martes, 21 de julio de 2026

Jumper Jigger

Álvaro Cepeda Samudio

 

“It may be that there is no place for any of us.
Except we know there is, somewhere;
and if we found it, but live there only as
moment, we can count ourselves blessed…”
Truman Capote (The Grass Harp)

Jumper Jigger había comenzado a bailar nuevamente sobre el rectángulo negro que vibra al final de la regla de pino. El tap-tap-tap-tapin de sus pies desarticulados se elevaba por encima de todos los sonidos y nos mantenía atados al desgonzamiento de su danza. Ninguno de nosotros estaba mirando a Jumper Jigger. Estábamos demasiado acostumbrados a él, demasiado acostumbrados a su baile: siempre igual, siempre distinto. Y aunque nadie, ninguno de nosotros, podía decir que le interesaban los bailes de Jumper Jigger, este era el sonido que juntaba nuestras soledades, diluyendo los cuerpos y uniéndolos unos a otros con su repetido tap-tap-tap-tapin. Y tampoco ninguno de nosotros había puesto nunca a bailar a Jumper Jigger. Se pasaba el tiempo desgonzado sobre su tablerito negro, sostenido por la flexible varilla vegetal que le salía del centro de la espalda. De alguna manera sabíamos que él no bailaría lo mismo para nosotros. Para ninguno de nosotros. Ni siquiera para el Mexicano con sus ojos llenos de cadáveres y los oídos sonoros de combates en Normandía y su espeso silencio, tan parecido al del hombre que siempre hacía bailar a Jumper Jigger, y sobre todo tan parecido al del propio Jumper Jigger. O tal vez era porque Skip nunca llegaba en las tardes. Pero era que nosotros no podíamos decir el tiempo ni la estación cuando Skip llegaría y Jumper Jigger comenzaría a bailar. Porque el tiempo había dejado de ser medido y una sola estación había comenzado dentro de las paredes aun antes de que Skip naciera, aun antes de que Jumper Jigger hubiera sido comprado en Georgia, mucho antes también de que el Mexicano hubiera comenzado a disparar su ametralladora en Normandía y el tap-tap-tap-tapin de los pies desarticulados de Jumper Jigger y el tap-tap-tap-tapin de los miembros desarticulados sobre Normandía se hubiera convertido en un mismo tap-tap-tap-tapin.

Alguna vez se habían congelado los engranajes del reloj redondo pegado a las paredes, sostenido allí únicamente por el gran vertical rojo que se había estacionado tres puntos redondos y negros antes de llegar al trazo recto y negro que iniciaba un número. Y cuando entró con sus libros limpios, olorosos a papel nuevo, sus pantalones azules y su grueso saco marinero, y sacudiendo la nieve que comenzaba a derretirse entre el laberinto de cabellos amarillos y los pliegues de una pañoleta multicolor, había preguntado la hora; alguien le dijo: “Las dos y diecisiete”.

En un aula, el calor salía uniforme como de un gran acordeón petrificado y en un corredor repetido de grandes acordeones petrificados los relojes hacían pasar a intervalos mecánicos un largo vertical rojo sobre los trazos negros y los puntos negros y los gruesos horizontales negros. Y mientras la nieve se derretía en cincuenta y siete zapatos afirmados en sus tobillos, alguien había comenzado a hablar sobre Joyce. La nieve estaba sucia y barrosa debajo de cincuenta y siete zapatos, pero Joyce había aparecido en quebradas líneas blancas sobre la grisosa superficie del tablero. Y otra vez había nacido la nieve sobre los infinitos zapatos. Y otra vez se había derretido. Y otros nombres habían sido aprisionados con líneas blancas sobre tableros grisosos. Pero todavía eran las dos y diecisiete en un reloj redondo. Y ya Jumper Jigger había comenzado a bailar.

Los libros no perdieron su limpio olor a cosa nueva y debajo del grueso saco marinero comenzó la blancura de una blusa de barcos lilas. Los barcos libertados se curvaron sobre la línea del bar, cedieron sin romperse a la dureza oscura de la madera y se quedaron allí: naufragados en sí mismos. Skip principió a tamborilear sobre el comienzo de la regla de pino y Jumper Jigger saltó súbitamente para empezar a bailar. Y al final de la blusa, donde los barcos lilas habían sido cortados al descuido, se inició la sorpresa de la muchacha.

“Joe”

La moneda ni siquiera brilló en la mano hinchada, fofa, casi viscosa. Joe comenzó a reírse otra vez. A reírse con esa risa que nunca había conocido el sonido y de la cual no podía decirse que era una muestra de alegría. Los ojos debían dilatarse, los músculos de la cara distenderse, los sonidos comenzar a oírse para poder decir que era una risa. Pero la cara de Joe siguió exacta. La mueca comenzó otra vez: ampliada hasta el límite de los dientes carcomidos.

“Joe”

La cabeza inició un movimiento igual y monótono de cortas y rápidas afirmaciones. Joe siguió asintiendo y riendo hasta que la saliva comenzó a gotear a intervalos cada vez más cortos, convirtiéndose en chorritos espesos que se quedaban colgados de una comisura y tardaban en caer sobre los cuadros negros y rojos de la camisa que algún viajero del norte de la península le había regalado.

“'Joe”

La mano se perdió un momento entre la mano regordeta y viscosa y reapareció increíblemente victoriosa de un combate con los enormes tentáculos que rodeaban el círculo sin brillo. Del largo viaje sobre superficie sin eco, blandas y humanas superficies, la moneda despertaba al cuerpo sonoro de su metal y chocaba contra sus hermanos metales en el vientre cerrado del tocadiscos, Joe se quedaba al acecho de su recorrido y al final comenzaba a hundir la doble hilera de botones numerados. Cuando el último botón había repelido el último dedo amarilloso, Joe volvía su húmeda sonrisa hacia el hombre: pero ya Jumper Jigger había comenzado a bailar de nuevo y Joe iniciaba entonces su lento y derrotado regreso hacia ningún lugar.

La mano apareció otra vez sosteniéndose con trabajo en el aire, los dedos se movieron por unos cortos segundos y luego cayó sobre la madera del bar para quedarse allí, absorbida por la oscuridad, deformándose como un gran animal ahogado. El choque de la botella sobre el borde invisible del vaso y la caída del líquido desde lo alto del brazo de Harry crearon un nuevo movimiento. La cabeza del hombre apareció al comienzo de la línea ancha de los labios redondeados sobre el vaso. Luego todo el cuerpo, naciendo a medida que el líquido llenaba los vacíos, apareció en un solo trazo, en un solo espasmo alcohólico: comenzado en la curva de la cabeza y terminado en el bamboleo constante de un par de piernas colgando en el vacío a una distancia inmensa del primer travesaño de la alta silla apretada contra el bar. El sonido roto de la risa del hombre hinchó los barcos que se separaron rechazando la línea de madera del bar.

Skip había entrado en algún momento de esa hora permanente, en algún momento de las dos y diecisiete. Todavía la muchacha tenía sobre sus hombros el grueso saco marinero pero ya la nieve había desaparecido de la pañoleta y aun las gotas acuosas habían sido absorbidas. Pero Skip echó parte de su nieve en el mostrador al lado de los libros intactos. Y comenzó a preguntar. Había un cuarto en un dormitorio de ladrillos rojos y los retratos masculinos de una compañera que se levantaba de pronto en la mitad de la noche y comenzaba a besarla en un sueño. Había también un pueblo en lo alto de la península con su dolorosa blancura en invierno y los lagos repitiéndose en canoas verdes en los cortos veranos. Había nombres y una escuelita con animales de Walt Disney colgados contra las paredes despobladas. Había siempre nieve, y la soledad: que había comenzado a nacer mucho tiempo después de que los ratones de sacos rojos se fugaron de sus cuadernos. El aula con Joyce resuelto en tiza blanca apareció de pronto. “No me gusta Joyce y no quiero que lleguen nunca las tres. Quisiera llamarme Lavinia, como en un cuento, como en el título de un cuento”. Y había otra vez la larga nieve y en el cuarto triangulado con banderines de siete colegios la soledad había crecido más alta que el mismo cuerpo de la muchacha; la sentía patalear en su vientre como un niño hasta que no pudo contenerla más, y siguió creciendo, creciendo. creciendo, creciendo, hasta cuando fue más grande que su cuerpo duro y adolescente, le invadió los sueños y creció aún más allá de lo soñado y la compañera siguió besándola en la mitad de la noche hasta que hubo sangre en sus labios hinchados. Pero su voz había sonado antes de su asombro, antes de que el tap tap-tap-tapin de Junper Jigger hubiera atado los dedos ágiles de Skip a la regla de pino. Y ahora se oyó otra vez. Se oyó sobre la música que había salido de los dedos de Joe. Y sobre el desgonzarse de los pies de Jumper Jigger contra el eco del último golpe de su cuerpo sobre el tablerito negro. Se oyó aun sobre el bullicio de Normandía que colmaba los oídos del Mexicano. La risa sujetada del hombre se quebró como la música de un disco detenido de repente y la voz de la muchacha preguntó la hora nuevamente. El sonido pertinaz de las ametralladoras se apagó y el grito del Mexicano trató de alcanzar el desbordamiento de barcos azules que se precipitaban hacia la puerta. “¡Lavinia! ¡Lavinia! Como en un cuento”. El tap-tap-tap tapin de Jumper Jigger se deshizo en los dedos de Skip, sus miembros hicieron un ruido grotesco al rebotar sobre la regla de pino que siguió vibrando en el vacío como un trampolín. Cuando el Mexicano abrió la puerta el sol iluminó el cuerpo roto de Jumper Jigger, y en la calle la sofocante tarde de verano le hacía saltar el sudor de la piel bajo la tupida lana de su abrigo.

 

(Tomado de www.literatura.us)

 

Bautismo de fuego

Mijaíl Bulgákov

 

Rápidamente pasaron los días en el hospital de N. y yo comencé poco a poco a acostumbrarme a mi nueva vida.

En las aldeas continuaban agramando el lino, los caminos seguían estando intransitables y a la consulta no venían más de cinco personas cada día. Las noches las tenía completamente libres y las dedicaba a poner en orden la biblioteca, a leer los manuales de cirugía y a tomar té, larga y solitariamente, junto al samovar.

La lluvia caía durante días y noches enteras y las gotas golpeaban inexorablemente el techo; el agua caía con gran fuerza bajo la ventana y resbalaba por el canalón hacia un cubo. El patio estaba cubierto de fango, de niebla, de una negra penumbra en la cual, como manchas opacas y difusas, se iluminaban las ventanas de la casita del enfermero y la lámpara de petróleo del portón.

Una de aquellas noches estaba yo sentado en mi gabinete y estudiaba un atlas de anatomía topográfica. A mi alrededor había un completo silencio, interrumpido de vez en cuando por el roer de los ratones detrás del aparador del comedor.

Estuve leyendo hasta que mis párpados, ya pesados, comenzaron a cerrarse. Finalmente bostecé, dejé a un lado el atlas y decidí acostarme. Me estiré y, saboreando por anticipado un sueño pacífico, acompañado por el ruido y el golpeteo de la lluvia, me dirigí a mi dormitorio, me desvestí y me acosté.

No había tenido siquiera tiempo de rozar la almohada cuando, delante de mí, en la penumbra soñolienta, apareció el rostro de Ana Prójorova, de diecisiete años, de la aldea Tóropovo. A Ana Prójorova había que extraerle un diente. El enfermero Demián Lukich se deslizó suavemente con unas brillantes tenazas en las manos. Recordé cómo decía “aquesto” en lugar de “esto”, llevado por el amor que profesaba al estilo elevado. Sonreí y me quedé dormido.

Sin embargo, no había pasado media hora cuando me desperté de repente, como si me hubieran dado un tirón; me senté y, examinando con temor la oscuridad, me puse a escuchar con atención.

Alguien golpeaba con fuerza e insistencia la puerta exterior y desde un primer momento presentí que aquellos golpes eran de mal agüero.

Llamaban a mi departamento.

Los golpes cesaron, resonó el cerrojo; se oyó la voz de la cocinera y, en respuesta, una voz poco clara; luego alguien subió por la escalera, provocando chirridos, entró silenciosamente en el gabinete y llamó en mi dormitorio.

–¿Quién es?

–Soy yo –me respondió un respetuoso susurro–, yo, Axinia, la enfermera.

–¿De qué se trata?

–Ana Nikoláievna me envía a buscarlo, pide que vaya enseguida al hospital.

–¿Qué pasó? –pregunté, y sentí que el corazón me daba un vuelco.

–Trajeron a una mujer de Dúltsevo. Tiene complicaciones con el parto.

“Ya está. Ya comenzamos –cruzó por mi cabeza, mientras trataba inútilmente de meter mis pies en las pantuflas–. ¡Ah, diablos! Los cerillos no encienden. Bien, tarde o temprano tenía que suceder. No podía pasarme toda la vida con las laringitis y los catarros estomacales”.

–Está bien. ¡Vete y dile que ahora mismo iré! –grité, y me levanté de la cama. Detrás de la puerta se oyeron los pasos de Axinia y de nuevo resonó el cerrojo. El sueño desapareció en un instante. Con dedos temblorosos encendí la lámpara apresuradamente y comencé a vestirme. Las once y media… ¿Qué complicaciones con el parto tendría aquella mujer? Jumm… posición incorrecta… pelvis estrecha… o quizá alguna cosa peor. Tal vez tendré que utilizar los fórceps. ¿No sería mejor enviarla directamente a la ciudad? ¡Impensable! “¡Qué doctor tan bueno!”, dirían todos. Y además, no tengo derecho a hacerlo. No, tengo que hacerlo yo mismo. ¿Hacer qué? El diablo lo sabe. Será una tragedia si me confundo, una vergüenza ante las comadronas. Aunque primero es necesario ver de qué se trata; no vale la pena inquietarse antes de tiempo…

Me vestí, me puse el abrigo y, confiando mentalmente en que todo saldría bien, corrí bajo la lluvia hacia el hospital, pisando sobre tablones que al hundirse hacían saltar el agua del patio. En la semioscuridad se distinguía, junto a la entrada, una carreta; el caballo golpeaba con sus cascos las tablas podridas.

–¿Usted trajo a la parturienta? –pregunté a la figura que se movía junto al caballo.

–Yo… sí, yo, padrecito –contestó lastimeramente una voz de mujer.

En el hospital, pese a lo avanzado de la hora, había agitación. En la recepción ardía, parpadeante, una lámpara de petróleo. Por el angosto corredor que conducía a la sección de maternidad, Axinia pasó rápidamente junto a mí, llevando una palangana. Detrás de la puerta se oyó de pronto un débil gemido que cesó inmediatamente. Abrí la puerta y entré en la sala de partos. La pequeña habitación blanqueada estaba intensamente iluminada por la lámpara del techo. En la cama, junto a la mesa de operaciones, yacía una mujer joven, cubierta hasta el mentón por una manta. Su rostro estaba desfigurado por una mueca de dolor y húmedos mechones de pelo se le habían pegado a la frente. Ana Nikoláievna, con un termómetro en la mano, preparaba una solución en un recipiente, mientras la segunda comadrona, Pelagueia Ivánovna, sacaba sábanas limpias del armario. El enfermero, apoyado contra la pared, estaba en pose de Napoleón. Al verme, todos se animaron. La parturienta abrió los ojos, se estrujó las manos y de nuevo gimió lastimeramente.

–¿Qué ocurre? –pregunté, y yo mismo me asombré del tono de mi voz. Hasta tal punto era seguro y tranquilo.

–Posición transversal –contestó rápidamente Ana Nikoláievna, mientras continuaba echando agua en la solución.

–Bien –dije alargando las sílabas y frunciendo el entrecejo–; bien, veamos…

–¡El doctor tiene que lavarse las manos! ¡Axinia! –gritó de inmediato Ana Nikoláievna. Su rostro había adquirido una expresión seria y solemne.

Mientras corría el agua y me quitaba la espuma de las manos enrojecidas por el cepillo, hacía preguntas poco importantes a Ana Nikoláievna; por ejemplo, cuándo habían traído a la parturienta y de dónde venía…

La mano de Pelagueia Ivánovna levantó la manta y yo, sentándome al borde de la cama y tocándola suavemente, comencé a palpar el vientre hinchado. La mujer gemía, se estiraba, crispaba los dedos, arrugaba la sábana.

–Tranquila, tranquila… aguanta –le dije, mientras apoyaba cuidadosamente las manos sobre su piel estirada, ardiente y seca.

En realidad, después de que la experimentada Ana Nikoláievna me había sugerido de qué se trataba, este examen no era necesario. Por más que continuara examinándola, no sabría más que Ana Nikoláievna. Su diagnóstico era, por supuesto, correcto. Posición transversal. Era evidente. Bien, ¿y después?

Frunciendo el entrecejo, continué palpando el vientre por todos lados y de reojo observaba los rostros de las comadronas. Estaban concentradas y serias y en sus ojos leí aprobación a lo que yo hacía. En efecto, mis movimientos eran seguros y correctos; intentaba ocultar mi intranquilidad en lo más recóndito de mi ser y no demostrarla de ninguna manera.

–Bien –dije tras un suspiro, y me levanté de la cama, ya que por fuera no se podía ver nada más–, hagamos la exploración interna.

La aprobación apareció de nuevo en los ojos de Ana Nikoláievna.

–¡Axinia!

De nuevo corrió el agua.

“¡Eh, si pudiera leer ahora el Doderlein!”, pensé tristemente mientras me enjabonaba las manos. Pero era imposible hacerlo en ese momento. Además, ¿cómo me podría ayudar en aquel momento Doderlein? Me quité la espesa espuma y me unté los dedos con yodo. La sábana limpia crujió bajo las manos de Pelagueia Ivánovna. Inclinándome hacia la parturienta comencé tímida y cuidadosamente a realizar la exploración interna. En mi memoria surgió de manera espontánea la imagen de la sala de operaciones de la maternidad. Lámparas eléctricas que ardían intensamente dentro de globos opacos, un brillante suelo de baldosas, el instrumental y los grifos que relucían por todas partes. El asistente, con una bata blanca como la nieve, manipulaba sobre la parturienta; a su alrededor estaban tres ayudantes, los médicos practicantes y una multitud de estudiantes. Todo estaba bien, era luminoso y sin peligro.

Aquí, en cambio, estoy completamente solo y tengo en mis manos a una mujer que sufre; yo respondo por ella. Pero no sé cómo ayudarla pues solo he visto de cerca un parto dos veces en mi vida. En este momento estoy realizando una exploración, pero eso no me hace sentir ningún alivio a mí ni a la parturienta; no entiendo absolutamente nada ni consigo palpar nada en su interior.

Pero había llegado el momento de decidirse a hacer algo.

–Posición transversal… como se trata de una posición transversal, entonces es necesario… es necesario hacer…

–Un viraje sobre la piernecita –no pudo contenerse y dijo, como para sí misma, Ana Nikoláievna.

Un médico viejo y experimentado la habría mirado con desaprobación por entrometerse y adelantarse con sus conclusiones… yo, en cambio, no soy una persona que se ofenda con facilidad.

–Sí –confirmé significativamente–, un viraje sobre la piernecita.

Y entonces desfilaron con rapidez ante mis ojos las páginas de Doderlein. Viraje directo… viraje combinado… viraje indirecto…

Páginas, páginas… y en ellas dibujos. La pelvis, bebés torcidos, asfixiados, con enormes cabezas… una manita que cuelga y en ella un lazo.

Hacía poco tiempo que había leído el libro. Además, lo había subrayado, reflexionando atentamente sobre cada palabra, imaginándome la correlación de las partes y todos los métodos. Al leerlo, me parecía que el texto quedaría para siempre impreso en mi cerebro.

Pero ahora, de entre todo lo leído, solo surgía una frase:

“La posición transversal es una posición absolutamente desfavorable”.

Lo cierto, cierto. Absolutamente desfavorable tanto para la mujer que va a parir como para el médico que ha terminado la universidad solo seis meses atrás.

–Está bien… lo haremos –dije incorporándome.

El rostro de Ana Nikoláievna se animó.

–Demián Lukich –se dirigió al enfermero–, prepare el cloroformo.

¡Fue magnífico que lo dijera porque en ese momento yo no estaba seguro de si la operación debía realizarse con anestesia o sin ella! Por supuesto que con anestesia. ¡Acaso podía ser de otra manera!

Pero de cualquier forma tenía que consultar el Doderlein…

Me lavé las manos y dije:

–Bien… prepárenla para la anestesia, colóquenla en la mesa. Ahora vuelvo, voy a casa a buscar mis cigarros.

–Está bien, doctor, está bien, hay tiempo –contestó Ana Nikoláievna.

Me sequé las manos, la enfermera me echó el abrigo sobre los hombros y, sin meter los brazos en las mangas, corrí a casa.

Una vez en mi gabinete encendí la lámpara y, olvidando quitarme el gorro, me lancé hacia la estantería.

Allí estaba: Doderlein. Operaciones en obstetricia. Comencé a pasar rápidamente las lustrosas páginas.

“…el viraje representa siempre una operación peligrosa para la madre…”

Un escalofrío recorrió mi espalda a todo lo largo de la columna vertebral.

“…el peligro principal radica en la posibilidad de un desgarramiento espontáneo del útero…”

Es-pon-tá-ne-o.

“…si el partero al introducir la mano en el útero, como consecuencia de la falta de espacio o por la influencia de la reducción de las paredes del útero, encuentra dificultades para llegar hasta la pierna, debe renunciar a intentos posteriores de realizar el viraje…”

Bien. Si por algún milagro llegara a ser capaz de determinar esas “dificultades” y de renunciar a “intentos posteriores”, ¿qué haría con esa mujer anestesiada de la aldea de Dúltsevo?

Más adelante:

“…se prohíbe terminantemente tratar de llegar hasta las piernas a lo largo de la espalda del feto…”

Lo tomaremos en cuenta.

“…sujetar la pierna que está arriba se considera un error, ya que al hacerlo el feto puede girar sobre su propio eje, lo que puede originar un grave encajamiento del feto y puede conducir a las más tristes consecuencias…”

“Tristes consecuencias”. Algo indefinidas, ¡pero qué palabras tan impresionantes! ¿Y si el marido de la mujer de Dúltsevo se queda viudo? Me sequé el sudor de la frente, reuní fuerzas y, saltándome aquellos terribles pasajes, traté de recordar solo lo esencial: qué es lo que debía hacer y por dónde introducir la mano. Pero mientras recorría rápidamente los negros párrafos, una y otra vez me topaba con nuevas cosas terribles. Me saltaban a la vista:

“…debido al enorme peligro de desgarramiento… los virajes interno y combinado son de las operaciones obstétricas más peligrosas para la madre…”

Y como acorde final:

“…con cada hora de retraso, crece el peligro…”

¡Basta! La lectura trajo sus frutos: todo se confundió definitivamente en mi cabeza y en un instante me convencí de que no entendía nada, y sobre todo, de que no sabía qué tipo de viraje iba a realizar: ¡combinado, no combinado, directo, indirecto…!

Abandoné el Doderlein y me dejé caer en el sillón, forzándome a poner en orden mis fugitivos pensamientos… luego miré el reloj. ¡Diablos! ¡Llevaba veinte minutos en casa! En el hospital me esperaban.

“…con cada hora de retraso…”

Las horas se componen de minutos y los minutos, en estos casos, vuelan a una velocidad increíble. Arrojé el Doderlein y corrí de regreso al hospital.

Todo estaba listo. El enfermero estaba de pie junto a la mesita y en ella preparaba la mascarilla y el frasco con cloroformo. La parturienta ya estaba acostada en la mesa de operaciones. Un gemido ininterrumpido se extendía por toda la clínica.

–Aguanta, aguanta –balbuceaba tiernamente Pelagueia Ivánovna, inclinándose hacia la mujer–, el doctor te ayudará ahora mismo.

–No tengo fuerzas… no… ¡Ya no tengo fuerzas!… ¡No lo soportaré!

–No temas, no temas… –balbuceaba la comadrona–. ¡Lo soportarás! Ahora te daremos a oler algo… No sentirás nada.

El agua salía ruidosamente de los grifos; Ana Nikoláievna y yo comenzamos a limpiarnos y a lavarnos las manos y los brazos desnudos hasta el codo. Ana Nikoláievna, con un fondo de gemidos y lamentos, me contaba cómo mi antecesor –un experto cirujano– hacía los virajes. Yo la escuchaba ansiosamente, procurando no perderme una sola palabra. Y esos diez minutos me dieron más que todo lo que había leído sobre obstetricia cuando me preparaba para el examen estatal, en el que –justamente en obstetricia– había obtenido una nota “sobresaliente”. Por palabras aisladas, frases inconclusas, insinuaciones hechas de paso, me enteré de lo más necesario, de aquello que no se encuentra nunca en ningún libro. Cuando comencé a secarme las manos –idealmente blancas y limpias– con gasa esterilizada, la decisión ya se había adueñado de mí y tenía en la cabeza un plan firme y determinado. En aquel momento ya no tenía para qué pensar si el viraje iba a ser combinado o no combinado.

Todos aquellos términos científicos ahora no venían al caso. Lo importante era una cosa: debía introducir una mano, con la otra ayudarme desde fuera para ejecutar el viraje y, confiando ya no en los libros sino en el sentido de la medida sin el cual el médico no sirve para nada, debía cuidadosa pero insistentemente hacer bajar una piernecita y, tirando de ella, extraer el bebé.

Debía estar tranquilo y ser cuidadoso pero al mismo tiempo ilimitadamente decidido y audaz.

–Comencemos –le ordené al enfermero, y empecé a untarme los dedos con yodo.

Pelagueia Ivánovna inmediatamente cruzó los brazos de la parturienta y el enfermero cubrió con la mascarilla el rostro extenuado. Del frasco amarillo oscuro comenzó a gotear el cloroformo. Un olor dulce y nauseabundo inundó la habitación. Los rostros del enfermero y de las comadronas se volvieron severos, como si estuvieran inspirados.

–¡Ah! ¡Ah! –gritó de pronto la mujer. Durante unos segundos se agitó, intentando quitarse la máscara.

–¡Sujétenla!

Pelagueia Ivánovna la sujetó por los brazos, los dobló y los apretó contra el pecho. La mujer gritó unas cuantas veces más alejando el rostro de la máscara. Pero cada vez se movía menos… cada vez menos… luego balbuceó sordamente:

–¡Ah!… ¡Suéltame!… ¡Ah!

Balbuceaba cada vez más débilmente. La blanca habitación quedó en silencio. Las gotas transparentes seguían cayendo sobre la gasa blanca.

–Pelagueia Ivánovna, ¿el pulso?

–Es bueno.

Pelagueia Ivánovna levantó el brazo de la mujer y lo dejó caer; este, inanimado como una rama, se precipitó sobre la sábana. El enfermero retiró la mascarilla y miró las pupilas.

–Duerme.

 

***

Un charco de sangre. Mis brazos están ensangrentados hasta el codo. En las sábanas hay manchas sanguinolentas. Coágulos rojos y bolas de gasa. Y Pelagueia Ivánovna sacude al recién nacido y le da golpecitos. Axinia hace ruido con los baldes al verter el agua en las palanganas. Sumergen al niño alternativamente en agua fría y caliente. El bebé calla y su cabeza parece sujeta por un hilo, cuelga sin vida y se balancea de un lado a otro. Pero de pronto: se escucha algo como un chirrido, o un gemido, y después se oye el primer grito, ronco y débil.

–Está vivo… está vivo… –murmura Pelagueia Ivánovna, y coloca al bebé sobre una almohada.

Y la madre también está viva. Por suerte no ha ocurrido nada terrible. Yo mismo le tomo el pulso. Sí, es regular y claro; el enfermero sacude ligeramente a la mujer por el hombro y dice:

–Bueno, mujer, mujer, despierta.

Arrojan a un lado las sábanas ensangrentadas y apresuradamente cubren a la madre con una sábana limpia; el enfermero y Axinia se la llevan a la sala. El bebé, ya envuelto en sus pañales, se marcha sobre la almohada. Una pequeña carita marrón y arrugada mira desde el borde blanco sin dejar de emitir un agudo llanto.

El agua corre por los grifos de los lavabos. Ana Nikoláievna fuma ansiosamente un cigarrillo, arruga la cara a causa del humo y tose.

–Doctor, ha hecho usted muy bien el viraje, con mucha seguridad.

Me froto afanosamente las manos con un cepillo y la miro de reojo: ¿estará burlándose? Pero en su rostro hay una sincera expresión de orgullosa satisfacción. Mi corazón rebosa alegría. Miro el blanco y sangriento desorden que hay a mi alrededor, el agua roja de la palangana y me siento vencedor. Pero en algún recóndito lugar de mi ser se agita el gusano de la duda.

–Todavía debemos esperar a ver qué ocurre después –digo.

Ana Nikoláievna levanta asombrada la vista hacia mí.

–¿Qué puede ocurrir? Todo ha salido bien.

Murmuro cualquier cosa como respuesta. En realidad, lo que quisiera decir es lo siguiente: ¿estará todo intacto en el interior de la madre?, ¿no la habré lastimado durante la operación…? Esto atormenta confusamente mi corazón. ¡Pero mis conocimientos de obstetricia son tan poco claros, tan librescamente fragmentarios! ¿Un desgarramiento? ¿Cómo debe manifestarse? ¿Cuándo se presentarán los primeros síntomas, ahora o más tarde…? No, mejor no hablar sobre este tema.

–Cualquier cosa puede ocurrir –digo yo–, no está excluida la posibilidad de una infección –repito la primera frase que se me ocurre de algún manual.

–¡Ah, eso! –alarga tranquilamente las palabras Ana Nikoláievna–. Si Dios quiere nada ocurrirá. ¿Una infección? Todo está limpio y esterilizado.

 

***

Era más de la una cuando regresé a mi departamento. Sobre el escritorio del gabinete, bajo la mancha de luz de la lámpara, yacía pacíficamente el Doderlein, abierto en la página “Peligros del viraje”. Durante casi una hora, estuve bebiendo el té ya frío y hojeando el libro. Entonces ocurrió algo interesante: todos los pasajes que hasta ese momento me habían resultado oscuros se volvieron completamente claros, como si se hubieran llenado de luz, y allí, bajo la luz de la lámpara, por la noche, en aquel lugar apartado, comprendí lo que significa el verdadero conocimiento.

“Se puede adquirir una gran experiencia en la aldea –pensé mientras me quedaba dormido–, pero hay que leer, leer todo lo posible… leer…”

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

lunes, 20 de julio de 2026

Los clarividentes

Jorge Eduardo Alcalá

 

Íbamos de la casa abandonada al puente. Éramos los fracasados, los que así tuviéramos veinte oportunidades de recomenzar lo haríamos mal. Beatrice, por ejemplo. Beatrice había sido una estupenda bailarina, pero cuando la llamó la mejor compañía de danza, ella se fracturó los tobillos y ahora apenas caminaba. O Víctor. Policía de primera, candidato al premio municipal de Altos Honores hasta antes de conocer a Rita. Y Val. Val era un luchador sueco en declive que no podía hilar ni siquiera cinco abdominales. Y yo, por supuesto, que en mis mejores tiempos había sido galán de altura, pero ahora buscaba una mujer que me sacara a flote. Éramos los que sin querer dan paso a la existencia de los héroes, los que fallaban quinientas veces los penales. Los momentos clave simplemente no estaban hechos para nosotros.

A decir verdad, la situación era incómoda, pero se podía vivir. Entre la casa y el puente, yo prefería la casa, a pesar de que por doquier se veía el desorden: gatos invadiendo la mesa al menor descuido, vendas y ediciones suecas del Playboy tiradas en el suelo, todo impregnado de un olor a orines que dejaba Val en sus borracheras, pues vivía convencido de que el excusado estaba en cualquier lugar.

Pero eso se podía sobrellevar: Val se retiraba al puente y miraba el río mientras se bebía una tremenda botella de dos litros de vodka sin decir palabra. Beatrice jamás dejaba de quejarse, pero nunca se iba. Víctor postulaba cada año a la policía de nuevo, pero nunca lo matriculaban porque Rita era la jefa de personal. Yo imaginaba negocios que me permitían regresar al ambiente de traje y corbata… Y así nos transcurría la vida; casi sin darnos cuenta íbamos de aquí para allá, de tropezón en tropezón, coleccionando nuestras fallas como otros hacen con insectos o timbres postales.

–Míralos, son asquerosos –me decía Beatrice mientras los muchachos pateaban una pelota hecha de periódicos–. Son como perros: dales un juguete o un hueso. No necesitan nada más para decirle adiós al mundo.

–De acuerdo. Pero al menos hacen algo –era mi respuesta. Ella no la escuchaba porque de nuevo se estaba quejando.

–Además la casa huele horrible. Val es un cerdo. Y Víctor es un inútil.

Y el juego se prolongaba minutos u horas, dependiendo de “mi” tiempo disponible, que no era otro sino el que estaba dispuesto a ceder oyendo confabulaciones y sinsentidos.

Del puente a la casa abandonada: cuando Víctor, Val o yo conseguíamos algún dinero, lo primero era convencer a Beatrice de que su destino estaba aquí y ahora, comprarle algún póster de danza y ella a regañadientes nos acompañaba al puente a ver los barcos que partían mientras Val vaciaba su monumental botella de vodka. Pero ella no bebía, solo refunfuñaba. Al poco tiempo se le oía mascullar “me largo, hato de cerdos”, y después volvía con nosotros porque no sabía el camino de vuelta a casa ni los tobillos le daban para caminar más. Pobre Beatrice, no era hermosa –ni por dentro ni por fuera–: cuando se maquillaba se le corría el rímel y perdía el equilibrio al primer paso. Tampoco era raro encontrarla en el porche del vecino esperando que alguien le abriera la puerta porque no sabía cómo hacerlo. Dos cosas no cabían en su pequeño mundo: la ciudad y sus convenciones.

Val no. Val había atesorado un carácter duro allá en los viejos días de la Suecia de los cincuentas, en medio de arenas de lucha internacionales. Hablaba todavía del Brasil coronado, de Olof Palme, de la fábrica de autos Opel y de las vacaciones en Upsala. Llenaban su memoria su madre, sus hermanas, sus títulos y su retiro obligado por alcoholismo justo antes de pelear contra un ruso por el campeonato del mundo. Pero ahora apenas si podía llegar al puente a ver los barcos que se iban, empinar el codo y perderse en su colección de Playboy: su redondo cuerpo no daba para más.

Víctor en cambio pasaba largas horas imaginando lo que podía haber sido al lado de Rita. Tenía la pensión de desempleado, pero casi nunca la hacía efectiva.

–Stergios –me decía– en el momento menos pensado me la subo a un auto y nos vamos hacia el sur.

–¿Pero en qué auto? –replicaba yo.

–No se preocupe por eso que lo resuelvo en dos minutos. Lo difícil es Rita.

–Claro. Ahora resulta que las mujeres más hermosas del mundo se largan a la aventura con desempleados. Más encima en autobús.

Pero él vivía convencido de que un día de esos iba a conseguir un Volkswagen para recorrer las largas cadenas montañosas del sur y las playas en compañía de la mujer de sus sueños. El único inconveniente era que esa mujer lo odiaba a muerte.

El primer signo de que algo andaba mal vino de Beatrice –que por esos días andaba con el rímel corrido y parecía sacada de una película de horror de los 50’s– que un día dijo, sin mayor antecedente:

–¡Ja! Este maldito cerdo piensa que va a ganar. Lo que no sabes –añadió mientras señalaba a Val– es que estás acabado. ¡Finish! ¡Te van a mandar al hospital! Y por Dios, deja de orinarte en las paredes.

No le hicimos caso. Casi enseguida Val se levantó a orinar. Víctor me golpeó con el codo. Yo lo miré fastidiado puesto que no me importaba dónde hacía Val sus necesidades.

–Mire. Está orinando la pared.

–¿Y?

–Que la Duncan lo predijo –se refería a Beatrice como “la Duncan”– Acá hay un gato y una liebre.

–¡Por Dios, si eso lo hace todos los días!

–Sí, pero ahora es distinto.

Beatrice contemplaba furiosa la escena, maldijo quince veces, gritó “me largo” y golpeó la puerta.

–Hay que ver qué quiso decir con lo de “ganar” –prosiguió Víctor.

–Es natural. Ella sabe que el gordo es luchador.

–Claro. Pero también sabe que hace años no pelea –dijo Víctor.

En ese preciso instante alguien tocó la puerta. Un intermediario le ofreció a Val cien dólares por dejarse vencer en la tercera caída ante Zulema, una luchadora sin prejuicios, decidida a abrirse paso a como diera lugar, incluso a costa de veteranos y de héroes cansados.

–¡Qué tal! –gritó Val jubiloso con los treinta dólares de adelanto en la mano– El Gran Valerio Robson está de vuelta. ¡Como Brasil!

Como era de esperarse, justo la noche de su inverosímil regreso, Val se emborrachó tanto que no pudo llegar ni al fin de la primera caída. A los dos minutos vomitó en el ring. El réferi lo echó. Zulema lo pateó de verdad porque había manchado sus botines de charol dorado. El público aventaba cáscaras de cacahuates y cocacolas. Víctor y yo sacamos al enorme Val, como un paquidermo derrotado que se movía a duras penas y lo llevamos al hospital porque comenzó a sangrar por la nariz. Poco antes de entrar a la sala de urgencias, cuando ya estaba en camilla me confesó: “Stergios, no hay caso. La muchacha ya sabe que usted es un pobre diablo. Además, no conjeturen. No los va a llevar a nada”.

Me quedé de una pieza. Lo que estaba ocurriendo era increíble. Nadie sabía que yo cortejaba a una vendedora de zapatos. Menos ese luchador venido a menos. Víctor me miró y dijo:

–¿Es cierto lo que dijo Val?

–¿Qué? –pregunté, haciéndome el que no entendía.

–Ya sabe, lo de la muchacha.

Yo pensé que Víctor se estaba entrometiendo en mi vida privada.

–¿A usted qué carajos le importa? Supongamos que yo estoy saliendo con una mujer ¿cuál es el problema? –dije, envalentonándome.

–¿No lo ve? –contestó Víctor, como si estuviera descubriendo un secreto de la CIA– Val y la Duncan son clarividentes.

–Me está diciendo que una bailarina que no se sostiene por sí misma y un luchador que ya va cuesta abajo saben el futuro. No me chingue…

–Stergios, despierte. Explíqueme por qué Val sabe lo de la muchacha. La Duncan predijo exactamente lo que pasó hoy, lo del hospital incluido ¿qué me dice?

Yo le respondí con mi mejor argumento, esperando que la farsa se le viniera abajo.

–Ya le dije que no jodiera. Además ¿por qué hace unas horas Val gritó que Valerio No-se-qué estaba de vuelta? ¿Eh? Evidentemente se equivocó… evidentemente no sabe…

–¡Los que no sabemos nada somos nosotros! –gritó Víctor– No sabemos nada, excepto que Val y la Duncan son clarividentes…

–Ya basta de la broma –dije yo– Hay que tomar un café. Pronto van a traer el informe médico.

–Espere –me interrumpió– el gordo también predijo esta discusión. “No conjeturen”, ¿lo recuerda? “No los va a llevar a nada”.

–Mierda –susurré y solté una sonrisa de incredulidad–. Es cierto.

Nos sentamos en el lobby del hospital por un rato sin saber qué decir. Parecía que la situación tomaba un rumbo incómodo y a ninguno de los dos nos agradaba. La enfermera pasó por ahí y nos dijo que Val estaría en terapia intensiva por lo menos 48 horas.

–¡Imbéciles! –gritó Beatrice– ¡Dejaron la puerta cerrada con candado! ¿Creen que no me doy cuenta?

–Tranquila –dijo Víctor–- Ya llegamos. Además está abierto.

–¡No es cierto! Stergios tiene la llave. Pone el candado y ya nadie puede entrar nunca más a la casa.

Me acerqué y giré la perilla de la puerta, que se abrió inmediatamente.

–Por favor –intentó calmarla Víctor, conduciéndola hacia el interior de la casa– ¿Lo ve? Este muchacho…

–¡No lo defienda! –le espetó Beatrice y luego me gritó – Es usted un cretino. Desperdicia su vida ligando zapateras. Lo peor es que va a terminar buscando extraterrestres. ¿Me está escuchando?

Intentó seguir, pero la crisis nerviosa se le agudizó y las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas. Víctor la condujo a su habitación en medio de toses y balbuceos ininteligibles. Yo estaba en medio de la casa, estupefacto, golpeado, aturdido. Me sentía como un tonto a quien acaban de decirle la verdad. El olor a orines fue entonces tan intenso que tuve náuseas. Por primera vez reparé en uno de los gatos que invadían la mesa: sus ojos eran de un azul sobrecogedor y parecía un ser inteligente, de otro mundo. Sin detenerme a pensarlo más recogí una Playboy del suelo, saqué una botella de vodka y tomé rumbo hacia el puente. Tenía mucho miedo de convertirme en uno de esos personajes estrafalarios que cazan ovnis y entrevistan abducidos.

A las dos noches, Val regresó hecho una piltrafa. Tenía la mandíbula rota, collarín y un brazo en cabestrillo. En cuanto llegó, se fue directamente a la cama. Víctor lo apaleó a preguntas, pero como tenía la mandíbula rota no podía responder. Al darle lápiz y papel nos dimos cuenta de que tampoco podía escribir. A señas casi indescifrables nos preguntó si Zulema le había entregado a alguien los 70 dólares restantes. Nos exasperamos con su falta de interés sobre la clarividencia. Víctor lo tomó de la camisa, lo amenazó diciéndole “Deje de jugar”, pero Val no podía entender muy bien y se recostó de lado. Al poco rato empezó a roncar. Casi al unísono mascullamos un carajo. Después nos fuimos al puente a beber. Salvo eso, no había otra cosa por hacer esa noche.

Víctor un día dijo –tenía los ojos en blanco y los brazos extendidos como los monjes budistas– “las cosas se van a poner más feas”. Y se cumplió como palabra escrita en piedra. Val insistía en que golpeáramos a Zulema para cobrarle. Beatrice se encerró por días enteros y de vez en cuando soltaba frases en lenguas desconocidas como “Behemot, behemot, tuero behemot”. Víctor otro día dijo “Stergios, Rita es una cualquiera. Se acuesta con el jefe de la sección, pero el día menos pensado me la subo a un auto y me largo hacia el sur”. Yo iba a contestarle lo de siempre, pero me contuve. Sospechaba que él también había adquirido la enfermedad de la clarividencia.

A pesar de que la situación seguía igual en apariencia (la casa invadida de gatos, el suelo tapizado de fotografías de mujeres desnudas, Víctor deduciendo cada vez más inteligentemente acerca de las situaciones, Val bebiendo y orinando, Beatrice perdida en sus laberintos interiores, los barcos tomando rumbo desconocido) ciertas sutilezas en ellos tres había cambiado. Parecían invadidos. Beatrice andaba por la casa como sonámbula, con los brazos extendidos y hablando en sánscrito o sabe Dios qué idioma. Víctor hacía comentarios más categóricos y acertados, sacaba conclusiones asombrosas y sus argumentos eran imbatibles. No dejaba de preguntarme si se gestaba en sus mentes una nueva inteligencia, acaso superior.

Con esta inquietud en mente, me encontré esa misma tarde con la chica que vendía zapatos. Lucía impresionante. Parecía haber crecido unos centímetros más. Cuando la miré a los ojos, demasiado azules y sobrecogedores, las escasas dudas que albergaba se disiparon.

 

Años después me encontré con Víctor en una de esas cantinas de paredes desportilladas que solo visitan los alcohólicos irremediables. Estábamos viejos, sucios, vencidos. Bebimos no sé cuántas cervezas, casi en silencio, conscientes de que no traíamos dinero suficiente para pagarlas y que nos echarían del lugar en forma vergonzosa.

–¿Por qué se fue cuando vivíamos con Val y Beatrice? ¿Qué sentido tenía irse? –me dijo.

–Vamos –le contesté– Yo era un hombre crédulo y usted un policía en busca de un caso.

–Bah. Con que eso fue.

–¿Qué pasó con ellos? –pregunté.

–Es una historia rara. Muy rara. Luego de que usted se fue, Val se empleó con Zulema. La Duncan vive de una herencia, habla en lenguas y todavía no puede abrir las puertas, es increíble. Rita se largó conmigo al sur, pero nos alcanzó la fatiga y ya nunca nos volveremos a ver. El tiempo pesa, uno se cansa…

Hicimos una pausa porque la única solución que nos quedaba luego de esa revisión tan inclemente del pasado estaba en la cerveza. No era fácil darse cuenta de que la vida se nos había ocultado entre casas abandonadas, fatales rings de lucha, mujeres que se iban y destinos brumosos, erráticos al menos.

–¿Y el asunto de la clarividencia? En el fondo parecía bastante cierto –inquirí al cabo de un rato.

–Fracasamos –me dijo y le dio un profundo trago a la cerveza– Parece que la clarividencia tampoco estaba hecha para nosotros.

–Sí, mierda. Sé a lo que se refiere –le contesté casi murmurando, triste, demolido, sabiendo en el fondo que todavía le miraba los ojos a las personas, a la busca del fatídico azul, como un barco que navega intuyendo que el horizonte es en realidad un precipicio.

 

(Tomado de www.laotrarevista.com)