevo la losa y corre… es lo único que puedes hacer ahora por mí.

El tono cambió de nuevo, esta vez adquiriendo una mayor suavidad, como de resignación sin esperanza. Sin embargo, seguía siendo tenso debido a la ansiedad que Warren experimentaba por mi suerte.

–¡Date prisa! ¡Corre, antes de que sea demasiado tarde!

No traté de contradecirlo; intenté sobreponerme a la extraña parálisis que se había apoderado de mí y cumplir mi promesa de acudir en su ayuda. Pero su siguiente susurro me sorprendió todavía inerte en las cadenas de un indescriptible horror.

–¡Carter, apresúrate! Todo es inútil… tienes que huir… es mejor uno que dos… la losa… –una pausa, más chasquidos, luego la débil voz de Warren:

–Todo va a terminar… no lo hagas más difícil… cubre esos malditos peldaños y ponte a salvo… no pierdas más tiempo… hasta nunca, Carter… no volveremos a vernos.

El susurro de Warren se hinchó hasta convertirse en un grito; un grito que paulatinamente se hinchó a su vez y se hizo un alarido que contenía todo el horror de los siglos…

–¡Malditos sean los seres infernales! ¡Hay legiones de ellos! ¡Dios mío! ¡Huye! ¡Huye! ¡HUYE!

Después, silencio. Ignoro cuántos interminables eones permanecí sentado, estupefacto; susurrando, murmurando, llamando, gritándole a aquel teléfono. Una y otra vez a través de aquellos eones susurré, murmuré, llamé y grité:

–¡Warren! ¡Warren! ¡Contesta! ¿Estás ahí?

Y entonces llegó hasta mí el horror culminante: el horror indecible, impensable, increíble. Ya dije que parecieron transcurrir eones después de que Warren lanzó su última desesperada advertencia, y que sólo mis propios gritos rompieron el pavoroso silencio. Pero al cabo de unos instantes se oyó un chasquido en el receptor y tensé el oído para escuchar. Grité de nuevo: “Warren, ¿estás ahí?”, y en respuesta oí lo que envió la oscura nube sobre mi cerebro. No intentaré describir aquella voz, caballeros, puesto que las primeras palabras me arrancaron la conciencia y crearon un vacío mental que se extiende hasta el momento en que desperté en el hospital. ¿Qué podría decir? ¿Que la voz era hueca, profunda, gelatinosa, remota, sobrenatural, inhumana, incorpórea? Aquello fue el final de mi experiencia, y es el final de mi historia. La oí, y no sé nada más… La oí mientras permanecía petrificado en aquel cementerio desconocido en la hondonada, entre las lápidas carcomidas y las tumbas en ruinas, la exuberante vegetación y los vapores miasmáticos… la oí surgiendo de las abismales profundidades de aquel maldito sepulcro abierto, mientras contemplaba unas sombras amorfas y necrófagas danzando bajo una pálida luna menguante.

Y esto fue lo que dijo:

“¡Imbécil! ¡Warren está MUERTO!”

 

(Tomado de www.enfrascopequeno.blogspot.com)

 

El beso

Tommaso Landolfi

 

El notario D., soltero y todavía joven pero endemoniadamente tímido con las mujeres, apagó la luz y se dispuso a dormir; en eso estaba cuando sintió algo sobre los labios: como un soplo o, más bien, como el roce de un ala. No le prestó mucha atención, pudo haber sido el viento provocado por las frazadas al moverlas o bien una pequeña mariposa nocturna, así que de inmediato se quedó dormido. Pero la noche siguiente advirtió la misma sensación, pero algo distinta: en lugar de que se escurriera, aquella cosa se detuvo un instante sobre sus labios. Un poco asombrado, si es que no alarmado, el notario volvió a encender la luz y miró inútilmente a su alrededor; luego sacudió la cabeza y también en esta ocasión decidió volver a dormirse, aunque le costó un poco más de trabajo. La tercera noche, finalmente, aquella cosa fue todavía más sensible y se declaró por lo que realmente era, no había duda: ¡era un beso! Un beso, se podría decir, que la oscuridad misma le daba, casi como si ella se concentrase por un momento en la boca del notario. Quien, por lo demás, no lo entendía de esta manera: un beso siempre es un beso y aun cuando este fuese un poquito árido y no húmedo y dulce como él lo soñaba, de todas maneras siempre seguiría siendo un regalo del cielo. Probablemente se trataba de una proyección de sus deseos secretos; en resumen, de una alucinación. ¡Pues bienvenida sea! Turbado, deleitado y asustado, nuestro héroe permaneció tendido como un tonto en la oscuridad (a la que él juzgaba, no sin razón, prónuba); y más tarde experimentó el placer de recibir un nuevo beso.

De noche en noche los besos se hicieron más frecuentes y más sustanciosos, aunque el notario, no obstante esto, no lograra encontrarles ningún sabor de boca femenina. Y a partir de este momento, el notario, aunque lo aconsejara su antigua razón, quedó cautivo del insano anhelo de intentar evocar, de alguna manera, a la criatura que se los prodigaba: estaba cansado de aferrar siempre el aire, y un beso bien presupone una criatura que lo dé, ¿o no? La cual podrá ser todo lo etérea y sutil que se quiera, pero tiene que existir una manera para que se pueda condensar, para que uno pueda estrecharla entre sus brazos. ¡Dios mío!, no era que él ya hubiera perdido el sentido de todas las relaciones cuando dieron inicio los primeros besos, quizá se imaginaba o se ilusionaba que su anhelo sería suficiente para darle cuerpo a su alucinación; pero muy pronto ya no le quedaron dudas de la real existencia de una besadora.

Sin embargo, mirando las cosas más de cerca, ¿cuál era, además, la forma para inducirla a manifestarse menos parcialmente, para guiarla hacia la corporeidad? El notario se dio cuenta perfectamente de que no disponía, para dicha necesidad, más que de medios síquicos; por lo que se concentró, cada vez que era besado, en dilatar su voluntad y sus energías, esforzándose en captar en el instante una partícula de la inasible criatura, de su fluido o sustancia; partículas que, al sumarse, deberían terminar con dar lugar a un ser, cualquiera que fuera. A esta práctica le agregó enseguida una acción de provocación o solicitación de la oscuridad. Y si de verdad ese era el método correcto o era por motivos muy diversos, no pasó mucho tiempo para que empezara a recoger los frutos de tantos intentos vanos.

Para esto era un impedimento que su habitación se asomara a un angosto patio que durante las horas nocturnas no se beneficiaba de ninguna luz externa; y para excluirla de la claridad, por otra parte, hubiera sido suficiente con la persiana en la ventana, cuyas varillas, excepcionalmente, empalmaban como era debido. No obstante, en esa oscuridad de horno, al notario le pareció que divisó una noche como otra oscuridad, una oscuridad más negra; una sombra, digámoslo de manera absurda, sólo que no se sabía bien dónde estaba ni qué contorno tenía. Más singular todavía lo fue la segunda noche en la habitación cuando se levantó una especie de sanguínea aurora: una débil y siniestra luminosidad que surgió de la tierra y se fijó en lo alto, casi como una aurora boreal, en forma de listón ribeteado, espeluznante, ondeando al viento, apagándose, luego, gradualmente. Finalmente (pasando a otro orden de acontecimientos), una noche él pudo oír muy claramente una risita que provenía de una esquina, pero era una risa gélida, no alegre, artificial.

El notario no sabía si alegrarse o asustarse; porque la criatura se le estaba revelando muy diferente a la que había imaginado, sin contar que no parecía dispuesta a posteriores concesiones. Él suspendió un tiempo sus evocaciones; pero no por ello aquella cosa cesó de manifestarse de diferentes maneras. En cuanto a sus besos, ya se habían vuelto devoradores. Y él, enflaquecido, exhausto y como vaciado, perdió el sueño y el apetito, angustiosamente se preguntaba si no sería obligado a ir muy lejos; su trabajo se estaba yendo a pique, su salud estaba gravemente amenazada, ya no podía seguir así. Como último recurso decidió, tardíamente, hacer eso que acaso le pudo haber sido de ayuda desde el principio: es decir, convino consigo mismo dormir con la luz prendida. La decisión, que era como dar por perdida la partida y renunciar a todo, le costó no poco a sus románticas disposiciones; pero también es verdad que desde el tiempo en el que empezaron sus primeros éxtasis, desde cuando se vio objeto de esas misteriosas atenciones, estos le habían cedido su lugar al sentimiento de un peligro inminente. Como quiera que sea, comenzó a dormir a plena luz; ¡y además, a poder dormir!

Durante algún tiempo todo anduvo bien, y él retomaba un poco de aliento, aunque se sentía como que le hacía falta algo; pero he aquí que una noche, a plena luz, nuevamente tuvo o sintió un beso. Pero la verdad es que cuando sucedió se encontraba (que era lo menos que le podía pasar) durmiendo, y se despertó sobresaltado, pudiendo pensar que había soñado; sin embargo, cuando volvió a dormitar, o mejor dicho mientras todavía estaba entre la vigilia y el sueño, un nuevo y gallardo beso se imprimió en sus labios. ¿Se imprimió? Así suele decirse; pero en realidad ese beso fue como una tromba de aire. En resumen, el notario entendió que la criatura, al dejar de contar con la oscuridad, ahora se aprovechaba de su sueño, y que ya nada la detendría. Y a la vez la atroz sospecha que durante largo tiempo él había rechazado se volvió certeza; la criatura se alimentaba de él, se hacía grande y fuerte con su sangre, con su vida, con su alma.

Esta verificación tuvo el efecto de quitarle al notario las pocas fuerzas que le quedaban y de derribarlo en una obtusa resignación; a partir de este momento, su existencia no fue más que una larga, y no demasiado larga, espera de la inevitable muerte.

Todo aquello era idiota, grotesco, sin embargo no parecía que hubiera defensa posible; grotesco y trágico, como a menudo acontece. ¿Escapar? ¿Pero a dónde o de qué valdría si a lo mejor fue él quien había inventado a la criatura? ¿Y en caso de que se pudiera escapar, dónde se habían quedado la fuerza y la voluntad de hacerlo? Lo mejor sería, en cambio, ayudarla a terminar su obra, para que todo se cumpliera en el más breve tiempo posible; y buscar, por lo menos, verla o entreverla, ahora que ya se había robustecido. Sí, el único sentimiento que sobrevivía en él era una especie de curiosidad infame, de la cual, de hecho, él se avergonzaba, pero contra la cual se sentía impotente. Comenzó con apagar la luz: la mejor manera de darle seguridad y valentía.

Vio o probó infinidad de cosas en sus noches de agonía, y todas horrendamente absurdas. Primero fue como una inmensa masa que parecía ocupar la habitación entera y era, no obstante, extrañamente vacua, distinta a la tupida oscuridad circundante, si es que puede distinguirse un vacío en un vacío, similar a ciertas cortaduras en el negro éter cósmico; ella hormigueaba de apéndices o zarpas o tentáculos, que se plegaban y resurgían casi bajo la acción de un viento oculto. Luego, de repente, esta masa negativa, esta burbuja de vacío, se transformó en algo extremadamente exiguo y agudo, insinuante, que se fraccionaba en arroyuelos mil, invadía todo y a él mismo a manera de circulación capilar. O bien en la habitación se difundía un sutil olor dulzón y pútrido, evocador de imágenes incomprensibles y de paisajes jamás vistos. O era sólo un sentimiento, semejante más bien a una fugaz memoria, que con efecto indescifrablemente espantoso parecía anticiparse a sí mismo o dejar detrás de cada cosa toda plausible experiencia, o afrontar lo indefinido, lo inexistente. Y otra vez risitas, gélidas muecas, rozaduras no lejanas a los escalofríos; y un acre sabor en la boca, aunque como si se percibiera a través de toda la superficie del cuerpo.

Pero las horas del notario ya estaban contadas. La última noche, ante sus ojos (del cuerpo y del espíritu) se abrió un enorme abismo derramado, una vorágine grisácea semejante a una matriz o a un nicho, que ya estaba encima, y lo llamaba desde la cúspide de su espiral. Al mismo tiempo su piel, reducida a árida escama, se iba transformando en una amortiguada fosforescencia, que no era signo de vida sino de corrupción, de la que se levantaban los fuegos fatuos. Se vio a sí mismo como un pez de las profundidades, débilmente luminoso en el negro abismo: y al llegar a este punto, ya no tenía sangre, en su lugar estaba esa tenue luz que de allí a un instante también se apagaría; era el fin. Se abandonó; y quizá en ese último instante, como premio a su abandono, le fue concedido mirar cara a cara eso que le había succionado la vida, y que ahora le arrancaba el supremo beso.

Fue el fin. Y la criatura desconocida se levantó nuevamente del despojo vacío y corrió por el mundo.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

miércoles, 14 de enero de 2026

Esos rostros oscuros

Augusto Roa Bastos

 

1

Hacía rato que había anochecido y el calor seguía crujiendo entre el follaje seco de los árboles que rodeaba las casas del puesto, en la loma. Parecía el chirrido de un horno que se fuera enfriando con imperceptibles rajaduras del adobe caldeado.

Las casuarinas estaban silenciosas y erguidas. A lo lejos, el campo se anegaba en una penumbra morada de la cual no había huido del todo la claridad.

A la izquierda, como a un cuarto de legua, estaba el montecito de tacuaras, espinillos y sauces que ocultaba la laguna.

Se escuchaba el mugido lejano de los vacunos que esperaban su ración de sal cerca de las bateas. Pero no los gritos de la peonada arreando el ganado o encerrando los terneros en los corrales o apartando las lecheras de la novillada. Algunos toros se corneaban entre sí, provocando aislados tumultos en la tropilla náufraga y levantando nubes de polvo rosado.

Alrededor de la casa de ladrillos con techo de paja estaban los galpones donde se guardaban los aperos, las herramientas, el forraje, los bastimentos. En uno de ellos dormía la peonada. También parecían desiertos. Sólo en el rancho que hacía de cocina había algún movimiento. Una negra enorme, con un trapo colorado y sucio atado a la cabeza, trasegaba laboriosamente el locro de un marmitón a otras ollas menores. Era el rancho de los peones. El vapor apetitoso, oliendo a cecina, a choclo, a especias, llenaba la cocina humosa y baja, llena de hollín, de enseres colgando en ganchos de alambre que pendían de las tijeras. Un chorro de locro hirviente cayó, en un descuido, sobre el pie de la machú. Los granos blancos y gordos se esparcieron por el suelo, un trozo negro de cecina con un medallón de grasa.

–¡Añá membuy…! –rezongó la vieja poniendo los ojos en blanco, no se podía decir si de dolor o de cólera.

Otra voz, chillona y áspera, salió en ese momento de la casa.

–¡Martina…, Martina…! ¿No volvió todavía la hija del dotor?

La negra salió balanceándose.

–Neira güeterí, ama.

En la puerta de la casa estaba una mujer vieja y flaca. Su ropa era oscura y amplia y tenía el pelo recogido sobre la nuca en un gran rodete sujeto con un peinetón dorado.

–Y Juancho, ¿dónde está?

–Hace un momento andaba por ahí trajinando.

–¡Juanchooo…! –llamaron al unísono la patrona y la negra. Un grito horriblemente destemplado. De la cuadra de los peones salió un muchachuelo desmedrado, puro piel y huesos, con los ojos brillantes por la tisis. Renqueaba sobre los pies hinchados por los piques.

–¡Juancho!

–Mande, la señora.

–¿No la viste a la niña Amelia?

–Se jué a bañar al laguna.

–Ya sé. Lo que te pregunto es si volvió.

–No, la señora.

La mujer quedó un rato pensativa. Se le veía revolver el asunto por dentro. La negra y el muchacho estaban pendientes de ella.

–Y los peones, Martina, ¿ya vinieron para el rancho?

-Neira gueterí ave!, ama.

–Entonces no hay nadie. No está ni Rosendo. Y la hija del dotor… ¡Jesús! ¿Quién sabe qué le habrá pasado a esa loca?

Los ojos del muchacho brillaron aún más al fondo de las cuencas.

–¿Queré que vaya a ver en el laguna, patrona? –y sin esperar la orden, se largó lomada abajo, con un trote extraño de langosta, saltando sobre sus zancudas extremidades.

–Andate vo’ también, Martina, hacia los corrales. A lo mejor ko esa machona anda entre lo’ hombre… ¡Jesú, che Dio! ¡Cuándo pikó la llevará el padre de una ve y no’ dejará tranquilo! E’ un quebranto continuo…

La jeta de la negra se movió mascullando una interjección inentendible. Buscaba esquivar la inútil caminata.

–¿Y el locro, ama? Se va a enfriar todo. Vi’ a alzarlo otra ve en el fuego.

–Depué, depué. Hay que encontrar primero a la niña Amelia. Pronto… ¿Quién sabe qué le habrá pasado? –se hincó el agudo meñique entre los labios. En su voz vibraban el temor auténtico, la responsabilidad y otra cosa que era como la intuición oscura de la hembra; algo así como una comezón concupiscente frenada sólo por el egoísmo, por la intolerante malicia, la continencia forzosa de ese organismo marchito. Enteca y áspera, volvió a entrar en la casa. El peinetón dorado, cabalgando el rodete, se borró en la sombra.

 

2

Amelia era hija del diputado Jerónimo Mendieta. Los Alderete lo llamaban simplemente el Dotor. En toda la región no se le conocía de otro modo, así que Amelia era la hija del Dotor.

Unos favores iniciales del influyente abogado de Asunción convirtieron a Rosendo Alderete, fuerte estanciero de las Misiones, si no en un verdadero cacique político, en uno de los más importantes testaferros electorales del partido a que pertenecía Mendieta. Y fueron sus esfuerzos los que permitieron a éste ganar la banca que detentaba.

–Carnearé y largaré plata hasta que el Dotor salga eleto – había prometido Rosendo Alderete. Y así sucedió. Ni siquiera tuvo que carnear demasiado. Unas diez vaquitas solamente (las que se habían apartado por enfermas en el último rodeo) para el asado con cuero de las juntas vecinales. Y dos o tres bordalesas de caña que consiguió como “contribución para el partido” del alambique clandestino de un correligionario. Total, que apenas le había costado plata “ablandar” a los chococués esparcidos en sus tierras.

Había sido un buen trabajo. En recompensa, el Doctor, después de un corto expedienteo en Asunción, logró añadir un refajo fiscal de varias legüitas cuadradas a la estancia de Alderete. Había allí un monte de buena madera sin explotar, plantaciones de yerba del tiempo de los jesuitas, abundantes aguadas y excelente campo de pastoreo. Había sido un negocio redondo; sobre todo para Alderete, que vio de pronto crecer su estancia, como ni siquiera lo hubiera soñado. El Doctor sólo pidió la explotación a medias de la madera y de la yerba. Era un precio ínfimo. Rosendo Alderete estaba lleno de gratitud, de fanática admiración por el Doctor.

Durante las elecciones, unos arrendatarios se mostraron remisos hacia el Doctor. Y hasta existía contra ellos la sospecha de que habían votado por el contrincante. Alderete les hizo la vida imposible, hasta que consiguió echarlos, quedándose además con sus cosechas.

–No voy a estar engordando a enemigos de mi partido, a rebeldes, a sinvergüenzas… –dijo cerrando el capítulo de la expulsión de ese centenar de esclavos que se tuvieron que ir con sus mujeres y sus críos, desnudos y hambrientos, a otros feudos probablemente más inhóspitos aún.

 

3

El Doctor, de tanto en tanto, hacía cortas giras políticas por las localidades de su circunscripción. Rosendo Alderete iba a caballo a la estancia del ferrocarril a verlo pasar, a saber las noticias, a estrechar las manos del gran hombre, “tan bueno, tan inteligente, uno de los verdaderos puntales del partido y del gobierno”. Volvía orondo, hinchado como un pavo y graznaba a su mujer las cosas que le había dicho el Doctor.

Al regreso de una de estas fugaces entrevistas, Alderete le refirió muy orgulloso que el Doctor tenía pensado traer a su hija Amelia y dejarla unos días con ellos, durante las vacaciones.

–Va a rendir el quinto grado –le había dicho–. Y no anda muy bien de la cabeza. Tiene unas cosas muy raras. Los médicos dicen que son trastornos del crecimiento. Pero yo creo que es solamente cansancio mental, por el estudio, ¿sabe? La chica lee mucho. Quieren que salga al campo, a descansar.

–Pero cómo no, Dotor –le había respondido Alderete, untuoso, servicial–. En casa va a pasar muy bien la niña. Hay una linda laguna. El aire e’sano. La alimentaremos muy bien. Le daremos mucha leche caliente, caldo de pata, remedio ñaná. Se pondrá enseguida como hierro, Dotor.

–Sería más o menos a mediados de diciembre. Yo le avisaré con un telegrama. Así se trae el sulky. Yo seguiré a Encarnación. Al regreso me la llevo de vuelta. Solamente por unos días.

–Pero cómo no, Dotor… con mucho gusto. La niña estará como en su casa. No se va a arrepentir.

 

4

Llegó con una valija negra grande y con ese extraño perrito blanco que tenía una cinta celeste atada al cuello y olía con el mismo perfume que ella. Tan chico que parecía un juguete vivo, ladrador.

Bajó del sulky hermosa, opulenta. No había cumplido aún los diecisiete años, pero parecía ya una mujer robusta y granada de veinticinco. La tez como las magnolias, bajo la cabellera oscura. Pálida y ojerosa. Demasiado blanca y espigada. Orgullosa, o quizá solamente reservada.

Mientras bajaba, un golpe de viento removió el vestido y mostró parte de la pantorrilla mórbida y gruesa, como el tronco de un árbol recién despellejado. Alderete, que le tendía la mano para ayudarla, giró el rostro para no ver, gritando con ira repentina a Juancho cualquier cosa. El muchacho viboreó junto al sulky sin saber qué hacer. Ese resplandor de vientre de pescado también lo había cegado a él pateándole el estómago hético con la coz de una mula, removiendo sus irremediables catorce años, su pubertad baldada por el mal.

 

5

Fue Juancho quien llevó a los enloquecidos peones, unos días después, la asombrosa noticia. Era la gota de fuego sobre la vejiga llena de aire a punto de estallar. Las barbas de los peones temblaron lascivas en el galpón siguiendo las palabras del pequeño espía.

–Cuando el patrón y la patrona duerme de sieta, ella te va al común con el perrito…

–¿Y qué hace? –preguntaron varios a un tiempo, acribillando tórridamente a Juancho.

–Se sienta en el cajón… –la frase no pudo seguir en la garganta del muchachuelo trémulo. Hubo un nudo, como si la saliva se le hubiese petrificado de golpe.

–¿Y qué hace…?

–¿Por qué no contás todo de una vez?

–¡Mentira! –aguija uno–. No vio nada.

–Sí, vi… al común se le voló con la tormenta una tabla del techo. Me subí al paraíso y vi…

–¿Y qué vite…?

Juancho lucha contra el nudo de piedra en la garganta.

–Mita’í puñetero… Contá de una ve, o te vamo’ a hundir la barriga a patada!

–Ella se sienta en el cajón abujereado del común… –los hombres escuchan con murmullo crecido alrededor de sus sienes. Es un río caliente que va a desbordar. Nadie chupa la bombilla del tereré. Están tumbados boca abajo en el suelo, con sólo las cabezas levantadas hacia el chico. Tensos, acechantes, como serpientes o curas.

–Se levanta el vetido. Tonce, el perrito…

Un gemido lúbrico y ronco en las quince gargantas hombrunas tapó la voz aflautada del muchacho. Ya no necesitaban de él. El río caliente había desbordado y veían en él reflejada a la hija del Dotor en su monstruoso idilio con el perro. A la hora en que los patrones dormían y ellos estaban por los campos. A la hora en que la siesta achicharraba los pastizales, la sangre. Todo.

–¡Guacha…! Y pensar que aquí etamos quince macho…

–¡Tener que ir a despenarse con un perro!

–¡Guaina!

–¡Por qué no no’ pide a nojotro!

–¡Por qué no se deja…!

Se oían carcajadas como sollozos. Ella los tenía enloquecidos.

 

6

Desde que llegó había hecho cosas extrañas. Pedía un caballo y se iba sola a la laguna hacia el atardecer, casi desnuda, con sólo una malla de baño roja ajustada a cuerpo tan hermoso, que se entraba en los ojos de los hombres como una espina de coco. Se iba sola, con su perro del que no se separaba nunca.

Era imperativa y caprichosa. Era la hija del Dotor. Trataba a Alderete y a su mujer como a peones. No hablaba con nadie. Solamente, a veces, con Juancho. No miraba a nadie. Estaba envuelta en su voluntad y en su misterio como en la verberación de un fuego secreto. El único ser al que dedicaba toda su ternura era el perrito blanco. Lo bañaba, lo perfumaba. Lo arrullaba con un canto gutural y melancólico. A veces, quedaba en silencio oyendo cantar las casuarinas. Por las siestas desaparecía. Alderete y su mujer no sabían qué hacer. Estaban consumidos por inversas preocupaciones. Se encontraban artificialmente en frases como ésta:

-¡Pobre el Dotor! Haberle salido una, hija así…

–A lo mejor ko se cura. E’ el estirón nomá. Le va a pasar cuando se haga mujer.

Pero el mismo Alderete sentía la garganta seca pensando en la hija del Dotor. La veía en las tardes semidesnuda bajo el sol ardoroso rumbo al tajamar. Opulenta y blanca con la malla colorada ajustada al cuerpo, el perrito quieto sobre el recado como una figura, acurrucado entre el brazo y el vientre de la dueña.

Por las noches tenía sueños difíciles junto a su mujer que roncaba y cuyas carnes se iban quedando como charque duro. Estaba lleno de vergüenza y de una exasperación. No podía despegar de la muchacha la imagen del padre. Era él mismo quien se erguía sonriente, impasible, con sus anteojos oscuros y su colmillo de oro, en el centro de la visión obsesionante que pasaba a horcajadas sobre el caballo.

Alderete volvió a salir al campo con los peones. Hacía tiempo que no lo hacía. Su mujer estaba extrañada. Se iba de mañana temprano. No volvía hasta la noche. Un día le dijo que tenía que ir al pueblo a cobrar el dinero de una tropa y llegar después a la colonia para separar y comprar unos cebús. Iba a estar ausente durante dos días, por lo menos.

–¿No sería mejor picó que haga ese viaje depué que se va ella?

–¿Por qué?

–Por ella. E’ mucho compromiso. No sea que le pase algo.

–¿Que le puede pasar? Cuidala bien, nomás.

–¿Y cómo, Rosendo? ¿Acaso pikó ella ecucha ana die voi? E’ mejor que no te vaya.

–No; tengo que cobrar ese dinero y comprar lo’ padrillo. No va a pasar nada. Quedate tranquila.

 

7

Juancho se deslizó entre las tacuarillas. No hacía más ruido que una víbora al moverse entre la hojarasca. Sentía ya el olor de la laguna, pero todavía no podía verla. Las copas de los sauces estaban caídas hasta el suelo. Le cortaba casi la respiración. Siguió avanzando. Se dejó caer entre los yuyos y empezó a arrastrarse. A medida que avanzaba hacia la laguna sentía miedo, un miedo creciente, una agitación tenaz como de fiebre. Pero no podía dejar de avanzar. Avanzaba como fascinado. De pronto, entre los sauces, resplandeció en la oscuridad el metal azul de la laguna. Chocó contra una mata de karaguatá. Las espinas le entraron en la cabeza. Pero no sintió ningún dolor. Le dolía más esa frase que había oído mascullar a los peones contra ella. “¡Ña rairii-na, los mitá!” Se arrastraba como flotando en el aire. Sus manos tropezaban ahora contra un bicho húmedo e inmóvil. Lo fue palpando. Se estaba realizando lo que temía. Por un momento creyó que era el perrito muerto. Era el traje de baño de la hija del Doctor. Lo levantó en sus manos. Estaba abierto, destrozado.

La lámina azulada y tersa se fue agrandando en la oscuridad, entre las hojas. No había viento, pero empezó a oír un murmullo. Se orientó hacia él. El murmullo fue creciendo; era como de voces sofocadas, de sonidos roncos semejantes al gañido de muchos perros juntos que gozaban devorando algún animal muerto. ¿Dónde estaría, dónde estaría ella misma? No sabía, no podía saber aún que el perrito estaba hacía rato en el fondo de la laguna y ella…

Se incorporó entre los yuyos y miró. Vio vagamente al principio, pero después lo fue viendo mejor. El espejo de la laguna arrojaba algo de la claridad del cielo nocturno sobre lo que estaba sucediendo.

Aunque hubiera gritado, ellos no se habrían dado cuenta. Ningún poder humano los hubiese podido arrancar de allí. Juancho sintió que el estómago se le subía a la boca. Miró y desde ese momento él no iba a poder hacer otra cosa que mirar y mirar, hasta el fin.

La hija del Doctor estaba allí, como muerta. Ya ni siquiera se debatía. Desnuda y blanca, semejaba un pescado muerto, pero todavía palpitante, parecido a una mujer, sobre la que iban trepando los peones uno a uno, luchando, derribándose uno a otro para tomar parte en la terrible faena comenzada, bullente de quejidos de movimientos espasmódicos, de ecos sordos, de guturales suspiros.

 

(Tomado de www.literatura.us)

 

Amor entre el heno

D. H. Lawrence

 

1

Los dos grandes prados se extendían por la ladera de una colina orientada al sur. Al haberse recogido el heno recientemente, eran de un verde dorado, y brillaban bajo el sol con resplandor casi cegador. De lado a lado de la colina, a la mitad de su altura, un alto seto la recorría y proyectaba su negra sombra sobre el brillo líquido del erial. Justo al otro lado del seto estaban levantando el henar. Era de tamaño enorme, inmenso, pero de un tono tan plateado y de un brillo tan delicado que parecía ingrávido. Se elevaba desordenado y radiante en medio del inalterable resplandor verde dorado del prado. Un poco más atrás había otro henar ya terminado.

La carreta vacía entró por el hueco del seto. Desde la esquina más alejada del prado inferior, donde entre el rastrojo todavía aparecían las franjas grises del desbroce, la carreta ya cargada avanzaba colina arriba para llegar al henar. Entre el heno se veían claramente unos puntos blancos: eran los segadores.

Los dos hermanos se habían tomado un minuto de descanso, a la espera de que llegara el nuevo lote. De pie, se limpiaban el sudor con el brazo, entre suspiros causados por el calor y el esfuerzo de haber colocado la tanda anterior. El henar bajo sus pies era alto, los elevaba sobre el borde del seto, y de gran anchura, una especie de nave ligeramente hueca en la que entraba a borbotones la luz del sol, en la que el aroma cálido y dulce del heno resultaba sofocante. Los dos hermanos aparecían diminutos e inútiles, medio sumergidos en la enorme mole informe, elevados allí en lo alto como si estuvieran sobre un altar erigido al sol.

Maurice, el más joven de los hermanos, era un apuesto muchacho de veintiún años, despreocupado y desenvuelto, que rebosaba vigor. Mientras se metía con su hermano, sus ojos grises eran brillantes y parecían confundidos por una gran emoción. El rostro moreno mostraba esa sonrisa peculiar, expectante, alegre y nerviosa, propia de un joven que por vez primera es víctima de la pasión.

–Creías que me ibas a llevar la delantera, ¿verdad? –dijo, apoyado en el mango de la horca. Sonrió al hablar, y después se sumergió de nuevo en el delicioso tormento de sus ensoñaciones.

–No, no lo pensé: sabes demasiado –replicó Geoffrey, con un ligero tono de malicia. Su hermano le superaba. Geoffrey era un joven corpulento y robusto, un año mayor que Maurice. Sus ojos azules eran huidizos, apartaban la mirada con rapidez; la boca sensible y mórbida. El retraimiento era evidente en todo su enorme cuerpo. El amor propio hasta la exageración era como una enfermedad en él.

–Ya, pero a pesar de eso, sé lo que hiciste –dijo Maurice con sorna–. Te escabulliste –Geoffrey pegó un respingo convulsivo– pensando que era la última noche que teníamos para pasar aquí, y me dejaste durmiendo aunque me tocaba a mí…

Sonrió para sus adentros al pensar en el resultado de la artimaña de Geoffrey.

–Ni me fui a hurtadillas –replicó Geoffrey, de aquella forma torpe y pesada suya, mostrando su desagrado ante la frase–. ¿Es que no me mandó mi padre a buscar carbón…?

–Claro, claro que sí: todos lo sabemos. Pero eso demuestra lo que te perdiste, hijo mío.

Maurice, entre risillas, se dejó caer de espaldas sobre el lecho de heno. En aquel momento no existía nada en el mundo excepto los endebles flancos del henar y el sol abrasador. Apretó los puños con fuerza, se cubrió el rostro con los brazos, y flexionó de nuevo los músculos. No había duda de que la emoción lo embargaba, y era tal su intensidad, que apenas resultaba agradable, pero pese a ello todavía sonreía. Geoffrey, de pie a sus espaldas, distinguía apenas los labios rojos, bajo aquel incipiente bigote cual pelusa negra, que se entreabrían y mostraban los dientes al sonreír. El hermano mayor apoyó la barbilla en el mango de la horquilla y contempló el panorama que se extendía ante él.

Allá a lo lejos se distinguía bajo un azulado velo el hacinamiento de la ciudad de Nottingham. En medio se extendía la campiña, cubierta por una cálida neblina entre la que, aquí y allá, ondeaban cual banderas los penachos de humo de las minas de carbón. Pero, en la cercanía, al pie de la colina, al otro lado de la carretera que discurría entre altos setos, no había otra cosa que el silencio de la vieja iglesia y de la granja del castillo, rodeadas ambas de árboles. El amplio panorama sólo sirvió para que Geoffrey se sintiera más decaído. Apartó la mirada hacia las carretas vacías que atravesaban el prado a sus pies, el carro vacío que cual enorme insecto iba ladera abajo, la carga que se aproximaba, oscilante como un barco, la testa marrón del caballo inclinada, los marrones flancos que se elevaban y se hincaban en el suelo con esfuerzo. Geoffrey deseó que fuera rápido.

–No pensaste que…

Geoffrey pegó un respingo, se retrajo a su interior, y miró hacia los hermosos labios que se movían al hablar bajo los morenos brazos de su hermano.

–No pensaste que ella iba a estar allí conmigo; de lo contrario, no me hubieras dado la oportunidad –aseguró Maurice, y terminó con una breve carcajada, excitado por el recuerdo.

Geoffrey enrojeció de odio, y sintió el impulso de pisar aquella boca burlona en movimiento, que estaba allí bajo él. Reinó el silencio durante un rato y, a continuación, con un tono peculiar de satisfacción, llegó de nuevo la voz de Maurice que vocalizó con claridad las palabras:

 

Ich bin klein, mein Herz ist rein
Ist niemand d’rin als Christ allein.

 

Maurice soltó una risilla, después, con una convulsión producida por un retazo de aquel recuerdo, agudo cual sacudida de dolor, se revolvió hasta girar el cuerpo, y se hundió en el heno.

–Tú sabes decir tus oraciones en alemán –la voz le llegó en sordina.

–Pero no quiero –dijo Geoffrey con un gruñido.

Maurice se rio. Su rostro quedaba oculto, y en la oscuridad repasaba de nuevo sus experiencias de la noche anterior.

–Qué opinas de besarla junto a la oreja. Perdona –dijo, con voz extraña e inquieta; y se retorció, sorprendido y excitado todavía por su primer contacto con el amor.

El corazón de Geoffrey se inflamó en su interior, y la oscuridad lo rodeó: no podía ver el paisaje.

–Y la delicia de rodear sus pechos con las manos –la voz de Maurice lo alcanzó, profunda y provocativa. Parecía estar hablando consigo.

Los dos hermanos eran extremadamente tímidos ante las mujeres, y hasta esta recolección del heno, la encarnación de todo el sexo femenino había sido su madre; en presencia de cualquier otra mujer ambos se comportaban como dos torpes gañanes. Además, al haber sido criados por una madre orgullosa, forastera en la región, consideraban que las jóvenes corrientes estaban por debajo de ellos, porque eran inferiores a su madre, que hablaba un inglés puro y era muy callada. Las muchachas normales eran chillonas y mal habladas. Por eso, los dos muchachos habían crecido vírgenes y atormentados.

Ahora de nuevo Maurice había tomado la delantera a Geoffrey, y el hermano mayor se sentía hondamente humillado. Corría el peligro de hundirse en un estado insano, por falta absoluta de vida, por total carencia de interés.

La institutriz extranjera de la rectoría, cuyo jardín llegaba hasta el prado de arriba, había hablado con los muchachos a través del seto, y los había dejado fascinados. Había un enorme arbusto de saúco, con grandes flores cremosas que caían sobre el sendero del jardín, y sobre el prado. Geoffrey jamás olía las flores del saúco sin sorprenderse y sobresaltarse, al pensar en la extraña voz de acento extranjero que tanto lo había sorprendido cuando cortaba con la guadaña al pie del seto. Una niñita había salido corriendo por el hueco del seto, y la fraulein, que la llamaba en alemán, había aparecido tras ella e iba tropezando con las flores al perseguirla. La joven se había sobresaltado tanto al ver a un hombre allí en la sombra que, por un momento, fue incapaz de moverse para, a continuación, pisar el rastrillo que estaba en el suelo junto a él. Geoffrey, olvidándose de que era una mujer, la había cogido con cuidado cuando salió despedida hacia delante, y le había preguntado:

–¿Se hizo daño?

Entonces ella se había echado a reír, le había contestado en alemán y le había mostrado los brazos mientras enarcaba las cejas. Las ortigas se habían ensañado con ella.

–Necesita una hoja de acedera –dijo Geoffrey.

La joven frunció el ceño, desconcertada.

–¿Hoja de ace… dera?

El joven le había frotado los brazos con la verde hoja.

Y ahora ella se había juntado con Maurice. Al principio, había dado la impresión de preferirlo a él. Ahora, se había sentado con Maurice a la luz de la luna, y le había permitido que la besara. Geoffrey lo había sufrido con amargura, sin oponer resistencia.

Inconscientemente, estaba mirando hacia el jardín de la rectoría. Allí estaba ella, con un vestido marrón dorado. Geoffrey se quitó el sombrero, y levantó la mano derecha para saludarla. La joven, diminuta figura dorada, agitó la mano con indiferencia entre las hileras de papas. Geoffrey se quedó inmóvil en aquella postura, con el sombrero en la mano izquierda y la mano derecha alzada. Por la indolencia del saludo, adivinó que era a Maurice a quien ella esperaba. Y de él ¿qué pensaba? ¿Por qué no lo quería a él?

Al oír la voz del carretero que traía la carga, Maurice se levantó. Geoffrey continuó igual, pero su rostro se mostraba sombrío, y la mano levantada, flácida por la decepción. Maurice miró colina arriba. Los ojos se le iluminaron y se echó a reír. Geoffrey, que lo observaba, dejó caer la mano.

–¡Muchacho! –exclamó Maurice entre risas–. No sabía que estaba ahí.

Agitó la mano con torpeza. Para esas cosas, Geoffrey tenía más gracia. El hermano mayor observó a la joven, que corrió hasta el final del sendero, tras los arbustos, para ocultarse en la casa. Desde allí, agitó el pañuelo alocadamente. Maurice no percibió la maniobra. Se oyó el grito de una niña, y la figura de la joven se desvaneció, para reaparecer con un bulto infantil blanco entre los brazos y descender por el sendero. Una vez allí, depositó su carga en el suelo, corrió colina arriba hasta un enorme arce, trepó rápidamente hasta la plataforma horizontal que allí formaba el seto y, tras ponerse en pie, empezó a lanzar besos con ambas manos en un gesto foráneo que excitó a los hermanos. Maurice se rio con fuerza mientras agitaba su pañuelo rojo.

–¿Cuál es el peligro? –gritó una voz burlona desde abajo.

Maurice se dejó caer mientras un intenso rubor le teñía las mejillas.

–¡Ninguno! –respondió.

Allá abajo resonó una fuerte carcajada.

La carreta con la carga se aproximó, se detuvo con un crujido al rozar el henar, y después se echó hacia atrás y se apoyó sobre los topes. Los hermanos cruzaron la base de heno, horquillas en mano. Al momento, un hombre grande y corpulento, enrojecido y sudoroso, se subió sobre la carga de la carreta. Una vez en lo alto, se dio la vuelta y sus ojos escudriñaron la ladera bajo las espesas cejas. Descubrió a la joven bajo el arce.

–¡Ah! Así que se trata de ella –dijo entre risas–. Sabía que se trataba de una pájara de esa especie, pero no la veía.

Era el padre, que, satisfecho, se rio de buena gana y a continuación empezó a descargar el heno. Geoffrey, desde lo alto del henar, recibía las grandes brazadas y se las iba pasando a Maurice, que las cogía, las colocaba e iba formando el henar. Bajo el intenso sol, los tres trabajaban en silencio, unidos por la pasajera pasión del laboreo. Durante un rato, el padre aminoró el ritmo para sacar el heno de debajo de sus pies. Geoffrey esperó; los azulados dientes de la horquilla relucían expectantes: el fardo se elevó, la horquilla se deslizó bajo él, hubo un ligero entrechocar de metales y después el heno fue izado hasta el henar y, allí, atrapado por Maurice, que lo colocó de la forma debida. Uno tras otro, los tres hombres relajaron los hombros y acomodaron sus posturas. Los tres vestían camisas gastadas de color azul pálido, que se adherían a sus espaldas. El padre movió instintivamente los fuertes hombros redondos, primero hacia arriba para después bajarlos despacio; la monotonía guiaba sus movimientos. Geoffrey exhibía su fuerza. Los enormes hombros cogían y movían el heno sin contención.

–¿Intentas derribarme? –preguntó Maurice enojado. Tenía que esforzarse para resistir el impacto.

Los tres hombres trabajaban con intensidad, como si alguna fuerza los abocara a la urgencia. Maurice era ágil y rápido en el trabajo, pero tenía que echar mano de su propio sentido común. Además, al colocar el heno alrededor del borde más alejado, tenía que recorrer cierta distancia. Así que resultaba demasiado lento para Geoffrey. Normalmente, el hermano mayor le hubiera acercado el heno lo más posible, allí donde Maurice lo quería. Ahora, sin embargo, lanzaba los montones al centro del henar. Maurice se acercaba veloz y con movimiento elegante sobre el lecho de heno, pero el esfuerzo era demasiado para él. Los otros dos hombres, embebidos en recibir y entregar, mantenían un ritmo muy veloz. Geoffrey continuaba lanzando el heno sin mesura; Maurice sudaba profusamente con el calor y el esfuerzo. De vez en cuando, Geoffrey se enjuagaba la frente con el brazo con gesto mecánico, como un animal. A continuación contemplaba satisfecho el estado de agotamiento de Maurice, y se hacía con el siguiente fardo.

–¿Adónde te crees que lo lanzas, imbécil? –preguntó Maurice entre jadeos cuando su hermano lanzó un montón fuera de su alcance.

–A donde yo quiero –fue la respuesta de Geoffrey.

Maurice continuó con su labor, ahora lleno de furia. Sentía que el sudor se deslizaba por su cuerpo: le caían gotas sobre las largas pestañas negras y lo cegaban, así que tenía que detenerse y, furibundo, frotarse los ojos para despejarlos. Las venas se marcaban en su poderoso cuello. Tenía la impresión de que iba a reventar, o a desmayarse si el trabajo no se desaceleraba. Oía la horquilla de su padre arañar el fondo de la carreta.

–Aquí va, el último –anunció el padre, jadeante.

Geoffrey lanzó aquel último montón ligero a lo loco, se quitó el sombrero y, ardiendo bajo el sol mientras se secaba, se quedó con aire complacido mientras Maurice luchaba por ordenar el henar.

–¿No crees que el lado de allá está un poco hacia fuera? –preguntó la voz del padre desde abajo–. Será mejor que lo metas, ¿no?

–Creí que habías dicho que ahí iría la próxima carga –contestó Maurice con enfado.

–Bueno, está bien. ¿Pero este lado de aquí abajo no está…?

Maurice, impaciente, no le prestó atención.

Geoffrey avanzó a zancadas por el henar e hincó la horquilla en el lado de la discordia.

–¿Es aquí? –gritó con voz potente.

–Sí. ¿No está un poco suelto? –inquirió desde abajo la irritante voz.

Geoffrey introdujo la horca en la parte que sobresalía y, tras apoyar todo el peso sobre el palo, levantó el heno. Le pareció que se movía. Volvió a hincar el apero con toda su fuerza. El montón se inclinó.

–¿Qué haces, imbécil? –gritó Maurice a voz en cuello.

–Ten cuidado con a quién llamas imbécil –respondió Geoffrey, y se dispuso a empujar de nuevo.

Maurice se acercó de un salto, y apartó a su hermano de un codazo. Sobre el suelto y deslizante lecho de heno, Geoffrey perdió el equilibrio, y cayó al fondo entre maldiciones. Maurice tanteó el borde.

–Es lo suficientemente sólido –gritó con furia.

–Está bien –la voz del padre tenía un tono conciliador–. Descansen un poco ahora que hay tanto trecho que recorrer para traerlo –añadió reflexivo.

Geoffrey se había levantado.

–Ten cuidado de con quién te metes, te aviso –dijo en tono muy amenazador, para añadir mientras Maurice continuaba su faena–: Y que no se te ocurra volver a tachar a nadie de imbécil, ¿me oíste?

–Hasta la próxima vez, no –respondió Maurice con sorna.

Al ir trabajando en silencio alrededor del henar, se fue acercando a donde estaba su hermano meditabundo como una estatua, apoyado en el mango de la horca y contemplando el panorama desde su atalaya. El ritmo del corazón de Maurice se aceleró. Siguió adelante con su labor, hasta que una de las puntas de la horquilla chocó contra el cuero de la bota de Geoffrey, y el metal resonó con un sonido agudo.

–¿No vas a moverte? –preguntó Maurice amenazador.

No obtuvo respuesta de aquel enorme bloque. Maurice elevó el labio superior como un perro. A continuación, con el impulso del codo, trató de empujar a su hermano hacia dentro del henar, de apartarlo de su camino.

–¿A quién estás empujando? –la voz resonó profunda, preñada de amenazas.

–A ti –contestó Maurice con sorna.

Y sin transición, los hermanos se enfrentaron como si fueran dos toros dispuestos a la pelea: mientras Maurice intentaba con todas sus fuerzas que Geoffrey perdiera el equilibrio, Geoffrey utilizaba todo su peso para oponer resistencia. Maurice, con apoyo precario, se tambaleó un poco, y el peso de Geoffrey fue tras él. El hermano menor se precipitó por encima del borde del henar y desapareció.

Geoffrey empalideció, y siguió en pie, a la escucha. Oyó la caída. Y a continuación lo cubrió un manto de oscuridad, y él permaneció firme sólo porque tenía los pies plantados sobre el heno. No tenía fuerzas para moverse. No le llegaba ningún sonido desde abajo, apenas fue consciente de un grito agudo que procedía de muy lejos. Escuchó de nuevo. De repente, el pánico se apoderó de él.

–¡Padre! –rugió con su tremenda voz–. ¡Padre! ¡Padre!

El valle resonó con el eco. El ganado menor que había en la ladera miró hacia arriba. Figuras de hombres aparecieron corriendo desde el prado de abajo y, mucho más próxima, la silueta de una mujer se aproximó a toda velocidad por el prado superior. Geoffrey esperó en suspenso, presa del terror.

–¡Ay! –oyó gritar horrorizada, con acento extranjero, a la joven–. ¡Ay! –Y le siguió una retahíla plañidera e incomprensible. A continuación–: ¡Ay! ¿Es… estás muerto?

Geoffrey continuaba petrificado, erguido sobre el henar, sin atreverse a bajar, deseoso de esconderse en el heno, pero demasiado espantado para desaparecer de la vista. Oyó cómo Henry, el mayor de sus hermanos, llegaba cuesta arriba, jadeante.

–¿Qué pasó?

Y después al jornalero y a su padre:

–¿Qué han estado haciendo? –oyó preguntar al padre, mientras él seguía sin aproximarse al borde del henar. Y, a continuación, con tono bajo y amargo:

–¡Se mató! Yo no tenía por qué haber puesto tanto heno en ese henar.

Transcurrieron uno o dos minutos en silencio, después la voz de Henry, el mayor de los hermanos, dijo cortante:

–No está muerto. Está recuperando el sentido.

Geoffrey lo oyó, pero no se alegró. Hubiera deseado que Maurice estuviera muerto. Al menos eso sería definitivo: mejor que enfrentarse a las acusaciones de su hermano, que ver a su madre dirigirse a la habitación del enfermo. Si Maurice se hubiera matado, él no habría dado ninguna explicación, no, no habría dicho ni palabra, y podían ahorcarlo si lo deseaban. Si Maurice sólo estaba herido, todo el mundo se enteraría, y Geoffrey no podría levantar cabeza nunca más. Qué tortura añadida, pasar y que todo el mundo lo supiera. Prefería algo de lo que pudiera apartarse, algo definitivo, aunque fuera la certeza de que había matado a su hermano. Tenía que contar con algo firme ante lo que retroceder o se volvería loco. Estaba tan solo… él, que por encima de todo, necesitaba apoyo y comprensión.

–No, está volviendo en sí, te digo que es así –afirmó el jornalero.

–No está muer… to, no está muer… to –oyó la apasionada y extraña cantilena de la joven extranjera–. No está muerto… no… o.

–Necesita un poco de brandy… mira el color de sus labios –dijo la voz clara y fría de Henry–. ¿Puede traer un poco?

–¿Qué… e? ¿Traer? –la fraulein no lo entendía.

–Brandy –dijo Henry con toda claridad.

–¡Brrandy! –repitió la joven.

–Ve tú, Bill –gimió el padre.

–Sí, ya voy –contestó Bill, y echó a correr campo traviesa.

Maurice no estaba muerto, ni se iba a morir. Geoffrey ahora lo comprendía. Después de todo, se alegraba de la revocación de la máxima pena. Pero odiaba pensar en lo que tenía por delante. Y es que a partir de ese momento, siempre se retraería. Siempre había esperado, siempre, que llegara un momento en el que pudiera ser despreocupado, decidido como Maurice, en el que no se asustara ni se retrajera. Ahora sería siempre el mismo, se encerraría en sí mismo como una tortuga sin caparazón.

–¡Ay! ¡Está mejor! –llegó la voz descontrolada de la fraulein, que se echó a llorar, sonido, éste, extraño, que asustó a los hombres, que hizo que la bestia que llevaban en su interior se pusiera en guardia. Geoffrey se estremeció al oír, entre los sollozos de la muchacha, el quejido impaciente de su hermano al recobrar el aliento.

El jornalero volvió a la carrera, seguido por el vicario. Después del brandy, Maurice hizo más ruido de lamentos e hipidos. Oyó que el vicario pedía explicaciones. Todas aquellas voces ansiosas, amortiguadas, contestaron con frases breves.

–Fue ese otro –gritó la fraulein–. Lo hizo caer… ¡ja!

Sonaba aguda y vengativa.

–No lo creo –dijo el padre al vicario, en voz audible pero confidencial, hablando como si la fraulein no entendiera su idioma.

El vicario, en mal alemán, se dirigió a la institutriz de sus hijos. La joven le contestó con un torrente de palabras que él se negó a reconocer que lo superaba. Maurice emitía leves quejidos y suspiros.

–¿Dónde te duele, muchacho? –preguntó el padre con voz patética.

–Déjalo un rato tranquilo –pidió Henry con tono firme–. Por lo pronto, tiene que recuperar la respiración.

–Será mejor que compruebes que no tiene ningún hueso roto –dijo el vicario nervioso.

–Fue una bendición que cayera sobre ese montón de heno de ahí –afirmó el jornalero–. Si por casualidad hubiera caído sobre este trozo de madera, no lo hubiera contado.

Geoffrey se preguntó cuándo tendría valor para aventurarse a bajar. Tuvo la alocada idea de tirarse de cabeza desde lo alto del henar: si pudiera desaparecer del mapa estaría a salvo. Frenético, deseó no existir. La idea de pasarse el resto de sus días encerrado de aquella forma en sí mismo, dominado por la más espantosa de las vergüenzas, siempre solo, amargado y presa de la desolación era suficiente para ponerse a pegar alaridos: ¿Qué iban a pensar todos cuando se enteraran de que había tirado a Maurice desde lo alto del henar?

Allá abajo le hablaban a Maurice. El muchacho se había recuperado en gran medida, y era capaz de responder débilmente.

–¿Qué hacías? –preguntó el padre con suavidad–. ¿Andabas jugando con Geoffrey? ¿Sí? ¿Y él? ¿Dónde está?

A Geoffrey le dio un vuelco el corazón.

–No sé –respondió Henry, con tono irónico y extraño.

–Ve y echa una ojeada –le rogó el padre, que sentía al tiempo un alivio infinito por uno de sus hijos, y una enorme preocupación por la suerte del otro.

Geoffrey no pudo soportar la idea de que el hermano mayor subiera y lo interrogara con aquel tono suyo agudo y lleno de curiosidad. El culpable, con la cabeza gacha, empezó a bajar por la escala. Sus botas claveteadas se saltaron un travesaño.

–Ten cuidado –gritó el padre histérico.

Geoffrey, al pie de la escalera, se quedó inmóvil como un criminal, y dirigió miradas furtivas al grupo. Maurice yacía, pálido y víctima de ligeras convulsiones sobre un montón de heno. La fraulein estaba arrodillada junto a la cabeza del muchacho.

El vicario le había desabotonado la camisa hasta el pecho, y lo palpaba para comprobar si tenía alguna costilla rota. El padre estaba arrodillado al otro lado; Henry y el jornalero estaban de pie.

–No veo nada roto –afirmó el vicario, y sonó ligeramente decepcionado.

–No hay nada roto que ver –murmuró Maurice con una sonrisa.

El padre empezó a decir:

–¿Eh? ¿Eh? –y se inclinó sobre el yaciente.

–Digo que no me he hecho daño –repitió Maurice.

–¿Qué estaban haciendo? –preguntó la voz fría e irónica de Henry.

Geoffrey miró hacia otro lado: todavía no había alzado el rostro.

–Que yo sepa, nada –murmuró con sequedad.

–¿Qué? –gritó la fraulein en tono de reproche–. Yo veo… ¡lo tiró abajo!

Hizo un gesto fiero con el codo. Henry, sardónico, retorció el largo bigote.

–No muchacha, no –sonrió el pálido Maurice–. Cuando resbalé, él estaba bien lejos de mí.

–¡Ah! ¡Ah! –gritó la fraulein sin entender.

–Sí –aseguró Maurice con sonrisa indulgente.

–Creo que se equivoca –dijo el padre de forma un tanto patética, dirigiéndole a la muchacha una sonrisa como si de una débil mental se tratara.

–Ah, no –gritó ella–. Yo veo a él.

–No, muchacha. –Maurice sonrió tranquilo.

Era polaca, de nombre Paula Jablonowsky: joven, de apenas veinte años, ágil y rápida como un gato montés, con una forma extraña y felina de sonreír. Tenía el cabello rubio y lleno de fuerza, dividido en multitud de mechones que, llenos de vida, se agitaban en torno a su rostro. Los preciosos ojos azules estaban cubiertos por extraños párpados, y parecía atravesarlo todo con su mirada, para después hacerlo con la languidez de un gato montés. Los pómulos eran un tanto eslavos, y tenía pecas en abundancia. Era evidente que el vicario, hombre pálido y bastante frío, la odiaba.

Maurice yacía pálido y sonriente en el regazo de la joven mientras que ella se aferraba a él como a un compañero. Instintivamente, uno percibía que estaban emparejados. Ella se veía dispuesta en cualquier momento a saltar en su defensa con toda fiereza, ahora que él se encontraba herido. Las miradas que lanzaba a Geoffrey estaban llenas de violencia. Se inclinaba sobre Maurice y le hablaba con su acariciante lengua de sonido extranjero.

–Di lo que quie… ras –y se echó a reír, otorgándole soberanía sobre ella.

–¿No sería mejor que fuera a ver qué ha sido de Marjery? –preguntó el vicario en tono de reprimenda.

–Está con su madre: la he oído. Me iré dentro de un ra… to –la joven sonrió con modestia.

–¿Te crees capaz de ponerte en pie? –preguntó el padre todavía nervioso.

–Sí, dentro de un momento –Maurice sonrió.

–¿Quieres levantarte? –sonó acariciadora la voz de la joven, que se inclinó sobre él hasta que su rostro quedó muy próximo al del muchacho.

–No tengo prisa –le respondió con sonrisa radiante.

El accidente le había proporcionado una nueva, aunque extraña, tranquilidad, además de autoridad. Se sentía enormemente alegre. De repente, había adquirido un poder desconocido.

–No tienes prisa –repitió la joven, descifrando el significado. Y le sonrió con ternura: estaba a su servicio.

–Dentro de un mes nos dejará: la señora Inwood no la soporta ni un minuto más –confesó el vicario al padre en voz baja, en tono de disculpa.

–¿Por qué, es…?

–Como una salvaje: desobediente e insolente.

–¡Ah!

El padre sonaba abstraído.

–Se acabaron las institutrices extranjeras para mí.

Maurice se movió y miró a la joven.

–¿Pones de pie? –preguntó ella ilusionada–. ¿Tú bien?

El muchacho se rio una vez más, y mostró los dientes de forma atractiva. Ella le levantó la cabeza y se puso en pie de un salto sin dejar de sujetársela, después lo cogió por las axilas y le levantó, antes de que nadie tuviera tiempo de echar una mano. El muchacho era mucho más alto que ella. La agarró con fuerza de los hombros, se recostó en ella y, al sentir los pechos redondos y firmes de la joven apretados contra su costado, sonrió y tomó aliento.

–Ves cómo estoy bien –aseguró con voz entrecortada–. Sólo me hacía falta aire.

–¿Tú bi… en? –gritó la joven rebosante de alegría.

–Sí, lo estoy.

Y, tras un momento, dio unos cuantos pasos.

–¿Suficiente bien, tú? –gritó la joven en tono de súplica.

Él se rio abiertamente, la miró y rozó su rostro con los dedos.

–Ya está… si tú quieres.

–¡Si yo quiero! –repitió la joven radiante.

–Dentro de tres semanas se irá –dijo el vicario, en un intento de consolar al padre.

 

2

Mientras hablaban, oyeron la lejana sirena de uno de los pozos mineros.

–Es la hora de la salida –anunció Henry con frialdad–. Hoy no terminaremos ese lado.

El padre miró a su alrededor con ansia.

–Oye, Maurice, ¿estás seguro de que estás bien? –preguntó.

–Sí, estoy bien. ¿No te lo dije?

–Pues entonces, siéntate ahí abajo, y dentro de un momento podrás cenar. Henry, tú sube al henar. ¿Dónde está Jim? Ah, está ocupándose de los caballos. Bill y tú, Geoffrey, pueden recoger el heno mientras Jim lo carga.

Maurice se sentó bajo el olmo para recuperarse. La fraulein se había ido a todo correr a la casa. Se había decidido a pedirle que se casara con él. Tenía cincuenta libras propias, y su madre le echaría una mano. Durante largo rato se quedó ensimismado, pensando qué haría. Entonces de la carreta cogió una cesta de gran tamaño cubierta por un paño, y extendió la cena por el suelo. Había una enorme empanada de conejo, una fuente de ensalada de papa, cantidad de pan, un gran trozo de queso y un consistente pudín de arroz.

Aquellos dos prados quedaban a cuatro millas de la granja familiar. Pero desde hacía varias generaciones eran propiedad de los Wookey, así que el padre seguía ocupándose de su mantenimiento, y a todos los ilusionaba la recolección del heno de Greasley: era una especie de excursión campestre. Venían provistos de comida y té en el carro de la leche, que su padre conducía hasta allí por la mañana. Los muchachos y los jornaleros llegaban en bicicleta. Entre unas cosas y otras, la recolección duraba dos semanas. Como la carretera principal entre Alfreton y Nottingham discurría al pie de los campos, lo normal era que alguien se quedara a dormir en el heno bajo el cobertizo para vigilar las herramientas. Los hijos se encargaban por turnos. No era cosa que les gustara demasiado, y por esa razón estaban ansiosos por terminar la recolección aquel mismo día. Pero el ritmo de la faena decayó y se vio entorpecido tras el accidente de Maurice.

Cuando terminaron de vaciar la carga, se agruparon alrededor del blanco mantel, que estaba extendido entre el seto y el henar, y, sentados en el suelo, dieron cuenta de la comida. La señora Wookey siempre mandaba un mantel limpio, y cuchillos, tenedores y platos para todos. Al señor Wookey esos detalles lo hacían sentir siempre un tanto orgulloso, todo era tan correcto…

–Vaya, vaya –dijo jovialmente mientras tomaba asiento–. Qué buen aspecto tiene esto, ¿eh?

Todos se acomodaron alrededor del blanco mantel, a la sombra del árbol y el henar, y dirigieron la vista a los campos mientras comían. Desde la fresca sombra que los envolvía, el dorado rastrojo parecía líquido, fundido por el calor. El caballo, uncido a la carreta vacía, recorrió unos metros, después se detuvo a comer. Todo quedó sumido en la quietud, como en un trance. De vez en cuando, el mordisco desenvuelto del caballo entre las pilas de heno amontonadas junto al henar, resonaba como una musiquilla cuando comía. Los hombres comían y bebían en silencio, el padre sumido en la lectura del periódico, Maurice recostado sobre una silla de montar, Henry leyendo el semanario The Nation, los demás ocupados en comer.

De pronto, Bill exclamó:

–¡Hola! ¡Aquí está otra vez!

Todos levantaron la mirada. Paula llegaba campo traviesa con un plato en la mano.

–Trae algo para despertarte el apetito, Maurice –declaró con ironía el mayor de los hermanos.

Maurice iba por la mitad de un enorme trozo de empanada de conejo, acompañado de ensalada de papa.

–Que me bendigan si no estás en lo cierto –confirmó el padre riéndose–. Deja eso, Maurice, es una pena desilusionarla.

Maurice miró a su alrededor con rostro muy avergonzado, sin saber qué hacer con su plato.

–Pásamelo –dijo Bill–. Ya me encargo yo de dar buena cuenta de él.

–¿Trae algo para el inválido? –dijo el padre entre risas a la fraulein–. Está ya muy recuperado.

–Traigo un poco de pollo a él, ¡ajá! –hizo un gesto infantil de afirmación en dirección a Maurice, quien sonrió ruborizado.

–Tampoco hay por qué cebarlo –dijo Bill.

Todos soltaron una sonora carcajada. La joven no entendió, así que también se echó a reír. Maurice, muy avergonzado, se puso a comer su porción.

El padre sintió lástima ante la timidez de su hijo.

–Venga y siéntese a mi lado –dijo–. ¡Eh, fraulein! ¿Es así como la llaman?

–Me siento junto a usted, padre –dijo la joven con inocencia.

Henry echó hacia atrás la cabeza y estuvo un buen rato riéndose por lo bajo.

La joven se acomodó junto al hombre corpulento y apuesto.

–Me llamo –dijo– Paula Jablonowsky.

–¿Cómo? –preguntó el padre, mientras el resto prorrumpía en sonoras carcajadas.

–Dígamelo otra vez –rogó el padre–. ¿Se llama…?

–Paula.

–¿Paula? Ah… bueno, es un nombre un poco raro, ¿eh? Él se llama… –e indicó con la cabeza a su hijo.

–Maurice… lo sé –pronunció el nombre con dulzura y, mirando al padre a los ojos, se echó a reír.

Maurice enrojeció de pies a cabeza.

Le hicieron preguntas sobre su vida, y averiguaron que procedía de Hanover, que su padre era tendero, y que se había escapado de casa porque no le gustaba su padre. Se había ido a París.

–¡Ah! –exclamó el padre, preso ahora de las dudas–. ¿Y qué hizo una vez allí?

–En colegio… en un colegio de señoritas.

–¿Le gustó?

–Ay, no… no haber vida… ¡no haber vida! Cuando salimos… dos y dos… todas juntas… nada más. Ay, no haber vida, no haber vida.

–¡Esa sí que es buena! –exclamó el padre–. ¡Que no hay vida en París! ¿Y ha encontrado mucha vida en Inglaterra?

–No… ay, no, no me gusta –hizo un gesto de asco en dirección a la rectoría.

–¿Cuánto tiempo lleva en Inglaterra?

–Navidad… o así.

–¿Y qué va a hacer?

–Iré a Londres o a París. ¡Ay, París! ¡O me casaré!

Se echó a reír mirando al padre a los ojos.

El padre se rio a carcajadas.

–¿Casarse, eh? ¿Y con quién?

–No lo sé. Me marcharé.

–¿El campo es demasiado tranquilo para usted? –preguntó el padre.

–¡Ajá, demasiado tranquilo! –asintió con la cabeza.

–¿No le gustaría dedicarse a hacer mantequilla y queso?

–Hacer mantequilla, ¡ajá! –se volvió hacia el hombre con gesto alegre y complacido–. Me gusta.

–¡Ah! –rio el padre–. Conque eso sí que le gustaría, ¿eh?

La joven asintió con vehemencia, con los ojos resplandecientes.

–Le gustaría cualquier cosa que suponga un cambio –declaró Henry en tono de quien emite un veredicto.

–Creo que así es –convino el padre.

No se les ocurrió que la joven entendía perfectamente lo que decían. Los miró con detenimiento, después inclinó la cabeza para pensar.

–¡Atención! –exclamó Henry, siempre alerta.

Un vagabundo avanzaba con torpeza hacia ellos a través del hueco del seto. Era un individuo siniestro, huidizo, con cierto aire de fanfarronería. De corta estatura, delgado y huraño, con barba roja de una semana sin afeitar cubriéndole la puntiaguda barbilla, se aproximaba desmañado.

–¿Tienen algo de faena? –preguntó.

–¿Algo de faena? –repitió el padre–. ¿No ve que ya casi terminamos?

–Ya. Pero vi que se quedaron con uno de menos, y pensé que al ser así podrían contratarme media jornada.

–¿Por qué? ¿Valdría para algo en una pila de heno? –preguntó Henry con tono burlón.

El hombre se apoyó en el henar. Todos los demás estaban sentados en el suelo. Les sacaba ventaja.

–Puedo aventajar trabajando a cualquiera de ustedes –fanfarroneó.

–No hay más que mirarlo –rio Bill.

–¿Y cuál es su oficio habitual?

–Soy jockey por derecho propio. Pero hice cierto trabajo sucio para un jefe mío, y me echaron. Él se llevó los beneficios, a mí me dieron la patada. Él me metió en el lío, y después parecía que no me había visto nunca.

–¿Eso hizo? –exclamó el padre movido por la compasión.

–Sí, eso hizo –aseguró el hombre.

–Pero aquí no tenemos nada para ti –dijo Henry con frialdad.

–Y el jefe, ¿qué opina? –preguntó el hombre con descaro.

–No, no hay faena para usted –dijo el padre–. Puede comer algo, si quiere.

–Me alegraría hacerlo –contestó el hombre.

Le dieron el trozo de empanada de conejo que quedaba. Se lo comió con ansia. Había en él algo de bajeza, de parásito, que asqueaba a Henry. Los demás lo miraban como algo curioso.

–Estaba rica y sabrosa –dijo el vagabundo con delectación.

–¿Quiere un trozo de pan con queso? –ofreció el padre.

–Ayudaría a llenar el estómago –fue la respuesta.

Esta vez el hombre comió con más lentitud. La cuadrilla estaba incómoda con su presencia, y no se sentía con ganas de hablar. Todos los hombres encendieron sus pipas, había finalizado la comida.

–¿Así que no necesitan ayuda? –preguntó el vagabundo por fin.

–No, con lo poco que nos queda podemos arreglárnoslas.

–No tendrían un poco de tabaco de sobra, ¿verdad?

El padre le dio una buena porción.

–Aquí están muy bien –dijo el hombre mirando a su alrededor.

A los otros les molestó aquella familiaridad. Sin embargo, él llenó su pipa de arcilla y fumó con el resto.

Continuaban sentados en silencio, cuando una nueva figura apareció en el hueco del seto y se aproximó sin ruido. Se trataba de una mujer. Era más bien pequeña, y de hechura fina. Tenía el rostro pequeño, muy sonrosado y bonito, salvo por la expresión de amargura y retraimiento que exhibía. Llevaba el pelo tirante hacia atrás bajo un sombrero marinero. Daba la impresión de limpieza, de precisión y de no andarse con tapujos.

–¿Conseguiste trabajo? –preguntó a su compañero. Ignoró al resto. Él metió el rabo entre las piernas.

–No, no tienen faena para mí. Sólo me han dado una pizca de tabaco.

Era un hombre de lo más rastrero.

–¿Y yo tengo que quedarme todo el día esperando allí en el callejón?

–No tienes por qué si no quieres. Puedes seguir adelante.

–Bien, ¿vienes? –preguntó con desprecio.

Él se puso en pie tambaleándose.

–No hay necesidad de darse tanta prisa –dijo el hombre–. Si esperaras un poco podrías conseguir algo.

Por vez primera, ella paseó la mirada por el grupo de hombres. Era bastante joven y habría sido bonita, de no ser por aquel aire de dureza y resentimiento.

–¿Usted ya comió? –preguntó el padre.

Ella lo miró con una especie de ira y se dio la vuelta. El contorno del rostro era tan infantil que el contraste con la expresión resultaba extraño.

–¿Vienes? –preguntó al hombre.

–Él ya se tomó lo suyo. Tómese usted algo, si quiere –la animó el padre.

–¿Qué comiste? –lanzó, dirigiéndose al hombre.

–Se tomó todo lo que quedaba de la empanada de conejo –dijo Geoffrey en tono indignado, burlón–, y un buen trozo de pan con queso.

–Bueno, ellos me lo dieron –dijo el hombre.

La joven miró a Geoffrey, y él a ella. Había una especie de camaradería entre ellos. Ambos tenían el mundo en contra. Geoffrey sonrió con sarcasmo. Ella era demasiado seria, su indignación era demasiado profunda para permitirse siquiera una sonrisa.

–Pero tenemos aquí una tarta, puede tomar un poco –dijo Maurice alegremente.

Ella lo miró con desprecio.

Dirigió de nuevo la mirada a Geoffrey. Él parecía entenderla. Se dio la vuelta y se alejó en silencio. El hombre no se movió y continuó fumando la pipa con obstinación. Todos lo miraron con hostilidad.

–Vamos a trabajar –dijo Henry, poniéndose en pie y quitándose la chaqueta.

Paula se levantó. Estaba un poco confundida por la presencia del vagabundo.

–Yo ir –dijo, mostrando una radiante sonrisa.

Maurice se levantó y fue tras ella, apenado.

–Menudo revolcón, ¿eh? –dijo el vagabundo, señalando con el gesto a la fraulein.

Los hombres sólo lo entendieron a medias, pero se sintieron llenos de odio hacia él.

–¿No sería mejor que te fueras? –preguntó Henry.

El hombre se puso en pie obediente. Toda su persona era desgarbada, con la insolencia de un parásito. A Geoffrey le resultaba aborrecible, sentía ganas de exterminarlo. Era la encarnación exacta del peor enemigo de alguien de desbordante sensibilidad; la insolencia carente de cualquier atisbo de delicadeza, que se alimenta de la sensibilidad ajena.

–¿No van a darme nada para ella? Por lo que yo sé, no ha tomado nada en todo el día. Se lo comerá si se lo llevo yo, aunque para mí que consigue más de lo que yo tengo conocimiento –acompañó aquellas palabras con un guiño obsceno de rencor y celos–. Y después intenta controlarme… –se mofó, mientras agarraba el pan y el queso y se los guardaba en el bolsillo.

 

3

Geoffrey se pasó la tarde trabajando malhumorado, y Maurice se ocupó de juntar el heno en gavillas. Hacía un calor excesivo. Con el avanzar del día, el ambiente se fue enrareciendo, y la luz del sol difuminándose. Geoffrey estaba con Bill, ayudándole a cargar las carretas con las gavillas. Se sentía malhumorado, aunque el alivio que experimentaba era desmesurado: Maurice no iba a acusarlo. Desde la discusión, ninguno de los hermanos se había dirigido al otro. Pero el silencio entre ellos era de lo más amigable, casi afectuoso. Ambos se habían sentido profundamente conmovidos, hasta tal punto que su trato habitual se había visto interrumpido: pero en el fondo, cada uno de ellos sentía un fuerte aprecio por el otro. Maurice se sentía extrañamente feliz, su sentimiento de afecto lo abarcaba todo. Pero Geoffrey todavía rebosaba malhumor y hostilidad hacia gran parte del mundo. Se sentía aislado. La comunicación fácil y sin problemas establecida entre los otros trabajadores lo dejaba claramente aparte. Y él era un hombre que no soportaba sentirse aislado, tenía demasiado miedo de aquella inmensa confusión de la vida a su alrededor, que lo llenaba de impotencia. Geoffrey desconfiaba de sí mismo en relación con los demás.

La faena avanzaba con lentitud. El calor era insoportable, y todos se sentían descorazonados.

–Vamos a necesitar otro día más –dijo el padre a la hora del té, cuando se sentaron todos bajo el árbol.

–Menudo día –comentó Henry.

–Alguien va a tener que quedarse, entonces –dijo Geoffrey–. Mejor que lo haga yo.

–Ni hablar, muchacho, yo me quedo –anunció Maurice, y escondió la cabeza lleno de confusión.

–¡Quedarte esta noche otra vez! –exclamó el padre–. Prefiero que vengas a casa.

–No, me quedo –protestó Maurice.

–Quiere seguir con su cortejo –explicó Henry.

El padre reflexionó sobre ello con seriedad.

–No sé… –dijo pensativo, un tanto inquieto.

Pero Maurice se quedó. Hacia las ocho, tras la puesta de sol, los hombres montaron en las bicicletas, el padre enganchó el caballo al carro de la leche, y todos partieron. Maurice, desde la apertura del seto, contempló la partida: el carro rodó traqueteando colina abajo, sobre los rastrojos, los ciclistas avanzaron veloces cual sombras delante de él. Pasaron todos por la cancela, se oyó el golpeteo rápido de los cascos del caballo en la carretera bajo los tilos, y desaparecieron de la vista. El muchacho era presa de una gran emoción, casi sentía temor, al encontrarse solo.

La oscuridad ascendía desde el valle. Ya allá en lo alto de la empinada colina, las linternas de las carretas avanzaban lentas e indecisas, y las ventanas de las casitas estaban iluminadas. Para Maurice todo tenía una extraña apariencia, como si nunca antes lo hubiera visto. Entre el seto, un enorme tilo desprendía un aroma tal, que casi parecía una voz susurrante. A Maurice lo sobresaltó. Tragó una bocanada de la dulzona fragancia y después permaneció inmóvil, escuchando expectante.

Colina arriba relinchó un caballo. Era la yegua joven. Los caballos corpulentos se movieron con estruendo hacia el lejano seto.

Maurice se preguntó qué debía hacer. Vagó inquieto alrededor de los desiertos henares. El calor llegaba a ráfagas, en espesas oleadas. El frescor de la noche tardaba en llegar. Pensó en ir a lavarse. En la parte inferior del seto había una pila de agua pura. Se llenaba gracias a un pequeño manantial que se vertía sobre el borde de la pila y caía hasta el final del frondoso seto del campo inferior. Alrededor del pilón, en el prado de arriba, la tierra era fangosa, y en ella la filipéndula brotaba como grumos de bruma, y desprendía un aroma empalagoso en la hora crepuscular. La noche no trajo la oscuridad, porque la luna estaba en el firmamento; por eso al ir difuminándose el color ámbar oscuro de los cielos, estos siguieron pálidos con la luna velada. Las campanillas moradas del seto se tornaron negras, los cuclillos cambiaron el rosa por un blanco descolorido, la filipéndula acumuló la luz como si fuera fosforescente, e hirió el aire con su aroma.

Maurice se arrodilló sobre la losa de piedra y sumergió las manos y los brazos, después el rostro. El agua estaba deliciosa con su frescura. Todavía le quedaba una hora antes de que Paula llegara: no la esperaba hasta las nueve. Por lo tanto decidió bañarse de noche en lugar de esperar hasta la mañana. ¿Acaso no estaba pegajoso, y no venía Paula a hablar con él? Se alegró de que se le hubiera ocurrido la idea. Mientras se empapaba la cabeza en el pilón, se preguntó qué pensarían las diminutas criaturas que habitaban el aterciopelado sedimento, allá en el fondo, del sabor del jabón. Riéndose para sus adentros, introdujo el paño en el agua. Se lavó de los pies a la cabeza, de pie en aquel rincón fresco, escondido del prado, en el que nadie podía verlo a plena luz del día, así que ahora, bajo la luz velada y gris de la de la luna, no era más visible que las densas flores.

La noche tenía un aspecto nuevo: no recordaba haber visto nunca antes aquel resplandor suyo nítido y gris, ni haber distinguido aquella vida propia de las luces, como si de seres vivos que habitaran los espacios plateados se tratara. Y los altos árboles, envueltos en sus oscuros mantos, no le habrían causado ninguna sorpresa si hubieran empezado a moverse y conversar. Mientras se secaba, descubrió pequeños movimientos en el aire, sintió leves roces en los costados y caricias que eran especialmente agradables: a veces lo sobresaltaban, y se reía como si no estuviera solo. Las flores, en particular las filipéndulas, lo asediaban. Alargó la mano hasta palpar su plumazón. Le rozaron los muslos. Entre risas, cogió un ramillete y se restregó todo el cuerpo con su polvo cremoso y fragante. Durante un momento titubeó sorprendido de sí mismo: pero aquella sutil luminiscencia en la oscuridad primigenia de la noche le devolvió la tranquilidad. Las cosas nunca le habían parecido tan personales y de tanta belleza, jamás antes había experimentado en su interior aquella sensación de lo prodigioso.

A las nueve en punto estaba bajo el saúco esperando, en un estado de tremenda trepidación, pero sintiéndose inestimable, consciente del prodigio que había en él. Ella se retrasó. A las nueve y cuarto apareció, con aquel revoloteo rápido e impaciente tan suyo.

–Nada, no se quería dormir –dijo Paula; su tono contenía todo un mundo de ira.

Maurice se rio con timidez. Se adentraron en el prado umbrío de la ladera.

–Estuve sentada una hora… horas en aquel dormitorio –exclamó indignada. Respiró hondo–: ¡Ah, respirar!

Era muy exagerada y rebosaba energía.

–Quiero… –era torpe con el lenguaje– quiero… me gustaría… correr… ¡allí! –señaló el otro lado del prado.

–Pues entonces corramos –dijo él con curiosidad.

–¡Sí!

Y desapareció al instante. Maurice salió en su persecución. Pese a ser tan joven y ágil, tuvo dificultad para alcanzarla. Al principio apenas la distinguía, aunque oía el frufrú de la tela de su vestido. Corría a una velocidad sorprendente. Maurice la adelantó, la agarró del brazo, y se quedaron jadeantes frente a frente entre risas.

–Podría ganar –aseguró la joven alegremente.

–De eso nada –respondió él, con risa extraña y excitada.

Siguieron caminando, un tanto faltos de aliento. Ante ellos de repente surgieron las siluetas oscuras de los tres caballos comiendo.

–¿Subimos a un caballo? –preguntó ella.

–¿Cómo, a pelo?

–¿Qué dices? –No le entendió.

–¿Sin silla?

–Sin silla… sí… sin silla.

–¡Ven aquí bonita! –ordenó Maurice a la yegua.

Un minuto después la tenía asida por las crines, y la conducía hacia los henares, donde le colocó la brida. Era una yegua grande, fuerte. Maurice sentó a la fraulein, se encaramó delante de la joven, utilizando la rueda de la carreta de soporte, y juntos partieron al trote ladera arriba; la joven se asía ligeramente a su cintura. Desde la cima de la colina miraron a su alrededor.

El cielo estaba oscureciéndose bajo un palio de nubes. A la izquierda se alzaba la colina negra y boscosa, a la que unas cuantas luces de las casitas que bordeaban la carretera le daban un aire acogedor. La colina se extendía hacia la derecha, y los sotos la aislaban. Pero al frente había un fantástico panorama nocturno, salpicado por el brillo de las velas en las casitas, el racimo de luces parpadeantes, cual fiesta de elfos en pleno apogeo, de la mina de carbón, el resplandor aislado de una aldea, a lo lejos la llamarada rojiza en el cielo sobre una fundición de hierro, y en el punto más distante, el velado halo de las luces de la ciudad. Mientras contemplaban la inmensidad de la noche, los brazos de la joven se ciñeron en torno a su cintura y Maurice apretó los codos contra el costado, para estrecharlos todavía más. El caballo se movió inquieto. Ellos se asieron con fuerza.

–¿No querrás irte ya? –preguntó Maurice a la joven a sus espaldas.

–Quedo contigo –le respondió con dulzura, y sintió que se acurrucaba contra él. Se echó a reír confundido. Tenía miedo a besarla, pese a sentirse empujado a hacerlo. Permanecieron inmóviles, sobre el inquieto caballo, contemplando las lucecitas que se adentraban en lo profundo de la noche hasta una distancia infinita.

–No quiero irme –dijo Maurice, en tono casi de súplica.

La joven no respondió. El caballo se agitó desosegado.

–Hazlo correr –gritó Paula–. ¡Deprisa!

Rompió el hechizo y despertó en él una ligera furia. Dio una patada a la yegua, la golpeó, y el animal se lanzó colina abajo. La joven se apretó con fuerza contra Maurice. Cabalgaban a pelo por una ladera empinada y escabrosa. Maurice se ciñó con fuerza con las manos y las rodillas. Paula le asía la cintura con firmeza y apoyaba la cabeza en sus hombros, temblando de excitación.

–Vamos a caernos, saldremos despedidos –gritó él, riéndose excitado, pero la joven se limitó a agazaparse detrás, y se apretó con fuerza contra él.

La yegua atravesó el prado veloz. Maurice esperaba salir despedido en cualquier momento sobre la hierba. Apretó con toda la fuerza de sus rodillas. Paula se incrustó en él, y en varias ocasiones a punto estuvo de hacer que se soltase. El hombre y la joven estaban en tensión por el esfuerzo.

Por fin la yegua se detuvo, resoplando. Paula se deslizó hasta el suelo, y un instante después Maurice estaba a su lado. Los dos eran presa de una profunda excitación. Antes de darse cuenta de qué hacía, el joven la tenía en sus brazos, apretada, y la besaba, y se reía. Durante un tiempo no se movieron. Después, en silencio, se dirigieron a los henares.

La oscuridad había aumentado, la noche estaba preñada de nubes. Maurice caminaba con el brazo en torno a la cintura de Paula, ella le rodeaba con el suyo. Estaban cerca de los henares cuando Maurice sintió una gota de lluvia.

–Va a llover –anunció.

–¡Llover! –repitió ella como si careciese de importancia.

–Tendré que ponerle la cubierta al henar –dijo el joven con gravedad. La muchacha no le entendió.

Cuando alcanzaron los henares, Maurice se dirigió al cobertizo, para volver tambaleándose bajo el peso de la inmensa y pesada lona. No la habían utilizado ni una vez durante la recolección del heno.

–¿Qué vas a hacer? –preguntó Paula, acercándose en la oscuridad.

–Cubrir el henar con ella –respondió–. Ponerla sobre el henar para protegerlo de la lluvia.

–¡Ah! –exclamó la joven–. ¿Ahí arriba?

Maurice dejó caer la carga al suelo.

–Sí –respondió.

A tientas, colocó la larga escalera a un lado del henar. No distinguía el final.

–Espero que esté firme –dijo con voz suave.

Unas cuantas gotas de lluvia cayeron golpeteando la lona. Ellos parecían otra presencia. Reinaba una densa oscuridad entre los altos montones de heno. Paula miró hacia aquel muro negro, y buscó refugio en el joven.

–¿Tú la llevas ahí arriba?

–Sí –respondió él.

–¿Yo te ayudo? –preguntó.

Y así lo hizo. Abrieron la lona. Maurice trepó el primero por la empinada escalera, cargando con la parte superior, ella lo siguió de cerca, llevando su parte. Subieron por la inestable escalera en silencio, sin detenerse.

 

4

Mientras trepaban a lo alto del henar, una luz se detuvo ante la cancela de la carretera. Era Geoffrey, que venía a ayudar a su hermano con la lona. Temeroso de aquella intrusión, empujó la bicicleta en silencio hasta el cobertizo. Era una construcción de hierro ondulado, en el lado del seto que quedaba frente a los henares. Geoffrey iluminó con la lámpara delante de él, pero no había rastro de los enamorados. Creyó ver una sombra que se alejaba. La luz de la bicicleta brillaba amarillenta en la oscuridad, y dejó ver el brillo de las gotas de lluvia, la brumosa negrura, la sombra de las hojas y las largas briznas de hierba. Geoffrey entró en el cobertizo: allí no había nadie. Se dirigió con paso lento y obstinado hacia los henares. Ya había pasado la carreta, cuando oyó que algo se deslizaba sobre él. Al retroceder asustado bajo el muro de heno, vio cómo la larga escalera se deslizaba por el lado del henar y caía al suelo con gran estruendo.

–¿Qué fue eso? –oyó preguntar a Maurice cauteloso, allá en lo alto.

–Algo cae –llegó la voz extraña y casi complacida de la fraulein.

–No sería la escalera –dijo Maurice. Se asomó al borde del henar. Se tendió sobre el heno para mirar.

–¡Pues sí que es! –exclamó–. La tiramos con la lona, al extenderla.

–¿Estamos atrapados aquí arriba? –preguntó con voz excitada.

–Pues sí. A no ser que grite hasta que me oigan en la rectoría.

–Ay, no –dijo ella rápidamente.

–Yo no quiero –le aseguró Maurice con una breve carcajada.

Se oyó el rápido repiqueteo de gotas de lluvia sobre la lona. Geoffrey se refugió junto al otro henar.

–Cuidado con dónde pones el pie… ven, deja que enderece este extremo –dijo Maurice, con tono extraño e íntimo, de mando y acariciador–. Nos sentaremos aquí debajo. Pase lo que pase, no nos mojaremos.

–¡No nos mojaremos! –repitió la joven, contenta pero nerviosa.

Geoffrey oyó la lona deslizarse y crujir en lo alto del henar, oyó que Maurice le decía:

–¡Cuidado!

–¡Cuidado! –repitió la joven–. ¡Cuidado! Tú decir “cuidado”.

–Bueno, ¡y qué pasa si lo hago! –rio él–. No quiero que te caigas por el borde. ¿No?

El tono era dominante, pero no se sentía muy seguro de sí mismo.

Hubo un minuto o dos de silencio.

–¡Maurice! –llamó la joven en tono lastimero.

–Estoy aquí –respondió con ternura; la voz tembló con una emoción que era casi dolorosa–. Ya terminé. Vamos a sentarnos bajo esta esquina.

–¡Maurice! –la joven daba un poco de lástima.

–¿Qué? Vas a estar bien –protestó él, indignado pero lleno de ternura.

–Estar bien –repitió Paula–. ¿Estaré bien, Maurice?

–Sabes que sí… no puedo llamarte Paula. ¿Quieres que te llame Minnie? –era el nombre de una hermana muerta.

–¡Minne! –exclamó sorprendida.

–Sí, ¿quieres?

Paula respondió en alemán puro. Maurice se echó a reír entrecortadamente.

–Ven. Ven aquí debajo. ¿Querrías estar a salvo en la rectoría? ¿Quieres que grite para que venga alguien? –preguntó.

–No quiero, ¡no! –fue la vehemente respuesta.

–¿Estás segura? –insistió él casi con indignación.

–Segura… completamente segura –y se echó a reír.

Geoffrey se dio la vuelta al oír las últimas palabras. A continuación la lluvia repiqueteó con fuerza. El hermano solitario se alejó deprimido hacia el cobertizo, donde la lluvia sonaba como un alocado redoble de tambores. Se sentía muy desgraciado, y celoso de Maurice.

El faro de la bicicleta, inclinado, proyectó una luz amarillenta sobre el suelo desnudo del cobertizo o cabaña, abierto por uno de los lados. Iluminó la tierra pisoteada, los mangos de los aperos amontonados bajo la viga, junto al feo metal gris de la edificación. Geoffrey cogió la lámpara e iluminó con ella la cabaña a su alrededor. Había montones de arneses, herramientas, un gran cajón de azúcar, un grueso lecho de heno, y después las vigas que sostenían el hierro ondulado, todo muy triste y desnudo. Dirigió la lámpara hacia la noche: no había otra cosa que el brillo furtivo de las gotas de lluvia entre la bruma oscura, y negras formas cerniéndose alrededor.

Geoffrey apagó la luz de un soplo y se dejó caer sobre el heno. Dentro de un rato iría y les colocaría la escalera en su sitio, cuando tuvieran necesidad de ella. Mientras tanto se quedó sentado recreándose en la felicidad de Maurice. Era imaginativo, y ahora tenía algo concreto en que basarse. Nada en la vida le estimulaba tan profundamente, y tan completamente, como pensar en aquella mujer. Porque Paula era extraña, extranjera, distinta de las jóvenes normales: el elemento provocador de la feminidad parecía concentrado en ella, más resplandeciente, más fascinante que en nadie que hubiera conocido, así que él se sentía más que otra cosa como una polilla en la proximidad de una vela. La habría amado con frenesí, pero era Maurice el que la había conseguido. Sus pensamientos no hacían sino dar vueltas en torno a la misma trayectoria, una y otra vez: qué se sentía al besarla, cuando ella te abrazaba con fuerza la cintura; cómo se sentía ella con respecto a Maurice, si le gustaba acariciarlo; si le resultaba encantador y atractivo; qué pensaba de él mismo: se limitaba a mirarlo con indiferencia, como quien ve un caballo en un prado; y por qué tenía que ser así, por qué no era él capaz de despertar su aprecio, en lugar de que fuera Maurice quien lo hiciera: nunca iba a conseguir que una mujer lo apreciara de aquel modo, siempre se rendía demasiado pronto ante ella: ojalá apareciera una mujer que lo quisiera por su valía, pese a ser tan torpe y no saber sacarse provecho, ay, que fantástico sería; cómo la besaría. Y después empezaba de nuevo la misma ronda de pensamientos, casi con igual obsesión que un demente. Mientras tanto, la lluvia intensa golpeaba incansable el cobertizo, y después se volvió más ligera y suave. Oyó cómo caía gota a gota en el exterior.

El corazón de Geoffrey le dio un vuelco en el pecho, y todo él se puso en tensión, cuando una forma oscura apareció sin hacer ruido junto a los postes del cobertizo y, tras agachar la cabeza, se introdujo en él sigilosamente. El corazón del joven latía con tanta fuerza, a saltos, que no fue capaz de reunir el aliento necesario para hablar. Más que sentir miedo, era presa del sobresalto. La forma avanzó a tientas en dirección a él. Geoffrey, de un salto, se abalanzó sobre ella y la atrapó, jadeante, con sus enormes manos.

–¡Alto ahí!

No hubo resistencia, solo un gemido de desesperación.

–Suélteme –dijo una voz de mujer.

–¿Qué busca? –preguntó con voz ronca y profunda.

–Creía que él estaba aquí –la mujer lloraba desesperada, con sollozos entrecortados e insistentes.

–Y se encontró con algo que no esperaba, ¿verdad?

Ante el tono intimidatorio trató de apartarse de él.

–Suélteme –dijo.

–¿A quién esperaba encontrarse aquí? –preguntó Geoffrey, pero de manera ya más natural.

–Esperaba que fuera mi marido… el que cenó con ustedes. Déjeme ir.

–¡Ah! ¡Es usted! –exclamó el muchacho–. ¿La abandonó?

–Deje que me vaya –dijo la mujer con hosquedad, tratando de apartarse.

Geoffrey notó que tenía la manga muy mojada, y que el brazo que él asía era esbelto. De súbito se sintió avergonzado de sí mismo: estaba claro que la había lastimado, al apretarla con tanta fuerza. Aflojó las manos, pero no la soltó.

–¿Y anda buscando a ese bribón que estuvo aquí a la hora de la cena? –preguntó.

La mujer no respondió.

–¿Dónde la abandonó?

–Yo lo dejé… aquí. Desde entonces no lo he vuelto a ver.

–Pues yo diría que de buena se ha librado –dijo Geoffrey.

Ella no contestó. El joven soltó una breve carcajada, y añadió:

–Yo habría pensado que no tendría ganas de volver a verle la cara.

–Es mi marido… y si puedo evitarlo, no va a escaparse.

Geoffrey se quedó en silencio, sin saber qué decir.

–¿Lleva puesta una chaqueta? –preguntó al fin.

–¿Qué cree? Usted la tiene agarrada.

–Pero está mojada, ¿verdad?

–No creo que pueda estar seca después de andar bajo esa fuerte lluvia. Pero si no está aquí, me iré.

–Quiero decir… –dijo Geoffrey con humildad– está completamente empapada.

No contestó. La sintió temblar.

–¿Tiene frío? –preguntó, sorprendido y lleno de preocupación.

Ella no le respondió. El joven no sabía qué decir.

–Espere un minuto –le rogó, y rebuscó en el bolsillo hasta encontrar los cerillos.

Encendió uno y lo sostuvo en el hueco de la palma rugosa y enorme. Era un hombre corpulento y se veía nervioso. Al proyectar la luz sobre ella, vio que estaba bastante pálida y que parecía muy cansada. El viejo sombrero marinero estaba empapado y deformado por la lluvia. Vestía una chaqueta de paño suave de color beige. La chaqueta estaba negra por la mojadura allí donde la lluvia había calado, la falda colgaba empapada y goteaba sobre las botas. El cerillo se apagó.

–Está completamente mojada –dijo Geoffrey.

La mujer no respondió.

–¿Quiere quedarse aquí hasta que escampe? –preguntó.

Ella no respondió.

–Porque si es así, sería mejor que se quite la ropa y se envuelva en la manta. En el cajón hay una manta para el caballo.

Esperó, pero ella seguía sin responder. Así que encendió la lámpara de la bicicleta, y revolvió en la caja hasta sacar una gran manta marrón de rayas amarillas y rojas. La mujer estaba inmóvil. Geoffrey la iluminó con la lámpara. Estaba muy pálida, y temblaba entre espasmos.

–¿Tanto frío tiene? –preguntó preocupado–. Quítese la chaqueta y el sombrero y cúbrase con esto.

Con gesto mecánico se desabrochó los enormes botones de color beige y se soltó el sombrero. Con el cabello negro retirado de la frente estrecha y franca, parecía poco más que una niña, una niña a la que la tensión de la vida la hubiera empujado con dureza a la madurez. Era pequeña y elegante, de rasgos finos. Pero se estremecía con las convulsiones.

–¿Le pasa algo? –preguntó Geoffrey.

–Fui caminando a Bulwell y regresé –dijo con labios temblorosos– en su búsqueda… y no he comido nada desde esta mañana.

No sollozaba. El horror que sentía le impedía llorar. La miró desolado, con la boca entreabierta: “con cara de imbécil” como habría dicho Maurice.

–¡No ha comido nada! –dijo.

Después volteó hacia el cajón. Allí estaba guardado el pan que había sobrado y el gran trozo de queso, y cosas como azúcar y sal, junto a todos los utensilios de comer: había algo de mantequilla.

La mujer, embargada de tristeza, tomó asiento en el lecho de heno. Geoffrey le preparó un trozo de pan con mantequilla y una porción de queso. Ella lo aceptó, pero se lo comió con apatía.

–Quiero algo de beber –dijo.

–No tenemos cerveza –respondió él–. Mi padre no tiene.

–Quiero agua –dijo la mujer.

Geoffrey cogió una lata y desapareció en la húmeda oscuridad, bajo el enorme seto negro, en dirección al pilón. Cuando volvió, la vio sentada en la semipenumbra de aquella especie de covacha, hecha un ovillo. La hierba empapada le humedeció los pies y pensó en ella. Cuando le entregó el tazón de agua, la mano de la mujer rozó la suya, y sintió que tenía los dedos calientes y resbaladizos. Temblaba tanto que derramó el agua.

–¿Se encuentra mal? –preguntó.

–No soy capaz de controlar los temblores, pero es sólo de estar cansada y no haber comido nada.

Geoffrey se rascó la cabeza meditabundo, esperó a que se hubiera comido el trozo de pan con mantequilla. Después le ofreció otro.

–En este momento no lo quiero –dijo ella.

–Tiene que comer algo.

–Ahora no podría comer nada más.

Con cierta inseguridad, Geoffrey guardó el trozo en la caja. A continuación hubo otra larga pausa. El muchacho se puso en pie con la cabeza gacha. La bicicleta, cual animal en reposo, brillaba tras él, vuelta hacia la pared. La mujer estaba acurrucada en el heno, tiritando.

–¿No puede entrar en calor? –le preguntó.

–Poco a poco lo haré, no se preocupe. Estoy ocupando su sitio. ¿Va a pasar aquí la noche?

–Sí.

–Me iré dentro de un poco.

–No, no quiero que se vaya. Estoy pensando en cómo podría entrar en calor.

–No se preocupe por mí –respondió medio irritada.

–Sólo voy a comprobar que los henares están bien. Quítese los zapatos y las medias y todo lo que tenga mojado: no tendrá problemas para taparse por completo con esa manta, no es que usted abulte mucho.

–Está lloviendo… estaré bien… me iré dentro de un minuto.

–Tengo que ver si los henares están resguardados. Quítese la ropa mojada.

–¿Va a volver? –preguntó la mujer.

–Puede que no lo haga, hasta por la mañana.

–Bueno, en ese caso, me iré dentro de diez minutos. No tengo ningún derecho de estar aquí, y no permitiré que nadie se vaya por mi culpa.

–No será culpa suya si me voy.

–Sea como sea, no me quedaré.

–Y si vuelvo, ¿se quedará? –preguntó Geoffrey.

No obtuvo respuesta.

Se marchó. Tras unos minutos, ella apagó la lámpara de un soplo. La lluvia caía sin cesar, y la noche era una oscura sima. Reinaba la quietud más absoluta. Geoffrey escuchó en todas las direcciones: no había otro sonido que el de la lluvia. Se introdujo entre los henares, pero no oyó otra cosa que el borboteo de la fuente, y el silbido de la lluvia. La oscuridad lo cubría todo. Imaginó que la muerte era algo parecido: multitud de cosas disueltas en el silencio y la oscuridad, borradas pero existentes. En la densa negrura se sintió casi extinguido. Tuvo miedo de no encontrar las cosas como antes. Casi frenéticamente, dando traspiés, buscó a tientas, hasta que su mano tocó el húmedo metal. Había estado buscando un rayo de luz.

–¿Apagó la lámpara? –preguntó, con miedo de encontrarse con el silencio por toda respuesta.

–Sí –respondió ella con humildad.

Geoffrey se alegró de oír su voz. A ciegas en la completa oscuridad del cobertizo, chocó contra la caja, parte de cuya tapa hacía el papel de mesa. Se oyó un estruendo y una caída.

–Eso fueron la lámpara, el cuchillo y la taza –anunció.

Encendió un cerillo.

–La taza no se rompió –la metió en la caja.

–Pero se derramó el aceite de la lámpara. Siempre fue un cachivache viejo.

Apagó con rapidez el cerillo, que le quemaba los dedos.

Después encendió otro.

–No necesita la lámpara, sabe que no. Y yo me iré de inmediato, así que venga y túmbese y disfrute de su merecido descanso. Yo no voy a ocupar su sitio.

La miró a la luz de un nuevo cerillo. Era un bulto extraño, todo marrón, en el que asomaba a trechos el reborde colorido de la manta, y su pequeño rostro que lo contemplaba. Cuando el cerillo se apagaba ella vio que Geoffrey iniciaba una sonrisa.

–Puedo sentarme en este extremo –dijo la mujer–. Usted túmbese.

El joven se aproximó y tomó asiento en el heno, a cierta distancia de ella. Tras un rato en silencio:

–¿De verdad es tu marido? –preguntó.

–¡Lo es! –contestó con seriedad.

–¡Ah!

Se hizo de nuevo el silencio tras esas palabras.

Después de un rato:

–¿Ya entraste en calor?

–¿Por qué te molestas?

–No me molesto. ¿Lo sigues porque te gusta?

Se expresó con timidez. Quería saberlo.

–No… ojalá estuviera muerto –el desprecio con el que habló no estaba exento de amargura. A continuación insistió–: pero es mi marido.

Geoffrey soltó una breve carcajada.

–¡Por Dios! –dijo.

Una vez más, tras un tiempo:

–¿Llevas mucho casada?

–Cuatro años.

–Cuatro años… entonces ¿cuántos tienes?

–Veintitrés.

–¿Cumpliste veintitrés?

–En mayo.

–Entonces eres cuatro años mayor que yo.

Se quedó pensativo. No eran más que dos voces en la noche negra como el carbón. Había como un halo de misterio. Silencio una vez más.

–¿Y se dedican a vagabundear?

–Él piensa que anda buscando trabajo. Pero no le gusta trabajar en absoluto. Cuando me casé con él trabajaba en los establos de los Greenhalgh, los tratantes de caballos, en Chesterfield, donde yo era doncella. Dejó ese empleo cuando el bebé tenía sólo dos meses y desde entonces me ha llevado de la ceca a la meca. Como dice el refrán: “piedra que rueda no hace montón…”

–¿Y dónde está el bebé?

–Murió cuando tenía diez meses.

Ahora el silencio se asentó entre ellos. Pasó mucho tiempo antes de que Geoffrey se aventurara a decir, lleno de compasión:

–No te queda gran cosa por la cual vivir.

–Muchas son las veces que, cuando he empezado a tiritar y temblar por las noches, he deseado que la muerte me llevara. Pero no nos es tan fácil morirnos.

El muchacho permaneció en silencio.

–¿Y qué vas a hacer? –preguntó entre titubeos.

–Lo encontraré, aunque me desplome en el camino.

–¿Por qué? –preguntó confundido, mirando hacia ella, pese a no ver más que una impenetrable oscuridad.

–Porque sí. No va a salirse con la suya.

–Pero ¿por qué no lo abandonas?

–Porque no va a salirse con la suya.

Sonaba muy decidida, vengativa incluso. Geoffrey se sintió sumido en la confusión, incómodo, y vagamente entristecido por ella. La mujer se mantenía en total inmovilidad. Daba la impresión de ser sólo una voz, una presencia.

–¿Ya entraste en calor? –preguntó Geoffrey, un tanto temeroso.

–Un poco… ¡menos los pies! –su voz era lastimera.

–Déjame que te los caliente con las manos –le rogó–. Yo no tengo nada de frío.

–No, gracias –contestó ella con frialdad.

Luego, en la oscuridad, se dio cuenta de que la había herido. Estaba lleno de crispación por el desaire, porque había hecho el ofrecimiento por pura bondad.

–Es que están un poco sucios –dijo medio en broma.

–Bueno, los míos sí que lo están… y eso que yo me baño casi todos los días –respondió el muchacho.

–No sé cuándo van a calentarse –se lamentó ella para sí.

–Pues entonces ponlos en mis manos.

La mujer oyó cómo sacudía levemente la caja de cerillos, y a continuación un resplandor fosforescente empezó a humear en dirección a donde él estaba. De pronto tenía en las manos dos humeantes manchas de luz azul verdosa que le aproximó a los pies. Ella tuvo miedo. Pero los pies le dolían tanto que se movió instintivamente, y acercó las plantas de los pies con suavidad a los dos puntos humeantes. Las grandes manos del muchacho le ciñeron el empeine, cálidas y fuertes.

–¡Están como el hielo! –exclamó con honda preocupación.

Le calentó los pies lo mejor que pudo, apoyándolos en su cuerpo. De vez en cuando, la mujer se estremecía con convulsiones. Sintió el aliento cálido de él en las junturas de los dedos, que las manos del joven apretujaban. Se inclinó hacia él y le rozó el pelo delicadamente con la mano. Geoffrey se estremeció. Ella continuó acariciándole el pelo suavemente, con las yemas de sus dedos tímidas y suplicantes.

–¿Los sientes mejor? –preguntó el muchacho en voz baja, y alzó de repente el rostro hacia ella.

El movimiento hizo que la mano se deslizase suave por su rostro y que las yemas de los dedos se enredasen en su boca. La apartó rápida. Geoffrey alargó una mano en busca de la de la mujer, con la palma de la otra le sujetaba ambos pies. La mano errante tropezó con el rostro de ella. Lo acarició con curiosidad. Estaba húmedo. Acercó los dedos cautelosos a sus ojos; eran dos pequeños charcos de lágrimas.

–¿Qué sucede? –preguntó en voz baja, entrecortada.

La mujer se inclinó hacia él y lo agarró fuerte del cuello, apretándolo contra su pecho en una pequeña explosión de dolor. El amargo desengaño de su vida, la vergüenza y la degradación sin paliativos de los últimos cuatro años la habían empujado a la soledad, y la habían endurecido hasta hacer que una gran parte de su ser se agrietara y se volviera estéril. Ahora se había suavizado de nuevo, y aquel renacer podía estar pleno de belleza. Había estado casi a punto de convertirse en una mujer vieja y fea.

Apretó contra el pecho la cabeza de Geoffrey, que se elevó y descendió, y se elevó de nuevo. Estaba aturdido, sumido en la fascinación. Dejó que la mujer hiciera con él lo que quisiera. Las lágrimas cayeron sobre su cabello, mientras ella lloraba en silencio; y su respiración se hizo profunda como la de ella. Por fin, le liberó de aquel yugo. Él la rodeó con sus brazos.

–Ven, déjame que te dé calor –dijo, acurrucándola en sus rodillas y ciñéndola contra él con sus fuertes brazos.

Era pequeña y caline. La rodeó de calor y cercanía. Al poco, ella deslizó los brazos en torno a él.

–Qué grande eres –susurró.

La estrechó con fuerza, sobrecogido, bajó el rostro y su boca errátil la buscó. Los labios encontraron su sien. Con lentitud y deliberación, ella acercó la boca a la del joven, y con los labios abiertos, le recibió en un beso, el primer beso de amor de Geoffrey.

 

5

Rompía el alba fría cuando Geoffrey despertó. La mujer seguía dormida en sus brazos. Su rostro en reposo despertó toda la ternura que había en él: la boca cerrada con fuerza, como resuelta a soportar lo que era difícil de soportar, resultaba de lo más conmovedora en contraste con los rasgos de molde fino. Geoffrey la estrechó contra su pecho: teniéndola a ella, se sintió capaz de partirle el labio a los desdeñosos, y de avanzar erecto, imbatible. Con ella para completarlo, para formar el núcleo de su ser, se sentía firme y sin fisuras. Al necesitarla tanto, la amaba fervientemente.

Mientras tanto el alba llegó como llega la muerte, con una de esas mañanas lentas, lívidas, que parecen bañadas en sudor frío. Poco a poco, y penosamente, el aire empezó a clarear. Geoffrey vio que no llovía. Mientras contemplaba la horrible transformación allí fuera, fue consciente de algo. Bajó la vista: la mujer tenía los ojos abiertos y lo miraba: sus ojos eran de un castaño dorado, sosegados, y de inmediato se clavaron en los suyos con una sonrisa. Él también sonrió, se inclinó ligeramente y la besó. No hablaron durante un tiempo. Después:

–¿Cómo te llamas? –preguntó él con curiosidad.

–Lydia –respondió.

–¡Lydia! –repitió, sorprendido. Se sintió de lo más tímido.

–Yo me llamo Geoffrey Wookey –dijo.

Ella se limitó a sonreírle.

Estuvieron en silencio un tiempo considerable. A la luz del día, todo parecía de menor tamaño. Los enormes árboles nocturnos habían encogido hasta convertirse en algo viejo, pequeño e incierto que se inmiscuía en la palidez enfermiza de la atmósfera. Había una bruma espesa, así que la luz apenas podía alentar. Daba la sensación de que todo fuera enfermizo y se estremeciera de frío.

–¿Has dormido con frecuencia a la intemperie? –preguntó Geoffrey.

–No demasiado –respondió ella.

–¿No irás tras él? –inquirió.

–Tengo que hacerlo –fue la respuesta de la mujer, pero se ovilló contra el cuerpo de Geoffrey.

El joven sintió un pánico repentino.

–No debes –profirió.

Y ella vio que sentía temor por sí mismo. Lo dejó pasar, guardó silencio.

–¿No podríamos casarnos? –preguntó él pensativo.

–No.

Geoffrey meditó la respuesta en profundidad. Al fin:

–¿Vendrías conmigo a Canadá?

–Veremos si piensas lo mismo dentro de dos meses –fue la respuesta de ella, sin amargura.

–Pensaré igual –protestó Geoffrey, herido.

La mujer no respondió, se quedó observándolo impasible. Estaba allí para que hiciera lo que quisiera con ella; pero no iba a arruinarle el futuro, no, por nada del mundo.

–¿No tienes ningún pariente? –preguntó Geoffrey.

–Una hermana casada en Crich.

–¿En una granja?

–No… se casó con uno que trabaja en una granja… pero le va muy bien. Me iré allí, si eso es lo que quieres que haga, sólo hasta que consiga otro empleo en el servicio doméstico.

Geoffrey meditó aquello.

–¿Podrías emplearte en una granja? –preguntó esperanzado.

–Greenhalgh era una granja.

Él vio despejarse el futuro: la mujer le serviría de ayuda. Había accedido a irse con su hermana, y a buscar empleo en el servicio doméstico, hasta la primavera, dijo, momento en que se embarcarían rumbo a Canadá. Esperó a que asintiera.

–Entonces ¿te vendrás conmigo? –preguntó.

–Cuando llegue el momento –dijo ella.

Aquella falta de confianza hizo que él agachara la cabeza: no le faltaban razones.

–¿Irás caminando hasta Crich o desde Langley Hill a Ambergate? Sólo es una caminata de quince kilómetros. Así que podemos subir juntos hasta Hunt Hill; tendrás que pasar junto a la vereda que lleva a nuestra casa, y entonces yo podría acercarme un momento a buscar algo de dinero para darte –dijo con humildad.

–Llevo medio soberano encima… es más de lo que necesito.

–Enséñamelo.

Un momento después, tras rebuscar bajo la manta, la mujer sacó el dinero. Geoffrey sintió que era independiente de él. Tras rumiar aquello con bastante amargura, se dijo a sí mismo que ella lo abandonaría. La furia le proporcionó la valentía necesaria para preguntarle:

–¿Irás a servir con tu nombre de soltera?

–No.

Se sintió lleno de amargura y de ira hacia ella, rebosante de resentimiento.

–Apuesto a que no te veré nunca más –dijo, con una carcajada breve y dura.

La mujer le rodeó con sus brazos, le apretó contra sí, mientras los ojos se le inundaban de lágrimas. Geoffrey se sintió reconfortado, pero no satisfecho.

–¿Me escribirás esta noche?

–Sí, lo haré.

–Y yo, ¿puedo escribirte… a qué nombre tengo que hacerlo?

–Al de señora Bredon.

–¡Bredon! –repitió con amargura.

Se sentía extremadamente intranquilo.

El alba se había impregnado de tristeza. Vio los setos chorreantes de humedad entre la bruma gris. Después le habló de Maurice.

–¡Ay, no deberías haber hecho eso! –dijo ella–. ¡Tendrías que haberles puesto la escalera!

–Bah… me tienen sin cuidado.

–Ve y hazlo ahora… y yo me iré.

–No, no lo hagas. Quédate a conocer a nuestro Maurice, vamos, quédate a verlo… así podré contárselo.

Ella accedió en silencio. Geoffrey obtuvo su promesa de que no se marcharía hasta que él volviera. La mujer se ordenó las ropas, se encaminó al pilón, donde realizó sus abluciones.

Geoffrey se acercó hasta el prado de arriba. Los húmedos henares se elevaban entre la bruma, el seto estaba empapado. La niebla emergía de la hierba como un vapor y las colinas cercanas aparecían tan veladas que no eran más que unas sombras. En el valle, las copas de algunos álamos se elevaban bastante bien definidas. Se estremeció de frío.

No llegaba ningún sonido de los henares, y no era capaz de distinguir nada. Después de todo, se preguntó si estarían allí arriba. Pero levantó la escalera del lugar donde había caído, y después recorrió el seto para recoger palos secos. Estaba partiendo ramas delgadas y muertas bajo un acebo cuando, en la perfecta quietud del aire, oyó:

–¡Vaya!

Escuchó con atención. Maurice estaba despierto.

–¡Siéntate ahí! –exclamó la voz del muchacho.

Luego, tras un rato, el sonido extranjero de la joven:

–Qué… ¡Ah, ahí!

–Sí, la escalera está ahí, vaya que sí.

–Dijiste que se había caído.

–Bueno, oí que se caía… y no pude ni verla ni tocarla.

–Dijiste que se había caído. Mientes, embustero.

–No, tan cierto como que estoy aquí…

–Me dices mentiras… me obligas a quedarme aquí… me dices mentiras –hablaba llena de pasión e indignada.

–Tan cierto como que estoy aquí… –empezó a decir Maurice.

–¡Mentira! ¡Mentira! ¡Mentira! –gritó ella–. No te creo, jamás. ¡Eres malo! ¡Malo! ¡Malo!

–¡Ya está bien! –ahora era Maurice el que estaba indignado.

–Eres malvado, malo, malo, malo.

–¿Vienes abajo? –preguntó el muchacho con frialdad.

–No… no iré contigo… malo, decirme mentiras.

–¿Vas a bajar?

–No, no te quiero.

–¡Pues muy bien!

Geoffrey, escudriñando entre las ramas del acebo, vio a Maurice acercarse cauteloso a la escalera. El travesaño superior quedaba por debajo del borde del henar, y descansaba sobre la lona, así que era peligroso llegar a él. La fraulein lo observaba desde el extremo del henar, donde, bajo la cubierta levantada, se veía el heno seco y liviano. Maurice dio un pequeño resbalón; la joven pegó un grito. Cuando el muchacho consiguió encaramarse a la escalera, agarró la lona y la echó hacia atrás para facilitarle a ella el descenso.

–¿Vienes ahora? –preguntó.

–No –enojada, hizo un gesto negativo lleno de vehemencia.

Geoffrey sintió un ligero desprecio hacia ella. Pero Maurice esperó.

–¿Vienes? –gritó una vez más.

–No –aulló ella, como un gato montés.

–Muy bien, en ese caso, me voy.

Descendió hasta el suelo. Una vez allí, se quedó aguantando la escalera.

–Ven, mientras la aguanto para que no se mueva.

No hubo respuesta. Durante unos minutos se quedó pacientemente con el pie apoyado en el último travesaño de la escalera. Estaba pálido, con un aspecto un tanto agotado, y se enderezó ante el frío.

–¿Vienes o no? –preguntó al fin.

Siguió sin obtener respuesta.

–Pues quédate ahí arriba hasta que estés lista –murmuró, y se alejó.

Al dar la vuelta a los henares se encontró con Geoffrey.

–¿Qué haces tú aquí? –inquirió.

–Llevo aquí toda la noche –respondió Geoffrey–. Vine para ayudarte con la cubierta, pero vi que estaba puesta, y que la escalera estaba abajo, así que pensé que te habías ido.

–¿Fuiste tú el que volvió a poner la escalera?

–Sí, hace un rato.

Maurice rumió aquellas palabras, Geoffrey peleaba consigo mismo para comunicarle sus nuevas. Por fin, le soltó:

–¿Sabes que aquella mujer que estuvo ayer a la hora de la cena volvió y se quedó en el cobertizo toda la noche para protegerse de la lluvia?

–¡Ajá! –exclamó Maurice, con una chispa en la mirada, y una sonrisa le recorrió el pálido rostro.

–Y voy a darle algo de desayunar.

–¡Ajá! –repitió Maurice.

–Es el hombre el que no vale para nada, no ella –protestó Geoffrey.

Maurice no estaba en situación de arrojar la primera piedra.

–Hazlo, si eso es lo que te apetece –se veía más preocupado y nervioso de lo que Geoffrey lo había visto nunca.

–¿Y a ti qué te pasa? –preguntó el mayor de los dos hermanos, que en el fondo de su corazón se sentía contento y aliviado.

–Nada –fue su respuesta.

Fueron juntos hasta el cobertizo. La mujer estaba doblando la manta. Se veía fresca tras el aseo, y muy bonita. El cabello, en lugar de estar tirante hacia atrás, lo llevaba recogido en un moño bajo, y le cubría en parte las orejas. Antes, con toda intención, se había afeado: ahora estaba limpia y bonita, y mostraba una dulce gravedad femenina.

–Hola, no esperaba encontrármela aquí –dijo Maurice con mucha torpeza, sonriente. Ella lo contempló con aire grave sin responder–. Pero anoche era mejor buscar refugio que quedarse fuera –añadió.

–Sí –contestó.

–¿Por qué no vas a buscar unos cuantos palos más? –le pidió Geoffrey.

Para Geoffrey era algo nuevo estar al mando. Maurice obedeció. Desapareció en la mañana cruda y húmeda. No se acercó al henar, para evitar encontrarse con Paula.

En la entrada al cobertizo, Geoffrey encendió el fuego. La mujer sacó el café de la caja: Geoffrey puso el cazo a hervir. Estaban colocando el desayuno cuando apareció Paula. Iba con la cabeza descubierta. Llevaba briznas de heno en el pelo y tenía la cara pálida: en resumen, no estaba en su mejor momento.

–¡Ah, tú! –exclamó al ver a Geoffrey.

–¡Hola! –respondió él–. Saliste temprano.

–¿Dónde está Maurice?

–No lo sé, no tardará mucho.

Paula se quedó callada.

–¿Cuándo llegaste?

–Vine anoche, pero no vi a nadie por ningún lado. Me levanté hace una media hora y puse la escalera para retirar la cubierta.

Paula comprendió y se quedó en silencio. Cuando llegó Maurice con la leña, estaba acurrucada calentándose las manos. Levantó la mirada hacia el joven, pero él mantuvo los ojos alejados de ella. Geoffrey tropezó con la mirada de Lydia y sonrió. Maurice acercó las manos al fuego.

–¿Tienes frío? –preguntó Paula con ternura.

–Un poco –contestó él sin animosidad pero con reserva.

Y durante el tiempo que los cuatro estuvieron sentados alrededor del fuego, bebiendo el café humeante, comiendo cada uno un trozo de tocino asado, Paula buscó con avidez los ojos de Maurice, pero él evitó mirarla. Era amable, pero se negaba a responder a sus miradas. Y Geoffrey sonrió constantemente a Lydia, que observaba con gravedad.

La joven alemana logró volver a entrar sin problemas en la rectoría; su escapada pasó inadvertida para todos menos para la doncella. Antes de que pasara una semana, estaba oficialmente comprometida con Maurice, y cuando expiró el mes que tenía de plazo, se fue a vivir a la granja.

Geoffrey y Lydia se mantuvieron fieles el uno al otro.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)