martes, 21 de julio de 2026

Enviado de otro mundo

Abilio Estévez

 

La primera vez que vimos al hombre, mi madre y yo íbamos al cementerio. Desde la muerte de mi padre íbamos todas las tardes. Ya habíamos salido por el portón, cuando apareció, extraño, con la ropa de trabajo empapada en sudor, el sombrero de yarey echado hacia atrás y una guataca recostada al hombro. Al vernos, la sorpresa lo detuvo. Yo sé que entrecerró los ojos y que mostró la hilera de sus dientes tan blancos que parecían de mentira. Sus ojos, de un gris afilado, brillaban como la punta de un cuchillo. Era muy alto y la ropa le quedaba pequeña: el pantalón, desgarrado en los bajos, dejaba libre un pedazo de la piel de sus piernas por encima de unas botas enfangadas y sin abrochar. La camisa tenía un color más oscuro debajo de las axilas y como la llevaba abierta, podía verse en su pecho la oscuridad de los vellos.

Un segundo lo miró mi madre y trató de abrir la sombrilla, que no se abrió. Comenzó a buscar algo en el bolso y me llamó varias veces por mi nombre completo como nunca hacía.

El hombre dejó la guataca en el suelo y se acercó. Escuchamos el golpe de las botas en la calle, y no fue difícil saber que estaba ahí, a dos pasos, era precisa su respiración agitada y penetrante el olor a manigua.

Sentí la mano de mi madre apretando la mía.

–Me da un poco de agua –pidió él con voz que seguro hizo temblar las ramas de los árboles.

Ella no escuchó, no hizo caso, huyó conmigo calle abajo y doblamos por la primera cuadra y cruzamos casi corriendo el puente de la zanja.

Comenzaba a hacer frío y los árboles se veían negros en plena tarde. Las calles estaban mojadas aunque no había llovido y las casas permanecían cerradas a cal y canto. Los perros (tantos perros) no ladraban. Tampoco volaban los pájaros, ni se oían los gritos del hijo loco de la vieja Sana, ni las campanas de la iglesia hicieron nada por espantar aquel silencio como era su deber.

–¿Quién es ese hombre? –pregunté a mi madre cuando estuvimos lejos.

–El diablo –respondió.

 

Volvimos a encontrarlo al día siguiente.

Llegamos al cementerio que tenía una gran puerta desde donde unos ángeles grandes nos miraban sin darnos importancia. Abrimos la verja que siempre daba un alarido, y entramos a la calle de contornos pintados de blanco con las tumbas grises que tenían floreros de colores vivos.

Mi madre suspiró (siempre lo hacía) y cerró la sombrilla y se arregló el pelo. Como era hábito, deambulamos por entre las tumbas. Ella leyó las inscripciones de todas y se acarició algunas tapas y cruces, allí donde decía que estaba su amiga Adela y la otra amiga y la otra, tantos muertos que nos recuerdan, hijo, que polvo somos y en polvo nos convertiremos. Sus ojos no estaban quietos y brillaban; por momentos detenía en sus labios una leve sonrisa.

En la tumba de mi padre, quitó las flores mustias y deshizo los pétalos sobre la tierra.

Descubrimos al hombre en el momento en que mi madre me mandaba por agua limpia; estaba bajo un angelito de mármol, tan de mármol él como el angelito, mirándonos, mirándola fijamente.

–No lo mires tú –me ordenó ella.

No me gustó la forma angustiada en que lo dijo, pero ninguna pregunta me atrevía a hacerle: la vi bajar la cabeza, hundirse en sí misma, tranquila, intranquila, sentada en un banco.

Fui como pude, evadiéndolo, a la bomba de agua y llené los recipientes de cristal. Pero al regresar, el hombre me detuvo, no sólo con sus manos, también con sus ojos de acero que estaban tan llenos de cruces como el cementerio. Sonrió.

–¿Qué quiere? –pregunté sin miedo, aunque con miedo bajando los ojos porque sabía que no debía mirarlo.

Mostró un papel doblado, amarillo, un papel viejo.

–Dale a ella. Dile que es un recado.

Pero como yo, mis manos, se resistían, se inclinó hacia mí desde su altura y agregó:

–Es un recado que manda tu padre.

–Mi padre está muerto –riposté quizá ofendido, aunque sin saber por qué.

–Lo sé –respondió–, es un buen amigo que no tiene secretos para mí.

¿Cómo culparme de volver con el recado si se trataba de un aviso que mi padre nos mandaba?

Mi madre leyó el papel sin demostrar que lo leía. Lo guardó entre los senos y no colocó las flores en los floreros, dijo que el agua sola resultaba buena para los muertos, y más tarde ocultó la cara entre las manos noté que sus párpados se agitaban. ¿Estás llorando o estás riendo? Nada, hijo, nada, se secó los ojos y se puso de pie.

–Vamos, ya es de noche.

¿De noche? No dije no, pero el sol aún se veía.

Salimos del cementerio. Él ya no estaba o se había escondido, y eso que los ojos de ella iban iluminando las esquinas y se perdían de tan lejos que miraban.

Regresamos en silencio. Ella no hablaba como cuando había un pensamiento que la torturaba. Yo la conocía bien. Y como la conocía bien, corté un jazmín y se lo regalé para que adornara su escote.

Al llegar a casa, no encendió la luz. Se tiró en la cama y me pidió que echara fresco, pero, por favor, no me hables, mira que no me gusta que me hablen cuando quiero pensar.

–¿En quién?

Hubo un silencio, después escuché la respuesta cansada:

–En tu padre.

 

En toda una semana, día tras día, estuvo el hombre pasando frente a nuestra puerta. Ella había cerrado las ventanas y cuando escuchaba las botas, apretaba los ojos y se tapaba los oídos. A veces lloraba. Lloraba en silencio, tanto, que parecía que no lloraba.

Dejamos de ir al cementerio, para no verlo, porque ese hombre es Satanás, hijo, es de otro mundo y los hombres de otro mundo nada tienen que hacer en este.

Algunas tardes él tocaba a la puerta. Ella huía a la cocina y se hacía la que estaba revolviendo la sopa; pero qué sopa, si nada había en los calderos.

Así ocurrió hasta una tarde en que él no pudo más y tocó mucho, hasta cansarse y ella tampoco pudo más y aunque no deseaba abrir, abrió la puerta igual que si tomara una decisión. Se enfrentó a las pupilas afiladas del hombre. Se desearon los buenos días de modo bastante raro porque no hubo sonrisas.

Él no esperó para decir:

–Le traigo un regalo.

Alargó una jaula blanca, de metal, con un pájaro blanco que no debía ser de metal, volaba y revolaba con chillidos extraños.

Ella tomó la jaula y se mostró muy agradecida, si quiere sentarse.

Él pasó a la sala y me guiñó un ojo cono si yo debiera saber algo que él suponía que yo supiera. Esta vez iba vestido de limpio, con pantalón de kaki y guayabera blanca almidonada. Tenía un pañuelo en las manos y se secaba el sudor de la frente. Olía a agua de colonia.

Mi madre se me acercó. Acarició mi cabeza.

–Mi hijo –dijo.

Pensé que la seguridad había vuelto a ella después de haberla abandonado. Estaba hermosa. Comenzó a moverse con soltura. Trajo un vaso con agua y una taza de café. Por último, hasta sonrió. Conversaron del invierno, qué bueno el invierno, en diciembre uno suspira, porque lo que es en agosto…

Cuando él se marchó ella abrió las ventanas y encendió todas las luces de la casa. No le importó que fuera tarde para limpiar con insistencia y mucha agua los pisos que brillaron como cristales.

Más tarde preparó un baño con agua hirviente con gotas de perfume. Salió del baño y olía más que un jardín. Se ocultó entre las sábanas de la cama y me pidió que tampoco hoy la molestara, hijo, quiero pensar.

 

Al otro día no se vistió de negro. Amaneció con un vestido blanco que tenía lazos azules y la vi mucho rato frente al espejo pasando las manos por su cintura, mirándose contenta.

–Hoy vamos a tener noticias de tu padre –me anunció.

Puso colorete en sus mejillas y tiñó la boca de un rojo vivo. Las cejas se arquearon con rayas negras. Levantó el pelo y lo sostuvo con peinetas.

Sacó de una gaveta una vieja caja de bombones forrada con papel dorado y envuelta en cintas verdes donde guardaba las fotografías. Zafó con cuidado las cintas y rio mucho de verse de nuevo tan joven, como en aquellos tiempos. También rio de ver a los parientes y los iba nombrando y los saludada, repetía las mismas anécdotas, las mismas historias. Dispuso las fotos sobre el suelo como si compusiera un rompecabezas. Ponía un dedo sobre cada foto y decía los nombres sin equivocarse.

Después llenó la casa con búcaros repletos de flores y hojas de espárrago.

A la noche se preparó mejor y vistió un traje más elegante y me llamó:

–¿Cómo ves a tu madre?

Le dije la verdad, que estaba más bella que nunca, como una actriz de cine, y su agradecimiento fue un beso que dejó su boca en mi frente.

Trajo fundas limpias y sábanas limpias y vistió su cama no sin dejar caer unas gotas de perfume en la almohada.

–El hombre que viene del otro mundo –dijo– trae un recado de tu padre.

No pregunté si podía quedarme. Ella oyó la pregunta sin que yo la hubiera dicho y contestó con el índice levantado igual que cuando daba consejos:

–Oye bien: no puedes quedarte. El hombre que viene del otro mundo no podrá hablar si te quedas. Dentro de unos minutos te irás. Volverás muy tarde.

La vi estirar las sábanas, pasar las manos sobre ellas, acariciarlas, la cama fue quedando mejor tendida que nunca. Después dio vueltas de un lado a otro hasta que decidió calmarse encendiendo un cigarro. Fue hasta la ventana. Me gustó verla fumar, lo hizo como si se tratara de la cosa más importante del mundo. Entrecerró los ojos y se vio joven, bella. Fumó olvidada de mí, sonrió a la ventana, al jardín, a la noche.

Escuchamos entonces los cascos del caballo. Ella corrió para descolgar el retrato de mi padre que estaba en la pared, sobre la cabecera de su cama y me lo tendió:

–Es necesario que lo lleves. Pídele que nos ayude.

Salí y sin que ella me viera me llevé además la jaula, el pájaro blanco. El pueblo estaba oscuro como el fin del mundo pero yo me alegré de que estuviera así con la única vida de algunos postes iluminados. Las calles, muertas, las calles por donde yo corría con mis gritos, con los chillidos del pájaro, feliz de llevar el retrato de mi padre y sobre todo de tener noticias. Yo, en realidad, siempre había esperado un mensaje. Aunque un día vi a mi padre encerrado en una caja negra, yo sospechaba que con tanto que él me quería, no iba a abandonarnos, y por eso esperaba, a lo mejor el día menos pensado va y nos da la sorpresa. Y mi madre lo repetía, hijo con este mundo nunca se sabe.

Llegué a la Madama que son unas ruinas del tiempo de la colonia, y sobre una piedra puse la foto de mi padre y la jaula del pájaro. Hablé con la foto y le dije por favor, queremos saber cómo estás allá tan lejos de nosotros y dinos si volveremos a verte. No respondió pero fue como si respondiera. Quedé tranquilo, contento. Abrí la puerta de la jaula y le dije al pájaro que si deseaba ser libre podía salir, y por supuesto salió porque deseaba ser libre. Se fue volando y el golpe de sus alas parecieron palabras de agradecimiento. Me tiré en la hierba, cerré los ojos y me dormí, no, no me dormí, pero sí, estaba dormido porque iba soñando, por el aire, sobre el campanario de la iglesia y el pájaro en mi hombro…

Cuando el sueño se acabó, sentí el peso de la noche, y decir el peso de la noche, es decir una palabra como miedo, y regresé.

 

Mi casa se veía iluminada, toda iluminada, las ventanas abiertas dando luz. Al entrar, me molestó en los ojos el brillo de las lámparas.

Llamé a mi madre.

Nadie respondió, lo que no tenía importancia, yo sabía que ella estaba allí, volví a llamar. En el comedor vi la mesa puesta con el mantel de frutas bordadas que mi madre reservaba para las grandes noches y los platos con las hacinas sonrientes en el fondo. Fui rincón por rincón buscándola a ella que estaba oculta para darme un susto. Vi su cuarto tan vacío como el pueblo. Madre, madre, sé que estás en la casa. Sentí que la puerta se abría no porque la sintiera, no, más bien fue una brisa fría que inundó la casa y un olor a árboles y a campo, como si se tratara del hombre.

No era el hombre, claro; mi madre entró muy hermosa, con el pelo suelto sobre los hombros y la bata larga de tela suave. Tenía la bata llena de hojas e iba descalza con los pies enfangados. Reía entre suspiros.

Hijo, ven, y se arrodilló para abrazarme y darme miles de besos. Con mis manos ordenó su pelo.

–¿Qué ha dicho mi padre? –pregunté.

Cerró los ojos, tan satisfecha que echó la cabeza hacia atrás, todo el júbilo no cabía en su pecho.

–Es feliz –dijo–. Tu padre es feliz allá donde está y quiere que nosotros también lo seamos. Dice que le olvidemos, que no vayamos al cementerio, que vivamos otra vida.

–¿Y el hombre?

–Es su amigo. Él lo envía para que nos cuide.

Entonces salimos al jardín porque mi madre me explicó que necesitaba sentir el frío de la noche, el invierno al fin, y cantar para que mi padre la oyera allá donde estaba, reír sin motivo, reír y ríe tú, hijo, tu padre es feliz y nosotros lo seremos.

El pueblo despertó con nuestra alegría. A nuestras voces se abrieron las ventanas. Por sobre nuestras cabezas volaba y revolaba el pájaro blanco y, cuando al fin desapareció, dejó en el cielo un punto brillante que simulaba una estrella.

 

(Tomado de www.enfrascopequeno.blogspot.com)

 

3 mujeres

Charles Bukowski

 

Linda y yo vivíamos justo frente al parque McArthur, y una noche que estábamos bebiendo vimos por la ventana que caía un hombre. una visión extraña, parecía un chiste, pero no era ningún chiste pues el cuerpo se estrelló en la calle. “dios mío”, le dije a Linda, “¡se espachurró como un tomate pasado! ¡no somos más que tripas y mierda y material pegajoso! ¡ven! ¡ven! ¡míralo!”. Linda se acercó a la ventana, luego corrió al baño y vomitó. luego volvió. me volví y la miré. “te lo digo de veras, querida, es exactamente igual que un gran cuenco de espaguetis y carne podrida, ¡aderezado con una camisa y un traje rotos!”. Linda volvió corriendo al baño y vomitó otra vez.

me senté y seguí bebiendo vino. pronto oí la sirena. lo que necesitaban en realidad era el departamento de basuras. bueno, qué carajo, todos tenemos nuestros problemas. yo no sabía nunca de dónde iba a venir el dinero del alquiler y estábamos demasiado enfermos de tanto beber para buscar trabajo. cuando nos preocupábamos, lo único que podíamos hacer para eliminar nuestras preocupaciones era coger. esto nos hacía olvidar un rato. cogíamos mucho y, para suerte mía, Linda era un polvo magnífico. todo aquel hotel estaba lleno de gente como nosotros, que bebían vino y cogían y no sabían después qué. de vez en cuando, uno de ellos se tiraba por la ventana. pero el dinero siempre nos llegaba de algún sitio; justo cuando todo parecía indicar que tendríamos que comernos nuestra propia mierda. una vez 300 dólares de una tía muerta, otra un reembolso fiscal demorado. otra vez iba yo en autobús y en el asiento de enfrente aparecen aquellas monedas de cincuenta centavos. yo no sabía, ni lo sé todavía, qué significaba aquello, quién lo había dejado allí. me cambié de asiento y empecé a guardarme las monedas. cuando llené los bolsillos, apreté el timbre y bajé en la primera parada. nadie dijo nada ni intentó detenerme. en fin, cuando estás borracho, sueles ser afortunado; aunque no seas un tipo de suerte, puedes ser afortunado.

pasábamos siempre parte del día en el parque mirando los patos. te aseguro que cuando andas mal de salud por darle sin parar a la botella y por falta de comida decente, y estás cansado de coger para intentar olvidar, no hay como irse a ver los patos. quiero decir, tienes que salir del cuarto, porque puedes caer en la tristeza profunda profunda y puedes verte en seguida saltando por la ventana. es más fácil de lo que te imaginas. así que Linda y yo nos sentábamos en un banco a mirar los patos. a los patos les da todo igual, no tienen que pagar alquiler, ni ropa; tienen comida en abundancia, les basta con flotar de aquí para allá cagando y graznando. picoteando, mordisqueando, comiendo siempre. de cuando en cuando, de noche, uno de los del hotel captura un pato, lo mata, lo mete en su habitación, lo limpia y lo guisa. nosotros lo pensamos pero nunca lo hicimos. además es difícil cogerlos; en cuanto te acercas ¡SLUUUSCH! una rociada de agua y el cabrón se fue… nosotros solíamos comer pastelitos hechos de harina y agua, o de vez en cuando robábamos alguna mazorca de maíz (había un tipo que tenía un plantel de maíz) no creo que llegara a conseguir comer ni una mazorca, y luego robábamos siempre algo en los mercados al aire libre… me refiero a las tiendas que tienen mercancías expuestas a la puerta; esto significaba un tomate o dos o un pepino pequeño de cuando en cuando, pero éramos ladronzuelos, rateritos, y nos basábamos sobre todo en la suerte. los cigarros eran lo más fácil, te dabas un paseo de noche y siempre alguien dejaba la ventanilla de un carro sin subir y un paquete o medio paquete de cigarrillos en la guantera. en fin nuestros auténticos problemas eran la bebida y el alquiler. y cogíamos y nos preocupábamos por esto.

y como siempre llegan los días de desesperación total, llegaron los nuestros. no había vino, no había suerte, ya no había nada. no había crédito de la casera ni de la licorería. decidí poner el despertador a las cinco y media de la mañana y bajar al Mercado de Trabajo Agrícola, pero ni siquiera el despertador funcionó bien. se había estropeado y yo lo había abierto para arreglarlo. tenía un muelle roto y el único medio que se me ocurrió de arreglarlo fue romper un trozo y enganchar de nuevo el resto, cerrarlo y darle cuerda. ¿quieren saber lo que les pasa a los despertadores, y supongo que a toda clase de relojes, si les pones un muelle más pequeño? lo diré: cuanto más pequeño sea el muelle, más de prisa andan las manecillas. era una especie de reloj loco, se los aseguro, y cuando nos cansábamos de coger para olvidar las preocupaciones solíamos contemplar aquel reloj e intentar determinar la hora que era realmente. y veías correr aquel minutero… nos reíamos mucho.

un día tardamos una semana en adivinarlo, descubrimos que el reloj andaba treinta horas por cada doce horas reales de tiempo. y había que darle cuerda cada siete u ocho, porque si no se paraba. a veces despertábamos y mirábamos el reloj y nos preguntábamos qué hora sería.

–¿te das cuenta, querida? –decía yo– el reloj anda dos veces y media más de prisa de lo normal. es muy fácil.

–sí, pero ¿qué hora era cuando pusiste el reloj por última vez? –me preguntó ella.

–que me cuelguen si lo sé, nena, estaba borracho.

–bueno, será mejor que le des cuerda porque si no se parará.

–de acuerdo.

le di cuerda, luego cogimos.

así que la mañana que decidí ir al Mercado de Trabajo Agrícola no conseguí que el reloj funcionara. conseguimos en algún sitio una botella de vino y la bebimos lentamente. yo miraba aquel reloj, sin entenderlo, temiendo no despertar. simplemente me tumbé en la cama y no dormí en toda la noche. luego me levanté, me vestí y bajé a la calle San Pedro. había demasiada gente por allí, paseando y esperando. vi unos cuantos tomates en las ventanas y cogí dos o tres y me los comí. había un gran cartel: SE NECESITAN RECOGEDORES DE ALGODÓN PARA BAKERSFIELD. COMIDA Y ALOJAMIENTO. ¿qué demonios era aquello? ¿algodón en Bakersfield, California? pensé en Eli Whitney y el motor que había eliminado todo aquello. luego apareció un camión grande y resultó que necesitaban recogedores de tomates. bueno, mierda, me fastidiaba dejar a Linda en aquella cama tan sola. no la creía capaz de dormir sola mucho tiempo. pero decidí intentarlo. todos empezaron a subir al camión. yo esperé y me aseguré de que todas las damas estaban a bordo, y las había grandes. cuando todos estaban arriba, intenté subir yo. un mexicano alto, evidentemente el capataz, empezó a subir el cierre de la caja: “¡lo siento, señor, completo”! y se fueron sin mí.

eran casi las nueve y el paseo de vuelta hasta el hotel me llevó una hora. me cruzaba con mucha gente bien vestida y con expresión estúpida. estuvo a punto de atropellarme un tipo furioso con un Caddy negro. no sé por qué estaba furioso. quizás el tiempo. hacía mucho calor. cuando llegué al hotel tuve que subir las escaleras porque el ascensor quedaba junto a la puerta de la casera y ella andaba siempre jodiendo con el ascensor, limpiándolo y frotándolo, o simplemente allí sentada espiando.

eran seis pisos y cuando llegué oí risas en mi habitación. la zorra de Linda no había esperado mucho. en fin, le daría una buena zurra y también a él. abrí la puerta. eran Linda, Jeannie y Eve.

–¡querido! –dijo Linda.

se acercó a mí. estaba toda elegante, con zapatos de tacón alto. me dio un montón de lengua cuando nos besamos.

–¡Jeannie acaba de recibir su primer cheque del desempleo y Eve está en la ayuda a los desocupados! ¡estamos celebrándolo!

había mucho vino de Oporto. entré y me di un baño y luego salí con mis pantalones cortos. me gusta mucho enseñar las piernas. nunca he visto unas piernas de hombre tan grandes y vigorosas como las mías. el resto de mi persona no vale demasiado. me senté con mis raídos pantalones cortos y posé los pies en la mesita de café.

–¡mierda! ¡miren esas piernas! –dijo Jeannie. –sí, sí –dijo Eve.

Linda sonrió. me sirvieron un vaso de vino.

ya saben cómo son esas cosas. bebimos y hablamos, hablamos y bebimos. las chicas salieron a buscar más botellas. más charla. el reloj daba vueltas y vueltas. pronto oscureció. yo bebía solo, aún con mis raídos pantalones cortos. Jeannie había ido al dormitorio y se había derrumbado en la cama. Eve se había derrumbado en el sofá y Linda en otro sofá de cuero más pequeño que había en el vestíbulo, delante del baño. yo seguía sin entender por qué me había dejado en tierra aquel mexicano. me sentía desgraciado. entré en el dormitorio y me metí en la cama con Jeannie. era una mujer grande, estaba desnuda. empecé a besarle los pechos, chupándolos.

–eh, ¿qué haces?

–¿qué hago? ¡cogerte!

le metí el dedo en la vulva y lo moví arriba y abajo.

–¡voy a cogerte!

–¡no! ¡Linda me mataría!

–¡nunca lo sabrá!

la monté y luego muy lenta lenta quedamente, para que los muelles no rechinaran, pues no debía oírse el menor rumor, entré y salí y entré y salí siempre despacio despacio y cuando me vine pensé que nunca pararía. uno de los mejores polvos de mi vida. mientras me limpiaba con las sábanas, se me ocurrió este pensamiento: quizás el hombre lleve siglos cogiendo mal.

luego salí de allí, me senté en la oscuridad, bebí un poco más. no recuerdo cuánto tiempo estuve allí sentado. bebí bastante. luego me acerqué a Eve. Eve la de la ayuda a los desocupados. era una cosa gorda, un poco arrugada, pero tenía unos labios muy atractivos, obscenos, feos, muy sensuales. empecé a besar aquella boca terrible y bella. no protestó en absoluto, abrió las piernas y entré. se portó como una cerdita, gruñendo y tirando pedos y sornando y retorciéndose. no fue como con Jeannie, largo y emocionante, fue solo plaf plaf y fuera. salí de allí. y antes de que pudiera llegar a mi sillón otra vez la oí roncar de nuevo. sorprendente… cogía igual que respiraba… no le daba la menor importancia. cada mujer chinga de un modo distinto, y eso es lo que mantiene al hombre en movimiento. eso es lo que mantiene a un hombre atrapado.

me senté y bebí algo más pensando en lo que me había hecho aquel sucio mexicano hijo de puta. no merece la pena ser cortés. luego empecé a pensar en la ayuda a los desocupados. ¿podrían acogerse a ella un hombre y una mujer que no estuvieran casados? por supuesto que no. que se murieran de hambre. y amor era una especie de palabra sucia. pero eso era algo de lo que había entre Linda y yo: amor. por eso pasábamos hambre juntos, bebíamos juntos, vivíamos juntos. ¿qué significaba matrimonio? matrimonio significaba un COGER santificado y un COGER santificado siempre y finalmente, sin remisión, significa ABURRIMIENTO, llega a ser un TRABAJO. pero eso era lo que el mundo quería: un pobre hijo de puta, atrapado y desdichado, con un trabajo que hacer. bueno, mierda, me iré a vivir al barrio chino y traspasaré a Linda a Big Eddie. Big Eddie era un imbécil, pero al menos compraría a Linda algo de ropa y le metería filetes en el estómago, que era más de lo que yo podía hacer.

terminé la botella y decidí que necesitaba dormir un poco. di cuerda al despertador y me acosté con Linda. se despertó y empezó a frotarse conmigo.

–oh mierda, oh mierda –dijo–. ¡no sé qué me pasa!

–¿qué hubo, nena? ¿estás mala? ¿quieres que llame al Hospital General?

–oh no, mierda, solo estoy ¡CALIENTE! ¡CALIENTE! ¡MUY CALIENTE!

–¿qué?

–¡digo que estoy muy caliente! ¡CÓGEME!

–Linda…

–¿qué? ¿qué?

–estoy cansadísimo. llevo dos noches sin dormir. ese largo paseo hasta el mercado de trabajo y luego la vuelta, treinta y dos manzanas, con aquel sol… es inútil. no hay nada que hacer. estoy hecho migas.

–¡yo te AYUDARÉ!

–¿qué quieres decir?

se arrastró por el sofá y empezó a chupármela. gruñí agotado.

–querida, treinta y dos manzanas con aquel sol… estoy liquidado.

ella siguió. tenía una lengua como papel de lija y sabía usarla.

–querida –le dije– ¡soy una nulidad social! ¡no te merezco! ¡déjalo, por favor!

como digo, ella sabía hacerlo. unas pueden; otras no. la mayoría solo conoce el viejo chup chup. Linda empezó con el pene, lo dejó, pasó a las bolas, luego las dejó, volvió otra vez al pene, fue subiendo en espiral, despertando un maravilloso volumen de energía, Y DEJANDO SIEMPRE EL CAPULLO PROPIAMENTE DICHO INTACTO. por último, yo me disparé y me lancé a decirle las diversas mentiras sobre lo que haría por ella cuando consiguiera por fin enderezar el culo y dejar de ser un vagabundo.

entonces ella atacó el capullo, colocó la boca a un tercio de su longitud, hizo esa pequeña presión con los dientes, el mordisquito de lobo y yo me vine OTRA VEZ… lo cual significaba cuatro veces aquella noche. quedé completamente agotado. Hay mujeres que saben más que la ciencia médica. cuando desperté estaban todas levantadas y vestidas, y con buen aspecto. Linda, Jeannie e Eve. intentaron destaparme, riendo.

–¡bueno, Hank, vamos a divertirnos un poco! ¡y necesitamos un trago! ¡estaremos en el bar de Tommi-Hi’s!

–¡vale, vale, adiós!

salieron las tres meneando el culo. todo el Género Humano estaba condenado para siempre.

cuando ya iba a dormirme sonó el teléfono interior.

–¿sí?

–¿señor Bukowski?

–¿sí?

–¡vi a esas mujeres! ¡venían de su casa!

–¿y cómo lo sabe? tiene usted ocho pisos y unas siete u ocho habitaciones por piso.

–conozco a todos mis inquilinos, señor Bukowski. aquí no hay más que gente trabajadora y respetable.

–¿sí?

–sí, señor Bukowski, llevo regentando este lugar veinte años, y nunca jamás había visto cosas como las que pasan en su casa. siempre hemos tenido aquí gente respetable, señor Bukowski.

–sí, son tan respetables que cada poco un hijo de puta se sube a la terraza y se tira de cabeza a la calle y va a caer a la entrada entre esas plantas artificiales que tienen ustedes allí.

–¡le doy de plazo hasta el mediodía para irse, señor Bukowski!

–¿qué hora es en este momento?

–las ocho.

–gracias.

colgué.

busqué un bicarbonato. lo bebí en un vaso sucio. luego busqué un poco de vino. corrí las cortinas y miré el sol. era un mundo duro, no me decía nada, pero odiaba la idea de volver otra vez al barrio chino. me gustan las habitaciones pequeñas, sitios pequeños donde poder pelearse un poco. una mujer. un trago. pero nada de trabajo diario. no podía soportarlo. no era lo bastante listo. pensé en tirarme por la ventana pero no podía. me vestí y bajé a Tommi-Hi’s. las chicas reían al fondo del bar con dos tipos. Marty, el encargado, me conocía. le hice una seña. no hay dinero. me senté allí. apareció ante mí un whisky con agua y una nota.

“Reúnete conmigo en el Hotel Cucaracha, habitación 12, a medianoche, la habitación será
para nosotros. Amor, Linda.”

bebí el whisky, salí de allí, fui al Hotel Cucaracha a medianoche.

–no, señor –me dijo el recepcionista–, no hay ninguna habitación 12 reservada a nombre de Bukowski.

volví a la una. había estado todo el día en el parque, toda la noche. allí sentado. lo mismo.

–no hay ninguna habitación 12 reservada para usted, señor.

–¿ninguna habitación reservada para mí a ese nombre o a nombre de Linda Bryan?

comprobó sus libros.

–nada, señor.

–¿le importa que mire en la habitación 12?

–no hay nadie allí, señor. se lo aseguro.

–estoy enamorado, amigo, lo siento. ¡déjeme echar un vistazo, por favor!

me echó una de esas miradas que se reservan para los idiotas de cuarta categoría y me dio la llave.

–si tarda más de cinco minutos en volver, tendrá problemas.

abrí la puerta, encendí las luces.

–¡Linda!

las cucarachas, al ver la luz, volvieron todas corriendo a meterse debajo del empapelado. había miles. cuando apagué la luz, las oí corretear saliendo otra vez. el propio empapelado no parecía más que una gran piel de cucaracha.

volví a bajar en ascensor.

–gracias dije–, tenía usted razón. no hay nadie en la habitación 12.

por primera vez, su voz pareció adoptar un vago tono amable.

–lo siento, amigo.

–gracias –dije.

salí del hotel y giré a la izquierda, es decir hacia el Este, es decir, hacia el barrio chino. mientras mis pies me arrastraban lentamente hacia allí, me preguntaba, “¿por qué mienten las personas?” ahora ya no me lo pregunto, pero aún recuerdo, y ahora, cuando mienten, casi lo sé mientras están mintiendo, pero aún no soy tan sabio como el recepcionista del Hotel Cucaracha que sabía que la mentira estaba en todas partes, o la gente que pasaba volando ante mi ventana mientras yo bebía oporto en cálidas tardes de Los Ángeles frente al parque McArthur, donde aún cazan, matan y devoran a los patos, y a la gente.

El hotel aún sigue allí, y también la habitación en la que parábamos, y si algún día te molestas en venir, te lo enseñaré. pero eso tiene poco sentido, ¿verdad? digamos solo que una noche cogí a tres mujeres, o me cogieron ellas. y cerremos con esto la historia.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

Jumper Jigger

Álvaro Cepeda Samudio

 

“It may be that there is no place for any of us.
Except we know there is, somewhere;
and if we found it, but live there only as
moment, we can count ourselves blessed…”
Truman Capote (The Grass Harp)

Jumper Jigger había comenzado a bailar nuevamente sobre el rectángulo negro que vibra al final de la regla de pino. El tap-tap-tap-tapin de sus pies desarticulados se elevaba por encima de todos los sonidos y nos mantenía atados al desgonzamiento de su danza. Ninguno de nosotros estaba mirando a Jumper Jigger. Estábamos demasiado acostumbrados a él, demasiado acostumbrados a su baile: siempre igual, siempre distinto. Y aunque nadie, ninguno de nosotros, podía decir que le interesaban los bailes de Jumper Jigger, este era el sonido que juntaba nuestras soledades, diluyendo los cuerpos y uniéndolos unos a otros con su repetido tap-tap-tap-tapin. Y tampoco ninguno de nosotros había puesto nunca a bailar a Jumper Jigger. Se pasaba el tiempo desgonzado sobre su tablerito negro, sostenido por la flexible varilla vegetal que le salía del centro de la espalda. De alguna manera sabíamos que él no bailaría lo mismo para nosotros. Para ninguno de nosotros. Ni siquiera para el Mexicano con sus ojos llenos de cadáveres y los oídos sonoros de combates en Normandía y su espeso silencio, tan parecido al del hombre que siempre hacía bailar a Jumper Jigger, y sobre todo tan parecido al del propio Jumper Jigger. O tal vez era porque Skip nunca llegaba en las tardes. Pero era que nosotros no podíamos decir el tiempo ni la estación cuando Skip llegaría y Jumper Jigger comenzaría a bailar. Porque el tiempo había dejado de ser medido y una sola estación había comenzado dentro de las paredes aun antes de que Skip naciera, aun antes de que Jumper Jigger hubiera sido comprado en Georgia, mucho antes también de que el Mexicano hubiera comenzado a disparar su ametralladora en Normandía y el tap-tap-tap-tapin de los pies desarticulados de Jumper Jigger y el tap-tap-tap-tapin de los miembros desarticulados sobre Normandía se hubiera convertido en un mismo tap-tap-tap-tapin.

Alguna vez se habían congelado los engranajes del reloj redondo pegado a las paredes, sostenido allí únicamente por el gran vertical rojo que se había estacionado tres puntos redondos y negros antes de llegar al trazo recto y negro que iniciaba un número. Y cuando entró con sus libros limpios, olorosos a papel nuevo, sus pantalones azules y su grueso saco marinero, y sacudiendo la nieve que comenzaba a derretirse entre el laberinto de cabellos amarillos y los pliegues de una pañoleta multicolor, había preguntado la hora; alguien le dijo: “Las dos y diecisiete”.

En un aula, el calor salía uniforme como de un gran acordeón petrificado y en un corredor repetido de grandes acordeones petrificados los relojes hacían pasar a intervalos mecánicos un largo vertical rojo sobre los trazos negros y los puntos negros y los gruesos horizontales negros. Y mientras la nieve se derretía en cincuenta y siete zapatos afirmados en sus tobillos, alguien había comenzado a hablar sobre Joyce. La nieve estaba sucia y barrosa debajo de cincuenta y siete zapatos, pero Joyce había aparecido en quebradas líneas blancas sobre la grisosa superficie del tablero. Y otra vez había nacido la nieve sobre los infinitos zapatos. Y otra vez se había derretido. Y otros nombres habían sido aprisionados con líneas blancas sobre tableros grisosos. Pero todavía eran las dos y diecisiete en un reloj redondo. Y ya Jumper Jigger había comenzado a bailar.

Los libros no perdieron su limpio olor a cosa nueva y debajo del grueso saco marinero comenzó la blancura de una blusa de barcos lilas. Los barcos libertados se curvaron sobre la línea del bar, cedieron sin romperse a la dureza oscura de la madera y se quedaron allí: naufragados en sí mismos. Skip principió a tamborilear sobre el comienzo de la regla de pino y Jumper Jigger saltó súbitamente para empezar a bailar. Y al final de la blusa, donde los barcos lilas habían sido cortados al descuido, se inició la sorpresa de la muchacha.

“Joe”

La moneda ni siquiera brilló en la mano hinchada, fofa, casi viscosa. Joe comenzó a reírse otra vez. A reírse con esa risa que nunca había conocido el sonido y de la cual no podía decirse que era una muestra de alegría. Los ojos debían dilatarse, los músculos de la cara distenderse, los sonidos comenzar a oírse para poder decir que era una risa. Pero la cara de Joe siguió exacta. La mueca comenzó otra vez: ampliada hasta el límite de los dientes carcomidos.

“Joe”

La cabeza inició un movimiento igual y monótono de cortas y rápidas afirmaciones. Joe siguió asintiendo y riendo hasta que la saliva comenzó a gotear a intervalos cada vez más cortos, convirtiéndose en chorritos espesos que se quedaban colgados de una comisura y tardaban en caer sobre los cuadros negros y rojos de la camisa que algún viajero del norte de la península le había regalado.

“'Joe”

La mano se perdió un momento entre la mano regordeta y viscosa y reapareció increíblemente victoriosa de un combate con los enormes tentáculos que rodeaban el círculo sin brillo. Del largo viaje sobre superficie sin eco, blandas y humanas superficies, la moneda despertaba al cuerpo sonoro de su metal y chocaba contra sus hermanos metales en el vientre cerrado del tocadiscos, Joe se quedaba al acecho de su recorrido y al final comenzaba a hundir la doble hilera de botones numerados. Cuando el último botón había repelido el último dedo amarilloso, Joe volvía su húmeda sonrisa hacia el hombre: pero ya Jumper Jigger había comenzado a bailar de nuevo y Joe iniciaba entonces su lento y derrotado regreso hacia ningún lugar.

La mano apareció otra vez sosteniéndose con trabajo en el aire, los dedos se movieron por unos cortos segundos y luego cayó sobre la madera del bar para quedarse allí, absorbida por la oscuridad, deformándose como un gran animal ahogado. El choque de la botella sobre el borde invisible del vaso y la caída del líquido desde lo alto del brazo de Harry crearon un nuevo movimiento. La cabeza del hombre apareció al comienzo de la línea ancha de los labios redondeados sobre el vaso. Luego todo el cuerpo, naciendo a medida que el líquido llenaba los vacíos, apareció en un solo trazo, en un solo espasmo alcohólico: comenzado en la curva de la cabeza y terminado en el bamboleo constante de un par de piernas colgando en el vacío a una distancia inmensa del primer travesaño de la alta silla apretada contra el bar. El sonido roto de la risa del hombre hinchó los barcos que se separaron rechazando la línea de madera del bar.

Skip había entrado en algún momento de esa hora permanente, en algún momento de las dos y diecisiete. Todavía la muchacha tenía sobre sus hombros el grueso saco marinero pero ya la nieve había desaparecido de la pañoleta y aun las gotas acuosas habían sido absorbidas. Pero Skip echó parte de su nieve en el mostrador al lado de los libros intactos. Y comenzó a preguntar. Había un cuarto en un dormitorio de ladrillos rojos y los retratos masculinos de una compañera que se levantaba de pronto en la mitad de la noche y comenzaba a besarla en un sueño. Había también un pueblo en lo alto de la península con su dolorosa blancura en invierno y los lagos repitiéndose en canoas verdes en los cortos veranos. Había nombres y una escuelita con animales de Walt Disney colgados contra las paredes despobladas. Había siempre nieve, y la soledad: que había comenzado a nacer mucho tiempo después de que los ratones de sacos rojos se fugaron de sus cuadernos. El aula con Joyce resuelto en tiza blanca apareció de pronto. “No me gusta Joyce y no quiero que lleguen nunca las tres. Quisiera llamarme Lavinia, como en un cuento, como en el título de un cuento”. Y había otra vez la larga nieve y en el cuarto triangulado con banderines de siete colegios la soledad había crecido más alta que el mismo cuerpo de la muchacha; la sentía patalear en su vientre como un niño hasta que no pudo contenerla más, y siguió creciendo, creciendo. creciendo, creciendo, hasta cuando fue más grande que su cuerpo duro y adolescente, le invadió los sueños y creció aún más allá de lo soñado y la compañera siguió besándola en la mitad de la noche hasta que hubo sangre en sus labios hinchados. Pero su voz había sonado antes de su asombro, antes de que el tap tap-tap-tapin de Junper Jigger hubiera atado los dedos ágiles de Skip a la regla de pino. Y ahora se oyó otra vez. Se oyó sobre la música que había salido de los dedos de Joe. Y sobre el desgonzarse de los pies de Jumper Jigger contra el eco del último golpe de su cuerpo sobre el tablerito negro. Se oyó aun sobre el bullicio de Normandía que colmaba los oídos del Mexicano. La risa sujetada del hombre se quebró como la música de un disco detenido de repente y la voz de la muchacha preguntó la hora nuevamente. El sonido pertinaz de las ametralladoras se apagó y el grito del Mexicano trató de alcanzar el desbordamiento de barcos azules que se precipitaban hacia la puerta. “¡Lavinia! ¡Lavinia! Como en un cuento”. El tap-tap-tap tapin de Jumper Jigger se deshizo en los dedos de Skip, sus miembros hicieron un ruido grotesco al rebotar sobre la regla de pino que siguió vibrando en el vacío como un trampolín. Cuando el Mexicano abrió la puerta el sol iluminó el cuerpo roto de Jumper Jigger, y en la calle la sofocante tarde de verano le hacía saltar el sudor de la piel bajo la tupida lana de su abrigo.

 

(Tomado de www.literatura.us)

 

Bautismo de fuego

Mijaíl Bulgákov

 

Rápidamente pasaron los días en el hospital de N. y yo comencé poco a poco a acostumbrarme a mi nueva vida.

En las aldeas continuaban agramando el lino, los caminos seguían estando intransitables y a la consulta no venían más de cinco personas cada día. Las noches las tenía completamente libres y las dedicaba a poner en orden la biblioteca, a leer los manuales de cirugía y a tomar té, larga y solitariamente, junto al samovar.

La lluvia caía durante días y noches enteras y las gotas golpeaban inexorablemente el techo; el agua caía con gran fuerza bajo la ventana y resbalaba por el canalón hacia un cubo. El patio estaba cubierto de fango, de niebla, de una negra penumbra en la cual, como manchas opacas y difusas, se iluminaban las ventanas de la casita del enfermero y la lámpara de petróleo del portón.

Una de aquellas noches estaba yo sentado en mi gabinete y estudiaba un atlas de anatomía topográfica. A mi alrededor había un completo silencio, interrumpido de vez en cuando por el roer de los ratones detrás del aparador del comedor.

Estuve leyendo hasta que mis párpados, ya pesados, comenzaron a cerrarse. Finalmente bostecé, dejé a un lado el atlas y decidí acostarme. Me estiré y, saboreando por anticipado un sueño pacífico, acompañado por el ruido y el golpeteo de la lluvia, me dirigí a mi dormitorio, me desvestí y me acosté.

No había tenido siquiera tiempo de rozar la almohada cuando, delante de mí, en la penumbra soñolienta, apareció el rostro de Ana Prójorova, de diecisiete años, de la aldea Tóropovo. A Ana Prójorova había que extraerle un diente. El enfermero Demián Lukich se deslizó suavemente con unas brillantes tenazas en las manos. Recordé cómo decía “aquesto” en lugar de “esto”, llevado por el amor que profesaba al estilo elevado. Sonreí y me quedé dormido.

Sin embargo, no había pasado media hora cuando me desperté de repente, como si me hubieran dado un tirón; me senté y, examinando con temor la oscuridad, me puse a escuchar con atención.

Alguien golpeaba con fuerza e insistencia la puerta exterior y desde un primer momento presentí que aquellos golpes eran de mal agüero.

Llamaban a mi departamento.

Los golpes cesaron, resonó el cerrojo; se oyó la voz de la cocinera y, en respuesta, una voz poco clara; luego alguien subió por la escalera, provocando chirridos, entró silenciosamente en el gabinete y llamó en mi dormitorio.

–¿Quién es?

–Soy yo –me respondió un respetuoso susurro–, yo, Axinia, la enfermera.

–¿De qué se trata?

–Ana Nikoláievna me envía a buscarlo, pide que vaya enseguida al hospital.

–¿Qué pasó? –pregunté, y sentí que el corazón me daba un vuelco.

–Trajeron a una mujer de Dúltsevo. Tiene complicaciones con el parto.

“Ya está. Ya comenzamos –cruzó por mi cabeza, mientras trataba inútilmente de meter mis pies en las pantuflas–. ¡Ah, diablos! Los cerillos no encienden. Bien, tarde o temprano tenía que suceder. No podía pasarme toda la vida con las laringitis y los catarros estomacales”.

–Está bien. ¡Vete y dile que ahora mismo iré! –grité, y me levanté de la cama. Detrás de la puerta se oyeron los pasos de Axinia y de nuevo resonó el cerrojo. El sueño desapareció en un instante. Con dedos temblorosos encendí la lámpara apresuradamente y comencé a vestirme. Las once y media… ¿Qué complicaciones con el parto tendría aquella mujer? Jumm… posición incorrecta… pelvis estrecha… o quizá alguna cosa peor. Tal vez tendré que utilizar los fórceps. ¿No sería mejor enviarla directamente a la ciudad? ¡Impensable! “¡Qué doctor tan bueno!”, dirían todos. Y además, no tengo derecho a hacerlo. No, tengo que hacerlo yo mismo. ¿Hacer qué? El diablo lo sabe. Será una tragedia si me confundo, una vergüenza ante las comadronas. Aunque primero es necesario ver de qué se trata; no vale la pena inquietarse antes de tiempo…

Me vestí, me puse el abrigo y, confiando mentalmente en que todo saldría bien, corrí bajo la lluvia hacia el hospital, pisando sobre tablones que al hundirse hacían saltar el agua del patio. En la semioscuridad se distinguía, junto a la entrada, una carreta; el caballo golpeaba con sus cascos las tablas podridas.

–¿Usted trajo a la parturienta? –pregunté a la figura que se movía junto al caballo.

–Yo… sí, yo, padrecito –contestó lastimeramente una voz de mujer.

En el hospital, pese a lo avanzado de la hora, había agitación. En la recepción ardía, parpadeante, una lámpara de petróleo. Por el angosto corredor que conducía a la sección de maternidad, Axinia pasó rápidamente junto a mí, llevando una palangana. Detrás de la puerta se oyó de pronto un débil gemido que cesó inmediatamente. Abrí la puerta y entré en la sala de partos. La pequeña habitación blanqueada estaba intensamente iluminada por la lámpara del techo. En la cama, junto a la mesa de operaciones, yacía una mujer joven, cubierta hasta el mentón por una manta. Su rostro estaba desfigurado por una mueca de dolor y húmedos mechones de pelo se le habían pegado a la frente. Ana Nikoláievna, con un termómetro en la mano, preparaba una solución en un recipiente, mientras la segunda comadrona, Pelagueia Ivánovna, sacaba sábanas limpias del armario. El enfermero, apoyado contra la pared, estaba en pose de Napoleón. Al verme, todos se animaron. La parturienta abrió los ojos, se estrujó las manos y de nuevo gimió lastimeramente.

–¿Qué ocurre? –pregunté, y yo mismo me asombré del tono de mi voz. Hasta tal punto era seguro y tranquilo.

–Posición transversal –contestó rápidamente Ana Nikoláievna, mientras continuaba echando agua en la solución.

–Bien –dije alargando las sílabas y frunciendo el entrecejo–; bien, veamos…

–¡El doctor tiene que lavarse las manos! ¡Axinia! –gritó de inmediato Ana Nikoláievna. Su rostro había adquirido una expresión seria y solemne.

Mientras corría el agua y me quitaba la espuma de las manos enrojecidas por el cepillo, hacía preguntas poco importantes a Ana Nikoláievna; por ejemplo, cuándo habían traído a la parturienta y de dónde venía…

La mano de Pelagueia Ivánovna levantó la manta y yo, sentándome al borde de la cama y tocándola suavemente, comencé a palpar el vientre hinchado. La mujer gemía, se estiraba, crispaba los dedos, arrugaba la sábana.

–Tranquila, tranquila… aguanta –le dije, mientras apoyaba cuidadosamente las manos sobre su piel estirada, ardiente y seca.

En realidad, después de que la experimentada Ana Nikoláievna me había sugerido de qué se trataba, este examen no era necesario. Por más que continuara examinándola, no sabría más que Ana Nikoláievna. Su diagnóstico era, por supuesto, correcto. Posición transversal. Era evidente. Bien, ¿y después?

Frunciendo el entrecejo, continué palpando el vientre por todos lados y de reojo observaba los rostros de las comadronas. Estaban concentradas y serias y en sus ojos leí aprobación a lo que yo hacía. En efecto, mis movimientos eran seguros y correctos; intentaba ocultar mi intranquilidad en lo más recóndito de mi ser y no demostrarla de ninguna manera.

–Bien –dije tras un suspiro, y me levanté de la cama, ya que por fuera no se podía ver nada más–, hagamos la exploración interna.

La aprobación apareció de nuevo en los ojos de Ana Nikoláievna.

–¡Axinia!

De nuevo corrió el agua.

“¡Eh, si pudiera leer ahora el Doderlein!”, pensé tristemente mientras me enjabonaba las manos. Pero era imposible hacerlo en ese momento. Además, ¿cómo me podría ayudar en aquel momento Doderlein? Me quité la espesa espuma y me unté los dedos con yodo. La sábana limpia crujió bajo las manos de Pelagueia Ivánovna. Inclinándome hacia la parturienta comencé tímida y cuidadosamente a realizar la exploración interna. En mi memoria surgió de manera espontánea la imagen de la sala de operaciones de la maternidad. Lámparas eléctricas que ardían intensamente dentro de globos opacos, un brillante suelo de baldosas, el instrumental y los grifos que relucían por todas partes. El asistente, con una bata blanca como la nieve, manipulaba sobre la parturienta; a su alrededor estaban tres ayudantes, los médicos practicantes y una multitud de estudiantes. Todo estaba bien, era luminoso y sin peligro.

Aquí, en cambio, estoy completamente solo y tengo en mis manos a una mujer que sufre; yo respondo por ella. Pero no sé cómo ayudarla pues solo he visto de cerca un parto dos veces en mi vida. En este momento estoy realizando una exploración, pero eso no me hace sentir ningún alivio a mí ni a la parturienta; no entiendo absolutamente nada ni consigo palpar nada en su interior.

Pero había llegado el momento de decidirse a hacer algo.

–Posición transversal… como se trata de una posición transversal, entonces es necesario… es necesario hacer…

–Un viraje sobre la piernecita –no pudo contenerse y dijo, como para sí misma, Ana Nikoláievna.

Un médico viejo y experimentado la habría mirado con desaprobación por entrometerse y adelantarse con sus conclusiones… yo, en cambio, no soy una persona que se ofenda con facilidad.

–Sí –confirmé significativamente–, un viraje sobre la piernecita.

Y entonces desfilaron con rapidez ante mis ojos las páginas de Doderlein. Viraje directo… viraje combinado… viraje indirecto…

Páginas, páginas… y en ellas dibujos. La pelvis, bebés torcidos, asfixiados, con enormes cabezas… una manita que cuelga y en ella un lazo.

Hacía poco tiempo que había leído el libro. Además, lo había subrayado, reflexionando atentamente sobre cada palabra, imaginándome la correlación de las partes y todos los métodos. Al leerlo, me parecía que el texto quedaría para siempre impreso en mi cerebro.

Pero ahora, de entre todo lo leído, solo surgía una frase:

“La posición transversal es una posición absolutamente desfavorable”.

Lo cierto, cierto. Absolutamente desfavorable tanto para la mujer que va a parir como para el médico que ha terminado la universidad solo seis meses atrás.

–Está bien… lo haremos –dije incorporándome.

El rostro de Ana Nikoláievna se animó.

–Demián Lukich –se dirigió al enfermero–, prepare el cloroformo.

¡Fue magnífico que lo dijera porque en ese momento yo no estaba seguro de si la operación debía realizarse con anestesia o sin ella! Por supuesto que con anestesia. ¡Acaso podía ser de otra manera!

Pero de cualquier forma tenía que consultar el Doderlein…

Me lavé las manos y dije:

–Bien… prepárenla para la anestesia, colóquenla en la mesa. Ahora vuelvo, voy a casa a buscar mis cigarros.

–Está bien, doctor, está bien, hay tiempo –contestó Ana Nikoláievna.

Me sequé las manos, la enfermera me echó el abrigo sobre los hombros y, sin meter los brazos en las mangas, corrí a casa.

Una vez en mi gabinete encendí la lámpara y, olvidando quitarme el gorro, me lancé hacia la estantería.

Allí estaba: Doderlein. Operaciones en obstetricia. Comencé a pasar rápidamente las lustrosas páginas.

“…el viraje representa siempre una operación peligrosa para la madre…”

Un escalofrío recorrió mi espalda a todo lo largo de la columna vertebral.

“…el peligro principal radica en la posibilidad de un desgarramiento espontáneo del útero…”

Es-pon-tá-ne-o.

“…si el partero al introducir la mano en el útero, como consecuencia de la falta de espacio o por la influencia de la reducción de las paredes del útero, encuentra dificultades para llegar hasta la pierna, debe renunciar a intentos posteriores de realizar el viraje…”

Bien. Si por algún milagro llegara a ser capaz de determinar esas “dificultades” y de renunciar a “intentos posteriores”, ¿qué haría con esa mujer anestesiada de la aldea de Dúltsevo?

Más adelante:

“…se prohíbe terminantemente tratar de llegar hasta las piernas a lo largo de la espalda del feto…”

Lo tomaremos en cuenta.

“…sujetar la pierna que está arriba se considera un error, ya que al hacerlo el feto puede girar sobre su propio eje, lo que puede originar un grave encajamiento del feto y puede conducir a las más tristes consecuencias…”

“Tristes consecuencias”. Algo indefinidas, ¡pero qué palabras tan impresionantes! ¿Y si el marido de la mujer de Dúltsevo se queda viudo? Me sequé el sudor de la frente, reuní fuerzas y, saltándome aquellos terribles pasajes, traté de recordar solo lo esencial: qué es lo que debía hacer y por dónde introducir la mano. Pero mientras recorría rápidamente los negros párrafos, una y otra vez me topaba con nuevas cosas terribles. Me saltaban a la vista:

“…debido al enorme peligro de desgarramiento… los virajes interno y combinado son de las operaciones obstétricas más peligrosas para la madre…”

Y como acorde final:

“…con cada hora de retraso, crece el peligro…”

¡Basta! La lectura trajo sus frutos: todo se confundió definitivamente en mi cabeza y en un instante me convencí de que no entendía nada, y sobre todo, de que no sabía qué tipo de viraje iba a realizar: ¡combinado, no combinado, directo, indirecto…!

Abandoné el Doderlein y me dejé caer en el sillón, forzándome a poner en orden mis fugitivos pensamientos… luego miré el reloj. ¡Diablos! ¡Llevaba veinte minutos en casa! En el hospital me esperaban.

“…con cada hora de retraso…”

Las horas se componen de minutos y los minutos, en estos casos, vuelan a una velocidad increíble. Arrojé el Doderlein y corrí de regreso al hospital.

Todo estaba listo. El enfermero estaba de pie junto a la mesita y en ella preparaba la mascarilla y el frasco con cloroformo. La parturienta ya estaba acostada en la mesa de operaciones. Un gemido ininterrumpido se extendía por toda la clínica.

–Aguanta, aguanta –balbuceaba tiernamente Pelagueia Ivánovna, inclinándose hacia la mujer–, el doctor te ayudará ahora mismo.

–No tengo fuerzas… no… ¡Ya no tengo fuerzas!… ¡No lo soportaré!

–No temas, no temas… –balbuceaba la comadrona–. ¡Lo soportarás! Ahora te daremos a oler algo… No sentirás nada.

El agua salía ruidosamente de los grifos; Ana Nikoláievna y yo comenzamos a limpiarnos y a lavarnos las manos y los brazos desnudos hasta el codo. Ana Nikoláievna, con un fondo de gemidos y lamentos, me contaba cómo mi antecesor –un experto cirujano– hacía los virajes. Yo la escuchaba ansiosamente, procurando no perderme una sola palabra. Y esos diez minutos me dieron más que todo lo que había leído sobre obstetricia cuando me preparaba para el examen estatal, en el que –justamente en obstetricia– había obtenido una nota “sobresaliente”. Por palabras aisladas, frases inconclusas, insinuaciones hechas de paso, me enteré de lo más necesario, de aquello que no se encuentra nunca en ningún libro. Cuando comencé a secarme las manos –idealmente blancas y limpias– con gasa esterilizada, la decisión ya se había adueñado de mí y tenía en la cabeza un plan firme y determinado. En aquel momento ya no tenía para qué pensar si el viraje iba a ser combinado o no combinado.

Todos aquellos términos científicos ahora no venían al caso. Lo importante era una cosa: debía introducir una mano, con la otra ayudarme desde fuera para ejecutar el viraje y, confiando ya no en los libros sino en el sentido de la medida sin el cual el médico no sirve para nada, debía cuidadosa pero insistentemente hacer bajar una piernecita y, tirando de ella, extraer el bebé.

Debía estar tranquilo y ser cuidadoso pero al mismo tiempo ilimitadamente decidido y audaz.

–Comencemos –le ordené al enfermero, y empecé a untarme los dedos con yodo.

Pelagueia Ivánovna inmediatamente cruzó los brazos de la parturienta y el enfermero cubrió con la mascarilla el rostro extenuado. Del frasco amarillo oscuro comenzó a gotear el cloroformo. Un olor dulce y nauseabundo inundó la habitación. Los rostros del enfermero y de las comadronas se volvieron severos, como si estuvieran inspirados.

–¡Ah! ¡Ah! –gritó de pronto la mujer. Durante unos segundos se agitó, intentando quitarse la máscara.

–¡Sujétenla!

Pelagueia Ivánovna la sujetó por los brazos, los dobló y los apretó contra el pecho. La mujer gritó unas cuantas veces más alejando el rostro de la máscara. Pero cada vez se movía menos… cada vez menos… luego balbuceó sordamente:

–¡Ah!… ¡Suéltame!… ¡Ah!

Balbuceaba cada vez más débilmente. La blanca habitación quedó en silencio. Las gotas transparentes seguían cayendo sobre la gasa blanca.

–Pelagueia Ivánovna, ¿el pulso?

–Es bueno.

Pelagueia Ivánovna levantó el brazo de la mujer y lo dejó caer; este, inanimado como una rama, se precipitó sobre la sábana. El enfermero retiró la mascarilla y miró las pupilas.

–Duerme.

 

***

Un charco de sangre. Mis brazos están ensangrentados hasta el codo. En las sábanas hay manchas sanguinolentas. Coágulos rojos y bolas de gasa. Y Pelagueia Ivánovna sacude al recién nacido y le da golpecitos. Axinia hace ruido con los baldes al verter el agua en las palanganas. Sumergen al niño alternativamente en agua fría y caliente. El bebé calla y su cabeza parece sujeta por un hilo, cuelga sin vida y se balancea de un lado a otro. Pero de pronto: se escucha algo como un chirrido, o un gemido, y después se oye el primer grito, ronco y débil.

–Está vivo… está vivo… –murmura Pelagueia Ivánovna, y coloca al bebé sobre una almohada.

Y la madre también está viva. Por suerte no ha ocurrido nada terrible. Yo mismo le tomo el pulso. Sí, es regular y claro; el enfermero sacude ligeramente a la mujer por el hombro y dice:

–Bueno, mujer, mujer, despierta.

Arrojan a un lado las sábanas ensangrentadas y apresuradamente cubren a la madre con una sábana limpia; el enfermero y Axinia se la llevan a la sala. El bebé, ya envuelto en sus pañales, se marcha sobre la almohada. Una pequeña carita marrón y arrugada mira desde el borde blanco sin dejar de emitir un agudo llanto.

El agua corre por los grifos de los lavabos. Ana Nikoláievna fuma ansiosamente un cigarrillo, arruga la cara a causa del humo y tose.

–Doctor, ha hecho usted muy bien el viraje, con mucha seguridad.

Me froto afanosamente las manos con un cepillo y la miro de reojo: ¿estará burlándose? Pero en su rostro hay una sincera expresión de orgullosa satisfacción. Mi corazón rebosa alegría. Miro el blanco y sangriento desorden que hay a mi alrededor, el agua roja de la palangana y me siento vencedor. Pero en algún recóndito lugar de mi ser se agita el gusano de la duda.

–Todavía debemos esperar a ver qué ocurre después –digo.

Ana Nikoláievna levanta asombrada la vista hacia mí.

–¿Qué puede ocurrir? Todo ha salido bien.

Murmuro cualquier cosa como respuesta. En realidad, lo que quisiera decir es lo siguiente: ¿estará todo intacto en el interior de la madre?, ¿no la habré lastimado durante la operación…? Esto atormenta confusamente mi corazón. ¡Pero mis conocimientos de obstetricia son tan poco claros, tan librescamente fragmentarios! ¿Un desgarramiento? ¿Cómo debe manifestarse? ¿Cuándo se presentarán los primeros síntomas, ahora o más tarde…? No, mejor no hablar sobre este tema.

–Cualquier cosa puede ocurrir –digo yo–, no está excluida la posibilidad de una infección –repito la primera frase que se me ocurre de algún manual.

–¡Ah, eso! –alarga tranquilamente las palabras Ana Nikoláievna–. Si Dios quiere nada ocurrirá. ¿Una infección? Todo está limpio y esterilizado.

 

***

Era más de la una cuando regresé a mi departamento. Sobre el escritorio del gabinete, bajo la mancha de luz de la lámpara, yacía pacíficamente el Doderlein, abierto en la página “Peligros del viraje”. Durante casi una hora, estuve bebiendo el té ya frío y hojeando el libro. Entonces ocurrió algo interesante: todos los pasajes que hasta ese momento me habían resultado oscuros se volvieron completamente claros, como si se hubieran llenado de luz, y allí, bajo la luz de la lámpara, por la noche, en aquel lugar apartado, comprendí lo que significa el verdadero conocimiento.

“Se puede adquirir una gran experiencia en la aldea –pensé mientras me quedaba dormido–, pero hay que leer, leer todo lo posible… leer…”

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)