martes, 23 de junio de 2026

Vamos a matar los gaticos

Álvaro Cepeda Samudio

 

“Vamos a matar a los gaticos” –dijo Doris–, “vamos a matarlos. Yo sé cómo se hace, vamos a matarlos”.

“No, todavía no”.

“Pero tú dijiste que los íbamos a matar apenas nacieran” –dijo Martha–. “Tú dijiste que teníamos que matarlos para evitar que los regalaran”.

“¿Cuántos son?” –preguntó Doris.

“No sé: parece que hay cinco”.

“¿Dónde están?” –preguntó Doris.

“En el último cuarto. Los pusieron en la caja donde dormía Teddy”.

“¿Son bonitos?” –preguntó Doris.

“Yo no sé, yo no los he visto todavía. Pero sé que ya nacieron porque esta mañana lo estaban diciendo en la cocina”.

“Vamos a verlos” –dijo Martha.

“No, ahora no: después. Vamos a subirnos al techo”.

“Vamos” –dijo Doris– “y jugamos a Tarzán, ¿quieres?

“Bueno. Voy a buscar las cosas”.

“Yo no juego” –dijo Martha.

“¿Por qué no quieres jugar?”

“No puedo” –dijo Martha–, “yo no puedo subirme al techo”.

“¿Por qué no puedes subirte?”

“Tú sabes” –dijo Martha.

“Ella tiene miedo” –dijo Doris–, “vamos tú y yo”.

“Yo no tengo miedo” –dijo Martha–, “es que me da pena”.

“Vamos Doris, ella nos espera aquí”.

“Miedosa” –dijo Doris.

“Yo no soy miedosa” –dijo Martha–, “es que me da pena”.

“¿Por qué te da pena?” –preguntó Doris.

“Déjala ya, Doris”.

“Yo no tengo pantalones” –dijo Martha.

“Ahora se lo voy a decir a mamá” –dijo Doris–, “ayer también viniste sin pantalones. Yo te vi”.

“Tú sabías que no tenía pantalones. Tú me dijiste. Y ahora quieres jugar a Tarzán” –dijo Martha.

“Cuando volvamos a la casa le voy a decir a mamá que tú le dices a Martha que no se ponga pantalones” –dijo Doris.

“Vamos a matar a los gaticos”.

“Vamos” –dijo Doris.

“Si se lo dices no los matamos” –dijo Martha.

“¿Se lo vas a decir, Doris?”

“No” –dijo Doris. “Vamos a matar a los gaticos. Entren”.

“¿Para qué cierras las ventanas?” –preguntó Doris.

“Para que ella no se salga. Tráeme esa tabla, Martha”.

“Tenemos que sacarla de la caja porque de pronto se pone rabiosa y nos muerde” –dijo Doris.

“No, ella no muerde. Sostén la tapa mientras yo los saco”.

“¿Cuántos hay?” –preguntó Doris.

“Cuatro nada más”.

“Abre la ventana, yo no los veo bien. ¿Son bonitos?” –dijo Martha.

“Sí, son bonitos. Hay dos negros y dos grises”.

“Yo quiero llevarme uno negro” –dijo Doris.

“No, hay que matarlos a todos. No te vas a llevar a ninguno. Yo dije que los iba a matar a todos. Mira, así: apriétalos por el cuello así, ¿ves? Apriétalos bien fuerte por un momento. Es fácil”.

“¿Ves? Este ya está muerto. Mata tú este otro”.

“Mata este tú, Martha, yo mato mejor el gris” –dijo Doris.

“No, yo me voy, yo no quiero matar ninguno” –dijo Martha.

“No tengas miedo, no te van a morder. ¿No ves que ni siquiera tiene dientes?”

“No, yo no quiero matar ninguno” –dijo Martha.

“Suelta ese ya, Doris, ya está muerto. Mata este otro”.

“No los maten, no los maten” –gritó Martha.

“Cállate, cállate, cállate. Sostén la tapa, Doris”.

“¿Qué vas a hacer?” –preguntó Doris.

“A ponerlos otra vez dentro de la caja”.

“Por qué no los enterramos en el patio y les hacemos procesión” –dijo Doris–. “¿Quieres que traiga tres cajitas de cartón?”.

“Yo tengo en la casa un montón de cajitas”.

“No, vamos a ponerlos en la caja otra vez. Falta uno. ¿No has podido matarlo todavía, Doris?”.

“Yo no quiero matar al negrito” –dijo Doris.

“Dámelo acá. Apura, Doris, dámelo”.

“Dáselo, Doris” –dijo Martha.

“Salgan. Cierra la puerta, Martha”.

“Vamos a subirnos al techo” –dijo Doris.

“No, hace mucho calor”.

“Pero yo quiero unas guindas. Tengo hambre” –dijo Doris.

“En la nevera hay galletas. Ve y tráelas”.

“¿Por qué lloras? –preguntó Martha.

“Yo no estoy llorando”.

“Sí estás llorando” –dijo Martha.

“No me molestes”.

“Tú no querías matar los gaticos” –dijo Martha.

“Sí quería”.

“No tengas miedo. Doris no le dice nada a Mamá” –dijo Martha.

“Yo no tengo miedo”.

“¿Entonces por qué estás llorando?” –dijo Martha.

“Por nada, por nada, por nada”.

 

(Tomado de www.literatura.us)

 

Los amos

Juan Bosch

 

Cuando ya Cristino no servía ni para ordeñar una vaca, don Pío lo llamó y le dijo que iba a hacerle un regalo.

–Le voy a dar medio peso para el camino. Usté esta muy mal y no puede seguir trabajando. Si se mejora, vuelva.

Cristino extendió una mano amarilla, que le temblaba.

–Mucha gracia, don. Quisiera coger el camino ya, pero tengo calentura.

–Puede quedarse aquí esta noche, si quiere, y hasta hacerse una tisana de cabrita. Eso es bueno.

Cristino se había quitado el sombrero, y el pelo abundante, largo y negro le caía sobre el pescuezo. La barba escasa parecía ensuciarle el rostro, de pómulos salientes.

–Ta bien, don Pío –dijo–; que Dio se lo pague.

Bajó lentamente los escalones, mientras se cubría de nuevo la cabeza con el viejo sombrero de fieltro negro. Al llegar al último escalón se detuvo un rato y se puso a mirar las vacas y los críos.

–Que animao ta el becerrito –comentó en voz baja.

Se trataba de uno que él había curado días antes. Había tenido gusanos en el ombligo y ahora correteaba y saltaba alegremente.

Don Pío salió a la galería y también se detuvo a ver las reses. Don Pío era bajo, rechoncho, de ojos pequeños y rápidos. Cristino tenía tres años trabajando con él. Le pagaba un peso semanal por el ordeño, que se hacía de madrugada, las atenciones de la casa y el cuido de los terneros. Le había salido trabajador y tranquilo aquel hombre, pero había enfermado y don Pío no quería mantener gente enferma en su casa.

Don Pío tendió la vista. A la distancia estaban los matorrales que cubrían el paso del arroyo, y sobre los matorrales, las nubes de mosquitos. Don Pío había mandado poner tela metálica en todas las puertas y ventanas de la casa, pero el rancho de los peones no tenía ni puertas ni ventanas; no tenía ni siquiera setos. Cristino se movió allá abajo, en el primer escalón, y don Pío quiso hacerle una última recomendación.

–Cuando llegue a su casa póngase en cura, Cristino.

–Ah, sí, cómo no, don. Mucha gracia –oyó responder.

El sol hervía en cada diminuta hoja de la sabana. Desde las lomas de Terrero hasta las de San Francisco, perdidas hacia el norte, todo fulgía bajo el sol. Al borde de los potreros, bien lejos, había dos vacas. Apenas se las distinguía, pero Cristino conocía una por una todas las reses.

–Vea, don –dijo– aquella pinta que se aguaita allá debe haber parío anoche o por la mañana, porque no le veo barriga.

Don Pío caminó arriba.

–¿Usté cree, Cristino? Yo no la veo bien.

–Arrímese pa aquel lao y la verá.

Cristino tenía frío y la cabeza empezaba a dolerle, pero siguió con la vista al animal.

–Dese una caminata y me la arrea, Cristino –oyó decir a don Pío.

–Yo fuera a buscarla, pero me toy sintiendo mal.

–¿La calentura?

–Unjú, me ta subiendo.

–Eso no hace. Ya usté está acostumbrado, Cristino. Vaya y tráigamela.

Cristino se sujetaba el pecho con los dos brazos descarnados. Sentía que el frío iba dominándolo. Levantaba la frente. Todo aquel sol, el becerrito…

–¿Va a traérmela? –insistió la voz.

Con todo ese sol y las piernas temblándole, y los pies descalzos llenos de polvo.

–¿Va a buscármela, Cristino?

Tenía que responder, pero la lengua le pesaba. Se apretaba más los brazos sobre el pecho. Vestía una camisa de listado sucia y de tela tan delgada que no le abrigaba.

Resonaron pisadas arriba y Cristino pensó que don Pío iba a bajar. Eso asustó a Cristino.

–Ello sí, don –dijo–: voy a dir. Deje que se me pase el frío.

–Con el sol se le quita. Hágame el favor, Cristino. Mire que esa vaca se me va y puedo perder el becerro.

Cristino seguía temblando, pero comenzó a ponerse de pie.

–Si: ya voy, don –dijo.

–Cogió ahora por la vuelta del arroyo –explicó desde la galería don Pío.

Paso a paso, con los brazos sobre el pecho, encorvado para no perder calor, el peón empezó a cruzar la sabana. Don Pío lo veía de espaldas. Una mujer se deslizó por la galería y se puso junto a don Pío.

–¡Qué día tan bonito, Pío! –comentó con voz cantarina.

El hombre no contestó. Señaló hacia Cristino, que se alejaba con paso torpe como si fuera tropezando.

–No quería ir a buscarme la vaca pinta, que parió anoche. Y ahorita mismo le di medio peso para el camino.

Calló medio minuto y miró a la mujer, que parecía demandar una explicación.

–Malagradecidos que son, Herminia –dijo–. De nada vale tratarlos bien.

Ella asintió con la mirada.

–Te lo he dicho mil veces, Pío –comentó. Y ambos se quedaron mirando a Cristino, que ya era apenas una mancha sobre el verde de la sabana.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

lunes, 22 de junio de 2026

La Señora de las Estancias

Juan Antonio Fernández Madrigal

 

Noticias y primavera; fuera y dentro

La Señora miraba con sus ojos miel a través del cristal hacia el exterior, el cristal limpio que apenas existía, sus uñas color uña apoyadas delicadamente en el cristal para cederle existencia. La piel blanca de sus manos estaba fría como casi siempre, agradeciendo el calor que comenzaba a entrar a través del cristal. Dentro de su pecho, tic tac, tic tac, más calor se despertaba al ritmo del sol naciente. La Señora parpadeaba lentamente y despertaba lentamente, y se deleitaba mirando a través del cristal, sonriendo al jardín que empezaba a corresponderle floreciendo tímido.

El jardín estaba resguardado por un muro no muy alto de ladrillo, fuerte, recio, en muchas partes abrigado amablemente por enredaderas y setos frondosos. Los ladrillos que no disfrutaban de esa gentileza mostraban sus caras rojas arrugadas y estoicas, acumulando experiencia y fuerza como servidores de la última frontera. Quizás había orgullo en el muro. O simplemente lealtad. O el orgullo de ser leal a todo lo que protegía. Quizás el resto del jardín sintiera aquello; la Señora podía sentirlo y le hacía sentirse segura.

Había algunos árboles en el jardín, pero no muy altos, más bien rechonchos y de formas suaves, con sombras acogedoras, con colores siempre primavera. Los árboles estaban plantados en el centro del jardín y no se apoyaban en el muro, probablemente por respeto. Bajo ellos, las rosas aprovechaban su techo refugio y se abrían para despertar al pequeño mundo que las rodeaba, separaban sus pétalos, examinaban complacidas los regueros sinuosos pero firmes que les llevaban el alimento, y se preguntaban de dónde venían esos regueros, a dónde iban y qué misteriosos senderos recorrían a través de otras rosas, parterres y arbustos.

La Señora suspiró levemente y se alejó de la ventana no sin antes retocar un poco la caída de las cortinas y las volutas análogas de su vestido. Tic tac, tic tac, el amanecer avanzaba pausado marcando el ritmo de todas las cosas. Tic tac. Tic tac.

Ding dong.

La Señora se dirigió hacia el recibidor comprobando de reojo la disposición de cada mueble, cada utensilio y cada adorno, con serenidad, a medida que avanzaba con su paso siempre elegante. Cada cosa tenía su lugar dentro de su corazón, incluso los detalles más pequeños, incluso los detalles más grandes. Independientemente de la cantidad de espacio que ocuparan, dentro de ella se ajustaban a su verdadera importancia. Cuando los repasaba no pensaba: sentía.

Ding dong.

–¡Buenos días! –Al abrir la puerta la voz de la Señora se extendió a todo el exterior posándose como una segunda manta de rocío sobre las rosas, los setos, los árboles y el gran muro, y por partida doble sobre el recién llegado.

–¡En verdad, Señora! –saludó éste intercambiando de lugar la gorra azul y los paquetes que llevaba bajo el brazo–. Un envío a este lugar es una bendición. Hacía tiempo que no disfrutaba de tan espléndida vista.

–Gracias –le sonrió la Señora–. Por tantos regalos. Su regocijo es el perfecto acompañamiento para las nuevas que ha venido a traerme. Nos alegramos de haber provocado tanto.

–No hay de qué. El mundo ahí fuera es bastante triste, ya sabe –el hombre se recompuso la gorra con leve pesadumbre–. O más bien vacío. Uno nunca sabe cómo definirlo.

–Pero dicen que está lleno de cosas. Muchas y muy grandes.

–La importancia no se mide por el espacio que se ocupa, Señora. Ojalá fuera tan complicado. Su pequeño jardín y su acogedora casa guardan cosas más sencillas y mucho más importantes que lo que hay allí. En fin.

–En cualquier caso, gracias de nuevo –dijo ella sin apenas vacilar en su sonrisa–. Y vuelva pronto.

–Ha sido un placer –la puerta se cerró al mismo tiempo que la bicicleta del hombre se quejaba bajo su peso alejándose al ritmo del amanecer. Tic tac, tic tac.

La Señora se dirigió hacia el Sillón de las Noticias y se sentó elegantemente tomando de la mesita cercana el abrecartas. Lo deslizó con cariño por el borde del sobre manila con cuidado de no estropear el dibujo que adornaba el centro y que le causaba tantas emociones. Volvía a sentirse nerviosa y en parte, eso le gustaba.

La lectura le llevó mucho menos tiempo que emoción. Finalmente volvió a introducir la carta en su sobre y lo depositó todo a un lado. Sonrió más fuerte y sintió su corazón latir más fuerte, y vio en su mismo interior claramente todo lo que albergaba: la casa con todas sus habitaciones y su contenido, el jardín con toda su primavera, su vida con su árbol de senderos, y una gran estancia allí en un rincón, primorosamente decorada para aquel que venía por el sendero que se había separado hacía algún tiempo. Sonrió más fuerte y sintió su corazón latir más fuerte. Tic tac. Tic tac.

 

Borrasca y caída; arriba y abajo, y a todos los lados

La lluvia sorprendió a la Señora cuando regaba el jardín. Primero descendió una sola gota desde lo alto; haciendo bastante ruido se estrelló contra uno de los naranjos, y muchas hojas cayeron al suelo por el impacto. Luego hubo otra, y otra. La lluvia solo duró tres gotas, lentas y ruidosas, grandes y todas sobre el mismo lugar. Ella por si acaso buscó refugio junto al muro, pero afortunadamente no hubo más. Luego se acercó al reguero deshecho por los golpes y comenzó a remover la tierra para rehacerlo. Le pareció un mal presagio aquella lluvia, pero no le dio importancia.

De uno de los charcos profundos que se habían formado bajo las rosas tomó un poco de lluvia y la metió en un Bote de Lluvia. Lo llevó a la cocina y lo selló con una tela bordada y un lazo, y lo dejó en un rincón. Antes de sellarlo sin embargo probó un poco, y dejó que el sabor provocara muecas en su rostro. Se divirtió un rato viéndolas reflejadas en el cristal de la ventana.

Dos días después de la lluvia, todas las estancias de la casa temblaron. La Señora dormía tras un día de trabajo duro pero agradable. El sueño la acunaba en los brazos de aquel que regresaba, y de repente aquellos brazos fuertes se rompieron y ella cayó al lecho blandamente. Abrió los ojos. Uno de los armarios se tambaleaba de atrás hacia delante, primero lentamente, luego más decidido a terminar de caer. Parecía sonreírle, pero también podía ser la histeria de la madera inmóvil amenazada. Mientras salía de la cama se percató de que la lámpara del techo también se movía. Al mismo ritmo que el armario. No era el ritmo del amanecer. Su corazón tampoco latía al ritmo del amanecer, sino a otro desconocido para ella. Lo volvía a oír muy fuerte, realmente fuerte. Corrió hacia la puerta en el momento en que el armario decidió besar la cama con su sonrisa histérica. La cama no lo resistió, se partió lentamente en tres sitios bajo el peso y abrazó el suelo inerte, ridícula. La lámpara se agitaba más y más.

La Señora también era impelida hacia otro sitio distinto del que dictaban sus deseos. Se aferró al umbral de la puerta, mientras la hoja también se agitaba en vaivenes inexplicables. El resto de los muebles de su dormitorio se movían por el suelo atreviéndose incluso a dar pequeños saltos. Una visión tan espantosa encogió su corazón aplastando todo lo que contenía, incluso a sí misma.

Con una fuerza de voluntad que no supo de dónde extraía, se dirigió temblando hacia el salón en la planta baja. Descendió las escaleras agarrándose a la barandilla de madera con auténtico terror. La gran lámpara del salón se agitaba como todo lo demás. Los adornos habían caído al suelo y muchos se habían roto. Los sillones estaban cambiando de sitio, y los troncos de la chimenea, afortunadamente apagada, rodaban de un extremo a otro sin aparente motivo. No supo qué debía hacer en aquella situación. Estaba aterrada y no pensaba con claridad. Era como si estuviera anestesiada y no sintiera la realidad. El jardín. Se le ocurrió salir al jardín y recoger un poco de maleza. Seguramente eso la tranquilizaría y alejaría aquellas sensaciones extrañas: la ayudaría a despertar de la pesadilla y regresar a la serena vigilia y al tic tac del sol sobre el rocío.

La Señora descendió los escalones como pudo en su terrible sueño, golpeándose varias veces contra la pared y contra la barandilla, hasta que pisó con cuidado el suelo vigilando a ambos lados por si aparecía alguno de los troncos intentando derribarla. No había muchos sitios donde sostenerse en pie, ya que la mayoría de los muebles habían caído y yacían tumbados deslizándose pesadamente en movimientos impredecibles. El ruido era ensordecedor. Toda la casa retumbaba en sus oídos y dentro de todo su cuerpo. Dio varios pasos, se agarró el pecho por la sensación de opresión que la angustiaba, avanzó un poco más, se cayó, se levantó casi sin sentir las magulladuras en las rodillas y continuó avanzando. Dio otros dos pasos y algo la golpeó por detrás a la altura de los talones haciéndola caer de nuevo. Esta vez no llegó a saber qué pasaba después de que el suelo ascendiera hasta su rostro: ya no sintió nada más salvo la nada de una oscuridad vacía de sentidos y un único silbido constante, ni suave ni fuerte, que se extendía desde el centro de sus tímpanos hasta todo el pasado y todo el futuro.

 

Rotura y transparencias; verdad y mentira

La encontraron tumbada en el salón entre el brutal amasijo de muebles rotos y tablas levantadas. El primero en encontrarla fue el Médico, al que había invitado a tomar té de rosas la semana anterior. Tras él entró el Cartero, que de nuevo traía un sobre manila con un símbolo dibujado en el centro. El Médico tomó a la Señora y la tumbó en uno de los sofás, después de que el Cartero quitara todos los restos que pudo de cerámica y madera. Le hizo un chequeo general, miró al Cartero con la misma no-expresión de siempre y luego llamó a la Hermana de la Señora y se sentó en el Sillón de las Noticias a esperar. El Cartero le preguntó al respecto, pero el Médico no quiso desvelar su diagnóstico hasta que la Hermana llegara.

–¿De quién es la carta? –le preguntó al Cartero con su voz de tenor, quizás para hacer más llevadero aquel malestar salobre. El Cartero le dio la vuelta al sobre mostrándole el símbolo. Ambos callaron y supieron que en otras circunstancias hubieran sonreído.

–Se ha roto.

La Hermana dejó suelto al gato y miró al Médico sin expresar nada salvo fuerza y algo más, algo oscuro y grande. Quizás un No.

–La Señora ha sufrido algo que yo consideraría inadmisible si no lo hubiera constatado con mi propia ciencia –explicó el Médico sin perturbarse por la estoicidad de la Hermana–. Ignoro las causas. En teoría no hay ningún motivo plausible que pudiera causar tal estropicio. Pero el hecho es que ha sucedido. Mire.

El Médico se acercó de nuevo al cuerpo inerte de la Señora. Apartó con delicadeza las volutas del camisón, a la altura del pecho, y manipuló algo que no llegaron a ver. En un momento dado se oyó un chasquido apagado y se separó parte de la piel. El Cartero y la Hermana se acercaron y lo que vieron les dejó inmóviles.

El corazón de la Señora ya no latía, tic tac, tic tac. Sus estancias estaban destrozadas, como si algo las hubiera encogido y estirado alternativamente. Se vislumbraban aún los restos del pequeño salón, y algún trozo del jardín. Pero el dormitorio estaba irreconocible y la casa, en su conjunto, en el centro del pecho, quedaba arrugada como si hubiera sido la diminuta víctima de cartón de un niño travieso. Los caminos que se alejaban y circulaban desde y hacia la casa, detrás del corazón, mucho más adentro y mucho más lejos, parecían también afectados, pero un análisis más detallado era indudablemente necesario para confirmar tal impresión.

–Qué se puede hacer –dijo al fin la Hermana.

–No hay remedio científico para esto –contestó el Médico fallándole la voz por primera vez–. Al menos yo no conozco ninguno, aunque quizás se pudiera pedir ayuda fuera.

–¿Fuera? –intervino el Cartero–. Eso tardaría meses, quizás años. Y ni siquiera está seguro de ello, ¿verdad? Ahora que ella está… rota, ¿qué posibilidades hay de salir fuera? Mírense ustedes mismos, ya no están tan nítidos. Siempre lo dije, siempre lo dije, y nadie me creyó. Mírense ahora, yo tenía razón.

En efecto, el vestido de la Hermana era demasiado leve, dejando ver el resto del maltrecho salón a su través, mientras que el cuerpo del Médico se volvía tan insustancial como su monóculo. El Cartero mismo temblaba entre la opacidad y la inexistencia de una bruma de mañana, resistiendo más quizás por la intensidad de su frustración.

–Creo que debemos admitir que usted tiene razón –se lamentó el Médico–. En este momento las cosas más complicadas se aclaran, lo difícil se hace asequible, la mentira se desvanece y la verdad queda. ¿Qué podemos hacer sin la Señora? Ella era lo único sólido, lo más básico, sostenía a todo lo demás. ¿No se dan cuenta? El Cartero tenía razón todo este tiempo: ella era la que contenía la única verdad en todo esto, la que estaba en el centro de todos los caminos, con su pequeño jardín y sus acogedoras estancias, sus pequeñas verdades inmutables. Sin ella todo lo demás es falso y nada existe. Había extraños enlaces partiendo de aquí que se están diluyendo.

La Hermana se deslizaba como un fantasma por el salón.

–Dígame, doctor –continuó el Cartero presa de un extraño frenesí–. Es cierto que su consulta en la ciudad es gris y fría. Dígame si la misma ciudad no es gris y fría, y los grandes edificios, y las grandes cantidades de gente. ¿Existen? ¿Han existido alguna vez? Si lo hicieron, hace mucho que perdieron su verdadera sustancia: el sentir las pequeñas, sencillas cosas. Todo lo demás se edificó sobre falsos pilares. Mucho más grandes, pero el tamaño no es importancia. Se perdieron los sentimientos. ¿Qué haremos ahora que se han derrumbado los últimos que quedaban puros, en pie? No sabemos cómo volver a construirlos, a sentirlos. La Señora era la única que sabía.

El silencio volvió a caer como una losa diluyéndolos aún más cual ácido lento e indoloro.

–Quizás haya un remedio.

La voz limpia y aguda de la Hermana había llegado desde un rincón. Sostenía en alto el sobre manila con el símbolo en el centro. Apenas se mantenía en el aire debido a la insustancialidad de la mujer.

 

Señor y Señora; dos y uno

Afortunadamente el Señor únicamente iba retrasado con respecto a su segunda carta unas horas. Llegó apresurado, como su propia vida. El Médico, el Cartero y la Hermana casi sintieron los senderos del Señor golpearle en la espalda al frenar bruscamente para retornar a aquella realidad tan quieta. No hubo necesidad de saludar. La Señora estaba en el centro y el Señor estaba en la puerta, y había varios fantasmas translúcidos alrededor pero no eran lo más importante.

–He sido muy lento. Oh, Dios, he sido demasiado lento –se lamentó el Señor mientras caminaba con las manos en el rostro hacia el cuerpo inerte de la Señora. Ésta yacía en el sofá, tendida y con la puerta de su corazón abierta mostrando las ruinas de sus estancias.

–Te quiero –dijo el Señor casi en un susurro, al oído de la Señora primero, al mismo corazón destrozado después–. Te quiero.

La Señora no movió un músculo.

–Está rota –dijo débilmente una voz de tenor procedente de uno de los fantasmas. El volumen ascendía y disminuía alternativamente como si estuviera perdiéndose en aquella realidad.

El Señor era el único que tenía confianza para tocar el corazón de la Señora. Tanto tiempo fuera en espera de reencontrarse no hacía más fácil su labor, pero ahora que la sentía tan cerca volvía a tener más fuerza de voluntad, y eso debería ayudar. Manipuló delicadamente, tan delicadamente como solo el Señor podía hacerlo, reparando con sus habilidosos dedos cada pared, cada diminuto objeto, volviendo a situar los senderos y las flores del jardín. Sin embargo apenas los colocaba, una leve brisa procedente de ninguna parte volvía a hacerlos caer. Barría los escombros desordenándolos. Desdibujaba los senderos. Desviaba sus muñecas y torcía lo que él rehacía.

Tras horas de trabajo inútil, el Señor detuvo sus dedos al borde de la puerta del corazón de la Señora, colgando hacia el abismo como si les costara irse de allí, sin querer aceptar esa alternativa. Y el Señor, sobre el corazón roto, lloró.

 

Un Bote de Lluvia; estancias dentro de estancias

La lluvia sorprendió a la Señora cuando regaba el jardín. Primero descendió una sola gota desde lo alto, haciendo bastante ruido se estrelló contra uno de los naranjos, y muchas hojas cayeron al suelo por el impacto. Luego hubo otra, y otra. La lluvia solo duró tres gotas, lentas y ruidosas, grandes y todas sobre el mismo lugar. Ella por si acaso buscó refugio junto al muro, pero afortunadamente no hubo más. Luego se acercó al reguero deshecho por los golpes y comenzó a remover la tierra para rehacerlo.

De uno de los charcos profundos que se habían formado bajo las rosas tomó un poco de lluvia y la metió en un Bote de Lluvia. Lo llevó a la cocina y lo selló con una tela bordada y un lazo, y lo dejó en un rincón. Antes de sellarlo sin embargo probó un poco, y dejó que el sabor provocara muecas en su rostro. Se divirtió un rato viéndolas reflejadas en el cristal de la ventana.

Pensó en el Señor que vendría pronto, tan cerca ya, y en cómo y cuánto le quería, y sintió de nuevo la primavera en el corazón, tic tac, y se dispuso a tenerlo todo bonito para cuando él llegara.

Primero arregló el jardín. Cortó esquejes de los rosales y los plantó en la tierra húmeda no sin antes machacarles el extremo cortado con una piedra, tal y como le habían enseñado hacía mucho tiempo. Durante el proceso decidió recoger el Bote de Lluvia y utilizarlo para regar cada rosal. No sabía cómo no se le había ocurrido antes, todos esos días desde el temporal de viento que había dejado prácticamente en ruinas su casa no había sentido que fuera el momento de arreglarla. Sin embargo ahora, viendo el Bote de Lluvia en sus manos, transparente, con multitud de pequeñas manchitas flotantes, sintió que todo encajaba y había llegado la hora de reconstruir. La Señora continuó plantando los rosales. Antes de ponerse a redibujar los regueros en la tierra se puso sus Pantalones de Voluntad y así fue mucho más rápido. Usó el Bote a lo largo y ancho de todo el jardín, pero cuando hubo terminado estaba aún casi lleno. Entonces se dispuso a comenzar con la casa.

Tardó varios días en rehabilitarla, y durante los primeros días volvió a llover. Las rosas crecieron por ello más rápidas y mientras reconstruía las estancias de su hogar con paciencia y tesón, tic tac, tic tac, el jardín volvió a recuperar el mismo esplendor que tenía al comienzo de la primavera. Se alegró de ello y se sintió muy bien consigo misma por las cosas bien hechas. Esos días, cuando se sentaba en el Sillón del Cariño por las noches, apenas tardaba en quedarse dormida.

 

Señor y Señora; estancias dentro de estancias dentro de estancias

El Señor se incorporó sobre el cuerpo inerte de la Señora. Había visto sus lágrimas correr sobre el corazón deshecho y desaparecer dentro. Y luego el jardín florecer por tan inesperado riego, y luego las paredes levantarse una a una, los muebles situarse cada uno en su lugar, todo volver a estar en su sitio como si pequeñas manos invisibles se dedicaran a reconstruir lo roto. El Señor estaba contento, pues conocía el corazón de la Señora mejor que nadie, pero ni aun así había recordado hasta entonces lo que realmente albergaba, lo que necesitaba, ni lo que podía hacer el amor. Cuando hubo visto suficiente cerró delicadamente la puerta del corazón y tras el chasquido el cuerpo de la Señora se agitó levemente y volvió a respirar.

–¡Ha vuelto! –exclamó el Cartero acercándose con pasos ruidosos–. ¡La Señora está de nuevo entre nosotros! –Había lágrimas en sus ojos, y sus ropas, aunque sucias por los roces con los escombros, le daban un brillo especial a su figura. El Médico abrazó a la Hermana, y todos se acercaron al Señor y le tocaron y le palparon y le besaron y le abrazaron. Y cuando la Señora tuvo fuerzas para incorporarse tocaron y palparon y besaron y abrazaron a la Señora, y pareció que todo sería más fácil desde entonces. Las estancias del hogar de la Señora estaban sin embargo rotas, y el jardín destrozado, así pues todos estuvieron de acuerdo en que tenían que encontrar remedio a tamaño desaguisado. De fundamental ayuda fue que el Señor recordara algo que les ayudaría en su labor.

 

Un Bote de Lluvia; vida y cariño

Primero arreglaron el jardín. Cortaron esquejes de los rosales y los plantaron en la tierra húmeda no sin antes machacarles el extremo cortado con una piedra, tal y como le habían enseñado a la Señora hacía mucho tiempo. Durante el proceso el Señor llevaba el Bote de Lluvia que la Señora había guardado en el rincón de la cocina, y lo utilizaba para regar cada rosal. Viendo el Bote de Lluvia en sus manos, transparente, con multitud de pequeñas manchitas flotantes, sintieron que todo encajaba y que podrían reconstruir con éxito aquel desastre. Continuaron plantando los rosales, y la Señora, antes de ponerse a redibujar los regueros en la tierra se puso sus Pantalones de Voluntad y así fue mucho más rápido. Usaron el Bote a lo largo y ancho de todo el jardín, pero cuando hubieron terminado estaba aún casi lleno. Fueron entonces a ayudar al Médico, el Cartero y la Hermana, que habían comenzado con la casa mientras tanto.

Tardaron varios días en rehabilitarla, y durante los primeros días volvió a llover. Las rosas crecieron por ello más rápidas y mientras reconstruían las estancias del hogar de la Señora con paciencia y tesón, tic tac, tic tac, el jardín volvió a recuperar el mismo esplendor que tenía al comienzo de la primavera. Se alegraron de ello y se sintieron muy bien consigo mismos por las cosas bien hechas, y esos días, cuando se sentaban en el salón por las noches, apenas tardaban en quedarse dormidos, el Señor y la Señora juntos y abrazados en sus sueños.

 

Señora de las Estancias; Señor de las Estancias

La Señora de las Estancias había quedado triste hacía algún tiempo. Su corazón, que contenía las mismas estancias que la casa de muñecas que había en su dormitorio, y muchos senderos que partían y llegaban, había estado triste y dolido, por muchas causas, y por miedo, y por amor.

La Señora de las Estancias lloró la primera vez sobre su casa de muñecas, y el llanto desprendió parte del dolor de su corazón, pero no todo. Luego golpeó la casa, y destrozó las estancias, y desparramó los pequeños muebles y los árboles de plástico del jardín, y las pequeñas figuras que daban tanta impresión de vida, pero eso no arregló nada y sintió punzadas de pena en su corazón por haberse desahogado contra aquello que quería.

La Señora de las Estancias permaneció varios días quieta tras ello, sin sentir, sin pensar, esperando que los sentimientos volvieran a florecer y que los pensamientos volvieran a traerle su recuerdo. Mientras tanto su corazón lleno de estancias y senderos florecía sin que ella se percatara.

Cuando la estancia primorosamente adornada que había en uno de los rincones de su corazón estuvo suficientemente dispuesta una vez más, la Señora de las Estancias recibió la visita del Señor, y le tocó, le palpó, le besó y le abrazó, pues ambos se amaban y le abrió de nuevo la puerta de su corazón. Y el Señor vislumbró la cantidad de estancias y espacio para el amor que allí había, y sintió un dolor en el pecho y cuando abrió la puerta de su propio corazón para ella, allí había las mismas estancias, y muchos de los mismos senderos, y con las puertas abiertas ambos quedaron en pie, mirándose, sintiendo leves hormigueos en sus corazones como si hubiera vida diminuta allí en las estancias y mucho más adentro, cuidando de ellos, entrelazándose con sus vidas de intrincadas formas.

 

(Tomado de www.talesofmytery.blogspot.com)

 

Demasiado caro

León Tolstói

 

Existe un reino pequeñito, minúsculo, a orillas del Mediterráneo, entre Francia e Italia. Se llama Mónaco y cuenta con siete mil habitantes, menos que un pueblo grande. La superficie del reino es tan pequeña que ni siquiera tocan a una hectárea de tierra por persona. Pero, en cambio, tienen un auténtico reyecito, con su palacio, sus cortesanos, sus ministros, su obispo y su ejército.

Este es poco numeroso, en total unos sesenta hombres; pero no deja de ser un ejército. El reyecito tiene pocas rentas. Como por doquier, en ese reino hay impuestos para el tabaco, el vino y el alcohol y existe la decapitación. Aunque se bebe y se fuma, el reyecito no tendría medios de mantener a sus cortesanos y a sus funcionarios ni podría mantenerse él, a no ser por un recurso especial. Ese recurso se debe a una casa de juego, a una ruleta que hay en el reino. La gente juega y gana o pierde; pero el propietario siempre obtiene beneficios. Y paga buenas cantidades al reyecito. Las paga, porque no queda ya en toda Europa una sola casa de juego de este tipo. Antes las hubo en los pequeños principados alemanes; pero hace cosa de diez años, las prohibieron porque traían muchas desgracias. Llegaba un jugador, se ponía a jugar, se entusiasmaba, perdía todo su dinero y, a veces, incluso el de los demás. Y luego, en su desesperación, se arrojaba al agua o se pegaba un tiro. Los alemanes prohibieron a sus príncipes que tuvieran casas de juego; pero no hay quien pueda prohibir esto al reyecito de Mónaco: por eso solo allí queda una ruleta.

Desde entonces, todos los aficionados al juego van a Mónaco, pierden su dinero y el beneficio es para el rey. Por medio de un trabajo honrado no puede uno construirse palacios. El reyecito de Mónaco sabe que eso no está bien, pero ¿qué hacer? Es necesario vivir. No es mejor mantenerse de los impuestos sobre el alcohol o el tabaco. Así es como vive ese reyecito. Reina, amasa dinero y gobierna, desde su palacio, lo mismo que los grandes reyes. Lo mismo que ellos, se corona, organiza desfiles y paradas, concede recompensas, ajusticia, indulta, celebra consejos, decreta y juzga. Gobierna como los auténticos reyes. La única diferencia es que en Mónaco todo es pequeño.

Una vez, hace cosa de cinco años, hubo un crimen en el reino. El pueblo de Mónaco es pacífico; y nunca había allí sucedido tal cosa. Se reunieron los jueces para juzgar al asesino. En el tribunal había jueces, fiscales, abogados y jurados. Después de juzgarlo, lo condenaron, según la ley, a la última pena, a la decapitación. Presentaron la sentencia al rey. Éste la confirmó. No había más remedio que ajusticiar al criminal. La única desgracia es que no hubiera en el reino guillotina ni verdugo. Después de pensarlo mucho, los ministros decidieron escribir al Gobierno francés, preguntándole si podía mandarles la máquina y el verdugo para cortar la cabeza al criminal. Al mismo tiempo, pidieron que los informase, a ser posible, de los gastos que esto supondría. Al cabo de una semana recibieron la contestación: podían enviar la máquina y el verdugo: los gastos ascendían a dieciséis mil francos. Se lo comunicaron al reyecito. Éste meditó largo rato. ¡Dieciséis mil francos!

–¡Ese bribón no vale tanto dinero! ¿No se podría arreglar el asunto más económicamente? Para obtener esa cantidad, todos los habitantes del reino tendrían que pagar dos francos de impuesto. Les parecería mucho. Podrían sublevarse –dijo.

Celebraron consejo. ¿Cómo solucionar el problema? Se les ocurrió preguntar lo mismo al rey de Italia. Francia es una República, no respeta a los reyes; en cambio, como en Italia hay un rey, tal vez cobraría menos. Escribieron. No tardaron en recibir contestación. El gobierno italiano les decía que con mucho gusto mandaría la máquina y el verdugo. El total de los gastos, con el viaje incluido, ascendería a doce mil francos. Era más barato; pero no dejaba de ser una cantidad elevada. Aquel canalla no valía tanto dinero. Cada habitante tendría que pagar casi dos francos de impuesto. Volvió a reunirse el Consejo. Pensaron en la manera de arreglar esto de una manera más económica. Quizá algún soldado quisiera cortar la cabeza al criminal, de un modo rudimentario. Llamaron al general.

–¿No habrá algún soldado que quiera decapitar al asesino? Sea como sea, cuando van a la guerra matan; y eso es lo que se les enseña.

El general habló con sus soldados. ¿Quería alguno cortar la cabeza al criminal? Todos se negaron. “No, no sabemos hacer esto; no lo hemos aprendido”, dijeron.

¿Qué hacer? Meditaron mucho, nombraron un comité, una Comisión y una Subcomisión. Por fin hallaron el medio de arreglar el asunto. Había que conmutar la pena de muerte por la de cadena perpetua. De este modo, el rey demostraría su misericordia y al mismo tiempo habría menos gasto. El reyecito se mostró de acuerdo; y resolvieron adoptar esa solución. La única desgracia era que no hubiese una prisión especial donde encerrar al criminal para toda la vida. Había pequeños calabozos en los que se encerraba temporalmente a los culpables; pero se carecía de una buena prisión. Finalmente, encontraron un lugar. Encerraron al criminal y le pusieron un guardián.

Éste vigilaba al delincuente y le traía la comida de la cocina de palacio. Así transcurrieron doce meses. A fin de año, el reyecito hizo el balance de los gastos y de los ingresos. Y se dio cuenta de que el criminal constituía un gasto bastante considerable. En un año había ascendido a seiscientos francos su comida y el sueldo del guardián. El criminal era joven y sano; tal vez viviera aún cincuenta años. No era posible seguir así. El reyecito llamó a sus ministros:

–Busquen el medio de que este canalla nos cueste menos dinero. Así nos resulta demasiado caro –les dijo.

Los ministros se reunieron en Consejo y meditaron largo rato. Uno de ellos dijo:

–Señores, creo que hay que suprimir el guardián.

–El criminal se escaparía –replicó otro.

–Si se escapa, ¡al diablo!

Informaron al rey. Éste se mostró de acuerdo. Suprimieron al guardián y esperaron a ver qué pasaría.

Al llegar la hora de comer el criminal buscó al guardián; y, al no encontrarlo, se dirigió en persona a la cocina de palacio en solicitud de la comida. Cogió lo que le dieron, volvió a la prisión y cerró la puerta tras de sí. Salía a buscar la comida, pero no se escapaba. ¿Qué hacer? Pensaron que debían decirle que no se le necesitaba para nada, que podía irse. El ministro de Justicia lo llamó.

–¿Por qué no se va usted? Nadie lo vigila, puede marcharse libremente: al rey no le parecerá mal.

–Pero yo no tengo adónde ir. ¿Dónde quiere que vaya? Me han cubierto de oprobio con la sentencia; ahora nadie querrá tratarme. Me he apartado de todo. Ustedes proceden injustamente conmigo. Eso no se puede hacer. En primer lugar, si me han condenado a muerte, tenían que haberme matado. Aunque no lo han hecho, no he protestado. En segundo lugar, me condenaron a cadena perpetua y me pusieron un guardián para que me trajera la comida; pero no han tardado en quitármelo. Tampoco he protestado. He ido a buscarme la comida personalmente. Ahora me dicen que me vaya; pero esta vez, arréglenselas como quieran; no pienso irme –replicó el criminal.

De nuevo celebraron Consejo. ¿Qué hacer? ¿Qué solución tomar? El criminal no se iba. Después de pensarlo mucho, decidieron asignarle una pensión. Era la única manera de librarse de él. Informaron al reyecito.

–¡Qué le hemos de hacer! Hay que terminar como sea –dijo éste.

Asignaron al criminal una pensión de seiscientos francos y así se lo comunicaron.

–Bueno; si me pagan puntualmente, me iré.

Así se decidió la cosa. Entregaron al criminal la tercera parte de la pensión por adelantado. Este se despidió de todos y abandonó el dominio del reyecito. Viajó solo un cuarto de hora por ferrocarril. Se instaló cerca del reino, compró una parcela de tierra, puso una huerta y un jardín y vive muy feliz.

En fechas determinadas, va a Mónaco a percibir su pensión. Después de cobrar, entra en la casa de juego y pone dos o tres francos. Algunas veces gana; otras pierde y vuelve a su casa. Vive apaciblemente.

Menos mal que no delinquió en un lugar donde no se repara en gastos para decapitar a un hombre ni para mantenerlo en la cárcel toda la vida.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)