jueves, 23 de julio de 2026

El disco de mis hermanos

Elvira Aguilar

 

–Mañana me voy, grábatelo. Y me voy triste porque aquí se quedan mis once años de vida que no puedo juntar ni recoger para llevármelos conmigo –le dije al curvato gordo que reinaba en el patio de mi casa, con la misma dolorosa solemnidad de quien dice una oración al borde de la muerte.

Era julio de 1975. El verano brillaba en los tres niños que asomábamos nuestras miradas al esplendor de la adolescencia: Ángel, Javier y yo, de quince, trece y once años.

La noche de un jueves mi padre anunció que al mediodía del viernes saldríamos de fin de semana rumbo a Cozumel. Mis hermanos corrieron a comunicarle a mi madre que en pocas horas la familia saldría de viaje. Ella los escuchó sin dejar de mover la sopa que hervía y les aclaró, tragando amargo, que pasaríamos el fin de semana nosotros solos con mi padre.

Al día siguiente, cerca de la una de la tarde, nos subimos al Chevy Nova, color pistache, y tomamos carretera. Ángel y Javier hacían recuento de lo empacado: snorkel, visor, cámara, disco volador… y tejían planes con ganas de que el auto sacara alas y de encontrar al instante el soñado horizonte azul y transparente.

Por la tarde llegamos a Playa del Carmen y nos hospedamos con una familia amiga de mi padre. El lugar era un conjunto de cabañas de madera con techo de guano y piso de arena, todo el terreno estaba sombreado por árboles de uva de mar. Pasé la tarde jugando con una niña morena, cuyo cabello largo y escaso terminaba en unas cuantas hebras doradas a punta de sol. En la noche, después de cenar empanadas de pescado y agua de piña, nos acostamos en las hamacas que atravesaban nuestra cabaña. Mi padre y mis hermanos entraron en sueño en cuanto apagamos las lámparas.

Yo me dediqué a escuchar por un rato los delicados zumbidos de los mosquitos. Luego permanecí extasiada con mi vista fija en la luna, que me guiñaba el ojo desde su plateada redondez. Cuando dejé de mirarla y dirigí mi vista hacia otra parte, mi mente fue asaltada por pensamientos malignos, verdaderas pesadillas en vigilia. Miré alacranes descender por los brazos de mi hamaca y los sentí hacer nido en mis oídos. Advertí el momento en que el piso de arena se abrió y, de un enorme y oscurísimo hueco, emergió un cocodrilo de ojos verdeamarillentos que me arrastró a las profundidades de un cenote. Para salvarme del inframundo volví a fijar mi vista en la placidez de la luna y me prometí no parpadear hasta el amanecer.

A las cinco de la mañana subimos al transbordador que habría de cruzarnos de Playa del Carmen a Cozumel. Cuando puse el primer pie en la nave, supe que estaba comenzando el final que tanto temía y que mis hermanos, más grandes, ignoraban hasta entonces.

Durante el trayecto mi padre y mis hermanos no cesaron de caminar por cubierta, observando el Caribe y descubriendo su magnificencia en cada nudo que avanzábamos. Yo, tan formal, con mi jumper verde botella, mi blusa blanca con cuello de encaje y mis zapatos ortopédicos, nunca dejé de mirar hacia el horizonte.

Si logras romper la cortina del horizonte, el cielo te será concedido, había escuchado en la banda sonora de una película que miré en el cine-teatro que estaba frente al parque, un domingo en que mi madre, para esconder sus lágrimas, me tomó de la mano y me hizo perderme con ella en la negrura de aquella sala cinematográfica que criaba ratones, ratas, y zorros sanos y de buen color.

Allá se encontraba el horizonte diáfano, y allí estaba yo, con mi jumper verde y mis zapatitos ortopédicos, apoyada en la barandilla, con mis once años transidos de nostalgia porque el mundo se nos caía, deseando aplazar esa noticia para no dañar la inocencia de mis hermanos. De pronto, dos delfines me sorprendieron con su presencia de eterna sonrisa, y estiré el brazo con la esperanza de lograr asirme a ellos y continuar mi viaje sobre aguas más dichosas. El barco dejaba una estela espumosa de la que saltaban peces voladores que eran atrapados por gaviotas hambrientas, que luego planeaban sobre nuestras cabezas regalándonos un instante de sombra.

Un hombre se acercó y me señaló a los delfines que se alejaban de nosotros y se acercaban a otra embarcación. Fijé mi vista en su enorme vientre blanco que asoleaba sin ningún remordimiento. Pensé que dentro de su panza estaría gestándose un ballenato. Le pregunté su edad: cincuenta años cumplidos a punta de cerveza oscura.

Ángel y Javier se acercaron a avisarme que estábamos llegando, y yo, con la pena revuelta, vacié mi estómago en los pies descalzos de aquel hombre, que me regaló doscientos insultos. Tan encolerizado estaba que temí que fuera a parir ahí mismo a su ballenatito.

Descendimos del ferry y caminamos descalzos hasta un hotel del centro. Mientras mis hermanos se ponían sus calzoneras, yo salí a comprar un traje de baño de dos piezas color amarillo. Desayunamos en un restaurante de ventanas grandes que miraban a una calle de arena que olía a pescado fresco. Durante el desayuno mi padre nos veía fijamente, como estudiando en detalle nuestros rasgos para reproducirlos más tarde en una piedra lisa. Yo no quitaba la vista de sus manos grandes, de venas saltonas como culebrillas azulosas. Hubiera querido apretar esas culebrillas y pedirle, suplicarle, que no nos permitiera partir, que detuviera la mudanza y nos salvara de futuras soledades. No lo hice porque mis hermanos ignoraban que aquel sería el último viaje que realizaríamos con mi padre, y el último también que habríamos de hacer nosotros, los tres, Ángel, Javier y yo.

No podía ser infantil ni débil. No me permitiría apretarle las manos a mi padre, besárselas y pedirle que reconsiderara y convenciera a mi madre del gran amor que él le profesaba. Porque, aunque la hiciera sufrir y de vez en vez tuviera alguna aventurilla, yo estaba segura de que la amaba. Yo no podía hacer ningún drama, porque eso significaba ser frágil, pequeña, obstinada, ciega y tonta. Además, no quería que mis hermanos supieran lo que yo había escuchado dos noches antes:

–Si estás decidida y has dispuesto la fecha, permite que me lleve a los niños un fin de semana a Cozumel para despedirme de ellos. Ojalá reconsideraras y tomaras en cuenta que tú eres la esposa, y mientras no te falte nada, no debes prestar oídos a lo que hago. Además, todos los hombres de esta ciudad llevan otra vida fuera de su casa, y no por eso sus esposas los abandonan.

El viaje a Cozumel significaba que ni mi madre había reconsiderado, ni mi padre estaba dispuesto a dejar de hacer esa “otra vida fuera de casa”, y eso me quemaba como un fino hilo de ácido que subía y bajaba de mi garganta a mi estómago. No estaba dispuesta a permitir que aquel dolor alcanzara a mis hermanos. Mientras pudiera evitarlo, iba a conservarlos inocentes.

En la playa, Ángel y Javier se entretuvieron nadando y aventándose un disco color naranja que brillaba debajo de aquel cielo tan limpio, en tanto mi padre tomaba una cerveza protegido por una gran sombrilla, y yo caminaba buscando en la arena pequeños cangrejos que me prendía en el cabello. Papá me llamó con una voz como de quien ha descubierto algo inesperado:

–¡Pero qué grande estás! No eres una niña de once años. Con ese bikini pareces de quince. A ver, párate ahí, te voy a tomar una foto para llevarle a mamá, creo que ni ella se ha dado cuenta de lo mucho que has crecido.

Pensé que aquella instantánea no habría de ser para mi madre sino para él, así que, con un esfuerzo mayor a mi tristeza, esbocé una sonrisa que no llegó a registrarse en la fotografía, porque mi boca estaba rígida. Mucho tiempo estuve guardada en el primer cajón del escritorio de papá, con mis once años que parecían quince, mi bikini amarillo, y mi boca negada a sonreír.

Vivimos un fin de semana que guardo en mis recuerdos como un rollo de imágenes coloridas y frescas: olas, mariscos, el faro, gente platicadora, muelles, palmeras y la alucinante torre de control del aeropuerto, a la que un amigo de papá nos invitó a subir. Pero sobre todo recuerdo los ojos de mi padre, que nos miraban y se humedecían. Lo recuerdo diciéndonos:

–Ya verán, saldremos más seguido. Me gustaría viajar con ustedes cada vez que tengan vacaciones y si mamá quiere acompañarnos, pues la traeremos con nosotros.

Cuando abordamos nuestro auto en Playa del Carmen y salimos rumbo a Chetumal, pensé que pronto la alegría de mis hermanos habría de desaparecer, y fingí dormir para que no me miraran llorar.

Llegamos a casa con la sal de mar en la piel y arena en el cabello. Sobre la mesa había huevo con chaya, pan dulce y chocolate frío. Cenamos y casi todos se acostaron enseguida. Mamá se quedó limpiando la cocina y yo, que la miraba desde el comedor adivinando su llanto contenido, le pregunté:

–¿Es mañana, verdad?

–Sí –respondió y se me acercó con sus pisadas suaves–. No quiero que lo sepan tus hermanos todavía.

Fue entonces cuando salí al patio a contarle al curvato que me iba. Se lo quise decir a él porque sabía que era capaz de guardar mi secreto en sus tablones, como se esconde un grito desgarrador y agrio, una voz infantil que no alcanza a dejar eco.

A la mañana siguiente nos encontramos con que en la puerta de la casa había una camioneta de mudanza que recogía nuestra historia familiar en forma de mesas, sillas, camas, roperos, libros y juguetes. Menos el disco naranja de mis hermanos, porque lo olvidaron en Cozumel. No nos despedimos de papá. No se asomó a la puerta. Se encerró en su cuarto y por más que lo llamé para darle un beso, no salió.

Algunos lustros después supe por él mismo que intentó despedirnos, pero sus piernas no le respondieron.

Escribo esto cuando estoy a punto de regresar a Cozumel con motivo de la presentación del libro de cuentos que escribí para mis hijos; veintiocho años después de aquel verano del que nunca hemos hablado mis hermanos y yo, y del que muchas lunas me sentí culpable por llevar conmigo el secreto que significó un vuelco sorpresivo en nuestro despertar a la adolescencia.

–Mañana me voy –le he susurrado al curvato que me habita el pecho. Esta vez parto con pie firme y el espíritu sobrio. Necesito encontrar en algún lugar de la playa, debajo del limpio cielo cozumeleño, aquel disco color naranja que brillaba bajo el sol como la inocencia de mis hermanos.

 

(Tomado de www.ficticia.com)

 

La Gloriosa

Julio Torri

 

Las cuestas y llanos se pueblan de los pobrecitos indios. Ya baja allá a lo lejos la imagen que traen en andas, con gran acompañamiento de gentes. Los cirios y candelas brillan amortiguadamente en la serena luz de la tarde. Este año ha sido de sequía. Las milpas están resecas y los gañanes tienen oprimido el corazón por falta de bienhechoras lluvias, de las aguas que reverdezcan los campos, que tornen su pureza al aire y la alegría al alma contristada del labriego.

Por encima de las cabezas descubiertas e hirsutas, de las luces que constelan de diamantes el pálido damasco del cielo sin nubes, y de las caras graves y hurañas de los fieles, se mantiene levemente sobre las andas, en su peana dorada. Es pequeñita; de rostro moreno, casi negro; su manto estofado desciende triangularmente, broslado de gemas, sobre una media luna.

Antaño un virrey se despojó de sus insignias para que ella las luciese. Y cuando el cólera grande despoblaba ciudades y villas, el presidente de la República le dio ese collar de amatistas que centellea con tenues fulgores purpurinos. Entonces fue traída con gran pompa a la Catedral de México, cuyas suntuosas naves hospedaron algunos días –los más fieros de la peste– a la Noble Señora, que añoraba desde lo alto del coruscante altar su rústico santuario.

Bajo el cielo inclemente, por los requemados maizales, los cánticos se elevan quejumbrosos. El dolor de las gentes sencillas y pobres, la fe obstinada y potente, el espíritu de esta raza milenaria animan las letanías, entonadas en falsete. Parpadean los velones. El polvo, esfumino de lejanías, hace menos violenta la cresta de la Sierra. Las voces imploran desafinadas y tercas:

 

¿Oh Madre, tierna, bendita,
Ayuda a nuestra Nación,
Pues mucho lo necesita!

 

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

En un bohío

Juan Bosch

 

La mujer no se atrevía a pensar. Cuando creía oír pisadas de bestias se lanzaba a la puerta, con los ojos ansiosos; después volvía al cuarto y se quedaba allí un rato largo, sumida en una especie de letargo.

El bohío era una miseria. Ya estaba negro de tan viejo, y adentro se vivía entre tierra y hollín. Se volvería inhabitable desde que empezaran las lluvias; ella lo sabía, y sabía también que no podía dejarlo, porque fuera de esa choza no tenía una yagua donde ampararse.

Otra vez rumor de voces. Corrió a la puerta, temerosa de que nadie pasara. Esperó un rato; esperó más, un poco más: ¡nada! Solo el camino amarillo y pedregoso. Era el viento, ahí enfrente; el condenado viento de la loma, que hacía gemir los pinos de la subida y los pomares de abajo; o tal vez el río, que corría en el fondo del precipicio, detrás del bohío.

Uno de los enfermitos llamó, y ella entró a verlo, deshecha, con ganas de llorar, pero sin lágrimas para hacerlo.

–Mama, ¿no era taita? ¿No era taita, mama?

Ella no se atrevía a contestar. Tocaba la frente del niño y la sentía arder.

–¿No era taita, mama?

–No –negó–, tu taita viene después.

El niño cerró los ojos y se puso de lado. Aún en la oscuridad del aposento se le veía la piel lívida.

–Yo lo vide, mama. Taba ahí y me trujo un pantalón nuevo…

La mujer no podía seguir oyendo. Iba a derrumbarse, como los troncos viejos que se pudren por dentro y caen un día, de golpe. Era el delirio de la fiebre lo que hacía hablar así a su hijo, y ella no tenía con qué comprarle una medicina.

El niño pareció dormitar y la madre se levantó para ver al otro. Lo halló tranquilo. Era huesos nada más y silbaba al respirar, pero no se movía ni se quejaba; solo la miraba con sus grandes ojos serenos. Desde que nació había sido callado.

El cuartucho hedía a tela podrida. La madre –flaca, con las sienes hundidas, un paño sucio en la cabeza y un viejo traje de listado– no podía apreciar ese olor, porque se hallaba acostumbrada, pero algo le decía que sus hijos no podrían curarse en tal lugar. Pensaba que cuando su marido volviera, si era que algún día salía de la cárcel, hallaría solo cruces sembradas frente a los horcones del bohío, y de este, ni tablas ni techo. Sin comprender por qué, se ponía en el lugar de Teo, y sufría.

Le dolía imaginar que Teo llegara y nadie saliera a recibirlo. Cuando él estuvo en el bohío por última vez –justamente dos días antes de entregarse– todavía el pequeño conuco se veía limpio, y el maíz, los frijoles y el tabaco se agitaban a la brisa de la loma. Pero Teo se entregó, porque le dijeron que podía probar la propia defensa y que no duraría en la cárcel; ella no pudo seguir trabajando porque enfermó, y los muchachos –la hembrita y los dos niños–, tan pequeños, no pudieron mantener limpio el conuco ni ir al monte para tumbar los palos que se necesitaban para arreglar los lienzos de palizada que se pudrían. Después llegó el temporal, aquel condenado temporal, y el agua estuvo cayendo, cayendo, cayendo día y noche, sin sosiego alguno, una semana, dos, tres, hasta que los torrentes dejaron solo piedras y barro en el camino y se llevaron pedazos enteros de la palizada y llenaron el conuco de guijarros y el piso de tierra del bohío crio lamas y las yaguas empezaron a pudrirse.

Pero mejor era no recordar esas cosas. Ahora esperaba. Había mandado a la hembrita a Naranjal, allá abajo, a una hora de camino; la había mandado con media docena de huevos que pudo recoger en nidales del monte para que los cambiara por arroz y sal. La niña había salido temprano y no volvía. Y la madre ojeaba el camino, llena de ansiedad.

Sintió pisadas. Esta vez no se engañaba: alguien, montando caballo, se acercaba. Salió al alero del bohío con los músculos del cuello tensos y los ojos duros. Sentía que le faltaba el aire. Miró hacia la subida. Sentía que le faltaba el aire, lo que le obligaba a distender las ventanas de la nariz. De pronto vio un sombrero de caña que ascendía y coligió que un hombre subía la loma. Su primer impulso fue el de entrar; pero algo la sostuvo allí, como clavada. Debajo del sombrero apareció un rostro difuso, después los hombros, el pecho y finalmente el caballo. La mujer vio al hombre acercarse y todavía no pensaba en nada. Cuando el hombre estuvo a pocos pasos, ella le miró los ojos y sintió, más que comprendió, que aquel desconocido estaba deseando algo.

Había una serie de imágenes vagas pero amargas en la cabeza de la mujer: su hija, los huevos, los niños enfermos, Teo. Todo eso se borró de golpe a la voz del hombre.

–Saludo –había dicho él.

Sin saber cómo lo hacía, ella extendió la mano y suplicó:

–Deme algo, alguito.

El hombre la midió con los ojos, sin bajar del caballo. Era una mujer flaca y sucia, que tenía mirada de loca, que sin duda estaba sola y que sin duda, también, deseaba a un hombre.

–Deme alguito –insistía ella.

Y de súbito en esa cabeza atormentada penetró la idea de que ese hombre volvía de La Vega, y si había ido a vender algo, tendría dinero. Tal vez llevaba comida, medicinas. Además comprendió que era un hombre y que le veía como a mujer.

–Bájese –dijo ella, muerta de vergüenza.

El hombre se tiró del caballo.

–Yo no más tengo medio peso –aventuró él.

Serena ya, dueña de sí, ella dijo:

–Ta bien, dentre.

El hombre perdió su recelo y pareció sentir una súbita alegría. Agarró la jáquima del caballo y se puso a amarrarla al pie del bohío. La mujer entró, y de pronto, ya vencido el peor momento, sintió que se moría, que no podía andar, que Teo llegaba, que los niños no estaban enfermos. Tenía ganas de llorar y de estar muerta.

El hombre entró preguntando:

–¿Aquí?

Ella cerró los ojos e indicó que hiciera silencio. Con una angustia que no le cabía en el alma, se acercó a la puerta del aposento; asomó la cabeza y vio a los niños dormitar. Entonces dio la cara al extraño y advirtió que hedía a sudor de caballo. El hombre vio que los ojos de la mujer brillaban duramente, como los de los muertos.

–Unjú, aquí —afirmó ella.

El hombre se le acercó, respirando sonoramente, y justamente en ese momento ella sintió sollozos afuera. Se volvió. Su mirada debía cortar como una navaja. Salió a toda prisa, hecha un haz de nervios. La niña estaba allí, arrimada al alero, llorando, con los ojos hinchados. Era pequeña, quemada, huesos y pellejos nada más.

–¿Qué te pasó, Minina? –preguntó la madre.

La niña sollozaba y no quería hablar. La madre perdió la paciencia.

–¡Diga pronto!

–En el río –dijo la pequeña–; pasando el río… se mojó el papel y na más quedó esto.

En el puñito tenía todo el arroz que había logrado salvar. Seguía llorando, con la cabeza metida en el pecho, recostada contra las tablas del bohío.

La madre sintió que ya no podía más. Entró, y sus ojos no acertaban a fijarse en nada. Había olvidado por completo al hombre, y cuando lo vio tuvo que hacer un esfuerzo para darse cuenta de la situación.

–Vino la muchacha, mi muchacha… váyase —dijo.

Se sentía muy cansada y se arrimó a la puerta. Con los ojos turbios vio al hombre pasarle por el lado, desamarrar la jáquima y subir al caballo; después lo siguió mientras él se alejaba. Ardía el sol sobre el caminante y enfrente mugía la brisa. Ella pensaba: “Medio peso, medio peso perdido”.

–Mama –llamó el niño adentro–. ¿No era taita? ¿No tuvo aquí taita?

Pasándole la mano por la frente, que ardía como hierro al sol, ella se quedó respondiendo:

–No, jijo. Tu taita viene dispués, más tarde.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

miércoles, 22 de julio de 2026

El que inventó la pólvora

Carlos Fuentes

 

Uno de los pocos intelectuales que aún existían en los días anteriores a la catástrofe, expresó que quizá la culpa de todo la tenía Aldous Huxley. Aquel intelectual –titular de la misma cátedra de sociología, durante el año famoso en que a la humanidad entera se le otorgó un Doctorado Honoris Causa, y clausuraron sus puertas todas las Universidades–, recordaba todavía algún ensayo de Music at Night: los snobismos de nuestra época son el de la ignorancia y el de la última moda; y gracias a éste se mantienen el progreso, la industria y las actividades civilizadas. Huxley, recordaba mi amigo, incluía la sentencia de un ingeniero norteamericano: “Quien construya un rascacielos que dure más de cuarenta años, es traidor a la industria de la construcción”. De haber tenido el tiempo necesario para reflexionar sobre la reflexión de mi amigo, acaso hubiera reído, llorado, ante su intento estéril de proseguir el complicado juego de causas y efectos, ideas que se hacen acción, acción que nutre ideas. Pero en esos días, el tiempo, las ideas, la acción, estaban a punto de morir.

La situación, intrínsecamente, no era nueva. Sólo que, hasta entonces, habíamos sido nosotros, los hombres, quienes la provocábamos. Era esto lo que la justificaba, la dotaba de humor y la hacía inteligible. Éramos nosotros los que cambiábamos el automóvil viejo por el de este año. Nosotros, quienes arrojábamos las cosas inservibles a la basura. Nosotros, quienes optábamos entre las distintas marcas de un producto. A veces, las circunstancias eran cómicas; recuerdo que una joven amiga mía cambió un desodorante por otro sólo porque los anuncios le aseguraban que la nueva mercancía era algo así como el certificado de amor a primera vista. Otras, eran tristes; uno llega a encariñarse con una pipa, los zapatos cómodos, los discos que acaban teñidos de nostalgia, y tener que desecharlos, ofrendarlos al anonimato del ropavejero y la basura, era ocasión de cierta melancolía.

Nunca hubo tiempo de averiguar a qué plan diabólico obedeció, o si todo fue la irrupción acelerada de un fenómeno natural que creíamos domeñado. Tampoco, dónde se inició la rebelión, el castigo, el destino –no sabemos cómo designarlo. El hecho es que un día, la cuchara con que yo desayunaba, de legítima plata Christoph; se derritió en mis manos. No di mayor importancia al asunto, y suplí el utensilio inservible con otro semejante, del mismo diseño, para no dejar incompleto mi servicio y poder recibir con cierta elegancia a doce personas. La nueva cuchara duró una semana; con ella, se derritió el cuchillo. Los nuevos repuestos no sobrevivieron las setenta y dos horas sin convertirse en gelatina. Y claro, tuve que abrir los cajones y cerciorarme: toda la cuchillería descansaba en el fondo de las gavetas, excreción gris y espesa. Durante algún tiempo pensé que estas ocurrencias ostentaban un carácter singular. Buen cuidado tomaron los felices propietarios de objetos tan valiosos en no comunicar algo que, después tuvo que saberse, era ya un hecho universal. Cuando comenzaron a derretirse las cucharas, cuchillos, tenedores, amarillentos, de alumno y hojalata, que usan los hospitales, los pobres, las fondas, los cuarteles, no fue posible ocultar la desgracia que nos afligía. Se levantó un clamor: las industrias respondieron que estaban en posibilidad de cumplir con la demanda, mediante un gigantesco esfuerzo, hasta el grado de poder reemplazar los útiles de mesa de cien millones de hogares, cada veinticuatro horas.

El cálculo resultó exacto. Todos los días, mi cucharita de té –a ella me reduje, al artículo más barato, para todos los usos culinarios– se convertía, después del desayuno, en polvo. Con premura, salíamos todos a formar cola para adquirir una nueva. Que yo sepa, muy pocas gentes compraron al mayoreo; sospechábamos que cien cucharas adquiridas hoy serían pasta mañana, o quizá nuestra esperanza de que sobrevivieran veinticuatro horas era tan grande como infundada. Las gracias sociales sufrieron un deterioro total; nadie podía invitar a sus amistades, y tuvo corta vida el movimiento, malentendido y nostálgico, en pro de un regreso a las costumbres de los vikingos.

Esta situación, hasta cierto punto amable, duró apenas seis meses. Alguna mañana, terminaba mi cotidiano aseo dental. Sentí que el cepillo, todavía en la boca, se convertía en culebrita de plástico; lo escupí en pequeños trozos. Este género de calamidades comenzó a repetirse casi sin interrupciones. Recuerdo que ese mismo día, cuando entré a la oficina de mi jefe en el Banco, el escritorio se desintegró en terrones de acero, mientras los puros del financiero tosían y se deshebraban, y los cheques mismos daban extrañas muestras de inquietud… Regresando a la casa, mis zapatos se abrieron como flor de cuero, y tuve que continuar descalzo. Llegué casi desnudo: la ropa se había caído a jirones, los colores de la corbata se separaron y emprendieron un vuelo de mariposas. Entonces me di cuenta de otra cosa: los automóviles que transitaban por las calles se detuvieron de manera abrupta, y mientras los conductores descendían, sus sacos haciéndose polvo en las espaldas, emanando un olor colectivo de tintorería y axilas, los vehículos, envueltos en gases rojos, temblaban. Al reponerme de la impresión, fijé los ojos en aquellas carrocerías. La calle hervía en una confusión de caricaturas: Fords Modelo T, carcachas de 1909, Tin Lizzies, orugas cuadriculadas, vehículos pasados de moda.

La invasión de esa tarde a las tiendas de ropa y muebles, a las agencias de automóvil, resulta indescriptible. Los vendedores de coches –esto podría haber despertado sospechas– ya tenían preparado el Modelo del Futuro, que en unas cuantas horas fue vendido por millares. (Al día siguiente, todas las agencias anunciaron la aparición del Novísimo Modelo del Futuro, la ciudad se llenó de anuncios démodé del Modelo del día anterior –que, ciertamente, ya dejaba escapar un tufillo apolillado–, y una nueva avalancha de compradores cayó sobre las agencias).

Aquí debo insertar una advertencia. La serie de acontecimientos a que me vengo refiriendo, y cuyos efectos finales nunca fueron apreciados debidamente, lejos de provocar asombro o disgusto, fueron aceptados con alborozo, a veces con delirio, por la población de nuestros países. Las fábricas trabajaban a todo vapor y terminó el problema de los desocupados. Magnavoces instalados en todas las esquinas, aclaraban el sentido de esta nueva revolución industrial: los beneficios de la libre empresa llegaban hoy, como nunca, a un mercado cada vez más amplio; sometida a este reto del progreso, la iniciativa privada respondía a las exigencias diarias del individuo en escala sin paralelo; la diversificación de un mercado caracterizado por la renovación continua de los artículos de consumo aseguraba una vida rica, higiénica y libre. “Carlomagno murió con sus viejos calcetines puestos –declaraba un cartel– usted morirá con unos Elasto-Plastex recién salidos de la fábrica”. La bonanza era increíble; todos trabajaban en las industrias, percibían enormes sueldos, y los gastaban en cambiar diariamente las cosas inservibles por los nuevos productos. Se calcula que, en mi comunidad solamente, llegaron a circular en valores y en efectivo, más de doscientos mil millones de dólares cada dieciocho horas.

El abandono de las labores agrícolas se vio suplido, y concordado, por las industrias química, mobiliaria y eléctrica. Ahora comíamos píldoras de vitamina, cápsulas y granulados, con la severa advertencia médica de que era necesario prepararlos en la estufa y comerlos con cubiertos (las píldoras, envueltas por una cera eléctrica, escapan al contacto con los dedos del comensal).

Yo, justo es confesarlo, me adapté a la situación con toda tranquilidad. El primer sentimiento de terror lo experimenté una noche, al entrar a mi biblioteca. Regadas por el piso, como larvas de tinta, yacían las letras de todos los libros. Apresuradamente, revisé varios tomos: sus páginas, en blanco. Una música dolorosa, lenta, despedida, me envolvió; quise distinguir las voces de las letras; al minuto agonizaron. Eran cenizas. Salí a la calle, ansioso de saber qué nuevos sucesos anunciaba éste; por el aire, con el loco empeño de los vampiros, corrían nubes de letras; a veces, en chispazos eléctricos, se reunían… amor rosa palabra, brillaban un instante en el cielo, para disolverse en llanto. A la luz de uno de estos fulgores vi otra cosa: nuestros grandes edificios empezaban a resquebrajarse; en uno, distinguí la carrera de una vena rajada que se iba abriendo por el cuerpo de cemento. Lo mismo ocurría en las aceras, en los árboles, acaso en el aire. La mañana nos deparó una piel brillante de heridas. Buen sector de obreros tuvo que abandonar las fábricas para atender a la reparación material de la ciudad; de nada sirvió, pues cada remiendo hacía brotar nuevas cuarteaduras.

Aquí concluía el periodo que pareció haberse regido por el signo de las veinticuatro horas. A partir de este instante, nuestros utensilios comenzaron a descomponerse en menos tiempo; a veces en diez, a veces en tres o cuatro horas. Las calles se llenaron de montañas de zapatos y papeles, de bosques de platos rotos, dentaduras postizas, abrigos desbaratados, de cáscaras de libros, edificios y pieles, de muebles y flores muertas y chicle y aparatos de televisión y baterías. Algunos intentaron dominar a las cosas, maltratarlas, obligarlas a continuar prestando sus servicios; pronto se supo de varias muertes extrañas de hombres y mujeres atravesados por cucharas y escobas, sofocados por sus almohadas, ahorcados por las corbatas. Todo lo que no era arrojado a la basura después de cumplir el término estricto de sus funciones, se vengaba así del consumidor reticente.

La acumulación de basura en las calles las hacía intransitables. Con la huida del alfabeto, ya no se podían escribir directrices; los magnavoces dejaban de funcionar cada cinco minutos, y todo el día se iba en suplirlos con otros. ¿Necesito señalar que los basureros se convirtieron en la capa social privilegiada, y que la Hermandad Secreta de Verrere era, de facto, el poder activo detrás de nuestras instituciones republicanas? De viva voz se corrió la consigna: los intereses sociales exigen que para salvar la situación se utilicen y consuman las cosas con una rapidez cada día mayor. Los obreros ya no salían de las fábricas; en ellas se concentró la vida de la ciudad, abandonándose a su suerte edificios, plazas, las habitaciones mismas. En las fábricas, tengo entendido que un trabajador armaba una bicicleta, corría por el patio montado en ella; la bicicleta se reblandecía y era tirada al carro de la basura que, cada día más alto, corría como arteria paralítica por la ciudad; inmediatamente, el mismo obrero regresaba a armar otra bicicleta, y el proceso se repetía sin solución. Lo mismo pasaba con los demás productos; una camisa era usada inmediatamente por el obrero que la fabricaba, y arrojada al minuto; las bebidas alcohólicas tenían que ser ingeridas por quienes las embotellaban, y las medicinas de alivio respectivas por sus fabricantes, que nunca tenían oportunidad de emborracharse. Así sucedía en todas las actividades.

Mi trabajo en el Banco ya no tenía sentido. El dinero había dejado de circular desde que productores y consumidores, encerrados en las factorías, hacían de los dos actos uno. Se me asignó una fábrica de armamentos como nuevo sitio de labores. Yo sabía que las armas eran llevadas a parajes desiertos, y usadas allí; un puente aéreo se encargaba de transportar las bombas con rapidez, antes de que estallaran, y depositarlas, huevecillos negros, entre las arenas de estos lugares misteriosos.

Ahora que ha pasado un año desde que mi primera cuchara se derritió, subo a las ramas de un árbol y trato de distinguir, entre el humo y las sirenas, algo de las costras del mundo. El ruido, que se ha hecho sustancia, gime sobre los valles de desperdicio; temo –por lo que mis últimas experiencias con los pocos objetos servibles que encuentro delatan– que el espacio de utilidad de las cosas se ha reducido a fracciones de segundo. Los aviones estallan en el aire, cargados de bombas; pero un mensajero permanente vuela en helicóptero sobre la ciudad, comunicando la vieja consigna: “Usen, usen, consuman, consuman, ¡todo, todo!” ¿Qué queda por usarse? Pocas cosas, sin duda.

Aquí, desde hace un mes, vivo escondido, entre las ruinas de mi antigua casa. Hui del arsenal cuando me di cuenta que todos, obreros y patrones, han perdido la memoria, y también, la facultad previsora… Viven al día, emparedados por los segundos. Y yo, de pronto, sentí la urgencia de regresar a esta casa, tratar de recordar algo apenas estas notas que apunto con urgencia, y que tampoco dicen de un año relleno de datos– y formular algún proyecto.

¡Qué gusto! En mi sótano encontré un libro con letras impresas; es Treasure Island, y gracias a él, he recuperado el recuerdo de mí mismo, el ritmo de muchas cosas… Termino el libro (“¡Pieces of eight! ¡Pieces of eight!”) y miro en redor mío. La espina dorsal de los objetos despreciados, su velo de peste. ¿Los novios, los niños, los que sabían cantar, dónde están, por qué los olvidé, los olvidamos, durante todo este tiempo? ¿Qué fue de ellos mientras solo pensábamos (y yo solo he escrito) en el deterioro y creación de nuestros útiles? Extendí la vista sobre los montones de inmundicia. La opacidad chiclosa se entrevera en mil rasguños; las llantas y los trapos, la obsesidad maloliente, la carne inflamada del detritus, se extienden enterrados por los cauces de asfalto; y pude ver algunas cicatrices, que eran cuerpos abrazados, manos de cuerda, bocas abiertas, y supe de ellos.

No puedo dar idea de los monumentos alegóricos que sobre los desperdicios se han construido, en honor de los economistas del pasado. El dedicado a las Armonías de Bastiat, es especialmente grotesco.

Entre las páginas de Stevenson, un paquete de semillas de hortaliza. Las he estado metiendo en la tierra, ¡con qué gran cariño!… Ahí pasa otra vez el mensajero:

“USEN TODO… TODO… TODO”.

Ahora, ahora un hongo azul que luce penachos de sombra y me ahoga en el rumor de los cristales rotos…

Estoy sentado en una playa que antes –si recuerdo algo de geografía– no bañaba mar alguno. No hay más muebles en el universo que dos estrellas, las olas y arena. He tomado unas ramas secas; las froto, durante mucho tiempo… ah, la primera chispa…

 

(Tomado de Fuentes, Carlos, Los días enmascarados, Los Presentes, México, 1954)

 

Los asesinos

Ernest Hemingway

 

La puerta del restaurante de Henry se abrió y entraron dos hombres que se sentaron al mostrador.

–¿Qué van a pedir? –les preguntó George.

–No sé –dijo uno de ellos–. ¿Tú qué tienes ganas de comer, Al?

–Qué sé yo –respondió Al–, no sé.

Afuera estaba oscureciendo. Las luces de la calle entraban por la ventana. Los dos hombres leían el menú. Desde el otro extremo del mostrador, Nick Adams, quien había estado conversando con George cuando ellos entraron, los observaba.

–Yo voy a pedir costillitas de cerdo con salsa de manzanas y puré de papas –dijo el primero.

–Todavía no está listo.

–¿Entonces para qué carajo lo pones en la carta?

–Esa es la cena –le explicó George–. Puede pedirse a partir de las seis.

George miró el reloj en la pared de atrás del mostrador.

–Son las cinco.

–El reloj marca las cinco y veinte –dijo el segundo hombre.

–Adelanta veinte minutos.

–Bah, a la mierda con el reloj –exclamó el primero–. ¿Qué tienes para comer?

–Puedo ofrecerles cualquier variedad de sándwiches –dijo George–, jamón con huevo, tocino con huevo, hígado y tocino, o un bistec.

–A mí dame suprema de pollo con chícharos y salsa blanca y puré de papas.

–Esa es la cena.

–¿Será posible que todo lo que pidamos sea la cena?

–Puedo ofrecerles jamón con huevo, tocino con huevo, hígado…

–Jamón con huevo –dijo el que se llamaba Al. Usaba un bombín y un abrigo negro abrochado. Su cara era blanca y pequeña, sus labios angostos. Llevaba una bufanda de seda y guantes.

–Dame tocino con huevo –dijo el otro. Era más o menos de la misma talla que Al. Aunque de cara no se parecían, vestían como gemelos. Ambos llevaban abrigos demasiado ajustados para ellos. Estaban sentados, inclinados hacia adelante, con los codos sobre el mostrador.

–¿Hay algo para tomar? –preguntó Al.

–Ginger ale, cerveza sin alcohol y otros refrescos –enumeró George.

–Dije si tienes algo para tomar.

–Solo lo que nombré.

–Es un pueblo caluroso este, ¿no? –Dijo el otro– ¿Cómo se llama?

–Summit.

–¿Alguna vez lo oíste nombrar? –preguntó Al a su amigo.

–No –le contestó éste.

–¿Qué hacen acá a la noche? –preguntó Al.

–Cenan –dijo su amigo–. Vienen acá y cenan de lo lindo.

–Así es –dijo George.

–¿Así que crees que así es? –Al le preguntó a George.

–Seguro.

–Así que eres un muchacho listo, ¿no?

–Seguro –respondió George.

–Pues no lo eres –dijo el otro hombrecito–. ¿No es cierto, Al?

–Se quedó mudo –dijo Al. Giró hacia Nick y le preguntó–: ¿Cómo te llamas?

–Adams.

–Otro muchacho listo –dijo Al–. ¿No es vivo, Max?

–El pueblo está lleno de muchachos listos –respondió Max.

George puso las dos bandejas, una de jamón con huevo y la otra de tocino con huevo, sobre el mostrador. También trajo dos platos de papas fritas y cerró la portezuela de la cocina.

–¿Cuál es el suyo? –le preguntó a Al.

–¿No te acuerdas?

–Jamón con huevo.

–Todo un muchacho listo –dijo Max. Se acercó y tomó el jamón con huevo. Ambos comían con los guantes puestos. George los observaba.

–¿Qué miras? –dijo Max mirando a George.

–Nada.

–Cómo que nada. Me estabas mirando a mí.

–En una de esas lo hacía en broma, Max –intervino Al.

George se rio.

–Tú no te rías –lo cortó Max–. No tienes nada de qué reírte, ¿entiendes?

–Está bien –dijo George.

–Así que piensas que está bien –Max miró a Al–. Piensa que está bien. Esa sí que está buena.

–Ah, piensa –dijo Al. Siguieron comiendo.

–¿Cómo se llama el muchacho listo ése que está en la punta del mostrador? –le preguntó Al a Max.

–Ey, muchacho listo –llamó Max a Nick–, anda con tu amigo del otro lado del mostrador.

–¿Por? –preguntó Nick.

–Porque sí.

–Mejor pasa del otro lado, muchacho listo –dijo Al. Nick pasó para el otro lado del mostrador.

–¿Qué se proponen? –preguntó George.

–Nada que te importe –respondió Al–. ¿Quién está en la cocina?

–El negro.

–¿El negro? ¿Cómo el negro?

–El negro que cocina.

–Dile que venga.

–¿Qué se proponen?

–Dile que venga.

–¿Dónde creen que están?

–Sabemos muy bien dónde estamos –dijo el que se llamaba Max–. ¿Parecemos tontos acaso?

–Por lo que dices, parecería que sí –le dijo Al–. ¿Qué tienes que ponerte a discutir con este chico? –Y luego a George–: escucha, dile al negro que venga.

–¿Qué le van a hacer?

–Nada. Piensa un poco, muchacho listo. ¿Qué le haríamos a un negro?

George abrió la portezuela de la cocina y llamó:

–Sam, ven un minutito.

El negro abrió la puerta de la cocina y salió.

–¿Qué pasa? –preguntó. Los dos hombres lo miraron desde el mostrador.

–Muy bien, negro –dijo Al–. Quédate ahí.

El negro Sam, con el delantal puesto, miró a los hombres sentados al mostrador:

–Sí, señor –dijo. Al bajó de su taburete.

–Voy a la cocina con el negro y el muchacho listo –dijo–. Vuelve a la cocina, negro. Tú también, muchacho listo.

El hombrecito entró a la cocina después de Nick y Sam, el cocinero. La puerta se cerró detrás de ellos. El que se llamaba Max se sentó al mostrador frente a George. No miraba a George sino al espejo que había tras el mostrador. Antes de ser un restaurante, el lugar había sido una taberna.

–Bueno, muchacho listo –dijo Max con la vista en el espejo–. ¿Por qué no dices algo?

–¿De qué se trata todo esto?

–Ey, Al –gritó Max–. Acá este muchacho listo quiere saber de qué se trata todo esto.

–¿Por qué no le cuentas? –se oyó la voz de Al desde la cocina.

–¿De qué crees que se trata?

–No sé.

–¿Qué piensas?

Mientras hablaba, Max miraba todo el tiempo al espejo.

–No lo diría.

–Ey, Al, acá el muchacho listo dice que no diría lo que piensa.

–Está bien, puedo oírte –dijo Al desde la cocina, que con una botella de cátsup mantenía abierta la ventanilla por la que se pasaban los platos–. Escúchame, muchacho listo –le dijo a George desde la cocina–, aléjate de la barra. Tú, Max, córrete un poquito a la izquierda –parecía un fotógrafo dando indicaciones para una toma grupal.

–Dime, muchacho listo –dijo Max–. ¿Qué piensas que va a pasar?

George no respondió.

–Yo te voy a contar –siguió Max–. Vamos a matar a un sueco. ¿Conoces a un sueco grandote que se llama Ole Andreson?

–Sí.

–Viene a comer todas las noches, ¿no?

–A veces.

–A las seis en punto, ¿no?

–Si viene.

–Ya sabemos, muchacho listo –dijo Max–. Hablemos de otra cosa. ¿Vas al cine?

–De vez en cuando.

–Tendrías que ir más seguido. Para alguien tan listo como tú, es bueno ir al cine.

–¿Por qué van a matar a Ole Andreson? ¿Qué les hizo?

–Nunca tuvo la oportunidad de hacernos algo. Jamás nos vio.

–Y nos va a ver una sola vez –dijo Al desde la cocina.

–¿Entonces por qué lo van a matar? –preguntó George.

–Lo hacemos para un amigo. Es un favor, muchacho listo.

–Cállate –dijo Al desde la cocina–. Hablas demasiado.

–Bueno, tengo que divertir al muchacho listo, ¿no, muchacho listo?

–Hablas demasiado –dijo Al–. El negro y mi muchacho listo se divierten solos. Los tengo atados como una pareja de amigas en el convento.

–¿Tengo que suponer que estuviste en un convento?

–Uno nunca sabe.

–En un convento judío. Ahí estuviste tú.

George miró el reloj.

–Si viene alguien, dile que el cocinero salió. Si después de eso se queda, le dices que cocinas tú. ¿Entiendes, muchacho listo?

–Sí –dijo George–. ¿Qué nos harán después?

–Depende –respondió Max–. Esa es una de las cosas que uno nunca sabe en el momento.

George miró el reloj. Eran las seis y cuarto. La puerta de la calle se abrió y entró un conductor de tranvías.

–Hola, George –saludó–. ¿Me sirves la cena?

–Sam salió –dijo George–. Volverá en alrededor de una hora y media.

–Mejor voy a la otra cuadra –dijo el chofer. George miró el reloj. Eran las seis y veinte.

–Estuviste bien, muchacho listo –le dijo Max–. Eres un verdadero caballero.

–Sabía que le volaría la cabeza –dijo Al desde la cocina.

–No –dijo Max–, no es eso. Lo que pasa es que es simpático. Me gusta el muchacho listo.

A las siete menos cinco George habló:

–Ya no viene.

Otras dos personas habían entrado al restaurante. En una oportunidad George fue a la cocina y preparó un sándwich de jamón con huevo “para llevar”, como había pedido el cliente. En la cocina vio a Al, con su bombín hacia atrás, sentado en un taburete junto a la portezuela con el cañón de un arma recortada apoyado en un saliente. Nick y el cocinero estaban amarrados espalda con espalda con toallas en las bocas. George preparó el pedido, lo envolvió en papel, lo puso en una bolsa y lo entregó. El cliente pagó y salió.

–El muchacho listo puede hacer de todo –dijo Max–. Cocina y hace de todo. Harías de alguna chica una linda esposa, muchacho listo.

–¿Sí? –Dijo George– Su amigo, Ole Andreson, no va a venir.

–Le vamos a dar otros diez minutos –repuso Max.

Max miró el espejo y el reloj. Las agujas marcaban las siete en punto, y luego siete y cinco.

–Vamos, Al –dijo Max–. Mejor nos vamos de acá. Ya no viene.

–Mejor esperamos otros cinco minutos –dijo Al desde la cocina.

En ese lapso entró un hombre, y George le explicó que el cocinero estaba enfermo.

–¿Por qué carajo no consigues otro cocinero? –Lo increpó el hombre– ¿Acaso no es un restaurante esto? –luego se marchó.

–Vamos, Al –insistió Max.

–¿Qué hacemos con los dos chicos vivos y el negro?

–No va a haber problemas con ellos.

–¿Estás seguro?

–Sí, ya no tenemos nada que hacer acá.

–No me gusta nada –dijo Al–. Es imprudente, tú hablas demasiado.

–Uh, qué te pasa –replicó Max–. Tenemos que entretenernos de alguna manera, ¿no?

–Igual hablas demasiado –insistió Al. Éste salió de la cocina, la recortada le formaba un ligero bulto en la cintura, bajo el abrigo demasiado ajustado que se arregló con las manos enguantadas.

–Adiós, muchacho listo –le dijo a George–. La verdad es que tuviste suerte.

–Cierto –agregó Max–, deberías apostar en las carreras, muchacho listo.

Los dos hombres se retiraron. George, a través de la ventana, los vio pasar bajo el farol de la esquina y cruzar la calle. Con sus abrigos ajustados y esos bombines parecían dos artistas de variedades. George volvió a la cocina y desató a Nick y al cocinero.

–No quiero que esto vuelva a pasarme –dijo Sam–. No quiero que vuelva a pasarme.

Nick se incorporó. Nunca antes había tenido una toalla en la boca.

–¿Qué carajo…? –dijo pretendiendo seguridad.

–Querían matar a Ole Andreson –les contó George–. Lo iban a matar de un tiro ni bien entrara a comer.

–¿A Ole Andreson?

–Sí, a él.

El cocinero se palpó los ángulos de la boca con los pulgares.

–¿Ya se fueron? –preguntó.

–Sí –respondió George–, ya se fueron.

–No me gusta –dijo el cocinero–. No me gusta para nada.

–Escucha –George se dirigió a Nick–. Tendrías que ir a ver a Ole Andreson.

–Está bien.

–Mejor que no tengas nada que ver con esto –le sugirió Sam, el cocinero–. No te conviene meterte.

–Si no quieres no vayas –dijo George.

–No vas a ganar nada involucrándote en esto –siguió el cocinero–. Mantente al margen.

–Voy a ir a verlo –dijo Nick–. ¿Dónde vive?

El cocinero se alejó.

–Los jóvenes siempre saben qué es lo que quieren hacer –dijo.

–Vive en la pensión Hirsch –George le informó a Nick.

–Voy para allá.

Afuera, las luces de la calle brillaban por entre las ramas de un árbol desnudo de follaje. Nick caminó por el costado de la calzada y a la altura del siguiente poste de luz tomó por una calle lateral. La pensión Hirsch se hallaba a tres casas. Nick subió los escalones y tocó el timbre. Una mujer apareció en la entrada.

–¿Está Ole Andreson?

–¿Quieres verlo?

–Sí, si está.

Nick siguió a la mujer hasta un descanso de la escalera y luego al final de un pasillo. Ella llamó a la puerta.

–¿Quién es?

–Alguien que viene a verlo, señor Andreson –respondió la mujer.

–Soy Nick Adams.

–Pasa.

Nick abrió la puerta e ingresó al cuarto. Ole Andreson yacía en la cama con la ropa puesta. Había sido boxeador peso pesado y la cama le quedaba chica. Estaba acostado con la cabeza sobre dos almohadas. No miró a Nick.

–¿Qué pasa? –preguntó.

–Estaba en el negocio de Henry –comenzó Nick–, cuando dos tipos entraron y nos ataron a mí y al cocinero, y dijeron que iban a matarlo.

Sonó tonto decirlo. Ole Andreson no dijo nada.

–Nos metieron en la cocina –continuó Nick–. Iban a dispararle apenas entrara a cenar.

Ole Andreson miró a la pared y siguió sin decir palabra.

–George creyó que lo mejor era que yo viniera y le contara.

–No hay nada que yo pueda hacer –Ole Andreson dijo finalmente.

–Le voy a decir cómo eran.

–No quiero saber cómo eran –dijo Ole Andreson. Volvió a mirar hacia la pared: –Gracias por venir a avisarme.

–No es nada.

Nick miró al grandote que yacía en la cama.

–¿No quiere que vaya a la policía?

–No –dijo Ole Andreson–. No sería buena idea.

–¿No hay nada que yo pueda hacer?

–No. No hay nada que hacer.

–Tal vez no lo dijeron en serio.

–No. Lo decían en serio.

Ole Andreson volteó hacia la pared.

–Lo que pasa –dijo hablándole a la pared– es que no me decido a salir. Me quedé todo el día acá.

–¿No podría escapar de la ciudad?

–No –dijo Ole Andreson–. Estoy harto de escapar.

Seguía mirando a la pared.

–Ya no hay nada que hacer.

–¿No tiene ninguna manera de solucionarlo?

–No. Me equivoqué –seguía hablando monótonamente–. No hay nada que hacer. Dentro de un rato me voy a decidir a salir.

–Mejor vuelvo adonde George –dijo Nick.

–Chao –dijo Ole Andreson sin mirar hacia Nick–. Gracias por venir.

Nick se retiró. Mientras cerraba la puerta vio a Ole Andreson totalmente vestido, tirado en la cama y mirando a la pared.

–Estuvo todo el día en su cuarto –le dijo la encargada cuando él bajó las escaleras–. No debe sentirse bien. Yo le dije: “Señor Andreson, debería salir a caminar en un día otoñal tan lindo como este”, pero no tenía ganas.

–No quiere salir.

–Qué pena que se sienta mal –dijo la mujer–. Es un hombre buenísimo. Fue boxeador, ¿sabías?

–Sí, ya sabía.

–Uno no se daría cuenta salvo por su cara –dijo la mujer. Estaban junto a la puerta principal–. Es tan amable.

–Bueno, buenas noches, señora Hirsch –saludó Nick.

–Yo no soy la señora Hirsch –dijo la mujer–. Ella es la dueña. Yo me encargo del lugar. Yo soy la señora Bell.

–Bueno, buenas noches, señora Bell –dijo Nick.

–Buenas noches –dijo la mujer.

Nick caminó por la vereda a oscuras hasta la luz de la esquina, y luego por la calle hasta el restaurante. George estaba adentro, detrás del mostrador.

–¿Viste a Ole?

–Sí –respondió Nick–. Está en su cuarto y no va a salir.

El cocinero, al oír la voz de Nick, abrió la puerta desde la cocina.

–No pienso escuchar nada –dijo y volvió a cerrar la puerta de la cocina.

–¿Le contaste lo que pasó? –preguntó George.

–Sí. Le conté pero él ya sabe de qué se trata.

–¿Qué va a hacer?

–Nada.

–Lo van a matar.

–Supongo que sí.

–Debe haberse metido en algún lío en Chicago.

–Supongo –dijo Nick.

–Es terrible.

–Horrible –dijo Nick.

Se quedaron callados. George se agachó a buscar un trapo y limpió el mostrador.

–Me pregunto qué habrá hecho –dijo Nick.

–Habrá traicionado a alguien. Por eso los matan.

–Me voy a ir de este pueblo –dijo Nick.

–Sí –dijo George–. Es lo mejor que puedes hacer.

–No soporto pensar que él espera en su cuarto y sabe lo que le pasará. Es realmente horrible.

–Bueno –dijo George–. Mejor deja de pensar en eso.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)