martes, 21 de abril de 2026

Bella

José Víctor Martínez Gil

 

Quería estar más bella que nunca. Por eso tejía en su cabellera la trenza más perfecta, más larga y elaborada. Cuando la terminó, observó con detenimiento lo que ella consideraba su obra maestra. Al llegar la noche acudió a verlo. Más guapa que nunca, más radiante que nunca, más entregada que nunca, a pesar de que él no la merecía en absoluto. A la mañana siguiente, ella, delicadamente deshizo su trenza y se marchó. Y a él lo encontraron, ahorcado, sin que pudiera determinarse el arma del crimen.

 

(Tomado de www.talesofmytery.blogspot.com)

 

El caballo de coral

Onelio Jorge Cardoso

 

Éramos cuatro a bordo y vivíamos de pescar langostas. El Eumelia tenía un solo palo y cuando de noche un hombre llevaba entre las manos o las piernas el mango del timón, tres dormíamos hacinados en el oscuro castillo de proa y sintiendo cómo con los vaivenes del casco nos llegaba el agua sucia de la cala a lamernos los tobillos.

Pero éramos cuatro obligados a aquella vida, porque cuando un hombre coge un derrotero y va echando cuerpo en el camino, ya no puede volverse atrás. El cuerpo tiene la configuración del camino y ya no puede en otro nuevo. Eso habíamos creído siempre, hasta que vino el quinto entre nosotros y ya no hubo manera de acomodarlo en el pensamiento. No tenía razón ni oficio de aquella vida y a cualquiera de nosotros le doblaba los años. Además era rico y no había por qué enrolarlo por unos pesos de participación. Era una cosa que no se entiende, que no gusta, que un día salta y se protesta después de haberse anunciado mucho en las miradas y en las palabras que no se quieren decir. Y al tercer día se dijo, yo por mí, lo dije:

–Mongo, ¿qué hace el rico aquí?, explícalo.

–Mirar el fondo del mar.

–Pero si no es langostero.

–Mirarlo por mirar.

–Eso no ayuda a meter la presa en el chapingorro.

–No, pero es para nosotros como si ya se tuviera la langosta en el bolsillo vendida y cobrada.

–No entiendo nada.

–En buenas monedas, Lucio, en plata que rueda y se gasta.

–¿Paga entonces?

–Paga.

–¿Y a cuánto tocamos?

–A cuanto queramos tocar.

Y Mongo empezó a mirarme fijamente y a sonreír como cuando buscaba que yo entendiera, sin más palabras, alguna punta pícara de su pensamiento.

–¿Y sabe que a veces estamos algunas semanas sin volver a puerto?

–Lo sabe.

–¿Y que el agua no es de nevera ni de botellón con el cuello para abajo?

–Lo sabe.

–¿Y que aquí no hay dónde dormir que no sea tabla pura y dura?

–También lo sabe y nada pide, pero guárdate algunas preguntas, Lucio, mira que en el mar son como los cigarros, luego las necesitas y ya no las tienes.

Y me volvió la espalda el patrón cuando estaba empezando a salir sobre El Cayuelo el lucero de la tarde.

Aquella noche yo pensé por dónde acomodaba el hombre en mi pensamiento. Mirar, cara al agua, cuando hay sol y se trabaja, ¿acaso no es bajar el rostro para no ser reconocido de otro barco? ¿Y qué puede buscar un hombre que deja la tierra segura, y los dineros seguros? ¿Qué puede buscar sobre el pobre Eumelia que una noche de estas se lo lleva el viento norte sin decir adónde? Me dormí porque me ardían los ojos de haber estado todo el día mirando por el fondo de la cubeta y haciendo entrar de un culatazo las langostas en el chapingorro. Me dormí como se duerme uno cuando es langostero, desde el fondo del pensamiento hasta la yema de los dedos.

Al amanecer, como si fuera la luz, hallé la respuesta; otro barco de más andar ha de venir a buscarlo. A Yucatán irá, a tierra de mexicanos, por alguna culpa de las que no se tapan con dinero y hay que poner agua, tierra y cielo por medio. Por eso dice el patrón que tocaremos a como queramos tocar. Y me pasé el día entero boca abajo sobre el bote, con Pedrito a los remos y el Eumelia anclado en un mar dulce y quieto, sin brisa, dejando mirarse el cielo en él.

–El hombre ha hecho lo mismo que tú; todo el día con la cabeza para abajo mirando el fondo –dijo sonriendo Pedrito, y yo, mientras me restregaba las manos para no mojar el segundo cigarro del día, le pregunté:

–¿No te parece que espera un barco?

–¿Qué barco?

–¡Vete tú a ponerle el nombre, qué sé yo! Acaso de matrícula de Yucatán.

Los ojos azules de Pedrito se me quedaron mirando, inocentemente, con sus catorce años de edad y de mar:

–No sé lo que dices.

–Querrá irse de Cuba.

–Dijo que volvía a puerto, que cuando se vayan las calmas arribará a la costa de nuevo.

–¿Tú lo oíste?

–¡Claro!, se lo dijo a Mongo: “Mientras no haya viento estaré con ustedes, después volveré a casa”.

–¡Cómo!

–El acuerdo es ese, Lucio, volverlo a puerto cuando empiecen aunque sean las brisas del mediodía.

Luego el hombre no quería escapar, y era rico. Hay que ser langostero para comprender que estas cosas no se entienden; porque hasta una locura cualquiera piensa uno hacer un día por librarse para siempre de las noches en el castillo de proa y los días con el cuerpo boca abajo.

Le quité los remos y nos fuimos para el barco sin más palabras.

Cuando pasé por frente de la popa miré; estaba casi boca abajo. No miró nuestro bote ni pareció siquiera oír el golpe de los remos y sólo tuvo una expresión de contrariedad cuando una onda del remo vino a deshacer bajo su mirada el pedazo de agua clara por donde metía los ojos hasta el fondo del mar.

Uno puede hacer sus cálculos con un dinero por venir, pero hay una cosa que importa más: saber por qué se conduce un hombre que es como un muro sin sangre y con los ojos grandes y con la frente despejada. Por eso volví a juntarme con el patrón:

–Mongo. ¿Qué quiere? ¿Qué busca? ¿Por qué paga?

Mongo estaba remendando el jamo de un chapingorro y entreabrió los labios para hablar, pero sólo le salió una nubecita del cigarro que se partió en el aire enseguida.

–¿No me estás oyendo? –insistí.

–Sí.

–¿Y qué esperas para contestar?

–Porque sé lo que vas a preguntarme y estoy pensando de qué manera te puedo contestar.

–Con palabras.

–Sí, palabras, pero la idea…

Se volvió de frente a mí y dejó a su lado la aguja de trenzar.

Yo me mantuve unos segundos esperando y al fin quise apurarlo:

–La pregunta que yo hago no es nada del otro mundo, ni de éste.

–Pero la respuesta sí tiene que ver con el otro mundo, Lucio –me dijo muy serio y cuando yo cogí aire para decir mi sorpresa, fue que Pedrito dio la voz:

–¡Ojo, que nos varamos!

Nos echamos al mar y con el agua al cuello fuimos empujando el vientre del Eumelia hasta que se recobró y quedó de nuevo flotando sobre un banco de arenilla que giraba sus remolinos. Mongo aprovechó para registrar el vivero por si las tablas del fondo, y a mí me tocó hacer el almuerzo. De modo y manera que en todo el día no pude hablar con el patrón. Mas, pude ver mejor el rostro del hombre y por primera vez comprendí que aquellos ojos, claros y grandes, no se podían mirar mucho rato de frente. No me dijo una palabra, pero se tumbó junto a la barra del timón y se quedó dormido como una piedra. Cuando vino la noche el patrón lo despertó y en la oscuridad sorbió sólo un poco de sopa y se volvió a dormir otra vez.

Estaba soplando una brisita suave que venía de los uveros de El Cayuelo y fregué como pude los platos en el mar para ir luego a la proa donde el patrón se había tumbado panza arriba bajo la luna llena. No le dije casi nada, empecé por donde había dejado pendiente la cosa:

–La pregunta que yo hago no es nada del otro mundo, ni de éste.

Sonrió blandamente bajo la luna. Se incorporó sin palabras y mientras prendía su tabaco, habló iluminándose la cara a relámpagos.

–Ya sé lo que puedo contestarte, Lucio, siéntate.

Pegué la espalda al palo de proa y me fui resbalando hasta quedar sentado.

–Escúchame, piensa que no está bien de la cabeza y que le vuelve el cuerpo a su dinero por estar aquí.

–¿Cabecibajo todo el día mirando el agua?

–El fondo.

–El agua o el fondo, ¿no es un disparate?

–¿Y qué importa si un hombre paga por su disparate?

–Importa.

–¿Por qué?

De pronto yo no sabía por qué, pero le dije algo como pude:

–Porque no basta sólo con tener un dinero ajeno al trabajo, uno quiere saber qué inspira la mano que lo da.

–La locura, suponte.

–¿Y es sano estar con un loco a bordo de cuatro tablas?

–Es una locura especial, Lucio, tranquila, sólo irreconciliable con el viento.

Aquello otra vez, y me enderecé para preguntarle:

–¿Qué juega el viento aquí, Mongo? Ya me lo dijo Pedrito. ¿Por qué quiere el mar como una balsa?

–Lo digo: locura, Lucio.

–¡No! –le contesté levantando la voz, y miré hacia popa enseguida seguro de haberlo despertado, pero sólo vi sus pies desnudos que se salían de la sombra del toldo y los bañaba la luna. Luego, cuando me volví a Mongo vi que tenía toda la cara llena de risa:

–¡No te asustes, hombre! Es una locura tonta y paga por ella. Es incapaz de hacer daño.

–Pero un hombre tiene que desesperarse por otro –le dije rápido y comprendí que ahora sí había podido contestar lo que quería.

–Bueno, pues te voy a responder: el hombre cree que hay alguien debajo del mar.

–¿Alguien?

–Un caballo.

–¡Cómo!

–Un caballo rojo, dice, muy rojo como el coral.

Y Mongo soltó una carcajada demasiado estruendosa, tanto que no me equivoqué; de pronto entre nosotros estaba el hombre y Mongo medio que se turbó preguntando:

–¿Qué pasa paisano, se le fue el sueño?

–Usted habla del caballo y yo no miento, yo en estas cosas no miento.

Me fui poniendo de pie poco a poco porque no le veía la cara. Solamente el contorno de la cabeza contra la luna y aquella cara sin duda había de estar molesta a pesar de que sus palabras habían sonado tranquilas; pero no, estaba quieto el hombre como el mar. Mongo no le dio importancia a nada, se puso mansamente de pie y dijo:

–Yo no pongo a nadie por mentiroso, pero no buscaré nunca un caballo vivo bajo el mar –y se deslizó enseguida a dormir por la boca cuadrada del castillo de proa.

–No, no lo buscará nunca –murmuró el hombre– y aunque lo busque no lo encontrará.

–¿Por qué no? –dije yo de pronto como si Mongo no supiera más del mar que nadie, y el hombre se ladeó ahora de modo que le dio la luna en la cara.

–Porque hay que tener ojos para ver. “El que tenga ojos vea”.

–¿Ver qué, ver qué cosa?

–Ver lo que necesitan ver los ojos cuando ya lo han visto todo repetidamente.

Sin duda aquello era locura; locura de la buena y mansa…

Mongo tenía razón, pero a mí no me gusta ganar dinero de locos ni perder el tiempo con ellos. Por eso quise irme y di cuatro pasos para la popa cuando el hombre volvió a hablarme:

–Oiga, quédese; un hombre tiene que desesperarse por otro.

Eran mis propias palabras y sentí como si tuviera que responder por ellas:

–Bueno, ¿y qué?

–Usted se desespera por mí.

–No me interesa si quiere pasarse la vida mirando el agua o el fondo.

–No, pero le interesa saber por qué.

–Ya lo sé.

–¿Locura?

–Sí; locura.

El hombre empezó a sonreír y habló dentro de su sonrisa:

–Lo que no se puede entender hay que ponerle algún nombre.

–Pero nadie puede ver lo que no existe. Un caballo está hecho para el aire con sus narices, para el viento con sus crines y las piedras con sus cascos.

–Pero también está hecho para la imaginación.

–¡¡Qué!!

–Para echarlo a correr donde le plazca al pensamiento.

–Por eso usted lo pone a correr bajo el agua.

–Yo no lo pongo, él está bajo el agua; lo veo pasar y lo oigo. Distingo entre la calma el lejano rumor de sus cascos que se vienen acercando al galope desbocado y luego veo sus crines de algas y su cuerpo rojo como los corales, como la sangre vista dentro de la vena sin contacto con el aire todavía.

Se había excitado visiblemente y sentí ganas de volverle la espalda. Pero en secreto yo había advertido una cosa: que es lindo ver pasar un caballo así, aunque sea en palabras, y ya se le quiere seguir viendo, aunque siga siendo en palabras de un hombre excitado. Este sentimiento, desde luego, tenía que callarlo, porque tampoco me gustaba que me ganara la discusión.

–Está bien que se busque un caballo porque no tiene que buscarse el pan.

–Todos tenemos necesidad de un caballo.

–Pero el pan lo necesitan más hombres.

–Y todos el caballo.

–A mí déjeme con el pan porque es vida perra la que llevamos.

–Hártate de pan y luego querrás también el caballo.

Quizás yo no podía entender bien pero hay una zona de uno en la cabeza o una luz relumbrada en las palabras que no se entienden bien, cuya luz deja un relámpago suficiente. Sin embargo, era una carga más pesada para mí que echarme todo el día boca abajo tras la langosta. Por eso me fui sin decir nada, con paso rápido que no permitía llamar otra vez, ni mucho menos volverme atrás.

Como siempre, el día volvió a apuntar por encima de El Cayuelo y el viento a favor trajo los chillidos de las corúas. Yo calculé encontrarme a solas con Mongo y se lo dije ligero, sin esperar respuesta, mientras entraba con Pedrito en el bote:

–Olvídate de la parte mía, no le quito dinero al hombre.

Y nos fuimos a lo mismo de toda la vida: al agua transparente, el chapingorro y el fondo sembrado de hierbas, donde por primera vez me eché a reír de pronto volviendo la cabeza a Pedrito:

–¿Qué te parece –le dije–, qué te parece si pesco en el chapingorro un caballo de coral?

Sus ojos inocentes me miraron sin contestar, pero de pronto me sentí estremecido por sus palabras:

–Cuidado, Lucio, que el sol te está calentando demasiado la cabeza.

“El sol no, el hombre”, pensé sin decirlo y con un poco de tristeza no sé por qué.

Pasaron tres días, como siempre iguales y como siempre el hombre callado comiendo poco y mirando mucho, siempre inclinado sobre la borda sin hacerle caso a aquellas indirectas de Vicente que había estado anunciando en sus risitas y que acabaron zumbando en palabras:

–¡Hey!, paisano, más al norte las algas del fondo son mayores, parece que crecen mejor con el abono del animalito.

Aquello no me parecía una crueldad, sino una torpeza. Antes yo me reía siempre con las cosas de Vicente, pero ahora aquellas palabras eran tan por debajo y tristes al lado de la idea de un caballo rojo, desmelenado, libre, que pasaba haciendo resonar sus cascos en las piedras del fondo, y tanto me dolían que a la otra noche me acerqué de nuevo al hombre aunque dispuesto a no ceder.

–Suponga que existe, suponga que pasa galopando por debajo. ¿Qué hace con eso? ¿Cuál es su destino?

–Su destino es pasar, deslumbrar, o no tener destino.

–¿Y vale el suplicio de pasarse los días como usted se los pasa sólo por verlo correr y desvanecerse?

–Todo lo nuevo vale el suplicio, todo lo misterioso por venir vale siempre un sacrificio.

–¡Tonterías, no pasará nunca, no existe, nadie lo ha visto!

–Yo lo he visto y lo volveré a ver.

Iba a contestarle, pero le estaba mirando los ojos y me quedé sin hablar. Tenía una fuerza tal de sinceridad en su mirada y una nobleza en su postura que no me atreví a desmentirlo. Tuve que separar la mirada para seguir sobre su hombro el vuelo cercano de un alcatraz quien de pronto cerró las alas y se tiró de un chapuzón al mar.

El hombre me puso entonces su mano blanda en el hombro:

–Usted también lo verá, júntese conmigo esta tarde.

Le tumbé la mano casi con rabia por decirme aquello. A mí no me calentaba más la cabeza; que lo hiciera el sol que estaba en su derecho pero él no, él no tenía que hacerme mirar visiones ni de éste ni del otro mundo.

Me basta con las langostas. No tengo necesidad de otra cosa y le volví la espalda, pero en el aire oí sus palabras.

–Tiene tanta necesidad como yo. “Tiene ojos para ver”.

Aquel día casi no almorcé, no tenía apetito. Además, había empezado a correr en firme la langosta y había mucho que hacer. Así que antes que se terminara el reposo me fui con Pedrito en el bote y me puse a trabajar hasta las cinco de la tarde en que ya no era posible distinguir en el fondo ningún animalito regular. Volvimos al barco y lo peor para mí fue que los tres, Vicente, Pedrito y Mongo, se fueron a la costa a buscar hicacos. Yo me hubiera ido con ellos, pero no los vi cuando se pusieron a remar. Me quedé en popa remendando jamos y buscando cualquier trabajo que no me hiciera levantar la cabeza y encontrar al hombre. Estábamos anclados por el sur de El Cayuelo, en el hongo. La calma era más completa que nunca. Ni las barbas del limo bajo el timón del Eumelia se movían. Sólo un aguijón verde ondeaba el cristal del agua tras la popa. El cielo estaba alto y limpio y el silencio dejaba oír la respiración misma en el aire. Así estaba cuando lo oí:

–¡Venga!

Se me cayó un jamo de la mano y las piernas quisieron impulsarme, pero me contuve.

–¡Venga, que viene!

–¡Usted no tiene derecho a contagiar a nadie de su locura!

–¿Tiene miedo de encontrarse con la verdad?

Aquello era mucho más de lo que yo esperaba. No dije nada entonces. De una patada me quité la canasta de enfrente y corrí a popa para tirarme a su lado.

–Yo no tengo miedo –le dije.

–¡Oiga… es un rumor!

Aguanté cuanto pude la respiración y luego me volví a él:

–Son las olas.

–No.

–Es el agua de la cala, las basuras que fermentan allá abajo.

–Usted sabe que no.

–Es algo entonces, pero no puede ser eso.

–¡Óigalo, óigalo… a veces toca en las piedras!

¿Qué oía yo? Y lo que oía, ¿lo estaba oyendo con mis oídos o con los de él? No sé, quizás me ardía demasiado la frente y la sangre me latía en las venas del cuello.

–Ahora, mire abajo, mire fijo.

Era como si me obligara, pero uno pone los ojos donde le da la gana y yo volví la cara al mar, sólo que me quedé mirando una hoja de mangle que flotaba en la superficie junto a nosotros.

–¡Viene, viene! –me dijo casi furiosamente, agarrándome el brazo hasta clavarme las uñas, pero yo seguí obstinadamente mirando la hoja de mangle. Sin embargo, el oído era libre, no había dónde dirigirlo, hasta que el hombre se estremeció de pies a cabeza y casi gritó:

–¡Mírelo!

De un salto llevé los ojos de la hoja de mangle a la cara de él. Yo no quería ver nada de este mundo ni del otro. Tenía que matarme si me obligaba, pero súbitamente él se olvidó de mí; me fue soltando el brazo mientras abría cada vez más los ojos, y en tanto yo, sin quererlo, miraba pasar por sus ojos, reflejado desde el fondo, un pequeño caballito rojo como el coral, encendido de las orejas a la cola, y que se perdía dentro de los propios ojos del hombre.

Hace algún tiempo de todo esto, y ahora de vez en cuando voy al mar a pescar bonito y alguna que otra vez langosta. Lo que no resisto es el pan escaso, ni tampoco me resigno a que no se converse de cosas de cualquier mundo, porque yo no sé si pasó galopando bajo el Eumelia o si lo vi sólo en los ojos de él, creado por la fiebre de su pensamiento que ardía en mi propia frente. El caso es que mientras más vueltas le doy a las ideas, más fija se me hace una sola: aquella de que el hombre siempre tiene dos hambres.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

lunes, 20 de abril de 2026

Simón el mago

Voltaire

 

Simón fue a quejarse al emperador de que un miserable galileo presumía de hacer mayores prodigios que él. Pedro compareció junto con Simón para ver quién de los dos era superior en su oficio.

–Dime lo que estoy pensando –dijo Simón a Pedro.

–Que me dé el emperador un pan de cebada, y verás si sé lo que guardas en el alma.

Se le dio el pan. Inmediatamente, Simón hizo aparecer dos grandes dogos que querían devorarle. Pedro les arrojó el pan y, mientras lo comían, le dijo:

–¡Bien! ¿Sabía o no lo que pensabas? Querías hacerme devorar por tus perros.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

El anillo de Thoth

Arthur Conan Doyle

 

Mr. John Vansittart Smith, F. R. S., domiciliado en el 147-A de Gower Street, era un hombre cuya fuerza de voluntad y claridad de juicio podrían haberle situado en el puesto más alto de los observadores científicos. Sin embargo, fue víctima de una ambición de universalidad que lo incitó a querer sobresalir en todo orden de materias en vez de lograr la celebridad en una en concreto. En sus primeros años demostró una aptitud especial para la zoología y la botánica, lo que hizo que sus amigos le consideraran un segundo Darwin; pero, cuando estaba a punto de obtener una cátedra, interrumpió repentinamente sus estudios y concentró toda su atención en la química. En esta materia, sus investigaciones sobre el espectro de los metales lo acreditaron como miembro de la Royal Society; pero de nuevo jugó la baza de la veleidad y, después de un año de ausencia del laboratorio, se afilió a la Oriental Society y dio lectura a una comunicación sobre las inscripciones jeroglíficas y demóticas de El Kab, proporcionando de esta manera un ejemplo fehaciente de la versatilidad e inconstancia de su talento.

Sin embargo, hasta el más voluble de los pretendientes está expuesto a ser cazado al fin, y esto fue lo que le sucedió a John Vansittart Smith. Cuando más profundizaba en la egiptología más impresionado quedaba por el vasto campo que se abría al investigador y por la excepcional importancia de una materia que prometía arrojar alguna luz sobre los primeros gérmenes de la civilización humana y el origen de la mayor parte demuestras artes y ciencias. Tan impresionado estaba Mr. Smith, que contrajo inmediatamente matrimonio con una joven egiptóloga que había escrito acerca de la sexta dinastía. Asegurada de esta forma una sólida base de operaciones comenzó a recoger materiales para una obra que aglutinaría el rigor de Lepsius y la genialidad de Champollion. La preparación de esta magnun opus lo obligó a realizar muchas visitas perentorias a las magníficas colecciones egipcias del Louvre, y fue precisamente en la última de éstas, no más allá de mediados del pasado octubre, cuando se vio envuelto en la más extraña y notable de las aventuras.

Los trenes habían sido lentos y el paso del Canal borrascoso, de modo que llegó a París en un estado algo nervioso y febril. Cuando se encontró en el Hôtel de France, en la rue Laffitte, se tumbó en un sofá durante un par de horas, pero al ver que era incapaz de conciliar el sueño, resolvió, a pesar de la fatiga, hacer una visita al Louvre, comprobar los temas que había venido a solucionar y coger el tren nocturno para Dieppe. Tomada esta determinación, se puso encima el abrigo, pues era un día frío y lluvioso, y emprendió el camino a través del bulevar de los Italianos y bajó por la avenida de la Ópera. Ya dentro del Louvre se hallaba en terreno familiar y se dirigió rápidamente a la colección de papiros que tenía intención de consultar.

Ni los más entusiastas de los admiradores de John Vansittart Smith podrían asegurar que era un hombre atractivo. Su larga nariz aguileña y la barbilla prominente tenían el mismo carácter agudo e incisivo que distinguía su intelecto. Mantenía erguida la cabeza a la manera de un pájaro, y parecían también picotazos de pájaro los movimientos con que lanzaba sus razonamientos y réplicas en el transcurso de la conversación. Mientras permanecía allí, con el cuello del abrigo levantado hasta las orejas, podría haber observado en el reflejo de la vitrina de cristal que tenía ante él que su aspecto resultaba bastante singular. Pero sólo cayó en la cuenta de esta circunstancia, recibida como una súbita sacudida, cuando alguien que hablaba en inglés exclamó a sus espaldas en un tono perfectamente audible:

–¡Qué aspecto tan raro tiene ese individuo!

El investigador contaba con una considerable proporción de frívola vanidad en su personalidad, que se manifestaba en una despreocupación ostentosa y exagerada por toda suerte de consideraciones personales. Se mordió los labios y se concentró en el rollo de papiro, mientras su corazón rebosaba rabia contra toda la raza de viajeros británicos.

–Sí –dijo otra voz–, realmente es un tipo extraordinario.

–¿Sabes? –dijo el que había hablado primero–, uno podría creer que el tipo ese se ha quedado medio momificado a fuerza de contemplar tantas momias.

–Desde luego, tiene las facciones de un egipcio –dijo el otro.

John Vansittart giró sobre sus talones, decidido a humillar a sus compatriotas con una o dos observaciones corrosivas. Para su sorpresa y alivio, los dos jóvenes que habían estado conversando estaban de espaldas y contemplaban a uno de los vigilantes del Louvre, ocupado en sacar brillo a los bronces del otro lado de la sala.

–Carter nos está esperando en el Palais Royal –dijo uno de los turistas, consultando su reloj. Después se marcharon con ruidosas pisadas, y el estudioso quedó a solas con sus estudios.

“Me gustaría saber a qué llaman esos charlatanes ‘facciones de egipcio’, pensó John Vansittart Smith, y cambió ligeramente de posición para echar un vistazo a la cara del hombre en cuestión. Nada más ponerle los ojos encima experimentó un sobresalto. Desde luego se trataba del mismo tipo de cara que sus estudios le habían hecho tan familiar. Los uniformes rasgos esculturales, la frente ancha, la barbilla redondeada y la tez morena eran una réplica exacta de las innumerables estatuas, las momias que había en las vitrinas y los dibujos que decoraban las paredes de la sala. El parecido estaba más allá de la mera coincidencia. Aquel hombre debía ser egipcio. La característica angulosidad de los hombros y la estrechez de caderas bastaban para identificarlo.

John Vansittart Smith arrastró los pies hacia el vigilante con intención de dirigirle la palabra. No era un hombre brillante en la conversación y le resultaba difícil dar con el medio justo entre la brusquedad del superior y la simpatía del igual. A medida que se acercaba, el rostro de aquel individuo se le presentaba con mayor claridad, aunque permanecía concentrado en su trabajo. Al fijar los ojos en la piel del extraño vigilante, Vansittart Smith recibió la impresión repentina de que su aspecto tenía algo de inhumano y preternatural. Sobre las sienes y los pómulos aparecía un brillo vidrioso, como de pergamino barnizado. No había señal de poros. Uno no podía imaginarse una gota de sudor sobre aquella superficie. Desde la frente a la barbilla, sin embargo, la piel estaba surcada por un millón de delicadas arrugas, que se cruzaban y entrelazaban, como si la Naturaleza, dejándose llevar por un capricho propio de los maoríes, hubiera intentado trazar el dibujo más intrincado y extravagante que pudiera idear.

Où est la collection de Menphis? –preguntó el investigador, con ese aire inoportuno de quien busca una pregunta con el único propósito de entablar conversación.

C’est là –contestó secamente el hombre, indicándole con la cabeza el otro lado de la sala.

Vous êtes un Egyptien, n’est-ce pas? –preguntó el inglés.

El vigilante miró hacia arriba y clavó sus oscuros y extraños ojos en el interlocutor. Eran unos ojos vidriosos, con un brillo seco y nebuloso que no había visto hasta entonces en un ser humano. Al fijar su mirada en ellos, descubrió en sus profundidades una especie de dramática emoción que subía y descendía hasta desembocar en una mirada que tenía tanto de horror como de odio.

Non, monsieur; je suis français.

El hombre se dio la vuelta con cierta brusquedad y se encorvó de nuevo para dedicarse a su trabajo de limpieza. El estudioso lo miró con asombro durante unos instantes, se retiró a un asiento que había en un rincón apartado detrás de una de las puertas y procedió a poner en orden las anotaciones extraídas de sus investigaciones entre los papiros. Sin embargo, sus pensamientos se resistían a regresar a su cauce natural y se escapaban una y otra vez hacia el enigmático vigilante de cara de esfinge y piel de pergamino.

“¿Dónde he visto yo unos ojos como esos? –se preguntaba John Vansittart Smith– Hay algo de saurio en ellos, algo de reptil. Como la membrana nictitante de las serpientes –reflexionó, recordando sus estudios de zoología–. Es lo que produce el efecto vidrioso. Pero hay algo más. Tienen una expresión de fuerza, de sabiduría, al menos así lo interpreto yo, y de cansancio, un cansancio absoluto… y de indecible desesperación. Tal vez sean imaginaciones mías, pero nunca había recibido una impresión tan fuerte. ¡Por Júpiter! Tengo que examinarlos otra vez”. Se levantó y dio una vuelta por los salones egipcios, pero el hombre que despertaba tanta curiosidad había desaparecido.

El investigador volvió a sentarse en su apacible rincón y reanudó sus anotaciones. Había encontrado en los papiros la información que buscaba y sólo quedaba ponerla por escrito mientras permanecía fresca en su memoria. Durante un rato el lápiz corrió por el papel, pero poco a poco las líneas empezaron a torcerse, las palabras se hicieron borrosas y, finalmente, el lápiz tintineó en el suelo y la cabeza del investigador cayó pesadamente sobre su pecho. Rendido por el viaje, se sumergió en un sueño tan profundo en su solitario rincón detrás de la puerta que ni el ruido metálico producido por los vigilantes, ni las pisadas de los visitantes, ni siquiera el ronco estrépito de la campana al dar el aviso de cierre fueron suficientes para despertarlo.

La penumbra dio paso a la oscuridad, el bullicio de la rue de Rivoli aumentó y después disminuyó. En la lejana Nôtre Dame sonaron las campanadas de la medianoche y la figura oscura y solitaria permanecía sentada en silencio entre las sombras. Era cerca de la una de la madrugada cuando John Vansittart Smith, con un súbito jadeo y una aspiración profunda, recobró la conciencia. Durante unos instantes le rondó la idea de que se había quedado dormido en el sillón de lectura de su propia casa. Sin embargo, la luz de la luna penetraba a rachas por la ventana sin postigos y, a medida que sus ojos recorrían las hileras de momias y la inacabable sucesión de estanterías barnizadas, recordaba con claridad dónde se encontraba y cómo había llegado a esa situación. No era nervioso. Se sentía atraído por las situaciones novelescas, lo cual es característico de su raza. Estiró los miembros entumecidos, consultó el reloj y dejó escapar una carcajada al ver la hora que era. El episodio podía constituir una admirable anécdota que relataría en su próximo trabajo, y que sería como un descanso entre las graves y pesadas especulaciones. Tenía un poco de frío, pero se encontraba perfectamente despierto y recuperado. No había nada de sorprendente en el hecho de que el vigilante no hubiera reparado en él, pues la puerta proyectaba una espesa sombra directamente sobre su pupitre.

El silencio absoluto era impresionante. No se oía ni un solo crujido o murmullo ni en el interior ni en el exterior. Estaba solo entre los cadáveres de una civilización desaparecida. ¡Qué importaba el mundo exterior, totalmente librado el bullicio del siglo diecinueve! En toda aquella sala no había un solo objeto que no hubiera soportado el paso de cuatro mil años. Allí estaban los restos que el gran océano del tiempo había rescatado de aquel lejano imperio. Desde la majestuosa Tebas, desde la altiva Luxor, desde los grandes templos de Heliópolis, desde un centenar de tumbas expoliadas aquellas reliquias habían sido reunidas. El investigador miró a su alrededor y contempló las mudas figuras que brillaban vagamente a través de las tinieblas, antaño animadas por múltiples afanes, ahora tan silenciosas, y se vio arrastrado por un sentimiento de respeto y honda meditación. Una desacostumbrada conciencia de su propia juventud e insignificancia lo invadió. Recostado en el asiento, su mirada soñadora vagó a lo largo de las salas, donde la luz de la luna proyectaba rayos plateados, y que ocupaban toda un ala del espacioso edificio. Por fin sus ojos recayeron sobre el resplandor amarillo de una lámpara distante.

John Vansittart Smith se incorporó en su asiento con los nervios al límite. La luz avanzaba despacio hacia él, deteniéndose de vez en cuando, para acercarse a continuación con pequeñas sacudidas. El portador de la luz se movía sin producir el menor ruido. En aquel profundo silencio ni siquiera se percibía el más mínimo roce de los pies que avanzaban. Lo primero que se le pasó por la cabeza al inglés es que se trataba de ladrones. Se recogió todavía más en su rincón. La luz estaba ya a dos salas de distancia. Ahora se encontraba en la sala de al lado y seguía sin escucharse sonido alguno. Con una sensación cercana al estremecimiento o al miedo, el investigador descubrió un rostro, un rostro que parecía flotar en el aire, detrás del resplandor de la lámpara. El cuerpo se hallaba oculto entre las sombras, pero la luz incidía sobre aquel extraño rostro de expresión anhelante. No había posibilidad de error: el brillo metálico de los ojos y la piel cadavérica. Era el vigilante con quien había conversado antes.

El primer impulso de Vansittart Smith fue acercarse y dirigirle la palabra. Unas pocas frases de explicación serían suficientes para aclarar la cuestión, y después le conducirían sin duda hacia alguna puerta lateral desde la que podría regresar al hotel. Cuando el hombre entró en la sala, sin embargo, había algo tan clandestino en sus movimientos y tan furtivo en su expresión que el inglés abandonó su propósito. Estaba claro que no se trataba de la ronda ordinaria de un funcionario. El individuo llevaba puestas unas zapatillas de suela de fieltro, caminaba de puntillas y lanzaba rápidas miradas a derecha e izquierda, mientras la llama de la lámpara oscilaba por efecto de su respiración agitada. Vansittart Smith se agazapó silencioso en el rincón, observándole con creciente interés, convencido de que su visita obedecía a algún motivo secreto y probablemente ocultaba fines siniestros.

Sus movimientos no revelaban la menor vacilación. Se dirigió con paso ligero y rápido hacia una de las grandes vitrinas, sacó una llave de su bolsillo y abrió la cerradura. Entonces bajó una momia del estante superior, avanzó unos pasos y la depositó con sumo cuidado y solicitud en el suelo. Colocó la lámpara al lado y, a continuación, poniéndose en cuclillas al estilo oriental, empezó a deshacer con sus dedos largos y temblorosos las telas enceradas y los vendajes que la recubrían. A medida que se desplegaban las tiras de tela, un fuerte y aromático olor invadió la sala, y fragmentos de perfumada madera y especias cayeron con un ruido sordo en el suelo de mármol.

Para John Vansittart Smith era evidente que aquella momia jamás había sido despojada de su vendaje. La operación le interesaba profundamente. La observó con curiosidad y emoción, y su cabeza de pájaro fue alargándose detrás de la puerta. Sin embargo, cuando aquella cabeza de cuatro mil años de antigüedad fue desposeída del último vendaje, el investigador apenas pudo ahogar un grito de asombro. En primer lugar, una cascada de largas trenzas negras y brillantes se derramó sobre las manos y los brazos del manipulador. La segunda vuelta del vendaje descubrió una frente estrecha y blanca, con las cejas delicadamente arqueadas. A la tercera vuelta aparecieron unos ojos luminosos, bordeados de largas pestañas, y una nariz recta, bien perfilada, mientras que la cuarta y última mostró una boca dulce, henchida y sensual, y una barbilla encantadoramente torneada. Todo el rostro era de una belleza extraordinaria, salvo una mancha irregular en el centro de la frente, de color café. Constituía un triunfo del arte de embalsamar. Los ojos de Vansittart Smith se dilataban a medida que la contemplaba y su garganta dejó escapar un gemido de satisfacción.

Sin embargo, el efecto causado sobre el egiptólogo no era nada comparado con el que produjo al extraño vigilante. Alzó las manos al aire, prorrumpió en un áspero martilleo de palabras y, después, echándose en el suelo, al lado de la momia, la rodeó con sus brazos y la besó varias veces en los labios y en la frente. “Ma petite! –gimió en francés–. Ma pauvre petite!” Su voz estaba quebrada de emoción, y sus innumerables arrugas se estremecían y se retorcían, pero el investigador observó a la luz de la lámpara que los brillantes ojos del vigilante permanecían secos y sin lágrimas, como si fueran dos bolas de acero. Durante algunos minutos se quedó allí tendido, con el rostro crispado, runruneando y susurrando sobre aquella hermosa cabeza. Después mostró una sonrisa de satisfacción, pronunció algunas palabras en un idioma desconocido y se puso en pie con la expresión vigorosa de quien se ha preparado para afrontar un duro esfuerzo.

En el centro de la sala había una vitrina circular que contenía una magnífica colección de anillos egipcios primitivos y piedras preciosas en la que el investigador había reparado con frecuencia. El vigilante se dirigió a la vitrina, manipuló la cerradura y abrió la puerta. Colocó la lámpara en un estante lateral y, a su lado, una pequeña jarra de barro que sacó del bolsillo. Después cogió un puñado de anillos de la vitrina y con un gesto grave y ansioso procedió a mojar cada uno de ellos en el líquido que contenía la jarra, examinándolos a continuación a la luz de la lámpara. El primer lote de anillos le produjo una visible desilusión, porque volvió a arrojarlos con desprecio a la vitrina. Sacó otro puñado. Escogió un anillo de metal macizo con un voluminoso cristal engarzado y lo sometió a la prueba del líquido de la jarra. Al momento lanzó un grito de alegría y extendió los brazos con un gesto tan impetuoso que derribó la jarrita, cuyo líquido se derramó por el suelo y corrió hasta los pies del inglés. El vigilante se sacó un pañuelo encarnado del pecho y se puso a limpiar la mancha, siguiendo el reguero hasta el rincón, donde se encontró de pronto cara a cara con el individuo que lo estaba observando.

–Perdóneme –dijo John Vansittart Smith con cortesía inimaginable–. Tuve la desgracia de quedarme dormido detrás de esa puerta.

–¿Me ha estado observando? –preguntó el otro en inglés, con una mirada venenosa dibujada en su cadavérico rostro.

El investigador era un hombre que no acostumbraba a mentir.

–Confieso –dijo– que he observado sus operaciones y que despertaron mi interés y curiosidad en el más alto grado.

El hombre sacó un cuchillo largo y de hoja llameante que tenía oculto en el pecho.

–Se ha escapado usted por poco –dijo–. Si lo hubiera visto hace diez minutos, le habría clavado esto en el corazón. Sea como sea, si me toca o interfiere de alguna manera conmigo, es usted hombre muerto.

–No tengo intención de entrometerme en sus asuntos –respondió el investigador– Mi presencia aquí es completamente accidental. Todo lo que le pido es que tenga la amabilidad de dejarme salir por alguna puerta lateral.

Habló con extrema suavidad, porque aquel individuo seguía presionando la palma de su mano izquierda con la punta del cuchillo, como si quisiera asegurarse de que estaba bien afilado, y su rostro permanecía con la misma expresión maligna.

–Si yo creyera… –dijo–. Pero no, quizá no tenga importancia. ¿Cómo se llama usted?

El inglés se lo dijo.

–John Vansittart Smith –repitió el otro–. ¿Es usted el mismo Vansittart Smith que leyó una memoria en Londres sobre El Kab? Leí un informe sobre ella. Sus conocimientos del tema son despreciables.

–¡Caballero! –exclamó el egiptólogo.

–Sin embargo, son superiores a los de otros que tienen incluso más pretensiones que usted. La piedra angular de nuestra antigua vida en Egipto no se encuentra en las inscripciones o monumentos, a los que conceden tanta importancia ustedes, sino en nuestra filosofía hermética y nuestros conocimientos místicos, de los que ustedes saben muy poco o nada.

–¡Nuestra antigua vida! –repitió el erudito con los ojos dilatados; de repente exclamó–: ¡Dios mío! ¡Mire la cara de la momia!

Aquel hombre extraño volteó y enfocó la luz sobre la mujer muerta, dejando escapar un grito de dolor mientras lo hacía. La acción de la atmósfera había destruido ya todo el arte del embalsamador.

La piel se había despegado, los ojos aparecían hundidos en el interior de las cuencas, los labios descoloridos se habían retorcido por debajo de los dientes amarillentos y sólo por la mancha marrón de la frente podía asegurarse que se trataba del mismo rostro joven y hermoso que tenía apenas unos minutos antes.

El hombre agitó sus manos con horror y desesperación. Después, dominándose con gran esfuerzo, volvió a fijar sus endurecidos ojos en el inglés.

–No importa –dijo con la voz quebrada por la emoción–. Realmente ya no importa. Vine aquí esta noche con la firme determinación de hacer algo. Y ya lo hice. Todo lo demás sobra. Encontré lo que buscaba. La antigua maldición quedó rota. Puedo reunirme con ella ya. ¿Qué importancia tiene su forma inanimada, si su espíritu me está esperando al otro lado del velo?

–Esas son palabras un tanto exageradas –dijo Vansittart Smith. Cada vez estaba más convencido de que estaba tratando con un loco.

–El tiempo apremia y tengo que partir… –continuó el otro–. Llegó el momento que durante tanto tiempo he estado esperando. Pero antes debo llevarlo a usted hasta la salida. Venga conmigo.

Cogió la lámpara, dio la espalda a la sala desordenada y condujo al investigador con paso rápido a través de los departamentos dedicados a los egipcios, los asirios y los persas. Al final de este último departamento abrió una pequeña puerta que había en la pared y descendió por una escalera de piedra en forma de caracol. El inglés sintió el aire frío de la noche sobre su frente. Enfrente había una puerta que parecía comunicar con la calle. A la derecha había otra puerta abierta que proyectaba un haz de luz amarilla en el pasillo.

–Entre aquí–ordenó el vigilante.

Vansittart Smith vaciló. Creía que había llegado al final de su aventura. Pero la curiosidad era más fuerte que cualquier otro impulso. No podía dejar este asunto sin aclarar, de modo que siguió a su extraño acompañante hasta el interior de la cámara.

Era un cuarto pequeño, similar a los que se suelen destinar para conserjería. En la chimenea ardía la leña. En un extremo había una cama de ruedas y en el otro un tosco sillón de madera, con una mesa redonda en el centro, donde aún se veían restos de comida. Al mirar a su alrededor, el investigador advirtió, con un repetido e intenso escalofrío, que todos los pequeños detalles de la habitación tenían un diseño extraño y constituían un trabajo de artesanía verdaderamente antigua. Los candelabros, los jarrones de la chimenea, los atizadores de la lumbre, los adornos de las paredes… todo pertenecía al tipo de arte que asociamos con el más remoto pasado. Aquel hombre arrugado y de ojos turbios se sentó en el borde de la cama e indicó a su invitado que tomara asiento en el sillón.

–Tal vez haya sido el destino –dijo, expresándose todavía en un excelente inglés–. Tal vez estaba decretado que yo dejara detrás de mí algún relato que pusiera en guardia a los temerarios mortales que enfrentan su inteligencia contra el proceso de la naturaleza. Lo dejo a su elección. Puede hacer con él lo que desee. En este momento le estoy hablando con los pies en el umbral del otro mundo.

“Soy, como usted habrá deducido, egipcio, pero no un egipcio de esa raza pisoteada de esclavos que habita ahora en el delta del Nilo, sino un superviviente de aquel pueblo más valeroso y duro que domesticó a los hebreos, arrastró a los etíopes hasta los desiertos del sur y erigió aquellos monumentos grandiosos que han despertado el asombro y la envidia de todas las generaciones de los hombres. Vi la luz en el reinado de Tutmosis, mil seiscientos años antes del nacimiento de Cristo. Retrocede usted ante mí… espere y comprobará que soy más digno de inspirar lástima que temor.

“Mi nombre era Sosra. Mi padre había sido el sumo sacerdote de Osiris en el gran templo de Abaris, que en aquellos días se alzaba en el brazo del Nilo de Bubastis. Me educaron en el templo y fui iniciado en todas las artes místicas de las que habla su Biblia. Fui un alumno aventajado. Antes de cumplir dieciséis años había aprendido todo lo que podía enseñarme el más sabio de los sacerdotes. Desde entonces estudié por mí mismo los secretos de la naturaleza, pero no compartí mis conocimientos con nadie.

“De todos los problemas que atrajeron mi atención ninguno me fascinaba tanto como aquellos que estaban relacionados con la naturaleza misma de la vida. Investigué profundamente en los secretos del principio vital. El objetivo de la medicina era combatir las enfermedades. Yo estaba convencido de la posibilidad de desarrollar un método que fortaleciese el cuerpo hasta el punto de impedir que jamás se apoderase de él la enfermedad o la muerte. Es inútil que me detenga ahora en el proceso de mis investigaciones. Además, si lo hiciera, sería muy difícil que usted lo comprendiera. Llevé a cabo mis experimentos en parte con animales, en parte con esclavos y en parte conmigo mismo. Basta decir que, como resultado de mis investigaciones, obtuve una sustancia que al ser inyectada en la sangre proporcionaba al cuerpo la fortaleza necesaria para resistir los efectos devastadores del tiempo, de la violencia o de la enfermedad. No proporcionaba la inmortalidad, pero su poder permanecería durante miles de años. Inyecté la sustancia a un gato y después le sometí a la acción de los venenos más mortíferos. Ese gato vive todavía en el Bajo Egipto. No había ningún misterio o magia en mi método. Se trataba simplemente de un descubrimiento químico, que tal vez pueda volver a realizarse algún día.

“El amor a la vida corre impetuoso en la juventud. Creía haber escapado a toda preocupación humana ahora que por fin había conseguido erradicar el dolor y confinar a la muerte en lo remoto del tiempo. Con gran alegría en mi corazón vertí aquella sustancia maldita en mis venas. Después miré a mi alrededor para ver si encontraba a alguien que pudiera beneficiarse de mi descubrimiento. Un joven sacerdote de Thoth, Parmes, había ganado mi simpatía por su naturaleza seria y la devoción que profesaba a sus estudios. Lo hice partícipe de mi secreto y le inyecté mi elixir, puesto que así lo deseaba. Ahora, pensé, nunca me faltará un compañero de mi misma edad.

“Después de este grandioso descubrimiento abandoné hasta cierto punto mis estudios, pero Parmes continuó con renovada energía. Lo veía trabajar todos los días con sus redomas y destiladores en el templo de Thoth, pero apenas me hablaba del resultado de sus investigaciones. Yo, por mi parte, me dedicaba a pasear por la ciudad y miraba con exultación a mi alrededor, pensando que todo aquello estaba destinado a desaparecer, y que sólo yo permanecería. La gente se inclinaba al verme pasar, pues la fama de mi sabiduría se había extendido por doquier.

“Había guerra en aquel entonces, y el gran rey había enviado sus soldados a la frontera oriental para expulsar a los hiksos. Se envió también un gobernador a Abaris, que debía mantener la ciudad para el rey. Yo había escuchado las alabanzas sobre la belleza de la hija del gobernador. Un día, mientras paseaba en compañía de Parmes, la vimos pasar transportada sobre los hombros de sus esclavos. El amor me traspasó como un rayo. Se me escapó el corazón. Habría sido capaz de arrojarme a los pies de los porteadores. Era mi mujer. La vida sin ella me resultaba imposible. Juré por la cabeza de Horus que habría de ser mía. Hice el juramento ante el sacerdote de Thoth, pero se alejó de mi lado con el ceño fruncido, tan oscuro como la noche.

“No es necesario que le hable de nuestros amores. Llegó a amarme tanto como yo la amaba a ella. Me enteré de que Parmes pretendía haberla visto antes que yo, y que le había dado a entender que él también la amaba, pero yo sonreía ante aquella pasión, pues sabía que su corazón me pertenecía. La peste blanca hizo aparición en la ciudad y las víctimas fueron incontables, pero yo pasaba mis manos sobre los enfermos y los cuidaba sin ningún temor o recelo. Ella se maravillaba de mi valentía. Entonces le revelé mi secreto y le supliqué que me permitiera emplear mi arte con ella.

“–Tu juventud jamás se marchitará, Atma –le dije–. Las demás cosas pasarán, pero tú y yo, y el gran amor que nos profesamos, sobreviviremos a la misma tumba del rey Chefru.

“Pero ella estaba llena de dudas y no hacía más que poner objeciones tímidas propias de una doncella. ‘¿Era eso justo? –preguntaba–. ¿Acaso no constituía una burla a la voluntad de los dioses? ¿Si el gran Osiris hubiera deseado que nuestras vidas fueran tan largas no nos lo habría concedido él mismo?’

“A fuerza de palabras cariñosas y enamoradas logré dominar sus dudas, pero seguía vacilando. Era una gran decisión, decía. Necesitaba una noche más para pensarlo. Por la mañana me haría saber el resultado de sus meditaciones. No era demasiado pedir una noche. Deseaba dirigir sus plegarias a Isis para que le ayudara en la decisión.

“Con el corazón abatido, barruntando desgracias, la dejé en compañía de sus doncellas. A la mañana siguiente, una vez finalizado el sacrificio de primera hora, corrí a su casa. Una esclava asustada me recibió al pie de la escalera. Su señora estaba enferma, me dijo, muy enferma. Me abrí paso entre la servidumbre, frenético, y atravesé salones y pasillos hasta llegar a la cámara de mi Atma. Estaba tendida en su lecho, con la cabeza sobre la almohada, el rostro muy pálido y los ojos vidriosos. En la frente aparecía una mancha inflamada, de color púrpura. Yo conocía ya aquella marca infernal. Era la pústula de la peste blanca, el sello de la muerte.

“¿Para qué hablar de aquellas horas terribles? Durante meses me asedió la locura, el delirio, la fiebre, pero yo no podía morir. Jamás un árabe sediento deseó descubrir un pozo de agua como yo deseé la muerte. Si el veneno o el acero hubiera podido cortar el hilo de mi existencia, habría tardado un instante en ir a reunirme con mi amada en el país del angosto portal. Lo intenté, pero todo fue inútil. La influencia de la sustancia era demasiado poderosa. Una noche, cuando yacía en mi lecho, débil y hastiado de la vida, Parmes, el sacerdote de Thoth, vino a visitarme. Lo vi de pie, en el círculo de luz que proyectaba la lámpara, y me miró con unos ojos en los que se adivinaba una alegría insana.

“–¿Por qué permitiste que muriera? –me preguntó–. ¿Por qué no la fortaleciste igual que hiciste conmigo?

“–Era demasiado tarde –respondí–. Me había olvidado: tú también la amabas. Eres mi compañero en la desgracia. ¿No es terrible pensar que han de pasar siglos hasta que la veamos de nuevo? ¡Qué estúpidos fuimos al suponer que la muerte era nuestro enemigo!

“–Tú puedes asegurar eso –exclamó con una risa salvaje–. Esas palabras son acertadas en tus labios. Para mí no tienen significado.

“–¿Qué quieres decir? –exclamé, incorporándome sobre un codo–. Seguramente, amigo mío, el dolor ha trastornado tu cerebro.

“El rostro de Parmes resplandecía de alegría, y se retorcía y convulsionaba de risa, como si estuviera poseído por el demonio.

“–¿Sabes a dónde voy? –preguntó.

“–No –respondí–, no lo sé.

“–Voy hacia ella –dijo–. Ella yace embalsamada en la tumba más alejada, donde se levanta la doble palmera, más allá de los muros de la ciudad.

“–¿A qué vas allí? –pregunté.

“–¡A morir! –gritó–. ¡A morir! Yo no estoy sujeto a las cadenas de la vida terrenal.

“–¡Pero el elixir está en tu sangre! –exclamé.

“–Puedo vencerlo –dijo–. Descubrí un principio más poderoso que lo destruirá. En este momento está actuando en mis venas, y en una hora seré un hombre muerto. Me reuniré con ella y tú quedarás atrás.

“Al mirarlo comprendí que era cierto lo que decía. El brillo acuoso de sus ojos revelaba que estaba más allá del poder del elíxir.

“–¡Tienes que enseñármelo! –grité.

“–¡Jamás! –respondió.

“–¡Te lo imploro, por la sabiduría de Thoth, por la majestad de Anubis!

“–Es inútil –me contestó con frialdad.

“–Entonces lo descubriré –exclamé.

“–No podrás –respondió–. Lo encontré por casualidad. Requiere una mixtura que no podrás conseguir nunca. Salvo la que contiene el anillo de Thoth, jamás se hará otra igual.

“–¡En el anillo de Thoth! –repetí–. ¿Dónde está el anillo de Thoth?

“–Eso tampoco lo sabrás nunca –contestó–. Tú conseguiste su amor. ¿Quién ha ganado al final? Te abandono a tu sórdida vida en la tierra. Mis cadenas se han roto. ¡Debo irme!

“Giró sobre sus talones y salió de la habitación. A la mañana siguiente recibí la noticia de que el sacerdote de Thoth había muerto.

“Desde entonces dediqué todos mis días al estudio. Debía encontrar el sutil veneno que era más poderoso que el elíxir. Desde el amanecer hasta la medianoche permanecía inclinado sobre el tubo de ensayo y el horno. Mi primera medida fue recoger todos los papiros y productos químicos que había dejado el sacerdote de Thoth. Pero apenas me enseñaron nada. Aquí y allá tropezaba con un indicio o una esporádica expresión que despertaba esperanzas en mi corazón, pero no conducía a ninguna parte. A pesar de todo, mes tras mes seguí luchando. Cuando mi corazón desfallecía, solía acercarme hasta la tumba de las dos palmeras. Allí, junto al cofre que contenía la joya que me había arrebatado la muerte, sentía su dulce presencia y le decía en voz baja que si la inteligencia de un mortal podía resolver el problema, iría a reunirme con ella.

“Parmes había dicho que su descubrimiento estaba relacionado con el anillo de Thoth. Yo tenía un recuerdo vago de aquella joya. Era un anillo grande y pesado, no de oro, sino de un metal más raro y pesado procedente de las minas del monte Harbal. Ustedes lo llaman platino. Yo recordaba que el anillo tenía incrustado un cristal hueco que podía albergar algunas gotas de líquido. Estaba claro que el secreto de Parmes no se refería únicamente al metal, pues había muchos otros anillos de dicho metal en el templo. ¿No era más probable que hubiera guardado su precioso veneno en el interior del cristal? Apenas llegué a esta conclusión cuando, al rebuscar entre sus papeles, di con uno que confirmaba mis sospechas y sugería que en el anillo quedaba una porción que no se había usado.

“Pero ¿cómo encontrar el anillo? Parmes no lo llevaba encima cuando fue despojado de todas sus pertenencias para entregárselas al embalsamador. De eso estaba seguro. Tampoco se hallaba entre los objetos de su propiedad. Registré en vano todas las habitaciones en que él había entrado, todas las cajas, jarras y objetos que había poseído. Cribé las arenas del desierto en aquellos lugares donde solía pasear, pero, hiciera lo que hiciera, no pude conseguir el más pequeño rastro del anillo de Thoth. Es posible, sin embargo, que mis esfuerzos se hubieran visto recompensados de no haber sido por una nueva e inesperada desgracia.

“Se había desatado una guerra enconada contra los hiksos, y los capitanes del gran rey habían quedado aislados en el desierto, con todos los cuerpos de arqueros y de caballería. Las tribus de pastores cayeron sobre nosotros como plagas de langosta en un año de sequía. Desde los desiertos de Shur hasta el gran lago de aguas amargas se derramó la sangre durante el día y cundió el fuego durante la noche. Abaris era el baluarte de Egipto, pero no podíamos impedir el avance de los salvajes. Cayó la ciudad. El gobernador y los soldados fueron pasados a cuchillo, y yo, junto con muchos otros fuimos reducidos al cautiverio.

“Durante años y años cuidé ganado en las grandes llanuras del Éufrates. Murió mi amo y envejeció su hijo, pero yo me encontraba tan alejado de la muerte como siempre. Por fin me escapé en un camello y regresé a Egipto. Los hiksos se habían establecido en las tierras conquistadas y su propio rey gobernaba el país. Abaris había sido reducida a escombros, la ciudad incendiada, y del gran templo no quedaba más que una montaña informe de cascotes de piedra. Las tumbas habían sido saqueadas y los monumentos destruidos. No quedó señal alguna de la tumba de mi amada Atma. Las arenas del desierto la habían sepultado y las palmeras que señalaban el emplazamiento habían desaparecido tiempo atrás. Los papiros de Parmes y los enseres del templo de Thoth habían sido destruidos o dispersados por los desiertos de Siria. Cualquier búsqueda resultaba vana.

“Renuncié, pues, a la esperanza de encontrar el anillo o descubrir la sutil droga. Intenté vivir con toda la paciencia que me fuera posible los largos años que habrían de transcurrir hasta que los efectos del elíxir desaparecieran. ¿Cómo puede comprender usted lo terrible que es el tiempo, cuando su única experiencia es ese corto trayecto que media entre la cuna y el sepulcro? Yo sí que he padecido todo su horror… yo que vengo flotando a lo largo de la corriente de la historia. Yo era ya viejo cuando cayeron los muros de Ilión. Y mucho más viejo cuando Heródoto llegó a Menfis. Llevaba sobre mis hombros una insoportable carga de años cuando el nuevo evangelio apareció sobre la tierra. Sin embargo, usted me ve como a cualquier otro hombre, porque el maldito elíxir sigue fortaleciendo mi sangre y preservándome de aquello que yo más deseo. ¡Pero al fin llegué al final de todo!

“He viajado por todas las tierras y he morado en todas las naciones. Todas las lenguas son iguales para mí. Las aprendí para que me ayudaran a pasar el tiempo fatigoso. No hace falta que le diga con qué lentitud han transcurrido los años… el largo alborear de la civilización moderna, los años terribles de la Edad Media, los tiempos oscuros de la barbarie. Todos quedan a mis espaldas. Jamás he vuelto a mirar con ojos enamorados a ninguna otra mujer. Atma sabe que mi amor ha sido constante.

“Me acostumbré a leer todo lo que escribían los estudiosos acerca del antiguo Egipto. He pasado por muchas situaciones: a veces he sido rico, a veces pobre, pero siempre fui capaz de guardar lo suficiente para comprar las publicaciones que se ocupaban de tales materias. Hace nueve meses me encontraba en San Francisco cuando leí un informe sobre diversos descubrimientos realizados en las proximidades de Abaris. Mi corazón dio un vuelco al leer aquello. Decía que el excavador había explorado algunas de las tumbas que se habían descubierto recientemente. En una de ellas se había encontrado una momia intacta con una inscripción en el féretro exterior. Dicha inscripción informaba que el cuerpo que contenía era el de la hija del gobernador en los tiempos de Tutmosis. El artículo decía también que al quitar el féretro exterior había quedado al descubierto un pesado anillo de platino, con un cristal incrustado, y que había sido depositado sobre el pecho de la mujer embalsamada. Así pues, era allí donde Parmes había escondido el anillo de Thoth. Desde luego podía asegurar que estaba a salvo, porque ningún egipcio habría sido capaz de mancillar su alma, aunque se tratara solamente de mover la caja exterior de un amigo sepultado.

“Aquella misma noche salí de San Francisco, y al cabo de unas semanas me encontré de nuevo en Abaris, si es que puede dársele el nombre de la gran ciudad a unos montones de arena y muros derruidos. Me apresuré a presentarme ante los franceses que dirigían las excavaciones y les pregunté por el anillo. Me contestaron que el anillo y la momia habían sido enviados al Museo Bulak de El Cairo. Me presenté en el Bulak, pero allí sólo me dijeron que Mariette Bey los había reclamado y embarcado para llevarlos al Louvre. Fui tras ellos, y por fin, después de cuatro mil años, me encontré en la sala egipcia con los restos de mi amada y el anillo que había estado buscando durante tanto tiempo.

“Pero ¿cómo me las ingeniaría para echarles las manos encima? ¿Cómo apropiarme de ellos? Dio la casualidad de que estaba vacante un puesto de vigilante. Me presenté ante el director. Lo convencí de que tenía grandes conocimientos sobre Egipto. Pero mi ansiedad me hizo hablar demasiado. El hombre me dio a entender que merecía más bien la cátedra de profesor que una silla en la conserjería. Dijo que sabía más que él. Entonces, a fuerza de decir disparates, logré convencerle de que había sobrestimado mi conocimiento y me permitió trasladar a esta habitación los pocos efectos personales que he conservado. Esta es la primera y última noche que paso aquí.

“Esta es mi historia, Mr. Vansittart Smith. No necesito decirle nada más a un hombre de su inteligencia. Gracias a una extraña casualidad ha contemplado usted esta noche el rostro de la mujer que amé en aquellos tiempos remotos. En la vitrina había muchos anillos con cristales y no tuve más remedio que comprobar si eran de platino para asegurarme de que había encontrado el que buscaba. Una simple mirada al cristal ha sido suficiente para comprobar que había líquido en su interior y que por fin me sería dado expulsar lejos de mí esta maldita salud que me ha ocasionado mayores dolores que la más funesta de las enfermedades. No tengo más que decirle. Me he librado de una pesada carga. Puede usted relatar mi historia o silenciarla si lo desea. Lo dejo a su elección. Le debo una compensación, porque ha estado usted a punto de perder la vida esta noche. Yo era un hombre desesperado y no me habría detenido ante ningún obstáculo. Si lo hubiera visto antes de realizar mi tarea, le habría quitado toda posibilidad de oponerse a mis deseos o de dar la alarma. Esa es la puerta. Conduce a la rue de Rivoli. ¡Buenas noches!”

El inglés miró hacia atrás. Durante un instante la figura de Sosra, el egipcio, permaneció enmarcada en el estrecho umbral. Después la puerta se cerró de golpe y el pesado ruido del cerrojo quebró el silencio de la noche.

Dos días después de su regreso a Londres, John Vansittart Smith leyó en la correspondencia de París del Times el breve informe que sigue:

Extraño suceso en el Louvre. “Ayer por la mañana tuvo lugar un extraño descubrimiento en la sala principal de Egipto. Los empleados de la limpieza encontraron a uno de los vigilantes tendido en el suelo, rodeando con sus brazos el cuerpo de una de las momias. Estaban abrazados tan estrechamente que sólo después de múltiples dificultades pudieron ser separados. Una de las vitrinas donde se guardan anillos de considerable valor había sido abierta y saqueada. Las autoridades opinan que el vigilante pretendía llevarse la momia con la idea de venderla a algún coleccionista privado, pero en ese preciso momento sufrió un colapso a consecuencia de una larga enfermedad del corazón. Se dice que el difunto era un hombre de edad indeterminada y costumbres excéntricas, sin parientes o amigos vivos que puedan llorar su muerte trágica y prematura”.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)