lunes, 6 de abril de 2026

Vuelta a la casa tomada

Araceli Otamendi

 

El agua corre, llena la bañera y casi desborda. Está al límite, llena, entonces me sumerjo. El agua está tibia y causa placer estar ahí. Entonces veo figuras, recuerdos que aparecen y dibujan. Entonces me dejo ir, llevar ¿adónde? Entonces viajo. Tomo el colectivo y viajo, el ómnibus anda despacio, es día de semana y voy, es un día soleado y voy mirando por las ventanillas, los edificios, la ciudad gris, la ciudad me araña. Me dejo llevar porque los recuerdos son y están. Y estoy ahí. Yo estoy, estaba y estoy. Y entonces es un homenaje a mí misma. A la que fui y está, en el pasado que ahora es presente. Está, estoy. Ahí, como entonces, como ahora, estoy…

Y me saludo cada vez que paso por alguna casa dónde viví, porque ahí quedaron mis recuerdos. Entonces me saludo a mí misma porque algo mío vive ahí…

Pero las casas han sido tomadas, son casas tomadas como en el cuento de Julio… poco a poco las han ido tomando otros…

Entonces escribo, escribo para recordar, para encontrarme a mí misma y recordar y verme ahí, hace tanto tiempo y sin embargo…

Hay que dejar tranquilos a los fantasmas… que habiten, que llenen la casa tomada mientras nosotros, desde aquí, ¿cómo llamarla? Realidad, pies en la tierra, seguimos pensando ¿en ellos?

Camino casi con precisión. La vereda ancha me lo permite, del lado del sol, pasado mediodía percibo el aire fresco, las puertas: casi todas cerradas. Los negocios, a esta hora duermen la siesta. Alguna vez arrojé la llave de la casa a la alcantarilla. ¿Arrojé, dije? No estaría tan segura, no lo estoy, y es más, ahora no estoy segura de nada. Antes de convertirme en un insecto, antes de ser Gregorio Samsa, lo intento. Lo voy a intentar. Hace tanto tiempo lo he planificado y hasta he trazado un mapa con las coordenadas. Tantas cuadras para un lado, tantas cuadras para otro. Girar, hacia un lado primero, después caminar. Como un ciego cerca de las paredes de las casas como si hacerlo me brindara cierta seguridad de la que jamás he gozado. Como algo sí que es seguro y de eso prefiero no hablar, por ahora. Prefiero detener el tiempo y el destino y volver a la casa tomada. Porque ellos, ellos que andan por ahí tomando las habitaciones en la casa, haciendo extraños ruidos. Voy a exorcizar el conjuro que me ha traído hasta aquí. Mi corazón late rapidísimo como un caballo al galope. Hasta aquí he cruzado varios paisajes, disímiles, hasta contradictorios: monumento al soldado, el gauchito gil, paisajes que hablan –a veces– y sólo pájaros que cantan en las ramas. He venido hasta aquí sólo para escuchar los sonidos… de la casa.

¿Sólo para escuchar?…

Porque la casa sigue tomada…

Entonces, sentada en un café elucubro planes, estrategias. Costaría menos si la casa tuviera chimenea. Entrar por el techo y sorprenderlos. A ellos, los que habitan la casa tomada.

Las ventanas están tapiadas, Convertirme en Jane, la chica de Tarzán y entrar con tambores y gritos aferrada a una liana.

Sí, escucho los tambores y los gritos y es de noche. Ellos entonces, vienen…

Vienen marchando con luces y disfraces, cierro los ojos y ahora sé qué es lo que ocurrirá. Estoy ahí hace tanto tiempo…

La música, los silbatos, las panderetas. Lo había olvidado: es Carnaval. Se acerca alguien y me arroja papel picado en la cara: no voy a llorar. Entonces sé que ésta es la contraseña para que suba de una vez por todas a la carroza. Pero no es cualquier carroza de este Carnaval, sino la de Orfeo, alguien extiende su mano… –Subí, dice. Tiene los ojos pintados, la cara, el cuerpo. Subo. La carroza sigue el desfile: pasamos por la casa, las ventanas están cerradas. Orfeo tiene su lira en la mano y canta. Apenas me pregunta algo, oigo su voz casi es un susurro. La comparsa sigue, hombres y mujeres bailan con frenesí. Cierro los ojos, ya no sé dónde estoy. El papel picado y las serpentinas caen sobre mi cabeza. En otra carroza un hombre baila. La carroza sigue. Orfeo, digo ¿adónde quiere llevarme?

Orfeo me mira a los ojos, y dice: a la casa tomada.

¡Orfeo! ¡Orfeo! Pasamos por una arboleda y los árboles acarician nuestra cara, nuestra cabeza ¡Orfeo! Está bien aquí. Quiero volver…

Antes vamos a dar un paseo, es Carnaval, dice. Hay que divertirse…

No sé dónde estoy, sigo sin saber, ni quién es este ser disfrazado de Orfeo, ni adónde me lleva, ni adónde voy…

¡Orfeo! Lo llamo, pero no responde. Sólo escucho su voz diciéndome: –no podés volver a la casa tomada.

¿Por qué? Pregunto. Orfeo canta, canta una canción que no comprendo. Porque todo es extrañeza y yo soy una extraña dentro de mi piel…

Estamos en la oscuridad más absoluta, pasamos por varias casas, por la arboleda. El ruido del agua me sobresalta… las olas golpean en la costa. Entonces Orfeo da una orden y la carroza se detiene. Hombres y mujeres se tiran entonces a dormir sobre el pasto, sobre la tierra, en cualquier parte, extenuados de tanto bailar. Los primeros rayos de luz me muestran un paisaje distinto. Orfeo está ahí, conmigo, mirando la salida del sol. Lo miro, permanece impasible, mirando…

¡Orfeo! Lo llamo, y no contesta.

Se da vuelta y me hace señas, me señala el lugar adonde debo ir. Es una piedra y me siento ahí. Me quedo quieta, mirando junto a Orfeo la salida del sol…

Admito ahora que la cara de Orfeo es una máscara.

–Orfeo –le digo.

–¿Qué? –contesta.

–Quiero ver tu cara sin la máscara.

–Eso no es posible –contesta.

–¿Por qué?

–Porque no sé si soy Orfeo si me quito la máscara.

–¿Cómo haré para saber entonces quíén sos?

–Hay que seguir el juego…

–Hoy se termina.

–¿Qué cosa?

–El Carnaval, se termina…

–El Carnaval sí, pero la vida no.

–Nunca sabré qué sos ni qué juego es éste.

–Como la vida ¿no?

–Casi.

–¿Querés volver a casa tomada?

–Es sólo una casa.

–Poblada por fantasmas, vacía.

Orfeo no dice nada más.

Es de noche. Debo cruzar el río, me advierten del peligro: hasta llegar a la otra orilla tendrás que atravesar peligros, hay víboras, reptiles, camalotes, ramas, el suelo es fangoso, arena de río negra.

Tengo que ir, digo, como si cumpliera una misión y camino en el agua, de noche, sabiendo que la otra orilla está allá, más allá, lejos, hay que continuar…

Llegada a la otra orilla, atravesados todos los peligros, salgo indemne, el sol lentamente se va reflejando en el río. Miro el brillo del sol en el agua. Son muchos soles dormidos en la superficie y brillan.

Entonces ingreso en un lugar de piedra, una mina de rodocrosita, piedra rosa, brillante, que espeja mi cara y mi cuerpo. Entonces recuerdo los espejos deformantes del parque de diversiones, los autos chocadores… Me gustaba mirarme en esos espejos: era más alta y más flaca, luego más petisa y gorda, pero nunca era yo. Era divertido y siniestro a la vez: mirarse en los espejos y no ver más que una imagen deforme donde nunca era yo. Luego los autos: subirse a ellos para chocar con otros, girar a toda velocidad y conducir mal, estrellarse con otro auto por pura diversión en círculos, en zigzag, nunca en un camino trazado de antemano.

Vuelta a la otra orilla, miro el río, las olas cuando quiero y debo irme Orfeo ya no está. Se ha ido. No sé quién era. Sólo recuerdo su voz y sus palabras: no podés volver a casa tomada, ahora no…

Es mediodía y el sol está en lo alto. Los hombres y las mujeres de la carroza se van despabilando.

Estoy lejos de ahí, me he ido alejando, me llevo conmigo, ellos no saben quién soy. Detengo la mirada por unos momentos en el agua. Algún pájaro se posa en una rama y canta.

 

(Tomado de www.anatomoi.blogspot.com)

 

Ciudad de Dios

Rubem Fonseca

 

Su nombre es João Romeiro, pero es conocido como Zinho en la Ciudad de Dios, una favela en Jacarepaguá, donde controla el tráfico de drogas. Ella es Soraia Gonçalves, una mujer dócil y callada. Soraia supo que Zinho era traficante de drogas dos meses después de que empezaron a vivir juntos en un condominio de clase media alta en la Barra de Tijuca. ¿Te molesta?, preguntó Zinho, y ella contestó que ya había tenido en su vida un hombre dedicado al Derecho que no pasaba de ser un canalla.

En el condominio Zinho es conocido como vendedor de una firma de importaciones. Cuando llega una partida grande de droga a la favela, Zinho desaparece unos días. Para justificar su ausencia Soraia dice a las vecinas que se encuentran en el parque de recreo o en la piscina que la firma tiene viajando al marido. La policía anda tras él, pero sólo sabe su apellido, y que es blanco. Zinho nunca ha estado preso.

Hoy por la noche Zinho llegó a la casa luego de pasarse tres días distribuyendo en sus puntos; cocaína que envió su proveedor de Puerto Suárez y marihuana que llegó de Pernambuco. Fueron a la cama. Zinho era rápido y rudo y luego de cogerse a la mujer le daba la espalda y se dormía. Soraia era callada y sin iniciativa, pero Zinho la quería así, le gustaba ser obedecido en la cama como era obedecido en la Ciudad de Dios.

–¿Antes de que te duermas te puedo preguntar una cosa?

–Dime rápido, estoy cansado y quiero dormir, amorcito.

–¿Serías capaz de matar a una persona por mí?

–Amorcito, maté a un tipo porque me robó cinco gramos, ¿crees que no voy a matar a un sujeto si me lo pides? Dime quién es. ¿Es de aquí, del condominio?

–No.

–¿De dónde es?

–Vive en Taquara.

–¿Y qué te hizo?

–Nada. Es un niño de siete años. ¿Has matado algún niño de siete años?

–He mandado que agujeren las palmas de las manos a dos mierditas que desaparecieron con unos paquetes, para que sirva de ejemplo, pero creo que estos tenían diez años. ¿Por qué quieres matar a un negrito de siete años?

–Para hacer sufrir a su madre. Ella me humilló. Me quitó a mi novio. Me hizo menos, a todo el mundo le decía que yo era una burra. Luego se casó con él. Ella es rubia, tiene ojos azules y se cree lo máximo.

–¿Quieres vengarte porque te quitó a tu novio? Todavía te gusta ese marica, ¿verdad?

–Sólo me gustas tú, Zinho, eres todo para mí. Ese mierda del Rodrigo no vale nada, sólo siento desprecio por él. Quiero hacer sufrir a la mujer porque me humilló, me llamó burra delante de todos.

–Puedo matar a ese marica.

–A ella ni siquiera le gusta él. Quiero hacer que sufra mucho. La muerte del hijo deja a las madres desesperadas.

–Está bien. ¿Sabes dónde vive el niño?

–Sí.

–Voy a mandar que agarren al niño y lo lleven a Ciudad de Dios.

–Pero no hagas que el niño sufra mucho.

–Si la puta esa se entera de que el hijo murió sufriendo es mejor, ¿o no? Dame la dirección. Mañana mando que hagan el trabajo, Taquara está cerca de mi base.

Por la mañana bien temprano Zinho salió en el carro y fue a Ciudad de Dios. Permaneció dos días fuera. Cuando volvió, llevó a Soraia a la cama y ella obedeció dócilmente a todas sus órdenes. Antes de que él se durmiera, ella preguntó:

–¿Hiciste lo que te pedí?

–Cumplo lo que prometo, amorcito. Mandé a mi personal a que cogieran al niño cuando iba al colegio y que lo llevaran a Ciudad de Dios. En la madrugada le rompieron los brazos y las piernas al negrito, lo estrangularon, lo cortaron todo y luego lo tiraron en la puerta de la casa de la madre. Olvida a ese mierda, no quiero oír hablar más de ese asunto –dijo Zinho.

–Sí, ya lo olvidé.

Zinho le dio la espalda a Soraia y se durmió. Zinho tenía un sueño pesado. Soraia se quedó despierta oyendo roncar a Zinho. Después se levantó y tomó un retrato de Rodrigo que mantenía escondido en un lugar que Zinho nunca descubriría. Siempre que Soraia miraba el retrato del antiguo novio, durante todos aquellos años, sus ojos se llenaban de lágrimas. Pero ese día las lágrimas fueron más abundantes.

–Amor de mi vida –dijo, apretando el retrato de Rodrigo contra su corazón sobresaltado.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

domingo, 5 de abril de 2026

Identidad a buen resguardo

Teófilo Huerta

 

I

Era ya una leyenda en vida. Mantenía en su casa un estudio con sus máscaras, trofeos y fotografías. Estaba en la plenitud de su carrera y así quería retirarse.

Pero su despedida debía estar acompañada por la develación de su identidad. Nunca había perdido la máscara en el ring, pero era tiempo de mostrar su rostro a sus fieles seguidores y al mundo entero.

De cualquier manera, Haz Luminoso quería retirarse invicto y para “perder” su máscara no lo haría ante un acérrimo rival, sino en una función de exhibición ante un luchador aficionado.

En conferencia de prensa anunció su retiro e intenciones, lanzó allí una convocatoria y se encargó él mismo de la meticulosa selección. Cientos de candidatos hicieron fila durante días a las puertas del gimnasio habitual. Haz Luminoso dedicó horas y horas durante una semana en recibir y conocer las potencialidades de los candidatos a luchar contra él. No satisfecho, amplió la fecha límite hasta que alguien le llenara el ojo. Tenía que ser alguien atlético, con habilidades, pero también buscaba que fuera una persona de un núcleo de escasa población, no muy sociable, casi ermitaño. La búsqueda era quirúrgica.

Sucedió por fin un día. Le comunicó directamente al elegido y le pidió no revelar a nadie que era el ganador.

Durante meses Haz Luminoso entrenó a su discípulo en un gimnasio perdido en una zona campestre, lo puso en forma y le capacitó en llaves y secretos de la lucha libre. Nada se filtró de esas sesiones. Ningún periodista tuvo el olfato para seguir la pista.

La función de despedida se publicitó con bombos y platillos, las entradas al evento se agotaron el mismo día en que se pusieron a la venta, se negoció la transmisión en vivo y todo quedó listo.

Llegó el día elegido y millones de espectadores eran testigos del relevante acontecimiento. Fidelidad y morbo se confundían y fusionaban. El ambiente era de euforia y expectación, a pesar de que la función sería solamente de exhibición, sin ser realmente un combate tal como lo había autorizado la Comisión de Lucha Libre para proteger la integridad del hombre amateur.

Se apagaron las luces de la arena y al centro impactante se iluminó exclusivamente el ring; la luz también se hizo en el pasillo por el que elegantemente vestido de traje caminó Haz Luminoso flanqueado por bellas mujeres con carteles publicitarios. Una comitiva de funcionarios se sumó al séquito y todos subieron al encordado. Jovial, entero y ágil, el enmascarado saludó a los cuatro puntos cardinales. La ovación se magnificaba en la arena, el espectáculo era imponente, sobre todo a los ojos de los niños y de los verdaderos apasionados.

El homenaje estaba en marcha. Breves palabras de un par de funcionarios que hicieron entrega de una placa dorada al Haz Luminoso que tomó la palabra entre el griterío enloquecido de la audiencia. Agradeció el gesto, le ayudaron con la placa y se dirigió nuevamente a los vestuarios.

Murmullo de la gente y voceadores de cervezas y golosinas inundaron el ambiente. Después vino el anuncio oficial.

–Señores y señoras: en su despedida histórica con nosotros: Haaaaaaaaaz Luminooooooosoooo.

Gritos desaforados, aplausos a rabiar. Estruendo.

Por el pasillo ahora con su lujosa y larga capa dorada, mallones blancos y el pecho desnudo apareció con las manos levantadas el enmascarado, trepó al ring e hizo movimientos de calentamiento.

–En esta ocasión, el privilegiado contrincante: Retadoooooor Anónimooooo.

En un tono menor, aplausos, gritos, chiflidos y luego… un murmullo apacible producto del impacto que la figura retadora causó en el público. A distancia, telespectadores e internautas también se impresionaron por el porte del hasta entonces desconocido retador de quien se ignoraba su nombre real y procedencia.

Retador Anónimo, con su rostro descubierto, no saludó, no corrió, caminó con garbo y subió en cámara lenta al ring; su calentamiento fue también parsimonioso, artístico, más para un acto dancístico que de lucha. Su semblante apacible emulaba a un héroe griego; labios gruesos, nariz recta, ojos grandes, negros, brillantes, rasgados y engalanados por unas enormes pestañas naturales.

Cada uno de los “contrincantes” fue a su respectiva esquina. Pasearon y luego se retiraron las modelos publicitarias. Al centro el réferi de mediana estatura con su blusa a rayas llamó a los luchadores al centro, éstos accedieron y se saludaron. Hasta ese momento volvió el griterío.

Los luchadores se pusieron frente a frente y el Haz Luminoso procedió a tomar un brazo de Retador Anónimo para emular sobriamente una llave, después cruzó levemente el brazo de su adversario por la espalda sin llegar realmente a culminar la nueva llave. Desde un inicio se delimitó la autoridad a la nueva enseñanza pedagógica de los movimientos. Aunque el público estaba informado que así sería, contagiado del ambiente y la expectativa, comenzó a reclamar acción, querían lucha en serio, no deseaban conformarse.

Los contrincantes intensificaron un poco el contacto, pero sin llegar a un combate real. Se aventaron un poco, hicieron fuercitas, pero nada a fondo. La gente seguía reclamando.

–¡Ya dense en la madre, hombre!

–¡Parecen niñas!

–¡Rómpele el hocico Haz!

–A ver Retador, demuestra de qué estás hecho, ¡no le saques!

–Sí, sí, te pasas, pelea como hombre.

En eso Haz Luminoso se prendió y sorpresivamente atacó a Retador, le quiso doblar un brazo, pero éste opuso una fiera resistencia. Ello aplacó y entusiasmó a la gente, aunque incomodó a las autoridades que supervisaban que aquello no fuera una lucha. El réferi no sabía qué hacer, todo estaba dentro de los límites de la lucha y él se sentía ajeno al prurito de las autoridades.

Retador se envalentonó. Fue al encordado, se trepó y saltó prodigiosamente, Haz Luminoso apenas evitó ser derribado. La gente aplaudía, el réferi seguía nervioso, los funcionarios de la Comisión querían interrumpir la lucha, pero los mánagers se aliaron para impedirlo.

Haz Luminoso buscó afanosamente y sin técnica tirar a su rival, Retador, más gallardo simplemente lo esquivó. Haz pareció entrar en razón y recordar que él mismo había preparado a Retador y debía limitarse a mostrar movimientos, lo que retomó.

–Vamos Haz –gritó alguien– Retador no es ninguna perita en dulce, te da clases.

–¡Ya vámonos entonces!

En eso entró la voz del locutor:

–Gentil público, Haz Luminoso se despide para siempre de la lucha.

La gente calló, retomó la fidelidad por su ídolo y aplaudió.

Los dos luchadores se fundieron en un abrazo.

Retador levantó el brazo de Haz y la arena vibró. Ahora sí, el novato se despidió, bajó del ring y salió corriendo sin que el reflector le acompañara.

Unas notas musicales acrecentaron la tensión en la arena y la gente comenzó a corear:

–Haz, Haz, Haz, Haz, Haz.

Haz Luminoso en el centro del cuadrilátero, dirigió sus manos a la máscara, lentamente bajó el cierre, agacho la cabeza, se retiró enérgicamente la brillante máscara, levantó el rostro y dijo adiós con ambas manos; las cámaras enfocaron el rostro y los fotógrafos dispararon sus obturadores y flashes; la transmisión a distancia dio una mejor imagen del rostro descubierto de Haz Luminoso que la que se pudieron llevar los asistentes que intentaban ver lo mejor posible desde sus lugares y también tomaban imágenes con sus celulares. Era un rostro moreno, labios gruesos, ojos grandes y tristes. Haz no sonreía, permanecía serio y como lejano al acontecimiento, casi incómodo.

No hubo ya ninguna declaración, ni acceso a los medios en ambos vestuarios a pesar de que los reporteros se agolparon frente a sus puertas. Haz Luminoso clausuraba así toda una época.

 

II

En los subsecuentes días, periódicos y revistas reprodujeron fotografías del evento y particularmente de los rostros de los luchadores.

Tras la gran expectativa vino el contradictorio desencanto de la gente al conocer la identidad de su ídolo y la mayoría prefería recordarlo con su característica máscara.

Lo más misterioso de todo fue que tampoco se supo nada más de Retador Anónimo, cuyo rostro tras de la máscara provocaba en lectores y audiencias, ese sí, un imán especial, les cautivaba de manera singular a pesar de su efímera presencia.

 

III

Javier Ramírez González, Haz Luminoso, cuidó muy bien su última aparición y, como nunca, representó un verdadero acto teatral en su despedida.

Realmente él siempre mantuvo su rostro descubierto, sus ojos grandes y expresivos, rodeados de tupidas pestañas, su figura gallarda y desenvuelta. Luchó así ante sus seguidores que le aclamaron y sencillamente luchó contra el pasado que abandonaba, contra su propia máscara que le había dado tantos triunfos y alegrías y que en esa ocasión prestó a Margarito Zepeda, originario de Silao, Guanajuato, seleccionado y entrenado por él.

Algunos periodistas y personas desconfiadas dudaron en pleno espectáculo y pusieron en entredicho la presencia del verdadero Haz Luminoso, pero, como siempre, con el tiempo los escépticos fueron ignorados.

Margarito retornó a su apartada comunidad para continuar sus tareas en un aserradero privado y nadie, en su entorno sospechó absolutamente nada. Conservó, eso sí, la máscara que portó de Haz debidamente autografiada por el ídolo.

Javier por supuesto se escondió por un largo tiempo y lo arroparon familiares, conocidos y vecinos, quienes se solidarizaron con la original transmutación.

 

(Tomado de www.cuentosteohuerta.blogspot.com)

 

Adrienne Buquet

Anatole France

 

Cuando estábamos terminando de cenar en el restaurante Laboullée me dijo:

–Lo admito, todos esos hechos relacionados con un estado aún mal definido del organismo como doble visión, sugestión a distancia o presentimientos verídicos, la mayor parte del tiempo no son constatados de una manera suficientemente rigurosa como para satisfacer todas las exigencias de la crítica científica. Casi todos se basan en testimonios que, aunque sinceros, dejan subsistir algo de incertidumbre acerca de la naturaleza del fenómeno. Esos hechos están aún mal definidos, lo admito. Pero su posibilidad ya no plantea dudas para mí desde el momento en que yo mismo he constatado uno. Por pura casualidad, pude reunir todos los elementos de observación. Puedes creerme cuando te digo que he procedido metódicamente y he puesto cuidado en evitar cualquier causa de error –mientras articulaba estas frases, el joven doctor Laboullée golpeaba con las dos manos su pecho hundido, atiborrado de folletos y, por encima de la mesa, acercaba hacia mí su cráneo agresivo y calvo–. Sí, querido amigo –añadió–, por una suerte única, uno de esos fenómenos clasificados por Myers y Podmore bajo la denominación de “fantasmas de vivos”, se desarrolló en todas sus fases ante los ojos de un hombre de ciencia. Lo constaté todo, lo anoté todo.

–Te escucho.

–Los hechos –continuó Laboullée– se remontan al verano de 1891. Mi amigo Paul Buquet, del que te he hablado con frecuencia, vivía entonces con su esposa en un pequeño apartamento de la calle de Grenelle, frente a la fuente. ¿Conoces a Buquet?

–Lo he visto dos o tres veces. Es un joven robusto, con una barba hasta los ojos. Su mujer es morena, pálida, de grandes facciones y grandes ojos grises.

–Eso es: un temperamento bilioso y nervioso, bastante bien equilibrado. Pero en una mujer que vive en París, los nervios ganan ventaja y… ¡a la chingada!… ¿Has visto alguna vez a Adrienne?

–La encontré una tarde en la calle de la Paz, detenida con su marido delante de una joyería, con la mirada encendida contemplando unos zafiros. Me pareció una mujer hermosa y asombrosamente elegante para ser la esposa de un pobre diablo sumergido en los sótanos de la química industrial. ¿Buquet no había triunfado en la vida?

–Buquet trabajaba desde hacía cinco años en la casa Jacob, que vende productos y aparatos para la fotografía en el bulevar Magenta. Esperaba ser socio de un día a otro. Sin ganar millones, su posición no era mala. Y tenía futuro. Era un hombre paciente, sencillo, trabajador. Había nacido para triunfar a largo plazo. Mientras tanto, su mujer no era una carga para él. Como auténtica parisina, sabía ingeniárselas y a cada instante encontraba buenas ocasiones para comprar ropa interior, vestidos, encajes, joyas. Sorprendía a su marido por el arte que tenía para vestirse maravillosamente por casi nada, y Paul se sentía feliz de verla siempre tan bien vestida con ropas elegantes. Pero esto carece de interés.

–Esto me interesa mucho, mi querido Laboullée.

–En todo caso, esta charla nos aleja de nuestro objetivo. Como sabes, yo fui compañero de estudios de Paul Buquet. Nos conocimos en la clase de seconde en el instituto Louis-le-Grand y no habíamos dejado de relacionarnos cuando, a los veintiséis años y sin posición, se casó por amor con Adrienne y, como él decía, con lo puesto. Este matrimonio no interrumpió nuestra amistad. Al contrario, Adrienne me aceptó con simpatía y cenaba frecuentemente con la joven pareja. Como sabes, soy el médico del actor Laroche; tengo buena relación con los artistas que, de vez en cuando, me regalan entradas. A Adrienne y a su marido les gustaba mucho el teatro. Cuando tenía un palco para la noche, iba a cenar con ellos y luego los llevaba a la Comédie-Française. Estaba siempre seguro de encontrar en el momento de la cena a Buquet –que regresaba normalmente a las seis y media de la fábrica–, a su esposa y al amigo Géraud.

–¿Géraud? –pregunté– ¿Marcel Géraud, el empleado de banca que llevaba siempre unas corbatas tan bonitas?

–Sí, el mismo, que era amigo de la casa. Como estaba soltero y era un invitado amable, cenaba allí a diario. Les llevaba bogavantes, patés y todo tipo de golosinas. Era gracioso, amable y hablaba poco. Buquet no podía estar sin él, y nos lo llevábamos también al teatro.

–¿Qué edad tenía?

–¿Géraud? No sé. Entre treinta y cuarenta años… Un día en que Laroche me había regalado un palco, fui como de costumbre a casa de los amigos Buquet, en la calle Grenelle. Iba un poco retrasado y cuando llegué la cena estaba servida. Paul decía que tenía mucha hambre, pero Adrienne no se decidía a sentarse a la mesa porque Géraud todavía no había llegado.

–Amigos míos –dije– tengo un palco para el Français. Se representa Denise.

–¡Vamos! –dijo Buquet– Cenemos rápido e intentemos no perdernos el primer acto.

La criada sirvió la cena. Adrienne parecía preocupada y se veía que con cada cucharada de sopa se le levantaba el estómago. Buquet tragaba ruidosamente los fideos cuyos hilos pegados al bigote recuperaba con la lengua.

–Las mujeres son extraordinarias –dijo–. Imagina, Laboullée, que Adrienne está preocupada porque Géraud no ha venido a cenar esta noche. Se está montando mil ideas en la cabeza. Dile que es absurdo. Géraud puede haber tenido algún impedimento. Tiene sus asuntos. Es soltero; no tiene que darle cuentas a nadie de lo que hace con su tiempo. Lo extraño, por el contrario, es que nos dedique casi todas las veladas. Es muy amable por su parte. Pero es justo que le dejemos un poco de libertad. Yo tengo por costumbre no inquietarme por lo que hacen mis amigos. Pero las mujeres son distintas.

La señora Buquet respondió con voz alterada:

–No estoy tranquila. Temo que le haya ocurrido algo malo al señor Géraud.

Mientras tanto Buquet activaba la cena.

–¡Sophie! –le gritaba a la criada– ¡la carne, la ensalada, el queso, el café!

Observé que la señora Buquet no había comido nada.

–Vamos –le dijo su marido– ve a vestirte. Anda, no nos hagas perder el primer acto. Una obra de Dumas no es como esas operetas en las que basta con escuchar un aria o dos. Es una sucesión lógica de deducciones de la que no hay que perderse nada. Anda, querida. Yo sólo tengo que ponerme la levita.

Ella se levantó y se marchó a su habitación a paso lento y como a regañadientes. Su marido y yo tomamos el café mientras fumábamos un cigarro.

–Me siento algo contrariado porque el bueno de Géraud no haya venido esta noche –me dijo Paul–. Le habría gustado ver Denise. Pero, ¿puedes creer que Adrienne se atormente por su ausencia? De nada sirve intentar hacerle comprender que este excelente chico puede tener asuntos que no nos cuenta, ¿quién sabe? tal vez asuntos de mujeres. Pero Adrienne no comprende. Pásame un cigarro.

En el momento preciso en que le tendía mi cigarrera oímos salir de la habitación contigua un prolongado grito de terror seguido del ruido de una caída pesada y desmadejada.

–¡Adrienne! –exclamó Buquet.

Y salió corriendo hacia el dormitorio. Yo lo seguí. Encontramos a Adrienne tendida en el suelo, con la cara pálida y los ojos vueltos, inmóvil. No presentaba ningún síntoma de estado epiléptico o similar. No tenía espuma en los labios. Tenía los miembros tendidos, pero sin rigidez. El pulso era irregular y corto. Ayudé a su marido a ponerla en un sillón. La circulación se restableció casi de inmediato y su tez, normalmente de un blanco mate, se inundó de rosa.

–¡Ahí! –dijo señalando el espejo del armario– ¡ahí! Lo vi ahí. Cuando estaba abrochándome el corpiño lo vi en el espejo. Me di la vuelta creyendo que estaba detrás de mí. Pero al no ver a nadie, lo comprendí y me desmayé.

Mientras tanto indagué si la caída le había producido alguna lesión, pero no encontré ninguna. Buquet le hacía beber agua de toronjil con azúcar.

–Vamos, querida –le decía– reponte. ¿Qué diablos te ocurre? ¿Qué dices?

Ella palideció de nuevo.

–¡Oh! ¡Lo vi! ¡Vi a Marcel!

–¡Viste a Géraud! ¡Qué curioso! –exclamó Buquet.

–Sí, lo vi –repitió gravemente– me miró sin decir nada, así –y ponía una cara desencajada.

Buquet me interrogó con la mirada.

–No te inquietes, –respondí–; estos trastornos no son graves; es posible que respondan a una afección del estómago. Lo estudiaré gustosamente. Por el momento no hay que preocuparse. Yo conocí en el hospital de la Caridad a un enfermo gastrálgico que veía gatos debajo de todos los muebles.

Unos minutos después, como la señora Buquet se había recuperado por completo, su marido sacó el reloj y me dijo:

–Laboullée, si consideras que el teatro no le producirá daño, es hora de marcharnos. Voy a decirle a Sophie que vaya a buscar un coche.

Adrienne se puso bruscamente el sombrero.

–Paul, Paul, doctor, escuchen: pasemos antes por la casa del señor Géraud. Estoy inquieta, mucho más inquieta de lo que puedo expresar.

–¡Estás loca! –exclamó Buquet– ¿Qué quieres que le haya pasado a Géraud? Lo vimos ayer en perfecta salud.

Ella me lanzó una mirada suplicante, cuya ardiente luz me atravesó el corazón.

–Laboullée, amigo mío, pasemos por la casa del señor Géraud, por favor.

Se lo prometí. ¡Me lo había pedido de tal modo! Paul estaba gruñendo, porque quería ver el primer acto. Le dije:

–Vamos a casa de Géraud, no supone un gran rodeo.

El coche nos estaba esperando. Le grité al cochero: “Al nº 5 de la calle del Louvre. Y vaya rápido”.

Géraud ocupaba en el nº 5 de la calle del Louvre, no lejos de su banco, un departamento de tres habitaciones repleto de corbatas. Era el gran lujo de aquel buen chico. Apenas nos detuvimos ante la casa Buquet saltó del simón e introduciendo la cabeza en la portería, preguntó:

–¿Cómo está el señor Géraud?

La portera le respondió:

–El señor Géraud regresó a las cinco y recogió su correo. No ha vuelto a salir. Si quiere usted verlo, es en la escalera del fondo, cuarto piso, a la derecha.

Pero Buquet estaba ya junto a la puerta del simón y decía:

–Géraud está en su casa. Ya ves que no tenías razón, querida. Cochero, a la Comédie-Française.

Entonces Adrienne sacó casi medio cuerpo del coche.

–Paul, te lo suplico, sube a su casa. Ve a verlo. Ve a verlo, es necesario.

–¡Subir cuatro pisos! –dijo encogiéndose de hombros–. Adrienne, vas a hacer que no lleguemos al teatro. En fin, cuando a una mujer se le mete algo en la cabeza…

Permanecí en el coche con la señora Buquet de la que veía brillar los ojos en la oscuridad vueltos hacia la casa. Paul regresó.

–¡Caramba! –dijo–, llamé tres veces. No me contestó. Sin duda tenía razones para no querer ser molestado. Tal vez esté con una mujer. ¿Qué tendría de raro?

La mirada de Adrienne adoptó una expresión tan trágica que incluso yo sentí una sensación de inquietud. Y luego, pensándolo bien, no me parecía demasiado normal que Géraud, que no cenaba nunca en su casa, se hubiera quedado allí desde las cinco hasta las siete y media.

–Espérenme –dije al señor y la señora Buquet–, voy a hablar con la portera.

Ésta también encontraba raro que Géraud no hubiera salido para ir a cenar como de costumbre. Era ella quien le hacía la limpieza al inquilino del cuarto por lo que tenía la llave del apartamento. Cogió la llave del barandal y se ofreció a subir conmigo. Cuando llegamos al rellano, abrió la puerta y desde el vestíbulo llamó tres o cuatro veces: “Señor Géraud”. Al no recibir respuesta, se arriesgó a entrar en la habitación siguiente que servía de dormitorio. Llamó de nuevo: “Señor Géraud, señor Géraud”. No hubo respuesta; todo estaba a oscuras. No teníamos cerillos.

–Debe haber una caja de cerillos suecos en la mesita de noche –me dijo la mujer que estaba empezando a temblar y no podía dar un paso.

Me puse a palpar sobre la mesita y sentí que mis dedos se impregnaban de algo pegajoso: “Conozco esto –pensé–, es sangre”. Cuando por fin encendimos una vela, vimos a Géraud tendido sobre su cama, con la cabeza destrozada. El brazo le colgaba hasta la alfombra sobre la que había caído su revólver. Una carta manchada de sangre se hallaba sobre la mesita. Escrita de su puño y letra, iba destinada al señor y la señora Buquet y empezaba así: “Mis queridos amigos, ustedes han sido la alegría y el encanto de mi vida…” Luego les anunciaba su decisión de quitarse la vida, sin revelarles exactamente los motivos. Pero daba a entender que eran los problemas económicos los que habían determinado su suicidio. Reconocí que la muerte se había producido hacía una hora aproximadamente; por lo que se había suicidado en el instante mismo en que la señora Buquet lo había visto en el espejo.

–¿No es éste un caso perfectamente constatado de doble visión o, para hablar con más exactitud, un ejemplo de esos extraños sincronismos síquicos que la ciencia estudia en la actualidad con más celo que éxito?

–Tal vez sea otra cosa –contesté yo–. ¿Estás seguro de que no había nada entre Marcel Géraud y la señora Buquet?

–Pues… nunca me di cuenta de nada… Pero, ¿qué podía importar eso?…

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)