viernes, 3 de julio de 2026

Hay que buscar a Regina

Álvaro Cepeda Samudio

 

Todos vimos cuando Juan García entró a la Inspección. No es como han dicho por ahí que a Juan García lo trajeron los Rurales. No, él vino por sus propios pies, sin que nadie lo trajera. Vino simplemente, sin alboroto, con sus pantalones sucios y los cabellos despeinados, con la camisa a cuadros que no se quita nunca, y sin que nadie lo llamara ni le dijera nada entró a la Inspección. Y esto lo pueden decir los que estaban conmigo, los que estábamos esa tarde en la puerta del billar de Venancio, que también vieron lo que yo: que Juan García entró solo a la Inspección, entró por su propia voluntad. Ninguno de nosotros sabía de qué se trataba, ni ninguno hizo comentarios hasta cuando salió apresuradamente un Rural. No sé cuánto tiempo transcurrió desde cuando Juan García entró hasta cuando el Rural salió apresuradamente, pero ya Jácome y el Mono habían jugado dos partidos de a cincuenta y el Mono perdió ambos, y para no pagar dijo que Jácome le hacía trampas y le rompió la cabeza con el taco: el Mono es así. Pero cuando el Rural volvió y vimos que detrás de él venía el viejo Hernández, con su sombrero de fieltro y mascando tabaco nerviosamente, y detrás del viejo Hernández su mujer, envuelta en un pañolón negro y con el moño fijo sobre la cabeza reluciente, cuando vimos esto, Venancio salió de detrás del mostrador, dobló el periódico que había estado leyendo, atravesó la calle y se recostó, haciéndose el tonto, contra la ventana de la Inspección. Entonces todos atravesamos la calle; hasta el Mono que ya había comenzado otro partido dejó el taco sobre la mesa, cruzado entre las bolas de modo que no pudieran moverlas, se vino a ver lo que sucedía en la Inspección. Todos vimos a Juan García con sus pantalones sucios y su camisa a cuadros, de pie frente al Inspector, quieto, mirando fijamente el tintero que está encima del escritorio. Y ni siquiera se movió cuando el viejo Hernández dijo bien alto, para que todos lo oyéramos, que un día de estos mataría a un hijo de puta. Siguió quieto frente al escritorio. El Inspector le dijo al viejo Hernández que se callara y Juan García siguió hablando. La sala de la Inspección es pequeña y todos oímos claramente cuando Juan García dijo: “Yo maté a Regina, señor Inspector, la ahogué”. Lo dijo sencillamente, sin alboroto, exactamente como había entrado a la Inspección, sin pizca de miedo. Y todos vimos al viejo Hernández cerrar los puños y abalanzarse contra Juan García. Nosotros creíamos que se iba a defender, pero se quedó quieto, protegiéndose la cara con las manos, hasta que un Rural se lo quitó de encima. La vieja no dijo nada al principio, se quedó muda de rabia, pero cuando nos vio detrás de los barrotes de la ventana se puso a pujar tratando de sacarse lágrimas, pero no pudo y se quedó callada. Todos oímos al Inspector cuando amenazó al viejo Hernández con soltar a Juan García si no guardaba compostura. Después siguió preguntando, descuidadamente, sin mucho interés, mientras se abanicaba con el secante grande que dan de propaganda en la farmacia y lanzaba resoplidos espaciados entre contestación y contestación. Todos oímos el relato de Juan García, casi completo, porque cuando dijo que el viejo Hernández quería vender a Regina, Venancio gritó que era un viejo cabrón, y los Rurales nos hicieron quitar de la ventana. Pero esto fue casi al final, Juan García no pudo decir mucho más pues el Mono no había comenzado a jugar nuevamente cuando el viejo Hernández salió de la Inspección. Lo que nosotros le oímos decir a Juan García fue que había matado a Regina, la hija del viejo Hernández, más precisamente: que la había ahogado. Refirió que anoche había ido, como de costumbre, a ver a Regina después de que los viejos se acostaban. Todas las noches iba a verla a escondidas desde que el viejo Hernández le dijo que no iba a dejar que Regina se comprometiera con él. Ella no podía salir de la casa pues el viejo le ponía candado a la puerta antes de acostarse y tenía que esperar a que se durmieran para abrir la ventana de la cocina y hablar con él. Juan García contaba todo esto sin mirar a ningún lado, quieto, con la vista fija en el tintero. También dijo que anoche Regina le había dicho que el viejo Hernández la iba a vender, y que ella le contó cómo esa tarde había venido un hombre muy bien vestido y estuvo un rato encerrado con la vieja y el viejo, y cómo luego la llamaron y el viejo Hernández le había hecho quitar el vestido y el hombre le apretó los senos. El Inspector seguía abanicándose y lanzando resoplidos.

Cuando Juan García dijo esto, todos miramos a los viejos Hernández, pero estos no se movieron. El viejo buscaba un lugar para escupir, escupió su tabaco y todos creímos que iba a hablar, pero no dijo nada. Entonces fue cuando Venancio le gritó: “Viejo cabrón”. Y los Rurales nos echaron de la ventana. Pero antes Juan García contó cómo la había matado. Sin alterarse en lo más mínimo, cómo quien cuenta un suceso natural, siempre mirando al tintero, contó que se había pasado toda la noche hablando con Regina, esperando que el viejo abriera la puerta para que ella pudiera salir. Se habían puesto de acuerdo en que ella echaría a correr hacia la quebrada en cuanto el viejo quitara el candado, que allí estaría él esperándola. Y así lo hizo. Pero después de haber caminado quebrada abajo hasta que el sol quemaba fuerte, no dijo cuánto tiempo caminaron, se dio cuenta de que no tenían donde ir. Que no podía volver a vivir en su casa pues el viejo Hernández era capaz de matarlo y llevarse a Regina otra vez. Entonces fue cuando la metió en la quebrada y la ahogó. Y cuando el Inspector le preguntó el sitio exacto donde la había ahogado, Juan García no dijo una palabra. Es verdad que el Inspector no insistió mucho, pero Juan García se negó a hablar. Entonces todos vimos que el viejo Hernández sonreía y se movió inquieto. Después fue cuando Juan García dijo lo de la venta y los rurales nos echaron. Venancio no quería quitarse de la ventana, al fin se volvió y cruzó la calle y mientras alzaba la tapa del mostrador dijo en voz baja: ese no ha matado a Regina, ese no mata a nadie. Debe tenerla escondida en alguna parte y apuesto a que todavía no se ha acostado con ella. A lo mejor se mete en un lío por querer hacer las cosas legalmente. El Mono apenas había levantado su taco cuando los viejos Hernández salieron casi corriendo de la Inspección. Los que estaban dentro del billar no oyeron al viejo cuando le dijo a su mujer: “Hay que buscar a Regina”, pero yo sí lo oí, y miré a Venancio, que había vuelto a abrir su periódico, y me pregunté por milésima vez: ¿por qué sabe tanto Venancio?

 

(Tomado de www.literatura.us)

 

El duelo del doctor Hirsch

G. K. Chesterton

 

Monsieur Maurice Brun y monsieur Armand Armagnac atravesaban los soleados Champs Elysées con una especie de animada respetabilidad. Ambos eran bajos, activos y audaces. Los dos tenían barbas negras que daban la impresión de no pertenecer a su cara, de acuerdo con la extraña moda francesa que hace que el pelo de verdad parezca artificial. Monsieur Brun lucía una oscura franja de barba, pegada, según todas las apariencias, bajo el labio inferior. Monsieur Armagnac, para variar, tenía dos barbas, que nacían, respectivamente, de las esquinas de su enfática barbilla. Ambos eran jóvenes y también ateos, con una deprimente rigidez en sus puntos de vista, pero gran versatilidad a la hora de exponerlos. Los dos eran discípulos del gran doctor Hirsch, científico, publicista y moralista.

Monsieur Brun había alcanzado notoriedad mediante su propuesta de que la expresión Adieu, de uso tan corriente, fuese tachada de todos los clásicos franceses, y de que se impusiera una pequeña multa por su uso en la vida privada. “A partir de ese momento”, decía, “el nombre mismo de vuestro imaginario Dios dejará para siempre de hallar eco en el oído humano”. Monsieur Armagnac se especializaba más bien en la resistencia al militarismo, y quería que el estribillo de la Marsellesa se cambiara de Aux armes, citoyens a Aux grèves, citoyens. Pero su antimilitarismo era de una especie muy peculiar y muy francesa. Un eminente cuáquero inglés, muy acaudalado, que había acudido a verlo para preparar el desarme de todo el planeta, quedó muy afligido ante la propuesta de Armagnac de que (para empezar) los soldados rasos fusilaran a sus oficiales.

Y era precisamente en este campo donde los dos jóvenes ateos se separaban más de su líder y padre en la filosofía. El doctor Hirsch, aunque nacido en Francia y adornado con los más gloriosos dones de la educación francesa, tenía, por temperamento, una personalidad distinta: era apacible, soñador, humanitario; y a pesar de su escepticismo filosófico no le faltaba un componente de trascendentalismo. Tenía, por decirlo en pocas palabras, más de alemán que de francés; y aunque sus dos discípulos lo admiraran mucho, había un punto de irritación en el subconsciente de estos galos al verlo abogar por la paz de una manera tan pacífica. Paul Hirsch era, sin embargo, para sus partidarios en toda Europa, un santo de la ciencia. Sus grandiosas y audaces teorías cósmicas daban testimonio de la austeridad de su vida y de su inocente, aunque un tanto fría, moralidad; su postura era algo así como una mezcla de la de Darwin con la de Tolstói. Pero tampoco se le podía tachar ni de anarquista ni de antipatriota; sus ideas sobre el desarme eran moderadas y evolucionistas. El gobierno de la república había depositado considerable confianza en él acerca de diferentes adelantos químicos. Recientemente, el doctor Hirsch había descubierto incluso un explosivo silencioso, cuyo secreto guardaba el gobierno celosamente.

Su casa se hallaba en una hermosa calle cerca del Elysée; una calle que en aquel caluroso verano parecía casi tan llena de follaje como el mismo parque; una hilera de castaños, que acogía también bajo sus ramas la zona donde un amplio café se adelantaba hasta la calle, cortaba el paso a la luz del sol. Casi enfrente de este café se hallaban las persianas verdes y blancas de la casa del gran científico, y una galería de hierro, también pintada de verde, que corría a lo largo de la fachada delante de los ventanales del primer piso. Debajo se situaba la entrada a una especie de patio, adornado con arbustos y azulejos, en el que Brun y Armagnac entraron charlando animadamente.

Simón, el anciano criado del doctor Hirsch, que, gracias a su severo traje negro, sus gafas, su cabello gris y sus cordiales maneras, podría muy bien haber pasado por su amo, fue quien les abrió la puerta. De hecho, el sirviente resultaba un hombre de ciencia mucho más presentable que el doctor Hirsch, que no pasaba de ser una especie de rábano ahorquillado, con la suficiente protuberancia a modo de cabeza como para que su cuerpo resultara insignificante. Con toda la gravedad de un médico eminente entregando una receta, Simón ofreció una carta a monsieur Armagnac, que rasgó el sobre con una impaciencia muy francesa y leyó rápidamente lo que sigue:

“No me es posible bajar a hablar con ustedes. Hay un individuo en esta casa al que me niego a recibir. Es un oficial chovinista, llamado Dubosc. Está sentado en las escaleras. Ha estado dando patadas a los muebles en todas las demás habitaciones; me he encerrado en el estudio, que queda enfrente de ese café. Si me tienen ustedes afecto, vayan al café y esperen en una de las mesas de la terraza. Trataré de enviárselo. Quiero que le respondan y que traten con él. Yo no puedo recibirlo personalmente. No puedo y no lo haré.

Va a producirse otro caso Dreyfus.

P. Hirsch.”

Monsieur Armagnac miró a monsieur Brun. Monsieur Brun cogió la carta, la leyó y se quedó mirando a monsieur Armagnac. Luego ambos se dirigieron a buen paso a una de las mesitas bajo los castaños, donde se hicieron servir dos grandes vasos de horrible ajenjo verde, bebida que al parecer ambos podían consumir en cualquier estación y a cualquier hora. Por lo demás el café daba la impresión de estar vacío, con la excepción, en una mesa, de un soldado que tomaba café, y, en otra, de un individuo muy alto y fuerte con un vasito de almíbar y de un sacerdote que no tomaba nada.

Maurice Brun se aclaró la garganta y dijo:

–Por supuesto tenemos que ayudar al maestro de cualquier manera, pero…

Hubo un brusco silencio y Armagnac dijo:

–Quizá tenga excelentes razones para no entrevistarse personalmente con ese individuo, pero…

Antes de que ninguno de los dos completara una frase, resultó evidente que el invasor había sido expulsado de la casa de enfrente. Los arbustos situados bajo la arcada se inclinaron hasta abrirse por completo, y el molesto huésped salió disparado de entre ellos como si se tratara de una bala de cañón.

El sujeto en cuestión poseía una sólida contextura y un pequeño y ladeado sombrero tirolés de fieltro; y, a decir verdad, toda su figura tenía en líneas generales algo de tirolés. De hombros anchos y robustos, sus piernas, por el contrario, resultaban esbeltas y activas, enfundadas en pantalones hasta la rodilla y medias de punto. De rostro muy moreno, sus ojos castaños brillaban y se movían inquietos; por delante llevaba el pelo, muy oscuro, tiesamente peinado hacia atrás, y muy corto a la altura del cogote, delineando un cráneo cuadrado y poderoso; y poseía un enorme bigote negro, semejante a los cuernos de un bisonte. Una cabeza tan notable se sustenta de ordinario en un cuello de toro, pero el suyo quedaba oculto por una gran bufanda de colores, liada en torno a sus orejas y que le caía por delante dentro de la chaqueta como si se tratara de una especie de chaleco de fantasía. Era una bufanda de fuertes colores apagados, rojo oscuro y oro viejo y morado, probablemente de fabricación oriental. En conjunto, aquel personaje tenía un algo de bárbaro; había más en él de caballero húngaro que de oficial galo corriente y moliente. Su francés, sin embargo, era, a todas luces, el de un nativo; y su patriotismo francés era tan impulsivo que resultaba ligeramente absurdo. Su primera reacción al salir disparado de la arcada fue gritar con voz de clarín en dirección a la calle: “¿Hay algún francés aquí?”, como si estuviera pidiendo cristianos en La Meca.

Armagnac y Brun se pusieron inmediatamente en pie; pero lo hicieron con retraso. Desde todas las esquinas de la calle corrían ya los hombres; en seguida se formó una pequeña multitud que crecía constantemente. Con el rápido instinto francés para la política callejera, el individuo del bigote negro había corrido hasta una esquina del café para subirse a una de las mesas; allí, después de agarrarse a la rama de un castaño con el fin de no perder el equilibrio, gritó como lo hiciera Camille Desmoulins cuando esparció las hojas de roble entre la turba.

–¡Franceses! –lanzó a voleo–; ¡no puedo hablar! Pero, que Dios me ayude, ¡ésa es la razón de que esté hablando! Los individuos que aprenden a hablar en nuestros inmundos parlamentos también aprenden a guardar silencio… ¡a guardar silencio como ese espía que se agazapa en la casa de enfrente! ¡A guardar silencio como hace él cuando aporreo la puerta de su dormitorio! ¡A guardar silencio como lo hace ahora, a pesar de que oye mi voz desde el otro lado de la calle y se estremece mientras sigue sentado! ¡Sin duda, los políticos son capaces de guardar silencio de manera muy elocuente! Pero llegó el momento de que hablemos los que no podemos hablar. Los está entregando a los prusianos. Están siendo traicionados en este momento. Traicionados por ese hombre. Soy Jules Dubosc, coronel de artillería, con destino en Belfort. Ayer capturamos un espía alemán en los Vosgos, y se le encontró un papel… un papel que tengo ahora en mi mano. ¡Claro que han tratado de echar tierra encima! Pero yo se lo he traído directamente al hombre que lo escribió… ¡al dueño de esa casa! Es su letra. Está firmado con sus iniciales. Son instrucciones para encontrar la fórmula secreta de esa nueva pólvora silenciosa. Hirsch la inventó y es Hirsch quien escribió esta nota que está en alemán, y que se encontró en un bolsillo alemán. “Dígale al responsable que la fórmula de la pólvora se halla en un sobre gris en el primer cajón a la derecha del escritorio del ministro, en el Ministerio de la Guerra, y que está escrita con tinta roja. Ha de tener mucho cuidado. P. H.”

El individuo del bigote negro lanzaba frases cortas como una ametralladora, pero era sin duda alguna el tipo de hombre que o está loco o tiene razón. La mayor parte de la multitud era nacionalista y formaba ya un amenazador alboroto; y una minoría de intelectuales igualmente furiosos, dirigidos por Armagnac y Brun, solo lograba que la mayoría se sintiera más militante.

–Si se trata de un secreto militar –gritó Brun–, ¿por qué se pone usted a chillar en mitad de la calle?

–¡Voy a decirle por qué lo hago! –rugió Dubosc por encima de la ruidosa multitud–. Me dirigí a este hombre con franqueza y cortesía. Si tenía alguna explicación podía haberla ofrecido con total confianza. Pero se niega a explicar nada. Me remite a dos desconocidos en un café como a dos lacayos. ¡Me echó de su casa, pero voy a volver a ella, con el pueblo de París detrás de mí!

Un alarido pareció hacer temblar la fachada de la mansión vecina; dos piedras salieron volando y una rompió un ventanal a la altura de la galería. El indignado coronel se lanzó una vez más bajo la arcada y se le oyó gritar y tronar en el interior. A cada momento el mar humano se hacía mayor y se estrellaba contra la verja y los escalones de la casa del traidor; cuando ya no cabía duda de que aquel lugar iba a ser asaltado como la Bastilla, se abrió el ventanal con el cristal roto y el doctor Hirsch salió a la galería. Por un momento, el furor se convirtió a medias en risa; porque el famoso científico resultaba una figura absurda en aquella escena. El largo cuello al descubierto y los hombros caídos le daban la forma de una botella de champán, pero ése era el único detalle festivo de su aspecto. La chaqueta le colgaba como si Hirsch fuese una percha; el pelo, de color zanahoria, lo llevaba largo y descuidado; y las mejillas y la barbilla estaban totalmente orladas por una de esas irritantes barbas que comienzan muy lejos de la boca. Estaba muy pálido y llevaba puestas unas gafas azules.

A pesar de su lividez habló con una especie de modesta decisión que hizo que la multitud se callara a mitad de la tercera frase.

–…solo tengo dos cosas que decirles a ustedes en este momento. La primera para mis enemigos, la segunda para mis amigos. A mis enemigos les digo: es cierto que no voy a recibir a monsieur Dubosc, a pesar del estrépito que está organizando en la puerta misma de esta habitación. Es cierto que he pedido a otras dos personas que se enfrenten con él en mi lugar. ¡Y voy a decirles por qué! Porque no debo ni puedo verlo… porque verlo iría contra todas las reglas de la dignidad y del honor. Antes de que se me declare inocente con todos los pronunciamientos favorables ante un tribunal, existe otro arbitraje que este señor me debe como caballero, y al remitirle a mis padrinos estoy estrictamente…

Armagnac y Brun agitaban sus sombreros desaforadamente, e incluso los enemigos del doctor aplaudieron con entusiasmo ante este inesperado desafío. De nuevo unas cuantas frases resultaron inaudibles, pero después se oyó decir a Hirsch:

–A mis amigos: confieso que yo siempre preferiré armas intelectuales, y confío en que una humanidad plenamente desarrollada se limite a estas últimas. Pero nuestra verdad más preciosa es la fuerza fundamental de la materia y la herencia. Mis libros tienen éxito; nadie refuta mis teorías; pero en política me tropiezo con un prejuicio francés que es casi un defecto físico. Yo no puedo hablar como Clemenceau y Déroulède, porque sus palabras son como ecos de sus pistolas. Los franceses exigen un duelista como los ingleses exigen una persona con espíritu deportivo. De acuerdo, voy a pasar la prueba: pagaré este bárbaro precio y luego volveré a la razón para el resto de mi vida.

Dos hombres surgieron inmediatamente de la multitud, dispuestos a ofrecer sus servicios al coronel Dubosc, que reapareció enseguida muy satisfecho. Uno era un soldado que tomaba café y se limitó a decir: “Me ofrezco para representarlo, coronel. Soy el duque de Valognes”. El otro era el hombre corpulento de elevada estatura; su amigo el sacerdote, después de intentar disuadirlo en un primer momento, acabó marchándose solo.

 

A última hora de la tarde, una cena ligera estaba dispuesta en la parte de atrás del café Charlemagne. Aun sin la protección de ningún cristal ni escayola dorada, los clientes se hallaban casi en su totalidad bajo un delicado e irregular tejado de hojas; porque los árboles ornamentales crecían tan juntos alrededor y entre las mesas como para proporcionar algo de la mezcla de luz y oscuridad de un pequeño huerto. En una de las mesas centrales se encontraba un pequeño sacerdote muy rechoncho, completamente solo, que consumía, con expresión solemne y considerable placer, un buen montón de arenques jóvenes. Aunque su vida diaria era de extraordinaria sencillez, disfrutaba de manera peculiar con algunos lujos tan repentinos como aislados; el Padre Brown era un frugal epicúreo. No levantó los ojos del plato, alrededor del cual el pimentón, los limones, el pan moreno y la mantequilla, etc., se hallaban colocados con gran rigor, hasta que una larga sombra cayó sobre la mesa, y su amigo Flambeau se sentó frente a él. El detective parecía desalentado.

–Me temo que debo abandonar este asunto –dijo con cansada entonación–. Estoy totalmente a favor de soldados franceses como Dubosc y completamente en contra de ateos de la misma nacionalidad como Hirsch; pero me parece que en este caso hemos cometido una equivocación. El duque y yo decidimos que no estaría de más investigar la acusación, y he de confesar que me alegro de haberlo hecho.

–¿Se trata entonces de una falsificación? –preguntó el sacerdote.

–Eso es precisamente lo más extraño –replicó Flambeau–. La letra es exactamente como la de Hirsch, y nadie es capaz de descubrir el más mínimo error. Pero no la escribió Hirsch Si es un francés patriota no la escribió porque da información a Alemania. Y si es un espía alemán tampoco la escribió, bueno… porque no da información a Alemania.

–¿Quiere usted decir que la información es falsa? –preguntó el padre Brown.

–Falsa, efectivamente –replicó el otro–, y falsa en lo que el doctor Hirsch conoce perfectamente: el sitio donde se guarda su fórmula secreta en su propio despacho oficial. Gracias a la colaboración de Hirsch y de las autoridades, se nos ha permitido al duque y a mí examinar el cajón secreto del Ministerio de la Guerra donde se guarda la fórmula de Hirsch. Somos las únicas personas que conocen el sitio, con la excepción del inventor mismo y del ministro de la guerra; pero el ministro lo ha autorizado para que Hirsch no tenga que batirse en duelo. Después de eso no podemos apoyar a Dubosc si sus revelaciones son un embuste.

–¿Y lo son? –preguntó el padre Brown.

–Lo son –respondió su amigo con voz sombría–. Se trata de una falsificación muy torpe, hecha por alguien que no sabía nada del verdadero escondite. La nota dice que la fórmula se encuentra en el armario a la derecha del escritorio del ministro. Y en realidad el armario con el cajón secreto se halla a cierta distancia a la izquierda del escritorio. También dice la nota que el sobre gris contiene un largo documento escrito en tinta roja. Pero el documento está escrito con tinta negra ordinaria, no roja. Es a todas luces absurdo pensar que Hirsch se pueda haber equivocado acerca de un documento que solo él conocía; o que pueda haber tratado de ayudar a un ladrón extranjero diciéndole que busque en el cajón que no es. Creo que hay que dar carpetazo a este asunto y pedir disculpas al viejo pelo de zanahoria.

El padre Brown pareció reflexionar, alzó un pequeño arenque joven con el tenedor.

–¿Está usted seguro de que el sobre gris estaba en el armario de la izquierda? –preguntó.

–Totalmente –replicó Flambeau–. El sobre gris… bueno, era blanco en realidad… estaba… el padre Brown depositó de nuevo el pececillo plateado y el tenedor sobre el plato y se quedó mirando a su compañero.

–¿Cómo? –preguntó con voz alterada.

–¿Qué quiere decir con cómo? –replicó Flambeau, comiendo con excelente apetito.

–No era gris –dijo el sacerdote–. Flambeau, me asusta usted.

–¿De qué demonios se asusta usted?

–Me asusta un sobre blanco –dijo el otro con gran seriedad–. ¡Si hubiera sido simplemente gris! ¡Caramba, podía perfectamente haber sido gris! Pero si era blanco todo el asunto se pone negro. El doctor ha estado jugando con un poco de azufre después de todo.

–¡Pero le estoy diciendo que no pudo haber escrito semejante nota! –exclamó Flambeau–. Ese papel tiene todos los datos equivocados. Y tanto si es inocente como si es culpable, el doctor Hirsch conocía todos los datos.

–El hombre que escribió la nota conocía perfectamente todos los datos –dijo el clérigo solemnemente–. Nunca podría haberse confundido tanto sin conocerlos. Hay que saber muchísimo para equivocarse en todo… como le sucede al diablo.

–¿Quiere usted decir…?

–Quiero decir que un hombre que dice mentiras al albur habría acertado parte de la verdad –explicó el sacerdote con firmeza–. Imagínese que alguien le enviara a encontrar una casa con una puerta verde y una persiana azul, con un jardín delante pero no detrás, con un perro pero sin gato, y donde se bebe café pero no té. Usted dirá que si no encontrara una casa así todo sería una invención. Pero yo digo que no. Digo que si encontrara usted una casa donde la puerta fuese azul y la persiana verde, donde hubiera un jardín detrás pero no delante, donde los gatos fueran moneda corriente y a los perros se les pegase un tiro nada más verlos y donde el té se tomara en tazas de cuarto de litro y el café estuviese prohibido… sabría que ha encontrado la casa. Quien le dio la información tenía que conocer esa determinada casa para ser tan exactamente inexacto.

–Pero, ¿qué significa eso? –preguntó el otro comensal.

–No sabría decirlo –respondió Brown–; confieso no entender en absoluto este asunto Hirsch. Cuando solo era cuestión del cajón izquierdo en lugar del derecho, y de tinta roja en lugar de negra, creí que tal vez se tratara de las equivocaciones fortuitas de un falsificador, como usted dice. Pero el tres es un número místico; es un número que acaba las cosas. También cierra ésta. Que las instrucciones acerca del cajón, del color de la tinta y del color del sobre no sean en ningún caso correctas por casualidad prueba que no se trata de una coincidencia. No puede serlo.

–¿Qué ha sido entonces? ¿Traición? –preguntó Flambeau, reanudando la cena.

–Tampoco estoy seguro –respondió Brown, con expresión de total desconcierto–. Lo único que se me ocurre… bueno, yo nunca entendí el caso Dreyfus. Siempre me hago cargo de las pruebas morales mejor que de las otras. Me guío por los ojos y la voz de un hombre, ya lo sabe usted, y me entero de si su familia parece feliz y de qué temas de conversación elige… y de cuáles evita. Bueno, tengo que confesar mi perplejidad ante el caso Dreyfus. No debido a las horribles acusaciones que se hicieron por ambos lados; sé (aunque no resulta moderno decirlo) que la naturaleza humana en los lugares más altos todavía es capaz de equipararse con los Cenci o los Borgia. No; lo que me desconcertaba era la sinceridad de los dos bandos. No me refiero a los partidos políticos; los militantes de base son siempre más o menos honestos, y con frecuencia incautos. Me refiero a los personajes del drama. Me refiero a los conspiradores, si es que los había. Me refiero al traidor, si es que había un traidor. Me refiero a los hombres que tienen que haber sabido la verdad. Dreyfus siguió adelante como un hombre que sabía que se estaba cometiendo una injusticia con él. Y, sin embargo, los estadistas y los militares franceses siguieron adelante como si supieran que no era un hombre tratado injustamente, sino simplemente una mala persona. No estoy diciendo que se comportaran bien; solo digo que lo hicieron como si estuvieran seguros. No soy capaz de describir estas cosas; sé lo que quiero decir.

–Ojalá lo supiera yo –dijo su amigo–. ¿Y qué tiene que ver eso con el viejo Hirsch?

–Imagínese a una persona que ocupa una posición de confianza –continuó el sacerdote– y que empezara a dar información al enemigo porque era información falsa. Imagínese que esa persona pensara incluso que estaba salvando a su país desorientando a los extranjeros. Imagínese que esto lo llevara a los círculos de espías y se le hicieran pequeños préstamos y se fuera ligando con pequeños lazos. Imagínese que mantuviera su contradictoria posición por el sistema de no decir nunca la verdad a los espías extranjeros, pero permitiendo cada vez más y más adivinarla. La mejor parte de su personalidad (lo que quedara de ella) todavía diría: “No he ayudado al enemigo; dije que estaba en el cajón derecho”. Su peor parte estaría ya diciendo: “Pero quizá tengan el suficiente sentido común como para ver que eso quiere decir el izquierdo”. Lo considero sicológicamente posible… en una edad esclarecida, ya se da usted cuenta.

–Quizá sea sicológicamente posible –respondió Flambeau–, y sin duda explicaría que Dreyfus estuviera seguro de la injusticia que se cometía con él y que sus jueces estuvieran convencidos de que era culpable. Pero no resiste el examen histórico, porque el documento de Dreyfus (si es que era suyo) era literalmente correcto.

–No estaba pensando en Dreyfus –dijo el padre Brown.

El silencio había ido instalándose a su alrededor al vaciarse progresivamente las mesas; ya era tarde, aunque la luz del sol continuaba agarrada a todas las cosas, como si se hubiera enredado accidentalmente con los árboles. Flambeau movió la silla bruscamente –produciendo un ruido aislado que se prolongó en numerosos ecos– y sacó un codo por encima del respaldo.

–Bien –dijo, bastante ásperamente–, si Hirsch no es más que un tímido traidor de vía estrecha…

–No debe usted mostrarse demasiado duro con ellos –dijo el padre Brown con dulzura–. No es del todo falta suya; pero carecen de instintos. Me refiero a esos impulsos que hacen que una mujer se niegue a bailar con un hombre o que un hombre no se interese por una inversión. Se les ha enseñado que todo es cuestión de grado.

–En cualquier caso –exclamó Flambeau con impaciencia–, eso no es ningún desdoro para mi representado; y pienso llegar hasta el final. El viejo Dubosc quizá esté un poco loco, pero es un patriota después de todo.

El padre Brown siguió consumiendo arenques jóvenes.

Algo en su impasible manera de hacerlo tuvo la culpa de que los ardientes ojos negros de Flambeau examinaran de nuevo detenidamente a su acompañante.

–¿Qué demonios le pasa? –preguntó–. A Dubosc no se le puede poner ninguna pega en ese aspecto. ¿Es que duda usted de él?

–Mi querido amigo –dijo el sacerdote, dejando el cuchillo y el tenedor con una especie de fría desesperación–, dudo de todo. Me refiero a todo lo que ha sucedido hoy. Dudo de toda la historia, aunque se haya representado en mi presencia. Dudo de todo lo que han visto mis ojos desde esta mañana. Hay algo en este asunto completamente distinto del misterio policíaco ordinario en el que un hombre miente más o menos y el otro está más o menos diciendo la verdad. Aquí ambos hombres… ¡no sé! Le he contado la única teoría que se me ocurre que podría satisfacer a alguien. Pero a mí no me satisface.

–Ni a mí tampoco –replicó Flambeau frunciendo el ceño, mientras el otro seguía comiendo pescado con aire de total resignación–. Si todo lo que puede usted sugerir es esa idea de un mensaje transmitido mediante los datos opuestos, yo lo consideraría de una inteligencia fuera de lo común, pero… bueno, ¿qué opinión le merece a usted?

–Yo lo llamaría poco convincente –dijo el sacerdote con presteza–. Yo lo llamaría extraordinariamente poco convincente. Pero eso es lo extraño de todo este asunto. La mentira es como la de un colegial. Solo hay tres versiones: la de Dubosc y la de Hirsch y la extravagancia que se me ha ocurrido a mí. O esa nota la escribió un oficial francés para hundir a un funcionario francés; o la escribió un funcionario francés para ayudar a oficiales alemanes; o la escribió un funcionario francés para desorientar a oficiales alemanes. Muy bien. Cualquiera esperaría que un documento secreto con el que se comunica ese tipo de personas, funcionarios u oficiales, tuviera un aspecto muy distinto del que tiene éste. Cualquiera esperaría un escrito en clave, probablemente, como mínimo con abreviaciones; con toda seguridad, términos científicos y estrictamente profesionales. Pero esta nota es esmeradamente simple, como un folletín barato: “En la cueva morada encontrarás el cofre dorado”. Parece como si… como si estuviera pensado para que se descubriera el juego inmediatamente.

Casi antes de que pudieran darse cuenta, un hombre no muy alto con uniforme del ejército francés había llegado a toda velocidad hasta su mesa, sentándose con una especie de ruido sordo.

–Traigo las más extraordinarias noticias –dijo el duque de Valognes–. Vengo de ver ahora mismo a nuestro coronel. Está haciendo el equipaje para irse al extranjero, y nos pidió que presentemos sus excusas sur le terrain.

–¿Cómo? –exclamó Flambeau con total incredulidad–. ¿Pedir disculpas?

–Sí –respondió el duque con expresión ceñuda–; de inmediato, delante de todo el mundo, cuando las espadas están desenvainadas. Y usted y yo tenemos que hacerlo mientras él se marcha de Francia.

–Pero, ¿qué quiere decir eso? –exclamó Flambeau–. ¡No es posible que tenga miedo de ese insignificante Hirsch! ¡Maldita sea! –estalló, con una especie de indignación racional–, ¡nadie puede tener miedo de Hirsch!

–¡Yo creo que es una intriga! –dijo bruscamente Valognes–, una intriga de los judíos y de los masones. Se trata de prestigiar a Hirsch…

El rostro del padre Brown, nada extraordinario, tenía una expresión curiosamente satisfecha; podía reflejar tanto la ignorancia como una profunda comprensión de los hechos. Pero había siempre un instante en que caía la máscara de la simpleza y ocupaba su puesto la de la inteligencia; y Flambeau, que conocía a su amigo, supo que el sacerdote había comprendido de repente. Brown no dijo nada, pero se terminó el plato de pescado.

–¿Dónde vio usted por última vez a nuestro inapreciable coronel? –preguntó Flambeau con tono irritado.

–Está en el hotel Saint Louis, junto al Elysée, a donde fuimos en coche con él. Le repito que está haciendo el equipaje.

–¿Cree usted que todavía seguirá allí? –preguntó Flambeau, mirando ceñudamente la mesa.

–No creo que se haya podido ir –replicó el duque–, necesitará mucho equipaje para un viaje tan largo…

–No –dijo el padre Brown con voz perfectamente normal, pero poniéndose en pie de repente–, se trata de un viaje muy corto. Uno de los más cortos, a decir verdad. Pero quizá podamos encontrarlo aún si tomamos un taxi.

No fue posible sacarle una palabra más hasta que el coche dio vuelta en la esquina del hotel Saint Louis, donde se bajaron; desde allí el sacerdote dirigió al pequeño grupo por un callejón lateral envuelto en densas sombras a causa del crepúsculo. En una ocasión, cuando el duque preguntó impaciente si Hirsch era culpable o no de traición, Brown le contestó con aire bastante distraído:

–No; solo de ambición… como César –luego añadió de manera un tanto incoherente–: lleva una vida muy solitaria; tiene que hacérselo todo él mismo.

–Bien, si es ambicioso podrá sentirse satisfecho –dijo Flambeau con bastante amargura–. Todo París lo aclamará ahora que nuestro condenado coronel se va con el rabo entre las piernas.

–No hable tan alto –dijo el padre Brown, bajando la voz–, su condenado coronel está justo delante de nosotros.

Sus dos acompañantes dieron un respingo y se refugiaron aún más en la sombra de la tapia, porque vieron la robusta figura de su huidizo representado, que caminaba cansinamente a la luz del atardecer, con una maleta en cada mano. Seguía teniendo prácticamente el mismo aspecto que la primera vez que lo vieron, aunque había cambiado su pintoresco pantalón de montañero por otro mucho más corriente. No cabía la menor duda de que estaba escapando del hotel.

El callejón por el que lo seguían era uno de esos que parecen estar detrás de todas las cosas y tienen el aspecto de un decorado teatral visto desde bastidores. Una larga tapia descolorida ocupaba uno de sus lados, interrumpida a intervalos por sucias puertas de colores apagados, todas cerradas a cal y canto y sin otro rasgo característico que los garabatos con gis trazados por algún gamin al pasar. Las copas de los árboles, en su mayor parte coníferas bastante deprimentes, aparecían de vez en cuando por encima de la tapia, y más allá, en el crepúsculo gris y morado, se distinguía la parte trasera de alguna larga terraza de las altas casas parisinas; terrazas que, en realidad, no estaban nada lejos, pero que parecían, extrañamente, tan inaccesibles como una cordillera de montañas de mármol. Al otro lado del callejón corría la alta verja dorada de un melancólico parque. Flambeau miraba a su alrededor de una manera bastante extraña.

–¿Saben ustedes? –dijo–, hay algo acerca de este sitio que…

–¡Miren! –exclamó el duque–; ese individuo desapareció. ¡Se desvaneció como si fuera un duende!

–Tiene una llave –explicó el padre Brown–. No hizo más que entrar por la puerta de uno de los jardines –y, mientras hablaba, oyeron cómo una de las deslustradas puertas de madera se cerraba delante de ellos con un chasquido.

Flambeau se acercó a grandes zancadas a la puerta que casi le habían cerrado en las narices, y se quedó un momento quieto frente a ella, mordiéndose el bigote comido por la curiosidad. Luego levantó los largos brazos y, lanzándose hacia lo alto como un mono, se encaramó sobre la tapia, y su enorme figura se recortó, como las oscuras copas de los árboles, contra el cielo morado.

El duque miró al sacerdote.

–La huida de Dubosc es más complicada de lo que pensábamos –dijo–; pero imagino que está huyendo de Francia.

–Está huyendo de todas partes –respondió el padre Brown.

Los ojos de Valognes brillaron, pero su voz se convirtió en un susurro.

–¿Habla usted de un suicidio? –preguntó.

–No encontrarán ustedes el cuerpo –replicó Brown.

Flambeau lanzó una especie de grito desde lo alto de la tapia.

–¡Dios mío! –exclamó en francés–, ¡ya sé dónde estamos! ¡Detrás de la calle donde vive el viejo Hirsch! ¡Y yo creía que sabía reconocer una casa por detrás tan bien como a un hombre!

–¡Y Dubosc entró ahí! –intervino el duque, dándose un golpe en la cadera–. ¡Así que van a entrevistarse después de todo! –Y con repentina agilidad francesa, trepó hasta colocarse al lado de Flambeau sobre la tapia, presa del mayor entusiasmo. Solo el sacerdote se quedó abajo, apoyado contra la tapia, de espaldas al teatro de los acontecimientos, mirando pensativamente la verja del parque y los centelleantes árboles medio en sombras.

El duque, por muy entusiasmado que se sintiera, tenía los modales de un aristócrata, y prefería contemplar la casa desde lejos en lugar de actuar como un espía; pero Flambeau, que tenía las tendencias de un ladrón de casas (y de un detective), saltó inmediatamente desde la tapia al sitio donde se bifurcaba el tronco de un árbol muy frondoso, para desde allí arrastrarse por una rama hasta colocarse muy cerca de la única ventana iluminada en la alta casa a oscuras. Alguien había bajado una persiana roja, pero estaba torcida, de manera que quedaba abierta por un lado. Flambeau, jugándose el cuello al avanzar por una rama que parecía tan poco resistente como un tallo joven, logró ver al coronel Dubosc deambulando por un dormitorio muy lujoso y brillantemente iluminado. Pero aunque el detective estaba muy cerca de la casa, oyó las palabras de sus colegas junto a la tapia y las repitió en voz baja.

–Sí, ¡van a entrevistarse después de todo!

–No se verán jamás –dijo el padre Brown–. Hirsch tenía razón al decir que en un asunto así los protagonistas no deben entrevistarse. ¿Ha leído usted un extraño relato sicológico de Henry James acerca de dos personas que, por casualidad, consiguen no encontrarse nunca y lo hacen con tanta perseverancia que empiezan a tener miedo el uno del otro y a pensar que es el destino? Este caso es algo parecido, pero más curioso.

–Hay personas en París que los curarán de semejantes fantasías morbosas –dijo Valognes con tono resentido–. No les quedará más remedio que enfrentarse si los capturamos y les obligamos a batirse.

–No se encontrarán ni siquiera en el día del Juicio Final –dijo el sacerdote–. Aunque Dios todopoderoso empuñara la vara que señala la entrada en liza, y aunque san Miguel tocara la trompeta para cruzar las espadas… incluso entonces, si uno estuviera dispuesto el otro no aparecería.

–Pero, ¿a qué viene todo este misticismo? –exclamó el duque de Valognes, lleno de impaciencia–, ¿por qué demonios no podrían enfrentarse como otras personas?

–Se oponen entre sí –dijo el Padre Brown, con una especie de extraña sonrisa–. Se contradicen mutuamente. Se borran el uno al otro por así decirlo.

Siguió contemplando los árboles cada vez más oscuros que tenía enfrente, pero Valognes volteó bruscamente ante una contenida exclamación de Flambeau. El detective, que vigilaba la habitación iluminada, acababa de ver cómo el coronel, después de un par de pasos, procedía a quitarse la chaqueta. La primera idea de Flambeau fue que aquello empezaba realmente a tener aspecto de pelea; pero pronto hubo de renunciar a esa suposición. La solidez y la robustez del tórax y de los hombros de Dubosc no era más que una gran pieza de relleno de la que se despojó junto con la chaqueta. En mangas de camisa y pantalones era un caballero comparativamente flaco, que atravesó el dormitorio camino del cuarto de baño con la intención nada belicosa de asearse. Después de inclinarse sobre una palangana, se secó las manos y el rostro con una toalla, y al volverse de nuevo, la luz de la lámpara le iluminó la cara de lleno. Había desaparecido su tez morena y también su enorme bigote negro; aparecía en cambio un rostro completamente afeitado y muy pálido. Del coronel no quedaban ya más que sus brillantes ojos castaños, semejantes a los de un halcón.

Junto a la tapia, el padre Brown seguía en profunda meditación como si hablara consigo mismo:

–Todo es exactamente como lo que le estaba diciendo a Flambeau. Estos opuestos no sirven. No funcionan. No se pelean. Si se trata de blanco en lugar de negro, y de sólido en lugar de líquido, y así con todo lo demás… entonces hay algo que está mal, monsieur, hay algo que está muy mal. Uno de estos dos hombres es rubio y el otro moreno, uno robusto y el otro flaco, uno fuerte y el otro débil. Uno tiene bigote pero carece de barba, de manera que no se le ve la boca; el otro tiene barba pero no bigote, y no se le ve la barbilla. Uno tiene el pelo casi cortado al cero, pero usa una bufanda para ocultar el cuello; el otro lleva cuellos de camisa muy bajos, pero el pelo largo para ocultar la forma de la cabeza. Resulta todo demasiado preciso y correcto, monsieur, y hay algo que está mal. Cosas tan contrarias no están hechas para pelearse. Cuando uno sale a la superficie el otro se zambulle. Es igual que una cara y una máscara, o una cerradura y una llave…

Flambeau contemplaba el interior de la casa con el rostro tan blanco como el papel. El ocupante de la habitación estaba de espaldas a él, pero situado delante de un espejo, y ya se había colocado una especie de marco de frondoso pelo color zanahoria en la cara, pelo que le colgaba desordenadamente de la cabeza y que se le pegaba a las mandíbulas y a la barbilla, mientras dejaba al descubierto la boca burlona. Visto así en el espejo, el pálido rostro parecía la cara de un Judas riendo atrozmente y rodeado por las saltarinas llamas del infierno. Durante un momento de indignación Flambeau vio bailar los ardientes ojos de color castaño casi rojo; luego quedaron cubiertos por un par de gafas azules. Después de embutirse una amplia chaqueta negra, la figura desapareció, camino de la parte delantera de la casa. Instantes después, el estruendo del aplauso popular desde la calle anunció que, una vez más, el doctor Hirsch había hecho su aparición en la galería.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

jueves, 2 de julio de 2026

Para mírate mejor

Juan Armando Epple

 

Aunque te aceche con las mismas ansias, rondando siempre tu esquina, hoy no podríamos reconocernos como antes. Tú ya no usas esa capita roja que causaba revuelos cuando pasabas por la feria del Parque Forestal, hojeando libros o admirando cuadros, y yo no me atrevo ni a sonreírte, con esta boca desdentada.

 

(Tomado de www.talesofmytery.blogspot.com)

 

Arrepentimiento

Kate Chopin

 

Mamzelle Aurélie tenía una figura imponente, mejillas coloradas, cabellos que variaban de castaño a gris, y una mirada enérgica. En la granja llevaba puesto un sombrero de hombre, un viejo sobretodo militar azul cuando hacía frío, y a veces botas de campaña.

Mamzelle Aurélie nunca había pensado en casarse. Jamás había estado enamorada. A los veinte años recibió una propuesta de matrimonio, que rechazó de inmediato, y a los cincuenta seguía sin lamentar su decisión.

Así que estaba sola en el mundo, excepto por su perro Ponto, los negros que vivían en las cabañas y labraban los campos, las aves de corral, unas cuantas vacas, un par de mulas, su escopeta (para dispararles a los halcones gallineros) y su religión.

Una mañana, Mamzelle Aurélie se encontraba en la veranda de su casa, observando, con las manos en la cintura, a un grupito de niños muy pequeños que bien podían haber caído de las nubes por lo inesperado y desconcertante de su llegada tan inoportuna. Eran los hijos de su vecina más cercana, Odile, que a decir verdad no era tan cercana.

La joven se había aparecido apenas cinco minutos antes, acompañada de los cuatro niños. En brazos llevaba a la pequeña Elodie, arrastraba de una mano rebelde a Ti Nomme, mientras Marcéline y Marcélette la seguían con paso indeciso.

Tenía la cara roja y desfigurada por las lágrimas y la agitación. La grave enfermedad de su madre requería su presencia en un condado vecino, su marido se encontraba lejos, en Texas –que a ella le parecía a miles de miles de kilómetros de distancia–, y Valsin la esperaba con la carreta de mulas para llevarla a la estación.

–No hay alternativa, Mamzelle Aurélie. Tiene que quedarse con los niños hasta mi regreso. Dieu sait que no la molestaría si hubiera otra solución. Oblíguelos a que la obedezcan, Mamzelle Aurélie, y castíguelos cuando sea necesario. Bueno, yo, como ve, ando medio enloquecida entre los niños y León lejos de casa. ¡Y quizá ni siquiera encuentre a mi pobre madre con vida! –horrible posibilidad que llevó a Odile a una despedida final, precipitada y temblorosa, de su desconsolada familia.

Los dejó amontonados en la franja angosta de sombra en el balcón de la casa larga y baja. La blanca luz del sol recalentaba los viejos tablones blancos; varios pollos picoteaban la hierba al pie de las gradas, y uno de ellos, el más audaz, subió los escalones y empezó a caminar por la galería con pesadez y solemnidad, sin rumbo fijo. En el aire se sentía el agradable aroma de los claveles, y el sonido de la risa de los negros llegaba a través del floreciente campo de algodón.

Mamzelle Aurélie se quedó observando a los niños. Miró con ojo crítico a Marcéline, que se tambaleaba bajo el peso de la regordeta Elodie. Examinó con la misma atención a Marcélette, que mezclaba sus lágrimas silenciosas con la rebeldía ostentosa y el ruidoso dolor de Ti Nomme. Durante esos pocos instantes contemplativos, trató de recobrar la calma, mientras definía una línea de conducta que debía coincidir con la línea del deber. Empezó por la comida.

Si esas hubieran sido las únicas responsabilidades de Mamzelle Aurélie, se las habría quitado de encima con facilidad, pues su despensa estaba bien provista para esa clase de emergencias. Pero los niños pequeños no son cerditos; necesitan y exigen cuidados que Mamzelle Aurélie no esperaba en absoluto y estaba muy mal preparada para realizar.

Durante los primeros días fue en verdad muy torpe en el manejo de los hijos de Odile. ¿Cómo podía saber que Marcélette solía llorar cuando le hablaban en voz demasiado alta y autoritaria? Era un rasgo característico de Marcélette. Se enteró de la pasión por las flores de Ti Nomme solo después de que el niño arrancó las gardenias y los claveles más bonitos del jardín, con el propósito aparente de estudiar en detalle su estructura botánica.

–No basta con decírselo, Mamzelle Aurélie –le explicó Marcéline–. Tiene que amarrarlo en una silla. Es lo que suele hacer maman todo el tiempo cuando se porta mal: lo amarra en la silla.

La silla en la que Mamzelle Aurélie ató a Ti Nomme era amplia y cómoda, y como era una tarde calurosa, el niño aprovechó la oportunidad para dormir una buena siesta.

Por la noche, cuando los mandó a todos juntos a la cama del mismo modo que hubiera espantado pollos en el gallinero, los niños la miraron desconcertados. ¿Y qué hacer con los pequeños camisones blancos que trajeron en fundas de almohada y que una mano fuerte debía sacudir hasta que restallaran como látigo de buey? ¿Y qué hacer con la tina de agua que había que colocar en el suelo, en medio del cuarto, para lavar con suavidad y esmero los pequeños pies cansados, polvorientos y bronceados por el sol? Y a Marcéline y Marcélette les causó mucha gracia la sola idea de que Mamzelle Aurélie hubiera creído, aunque fuera por un instante, que Ti Nomme podría dormirse sin que le contaran el cuento de Croque-mitaíne o el de Loup-garou, o los dos; o que Elodie pudiera conciliar el sueño sin que la mecieran en brazos o le cantaran una canción de cuna.

–Créeme, tía Ruby –le confió Mamzelle Aurélie a su cocinera–, por mi parte, preferiría mil veces hacerme cargo de una docena de plantaciones que de cuatro niños. ¡Es tetrasenü! ¡Bonté! ¡No quiero saber nada de niños!

–No esperaba que supiera cómo tratarlos, Mamzelle Aurélie. Lo comprobé ayer mientras observaba a ese niño pequeño jugando con sus llaves. ¿No sabía usted que jugar con llaves vuelve a los niños tercos y testarudos? Así como se les ponen duros los dientes si se miran al espejo. Esas son las cosas que tiene que saber cuando cría y educa niños.

Por cierto, Mamzelle Aurélie no pretendía ni deseaba adquirir un conocimiento tan sutil y trascendente sobre el tema como el que poseía la tía Ruby, que “crio a cinco y enterró a seis” en sus buenos tiempos. Se contentaba con aprender dos o tres secretitos de madre para las necesidades del momento.

Los dedos pegajosos de Ti Nomme la obligaron a desempolvar delantales blancos que no había usado en años, y tuvo que acostumbrarse a sus besos húmedos, a las manifestaciones de su naturaleza cariñosa y exuberante. Del estante más alto del armario bajó el costurero, que rara vez usaba, y lo colocó al alcance de la mano como lo exigían las enaguas desgarradas y las blusas sin botones. Le tomó varios días acostumbrarse a las risas, los llantos y el parloteo que resonaban durante todo el día dentro y fuera de la casa. Y pasaron más de dos noches antes de que pudiera dormir cómodamente con el cuerpecito regordete y cálido de Elodie apretado contra ella, mientras el dulce aliento de la niña le rozaba la mejilla como el suave aletear de un pájaro.

Pero al cabo de dos semanas Mamzelle Aurélie ya estaba bastante acostumbrada a esas cosas y había dejado de quejarse.

Y fue también al cabo de dos semanas, mientras observaba el establo donde se alimentaba el ganado al atardecer, cuando Mamzelle Aurélie vio la carreta azul de Valsin en la curva del camino. Odile estaba sentada al lado del mulato, muy derecha y alerta. A medida que se acercaban, el rostro radiante de la joven indicaba que el retorno al hogar era un regreso feliz.

Pero esa llegada, sin previo aviso y tan sorpresiva, sumió a Mamzelle Aurélie en un estado de aturdimiento que bordeaba casi la agitación. Había que reunir a los niños. ¿Dónde estaba Ti Nomme? Allá, en el cobertizo, afilando una navaja en la piedra de amolar. ¿Y Marcéline y Marcélette? Cortando y cosiendo ropa de muñeca en un rincón de la veranda. En cuanto a Elodie, la niña se encontraba segura en brazos de Mamzelle Aurélie y había gritado de alegría al reconocer la carreta azul que traía de regreso a su madre.

Pasó la excitación; ya se habían ido. ¡Qué silencio se hizo cuando se fueron! Mamzelle Aurélie se quedó en la veranda, mirando y escuchando. Ya no divisaba la carreta; la puesta de sol rojiza y el crepúsculo azul grisáceo extendieron a la vez una niebla púrpura sobre los campos y el camino que la borró de su vista. Ya no podía oír el traqueteo y chirrido de las ruedas. Pero aún podía escuchar a lo lejos las alegres voces bulliciosas de los niños.

Entró en la casa. La esperaba mucho trabajo, pues los niños habían dejado todo en desorden. Pero no empezó la tarea de inmediato. Mamzelle Aurélie se sentó junto a la mesa. Echó una lenta mirada a través de la habitación, donde se deslizaban las sombras del anochecer, cada vez más oscuras alrededor de su figura solitaria. Dejó caer la cabeza sobre el brazo doblado, y empezó a llorar. ¡Ah, cómo lloraba! No en silencio como suelen hacer las mujeres. Lloró como un hombre, con sollozos que parecían desgarrarle el fondo del alma. No se dio cuenta de que Ponto le lamía la mano.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)