viernes, 17 de abril de 2026

El abandonado

Guy de Maupassant

 

–La verdad, querida, te creo loca por querer salir a pasear por el campo con un tiempo así. Desde hace dos meses tienes ideas muy extrañas. Me traes, quiera o no, a la orilla del mar, cuando en cuarenta y cinco años de matrimonio jamás habías tenido semejante fantasía. Eliges por tu cuenta Fécamp, una ciudad triste, y ahora te ha dado tal furia por caminar –tú, que nunca te movías– que quieres recorrer el campo en el día más caluroso del año. Dile a d’Apreval que te acompañe, ya que se presta a todos tus caprichos. Yo, por mi parte, vuelvo a dormir la siesta.

La señora de Cadour se volvió hacia su antiguo amigo:

–¿Viene usted conmigo, d’Apreval?

Él se inclinó, sonriendo, con una galantería de otros tiempos:

–Donde usted vaya, iré –dijo.

–Bueno, vayan a insolarse –declaró el señor de Cadour. Y volvió al hotel de los Baños para tenderse una hora o dos en la cama.

En cuanto quedaron solos, la anciana y su viejo compañero, ella dijo, muy bajo, apretándole la mano: “¡Al fin! ¡Al fin!”.

Él murmuró:

–Está usted loca. Le aseguro que está loca. Piense en lo que arriesga. Si ese hombre…

Ella se sobresaltó:

–¡Oh, Henri! No diga ese hombre cuando hable de él.

Él replicó en tono brusco:

–¡Está bien! Si nuestro hijo sospecha algo, si desconfía de nosotros, la tiene a usted en sus manos, nos tiene a los dos. Usted pasó cuarenta años sin verlo. ¿Qué le pasa hoy?

Habían seguido la larga calle que va del mar a la ciudad. Doblaron a la derecha para subir la cuesta de Étretat. El camino blanco se desplegaba bajo una ardiente lluvia de sol.

Caminaban despacio, bajo el calor abrasador, a pasos cortos. Ella había pasado su brazo bajo el de su amigo y miraba al frente, con la mirada fija, obsesiva.

Dijo:

–¿Así que usted tampoco lo ha vuelto a ver?

–No, ¡jamás!

–¿Es posible?

–Querida amiga, no empecemos de nuevo esta eterna discusión. Yo tengo esposa e hijos, como usted tiene marido; los dos tenemos todo que temer de la opinión ajena.

Ella no respondió. Pensaba en su juventud lejana, en las cosas pasadas, tan tristes.

La habían casado como se casa a las jóvenes. Apenas conocía a su prometido, un diplomático, y vivió con él, después, la vida de todas las mujeres de sociedad.

Pero un joven, el señor d’Apreval, casado como ella, la amó con una pasión profunda; y durante una larga ausencia del señor de Cadour, que había partido a las Indias en misión política, ella sucumbió.

¿Habría podido resistir? ¿Negarse? ¿Habría tenido la fuerza, el valor de no ceder, cuando ella también lo amaba? No, de verdad, ¡no! Habría sido demasiado duro. Habría sufrido demasiado. ¡Qué malvada y astuta es la vida! ¿Puede uno evitar ciertos golpes del destino, huir de la fatalidad? Cuando se es mujer, sola, abandonada, sin ternura, sin hijos, ¿se puede huir siempre de una pasión que se alza sobre una, como se huiría de la luz del sol, para vivir hasta la muerte en la oscuridad?

¡Cómo recordaba ahora todos los detalles: sus besos, sus sonrisas, su modo de detenerse en la puerta para mirarla al entrar en su casa! ¡Qué días felices, sus únicos días hermosos, tan pronto terminados!

Luego descubrió que estaba embarazada. ¡Qué angustias!

¡Oh, aquel viaje al sur, aquel largo viaje, aquellos sufrimientos, aquellos temores incesantes, aquella vida escondida en la casita solitaria, a orillas del Mediterráneo, en el fondo de un jardín del que no se atrevía a salir!

¡Cómo los recordaba, los largos días que pasaba tendida bajo un naranjo, con los ojos levantados hacia los frutos anaranjados, redondos, entre el follaje verde! ¡Cómo habría querido salir, ir hasta el mar, cuyo soplo fresco le llegaba por encima del muro, cuyas breves olas oía en la playa, cuya gran superficie azul, brillante de sol, con velas blancas y una montaña en el horizonte, soñaba sin cesar! Pero no se atrevía a cruzar la puerta. Si alguien la hubiera reconocido, deformada así, exhibiendo su vergüenza en su abultado vientre…

¡Y los días de espera, los últimos días de tortura! ¡Las alarmas! ¡Los dolores amenazantes! ¡Y luego la noche espantosa! ¡Cuántas miserias había soportado!

¡Qué noche aquella! ¡Cómo había gemido, gritado! Todavía veía el rostro pálido de su amante, que le besaba la mano a cada instante, la cara lampiña del médico, la cofia blanca de la enfermera.

¡Y qué sacudida había sentido en el corazón al escuchar aquel frágil gemido de criatura, aquel maullido, aquel primer esfuerzo de una voz de hombre!

¡Y el día siguiente! ¡El día siguiente! El único día de su vida en que había visto y abrazado a su hijo, porque desde entonces jamás había vuelto siquiera a tenerlo cerca.

Y desde aquel día, ¡qué larga existencia vacía en la que flotaba siempre, siempre, el pensamiento de aquel niño! No lo había vuelto a ver, ni una sola vez, a aquel pequeño ser salido de ella, ¡su hijo! Se lo habían llevado, escondido. Solo sabía que lo habían criado unos campesinos normandos, que él mismo se había hecho campesino, y que estaba casado, bien casado y bien dotado por su padre, cuyo nombre ignoraba.

¡Cuántas veces, en cuarenta años, había querido ir a verlo, a abrazarlo! No se imaginaba que hubiera crecido. Seguía pensando en aquella larva humana que había sostenido un día en sus brazos y apretado contra su costado dolorido.

Cuántas veces le había dicho a su amante: “No aguanto más, quiero verlo, voy a ir”.

Siempre él la había retenido, detenido. Ella no sabría contenerse, dominarse; el otro adivinaría, la explotaría. Estaría perdida.

–¿Cómo es? –decía ella.

–No lo sé. Yo tampoco lo he vuelto a ver.

–¿Es posible? Tener un hijo y no conocerlo. Tener miedo de él, haberlo rechazado como una vergüenza. –Era horrible.

Iban por el largo camino, agobiados por la llamarada del sol, subiendo siempre la interminable cuesta.

Ella continuó:

–¿No parece un castigo? Nunca tuve otro hijo. No, ya no podía resistir este deseo de verlo que me atormenta desde hace cuarenta años. Ustedes los hombres no entienden eso. Piense que estoy muy cerca de la muerte. Y no lo habría vuelto a ver… ¿No haberlo vuelto a ver, es posible? ¿Cómo pude esperar tanto tiempo? He pensado en él toda mi vida. ¡Qué existencia espantosa me ha dado eso! No me he despertado una sola vez, ni una sola vez, ¿me oye?, sin que mi primer pensamiento fuera para él, para mi hijo. ¿Cómo será? ¡Oh, cuánta culpa siento! ¿Se debe temer al mundo en un caso así? Debí dejarlo todo para seguirlo, criarlo, amarlo. Habría sido más feliz, sin duda. No me atreví. Fui cobarde. ¡Cuánto he sufrido! ¡Oh, esas pobres criaturas abandonadas, cuánto deben odiar a sus madres!

Se detuvo de golpe, ahogada por los sollozos. Todo el valle estaba desierto y mudo bajo la luz aplastante del día. Solo los saltamontes lanzaban su grito seco y continuo en la hierba amarilla y escasa a ambos lados del camino.

–Siéntese un poco –dijo él.

Ella se dejó llevar hasta el borde de la cuneta y se desplomó, con el rostro entre las manos. Sus cabellos blancos, torcidos en espirales a ambos lados de la cara, se le deshacían, y lloraba, desgarrada por un dolor profundo.

Él permanecía de pie frente a ella, inquieto, sin saber qué decirle. Murmuró: “Vamos… ánimo”.

Ella se incorporó: “Lo tendré”. Y, secándose los ojos, reanudó la marcha con el andar tembloroso de una anciana.

Un poco más adelante, el camino se hundía bajo un grupo de árboles que ocultaba algunas casas. Distinguían ahora el golpe vibrante y regular de un martillo de fragua sobre un yunque.

Y pronto vieron, a la derecha, una carreta detenida frente a una especie de casa baja y, a la sombra de un cobertizo, dos hombres que herraban un caballo.

El señor d’Apreval se acercó.

–¿La granja de Pierre Bénédict? –preguntó.

Uno de los hombres respondió:

–Tome el camino de la izquierda, junto al cafecito, y siga derecho; es la tercera después de la de Poret. Hay un abeto junto a la cerca. No hay cómo equivocarse.

Doblaron a la izquierda. Ella caminaba muy despacio ahora, con las piernas que le flaqueaban, el corazón latiendo con tanta violencia que se ahogaba.

A cada paso murmuraba, como una plegaria: “¡Dios mío! ¡Oh, Dios mío!”. Y una emoción terrible le apretaba la garganta, haciéndola tambalear como si le hubieran cortado las piernas.

El señor d’Apreval, nervioso, un poco pálido, le dijo bruscamente:

–Si no logra dominarse más, va a delatarse de inmediato. Haga un esfuerzo, por favor.

Ella balbuceó:

–¿Acaso puedo? ¡Mi hijo! ¡Cuando pienso que voy a ver a mi hijo!

Siguieron uno de esos senderos de campo encajonados entre los corrales de las granjas, hundidos bajo una doble hilera de hayas alineadas junto a las cunetas.

Y de pronto se encontraron frente a una cerca de madera junto a la cual crecía un abeto joven.

–Es aquí –dijo él.

Ella se detuvo en seco y miró.

El patio, plantado de manzanos, era grande y se extendía hasta la casita, con techo de paja. Enfrente, la caballeriza, el granero, el establo, el gallinero. Bajo un techo de pizarra, los carros: una carreta, un volquete, un cabriolé. Cuatro terneros pastaban la hierba bien verde al abrigo de los árboles. Las gallinas negras vagaban por todos los rincones del recinto.

Ningún ruido. La puerta de la casa estaba abierta, pero no se veía a nadie.

Entraron. Un perro negro salió enseguida de un barril colocado al pie de un gran peral y se puso a ladrar con furia.

Contra el muro de la casa, cuatro colmenas sobre tablas alineaban sus cúpulas de paja.

El señor d’Apreval gritó frente a la vivienda: “¿Hay alguien?”. Apareció una niña, una chiquilla de unos diez años, vestida con una camisa y una falda de lana, las piernas desnudas y sucias, con aire tímido y desconfiado. Se quedó de pie en el marco de la puerta, como para impedir la entrada.

–¿Qué quieren? –dijo.

–¿Está tu papá?

–No.

–¿Dónde está?

–No sé.

–¿Y tu mamá?

–Está con las vacas.

–¿Va a volver pronto?

–No sé.

Y de repente, la anciana, como si temiera que fueran a llevársela a la fuerza, dijo con voz precipitada:

–No me iré sin haberlo visto.

–Lo esperaremos, querida amiga.

Al voltear, vieron a una campesina que venía hacia la casa, cargando dos baldes de hojalata que parecían pesados y a los que el sol arrancaba por momentos un destello blanco y deslumbrante.

Cojeaba de la pierna derecha y, con el pecho envuelto en un suéter marrón, desteñido, lavado por las lluvias, quemado por los veranos, tenía el aspecto de una pobre sirvienta, miserable y sucia.

–Ahí viene mi mamá –dijo la niña.

Cuando estuvo cerca de la casa, miró a los desconocidos con aire hostil y receloso; luego entró como si no los hubiera visto.

Parecía vieja, con una cara hundida, amarillenta, dura: esa cara de madera de las campesinas.

El señor d’Apreval la llamó:

–Disculpe, señora, entramos para pedirle que nos venda dos vasos de leche.

La mujer refunfuñó, apareciendo de nuevo en la puerta después de haber dejado los baldes:

–Yo no vendo leche.

–Es que tenemos mucha sed. La señora es mayor y está muy cansada. ¿No habrá forma de conseguir algo de beber?

La campesina los miraba con ojos inquietos y desconfiados.

Al fin, se decidió.

–Ya que están aquí, les voy a dar de todos modos –dijo.

Y desapareció dentro de la casa.

Luego salió la niña cargando dos sillas que colocó bajo un manzano, y la madre apareció a su vez con dos tazones de leche espumosa que puso en manos de los visitantes.

Y se quedó de pie frente a ellos, como para vigilarlos y adivinar sus intenciones.

–¿Son ustedes de Fécamp? –preguntó.

El señor d’Apreval respondió:

–Sí, estamos en Fécamp por el verano –luego, tras un silencio, continuó–: ¿Podría vendernos pollos todas las semanas?

La campesina vaciló, luego respondió:

–Bueno, podría ser. ¿Los quieren tiernos?

–Sí, tiernos.

–¿A cuánto los pagan en el mercado?

D’Apreval, que no lo sabía, volteó hacia su amiga:

–¿Cuánto paga usted las aves, querida, las aves jóvenes?

Ella balbuceó, con los ojos llenos de lágrimas:

–Cuatro francos, y cuatro francos cincuenta.

La granjera la miró de reojo, extrañada, y luego preguntó:

–¿Está enferma esta señora, que está llorando?

Él no sabía qué responder y tartamudeó:

–No… no… pero es que… ella… perdió su reloj en el camino, un reloj muy bonito, y eso la ha apenado. Si alguien lo encuentra, avísenos.

La señora Bénédict no respondió nada, encontrando todo aquello sospechoso.

Y de pronto dijo:

–¡Ahí viene mi marido!

Sólo ella lo había visto entrar, porque estaba de cara a la cerca. D’Apreval dio un respingo; la señora de Cadour casi cayó al volverse desesperadamente en su silla.

Un hombre estaba allí, a diez pasos, tirando de una vaca con una cuerda, encorvado, resoplando.

Dijo, sin prestar atención a los visitantes:

–¡Maldita sea! ¡Qué animal tan terco!

Y pasó de largo, hacia el establo, donde desapareció.

Las lágrimas de la anciana se habían secado de golpe, y permanecía aturdida, sin palabras, sin pensamientos: “Su hijo… ¡aquel era su hijo!”.

D’Apreval, herido por la misma idea, articuló con voz temblorosa:

–¿Es el señor Bénédict?

La granjera, desconfiada, preguntó:

–¿Quién les dijo su nombre?

Él respondió:

–El herrero de la carretera principal.

Luego todos callaron, con los ojos fijos en la puerta del establo. Parecía un negro agujero en el muro del edificio. No se veía nada adentro, pero se oían ruidos vagos, movimientos, pasos amortiguados por la paja esparcida en el suelo.

Reapareció en el umbral, secándose la frente, y volvió hacia la casa con un paso largo y lento que lo mecía a cada zancada.

Pasó otra vez frente a los desconocidos sin reparar en ellos, y le dijo a su mujer:

–Tráeme un jarro de sidra, tengo sed.

Y entró en la casa. La granjera se fue hacia la bodega, dejando solos a los visitantes.

La señora de Cadour, fuera de sí, balbuceó:

–Vámonos, Henry, vámonos.

D’Apreval la tomó del brazo, la levantó y, sosteniéndola con todas sus fuerzas, pues sentía que iba a caer, se la llevó, después de haber dejado cinco francos sobre una de las sillas.

En cuanto cruzaron la cerca, ella se echó a sollozar, sacudida por el dolor, y balbuceando:

–¡Oh! ¿Eso es lo que hizo usted con él?…

Él estaba muy pálido. Respondió en tono seco:

–Hice lo que pude. Su granja vale ochenta mil francos. Es una dote que no tienen todos los hijos de la burguesía.

Y volvieron despacio, sin agregar una palabra. Ella seguía llorando. Las lágrimas le brotaban de los ojos y le rodaban por las mejillas, sin cesar.

Al fin las lágrimas se detuvieron, y entraron en Fécamp.

El señor de Cadour los esperaba para cenar. Se echó a reír al verlos y exclamó:

–Muy bien, mi mujer se ha insolado. Me alegro. La verdad, creo que está perdiendo la cabeza desde hace un tiempo.

No respondieron ni uno ni otra; y cuando el marido preguntó, frotándose las manos:

–¿Hicieron al menos un buen paseo?

D’Apreval respondió:

–Encantador, querido amigo, absolutamente encantador.

 

(Tomado de www.lecturia.org)

 

El tren a Burdeos

Marguerite Duras

 

Una vez tuve dieciséis años. A esa edad todavía tenía aspecto de niña. Era al volver de Saigón, después del amante chino, en un tren nocturno, el tren de Burdeos, hacia 1930. Yo estaba allí con mi familia, mis dos hermanos y mi madre. Creo que había dos o tres personas más en el vagón de tercera clase con ocho asientos, y también había un hombre joven enfrente mío que me miraba. Debía de tener treinta años. Debía de ser verano. Yo siempre llevaba estos vestidos claros de las colonias y los pies desnudos en unas sandalias. No tenía sueño. Este hombre me hacía preguntas sobre mi familia, y yo le contaba cómo se vivía en las colonias, las lluvias, el calor, las verandas, la diferencia con Francia, las caminatas por los bosques, y el bachillerato que iba a pasar aquel año, cosas así, de conversación habitual en un tren, cuando uno desembucha toda su historia y la de su familia. Y luego, de golpe, nos dimos cuenta de que todo el mundo dormía. Mi madre y mis hermanos se habían dormido muy deprisa tras salir de Burdeos. Yo hablaba bajo para no despertarlos. Si me hubieran oído contar las historias de la familia, me habrían prohibido hacerlo con gritos, amenazas y chillidos. Hablar así bajo, con el hombre a solas, había adormecido a los otros tres o cuatro pasajeros del vagón. Con lo cual este hombre y yo éramos los únicos que quedábamos despiertos, y de ese modo empezó todo en el mismo momento, exacta y brutalmente de una sola mirada. En aquella época, no se decía nada de estas cosas, sobre todo en tales circunstancias. De repente, no pudimos hablarnos más. No pudimos, tampoco, mirarnos más, nos quedamos sin fuerzas, fulminados. Soy yo la que dije que debíamos dormir para no estar demasiado cansados a la mañana siguiente, al llegar a París. Él estaba junto a la puerta, apagó la luz. Entre él y yo había un asiento vacío. Me estiré sobre la banqueta, doblé las piernas y cerré los ojos. Oí que abrían la puerta, salió y volvió con una manta de tren que extendió encima mío. Abrí los ojos para sonreírle y darle las gracias. Él dijo: “Por la noche, en los trenes, apagan la calefacción y de madrugada hace frío”. Me quedé dormida. Me desperté por su mano dulce y cálida sobre mis piernas, las estiraba muy lentamente y trataba de subir hacia mi cuerpo. Abrí los ojos apenas. Vi que miraba a la gente del vagón, que la vigilaba, que tenía miedo. En un movimiento muy lento, avancé mi cuerpo hacia él. Puse mis pies contra él. Se los di. Él los cogió. Con los ojos cerrados seguía todos sus movimientos. Al principio eran lentos, luego empezaron a ser cada vez más retardados, contenidos hasta el final, el abandono al goce, tan difícil de soportar como si hubiera gritado.

Hubo un largo momento en que no ocurrió nada, salvo el ruido del tren. Se puso a ir más deprisa y el ruido se hizo ensordecedor. Luego, de nuevo, resultó soportable. Su mano llegó sobre mí. Era salvaje, estaba todavía caliente, tenía miedo. La guardé en la mía. Luego la solté, y la dejé hacer.

El ruido del tren volvió. La mano se retiró, se quedó lejos de mí durante un largo rato, ya no me acuerdo, debí caer dormida.

Volvió.

Acaricia el cuerpo entero y luego acaricia los senos, el vientre, las caderas, en una especie de humor, de dulzura a veces exasperada por el deseo que vuelve. Se detiene a saltos. Está sobre el sexo, temblorosa, dispuesta a morder, ardiente de nuevo. Y luego se va. Razona, sienta la cabeza, se pone amable para decir adiós a la niña. Alrededor de la mano, el ruido del tren. Alrededor del tren, la noche. El silencio de los pasillos en el ruido del tren. Las paradas que despiertan. Bajó durante la noche. En París, cuando abrí los ojos, su asiento estaba vacío.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

jueves, 16 de abril de 2026

Amor eterno

Antonio Ballesteros

 

Cuenta una vieja leyenda de los indios sioux que una vez llegaron hasta la tienda del viejo brujo de la tribu. Tomados de la mano, iban Toro Bravo, el más valiente y honorable de los jóvenes guerreros, y Nube Alta, la hija del cacique y una de las más hermosas mujeres de la tribu.

–Nos amamos –empezó el joven.

–Y nos vamos a casar –dijo ella.

–Y nos queremos tanto que tenemos miedo. Queremos un hechizo, un conjuro, un talismán. Algo que nos garantice que podremos estar siempre juntos. Que nos asegure que estaremos uno al lado del otro hasta encontrar a Manitú el día de la muerte.

–Por favor –repitieron–, ¿hay algo que podamos hacer?

El viejo los miró y se emocionó de verlos tan jóvenes, tan enamorados, tan anhelantes esperando su palabra.

–Hay algo… –dijo el viejo después de una larga pausa–. Pero no sé… conseguirlo es una tarea muy difícil y sacrificada.

–No importa –dijeron a la vez los dos–. Lo que sea –ratificó Toro Bravo.

–Bien… –dijo pensativo el brujo–. Nube Alta, ¿ves el monte al norte de nuestra aldea? Deberás escalarlo sola y sin más armas que una red y tus manos, y deberás cazar el halcón más hermoso y vigoroso del monte. Si lo atrapas, deberás traerlo aquí con vida el tercer día después de la luna llena. ¿Comprendiste?

La joven asintió en silencio.

–Y tú, Toro Bravo – siguió el brujo – deberás partir en dirección contraria y escalar la Montaña del Trueno; cuando llegues a la cima, encontrarás la más brava de todas las águilas y, solamente con tus manos y una red, deberás atraparla sin heridas y traerla ante mí, viva, el mismo día en que vendrá Nube Alta con el halcón más hermoso y vigoroso del monte… ¡Salgan ahora!

Los jóvenes se miraron con ternura y después de una fugaz sonrisa salieron a cumplir la misión encomendada, ella hacia el norte, él hacia el sur…

Todo salió mejor de lo que los jóvenes habían imaginado en sus mejores sueños, y el día establecido, frente a la tienda del brujo, los dos jóvenes esperaban con sendas bolsas de tela que contenían las aves solicitadas.

El viejo les pidió que con mucho cuidado las sacaran de las bolsas. Los jóvenes lo hicieron y expusieron ante la aprobación del viejo las aves cazadas. Eran verdaderamente hermosos ejemplares, sin duda lo mejor de su estirpe.

– ¿Volaban alto? –preguntó el brujo.

– Sí, sin duda. Hicimos todo tal y como lo pediste… ¿y ahora…? –preguntó el joven, impaciente– ¿los mataremos y beberemos el honor de su sangre?

–No –dijo el viejo–. Los dejaremos vivir.

–Los cocinaremos y comeremos el valor en su carne –propuso la joven.

–No –repitió el viejo–. Harán lo que les digo: Tomen las aves y átenlas entre sí por las patas con estas tiras de cuero… cuando las hayan anudado, suéltenlas y que vuelen libres para siempre, igual que ustedes quieren hacerlo.

El guerrero y la joven hicieron lo que se les pedía y soltaron los pájaros. El águila y el halcón intentaron levantar vuelo, pero sólo consiguieron revolcarse en el piso. Unos minutos después, irritadas por la incapacidad, las aves arremetieron a picotazos entre sí hasta lastimarse.

Entonces el brujo habló: “Este es el conjuro… jamás olviden lo que han visto. Son ustedes como un águila y un halcón; si se atan el uno al otro, aunque lo hagan por amor, no sólo vivirán arrastrándose, sino que además, tarde o temprano, empezarán a lastimarse uno al otro. Si quieren que el amor entre ustedes perdure, vuelen juntos pero jamás atados”.

 

(Tomado de www.tallermecontasunahistoriadale.blogspot.com)

 

El sueño

Luis Mateo Díez

 

Soñé que un niño me comía. Desperté sobresaltado. Mi madre me estaba lamiendo. El rabo todavía me tembló durante un rato.

 

(Tomado de www.talesofmytery.blogspot.com)

 

miércoles, 15 de abril de 2026

Inmenso planeta plano

Pablo Garssía

 

El inmenso planeta plano tardó trescientos billones de años en formarse, cuatrocientos billones menos que su estrella madre. No tuvo planetas hermanos y estuvo siempre alejado de otros sistemas planetarios. Sin embargo, cuando hubo cumplido cuatrocientos cuarenta y cinco billones de años de edad, cuando hubo completado su largo proceso de formación, cuando su superficie, enteramente llana y compuesta únicamente de tierra, estuvo conformada, tuvo la dicha de albergar vida, vida humana.

Los hombres que aparecieron en este planeta fueron extraordinarios: cada una de las células de su cuerpo –o cualquiera que fuese su unidad de composición mínima– estaba dotada de la increíble capacidad de proveerse a sí misma de alimento, a partir de sus propios desechos; los seres no necesitaban buscar comida ni agua para subsistir. Uno de los máximos enigmas sobre estos fantásticos seres es, por tanto, y sin duda, cómo o en qué momento, los componentes más pequeños de su organismo se habían alimentado por primera vez. ¿Qué había sido primero: la excreción, por parte de las células –llamémoslas así–, de un Primer alimento o, por el contrario, la deglución de éstas de un Primer excremento? Sea como fuere, dichos hombres jamás se preocuparon por ello. Eran muy inteligentes, pero nunca se preguntaron sobre cosas tan ocultas; como jamás conocieron un ser humano diferente a ellos, jamás pudieron siquiera pensar en compararse con ese otro hombre. De hecho, en su gigantesco planeta no existía ninguna forma de vida con la que pudieran compararse; no cohabitaban con ningún otro ser vivo distinto a ellos. Porque ningún ser que no poseyera cualidades fisiológicas similares a las que estos hombres tenían podía haber vivido en ese mundo, ya que no había nada, nada de nada. Los ríos, los lagos, los océanos, las nubes, las tormentas, los glaciares, las praderas, los bosques, las selvas, los árboles, el agua, las plantas, todas esas cosas, jamás habían existido allí, ni parecía que existirían. Tampoco había una sola colina, ni la más mínima depresión terrestre, precisamente porque el planeta era totalmente llano. El vacío era tal que ni siquiera el viento existía, hasta el movimiento estaba ausente. Dicho mundo era como un gran desierto en el que parecía haberse detenido el tiempo. Digo parecía porque, en realidad, el tiempo transcurría con mucha naturalidad. Su estrella madre, aunque lejana y sin la suficiente energía como para proveerlo de temperaturas desérticas dignas, sí obligaba al inmenso planeta plano a efectuar un movimiento de traslación veloz alrededor de ella, por lo que, a pesar de su deficiente rotación, el planeta tenía la suerte de poseer días y noches cortos, similares a los de la mayoría de los mundos habitados. Y eso era lo que único que daba la sensación de tiempo en el planeta; las únicas acciones, los únicos movimientos que se podían percibir eran el movimiento del sol y el de los demás astros.

Hasta que aparecieron los hombres.

Lo primero que hicieron los hombres, después de aparecer sobre la faz del planeta, fue ejecutar acciones. Para tener un poco de sombra en el día y algo de calor en la noche, cavaron madrigueras en el suelo; para no aburrirse, empezaron a reproducirse y a comunicarse. De estas dos últimas acciones la segunda la realizaron con mayor velocidad, por lo que eran apenas ciento veintiún varones y ciento veintitrés mujeres cuando lograron, con base en el modesto desarrollo de su lenguaje, crear nombres propios para cada uno de ellos. Para las primeras mujeres algunos nombres fueron: Mavi, Ala, Fas, Nim, Vai, Ti, Caia, Liabi, Mia, Sila, Sai, Fisi, Iah, Agli, Miga, Tisi, Paim, Nila, Vifh, Lari y Aina; para los varones: Ofo, Moeso, Efno, Tem, Soh, Ves, Femvo, Neol, Croten, Jene, Cole, Voc, Deon, Gros, Teo, Nolm, Repjo, Olo, Vefh, Fonor, Med y otros más. Los hombres más viejos eran Moeso, Neol, Croten y Efno; las mujeres más viejas, Mavi, Nim, Iah y Vai.

Neol, Moeso, Efno y Croten se recordaban a sí mismos, algún tiempo atrás, asombrados ante los continuos alumbramientos de las primeras mujeres; y ellas, por su parte, albergaban todavía dentro de sus recuerdos el dolor y la alegría que habían sentido durante el nacimiento de cada uno de los hijos que habían engendrado con los primeros hombres; sin embargo, ninguno de los ocho ancianos, nadie de entre Mavi, Nim, Iah, Vai y sus respectivos varones, podía traer a la mente siquiera el rostro de sus propios padres. En todos y cada uno de ellos el recuerdo de sus progenitores estaba sumergido en una gran laguna mental y ésta parecía haber estado siempre seca. Por eso, desde que pudieron hacerlo, los ancianos trataron todas sus discusiones sobre este gran enigma.

Luego de algún tiempo de razonar y razonar, lograron obtener una premisa: sus padres los habían abandonado cuando eran niños. La idea, además de ser triste, producía –obviamente– otras muchas tristes preguntas: ¿por qué los habían dejado sus padres? ¿era eso lo que ellos debían haber hecho con sus propios críos? ¿a dónde tenían que haberse marchado? Y estas produjeron a su vez una hipótesis, la de Croten, quien pensaba que tal vez sus padres no los habían abandonado, sino que ellos mismos, cuando eran niños, por alguna misteriosa razón, se habían alejado del seno paternal: ¡había que volver!

Los ancianos del inmenso planeta plano decidieron ir a buscar a sus padres lo más pronto posible. Se marcharon la madrugada del tercer día siguiente a la postulación de la teoría de Croten, una semana antes de que el más joven de ellos cumpliera ochenta años. Los demás hombres, que por supuesto habían sido enterados del viaje, pero no invitados, sintieron que el enigma, en vez de empezar a tener mayores probabilidades de ser velado, se hacía más oscuro…

Los ancianos no regresaron nunca. No volvieron no porque eso fuera los que deseaban desde un principio, ni tampoco porque no quisieran compartir lo desconocido con sus hijos, sino porque no podían: habían encontrado algo muy grande, muy fuerte e inesperado: su destino.

Años después, algunos jóvenes decidieron ir en busca de sus abuelos y, principalmente, en busca de respuestas, respuestas y no más preguntas. Recorrieron, tras veinticinco años de viaje, casi por completo la superficie del hemisferio norte del planeta y no encontraron más que enormes planicies y bóvedas celestes siempre despejadas. Frustrados y hechos presa de una gran fatiga, decidieron regresar con los demás.

Una vez en casa, les dijeron a todos lo que habían visto y, con dolor, aceptaron no sólo que no habían encontrado durante el viaje un sólo rastro de los ancianos, sino, también, que pensaban que éstos habían desaparecido de la misma manera que lo habían hecho sus desconocidos padres. Los hombres y mujeres que en ese entonces ya eran viejos, los hijos de Moeso, Nim, Croten, Mavi y los demás, se sintieron muy preocupados y se reunieron para discutir qué era lo que debían hacer. Poco tiempo después, aceptaron que, llegada la hora, debían alejarse también de sus hijos, tal como lo habían hecho sus padres y como lo habían hecho los padres de éstos –suponían.

Los hombres del inmenso planeta llano estaban logrando explicaciones, empezaban a comprender el orden de la naturaleza y a aceptarlo. Pero, a pesar de ello, el deseo por buscar la verdad sobre sus vidas y sobre el mundo –la cual sólo habían logrado imaginar o, en el mejor de los casos, intuir– seguía igual e, incluso, se hacía cada vez más grande. Semanas antes de que la nueva generación de hombres viejos –conformada por los hijos de Croten, Mavi, Nim y los demás– se marchara, un muchacho llamado Velrevo decidió viajar solo sobre la planicie del planeta, siguiendo la trayectoria de la estrella madre –el sol– en el cielo, marcando sobre la tierra una línea recta y no deteniendo su marcha hasta encontrar de nuevo sus propios trazos en el suelo. Velrevo, de veinte años de edad, era filósofo e intuía y deseaba aprehender –como muchos– la complejidad del universo, pero sabía que eso no sucedería si antes no descifraba la complejidad de su propio ser. Por eso había planeado realizar el ambicioso y casi utópico viaje; él no buscaría a sus míticos ancestros, se buscaría a sí mismo.

Hablando con justicia, Velrevo fue el más importante de todos los hombres de su mundo. Fue un genio y, a la vez, un héroe épico, pues logró trazar el ecuador de su planeta en sólo treinta y tres años. Al hacerlo, encontró, como esperaba, gran cantidad de confirmaciones a las teorías que había desarrollado en su juventud –entre ellas, la de que su pueblo vivía al centro del planeta, en un sitio que guardaba la misma distancia al polo norte que al polo sur. Pero su máxima hazaña fue encontrar, días después de comenzar su retorno a casa, semanas después de haber dibujado el gran punto que marcaría los ciento ochenta grados del ecuador, un volcán inactivo –el enorme residuo de uno de los pocos fenómenos geológicos violentos que tuvo el planeta antes de la Era de los hombres.

La impresión de Velrevo al alzar la vista y ver el volcán que con soberbia se erguía y penetraba el cielo fue tremenda. Estuvo durante horas detenido y de pie frente a él, maravillado, extasiado.

Para Velrevo lo más valioso de aquella montaña era su singularidad, su belleza. Sí, encerraba también mucho misterio, pero un misterio que, para ser atractivo o, más bien, para no dejar de serlo, debía permanecer en ese estado, el de la oscuridad. Porque Velrevo, al lograr comprender su planeta físicamente, lo había comprendido en su esencia. El descubrimiento del volcán le había otorgado sólo una ocasión más para sentirse feliz, pleno. Aunque esto no fue así para todos los demás; Velrevo fue el único que no vio en el escarpado pico un bendito camino, un divino sendero que les permitiría a los hombres acercarse a sus dioses, a sus primeros padres.

A pesar de que Velrevo, asumiéndose –de pronto, pero merecidamente– gurú de su pueblo, ordenó lo contrario, la mayoría de los hombres, varones y mujeres, niños y ancianos, decidieron escalar el volcán. Y no sólo eso, sino que decidieron también, cada uno por su parte –y en secreto, claro–, ser los primeros en alcanzar la luz de los creadores y, también, ¿por qué no?, ser los únicos en lograrlo. Por eso ocurrió que los hombres pelearon, entre sí; la envidia, la ira y el odio corrieron por sus venas y alimentaron sus corazones.

Sobre las oscuras rocas de las faldas de la sagrada montaña quedaron tirados, sin vida y sin haber intentado la dura ascensión, una gran cantidad de ellos. Parecía el fin de todo: el mal había visitado a los hombres y, con él, había acudido también, implacable, no por primera ocasión, pero sí prematura y antinaturalmente esta vez, la muerte.

Sólo doce varones adultos, después de trece semanas de dolor y delirio, lograron llegar a la cumbre del volcán. Y, ahí, a miles de metros de altura, más cerca que nunca del cielo y de Él y de Ella, lo más que obtuvieron fue una durísima y terrible desilusión.

Bajaron, después de llorar –sin lágrimas, pues les era imposible lo contrario– arrodillados frente al cráter, pero no lo suficiente como para transmitir su frustración –la única que habían sentido en toda su vida– a los otros, los pocos que no habían decidido subir, pues, cual castigo divino, el volcán resucitó inesperadamente y su sangre alcanzó y devoró a todos los que habían subido y ahora descendían de la montaña.

Después de la erupción, Velrevo se retiró para siempre a la soledad. Pero también la soledad vivió con los demás sobrevivientes. Y con tanta fuerza se alojó ésta en las mentes y en los corazones de todos ellos por tanto tiempo, que, simple y sencillamente, ya no se reprodujeron más y la muerte los consumió, a cada uno por separado, pero simultáneamente.

Cuando sus padres, sus verdaderos padres, regresaron del cielo, después de muchos años, no lograron hallar ya vida en el laboratorio, sino sólo un montón de cadáveres sin pudrirse, los cuales –dicho sea de paso–, junto con el volcán, deformaban seriamente la perfecta redondez y planicie del inmenso planeta, ése cuyas excepcionales condiciones, desgraciadamente, ya no serían nunca hogar de ningún tipo de vida, pues su final llegaría muy pronto, unos segundos antes de cumplir 445.002 billones de años edad.

 

(Tomado de www.museo.ficticia.com)

 

El aya

José María Eça de Queirós

 

Érase una vez un rey, joven y valiente, señor de un reino abundante en ciudades y cosechas, que partía a batallar por tierras distantes, dejando solitaria y triste a su reina y a un hijo chiquitín, que todavía vivía en su cuna, envuelto en sus fajas. La luna llena que lo viera marchar, llevado en su sueño de conquista y de fama, empezaba a menguar, cuando uno de sus caballeros apareció, con las armas rotas, negro de la sangre seca y del polvo de los caminos, trayendo la amarga nueva de una batalla perdida y de la muerte del rey, traspasado por siete lanzas entre la flor de su nobleza, a la orilla de un gran río. La reina lloró magníficamente al rey. Lloró, además, desoladamente al esposo, que era hermoso y alegre. Pero, sobre todo, lloró ansiosamente al padre que así deja al hijito desamparado, en medio de tantos enemigos de su frágil vida y del reino que sería suyo, sin un brazo que lo defendiese, fuerte por la fuerza y fuerte por el amor.

De esos enemigos, el más temeroso era su tío, hermano bastardo del rey, hombre depravado y bravío, consumido por groseras codicias, deseando la realeza sólo por sus tesoros, y que hacía años que vivía en un castillo en los montes, con una horda de rebeldes, como lobo que, desde su atalaya, en su foso, espera la presa. ¡Ay, la presa ahora era aquella criaturita, rey que aún mamaba, señor de tantas provincias, y que dormía en su cuna con un sonajero de oro en la mano cerrada!

A su lado, otro niño dormía en otra cuna. Pero este era un esclavito, hijo de la bella y robusta esclava que amamantaba al príncipe. Ambos habían nacido en la misma noche de verano. El mismo pecho los criaba. Cuando la reina, antes de adormecerse, se acercaba a besar al principito, que tenía el cabello rubio y fino, besaba también por amor suyo al esclavito, que tenía el cabello negro y crespo. Los ojos de ambos relucían como piedras preciosas. Sólo que la cuna de uno era magnifica y de marfil entre brocados, y la cuna del otro, pobre y de mimbre. La leal esclava, sin embargo, a ambos dedicaba igual cariño, porque si uno era su hijo, el otro seria su rey.

Nacida en aquella casa real, tenía por pasión, por religión, a sus señores. Ningún llanto correría más sentidamente que el suyo por el rey muerto a la orilla del gran río. Pertenecía, por lo demás, a una raza que cree que la vida de la Tierra se continúa en el Cielo. El rey, su amo, seguramente ya estaría ahora reinando en otro reino, más allá de las nubes, abundante también en cosechas y ciudades. Su caballo de batalla, sus armas, sus pajes, habían subido con él a las alturas. Sus vasallos, según fuesen muriendo, prontamente irían en ese reino celeste a retomar en torno a él su vasallaje. Y ella, un día, a su vez, remontaría en un rayo de luz para habitar el palacio de su señor, e hilar de nuevo el lino de sus túnicas, y encender de nuevo la cazoleta de sus perfumes; sería en el Cielo como había sido en la Tierra, y feliz en su servidumbre.

¡Pero, además, también ella temblaba por su principito! ¡Cuántas veces, con él colgado al pecho, pensaba en su fragilidad, en su larga infancia, en los años lentos que correrían antes de que él fuese al menos del tamaño de una espada, y en aquel tío, cruel, de rostro más oscuro que la noche y corazón más oscuro que el rostro, hambriento del trono y acechando desde la cima de su roquedo entre los alfanjes de su horda! ¡Pobre principito de su alma! Con una ternura mayor lo apretaba entonces en los brazos. Pero si su hijo parloteaba al lado, sus brazos corrían hacia él con un ardor más feliz. Ese, en su indigencia, nada tenía que temer de la vida. Desgracias, asaltos de la suerte mala, nunca lo podrían dejar más desnudo de las glorias y bienes del mundo de lo que ya estaba allí, en su cuna, bajo el pedazo de lino blanco que resguardaba su desnudez. La existencia, en verdad, era para él más preciosa y digna de ser conservada que la de su príncipe, porque ninguno de los duros cuidados que ennegrecen el alma de los señores rozaría siquiera su alma libre y sencilla de esclavo. Y, como si lo amase más por aquella humildad dichosa, cubría su cuerpecito gordo de besos pesados y devoradores: de los besos que se hacían leves sobre las manos de su príncipe.

Sin embargo, un gran temor llenaba el palacio, en donde ahora reinaba una mujer entre mujeres. El bastardo, el hombre de rapiña que erraba en la cima de las sierras, había bajado a la llanura con su horda, y ya a través de caseríos y aldeas felices iba dejando un surco de matanza y de ruinas. Las puertas de la ciudad se habían asegurado con cadenas más fuertes. En las atalayas, ardían fuegos más altos. Pero a la defensa le faltaba la disciplina viril. Una roca no gobierna como una espada. Toda la nobleza fiel había perecido en la gran batalla. Y la desventurada reina sólo sabía correr a cada instante a la cuna de su pequeño y llorar sobre él su flaqueza de viuda. Solamente el ama leal parecía segura: como si los brazos en que estrechaba a su príncipe fuesen murallas de una ciudadela que ninguna audacia puede transponer.

Pero una noche, noche de silencio y oscuridad, cuando se iba a dormir, habiéndose desvestido, ya en su catre, entre sus dos niños, adivinó, más que sintió, un corto rumor de hierro y de pendencia, lejos, a la entrada de los jardines reales. Envuelta a toda prisa en un manto, echándose los cabellos hacia atrás, escuchó ansiosamente. En la tierra enarenada, entre los jazmines, corrían pasos pesados y rudos. Hubo después un gemido, un cuerpo cayendo indolente, sobre losas, como un fardo. Corrió con violencia la cortina. Y allá, al fondo de la galería, avistó hombres, un resplandor de linternas, brillos de armas… En un momento lo comprendió todo: ¡el palacio sorprendido, el bastardo cruel que venía a robar, a matar a su príncipe! Entonces, rápidamente, sin una vacilación, sin una duda, arrebató al príncipe de su cuna de marfil, lo lanzó a la pobre cuna de mimbre, y sacando a su hijo de la cuna servil, entre besos desesperados, lo acostó en la cuna real, que cubrió con un brocado.

Bruscamente, un hombre enorme, de rostro llameante, con un manto negro sobre la cota de malla, surgió en la puerta de la cámara, entre otros, que levantaban linternas. Miró, corrió a la cuna de marfil en la que lucían los brocados, arrancó al niño, y, ahogando sus gritos en el manto, partió apresurada y furiosamente.

El príncipe dormía en su nueva cuna. El ama se había quedado inmóvil en el silencio y la tiniebla.

Pero bramidos de alarma, de repente, atronaron el palacio. Por las cristaleras se percibió el luengo llamear de las antorchas. Los patios resonaban con el golpe de las armas. Y desgreñada, casi desnuda, la reina invadió la cámara, entre las ayas, clamando por su hijo. Al ver la cuna de marfil, con las ropas en desorden, vacía, cayó sobre las losas, en un llanto, destrozada. Entonces, callada, muy lenta, muy pálida, el ama descubrió la pobre cuna de mimbre… allí estaba el príncipe, quieto, adormecido, en un sueño que le hacía sonreír y le iluminaba todo el rostro entre sus cabellos de oro. La madre cayó sobre la cuna, con un suspiro, como cae un cuerpo muerto.

En ese instante, un nuevo clamor estremeció la galería de mármol. Era el capitán de la guardia y su gente fiel. En sus clamores había, sin embargo, más tristeza que triunfo. ¡El bastardo había muerto! Capturado entre el palacio y la ciudadela al escapar, aplastado por la fuerte legión de arqueros, había sucumbido y con él veinte de su horda. Su cuerpo allí había quedado, con flechas en el costado, en un charco de sangre. ¡Pero, ay, dolor sin nombre! ¡El cuerpecito tierno del príncipe allí había quedado también, envuelto en un manto, ya frío, lívido aún de las manos feroces que lo habían estrangulado! Así, tumultuosamente, lanzaban la nueva cruel los hombres de armas, cuando la reina, deslumbrada, con lágrimas entre risas, levantó en sus brazos, para enseñárselo, al príncipe, que había despertado.

Fue un asombro, una aclamación. ¿Quién lo había salvado? ¿Quién? ¡Allí estaba junto a la cuna de marfil vacía, muda y yerta, la que lo había salvado! ¡Sierva sublimemente leal! Fue ella la que, para conservar la vida a su príncipe, mandó a la muerte a su hijo… entonces, sólo entonces, la madre dichosa, emergiendo de su alegría extática, abrazó apasionadamente a la madre dolorosa, y la besó, y la llamó hermana de su corazón… y de entre aquella multitud que se apretaba en la galería vino una nueva, ardiente aclamación, con súplicas de que fuese recompensada, magníficamente, la sierva admirable que había salvado al rey y al reino.

¿Pero cómo? ¿Qué bolsas de oro podrían pagar un hijo? Entonces un viejo de casta noble sugirió que la llevasen al tesoro real, y que escogiese de entre esas riquezas, que eran las mayores de la India, todas cuantas su deseo apeteciese…

La reina tomó la mano de la sierva. Y sin que su rostro de mármol perdiese la rigidez, con andares de muerta, como en un sueño, así fue conducida a la cámara de los tesoros. Señores, ayas, hombres de armas, seguían con un respeto tan conmovido que apenas se oía el rozar de las sandalias en las losas. Las macizas puertas del tesoro rodaron lentamente. Y cuando un siervo desatrancó las ventanas, la luz de la madrugada, ya clara y rosácea, entrando por las rejas de hierro, prendió un maravilloso y chispeante incendio de oro y pedrerías. Del suelo de roca hasta las sombrías bóvedas, por toda la cámara, relucían, centelleaban, refulgían los escudos de oro, las armas taraceadas, los montones de diamantes, las pilas de monedas, los largos hilos de perlas, todas las riquezas de aquel reino, acumuladas por cien reyes durante veinte siglos. Un largo “¡Ah!”, lento y maravillado, pasó sobre la turba y enmudeció. Después se hizo un silencio ansioso. Y en medio de la cámara, envuelta en un precioso fulgor, el aya no se movía… apenas sus ojos, brillantes y secos, se habían levantado hacia aquel cielo que, más allá de las rejas, se teñía de rosa y de oro. Era allí, en ese cielo fresco y de madrugada, donde estaba ahora su niño. ¡Estaba allí, y ya el sol se levantaba, y era tarde, y su niño seguramente lloraba, y buscaba su pecho!… Entonces, el aya sonrió y alargó la mano. Todos seguían, sin respirar, aquel lento mover de su mano abierta. ¿Qué joya maravillosa, qué hilo de diamantes, que puñado de rubíes iba a escoger?

El aya extendió la mano, y sobre un escabel cercano, de un manojo de armas, asió un puñal. Era el puñal de un viejo rey, todo tachonado de esmeraldas, y que valía una provincia.

Había agarrado el puñal y con él apretado fuertemente en la mano, apuntando hacia el cielo, donde subían los primeros rayos de sol, miró a la reina y a la multitud, y gritó:

–¡He salvado a mi príncipe, y ahora voy a dar de mamar a mi hijo!

Y se clavó el puñal en el corazón.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)