Úrsula Fuentesberain
Alexis:
Ya
deja de seguirme. ¿Qué no entendiste cuando te dije que si no formalizábamos ya
no me acostaría contigo?
Ahora
resulta que ni mi café me puedo tomar a gusto porque ya hasta aquí me acosas. Desde
hace como dos años vengo todos los jueves a La Blanca por mi lechero y mi concha.
No me digas que no lo sabías y que es una coincidencia que hayas empezado a
trabajar aquí justo hoy.
¿A
poco también fue una casualidad que te sentaras dos filas delante de mí ayer en
el cine? Sabes que todos los miércoles saliendo de la estética me meto a la función de las ocho del Cinemex que está por el metro Hidalgo. Llegaste cuando ya habían apagado las luces
y te saliste antes de que pasaran los créditos, pero no me queda ninguna duda de
que eras tú porque te vi las orejas. Las vi muy bien, no creas. Cada que la
pantalla soltaba un flashazo yo aprovechaba para fijarme en ellas. Y sí, eran las tuyas. Esas orejas no podían ser de nadie
más.
Ni te atrevas a negarlo. ¿O
me vas a decir que las manos del cajero de la farmacia
de la semana pasada tampoco eran las tuyas? Si hasta a propósito
contaste peso por peso de mi cambio mientras me los ibas
poniendo en la mano. Me agarraste en curva porque no te reconocí
la voz y me cayó el veinte ya hasta que iba en el camión, si no, te juro que te
hubiera sacado de tu casetita con vidrios polarizados y te hubiera agarrado a
cachetadas.
Con
decirte que ya ni quiero ir a los antros para no toparme contigo. Yo pensando que
bailaba con un chamaquito menso el viernes pasado y de pronto veo que tiene tu cuello.
¿Lo
planeaste todo, verdad? Dejarte el pelo suelto y esperar hasta que estuviéramos
bailando cachondo para decirme que te diera chance en lo que te hacías una
colita de caballo.
Seguro
todavía te carcajeas recordando la escena que armé. Pusiste una cara de yo no
fui cuando te empujé y te grité que te fueras a la chingada, que hasta los que
estaban en la pista se me quedaron viendo como si ya se me hubieran ido las cabras
al monte.
Te
juro que sí llegué a pensar que quien estaba mal era yo, que era puro pinche malviaje
mío. Pero no, eres tú quien me sigue a todos lados. Eres tú quien no me deja en
paz.
Ya
no quiero alargar mucho esta carta. Solo quería que supieras que no me engañas,
que sé
que los brazos del chavo que
estaba pintando la fachada de
mi edificio eran los tuyos, que el
cabello de la
señorita del banco era el tuyo,
que la boca de la niña que estaba recitando las tablas en la panadería era la
tuya y
que, para
terminar pronto, no
te quiero volver a ver,
Alexis.
No quiero que
seamos ni amigos ni amigas. Así que
no te
me acerques con el pretexto
de que eres
el muchacho que trae los
garrafones de agua a
la estética o la nueva chavita encargada del aseo. Déjame en paz de una buena vez. Por tu culpa ya muchos en
la chamba me han preguntado que qué traigo.
Mira, tú sabes que éste no es mi estilo,
no me quiero portar mala onda, pero
en serio ya no puedo seguir con esto.
Sí, no
te niego que al principio era emocionante
adivinar qué cuerpo usarías para la siguiente vez que nos viéramos.
Llegaba tempranísimo al antro para
revisar a la gente conforme entraban. Les veía los brazos, las piernas, las cejas
y los
pies a ver si te encontraba. Sé que
a veces me la ponías más
difícil porque solo hasta
que te quitaba la
playera en el hotel veía tu ombligo
en un cuerpo completamente diferente al
tuyo.
Y bueno, ya que ando
en esto de soltar verdades; me gustaba muchísimo que
me hicieras descubrirte
por tu forma de
bailar o por cómo
lamías la escarcha
de tu michelada. Te has inventado tantas vidas diferentes
que yo sigo pensando que te dedicas a actuar o algo parecido.
Pero el encanto se perdía cada vez que te preguntaba si podíamos
dejar de hacer como que ese era nuestro primer acostón. ¿Cómo crees que me sentía yo cuando te
reías o
te sacabas de onda o de plano te parabas
y te ibas?
Al principio
te llegué a buscar en el mismo antro el viernes siguiente, y mira que sabía que iba a estar
difícil, porque ¿quién
me garantizaba que habías regresado ahí y que no andabas ahora en uno de los que están por el
Zócalo o en Madero o Regina o Bolívar o
ya de plano en otras zonas de la ciudad?
La primera
vez que creí encontrarte, ya no estabas en ese cuerpo;
esa sonrisa, aunque se parecía a la del viernes anterior, ya no era la tuya. Ahí fue donde aprendí las reglas de tu juego: siempre hacerle como si nos acabáramos de conocer y nunca buscarte en el mismo cuerpo.
A mí no me importa que te guste cambiar. Es más, creo que eso es lo que le da la chispa a cuando hacemos el amor. Pero lo que ya no quiero es que cada vez que nos veamos sigamos pretendiendo lo que no es. Me gustaría recordar contigo los momentos que hemos pasado en cada uno de
tus cuerpos,
como esa vez que fuiste un adolescente flacucho y yo te desvirgué o cuando apareciste
como una chava con aretes en todos lados.
Quiero
decirte, ¿te acuerdas de la broncota con la caja chica de la estética? Pues ya
supimos que fue Cris porque hoy no llegó a trabajar sin que te me quedes viendo
con cara de what.
Quiero
llamarte por tu nombre. Me choca tener que decirte Mario o Estefanía o Elmer o Sandra.
Quiero platicar contigo por teléfono o invitarte al
cine. Ya
me cansé de que solo nos acostemos después de ir al antro y definitivamente ya
estoy hasta el gorro de que te me cruces todo el tiempo y que ni siquiera
tengas el valor para saludarme.
Para
qué me hago, la verdad es que te quiero. Ojalá me dejaras decírtelo de frente
algún día sin contestarme que estoy mal, que tú y yo ni nos conocemos.
Desde
que nos conocimos en ese antro que está en Regina e Isabel la Católica mi vida
ya no ha sido la misma. Fue la única y última vez que nos vimos antes de que te
repartieras en todos esos cuerpos que has tenido. Me acuerdo perfectamente que
después de hacer el amor por tercera vez esa noche, te pregunté que cuándo te
volvía a ver y tú me besaste y dijiste: “Me vas a ver mañana y pasado mañana y
todos los días después de éste”.
¿Le
dirías algo así a alguien que no quieres? Claro que no. Así que por favor, Alexis,
ya acepta que tú también te enamoraste de mí. No te pido mucho, solo quiero un
poco de formalidad de tu parte.
Te quiere, Yuri.
P. D. Mejor te dejo esta carta junto con tu propina. Ponme
el juego difícil este viernes,
vas a ver que de
todas formas te encuentro.
(Tomado de Varios
autores, Lados B. Narrativa de alto riesgo, Nitro/Press, Cdmx, 2014)