lunes, 16 de febrero de 2026

La gran solución

Augusto Roa Bastos

 

Al principio de la guerra con Bolivia, Liberato Farías se consideró relativamente seguro. Con sus cuarenta años blandos y retacones se sentía en cierto modo inmunizado contra la posibilidad de marchar él también al frente.

Vivía con Cesarina, su esposa, en una casita muy linda del puerto, detrás del enorme edificio circular de la Dirección General de la Armada. Desde allí, todos los días hacia el anochecer oían la charanga de los acantonamientos despidiendo en los muelles a las tropas que partían en los transportes rumbo al frente.

Hasta un momento determinado, esas diarias despedidas habían sido para Liberato un acontecimiento digno, emocionante.

–¿Oís, Cesa? Más soldados para el Chaco.

–¡Pobrecitos!

Desde la blanca y cómoda casita resultaba realmente conmovedora la partida de esos bravos muchachos que iban a morir por la patria con su nuevo equipo, sus uniformes verdeolivo ya rotosos antes de empezar, sus sanos y alegres gritos que agoraban una fiesta, no una guerra.

Un vago repeluzno heroico estremecía a Liberato oyéndolos partir. Apoltronado muellemente en su sillón preferido de la salita, con el copetín del aperitivo al lado, su ejemplar de “El Orden” sobre las rodillas y Cesarina trajinando desde la cocina al comedor con un leve fru fru de sus polleras almidonadas, Liberato pensaba en los soldados. El sonido de la banda le arrancaba a él también sueños de coraje guerrero. Pero nada más que sueños. ¡Qué se iba a hacer! Era preciso morir y morir a miles para castigar la infame agresión, recuperar las tierras robadas, desagraviar el honor nacional.

–¡Qué espléndidos muchachos los nuestros, Cesa!

–Verdad, mi hijito. Los pobres hacen caer el alma a los pies –respondía ella sin dejar de preparar la cena. A Liberato le gustaba comer bien, sobre todo por las noches. Los atracones al mediodía no le sentaban. Le daban sueño. Y desde temprano tenía que estar en la ferretería.

–Parecen chicos que van a jugar. ¡Y pensar que van nada menos que a morir! ¡A morir…! –la voz de Liberato temblaba un poco de coraje y de miedo, mitad y mitad, como el vermouth y el amargo de su aperitivo.

–¡A morir! ¡Qué triste! Pobres también los que se quedan…

–¿Los que se quedan? –inquiría él tragando con ruido.

–Digo… los padres, las hermanas, las novias –el sonido de los cubiertos o de los platos comunicaban cierta marcial estridencia a la voz suave, tierna de Cesarina. Demasiado suave, demasiado tierna.

–¡Ah, pero esos puercos la van a pagar! ¡Je…!

–¿Quiénes, mi hijito? –mientras rebanaba distraídamente el pan abultado y fragante que traía Salvatore.

–¡Ellos! Los bolivianos…

–Ah, pero a lo mejor tampoco ellos tienen la culpa –acotaba con blandura mientras depositaba la fuente humeante sobre la mesa cubierta por el inmaculado mantel. El corazón de Cesarina era humano y generoso. Podía disculpar cualquier cosa.

–Cómo no van a tener la culpa. ¡Si ya están casi sobre el río! Indios de porquería.

–Bueno. La sopa se enfría, Libé.

La exaltación de Liberato se desvanecía de golpe. El vapor aromático y sabroso de la sopera lo envolvía y lo arrastraba hacia la mesa como un abrazo mágico. Cesarina tenía varios filtros irresistibles. No solamente eran el orégano y el perejil en la sopa, los condimentos, el insuperable puchero. ¡Y tan buena, tan comprensiva, tan complaciente ella siempre!

Al rato, en las pausas de su sonora deglución, Liberato hablaba un poco. Transmitía a Cesarina cosas, problemas de la ferretería; las peripecias de una cuenta incobrable; la muerte de un cliente; la rotura de una partida de lozas; las crecientes dificultades con la guerra para reponer la mercancía. Él, como gerente de la casa, estaba bastante preocupado. Cesarina contemplaba a su marido atentamente. Seguía sus palabras con movimientos de cabeza. Le alcanzaba la salsa, el vino, le repetía las porciones. Lo sahumaba con su devoción fiel. Lo alentaba.

–Ya vas a encontrar la manera, mi hijito. No te preocupes ahora. Comé tranquilo.

La que siempre encontraba las soluciones era ella. Tenía una finísima intuición para todo. Se podía decir que el verdadero gerente de la ferretería era ella. Y procedía con tanto decoro y tacto que Liberato nunca se daba cuenta de que esto era así. Le mostraba el camino y, además, le hacía creer que él lo había encontrado.

Ella apenas tenía tiempo para contarle sus cosas. Pero más que tiempo, le faltaban en absoluto cosas que contarle. No iba a aumentar las preocupaciones comerciales del marido con las pavadas del lechero, del carnicero, del almacenero, de la lavandera. Para ella, los únicos acontecimientos importantes eran las salidas y regresos de Liberato; los cuatro viajes de ida y vuelta que él hacía desde su casa hasta la ferretería distante unas diez cuadras en un buen sitio de la calle Palma.

Después de la cena salían un rato a tomar el aire en la vereda. Después se acostaban. Juntamente con el sueño caía sobre Liberato en el sereno la necesidad de la blandura de su Cesa, como otro sueño más íntimo en que, también como en el aperitivo, se mezclaban mitad y mitad la costumbre del deseo y las siempre nuevas satisfacciones.

En los brazos tibios, satinados, de Cesarina, Liberato olvidaba la guerra, la ferretería. Se olvidaba de sí mismo. Se refugiaba en ellos como un niño ansioso de protección y ternura. Y en esos momentos, en la oscuridad, cuando por los visillos se filtraba en pálidos haces la luz del alumbrado, era cuando Cesarina se mostraba más plenamente comprensiva de sus deberes de esposa y… de madre.

Porque en realidad, tanto como su mujer, Cesarina era la madre de este párvulo adulto y regalón. No le costaba en lo más mínimo desempeñar ese papel. Al contrario, ella misma se lo había fabricado. En su marido aniñado y sin carácter, Cesarina había concentrado la solicitud de una maternidad largamente postergada. La situación era evidente hasta para los extraños. Cuando Cesarina y Liberato se iban los domingos a oír misa en la capilla de los Salesianos y los jueves al cine, los Rolón, sus vecinos, dándose con el codo o guiñándose un ojo decían al verlos pasar:

–Ahí van madre e hijo…

Pero ellos vivían felices y despreocupados en su limbo doméstico. La guerra apenas había venido a alterar el inveterado ritmo conyugal que duraba ya más de diez años.

 

La cosa empezó a ponerse fea a partir del segundo año de guerra. O bien los bolivianos retrocedían muy lentamente o era que los de acá los empujaban con demasiada parsimonia. El caso era que la guerra se iba alargando. Las clases iban siendo llamadas bajo banderas, una tras otra. Las charangas del muelle se habían vuelto lúgubres para Liberato. Sentía un vago rencor contra esos “espléndidos muchachos” de los primeros tiempos que no habían sido capaces de acabar ellos solos el negocio contra “esos indios de porquería”. Pero ¿es que entonces estos tontos muchachotes campesinos que se iban en los barcos no sabían pelear? Un día no aguantó más y se le escapó delante de Cesarina:

–¡Flojos de…!

–¿Quiénes, mi hijito?

–Esos… esos… –y la mano regordeta del gerente, que no sabía empeñarse en otro ejercicio más violento que el de firmar recibos y cheques, se agitó dos o tres veces en dirección opuesta a la sopera humeante.

Cesarina captó nítidamente el pensamiento del marido, pero se hizo la desentendida. Cómo no iba a captarlo, si estaba asistiendo deprimida e impotente a la evolución de su confuso e incontrolado terror. Sus guisos, sus caricias, sus crecientes ternuras ya no podían nada contra ese miedo creciente.

–La ciudad se está llenando de prisioneros bolivianos. Pero ahora tendremos que acabar la guerra los viejos y los niños…

–No te va a tocar a vos, mi hijito. La guerra se va a acabar antes.

–¿Cómo no me va a tocar, si han llamado a los de treinta y ocho años?

–Van a ser los últimos, Libé. No te pongas así, mi hijo.

No fueron los últimos. La clase inmediatamente anterior a la de Liberato también fue llamada. El miedo entró en tirabuzón. Se tío ya en alguna parte del frente. Se sintió lleno de piojos, untado de polvo o de barro en las trincheras, chupando el agua salobre y podrida de los pirizales o bebiendo su propia orina (como contaban los que venían de allá), alcanzado, destrozado por las granadas de morteros que caían desde el cielo en los cañadones con su carga infernal. Empezó a sufrir pesadillas, cada vez con más frecuencia. Se despertaba gritando como un loco, pidiendo, gimoteando que no lo mataran, que lo dejaran vivir. Por la noche no leía ya sino los comunicados del ejército en campaña. Cuando los textos eran breves, suponía derrotas, desastres inconfesados que alargarían aún más la duración de la estúpida guerra.

–Este general Estigarribia está resultando un zoquete… –decía por lo bajo y se quedaba pálido, lívido.

 

Hasta que lo más temido sucedió. La clase de Liberato fue movilizada. Él se enteró afuera. Llegó como muerto. Al día siguiente, muy temprano, golpearon en la puerta. Cesarina se levantó de un saltó y fue a atender. Era uno de la Policía Militar. Le entregó el sobre verde de la citación. Lo hizo girar entre sus dedos. Quiso ocultarlo. Pero ya todo era inútil. Volvió al dormitorio. Liberato había metido la cabeza bajo la almohada y sollozaba. Se quedó mirándolo en silencio, con el alma rota, desolada, impotente por la primera vez.

–¿Quién fue? –preguntó Liberato como desde bajo tierra.

–Nadie, mi hijo… Ah… sí. Era Salvatore, que traía el pan…

No; no era Salvatore El repartidor del pan tenía una manera muy especial de entrar. Hablaba y hablaba. No se iba nunca. La salita se llenaba con su vozarrón y sus pausas. La cabeza de Liberato asomó:

–¿Era la citación, Cesa…?

–No… –prefirió decirle de una vez la verdad–. Sí, Liberato… ¿Para qué voy a seguir engañándote? Era la citación.

Liberato Farías concurrió al acantonamiento militar del distrito. Le hicieron el examen médico. Las oficinas del destino funcionaban en un gran cuartel, resonante de aprestos, atestado de la futura carne de cañón. Un sargento de sanidad lo insultó; otro lo empujó; un tercero le sacudió una patada. Liberato se movía como un sonámbulo. Lo dejaron ir. A los ocho días debía presentarse allí mismo para quedar acuartelado y comenzar la instrucción. En su libreta de enrolamiento, las cuatro letras fatídicas de la palabra APTO le quemaban las manos. Y quemaron también las de la afligida y desolada Cesarina.

–Habría que tratar de conseguir que tus amigos políticos…

–No harán nada por mí –decía desfallecidamente Liberato–. Desde que ascendí a gerente los tengo un poco abandonados. Ellos no quieren comprometerse sino por los que son muy adictos. Y yo. Cesa, vos lo sabéis bien, hace rato que no me meto en política.

–¡Tan bien que te hubiera venido ahora! Ahí lo tenés a Crisanto, por ejemplo. No sólo no va a la guerra. Hasta le han dado un auto. ¿Y para qué lo necesita?

–Y bueno, él tiene mucho trabajo ahora.

–¿Y qué hace?

–Lo han nombrado director de movilización. Se ocupa de mandar a los otros al frente.

 

Entonces había que buscar algo, una escapatoria de urgencia a la alarmante situación de su marido. Era necesario encontrarla a toda costa. Él, tan blando, tan debilucho, tan incapaz de violencias o de esfuerzos desordenados, no iba a poder resistir la dura vida de campaña a propósito solamente para esos hombres rudos y brutales que venían de la campaña. Su pobre Libé ya estaba imbecilizado por el miedo. Ella tenía que salvarlo.

Una mañana lo despertó suavemente:

–Liberato… Liberato…

–¿Qué…? ¿Qué…? ¿Qué hay, Cesarina? –respondió, reflotando de un mal sueño al exorcismo de la voz benéfica.

–Creo que podríamos arreglar el asunto de una manera.

–¿Cómo, Cesa? –y se sacaba de los ojos la telaraña sobrante del sueño.

–Sí; simulando un accidente.

–¿Un accidente? ¿Te parece?

–Pero, claro, mi hijo. No sé cómo no se me ocurrió antes.

–No… no entiendo muy bien.

–Muy sencillo. ¿No te declararon apto para el servicio?

–Sí…

–Tenemos que encontrar entonces una manera para que te declaren inapto y no vayas. Sé de uno que estaría dispuesto a complicarse con nosotros.

–¿Quién?

–Salvatore, el repartidor del pan.

–Bueno, pero cómo le vamos a decir…

–En realidad, ya le hablé del asunto. Claro que apenas lo necesario. No todo, desde luego. No hice sino sondarlo un poco. Él aceptó de plano y hasta me ayudó con algunas indicaciones. Me dijo que por nosotros él haría cualquier cosa y que, por otra parte, eso era muy común. Me contó que un tío suyo se había salvado de ese modo en Italia de ir al frente en la guerra del catorce. Y que aquí mismo conocía a muchos que andaban fresquitos por las calles o en servicios auxiliares después de haberse disparado tiros en las piernas, en las manos y hasta en el estómago. Habían quedado un poco rengos no más. Pero lo principal era que estaban vivos y se habían escapado de ir al frente.

–Bueno, pero tiros, Cesa… Morir aquí y allá… ¿No… no sería un poco arriesgado?

–No; pero Salvatore no te va a disparar tiros, hijo. Va a ser un accidente, no más. Me dijo que lo dejara todo en sus manos. No hay más que elegir el día, convenir algunas otras cositas… En fin, ya está casi todo listo. Es un recurso desesperado.

Liberato no tenía aún una idea de cómo se produciría ese accidente. Pero sintió que una gran placidez le empezaba a inundar por dentro. Si Cesa había preparado el asunto, no había que temer. Ella siempre sabía lo que hacía. Era, sin duda, una gran solución.

Mientras Liberato ponía en orden los asuntos de la ferretería, Salvatore mantuvo tres nuevas entrevistas privadas con Cesarina. Ya no parecía un repartidor de pan sino un acreedor exigente que se volvía más exigente. La miraba a Cesarina, la devoraba con los ojos encendidos y los labios húmedos y temblorosos. Se paseaba a grandes pasos por la habitación y se sentaba, a veces, en la butaca de Liberato con la voluptuosa fruición de un hartazgo anticipado.

Cesarina se daba exacta cuenta de la encrucijada en que se había metido. Pero ya era tarde. El dilema era de hierro: o ceder a las crecientes exigencias de ese bruto, o perder a Liberato en la cárcel o en el frente. Apenas se defendía ya.

–Pero eso no puede ser, Salvatore. Usted no puede exigirme eso. Soy una señora… Una esposa decente…

–Claro. La bella signora quiere salvar a suo rispetable marito, cómodamente, gratuitamente… Ma el povero Salvatore, l’estupito, puede hacer el fato e andaré poí tranquilamente a la cárcel… ¿Eco?

–Usted aceptó hacer este favor.

–Bene, bene. Ma io meto un precio. Tutte le cose tienen un precio: el pan que io vendo, l’acidente para que suo marito que non vuole partiré a la guerra reste junto a la sua moglie, la moglie del marito que e mia desesperazione de hombre… Tutte le cose.

–¡Salvatore, usted es un mal hombre, un miserable!

–Puede. Ma usted e una moglie molto apetitosa… divina. ¡Mamma mía! –y el atlético y sonrosado repartidor resoplaba su cálido aliento con los labios casi pegados al cabello endrino y ondulado de Cesarina.

–¡Retírese! ¡Salga de aquí!

Salvatore retrocedía un paso, aflojaba un poco el cerco. Pero no se iba.

–Ya ritornará a llamarme. Non sea tonta. Los dos están en las mías manos… Io posso soplare al distrito…

–No tiene ninguna prueba.

–Ma perderá totalmente a suo marito, a su… bambino, como dicen los vecinos.

–¡Salga de aquí…! –volvió a repetir Cesarina, con mucho menos fuerza. Ya prácticamente no era una intimación; era apenas un desahogo, quizás el último, de su dignidad herida. Salvatore renovó su acometida. Ahora no tenía sino que insistir un poco más.

–¡Povera ragazza! Piénselo.

–No… no…

–Io non tengo apuro ninguno. O esperato tre anni. Posso esperare tre giorni piu. Piénselo, signora… ¡Ragazza mía!

Salvatore se inclinaba, caía sobre ella como una atmósfera sofocante, irresistible. Veía sus dientes grandes y firmes, brillando como pedruscos de mármol en medio de una sonrisa lasciva. Sentía sus turbias miradas rozándole la piel; sus grandes y pesadas manos revoloteándole, sin atreverse todavía demasiado, alrededor de los hombros, de la cintura, de sus senos palpitantes. La esposa honrada y fiel, la mujer consagrada al amor apacible, al inalterable rito monógamo, adormilada por más de diez años de tímidas caricias maritales, casi neutras ya por el hábito, estaba despertando en un viento de fuego. Se sentía mareada, aturdida, mortalmente atemorizada. Pero estaba de por medio la suerte de Liberato.

–¿Y… ragazza? ¿Qué faciamo?

Cesarina amaba demasiado a su marido para no sacrificarse por él. ¡Cualquier cosa, antes de permitir que él se fuera a la guerra! Allí le esperaban peligros atroces. Podía sucederle lo peor. No respondió pronto a la pregunta del repartidor. Después con un hilo de voz le dijo:

–Bueno… pero procure no lastimarlo demasiado al pobrecito. Solamente para engañar a los de la junta…

–¡Oh, deque eso por la mía cuenta! Seremo tutti contenti… Ma pero ¿il nostro acordo?

–Mientras él esté en el hospital…

–¡Eco! Nessuna parola piu.

El italiano besuqueó a Cesarina y se fue silbando una desafinada tarantela.

 

Salvatore vino a medianoche con el carro a buscar a Liberato, que salió encogido, pequeño, miserable. Parecía un carnero conducido al matadero. Cesarina lo despidió en la puerta de la calle. Lloró un poco y se acostó a esperar. Después del accidente, el mismo Salvatore debía llevar a Liberato al Hospital de Clínicas, como si lo hubiese encontrado por casualidad tendido en la calle. Eso era lo convenido. Sólo después iba a venir a golpear levemente la puerta, para cobrarse el precio.

 

No lo aporreó demasiado. Sólo como para que los médicos de la junta no tuvieran ninguna clase de dudas. Liberato ni se dio cuenta de cómo había comenzado aquello. El hecho fue que al llegar al desvío del ferrocarril que estaba detrás del edificio de la Armada, junto a unos vagones cargados de rollizos, Salvatore se agachó en el carro y recogió algo vagamente parecido a un garrote corto y macizo. Después dijo con voz lejana, como con sueño, levantando la mano en dirección a los vagones:

–¡Guárdate cuánta leña, don Liberato! ¡Cuánta leña…!

El interpelado se dio vuelta para mirar. Apenas se veía en la oscuridad. En alguna parte había un foco de mala muerte. Pero era como una vela en un campo. Sólo por no ser descortés dijo:

–Sí; ¡cuánta le…! –pero no pudo concluir. Con un primer garrotazo, Salvatore le sacó el habla y el sentido. Después bajó del carro, tiró de las patas a Liberato, que parecía un paquete en el pescante, y ya en el suelo, luego de escupirse en las manos, lo empezó a moler sin ninguna fatiga, con minuciosa aplicación. Trabajando en la oscuridad ese hombre daba la impresión de que se hubiese doctorado en la ciencia del garrote. Se prodigó un rato en la cabeza del paquete:

–Cuesto para que no se te vea crecer los cornos, vechio cornuto… –murmuró, mientras el garrote subía y bajaba. Los golpes que molían a Liberato producían también un sonido opaco y sofocado en el pecho de Salvatore, como el eco sordo del esfuerzo o la satisfacción plena y mórbida de la faena. Así que no se necesitaba más. El garroteado podía ya estar muerto desde hacía rato. Pero Salvatore quería sacar un trabajo fino. Por las dudas, subió al carro, dio un rodeo y avanzó hacia Liberato haciéndole pasar una llanta sobre lo que sería aproximadamente la coyuntura de un pie. El paquete ni se movió. Volvió a bajar, lo arrastró junto a los vagones y lo dejó allí, no entre las ruedas, pero casi. Lo miró un rato. Se vio que ése hubiera sido su deseo, pero se limitó a dispararle por entre los dientes un escupitajo fino y certero que debió de haberle pegado en un ojo. Sólo entonces se alejó a concluir la otra parte, la más agradable del trabajo.

Cesarina no se demoró mucho. Al segundo golpecito ya le abrió y se la oyó bisbisear en la oscuridad de la salita. La puerta volvió a cerrarse sin ruido.

 

Del Hospital de Clínicas, adonde sólo al día siguiente Cesarina lo condujo, Liberato fue transferido al Hospital Militar. En un mes le dieron de alta. En su libreta de enrolamiento la palabra apto había sido tachada con tinta roja y, en su lugar, se leía ahora una clave mágica: inapto definitivamente para el servicio.

Venía todavía muy vendado, con un brazo en cabestrillo y la pierna derecha enyesada. En cuanto a la cabeza, parecía una momia egipcia. Podía pasar fácilmente por un evacuado del frente, por un héroe de la guerra. De hecho, muchos lo creyeron y lo compadecieron al verlo pasar. Uno murmuró con lástima sincera:

–¡Cada vez están viniendo peor de allá…!

 

Los garrotazos de Salvatore apenas habían logrado transfigurar el aire de incipiente imbecilidad que el miedo imprimiera al rostro de Liberato. Por entre el vendaje, su expresión era ahora de iluminada estolidez. Pero, naturalmente, sólo por la felicidad de volver a la querida casita, a su incomparable Cesarina. De haber derrotado al miedo, a la muerte.

Cesarina también parecía transfigurada. La notó más hermosa y fresca. Era la lozanía de la salud y de la dicha. Otra cosa que notó, por lo demás también muy natural, eran las frecuentes visitas de Salvatore. Ahora Cesa y él reían y hablaban en voz baja en la salita. Notó, además, que Salvatore usaba sus camisas. Cesarina se las había regalado en pago del gran servicio que les había prestado. Bien hecho. Se le debía mucho y él, por otra parte, no necesitaría camisas quién sabe por cuánto tiempo. Con las vendas tenía bastante.

Cesarina salía de tarde. Regresaba al anochecer, más hermosa y radiante aún, y se ponía a preparar la cena, mientras la charanga sonaba en los muelles despidiendo a las tropas. Pero ahora la banda había recuperado para Liberato todo su brillo marcial, su emoción bélica y heroica de los primeros tiempos.

–¿Oís, Cesa? Más soldados para el Chaco.

–¡Pobrecitos!

–Pero… nosotros encontramos la gran solución, ¿no es verdad, Cesa?

–Sí, Liberato… ¡La gran solución…! –y la inteligente y activa Cesarina proseguía el trajín doméstico tarareando por lo bajo una tarantela.

 

(Tomado de www.literatura.us)

 

El amor que no podía ocultarse

Enrique Jardiel Poncela

 

Durante tres horas largas hice todas aquellas operaciones que denotan la impaciencia en que se sumerge un alma: consulté el reloj, le di cuerda, volví a consultarlo, le di cuerda nuevamente, y, por fin, le salté la cuerda; sacudí unas motitas que aparecían en mi traje; sacudí otras del fieltro de mi sombrero; revisé dieciocho veces todos los papeles de mi cartera; tarareé quince cuplés y dos romanzas; leí tres periódicos sin enterarme de nada de lo que decían; medité; alejé las meditaciones; volví a meditar; rectifiqué las arrugas de mi pantalón; hice caricias a un perro, propiedad del parroquiano que estaba a la derecha; di vueltas al botoncito de la cuerda de mi reloj hasta darme cuenta de que se había roto antes y que no tendría inconveniente en dejarse dar vueltas un año entero.

¡Oh! Había una razón que justificaba todo aquello. Mi amada desconocida iba a llegar de un momento a otro. Nos adorábamos por carta desde la primavera anterior.

¡Excepcional Gelda! Su amor había colmado la copa de mis ensueños, como dicen los autores de libretos para zarzuelas. Sí. Estaba muy enamorado de Gelda. Sus cartas, llenas de una gracia tierna y elegante, habían sido el lugar geométrico de mis besos.

A fuerza de entenderme con ella sólo por correo había llegado a temer que nunca podría hablarla. Sabía por varios retratos que era hermosa y distinguida como la protagonista de un cuento. Pero en el Libro de Caja del Destino estaba escrito con letra redondilla que Gelda y yo nos veríamos al fin frente a frente; y su última carta, anunciando su llegada y dándome cita en aquel café moderno –donde era imprescindible aguantar a los cinco pelmazos de la orquesta– me había colocado en el Empíreo, primer sillón de la izquierda.

Un taxi se detuvo a la puerta del café. Ágilmente bajó de él Gelda. Entró, llegó junto a mí, me tendió sus dos manos a un tiempo con una sonrisa celestial y se dejó caer en el diván con un “chic” indiscutible.

Pidió no recuerdo qué cosa y me habló de nuestros amores epistolares, de lo feliz que pensaba ser ahora, de lo que me amaba…

–También yo te quiero con toda mi alma.

–¿Qué dices? –me preguntó.

–Que yo te quiero también con toda mi alma.

–¿Qué?

Vi la horrible verdad. Gelda era sorda.

–¿Qué? –me apremiaba.

–¡Que también yo te quiero con toda mi alma! –repetí gritando.

Y me arrepentí en seguida, porque diez parroquianos se volvieron para mirarme, evidentemente molestos.

–¿De verdad que me quieres? –preguntó ella con esa pesadez propia de los enamorados y de los agentes de seguros de vida–. ¡Júramelo!

–¡Lo juro!

–¿Qué?

–¡¡Lo juro!!

–Pero dime que juras que me quieres –insistió mimosamente.

–¡¡Juro que te quiero!! –vociferé.

Veinte parroquianos me miraron con odio.

–¡Qué idiota! –susurró uno de ellos–. Eso se llama amar de viva voz.

–Entonces –siguió mi amada, ajena a aquella tormenta–, ¿no te arrepientes de que haya venido a verte?

–¡De ninguna manera! –grité decidido a arrostrarlo todo, porque me pareció estúpido sacrificar mi amor a la opinión de unos señores que hablaban del Gobierno.

–¿Y… te gusto?

–¡¡Mucho!!

–En tus cartas decías que mis ojos parecían muy melancólicos. ¿Sigues creyéndolo así?

–¡¡Sí!! –grité valerosamente–. ¡¡Tus ojos son muy melancólicos!!

–¿Y mis pestañas?

–¡¡Tus pestañas, largas, rizadísimas!!

Todo el café nos miraba. Habían callado las conversaciones y la orquesta y sólo se me oía a mí. En las cristaleras empezaron a pararse los transeúntes.

–¿Mi amor te hace dichoso?

–¡¡Dichosísimo!!

–Y cuando puedas abrazarme…

–¡¡Cuando pueda abrazarte –chillé, como si estuviera pronunciando un discurso en una plaza de Toros– creeré que estrecho contra mi corazón todas las rosas de todos los rosales del mundo!!

No sé el tiempo que seguí afrontando los rigores de la opinión ajena. Sé que, al fin, se me acercó un guardia.

–Haga el favor de no escandalizar –dijo–. Le ruego a usted y a la señorita que se vayan del local.

–¿Qué ocurre? –indagó Gelda.

–¡¡Nos echan por escándalo!!

–¡Por escándalo! –habló estupefacta–. Pero si estábamos en un rinconcito del café, ocultando nuestro amor a todo el mundo y contándonos en voz baja nuestros secretos…

Le dije que sí para no meterme en explicaciones y nos fuimos.

Ahora vivimos en una “villa” perdida en el campo, pero cuando nos amamos, acuden siempre los campesinos de las cercanías preguntando si ocurre algo grave.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

domingo, 15 de febrero de 2026

El mundo tal como va

Voltaire

 

Entre las deidades que presiden los imperios del mundo, Ituriel es considerada una de las de rango más elevado y tiene a su cargo todo el territorio de la alta Asia. Una mañana descendió hasta la residencia del escita Babuc, en la orilla del Oxus, diciéndole:

–Babuc, las locuras y los excesos de los persas nos han hecho montar en cólera. Ayer nos reunimos en asamblea todos los genios de la alta Asia para dictaminar si se destruiría Persépolis o se castigaría a sus habitantes. Vete rápidamente a esa ciudad, examínalo todo; cuando vuelvas, me darás cuenta exacta de todo.

“Entonces decidiré, según sea tu informe, lo que he de hacer para enmendar la población, o bien destruiré la ciudad”.

–Pero, señor –dijo Babuc, con humildad–, nunca he estado en Persia. Además, no conozco a nadie de allí.

–Tanto mejor– dijo el ángel–. Así no pecarás de parcialidad; has recibido del cielo la agudeza del discernimiento y yo añado el don de inspirar confianza; vete, mira y escucha, observa y no temas nada; en todas partes serás bien recibido.

Babuc montó en su camello y partió acompañado de servidumbre. Al cabo de algunos días se encontró en las llanuras de Senaar con el ejército persa, que iba a combatir contra el ejército indio. Entonces se dirigió a un soldado persa que halló separado de sus compañeros y le preguntó el motivo de la guerra.

–Por todos los dioses –dijo el soldado– que no sé nada de ello. No es asunto mío; mi oficio consiste en matar o dejarme matar para ganarme la vida; es indiferente que lo haga a favor de los unos o de los otros. Podría muy bien ser que mañana me pasara al campo de los indios, pues me han dicho que dan más de media dracma de jornal a sus soldados, mucho más de lo que recibimos permaneciendo en este cochino servicio de los persas. Si le interesa saber por qué nos batimos, hable con nuestro capitán.

Babuc, después de ofrecer un pequeño obsequio al soldado, entró en el campamento. Bien pronto pudo entablar diálogo con el capitán, al cual preguntó la causa de la guerra.

–¿Cómo quiere que lo sepa? –dijo el capitán–. Además, ¿qué me importa ese detalle? Vivo a doscientas leguas de Persépolis; oigo decir que se declaró la guerra; entonces, abandono rápidamente a mi familia, y, según nuestra costumbre, voy a buscar la fortuna o la muerte, teniendo presente que no hago otro trabajo.

–Pero, ¿sus compañeros no estarán un poco más informados que usted? –inquirió Babuc.

–No –dijo el oficial–. El porqué nos degollamos sólo nuestros sátrapas lo sabrán con precisión.

Babuc, asombrado, se introdujo en las tiendas de los generales, para entablar conversación con ellos. Finalmente, uno de éstos le pudo relatar el motivo de la lucha.

–La causa de esta guerra, que devasta el Asia hace veinte años, originariamente proviene de una querella entre un eunuco de una mujer del gran rey de Persia y un empleado de una oficina del gran rey de la India. Se trataba de un recargo que importaba aproximadamente la trigésima parte de un darico. El primer ministro de la India y el nuestro sostuvieron con dignidad los derechos de sus dueños respectivos. La querella se enardeció. Cada parte contrincante puso en campaña un ejército compuesto por un millón de soldados. Este ejército tuvo que reclutar anualmente más de cuatrocientos mil hombres. Los asesinatos, incendios, ruinas y devastaciones se multiplicaron; sufrieron los dos lados y aún continúa el encarnizamiento. Nuestro primer ministro y el de la India no paran de manifestar que todo se hace en beneficio del género humano, y después de cada manifestación, siempre resulta alguna ciudad destruida y varias provincias saqueadas.

Al día siguiente, después de correr el rumor de que se iba a concertar la paz, el general persa y el general indio se apresuraron a entablar batalla; fue una lucha sangrienta. Babuc pudo observar todas las peripecias y todas las abominaciones; fue testigo de las maniobras de los principales sátrapas, que hicieron lo imposible a fin de que su propio jefe fuese derrotado. Vio oficiales muertos por sus mismas tropas; contempló soldados que remataban, arrancándoles jirones de carne sangrienta, a sus propios compañeros moribundos, desgarrados y cubiertos de fango. Entró en hospitales adonde se transportaban los heridos, que expiraban por la negligencia inhumana de los mismos que el rey de Persia pagaba con creces para socorrer: “¿Es que son hombres o bestias feroces? –se decía Babuc–. ¡Ah! Ya veo bien que Persépolis será destruida”.

Ocupado con este pensamiento, se personó en el campamento de los indios, donde fue tan bien recibido como lo había sido en el de los persas, según le predijera la deidad; pero también pudo comprobar los mismos excesos que lo habían llenado de horror.

“¡Oh, oh! –se dijo a sí mismo–. Si el ángel Ituriel quiere exterminar a los persas, es necesario que la deidad de los indios destruya, al mismo tiempo, a sus creyentes”.

Después de haberse informado con más detalle de lo que había ocurrido en los dos ejércitos rivales, pudo comprobar, con asombro y admiración, que se habían realizado acciones de generosidad, de grandeza de alma y de espíritu humanitario.

–Inexplicables seres humanos –exclamaba–. ¿Cómo pueden reunir tanta bajeza y tanta magnanimidad, tantas virtudes y tantos crímenes?

A pesar de todo se concertó la paz. Los jefes de los dos ejércitos, ninguno de los cuales había obtenido la victoria, aunque sí hecho verter la sangre de tantos hombres sólo para su propio interés, se fueron a intrigar para obtener recompensas en sus respectivas cortes.

Con motivo de celebrarse la paz, se anunció en los escritos públicos que ya volverían a reinar la virtud y la felicidad sobre la tierra.

“¡Alabado sea Dios! –se dijo Babuc–. Persépolis será la morada de la inocencia purificada; ya no será destruida, como querían esos genios perversos; vamos, sin falta, a esa capital asiática”.

Llegó a la inmensa ciudad y pasó por la entrada más antigua, que era grosera y tosca, rusticidad que ofendía la vista de todos los que ambulaban por allí. Toda aquella parte de la ciudad se resentía de los defectos de la época en que se había edificado, pues, a pesar de la testarudez de la gente en alabar lo antiguo a expensas de lo moderno, debemos convenir que en todas las obras los primeros ensayos resultan groseros.

Babuc se metió entre un gentío compuesto por lo más sucio y feo de los dos sexos. Aquella multitud se precipitaba con aire atontado hacia un vasto lugar cercado y sombrío. Por el murmullo que escuchaba, por el movimiento y por el dinero que vio que daban unas personas a otras para poder sentarse, creyó encontrarse dentro de un mercado donde vendían sillas de paja; pero al observar que muchas mujeres se arrodillaban, mirando con fijeza enfrente de ellas, y ver los rostros de hombres que tenía a su lado, pronto se dio cuenta de que estaba en un templo. Voces ásperas, roncas, salvajes y discordantes hacían resonar la bóveda con sonidos mal articulados, que daban una impresión parecida a los rebuznos de los asnos silvestres cuando responden, en las llanuras de los pictavos, a la corneta que los llama. Se obturó los oídos, luego tuvo que cerrar los ojos y taparse la nariz con presteza, cuando vio entrar en el templo a unos obreros con palancas y palas. Estos obreros removieron una gran piedra y echaron, a su derecha y a su izquierda, una tierra que exhalaba un hedor espantoso; luego se colocó un cadáver en aquella abertura, a la que otra vez cubrieron con la piedra.

“¡Vamos! –exclamó para sí Babuc–. ¡Esta gente entierra a sus muertos en el mismo lugar que adora a la Divinidad! ¡Vaya! ¡Sus templos están cubiertos de cadáveres! Ya no me asombra que Persépolis se halle tan a menudo asolada por enfermedades pestilentes… La podredumbre de los muertos y la de tantos vivos reunidos y apretados en el mismo sitio es capaz de emponzoñar a todo el globo terrestre. ¡Ah, la despreciable ciudad de Persépolis! Parece que los ángeles la quieren destruir para reconstruirla más bella y poblarla de habitantes más limpios y que canten con voz más afinada. Puede que la Providencia tenga sus razones para ello; dejemos que actúe a su manera”.

El sol ya se hallaba a la mitad de su carrera. Babuc tenía que ir a comer en la casa de una dama, donde iba recomendado con una carta del marido, un oficial del ejército. Antes de presentarse, dio algunas vueltas por Persépolis; pudo contemplar otros templos mejor construidos y adornados con más gusto, llenos de personas elegantes y en los que resonaba una música armoniosa; observó algunas fuentes públicas, mal situadas, aunque atraían las miradas por su belleza; unas plazas donde parecía que los mejores reyes de Persia respiraban en sus figuras de bronce, y otras plazas donde el pueblo gritaba:

–¿Cuándo veremos aquí la estatua del soberano que tanto amamos?

Admiró los magníficos puentes que cruzaban el río, los muelles soberbios y cómodos, los palacios construidos a derecha e izquierda, un inmenso edificio donde millares de viejos soldados, heridos y vencedores, daban todos los días gracias al Dios de los ejércitos. Finalmente, entró en la casa de la dama, que estaba esperándolo para comer en compañía de gente decente. La casa estaba limpia y arreglada con gusto; la comida era deliciosa; la dama, joven, bella, espiritual y atractiva; los comensales, dignos de ella. Y Babuc se decía continuamente: “El ángel Ituriel se está burlando de todo el mundo cuando dice querer destruir a una ciudad tan encantadora”.

No obstante, llegó a percibir que la dama, la cual había empezado solicitándole con ternura noticias de su marido, al final de la comida hablaba muy tiernamente a un joven mago. Vio que un magistrado acosaba vivamente a una viuda en presencia de su esposa, y que la tal viuda, indulgente, tenía una mano puesta en el torno del cuello del magistrado, en tanto mantenía la otra alrededor del cuello de un ciudadano más joven, muy bien parecido y muy modesto. La mujer del magistrado fue la primera que se levantó para ir a una habitación contigua a conversar con su director espiritual, el cual, a pesar de ser esperado para la comida, había llegado demasiado tarde; el director, que era hombre elocuente, le habló a la dama con tanta vehemencia y unción, que ésta, cuando volvió al comedor, tenía los ojos húmedos, las mejillas encendidas, el paso inseguro y la palabra temblorosa.

Entonces, Babuc empezó a temer que el genio Ituriel tuviera razón. El talento que había recibido para poder atraer la confianza del prójimo le facilitó conocer los secretos de la esposa del oficial; ésta le confió su cariño hacia el joven mago, y le aseguró que en todas las casas de Persépolis hallaría la equivalencia de lo que había observado en la suya. Babuc llegó a la conclusión de que una sociedad así no podía subsistir; que los celos, la discordia y la venganza debían desolar a todas las familias; que todos los días debían verterse muchas lágrimas y mucha sangre; que, con certeza, los maridos matarían a los galanes de sus esposas o serían muertos por ellos; y que, finalmente, Ituriel hacía muy bien en querer destruir de golpe a una ciudad librada a tan continuo desorden.

Cuando se hallaba más absorto con aquellas ideas funestas, se presentó a la puerta un hombre severo, con capa negra, que pidió humildemente permiso para hablar al joven magistrado. Este, sin levantarse ni dignarse mirarlo, le entregó fríamente y con aire distraído algunos papeles y lo despidió. Babuc preguntó quién era aquel hombre. La dueña de casa le dijo en voz baja:

–Es uno de los mejores abogados de la ciudad; hace cincuenta años que estudia leyes. El señor magistrado, que sólo tiene veinticinco años y que desde hace un par de días es sátrapa en leyes, le ha encargado hacer el extracto de un proceso que él aún no ha examinado y que debe juzgar.

–Este joven aturdido obra sabiamente –dijo Babuc– pidiendo consejo a un viejo. Pero… ¿por qué no es este viejo quien hace de juez?

–Está de broma –le contestaron–. No pueden llegar nunca a tales dignidades los que han envejecido en empleos laboriosos y subalternos. Este joven ocupa un cargo importante porque su padre es rico, y aquí el derecho de hacer justicia se compra como si se tratara de una finca.

–¡Oh, qué costumbre! ¡Qué desgraciada ciudad! –exclamó Babuc–. He ahí el colmo del desorden; no cabe duda de que, habiendo comprado el derecho de juzgar, venderán sus sentencias. Con este sistema sólo pueden resultar iniquidades.

Mientras manifestaba de esta forma su sorpresa y su pesar, un joven guerrero, que había vuelto del ejército aquel mismo día, le dijo:

–¿Por qué no le parece bien que se compren los empleos de la toga? Yo compré el mío, que consiste en el derecho de enfrentarme con la muerte al frente de dos mil hombres, a los cuales dirijo; este año me ha costado cuarenta mil daricos de oro, para dormir treinta noches seguidas en el duro suelo, vestido de rojo, y, además, para recibir dos flechazos, que aún me duelen. Si me arruino sirviendo al emperador persa, al cual no he visto nunca, el señor sátrapa togado puede muy bien pagar algo para tener el placer de dar audiencia a los abogados.

Babuc se indignó. No pudo por menos que condenar desde el fondo del corazón a un país donde las dignidades de la paz y de la guerra se venden en pública subasta; con rapidez llegó a la conclusión de que eran absolutamente ignoradas la guerra y las leyes, y que, aunque Ituriel no exterminara aquellos pueblos, perecerían por su detestable administración.

Aún aumentó más su mala opinión cuando vio que llegaba un hombre gordo, el cual, después de saludar con gran familiaridad a todos los presentes, se acercó al joven oficial para decirle:

–Sólo puedo prestarle cincuenta mil daricos de oro, ya que este año las aduanas del imperio solamente me proporcionaron trescientos mil.

Babuc se informó de quién era aquel hombre que se quejaba de ganar tan poco, entonces se enteró de que en Persépolis había cuarenta reyes plebeyos que tenían en arriendo el imperio persa, y que daban algo de ello al monarca.

Después de la comida del mediodía se fue a uno de los más soberbios templos de la ciudad y se sentó entre una muchedumbre de personajes de ambos sexos que estaban allí para pasar el rato. Compareció un mago, que permaneció de pie en un sitio elevado y que habló durante mucho rato del vicio y de la virtud. Aquel mago dividió en muchas partes lo que no había necesidad de dividir; probó metódicamente todo lo que ya estaba bien claro; enseñó todo lo que ya se sabía. Se apasionó fríamente y se marchó sudando y jadeando. Todos los reunidos se desvelaron, creyendo haber asistido a un sumario. Babuc se dijo:

“He aquí a un hombre que ha hecho todo lo posible para aburrir a doscientos o trescientos de sus conciudadanos, pero la intención ha sido buena, y por tal motivo no debe destruirse a Persépolis”.

Al salir de aquel templo, fue llevado a una fiesta pública que se celebraba todos los días del año; tenía lugar en una especie de basílica, en el fondo de la cual se divisaba un palacio. Las más hermosas ciudadanas de Persépolis y los sátrapas de más categoría, alineados con orden, formaban un espectáculo tan bello, que Babuc creyó que toda la fiesta consistía en eso. Dos o tres personas, que parecían reyes y reinas, aparecieron en el vestíbulo de dicho palacio, hablando de manera distinta al lenguaje del pueblo. Se expresaban en forma mesurada, armoniosa y sublime. Nadie se dormía, se les escuchaba con profundo silencio, que sólo se interrumpía para dar lugar a los testimonios de sensibilidad y de admiración públicas. El deber de los reyes, el amor a la virtud, los peligros de las pasiones, se expresaban de manera tan viva y sensible, que Babuc no pudo por menos que derramar lágrimas. Ni por un momento dudó de que aquellos héroes y heroínas, aquellos reyes y reinas a los que acababa de escuchar serían los predicadores del imperio; y se propuso incitar a Ituriel para que fuera a escucharlos, seguro de que tal espectáculo lo reconciliaría con la ciudad.

Cuando se acabó la fiesta, quiso ver a la reina principal, que en aquel hermoso palacio había demostrado una moral tan noble y tan pura; se hizo introducir en casa de Su Majestad; se le condujo por una estrecha escalera hasta el segundo piso, a una habitación mal amueblada, donde halló a una mujer mal vestida que le dijo con aire noble y patético:

–Esta profesión no me da para vivir; uno de los príncipes que vio me hizo un bebé; dentro de poco daré a luz. Me falta dinero, y sin él no se puede tener un buen parto.

Babuc le entregó cien daricos de oro, diciéndole:

–Si sólo se tratara de estos casos en la ciudad, Ituriel haría mal en enfadarse tanto.

Después se fue a pasar la velada en casa de unos comerciantes que vendían magníficas inutilidades. Un hombre inteligente con quien había trabado conocimiento lo llevó allí; compró lo que le pareció, que fue vendido con mucha cortesía, y por lo que abonó mucho más de lo que valía. De vuelta en su casa, el amigo le demostró que lo habían engañado. Babuc puso el nombre del comerciante en sus tablillas, para que Ituriel supiera de quién se trataba en el día del castigo de la ciudad. Cuando lo estaba escribiendo, llamaron a la puerta; era el mercader en persona, que llegaba para devolver la bolsa que Babuc se había descuidado encima del mostrador.

–¿A qué será debido que sea tan fiel y tan generoso, después de tener la osadía de venderme estas baratijas cuatro veces más caras de lo que valen? –exclamó Babuc.

–No hay ningún comerciante que sea algo conocido en esta ciudad que no hubiera venido a devolverle la bolsa –le respondió el vendedor– Pero le mintieron al decir que le vendí lo que compró en mi casa cuatro veces más caro de lo que vale: se lo vendí diez veces más caro, y esto lo puede comprobar si dentro de un mes lo quiere revender. Por ello no le pagarán ni la décima parte de lo que invirtió. Pero eso es justo; es la fantasía de la gente quien pone precio a esas cosas tan frívolas; es esa fantasía la que da trabajo a los cien obreros que tengo empleados; es ella la que me ha permitido construir una hermosa casa, tener un carruaje cómodo y caballos; es ella la que hace funcionar la industria y mantiene el gusto, la circulación y la abundancia. A los países vecinos les vendo las mismas bagatelas mucho más caras que a usted, y de esa manera soy de utilidad para el imperio.

Después de reflexionarlo bien, Babuc se dispuso a borrar de sus tablillas el nombre del comerciante.

Babuc, que se había quedado muy dubitativo sobre lo que debía pensar de Persépolis, se decidió a ver magos y literatos, pues los unos estudian la religión y los otros la sabiduría. Se hizo la ilusión de que por la conducta de estos podría obtener la gracia para el resto de la población. Al día siguiente por la mañana se dirigió a un colegio de magos. El archimandrita le confesó que disfrutaba de cien mil escudos de renta por haber hecho voto de pobreza, y que ejercía un imperio muy extendido en virtud de su voto de humildad; después se retiró y dejó a Babuc al cuidado de un pequeño fraile que le hizo los honores.

Mientras el fraile le mostraba las magnificencias de aquella casa de penitencia, se extendió el rumor de que había llegado para reformar todas aquellas instituciones. En el acto recibió las memorias de todas ellas. Cada una decía en concreto: “Consérvennos y destruyan las otras”. Según manifestaban, todas aquellas instituciones eran indispensables; de acuerdo con sus acusaciones recíprocas, todas merecían ser aniquiladas. Le admiró ver que todas, en su deseo de edificar el universo, querían dominarlo por completo. Entonces se le presentó un hombrecito que era medio mago y dijo:

–Veo perfectamente que se va a cumplir la obra, pues Zerdust volvió a la tierra; las muchachitas profetizan haciéndose dar pellizcos por delante y latigazos por detrás. Así, pues, pedimos su protección contra el gran lama.

–¡Cómo! –dijo Babuc–. ¿Contra ese pontífice que reside en Tíbet?

–Contra el mismo.

–¿Es que le hacen la guerra y reclutaron tropas para luchar contra él?

–No, pero dijo que el hombre es libre y nosotros no lo creemos; escribimos pequeños libros contra él, que personalmente no lee. Apenas ha oído hablar de nosotros; sólo nos hizo condenar, como un amo ordenaría que descoparan los árboles de sus jardines.

Babuc se maravilló de la locura de aquellos hombres que hacen profesión de sabiduría, de las intrigas de los que han renunciado al mundo, de la ambición y codicia orgullosa de los que enseñan la humanidad y el desinterés; concluyó creyendo que Ituriel tenía sus buenas razones para querer destruir a toda aquella estirpe.

Una vez en su casa, Babuc envió a buscar nuevos libros para distraer su mal humor, y convidó a algunos literatos a comer para regocijarse un poco. Comparecieron el doble de los que había invitado, como las avispas atraídas por la miel. Aquellos parásitos se apresuraron a comer y a hablar; alababan dos clases de personas: los difuntos y ellos mismos; y nadie mencionaba a los contemporáneos, excepto al dueño de la casa. Si alguno de ellos decía palabras lisonjeras, los otros bajaban los ojos y se mordían los labios por el dolor de no haberlas dicho antes. Sabían disimular menos que los magos, porque carecían de grandes ambiciones. Cada uno de ellos intrigaba para obtener un empleo de lacayo y la reputación de hombre famoso; se decían frases insultantes a la cara, creyendo demostrar un ingenio irónico. Estaban algo enterados de la misión de Babuc. Uno de ellos le rogó, en voz baja, que exterminara a su autor, que no lo había alabado suficientemente hacía cinco años; otro le pidió la pérdida de un ciudadano que no había reído nunca al contemplar sus comedias; un tercero le exigió la extinción de la Academia, porque no había sido admitido en ella. Una vez acabada la comida, cada uno se marchó solo, pues de todos los reunidos no había dos personas que pudieran verse ni hablarse, salvo en casa de los ricos donde eran invitados a comer. Babuc creyó que no se perdería gran cosa cuando aquella gentuza pereciera en la destrucción general.

Una vez que se hubo librado de ellos, empezó a leer algunos de los libros nuevos. En ellos reconoció la manera de obrar de sus convidados. Vio con indignación las gacetas de murmuración, los archivos del mal gusto que la envidia, la bajeza y el hambre dan a la publicidad; las cobardes sátiras donde se ensalza al buitre y se desgarra a la paloma; las novelas faltas de imaginación, donde se leen tantos retratos de mujeres que al autor no ha conocido nunca.

Echó al fuego todos aquellos detestables escritos y salió por la noche a dar un paseo. Fue presentado a un viejo literato que no había participado en la comida de sus invitados del mediodía. Dicho literato siempre se apartaba de la multitud, conocía a los hombres y usaba de ellos comportándose con discreción. Babuc le contó con pena lo que había leído y lo que había visto.

–Ha visto cosas muy despreciables –le dijo el sabio literato–, pero tenga presente que en todas las épocas, en todos los países y en todos los géneros domina lo malo, y lo bueno es rarísimo. Ha recibido en su casa a la chusma de la pedantería, porque en todas las profesiones, los más indignos suelen ser los que se presentan con más impudencia. Los verdaderos sabios viven retirados entre ellos, muy tranquilos; y entre nosotros aún se pueden hallar buenas personas y buenos libros, dignos de su atención.

Mientras le hablaba de esta forma, se les reunió otro literato. Dio unas explicaciones tan agradables e instructivas, tan por encima de los prejuicios y tan conformes a la virtud, que Babuc se confesó no haber oído nunca algo semejante.

“He aquí a unos hombres a quienes Ituriel no se atrevería a tocar, y si lo hace será muy lamentable”, se dijo en voz baja.

De acuerdo con aquellos dos literatos, se sentía furioso contra el resto del país.

–Como es extranjero –le dijo el hombre juicioso que le había hablado antes–, todos los abusos se le presentan de golpe, y el bien, por hallarse oculto y por ser a veces el producto de esos mismos abusos, se le escapa.

Entonces se enteró de que había algunos literatos que no eran envidiosos, y que también existían magos virtuosos. Finalmente se formó el concepto de que aquellas grandes oposiciones, que chocando mutuamente parecían preparar su propia ruina, en el fondo resultaban saludables; que cada sociedad de magos frenaba a sus rivales; que si bien dichos émulos diferían en algunas opiniones, todos enseñaban la misma moral. Que instruían al pueblo, que vivían sujetos a una leyes parecidas a los preceptores que velan al hijo de la casa, mientras el dueño los vigila a ellos. Que éste también practica algunas de dichas leyes y que donde menos se espera se encuentran almas nobles. Aprendió que entre los locos que pretendían hacer la guerra al gran lama había habido hombres geniales. Sospechó que las costumbres de Persépolis serían como sus edificios, que los unos le habían parecido dignos de lástima y los otros le habían arrebatado de admiración.

–Sé muy bien que los magos que yo había creído tan peligrosos –dijo Babuc al literato– resultan, en efecto, muy útiles, sobre todo cuando un gobierno juicioso les impide hacerse demasiado necesarios; pero al menos estarán de acuerdo conmigo en que sus jóvenes magistrados, que compran un cargo de juez tan pronto saben montar a caballo, deben desenvolverse en los tribunales con impertinente ridiculez y con iniquidad perversa; que sin duda valdría más ceder estos puestos gratuitamente a los viejos jurisconsultos que han pasado toda la vida sopesando el pro y el contra de las cosas.

–Ya vio nuestro ejército antes de llegar a Persépolis –le replicó el literato–. Sabe, por tanto, que nuestros jóvenes oficiales se baten muy bien, aunque hayan comprado sus cargos. Quizá podáis ver que nuestros jóvenes magistrados no juzgan tan mal, aunque hayan pagado para hacerlo.

A la mañana siguiente, el literato llevó a Babuc al Gran Tribunal, donde se debía dictar una sentencia importante. La causa era conocida de todo el mundo… todos los viejos abogados que tomaban parte en la discusión se mantenían fluctuantes en sus opiniones; citaban infinidad de leyes, ninguna de las cuales era aplicable al caso que dirimían; se miraba el asunto por cien lados diferentes, sin relación con el proceso. Los jóvenes abogados se decidieron con más rapidez que los abogados ancianos. Su sentencia fue casi unánime y juzgaron bien, porque siguieron los dictados de la razón. Los otros habían opinado mal, porque sólo habían consultado sus libros.

Babuc sacó la conclusión de que a menudo había algo bueno en los abusos. Vio que las riquezas de los financieros, que tanto lo habían exasperado, podían hacer un gran bien, pues hallándose el emperador falto de dinero, en una hora podía disponer de éste gracias a ellos, en tanto que por las vías normales hubiera tardado seis meses para obtenerlo. Vio que aquellas nubes tan densas, hinchadas con el rocío de la tierra, convertían en lluvia todo lo que habían tomado. Por otra parte, los hijos de aquellos hombres nuevos, a menudo mejor educados que los de las familias más antiguas, valían mucho más, pues nada impide llegar a ser un buen juez, un bravo guerrero o un hábil hombre de Estado, cuando se tiene un padre que cuida de sus hijos.

Insensiblemente, Babuc dispensaba la avidez del financiero, que en el fondo no lo es más que los otros hombres y resulta necesario. Excusaba la locura de arruinarse para poder juzgar o batirse, locura que produce grandes magistrados y héroes. Perdonaba la envidia de los literatos, entre los cuales había hombres que ilustraban al mundo; se reconciliaba con los magos ambiciosos e intrigantes, en casa de los cuales dominaban más las grandes virtudes que los pequeños vicios; pero le quedaban muchas cosas por las que no podía transigir; sobre todo, las galanterías de las damas y los perjuicios que de éstas podían derivarse le llenaban de inquietud y de espanto.

Con objeto de hacerse cargo de las distintas condiciones humanas, se hizo conducir a casa de un ministro; pero por el camino temblaba al pensar que alguna mujer pudiera ser asesinada por su marido. Cuando llegó a casa del hombre de Estado, tuvo que hacer antecámara durante dos horas sin ser anunciado, y dos horas más después de serlo. Durante aquel intervalo, no cesaba de pensar que recomendaría el ministro y sus insolentes ujieres al ángel Ituriel. La antecámara estaba llena de damas de todas las alcurnias, de magos de todos los colores, de jueces, de comerciantes, de oficiales y de pedantes; todos se quejaban del ministro.

El avaro y el usurero decían:

–No cabe duda de que este hombre roba de todas las provincias.

Los caprichosos le echaban en cara sus extravagancias. Los voluntarios decían:

–Solamente vive para sus placeres.

El intrigante se complacía esperando verlo pronto hundido por alguna cábala; las mujeres aguardaban poder tratar con un ministro más joven.

Babuc, que escuchaba todos estos comentarios, no pudo por menos que decir:

–He aquí a un hombre de suerte. Tiene la antecámara llena de enemigos. Con su poder aplasta a los que lo envidian y contempla a sus pies a todos los que lo detestan.

Por fin pudo entrar. Entonces vio a un hombre viejo, pequeño y encorvado por el peso de los años y de los asuntos del Ministerio, pero vivaracho e inteligente.

Al ministro le gustó Babuc, y a Babuc le pareció que aquél era hombre de estima. La conversación se hizo interesante. El ministro le confesó que era muy desgraciado; que pasaba por rico y era pobre; que se le creía poderoso y se veía siempre impugnado; que estaba rodeado de ingratos y que, en un continuado trabajo de cuarenta años, apenas había tenido un momento de consuelo. Babuc se sintió conmovido y pensó que si aquel hombre había cometido faltas, y si el ángel Ituriel lo quería castigar, no era preciso exterminarlo, puesto que dejarlo en el cargo ya era suficiente.

Mientras estaba hablando con el ministro, entró bruscamente la bella dama en casa de la cual Babuc había comido; en sus ojos y sobre la frente se notaban los síntomas del dolor y de la cólera. Se deshizo en reproches contra el hombre de Estado, vertiendo abundantes lágrimas; se quejó con amargura de que se hubiera rehusado dar un empleo a su marido, que esperaba obtener por su alcurnia, y que se merecía por sus servicios y sus heridas. Se expresó con tanta energía, se quejó con tanta gracia, anulaba las objeciones con tanta habilidad, hizo valer sus razones con tanta elocuencia, que no salió de la habitación hasta haber logrado la fortuna de su marido.

–¿Es posible, señora, que se haya tomado tanto trabajo para complacer a un hombre al cual no ama y del que puede temerlo todo? –le preguntó Babuc, dándole la mano.

–¡Un hombre que no amo! –exclamó ella–. Debe saber que mi esposo es el mejor amigo que tengo en el mundo, que soy capaz de sacrificarlo todo por él, excepto a mi amante; que él lo hará todo por mí, salvo abandonar a su querida. Se la haré conocer; es una mujer encantadora, muy inteligente y con el mejor carácter del mundo. Hoy cenaremos juntas con mi esposo y mi pequeño mago. Venga para compartir nuestra alegría.

La dama se fue acompañada de Babuc. El marido, que había llegado hundido por el dolor, al ver a su esposa la recibió con grandes muestras de alegría y de reconocimiento. Abrazó uno tras otro a su mujer, a su querida, al pequeño mago y a Babuc. La unión, el placer, el ingenio y la ternura fueron las características de aquella cena.

–Fíjese bien –le dijo a Babuc la bella dama en casa de la cual cenaba– que las mujeres, a las que a veces se las llama deshonestas, casi siempre cuentan con un marido muy honesto, y para convencerlo, venga mañana a comer conmigo en casa de la bella Teona. Hay algunas viejas vestales que la denigran, pero ella practica más el bien que todas sus detractoras juntas. Es incapaz de cometer la más leve injusticia. A su amante sólo le da consejos generosos y únicamente se ocupa en aumentarle el prestigio. El hombre se sonroja delante de ella si dejó perder alguna ocasión de hacer el bien, pues nada estimula tanto a practicar acciones virtuosas como el tener una querida de la cual se desea merecer estimación.

Babuc no faltó a la invitación. Vio una mansión donde reinaban todos los placeres. Teona hacía de reina. Sabía tratar a todos a gusto de cada uno. Su ingenio natural facilitaba que brillara el de los otros. Complacía casi sin pretenderlo. Era tan amable como bienhechora, y, además, era bella, lo que aumentaba el valor de todas sus cualidades.

Babuc, a pesar de ser un escita y enviado de una deidad, se dio cuenta de que si permanecía más tiempo en Persépolis, olvidaría a Ituriel, pensando en Teona. Tomaba cariño a la ciudad, ya que la gente era cortés, dulce y bienhechora, aunque ligera de cascos, murmuradora y cargada de vanidad. Temía que Persépolis sería condenada, como también temía el informe que iba a presentar.

Ahora veremos cómo se las ingenió para dar cuenta de su misión. Hizo fundir, por el mejor fundidor de la ciudad, una estatuilla compuesta por todos los metales, tierras y piedras más preciosas y más viles, y la llevó a Ituriel, a quien dijo:

–¿Vas a destruir esta hermosa estatua porque no está hecha exclusivamente de oro y de diamantes?

Ituriel entendió el significado de la pregunta y decidió no pensar más en el mundo tal como va y dijo:

–Pues si todo no está bien, por lo menos es pasadero.

Se dejó subsistir a Persépolis, y Babuc se guardó muy bien de quejarse, al contrario de Jonás, que se enfadó porque no se destruía Nínive. Pero cuando se ha permanecido tres días en el cuerpo de una ballena, no se está de tan buen humor como cuando se ha pasado el tiempo en la ópera, en la comedia y cenando con buena compañía.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)