martes, 17 de marzo de 2026

¡Ay del mísero Maling!

Graham Greene

 

¡Pobre inofensivo e ineficaz Maling! No es mi intención que se rían de Maling y de su borborigmia, como se sonreían los médicos cuando los consultaba, como deben haber sonreído incluso después del triste clímax del 3 de septiembre de 1940, cuando su borborigmia pospuso durante veinticuatro fatales horas la fusión de las compañías impresoras Simcox y Hythe Newsprint. Los intereses de Simcox siempre le habían sido más preciosos a Maling que la vida misma. Hombre de gran iniciativa, concienzudo, feliz con su trabajo, no ambicionaba mayor puesto que el de secretario, y aquellas veinticuatro horas –por razones que sería poco prudente explicar aquí, pues implican recovecos de las leyes hacendarias inglesas– resultaron fatales para la existencia de la compañía. Después de aquel día se esfumó por completo, y siempre he de creer que huyó de puntitas a alguna imprenta provinciana para morir de desolación. ¡Ay del mísero Maling!

Fueron los doctores quienes le dieron el nombre de borborigmia a su dolencia; en Inglaterra generalmente la llamamos “gruñidos de tripas”. Creo que se trata de una especie inofensiva de indigestión, pero en el caso de Maling tomaba una forma bien peculiar. Su estómago –Maling se quejaba mirando amargamente hacia abajo a través de sus gafas de lectura semicirculares– tenía “oído”: solía captar notas de manera extraordinaria y reproducirlas después de las comidas. Nunca olvidaré una bochornosa reunión en el hotel Picadilly, en honor de un grupo de impresores de provincia. Fue el año anterior a la guerra y Maling había estado yendo a los conciertos sinfónicos en Queen’s Hall (nunca volvió). A lo lejos, una orquesta de baile había estado tocando The Lambeth Walk (qué aburrida resultaba en 1938 con su bonhomía falsa y mamarracha y sus “ois”). De pronto, en el bendito silencio entre pieza y pieza, mientras los invitados se relajaban en sus asientos luego de unos bizcochos desastrosos, surgieron –débiles como si vinieran de un lugar distante del hotel, tristes y plañideros– los primeros compases de un concierto de Brahms. Un impresor escocés que tenía oído para la buena música exclamó con gozosa circunspección: “Por Dios que el tipo sabe tocar”. Entonces la música cesó abruptamente y un extraño sentimiento de sospecha me hizo fijarme en Maling. Estaba tan rojo como un betabel. Nadie se percató, ya que la orquesta, para disgusto del escocés, comenzó a tocar de nuevo, esta vez Boomps-a-Daisy, y creo haber sido el único que detectó un curioso y desfallecido eco de The Lambeth Walk, que aparentemente provenía de la silla donde Maling estaba sentado.

Ya eran pasadas las diez, tras de que los invitados se habían amontonado en taxis con dirección a Euston, cuando Maling me contó de su estómago. “Es completamente impredecible”, dijo, “como un perico. Parece que se aprende cosas al azar”. Y añadió con voz de sollozo: “Ya no puedo disfrutar de la comida. Nunca sé qué va a pasar después. Lo de hoy no ha sido lo peor. A veces es de lo más sonoro”. Hizo una pausa de infeliz reflexión. “Cuando era niño me gustaban las bandas militares alemanas…”

–¿No has visto a un médico?

–No entienden. Dicen que es sólo una indigestión, nada para preocuparse. ¡Nada para preocuparse! Pero claro, cuando voy al médico siempre se está quieto y callado –me di cuenta de que hablaba de su estómago como si se tratara de un animal detestable. Miró con pesadumbre sus nudillos y dijo–: ahora tengo miedo de cualquier ruido nuevo. Nunca sé. Algunos ni los percibe, pero otros parecen… bueno, parecen fascinarlo. A la primera oída. El año pasado, cuando levantaron Picadilly, fueron los martillos mecánicos: se ponía a repetirlos después de la cena.

Le dije, un tanto estúpidamente: “Supongo que ya habrás tomado las sales de costumbre”, y recuerdo –fue la última vez que lo vi– su expresión de desconsuelo, como si hubiera renunciado a toda expectativa de comprensión por parte de las demás almas vivientes.

Fue la última vez que lo vi porque la guerra me lanzó del negocio de las publicaciones hacia todo tipo de empleos dispares, y sólo de segunda mano conocí el relato de la extraña junta de consejo que le rompió el corazón al mísero Maling.

Lo que los periódicos llamaban la blitz-and-pieces-krieg, los bombardeos alemanes contra la Gran Bretaña, llevaba aproximadamente una semana de haber empezado. En Londres apenas nos estábamos acostumbrando a las alarmas de ataque aéreo a razón de cinco o seis por día, pero el 3 de septiembre, primer aniversario de la guerra, había sido hasta ese momento relativamente pacífico. El sentimiento general, no obstante, era que a Hitler podía ocurrírsele celebrar el aniversario con un ataque en grande. Por tanto, la atmósfera en que se realizó la reunión directiva conjunta de Simcox y Hythe fue ciertamente tensa.

Se llevó a cabo en la tradicional salita desaliñada que está arriba de las oficinas de Simcox, en Fetter Lane: la mesa redonda que data de los tiempos del primer Joshua Simcox, el grabado en metal de una imprenta fechado en 1875 y una biblia insulsa que siempre había sido el único libro en el gran librero de vidrio, excepto por un volumen sobre tipografía. El viejo Joshua Simcox presidía la reunión; ya se pueden imaginar su cabello blanco como la nieve y sus facciones pálidas y porcinas de protestante disidente. Wesby Hythe estaba allí, y media docena de otros directores, de cara angosta y recelosa, vestidos elegantemente de traje negro. Todos parecían un tanto ansiosos. Si es que querían evadir las nuevas leyes de impuestos sobre la renta, tenían que apresurarse. En cuanto a Maling, estaba agazapado sobre su libreta, en inquieta disposición de asesorar a quien fuera sobre lo que fuera.

Hubo una interrupción durante la lectura de las minutas. Wesby Hythe, que era inválido, se quejó de que una máquina de escribir en el cuarto contiguo le estaba poniendo los nervios de punta. Maling se sonrojó y salió. Supongo que debe haberse tragado una tableta porque la máquina dejó de escribir. Hythe estaba impaciente. “De prisa”, dijo, “de prisa. No tenemos toda la noche”. Pero una noche era precisamente lo que les quedaba.

Después de la lectura de las minutas, sir Joshua comenzó a explicar farragosamente, en un acento de Yorkshire, que sus motivos eran por completo patrióticos; no tenían la menor intención de evadir impuestos, sólo deseaban contribuir a los esfuerzos de la guerra, al desarrollo, a la economía… dijo: “A esta cena todos hemos sido…” y en ese momento empezaron a sonar las sirenas de alarma aérea. Como expliqué, se esperaba un ataque masivo, no era hora de perder el tiempo, pues un muerto no puede evadir impuestos. Los directores recogieron sus papeles y se lanzaron hacia el sótano.

Todos excepto Maling. Esto es, Maling sabía la verdad. Creo que debe haber sido la alusión a la cena lo que despertó de su sueño al animal. Por supuesto que debería haber confesado, pero piensen por un instante: ¿ustedes habrían tenido el valor, después de ver a aquellos viejos caballeros de chaleco y guante salir despavoridos hacia la salvación con tan inaudita carencia de dignidad? Yo sé que habría hecho exactamente lo que Maling hizo, habría seguido a sir Joshua hasta el sótano con la desesperada esperanza de que por una vez el estómago haría lo debido y se corregiría. Pero no fue así. Las mesas directivas conjuntas de Simcox y Hythe permanecieron en el sótano durante doce horas, y Maling se quedó con ellos, sin decir palabra. Verán, por alguna inexplicable cuestión de gusto, el estómago del mísero Maling había captado el tono de la alarma con gran fidelidad, pero por alguna razón nunca se había aprendido el de “todo en orden”.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

lunes, 16 de marzo de 2026

Momento crítico

Alberto Ramos

 

–¡He creado un monstruo! –exclamó el doctor Frankenstein, ufano. Había jugado a ser Dios y había ganado.

La alegría le duró hasta la mañana siguiente, cuando leyó la crítica:

“Se le ven las costuras”.

 

(Tomado de www.enfrascopequeno.blogspot.com)

 

Catorce pies

Aleksandr Grin

 

I

–¿Así que ella les dio calabaza a los dos? –dijo el dueño de la posada a modo de despedida–. ¿Y ustedes qué dijeron?

Rod levantó el sombrero sin pronunciar una palabra y salió; lo mismo hizo Crist. Los dos mineros se sentían molestos por haber hablado demasiado la noche anterior bajo los efectos del alcohol. Ahora el posadero se estaba riendo de ellos; al menos esta última pregunta no ocultaba la intención de su burla.

Cuando la posada quedó detrás del recodo del camino, Rod dijo con una risita incómoda:

–Fue idea tuya lo de tomar vodka. Si no fuera por eso Kate no tendría que sonrojarse de pena por nuestra conversación, y eso que la muchacha está a dos mil millas de aquí. Qué le importa a este tiburón…

–Si no le dijimos nada importante –contestó Crist enfadado–. Bueno… tú te enamoraste… yo me enamoré… nos enamoramos de la misma. A ella le da lo mismo… Total, era una conversación sobre las mujeres.

–Es que tú no entiendes –dijo Rod–. No estuvo bien mencionar su nombre en este… en un mostrador. Bueno, que no se hable más de esto.

Aunque la muchacha estaba bien instalada en el corazón de cada uno de ellos, siguieron siendo amigos. Era difícil decir qué hubiera pasado de haber preferido a uno. El infortunio sentimental los acercó más todavía; en sus pensamientos estaban mirando a Kate por un telescopio, y no existen almas tan cercanas como las de los astrónomos. Por esta razón sus relaciones no se habían afectado. Como había dicho Crist: “a Kate le daba lo mismo”. Pero no del todo. Sin embargo ella callaba.

 

II

“El que ama llega hasta el final”. Cuando los dos hombres –Rod y Crist– habían llegado para despedirse, ella pensó que el de sentimiento más sólido y fuerte regresaría para repetir su declaración de amor. Aunque quizás un poco cruel, éste era el razonamiento de una Salomón con faldas, de dieciocho años. Mientras tanto, a la muchacha le gustaban los dos. No entendía cómo ellos podrían separarse de ella a más de veinticuatro millas sin el deseo de regresar dentro de veinticuatro horas. Sin embargo, el aspecto serio de los mineros, sus mochilas bien amarradas y las palabras que se dicen solamente en una verdadera despedida, la enfadaron un poco. Sintió un peso en el alma y se vengó.

–Vayan –dijo Kate–. El mundo es grande. No van a pasar toda la vida pegados a la misma ventana.

Al decir esto ella pensaba que pronto, muy pronto, volvería el alegre y simpático Crist. Después, cuando había pasado un mes, la solidez de este período la llevó a pensar en Rod, con quien ella siempre se había sentido más natural. Rod era cabezón, forzudo y de pocas palabras, pero la miraba de una forma tan mansa que ella un día le dijo: “¡Pío, pío, pío!”

 

III

Para llegar a las Canteras del Sol por el camino más corto había que atravesar las montañas, una rama de la cordillera que cruzaba el bosque. De los senderos que pasaban por allá, de su sentido y conexiones, los viajeros se enteraron en el hotel. Todo el día caminaron siguiendo la ruta correcta, pero al caer la tarde empezaron a confundirse. El error más grande lo cometieron al lado de la Piedra Plana, un pedazo de roca derribado por un terremoto. Por culpa del cansancio la memoria los había traicionado y empezaron a ascender cuando había que caminar una milla y media a la izquierda y sólo después subir.

A la caída del sol, después de salir de una espesura casi impenetrable, los mineros se encontraron frente a una grieta. El ancho del precipicio era bastante significativo, pero parecía estar al alcance del salto de un caballo.

Al verse perdidos los mineros se separaron: uno fue a la izquierda y otro a la derecha; Crist llegó a un abismo infranqueable y regresó; dentro de media hora regresó también Rod, había llegado al lugar donde la grieta se dividía en dos corrientes de agua que caían al precipicio.

Los caminantes se encontraron en el mismo lugar donde habían visto la grieta por primera vez.

 

IV

El otro lado del precipicio parecía estar tan cerca, al alcance de un puente corto. Crist, enojado, dio una patada en el suelo y se rascó la nuca. El otro lado del precipicio estaba bastante inclinado y cubierto de gravilla, pero entre todos los lugares que recorrieron para encontrar un atajo éste era el más estrecho. Rod tiró la soga con una piedra amarrada para medir la distancia: eran casi catorce pies. Miró a su alrededor: los arbustos secos parecidos a un cepillo cubrían el altiplano; se ponía el sol.

Podían regresar y perder un par de días, pero allí abajo, a lo lejos, brillaba el fino lazo del río Ascenda, a la derecha de su curva estaban las Montañas del Sol con sus minas de oro. Cruzando la grieta ahorrarían unos cinco días de camino. Retroceder y retomar el camino que los llevaría al río formaba una gran letra “S” que podían cruzar ahora en línea recta.

–Si hubiera un árbol –dijo Rod– pero no hay ningún árbol. Nada que poner de puente, tampoco hay dónde enganchar la soga del otro lado. Hay que saltar.

Crist miró y asintió con la cabeza. Realmente, el terreno estaba cómodo para coger impulso, ligeramente inclinado hacia la grieta.

–Tienes que pensar que es una tela negra –dijo Rod–, eso nada más. Imagínate que no hay precipicio.

–Claro –dijo Crist, distraído–. Un poco de frío… Como un baño…

Rod se quitó la mochila y la tiró al otro lado, lo mismo hizo Crist. Ahora no tenían otra salida que cumplir lo que habían decidido.

–Vamos… –empezó Rod, pero Crist, que era más nervioso, incapaz de aguantar la espera, lo apartó con la mano.

–Yo primero, después tú –dijo–. Es una bobería. Coser y cantar. ¡Mira!

Actuando sin pensar para prevenir un perdonable ataque de miedo, se apartó, corrió, se impulsó con el pie, voló hacia su mochila y aterrizó de bruces. En el punto más alto de este salto desesperado Rod hizo un esfuerzo interior para ayudar al saltador con todo su ser.

Crist se levantó. Estaba un poco pálido.

–Listo –dijo–. Te espero con el primer correo.

Rod lentamente caminó hacía la parte elevada, se frotó las manos y con la cabeza baja se echó a correr hacia el precipicio. Su cuerpo pesado parecía despegar con la fuerza de un ave. Después que Rod corrió, se impulsó y se separó de la tierra, Crist, sin esperarlo él mismo, de pronto se lo imaginó cayendo al profundo abismo. Era un pensamiento maligno, de los que un hombre no puede controlar. Es posible que el saltador lo percibiera. Rod, dejando la tierra, tuvo la imprudencia de mirar a Crist… y esto lo sacó de paso.

Cayó en el borde, enseguida levantó la mano y agarró la de Crist. Todo el vacío de abajo retumbó dentro de él, pero Crist agarraba duro, después de atraparlo en el último instante. Un momento más y la mano de Rod se hubiera perdido en el vacío. Crist se acostó resbalando sobre las pequeñas piedras que caían al precipicio. Su brazo se estiró y se puso rígido bajo el peso de Rod, pero arañando la tierra con las piernas y con el brazo libre, con la rabia de sentirse víctima y con la pesada inspiración del peligro, aguantaba la mano apretada de Rod.

Rod veía bien y comprendía que Crist estaba resbalando.

–Suéltame –dijo Rod con una voz tan horrible y fría que Crist gritó pidiendo ayuda, sin saber a quién–. ¡Te vas a caer, te lo estoy diciendo! –continuó Rod–. Suéltame y no te olvides, que es a ti a quien ella estaba mirando de forma diferente.

Así Rod había delatado su secreta y amarga convicción. Crist no contestó. Estaba callado y expiando su pensamiento: el pensamiento sobre Rod saltando al vacío. Entonces Rod sacó la navaja del bolsillo, la abrió con los dientes y la clavó en la mano de Crist.

La mano se abrió…

Crist miró abajo: con todas sus fuerzas evitó la caída, se alejó arrastrándose y vendó la mano con el pañuelo. Pasó un tiempo sentado, aguantando con las manos el corazón donde estaba tronando; al fin se acostó, apretó las manos contra la cara y todo su cuerpo empezó a sacudirse en silencio.

En invierno del próximo año entró al patio de la granja de Carroll un hombre muy bien vestido y antes de que pudiera mirar a su alrededor, una joven de aspecto independiente, pero con la cara estirada y tensa, salió corriendo a su encuentro, después de tirar varias puertas dentro de la casa y asustar a los pollos.

–¿Dónde está Rod? –preguntó apurada, casi sin saludar–. ¿Usted viene solo, Crist?

“Si ya hiciste tu elección no te equivocaste” –pensó el visitante.

–Rod… –repitió Kate–. Ustedes siempre andaban juntos…

Crist tosió, miró a un lado y se lo contó todo.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

domingo, 15 de marzo de 2026

El baldío

Augusto Roa Bastos

 

No tenían cara, chorreados, comidos por la oscuridad. Nada más que sus dos siluetas vagamente humanas, los cuerpos reabsorbidos en sus sombras. Iguales y sin embargo tan distintos. Inerte el uno, viajando a ras del suelo con la pasividad de la inocencia o de la indiferencia más absoluta. Encorvado el otro, jadeante, por el esfuerzo de arrastrarlo entre la maleza y los desperdicios. Se detenía a ratos a tomar aliento. Luego recomenzaba doblando aún más el espinazo sobre su carga. El olor del agua estancada del Riachuelo debía estar en todas partes, ahora más con la fetidez dulzarrona del baldío hediendo a herrumbre, a excrementos de animales, ese olor pastoso por la amenaza del mal tiempo que el hombre manoteaba de tanto en tanto para despegárselo de la cara. Varillitas de vidrio o de metal entrechocaban entre los yuyos, aunque de seguro ninguno de los dos oiría ese cantito isócrono, fantasmal. Tampoco el apagado rumor de la ciudad que allí parecía trepidar bajo tierra. Y el que arrastraba, sólo tal vez ese ruido blando y sordo del cuerpo al rebotar sobre el terreno, el siseo de restos de papeles o el opaco golpe de los zapatos contra las latas y cascotes. A veces el hombro del otro se enganchaba en las matas duras o en alguna piedra. Lo destrababa entonces a tirones mascullando alguna curiosa interjección o haciendo a cada forcejeo el ha… neumático de los estibadores al reventar la carga rebelde al hombreo. Era evidente que le resultaba cada vez más pesado. No sólo por esa resistencia pasiva que se le empacaba de vez en cuando en los obstáculos. Acaso también por el propio miedo, la repugnancia o el apuro que le iría comiendo las fuerzas, empujándolo a terminar cuanto antes.

Al principio lo arrastró de los brazos. De no estar la noche tan cerrada se hubiera podido ver los dos pares de manos entrelazadas, negativo de un salvamento al revés. Cuando el cuerpo volvió a engancharse, agarró las dos piernas y empezó a remolcarlo dándole la espalda, muy inclinado hacia delante, estribando frente a los hoyos. La cabeza del otro fue dando tumbos alegres, al parecer encantada del cambio. Los faros de un auto en una curva desparramaron de pronto una claridad amarilla que llegó en oleadas sobre los montículos de basura, sobre los yuyos, sobre los desniveles del terreno. El que estiraba se tendió junto al otro. Por un instante, bajo esa pálida pincelada, tuvieron algo de cara, lívida, asustada la una, llena de tierra la otra, mirando hacer impasible. La oscuridad volvió a tragarlas enseguida.

Se levantó y siguió halándolo otro poco, pero ya habían llegado a un sitio donde la maleza era más alta. Lo acomodó como pudo, lo arropó con basura, ramas secas, cascotes. Parecía de improviso querer protegerlo de ese olor que llenaba el baldío o de la lluvia que no tardaría en caer. Se detuvo, se pasó el brazo por la frente regada de sudor, escarró y escupió con rabia. Entonces escuchó ese vagido que lo sobresaltó. Subía débil y sofocado del yuyal, como si el otro hubiera comenzado a quejarse con lloro de recién nacido bajo su túmulo de basura.

Iba a huir, pero se detuvo encandilado por el fogonazo de fotografía de un relámpago que arrancó también de la oscuridad el bloque metálico del puente, mostrándole lo poco que había andado. Ladeó la cabeza, vencido. Se arrodilló y acercó husmeando casi ese vagido tenue, estrangulado, insistente. Cerca del montón había un bulto blanquecino. El hombre quedó un largo rato sin saber qué hacer. Se levantó para irse, dio unos pasos tambaleando, pero no pudo avanzar. Ahora el vagido tironeaba de él. Regresó poco a poco, a tientas, jadeante. Volvió a arrodillarse titubeando todavía. Después tendió la mano. El papel del envoltorio crujió. Entre las hojas del diario se debatía una formita humana. El hombre la tomó en sus brazos. Su gesto fue torpe y desmemoriado, el gesto de alguien que no sabe lo que hace; pero que de todos modos no puede dejar de hacerlo. Se incorporó lentamente, como asqueado de una repentina ternura semejante al más extremo desamparo y quitándose el saco arropó con él a la criatura húmeda y lloriqueante.

Cada vez más rápido, corriendo casi se alejó del yuyal con el vagido y desapareció en la oscuridad.

 

(Tomado de www.literatura.us)

 

El huevo y la gallina

Giovannino Guareschi

 

Entre los hombres de Peppone había uno al que llamaban Bólido. Era una bestia enorme, lenta y tarda como un elefante y un poco tocado. Bólido pertenecía a la “escuadra política”, capitaneada por el Pardo y tenía la función de tanque: cuando era preciso reventar una asamblea adversaria, Bólido se ponía al frente de la escuadra y no había quien lo detuviese en su inexorable avance, y de esa manera el Pardo y los que lo seguían, podían llegar bien pronto hasta la tribuna del orador, y allí, con silbidos y mugidos, lo reducían a silencio en contados minutos.

Una tarde en que Peppone se encontraba en el comité, rodeado de todos los cabecillas de las seccionales, entró Bólido. Una vez puesto Bólido en movimiento, para detenerlo se necesitaba una bomba explosiva. Así que todos se hicieron a un lado y lo dejaron pasar. Sólo se detuvo ante el escritorio de Peppone.

–¿Qué quieres? – preguntó Peppone fastidiado.

–Ayer le di una paliza a mi mujer –explicó Bólido, bajando la cabeza avergonzado–. Pero la culpa fue suya.

–¿Y vienes a decírmelo a mí? –gritó Peppone–. ¡Anda a contárselo al párroco!

–Ya se lo conté –contestó Bólido– Pero don Camilo me contestó que ahora, con el artículo 7° las cosas han cambiado, que él no puede absolverme y que debes hacerlo tú, que eres el jefe del comité.

Peppone, dando un puñetazo en la mesa hizo callar a los otros, que se reían a carcajadas.

–Ve a decirle a don Camilo que se vaya al infierno –gritó.

–Voy, jefe –dijo Bólido– pero primeramente me debes absolver.

Peppone empezó a gritar, pero Bólido, sacudiendo la cabezota, gruñó:

–Yo no me muevo de aquí si no me absuelves. Y si dentro de dos horas no me has absuelto, empiezo a romper todo, porque eso significa que la tienes conmigo.

La alternativa era o matar a Bólido o ceder.

–¡Te absuelvo! –gritó Peppone.

–No, así no vale –rezongó Bólido– tienes que absolverme en latín como hace el cura.

–¡Ego te absolvo! –dijo Peppone, que reventaba de rabia.

–¿Qué penitencia debo cumplir? –preguntó Bólido.

–Ninguna.

–Bien –dijo Bólido complacido, iniciando la retirada–. Ahora voy a decirle a don Camilo que se vaya al infierno, y si hace cuestión, se la doy.

–Si hace cuestión, quédate quieto, si no quieres que te dé él la paliza –le dijo a gritos Peppone.

–Bueno –aprobó Bólido– pero si me ordenas dársela, yo se la doy lo mismo, aunque después la reciba también.

 

Don Camilo esperaba ver llegar esa misma noche a Peppone hecho una fiera. En cambio no se dejó ver. Apareció la tarde siguiente con su estado mayor, y todos se pusieron a charlar, comentando un diario, sentados en los bancos situados delante de la casa parroquial.

En ciertas cosas don Camilo tenía algo de Bólido y mordió la carnada como una mojarrita. Salió a la puerta de la rectoral, con las manos detrás y el cigarro en la boca.

–¡Buenas tardes, reverendo! –lo saludaron todos con mucha cordialidad, tocando el ala de sus sombreros.

–¿Vio, reverendo? –dijo Bólido, dando un manotón al diario–. ¡Cosas extraordinarias!

Se contaba en él la historia de la famosa gallina de Ancona, la cual, bendecida por el párroco, había puesto un extrañísimo huevo en el que se veía dibujado en relieve un emblema sacro.

–¡Aquí está clara la mano de Dios! –exclamó serio Peppone–. ¡Es todo un señor milagro!

–Despacio con los milagros, muchachos. Antes de declarar que un suceso es milagroso es preciso indagar y ver si no se trata de un simple fenómeno natural.

Peppone aprobó con gravedad, moviendo la cabezota.

–Se comprende, se comprende. Pero, a mi parecer, un huevo de esta clase habría sido mejor soltarlo en vísperas de elecciones. Todavía estamos demasiado lejos.

Bólido se echó a reír.

–¡Qué ingenuo! Todo es asunto de organización. Cuando se tiene una prensa bien organizada se puede hacer poner huevos milagrosos en cualquier momento.

–¡Buenas tardes! –cortó secamente don Camilo.

Pasando al otro día delante del comité, don Camilo vio pegado en la cartelera mural el recorte del diario con el suceso de Ancona y la fotografía del huevo.

Debajo había un cartel:

“Por orden de la oficina de prensa de la Democracia Cristiana las gallinas católicas trabajan en la propaganda electoral. ¡Admirable ejemplo de disciplina!”

La tarde siguiente estaba en la ventana cuando aparecieron Peppone y su estado mayor delante de la casa parroquial.

–¡Es verdaderamente milagroso! –decía Peppone agitando un diario–. ¡Aquí dice que en Milán otra gallina puso un huevo igualito al de Ancona! ¡Venga a verlo, reverendo!

Don Camilo bajó, miró la fotografía del huevo y de la gallina y leyó el artículo.

–¡Qué idea nos hemos dejado escapar! –suspiró Peppone–. Figúrese si la hubiéramos tenido nosotros antes: “¡Una gallina se inscribe en el partido y al día siguiente da a luz un huevo, con el emblema de la hoz y el martillo en relieve!”

Todos suspiraron, pero Peppone, moviendo la cabeza, hizo esta otra reflexión.

–Nosotros no hubiéramos podido hacerlo. Los otros tienen el instrumento de la religión, que arregla todas las cosas. ¡Nosotros no podemos hacer milagros!

–¡Está el que nace con suerte y el que no! –exclamó Bólido.

–¡Qué le vamos a hacer!

Don Camilo no entró a discutir. Saludó y se fue, mientras Peppone y sus camaradas corrían a pegar en la cartelera mural el recorte con el relato del huevo milanés, comentándolo bajo este título: “¡Otra gallina de propaganda!”

Más tarde, no habiendo podido llegar a una conclusión, don Camilo fue a aconsejarse con el Cristo del altar mayor.

–Señor –dijo– ¿qué asunto es este?

–Tú lo sabrás, don Camilo. Lo has leído en el diario.

–Lo he leído, sí, en el diario, pero no entiendo un comino del asunto –replicó don Camilo–. En el diario uno puede escribir lo que se le antoja. A mí tal milagro me parece imposible.

–Don Camilo, ¿no crees que el Eterno puede hacer una cosa semejante?

–No –contestó decidido don Camilo–. ¡Figúrate si el Eterno puede perder su tiempo haciendo figuritas en los huevos de las gallinas!

El Cristo suspiró.

–Eres un hombre de poca fe…

–¡Ah, eso no! –protestó don Camilo–. ¡Eso no!

–Déjame terminar, don Camilo. Decía que eres un hombre que no tiene fe en las gallinas.

Don Camilo quedó perplejo. Luego abrió los brazos, se persignó y se marchó.

Por la mañana, después de celebrar la misa y sintiendo deseos de comer un huevo fresco, fue al gallinero, donde la Negra acababa de poner uno. Lo sacó calentito del nido y lo llevó a la cocina. Y aquí se le nubló la vista.

El huevo era idéntico a los que había visto en las fotografías de los diarios, como despegado de estos, con el dibujo de una hostia radiante trazado nítidamente en relieve.

Quedó aturdido, y colocando el huevo en un vasito se sentó a contemplarlo por espacio de una hora larga. Luego, de improviso se levantó, ocultó el huevo en un armario y a gritos llamó al hijo del campanero.

–Corre a casa de Peppone y dile que venga enseguida con todos sus secuaces, porque necesito hablarle de una cosa seria y urgentísima. ¡Cuestión de vida o muerte!

Media hora más tarde llegaba Peppone seguido de los suyos. Permaneció en el umbral, desconfiado.

–Adelante –dijo don Camilo–. Cierren la puerta con el pasador y tomen asiento.

Se sentaron en silencio y se quedaron mirándolo. Don Camilo descolgó de la pared un pequeño Crucifijo y lo colocó sobre el tapete rojo de la mesita.

–Señores –dijo–, si yo les juro sobre este Crucifijo decir la verdad, ¿ustedes están dispuestos a creerme?

Estaban sentados en semicírculo, y Peppone en el medio: todos voltearon hacia él.

–Sí –dijo Peppone.

–Sí –dijeron los demás.

Don Camilo hurgó dentro del armario, luego puso la diestra sobre el Crucifijo: “Juro que este huevo lo he recogido yo hace una hora en el nido de mi gallina la Negra, y nadie ha podido colocarlo ahí porque estaba recién puesto y el candado de la puerta lo abrí yo mismo con la llave que está junto a las otras en un manojo que llevo en el bolsillo”.

Pasó el huevo a Peppone.

–Hazlo circular, le dijo.

Los hombres se pusieron de pie, el huevo pasó de mano en mano y todos lo miraron contra la luz al tiempo que las uñas rascaban el relieve.

Al final, Peppone, que se había puesto pálido, depositó delicadamente el huevo sobre el tapete rojo de la mesita.

–¿Qué escribirán ahora ustedes en su necedario mural cuando yo haya mostrado y hecho tocar a todos este huevo? –preguntó don Camilo–. ¿Cuando haga venir a los más importantes profesores de la ciudad para que lo analicen y declaren en documentos sellados que no se trata de un engaño? ¿Dirán ustedes que es una invención de los periodistas? Ya verán al día siguiente caerles encima las mujeres de la comuna, que los llamarán sacrílegos y les arrancarán los ojos.

Don Camilo había extendido el brazo, y el huevo, herido por el sol, brillaba en la palma de la manaza como si fuera de plata.

Peppone abrió los brazos.

–Ante un milagro de esta especie –refunfuñó– ¿qué quiere que digamos?

Don Camilo estiró más el brazo y habló con voz solemne.

–Dios, que ha hecho el cielo y la tierra y el universo y todo lo que hay dentro del universo, incluso ustedes, cuatro infelices; y para demostrar su omnipotencia no precisa ponerse de acuerdo con una gallina –dijo lentamente.

Y apretando el puño, trituró el huevo.

–Y para hacer comprender a la gente la grandeza de Dios, yo no tengo necesidad de hacerme ayudar por una estúpida gallina –prosiguió.

Seguidamente salió del cuarto como una saeta y regresó trayendo apretada por el pescuezo a la Negra.

–Toma –dijo retorciéndoselo–. ¡Toma, gallina sacrílega, que te permites mezclarte en los sagrados ministerios del culto!

Don Camilo arrojó la gallina en un rincón y, todo agitado aún, se dirigió hacia Peppone con los puños cerrados.

–Un momento, don Camilo –balbuceó Peppone retrocediendo y defendiéndose el cuello con las manos–. Yo no lo he puesto el huevo…

La brigada salió de la rectoral y atravesó la plaza llena de sol.

–¡Bah! –dijo Bólido deteniéndose de pronto–. Yo no sé explicarme porque no he estudiado; pero ese es un tipo que aunque me cargara de trompadas, yo no me enojaría.

–¡Hum! –murmuró Peppone, que en otra ocasión había recibido su carga y en el fondo no se había enojado.

Mientras tanto don Camilo había ido a referir el suceso al Cristo del altar.

–En fin –concluyó– ¿hice bien o mal?

–Hiciste bien –contestó el Cristo–, hiciste bien, don Camilo. Tal vez exageraste un poco irritándote contra esa pobre e inocente gallina.

–¡Jesús! –suspiró don Camilo–. Hacía dos meses que me moría de ganas de comérmela frita.

El Cristo sonrió.

–Si es así, tienes razón; pobre don Camilo.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

sábado, 14 de marzo de 2026

Mis vecinas

José Vicente Ortuño

 

Vivo en un pueblo adosado al casco urbano de Valencia cuyo nombre, por seguridad, prefiero mantener en el anonimato. A poco de mudarme comencé a observar a dos mujeres que vivían frente a mi casa y que se comportaban de forma un tanto extravagante. En aquel momento no les di demasiada importancia, pero más tarde comencé a recelar de su comportamiento y acabé convencido de que escondían algo oscuro. Desgraciadamente estaba muy lejos de sospechar la auténtica verdad. Si entonces hubiese sabido la gravedad de lo que se desarrollaba tan cerca de mí, tal vez habría actuado de otra forma. Pero de haber contado a alguien mis sospechas, nadie me hubiese creído y habría hecho el ridículo más espantoso. Pero mejor empezaré por el principio.

Por la edad que representaban parecían ser madre e hija y el parecido entre ellas no dejaba ninguna duda al respecto. Las dos eran muy delgadas, tenían la nariz prominente, los ojos azules y medían un metro cuarenta aproximadamente. Llevaban siempre el pelo muy corto. Vestían ropas disparejas de colores muy chillones y se adornaban con sombreros, bolsos o pañuelos estrafalarios. Para cualquier observador habrían pasado por un par de chifladas con síndrome de Diógenes. Como ya he dicho, al verlas la primera vez no les di importancia, pero tuve un presentimiento extraño que me hizo observarlas cuando me cruzaba con ellas, o al verlas pasar bajo mi balcón. Mis recelos aumentaron cuando comencé a coincidir con ellas en la calle al salir a trabajar muy temprano o cuando volvía a casa de madrugada. Observé que dibujaban un itinerario extraño, como si realizasen un ritual arcano. Cada noche salían y recorrían las calles parloteando en una jerga extraña, sin ropas de abrigo, a pesar de las inclemencias del húmedo invierno valenciano. A veces una de ellas se quedaba parada en una esquina mirando al infinito, mientras tanto la otra se iba hacia la siguiente y hacía lo mismo; después se hablaban a gritos de esquina a esquina. Las conversaciones parecían ser en castellano, pero nunca fui capaz de comprender lo que decían. Daba la impresión de que esperaban la llegada de alguien que, noche tras noche, no llegaba.

Durante el día también salían, paseaban por el barrio mirando escaparates, charlando o discutiendo entre ellas, como si fuesen dos vecinas más. La gente comentaba que eran dos locas y que su casa olía muy mal porque la tenían llena de trastos y basura.

Al verlas tan a menudo el presentimiento de que algo ominoso se cernía sobre nosotros se fue fortaleciendo. Poco a poco mis sospechas aumentaron y comencé a vigilarlas en secreto. Cuando me iba a trabajar salía un rato antes y me quedaba escondido escuchándolas, intentando comprender sus chácharas y anotando sus movimientos, a fin de encontrarle sentido a sus idas y venidas por las calles. Al poco tiempo creí descubrir su estrategia, un plan sutil y probablemente despiadado. Fui madurando la teoría de que eran dos brujas y que realizaban encantamientos malignos. Me las imaginaba añadiendo exóticos ingredientes a una gran olla hirviente, tal vez preparando una poción maligna para hechizar niños incautos y atraerlos a su guarida para devorarlos vivos. Según leí una vez, se puede distinguir a una bruja por una marca que llevan en un ojo, pero no me atreví a acercarme tanto como para comprobarlo. Todo eso me preocupaba tanto que comencé a padecer insomnio.

Durante lo poco que conseguía dormir soñaba que las dos mujeres invocaban un espíritu infernal, un ser aterrador que aparecía rodeado de sus diabólicos acólitos, un ejército de seres abominables horriblemente deformes. Monstruos con terribles garras y enormes penes bífidos, que aullaban y se retorcían. A una orden de su amo se abalanzaban contra los indefensos seres humanos, y después de torturarlos cruelmente, los devoraban en cuerpo y alma. Veía a los engendros saliendo de los infiernos y sembrando la Tierra de espíritus malignos, transformando nuestro mundo en un pandemonio de depravación ajustado a sus siniestras necesidades. Luego, una vez aniquilado hasta el último ser humano, luchaban entre ellos en terroríficas batallas, en las que no había ninguna regla ni bandos definidos, sólo una orgía de destrucción.

Un tremendo dolor de cabeza me taladraba el cráneo al despertar, como si me hubiesen metido una barrena por la nuca hasta sacarla por la frente. En el trabajo me desconcentraba debido a la falta de sueño; comencé a recibir las broncas de mi jefe y el desprecio de mis compañeros. Mi familia empezó a preocuparse por mí, insistiendo en que fuese a ver al médico, pero no les hice caso, pues me encontraba perfectamente.

Para evitar las pesadillas pasaba las noches apostado en el balcón con unos prismáticos, un micrófono direccional y una cámara con teleobjetivo, cargada con película de alta sensibilidad. Después de un par de horribles catarros, debidos al frío nocturno, conseguí descubrir una pauta en sus movimientos. Sus paseos siempre eran de noche y según la hora, la época del año, la fase de la luna y la humedad del aire, variaban su recorrido en un complejo patrón que sólo yo fui capaz de descifrar. Estaba claro que esas dos mujercillas eran hechiceras y que ejecutaban algún ritual mágico con aviesas intenciones.

Pedí excedencia en el trabajo y comencé a investigar por las bibliotecas, buscando antiguos libros de magia y ocultismo. En uno de ellos el alquimista Paracelso explicaba la forma de crear un homúnculo. La receta para crearlo consistía en colocar en una bolsa huesos, esperma, fragmentos de piel y pelo de cualquier animal. Todo esto había de enterrarse rodeado de estiércol de caballo durante cuarenta días, tiempo en el cual el embrión estaría formado. Deseché la idea al tener en cuenta la dificultad de encontrar estiércol de caballo en el barrio… aunque me quedó la duda de si para el diabólico experimento valían también los excrementos de perro que, desgraciadamente, abundaban en demasía por las calles.

Después me estudié un tratado sobre esoterismo y adivinación. Había fallado en mis intentos de colocar cámaras ocultas en su casa y no podía verlas para comprobar si echaban las cartas o leían los posos del café, por lo que tuve que probar otra cosa.

Lo intenté con la astrología. Desconocía el signo zodiacal de las sospechosas pero, fuese cual fuese, procuraban evitar al cartero que era Tauro y al barrendero, que era Sagitario. En cambio, cuando hacían la compra en el supermercado, siempre se ponían en la cola de la caja número cinco, atendida por un dependiente llamado Paco, que era Géminis. Salvo la coincidencia con las fases de la luna, no le encontré ningún sentido.

También me fallaron el Feng Shui y la astrología china, pues tras muchos estudios, cálculos y cábalas, descubrí que estábamos en el año del cerdo agridulce. Me pareció algo confuso y cambié la línea de investigación.

Para un ateo practicante como yo puede parecer extraño, pero también busqué en la Biblia. Tras leer el capítulo de las Revelaciones, también llamado Apocalipsis, llegué a la conclusión que el tal Juan, que supuestamente escribió el texto, debía de fumar marihuana o algo así, y que estaba al borde del delirium tremens. Fue perder el tiempo, pues las sospechosas no parecían drogadas.

En ninguna biblioteca hallé el Necronomicón; querían hacerme creer que era un libro ficticio, pero estaba claro que mentían. Inasequible al desaliento seguí buscando en librerías de ocultismo menos sospechosas de pertenecer a la Gran Conspiración. Mientras tanto mis vecinas continuaban con sus recorridos y jaculatorias por el barrio.

Por fortuna todo acabó una noche de invierno, fría y lluviosa, en la que me encontraba apostado en la azotea, justo sobre mi casa, vigilándolas. Iba cubierto con un impermeable negro, para pasar desapercibido, y equipado con mi visor nocturno Patriot XD-4, como los que llevan adosados al casco los comandos de las películas. Me había costado tres mil euros y una tremenda discusión con mi mujer, pero valió la pena. Ellas se encontraban juntas, paradas en la calle. Miraban hacia lo alto, al cielo nuboso que comenzaba a descargar gotas de lluvia frías como agujas de hielo. Nunca las había visto estar tan quietas, y esta vez no parloteaban ni gesticulaban, simplemente permanecían en pie, con la vista clavada en trozo de cielo que se divisaba entre los edificios. Entonces levanté la mirada hacia las nubes y la vi. A simple vista no hubiese podido distinguir nada, pero mi visor nocturno me permitió observar todos los detalles.

Era una nave espacial inmensamente grande y oscura, y no reflejaba la iluminación de las calles. Fue abriéndose paso a través de las nubes con tal suavidad que no se vieron perturbadas por la intrusión. Me recordó una famosa película de ciencia ficción en la que los alienígenas descendían con una nave gigantesca, tan grande como una ciudad, para destruir a la humanidad. Empezaba a comprender que las dos mujeres, a pesar de su aspecto inofensivo, eran la avanzadilla de un ejército invasor alienígena. Casualmente esa era mi próxima línea de investigación, ya me había suscrito a varias revistas de parapsicología y había comprado las obras completas de J. J. Benítez.

Mi mente comenzó a funcionar a toda máquina; no sabía qué hacer. Me arrepentí de no haberlas asesinado, troceado y esparcido sus restos por todos los contenedores de basura del barrio, para que de esa forma no hubiesen podido regenerar sus cuerpos.

Desde mi atalaya esperé que, de un momento a otro, comenzase el ataque, que desatasen una lluvia de rayos de fuego que fundirían los edificios con grandes explosiones. La nave parecía no tener fin; mirase donde mirase ocultaba el cielo. Debía tener más de veinte kilómetros de diámetro, en el caso de que fuera circular. No parecía ser lisa sino que, a espacios regulares, sobresalían una especie de domos con un círculo más oscuro en su parte baja. Estaba ensimismado con la majestuosa nave y en realidad me había olvidado del porqué de mi presencia allí arriba, cuando sucedió. Estuve a punto de perder el control de mis esfínteres cuando desde la parte central de uno de los domos partió un cegador rayo de luz. Alcé el visor bruscamente y, cuando mi vista se acomodó de nuevo, pude observar anonadado como el haz iluminaba a mis dos vecinas. No sé si en esos momentos dejé de respirar o tal vez fue la impresión, pero sentí un repentino mareo cuando, allí paradas en medio del círculo luminoso, se fueron desvaneciendo hasta desaparecer; como disueltas en el aire.

El brillante haz de luz se apagó en ese momento, dejándome de nuevo en la oscuridad. Abatí el visor ante los ojos y vi que la nave comenzaba a elevarse atravesando el mar de nubes con suavidad; luego desapareció entre las sombras. El corazón me latía arrítmicamente, las piernas se me aflojaron y caí de rodillas en el suelo húmedo intentando no hiperventilarme. Al fin comprendí lo que había pasado. Mis vecinas excéntricas eran dos extraterrestres perdidas y sus idas y venidas eran la angustiosa espera del rescate. Qué estúpido había sido al no darme cuenta; si lo hubiese sabido antes tal vez podría haberles ofrecido mi amistad; seguro que se sentían muy solas.

 

Ya han pasado algunos meses y ha llegado el verano. Mi familia me ha abandonado y los vecinos huyen de mí, dicen que estoy loco, pero no me importa. Ya no trabajo, finjo tener una enfermedad mental y he conseguido una pensión vitalicia que me permitirá seguir vigilando. Utilizo los prismáticos de día y el visor nocturno por la noche; busco otros extraterrestres entre mis vecinos. Grabo en vídeo los movimientos de la gente del barrio y luego estudio sus pautas. Esta vez no me engañarán. Empiezo a sospechar de dos tipos con turbante y largas barbas que pasan a menudo frente a mi casa. Tengo que dejar de escribir, ya casi es la hora a la que van al supermercado a contactar con otros seres de su especie. Hoy probaré mi disfraz, el turbante me sienta muy bien y la barba da un aire realmente intelectual.

Seguiré informando.

 

(Tomado de www.talesofmytery.blogspot.com)