miércoles, 22 de abril de 2026

La rebelión

Augusto Roa Bastos

 

Nadie sabe en qué momento han comenzado a reunirse, ni cómo han podido atravesar los cordones de tropas. Lo más extraño de todo es por qué descuido, respeto o indiferencia han dejado reunirse a esas mujeres. Justo ahora y allí, en esta amenaza de catástrofe que pesa sobre la ciudad desde la madrugada.

A las cuatro en punto un fuerte destacamento al mando de un oficial de comunicaciones irrumpió en la central de teléfonos. Fue el primer indicio que tuvimos del cuartelazo. Las cosas comenzaban pues como de costumbre, de modo que en el primer momento no nos alarmamos demasiado. La “crisis” –como llaman los diarios cautamente a estos cólicos endémicos del régimen– no era un secreto para nadie. Pero de un tiempo a esta parte eran tan frecuentes que se había dejado de pensar en ella. Un poco antes de medianoche, los corresponsales de las agencias extranjeras habían enviado el despacho de rigor; un mismo texto para todos, que ya venía redactado en papel con membrete del departamento de prensa de la presidencia: “Reina absoluta tranquilidad en todo el país. El gobierno garantiza el orden y la libertad de trabajo a la población. Los movimientos de tropas que se han observado en los últimos días responden a ejercicios de rutina, que los círculos adversos al gobierno tratan de explotar, como siempre, con evidentes móviles subversivos”.

Así que nada nuevo.

Después un avión comenzó a sobrevolar la ciudad a baja altura durante toda la noche. Sospechamos que se trataba de uno de los vuelos de placer, también de rutina, que según la propaganda de la oposición suele dar el General con sus íntimos y las vestales de turno para cambiar de escenario y de ambiente. Se murmura que ocurren cosas muy divertidas allá arriba, deliciosas orgías, cosas que ni siquiera puede uno figurarse. La campaña de desprestigio de los “círculos adversos” no se detiene ni ante la vida privada de los hombres de gobierno.

Como contagiado por ella, Muleque dijo cuando oímos el avión:

–¡Ya están farreando otra vez!

–Y, viejo –le dije–, déjalos que se diviertan un poco. Ellos se sacrifican. Están en su derecho. ¿O es que les tenés envidia?

–¡Mierda! –farfulló revoleando furioso los ojos.

A mí me gustaba picarlo, remover esa indignación que lo poseía por entero cuando yo bromeaba sobre las cosas que a él lo crispaban. Una cólera sorda de impotencia, de coraje, de asco, lo estremecía de arriba abajo y le hacía temblar el muñón de la pierna en una especie de espasmo casi epiléptico.

–El General –seguí insistiendo– combina su hobby de la aviación con el de las mujeres. ¿Sabés lo que dicen que hace allá arriba? ¿Sabés lo último que hace? Se larga en picada sobre el Panteón de los Héroes, mientras…

–¡Me importa un cuerno! –me cortó con rabia. Sus labios gruesos temblaban dejando entrever las encías sanguinolentas, comidas por la piorrea.

–Ese por lo menos no va a morir en la cama –dije aún–. Un día le va a agarrar un infarto en la picada y se va a hacer bosta sobre el Panteón con putas y todo. ¡Sería lindo ver el Douglas presidencial clavado de nariz en la cúpula! ¿No te parece?

El escupitajo de Muleque erró la salivadera; se enchufó el palo y empezó a tamborilear en el Morse mecánicamente, con la mandíbula casi hundida en el pecho.

El avión continuó runruneando sobre las calles. Se alejaba y volvía sobrevolando el centro, la Escuela Militar, el Cuartel de Policía, las cañoneras fondeadas en la bahía, y de seguro los caminos de acceso a la ciudad. Ahora sabíamos que no se trataba de una de las orgías aéreas del General.

El golpe de mano nos tomó de sorpresa. A esa hora muerta del alba, cabeceando de sueño, Muleque y yo nos hallábamos repasando las bolillas de Civil para el examen, ante dos jarros de mate cocido ya frío, en la sala de transmisión. Muleque se llama en realidad José del Rosario Alcaraz, un apellido que tampoco debe ser el suyo porque desde los tres años, suele contar, lo metieron en el Asilo y no llegó a conocer ni siquiera a su madre, que murió un poco antes o un poco después, nunca pudo saberlo, de su entrada al Asilo. A los doce escapó del siniestro caserón mitad orfanato mitad manicomio, y desde entonces se las arregló como pudo. En una “revolución” anterior, siendo conscripto, dejó la pierna a cambio de la cual le dieron la papeleta de baja y las muletas que tiene. Lo apodamos Muleque por eso, por los palos y por su rizado pelo de zambo. Él fue quien me decidió a reanudar mis estudios en la Facultad. “Déjate de hacer el vago”, me dijo. “Esos versitos y cuentitos que escribís no van a ayudar a nadie en este país, donde la literatura vale menos que una cagada de mosca.” “Yo no quiero ayudar a nadie”, le dije con bronca aquella vez. “Yo escribo para mí, y sí me leen o no me leen me importa un bledo. Escribo porque se me da la gana… Sí, ya sé, vas a decirme que es como masturbarse. ¿Y qué? Cada uno con lo que le calma las glándulas. A vos, la Revolución, así con mayúscula, la jeta inflada al pronunciarla. A mí, la papirofagia, o la papiropaja, sí querés…” pero un tiempo después me inscribí en la Facultad. En las discusiones con Muleque yo siempre perdía por puntos o por abandono. En la Telefónica pedimos que nos pasaran al turno de la noche, para estudiar en las horas baldías de la guardia. Así también, desde el año pasado, me hizo entrar en el movimiento clandestino. Al principio, la verdad que el asunto no me interesaba más que por su sabor a cosa prohibida y algo romántica, como el de esas logias que formaban los patriotas en tiempos de la Independencia en el pleito contra los godos, y que ahora solo se forman para el contrabando, la quiniela o los permisos de importación.

No es mucho lo que podemos hacer. Disponemos del código para los cifrados de Relaciones Exteriores y de la Armada, con los que solemos pescar de cuando en cuando alguna que otra información interesante. El Ejército ha organizado su propia red; por allí se nos escapan los peces gordos: todo el asunto de las guerrillas, por ejemplo, y también los líos internos de la aparentemente apacible vida castrense. Hacía algún tiempo que andábamos inactivos, un poco olvidados de nuestro papel, lo que había aumentado el malhumor de Muleque, volviéndolo retraído y taciturno. Ahora ni eso; ahora ya no está y yo no puedo hacerle bromas ni nada, y hasta me resulta difícil escribir esto, no sólo por el hombro machucado a culatazos, que me sigue doliendo como si lo tuviera entablillado con carbones encendidos, sino también porque en la celda estamos apilados como lombrices en un tarro, y cuando sacan enganchados a los que les toca el interrogatorio, se remueve toda la pila y el pucho de lápiz se me escapa de las manos, entre quejidos, escupidas y empujones. Debo seguir lo que comencé en la Remington de la sala de transmisión, y que ni siquiera sé dónde habrá quedado. Los que están más cerca se extrañan de mi emperramiento en seguir garrapateando esto. En la semioscuridad, tengo que adivinarme la letra, sin contar que siento un cansancio, una hinchazón rara en todo el cuerpo, una hinchazón de rabia, de dolor, de tristeza, como si todavía bajara corriendo desde allá arriba donde lo dejé con la cabeza descansando sobre la muleta. Y si alguno ahora me preguntara qué es lo que estoy escribiendo y para qué, no sabría qué decirle. Tal vez me enojaría y volvería a rajarles una palabrota furiosa. Me miran de reojo, se miran entre ellos y ya no se animan a preguntarme ni a decirme nada.

 

Cuando el pelotón entró como una tromba, nos quedamos clavados en las sillas. Uno de los números estuvo a punto de dar un culatazo a Muleque porque lo vio manotear sobre el palo, y creyó de seguro que iba a repelerlos a garrotazos.

–¡Muchachos, a trabajar ahora para la revolución! –nos gritó el oficial después de calmar a los suyos.

Un centenar de soldados con equipo de campaña y profusión de automáticas se fortificó en el edificio. Los técnicos de Transradio y los demás empleados de la Telefónica fuimos traídos a atender los conmutadores de la planta automática. Pese a todo, el enérgico capitancito se nos antojó menos fastidioso, como si su condición de sublevado hiciera tolerable su presencia allí. Ya que podía imponer nuestra colaboración con las bayonetas que trajinaban los pasillos, optamos por simular que era espontánea, fumándonos a cambio los cigarrillos que nos distribuyó de entrada nomás. Del valijín que le acercó un soldado, sacó varios cartones de Lucky y fue arrojándonos los paquetes con gesto deportivo. Al rato pujábamos todos en el manipuleo de los controles como si de nosotros dependiera el triunfo del alzamiento. Lo hacíamos para quedar bien pero, en el fondo, para esconder lo que pudiera lucir en nosotros de bronca o de miedo. La única compensación, como digo, era el aroma no frecuente para nosotros de esos Lucky, que tratábamos de hacer durar hasta el último restiro del pucho. Muleque no; con lo que le gustaba fumar, no prendió uno solo de los importados. Con gesto de repugnancia, de desprecio, los arrojó casi de sobrepique a los más próximos.

–¿Qué te parece? –le pregunté en voz baja.

–No sé, vamos a ver –dijo como en acecho de algo que estaba sucediendo más allá de lo confusamente percibido por nosotros.

Poco a poco las cosas se nos van aclarando a través de las comunicaciones intervenidas, de los nerviosos partes y comunicados del gobierno y de los insurrectos, que se contradicen mutuamente, pero que a su vez se complementan.

No menos de cinco mil hombres por bando están enfrentados en un radio de pocos kilómetros, desde hace diez horas. Si aún no se ha desencadenado el fuego es porque el azar actúa a veces con la espoleta mojada, y además porque al milico más que a ninguno le jode el olor de la pólvora. Debe ser por eso, digo yo. Pero hasta este momento, nadie sabe lo que está pasando entre bastidores del decorado armado para una representación que tarda en empezar.

Mientras menudearon en la mañana los cabildeos entre parlamentarios del gobierno y de los sublevados, era claro que estaban aguardando a que otras unidades se definieran. Pero después de mediodía eso dejó de tener sentido; para esa hora, la última de las guarniciones se había plegado al cuartelazo. Pero el General es muy astuto; no es la primera vez que se ve entre la espada y la pared. No obstante, la ruptura de las acciones se retarda de un modo inexplicable. La confusión y el desaliento cunden en las fuerzas que están frente a frente, desgastadas por la nerviosidad y el calor de este día verdaderamente infernal.

También nosotros hemos caído en una especie de depresión tironeada a medias por la ansiedad y el sopor. Para neutralizarla de alguna manera es que me he puesto a teclear estos apuntes, simulando que traduzco y copio las tiras del Morse, por lo que en definitiva las dos operaciones vienen a ser más o menos idénticas; sólo que traducir los puntos y rayas de esta descalabrada estación de mis nervios y hacerlos coincidir con los de la realidad es algo mucho más difícil.

De pronto entra Muleque taqueando muy excitado, y dice en voz alta, sin cuidarse de los números que nos vigilan:

–Se están reuniendo en la Plaza de Armas.

–¿Quiénes?

–Mujeres.

–¿Qué mujeres?

–Qué sé yo. Mujeres.

Un momento después me parece percibir un débil rumoreo que sube desde las calles traqueteadas por los carros de asalto, el rodar de las baterías y los desplazamientos de tropas. Tal vez la sensible vibración del susurro la hemos estado sintiendo desde hace rato más en la piel que en los oídos, entre todo ese ruido. Pero yo no la he sentido claramente hasta que Muleque ha entrado con la noticia. Me hace una seña y voy tras él, en un descuido.

 

Acabo de subir con Muleque a la azotea con el cuento de que íbamos a arreglar un alambre. Trepé al antepecho haciendo como que me atareaba con una de las bajadas de antenas. Algo me dijo, pero no le presté atención en ese momento. Después me volví hacia la plaza. Al principio no las vi. Muleque me apretó el brazo y agitó las manos en dirección a los reflejos que ondean allá abajo. Entonces comencé a verlas, emergiendo poco a poco de entre la opaca brillazón de polvo y calor. Están allí, formando una compacta muchedumbre. El sol de esta tarde de diciembre no las ha hecho cejar; pero no las acobardan tampoco las ametralladoras que erizan los balcones y las terrazas del Palacio de Gobierno, del viejo Cabildo, las troneras de la Escuela Militar y del Cuartel de Policía. Los sublevados han tendido un cinturón de cantones en torno al triángulo defensivo del gobierno; uno de ellos es el de la Telefónica, desde donde podemos observar la aproximada distribución de las fuerzas. Este triángulo tiene en la Plaza de Armas su campo de tiro forzoso, es el sector ubicado entre dos fuegos, algo así como la tierra de nadie en el enfrentamiento de los dos bandos, para esta batalla cuyo estallido se demora indefinidamente. Allí están ellas. Desde arriba se las ve muy pequeñas recortándose sobre el rojo pedregullo de la plaza que llamea al sol. Los “jeeps”, los camiones armados y los coches de lujo de los mandos pasan y se entrecruzan como exhalaciones sobre el fondo de siluetas oscuras e inmóviles. A lo largo de la calle transversal que baja hacia las barrancas, sólo divisamos parte de la aglomeración. Muleque se me adelanta siempre un poco, o tal vez mi capacidad de visión es más lenta que la suya. Él me muestra esos nuevos grupos de mujeres que afluyen por las calles. Bajo el sol a plomo sus siluetas se yerguen sin sombra, sombras ellas mismas con los mantos oscuros. Casi todas parecen enlutadas en la salvaje reverberación que las iguala y apelmaza en un denso y a la vez transparente hacinamiento. Parpadeo asombrado; me parece increíble y me vuelvo hacia Muleque.

–Seguro habrán traído comida a los soldados –digo por decir algo.

–¡Como para comida están ellos! –farfulla Muleque.

–Se habrán juntado para algún funeral.

–El funeral lo van a hacer después. ¿No ves que es una manifestación? –su voz le tiembla un poco.

–¿Por dónde habrán podido llegar?

–Están allí –dice Muleque.

–Pero cómo las dejaron pasar… Ah, ya sé… –no quiero darme por vencido–. Han venido desde la Catedral y el Seminario Viejo. Debe ser una procesión por el día de la Virgen.

–Ya pasó el 8 de diciembre.

–Por la octava entonces.

–Ya pasó la octava.

Muleque no se inmuta. Para él, esas mujeres están ahí, simplemente; no le interesa cómo han podido llegar. Es posible, sin embargo, que las tropas las hayan dejado pasar y reunirse en la creencia de que se trata de una procesión religiosa, formada exclusivamente por mujeres. Pero esto mismo resulta disparatado.

Lo primero que se adivina en el gentío es que su actitud, si bien puede confundirse con un aire de fervor religioso, no tiene nada de esa pasividad por delegación en que las procesiones parecen anclar. Este gentío está encallado en un tozudo empecinamiento, en una especie de irrevocable confianza en las propias, limitadas, débiles fuerzas. Un oleaje que al batir la escollera se hubiese petrificado en su propia fragilidad. Si se pudiera oírlo desde aquí, se diría que el rumor sube y se apaga por momentos, en algo distinto a un bisbiseo de plegaria, como sí la multitud deliberara en voz baja, como si el oleaje a pesar de su cristalizada inmovilidad continuara batiendo la escollera invisible. Pero no se puede más que imaginarlo con representaciones que uno saca de frases hechas, de los recuerdos; ahora que, por más que escarbe en mis recuerdos, esto que veo allí abajo no se parece a nada conocido, y es que en el recuerdo y tal vez también en la esperanza, las cosas no se parecen más que a sí mismas. Allí está pasando algo extraño. “Algo extraño como la verdad”, dijo una vez Muleque, cabeceando de sueño; pero ya no me acuerdo a propósito de qué.

Puse el cable en su lugar. Muleque ya no estaba a mi lado; sólo entonces sentí que el metal me quemaba las manos. Cuando me volví hacía los soldados, vi en sus caras brillantes de sudor una expresión burlona.

 

Alrededor de las dos de la tarde han empezado a recibirse las primeras noticias de las zonas bajo control rebelde, a medida que se han ido normalizando las líneas cuyos conmutadores atiende Muleque. Aparentemente –por lo que él afirma–, en el interior del país se están produciendo manifestaciones similares a la de la Plaza de Armas. En todas las ciudades y poblados donde existen guarniciones militares, silenciosas caravanas de mujeres se han congregado frente a los cuarteles. Es casi absurdo; salvo que se trate de un fenómeno de sugestión colectiva. Quise hablar con Muleque, que en un principio nos iba soplando las novedades del interior, pero al capitán se le fue subiendo la mostaza y empezó a insultarnos a todos.

Aprovechando el creciente desorden en la sala de controles, he tratado de llegar de nuevo a la azotea, pero los soldados, esta vez, no han dejado que me acercara hacia la balaustrada. Así que no alcancé a ver el gentío de la plaza, únicamente los carros del Ejército y las camionetas de radiopatrulla de la policía, zumbando excitados como cascarudos a ras de tierra en amenaza de tormenta.

 

Tres de la tarde. Con el mismo pretexto de una reparación, hemos conseguido nuevamente deslizamos con Muleque a la azotea. Es asombroso. Allá abajo continúan estando ellas, impávidas, obcecadas, en esa tierra de nadie, preñada de muerte, reverberante y sombría a la vez; allí y en todos los otros lugares donde se han reunido a impulsos de esa especie de confabulación que se ha propagado como una onda magnética.

De pronto una camioneta ha empezado a girar alrededor de la muchedumbre, atronando el aire caldeado con sus altoparlantes, pero no se escucha lo que dice. De seguro las intiman a dispersarse. Mientras la camioneta da vueltas, la multitud permanece inmóvil. A nuestras espaldas, los soldados cabecean borrachos de sol y cansancio, recostados en cuclillas contra las paredes roñosas de sombra de un sector de la azotea, desinteresados por completo de lo que sucede en la plaza. Nos hemos mirado con Muleque. Me ha hecho un gesto como el de quien sabe qué es lo que está ocurriendo, y se ha puesto una mano en pantalla detrás de la oreja como si las voces del altoparlante llegaran hasta él.

–Están ordenando que desalojen la plaza –traduce–. Si no se van, las amenazan de que serán ametralladas.

La multitud no se ha movido. Si esas mujeres están ahí, evidentemente es porque no temen ese riesgo.

–Escucha… –yo no oigo nada, nada más que ese sordo runruneo– Están llamando a una de las mujeres al micrófono… –la cara de Muleque se transfigura. Los labios le tiemblan siguiendo las palabras de los altavoces, tratando de captarlas, de repetirlas–. Quieren que suba una de ellas a hablar por los parlantes…

La representación está tomando ribetes absurdos. Pero de seguro todo eso responde a una ley que por el momento se me escapa.

Una vez más se me antoja que las siluetas enlutadas han juntado sus cabezas como en consejo, que un bisbiseo confidencial se ha propagado entre la multitud. He visto que una de las mujeres se ha adelantado hacia la camioneta; me ha parecido que subía, pero tal vez sólo ha quedado oculta por el vehículo.

–Está hablando… –dice Muleque con una creciente exaltación–. Dice que no se van a ir… que pueden ametrallarlas si quieren… pero que no se van a ir… –Muleque tragó con fuerza–. Está haciendo un llamado a los hombres, a los esposos, a los hijos, a los hermanos…

–¿Un llamado? ¿Para qué? –pregunto sin entender.

–Para que dejen las armas… ¡Escuchá… escuchá!

En ese momento yo también he oído la voz; cada palabra ha resonado amplificada por los ecos como si hablaran y se correspondieran al mismo tiempo muchas voces. Los ecos han golpeado en los vidrios de las ventanas cercanas con un levísimo chirrido.

–¡Dejen las armas… abandonen los cuarteles, los cantones, los retenes, los puestos! ¡Dejen las ar…! Han estrangulado la voz. Hay un silencio sepulcral. Han cortado de seguro los contactos. Estoy atontado. Lo miro a Muleque; él no está mejor que yo. Se ha combado sobre la balaustrada como si le doliera el vientre y estuviera a punto de vomitar, se toma el pecho con las dos manos. Me vuelvo con ansiedad hacia los soldados, pero ellos no parecen haber oído nada. Allá abajo, despepitando mucho los ojos, veo o se me antoja ver una pequeña figura arrojada a empellones, a culatazos, y el gentío empieza a moverse.

En eso aparece el capitán completamente empapado de sudor, los briches, la campera, pegados al hueso bajo el correaje. Tampoco parece preocupado en lo más mínimo por lo que ocurre abajo sino irritado por la indolencia de sus subordinados. Les pega cuatro gritos y los que están encuclillados en la sombra se remueven maquinalmente y vuelven a sus puestos de mala gana. El capitán da la espalda a la plaza. Bajo el sobaco le negrean los prismáticos. Yo casi extiendo la mano y se los arranco con las ganas que tengo de ver mejor el gran remolino que se está produciendo allá abajo…

 

Me cuesta mucho continuar escribiendo. Tengo la sensación de que el trozo de lápiz se me va alejando cada vez más con la mano descoyuntada, y el esfuerzo para cada trazo me iguala todo el cuerpo en un solo dolor, me aplana contra el piso de la celda como si yo fuera el papel en que escribo. Pero ahora debo seguir de cualquier manera, a como dé fin a estos apuntes. Por Muleque y por mí; pero más que por los dos, por eso que ha pasado y que los demás callan como si cada uno quisiera guardar para sí el sabor de esa esperanza en el fondo de su desesperanza. No hablan, pero se les nota en las miradas febriles, en el modo que tienen de mirarme con una actitud de complicidad en un secreto. Son pocos, pero yo los reconozco. Están también los otros, los que me miran con ojos macilentos de reprobación y de miedo, y ya ni siquiera contestan a las preguntas que hago a los más próximos, no tanto para precisar algunos detalles como para confundirlos y avergonzarlos. Es inútil que quieran convencerme de que no hubo combate, que no se disparó un solo tiro, que las tropas volvieron tranquilamente a sus cuarteles y que todo sigue como antes. Muleque no murió porque le hubiera reventado el corazón el impacto de aquellos que veíamos desde la azotea. Yo vi que los soldados del cantón se negaron a hacer fuego y que el capitán disparó sobre Muleque. Y si ahora me miran y callan burlones cuando yo les digo que fue así, es porque quieren denigrar a Muleque y tratan de exasperarme a mí. Cuando alguno entra como borracho, arrastrando los ojos por el suelo, lleno de moretones y con los huesos rotos por los golpes, sé que es otro que ha mentido, que no se ha animado a decir la verdad, y lo desprecio. Los que han dicho la verdad no han vuelto. Yo tampoco volveré; por eso escribo esto, para que se sepa lo que ocurrió.

 

Cuando en distintos sitios rompió a crepitar el fuego, Muleque se volvió a los soldados y les gritó que no tiraran sobre las mujeres. Los que habían hecho chasquear los cerrojos, bajaron poco a poco las armas, como dije. El capitán desenfundó entonces la pistola y disparó contra Muleque, que se derrumbó sobre el antepecho, girando sobre sí mismo hasta quedar enganchado de los brazos, de cara a la plaza. Él no podía ver ya que los soldados de nuestro cantón se negaban a disparar. Blandiendo la pistola como un energúmeno, el capitán les ordenó que lo hicieran. Pero ellos no se movieron y lo miraron fijo, como desafiándolo. Se abalanzó contra los sirvientes de una automática. No pudo llegar. Una ráfaga lo tumbó de bruces, se retorció un instante convulsivamente, y se quedó inmóvil.

Escondido en un hueco de la mampostería, yo miraba todo ese vértigo que parecía fuese a durar una eternidad. Pero al levantar la mirada, vi lo indecible. Las murallas de la Escuela Militar rebullían por lo alto de arracimadas cabezas en el resplandor ígneo de la tarde. Los más apurados se descolgaban desde las troneras. Parecían racimos de hormigas deslizándose contra la blancura de cal de las murallas. Las puertas se abrieron y vomitaron elásticas siluetas. Era una deserción en masa. Los jóvenes cadetes se habían hecho pasibles de ser fusilados por la espalda. Avanzaron hacia la plaza, formando una muralla de pechos humanos. El estrépito se agigantaba allí. Los carros de asalto llegaron raudamente para ametrallar a los desertores, pero los hombres de la tropa, muchachos, adolescentes, niños casi, se desacataron. No escuchaban, no podían oír las órdenes, los gritos espasmódicos, sordos a todo lo que no fuese ese retumbo que los llenaba y les mandaba desde adentro. En un abrir y cerrar de ojos se consumó otra deserción en masa, que dejó boqueando de ciega impotencia a unos grotescos muñecos. Vociferaban, chillaban, se agitaban en las plataformas de los carros vacíos. No se les veía sino los agujeros negros de las bocas en medio del fragor. Trataban de aferrar las automáticas, pero fueron reducidos por una nueva oleada de combatientes, invisibles hasta ese momento. Desde las casas, desde las barrancas, irrumpían grupos cada vez más numerosos de civiles que se apoderaron de los nidos de ametralladoras, de los carros de asalto, de las piezas de artillería, de las automáticas.

–¡Ellos… son ellos, Miguel! –oí murmurar a Muleque.

Los cadetes, los efectivos de los batallones desintegrados se plegaron y aposicionaron con las brigadas civiles, cuyas vanguardias avanzaban inconteniblemente hacia el Palacio de Gobierno.

Me quedé solo con Muleque. Lo desprendí del antepecho. Le puse despacio sus muletas como almohada. Me miró con sus ojos agónicos, pero él debía escuchar todavía el fragor del combate, el ruido de los pasos, de los millares de pasos sobre las piedras, entre ellos los suyos, aun los de ese pie que le comió la revolución, en esta victoriosa marcha con la que había soñado tanto tiempo. Me tenía agarrada una mano. Sus labios amoratados se movieron con esfuerzo.

–Vamos… a los conmutadores… –susurró aún–. Ayúdame, Miguel…

–Sí, Muleque.

–Tenemos… que trasmitir la noticia… lo último fue ya apenas el gorgoteo de un estertor.

Me costó cerrar los párpados en ese rostro que alumbraba la sonrisa de un muerto. Después bajé corriendo.

 

(Tomado de www.literatura.us)

 

China

José Donoso

 

Por un lado el muro gris de la Universidad. Enfrente, la agitación maloliente de las cocinerías alterna con la tranquilidad de las tiendas de libros de segunda mano y con el bullicio de los establecimientos donde hombres sudorosos horman y planchan, entre estallidos de vapor. Más allá, hacia el fin de la primera cuadra, las casas retroceden y la acera se ensancha. Al caer la noche, es la parte más agitada de la calle. Todo un mundo se arremolina en torno a los puestos de fruta. Las naranjas de tez áspera y las verdes manzanas, pulidas y duras como el esmalte, cambian de color bajo los letreros de neón, rojos y azules. Abismos de oscuridad o de luz caen entre los rostros que se aglomeran alrededor del charlatán vociferante, engalanado con una serpiente viva. En invierno, raídas bufandas escarlatas embozan los rostros, revelando sólo el brillo torvo o confiado, perspicaz o bovino, que en los ojos señala a cada ser distinto. Uno que otro tranvía avanza por la angosta calzada, agitando todo con su estruendosa senectud mecánica. En un balcón de segundo piso aparece una mujer gruesa envuelta en un batón listado. Sopla sobre un brasero, y las chispas vuelan como la cola de un cometa. Por unos instantes, el rostro de la mujer es claro y caliente y absorto.

Como todas las calles, ésta también es pública. Para mí, sin embargo, no siempre lo fue. Por largos años mantuve el convencimiento de que yo era el único ser extraño que tenía derecho a aventurarse entre sus luces y sus sombras.

Cuando pequeño, vivía yo en una calle cercana, pero de muy distinto sello. Allí los tilos, los faroles dobles, de forma caprichosa, la calzada poco concurrida y las fachadas serias hablaban de un mundo enteramente distinto. Una tarde, sin embargo, acompañé a mi madre a la otra calle. Se trataba de encontrar unos cubiertos. Sospechábamos que una empleada los había sustraído, para llevarlos luego a cierta casa de empeños allí situada. Era invierno y había llovido. Al fondo de las bocacalles se divisaban restos de luz acuosa, y sobre los techos cerníanse aún las nubes en vagos manchones parduscos. La calzada estaba húmeda, y las cabelleras de las mujeres se apegaban, lacias, a sus mejillas. Oscurecía.

Al entrar por la calle, un tranvía vino sobre nosotros con estrépito. Busqué refugio cerca de mi madre, junto a una vitrina llena de hojas de música. En una de ellas, dentro de un óvalo, una muchachita rubia sonreía. Le pedí a mi madre que me comprara esa hoja, pero no prestó atención y seguimos camino. Yo llevaba los ojos muy abiertos. Hubiera querido no solamente mirar todos los rostros que pasaban junto a mí, sino tocarlos, olerlos, tan maravillosamente distintos me parecían. Muchas personas llevaban paquetes, bolsas, canastos y toda suerte de objetos seductores y misteriosos. En la aglomeración, un obrero cargado de un colchón desarregló el sombrero de mi madre. Ella rio, diciendo:

–¡Por Dios, esto es como en la China!

Seguimos calle abajo. Era difícil eludir los charcos en la acera resquebrajada. Al pasar frente a una cocinería, descubrí que su olor mezclado al olor del impermeable de mi madre era grato. Se me antojaba poseer cuanto mostraban las vitrinas. Ella se horrorizaba, pues decía que todo era ordinario o de segunda mano. Cientos de floreros de vidrio empavonado, con medallones de banderas y flores. Alcancías de yeso en forma de gato, pintadas de magenta y plata. Frascos de bolitas multicolores. Sartas de tarjetas postales y trompos. Pero sobre todo me sedujo una tienda tranquila y limpia, sobre cuya puerta se leía en un cartel: “Zurcidor Japonés”.

No recuerdo lo que sucedió con el asunto de los cubiertos. Pero el hecho es que esta calle quedó marcada en mi memoria como algo fascinante, distinto. Era la libertad, la aventura. Lejos de ella, mi vida se desarrollaba simple en el orden de sus horas. El “Zurcidor Japonés”, por mucho que yo deseara, jamás remendaría mis ropas. Lo harían pequeñas monjitas almidonadas de ágiles dedos. En casa, por las tardes, me desesperaba pensando en “China”, nombre con que bauticé esa calle. Existía, claro está, otra China. La de las ilustraciones de los cuentos de Calleja, la de las aventuras de Pinocho. Pero ahora esa China no era importante.

Un domingo por la mañana tuve un disgusto con mi madre. A manera de venganza fui al escritorio y estudié largamente un plano de la ciudad que colgaba de la muralla. Después del almuerzo mis padres habían salido, y las empleadas tomaban el sol primaveral en el último patio. Propuse a Fernando, mi hermano menor:

–¿Vamos a “China”?

Sus ojos brillaron. Creyó que íbamos a jugar, como tantas veces, a hacer viajes en la escalera de tijeras tendida bajo el naranjo, o quizás a disfrazarnos de orientales.

–Como salieron –dijo–, podemos robarnos cosas del cajón de mamá.

–No, tonto –susurré–, esta vez vamos a IR a “China”.

Fernando vestía mameluco azulino y sandalias blancas. Lo tomé cuidadosamente de la mano y nos dirigimos a la calle con que yo soñaba. Caminamos al sol. Íbamos a “China”, había que mostrarle el mundo, pero sobre todo era necesario cuidar de los niños pequeños. A medida que nos acercamos, mi corazón latió más aprisa. Reflexionaba que afortunadamente era domingo por la tarde. Había poco tránsito, y no se corría peligro al cruzar de una acera a otra.

Por fin alcanzamos la primera cuadra de mi calle.

–Aquí es –dije, y sentí que mi hermano se apretaba a mi cuerpo.

Lo primero que me extrañó fue no ver letreros luminosos, ni azules, ni rojos, ni verdes. Había imaginado que en esta calle mágica era siempre de noche. Al continuar, observé que todas las tiendas habían cerrado. Ni tranvías amarillos corrían. Una terrible desolación me fue invadiendo. El sol era tibio, tiñendo casas y calle de un suave color de miel. Todo era claro. Circulaba muy poca gente, éstas a paso lento y con las manos vacías, igual que nosotros.

Fernando preguntó:

–¿Y por qué es “China” aquí?

Me sentí perdido. De pronto, no supe cómo contentarlo. Vi decaer mi prestigio ante él, y sin una inmediata ocurrencia genial, mi hermano jamás volvería a creer en mí.

–Vamos al “Zurcidor Japonés” –dije–. Ahí sí que es “China”.

Tenía pocas esperanzas de que esto lo convenciera. Pero Fernando, quien comenzaba a leer, sin duda lograría deletrear el gran cartel desteñido que colgaba sobre la tienda. Quizás esto aumentara su fe. Desde la acera de enfrente, deletreó con perfección. Dije entonces:

–Ves, tonto, tú no creías.

–Pero es feo –respondió con un mohín.

Las lágrimas estaban a punto de llenar mis ojos, si no sucedía algo importante, rápida, inmediatamente. ¿Pero qué podía suceder? En la calle casi desierta, hasta las tiendas habían tendido párpados sobre sus vitrinas. Hacia un calor lento y agradable.

–No seas tonto. Atravesemos para que veas –lo animé, más por ganar tiempo que por otra razón. En esos instantes odiaba a mi hermano, pues el fracaso total era cosa de segundos.

Permanecimos detenidos ante la cortina metálica del “Zurcidor Japonés”. Como la melena de Lucrecia, la nueva empleada del comedor, la cortina era una dura perfección de ondas. Había una portezuela en ella, y pensé que quizás ésta interesara a mi hermano. Sólo atiné a decirle:

–Mira… –y hacer que la tocara.

Se sintió un ruido en el interior. Atemorizados, nos quitamos de enfrente, observando cómo la portezuela se abría. Salió un hombre pequeño y enjuto, amarillo, de ojos tirantes, que luego echó cerrojo a la puerta. Nos quedamos apretujados junto a un farol, mirándole fijamente el rostro. Pasó a lo largo y nos sonrió. Lo seguimos con la vista hasta que dobló por la calle próxima.

Enmudecimos. Sólo cuando pasó un vendedor de algodón de dulces salimos de nuestro ensueño. Yo, que tenía un peso, y además estaba sintiendo gran afecto hacia mi hermano por haber logrado lucirme ante él, compré dos porciones y le ofrecí la maravillosa sustancia rosada. Ensimismado, me agradeció con la cabeza y volvimos a casa lentamente. Nadie había notado nuestra ausencia. Al llegar Fernando tomó el volumen de “Pinocho en la China” y se puso a deletrear cuidadosamente.

Los años pasaron. “China” fue durante largo tiempo como el forro de color brillante en un abrigo oscuro. Solía volver con la imaginación. Pero poco a poco comencé a olvidar, a sentir temor sin razones, temor de fracasar allí en alguna forma. Más tarde, cuando el mundo de Pinocho dejó de interesarme, nuestro profesor de box nos llevaba a un teatro en el interior de la calle: debíamos aprender a golpearnos no sólo con dureza, sino con técnica. Era la edad de los pantalones largos recién estrenados y de los primeros cigarrillos. Pero esta parte de la calle no era “China”. Además, “China” estaba casi olvidada. Ahora era mucho más importante consultar en el “Diccionario Enciclopédico” de papá las palabras que en el colegio los grandes murmuraban entre risas.

Más tarde ingresé a la Universidad. Compré gafas de marco oscuro.

En esta época, cuando comprendí que no cuidarse mayormente del largo del cabello era signo de categoría, solía volver a esa calle. Pero ya no era mi calle. Ya no era “China”, aunque nada en ella había cambiado. Iba a las tiendas de libros viejos, en busca de volúmenes que prestigiaran mi biblioteca y mi intelecto. No veía caer la tarde sobre los montones de fruta en los kioscos, y las vitrinas, con sus emperifollados maniquíes de cera, bien podían no haber existido. Me interesaban sólo los polvorientos estantes llenos de libros. O la silueta famosa de algún hombre de letras que hurgaba entre ellos, silencioso y privado. “China” había desaparecido. No recuerdo haber mirado, ni una sola vez en toda esta época, el letrero del “Zurcidor Japonés”.

Más tarde salí del país por varios años. Un día, a mi vuelta, pregunté a mi hermano, quien era a la sazón estudiante en la Universidad, dónde se podía adquirir un libro que me interesaba muy particularmente, y que no hallaba en parte alguna. Sonriendo, Fernando me respondió:

–En “China”…

Y yo no comprendí.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

martes, 21 de abril de 2026

Bella

José Víctor Martínez Gil

 

Quería estar más bella que nunca. Por eso tejía en su cabellera la trenza más perfecta, más larga y elaborada. Cuando la terminó, observó con detenimiento lo que ella consideraba su obra maestra. Al llegar la noche acudió a verlo. Más guapa que nunca, más radiante que nunca, más entregada que nunca, a pesar de que él no la merecía en absoluto. A la mañana siguiente, ella, delicadamente deshizo su trenza y se marchó. Y a él lo encontraron, ahorcado, sin que pudiera determinarse el arma del crimen.

 

(Tomado de www.talesofmytery.blogspot.com)

 

El caballo de coral

Onelio Jorge Cardoso

 

Éramos cuatro a bordo y vivíamos de pescar langostas. El Eumelia tenía un solo palo y cuando de noche un hombre llevaba entre las manos o las piernas el mango del timón, tres dormíamos hacinados en el oscuro castillo de proa y sintiendo cómo con los vaivenes del casco nos llegaba el agua sucia de la cala a lamernos los tobillos.

Pero éramos cuatro obligados a aquella vida, porque cuando un hombre coge un derrotero y va echando cuerpo en el camino, ya no puede volverse atrás. El cuerpo tiene la configuración del camino y ya no puede en otro nuevo. Eso habíamos creído siempre, hasta que vino el quinto entre nosotros y ya no hubo manera de acomodarlo en el pensamiento. No tenía razón ni oficio de aquella vida y a cualquiera de nosotros le doblaba los años. Además era rico y no había por qué enrolarlo por unos pesos de participación. Era una cosa que no se entiende, que no gusta, que un día salta y se protesta después de haberse anunciado mucho en las miradas y en las palabras que no se quieren decir. Y al tercer día se dijo, yo por mí, lo dije:

–Mongo, ¿qué hace el rico aquí?, explícalo.

–Mirar el fondo del mar.

–Pero si no es langostero.

–Mirarlo por mirar.

–Eso no ayuda a meter la presa en el chapingorro.

–No, pero es para nosotros como si ya se tuviera la langosta en el bolsillo vendida y cobrada.

–No entiendo nada.

–En buenas monedas, Lucio, en plata que rueda y se gasta.

–¿Paga entonces?

–Paga.

–¿Y a cuánto tocamos?

–A cuanto queramos tocar.

Y Mongo empezó a mirarme fijamente y a sonreír como cuando buscaba que yo entendiera, sin más palabras, alguna punta pícara de su pensamiento.

–¿Y sabe que a veces estamos algunas semanas sin volver a puerto?

–Lo sabe.

–¿Y que el agua no es de nevera ni de botellón con el cuello para abajo?

–Lo sabe.

–¿Y que aquí no hay dónde dormir que no sea tabla pura y dura?

–También lo sabe y nada pide, pero guárdate algunas preguntas, Lucio, mira que en el mar son como los cigarros, luego las necesitas y ya no las tienes.

Y me volvió la espalda el patrón cuando estaba empezando a salir sobre El Cayuelo el lucero de la tarde.

Aquella noche yo pensé por dónde acomodaba el hombre en mi pensamiento. Mirar, cara al agua, cuando hay sol y se trabaja, ¿acaso no es bajar el rostro para no ser reconocido de otro barco? ¿Y qué puede buscar un hombre que deja la tierra segura, y los dineros seguros? ¿Qué puede buscar sobre el pobre Eumelia que una noche de estas se lo lleva el viento norte sin decir adónde? Me dormí porque me ardían los ojos de haber estado todo el día mirando por el fondo de la cubeta y haciendo entrar de un culatazo las langostas en el chapingorro. Me dormí como se duerme uno cuando es langostero, desde el fondo del pensamiento hasta la yema de los dedos.

Al amanecer, como si fuera la luz, hallé la respuesta; otro barco de más andar ha de venir a buscarlo. A Yucatán irá, a tierra de mexicanos, por alguna culpa de las que no se tapan con dinero y hay que poner agua, tierra y cielo por medio. Por eso dice el patrón que tocaremos a como queramos tocar. Y me pasé el día entero boca abajo sobre el bote, con Pedrito a los remos y el Eumelia anclado en un mar dulce y quieto, sin brisa, dejando mirarse el cielo en él.

–El hombre ha hecho lo mismo que tú; todo el día con la cabeza para abajo mirando el fondo –dijo sonriendo Pedrito, y yo, mientras me restregaba las manos para no mojar el segundo cigarro del día, le pregunté:

–¿No te parece que espera un barco?

–¿Qué barco?

–¡Vete tú a ponerle el nombre, qué sé yo! Acaso de matrícula de Yucatán.

Los ojos azules de Pedrito se me quedaron mirando, inocentemente, con sus catorce años de edad y de mar:

–No sé lo que dices.

–Querrá irse de Cuba.

–Dijo que volvía a puerto, que cuando se vayan las calmas arribará a la costa de nuevo.

–¿Tú lo oíste?

–¡Claro!, se lo dijo a Mongo: “Mientras no haya viento estaré con ustedes, después volveré a casa”.

–¡Cómo!

–El acuerdo es ese, Lucio, volverlo a puerto cuando empiecen aunque sean las brisas del mediodía.

Luego el hombre no quería escapar, y era rico. Hay que ser langostero para comprender que estas cosas no se entienden; porque hasta una locura cualquiera piensa uno hacer un día por librarse para siempre de las noches en el castillo de proa y los días con el cuerpo boca abajo.

Le quité los remos y nos fuimos para el barco sin más palabras.

Cuando pasé por frente de la popa miré; estaba casi boca abajo. No miró nuestro bote ni pareció siquiera oír el golpe de los remos y sólo tuvo una expresión de contrariedad cuando una onda del remo vino a deshacer bajo su mirada el pedazo de agua clara por donde metía los ojos hasta el fondo del mar.

Uno puede hacer sus cálculos con un dinero por venir, pero hay una cosa que importa más: saber por qué se conduce un hombre que es como un muro sin sangre y con los ojos grandes y con la frente despejada. Por eso volví a juntarme con el patrón:

–Mongo. ¿Qué quiere? ¿Qué busca? ¿Por qué paga?

Mongo estaba remendando el jamo de un chapingorro y entreabrió los labios para hablar, pero sólo le salió una nubecita del cigarro que se partió en el aire enseguida.

–¿No me estás oyendo? –insistí.

–Sí.

–¿Y qué esperas para contestar?

–Porque sé lo que vas a preguntarme y estoy pensando de qué manera te puedo contestar.

–Con palabras.

–Sí, palabras, pero la idea…

Se volvió de frente a mí y dejó a su lado la aguja de trenzar.

Yo me mantuve unos segundos esperando y al fin quise apurarlo:

–La pregunta que yo hago no es nada del otro mundo, ni de éste.

–Pero la respuesta sí tiene que ver con el otro mundo, Lucio –me dijo muy serio y cuando yo cogí aire para decir mi sorpresa, fue que Pedrito dio la voz:

–¡Ojo, que nos varamos!

Nos echamos al mar y con el agua al cuello fuimos empujando el vientre del Eumelia hasta que se recobró y quedó de nuevo flotando sobre un banco de arenilla que giraba sus remolinos. Mongo aprovechó para registrar el vivero por si las tablas del fondo, y a mí me tocó hacer el almuerzo. De modo y manera que en todo el día no pude hablar con el patrón. Mas, pude ver mejor el rostro del hombre y por primera vez comprendí que aquellos ojos, claros y grandes, no se podían mirar mucho rato de frente. No me dijo una palabra, pero se tumbó junto a la barra del timón y se quedó dormido como una piedra. Cuando vino la noche el patrón lo despertó y en la oscuridad sorbió sólo un poco de sopa y se volvió a dormir otra vez.

Estaba soplando una brisita suave que venía de los uveros de El Cayuelo y fregué como pude los platos en el mar para ir luego a la proa donde el patrón se había tumbado panza arriba bajo la luna llena. No le dije casi nada, empecé por donde había dejado pendiente la cosa:

–La pregunta que yo hago no es nada del otro mundo, ni de éste.

Sonrió blandamente bajo la luna. Se incorporó sin palabras y mientras prendía su tabaco, habló iluminándose la cara a relámpagos.

–Ya sé lo que puedo contestarte, Lucio, siéntate.

Pegué la espalda al palo de proa y me fui resbalando hasta quedar sentado.

–Escúchame, piensa que no está bien de la cabeza y que le vuelve el cuerpo a su dinero por estar aquí.

–¿Cabecibajo todo el día mirando el agua?

–El fondo.

–El agua o el fondo, ¿no es un disparate?

–¿Y qué importa si un hombre paga por su disparate?

–Importa.

–¿Por qué?

De pronto yo no sabía por qué, pero le dije algo como pude:

–Porque no basta sólo con tener un dinero ajeno al trabajo, uno quiere saber qué inspira la mano que lo da.

–La locura, suponte.

–¿Y es sano estar con un loco a bordo de cuatro tablas?

–Es una locura especial, Lucio, tranquila, sólo irreconciliable con el viento.

Aquello otra vez, y me enderecé para preguntarle:

–¿Qué juega el viento aquí, Mongo? Ya me lo dijo Pedrito. ¿Por qué quiere el mar como una balsa?

–Lo digo: locura, Lucio.

–¡No! –le contesté levantando la voz, y miré hacia popa enseguida seguro de haberlo despertado, pero sólo vi sus pies desnudos que se salían de la sombra del toldo y los bañaba la luna. Luego, cuando me volví a Mongo vi que tenía toda la cara llena de risa:

–¡No te asustes, hombre! Es una locura tonta y paga por ella. Es incapaz de hacer daño.

–Pero un hombre tiene que desesperarse por otro –le dije rápido y comprendí que ahora sí había podido contestar lo que quería.

–Bueno, pues te voy a responder: el hombre cree que hay alguien debajo del mar.

–¿Alguien?

–Un caballo.

–¡Cómo!

–Un caballo rojo, dice, muy rojo como el coral.

Y Mongo soltó una carcajada demasiado estruendosa, tanto que no me equivoqué; de pronto entre nosotros estaba el hombre y Mongo medio que se turbó preguntando:

–¿Qué pasa paisano, se le fue el sueño?

–Usted habla del caballo y yo no miento, yo en estas cosas no miento.

Me fui poniendo de pie poco a poco porque no le veía la cara. Solamente el contorno de la cabeza contra la luna y aquella cara sin duda había de estar molesta a pesar de que sus palabras habían sonado tranquilas; pero no, estaba quieto el hombre como el mar. Mongo no le dio importancia a nada, se puso mansamente de pie y dijo:

–Yo no pongo a nadie por mentiroso, pero no buscaré nunca un caballo vivo bajo el mar –y se deslizó enseguida a dormir por la boca cuadrada del castillo de proa.

–No, no lo buscará nunca –murmuró el hombre– y aunque lo busque no lo encontrará.

–¿Por qué no? –dije yo de pronto como si Mongo no supiera más del mar que nadie, y el hombre se ladeó ahora de modo que le dio la luna en la cara.

–Porque hay que tener ojos para ver. “El que tenga ojos vea”.

–¿Ver qué, ver qué cosa?

–Ver lo que necesitan ver los ojos cuando ya lo han visto todo repetidamente.

Sin duda aquello era locura; locura de la buena y mansa…

Mongo tenía razón, pero a mí no me gusta ganar dinero de locos ni perder el tiempo con ellos. Por eso quise irme y di cuatro pasos para la popa cuando el hombre volvió a hablarme:

–Oiga, quédese; un hombre tiene que desesperarse por otro.

Eran mis propias palabras y sentí como si tuviera que responder por ellas:

–Bueno, ¿y qué?

–Usted se desespera por mí.

–No me interesa si quiere pasarse la vida mirando el agua o el fondo.

–No, pero le interesa saber por qué.

–Ya lo sé.

–¿Locura?

–Sí; locura.

El hombre empezó a sonreír y habló dentro de su sonrisa:

–Lo que no se puede entender hay que ponerle algún nombre.

–Pero nadie puede ver lo que no existe. Un caballo está hecho para el aire con sus narices, para el viento con sus crines y las piedras con sus cascos.

–Pero también está hecho para la imaginación.

–¡¡Qué!!

–Para echarlo a correr donde le plazca al pensamiento.

–Por eso usted lo pone a correr bajo el agua.

–Yo no lo pongo, él está bajo el agua; lo veo pasar y lo oigo. Distingo entre la calma el lejano rumor de sus cascos que se vienen acercando al galope desbocado y luego veo sus crines de algas y su cuerpo rojo como los corales, como la sangre vista dentro de la vena sin contacto con el aire todavía.

Se había excitado visiblemente y sentí ganas de volverle la espalda. Pero en secreto yo había advertido una cosa: que es lindo ver pasar un caballo así, aunque sea en palabras, y ya se le quiere seguir viendo, aunque siga siendo en palabras de un hombre excitado. Este sentimiento, desde luego, tenía que callarlo, porque tampoco me gustaba que me ganara la discusión.

–Está bien que se busque un caballo porque no tiene que buscarse el pan.

–Todos tenemos necesidad de un caballo.

–Pero el pan lo necesitan más hombres.

–Y todos el caballo.

–A mí déjeme con el pan porque es vida perra la que llevamos.

–Hártate de pan y luego querrás también el caballo.

Quizás yo no podía entender bien pero hay una zona de uno en la cabeza o una luz relumbrada en las palabras que no se entienden bien, cuya luz deja un relámpago suficiente. Sin embargo, era una carga más pesada para mí que echarme todo el día boca abajo tras la langosta. Por eso me fui sin decir nada, con paso rápido que no permitía llamar otra vez, ni mucho menos volverme atrás.

Como siempre, el día volvió a apuntar por encima de El Cayuelo y el viento a favor trajo los chillidos de las corúas. Yo calculé encontrarme a solas con Mongo y se lo dije ligero, sin esperar respuesta, mientras entraba con Pedrito en el bote:

–Olvídate de la parte mía, no le quito dinero al hombre.

Y nos fuimos a lo mismo de toda la vida: al agua transparente, el chapingorro y el fondo sembrado de hierbas, donde por primera vez me eché a reír de pronto volviendo la cabeza a Pedrito:

–¿Qué te parece –le dije–, qué te parece si pesco en el chapingorro un caballo de coral?

Sus ojos inocentes me miraron sin contestar, pero de pronto me sentí estremecido por sus palabras:

–Cuidado, Lucio, que el sol te está calentando demasiado la cabeza.

“El sol no, el hombre”, pensé sin decirlo y con un poco de tristeza no sé por qué.

Pasaron tres días, como siempre iguales y como siempre el hombre callado comiendo poco y mirando mucho, siempre inclinado sobre la borda sin hacerle caso a aquellas indirectas de Vicente que había estado anunciando en sus risitas y que acabaron zumbando en palabras:

–¡Hey!, paisano, más al norte las algas del fondo son mayores, parece que crecen mejor con el abono del animalito.

Aquello no me parecía una crueldad, sino una torpeza. Antes yo me reía siempre con las cosas de Vicente, pero ahora aquellas palabras eran tan por debajo y tristes al lado de la idea de un caballo rojo, desmelenado, libre, que pasaba haciendo resonar sus cascos en las piedras del fondo, y tanto me dolían que a la otra noche me acerqué de nuevo al hombre aunque dispuesto a no ceder.

–Suponga que existe, suponga que pasa galopando por debajo. ¿Qué hace con eso? ¿Cuál es su destino?

–Su destino es pasar, deslumbrar, o no tener destino.

–¿Y vale el suplicio de pasarse los días como usted se los pasa sólo por verlo correr y desvanecerse?

–Todo lo nuevo vale el suplicio, todo lo misterioso por venir vale siempre un sacrificio.

–¡Tonterías, no pasará nunca, no existe, nadie lo ha visto!

–Yo lo he visto y lo volveré a ver.

Iba a contestarle, pero le estaba mirando los ojos y me quedé sin hablar. Tenía una fuerza tal de sinceridad en su mirada y una nobleza en su postura que no me atreví a desmentirlo. Tuve que separar la mirada para seguir sobre su hombro el vuelo cercano de un alcatraz quien de pronto cerró las alas y se tiró de un chapuzón al mar.

El hombre me puso entonces su mano blanda en el hombro:

–Usted también lo verá, júntese conmigo esta tarde.

Le tumbé la mano casi con rabia por decirme aquello. A mí no me calentaba más la cabeza; que lo hiciera el sol que estaba en su derecho pero él no, él no tenía que hacerme mirar visiones ni de éste ni del otro mundo.

Me basta con las langostas. No tengo necesidad de otra cosa y le volví la espalda, pero en el aire oí sus palabras.

–Tiene tanta necesidad como yo. “Tiene ojos para ver”.

Aquel día casi no almorcé, no tenía apetito. Además, había empezado a correr en firme la langosta y había mucho que hacer. Así que antes que se terminara el reposo me fui con Pedrito en el bote y me puse a trabajar hasta las cinco de la tarde en que ya no era posible distinguir en el fondo ningún animalito regular. Volvimos al barco y lo peor para mí fue que los tres, Vicente, Pedrito y Mongo, se fueron a la costa a buscar hicacos. Yo me hubiera ido con ellos, pero no los vi cuando se pusieron a remar. Me quedé en popa remendando jamos y buscando cualquier trabajo que no me hiciera levantar la cabeza y encontrar al hombre. Estábamos anclados por el sur de El Cayuelo, en el hongo. La calma era más completa que nunca. Ni las barbas del limo bajo el timón del Eumelia se movían. Sólo un aguijón verde ondeaba el cristal del agua tras la popa. El cielo estaba alto y limpio y el silencio dejaba oír la respiración misma en el aire. Así estaba cuando lo oí:

–¡Venga!

Se me cayó un jamo de la mano y las piernas quisieron impulsarme, pero me contuve.

–¡Venga, que viene!

–¡Usted no tiene derecho a contagiar a nadie de su locura!

–¿Tiene miedo de encontrarse con la verdad?

Aquello era mucho más de lo que yo esperaba. No dije nada entonces. De una patada me quité la canasta de enfrente y corrí a popa para tirarme a su lado.

–Yo no tengo miedo –le dije.

–¡Oiga… es un rumor!

Aguanté cuanto pude la respiración y luego me volví a él:

–Son las olas.

–No.

–Es el agua de la cala, las basuras que fermentan allá abajo.

–Usted sabe que no.

–Es algo entonces, pero no puede ser eso.

–¡Óigalo, óigalo… a veces toca en las piedras!

¿Qué oía yo? Y lo que oía, ¿lo estaba oyendo con mis oídos o con los de él? No sé, quizás me ardía demasiado la frente y la sangre me latía en las venas del cuello.

–Ahora, mire abajo, mire fijo.

Era como si me obligara, pero uno pone los ojos donde le da la gana y yo volví la cara al mar, sólo que me quedé mirando una hoja de mangle que flotaba en la superficie junto a nosotros.

–¡Viene, viene! –me dijo casi furiosamente, agarrándome el brazo hasta clavarme las uñas, pero yo seguí obstinadamente mirando la hoja de mangle. Sin embargo, el oído era libre, no había dónde dirigirlo, hasta que el hombre se estremeció de pies a cabeza y casi gritó:

–¡Mírelo!

De un salto llevé los ojos de la hoja de mangle a la cara de él. Yo no quería ver nada de este mundo ni del otro. Tenía que matarme si me obligaba, pero súbitamente él se olvidó de mí; me fue soltando el brazo mientras abría cada vez más los ojos, y en tanto yo, sin quererlo, miraba pasar por sus ojos, reflejado desde el fondo, un pequeño caballito rojo como el coral, encendido de las orejas a la cola, y que se perdía dentro de los propios ojos del hombre.

Hace algún tiempo de todo esto, y ahora de vez en cuando voy al mar a pescar bonito y alguna que otra vez langosta. Lo que no resisto es el pan escaso, ni tampoco me resigno a que no se converse de cosas de cualquier mundo, porque yo no sé si pasó galopando bajo el Eumelia o si lo vi sólo en los ojos de él, creado por la fiebre de su pensamiento que ardía en mi propia frente. El caso es que mientras más vueltas le doy a las ideas, más fija se me hace una sola: aquella de que el hombre siempre tiene dos hambres.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)