Jorge Eduardo Alcalá
Íbamos
de la casa abandonada al puente. Éramos los fracasados, los que así tuviéramos veinte
oportunidades de recomenzar lo haríamos mal. Beatrice, por ejemplo. Beatrice había
sido una estupenda bailarina, pero cuando la llamó la mejor compañía de danza, ella
se fracturó los tobillos y ahora apenas caminaba. O Víctor. Policía de primera,
candidato al premio municipal de Altos Honores hasta antes de conocer a Rita. Y
Val. Val era un luchador sueco en declive que no podía hilar ni siquiera cinco abdominales.
Y yo, por supuesto, que en mis mejores tiempos había sido galán de altura, pero
ahora buscaba una mujer que me sacara a flote. Éramos los que sin querer dan paso
a la existencia de los héroes, los que fallaban quinientas veces los penales. Los
momentos clave simplemente no estaban hechos para nosotros.
A decir verdad, la situación era incómoda,
pero se podía vivir. Entre la casa y el puente, yo prefería la casa, a pesar de
que por doquier se veía el desorden: gatos invadiendo la mesa al menor descuido,
vendas y ediciones suecas del Playboy tiradas en el suelo, todo impregnado de un
olor a orines que dejaba Val en sus borracheras, pues vivía convencido de que el
excusado estaba en cualquier lugar.
Pero eso se podía sobrellevar: Val se retiraba
al puente y miraba el río mientras se bebía una tremenda botella de dos litros de
vodka sin decir palabra. Beatrice jamás dejaba de quejarse, pero nunca se iba. Víctor
postulaba cada año a la policía de nuevo, pero nunca lo matriculaban porque Rita
era la jefa de personal. Yo imaginaba negocios que me permitían regresar al ambiente
de traje y corbata… Y así nos transcurría la vida; casi sin darnos cuenta íbamos
de aquí para allá, de tropezón en tropezón, coleccionando nuestras fallas como otros
hacen con insectos o timbres postales.
–Míralos, son asquerosos –me decía Beatrice
mientras los muchachos pateaban una pelota hecha de periódicos–. Son como perros:
dales un juguete o un hueso. No necesitan nada más para decirle adiós al mundo.
–De acuerdo. Pero al menos hacen algo –era
mi respuesta. Ella no la escuchaba porque de nuevo se estaba quejando.
–Además la casa huele horrible. Val es un cerdo.
Y Víctor es un inútil.
Y el juego se prolongaba minutos u horas, dependiendo
de “mi” tiempo disponible, que no era otro sino el que estaba dispuesto a ceder
oyendo confabulaciones y sinsentidos.
Del puente a la casa abandonada: cuando Víctor,
Val o yo conseguíamos algún dinero, lo primero era convencer a Beatrice de que su
destino estaba aquí y ahora, comprarle algún póster de danza y ella a regañadientes
nos acompañaba al puente a ver los barcos que partían mientras Val vaciaba su monumental
botella de vodka. Pero ella no bebía, solo refunfuñaba. Al poco tiempo se le oía
mascullar “me largo, hato de cerdos”, y después volvía con nosotros porque no sabía
el camino de vuelta a casa ni los tobillos le daban para caminar más. Pobre Beatrice,
no era hermosa –ni por dentro ni por fuera–: cuando se maquillaba se le corría el
rímel y perdía el equilibrio al primer paso. Tampoco era raro encontrarla en el
porche del vecino esperando que alguien le abriera la puerta porque no sabía cómo
hacerlo. Dos cosas no cabían en su pequeño mundo: la ciudad y sus convenciones.
Val no. Val había atesorado un carácter duro
allá en los viejos días de la Suecia de los cincuentas, en medio de arenas de lucha
internacionales. Hablaba todavía del Brasil coronado, de Olof Palme, de la fábrica
de autos Opel y de las vacaciones en Upsala. Llenaban su memoria su madre, sus hermanas,
sus títulos y su retiro obligado por alcoholismo justo antes de pelear contra un
ruso por el campeonato del mundo. Pero ahora apenas si podía llegar al puente a
ver los barcos que se iban, empinar el codo y perderse en su colección de Playboy:
su redondo cuerpo no daba para más.
Víctor en cambio pasaba largas horas imaginando
lo que podía haber sido al lado de Rita. Tenía la pensión de desempleado, pero casi
nunca la hacía efectiva.
–Stergios –me decía– en el momento menos pensado
me la subo a un auto y nos vamos hacia el sur.
–¿Pero en qué auto? –replicaba yo.
–No se preocupe por eso que lo resuelvo en
dos minutos. Lo difícil es Rita.
–Claro. Ahora resulta que las mujeres más hermosas
del mundo se largan a la aventura con desempleados. Más encima en autobús.
Pero él vivía convencido de que un día de esos
iba a conseguir un Volkswagen para recorrer las largas cadenas montañosas del sur
y las playas en compañía de la mujer de sus sueños. El único inconveniente era que
esa mujer lo odiaba a muerte.
El primer signo de que algo andaba mal vino
de Beatrice –que por esos días andaba con el rímel corrido y parecía sacada de una
película de horror de los 50’s– que un día dijo, sin mayor antecedente:
–¡Ja! Este maldito cerdo piensa que va a ganar.
Lo que no sabes –añadió mientras señalaba a Val– es que estás acabado. ¡Finish!
¡Te van a mandar al hospital! Y por Dios, deja de orinarte en las paredes.
No le hicimos caso. Casi enseguida Val se levantó
a orinar. Víctor me golpeó con el codo. Yo lo miré fastidiado puesto que no me importaba
dónde hacía Val sus necesidades.
–Mire. Está orinando la pared.
–¿Y?
–Que la Duncan lo predijo –se refería a Beatrice
como “la Duncan”– Acá hay un gato y una liebre.
–¡Por Dios, si eso lo hace todos los días!
–Sí, pero ahora es distinto.
Beatrice contemplaba furiosa la escena, maldijo
quince veces, gritó “me largo” y golpeó la puerta.
–Hay que ver qué quiso decir con lo de “ganar”
–prosiguió Víctor.
–Es natural. Ella sabe que el gordo es luchador.
–Claro. Pero también sabe que hace años no
pelea –dijo Víctor.
En ese preciso instante alguien tocó la puerta.
Un intermediario le ofreció a Val cien dólares por dejarse vencer en la tercera
caída ante Zulema, una luchadora sin prejuicios, decidida a abrirse paso a como
diera lugar, incluso a costa de veteranos y de héroes cansados.
–¡Qué tal! –gritó Val jubiloso con los treinta
dólares de adelanto en la mano– El Gran Valerio Robson está de vuelta. ¡Como Brasil!
Como era de esperarse, justo la noche de su
inverosímil regreso, Val se emborrachó tanto que no pudo llegar ni al fin de la
primera caída. A los dos minutos vomitó en el ring. El réferi lo echó. Zulema lo
pateó de verdad porque había manchado sus botines de charol dorado. El público aventaba
cáscaras de cacahuates y cocacolas. Víctor y yo sacamos al enorme Val, como un paquidermo
derrotado que se movía a duras penas y lo llevamos al hospital porque comenzó a
sangrar por la nariz. Poco antes de entrar a la sala de urgencias, cuando ya estaba
en camilla me confesó: “Stergios, no hay caso. La muchacha ya sabe que usted es
un pobre diablo. Además, no conjeturen. No los va a llevar a nada”.
Me quedé de una pieza. Lo que estaba ocurriendo
era increíble. Nadie sabía que yo cortejaba a una vendedora de zapatos. Menos ese
luchador venido a menos. Víctor me miró y dijo:
–¿Es cierto lo que dijo Val?
–¿Qué? –pregunté, haciéndome el que no entendía.
–Ya sabe, lo de la muchacha.
Yo pensé que Víctor se estaba entrometiendo
en mi vida privada.
–¿A usted qué carajos le importa? Supongamos
que yo estoy saliendo con una mujer ¿cuál es el problema? –dije, envalentonándome.
–¿No lo ve? –contestó Víctor, como si estuviera
descubriendo un secreto de la CIA– Val y la Duncan son clarividentes.
–Me está diciendo que una bailarina que no
se sostiene por sí misma y un luchador que ya va cuesta abajo saben el futuro. No
me chingue…
–Stergios, despierte. Explíqueme por qué Val
sabe lo de la muchacha. La Duncan predijo exactamente lo que pasó hoy, lo del hospital
incluido ¿qué me dice?
Yo le respondí con mi mejor argumento, esperando
que la farsa se le viniera abajo.
–Ya le dije que no jodiera. Además ¿por qué
hace unas horas Val gritó que Valerio No-se-qué estaba de vuelta? ¿Eh? Evidentemente
se equivocó… evidentemente no sabe…
–¡Los que no sabemos nada somos nosotros! –gritó
Víctor– No sabemos nada, excepto que Val y la Duncan son clarividentes…
–Ya basta de la broma –dije yo– Hay que tomar
un café. Pronto van a traer el informe médico.
–Espere –me interrumpió– el gordo también predijo
esta discusión. “No conjeturen”, ¿lo recuerda? “No los va a llevar a nada”.
–Mierda –susurré y solté una sonrisa de incredulidad–.
Es cierto.
Nos sentamos en el lobby del hospital por un
rato sin saber qué decir. Parecía que la situación tomaba un rumbo incómodo y a
ninguno de los dos nos agradaba. La enfermera pasó por ahí y nos dijo que Val estaría
en terapia intensiva por lo menos 48 horas.
–¡Imbéciles! –gritó Beatrice– ¡Dejaron la puerta
cerrada con candado! ¿Creen que no me doy cuenta?
–Tranquila –dijo Víctor–- Ya llegamos. Además
está abierto.
–¡No es cierto! Stergios tiene la llave. Pone
el candado y ya nadie puede entrar nunca más a la casa.
Me acerqué y giré la perilla de la puerta,
que se abrió inmediatamente.
–Por favor –intentó calmarla Víctor, conduciéndola
hacia el interior de la casa– ¿Lo ve? Este muchacho…
–¡No lo defienda! –le espetó Beatrice y luego
me gritó – Es usted un cretino. Desperdicia su vida ligando zapateras. Lo peor es
que va a terminar buscando extraterrestres. ¿Me está escuchando?
Intentó seguir, pero la crisis nerviosa se
le agudizó y las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas. Víctor la condujo
a su habitación en medio de toses y balbuceos ininteligibles. Yo estaba en medio
de la casa, estupefacto, golpeado, aturdido. Me sentía como un tonto a quien acaban
de decirle la verdad. El olor a orines fue entonces tan intenso que tuve náuseas.
Por primera vez reparé en uno de los gatos que invadían la mesa: sus ojos eran de
un azul sobrecogedor y parecía un ser inteligente, de otro mundo. Sin detenerme
a pensarlo más recogí una Playboy del suelo, saqué una botella de vodka y tomé rumbo
hacia el puente. Tenía mucho miedo de convertirme en uno de esos personajes estrafalarios
que cazan ovnis y entrevistan abducidos.
A las dos noches, Val regresó hecho una piltrafa.
Tenía la mandíbula rota, collarín y un brazo en cabestrillo. En cuanto llegó, se
fue directamente a la cama. Víctor lo apaleó a preguntas, pero como tenía la mandíbula
rota no podía responder. Al darle lápiz y papel nos dimos cuenta de que tampoco
podía escribir. A señas casi indescifrables nos preguntó si Zulema le había entregado
a alguien los 70 dólares restantes. Nos exasperamos con su falta de interés sobre
la clarividencia. Víctor lo tomó de la camisa, lo amenazó diciéndole “Deje de jugar”,
pero Val no podía entender muy bien y se recostó de lado. Al poco rato empezó a
roncar. Casi al unísono mascullamos un carajo. Después nos fuimos al puente a beber.
Salvo eso, no había otra cosa por hacer esa noche.
Víctor un día dijo –tenía los ojos en blanco
y los brazos extendidos como los monjes budistas– “las cosas se van a poner más
feas”. Y se cumplió como palabra escrita en piedra. Val insistía en que golpeáramos
a Zulema para cobrarle. Beatrice se encerró por días enteros y de vez en cuando
soltaba frases en lenguas desconocidas como “Behemot, behemot, tuero behemot”. Víctor
otro día dijo “Stergios, Rita es una cualquiera. Se acuesta con el jefe de la sección,
pero el día menos pensado me la subo a un auto y me largo hacia el sur”. Yo iba
a contestarle lo de siempre, pero me contuve. Sospechaba que él también había adquirido
la enfermedad de la clarividencia.
A pesar de que la situación seguía igual en
apariencia (la casa invadida de gatos, el suelo tapizado de fotografías de mujeres
desnudas, Víctor deduciendo cada vez más inteligentemente acerca de las situaciones,
Val bebiendo y orinando, Beatrice perdida en sus laberintos interiores, los barcos
tomando rumbo desconocido) ciertas sutilezas en ellos tres había cambiado. Parecían
invadidos. Beatrice andaba por la casa como sonámbula, con los brazos extendidos
y hablando en sánscrito o sabe Dios qué idioma. Víctor hacía comentarios más categóricos
y acertados, sacaba conclusiones asombrosas y sus argumentos eran imbatibles. No
dejaba de preguntarme si se gestaba en sus mentes una nueva inteligencia, acaso
superior.
Con esta inquietud en mente, me encontré esa
misma tarde con la chica que vendía zapatos. Lucía impresionante. Parecía haber
crecido unos centímetros más. Cuando la miré a los ojos, demasiado azules y sobrecogedores,
las escasas dudas que albergaba se disiparon.
Años
después me encontré con Víctor en una de esas cantinas de paredes desportilladas
que solo visitan los alcohólicos irremediables. Estábamos viejos, sucios, vencidos.
Bebimos no sé cuántas cervezas, casi en silencio, conscientes de que no traíamos
dinero suficiente para pagarlas y que nos echarían del lugar en forma vergonzosa.
–¿Por qué se fue cuando vivíamos con Val y
Beatrice? ¿Qué sentido tenía irse? –me dijo.
–Vamos –le contesté– Yo era un hombre crédulo
y usted un policía en busca de un caso.
–Bah. Con que eso fue.
–¿Qué pasó con ellos? –pregunté.
–Es una historia rara. Muy rara. Luego de que
usted se fue, Val se empleó con Zulema. La Duncan vive de una herencia, habla en
lenguas y todavía no puede abrir las puertas, es increíble. Rita se largó conmigo
al sur, pero nos alcanzó la fatiga y ya nunca nos volveremos a ver. El tiempo pesa,
uno se cansa…
Hicimos una pausa porque la única solución
que nos quedaba luego de esa revisión tan inclemente del pasado estaba en la cerveza.
No era fácil darse cuenta de que la vida se nos había ocultado entre casas abandonadas,
fatales rings de lucha, mujeres que se iban y destinos brumosos, erráticos al menos.
–¿Y el asunto de la clarividencia? En el fondo
parecía bastante cierto –inquirí al cabo de un rato.
–Fracasamos –me dijo y le dio un profundo trago
a la cerveza– Parece que la clarividencia tampoco estaba hecha para nosotros.
–Sí, mierda. Sé a lo que se refiere –le contesté
casi murmurando, triste, demolido, sabiendo en el fondo que todavía le miraba los
ojos a las personas, a la busca del fatídico azul, como un barco que navega intuyendo
que el horizonte es en realidad un precipicio.
(Tomado
de www.laotrarevista.com)