viernes, 8 de mayo de 2026

El amor propio de Juanito Osuna

Miguel Delibes

 

Eso sí, Juanito Osuna es amigo de sus amigos; créame, es un tipo estupendo. Le contaría de él y no acabaría. Juanito Osuna se entera en París de que uno está en un aprieto en Madrid y se coge el primer avión. Eso, fijo. Nada le digo en lo tocante a dinero. Ya de chico era igual. Mi amistad con Juanito Osuna viene desde que éramos así. Es un caso de voluntad este muchacho. ¿Qué? Sí, ahora andará por los cincuenta y uno. Es un tipo estupendo, Juanito. Y habrá usted notado que es fuerte. De muchacho ya era así. De un mamporro tumbaba al más guapo. ¡Qué manos! Son como mazas. Lo habrá usted advertido. En el Colegio, el profesor de gimnasia se sentía disminuido. Ejercicio que proponía, Juanito Osuna lo mejoraba. ¡Había que verle en las salidas de paralelas! Ahora ha engordado un poco, pero sigue fuerte el condenado. Se habrá usted fijado en las manos. Dan miedo. Eso sí, nunca las empleó con ventaja. Juanito tiene un exacto sentido de la justicia. Pero por encima de todo, incluso de la justicia, pone Juanito Osuna la amistad. Juanito Osuna se entera en París de que está usted en un aprieto en Madrid y se agarra, sin más, el primer avión. Yo con Juanito Osuna, qué le voy a decir, una amistad fraternal. Anduvimos juntos desde que nacimos. Juanito Osuna es hijo de uno de los más grandes terratenientes extremeños, don Donato Osuna. Ella era hija de la Marquesa de Encina; un Osuna con una Castro-Bembibre; dos fortunas. Ella era una mujer original, pero estaba completamente loca; le daba miedo dormirse; era capaz de traer en jaque a toda la casa con tal de no acostarse. Así ha salido Juanito.

Juanito Osuna lo que quiera de generosidad y corrección, pero está completamente loco. Es una pena que no se quede usted más tiempo; le conocería bien. Esto de hoy no ha sido más que una muestra. Pero Juanito las gasta así. Cuando la guerra lo pasó mal. Salvó la piel gracias al hijo de un criado a quien don Donato Osuna hizo operar por su cuenta en la mejor clínica de Madrid. Créame, los Osuna nunca miraron el dinero. Si usted saca una conversación en que se roce el dinero delante de Juanito Osuna, le dirá que es una ordinariez. Pero en la guerra lo pasó mal. Tuvo mala suerte, le requisaron los dos coches y él anduvo movilizado. Mal. Pasó muchas privaciones. ¿Eh? Sí, creo que en Sanidad, pero de soldado raso, no se vaya usted a pensar. Imagínese a un Osuna con el caqui, un despropósito. Lo pasó mal; verdaderamente mal. Pero él es fuerte. Ya ve, a los cincuenta y uno continúa haciendo gimnasia sueca todas las mañanas. Juanito Osuna es un caso de voluntad. Y es fuerte. ¿Ha reparado usted en sus manos? La escopeta entre ellas parece una estilográfica. Y tira bien, el condenado. No voy a negar la evidencia. En Mérida yo le he visto, no es que hable por hablar, que lo he visto yo, hacer treinta pichones sin cero a treinta metros. No creo que esta marca la mejore Teba siquiera. Claro que un día es un día. Yo, en una ocasión, sin homologación, hice treinta y dos. Esto no quiere decir nada. Juanito Osuna es un gran tirador, pero el amor propio le perjudica. Desde luego, Juanito es un tipo estupendo, pero está completamente loco. El mes pasado asistió a veintidós cacerías, algunas distanciadas entre sí más de doscientos kilómetros. ¿Cómo? Sí, naturalmente, un Mercedes de aquí hasta allá. El Mercedes anda mucho. Pero de todos modos veintidós batidas en treinta días es un disparate. Fallan los nervios, se altera el pulso… Siento que no se quede usted más tiempo, le conocería bien. Por otro lado, es como un muchacho. De que ve venir la barra de perdices, antes de matar la primera, se pone temblón como un novato. En el tiro le pasa igual. Luego coge el tranquillo y un pájaro detrás de otro… Tira bien, desde luego. Ahora, eso de que sea la primera escopeta de la provincia… Pero, además, lo que yo digo, esto de tirar mejor o peor, no tiene importancia. Lo importante, creo yo, es salir al campo y tomar el aire. Bueno, pues a Juanito Osuna no le vaya usted con ésas. Ya le vio hoy. Y le anticipo que Juanito es un amigo como no habrá otro. A Juanito Osuna le dicen en París que usted anda en un aprieto en Madrid y se agarra el primer avión aunque tenga que maniatar a la azafata. Es un gran muchacho. Ahora, el amor propio le ciega. Ya le vio usted hoy. No quiere enterarse de que a mí el matar o no matar me trae sin cuidado. Bueno, pues habrá que oírle ahora en el Club. Julia, le digo a este señor que habrá que oír a Juanito Osuna ahora en el Club. No quiera usted saber. Ya le oyó en el bar. “¡Cuarenta y siete pájaros contra veintitrés, Paquito!” ¿Le oía usted? Bueno. Bien. Otra vez será al revés. Y con más frecuencia de lo que él quisiera: lo de hoy no es normal. Y no es que yo presuma de tirador, la verdad. Ahora, modestia aparte, yo, en batida, mato todo lo que entre para matarse. Pero no hago de esto una cuestión de amor propio. Yebes me elogió una vez en el ABC. Bueno, no me han salido plumas por ello. A propósito del artículo de Yebes, tenía usted que haber visto a Juanito Osuna cuando se lo dieron a leer en una batida al día siguiente. Ji, ji, ji. Se puso loco. No había quien le contuviera. Yo no lo tomaba en serio. A mí, el matar o no matar, me trae sin cuidado, ya me conoce usted. Pero empezaron todos con el pitorreo y él acabó por decirme que cada uno teníamos una escopeta en la mano y cuando quisiera. Ji, ji, ji. ¡Buen muchacho Juanito! Lástima que esté completamente loco. Usted le ha visto esta tarde. Julia, este señor te puede decir el plan de Juanito esta tarde: “¡Cuarenta y siete pájaros contra veintitrés, Paquito!” A voces por las calles. Y voy y le digo: “Estos días traerán otros”, y él, entonces, que el día que yo le echaba mano era por una perdiz o dos, mientras que él hoy me había más que doblado la cifra. Ya ves, como si esto para mí fuera una cuestión vital. ¡Con su pan se lo coma! A mí, la verdad, no me da frío ni calor, pero me fastidia que se ponga en ese plan delante de los batidores y toda la ralea. Para qué voy a darle más vueltas, Julia, como el día de las pitorras. ¿Te acuerdas del día de las pitorras en la sierra? Pues el mismo plan. Ahora, no se vaya usted a pensar que yo no estime a Juanito Osuna. No hay en Extremadura un tipo mejor que él. ¿Eh? ¿Cómo? Sí, creo que ocho. ¿Son ocho o nueve, Julia? Ocho, ocho tiene, tres varones y cinco muchachas. Eso. Y con los chicos no quiera usted saber. A usted, ¿qué le decía? ¿Qué le decía, eh? Que los picadillos con los muchachos eran fingidos, ¿verdad? Eso dice a todo el que llega. Julia, ¿oyes? Que los picadillos con los muchachos son de mentirijillas. Mire, yo he visto a Juanito Osuna, y de esto no hará más de dos temporadas, ponerse temblón porque Jorgito le sacó dos piezas en la primera batida. ¿Qué le parece? Jorgito es el mayor de la serie. Es un buen rapaz, pero está completamente loco. Ahora anda metido en un estudio sobre la justicia o la injusticia del latifundio. Ya ve usted qué le irá a él que el latifundio sea justo o no lo sea. Es un tímido, eso le pasa. Eso sí, orgullo y amor propio como su padre; si va a cazar es para ser el primero. Y usted ha visto cómo han rodado hoy las cosas. Yo no creo que sea inmodesto si digo que he matado todo lo que podía matarse. ¿Podría decir Juanito Osuna lo mismo? La primera batida todavía. Ahí la perdiz, usted lo vio, entró repartida. Tiramos todos. Bueno, pues Juanito se apuntó diez y yo nueve. Luego, ya lo vio usted. De punta, volviendo el cerro, y cargando aire. Es un puesto de castigo, ése. Si no disparo la escopeta, ¿cómo voy a matar? Eso no es posible. Pero no le vaya usted con razones a Juanito Osuna. Usted le oyó esta tarde como un energúmeno: “¡Cuarenta y siete pájaros contra veintitrés, Paquito!” A estas horas toda la ciudad andará en lenguas. ¡Y todavía pretendía que fuera con él al Club! Tú sabes, Julia, lo que es Juanito en el Club el día que cobra más que yo. Oye, Julia, por favor, dile a este señor cómo se puso Juanito el día de las pitorras. Créame, el día que mata se pone inaguantable. Y es el cochino amor propio. Porque a mí, si acepto una batida, es por tomar el aire y aguantar en forma. Matar o no matar es secundario. Si se mata, bien. Si no se mata, también. Pero él… Habrá que oírle ahora. Me juego la cabeza a que toda la ciudad está enterada a estas horas de que me ha doblado los pájaros. ¡Figúrese qué tontería! Cincuenta y un años y es como un muchacho. Y en la tercera batida ya lo vio usted. La del canchal, quiero decir. Bueno. Empecemos porque un cancho pelado no es un puesto envidiable. O asomas y te ven o no asomas y no la ves. Así y todo, usted lo presenció, derribé cinco. Pero perdices redondas como hay que matarlas. Bueno, salgo con Carmelo y no tropezamos más que tres. Las otras dos habían volado. Lo que pasa es que los secretarios de Pepe Vega, ya le ha conocido usted, el otorrinolaringólogo, andaban más despabilados. La caza es así.

Este Pepe Vega es un médico estupendo, pero como cazador es un chambón. No creo que en ninguna batida haya hecho más de diez. Y hoy va y me saca siete pájaros. ¿Vamos a decir por eso que Pepito Vega las sujeta mejor que yo? Le digo a este señor de Pepito, Julia. Pepito Vega es un buen muchacho, pero está completamente loco. Si no tuviera usted tanta prisa le conocería a fondo. Y le advierto que Pepito Vega, donde le ve usted con esa apariencia de truhan, es de una de las mejores familias de por aquí. Veguita, padre, tenía título. ¿Qué título tenía el padre de Pepito, Julia? No recuerdo ahora. Lo cierto es que este chico ha derrochado en whisky tres dehesas de más de tres mil fanegas cada una; bueno, pues Pepito Vega tiene ese récord. Y hablando de whisky, Juanito Osuna tampoco se queda atrás. Es una esponja. Juanito bebe como un cosaco. Eso sí, jamás le he visto dar un traspiés. Juanito Osuna tiene una naturaleza envidiable. Es fuerte como un toro. ¿Ha reparado usted en sus manos? Son como palas; pero tenga por seguro que nunca las empleó con ventaja. ¡Habrá que verle ahora pavoneándose en el Club! Usted le oyó esta tarde, en el bar: “¡Cuarenta y siete pájaros contra veintitrés, Paquito!” Yo no es que vaya a discutirle que tire bien. Discutir eso sería tonto. Ahora, cuando Yebes dijo lo que dijo en ABC tendría algún fundamento, creo yo. Yebes conoce el paño y nunca habla a humo de pajas. Y Yebes estuvo precisamente en la batida de Granadilla, con Teba y toda la pesca. Aquel día las cosas rodaron bien y quedé a dos pájaros de Teba. Usted ha visto tirar a Teba, supongo. Julia, este señor no vio tirar nunca a Teba. Es un espectáculo, créame. A uno le entra la barra y se pone temblón. Teba, no. Teba sujeta dos pájaros por delante y dos por detrás, como mínimo. Si le dijera que hay quien asiste a una batida con Teba y no tira solo por el placer de verle tirar a él. Bueno, pues Yebes asistió a la batida de Granadilla y me sacó en el ABC. A Juanito Osuna le mostraron el recorte en la cacería siguiente y le llevaban los demonios. Cómo andarían las cosas, que terminó diciéndome que cada uno teníamos una escopeta en la mano y cuando quisiera. Ji, ji, ji. Juanito es un gran muchacho, pero está completamente loco. ¿No es cierto, Julia, que Juanito Osuna está completamente loco? Ya le vio usted hoy. A voces por las calles. En cambio, cuando yo quedo por delante, se amurria como si tuviera encima una desgracia. ¿Eh, cómo dice? ¿Cazando? Toda la vida. Juanito Osuna no hizo otra cosa en su vida que pegar tiros. En la guerra lo pasó mal. Le requisaron los dos coches y le movilizaron. ¿Cómo? Julia, ¿fue en Sanidad o en Intendencia donde anduvo Juanito durante la guerra? Bueno, es igual. El caso es que lo movilizaron. Pasó una mala temporada. Pero fuera de eso no ha hecho otra cosa que pegar tiros. Ahora que recuerdo, Juanito tenía un tío general. Un tipo pintoresco. No era mala persona, pero estaba completamente loco. Anduvo por la parte de Don Benito. Contaban que dormía con las condecoraciones prendidas en la colcha. Un tipo divertido… Sí, era un tipo divertido el general aquel. Yo no sé qué fue de él. Seguramente murió. No me acuerdo ni de su nombre. A Juanito le ayudó mucho aquella temporada. Todos, en realidad, han ayudado siempre a Juanito. Puede decirse que es un muchacho mal criado. Todo el mundo, desde chico, a reírle las gracias. De ahí, seguramente, su amor propio. Usted le vio esta tarde. Era como para matarle o dejarle. ¡Y aún tenía la pretensión, el botarate, de que fuésemos con él al Club! Es una pena que usted no se quede más tiempo. Llegaría a conocerle. ¡Si le pudiéramos ver ahora por una rendija! ¿Eh, Julia? Digo que si pudiéramos ver a Juanito Osuna por una rendija ahora, en el Club. Estará imposible. Se habrá sacudido media docena de whiskys y sus cuarenta y siete perdices se las habrá refrotado cuarenta y siete veces por la nariz a la concurrencia. Y lo malo es que, detrás, irán las veintitrés mías. Sus cuarenta y siete pájaros sin los veintitrés míos no tienen ningún valor para él. Habrá que oírle. Y usted ha sido testigo. A mí, si me quitan la primera batida, la cuarta y la sexta, prácticamente no he disparado la escopeta. He matado lo matable; lo que entraba para matarse. Nada más. Y, además, lo he matado como había que matarlo. ¿Reparó usted en la segunda batida aquellas tres que le cayeron a Juanito alicortas? Eso no es matar. Matar es hacer una bola con la perdiz. Perdiz que no suelta plumas en el aire no es perdiz matada. La perdiz alicorta se ha encontrado un perdigón. Eso es todo. Pero eso no es matar. Bueno, pues me juego la cabeza a que a Juanito le han cobrado hoy sus secretarios más de una docena de piezas alicortas. ¿Qué te parece, Julia? Más de una docena, alicortas. Así. Si se las restas le quedan treinta y cinco.

Añade a las veintitrés mías las dos del tercer ojeo, el del canchal, usted las recuerda, más las siete u ocho que entre Pepito Vega y Floro Gilsanz me han quitado a izquierda y derecha y las tres perdidas en las dos últimas batidas y me salen treinta y seis, una más que Juanito Osuna. Esta es la realidad. Usted es testigo. Parto de la base de que a mí matar más o menos no me importa. Yo salgo al campo a respirar. Pero lo que es de justicia es de justicia y usted lo ha visto. Es una lástima que no se quede más tiempo. Si se quedara podría asistir a la revancha. Ya me gustaría que viera usted a Juanito Osuna en un día de vacas flacas. Se encoge como un perro apaleado. Entonces es la mala suerte, o que no ha tirado, o que la batida estaba mal organizada. Él siempre encuentra disculpas. ¿Eh, Julia? Le digo de Juanito que cuando no mata, siempre hay una razón. No se me olvidará nunca el día de las tórtolas en el Cornadillo. Ji, ji, ji. Y ese día no podrá decir. Tiramos el mismo número de cartuchos. Bueno, pues cincuenta por treinta y seis. Ahí no hay vuelta de hoja. Y es que la caza es así. Que él mate hoy más que yo no quiere decir nada. Ya ve, Yebes en Granadilla nos vio a él y a mí. Bueno, pues en el ABC sólo me mentó a mí. Y no es que yo vaya a pensar que soy por eso mejor tirador que él. No. La caza es eso. Y hoy yo y mañana tú. Prácticamente, yo no he tirado hoy en tres batidas. De punta y cargando aire, no se puede pensar en matar. Usted lo ha visto, y si le pone un promedio de ocho perdices por batida, pues ya estoy a su altura. Y no hay más. O me quita usted de al lado a Pepito Vega y Floro Gilsanz, que se apuntaban las mías, y son una pila de perdices más. Florito Gilsanz ya sabe usted quién es, ese grueso de las alpargatas. Bueno, pues este muchacho no pega ordinariamente un baúl y hoy, ya lo ha visto usted, veinte perdices. Casi las mías. El bueno de Florito… Es pena que usted tenga que marchar mañana. De Florito Gilsanz podríamos hablar toda una noche. Es un tipo. Tiene una dehesa, El Chorlito, de la parte de la Sierra, que es la más bonita de Extremadura. Me gustaría que asistiera usted a esa batida. Alfonso XIII corrió los jabalíes una vez, allí, de noche. Eran unas cazatas aquellas como para romperse la crisma. Pero le decía de Florito… Florito Gilsanz, metido en juerga, es lo más salado que usted puede imaginar. Oye, Julia, Florito, digo. Para que usted se dé cuenta, Florito, una vez caldeado, rompe los frascos del whisky y se pasea descalzo sobre los cascotes como si tal cosa. Es como un faquir. Ni sangra, ni se araña, ni nada. Este muchacho podría muy bien ganarse la vida en el circo. Un buen tipo, Florito. Lástima que esté completamente loco. Es de los que andan siempre con las pastillas y eso. El bueno de Florito Gilsanz. Bueno, ya no sé adónde íbamos a parar. ¿Qué es lo que yo iba a decir, Julia? ¡Ah! Bueno, eso, Florito Gilsanz es un excelente muchacho, como le digo, pero de caza, cero. Él va al campo a comer y a beber y a reír un rato con los amigos. Lo demás le importa un rábano. Bueno, pues hoy, usted lo vio, veinte perdices. Más o menos, las mías. ¿Qué quiere decir eso? Sencillamente que Florito tuvo el santo de cara y yo le tuve de espaldas. Pero váyale usted a Juanito Osuna con estas historias. “¡Cuarenta y siete perdices contra veintitrés, Paquito!” Usted le oyó. Como un energúmeno. Oye, Julia, que no es que lo diga yo, pero me gustaría que hubieras visto a Juanito, como un loco, a veces, por las calles. Eso mismo, su histeria, le demuestra a usted que no está acostumbrado a esta ventaja. Lo que siento es que se marche usted sin ver la otra cara de la luna. Me gustaría que viese a Juanito Osuna en barrena. Pero, por otra parte, este pique no conduce a nada. A mí me trae sin cuidado una perdiz más o una perdiz menos, ya lo sabe usted. Pero él… Julia, ¿cómo es Juanito para esto de la caza? ¡Díselo, anda! Y figúrese usted si hay cosas importantes en la vida. Bueno, pues no; para Juanito Osuna, la caza lo primero. Y todo el día de Dios incordiando y liando. La de hoy ha sido buena, pero me gustaría que le hubiera visto el día de las pitorras, en la Sierra. ¡Dios del cielo! Y no se piense usted que con hoy se acabe. Hasta la próxima batida tendremos murga. ¡Y no quiero decirle si en la próxima tengo la suerte de hoy y Juanito vuelve a quedar por delante! Espero que Dios no lo permita. Julia, le digo a este señor que qué sería de mí si en la próxima batida vuelvo a tener el santo de espaldas. Eso sería horrible. ¿Miraba usted a la niña? Sí, a la que pone la mesa, digo. Le parece una mujer, ¿verdad? Pues catorce años. Aquí las muchachas son así. Es la hija del pastor que anda en el chozo. Buena persona, pero un animal de bellota. Anastasio, digo, Julia, ¿eh? Un tipo serio, previsor, pero le escarba usted un poco… y loco de remate. ¿Qué dirá que hace con la lana de sus ovejas? ¿Eh, Julia? La lana de sus ovejas, digo. ¡La guarda! ¿Y sabe usted para qué? Para hacer el colchón de las muchachas el día que se casen. Esa, la niña, es la mayor. ¡Hágase cargo! Las otras van detrás y tiene cuatro. Aquí la gente es así. Julia se empeña en dialogar con ellos, pero es mejor dejarles. Y le prevengo que Juanito Osuna si en vez de nacer donde ha nacido nace en otro medio, hubiera sido lo mismo, como éstos. ¡Igual! Ya le ha visto usted hoy con las perdices. Volvemos a Juanito, Julia. ¿Cenar? Cuando quieras. Vamos a cenar si a usted no le importa. Estará usted cansado, claro. No estando acostumbrado, el campo aplana. Pase, pase. Pues del bueno de Juanito Osuna le estaría hablando una vida y no acabaría. Y amigo lo es de los de verdad, eso que conste. A Juanito le dicen en París que uno anda en Madrid en un aprieto y se agarra el primer avión aunque tenga que amenazar al piloto. ¿Eh, Julia? Juanito, digo. Siente, siéntese. Juanito Osuna, defectos aparte, y todos tenemos defectos, es un tipo estupendo; lástima que esté completamente loco.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

jueves, 7 de mayo de 2026

San Ambrosio

Rubén Salazar Mallén

 

Entraron al pueblo lanzando gritos jubilosos, disparando al aire sus fusiles, mientras por el puente se retiraban, como si escurrieran, los vencidos soldados de la guarnición.

Hernán, el caudillo de la partida rebelde, que se hacía llamar “coronel”, desdeñó las casas de los ricos, tan propicias al saqueo, y fue derechamente al santuario. Famoso santuario aquel: era visitado por la gente de toda la comarca para lograr los favores de un San Ambrosio, que hacía milagros todos los días.

El santo, desde su altar, solía contemplar inmutable y tranquilo a la multitud de fieles que se postraban ante él, que le ofrendaban pequeños exvotos –corazoncitos, palomas, manos de oro y plata.

¡Baja ese monigote… y a cabeza de silla! ordenó el “coronel” a su asistente, ante la empavorecida tropa.

El asistente obedeció con la muerte en el alma. La sagrada escultura fue arrastrada hasta donde se elevaba la estatua de un héroe incognoscible. San Ambrosio, desgarradas las vestiduras, rotos los brazos, ofrecía un aspecto lamentable.

Quémala ordenó Hernán a su asistente.

Los devotos de la imagen pusieron el grito en el cielo. Enviaron un mensaje de protesta y de súplica al jefe de la rebelión, acuartelado en una ciudad lejana. Se quejaban amargamente del atentado que consumara el “coronel”, del agravio a una larga e intensa fe.

El jefe de la rebelión reconvino a Hernán:

“Enterado del atropello a San Ambrosio, ordénole respete las creencias del pueblo. Rinda informe al respecto”.

El “coronel” dictó al telegrafista su informe:

Quemé a San Ambrosio en virtud de que dedicábase a hacer milagros a los enemigos de la causa”.

El jefe de la rebelión dejó las cosas así.

 

(Tomado de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)

 

La Venus de Milo

Salvador Novo

 

¿Que cómo, en fin, tenía yo los brazos? Verá usted; yo vivía en una casa de dos piezas. En una me vestía y en la otra me desnudaba. Y siempre ha habido curiosos que se interesan en ver y suponer. Ahora usted me quería ver los brazos. Entonces ellos querían verme lo que usted ve. Y yo, en ese momento, trataba de cerrar la ventana.

 

(Tomado de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)

 

El diablo

Dámaso Murúa

 

Qué reduro andaba el piojillo cuando empezó el verano. Todos nos habíamos gastado lo de las salinas en las fiestas del mar. Tragamos un cervezal entre el viernes y el lunes y hasta me tocaron La Linda Mujer” los barzones muchas veces, pero muchas. Quedé bien arrancado pa los días de ranquera. Puro chiro comí en mi casa por tres meses después, con atole blanco bien caliente, los pescados secos, descamados y al comal, se sabían a puro gusto los primeros días, pero después traje por dos semanas la lengua escaldada debido a lo salado de los chiros.

Por eso, cuando me invitaron a cortar venadillos, luego luego me puse a sacarle filo al hacha. Los venadillos es lo mismo que la caoba y si vieran cuántos cortamos las veces que fuimos nosotros a cortarlos pa don Nati.

Una semana antes me fui al monte a la leña y en una cueva me encontré un diablo chiquito, que era muy chillón el condenado. Me dio guerra todo el camino porque lo amarré a la cola del burro pues se me venía atrancando muy fuerte con las uñas de las patas. Pero no miba vencer el cornudo. Chiquito y chillón. Chilletas, muy bramador.

Nombre, lo amarré al ciruelo llegando a la casa. En el patio se armó el corredero de gallinas, los calcalotes estaban dando vueltas, graznando, junto con una zopilotera asustada. Y el diablillo carajo gritándoles muchas palabrotas pa que se fueran.

–¿Qué, hay muerto en tu casa, Güilo?

Nombre Pimientillo, qué muerto ni qué nada. ¿Por qué?

–Pues hay mucha gente en la puerta.

Es que andan viendo el diablo que traje del monte.

¿Dónde lo agarraste?

Por el camino de Las Estancias. Andaba solo. Yo creo que su mama ya no lo aguantaba y lo abandonó. Su papa ni modo que lo cuidara, porque anda bien ocupado cuidando el infierno, ¿o no?

Dices.

Duró enojado como siete días, y sin comer. Se puso como vinagrillo, del corajazo que tenía porque se daba unos jalones fuertes de la chavinda que lo amarraba al ciruelo y no se podía zafar. Eso sí, le tumbó todas las ciruelas que ya estaban maduras y nos ahorramos eso de andar levantando los huesos, porque los cochis se dieron una hartada bruta con las ciruelas tumbadas.

A la segunda semana sí me dio lástima. Le llevé un plato de arroz blanco, humeando, con caldito de cocido, zanahorias y un elotito. En cuanto me vio se volvió de lado y no me quiso hablar, le acerqué el plato y le dije suavecito:

–Diablillo, te vas a enflacar, te va a dar cursera. Cómete el arrocito, el caldito, las zanahorias, el elotito.

Y que se voltea aprisa y le suelta un mordidón al cucharazo que nomás me dejó el tonchi en la mano. Rebanó todo el fierro y me pasó cerquita de la punta de los dedos, los dientotes pelones, más afilados que un cuchillo caguamero. Después ya no se volteó.

Al día siguiente se fue. Como había crecido de un día pa otro, le metió un jalonazo fuerte al ciruelo y lo arrancó con todo y raiz. Mi nieto, muy indio, de dieciocho meses, le lloró tres días, porque lo había enseñado a jugar al Hulama. Al mes, ya ni nos acordábamos de él.

Caguallana en mano, mi sobrino. Yo llevaba un hacha con mango blanco, giotosa. Nos fuimos los dos juntos con mi compadre Cañas Miadas a cortar venadillos pa don Nati. Se andaba haciendo una casa bonita, con vigas cafeces pal patio, porque tenía una querida a la que le decían La Culo di Oro. Qué bonita vieja.

Le dimos con entusiasmo a la machetiada. Y tumbamos palos por todos lados. Dejamos los troncos como ocotitos parados, del tumbadero de que hicimos.

Al mediodía nos aventamos el lonchi. A las tres, dizque mi sobrino y mi compadre tuvieron ganas de agacharse y se fueron pal monte. No los volví a ver. En la tarde se me vino la oscuridá. Y el monte se me fue perdiendo poquito a poco. Junté los venadillos y machetié, con una cruz, un palo güero, bien gordo, pa saber dónde dejaba el tambachi.

Ey, dónde andan, ya terminé, vengan por mí. Ya córtenle, ai les llevo las tijeras…

No me contestaron nada. Sonaba nomás el zumbadero de jejenes, se veían como bolas de algodón y el picadero que no me hacía nada, porque estaba más priocupado de lo negriado de la nochi que de otra cosa.

–Ey, ya me voy, ai los dejo. No se vayan a perder.

El perdido era yo. No sabía pa dónde arrancar. El sol se me había ido, no aparecía la luna y andaba enmontado hasta la nuca. No le podía distinguir el filo a los árboles ni a los montes. No sabía pa dónde jalar.

–Ey, no me vean la cara aunque la tenga. Miéntenmela, ¿dónde andan?...

Puro movedero di hojas y un viento frillón, como queriendo enfriarse la noche y enfriado andaba yo como un mero arponiado.

–Chivatos, no ando de bromas, las bromas en la cantina y con un tequila. No la jodan.

Al ver una sombra que se acercaba, me le dejé ir de pechito, no se me fueran a perder otra vez.

–Quiubo Petronio, ¿dónde andabas? ¿Traibas chorro?

Yo no soy Petronio.

Hombre, compadre, ya ni la tiznas. Escondiéndose la tarde nos íbamos ir. ¿Entonces?

Yo no soy tu compadre.

Ah jijos, entonces, ¿quién eres?

Te vengo a devolver la chavinda que te arranqué del ciruelo.

Nola.

–Sila.

–¿Eres el diablo de Las Estancias? ¡Cómo estás de crecido! Hasta de barba y patillas andas. Los cuernos los tienes más largos.

Quería darte también las gracias por el arroz, que estuvo muy bueno.

Regular parches, mija, La Negra, sabe darle el punto. ¿Cómo te ha ido?

Bien, estoy de meritorio con mi papá.

Tú ya tienes carrera, jodidos nosotros en la cooperativa, donde se roban la lana muy seguido.

Vengo a sacarte de este rumbo, porque supe que andabas perdido. Tu compadre y tu sobrino ya se fueron.

Ando nortiado nomás, perdido todavía no.

Pues si quieres te dejo aquí…

Nooooooooo.

Qué jalada le di a Petronio. Todavía no li hablo después de esa bromota que me hizo. ¿A mi compadre qué? Nomás ya no lo convido a la cantina de Polanco. Ni este piojillo ni el del año que viene voy a convidarlo. Que se joda.

–¿No me lo quieren creer? Pregúntenle al difunto Gavica.

 

(Tomado de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)

 

El episodio Kugelmass

Woody Allen

 

El profesor Kugelmass, quien dictaba clases de humanidades en el City College, estaba infelizmente casado por segunda vez. Su esposa, Dafne Kugelmass, era una idiota. Él también tenía dos hijos tontos de su primera esposa, Flo, y estaba hasta el cuello de deudas ocasionadas por los costos de la separación y manutención de los niños.

“¿Acaso yo sabía que las cosas iban a salir tan mal?”, se lamentó un día Kugelmass dirigiéndose a su analista. “Dafne era muy prometedora. ¿Quién podría sospechar que ella iba a abandonarse y a engordar como tonel? Además, ella tenía algunos dolarillos, lo que no es –por supuesto– razón suficiente para contraer nupcias pero tampoco viene mal, teniendo en cuenta los problemas operativos que tengo. ¿Entiende lo que le digo?”

Kugelmass era calvo y tan peludo como un oso, pero tenía un gran corazón.

“Tengo que buscarme otra mujer”, agregó. “Necesito tener un affaire. Es posible que no sea un buen partido pero soy un hombre que necesita vivir un romance. Necesito sentir ternura, coquetear con alguien. Estoy envejeciendo y por ello es muy tarde para sentir el deseo de hacer el amor en Venecia, burlarse el uno del otro en el ‘21’ e intercambiar miradas tímidas sobre una copa de vino tinto a la luz de las velas. ¿Entiende lo que le digo?’’

El Dr. Mandel se movió en la silla y dijo: “No resolverá nada con una aventura amorosa. Usted es muy poco realista. Sus problemas son mucho más graves”.

“Debo tener una relación muy discreta”, seguía pensando en voz alta Kugelmass. “No puedo darme el lujo de divorciarme por segunda vez. Dafne me lo echaría en cara. Sin embargo, no puede ser con nadie del City College porque Dafne también trabaja allí. De hecho, ninguna profesora de esa universidad vale gran cosa; sin embargo, alguna de las estudiantes… ayúdeme. Anoche tuve un sueño. Estaba en una pradera y de pronto me puse a saltar con una cesta de comida y la cesta tenía un letrero que rezaba Opciones. Luego me di cuenta de que la cesta tenía un agujero”.

“Sr. Kugelmass, lo peor que puede hacer es representar de esa forma sus inhibiciones. Usted debe limitarse a expresar sus sentimientos para que los analicemos en conjunto. Usted ha estado en tratamiento el tiempo suficiente como para saber que no hay remedios instantáneos. Después de todo, soy un analista, no un mago”.

“Entonces, tal vez lo que necesite sea un mago”, dijo Kugelmass, levantándose de su asiento. Y con ello puso fin a su terapia.

 

***

Algunas semanas después, Kugelmass y Dafne se hallaban deprimidos en su apartamento como dos viejos muebles. De pronto, sonó el teléfono. Era de noche.

“Yo atiendo”, dijo Kugelmass. “Hola”.

¨¿Kugelmass?”, se oyó al otro lado del teléfono. “Kugelmass, le habla Persky”.

“¿Quién?”

“Persky, ¿o debería decir ‘El Gran Persky’?”

“¿Perdón?”

“He sabido que anda en búsqueda de un mago que le dé una nota exótica a su vida. ¿No es así?”

“¡Shhhh!”, susurró Kugelmass. “No cuelgue. ¿De dónde llama, Sr. Persky?”

Al día siguiente, por la tarde, Kugelmass subió por las escaleras de un decrépito edificio de departamentos situado en el área de Bushwick, Brooklyn. Aguzando la mirada para romper la oscuridad del pasillo, Kugelmass finalmente encontró la puerta que buscaba y tocó el timbre.

“Voy a lamentarlo”, pensó para sí. Segundos después era recibido por un hombre pequeño, delgado, con una mirada vidriosa. “¿Usted es Persky, el Grande?”, dijo Kugelmass.

“El Gran Persky. ¿Quiere una tasa de té?”

“No. Quiero vivir un romance. Quiero sentir la música, el amor y la belleza”.

“Pero no quiere tomar té. ¿Ah? Es raro. Muy bien, tome asiento”.

Persky se paró y fue al cuarto de atrás. Kugelmass oyó un movimiento de cajas y muebles. Persky reapareció, empujando un objeto de gran tamaño montado sobre unos patines con las ruedas chirriantes. Persky quitó algunos viejos pañuelos de seda que se encontraban en la parte superior y los sopló para quitarle el polvo. Se trataba de un armario chino mal laqueado y de tosca apariencia.

“Persky”, ¿qué se trae entre manos?”, preguntó Kugelmass.

“Preste atención”, le respondió Persky. “Esto va a producir un bello efecto. Lo diseñé el año pasado para una ceremonia de los Caballeros de Pitia, pero el acto se suspendió por falta de público. Entre en el mueble”.

“¿Por qué? ¿Acaso va a atravesarlo con un montón de espadas o algo así?

“¿Usted ve alguna espada?”

Kugelmass puso cara de circunstancias y lanzando un gruñido se introdujo en el armario. El profesor no pudo evitar observar varias imitaciones de diamante de mala calidad pegadas en la madera contrachapada justo frente a su cara. “Esto es un chiste de mal gusto”, dijo.

“Tiene algo de broma. Bien, oiga lo que le voy a decir. Si lanzo una novela al interior del armario en el que usted se encuentra, cierro las puertas y toco tres veces, usted se verá proyectado en ese libro”.

Kugelmass hizo un gesto de incredulidad.

“Es mi varita mágica”, dijo Perksy. “Mi contacto con Dios. No sólo funciona con novelas. Puede ser un cuento, una obra de teatro, un poema. Podrá conocer algunas de las mujeres creadas por los mejores escritores del mundo. Sea cual fuere la mujer de sus sueños. Podrá hacer todo lo que desee como un verdadero triunfador. Luego, cuando haya vivido suficientes experiencias, pega un grito y volverá aquí al instante”.

“Persky, ¿Usted está enfermo?”

“Le estoy diciendo que todo estará bien”, expresó Persky.

Kugelmass mantuvo su escepticismo. “¿Lo que usted me quiere decir es que este cajón casero me puede transportar tal y como usted me lo ha descrito?”

“Por apenas 20 dólares”.

Kugelmass buscó su billetera. “Ver para creer”, dijo.

Persky guardó los billetes en sus bolsillos y se dirigió a su biblioteca ¿A quién desea conocer? ¿A la Hermana Carrie? ¿Hester Prynne? ¿Ofelia? ¿Tal vez a algún personaje de Saul Bellow? ¿Qué le parece un encuentro con Temple Drake? Aunque para un hombre de su edad, ella sería una prueba muy difícil”.

“A una francesa. Quiero tener un affaire con una amante francesa”

“¿Nana?”

“No quiero tener que pagar por ello”.

“¿Qué le parece Natacha, de Guerra y Paz?”

“Le dije que una francesa. ¡Ya sé! ¿Qué le parece Emma Bovary? Me parece perfecta”.

“Muy bien, Kugelmass. Pegue un grito cuando esté harto”.

Persky introdujo en el armario una edición rústica de la novela de Flaubert.

“¿Está seguro de que esto no implica ningún riesgo?”, preguntó Kugelmass mientras Persky comenzaba a cerrar las puertas del armario.

“Seguro. ¿Hay algo seguro en este mundo tan loco?” Persky tocó tres veces el armario y luego abrió de par en par las puertas.

 

***

Kugelmass se había ido. En ese mismo instante, apareció en el dormitorio de la casa de Charles y Emma Bovary en Yonville. Ante él se hallaba una hermosa mujer, de pie y dándole la espalda a Kugelmass mientras doblaba la lencería. No puedo creerlo, pensó Kugelmass, mirando a la cautivadora esposa del doctor. Esto es algo sobrenatural. Estoy aquí junto a ella.

Emma se volteó sorprendida. “Dios mío, me asustó”, expresó. “¿Quién es usted?” Emma habló en perfecto inglés como la traducción que aparecía en la edición rústica de Persky.

Esto es increíble, pensó Kugelmass. Luego, dándose cuenta de que era a él a quien ella se había dirigido, respondió: “Disculpe. Soy Sidney Kugelmass, del City College. Soy profesor de Humanidades en una universidad neoyorquina, situada en las afueras de la ciudad. Yo… ¡no puedo creerlo!”

Emma Bovary sonrió con coquetería y le preguntó: “¿Desea tomar algo? ¿Tal vez una copa de vino?”

Es hermosa, pensó Kugelmass. ¡Qué diferencia con el troglodita con el que comparte la cama! Sintió un impulso repentino de tener entre sus brazos esta visión y decirle que era el tipo de mujer con el que había soñado toda su vida.

“Sí, un poco de vino”, contestó con voz ronca. “Blanco. No, tinto. No, blanco. Una copa de vino blanco”.

“Charles estará fuera todo el día”, expresó Emma, con voz insinuante.

Después del vino, fueron a dar un paseo por la encantadora campiña francesa. “Yo siempre había soñado con un misterioso extranjero que aparecería y me rescataría de la monotonía de esta aburrida existencia rural”, le confesó Emma, tomando su mano. Pasaron frente a una pequeña iglesia. “Me encanta la ropa que llevas puesta”, murmuró. “Nunca había visto un traje como ese. Es tan… tan moderno”.

“Lo llaman traje informal”, le explicó Kugelmass con voz romántica. “Estaba en oferta”. De pronto, la besó. Durante más de una hora, estuvieron recostados bajo un árbol, susurrándose frases al oído y expresándose ideas profundamente significativas con sus miradas. Luego, Kugelmass se incorporó. Acababa de recordar que tenía que encontrarse con Dafne en Bloomingdale’s. “Debo irme”, le dijo. “Pero no te preocupes, volveré”.

“Eso espero”, le dijo Emma.

Kugelmass le dio un abrazo apasionado y los dos caminaron de vuelta a casa. Acunó el rostro de Emma en las palmas de sus manos, la besó de nuevo y gritó: “Ya está bien, Persky”. Tengo que estar en Bloomingdale’s a las tres y media”.

Se produjo un ruido seco y Kugelmass volvió a Brooklyn.

 

***

“¿Y entonces? ¿Le mentí?, preguntó Persky, triunfante.

“Persky, se me hace tarde para encontrarme con mi mujer en la avenida Lexington. Pero, ¿cuándo puedo volver a viajar? ¿Mañana?”

“Seguro. Sólo debe traer 20 dólares. Y no le mencione esto a nadie”.

“Por supuesto. Nada más llamaré a Rupert Murdoch”.

Kugelmass tomó un taxi que enfiló hacia la ciudad. Su corazón latía desenfrenadamente. Estoy enamorado, pensó, y tengo en mi poder un secreto maravilloso. Lo que él no se había dado cuenta era que en ese mismo momento los estudiantes de varios salones de clase del país le estaban preguntando a sus profesores: “¿Quién es ese personaje que aparece en la página 100? ¿Un judío calvo está besando a Madame Bovary?” Un profesor de Sioux Falls, Dakota del Sur, suspiró y pensó: “Dios mío, las cosas que se les ocurren a estos muchachos. Eso es culpa de la mariguana y de la coca”.

Dafne Kugelmass se encontraba en el departamento de accesorios para baños en Bloomingdale’s cuando Kugelmass llegó jadeando. “¿Dónde te habías metido?”, preguntó molesta. “Son las cuatro y media”.

“Había mucho tráfico en la calle”, se excusó Kugelmass.

 

***

Al día siguiente, Kugelmass fue a visitar a Persky y a los pocos minutos había vuelto a viajar mágicamente a Yonville. Emma no pudo ocultar su emoción al verlo. Pasaron varias horas juntos, riendo y conversando sobre sus vidas. Antes de que Kugelmass partiera, hicieron el amor. “¡Dios mío, me acosté con Madame Bovary!” dijo entre dientes. “Yo, a quien reprobaron en francés en primer año”.

Transcurrieron los meses y Kugelmass fue a visitar a Persky en muchas oportunidades y desarrolló una íntima y apasionada relación con Emma Bovary. “Asegúrese de que siempre entre al libro antes de la página 120”, le dijo un día Kugelmass al mago. “Siempre tengo que encontrarme con ella antes de que Emma entre en contacto con el personaje de Rodolphe”.

“¿Por qué? ¿Acaso no puedes ganarle?”

“¿Ganarle?”. Él pertenece a la aristocracia provinciana. Esos tipos no tienen nada mejor que hacer que flirtear con las mujeres y montar a caballo. Podríamos decir que él es uno de esos rostros que aparece en la revista Women’s Wear Daily, con un corte de pelo al estilo Helmut Berger. Sin embargo, para Emma es un galán irresistible”.

“¿Y su esposo no sospecha nada?”

“Él no sabe ni dónde está parado. Es un paramédico mediocre que comparte su vida con una bailarina. Siempre está listo para acostarse a las diez mientras ella se pone sus zapatillas de baile. Bueno… nos vemos luego”.

Kugelmass entró al armario y pasó instantáneamente a la casa de los Bovary en Yonville. “¿Cómo te va, mi adorada?”, le dijo a Emma.

“¡Oh, Kugelmass!”, susurró Emma. “Las cosas que tengo que soportar. Anoche mientras cenaba, el Sr. Personalidad se adormeció mientras comíamos el postre. Le estaba expresando todos mis sentimientos sobre Maxim’s y el ballet e inesperadamente oí un ronquido”.

“No te preocupes, mi amor. Estoy aquí contigo”, le dijo Kugelmass, abrazándola. Me he ganado esto a pulso, pensó, mientras olía el perfume francés de Emma y hundía su nariz en el cabello de su amada. He sufrido mucho. He gastado mucho dinero en analistas. He buscado hasta el cansancio. Ella es joven y núbil y yo estoy aquí, algunas páginas después de Léon y poco antes de Rodolphe. Como he aparecido en los capítulos adecuados, he podido manejar perfectamente la situación.

De hecho, Emma irradiaba tanta felicidad como Kugelmass. Ella estaba ansiosa de emociones y los relatos que Kugelmass le contaba sobre la vida nocturna de Broadway, los automóviles veloces y las estrellas de la televisión y de Hollywood, embelesaban a la preciosa joven francesa.

“Dime algo sobre O. J. Simpson”, le imploró una noche, mientras ella y Kugelmass paseaban cerca de la abadía de Bournisien.

“¿Qué te puedo decir? Es un gran atleta. Ha establecido una gran cantidad de marcas como corredor de futbol americano. Tiene un gran movimiento. Es muy difícil tocarlo”.

“¿Y qué me dices de los premios de la Academia?”, preguntó Emma con melancolía. “Daría cualquier cosa por ganarme un Oscar”.

“Antes que nada debes recibir una nominación”.

“Ya lo sé. Tú me lo explicaste. Pero estoy convencida de que puedo actuar. Por supuesto, quisiera tomar algunas clases. Tal vez con Strasberg. Luego, si tuviera el agente adecuado…”.

“Ya veremos, ya veremos. Hablaré con Persky”.

Esa noche, luego de haber regresado a salvo al apartamento del mago, Kugelmass le propuso la idea de traerse consigo a Emma para que visitara la Gran Manzana.

“Déjeme pensarlo”, le dijo Persky. “Tal vez pudiera hacer algo al respecto. Han ocurrido cosas más extrañas”. Desde luego, a ninguno de ellos se le vino a la cabeza ninguna.

“¿Dónde diablos has estado metido todo este tiempo?”, le gritó Dafne Kugelmass a su marido cuando él volvió tarde a su casa. “¿Tienes una madriguera en la que te emborrachas a escondidas?”

“Sí, claro. Soy un borracho”, contestó Kugelmass con tono de desgano. “Estaba con Leonard Popkin. Estábamos discutiendo sobre la agricultura socialista en Polonia. Tú conoces muy bien a Popkin. Es un fanático del tema”.

“Has estado muy raro en los últimos tiempos”, comentó Dafne. “Distante. Tú no te olvidas del cumpleaños de mi padre. Es el sábado, ¿no?”

“Sí, claro”, contestó Kugelmass, dirigiéndose al baño.

“Irá toda mi familia. Podremos ver a los mellizos. Y al primo Hamish. Deberías ser más amable con el primo Hamish. Le caes bien”.

“Sí, los morochos”, dijo Kugelmass, cerrando la puerta del baño y apagando con ello la voz de su mujer. El profesor se apoyó en la puerta, y respiró hondo. En pocas horas, se dijo a sí mismo, volvería a Yonville, para estar con su amada. Y en esta oportunidad, si todo salía de acuerdo a lo previsto, se traería a Emma consigo.

 

***

A las 3:15 p.m. del día siguiente, Persky volvió a realizar su acto de magia. Kugelmass se apareció ante Emma, sonriente y ansioso. Ambos pasaron varias horas en Yonville con Binet y luego se montaron en el carruaje de los Bovary. Siguiendo las instrucciones de Persky, se abrazaron con fuerza, cerraron sus ojos y contaron hasta diez. Cuando los abrieron, el carruaje estaba cerca de la puerta lateral del Hotel Plaza, en donde Kugelmass había reservado ese mismo día y con un gran optimismo, una suite.

“¡Me encanta!, es tal y como lo había soñado”, dijo Emma mientras daba saltos de alegría por la habitación y veía la ciudad desde su ventana. “Allí está Schwarz. Y allá veo el Central Park y ¿cuál es Sherry? Ah, allí está. ¡Es maravilloso!

En la cama había varias cajas de Halston y Saint Laurent. Emma abrió una de ellas y sacó un par de pantalones de terciopelo negro que puso delante de su perfecto cuerpo.

“Esos pantalones son de Ralph Lauren”, dijo Kugelmass. “Te verás estupenda. Anda, cariño. Dame un beso”.

“Nunca había estado tan feliz”, gritó Emma mientras se paraba frente al espejo. “Vamos a pasear por la ciudad. Quiero ir a ver el musical Chorus Line, visitar el Guggenheim y ver el personaje de Jack Nicholson del que siempre me has hablado. ¿Están presentando alguna de sus películas?”

“No puedo entender lo que está pasando”, expresó un profesor de Stanford. “En primer lugar, aparece un extraño personaje llamado Kugelmass y ahora ella ha desaparecido de la obra. Supongo que la principal característica de una obra clásica es que uno puede releerla mil veces y siempre hallar algo nuevo”.

 

***

Los amantes pasaron un dichoso fin de semana. Kugelmass le había dicho a Dafne que él iba a participar en un simposio en Boston y que regresaría el lunes. Saboreando cada momento, Kugelmass y Emma fueron al cine, cenaron en Chinatown, pasaron dos horas en una discoteca y se acostaron viendo una película en la televisión. El domingo durmieron hasta el mediodía, visitaron el SoHo, y miraron de soslayo a un grupo de celebridades que estaban en Elaine’s. Comieron caviar y bebieron champagne en su suite el domingo por la noche, y conversaron hasta el amanecer. Esa mañana en el taxi que los llevaba al apartamento de Persky, Kugelmass pensó que era una cosa de locos pero valía la pena vivirla. No puedo traerla muy a menudo, pero el tenerla en Nueva York de vez en cuando representará un cambio significativo con respecto a Yonville.

En casa de Persky, Emma se introdujo en el armario, arregló sus nuevas cajas de ropa y le dio un tierno beso a Kugelmass. “Este será mi lugar la próxima ocasión”, dijo con un guiño. Persky tocó tres veces el armario, pero no ocurrió nada.

“Este…”, dijo Persky, rascándose la cabeza. Tocó el mueble de nuevo, pero la magia no resultó. “Algo está funcionando mal”, masculló.

“Persky, estás bromeando”, gritó Kugelmass. “¡Cómo es posible que no funcione?”.

“Tranquilícese. ¿Estás todavía ahí adentro, Emma?

“Sí”.

Persky golpeó el mueble, esta vez con más fuerza.

“Todavía estoy aquí, Persky”.

“Ya lo sé, querida. No te muevas”.

“Persky, tenemos que hacerla volver”, susurró Kugelmass. “Soy un hombre casado, y tengo clase en tres horas. En estos momentos sólo estoy preparado para un affair muy discreto”.

“No puedo entender lo que está ocurriendo”, murmuró Persky. “Es un truco tan sencillo y confiable”.

Sin embargo, no pudo hacer nada. “Esto me va a tomar algún tiempo”, le dijo a Kugelmass. “Voy a desarmar el mueble. Lo llamaré luego”.

Kugelmass lanzó a Emma dentro de un taxi y la llevó de vuelta al Plaza. Apenas pudo llegar a tiempo a su clase. Todo el día estuvo llamando por teléfono a Persky y a su amante. El mago le dijo que tal vez tendrían que pasar algunos días antes de que pudiera llegar al fondo del problema.

“¿Cómo te fue en el simposio?”, le preguntó Dafne esa noche.

“Muy bien, muy bien”, le contestó el esposo, encendiendo la colilla de un cigarro.

“¿Qué te pasa? Estás sumamente tenso”.

“¿Yo? ¡Ja, ja!, eso es un chiste. Estoy tan tranquilo como una noche de verano. Voy a salir a dar un paseo”. Cerró con cuidado la puerta, llamó un taxi que lo llevó al Plaza.

“Estoy en problemas”, dijo Emma. “Charles me extrañará”.

“Ten paciencia, cariño”, le dijo Kugelmass. Estaba pálido y sudoroso. La besó de nuevo, corrió hacia el ascensor, llamó desesperadamente a Persky desde una cabina telefónica en la recepción del Plaza y llegó a su casa poco antes de la medianoche.

“Según Popkin, los precios de la cebada en Cracovia no habían mostrado tanta estabilidad desde 1971”, le dijo a Dafne mientras esbozaba una sonrisa y se acostaba junto a ella.

 

***

Toda la semana transcurrió igual. El viernes por la noche, Kugelmass le dijo a Dafne que iba a participar en otra conferencia, esta vez en Syracuse. Salió disparado al Plaza, pero el segundo fin de semana no se asemejó en nada al primero. “Llévame de vuelta a la novela o cásate conmigo”, le dijo Emma a Kugelmass. “Mientras tanto, quiero conseguir un trabajo o estudiar porque estoy harta de ver televisión todo el día”.

“Me parece bien. Podremos utilizar el dinero”, le dijo Kugelmass. “Estás gastando una fortuna pidiendo servicio a la habitación del hotel”.

“Ayer conocí a un productor de Off Broadway en el Central Park y me dijo que podría encajar a la perfección en un proyecto que está realizando”, dijo Emma.

“¿Quién es ese payaso?”, le preguntó Kugelmass.

“No es un payaso. Es un hombre sensible, amable y lindo. Se llama Jeff… algo y es candidato a un premio Tony”.

Esa misma tarde, Kugelmass fue a visitar a Persky en estado de ebriedad.

“Cálmese”, le dijo el mago. “Puede enfermarse de las coronarias”.

“¿Tranquilizarme?, ¿Cómo me voy a calmar si tengo a un personaje de ficción escondido en un hotel y creo que mi esposa me está siguiendo con un detective privado?”

“Está bien. Sé que estamos metidos en un problema”, Persky se arrastró bajo el mueble y comenzó a golpear algo con una llave inglesa.

“Parezco un animal salvaje”, prosiguió Kugelmass. “Ando a escondidas por toda la ciudad y Emma y yo estamos hartos de la relación. Por no hablar de la cuenta del hotel que ya se parece al presupuesto de defensa”.

“¿Qué puedo hacer? Así es el mundo de la magia”, masculló Persky. “Todo es cuestión de matices”.

“Matices, un carajo. Esta muchachita lo único que consume es Dom Perignon y caviar. A eso hay que sumarle su vestuario, la inscripción en el Neighborhood Playhouse y un portafolios con fotos profesionales. Además de eso, Persky, el profesor Fivish Popkind, que enseña Literatura Comparada y siempre ha estado celoso de mí, me identificó como el personaje que aparece esporádicamente en el libro de Flaubert. Me ha amenazado con que le va a contar todo a Dafne. Ya me veo arruinado, pagándole la pensión alimentaria a mi mujer, y en la cárcel. Por el pecado de adulterio con Madame Bovary, mi esposa me convertirá en un mendigo.

“¿Qué quiere que le diga?” Estoy trabajando día y noche para resolver el problema. En lo que respecta a su angustia, no puedo hacer nada por usted. Soy un mago, no un sicoanalista”.

El domingo por la tarde, Emma se había encerrado en el baño y se negaba a responder a los ruegos de Kugelmass. El atribulado profesor miró la ventana del edificio Wollman Rink y contempló la posibilidad de suicidarse. “Lo malo es que me encuentro en un piso muy bajo”, pensó; “de no ser por ello, me lanzaría en el acto. También podría huir a Europa y comenzar una nueva vida… Tal vez podría vender el International Herald Tribune como lo solían hacer esas muchachas”.

En ese momento sonó el teléfono y Kugelmass lo llevó mecánicamente a su oído.

“Traiga a Emma”, dijo Persky. “Creo que reparé el defecto que tenía el mueble”.

El corazón de Kugelmass estuvo a punto de detenerse. “¿Está hablando en serio?”, le dijo “¿Logró arreglarlo?”

“Tenía un problema en la transmisión. ¿Quién se lo iba a imaginar?”

“Persky, usted es un genio. Estaremos allí en un minuto. En menos de un minuto”.

Una vez más, los amantes corrieron al apartamento del mago y de nuevo Emma Bovary se introdujo en el armario con sus cajas. En esta oportunidad no hubo besos. Persky cerró las puertas, respiró fuertemente y tocó la caja tres veces. Se produjo el ruido habitual y cuando Persky echó un vistazo al interior el mueble estaba vacío. Madame Bovary había regresado a su novela. Kugelmass exhaló un suspiro de alivio y estrechó efusivamente la mano del mago.

“Se acabó”, dijo. “Aprendí la lección. Nunca volveré a faltarle a mi mujer. Se lo juro”. Estrechó de nuevo la mano de Persky e hizo la promesa mental de que le iba a enviar un corbatín.

 

***

Tres semanas después, al terminar una bella tarde de primavera, Persky escuchó el timbre y abrió la puerta. Era Kugelmass, con una expresión avergonzada en el rostro.

“Está bien, Kugelmass, ¿adónde quiere ir ahora?”

“Sólo una vez más”, indicó Kugelmass. “El tiempo es tan encantador y yo sigo envejeciendo. Persky, ¿usted leyó el libro La Denuncia, de Portnoy. ¿Recuerda el personaje del Mono?

“Ahora el precio es 25 dólares, ya que el costo de la vida ha aumentado. Sin embargo, la primera vez podrá ir gratis, debido a todos los problemas que le causé”.

“Usted sí es buena gente”, le dijo Kugelmass, mientras se peinaba los pocos cabellos que le quedaban y entraba en el armario. ¿Está funcionando bien?”

“Eso espero. Sin embargo, no lo he probado mucho desde que ocurrió todo ese desastre”. “Sexo y romance”, dijo Kugelmass desde el interior del armario. “Lo que uno tiene que hacer por una cara bonita”.

Persky lanzó al interior un ejemplar de El mal de Portnoy y tocó tres veces la caja. En esta oportunidad, en lugar de hacer un ruido seco, se produjo una ligera explosión, seguida por una serie de chisporroteos y una lluvia de centellas. Persky saltó hacia atrás, sufrió un ataque cardíaco y cayó muerto. El mueble se incendió y, al final, se quemó todo el apartamento.

Kugelmass, que no tenía conocimiento de esta catástrofe, también estaba en aprietos. Él no había ido a parar al libro El mal de Portnoy ni a ninguna otra novela sobre el mismo tema. El profesor había sido proyectado a un viejo libro de texto llamado Curso básico de francés y estaba corriendo sobre un terreno árido y pedregoso para salvar su vida mientras la palabra tener, un verbo peludo e irregular, corría tras él gracias a sus larguiruchas piernas.

 

(Tomado de www.tallermecontasunahistoriadale.blogspot.com)