domingo, 25 de enero de 2026

Cosmos

Gilma Luque

 

Quien ama a dios no puede esperar
que dios le corresponda

Baruch Spinoza

 

El cuerpo pende de las vigas proyectando una sombra que ella intenta atrapar. La madre siempre está haciendo espectáculos. Esa mañana, después de perseguir la sombra, vencida, se deja caer justo debajo del cuerpo de Darío y lo mira con la desesperación de quien sabe que el tiempo no tiene retorno. El hombre juega a ser la aguja de un péndulo, rodeado de abejas, eso piensa el niño de las moscas que en círculos revolotean alrededor del cuerpo de su padre.

 

Entra al autobús en los brazos de su madre. La oscuridad del lugar sólo le permite ver siluetas, para él todos los pasajeros son el ropavejero. Tiene cuatro años y una lista infinita de terrores. Abraza a su madre con fuerza. Ella lo separa. Me lastimas, Cosmos, duerme. No puede dormir porque su madre ha llorado, porque el camino pasa oscuro y rayado por ventana, porque se escuchan murmullos, voces de personas o animales, eso piensa el niño. Tiene frío. Abraza a su madre, ella se deja mirando la oscuridad. El camión huele a fruta agria. Un señor tose sin descanso, el sonido hace eco, choca contra las ventanas como si fuera un ejército de palomillas. Cosmos no quiere bajar los pies, cree que hay serpientes bajo el asiento. Esa idea crece en su cabeza, y entonces ellas andan por todo el piso, se arrastran. Su madre llora en silencio porque un hombre de pelo largo y cano le gritó que había sido culpa suya. Después la calle fría como una continuación de los insectos y la noche.

Cosmos necesita orinar, ha pasado mucho tiempo, tanto que el paisaje tiene un poco de rosa también rayoneado que aparece y desaparece entre las muchas curvas del camino. Morir es algo en lo que no debería pensar un niño, pero él se lo imagina a menudo, esta vez que el camión se voltea, se ve a sí mismo muerto, él es un muerto que lo mira todo desde una nube por siempre, esas dos palabras le dan más miedo que el viejo del costal, las serpientes y las abejas que custodian a su padre, “por siempre” le aterra porque no lo puede comprender. Cree que se aburriría de la nube y de lo que pasa en la tierra. Se lo dijo a su madre cuando murió Ballena, su pez. Él está en el cielo. ¿Sin agua? Eso ya no importa, ¿o sí? Desde ahí te mirará “por siempre”. ¿Toda la vida, siempre siempre siempre? Sí. ¿Sin agua? Sí. Siempre se le hace algo cansado y no comprende cómo es que el niño Jesús lo logra. Necesita ir al baño. No se atreve a arrastrarse por el piso a causa de las serpientes. Su madre se ha quedado dormida y por más que él la llama ella no despierta. Cosmos se orina en los pantalones, siente un calor que lo reconforta, pues el aire acondicionado del autobús le congela el cuerpo, pero el calor de la orina pronto se convierte en hielo también. El color pálido en la distancia se parece cada vez más al sol. Teme ver el cuerpo que pende cuando el sol aparece. Cosmos no quiere que su madre despierte hasta que su ropa esté seca, pero ese sol está ahí entre las montañas que lo llenan todo, entre las nubes, iluminando cada árbol. Cosmos cierra los ojos, pero el sol traspasa sus párpados, lo invade. Han llegado a Huatusco.

 

La casa de los abuelos tiene un pórtico lleno de plantas e insectos que revolotean y se enredan entre las hojas y sus ramas. El niño mete su cabeza entre la larga cabellera de su madre, es una cueva, un refugio contra el terror a los seres alados. Los rizos de su madre esa misma noche desaparecerán. Talía no ha dejado de llorar y Cosmos no quiere separarse de ella a pesar de que el abuelo le ha dicho jala en paz, ya está mejor. Ven vamos a dar de comer a los pájaros. La abuela mira todo desde la cocina. Cosmos se acostumbra pronto a los ojos negros de su abuela, a ese poder que tiene de mirar a través de los muros, de mirar desde donde sea que se encuentre. Eso cree él.

Cosmos está cansado de contar hormigas. El abuelo no le permite matarlas, las sacará del baño, se lo promete, pero le pide que las cuente para que no se les vaya a escapar ninguna. Después del pórtico su madre caminó hacia el baño y no ha querido salir de ahí, tiene la cara roja. Una, dos, tres, cuatro… le parece que es mejor hacer grupos, pero se confunde, están ahí todas, rojas, de un lado para otro. Cosmos mata algunas y las esconde para no tener que contarlas, no puede con tantas, no se sabe tantos números. El sueño lo invade, llega de pronto. ¿Los sueños tienen alas? Su madre lo ignora, saca unas tijeras de un cajón donde había hilos, agujas y botones de todos tamaños y colores, una canica que Cosmos observa maravillado, un cajón en el que también hay hormigas. Talía se tasajea los rulos desde la raíz. Cosmos los mira caer uno a uno haciendo círculos, le parecería hermoso verlos volar si no fuera porque su madre grita como si el cabello le doliera. El niño no se atreve a decir nada. Recoge todos los rizos que puede, los huele. La abuela llega con una escoba y barre el resto. Todo pasará, se dirige a su hija que está junto a Cosmos, sobre las hormigas. Una que otra escapa de entre sus piernas: una, dos, tres, cuatro… cuenta el niño. El abuelo no regresa como se lo prometió.

La noche es larga, las serpientes del autobús los siguieron hasta la casa de los abuelos, ahora están bajo la cama que comparte con su madre quien duerme sin cabello, duerme profundamente después del té que le preparó la abuela. Las estrellas ocupan todo el cielo. Él no puede dormir porque se siente lejos. Porque no tiene frío, porque el olor de su madre le inunda el rostro.

 

Los gallos despiertan a Cosmos, su madre no está en la cama y una angustia inmensa se apodera de él, ¿y si ya no la vuelve a ver jamás? ¿Y si murió mientras dormía? Se avienta de la cama, por el día no hay serpientes, sólo hormigas, se arrastra hasta la ventana y la abre, el viento es húmedo, las nubes no sólo están en el cielo sino en todas partes. La neblina de Huatusco lo embelesa. Piensa que será más complicado encontrar a su madre entre tanta nube. Arrastrándose por el piso frío, en calzones, va hasta la cocina, cruza el patio, se raspa con la tierra, llora lo que él supone una pérdida terrible.

La abuela cocina, nunca duerme. Sobre la mesa hay fruta y leche, también pan. Ahí está su madre tusada y seria.

–Te vas a enfermar, criatura –dice la abuela cuando lo ve en el piso con la cara sucia de tierra y lágrimas. Lo cubre con un mantel y lo levanta hasta una silla. Le acerca un vaso de leche. Cosmos mira a su madre que sigue mirando la oscuridad aunque el sol inunde la cocina, ilumine el pan que el niño devora, ilumine el cuerpo de su padre, que él imagina en movimiento perpetuo. Escucha las abejas, al menos diez rondan los bizcochos. Cosmos preferiría que no estuvieran ahí, comienza a sudar a pesar del frío del amanecer, el mantel de la abuela le pesa. No puede correr, nunca lo ha hecho, además no quiere que su madre sepa que él tiene miedo, ya le ha dicho que las abejas sólo hacen su trabajo, que no quiere un hijo cobarde. Su padre está ahí creando intermitencias. Los mira. Talía no puede verlo. La abuela sin dejar de hacer cosas con el fuego dice:

Todo estará bien. Tu cabello tardará en crecer, pero lo hará.

Darío acaricia la cabeza de Talía como si ella fuera una niña pequeña, más pequeña que Cosmos, al cual ignora. Las abejas no dejan de hacer ese ruido y el corazón del niño golpea como martillo. La abuela lo nota y le dice que necesita abrigarse, que un mantel de verano no es suficiente; espanta a las abejas que tras un solo manotazo vuelan a otro sitio, al menos hasta que ellos cruzan la puerta que da al patio, que da al frío. Cosmos quiere quedarse con su madre, pero le aterra Darío y sus manos largas.

Juega, criatura, que en un rato viene tu madre por ti.

Cosmos mira desde la ventana del cuarto al abuelo caminar lentamente con sus manos entrelazadas en la espalda, el abuelo mira al piso y de vez en cuando recoge algo que guarda en los bolsillos de su chaqueta gris. Camina, saca lo que ha guardado y lo contempla por largo rato. Eso debe ser parte de un tesoro, para Cosmos. Las abejas han quedado atrás pero el martilleo continúa, ahora en su panza, vomita la leche y el pan, las hormigas prestas invaden lo que hay en el piso. Ése es el juego, mirar a las hormigas volver rojo los restos de comida. El abuelo le pregunta a Cosmos su edad, no le da la mano, el niño va con su paso lento tras él. Trae las férulas que incrementan el dolor de sus pies, prefiere no hablar, se concentra en sus pasos, y las huellas que deja en la tierra no son como las del abuelo, las de él se alargan, parecen una sola pisada. El abuelo le dice que va a llover, que si sabe cómo se hace la lluvia. Cosmos niega con la cabeza y sigue mirando al piso. Las hormigas se han quedado atrás, todas viven en casa de los abuelos, las más grandes en el pasillo que lleva a los cuartos del fondo, un pasillo oscuro aun de día. Le han dado una linterna para que ilumine el piso cuando tenga que pasar por ahí, la linterna hace que las hormigas aparezcan.

Si continúas mirando el piso nunca vas a entender la lluvia.

Cosmos no despega los ojos de sus pasos, por ahora prefiere pensar en las hormigas que en la lluvia.

Tendrías que ver las nubes. No falta mucho para que se caigan.

 

Cosmos cosmos cosmos su nombre significa universo, eso dice su abuelo y él lo sabe todo. Le dice también que las estrellas que ve ya no existen. ¿Cómo no van a existir si yo las veo? No, lo que ves es el resplandor que dejaron hace millones de años. ¿Y yo existo o soy como las estrellas? Tú eres real. El niño las mira. El sol es una estrella, se ve pequeño porque está muy lejos. El sol se va a morir, le dice su abuelo. Cosmos piensa en el frío, todo se va a llenar de nieve y siempre siempre va a ser de noche. Los gallos van a desaparecer, y los animales van a estar dormidos sin descanso, lo mismo Pato, la gallina blanca y sucia de su abuelo, esa gallina parece un perro que lo sigue a todos lados, es vieja, se llama Pato porque parpa. La luna no es una estrella, continúa el anciano, no es de fuego, es una roca.

Cosmos no puede dormir esa noche, su madre duerme como cada noche, plácidamente gracias al té que le ha hecho la abuela. Cosmos preferiría dormir con ella pero su abuela lo abraza y le cuenta historias. Jesús vive en el cielo, se esconde detrás de las nubes, dice la abuela con un hilo de voz. ¿Y cuando no hay nubes en dónde está Jesús? Está en todos lados, en todos. ¿Eso es posible, abuela? Claro que sí. ¿Y en dónde duerme? No duerme jamás. ¿Y qué come? No come. ¿Y por qué no se muere de hambre? No es un humano, es Dios. Yo quiero ser dios. No digas eso, Cosmos, te vas a ir al infierno. No me quiero ir al infierno, abuela. ¿Sabes la historia de Luzbel? Cosmos mira a la gallina del abuelo que no deja de hacer sus ruidos de pato mientras el abuelo ronca en la cama contigua, el niño no quiere saber esa historia, tiene miedo, la abuela habla: era el ángel favorito de Dios, el más bello, pero Luzbel era muy vanidoso, y quiso ser como Dios, entonces él lo castigo, le puso cuernos y cola y lo expulsó del paraíso. ¿Dios es malo? Claro que no. ¿Y por qué castigó a Luzbel? Porque pecó de soberbia. ¿Qué es soberbia? Amarte más a ti que a Dios, ¿tú amas más a Dios, verdad? Sí. Cosmos se arrastra hasta la cama donde duerme el abuelo, le abraza una pierna, el abuelo lo acaricia como lo hace con su gallina y demás animales, con el revés de su mano, suave para no hacerle daño.

La infancia lo define todo. Cosmos está seguro de ser un ángel, un ángel terrible. No ama a Dios más que a sí mismo, pero sí le teme de manera absoluta. Ese pavor lo hace estar atento, buscarlo noche y día. La abuela le dijo que tiene que ser bueno, que Dios lo sabe todo, que aunque se esconda puede verlo. Se lo dice porque Cosmos ha robado los puros del abuelo. Yo no los tengo, abuela. Tiene una caja con tesoros, la esconde en lo más recóndito del jardín. Cada día guarda algo nuevo. La caja era de su padre. Cosmos se siente mirado por Dios, perseguido. Tú tienes los puros, criatura, dime dónde están. Cosmos se delata. La abuela va al jardín y regresa con los puros. Él tarda tiempo en regresar a ese lugar. Piensa que ha sido malo. No quiere tener una cola, pero quiere ver lo que ha guardado en la caja: los insectos muertos, las plumas que deja Pato a su paso, la comida que su madre escupe, las moronas del abuelo.

Su madre ha dejado de existir aunque no haya muerto, es sólo que ya no lo mira. Él aprende a quererla como se quiere a una amiga, como quiere a Lumi, la hija de Nieves. Su madre parece un mueble. La abuela la cuida, la baña, le da de comer en la boca. Su madre mastica lento, otras veces tienen que obligarla a ingerir algo, la abuela le pide al niño que le abra la boca para poder meter el alimento dentro. Talía escupe. Todo lo hace impávida, lejos. El abuelo los mira desde su sillón bañado por el sol de la mañana o por la lámpara de la noche. Los mira sin dejar de hacer pequeñísimas moronas de pan para alimentar a los pájaros de nadie.

Su madre se rinde: la abuela es una gran guerrera. Y él un lisiado al que los abuelos protegen. Cada vez que su madre entra en crisis es a él a quien abrazan, al que dejan arrastrarse y comer en el piso. Pobre criatura, mira que tener esta madre. Su madre se pierde. No sale de la casa, pero mira sin chistar hacia las vigas del techo repletas de hormigas. Cosmos abraza a la abuela, que huele a cloro y tiene las manos ásperas. ¡Que Dios la bendiga!, dice la abuela entre murmullos. Jamás llora. El abuelo refuta: dios no existe, y Talía se recuperará, mujer, ya verás, lo hará por su criatura.

La criatura es él, un día lo entiende: con pie equino, pero un rostro deforme.

 

El abuelo que va por todo el jardín alimentando aves, salvando gusanos y catarinas es quien cae en la cuenta: hace mucho que tu hija no regresa, mujer.

La abuela sigue con las labores aunque la casa está limpia, el piso sobre todo, lo hace por Cosmos para que no se ensucie tanto. Se niega a usar las férulas que trajo su madre de la ciudad, cada vez le aprietan más. Tampoco quiere usar por las noches los zapatos que el abuelo fabricó con un palo de madera en medio para que los pies tomen la forma correcta. Eso significa un gran dolor para Cosmos. No hay que obligarlo a usarlos, ya de por sufre mucho por su madre. El niño escucha eso cada noche, después de que el abuelo intenta convencerlo de usar los zapatos. Podrás correr, adoptaremos un perro. No, el niño es categórico, no le molesta arrastrarse y ha descubierto algunos privilegios por su mal. Pero ese día no hablan de él, hablan de su madre que lleva meses sin volver en sí. La abuela continúa con las labores pero su rostro tiene algo diferente, algo nuevo. El abuelo lo nota. No son muy amorosos entre ellos, pero deja a los caracoles y va hacia ella con una bolsa de plástico para que pueda echar las hojas secas. Ya, mujer, ya regresará. Cosmos se arrastra hasta ellos, el abuelo lo acaricia.

 

Luminaria es la hija de Nieves, es el apodo que en el pueblo le han puesto, tiene una enfermedad en la piel, algo sale de su cuero cabelludo que no es caspa ni liendres sino un talco blanco que se parece al polen de las flores. El mismo polvo se desprende de distintas partes de su cuerpo: brazos, piernas, codos y principalmente de las manos, en donde las costras son más grandes. Sus manos llueven, piensa Cosmos. Nieves va a casa de los abuelos el último día de la semana; debido a su enfermedad nadie quiere contratarla. Ella sabe lavar ropa y planchar. La gente del pueblo siente asco. La abuela no, pero si Nieves hiciera el aseo ella no tendría nada que hacer, entonces pasaría todo el tiempo pensando y se moriría, eso contesta siempre que el abuelo le dice, ya estate quieta, mujer, descansa. No, no sólo los gatos muren por el ocio. Cosmos no sabe qué es ocio, pero no quiere que se muera su abuela y tampoco los gatos que el abuelo adoptó. No es el ocio lo que los mata sino la curiosidad, mujer. La madre de los gatos desapareció y ellos morirían solos, así que el abuelo los llevó a la casa y los alimenta con un gotero. Nieves visita la casa de los abuelos, barre el jardín y recoge las hojas secas, guarda algunas en un rincón, ahí reposa el niño después de merodear por el jardín. Cada viernes el jardín es blanco, eso piensa Cosmos que intenta recoger el polvo que Nieves suelta. Ella tiene una hija de la edad de Cosmos. Lumina, quien no habla. Nieves lo ha intentado todo, pero Lumi prefiere no aprender. La abuela siempre le dice que si le comieron la lengua los ratones, la niña sonríe, es hermosa a pesar de una mancha muy grande y llena de pequeños lunares que tiene en la mejilla, es una mancha de nacimiento. Cosmos piensa que son miles de insectos diminutos viviendo ahí, multiplicándose. Mientras Nieves barre y al mismo tiempo tira polvo, Cosmos y Lumina juegan. Él la quiere, por eso le cuenta las historias que su abuela le ha contado por la noche, le habla de Luzbel. Lumi abre los ojos, llora. Cosmos la abraza. Le habla de su madre que está en el cuarto mirando el techo con el cabello informe. Le enseña los dibujos que ha hecho para ella. Son animales. El abuelo se ha lastimado la espalda pegándolos ahí. Le gustan mucho, le dice Cosmos a la niña, por eso los mira todo el tiempo, ¿quieres hacer uno? Lumina asiente con la cabeza. Dibuja un avestruz, Cosmos nunca ha visto uno y no sabe cómo es que ella los conoce y él no. ¿Me lo puedo quedar? Es para mamá. Lumina asiente y sonríe. Cosmos rompe el dibujo cuando ellas se van de casa. Eso pasa cada viernes: la niña dibuja un avestruz y él lo rompe, ella los busca en el techo y él piensa que se parece a su madre. Le gusta que mire al cielo. No le da explicaciones.

 

Cumplir cinco años lo convierte en un niño grande. Llueve desde hace días en Huatusco. Los insectos buscan los focos encendidos, dan vueltas de manera absurda alrededor de ellos, hacen ese ruido con sus diminutas alas que desquicia a Cosmos quien espera que la abuela acabe de bañar a su madre. La abuela se divierte con la muñeca en la que se ha convertido Talía. El abuelo está en el jardín con unas botas de agua y un sombrero por el que le escurren grandes chorros de lluvia. Intenta salvar a los insectos atrapados en los charcos. Cosmos le grita, necesita ir al baño y un gusano color naranja y de grandes ojos camina lento y sobre el piso, cada paso todo su cuerpo se contrae y se alarga. Cosmos está aterrado. ¡Mátalo, abuelo, mátalo! ¿Qué pasa, criatura, por qué esos gritos? Cosmos se ha orinado. El abuelo que deja huellas de lodo por todo el piso toma una hoja de papel y espera a que el gusano trepe. Lo lleva al jardín. Cosmos llora en un charco de orina. La abuela sale y grita porque el piso está sucio, estuvo todo el día lavándolo. Me oriné, fue por culpa del abuelo. A Dios no le gustan las mentiras. Lo carga, él va dejando gotas en el piso. Su madre está en piyama, su cabello está trenzado. La abuela desviste a Cosmos y lo baña. Tendré que limpiar otra vez, murmura la anciana. Cosmos sigue llorando. La abuela lo deja en el piso bajo el agua y por primera vez el niño reconoce un sentimiento negativo que lo aterra porque Dios lo sabe: odia a su madre porque lo abandonó. Abandonó a su criatura. No regresó como dijo el abuelo que lo haría. El abuelo miente. Ella sigue ahí tonta con el peinado que la abuela le hizo mirando los terribles animales que él dibuja. Los abuelos dicen: el niño sufre por culpa de ella. Él los escuchó, su madre tiene la culpa de todo, de que le duelan los pies, de los tontos zapatos que el abuelo hizo, del gusano naranja, de las manchas de lodo en el piso, del enojo de la abuela, de que él lleve mucho tiempo bajo el agua que ya está fría. Ese día es su cumpleaños y él no es un niño grande pues se orina en los calzones. La abuela llega al baño, sudando a pesar de la lluvia, del frío de Huatusco. Ya está limpio el piso y en un momento lo estarás tú. Cosmos no le habla. Te hice un pastel de elote, se lo compré a Nieves, el pastel está blanco, tu abuelo dice que a ver si no enfermamos. ¿Qué te pasa, criatura? Lo lleva al comedor. Lo sube a una silla. El abuelo lee el periódico, le dice sin mirarlo que el gusano ya está a salvo. Cosmos come pastel y piensa que así debe saber la nieve, que cuando se muera el sol así sabrá todo. No habla durante la merienda. El niño está enojado, dice la abuela. Es que ya se está volviendo adulto, contesta el abuelo. Cosmos sonríe. Los abuelos le regalan un telescopio que el abuelo mandó traer de la capital. Para que veas las estrellas, muchacho. Tiene seis años y el abuelo ya no lo llama criatura, la abuela sí, siempre. Ese día la abuela le habla de Jesús otra vez. Cosmos, ya que no irás a la escuela deberías al menos ir al catecismo. Conoce más de Dios y de Jesús, su hijo. Él fue un hombre muy bueno, pero sufrió mucho. Cada vez que tú dices mentiras lo lastimas. ¿Yo? Sí, tú. Debes ser bueno como él. Así el día del Juicio Final te irás al paraíso. ¿Qué es eso, abuela? El día en que vendrá Dios y se llevará a los que fueron justos, buenos. ¿Y los malos a dónde van? Al infierno, un lugar terrible. El abuelo deja salir una risotada. La abuela lo ignora. No quiero ir al infierno, abuela. Sé bueno, Cosmos. En esta vida venimos a sufrir, criatura, ve a tu madre. La abuela siembra en Cosmos una de las ideas que lo rondarán el resto de su vida: estamos aquí para sufrir. A su corta edad Cosmos siente que roza su destino. Desde ese día él espera lo peor. Sabe que se ganará el cielo.

 

Su abuelo no está de acuerdo con que el niño vaya al catecismo, pero la abuela insiste: hay que alejar al demonio, Demetrio. El niño debería de ir a la escuela, aprender a leer. No puede caminar, y llegó al pueblo un sacerdote muy joven que con gusto le enseñará al niño sobre Dios, además el pobre hombre necesita un trabajo honrado, puede venir a casa. Lo que el niño necesita es aprender a leer y el hombre ese trabajar. Pues que aprenda a leer y también a amar a Dios. Que sea lo que tú decidas, mujer.

 

(Tomado de Varios autores, Lados B. Narrativa de alto riesgo, Nitro/Press, México, 2014)