Augusto Roa Bastos
El ingenio se hallaba cerrado por limpieza y reparaciones
después de la zafra. Un tufo de horno henchía la pesada y eléctrica noche de diciembre.
Todo estaba quieto y parado junto al río. No se oían las aguas ni el follaje. La
amenaza de mal tiempo había puesto tensa la atmósfera como el hueco negro de una
campana en la que el silencio parecía freírse con susurros ahogados y secretas resquebrajaduras.
En eso surgió de
las barrancas la música del acordeón. Era una melodía ubicua, deshilachada. Se interrumpía
y volvía a empezar en un sitio distinto, a lo largo de la caja acústica del río.
Sonaba nostálgica y fantasmal.
–¿Y eso qué es?
–preguntó un forastero.
–El cordión de Solano
–informó un viejo.
–¿Quién?
–Solano Rojas, el
pasero ciego.
–Pero, ¿no dicen
que murió?
–Él sí. Pero el
que toca agora e’ su la’sánima.
–¡Aicheyarangá,
Solano! –murmuró una vieja persignándose.
La mole de la fábrica
flotaba inmóvil en la oscuridad. Un perro ladró a lo lejos, como si ladrara bajo
tierra. Dos o tres críos desnudos se revolvieron en los regazos de sus madres, junto
al fuego. Uno de ellos empezó a gimotear asustado, quedamente.
–Callate, m’hijo.
Escuchá a Solano. E’tá solito en el Paso.
El contrapunto de
un guaimingüé que rompió con su tañido la quietud del monte, volvió aún más fantasmal
la melodía. El acordeón sonaba ahora con un lamento distante y enlutado.
–Así suena cuando
no hay luna –dijo el viejo encendiendo su cigarro en un tizón en el que se quemaba
un poco de noche.
–La debe andar buscando
todavía.
–¡Pobre Solano!
Cuando se apagó
el murmullo de las voces, se pudo notar que el acordeón fantasma no sonaba ya en
la garganta del río. Sólo la campana forestal siguió tañendo por un rato, a distancia
imprecisable. Después también el pájaro calló. Los últimos ecos resbalaron sobre
el río. Y el silencio volvió a ser tenso, pesado, oscuro.
Los primeros relámpagos
se encendían hacia el poniente, por detrás de la selva. Eran como fugaces párpados
de piel amarilla que subían y bajaban súbitamente sobre el ojo inmenso de la tiniebla.
El acordeón no volvió
a sonar esa noche en el Paso.
En ese recodo del
Tebikuary vivió sus últimos años Solano Rojas, el cabecilla de la huelga, después
de volver ciego de la cárcel.
Probablemente él
mismo a su regreso le dio al sitio el nombre con el que se le conoce ahora: Paso
Yasy-Mörötï. Las barrancas calizas y el banco de arena sobre el agua verde, forman
allí en efecto una media luna color de hueso que resplandece espectralmente en las
noches de sequía.
Pero tal vez el
nombre de Paso haya surgido menos de su forma que de cierta obstinada imagen pegada
a la memoria del pasero.
Vivía en la barranca
boscosa que remata en el arenal. Aún se pueden ver los restos de su rancho devorado
por el monte, sobre aquella pequeña ensenada. Es un remanso quieto y profundo. Ahí
guardaba su balsa.
No era difícil adivinar
por qué había elegido ese sitio. Enfrente, sobre la barranca opuesta estaban las
ruinas carbonizadas de la Ogaguasú en la que había terminado el funesto dominio
de Harry Way, el fabricante yanqui que continuó y perfeccionó el régimen de opresiva
expoliación fundado por Simón Bonavi, el comerciante judío-español de Asunción.
Es cierto que Solano
Rojas ya no podía ver las ruinas ni el nuevo ingenio levantado en el mismo emplazamiento
del anterior. Pero él debió contentarse seguramente con tenerlos delante, con sentirlos
en el muerto pellejo de sus ojos y recordarles todos los días su presencia acusadora
y apacible.
Se apostó allí y
dio a su vigilancia una forma servicial: su trabajo de pasero, que era poco menos
que gratuito y filantrópico, pues nunca aceptó que le pagaran en dinero. Sólo recibía
el poco de tabaco o de bastimento que sus ocasionales pasajeros querían darle. Y
a las mujeres y los niños que venían desde remotos parajes del Guairá, los pasaba
de balde ida y vuelta. Durante el trayecto les hablaba, especialmente a los chicos.
–No olviden kená,
che ra’y-kuera, que siempre debemo’ ayudarno’ lo uno a lo’ jotro, que siempre debemo’
etar unido. El único hermano de verdá que tiene un pobre ko’ e’ otro pobre. Y junto’
todo’ nojotro formamo la mano, el puño humilde pero juerte de lo’ trabajadore…
No era un burdo
elemento subversivo. Era un auténtico y fragante revolucionario, como verdadero
hombre del pueblo que era. Por eso lo habían atado para siempre a la noche de la
ceguera. Hablaba desde ella sin amargura, sin encono, pero con una profunda convicción.
Tenía indudablemente conciencia de una oscura y vital labor docente. Su cátedra
era la balsa, sobre el río; unos toscos tablones boyando en un agua incesante como
la vida. Había algo de religioso pero al mismo tiempo de pura y simple humanidad
en Solano Rojas cuando hablaba. Su cara morena y angulosa se tornaba viviente por
debajo de la máscara que le habían dejado; se llenaba de una secreta exaltación.
Sus ojos ciegos parecían ver. La honda cicatriz del hachazo en la frente también
parecía mirar como otro ojo arrugado y seco. Los harapientos mitá’í lo contemplaban
con una especie de fascinada veneración mientras remaba. No tenía más de cuarenta
años, pero parecía un viejo. Sólo llevaba puesto un rotoso pantalón de a’tópoí arremangado
sobre las rodillas. El torso flaco y desnudo estaba vestido con las cicatrices que
el látigo de los capangas primero y el yatagán de los guardiacárceles después habían
garabateado en su piel. En esa oscura cuartilla los chicos analfabetos leían la
lección que les callaba Solano. Y un nudo de miedo valeroso, de emocionada camaradería,
se les atragantaba con la saliva al saltar de la balsa gritando:
–¡Ha’ta la güelta,
Solano!
–¡Adió manté, che
ra’y-kuera!
Quedaba un rato
en la orilla, pensativo. La mole rojiza del ingenio se desmoronaba silenciosamente
sobre él desde el pasado. La sentía pesar en sus hombros. Desatracaba con lentitud
y volvía a su remanso a favor de la corriente, sin remar, sin moverse. Sólo la roldanita
de palo iba chirriando en el alambre.
Después de la puesta
de sol sacaba su remendado acordeón y se sentaba a tocar en un apyká bajito, recostado
contra un árbol. Casi siempre empezaba con el campamento Cerro-León tendiendo sus
miradas de ciego hacia los escombros de la Ogaguasú, en el talud calizo, destruido
por el fuego vindicador hacía quince años y habitado sólo ahora por los lagartos
y las víboras. No restaba más que eso de Simón Bonaví, de Eulogio Penayo, de Harry
Way.
Era su manera de
recordarles que él aún estaba allí vencido sólo a medias.
Su presencia surgía
en la sombra, entorchada de abultados costurones, rayada por las verberaciones oscilantes,
como si el agua se divirtiera jugando a ponerle y sacarle un traje de presidiario
trémulo y transparente.
Las ruinas también
lo miraban con ojos ciegos. Se miraban sin verse, el río de por medio, todas las
cosas que habían pasado, el tiempo, la sangre que había corrido, entre ellos dos;
todo eso y algo más que sólo él sabía. Las ruinas estaban silenciosas entre los
helechos y las ortigas. Él tenía su música. Sus manos se movían con ímpetu arrugando
y desarrugando el fuelle. Pero en el rezongo melodioso flotaba su secreto como los
camalotes y los raigones negros en el río.
Un último reflejo
verde le bañaba el rostro volcado hacia arriba en el recuerdo instintivo de la luz.
Después se oscurecía porque lo agachaba sobre el instrumento como quien esconde
la cara entre las manos.
Poco a poco la música
se ponía triste y como enlutada. Una canción de campamento junto al fuego apagado
de un vivac en la noche del destino. A eso sonaba el acordeón de Solano Rojas junto
al río natal. ¿No estarían dialogando acaso el agua oscura y el hijo ciego acerca
de cosas, de recuerdos compartidos?
Él tenía metido
adentro, en su corazón indomable, un luchador, un rebelde que odiaba la injusticia.
Eso era verdad. Pero también un hombre enamorado y triste. Solano Rojas sabía ahora
que amor es tristeza y engendra sin remedio la soledad. Estaba acompañado y solo.
En ese sitio había
peleado y amado. Allí estaban su raíz, su alegría y su infortunio. El remendado
acordeón lo decía en su lenguaje de resina y ala, en su pequeño pulso de tambor
guerrero que esculpía en las barrancas y en la gente las antiguas palabras marciales:
Campamento Cerro-León,
catorce, quince, yesiséis, yesisiete, yesi’ocho, yesinueve batallón…
Ipuma-ko la diana,
pe pacpá-ke lo’mitá…
La lucha no se había
perdido. Solano Rojas no podía ver los resultados, pero los sentía. Allí estaba
el ingenio para testificarlo; el régimen de vida y trabajo más humano que se había
implantado en él; la gradual extinción del temor y de la degradación en la gente,
la conciencia cada vez más clara de su condición y de su fraternidad; esos andrajosos
mita’í en los que él sembraba la oscura semilla del futuro, mientras movía su arado
en el agua.
Venían a consultarlo
en la barranca. El rancho del pasero de Yasy-Mörötï era el verdadero sindicato de
los trabajadores del azúcar en esa región.
–Solano, ya cortaron
otra ve’ lo’turno para nojotro entrar el cañadurce –informaban los pequeños agricultores.
–Solano, el trabajo
por tareas ko se paga michí-itereí –se quejaban los cortadores.
Solano, esto y lo’jotro.
Él los aconsejaba
y orientaba. Ninguna solución propuesta por Solano había fracasado. En el ingenio
y en las plantaciones se daban cuenta en seguida cuando una demanda subía del Paso.
–Viene del sindicato
karapé –decían.
Y la respetaban,
porque esa demanda pesaba como un trozo de barranca y tenía su implacable centro
de equilibrio en lo justo.
No; su sacrificio
no había sido estéril. El combate, los años de prisión, sus cicatrices, su ceguera.
Nada había sido inútil. Estaba contento de haberse jugado entero en favor de sus
hermanos.
Pero en el fondo
de su oscuridad desvelada e irremediable su corazón también le reclamaba por ella,
por esa mujer que sólo ahora era como un sueño con su cuerpo de cobre y su cabeza
de luna. Teñida por el fuego y los recuerdos.
Ella, Yasy-Mörötï.
No habían estado
juntos más que contados instantes. Apenas habían cambiado palabras. Pero la voz
de ella estaba ahora disuelta en la voz del río, en la voz del viento, en la voz
de su cascado acordeón.
La veía aún al resplandor
de los fogones, en medio de la destrucción y de la muerte, en medio de la calma
que siguió después como un tiempo que había fluido fuera del tiempo. Y un poco antes,
cuando convaleciendo del castigo, él la entrevió a su lado, menos un firme y joven
cuerpo de mujer que una sombra desdibujada sobre el agua revuelta y dolorida en
la que todo él flotaba como un guiñapo.
La recordaba como
entonces y aunque estuviera lejos o se hubiese muerto, la esperaría siempre. No;
pero ella no estaba muerta. Sólo para él era como un sueño. A veces la sentía pasar
por el río. Pero ya no podía verla sino en su interior, porque la cárcel le había
dejado intactos sus recuerdos pero le había comido los ojos.
Estaba acompañado
y solo. Por eso el acordeón sonaba vivo y marcial entre las barrancas de Paso Yasy-Mörötï,
pero al mismo tiempo triste y nostálgico, mientras caía la noche sobre su noche.
Luna blanca que
de mí te alejas
con ojos distantes…
Yasy-Mörötï…
Antes de establecerse
la primera fábrica de azúcar en Tebikuary-Costa, la mayor parte de sus pobladores
se hallaba diseminada en las montuosas riberas del río. Vivían en estado semisalvaje
de la caza, de la pesca, de sus rudimentarios cultivos, pero por lo menos vivían
en libertad, de su propio esfuerzo, sin muchas dificultades y necesidades. Vivían
y morían insensiblemente como los venados, como las plantas, como las estaciones.
Un día llegó Simón
Bonaví con sus hombres. Vinieron a caballo desde San Juan de Borja explorando el
río para elegir el lugar. Por fin al comienzo del valle que se extendía ante ellos
desde el recodo del río, Simón Bonavi se detuvo.
–Aquí –dijo paseando
las rajas azules de sus ojos por toda la amplitud del valle–. Me gusta esto.
Sacó del bolsillo
un mapa bastante ajado y se puso a estudiarlo con concentrada atención. Su larga
y ganchuda nariz de pájaro de rapiña daba la impresión de que iba a gotear sobre
el papel. De tanto en tanto, distraídamente, se olía el pulgar y el índice frotándolos
un poco como si aspirara polvo de tabaco. Los otros lo miraban en silencio, expectantes.
–Sí –dijo Simón
Bonaví levantando la cabeza–. Esto es del fisco. Agua, tierras, gente. En estado
inculto pero en abundancia. Es lo que necesitamos. Y nos saldrá gratis, por añadidura
–giró el brazo con un gesto de apropiación; un gesto ávido, pero lento y seguro.
Los hombres también
husmearon en todas direcciones y aprobaron respetuosos lo que dijo el patrón. En
los ojos mansos y azules del sefardí la codicia tenía algo de apaciblemente siniestro
como en su sonrisa, una hilacha blanda entre los dientes, entre los labios finos,
como la rebaba festiva de su metálica y envainada sordidez.
Un hombre rubio,
que parecía alemán, estudiaba el lugar con un ojo cerrado.
–Forkel –lo llamó
Bonaví.
–Sí, don Simón.
–Puede medir no
más. Aquí nos plantamos.
Descabalgaron. Un
mulato bizco y gigantesco que siempre andaba detrás de Bonaví con un parabellum
al cinto, lo ayudó a desmontar. Lo bajó aupado como a un niño.
–Gracias, Penayo
–le sonrió el patrón.
Los ayudantes de
Forkel empezaron a medir el terreno con una cinta de acero que se enrollaba y desenrollaba
desde un estuche, semejante a una víbora chata y brillante.
Simón Bonaví era
bajito y ventrudo. A la sombra del mulato, parecía casi un enano. Tenia las piernas
muy combadas. Era el único que no llevaba polainas de cuero. Su ropa era oscura
y su ridículo sombrerito que más parecía un birrete, tiraba al color de un ratón
muerto sobre los mofletes rubicundos. Frecuentemente y como al descuido, introducía
los dedos en la abertura del pantalón. El olor de sus partes era su rapé. De allí
lo extraía, casi sin recato, entre el índice y el pulgar. Y al aspirarlo, sus ojos
mortecinos, su pacífica expresión se reanimaban.
–¿Qué huele, don?
–le había preguntado una vez, al discutir un negocio, un colega curioso y desaprensivo
que lo veía meter a cada momento la mano bajo la mesa.
–El olor del dinero,
mi amigo –le respondió sin inmutarse Simón Bonaví, al verse descubierto.
En ese valle del
Tebikuary del Guairá, el “olor del dinero” parecía formar parte de su atmósfera.
Simón Bonaví lo pellizcaba en el aire mientras sus hombres hacían pandear sobre
las cortaderas la flexible víbora de metal.
–El proyecto del
ferrocarril a Encarnación pasa a un kilómetro de aquí–comentó el patrón.
–Probablemente –asintió
el ingeniero alemán–. El terminal está a cinco leguas al norte de San Juan de Borja.
–Pasa por aquí.
Lo he visto en el mapa.
–Ja. Eso es muy
interesante, don Simón –dijo entonces el alemán sin despegar los ojos de los agrimensores.
–Claro. Sin ferrocarril
no hay fábrica –los carrillos sonrosados estaban plácidos. Hasta cuando amenazaba,
Simón Bonaví permanecía tierno y risueño.
–Sin ferrocarril
no hay fábrica –respondió el otro en un eco servil.
–En Asunción moveré
mis influencias para que siga la construcción de la trocha. Nosotros levantaremos
aquí la fábrica. Que el gobierno ponga las vías. Eso es hacer patria –el cuchillito
blanco se reflejaba entre los dientes sucios y grandes,
–Eso es hacer patria
–dijo el ingeniero.
Así nació el ingenio.
Simón Bonaví conchavó a los pobladores. Al principio éstos se alegraron porque veían
surgir las posibilidades de un trabajo estable. Simón Bonaví los impresionó bien
con sus maneras mansas y afables. Un hombre así tenía que ser bueno y respetable.
Acudieron en masa. El patrón los puso a construir olerías y un terraplén que avanzó
al encuentro de los futuros rieles.
Con los ladrillos
rojizos que salían de los hornos se edificó la fábrica. Después llegaron las complicadas
maquinarias, el trapiche de hierro, los grandes tachos de cobre para la cocción.
Tuvieron que transportarlos en alzaprimas desde el terminal del ferrocarril, sobre
una distancia de más de diez leguas.
Se levantaron los
depósitos, algunas viviendas, la comisaría la proveeduría. Los hombres trabajaban
como esclavos. Y no era más que el comienzo. Pero de los patacones con que soñaban,
no veían ni “el pelo en la chipa”, porque el patrón les pagaba con vales.
–Acciones al portador,
muchachos –les decía los sábados–. Váyanse tranquilos.
–Kuatiá reí, patrón
–se atrevió alguno a protestar.
–¿Qué dice éste?
–preguntó a Penayo, que echaba su sombra protectora sobre él.
–Papel debarte –tradujo
el mulato.
–Tonto, más que
tonto–argumentó sonriendo el patrón–. El papel es la madre del dinero. Y este papel
es más fuerte que el peso fuerte. Son acciones al portador. Vayan a la proveeduría
y verán.
Eso de “acciones
al portador” sonaba bien pero ellos no lo entendían. Creían que era algo bueno relacionado
con el futuro. Tomaban sus vales y se iban al almacén de la proveeduría que chupaba
sus jornales a cambio de provistas y ropas diez o veinte veces más caras que su
valor real. Pero eran ropas y provistas y eso lo adquirían con la kuatiá reí, el
papel blanco que era más fuerte que el peso fuerte, que el patacón cañón.
Simón Bonaví tejía
su tela de araña con el jugo de las mismas moscas que iba cazando. Llevaba los hilos
de un lado a otro en sus manos pequeñas y regordetas, balanceándose mucho al andar
sobre sus piernas estevadas, como un péndulo ventrudo, rapaz y sonriente. El péndulo
de un reloj que marcaba un tiempo cuyo único dueño era Simón Bonaví.
Los nativos veían
crecer el ingenio como un enorme quiste colorado. Lo sentían engordar con su esfuerzo,
con su sudor, con su temor. Porque un miedo sordo e impotente también empezó a cundir.
Su simple mente pastoril no acababa de comprender lo que estaba pasando. El trabajo
no era entonces una cosa buena y alegre. El trabajo era una maldición y había que
soportarlo como una maldición.
Antes de que la
fábrica estuviera lista, Simón Bonaví ya tenía bien ablandada a la gente por la
intimidación. Él seguía sonriendo mansamente y aspirando el casto rapé de sus entrepiernas.
No intervenía personalmente en la tarea del amansamiento. Para eso había puesto
al frente de los trabajos a Eulogio Penayo, que ahora blandía a todas horas un largo
y grueso teyú-ruguai atado al puño.
–¡Chake, Ulogio!…
–susurraba el miedo en el terraplén, en las olerías, en los rozados, en los galpones.
Y la cola de cuero trenzada restallaba en la tierra, en la madera, en las máquinas,
en las espaldas sudorosas de los esclavos. A veces sonaban los tiros del parabellum
en son de amedrentamiento. Penayo quería que supiesen que él era tan zambo para
los trallazos como para los balazos.
Uno de los tiros
dio en la cabeza de Esteban Blanco, que se atrevió a levantar la mano contra el
capataz. El mulato le disparó a quemarropa.
–¡Omanó Teba! ¡Ulogio
oyuka Tebä-pe! –los testigos esparcieron la noticia.
Fue el primer rebelde
y el primer muerto. Lo arrojaron al río. El cadáver se alejó flotando en un leve
lienzo de sangre sobre la tela verde y sinuosa del agua.
Simón Bonaví sonreía
y se olía los dedos. Los ojos bizcos del mulato rondaban entre las hojas y el polvo.
El patrón era manso. El mulato era la sombra siniestra del risueño hombrecito.
Entre los dos cerraron
el círculo en torno a los pobladores de Tebikuary del Guairá. Los únicos que quedaron
libres fueron los carpincheros. Ellos no quisieron vender su vagabundo destino al
patrón que compraba vidas con vales de papel para toda la vida.
Vino una peste.
Enfermaron y murieron muchos. Algunos se animaron al principio a pedir al patrón
un adelanto para comprar remedios en San Juan de Borja. Con su mansa sonrisa, Simón
Bonaví los regresó:
–¡Ah, los pobres
no tenemos derecho a enfermarnos! Ahí está el río –dijo tirando leves pulgaradas
por sobre el hombro–. Denles agua, mucha agua, hasta que se cansen. El agua es un
santo remedio.
Por fin la fábrica
empezó a funcionar. Sus intestinos de hierro y de cobre defecaron un azúcar blanco,
más blanco que la arena del Paso. Blanco, dulce y brillante. Los hombres, las mujeres
y los niños oscuros de Tebikuary-Costa se asombraron de que una cosa tan amarga
como su sudor se hubiese convertido en esos cristalitos de escarcha que parecían
bañados de luna, de escamas trituradas de pescado, de agua de rocío, de dulce saliva
de lechiguanas.
–¡Azucá… azucá mörötï!
¡Ipörä itepa! –clamaron al unísono en voz baja. Algunos tenían húmedos los ojos.
Tal vez el reflejo del azúcar. Lo sentían dulce en los labios pero amargo en los
ojos donde volvía a ser jugo de lagrimales, arena dulce empapada en lágrimas amargas.
En el primer momento
se dieron un atracón. Después tuvieron que comerlo a escondidas, a riesgo de pagar
un puñito con diez latigazos del mulato.
Terminada la primera
zafra, Simón Bonaví regresó a la capital dejando en la fábrica al ingeniero alemán
Forkel y en la comisaría a Eulogio Penayo.
Lo vieron alejarse
a caballo sonriendo y oliéndose los dedos, como si al marcharse se sorbiera el resto
de la luz y del aroma agreste que aún sobraban en Tebikuary del Guairá. Se eclipsó
detrás del mulato que lo escoltó hasta el tren.
En la fábrica se
enconó entonces el sombrío reinado del terror cuyos cimientos había echado Simón
Bonaví con gestos tiernos y blandas miradas azules. Forkel y Penayo debían rendirle
estrictas cuentas. Quedaban allí como el brazo diestro y el siniestro del ventrudo
hombrecito de Asunción.
De la chimenea del
ingenio salía un humo negro que manchaba el aire limpio, el cielo en otro tiempo
claro del valle. Era como el aliento de los desgraciados enterrados vivos en el
quiste de ladrillo y hierro que seguía latiendo a orillas del río.
La noche de San
Juan, las hogueras pasaron ese año, fugitivas y espectrales, verdaderos fuegos fatuos
sobre el agua.
Solano Rojas tenía
entonces quince años y trabajaba ya como peón en la conductora del trapiche. Él
vio rebelarse y morir a Esteban Blanco. Su grito, su cabeza destrozada por el balazo
del parabellum, pero sobre todo su altivo gesto de rebeldía contra el matón que
lo había azotado, se le incrustaron en el alma.
Eulogio Penayo siguió
cometiendo tropelías y vejámenes sin nombre. Estaba envalentonado. Se sabía impune
y omnipotente. Ahora era también el comisario del gobierno. Bonaví le había conseguido
su nombramiento por decreto.
La comisaría, una
casa blanca con techo de cinc, tan siniestra como su ocupante, estaba frente al
recodo en la parte más alta de la barranca. Desde allí el capataz-comisario vigilaba
el ingenio como un perrazo negro aureolado de sangriento prestigio. Allí arrastraba
por las noches a las mujeres que quería gozar en sus antojos lúbricos. A veces se
oían los gritos o el llanto de las infelices por entre las risotadas y palabrotas
del mestizo.
Al año siguiente
de la partida del patrón, le tocó el turno a la madre de Solano, que era una mujer
todavía joven y bien parecida. Consiguió de ella todo lo que quiso porque la amenazó,
si se negaba, con que iría a matar a su hijo que estaba trabajando en la fábrica.
Solano lo ignoró hasta mucho después, cuando ya el mulato estaba muerto y cuando
una venganza personal hubiera carecido ya de sentido aun en el caso de no estarlo.
Pero entretanto,
otro enemigo les apareció de improviso a los peones de la fábrica.
Max Forkel hizo
traer a su mujer de Asunción. Llegó montada a lo hombre y con traje de amazona:
botas negras, casaca y pantalón azules, sombrero de paño encasquetado sobre el cabello
teñido de indefinible color.
Desde el primer
momento supieron a qué atenerse con respecto a ella. Era una hembra cerrera e insaciable,
la versión femenina del mulato. Andaba todo el tiempo a caballo fatigando los campos
y mirando extrañamente a los hombres al pasar. Le llamaron la “Bringa”. La mancha
azul de su casaca volaba en el viento y en el polvo del ingenio a la mañana y a
la tarde.
Al principio, la
“Bringa” se lio con el mulato. Salían juntos y se tumbaban en cualquier parte, sin
importárseles mucho que ocasionales espectadores pudieran murmurar después:
–Ya lo vimo’ otra
vé’ a Ulogio y la Bringa… en el montecito.
–Parecen burro y
burra…
Pero Penayo se cansó
pronto de esta mujer cuarentona y repelente y acabó por volverle la espalda. Entonces
ella se dedicó a buscar candidatos entre la peonada joven. Los mandaba llamar y
se hacía cubrir por ellos con dádivas o bajo amenazas, casi en las propias barbas
del marido y probablemente con su tácita aceptación. Algunos se prestaron a los
seniles galanteos de la mujer del ingeniero, atacada de furiosa ninfomanía. Y los
que no querían transigir eran echados de la fábrica. El dilema, sin embargo, era
terrible: o las bubas de la Bringa o el hambre y la persecución.
La Bringa fue entonces
la Vaca Brava.
–¡Vacá ñarö… vacá
cose… vacá pochy!
Cuatro veces más
las fogatas de San Juan habían bajado por el río.
Solano Rojas era
ya un hombre espigado y esbelto. Un día Anacleto Pakurí le trajo la temida noticia.
–Ahora quiere liarse
con vo.
–¿Quién? –preguntó
Solano por preguntar. Sabía de quién se trataba. Sus veinte años vírgenes y viriles
se irguieron dentro de él con asco sombrío y turbulento.
–Ella, Vacá Ñarö
–dijo Anacleto friccionándose la bragadura–. Te va a mandar llamar. Anoche e’tuve
con ella. ¡Neike, tapy-pi, que jembrón chúcaro pa que’ e’ el mujer del injiñero!
Dié peso minte-ko me dio. Mä’é –sacó del bolsillo del pantalón un billete nuevo
con un hombre frentudo en el centro.
–¡Te vendite, Anacleto!
–Solano le arrancó el billete, escupió encima con rabia la espuma amarilla de su
naco. Después lo arrojó al suelo, lo pisoteó como una víbora muerta y lo cubrió
de tierra.
–Vi’a dirme ko agora
mimo a la curandera de Kande’á a ver pa si me limpia del contagio –dijo humillado
Anacleto–. Y vo’ cuidate-ke, Solano. Yo ya te avisé.
Pero un imprevisto
acontecimiento libró a Solano de la acometida de la Vaca Brava.
Al día siguiente
de su encuentro con Anacleto el comisario amaneció muerto en su casa. Tenía un cuchillo
clavado en la espalda. Fue un asesinato misterioso. Era un asesinato increíble.
No había ningún indicio. La casa del perro negro era inexpugnable y de él se decía
que dormía con un ojo sobre el caño del parabellum. Debía de ser una mujer. Tal
vez la mujer de Forkel. La habían visto rondar la casa blanca y después hablar con
el mulato en el alambrado. Podía ser el mismo Forkel. Lo único cierto era que el
salvaje cancerbero de Simón Bonaví estaba muerto. Y bien muerto. La gente tenía
por fin algún respiro. Los viejos rezaban, las mujeres lloraban de alegría.
Simón Bonaví mandó
a otro testaferro y junto con él a varios inmigrantes para que procediera a una
depuración de empleados, a una “cruza” general de los elementos más antiguos.
–El mestizaje aplaca
las sangres y mejora los negocios –había dicho oliendo como siempre el olor del
dinero, que él guardaba en la botonadura del pantalón.
Max Forkel también
fue despedido. Simón Bonaví dio al testaferro instrucciones precisas con respecto
al ingeniero alemán.
–Es blando, inepto
con la gente, cobra un sueldo muy subido. Y tiene esa mujer que es un asco de inmoralidad.
Además, ya no necesitamos de él. Me lo pone de patitas en la calle, sin contemplaciones.
Se marchó a pie
con su mujer por el terraplén, cargado de valijas como un changador.
La Vaca Brava parecía
que por fin se hubiese amansado. Iba extrañamente tranquila al lado del marido,
como una sumisa y verdadera esposa. Estaba irreconocible. Vestía un sencillo vestido
de percal floreado y no el agresivo traje de amazona que había usado todo el tiempo.
El peso de un maletín negro que llevaba en la mano la encorvaba un poco. Parecía
al mismo tiempo más vieja y más joven. Y el ala de un ajado sombrero de toquilla
suavizaba y hacía distante la expresión de su rostro repulsivo en el que algo indescriptible
como una sonrisa de satisfacción o de renuncia flotaba tristemente ennobleciéndolo
en cierta manera. Una sola vez se volvió con recatada lentitud como despidiéndose
de un tiempo que allí moría para ella.
Un viejo cuadrillero
cuchicheó a otro en el terraplén:
–La Vaca Brava le
arreló a Ulogio Penayo. No puede ser otra.
–Jhee, compagre.
No engaña el yablo por má manso que se ponga.
–En la valija lleva
el lasánima del mulato.
–¡Jha kuñá takú!
Al fin sirvió para algo…
Pero era como si
hablaran de un ser que ya tampoco existía, porque en ese momento una nube de polvo
acabó de borrar el maletín negro y el vestido floreado.
La ex comisaría
quedó abandonada por un tiempo sobre el talud calizo. Se decía que el alma en pena
de Eulogio Penayo se lamentaba allí por las noches. Después la ocupó otro matrimonio
alemán que tenía una hijita de pocos años.
Una noche que trajeron
a la casa a un carpinchero muerto por un lobo-pe, la niña desapareció misteriosamente.
Era una noche de San Juan y los fuegos resbalaban en la garganta del río.
La madre enloqueció
al ver que el cadáver del carpinchero se transformaba en un mulato, un mulato gigantesco
que lloraba y se reía y andaba golpeándose contra las paredes. Afirmaba que él había
robado a su hijita. Pero eso era solamente la invención de su locura. El carpinchero
muerto seguía estando donde lo habían puesto bajo el alero de la casa, estremecido
por los rojizos reflejos.
Otras cuatro veces
las fogatas de San Juan de Borja pasaron aguas abajo.
Las cosas aflojaron
un poco en el ingenio. El reemplazante de Eulogio Penayo, más que un matón era un
burócrata. Vivía en sus planillas. Y lo tenía todo organizado a base de números,
de fichas, de metódica rutina. Los hombres trabajaban más holgados con la mejor
distribución de las tareas. El descontento se apaciguó bastante. Simón Bonaví había
dado un sagaz golpe de timón. Iba a ser el último. Mientras tanto, la fábrica seguía
produciéndole mucho dinero y el régimen de explotación en realidad apenas había
cambiado. La punta del lápiz del nuevo testaferro resultó tan eficaz como el teyúruguai
del anterior. Es cierto que también el lápiz continuaba respaldado por buenos fusiles
y capangas ligeramente adecentados. Esto era lo que producía el optimista espejismo.
Entre los pocos
que no se dejaban engañar, estaba Solano Rojas. Era tal vez el más despierto y voluntarioso
de todos. Palpaba la realidad y entreveía intuitivamente sus peligros.
–E’to ko’ é’ pura
saliva de loro marakaná. No se duerman, lo’mitá.
Pero le hacían poco
caso. Los hombres estaban cansados y maltrechos. Preferían seguir así a dar pretexto
para que volvieran a reducirlos por la violencia.
Entre los conchavados
que vinieron ese año para la zafra, llegó un arribeño que era distinto de todos
los otros. Buena labia, fogoso, simpático de entrada, con huellas de castigos que
no destruían, que ennoblecían su traza joven, la firme expresión de su rostro rubio
y curtido. Se hacía llamar Gabriel.
Trajo la noticia
de que los trabajadores de todos los ingenios del Sur estaban preparando una huelga
general para exigir mejores condiciones de vida y de trabajo. Tabikuary-Guasú y
Villarrica ya estaban plegados al movimiento. Él venía a conseguir la participación
de Tebikuary-Costa.
–Nuestra fuerza
depende de nuestra unión –repitió constantemente Gabriel en los conciliábulos clandestinos–.
De nuestra unión y de saber que luchamos por nuestros derechos. Somos seres humanos.
No esclavos. No bestias de carga.
Solano Rojas escuchaba
al arribeño con deslumbrado interés. Por fin alguien había venido a poner voz a
sus ansias, a incitarlos a la lucha, a la rebelión. El agitador de los trabajadores
del azúcar se dio cuenta en seguida de que en ese robusto y noble mocetón tendría
su mejor discípulo y ayudante. Lo aleccionó someramente y trabajaron sin descanso.
El entusiasmo de la gente por la causa fue extendiéndose poco a poco. Eran objetivos
simples y claros y los métodos también eran claros y simples. No era difícil comprenderlos
y aceptarlos porque se relacionaban con sus oscuros anhelos y los expresaban claramente.
El agitador dejó
a Solano Rojas a cargo de los trabajos y se marchó.
Poco tiempo después
el administrador percibió sobre sus planillas y ficheros la sombra de la amenaza
que se estaba cerniendo sobre el ingenio. Le pareció prudente retransmitir el dato
sin pérdida de tiempo al patrón.
El hombrecito ventrudo
vino y captó de golpe la situación. Su ganchuda nariz, habituada al aroma zahorí
de su miembro, olió las dificultades del futuro, el tufo de la insurrección.
–Esto se está poniendo
feo –dijo al administrador–. Dejemos que sea otro quien se queme las manos.
Regresó a los pocos
días y puso en venta la fábrica junto con las tierras que obtuviera gratuitamente
del fisco para “hacer patria”. No le costó encontrar interesados. Simón Bonaví entró
en tratos con un ex algodonero de Virginia que había venido al Paraguay como hubiera
podido irse a las junglas del África. En lugar de cazar fieras o buscar diamantes,
había caído a cazar hombres que tuviesen enterrados en sus carnes los diamantes
infinitamente más valiosos del sudor. Había venido con armas y dólares. Bonaví,
ladino, no le ocultó lo de la huelga. Sospechó que podía ser un matiz excitante
para el ex algodonero. Y no se equivocó.
–No me importa.
Al contrario, eso gustar a mí –le dijo el virginiano y le pagó al contado el importe
de la transacción que incluía la fauna, la flora y los hombres de Tebikuary-Costa.
Entonces llegó Harry
Way, el nuevo dueño. Llegó con dos pistolas colgándole del cinto, los largos brazos
descolgados a lo largo de los “breeches” color caki y una agresiva y siniestra actitud
empotrada sobre las cachas de cuerno de las pistolas. Era grande y macizo y andaba
a zancadas hamacándose como un ebrio. Sus botas rojas dejaban en la tierra los agujeros
de sus zancajos. Los ojos no se le veían. Su rostro cuadrado sobre el que echaba
perpetuamente sombra el aludo sombrero, parecía acechar como una tronera de cemento
la posible procedencia del ataque o elegir el sitio y calcular la trayectoria del
balazo que él debía disparar.
Le acompañaban tres
guardaespaldas que eran todos dignos de él: un moreno morrudo que tenía una cuchillada
cenicienta de oreja a oreja, un petiso de cara bestial que a través de su labio
leporino escupía largos chorritos de saliva negruzca. De tanto en tanto sacaba de
los fundillos un torzal de tabaco y le echaba una dentellada. El tercero era un
individuo alto, flaco y pecoso que siempre estaba mirando aparentemente el suelo
pero en realidad atisbando por debajo del sombrero volcado a ese efecto sobre la
frente. Los tres cargaban un imponente “Smith-Wesson” negro a cada lado y una corta
guacha deslomadora al puño. Parecían mudos. Pero todo lo que les faltaba en voz
les sobraba en ojos.
Aparecieron una
mañana como brotados de la tierra. Los cuatro y sus caballos. Nadie los había visto
llegar.
Lo primero que hizo
Harry Way en el ingenio fue reunir a la peonada y a los pequeños agricultores. No
quedó un solo esclavo sin venir a la extraña asamblea convocada por el nuevo patrón.
Su voz tronó como a través de un tubo de lata amplio y bien alimentado de aire y
orgulloso desprecio hacia el centenar de hombres arrinconados contra la pared rojiza
de la fábrica. Su cerrado acento gringo tornó aún más incomprensible y amenazadora
su perorata.
–Me ha prevenido
don Simón que aquí se está prepagando una juelga paga ustedes. Mí ha comprado este
fábrica y he venido paga hacelo trabacá. Como que me llama Harry Way, no decaré
vivo un solo misegable que piense en juelgas o en tonteguías de este clase.
Se golpeó el pecho
con los puños cerrados para subrayar su amenaza. La camisa a rayas coloradas se
desabotonó bajo la blusa y un espeso mechón color herrumbre asomó por la abertura.
Con el dorso de la mano se reviró después el sombrero que cayó sobre la nuca. El
rostro cuadrado y sanguíneo también parecía herrumbrado en la orla de pelo que lo
coronaba ralamente. Harry Way paseó sus desafiantes ojos grises por los hombres
inmóviles.
–Quien no esté conforme
que me lo diga ahoga mismo. Mí conformar en seguida.
Su crueldad le sahumaba,
le sostenía. Era su mejor cualidad. Su corpachón flotaba en ella como un peñasco
en una cerrazón rojiza.
Se oyó un grito
sofocado en las filas de los trabajadores. Lo había proferido Loreto Almirón, un
pobre carrero enfermo de epilepsia. Sus ataques siempre comenzaban así. Estaba verde
y su mandíbula le caía desgonzada sobre el pecho.
–¡Tráiganlo a ese
misegable! –barbotó Harry Way a sus capangas. El moreno y el petiso corrieron hacia
los peones. El pecoso se pegó al patrón con las manos sobre los revólveres. Loreto
Almirón fue traído a la rastra y puesto delante de Harry Way. Parecía un muerto
sostenido en pie.
–¿Usted ha protestado?
Loreto Almirón sólo
tenía los ojos muy abiertos. No dijo nada.
–Mi va a enseñar
paga usted a ser un juelguista… –se combó a un lado y al volver descargó un puñetazo
tremendo sobre el rostro del carrero. Se oyeron crujir los dientes. La piel reventó
sobre el canto del pómulo. Los que lo tenían aferrado por los brazos lo soltaron
y entonces Loreto Almirón se desplomó como un fardo a los pies de Harry Way, que
aún le sacudió una feroz patada en el pecho.
–¿Alguien más quiegue
probar? –preguntó excitado.
La masa de hombres
oscuros temblaba contra la pared, como si la epilepsia de Loreto Almirón, ahora
inerte en el suelo, se estuviera revolviendo en todos ellos.
Solano Rojas estaba
crispado en actitud de saltar con el machete agarrado en las dos manos. Gruesas
gotas empezaron a caer junto a sus pies. No eran de sudor. En su furia impotente
y silenciosa, había cerrado una de sus manos sobre el filo del machete que le entró
hasta los huesos.
–¡Todavía no… todavía
no! –el espasmo furioso estaba por fin dominado en su pecho que resonaba en secreto
como un monte.
El pecoso espiaba
por debajo del sombrero pirí en dirección a Solano. No le veía bien. José del Rosario
y Pegro Tanimbú lo habían tapado con sus cuerpos. Sólo el instinto le decía al capanga
que allí estaba humeando la sangre. Pero la sangre de los esclavos ya estaba humeando
en todas las venas bajo la piel oscura y martirizada. Sombras de sollozos reprimidos
estaban arañando el cielo seco y ardiente de las bocas.
La carcajada de
Harry Way apedreó a los peones.
–¡Ja… ja… ja…! ¡Juelguistas!
Mi enseñar paga ustedes a ser mansitos como ovejas… ¡Miguen eso!
Por el terraplén
venía un verdadero destacamento de hombres armados con máuseres del gobierno. Eran
los nuevos “soldados” de la comisaría, cuyos nombramientos también habían salido
del Ministerio del Interior.
Harry Way poseía
un agudo sentido práctico y decorativo. La espectacular aparición de sus hombres
se producía en un momento oportuno. Eran como veinte, tan mal encarados como los
tres que rodeaban al patrón. En el polvo que levantaban sus caballos, se acercaban
como flotando en una nube de plomo, hombres siniestros cuyos esqueletos ensombrerados
asomaban en la sonrisa de hueso que el polvo no podía apagar. Se acercaban por el
terraplén. Los envolvía aún un silencio algodonoso y sucio, pero ya los ojos de
los peones escuchaban el rumor brillante de sus armas. Después se escuchó el rumor
de los cascos. Y sólo después el rumor de las voces y las risas cuando los hombres
avanzaron al tranco de sus caballos y se cerraron en semicírculo sobre la fábrica.
Harry Way reía.
Los peones temblaban. Los “soldados” mostraban el esqueleto por la boca.
Tebikuary del Guairá
estaba mucho peor que antes. Sus pobladores habían salido de la paila para caer
al fuego.
Harry Way se fue
a vivir con sus hombres en la casa blanca donde había muerto Eulogio Penayo. Era
como si el alma en pena del mulato se hubiese reencarnado en otro ser aún más bárbaro
y terrible. Harry Way hizo añorar la memoria del antiguo capataz-comisario de Bonaví,
casi como una fenecida delicia.
La casa blanca fue
reconstruida al poco tiempo. Y se llamó desde entonces la Ogaguasú. Volvía a ser
comisaría y ahora era, además, la vivienda del todopoderoso patrón. Alrededor, como
un cinturón defensivo, se levantaron los “bungalows” de los capangas.
A extremos increíbles
llegó muy pronto la crueldad del Buey Rojo, del Güey-Pytá, como empezaron a llamar
al fabriquero gringo Harry Way. Así les sonaba su nombre. Y en realidad se asemejaba
a un inmenso buey rojo. Sus botas, sus camisas a rayas coloradas, su pelo de herrumbre
que parecía teñido de pensamiento sanguinario, su desbordante y sanguinaria animalidad.
Como antes Simón
Bonaví desde Asunción, ahora pastaba Harry Way en Tebikuary-Costa. El quiste colorado
se hinchaba más y más y estaba cada vez más colorado, latiendo, chupando savia verde,
savia roja, savia blanca, savia negra, los cañaverales, el agua, la tierra, el viento,
el sudor, los hombres, el guarapo, la sangre, todo mezclado en la melaza que fermentaba
en los tachos y que las centrífugas defecaban blanquísima por sus traseros giratorios
y zumbadores.
El azúcar del Buey
Rojo seguía siendo blanco. Más blanco todavía que antes, más brillante y más dulce,
arena dulce empapada en lágrimas amargas, con sus cristalitos de escarcha rociados
de luna, de sudor, de fuego blanco, de blanco de ojos triturados por la pena blanca
del azúcar.
Frente a la fábrica
se plantó un fornido poste de lapacho. Allí azotaban a los remisos, a los descontentos,
a los presuntos “juelguistas”. Cuando había alguno, el Buey Rojo ordenaba a sus
capangas:
–Llévenlo al good-friend
y sacúdanle las miasmas.
El “buen-amigo”
era el poste. Las guachas deslomadoras administraban la purga. Y el paciente quedaba
atado, abrazado al poste, con su lomo sanguinolento asándose al sol bajo una nube
de moscas y de tábanos.
El negro de la cuchillada
cenicienta y el petiso tembevókarapé se especializaron en las guacheadas. Especialmente
este último. Cruzaban apuestas.
–Cinco pesos voy
a e’te –decía el petiso al negro–. Lo delomo en veinte guachazo’.
–En treinta –apuntaba
el negro.
El tembevó-karapé
se lubricaba las manos arrojándose por el labio partido un chorrito de baba negruzca,
empuñaba la guacha y comenzaba la faena con su acompasado y sordo estertor en el
pecho. Casi siempre acertaba. Deslomar significaba desmayar al guacheado. Los planazos
del cuero sonaban casi como tiros de revólver sobre el lomo del infeliz que gritaba
hasta que se quedaba callado, deslomado.
José del Rosario
fue al poste. Era viejo y no aguantó. Arrojaron su cadáver al río. Pegro Tanimbú
fue al poste. Estaba tísico y no aguantó. Arrojaron su cadáver al río. Anacleto
Pakurí fue al poste. Era joven y fuerte. Aguantó. Dejó por sus propios medios el
“buen-amigo”. Pero al día siguiente volvió a insolentarse con uno de los capangas
y lo liquidaron de un tiro. Arrojaron su cadáver al río. Un poco antes también habían
arrojado al río a Loreto Almirón, que no murió de guacha sino del puñetazo que Harry
Way le obsequió al llegar.
El río era una buena
tumba, verde, circulante, sosegada. Recibía a sus hijos muertos y los llevaba sin
protestas en sus brazos de agua que los había mecido al nacer. Poco después trajo
pirañas para que no se pudrieran en largas e inútiles navegaciones.
Las mujeres no estaban
mejor que los hombres. Antes sólo vivía en la casa blanca Eulogio Penayo, el mulato
bragado de piernas. Ahora había en la Ogaguasú veinticinco machos cabríos. Necesitaban
desfogarse y se desfogaban a las buenas o a las malas.
El Buey Rojo desfloraba
a las nuevas y las pasaba a sus hombres, cuando se cansaba de ellas.
Las noches de farra
menudeaban en la Ogaguasú. Los capangas salían a recorrer los ranchos reclutando
a las kuñá. Cuando escaseaba mujer, hubo alguna que tuvo que soportar todo el tendal
de machos, mientras el fuego líquido de la guaripola y el fuego podrido de la lujuria
alumbraban la farra, entre gritos, guitarreadas, cantos rotos y carcajadas soeces.
El entusiasmo para
la huelga se apagó como quemado por un ácido. Las palabras de Solano Rojas morían
sin eco, sordamente rechazadas. Ya ni lo querían escuchar. El terror tenía paralizada
a la gente. El rostro de tronera de Harry Way prendía ojos de lechuza venteadora
desde las ventanas de la Ogaguasú. Se sentían vigilados hasta en sus pensamientos.
–¡Qué huelga, Solano!
–decían los pocos que aún no estaban del todo desanimados–. Ma’ mijor quemamo’ la
fábrica y note condemo’ en el monte.
–La fábrica no é’
el enemigo de nojotro. El enemigo e’tá en el Ogaguasú. En toda las Ogaguasú-kuera
donde hay patrone’ como el Güey-Pytá o Simón Bonaví. Contra ello-kuera tenemo’ que
levantarno’.
Naturalmente, no
podían faltar los soplones. Uno de ellos delató a Solano.
El Buey Rojo le
exigió primeramente con amenazas que revelara los planes de la huelga. Solano estaba
mudo y tranquilo. Lo trataron de ablandar a puñetazos y a puntapiés. Solano escupió
sangre, escupió dos o tres dientes, pero seguía mudo y tranquilo mientras los moretones
empezaban a sombrearle el rostro.
–Llévenlo al poste.
Y dugo con él –ordenó entonces el patrón.
Fue atado al “buen-amigo”
y torturado bestialmente. El mismo Harry Way presenció la guacheada. El zambo y
el tembevó-karapé alternaron sus cueros sobre el lomo de Solano y rivalizaron en
fuerza y en saña.
–Va di’ peso a e’te.
Lo vita delomar en cuarenta –dijo el petiso en voz baja al negro, antes de comenzar.
–A e’te, entre lo
do’ junto no lo delomamo en meno’ de cien –reflexionó el negro–. Ya jheyá cien-pe.
Empezaron a sonar
las guachas como tiros de calibre 38 largo.
…Cinco… Diez… Quince…
Veinte… El zambo y el karapé… El karapé y el zambo… Veinticinco… Treinta… El zambo
y el karapé… el karape y el zambo…
A cada guachazo
saltaba un pequeño surtidor rojo que resplandecía al sol. Toda la espalda de Solano
ya estaba bañada en su jugo escarlata como una fruta demasiado madura que dos taguatós
implacables reventaban con sus acompasados aletazos. Pero Solano seguía mudo. La
boca le sangraba también con el esfuerzo del silencio. Sólo sus ojos estaban empañados
de alaridos rabiosos. Pero su silencio era más terrible que el estampido de las
guachas.
–¡Más… más…! –gritaba
Harry Way–. ¡Dugo con él! ¡Mi va a enseñarte, misegable, a ser juelguista! ¡Más….
más…!
…Treinta y cinco…
Cuarenta… Cuarenta y cinco… Cincuenta…
El zambo y el karapé…
El karapé y el zambo…
Estaban fatigados.
El karapé estertoraba y estertoraba el zambo. Al levantar la guacha se secaban el
sudor de la frente con el antebrazo y se borroneaban de rojo toda la cara con las
salpicaduras de la sangre. El Buey Rojo también estertoraba, pero él no de fatiga
sino de sádica emoción.
Ni el zambo ni el
karapé acertaron esta vez. Sólo con ciento diez guachazos pudieron deslomar a Solano,
que quedó colgando del “buen amigo”.
El humo del ingenio
seguía manchando el cielo. El quiste colorado latía. En la Ogaguasú hubo esa noche
rumor de farra.
El poste amaneció
vacío. Manos anónimas desataron en la oscuridad a Solano y lo llevaron por el río.
Si los capangas de Harry Way no hubieran estado durmiendo su borrachera, tal vez
habrían sentido maniobrar quedamente en el recodo a los cachiveos de los carpincheros.
Los días pasaron
lentamente. La desesperación creció en los trabajadores del ingenio y empezó a desbordar
como agua que una mala luna arrancaba de madre.
La destrucción de
la fábrica quedó decidida.
Era en cierto modo
la consecuencia natural del estado de ánimo colectivo. La solución extrema dictada
no por el valor sino por el miedo. La gente estaba embrujada por el miedo. Estaba
embrujada por el odio, por la amargura sin esperanza. Estaba envenenada y seca como
si durante todo ese tiempo no hubiera estado bebiendo más que jugo de víboras y
guarapo de cañadulce leprosa.
La causa de sus
desgracias eran la fábrica, las máquinas, el ingenio. El mismo Simón Bonaví, el
propio Harry Way, habían nacido del quiste colorado. Tenían su color y su ponzoña.
Destruida la fábrica, todo volvería a ser como antes.
–¡Vamo’ a quemarla!
–propuso Alipio Chamorro.
–¡Ya jhapy-katú!
–apoyaron Secundino Ortigoza, Belén Cristaldo, Miguel Benítez, y unos quince o veinte
más, mocetones arrejados a quienes no les importaba morir si podían destruir el
poder del Buey Rojo.
La ausencia de Solano
Rojas lo complicaba todo. Él habría logrado sacar partido favorable de la situación.
Era el cabecilla nato de los suyos. Pero lo creían muerto.
Un hachero trajo
sin embargo la noticia de que estaba vivo con los carpincheros.
–Vamos a hacerlo
llamar –propuso Belén Cristaldo.
–Él quiere la huelga,
no el incendio –recordó Secú Ortigoza.
De todos modos,
enviaron de inmediato al mismo hachero para comunicarle la decisión.
La noche fijada
para el incendio, Solano Rojas remontó el río con unos cuantos carpincheros, los
mismos que lo habían rescatado del poste del suplicio salvándole la vida. Todavía
estaba algo débil, pero por dentro se sentía firme y ansioso.
Cuando se iban acercando
al Paso, oyeron sonar disparos hacia el ingenio. Desembarcaron, subieron la barranca
y continuaron aproximándose cautelosamente por el monte donde la noche era más noche
con la oscuridad. Los disparos iban arreciando. Solano reconoció los máuseres y
los revólveres de Harry Way y sus matones. El corazón se le encogió con un triste
presentimiento.
Al desembocar en
la explanada del ingenio, comprobó que lo que venía temiendo desgraciadamente era
verdad: sus compañeros estaban acorralados dentro de la pila de rajas que rodeaba
la parte trasera de la fábrica en un gran semicírculo. Probablemente alguien había
soplado a Harry Way el plan de los incendiarios, él los había dejado entrar en la
trampa hasta el último hombre y ahora los estaba cazando a tiros.
Solano Rojas escudriñó
las tinieblas. Sólo restaba un último y desesperado recurso. Era casi absurdo, pero
había que intentarlo.
–¡Vamo’ lotmitá!
–susurró a los carpincheros y volvieron a sumirse en el yavorai.
En la herradura
formada por los fondos de la fábrica y la pila de leña, la oscuridad semejaba el
ala de un inmenso murciélago. En esa membrana viscosa y siniestra los hombres atrapados
se arrebujaban, se guarecían. Pero sólo por unos instantes más.
Desde distintos
puntos a la vez, los disparos de los capangas la iban pintando con fugaces y retumbantes
lengüetazos amarillos. Se apagaban y surgían de nuevo en una costura fosfórica hilada
de chiflidos. El pespunte de fogonazos y detonaciones marcaba el reborde de la trampa.
Los peones también respondían con alguno que otro tiro desde donde se hallaban parapetados.
Disponían de un revólver. Lo empuñaba Alipio Chamorro. Era el “Smith-Wesson” que
su hermana le había robado a un capanga una noche de farra en la Ogaguasú. Alipio
disparaba apuntando cuidadosamente hacia las sombras que escupían saliva de fuego
amarillo. Disparó hasta cinco veces.
–Me queda una bala
nomá’ –avisó Alipio.
–Dejá para lo’ úrtimo
–dijo Secú Ortigoza, sin esperanza–. Ese bala e’ para vo’. Te va a sarvar de lo’
capanga. No sarvó a tu hermana. Pero te va a sarvar a vo’.
Alguien trató de
anular la nota fúnebre que Secú había infiltrado.
–¿Se acuerdan pa
de Simón Bonaví? Dentro de su pierna’ nikó podían pelear cinco perro’ pertiguero’,
de tan karë que eran.
Rieron.
–¿Y cuando olía
su bragueta?–dijo Belén Cristaldo, contribuyendo a la evocación del primer patrón–.
Se contentaba con eso pa’ no ga’tarse con mujer.
Rieron a carcajadas.
Condenados a una muerte segura, la veintena de peones todavía divertía sus últimos
minutos con pensamientos risueños de una tranquila y desesperada ironía. Los balazos
de Harry Way y de sus hombres continuaban rebotando en los troncos con chistidos
secos. De él no se acordaban sino para gritarle con fría cólera, con desprecio:
–¡Güey-Pyta!…
–¡Mba’é-pochy tepynó!…
–¡Tekaká!…
–¡Piii-piii… puuuuu…!
Una lluvia de uñas
de plomo raspó la pila de leña como una invasión de comadrejas invisibles. Los peones
quedaron en silencio. Dos o tres se quejaban quedamente, como en orgasmo. Se dispusieron
a entregarse. En eso vieron elevarse por encima del pespunte fosfórico un resplandor
humeante hacia el recodo del río, en dirección a la Ogaguasú.
–¡Pe maté! ¡Tatá…
! –dijo una voz en el parapeto.
–¿Qué pikó puede
ser? –preguntó Miguel Benítez, con se voz aflautada de niño.
–El juego de San
Juan –murmuró Alipio en un suspiro–. Pe mañá pörä-ke jhesé… Lo’ etamo viendo por
última vé’…
–¿En octubre pikó,
Alipio, la noche de San Juan de juño? –preguntó Secú.
El resplandor crecía.
Ahora se veía bien. No; no eran las fogatas de San Juan. Era la Ogaguasú que se
estaba quemando. Un gran grito tembloroso surgió en el parapeto. Los capangas abandonaron
el asedio de la pila de leñas y corrieron hacia la Ogaguasú. Fueron recibidos con
un tiroteo graneado que tumbó a varios. Cundió entre ellos el desconcierto. Se oían
los mugidos metálicos y gangosos de Harry Way tratando de contener el desbande de
sus hombres repentinamente asustados.
Los sitiados comenzaron
a abandonar el parapeto. Por las dudas se alejaban reptando entre la maleza.
Cuando algunos de
ellos se animaron y llegaron a las inmediaciones de la Ogaguasú, se encontraron
con un extraordinario espectáculo. Todo había sucedido vertiginosamente. Era algo
tan inconcebible e irreal, que parecía un sueño. Pero no era un sueño.
En el candelero
circular de los “bungalows” de tablas, la Ogaguasú ardía como una inmensa tea que
alumbraba la noche.
Delante de Solano
Rojas armado de un máuser, delante de unos treinta carpincheros armados también
con máuseres y revólveres, estaba Harry Way hincado de rodillas pidiendo clemencia.
Con gritos jadeantes pedía clemencia a los hombres libres del río, al esclavo que
un mes antes había mandado azotar hasta el borde de la muerte. Pedía clemencia porque
él a su vez ahora no quería morir. Su camisa a rayas coloradas hecha jirones, mostraba
el pecho de herrumbre. Sus “breeches” color caki, su piel de oro sanguíneo, sus
botas rojas acordonadas, estaban embadurnadas de barro y de sangre. De trecho en
trecho había capangas muertos. El pecoso alto y el petiso de labio leporino habían
mordido el polvo junto al patrón.
Poco a poco vinieron
los demás pobladores. Una gran multitud se estaba reuniendo alrededor del incendio.
–¡No me maten… no
me maten…! ¡Mí ser un ciudadano extranquero…! ¡Mí promete resolver las cosas a su
gusto…! ¡No me maten…! –gemía el Buey Rojo postrado en tierra, aplastado, vencido.
–¡Levántese! –le
ordenó Solano Rojas. Su voz no admitía réplica. Era una voluntad tensa en que vivos
y muertos hablaban. Restalló poderosa entre el ruido del fuego.
Harry Way se levantó
lentamente, dudando todavía. Su corpachón ya no era amenazante. Estaba como deshuesado.
Solano se desplazó
hasta la puerta de uno de los “bungalows” en llamas y la abrió con la culata del
máuser. La espalda llagada de Solano descargó de golpe sobre los ojos del señor
feudal, uno por uno, silenciosamente, todos los guachazos recibidos.
–¡Venga aquí! –volvió
a ordenar implacable.
Harry Way avanzó
un paso y se detuvo. Acababa de comprender. Empezó a gritar nuevamente, esta vez
con gañidos de perro castigado. Dos carpincheros lo empujaron a culatazos, lo fueron
empujando como a un carpincho herido en el agua, lo fueron empujando a pesar de
sus gritos, de su resistencia espasmódica, de su descompuesto terror, de su ansia
tremenda de salvarse de la muerte. Lo fueron empujando hasta acabar de meterlo en
la ratonera ardiente.
Solano volvió a
cerrar la puerta y la trancó con el máuser.
Todos se quedaron
escuchando en silencio, presenciando en silencio la invisible ejecución de Harry
Way que las llamas consumaban lentamente, hasta que los gritos y los golpes de puños
en los tablones se nivelaron con el chisporroteo del fuego, decrecieron y se apagaron
del todo mientras crecía en el aire el olor de la carne quemada.
Entre los carpincheros,
cerca de Solano Rojas, estaba una muchacha mirando la casa que ardía. En su rostro
fino y pequeño sus pupilas azules brillaban empañadas. La firme gracia de su cuerpo
de cobre emergía a través de los guiñapos. Sus cabellos parecían bañados de luna,
como el azúcar. No tenía armas pero sus manos estaban cubiertas de tizne. Ella también
había ayudado a quemar la Ogaguasú, a destruir la cruel y sanguinaria opresión que
estaba acabando en calcinados escombros, en humo volandero, en recuerdo.
Por eso el acordeón
de Solano suena vivo y marcial en el Paso. El fuego de la tierra y de los hombres,
la pasión de la libertad y el coraje, vibran en las antiguas palabras guerreras.
Campamento Cerro-León,
catorce, quince, yesiséis… yesisiete, yesiocho… yesinueve batallón…
Ipuma ko la diana,
pe pacpá-ke lo’mita…
Tras el sumario
castigo del Buey Rojo, sucedió un episodio breve, indescriptible, maravilloso. No
podía durar. Después de la pesadilla del miedo, la borrachera de la esperanza iba
a ser sólo como un soplo.
Los trabajadores
del ingenio recomenzaron la zafra por su cuenta después de haber hecho justicia
por sus manos. La habían pagado con su dolor, con su sacrificio, con su sangre.
Y la habían pagado por adelantado. Las cuentas eran justas.
Formaron una comisión
de administración en la que se incluyó a los técnicos. Y cada uno se alineó en lo
suyo; los peones en la fábrica, los plantadores en los plantíos, los hacheros en
el monte, los carreros en los carros, los cuadrilleros en los caminos. Todos arrimaron
el hombro y hasta las mujeres, los viejos y la mitá-í.
Se pusieron a trabajar
noche y día sin descanso. Lo hacían con gusto, porque al fin sabían, sentían que
el trabajo es una cosa buena y alegre cuando no lo mancha el miedo ni el odio. El
trabajo hecho en amistad y camaradería.
No pensaban, por
otra parte, quedarse con el ingenio para siempre. Sabían que eso era imposible.
Pero querían entregarlo por lo menos limpio y purificado de sus taras; lugar de
trabajo digno de los hombres que viven de su trabajo, y no lugar de torturas y de
injusticias bestiales.
Solano Rojas habló
de que se podrían imponer condiciones. Destacó emisarios a los otros ingenios del
Sur y a la Capital.
No volvieron los
emisarios. No pudieron siquiera terminar la zafra. A la semana de haber comenzado
esta fiesta laboriosa y fraternal, el ingenio amaneció un día cercado por dos escuadrones
del gobierno que venían a vengar póstumamente al capitalista extranjero Harry Way.
Traían automáticas y morteros.
Los trabajadores
enviaron parlamentarios. Fueron baleados. Se acantonaron entonces en la fábrica
para resistir. Las ametralladoras empezaron a entrar en acción y las primeras granadas
de morteros a caer sobre la fábrica.
Los sitiados se
rindieron esta vez, para evitar una inútil matanza. Los escuadrones se llevaron
a los presos atados con alambre. Entre ellos iba Solano Rojas con un balazo en el
hombro.
Tebikuary del Guairá
volvió al punto de partida. Pero en lugar del verde de antaño había sólo escombros
carbonizados. Algunas carroñas humanas se hinchaban en el polvo del terraplén. Y
en lugar de humo flotaban cuervos en el aire seco y ardiente del valle.
El círculo se había
cerrado y volvía a empezar.
Poco a poco regresaron
los presos. Primero fue Miguel Benítez, después Secú Ortigoza, después Belén Cristaldo
y por último Alipio Chamorro. Solano Rojas quedó en la cárcel. Quedó por quince
años. Por fin lo soltaron. Se trajo sus recuerdos y la cicatriz de un sablazo sobre
ellos. Pero había tenido que dejar los ojos en la cárcel en pago de su libertad.
Regresó como una
sombra que volvía de la muerte. Sombra él por fuera y por dentro. Anduvo vagabundeando
por las barrancas. Allí se quedó. Los carpincheros le ayudaron después a levantar
su choza al otro lado del río y a construir su balsa. Un tropero le regaló el acordeón.
Se sentía a gusto
en la barranca frente a las ruinas de la Ogaguasú. Era el sitio del combate y el
sitio de su amor. Necesitaba estar allí, al borde del camino de agua que era el
camino de ella. Su oído aprendió a distinguir el paso de los carpincheros y a ubicar
el cachiveo negro en que la muchacha del río bogaba mirando hacia arriba el rancho
del pasero.
Ella. Yasy-Mörötï.
El nombre del Paso
surgió de esta tierna y secreta obsesión que se transformaba en música en el remendado
acordeón del ciego.
Yasy-Mörötï …
Luna blanca amada
que de mí te alejas
con ojos distantes…
Por tres veces,
Solano sintió bajar las fogatas de San Juan. Los carpincheros seguían cumpliendo
el rito inmemorial. Traían sus cachiveos a que los sapecara el fuego del Santo para
que la caza fuera fructífera.
Solano se aproximaba
al borde de la barranca para sentirlos pasar. Los saludaba con el acordeón y ellos
le respondían con sus gritos. Y cuando entre los fuegos el ojo de su corazón la
veía pasar a ella, una extraña exaltación lo poseía. Dejaba de tocar y los ojos
sin vida echaban su rocío. En cada gota se apagaban paisajes y brillaba el recuerdo
con el color del fuego.
La última vez que
se acercó, resbaló en la arena de la barranca y cayó al remanso donde guardaba su
balsa, donde lavaba su ropa harapienta, de donde sacaba el agua para beber.
De allí lo sacaron
los carpincheros que estuvieron toda la noche sondando el agua con sus botadores
y sus arpones, al resplandor de las hogueras.
Lo sacaron enredado
a un raigón negro, los brazos negros del agua verde que lo tenían abrazado estrechamente
y no lo querían soltar.
Los carpincheros
pusieron el cuerpo de Solano en la balsa, trozaron el ysypó que la ataba al embarcadero
y la remolcaron río abajo entre los islotes llameantes.
Sobre la balsa,
al lado del muerto, iba inmóvil Yasy-Mörötï.
Todavía de tanto
en tanto suele escucharse en el Paso, a la caída de las noches, la música fantasmal
del acordeón. No siempre. Sólo cuando amenaza mal tiempo, no hay zafra en el ingenio
nuevo y todo está quieto y parado sobre el río.
–¡Chake!–dicen entonces
los ribereños aguzando el oído–. Va a haber tormenta.
–Ipú yevyma jhina
Solano cordión…
Piensan que el Paso
Yasy-Mörötï está embrujado y que Solano ronda en esas noches convertido en Pora.
No lo temen y lo veneran porque se sienten protegidos por el ánima del pasero muerto.
Allí está él en
el cruce del río como un guardián ciego e invisible a quien no es posible engañar
porque lo ve todo.
Monta guardia y
espera. Y nada hay tan poderoso e invencible como cuando alguien, desde la muerte,
monta guardia y espera.
(Tomado
de www.literatura.us)