martes, 19 de mayo de 2026

Las funestas obsesiones del capitán Ahab

Juan Ángel Laguna Edroso

 

Como todas las mañanas desde que la infernal ballena blanca le arrancara la pierna junto a un pedazo de su propia alma, el capitán Ahab bajó de su hamaca con el pie izquierdo. Aquel gesto se había integrado tanto en su rutina que se había convertido en un acto reflejo muy conveniente para su equilibrio. Solo cuando tenía bien afianzado el pie sano podía acompañar a este la pata de marfil que sustituía al miembro amputado. El golpe seco que daba ésta en el tablazón del camarote era la señal de que la caza se reanudaba –si es que, de algún modo, se había detenido durante la noche–, de que la vida, aun en condena, seguía su curso. Era un tañido que, irremediablemente, le robaba una sonrisa feroz.

Se aseó y se vistió con febril parsimonia, con la mente puesta en el fantasma del sanguinario animal como una inquietante extensión de sus propias pesadillas, y todavía se tomó un momento para recortarse la barba y afeitarse el bigote y bajo los pómulos. Aquel día iba a necesitar toda su presencia para imponerse a la tripulación. Lo sabía como buen lobo de mar que ha aprendido a leer en las señales que siempre, si se sabe dónde buscarlas, se encuentran a bordo. Los marineros, pensaba, son como libros abiertos para quien ha aprendido a leer en ellos. Gentes de carácter. Supersticiosos. Como él mismo. No podía ser de otra forma, ya que se encontraban constantemente afrontados a las profundidades abisales…

Desde hacía una semana corrían rumores por la cubierta de que había un Jonás en el Pequod. Aquella era la explicación que encontraban tanto marineros como arponeros a la desoladora escasez de cetáceos. La pesca estaba siendo particularmente mala: apenas avistaban ballenas y, cuando por fin siete días atrás consiguieron alcanzar una, esta se revolvió de tal manera que destrozó una de las lanchas y por poco no dejó sepultados en el mar a tres de sus hombres. Suerte tuvieron de que los remos los mantuvieran a flote el tiempo suficiente. Buena suerte, no mala como les quería hacer creer el carpintero, ese cura malogrado que mataba su soledad en alta mar.

Poco importaba. Desde aquel incidente cualquier nimiedad se había convertido en un funesto presagio. Si las gaviotas se obcecaban en seguir al Pequod aun lejos de tierra firme, seguramente atraídas por el olor de los despojos, era un mal augurio. Si el viento llega racheado y timorato, incapaz de impulsarlos más hacia el oriente alguien leía un futuro de perdición en los cielos. Cuando las ballenas no daban señales de vida era la señal inequívoca de que los perseguía la mala fortuna, siempre un paso por delante. Si daban con una y conseguían darle muerte, de que más les valdría poner proa al primer puerto y exorcizar el navío con agua bendita o la ayuda de algún santero.

Pero él sabía que lo único que iba un paso por delante de ellos era su némesis, Moby Dick. Era ella la culpable de que las otras ballenas rehuyeran al navío, de que se mostrasen más feroces y nerviosas que de costumbre. La ballena blanca los había marcado, reservado para ella, y sus congéneres no osaban contradecir sus designios pues no atrevían a medirse con aquella asesina blanca. Él, Ahab, lo sabía, lo notaba en los huesos que le quedaban, en los quebrados y en sanos. Por eso era el capitán. Por eso los conduciría a su destino final contra viento y marea.

Lo haría aunque el destino no le pusiera las cosas fáciles, porque entendía a los marineros, los conocía, y por eso sabía cómo hablarles y cómo tratarles. No podía culparlos por sus habladurías, ni siquiera contradecirlos. ¿Creían que había un Jonás a bordo? Él haría que se olvidasen de él: con su propia mano había clavado en el mástil una moneda de oro, la recompensa para aquel que viese en primer lugar la ballena blanca. Aquello haría que toda su atención se volcase en el ancho océano, ahí donde sus ojos habrían de descansar.

No dudó tampoco cuando una de las gatas dio a luz una extraña camada de siete gatos negros. Aun penándole el sacrificio, ya que sabía cuan útiles les hubieran sido aquellos cachorros a bordo, negros o no, para combatir las inevitables plagas de ratas, dio orden de arrojarlos por la borda. Y cuando la marinería se mostró renuente, quien sabe movidos por qué temor ancestral, él mismo se encargó de ahorcarlos de la verga del trinquete cuando lo izaron, como todos los días, para que vigilase las aguas en busca de su némesis. Constituían un macabro contrapunto, siete marionetas deshechas mecidas por el viento, al ataúd que Queequeg había colgado a popa.

Aquellos siniestros pendones reconfortaban a Ahab. En los laberintos de su mente desquiciada eran la prueba palpable de su conocimiento de la tripulación, una concesión a su ignorancia, un arbitrario tributo a ese corazón primigenio que, desde la noche de los tiempos, late en el pecho de todo hombre.

Pero el capitán Ahab, con su sonrisa feroz, exultante bajo los cielos tempestuosos que azotan los siete mares, distraído con su persecución impía, con su venganza insaciable, no había prestado la suficiente mención a los rumores sobre jonases que recorrían el Pequod.

No debería haber mezclado hierros para forjar un arpón, murmuraba el carpintero. Menos aún templarlo en sangre pagana. Nos traerá a todos la ruina, escupía alguien a barlovento. Otro miraba el palo herido por la moneda y meneaba la cabeza. Un tercero se exclamaba: ¡Ha mancillado el espíritu de la nave!, y pensaba que más hubiera valido una cruz de hierro que espantase a los malos espíritus que el impuro oro que atrae a los espectros codiciosos.

Fueron largos días los que transcurrieron desde que una orca destrozase la tercera lancha del Pequod, largas jornadas en las que frotar la cubierta mientras se descifran los signos que la Providencia deja a la vista de los hombres, eternas horas de duda hasta que el luciferino capitán subió a bordo con una camada de gatos negros en el regazo.

Lo izaron entonces en la red hasta lo alto del trinquete, como tantos otros días, aunque un nuevo temor vibrase en los ojos de la tripulación. Aunque en aquella ocasión más de uno hubiera deseado haber ajustado la soga a su cuello con el mismo nudo marinero que el viejo mutilado brindó a todos y cada uno de los cachorros. Fue en aquel momento cuando Ahab selló su destino por segunda vez, pero en esa ocasión no vio ningún navío fantasma encarnado en ballena blanca para advertirle de que sus hombres habían encontrado al Jonás. Para advertirle, aunque fuera en vano, que iban a ajusticiarlo como solo son capaces los balleneros asustados.

Lo sepultaron en el mar pasada la medianoche, cuando la clepsidra de guardia marcó la hora en que los muertos favorecen las venganzas y los ángeles miran hacia otros infiernos. Un relámpago solitario fue todo su epitafio.

A la mañana siguiente, como todas las mañanas desde que la mefistofélica ballena blanca le arrancara la pierna junto a un pedazo de su propia alma, el capitán Ahab bajó de su hamaca con el pie izquierdo. En aquella ocasión, sin embargo, el tañido vengativo sonó desde el primer paso, la piel y la carne roída ya por los peces abisales.

El viejo no tuvo valor de contemplarse al espejo antes de subir a cubierta, sino que se limitó a abrocharse la casaca y se encaminó al puente dispuesto a enfrentarse a la tripulación insubordinada con la mente todavía liada en preocupaciones y anhelos que parecían enredarse con sus sempiternas pesadillas. Cuando por fin aferró la rueda del timón, en los cielos restallaban relámpagos como ígneos dedos de muerto y las aguas estaban cubiertas por una capa de niebla tan densa que era imposible ver a dos brazas de distancia. Sin embargo, Ahab supo que no era por ello por lo que no había ni un solo marinero a bordo.

No, sabía que habían desertado al sentir el olor de la muerte.

Lo sabía porque los conocía.

Gentes supersticiosas.

Como él mismo.

Solo que él, y aquella era la clave, tenía una determinación en mente que le hacía sobreponerse a cualquier mal presagio, a cualquier temor. Incluso al de navegar en un navío fantasma, convertido en un holandés cualquiera.

 

(Tomado de www.talesofmytery.blogspot.com)

 

El funeral

Slawomir Mrozek

 

Durante un paseo, me uní a un cortejo fúnebre. Siempre anima más que vagar uno solo y sin rumbo. No sabía a quién estaban enterrando, pero ¿qué importaba? Nosotros, los humanos, formamos todos una gran familia.

Además, siempre se puede preguntar. Mi vecino de la izquierda del cortejo tampoco lo sabía.

–Voy a la tintorería a recoger un pantalón. Vi el funeral y, puesto que me queda de camino, me uní. Solo hasta la esquina y después doy vuelta.

Pregunté, pues, al vecino de la derecha.

–¿Que de quién es el funeral? Y yo qué sé, ¿acaso muere poca gente? El banco no abre hasta las nueve, así que tengo un poco de tiempo todavía.

El tercero, que caminaba unos pasos atrás, tampoco era capaz de informarme.

–Yo no soy de aquí, soy un simple turista. Pero pregunte a esa señora con velo negro, la que camina detrás del féretro. Tiene pinta de ser la viuda y debe saberlo.

En ese momento empezó a llover y abandoné el cortejo. No voy a mojarme por alguien a quien ni siquiera conozco personalmente.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

lunes, 18 de mayo de 2026

Hernán

Abelardo Castillo

 

Me atrevo a contarlo ahora porque ha pasado el tiempo y porque Hernán, lo sé, aunque haya hecho muchas cosas repulsivas en su vida, nunca podrá olvidarse de ella: la ridícula señorita Eugenia, que un día, con la mano en el pecho, abrió grandes los ojos y salió de clase llevándose para siempre su figura lamentable de profesora de literatura que recitaba largamente a Bécquer y, turbada, omitía ciertos párrafos de los clásicos y en los últimos tiempos miraba de soslayo a Hernán. Quiero contarlo ahora, de pronto me dio miedo olvidar esta historia. Pero si yo la olvido nadie podrá recordarla, y es necesario que alguien la recuerde, Hernán, que entre el montón de porquerías hechas en tu vida haya siempre un sitio para ésta de hace mucho, de cuando tenías dieciocho años y eras el alumno más brillante de tu división, el que podía demostrar el Teorema de Pitágoras sin haber mirado el libro o ridiculizar a los pobres diablos como el señor Teodoro o hacerle una canallada brutal a la señorita Eugenia que guardaba violetas aplastadas en las páginas de Rimas y leyendas y olía a alcanfor.

Ella llegó al Colegio Nacional en el último año de mi bachillerato. Entró a clase y desde el principio advertimos aquella cosa extravagante, equívoca, que parecía trascender de sus maneras, de su voz, lo mismo que ese tenue aroma a laurel cuyo origen, fácil de adivinar, era una bolsita colgada sobre su pecho de señorita Eugenia, bajo la blusa. Ella entró en el aula tratando de ocultar, con ademanes extraños, la impresión que le causábamos, cuarenta muchachones rígidos, burlonamente rígidos junto a los bancos, y cualquiera de los cuarenta debía mirar a la altura del hombro para encontrar sus ojos de animalito espantado. Habló. Dijo algo acerca de que buscaba ser una amiga para nosotros, una amiga mayor, y que la llamáramos señorita Eugenia, simplemente. Alguien, entonces, en voz alta –lo bastante alta como para que ella bajara los ojos, con un gesto que después me dio lástima–, se asombró mucho de que todavía fuera señorita, yo me asombré mucho de que todavía fuera señorita y los demás rieron, y ella, arreglando nerviosamente los pliegues de su pollera, fue hacia el escritorio. Al levantar los ojos se encontró con todos parados, mirándola. No atinó sino a parpadear y a juntar las manos, como quien espera que le expliquen algo, y cuando torpemente creyó que debía insinuarnos “pueden sentarse”, nosotros ya estábamos sentados y ella reparó por primera vez en Hernán. Él se había quedado de pie, tieso, se había quedado de pie él solo. Y en medio del silencio de la clase, dijo:

–Yo –dijo pausadamente– soy Hernán.

Esto fue el primer día. Después pasaron muchos días, y no sé, no recuerdo cómo hizo él para darse cuenta: acaso fue por aquellas miradas furtivas que, al llegar a ciertos párrafos de los clásicos, la señorita Eugenia dirigía hacia su banco, o acaso fue otra cosa. De todos modos, cuando se lo dijeron ya lo sabía. “Me parece que la vieja…”, le dijeron, y Hernán debió fingir un asombro que jamás sintió, puesto que él lo había adivinado desde el comienzo, desde que la vio entrar con sus maneras de pájaro y su cara triste de mujer sola; porque Hernán sabía que ella se inquietaba cuando él, acercándose sin motivo, recitaba la lección en voz baja, íntima, como si la recitara para ella.

–Este Hernán es un degenerado.

Te admiraban, Hernán.

–Pobre vieja, te fijaste: ahora se le da por pintarse.

Porque, de pronto, la señorita Eugenia que leía a Bécquer empezó a pintarse absurdamente los ojos, de un color azulado, y la boca, de pronto comenzó a decir cosas increíbles, cosas vulgares y tremendas acerca de la edad, la edad que cada uno tiene, la de su espíritu, y que ella en el fondo era mucho más juvenil que esas muchachas que andan por ahí, tontamente, con la cabeza loca y lo que es peor –esto lo dijo mirando a Hernán de un modo tan extraño que me dio asco–, lo que es peor, con el corazón vacío.

–A que sí.

Ya no recuerdo con quién fue la apuesta, recuerdo en cambio que pocos días antes del 21 de septiembre surgió, repentina y gratuita, como un lamparón de crueldad. Y fue aceptada de inmediato, en medio de ese regocijo feroz de los que necesitan embrutecer sus sentimientos a cualquier costo porque después, más adelante, está la vida, que selecciona sólo a los más aptos, a los más fuertes, a los tipos como él, como Hernán, aquel Hernán brillante de dieciocho años que podía demostrar teoremas sin mirar el libro o componer estrofas a la manera de Asunción Silva o apostar que sí, que se atrevería –como realmente se atrevió la tarde en que, apretando como un trofeo aquella cosa, esa especie de escapulario entre los dedos, pasó delante de todos y fue lentamente hacia el pizarrón–, porque los que son como vos, Hernán, nacieron para dañar a los otros, a los que son como la señorita Eugenia.

–A que no.

–Qué apostamos –dijo Hernán, y aseguró que pasaría delante de todos, de los cuarenta, e iría, lentamente, hacia el pizarrón–. Para que aprenda a no ser vieja loca –dijo.

Pero antes de la apuesta habían pasado muchas cosas, y yo ahora necesito recordarlas para que Hernán no las olvide. Hubo, por ejemplo, lo de las cartas. Siempre supo escribir bien. Desde primer año había venido siendo una suerte de Fénix escolar, fácil, capaz de hacer versos o acumular hipérboles deslumbradoras en un escrito de historia. Pero aquella primera carta (a la que seguirían otras, ambiguas al principio, luego más precisas, exigentes, hasta que una tarde en el libro que te alcanzó la señorita Eugenia apareció por fin la primera respuesta, escrita con su letra pequeña, redonda, adornada con estrafalarias colitas y círculos sobre la i) fue una obra maestra de maldad. Yo sé de qué modo, Hernán, con qué prolijo ensañamiento escribiste durante toda una noche aquella primera carta, que yo mismo dejé entre las páginas de las Lecciones de Literatura Americana un segundo antes de que el inequívoco perfume entrase en el aula, ese vaho a laurel cuyo origen era una bolsita blanca, de alcanfor, colgada al cuello de la señorita Eugenia, junto al crucifijo con el que sólo una vez tropezaron unos dedos que no fuesen los de ella.

No respirábamos. Hernán tenía miedo ahora, lo sé, y hasta trató de que ella no tomase el libro. La mujer, extrañada, levantó el papel que había caído sobre el escritorio, un papel que comenzaba por favor, lea usted esto, y después de unos segundos se llevó temblando la mano a la cara; pero en los días que siguieron, cuando encontraba sobre el escritorio los papeles doblados en cuatro pliegues, ya no se turbaba, y entonces empezó a decir aquellas insensateces vulgares acerca de la edad, y del amor, hasta que el propio Hernán se asustó un poco. Sí, porque al principio fue como un juego, tortuoso, procaz, pero en algún momento todo se volvió real y, una tarde, estaba hecha la apuesta:

–Delante de todos, en el pizarrón –dijo Hernán.

El Día de los Estudiantes, en el Club Náutico, todos pudieron verlo bailando con la señorita Eugenia. Ella lo miraba. Lo miraba de tal manera que Hernán, aunque por encima de su hombro hizo una mueca significativa a los otros, se sintió molesto. Tuvo el presentimiento de que todo podía complicarse o, acaso, al oír que ella hablaba de las cosas imposibles (“hay cosas imposibles, Hernán, usted es tan joven que no se da cuenta”) pensó que se despreciaba. Pero ese día la apuesta había sido aceptada y uno no podía echarse atrás, aunque tuviera que hacerle una canallada brutal a la señorita Eugenia, que aquella tarde llevaba puesto un inaudito vestido, un jumper, sobre su blusa infaltable de seda blanca. Por eso, sin pensarlo más, él la invitó a dar un paseo por los astilleros, y los otros, codeándose, vieron cómo la infeliz aquella salía disimuladamente, seguida por su ridículo perfume a alcanfor y seguida por mí, que antes de salir le dije a alguno:

–Prestame las llaves del coche.

Y me fueron prestadas, con sonrisa cómplice, y cuando yo estaba saliendo, con el estómago revuelto, oí que alguien pronunciaba mi nombre:

–Hernán.

–Qué quieren –pregunté.

Y me dijeron la apuesta, ojo con la apuesta, y yo dije que sí, que me acordaba. Como me acuerdo de todo lo que ocurrió esa tarde, en los galpones, contra un casco a medio calafatear, y de todo lo que ocurrió al otro día, en el Nacional, cuando ante la admirada perplejidad de cuarenta muchachones yo caminé lentamente hacia el pizarrón apretando entre los dedos esa cosa, esa especie de escapulario, como un trofeo. Y me acuerdo de la mirada de la señorita Eugenia al entrar en la clase, de sus ojos pintados ridículamente de azul que se abrieron espantados, dolorosos, como de loca, y se clavaron en mí sin comprender, porque ahí, en la pizarra, había quedado colgada, balanceándose todavía, una bolsita blanca de alcanfor.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

El culturista

Slawomir Mrozek

 

Me enamoré. Pero no tuve valor para declararme, porque soy enclenque y les parezco poco atractivo a las mujeres. Por eso decidí desarrollar primero mi cuerpo y luego declararme.

Trabajamos el cuerpo haciendo ejercicios que consisten en levantar pesas. Sujetamos la pesa con el pulgar y el índice, la levantamos y, mediante una contracción del bíceps, la elevamos hasta la altura de la laringe. La última fase del ejercicio consiste en inclinar el cuerpo hacia atrás, lo cual aumenta la elasticidad de la columna vertebral, concretamente de las vértebras cervicales. Si el ejercicio se realiza correctamente, debe oírse un leve gorgoteo.

Unos cuantos ejercicios como estos bastan para que la sangre circule más deprisa por las venas y los ojos brillen.

Cuando todavía era novato, empecé con pesas de cincuenta gramos. En poco tiempo, mis bíceps aumentaron de volumen y me pasé a las pesas de cien. Al mirarme en el espejo, noté también cambios beneficiosos en la nariz, que había crecido y adquirido un saludable color rosado. Trabajé mi cuerpo con perseverancia, aunque de vez en cuando acusaba el cansancio, en particular la mañana siguiente de la sesión de gimnasia.

Finalmente llegó el día en que podía declarármele sin complejos a mi amada. Primero ensayé mucho con un colega del club y, al rayar el alba, fui a casa de la chica. Me desnudé delante de la puerta, tensé los músculos y llamé al timbre.

¡Quién es el guapo que comprende a las mujeres! Se negó a recibirme. Tal vez me equivoqué de puerta.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

domingo, 17 de mayo de 2026

Domingo

Jordi Cebrián

 

El peligro mayor de los domingos es creer que existen de verdad, pues todo en el domingo es sueño y es ficción. Los feligreses en la iglesia son marineros borrachos, tirados en los muelles, soñando su redención. El cura es sólo el sueño de un loco intoxicado. Los jefes de estado sueñan que ya no son culpables, y que pueden sonreír. Hay culturas que saben desde siempre que el domingo solo puede soñarse, y por eso las noches del sábado las pasan bailando de modo ritual, y embriagándose, preparando un buen sueño, y protegiéndose de las pesadillas.

 

(Tomado de www.cienpalabras.blogspot.com)

 

El cigarro

Slawomir Mrozek

 

Me encontraba como corresponsal de prensa en uno de esos países que interesan a la opinión mundial. Es decir, se me había ofrecido la oportunidad de asistir a una ejecución. Fue una como tantas y no puedo afirmar que la más interesante. Un vulgar trozo de paredón en una vulgar localidad, desconocida tanto para el condenado como para los soldados del pelotón de ejecución, a una hora cualquiera de un día cualquiera, bajo vagas condiciones meteorológicas. El condenado era un hombre joven y todos los presentes, es decir, el condenado, los soldados y yo, nos veíamos por primera vez en la vida, siendo mínima la posibilidad de que nos volviéramos a encontrar.

El condenado, ya en el paredón, exigió un cigarro. Los soldados accedieron y nos sentamos todos juntos en un montón de escombros que había cerca.

–¿Usted es corresponsal de guerra? –preguntó.

–Cosas de la vida –contesté.

–Entonces le diré algo.

Las manos le temblaban y su rostro tenía un color verdoso.

–Ellos piensan que este es mi último cigarro, pero es el primero.

A pesar de que su cara estaba cada vez más verde, su voz sonaba triunfal.

–¿Quiere decir que usted no fue… no es fumador?

–En la vida. Acabo de empezar.

Y vomitó.

Más tarde caminábamos por la senda que llevaba a la carretera.

–Qué desperdicio de cigarro –dijo el sargento.

–¿Por qué? Todo el mundo se marea con el primer cigarro –protesté.

–¡Qué “primero”! ¿Ha visto usted sus dedos? Amarillos de nicotina. Sentía que vomitaría del miedo y le soltó ese cuento.

–Pero ¿para qué?

–Para que usted no pensara mal de él.

Y al rato añadió:

–Uno no debería morir cuando tiene tanto miedo.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

sábado, 16 de mayo de 2026

El llamado

Horacio Quiroga

 

Yo estaba esa mañana por casualidad en el sanatorio, y la mujer había sido internada en él cuatro días antes, en pos de la catástrofe.

–Vale la pena –me dijo el médico a quien había ido a visitar– que oiga usted el relato del accidente. Verá un caso de obsesión y alucinación auditivas como pocas veces se presentan igual.

La pobre mujer ha sufrido un fuerte shock con la muerte de su hija. Durante los tres primeros días ha permanecido sin cerrar los ojos ni mover una pestaña, con una expresión de ansiedad indescriptible. No perderán ustedes el tiempo oyéndola. Y digo ustedes, porque estos dos señores que suben en este momento la escalera son delegados o cosa así de una sociedad espiritista. Sea lo que fuere, recuerde usted lo que le he dicho hace un instante respecto de la enferma: estado de obsesión, idea fija y alucinación auditiva. Ya están aquí esos señores. Vamos andando.

 

***

No es tarea difícil provocar en una pobre mujer, que al impulso de unas palabras de cariño resuelve por fin en mudo llanto la tremenda opresión que la angustia, las confidencias que van a desahogar su corazón. Cubriéndose el rostro con las manos:

–¡Qué puedo decirles –murmuró– que no haya ya contado a mi médico!…

–Toda la historia es lo que deseamos oír, señora –solicitó aquél–. Entera, y con todos los detalles.

–¡Ah! Los detalles… –murmuró aún la enferma, retirando las manos del rostro; y mientras cabeceaba lentamente:

–Sí, los detalles… Uno por uno los recuerdo… Y aunque debiera vivir mil años…

Bruscamente llevóse de nuevo las manos a los ojos y las mantuvo allí, oprimidas con fuerza, como si tras ese velo tratara de concentrar y echar de una vez por todas el alucinante tumulto de sus recuerdos.

Un instante después las manos caían, y con semblante extenuado, pero calmo, comenzó:

–Haré lo que usted desea, doctor. Hace un mes…

Suavemente el médico observó:

–Desde el principio, señora…

–Bien, doctor… lo haré así… usted ha sido muy bueno conmigo… y si hace solo quince días… ¡sí, sí! Ya voy, doctor… es lo que quería decir. Mil… nuestra hijita tenía cuatro años y un mes justos cuando su padre se enfermó para no levantarse más. Nosotros no habíamos sido nunca muy felices. Mi marido era de constitución delicada y muy apocado para la lucha por la vida. No sé qué hubiera sido de nosotros de no hallarnos en posición desahogada. Siempre parecía extrañar algo, aun cuando nos sonreía. Y yo creo que no había conocido la felicidad hasta el momento de sentirse padre.

¡Pero qué amor el suyo, doctor, por su hija! ¡Qué devoción religiosa contemplando a nuestra nena! ¡Y qué consuelo para mí al pensar que por fin hallaba él algo que lo ligara fuertemente a la vida!

Sin duda a mí me había amado cuanto podía él hacerlo; pero su eterna tristeza de alma solo había podido disiparse entre las manecitas de su hija.

Se postró por fin, como digo, para no levantarse más. Mi propio dolor de esposa debió desvanecerse ante el dolor inenarrable que expresaban los ojos de aquel padre que debía separarse para siempre de su hija.

¡Para siempre, doctor! Su última mirada, fija en mí, delataba tan intensamente lo que pasaba por su corazón, que con mis labios le cerré los ojos, diciéndole:

–¡Duerme en paz! Yo velaré por tu hija como tú mismo.

Quedamos solas entonces, mi criatura y yo, ella vendiendo salud por las mejillas, yo, reponiéndome a su lado de mi largo quebranto.

¡Criatura mía! Parecía haber sumado a las suyas las fuerzas de su pobre padre: de tal modo la alegría de su semblante iluminaba nuestra existencia. No era vana la promesa hecha a mi marido al morir. Cómo él, yo concentraba ahora en nuestra hija la inmensidad de mi afecto y de mi soledad.

¡Oh! Velaba por ella, puédeseme creer, como si la continuidad de mi vida y la del mundo entero no tuvieran otro destino ni fin que la felicidad de mi hija. ¡Qué sueños de dicha no he hecho para ella, con mi criatura dormida en mis brazos, y sin decidirme a acostarla! ¡Cuán leve me parecía el sacrificio de mi cansancio, si con él podía infundir en su cuerpecito lo que me restaba de vida!

Sí, extremo cansancio… le he explicado a usted, doctor, cómo me sentía entonces. Me reponía por fuera, me hallaba menos delgada y con mejor semblante; pero en el fondo de mis esperanzas algo iba muriendo, extenuándose día tras día. Perdía, a poco de comenzar a tejerlos, el hilo de mis ensueños de dicha y quedaba inerte, con la cabeza caída y mortalmente cansada, como si delante de mis ilusiones se tendiera una infinita y helada vaciedad. A veces, no sé de dónde, me parecía percibir, apenas sensible por la distancia, una voz que pronunciaba el nombre de mi hija. ¡Me sentía tan, tan fatigada!

No podía soñar más con el porvenir, sin que la tristeza de la nada, de la horrible esterilidad de mis fuerzas me helara el corazón. ¿Por qué? No existía, no, ninguna razón para sufrir así. Allí estaba mi adorada nena, cada día más sana y alegre. Nada nos faltaba ni podía faltarnos, dada nuestra posición. ¡No, nada! y estrujando a nuestra hija en mis brazos, sabía bien que el porvenir era todo nuestro. Yo se lo había jurado a mi marido.

El porvenir… mas apenas comenzaba a forjar un sueño de felicidad para mi hija, el ensueño se helaba –¡oh, con qué horrible frío!–, como si el amor de su padre y el mío no fueran bastante para alimentarlo. Y caía abatida en profundo desaliento.

Un mes entero duró este estado de angustia. Una noche, cuando comenzaba a pensar por millonésima vez en los entrañables cuidados de que rodearía siempre a mi nena, en ese momento oí nítidamente estas palabras:

–“No tendrá necesidad”.

¡Oh! ¡Es muy duro para una pobre madre que se desvela por la dicha de su hijita, percibir una voz que le advierte que cuanto haga por conseguirlo será inútil! Esa lúgubre voz daba por fin razón a mis sueños truncos y mi tristeza mortal. Dentro de mí misma, para que fuera más irrecusable, la voz hallaba eco y me advertía que mi hija no tendría necesidad…

¡Porque moriría!

¡Oh, Dios! ¡Morir, nuestra hijita, cuando su padre y su madre daban toda su vida por ella! ¡Oh, no, no! ¡Yo me rebelé, doctor! ¿Qué me importaba que una voz me anunciara su muerte, si yo me atrevía a defender a mi adorada hija contra todo y contra todos?

Desde ese instante mi existencia no fue sino una pesadilla de terror, sin más motivos de existir que la defensa desesperada de la vida de mi nena. ¡Yo te vigilaré! –me gritaba a mí misma–. Y en el preciso instante, desde la tenebrosa profundidad de nuestro destino la voz acentuaba su advertencia, diciéndome:

–“Es inútil cuanto hagas”.

Luego… luego mi hijita debía morir. ¡Dios mío! –clamaba yo rompiéndome en sollozos sobre el cuello de mi nena–. ¿Es posible que la voz que alcanza hasta el corazón de una madre para anunciarle la muerte de su hija le niegue las fuerzas para evitarla?

– Es inútil cuanto hagas”.

¡Oh, no se ha inventado tormento mayor que el que yo sufría! ¡Morir! Pero ¿de qué? ¿De enfermedad? ¿De un accidente?

¡De accidente!

Tuve la seguridad de ello antes de oír las palabras.

–“Morirá por accidente”.

¡Oh! Abrevio, doctor… salíamos antes todas las tardes. Dejamos de salir. Me cercioré diez veces seguidas de la solidez de los muebles. Golpeé horas enteras las paredes. Hice sacar de casa todo lo que no ofrecía completa seguridad. En las piezas desmanteladas iba y venía de un lado para otro, con el corazón ahogado de presagios. Revisaba una y cien veces lo que había examinado ya.

Me sentía totalmente vacía de todo: Dentro de mí no había más que espanto y terror, a los que obedecían como autómatas mis impulsos. Tenía a mi nena constantemente a mi lado, bajo la triple salvaguardia de mi corazón, de mis ojos y de mis manos.

Minuto por minuto, sin embargo, se acercaba inexorable el instante de…

–¡De qué, Dios mío! –clamaba yo en mi angustia–. ¿De qué accidente debo precaverla, salvarla a pesar de todo?

Mientras ahogaba así a mi nena entre mis brazos, tuve súbitamente la horrible revelación: –Morirá por el fuego. E inmediatamente, de la casa entera, de mi aliento, de mis mismas ropas surgió la terrible seguridad de que la vida de mi hija estaba contada: no por meses o días, sino por breves horas…

Como una loca corrí a la cocina, apagué el fuego y eché baldes de agua sobre las cenizas. Ordené que no se encendiera por nada fuego. Requisé todas las cajas de fósforos que había en la casa y las arrojé en el cuarto de baño. Como loca todavía corrí de una pieza a la otra revisando febrilmente todos los cajones de todos los muebles de la casa. Cerré todas las puertas y ventanas, corrí otra vez a la cocina para ver si no se me había desobedecido, y nos refugiamos con mi hija en el escritorio de mi marido, que por ventura nunca había fumado.

Fuego… ¡oh, no! ¡Allí estábamos seguras!

Pero en vez de serenarme, mi angustia se tornaba lancinante a cada nuevo segundo. ¿Y si no había revisado bien? ¿Si la cocinera había reservado una caja de fósforos? ¿Y si llegaba un proveedor a la cocina y encendía el cigarro?…

¡Ah! ¡Allí estaba el peligro! ¡Era eso! Y arrojando con un grito a mi nena de las faldas, me precipité a las piezas de servicio… y la cocinera apenas tuvo tiempo de responder con su alarido al mío: una detonación había hecho retemblar la casa…

 

La pobre madre calló. Por un largo instante, tal vez el preciso para que se apagara, de su alma el último fragor del estampido, permaneció con las manos en los ojos. Por fin:

–Sí… lo demás ya lo sabe usted, doctor… yo también lo supe antes de ver a mi hija en el subsuelo, muerta… sí… durante mi breve ausencia había abierto los cajones del escritorio, y había tomado para jugar un revólver que yacía en el fondo, bien en el fondo de uno de ellos… el arma se le había caído de las manos…

¡Doctor! –exclamó bruscamente con voz entera, descubriendo su semblante desesperado– Yo perdí a mi hija, usted lo sabe, como me lo habían predicho… con una frialdad y una crueldad de que solo Dios es testigo, se me advirtió que mi nena no tendría necesidad de mi cariño… se me dijo que era inútil cuanto hiciera para evitar su muerte… y se me aseguró por fin que moriría de accidente de fuego.

¡De fuego, señor! ¿Por qué no se me dijo claramente que debía morir por una bala o un tiro de revólver, que yo habría podido evitar? ¿Por qué se jugó al equívoco con el corazón de una madre y la vida de una inocente criatura? ¿Por qué se me dejó enloquecer tras los fósforos, sin advertirme que el peligro no estaba allí? ¿Cómo consintió Dios en que se hiciera con mi dolor un simple juego de palabras, para arrancarme así más horriblemente a mi hija? ¿Por qué…?

 

Y su voz se ahogó, como cortada por la violencia con que sus manos habían subido a crisparse sobre el rostro.

Un largo, muy largo silencio sobrevino entonces. Uno de los visitantes lo rompió por fin:

–Usted nos ha dicho, señora, haber oído la voz que le iba augurando su terrible desgracia.

Un hondo estremecimiento recorrió a la enferma; pero ésta no respondió.

–Usted ha manifestado también –prosiguió el visitante– haber percibido en varias ocasiones una voz sumamente lejana. ¿Eran una misma voz la que le advertía en vano del peligro y la que llamaba a su hija?

La enferma asintió con la cabeza.

–¿Reconoció usted esa voz?

Y esta vez, volcándose por fin en un interminable sollozo sobre la almohada, la pobre madre respondió desde el fondo de su horror:

–Sí. Era la de su padre…

 

(Tomado de www.lecturia.org)