domingo, 5 de julio de 2026

Una experiencia privada

Chimamanda Ngozi Adichie

 

Chika entra primero por la ventana de la tienda de comestibles y sostiene el postigo para que la mujer la siga. La tienda parece haber sido abandonada mucho antes de que empezaran los disturbios; las estanterías de madera están cubiertas de polvo amarillo, al igual que los contenedores metálicos amontonados en una esquina. Es una tienda pequeña, más pequeña que el vestidor que tiene Chika en su país. La mujer entra y el postigo chirría cuando Chika lo suelta. Le tiemblan las manos y le arden las pantorrillas después de correr desde el mercado tambaleándose sobre sus sandalias de tacón. Quiere dar las gracias a la mujer por haberse detenido al pasar por su lado para decirle “¡No corras hacia allí!”, y haberla conducido hasta esta tienda vacía en la que esconderse. Pero antes de que pueda darle las gracias, la mujer se lleva una mano al cuello.

–He perdido collar mientras corro.

–Yo solté todo –dice Chika–. Acababa de comprar unas naranjas y las solté junto con el bolso.

No añade que el bolso era un Burberry original que le compró su madre en un viaje reciente a Londres.

La mujer suspira y Chika imagina que está pensando en su collar, probablemente unas cuentas de plástico ensartadas en una cuerda. Aunque no tuviera un fuerte acento hausa, sabría que es del norte por el rostro estrecho y la curiosa curva de sus pómulos, y que es musulmana por el pañuelo. Ahora le cuelga del cuello, pero poco antes debía de llevarlo alrededor de la cara, tapándole las orejas. Un pañuelo largo y fino de color rosa y negro, con el vistoso atractivo de lo barato. Se pregunta si la mujer también la está examinando a ella, si sabe por su tez clara y el anillo rosario de plata que su madre insiste en que lleve que es igbo y cristiana. Más tarde se enterará de que, mientras las dos hablan, hay musulmanes hausas matando a cristianos igbos a machetazos y pedradas. Pero en este momento dice:

–Gracias por llamarme. Todo ocurrió muy deprisa y la gente echó a correr, y de pronto me vi sola, sin saber qué hacer. Gracias.

–Este lugar seguro –dice la mujer en voz tan baja que suena como un suspiro–. No van a todas las tiendas pequeñas-pequeñas, solo a las grandes-grandes y al mercado.

–Sí –dice Chika.

Pero no tiene motivos para estar de acuerdo o en desacuerdo, porque no sabe nada de disturbios; lo más cerca que ha estado de uno fue hace unas semanas en una manifestación de la universidad a favor de la democracia en la que había sostenido una rama verde y se había unido a los cantos de “¡Fuera el ejército! ¡Fuera Abacha! ¡Queremos democracia!”. Además, nunca habría participado si su hermana Nnedi no hubiera estado entre los organizadores que habían ido de residencia en residencia repartiendo panfletos y hablando a los estudiantes de la importancia de “hacernos oír”.

Le siguen temblando las manos. Hace justo una hora estaba con Nnedi en el mercado. Se paró a comprar naranjas y Nnedi siguió andando hasta el puesto de cacahuates, y de pronto se oyeron gritos en inglés, en el idioma criollo, en hausa y en igbo: “¡Disturbios! ¡Mataron a un hombre!”.

Y a su alrededor todos se pusieron a correr, empujándose unos a otros, volcando carretas llenas de ñames y dejando atrás las verduras golpeadas por las que acababan de regatear. Olía a sudor y a miedo, y también se echó a correr por las calles anchas y luego por ese estrecho callejón que temió, mejor dicho, intuyó, que era peligroso, hasta que vio a la mujer.

La mujer y ella se quedan un rato en silencio, mirando hacia la ventana por la que acaban de entrar, con el postigo chirriante que se balancea en el aire. Al principio la calle está silenciosa, luego se oyen unos pies corriendo. Las dos se apartan instintivamente de la ventana, aunque Chika alcanza a ver pasar a un hombre y una mujer, ella con una túnica hasta las rodillas y un crío a la espalda. El hombre hablaba rápidamente en igbo y todo lo que entendió Chika fue: “Puede que haya corrido a la casa del tío”.

–Cierra ventana –dice la mujer.

Chika así lo hace, y sin el aire de la calle, el polvo que flota en la habitación es tan espeso que puede verlo por encima de ella. El ambiente está cargado y no huele como las calles de fuera, que apestan como el humo color cielo que flota alrededor en Navidad cuando la gente arroja las cabras muertas al fuego para quitar el pelo de la piel. Las calles por donde ha corrido ciegamente, sin saber hacia dónde ha ido Nnedi, sin saber si el hombre que corría a su lado era amigo o enemigo, sin saber si debía parar y recoger a alguno de los niños aturdidos que con las prisas se ha separado de su madre, sin saber quién era quién ni quién mataba a quién.

Más tarde verá los armazones de los coches incendiados, con huecos irregulares en lugar de ventanillas o parabrisas, e imaginará los coches en llamas desperdigados por toda la ciudad como hogueras, testigos silenciosos de tanta atrocidad. Averiguará que todo empezó en el estacionamiento cuando un hombre pisó con las ruedas de su furgoneta un ejemplar del Santo Corán que había a un lado de la carretera, un hombre que resultó ser un igbo cristiano. Los hombres de alrededor, que se pasaban el día jugando a las damas y que resultaron ser musulmanes, lo hicieron bajar de la furgoneta, le cortaron la cabeza de un machetazo y la llevaron al mercado pidiendo a los demás que los siguieran: ese infiel había profanado el Santo Libro. Chika imaginará la cabeza del hombre, la piel ceniza de la muerte, y tendrá arcadas y vomitará hasta que le duela la barriga. Pero ahora pregunta a la mujer:

–¿Todavía huele a humo?

–Sí –la mujer se desabrocha la tela que lleva anudada a la cintura y la extiende en el suelo polvoriento. Debajo solo lleva una blusa y una combinación negra rasgada por las costuras–. Siéntate.

Chika mira la tela deshilachada extendida en el suelo; probablemente es una de las dos túnicas que tiene la mujer. Baja la vista hacia su falda tejana y su camiseta roja estampada con una foto de una Estatua de la Libertad, las dos compradas el verano que Nnedi y ella pasaron dos semanas en Nueva York con unos parientes.

–Se la ensuciaré –dice.

–Siéntate –repite la mujer–. Tenemos que esperar mucho rato.

–¿Sabe cuánto…?

–Hasta esta noche o mañana por la mañana.

Chika se lleva una mano a la frente como para comprobar si tiene fiebre. El roce de su palma fría suele calmarla, pero esta vez la nota húmeda y sudada.

–Dejé a mi hermana comprando cacahuates. No sé dónde está.

–Irá a un lugar seguro.

–Nnedi.

–¿Eh?

–Mi hermana. Se llama Nnedi.

–Nnedi –repite la mujer, y su acento hausa envuelve el nombre igbo de una suavidad plumosa.

Más tarde Chika recorrerá los depósitos de cadáveres de los hospitales buscando a Nnedi; irá a las oficinas de los periódicos con la foto que les tomaron a las dos en una boda hace una semana, en la que ella sale con una sonrisa boba porque Nnedi le dio un pellizco justo antes de que dispararan, las dos con trajes bañera de Ankara. Pegará fotos en las paredes del mercado y en las tiendas cercanas. No encontrará a Nnedi. Nunca la encontrará. Pero ahora dice a la mujer:

–Nnedi y yo llegamos la semana pasada para ver a nuestra tía. Estamos de vacaciones.

–¿Dónde estudian?

–Estamos en la Universidad de Lagos. Yo estudio medicina, y Nnedi ciencias políticas.

Chika se pregunta si la mujer sabe lo que significa ir a la universidad. Y se pregunta también si mencionó la universidad solo para alimentarse de la realidad que ahora necesita: que Nnedi no se perdió en un disturbio, que está a salvo en alguna parte, probablemente riéndose con la boca abierta a su manera relajada o haciendo una de sus declaraciones políticas. Sobre cómo el gobierno del general Abacha utiliza la política exterior para legitimarse a los ojos de los demás países africanos. O que la enorme popularidad de las extensiones de pelo rubio era consecuencia directa del colonialismo británico.

–Solo llevamos una semana aquí con nuestra tía, ni siquiera hemos estado en Kano –dice Chika, y se da cuenta de lo que está pensando: su hermana y ella no deberían verse afectadas por los disturbios. Eso era algo sobre lo que leías en los periódicos. Algo que sucedía a otras personas.

–¿Tu tía está en mercado? –pregunta la mujer.

–No, está trabajando. Es la directora de la Secretaría.

Chika vuelve a llevarse una mano a la frente. Se agacha hasta sentarse en el suelo, mucho más cerca de la mujer de lo que se habría permitido en circunstancias normales, para apoyar todo el cuerpo en la tela. Le llega el olor de la mujer, algo intenso como la pastilla de jabón con que la criada lava las sábanas.

–Tu tía está en lugar seguro.

–Sí –dice Chika. La conversación parece surrealista; tiene la sensación de estar observándose a sí misma–. Sigo sin creer que estoy en medio de un disturbio.

La mujer mira al frente. Todo en ella es largo y esbelto, las piernas extendidas ante sí, los dedos de las manos con las uñas manchadas de henna, los pies.

–Es obra del diablo –dice por fin.

Chika se pregunta si eso es lo que piensan todas las mujeres de los disturbios, si eso es todo lo que ven: el diablo. Le gustaría que Nnedi estuviera allí con ella. Imagina el marrón chocolate de sus ojos al iluminarse, sus labios moviéndose deprisa al explicar que los disturbios no ocurren en un vacío, que lo religioso y lo étnico a menudo son politizados porque el gobernante está seguro si los gobernados hambrientos se matan entre sí. Luego siente una punzada de remordimientos y se pregunta si la mente de esa mujer es lo bastante grande para entenderlo.

–¿Ya estás viendo a enfermos en la universidad? –pregunta la mujer.

Chika desvía rápidamente la mirada para que no vea su sorpresa.

–¿En mis prácticas? Sí, empezamos el año pasado. Vemos a pacientes del hospital clínico.

No añade que a menudo le invaden las dudas, que se queda al final del grupo de seis o siete estudiantes, rehuyendo la mirada del profesor y rezando para que no le pida que examine un paciente y dé su diagnóstico diferencial.

–Yo soy comerciante –dice la mujer–. Vendo cebollas.

Chika busca en vano una nota de sarcasmo o reproche en su tono. La voz suena baja y firme, una mujer que dice a qué se dedica sin más.

–Espero que no destruyan los puestos del mercado –responde; no sabe qué más decir.

–Cada vez que hay disturbios destrozan el mercado.

Chika quiere preguntarle cuántos disturbios ha presenciado, pero se contiene. Ha leído sobre los demás en el pasado: fanáticos musulmanes hausas que atacan a cristianos igbos, y a veces cristianos igbos que emprenden misiones de venganza asesinas. No quiere que empiecen a dar nombres.

–Me arden los pezones como si fueran pimienta.

Antes de que Chika pueda tragar la burbuja de sorpresa que tiene en la garganta y responder algo, la mujer se levanta la blusa y se desabrocha el cierre delantero de un gastado sujetador negro. Saca los billetes de diez y veinte nairas que lleva doblados en el sujetador antes de liberar los pechos.

–Me arden como pimienta –repite, cogiéndoselos con las manos ahuecadas e inclinándose hacia Chika como si se los ofreciera.

Chika se aparta. Recuerda la ronda en la sala de pediatría de hace una semana: su profesor, el doctor Olunloyo, quería que todos los alumnos oyeran el soplo al corazón en cuarta fase de un niño que los observaba con curiosidad. El médico le pidió a Chika que empezara y ella se puso a sudar con la mente en blanco, sin saber muy bien dónde estaba el corazón. Al final puso una mano temblorosa en el lado izquierdo de la tetilla del niño, y al notar bajo los dedos el vibrante zumbido de la sangre yendo en la otra dirección, se disculpó tartamudeando ante el niño, aunque él le sonreía.

Los pezones de la mujer no son como los de ese niño. Son marrón oscuro, y están cuarteados y tirantes, con la areola de color más claro. Chika los examina con atención, los toca.

–¿Tiene un bebé? –pregunta.

–Sí. De un año.

–Tiene los pezones secos, pero no parecen infectados. Después de dar de mamar debe aplicarse una crema. Y cuando dé de mamar, asegúrese de que el pezón y también lo otro, la areola, encajan en la boca del niño.

La mujer mira a Chika largo rato.

–La primera vez de esto. Tengo cinco hijos.

–A mi madre le pasó lo mismo. Se le agrietaron los pezones con el sexto hijo y no sabía cuál era la causa, hasta que una amiga le dijo que tenía que hidratarlos –explica Chika.

Casi nunca miente, y las pocas veces que lo hace siempre es por alguna razón. Se pregunta qué sentido tiene mentir, la necesidad de recurrir a un pasado ficticio parecido al de la mujer; Nnedi y ella son las únicas hijas de su madre. Además, su madre siempre tuvo a su disposición al doctor Iggokwe, con su formación y su afectación británicas, con solo levantar el teléfono.

–¿Con qué se frota su madre el pezón? –pregunta la mujer.

–Manteca de coco. Las grietas se le cerraron enseguida.

–¿Eh? –La mujer observa a Chika más rato, como si esa revelación hubiera creado un vínculo–. Está bien, lo haré –juega un rato con su pañuelo antes de añadir–: estoy buscando a mi hija. Vamos al mercado juntas esta mañana. Ella está vendiendo cacahuates cerca de la parada de autobús, porque hay mucha gente. Luego empieza el disturbio y yo voy arriba y abajo buscándola.

–¿El bebé? –pregunta Chika, sabiendo lo estúpida que parece incluso mientras lo pregunta.

La mujer sacude la cabeza y en su mirada hay un destello de impaciencia, hasta de cólera.

–¿Tienes problema de oído? ¿No oyes lo que estoy diciendo?

–Lo siento.

–¡Bebé está en casa! Ésta es mi hija mayor.

La mujer se echa a llorar. Llora en silencio, sacudiendo los hombros, no con la clase de sollozos fuertes de las mujeres que conoce, que parecen decir a gritos: “Sujétame y consuélame porque no puedo soportar esto yo sola”. El llanto de esta mujer es privado, como si llevara a cabo un ritual necesario que no involucra a nadie más.

Más tarde Chika lamentará la decisión de haber dejado el barrio de su tía y haber ido al mercado con Nnedi en un taxi para ver un poco del casco antiguo de Kano; también lamentará que la hija de la mujer, Halima, no se haya quedado en casa esta mañana por pereza, cansancio o indisposición, en lugar de salir a vender cacahuates.

La mujer se seca los ojos con un extremo de la blusa.

–Que Alá proteja a tu hermana y a Halima en un lugar seguro –dice.

Y como Chika no está segura de lo que contestan los musulmanes y no puede decir “Amén”, se limita a asentir.

La mujer ha descubierto un grifo oxidado en una esquina de la tienda, cerca de los contenedores metálicos. Tal vez donde el dueño se lavaba las manos, dice, y explica a Chika que las tiendas de esa calle fueron abandonadas hace meses, después de que el gobierno ordenara su demolición por tratarse de estructuras ilegales. Abre el grifo y las dos observan sorprendidas cómo sale un pequeño chorro de agua. Marronosa y tan metálica que a Chika le llega el olor. Aun así, corre.

–Lavo y rezo –dice la mujer en voz más alta, y sonríe por primera vez, dejando ver unos dientes uniformes con los incisivos manchados.

En las mejillas le salen unos hoyuelos lo bastante profundos para tragarse la mitad de un dedo, algo insólito en una cara tan delgada. Se lava torpemente las manos y la cara en el grifo, luego se quita el pañuelo del cuello y lo pone en el suelo. Chika aparta la mirada. Sabe que la mujer está de rodillas en dirección a La Meca, pero no mira. Como las lágrimas, es una experiencia privada y le gustaría salir de la tienda. O poder rezar también y creer en un dios, una presencia omnisciente en el aire viciado de la tienda. No recuerda cuándo su idea de Dios no ha sido borrosa como el reflejo de un espejo empañado por el vaho, y no se recuerda intentando limpiar el espejo.

Toca el anillo rosario que todavía lleva en el dedo, a veces en el meñique y otras en el índice, para complacer a su madre. Nnedi se lo quitó, diciendo con su risa gangosa: “Los rosarios son como pociones mágicas. No las necesito, gracias”.

Más tarde la familia ofrecerá una misa tras otra para que Nnedia aparezca sana y salva, nunca por el reposo de su alma.

Y Chika pensará en esa mujer, rezando con la cabeza vuelta hacia el suelo polvoriento, y cambiará de parecer antes de decir a su madre que está malgastando el dinero con esas misas que solo sirven para engrosar las arcas de la iglesia.

Cuando la mujer se levanta, Chika se siente extrañamente vigorizada. Han pasado más de tres horas e imagina que el disturbio se ha calmado, que los responsables ya están lejos.

Tiene que irse, tiene que volver a casa y asegurarse de que Nnedi y su tía están bien.

–Debo irme.

De nuevo la cara de impaciencia de la mujer.

–Todavía es peligroso salir.

–Creo que se han marchado. Ya no huelo el humo.

La mujer se sienta de nuevo sobre la tela sin decir nada. Chika la observa un rato, sintiéndose decepcionada sin saber por qué. Tal vez esperaba de ella una bendición.

–¿Está muy lejos tu casa? –pregunta.

–Lejos. Tomo dos autobuses.

–Entonces volveré con el chofer de mi tía para acompañarte –dice Chika.

La mujer desvía la mirada.

Chika se acerca despacio a la ventana y la abre. Espera oír gritar a la mujer que se detenga, que vuelva, que no hay prisa. Pero la mujer no dice nada y Chika nota su mirada clavada en la espalda mientras sale.

Las calles están silenciosas. Se puso el sol y en la media luz crepuscular Chika mira alrededor, sin saber qué dirección tomar. Reza para que aparezca un taxi, ya sea por arte de magia, suerte o la mano de Dios. Luego reza para que Nnedi esté en ese taxi, preguntándole dónde demonios se ha metido y lo preocupados que han estado por ella. No ha llegado al final de la segunda calle en dirección al mercado cuando ve el cadáver. Apenas lo ve, pero pasa tan cerca que le llega el calor. Acaban de quemarlo. El olor que desprende es repulsivo, a carne asada, no se parece a nada que haya olido antes.

Más tarde, cuando Chika y su tía recorran todo Kano con un policía en el asiento delantero del coche con aire acondicionado de su tía, verá otros cadáveres, muchos carbonizados, tendidos a lo largo de las calles como si alguien los hubiera arrastrado y colocado cuidadosamente allí. Mirará solo uno de los cadáveres, desnudo, rígido, boca abajo, y se dará cuenta de que solo viendo esa carne chamuscada no puede saber si el hombre parcialmente quemado es igbo o hausa, cristiano o musulmán. Escuchará por la radio la BBC y oirá las descripciones de las muertes y del disturbio (“religioso con un trasfondo de tensiones étnicas”, dirá la voz). Y la arrojará contra la pared y una feroz cólera la inundará ante cómo han empaquetado, saneado y comprimido todos esos cadáveres en unas pocas palabras. Pero ahora, el calor que desprende el cadáver carbonizado está tan cerca, tan presente, que se vuelve y regresa corriendo a la tienda. Siente un dolor agudo en la parte inferior de la pierna mientras corre. Llega a la tienda y golpea la ventana, y no para de golpearla hasta que la mujer abre.

Se sienta en el suelo y, a la luz cada vez más tenue, observa el hilo de sangre que le baja por la pierna. Los ojos le bailan inquietos en la cabeza. Esa sangre parece ajena a ella, como si alguien le hubiera embadurnado la pierna con puré de tomate.

–Tu pierna. Tienes sangre –dice la mujer con cierta cautela.

Moja un extremo de su pañuelo en el grifo y le lava el corte de la pierna, luego se lo enrolla alrededor y hace un nudo.

–Gracias –dice Chika.

–¿Necesitas ir al baño?

–¿Al baño? No.

–Los contenedores de allí los estamos utilizando como baños –explica la mujer.

La lleva al fondo de la tienda y en cuanto llega a la nariz de Chika el olor, mezclado con el del polvo y el agua metálica, siente náuseas. Cierra los ojos.

–Lo siento. Tengo el estómago revuelto. Por todo lo que está pasando hoy –se disculpa la mujer a sus espaldas.

Luego abre la ventana, deja el contenedor fuera y se lava las manos en el grifo. Cuando vuelve, Chika y ella se quedan sentadas una al lado de la otra en silencio; al cabo de un rato oyen el canto ronco a lo lejos, palabras que Chika no entiende. La tienda está casi totalmente oscura cuando la mujer se tiende en el suelo, con solo la parte superior del cuerpo sobre la tela.

Más tarde Chika leerá en The Guardian que “hay antecedentes de violencia por parte de los musulmanes reaccionarios hausaparlantes del norte contra los no musulmanes”, y en medio de su dolor recordará que examinó los pezones y conoció la amabilidad de una musulmana hausa.

Chika apenas duerme en toda la noche. La ventana está cerrada, el ambiente cargado, y el polvo, grueso y granulado, se le mete por las fosas nasales. No logra dejar de ver el cadáver ennegrecido flotando en un halo junto a la ventana, señalándola acusador. Al final oye a la mujer levantarse y abrir la ventana, dejando entrar el azul apagado del amanecer. Se queda un rato allí de pie antes de salir. Chika oye las pisadas de la gente que pasa por la acera. Oye a la mujer llamar a alguien, y una voz que se alza al reconocerla seguida de una parrafada en hausa rápido que no entiende.

La mujer entra de nuevo en la tienda.

–Terminó el peligro. Es Abu. Está vendiendo provisiones. Va a ver su tienda. Por todas partes hay policía con gas lacrimógeno. El soldado viene para aquí. Me voy antes de que el soldado empiece a acosar a todo el mundo.

Chika se levanta despacio y se estira; le duelen las articulaciones. Caminará hasta la casa con verja de su tía porque no hay taxis por las calles, solo jeeps militares y coches patrulla destartalados. Encontrará a su tía yendo de una habitación a otra con un vaso de agua en la mano, murmurando en igbo una y otra vez: ¿Por qué les pedí a Nnedi y a ti que vinieran a verme? ¿Por qué me engañó de este modo mi chi? Y Chika agarrará a su tía con fuerza por los hombros y la llevará a un sofá.

De momento se desata el pañuelo de la pierna, lo sacude como para quitar las manchas de sangre y se lo devuelve a la mujer.

–Gracias.

–Lávate bien-bien la pierna. Saluda a tu hermana, saluda a los tuyos –dice la mujer, enrollándose la tela a la cintura.

–Saluda tú también a los tuyos. Saluda a tu bebé y a Halima.

Más tarde, cuando vuelva andando a la casa de su tía, cogerá una piedra manchada de sangre seca y la sostendrá contra el pecho como un macabro souvenir. Y ya entonces, con una extraña intuición, sabrá que nunca encontrará a Nnedi, que su hermana desapareció. Pero en ese momento voltea hacia la mujer y añade:

–¿Puedo quedarme con su pañuelo? Está sangrando otra vez.

La mujer la mira un momento sin comprender; luego asiente. Tal vez se percibe en su rostro el principio del futuro dolor, pero esboza una sonrisa distraída antes de devolverle el pañuelo y darse la vuelta para salir por la ventana.

 

(Tomado de www.lecturia.org)

 

“Aquí no hay nadie excepto…”

Isaac Asimov

 

No fue culpa nuestra. Ignorábamos que algo anduviera mal hasta que llamé a Cliff Anderson y le hablé cuando él no estaba allí. Más aún, yo no hubiera sabido que no estaba allí si no hubiera entrado mientras yo hablaba con él.

No, no, no, no…

Nunca puedo contar esto con claridad. Me dejo llevar… será mejor que empiece por el principio. Yo soy Bill Billings, mi amigo es Cliff Anderson. Yo soy ingeniero electrónico, él es matemático y los dos somos profesores en el Instituto de Tecnología del Medio Oeste. Ahora ya saben ustedes quiénes somos.

Desde que abandonamos el uniforme, Cliff y yo hemos estado trabajando en las máquinas calculadoras. Ya saben de qué se trata. Norbert Wiener las popularizó con su libro Cibernética. Si han visto fotos, sabrán que son aparatos realmente grandes. Ocupan una pared entera y son muy complicados; y también son caros.

Pero Cliff y yo teníamos ciertas ideas. Verán, una máquina pensante es grande y cara porque está llena de relés y de tubos de vacío, de modo que las corrientes eléctricas microscópicas se puedan controlar, encender y apagar, aquí y allá. Lo que de verdad importa está en esas pequeñas corrientes eléctricas, así que…

Una vez le dije a Cliff:

–¿Por qué no podemos controlar las corrientes sin tanto aderezo?

–¿Por qué no, en efecto? –dijo él, y se puso a trabajar en la matemática del asunto.

No importa cómo llegamos allí en dos años. El problema fue lo que obtuvimos después de concluir. Resultó que terminamos con algo de esta altura y de esta anchura y tal vez de esta profundidad…

No, no. Olvidaba que ustedes no pueden verme. Les daré las cifras: un metro de altura, dos metros de longitud y algo más de medio metro de fondo. ¿Entendido? Se necesitaban dos hombres para transportarlo, pero se podía transportar y eso era lo importante. Y, además, escuchen lo que les digo: era capaz de hacer cualquier tarea que pudieran hacer las calculadoras gigantes. No tan rápidamente, quizá, pero seguíamos trabajando en eso.

Teníamos grandes planes, planes colosales. Podíamos instalar esa cosa en barcos o en aviones. Al cabo de un tiempo, si lográbamos reducir su tamaño lo suficiente podríamos meter una en un automóvil.

Estábamos interesados especialmente en el tema de los automóviles. Supongamos que uno tiene una pequeña máquina pensante en la salpicadera, conectada con el motor y con la batería y equipada con células fotoeléctricas. Se podría entonces fijar el itinerario ideal, eludir coches, detenerse ante los semáforos y escoger la velocidad óptima para el terreno en cuestión. Todos podrían sentarse en el asiento trasero y se acabarían los accidentes automovilísticos.

Era sensacional. Resultaba tan estimulante y nos entusiasmábamos tanto con cada nuevo logro que aún podría llorar cuando recuerdo aquella vez en que descolgué el teléfono para llamar al laboratorio y todo se fue al demonio.

Esa noche estaba en casa de Mary Ann… ¿les he hablado de Mary Ann? No. Creo que no.

Mary Ann era la chica que habría sido mi novia si se hubieran dado dos condiciones. Primero, si ella hubiera querido; segundo, si yo hubiera tenido agallas para pedírselo. Tiene el cabello rojo y alberga dos toneladas de energía en un cuerpo de cincuenta kilos, que está perfectamente configurado desde el suelo hasta el metro sesenta de altura. Yo me moría por pedírselo, pero cada vez que ella se acercaba, encendiéndome el corazón como si cada contoneo fuera un cerillo, yo me deshacía.

No es que no sea guapo. La gente me dice que soy aceptable. Tengo todo mi cabello y mido casi uno ochenta. Hasta sé bailar. Lo que pasa es que no tengo nada que ofrecer. No necesito contarles cuánto ganan los profesores universitarios. Con la inflación y con los impuestos, equivale a casi nada. Desde luego, si lográbamos obtener las patentes básicas para nuestra maquinita pensante, todo cambiaría. Pero yo no podía pedirle que esperara. Tal vez, una vez que todo estuviera organizado…

Como sea, esa noche yo estaba allí, cavilando, cuando ella entró en la sala. Mi brazo buscaba a tientas el teléfono.

–Estoy lista, Bill –dijo Mary Ann–. Vamos.

–Aguarda un minuto. Quiero llamar a Cliff.

Frunció el ceño.

–¿No puede esperar?

–Tenía que haberle llamado hace dos horas.

Solo me llevó dos minutos. Llamé al laboratorio. Cliff estaba trabajando esa noche, así que contestó. Pregunté algo, respondió algo, pregunté algo más y me dio alguna explicación. Los detalles no importan, pero, como ya he dicho, él es el matemático del equipo. Cuando yo construyo los circuitos y ensamblo las cosas de modo que parecen imposibles, él es quien baraja los símbolos y me dice si son imposibles o no. En cuanto colgué llamaron a la puerta.

Temí que Mary Ann tuviera otro visitante y sentí una rigidez en la espalda cuando ella fue a abrir. La miré de reojo mientras garrapateaba lo que Cliff acababa de decirme. Entonces, Mary Ann abrió la puerta y allí estaba Cliff Anderson.

–Pensé que te encontraría aquí… –dijo–. Hola, Mary Ann. Oye, ¿no ibas a llamarme a las seis? Eres tan de fiar como una silla de cartón.

Cliff es bajo, rechoncho y pendenciero, pero lo conozco y no le presto atención.

–Hubo novedades y se me olvidó. De todas formas, acabo de llamarte. ¿A qué viene tanto jaleo?

–¿Llamarme? ¿A mí? ¿Cuándo?

Iba a señalar el teléfono y me quedé mudo. Fue como si el mundo se derrumbara. Cinco segundos antes de que llamaran a la puerta yo hablaba con Cliff, que estaba en el laboratorio, y el laboratorio estaba a diez kilómetros de la casa de Mary Ann.

–Acabo de hablar contigo –tartamudeé.

Evidentemente no me hice entender.

–¿A mí? –repitió Cliff.

Señalé el teléfono con ambas manos.

–Por teléfono. Llamé al laboratorio. ¡Con este teléfono! Mary Ann me oyó. Mary Ann, ¿yo no estaba hablando con…?

–No sé con quién hablabas –me cortó Mary Ann–. Bien, ¿nos vamos?

Así es Mary Ann. Una fanática de la sinceridad.

Me senté. Traté de hablar con voz baja y clara:

–Cliff, marqué el número del laboratorio, atendiste el teléfono, te pregunté si habías resuelto los detalles, dijiste que sí y me los diste. Aquí están. Los anoté. ¿Esto es correcto o no?

Le entregué el papel donde había anotado las ecuaciones. Cliff las miró.

–Son correctas –admitió–. Pero ¿cómo las conseguiste? No las habrás resuelto solo, ¿verdad?

–Acabo de decírtelo. Me las diste por teléfono.

Cliff sacudió la cabeza.

–Bill, me fui del laboratorio a las siete y cuarto. No hay nadie allí.

–Pues yo hablé con alguien, te lo juro.

Mary Ann se estaba poniendo los guantes.

–Se hace tarde –me apremió.

Le hice señas para que esperara un poco.

–¿Estás seguro…? –le dije a Cliff.

–No hay nadie allí, a menos que cuentes a Junior.

Junior era como llamábamos a nuestro cerebro mecánico de tamaño portátil.

Nos quedamos mirándonos. El pie de Mary Ann tamborileaba sobre el suelo como una bomba de relojería a punto de estallar.

Cliff se echó a reír.

–Me estoy acordando de un chiste que vi. Un robot que atiende el teléfono y dice: “¡Le juro, jefe, que aquí no hay nadie excepto nosotros, las complicadas máquinas pensantes!” No me pareció gracioso.

–Vamos al laboratorio –decidí.

–¡Oye! –protestó Mary Ann–. No llegaremos al teatro.

–Mira, Mary Ann, esto es muy importante. Solo será un momento. Ven con nosotros y desde allí iremos directamente al teatro.

–El espectáculo empieza… –empezó Mary Ann, pero no pudo decir nada más, porque la agarré de la muñeca y nos fuimos.

Eso demuestra que yo estaba fuera de mí. En circunstancias normales jamás la habría tratado con brusquedad. Mary Ann es toda una dama. Pero yo tenía demasiadas cosas en la mente. Ni siquiera recuerdo haberla agarrado de la muñeca, solo que de pronto estaba en el coche, con Cliff y con Mary Ann, y que ella se frotaba la muñeca y mascullaba algo sobre los gorilas.

–¿Te lastimé, Mary Ann?

–No, claro que no. Todos los días me hago arrancar el brazo, para divertirme un poco.

Y me dio una patada en el tobillo. Solo hace esas cosas porque tiene el cabello rojo. En realidad es de un temperamento muy dulce, pero se esfuerza por estar a la altura del mito de las pelirrojas. Yo la tengo calada, por supuesto, aunque trato de complacerla, pobre chica.

Llegamos al laboratorio en veinte minutos.

 

El instituto está desierto de noche. Parece más desierto que otros edificios, pues está diseñado para albergar multitudes de estudiantes que recorran los pasillos; cuando ellos no están, la soledad es antinatural. O tal vez solo fuera que yo tenía miedo de ver qué pudiera estar sentado en nuestro laboratorio. De cualquier modo, los pasos resonaban con ecos intimidatorios y el ascensor parecía especialmente siniestro.

–No nos llevará mucho tiempo –le insistí a Mary Ann, pero ella se limitó a sorber por la nariz y a ponerse guapísima. Y es que no puede evitar ponerse guapísima.

Cliff tenía la llave del laboratorio y yo miré por encima de su hombro cuando abrió la puerta. No se veía nada. Junior estaba allí, por supuesto, pero no había cambiado desde la última vez que lo vi. Los cuadrantes no registraban nada anormal y, aparte de ellos, solo había una caja grande, de la que salía un cable que iba conectado al enchufe de la pared.

Cliff y yo nos acercamos a Junior por ambos flancos. Creo que íbamos pensando en apresarlo en cuanto hiciera un movimiento brusco. Pero Junior no hizo nada. Mary Ann también lo miraba. Incluso le pasó el dedo anular por la parte superior, se miró la yema y se la frotó con el pulgar para limpiarse el polvo.

–Mary Ann –le advertí–, no te acerques a él tanto. Quédate al otro lado de la habitación.

–Allí está igual de sucio –me contestó.

Nunca había visitado nuestro laboratorio, así que no comprendía que un laboratorio no es lo mismo que el dormitorio de un bebé. El ordenanza va dos veces al día y todo lo que hace es vaciar las papeleras. Una vez por semana entra con un trapeador sucio, enloda el suelo y se mueve de un lado a otro.

–El teléfono no está donde lo dejé –observó Cliff.

–¿Cómo lo sabes?

–Porque lo dejé allí. –Señaló–. Y ahora está aquí.

Si tenía razón, el teléfono se había acercado a Junior. Tragué saliva.

–Tal vez no lo recuerdas bien –traté de sonreír, pero no resultó muy natural–. ¿Dónde está el desarmador?

–¿Qué piensas hacer?

–Solo echar un vistazo al interior. Para divertirme un poco.

–Te ensuciarás –me avisó Mary Ann, así que me puse la bata. Mary Ann es una chica muy previsora.

Empecé a trabajar con el desarmador. Una vez que Junior estuviera perfeccionado, teníamos intención de manufacturar modelos con estuches soldados, de una sola pieza. Incluso pensábamos en plásticos moldeados, de diversos colores, para uso hogareño. Pero el modelo de laboratorio estaba ensamblado con tornillos con el fin de que pudiéramos desarmarlo y armarlo cuando fuera necesario.

Solo que los tornillos no salían. Resoplé.

–Algún bromista apretó demasiado los tornillos cuando los puso.

–Tú eres el único que los toca –me recordó Cliff.

Y tenía razón, pero eso no me facilitaba las cosas. Me puse de pie y me pasé el dorso de la mano por la frente. Le pasé el desarmador.

–¿Quieres intentarlo tú?

Lo intentó, y no logró mucho más que yo.

–Qué raro –comentó.

–¿Qué es lo raro?

–Estaba haciendo girar un tornillo. Se movió unos tres milímetros y luego el desarmador se me cayó.

–¿Qué tiene de raro?

Cliff retrocedió y dejó el desarmador con dos dedos.

–Lo raro es que vi que el tornillo volvía a moverse tres milímetros hasta ajustarse de nuevo.

Mary Ann se estaba impacientando.

–¡Vaya, genios científicos! ¿Por qué no usan un soplete si están tan ansiosos?

Señaló el soplete que descansaba sobre uno de los bancos.

Bien; por lo general, jamás se me hubiera ocurrido usar un soplete con Junior, como no lo usaría conmigo mismo. Pero yo estaba pensando algo y Cliff también pensaba algo y ambos pensábamos lo mismo: Junior no quería que lo abrieran.

–¿Tú qué crees, Bill? –me preguntó Cliff.

–No sé, Cliff.

–Pues date prisa, tonto –resolvió Mary Ann–. Nos perderemos el espectáculo.

Así que tomé el soplete y gradué la salida de oxígeno. Era como apuñalar a un amigo.

Mary Ann interrumpió el procedimiento al exclamar:

–¡Vaya, qué estúpidos son los hombres! Estos tornillos están flojos. Hicieron girar el desarmador al revés.

No hay muchas probabilidades de hacer girar un desarmador al revés. De todos modos no me gusta contradecir a Mary Ann, así que le dije:

–Mary Ann, no te acerques tanto a Junior. ¿Por qué no esperas junto a la puerta?

–¡Pues mira! –replicó ella.

Me mostró el tornillo que tenía en la mano y el orificio vacío en la caja de Junior. Lo había quitado con la mano. Cliff exclamó:

–¡Santo cielo!

Todos los tornillos estaban girando. Giraban solos, como gusanos saliendo de sus agujeros; giraban y giraban y luego caían al suelo. Los recogí y solo faltaba uno, que se quedó suspendido un momento, con el panel del frente apoyado en él, hasta que extendí el brazo. Entonces, cayó el último tornillo y el panel se desplomó suavemente en mis brazos. Lo puse a un lado.

–Lo hizo a propósito –comentó Cliff–. Nos oyó mencionar el soplete y desistió.

Habitualmente tiene la tez rosada, pero ahora estaba blanco.

Y yo no las tenía todas conmigo.

–¿Qué trata de ocultar? –pregunté.

–No sé.

Nos agachamos ante las entrañas abiertas y nos quedamos mirando un rato. El pie de Mary Ann volvía a tamborilear sobre el suelo. Miré mi reloj de pulsera y tuve que admitir que no nos quedaba mucho tiempo. Mejor dicho, no nos quedaba tiempo.

–Tiene un diafragma –observé.

–¿Dónde? –preguntó Cliff, acercándose.

Se lo señalé.

–Y un altavoz.

–¿Tú no los pusiste?

–Claro que no. Se supone que sé lo que he puesto. Si lo hubiera hecho lo recordaría.

–Y entonces ¿cómo es que están ahí?

Estábamos discutiendo en cuclillas.

–Supongo que los fabricó él. Quizá los deja crecer. Mira eso.

Señalé de nuevo. Dentro de la caja, en dos lugares, había sendos rollos de lo que parecía una delgada manguera de regar el jardín, solo que eran de metal. Cada una de ellas formaba una espiral tan apretada que la hacía plana. En la punta el metal se dividía en cinco o seis filamentos finos que formaban a su vez pequeñas subespirales.

–¿Tampoco lo pusiste tú?

–No, tampoco.

–¿Qué es?

Cliff sabía qué era y yo sabía qué era. Algo tenía que estirarse para que Junior obtuviera los materiales con los que fabricar partes de sí mismo; algo tenía que salir para descolgar el teléfono. Recogí el panel frontal y lo miré de nuevo. Había dos círculos de metal cortados y ajustados de tal modo que pudieran levantarse hacia delante y dejar un orificio para que algo pasara por ellos.

Metí un dedo en uno de los orificios y se lo mostré a Cliff.

–Tampoco hice esto –dije.

Mary Ann, que miraba por encima de mi hombro, estiró el brazo. Yo me estaba limpiando los dedos con una toalla de papel, para quitarme el polvo y la grasa, y no tuve tiempo de detenerla. Pero debí haberlo sabido; pues ella siempre está deseando ayudar.

El caso es que metió la mano para tocar uno de los… bien, ¿por qué no decirlo?, uno de los tentáculos. No sé si los tocó o no. Luego afirmó que no. Pero, de cualquier modo, en ese momento soltó un chillido, se sentó y se puso a frotarse el brazo.

–Lo mismo –gimoteó–. Primero tú y ahora eso.

La ayudé a levantarse.

–Debió de ser una conexión floja, Mary Ann. Lo lamento, pero te he dicho…

–¡Tonterías! –exclamó Cliff–. No es una conexión floja. Junior intenta defenderse.

Yo había pensado lo mismo. Había pensado muchas cosas. Junior era una nueva clase de máquina. Hasta la matemática que la controlaba carecía de precedentes. Quizá tuviese algo que ninguna máquina había tenido jamás. Tal vez sentía el deseo de permanecer con vida y crecer. Acaso pretendiera fabricar más máquinas hasta que hubiera millones en toda la Tierra, rivalizando con los seres humanos por tomar el control.

Abrí la boca y Cliff debió de adivinar lo que yo iba a decir, porque gritó:

–¡No, no! ¡No lo digas!

Pero no pude contenerme:

–Bueno, oye, desconectemos a Junior… ¿qué sucede?

–Está escuchando lo que decimos, pedazo de burro –gruñó Cliff–. Te oyó hablar del soplete, ¿verdad? Yo pensaba escabullirme por detrás, pero ahora es probable que me electrocute si lo intento.

Mary Ann se estaba sacudiendo con la mano la parte de atrás del vestido y no paraba de refunfuñar por la cantidad de mugre que había en el suelo, aunque yo insistía en decirle que no era culpa mía. El que lo ensucia todo es el ordenanza.

–¿Por qué no te pones unos guantes de goma y tiras del cable? – sugirió Mary Ann.

Noté que Cliff procuraba pensar razones por las cuales eso no funcionaría. No se le ocurrió ninguna, así que se puso los guantes de goma y caminó hacia Junior.

–¡Cuidado! –grité.

Fue estúpido advertirle. Cliff tenía que cuidarse, no le quedaba otra opción. Uno de los tentáculos se movió y ya no quedaron dudas de lo que eran. Se desenrolló y se interpuso entre Cliff y el cable eléctrico. Se quedó allí, vibrando y extendiendo sus zarcillos de seis dedos. En el interior de Junior comenzaron a brillar unos tubos. Cliff no intentó enfrentarse al tentáculo. Retrocedió, y poco después el tentáculo se retrajo. Cliff se quitó los guantes de goma y dijo:

–Bill, así no vamos a ninguna parte. Este artilugio es más listo de lo que creíamos. Fue tan listo que usó mi voz como modelo cuando construyó ese diafragma. Tal vez llegue a hacerse tan listo como para… –miró por encima del hombro y susurró–: para aprender a generar energía y volverse autónomo. Bill, tenemos que detenerlo o un día alguien telefoneará al planeta Tierra y le contestarán: “¡Le juro, jefe, que aquí no hay nadie excepto nosotros, las complicadas máquinas pensantes!”

–Llamemos a la policía. Se lo explicaremos. Con una granada o algo parecido…

Cliff sacudió la cabeza.

–No podemos permitir que nadie lo descubra. Construirían otros Junior, y todo parece indicar que aún no estamos preparados para un proyecto de esta naturaleza.

–Entonces, ¿qué hacemos?

–No sé.

Sentí un fuerte golpe en el pecho. Miré y vi que era Mary Ann, dispuesta a escupir fuego.

–Mira, tonto, si salimos, salimos y, si no salimos, no salimos. Decídete.

–Pero, Mary Ann…

–Respóndeme. Nunca he oído cosa tan ridícula. Me visto para ir al teatro y me traes a un sucio laboratorio con una máquina absurda y te pasas el resto de la tarde jugando con botoncitos.

–Mary Ann, yo no…

Pero no me escuchaba; hablaba ella. Ojalá pudiera recordar lo que dijo. O tal vez no; tal vez sea mejor no recordar sus palabras, pues no fueron precisamente halagadoras. De cuando en cuando, yo intercalaba un “pero, Mary Ann…”, que acababa arrollado por su torrente de frases.

En realidad, como ya dije, es una criatura muy dulce y solo se pone parlanchina e insensata cuando se altera. Como es pelirroja, piensa que le corresponde alterarse con frecuencia. Esa es mi teoría. Cree que debe hacer honor a su pelo rojo.

De cualquier modo, recuerdo claramente que, para terminar, me dio un pisotón en el pie derecho, volteó y se fue. La seguí al trote y balbuceé; una vez más:

–Pero, Mary Ann…

Entonces Cliff gritó. En general no nos presta atención, pero esta vez gritó a todo pulmón:

–¿Por qué no le pides que se case contigo, idiota?

Mary Ann se detuvo. Estaba en la puerta, pero no se dio media vuelta. Yo también me detuve, y sentí que las palabras se me atascaban en la garganta. Ni siquiera atinaba a pronunciar otro “pero, Mary Ann…”

Cliff seguía gritando. Yo lo oía como si estuviera a un kilómetro de distancia.

–¡Lo tengo, lo tengo! –chillaba una y otra vez.

Entonces, Mary Ann volteó, y estaba tan bella… ¿les he dicho que tiene los ojos verdes, con una pizca de azul? Pues bien, estaba tan hermosa que todas las palabras se me anudaron en la garganta y salieron formando ese ruido raro que uno hace al tragar.

–¿Ibas a decirme algo, Bill? –preguntó ella.

Bueno, lo cierto era que Cliff me lo había metido en la cabeza.

–¿Quieres casarte conmigo, Mary Ann? –conseguí decir, con la voz enronquecida.

En cuanto lo dije me arrepentí, porque supuse que no volvería a hablarme nunca más. Pero dos segundos después me alegré, pues me rodeó con los brazos y se puso de puntillas para besarme. Tardé un rato en comprender qué sucedía, y al fin respondí al beso. Esto duró un buen rato, hasta que Cliff logró llamar mi atención dándome un golpe en el hombro.

Volteé con mal gesto.

–¿Qué demonios quieres?

–¡Mira! –dijo.

Sostenía en la mano el cable principal que conectaba a Junior con el suministro energético.

Me había olvidado de Junior, pero volvía a recordarlo.

–Entonces, está desconectado.

–¡Frío!

–¿Cómo lo lograste?

–Junior estaba tan ocupado viéndote reñir con ella que conseguí escabullirme por detrás. Mary Ann dio un buen espectáculo.

No me agradó el comentario, pues Mary Ann es una chica muy fina y recatada y no da “espectáculos”. De todos modos, tenía ya demasiados problemas como para pelearme con Cliff.

–No tengo mucho que ofrecer, Mary Ann –me dirigí a Mary Ann–, solo el sueldo de profesor. Ahora que hemos desmantelado a Junior, ni siquiera hay posibilidades de…

–No me importa, Bill –me interrumpió ella–. Estaba a punto de abandonar, mi amor, tonto. Lo he intentado todo…

–¿Cómo darme patadas en los tobillos y pisarme los pies?

–Se me habían agotado los recursos. Estaba desesperada.

La lógica del razonamiento no era muy clara, pero no repliqué porque me acordé del teatro. Miré la hora y dije:

–Oye, Mary Ann, sí nos apresuramos llegaremos al segundo acto.

–¿Quién quiere ver esa obra de teatro?

La besé de nuevo, y nunca fuimos a ver esa obra.

Ahora solo me preocupa una cosa. Mary Ann y yo estamos casados y somos muy felices. Acaban de ascenderme; ahora soy profesor adjunto. Cliff sigue trabajando en planes para construir un Junior controlable y está progresando.

Pero aquí no terminó todo.

Verán ustedes: hablé con Cliff la noche siguiente para anunciarle que Mary Ann y yo íbamos a casarnos y para agradecerle que me hubiera dado la idea y, después de mirarme un momento, juró que él no había dicho nada, que no me había gritado que le propusiera matrimonio.

Y, claro, en el laboratorio había algo más que tenía la voz de Cliff.

Me sigue preocupando que Mary Ann lo descubra. Es la chica más dulce que conozco, pero, a fin de cuentas, es pelirroja y creo que ya he dicho que se empeña en hacer honor a la fama de las pelirrojas.

De cualquier modo, ¿qué diría si alguna vez descubre que no tuve el sentido común de declararme hasta que una máquina me lo aconsejó?

 

(Tomado de Asimov, Isaac, Cuentos completos. Volumen I, Ediciones B, Madrid, 2002)