domingo, 11 de enero de 2026

Halid Majid el achicharrado

Roberto Arlt

 

Una misma historia puede comenzarse a narrar de diferentes modos, y la historia de Enriqueta Dogson y de Dais el Bint Abdalla no cabe sino narrarse de este:

Enriqueta Dogson era una chiflada.

A la semana de irse a vivir a Tánger se lanzó a la calle vestida de mora estilizada y decorativa. Es decir, calzando chinelas rojas, pantalones amarillos, una especie de abullonada faldacorsé de color verde y el renegrido cabello suelto sobre los hombros, como los de una mujer desesperada. Su salida fue un éxito. Los perros le ladraban alarmados, y todos los granujillas de las fortificaciones del zoco la seguían en manifestación entusiasta. Los cordeleros, sastrecillos y tintoreros abandonaban estupefactos su trabajo para verla pasar.

El Capitán Silver, que embadurnaba telas de un modo abominable, hizo un retrato de Enriqueta Dogson en esta facha, y para agravar su crimen, situó tras ella dos forajidos ventrudos, cara de luna de betún y labios como rajas de sandía. Semejantes sujetos, vestidos al modo bizantino, podían ser eunucos, verdugos, o sabe Alá qué. Imposible establecer quién era más loco, si el pintor Silver o la millonaria disfrazada.

Enriqueta Dogson envió el retrato al bufete de su padre, en Nueva York. El viejo Dogson, un hombre razonable, se echó a reír a carcajadas al descubrir a su hija empastelada al modo islámico, y dirigiéndose al doctor Fancy le dijo:

–¿De dónde habrá sacado semejante disfraz esta muchacha? Le juro, mi querido doctor, que ni registrando con una linterna todos los países musulmanes descubriremos una sola mujer que se eche a cuestas tal traje. Es absurdo.

Dicho esto, el viejo Dogson meneó la cabeza estupefacto, al tiempo que risueñamente se decía que el disfraz de su hija podía provocar un conflicto internacional. Luego se encogió de hombros. Los hijos servían quizá para eso. Para divertirle a uno con las burradas que perpetraban.

El que no se encogió de hombros fue el anciano Faraj el Bint Abdalla.

Faraj el Bint Abdalla estaba amostazado.

En Tánger no se hacía otra cosa que murmurar el enamoramiento de su hijo Dais con esta extranjera fantasiosa.

Un amor con una musulmana es el ideal de todo europeo. Una intriga con un árabe, el más glorioso recuerdo que puede llevarse una muchacha occidental. Enriqueta Dogson era consecuente con este punto de vista. Se podían ver fotografías de ella en compañía de Dais el Bint Abdalla. En la orilla del Mediterráneo, sobre las murallas, recostada a lo largo de los antiguos cañones portugueses, con Dais el Bint Abdalla sentado melancólicamente a su lado. También aparecía Enriqueta en el palacio del ex sultán, con el joven Dais a su lado; a la entrada de la mezquita, con el joven Dais sentado a sus pies; en una grada del pórtico, en el zoco, con el joven Dais ofreciéndole un ramo de rosas; bajo un grupo de palmeras, más allá de la “Puerta del Castigo”. Aquello era sencillamente delicioso.

Realmente, al viejo Faraj el Bint Abdalla no le faltaban razones para andar amostazado.

El joven Dais el Bint Abdalla se había ido enamorando. Secretamente pensaba renunciar a la religión musulmana, en cambiar la chilaba, las babuchas y el fez por un correcto traje europeo y un hongo discreto, y abandonar a su familia para ir en seguimiento de Enriqueta Dogson. Tales disparates pensaba muy secretamente y con temor oscuro, porque no había podido olvidar ciertos versículos del Corán que en su infancia le habían valido buenas tandas de palos en la planta de los pies, y el Corán estaba incrustado en su vida, y no dejaba de comprender que estaba acercando su vida a una peligrosa playa ignorada.

El viejo Faraj el Bint Abdalla le vigilaba con los ojos bien abiertos.

Sin pérdida de tiempo le escribió a su corresponsal en la isla de Java, en Bali, y un mes después recibió una respuesta afirmativa. Podía enviar su hijo a Java. Se haría cargo de él su amigo el usurero Hassan.

Cierto es que el Corán prohíbe terminantemente la usura; pero esto es con los musulmanes, y el astuto Hassan, en la isla de Java, ejercía la usura no con los musulmanes sino con los infieles, es decir, con los campesinos chinos y budistas. El Corán no prohíbe beneficiarse con la hacienda de los incrédulos.

El viejo Faraj, una vez recibida la respuesta de Java, llamó a su hijo Dais a la sala de abluciones de su casa, y sentado frente a él, mientras el joven permanecía respetuosamente de pie, le dijo:

–Sé que te has enamorado de una perra infiel. ¿Pretendes que la cólera de Alá ruede sobre nuestras cabezas? ¿Sabes tú lo que encierran los sesos de carnero de una mujer extranjera a tu raza y a tu religión? ¿De una mujer que se pasea semidesnuda entre los hombres, mostrándoles sus piernas y su rostro y bebiendo como una mula, no agua, sino licores?

Dais el Bint Abdalla permanecía silencioso, como cuadra a un buen hijo.

El viejo Faraj continuó:

–Te has enredado como un camello en tus propias cuerdas. ¿Has olvidado la dignidad que te debes a ti mismo y a tu familia y los peligros que encierra para un piadoso creyente el reiterado trato con una mujerzuela oriunda sabe Alá de qué familia? Prepara tu equipaje y apréstate a partir para Java. Irás a trabajar a la casa de mi amigo Hassan, el prestamista. Pero antes de salir, ve a la casa de Hacmet y dile que te haga conocer a su abuelo. Y que su abuelo te muestre su cuerpo desnudo.

Por primera vez Dais abrió la boca asombrado:

–¿Que su abuelo me muestre su cuerpo desnudo?

–Sí; que su abuelo se desnude frente a ti y te muestre su cuerpo. Vete ahora. Y no te olvides. Te haré apalear como a un esclavo si alguien me informa que te ve en compañía de esa maldición de Alá.

Dais se inclinó respetuosamente. Estaba perdido. No le quedaba otro recurso que matarse o partir para Java. Lo pensaría. ¡Ah! Y antes, visitar la casa de Hacmet y decirle que su padre le había dicho que le hiciera conocer a su abuelo. Pero a su abuelo desnudo. ¡Eso sí que era una ocurrencia!

El joven Dais retrocedió espantado cuando el viejo Halid Majid terminó de desnudarse, y abriendo una ventana se mostró a la claridad del sol.

El cuerpo del viejo estaba surcado de terribles cicatrices. Semejantes a un follaje de piel roja y brillante, se extendían irregularmente por todos sus miembros. Esas cicatrices y costurones abarcaban su rostro, sus labios, sus párpados, sus brazos. Era como si el cuerpo de aquel hombre hubiera pasado a través de un engranaje terrible que sin hacerle perder su forma humana le hubiese desgarrado con sus dientes. No había una pulgada de epidermis en aquel anciano que no estuviera señalada por la misteriosa tortura. Ésta le daba la apariencia de un monstruo chino. Una vez que el viejo creyó haber sido contemplado lo suficiente por el joven Dais, le dijo:

–Siéntate, hijo de Faraj, y escucha atentamente mi historia. Éstas son las desgracias que les ocurren a los musulmanes que se acercan a las mujeres que no son de su raza. Cuando me hayas escuchado, el camino del deber aparecerá recto y fácil ante tus ojos. ¿Me escuchas, hijo de Faraj?

–Sí, señor; te escucho.

–En nombre de Alá el Clemente, el Misericordioso: Hace ochenta años. Yo entonces tenía veinte años. Mi padre me envió a la ciudad de Singaragia, en la isla de Java. No sé si tú sabrás que su población se compone en su mayor parte de malasios infieles, de chinos hediondos y de budistas cuya indecencia llega a extremos que no puedes imaginarte. Era mi amo un hermano de mi padre. Aparte de traficar con nidos de golondrina, a los cuales son muy aficionados los chinos, se dedicaba al préstamo como a la compra de telas baticadas, que son unas telas sumamente floreadas por las que pierden la cabeza los javaneses más sensatos.

“Mi tío tenía su tienda al final de una calle en la que podían verse altas pértigas de cañas de bambú adornadas en su extremo de manojos de plumas de colores. Por esta calle pasaban hacia sus posesiones del campo los chinos principales, muy tiesos en sus literas doradas y conducidas por coolíes. También pasaban mujeres, con medio cuerpo desnudo y el rostro descubierto, conduciendo sobre la cabeza redondas bandejas de piñas y plátanos, que parecían ciempiés por los innúmeros rayos de palma que de ellos partían.

“Yo estaba asombrado de todo aquello que mis ojos veían, y nada igualaba a mi agrado como el poder pasearme por entre las bajas montañas, de las que bajaban como grandes escalones las terrazas de los arrozales. También acudía a las riñas de gallos, por las que enloquecen los javaneses, o me sentaba en unas piedras excavadas que ellos llaman las ‘Sillas de Shiva’, escuchando la música que hacía el viento al pasar por unas inmensas arpas de bambú que los nativos de esos parajes colocan en sus sembradíos para ahuyentar a los pájaros que destrozan sus cosechas.

“No vivía sino pasando de un asombro a otro. Solía también pasearme por el mercado, donde había infinita variedad de infieles, algunos con los dientes laqueados de negro, otros con la cabeza rapada, los dientes limados y las narices perforadas, así como chinos de túnicas floreadas, sacerdotes con mantos amarillos, cingaleses conduciendo vacas gibosas y campesinos seguidos de sus lagartos domesticados.

“Estando una mañana en el mercado, vi a una mujer que me llamó la atención. Era alta, majestuosa; su cuerpo estaba envuelto en una sola pieza de tela floreada y su cabeza adornada de una corona de flores. Iba descalza, como acostumbraban las mujeres de aquel país, y cuando me vio, arrimado a la tienda de un mercader de flores, me echó tal mirada, que mis huesos se echaron a temblar. Un mal genio me inspiró a seguirla. Eché a caminar tras de ella, hasta que entró en una casa en cuyo portal cosía prendas un sastrecillo. La desconocida, antes de entrar al portal, se volvió y me sonrió de tan arrebatadora manera, que súbitamente creí que el día se había convertido en noche y que mi vida quedaba caída a la misma entrada del portal.

“Al día siguiente volví al mercado, y a la misma hora llegó la desconocida, que se detuvo en el puesto de una mujer que mercaba legumbres. Yo, indeciso y tímido, permanecí a alguna distancia de ella, pero pronto la desconocida me descubrió y volvió a sonreírme. Yo iba a acercarme a ella, pero la vendedora de legumbres me hizo un gesto y comprendí que tenía algún mensaje que transmitirme. Cuando me acerqué a su puesto, me dijo que su compradora se llamaba Turey y que era esposa de Moana, el sastrecillo. Turey le había dicho que gustaba de mí, y que aquella noche, cuando los vigilantes golpean en los tambores de madera la hora primera, me acercara al portal donde podría hablarme, pues a esa hora el sastrecillo, fatigado por las labores del día, dormía profundamente.

“Ansiosamente esperé la noche, y llegó la noche, y después la hora primera. Cautelosamente me acerqué al portal, cuya puerta estaba entreabierta. Allí me aguardaba Turey. Me dijo que con riesgo de su reputación se atrevía a hablarme. Yo le agradaba mucho. Su marido, el sastrecillo Moana, pertenecía a la religión brahmánica, pero ella no sentía ninguna atracción hacia él.

“Desde aquella noche continuamos viéndonos siempre. Entrada la oscuridad, yo me deslizaba hacia el portal que ella dejaba entreabierto, y mientras el sastrecillo dormía, nosotros vivíamos nuestra felicidad.

“De esta manera transcurrieron algunos meses. Dicen los sabios que el placer sacia al hombre y encadena a la mujer. Una noche, mientras conversábamos en el portal, Turey me preguntó si yo me casaría con ella si su marido llegara a morir. Irreflexivamente le respondí que sí; pero luego, atacado por un escrúpulo que me produjo el recuerdo de una bárbara costumbre practicada en aquel país, le pregunté:

“–Pero, dime, en este país, ¿las viudas no están condenadas a la hoguera?

“–Sí –me respondió Turey–. Algunas mujeres practican aún esa costumbre; pero ella queda para las viudas que no quieren cambiar su religión; que las que abandonan el brahmanismo y se hacen musulmanas no marchan a la hoguera, aunque el deshonor caiga sobre ellas y su familia y parientes las repudien.

“Una esclava que se acercó a ella en aquel momento interrumpió nuestra conversación y yo tuve que marcharme.

“Volvimos a vernos otras veces, y Turey no recordó más la propuesta que me hizo aquella noche; pero una vez que llegué al portal, aunque lo encontré entreabierto, Turey no estaba. Pensando que me convenía aguardar, me senté allí, y Turey no tardó en aparecer.

“Escúchame –me dijo–. Es tanto lo que deseaba vivir a tu lado, que esta noche, he envenenado a mi marido. Él acaba de morir. Está allá arriba, en su cama. Nadie sospechará que lo he matado, porque el veneno que le he dado no mancha el cuerpo. Ahora nadie podrá impedirme estar a tu lado. De modo que cuando pasen algunos días, me casaré contigo y adoptaré tu religión.

“Escuchándola, mi corazón se aterrorizó secretamente. Jamás supuse que esa mujer fuera capaz de envenenar al inocente sastrecillo. Me dije, razonablemente, que bien pudiera ser que mi destino fuera morir también envenenado a manos de Turey si la casualidad ponía en su camino a otro hombre que le agradara más que yo. Sin poder detenerme, no le oculté mi repulsión por el crimen que había cometido. Le dije que aquélla era la última vez que nos veíamos, y que no se acercara nunca más a mí, porque si no la denunciaría a la justicia del Sultán por el delito cometido.

“Turey escuchó en silencio mis palabras, y yo sentí que sus ojos me atravesaban el corazón como dagas envenenadas. Sin saber por qué, en ese momento entró un miedo pánico en mi entendimiento. Sin poderme reportar, me aparté corriendo del portal. Parecíame que la misma sombra del sastrecillo recién asesinado me amenazaba de terrible muerte o me previniera de un suceso peor aún.

“Aquella noche, no pude conciliar el sueño. Pensaba que en cierto modo yo era el culpable del triste fin de Moana y que el día del Juicio Final me sería pedida cuenta de su tremenda suerte. Desvelado con tan siniestros pensamientos, vi llegar el amanecer, y cuando entré en la tienda de mi tío, éste me dijo:

“–¿No sabes la novedad? Anoche murió Moana, el sastrecillo. Su viuda ha manifestado el deseo de morir en la misma hoguera que carbonice el cuerpo de su marido. Realmente, estas mujeres bárbaras dan muestras a veces de una fidelidad que ni entre los mismos creyentes se encuentra para raro ejemplo.

“Si bien me espantó el fin del sastrecillo, más aún me asombró el propósito de Turey. ¿Qué se proponía al manifestar su voluntad de morir en la hoguera? ¿Hacerse perdonar por el dios de sus creencias el mortal pecado que había cometido?

“Aunque mozo irreflexivo, adivinaba que un destino grave había caído sobre mi cabeza. En pocas horas, con mi conducta licenciosa había provocado la muerte de un honesto cortador de prendas, y ahora el suicidio de su arrepentida viuda. Indudablemente que algún día el Ángel de la Muerte me pediría cuentas de semejantes desaguisados, y no terminaba de jurarme a mí mismo que jamás volvería a fijar los ojos en la mujer del prójimo, cuando inopinadamente apareció la esclava de Turey, quien, dirigiéndose a mí, me dijo:

“–Mi señora manda decirte que de acuerdo con las costumbres del país, su difunto marido será quemado en una hoguera, y que ella, como cuadra a una viuda honesta, se precipitará en la hoguera. Díjome también que te diga que le agradaría mucho verte en el cortejo de los que la despidan de esta vida.

“Yo me estremecí de horror frente al sacrificio casi inevitable. Sin embargo, para calmar mis remordimientos, me decía que Turey, llegado el momento, no se atrevería a arrojarse entre las llamas, y dejé que su esclava se retirara, después de prometerle que cumpliría con mi deber e iría a verla morir.

“Por la tarde, lívido como el mismo muerto a quien llevaban a quemar a una hoguera que se encendería en el bosque, me incorporé al cortejo funesto.

“Rodeada de los malditos sacerdotes brahmanes y de viejas desgreñadas, que más parecían fieras carniceras que seres humanos, marchaba Turey con el rostro rayado de sangrientos arañazos y los ojos hinchados por interminable llanto. Yo la miraba sin acertar a comprender cómo era posible que amando tanto la vida y el placer diera su vida por un ser que cuando estuvo vivo ella mató. A su lado, como protegiéndola de aquellas que podían persuadirla de que no llevara a cabo tan bárbaro propósito como el de quemarse viva, marchaban los parientes del sastrecillo, y todos la cumplimentaban por su conducta y fidelidad a las costumbres del país.

“Llegados al bosque, los que formábamos el cortejo hicimos un círculo en torno de un monte de leña donde se abrasaría el muerto y se suicidaría su viuda. Yo no abandonaba la esperanza de que llegado el extremo momento Turey se negaría a arrojarse entre las llamas. A todo esto, los sacerdotes colocaron el cadáver del sastrecillo sobre los maderos regados de aceite y un monje encendió la pira. Una rápida llamarada envolvió el montecillo de madera. Turey, separándose del cortejo, echó a caminar en torno de la hoguera para buscar el lugar más bajo y entrar en ella. Se acercó a mí. Yo iba a recibir su postrer saludo… ¡Horror!… De pronto me sentí agarrado por los ganchos de sus manos y arrastrado con infernal violencia al centro del brasero. Rodamos encima de las brasas. Yo profería terribles gritos, tratando de librarme del mortal abrazo de ese monstruo, cuya venganza era manifiesta ahora. Las llamaradas lamían mi cuerpo y mi túnica ardía rápidamente. De pronto, los brazos de la horrible mujer que me mantenían pegado al fuego se aflojaron; con mis vestiduras incendiadas, achicharrado vivo, me arrojé fuera de la hoguera y caí desvanecido sobre la hierba del prado.

“¿Con qué palabras contarte mis terribles sufrimientos? ¡Oh, hijo de Faraj! Me sumergieron en un barril de aceite, donde durante muchos días y muchas noches creí que los sufrimientos terminarían por hacerme perder la razón. Mi tío, mis amigos, nadie creía que resistiría las graves quemaduras que me desfiguraban el cuerpo. Sin embargo, poco a poco fui reponiéndome, y aunque el fuego de la hoguera me había transformado en un monstruo, no pude menos de darle las gracias a Alá por haberme inferido tan clemente castigo.

“Ahora ya lo sabes, hijo del amigo de mi hijo. No busques amor de mujer fuera de tu raza, de tu ciudad natal y de tu religión”.

Y ésta, aunque ingenua, fue la causa por la que Enriqueta Dogson, de la mañana a la noche, dejó de ver para siempre al joven Dais el Bint Abdalla, que, sin despedirse de ella, se embarcó para Java en busca del olvido de una pasión insensata.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

sábado, 10 de enero de 2026

Mi loro Fabricio

Antonio Ballesteros

 

Hace años mi familia regentaba una heladería. Venía mucha gente a saborear los magníficos helados que mis padres elaboraban. En el negocio ayudábamos todos, aunque yo, que soy el pequeño de la familia, tenía menos obligaciones que mis hermanos mayores. Cuando me tocaba ayudar, me acompañaba Fabricio. Es un loro que todavía, quince años más tarde, sigue conmigo.

Casi siempre descansaba en mi hombro, y eso a la gente le parecía gracioso.

A Fabri le gustaban mucho los helados y había que tener cuidado con él. Si el que le servía a algún cliente era de sus preferidos, en cuanto me descuidaba el pájaro exclamaba con su estentórea voz rrrrrrrrrrico, saltaba hacia el helado y lo picoteaba. Eso ya no les hacía tanta gracia a los clientes, y mucho menos a mi madre.

Cuando eso ocurría, ella amenazaba con matar al animalito. Más exactamente prometía ahogarlo, o “curtirnos a palos” a los dos, a Fabricio y a mí.

Una tarde la heladería estaba repleta, y cuando fui a servir su helado a una niña, Fabri extendió sus alas, gritó rrrrrrrrrrico, dio un salto hacia la muchachita y picoteó el cucurucho. La niña se asustó tanto que dejó caer el helado contra el suelo mientras empezaba a llorar.

Su mamá inició un tremendo alboroto que acompañó con grandes aspavientos. Fabricio también se espantó y revoloteaba a lo largo y ancho de la heladería, lo que revolucionó irremisiblemente a todos los que se encontraban allí, sobre todo a los más pequeños.

Ante aquella desmesurada algarabía, mi mamita se enfadó tanto que de sus ojos –mientras intentaba disculparse con la señora y la niña– salían llamaradas incandescentes y lacerantes chispas hacia mí. Tantos rayos y serpientes y malos bichos salían de sus ojos, que dentro de mi cabeza empecé a sentir avispas o alimañas parecidas que amenazaban con taladrarme los tímpanos, y decidí salir corriendo del local con Fabricio, que entretanto, sin saber dónde meterse, había vuelto a mi hombro.

Vámonos de aquí, Fabri, le dije, esto se pone muy feo.

Y nos fuimos lejos de allí, a la playa. Horas después, cuando me entró sed le dije a Fabricio que necesitábamos dinero. Nunca supe si me entiende o no, pero cuando le hablaba de dinero siempre me contestaba lo que yo le había enseñado: parapán, parapán, quieropán. Eso bastaba para que la gente se nos quedara mirando. En ese momento yo ponía cara de niño triste y decía eso tan socorrido de ¿me da para comprar pan?, señora, al tiempo que extendía con languidez la mano. Siempre había alguien que nos daba alguna moneda.

Cuando reuníamos el dinero suficiente, Fabricio y yo nos íbamos a una heladería industrial del malecón y nos comprábamos uno de esos grandes helados de turrón que tanto nos gustan a los dos. No estaban tan ricos como los que hacían mis padres, pero igual eran refrescantes y nos quitaban la sed y el hambre.

Luego se hacía de noche y, como siempre que desaparecíamos de la heladería o de casa, uno de mis hermanos llegaba hasta la playa a buscarnos, por si queríamos cenar y para que no nos pasara nada malo.

 

(Tomado de www.tallermecontasunahistoriadale.blogspot.com)

 

El árbol, el tesoro y el tiempo

Elías Barón

 

La comprensión del universo se escapa de toda medida y lógica; sabemos muy poco, casi nada. Dominamos lo más básico: existen reglas que apenas comprendemos; rutinas que harían sonrojar a los más asiduos obsesivos compulsivos, ya que son una constante “universal”. Mas al analizarlas, nos damos cuenta de que ni siquiera raspamos la superficie.

El sistema solar está comprendido por los planetas Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y, hace algunos años, quitamos a Plutón y estamos indecisos en incluir a Eris dentro de la clasificación. De todos estos planetas podemos deducir millares de cosas. Los hechos más claros son que muchos de estos planetas tienen agua (aun los que parecen más secos y áridos), en muchos de estos planetas hay oro de gran pureza justo en la superficie, tan sólo para tomarlo. Saturno y sus lunas son un claro ejemplo; diamantes de todos los tamaños y purezas los podremos encontrar en Neptuno y Urano como algo normal; plutonio es fácil de encontrar en Plutón. Todos los minerales que consideramos “valiosos” por su utilidad en los campos de la medicina, tecnología y economía están afuera esperándonos. Varios planetas contienen de todo, pero los humanos no nos hemos dado cuenta de que lo más valioso, que no encontramos en otros planetas, es “la madera”.

Se dice que en la Vía Láctea (un conjunto de nada menos de cuarenta galaxias) es nuestra galaxia. Aquí también encontramos un sistema solar donde están en órbita siete exoplanetas de tamaño muy parecido a la Tierra, con agua, tierra y minerales valiosos como aquí. Su nombre es Trappist-1, K2-18b, entre otros, de tal forma que existen posibilidades de que haya otros planetas con características y riquezas similares a la Tierra. Los científicos, astrónomos, hombres y mujeres de ciencia, a pesar de estas brillantes observaciones, mencionan que existe la esperanza de que algún día podamos llegar a ellos y colonizarlos, mas siempre está la misma observación: no hay posibilidad de que en este u otro sistema solar conocido de entre cientos de galaxias observables, exista un planeta que pueda albergar árboles. No hay ningún otro planeta que contenga madera.

Pasaron muchos años y muchos daños. Es así como el programa espacial del gobierno mundial fundado después de la Cuarta Guerra Mundial (larga vida a los Anunakis) puso en marcha el plan de llevar a la colonia marciana un árbol para analizar su supervivencia, así como la posibilidad de generar un microclima y propiciar su reproducción. Se dice que ningún lugar está colonizado hasta que no sembremos y nos mantengamos de lo que tienen que ofrecer sus tierras. Para este fin se construyó una cámara de estasis, bastante especial, que proporcionaba ozono, dióxido de carbono y radiación ultravioleta de baja frecuencia. Tenía un recolector de agua ambiental, su propio efecto invernadero, así como una dotación de nutrientes, por lo cual podría sobrevivir en cualquier entorno, por inhóspito que este fuera.

Todo estaba dispuesto para lograr la hazaña (que era no tan asombrosa si la comparamos con la liberación de los pueblos del dominio extraterrestre de los reptilianos) y poder llevar algo verde al planeta rojo, más aún después de haberlo sobreexplotado, dejándolo seco de oro, platino y piedras preciosas. Salió la nave con tres astronautas: Jin, John y Pedro-Pedro, famosos por haber pasado todas las pruebas de consumo de productos como Cola Coca, Pecsi, Zabritas, Brimbo, y ni qué decir de Mapple y Andruid. Todo estuvo a tiempo gracias a la transportadora de energía oscura del hipermega loop, patrocinada por los vasallos del gran colisionador de hadrones. Sí, todo estaba calculado, excepto por un error de cálculo de la causalidad, ya que un agujero negro que pasaba por la zona no fue contemplado. Hoy todo el mundo sabe que los agujeros negros, a pesar de su súper masa, se comportan como entes vivos; los hay de todos tamaños y formas, además son portales para acceder a otras dimensiones, tantas como tiene la luz fragmentación. La nave, una especie de tren espacial con tres compartimientos, perdió toda su valiosa carga. Los astronautas llegaron al planeta rojo con las manos vacías (pero con sus vidas, lo cual era casi lo mismo), y esto no aliviaba su dolor.

Parte de la carga perdida era el árbol con su cápsula. Gracias a ella, el árbol no sufrió ninguna transformación o transmutación al pasar a través del agujero negro. Del otro lado le esperan una serie de aventuras que, por ser un ser arbóreo, no tendría memoria o ninguna noción de lo sucedido. El árbol era un pino de aproximadamente dos metros de altura, con algunas piñas y frondosas agujas.

Cuando pasó al otro lado, la dimensión que le esperaba era de un color magenta con amarillo, tonos violetas y azules. En este plano había un paneta pequeño y árido. En este planeta, que medía treinta y un mil cuatrocientos dieciséis metros de diámetro, había pequeños seres extraterrestres de aproximadamente treinta centímetros de altura. Estos eran medianamente inteligentes (ya verán por qué). La típica visión de los extraterrestres desnudos, de color gris, con grandes ojos color negro, viviendo con mascarillas que les aportaban el oxígeno necesario para sobrevivir. La cápsula entró en la atmósfera del planeta, se calentó, pero no lo suficiente para tener algún daño. Cuando cayó al suelo, levantó mucho polvo y rocas, llamó encarecidamente la atención de algunos de estos extraterrestres (que, dicho sea de paso, no eran extraterrestres en su planeta, sino “silvanos grises”). Todas las conversaciones y comentarios de estos seres, a partir de este momento, serán traducidos y recolectados por mí, el recolector de datos, o narrador para efectos prácticos.

Como podrán imaginarse, el árbol de dos metros era en realidad un gigante para estas pequeñas criaturas. Dicho esto, podemos anticipar un poco de contexto: este triste y árido planeta no siempre fue así. De hecho, algún tiempo tenía una serie de bosques y lagunas (árboles pequeños para nosotros, normales para ellos, los más grandes medían apenas un metro). Habían logrado un desarrollo tecnológico sobresaliente, mas, como es de esperarse, abusaron de su poder creativo. Las tecnologías no fueron aplicadas para el bien de su medio ambiente, y la sobreexplotación de su medio hizo que su planeta se tornara en una masa de tierra seca. Salieron a otros mundos en busca de vida vegetal, árboles y, sobre todo, madera, ya que esta era combustible, casa y medio para conservar tanto la temperatura como el agua de su desgastado planeta. Respiraban oxígeno como nosotros, entonces, cuando vieron llegar la cápsula con un árbol tan grande y verde, su reacción de sorpresa no se hizo esperar.

Algunos reaccionaron con alegría, pensando que una nueva oportunidad tocaba a su puerta alienígena; otros pensaron que era la oportunidad de hacerse con el valioso recurso que no habían podido encontrar en ninguna parte de su galaxia. Se nombraron dos dirigentes (porque, tristemente, hasta los alienígenas necesitan políticos), los cuales se sentaron en sillas flotantes para dialogar de manera telepática (así se comunicaban) sobre cuál sería la mejor opción para toda su raza.

Debemos recaudar el recurso, hacernos del poder sobre el árbol para que los demás no acaben nuevamente con la fuente de madera.

–No, debemos ver la manera de estudiarlo, analizarlo y reproducirlo, y en un futuro no muy lejano, para el bien de los congéneres, liberarlo.

Mientras tanto, un viejo alienígena, que aún era muy joven cuando los árboles comenzaron a escasear, se acercó a la cápsula. Sintió que el árbol le hablaba, le decía que lo dejara salir, que le permitiera que sus raíces tocaran la tierra. El viejo silvano, sin pensarlo dos veces, sacó una cortadora láser de bolsillo (aunque no tenían bolsillos) y le hizo un agujero por debajo. Algunas raíces salieron y tocaron el suelo. Llevaron un generador de agua, que transforma el oxígeno y el hidrógeno del medio ambiente en agua pura. Mientras todo esto sucedía, los políticos seguían debatiendo cuál era el mejor plan de acción. Cuando pasaron siete días silvanos (doscientas treinta y una horas terrestres) y por fin habían decidido qué hacer (en beneficio de los dirigentes y no del pueblo, obviamente), grande fue su sorpresa cuando llegaron a ver qué hacer con el árbol. Éste estaba plantado en la tierra de su árido planeta, pero no sólo eso: había logrado conectarse con raíces profundas de los antiguos árboles de los bosques devastados y, por su condición extraterrestre, los había hecho germinar nuevamente. Pequeños brotes de árboles locales salieron del suelo. Silvanos sentados alrededor del árbol estaban dispuestos a defenderlo; querían una nueva oportunidad para tener árboles.

Los años silvanos pasaron, el planeta volvía a tomar verdor, y en el centro de todo, un gran pino terrestre que, gracias a la casualidad y la causalidad, era un trago amargo (sin tanta importancia para los terrestres en ese momento). El silvano viejo decía:

Casi nadie aprovecha o valora lo que se tiene de sobra. Nosotros tuvimos que aprender de mala forma, pero siempre que exista la oportunidad, como nosotros los silvanos, deberíamos ayudar a la naturaleza, a que las cosas fluyan y lleven su curso natural. No me imagino de dónde vino ese árbol milagroso, probablemente de un lugar donde son valorados y bien respetados. Repartidos y respetados por una raza superior, muy inteligente, mandado por la galaxia como la maravillosa fuente de vida y recursos que son, procuraremos seguir con ese legado.

 

(Tomado de Varios autores, Universos alternos. Relatos de ciencia ficción en español, Factor Literario, Estados Unidos, 2024)