Abelardo Castillo
A Julio Cortázar
y a usted, Borges,
y perdón si los salpiqué.
I
El oficio de guapo es un oficio como cualquier otro. El coraje, ahora lo
sé, tiene la paciencia larga; necesita práctica. Hay que adiestrarse en la mirada
torva, ladina, en el gesto pausado, en el áspero monosílabo hecho de ambigüedad
y amenaza para llegar con exactitud, si la Virgen lo permite (porque la destreza
de la mano depende, en la mitad de los casos, de un secreto favor suyo), para llegar,
repito, a la decisiva matemática de dos puñaladas en un boliche o un patio.
Esto lo sé porque yo soy Evaristo Garay. Antes, cuando
me daba por la literatura, cuando era pálido y usaba anteojos gruesos, de carey
negro, y leía a lord Dunsany, me llamaba de otro modo. Y muchos me han visto discutiendo
de carburadores y metempsicosis en La Biela Fundida, en Palermo, o sentado en la
Jockey frente a un mazagrán, asegurando que Borges –con licencia– nunca vio un orillero
de verdad ni en foto, pero escribir, escribe lindo. Estaba diciendo, digo, que ahora
me llamo Evaristo Garay, el que supo sentarlo de un planazo al comisario Bozzano
en la casa de baile de María Sosa, allá en San Pedro; el mismo Evaristo Garay que
ahora se juntó para siempre con la Rosario; yo (devoto de la Virgen de Pompeya),
que anoche, en el almacén de Barbieri, maté de tres balazos en la cabeza al chino
Aldazábal.
Todo empezó cuando el último verano caí desprevenidamente
por Baradero y pregunté en un boliche de la costa si nadie conocía al chino:
–Busco al chino Aldazábal –dije, limpiándome los anteojos.
Siempre que estoy nervioso me limpio los anteojos, esto
lo sé. Lo que no sé es por qué dije que buscaba al chino. En realidad yo venía a
preguntar por un tal González y, aunque al principio me pareció lo mismo, después
supe que no, que no era lo mismo. Porque yo, de entrada nomás, llegué y pregunté
por Aldazábal.
El patrón me miró. Era un tipo impresionante; sus hombros,
enormes, asomaban detrás del mostrador como dos moles; en el medio, rapada y poderosa,
había una cabeza. Se quedó mirándome y después que se le fue el sueño levantó una
ceja.
Si yo me hubiera ido entonces, antes que levantara la
otra ceja, no habría pasado nada; pero yo no me fui y el monstruo, sorprendido,
levantó la otra ceja. Sorprendido o asustado. O contento. Después abrió la boca
y se enojó con mi madre. Pero no se enojó: lo dijo como si yo acabara de hacerle
una secreta broma y él la estuviera festejando. A su modo, claro. Luego, abrazándome
por encima del mostrador, me juró que los años no pasaban para mí, para Evaristo
Garay, que él sabía que yo iba a volver aunque Aldazábal hubiera dicho que me balearon
en la frontera, y que nunca me habría reconocido con esas ropas de cajetilla, a
no ser –según aseguró– por esta pinta de rufián que Dios me ha dado, y que Barbieri
no se olvida de los amigos.
Ya he dicho que en ese entonces yo era algo literato;
por lo tanto, nunca fui demasiado original. De inmediato pensé: sueño. Pero los
brazos de Barbieri, fraternal y peligrosamente me demostraron que no, que no era
un sueño. Más tarde supe que era algo mucho más vertiginoso que un sueño, pero,
por el momento, solo sentía que el gigante me estaba haciendo mal en la espalda.
En la cicatriz esa que tengo en la espalda.
–Ellos cruzaron a Gualeguaychú –dijo después–. Fueron
a traer la medicina.
Y se rio. Yo también me reí; esto, al menos, lo entendía:
la medicina eran drogas. Yo había venido al bajo justamente por eso. Estaba escribiendo
una nota con contrabandistas, subprefectura y moraleja social. Necesitaba documentarme.
El comisario de San Pedro me había dicho que, en la ribera de Baradero, un tal González
–el chajá, que le decían– “operaba en esos chimisturrios”, que si me animaba, fuera:
él, lo más que podía hacer era prestarme un vigilante. Yo dije gracias y acá estaba.
Y ya había decidido volverme cuando sucedieron dos cosas: el gigante que me alcanza
un vaso de ginebra; yo, desprevenido, que me la tomo quién sabe por qué, por darme
ánimos tal vez, y una puerta que se abre, arriba, en el remate de la escalera.
–Mirá –dijo Barbieri.
Miré y la vi por primera vez; era la Rosario. La Rosario
que en seguida me reconoció y dijo vos acá, Evaristo, y me miraba tierna, tan tierna
que yo, a causa de la ginebra y de esa ternura, dije que sí, que estaba ahí, de
vuelta. Y antes de que pudiera agregar nada, ella se encerró en la pieza, como si
fuera a llorar.
El patrón seguía sonriendo; me alcanzó otra ginebra
y se quedó estudiándome. No sé si por taparme la cara (porque ahora yo no quería
explicar nada) o porque la ginebra, aunque marea, siempre me gustó, me llevé el
vaso a la boca y me lo tomé. Me asombró un poco mi propia voz:
–¿Cuándo vuelven?
Él dijo que tenían lo menos para dos meses. Después
dijo:
–Que alegrón –y el aumentativo, con el tono en que fue
dicho, resultaba una intencionada, amenazante paradoja– se va a pegar el chino cuando
te vea.
Si esas palabras me sonaron extrañas, no lo fueron mucho
más que las mías.
–Sí –dije–. Qué alegrón.
Tal vez se trataba de que Aldazábal, al verme, se iba
a enterar de que yo no era el que parecía; pero no sé por qué se me ocurrió que
el otro podía alegrarse de eso.
Usted, en cambio, sí lo hubiera sabido, Evaristo Garay.
Barbieri estaba diciendo:
–La Rosario también parece contenta.
Levantó la vista; yo también. La puerta de la pieza,
arriba, había quedado entreabierta.
–Y, ¿no vas a subir a verla?
Entonces, al mirar hacia arriba, fue cuando me acomodé
el pantalón. Me lo acomodé a dos manos, metiendo los pulgares en el cinto.
–¿Y pa qué te creés vos que volví? –me oí decir.
El “pa” me salió solo; el tono, el gesto, me salieron
solos. Después estaba arriba y, aunque no soy hombre de ventajear a nadie y menos
trampeando a una mujer como aquélla, como la Rosario, la tumbé sobre la cama y me
convencí de que ése era mi sitio, que todo venía de muy lejos, de antes, cuando
Aldazábal y yo, peleando en yunta, nos jugábamos por esta morocha en La Colorada
y en yunta la alzamos del baile, y él, porque le correspondía, se quedó con ella,
esta morocha que ahora me estaba diciendo entre lágrimas, nunca creí que te hubieran
muerto en la frontera ya sabía que a vos nadies, y después no habló más y al mucho
rato se me quedó dormida entre los brazos, alborotando la almohada con sus crenchas
negras.
II
Mi memoria suele ocasionarme disgustos. Generalmente retengo –o invento–
detalles nimios, imágenes aisladas, un gesto a veces o una palabra, y se me escapan
sin remedio los hechos históricos. Será por eso que de toda la primera semana que
pasé en el bajo (porque me quedé, Evaristo Garay, y usted me miraba desde los espejos,
aprobando mi espera), solo recuerdo algún áspero trago de caña, que a lo mejor fue
el que me hizo perder el miedo, y recuerdo que empezó a dolerme la cicatriz esa
que tengo en la espalda –la que me hice en la rotonda de Palermo, una noche, con
la moto– y pensé la humedad o el cansancio. También evoco una manera de caminar
que me gustó, y la sensación, que no me gustó, de estar haciéndole una porquería
a alguien. Esos días anduve mucho, vi, pregunté y aprendí mucho. Me pareció que
Aldazábal no se iba a alegrar ni medio cuando volviera de Gualeguaychú (por dos
motivos, claro, pero yo entonces solo conocía uno), no se iba a alegrar de verme
ni de que me confundieran con Evaristo Garay, a quien el chino siempre quiso como
a un hermano, más que a un hermano, como tampoco se iba a alegrar mucho si alguien
lo ponía al tanto de lo que estaba pasando allá arriba, en la pieza de la Rosario.
Por eso digo lo de sentir que estaba haciendo una porquería, máxime cuando supe
que la parda siempre le había jugado limpio al chino, menos esta vez, cuando yo
vine al bajo a terminar cierto asunto que empezó una noche de 1957, en la frontera,
noche en que la policía se apareció de golpe allá adelante, entre los juncos, y
Evaristo sintió un estruendo a su espalda y cuando quiso sacar el cuchillo ya tenía
la boca llena de barro.
De modo que me quedé. Al principio me quedé por la Rosario.
Después debí de tener otros motivos porque una noche ella me dijo “Vámosnos, Evaristo”
y yo le dije que no. Todavía no, le dije, y a lo mejor era que pensaba irme solo,
antes que pasara alguna cosa grande, o a lo mejor quise quedarme porque seguía con
la idea de escribir mi artículo con moraleja, o vaya a saber. La cosa es que me
quedé. Y supe que la historia del chino Aldazábal, la parda y Evaristo, en todo
caso, ya estaba escrita. No resultaba ni más equívoca ni menos matrera que aquella
otra, venerable, compilada por un escriba del Faraón, hace treinta siglos, historia
que acaso leyó Moisés y en la que hay una mujer que es malvada y miente y un hermano
espera a otro detrás de una puerta, con un hacha.
En esta que yo me sé el triángulo es ribereño pero igual
de confuso, solo que la mujer no es mala y que Evaristo no era hermano de Aldazábal,
sino su casi hermano, su mejor amigo, por lo menos mientras lo fue.
Según me contó la gente del bajo (o debo escribir me
recordó, pues todos los relatos empezaban “te acordás, Garay”), parece que Evaristo
y Aldazábal solían pelear juntos, desde muchachos. Me salteo homicidios menores,
y digo aquél del baile en La Colorada, que, si no me han mentido, se llamó así después
del estropicio, por la sangre que anduvo por el piso aquella noche:
Evaristo estaba recostado en el mostrador, mirando.
Su casi hermano, prendido como chuncaco, bailaba con la muchacha, una morocha nuevita
y asustada que (aunque aún no lo sabían) se llamaba Rosario y estaba destinada a
que acontecieran planazos donde ella metía sus ojos azules, raros, medio grises.
Usted la miraba, Evaristo Garay.
Entonces apareció un grandote y le tocó la espalda al
chino. Tenía voz de mamado cuando habló:
–No se pegue, que no es dulce –dijo. Aldazábal, sin
darse vuelta, dejó de bailar; después, arreglándose el pelo detrás de la oreja,
preguntó:
–¿Bastonero, el hombre?
La música se cortó de golpe; un acordeonista ya metía
la mano por atrás, a la altura de la faja. Los ojos de Aldazábal y su hermano se
encontraron. Yo, que escribo esto porque alguien me lo contó, recuerdo esa mirada.
El grandote dijo:
–Bastonero no: sampedrino.
Y los mirones (menos Evaristo, que seguía apoyado en
el mostrador, aunque un poco más cerca de la puerta) empezaron a arrimarse, y había
manos con brillo a fierro. Porque ser sampedrino quería decir ser guapo, y Aldazábal,
en ese momento, pudo decir que también lo era y aquí no ha pasado nada. Pero Aldazábal
–yo lo sé– nunca fue hombre de arreglar las cosas con conversación. Dijo pior pa
usté y le ordenó a la chica:
–Vaya, espéreme afuera: dos tordillos hay. Vaya, le
digo.
La dejaron irse; el grandote también, porque una mujer
estorba. Al pasar junto a Evaristo, ella tenía una cara de susto que le gustó al
hombre. Sin apuro, Evaristo le preguntó:
–El grandote, ¿cómo se llama? Ella se lo dijo.
Y antes de que la cancha se cerrara en torno de Aldazábal,
una voz autoritaria, desde la puerta, pegó el grito:
–¡Lisandro!
La distracción del grandote, de Lisandro, duró un segundo.
Después estaba boca abajo sobre la pista de tierra, con un tajo del ombligo al esternón.
Lo que siguió también fue breve.
Evaristo abrió cancha desde atrás, a los gritos, atropellando
a los que se daban vuelta; Aldazábal encaró de punta. En el medio se juntaron, espalda
con espalda buscando la puerta. Y a partir de ese momento, el boliche empezó a llamarse
La Colorada.
Rosario los esperaba afuera, azarosamente junto al tordillo
de Evaristo, quien de un salto se la llevó en ancas. Y allá salieron los tres, delante
de la polvareda.
En la disparada, Evaristo sentía las uñas de la parda,
clavadas en su cuerpo. Y era lindo. Pero fue la única vez que las sintió, porque
la muchacha era del chino, de su casi hermano; por más que él, Evaristo Garay, se
acordaba de aquella disparada cada vez que lo veía entrar al chino en la pieza de
arriba. Y no quería acordarse. Después la historia se entreveraba. Se entreveró
del todo, el día que Evaristo se dio cuenta de que la mujer no lo quería al chino,
que a él lo quería. Desde que le sentí las uñas supe que ella me quería.
III
No sé si dije que a partir de la primera semana empezó a pasárseme el miedo.
Natural. Yo pensaba desaparecer, con la muchacha o sin ella –más bien creo que sin
ella–, unos días antes de que la gente volviera del Gualeguaychú. Además sentía
que en aquel sitio yo estaba tan seguro como en la Jockey, y bastante más que en
La Biela (que fue allí en la rotonda donde casi me mato una noche, la noche del
5 de enero del 57, y de allí me quedó, como regalo de Reyes, la cicatriz que tengo
en la espalda), y digo que me sentía seguro porque, según vi, a Evaristo lo temían.
Lo respetaban. Y yo no podía dudar de que me parecía increíblemente al taita; no
tanto porque todos en la costa me miraban de reojo, como si mi presencia anticipara
catástrofes, sino por la Rosario: la morocha no era de desconocer así nomás a su
hombre, aunque nunca hubiera podido entregársele antes. Me enteré de que Evaristo
y ella no tuvieron tiempo de hacer lo que Dios manda, del mismo modo que me enteré
de toda la historia, o de casi toda: astuta y pacientemente, con preguntas furtivas,
por casualidad. Y por otros medios, menos fáciles de explicar. Al principio creí
que mis preguntas obedecían a reflejos literarios; después, no sé. De todos modos,
había una parte en las peripecias de Evaristo Garay que no estaba clara: la parte
de la frontera. Por supuesto, yo, sobre este punto, no podía preguntar nada; no
podía, es claro, andar preguntando:
–¿Cómo fue que me mató la policía?
Por cosas dispersas que me contó Barbieri, entendí que
Aldazábal nunca fue ajeno a lo que había estado ocurriendo. Una noche sobrevino
este diálogo:
–Estás metido con la parda –y la voz del chino no tenía
inflexión de pregunta; Evaristo dijo que sí y ésa fue la única vez que Aldazábal
lo miró feo–. Yo me la alcé pa mí –dijo.
Barbieri no escuchó más porque entonces apareció el
chajá González y anunció mañana tenemos que cruzar, y el resto, como digo, lo supe
por boca de la Rosario, quien a su vez lo escuchó del chino. Su versión se contradice
un poco con la de Barbieri. Parece que la noche del 5 de enero era Evaristo quien
tenía la mirada torcida.
Me imagino su voz:
–Que ella elija.
Aldazábal dijo está bien. Dijo que dijo: está bien hermano.
Y ese gesto le había llegado hondo a la Rosario. Será por eso que, cuando me enteré,
estuve a punto de perderle el respeto, Evaristo Garay. Porque usted se aprovechó
de la aflojada y lo ofendió al chino:
–Y ahora dejame solo –le dijo.
Todo esto ocurrió la noche de Reyes del 57, en la frontera.
Y al rato el chajá González gritó: la policía. Y empezaron los tiros. Cuando la
gente llegó a la lancha, Evaristo Garay no estaba. Se había quedado allá, muerto
por la policía. Bien muerto. De cara al barro.
IV
Creo que voy a terminar pronto; la Rosario está inquieta y en estos casos
lo mejor es irse antes de las averiguaciones y el sumario. Al empezar ya expliqué
lo que le pasó en la cabeza al chino Aldazábal; ahora quiero contar por qué.
El tiempo que viví en el almacén de Barbieri –también
ya lo expliqué– me enseñó muchas cosas: entre otras, que el coraje es subjetivo.
Mirando a la gente ilegal reeduqué mis reflejos y empecé a olvidarme de citar correctamente
a Virgilio. Me dieron ropas amenazantes, que fueron de Evaristo Garay, y la Rosario
me prendió al cuello una medalla con la Virgen de Pompeya. En eso estaba cuando
se quedó mirándome:
–Llevame con vos –dijo.
Yo nunca tuve predilección por morir en manos de un
contrabandista, sin embargo dije que tenía que esperarlo. Tal vez cuando la Rosario
me pidió por primera vez que me la alzara, todavía estaba a tiempo. Ahora no podía
irme.
–Te voy a llevar –dije–; pero antes tengo que esperarlo.
Bajé al boliche.
–Dame un cuchillo, Barbieri.
El grandote me miró; entonces cambié de idea:
–No. Mejor dame un revólver.
Después volví a subir y estuve un rato ante el espejo;
pese a todo la imagen que veía no era absurda. Usted me miraba, Evaristo Garay.
–Vámosnos –insistió la Rosario.
Yo le dije mejor que te estés quieta. Después dije:
–Hace calor.
Y me saqué la camisa. Entonces la Rosario me vio la
cicatriz esa que tengo en la espalda y dijo cómo te hicieron esto. Evaristo, y yo
casi le cuento lo de la rotonda, cuando, de golpe, me acordé de todo. Me acordé
cuando Evaristo, la noche de Reyes, en la frontera, dijo: Que ella elija. Y Aldazábal
le contestó: Esto no se arregla con conversación, hermano. Y el chajá gritó la policía
y empezó el barullo, y Evaristo se dispuso a pelear como cuando eran muchachos,
como siempre, y fue entonces que sintió aquel balazo trapero, en la espalda, y cuando
se dio vuelta con el cuchillo en la mano ya tenía otro tiro quemándole las costillas
y el último fue cuando cayó de cara al barro como un perro.
La Rosario preguntaba:
–¿Quién te hizo esto, Evaristo?
Dije:
–Ya te vas a dar cuenta.
Por eso me quedé. Y por eso, anoche, cuando la gente
volvió del Gualeguaychú yo estaba parado en lo alto de la escalera, con el revólver
en la mano. Y cuando el chajá me reconoció y se vino derecho a abrazarme, yo le
grité:
–¡Abrite!
Y por eso él se abrió, y Aldazábal se quedó mirándome,
como a un fantasma, mirándome a mí, a Evaristo Garay. Y por eso lo bajé de tres
tiros en la cabeza.
(Tomado
de www.enfrascopequeno.blogspot.com)