martes, 31 de marzo de 2026

Back in school

Pablo Garssía

 

¿Alguna vez te ha sucedido que, al estar ahí, sentado sobre tu adorable sofá, impotente –pero también indiferente– ante la infame programación televisiva, inesperadamente, insospechadamente, algo, un hecho, una historia, sale de la infinita hediondez de la pantalla para convertirse en objeto de tu gastada atención, de tu amargado interés? ¿Y que analizas bien esa historia tan aparentemente ridícula, tan aparentemente estúpida y te das cuenta de que podría ser un pequeño segmento de vida tuyo, una ficción que, sin embargo, en tu pasado ha sido un demoledor hecho real? ¿Alguna vez te sucedió?…

¿Cómo recordarlo? Como si fuera hoy:

Un hijoeputa cualquiera entró a la casa del profesor de filosofía y asesinó a su esposa. El hijoeputa, imaginas, hubo de ser uno más de esos hijoeputas cualquiera que últimamente han encontrado divertido y muy rentable meterse a las casas ajenas y vaciarlas de pies a cabeza. Pero este hijoeputa fue demasiado lejos: mató a la mujer del profesor. Vélez, abatido, tristísimo, te lo dice a ti y a tus colegas de estudio la mañana siguiente, de pie, al frente del aula; así, con ojeras y algunas arrugas en el rostro, les comenta a todos por qué no podrá darles clase ese día.

Eran casi las ocho de la noche cuando el delincuente forzó la chapa de la puerta trasera de su casa. Vélez y su esposa se encontraban cenando tranquilamente, antes de su hora acostumbrada, y el intruso se los encontró en su camino. Los tres se atemorizaron por el hecho, pero el intruso, con más valor, desenfundó su revólver y amenazó a la pareja. Vélez, dócil, le ofreció al hombre dejarlo ir sin decir una sola palabra, como si nada hubiese pasado. Nuestro hijoeputa, astuto, aceptó la propuesta, pero con una condición: no huir a pie, sino abordo del auto del profesor.

Hasta ese momento todo había resultado bien para ambas partes: sin peligro para los Vélez, sin mayores contratiempos para el malhechor. Pero el infortunio hizo acto de presencia. El infortunio fue una sirena que comenzó a escucharse a lo lejos y un auricular de teléfono que se encontraba descolgado. El delincuente, al notar la repentina presencia de esos dos elementos, encolerizó y a la vez entró en pánico; ya no sabía si descargar su arma contra los esposos o huir a toda prisa en el auto. La veloz explicación que el profesor le dio acerca del motivo por el cual el teléfono estaba descolgado no convenció al hombre. Sudoroso, decidió cruzar todo el comedor y la estancia de la casa para acercarse al ventanal del frente y mirar a la calle por entre los cristales en busca del vehículo de la sirena, una sirena cuyo sonido se hacía a cada momento más y más abrumador. Como el profesor sabía, por supuesto, que el ruido de tal sirena no provenía de alguna patrulla policíaca que viniera en su auxilio –le había dicho la verdad al ladrón acerca de la llamada telefónica inconclusa–, aprovechó el descuido del ladrón para tomar de la mesa un pequeño cuchillo aserrado. Para su desgracia, el vehículo que tenía la sirena encendida pasó en ese mismo momento frente a su casa y frente a los ojos de su enemigo, alejándose también a toda velocidad por la misma calle. El delincuente aliviado, dio la vuelta, miró al profesor a punto de atacar y reaccionó: extendió su brazo derecho y disparó un par de veces el revólver. Pero su pésima habilidad, hizo que las balas pasaran a centímetros del cuerpo del profesor y se incrustaran en la cabeza y el pecho de su esposa.

 

Lo tienes, aquí está. Has ido y has traído tus nuevos juguetes. Antes al menos te importaba cuánto costaban las cosas, si debías gastar o no tantos billetes; ahora sólo vas, cumples con tu deseo, lo satisfaces, y regresas a casa con tu madre… Una cámara fotográfica súper sofisticada que probablemente nunca utilizarás; un par de zapatos deportivos que tal vez pasado mañana decidas nunca volver a calzar –pues te habrán parecido, de último momento, claro, un poco feos–; media docena de novelas que siempre has querido leer y que de todos modos nunca comenzarás a hojear… Pero ahí están, ya los tienes. Estás satisfecho, tal vez inconscientemente, pero lo estás. Porque fuiste y trajiste tus juguetes si ningún problema, sin ningún problema porque: a) tenías para pagar; y b) no dudaste en hacerlo, no reparaste en sacar los billetes y deshacerte de ellos. Y ahora están ahí, sobre la cama, todos tus juguetes: esos tres libros enormes con aspecto de tabiques, sólo que de mucho mejor aspecto –eso sí–; las otras tres novelas, las pequeñas, las de edición de bolsillo, que, con todo, son igual de hermosas, igual de deseables que las otras; también está la vistosa caja de cartón, la que contiene el par de zapatos tenis; y también, por supuesto, se encuentra ahí la hermosa SLR de cuerpo cromado y objetivo zoom 24–120. Todo lo tienes, todo te lo has ganado. Pero, ¿qué queda? Queda nada.

Yo era sincero. Si no le mentía a los otros, mucho menos a mí mismo. Y no era homófobo, ni nada por el estilo, pero la gente pensaba lo contrario cuando le comentaba que poseía el refinado don de reconocer la homosexualidad en el rostro de un hombre. Y era verdad. Pero la gente me juzgaba homófobo, lo recuerdo.

A César, cuando lo conociste, a principios de año, el día que entró a estudiar a tu escuela, a tu grupo, ese día, lo supusiste homosexual. Pero con él es con la única persona con quien te has equivocado en tus suposiciones. O, al menos, él ha sido el único con el que has tenido la oportunidad de descartar tales afirmaciones. Porque al profesor de filosofía también lo creíste homosexual, pero nunca pudiste corroborar nada al respecto. Con lo que supiste poco tiempo después del homicidio de su esposa, tal vez lo pudiste haber hecho, pero no quisiste, o, más bien, cuando por fin te decidiste a corroborar tus creencias acerca del profesor con base en aquellas habladurías, él ya se había marchado… César también se fue, de otro modo, pero también se fue. Y aunque con él fue con el único con quien tuviste la oportunidad de darte cuenta de que tu estúpido don divino a veces fallaba, el mismo César ha sido la única persona quien, después haberse marchado furtivamente, has deseado no volver a ver nunca más.

¿Eres gay, César?, le preguntaste en alguna ocasión, pero no te respondió. Igual fue su negativa a contestarte cuando lo interrogaste acerca de su trabajo en Berriozábal Contadores. Te pusiste a hacerle preguntas de manera furtiva porque era ya tu amigo y también porque tenías desde tiempo atrás, y en ese entonces más que nunca, la voracidad de un detective privado. Y lo hacías disimuladamente, le hacías parecer a César que todo era broma, pero en el fondo sabías que lo que realmente querías eran las respuestas a tus propios cuestionamientos: ¿tenía César algo que ver con el homicidio de la esposa del profesor de filosofía? ¿lo que había entre el profesor Vélez y César era normal?

Y sí, los rumores eran ya muy fuertes, pero tú no podías llegar a nada concreto. ¿Sería verdad que el profesor no había sufrido con la muerte de su esposa y que incluso podría haber deseado que sucediera? ¿Sería también verdad que el profesor tenía ya una nueva mujer? Eso derrumbaba en cierta forma tu teoría acerca de sus desviaciones sexuales… por otra parte, parecía que César en realidad sí trabajaba en Berriozábal Contadores y que no se veía más que por las mañanas, en la escuela, con el profesor de filosofía.

Todo parecía tan terriblemente claro…

Decidiste investigar el pasado de César. Después de todo, no era más que un desconocido: él y su madre habían llegado a la ciudad apenas a principios del año escolar. También debías revisar el caso del asesinato de la mujer del profesor. ¿Cómo iban las investigaciones? ¿Se tenían ya pistas sobre el homicida? Recurriste a tu padre: era lo menos que podías hacer: él trabajaba en la policía, era de los tuyos…

 

Cuando comenzaste a ganarte a César como amigo, también empezaste a perder a Reno como tal. ¿Por qué? Porque Reno, tu viejo compañero de escuela, tu viejo amigo, al principio se mostró cooperador contigo, pero luego empezó a sospechar de ti. Él también, por misteriosas razones, investigaba sobre el homicidio de la señora Vélez. Primero, cuando fuiste a su casa y platicaste con él, confió en ti –te lo dijo–. Pero luego, cuando terminó de darse cuenta de tu relación con César, se sintió traicionado, por eso se alejó. Era obvio: Reno odiaba a César y al profesor de filosofía… Fue Reno quien te dijo que César y su madre habían venido del norte, que rentaban su departamento, incluso que desde los primeros meses se habían retrasado en el pago del alquiler y hasta que era cierto que César había trabajado antes, pero nunca como aprendiz de contador o algo parecido… pero todos los esfuerzos de Reno no fructificaron. Él era el mejor, por eso fue él a quien se llevaron.

 

Hasta ahora, tantos años después, puedo estar seguro de que lo que hacía que Reno investigase por su parte el homicidio de la esposa del profesor Vélez era precisamente eso, una hermosa mujer de treinta y tres años. Sus motivos eran muy diferentes a los míos, sí, pero yo no lo sabía. Por eso, principalmente, es que siento nostalgia y culpa por el destino de Reno. Al final fue él quien sufrió la venganza de los enemigos… sólo ahora puedo hablar de enemigos. En aquel entonces todo era un mero divertimento, al menos para mí. Porque si a algunos tenía que tachar de enemigos u “hombres malos” eran a los que se suponía que estaban de mi lado: las autoridades, quienes no podían dar con el homicida de la señora del profesor Vélez. De hecho, la investigación aún sigue abierta. Porque el posible culpable de ese y de los otros dos asesinatos que se suscitaron inmediatamente después del primero y que se vincularon directamente con éste, el culpable de todo ello, lo sé, sigue aún libre.

Sí, después de todo, recuerdo con mucha claridad las cosas. Y me vuelven a resultar igual de asombrosas que esos días en que sucedieron, igual de asombrosas que me parecen al verlas ahí, en el televisor, ahora, quince, veinte años después, cuando mis ambiciones de detective profesional se han ido ya, ahora que tengo idea ya de por qué soy precisamente lo que soy y no lo que quería ser, ahora, cuando ya sé por qué tengo tanto tiempo libre con regularidad y por qué constantemente me siento en mi sofá a ver televisión.

 

La casualidad hace que estés a bordo del auto de tu padre cuando, por la radio, los de la policía de prevención piden a las unidades más cercanas a Mar Mediterráneo 55 que se dirijan hacia allá: se acaba de reportar un homicidio. Te estremeces al oír “homicidio”; te estremeces mucho más cuando reconoces a la persona que vive en la calle y número mencionados: el viudo profesor de filosofía. Abres la puerta, corres dentro del restaurante en busca de tu padre, lo traes de regreso al auto y ambos se dirigen a toda velocidad al lugar del crimen.

Camino hacia allá, tu valentía, tu temple de acero, tu brava personalidad de detective se desmorona. Todo se desmorona, porque no ha servido para nada… entras a la casa detrás de tu padre y lo que ves en el piso es el cadáver del profesor Vélez. Dos tiros en la nuca. Sufres de paroxismo y nunca te recuperarás de ello, pues sólo por esta vez podrás predecir algo, el próximo movimiento del criminal, pero de nada servirá: es un criminal rabioso, enfurecido, pero, más que nada, temeroso, temeroso de tener que pagar por lo que ha hecho; no quiere hacerlo, por eso acaba de ejecutar a su cómplice, por eso ejecutará, de ser posible, a todos sus perseguidores. Así lo hará, lo sabes, por eso estás así, tan pálido.

 

(Tomado de www.museo.ficticia.com)

 

En el bosque

Ryunosuke Akutagawa

 

Declaración del leñador interrogado por el oficial de investigaciones de la Kebushi

–Yo confirmo, señor oficial, mi declaración. Fui yo el que descubrió el cadáver. Esta mañana, como lo hago siempre, fui al otro lado de la montaña para hachar abetos. El cadáver estaba en un bosque al pie de la montaña. ¿El lugar exacto? A cuatro o cinco cho, me parece, del camino del apeadero de Yamashina. Es un paraje silvestre, donde crecen el bambú y algunas coníferas raquíticas.

El muerto estaba tirado de espaldas. Vestía ropa de cazador de color celeste y llevaba un eboshi de color gris, al estilo de la capital. Sólo se veía una herida en el cuerpo, pero era una herida profunda en la parte superior del pecho. Las hojas secas de bambú caídas en su alrededor estaban como teñidas de suho. No, ya no corría sangre de la herida, cuyos bordes parecían secos y sobre la cual, bien lo recuerdo, estaba tan agarrado un gran tábano que ni siquiera escuchó que yo me acercaba.

¿Si encontré una espada o algo ajeno? No. Absolutamente nada. Solamente encontré, al pie de un abeto vecino, una cuerda, y también un peine. Eso es todo lo que encontré alrededor, pero las hierbas y las hojas muertas de bambú estaban holladas en todos los sentidos; la víctima, antes de ser asesinada, debió oponer fuerte resistencia. ¿Si no observé un caballo? No, señor oficial. No es ese un lugar al que pueda llegar un caballo. Una infranqueable espesura separa ese paraje de la carretera.

 

Declaración del monje budista interrogado por el mismo oficial

–Puedo asegurarle, señor oficial, que yo había visto ayer al que encontraron muerto hoy. Sí, fue hacia el mediodía, según creo; a mitad de camino entre Sekiyama y Yamashina. Él marchaba en dirección a Sekiyama, acompañado por una mujer montada a caballo. La mujer estaba velada, de manera que no pude distinguir su rostro. Me fijé solamente en su kimono, que era de color violeta. En cuanto al caballo, me parece que era un alazán con las crines cortadas. ¿Las medidas? Tal vez cuatro shaku cuatro sun, me parece; soy un religioso y no entiendo mucho de ese asunto. ¿El hombre? Iba bien armado. Portaba sable, arco y flechas. Sí, recuerdo más que nada esa aljaba laqueada de negro donde llevaba una veintena de flechas, la recuerdo muy bien.

¿Cómo podía adivinar yo el destino que le esperaba? En verdad la vida humana es como el rocío o como un relámpago… lo lamento… no encuentro palabras para expresarlo…

 

Declaración del soplón interrogado por el mismo oficial

–¿El hombre al que agarré? Es el famoso bandolero llamado Tajomaru, sin duda. Pero cuando lo apresé estaba caído sobre el puente de Awataguchi, gimiendo. Parecía haber caído del caballo. ¿La hora? Hacia la primera del Kong, ayer al caer la noche. La otra vez, cuando se me escapó por poco, llevaba puesto el mismo kimono azul y el mismo sable largo. Esta vez, señor oficial, como usted pudo comprobar, llevaba también arco y flechas. ¿Que la víctima tenía las mismas armas? Entonces no hay dudas. Tajomaru es el asesino. Porque el arco enfundado en cuero, la aljaba laqueada en negro, diecisiete flechas con plumas de halcón, todo lo tenía con él. También el caballo era, como usted dijo, un alazán con las crines cortadas. Ser atrapado gracias a este animal era su destino. Con sus largas riendas arrastrándose, el caballo estaba mordisqueando hierbas cerca del puente de piedra, en el borde de la carretera.

De todos los ladrones que rondan por los caminos de la capital, este Tajomaru es conocido como el más mujeriego. En el otoño del año pasado fueron halladas muertas en la capilla de Pindola del templo Toribe, una dama que venía en peregrinación y la joven sirvienta que la acompañaba. Los rumores atribuyeron ese crimen a Tajomaru. Si es él quien mató a este hombre, es fácil suponer qué hizo de la mujer que venía a caballo. No quiero entrometerme donde no me corresponde, señor oficial, pero este aspecto merece ser aclarado.

 

Declaración de una anciana interrogada por el mismo oficial

–Sí, es el cadáver de mi yerno. Él no era de la capital; era funcionario del gobierno de la provincia de Wakasa. Se llamaba Takehito Kanazawa. Tenía veintiséis años. No. Era un hombre de buen carácter, no podía tener enemigos.

¿Mi hija? Se llama Masago. Tiene diecinueve años. Es una muchacha valiente, tan intrépida como un hombre. No conoció a otro hombre que a Takehiro. Tiene cutis moreno y un lunar cerca del ángulo externo del ojo izquierdo. Su rostro es pequeño y ovalado.

Takehiro había partido ayer con mi hija hacia Wakasa. ¡Quién iba a imaginar que lo esperaba este destino! ¿Dónde está mi hija? Debo resignarme a aceptar la suerte corrida por su marido, pero no puedo evitar sentirme inquieta por la de ella. Se lo suplica una pobre anciana, señor oficial: investigue, se lo ruego, qué fue de mi hija, aunque tenga que arrancar hierba por hierba para encontrarla. Y ese bandolero… ¿cómo se llama? ¡Ah, sí, Tajomaru! ¡Lo odio! No solamente mató a mi yerno, sino que… (los sollozos ahogaron sus palabras.)

 

Confesión de Tajomaru

–Sí, yo maté a ese hombre. Pero no a la mujer. ¿Que dónde está ella entonces? Yo no sé nada. ¿Qué quieren de mí? ¡Escuchen! Ustedes no podrían arrancarme por medio de torturas, por muy atroces que fueran, lo que ignoro. Y como nada tengo que perder, nada oculto.

Ayer, pasado el mediodía, encontré a la pareja. El velo agitado por un golpe de viento descubrió el rostro de la mujer. Sí, sólo por un instante… un segundo después ya no lo veía. La brevedad de esta visión fue causa, tal vez, de que esa cara me pareciese tan hermosa como la de Bosatsu. Repentinamente decidí apoderarme de la mujer, aunque tuviera que matar a su acompañante.

¿Qué? Matar a un hombre no es cosa tan importante como ustedes creen. El rapto de una mujer implica necesariamente la muerte de su compañero. Yo solamente mato mediante el sable que llevo en mi cintura, mientras ustedes matan por medio del poder, del dinero y hasta de una palabra aparentemente benévola. Cuando matan ustedes, la sangre no corre, la víctima continúa viviendo. ¡Pero no la han matado menos! Desde el punto de vista de la gravedad de la falta me pregunto quién es más criminal. (Sonrisa irónica).

Pero mucho mejor es tener a la mujer sin matar a hombre. Mi humor del momento me indujo a tratar de hacerme de la mujer sin atentar, en lo posible, contra la vida del hombre. Sin embargo, como no podía hacerlo en el concurrido camino a Yamashina, me arreglé para llevar a la pareja a la montaña.

Resultó muy fácil. Haciéndome pasar por otro viajero, les conté que allá, en la montaña, había una vieja tumba, y que en ella yo había descubierto gran cantidad de espejos y de sables. Para ocultarlos de la mirada de los envidiosos los había enterrado en un bosque al pie de la montaña. Yo buscaba a un comprador para ese tesoro, que ofrecía a precio vil. El hombre se interesó visiblemente por la historia… luego… ¡es terrible la avaricia! Antes de media hora, la pareja había tomado conmigo el camino de la montaña.

Cuando llegamos ante el bosque, dije a la pareja que los tesoros estaban enterrados allá, y les pedí que me siguieran para verlos. Enceguecido por la codicia, el hombre no encontró motivos para dudar, mientras la mujer prefirió esperar montada en el caballo. Comprendí muy bien su reacción ante la cerrada espesura; era precisamente la actitud que yo esperaba. De modo que, dejando sola a la mujer, penetré en el bosque seguido por el hombre.

Al comienzo, sólo había bambúes. Después de marchar durante un rato, llegamos a un pequeño claro junto al cual se alzaban unos abetos… era el lugar ideal para poner en práctica mi plan. Abriéndome paso entre la maleza, lo engañé diciéndole con aire sincero que los tesoros estaban bajo esos abetos. El hombre se dirigió sin vacilar un instante hacia esos árboles enclenques. Los bambúes iban raleando, y llegamos al pequeño claro. Y apenas llegamos, me lancé sobre él y lo derribé. Era un hombre armado y parecía robusto, pero no esperaba ser atacado. En un abrir y cerrar de ojos estuvo atado al pie de un abeto. ¿La cuerda? Soy ladrón, siempre llevo una atada a mi cintura, para saltar un cerco, o cosas por el estilo. Para impedirle gritar, tuve que llenarle la boca de hojas secas de bambú.

Cuando lo tuve bien atado, regresé en busca de la mujer, y le dije que viniera conmigo, con el pretexto de que su marido había sufrido un ataque de alguna enfermedad. De más está decir que me creyó. Se desembarazó de su ichimegasa y se internó en el bosque tomada de mi mano. Pero cuando advirtió al hombre atado al pie del abeto, extrajo un puñal que había escondido, no sé cuándo, entre su ropa. Nunca vi una mujer tan intrépida. La menor distracción me habría costado la vida; me hubiera clavado el puñal en el vientre. Aun reaccionando con presteza fue difícil para mí eludir tan furioso ataque. Pero por algo soy el famoso Tajomaru: conseguí desarmarla, sin tener que usar mi arma. Y desarmada, por inflexible que se haya mostrado, nada podía hacer. Obtuve lo que quería sin cometer un asesinato.

Sí, sin cometer un asesinato, yo no tenía motivo alguno para matar a ese hombre. Ya estaba por abandonar el bosque, dejando a la mujer bañada en lágrimas, cuando ella se arrojó a mis brazos como una loca. Y la escuché decir, entrecortadamente, que ella deseaba mi muerte o la de su marido, que no podía soportar la vergüenza ante dos hombres vivos, que eso era peor que la muerte. Esto no era todo. Ella se uniría al que sobreviviera, agregó jadeando. En aquel momento, sentí el violento deseo de matar a ese hombre. (Una oscura emoción produjo en Tajomaru un escalofrío).

Al escuchar lo que les cuento pueden creer que soy un hombre más cruel que ustedes. Pero ustedes no vieron la cara de esa mujer; no vieron, especialmente, el fuego que brillaba en sus ojos cuando me lo suplicó. Cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí el deseo de que fuera mi mujer, aunque el cielo me fulminara. Y no fue, lo juro, a causa de la lascivia vil y licenciosa que ustedes pueden imaginar. Si en aquel momento decisivo yo me hubiera guiado sólo por el instinto, me habría alejado después de deshacerme de ella con un puntapié. Y no habría manchado mi espada con la sangre de ese hombre. Pero entonces, cuando miré a la mujer en la penumbra del bosque, decidí no abandonar el lugar sin haber matado a su marido.

Pero aunque había tomado esa decisión, yo no lo iba a matar indefenso. Desaté la cuerda y lo desafié. (Ustedes habrán encontrado esa cuerda al pie del abeto, yo olvidé llevármela.) Hecho una furia, el hombre desenvainó su espada y, sin decir palabra alguna, se precipitó sobre mí. No hay nada que contar, ya conocen el resultado. En el vigésimo tercer asalto mi espada le perforó el pecho. ¡En el vigésimo tercer asalto! Sentí admiración por él, nadie me había resistido más de veinte… (sereno suspiro).

Mientras el hombre se desangraba, me volví hacia la mujer, empuñando todavía el arma ensangrentada. ¡Había desaparecido! ¿Para qué lado había tomado? La busqué entre los abetos. El suelo cubierto de hojas secas de bambú no ofrecía rastros. Mi oído no percibió otro sonido que el de los estertores del hombre que agonizaba.

Tal vez al comenzar el combate la mujer había huido a través del bosque en busca de socorro. Ahora ustedes deben tener en cuenta que lo que estaba en juego era mi vida: apoderándome de las armas del muerto retomé el camino hacia la carretera. ¿Qué sucedió después? No vale la pena contarlo. Diré apenas que antes de entrar en la capital vendí la espada. Tarde o temprano sería colgado, siempre lo supe. Condénenme a morir. (Gesto de arrogancia).

 

Confesión de una mujer que fue al templo de Kiyomizu

–Después de violarme, el hombre del kimono azul miró burlonamente a mi esposo, que estaba atado. ¡Oh, cuánto odio debió sentir mi esposo! Pero sus contorsiones no hacían más que clavar en su carne la cuerda que lo sujetaba. Instintivamente corrí, mejor dicho, quise correr hacia él. Pero el bandido no me dio tiempo, y arrojándome un puntapié me hizo caer. En ese instante, vi un extraño resplandor en los ojos de mi marido… un resplandor verdaderamente extraño… cada vez que pienso en esa mirada, me estremezco. Imposibilitado de hablar, mi esposo expresaba por medio de sus ojos lo que sentía. Y eso que destellaba en sus ojos no era cólera ni tristeza. No era otra cosa que un frío desprecio hacia mí. Más anonadada por ese sentimiento que por el golpe del bandido, grité alguna cosa y caí desvanecida.

No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que recuperé la conciencia El bandido había desaparecido y mi marido seguía atado al pie del abeto. Incorporándome penosamente sobre las hojas secas, miré a mi esposo: su expresión era la misma de antes: una mezcla de desprecio y de odio glacial. ¿Vergüenza? ¿Tristeza? ¿Furia? ¿Cómo calificar a lo que sentía en ese momento? Terminé de incorporarme, vacilante; me aproximé a mi marido y le dije:

“Takehiro, después de lo que he sufrido y en esta situación horrible en que me encuentro, ya no podré seguir contigo. ¡No me queda otra cosa que matarme aquí mismo! ¡Pero también exijo tu muerte! Has sido testigo de mi vergüenza! ¡No puedo permitir que me sobrevivas!”

Se lo dije gritando. Pero él, inmóvil, seguía mirándome como antes, despectivamente. Conteniendo los latidos de mi corazón, busqué la espada de mi esposo. El bandido debió llevársela, porque no pude encontrarla entre la maleza. El arco y las flechas tampoco estaban. Por casualidad, encontré cerca mi puñal. Lo tomé, y levantándolo sobre Takehiro, repetí:

“Te pido tu vida. Yo te seguiré”.

Entonces, por fin movió los labios. Las hojas secas de bambú que le llenaban la boca le impedían hacerse escuchar. Pero un movimiento de sus labios casi imperceptible me dio a entender lo que deseaba. Sin dejar de despreciarme, me estaba diciendo: “Mátame”.

Semiconsciente, hundí el puñal en su pecho, a través de su kimono.

Y volví a caer desvanecida. Cuando desperté, miré a mi alrededor. Mi marido, siempre atado, estaba muerto desde hacía tiempo. Sobre su rostro lívido, los rayos del sol poniente, atravesando los bambúes que se entremezclaban con las ramas de los abetos, acariciaban su cadáver. Después… ¿qué me pasó? No tengo fuerzas para contarlo. No logré matarme. Apliqué el cuchillo contra mi garganta, me arrojé a una laguna en el valle… ¡todo lo probé! Pero, puesto que sigo con vida, no tengo ningún motivo para jactarme. (Triste sonrisa). Tal vez hasta la infinitamente misericorde Bosatsu abandonaría a una mujer como yo. Pero yo, una mujer que mató a su esposo, que fue violada por un bandido… qué podía hacer. Aunque yo… yo… (estalla en sollozos).

 

Lo que narró el espíritu por labios de una bruja

–El salteador, una vez logrado su fin, se sentó junto a mi mujer y trató de consolarla por todos los medios. Naturalmente, a mí me resultaba imposible decir nada; estaba atado al pie del abeto. Pero la miraba a ella significativamente, tratando de decirle: “No lo escuches, todo lo que dice es mentira”. Eso es lo que yo quería hacerle comprender. Pero ella, sentada lánguidamente sobre las hojas muertas de bambú, miraba con fijeza sus rodillas. Daba la impresión de que prestaba oídos a lo que decía el bandido. Al menos, eso es lo que me parecía a mí. El bandido, por su parte, escogía las palabras con habilidad. Me sentí torturado y enceguecido por los celos. Él le decía: “Ahora que tu cuerpo fue mancillado tu marido no querrá saber nada de ti. ¿No quieres abandonarlo y ser mi esposa? Fue a causa del amor que me inspiraste que yo actué de esta manera”. Y repetía una y otra vez semejantes argumentos. Ante tal discurso, mi mujer alzó la cabeza como extasiada. Yo mismo no la había visto nunca con expresión tan bella. ¡Y qué piensan ustedes que mi tan bella mujer respondió al ladrón delante de su marido maniatado! Le dijo: “Llévame donde quieras”. (Aquí, un largo silencio).

Pero la traición de mi mujer fue aún mayor. ¡Si no fuera por esto, yo no sufriría tanto en la negrura de esta noche! Cuando, tomada de la mano del bandolero, estaba a punto de abandonar el lugar, se dirigió hacia mí con el rostro pálido, y señalándome con el dedo a mí, que estaba atado al pie del árbol, dijo: “¡Mata a ese hombre! ¡Si queda vivo no podré vivir contigo!”. Y gritó una y otra vez como una loca: “¡Mátalo! ¡Acaba con él!”. Estas palabras, sonando a coro, me siguen persiguiendo en la eternidad. ¡Acaso pudo salir alguna vez de labios humanos una expresión de deseos tan horrible! ¡Escuchó o ha oído alguno palabras tan malignas! Palabras que… (se interrumpe, riendo extrañamente).

Al escucharlas hasta el bandido empalideció. “¡Acaba con este hombre!”. Repitiendo esto, mi mujer se aferraba a su brazo. El bandido, mirándola fijamente, no le contestó. Y de inmediato la arrojó de una patada sobre las hojas secas. (Estalla otra vez en carcajadas). Y mientras se cruzaba lentamente de brazos, el bandido me preguntó: “¿Qué quieres que haga? ¿Quieres que la mate o que la perdone? No tienes que hacer otra cosa que mover la cabeza. ¿Quieres que la mate?…”

Solamente por esa actitud, yo habría perdonado a ese hombre. (Silencio).

Mientras yo vacilaba, mi esposa gritó y se escapó, internándose en el bosque. El hombre, sin perder un segundo, se lanzó tras ella, sin poder alcanzarla. Yo contemplaba inmóvil esa pesadilla. Cuando mi mujer se escapó, el bandido se apoderó de mis armas, y cortó la cuerda que me sujetaba en un solo punto. Y mientras desaparecía en el bosque, pude escuchar que murmuraba:

“Esta vez me toca a mí”. Tras su desaparición, todo volvió a la calma. Pero no. “¿Alguien llora?”, me pregunté. Mientras me liberaba, presté atención: eran mis propios sollozos los que había oído. (La voz calla, por tercera vez, haciendo una larga pausa).

Por fin, bajo el abeto, liberé completamente mi cuerpo dolorido. Delante mío relucía el puñal que mi esposa había dejado caer. Asiéndolo, lo clavé de un golpe en mi pecho. Sentí un borbotón acre y tibio subir por mi garganta, pero nada me dolió. A medida que mi pecho se entumecía, el silencio se profundizaba. ¡Ah, ese silencio! Ni siquiera cantaba un pájaro en el cielo de aquel bosque. Sólo caía, a través de los bambúes y los abetos, un último rayo de sol que desaparecía… luego ya no vi bambúes ni abetos. Tendido en tierra, fui envuelto por un denso silencio. En aquel momento, unos pasos furtivos se me acercaron. Traté de volver la cabeza, pero ya me envolvía una difusa oscuridad. Una mano invisible retiraba dulcemente el puñal de mi pecho. La sangre volvió a llenarme la boca. Ese fue el fin. Me hundí en la noche eterna para no regresar…

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

domingo, 29 de marzo de 2026

El panadero

Ferdinand von Schirach

 

La panadería Backshop era como todas las de la cadena, una franquicia, lista para abrir sus puertas, unos pocos metros cuadrados pensados a conciencia. Todas las mañanas, un repartidor llevaba los productos congelados, que dejaba en recipientes de plástico verde en el pasillo del local, donde se iban descongelando despacio. Pasteles y herraduras de almendra recibían un baño de azúcar glas que se pegaba a los dedos. El café salía de una máquina de acero inoxidable con el rótulo “Especialidades de café. Dispensador automático” y que hacía unos ruidos infernales cuando cogía la leche. El panadero era gordo, de cara roja y manos pequeñas, los nudillos eran meras oquedades. En la tienda llevaba un delantal blanco con el logotipo de la empresa cosido cerca de los tirantes. Se movía con agilidad, pero el espacio que quedaba detrás del expositor era demasiado estrecho: el mostrador se le hincaba en la barriga, donde las migas de pan formaban una línea.

El panadero era del barrio, a la gente le caía bien. Tenía cuarenta y siete años. Cuando era joven se había hecho cargo de la gran pastelería y cafetería de su padre. Todo parecía ir bien, obtuvo la titulación pertinente, se casó y tuvo un hijo. La casa a las afueras de la ciudad era nueva, habían ido todos los fines de semana para comprobar la evolución de las obras y se habían imaginado cómo vivirían allí.

El día que todo cambió, el panadero llegó a casa antes que de costumbre, quería darle una sorpresa a su mujer. Un hombre, más alto y delgado que él, de cabello claro, estaba en la entrada de la casa. El panadero lo conocía, trabajaba de dependiente en una tienda de muebles. El hombre se despidió y su mujer rio, parecía feliz, y entonces el panadero supo que lo había engañado. Después todo sucedió muy rápido. Cogió la pala, que seguía junto a la puerta porque la había utilizado en el jardín el fin de semana, y se la hundió en el cuello al hombre. El borde de la pala tenía tierra adherida, y el panadero pensó que ahora la tierra había pasado al cuerpo del hombre. A continuación, vio que del tajo del cuello manaba sangre, que iba a parar a la alfombra clara y formaba extraños dibujos. “Es una alfombra muy cara –pensó–, demasiado cara para nosotros”. En la tienda de muebles su mujer había comentado lo bien que quedaría “esa pieza” en la entrada, y él le dio la razón, ya que le resultaba violento hablar de dinero delante del dependiente. “Recibidor”, repetía su mujer al dependiente, no “entrada”, como decía el panadero. Su mujer flirteaba con el dependiente y él se sintió estúpido, pero ahora tenía delante al dependiente en el suelo, y le faltaba un trozo de cuello. Finalmente, dejó de brotar sangre, y el panadero pensó que el dependiente se había vaciado del todo y que era una forma curiosa de morir.

El fiscal dijo más tarde en el juicio oral que aquello había sido un trágico error: el hombre no era el amante de su mujer, sólo había ido a medir el salón. El siquiatra forense explicó que el panadero padecía un trastorno peligroso. Empleó numerosas expresiones que el panadero no entendió. De eso hacía mucho tiempo, y él ya no pensaba en ello.

Ahora, cuando no tenía clientes, solía sentarse con el dueño del quiosco enfrente de la tienda. Había sacado a la acera unas viejas sillas de madera. El panadero nunca hablaba mucho y sólo a veces se quejaba. En esas ocasiones, decía que en realidad él era maestro pastelero y que no le gustaba limitarse a meter productos congelados en los hornos eléctricos. Echaba de menos su pastelería, la de verdad, pero por lo menos así llegaba a fin de mes. El quiosquero asentía y no hacía preguntas. De todos modos, el panadero tampoco habría podido hablarle de los nueve años que había pasado en la cárcel, de los días grises, la espera, la soledad y todo lo demás.

Todas las mañanas salía a repartir panecillos a domicilio, ya que sólo con la tienda no ganaba lo suficiente. Tenía que ir a muchos sitios, y le llevaba más de dos horas despachar la tarea. La mayoría de sus clientes aún dormían. El panadero les dejaba las bolsas de papel en la puerta. Una vez conseguía un cliente en un edificio, no tardaban en aparecer otros, ya que, cuando los dejaba en el pasillo, los panecillos aún estaban calientes y olían bien.

En un edificio de la Savignyplatz tenía ocho clientes. Le habían dejado una llave del portal. Todas las mañanas subía en elevador al último piso y bajaba por la escalera, las bolsas de papel en la mano. En el segundo piso vivía una japonesa. Tenía pelo negro y ojos negros, y era muy delgada. El panadero la veía algunas veces, cuando ella volvía del conservatorio. En esas ocasiones, llevaba el estuche del violín y los labios pintados de rojo oscuro. Cuando él estaba sentado delante de la tienda, ella lo saludaba con la cabeza o le daba los buenos días, y siempre sonreía. Una vez a la semana entraba en la panadería para pagar los panecillos que él le dejaba delante de la puerta por la mañana. E intercambiaban dos o tres frases, sobre los estudios de ella o la huelga de los trenes de cercanías o el tiempo. Como él era incapaz de pronunciar su apellido, la chica le dijo que podía llamarla Sakura; su nombre de pila resultaba más fácil para los alemanes. El panadero se enamoró de ella.

Todas las noches pensaba en cómo decírselo, y finalmente se le ocurrió una idea. Era maestro pastelero, había ganado premios por sus tartas. A la mañana siguiente puso manos a la obra. Despejó la cocina y lo preparó todo. Sería una tarta de cinco pisos, algo muy distinto de las tartas convencionales que podían comprarse en cualquier sitio. Comenzó por las columnas que colocaría entre piso y piso. Las hizo con una pasta dura de azúcar glas, clara de huevo, limón y agua de rosas, si bien por dentro eran de fondant casi líquido. En la cobertura estuvo trabajando casi una semana, probó, desechó y experimentó con diversos licores, hasta que dio con una, ligera y casi transparente. Luego dispuso las cinco capas por colores y dulzor. De abajo arriba: guinda, grosella, cereza, naranja y mandarina. Cada piso constaba de cuatro tartitas grandes y una pequeña, y las situó de manera escalonada, de forma que desde arriba se abrían como una flor. Trabajó mucho y con ahínco, y cuando terminó se sentía cansado y satisfecho.

Esa noche durmió mal, y por la mañana estaba nervioso cuando metió la tarta en una caja de madera junto con su cuchillo de sierra y sus mejores tenedores de postre. Cuando llamó a la puerta de Sakura, se sentía un tanto sofocado. No sabía qué iba a decir cuando ella apareciera. El hombre que abrió la puerta iba en calzoncillos. Tenía vello en el pecho y una cadenilla de oro de la que colgaba una pantera. Apoyó una mano en el marco y le preguntó qué quería. Por debajo del brazo del hombre, el panadero atisbó el piso, que sólo tenía una habitación, y oyó el agua de la ducha. Miró fijamente la pantera sobre el pecho del hombre. Observó los diminutos ojos de jade y el aro del que siempre pendería la pantera, y de repente el animal le dio pena. En la cárcel decían que las cosas nunca cambian, y en ese momento el panadero pensó en ello.

Bajó con la caja de madera y se sentó en un banco de piedra del patio. Abrió la tapa. “Es una tarta muy bonita”, pensó. Lanzaba destellos anaranjados y rojos y burdeos con el sol invernal. La estuvo contemplando un rato, y a continuación arrancó un pedacito del piso de arriba con los dedos. Estaba muy buena. “Es la mejor tarta que soy capaz hacer”, se dijo a media voz. Comió otro trozo. Y otro más. Estuvo dos horas sentado en el banco, y al final se comió la tarta entera. Para terminar, cogió la base, lamió los restos de cobertura, volvió a meter el cuchillo y los tenedores de postre y tiró la caja a la basura.

Por la tarde se reunió con el quiosquero delante de su establecimiento. El panadero ya no llevaba el delantal blanco, sino un chaquetón con cuello rojo; había cerrado la tienda. Hacía frío en las sillas de madera. Sacó dos tazas en una bandejita que dejó en la silla de en medio. La bandeja se movió y se derramó un poco de café. El panadero se sentó, apoyó las manos en los muslos y profirió un hondo suspiro. Sonrió.

–Éste es el último café –comentó. Y con el pulgar hacia atrás señaló la tienda, sin volverse–. Voy a venderlo todo: la panadería y mis muebles, hasta el coche.

–¿Y qué va a hacer? –preguntó el quiosquero.

–Irme a Japón –respondió el panadero, y esperó un poco, ya que quería ver la reacción del otro–. Abriré una pastelería en Tokio. Allí viven treinta y cinco millones de personas. A los japoneses les gustan las tartas, ¿sabe? Lo leí una vez en el periódico. Sobre todo la de cereza, la Selva Negra. Se me da muy bien la tarta de cereza.

–Estoy seguro –contestó el dueño del quiosco.

–La clave de la Selva Negra es el kirsch. Hay que utilizar un kirsch de muy buena calidad, sólo el que se hace con las cerezas oscuras de la Selva Negra. Pero han de emplearse las dos cosas: el aguardiente y el jugo de las cerezas. No se puede escatimar nada, ése es el secreto –bebieron el café de las tazas, que lucían el logo de la empresa. El panadero se echó hacia delante para no mancharse la camisa.

–Tiene que ir a verme. Lo llamaré para que vaya cuando la pastelería esté funcionando.

El quiosquero asintió. El panadero se limpió las manos en los pantalones.

–A las japonesas les gustan los hombres gordos –dijo bajando algo la voz, sin mirar al otro–. Allí los luchadores de sumo son como estrellas del pop… Quizá hasta mi hijo acabe yendo a Japón, cuando pueda decidir por sí mismo, claro.

Esa noche, en la cama, el panadero volvió a pensar en Sakura. Al final se quedó dormido y soñó que los japoneses de Tokio se comían sus tartas de cereza, y cuando despertó ya no pensaba en Sakura. Cogió la cadenilla con la pantera de la mesita de noche, le había quitado la sangre y los restos de piel, y estuvo mirándola un buen rato. “Unas cosas llevan a otras”, pensó, pero no supo por qué lo pensaba. Luego cerró los ojos y oyó granizar a través de la ventana abierta.

 

(Tomado de www.enfrascopequeno.blogspot.com)

 

Un lugar limpio y bien iluminado

Ernest Hemingway

 

Era tarde y todos habían salido del café con excepción de un anciano que estaba sentado a la sombra que hacían las hojas del árbol, iluminado por la luz eléctrica. De día la calle estaba polvorienta, pero por la noche el rocío asentaba el polvo y al viejo le gustaba sentarse allí, tarde, porque aunque era sordo y por la noche reinaba la quietud, él notaba la diferencia. Los dos camareros del café notaban que el anciano estaba un poco ebrio; aunque era un buen cliente sabían que si tomaba demasiado se iría sin pagar, de modo que lo vigilaban.

–La semana pasada trató de suicidarse –dijo uno de ellos.

–¿Por qué?

–Estaba desesperado.

–¿Por qué?

–Por nada.

–¿Cómo sabes que era por nada?

–Porque tiene muchísimo dinero.

Estaban sentados uno al lado del otro en una mesa próxima a la pared, cerca de la puerta del café, y miraban hacia la terraza donde las mesas estaban vacías, excepto la del viejo sentado a la sombra de las hojas, que el viento movía ligeramente. Una muchacha y un soldado pasaron por la calle. La luz del farol brilló sobre el número de cobre que llevaba el hombre en el cuello de la chaqueta. La muchacha iba descubierta y caminaba apresuradamente a su lado.

–Los guardias civiles lo recogerán –dijo uno de los camareros.

–¿Y qué importa si consigue lo que busca?

–Sería mejor que se fuera ahora. Los guardias pasaron hace cinco minutos y volverán.

El viejo sentado a la sombra golpeó su platillo con el vaso. El camarero joven se le acercó.

–¿Qué desea?

El viejo lo miró.

–Otro coñac –dijo.

–Se emborrachará usted –dijo el camarero. El viejo lo miró. El camarero se fue.

–Se quedará toda la noche –dijo a su colega–. Tengo sueño y nunca puedo irme a la cama antes de las tres de la mañana. Debería haberse suicidado la semana pasada.

El camarero tomó la botella de coñac y otro platillo del mostrador que se hallaba en la parte interior del café y se encaminó a la mesa del viejo. Puso el platillo sobre la mesa y llenó la copa de coñac.

–Debía haberse suicidado usted la semana pasada –dijo al viejo sordo. El anciano hizo un movimiento con el dedo.

–Un poco más –murmuró.

El camarero terminó de llenar la copa hasta que el coñac se desbordó y se deslizó por el pie de la copa hasta llegar al primer platillo.

–Gracias –dijo el viejo.

El camarero volvió con la botella al interior del café y se sentó nuevamente a la mesa con su colega.

–Ya está borracho –dijo.

–Se emborracha todas las noches.

–¿Por qué quería suicidarse?

–¿Cómo puedo saberlo?

–¿Cómo lo hizo?

–Se colgó de una cuerda.

–¿Quién lo bajó?

–Su sobrina.

–¿Por qué lo hizo?

–Por temor de que se condenara su alma.

–¿Cuánto dinero tiene?

–Muchísimo.

–Debe tener ochenta años.

–Sí, yo también diría que tiene ochenta.

–Me gustaría que se fuera a su casa. Nunca puedo acostarme antes de las tres. ¿Qué hora es esa para irse a la cama?

–Se queda porque le gusta.

–Él está solo. Yo no. Tengo una mujer que me espera en la cama.

–Él también tuvo una mujer.

–Ahora una mujer no le serviría de nada.

–No puedes asegurarlo. Podría estar mejor si tuviera una mujer.

–Su sobrina lo cuida.

–Lo sé. Dijiste que le había cortado la soga.

–No me gustaría ser tan viejo. Un viejo es una cosa asquerosa.

–No siempre. Este hombre es limpio. Bebe sin derramarse el líquido encima. Aun ahora que está borracho, míralo.

–No quiero mirarlo. Quisiera que se fuera a su casa. No tiene ninguna consideración con los que trabajan.

El viejo miró desde su copa hacia la calle y luego a los camareros.

–Otro coñac –dijo, señalando su copa. Se le acercó el camarero que tenía prisa por irse.

–¡Terminó! –dijo, hablando con esa omisión de la sintaxis que la gente estúpida emplea al hablar con los beodos o los extranjeros–. No más esta noche. Cerramos.

–Otro –dijo el viejo.

–¡No! ¡Terminó! –limpió el borde de la mesa con su servilleta y movió la cabeza de lado a lado.

El viejo se puso de pie, contó lentamente los platillos, sacó del bolsillo un monedero de cuero y pagó las bebidas, dejando media peseta de propina.

El camarero lo miraba mientras salía a la calle. El viejo caminaba un poco tambaleante, aunque con dignidad.

–¿Por qué no lo dejaste que se quedara a beber? –preguntó el camarero que no tenía prisa. Estaban bajando las puertas metálicas–. Todavía no son las dos y media.

–Quiero irme a casa.

–¿Qué significa una hora?

–Mucho más para mí que para él.

–Una hora no tiene importancia.

–Hablas como un viejo. Bien puede comprar una botella y bebérsela en su casa.

–No es lo mismo.

–No; no lo es –admitió el camarero que tenía esposa–. No quería ser injusto. Sólo tenía prisa.

–¿Y tú? ¿No tienes miedo de llegar a tu casa antes de la hora de costumbre?

–¿Estás tratando de insultarme?

–No, hombre, sólo quería hacerte una broma.

–No –el camarero que tenía prisa se irguió después de haber asegurado la puerta metálica–. Tengo confianza. Soy todo confianza.

–Tienes juventud, confianza y un trabajo –dijo el camarero de más edad–. Lo tienes todo.

–¿Y a ti, qué te falta?

–Todo; menos el trabajo.

–Tienes todo lo que tengo yo.

–No. Nunca he tenido confianza y ya no soy joven.

–Vamos. Deja de decir tonterías y cierra.

–Soy de aquellos a quienes les gusta quedarse hasta tarde en el café –dijo el camarero de más edad–, con todos aquellos que no desean irse a la cama; con todos los que necesitan luz por la noche.

–Yo quiero irme a casa y a la cama.

–Somos muy diferentes –dijo el camarero de más edad. Se estaba vistiendo para irse a su casa–. No es sólo una cuestión de juventud y confianza, aunque esas cosas son muy hermosas. Todas las noches me resisto a cerrar porque puede haber alguien que necesite el café.

–¡Hombre! Hay bodegas abiertas toda la noche.

–No entiendes. Este es un café limpio y agradable. Está bien iluminado. La luz es muy buena y también, ahora, las hojas hacen sombra.

–Buenas noches –dijo el camarero más joven.

–Buenas noches –dijo el otro. Continuó la conversación consigo mismo mientras apagaba las luces. Es la luz, por supuesto, pero es necesario que el lugar esté limpio y sea agradable. No quieres música. Definitivamente no quieres música. Tampoco puedes estar frente a una barra con dignidad aunque eso sea todo lo que proveemos a estas horas. ¿Qué temía? No era temor, no era miedo. Era una nada que conocía demasiado bien. Era una completa nada y un hombre también era nada. Era sólo eso y todo lo que se necesitaba era luz y una cierta limpieza y orden. Algunos vivieron en eso y nunca lo sintieron pero él sabía que todo eso era nada y pues nada y nada y pues nada. Nada nuestra que estás en nada, nada sea tu nombre nada tu reino nada tu voluntad así en nada como en nada. Danos este nada nuestro pan de cada nada y nada nuestros nada como también nosotros nada a nuestros nada y no nos nada en la nada mas líbranos de nada; pues nada. Ave nada llena de nada, nada está contigo. Sonrió y estaba frente a una barra con una brillante cafetera de presión.

–¿Qué le sirvo?– preguntó el cantinero.

Nada.

Otro loco más –dijo el cantinero y le dio la espalda.

–Una copita –dijo el camarero.

El cantinero se la sirvió.

–La luz es bien brillante y agradable pero la barra está opaca –dijo el camarero.

El cantinero lo miró fijamente pero no respondió. Era demasiado tarde para comenzar una conversación.

–¿Quiere otra copita? –preguntó el cantinero.

–No, gracias –dijo el camarero, y salió. Le disgustaban los bares y las bodegas. Un café limpio, bien iluminado, era algo muy distinto. Ahora, sin pensar más, volvería a su cuarto. Yacería en la cama y, finalmente, con la luz del día, se dormiría. Después de todo, se dijo, probablemente sólo sea insomnio. Muchos deben sufrir de lo mismo.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)