sábado, 31 de enero de 2026

Asalto nocturno

Eraclio Zepeda

 

A Rodrigo Moya

 

No era del todo una sensación de temor la que subía hurgándole costillas y entrepiernas. Casi podría ser una risa de nervios desatados, o un regocijo sin fronteras, extenso, puesto a la vista como un territorio descubierto.

Pero aquel incontenible pestañeo en el ojo izquierdo, casi un relámpago cegado, clausura instantánea bailándole pestañas, ponía en su cara, después de todo, la máscara del miedo.

Juan Francisco de la Mora, abogado, responsable de negocios oficiales y asuntos testamentarios, permanecía oculto en el pequeño espacio que dejan libre los tinacos que guardan el agua para el baño de cadetes. Allí, en la azotea de su antigua escuela militar, el abogado temblaba como si lo estuviera golpeando el duchazo diario y frío que, a pesar de los intentos de tenientes y capitanes, no llegó a templar su cuerpo en cuatro años de internado.

Desde su escondite había oído gritos poderosos de cabos y sargentos, silbatazos de oficiales y notas destempladas con las que el corneta de guardia quería configurar un toque apresurado de alarma, no logrado por tener los labios torpes aún, apretados al sueño del que había sido arrancado con violencia.

Conjurados por esta algarabía los cadetes se habían movilizado, saltando de la cama, en caos, al trote, muy pocos en uniforme completo, los más en pijamas alternadas sólo con las botas y el capote, la mayoría trazando movimientos asombrados y a todos ardiéndoles los ojos como si se negaran a ver la noche de improviso.

El abogado vio cómo la tropa se formaba en el patio, a carreras y empujones, armada ya con aquellos fusiles que él sabía descargados.

El corneta hacía retumbar las notas, ahora afinadas, de llamada de tropa, usando la contraseña para la primer compañía que no bajaba al patio y perdía el tiempo inexplicablemente en su cuadra dormitorio, debajo del tinaco atalaya del abogado Juan Francisco de la Mora.

Juan Francisco de la Mora, matrícula cuatrocientos once, cadete de primera en la segunda escuadra del tercer pelotón de la primera compañía, con ocho años menos de los que ahora tenía ocultos en medio de los tinacos, sin título de abogado todavía, marchaba bajando las escaleras, encuadrado en su unidad, con el arma embrazada, sin comprender qué sucedía y sin tiempo para amarrarse las botas.

Pasaron ocho años y Juan Francisco recordó siempre aquella noche en que el cuerpo de cadetes fue despertado a las dos de la mañana con toques de alarma y gritos anunciando zafarrancho, y cómo después, ya formados en el patio, el oficial de guardia les había comunicado en forma precisa: “Cadetes, la escuela ha sido ultrajada por exalumnos borrachos, que buscan mofarse de la dignidad militar, de la disciplina, de la patria y del honor. Es un grupito que ha salido huyendo a esconderse cobardemente para escapar a la ira que nos está quebrando el ánimo. ¡Que no quede uno solo sin recibir el justo pago a su atrevimiento!”

Enardecidos, los oficiales habían trazado rápidamente un plan de acción y llevado a paso veloz las unidades de infantería a puntos estratégicos, ya desde antaño escogidos y sabidos para una bizarra defensa del plantel transformado de pronto en ciudadela, fortaleza, poderoso bastión de la honra y el prestigio.

En un movimiento envolvente, preciso, los cadetes de infantería rodearon todo el territorio del colegio, mientras los de caballería hacían patrullas galopando en un círculo externo, por el valle y las barrancas, con el sable listo agitándolo encima de sus cabezas y las trompetas lanzando los aires de ataque.

Las luces de la escuela en todas sus dependencias estaban encendidas y los reflectores barrían la enorme extensión de la barda y la alambrada. Por los pasillos, el patio y los salones de clase resonaban las botas de los destacamentos que recorrían y revisaban, a la caza de exalumnos.

Y de pronto, muy cerca del puesto que le tocara cubrir al cadete de primera Juan Francisco de la Mora, surgió un enorme grito: –¡Aquí está uno!

Y un grupo de cadetes corriendo hacia el lugar del hallazgo con las armas listas, dispuestas a golpear, con las culatas dirigidas al sitio del escondite, y luego la sucesión de injurias, y el restallar de bofetadas, y los sonidos secos de las costillas y las piernas, y Juan Francisco horrorizado viendo cómo un sargento sacaba arrastrando del seto el cuerpo ensangrentado de un hombre que lloraba y gritaba y decía que lo soltaran, que todo había sido una broma, que ellos al igual que los cadetes de ahora también habían soportado los arrestos y los malos tratos y los castigos de esos mismos oficiales que los cadetes de ahora soportaban, y que por eso habían venido esta noche, después de una fiesta, para meterse a la escuela y voltear las camas de algunos tenientes y hacer un poco de relajo que estaban seguros iba a alegrar a los muchachos.

Todo esto dicho entre gritos y llantos mientras el cabo Ornelas seguía golpeando con la culata las piernas del detenido.

El cadete de primera Juan Francisco de la Mora permanecía con el arma levantada, sin atreverse a descargar el culatazo. Otros cadetes fueron acercándose en silencio en los momentos en que llegaba, con su paso rígido y seguro, con sus movimientos aquellos tan conocidos de todos, el capitán de la Fuente en camiseta y pantalones de montar, pero sin botas. El capitán cogió al detenido de la corbata y con la mano izquierda lo levantó de un tirón hacia la altura de su pecho para descargarle de inmediato una bofetada.

–Así lo quería agarrar, papacito, mírelo, mírelo, y ahora llora –gritaba el capitán haciéndose corear con los puñetazos y patadas que hacía restallar encima del exalumno, llevándolo a empujones al interior de la escuela.

Juan Francisco con la vista fija, contempló el largo camino desde el seto hasta la entrada del plantel, por donde el capitán de la Fuente llevaba al exalumno entre gritos obscenos y golpes. Se apoyó en su fusil y comentó con Santaella.

–Ya ni la hace Fuentecitas…

–El que viene se friega –cortó Santaella mientras se disponía a orinar encima del seto.

–¡A ver ese tercer pelotón! ¡A reunirse inmediatamente! –gritó el sargento, y Juan Francisco se apresuró al lugar donde se le citaba. Santaella venía detrás, abrochándose mientras corría.

–Formación de diamante –ordenó el sargento–. Vamos a peinar ese zacatal.

Hasta ellos llegaron voces anunciando que otro de los exalumnos había sido descubierto.

–Es la segunda compañía la que lo halló –comentó Santaella.

–Parece que es por el rumbo de la cocina –admitió el cabo Ornelas.

–¿Con que sí, papacito?… –llegó la voz del capitán de la Fuente corriendo rumbo a la cocina.

Al atravesar la carretera el pelotón de Juan Francisco vio avanzar un grupo de caballería.

–¿Eres tú, Raúl? –preguntó el sargento.

–Agarramos a uno –contestó el cabo de dragones Raúl García.

En medio de dos caballos venía un hombre, sin saco, con la camisa rota, ensangrentado, sujetas las manos por detrás de la cintura con su misma corbata.

El cabo García le golpeó las nalgas con su sable, inclinándose un poco por el lado de montar.

–Camine, camine…

–¡Pero si es Iriarte! –exclamó el sargento al verlo.

Al oír su nombre el prisionero quiso detenerse, pero García volvió a descargar su sable.

–La regaste feo, Iriarte –comentó el sargento mientras los cuatro jinetes avanzaban hacia la escuela.

–¡En marcha! –ordenó finalmente dirigiendo sus hombres hacia el rumbo escogido.

Toda la noche continuó la búsqueda. El pelotón de Juan Francisco después de peinar el bosquecito de abetos que se encuentra adelante del zacatal, se dirigió a la barranca.

Al amanecer, el pelotón estaba al fondo de la cañada revisando las cuevas y las viejas minas de arena. Juan Francisco, cansado, sentía los ojos como si de la mina abandonada viniera un polvo a ensuciárselos.

Sentado en una piedra pensaba en aquella persecución sin sentido en la que habían invertido toda la noche, cargando de un odio falso sus pensamientos, sus pasos y sus acciones. Después de todo no era más que una broma, una punta de borrachos, el resultado de quién sabe cuántos años de encierro en la escuela.

Escuchó una tos contenida, como si escapara de la boca de alguien que luchara tenazmente por impedirlo. Juan Francisco observó el interior de la mina y descubrió un hombre sentado, vestido con un smoking ahora destrozado, oculto detrás de unas cajas abandonadas. Juan Francisco se levantó de golpe con el arma lista. Observó al hombre un momento, bajó el fusil y lentamente se alejó rumbo al amanecer.

Pocos metros después oyó la voz de Santaella:

–¡Aquí hay uno mi sargento! –Se volvió con odio hacia su compañero y vio que el sargento corría ya hacia la cueva seguido por tres cadetes, mientras que le llegaba la palabra del cabo ordenándole acudir hacia el sitio del hallazgo.

Ya tenían sujeto al hombre del smoking. Al parecer nadie le había pegado. El sargento le amarró las manos exactamente como había visto hacer con el prisionero que llevaban los de caballería; como la corbata de moño no servía para esos menesteres le había ordenado se quitara el cinturón.

El pelotón inició el regreso a la escuela.

–Creo que sólo tú faltabas –le aclaró el sargento.

El detenido no contestó.

–A Iriarte lo agarraron los de caballería –insistió el sargento.

–¿Conoces a Iriarte? –preguntó con interés el exalumno.

–Sí –respondió el sargento–. Era cabo de la banda cuando yo ingresé a la escuela hace tres años.

–Ah… por eso no me conociste a mí, yo salí hace cinco años –dijo lentamente el exalumno.

–¿Pero seguiste viéndote con Iriarte?

–Claro. Y luego él también entró a la Facultad.

–¿Qué estudias? –preguntó el cabo.

–Ya terminé. Hago la tesis para Contador.

–¿Lo soltamos, mi sargento? –pidió Juan Francisco.

–A callar, de la Mora –contestó el sargento–. Si vuelve a hablar le hago una boleta de arresto.

Cuando llegaron a la escuela encontraron que ya estaba formado el cuadro, con todas las unidades. Un pelotón de guardia vigilaba detrás del astabandera a los tres exalumnos que conservaban sólo su ropa interior.

El capitán de la Fuente al ver subir el pelotón de Juan Francisco, lanzó un grito gutural y se acercó corriendo hacia el detenido. El capitán estaba ya correctamente uniformado, calzando botas altas con las que pateó al prisionero.

–Te conozco, palomita, te conozco –aullaba el capitán descargando aquellos golpes secos que le habían hecho famoso en todos los cuarteles donde había prestado servicios. Juan Francisco cerró los ojos.

–¡Ándele ese pelotón! ¡Aprisa a encuadrarse en su unidad! –ordenó el comandante de la primera Compañía.

Formado en cuadro, el cuerpo de cadetes atestiguó cómo el capitán de la Fuente cortaba el pelo a los cuatro exalumnos con un cuchillo de campaña. Grotescamente firmes, los exalumnos, ante la presencia de aquella máquina de golpes, recobraban dolorosamente una disciplina ya olvidada, mientras de la Fuente les tomaba la cabeza con una mano, jalándoles los mechones de pelo hacia arriba y, simultáneamente, con la otra accionaba el cuchillo, rapándolos. Los cadetes guardaban silencio.

Juan Francisco temblaba de rabia. –No se puede hacer esto con ellos. Son personas mayores. Ya son gente –pensaba, temblando.

Temblando, el abogado Juan Francisco de la Mora, oculto en medio de los tinacos, oyó ahora, ocho años después, que dos de sus compañeros habían sido descubiertos. Hasta él llegaron las voces del capitán de la Fuente.

–¡Así los quería agarrar, papacitos! –Y luego el ruido sordo de los golpes.

No se atrevió a sacar la cabeza de su escondite para saber quiénes eran los encontrados. Podría ser Agustín, o Acevedo, o Sotelo. Ahora, el miedo lo habitaba totalmente. Sabía que tarde o temprano lo descubrirían y le aterraba pensar en el capitán de la Fuente, en sus puños, en sus botas.

Era incomprensible su situación. Absurda. Grotesca. Él, un abogado joven y ya próspero, con cargos responsables, se había dejado llevar por el impulso de repetir el intento de aquellos exalumnos a los que él vio vejar y golpear. Y ahora, después de la fiesta en casa de los Avendaño, en una ruta de cantinas y recuerdos había venido a parar a este escondite en medio de tinacos.

El encuentro había sido sorpresivo. ¿Cómo imaginar que en esta reunión, exactamente igual a decenas de reuniones anteriores en casa de los Avendaño, iba a encontrarse con estos antiguos compañeros? “¡Ah muchachos! No lo creerán pero en muchas ocasiones he pensado en reunirme con ustedes. ¿Cuántos años hace que no nos encontrábamos?”

Este Sotelo estaba igual, sin cambiarle nada, sin una cana, sin una sola arruga, con los músculos tensos de siempre, sus movimientos felinos y su actitud de reto eterno. Jamás olvidará que fue campeón welter tres años consecutivos en la escuela. ¿Y tú, Acevedo? ¡El mejor promedio de la clase! Es una lástima que hubieras dejado de estudiar. Un título es un título. Sí, claro, se te ve próspero. ¿La Gerencia en la fábrica de tu papá? Viejo Agustín, pero mira nada más cómo te han puesto las mujeres: estás golpeado, corneta. ¿Eras corneta, verdad? ¿O tambor? No, ahora recuerdo perfectamente, seguro que eras corneta. Vida sabrosa se ve que llevas, pero cada cana es una cana compañero. Ah, no, eso sí es verdad, ¿quién te quita lo bailado?

Realmente era suerte y sólo suerte venirse a encontrar con aquel trío, con aquel fabuloso trío. ¡Los años en la escuela militar! Ahora podía recordarlos con nostalgia, con sonrisas, y los golpes y la dignidad tantas veces herida estaban apenas a la vista, cubiertos con una pátina agradable de años idos, de fuerza que se escapa de la mano.

Y de verdad era agradable aquel volverse nuevamente adolescente, niños en uniforme militar, para quien lo único válido y viril era la fuerza, y el aguante, el gran aguante. El resto de los invitados ya no contó para ellos. Era una noche espléndida de antiguos compañeros, que ninguno deseaba compartir con alguien no iniciado. Al fin y al cabo, ¿quién podía disfrutar de aquel lenguaje hecho a golpes dispares de recuerdos?

De la fiesta pasaron a un bar, y luego a otro, y a los mariachis de Garibaldi, y a una cantina, empezando a horrorizarse al advertir que fuera de los recuerdos no tenían nada en común y absolutamente ningún tema en qué ponerse de acuerdo. Fue entonces, después de un silencio largo en el que sólo había palmadas en los hombros y sonrisas de motivos ocultos, cuando a alguien se le ocurrió recordar la noche aquella de los exalumnos, y la animación se prendió de nueva cuenta y empezaron a proponer que fueran a la escuela a voltear la cama de algunos oficiales, y echar agua a los muchachos dormidos y tocar en la corneta las notas de silencio para que todos se volvieran a dormir después del gran escándalo.

Al principio todo había sido fácil. Sabían el camino exacto del velador, así que esperaron a que pasara y cuando dio la vuelta en la esquina saltaron la barda. Agazapados, corrieron atravesando el patio hasta detenerse en el nacimiento de la escalera que lleva a las cuadras-dormitorios. Un ataque de risa estuvo a punto de poner en peligro prematuramente la aventura. Acevedo, con el rostro incendiado y las venas del cuello tensas, tuvo que meterse en la boca su pañuelo mientras Sotelo le amenazaba con el puño.

Empezaban a subir la escalera cuando a Sotelo se le ocurrió imitar al capitán de la Fuente, caminando en círculos muy cortos, echando rápidamente hacia adelante sus piernas mientras movía los brazos con presteza como si tuviera que caminar apoyándose en las manos. Acevedo se dejó caer rebotando en los escalones y deteniéndose en la pared, a duras penas acallando carcajadas.

Reemprendieron el ascenso al segundo piso.

Y ahora, en la azotea, el abogado Juan Francisco de la Mora escuchaba de nuevo el grito.

–Aquí está uno.

–Está trepado arriba de los excusados.

–A ver, papacito, a ver, déjenmelo solo. Véngase papacito.

–Agárreme si puede, viejo jijo de la…

El abogado reconoció a Sotelo. Después fueron ruidos, carreras, insultos y al final los golpes.

–¿Conque sí, conque muy machito, qué ya no se acordaba quién es su padre, Sotelo?

Luego silencio.

La noche pasó repleta de sonidos diversos provenientes de la búsqueda que llegaba rebotando hasta el escondite de Juan Francisco. Ruido de carreras, voces de mando, toques de corneta, relinchos de caballo. Y sobre todo el miedo.

Como un mundo lejano y añorado ya, las luces de la ciudad allá abajo estaban, como siempre, a lo lejos.

Al amanecer casi no podía seguir con los ojos abiertos. Un sueño pesado lo cegaba. La pierna izquierda acalambrada.

Fue entonces que la puerta de hierro de la azotea se abrió. Allí estaban los pasos de una persona, dos, tres y el ruido de correajes y fusiles.

Supo que de un momento a otro sería descubierto. El parpadeo del ojo izquierdo cesó de pronto, permaneciendo sólo una opresión en el pecho. Levantó la cara y se encontró con un muchacho frente a él. Era un cadete delgado, recio, mirándole de frente, con el arma apuntándole. Sorpresivamente bajó el fusil y con la boca dibujó una señal de silencio para continuar después su camino.

Permanecía aún sin entender cabalmente cuando detrás de él escuchó una voz aguda:

–¿Pero está usted ciego, Moya? ¿Qué no ve que aquí hay uno?

Se volteó para encontrarse con el teniente Bustamante que tenía el brazo levantado y empuñando un fuete. Con lentitud desesperante siguió la caída del golpe desde lo alto de la mano hasta estrellársele en una mejilla. Después fue la sucesión de bofetadas. Cuando lo sacaron arrastrando de su escondite corría hacia él el capitán de la Fuente. Alcanzó a escuchar al joven Moya que dirigiéndose al capitán pedía:

–Ya déjelo, capitán, es un hombre acabado.

Fue lo último, antes de sentir la bota del capitán de la Fuente hundiéndose en su estómago.

 

(Tomado de Sainz, Gustavo, Los mejores cuentos mexicanos, Ediciones Océano, Barcelona, 1982)

 

En la playa

Salvador Elizondo

 

Cuando ya estaba cerca de donde se rompían las olas cesó de remar y dejó que la lancha bogara hacia la orilla con el impulso de la marejada. Estaba empapado de sudor y el sucio traje de lino blanco se le adhería a la gordura del cuerpo impidiendo o dificultando sus movimientos. Había remado durante varias horas tratando de escapar de sus perseguidores. Su impericia lo había llevado costeando hasta esa extensa playa que con sus dunas se metía en el mar hasta donde la lancha estaba ahora. Se limpió con la mano el sudor que le corría por la frente y miró hacia tierra. Luego se volvió y vio a lo lejos, como un punto diminuto sobre las aguas, la lancha de Van Guld que lo venía siguiendo. “Si logro pasar al otro lado de la duna estoy a salvo”, pensó acariciando la Luger que había sacado del bolsillo de la chaqueta para cerciorarse de que no la había perdido. Volvió a guardar la pistola, esta vez en el bolsillo trasero del pantalón y trató de dar otro golpe de remo para dirigir la lancha hacia la playa, pero la gordura dificultaba sus movimientos y no consiguió cambiar el rumbo del bote. Encolerizado, arrojó el remo hacia la costa. Estaba tan cerca que pudo oír el golpe seco que produjo sobre la arena húmeda, pero la lancha se deslizaba de largo sin encallar. Había pozas y no sabía nadar. Por eso no se tiró al agua para llegar a la orilla por su propio pie. Una vez se volvió hacia sus perseguidores. El punto había crecido. Si la lancha no encallaba en la arena de la playa, le darían alcance. Tomó el otro remo y decidió utilizarlo como timón apoyándolo sobre la borda y haciendo contrapeso con toda la fuerza de su gordura. Pero se había equivocado y la lancha viró mar adentro. Entonces sacó rápidamente el remo del agua y repitió la misma operación en el lado opuesto. La lancha recibía allí el embate de la corriente y viró con tanta velocidad que el gordo perdió el equilibrio y por no caer sobre la borda soltó el remo que se alejó flotando suavemente en la estela. La lancha bogaba paralela a la costa y daba tumbos sobre las olas que reventaban contra su casco. Iba asido a la borda. De vez en cuando miraba hacia atrás. La lancha de su perseguidor seguía creciendo ante su mirada llena de angustia. Cerró los ojos y dio de puñetazos sobre el asiento, pero éste le produjo un dolor vivo, un dolor físico que se agregaba al miedo como un acento maléfico. Abrió las manos regordetas, manicuradas y las miró durante un segundo. Sangraban de remar. Las metió en el agua y las volvió a mirar. Su aspecto era más siniestro ahora. La piel, desprendida de sus raíces de sangre, tenía una apariencia cadavérica. Volvió a cerrar los puños esperando que sangraran nuevamente y luego apoyó las palmas contra los muslos hinchados que distendían la tela del pantalón. Vio las manchas que habían dejado sobre el lino sucio y miró hacia atrás, pero no pudo estimar el crecimiento del bote perseguidor porque en ese momento un golpe de agua ladeó la lancha y haciéndola virar la impulsó de costado, a toda velocidad, hacia la playa. La quilla rasgó la superficie tersa y nítida de la arena con un zumbido agudo y seco. El gordo apoyó fuertemente las manos contra la borda, inclinando el cuerpo hacia atrás, pero al primer tumbo se fue de bruces contra el fondo de la lancha. Sintió que la sangre le corría por la cara y apretó la Luger contra sus caderas obesas.

Van Guld iba apoyado en la popa, detrás de los cuatro mulatos que remaban rítmicamente. Gobernaba el vástago del timón con las piernas y había podido ver todas las peripecias del gordo a través de la mira telescópica del Purdey. Cuando el gordo dio los puñetazos de desesperación sobre el asiento, Van Guld sonrió e hizo que la cruz de la mira quedara centrada sobre su enorme trasero, pero no hubiera disparado porque todavía estaba fuera del alcance del Purdey, una arma para matar elefantes a menos de cincuenta metros.

–¡Más aprisa remen! –gritó Van Guld y luego pensó para sí–: Tenemos que llegar antes de que cruce la duna.

Los negros alzaron más que antes los remos fuera del agua y, jadeando, emitiendo un gemido entrecortado a cada golpe, comenzaron a remar a doble cuenta. El bote se deslizaba ágil sobre el agua casi quieta, bajo el sol violento que caía a plomo del cielo límpido, azul. De la selva, más allá de la duna que estaba más lejana de lo que se la imaginaba viéndola desde el mar, el chillido de los monos y de los loros llegaba a veces como un murmullo hasta la lancha, mezclado con el tumbo de las olas sobre la arena, con el fragor de la espuma que se rompía en esquirlas luminosas, blanquísimas, a un costado de la barca.

Con un movimiento horizontal de la carabina, Van Guld siguió el trayecto de la barca del gordo cuando ésta encallaba sobre la arena. Apuntó durante algunos instantes la cruz de la mira sobre la calva perlada de sudor de su presa que yacía boca abajo junto a la lancha volcada. Las enormes caderas del gordo, entalladas en el lino mugriento de su traje, eran como un montículo de espumas sobre la arena. Apuntó luego el Purdey hacia la selva que asomaba por encima del punto más alto de la duna. Las copas de las palmeras y de las ceibas se agitaban silenciosas en su retina, pero Van Guld adivinaba el chillido de los monos, los gritos de los loros, mezclándose a la jadeante respiración del gordo, tendido con el rostro y las manos sangrantes sobre la arena ardiente.

–¡Vamos, vamos! ¡Más aprisa! –les dijo a los mulatos. Estos sudaban copiosamente y sus torsos desnudos se arqueaban, tirantes como la cuerda de un arco, a cada golpe de remo. Su impulso movía la barca a espasmos, marcados por el jadeo de su respiración y no se atrevían a mirar hacia la costa donde estaba el gordo, sino que se tenían con la mirada al frente, como autómatas.

–¡Más aprisa! ¡Más aprisa! –volvió a gritar Van Guld.

Su voz era diáfana como el grito de un ave marina y se destacaba de las olas, de la brisa, como algo de metal, sin resonancia y sin eco.

El gordo se palpaba el bolsillo del pantalón nerviosamente, dejándose unas difusas manotadas de sangre en el trasero. Allí estaba la Luger. Si le daban alcance en el interior de la selva tendría que servirse de ella aunque era un tirador inexperto. Trató de incorporarse, pero no lo consiguió al primer intento. La quilla del bote había caído sobre su pie, aprisionándolo contra la arena. Pataleó violentamente hasta que logró zafarlo para ponerse en cuatro patas y así poder incorporarse con mayor facilidad. Pero luego pensó que puesto de pie, ofrecía un blanco mucho más seguro a la carabina de Van Guld. La lancha había crecido en sus ojos considerablemente. Casi podía distinguir la silueta de Van Guld erguida en la popa, escudriñando la blanca extensión de la playa, tratando de apuntar con toda precisión el rifle sobre su cuerpo. Esto era una figuración pues Van Guld estaba en realidad demasiado lejos. Se incorporó pensando que tendría tiempo de llegar hasta la duna. Echó a correr, pero no bien había dado unos pasos, sus pies se hundieron y dio un traspié; cayó de cara sobre la arena que le escocía la herida que se había hecho en la frente.

A Van Guld le pareció enormemente cómico el gesto del gordo, visto a través del anteojo, sobándose el trasero con la mano ensangrentada. Los pantalones blancos le habían quedado manchados de rojo. “Como las nalgas de un mandril”, pensó Van Guld bajando sonriente con el rifle y apoyando pacientemente la barbilla sobre sus manos cruzadas que descansaban en la boca del grueso cañón del Purdey. Estuvo así un momento y luego volvió a empuñar el rifle para seguir los movimientos del gordo. Cuando lo vio caer de boca en la arena lanzó una carcajada.

Después, el gordo se incorporó con dificultad y se sentó respirando fatigosamente. Su cara estaba cubierta de sudor. Con las mangas se enjugó la boca y la frente. Miró un instante la chaqueta manchada de sudor y de sangre y luego notó que uno de sus zapatos se había desatado. Alargó el brazo tratando de alcanzar las agujetas pero no logró asirlas por más que dobló el tronco. Tomó entonces la pierna entre sus manos y empezó a jalarla hacia sí. Una vez que había conseguido poner el zapato al alcance de sus manos las agujetas quedaban debajo del pie y por más esfuerzos que hacía por atarlas, no podía pues sus dedos además de estar heridos, eran demasiado cortos y demasiado torpes para retener fijamente las cintas y anudarlas. Trató entonces de quitarse el zapato, pero tampoco lo consiguió ya que sus brazos arqueados sobre el vientre voluminoso no eran lo suficientemente largos para ejercer una presión efectiva sobre el zapato. Se echó boca arriba y, ayudándose con el otro pie, trató de sacar el zapato haciendo presión sobre él con el tacón. Al fin logró sacar el talón. Levantó la pierna en el aire y agitando el pie violentamente al cabo de un momento hizo caer el zapato en la arena.

Ese pie, enfundado en un diminuto zapato puntiagudo de cuero blanco y negro primero y en un grueso calcetín de lana blanca después, con la punta y el talón luidos y manchados por el sudor y el contacto amarillento del cuero, agitándose temblorosamente, doblando y destendiendo coquetamente los dedos regordetes dentro del calcetín, producía una sensación grotesca, ridícula, cómica, cruzado como estaba por los dos hilos de araña milimétricamente graduados en la mira del Purdey.

Apoyándose con las manos, el gordo levantó el trasero y luego, doblando las piernas hasta poner los pies debajo del cuerpo, se puso de pie. Introdujo la mano en el bolsillo para sacar la pistola. Esto le produjo fuertes dolores en los dedos descarnados, pero una vez que tenía asida la Luger por la cacha los dolores se calmaron al contacto liso, acerado, frío, del arma. La sacó y después de frotarla contra el pecho de la chaqueta para secarla, la amartilló volviéndose en dirección de la costa, hacia la lancha de Van Guld. Pudo distinguir a los cuatro negros que se inclinaban simultáneamente al remar. La cabeza rubia e inmóvil de Van Guld se destacaba claramente por encima de las cabezas oscilantes y negras de los remeros.

El gordo estaba de espaldas a él. Van Guld vio cómo sacaba la pistola del bolsillo del pantalón y cómo agitaba el brazo mientras la secaba contra la chaqueta, pero no vio cómo la amartillaba. “No sabe cómo usar la pistola”, pensó Van Guld cuando vio que el gordo se dirigía cojeando hacia la duna con la pistola tenida en alto, con el cañón apuntando hacia arriba, casi tocándole el hombro y con la línea de fuego rozándole la cara.

Le faltaban unos cuarenta metros para llegar a la falda de la duna. Si se arrastraba hasta allí no podría desplazarse con suficiente rapidez y daría tiempo a sus perseguidores de llegar por la costa hasta situarse frente a él. Consciente de su obesidad, pensó que si corría su cuerpo ofrecería durante el tiempo necesario un blanco móvil, lo suficientemente lento para ser alcanzado con facilidad. Se volvió hacia la barca de Van Guld. Calculó mentalmente todas sus posibilidades. La velocidad con que se acercaba le permitiría quizá llegar a tiempo a la cuesta de la duna arrastrándose. Se echó a tierra, pero no bien lo había hecho se le ocurrió que al llegar a la duna y para ascender la cuesta que lo pondría a salvo, tendría que ofrecerse, de todos modos, erguido al fuego de Van Guld.

–¡Paren! –dijo Van Guld a los remeros bajando el rifle. Los negros se arquearon sobre los remos conteniendo la fuerza de la corriente que ellos mismos habían provocado con el último golpe de remo. Los músculos de sus brazos y de sus hombros se hinchaban con el esfuerzo de parar el bote. Van Guld escupió sobre la borda para cerciorarse de que el bote se había detenido. Un pájaro salvaje aleteó rompiendo el silencio. Van Guld clavó la vista delante de sí, en dirección del gordo, luego, humedeciéndose los labios con la lengua volvió la cara mar adentro. Con la vista fija en el horizonte volvió a humedecerse los labios y se quedó así unos instantes hasta que la brisa secó su saliva. Tomó luego el Purdey y lo apuntó hacia el gordo –una mancha diminuta, blanca, informe–, mirando a través del anteojo. “Hasta la brisa nos ayuda –pensó–; bastará con ponerle la cruz en el pecho, y si va corriendo la brisa se encargará de llevar el plomo hasta donde él esté”. La vertical no importaba; a la orilla del mar el aire corre en capas extendidas. “A veces tiende a subir en la playa; medio grado hacia abajo, por si acaso. Si está quieto, un grado a la izquierda para aprovechar la brisa”, reflexionó y bajando el rifle nuevamente se dirigió a los remeros:

–¡Vamos, a toda prisa! –les dijo mirando fijamente el punto de la playa en donde se encontraba el gordo.

“Se han detenido”, pensó el gordo mientras estaba calculando su salvación. Echó a correr. No había dado tres pasos cuando volvió a caer, pues como le faltaba un zapato se le había torcido un tobillo y el pie descalzo se le había hundido en la arena. Su situación era ahora más expuesta ya que no podía parapetarse en la lancha y todavía estaba demasiado lejos de la duna. Boqueó tratando de recobrar el aliento. El corazón le golpeaba las costillas y a través de todas las capas de su grasa escuchaba el rumor agitado del pulso. Se puso la mano en el pecho tratando de contener esos latidos, pero como sólo estaba apoyado, con todo su peso, sobre un codo, los brazos le empezaron a temblar. Apoyó entonces las dos manos sobre la arena y trató de incorporarse. Haciendo presión con los pies sobre el suelo, consiguió, al cabo de un gran esfuerzo, ponerse en pie y se volvió hacia la lancha de sus perseguidores.

Sin servirse de la mira telescópica, Van Guld pudo darse cuenta de que el gordo se había vuelto hacia ellos. Los mulatos remaban rítmicamente y la lancha se acercaba inexorablemente.

–¡Más aprisa! –volvió a decir Van Guld.

Su voz llegó difusa hasta los oídos del gordo que tuvo un sobresalto en cuanto la oyó y echó a correr hacia la duna. A cada paso se hundía en la arena por su propio peso y le costaba un gran esfuerzo avanzar.

Van Guld vio con toda claridad cómo el gordo corría dando traspiés en la arena. Había cubierto la mitad del trayecto hacia la duna. Un mono lanzó un chillido agudísimo y corto, como un disparo. El gordo se detuvo volviéndose angustiado hacia la lancha de Van Guld. Con los brazos extendidos y las manos colgándole de las muñecas como dos hilachos se quedó quieto en mitad de la playa. Se percató de que en su mano derecha llevaba la Luger. La acercó para verla mejor y se volvió nuevamente hacia la lancha de Van Guld, luego extendió el brazo con la pistola en dirección de sus perseguidores. Oprimió el gatillo. Nada. Volvió a apoyar el dedo regordete con todas sus fuerzas pero el gatillo no cedía. Cortó otro cartucho apresuradamente y la bala saltó de la recámara rozándole la cara. Extendió entonces el brazo y oprimió el gatillo con todas sus fuerzas.

“Tiene el seguro puesto”, pensó Van Guld para sí.

–¡Imbécil! –dijo después en voz alta.

Los negros siguieron remando impasibles.

El gordo examinó cuidadosamente la pistola. Con las manos temblantes comenzó a manipularle todos los mecanismos. Volvió a cortar cartucho y otra bala le saltó a la cara. Oprimió un botón y el cargador salió de la cacha. Apresuradamente volvió a ponerlo en su lugar; luego oprimió otro botón que estaba en la guarda del gatillo. Era el seguro de la aguja. Como al mismo tiempo estaba oprimiendo el gatillo, la pistola se disparó en dirección de la duna produciendo una nubecilla de pólvora quemada y un pequeño remolino de arena en la duna. A lo lejos, entre las copas de los árboles se produjo un murmullo nervioso. El gordo se asustó al oír la detonación, pero no se había dado cuenta cabal de que el tiro había partido de su arma. Se volvió hacia Van Guld. Podía distinguir todos los rasgos de su rostro impasible, mirándole fijamente desde la popa de la lancha. Echó a correr. De pronto se detuvo y empuñando la Luger la apuntó nuevamente hacia Van Guld. Tiró el gatillo, pero el arma no disparó. Se acordó entonces del botoncito que estaba en la guarda del gatillo y lo apretó. Oprimió el gatillo varias veces.

Las balas pasaron lejos de Van Guld y de su lancha. La brisa que les iba en contra las había desviado y las detonaciones no llegaron a sus oídos sino después de unos instantes. El gordo se había quedado inmóvil. Tres volutas de humo blanco lo rodeaban, deshaciéndose lentamente en el viento. La lancha siguió avanzando hasta quedar colocada directamente frente al gordo.

Volvió a oprimir el gatillo. La Luger hizo un clic diminuto. Se había agotado el cargador. Arrojó la pistola y echó a correr, pero no en la dirección de la duna, sino en dirección contraria a la de Van Guld. Cuando se dio cuenta de que su huida era errada se detuvo. Vaciló. Luego corrió en dirección de la duna. Cuando llegó a la cuesta se fue de bruces y cayó rodando en la arena. Se incorporó rápidamente e intentó nuevamente ascender la duna.

Van Guld empuñó el Purdey y encañonó al gordo, pero no tenía intención de disparar todavía. Miraba a través del telescopio cómo trataba de subir por la duna, resbalando entre la arena, rascando para asirse a ese muro que siempre se desvanecía entre sus dedos sangrantes.

El gordo cayó sentado al pie de la duna. Primero corrió a cuatro patas a lo largo del montículo, alejándose de Van Guld, pero a cada momento volvía a caer de cara. Finalmente logró avanzar corriendo con los brazos extendidos para guardar el equilibrio.

Van Guld ordenó a los mulatos que lo siguieran desde el mar. Se pusieron a remar y la lancha avanzaba suavemente sobre las olas, paralela al gordo que corría dando tumbos. La cruz del Purdey se encontraba un grado a la izquierda y medio grado abajo del pecho del gordo.

Se había adelantado a la lancha que ahora bogaba más lentamente pues había entrado en esa faja de mar donde las olas se rompen y donde la fuerza de los remos se dispersa en la marejada. El gordo se detuvo, apoyado contra el cúmulo de arena que se alzaba tras él. Respiraba con dificultad y no podía seguir corriendo.

La lancha de Van Guld pasó lentamente ante él. Por primera vez se encontraron sus miradas. Al pasar frente al gordo, Van Guld levantó la vista del telescopio y se quedó mirando fijamente al gordo que también lo miraba pasar ante él, resollando pesadamente, indefenso.

Una vez que Van Guld había pasado de largo, el gordo se volvió y empezó a escalar la duna, pero avanzaba muy lentamente porque todos los apoyos se desmoronaban bajo su peso. Sus manos cavaban en la arena tratando de encontrar un punto fijo al cual asirse.

Van Guld hizo virar la lancha en redondo.

Mientras la lancha volvía sobre su estela y los perseguidores le daban la espalda, el gordo ascendió considerablemente y su mano casi logró asirse al borde de la duna. Trataba de empujarse con los pies, pero se le deslizaban hacia abajo.

Van Guld quedó colocado frente a él. Sonriente, lo miraba patalear y levantar nubecillas de arena con los pies. Volvió a encañonarlo y a través de la mira pudo adivinar con toda certeza el rostro sudoroso, sangrante del gordo que jadeaba congestionado.

Hubo un momento en que sus pies, a fuerza de cavar furiosamente, encontraron un punto de apoyo. Su cuerpo se irguió tratando de alcanzar con las manos la cresta de la duna y por fin lo consiguió.

Entonces pataleó más fuerte, tratando de elevar las rodillas a la altura de sus brazos, pero la arena se desvanecía siempre bajo su cuerpo. Logró sin embargo retener la altura que había alcanzado sobre la duna. Deseaba entonces que más allá de esta prominencia hubiera otra hondonada para poderse ocultar y ganar tiempo.

Van Guld había centrado la mira sobre la espalda del gordo. Acerrojó el Purdey haciendo entrar un casquillo en la recámara, amartillando la aguja al mismo tiempo.

Cuando llegó a la cima vio que la arena se extendía en una planicie nivelada hasta donde comenzaba la selva. Estaba perdido. Se quedó unos instantes tendido sobre el borde de la arena y miró sobre sus hombros en dirección de Van Guld que lo tenía encañonado. Estaba liquidado pero no sabía si dejarse deslizar nuevamente hacia la playa o seguir avanzando sobre la duna hacia la selva. Eran unos cien metros hasta los primeros árboles. Para llegar a ellos daría a Van Guld el tiempo suficiente de apuntarle con toda certeza, igual que si se quedaba ahí mismo.

Van Guld bajó el rifle medio grado de la cruz. Pensó que sobre todo en la cresta de la duna la capa de aire extendido tendería a subir. La corrección horizontal era ahora deleznable ya que se encontraba directamente enfrente del gordo, con la brisa a su espalda. Resignado, el gordo subió al borde y se puso de pie sobre la duna volviéndose hacia Van Guld.

La lancha producía un chapoteo lento sobre las olas débiles del mar apacible. A lo lejos se oían los gritos de los loros que se ajetreaban en el follaje de las ceibas. Le tenía la cruz puesta en el cuello para darle en medio de los ojos, pero luego bajó el rifle un poco más, hasta el sexo, para darle en el vientre, porque pensó que si le daba en la cabeza el gordo no sentiría su propia muerte y que si le daba en el pecho lo mataría demasiado rápidamente.

El gordo lo miraba con las manos colgantes, sangrantes, separadas del cuerpo, en una actitud afeminada y desvalida.

Cuando partió el disparo, la lancha dio un tumbo escueto, levísimo.

Sintió que las entrañas se le enfriaban y oyó un murmullo violento que venía de la selva. Se desplomó pesadamente y rodó por la duna hasta quedar despatarrado sobre la playa como un bañista tomando el sol. Boca arriba como estaba notó, por primera vez desde que había comenzado su huida, la limpidez magnífica del cielo.

Van Guld bajó el rifle. La brisa agitaba sus cabellos rubios. Todavía estuvo mirando unos instantes el cuerpo reventado al pie de la duna. Luego ordenó a los remeros partir. La barca se puso en marcha. Los mulatos jadeaban agobiados por el sol, impulsando los remos fatigosamente. Van Guld apoyó el Purdey contra la borda y encendió un cigarrillo. Las bocanadas de humo se quedaban suspensas en la quietud del viento, como abandonadas de la lancha que se iba convirtiendo poco a poco en un punto lejano, imperceptible.

 

(Tomado de Sainz, Gustavo, Los mejores cuentos mexicanos, Ediciones Océano, Barcelona, 1982)

 

viernes, 30 de enero de 2026

La caja vacía

Emilio Carballido

 

Hacia el fin de la semana la oferta corrió de boca en boca; para el lunes todos los hombres pensaban en dedicarse a buscar la yerba; después, el miércoles, Porfirio murió ahogado al cruzar el río. Aunque fue un accidente, estuvo tan minuciosamente elaborado como si todos supieran lo que iba a ocurrir.

Los americanos tenían las básculas en una tienda de campaña. Cerca de ahí habían instalado los cables para cruzar el barranco. Entre las dos paredes rocosas, llenas de helechos y matas de orquídea, el río corre con bastante ímpetu, porque un poco más allá cae un gran salto borboteante. El trabajo era pagado a destajo. Quien quisiera podía cruzar en el flamante malacate, buscar y juntar las matas de “cabeza de negro”, regresar y vender tantas como hubiera sido capaz de reunir. El precio, por kilogramo, era bastante atractivo, pero nada más los hombres se atrevían a internarse en el monte, pues hay peligros, animales.

El miércoles hubo más cosechadores que los otros dos días. Formaron cola, esperaron, pero aun así la canasta del malacate se bamboleó peligrosamente. Porfirio, en la orilla, esperaba a que regresara cuando cambió de opinión: decidió cruzar a nado, cosa que no era demasiado difícil y que cualquiera de ellos había hecho alguna vez; todo consistía en cortar la corriente en una diagonal adecuada, para contrarrestar, y aun utilizar en cierto modo su fuerza. Él se desnudó, dio la ropa a un compañero, después de doblarla con pulcritud, y muy serio bajó la pendiente musgosa, asiéndose a las piedras con los dedos de los pies.

Después, casi en el momento en que entró al agua, todos supieron que había equivocado el cálculo; la diagonal no era correcta y la corriente lo arrastraba ante la certidumbre y los comentarios de todos aun con el conocimiento del mismo Porfirio, que lo notó a la mitad del río; ni siquiera intentó regresarse: siguió luchando. Un poco antes del salto gritó algo y alzó los brazos; los amigos supusieron que rezaba, o que recomendaba algo relativo a la familia. Desapareció entre la espuma y no volvió a salir.

Todos daban voces. Alguien, que había bajado para ayudarle, se regresó oportunamente a las dos o tres brazadas, viendo que el intento era inútil. Los americanos eran los más afectados, pese a que no tenían ni la menor responsabilidad legal. Gritaban, frenéticos, corrían alocados de un lado a otro, con sogas en las manos; cuando todo pasó, uno de ellos, pesado y sanguíneo, tuvo que ir a acostarse. Duró enfermo todo el día.

Los compañeros discutieron mucho qué debían hacer. Al fin, varios hombres corrieron río abajo, para tratar de pescar el cuerpo, y uno de los más jóvenes fue enviado por todos para que diera la noticia: Erasto, muchacho lento y lleno de presencia de ánimo.

La casa de Porfirio era de palma y bejucos, igual a todas las de la ranchería, pero estaba un poco más lejos que las otras, cerca de la vía del tren, que pasaba trepidando, con su peste de aceite quemado, sin parar nunca.

Cuando Erasto llegó, la madre molía maíz en el umbral, dos niños panzoncitos y desnudos jugaban con un perro gordo y la esposa embarazada iba a lavar la ropa. El mensaje se le atragantó a Erasto, pero con la mitad que pudo echar fue suficiente: la viuda empezó a llorar y la madre lanzó gritos abrazando a los dos niños:

–¡Huérfanos, hijitos, ya se quedaron huérfanos!

Con esto vinieron las vecinas y Erasto volvió a contar la historia ya mucho más hábilmente. La esposa se enfermó, tuvo varios vómitos y hubo que atenderla con agua de brasa y té de azahar. La madre se quedó muda después, sentada en un rincón, viendo fijamente al suelo y con los ojos secos; los niños aullaban en la mitad de la pieza, desnudos, sin entender nada, sintiendo que algo terrible había ocurrido.

La búsqueda del cuerpo se continuó toda la noche. Las autoridades, avisadas, vigilaron algunos tramos del río; los pescadores facilitaron redes que fueron fijadas en diversos puntos. Los extranjeros prestaron varias camionetas que permanecieron toda la noche con los fanales apuntando a la veloz superficie. El agua no era turbia, pero sí profunda; a veces veían brillar el lomo oscuro de algún gran pez y no faltaba nunca el cabrilleo de los pequeños, en círculos tenaces bajo la luz, como mariposas acuáticas. Los que aguardaban, aprovecharon para pescarlos. El alba volvió más lúgubres las luces, les comió al fin todo brillo, y el cuerpo siguió sin aparecer.

La familia de Porfirio se encontró de pronto sin el menor recurso. No ya para vivir, ni siquiera para el velorio: ni una vela, ni un trago de café que ofrecer. Los cirios que ardieron esa primera noche fueron regalo de las vecinas.

La pregunta general era: “¿qué irán a hacer ahora?”, y ni la madre ni la esposa habrían sabido contestar.

La Domitila contó que a ella la había ayudado el gobierno cuando su madre estuvo tan mala; le habían dado medicinas primero, después se la habían internado en un sanatorio, hasta que murió, y todavía le habían pagado los servicios fúnebres. Claro, para esto había que ver a doña Leonela.

Doña Leonela era tía del gobernador. Había que buscarla en la capital del estado; hacía ya dos años que el sobrino la había puesto al frente de la Asistencia Pública. Ella había sido siempre una señora católica, triste y nerviosa. El día que tomó posesión del puesto, varios sacerdotes, desde los púlpitos, agradecieron el nombramiento a Dios. Se publicaron extensas biografías de ella en los periódicos locales. Leonela hizo un álbum con todo y lloró un poco cuando por última vez recibió a los pobres en ese cuartito posterior de su casa; era una pieza a la calle y en la puerta tenía un letrero: “Refugio Guadalupano”. Durante largos años Leonela lo había atendido tres veces a la semana. Compraba ropa, medicinas, libros escolares, alimentos; llegaba a gastar buenas cantidades para atender a esos desdichados que le llegaban recomendados por sacerdotes o por otros pobres. Cada vez que terminaba de aliviar tanta miseria parecía que se le ennobleciera el rostro y que los ojos se le dulcificaran. Después de algunos años, ésta se había vuelto su expresión habitual. Se sentía querida, respetada. Su viudez había adquirido sentido.

Cuando el sobrino (que ella veía como un hijo) le puso tamaña responsabilidad sobre los hombros, muchos gratos sentimientos la invadieron: un resignado heroísmo, un buen tanto de orgullo (que su confesor le aseguró que era sano), un júbilo de niña con juguete nuevo. Le pareció que su refugio crecía, se extendía al tamaño del estado. Sólo la molestaba verlo disfrazado con ese título tan desprovisto de sentimientos: “Asistencia Pública”.

La primera puñalada se la dio el mismo Tiquín. Resultó que, de pronto, ya no era Tiquín. Fue en Palacio, poco después de la toma de posesión. Ella estaba orgullosa, halagada, atendida y solicitada por todos. Su velo de viuda, que no se quitaba nunca, había adquirido de pronto un peso palpable; sus manos se llenaron de gestos sabios; agitaba la cabeza de una manera especial y el velo se convertía en un tocado regio. A todos contaba la biografía de su sobrino. En un momento dado lo llamó por su nombre, “Tiquín”, gozando un poco la deliciosa familiaridad que se le había vuelto, por primera vez, consciente. Tiquín se volvió, con la boca apretada y los ojos duros:

–Ahora, tía, soy el señor gobernador.

Leonela se vino abajo, deseó que se la tragara la tierra y entendió en carne viva la despiadada sugerencia. Sólo la angustiaba pensar si en la intimidad debería usar también el título oficial, pero ya no hubo mucha intimidad en esos dos años.

Después vino la oficina, diariamente con tanto problema, con tanta noticia de pueblitos desconocidos, de rancherías, de las ciudades mismas. Debía dar órdenes a un ejército de jóvenes groseras e incomprensibles: las trabajadoras sociales, que se consideraban mal pagadas, se burlaban de ella a escondidas y la adulaban torpe y descaradamente. Y lo que era peor: nadie parecía notar sus generosidades. Sus virtudes se habían convertido en deberes y obligaciones. Los mismos periódicos parecían resfriados, con todo y que recibían subsidios.

Los pobres llegaban y llegaban. Ningún dinero era bastante. El primer año se le acabó el presupuesto a los cuatro meses. Tuvo que ir, llorando, a hablar con el sobrino. Recibió un regaño espantoso. Aprendió que el dinero debía durar forzosamente todo el año. No se le había ocurrido que podía renunciar, hasta que el señor gobernador (ya nunca era Tiquín, nunca) habló de pedirle la renuncia. Con eso se volvió cauta. Aprendió a seleccionar y a decir que no. Siguió adelante, aunque a su orgullo se mezclaran tantas gotas amargas de humillación. No entendía uno solo de los papeles que le traían a firmar; tenía que usar entonces algo nuevo, que había descubierto: la inflexibilidad y el don de mando. Los descubrió un día en que había mucho ruido y alzó la voz. Poco a poco aprendió a alzarla más, a golpear el escritorio, a fruncir el ceño y a pronunciar adjetivos ásperos. Sus nuevas cualidades fueron bautizadas por la secretaria.

A veces se sentía agotada; a veces la conducta del sobrino era como una estaca en el corazón. Luego pensaba: “Pero me ha honrado con este puesto, me quiere, mucho, sólo que...”, y entraba la secretaria con otro cerro de papeles.

De los pobres aprendió al fin la verdad: eran mendaces y adulones. Eran muchos, demasiados. Al final del segundo año los odiaba a todos. Rompía las cartas de recomendación sin leerlas; eran sucios; hacían crecer las montañas de papeles en su escritorio; trataban de quitarle hasta el último centavo del presupuesto. Habría querido volver a los tiempos del “Refugio Guadalupano” para darse el gusto de echarlos a empujones y cerrarlo, y con todo el dinero que gastó allí comprarse un pasaje a Europa y no regresar nunca.

La antesala era eterna. Domitila acompañaba a la madre; ésta se sentía mal y lloraba de vez en cuando. Le contaron la historia a dos de las trabajadoras sociales, pero las dos se limitaron a expresar una gran compasión. Esperaron hasta el fin de las labores, esperaron después a la salida, por donde Domitila sabía que era el camino de doña Leonela.

–Verá usted, es tan buena doña Leonela –prometía–. Nada más que siempre está muy ocupada.

Y la madre decía “sí”, pensando si el cuerpo aquel ya habría sido hallado; si ya, cuando menos, podría enterrar la carne que había echado al mundo.

La dama de negro apareció al fin, con la frente alta, buscando el viento como un velero, para sentir flotar la tela de su toca.

La escoltaban dos empleadas.

Domitila y la madre realizaron el abordaje: la alcanzaron con pasos menudos y Domitila empezó a hablar, pero durante algún tiempo la dama no parecía oír. Al cabo, se detuvo:

–¿Y qué es lo que quieren?

Domitila se cohibió, le pegó con el codo a la madre.

–¿Y qué es lo que quieren? –repitió.

La otra se sobresaltó, no supo lo que querían. Al fin propuso:

–No tenemos dinero para el velorio.

–Aquí no damos dinero para festejos. Ya sé lo que son sus velorios. Aguardiente, balazos, orgía. Eso no es respeto a la muerte ni es nada.

Iba a seguir de largo. La muchacha a su lado la detuvo.

–Han de querer ayuda para el entierro–. Silencio. Siguió: –Si quiere voy a investigar.

–Pues vaya usted–. Y subió al coche.

La trabajadora social quedó con las dos suplicantes. Les pidió más datos, la dirección. Les dio dinero para los pasajes de regreso. Cuando volvieron a la ranchería, el cuerpo seguía sin aparecer. Seguía la vigilancia en diversos puntos del trayecto, que no era muy largo, pues el mar estaba cerca. Se mencionaron los tiburones. Algunos aseguraban haberlos visto corriente arriba, y no parecía imposible, porque el río es muy hondo.

La trabajadora social llegó al anochecer. Visitó la choza, acarició a los niños, habló con Domitila y con Erasto, fue tomando notas de todo en una libreta. La acompañaron hasta el río, vio brillar los fanales y habló con los extranjeros. Cuando supieron que la enviaba el gobierno se aterrorizaron. Explicaron muchas veces que no tenían ninguna responsabilidad, volvieron a detallar el accidente y entregaron a la trabajadora una gratificación de cien pesos, que ella dio a la familia. Regresó a la capital en el último camión, y al día siguiente rindió un informe.

Doña Leonela lo leyó, saltándose muchas líneas.

–¿Y qué es lo que quieren?

–Ayuda.

–¿Son las del velorio?

–Sí.

Meditó: –Que se les pague el entierro. No les den el dinero. Lo gastarían en aguardiente. Mande usted comprar la caja, una caja humilde. Y que pasen acá la cuenta de gastos del entierro. Se les liquidará.

Empezó a leer otro informe.

–Pero no podemos pagarles el entierro –interrumpió la trabajadora.

–¿Por qué no?

–Porque no hay cuerpo que enterrar, no aparece.

–¡Pero esa gente es el colmo!

La trabajadora volvió a explicar todo.

–Son pretextos, los conozco. Ellos mismos escogieron el muerto para recibir el dinero y bebérselo. Pues no: no hay entierro, no hay dinero–. Y golpeó la mesa.

–Está muy bien–. Pero pensó: “vieja tacaña”. Y decidió que la caja, cuando menos, no sería nada humilde.

La mañana del cuarto día todos estaban ya convencidos de que el cuerpo no iba a aparecer jamás. Erasto aseguró haber visto un tiburón, río arriba. Empezaron a desinteresarse en la búsqueda, o siguieron esperando porque sí, por no dejar. Entonces fue cuando la familia recibió la caja. Una camioneta la trajo, dos hombres les pidieron que firmaran, y la esposa puso una cruz.

Parecía una caja muy fina, forrada de tela negra, con una ventanita en la tapa, unas asas ligeramente oxidadas y adornos de metal en derredor. La agradecieron mucho, pero no supieron qué hacer con ella. Se les advirtió que les pagarían el entierro, pero ya habían perdido toda esperanza de que hubiera entierro.

Los vecinos admiraron también el ataúd. Domitila pensó, por un momento, que deberían enterrarlo así vacío, pero a todos les pareció una tontería.

Lo guardaron debajo de la cama, pero ahí asustaba a los niños (ya les habían dicho que era una caja de muerto); lo metieron al corral, pero las gallinas empezaron a ensuciarlo. Afuera de la casa era imposible que estuviera. Al fin, lo pusieron de pie: esquinaron un ropero y lo acomodaron detrás, pero los adornos de metal, muy grandes, no permitían un equilibrio permanente y se venía súbitamente de boca, balanceaba así al frágil ropero, amenazando tirarlo; esto ocurría cada vez que pasaba el tren. Allí lo dejaron, sin embargo, porque las dos mujeres ya estaban hartas de andar acarreando el fúnebre mueble de un lado a otro.

Estaban preparando café para el final del novenario. Domitila les preguntó:

–¿Y de qué van a vivir?

–Pues de milagro, tú, ¿de qué otra cosa? –dijo la viuda, y así el punto quedó aclarado. Después, se arrodillaron todos.

Una anciana, doña Dalia, dirigía al pequeño coro, que respondía: “ruega por él, ruega por él”. Pasó el tren, y detrás del ropero sonó el estruendo del derrumbe. Acudieron la madre y la esposa, fastidiadas, abrumadas, sintiendo por vez primera que aquel cajón vacío acabaría tomando proporciones ridículas.

Iban a arrodillarse de nuevo cuando doña Dalia empezó a toser angustiosamente, como si se le fuera la existencia. Tardó un poco en reponerse, reanudó el rosario. La viuda y la madre tuvieron una misma idea, que no se comunicaron de momento. Pero disimuladamente empezaron a ver las caras de todos, escrutando las marcas de agotamiento, o de los años, o de la enfermedad.

 

(Tomado de Sainz, Gustavo, Los mejores cuentos mexicanos, Ediciones Océano, Barcelona, 1982)