miércoles, 17 de junio de 2026

¡Diles que no me maten!

Juan Rulfo

 

–¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.

–No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti.

–Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno. Dile que lo haga por caridad de Dios.

–No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá.

–Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues.

–No. No tengo ganas de eso, yo soy tu hijo. Y si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño.

–Anda, Justino. Diles que tengan tantita lástima de mí. Nomás eso diles.

Justino apretó los dientes y movió la cabeza diciendo:

–No.

Y siguió sacudiendo la cabeza durante mucho rato.

Justino se levantó de la pila de piedras en que estaba sentado y caminó hasta la puerta del corral. Luego se dio vuelta para decir:

–Voy, pues. Pero si de perdida me afusilan a mí también, ¿quién cuidará de mi mujer y de los hijos?

–La Providencia, Justino. Ella se encargará de ellos. Ocúpate de ir allá y ver qué cosas haces por mí. Eso es lo que urge.

 

Lo habían traído de madrugada. Y ahora era ya entrada la mañana y él seguía todavía allí, amarrado a un horcón, esperando. No se podía estar quieto. Había hecho el intento de dormir un rato para apaciguarse, pero el sueño se le había ido. También se le había ido el hambre. No tenía ganas de nada. Solo de vivir. Ahora que sabía bien a bien que lo iban a matar, le habían entrado unas ganas tan grandes de vivir como solo las puede sentir un recién resucitado. Quién le iba a decir que volvería aquel asunto tan viejo, tan rancio, tan enterrado como creía que estaba. Aquel asunto de cuando tuvo que matar a don Lupe. No nada más por nomás, como quisieron hacerle ver los de Alima, sino porque tuvo sus razones. Él se acordaba:

Don Lupe Terreros, el dueño de la Puerta de Piedra, por más señas su compadre. Al que él, Juvencio Nava, tuvo que matar por eso; por ser el dueño de la Puerta de Piedra y que, siendo también su compadre, le negó el pasto para sus animales.

Primero se aguantó por puro compromiso. Pero después, cuando la sequía, en que vio cómo se le morían uno tras otro sus animales hostigados por el hambre y que su compadre don Lupe seguía negándole la yerba de sus potreros, entonces fue cuando se puso a romper la cerca y a arrear la bola de animales flacos hasta las paraneras para que se hartaran de comer. Y eso no le había gustado a don Lupe, que mandó tapar otra vez la cerca para que él, Juvencio Nava, le volviera a abrir otra vez el agujero. Así, de día se tapaba el agujero y de noche se volvía a abrir, mientras el ganado estaba allí, siempre pegado a la cerca, siempre esperando; aquel ganado suyo que antes nomás se vivía oliendo el pasto sin poder probarlo.

Y él y don Lupe alegaban y volvían a alegar sin llegar a ponerse de acuerdo. Hasta que una vez don Lupe le dijo:

–Mira, Juvencio, otro animal más que metas al potrero y te lo mato.

Y él contestó:

–Mire, don Lupe, yo no tengo la culpa de que los animales busquen su acomodo. Ellos son inocentes. Ahí se lo haiga si me los mata.

 

“Y me mató un novillo.

“Esto pasó hace treinta y cinco años, por marzo, porque ya en abril andaba yo en el monte, corriendo del exhorto. No me valieron ni las diez vacas que le di al juez, ni el embargo de mi casa para pagarle la salida de la cárcel. Todavía después, se pagaron con lo que quedaba nomás por no perseguirme, aunque de todos modos me perseguían. Por eso me vine a vivir junto con mi hijo a este otro terrenito que yo tenía y que se nombra Palo de Venado. Y mi hijo creció y se casó con la nuera Ignacia y tuvo ya ocho hijos. Así que la cosa ya va para viejo, y según eso debería estar olvidada. Pero, según eso, no lo está.

“Yo entonces calculé que con unos cien pesos quedaba arreglado todo. El difunto don Lupe era solo, solamente con su mujer y los dos muchachitos todavía de a gatas. Y la viuda pronto murió también dizque de pena. Y a los muchachitos se los llevaron lejos, donde unos parientes. Así que, por parte de ellos, no había que tener miedo.

“Pero los demás se atuvieron a que yo andaba exhortado y enjuiciado para asustarme y seguir robándome. Cada que llegaba alguien al pueblo me avisaban:

“–Por ahí andan unos fuereños, Juvencio.

“Y yo echaba pa’l monte, entreverándome entre los madroños y pasándome los días comiendo verdolagas. A veces tenía que salir a la media noche, como si me fueran correteando los perros. Eso duró toda la vida. No fue un año ni dos. Fue toda la vida”.

Y ahora habían ido por él, cuando no esperaba ya a nadie, confiado en el olvido en que lo tenía la gente; creyendo que al menos sus últimos días los pasaría tranquilos. “Al menos esto –pensó– conseguiré con estar viejo. Me dejarán en paz”.

Se había dado a esta esperanza por entero. Por eso era que le costaba trabajo imaginar morir así, de repente, a estas alturas de su vida, después de tanto pelear para librarse de la muerte; de haberse pasado su mejor tiempo tirando de un lado para otro arrastrado por los sobresaltos y cuando su cuerpo había acabado por ser un puro pellejo correoso curtido por los malos días en que tuvo que andar escondiéndose de todos.

Por si acaso, ¿no había dejado hasta que se le fuera su mujer? Aquel día en que amaneció con la nueva de que su mujer se le había ido, ni siquiera le pasó por la cabeza la intención de salir a buscarla. Dejó que se fuera sin indagar para nada ni con quién ni para dónde, con tal de no bajar al pueblo. Dejó que se le fuera como se le había ido todo lo demás, sin meter las manos. Ya lo único que le quedaba para cuidar era la vida, y ésta la conservaría a como diera lugar. No podía dejar que lo mataran. No podía. Mucho menos ahora.

Pero para eso lo habían traído de allá, de Palo de Venado. No necesitaron amarrarlo para que los siguiera. Él anduvo solo, únicamente maniatado por el miedo. Ellos se dieron cuenta de que no podía correr con aquel cuerpo viejo, con aquellas piernas flacas como sicuas secas, acalambradas por el miedo de morir. Porque a eso iba. A morir. Se lo dijeron.

Desde entonces lo supo. Comenzó a sentir esa comezón en el estómago que le llegaba de pronto siempre que veía de cerca la muerte y que le sacaba el ansia por los ojos, y que le hinchaba la boca con aquellos buches de agua agria que tenía que tragarse sin querer. Y esa cosa que le hacía los pies pesados mientras su cabeza se le ablandaba y el corazón le pegaba con todas sus fuerzas en las costillas. No, no podía acostumbrarse a la idea de que lo mataran.

Tenía que haber alguna esperanza. En algún lugar podría aún quedar alguna esperanza. Tal vez ellos se hubieran equivocado. Quizá buscaban a otro Juvencio Nava y no al Juvencio Nava que era él.

Caminó entre aquellos hombres en silencio, con los brazos caídos. La madrugada era oscura, sin estrellas. El viento soplaba despacio, se llevaba la tierra seca y traía más, llena de ese olor como de orines que tiene el polvo de los caminos.

Sus ojos, que se habían apeñuscado con los años, venían viendo la tierra, aquí, debajo de sus pies, a pesar de la oscuridad. Allí en la tierra estaba toda su vida. Sesenta años de vivir sobre de ella, de encerrarla entre sus manos, de haberla probado como se prueba el sabor de la carne. Se vino largo rato desmenuzándola con los ojos, saboreando cada pedazo como si fuera el último, sabiendo casi que sería el último.

Luego, como queriendo decir algo, miraba a los hombres que iban junto a él. Iba a decirles que lo soltaran, que lo dejaran que se fuera: “Yo no le he hecho daño a nadie, muchachos”, iba a decirles, pero se quedaba callado. “Más adelantito se los diré”, pensaba. Y solo los veía. Podía hasta imaginar que eran sus amigos; pero no quería hacerlo. No lo eran. No sabía quiénes eran. Los veía a su lado ladeándose y agachándose de vez en cuando para ver por dónde seguía el camino.

Los había visto por primera vez al pardear de la tarde, en esa hora desteñida en que todo parece chamuscado. Habían atravesado los surcos pisando la milpa tierna. Y él había bajado a eso: a decirles que allí estaba comenzando a crecer la milpa. Pero ellos no se detuvieron.

Los había visto con tiempo. Siempre tuvo la suerte de ver con tiempo todo. Pudo haberse escondido, caminar unas cuantas horas por el cerro mientras ellos se iban y después volver a bajar. Al fin y al cabo la milpa no se lograría de ningún modo. Ya era tiempo de que hubieran venido las aguas y las aguas no aparecían y la milpa comenzaba a marchitarse. No tardaría en estar seca del todo.

Así que ni valía la pena de haber bajado; haberse metido entre aquellos hombres como en un agujero, para ya no volver a salir.

Y ahora seguía junto a ellos, aguantándose las ganas de decirles que lo soltaran. No les veía la cara; solo veía los bultos que se repegaban o se separaban de él. De manera que cuando se puso a hablar, no supo si lo habían oído. Dijo:

–Yo nunca le he hecho daño a nadie –eso dijo. Pero nada cambió. Ninguno de los bultos pareció darse cuenta. Las caras no se volvieron a verlo. Siguieron igual, como si hubieran venido dormidos.

Entonces pensó que no tenía nada más que decir, que tendría que buscar la esperanza en algún otro lado. Dejó caer otra vez los brazos y entró en las primeras casas del pueblo en medio de aquellos cuatro hombres oscurecidos por el color negro de la noche.

 

–Mi coronel, aquí está el hombre.

Se habían detenido delante del boquete de la puerta. Él, con el sombrero en la mano, por respeto, esperando ver salir a alguien. Pero solo salió la voz:

–¿Cuál hombre? –preguntaron.

–El de Palo de Venado, mi coronel. El que usted nos mandó a traer.

–Pregúntale que si ha vivido alguna vez en Alima –volvió a decir la voz de allá adentro.

–¡Ey, tú! ¿Que si has habitado en Alima? –repitió la pregunta el sargento que estaba frente a él.

–Sí. Dile al coronel que de allá mismo soy. Y que allí he vivido hasta hace poco.

–Pregúntale que si conoció a Guadalupe Terreros.

–Que dizque si conociste a Guadalupe Terreros.

–¿A don Lupe? Sí. Dile que sí lo conocí. Ya murió.

Entonces la voz de allá adentro cambió de tono:

–Ya sé que murió –dijo. Y siguió hablando como si platicara con alguien allá, al otro lado de la pared de carrizos:

–Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta. Con nosotros, eso pasó.

“Luego supe que lo habían matado a machetazos, clavándole después una pica de buey en el estómago. Me contaron que duró más de dos días perdido y que, cuando lo encontraron tirado en un arroyo, todavía estaba agonizando y pidiendo el encargo de que le cuidaran a su familia.

“Esto, con el tiempo, parece olvidarse. Uno trata de olvidarlo. Lo que no se olvida es llegar a saber que el que hizo aquello está aún vivo, alimentando su alma podrida con la ilusión de la vida eterna. No podría perdonar a ése, aunque no lo conozco; pero el hecho de que se haya puesto en el lugar donde yo sé que está, me da ánimos para acabar con él. No puedo perdonarle que siga viviendo. No debía haber nacido nunca”.

Desde acá, desde fuera, se oyó bien claro cuanto dijo. Después ordenó:

–¡Llévenselo y amárrenlo un rato, para que padezca, y luego fusílenlo!

–¡Mírame, coronel! –pidió él–. Ya no valgo nada. No tardaré en morirme solito, derrengado de viejo. ¡No me mates…!

–¡Llévenselo! –volvió a decir la voz de adentro.

–…Ya he pagado, coronel. He pagado muchas veces. Todo me lo quitaron. Me castigaron de muchos modos. Me he pasado cosa de cuarenta años escondido como un apestado, siempre con el pálpito de que en cualquier rato me matarían. No merezco morir así, coronel. Déjame que, al menos, el Señor me perdone. ¡No me mates! ¡Diles que no me maten!

Estaba allí, como si lo hubieran golpeado, sacudiendo su sombrero contra la tierra. Gritando.

En seguida la voz de allá adentro dijo:

–Amárrenlo y denle algo de beber hasta que se emborrache para que no le duelan los tiros.

 

Ahora, por fin, se había apaciguado. Estaba allí arrinconado al pie del horcón. Había venido su hijo Justino y su hijo Justino se había ido y había vuelto y ahora otra vez venía.

Lo echó encima del burro. Lo apretaló bien apretado al aparejo para que no se fuese a caer por el camino. Le metió su cabeza dentro de un costal para que no diera mala impresión. Y luego le hizo pelos al burro y se fueron, arrebiatados, de prisa, para llegar a Palo de Venado todavía con tiempo para arreglar el velorio del difunto.

–Tu nuera y los nietos te extrañarán –iba diciéndole–. Te mirarán a la cara y creerán que no eres tú. Se les afigurará que te ha comido el coyote cuando te vean con esa cara tan llena de boquetes por tanto tiro de gracia como te dieron.

 

(Tomado de www.tallermecontasunahistoriadale.blogspot.com)

 

Lo secreto

María Luisa Bombal

 

Sé muchas cosas que nadie sabe.

Conozco del mar, de la tierra y del cielo infinidad de secretos pequeños y mágicos.

Esta vez, sin embargo, no contaré sino del mar.

Aguas abajo, más abajo de la honda y densa zona de tinieblas, el océano vuelve a iluminarse. Una luz dorada brota de gigantescas esponjas, refulgentes y amarillas como soles.

Toda clase de plantas y de seres helados viven allí sumidos en esa luz de estío glacial, eterno…

Actinias verdes y rojas se aprietan en anchos prados a los que se entrelazan las transparentes medusas que no rompieran aún sus amarras para emprender por los mares su destino errabundo.

Duros corales blancos se enmarañan en matorrales estáticos por donde se escurren peces de un terciopelo sombrío que se abren y cierran blandamente, como flores.

Veo hipocampos. Es decir, diminutos corceles de mar, cuyas crines de algas se esparcen en lenta aureola alrededor de ellos cuando galopan silenciosos.

Y sé que si se llegaran a levantar ciertas caracolas grises de forma anodina puede encontrarse debajo a una sirenita llorando.

Y ahora recuerdo, recuerdo cuando de niños, saltando de roca en roca, refrenábamos nuestro impulso al borde imprevisto de un estrecho desfiladero. Desfiladero dentro del cual las olas al retirarse dejaran atrás un largo manto real hecho de espuma, de una espuma irisada, recalcitrante en morir y que susurraba, susurraba… algo así como un mensaje.

¿Entendieron ustedes entonces el sentido de aquel mensaje?

No lo sé.

Por mi parte debo confesar que lo entendí.

Entendí que era el secreto de su noble origen que aquella clase de moribundas espumas trataban de suspirarnos al oído…

–Lejos, lejos y profundo –nos confiaban– existe un volcán submarino en constante erupción. Noche y día su cráter hierve incansable y soplando espesas burbujas de lava plateada hacia la superficie de las aguas…

Pero el principal objetivo de estas breves líneas es contarles de un extraño, ignorado suceso, acaecido igualmente allá en lo bajo.

Es la historia de un barco pirata que siglos atrás rodara absorbido por la escalera de un remolino, y que siguiera viajando mar abajo entre ignotas corrientes y arrecifes sumergidos.

Furiosos pulpos abrazábanse mansamente a sus mástiles, como para guiarlo, mientras las esquivas estrellas de mar animaban palpitantes y confiadas en sus bodegas.

Volviendo al fin de su largo desmayo, el Capitán Pirata, de un solo rugido, despertó a su gente. Ordenó levar ancla.

Y en tanto, saliendo de su estupor, todos corrieron afanados, el Capitán en su torre, no bien paseara una segunda mirada sobre el paisaje, empezó a maldecir.

El barco había encallado en las arenas de una playa interminable, que un tranquilo claro de luna, color verde-umbrío, bañaba por parejo.

Sin embargo había aún peor:

Por doquiera revolviese el largavista alrededor del buque no encontraba mar.

–Condenado Mar –vociferó–. Malditas mareas que maneja el mismo Diablo. Mal rayo las parta. Dejarnos tirados costa adentro… para volver a recogernos quién sabe a qué siniestra malvenida hora…

Airado, volcó frente y televista hacia arriba, buscando cielo, estrellas y el cuartel de servicio en que velara esa luna de nefando resplandor.

Pero no encontró cielo, ni estrellas, ni visible cuartel.

Por Satanás. Si aquello arriba parecía algo ciego, sordo y mudo… Si era exactamente el reflejo invertido de aquel demoníaco, arenoso desierto en que habían encallado.

Y ahora, para colmo, esta última extravagancia. Inmóviles, silenciosas, las frondosas velas negras, orgullo de su barco, henchidas allá en los mástiles cuan ancho eran… y eso que no corría el menor soplo de viento.

–A tierra. A tierra la gente –se le oye tronar por el barco entero–. Cargar puñales, salvavidas. Y a reconocer la costa.

La plancha prestamente echada, una tripulación medio sonámbula desembarca dócilmente; su Capitán último en fila, arma de fuego en mano.

La arena que hollaran, hundiéndose casi al tobillo, era fina, sedosa, y muy fría.

Dos bandos. Uno marcha al Este. El otro, al Oeste. Ambos en busca del Mar. Ha ordenado el Capitán. Pero…

–Alto –vocifera deteniendo el trote desparramado de su gente–. El Chico acá de guardarrelevo. Y los otros proseguir. Adelante.

Y El Chico, un muchachito hijo de honestos pescadores, que frenético de aventuras y fechorías se había escapado para embarcarse en “El Terrible” (que era el nombre del barco pirata, así como el nombre de su capitán), acatando órdenes, vuelve sobre sus pasos, la frente baja y como observando y contando cada uno de ellos.

–Vaya el lerdo… el patizambo… el tortuga –reta el Pirata una vez al muchacho frente a él; tan pequeño a pesar de sus quince años, que apenas si llega a las hebillas de oro macizo de su cinturón salpicado de sangre.

“Niños a bordo” –piensa de pronto, acometido por un desagradable, indefinible malestar.

–Mi Capitán –dice en aquel momento El Chico, la voz muy queda–, ¿no se ha fijado usted que en esta arena los pies no dejan huella?

–¿Ni que las velas de mi barco echan sombra? –replica este, seco y brutal.

Luego su cólera parece apaciguarse de a poco ante la mirada ingenua, interrogante con que El Chico se obstina en buscar la suya.

–Vamos, hijo –masculla, apoyando su ruda mano sobre el hombro del muchacho–. El mar no ha de tardar…

–Sí, señor –murmura el niño, como quien dice: Gracias.

Gracias. La palabra prohibida. Antes quemarse los labios. Ley de Pirata.

“¿Dije Gracias?” –se pregunta El Chico, sobresaltado.

“¡Lo llamé: hijo!” –piensa estupefacto el Capitán.

–Mi Capitán –habla de nuevo El Chico–, en el momento del naufragio…

Aquí el Pirata parpadea y se endereza brusco.

–…del accidente, quise decir, yo me hallaba en las bodegas. Cuando me recobro, ¿qué cree usted? Me las encuentro repletas de los bichos más asquerosos que he visto…

–¿Qué clase de bichos?

–Bueno, de estrellas de mar… pero vivas. Dan un asco. Si laten como vísceras de humano recién destripado… Y se movían de un lado para otro buscándose, amontonándose y hasta tratando de atracárseme…

–Ja. Y tú asustado, ¿eh?

–Yo, más rápido que anguila, me lancé a abrir puertas, escotillas y todo; y a patadas y escobazos empecé a barrerlas fuera. ¡Cómo corrían torcido escurriéndose por la arena! Sin embargo, mi Capitán, tengo que decirle algo… y es que noté… que ellas sí dejaban huellas…

El terrible no contesta.

Y lado a lado ambos permanecen erguidos bajo esa mortecina verde luz que no sabe titilar, ante un silencio tan sin eco, tan completo, que de repente empiezan a oír.

A oír y sentir dentro de ellos mismos el surgir y ascender de una marea desconocida. La marea de un sentimiento del que no atinan a encontrar el nombre. Un sentimiento cien veces más destructivo que la ira, el odio o el pavor. Un sentimiento ordenado, nocturno, roedor. Y el corazón a él entregado, paciente y resignado.

–Tristeza –murmura al fin El Chico, sin saberlo. Palabra soplada a su oído.

Y entonces, enérgico, tratando de sacudirse aquella pesadilla, el Capitán vuelve a aferrarse del grito y del mal humor.

–Chico, basta. Y hablemos claro, Tú, con nosotros, aprendiste a asaltar, apuñalar, robar e incendiar… sin embargo, nunca te oí blasfemar.

Pausa breve; luego bajando la voz, el Pirata pregunta con sencillez.

–Chico, dime, tú has de saber… ¿En dónde crees tú que estamos?

–Ahí donde usted piensa, mi Capitán–contesta respetuosamente el muchacho…

–Pues a mil millones de pies bajo el mar, caray –estalla el viejo Pirata en una de esas sus famosas, estrepitosas carcajadas, que corta súbito, casi de raíz.

Porque aquello que quiso ser carcajada resonó tremendo gemido, clamor de aflicción de alguien que, dentro de su propio pecho, estuviera usurpando su risa y su sentir; de alguien desesperado y ardiendo en deseo de algo que sabe irremisiblemente perdido.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 


martes, 16 de junio de 2026

Subterráneos

Liliana Pedroza

 

Volví a despertar de madrugada. Tenía una semana de abrir los ojos automáticamente en las primeras horas del día, sin poder dormir de nuevo. Las últimas noches mis sueños se resumían en un espacio extenso y oscuro por el que transitaba. El lugar desierto, sin márgenes, era lo que me causaba angustia y me hacía despertar como acto reflejo. Por la luz incipiente que percibí a través de la cortina adiviné serían alrededor de las cuatro. Desde la cama, miré el plano que había colocado en la pared de la habitación. Sobre el mapa, la línea roja que marcamos David y yo de la ruta probable de nuestra ciudad subterránea. Hacía seis meses de eso. El deseo por explorar esos corredores que habitan bajo nuestros pies se iba acrecentando conforme nos preparábamos a ello. Cada fin de semana nos encontrábamos en un terreno escampado al sur de la ciudad, cerca de la antigua estación de tren ya clausurada. Hacíamos largas caminatas contabilizando las embocaduras de acero por la avenida industrial, buscando posibles ramificaciones, formas de descenso, obstáculos en el trayecto. Nos alternábamos para realizar pequeñas pruebas sobre lo que nos enfrentaríamos. Nos atraía aún más la aventura al sentir la respiración de esa boca oscura y húmeda que se abría para nosotros.

El objetivo era realizar un recorrido de varios días bajo la superficie. Para ello habría que aplicar formas de supervivencia con los mínimos recursos. Intentamos habituarnos a las zonas sin luz y aguzar otros sentidos, tacto, oído. Reconocer con el movimiento del cuerpo la densidad del aire alrededor, percatarnos de los objetos cercanos antes de tocarlos con los pies o las piernas. Algunas tardes aprovechaba para visitar a mi madre en su trabajo, el edificio de una empresa trasnacional, me detenía frente a los seis ascensores y, pese al ruido del vestíbulo, me concentraba en el sonido fino de las varias poleas en funcionamiento para advertir lo antes posible la puerta que se abriría ante mí. En diferentes lugares me propuse identificar por el sonido de los zapatos el caminar continuo de un hombre o una mujer, si el peso contra el suelo correspondía al de una persona gruesa o no, la celeridad de un joven o una persona mayor. Comencé a reconocer las sutilezas y textura del sonido sobre azulejo, parquet, alfombra y baldosas. Registré los sonidos de la ciudad a diferentes horas del día.

Poco a poco fui potenciando otras habilidades y recursos de mi cuerpo. Por las mañanas iba a la alberca olímpica a nadar dos horas. Recorría al menos tres mil metros diarios. Me duchaba y me dirigía a la universidad. Varias noches por semana, David y yo íbamos a correr al parque deportivo. Él fue quien tuvo la idea de explorar los conductos pluviales. Era mi amigo desde la secundaria pero desde que entramos a la universidad no nos habíamos vuelto a ver. Cursaba mi último año en la Escuela de Finanzas y él comenzaba segundo en la Facultad de Derecho. David había intentado varias carreras antes sin acertar. Aquella inestabilidad lo volvió de alguna manera solitario, detenido en una adolescencia que ya habíamos traspasado hacía tiempo. Poco nos quedaba en común. Durante los años escolares en que coincidimos no fuimos del grupo seleccionado de futbol. Éramos malos atletas pero mucho mejores estudiantes en compensación. En esa época comenzamos a adquirir un gusto inexplicable por los terraplenes que encontrábamos en nuestros recorridos en bicicleta y lo que sucedía en ellos. Observamos durante horas el tránsito de obreros después del trabajo, mujeres con bolsas de mandado, perros callejeros, mendigos. Podíamos quedarnos sentados el resto de la tarde en esos sitios sin hacer nada. Nuestra zona de exploración se expandió un día cuando merodeamos una fábrica en desuso y descubrimos una rendija de entrada. En semioscuridad adivinamos la maquinaria oxidada, los altos muros, los pasillos, las escaleras. Inventamos diferentes juegos en el interior de la construcción. Aquello era terreno fértil para todo lo que éramos capaces de imaginar: podíamos ser espías, cazadores, excursionistas. Por eso comenzamos a buscar sitios abandonados. Casas o edificios. Ensayábamos rutas nuevas en nuestros trayectos diarios a la escuela y cada vez nos alejamos más de nuestro barrio. Al encontrar un sitio nuevo, explorábamos primero los alrededores, la calle, los vecinos, procurando no ser vistos. Comprobábamos si realmente el lugar estaba vacío o habitado por algún inquilino temporal. Si descubríamos algún pordiosero, vigilábamos su horario de entrada y de salida. Esperábamos con paciencia. Nuestro código era ingresar únicamente cuando el territorio estuviera solo. La técnica era entrar por algún resquicio, nunca la puerta principal. Podía ser por las entradas traseras o la ventana del baño. Hacíamos un reconocimiento general. Realizábamos un inventario de objetos que pudieran ser valiosos en nuestra reconstrucción de la historia del lugar. Un teléfono, un calzado, una libreta, todo nos era importante. Luego escribíamos una lista de posibles historias. La edad del edificio, el número de dueños. la cantidad de personas que lo habitaron, el motivo por el cual había sido abandonado. Llené mis cuadernos de la escuela con apuntes sobre nuestros descubrimientos. David y yo contrastábamos nuestros resultados de las pesquisas, comentábamos, escribíamos nuevas posibilidades. Nuestras notas habían bajado en segundo año de secundaria, y aparte del regaño en casa, aquello no era importante para nosotros. En ese momento creímos haber descubierto la esencia de los objetos que nos rodeaban, condición que se revelaba sólo cuando nos apartábamos del objeto o éramos abandonados por ellos. Cuando fuera de todo contexto adquiere ese aspecto inútil. Éramos en gran parte lo que poseíamos, pero también lo que arrojábamos fuera de nosotros. Imaginé con desaliento mis objetos inanimados cuando yo ya no existiera. Por ello propuse a David resguardar en una caja de metal algunas de nuestras pertenencias con instrucciones detalladas sobre el año en que fueron hechas y su utilización para futuros exploradores. Acordamos buscar un lugar secreto en mi casa para cuando ésta fuera abandonada. Pero cómo, en qué momento se abandona por completo una casa, me pregunté con angustia ante la incertidumbre.

Con el tiempo, nuestras expediciones se hicieron espaciadas. David y yo entramos a la preparatoria pero ya no estábamos en el mismo salón. Hicimos otros amigos, surgieron otros intereses. Algunos fines de semana hacíamos recorridos en bicicleta por terrenos montañosos. Salíamos de madrugada y acampábamos una noche o dos. Tanto a él como a mí nos gustaban los sitios solitarios. Allí hablábamos de otras cosas. Era yo quien rehuía los temas pasados en mi afán por entrar a la vida adulta. Ambos notábamos que se abría una brecha natural de la vida que nos separaba. Al graduarnos perdimos por completo el contacto.

Debo admitir que no me extrañó su presencia a finales de invierno para proponerme esa nueva exploración. Era un interés que después de todo no habíamos perdido. Hacía más de un año yo divagaba con la idea de viajar al sureste del país para recorrer las aguas interiores de un río subterráneo. Después de leer la nota en el periódico del reciente descubrimiento de un nuevo río bajo tierra, probablemente el más extenso que existiera, despertó aún más mi interés. Pero advertí que ya no tenía el impulso de otros años. La propuesta de David era el primer paso para mis expectativas.

Por ello aumenté mi condición física, sobre todo a nado. Llevaba una bitácora sobre mi resistencia y una elaboración minuciosa sobre lo que sería mi traslado en la afluente cercana a las costas del Caribe. Llevaría los mínimos elementos requeridos para el buceo. Había investigado sobre ello. Debía ir ligero para resistir el recorrido el mayor tiempo posible. Planeaba llevar unas cuerdas y unas estacas para dormir pendido al interior de las paredes, si no encontrara algún punto de descanso durante la expedición. Las flotillas también me ayudarían. Con ciento cincuenta y cuatro kilómetros de largo de aquel río, calculaba una exploración de aproximadamente doce días. En mi entrenamiento, para poder conducirme en la oscuridad, nadaba algunas veces con los ojos cerrados para percibir por las ondulaciones del agua los extremos de la piscina. Cada movimiento era una propagación de energía que, según su alcance, hacía sentir cerca o lejos los cuerpos. Al menos era mi forma de entender lo que me ocurría. Comencé a nadar una hora diaria y rápidamente fui aumentando el tiempo. Se aceleró de manera tal mi inquietud que al cabo de algunos meses iba a la alberca olímpica por la mañana y por la tarde. Comencé a perder horas de clase.

David por su parte hacía ejercicios de elasticidad y de largo alcance como saltos sobre vacío o piruetas sobre muros. Era bastante ágil. Intentaba enseñarme pero yo aprendía con no mucho rigor, pese a que tal habilidad podría servirme para mi propio desafío del que nada le había contado. Hablábamos largamente de los progresos en nuestra preparación, de las breves excursiones a las que nos habíamos aventurado hacía poco por el terraplén de San Jacinto. A mitad de la noche, recorríamos uno a la vez con una larga soga como hilo de Ariadna. Aquel laberinto bajo tierra era también nuestro minotauro. La humedad de los largos pasillos, el eco del continuo goteo y del agua escurriendo me aproximaban a la sensación de lo que sería mi expedición por el río subterráneo. En el recorrido angosto y cóncavo, imaginaba un camino de aguas claras y dulces, la suave resonancia que produce el movimiento contra paredes terrosas y no la que provoca el hormigón. El silencio me hacía estar alerta a los sonidos. Oía con claridad el roce de mi impermeable contra el pantalón cuando caminaba, el sonido sordo de mis zapatos en el camino pantanoso, el aleto de insectos que huían a mi paso. Mis manos además de mi ropa estaban llenas de musgo y barro. En plena oscuridad, me ayudaba con una pequeña linterna de mano para distinguir las líneas que añadía sobre un papel. Trazos indispensables para confirmar o corregir el mapa de nuestra ruta. Intuíamos que esas cortas excursiones eran solamente el umbral de una ciudad ignota que estábamos por descubrir. Se acercaba el momento de explorarla. David señaló la fecha cuando al salir a la superficie en mi último ensayo bajo tierra vio mi rostro asombrado y la hoja de papel, desbordado de líneas con un lápiz casi sin punta. Solo un trozo blanco limitado para nuestra aventura.

Una semana antes del día señalado, las conversaciones de David se construían a partir de frases como la adaptación del hombre ante la continua modificación del paisaje urbano y el estado inalterable de la fugacidad. A mí solo me parecía que deliraba pero presté atención cuando habló de los expedicionarios modernos en que nos habíamos convertido. En la nueva cartografía que estábamos por descubrir. El día se acercaba y comencé a tener el mismo sueño durante muchas noches en el que recorría un espacio vacío. Una especie de vértigo me alteraba. David intentó tranquilizarme, me sugirió acompañarlo a correr durante las noches siguientes. Al principio lo hacíamos a una velocidad normal. Poco a poco, David fue aumentando la celeridad y el tramo recorrido. No pienses en nada más que en el movimiento de tus piernas y tus manos, me dijo, en cómo tus pies se posan brevemente sobre el suelo. De manera paulatina comencé a borrar el paisaje de la ciudad universitaria y en el recorrido veloz me concentré solo en la agitación de mi cuerpo y percibí que el camino ni siquiera era una línea continua. No existía el camino, solo existía yo y el cielo oscuro, despejado, a mis lados podía sentir extenderse un territorio sin límites, igual que en mi sueño. Seguí corriendo como en un estado hipnótico, como si mi cerebro estuviera sedado. David me alcanzó, tomó mi brazo y mi hombro con fuerza y me detuvo.

A mitad de esa semana, David me presentó a Julián, un amigo que hizo en su periplo por las diferentes carreras. Julián era el único que sabía sobre nuestra expedición y quería unirse. David lo había preparado paralelamente sin decirme nada. Yo hice resistencia, hablamos a solas largamente y al final me convenció de las habilidades de Julián, que sería más seguro ir los tres que solo él y yo.

En esos días dejé de ir por completo a clases aunque estuvieran cerca los exámenes finales. Me levantaba temprano y simulaba ir a la universidad para no despertar sospechas en mi familia. Un mes antes había abandonado, sin decirles nada, mi puesto de ayudante de investigador que me subvencionaba los estudios. Pretexté a mi profesor que mi madre estaba enferma y debía ayudar en casa. David por su parte se había ausentado de la escuela a comienzos de semestre arguyendo que la jurisprudencia no era lo suyo. Él no tenía nada que perder, yo en cambio, ponía en juego mi último año de carrera.

Ese sábado desperté otra vez inquieto. Era temprano, así que traté de dormir de nuevo, pero solo conseguí dar vueltas por la cama, agitado. Cerré los ojos y visualicé el río subterráneo para tranquilizarme. Concentré la imagen en el tragaluz que había visto en el reportaje de los descubridores extranjeros. Los rayos del sol cruzaban nítidos el lecho cristalino. Una línea oblicua luminosa dio una visión esmeralda a profundidad. La evocación fue tan clara que me sentí dormitar sobre el río. Me desperté después de mediodía.

Preparé mis cosas y durante la tarde hablé por teléfono un par de veces con David para ultimar detalles. Acordamos vernos a la una de la madrugada en el terraplén donde habíamos realizado nuestras primeras prácticas. En casa dije que me quedaría con él esa noche para salir acampar muy temprano la mañana siguiente y no alertarlos con mi ausencia. En las calles desiertas rumbo a San Jacinto miré el cielo despejado y sentí a través de mi abrigo impermeable una brisa fresca que amortiguaba el calor intenso de la tarde anterior. David llegó diez minutos después en su volkswagen destartalado levantando polvo del terreno baldío. Del lado opuesto, Julián se aproximaba a pie. Revisamos el interior de la única mochila que llevaríamos, abandonamos lo que no era realmente indispensable, acomodamos botellas de agua y barras energéticas. Puse en el bolsillo delantero de mi pantalón una brújula, atrás el mapa y una pequeña linterna. David propuso no llevar ningún reloj. Intentaríamos abandonar en lo posible todo aquello que no correspondiera a la vida bajo superficie. David bajó primero por la embocadura, después Julián. Antes de descender, tomé una bocanada de aire y miré la parte delantera del auto que sostenía la soga. Me deslicé experto, con la habilidad que me habían dado las prácticas de prueba. La oscuridad de fuera se confundió de inmediato con la de dentro.

El primer tramo del túnel era bajo y angosto por lo que caminamos largo rato encorvados hasta saltar a un altillo. El techo ganaba altura pero la vereda por la que podíamos andar era imprecisa. David, al tener más equilibrio y elasticidad iba a la vanguardia dando indicaciones del camino. La linterna alumbraba poco, así que solo la utilicé para mirar el mapa. Nos acostumbramos rápido a la oscuridad. En nuestras excursiones individuales David y yo habíamos encontrado varias posibilidades de exploración, no decidimos por ninguna y acordamos hacerlo cuando estuviéramos los tres sobre el terreno y que la intuición nos guiara. Yo anotaba con un lápiz el recorrido hecho. No recuerdo por cuánto tiempo más caminamos. Debieron ser horas. En medio de la oscuridad perdí enseguida la noción del tiempo. Hablábamos poco, hacíamos bromas de vez en cuando para relajarnos de nuestros posibles terrores pero más bien estábamos atentos a lo nuevo, al eco de nuestros movimientos y de todo lo que habitara en esa larga cueva. Creo que estábamos sobre todo asombrados. La humedad del interior me sofo durante un tramo estrecho y me sentí mareado, no lo comenté para no preocupar a los demás. Solo le pedí a David detenernos en un resquicio de luz que encontramos. Abrí el mapa. Por el trayecto deduje que estábamos cerca del centro comercial de la calle Zaragoza e Independencia. Al suroeste de la ciudad. Me puse en cuclillas para descansar. El agua barrosa que escurría por el suelo ni siquiera cubría nuestro calzado. Del boquete de luz que daba al exterior apenas distinguí el ruido de los autos. Era domingo, probablemente cerca de las doce. Un día de verano a esa hora eran pocos los que se aventuraban a transitar por las calles. Julián repartió las barras energéticas. Comimos solo una para extender en lo posible nuestras provisiones, pero yo no quedé satisfecho, le pedí otra de mi reserva. Julián miró a David para tener su aprobación. Él iba a protestar, pero debió haberme visto un poco débil porque no dijo nada. Sentía los músculos entumidos y comencé a hacer ejercicios para distraer mi perceptible debilitamiento. Julián, al no encontrar un sitio seco donde descansar, se recargó primero en la pared y luego se sentó sobre el suelo húmedo. Nuestras voces junto con el ruido de nuestros movimientos rebotaban por las paredes, podíamos presentir los varios caminos que se nos presentaban. David estaba serio, pero su seriedad correspondía a su estado en alerta de ese panorama poco evidente para nuestra vista. Aun así, no nos era imposible percibir toda una ciudad construida bajo tierra que respiraba con exhalaciones lentas y caldeadas como un dragón adormecido. Un laberinto hecho a base de túneles que se ramificaban a veces sin sentido durante el trayecto. La humedad fría y los vapores variaban según las dimensiones de los conductos por donde nos trasladábamos, a veces a gatas, a veces caminando. A menudo topábamos con un falso camino, un sendero que terminaba en muro y que seguramente nos comunicaba con los cruces del metro porque el sonido metálico de las aspas de los trenes contra las vías era más claro, estridente, y el movimiento de los vagones sacudía con más fuerza la construcción en la que estábamos. El estremecimiento de las paredes me llegaba a todos los músculos, inclusive los del rostro. Reíamos ante lo nuevo que experimentábamos –la blancura de los dientes de David y Julián era lo único que podía ver en ellos– y hacíamos el trayecto de regreso a un camino que nos comunicara con el resto de la ciudad. Nuestro propósito era llegar a los túneles del centro histórico.

Debían ser las tres de la tarde y yo estaba francamente agotado. Les pedí a los muchachos que buscáramos un acceso para descansar. Encontramos una entrada amplia donde escurría menos agua. Julián y yo nos instalamos. Por la excitación, tal vez, David parecía no estar cansado. Me pidió el plano de ruta y dijo que haría una pequeña excursión a los alrededores para ubicar el trayecto. Me quedé dormido por no sé cuánto tiempo. Tuve otra vez el sueño sobre el espacio oscuro sin bordes. Luego de caminar en el sueño comencé a ir a nado en aguas tranquilas, y al cabo de un rato, pese a la oscuridad, obtenía una visión submarina de una profundidad azulada y desierta. Desperté de aquella oscuridad para pertenecer a otra. Por un momento no tuve una idea clara de si estaba aún soñando o no. Sentí el cuerpo entumido por estar en la misma posición y la humedad del ambiente me calaba en los huesos. Julián aún dormía y David no estaba cerca. Me levanté, estiré brazos y piernas, sentí un leve dolor en la extremidad izquierda. Recorrí a tientas los alrededores y dije bajo, después en alto, el nombre de David que no respondía. Julián despertó con mis llamados. Me acerqué a él y tropecé con la mochila que en el último tramo cargó David. La había dejado cerca de nosotros. Saqué de ahí una botella de agua y algo para comer, más por ocio que por hambre. Decidimos esperar un poco antes de comenzar a buscarlo por los conductos. Julián me contó que estudiaba comunicación pero no le gustaba lo que hacía, estaba fastidiado de su rutina en la facultad, por eso le había pedido a David integrarlo a la excursión. Era un tipo alto, moreno, de cuerpo fuerte. Se adivinaba que hacía pesas. No era robusto pero aun así me parecía que sus movimientos eran pesados y la larga caminata lo había fatigado mucho más que a mí. Oía casi imperceptible una lluvia quizá ligera en un sector lejano de donde estábamos. No me preocupé porque en esos meses las lluvias suelen ser cortas y escasas. En un momento más dejaría de oírla. Lo que no lograba escuchar eran los pasos de David. Esperamos en un lapso que me pareció largo. Nos alertó primero el chillido, luego el recorrido que nos constató decenas de ratas corriendo de sur a norte. Por suerte nosotros nos encontrábamos en un altillo y solo pudimos sentirlas pasar, abrazados de nuestras rodillas, hechos ovillo. Algo ocurría del otro lado. Propuse a Julián que camináramos en la misma dirección que los roedores. La precipitación del agua se oía más cercana y más fuerte. Era momento de salir, no importaba por qué vertedero. Julián tomó la mochila y comenzamos a andar. El cambio de circunstancias me turbó un poco, me sentía desorientado. La brújula de nada servía puesto que David se había llevado la linterna junto con el mapa. Comenzamos a ir por rutas erróneas que nos hacían desandar el camino y elegir otros que en nada nos aseguraban fueran el correcto. Debía ser de noche porque ninguna luz externa me guiaba hacia una posible salida. El agua se deslizaba rápido por las grietas de concreto y comenzó a tomar altura. En menos de lo que pensamos alcanzaba nuestras rodillas. Julián comenzó a desesperarse. Yo también pero no lo dije. El agua nos hacía avanzar más lento y a tener menos percepción del suelo. Julián tropezó con una hendidura y se lastimó un tobillo. Lo ayudé a incorporarse. Tomé la mochila y busqué un sitio en alto donde poder sentarnos. Entramos a una cavidad caldeada en la que percibí olores humanos. Excrementos, tal vez. Orines. Alguien, quizá algunos, habitaban allí y habían estado hacía unas horas; por el hedor, los desechos eran recientes. Seres subterráneos que fantaseé escuálidos con los ojos grandes abiertos más de lo humanamente posible, con las órbitas oculares perdidas por los tóxicos inhalados. Pobre David, me dije, creía estar descubriendo un territorio ya habitado bastante tiempo atrás de imaginarnos este mundo bajo nosotros. Desde mucho antes que nosotros, incluso. No éramos más que falsos exploradores, entrando a un territorio habitado, otorgando nombres y trazando rutas que sus nativos habían hecho de antemano sin mapa, brújula o linterna, solo con la memoria del recorrido cotidiano. Éramos la calca borrosa de los conquistadores españoles sobre el continente americano. Nada habían descubierto porque mucho antes de que ellos imaginaran a nuestros antepasados, estos ya habían soñado con naufragios y catástrofes. Sentí el movimiento ligero de una persona desplazarse cerca de nosotros, pero perdí enseguida el rumbo que tomó en medio de aquella oscuridad. Julián no percibió nada por lo que entonces deduje era producto de mi delirio. No podíamos quedarnos más tiempo detenidos, teníamos que seguir caminando hasta encontrar una salida. El sonido del temporal era más intenso. La lluvia golpeaba con fuerza arriba de nosotros y se filtraba en grandes cantidades. El agua en un momento remontó hasta la cintura. Y la herida de Julián no sabíamos si sangraba o era solo la sensación de la humedad y el agua que escurría de su ropa. Llamar a David se había vuelto inútil. El sonido insistente de la lluvia apagaba nuestros llamados. Julián se reintegró para seguir con la búsqueda. Tomé la mochila y al poco rato comencé a sentirla con más peso, era que la corriente había alcanzado altura hasta la mitad de mi espalda. La solté creyéndola no indispensable. Solo saqué de ahí la soga con la que nos sujetaríamos para ascender.

Finalmente adiviné por el sonido más claro de los autos una salida. Como Julián no podía sostenerse bien en pie, fui yo quien lo cargó en hombros para que abriera la boca de metal. Hicimos varios intentos pero no lograba desprender la tapa metálica. El amigo de David estaba pesado, por lo que no pude cargarlo por mucho tiempo. Probé sin conseguirlo yo subido a él. El agua iba en ascenso, le dije que sería mejor buscar otra salida, aquella por donde los roedores y los nativos lo habían hecho, pero cuál. Debía estar cerca. Sin embargo, por el sonido que tomaba la corriente adivinaba que había varios conductos. Teníamos que ser rápidos. En un momento dejamos de caminar para ser arrastrados por la corriente. Los conductos perdieron altura o era yo el que flotaba más allá de mi propia estatura porque el techo estaba a unos palmos de mi cabeza. Teníamos solo un pequeño corredor de aire. Julián se oía fatigado. Me hablaba con la voz desgarrada y en un momento tiró de mi camisa y me hundió por el peso del tirón. Me restablecí pese a que Julián estaba asido a mí. Busqué algo de donde él pudiera sujetarse y le indiqué algunos movimientos para mantenerse a flote con la respiración uniforme mientras yo seguía rastreando. Julián me pidió que no lo dejara solo pero creí que así perderíamos más tiempo, Continué a nado palpando el techo en busca de una salida. En un tramo encontré varias rendijas pero eran demasiado pequeñas para emerger a superficie. Me sujeté fuerte de la hendidura y contuve la respiración tras una corriente espesa que llevaba pedazos de basura y restos de animales. Pensé en David, quizá el habría podido escapar de la lluvia o se encontraba igual que nosotros en algún túnel lejano. Mientras cavilaba entré a un ducto mayor porque ya no lograba tocar las paredes y el techo ya no estaba a mi alcance, eso me hizo tener una esperanza. Pronto topé con un muro. Temí estar en un falso camino, así que deduje haber nadado en círculo y topado con la pared paralela a mi recorrido. Comencé a moverme sin rumbo. Mis sentidos estaban embotados por el continuo golpear del aguacero y el frío de mi cuerpo en la corriente. Había perdido dirección. Quise gritar para guiarme por el eco de mi voz pero no pude sacar ningún sonido. En lugar de ello, tragué agua sucia, comencé a respirar con desesperación y manotear hasta agotar fuerzas. Allí estaba, indefenso ante aquellos corredores oscuros que nos habían derrotado. Su Minotauro parecía cobrar por fin su tributo en una contienda mal jugada por nosotros. El agua llegó a oleadas, chocaba contra el muro y se devolvía buscando territorios donde expandirse, avanzando como un animal nocturno. Yo, su presa, luchaba mientras tanto contra el cansancio de mi cuerpo adormecido y solo lograba ligeros movimientos para mantenerme a flote. Traté de calmarme pensando en el río subterráneo, donde iría cuando todo esto pasara. En la línea luminosa que refractaba el color esmeralda en el fondo de las aguas donde habían estado los exploradores. Cerré los ojos para atraer con fuerza la imagen, evitar la sensación de la corriente en ascenso y la de mi cabeza que ya topaba contra el techo. Mis respiraciones se tornaron agitadas y no pude concentrarme. Afuera, la lluvia se convirtió en un sonido monocorde cada vez más lejano porque, vencido, solté la cuerda que nos ayudaría a remontar en superficie. Y relajé los músculos de mi cuerpo para abandonarme en lo profundo del lecho acuoso de aquel laberinto.

 

(Tomado de Varios autores, Lados B. Narrativa de alto riesgo, Nitro/Press, Cdmx, 2014)