Massimo Bontempelli
Si el Arcángel vence al
demonio no es porque sea más valiente y bueno: el Arcángel tiene una espada en
la mano y el otro no.
(Tomado
de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)
Cuentos, cuentos, cuentos...
Massimo Bontempelli
Si el Arcángel vence al
demonio no es porque sea más valiente y bueno: el Arcángel tiene una espada en
la mano y el otro no.
(Tomado
de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)
Mercedes Castro Mora
Blanca
se mudó. Volvió a su viejo barrio del centro, llevándose con ella su poltrona
remendada, los libros de páginas amarillentas forrados en cuero, la lámpara de
pie que cojeaba un poco. No recuerdo qué más acarreó esta tarde, pero me dejó
la casa llena de suspiros que a veces, estando en la cocina, se posan sobre mi
espalda. Una noche regué la leche sobre el piso cuando espantaba a uno de ellos
con el matamoscas. Por suerte, el perro estaba cerca y me ayudó a limpiar. Por
las tardes, cuando bordo, entra un sol adormilante, pero ni bien, cabeceo,
escucho los suspiros cerca de la oreja y despierto sobresaltada.
La he llamado muchas veces a pedirle que
venga a recogerlos. Me da pena verlos dasamparados, deambulando por las
habitaciones, mirando por las ventanas, esperando que vuelvan por ellos. La
última vez que hablé con Blanca me aseguró que esos suspiros no eran de ella.
“¿De quién son entonces?” –le pregunté–. “Ve tú a saber cuánta gente ha pasado
por esa casa” –me contestó.
En estos días he pensado en quedarme con
ellos, destinarles un lugar, permitirles jugar con el perro. Tal vez pueda
domesticarlos.
(Tomado
de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)
Miguel Arteche
A la capital de Sansueña llegó
cierto día un Extranjero que guiñaba el ojo derecho. Cuando cruzó la frontera, los
empleados de la aduana le preguntaron que por qué guiñaba un ojo, y él les contestó
que en su patria no había noche y que a sus paisanos se les enseñaba, desde
pequeños, a guiñar. Un policía, luego de comprobar que los papeles del Extranjero
estaban en regla, lo dejó pasar, no sin antes advertirle que ya no necesitaría guiñar
el ojo, pues en Sansueña siempre está anocheciendo. El Extranjero dijo que estaba
bien, que ya le habían explicado que en Sansueña siempre anochecía, y que
procuraría no guiñar para no ofender a los nativos.
Llegó al hotel. Se acercó a la recepción y
pidió un cuarto. El recepcionista le dijo que había tenido mucha suerte, pues estaban
en pleno verano y era muy difícil encontrar una habitación. Entregó su
pasaporte, y mientras se aguantaba para no guiñar, lo cual habría sido, pensó,
de muy mal gusto en un país donde nadie guiñaba, oyó que el recepcionista decía:
–Perdone, señor. Qué rara fotografía la de
su pasaporte…
El Extranjero preguntó:
–¿Por qué?
El recepcionista le dijo que era muy raro
que en su fotografía apareciera con el ojo derecho cerrado.
–Es que… –iba a decir, y no se pudo
contener; guiñó espasmódicamente, como nunca lo había hecho, como si estuviera practicando en un concurso de guiñadores.
El recepcionista puso cara de sorpresa,
pero se limitó a decir, luego de anotar los datos del Extranjero en dos hojas
de cartulina:
–Bien, señor. Su habitación
es la 303. Botones –llamó–. Acompañe
al señor.
El Extranjero siguió al botones hasta el
ascensor. Cuando llegaron a la planta tercera, el botones dejó la maleta, abrió
la puerta de la habitación, y dijo:
–Adelante, señor. Le deseo una feliz estancia en mi país. Recuerde que Sansueña es diferente. Siempre
tenemos el mejor anochecer del mundo. Todos los extranjeros vienen aquí a darse
baños lunares. No hay luna como la de Sansueña. Recuerde:
Sansueña es lunática, Sansueña is moon, Sansueña c’est la lune…
El extranjero le guiñó el ojo
derecho.
El botones parpadeó, y se enrojeció su rostro. El Extranjero pensó que Sansueña era un país de machotes,
y se dijo que había metido otra vez la pata.
–Va a creer que soy marica –murmuró–.
Tendré que contenerme. Haré un esfuerzo.
Y luego de cerrar la puerta y abrir la maleta,
fue al baño y se plantó frente al espejo. El espejo le devolvió un rostro
cansado, moreno, curtido por la intensa luz solar de su país; un rostro que guiñaba
desvergonzadamente el ojo derecho.
–¡Dios mío! –exclamó.
Al día siguiente inició su trabajo. Traía
la representación de la General Sol; compañía que había descubierto la manera
de enlatar al astro rey. ¿Y en qué país podría tener más éxito que en el del
perpetuo anochecer? Vender
el
sol enlatado era excitante; comprarlo, mucho más. Estableció contactos. Visitó gerencias. Ofreció el sol a precios irrisorios. Los sansueñenses lo escuchaban arrobados. ¿Era posible?
¿Tener el sol en casa? ¿Abrir una lata y ver salir el sol? ¿Cuánto duraba el sol
de cada lata? ¿Qué
costaba la lata? Pero cada vez que estaba listo para cerrar el negocio, sentía un cosquilleo que, arrancando del pómulo derecho, se extendía, lenta e
inexorablemente,
hasta el ojo. Y entonces guiñaba. Guiñaba como si no hubiera guiñado nunca. Guiñaba con
rabia, con desesperación, casi con desprecio.
Y el negocio quedaba roto.
Pero eso habría sido lo de menos, pues lo
normal era que lo despidieran violentamente. No se aceptaba en Sansueña que un
hombre guiñara a otro. Si
se hubiera tratado de una mujer, pase. Pero a un hombre, no. En los cócteles fue
peor; más bien, trágico. Las sansueñenses eran bellas, muy bellas; tenían una palidez
casi mortal, de principios de siglo, y eran, además, muy delgadas, casi quebradizas.
El Extranjero se dijo que tal vez saldría mejor parado con ellas. Y se entregó
a guiñar con suavidad, procurando que el guiño fuera insinuante. La que se
armó. Fue inútil que diera toda
clase de explicaciones. Fue
inútil que explicara que en su país eso era algo corriente; que, como no había noche, se veían siempre obligados a guiñar. Nada. El honor de las sansueñenses
estaba herido. No se ofendía así a las sansueñenses. Y lo sacaban en vilo.
En una cena de gala procuró contenerse. Se
puso unas gafas negras, pero le dijeron que eso era ofender a Sansueña, y tuvo que
sacárselas. Y al sacárselas, sin querer, sin ánimo de insinuarse con la bella sansueñense que estaba
a su lado, le guiñó el ojo
derecho.
Casi se vio expulsado de Sansueña. La
bella pálida era la esposa del Presidente del Gran Consejo.
Le hicieron el vacío.
Le
hicieron el hielo. Se sintió
solo,
defraudado, y decidió
partir.
Una noche, cuando faltaban dos días
para tomar el avión que lo llevaría a su
país,
el Extranjero, que estaba sentado en la solitaria terraza de un café bebiendo
un cortado, vio que, dos mesas más allá, se hallaba una mujer, la más bella
sansueñense que había conocido. La miró y se dijo: voy a guiñarle el ojo
derecho y el izquierdo; voy a regalarle un festival de guiños; voy a darle mi mejor
guiño. Y le guiñó suave, amorosamente, el ojo derecho.
La mujer lo observó extrañada.
Seguramente, pensó el Extranjero, ella había visto su fotografía en los periódicos:
el Extranjero guiñador vende sol enlatado. La mujer sostuvo la mirada. En
sus ojos había ternura y, al mismo tiempo, desolación. Y ante la sorpresa del Extranjero,
le respondió con otro guiño: un guiño penetrante, como si en él se hubiera
entregado al Extranjero para siempre.
Durante algunos minutos fue un intercambio
guiñador. Luego el Extranjero se acercó a ella, se sentó a su lado y le pasó el
brazo sobre los hombros. No dejaron de guiñarse. El Extranjero pidió otro
cortado y lo bebió lentamente. Se levantaron y caminaron hasta el hotel.
Durmieron abrazados, guiñándose por turnos,
después de hacerse el amor pegando un ojo contra otro.
A la mañana siguiente, cuando bajaron al
vestíbulo, el Extranjero se sentía tan feliz que guiñó al botones, al camarero,
al recepcionista y a los sansueñenses que en ese momento llegaban al hotel. Nadie
le llamó la atención. Nadie se sintió ofendido.
Porque unos más, otros menos, todos
guiñaban.
(Tomado
de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)
Álvaro Cepeda Samudio
“... to be among the lost, to
know how
it feels to be out of things, to have no present,
no future, to belong nowhere, to be suspended
between day and night, waiting”.
Saroyan (Among the Lost)
Hoy decidí vestirme de payaso. Me he puesto unos grandes zapatones de
caucho y me he pintado la cara de rojo y de blanco. Cuando atravesé el estrecho
corredor de arena la sentí rebotar debajo de mis zapatones y tuve la agradable
sensación de sentirme payaso. Todos estaban ya en el redondel cuando entré y no
me han mirado siquiera. Estaban esperando que yo llegara para comenzar, pero no
me han dicho nada. Cuando fui a ocupar mi puesto he pasado frente al domador
que está todavía tratando de pegar una melena de papel amarillo a sus leones de
cartón. Y ahora estoy entre los demás payasos, los payasos de verdad, y yo que
sólo estoy vestido de payaso, me confundo entre ellos y nadie podría decir cuál
de nosotros es el menos verdadero. La marcha comenzó a sonar, con un movimiento
lleno de gracia y soltura salió el director quitándose el sombrero y haciendo
malabares con un bastón negro. Todos hemos comenzado a movernos alrededor de la
pista. Nosotros salimos corriendo y nos mezclamos con los demás como estorbándolos.
Parece que yo me he excedido porque al tirarle la cola a uno de los leones se
me ha quedado en las manos una borla suave de lana amarilla. El domador me
amenazó con el látigo y los payasos me han mirado con asombro por debajo de sus
máscaras de colores.
Todos están serios, pero a medida que se van
acercando a las primeras silletas, las sonrisas comienzan a aparecer hasta que
están completas en los rostros, como si fueran un trozo más de pintura blanca y
roja.
Desde que sonaron los primeros cascos sobre la
pista la muchacha ha comenzado a sonreír y también, mientras salta de un
caballo a otro. Los payasos se han metido entre los caballos y saltan
imitándola con ademanes grotescos. Yo he querido hacer lo mismo, pero tengo
miedo de asustar a los caballos y romper la sonrisa de la muchacha. El
director, que para todo usa ademanes graciosos, ha hecho sonar un silbato y los
payasos han salido corriendo hacia el pasadizo y la han dejado sola en el
centro de la pista con sus dos caballos. Yo no he querido salir, pero otro
payaso, el de la gran nariz morada, ha venido a sacarme dándome pequeños
escobazos que suenan con gran estrepito. Sin embargo, yo quiero ver a la
muchacha y no fui a meterme detrás de las cortinas como lo han hecho todos. A
la muchacha se le han caído los palos con que hacía malabares y yo he corrido
al centro del redondel y los he recogido para entregárselos. Ella me miró
asombrada pero no dijo nada y los hombres con casacas rojas de militar han entrado
y me han sacado de la pista otra vez. Otra vez ha salido el director con su
silbato y mientras la muchacha sale al galope montada sobre sus dos caballos
los payasos han entrado corriendo. Yo he salido detrás de ellos y ahora los veo
dispersarse en la pista y hacer cabriolas. Yo me he quedado quieto, pues quiero
ver cómo hacen los demás payasos para hacerlo yo también. El de la nariz morada
le está diciendo al que tiene un sacoleva negro y unos calzoncillos amarrados a
los tobillos: “¿A que no sabes de qué están hechas las nubes?” El payaso gordo,
que tiene las ropas llenas de globos de colores revienta uno y dice: “De
caramelo blanco”. Todos los payasos lo persiguen y le dan escobazos. Yo me
acerco al de la nariz morada y le digo: “Las nubes están hechas de la espuma
que usa San Pedro para afeitarse las barbas. Eso lo saben todos y es una
tontería preguntarlo”. Todos los payasos se vuelven hacia mí y me miran con
rabia. A mí ha comenzado a cansarme esta forma que tienen de mirarme cuando
hago algo que ellos creen que no está bien. Por esto me he salido de la pista y
he venido a buscar a la muchacha de los caballos.
Al pasar frente a los hombres de las casacas rojas,
éstos se vuelven hacia mí y me dicen: “¿A dónde vas? Vuelve a la pista”. Yo
digo “No” y corro sobre el pasadizo de arena. Los caballos están parados frente
a una tienda que tiene remiendos de colores. Entro a esta tienda y la muchacha,
que ya no tiene el saquito dorado sobre el pecho, sino dos senos pequeños, me
grita: “Sal de aquí, ¿Qué quieres?” “Yo quiero hablar contigo”. “Bueno, pero
espérame afuera”. “No quiero”. Y la muchacha me dice que está bien, que me dé
vuelta con la cara contra la carpa y la espere a que se acabe de vestir. La
lona deja pasar las luces y la parte que me queda delante de los ojos parece un
cielo de juguetería. Mientras se viste, la muchacha quiere saber todas las
cosas que yo no sabría contestar. Yo le digo pequeñas palabras, monosílabos,
pero ella insiste. ¿Cómo es mi nombre? Yo no sé. Ella se ríe de todas mis
respuestas y parece muy divertida, pero a mí esta situación ha comenzado a
parecerme molesta. ¿Para qué quiero hablar con ella? Tampoco sé. Quise oírle la
voz cuando la vi saltando sobre los caballos. ¿Te gusta mi voz? Sí. ¿Pero quién
soy yo? Y tengo que contestarle: “Hoy decidí vestirme de payaso”. Ahora está
frente a mí con unos pantalones verdes y una blusa blanca, el pelo que llevaba
atado a la nuca lo tiene suelto sobre un hombro. Sobre la cama angosta y
desordenada hay una guitarra verde con las cuerdas hacia abajo. Me he sentado
en la cama y he pasado los dedos sobre la madera y momentáneamente se han
coloreado de verde. “Yo creía –le digo– que las guitarras verdes sólo existían
en los cuentos”. “Esa guitarra es para dar serenatas, por eso es verde”. La
guitarra suena a música encerrada cuando yo la levanto: Le digo que toque algo,
pues yo no sé tocar. “Yo tampoco sé”. Ahora he tomado a la muchacha de la mano
y hemos salido de la tienda con la guitarra. “Vamos a buscar a alguien que sepa
tocar esta guitarra”. Al salir nos hemos cruzado con el director que sigue
mirándome muy serio. Quiere que deje la guitarra y me vuelva a la pista. Yo le
digo que tengo que encontrar a alguien que sepa tocar la guitarra. “Entre ahí”,
me grita empujándome por el pasadizo. Tal vez alguno de los payasos sepa tocar,
por esto he entrado a la pista, otra vez. La muchacha está detrás de las cortinas
hablando con el director. Los payasos han traído unos cubos de agua y se
persiguen tratando de mojarse unos a otros. Yo me acerco a uno que tiene unos
lentes sin vidrios y le pregunto si él sabe tocar una guitarra verde. Cuando
termina la farsa todos salen corriendo y yo me quedo en el centro de la pista
con la guitarra. Otra vez vienen los hombres de casacas rojas a sacarme, pero
yo me voy antes y le hago señas a la muchacha para que salgamos de la carpa.
Desde afuera la carpa parece un elefante echado. Yo se lo digo y ella me dice
que entre y lo diga así desde la pista. En la puerta un hombre de casaca roja
le ha preguntado a la muchacha para donde va. “Él anda buscando alguien que
sepa tocar esta guitarra”. “Cuando yo estaba en el colegio tocaba algo de
dulzaina”, dice el hombre. “No, tiene que ser guitarra”. “Pero es que si es
alguna pieza que él quiere oír yo podría tocarla en una dulzaina”. “No, no es
ninguna pieza en particular. Cualquier cosa con tal que sea con la guitarra”.
Ella le dice que volveremos para el final y cruzamos la calle hacia el bar. Yo
pongo la guitarra sobre el mostrador y le pregunto al bartender si él conoce
alguien que pueda tocarla. El negro dice que no y comienza a servirnos los
tragos. Luego se vuelve y grita: “¿Quién de ustedes sabe tocar guitarra? Aquí
el payaso está buscando a uno que sepa”. Todos han girado sobre sus bancos para
mirarnos, pero nadie contesta. La mujer que está parada frente al tocadiscos
echando monedas en la ranura habló sin levantar la vista de los nombres de las
canciones. “Sammy tal vez sepa. Él toca el contrabajo y canta en L-Bar”. Yo
quiero saber dónde está Sammy. “No sé, tal vez en Londres o en Suramérica. Ya
no toca en L-Bar. Él siempre quiso irse a Londres y seguro eso es lo que ha
hecho: se ha ido a Londres”. La música ha silenciado las últimas palabras y yo
insisto con el bartender. “Tiene que haber alguien que sepa tocar esta
guitarra”. “Es que le hace falta para un número, ¿o qué?” “Él quiere oír la
guitarra. Eso es todo”. La oigo hablar con el negro hasta cuando comienzo a
golpear la madera con el fondo duro de mi vaso. La mujer ha venido a sentarse
al lado mío y con manos lentas acaricia la guitarra que está todavía sobre el
mostrador. “Estoy segura que Sammy hubiera podido hacer sonar esto” –ha
comenzado a decir–. “A mí también me gustaría oírla: ya estoy cansada de los
mismos discos con las mismas canciones: sí, me gustaría oír cómo suena la
música de esta guitarra” y salgo del bar detrás de las dos mujeres. En la
puerta me ha detenido el grito del negro: “Oye, payaso, por qué no vuelves más
tarde. Tal vez haya alguien que sepa tocar”. Yo quiero decirle que no soy un
payaso, que simplemente hoy decidí vestirme de payaso, pero me parece inútil
toda explicación y no digo nada. Ya las mujeres están frente a la carpa cuando
el hombre de la casaca roja está diciéndome que es una lástima que nadie sepa
tocar. “Sammy va a tocarla –le digo–. Iremos a buscarlo después del final”.
“Tienes que apurarte. Ya el domador está entrando a la jaula con sus leones y
ustedes tienen que estar en la pista cuando el comience”. Cuando yo entro,
todos los payasos están corriendo alrededor de la gran jaula mientras el
domador hace sonar el látigo y dispara un revolver brillante. Los hombres de
las casacas rojas están parados a distancias regulares rodeando la jaula. Como
ellos no pueden moverse, yo paso a su lado haciéndoles burla y mostrándoles mi
guitarra verde. El domador ha puesto sus leones sobre banquitos de colores y
luego se da vuelta dándoles la espalda. Cuando encienden el aro yo tengo miedo
de que se les quemen las melenas o las borlas del rabo. Parece que el domador
piensa lo mismo, pues no se decide a hacerlos saltar. Yo me acerco y le digo
que pueden quemarse sus leones. Por fin sacan el aro de la jaula y el domador
recoge sus leones y sale con ellos para su tienda. Cuando pasa frente al
director, éste lo mira con rabia y yo creo que no va a poder salir sonriente y
con ademanes graciosos esta vez. Los payasos se han agrupado al lado mío y el
de la nariz morada dice “¿A que no saben por qué la guitarra de éste es verde?”
Todos los payasos se agarran la cabeza y dan volteretas como buscando qué
decir. El de la nariz morada dice por fin: “Porque no está madura todavía”. Yo
me aparto con rabia y les digo: “No, no es por eso; sino porque es para dar
serenatas”. Ahora los payasos se ponen furiosos. El de la nariz morada se
arranca la nariz y la tira contra el suelo. Los demás se quitan las pelucas y
tiran los zapatones contra las silletas de los palcos y se van todos a buscar
al director. Ya no parecen payasos. Solo yo estoy todavía vestido de payaso
cuando vienen a llamarme para irnos a buscar a Sammy. En toda la carpa no ha
quedado un payaso: solamente esos hombres que se limpian de la cara los
manchones rojos y blancos y que discuten rabiosamente con el director. El
hombre de la casaca roja se ha soltado los botones dorados y ha puesto la gorra
en la silleta del portero y está tocando asordinadamente su dulzaina. “No lo he
olvidado todavía” y sigue tocando. De pronto deja de tocar, recoge su gorra y
dice: “Vamos a buscar a Sammy, yo siempre quise tocar la dulzaina acompañado
por una guitarra”. La dulzaina sigue sonando cuando cruzamos la calle y yo
comienzo a sentir en mi mano la mano tibia de la muchacha de los caballos.
(Tomado
de www.literatura.us)
Víctor Roura
Hace unos cuantos días, en la casa de usted, o sea la mía, llegó una mudanza.
Supuse que era el nuevo vecino. Hicieron un ruidaral que no pude entenderle ni papa
a los Simpson. Por fin, el departamento 6 sería ocupado. Llevaba vacío casi cinco
meses. Antes vivían ahí una señorita que quería ser modelo y su señora madre, que
ya lo era. A partir de las doce de la noche, uno ya sabía que ambas mujeres estaban
ahogadas en anís. La hija a veces bajaba a invitarme. Un anís nunca cae mal, aunque
sea a deshoras. El problema era que, estando ya arrellanado en el sofá, tanto madre
como hija empezaban a modelar. Se metían a la recámara. Primero salía una, pongamos
que con un vestido de noche. Su andar, pese al anís, era correcto. Un pie exactamente
atrás del otro, las caderas oscilaban con desesperante lentitud, de un lado a otro,
nunca estaban en el mismo sitio. Acababa yo mareado. Por el anís, claro. Las mujeres
estaban en su trabajo. Les fascinaba el modelaje. Así estaban, una y otra vez. Pasaban
delante de mí interminablemente. Les encantaba ser admiradas, mientras yo daba cuenta
de su rico anís. Pero una noche me aburrió el asunto.
–¿No pueden sentarse a platicar conmigo? –pregunté,
malhumorado.
La hija se puso a llorar. Llevaba consigo una minifalda
al estilo Alejandra Guzmán. La madre, que en esos momentos llevaba puesto un traje
de Issey Miyake, que le quedaba ajustadísimo, fue más digna.
–Señor, lo creíamos sensible, háganos el favor de pasar
a retirarse –dijo, quebrada un poco la voz.
Me levanté y bajé a mi apartamento, llevándome bajo
el saco la botella de anís. Ya nunca más fui invitado a aquellas sesiones. Un mes
después se mudaron a otra parte. Jamás se despidieron.
Confieso que en ocasiones extraño las noches de anís.
Pero ahí estaba el nuevo vecino, haciendo un ruido de
los mil demonios. Apagué el televisor. Puse un disco, el Fandangos in Space,
de Carmen. Le subí todo el volumen. Serían las diez y media de la noche del domingo
de hace dos semanas. Al rato, oí las mismas canciones provenientes del departamento
recién ocupado.
Le bajé al volumen.
Sí. Habían puesto el mismo disco.
Lo quité de la tornamesa. Busqué el The Rise and
Fall, de Madness. Escuchaba la rola “Primrose Hill”, cuando oí de nuevo el mismo
disco que salía de las bocinas del vecino recién desempacado. O vecina. Qué sé yo.
Fui por otro acetato. Pensé que sería difícil que conocieran a la banda de Don Harrison.
Puse su disco, sin título, que data de 1976. Iba ya en el segundo lado, en la cuarta
pieza (“A Bit of Love”), cuando oí el mismo maldito álbum en la casa recién apropiada.
Me quedé un rato sin hacer nada.
Vi el reloj.
Ya era la medianoche. Una hora para ya no andar jugando
a la guerrita de discos. Sin embargo, coloqué en la tornamesa el Magic is a Child,
de Nektar. No pasaron ni cinco minutos y ya estaba escuchando, como en un eco, ese
mismo disco en el departamento de arriba.
No sé usted qué hubiera hecho, pero yo andaba como león
enjaulado, iba de un lado a otro de la sala, sin saber qué hacer. De un lado a otro,
como las caderas de las modelos que a esas horas tal vez ya habían finalizado una
botella de anís. Quizás lo correcto hubiera sido subir para ver quién había llegado
al edificio, estrecharle la mano y felicitarlo, ejem, por sus gustos musicales.
Pero no.
Preferí poner toda la noche, o la madrugada, como usted
elija, disco tras disco. En alguno fallaría el nuevo vecino. O nuevos vecinos. Qué
se yo. Desfilaron por la aguja The Amazing Rhythm Aces, Mahogany Rush, Robin Trower,
Horslips, Ian Hunter, Tin Huey, Wreckless Eric, Zanki, un pirata de Frank Zappa
y, Santo Dios, ¡todos los tenía! Disco que ponía, disco que se repetía un piso arriba
de mí.
Para volverse locos.
El último que puse (el Thruthdare Doubledare,
de Bronski Beat) dejé de oírlo yo mismo a las nueve y media de la mañana del lunes,
porque, simplemente, me ganó el sueño.
Desperté unas tres horas después, apagué el modular,
coloqué el disco en su lugar, me di un regaderazo y fui a una reunión editorial.
Desde entonces, escucho mis discos a bajo volumen.
Para no despertar sospechas.
Ni réplicas.
(Tomado de Roura,
Víctor, Un látigo en mi alcoba, Hoja Casa Editorial, México, 1991)