Augusto Roa Bastos
–¿Quién
me puede decir que eso no sea cierto? –farfulló pausadamente, con su habitual tono entre sarcástico y circunspecto,
adelantándose a una improbable objeción sobre lo que acababa de decir y que resultaba
increíble aun contado por él.
–Pero hay una
realidad que no se puede falsear impunemente –apuntó alguien no con ánimo de rebatirle,
desde luego, sino de aguijonearlo un poco.
–¿Cómo? –se hizo
repetir la frase apantallándose la oreja con la mano, despectivamente–. Claro, eso
que la gente satisfecha llama la verdad de las cosas. ¡Ahí los quiero ver! ¿Alguien
ha vivido demasiado para saber todo lo que hay que saber? ¿Y qué es lo que al final
le queda al que más sabe? Esto… –dijo haciendo sonar las uñas con el gesto
irrisorio de matar una pulga–. ¿Quién puede adivinar los móviles de los actos más
simples o más complicados y desesperados? El que estemos aquí como moscas friolentas
esperando algo que no se produce, reunidos nada más que por la fuerza de la costumbre.
El de ese hombre de barrio de emergencia que comienza a devorar a su mujer a dentelladas
ante un centenar de vecinos aterrorizados a los que amenaza con un revolver. ¿Locura
de amor, de celos? ¿Aberraciones de un paladar cansado del guisote casero? Ahora
está de moda hablar de la realidad. Típico reflejo de inseguridad, de incertidumbre.
La gente quiere ver, oler, tocar, pinchar la burbuja de su soledad. ¿Pero qué es
la realidad? Porque hay lo real de lo que no se ve y hasta de lo que no existe todavía.
Para mí la realidad es la que queda cuando ha desaparecido toda la realidad, cuando
se ha quemado la memoria de la costumbre, el bosque que nos impide ver el árbol.
Sólo podemos aludirla vagamente, o soñarla, o imaginarla. Una cebolla. Usted le
saca una capa tras otra, y ¿qué es lo que queda? Nada, pero esa nada es todo, o
por lo menos un tufo picante que nos hace lagrimear los ojos. Toquen la punta de
esta mesa, o una tecla en el piano. ¿Hay algo más fantástico que el tacto de la
madera en la yema de un dedo, que ese sonido que vibra un momento y se apaga?… –se
puso los dedos sobre los labios para desinflar despacito la pompa de un eructo–.
¿Y la vida de un hombre? ¿Pero es que alguien
sabe de ese condenado a muerte algo más que los garabatos que deja arañados en las
paredes de su celda? Y a veces esos borrones despistan todavía más porque los cargamos
con nuestra propia agonía o indiferencia… –el picor de la acidez se le demoró un
instante en el fruncimiento del ceño, en la comisura de los labios.
Nos miramos disimuladamente:
era muy raro que el gordo se pusiera patético o sentimental. Ahora mismo sus ojillos
semicerrados desmentían, sardónicos, sus palabras.
–¿Saben lo que
pasa? Se habla demasiado. El mundo está envenenado por las palabras. Son la fuente
de la mayor parte de nuestros actos fallidos, de nuestros reflejos, de nuestras
frustraciones. La palabra es la gran trampa. Es muy cierto eso de que empezamos
a morir por la boca como los peces. Yo mismo hablo y hablo. ¿Para qué? Para sacar
nuevas capas a la cebolla. Por ahí no se va a ningún lado. Habría que encontrar
un nuevo lenguaje, y mejor todavía un lenguaje de silencio en el que nos podamos
comunicar por levísimos estremecimientos, como los animales –¿no se dan cuenta qué
libres son ellos?–, por leves alteraciones de esta acumulación de ondas congestionadas
que hay en nosotros como un forúnculo a punto de reventar. Un pestañeo apenas visible
resumiría todos los cantos de la Ilíada, incluso los que se perdieron.
Un pliegue de labios, todo Dante, Shakespeare, Goethe, Cervantes, tan aburridos
e ilegibles ya. Los gestos más largos expresarían los hechos más simples: el hambre,
el odio, la indiferencia. El amor sería aún más simple: una mirada y en esa mirada,
un hombre y una mujer desnudos, desnudos de veras, por dentro y por fuera, pero
conservando todo su misterio… ¡Qué sé yo! No se sabe nada de nada. En esta carrera
nadie tiene la precisa. Pónganle la firma… –su expresión volvía a ser apacible,
neutra–. Si en el país de los ciegos te falta un ojo, quítate el otro, solía decir
mi abuelo, un viejo alcahuete que supo andar en la lluvia sin mojarse. Y tenía razón.
Lo que no quiere decir que un ciego sea precisamente el testigo de lo invisible,
aunque a veces… –se interrumpió como si de pronto se le hubiese escapado la idea
que quería expresar; y tras una pausa, semblanteándonos fijamente uno por uno–:
Ya Séneca decía hace dos mil años: “¿Con quién podríamos comunicar?” ¿Y que como
sé yo, por qué no se lo preguntan a Mongo?
Él mismo tenía
un aire de apacible, inerte, fofa irrealidad. Aun en el momento de hablar y mover
unas manos pálidas y blanduzcas de pianista en relâche. Obeso y enorme, desbordaba
el sillón en que se había arrellanado. Su cuerpo estaba anclado en algo más que
en el peso de la carne y su invencible molicie. El mismo aire que se cernía sobre
él parecía aplastarlo, deformarlo, hinchándolo y deshinchándolo desde adentro en
la respiración. En el semblante apoplético la boca, que no había perdido del todo
su bello dibujo, era lo único que resistía la devastación. Encerrados en la masa
de tejido adiposo parecía haber dos hombres que no querían saber nada entre sí.
Habían crecido juntos, se habían fundido finalmente, pero aún trataban de contradecirse,
de ignorarse, y ya ninguno de los dos tenía remedio, al menos el uno en el otro.
La ronca y monótona voz servía sin embargo a uno y otro, por igual, sin favoritismos.
–Para qué entonces
preguntar, explicar nada –agregó tras una pausa en la que estuvo mordisqueando la
despachurrada punta del cigarro–. Leonardo hizo un león. Daba algunos pasos, luego
se abría el pecho y lo mostraba lleno de lirios. Y ese león… –pero volvió a callarse.
Sobre la cara abotargada jugaba una sonrisa muerta.
Creo que ninguno
de nosotros pensaba en alguna objeción en ese instante, ya olvidados del cuento
que había comenzado a relatar a propósito de unos emigrados que consiguen asesinar
al embajador de su país con la ayuda de un ciego. El gordo sostenía que el ciego
había apuñaleado al militarote, sentenciado desde hacía mucho tiempo por sus actos
de sevicia y por haber organizado y dirigido el aparato de represión del régimen.
El atentado y el crimen eran absurdos e increíbles, según el relato del gordo. Pero
a él no se le podían refutar sus ocurrencias. Había que oírlo simplemente. No porque
fuera incapaz de escuchar a su vez, sino porque uno lo sentía impermeable a las
opiniones, a la incredulidad de los demás. No era quizás egoísmo o infatuación.
Era un desinterés, una indiferencia parecida a la desesperanza, que él trataba de
disimular con el humor de un sarcasmo vuelto otra vez inocente. Más de una vez sospeché
que era un poco sordo y que se defendía de esa manera de la humillación de admitirlo.
Lo que acababa
de decir, por ejemplo, no tenía ninguna relación con lo que anteriormente estaba
diciendo. Pero él saltaba así de un tema a otro sin transición, o buscándonos el
“pálpito” en medio de bruscas interrupciones, de largos e impenetrables silencios,
entre sorbo y sorbo de ginebra, tras los cuales hacía girar la copa con una especie
de rítmico tecleo de sus uñas en el vidrio. Nunca se sabía cuándo decía un chiste
o recordaba una anécdota, ni en qué momento concluía un cuento y empezaba otro sacándolo
del anterior, “despellejando la cebolla”. Pero nunca conseguimos hacerle contar
por qué había dejado su carrera de concertista de piano, en la que llegó a alcanzar
cierto renombre, luego de aquella gira por las ciudades del interior en la que se
vio envuelto en un absurdo lío con la esposa de un gobernador. Lo que se sabía era
vago e incierto, y a pesar del escandalete que adobaron en su momento algunos diaruchos
de provincia, era casi seguro que a él no le cupo otra culpabilidad que la que la
confabulación de las circunstancias pudieron atribuirle. Habían pasado muchos años.
Él nunca quiso hablar de eso. Cuando alguien insinuaba la cosa, se quedaba callado.
Los ojillos enrojecidos, que parecían no tener iris, parpadeaban lacrimosos, renuentes,
y se quedaban amodorrados un largo rato. Pero uno de nosotros descubrió una vez,
entre las páginas de un diccionario de música, la fotografía de una hermosa mujer
con una dedicatoria un poco cursi e ingenua que delataba a la dama provinciana de
la historia. Un tiempo después la fotografía desapareció también, y en su lugar
el gordo colocó una obscena viñeta recortada de cualquier revista de pornografía
barata, para irrisión de futuras indiscreciones.
No teníamos más
remedio que aguantarlo. Lo escuchábamos impacientes y ávidos porque siempre podíamos
aprovechar algo en nuestras colaboraciones para las revistas. Su repertorio era
inagotable. Jamás repetía sus cuentos. Creo que los inventaba y olvidaba adrede.
Nosotros traficábamos con su desmemoriada prodigalidad, si bien casi siempre teníamos
que imaginar y reinventar lo que él imaginaba e inventaba, completando esas frases
que se comía, esas palabras que eran inentendibles gorgoteos, esos silencios cargados
de astuta intención, abiertos a toda clase de pistas falsas y contradictorias alusiones.
Él se divertía a nuestra costa, eso era seguro, atormentándonos con su endiablada,
voluble, casi indescifrable manera de contar. El gordo se reiría en sus adentros
de nosotros, pero el irregular balanceo de su abdomen lo disimulaba muy bien.
Esa noche no éramos
muchos. Tres o cuatro a lo sumo. Hacía calor. Estaba más lúcido e inerte que de
costumbre. Hablaba, bebía y callaba. La gruesa nariz y la frente que se extendía
hacia la calva orlada de ralos cabellos grises estaban punteadas de incontables
gotitas. Se pasaba la mano, borroneaba la floja piel, pero las puntitas volvían
a brotar en seguida. Me parece estar viéndolo todavía.
Contó varios cuentos.
Quizás fueran uno solo, como siempre, desdoblado en hechos contradictorios, desgajado
capa tras capa y emitiendo su picante y fantástico sabor. Luego de la alusión a
la realidad insondable y al león lleno de lirios de Leonardo da Vinci, empezó a
relatarnos la historia del hombre que había soñado el lugar de su muerte. La contó
de un tirón, sin más interrupciones ni digresiones. El hombre vio en sueños el lugar
donde había de morir. Al principio no se entendía muy bien dónde era. Pero el gordo,
contra su costumbre, se explayó al final en una prolija descripción. Contó que el
hombre vivió después temblando de encontrarse en la realidad con el sitio predestinado
y fatal. Contó el sueño a varios amigos. Todos coincidieron en que no debía darse
importancia a los sueños. Acudió a un psicoanalista que sólo consiguió aterrarlo
aún más. Acabó encerrándose en su casa. Una noche recordó bruscamente el sitio del
sueño. Era su propio cuarto en su casa.
La voz del gordo
se quebró en un ronquido. Señaló algo con la mano, delante de sí. Giramos la mirada
siguiendo el gesto torpe y pesado, sin comprender todavía. No había nadie en el
hueco de la puerta, pero por un instante yo sentí en la nuca una ráfaga fría. Pensamos
en alguna nueva ocurrencia del gordo. Sólo cuando nos volvimos hacia él comprendimos
de golpe: lo que el gordo había descrito punto por punto era el cuarto en que estábamos.
Tenía la cara pálida, viscosa. El húmedo cigarro se le había caído sobre el pecho
que ahora ya no se hamacaba en el blando jadeo. Los ojillos vidriosos se hallaban
clavados en nosotros con una burlona sonrisa.
(Tomado de www.literatura.us)