Augusto Roa Bastos
Sonó
el timbre. Elsa fue a abrir. Por la puerta entreabierta se metió el brazo del repartidor tendiendo el diario. Se
oyeron tintinear las monedas, el gruñido de saludo, urgente, impersonal, y algo
más lejos, a través del tubo del pasillo, el sordo ruido de la calle, a esa hora
en que recrudece en un espasmo final con la caída de la noche.
–Vino más tarde
hoy –observó Elsa.
–Qué quiere. Vengo
cuando puedo. La gente nos arranca de la mano la primera tanda. Ustedes que están
aquí tranquilitas, pueden esperar ¿no?
Elsa cerró la
puerta y entró en el cuarto de costura, donde estaban las otras.
–Vamos a ver qué
más dicen sobre eso de ayer –murmuró al entrar, casi para sí.
Se sentó y extendió
el periódico sobre la máquina de coser. Lo hojeó y se detuvo en la página consabida.
Elsa, como de costumbre, empezó a leer en forma intermitente. Párrafos sueltos y
truncos, solo como para dar una guía mental del asunto a las otras dos mujeres.
Leía puliéndose levemente las uñas de la mano izquierda sobre el blanquísimo cuello
de piqué. El diario formaba arrugadas prominencias sobre el cabezal. Elsa los fue
alisando poco a poco, con suaves golpecitos.
El diario traía
una descripción más o menos minuciosa del crimen en el residencial de la calle Rincón.
–… Guido Latrónico…
rentista… 51 años… conocido por algunos antecedentes de corrupción de menores… –la
voz de Elsa adquirió su tono característico de dureza punitiva cuando comentó casi
sin interrupción–… ¡a estos miserables está bien que de cuando en cuando les alcance
su merecido!
Elvira y Amanda,
también como de costumbre, escuchaban sin detener su labor. Amanda esperó con cierta
ansiedad el párrafo siguiente. Quería saber. Tenía los labios ligeramente entreabiertos.
La lectura de
la página de policiales era la única libertad que se permitían las tres mujeres.
Siempre que Lía no estuviese. Esos anónimos dramas pasionales, esas muertes horripilantes
y absurdas, esa especie de monstruosa floración que alberga la ciudad en sus entrañas,
proyectaban en el cuarto de costura algo de su tufo en el olor de la tinta de imprenta
como un rito purificador para las tres solteronas, pero en especial para Elsa. Prácticamente
a las tres no les interesaba otra cosa del diario.
La presencia de
la sobrina huérfana era lo único que podía impedir la lectura. Elsa era en este
punto intransigente. Ningún escrúpulo le parecía exagerado cuando se trataba de
proteger la “tranquilidad espiritual” (no decía candor o inocencia) de la muchacha
de quince años, cuya mentalidad parecía la de una chiquilla de diez.
La dictadura moral
de la tía Elsa no era siniestra, ni mucho menos. Pero era una voluntad sutil e implacable
que, con el aire, respiraban en la casa tanto la huérfana como las otras dos tías.
Bajo este rigor, que ya formaba parte del ambiente, Elvira y Amanda miraban envejecer
sus manos sobre las costuras y bordados, y Lía daba la impresión de haberse detenido
para siempre al borde de la infancia, pimpollo de invernadero en un limbo cuyas
murallas de papel floreado la tía Elsa vigilaba sin descanso.
Cuando Lía iba
al departamento de los Ibáñez, para jugar allí hasta el anochecer con los tres chicos,
menores que ella, Elsa aprovechaba para leer la página predilecta. Bajo su cabellera
lacia y gris partida en dos, el rostro mate y seco con patas de gallo a los costados
de los ojos tomaba un aire más reconcentrado y tenso, que lo destacaba sobre la
pulcritud del vestido de corderoy color ratón. La voz se le volvía chillona en el
tono recitativo y un poco engolado de la lectura. A Amanda le atraía el rito en
un sentido inverso que a Elsa; para ella era un juego mórbido del que parecía disfrutar
a solas. Elvira, en su atonía apacible, era incapaz de penetrar plenamente en este
juego de atracciones y repulsiones secretas. A veces se comía nerviosamente las
uñas, se rascaba la caspa o hacía preguntas que enojaban a Elsa. En esos momentos,
sobre el semblante otoñal de Amanda pasaba fugazmente la sombra de algo furtivo
e inconsciente, una sonrisa o tal vez nada más que una mueca, la expresión de una
revancha íntima.
–…Herida profunda
y mortal de siete centímetros de profundidad en el cuarto espacio intercostal izquierdo…
En el vidrio de
la puerta del patio, Amanda vio reflejarse borrosamente la menuda y fina silueta
de Lía. Estaba parada ahí, escuchando a escondidas. Nadie la había sentido llegar.
Ni Elsa ni Elvira podían verla. En los labios de Amanda jugueteó la misteriosa sonrisa.
Nada dijo. No hizo el menor gesto de aviso. El juego adquiría de improviso para
ella, solamente para ella, un matiz imprevisto. Le encantaba comprobar que la inflexible
vigilancia de la hermana mayor se balanceaba en ocasiones sobre una cuerda floja.
–…El dictamen
del forense establece que la víctima fue probablemente atacada durante el sueño,
y que falleció en el acto… no han surgido hasta el momento indicios que permitan
orientar la investigación del caso… pero indudablemente el crimen fue cometido por
una mujer…
–¿Mujer? ¿Por
qué una mujer? –preguntó Amanda, sin levantar la vista. Si su intención fue provocar
una explicación más detallada para alguien en particular, esa intención pasó inadvertida.
–Porque esa casa
–respondió Elsa con acritud– era un lugar de citas irregulares.
–Pero, ¿por qué
una mujer? –repitió Amanda–. Pudo ser un hombre, un muchacho. La ciudad está llena
de homosexuales. A esos cincuentones les gustan los adolescentes.
–¡Por Dios, esta
Amanda! –susurró Elvira parpadeando mucho–. Siempre con sus cosas raras.
Elsa la miró de
reojo, una mirada fulmínea y opaca, y prosiguió con la vista en el periódico, sin
que las otras dos pudieran saber si leía o comentaba.
–…El rentista
asesinado tenía alquilado a su nombre el departamento, pero lo ocupaba solo de vez
en cuando. El portero declaró que la tarde en que encontraron muerto a Latrónico,
lo había visto entrar en compañía de una mujer, pero no pudo describirla porque
la vio de espaldas, cuando entraba en el ascensor, oculta en parte por la corpulencia
del rentista. Cree que se trataría de una muchacha muy joven por algunos detalles
de su indumentaria, entrevista fugazmente. No la vio salir, pero no le extrañó el
hecho porque no era la primera vez que el rentista llevaba a su departamento a jovencitas
que bien podían pasar por hijas suyas… –Elsa continuó leyendo en silencio. Bajo
la presión de su mano, la barrita sostén del carretel atravesó las páginas del diario,
y emergió entre las letras negras con su lengüeta niquelada.
Elvira comentó
rascándose con el meñique sin uña el nacimiento de los cabellos ondulados:
–Posiblemente
estemos ante un nuevo crimen misterioso…
–Lo que se llama
el crimen perfecto no existe –dijo Elsa con suficiencia.
–Debe existir
pero no se conoce. ¡Cuántos criminales no andan por ahí vivitos y coleando, riéndose
de la policía y de todo! –murmuró Amanda.
–La que mató a
esa inmunda bestia no va a poder escapar por mucho tiempo –dijo Elsa, como lamentándolo,
y en seguida silbó con ira–: ¡una lástima, porque…! –pero se interrumpió de golpe.
Lía entraba por
la puerta rígida y ausente, como en estado de trance. Solo las aletas de su pequeña
nariz palpitaban ansiosamente en la respiración entrecortada. Miraba a sus tías
con ojos sin reflejos. Ojos de desmayada o de sonámbula.
Elsa arrugó el
periódico, lo aplastó contra el cabezal de la máquina y corrió hacia Lía, la estrechó
entre sus brazos como si acabara de rescatarla indemne de un accidente, pero también
ofendida por la infracción.
–¿No fuiste a
jugar?
–Sí, fui, pero
los Ibáñez no estaban. Fueron a un cumpleaños, creo, con todos los chicos.
–¿Por qué no volviste
entonces?
–Me quedé hablando
con ese muchacho que vive con ellos.
–¿Quién?… –la
alarma de Elsa se transformó, pero no por eso decreció sino que aumentó.
–Ese desterrado
paraguayo que llegó la semana pasada.
–Cómo puede ser…
no me han dicho nada… –los labios de Elsa se afinaron más aún hasta desaparecer
en un tajo agrietado en los bordes.
–No tienen por
qué contarte todas sus cosas –dijo Amanda–. Como paraguayos radicados aquí, es natural
que alberguen a un compatriota en desgracia.
Elsa no pareció
oírla.
–Debiste venir
en seguida –conminó a Lía sin mirarla a los ojos.
–Nunca hablo con
nadie –se quejó la muchacha–. No tenía nada de malo que me quedara un rato a charlar
con él. Me contó las cosas terribles que están pasando en su país. Me dio mucha
lástima, ¿sabés? Se escapó por milagro del periódico donde trabajaba cuando lo asaltaron
e incendiaron. Tienen que conocerlo… –Lía miró a sus tías.
–Es mejor que
te acuestes –dijo Elsa–. Voy a prepararte un té de tilo. Parece que estás con fiebre.
–No tengo nada.
Me siento bien.
–Vamos, querida.
Es necesario que vayas a tu cama, ¿me oyes? –Lía ensayó unos pucheros. Daba la impresión
de estar al borde del llanto–. No estarás sola. Te prepararé el té. Después me quedaré
contigo. Andá a tu cama –ordenó Elsa.
Su decisión, como
de costumbre, era inapelable. Lía salió del cuarto. Elsa fue a la cocina. El aspecto
de Lía cambió al quedar sola en el pasillo; sus facciones se le contrajeron en una
expresión astuta. En puntas de pie se arrimó de nuevo al cuarto de costura, y se
quedó un rato escuchando con el oído pegado a la rendija de la puerta. Un brillo
extraño le avivó los pequeños ojos color avellana.
–¡Pobrecita! –oyó
que se condolía Elvira.
–Son los resultados
de la educación de Elsa –comentó Amanda ásperamente.
–Hace lo mejor
que puede –dijo Elvira.
–Sí, para acabar
de imbecilizar a la chica.
–¡Amanda, no digas
eso! –la voz de Elvira se volvió ronca y asustada.
–La ha convertido
en un ser enclenque, falso y egoísta.
–Lía no es lo
que se te antoja –Elvira la miró por encima del grueso arco de sus anteojos–. Será
que… no la comprendés y no la querés verdaderamente.
–Tal vez yo la
comprenda y la quiera más que ustedes dos. Pero yo no olvido que ya no es una chicuela.
No es con juegos inocentes en lo de Ibáñez, con clases particulares, con el inocente
paseo de los domingos a Palermo, con todas esas… cosas ridículas, como Elsa va a
sacar algo de ella. No es con mentiras como va a conseguirse que aprenda las verdades
de la vida.
–¿Y vos las conoces,
Amanda? –ironizó Elvira con una risita tímida.
–Yo… –Amanda tartamudeó
un poco–. Nosotras ya no tenemos remedio. Ninguna de las tres. ¡Estamos peor que
Mabel, que por lo menos tuvo lo suyo!
–¡Pobre Mabel!
Harías bien en no meterla a ella en estas cosas. ¿No te das cuenta de que Elsa quiere
evitarle su suerte a la hija?
–¡Si yo pudiera,
a escondidas de la arpía, le enseñaría a esa chica lo que debe saber! –Los ojos
de Amanda se agrandaron en un fulgor maligno.
Elvira no pudo
o no supo replicar. Se arqueó más sobre su labor, respirando fatigosamente al repechar
la cuesta de esos temas desagradables para ella.
–Le contaría cosas.
Le daría a leer los diarios, novelas, qué sé yo… –continuó Amanda; el tono de su
voz era ahora suave y sombrío–. Le diría que el mundo no termina entre estas cuatro
paredes. Le hablaría de las cosas que yo hubiera podido hacer de haber tenido su
edad. ¡Sí, le mostraría nuestra pobre vida de solteronas! ¿Y qué sino esto es también
el rencor de Elsa? Odia lo que ya no puede ser suyo. La está envenenando a esa pobre
chica con su moral de beata resentida.
De mala gana Lía
se despegó de su apostadero. Elsa podía reaparecer en cualquier momento. La carita
pálida estaba acalorada, pero la expresión de astucia no se borró de ella. Se deslizó
a su cuarto, rengueando de la pierna más débil.
Contra el empapelado
de flores grises y rosas té las dos siluetas inclinadas estaban inmóviles. La máquina
de Amanda reinició con arranques intermitentes su metálico zumbido. Sobre la de
Elsa no había más que el diario apelotonado.
En los días que siguieron el comportamiento de Lía
se volvió cada vez más raro. Pero no de golpe, sino en una progresión casi imperceptible.
Elsa sintió que algo iba minando su autoridad sobre la sobrina, que algo la iba
transformando poco a poco. No era que estuviese menos sumisa que antes; pero había
en ella menos espontaneidad. Su obediencia, su silencio, resultaban ahora deliberados,
calculados. Parecían responder a una intención preconcebida. Tenía actitudes y gestos
ambiguos, contradictorios. Una especie de regresión infantil pareció acentuarse
en su conducta. A Elsa, que acechaba a todas horas, no se le pasó por alto ningún
detalle. Una vez la descubrió leyendo el diario en el baño; otra, entre las plantas
del hueco de ventilación, unos originales dactilografiados que luego escamoteó misteriosamente.
En ambas ocasiones, la sermoneó durante varias horas. Sentada en la butaca, Lía
se friccionaba la pierna enferma. Era su gesto habitual, propiciatorio. Desde entonces
la vigiló más estrechamente. De pronto, Elsa tuvo la sospecha de que Lía simulaba.
Fue un sentimiento muy agudo, que la llenó de inquietud, Sospechó que la muchacha
ocultaba alguna cosa; que todo, obediencia, candor, tendían a disfrazar un secreto,
y que ponía ese secreto entre ella y su voluntad de dominio. ¿Pero qué secreto?
Lo cierto es que Lía se volvió extraña para las tres. Comenzó a crear en torno una
especie de malestar, como cuando alguien está enfermo de una enfermedad desconocida,
y nada puede hacerse en su favor.
Naturalmente,
el rito vespertino de la lectura del diario se interrumpió. Lía continuaba con sus
clases particulares, con sus paseos por Palermo, los domingos, del brazo de la tía
Elsa. Solo al departamento de los Ibáñez no volvió a ir; Elsa encontró la forma
de suprimir estas visitas sin herir susceptibilidades, o quizás también en la vivienda
de los Ibáñez habría surgido alguna alteración en la rutina con la presencia del
refugiado –los chicos del matrimonio subían ahora a otro departamento a jugar, por
las tardes, o salían a la plaza–; de tal modo, la ausencia de Lía pasó inadvertida.
El diariero seguía
metiendo el diario por la puerta, como de costumbre, pero ahora Amanda era la única
que lo leía a escondidas; a veces también Elvira. Elsa no volvió a tocarlo. El asesinato
del rentista, como lo había vaticinado Elvira, entró en la categoría de los crímenes
misteriosos en que el criminal parece más muerto y enterrado que la víctima. Se
fueron olvidando los pormenores. Lía ocupaba toda la atención de las mujeres. ¿Qué
estaría pasando en el corazón de la chica? Elsa decidió hablar francamente con ella.
Se arrepintió de no haberlo hecho en el primer momento. Los males había que arrancarlos
de raíz.
Esa noche entró en el dormitorio de Lía. Esperó a
que las otras se acostaran. Cuando las creyó dormidas, salió descalza y en puntillas.
Amanda se removió en su cama, y se descubrió el rostro y los brazos. Se levantó
despacio. Elsa atravesó el pasillo y entró al tiempo que el letrero luminoso tamizaba
su ráfaga coloreada a través de las celosías de la puerta del patio, en una parodia
de las escenas de película con temas de misterio. Se detuvo un instante, teñida
por el chorro de anilina del neón, una figura paródica más en esa decoración que
no se podría describir de otra manera. Lía la vio, y la llamó quedamente, incorporándose
un poco.
Se aproximó y
se sentó al borde de la camita. Lía asió su mano.
–¿Ves el letrero?
No puedo dormir. No me deja dormir desde hace varios días –Elsa no la interrumpió.
Después la sondeó con una pregunta ansiosa, pero contenida:
–¿Lo… notabas
antes?
–No, antes no.
Pero ahora no me deja dormir.
–Pondremos una
cortina oscura que no deje filtrar los reflejos.
–¿Lo harás? Sí,
¡por favor! –la súplica de Lía era apremiante; luego el susurro se hizo lloroso–.
¡Tengo miedo!
–¿Miedo de qué,
monita?
–De lo que me
pasa. Porque… –hesitó, se sonó la nariz, luego tanteó el terreno–: ¿no te enojarás
conmigo si te lo cuento todo?
–No, criatura.
Pero, ¿qué es lo que te pudo haber pasado? ¡Por amor de Dios! –la atrajo hacia sí,
y Lía se acurrucó en sus brazos. Una perfecta escena de película cursi. El letrero
luminoso continuaba encendiéndose y apagándose en lo alto de la calle trasera, con
su isócrono relámpago bermellón, añil y verde violáceo. Lía empezó a hablar sobre
el hombro de Elsa, que tenía los labios apretados a los cabellos de la huérfana.
–Aquella tarde
no fui a casa de los Ibáñez.
–Dijiste que te
habías quedado charlando con ese muchacho refugiado. Lo alabaste bastante.
–Todo eso fue
mentira. La verdad es que a mí ese muchacho me resulta antipático de solo verlo.
La tarde que sucedió aquello, fui… –Lía se detuvo de nuevo.
–Pero, ¿qué es
lo que sucedió? ¿Adónde fuiste?
–Salí a la calle
y empecé a caminar. Me asustó un poco el rumor de la gente y de los vehículos. Doblé
por una calle menos transitada. Recuerdo que llegué a una estación del subterráneo.
No sabría decirte cuál.
–¿Por qué hiciste
eso?
–Estaba triste
y sentía curiosidad. Una curiosidad que me atraía, que me empujaba con fuerza hacia…
hacia…
–¿Hacia qué?
–Hacia todo eso
que está prohibido para mí. Todo lo que yo no conocía y quería conocer, además de
mis juegos, de mis paseos, de mis estudios, siempre bajo tu vigilancia.
–Pero yo lo hago
por tu bien, Lía.
–Sentía miedo
y curiosidad. Porque también sabía que existen esas cosas que están en los diarios.
Esas cosas horribles…
–¡Dios mío!
–Aquella tarde
solo pensé salir por un momento. Pero a medida que iba andando, se me hacía cada
vez más difícil volver. Me sentía como borracha. Llegué a la estación del subterráneo.
Iba a bajar. Sabes que en mi cartera siempre tengo algunas monedas. Pero en ese
momento alguien me llamó. En un auto negro, parado junto al cordón de la vereda,
estaba ese hombre. Sonreía bondadosamente. Me invitó a subir. Abrió la portezuela
y yo subí sin saber lo que hacía. Me senté a su lado. El me oprimió la mano y me
habló con suavidad. Eso me tranquilizó. El auto arrancó, y pronto nos perdimos velozmente
por calles desconocidas para mí…
Una lucha inconsciente
y secreta parecía distorsionar las palabras y el sentido de las palabras de Lía.
No empezó a contar las cosas buscando por anticipado la justificación y el perdón,
sino como si a través de su confesión tratara de complicar a su tía en un hecho
irreparable. Siguió hablando como si ahora ya no pudiera detenerse.
–Mientras conducía,
me fijaba en él de reojo, o contemplaba su rostro en el parabrisas. Lo amé en seguida,
como hubiera podido amar a mi padre, si lo hubiera conocido. Para mí, al principio,
ese hombre era papá… ¿te das cuenta, tía Elsa? Pero después comprendí que no lo
amaba como hubiese podido amarlo a papá, porque tenía vergüenza de lo que sentía
por él. Era maduro y hermoso. Llevaba en el anular un gran anillo de oro con diamante,
ese que le encontraron en el dedo. El brillo de la piedra me encandilaba al subir
y bajar la mano sobre el volante. Olía a un raro perfume… Un perfume que daba sueño,
que le aflojaba a una las fuerzas. Lo tendrá puesto en el cabello, pensé, o en el
pañuelo. De tanto en tanto giraba el rostro y me miraba sonriente, con sus ojos
grises muy enrojecidos, o bien bajaba la mano del anillo para oprimirme o acariciarme
la pierna. Yo quería llorar de emoción o de miedo, pero no podía llorar. También
me decía frases amables. Lo notaba por su actitud. Pero no oía sus palabras. No
recuerdo una sola…
Elsa se mordía
el dorso de la mano. Hizo un pequeño ruido, pero no le salió la palabra.
–…Pensé que ese
viaje no terminaría nunca. Pensé que era como morirse. Pero el viaje terminó. Un
momento antes había reconocido el edificio del Congreso, la confitería El Molino,
la plaza, los surtidores lejanos, los chicos corriendo entre los árboles. Entramos
en esa casa de la que habló el diario. Subimos en el ascensor hasta el quinto piso.
Iba apretada a él, mareada, sin voluntad, llena de algo que me ponía un nudo en
la garganta. En el espejo del ascensor me vi, me sentía orgullosa de ser linda y,
al mismo tiempo, inmensamente triste. Entramos. Encendió la luz. Al fondo también
había un espejo manchado, y en él volví a verme con la cara muy pálida bajo el cabello
despeinado por el viento del viaje. Mientras él volvía a cerrar la puerta, se inclinó
y me besó en los labios. Después me arrastró de la mano suavemente. Desde el espejo
con manchas se acercaron hacia nosotros dos figuras distantes: una blanca, pequeña,
delgada, la mía; otra alta, grande, vestida con el fino traje de paño oscuro. El
espejo copió mi movimiento y yo me reí, como hubiera podido llorar o gritar. Él,
entonces, me alzó en brazos y me depositó en una cama con olor a extraños…
–¡Lía, no sigas!
–la interrumpió Elsa con la voz estrangulada.
–Prometí contártelo
todo.
–¡No! Eso fue
un mal sueño… ¡una pesadilla!
–No, tía Elsa.
No fue una pesadilla. Después ocurrió aquello…
–¡No… no!
–Se había quedado
dormido a mi lado. O dormitaba. No podía saberlo. Yo estaba llena de dolor, de repugnancia,
de odio. Solo atiné a tomar mi cartera, que había quedado sobre la mesa de noche…
saqué la tijera y la hundí en el costado del hombre que dormía con una parte de
su cuerpo sobre el mío… Me vestí y salí corriendo, como enloquecida. No recuerdo
si llegué a tirar la tijera o a guardarla de nuevo en la cartera. Desde entonces
no he vuelto a abrirla…
–¡Lía, escúchame!
–el rostro de Elsa apareció pálido, cadavérico, bajo las salpicaduras de colores.
–Sí, tía Elsa;
te escucho. Solamente confío en vos.
–Eso… eso nunca
ocurrió, ¿me entiendes? ¡Nunca! Solo ha sido un mal sueño, una pesadilla… no es
posible que te haya pasado eso… es una idea enfermiza, maligna, que se te ha ocurrido,
por tu desobediencia…
–Sí, tía Elsa.
Voy a tratar de pensar que fue así.
–No vas a tratar
de pensarlo solamente. Desde ahora vas a creerlo.
–Sí…
–¿Saben algo de
esto tus tías?
–No.
–No les dirás
una sola palabra de todo eso, ni se los darás a entender.
–Sí, tía…
Elsa se abrazó
a ella. Sus fuerzas llegaron al límite, y entonces cayó de rodillas junto a la cama.
Todo el esfuerzo, la exasperación de la impotencia, el miedo, se derritieron en
llanto. Lloraba convulsivamente, sin consuelo. Lía tendió las manos y empezó a acariciar
los cabellos ásperos y agrios. Por encima de la cabeza náufraga a la orilla de la
cama, se inclinó aliviada como un animalito lánguido y perezoso.
Después se quedó
dormida, o fingió que dormía. Elsa se levantó y permaneció largo tiempo de pie,
con los brazos cruzados. Solamente cuando levantaba las manos para secarse las lágrimas,
la figura parecía animarse y humanizarse a la luz de los intermitentes y borrosos
relámpagos. Acaso se estuviese aferrando a la idea de que la confesión de Lía era
el reflejo de una pesadilla. Lo vio más claro cuando reparó en que el relato tenía
mucho de imaginativo, a pesar de coincidir casi literalmente con las crónicas del
diario. Era el “tono” de Lía; su tendencia a exaltar fantásticamente los hechos.
Solo que ahora la “fábula” tenía algo de incomprensiblemente vivo y real. Esperó
hasta la madrugada para revisar la cartera de Lía. La ausencia de la tijera tal
vez podría… se reprochó mentalmente esta duda. ¿Por qué continuaba escarbando en
la dirección de un horror inexistente? De todos modos, quería estar segura. Buscó
a tientas, y al fin la encontró en el costado del ropero en que solía guardarla.
Se aproximó a la ventana, abrió la cartera y a la luz del guiño luminoso hurgó en
su interior. La tijera no estaba. Sintió que le temblaban las piernas. Un quejido
se le escapó entre dientes. Pensó en el costurero; era la última posibilidad. Fue
al cuarto de costura y lo sacó del armario. Allí estaba la tijera. El brillo inocente
del metal le aplacó en parte la terrible opresión. ¡Un mal sueño! ¡Una pesadilla!
¡Eso nunca ocurrió! ¡Nunca! Oyó sus propias palabras. Entonces se sintió más tranquila.
Guardó el costurero en su sitio, y salió de la habitación.
Los días transcurrieron lentos y pesados, de doble
fondo. Todo continuaba aparentemente como antes; pero algo se resistía a ser aferrado,
parecía estar al margen de todo poder de mediación. La vigilancia de Elsa no decayó.
Colocó en el dormitorio de Lía, bajo los visillos, una cortina de sarga negra. El
malestar indefinible fue creciendo en el departamento de la planta baja. Las rarezas
de Lía eran tal vez la explicación. Elsa no podía contra ellas, contra ese secreto
que protegía a la muchacha piel adentro, y que parecía inmune a sus exorcismos.
Optó por hacerse la desentendida. Había que pagar un pequeño precio para mantener
el orden. Lía continuaba yendo por las tardes a la casa de la profesora particular.
Pero estudiaba cada vez menos. Se pasaba horas escribiendo afanosamente en un cuaderno
que luego escondía en lugares aparentemente inaccesibles, pues a pesar de su empeño
Elsa no podía encontrarlo durante el sueño de Lía. Entre las páginas de un libro
hizo una noche un hallazgo que no la compensó mayormente de sus afanes: un trozo
de papel con un poema amatorio. Le resultó desconocida la letra, y Elsa no podía
saber tampoco qué versos enteros habían sido copiados de Neruda, de Lorca o de Miguel
Hernández, versos en los que se aludía a la mujer y al amor con imágenes libres
y procaces, verdaderamente libertinas, como se lo dijo a la profesora, que tampoco
sabía nada del asunto. Pero, preocupada por la búsqueda del cuaderno fantasma, Elsa
no le concedió mucha importancia y acabó olvidando el poema clandestino.
Una tarde, mientras las tres mujeres se hallaban trabajando
en el cuarto de costura, la muchacha tendía unas ropas en la soga del patio embaldosado.
Amanda la señaló con un movimiento de cabeza. A través de la puerta de vidrio la
veían agacharse y levantarse. Su silueta se destacaba contra la pared llena de moho.
–¿Te fijaste,
Elsa?
–Sí. Ahora se
le da por lavar sus ropas. Ya se le va a pasar, como las otras cosas. No te preocupes.
–No; no me refiero
a eso. ¿Te fijaste bien?
–¿En qué?
–En ella… en su
cuerpo.
Elsa clavó los
ojos en Lía. Del otro lado de los vidrios, la muchacha parecía desdibujada, deforme,
envuelta en los reflejos turbios que volcaba sobre ella el hueco. Como si la nebulosa
deformidad de Lía la hubiera golpeado con el impacto de una pedrada, Elsa se irguió
desafiante:
–¿Qué es lo que
quieres decir?
–Eso… que ves.
Lo sabes mejor que yo. Te lo contó aquella noche.
–¡Nos espiaste!…
–y Elsa mordió con furia el resto de la frase, que resultó ininteligible.
–Sí. No hice nada
malo. Tenía el mismo derecho que vos de saberlo. Lo oí todo. Y ahora ya ves. Lo
terrible ha sucedido. No hay más que mirarla. Está así desde hace algún tiempo.
Me extraña que no lo hayas notado.
–¡Harías muy bien
en no meterte en lo que no te importa!
–Nos toca a las
tres la misma responsabilidad, Elsa. Bueno, hay que afrontarlo, me parece. Primero,
Lía. Tendremos que llevarla a un médico. Porque no pensarás que ella y aquí…
–¡No te lo permito!
–No te enojes.
Ahora hemos de hablar cara a cara –prosiguió Amanda, imperturbable.
La penumbra se
estaba adensando. Las tres mujeres se iban convirtiendo en tres sombras. Lía había
desaparecido del hueco. La oyeron canturrear en el baño.
–No tenemos nada
que hablar –silbó Elsa, levantándose.
–Sí, mucho más
de lo que te supones. Me pregunto si por lo menos habrás cuidado de que no quedaran
huellas…
–¡No quiero… no
quiero oírte!
–… comprometedoras…
–concluyó Amanda la frase cortada por la explosión de Elsa.
–¡Dios mío, no
es cierto! ¡No puede ser cierto! –hipó Elvira al fin, cuando consiguió salir a medias
de su consternación.
–Nunca se sabe
–dijo Amanda–. Mañana puede aparecer por aquí la policía. No han abandonado aún
la investigación del crimen. Y entonces… ¿sabías que la tijera de Lía tiene una
de sus hojas manchada de sangre?
–¡Mentira!
–Aquí está –sacó
del cajón de su máquina, de entre el revoltijo de puntillas y retazos, un envoltorio
de papel metido en una media de mujer. Lo desenvolvió, sacó la tijera y se la tendió.
Los ojos de Elsa se desorbitaron al fijarse en la costra rojiza que empañaba una
hoja.
–Yo la revisé
esa noche… y estaba limpia… –balbuceó con una voz desconocida.
–Porque yo la
cambié un momento antes de que la vieras vos, para evitar una catástrofe. Después
la escondí. Pero ahora la mancha está en otra parte, y ésa ya no se puede lavar
y está creciendo. Hay esos análisis de grupos sanguíneos y todo lo demás. A menos
que la hagamos desaparecer con la ayuda de uno de esos médicos que se dedican a
la… cirugía estética de la natalidad descarriada.
–¡Cállate, maldita!
Elsa se dejó caer
otra vez en la silla, y la cabeza se le desmoronó sobre el brazo apoyado en el cabezal
de la máquina. El silencio del cuarto de costura se fue fundiendo con la oscuridad,
solo alterado por el hipo sordo y espasmódico de Elsa y los entrecortados sollozos
de Elvira.
Después del baño, Lía tarareaba en su habitación acomodándose
de nuevo sobre el vientre liso los pedazos de colcha con los que fraguaba su inexistente
gravidez. Giró el conmutador y empezó a peinarse delante del espejo mientras seguía
tarareando con ronca voz y recomponía su expresión inocente y como adormilada.
En la penumbra del cuarto del residencial barato con
olor a viejo, a humedad, a pastillas higiénicas, las dos siluetas desnudas se removían
apenas sobre la cama en desorden. Ella boca abajo, la cara hundida en la almohada,
la espalda muy combada por la contracción de los hombros. Con el rostro vuelto hacia
las junturas luminosas, él pasaba distraídamente la punta de los dedos sobre las
vértebras de ella. Al llegar a las cervicales, en el nacimiento del pelo, las uñas
arrancaban un ligero estremecimiento al cuerpo inmaduro, extremadamente flaco, casi
asexuado; pero el de la caricia no parecía darse cuenta siquiera de ello, la otra
mano caída hacia el vacío, oscilando sobre los zapatos esparcidos en el piso manchado
por quemaduras de cigarrillos.
–¿Pensás volver
allá? –la voz salió pastosa, casi inaudible, por la almohada.
–¡Cada pregunta
idiota que se te ocurre! –la caricia se detuvo y la mano se refugió bajo la nuca–.
Sabés que no puedo volver, al menos por ahora.
–Al principio
parecías muy decidido. Hablabas con tanto entusiasmo de esas guerrillas en los montes.
En tus poemas tampoco hablabas de otra cosa. Por eso pensé que…
–Sabés que no
ando bien de salud. Tienen que operarme del hígado. En el maquí hay gente seleccionada,
adiestrada especialmente. Pero también desde aquí podemos ayudar a los de allá.
Somos muchos, casi medio millón de desterrados. ¡Un verdadero ejército! ¿Comprendes?
Yo además tengo que hacer mi obra. Pienso escribir una novela y varios cuentos.
Allá hay temas para nunca acabar, no es como aquí.
–Sí, claro, pero
como dijiste que vas a dejar la casa de los Ibáñez, pensé que ibas a volver de todos
modos.
–Lo que pasa –la
voz de él farfulló con fastidio– es que la mujer de Ibáñez se encamotó conmigo y
yo no puedo andar metiéndole cuernos al marido en su propia casa, en su cama.
Ella hizo girar
lenta y felinamente todo el cuerpo, dejando al descubierto los senos pequeños, las
costillas muy marcadas, el vientre casi tan chato como el de él. Sus dedos se pusieron
a jugar con el vello de su pecho y sus axilas.
–¿Qué pensás hacer?
–Buscarme otra
casa, conseguirme algún trabajo, y seguir arrimando el hombro a la causa. No puedo
continuar viviendo de las limosnas de las cotizaciones y las rifas de los comités
de ayuda.
–¿Por qué no te
venís a casa?
–¿Y las purísimas
vírgenes de tus tías? No me van a tragar.
–Ahora que Lobo
Feroz no está, todo es más fácil. ¿Sabés que la internaron hoy en el pabellón de
alienadas por orden del juez? La pobre está cada vez peor. Ya no nos reconoce. Solo
cuando la ve a Amanda se pone furiosa y echa espuma por la boca. Continúa emperrada
en cargar con el asesinato del rentista.
–Hasta ahora no
entiendo por qué se te ocurrió la tilinguería ésa de hacerle creer el bolazo del
crimen y hasta de que estabas embarazada.
–No sé… qué sé
yo. Cuando me di cuenta ya lo había hecho. Además, me divierte andar con el acolchado
ése. Fíjate que esa noche que manché la tijera con tinta roja me entró un escalofrío
y hasta soñé que había matado realmente al rentista. Amanda me sigue jorobando todo
el santo día para llevarme al partero…
Se rieron los
dos y entrelazaron sus dedos. Con el índice y el mayor de la otra mano, él atenaceó
la garganta y simuló que se la iba a cortar a tijeretazos, aumentando a cada tajo
el borbotón de esa risa que parecía llegar de un parque con árboles, palomas y niños
jugando al atardecer.
(Tomado
de www.literatura.us)