Elías
Barón
La comprensión del universo se escapa
de toda medida y lógica; sabemos muy poco, casi nada. Dominamos lo más básico: existen
reglas que apenas comprendemos; rutinas que harían sonrojar a los más asiduos obsesivos
compulsivos, ya que son una constante “universal”. Mas al analizarlas, nos damos cuenta de que ni siquiera raspamos la superficie.
El sistema solar
está comprendido por los planetas Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y, hace algunos años, quitamos a
Plutón y estamos indecisos en incluir a Eris dentro de la clasificación.
De todos estos
planetas podemos deducir millares de
cosas. Los hechos más claros son que muchos de estos planetas
tienen agua (aun los que parecen
más secos y áridos), en muchos de estos planetas hay oro
de gran pureza justo en la superficie, tan sólo para tomarlo. Saturno y sus lunas
son un claro ejemplo; diamantes de todos los tamaños y purezas los podremos
encontrar en Neptuno y Urano como algo normal; plutonio es fácil de
encontrar en Plutón. Todos los minerales que consideramos
“valiosos” por su utilidad
en los campos de la medicina, tecnología y economía están afuera esperándonos. Varios
planetas
contienen de todo, pero los humanos
no nos hemos dado cuenta de que lo más valioso, que no
encontramos en otros planetas, es “la
madera”.
Se dice que en la Vía Láctea (un conjunto de
nada menos de cuarenta galaxias) es nuestra galaxia. Aquí también encontramos un
sistema solar donde están en órbita siete exoplanetas de tamaño muy parecido a
la Tierra, con agua, tierra y minerales valiosos como aquí. Su nombre es
Trappist-1, K2-18b, entre otros, de tal forma que existen posibilidades de que
haya otros planetas con características y riquezas similares a la Tierra. Los científicos,
astrónomos, hombres y mujeres de ciencia, a pesar de estas brillantes
observaciones, mencionan que existe la esperanza de que algún día podamos llegar
a ellos y colonizarlos, mas siempre está la misma observación: no hay
posibilidad de que en este u otro sistema solar conocido de entre cientos de
galaxias observables, exista un planeta que pueda albergar árboles. No hay
ningún otro planeta que contenga madera.
Pasaron muchos años y muchos daños. Es así
como el programa espacial del gobierno mundial fundado después de la Cuarta Guerra Mundial (larga vida a los Anunakis) puso en marcha el plan de llevar a la colonia marciana un árbol para analizar su supervivencia, así como la posibilidad de generar un microclima y propiciar su reproducción. Se dice que ningún lugar
está
colonizado hasta que no
sembremos y nos mantengamos
de lo que tienen que
ofrecer sus tierras. Para este
fin se construyó una cámara de estasis, bastante especial, que
proporcionaba ozono, dióxido de carbono y radiación ultravioleta de baja
frecuencia. Tenía un recolector de agua ambiental, su propio efecto invernadero, así como
una dotación de nutrientes, por
lo cual podría sobrevivir
en
cualquier entorno, por inhóspito que este fuera.
Todo estaba dispuesto para lograr la hazaña (que era no tan asombrosa
si la comparamos con la liberación de los pueblos del dominio extraterrestre de
los reptilianos) y poder llevar algo verde al planeta rojo, más aún después de
haberlo sobreexplotado, dejándolo seco de oro, platino y piedras preciosas. Salió
la nave con tres astronautas: Jin, John y Pedro-Pedro, famosos por haber pasado
todas las pruebas de consumo de productos como Cola Coca, Pecsi, Zabritas,
Brimbo, y ni qué decir de Mapple y Andruid. Todo estuvo a tiempo gracias a la transportadora de
energía oscura del hipermega loop, patrocinada por los vasallos del gran colisionador de hadrones. Sí, todo
estaba calculado, excepto
por un error de cálculo de la causalidad, ya que un agujero
negro que pasaba por la zona no fue contemplado. Hoy todo el mundo sabe que los agujeros negros, a pesar de
su súper masa, se comportan como entes vivos; los hay de todos tamaños y formas, además son portales para acceder a otras dimensiones, tantas como tiene la luz fragmentación. La nave, una especie de tren espacial con tres compartimientos, perdió toda su valiosa carga. Los astronautas llegaron al planeta rojo con las manos vacías (pero con sus vidas, lo cual era casi lo mismo), y esto no aliviaba su dolor.
Parte de la carga perdida era el árbol con
su cápsula. Gracias a ella, el árbol no sufrió ninguna transformación o transmutación
al pasar a través del agujero negro. Del otro lado le esperan una serie de
aventuras que, por ser un ser arbóreo, no tendría memoria o ninguna noción de lo
sucedido. El árbol era un pino de aproximadamente dos metros de altura, con algunas
piñas y frondosas agujas.
Cuando pasó al otro lado, la dimensión que
le esperaba era de un color magenta con amarillo, tonos violetas y azules. En este
plano había un paneta pequeño y árido. En este planeta, que medía treinta y un mil cuatrocientos dieciséis metros de diámetro, había pequeños seres extraterrestres de aproximadamente treinta centímetros
de altura. Estos eran medianamente inteligentes (ya verán por qué). La típica visión de los extraterrestres desnudos, de color gris, con grandes ojos color negro, viviendo con mascarillas que les aportaban el oxígeno necesario para sobrevivir. La cápsula entró en la atmósfera del planeta, se calentó, pero no lo suficiente para tener algún daño. Cuando cayó al suelo, levantó mucho polvo y rocas, llamó encarecidamente la atención de
algunos de estos extraterrestres (que,
dicho sea de paso, no eran extraterrestres en su planeta, sino “silvanos grises”). Todas las conversaciones
y
comentarios de estos seres, a partir de este momento, serán traducidos y recolectados por mí, el recolector de datos, o narrador
para
efectos
prácticos.
Como podrán imaginarse, el árbol de dos
metros
era en realidad un gigante para estas pequeñas criaturas. Dicho esto, podemos anticipar un poco de contexto: este triste y árido planeta no siempre
fue así.
De hecho, algún tiempo tenía una serie de bosques y lagunas (árboles pequeños para nosotros, normales para ellos, los más grandes medían apenas un metro). Habían logrado un desarrollo tecnológico sobresaliente, mas, como es de esperarse, abusaron de su poder creativo. Las tecnologías
no fueron aplicadas para
el
bien de su medio ambiente, y la sobreexplotación de su
medio hizo que su planeta
se tornara en una masa
de
tierra seca. Salieron a otros mundos en busca de vida vegetal, árboles y, sobre todo, madera, ya que esta era combustible, casa y medio para conservar tanto la temperatura como el agua de su desgastado planeta. Respiraban
oxígeno como nosotros, entonces, cuando vieron llegar
la cápsula con un árbol tan grande y verde, su reacción de sorpresa no se hizo esperar.
Algunos reaccionaron con alegría, pensando
que una nueva oportunidad tocaba a su puerta alienígena; otros
pensaron que era la oportunidad
de hacerse con el valioso recurso que no
habían
podido encontrar en ninguna parte de su galaxia. Se nombraron dos dirigentes (porque, tristemente, hasta los alienígenas necesitan políticos), los cuales se sentaron
en sillas flotantes para dialogar de manera telepática (así se comunicaban) sobre cuál sería la mejor opción para toda su raza.
–Debemos
recaudar el recurso, hacernos
del poder sobre el árbol para que los demás no acaben nuevamente con la fuente de madera.
–No, debemos ver la manera de estudiarlo,
analizarlo y reproducirlo, y en un futuro no muy lejano, para el bien de los congéneres,
liberarlo.
Mientras tanto, un viejo alienígena, que
aún era muy joven cuando los árboles comenzaron a escasear, se acercó a la cápsula.
Sintió que el árbol le hablaba, le decía que lo dejara salir, que le permitiera
que sus raíces tocaran la tierra. El viejo silvano, sin pensarlo dos veces,
sacó una cortadora láser de bolsillo (aunque no tenían
bolsillos) y le hizo un agujero por debajo.
Algunas raíces salieron y tocaron el suelo. Llevaron un generador de agua, que
transforma el oxígeno y el hidrógeno del medio ambiente en agua pura. Mientras todo esto sucedía, los políticos seguían debatiendo cuál era el mejor plan de acción. Cuando pasaron siete días
silvanos (doscientas treinta y una horas terrestres) y por fin habían decidido qué hacer (en beneficio de los dirigentes y no del pueblo, obviamente), grande fue su sorpresa cuando llegaron a ver qué hacer con el árbol. Éste estaba plantado en la tierra de su árido planeta, pero no sólo eso: había logrado conectarse con raíces profundas de los antiguos árboles de los bosques
devastados y, por su condición extraterrestre, los había hecho germinar nuevamente. Pequeños brotes de árboles locales salieron del suelo.
Silvanos sentados alrededor del árbol estaban dispuestos a defenderlo; querían
una
nueva oportunidad para tener árboles.
Los
años silvanos pasaron, el planeta volvía a tomar verdor, y en el centro de todo,
un gran pino terrestre que, gracias a
la casualidad y la causalidad, era un trago amargo (sin
tanta importancia para los terrestres en ese momento). El silvano viejo decía:
–Casi nadie aprovecha o valora lo que se tiene
de sobra. Nosotros tuvimos que aprender de mala forma, pero siempre que exista la oportunidad, como nosotros los silvanos, deberíamos ayudar a la naturaleza, a que las cosas fluyan y lleven su curso natural. No me imagino de dónde vino ese árbol milagroso, probablemente de un lugar donde son valorados y bien respetados. Repartidos y respetados por una raza superior, muy inteligente, mandado por la galaxia como la maravillosa fuente de vida y recursos
que son,
procuraremos seguir con ese legado.
(Tomado
de Varios autores, Universos alternos. Relatos de ciencia ficción en español,
Factor Literario, Estados Unidos, 2024)