domingo, 26 de julio de 2026

Kesa y Morito

Ryunosuke Akutagawa

 

Primera parte

A medianoche, contemplando la luna, fuera del cerco que rodea su casa, Morito, pensativo, va pisando las hojas muertas.

 

Monólogo de Morito

Ya asomó la luna. Si hasta ahora esperé con impaciencia su salida, llegada esta noche su luz me llena de temor. Mi cuerpo tiembla al imaginar que en solo una noche pueda quedar destruido lo que fui hasta ahora, para convertirme en criminal desde mañana. ¡Imaginar el cuadro, cuando estas manos se tiñan con el rojo de la sangre! ¡Cómo habré de maldecirme cuando llegue ese momento! No sería tan grande mi sufrimiento si se tratara de un enemigo que odio; pero no guardo ningún rencor a quien debo matar esta noche.

Yo conozco a este hombre desde hace tiempo. Aunque su nombre, Wataru Saemon-no-Jo, solo lo supe ahora por este incidente, recuerdo haber conocido antes sus rasgos finos y su cutis blanco, casi impropios de un hombre. Es verdad que en ese momento tuve celos al saber que era el marido de Kesa, pero ya esos celos se han disipado sin dejar rastros en mi corazón. Por eso, aunque sea Wataru mi rival amoroso, no siento por él odio ni rencor. Más aún, podría decir que hasta siento compasión por él; cuando mi tía de Koromogawa me enteró de los esfuerzos y sacrificios que había realizado para conquistar a Kesa, llegué a tenerle verdadera simpatía. ¿Acaso no se dijo que por el deseo de casarse con ella se había iniciado en el difícil arte de las poesías waka? Cuando imagino esos poemas de amor escritos por este hombre grave y prosaico, debo sonreír a pesar mío. Pero mi sonrisa no es ninguna burla. Me enternece el proceder de Wataru, que hasta de eso fue capaz para obtener el favor de una mujer. Hasta es posible que su pasión, que lo lleva a esos extremos por conquistar a esa mujer que es mi amada, me produzca cierta satisfacción.

Pero, ¿es que amo realmente tanto a Kesa para decir todo esto? Yo amaba a Kesa antes de que perteneciera a Wataru; o tal vez creía amarla. Aunque pensándolo ahora, veo que tras ese amor se ocultaban motivos inconfesables. ¿Qué buscaba yo en ella? Debo confesar que era la mujer cuyo cuerpo deseaba, siendo yo virgen por entonces. Si se me permitiese la exageración, diría que el amor que sentía por ella era un deseo carnal sentimentalmente embellecido. Porque, si bien durante los tres años siguientes a la separación no la olvidé, ¿habría pensado igualmente en ella en caso de haberla poseído? No puedo decir con certeza que no la haya olvidado. Después de separarnos había en mi añoranza una gran parte de pesar por no haberla conocido íntimamente. Luego, obsesionado y torturado por ese oscuro sentimiento, inicié la presente relación, esa relación que siempre había temido y que tanto deseara. Y ahora me pregunto: “¿La amo de verdad?”

Pero antes de responder es preciso que recuerde, aunque me desagrade, todo lo sucedido hasta este momento.

Cuando me encontré casualmente con Kesa después de tres años –en ocasión de celebrarse la Consumación en Puente Watanabe–, durante medio año me valí de toda clase de ardides para poder encontrarme secretamente con ella. Finalmente tuve éxito, y no solo logré la entrevista sino que también pude poseer su cuerpo, tal como lo habla soñado. Sobre esto debo aclarar que lo que me obsesionaba en ese momento no era, como dije antes, la frustración de mi primer deseo. Cuando me senté frente a ella en la habitación de la casa de Koromogawa, noté que mi pesar anterior había desaparecido. Seguramente el hecho de que en ese momento yo no fuera ya virgen había contribuido a disminuir mi deseo. Pero más que eso, la razón más poderosa estaba en que ella, físicamente, ya no era la de antes. Ciertamente, la Kesa de ahora no es la de tres años atrás. Su rostro ha perdido lozanía y una sombra negruzca circunda sus ojos. La excitante y deliciosa carne que había en sus mejillas y debajo del mentón, ha desaparecido como por encanto. Se podría aventurar que lo único que no ha cambiado en ella son sus luminosos ojos negros… este cambio fue sin duda un rudo golpe para mi deseo; recuerdo que la fuerte impresión me obligó a desviar la mirada cuando me enfrenté con ella.

Y bien: ¿por qué, entonces, tuve relaciones con esa mujer a la que no deseaba mayormente? Primero, sentí un extraño deseo de conquistarla. Cuando estuvimos frente a frente, ella comenzó a exagerar deliberadamente el amor que sentía por su marido. Yo únicamente entendía que lo que me contaba sonaba a falso y vacío. “Esta mujer conserva el orgullo por su marido, pensé, pero podría ser un síntoma de rebeldía, para no despertar mi compasión”.

Entonces sentí que minuto a minuto un firme deseo de desmentir sus palabras se iba agitando dentro de mí. Naturalmente, si me preguntaran por qué creía que era falso, o si no había vanidad de mi parte en suponer que mentía, no encontraría el menor argumento para replicar. Lo cierto es que estuve completamente convencido de que mentía; y lo sigo creyendo.

No solamente me dominaba el ansia de conquistar a Kesa. Aparte de ese deseo –con solo decirlo me lleno de vergüenza– estaba poseído por un deseo puramente carnal. Sin embargo, el motivo no era la insatisfacción de antes. Era más bajo, un deseo sexual que no exigía que fuese ella quien tuviera que saciarlo. Quizá ni el hombre que viera una prostituta sería tan obsceno como lo era yo en aquel momento. Como quiera que fuese, por todos estos motivos trabé íntima relación con Kesa; mejor dicho, la deshonré. Y volviendo ahora a la pregunta del principio, no considero indispensable saber si la amo. A veces, hasta la odio. Cuando “aquello” concluyó y por la fuerza atraje a mis brazos a esa mujer que lloraba, la encontré más infame que yo: los cabellos rizados y el empolvado rostro sudoroso, todo en ella revelaba la fealdad, tanto de su alma como de su cuerpo. Si realmente la había amado hasta ese momento, ese amor tuvo que desaparecer para siempre aquel día. O si no la había amado, puedo decir que ese día nació en mí un nuevo odio por ella. ¡Y hoy tengo que matar a un hombre que no odio a causa de una mujer que no amo! Pero esto no es culpa de nadie. Yo lo dije, impúdicamente, con mi propia boca: “Matemos a Wataru”.

Pienso si no estaría loco cuando susurré estas palabras al oído de Kesa. Sin embargo lo hice, a pesar de no desearlo, resistiéndome íntimamente. Ahora, recapacitando, no comprendo por qué habría de querer transmitirle semejante deseo; aunque si forzara una explicación diría que cuanto más la aborrecía, más grande era mi tentación de deshonrarla. Y nada era más indicado para ello que matar a Wataru, el esposo que Kesa se jactaba de amar, y hacer que aceptara mi proposición aun contra su voluntad.

Debió ser así como la convencí, como en una pesadilla, de que lo matáramos. Por si esto no fuera suficiente para justificar mi propósito, diría que una fuerza desconocida –tal vez la del diablo o del demonio– había anulado mi voluntad impulsándome a esta perversión. No obstante, susurré insistentemente al oído de Kesa esas mismas palabras.

Por fin ella alzó vivamente su rostro y me dijo, sin vacilar, que aceptaba mi determinación. Me decepcionó la facilidad con que me dio su respuesta; fue más: al mirarla, sorprendí en sus ojos un misterioso brillo que hasta entonces no le había conocido. “Adúltera” fue la impresión instantánea. Al mismo tiempo, me invadió una desazón que me hizo descubrir, repentinamente, todo el horror que encerraba mi intención de matar. No creo necesario agregar que junto a ello su repulsiva y sensual presencia de adúltera mortificaba obstinadamente mi conciencia. De ser posible, habría retirado mi promesa en el acto. Deseé vivamente degradar hasta el límite a aquella mujer. Así mi conciencia podría escudarse en mi indignación, aun cuando la hubiera ofendido deliberadamente. Pero me faltó valor para ello; confieso que cuando clavó en mí su mirada, mudando repentinamente de expresión… lo que me llevó a comprometerme en forma vergonzosa a matar a Wataru un día fijo, a determinada hora, fue el miedo a la posible venganza de Kesa en el supuesto caso de que yo me arrepintiera. Ahora mismo siento que me persigue tenazmente ese miedo. Quien quiera burlarse por creerme cobarde, que se burle. Yo he de decirle que no conoció a la Kesa de ese momento.

“Si no mato al marido, de algún modo provocará mi muerte, aunque no sea ella quien la ejecute. Siendo así, prefiero matar”, me dije con desesperación ante aquellos ojos que lloraban sin lágrimas. ¿Acaso no pude confirmar mi temor cuando vi que, bajando la vista, sonreía poniendo un hoyuelo en su pálido rostro?

¡Ah! Por esa maldita promesa deberé sumar a mi más impura alma el peso de un crimen. Si consiguiera romper este pacto antes de que llegue la media noche… pero tampoco lo podría soportar. Ante todo, he dado mi palabra. Después… he dicho que temía la venganza de Kesa; es verdad. Pero hay todavía algo más. ¿Qué es? ¿Qué fuerza poderosa es ésta que empuja a un cobarde como yo a matar a un inocente? No lo sé, no lo sé… sin embargo, no puede ser. Desprecio a esa mujer. La temo. La odio. Pero a pesar de todo, a pesar de todo eso, es posible que hoy mate, precisamente porque la amo.

 

Morito, prosiguiendo su marcha, acalla el monólogo. Claro de luna. Se oye una voz que canta una balada.

 

Sin luz,
Como las sombras,
Las almas de los hombres
Ardiendo en llamas de terrenales pasiones
Desaparecen, para siempre,
De esta vida pasajera.

 

Segunda parte

A medianoche, fuera del chodai Kesa, con la manga del kimono entre los dientes, da la espalda a la lámpara que ilumina la habitación, pensativa.

 

Monólogo de Kesa

¿Vendrá? ¿No vendrá? Bien, no creo que haya cambiado de parecer; se va poniendo la luna y no oigo sus pasos. Si no viniera… ah, tendría que vivir nuevamente, día tras día, como una mujer indigna. ¡Cómo atreverme a un proceder tan audaz y deshonesto! Seré como cualquier cadáver abandonado en el camino, puesto que deberé callar, como una muda, aunque muestre toda mi vergüenza por el ultraje padecido. De llegar a eso, no acabaría de morir ni después de muerta. No, no, él ha de venir, seguramente. Estoy convencida desde que observé sus ojos cuando nos despedimos la última vez. Él me teme. Me teme aunque me odia y me desprecia. Si realmente me tuviera fe, no dudaría. Pero confío en él. Confío en su egoísmo. Quiero decir, estoy segura del miedo abyecto que le inspira su propio egoísmo. Por eso puedo decir que vendrá esta noche, infaliblemente…

Pero ahora que no puedo creer más en mí, ¡qué miserable me siento! Hace tres años yo estaba segura, confiaba sobre todo en mi belleza. Quizá fuera más acertado decir “hasta aquel día”, que “hace tres años”. Ese día en casa de mi tía, cuando me encontré frente a él en la habitación, una sola mirada bastó para ver reflejada en su alma mi propia miseria.

Afectando inocencia, Morito trataba de seducirme con palabras amables e insinuantes. Pero, ¿qué consuelo cabe en el alma de una mujer que ha descubierto su propia corrupción? Me sentía mortificada, horrorizada y triste. Prefería la terrible angustia de aquella vez, en que siendo niña, vi un eclipse en brazos del aya. Todos mis ensueños se disiparon. Después, ciñó mi cuerpo una tristeza semejante a un amanecer después de la lluvia… sentí el temblor de esa tristeza; y por fin entregué a aquel hombre este cuerpo, este cuerpo hecho cadáver. A ese hombre que no amo, que me odia y es un mujeriego. ¿No habré podido sobreponerme a la angustia que sentí cuando comprendí mi propia pobreza? ¿Acaso habré querido disimular todo con aquel fugaz instante, cálido y delicioso, en que me entregué ocultando mi cara en su pecho? ¿O es que como él, actué únicamente por instinto, con ese oscuro impulso del deseo? De solo pensarlo me siento morir de vergüenza, ¡de vergüenza, de vergüenza!

Aunque luchaba por no llorar de ira y de tristeza, las lágrimas me brotaban sin cesar. Pero no por el solo hecho de que me hubiese violado. Era la angustia y el dolor de ser violada y a la vez humillada, como un perro leproso al que no solo desprecian sino que maltratan.

Pero, ¿qué fue lo que hice “después”? Guardo un vago recuerdo, como si todo eso perteneciera a un pasado ya lejano. Recuerdo el instante en que, llorando todavía, sentí en mi oreja el roce de sus bigotes y oí en un susurro su voz cálida diciendo: “¡Matemos a Wataru!”

Al escucharlo, no sé bien por qué me sentí extrañamente aliviada. ¿Aliviada? Si pudiera usar la metáfora de que la luz de luna es luminosa, tal vez lo que sentí en ese momento fue, sí, una especie de alivio, aunque ese alivio fuera el claro de luna y no la claridad del sol. Pensándolo bien, ¿no podría ser que esa terrible frase de Morito hubiera logrado consolarme en cierto modo? ¡Ah! ¿Es posible que yo, la mujer, se complazca en ser amada por un hombre aun al precio de matar a su propio marido?

Seguí llorando con ese sentimiento del claro de luna, triste y aliviada a la vez. ¿Después… después?… ¿Cuándo habré aceptado el plan para ultimar a Wataru con su complicidad? A decir verdad, en el mismo momento de aceptarlo fue cuando recordé a mi marido. Sinceramente, era la primera vez que pensaba en él. Hasta ese momento solo había pensado intensamente en mí, solamente en mí, que había sido injuriada de ese modo. Pero en aquel instante pensé en mi esposo, en mi tímido esposo… No, no pensé en él, sino que lo “recordé” con tanta nitidez como si lo hubiera tenido delante de mis ojos; con su cara sonriente, como cuando quiere decirme algo. ¿Es posible que haya sido precisamente cuando decidí ejecutar “mi” plan, el momento en que recordé el rostro sonriente de mi marido? En ese mismo instante me decidí a morir, y hasta me sentí feliz de haber tomado esa resolución. Pero cuando dejé de llorar y lo miré otra vez, y de nuevo vi reflejada en él mi propia miseria, sentí que toda mi alegría se esfumaba. Entonces –vuelvo a recordar la angustia de cuando vi el eclipse con mi aya– fue como si de pronto desapareciera todo lo que de maldito y misterioso encerraba aquella alegría. ¿Significa que amo a mi marido el solo hecho de haberme decidido a morir por él? No, no puede ser… obedezco únicamente al propósito de rehabilitarme, con el pretexto de sacrificarme por mi marido… yo, que carezco de valor para suicidarme… con un corazón mezquino que teme la malicia de los otros. Pero eso podría serme perdonado. Puesto que hay algo más; fui aún más miserable, más ruin. ¿Acaso no quería vengarme del desprecio de aquel hombre y de su bajeza con el pretexto de esta abnegación final? Como corroborándolo, cuando vi el rostro de ese hombre, la extraña sensación –lúcida como la luz de la luna– se desvaneció, y al instante la congoja heló mi corazón. Yo no muero por mi marido. Yo me propongo morir para mí misma. Estoy dispuesta a ello para vengar la humillación y el rencor que conservo de la infamia. ¡Ay! ni merezco seguir en esta vida, ni soy digna de morir.

Pero, después de todo, nadie sabe cuánto mejor es morir esta muerte que seguir viviendo. Aun en mi angustia, repetidas veces le aseguré, sonriendo, que cumpliría la promesa de matar a mi marido. Y él, que es bastante sensible, habrá imaginado a través de esas palabras de lo que sería capaz si él dejara de hacerlo. Esto significa que habiendo empeñado su palabra, es imposible que esta noche deje de venir… ¿será el rumor del viento…? Al pensar que la angustia y el sufrimiento que me tortura desde aquel día pueden desaparecer hoy mismo, siento que mis nervios descansan. El sol de mañana bañará fríamente mi cuerpo sin cabeza. Cuando mi marido me descubra… no, no pensaré en él. Wataru me ama. Pero yo no tengo fuerzas para hacer algo por su amor.

Hace tiempo que solo puedo amar a un hombre. Ese hombre es, justamente, el que vendrá esta noche para matarme.

Hasta la débil llama de esta lámpara resulta luminosa para mí, maltratada como he sido por el hombre que amo…

 

Kesa apaga la luz. Un momento después, se oye un ruido leve al abrirse la puerta del jardín. La luna irradia una suave claridad.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

Levitación

Joseph Payne Brennan

 

El Circo Ambulante Morgan llegó a Riverville para dar una función de noche, y plantó sus tiendas en el parque situado en uno de los extremos del pueblo. Era un cálido atardecer de primeros de octubre, y a eso de las siete una gran multitud se había congregado ante la barraca principal del Circo, dispuesta a divertirse.

El espectáculo viajero no era nada del otro jueves en cuanto a presentación y calidad, pero su aparición fue saludada con alborozo en Riverville, una aislada comunidad montaraz que no contaba con cines ni teatros ni campos deportivos, como los que hay en las grandes ciudades.

Los habitantes de Riverville no eran exigentes en sus diversiones; en consecuencia, la inevitable Mujer Gorda, el Hombre Tatuado y el Muchacho Mono les hicieron pasar un buen rato. Mientras contemplaban el espectáculo, masticaban cacahuates y palomitas de maíz, bebían vaso tras vaso de limonada y mantenían ocupados sus dedos con los coloreados papeles que envolvían los caramelos.

Todo el mundo se hallaba en un relajado y tolerante estado de ánimo cuando el presentador empezó a anunciar la actuación del Hipnotizador. El presentador, un hombre pequeñito y rechoncho que vestía una chaqueta a cuadros, aullaba a través de un improvisado megáfono, mientras el Hipnotizador permanecía en último plano sobre la plataforma de madera levantada delante del barracón, con aire indiferente y burlón, sin dignarse mirar a la multitud de espectadores.

Al final, sin embargo, cuando unas cincuenta almas se habían reunido ante la plataforma, el Hipnotizador avanzó hasta quedar a plena luz. Un murmullo se elevó de la multitud.

Iluminado por la lámpara suspendida sobre su cabeza, el Hipnotizador ofrecía un aspecto impresionante. Era un hombre alto, delgadísimo, con una tez sorprendentemente pálida. Pero lo que más llamaba la atención en él eran sus ojos oscuros hundidos en las cuencas, enormes y brillantes. El usado traje negro que vestía, y la corbata de lazo, también negra, que llevaba anudada al cuello, acababan de conferirle un aire mefistofélico

Contempló a la multitud fríamente, con una expresión a la vez resignada y desafiante.

Todos oyeron su voz sonora.

–Para mi experimento, necesito un voluntario –dijo–. Si alguno de ustedes es tan amable como para subir a la plataforma…

Todo el mundo miró a su alrededor o dio con el codo a su vecino, pero nadie se movió.

El Hipnotizador se encogió de hombros.

–No puedo trabajar a menos que uno de ustedes se preste al experimento. Les aseguro, damas y caballeros, que la demostración es completamente inofensiva y no reviste el menor peligro.

Miró a su alrededor con aire expectante, y de pronto un joven empezó a abrirse paso entre la multitud y avanzó hacia la plataforma.

El Hipnotizador lo ayudó a subir los escalones de madera y lo invitó a sentarse en una silla.

–Relájese –dijo el Hipnotizador–. Ahora va usted a dormirse. Y hará exactamente lo que yo le ordene.

El joven se movió en la silla, al tiempo que dirigía una burlesca mueca a la multitud.

El Hipnotizador reclamó su atención, fijando en él sus enormes ojos, y el joven dejó de moverse.

Súbitamente, uno de los espectadores lanzó una bolsita de palomitas de maíz hacia la plataforma. La bolsita describió un arco y fue a aterrizar exactamente en la cabeza del joven sentado en la silla.

El impacto aturdió al joven, que estuvo a punto de caer de la silla, y la multitud, callada un momento antes, estalló en ruidosas carcajadas.

–¿Quién ha sido el gracioso? –preguntó en tono irritado.

El Hipnotizador estaba furioso. Su pálida tez enrojeció y parecía a punto de estallar de rabia al enfrentarse con los espectadores.

La multitud guardó silencio.

El Hipnotizador continuó mirándolos fijamente. Al final, el color abandonó su rostro y dejó de temblar, pero sus brillantes ojos mantenían una expresión amenazadora.

Al cabo de unos segundos volteó hacia el joven sentado en la silla, lo despidió dándole las gracias por su colaboración y se encaró de nuevo con la multitud.

–Debido a la interrupción –anunció en voz baja–, será necesario volver a empezar la demostración… con un nuevo sujeto. Tal vez a la persona que lanzó la bolsita no le importaría subir a la plataforma.

Una docena de espectadores voltearon a ver a alguien que permanecía medio escondido detrás de la multitud.

El Hipnotizador clavó en él sus oscuros ojos, y al hablar su tono era francamente burlón.

–Quizá –dijo– la persona que interrumpió el espectáculo tiene miedo de subir. ¡Prefiere esconderse detrás de la gente y lanzar bolsitas de palomitas!

El culpable profirió una exclamación y luego avanzó con aire beligerante hacia la plataforma. Su aspecto no tenía nada de notable; en realidad, tenía un vago parecido con el joven que había subido anteriormente, y cualquier observador casual los hubiera catalogado a los dos como típicos campesinos.

El segundo joven subió a la plataforma y se sentó en la silla con un visible aire de reto, y por espacio de unos minutos se hizo evidente que se negaba a relajarse, tal como le sugería el Hipnotizador. De pronto, sin embargo, su agresividad desapareció y se quedó mirando obedientemente los imperiosos ojos situados delante de los suyos.

Al cabo de unos instantes se puso en pie, obedeciendo la orden del Hipnotizador, y se tendió de espaldas sobre el entarimado de la plataforma. Los espectadores se quedaron boquiabiertos.

–Ahora va usted a dormirse –le dijo el Hipnotizador–. Va usted a dormirse. Va usted a dormirse. Va usted a dormirse. Va usted a dormirse y hará todo lo que yo le ordene. Todo lo que yo le ordene. Todo…

Su voz se convirtió en una especie de zumbido, repitiendo incansablemente las mismas frases, y la multitud cayó en un religioso silencio.

De repente, en la voz del Hipnotizador apareció una nota completamente nueva, y el auditorio contuvo la respiración.

–Ahora, va usted a alzarse sobre la plataforma –ordenó el Hipnotizador–. ¡Álcese sobre la plataforma!

Sus oscuros ojos brillaban con extraña intensidad, y la multitud se estremeció.

–¡Álcese! ¡Arriba!

El suspiro colectivo de la multitud fue perfectamente audible.

El joven tendido en la plataforma, completamente rígido, sin mover un músculo, empezó a ascender. Subía con lentitud, casi imperceptiblemente al principio, pero su ascensión no tardó en hacerse más rápida.

–¡Arriba! –ordenó la voz del Hipnotizador.

El joven continuó ascendiendo, hasta quedar a unos pies por encima de la plataforma. Y siguió ascendiendo…

Los espectadores estaban convencidos de que existía algún truco, pero a pesar de ello contemplaban la ascensión del joven con la boca abierta. El joven parecía estar suspendido y moverse en el aire sin ninguna clase de apoyo físico.

Repentinamente, la atención de la multitud se vio distraída por otro suceso: el Hipnotizador se llevó una mano al pecho, dio un traspié y se derrumbó sobre la plataforma.

Se oyeron gritos reclamando la presencia de un médico. El presentador de la chaqueta a cuadros subió rápidamente a la plataforma y se inclinó sobre la inmóvil figura.

Le tomó el pulso, sacudió la cabeza y frunció el ceño. Alguien le ofreció una botella de whisky, pero el presentador se limitó a encogerse de hombros.

De pronto, una mujer lanzó un grito.

Todo el mundo volteó a verla y un segundo después todos los ojos se fijaron en un mismo punto.

El grito de horror fue unánime: el joven a quien el Hipnotizador había dormido, seguía ascendiendo. Mientras la atención de la multitud se había distraído con el fatal colapso del Hipnotizador, el joven había continuado subiendo. Se hallaba ahora a más de dos metros de altura por encima de la plataforma y moviéndose inexorablemente hacia arriba. Incluso después de la muerte del Hipnotizador continuaba obedeciendo aquella orden final: “¡Arriba!”.

El presentador, con los ojos a punto de salírsele de las órbitas, dio un frenético salto tratando de agarrar al joven, pero fracasó en su intento. Sus dedos solo pudieron rozar a la moviente figura antes de caer de bruces sobre la plataforma.

La rígida forma siguió flotando hacia arriba, como atraída por una especie de invisible imán.

Las mujeres empezaron a gritar histéricamente; los hombres vociferaban. Pero nadie sabía qué hacer. Una expresión de terror llenó los ojos del presentador al mirar hacia arriba.

–¡Baja, Frank! ¡Baja! –gritó la multitud–. ¡Frank! ¡Despierta! ¡Baja! ¡Párate, Frank!

Pero la rígida forma de Frank se movía incesantemente hacia arriba. Arriba, arriba, hasta que alcanzó el nivel del techo del barracón, hasta que alcanzó la altura de las copas de los árboles más altos, hasta que sobrepasó los árboles y siguió ascendiendo en dirección al despejado cielo de aquella noche de primeros de octubre.

La mayoría de los espectadores se cubrieron los horrorizados rostros con las manos.

Los que continuaron mirando vieron a la forma flotante ascender hacia el cielo hasta que no fue más que una leve mancha, como un diminuto cilindro acercándose cada vez más a la luna.

Luego desapareció del todo.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

sábado, 25 de julio de 2026

Palabras de poder

Jordi Cebrián

 

Llegan pájaros negros. Llueve sangre. El viento grita rencores y rabia. Son trece palabras ya, y si lo he escrito bien las tres primeras frases deben resonar aún en tu cerebro. Vuélvelas a leer. Eso es. Y apaga tu sonrisa, siente la desolación de un paisaje donde todo color se difumina. Cincuenta y cuatro palabras. ¿Ves que el tiempo termina, que el polvo cubre lo hermoso, que el sol quema lo bello? Es el poder y fuerza de los signos: grabar a fuego en tu piel lo terrible y oscuro, sin que sepas jamás que hay detrás del cien.

 

(Tomado de www.cienpalabras.blogspot.com)

 

El día en que nos vengamos

Maeve Brennan

 

Una tarde, unos hombres poco amistosos, vestidos de civiles y pertrechados con revólveres, vinieron a nuestra casa buscando a mi padre, o buscando información sobre él. Esto ocurrió en Dublín, en 1922. El tratado con Inglaterra, que convertía a Irlanda en el Estado Libre Irlandés, acababa de firmarse. Aquellos irlandeses que eran favorables al tratado, los partidarios del Estado Libre, gobernaban el país. Los que habían defendido una república, como mi padre, estaban en rebelión. Mi padre era buscado por el nuevo gobierno y había tenido que esconderse. Vivía clandestinamente, dormía una noche en una casa y la siguiente y la otra en otra, y a veces venía a hurtadillas para vernos. Supongo que mi madre nos había llevado a verlo varias veces, pero yo solo recuerdo una de aquellas visitas, y sé que me pareció muy extraño encontrarlo en la casa de alguien desconocido y dejarlo allí cuando nos fuimos a casa. En cualquier caso, aquellos hombres venían a buscarlo. Entraron abarrotando nuestro estrecho y pequeño vestíbulo y recorrieron toda la casa, arriba y abajo, buscando por todas partes y haciendo preguntas. No había nadie en casa más que mi madre, mi hermana pequeña, Derry, y yo. Emer, mi hermana mayor y el puntal de mi madre, había salido a hacer unos recados. Derry estaba arriba, en la cama con gripe. Yo estaba sentada cómodamente en una butaca baja en la sala, ensartando un collar. Tenía cinco años.

Cuando acabaron de registrar la casa, los hombres entraron en tropel en la sala donde yo estaba, desde la cual podían vigilar la calle. Traían a mi madre con ellos. Se instalaron en la habitación, hablando ociosamente entre sí y esperando. Mi madre estaba apoyada en la pared más apartada de la ventana, observándolos. Parecía muy tensa. Seguramente temía que mi padre se arriesgara a visitarnos y lo atraparan, y que nosotras lo viéramos detenido.

Uno de los hombres se acercó y se quedó frente a mí. Señaló una cuenta azul de cristal para que la añadiera al collar, pero yo le expliqué que era demasiado pequeña para entrar y que la había descartado. El intercambio con aquel hombre extraño me hizo sentir muy lista. Entonces él se inclinó acercándose más a mí.

–Dinos si sabes dónde está tu papá –susurró.

Yo dejé de ensartar cuentas y empecé a pensar, pero mi madre atravesó la habitación y corrió hacia él. Era una mujer bajita y delgada con la cara puntiaguda y el pelo castaño y liso, que siempre llevaba en un moño bajo.

–¿No le da vergüenza? –exclamó–. Interrogar a la niña…

El hombre se apartó de mí y ella volvió a su sitio contra la pared. En aquella época, en 1922, mi madre ya llevaba soportando problemas y ansiedad durante muchos años. Los primeros años de su matrimonio habían estado dominados por los preparativos para la Rebelión de Pascua, de 1916, y había visto a mi padre detenido y condenado primero a muerte y luego a trabajos forzados de por vida. Cuando yo nací, él estaba en la cárcel en Inglaterra y ella estaba sola en Dublín, sin saber cuándo lo vería ni si volvería a verlo. En realidad, lo soltaron un año después, y en 1921 nos trasladamos a la casa de Ranelagh, donde ahora esperábamos a ver qué ocurría.

De pronto, mi madre, al pensar en Derry, que estaba arriba sola en su habitación, abandonó su pared y corrió a la puerta que daba a las escaleras, pero uno de los hombres se adelantó a ella y le apuntó con el revólver. Ella levantó las manos contra el marco de la puerta, mirándolo con media sonrisa. Yo la había visto muchas veces sonreír así cuando estaba agitada.

–No puede abrir esa puerta –dijo el hombre.

–¿No han visto a la pequeña enferma en el piso de arriba? –dijo mi madre–. Estará asustada.

–No importa –dijo el hombre–. Usted no sale de esta habitación.

De nuevo mi madre se retiró a su pared y yo volví a mi collar y los hombres continuaron su charla. Al cabo de un rato se levantaron bruscamente y se marcharon. Mi madre siguió ansiosa, sospechando que podían estar vigilando el final de la calle por si llegaba mi padre. Se fue arriba a hablar con Derry y cuando volvió, la seguí los tres escalones abajo hacia la cocina, que era pequeña y cuadrangular, con un suelo de baldosas rojas y una puerta que daba al jardín. Ella se sentó en la mesa de la cocina. Le pregunté si quería una taza de té y ella dijo que sí. Llené la hervidora, salpicando agua por todo el suelo, pero ella no se fiaba de que encendiera el fuego y al final tuvo que preparar el té ella misma. Al cabo de un rato, llegó Emer a casa y mi madre le ofreció té y le contó todo lo que había pasado y lo que se había dicho, sin olvidar la pregunta que me habían hecho a mí. Al escucharla, de nuevo me invadió la gratitud, la emoción y la sorpresa de que aquel extraño me hubiera incluido a mí en la redada.

La otra única incursión que recuerdo tuvo lugar aproximadamente un año después y los hombres eran más duros. De nuevo estábamos solas en casa mi madre, mi hermana pequeña y yo. Esta vez los hombres llegaron por la mañana. Mi madre estaba con los quehaceres domésticos y llevaba un delantal atado a la cintura. Había abrillantado las varillas de cobre que sujetaban la alfombra roja de la escalera y ahora estaba limpiando el hule en el suelo del comedor. Los hombres entraron atropelladamente, como la otra vez, con sus revólveres, pero en esta ocasión buscaban en serio. Levantaron las camas buscando papeles y cartas, sacaron todos los libros de mi padre de las estanterías y los agitaron, y miraron en todos los cajones y en el ropero y el horno de la cocina. No hubo un centímetro de la casa que no tocaran. Pusieron todas las habitaciones patas arriba. El hule recién limpio se quedó marcado por sus pies impacientes y los dormitorios de arriba se quedaron hechos un asco, con las sábanas y las mantas en el suelo y los colchones amontonados sobre las camas desnudas. Al final, volvieron a la cocina y volcaron las latas de harina y té y azúcar y sal y todo lo que encontraron y metieron las manos dentro y las vaciaron en la mesa y el suelo. Tiraron todas las tazas y platillos. Aun así no encontraron nada, pero la casa parecía haber sufrido una explosión sin que se cayeran las paredes. Al fin se dispusieron a marcharse, pero cuando estaban a punto, uno de ellos, un tipo aplicado, se precipitó a la chimenea de la sala principal y metió las manos por el cañón y asomó la cabeza lo más que pudo, intentando ver lo que pudiera haber allí. Una gran lluvia blanda de hollín le cayó encima, cubriéndole cabeza y hombros. Se apresuró a salir de nuevo a la habitación, con las manos negras y la cara moteada. Parte del hollín le había entrado por las mangas y otra parte seguía cayendo sobre la alfombra. Miró a sus compañeros, se palmeó para sacudirse la suciedad y entonces se marcharon.

Cuando se fueron, mi madre contempló el daño que habían hecho. Tardaría mucho tiempo poner la casa como estaba antes. Fuimos todas a la cocina y examinamos los trastornos. Esta vez no era cosa de ponerse a hacer té, porque el té estaba en el suelo, junto con la harina y el azúcar.

Muy pocas veces habíamos oído a mi madre reírse fuerte a carcajadas. Normalmente tenía una forma muy calmada, casi secreta, de reírse. En cambio ese día la risa la sacudió.

–¡Oh! –exclamó–. ¿Vieron su cara cuando salió de la chimenea?

Mi hermana pequeña y yo empezamos a saltar a su alrededor, riéndonos.

–¡Ah! –exclamó mi madre–. ¿Por qué se me olvidó hacer que limpiaran la chimenea? ¡Oh, gracias a Dios que se me olvidó llamar para que limpiaran la chimenea!

Y con nosotras parloteando encantadas, en incrédula compañía, estalló en carcajadas con tanta fuerza que parecía que pudiera rompérsele el corazón.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

viernes, 24 de julio de 2026

El lobisón

Horacio Quiroga

 

Una noche en que no teníamos sueño, salimos afuera y nos sentamos. El triste silencio del campo plateado por la luna se hizo al fin tan cargante que dejamos de hablar, mirando vagamente a todos lados. De pronto Elisa volvió la cabeza.

–¿Tiene miedo? –le preguntamos.

–¡Miedo! ¿De qué?

–¡Tendría que ver! –se rio Casacuberta–. A menos…

Esta vez todos sentimos ruido. Dingo, uno de los perros que dormían, se había levantado sobre las patas delanteras, con un gruñido sordo. Miraba inmóvil, las orejas paradas.

–Es en el ombú –dijo el dueño de casa, siguiendo la mirada del animal. La sombra negra del árbol, a treinta metros, nos impedía ver nada. Dingo se tranquilizó.

–Estos animales son locos –replicó Casacuberta–, tienen particular odio a las sombras…

Por segunda vez el gruñido sonó, pero entonces fue doble. Los perros se levantaron de un salto, tendieron el hocico, y se lanzaron hacia el ombú, con pequeños gemidos de premura y esperanza. Enseguida sentimos las sacudidas de la lucha.

Las muchachas dieron un grito, las polleras en la mano, prontas para correr.

–Debe ser un zorro. ¡Por favor, no es nada! ¡Toca, toca! –animó Casacuberta a sus perros. Y conmigo y Vivas corrió al campo de batalla. Al llegar, un animal salió a escape, seguido de los perros.

–¡Es un chancho de casa! –gritó aquél riéndose. Yo también reí. Pero Vivas sacó rápidamente el revólver, y cuando el animal pasó delante suyo, lo mató de un tiro.

Con razón esta vez, los gritos femeninos fueron tales que tuvimos necesidad de gritar a nuestro turno explicándoles lo que había pasado. En el primer momento Vivas se disculpó calurosamente con Casacuberta, muy contrariado por no haberse podido dominar. Cuando el grupo se rehízo, ávido de curiosidad, nos contó lo que sigue. Como no recuerdo las palabras justas, la forma es indudablemente algo distinta.

–Ante todo –comenzó– confieso que desde el primer gruñido de Dingo preví lo que iba a pasar. No dije nada, porque era una idea estúpida. Por eso, cuando lo vi salir corriendo, una coincidencia terrible me tentó y no fui dueño de mí. He aquí el motivo.

“Pasé, hace tiempo, marzo y abril en una estancia del Uruguay, al norte. Mis correrías por el monte familiarizándome con algunos peones, no obstante la obligada prevención a mi facha urbana. Supe así un día que uno de los peones, alto, amarillo y flaco, era lobisón. Ustedes tal vez no lo sepan: en el Uruguay se llama así a un individuo que de noche se transforma en perro o cualquier bestia terrible, con ideas de muerte.

“De vuelta a la estancia fui al encuentro de Gabino, el peón aludido. Le hice el cuento y se rio. Comentamos con mil bromas el cargo que pesaba sobre él. Me pareció bastante más inteligente que sus compañeros. Desde entonces éstos desconfiaron de mi inocente temeridad. Uno de ellos me lo hizo notar, con su sonrisita compasiva de campero:

“–Tenga cuidado, patrón…

“Durante varios días lo fastidié con bromas al terrible huésped que tenían. Gabino se reía cuando lo saludaba de lejos con algún gesto demostrativo.

“En la estancia, situado exactamente como éste, había un ombú. Una noche me despertó la atroz gritería de los perros. Miré desde la puerta y los sentí en la sombra del árbol destrozando rabiosamente a un enemigo común. Fui y no hallé nada. Los perros volvieron con el pelo erizado.

“Al día siguiente los peones confirmaron mis recuerdos de muchacho: cuando los perros pelean a alguna cosa en el aire, es porque el lobisón invisible está allí.

“Bromeé con Gabino.

“–¡Cuidado! Si los bull-terriers lo pescan, no va a ser nada agradable.

“–¡Cierto! –me respondió en igual tono–. Voy a tener que fijarme.

“El tímido sujeto me había cobrado cariño, sin enojarse remotamente por mis zonceras. Él mismo a veces abordaba el tema para oírme hablar y reírse hasta las lágrimas.

“Un mes después me invitó a su casamiento; la novia vivía en el puesto de la estancia lindera. Aunque no ignoraban allá la fama Gabino, no creían, sobre todo ella.

“–No cree –me dijo maliciosamente. Ya lejos, volvió la cabeza y se rio conmigo.

“El día indicado marché; ningún peón quiso ir. Tuve en el puesto el inesperado encuentro de los dueños de la estancia, o mejor dicho, de la madre y sus dos hijas, a quienes conocía. Como el padre de la novia era hombre de toda confianza, habían decidido ir, divirtiéndose con la escapatoria. Les conté la terrible aventura que corría la novia con tal marido.

“–¡Verdad! ¡La va a comer, mamá! ¡La va a comer! –rompieron las muchachas.

“–¡Qué lindo! ¡Va a pelear con los perros! ¡Los va a comer a todos! –palmoteaban alegremente.

“En ese tono ya, proseguimos forzando la broma hasta tal punto que, cuando los novios se retiraron del baile, nos quedamos en silencio, esperando. Fui a decir algo, pero las muchachas se llevaron el dedo a la boca.

“Y de pronto un alarido de terror salió del fondo del patio. Las muchachas lanzaron un grito, mirándome espantadas. Los peones oyeron también y la guitarra cesó. Sentí una llamarada de locura, como una fatalidad que hubiera estado jugando conmigo mucho tiempo. Otro alarido de terror llegó, y el pelo se me erizó hasta la raíz. Dije no sé qué a las mujeres despavoridas y me precipité locamente. Los peones corrían ya. Otro grito de agonía nos sacudió, e hicimos saltar la puerta de un empujón: sobre el catre, a los pies de la pobre muchacha desmayada, un chancho enorme gruñía. Al vernos saltó al suelo, firme en las patas, con el pelo erizado y los belfos retraídos. Miró rápidamente a todos y al fin fijó los ojos en mí con una expresión de profunda rabia y rencor. Durante cinco segundos me quemó con su odio. Precipitose en seguida sobre el grupo, disparando al campo. Los perros lo siguieron mucho tiempo.

“Este es el episodio; claro es que ante todo está la hipótesis de que Gabino hubiera salido por cualquier motivo, entrando en su lugar el chancho. Es posible. Pero les aseguro que la cosa fue fuerte, sobre todo con la desaparición para siempre de Gabino.

“Este recuerdo me turbó por completo hace un rato, sobre todo por una coincidencia ridícula que ustedes habrán notado: a pesar de las terribles mordidas de los perros –y contra toda su costumbre– el animal de esta noche no gruñó ni gritó una sola vez”.

 

(Tomado de www.lecturia.org)

 

La ley de la vida

Jack London

 

El viejo Koskoosh escuchaba atentamente. Aunque había perdido la vista hacía mucho, conservaba un oído agudo, y el menor sonido llegaba hasta la débil chispa de inteligencia que aún alentaba tras su frente marchita, aunque ya no pudiera asomarse a contemplar las cosas del mundo. ¡Ah! Aquella era Sit-cum-to-ha, que maldecía a los perros con voz chillona mientras los golpeaba y empujaba para meterlos en los arneses. Sit-cum-to-ha era hija de su hija, pero estaba demasiado ocupada para dedicar siquiera un pensamiento a su quebrantado abuelo, que permanecía allí solo en la nieve, desamparado e indefenso. Había que levantar el campamento. El largo camino aguardaba, mientras el breve día se negaba a demorarse. La vida y sus deberes la llamaban, no la muerte. Y él estaba ya muy cerca de la muerte.

Ese pensamiento llenó de pánico al anciano por un instante. Extendió una mano tullida, que vagó temblorosa sobre el pequeño montón de leña seca que tenía al lado. Tranquilizado al comprobar que seguía allí, volvió a esconderla bajo sus pieles mugrientas y se puso de nuevo a escuchar. El hosco crujir de las pieles semicongeladas le indicó que habían desmontado la tienda de piel de alce del jefe y que ya la comprimían hasta reducirla a un bulto transportable. El jefe era su hijo, recio y fuerte, el principal entre los hombres de la tribu y un cazador formidable. Mientras las mujeres se afanaban con el equipaje del campamento, su voz se alzó para reprenderlas por su lentitud. El viejo Koskoosh aguzó el oído. Era la última vez que oiría aquella voz. ¡Ahí iba la tienda de Geehow! ¡Y la de Tusken! Siete, ocho, nueve: solo podía quedar en pie la del chamán. ¡Ya estaba! Ahora trabajaban en ella. Podía oír al chamán gruñir mientras la cargaba en el trineo. Un niño gimoteó y una mujer lo calmó con suaves sonidos guturales, como un arrullo. El pequeño Koo-tee, pensó el anciano. Un niño quejumbroso y no demasiado fuerte. Quizá moriría pronto; entonces encenderían una hoguera para abrir una fosa en la tundra helada y apilarían piedras sobre la tumba, para mantener alejados a los glotones. Bueno, ¿qué importaba? Viviría unos pocos años, a lo sumo, y pasaría tantos días con el vientre vacío como lleno. Al final lo aguardaba la Muerte, siempre hambrienta, más hambrienta que todos ellos.

¿Qué era aquello? Ah, los hombres estaban amarrando los trineos y tensando las correas. Escuchó con atención, él que no volvería a oír. Los látigos restallaban y mordían entre los perros. ¡Cómo gemían! ¡Cuánto odiaban el trabajo y el camino! ¡Ya partían! Los trineos, uno tras otro, se alejaron lentamente hasta perderse en el silencio. Se habían ido. Habían salido de su vida, y él afrontaba solo la última hora amarga. No. La nieve crujió bajo un mocasín. Un hombre se detuvo a su lado y una mano se posó con suavidad sobre su cabeza. Su hijo había tenido la bondad de hacer aquello. Recordó a otros ancianos cuyos hijos no se habían rezagado cuando partió la tribu. El suyo sí. Se perdió en el pasado hasta que la voz del joven lo trajo de vuelta.

–¿Estás bien? –preguntó.

–Estoy bien –respondió el anciano.

–Tienes leña a tu lado –continuó el joven–, y el fuego arde con fuerza. La mañana está gris y el frío ha cedido. Pronto nevará. Ya está nevando.

–Sí, ya está nevando.

–Los miembros de la tribu tienen prisa. Sus fardos pesan y sus vientres están hundidos por la falta de alimento. El camino es largo y avanzan deprisa. Me marcho ya. ¿Está bien?

–Está bien. Soy como una hoja del pasado año que apenas se aferra al tallo. Al primer soplo, caeré. Mi voz se ha vuelto como la de una anciana. Mis ojos ya no me muestran dónde poner los pies. Los pies me pesan y estoy cansado. Está bien.

Inclinó la cabeza, conforme, hasta que se extinguió el último sonido de la nieve quejumbrosa y supo que su hijo se encontraba ya demasiado lejos para llamarlo y hacerlo volver. Entonces extendió la mano con premura hacia la leña. Solo ella se interponía entre él y la eternidad que se abría ante él. Al final, la medida de la vida que le quedaba era un puñado de leños. Uno tras otro alimentarían el fuego y, del mismo modo, paso a paso, la muerte se acercaría sigilosa. Cuando el último leño hubiera entregado su calor, la helada comenzaría a cobrar fuerza. Primero cederían sus pies, luego sus manos, y el entumecimiento avanzaría lentamente desde las extremidades hacia el cuerpo. La cabeza caería hacia delante sobre las rodillas y entonces descansaría. Era sencillo. Todos los hombres debían morir.

No se quejaba. Así era la vida, y era justo. Había nacido cerca de la tierra, cerca de la tierra había vivido, y su ley no le era desconocida. Era la ley de toda carne. La Naturaleza no era bondadosa con la carne. No se preocupaba por esa cosa concreta llamada individuo. Su interés estaba en la especie, en la raza. Aquella era la abstracción más profunda que la mente bárbara del viejo Koskoosh podía concebir, pero él la comprendía cabalmente. La veía manifestarse en toda forma de vida. El ascenso de la savia, el verdor que estallaba en la yema del sauce, la caída de la hoja amarilla: solo en eso se contaba la historia entera. La Naturaleza solo imponía una tarea al individuo. Si no la cumplía, moría. Si la cumplía, daba lo mismo: también moría. A la Naturaleza no le importaba. Había muchos que obedecían, y lo que vivía y viviría siempre era la obediencia a ese mandato, no quienes obedecían.

La tribu de Koskoosh era muy antigua. Los ancianos a quienes había conocido de niño habían conocido a otros ancianos antes que ellos. Por lo tanto, era verdad que la tribu vivía, que encarnaba la obediencia de todos sus miembros remontándose hasta aquel pasado olvidado, cuyas sepulturas mismas ya nadie recordaba. Los individuos no contaban. Eran episodios. Habían desaparecido como las nubes de un cielo de verano. Él también era un episodio y desaparecería. A la Naturaleza no le importaba. A la vida le impuso una sola tarea y le dio una sola ley. Perpetuarse era la tarea de la vida; la muerte, su ley.

Una doncella era una criatura agradable de contemplar, de pechos llenos y vigorosa, con brío en el paso y luz en los ojos. Pero su tarea aún estaba por delante. La luz de sus ojos se hacía más intensa y su paso se avivaba. Unas veces se mostraba audaz con los jóvenes, otras tímida, y les transmitía su propia inquietud. Y cada vez se volvía más y más hermosa, hasta que algún cazador, incapaz ya de contenerse, se la llevaba a su tienda para que cocinara y trabajara para él y se convirtiera en la madre de sus hijos. Con la llegada de los hijos, su belleza la abandonaba. Arrastraba las piernas y caminaba con torpeza, los ojos se le apagaban y se llenaban de legañas, y solo los niños pequeños encontraban alegría al arrimarse a la mejilla marchita de la vieja india sentada junto al fuego. Su tarea estaba cumplida. No faltaría mucho. En cuanto arreciara el hambre o se presentara la primera marcha larga, la abandonarían, tal como lo habían abandonado a él, en la nieve, con un pequeño montón de leña. Esa era la ley.

Colocó con cuidado un leño en el fuego y reanudó sus meditaciones. En todas partes ocurría lo mismo, con todas las cosas. Los mosquitos desaparecían con la primera helada. La pequeña ardilla arborícola se alejaba a rastras para morir. Cuando la vejez caía sobre el conejo, este se volvía lento y pesado y ya no podía dejar atrás a sus enemigos. Hasta el gran oso de cara blanca se volvía torpe, ciego y pendenciero, para acabar derribado por un puñado de huskies que ladraban. Recordó cómo había abandonado a su propio padre en el curso alto del Klondike, un invierno, el invierno anterior a la llegada del misionero con sus libros que hablaban y su caja de medicinas. Muchas veces Koskoosh se había relamido al recordar aquella caja, aunque ahora su boca se negaba a humedecerse. El “calmante” había sido especialmente bueno. Pero, a fin de cuentas, el misionero era una molestia: no llevaba carne al campamento, comía con buen apetito y los cazadores refunfuñaban. Sin embargo, el frío le dañó los pulmones en la divisoria cercana al Mayo, y más tarde los perros apartaron las piedras con el hocico y se disputaron sus huesos.

Koskoosh puso otro leño en el fuego y se internó aún más en sus recuerdos. Recordó la época de la Gran Hambruna, cuando los ancianos se acuclillaban junto al fuego con el vientre vacío y dejaban escapar de sus labios vagas tradiciones de los tiempos antiguos, cuando el Yukón había corrido completamente libre de hielo durante tres inviernos y luego había permanecido congelado durante tres veranos. Había perdido a su madre en aquella hambruna. Ese verano los salmones no remontaron el río, y la tribu aguardó el invierno y la llegada de los caribúes. Después llegó el invierno, pero no trajo caribúes. Jamás se había visto algo semejante, ni siquiera en vida de los más ancianos. Pero los caribúes no llegaron. Aquel era el séptimo año, los conejos no se habían multiplicado y los perros no eran más que manojos de huesos. A lo largo de la prolongada oscuridad, los niños gemían y morían, y también las mujeres y los ancianos. Ni uno de cada diez miembros de la tribu vivió para recibir al sol cuando este regresó en primavera. ¡Aquello sí que había sido una hambruna!

Pero también había conocido épocas de abundancia, cuando la carne se les echaba a perder y los perros engordaban hasta volverse inútiles de tanto comer. Épocas en que dejaban marcharse a las presas sin matarlas, las mujeres eran fecundas y las tiendas estaban atestadas de niños y niñas despatarrados. Entonces los hombres se volvían altivos, reavivaban viejas querellas y cruzaban los pasos montañosos hacia el sur para matar a los Pellys y hacia el oeste para sentarse junto a los fuegos apagados de los Tananas. Recordó que, cuando era niño, durante una época de abundancia, vio a los lobos derribar un alce. Zing-ha estaba tendido junto a él en la nieve y observaba. Zing-ha, que más tarde se convirtió en el más astuto de los cazadores y que, al final, cayó por un respiradero abierto en el hielo del Yukón. Lo encontraron un mes después, cuando apenas había conseguido sacar medio cuerpo y había quedado rígido, congelado contra el hielo.

Pero el alce. Zing-ha y él habían salido aquel día a jugar a cazar como lo hacían sus padres. En el lecho del arroyo dieron con el rastro reciente de un alce y, junto a él, las huellas de muchos lobos. –Es viejo –dijo Zing-ha, más diestro en interpretar las huellas–. Un viejo que no puede seguir el paso de la manada. Los lobos lo han separado de los suyos y ya no lo dejarán. Y así era. Así actuaban. De día y de noche, sin descansar nunca, gruñéndole a los talones y lanzando mordiscos contra su hocico, permanecerían junto a él hasta el final. ¡Cómo sintieron Zing-ha y él avivarse en su interior la sed de sangre! ¡El desenlace sería digno de verse!

Echaron a andar con pasos ansiosos tras el rastro, y hasta él, Koskoosh, corto de vista y rastreador inexperto, habría podido seguirlo con los ojos cerrados, de tan ancho que era. Siguieron muy de cerca la persecución, leyendo a cada paso la sombría tragedia recién escrita. Llegaron al lugar donde el alce había presentado batalla. En todas direcciones, la nieve estaba pisoteada y revuelta en una extensión equivalente a tres cuerpos de hombre adulto. En el centro se veían las huellas profundas de las pezuñas abiertas del alce y, por todas partes alrededor, las pisadas más ligeras de los lobos. Algunos, mientras los demás acosaban a la presa, se habían tendido a un lado para descansar. Las huellas de sus cuerpos extendidos sobre la nieve eran tan nítidas como si las hubieran dejado un instante antes. Un lobo había quedado atrapado en una arremetida salvaje de la víctima enloquecida y había muerto pisoteado. Unos cuantos huesos, roídos hasta quedar limpios, daban testimonio de ello.

Más adelante volvieron a detenerse ante otro lugar donde el alce había presentado batalla. Allí el gran animal había luchado con desesperación. Dos veces lo habían derribado, según atestiguaba la nieve, y dos veces se había sacudido de encima a sus atacantes y había vuelto a ponerse en pie. Hacía mucho que había cumplido la tarea que le correspondía, pero no por eso amaba menos la vida. Zing-ha dijo que era extraño que un alce consiguiera liberarse una vez caído, pero aquel sin duda lo había hecho. El chamán vería señales y prodigios en aquello cuando se lo contaran.

Más adelante llegaron a otro lugar donde el alce había intentado subir la pendiente de la ribera y alcanzar el bosque. Pero sus enemigos se habían lanzado sobre él desde atrás, hasta que se alzó sobre las patas traseras y cayó de espaldas sobre ellos, hundiendo a dos profundamente en la nieve. Era evidente que la presa estaba a punto de caer, pues los demás lobos habían dejado intactos a aquellos dos. Pasaron apresuradamente junto a otros lugares donde el alce había presentado batalla. Estaban muy próximos entre sí y la lucha había durado poco. El rastro era rojo ahora, y la zancada antes limpia y firme del gran animal se había vuelto corta y desordenada. Entonces oyeron los primeros sonidos de la batalla, no el coro a pleno pulmón de la persecución, sino el ladrido breve y seco que hablaba de lucha cuerpo a cuerpo y dientes hundidos en la carne. Avanzando contra el viento, Zing-ha se arrastró sobre el vientre por la nieve y junto a él reptó Koskoosh, quien llegaría a ser jefe de la tribu en los años venideros. Juntos apartaron las ramas bajas de un abeto joven y miraron al otro lado. Contemplaron el final.

La imagen, como todas las impresiones de la juventud, aún permanecía viva en él, y sus ojos apagados veían cómo el desenlace volvía a representarse con la misma viveza que en aquel tiempo remoto. Koskoosh se maravillaba de que así fuera, pues en los años posteriores, cuando había sido jefe de hombres y principal entre los consejeros, había realizado grandes hazañas y convertido su nombre en una maldición en boca de los Pellys, por no hablar del forastero blanco al que había matado, cuchillo contra cuchillo, en combate abierto.

Meditó largo rato sobre los días de su juventud, hasta que el fuego menguó y la helada mordió con más fuerza. Esta vez lo alimentó con dos leños y calculó, por los que quedaban, cuánto tiempo más podría aferrarse a la vida. Si Sit-cum-to-ha se hubiera acordado de su abuelo y hubiese recogido una brazada mayor, habría vivido unas horas más. Qué fácil le habría resultado. Pero siempre había sido una niña descuidada y no honraba a sus antepasados desde que Beaver, hijo del hijo de Zing-ha, puso los ojos en ella por primera vez. Bueno, ¿qué importaba? ¿Acaso él no había hecho lo mismo en su impetuosa juventud? Durante un rato escuchó el silencio. Quizá el corazón de su hijo se ablandara y regresara con los perros para llevar a su viejo padre con la tribu hasta donde abundaban los caribúes, cargados de grasa.

Aguzó el oído y, por un instante, su mente inquieta quedó inmóvil. Ni un movimiento. Nada. Solo él respiraba en medio del gran silencio. Estaba muy solo. ¡Oía algo! ¿Qué era aquello? Un escalofrío le recorrió el cuerpo. El familiar aullido, largo y sostenido, rasgó el vacío. Sonaba muy cerca. Entonces se proyectó ante sus ojos oscurecidos la visión del alce, el viejo alce macho, con los flancos desgarrados y los costados ensangrentados, la crin hecha jirones y las grandes astas ramificadas, inclinadas hacia el suelo y agitándose hasta el final. Vio las fugaces siluetas grises, los ojos relucientes, las lenguas colgantes, los colmillos cubiertos de baba. Y vio cómo el círculo inexorable se estrechaba hasta convertirse en un punto oscuro en medio de la nieve pisoteada.

Un hocico frío se apoyó contra su mejilla y, al sentirlo, su alma volvió de un salto al presente. Metió bruscamente la mano en el fuego y sacó un tizón encendido. Contenida por un instante por su miedo ancestral al hombre, la bestia retrocedió y lanzó un largo aullido para llamar a sus hermanos. Estos respondieron, hasta formar a su alrededor un círculo de figuras grises, agazapadas y con las fauces cubiertas de baba. El anciano escuchó cómo se estrechaba el círculo. Agitó el tizón con furia, y los husmeos se convirtieron en gruñidos, pero las jadeantes bestias no se dispersaron. Primero avanzó una, arrastrando el pecho por el suelo y los cuartos traseros tras de sí; luego otra, y después una tercera. Ninguna retrocedió. ¿Por qué aferrarse a la vida?, se preguntó, y dejó caer el tizón ardiente en la nieve. Este siseó y se apagó. El círculo gruñó con inquietud, pero permaneció en su sitio. Koskoosh volvió a ver la última resistencia del viejo alce macho y dejó caer, rendido, la cabeza sobre las rodillas. Después de todo, ¿qué importaba? ¿No era acaso la ley de la vida?

 

(Tomado de www.lecturia.org)