martes, 2 de junio de 2026

Volvedor

Abelardo Castillo

 

A Julio Cortázar
y a usted, Borges,
y perdón si los salpiqué.

 

I

El oficio de guapo es un oficio como cualquier otro. El coraje, ahora lo sé, tiene la paciencia larga; necesita práctica. Hay que adiestrarse en la mirada torva, ladina, en el gesto pausado, en el áspero monosílabo hecho de ambigüedad y amenaza para llegar con exactitud, si la Virgen lo permite (porque la destreza de la mano depende, en la mitad de los casos, de un secreto favor suyo), para llegar, repito, a la decisiva matemática de dos puñaladas en un boliche o un patio.

Esto lo sé porque yo soy Evaristo Garay. Antes, cuando me daba por la literatura, cuando era pálido y usaba anteojos gruesos, de carey negro, y leía a lord Dunsany, me llamaba de otro modo. Y muchos me han visto discutiendo de carburadores y metempsicosis en La Biela Fundida, en Palermo, o sentado en la Jockey frente a un mazagrán, asegurando que Borges –con licencia– nunca vio un orillero de verdad ni en foto, pero escribir, escribe lindo. Estaba diciendo, digo, que ahora me llamo Evaristo Garay, el que supo sentarlo de un planazo al comisario Bozzano en la casa de baile de María Sosa, allá en San Pedro; el mismo Evaristo Garay que ahora se juntó para siempre con la Rosario; yo (devoto de la Virgen de Pompeya), que anoche, en el almacén de Barbieri, maté de tres balazos en la cabeza al chino Aldazábal.

Todo empezó cuando el último verano caí desprevenidamente por Baradero y pregunté en un boliche de la costa si nadie conocía al chino:

–Busco al chino Aldazábal –dije, limpiándome los anteojos.

Siempre que estoy nervioso me limpio los anteojos, esto lo sé. Lo que no sé es por qué dije que buscaba al chino. En realidad yo venía a preguntar por un tal González y, aunque al principio me pareció lo mismo, después supe que no, que no era lo mismo. Porque yo, de entrada nomás, llegué y pregunté por Aldazábal.

El patrón me miró. Era un tipo impresionante; sus hombros, enormes, asomaban detrás del mostrador como dos moles; en el medio, rapada y poderosa, había una cabeza. Se quedó mirándome y después que se le fue el sueño levantó una ceja.

Si yo me hubiera ido entonces, antes que levantara la otra ceja, no habría pasado nada; pero yo no me fui y el monstruo, sorprendido, levantó la otra ceja. Sorprendido o asustado. O contento. Después abrió la boca y se enojó con mi madre. Pero no se enojó: lo dijo como si yo acabara de hacerle una secreta broma y él la estuviera festejando. A su modo, claro. Luego, abrazándome por encima del mostrador, me juró que los años no pasaban para mí, para Evaristo Garay, que él sabía que yo iba a volver aunque Aldazábal hubiera dicho que me balearon en la frontera, y que nunca me habría reconocido con esas ropas de cajetilla, a no ser –según aseguró– por esta pinta de rufián que Dios me ha dado, y que Barbieri no se olvida de los amigos.

Ya he dicho que en ese entonces yo era algo literato; por lo tanto, nunca fui demasiado original. De inmediato pensé: sueño. Pero los brazos de Barbieri, fraternal y peligrosamente me demostraron que no, que no era un sueño. Más tarde supe que era algo mucho más vertiginoso que un sueño, pero, por el momento, solo sentía que el gigante me estaba haciendo mal en la espalda. En la cicatriz esa que tengo en la espalda.

–Ellos cruzaron a Gualeguaychú –dijo después–. Fueron a traer la medicina.

Y se rio. Yo también me reí; esto, al menos, lo entendía: la medicina eran drogas. Yo había venido al bajo justamente por eso. Estaba escribiendo una nota con contrabandistas, subprefectura y moraleja social. Necesitaba documentarme. El comisario de San Pedro me había dicho que, en la ribera de Baradero, un tal González –el chajá, que le decían– “operaba en esos chimisturrios”, que si me animaba, fuera: él, lo más que podía hacer era prestarme un vigilante. Yo dije gracias y acá estaba. Y ya había decidido volverme cuando sucedieron dos cosas: el gigante que me alcanza un vaso de ginebra; yo, desprevenido, que me la tomo quién sabe por qué, por darme ánimos tal vez, y una puerta que se abre, arriba, en el remate de la escalera.

–Mirá –dijo Barbieri.

Miré y la vi por primera vez; era la Rosario. La Rosario que en seguida me reconoció y dijo vos acá, Evaristo, y me miraba tierna, tan tierna que yo, a causa de la ginebra y de esa ternura, dije que sí, que estaba ahí, de vuelta. Y antes de que pudiera agregar nada, ella se encerró en la pieza, como si fuera a llorar.

El patrón seguía sonriendo; me alcanzó otra ginebra y se quedó estudiándome. No sé si por taparme la cara (porque ahora yo no quería explicar nada) o porque la ginebra, aunque marea, siempre me gustó, me llevé el vaso a la boca y me lo tomé. Me asombró un poco mi propia voz:

–¿Cuándo vuelven?

Él dijo que tenían lo menos para dos meses. Después dijo:

–Que alegrón –y el aumentativo, con el tono en que fue dicho, resultaba una intencionada, amenazante paradoja– se va a pegar el chino cuando te vea.

Si esas palabras me sonaron extrañas, no lo fueron mucho más que las mías.

–Sí –dije–. Qué alegrón.

Tal vez se trataba de que Aldazábal, al verme, se iba a enterar de que yo no era el que parecía; pero no sé por qué se me ocurrió que el otro podía alegrarse de eso.

Usted, en cambio, sí lo hubiera sabido, Evaristo Garay.

Barbieri estaba diciendo:

–La Rosario también parece contenta.

Levantó la vista; yo también. La puerta de la pieza, arriba, había quedado entreabierta.

–Y, ¿no vas a subir a verla?

Entonces, al mirar hacia arriba, fue cuando me acomodé el pantalón. Me lo acomodé a dos manos, metiendo los pulgares en el cinto.

–¿Y pa qué te creés vos que volví? –me oí decir.

El “pa” me salió solo; el tono, el gesto, me salieron solos. Después estaba arriba y, aunque no soy hombre de ventajear a nadie y menos trampeando a una mujer como aquélla, como la Rosario, la tumbé sobre la cama y me convencí de que ése era mi sitio, que todo venía de muy lejos, de antes, cuando Aldazábal y yo, peleando en yunta, nos jugábamos por esta morocha en La Colorada y en yunta la alzamos del baile, y él, porque le correspondía, se quedó con ella, esta morocha que ahora me estaba diciendo entre lágrimas, nunca creí que te hubieran muerto en la frontera ya sabía que a vos nadies, y después no habló más y al mucho rato se me quedó dormida entre los brazos, alborotando la almohada con sus crenchas negras.

 

II

Mi memoria suele ocasionarme disgustos. Generalmente retengo –o invento– detalles nimios, imágenes aisladas, un gesto a veces o una palabra, y se me escapan sin remedio los hechos históricos. Será por eso que de toda la primera semana que pasé en el bajo (porque me quedé, Evaristo Garay, y usted me miraba desde los espejos, aprobando mi espera), solo recuerdo algún áspero trago de caña, que a lo mejor fue el que me hizo perder el miedo, y recuerdo que empezó a dolerme la cicatriz esa que tengo en la espalda –la que me hice en la rotonda de Palermo, una noche, con la moto– y pensé la humedad o el cansancio. También evoco una manera de caminar que me gustó, y la sensación, que no me gustó, de estar haciéndole una porquería a alguien. Esos días anduve mucho, vi, pregunté y aprendí mucho. Me pareció que Aldazábal no se iba a alegrar ni medio cuando volviera de Gualeguaychú (por dos motivos, claro, pero yo entonces solo conocía uno), no se iba a alegrar de verme ni de que me confundieran con Evaristo Garay, a quien el chino siempre quiso como a un hermano, más que a un hermano, como tampoco se iba a alegrar mucho si alguien lo ponía al tanto de lo que estaba pasando allá arriba, en la pieza de la Rosario. Por eso digo lo de sentir que estaba haciendo una porquería, máxime cuando supe que la parda siempre le había jugado limpio al chino, menos esta vez, cuando yo vine al bajo a terminar cierto asunto que empezó una noche de 1957, en la frontera, noche en que la policía se apareció de golpe allá adelante, entre los juncos, y Evaristo sintió un estruendo a su espalda y cuando quiso sacar el cuchillo ya tenía la boca llena de barro.

De modo que me quedé. Al principio me quedé por la Rosario. Después debí de tener otros motivos porque una noche ella me dijo “Vámosnos, Evaristo” y yo le dije que no. Todavía no, le dije, y a lo mejor era que pensaba irme solo, antes que pasara alguna cosa grande, o a lo mejor quise quedarme porque seguía con la idea de escribir mi artículo con moraleja, o vaya a saber. La cosa es que me quedé. Y supe que la historia del chino Aldazábal, la parda y Evaristo, en todo caso, ya estaba escrita. No resultaba ni más equívoca ni menos matrera que aquella otra, venerable, compilada por un escriba del Faraón, hace treinta siglos, historia que acaso leyó Moisés y en la que hay una mujer que es malvada y miente y un hermano espera a otro detrás de una puerta, con un hacha.

En esta que yo me sé el triángulo es ribereño pero igual de confuso, solo que la mujer no es mala y que Evaristo no era hermano de Aldazábal, sino su casi hermano, su mejor amigo, por lo menos mientras lo fue.

Según me contó la gente del bajo (o debo escribir me recordó, pues todos los relatos empezaban “te acordás, Garay”), parece que Evaristo y Aldazábal solían pelear juntos, desde muchachos. Me salteo homicidios menores, y digo aquél del baile en La Colorada, que, si no me han mentido, se llamó así después del estropicio, por la sangre que anduvo por el piso aquella noche:

Evaristo estaba recostado en el mostrador, mirando. Su casi hermano, prendido como chuncaco, bailaba con la muchacha, una morocha nuevita y asustada que (aunque aún no lo sabían) se llamaba Rosario y estaba destinada a que acontecieran planazos donde ella metía sus ojos azules, raros, medio grises. Usted la miraba, Evaristo Garay.

Entonces apareció un grandote y le tocó la espalda al chino. Tenía voz de mamado cuando habló:

–No se pegue, que no es dulce –dijo. Aldazábal, sin darse vuelta, dejó de bailar; después, arreglándose el pelo detrás de la oreja, preguntó:

–¿Bastonero, el hombre?

La música se cortó de golpe; un acordeonista ya metía la mano por atrás, a la altura de la faja. Los ojos de Aldazábal y su hermano se encontraron. Yo, que escribo esto porque alguien me lo contó, recuerdo esa mirada. El grandote dijo:

–Bastonero no: sampedrino.

Y los mirones (menos Evaristo, que seguía apoyado en el mostrador, aunque un poco más cerca de la puerta) empezaron a arrimarse, y había manos con brillo a fierro. Porque ser sampedrino quería decir ser guapo, y Aldazábal, en ese momento, pudo decir que también lo era y aquí no ha pasado nada. Pero Aldazábal –yo lo sé– nunca fue hombre de arreglar las cosas con conversación. Dijo pior pa usté y le ordenó a la chica:

–Vaya, espéreme afuera: dos tordillos hay. Vaya, le digo.

La dejaron irse; el grandote también, porque una mujer estorba. Al pasar junto a Evaristo, ella tenía una cara de susto que le gustó al hombre. Sin apuro, Evaristo le preguntó:

–El grandote, ¿cómo se llama? Ella se lo dijo.

Y antes de que la cancha se cerrara en torno de Aldazábal, una voz autoritaria, desde la puerta, pegó el grito:

–¡Lisandro!

La distracción del grandote, de Lisandro, duró un segundo. Después estaba boca abajo sobre la pista de tierra, con un tajo del ombligo al esternón. Lo que siguió también fue breve.

Evaristo abrió cancha desde atrás, a los gritos, atropellando a los que se daban vuelta; Aldazábal encaró de punta. En el medio se juntaron, espalda con espalda buscando la puerta. Y a partir de ese momento, el boliche empezó a llamarse La Colorada.

Rosario los esperaba afuera, azarosamente junto al tordillo de Evaristo, quien de un salto se la llevó en ancas. Y allá salieron los tres, delante de la polvareda.

En la disparada, Evaristo sentía las uñas de la parda, clavadas en su cuerpo. Y era lindo. Pero fue la única vez que las sintió, porque la muchacha era del chino, de su casi hermano; por más que él, Evaristo Garay, se acordaba de aquella disparada cada vez que lo veía entrar al chino en la pieza de arriba. Y no quería acordarse. Después la historia se entreveraba. Se entreveró del todo, el día que Evaristo se dio cuenta de que la mujer no lo quería al chino, que a él lo quería. Desde que le sentí las uñas supe que ella me quería.

 

III

No sé si dije que a partir de la primera semana empezó a pasárseme el miedo. Natural. Yo pensaba desaparecer, con la muchacha o sin ella –más bien creo que sin ella–, unos días antes de que la gente volviera del Gualeguaychú. Además sentía que en aquel sitio yo estaba tan seguro como en la Jockey, y bastante más que en La Biela (que fue allí en la rotonda donde casi me mato una noche, la noche del 5 de enero del 57, y de allí me quedó, como regalo de Reyes, la cicatriz que tengo en la espalda), y digo que me sentía seguro porque, según vi, a Evaristo lo temían. Lo respetaban. Y yo no podía dudar de que me parecía increíblemente al taita; no tanto porque todos en la costa me miraban de reojo, como si mi presencia anticipara catástrofes, sino por la Rosario: la morocha no era de desconocer así nomás a su hombre, aunque nunca hubiera podido entregársele antes. Me enteré de que Evaristo y ella no tuvieron tiempo de hacer lo que Dios manda, del mismo modo que me enteré de toda la historia, o de casi toda: astuta y pacientemente, con preguntas furtivas, por casualidad. Y por otros medios, menos fáciles de explicar. Al principio creí que mis preguntas obedecían a reflejos literarios; después, no sé. De todos modos, había una parte en las peripecias de Evaristo Garay que no estaba clara: la parte de la frontera. Por supuesto, yo, sobre este punto, no podía preguntar nada; no podía, es claro, andar preguntando:

–¿Cómo fue que me mató la policía?

Por cosas dispersas que me contó Barbieri, entendí que Aldazábal nunca fue ajeno a lo que había estado ocurriendo. Una noche sobrevino este diálogo:

–Estás metido con la parda –y la voz del chino no tenía inflexión de pregunta; Evaristo dijo que sí y ésa fue la única vez que Aldazábal lo miró feo–. Yo me la alcé pa mí –dijo.

Barbieri no escuchó más porque entonces apareció el chajá González y anunció mañana tenemos que cruzar, y el resto, como digo, lo supe por boca de la Rosario, quien a su vez lo escuchó del chino. Su versión se contradice un poco con la de Barbieri. Parece que la noche del 5 de enero era Evaristo quien tenía la mirada torcida.

Me imagino su voz:

–Que ella elija.

Aldazábal dijo está bien. Dijo que dijo: está bien hermano. Y ese gesto le había llegado hondo a la Rosario. Será por eso que, cuando me enteré, estuve a punto de perderle el respeto, Evaristo Garay. Porque usted se aprovechó de la aflojada y lo ofendió al chino:

–Y ahora dejame solo –le dijo.

Todo esto ocurrió la noche de Reyes del 57, en la frontera. Y al rato el chajá González gritó: la policía. Y empezaron los tiros. Cuando la gente llegó a la lancha, Evaristo Garay no estaba. Se había quedado allá, muerto por la policía. Bien muerto. De cara al barro.

 

IV

Creo que voy a terminar pronto; la Rosario está inquieta y en estos casos lo mejor es irse antes de las averiguaciones y el sumario. Al empezar ya expliqué lo que le pasó en la cabeza al chino Aldazábal; ahora quiero contar por qué.

El tiempo que viví en el almacén de Barbieri –también ya lo expliqué– me enseñó muchas cosas: entre otras, que el coraje es subjetivo. Mirando a la gente ilegal reeduqué mis reflejos y empecé a olvidarme de citar correctamente a Virgilio. Me dieron ropas amenazantes, que fueron de Evaristo Garay, y la Rosario me prendió al cuello una medalla con la Virgen de Pompeya. En eso estaba cuando se quedó mirándome:

–Llevame con vos –dijo.

Yo nunca tuve predilección por morir en manos de un contrabandista, sin embargo dije que tenía que esperarlo. Tal vez cuando la Rosario me pidió por primera vez que me la alzara, todavía estaba a tiempo. Ahora no podía irme.

–Te voy a llevar –dije–; pero antes tengo que esperarlo.

Bajé al boliche.

–Dame un cuchillo, Barbieri.

El grandote me miró; entonces cambié de idea:

–No. Mejor dame un revólver.

Después volví a subir y estuve un rato ante el espejo; pese a todo la imagen que veía no era absurda. Usted me miraba, Evaristo Garay.

–Vámosnos –insistió la Rosario.

Yo le dije mejor que te estés quieta. Después dije:

–Hace calor.

Y me saqué la camisa. Entonces la Rosario me vio la cicatriz esa que tengo en la espalda y dijo cómo te hicieron esto. Evaristo, y yo casi le cuento lo de la rotonda, cuando, de golpe, me acordé de todo. Me acordé cuando Evaristo, la noche de Reyes, en la frontera, dijo: Que ella elija. Y Aldazábal le contestó: Esto no se arregla con conversación, hermano. Y el chajá gritó la policía y empezó el barullo, y Evaristo se dispuso a pelear como cuando eran muchachos, como siempre, y fue entonces que sintió aquel balazo trapero, en la espalda, y cuando se dio vuelta con el cuchillo en la mano ya tenía otro tiro quemándole las costillas y el último fue cuando cayó de cara al barro como un perro.

La Rosario preguntaba:

–¿Quién te hizo esto, Evaristo?

Dije:

–Ya te vas a dar cuenta.

Por eso me quedé. Y por eso, anoche, cuando la gente volvió del Gualeguaychú yo estaba parado en lo alto de la escalera, con el revólver en la mano. Y cuando el chajá me reconoció y se vino derecho a abrazarme, yo le grité:

–¡Abrite!

Y por eso él se abrió, y Aldazábal se quedó mirándome, como a un fantasma, mirándome a mí, a Evaristo Garay. Y por eso lo bajé de tres tiros en la cabeza.

 

(Tomado de www.enfrascopequeno.blogspot.com)

 

La razón de mi ausencia

Víctor Roura

 

El jueves pasado fui a la Plaza de Santo Domingo para conversar sobre el teatro de alternativa, invitado por el grupo La Rendija. La cita era a las siete de la noche. Llegué una hora antes. Preferí, entonces, merodear por el sitio. Caminé por Brasil hasta Cuba y de ahí a Lázaro Cárdenas. Vi el Mar de Plata. Entré. Fui hacia la barra. Pedí un ron. Parecía celebrarse algo. En un rincón estaban varios hombres acompañados de otras tantas damas. “Las clásicas secretarias reunidas con sus superiores”, pensé. De la carpeta, extraje el texto que leería más tarde en la conferencia. Pedí otro ron. Empecé a corregir. El júbilo del rincón iba creciendo cada vez más. El jefe, o al que creí el jefe, iba ya tomando confianza con la más guapa. Su mano acariciaba la pierna derecha. Desde donde estaba, el ángulo era perfecto. Solo el cantinero y yo podíamos apreciar las maniobras. El cantinero movió las cejas, señalándome la escena. Faltaban treinta minutos para las siete. Pedí otro ron. El texto ya era pasable. Lo guardé. Me dediqué a oír el ruidaraje. A reposar la tarde. De vez en cuando, volteaba para apreciar los progresos del jefe. Que, a decir verdad, eran bastantes. Empecé a dialogar con el cantinero.

–Suerte la de ese tipo –dije.

–Siempre vienen –dijo, mientras lavaba algunos vasos.

Volteé a verlos. La muchacha le daba un beso apasionado. El hombre ya no tenía sus manos visibles. Los otros reían. No hacían caso de la pareja. Era, pienso, cosa común. La muchacha dejó de besarlo, tomó su vaso y se bebió gran parte del líquido. De pronto nos miramos. Sonreí. Bajó la cabeza. Le quitó las manos al hombre de sus muslos. Discutió algo con su amante. Se levantó.

Al pasar junto a mí, aprecié aún más su belleza. Llevaba corrido el rímel. Se acercó a la barra. Le dijo al cantinero que le sirviera un güisqui. Me vio.

–Capullito –le dije, en voz baja.

Abrió los ojos y se dio la vuelta, rumbo a los sanitarios. Me sentí ridículo, posmodernista, cursi. Los del rincón celebraban en serio su fiesta. El jefe se quedó dormido.

–Siempre es lo mismo –informó el cantinero.

Vi la hora. Las siete y cinco. Pedí otro ron. “Mientras se reúne la gente”, pensé. El minutero corría, ahora, velozmente. Pasaron diez, quince, veinte, treinta minutos. La muchacha no salía.

–Ya demoró –dije.

El cantinero movió las cejas.

–¿Le habrá pasado algo? –pregunté.

El cantinero servía un bloody mary.

–No te preocupes. Así son. El baño es su confesionario. Además, ella siempre demora. Sale irreconocible, sale otra… –dijo.

No entendí. Pedí otro ron. Cinco para las ocho. Fui al baño. Como estaba contiguo al de las damas, quizás pudiera oír algo que la delatara. Tal vez un quejido lastimoso. Toqué en la pared. Fuertes toquidos. Nadie contestó del otro lado. Estaba dando más toquidos, cuando entró un parroquiano. Rio al verme. Me acompañó en los toquidos.

–¿A quién llama, joven? –preguntó.

–A mi alma, que se me fue hacia otra parte –dije.

Salió riendo del baño. Yo también. Eran las ocho y cuarto. Pedí otro ron.

–Es demasiado –dije.

En eso se abrió la puerta del baño de mujeres. Salió una bella mujer azteca. Con prendas minúsculas y penacho meticulosamente labrado, cuyas plumas parecían de pavo real. Se veía realmente hermosa.

–¡Malinche! –grité entusiasmado.

El cantinero me apaciguó. Los parroquianos la admiraron. Hubo un momento de silencio. Los del rincón celebraron con gritos. El jefe seguía dormido. Ella fue hacia nosotros. Apoyó sus manos en la barra, situación que aproveché para tomarle los dedos.

–Soy tu Motecuzoma –dije, en voz baja.

Rio quedito, pidió su güisqui.

–Tu Cortés está dormido –le dije, apretando su mano.

–Es año conejo y la luna está amarilla –dijo.

–No marches –le dije, en voz baja.

Miré al cantinero, quien movió las cejas.

–Quiero conquistadores, no vencidos –dijo con la voz más dulce que haya oído jamás–. Dame tu espada y combatamos por la faz lunar –agregó, soltándose de mí.

–Mejor te espero en la esquina –dije, en tono pacífico, sin saber a cuál espada se refería. Pedí otro ron. Vi la hora. Las ocho y media.

En eso, vi que el jefe se desperezó y nos miró con ferocidad.

–¡Déjate ya de payasadas, Magda! –gritó.

La belleza antigua se conmovió.

–La luna amarilla no está de nuestro lado, primor –le dije a la Malinche–. Pero, si osas rebelarte, te espero afuera –le dije en voz baja.

–¿Nos esperan los caballos? –preguntó, ansiosa.

–No, el taxi –respondí lacónicamente.

La vi alejarse, rumbo a su destino. Rumbo al jefe.

Eran las ocho y cuarenta y cinco. Pedí otro ron. Le dije al cantinero que si estaba dispuesto a escuchar mi ponencia. Me dijo que cómo no, que nomás lo esperara tantito.

 

(Tomado de Roura, Víctor, Un látigo en mi alcoba, Hoja Casa Editorial, México, 1991)

 

lunes, 1 de junio de 2026

Secreto

Massimo Bontempelli

 

Si el Arcángel vence al demonio no es porque sea más valiente y bueno: el Arcángel tiene una espada en la mano y el otro no.

 

(Tomado de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)

 

Extravíos

Mercedes Castro Mora

 

Blanca se mudó. Volvió a su viejo barrio del centro, llevándose con ella su poltrona remendada, los libros de páginas amarillentas forrados en cuero, la lámpara de pie que cojeaba un poco. No recuerdo qué más acarreó esta tarde, pero me dejó la casa llena de suspiros que a veces, estando en la cocina, se posan sobre mi espalda. Una noche regué la leche sobre el piso cuando espantaba a uno de ellos con el matamoscas. Por suerte, el perro estaba cerca y me ayudó a limpiar. Por las tardes, cuando bordo, entra un sol adormilante, pero ni bien, cabeceo, escucho los suspiros cerca de la oreja y despierto sobresaltada.

La he llamado muchas veces a pedirle que venga a recogerlos. Me da pena verlos dasamparados, deambulando por las habitaciones, mirando por las ventanas, esperando que vuelvan por ellos. La última vez que hablé con Blanca me aseguró que esos suspiros no eran de ella. “¿De quién son entonces?” –le pregunté–. “Ve tú a saber cuánta gente ha pasado por esa casa” –me contestó.

En estos días he pensado en quedarme con ellos, destinarles un lugar, permitirles jugar con el perro. Tal vez pueda domesticarlos.

 

(Tomado de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)

 

El Extranjero guiñador

Miguel Arteche

 

A la capital de Sansueña llegó cierto día un Extranjero que guiñaba el ojo derecho. Cuando cruzó la frontera, los empleados de la aduana le preguntaron que por qué guiñaba un ojo, y él les contestó que en su patria no había noche y que a sus paisanos se les enseñaba, desde pequeños, a guiñar. Un policía, luego de comprobar que los papeles del Extranjero estaban en regla, lo dejó pasar, no sin antes advertirle que ya no necesitaría guiñar el ojo, pues en Sansueña siempre está anocheciendo. El Extranjero dijo que estaba bien, que ya le habían explicado que en Sansueña siempre anochecía, y que procuraría no guiñar para no ofender a los nativos.

Llegó al hotel. Se acercó a la recepción y pidió un cuarto. El recepcionista le dijo que había tenido mucha suerte, pues estaban en pleno verano y era muy difícil encontrar una habitación. Entregó su pasaporte, y mientras se aguantaba para no guiñar, lo cual habría sido, pensó, de muy mal gusto en un país donde nadie guiñaba, oyó que el recepcionista decía:

–Perdone, señor. Qué rara fotografía la de su pasaporte…

El Extranjero preguntó:

¿Por qué?

El recepcionista le dijo que era muy raro que en su fotografía apareciera con el ojo derecho cerrado.

Es que…iba a decir, y no se pudo contener; guiñó espasmódicamente, como nunca lo había hecho, como si estuviera practicando en un concurso de guiñadores.

El recepcionista puso cara de sorpresa, pero se limitó a decir, luego de anotar los datos del Extranjero en dos hojas de cartulina:

–Bien, señor. Su habitación es la 303. Botones –llamó–. Acompañe al señor.

El Extranjero siguió al botones hasta el ascensor. Cuando llegaron a la planta tercera, el botones dejó la maleta, abrió la puerta de la habitación, y dijo:

Adelante, señor. Le deseo una feliz estancia en mi país. Recuerde que Sansueña es diferente. Siempre tenemos el mejor anochecer del mundo. Todos los extranjeros vienen aquí a darse baños lunares. No hay luna como la de Sansueña. Recuerde: Sansueña es lunática, Sansueña is moon, Sansueña c’est la lune…

El extranjero le guiñó el ojo derecho. El botones parpadeó, y se enrojeció su rostro. El Extranjero pensó que Sansueña era un país de machotes, y se dijo que había metido otra vez la pata.

–Va a creer que soy marica –murmuró–. Tendré que contenerme. Haré un esfuerzo.

Y luego de cerrar la puerta y abrir la maleta, fue al baño y se plantó frente al espejo. El espejo le devolvió un rostro cansado, moreno, curtido por la intensa luz solar de su país; un rostro que guiñaba desvergonzadamente el ojo derecho.

–¡Dios mío! –exclamó.

Al día siguiente inició su trabajo. Traía la representación de la General Sol; compañía que había descubierto la manera de enlatar al astro rey. ¿Y en qué país podría tener más éxito que en el del perpetuo anochecer? Vender el sol enlatado era excitante; comprarlo, mucho más. Estableció contactos. Visitó gerencias. Ofreció el sol a precios irrisorios. Los sansueñenses lo escuchaban arrobados. ¿Era posible? ¿Tener el sol en casa? ¿Abrir una lata y ver salir el sol? ¿Cuánto duraba el sol de cada lata? ¿Qué costaba la lata? Pero cada vez que estaba listo para cerrar el negocio, sentía un cosquilleo que, arrancando del pómulo derecho, se extendía, lenta e inexorablemente, hasta el ojo. Y entonces guiñaba. Guiñaba como si no hubiera guiñado nunca. Guiñaba con rabia, con desesperación, casi con desprecio.

Y el negocio quedaba roto.

Pero eso habría sido lo de menos, pues lo normal era que lo despidieran violentamente. No se aceptaba en Sansueña que un hombre guiñara a otro. Si se hubiera tratado de una mujer, pase. Pero a un hombre, no. En los cócteles fue peor; más bien, trágico. Las sansueñenses eran bellas, muy bellas; tenían una palidez casi mortal, de principios de siglo, y eran, además, muy delgadas, casi quebradizas. El Extranjero se dijo que tal vez saldría mejor parado con ellas. Y se entregó a guiñar con suavidad, procurando que el guiño fuera insinuante. La que se armó. Fue inútil que diera toda clase de explicaciones. Fue inútil que explicara que en su país eso era algo corriente; que, como no había noche, se veían siempre obligados a guiñar. Nada. El honor de las sansueñenses estaba herido. No se ofendía así a las sansueñenses. Y lo sacaban en vilo.

En una cena de gala procuró contenerse. Se puso unas gafas negras, pero le dijeron que eso era ofender a Sansueña, y tuvo que sacárselas. Y al sacárselas, sin querer, sin ánimo de insinuarse con la bella sansueñense que estaba a su lado, le guiñó el ojo derecho. Casi se vio expulsado de Sansueña. La bella pálida era la esposa del Presidente del Gran Consejo.

Le hicieron el vacío. Le hicieron el hielo. Se sintió solo, defraudado, y decidió partir.

Una noche, cuando faltaban dos días para tomar el avión que lo llevaría a su país, el Extranjero, que estaba sentado en la solitaria terraza de un café bebiendo un cortado, vio que, dos mesas más allá, se hallaba una mujer, la más bella sansueñense que había conocido. La miró y se dijo: voy a guiñarle el ojo derecho y el izquierdo; voy a regalarle un festival de guiños; voy a darle mi mejor guiño. Y le guiñó suave, amorosamente, el ojo derecho.

La mujer lo observó extrañada. Seguramente, pensó el Extranjero, ella había visto su fotografía en los periódicos: el Extranjero guiñador vende sol enlatado. La mujer sostuvo la mirada. En sus ojos había ternura y, al mismo tiempo, desolación. Y ante la sorpresa del Extranjero, le respondió con otro guiño: un guiño penetrante, como si en él se hubiera entregado al Extranjero para siempre.

Durante algunos minutos fue un intercambio guiñador. Luego el Extranjero se acercó a ella, se sentó a su lado y le pasó el brazo sobre los hombros. No dejaron de guiñarse. El Extranjero pidió otro cortado y lo bebió lentamente. Se levantaron y caminaron hasta el hotel.

Durmieron abrazados, guiñándose por turnos, después de hacerse el amor pegando un ojo contra otro.

A la mañana siguiente, cuando bajaron al vestíbulo, el Extranjero se sentía tan feliz que guiñó al botones, al camarero, al recepcionista y a los sansueñenses que en ese momento llegaban al hotel. Nadie le llamó la atención. Nadie se sintió ofendido.

Porque unos más, otros menos, todos guiñaban.

 

(Tomado de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)