martes, 28 de julio de 2026

Chac Mool

Carlos Fuentes

 

Hace poco tiempo Filiberto murió ahogado en Acapulco. Sucedió en Semana Santa. Aunque despedido de su empleo en la Secretaría, Filiberto no pudo resistir la tentación burocrática de ir, como todos los años, a la pensión alemana, comer el choucrout endulzado por el sudor de la cocina tropical, bailar el sábado de gloria en La Quebrada, y sentirse “gente conocida” en el oscuro anonimato vespertino de la Playa de Hornos. Claro, sabíamos que en su juventud había nadado bien, pero ahora, a los cuarenta, y tan desmejorado como se le veía, ¡intentar salvar, y a medianoche, un trecho tan largo! Frau Müller no permitió que se velara –cliente tan antiguo– en la pensión; por el contrario, esa noche organizó un baile en la terracita sofocada, mientras Filiberto esperaba, muy pálido en su caja, a que saliera el camión matutino de la terminal, y pasó acompañado de huacales y fardos la primera noche de su nueva vida. Cuando llegué, temprano, a vigilar el embarque del féretro, Filiberto estaba bajo un túmulo de cocos; el chofer dijo que lo acomodáramos rápidamente en el toldo y lo cubriéramos de lonas, para que no se espantaran los pasajeros, y a ver si no le habíamos echado la sal al viaje.

Salimos de Acapulco, todavía en la brisa. Hasta Tierra Colorada nacieron el calor y la luz. Con el desayuno de huevos y chorizo, abrí el cartapacio de Filiberto, recogido el día anterior, junto con sus otras pertenencias, en la pensión de los Müller. Doscientos pesos. Un periódico derogado en México; cachos de la lotería; el pasaje de ida –¿solo de ida?–. Y el cuaderno barato, de hojas cuadriculadas y tapas de papel mármol.

Me aventuré a leerlo, a pesar de las curvas, el hedor a vómito, y cierto sentimiento natural de respeto a la vida privada de mi difunto amigo. Recordaría –sí, empezaba con eso– nuestra cotidiana labor en la oficina, quizá, sabría por qué fue declinando, olvidando sus deberes, por qué dictaba oficios sin sentido, ni número, ni “Sufragio Efectivo”. Por qué, en fin, fue corrido, olvidada la pensión, sin respetar los escalafones.

“Hoy fui a arreglar lo de mi pensión. El licenciado, amabilísimo. Salí tan contento que decidí gastar cinco pesos en un café. Es el mismo al que íbamos de jóvenes y al que ahora nunca concurro, porque me recuerda que a los veinte años podía darme más lujos que a los cuarenta. Entonces todos estábamos en un mismo plano, hubiéramos rechazado con energía cualquier opinión peyorativa hacia los compañeros –de hecho librábamos la batalla por aquellos a quienes en la casa discutían la baja extracción o falta de elegancia. Yo sabía que muchos (quizá los más humildes) llegarían muy alto, y aquí, en la Escuela, se iban a forjar las amistades duraderas en cuya compañía cursaríamos el mar bravío. No, no fue así. No hubo reglas. Muchos de los humildes quedaron allí, muchos llegaron más arriba de lo que pudimos pronosticar en aquellas fogosas, amables tertulias. Otros, que parecíamos prometerlo todo, quedamos a la mitad del camino, destripados en un examen extracurricular, aislados por una zanja invisible de los que triunfaron y de los que nada alcanzaron. En fin, hoy volví a sentarme en las sillas, modernizadas –también, como barricada de una invasión, la fuente de sodas– y pretendí leer expedientes. Vi a muchos, cambiados, amnésicos, retocados de luz neón, prósperos. Con el café que casi no reconocía, con la ciudad misma, habían ido cincelándose a ritmo distinto del mío. No, ya no me reconocían, o no me querían reconocer. A lo sumo –uno o dos– una mano gorda y rápida en el hombro. Adiós viejo, qué tal. Entre ellos y yo mediaban los dieciocho agujeros del Country Club. Me disfracé en los expedientes. Desfilaron los años de las grandes ilusiones, de los pronósticos felices y también todas las omisiones que impidieron su realización. Sentí la angustia de no poder meter los dedos en el pasado y pegar los trozos de algún rompecabezas abandonado; pero el arcón de los juguetes se va olvidando, y al cabo, quién sabrá adónde fueron a dar los soldados de plomo, los cascos, las espadas de madera. Los disfraces tan queridos, no fueron más que eso. Y sin embargo había habido constancia, disciplina, apego al deber. ¿No era suficiente, o sobraba? No dejaba, en ocasiones, de asaltarme el recuerdo de Rilke. La gran recompensa de la aventura de juventud debe ser la muerte; jóvenes, debemos partir con todos nuestros secretos. Hoy, no tendría que volver la vista a las ciudades de sal. ¿Cinco pesos? Dos de propina.

“Pepe, aparte de su pasión por el derecho mercantil, gusta de teorizar. Me vio salir de Catedral, y juntos nos encaminamos a Palacio. Él es descreído, pero no le basta: en media cuadra tuvo que fabricar una teoría. Que si no fuera mexicano, no adoraría a Cristo, y… No, mira, parece evidente. Llegan los españoles y te proponen adores a un Dios, muerto hecho un coágulo, con el costado herido, clavado en una cruz. Sacrificado. Ofrendado. ¿Qué cosa más natural que aceptar un sentimiento tan cercano a todo tu ceremonial, a toda tu vida?… Figúrate, en cambio, que México hubiera sido conquistado por budistas o mahometanos. No es concebible por nuestros indios venerar a un individuo que murió de indigestión. Pero un Dios al que no le basta que se sacrifiquen por él, sino que incluso va a que le arranquen el corazón, ¡caramba, jaque mate a Huitzilopochtli! El cristianismo, en su sentido cálido, sangriento, de sacrificio y liturgia, se vuelve una prolongación natural y novedosa de la religión indígena. Los aspectos de caridad, amor y la otra mejilla, en cambio, son rechazados. Y todo en México es eso: hay que matar a los hombres para poder creer en ellos.

“Pepe sabía mi afición, desde joven, por ciertas formas del arte indígena mexicano. Yo colecciono estatuillas, ídolos, cacharros. Mis fines de semana los paso en Tlaxcala, o en Teotihuacán. Acaso por esto le guste relacionar todas las teorías que elabora para mi consumo con estos temas. Por cierto que busco una réplica razonable del Chac Mool desde hace tiempo, y hoy Pepe me informa de un lugar en la Lagunilla donde venden uno de piedra y parece que barato. Voy a ir el domingo.

“Un guasón pintó de rojo el agua del garrafón en la oficina, con la consiguiente perturbación de las labores. He debido consignarlo al Director, a quien solo le dio mucha risa. El culpable se ha valido de esta circunstancia para hacer sarcasmos a mis costillas el día entero, todos en torno al agua. Ch…!

“Hoy, domingo, aproveché para ir a la Lagunilla. Encontré el Chac Mool en la tienducha que me señaló Pepe. Es una pieza preciosa, de tamaño natural, y aunque el marchante asegura su originalidad, lo dudo. La piedra es corriente, pero ello no aminora la elegancia de la postura o lo macizo del bloque. El desleal vendedor le ha embarrado salsa de tomate en la barriga para convencer a los turistas de la autenticidad sangrienta de la escultura.

“El traslado a la casa me costó más que la adquisición. Pero ya está aquí, por el momento en el sótano mientras reorganizo mi cuarto de trofeos a fin de darle cabida. Estas figuras necesitan sol, vertical y fogoso: ese fue su elemento y condición. Pierde mucho en la oscuridad del sótano, como simple bulto agónico, y su mueca parece reprocharnos que le niegue la luz. El comerciante tenía un foco exactamente vertical a la escultura, que recortaba todas las aristas, y le daba una expresión más amable a mi Chac Mool. Habría que seguir su ejemplo.

“Amanecí con la tubería descompuesta. Incauto, dejé correr el agua de la cocina, y se desbordó, corrió por el suelo y llegó hasta el sótano, sin que me percatara. El Chac Mool resiste la humedad, pero mis maletas sufrieron, y todo esto en día de labores, me ha obligado a llegar tarde a la oficina.

“Vinieron, por fin, a arreglar la tubería. Las maletas, torcidas. Y el Chac Mool, con lama en la base.

“Desperté a la una: había escuchado un quejido terrible. Pensé en ladrones. Pura imaginación.

“Los lamentos nocturnos han seguido. No sé a qué atribuirlos, pero estoy nervioso. Para colmo de males, la tubería volvió a descomponerse, y las lluvias se han colado, inundando el sótano.

“El plomero no viene, estoy desesperado. Del Departamento del Distrito Federal, más vale no hablar. Es la primera vez que el agua de las lluvias no obedece a las coladeras y viene a dar a mi sótano. Los quejidos han cesado: vaya una cosa por otra.

“Secaron el sótano, y el Chac Mool está cubierto de lama. Le da un aspecto grotesco, porque toda la masa de la escultura parece padecer de una erisipela verde, salvo los ojos, que han permanecido de piedra. Voy a aprovechar el domingo para raspar el musgo. Pepe me ha recomendado cambiarme a un apartamento, y en el último piso, para evitar estas tragedias acuáticas. Pero no puedo dejar este caserón, ciertamente muy grande para mí solo, un poco lúgubre en su arquitectura porfiriana, pero que es la única herencia y recuerdo de mis padres. No sé qué me daría ver una fuente de sodas con sinfonola en el sótano y una casa de decoración en la planta baja.

“Fui a raspar la lama del Chac Mool con una espátula. El musgo parecía ser ya parte de la piedra; fue labor de más de una hora, y solo a las seis de la tarde pude terminar. No era posible distinguir en la penumbra, y dar fin al trabajo, con la mano seguí los contornos de la piedra. Cada vez que repasaba el bloque parecía reblandecerse. No quise creerlo: era ya casi una pasta. Este mercader de la Lagunilla me ha timado. Su escultura precolombina es puro yeso, y la humedad acabará por arruinarla. Le he puesto encima unos trapos, y mañana lo pasaré a la pieza de arriba, antes de que sufra un deterioro total.

“Los trapos están en el suelo. Increíble. Volví a palpar al Chac Mool. Se ha endurecido pero no vuelve a la piedra. No quiero escribirlo: hay en el dorso algo de la textura de la carne, lo aprieto como goma, siento que algo corre por esa figura recostada… Volví a bajar en la noche. No cabe duda: el Chac Mool tiene vello en los brazos.

“Esto nunca me había sucedido. Tergiversé los asuntos en la oficina; giré una orden de pago que no estaba autorizada, y el director tuvo que llamarme la atención. Quizá me mostré hasta descortés con los compañeros. Tendré que ver a un médico, saber si es imaginación, o delirio, o qué, y deshacerme de ese maldito Chac Mool”.

Hasta aquí, la escritura de Filiberto era la vieja, la que tantas veces vi en memoranda y formas, ancha y ovalada. La entrada del 25 de agosto parecía escrita por otra persona. A veces como niño, separando trabajosamente cada letra; otras, nerviosa, hasta diluirse en lo ininteligible. Hay tres días vacíos, y el relato continúa.

“Todo es tan natural; y luego se cree en lo real… pero esto lo es, más que lo creído por mí. Si es real un garrafón, y más, porque nos damos mejor cuenta de su existencia, o estar, si pinta un bromista de rojo al agua… Real bocanada de cigarro efímera, real imagen monstruosa en un espejo de circo, reales, ¿no lo son todos los muertos, presentes y olvidados?… Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano… ¿entonces, qué?… Realidad: cierto día la quebraron en mil pedazos, la cabeza fue a dar allá, la cola aquí, y nosotros no conocemos más que uno de los trozos desprendidos de su gran cuerpo. Océano libre y ficticio, solo real cuando se le aprisiona en un caracol. Hasta hace tres días, mi realidad lo era al grado de haber borrado hoy: era movimiento reflejo, rutina, memoria, cartapacio. Y luego, como la tierra que un día tiembla para que recordemos su poder, o la muerte que llegará, recriminando mi olvido de toda la vida, se presenta otra realidad que sabíamos estaba allí, mostrenca, y que debe sacudirnos para hacerse viva y presente. Creía, nuevamente, que era imaginación: el Chac Mool, blando y elegante, había cambiado de color en una noche; amarillo, casi dorado, parecía indicarme que era un dios, por ahora laxo, con las rodillas menos tensas que antes, con la sonrisa más benévola. Y ayer, por fin, un despertar sobresaltado, con esa seguridad espantosa de que hay dos respiraciones en la noche, de que en la oscuridad laten más pulsos que el propio. Sí, se escuchaban pasos en la escalera. Pesadilla. Vuelta a dormir… No sé cuánto tiempo pretendí dormir. Cuando volví a abrir los ojos, aún no amanecía. El cuarto olía a horror, a incienso y sangre. Con la mirada negra, recorrí la recámara, hasta detenerme en dos orificios de luz parpadeante, en dos flámulas crueles y amarillas.

“Casi sin aliento encendí la luz.

“Allí estaba Chac Mool, erguido, sonriente, ocre, con su barriga encarnada. Me paralizaban los dos ojillos, casi bizcos, muy pegados a la nariz triangular. Los dientes inferiores, mordiendo el labio superior, inmóviles; solo el brillo del casquetón cuadrado sobre la cabeza anormalmente voluminosa, delataba vida. Chac Mool avanzó hacia la cama; entonces empezó a llover”.

Recuerdo que a fines de agosto, Filiberto fue despedido de la Secretaría, con una recriminación pública del director, y rumores de locura y aun robo. Esto no lo creí. Si vi unos oficios descabellados, preguntando al oficial mayor si el agua podía olerse, ofreciendo sus servicios al secretario de Recursos Hidráulicos para hacer llover en el desierto. No supe qué explicación darme; pensé que las lluvias excepcionalmente fuertes, de ese verano, lo habían crispado. O que alguna depresión moral debía producir la vida en aquel caserón antiguo, con la mitad de los cuartos bajo llave y empolvados, sin criados ni vida de familia. Los apuntes siguientes son de fines de septiembre:

“Chac Mool puede ser simpático cuando quiere… un glu-glu de agua embelesada… Sabe historias fantásticas sobre los monzones, las lluvias ecuatoriales, el castigo de los desiertos; cada planta arranca su paternidad mítica: el sauce, su hija descarriada; los lotos, sus mimados; su suegra: el cacto. Lo que no puedo tolerar es el olor, extrahumano, que emana de esa carne que no lo es, de las chanclas flameantes de ancianidad. Con risa estridente, el Chac Mool revela cómo fue descubierto por Le Plongeon, y puesto físicamente en contacto con hombres de otros símbolos. Su espíritu ha vivido en el cántaro y la tempestad, natural; otra cosa es su piedra, y haberla arrancado al escondite es artificial y cruel. Creo que nunca lo perdonará el Chac Mool. Él sabe de la inminencia del hecho estético.

“He debido proporcionarle sapolio para que se lave el estómago que el mercader le untó de ketchup al creerlo azteca: No pareció gustarle mi pregunta sobre su parentesco con Tláloc, y, cuando se enoja, sus dientes, de por sí repulsivos, se afilan y brillan. Los primeros días, bajó a dormir al sótano, desde ayer, en mi cama.

“Ha empezado la temporada seca. Ayer, desde la sala en que duermo ahora, comencé a oír los mismos lamentos roncos del principio, seguidos de ruidos terribles. Subí y entreabrí la puerta de la recámara: el Chac Mool estaba rompiendo las lámparas, los muebles; saltó hacia la puerta con las manos arañadas, y apenas pude cerrar e irme a esconder al baño… Luego bajó jadeante y pidió agua; todo el día tiene corriendo las llaves, no queda un centímetro seco en la casa. Tengo que dormir muy abrigado, y le he pedido no empapar la sala más.

“El Chac Mool inundó hoy la sala. Exasperado, dije que lo iba a devolver a la Lagunilla. Tan terrible como su risilla –horrorosamente distinta a cualquier risa de hombre o animal– fue la bofetada que me dio, con ese brazo cargado de brazaletes pesados. Debo reconocerlo: soy su prisionero. Mi idea original era distinta: yo dominaría al Chac Mool, como se domina a un juguete; era, acaso, una prolongación de mi seguridad infantil; pero la niñez –¿quién lo dijo?– es fruto comido por los años, y yo no me he dado cuenta… Ha tomado mi ropa, y se pone las batas cuando empieza a brotarle musgo verde. El Chac Mool está acostumbrado a que se le obedezca, por siempre; yo, que nunca he debido mandar, solo puedo doblegarme. Mientras no llueva –¿y su poder mágico?– vivirá colérico o irritable.

“Hoy descubrí que en las noches el Chac Mool sale de la casa. Siempre, al oscurecer, canta una canción chirriona y anciana, más vieja que el canto mismo. Luego cesa. Toqué varias veces a su puerta, y cuando no me contestó, me atreví a entrar. La recámara, que no había vuelto a ver desde el día en que intentó atacarme la estatua, está en ruinas, y allí se concentra ese olor a incienso y sangre que ha permeado la casa. Pero detrás de la puerta hay huesos: huesos de perros, de ratones y gatos. Esto es lo que roba en la noche el Chac Mool para sustentarse. Esto explica los ladridos espantosos de todas las madrugadas.

“Febrero, seco. Chac Mool vigila cada paso mío; ha hecho que telefonee a una fonda para que me traigan diariamente arroz con pollo. Pero lo sustraído de la oficina ya se va a acabar. Sucedió lo inevitable: desde el día primero, cortaron el agua y la luz por falta de pago. Pero Chac ha descubierto una fuente pública a dos cuadras de aquí; todos los días hago diez o doce viajes por agua, y él me observa desde la azotea. Dice que si intento huir me fulminará; también es Dios del Rayo. Lo que él no sabe es que estoy al tanto de sus correrías nocturnas… Como no hay luz, debo acostarme a la ocho. Ya debería estar acostumbrado al Chac Mool, pero hace poco, en la oscuridad, me topé con él en la escalera, sentí sus brazos helados, las escamas de su piel renovada, y quise gritar.

“Si no llueve pronto, el Chac Mool va a convertirse en piedra otra vez. He notado su dificultad reciente para moverse; a veces se reclina durante horas, paralizado, y parece ser, de nuevo, un ídolo. Pero estos reposos solo le dan nuevas fuerzas para vejarme, arañarme como si pudiera arrancar algún líquido de mi carne. Ya no tienen lugar aquellos intermedios amables en que relataba viejos cuentos; creo notar un resentimiento concentrado. Ha habido otros indicios que me han puesto a pensar: se está acabando mi bodega; acaricia la seda de las batas; quiere que traiga una criada a la casa; me ha hecho enseñarle a usar jabón y lociones. Creo que el Chac Mool está cayendo en tentaciones humanas, incluso hay algo viejo en su cara que antes parecía eterna. Aquí puede estar mi salvación: si el Chac se humaniza, posiblemente todos sus siglos de vida se acumulen en un instante y caiga fulminado. Pero también, aquí, puede germinar mi muerte: el Chac no querrá que asista a su derrumbe, es posible que desee matarme.

“Hoy aprovecharé la excursión nocturna de Chac para huir. Me iré a Acapulco; veremos qué puede hacerse para adquirir trabajo, y esperar la muerte de Chac Mool; sí, se avecina; está canoso, abotagado. Necesito asolearme, nadar, recuperar fuerza. Me quedan cuatrocientos pesos. Iré a la Pensión Müller, que es barata y cómoda. Que se adueñe de todo el Chac Mool; a ver cuánto dura sin mil baldes de agua”.

Aquí termina el diario de Filiberto. No quise volver a pensar en su relato; dormí hasta Cuernavaca. De ahí a México pretendí dar coherencia al escrito, relacionarlo con exceso de trabajo, con algún motivo psicológico. Cuando a las nueve de la noche llegamos a la terminal, aún no podía concebir la locura de mi amigo. Contraté una camioneta para llevar el féretro a casa de Filiberto, y desde allí ordenar su entierro.

Antes de que pudiera introducir la llave en la cerradura, la puerta se abrió. Apareció un indio amarillo, en bata de casa, con bufanda. Su aspecto no podía ser más repulsivo; despedía un olor a loción barata; su cara, polveada, quería cubrir las arrugas; tenía la boca embarrada de lápiz labial mal aplicado, y el pelo daba la impresión de estar teñido.

–Perdone… no sabía que Filiberto hubiera…

–No importa; lo sé todo. Dígale a los hombres que lleven el cadáver al sótano.

 

(Tomado de Fuentes, Carlos, Los días enmascarados, Los Presentes, México, 1954)

 

El piano blanco

Álvaro Cepeda Samudio

 

“Yo estaba enamorado del piano blanco. Y ella lo sabía. Lo descubrió con esa asombrosa capacidad que tienen las mujeres para descubrir cosas como ésta o como la homosexualidad en los hombres que la esconden celosamente. Tal vez porque de niño me faltó todo, y en la casa de vecindad donde viví no habita siquiera un trozo de madera con que fabricar un juguete, fue por lo que adquirí la costumbre de aferrarme a los pocos objetos que durante esos años caían por casualidad en mis manos. El osito de cristal morado que encontré una vez en una calle alegre y al que le faltaba la cabeza, ha vuelto a mi memoria muchas veces en estos días. El osito era parte de mi vida y cuando mi padre lo pisó –recuerdo perfectamente ese momento pues todavía al pensar en el osito morado siento apretárseme la garganta–, esperé por muchas veces a que llegara borracho y cuando eso ocurrió lo empujé con toda mi venganza desde lo alto de la escalera. Las personas no me impresionan tanto como los objetos, y aunque he intentado muchas veces querer de veras a una mujer no le he conseguido. En cambio las cosas, las cosas me atraen, me seducen con sus líneas iguales y esa sensación de seguridad, de inmutabilidad que emana de ellas. Yo soy un hombre normal y comprendo que esta costumbre mía de enamorarme de las cosas es malsana. Y he luchado para dominarme. Pero las cosas son más fuertes que las personas, no se dispersan como las personas y en su unidad son más fuertes que nosotros.

Recuerdo perfectamente cómo empezó lo del piano blanco y cómo traté de no verlo más, de apartarme de él. Pero todo conspiró contra mí. Fue como si el piano blanco hubiera buscado todos los medios para seducirme; exactamente como lo hubiera hecho una mujerzuela. Yo siempre deseé tener un piano. Desde cuando aprendí a tocar. Durante las larguísimas horas de práctica cuando las yemas de los dedos se me adormecían y la música igual, igual, igual, de tanto repetirla se me desvanecía en los oídos y quedaba yo solo, con el piano, las teclas empujaban suavemente mis dedos adoloridos compadeciéndose de su martirio. Desde entonces se formó en mí ese desmedido amor por los pianos. Hasta el punto que los demás objetos, los que antes me llamaban la atención, dejaron poco a poco de impresionarme y solo los pianos, con sus líneas esbeltas y puras y la suavidad infinita de sus teclados ocuparon mi vida. Deseaba ardientemente poseer un piano, pero al mismo tiempo tenía un miedo terrible de enamorarme demasiado del que yo escogiera, de compenetrarme tanto con él hasta que llegara un momento en que me fuera imposible tocar en otro. Tenía miedo de que mi amor por los pianos se materializara en un piano, en un único piano. Muchas veces me ha sucedido que durante un concierto llego a amar con tal fuerza al piano en el que estoy tocando que tienen que separarme a la fuerza de él; bajan el telón y me sacan casi a rastras del escenario mientras el público, que nada comprende, y que ha visto complacido prolongarse el concierto por tres o cuatro horas, protesta. Yo nunca miro el piano antes del concierto, ni siquiera voy al teatro, y así cuando entro al escenario y lo veo en el centro, solo con su ala de cuervo lanzada al aire, con sus patas delgadas y correctas y el interminable camino del teclado, no puedo reprimir el formidable deseo de correr hacia él y acariciarlo con mis dedos. Y es que mientras me he estado vistiendo en el camerino, alargando lo más posible el encuentro, lo he imaginado de mil maneras, lo he forjado en mi mente, lo he presentido tal y exactamente como lo veo después. Antes, antes de ahora, se daba el caso de que mis conciertos en un mismo teatro se prolongaran por meses. Esto sucedía cuando descubría en el piano de ese teatro un detalle íntimo, y se establecía entre el piano y yo ese amor que nace de compartir un secreto. Pero esto era antes de ahora, pues ella, que lo descubrió, que descubrió lo que nadie había descubierto y que lo atribuían a genialidades de mi talento de artista, dispuso que yo no diera más de un concierto en el mismo teatro y con el mismo piano. Y sin embargo a ella la conocí por el piano blanco. Y si no hubiera sido por él nunca me hubiera mudado a su casa. No debí hacerlo. Ahora me arrepiento. ¡Pero el piano blanco me atraía con tanta fuerza!

Cuando entré por primera vez a esta casa y lo vi en su rincón, abandonado como un gran animal blanco y triste, comprendí que debía alejarme enseguida de aquel lugar, que no debía volver más a esa casa: ése era el piano por el que yo había estado aguardando, por el que yo no había querido entregarme a ningún otro, el piano presentido y deseado en todos los pianos que yo había tocado en mis conciertos. Pero ella me obligó a venir, me invitaba diariamente y me hacía pasar largas horas en la salita del piano blanco, con él a mis espaldas y ella a mi frente. Yo sabía que llegaría el día cuando no podría resistir más a esta situación y me hice el propósito deliberado de prestar la menor atención posible al piano blanco. Y me negué infinidad de veces a tocarlo. Prefería el otro, el viejo y feo piano del salón. Pero cuando podía escaparme de las gentes que me rodeaban y que me pedían durante las fiestas que ella organizaba para mí que tocara, cuando los complacía, me escabullía a la salita del piano blanco y allí lo miraba en la oscuridad, con su blancura grisosa, y le pedía perdón por haber prostituido mis deseos con el piano feo y viejo del salón mientras él permanecía allí en su rincón, puro y blanco y en silencio. Ahora pienso si todo fue planeado fríamente por ella. Si no fue ella quien arregló todos los detalles como una vieja alcahueta para que me enamorara del piano blanco. Es verdad que ella nunca me pidió que lo tocara y que no había en la casa otra sala más agradable que esta donde me recibía siempre. Y es verdad también que ella nunca lo mencionó, ni me dijo su historia, ni alabó la blancura de sus maderas. Nunca habló del piano blanco. Y es precisamente este silencio el que me hace pensar que todo esto fue calculado y premeditado. Sucedió así: yo había venido esa tarde como de costumbre, pero ella había salido. Cuando Emma me dejó solo en la salita y vi asombrado que el piano blanco estaba abierto, ofreciéndoseme su teclado virginal anhelante, no pude contenerme y me senté a tocar. No sé cuánto tiempo transcurrió. Ella debió llegar mientras yo tocaba. Pero cuando Emma vino a avisarme que la señora me esperaba arriba, la noche había invadido la salita y el piano blanco parecía un fantasma en su rincón: sonando y sonando con las últimas resonancias de mis dedos. Ella no dijo una palabra. Yo había cerrado el piano con las llavecitas que encontré sobre el banquito y las guardé. Yo era el único dueño del piano blanco, o él mi único dueño, no podía decirlo. Ella se dio cuenta, tuvo que darse cuenta porque a los tres días cancelé todos mis conciertos y me vine a vivir con ella. Ahora comprendo que lo había descubierto hacía mucho tiempo y que lo planeó todo para que sucediera como sucedió. Cuando comenzó a insistir en que la dejara en casa durante mis jiras cortas, la cosa me inquietó mucho. Pero estaba determinado a no hacerlo, pues presentía sus intenciones. Al principio fue como una sensación muy vaga de temor, pero a medida que fui acumulando detalles y comprendí lo que ella buscaba la temí y la odié al mismo tiempo. Me privaba a mí mismo del infinito placer de tocar el piano blanco para que ella no lo viera, para que no lo oyera porque ya estaba seguro de que ella lo odiaba, con la misma fuerza con que yo lo amaba. Yo no quería dejarla en la casa. El concierto que tenía que dar anoche iba a ser el comienzo de una larga jira y el médico insistió en que el ajetreo de los viajes le haría daño por su estado. Sabía lo que iba a suceder, por eso volví hoy. Por eso no pude tocar anoche. Esta salita es como un túnel oscuro y silencioso. Sin el piano blanco y con ese hueco negro donde él hace falta y ella con los ojos abiertos y ese vientre tan grande que yo no había notado antes: esta salita parece un túnel”.

 

(Tomado de www.literatura.us)

 

La feria

Julio Torri

 

Y estando a-
Y estando amarrando un gallo
Se me re-
Se me reventó el cordón.
Yo no sé
Si será mi muerte un rayo…
 

Los mecheros iluminan con su luz roja y vacilante rimeros de frutas, y a contraluz proyectan negras las siluetas de los vendedores y transeúntes.

–¡Pasen al ruido de uñas, son centavos de cacahuates!

–¡El setenta y siete, los dos jorobados!

–¡Las naranjas de Jacona, linda, son medios!

Periquillo y Januario están en un círculo de mirones, en el cuartel se despluma a un incauto.

–¡Don Ferruco en la Alameda!

–¡Niña, guayabate legítimo de Morelia!

–¡Por cinco centavos entren a ver a la mujer que se volvió sirena por no guardar el Viernes Santo!

Dos criadas conversan:

–En México no saben hacer procesiones. Me voy pues a pasar la Semana Santa a Huehuetoca…

Una muchacha a un lépero que la pellizca:

–¡No soy diversión de nadie, roto tal!

–¡El que le cantó a san Pedro!

–¡El sabroso de las bodas!

–¡El coco de las mujeres!

–¡Pasen al panorama, señoritas, a conocer la gran ciudad del Cairo!

Una india a otra con quien pasea:

–Yo sabía leer, pero con la Revolución se me ha olvidado.

En la plaza de gallos les humedecen la garganta a las cantadoras; y los de Guanaceví se aprestan a jugar contra San Juan de los Lagos.

En mitad del bullicio –¡oh tibia noche mexicana en azul profundo de esmalte!–, acompañado de tosco guitarrón, sigue cantando el ciego, con su voz aguda y lastimera:

 

O me ma-
O me matará un cabrón
Desos que an-
Desos que andan a caballo
Validós
Validos de la ocasión.
Y ha de ser pos cuándo no.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

lunes, 27 de julio de 2026

Las dos Elenas

Carlos Fuentes

 

A José Luis Cuevas

 

–No sé de dónde le salen esas ideas a Elena. Ella no fue educada de ese modo. Y usted tampoco, Víctor. Pero el hecho es que el matrimonio la ha cambiado. Sí, no cabe duda. Creí que le iba a dar un ataque a mi marido. Esas ideas no se pueden defender, y menos a la hora de la cena. Mi hija sabe muy bien que su padre necesita comer en paz. Si no, en seguida le sube la presión. Se lo ha dicho el médico. Y después de todo, este médico sabe lo que dice. Por algo cobra a 200 pesos la consulta. Yo le ruego que hable con Elena. A mí no me hace caso. Dígale que le soportamos todo. Que no nos importa que desatienda su hogar por aprender francés. Que no nos importa que vaya a ver esas películas rarísimas a unos antros llenos de melenudos. Que no nos importan esas medias rojas de payaso. Pero que a la hora de la cena le diga a su padre que una mujer puede vivir con dos hombres para complementarse… Víctor, por su propio bien usted debe sacarle esas ideas de la cabeza a su mujer.

Desde que vio Jules et Jim en un cine-club, Elena tuvo el duende de llevar la batalla a la cena dominical con sus padres –la única reunión obligatoria de la familia –. Al salir del cine, tomamos el MG y nos fuimos a cenar al Coyote Flaco en Coyoacán. Elena se veía, como siempre, muy bella con el suéter negro y la falda de cuero y las medias que no le gustan a su mamá. Además, se había colgado una cadena de oro de la cual pendía un tallado en jadeíta que, según un amigo antropólogo, describe al príncipe Uno Muerte de los mixtecos. Elena, que es siempre tan alegre y despreocupada, se veía, esa noche, intensa: los colores se le habían subido a las mejillas y apenas saludó a los amigos que generalmente hacen tertulia en ese restaurante un tanto gótico. Le pregunté qué deseaba ordenar y no me contestó; en vez, tomó mi puño y me miró fijamente. Yo ordené dos pepitos con ajo mientras Elena agitaba su cabellera rosa pálido y se acariciaba el cuello:

–Víctor, nibelungo, por primera vez me doy cuenta que ustedes tienen razón en ser misóginos y que nosotras nacimos para que nos detesten. Ya no voy a fingir más. He descubierto que la misoginia es la condición del amor. Ya sé que estoy equivocada, pero mientras más necesidades exprese, más me vas a odiar y más me vas a tratar de satisfacer. Víctor, nibelungo, tienes que comprarme un traje de marinero antiguo como el que saca Jeanne Moreau.

Yo le dije que me parecía perfecto, con tal de que lo siguiera esperando todo de mí. Elena me acarició la mano y sonrió.

–Ya sé que no terminas de liberarte, mi amor. Pero ten fe. Cuando acabes de darme todo lo que yo te pida, tú mismo rogarás que otro hombre comparta nuestras vidas. Tú mismo pedirás ser Jules. Tú mismo pedirás que Jim viva con nosotros y soporte el peso. ¿No lo dijo el Güerito? Amémonos los unos a los otros, cómo no.

Pensé que Elena podría tener razón en el futuro; sabía después de cuatro años de matrimonio que al lado suyo todas las reglas morales aprendidas desde la niñez tendían a desvanecerse naturalmente. Eso he amado siempre en ella: su naturalidad. Nunca niega una regla para imponer otra, sino para abrir una especie de puerta, como aquellas de los cuentos infantiles, donde cada hoja ilustrada contiene el anuncio de un jardín, una cueva, un mar a los que se llega por la apertura secreta de la página anterior.

–No quiero tener hijos antes de seis años –dijo una noche, recostada sobre mis piernas, en el salón oscuro de nuestra casa, mientras escuchábamos discos de Cannonball Adderley; y en la misma casa de Coyoacán que hemos decorado con estofados policromos y máscaras coloniales de ojos hipnóticos: –Tú nunca vas a misa y nadie dice nada. Yo tampoco iré y que digan lo que quieran; y en el altillo que nos sirve de recámara y que en las mañanas claras recibe la luz de los volcanes: –Voy a tomar el café con Alejandro hoy. Es un gran dibujante y se cohibiría si tú estuvieras presente y yo necesito que me explique a solas algunas cosas; y mientras me sigue por los tablones que comunican los pisos inacabados del conjunto de casas que construyo en el Desierto de los Leones: –Me voy 10 días a viajar en tren por la república; y al tomar un café apresurado en el Tirol a media tarde, mientras mueve los dedos en señal de saludo a los amigos que pasan por la calle de Hamburgo: –Gracias por llevarme a conocer el burdel, nibelungo. Me pareció como de tiempos de Toulouse-Lautrec, tan inocente como un cuento de Maupassant. ¿Ya ves? Ahora averigüé que el pecado y la depravación no están allí, sino en otra parte; y después de una exhibición privada de El ángel exterminador: –Víctor, lo moral es todo lo que da vida y lo inmoral todo lo que quita vida, ¿verdad que sí?

Y ahora lo repitió, con un pedazo de sándwich en la boca: –¿Verdad que tengo razón? Si un ménage à trois nos da vida y nos hace mejores en nuestras relaciones personales entre tres de lo que éramos en la relación entre dos, ¿verdad que eso es moral?

Asentí mientras comía, escuchando el chisporroteo de la carne que se asaba a lo largo de la alta parrilla. Varios amigos cuidaban de que sus rebanadas estuvieran al punto que deseaban y luego vinieron a sentarse con nosotros y Elena volvió a reír y a ser la de siempre. Tuve la mala idea de recorrer los rostros de nuestros amigos con la mirada e imaginar a cada uno instalado en mi casa, dándole a Elena la porción de sentimiento, estímulo, pasión o inteligencia que yo, agotado en mis límites, fuese incapaz de obsequiarle. Mientras observaba este rostro agudamente dispuesto a escuchar (y yo a veces me canso de oírla), ése amablemente ofrecido a colmar las lagunas de los razonamientos (yo prefiero que su conversación carezca de lógica o de consecuencias), aquél más inclinado a formular preguntas precisas y, según él, reveladoras (y yo nunca uso la palabra, sino el gesto o la telepatía para poner a Elena en movimiento), me consolaba diciéndome que, al cabo, lo poco que podrían darle se lo darían a partir de cierto extremo de mi vida con ella, como un postre, un cordial, un añadido. Aquél, el del peinado a lo Ringo Starr, le preguntó precisa y reveladoramente por qué seguía siéndome fiel y Elena le contestó que la infidelidad era hoy una regla, igual que la comunión todos los viernes antes, y lo dejó de mirar. Ese, el del cuello de tortuga negro, interpretó la respuesta de Elena añadiendo que, sin duda, mi mujer quería decir que ahora la fidelidad volvía a ser la actitud rebelde. Y éste, el del perfecto saco eduardiano, sólo invitó con la mirada intensamente oblicua a que Elena hablara más: él sería el perfecto auditor. Elena levantó los brazos y pidió un café exprés al mozo.

Caminamos tomados de la mano por las calles empedradas de Coyoacán, bajo los fresnos, experimentando el contraste del día caluroso que se prendía a nuestras ropas y la noche húmeda que, después del aguacero de la tarde, sacaba brillo a nuestros ojos y color a nuestras mejillas. Nos gusta caminar, en silencio, cabizbajos y tomados de la mano, por las viejas calles que han sido, desde el principio, un punto de encuentro de nuestras comunes inclinaciones a la asimilación. Creo que de esto nunca hemos hablado Elena y yo. Ni hace falta. Lo cierto es que nos da placer hacernos de cosas viejas, como si las rescatáramos de algún olvido doloroso o al tocarlas les diéramos nueva vida o al buscarles el sitio, la luz y el ambiente adecuados en la casa, en realidad nos estuviéramos defendiendo contra un olvido semejante en el futuro. Queda esa manija con fauces de león que encontramos en una hacienda de los Altos y que acariciamos al abrir el zaguán de la casa, a sabiendas de que cada caricia la desgasta; queda la cruz de piedra en el jardín, iluminada por una luz amarilla, que representa cuatro ríos convergentes de corazones arrancados, quizá, por las mismas manos que después tallaron la piedra, y quedan los caballos negros de algún carrusel hace tiempo desmontado, así como los mascarones de proa de bergantines que yacerán en el fondo del mar, si no muestran su esqueleto de madera en alguna playa de cacatúas solemnes y tortugas agonizantes.

Elena se quita el suéter y enciende la chimenea, mientras yo busco los discos de Cannonball, sirvo dos copas de ajenjo y me recuesto a esperarla sobre el tapete. Elena fuma con la cabeza sobre mis piernas y los dos escuchamos el lento saxo del Hermano Lateef, a quien conocimos en el Gold Bug de Nueva York con su figura de brujo congolés vestido por Disraeli, sus ojos dormidos y gruesos como dos boas africanas, su barbilla de Svengali segregado y sus labios morados unidos al saxo que enmudece al negro para hacerlo hablar con una elocuencia tan ajena a su seguramente ronco tartamudeo de la vida diaria, y las notas lentas, de una plañidera afirmación, que nunca alcanzan a decir todo lo que quieren porque solo son, de principio a fin, una búsqueda y una aproximación llenas de un extraño pudor, le dan un gusto y una dirección a nuestro tacto, que comienza a reproducir el sentido del instrumento de Lateef: puro anuncio, puro preludio, pura limitación a los goces preliminares que, por ello, se convierten en el acto mismo.

–Lo que están haciendo los negros americanos es voltearle el chirrión por el palito a los blancos –dice Elena cuando tomamos nuestros consabidos lugares en la enorme mesa chippendale del comedor de sus padres–. El amor, la música, la vitalidad de los negros obligan a los blancos a justificarse. Fíjense que ahora los blancos persiguen físicamente a los negros porque al fin se han dado cuenta de que los negros los persiguen psicológicamente a ellos.

–Pues yo doy gracias de que aquí no haya negros –dice el padre de Elena al servirse la sopa de poro y papa que le ofrece, en una humeante sopera de porcelana, el mozo indígena que de día riega los jardines de la casota de las Lomas.

–Pero eso qué tiene que ver, papá. Es como si los esquimales dieran gracias por no ser mexicanos. Cada quien es lo que es y ya. Lo interesante es ver qué pasa cuando entramos en contacto con alguien que nos pone en duda y sin embargo sabemos que nos hace falta. Y que nos hace falta porque nos niega.

–Anda, come. Estas conversaciones se vuelven más idiotas cada domingo. Lo único que sé es que tú no te casaste con un negro, ¿verdad? Higinio, traiga las enchiladas.

Don José nos observa a Elena, a mí y a su esposa con aire de triunfo, y doña Elena madre, para salvar la conversación languideciente, relata sus actividades de la semana pasada, yo observo el mobiliario de brocado color palo de rosa, los jarrones chinos, las cortinas de gasa y las alfombras de piel de vicuña de esta casa rectilínea detrás de cuyos enormes ventanales se agitan los eucaliptos de la barranca. Don José sonríe cuando Higinio le sirve las enchiladas copeteadas de crema y sus ojillos verdes se llenan de una satisfacción casi patriótica, la misma que he visto en ellos cuando el presidente agita la bandera el 15 de septiembre, aunque no la misma –mucho más húmeda– que los enternece cuando se sienta a fumar un puro frente a su sinfonola privada y escucha boleros. Mis ojos se detienen en la mano pálida de doña Elena, que juega con el migajón de bolillo y recuenta, con fatiga, todas las ocupaciones que la mantuvieron activa desde la última vez que nos vimos. Escucho de lejos esa catarata de idas y venidas, juegos de canasta, visitas al dispensario de niños pobres, novenarios, bailes de caridad, búsqueda de cortinas nuevas, pleitos con las criadas, largos telefonazos con los amigos, suspiradas visitas a curas, bebés, modistas, médicos, relojeros, pasteleros, ebanistas y enmarcadores. He detenido la mirada en sus dedos pálidos, largos y acariciantes, que hacen pelotitas con la migaja.

–…les dije que nunca más vinieran a pedirme dinero a mí, porque yo no manejo nada. Que yo los enviaría con gusto a la oficina de tu padre y que allí la secretaria los atendería…

…la muñeca delgadísima, de movimientos lánguidos, y la pulsera con medallones del Cristo del Cubilete, el Año Santo en Roma y la visita del presidente Kennedy, realzados en cobre y en oro, que chocan entre sí mientras doña Elena juega con el migajón…

–…bastante hace una con darles su apoyo moral, ¿no te parece? Te busqué el jueves para ir juntas a ver el estreno del Diana. Hasta mandé al chofer desde temprano a hacer cola, ya ves qué colas hay el día del estreno…

…y el brazo lleno, de piel muy transparente, con las venas trazadas como un segundo esqueleto, de vidrio, dibujado detrás de la tersura blanca.

–…invité a tu prima Sandrita y fui a buscarla con el coche pero nos entretuvimos con el niño recién nacido. Está precioso. Ella está muy sentida porque ni siquiera has llamado para felicitarla. Un telefonazo no te costaría nada, Elenita…

…y el escote negro abierto sobre los senos altos y apretados como un nuevo animal capturado en un nuevo continente…

–…después de todo, somos de la familia. No puedes negar tu sangre. Quisiera que tú y Víctor fueran al bautizo. Es el sábado entrante. La ayudé a escoger los ceniceritos que van a regalarle a los invitados. Vieras que se nos fue el tiempo platicando y los boletos se quedaron sin usar.

Levanté la mirada. Doña Elena me miraba. Bajó en seguida los párpados y dijo que tomaríamos el café en la sala. Don José se excusó y se fue a la biblioteca, donde tiene esa rocola eléctrica que toca sus discos favoritos a cambio de un falso 20 introducido por la ranura. Nos sentamos a tomar el café y a lo lejos el jukebox emitió un glu-glu y empezó a tocar Nosotros mientras doña Elena encendía el aparato de televisión, pero dejándolo sin sonido, como lo indicó llevándose un dedo a los labios. Vimos pasar las imágenes mudas de un programa de tesoro escondido, en el que un solemne maestro de ceremonias guiaba a los cinco concursantes –dos jovencitas nerviosas y risueñas peinadas como colmenas, un ama de casa muy modosa y dos hombres morenos, maduros y melancólicos– hacia el cheque escondido en el apretado estudio repleto de jarrones, libros de cartón y cajitas de música.

Elena sonrió, sentada junto a mí en la penumbra de esa sala de pisos de mármol y alcatraces de plástico. No sé de dónde sacó ese apodo ni qué tiene que ver conmigo, pero ahora empezó a hacer juegos de palabras con él mientras me acariciaba la mano:

–Nibelungo. Ni Ve Lungo. Nibble Hon-go. Niebla lunga.

Los personajes grises, rayados, ondulantes buscaban su tesoro ante nuestra vista y Elena, acurrucada, dejó caer los zapatos sobre la alfombra y bostezó mientras doña Elena me miraba, interrogante, aprovechada de la oscuridad, con esos ojos negros muy abiertos y rodeados de ojeras profundas. Cruzó una pierna y se arregló la falda sobre las rodillas. Desde la biblioteca nos llegaban los murmullos del bolero: “nosotros, que nos queremos tanto” y, quizás, algún gruñido del sopor digestivo de don José. Doña Elena dejó de mirarme para fijar sus grandes ojos negros en los eucaliptos agitados detrás del ventanal. Seguí su nueva mirada. Elena bostezaba y ronroneaba, recostada sobre mis rodillas. Le acaricié la nuca. A nuestras espaldas, la barranca que cruza como una herida salvaje las Lomas de Chapultepec parecía guardar un fondo de luz secretamente subrayado por la noche móvil que doblaba la espina de los árboles y despeinaba sus cabelleras pálidas.

–¿Recuerdas Veracruz? –dijo, sonriendo, la madre a la hija; pero doña Elena me miraba a mí. Elena asintió con un murmullo, adormilada sobre mis piernas, y yo contesté:

–Sí. Hemos ido muchas veces juntos.

–¿Le gusta? –doña Elena alargó la mano y la dejó caer sobre el regazo.

–Mucho –le dije–. Dicen que es la última ciudad mediterránea. Me gusta la comida. Me gusta la gente. Me gusta sentarme horas en los portales y comer molletes y tomar café.

–Yo soy de allí –dijo la señora; por primera vez noté sus hoyuelos.

–Sí. Ya lo sé.

–Pero hasta he perdido el acento –rio, mostrando las encías–. Me casé de 18 años. Y en cuanto vive una en México pierde el acento jarocho. Usted ya me conoció, pues madurita.

–Todos dicen que usted y Elena parecen hermanas.

Los labios eran delgados pero agresivos: –No. Es que ahora recordaba las noches de tormenta en el golfo. Como que el sol no quiere perderse, ¿sabe usted?, y se mezcla con la tormenta y todo queda bañado por una luz muy verde, muy pálida, y una se sofoca detrás de los batientes esperando que pase el agua. La lluvia no refresca en el trópico. Nomás hace calor. Y no sé por qué los criados tenían que cerrar los batientes cada vez que venía una tormenta. Tan bonito que hubiera sido dejarla pasar con las ventanas muy abiertas.

Encendí un cigarrillo: –Sí, se levantan olores muy espesos. La tierra se desprende de sus perfumes de tabaco, de café, de pulpa…

–También las recámaras –doña Elena cerró los ojos.

–¿Cómo?

–Entonces no había clósets –se pasó la mano por las ligeras arrugas cercanas a los ojos–. En cada cuarto había un ropero y las criadas tenían la costumbre de colocar hojas de laurel y orégano entre la ropa. Además, el sol nunca secaba bien algunos rincones. Olía a moho, ¿cómo le diré?, a musgo…

–Sí, me imagino. Yo nunca he vivido en el trópico. ¿Lo echa usted de menos?

Y ahora se frotó las muñecas, una contra otra, y mostró las venas saltonas de las manos: –A veces. Me cuesta trabajo acordarme. Figúrese, me casé de 18 años y ya me consideraban quedada.

–¿Y todo esto se lo recordó esa extraña luz que ha permanecido en el fondo de la barranca?

La mujer se levantó. –Sí. Son los spots que José mandó poner la semana pasada. Se ven bonitos, ¿no es cierto?

–Creo que Elena se ha dormido.

Le hice cosquillas en la nariz y Elena despertó y regresamos en el MG a Coyoacán.

–Perdona esas latas de los domingos –dijo Elena cuando yo salía a la obra la mañana siguiente–. Qué remedio. Alguna liga debía quedarnos con la familia y la vida burguesa, aunque sea por necesidad de contraste.

–¿Qué vas a hacer hoy? –le pregunté mientras enrollaba mis planos y tomaba mi portafolios.

Elena mordió un higo y se cruzó de brazos y le sacó la lengua a un Cristo bizco que encontramos una vez en Guanajuato. –Voy a pintar toda la mañana. Luego voy a comer con Alejandro para mostrarle mis últimas cosas. En su estudio. Sí, ya lo terminó. Aquí en el Olivar de los Padres. En la tarde iré a la clase de francés. Quizá me tome un café y luego te espero en el cine-club. Dan un western mitológico: High Noon. Mañana quedé en verme con esos chicos negros. Son de los Black Muslims y estoy temblando por saber qué piensan en realidad. ¿Te das cuenta que solo sabemos de eso por los periódicos? ¿Tú has hablado alguna vez con un negro norteamericano, nibelungo? Mañana en la tarde no te atrevas a molestarme. Me voy a encerrar a leerme Nerval de cabo a rabo. Ni crea Juan que vuelve a apantallarme con el soleil noir de la mélancolie y llamándose a sí mismo el viudo y el desconsolado. Ya lo caché y le voy a dar un baño mañana en la noche. Sí, va a “tirar” una fiesta de disfraces. Tenemos que ir vestidos de murales mexicanos. Más vale asimilar eso de una vez. Cómprame unos alcatraces, Víctor nibelunguito, y si quieres vístete del cruel conquistador Alvarado que marcaba con hierros candentes a las indias antes de poseerlas. –Oh Sade, where is the whip? Ah, y el miércoles toca Miles Davies en Bellas Artes. Es un poco passé, pero de todos modos me alborota el hormonamen. Compra boletos. Chao, amor.

Me besó la nuca y no pude abrazarla por los rollos de proyectos que traía entre manos, pero arranqué en el auto con el aroma del higo en el cuello y la imagen de Elena con mi camisa puesta, desabotonada y amarrada a la altura del ombligo y sus estrechos pantalones de torero y los pies descalzos, disponiéndose a… ¿iba a leer un poema o a pintar un cuadro? Pensé que pronto tendríamos que salir juntos de viaje. Eso nos acercaba más que nada. Llegué al periférico. No sé por qué, en vez de cruzar el puente de Altavista hacia el Desierto de los Leones, entré al anillo y aceleré. Sí, a veces lo hago. Quiero estar solo y correr y reírme cuando alguien me la refresca. Y, quizá, guardar durante media hora la imagen de Elena al despedirme, su naturalidad, su piel dorada, sus ojos verdes, sus infinitos proyectos, y pensar que soy muy feliz a su lado, que nadie puede ser más feliz al lado de una mujer tan vivaz, tan moderna, que… que me… que me complementa tanto.

Paso al lado de una fundidora de vidrio, de una iglesia barroca, de una montaña rusa, de un bosque de ahuehuetes. ¿Dónde he escuchado esa palabrita? Complementar. Giro alrededor de la Fuente de Petróleos y subo por el Paseo de la Reforma. Todos los automóviles descienden al centro de la ciudad, que reverbera al fondo detrás de un velo impalpable y sofocante. Yo asciendo a las Lomas de Chapultepec, donde a estas horas sólo quedan los criados y las señoras, donde los maridos se han ido al trabajo y los niños a la escuela y seguramente mi otra Elena, mi complemento, debe esperar en su cama tibia con los ojos negros y ojerosos muy azorados y la carne blanca y madura y honda y perfumada como la ropa en los bargueños tropicales.

 

(Tomado de Fuentes, Carlos, Cantar de ciegos, Joaquín Mortiz, 1964)

 

Reichenau

Juan Benet

 

Años atrás le había dicho:

–Si desea usted algo no tiene más que llamar al timbre; yo acudiré enseguida.

No lo había dicho con esa carencia de tono de quien se halla habituado una y otra vez a la misma fórmula; sin duda no solo contaba con pocos clientes sino que quiso dar a la frase una intención que entonces no supo adivinar, ansioso por llegar a la cama y demasiado ocupado por la sensación de malestar que le produjo el sujeto.

Fue una noche en que se perdió en un cruce de carreteras, se adentró por una de montaña en lamentable estado y solamente al cabo de un par de horas pudo llegar a otra asfaltada donde aún existía un poste de fundición de principios de siglo, cuyas indicaciones estaban tan borradas que no pudo descifrarlas al resplandor de los faros. Sin lograr orientarse en el mapa tomó al azar un sentido y al cabo de bastantes kilómetros dio con un pueblo desierto y apagado –una docena de casas de adobe a ambos lados de la carretera y una sola bombilla que se balanceaba en el aire colgada del cable, tan mortecina que ni siquiera llegaba a iluminar la calzada–, de suerte que, a pesar del cansancio y lo avanzado de la hora, no tuvo otra opción que seguir adelante, en la dirección de una señal que decía: “A Región 23 km”. Así que cuando poco después, a la salida de una fuerte curva, se topó con un caserón al pie de la carretera con un melancólico luminoso que escuetamente decía “Camas” no lo pensó dos veces.

A la segunda llamada se iluminó y abrió una ventana de la planta media y un sujeto –cuidándose de poner en evidencia que había sido despertado y sacado de la cama– le preguntó qué deseaba y de malos modos le ordenó, tras acceder a acogerlo por aquella noche, que dejara el coche detrás de la casa. Se demoró bastante en abrir la puerta y todavía se abrochaba el cinturón por debajo de la chaqueta del pijama cuando sin más preguntas y sin exigirle documentación alguna tomó del casillero una larga llave, con el número 9 estampado en una chapa unida a ella mediante una anilla.

El hostal era un edificio de construcción barata y anticuada, con un tufillo a humedad, amueblado para su menester con tanto rigor y tanta economía que por doquier imperaba un manifiesto desprecio al detalle innecesario: las bombillas colgaban exentas de sus casquillos, las paredes no se ornamentaban con las estampas de los calendarios y en el dormitorio –además de la cama metálica, la mesilla de noche y un minúsculo lavabo sin agua corriente– no existía otro mueble que una silla con tablero de contrachapado. En cuanto al dueño –pues era evidente que se trataba del dueño– no cabía señalar sino el escaso aprecio que parecía tener hacia su propia ocupación, como si en ella hubiera buscado refugio más por seguridad que por otra razón, a fin de poner a resguardo unos pocos dineros ganados quién sabe dónde y de qué manera. Al tiempo que le dejó pasar, haciéndole entrega de la llave, le dijo señalando a la pera que colgaba sobre la cabecera de la cama:

–Si desea usted algo no tiene más que llamar. Yo acudiré al momento.

Se durmió en seguida, con el pensamiento puesto en abreviar cuanto le fuera posible aquella noche teresiana, pero pronto se había de despertar sudando, agobiado por el peso de las mantas. Empezó por revolverse en la cama, incapaz de desentenderse de su intenso olorcillo a pobreza, hasta que le llegó el eco de las voces, el cuchicheo de dos o tres personas más allá de paredes y corredores vacíos, más allá de una cocina desierta y un obrador en orden, palabras amagadas y risas contenidas que parecían corresponder a la conversación de unas sirvientas cuyas voces no debían alcanzar el ámbito de los señores.

Insomne e inquieto encendió la luz y entonces cesaron las voces. Vino a suponer que el resplandor de su ventana en la carretera había servido de advertencia a los imprudentes charlatanes y, con el ánimo más tranquilo, volvió a apagar la luz aunque recelara ya de poder sublimar su descanso en el sueño. Pronto habían de volver, más cercanos y zumbantes, sonidos silbantes y prolongados y consonantes repetidas a punto en cada momento de cristalizar en una palabra inteligible que desaparecía en el aire como una pompa de jabón, que le fueron envolviendo con su inverosímil aproximación, con tal intensidad que contradecía la lejanía, con la sospecha de que iban dirigidas a él precisamente porque nunca sería capaz de comprenderlas. No, no procedían de un lugar determinado, no eran pronunciadas en parte alguna porque se trataba de un espacio sonoro definitivo –más allá de los muebles y las paredes de su habitación– por la cadena de susurros y risas femeninas –mujeres de edad, que se confiaban secretos malignos, que se fundían y separaban en un torbellino de gestos y movimientos abortados y esfumados en el mismo momento de aparecer en el argentino reverbero de la oscuridad– no traídos por el éter sino conjugados con el único continuo de las tinieblas e inseparables de ellas.

Encendió de nuevo la lámpara pero por poco tiempo. La bombilla se fundió, tras un chasquido que fue la señal para que las mujeres iniciaran de nuevo su fiesta, alborozadas por su victoria sobre la luz y dispuestas a aprovechar la impunidad de que se habían hecho acreedoras.

Se levantó sudando pero como hacía frío en la habitación volvió a la cama. Escondió la cabeza bajo las mantas y… en efecto, se diría que su conversación se hizo más recogida, como si se desarrollara también en un muy próximo y a la vez remoto rincón bajo las sábanas. Sacó la cabeza de entre las mantas para, a tientas, buscar la pera del timbre que colgaba sobre su cabeza y cuando la encontró no pudo llamar. Más bien le contuvo la aprensión de tener que recurrir al dueño del hotel, el recuerdo de una mueca de suficiencia, la cabeza de cartón-piedra. Agarró la pera con ambas manos e incluso se la llevó a la boca, azuzado por la fiebre, acariciando el botón con la lengua sin poder contener ni las lágrimas ni la orina ante el intolerable crescendo de las voces que solamente remitieron con una amanecida que le había de sorprender cubierto de sudor, jadeante y exhausto, con la cabeza apoyada en los barrotes del testero y la mirada idiotizada, casi colgado con ambas manos del cordón eléctrico del timbre, orgulloso empero de haber sobrellevado la noche sin recurrir a la ayuda que le había sido ofrecida.

Cuando abonó la cuenta –una cuenta irrisoria– a la mañana siguiente no cruzó una palabra de más con el dueño del hotel; acaso una sensación de confianza se había enseñoreado de un ánimo aherrojado en aquellas fechas por toda clase de dificultades pero capaz de pasar por encima de la oblicua mirada del dueño del hotel que, sin duda –añadiendo el despecho a guisa de interés–, quiso significarle que bien podía haberse ahorrado tal trance con solo haber apoyado el timbre; que no era un reproche ni una advertencia, sino la exposición de un estado de cuentas; que no se llamara a engaño porque el trance que había sufrido no era más que la sanción al rechazo de su oferta; y que en circunstancias análogas otra vez lo pensara mejor porque bien podía ahorrárselo con solo apoyar el timbre. Que bien claro se lo había dicho la noche anterior.

 

Fueron los primeros tiempos de una profesión dura, difícil y solitaria, empeñado en vender en tierras ingratas artículos que en aquellos tiempos no eran de primera necesidad. Pero a fuerza de confianza y perseverancia pronto había de alcanzar la independencia profesional, el bienestar económico, la representación de productos extranjeros, transformado en un hombre de negocios y en un inveterado fumador que una vez al año se veía obligado a hacer una prolongada cura de reposo. Pero ya estaban lejos aquellos primeros tiempos en que, con una pequeña furgoneta cargada de artículos innecesarios, llegó una noche a un hotel de carretera –en el corazón de un desierto nocturno– que de no haber sido olvidado constituiría el peor momento de aquellos años difíciles. y si lo recordaba era como el obligado preámbulo a la presente prosperidad.

El picor en la garganta y la opresión en los pulmones lo despertaron una vez más, bien entrada la noche pero en circunstancias muy distintas. Era una noche plateada, no lejos del lago de Constanza, acompasada por un cierto rumor que parecía esconderse tras aquel otro sereno y solemne de los abetos y las tímidas palmadas de las hojas de tilos y alerces, como si aplaudieran –por cortesía, no con entusiasmo– los despropósitos e insensateces de un oculto animador nocturno inasequible a los sentidos del hombre. Pero entre ellos –por entre la repleta tribuna de la orilla que descendía hacia el lago– se ocultaban las risas femeninas, más altas, perceptibles, sonoras y nerviosas en cuanto caía el viento y la fronda cesaba de palmear, atenta a la próxima ocurrencia.

Cerró la ventana y en un instante la habitación quedó invadida del tumultuoso susurro sin espacio ni procedencia de las mujeres de edad, de sus risas por momentos menos contenidas y más próximas, a punto de materializarse en las manos y los gestos dirigidos hacia él, en los guiños y las miradas que, borrando las espurias sombras del mobiliario, surgieron en la abyecta desnudez desprovista incluso de tinieblas en que habían de fundirse antes, un instante antes, de encender la luz y llamar la camarera.

Y entonces comprendió que ya no tenía el valor de antaño, que había sucumbido. Y al recordarlo comprendió que desde aquella remota y anacrónica región, muchos atrás, hasta el actual Reichenau, en Württemberg, no lejos del lago de Constanza (como le había advertido con la mirada) le había estado siguiendo y esperando; que le había estado observando desde que se separaran y que había adquirido la certeza de que en las nuevas circunstancias ya no sabría atenerse a su confianza, sino que –por el contrario– sucumbiría a la ayuda prometida por el timbre. Porque al instante reconoció sus pasos sobre la moqueta del pasillo y supo que no tendría ninguna dificultad en abrir la puerta; que aquel que no en vano le había advertido en su día que no vacilara en llamarle si necesitaba ayuda se tomaba ahora su revancha con la jactancia acumulada tras tantos años de desdeñoso olvido porque no prescribían las condiciones entonces establecidas. No se movió de la cama. Sentado sobre la almohada, retrocediendo y apretando la espalda contra la pared, pudo reconocer su mano y la figura de cartón-piedra por la lenta manera con que hizo girar el picaporte.

 

(Tomado de www.talesofmytery.blogspot.com)