Isaac Asimov
Jehan Shuman estaba acostumbrado a tratar con los hombres que se hallaban
en el poder en la Tierra, envuelta en continuas guerras desde hacía largo
tiempo. Él sólo era un civil, pero era el responsable de determinados modelos
de programación que habían producido computadoras autónomas de alto nivel
destinadas a usos bélicos. Por lo tanto, los generales, al igual que los
presidentes de comités del Congreso, prestaban atención a sus palabras.
En aquel momento había un representante de cada grupo en
la sala de reuniones especial del Nuevo Pentágono. El general Weider era un
hombre de rostro quemado por los continuos viajes espaciales, y su pequeña boca
estaba casi siempre fruncida. El congresista Brant tenía los ojos claros y unas
tersas mejillas. Fumaba tabaco denebio con el aire despreocupado de alguien
cuyo patriotismo es tan notorio que puede permitirse tales libertades.
Shuman, programador de primera clase, de elevada estatura
y porte distinguido, se sentía totalmente seguro ante ellos.
–Caballeros –dijo–, les presento a Myron Aub.
–El hombre poseedor de un don poco corriente que usted
descubrió por puro azar, ¿no es así? –comentó plácidamente el congresista
Brant.
Y se dedicó a inspeccionar al hombrecillo de calva cabeza
de huevo con afable curiosidad.
Éste se retorcía los dedos con nerviosismo. Era la
primera vez que estaba en presencia de hombres tan importantes. Él sólo era un técnico
de bajo grado, de edad avanzada, que hacía mucho tiempo no había logrado
superar las pruebas establecidas para seleccionar a los seres superdotados de
la humanidad y se había adaptado a su rutinaria y poco calificada labor. Lo
único destacable que había en él era aquella afición que el gran programador
había descubierto y con la que se había armado tanto revuelo.
–Encuentro absolutamente pueril toda esta atmósfera de
misterio –dijo el general Weider.
–Pronto dejará de parecérselo –repuso Shuman–. No es algo
que pueda revelarse a cualquiera… ¡Aub! –llamó.
Había algo autoritario en su modo de pronunciar aquel
monosílabo, pero al fin y al cabo se trataba de un gran programador
dirigiéndose a un simple técnico.
–¡Aub! –repitió–. ¿Cuánto es nueve por siete?
Aub dudó un momento. En sus acuosos ojos brilló una débil
ansiedad.
–Sesenta y tres –repuso.
Brant enarcó las cejas.
–¿Es exacto?
–Compruébelo usted mismo, señor Brant.
El político sacó su computadora de bolsillo, oprimió dos
veces sus bordes desgastados, examinó la pantalla del aparato, colocado en la
palma de su mano, y volvió a guardárselo, al tiempo que decía:
–¿Es éste el don que nos quería demostrar? ¿Un
ilusionista?
–Más que eso, señor. Aub se sabe de memoria algunas
operaciones y con ellas es capaz de realizar cálculos sobre papel.
–¿Una computadora de papel? –dijo el general, con aspecto
abrumado.
–No, general –repuso Shuman, paciente–. No se trata de
una computadora de papel. Sólo de una simple hoja de papel. General, ¿querría usted
tener la bondad de decirme un número cualquiera?
–Diecisiete –dijo el general.
–¿Y usted, señor Brant?
–Veintitrés.
–¡Bien! Aub, multiplique esos números y haga el favor de
mostrar a estos señores cómo lo hace.
–Sí, programador –dijo Aub, inclinando la cabeza.
Sacó un pequeño bloc de un bolsillo de la camisa y un bolígrafo
de artista, fino como un cabello, de otro. Su frente se llenó de arrugas
mientras trazaba trabajosamente algunos signos sobre el papel.
El general Weider lo interrumpió bruscamente:
–A ver, enséñeme eso.
Aub le tendió el papel, y Weider exclamó:
–En efecto, parece la cifra diecisiete.
Brant asintió, observando:
–Sí, efectivamente, pero supongo que cualquiera es capaz
de copiar las cifras de una computadora. Yo mismo creo que llegaría a hacer un
diecisiete bastante aceptable aun sin práctica.
–Tengan la bondad de dejar continuar a Aub, señores –dijo
Shuman con indiferencia.
Aub siguió escribiendo cifras, con mano algo temblorosa.
Finalmente, dijo en voz baja:
–La solución es trescientos noventa y uno.
Brant sacó de nuevo su computadora.
–Caray, pues es verdad. ¿Cómo lo adivinó?
–No lo adivinó, señor Brant –dijo Shuman–. Lo calculó por
sí solo. Lo calculó sobre esa hoja de papel.
–No diga usted necedades –dijo el general, con
impaciencia–. Una computadora es una cosa, y otra muy distinta unos cuantos
garabatos sobre el papel.
–Explíqueselo, Aub –le invitó Shuman.
–Sí, programador… pues verán, señores, empiezo por
escribir diecisiete y luego, debajo, escribo veintitrés. Después me digo: siete
por tres…
El político lo atajó con gesto suave:
–Pero escuche, Aub, el problema consiste en saber cuánto
es diecisiete por veintitrés.
–Sí, ya lo sé –se apresuró a responder el pequeño técnico–,
pero empiezo diciendo siete por tres, porque así tiene que efectuarse esta operación.
Como decía, siete por tres es veintiuno.
–¿Y cómo lo sabe usted? –le preguntó el político.
–Porque lo aprendí de memoria. La computadora siempre da
veintiuno. He podido comprobarlo docenas de veces.
–Sin embargo, eso no significa que siempre dé ese
resultado. ¿No es verdad? –objetó el político.
–Tal vez no –vaciló Aub–. Yo no soy un matemático. Pero
siempre consigo soluciones exactas.
–Prosiga.
–Siete por tres veintiuno, así es que escribo veintiuno.
Después, uno por tres es tres, y por lo tanto escribo un tres bajo el dos de
veintiuno.
–¿Y por qué debajo del dos? –le espetó Brant.
–Porque… –Aub miró con aire desvalido a su superior–. Es
difícil de explicar.
Shuman intervino:
–Les ruego que de momento acepten sus resultados; podemos
dejar los detalles para los matemáticos.
Brant calló y Aub siguió diciendo:
–Tres y dos son cinco, y así el veintiuno se convierte en
cincuenta y uno. Ahora dejemos eso por un momento y volvamos a empezar. Si multiplicamos
siete por dos, nos dará catorce, y uno por dos, dos. Repitamos la operación
anterior y nos dará treinta y cuatro. Poniendo este treinta y cuatro bajo el
cincuenta y uno de la manera que aquí lo he hecho y sumándolos entonces,
obtendremos el resultado de trescientos noventa y uno.
Reinó un instante de silencio, y luego el general Weider
dijo:
–No lo creo. Este hombre ha armado un verdadero
galimatías, formando números, multiplicándolos y sumándolos a su antojo, pero a
pesar de todo no lo creo. Es demasiado complicado. No es más que una engañifa.
–Nada de eso, general –dijo Aub, sudoroso–. Sólo parece
complicado porque usted no está acostumbrado a hacerlo. En realidad, las reglas
son muy sencillas, y se aplican a cualquier número.
–A cualquier número, ¿eh? –dijo el general–. Vamos a ver.
–Sacó su propia computadora (un severo modelo militar) y la accionó al azar–. Escriba
cinco siete tres ocho en el papel. O sea cinco mil setecientos treinta y ocho.
–Sí, señor –dijo Aub, tomando una nueva hoja de papel.
–Ahora –prosiguió el general, tras accionar nuevamente la
computadora– siete dos tres nueve. Siete mil doscientos treinta y nueve.
–Ya está, señor.
–Y ahora multiplique esos dos números.
–Requerirá mucho tiempo –tartamudeó Aub.
–No tenemos prisa –repuso el general.
–Adelante, Aub –le ordenó Shuman con voz tensa.
Aub puso manos a la obra, muy encorvado. Tomó una hoja de
papel y luego otra. El general terminó por sacar su reloj para consultarlo.
–¿Ya terminó sus operaciones mágicas?
–Casi, general… mire, ya está. Cuarenta y un millones,
quinientos treinta y siete mil, trescientos ochenta y dos.
Exhibió las cifras escritas en la hoja de papel.
El general Weider sonrió irónicamente. Oprimió el botón
de multiplicar de su computadora y esperó a que se formase el resultado. Luego
lo miró estupefacto y dijo con voz aguda y entrecortada:
–¡Gran Galaxia, este individuo acertó!
El presidente de la Federación Terrestre cada vez aparecía con aire más cansado
y abrumado en su despacho; y en la intimidad dejaba que una expresión de
profunda melancolía se esparciera por sus delicadas facciones. La guerra con
Deneb, que había empezado tan brillantemente, respaldada por un poderoso
movimiento popular, se había convertido en una deslucida serie de ataques y
contraataques, mientras el descontento cundía a ojos vistas entre la población
terrestre. Era posible que lo mismo estuviera pasando en Deneb.
Y por si eso no fuera suficiente, allí estaba Brant,
presidente del importantísimo Comité de Requisa Militar, haciéndole perder
media hora hablándole de tonterías, risueño y satisfecho.
–Calcular sin una computadora es algo que resulta
contradictorio por definición –dijo el presidente, que empezaba a perder la
paciencia.
–El cálculo no es más que un sistema de manejar datos –repuso
el político–. Una máquina puede hacerlo, pero también el cerebro humano. Permita
que le dé un ejemplo.
Y empleando la nueva habilidad que había aprendido,
realizó sencillas sumas y multiplicaciones, hasta que el presidente empezó a
sentirse interesado a pesar suyo.
–¿No falla nunca?
–Nunca, señor presidente. Es un método absolutamente
seguro.
–¿Y es difícil de aprender?
–Yo tardé una semana en dominarlo. Creo que usted lo
conseguiría antes.
–Desde luego –admitió el presidente–, reconozco que se
trata de un interesante juego de salón, pero no le veo mayor utilidad.
–¿Cuál es la utilidad de un niño recién nacido, señor
presidente? De momento no sirve para nada, pero… ¿No ve usted que esto señala
el camino que conduce a la liberación de la esclavitud impuesta por la máquina?
Tenga usted en cuenta, señor presidente –dijo levantándose el congresista, mientras
su voz de barítono adquiría automáticamente un tono elocuente y oratorio–, que
la guerra con Deneb es una guerra de computadoras que luchan entre sí. Las
computadoras del enemigo crean una cortina impenetrable de proyectiles que
hacen estallar a los nuestros, y nosotros hacemos lo propio. Cuando nosotros
creamos una computadora más perfeccionada, ellos no tardan en hacerlo también.
Así se ha mantenido durante cinco años un precario equilibrio que no ha
beneficiado a ninguno de los dos bandos en lucha.
“Pero ahora tenemos en nuestras manos un medio para
ultrapasar la computadora, saltando sobre ella, dejándola atrás. Combinaremos
la mecánica del cálculo con el pensamiento humano; tendremos el equivalente de
unas computadoras inteligentes: miles de millones. No puedo predecirle en detalle
cuáles serán las consecuencias de esto, pero le aseguro que serán incalculables”.
El presidente dijo, turbado:
–¿Y qué quiere usted que haga?
–Apoye con todo el poder de la administración un proyecto
secreto para desarrollar el cálculo humano. Llámelo “Proyecto Número”, si le parece.
Yo puedo responder de mi comité, pero necesitaré contar también con el apoyo
del gobierno.
–Pero, ¿hasta dónde puede llegar el cálculo humano?
–No hay límite. Según el programador Shuman, que fue
quien me comunicó este descubrimiento…
–Conozco a Shuman, desde luego.
–Sí. Pues bien, el doctor Shuman me asegura que en teoría
no hay nada que pueda hacer la computadora que no pueda hacerlo también la mente
humana. La computadora se limita a barajar un número finito de datos para
realizar un número también finito de operaciones con ellos. El cerebro humano
puede duplicar ese proceso.
El presidente reflexionó antes de decir:
–Si es Shuman quien lo afirma, en principio me siento
inclinado a creerle… al menos en teoría. Pero, en la práctica, ¿cómo puede
saber alguien cómo funciona una computadora?
Brant rio con tono indulgente.
–Sepa usted, señor presidente, que yo también hice la
misma pregunta. Parece ser que hubo un tiempo en que las computadoras fueron construidas
directamente por seres humanos. Se trataba de computadoras sencillas, pero eso,
naturalmente, ocurrió mucho antes que se hiciera un uso racional de las
computadoras para diseñar otras más perfeccionadas.
–Sí, sí. Prosiga.
–Al parecer, el técnico Aub se dedicaba por afición a
reconstruir algunos de estos antiguos aparatos y, al hacerlo, estudió los
detalles de su funcionamiento y descubrió que era capaz de imitarlos. La
multiplicación que acabo de efectuar para usted es una simple imitación del
funcionamiento de una computadora.
–¡Asombroso!
El político carraspeó cortésmente.
–Si usted me permite, señor presidente… cuanto más
podamos desarrollar este proyecto, tanto más apartaremos el esfuerzo federal de
la producción y mantenimiento de computadoras. A medida que éstas vayan siendo
sustituidas por cerebros humanos, podremos consagrar mayor energía a empresas
pacíficas, y el peso de la guerra se dejará sentir menos sobre el hombre de la
calle. Esto repercutirá de manera muy favorable sobre los que ocupen el poder,
téngalo usted por seguro.
–Ah –exclamó el presidente–, ya comprendo. Bien, tome
usted asiento, Brant, por favor. Deme algún tiempo para pensarlo… Pero entre tanto,
vuelva a enseñarme ese truco de la multiplicación. Vamos a ver si yo también
soy capaz de hacerlo.
El programador Shuman no quería forzar las cosas. Loesser era un hombre
muy conservador, excesivamente conservador, y estaba muy encariñado con las
computadoras, como lo habían estado su padre y su abuelo. Por otra parte,
dirigía el combinado de computadoras de Europa Occidental, y si conseguía
persuadirlo para que pasara a engrosar las filas del Proyecto Número con todo
su entusiasmo, Shuman se habría apuntado un tanto importantísimo.
Pero Loesser se hacía el remolón, diciendo:
–No creo que me guste esa idea de quitar importancia a
las computadoras. La mente humana es algo caprichoso y arbitrario. La computadora
dará la misma solución al mismo problema miles de veces. ¿Qué garantía tenemos de
que el cerebro humano haga lo mismo?
–El cerebro humano, calculador Loesser, sólo maneja
hechos. Importa poco que sea el cerebro humano o una máquina quienes lo hagan.
En ese caso, no son más que herramientas.
–Sí, sí. Ya he visto su ingeniosa demostración, según la
cual el cerebro puede imitar a la computadora, pero me parece un poco endeble.
Le concedo que en teoría tiene usted razón, pero nada nos permite suponer que de
la teoría podamos pasar a la práctica.
–Por el contrario, creo que tenemos motivos fundados para
suponerlo, señor. Si bien se mira, las computadoras no han existido siempre.
Los hombres de las cavernas, con sus trirremes, hachas de piedra y ferrocarriles,
no tenían computadoras.
–Y lo más probable es que no calculasen.
–Usted sabe que calculaban. Incluso la construcción de un
ferrocarril o de un zigurat requería efectuar ciertas operaciones de cálculo, y
esos hombres primitivos debieron realizarlas sin disponer de las computadoras actuales.
–¿Acaso quiere usted sugerir que las realizaban de la
manera que acaba de mostrarme?
–Probablemente no. Después de todo, este método, al que
llamaremos “grafítico”, de la antigua palabra europea grafos, que significa “escribir”,
ha sido tomado directamente de las propias computadoras, lo cual hace imposible
que sea anterior a ellas. Sin embargo, los hombres de las cavernas debieron
poseer algún sistema, ¿no cree usted?
–¡Por Dios, no me hable usted ahora de artes perdidas!
–No, no. Yo no soy un entusiasta de las artes perdidas,
aunque no niego su existencia. No olvidemos que el hombre se alimentaba de
trigo antes de comer productos hidropónicos, y que si los primitivos comían
trigo, es porque lo plantaban en la tierra. ¿Qué otra cosa podían haber hecho?
–No lo sé, pero creeré en los cultivos realizados en la
tierra cuando alguien consiga hacer crecer una semilla en el suelo. Y cuando
alguien me demuestre que es posible hacer fuego frotando dos pedernales,
también creeré en ello.
Shuman se mostró conciliador.
–Bien, dejemos eso y volvamos a la grafítica. Ésta forma
parte del proceso de eterealización. El transporte mediante aparatos
voluminosos va dando paso a la transferencia directa de masas. Los aparatos de comunicaciones
cada vez se hacen menos voluminosos y más eficaces. Por ejemplo, compare usted
su computadora de bolsillo con las enormes máquinas de hace mil años. ¿Qué
impide pues que el último paso consista en la eliminación completa de las
computadoras? Vamos, señor, lo invito a unirse al Proyecto Número, que
actualmente ya está en marcha y realizando notables progresos. Pero necesitamos
su valiosa ayuda. Si el patriotismo no es bastante, considere la aventura
intelectual que esto representa.
Pero Loesser seguía mostrándose escéptico.
–¿Notables progresos? ¿Pueden hacer algo más allá de la
multiplicación? ¿Son capaces de integrar una función trascendental?
–Todo llegará, señor. Todo llegará. Durante el mes pasado
aprendí a dividir. Puedo determinar, correctamente, cocientes integrales y
cocientes decimales.
–¿Cocientes decimales? ¿Hasta cuántos decimales?
El programador Shuman trató de conservar su tono
indiferente.
–¡Los decimales que quiera!
Loesser se quedó boquiabierto.
–¿Sin computadora?
–Póngame un problema.
–Divida veintisiete entre trece. Hasta seis decimales.
Cinco minutos después, Shuman dijo:
–Dos punto cero siete seis nueve dos tres.
Loesser comprobó la operación.
–Desde luego, es sorprendente. La multiplicación no me
impresionó mucho, teniendo en cuenta que se realizaba con números enteros, y
pensé que con algún hábil truco se podía conseguir. Pero con decimales…
–Y esto aún no es todo. Se ha realizado un nuevo
descubrimiento, que hasta ahora se mantiene en el más riguroso secreto, y que a
decir verdad, yo no debería mencionar, ni siquiera a usted. Pero… hemos
empezado a sacar raíces cuadradas.
–¿Raíces cuadradas?
–Presenta algunos aspectos muy difíciles y aún no hemos
llegado a resolverlos del todo, pero el técnico Aub, el genial inventor de esta
ciencia y que posee una sorprendente intuición, asegura que casi ha resuelto
del todo el problema. Y no es más que un técnico, pese a todo su genio.
¡Imagínese lo que haría un hombre como usted, un matemático de gran talento! Ninguna
dificultad sería insoslayable.
–Vaya… raíces cuadradas –murmuraba Loesser, conquistado a
pesar suyo.
–Y después vendrán las raíces cúbicas. Bien… ¿Podemos
contar con usted?
De pronto Loesser le tendió la mano.
–Cuenten conmigo.
El general Weider se paseaba de un lado a otro en el fondo de la sala, dirigiéndose
a sus oyentes como haría un profesional encolerizado a un grupo de alumnos
recalcitrantes. Al general no le importaba en absoluto que los reunidos fuesen
los sabios civiles que dirigían el Proyecto Número. El general era el jefe
indiscutible, y así se consideraba en todo momento.
Con voz atronadora, decía:
–Las raíces cuadradas me parecen estupendas. Yo no sé
hacerlas ni comprendo cómo se hacen, pero eso no impide que las encuentre estupendas.
Sin embargo, no permitiré que el proyecto se desvíe hacia lo que algunos de
ustedes llaman los fundamentos. Ya tendrán tiempo de jugar con la grafítica
todo el tiempo que les dé la gana una vez terminada la guerra, pero ahora
tenemos problemas concretos y de orden muy práctico que resolver.
En un extremo alejado de la sala, el técnico Aub
escuchaba atentamente. Ya no era un técnico, desde luego, pues había sido
relevado de sus deberes y destinado al proyecto con un título altisonante y una
hermosa paga. Pero las diferencias sociales subsistían, y las grandes
eminencias científicas jamás querrían considerarlo un igual ni admitirlo en sus
filas. Ni por otra parte Aub lo deseaba, justo es reconocerlo. Se sentía tan incómodo
entre ellos como ellos con él.
El general estaba diciendo en aquel momento:
–Nuestro objetivo es muy sencillo, caballeros: la
sustitución de la computadora. Una nave que pueda navegar por el espacio sin
computadora a bordo puede construirse en una quinta parte del tiempo invertido
en la construcción de una nave provista de computadoras, y a un costo diez
veces más bajo que ésta. Podríamos construir flotas cinco veces, diez veces más
poderosas que las de Deneb, si pudiéramos eliminar la computadora.
“Y vislumbro algo más, después de esto. Puede parecer
fantástico ahora, un simple sueño… ¡pero en el futuro veo el misil tripulado
por un piloto humano!”
Resonó un murmullo entre el auditorio.
El general prosiguió:
–En la actualidad, el obstáculo principal con que
tropezamos es la limitada inteligencia de los misiles. La computadora que los
gobierna debe tener unas dimensiones limitadas; por este motivo, no pueden
enfrentarse satisfactoriamente con las defensas antimisiles, sujetas a un
continuo cambio. Muy pocos misiles consiguen hacer blanco, y a causa de ello,
la guerra a base de misiles se encuentra en un impasse; tanto para el enemigo,
afortunadamente, como para nosotros.
“Por otra parte, un misil con un par de hombres en su
interior, o con uno solo, dedicados a gobernar su vuelo por medio de la
grafítica, sería más ligero, tendría más movilidad y poseería mayor
inteligencia. Nos permitiría obtener una primacía que podría conducirnos muy
bien a la victoria. Además, caballeros, las exigencias de la guerra nos obligan
a recordar otra cosa. Un hombre es mucho menos valioso que una computadora.
Podríamos lanzar los misiles tripulados en un número y en unas circunstancias
que ningún general enfrentaría, si se tratara de misiles con cerebro
electrónico…”
Dijo muchas cosas más, pero el técnico Aub no quiso
esperar más tiempo.
En la intimidad de su alojamiento, el técnico Aub pulió meticulosamente la
nota que pensaba dejar. En su redacción final, decía como sigue:
“Cuando comencé el estudio de lo que ahora se conoce por
el nombre de grafítica, para mí no representó más que un simple pasatiempo. Únicamente
veía en él un modo interesante de distraerme, un ejercicio mental.
“Cuando se inició el Proyecto Número, confié en el juicio
y la prudencia de mis superiores; pensé que se haría un uso pacífico de la
grafítica, en beneficio de la humanidad, para contribuir tal vez a la creación
de aparatos de transporte por transferencia de masas que fuesen verdaderamente
prácticos. Pero hoy veo que sólo se utiliza esta ciencia para la muerte y la
destrucción.
“Por lo tanto, no puedo asumir la responsabilidad de
haber inventado la grafítica”.
Luego volvió deliberadamente hacia sí el foco de un
despolarizador de proteínas, y cayó instantáneamente muerto, sin haber
experimentado el menor dolor.
Todos rodeaban la tumba del pequeño técnico, rindiendo tributo a su grandioso
descubrimiento.
El programador Shuman mantenía la cabeza inclinada, como
el resto de los presentes, pero no experimentaba la menor emoción. El técnico
había cumplido su parte y ya no era necesario. Era el creador de la grafítica,
pero a la sazón la ciencia seguiría avanzando por sí sola con paso arrollador, triunfalmente,
hasta hacer posibles los misiles pilotados, y Dios sabía qué más.
–Nueve por siete son sesenta y tres –se dijo Shuman, con
honda satisfacción–, y maldita la falta que me hace una computadora para
saberlo. ¡Tengo una computadora en la cabeza!
Y era sorprendente la
sensación de poder que eso le producía
(Tomado de Asimov, Isaac, Cuentos completos. Volumen I, Ediciones
B, Madrid, 2002)