jueves, 23 de abril de 2026

Testigo de cargo

Manuel Mejía Vallejo

 

Es cierto, la bala entró debajo de la clavícula izquierda y no quiso buscar salida al otro lado: allí se quedó para atestiguar y vigilar su muerte.

 

(Tomado de www.enfrascopequeno.blogspot.com)

 

El cazador

E. L. Doctorow

 

La ciudad se levanta sobre terrazas abiertas en el monte, a lo largo del río, es una ciudad construida a la zaga de una fábrica, hecha toda ella de casas de tablas de chilla, y la fachada de sus edificios municipales es de piedra roja. Tiene una biblioteca pública que consta de una sola estancia, y que se llama el Liceo. Hay varios bares que fueron casas con soportales, y sus rótulos de neón cuelgan de las ventanas delanteras. Abajo, junto a la orilla del río, está la vieja fundición, un largo edificio de ladrillo, de dos pisos, con una torre en un extremo, protegido por verjas cerradas, y muchas de sus ventanas están rotas. El río está helado. La ciudad está espolvoreada de nieve reciente. A lo largo de las aceras de las calles se amontona la nieve acumulada por el invierno hasta la altura de los hombros. El humo flota sin rumbo, saliendo de las chimeneas, pero el cielo no tarda en tragarlo. El viento se levanta del río y barre el monte, soplando entre las casas.

Un autobús escolar sube por las calles estrechas y empinadas. Los padres aguardan en los portales mientras el autobús recibe a sus hijos. Es lo único que se mueve en la ciudad. Los padres recogen brazadas de leña que hay amontonada ante sus portales y se meten en casa. Los árboles, detrás de las casas, son negros; son negros contra la nieve. Gorrión y pinzón van como flechas de rama en rama, se hinchan el plumaje para entrar en calor. Revolotean hacia el suelo, saltan sobre la corteza de nieve bajo los árboles.

Los niños entran a la escuela entre grandes puertas de roble, empujando las barras. No es una escuela grande, pero sus proporciones, cuadrada y alta, permiten habitaciones huecas y sonoros vanos de escalera. Los niños se sientan en hileras de pupitres con las manos juntas y miran a la maestra, que es alegre y amable. Lleva allí el tiempo suficiente para que su modesto deseo de transformar a esos niños se haya transformado a su vez en espanto ante su realidad. Los pequeños rostros están sensibilizados por el frío; la debilidad de su piel blanca se concreta en manchones en las mejillas y en la palidez azul de sus párpados. Sus párpados son membranas translúcidas, tan finas y delicadas que cabe preguntarse cómo duermen, cómo evitan ver a través de sus ojos cerrados.

La maestra les dice que se alegra de verlos con tanto frío como hace, con un viento tan áspero como sopla en el valle, y encima se avecina una tormenta. Comienza el trabajo del día con la gimnasia, haciéndoles inclinarse y saltar y agitar los brazos y dar volteretas, y así pueden ver el mundo del revés. ¿Qué aspecto tiene?, les pregunta, haciendo también ella la prueba de dar una voltereta sobre la estera del gimnasio, hasta marearse.

No se muestran animados, pero estos ejercicios les revelan su estado de ánimo y esperan con interés a ver qué hará a continuación. La maestra los saca del gimnasio pequeño y poco iluminado y los lleva por grandes estancias vacías, los hace subir y bajar escaleras, les dice que son una patrulla perdida en las cavernas de un planeta situado muy lejos, en el espacio exterior. Están buscando indicios de vida. Vagan por las aulas vacías, donde se ven dibujos en colores sujetos con chinches y tableros de corcho que se han ondulado, saliéndose de sus marcos. Miren, les dice, cogiendo un zapato de goma, de niño, que había en uno de los armarios y mostrándoselos. ¡Nunca se sabe lo que puede surgir!

Cuando bajan al sótano, el portero, adormilado en su garita, despierta sobresaltado por un grupo de niños que se le ha quedado mirando. Es un hombre grandote como un oso, con pantalones de faena y camisa a cuadros de lana roja. La maestra nunca lo ha visto vestido de otra forma. Tiene barba cerdosa encanecida. Somos una patrulla perdida, le dice la maestra, ¿vio por aquí algún ser vivo? El portero frunce el ceño. ¿Cómo dice?, pregunta, ¿qué?

Hace calor en el sótano. La caldera de la calefacción ruge con voz de bajo. La maestra abre la puerta de la caldera para que los niños vean la fuente del calor, el fuego en su guarida misma. Los invita, uno a uno, a echar un puñado de carbón por la apertura. Esto lo hacen como si fuera un sacramento.

Luego insiste en que el portero abra las puertas del almacén y de la vieja cocina del comedor de abajo, y aquí hay cajas sin usar de sopa en polvo y latas de conserva y grandes cacharros y calderos de grueso aluminio y un montón de bandejas metálicas con divisiones para la comida. No, dice el portero, eso no lo pueden coger. ¿Y por qué no?, responde ella, ¿no es ésta su escuela? Y da a cada niño una bandeja o un cacharro, y todos se van escaleras arriba, golpeándolos con los puños para asustar a los seres de carne húmeda y ojos girantes y cuernos blandos que pueden estar al acecho en las esquinas.

Por la tarde ya oscurece y el autobús escolar recibe a los niños en el estacionamiento que hay detrás del edificio. Las nuevas farolas callejeras, instaladas por el ayuntamiento, irradian una luz ambarina. El autobús escolar, amarillo, a la luz ambarina tiene color de yema de huevo oscura. Al irse, los niños, sus rostros apenas visibles detrás de las ventanillas, voltean para mirar a la joven maestra con los ojos muy abiertos. Ella les hace ademanes de despedida, abriendo y cerrando los dedos como un ala que se agita. Las ventanillas del autobús pasan rápidas junto a ella, rompiendo su imagen y volviéndola a componer, y dándole la ilusión de que el edificio de piedra que tiene a sus espaldas se desliza sobre sus cimientos en dirección contraria.

El autobús da la vuelta a la carretera. Pasa despacio junto a la escuela. Las cabezas de los niños se agitan al mismo tiempo cuando el conductor cambia de marcha. En este momento la maestra se da cuenta de que no reconoce al conductor. No es el hombrecillo fornido de gafas sin marco. Es un joven de largo pelo claro y cejas blancas, y la mira en el momento en que se inclina sobre el volante, con los brazos a punto de hacer el esfuerzo de guiar el autobús por una curva.

 

Esa noche, en su casa, la joven calienta agua para bañarse y la vierte en la bañera. Se baña y orina en el agua del baño. Saca las manos del agua y la deja derramársele entre los dedos. Canturrea una melodía improvisada. El cuarto de baño es grande, con zócalo de tiras de madera pintadas de gris parduzco. La bañera descansa sobre cuatro garras de hierro colado. Una pequeña ventana, en la parte superior de la pared, está abierta lo justo solamente, y por ella se cuela en la habitación el aire nocturno. La maestra está echada y el aire frío llega hasta el agua y le pasa el dedo sobre el cuello.

Por la mañana se viste y se peina con el pelo hacia atrás, sujetándolo en la nuca, y se pone pequeños pendientes de ópalo en forma de lágrimas, que recibió como regalo cuando se graduó en la universidad. Va al trabajo dando un paseo, abre la escuela, pone el radiador, limpia el encerado, va a la puerta principal a esperar a que lleguen los niños en el autobús amarillo.

Los niños no llegan.

Va a la clase, reorganiza la lección del día sobre su mesa, pone una hoja de papel fuerte en el pupitre de cada niño. Da vueltas por la estancia, esperando a los niños.

Pero los niños no aparecen.

Va al sótano, a buscar al portero de la escuela. La caldera hace un ruido semejante a un gemido, ahora tira más intensa y rítmicamente, y el portero la mira con aire de perplejidad en el rostro. Le dice la hora a la maestra, y es la misma que marca su reloj. Ella vuelve a subir y se queda a la puerta de la escuela con el abrigo puesto.

El autobús amarillo entra en la calzada de la escuela y se para ante la puerta principal. La maestra recibe a cada niño poniéndole la mano en el hombro según se van bajando del autobús. El joven de cejas y pelo rubio le sonríe.

En esta ciudad ha habido ritos sagrados y acontecimientos legendarios. En una ocasión murió un jugador en un partido de futbol semiprofesional. Otra vez la visitó y habló en público un candidato presidencial. Aquí tuvo lugar un funeral masivo por las víctimas de un incendio en una fábrica de zapatos. Ella tiene entendido que el nuevo conductor del autobús no sabe nada de todo esto.

 

El sábado por la mañana la maestra va al asilo de ancianos y allí lee en voz alta. Todos se sientan a escuchar lo que les lee. Son rostros de niños de otro tiempo, y ella piensa que reconoce incluso a algunas de las abuelas y los abuelos por sus rasgos familiares. Cuando termina de leer los que aún pueden andar se le acercan y le jalan las mangas y del cuello, interrumpiéndose unos a otros para contarle quiénes son y lo que solían ser. Se gritan unos a otros. Se ríen mutuamente de lo que dicen. Mueven ligeramente las manos ante su rostro para llamar su atención.

Ella sale de allí lo más rápidamente que puede. En la calle echa a correr. Y corre hasta que pierde de vista el asilo de ancianos.

Hace mucho frío, pero el sol brilla. Decide ir a pie hasta la casa grande que está en la cima de la colina más alta de la ciudad. Las calles empinadas se vuelven bruscamente sobre sí mismas, como vertederos. La maestra lleva botas de cordones y pantalones vaqueros. Sube entre ventisqueros, hundiéndose en la nieve hasta los muslos.

La vieja casona se levanta bajo el sol, sobresale entre los árboles. Se dice que la construyó uno de los dueños de la fábrica para su esposa, y que poco después de que fueron a vivir en ella la mató con una escopeta. A las columnas griegas les faltan grandes pedazos y ella ve rejilla de alambre bajo el yeso. Del portal cuelgan carámbanos y la nieve se amontona contra la casa. No hay puerta principal. Entra. La luz del sol y un derrumbamiento de nieve llenan el zaguán y la escalera principal. Se ve el cielo por el techo derrumbado y por un cráter abierto en el tejado. Va andando con cuidado y se acerca a la puerta de lo que tiene que haber sido el comedor. La abre. Huele a podrido. Se oye un crujir y un ruido sibilante y ve varios pares de ojos constelados en la oscuridad. Abre más la puerta. Muchos gatos se apelotonan contra un rincón de la estancia. Gruñen a la maestra, crispando, nerviosos, el rabo.

La maestra sale y se va dando un paseo hasta la parte trasera de la casa, un campo abierto que se blanquea al sol. Hay una escalera de aluminio desportillado apoyada contra el alféizar de una ventana del segundo piso. Sube por ella. La ventana está rota y la maestra se mete por ella y se ve en un dormitorio luminoso y bien ventilado. Del techo cuelga un hemisferio de hielo. Se diría el fondo de la luna. Se queda junto a la ventana y ve en el extremo del campo a un hombre de chaqueta color naranja y sombrero rojo. Se pregunta si él la podrá ver desde esta distancia. El hombre se lleva el fusil al hombro y un instante después la maestra oye un extraño chasquido, como si alguien hubiese golpeado el costado de la casa con la mano abierta. Ella no se mueve. El cazador baja el fusil y desaparece, andando de espaldas, en el bosque que bordea el campo.

 

Aquella tarde, la joven maestra llama al médico de la ciudad y le pide algo para tomar. ¿Qué es lo que le pasa a usted?, dice el médico. A ella se le ocurre una respuesta autoacusatoria, y la da con aire positivo y lleno de aplomo, hasta consigue reír un poco. Él dice que llamará al farmacéutico y le receta Valium, dos miligramos solamente, para que no le dé sueño. Ella baja a la calle Mayor, donde el farmacéutico le abre la puerta y sin encender la luz la lleva al mostrador de las recetas, en la parte posterior del local. El farmacéutico mete la mano en un gran jarro y saca un puñado de tabletas y va metiendo el Valium, cogiendo cada tableta entre el índice y el pulgar, en un frasquito.

La maestra va al cine que hay en la calle Mayor y paga su entrada. El cine tiene el mismo nombre que la ciudad. Se sienta a oscuras y traga un puñado de tabletas. No consigue distinguir la película. La pantalla está en blanco. Luego ve formarse en la pantalla blanca la ciudad con su sábana de nieve, las casas de madera en la ladera, el río congelado, el viento que sopla por las calles. Ve a los niños salir de sus casas con sus libros de texto y bajar los escalones de los portales a la calle. Ve su vida exactamente como es fuera del cine.

Va luego por el centro de la ciudad. Lo único que está abierto es el local de noticias del estado, donde varios hombres hojean revistas. Da la vuelta por Mechanic Street y pasa junto a la sociedad de herramientas y moldes y cruza la vía del tren hacia el puente. Empieza a correr. En el centro del puente el viento cobra fuerza, y ella siente que lo que quiere es empujarla sobre la baranda y arrojarla al río. Corre inclinándose mucho, con la sensación de estar penetrando en algo, algo que sólo desgarrándose puede dejarle paso.

Al otro lado del puente la calle tuerce bruscamente a la izquierda, y en la curva hay una casa parda con un letrero de neón en la ventana: El Recial. Sube los escalones del portal y entra en El Recial sin mirar ni a derecha ni a izquierda, va derecha al fondo, donde está el retrete de señoras. Cuando sale se sienta en uno de los reservados de madera barnizada y se queda mirando la mesa. Al cabo de un rato llega un hombre con un delantal y ella le pide una cerveza. Sólo entonces levanta la vista. La luz es difusa. En la barra hay una pareja de señores mayores. Pero en el extremo, solo, con un vaso y una cajetilla de cigarrillos delante, está el nuevo conductor rubio y de pelo largo del autobús, y le sonríe.

Se sienta con ella y durante un rato ninguno de los dos dice nada. Él levanta la mano y voltea hacia la barra. Luego vuelve la cabeza para mirarla a ella. ¿Quieres otra cerveza?, le dice. Ella dice que no con la cabeza, pero sin añadir gracias. Mete la mano en el bolsillo del abrigo y deja un dólar arrugado junto a su botellita. El levanta un dedo.

¿Eres de aquí?, pregunta.

De la parte oriental del estado, dice ella.

Y yo soy de Valdese, dice él. Del dieciséis.

Ah, sí.

Sé que eres la maestra, dice. Yo soy el conductor.

Lleva camisa de lana y chaqueta de dril y pantalones vaqueros. Es lo mismo que lleva en el autobús. No le gustan los abrigos. En torno al cuello le cuelga algo, pero lo lleva tapado por la camisa. Por la barbilla le crece, incipiente y rala, la barba cerdosa, y también a lo largo de la mandíbula. Sus mejillas son suaves. Sonríe. Tiene mellado uno de los dientes delanteros.

¿Qué es lo que hay que hacer para ser maestro?

Pues ir a la universidad. Ella suspira: ¿Y qué es lo que hay que hacer para ser conductor?

Depende del condado, dice él. Basta con tener licencia de conducir y un historial limpio.

¿Qué es un historial sucio?

Pues eso, que te hayan detenido. Cualquier antecedente penal. O que te hayan despedido por mala conducta.

Ella espera.

Tuve una vez una maestra en el tercer grado, dice él. Pienso que era la mujer más bella que he visto en mi vida. Ahora diría que apenas era más que una muchacha. Como tú. Pero, eso sí, muy orgullosa, y tenía una manera de agitar la cabeza y de andar que me hacía desear ser mejor estudiante de lo que era.

Ella ríe.

Él coge la botellita de cerveza de la muchacha y finge un gesto de reproche y levanta la mano al cantinero y pide otros dos.

Es muy fácil, dice ella, hacerlos enamorarse de una. Da igual que sean chicos o chicas, muy fácil.

Y se admite a sí misma que es eso lo que trata de hacer: inducirlos a amarla; asume entonces una gracia que realmente no tiene en otros momentos. Se mueve como una bailarina, los toca, se roza con ellos. Es extrovertida y no muestra miedo alguno; así, a ojos de ellos, se va creando un misterio en su torno.

¿Tienes hermanas?, dice ella.

Dos. ¿Cómo lo sabías?

¿Son mayores que tú?

Una es mayor, la otra es más joven.

¿Y qué hacen?

Trabajan en la oficina de la serrería de allí.

Ella dice:

Yo me fiaría de un hombre que tiene hermanas.

Él ladea la cabeza hacia atrás y bebe un largo trago de su botella de cerveza, y ella observa su nuez subir y bajar y la rala barba rubia de la garganta moverse como cañas yacentes sobre el agua.

Más tarde salen de El Recial y él la lleva a su furgoneta. Es más bien bajo. Ella se sube y se fija en sus botas de trabajo al verlo subirse por el otro lado. Son buenas, y están limpias, de cuero amarillo nuevo. Le cuesta poner el motor en marcha.

¿Y qué haces aquí de noche si vives en Valdese?, dice ella.

Pues esperarte. Ríe y el motor se pone en marcha.

Van despacio por el puente y luego cruzan la vía. Siguiendo las instrucciones de ella, él va hasta el final de la calle Mayor y allí da la vuelta y sube ladera arriba, hasta llegar a su casa. Frena en el patio, junto a la puerta lateral.

Es una casa pequeña y parece oscura y fría. Él para el motor y apaga los faros y se inclina sobre su regazo y aprieta el botón de la gaveta. Dice: Por casualidad llevaba aquí algo de vino.

Saca una botella plana de una bolsa oscura y cierra de golpe la portezuela, echándose al tiempo hacia atrás, rozando con su brazo el muslo de ella.

Ella lo mira a través del parabrisas. Dice: este obrero de mierda, tratando de beneficiarse a la maestra. Fíjate, y con vino para la juerga y todo. Es increíble.

Se baja de un salto de la furgoneta, da la vuelta y sube corriendo los escalones de la puerta de la cocina. Cierra de golpe la puerta. Silencio. Espera en la cocina, inmóvil, en la oscuridad, detrás de la mesa, de cara a la puerta.

Lo único que oye es su propia respiración.

De pronto la puerta trasera se inunda de luz, las cortinas blancas del cristal de la puerta se vuelven pantalla blanca, y luego la luz se apaga y se oye el ruido de la furgoneta que retrocede hacia la calle. Ella jadea, de pronto su ira se desborda y prorrumpe en lágrimas.

Está sola en la cocina oscura, llorando, su cuerpo emana un aroma amargo, un olor a quemado, que la ofende. Calienta agua en la cocina y se la lleva al baño.

El lunes por la mañana la maestra espera a los niños ante la puerta principal de la escuela. Cuando el autobús entra en la calzada, ella retrocede unos pasos y se sitúa dentro de la escuela. Ve la portezuela abierta del autobús, pero no distingue si él está tratando de verla.

 

Esta mañana se siente muy animada.

Hoy es un día especial, niños, anuncia. Y les sorprende rompiendo a cantar una canción al tiempo que se acompaña con el arpa. Les deja rasguear el arpa mientras ella toca las cuerdas.

Miren, les dice a cada uno de ellos, lo que están haciendo es música.

El fotógrafo llega a las once. Es un hombre panzudo con chalina negra.

No suelo recibir estos encargos escolares hasta la primavera, dice.

Es que esto es un acontecimiento, dice la maestra. Queremos que nos saque ahora una fotografía. ¿No es verdad, niños?

Todos miran con gran atención al fotógrafo preparar su trípode y su máquina. Tiene una maleta blanca con cerrojos de latón que hacen un chasquido al abrirse. Dentro hay cables y reflectores.

Aquí solía haber clases de niños, dice. Pero ahora son muy pocos. Hay que iluminar el edificio entero para una sola clase.

Cuando está listo, la joven maestra ya puso los bancos en el fondo, junto al encerado, y agrupado a los niños en dos filas, los más altos sentados en los bancos, los más bajos sentados delante, en el suelo, con las piernas cruzadas. Ella se sitúa a un lado, de pie. Hay en total quince niños, que miran fijamente a la máquina, y su sonriente maestra tiene cogidas las manos contra el pecho, como una cantante de ópera.

El fotógrafo contempla la escena y frunce el entrecejo: Oiga, estos niños no están vestidos para fotografiarse.

¿Qué quiere usted decir?

Pues eso, que no tienen corbata ni zapatos nuevos. Y hay niñas con pantalones largos.

Sáquelos así, dice ella.

No están como es debido. Los niños ni se han peinado siquiera.

Sáquenos tal y como estamos, dice la maestra.

Se sale súbitamente de la fila y, con un furioso movimiento, se quita el broche que le sujeta el pelo y agita la cabeza hasta que el pelo le cae sobre los hombros. Los niños están asustados. Ella se arrodilla en el suelo delante de ellos, de cara a la máquina fotográfica, y coge a dos en sus brazos. Abriendo y cerrando urgentemente las manos hace seña a los demás de que se le acerquen y todos se congregan en su torno. Una de las niñas rompe a llorar.

Los acoge a todos, siente sus cuerpos, los huesos finos de sus brazos, sus piernas, sus traseros.

Sáquenos, dice con airado susurro. Sáquenos tal y como estamos. Lo estamos mirando a usted. Sáquenos.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

miércoles, 22 de abril de 2026

La rebelión

Augusto Roa Bastos

 

Nadie sabe en qué momento han comenzado a reunirse, ni cómo han podido atravesar los cordones de tropas. Lo más extraño de todo es por qué descuido, respeto o indiferencia han dejado reunirse a esas mujeres. Justo ahora y allí, en esta amenaza de catástrofe que pesa sobre la ciudad desde la madrugada.

A las cuatro en punto un fuerte destacamento al mando de un oficial de comunicaciones irrumpió en la central de teléfonos. Fue el primer indicio que tuvimos del cuartelazo. Las cosas comenzaban pues como de costumbre, de modo que en el primer momento no nos alarmamos demasiado. La “crisis” –como llaman los diarios cautamente a estos cólicos endémicos del régimen– no era un secreto para nadie. Pero de un tiempo a esta parte eran tan frecuentes que se había dejado de pensar en ella. Un poco antes de medianoche, los corresponsales de las agencias extranjeras habían enviado el despacho de rigor; un mismo texto para todos, que ya venía redactado en papel con membrete del departamento de prensa de la presidencia: “Reina absoluta tranquilidad en todo el país. El gobierno garantiza el orden y la libertad de trabajo a la población. Los movimientos de tropas que se han observado en los últimos días responden a ejercicios de rutina, que los círculos adversos al gobierno tratan de explotar, como siempre, con evidentes móviles subversivos”.

Así que nada nuevo.

Después un avión comenzó a sobrevolar la ciudad a baja altura durante toda la noche. Sospechamos que se trataba de uno de los vuelos de placer, también de rutina, que según la propaganda de la oposición suele dar el General con sus íntimos y las vestales de turno para cambiar de escenario y de ambiente. Se murmura que ocurren cosas muy divertidas allá arriba, deliciosas orgías, cosas que ni siquiera puede uno figurarse. La campaña de desprestigio de los “círculos adversos” no se detiene ni ante la vida privada de los hombres de gobierno.

Como contagiado por ella, Muleque dijo cuando oímos el avión:

–¡Ya están farreando otra vez!

–Y, viejo –le dije–, déjalos que se diviertan un poco. Ellos se sacrifican. Están en su derecho. ¿O es que les tenés envidia?

–¡Mierda! –farfulló revoleando furioso los ojos.

A mí me gustaba picarlo, remover esa indignación que lo poseía por entero cuando yo bromeaba sobre las cosas que a él lo crispaban. Una cólera sorda de impotencia, de coraje, de asco, lo estremecía de arriba abajo y le hacía temblar el muñón de la pierna en una especie de espasmo casi epiléptico.

–El General –seguí insistiendo– combina su hobby de la aviación con el de las mujeres. ¿Sabés lo que dicen que hace allá arriba? ¿Sabés lo último que hace? Se larga en picada sobre el Panteón de los Héroes, mientras…

–¡Me importa un cuerno! –me cortó con rabia. Sus labios gruesos temblaban dejando entrever las encías sanguinolentas, comidas por la piorrea.

–Ese por lo menos no va a morir en la cama –dije aún–. Un día le va a agarrar un infarto en la picada y se va a hacer bosta sobre el Panteón con putas y todo. ¡Sería lindo ver el Douglas presidencial clavado de nariz en la cúpula! ¿No te parece?

El escupitajo de Muleque erró la salivadera; se enchufó el palo y empezó a tamborilear en el Morse mecánicamente, con la mandíbula casi hundida en el pecho.

El avión continuó runruneando sobre las calles. Se alejaba y volvía sobrevolando el centro, la Escuela Militar, el Cuartel de Policía, las cañoneras fondeadas en la bahía, y de seguro los caminos de acceso a la ciudad. Ahora sabíamos que no se trataba de una de las orgías aéreas del General.

El golpe de mano nos tomó de sorpresa. A esa hora muerta del alba, cabeceando de sueño, Muleque y yo nos hallábamos repasando las bolillas de Civil para el examen, ante dos jarros de mate cocido ya frío, en la sala de transmisión. Muleque se llama en realidad José del Rosario Alcaraz, un apellido que tampoco debe ser el suyo porque desde los tres años, suele contar, lo metieron en el Asilo y no llegó a conocer ni siquiera a su madre, que murió un poco antes o un poco después, nunca pudo saberlo, de su entrada al Asilo. A los doce escapó del siniestro caserón mitad orfanato mitad manicomio, y desde entonces se las arregló como pudo. En una “revolución” anterior, siendo conscripto, dejó la pierna a cambio de la cual le dieron la papeleta de baja y las muletas que tiene. Lo apodamos Muleque por eso, por los palos y por su rizado pelo de zambo. Él fue quien me decidió a reanudar mis estudios en la Facultad. “Déjate de hacer el vago”, me dijo. “Esos versitos y cuentitos que escribís no van a ayudar a nadie en este país, donde la literatura vale menos que una cagada de mosca.” “Yo no quiero ayudar a nadie”, le dije con bronca aquella vez. “Yo escribo para mí, y sí me leen o no me leen me importa un bledo. Escribo porque se me da la gana… Sí, ya sé, vas a decirme que es como masturbarse. ¿Y qué? Cada uno con lo que le calma las glándulas. A vos, la Revolución, así con mayúscula, la jeta inflada al pronunciarla. A mí, la papirofagia, o la papiropaja, sí querés…” pero un tiempo después me inscribí en la Facultad. En las discusiones con Muleque yo siempre perdía por puntos o por abandono. En la Telefónica pedimos que nos pasaran al turno de la noche, para estudiar en las horas baldías de la guardia. Así también, desde el año pasado, me hizo entrar en el movimiento clandestino. Al principio, la verdad que el asunto no me interesaba más que por su sabor a cosa prohibida y algo romántica, como el de esas logias que formaban los patriotas en tiempos de la Independencia en el pleito contra los godos, y que ahora solo se forman para el contrabando, la quiniela o los permisos de importación.

No es mucho lo que podemos hacer. Disponemos del código para los cifrados de Relaciones Exteriores y de la Armada, con los que solemos pescar de cuando en cuando alguna que otra información interesante. El Ejército ha organizado su propia red; por allí se nos escapan los peces gordos: todo el asunto de las guerrillas, por ejemplo, y también los líos internos de la aparentemente apacible vida castrense. Hacía algún tiempo que andábamos inactivos, un poco olvidados de nuestro papel, lo que había aumentado el malhumor de Muleque, volviéndolo retraído y taciturno. Ahora ni eso; ahora ya no está y yo no puedo hacerle bromas ni nada, y hasta me resulta difícil escribir esto, no sólo por el hombro machucado a culatazos, que me sigue doliendo como si lo tuviera entablillado con carbones encendidos, sino también porque en la celda estamos apilados como lombrices en un tarro, y cuando sacan enganchados a los que les toca el interrogatorio, se remueve toda la pila y el pucho de lápiz se me escapa de las manos, entre quejidos, escupidas y empujones. Debo seguir lo que comencé en la Remington de la sala de transmisión, y que ni siquiera sé dónde habrá quedado. Los que están más cerca se extrañan de mi emperramiento en seguir garrapateando esto. En la semioscuridad, tengo que adivinarme la letra, sin contar que siento un cansancio, una hinchazón rara en todo el cuerpo, una hinchazón de rabia, de dolor, de tristeza, como si todavía bajara corriendo desde allá arriba donde lo dejé con la cabeza descansando sobre la muleta. Y si alguno ahora me preguntara qué es lo que estoy escribiendo y para qué, no sabría qué decirle. Tal vez me enojaría y volvería a rajarles una palabrota furiosa. Me miran de reojo, se miran entre ellos y ya no se animan a preguntarme ni a decirme nada.

 

Cuando el pelotón entró como una tromba, nos quedamos clavados en las sillas. Uno de los números estuvo a punto de dar un culatazo a Muleque porque lo vio manotear sobre el palo, y creyó de seguro que iba a repelerlos a garrotazos.

–¡Muchachos, a trabajar ahora para la revolución! –nos gritó el oficial después de calmar a los suyos.

Un centenar de soldados con equipo de campaña y profusión de automáticas se fortificó en el edificio. Los técnicos de Transradio y los demás empleados de la Telefónica fuimos traídos a atender los conmutadores de la planta automática. Pese a todo, el enérgico capitancito se nos antojó menos fastidioso, como si su condición de sublevado hiciera tolerable su presencia allí. Ya que podía imponer nuestra colaboración con las bayonetas que trajinaban los pasillos, optamos por simular que era espontánea, fumándonos a cambio los cigarrillos que nos distribuyó de entrada nomás. Del valijín que le acercó un soldado, sacó varios cartones de Lucky y fue arrojándonos los paquetes con gesto deportivo. Al rato pujábamos todos en el manipuleo de los controles como si de nosotros dependiera el triunfo del alzamiento. Lo hacíamos para quedar bien pero, en el fondo, para esconder lo que pudiera lucir en nosotros de bronca o de miedo. La única compensación, como digo, era el aroma no frecuente para nosotros de esos Lucky, que tratábamos de hacer durar hasta el último restiro del pucho. Muleque no; con lo que le gustaba fumar, no prendió uno solo de los importados. Con gesto de repugnancia, de desprecio, los arrojó casi de sobrepique a los más próximos.

–¿Qué te parece? –le pregunté en voz baja.

–No sé, vamos a ver –dijo como en acecho de algo que estaba sucediendo más allá de lo confusamente percibido por nosotros.

Poco a poco las cosas se nos van aclarando a través de las comunicaciones intervenidas, de los nerviosos partes y comunicados del gobierno y de los insurrectos, que se contradicen mutuamente, pero que a su vez se complementan.

No menos de cinco mil hombres por bando están enfrentados en un radio de pocos kilómetros, desde hace diez horas. Si aún no se ha desencadenado el fuego es porque el azar actúa a veces con la espoleta mojada, y además porque al milico más que a ninguno le jode el olor de la pólvora. Debe ser por eso, digo yo. Pero hasta este momento, nadie sabe lo que está pasando entre bastidores del decorado armado para una representación que tarda en empezar.

Mientras menudearon en la mañana los cabildeos entre parlamentarios del gobierno y de los sublevados, era claro que estaban aguardando a que otras unidades se definieran. Pero después de mediodía eso dejó de tener sentido; para esa hora, la última de las guarniciones se había plegado al cuartelazo. Pero el General es muy astuto; no es la primera vez que se ve entre la espada y la pared. No obstante, la ruptura de las acciones se retarda de un modo inexplicable. La confusión y el desaliento cunden en las fuerzas que están frente a frente, desgastadas por la nerviosidad y el calor de este día verdaderamente infernal.

También nosotros hemos caído en una especie de depresión tironeada a medias por la ansiedad y el sopor. Para neutralizarla de alguna manera es que me he puesto a teclear estos apuntes, simulando que traduzco y copio las tiras del Morse, por lo que en definitiva las dos operaciones vienen a ser más o menos idénticas; sólo que traducir los puntos y rayas de esta descalabrada estación de mis nervios y hacerlos coincidir con los de la realidad es algo mucho más difícil.

De pronto entra Muleque taqueando muy excitado, y dice en voz alta, sin cuidarse de los números que nos vigilan:

–Se están reuniendo en la Plaza de Armas.

–¿Quiénes?

–Mujeres.

–¿Qué mujeres?

–Qué sé yo. Mujeres.

Un momento después me parece percibir un débil rumoreo que sube desde las calles traqueteadas por los carros de asalto, el rodar de las baterías y los desplazamientos de tropas. Tal vez la sensible vibración del susurro la hemos estado sintiendo desde hace rato más en la piel que en los oídos, entre todo ese ruido. Pero yo no la he sentido claramente hasta que Muleque ha entrado con la noticia. Me hace una seña y voy tras él, en un descuido.

 

Acabo de subir con Muleque a la azotea con el cuento de que íbamos a arreglar un alambre. Trepé al antepecho haciendo como que me atareaba con una de las bajadas de antenas. Algo me dijo, pero no le presté atención en ese momento. Después me volví hacia la plaza. Al principio no las vi. Muleque me apretó el brazo y agitó las manos en dirección a los reflejos que ondean allá abajo. Entonces comencé a verlas, emergiendo poco a poco de entre la opaca brillazón de polvo y calor. Están allí, formando una compacta muchedumbre. El sol de esta tarde de diciembre no las ha hecho cejar; pero no las acobardan tampoco las ametralladoras que erizan los balcones y las terrazas del Palacio de Gobierno, del viejo Cabildo, las troneras de la Escuela Militar y del Cuartel de Policía. Los sublevados han tendido un cinturón de cantones en torno al triángulo defensivo del gobierno; uno de ellos es el de la Telefónica, desde donde podemos observar la aproximada distribución de las fuerzas. Este triángulo tiene en la Plaza de Armas su campo de tiro forzoso, es el sector ubicado entre dos fuegos, algo así como la tierra de nadie en el enfrentamiento de los dos bandos, para esta batalla cuyo estallido se demora indefinidamente. Allí están ellas. Desde arriba se las ve muy pequeñas recortándose sobre el rojo pedregullo de la plaza que llamea al sol. Los “jeeps”, los camiones armados y los coches de lujo de los mandos pasan y se entrecruzan como exhalaciones sobre el fondo de siluetas oscuras e inmóviles. A lo largo de la calle transversal que baja hacia las barrancas, sólo divisamos parte de la aglomeración. Muleque se me adelanta siempre un poco, o tal vez mi capacidad de visión es más lenta que la suya. Él me muestra esos nuevos grupos de mujeres que afluyen por las calles. Bajo el sol a plomo sus siluetas se yerguen sin sombra, sombras ellas mismas con los mantos oscuros. Casi todas parecen enlutadas en la salvaje reverberación que las iguala y apelmaza en un denso y a la vez transparente hacinamiento. Parpadeo asombrado; me parece increíble y me vuelvo hacia Muleque.

–Seguro habrán traído comida a los soldados –digo por decir algo.

–¡Como para comida están ellos! –farfulla Muleque.

–Se habrán juntado para algún funeral.

–El funeral lo van a hacer después. ¿No ves que es una manifestación? –su voz le tiembla un poco.

–¿Por dónde habrán podido llegar?

–Están allí –dice Muleque.

–Pero cómo las dejaron pasar… Ah, ya sé… –no quiero darme por vencido–. Han venido desde la Catedral y el Seminario Viejo. Debe ser una procesión por el día de la Virgen.

–Ya pasó el 8 de diciembre.

–Por la octava entonces.

–Ya pasó la octava.

Muleque no se inmuta. Para él, esas mujeres están ahí, simplemente; no le interesa cómo han podido llegar. Es posible, sin embargo, que las tropas las hayan dejado pasar y reunirse en la creencia de que se trata de una procesión religiosa, formada exclusivamente por mujeres. Pero esto mismo resulta disparatado.

Lo primero que se adivina en el gentío es que su actitud, si bien puede confundirse con un aire de fervor religioso, no tiene nada de esa pasividad por delegación en que las procesiones parecen anclar. Este gentío está encallado en un tozudo empecinamiento, en una especie de irrevocable confianza en las propias, limitadas, débiles fuerzas. Un oleaje que al batir la escollera se hubiese petrificado en su propia fragilidad. Si se pudiera oírlo desde aquí, se diría que el rumor sube y se apaga por momentos, en algo distinto a un bisbiseo de plegaria, como sí la multitud deliberara en voz baja, como si el oleaje a pesar de su cristalizada inmovilidad continuara batiendo la escollera invisible. Pero no se puede más que imaginarlo con representaciones que uno saca de frases hechas, de los recuerdos; ahora que, por más que escarbe en mis recuerdos, esto que veo allí abajo no se parece a nada conocido, y es que en el recuerdo y tal vez también en la esperanza, las cosas no se parecen más que a sí mismas. Allí está pasando algo extraño. “Algo extraño como la verdad”, dijo una vez Muleque, cabeceando de sueño; pero ya no me acuerdo a propósito de qué.

Puse el cable en su lugar. Muleque ya no estaba a mi lado; sólo entonces sentí que el metal me quemaba las manos. Cuando me volví hacía los soldados, vi en sus caras brillantes de sudor una expresión burlona.

 

Alrededor de las dos de la tarde han empezado a recibirse las primeras noticias de las zonas bajo control rebelde, a medida que se han ido normalizando las líneas cuyos conmutadores atiende Muleque. Aparentemente –por lo que él afirma–, en el interior del país se están produciendo manifestaciones similares a la de la Plaza de Armas. En todas las ciudades y poblados donde existen guarniciones militares, silenciosas caravanas de mujeres se han congregado frente a los cuarteles. Es casi absurdo; salvo que se trate de un fenómeno de sugestión colectiva. Quise hablar con Muleque, que en un principio nos iba soplando las novedades del interior, pero al capitán se le fue subiendo la mostaza y empezó a insultarnos a todos.

Aprovechando el creciente desorden en la sala de controles, he tratado de llegar de nuevo a la azotea, pero los soldados, esta vez, no han dejado que me acercara hacia la balaustrada. Así que no alcancé a ver el gentío de la plaza, únicamente los carros del Ejército y las camionetas de radiopatrulla de la policía, zumbando excitados como cascarudos a ras de tierra en amenaza de tormenta.

 

Tres de la tarde. Con el mismo pretexto de una reparación, hemos conseguido nuevamente deslizamos con Muleque a la azotea. Es asombroso. Allá abajo continúan estando ellas, impávidas, obcecadas, en esa tierra de nadie, preñada de muerte, reverberante y sombría a la vez; allí y en todos los otros lugares donde se han reunido a impulsos de esa especie de confabulación que se ha propagado como una onda magnética.

De pronto una camioneta ha empezado a girar alrededor de la muchedumbre, atronando el aire caldeado con sus altoparlantes, pero no se escucha lo que dice. De seguro las intiman a dispersarse. Mientras la camioneta da vueltas, la multitud permanece inmóvil. A nuestras espaldas, los soldados cabecean borrachos de sol y cansancio, recostados en cuclillas contra las paredes roñosas de sombra de un sector de la azotea, desinteresados por completo de lo que sucede en la plaza. Nos hemos mirado con Muleque. Me ha hecho un gesto como el de quien sabe qué es lo que está ocurriendo, y se ha puesto una mano en pantalla detrás de la oreja como si las voces del altoparlante llegaran hasta él.

–Están ordenando que desalojen la plaza –traduce–. Si no se van, las amenazan de que serán ametralladas.

La multitud no se ha movido. Si esas mujeres están ahí, evidentemente es porque no temen ese riesgo.

–Escucha… –yo no oigo nada, nada más que ese sordo runruneo– Están llamando a una de las mujeres al micrófono… –la cara de Muleque se transfigura. Los labios le tiemblan siguiendo las palabras de los altavoces, tratando de captarlas, de repetirlas–. Quieren que suba una de ellas a hablar por los parlantes…

La representación está tomando ribetes absurdos. Pero de seguro todo eso responde a una ley que por el momento se me escapa.

Una vez más se me antoja que las siluetas enlutadas han juntado sus cabezas como en consejo, que un bisbiseo confidencial se ha propagado entre la multitud. He visto que una de las mujeres se ha adelantado hacia la camioneta; me ha parecido que subía, pero tal vez sólo ha quedado oculta por el vehículo.

–Está hablando… –dice Muleque con una creciente exaltación–. Dice que no se van a ir… que pueden ametrallarlas si quieren… pero que no se van a ir… –Muleque tragó con fuerza–. Está haciendo un llamado a los hombres, a los esposos, a los hijos, a los hermanos…

–¿Un llamado? ¿Para qué? –pregunto sin entender.

–Para que dejen las armas… ¡Escuchá… escuchá!

En ese momento yo también he oído la voz; cada palabra ha resonado amplificada por los ecos como si hablaran y se correspondieran al mismo tiempo muchas voces. Los ecos han golpeado en los vidrios de las ventanas cercanas con un levísimo chirrido.

–¡Dejen las armas… abandonen los cuarteles, los cantones, los retenes, los puestos! ¡Dejen las ar…! Han estrangulado la voz. Hay un silencio sepulcral. Han cortado de seguro los contactos. Estoy atontado. Lo miro a Muleque; él no está mejor que yo. Se ha combado sobre la balaustrada como si le doliera el vientre y estuviera a punto de vomitar, se toma el pecho con las dos manos. Me vuelvo con ansiedad hacia los soldados, pero ellos no parecen haber oído nada. Allá abajo, despepitando mucho los ojos, veo o se me antoja ver una pequeña figura arrojada a empellones, a culatazos, y el gentío empieza a moverse.

En eso aparece el capitán completamente empapado de sudor, los briches, la campera, pegados al hueso bajo el correaje. Tampoco parece preocupado en lo más mínimo por lo que ocurre abajo sino irritado por la indolencia de sus subordinados. Les pega cuatro gritos y los que están encuclillados en la sombra se remueven maquinalmente y vuelven a sus puestos de mala gana. El capitán da la espalda a la plaza. Bajo el sobaco le negrean los prismáticos. Yo casi extiendo la mano y se los arranco con las ganas que tengo de ver mejor el gran remolino que se está produciendo allá abajo…

 

Me cuesta mucho continuar escribiendo. Tengo la sensación de que el trozo de lápiz se me va alejando cada vez más con la mano descoyuntada, y el esfuerzo para cada trazo me iguala todo el cuerpo en un solo dolor, me aplana contra el piso de la celda como si yo fuera el papel en que escribo. Pero ahora debo seguir de cualquier manera, a como dé fin a estos apuntes. Por Muleque y por mí; pero más que por los dos, por eso que ha pasado y que los demás callan como si cada uno quisiera guardar para sí el sabor de esa esperanza en el fondo de su desesperanza. No hablan, pero se les nota en las miradas febriles, en el modo que tienen de mirarme con una actitud de complicidad en un secreto. Son pocos, pero yo los reconozco. Están también los otros, los que me miran con ojos macilentos de reprobación y de miedo, y ya ni siquiera contestan a las preguntas que hago a los más próximos, no tanto para precisar algunos detalles como para confundirlos y avergonzarlos. Es inútil que quieran convencerme de que no hubo combate, que no se disparó un solo tiro, que las tropas volvieron tranquilamente a sus cuarteles y que todo sigue como antes. Muleque no murió porque le hubiera reventado el corazón el impacto de aquellos que veíamos desde la azotea. Yo vi que los soldados del cantón se negaron a hacer fuego y que el capitán disparó sobre Muleque. Y si ahora me miran y callan burlones cuando yo les digo que fue así, es porque quieren denigrar a Muleque y tratan de exasperarme a mí. Cuando alguno entra como borracho, arrastrando los ojos por el suelo, lleno de moretones y con los huesos rotos por los golpes, sé que es otro que ha mentido, que no se ha animado a decir la verdad, y lo desprecio. Los que han dicho la verdad no han vuelto. Yo tampoco volveré; por eso escribo esto, para que se sepa lo que ocurrió.

 

Cuando en distintos sitios rompió a crepitar el fuego, Muleque se volvió a los soldados y les gritó que no tiraran sobre las mujeres. Los que habían hecho chasquear los cerrojos, bajaron poco a poco las armas, como dije. El capitán desenfundó entonces la pistola y disparó contra Muleque, que se derrumbó sobre el antepecho, girando sobre sí mismo hasta quedar enganchado de los brazos, de cara a la plaza. Él no podía ver ya que los soldados de nuestro cantón se negaban a disparar. Blandiendo la pistola como un energúmeno, el capitán les ordenó que lo hicieran. Pero ellos no se movieron y lo miraron fijo, como desafiándolo. Se abalanzó contra los sirvientes de una automática. No pudo llegar. Una ráfaga lo tumbó de bruces, se retorció un instante convulsivamente, y se quedó inmóvil.

Escondido en un hueco de la mampostería, yo miraba todo ese vértigo que parecía fuese a durar una eternidad. Pero al levantar la mirada, vi lo indecible. Las murallas de la Escuela Militar rebullían por lo alto de arracimadas cabezas en el resplandor ígneo de la tarde. Los más apurados se descolgaban desde las troneras. Parecían racimos de hormigas deslizándose contra la blancura de cal de las murallas. Las puertas se abrieron y vomitaron elásticas siluetas. Era una deserción en masa. Los jóvenes cadetes se habían hecho pasibles de ser fusilados por la espalda. Avanzaron hacia la plaza, formando una muralla de pechos humanos. El estrépito se agigantaba allí. Los carros de asalto llegaron raudamente para ametrallar a los desertores, pero los hombres de la tropa, muchachos, adolescentes, niños casi, se desacataron. No escuchaban, no podían oír las órdenes, los gritos espasmódicos, sordos a todo lo que no fuese ese retumbo que los llenaba y les mandaba desde adentro. En un abrir y cerrar de ojos se consumó otra deserción en masa, que dejó boqueando de ciega impotencia a unos grotescos muñecos. Vociferaban, chillaban, se agitaban en las plataformas de los carros vacíos. No se les veía sino los agujeros negros de las bocas en medio del fragor. Trataban de aferrar las automáticas, pero fueron reducidos por una nueva oleada de combatientes, invisibles hasta ese momento. Desde las casas, desde las barrancas, irrumpían grupos cada vez más numerosos de civiles que se apoderaron de los nidos de ametralladoras, de los carros de asalto, de las piezas de artillería, de las automáticas.

–¡Ellos… son ellos, Miguel! –oí murmurar a Muleque.

Los cadetes, los efectivos de los batallones desintegrados se plegaron y aposicionaron con las brigadas civiles, cuyas vanguardias avanzaban inconteniblemente hacia el Palacio de Gobierno.

Me quedé solo con Muleque. Lo desprendí del antepecho. Le puse despacio sus muletas como almohada. Me miró con sus ojos agónicos, pero él debía escuchar todavía el fragor del combate, el ruido de los pasos, de los millares de pasos sobre las piedras, entre ellos los suyos, aun los de ese pie que le comió la revolución, en esta victoriosa marcha con la que había soñado tanto tiempo. Me tenía agarrada una mano. Sus labios amoratados se movieron con esfuerzo.

–Vamos… a los conmutadores… –susurró aún–. Ayúdame, Miguel…

–Sí, Muleque.

–Tenemos… que trasmitir la noticia… lo último fue ya apenas el gorgoteo de un estertor.

Me costó cerrar los párpados en ese rostro que alumbraba la sonrisa de un muerto. Después bajé corriendo.

 

(Tomado de www.literatura.us)