sábado, 21 de marzo de 2026

Vuelta a la casa tomada

Araceli Otamendi

 

El agua corre, llena la bañera y casi desborda. Está al límite, llena, entonces me sumerjo. El agua está tibia y causa placer estar ahí. Entonces veo figuras, recuerdos que aparecen y dibujan. Entonces me dejo ir, llevar ¿adónde? Entonces viajo. Tomo el colectivo y viajo, el ómnibus anda despacio, es día de semana y voy, es un día soleado y voy mirando por las ventanillas, los edificios, la ciudad gris, la ciudad me araña. Me dejo llevar porque los recuerdos son y están. Y estoy ahí. Yo estoy, estaba y estoy. Y entonces es un homenaje a mí misma. A la que fui y está, en el pasado que ahora es presente. Está, estoy. Ahí, como entonces, como ahora, estoy…

Y me saludo cada vez que paso por alguna casa dónde viví, porque ahí quedaron mis recuerdos. Entonces me saludo a mí misma porque algo mío vive ahí…

Pero las casas han sido tomadas, son casas tomadas como en el cuento de Julio… poco a poco las han ido tomando otros…

Entonces escribo, escribo para recordar, para encontrarme a mí misma y recordar y verme ahí, hace tanto tiempo y sin embargo…

Hay que dejar tranquilos a los fantasmas… que habiten, que llenen la casa tomada mientras nosotros, desde aquí, ¿cómo llamarla? Realidad, pies en la tierra, seguimos pensando ¿en ellos?

Camino casi con precisión. La vereda ancha me lo permite, del lado del sol, pasado mediodía percibo el aire fresco, las puertas: casi todas cerradas. Los negocios, a esta hora duermen la siesta. Alguna vez arrojé la llave de la casa a la alcantarilla. ¿Arrojé, dije? No estaría tan segura, no lo estoy, y es más, ahora no estoy segura de nada. Antes de convertirme en un insecto, antes de ser Gregorio Samsa, lo intento. Lo voy a intentar. Hace tanto tiempo lo he planificado y hasta he trazado un mapa con las coordenadas. Tantas cuadras para un lado, tantas cuadras para otro. Girar, hacia un lado primero, después caminar. Como un ciego cerca de las paredes de las casas como si hacerlo me brindara cierta seguridad de la que jamás he gozado. Como algo sí que es seguro y de eso prefiero no hablar, por ahora. Prefiero detener el tiempo y el destino y volver a la casa tomada. Porque ellos, ellos que andan por ahí tomando las habitaciones en la casa, haciendo extraños ruidos. Voy a exorcizar el conjuro que me ha traído hasta aquí. Mi corazón late rapidísimo como un caballo al galope. Hasta aquí he cruzado varios paisajes, disímiles, hasta contradictorios: monumento al soldado, el gauchito gil, paisajes que hablan –a veces– y sólo pájaros que cantan en las ramas. He venido hasta aquí sólo para escuchar los sonidos… de la casa.

¿Sólo para escuchar?…

Porque la casa sigue tomada…

Entonces, sentada en un café elucubro planes, estrategias. Costaría menos si la casa tuviera chimenea. Entrar por el techo y sorprenderlos. A ellos, los que habitan la casa tomada.

Las ventanas están tapiadas, Convertirme en Jane, la chica de Tarzán y entrar con tambores y gritos aferrada a una liana.

Sí, escucho los tambores y los gritos y es de noche. Ellos entonces, vienen…

Vienen marchando con luces y disfraces, cierro los ojos y ahora sé qué es lo que ocurrirá. Estoy ahí hace tanto tiempo…

La música, los silbatos, las panderetas. Lo había olvidado: es Carnaval. Se acerca alguien y me arroja papel picado en la cara: no voy a llorar. Entonces sé que esta es la contraseña para que suba de una vez por todas a la carroza. Pero no es cualquier carroza de este Carnaval, sino la de Orfeo, alguien extiende su mano… –Subí–, dice. Tiene los ojos pintados, la cara, el cuerpo. Subo. La carroza sigue el desfile: pasamos por la casa, las ventanas están cerradas. Orfeo tiene su lira en la mano y canta. Apenas me pregunta algo, oigo su voz casi es un susurro. La comparsa sigue, hombres y mujeres bailan con frenesí. Cierro los ojos, ya no sé dónde estoy. El papel picado y las serpentinas caen sobre mi cabeza. En otra carroza un hombre baila. La carroza sigue. Orfeo, digo ¿adónde quiere llevarme?

Orfeo me mira a los ojos, y dice: a la casa tomada.

¡Orfeo! ¡Orfeo! Pasamos por una arboleda y los árboles acarician nuestra cara, nuestra cabeza ¡Orfeo! Está bien aquí. Quiero volver …

Antes vamos a dar un paseo, es Carnaval, dice. Hay que divertirse…

No sé dónde estoy, sigo sin saber, ni quién es este ser disfrazado de Orfeo, ni adónde me lleva, ni adónde voy…

¡Orfeo! Lo llamo, pero no responde. Sólo escucho su voz diciéndome: –No podés volver a la casa tomada.

¿Por qué? Pregunto. Orfeo canta, canta una canción que no comprendo. Porque todo es extrañeza y yo soy una extraña dentro de mi piel…

Estamos en la oscuridad más absoluta, pasamos por varias casas, por la arboleda. El ruido del agua me sobresalta… las olas golpean en la costa. Entonces Orfeo da una orden y la carroza se detiene. Hombres y mujeres se tiran entonces a dormir sobre el pasto, sobre la tierra, en cualquier parte, extenuados de tanto bailar. Los primeros rayos de luz me muestran un paisaje distinto. Orfeo está ahí, conmigo, mirando la salida del sol. Lo miro, permanece impasible, mirando…

¡Orfeo! Lo llamo, y no contesta…

Se da vuelta y me hace señas, me señala el lugar adonde debo ir. Es una piedra y me siento ahí. Me quedo quieta, mirando junto a Orfeo la salida del sol…

Admito ahora que la cara de Orfeo es una máscara.

Orfeo –le digo.

¿Qué? –Contesta.

Quiero ver tu cara sin la máscara.

Eso no es posible –contesta.

¿Por qué?

Porque no sé si soy Orfeo si me quito la máscara

¿Cómo haré para saber entonces quíén sos?

Hay que seguir el juego…

Hoy se termina.

¿Qué cosa?

El Carnaval, se termina…

El Carnaval sí, pero la vida no.

Nunca sabré qué sos ni qué juego es éste.

Como la vida ¿no?

Casi.

¿Querés volver a casa tomada?

Es sólo una casa

Poblada por fantasmas, vacía

Orfeo no dice nada más.

Es de noche. Debo cruzar el río, me advierten del peligro: hasta llegar a la otra orilla tendrás que atravesar peligros, hay víboras, reptiles, camalotes, ramas, el suelo es fangoso, arena de río negra.

Tengo que ir, digo, como si cumpliera una misión y camino en el agua, de noche, sabiendo que la otra orilla está allá, más allá, lejos, hay que continuar…

Llegada a la otra orilla, atravesados todos los peligros, salgo indemne, el sol lentamente se va reflejando en el río. Miro el brillo del sol en el agua. Son muchos soles dormidos en la superficie y brillan.

Entonces ingreso en un lugar de piedra, una mina de rodocrosita, piedra rosa, brillante, que espeja mi cara y mi cuerpo. Entonces recuerdo los espejos deformantes del parque de diversiones, los autos chocadores… Me gustaba mirarme en esos espejos: era más alta y más flaca, luego más petisa y gorda, pero nunca era yo. Era divertido y siniestro a la vez: mirarse en los espejos y no ver más que una imagen deforme donde nunca era yo. Luego los autos: subirse a ellos para chocar con otros, girar a toda velocidad y conducir mal, estrellarse con otro auto por pura diversión en círculos, en zigzag, nunca en un camino trazado de antemano.

Vuelta a la otra orilla, miro el río, las olas cuando quiero y debo irme Orfeo ya no está. Se ha ido. No sé quién era. Sólo recuerdo su voz y sus palabras: no podés volver a casa tomada, ahora no…

Es mediodía y el sol está en lo alto. Los hombres y las mujeres de la carroza se van despabilando.

Estoy lejos de ahí, me he ido alejando, me llevo conmigo, ellos no saben quién soy. Detengo la mirada por unos momentos en el agua. Algún pájaro se posa en una rama y canta.

 

(Tomado de www.anatomoi.blogspot.com)

 

El ausente

José Luis González

 

Muchos en el lugar lo recordaban. Y eso que hacía diez años que nadie lo veía. Diez largos años en los que doña Casiana había mantenido vivo, a fuerza de lágrimas, el recuerdo del hijo ausente.

Siempre pareció que el muchacho iba a darse bueno. A los once años dejó la escuela para ayudar al padre en las talas. El hombre iba delante, tras el arado y los bueyes lentos, viejos ya. El muchacho lo seguía, depositando la simiente en la húmeda desgarradura de los surcos.

Pero un día –“cosas que hace el diablo”– se fue a pescar camarones a la quebrada y se olvidó del trabajo. El padre lo aguardó con una soga doblada en tres. La zurra fue de las que no se olvidan.

Aquella misma noche, mientras los demás dormían, los pies descalzos de Marcial hollaron con rencorosa determinación el polvo todavía caliente del camino real. La madrugada lo sorprendió en la carretera.

Una tarde, meses después, al regresar sudoroso de las talas, el padre “cogió un aire”. Duró dos días con sus noches, recriminando al hijo ingrato en el delirio intermitente de la fiebre.

Casiana no quedó sola. Se fue a vivir, con el menor de sus hijos, a casa de un hermano.

Y un mediodía, al cabo de los diez años, uno de los muchachos de la casa llegó corriendo al batey:

–¡La procuran, tía!

Un hombre esperaba a la vera del camino. La vieja –vejez prematura de cuarenta y cinco años– salió al encuentro del desconocido. Los que estaban en la casa se alarmaron al oír el grito de la mujer. Desde la puerta la vieron exangüe en brazos del extraño, que la abanicaba con su sombrero. Cuando se allegaron y el hombre irguió la cabeza para saludar, un murmullo de admiración se desprendió del grupo. Bajo la barba de varios días, los más viejos reconocieron a Marcial.

El hombre –¡y qué hombre, membrudo y gallardo como un toro!, apreció con codicia el joven mujerío del barrio– empezó a contar sus andanzas un lunes a la prima noche y concluyó al amanecer del miércoles.

Cuando abandonó el hogar paterno, encontró trabajo de aguador en un cañaveral. Crecido ya, entró en el corte. Allí aprendió lo que es trabajar de seis a seis, con el sol o la lluvia sobre el cuerpo, las manos atadas sin piedad por la hoja filosa de la caña y el estómago aguijoneado por el hambre malamente satisfecha. Entonces no se conocía ese de “las ocho horas”. Se levantaba con el último temblor de las estrellas y salía de las piezas cuando el sol se dejaba contemplar sin lastimar los ojos. Se hastió de aquello.

Del cañaveral pasó a una cantera. Picar piedra no era trabajo menos duro, pero ya el primer oficio le había fortalecido el ánimo y los músculos. Y allí no se trabajaba como una bestia. A las cinco de la tarde sonaba un silbatazo que ponía fin a la jornada. Cerca de la cantera había un río y los hombres se bañaban al atardecer en una poza de agua transparente y mansa. Dormían frescos, sin la molestia del sudor resecado sobre la piel. Y lo mejor de todo: se comía caliente, con relativa abundancia.

Hizo amistad con un ingeniero que a veces, cuando quedaban solos, le hablaba de cosas que nunca llegaba a explicar bien, pero que sin duda le interesaban mucho, a juzgar por la pasión con que aludía a “las inconsecuencias del gallego Iglesias” y otros asuntos que solían despertar en Marcial una efímera curiosidad. Cuando el ingeniero se marchó a trabajar en una represa que estaban construyendo por Comerío, le insistió en que se fuera con él.

Salió ganando con el cambio. Al cabo de dos meses lo hicieron capataz. Comenzó a juntar plata. Conoció a una muchacha que vendía frituras en las obras, le robó la virginidad y después, cuando se enteró de que estaba embarazada, se casó con ella (no por obligación, sino porque descubrió que la quería). El vástago fue un varón, muy parecido a él según la opinión de todos. El ingeniero seguía protegiéndolo; las cosas no podían marchar mejor.

Pero aquella ventura fue solo un paréntesis. Cierto día una carga de dinamita mal colocada hizo trizas al ingeniero. Para Marcial fue como perder a un padre, un padre deparado por la vida en sustitución de aquel cuyos azotes él no había sabido perdonar. Poco después, para remate de desgracias, la mujer se alzó con otro, llevándose al hijo que aún no aprendía a caminar.

Entonces a Marcial le dio por pensar en lo que el paso de los años había ido convirtiendo en un recuerdo cada vez más débil: el primer hogar y la madre y el hermano abandonados. Casi con sorpresa vino a darse cuenta de que habían transcurrido diez años desde la noche en que el rencor y la amargura lo empujaron a la fuga.

Al día siguiente de una noche igual que aquella, no volvieron a verlo en la represa.

Ahora trabaja de nuevo en las talas, junto al hermano adolescente y el tío que va haciéndose viejo. Por las noches, los parientes y los vecinos se sientan en torno al fogón apagado que duerme su sueño de ceniza fría y él relata una vez más algún episodio de su vida errante. La chiquillería del lugar lo admira como a un héroe, y en más de una ocasión ha sido requerido como árbitro en las disputas de los mayores. Su reputación de hombre que “ha visto mundo” lo rodea de una aureola de prestigio y méritos con los que él no soñó jamás.

Pero se mentiría a sí mismo si afirmara que es feliz aquí. El monótono trabajo de las talas lo aburre sin llegar a fatigarlo. Le hace falta aquello otro: el ruidoso trajín de la maquinaria omnipotente, el horario regular y el seguro tiempo libre, la cercanía de la ciudad, el salario infalible cada sábado. Eso sobre todo. Aquí se trabaja para comer. Esta vida lo ahoga.

Una madrugada, el vecindario acudió a los gritos desesperados de doña Casiana. La pobre mujer extendía su brazo endeble en dirección del camino. Los que siguieron el ademán con la mirada, alcanzaron a columbrar la corpulenta figura que se iba borrando en la distancia.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

Sin comillas

Teófilo Huerta

 

Alusivo a un individuo de triste apellido

 

El plagiario actúa a escondidas

pero siempre deja un rastro…

Félix Rovirosa a Julio Valdivieso

en El testigo,

Juan Villoro

 

El pretencioso editor con aires de suficiencia, barba blanca, ojos pequeños tras sus lentes y cabello cano recogido en una cola de caballo, estaba acompañado de algunas personalidades en la mesa del presídium.

Además de los vasos de agua, el editor no pudo renunciar a la compañía de su taza de café negro y de su cigarrillo.

Tras de las palabras de aliento a las nuevas promesas de la literatura, se procedió a la entrega de los reconocimientos. Tocó su turno a Paulina Aristizaga, se acercó a la mesa y, a la par de recibir su diploma con una mano, con la otra quiso saludar al señor editor, pero en un instante dubitativo una de sus manos chocó con la taza de café y este se derramó sobre varios de los diplomas que intentó rescatar el editor, a quien no le quedó más remedio que sacudir y tratar de secar con alguna servilleta, no obstante, el daño estaba hecho. Aunque terminarían por ser repuestos, mientras tanto los demás recibirían papeles mojados y manchados.

Al término de la ceremonia, el editor no acababa de asimilar el coraje por la testarudez y torpeza de la joven promesa de la literatura quién, pese al incidente, tiempo después contactó con la editorial y dejó a la consideración una obra completa; con toda la maña del mundo, la editorial no acusó de recibido.

Quién sabe si también por venganza por aquella mancha de café o más por su enfermizo hábito, el editor vio con buenos –¿o habría que precisar con maliciosos?– ojos la novela de la joven, pero para ser publicada bajo la firma de una afamada escritora.

Así sucedió e ignorados los reclamos de Paulina, la obra de Josefina Salgado fue un éxito. A partir de entonces, Paulina tuvo puntual seguimiento del proceder del editor; si no pudo en un principio acumular más pruebas, pues otras víctimas como ella habían sucumbido a la sustracción de sus obras originales, aunque terminando por transar y venderlas.

No obstante, su olfato le llevó a descubrir que, en artículos publicados por el editor en un diario de circulación nacional había claras huellas de textos apropiados sin permiso y sin comillas. Cuando reunió las pruebas suficientes, preparó una contundente presentación.

Ocurrió que un día el salón de un fastuoso hotel se vistió de manteles largos para celebrar el reconocimiento a la labor por décadas del editor. Fue un desayuno de gala en que los meseros llevaron hasta los asientos frutas, huevos en distintas combinaciones, jugos y abundante café.

Inmediatamente después de las palabras de bienvenida del maestro de ceremonias, se invitó a la concurrencia a ver una proyección alusiva al festejado. En lugar de correr el video correspondiente, comenzó a desplegarse una tabla comparativa, de un lado párrafos publicados por el editor escritos en su columna periodística y, del otro, los mismos textos provenientes de fuentes no citadas por el primero, pero ahora develadas; a la inicial lámina siguió una segunda y una tercera, ya para entonces de manera escurridiza los miembros del presídium comenzaron a retirarse, al igual que del salón los comensales.

El editor enrojecido y ofuscado se había quedado solo en la mesa de honor y perturbado huyó del lugar antes que la prensa lo cuestionara.

Paulina había logrado convencer al operador del equipo informático de la sustitución del material. Ya en el salón prácticamente vacío, ella se acercó hasta el estrado y descubrió abandonado el diploma impreso en elegante papel que estaba destinado al editor. Con toda la frialdad del mundo aprovechó la taza de café más próxima y volteó su contenido para que así el fino papel quedara tan manchado como su oportunista destinatario.

 

(Tomado de www.cuentosteohuerta.blogspot.com)

 

El mejor safari

Nadine Gordimer

 

Aquella noche nuestra madre fue a la tienda y no regresó. Nunca. ¿Qué había pasado? No lo sé. También mi padre se había marchado un día para nunca regresar; pero es que él fue a la guerra. Donde nosotros estábamos también había guerra, pero éramos pequeños y, al igual que la abuela y el abuelo, no teníamos armas. Aquellos contra quienes mi padre luchaba –los bandidos, los llama nuestro gobierno– irrumpían en el lugar donde vivíamos y nosotros huíamos de ellos como gallinas perseguidas por perros. No sabíamos adónde ir. Nuestra madre fue a la tienda porque decían que se podía comprar aceite para cocinar. Nos alegró porque hacía mucho que no probábamos el aceite. Puede que comprara aceite y que alguien la atacara en la oscuridad y le quitara aquel aceite. Puede que se topara con los bandidos. Si te encuentras con ellos, te matan. Dos veces entraron en nuestro pueblo y corrimos a escondernos en el bosque, y cuando se fueron regresamos y descubrimos que se lo habían llevado todo. Pero la tercera vez que vinieron no quedaba nada que pudieran llevarse, ni aceite ni comida, así que le prendieron fuego a la paja y los techos de nuestras casas se hundieron. Mi madre encontró unas chapas de hojalata y las pusimos para cubrir parte de la casa. La esperamos allí la noche que no regresó.

Nos daba pánico salir, incluso para hacer nuestras cosas, porque sí que habían llegado los bandidos; no a nuestra casa –sin techo debía parecer que no había nadie, que todos se habían ido–, pero sí al pueblo. Oíamos que la gente gritaba y corría. Nos daba miedo incluso correr, sin que nuestra madre nos dijera hacia dónde. Yo soy la segunda, la chica, y mi hermanito se agarraba a mi estómago, rodeándome el cuello con los brazos y la cintura con las piernas, igual que un monito a su madre. Mi hermano mayor se pasó toda la noche con un trozo de madera astillada en la mano, parte de uno de los palos que sostenían la casa y se habían quemado; era para defenderse si los bandidos lo encontraban.

Nos quedamos allí todo el día. Esperándola. No sé qué día era; en nuestro pueblo ya no había escuela ni iglesia, así que no sabíamos si era domingo o lunes.

Al ponerse el sol llegaron la abuela y el abuelo. Alguien del pueblo les había dicho que los niños estábamos solos; nuestra madre no había regresado. Digo “abuela” antes que “abuelo” porque es así: nuestra abuela es alta y fuerte, y aún no es vieja, y nuestro abuelo es bajito, apenas se le ve en sus holgados pantalones; sonríe pero no ha oído lo que le dices, y lleva el pelo que parece lleno de restos de jabón, La abuela nos llevó –a mí, al chiquitín, a mi hermano mayor y al abuelo– a su casa y todos teníamos miedo (salvo el chiquitín, que iba dormido en la espalda de la abuela) de encontrarnos a los bandidos por el camino. Estuvimos esperando mucho tiempo en casa de la abuela. Puede que un mes. Teníamos hambre. Nuestra madre nunca regresó. Durante el tiempo que estuvimos esperando que viniera a buscarnos, la abuela no pudo darnos comida, no tenía comida para el abuelo ni para ella. Una mujer que tenía leche en los pechos nos dio un poco para mi hermanito, aunque él en casa comía papas, igual que nosotros. La abuela nos llevó a buscar espinacas silvestres, pero toda la gente del pueblo hacía lo mismo y no quedaba ni una hoja.

El abuelo, aunque se quedaba un poquito atrás, salió a pie con unos jóvenes a buscar a nuestra madre, pero no la encontró. Nuestra abuela lloró con otras mujeres y yo canté los himnos con ellas. Trajeron un poco de comida –alubias– pero al cabo de dos días nos quedamos otra vez sin nada. El abuelo tuvo tres ovejas y una vaca y un huerto, pero ya hacía mucho tiempo que los bandidos le habían quitado las ovejas y la vaca, porque ellos también pasaban hambre; y al llegar la época de la siembra el abuelo se había quedado sin semillas que sembrar.

Así que decidieron –nuestra abuela, porque el abuelo hizo unos ruiditos, balanceándose, pero ella no le prestó atención– que nos fuéramos. Mis hermanos y yo nos alegramos. Queríamos irnos de allí donde ya no estaba nuestra madre y donde pasábamos hambre. Queríamos ir a donde no hubiera bandidos y hubiera comida. Era estupendo pensar que tenía que haber un lugar semejante lejos de allí.

La abuela dio su ropa de ir a la iglesia a una persona a cambio de maíz seco, que hirvió y envolvió en un trapo. Nos llevamos el maíz al marcharnos y ella creyó que podríamos encontrar agua en algún río, pero no dimos con ningún río y pasamos tanta sed que tuvimos que regresar. No hasta casa de los abuelos, sino hasta un pueblo donde había bomba de agua. Ella destapó la cesta donde llevaba ropa y el maíz y vendió sus zapatos para comprar un bidón grande de agua. Yo dije: Gogo, ¿cómo vas a ir a la iglesia ahora si no llevas siquiera zapatos?, pero ella dijo que el viaje era largo y llevábamos demasiado peso. En aquel pueblo encontramos a otra gente que también se marchaba. Nos unimos a ellos porque parecían saber mejor que nosotros dónde estaba aquello.

Para llegar allí teníamos que cruzar el Parque Kruger. Habíamos oído hablar del Parque Kruger como de un país entero lleno de animales: elefantes, leones, chacales, hienas, hipopótamos, cocodrilos, toda clase de animales. En nuestro país teníamos algunos iguales, antes de la guerra (la abuela lo recuerda, mis hermanos y yo no habíamos nacido), pero los bandidos matan a los elefantes y venden los colmillos, y los bandidos y nuestros soldados se han comido toda la caza. En nuestro pueblo había un hombre sin piernas: un cocodrilo se las arrancó en nuestro río; pero a pesar de ello nuestro país es un país de personas y no de animales. Habíamos oído hablar del Parque Kruger porque algunos de nuestros hombres iban a trabajar allí, a unos sitios donde acudían los blancos de visita y para ver los animales.

Así que reemprendimos el viaje. Había mujeres, y otras niñas como yo que tenían que llevar a los pequeños a cuestas cuando las mujeres se cansaban. Un hombre nos guio hasta el Parque Kruger. Es que aún no llegamos, es que aún no llegamos, no paraba yo de preguntarle a la abuela. Todavía no, decía el hombre, cuando ella se lo preguntaba por mí. Él nos explicó que tendríamos que dar un gran rodeo siguiendo la cerca, que nos mataría, nos dijo, achicharrándonos la piel en cuanto la tocáramos, igual que los cables de lo alto de los postes que llevan la luz eléctrica a nuestras ciudades. Yo ya he visto ese dibujo de una cabeza sin ojos ni piel ni pelo, en una caja de hierro del hospital de la Misión que teníamos antes de que lo volaran.

Al preguntar otra vez, dijeron que llevábamos una hora caminando por el Parque Kruger. Pero tenía el mismo aspecto que el chaparral por donde caminamos todo el día, y no habíamos visto más animales que monos y pájaros como los que hay donde vivimos, y una tortuga que, como es natural, no pudo escapar de nosotros. Mi hermano mayor y los otros chicos se la trajeron al hombre para matarla, guisarla y comérnosla. El hombre la dejó libre porque dijo que no podíamos encender fuego; que mientras estuviéramos en el Parque no deberíamos encender fuego porque el humo indicaría que estábamos allí. La policía y los guardias vendrían y nos obligarían a volver por donde habíamos venido. Dijo que teníamos que ir de un lado a otro como los animales entre animales, lejos de las carreteras, lejos de los campamentos de los blancos. Y justo en aquel momento oí, estoy segura de que fui la primera en oírlo, un crujir de ramas y el sonido de algo que se abría paso entre la hierba, y casi chillé porque creí que era la policía, los guardias (con quienes él nos dijo que tuviéramos cuidado) que habían dado con nosotros. Y era un elefante, y otro elefante, y más elefantes, grandes manchas oscuras que se movían por dondequiera que miraras entre los árboles. Enrollaban la trompa en las hojas rojas de los árboles de mopane y se las embutían en la boca. Los elefantitos se pegaban a sus madres. Los que ya eran un poco mayores peleaban entre sí igual que mi hermano mayor con sus amigos, pero con la trompa en lugar de con los brazos. Yo los observaba con tal interés que me olvidé de que tenía miedo. El hombre nos dijo que permaneciéramos quietos y en silencio mientras los elefantes pasaban. Pasaron muy lentamente, porque los elefantes son demasiado grandes para necesitar huir de nadie.

Los gamos corrían ante nosotros. Saltaban tan alto que parecían volar. Los facóqueros se paraban en seco al oírnos, y se alejaban zigzagueando como solía hacerlo un chico de nuestro pueblo con la bicicleta que su padre trajo de las minas. Seguimos a los animales hasta donde bebían. Cuando se marchaban íbamos a sus pozas. Nunca pasábamos sed porque encontrábamos agua, pero los animales comían, comían constantemente. Siempre que los veías estaban comiendo hierba, árboles, raíces. Y no había nada para nosotros. El maíz se nos había terminado. Lo único que podíamos comer era lo que comían los babuinos, pequeños higos resecos llenos de hormigas, que crecen en las ramas de los árboles junto a los ríos. Era duro ser como animales.

Cuando hacía mucho calor, durante el día encontrábamos leones echados y durmiendo. Eran del color de la hierba y no los descubríamos a primera vista, aunque el hombre sí, y nos hacía retroceder y dar un largo rodeo para no pasar por donde dormían. Yo quería echarme como los leones. Mi hermanito estaba adelgazando, pero pesaba mucho. Cuando la abuela me buscaba, para cargármelo a la espalda, yo intentaba escabullirme. Mi hermano mayor dejó de hablar; y cuando descansábamos tenían que zarandearlo para que se volviera a levantar, como si ahora fuera igual que el abuelo, que no oía. Vi que la abuela tenía la cara llena de moscas y que no se las espantaba; me asusté. Cogí una hoja de palmera y se las quité.

Caminábamos de día y de noche. Veíamos los fuegos donde los blancos cocinaban en los campamentos y olíamos el humo y la comida. Mirábamos las hienas, que iban agachadas como si sintieran vergüenza, deslizarse por el chaparral siguiendo aquel olor. Si una de ellas volteaba, le veías unos ojos grandes y brillantes, como los nuestros cuando nos mirábamos unos a otros en la oscuridad. El viento traía voces en nuestra lengua desde los cercados donde viven quienes trabajan en los campamentos. Una de las mujeres que iba con nosotros quería ir a verlos por la noche y pedirles que nos ayudaran. Pueden darnos la comida de los cubos de basura, dijo, y empezó a lamentarse y la abuela tuvo que agarrarla y taparle la boca con la mano. El hombre que nos guiaba nos había dicho que debíamos rehuir a aquellos de los nuestros que trabajaban en el Parque Kruger; si nos ayudaban, perderían su trabajo. Si nos veían, todo lo que podían hacer era fingir que no éramos nosotros, que lo que habían visto eran animales.

A veces nos deteníamos a dormir un poco durante la noche. Dormíamos muy juntos. No sé qué noche fue (porque caminábamos y caminábamos siempre y a todas horas) pero una vez oímos que los leones estaban muy cerca. Sus rugidos no eran como los que se oían desde lejos. Jadeaban como nosotros al correr, aunque es un jadeo diferente: se nota que no corren, que acechan por allí cerca. Nos apretábamos unos contra otros, unos encima de otros, y los de los lados intentaban refugiarse en el centro, donde estaba yo. Me aplastaron contra una mujer que olía mal porque tenía miedo, pero me alegré de poder agarrarme fuertemente a ella. Rogué a Dios que hiciera que los leones cogieran a alguien de los lados y se marcharan. Cerré los ojos para no ver el árbol desde donde cualquier león podía saltar y caerme justo encima. En lugar del león saltó el hombre que nos guiaba; puesto en pie, comenzó a golpear el árbol con una rama seca. Nos había enseñado a no hacer nunca ruido, pero él gritaba. Gritaba a los leones como solía hacerlo un borracho de nuestro pueblo, que le gritaba al aire. Los leones se retiraron. Los oímos rugir, devolviéndole los gritos desde lejos.

Estábamos cansados, cansadísimos. Mi hermano mayor y el hombre tenían que aupar al abuelo y pasarlo de piedra en piedra allí donde encontrábamos vados para cruzar los ríos. La abuela es fuerte, pero le sangraban los pies. Ya no podíamos seguir llevando las cestas en la cabeza, no podíamos cargar con nada, excepto mi hermanito. Dejamos nuestras cosas bajo un arbusto. Con cargar nuestros cuerpos hasta allí ya será mucho, dijo la abuela. Luego comimos frutos silvestres que en el pueblo no conocíamos y tuvimos retortijones. Estábamos entre la hierba que llaman elefante porque es casi tan alta como un elefante, aquel día que nos dieron los dolores, y el abuelo no podía agacharse allí delante de todos como mi hermanito, y se fue un poco más allá para hacerlo a solas. Nosotros teníamos que seguir, no paraba de decirnos el hombre que nos guiaba, no podíamos retrasarnos, pero le pedimos que esperara al abuelo.

Así que todos esperaron a que el abuelo nos alcanzara. Pero no nos alcanzó. Era en pleno día; los insectos zumbaban en nuestros oídos y no lo oímos moverse entre la hierba. No podíamos verlo porque la hierba era muy alta y él muy bajito. Pero debía de andar por allí, metido en sus holgados pantalones y en la camisa rasgada que la abuela no le pudo coser porque no tenía hilo. Sabíamos que no podía estar lejos porque era débil y lento. Fuimos todos a buscarlo, pero en grupos, no fuera que también nosotros nos perdiéramos de vista entre la hierba. Esta se nos metía en los ojos y en la nariz. Seguíamos llamando al abuelo, pero el zumbido de los insectos debió llenar el pequeño espacio que le quedaba para oír en las orejas. Miramos y miramos, pero no dábamos con él. Estuvimos entre aquella hierba tan alta toda la noche. En sueños, me lo encontré acurrucado en un espacio que había apisonado con los pies, igual que hacen los antílopes para ocultar sus crías.

Al despertarme seguía sin aparecer. Así que seguimos buscando, y para entonces vimos senderos que habíamos abierto de tanto pasar entre la hierba, y sería fácil para él encontrarnos si nosotros no le encontrábamos. Todo aquel día no hicimos más que quedarnos sentados y esperar. Todo está muy tranquilo cuando tienes el sol encima de la cabeza, dentro de la cabeza, aunque te acuestes como los animales, bajo los árboles. Yo me tendí boca arriba y vi esos feos pájaros de pico ganchudo y cuello desnudo volando en círculo por encima de nosotros. Habíamos pasado muchas veces delante de ellos mientras descarnaban huesos de animales muertos, de los que no quedaba nada que pudiéramos comer también nosotros. Ronda tras ronda, elevándose y descendiendo y de nuevo elevándose. Veía sus cabezas asomar por todos lados. Volando en círculo sin parar. Noté que la abuela, quieta allí sentada con mi hermanito en su regazo, también los veía.

Por la tarde, el hombre que nos guiaba se acercó a la abuela y le dijo que los demás debían continuar. Le dijo que si sus hijos no comían, morirían pronto.

La abuela no dijo nada.

Le traeré agua antes de irnos, dijo él.

La abuela nos miró, a mí, a mi hermano mayor y a mi hermanito, que estaba en su regazo. Nosotros observábamos cómo los demás se levantaban para irse. Yo no podía creer que la hierba se vaciaría en todo el derredor, donde ellos habían estado. Que nos quedaríamos solos en aquel lugar, el Parque Kruger: la policía o los animales darían con nosotros. Me saltaron lágrimas de los ojos y de la nariz y me cayeron en las manos, pero la abuela no hizo caso. Se levantó, con los pies separados tal como los pone para izar un haz de leña, allá en casa, en nuestro pueblo; se colgó a mi hermanito a la espalda y lo ató con su vestido (la parte de arriba se le había desgarrado y llevaba sus grandes pechos al aire, pero no había nada en ellos para él). Y dijo entonces: vamos.

Así que dejamos el lugar de la hierba alta. Lo dejamos atrás. Fuimos con los demás y con el hombre que nos guiaba. Emprendimos la marcha, otra vez.

 

Hay una tienda muy grande, más grande que una iglesia o una escuela, sujeta al suelo. No podía imaginar que aquello fuera lo que era, al llegar allá lejos. Vi una cosa parecida la vez que nuestra madre nos llevó a la ciudad porque se enteró de que nuestros soldados estaban allí y quería preguntarles si sabían dónde estaba nuestro padre. En aquella tienda la gente cantaba y rezaba. Esta es azul y blanca como aquélla, pero no es para rezar y cantar; vivimos en ella con muchos otros que han llegado de nuestra tierra. La hermana de la clínica dice que somos doscientos sin contar los bebés; nacieron algunos por el camino a través del Parque Kruger.

Dentro está oscuro incluso cuando luce el sol, y es como una especie de pueblo. En lugar de casas, cada familia tiene unos espacios separados por sacos o cartones de cajas –lo que encontremos– para que las demás familias sepan que es tu espacio y que no deben entrar aunque no haya puerta ni ventanas ni techumbres, de manera que si estás de pie y no eres una niña pequeña puedes ver el interior de la casa de todo el mundo. Algunos incluso han hecho pintura con piedras del suelo y han dibujado cosas en los sacos.

Pero sí que hay un techo de verdad: la tienda es el techo, alto, muy alto. Como el cielo. Como una montaña, y nosotros estamos dentro de ella; por las grietas bajan caminos de polvo, tan apretados que parece que se pudiera trepar por ellos. La tienda no deja entrar el agua por arriba, pero entra por los lados y por las callecitas que separan nuestros espacios (sólo puede pasar por ellas una persona cada vez) y los pequeños como mi hermanito juegan con el lodo. Hay que saltar por encima de ellos para pasar. Mi hermanito no juega. La abuela lo lleva a la clínica cuando viene el médico el lunes. La hermana dice que le pasa algo en la cabeza, y cree que es porque no teníamos bastante comida en casa. Por la guerra. Porque nuestro padre no estaba. Y porque luego había pasado mucha hambre en el Parque Kruger. Sólo quiere estar todo el día encima de la abuela, en su regazo o pegado a ella, y no hace más que mirarnos y mirarnos. Quiere pedir algo pero se nota que no puede. Si le hago cosquillas sólo sonríe un poquito. En la clínica nos dan un polvo especial para hacerle gachas y puede que un día se ponga bien.

Cuando llegamos estábamos con él, mi hermano mayor y yo. Casi no me acuerdo. Los vecinos del pueblo que está cerca de la tienda nos llevaron a la clínica, donde tienes que firmar que llegaste, desde muy lejos, por el Parque Kruger. Nos sentamos en la hierba y todo estaba embarrado. Había una hermana muy guapa con el pelo muy estirado y unos bonitos zapatos de tacón alto, que nos trajo el polvo especial. Nos dijo que teníamos que mezclarlo con agua y beberlo despacio. Nosotros rasgamos los paquetes con los dientes y lamimos todo el polvo; a mí se me quedó pegado en la boca y me chupé los labios y los dedos. Otros niños que hicieron el viaje con nosotros vomitaron. Pero yo sólo notaba que todo se removía dentro de mi estómago, y que lo que me había tragado bajaba y se me enrollaba como una serpiente, y me dio un hipo muy fuerte. Otra hermana nos dijo que nos pusiéramos en fila en el porche de la clínica pero no pudimos. Nos quedamos todos por allí sentados, cayendo unos sobre otros; las hermanas nos ayudaron a todos a levantarnos cogiéndonos del brazo y luego nos clavaron una aguja. Con otras agujas nos sacaron la sangre y la metieron en unas botellitas. Era contra la enfermedad, pero yo no lo comprendía, y cada vez que cerraba los ojos me figuraba que aún caminaba, y que la hierba era alta, y veía a los elefantes, y no sabía que estábamos allá lejos.

Pero la abuela aún era fuerte, todavía podía tenerse en pie, y como sabe escribir firmó por nosotros. La abuela nos consiguió este espacio en la tienda junto a uno de los lados; es el mejor sitio porque, aunque entre agua cuando llueve, podemos levantar la lona cuando hace buen tiempo y nos da el sol, y se van los olores de la tienda. La abuela conoce aquí a una mujer que le enseñó dónde hay buena hierba para hacer esteras para dormir, y la abuela nos las hizo. Una vez al mes llega a la clínica el camión de la comida. La abuela va con una de las tarjetas que firmó y cuando le hacen el agujero nos dan un saco de maíz. Hay carretillas para llevarlo a la tienda; mi hermano mayor lo carga por ella, y luego él y los otros chicos hacen carreras con las carretillas vacías hasta la clínica. A veces tiene suerte y un hombre que ha comprado cerveza en el pueblo le da dinero para que la transporte; aunque esto no está permitido, porque hay que devolver las carretillas enseguida a las hermanas. Él se compra un refresco y me da un trago si lo sorprendo. Otra vez al mes, la iglesia deja un montón de ropa vieja en el patio de la clínica. La abuela tiene otra tarjeta para que le hagan el agujero, y entonces podemos elegir algo: yo tengo dos vestidos, dos pantalones y un suéter, así que puedo ir a la escuela.

Los del pueblo nos dejan ir a su escuela. Me sorprendió que hablaran nuestra lengua. La abuela me dijo: por eso nos dejan estar en su tienda. Hace mucho tiempo, en tiempos de nuestros padres, no había la cerca que mata, no estaba el Parque Kruger entre ellos y nosotros, y éramos todos un solo pueblo bajo nuestro propio rey, desde el hogar de donde nos marchamos hasta este sitio adonde llegamos.

Llevamos ya mucho tiempo en la tienda (yo cumplí once años y mi hermanito tiene casi tres, aunque es muy pequeño, sólo tiene grande la cabeza, y aún no está del todo bien) y cavaron todo alrededor y plantaron alubias y trigo y coles. Los ancianos entretejen ramas para vallar sus jardines. No está permitido que nadie vaya a buscar trabajo en las ciudades, pero algunas mujeres lo encontraron en el pueblo y pueden comprar cosas. La abuela, como todavía está fuerte, consigue trabajo donde la gente construye casas; porque en este lugar la gente construye bonitas casas con ladrillos y cemento, y no con barro como las que teníamos en nuestro pueblo. La abuela acarrea ladrillos para ellos y cestas de piedra en la cabeza. Así que tiene dinero para comprar azúcar y té y leche y jabón. El almacén le regaló un calendario que ella colgó en la lona de nuestra tienda. Voy muy bien en la escuela, y ella guardó los papeles de los anuncios que la gente tira al salir de comprar en el almacén y me forró los libros. A mi hermano mayor y a mí nos manda a hacer la tarea todas las tardes antes de que oscurezca, porque no hay sitio más que para estar echados, muy juntos, como hacíamos en el Parque Kruger, aquí en nuestro espacio de la tienda, y las velas son caras. La abuela todavía no ha podido comprarse un par de zapatos para ir a la iglesia, pero nos compró zapatos negros de colegiales y betún para lustrarlos a mi hermano mayor y a mí. Todas las mañanas, al levantarnos, los chiquitines lloran, la gente se empuja frente a los grifos de afuera y algunos niños ya rebañan los restos de gachas pegados en las ollas de las que comimos por la noche y mi hermano mayor y yo nos lustramos los zapatos. La abuela nos hace sentar en las esteras con las piernas estiradas para ver bien los zapatos y asegurarse de que los hemos hecho como es debido. Nadie más en la tienda tiene auténticos zapatos de colegial. Al mirar a los demás es como si estuviéramos otra vez en una verdadera casa, sin guerra, y no aquí lejos.

Llegaron unos blancos a tomarnos fotografías a los que vivimos en la tienda; dijeron que estaban haciendo una película, que es algo que nunca he visto pero sé lo que es. Una mujer blanca se metió en nuestro espacio y le hizo a la abuela unas preguntas que uno que entiende la lengua de la mujer blanca nos dijo en la nuestra.

¿Cuánto tiempo llevan viviendo de este modo?

¿Quiere decir aquí?, dijo la abuela. En esta tienda, dos años y un mes.

¿Y qué espera del futuro?

Nada. Estoy aquí.

¿Y para sus pequeños?

Quiero que aprendan para que puedan conseguir buenos empleos y dinero.

¿Confían en regresar a Mozambique, a su país?

No volveré.

¿Pero cuando termine la guerra… y no puedan quedarse aquí? ¿No desea volver a su hogar?

No me pareció que la abuela quisiera seguir hablando. No me pareció que fuera a contestar a la mujer blanca. La mujer blanca ladeó la cabeza y nos sonrió.

La abuela apartó la mirada de la mujer blanca y dijo: Ya no hay nada. No hay hogar.

¿Por qué dirá esto la abuela? ¿Por qué? Yo volveré. Yo volveré a través del Parque Kruger. Después de la guerra, cuando ya no queden más bandidos, quizá nuestra madre nos estará esperando. Y puede que cuando dejamos al abuelo sólo se hubiera rezagado, que acabara por encontrar el camino y fuera poquito a poco, a través del Parque Kruger, y esté también allí. Estarán en casa, y yo los recordaré.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

viernes, 20 de marzo de 2026

Leyenda de la calculadora que luchó contra el dragón

Stanislaw Lem

 

El rey Poliandro Partobonio, señor de Ciberia, era un gran guerrero. Experto en los más modernos métodos estratégicos, nada le interesaba tanto como la cibernética aplicada a la guerra. Su reino estaba plagado de una multitud de máquinas pensadoras, pues Poliandro las instalaba en todos los lugares donde podía, y no sólo en los observatorios astronómicos y los colegios y escuelas, sino que mandó convertir los mojones de las carreteras en aparatos eléctricos, cuyos altavoces advertían a los transeúntes para que no tropezaran con ellos; también los había en los muros y los postes, en los árboles y columnas, para que el caminante pudiera siempre preguntar la dirección correcta. Colgó máquinas de las nubes para que anunciaran la lluvia de antemano; las distribuyó por los montes y los valles; en una palabra, no había lugar en todo el reino de Ciberia donde no existiera una de aquellas eficientes máquinas.

El rey no sólo mandó perfeccionar a base de la cibernética todo lo que ya existía, sino que difundió por todas partes magníficos aparatos.

Fabricaron cibercangrejos y ciberavispas bordoneantes e incluso cibermoscas que atrapaban mecánicamente a las arañas, que proliferaban terriblemente en el reino. Por todo el planeta podía escucharse a los cibergansos y cibergallos, cantaban los cibergrillos y los ciberpájaros, y además de todos estos mecanismos civiles y pacíficos pululaban en toda la superficie de Ciberia dos veces más ingenios militares, ya que el rey Poliandro Partobonio era un famoso guerrero.

Poseía en sus palacios subterráneos una infinidad de máquinas, entre las cuales figuraba una calculadora estratégica, que era de lo más valiente y arrojada. Tenía asimismo una infinidad de robots más pequeños, sin contar una división de ciberametralladoras, una formación de cibertanques enormes y un enjambre de armas de todo tipo, así como una clase de polvos sumamente mortíferos.

Pero el rey Partobón estaba muy triste al no tener con quién combatir, ya que ningún enemigo, por valiente o cruel que fuera, se atrevía a invadir su reino, pues temían enfrentarse con sus poderosísimas fuerzas y su invencible estrategia respaldada por aquellas ciberarmas famosas en todo el cosmos.

Al carecer de enemigos e invasores verdaderos, el rey Poliandro ordenó a sus ingenieros que le fabricaran unos ejércitos enemigos artificiales, para poder luchar contra ellos y batirlos. Y así tuvieron lugar las batallas más encarnizadas, que muy pronto asolaron todo el reino de Ciberia. Los súbditos comenzaron a murmurar al ver que una masa de ciberenemigos devastaba sus cosechas y sus casas con sus ciberlanzallamas; y la gente llegó a expresar abiertamente su descontento cuando el rey, en su furia perseguidora de las huestes invasoras, empezó a arrasar cuanto se interponía en su victorioso camino. Aquellos súbditos desagradecidos protestaban aunque todo aquello se hiciera por su liberación.

Pero el rey Poliandro ya estaba aburrido de guerrear artificialmente en su propio planeta y soñaba con salir de su reino y combatir y avanzar victoriosamente en todo el cosmos. El planeta Ciberia tenía una gran luna totalmente desierta y salvaje. El rey Poliandro cargó de impuestos a sus súbditos para reunir los fondos necesarios para crear en dicho satélite un poderoso ejército y con él guerrear nuevamente.

La población de Ciberia pagó los impuestos de buen grado pensando que su rey ya no se ensañaría con sus cibercañones y sus contingentes de ciberguerreros en sus haciendas y sus vidas. De manera que los ingenieros del reino construyeron en el satélite una extraordinaria máquina calculadora, que a su vez debía crear toda clase de ejércitos y armas automáticas. Y el rey Poliandro comenzó a probar una y otra vez la capacidad de su nueva máquina: le ordenó telegráficamente que realizara un electrosalto, pues sentía gran curiosidad por saber si cuanto sus ingenieros le habían dicho era cierto y si aquella máquina podía hacer cualquier cosa (si lo sabe hacer todo –pensó el rey–, pues que salte), y bastaron tres telegramas para que lo hiciera, realizando luego cualquier maniobra que se le ordenara. Finalmente, el rey ordenó a la máquina que creara un electrodragón, y así lo hizo.

El rey estaba dirigiendo por entonces una nueva campaña para liberar una de las provincias de su reino conquistada por los cibergranaderos y se olvidó totalmente de la orden impartida a la calculadora lunar, cuando desde el satélite comenzaron a caer sobre el reino de Ciberia unas rocas gigantescas. El rey se quedó asombrado al ver que una de aquellas rocas, al caer sobre una de las alas de su palacio, le había aplastado toda una serie de enanos a reacción, y, lleno de ira, telegrafió inmediatamente a la máquina lunar preguntándole cómo se atrevía a hacer tales barbaridades. Pero la máquina se quedó muda, pues ya había dejado de existir al tragársela el dragón que ella misma había creado, y ahora sólo le servía de rabo al desagradecido ciberdragón.

Entonces el rey Poliandro mandó al satélite una expedición armada, encabezada por una nueva calculadora, muy valiente, para que aniquilara al dragón; pero apenas tuvo tiempo de acercársele y entablar combate, pues quedó destrozada con sólo unas dentelladas del monstruo, y con ella toda la expedición militar; evidentemente, el electrodragón tenía las más negras intenciones con respecto al reino de Ciberia y su rey.

Ante el fracaso de la primera expedición, Poliandro mandó al satélite a sus mejores cibergenerales, capitaneados por un cibernetísimo, pero tampoco éste tuvo suerte, salvo que la batalla duró un poco más bajo la mirada asombrada del rey, que con sus gemelos de largo alcance asistía a ella desde la terraza de su palacio.

El dragón seguía creciendo y la luna le quedaba más pequeña, ya que el monstruo se la iba comiendo a pedazos, con lo que el cuerpo se agigantaba. Al percatarse el rey Poliandro y sus súbditos que las cosas empeoraban, puesto que tan pronto como acabara de tragarse el satélite el monstruo se lanzaría contra ellos y su planeta, todos empezaron a temblar y no sabían qué hacer: si malo era mandar a combatir a las máquinas, peor sería lanzarse uno mismo contra la gigantesca bestia, pues equivaldría a ir a una muerte segura y sin gloria.

Todos en Ciberia estaban perplejos y desorientados, cuando una noche oscura el rey oyó que el telégrafo que tenía en su habitación empezaba a traquetear en medio del silencio. El aparato real estaba hecho de oro y brillantes y conectado con la luna; el rey se levantó de la cama y corrió hacia el telégrafo, que seguía emitiendo su mensaje: tac, tac-tac, tac-tac… Poliandro descifró el siguiente mensaje: “El electrodragón telegrafía que Poliandro Partobonio debe marcharse y cederle su trono”.

El rey se enfureció terriblemente, y tal como estaba, en camisón y zapatillas, fue corriendo, escaleras abajo, hacia los sótanos del palacio, donde estaba su máquina estratégica, muy vieja y muy inteligente. No le había pedido consejo hasta entonces, porque antes del surgimiento del electrodragón lunar había discutido con ella sobre cierta operación militar; pero esta vez al rey le iban las cosas muy mal y quería salvar el trono y la vida a toda costa.

Conectó la vieja máquina y apenas empezaba a calentarse cuando le suplicó:

–Calculadora mía, querida calculadora, estoy en un terrible apuro: el electrodragón me quiere quitar el trono y echarme del reino. ¡Sálvame y dime qué debo hacer para vencerlo!

–De acuerdo –dijo la vieja calculadora–, pero antes has de reconocer que yo tenía razón acerca de aquel asunto y además exijo que me concedas el título de Gran Atamán Calculador, con lo que habrás de dirigirte a mí como Su Excelencia Ferromagnética.

–Bien, bien, te nombro Gran Atamán y todo lo que quieras, pero sálvame…

La vieja máquina emitió unos sonidos, silbó, se estremeció y dijo:

–La cosa es muy sencilla. Es preciso construir un electrodragón más poderoso que el de la luna. El nuestro derrotará al dragón enemigo, le romperá todos sus huesos eléctricos y así conseguiremos nuestro objetivo.

–Me parece una magnífica idea –dijo el rey–. ¿Puedes suministrarme el plano de ese nuevo electrodragón más poderoso?

–Será un superdragón –dijo la vieja máquina–. Y no sólo sé hacer el plano, sino que puedo construirlo yo misma; ahora mismo lo hago, espera un momento.

Y la vieja máquina comenzó a crecer y a silbar, iluminándose toda y componiendo cosas en su interior, y de pronto una especie de zarpas enormes, eléctricas y ardientes, le salieron por los costados, hasta que el rey gritó:

–¡Vieja máquina calculadora, basta ya!

–¿Cómo te atreves a hablarme de esa manera? ¡Soy el Gran Atamán Calculador!

–¡Cierto, cierto! –asintió el rey–. Excelencia Ferromagnética, puesto que el electrodragón que estás creando ha de derrotar al que está en nuestro satélite y ocupar su puesto, ¿cómo haremos para echarle a su vez?

–Muy sencillo: fabricaremos otro dragón aún más poderoso, y luego otro para matar a éste y así sucesivamente –explicó la vieja máquina calculadora.

–¡Eso no puede ser! Te ordeno que lo dejes todo como está –dijo el rey–. De ese modo, en la luna habrá unos dragones cada vez más tremendos cuando yo lo que quiero es que no exista ninguno.

–Eso es otra cuestión –replicó la vieja máquina–. ¿Por qué no me lo dijiste de entrada? ¿No ves de qué modo tan falto de lógica te expresas? Bien, espera un momento.

La vieja calculadora se puso a silbar y trepidar hasta que por fin dijo:

–Es preciso construir una antiluna y un antidragón y colocarlos en órbita alrededor de la luna (dentro de la vieja calculadora algo crujió) y pegar golpes y cantar: “Soy un joven robot, el agua no temo, pues adonde hay agua yo me zambullo, nada temo, desde la noche a la mañana, tralalá-tralalá”.

–¿Qué estás diciendo? ¿Te has vuelto loca, vieja máquina? –gritó el rey–. ¿Qué tiene que ver esa canción sobre el joven robot con la antiluna?

–¿A qué robot te refieres? Ah, bueno, bueno, me parece que me he despistado; tengo la impresión de que algo se rompió en mi interior, algo se me debió quemar, seguro… –contestó la vieja calculadora.

El rey empezó a buscar en el interior de su vieja máquina hasta que encontró una válvula quemada; la cambió por una nueva y le volvió a preguntar a la calculadora qué iban a hacer con lo de la antiluna.

–¿De qué antiluna me estás hablando? –preguntó la vieja máquina, que ya se había olvidado de lo que acababa de decir–. No sé nada de esa antiluna… Espera, voy a pensarlo.

La vieja calculadora emitió unos silbidos, se estremeció y dijo:

–Hay que elaborar una teoría general para luchar contra los electrodragones, de la cual el dragón lunar será un caso específico y muy fácil de solucionar.

–De acuerdo, elabora esa teoría –dijo el monarca.

–Pero antes he de construir varios electrodragones para experimentar.

–¡De ninguna manera! –gritó el rey–. El dragón quiere arrebatarme el trono y ¿qué pasará si creas varios?

–Claro, claro, hemos de buscar otra solución. Vamos a utilizar una variante estratégica mediante el método de las aproximaciones sucesivas. Telegrafíale al dragón que le cederás el trono a condición de que efectúe tres operaciones matemáticas muy sencillas…

Poliandro telegrafió al dragón y éste aceptó la proposición. El rey volvió junto a la vieja calculadora, que dijo:

–Ahora dile al dragón que efectúe la primera operación: que se divida por sí mismo.

Así lo hizo el rey. El electrodragón se dividió por sí mismo, pero como él era la unidad de los electrodragones quedó un electrodragón y continuó en la luna; de modo que nada había cambiado.

–¡Vaya idea! –gritó el rey, corriendo escaleras abajo a tal velocidad que perdió sus zapatillas–. El dragón se ha dividido por uno y sigue allí como si nada…

–No importa, lo hice adrede; esa operación era para desviar la atención del dragón lunar. Ahora dile que a ver si es capaz de sacarse un elemento.

El rey telegrafió a la luna y el dragón empezó a estirarse y estirarse hasta crujir y jadear y temblar, pero de pronto lo consiguió y expulsó de sí un elemento. Poliandro regresó junto a la vieja calculadora.

–El dragón se estiró, crujió y hasta rechinó, pero extrajo un elemento de sí y sigue amenazándome –gritó el rey desde el umbral–. ¿Y ahora qué hacemos, vieja máqu… perdón… Excelencia Ferromagnética?

–Se me ocurre una buena idea –dijo la vieja calculadora–. Ahora dile al dragón que se separe de sí mismo.

Volvió corriendo Poliandro a su habitación, telegrafió nuevamente y el dragón empezó a reducirse. Primero se sustrajo la cola, luego las patas, luego el corpachón y finalmente, al ver que las cosas se ponían feas vaciló, pero ya estaba tan lanzado que se quitó la cabeza y se quedó en cero, o sea, en nada: ya no existía ningún electrodragón.

–¡Ya no existe el electrodragón! –exclamó el rey lleno de júbilo escaleras abajo–. Te estoy muy agradecido, vieja calculadora. Te has ganado un buen descanso y ahora mismo voy a desconectarte…

–¡Ni pensarlo! –replicó la vieja máquina–. Yo cumplí mi misión ¿y ahora quieres desconectarme y ya no me llamas Excelencia Ferromagnética? ¡Vaya, eso sí que no! Ahora mismo me voy a transformar en electrodragón, y te echaré del reino, y seguro que reinaré mejor que tú, pues siempre me pediste consejo sobre los asuntos más importantes y yo siempre te aconsejé y…

Silbando y crujiendo, la vieja calculadora empezó a metamorfosearse en electrodragón, y ya sus electrozarpas salían por los costados, cuando el rey, atónito y jadeante de ira, se quitó una zapatilla y se puso a romper las válvulas de la calculadora a golpes, hasta que ésta empezó a chirriar y traquetear ruidosamente, haciéndose un lío con sus programas, y en lugar de la palabra “electrodragón” le salió la de “electroalquitrán”, y la vieja máquina hipando cada vez más bajo, se convirtió en una enorme masa negra y reluciente como el carbón, que se fue extendiendo mientras que de ella salían unas chispas eléctricas y azuladas, y ante el rey Poliandro, cegado por el resplandor, sólo quedó un gran charco de alquitrán humeante.

El rey respiró aliviado, se puso las zapatillas y regresó a su dormitorio. Desde entonces, el rey cambió mucho: las aventuras que acababa de vivir lo volvieron menos belicoso y durante el resto de su vida ya no se dedicó más que a la cibernética civil, desentendiéndose de la militar.

 

(Tomado de www.lecturia.org)