domingo, 5 de abril de 2026

Identidad a buen resguardo

Teófilo Huerta

 

I

Era ya una leyenda en vida. Mantenía en su casa un estudio con sus máscaras, trofeos y fotografías. Estaba en la plenitud de su carrera y así quería retirarse.

Pero su despedida debía estar acompañada por la develación de su identidad. Nunca había perdido la máscara en el ring, pero era tiempo de mostrar su rostro a sus fieles seguidores y al mundo entero.

De cualquier manera, Haz Luminoso quería retirarse invicto y para “perder” su máscara no lo haría ante un acérrimo rival, sino en una función de exhibición ante un luchador aficionado.

En conferencia de prensa anunció su retiro e intenciones, lanzó allí una convocatoria y se encargó él mismo de la meticulosa selección. Cientos de candidatos hicieron fila durante días a las puertas del gimnasio habitual. Haz Luminoso dedicó horas y horas durante una semana en recibir y conocer las potencialidades de los candidatos a luchar contra él. No satisfecho, amplió la fecha límite hasta que alguien le llenara el ojo. Tenía que ser alguien atlético, con habilidades, pero también buscaba que fuera una persona de un núcleo de escasa población, no muy sociable, casi ermitaño. La búsqueda era quirúrgica.

Sucedió por fin un día. Le comunicó directamente al elegido y le pidió no revelar a nadie que era el ganador.

Durante meses Haz Luminoso entrenó a su discípulo en un gimnasio perdido en una zona campestre, lo puso en forma y le capacitó en llaves y secretos de la lucha libre. Nada se filtró de esas sesiones. Ningún periodista tuvo el olfato para seguir la pista.

La función de despedida se publicitó con bombos y platillos, las entradas al evento se agotaron el mismo día en que se pusieron a la venta, se negoció la transmisión en vivo y todo quedó listo.

Llegó el día elegido y millones de espectadores eran testigos del relevante acontecimiento. Fidelidad y morbo se confundían y fusionaban. El ambiente era de euforia y expectación, a pesar de que la función sería solamente de exhibición, sin ser realmente un combate tal como lo había autorizado la Comisión de Lucha Libre para proteger la integridad del hombre amateur.

Se apagaron las luces de la arena y al centro impactante se iluminó exclusivamente el ring; la luz también se hizo en el pasillo por el que elegantemente vestido de traje caminó Haz Luminoso flanqueado por bellas mujeres con carteles publicitarios. Una comitiva de funcionarios se sumó al séquito y todos subieron al encordado. Jovial, entero y ágil, el enmascarado saludó a los cuatro puntos cardinales. La ovación se magnificaba en la arena, el espectáculo era imponente, sobre todo a los ojos de los niños y de los verdaderos apasionados.

El homenaje estaba en marcha. Breves palabras de un par de funcionarios que hicieron entrega de una placa dorada al Haz Luminoso que tomó la palabra entre el griterío enloquecido de la audiencia. Agradeció el gesto, le ayudaron con la placa y se dirigió nuevamente a los vestuarios.

Murmullo de la gente y voceadores de cervezas y golosinas inundaron el ambiente. Después vino el anuncio oficial.

–Señores y señoras: en su despedida histórica con nosotros: Haaaaaaaaaz Luminooooooosoooo.

Gritos desaforados, aplausos a rabiar. Estruendo.

Por el pasillo ahora con su lujosa y larga capa dorada, mallones blancos y el pecho desnudo apareció con las manos levantadas el enmascarado, trepó al ring e hizo movimientos de calentamiento.

–En esta ocasión, el privilegiado contrincante: Retadoooooor Anónimooooo.

En un tono menor, aplausos, gritos, chiflidos y luego… un murmullo apacible producto del impacto que la figura retadora causó en el público. A distancia, telespectadores e internautas también se impresionaron por el porte del hasta entonces desconocido retador de quien se ignoraba su nombre real y procedencia.

Retador Anónimo, con su rostro descubierto, no saludó, no corrió, caminó con garbo y subió en cámara lenta al ring; su calentamiento fue también parsimonioso, artístico, más para un acto dancístico que de lucha. Su semblante apacible emulaba a un héroe griego; labios gruesos, nariz recta, ojos grandes, negros, brillantes, rasgados y engalanados por unas enormes pestañas naturales.

Cada uno de los “contrincantes” fue a su respectiva esquina. Pasearon y luego se retiraron las modelos publicitarias. Al centro el réferi de mediana estatura con su blusa a rayas llamó a los luchadores al centro, éstos accedieron y se saludaron. Hasta ese momento volvió el griterío.

Los luchadores se pusieron frente a frente y el Haz Luminoso procedió a tomar un brazo de Retador Anónimo para emular sobriamente una llave, después cruzó levemente el brazo de su adversario por la espalda sin llegar realmente a culminar la nueva llave. Desde un inicio se delimitó la autoridad a la nueva enseñanza pedagógica de los movimientos. Aunque el público estaba informado que así sería, contagiado del ambiente y la expectativa, comenzó a reclamar acción, querían lucha en serio, no deseaban conformarse.

Los contrincantes intensificaron un poco el contacto, pero sin llegar a un combate real. Se aventaron un poco, hicieron fuercitas, pero nada a fondo. La gente seguía reclamando.

–¡Ya dense en la madre, hombre!

–¡Parecen niñas!

–¡Rómpele el hocico Haz!

–A ver Retador, demuestra de qué estás hecho, ¡no le saques!

–Sí, sí, te pasas, pelea como hombre.

En eso Haz Luminoso se prendió y sorpresivamente atacó a Retador, le quiso doblar un brazo, pero éste opuso una fiera resistencia. Ello aplacó y entusiasmó a la gente, aunque incomodó a las autoridades que supervisaban que aquello no fuera una lucha. El réferi no sabía qué hacer, todo estaba dentro de los límites de la lucha y él se sentía ajeno al prurito de las autoridades.

Retador se envalentonó. Fue al encordado, se trepó y saltó prodigiosamente, Haz Luminoso apenas evitó ser derribado. La gente aplaudía, el réferi seguía nervioso, los funcionarios de la Comisión querían interrumpir la lucha, pero los mánagers se aliaron para impedirlo.

Haz Luminoso buscó afanosamente y sin técnica tirar a su rival, Retador, más gallardo simplemente lo esquivó. Haz pareció entrar en razón y recordar que él mismo había preparado a Retador y debía limitarse a mostrar movimientos, lo que retomó.

–Vamos Haz –gritó alguien– Retador no es ninguna perita en dulce, te da clases.

–¡Ya vámonos entonces!

En eso entró la voz del locutor:

–Gentil público, Haz Luminoso se despide para siempre de la lucha.

La gente calló, retomó la fidelidad por su ídolo y aplaudió.

Los dos luchadores se fundieron en un abrazo.

Retador levantó el brazo de Haz y la arena vibró. Ahora sí, el novato se despidió, bajó del ring y salió corriendo sin que el reflector le acompañara.

Unas notas musicales acrecentaron la tensión en la arena y la gente comenzó a corear:

–Haz, Haz, Haz, Haz, Haz.

Haz Luminoso en el centro del cuadrilátero, dirigió sus manos a la máscara, lentamente bajó el cierre, agacho la cabeza, se retiró enérgicamente la brillante máscara, levantó el rostro y dijo adiós con ambas manos; las cámaras enfocaron el rostro y los fotógrafos dispararon sus obturadores y flashes; la transmisión a distancia dio una mejor imagen del rostro descubierto de Haz Luminoso que la que se pudieron llevar los asistentes que intentaban ver lo mejor posible desde sus lugares y también tomaban imágenes con sus celulares. Era un rostro moreno, labios gruesos, ojos grandes y tristes. Haz no sonreía, permanecía serio y como lejano al acontecimiento, casi incómodo.

No hubo ya ninguna declaración, ni acceso a los medios en ambos vestuarios a pesar de que los reporteros se agolparon frente a sus puertas. Haz Luminoso clausuraba así toda una época.

 

II

En los subsecuentes días, periódicos y revistas reprodujeron fotografías del evento y particularmente de los rostros de los luchadores.

Tras la gran expectativa vino el contradictorio desencanto de la gente al conocer la identidad de su ídolo y la mayoría prefería recordarlo con su característica máscara.

Lo más misterioso de todo fue que tampoco se supo nada más de Retador Anónimo, cuyo rostro tras de la máscara provocaba en lectores y audiencias, ese sí, un imán especial, les cautivaba de manera singular a pesar de su efímera presencia.

 

III

Javier Ramírez González, Haz Luminoso, cuidó muy bien su última aparición y, como nunca, representó un verdadero acto teatral en su despedida.

Realmente él siempre mantuvo su rostro descubierto, sus ojos grandes y expresivos, rodeados de tupidas pestañas, su figura gallarda y desenvuelta. Luchó así ante sus seguidores que le aclamaron y sencillamente luchó contra el pasado que abandonaba, contra su propia máscara que le había dado tantos triunfos y alegrías y que en esa ocasión prestó a Margarito Zepeda, originario de Silao, Guanajuato, seleccionado y entrenado por él.

Algunos periodistas y personas desconfiadas dudaron en pleno espectáculo y pusieron en entredicho la presencia del verdadero Haz Luminoso, pero, como siempre, con el tiempo los escépticos fueron ignorados.

Margarito retornó a su apartada comunidad para continuar sus tareas en un aserradero privado y nadie, en su entorno sospechó absolutamente nada. Conservó, eso sí, la máscara que portó de Haz debidamente autografiada por el ídolo.

Javier por supuesto se escondió por un largo tiempo y lo arroparon familiares, conocidos y vecinos, quienes se solidarizaron con la original transmutación.

 

(Tomado de www.cuentosteohuerta.blogspot.com)

 

Adrienne Buquet

Anatole France

 

Cuando estábamos terminando de cenar en el restaurante Laboullée me dijo:

–Lo admito, todos esos hechos relacionados con un estado aún mal definido del organismo como doble visión, sugestión a distancia o presentimientos verídicos, la mayor parte del tiempo no son constatados de una manera suficientemente rigurosa como para satisfacer todas las exigencias de la crítica científica. Casi todos se basan en testimonios que, aunque sinceros, dejan subsistir algo de incertidumbre acerca de la naturaleza del fenómeno. Esos hechos están aún mal definidos, lo admito. Pero su posibilidad ya no plantea dudas para mí desde el momento en que yo mismo he constatado uno. Por pura casualidad, pude reunir todos los elementos de observación. Puedes creerme cuando te digo que he procedido metódicamente y he puesto cuidado en evitar cualquier causa de error –mientras articulaba estas frases, el joven doctor Laboullée golpeaba con las dos manos su pecho hundido, atiborrado de folletos y, por encima de la mesa, acercaba hacia mí su cráneo agresivo y calvo–. Sí, querido amigo –añadió–, por una suerte única, uno de esos fenómenos clasificados por Myers y Podmore bajo la denominación de “fantasmas de vivos”, se desarrolló en todas sus fases ante los ojos de un hombre de ciencia. Lo constaté todo, lo anoté todo.

–Te escucho.

–Los hechos –continuó Laboullée– se remontan al verano de 1891. Mi amigo Paul Buquet, del que te he hablado con frecuencia, vivía entonces con su esposa en un pequeño apartamento de la calle de Grenelle, frente a la fuente. ¿Conoces a Buquet?

–Lo he visto dos o tres veces. Es un joven robusto, con una barba hasta los ojos. Su mujer es morena, pálida, de grandes facciones y grandes ojos grises.

–Eso es: un temperamento bilioso y nervioso, bastante bien equilibrado. Pero en una mujer que vive en París, los nervios ganan ventaja y… ¡a la chingada!… ¿Has visto alguna vez a Adrienne?

–La encontré una tarde en la calle de la Paz, detenida con su marido delante de una joyería, con la mirada encendida contemplando unos zafiros. Me pareció una mujer hermosa y asombrosamente elegante para ser la esposa de un pobre diablo sumergido en los sótanos de la química industrial. ¿Buquet no había triunfado en la vida?

–Buquet trabajaba desde hacía cinco años en la casa Jacob, que vende productos y aparatos para la fotografía en el bulevar Magenta. Esperaba ser socio de un día a otro. Sin ganar millones, su posición no era mala. Y tenía futuro. Era un hombre paciente, sencillo, trabajador. Había nacido para triunfar a largo plazo. Mientras tanto, su mujer no era una carga para él. Como auténtica parisina, sabía ingeniárselas y a cada instante encontraba buenas ocasiones para comprar ropa interior, vestidos, encajes, joyas. Sorprendía a su marido por el arte que tenía para vestirse maravillosamente por casi nada, y Paul se sentía feliz de verla siempre tan bien vestida con ropas elegantes. Pero esto carece de interés.

–Esto me interesa mucho, mi querido Laboullée.

–En todo caso, esta charla nos aleja de nuestro objetivo. Como sabes, yo fui compañero de estudios de Paul Buquet. Nos conocimos en la clase de seconde en el instituto Louis-le-Grand y no habíamos dejado de relacionarnos cuando, a los veintiséis años y sin posición, se casó por amor con Adrienne y, como él decía, con lo puesto. Este matrimonio no interrumpió nuestra amistad. Al contrario, Adrienne me aceptó con simpatía y cenaba frecuentemente con la joven pareja. Como sabes, soy el médico del actor Laroche; tengo buena relación con los artistas que, de vez en cuando, me regalan entradas. A Adrienne y a su marido les gustaba mucho el teatro. Cuando tenía un palco para la noche, iba a cenar con ellos y luego los llevaba a la Comédie-Française. Estaba siempre seguro de encontrar en el momento de la cena a Buquet –que regresaba normalmente a las seis y media de la fábrica–, a su esposa y al amigo Géraud.

–¿Géraud? –pregunté– ¿Marcel Géraud, el empleado de banca que llevaba siempre unas corbatas tan bonitas?

–Sí, el mismo, que era amigo de la casa. Como estaba soltero y era un invitado amable, cenaba allí a diario. Les llevaba bogavantes, patés y todo tipo de golosinas. Era gracioso, amable y hablaba poco. Buquet no podía estar sin él, y nos lo llevábamos también al teatro.

–¿Qué edad tenía?

–¿Géraud? No sé. Entre treinta y cuarenta años… Un día en que Laroche me había regalado un palco, fui como de costumbre a casa de los amigos Buquet, en la calle Grenelle. Iba un poco retrasado y cuando llegué la cena estaba servida. Paul decía que tenía mucha hambre, pero Adrienne no se decidía a sentarse a la mesa porque Géraud todavía no había llegado.

–Amigos míos –dije– tengo un palco para el Français. Se representa Denise.

–¡Vamos! –dijo Buquet– Cenemos rápido e intentemos no perdernos el primer acto.

La criada sirvió la cena. Adrienne parecía preocupada y se veía que con cada cucharada de sopa se le levantaba el estómago. Buquet tragaba ruidosamente los fideos cuyos hilos pegados al bigote recuperaba con la lengua.

–Las mujeres son extraordinarias –dijo–. Imagina, Laboullée, que Adrienne está preocupada porque Géraud no ha venido a cenar esta noche. Se está montando mil ideas en la cabeza. Dile que es absurdo. Géraud puede haber tenido algún impedimento. Tiene sus asuntos. Es soltero; no tiene que darle cuentas a nadie de lo que hace con su tiempo. Lo extraño, por el contrario, es que nos dedique casi todas las veladas. Es muy amable por su parte. Pero es justo que le dejemos un poco de libertad. Yo tengo por costumbre no inquietarme por lo que hacen mis amigos. Pero las mujeres son distintas.

La señora Buquet respondió con voz alterada:

–No estoy tranquila. Temo que le haya ocurrido algo malo al señor Géraud.

Mientras tanto Buquet activaba la cena.

–¡Sophie! –le gritaba a la criada– ¡la carne, la ensalada, el queso, el café!

Observé que la señora Buquet no había comido nada.

–Vamos –le dijo su marido– ve a vestirte. Anda, no nos hagas perder el primer acto. Una obra de Dumas no es como esas operetas en las que basta con escuchar un aria o dos. Es una sucesión lógica de deducciones de la que no hay que perderse nada. Anda, querida. Yo sólo tengo que ponerme la levita.

Ella se levantó y se marchó a su habitación a paso lento y como a regañadientes. Su marido y yo tomamos el café mientras fumábamos un cigarro.

–Me siento algo contrariado porque el bueno de Géraud no haya venido esta noche –me dijo Paul–. Le habría gustado ver Denise. Pero, ¿puedes creer que Adrienne se atormente por su ausencia? De nada sirve intentar hacerle comprender que este excelente chico puede tener asuntos que no nos cuenta, ¿quién sabe? tal vez asuntos de mujeres. Pero Adrienne no comprende. Pásame un cigarro.

En el momento preciso en que le tendía mi cigarrera oímos salir de la habitación contigua un prolongado grito de terror seguido del ruido de una caída pesada y desmadejada.

–¡Adrienne! –exclamó Buquet.

Y salió corriendo hacia el dormitorio. Yo lo seguí. Encontramos a Adrienne tendida en el suelo, con la cara pálida y los ojos vueltos, inmóvil. No presentaba ningún síntoma de estado epiléptico o similar. No tenía espuma en los labios. Tenía los miembros tendidos, pero sin rigidez. El pulso era irregular y corto. Ayudé a su marido a ponerla en un sillón. La circulación se restableció casi de inmediato y su tez, normalmente de un blanco mate, se inundó de rosa.

–¡Ahí! –dijo señalando el espejo del armario– ¡ahí! Lo vi ahí. Cuando estaba abrochándome el corpiño lo vi en el espejo. Me di la vuelta creyendo que estaba detrás de mí. Pero al no ver a nadie, lo comprendí y me desmayé.

Mientras tanto indagué si la caída le había producido alguna lesión, pero no encontré ninguna. Buquet le hacía beber agua de toronjil con azúcar.

–Vamos, querida –le decía– reponte. ¿Qué diablos te ocurre? ¿Qué dices?

Ella palideció de nuevo.

–¡Oh! ¡Lo vi! ¡Vi a Marcel!

–¡Viste a Géraud! ¡Qué curioso! –exclamó Buquet.

–Sí, lo vi –repitió gravemente– me miró sin decir nada, así –y ponía una cara desencajada.

Buquet me interrogó con la mirada.

–No te inquietes, –respondí–; estos trastornos no son graves; es posible que respondan a una afección del estómago. Lo estudiaré gustosamente. Por el momento no hay que preocuparse. Yo conocí en el hospital de la Caridad a un enfermo gastrálgico que veía gatos debajo de todos los muebles.

Unos minutos después, como la señora Buquet se había recuperado por completo, su marido sacó el reloj y me dijo:

–Laboullée, si consideras que el teatro no le producirá daño, es hora de marcharnos. Voy a decirle a Sophie que vaya a buscar un coche.

Adrienne se puso bruscamente el sombrero.

–Paul, Paul, doctor, escuchen: pasemos antes por la casa del señor Géraud. Estoy inquieta, mucho más inquieta de lo que puedo expresar.

–¡Estás loca! –exclamó Buquet– ¿Qué quieres que le haya pasado a Géraud? Lo vimos ayer en perfecta salud.

Ella me lanzó una mirada suplicante, cuya ardiente luz me atravesó el corazón.

–Laboullée, amigo mío, pasemos por la casa del señor Géraud, por favor.

Se lo prometí. ¡Me lo había pedido de tal modo! Paul estaba gruñendo, porque quería ver el primer acto. Le dije:

–Vamos a casa de Géraud, no supone un gran rodeo.

El coche nos estaba esperando. Le grité al cochero: “Al nº 5 de la calle del Louvre. Y vaya rápido”.

Géraud ocupaba en el nº 5 de la calle del Louvre, no lejos de su banco, un departamento de tres habitaciones repleto de corbatas. Era el gran lujo de aquel buen chico. Apenas nos detuvimos ante la casa Buquet saltó del simón e introduciendo la cabeza en la portería, preguntó:

–¿Cómo está el señor Géraud?

La portera le respondió:

–El señor Géraud regresó a las cinco y recogió su correo. No ha vuelto a salir. Si quiere usted verlo, es en la escalera del fondo, cuarto piso, a la derecha.

Pero Buquet estaba ya junto a la puerta del simón y decía:

–Géraud está en su casa. Ya ves que no tenías razón, querida. Cochero, a la Comédie-Française.

Entonces Adrienne sacó casi medio cuerpo del coche.

–Paul, te lo suplico, sube a su casa. Ve a verlo. Ve a verlo, es necesario.

–¡Subir cuatro pisos! –dijo encogiéndose de hombros–. Adrienne, vas a hacer que no lleguemos al teatro. En fin, cuando a una mujer se le mete algo en la cabeza…

Permanecí en el coche con la señora Buquet de la que veía brillar los ojos en la oscuridad vueltos hacia la casa. Paul regresó.

–¡Caramba! –dijo–, llamé tres veces. No me contestó. Sin duda tenía razones para no querer ser molestado. Tal vez esté con una mujer. ¿Qué tendría de raro?

La mirada de Adrienne adoptó una expresión tan trágica que incluso yo sentí una sensación de inquietud. Y luego, pensándolo bien, no me parecía demasiado normal que Géraud, que no cenaba nunca en su casa, se hubiera quedado allí desde las cinco hasta las siete y media.

–Espérenme –dije al señor y la señora Buquet–, voy a hablar con la portera.

Ésta también encontraba raro que Géraud no hubiera salido para ir a cenar como de costumbre. Era ella quien le hacía la limpieza al inquilino del cuarto por lo que tenía la llave del apartamento. Cogió la llave del barandal y se ofreció a subir conmigo. Cuando llegamos al rellano, abrió la puerta y desde el vestíbulo llamó tres o cuatro veces: “Señor Géraud”. Al no recibir respuesta, se arriesgó a entrar en la habitación siguiente que servía de dormitorio. Llamó de nuevo: “Señor Géraud, señor Géraud”. No hubo respuesta; todo estaba a oscuras. No teníamos cerillos.

–Debe haber una caja de cerillos suecos en la mesita de noche –me dijo la mujer que estaba empezando a temblar y no podía dar un paso.

Me puse a palpar sobre la mesita y sentí que mis dedos se impregnaban de algo pegajoso: “Conozco esto –pensé–, es sangre”. Cuando por fin encendimos una vela, vimos a Géraud tendido sobre su cama, con la cabeza destrozada. El brazo le colgaba hasta la alfombra sobre la que había caído su revólver. Una carta manchada de sangre se hallaba sobre la mesita. Escrita de su puño y letra, iba destinada al señor y la señora Buquet y empezaba así: “Mis queridos amigos, ustedes han sido la alegría y el encanto de mi vida…” Luego les anunciaba su decisión de quitarse la vida, sin revelarles exactamente los motivos. Pero daba a entender que eran los problemas económicos los que habían determinado su suicidio. Reconocí que la muerte se había producido hacía una hora aproximadamente; por lo que se había suicidado en el instante mismo en que la señora Buquet lo había visto en el espejo.

–¿No es éste un caso perfectamente constatado de doble visión o, para hablar con más exactitud, un ejemplo de esos extraños sincronismos síquicos que la ciencia estudia en la actualidad con más celo que éxito?

–Tal vez sea otra cosa –contesté yo–. ¿Estás seguro de que no había nada entre Marcel Géraud y la señora Buquet?

–Pues… nunca me di cuenta de nada… Pero, ¿qué podía importar eso?…

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

sábado, 4 de abril de 2026

Novela en nueve cartas

Fiódor Dostoyevski

 

I

(De Piotr Ivánich a Iván Petróvich)

Respetabilísimo señor y queridísimo amigo, Iván Petróvich:

Llevo ya tres días, por así decirlo, persiguiéndolo, queridísimo amigo mío, para hablarle de un asunto de lo más urgente, y no lo encuentro en ninguna parte. Ayer, cuando estuvimos en casa de Semión Alekséich, mi mujer le hizo a usted una broma muy oportuna, diciendo que usted y Tatiana Petrovna son una pareja de trotamundos. No llevan ni tres meses de casados y ya desatienden sus lares domésticos. Nos reímos todos bastante, por la sincera simpatía que le tenemos, claro está; pero, bromas aparte, mi apreciadísimo amigo, me ha dado usted un montón de dolores de cabeza. Semión Alekséich me dijo que quizá se encontrara usted en el baile de la Sociedad Unida. Dejé a mi mujer con la esposa de Semión Alekséich y volé hacia la Sociedad. ¡Risa y pena! Imagínese mi situación: ¡yo en un baile, solo, sin mi mujer! Iván Andréich, con quien me topé en el vestíbulo, al verme solo, sacó de inmediato la conclusión (¡el muy pícaro!) de que yo tenía una pasión irresistible por los bailes y, tomándome del brazo, quiso arrastrarme a la fuerza al salón de clases de danza, diciendo que en la Sociedad Unida le faltaba espacio para que su alma galana pudiera desplegarse, y que del pachulí y la reseda le había empezado a doler la cabeza. No encontré ni a usted ni a Tatiana Petrovna. Iván Andréich me juró y perjuró que sin duda usted estaba en el Teatro Aleksándrinski, viendo La desgracia de ser inteligente.

Volé al Teatro Aleksándrinski: tampoco estaba allí. Esta mañana pensé encontrarlo en casa de Chistogánov, pero no fue así. Chistogánov me mandó a casa de los Perepalkin, y lo mismo. En una palabra, quedé completamente agotado; ¡juzgue usted cuánto anduve de un lado a otro! Ahora le escribo (¡no hay otro remedio!). Mi asunto no es en absoluto literario (ya me entiende); sería mejor hablarlo cara a cara. Me es imprescindible aclarar algo con usted, y cuanto antes, mejor. Por eso lo invito hoy a tomar el té y a conversar un rato por la tarde, junto a Tatiana Petrovna. Mi Anna Mijáilovna se alegrará enormemente con la visita. De veras que, como suele decirse, nos quedaremos eternamente agradecidos.

A propósito, apreciadísimo amigo mío –ya que la cosa ha llegado hasta la pluma, aprovecho para decirlo todo–: me veo en la obligación de hacerle un reproche, e incluso de recriminarle, mi distinguido amigo, por una jugarreta en apariencia muy inocente con la que usted se ha burlado terriblemente de mí… ¡Es usted un pícaro y un sinvergüenza! Hacia mediados del mes pasado trajo usted a mi casa a un conocido suyo, concretamente a Evgueni Nikoláich, avalándolo con su amistosa y, ni hace falta decirlo, para mí sagrada recomendación; yo me alegré de la ocasión, recibí al joven con los brazos abiertos y, al hacerlo, metí la cabeza en la soga. Soga o no soga, lo cierto es que resultó, como suele decirse, un bonito lío. Ahora no hay tiempo de explicarme, y además resulta incómodo hacerlo por escrito; sólo le suplico, mi perverso amigo y compañero, que busque algún modo… lo más delicado posible… entre paréntesis, al oído, con toda discreción… de susurrarle a su joven amigo que en la capital hay muchas otras casas aparte de la nuestra. ¡Ya no puedo más, señor mío! ¡Caigo a sus pies!, como dice nuestro amigo Simónevich. Cuando nos veamos, le contaré todo. No quiero decir con esto que el joven no me cayera bien por su porte, por sus cualidades personales, o que hubiera metido la pata en algo. Al contrario, es incluso un muchacho amable y encantador; pero espere a que nos veamos. Mientras tanto, si se lo encuentra, dígaselo, por el amor de Dios, mi respetabilísimo amigo. Yo mismo lo haría, pero ya me conoce: tengo ese carácter, no soy capaz, y punto. Al fin y al cabo, fue usted quien lo recomendó. En cualquier caso, esta tarde lo aclararemos todo con más detalle. Por ahora, hasta la vista. Quedo de usted, etc.

P. S. Mi pequeño lleva ya una semana enfermito, y cada día está peor. Le están saliendo los dientes, el pobre. Mi mujer no se aparta de él y anda triste, la pobrecita. Vengan a vernos. De verdad que nos alegrarán, queridísimo amigo mío.

 

II

(De Iván Petróvich a Piotr Ivánich)

Estimado señor, Piotr Ivánich:

Recibo ayer su carta, la leo y no salgo de mi asombro. Me busca usted sabe Dios en qué lugares, y yo simplemente estaba en casa. Hasta las diez estuve esperando a Iván Ivánich Tolokónov. En cuanto recibo su carta, tomo a mi mujer, alquilo un coche, gasto mi dinero y me presento en su casa hacia las seis y media. Usted no estaba; nos recibió su esposa. Lo esperé hasta las diez y media; más ya no era posible. Tomo a mi mujer, gasto dinero, alquilo un coche, la llevo a casa, y yo me dirijo a casa de los Perepalkin, pensando que quizá lo encontrara allí, pero otra vez me equivoqué en mis cálculos. Llego a casa, no duermo en toda la noche, me inquieto; por la mañana paso por su casa tres veces –a las nueve, a las diez y a las once–, tres veces gasto dinero, alquilo coches, y otra vez me deja usted plantado.

Leyendo su carta, me asombro. Me escribe acerca de Evgueni Nikoláich, me pide que le insinúe algo con discreción, pero no menciona por qué. Alabo su prudencia, pero hay papeles y papeles, y yo no le doy a mi mujer los documentos importantes para que se rice el pelo con ellos. No acabo de entender en qué sentido me ha escrito usted todo eso. Además, si vamos al grano, ¿para qué me mete a mí en este asunto? Yo no meto las narices en los problemas ajenos. Usted mismo podía haberse negado. Sólo veo que necesito aclarar las cosas con usted cuanto antes y de forma más categórica; además, el tiempo pasa. Me encuentro en apuros y no sé qué voy a tener que hacer si usted sigue sin cumplir lo que acordamos. El viaje lo tengo encima, un viaje cuesta lo suyo, y para colmo mi mujer lloriqueando para que le mande hacer una bata de terciopelo a la última moda. Y en cuanto a Evgueni Nikoláich, me apresuro a comunicarle lo siguiente: ayer, sin perder tiempo, recabé los informes definitivos estando en casa de Pável Semiónich Perepalkin. Tiene quinientas almas propias en la provincia de Yaroslavl, y de la abuela tiene esperanza de recibir una finca de trescientas almas en los alrededores de Moscú. Cuánto dinero tenga, no lo sé, pero imagino que eso usted lo sabe mejor que yo. Le ruego con toda insistencia que fijemos una cita. Ayer se topó usted con Iván Andréich, y me escribe que este le aseguró que yo estaba en el Teatro Aleksándrinski con mi mujer. Pues yo le digo que miente, y que en asuntos así menos que nunca se puede confiar en su palabra, puesto que, sin ir más lejos, hace tres días le sacó a su abuela ochocientos rublos en billetes. Con esto, tengo el honor de quedar a su disposición.

P. S. Mi mujer ha quedado embarazada; además es muy asustadiza y a veces le da por la melancolía. Y como en las funciones de teatro a veces meten tiros y truenos hechos con máquinas, por temor a asustarla, no la llevo. Yo mismo tampoco tengo mucho interés en las funciones teatrales.

 

III

(De Piotr Ivánich a Iván Petróvich)

¡Apreciadísimo amigo mío, Iván Petróvich!

¡Culpable, culpable y mil veces culpable soy, pero me apresuro a justificarme! Ayer, hacia las seis, y justamente en el momento en que nos acordábamos de usted con sincero afecto, llegó un mensajero a caballo de parte del tío Stepán Alekséich con la noticia de que la tía se encontraba grave. Temiendo asustar a mi mujer, sin decirle una palabra, inventé como pretexto un asunto urgente y me fui a casa de la tía. La encontré más muerta que viva. A las cinco en punto había sufrido un ataque, ya el tercero en dos años. Karl Fedórich, el médico de la casa, declaró que tal vez no pasara de esa noche. Imagínese mi situación, queridísimo amigo mío. Pasé toda la noche en pie, entre afanes y angustia. Sólo por la mañana, agotadas mis fuerzas, rendido en cuerpo y alma, me dejé caer en un sofá de la casa de ellos, olvidé pedir que me despertaran a tiempo, y desperté a las once y media. La tía estaba mejor. Fui a ver a mi mujer; la pobre estaba deshecha de tanto esperarme. Comí un bocado, abracé al pequeño, tranquilicé a mi mujer y me encaminé a su casa. Usted no estaba. Pero encontré allí a Evgueni Nikoláich. Regresé a casa, tomé la pluma y ahora le escribo. No se queje ni se enfade conmigo, mi sincero amigo. Pégueme, córteme la cabeza de los hombros, pero no me prive de su buena disposición. Por su esposa supe que esta tarde estará usted en casa de los Slaviánov. Allí estaré sin falta. Lo espero con enorme impaciencia.

Mientras tanto, quedo de usted, etc.

P. S. Nuestro pequeño nos tiene sumidos en verdadera desesperación. Karl Fedórich le recetó ruibarbo. Gime; ayer no reconocía a nadie. Hoy ya nos reconoce y balbucea: “papá, mamá, bu…” Mi mujer lleva toda la mañana llorando.

 

IV

(De Iván Petróvich a Piotr Ivánich)

¡Estimado señor mío, Piotr Ivánich!

Le escribo desde su casa, en su habitación, sobre su escritorio; pero antes de tomar la pluma lo esperé más de dos horas y media. Ahora permítame decirle abiertamente, Piotr Ivánich, mi franca opinión sobre toda esta miserable circunstancia. Por su última carta deduzco que lo esperaban en casa de los Slaviánov; me invita usted a ir allí, me presento, paso cinco horas sentado, y usted ni aparece. ¿Qué pretende, que haga el ridículo ante la gente? Permítame, señor mío… me presento en su casa por la mañana, con la esperanza de encontrarlo, sin imitar en ello a ciertas personas poco confiables que buscan a la gente sabe Dios en qué lugares, cuando se las puede encontrar en su casa a cualquier hora razonable. Ni rastro suyo. No sé qué me detiene ahora de decirle toda la verdad sin rodeos. Sólo diré que, a mi modo de ver, me parece que usted se está echando atrás respecto a lo que acordamos. Y ahora, al reconsiderar todo el asunto, no puedo dejar de reconocer que estoy verdaderamente asombrado de la orientación tan taimada de su intelecto. Veo claramente ahora que sus malas intenciones las viene alimentando desde hace mucho. Y prueba de ello es que aún la semana pasada, de un modo casi inadmisible, se apoderó de aquella carta suya dirigida a mí, en la que usted mismo exponía, aunque de forma bastante oscura y confusa, nuestro acuerdo sobre el asunto que tan bien conoce. Le teme usted a los documentos, los destruye, y a mí me deja en ridículo. Pero no voy a permitir que me tomen por tonto, pues hasta ahora nadie me ha considerado como tal, y todos en este asunto han hablado bien de mí. Se me han abierto los ojos. Pretende usted confundirme, aturdirme con Evgueni Nikoláich, y cuando yo, con aquella carta suya del siete del presente mes que aún no he descifrado, busco encontrarme con usted para aclararlo todo, usted me da citas falsas y se esconde. ¿Acaso cree, señor mío, que no soy capaz de darme cuenta de todo esto? Me promete recompensarme por servicios que usted bien conoce en relación con la recomendación de ciertas personas, y mientras tanto, no se sabe cómo, se las arregla para sacarme dinero sin recibo, en sumas considerables, lo cual ocurrió, sin ir más lejos, la semana pasada. Ahora, con el dinero en la mano, se oculta, y encima niega el favor que le hice al presentarle a Evgueni Nikoláich. Probablemente cuenta usted con mi próximo viaje a Simbirsk y cree que no alcanzaremos a ajustar cuentas. Pero le declaro solemnemente, y empeño en ello mi palabra de honor, que, llegado el caso, estoy dispuesto a quedarme dos meses más en San Petersburgo con tal de lograr lo mío, alcanzar mi objetivo y dar con usted. También nosotros sabemos, cuando hace falta, actuar para fastidiar. Para concluir, le informo de que si hoy mismo no me da una explicación satisfactoria –primero por escrito, y después en persona, cara a cara–, si no me repite en su carta todo lo que acordamos y no me explica definitivamente qué piensa respecto a Evgueni Nikoláich, me veré obligado a recurrir a medidas muy desagradables para usted, e incluso para mí mismo.

Quedo de usted, etc.

 

V

(De Piotr Ivánich a Iván Petróvich)

11 de noviembre

Mi queridísimo y respetadísimo amigo, Iván Petróvich:

Su carta me afligió hasta lo más hondo del alma. ¿Y no le da vergüenza, mi querido, aunque injusto, amigo, portarse así con quien mejor lo quiere? Precipitarse, sin haber aclarado el asunto, y ofenderme con sospechas tan injuriosas… Pero me apresuro a responder a sus acusaciones. No me encontró ayer en casa, Iván Petróvich, porque fui llamado de pronto e inesperadamente al lecho de una moribunda. Mi tía Evfimia Nikoláievna falleció ayer por la noche, a las once. Por voto unánime de los familiares fui elegido para encargarme de toda la triste y dolorosa ceremonia. Ha habido tanto que hacer que ni esta mañana pude verlo, ni siquiera avisarle con una sola línea. Lamento de todo corazón el malentendido surgido entre nosotros. Las palabras que dije sobre Evgueni Nikoláievich, en tono de broma y de pasada, las interpretó usted en un sentido completamente opuesto, dándole a todo el asunto un significado que me ofende profundamente. Me habla del dinero y me expresa su preocupación. Pues sin ningún reparo estoy dispuesto a satisfacer todos sus deseos y exigencias, aunque no puedo dejar de recordarle, de paso, que el dinero –trescientos cincuenta rublos en plata– lo tomé de usted la semana pasada bajo condiciones bien conocidas, y no como un préstamo. De haber sido así, habría un recibo de por medio. No me rebajo a dar explicaciones sobre los demás puntos de su carta. Veo que se trata de un malentendido, y reconozco en ello su acostumbrada impetuosidad, vehemencia y franqueza. Sé que su buen carácter y su espíritu abierto no permitirán que la duda permanezca en su corazón, y que al final será usted el primero en tenderme la mano. Se ha equivocado, Iván Petróvich, ¡se ha equivocado gravemente!

A pesar de que su carta me hirió en lo más hondo, yo sería el primero en presentarme hoy mismo en su casa a pedirle disculpas, pero estoy metido en tantos asuntos desde ayer que me encuentro totalmente agotado y apenas me sostengo en pie. Para colmo de mis desgracias, mi mujer ha caído en cama; temo una enfermedad seria. En cuanto al pequeño, gracias a Dios, está algo mejor. Pero suelto la pluma… los asuntos me reclaman, y son un montón.

Permita, apreciadísimo amigo mío, que quede de usted, etc.

 

VI

(De Iván Petróvich a Piotr Ivánich)

14 de noviembre

Mi estimado señor, Piotr Ivánich:

He esperado tres días; procuré aprovecharlos de manera útil. Mientras tanto, teniendo presente que la cortesía y la corrección son las principales virtudes de todo hombre, desde mi última carta, del diez de este mes, no le he recordado mi existencia ni con una palabra ni con un acto; en parte para dejarlo cumplir tranquilamente con su deber cristiano respecto a su tía, y en parte porque para ciertas averiguaciones e indagaciones sobre el asunto en cuestión necesitaba tiempo. Ahora me apresuro a explicarme con usted de una vez por todas.

Le confieso francamente que al leer sus dos primeras cartas pensé seriamente que usted no entendía lo que yo quería; por eso busqué ante todo una entrevista con usted y una explicación cara a cara. Le tenía miedo a la pluma y me culpaba a mí mismo por la falta de claridad con que expreso mis ideas sobre el papel. De sobra sabe usted que carezco de una educación refinada y de buenos modales, y que rehúyo las vanidades huecas, pues por amarga experiencia terminé por comprender cuán engañosa resulta a veces la apariencia, y que bajo las flores a veces se oculta una serpiente. Pero usted me entendía; si no me respondió como debía, fue porque con la perfidia de su alma decidió de antemano traicionar su palabra de honor y la relación de amistad que existía entre nosotros. Y eso me lo ha confirmado usted plenamente con su ruin proceder hacia mí en los últimos tiempos, un proceder perjudicial para mis intereses, cosa que yo no esperaba y en la que no quise creer hasta este momento; pues, cautivado desde el inicio de nuestra relación por sus buenas maneras, la delicadeza de su trato, su conocimiento de los negocios y las ventajas que debía reportarme la sociedad con usted, creí haber encontrado un verdadero amigo, compañero y bienhechor. Pero ahora comprendo claramente que hay mucha gente que, bajo una apariencia halagadora y reluciente, esconde veneno en su corazón, que emplea su inteligencia para urdir intrigas contra el prójimo y para cometer fraudes imperdonables, y que por eso le teme al papel y a la pluma; gente que utiliza su elocuencia no para el bien del prójimo y de la patria, sino para adormecer y seducir la razón de quienes han entrado con ellos en distintos tratos y arreglos. Su deslealtad hacia mí, mi estimado señor, se puede ver claramente en lo que a continuación le expongo.

En primer lugar, cuando en las claras y expresas líneas de mi carta le describía mi situación, y al mismo tiempo le preguntaba en mi primera carta qué había querido decir con ciertas expresiones e intenciones suyas, sobre todo en lo relativo a Evgueni Nikoláich, usted optó casi siempre por callar, y después de haberme agitado con dudas y sospechas, se desentendió tranquilamente del asunto. Luego, habiéndome hecho cosas que no hay palabras decentes para nombrar, me escribía diciéndome que estaba apenado. ¿Cómo quiere que llame yo a eso, mi estimado señor? Después, cuando cada minuto era precioso para mí y cuando usted me hacía perseguirlo por toda la capital, me escribía cartas bajo la máscara de la amistad en las que, callando a propósito lo que importaba, me hablaba de cosas completamente ajenas al asunto: concretamente, de las enfermedades de su esposa, a quien en todo caso respeto, y de que a su pequeño le habían dado ruibarbo y que con esa ocasión le había salido un diente. De todo esto me informaba usted en cada carta suya con una regularidad repugnante y ofensiva para mí. Por supuesto, estoy dispuesto a admitir que los sufrimientos de un hijo le destrozan el corazón a un padre, pero ¿para qué mencionarlos entonces, cuando lo que importaba era algo completamente distinto, más necesario e importante? Yo callaba y aguantaba; pero ahora, cuando ya ha pasado el tiempo, consideré mi deber explicarme. Finalmente, habiéndome engañado varias veces con citas falsas, me obligó a hacer, al parecer, el papel de tonto suyo y bufón para su diversión, cosa que jamás pienso ser. Después, tras invitarme a su casa y haberme engañado como corresponde, me notifica que lo llamaron al lado de su tía enferma, que había sufrido un ataque a las cinco en punto, excusándose así, una vez más, con una precisión vergonzosa. Pero por suerte, mi estimado señor, en esos tres días me dio tiempo a recabar informes, por los que supe que el ataque le sobrevino a su tía la víspera del día ocho, poco antes de medianoche. De lo cual deduzco que usted se valió de la santidad de los lazos familiares para engañar a personas completamente ajenas a ellos. Finalmente, en su última carta menciona también la muerte de su pariente, como si esta hubiera ocurrido justo en el momento en que yo debía acudir a su casa para tratar el asunto en cuestión. Pero aquí la bajeza de sus cálculos y sus invenciones supera toda verosimilitud, puesto que, según las informaciones más fidedignas a las que por una feliz casualidad pude recurrir de manera oportuna, supe que su tía falleció exactamente veinticuatro horas después del plazo que usted tan impíamente fijó en su carta para la muerte de ella. No acabaría nunca si siguiera enumerando todas las pruebas por las que descubrí la traición de usted hacia mí. A un observador imparcial le bastaría con que en cada una de sus cartas me llama usted su amigo sincero y me trata con palabras cariñosas, cosa que hacía, a mi entender, con el único fin de adormecer mi conciencia.

Paso ahora al punto principal de su engaño y traición hacia mí, que consiste concretamente en lo siguiente: en el silencio ininterrumpido que ha guardado últimamente sobre todo lo que concierne a nuestro interés común; en el deshonesto robo de la carta en la que, aunque de forma oscura y no del todo comprensible para mí, exponía usted nuestras condiciones y acuerdos mutuos; en el bárbaro préstamo forzoso de trescientos cincuenta rublos en plata, sin recibo, que me hizo en calidad de socio a medias; y, finalmente, en la infame calumnia contra nuestro mutuo conocido Evgueni Nikoláich. Veo ahora claramente que usted pretendía demostrarme que de él, con perdón, no se saca nada, como del chivo que no da ni leche ni lana, y que él mismo no es ni una cosa ni la otra, ni carne ni pescado; todo lo cual le achacó como un defecto en su carta del seis de este mes. Pero yo conozco a Evgueni Nikoláich como un joven modesto y honrado, cualidades con las que precisamente puede atraer, ganarse y merecer el respeto en la sociedad. También sé que usted, cada noche durante dos semanas enteras, se embolsaba unas cuantas decenas y a veces hasta centenares de rublos en plata jugando a las cartas con Evgueni Nikoláich. Sin embargo, ahora pretende desentenderse de todo, y no sólo no accede a agradecerme mis esfuerzos, sino que encima se ha quedado con mi dinero sin intención de devolverlo, habiéndome seducido previamente con la perspectiva de ser su socio y habiéndome deslumbrado con diversas ganancias que supuestamente me corresponderían. Y ahora, habiéndose apropiado del modo más ilegal de mi dinero y el de Evgueni Nikoláich, se niega a pagarme, recurriendo para ello a calumnias con las que ha desacreditado imprudentemente ante mis ojos a la persona que yo, con mis propios esfuerzos, introduje en su casa. Sin embargo, según cuentan los conocidos, usted no para de adularlo y lo presenta ante todo el mundo como su mejor amigo, a pesar de que no hay en este mundo tonto tan grande que no adivine al instante adónde apuntan sus intenciones y lo que de verdad significan esas relaciones de amistad y compañerismo. Yo le diré lo que significan: engaño, traición, olvido de la decencia y de los derechos del hombre, ofensa a Dios y depravación en todas sus formas. Yo mismo soy el ejemplo y la prueba. ¿En qué lo ofendí? ¿Y por qué ha procedido usted conmigo de forma tan impía?

Doy por terminada mi carta. Me he explicado. Ahora concluyo: si usted, estimado señor mío, en el plazo más breve posible tras recibir la presente, no me devuelve íntegramente, en primer lugar, la suma que le presté –trescientos cincuenta rublos en plata–, y en segundo lugar, todas las demás sumas que me corresponden según lo prometido por usted, recurriré a todos los medios posibles para obligarlo a la devolución, incluso por la fuerza; en segundo lugar, a la protección de las leyes; y, por último, le hago saber que poseo ciertos testimonios que, permaneciendo en manos de su más humilde servidor y admirador, podrían arruinar y mancillar su nombre a los ojos del mundo entero.

Quedo de usted, etc.

 

VII

(De Piotr Ivánich a Iván Petróvich)

15 de noviembre

¡Iván Petróvich!

Al recibir su rústico y a la vez extraño escrito, en un primer momento quise hacerlo pedazos, pero lo conservé como pieza de colección. Por lo demás, lamento de corazón los malentendidos y desavenencias entre nosotros. Contestarle, en un principio, no era mi intención. Pero me obliga la necesidad. Concretamente, con estas líneas debo comunicarle que verlo en alguna ocasión en mi casa me resultaría muy desagradable, al igual que a mi esposa: es delicada de salud y el olor a brea le es dañino. Mi mujer le devuelve a la suya, con agradecimiento, el libro Don Quijote de la Mancha, que quedó en nuestra casa. En cuanto a sus chanclos, supuestamente olvidados en nuestra casa durante su última visita, lamento comunicarle que no se han encontrado por ningún lado. De momento los siguen buscando; pero si definitivamente no aparecen, le compraré unos nuevos.

Por lo demás, tengo el honor de quedar de usted, etc.

 

VIII

El dieciséis de noviembre, Piotr Ivánich recibe por correo de la ciudad dos cartas a su nombre. Al abrir el primer sobre, saca una notita ingeniosamente doblada, en papel rosa pálido. La letra es de su mujer. Está dirigida a Evgueni Nikoláich, con fecha 2 de noviembre. En el sobre no había nada más. Piotr Ivánich lee:

Mi querido Eugène:

Ayer fue imposible. Mi marido estuvo en casa toda la tarde. Mañana ven sin falta a las once en punto. A las diez y media mi marido se va a Tsárskoie y no vuelve hasta medianoche. Estuve furiosa toda la noche. Gracias por enviarme las noticias y la correspondencia. ¡Cuánto papel! ¿Es posible que todo eso lo haya escrito ella? Por lo demás, tiene estilo; te lo agradezco; veo que me quieres. No te enojes por lo de ayer y ven mañana, por el amor de Dios.

A.

Piotr Ivánich abre la segunda carta.

¡Piotr Ivánich!

De todos modos, mi pie jamás habría pisado su casa; fue inútil que se molestara en gastar papel. La semana que viene me marcho a Simbirsk; como apreciadísimo y queridísimo amigo le queda a usted Evgueni Nikoláich; le deseo suerte, y por los chanclos no se preocupe.

 

IX

El diecisiete de noviembre, Iván Petróvich recibe por correo de la ciudad dos cartas a su nombre. Al abrir el primer sobre, saca una notita escrita con descuido y apresuramiento. La letra es de su mujer; está dirigida a Evgueni Nikoláich, con fecha 4 de agosto. En el sobre no había nada más. Iván Petróvich lee:

¡Adiós, adiós, Evgueni Nikoláich! ¡Que Dios le recompense también por esto! ¡Sea feliz! A mí me tocó un destino cruel; ¡es terrible! Fue voluntad de usted. Si no fuera por la tía, me habría entregado a usted sin más. Pero no se burle ni de mí ni de la tía. Mañana es la boda. La tía está contenta de que haya aparecido un buen hombre que me acepte sin dote. Hoy lo miré con atención por primera vez. Parece buena persona. Me están apurando. ¡Adiós, adiós… querido mío! Acuérdese de mí alguna vez; yo jamás lo olvidaré. ¡Adiós! Firmo esta última carta igual que la primera mía… ¿se acuerda?

Tatiana.

En la segunda carta se leía lo siguiente:

¡Iván Petróvich! Mañana recibirá usted unos chanclos nuevos; no tengo la costumbre de sacar nada de bolsillos ajenos; como tampoco me gusta recoger trapos viejos de la calle. Evgueni Nikoláich parte en estos días a Simbirsk, por asuntos de su abuelo, y me pidió que le buscara un compañero de viaje; ¿no le gustaría serlo?

 

(Tomado de www.lecturia.org)