Pablo Garssía
El inmenso planeta plano
tardó trescientos billones de años en formarse, cuatrocientos billones menos
que su estrella madre. No tuvo planetas hermanos y estuvo siempre alejado de
otros sistemas planetarios. Sin embargo, cuando hubo cumplido cuatrocientos
cuarenta y cinco billones de años de edad, cuando hubo completado su largo
proceso de formación, cuando su superficie, enteramente llana y compuesta
únicamente de tierra, estuvo conformada, tuvo la dicha de albergar vida, vida
humana.
Los hombres que aparecieron en este planeta
fueron extraordinarios: cada una de las células de su cuerpo –o cualquiera que
fuese su unidad de composición mínima– estaba dotada de la increíble capacidad
de proveerse a sí misma de alimento, a partir de sus propios desechos; los
seres no necesitaban buscar comida ni agua para subsistir. Uno de los máximos
enigmas sobre estos fantásticos seres es, por tanto, y sin duda, cómo o en qué
momento, los componentes más pequeños de su organismo se habían alimentado por
primera vez. ¿Qué había sido primero: la excreción, por parte de las células –llamémoslas
así–, de un Primer alimento o, por el contrario, la deglución de éstas de un
Primer excremento? Sea como fuere, dichos hombres jamás se preocuparon por
ello. Eran muy inteligentes, pero nunca se preguntaron sobre cosas tan ocultas;
como jamás conocieron un ser humano diferente a ellos, jamás pudieron siquiera
pensar en compararse con ese otro hombre. De hecho, en su gigantesco planeta no
existía ninguna forma de vida con la que pudieran compararse; no cohabitaban
con ningún otro ser vivo distinto a ellos. Porque ningún ser que no poseyera
cualidades fisiológicas similares a las que estos hombres tenían podía haber
vivido en ese mundo, ya que no había nada, nada de nada. Los ríos, los lagos,
los océanos, las nubes, las tormentas, los glaciares, las praderas, los
bosques, las selvas, los árboles, el agua, las plantas, todas esas cosas, jamás
habían existido allí, ni parecía que existirían. Tampoco había una sola colina,
ni la más mínima depresión terrestre, precisamente porque el planeta era
totalmente llano. El vacío era tal que ni siquiera el viento existía, hasta el
movimiento estaba ausente. Dicho mundo era como un gran desierto en el que
parecía haberse detenido el tiempo. Digo parecía porque, en realidad, el tiempo
transcurría con mucha naturalidad. Su estrella madre, aunque lejana y sin la
suficiente energía como para proveerlo de temperaturas desérticas dignas, sí
obligaba al inmenso planeta plano a efectuar un movimiento de traslación veloz
alrededor de ella, por lo que, a pesar de su deficiente rotación, el planeta
tenía la suerte de poseer días y noches cortos, similares a los de la mayoría
de los mundos habitados. Y eso era lo que único que daba la sensación de tiempo
en el planeta; las únicas acciones, los únicos movimientos que se podían
percibir eran el movimiento del sol y el de los demás astros.
Hasta que aparecieron los hombres.
Lo primero que hicieron los hombres, después de
aparecer sobre la faz del planeta, fue ejecutar acciones. Para tener un poco de
sombra en el día y algo de calor en la noche, cavaron madrigueras en el suelo;
para no aburrirse, empezaron a reproducirse y a comunicarse. De estas dos
últimas acciones la segunda la realizaron con mayor velocidad, por lo que eran
apenas ciento veintiún varones y ciento veintitrés mujeres cuando lograron, con
base en el modesto desarrollo de su lenguaje, crear nombres propios para cada
uno de ellos. Para las primeras mujeres algunos nombres fueron: Mavi, Ala, Fas,
Nim, Vai, Ti, Caia, Liabi, Mia, Sila, Sai, Fisi, Iah, Agli, Miga, Tisi, Paim,
Nila, Vifh, Lari y Aina; para los varones: Ofo, Moeso, Efno, Tem, Soh, Ves,
Femvo, Neol, Croten, Jene, Cole, Voc, Deon, Gros, Teo, Nolm, Repjo, Olo, Vefh,
Fonor, Med y otros más. Los hombres más viejos eran Moeso, Neol, Croten y Efno;
las mujeres más viejas, Mavi, Nim, Iah y Vai.
Neol, Moeso, Efno y Croten se recordaban a sí
mismos, algún tiempo atrás, asombrados ante los continuos alumbramientos de las
primeras mujeres; y ellas, por su parte, albergaban todavía dentro de sus
recuerdos el dolor y la alegría que habían sentido durante el nacimiento de
cada uno de los hijos que habían engendrado con los primeros hombres; sin
embargo, ninguno de los ocho ancianos, nadie de entre Mavi, Nim, Iah, Vai y sus
respectivos varones, podía traer a la mente siquiera el rostro de sus propios
padres. En todos y cada uno de ellos el recuerdo de sus progenitores estaba
sumergido en una gran laguna mental y ésta parecía haber estado siempre seca.
Por eso, desde que pudieron hacerlo, los ancianos trataron todas sus
discusiones sobre este gran enigma.
Luego de algún tiempo de razonar y razonar,
lograron obtener una premisa: sus padres los habían abandonado cuando eran
niños. La idea, además de ser triste, producía –obviamente– otras muchas
tristes preguntas: ¿por qué los habían dejado sus padres? ¿era eso lo que ellos
debían haber hecho con sus propios críos? ¿a dónde tenían que haberse marchado?
Y estas produjeron a su vez una hipótesis, la de Croten, quien pensaba que tal
vez sus padres no los habían abandonado, sino que ellos mismos, cuando eran
niños, por alguna misteriosa razón, se habían alejado del seno paternal: ¡había
que volver!
Los ancianos del inmenso planeta plano decidieron
ir a buscar a sus padres lo más pronto posible. Se marcharon la madrugada del
tercer día siguiente a la postulación de la teoría de Croten, una semana antes
de que el más joven de ellos cumpliera ochenta años. Los demás hombres, que por
supuesto habían sido enterados del viaje, pero no invitados, sintieron que el
enigma, en vez de empezar a tener mayores probabilidades de ser velado, se
hacía más oscuro…
Los ancianos no regresaron nunca. No volvieron no
porque eso fuera los que deseaban desde un principio, ni tampoco porque no
quisieran compartir lo desconocido con sus hijos, sino porque no podían: habían
encontrado algo muy grande, muy fuerte e inesperado: su destino.
Años después, algunos jóvenes decidieron ir en
busca de sus abuelos y, principalmente, en busca de respuestas, respuestas y no
más preguntas. Recorrieron, tras veinticinco años de viaje, casi por completo
la superficie del hemisferio norte del planeta y no encontraron más que enormes
planicies y bóvedas celestes siempre despejadas. Frustrados y hechos presa de
una gran fatiga, decidieron regresar con los demás.
Una vez en casa, les dijeron a todos lo que
habían visto y, con dolor, aceptaron no sólo que no habían encontrado durante
el viaje un sólo rastro de los ancianos, sino, también, que pensaban que éstos
habían desaparecido de la misma manera que lo habían hecho sus desconocidos
padres. Los hombres y mujeres que en ese entonces ya eran viejos, los hijos de
Moeso, Nim, Croten, Mavi y los demás, se sintieron muy preocupados y se
reunieron para discutir qué era lo que debían hacer. Poco tiempo después,
aceptaron que, llegada la hora, debían alejarse también de sus hijos, tal como
lo habían hecho sus padres y como lo habían hecho los padres de éstos –suponían.
Los hombres del inmenso planeta llano estaban
logrando explicaciones, empezaban a comprender el orden de la naturaleza y a
aceptarlo. Pero, a pesar de ello, el deseo por buscar la verdad sobre sus vidas
y sobre el mundo –la cual sólo habían logrado imaginar o, en el mejor de los
casos, intuir– seguía igual e, incluso, se hacía cada vez más grande. Semanas
antes de que la nueva generación de hombres viejos –conformada por los hijos de
Croten, Mavi, Nim y los demás– se marchara, un muchacho llamado Velrevo decidió
viajar solo sobre la planicie del planeta, siguiendo la trayectoria de la
estrella madre –el sol– en el cielo, marcando sobre la tierra una línea recta y
no deteniendo su marcha hasta encontrar de nuevo sus propios trazos en el
suelo. Velrevo, de veinte años de edad, era filósofo e intuía y deseaba
aprehender –como muchos– la complejidad del universo, pero sabía que eso no
sucedería si antes no descifraba la complejidad de su propio ser. Por eso había
planeado realizar el ambicioso y casi utópico viaje; él no buscaría a sus
míticos ancestros, se buscaría a sí mismo.
Hablando con justicia, Velrevo fue el más
importante de todos los hombres de su mundo. Fue un genio y, a la vez, un héroe
épico, pues logró trazar el ecuador de su planeta en sólo treinta y tres años.
Al hacerlo, encontró, como esperaba, gran cantidad de confirmaciones a las
teorías que había desarrollado en su juventud –entre ellas, la de que su pueblo
vivía al centro del planeta, en un sitio que guardaba la misma distancia al
polo norte que al polo sur. Pero su máxima hazaña fue encontrar, días después
de comenzar su retorno a casa, semanas después de haber dibujado el gran punto
que marcaría los ciento ochenta grados del ecuador, un volcán inactivo –el
enorme residuo de uno de los pocos fenómenos geológicos violentos que tuvo el
planeta antes de la Era de los hombres.
La impresión de Velrevo al alzar la vista y ver
el volcán que con soberbia se erguía y penetraba el cielo fue tremenda. Estuvo
durante horas detenido y de pie frente a él, maravillado, extasiado.
Para Velrevo lo más valioso de aquella montaña
era su singularidad, su belleza. Sí, encerraba también mucho misterio, pero un
misterio que, para ser atractivo o, más bien, para no dejar de serlo, debía
permanecer en ese estado, el de la oscuridad. Porque Velrevo, al lograr
comprender su planeta físicamente, lo había comprendido en su esencia. El
descubrimiento del volcán le había otorgado sólo una ocasión más para sentirse
feliz, pleno. Aunque esto no fue así para todos los demás; Velrevo fue el único
que no vio en el escarpado pico un bendito camino, un divino sendero que les
permitiría a los hombres acercarse a sus dioses, a sus primeros padres.
A pesar de que Velrevo, asumiéndose –de pronto,
pero merecidamente– gurú de su pueblo, ordenó lo contrario, la mayoría de los
hombres, varones y mujeres, niños y ancianos, decidieron escalar el volcán. Y
no sólo eso, sino que decidieron también, cada uno por su parte –y en secreto,
claro–, ser los primeros en alcanzar la luz de los creadores y, también, ¿por
qué no?, ser los únicos en lograrlo. Por eso ocurrió que los hombres pelearon,
entre sí; la envidia, la ira y el odio corrieron por sus venas y alimentaron
sus corazones.
Sobre las oscuras rocas de las faldas de la
sagrada montaña quedaron tirados, sin vida y sin haber intentado la dura
ascensión, una gran cantidad de ellos. Parecía el fin de todo: el mal había
visitado a los hombres y, con él, había acudido también, implacable, no por
primera ocasión, pero sí prematura y antinaturalmente esta vez, la muerte.
Sólo doce varones adultos, después de trece
semanas de dolor y delirio, lograron llegar a la cumbre del volcán. Y, ahí, a
miles de metros de altura, más cerca que nunca del cielo y de Él y de Ella, lo
más que obtuvieron fue una durísima y terrible desilusión.
Bajaron, después de llorar –sin lágrimas, pues
les era imposible lo contrario– arrodillados frente al cráter, pero no lo
suficiente como para transmitir su frustración –la única que habían sentido en
toda su vida– a los otros, los pocos que no habían decidido subir, pues, cual
castigo divino, el volcán resucitó inesperadamente y su sangre alcanzó y devoró
a todos los que habían subido y ahora descendían de la montaña.
Después de la erupción, Velrevo se retiró para
siempre a la soledad. Pero también la soledad vivió con los demás
sobrevivientes. Y con tanta fuerza se alojó ésta en las mentes y en los
corazones de todos ellos por tanto tiempo, que, simple y sencillamente, ya no
se reprodujeron más y la muerte los consumió, a cada uno por separado, pero
simultáneamente.
Cuando sus padres, sus verdaderos padres,
regresaron del cielo, después de muchos años, no lograron hallar ya vida en el
laboratorio, sino sólo un montón de cadáveres sin pudrirse, los cuales –dicho
sea de paso–, junto con el volcán, deformaban seriamente la perfecta redondez y
planicie del inmenso planeta, ése cuyas excepcionales condiciones,
desgraciadamente, ya no serían nunca hogar de ningún tipo de vida, pues su
final llegaría muy pronto, unos segundos antes de cumplir 445.002 billones de
años edad.
(Tomado
de www.museo.ficticia.com)