miércoles, 15 de julio de 2026

Cierra la última puerta

Truman Capote

 

1

–Escucha, Walter, que le caigas mal a todo el mundo, que todos se metan contigo no es algo arbitrario: tú mismo lo provocas.

Anna había dicho aquello; aunque la parte más sana de sí mismo le decía que ella actuaba de buena fe (si Anna no era una amiga, ¿entonces quién?), la consideró despreciable y empezó a decir por todas partes que la odiaba y que sabía qué clase de puta era. ¡No se fíen de esa mujer!, dijo, no le crean a la tal Anna, su franqueza es solo una fachada para encubrir su agresividad reprimida, es una embustera, no hay quien se crea una palabra de lo que dice, ¡Dios mío, es un peligro! Obviamente todo lo que decía llegaba a oídos de Anna, de modo que cuando le habló, tal y como habían quedado, de ir juntos al estreno de una obra, ella le dijo:

–Perdona, Walter, pero no puedo permitirme el lujo de verte más. Te entiendo perfectamente y te aprecio bastante, pero tu agresividad es muy compulsiva; aunque no toda la culpa es tuya, no quiero volver a verte, es un lujo que no puedo permitirme porque tampoco yo estoy demasiado bien.

¿Por qué? ¿Qué había hecho? Claro que había hablado mal de ella, pero no con mala intención; después de todo, le dijo a Jimmy Bergman (ese sí que es un falso donde los haya), ¿de qué servía tener amigos si no se podía hablar de ellos objetivamente?

Él dijo que tú dijiste que ustedes dijeron que nosotros decíamos. Una y otra vez lo mismo, como el ventilador en el techo y las aspas que no dejaban de girar tratando en vano de aligerar el aire, una vuelta y otra, un tictac que contaba los segundos del silencio. Walter se movió unos centímetros hacia una parte más fresca de la cama y cerró los ojos al pequeño cuarto a oscuras. Estaba en Nueva Orleans desde las siete de la tarde; a las siete y media se había registrado en ese hotel, un sitio anónimo en una calle lateral.

El cielo rojo de esa noche de agosto le había hecho pensar en hogueras encendidas, y el paisaje sureño, aquel paisaje insólito interminablemente contemplado desde el tren y repasado en la memoria en un intento de sublimar todo lo demás, había hecho más precisa la sensación de haber viajado hasta el límite, el desfiladero.

Sin embargo, no hubiera podido decir por qué estaba en un asfixiante hotel de una ciudad lejana. Había una ventana en el cuarto, pero no parecía haber manera de abrirla; le daba miedo llamar al botones (¡qué ojos más extraños los de aquel muchacho!) y le daba miedo salir del hotel, ¿y si se perdía? Bastaba un instante para perderse definitivamente. Tenía hambre, no había comido desde el desayuno. Quedaban unas galletas con mantequilla de cacahuete del paquete que compró en Saratoga. Las digirió con un trago de Four Roses, el último. Le sentó mal. Vomitó en el cubo de la basura, se volvió a echar en la cama y lloró hasta mojar la almohada. Después de un rato se limitó a estar allí, tendido en el cuarto caliente, temblando, viendo el lento girar del ventilador; no había comienzo ni fin en esa acción: un círculo.

Un ojo, la Tierra, los anillos de un árbol, todo es un círculo y todos los círculos, dijo Walter, tienen un centro. Era absurdo que Anna lo hiciera responsable. Si estaba mal se debía a circunstancias ajenas, a su madre, por ejemplo, una fanática religiosa, o a su padre, un agente de seguros de Hartford, o a Cecile, su hermana mayor, casada con un hombre que le llevaba cuarenta años, “lo único que quería era irme de casa”, y a decir verdad, a Walter esta excusa le parecía bastante sensata.

Pero no sabía por dónde empezar a pensar en sí mismo, no sabía dónde encontrar el centro. ¿En la primera llamada telefónica? No, solo habían pasado tres días desde entonces y, en sentido estricto, ése había sido el fin, no el comienzo. Tal vez pudiera empezar por Irving, por la primera persona que conoció en Nueva York.

Irving era un agradable muchachito judío, con un notable talento para el ajedrez y pocas cosas más: pelo lacio, mejillas de bebé sonrosado, aparentaba dieciséis años; en realidad tenía veintitrés, como Walter. Se conocieron en un bar del Village. Walter estaba solo y se sentía solo en Nueva York, de modo que cuando el pequeño Irving hizo un intento de trabar amistad con él no vaciló en ser amigable (¡y es que uno nunca sabe!). Irving conocía a muchísima gente, todo el mundo lo apreciaba, y le presentó a todos sus amigos.

Entre ellos, a Margaret. Margaret era más o menos la novia de Irving. No era gran cosa (ojos saltones, los dientes siempre manchados de carmín y vestidos de niña de diez años), pero se sintió atraído por su inquieta inteligencia. No pudo entender por qué perdía el tiempo con Irving.

–¿Por qué? –le preguntó en uno de los largos paseos que solían dar en Central Park.

–Irving es tierno –dijo ella–, me quiere con gran pureza, ¿quién sabe?, tal vez hasta me case con él.

–Lo cual sería una estupidez. Irving jamás podría ser tu esposo, es como tu hermano menor. Irving es el hermano menor de todo el mundo.

Margaret era demasiado inteligente para no ver la verdad que esto encerraba, y cuando Walter le preguntó si no le importaría hacer el amor, ella dijo: No. Desde entonces hicieron el amor con frecuencia.

Irving acabó por enterarse y un lunes ocurrió algo desagradable, curiosamente en el bar donde se habían conocido. Margaret y Walter venían de una fiesta en honor de Kurt Kuhnhardt de Publicidad Kuhnhardt, el jefe de Margaret. Entraron en el bar a beber la última copa. El sitio estaba vacío, sin contar a Irving y un par de chicas con pantalones. Irving estaba sentado a la barra, las mejillas enrojecidas y los ojos vidriosos; parecía un adolescente dándose aires de adulto; sus piernas eran demasiado cortas para alcanzar el travesaño del taburete y colgaban como las de un muñeco. Al ver a Irving, ella quiso salir del bar, pero Walter se lo impidió porque Irving ya los había visto: dejó su whisky en la barra, sin quitarles los ojos de encima, bajó lentamente del taburete y caminó hacia ellos, con una especie de rudeza fingida, triste.

–Irving, querido –dijo Margaret, y se interrumpió, pues él le dirigió una mirada fulminante.

Le temblaba la barbilla.

–Lárgate –dijo en un tono acusatorio, como si denunciara a un verdugo de su infancia–, te odio.

Luego, casi a cámara lenta, lanzó un puñetazo al pecho de Walter, como si le encajara un cuchillo. Fue un golpe insignificante; Walter se limitó a sonreír y entonces Irving se dejó caer contra la gramola, gritando:

–¡Pelea, maldito cobarde! ¡Acércate y te mato, lo juro por Dios!

Así lo dejaron.

De camino a casa, Margaret empezó a llorar de un modo suave y cansino.

–Nunca volverá a ser cariñoso –dijo.

–No entiendo.

–Claro que entiendes –Su voz era un susurro–. Claro que sí; nosotros le hemos enseñado a odiar. No creo que supiera odiar.

Para entonces Walter llevaba ya cuatro meses en Nueva York. Su capital original de quinientos dólares había disminuido a quince. Margaret le prestó dinero para pagar el alquiler de enero en el Bretvoort y le preguntó por qué no se mudaba a un sitio más barato. Bueno, le dijo, más vale tener una buena dirección. ¿Y un trabajo? ¿Cuándo se pondría a trabajar? ¿Pensaba hacerlo? Por supuesto, dijo, por supuesto, es más: no dejaba de pensar en ello, pero no tenía la menor intención de perder el tiempo con la primera bagatela que le saliera al paso. Quería algo bueno, algo con futuro, algo, por poner un ejemplo, en publicidad. De acuerdo, dijo Margaret, tal vez ella podría ayudarlo; al menos hablaría con su jefe, Mr. Kuhnhardt.

 

2

Le decían la PKK y era una agencia publicitaria de tamaño mediano pero, como suele suceder en esos casos, muy buena, la mejor. Kurt Kuhnhardt la había fundado en 1925 y era un hombre peculiar con una reputación peculiar: un alemán delgado, exigente, soltero, que vivía en una elegante casa negra en Sutton Place, una casa interesantemente decorada, entre otras cosas, con tres Picassos, una soberbia caja de música, máscaras de islas de los mares del Sur y un fornido y juvenil mozo danés. De vez en cuando invitaba a cenar a alguien de su equipo, el favorito de turno, pues nunca dejaba de seleccionar protegidos. El puesto de protege era arriesgado, pues se trataba de una alianza caprichosa e incierta: el favorito podía encontrarse examinando la sección de empleos del periódico a la mañana siguiente de una cena de lo más agradable con su benefactor. Walter había sido contratado como asistente de Margaret. Llevaba dos semanas en PKK cuando recibió una nota de Mr. Kuhnhardt invitándolo a almorzar, y obviamente se entusiasmó mucho.

–¿Aguafiestas? –dijo Margaret, ajustándole la corbata y quitando las pelusas de su solapa–. No, nada de eso. Es solo que…, bueno, trabajar con Kuhnhardt es estupendo siempre y cuando no tengas mucho que ver con él; de lo contrario pierdes el trabajo, así de sencillo.

Walter sabía a qué se refería; no lo engañó ni un instante; quiso decírselo pero se contuvo; aún no era el momento. Sin embargo, uno de esos días –bastante pronto– se tendría que librar de Margaret. Trabajar bajo sus órdenes ya era suficiente humillación, además ella se acostumbraría a considerarlo su inferior. Y eso nunca, pensó, mirando los ojos azul marino de Mr. Kuhnhardt, nadie podía menospreciar a Walter.

–Eres un idiota –le dijo Margaret–. Dios mío, he visto esas amistades de KK docenas de veces: no significan nada. En una época se paseaba en compañía del recepcionista. Lo único que quiere es jugar. Créeme, Walter, la vía rápida no existe, lo único que cuenta es tu trabajo.

Él dijo:

–¿Y tienes quejas en ese campo? Estoy cumpliendo tanto como es de esperar.

–Todo depende de lo que se espere –dijo ella.

A los pocos días la citó un sábado en la estación de trenes de Grand Central. Iban a ir a Hartford a pasar la tarde con su familia y ella se había comprado un vestido, unos zapatos y un sombrero para la ocasión. Pero él no se presentó. En cambio, acompañó a Mr. Kuhnhardt a Long Island y fue el más celebrado de los trescientos huéspedes del baile de presentación en sociedad de Rosa Cooper. Rosa Cooper (née Kuppermann), heredera de Productos Lácteos Cooper, era una muchacha morena, contundente y agradable, con un afectado inglés, producto de muchos años de lecciones con Miss Jewett. Tiempo después, una amiga llamada Anna Stimson le mostraría a Walter la carta que Rosa le había escrito: “He conocido al hombre más divino. Bailé con él seis veces. Magnífico bailarín. Es un ejecutivo de publicidad, y es superdivinamente guapo. Tenemos una cita: ¡a cenar y al teatro!”

Margaret no mencionó el episodio. Tampoco Walter. Fue como si nada hubiera sucedido, pero ahora solo se veían y solo se hablaban para tratar asuntos de la oficina. Una tarde, sabiendo que ella no estaría en casa, fue a su apartamento y abrió con el duplicado que le diera mucho tiempo atrás. Había dejado allí algo de ropa, libros, su pipa. Fue de un lado a otro, recogiendo sus cosas, y vio una fotografía de él marcada con lápiz de labios: por un momento sintió que caía en un sueño. También vio el único regalo que él le había dado: un frasco de L’Heure Bleue, aún sin abrir.

Se sentó en la cama a fumar un cigarrillo, pasó su mano sobre la almohada fría, recordando la forma en que la cabeza de Margaret había reposado allí y las mañanas de los domingos en que leían en voz alta los cómics de Barney Google, Dick Tracy y Joe Palloka.

Vio la radio, una pequeña caja verde. Siempre habían hecho el amor con música, de cualquier tipo, jazz, sinfonías, música coral. Había sido su contraseña. Cada vez que ella lo deseaba, decía: “¿Ponemos la radio?” Pero el caso era que habían terminado: la odiaba, eso era lo que debía recordar. Volvió a mirar la botella de perfume y se la guardó en el bolsillo: a Rosa le agradaría una sorpresa.

Al día siguiente en la oficina, se encontró con Margaret cuando iba a servirse un vaso de agua. Ella le sonrió con fijeza:

–No sabía que fueras un ladrón.

Fue la primera muestra de explícita hostilidad entre ellos. De pronto, Walter se dio cuenta de que no tenía un solo aliado en la oficina. ¿Kuhnhardt? Jamás podría contar con él. Todos los demás eran enemigos: Jackson, Einstein, Fischer, Porter, Capehart, Ritter, Villa, Byrd, aunque obviamente todos eran lo bastante listos para no decírselo a quemarropa, al menos no mientras durara el entusiasmo de KK.

A fin de cuentas el desprecio era algo positivo; lo que no toleraba eran las relaciones a medias, tal vez porque sus propios sentimientos eran tan vagos, tan ambiguos. Por ejemplo, no sabía si X le gustaba o no: necesitaba el amor de X, pero era incapaz de amar; nunca podría ser sincero con él, nunca le diría más del cincuenta por ciento de la verdad. Sin embargo, no soportaría que X tuviera el mismo defecto, y de un modo incierto sabía que lo engañaba. Le tenía pánico a X, pavor. En una ocasión, en el bachillerato, había plagiado un poema para publicarlo en la revista de la escuela; jamás olvidaría el último verso: todos nuestros actos son actos de amor. ¿Pudo haber algo más injusto que ser descubierto por el maestro?

 

3

Pasó casi todos los fines de semana de principios del verano con Rosa Cooper en Long Island. Por lo general, la casa estaba bien abastecida de cordiales estudiantes de Yale y Princeton, algo bastante molesto; en Hartford, ésa era justo la clase de gente que le hacía sentir gatos en la barriga; rara vez lo aceptaban en su territorio. En cuanto a Rosa…, era encantadora, todo el mundo lo decía, hasta Walter.http:

Pero las chicas encantadoras casi nunca se toman nada en serio, y Rosa no era la excepción, al menos respecto a Walter. A él no le importó gran cosa; esos fines de semana le sirvieron para hacer muchos contactos: Taylor Orvington, Joyce Randolph (la estrella en ciernes), E. L. McEvoy, cerca de una docena de personas cuyas direcciones otorgaron considerable brillo a su agenda. Una tarde fue con Anna Stimson a ver una película protagonizada por la Randolph. Apenas se habían sentado y todas las butacas de alrededor ya sabían que Joyce era amiga de Anna, bebía demasiado, carecía de moral y no era tan hermosa como en la pantalla. Anna le dijo que él era como una adolescente.

–Cariño, tú solo eres hombre en un aspecto.

Había conocido a Anna Stimson a través de Rosa. Editaba una revista de modas, medía más de uno ochenta, usaba trajes negros, un afectado monóculo, bastón y varios kilos de tintineante plata mexicana. Se había casado dos veces, una de ellas con Bock Strong, el ídolo de las películas de vaqueros, y tenía un hijo de catorce años confinado en una “academia correctiva”, como decía ella.

–Era un chico insoportable –le dijo–. Le gustaba disparar por la ventana con un rifle calibre 22, y arrojar cosas y robar en los almacenes Woolworth: un canalla, igual que tú.

Sin embargo, Anna le tenía afecto. En sus momentos menos deprimidos, menos maledicentes, lo escuchaba con amabilidad quejarse de sus problemas, explicar por qué era como era: le habían hecho trampa toda la vida, siempre le tocaban cartas malas. Podía atribuirle muchos defectos a Anna, pero la estupidez no era uno de ellos; por eso la usaba como una especie de confesora. Nada de lo que decía podía ser legítimamente desaprobado por ella. Walter comentaba: “Le he dicho a Kuhnhardt muchas mentiras sobre Margaret, supongo que es algo bastante ruin, pero ella haría lo mismo; además, no propuse que la despidieran sino que la mandaran a Chicago.” O: “Me encontré a un tipo en una librería y empezamos a charlar, era un hombre de mediana edad, bastante agradable, muy inteligente. Cuando salí me siguió a cierta distancia: crucé la calle, cruzó la calle; caminé deprisa, caminó deprisa. Esto sucedió durante seis o siete calles. Cuando finalmente estuve seguro de lo que sucedía, sentí un agradable cosquilleo y deseos de gastarle una broma. Me detuve en la esquina y paré un taxi; entonces me volví y miré al tipo durante largo, largo rato. Se acercó corriendo con una sonrisa de oreja a oreja. Entonces brinqué al coche, cerré la puerta, me asomé por la ventanilla y solté una carcajada: ¡la cara que puso!, ¡era horrenda, parecía Cristo! No puedo olvidarla. Ahora dime, ¿por qué hago estas locuras? Es como pagar con la misma moneda a toda la gente que alguna vez me ha perjudicado, pero también hay algo más.” Le contaba estas cosas a Anna y luego regresaba a dormir a casa. Sus sueños eran de un azul pálido.

El problema del amor le preocupaba, sobre todo porque no lo consideraba un problema. Y de algo podía estar seguro: nadie lo amaba. Esta certeza latía en su interior como un corazón adicional. No tenía a nadie. A Anna, tal vez. ¿Lo amaba ella?

–¿Cuándo has visto algo que sea lo que aparenta? –dijo Anna–. Ves un renacuajo y ya es un sapo, te pones un anillo que parece de oro y te deja una marca verde en el dedo. Ahí tienes el caso de mi segundo marido: parecía un tipo agradable y resultó un crápula cualquiera. Mira este cuarto: la chimenea no sirve ni para encender incienso y los espejos solo sirven para dar la impresión de espacio: mienten. Walter, nada es jamás lo que parece. Los árboles de Navidad son de celofán y la nieve de hojuelas de jabón. Dentro de nosotros revolotea algo llamado “alma”: “morir no es morir, vivir no es vivir”, ¿y encima deseas saber si te amo? No seas tonto, Walter, ni siquiera somos amigos…

 

4

Escucha: el ventilador: círculos de susurros que giran: él dijo que tú dijiste que vosotros dijisteis que nosotros dijimos: una y otra vez, rápido y lento, mientras el tiempo se recupera en un chismorreo infinito. Un viejo ventilador resquebrajado rompiendo el silencio: tres, tres, tres de agosto.

Viernes tres de agosto. Ahí estaba su nombre, precisamente en la sección que escribía Winchell: “El pez gordo de la publicidad Walter Ranney y la heredera de productos lácteos Rosa Cooper están corriendo la voz entre sus allegados de que empiecen a comprar arroz.” El propio Walter le había dicho esto a un amigo de un amigo de Winchell. Se lo mostró al barman del Whelan’s, donde desayunaba.

–Soy yo –dijo–. Hablan de mí –Y la expresión del chico le facilitó la digestión.

Esa mañana llegó tarde a la oficina, y recorrió el pasillo entre los escritorios precedido de la gratificante conmoción de las mecanógrafas. Sin embargo, nadie dijo nada. A eso de las once, después de una agradable hora sin hacer nada pero llena de entusiasmo, bajó a tomar una taza de café. Jackson, Ritter y Byrd, tres de la oficina, estaban en la cafetería. Cuando Walter entró, Jackson le dio un codazo a Byrd, Byrd se lo dio a Ritter, y todos se volvieron.

–¿Qué cuenta el “pez gordo de la publicidad”? –dijo Jackson, un hombre rosáceo, de calvicie prematura. Los otros dos rieron.

Walter entró deprisa en una cabina telefónica, aparentando no haber oído.

–Cabrones –dijo, y fingió que marcaba un número. Finalmente después de esperar un buen rato a que se fueran, hizo una llamada de verdad.

–Rosa, qué tal, ¿te he despertado?

–No.

–¿Has visto lo de Winchell?

–Sí.

Walter rio.

–¿De dónde sacará esas cosas?

Silencio.

–¿Qué sucede?, te noto un poco rara.

–¿Sí?

–¿Estás molesta o algo?

–Sólo decepcionada.

–¿De qué?

Silencio. Y luego:

–Fue muy vulgar por tu parte, Walter, muy vulgar.

–¿A qué te refieres?

–Adiós, Walter.

Al salir, pagó en caja el café que había olvidado tomar. En el mismo edificio había una barbería; pidió que lo afeitaran, no, mejor un corte de pelo…, no, la manicura…, y luego, al ver su rostro reflejado de golpe en el espejo, con una palidez que competía con la pechera del barbero, supo que no sabía lo que quería. Rosa tenía razón, era vulgar, estaba siempre dispuesto a confesar sus errores, pero una vez que los aceptaba era como si no existieran. Volvió a subir a la oficina, se sentó en su escritorio, sintiendo que se desangraba por dentro. Deseó angustiosamente creer en Dios. Una paloma caminaba por el antepecho de su ventana; por un instante vio las trémulas plumas encendidas por el sol, la serena indecisión de sus movimientos; luego, sin darse cuenta, tomó el pisapapeles de cristal y lo lanzó por la ventana: la paloma lo esquivó tranquilamente y el pisapapeles se desplomó como una enorme gota de lluvia. ¿Qué tal –pensó, a la espera de un grito lejano–, qué tal si le pega a alguien, si lo mata? Pero no hubo nada. Solo el tabletear de las mecanógrafas, ¡y un golpe en la puerta!

–¿Ranney? KK quiere verte.

–Lo lamento –dijo Mr. Kuhnhardt, garabateando con una pluma de oro–. Ya sabes que siempre estaré dispuesto a darte una carta de recomendación.

Y luego en el ascensor: el enemigo. Sumergiéndose con él, aplastó a Walter entre los dos. Margaret estaba allí, un lazo azul en el pelo y una cara diferente de la de los demás, no tan vacía, ni impávida: allí aún había compasión. Pero ella le miraba sin verle. Es un sueño: no podía permitirse pensar de otro modo y, sin embargo, bajo el brazo llevaba la contradicción del sueño, un sobre manila con los objetos personales que tenía en su escritorio. Al vaciarse el ascensor en el vestíbulo, supo que debía hablar con Margaret, pedirle perdón, implorar protección. Ella se alejaba deprisa hacia una salida, confundiéndose con el enemigo. Te amo, dijo, y corrió tras ella, te amo, dijo, sin decir nada.

–¡Margaret! ¡Margaret!

Ella se volvió. El lazo azul hacía juego con sus ojos, y al mirarle sus ojos se suavizaron, reflejando afecto. O compasión.

–Por favor –dijo él–. ¿Tomamos una copa juntos? Podríamos ir al Benny’s. El Benny’s nos gustaba, ¿recuerdas?

Ella negó con la cabeza:

–Tengo una cita, se me hace tarde.

–Oh.

–Sí… bueno, se me hace tarde –Ella echó a correr. La vio correr calle abajo; el lazo centelleaba en la incipiente oscuridad del verano. Luego, desapareció.

En un edificio sin ascensor, cercano al parque Gramercy, estaba su apartamento de una habitación; le hacía falta ventilación y limpieza, pero después de servirse un trago dijo: “Al carajo”, y se tendió en el sofá. ¿De qué servía? Hagas lo que hagas, al final todo se reduce a cero. Cada día en cada lugar a cada instante engañan a alguien, ¿de quién es la culpa? De cualquier forma era extraño. Ahí tendido, tomando sorbos de whisky en la penumbra grisácea del cuarto, todo le pareció en calma, sabía Dios cuánto tiempo llevaba sin experimentar algo así, como cuando le suspendieron en álgebra y se sintió aliviado, libre: el fracaso era definitivo, cierto, y siempre hay paz en la certeza. Se iría de Nueva York, tomaría unas vacaciones, tenía unos cuantos cientos de dólares, lo suficiente para ir tirando hasta el otoño.

Se preguntó dónde ir y de repente fue como si una película empezara a correr en su cabeza: gorras de seda, de color cereza y amarillo limón, y unos hombres bajitos, con apariencia de sabios y exquisitas camisas de lunares. Cerró los ojos; tenía cinco años, era delicioso recordar la algarabía, las salchichas, los enormes prismáticos de su padre. ¡Saratoga! Las sombras enmascararon su rostro a medida que la luz se disipaba. Encendió una lámpara, se preparó otro trago, puso un disco de rumba y empezó a bailar; las suelas de sus zapatos susurraban en la alfombra: un poco de entrenamiento y hubiera sido un profesional, siempre lo había creído.

Justo al terminar la música sonó el teléfono. Se quedó inmóvil, algo, un temor incierto, le impedía contestar; la lámpara, los muebles, todo parecía inerte; creyó que al fin había dejado de sonar cuando empezó de nuevo, más fuerte, más insistente. Tropezó con un escabel, descolgó el auricular, lo dejó caer, lo volvió a tomar, dijo:

–¿Sí?

Larga distancia: una llamada desde un pueblo de Pennsylvania cuyo nombre no pudo captar. Después de una serie de espasmódicas interferencias, una voz se abrió paso, seca y asexuada, completamente distinta de cualquiera que hubiese oído antes:

–Hola, Walter.

–¿Quién habla?

No hubo respuesta al otro lado, solo el jadeo de una respiración acompasada. La conexión era excelente, quienquiera que fuese parecía estar a su lado, hablándole al oído.

–No me gustan las bromas, ¿quién habla?

–Oh, tú me conoces, Walter, me conoces desde hace mucho, mucho.

Un clic y nada más.

 

5

El tren llegó a Saratoga en medio de una noche lluviosa. Había dormido la mayor parte del trayecto, sudando en el húmedo calor del vagón. Soñó con un castillo antiguo, solo habitado por pavos viejos; también tuvo un sueño en el que aparecían su padre, Kurt Kuhnhardt, alguien sin rostro, Margaret y Rosa, Anna Stimson y una gorda extraña con ojos como diamantes. Estaba en una calle ancha, vacía, y a no ser por una procesión que se aproximaba –coches lentos, negros, de aspecto fúnebre–, no había más señales de vida. Sin embargo, sabía que ojos furtivos contemplaban su desnudez desde todas las ventanas. Detuvo con ansiedad la primera de las limusinas y su padre le abrió la puerta, invitándolo a subir. Papá, gritó, acercándose deprisa. La puerta se cerró, aplastándole los dedos, su padre se asomó por la ventana, rio desde el fondo de su estómago y arrojó una enorme corona de rosas. En el segundo coche estaba Margaret, en el tercero la dama con los ojos como diamantes (¿no era Miss Casey, su antigua maestra de álgebra?); en el cuarto Kuhnhardt y su nuevo protege, la criatura sin rostro. Cada una de las puertas se abrió y cada una de ellas se cerró, todos rieron, todos lanzaron rosas. La procesión siguió mansamente por la calle silenciosa. Walter cayó sobre la montaña de rosas y lanzó un grito pavoroso, herido por las espinas. De repente empezó a llover, un diluvio plomizo que oscureció las flores y lavó la pálida sangre que manaba sobre las hojas.

La mirada fija de la señora sentada frente a él le hizo saber que había gritado en el sueño. Sonrió con timidez y ella desvió la mirada; supuso que se sentía avergonzada. Era inválida; llevaba un zapato gigante en el pie izquierdo. Más tarde, en la estación de Saratoga, la ayudó con su equipaje y compartieron un taxi; no conversaron: cada cual se quedó en su rincón, contemplando la lluvia, las luces empañadas. Unas horas antes, en Nueva York, había sacado sus ahorros del banco y había cerrado la puerta de su apartamento sin dejar mensaje alguno. En ese pueblo no lo conocía ni un alma; una sensación agradable.

El hotel estaba lleno: hay una convención de médicos, y además están los aficionados a las carreras, le explicó el recepcionista. No, lo lamento, no sé dónde puede encontrar alojamiento. Tal vez mañana.

Buscó el bar; si iba a pasar la noche en vela, bien podía hacerlo borracho. En el bar, muy grande, caliente y ruidoso, todo brillaba con las grotescas figuras de la temporada de verano: fláccidas damas de zorras plateadas, jockeys diminutos, hombres de rostros pálidos y recias voces ataviados con trajes de cuadros tan estrafalarios como baratos. Pero después de un par de tragos el ruido pareció alejarse. Paseó la mirada en derredor y vio a la inválida. Estaba sola en una mesa, sorbiendo decorosamente su creme de menthe. Intercambiaron una sonrisa. Walter se le acercó.

–No somos desconocidos, que digamos –dijo, mientras él se sentaba–. Supongo que ha venido por las carreras.

–No –dijo–, solo a descansar. ¿Y usted?

Ella frunció los labios.

–Seguramente ha notado que tengo un pie deforme. Sí, hombre, no se haga el sorprendido, todo el mundo lo hace. Pues bien –y dobló la pajilla en su vaso–, mi médico va a dar una conferencia en la convención, sobre mí y mi pie, pues soy un caso bastante especial. Caray, estoy asustadísima; es que tendré que enseñar el pie.

Walter dijo que lo lamentaba y ella dijo, oh, no, no había nada que lamentar. Después de todo, ¿acaso no le brindaba eso unas breves vacaciones?

–No he salido de la ciudad en seis años, desde que pasé una semana en el Hotel Bear Mountain.

Sus mejillas eran sonrosadas y pecosas; sus ojos, quizás demasiado juntos, tenían un intenso color azul claro, como si no parpadearan nunca. Llevaba una alianza en el anular, puro teatro, seguro, ¿quién se lo iba a creer?

–Soy sirvienta –dijo, respondiendo a una pregunta–. Y no hay nada malo en ello. Es un trabajo honesto y me gusta. Los señores con los que trabajo tienen el niño más hermoso que he visto, Ronnie. Soy más buena con él que su madre, y me quiere más. Me lo ha dicho. La otra se pasa el día borracha.

Aunque lo deprimía escucharla, sintió un repentino miedo a estar solo. Se quedó y bebió y habló tal como alguna vez había hablado con Anna Stimson. ¡Shhh!, le dijo ella en determinado momento, pues había alzado la voz y muchas personas los miraban. Que se vayan a la mierda, dijo Walter. No le importaba, era como si su cerebro estuviese hecho de vidrio y el whisky ingerido se convirtiera en un martillo; sentía cómo tintineaban en su cabeza los pedazos destrozados, nublándole la vista, confundiendo los contornos; la inválida, por ejemplo, no parecía una persona sino muchas: Irving, su madre, un hombre llamado Bonaparte, Margaret, todos ellos y otros más. Se dio cuenta, con creciente exactitud, de que la experiencia es un círculo en el que ningún momento puede ser aislado ni olvidado.

 

6

El bar estaba cerrando. Pagó cada uno su consumición. Esperaron el cambio, sin decir palabra; ella lo miraba con sus inmóviles ojos azules, aparentemente tranquila; pero él advirtió que algo sucedía, una sutil agitación interior. Cuando el camarero regresó, se repartieron el cambio y ella dijo:

–Si quiere puede venir a mi habitación –y un rubor de imprudencia le cubrió el rostro–, es que… como comentó que no tenía dónde dormir…

Walter la tomó de la mano: su sonrisa fue conmovedoramente tímida.

Ella salió del baño oliendo a un perfume baratísimo, vestida solo con un raído quimono de color carne y el monstruoso zapato negro. Entonces supo que no lo iba a soportar. Jamás había tenido tanta lástima de sí mismo, ni Anna Stimson se lo habría perdonado.

–No mires –dijo ella con voz temblorosa–, soy muy quisquillosa con lo de mi pie.

Él se volvió hacia la ventana: las ramas de un olmo agobiadas por la lluvia; un relámpago, demasiado distante para hacer ruido, lanzó un resplandor blancuzco.

–Ya –dijo ella.

Walter no se movió.

–Ya –repitió, inquieta–. ¿Apago la luz? Tal vez te gusta… arreglarte a oscuras.

Se acercó al borde de la cama, se inclinó y la besó en la mejilla.

–Creo que eres adorable, pero…

Los interrumpió el teléfono. Ella le miró, estúpidamente.

–Dios mío –dijo, y cubrió el auricular con la mano–, ¡es una conferencia! ¡Seguro que le pasa algo a Ronnie! A que está enfermo…, ¿hola?…, ¿qué? ¿Ranney? No, se equivoca…

–Espera –dijo Walter, tomando el teléfono–. Soy yo, Walter Ranney.

–Hola, Walter.

La voz, opaca, asexuada, distante, fue directa a la boca del estómago. Sintió que la habitación se balanceaba y se torcía. Su labio superior se cubrió con un bigote de sudor.

–¿Quién habla? –dijo, tan despacio que las palabras salieron inconexas.

–Oh, tú me conoces, Walter. Me conoces desde hace mucho.

Luego un silencio: quienquiera que fuese, había colgado.

–Caray –dijo la mujer–, ¿cómo crees que han sabido que estabas aquí? Quiero decir, ¿eran malas noticias? Estás un poco…

Walter cayó sobre ella, la estrechó, presionó su mejilla húmeda contra la suya.

–Abrázame –dijo, descubriendo que aún podía llorar–. Abrázame, por favor.

–Pobre niño –dijo ella, dándole palmaditas en la espalda–. Mi niño, estamos muy solos en este mundo, ¿verdad? –Y finalmente se durmió en sus brazos.

No había vuelto a dormir desde entonces, y ni siquiera ahora podía hacerlo, bajo el lento arrullo del ventilador. Ese girar le traía ruedas de tren: de Saratoga a Nueva York y de Nueva York a Nueva Orleáns. Había escogido Nueva Orleáns por nada en especial, excepto que era una ciudad muy lejana, llena de desconocidos. Cuatro aspas que giraban: ruedas y voces, una y otra vez; después de todo –ahora se daba cuenta–, la red de maldad no acababa nunca: jamás.

Un chorro de agua en las tuberías, pasos sobre su cabeza, llaves tintineando en el vestíbulo, el locutor de un noticiario hablando con voz grave en algún sitio, en la puerta de al lado una niñita que decía: ¿por qué?, ¿por qué? ¿POR QUÉ? Pero su cuarto parecía sumido en un total silencio. En la luz que se colaba por las persianas sus pies brillaban como piedra amputada: las uñas bruñidas eran diez pequeños espejos, todos con un reflejo verdoso. Se sentó, se secó el sudor con una toalla; ahora, más que nunca, el calor lo asustó; le hizo saber, de un modo tangible, lo inerme que era. Arrojó la toalla al otro extremo del cuarto: aterrizó sobre la pantalla de una lámpara; se balanceó a un lado, al otro. En eso sonó el teléfono. Y siguió sonando. Sonaba tan fuerte que el hotel entero debía escucharlo. Todo un ejército debía estar aporreando su puerta. Entonces metió la cabeza en la almohada, se tapó los oídos con las manos y pensó: No pienses en nada, piensa en el viento.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

martes, 14 de julio de 2026

El viejo

Bruno Aceves

 

Solía caminar todos los días la misma ruta. Desde hacía tiempo, apenas se levantaba y no pensaba en otra cosa; pocas actividades en la vida, ya sea en días laborales o fines de semana, le otorgaban tal placer. Se podría decir que vivía para ello y que también trabajaba para ello. Junto con otro vecino de la colonia, jubilado también, parecía seguir una rutina, fieles ambos a la costumbre y atentos al reloj. Cuando no se veían y no podían discutir se quedaban sin algo, sin el alivio de poder ver el mundo pasado, conocido, en el otro. Las cosas cambiaban muy rápidamente, de eso no tenían dudas. Ambos solían levantarse de mal humor, contrarios a todas las leyes, y así permanecían hasta que desayunaban. Se necesitaban, casi, porque ese rumbo se había poblado de vecinos nuevos, poco comunicativos, como máquinas sin olor encerradas en una estructura metálica de “No te conozco ni me importa, porque no necesito a nadie”. Y en esa opinión sí que habían coincidido alguna vez, cosa rara, cuando tocaron el tema como por accidente, porque ni uno ni otro terminó de bravucón, y más bien como que se miraron comprendiéndolo todo, la puerta abierta, ojos mirando ojos y miradas que lo sabían de sobra. Se necesitaban como se necesitan el bien y el mal, por pura fuerza de costumbre y para sentirse superiores. Aunque fuera para ladrarse tres cosas y seguir su camino, como quien dice. La edad, además, había hecho que ni uno ni otro encontrara durante el día mayores distracciones.

Había tenido una vida plena. Llevaba años viviendo en la misma casa, con sus hijos menores, y algunos de ellos ya le habían dado hasta nietos. Merecía la calma de la vejez, lo sabía, pero extrañaba su movilidad de antaño. Cuando podía, antes, hasta solía jugar futbol con sus nietos; con esas reglas que solo ponen y entienden los pequeños, aquellos podían ser los más divertidos partidos de su vida. Nunca fumó cigarro alguno, nunca bebió gota de alcohol, pero aceptaba de buena gana que lo hicieran algunos de sus amigos. Eso sí: detestaba el puro, con ese olor tan penetrante, y las ambulancias y patrullas, que veía como un signo de fatalidad y una fuente inagotable de temores. Si se trataba de dormir, aunque luego alguien podía quejarse de sus ronquidos, él lo hacía completamente en serio. Jamás sufrió de insomnio y jamás perdonaba una buena siesta después de comer. Aunque las matemáticas o la astronomía no eran su fuerte, ni lo era la jurisprudencia, su buena memoria, junto con buenas intenciones y una rectitud sin tacha alguna, le habían ayudado a ganarse un respeto y un reconocimiento dignos de una vida decente.

Desde que batallaba tanto para subir escalones o mantenerse en pie durante mucho tiempo había dejado de viajar distancias largas y se conformaba con los relatos de las experiencias de terceros, principalmente sus hijos, que solían traerle siempre algún pequeño recuerdo y que insistían en quitarle la corbata con el afán de que estuviese más cómodo. Nunca lo lograron. Aunque su fuerza ya no era la de antes, su mirada podía ser muy convincente.

Pero la vejez había llegado un día de golpe, el día de la muerte de su mejor amiga y “esposa”, entre comillas, así, “esposa”, con la que no estaba casado porque algún resquicio anarquista los había hecho vivir en unión libre. Fue mutuo acuerdo, de eso todos estaban enterados, sobraban las anécdotas, y por mutuo acuerdo, también, jamás cedieron en bautizar a sus hijos. Matilde, Mati, murió un día de abril, y eso desmoronó su mundo. Aunque lo acompañaran sus hijos, esa vida ya no era la misma y sus fuerzas se fueron acabando. Luego vino la jubilación, el reemplazo por una juventud que para las empresas no implica gastos médicos y que carece de las agallas para protestar y se conforma con una pelotita plástica de brillante color amarillo. Decidió que no quería que lo conectaran a una de esas máquinas que dan vida artificial, siempre se opuso a retar a la Naturaleza porque entonces estaría viviendo una vida que ya no era la suya. A todos les hizo entender que quería morir viejo, sí, pero lúcido, que su decisión era inapelable y que en el momento en que su cabeza empezara a jugarle cosas raras él quería morir, él “tenía que morir”. Quería morir desnudo, con su mejor corbata, dormido, y después de despedirse de los más queridos. Así fue: desnudo, dormido en el pasto, y después de besar una mano. Al ver al veterinario, se echó, dijo “adiós” con la mirada a todos, lamió la mano de uno de los dueños luego de que éste le puso una corbata nueva y limpia, y se recostó, cerrando los ojos. Cuando se fue el veterinario lo enterraron en el fondo del jardín, y tampoco en esa ocasión hubo ceremonia religiosa porque una muerte así no hubiera sido congruente, aunque de perro, con aquella particular vida de principios.

 

(Tomado de www.ficticia.com)

 

El sueco

Ernesto Cardenal

 

Yo soy sueco. Y hago notar en primer lugar esta peculiaridad de que soy sueco porque a ello se debió todo el extraño caso de mi vida, el acontecimiento verdaderamente increíble, que hoy me propongo relatar. Yo soy sueco, pues, como iba diciendo, y me llamo Eric Hjalmar Ossiannilsson. Sucedió que vine, aún joven, por el año 1897 a esta pequeña república de Centroamérica (en la que aún me encuentro), con el objeto de buscar una curiosa especie de la familia de las Iguanidae, que yo considero descendiente muy directa del dinosaurio. Mi viaje fue, sin embargo, con tal mala suerte, que apenas había acabado de cruzar la frontera cuando caí preso. Por qué caí preso no se espere que lo explique; que he concentrado toda mi mente durante años tratando de explicármelo sin ningún éxito y creo que no hay nadie en el mundo que lo sepa. El país estaba entonces en revolución y mi aspecto nórdico causaría suspicacias, además de que yo no podía hacerme entender de nadie por desconocer el idioma; aunque es evidente que ninguna de estas causas por sí solas son suficientes para caer preso. Pero, en fin, ya he dicho que es completamente inútil tratar de explicárselo; sencillamente, caí preso.

De nada me sirvió el que en un idioma imperfecto tratara de hacerles ver que yo era sueco. Mi convicción de que el representante de mi país llegaría a rescatarme se desvaneció con el tiempo, cuando descubrí que ese representante no solo no podía entenderse conmigo, porque no sabía sueco y jamás había tenido la menor relación con mi país, sino que también era un anciano de más de noventa años y enfermo y que además a menudo caía preso. Allí en la cárcel conocí a un sinnúmero de personalidades importantes de la república, que también acostumbraban a menudo a caer presos: expresidentes, senadores, militares, señoras respetables y obispos, y aún una vez incluso el mismo jefe de policía. La llegada de estas personas, que ocurría generalmente en grandes grupos, ocasionaba toda clase de disturbios en la cárcel; visitantes, mensajes, envío de viandas, sobornos al carcelero, motines y, a veces, hasta fugas. A causa de esa constante afluencia de presos, la situación de nosotros, los que teníamos ya un carácter más permanente en la cárcel, era continuamente modificada. De una celda individual, relativamente confortable, me pasaban a una sala en la que encerraban a cien o doscientas personas, o si no, un agujero en el que difícilmente cabía un cuerpo. Lo que era peor, si había demasiados huéspedes en la cárcel y todas las celdas estaban llenas, me trasladaban a la cámara de tortura, que tal vez estaba desocupada por no tener ningún castigado. Pero digo mal, sin embargo, cuando digo la cárcel, pues eran muchas y frecuentemente se nos cambiaba de una a otra. Yo creo haberlas recorrido casi todas.

Así fue que me rocé con todas las personas más importantes del país, mientras poco a poco iba aprendiendo el idioma. Por mucho tiempo continué asegurando que yo era sueco, ahora ya con toda claridad y corrección, hasta que por fin dejé de hacerlo, convencido de que, si para mí era absurdo el que me encarcelaran sin motivo, para ellos era igualmente absurdo ponerme en libertad por el solo motivo de ser sueco.

Llevaba yo ya cinco años en estas condiciones, habiendo abandonado ya desde hacía tiempo mis protestas de ciudadanía y perdidas las esperanzas de que al terminar el período del presidente mi situación se remediaría porque este se había reelegido, cuando llegaron de pronto una mañana unos empleados del gobierno a preguntarme, para mi sorpresa, que si yo era sueco. Al punto que dije que sí, me hicieron bañarme y rasurarme y cortarme el pelo (cosas que nunca habían hecho) y vestirme de etiqueta. Al comienzo creí que las relaciones con mi país habrían mejorado de manera admirable, aunque por una extraña razón, todos esos preparativos, y especialmente el traje de etiqueta, me hicieron sospechar también que me fueran a matar. El temor en cierto modo se disipó, cuando descubrí que me llevaban ante el presidente de la república. Este, que me estaba esperando, me saludó con gran afabilidad, preguntándome repetidas veces que “qué había hecho”, exactamente. Luego, con sumo interés, me hizo la pregunta de que si yo era sueco, y como le respondiera firmemente que sí, agregó: “Entonces, ¿usted sabe sueco?” Al oír mi respuesta igualmente afirmativa, me alargó una carta escrita con suave letra de mujer en la lengua de mi país, pidiéndome hiciera el favor de traducirla. (Tiempo después se me informó que a la llegada de esa carta el gobierno había buscado inútilmente por todo el país a alguien que pudiera leerla, hasta que recordó dichosamente haber oído a un preso gritar que era sueco). La carta era la de una muchacha que decía llamarse Selma Borjesson, pidiendo como un favor unas cuantas de esas bellas monedas de oro que, según había oído decir, circulaban aquí, y expresando al mismo tiempo su admiración por el presidente de ese exótico país, a quien enviaba también como un recuerdo su retrato: la más bella fotografía de mujer que yo he visto en mi vida.

Enseguida que oyó mi traducción el presidente, a quien la carta, y más que todo el retrato de la muchacha, habían producido un profundo deleite, me dictó su respuesta en términos abiertamente galantes, accediendo al punto al envío de las monedas, no obstante explicar que ello estaba expresamente prohibido por la ley. Traduje con toda fidelidad a la lengua sueca su pensamiento, firmemente convencido de que esa inesperada utilidad recién descubierta en mí, me valdría no solo la libertad, sino hasta un pequeño nombramiento quizás, o al menos el apoyo oficial para encontrar la ansiada Iguanidae. Pero, como una medida de prudencia por todo lo que pudiera sobrevenir, tuve la precaución de agregar a la carta que me dictó el presidente unas breves palabras, en las que resumía la situación en que yo estaba, suplicándole a esa muchacha tan admirable que intercediera por mi libertad.

No tardé mucho en felicitarme por la ocurrencia que había tenido, porque apenas el presidente había terminado de darme las gracias, cuando, con gran sorpresa de mi parte, fui llevado nuevamente a la cárcel, donde se me quitó el traje de etiqueta, volviendo otra vez exactamente a la lamentable situación de antes. Los días desde entonces ya fueron llenos de esperanza; sin embargo, y al poco tiempo, una nueva bañada y rasurada y el regreso del traje de etiqueta me anunciaron que la deseada contestación había llegado.

Como yo ya lo había previsto, esta segunda carta ahora traía un largo párrafo sobre mí, pidiendo amablemente la libertad del compatriota; pero desgraciadamente, como yo también ya lo había previsto, no podía hacérselo saber al presidente, porque este creería que era de mi invención, o bien descubriría que yo había intercalado palabras mías en su carta, castigando hasta tal vez con la muerte mi atrevimiento. Así pues, me vi obligado a saltarme el párrafo que pedía mi libertad, sustituyéndolo por unas frases de insinuación amorosa muy halagadoras al presidente. Pero, en cambio, en la contestación que este me dictó, intercalé una más completa exposición del caso en que me encontraba, aprovechando al mismo tiempo la ocasión de desvanecer la idea romántica que ella tenía del presidente, revelándole lo que este era en realidad.

A partir de entonces, ya la muchacha comenzó a escribir con frecuencia, demostrando un interés cada vez más creciente en mi asunto, con el aumento por consiguiente de mis rasuradas y baños y las puestas del traje de etiqueta (lo que no me dejaba de ser un poco humillante), al mismo tiempo que de mis esperanzas de libertad.

Fui adquiriendo así cada vez más confianza con ella a través de las contestaciones que me dictaba el presidente. Debo confesar entonces que durante los tediosos e insufribles intervalos habidos entre carta y carta, el pensamiento de mi libertad, junto con el de la bella y posible libertadora, no me dejaban de día ni de noche, obsesionantes, confundiéndose de tal modo el uno con el otro, que yo, al fin, ya no sabía si era ella o mi libertad lo que más deseaba (ella era realmente mi libertad, como yo tantas veces se yo dije mientras el presidente dictaba). O sea, para decirlo en otras palabras: estaba enamorado y con la infinita satisfacción de ver que era plenamente correspondido. Pero, para desgracia mía, el presidente también lo estaba, y en alto grado, y lo que era peor, yo había sido el causante y fomentador de ese amor, haciéndole creer que era para él esa correspondencia, de la que dependía mi vida.

En mis largos angustiosos encierros, yo me entretenía en preparar muy bien la próxima carta que leería al presidente (lo cual me era indispensable, pues este no permitía que primero la leyese toda para mis adentros y después procedería a su traducción, sino que exigía le fuese traduciendo al mismo tiempo que leía, y además, fuese porque desconfiara de mí o por el placer que ello le proporcionaba, me hacía leer tres y aún cuatro veces seguidas una misma carta), como también la nueva contestación que daría a mi amada, puliendo y acicalando cuidadosamente cada una de sus frases, esforzándome por poner en ellas toda la poesía y belleza tradicional de la lengua sueca y aun agregando a veces pequeñas composiciones en verso de mi invención.

Con el objeto de prolongar aún más esas cartas, hacía responder al presidente a un sinnúmero de preguntas sobre la historia, costumbres y situación política del país, a lo cual él accedía siempre con sumo gusto. Así me empezaba entonces él a dictar largas epístolas, generalmente sobre su gobierno y los problemas de estado, llegando a adquirir cada vez más confianza con el tiempo y a aumentar el número de sus confidencias, pidiendo continuamente el consejo y el parecer de la amada. Sucedió entonces que yo, desde una inmunda cárcel, tenía en mis manos los destinos del país, sin que nadie, ni aún el mismo presidente, lo supiera, y mediante oportunas sugerencias e indicaciones, permití el regreso de desterrados, conmuté sentencias y liberté a muchos de mis compañeros de prisión sin que nadie pudiera agradecérmelo.

Uno de los más grandes placeres de los días de dictado era también el de poder mirar de nuevo el retrato de ella que el presidente sacaba, según él, para inspirarse. Comencé a pedirle entonces que mandara más retratos con frecuencia, pero, como es de suponer, todos iban a parar a manos del presidente. Mi venganza consistía en cambio en los regalos de este, numerosos y de mucho valor, que siempre eran enviados en mi nombre.

Pero una nueva ansiedad iba creciendo al mismo tiempo que mi amor: era esa inmensa colección de cartas que se iba depositando en el escritorio del presidente, y en las cuales estaba escrita con todo detalle la historia de nuestro idilio; cartas en las que ya, por último, ni siquiera lo mencionábamos a él sino muy de vez en cuando, casi siempre para insultarle. En cada una de esas cartas de amor, por así decirlo, estaba firmada mi sentencia de muerte.

El tema de mi libertad –además del amor– era el que predominaba en nuestra correspondencia, como podría comprenderse. Siempre estábamos haciendo toda clase de planes de fuga e imaginando todas las estrategias posibles. En un principio yo me había negado a traducir nuevas cartas, a menos que se me pusiera en libertad; pero entonces me condenaron a pan y agua, y esto, junto con el tormento aún mayor de no leer más cartas de ella, que ya desde entonces me eran indispensables, quebrantó mi voluntad. Propuse, al menos como una condición para rendirme, que la rasurada y el buen vestido y el aseo fueran proporcionados de una manera regular y no únicamente los días de carta, lo cual no solo resultaba impráctico, sino humillante; pero ni aún eso me fue concedido.

Después, mi amada propuso hacer un viaje de visita al presidente y arreglar con él que se me pusiera en libertad (plan que tenía la ventaja de contar con el apoyo decidido de este, quien desde hacía tiempo venía insistiendo muy enérgicamente en ese viaje); pero yo me opuse a él terminantemente, porque ello equivalía a perderla a ella para siempre. Yo le propuse, a mi vez, que viniera otra mujer bellísima, haciéndose pasar por ella ante el presidente y gestionara mi libertad; pero entonces fue ella la que se opuso, alegando que, además de muy expuesto, era difícil encontrar a alguien que se prestara. Otra propuesta de su parte, que estuvo verdaderamente a punto de realizarse, fue la de solicitar una protesta enérgica de parte de mi gobierno y aún una ruptura de relaciones; pero yo le hice ver a tiempo que con semejantes medidas no solo se suspendería inmediatamente nuestra correspondencia, sino que esa ruptura me significaría la pena de muerte en el acto. Yo era más bien partidario de que se mejorasen hasta lo increíble las relaciones –entonces tan lamentables– con mi país. Pero como ella me hizo notar, con mucha razón: “¿Cómo convencer al gobierno sueco de que mejore sus relaciones por el motivo de que tienen a un ciudadano preso injustamente?” Pero la más descabellada ocurrencia fue la que tuvo un abogado amigo suyo, quien se ofreció a conseguir mi extradición alegando que yo era un criminal, no reparando en que el presidente, sin lugar a duda, me mandaría a matar en el momento de saberlo.

Mientras tanto, una nueva preocupación se había venido a agregar a las otras, y era la de ver cómo día a día yo venía siendo más peligroso a los ojos del presidente por el tremendo secreto y todas sus demás confidencias innumerables de que era depositario, con la consiguiente amenaza para mi vida que ello significaba. Es cierto que su amor (cada vez en aumento) constituía mi mayor seguridad, porque él no me mataría mientras necesitara mis servicios; pero esta seguridad me angustiaba por otro lado, porque a causa de esos servicios también era más difícil que me dejara ir. Hasta la misma esperanza que tuve antes de que un compatriota mío acertara a pasar, se había convertido ahora en un nuevo temor por la posibilidad de que leyera alguna carta y se descubriera mi fraude.

Estábamos así, mi amada y yo, ocupados en la preparación de un nuevo plan que demostrara ser más efectivo, cuando de pronto, aquello que más angustiosamente me aterrorizaba y con todas las fuerzas de mi alma había tratado de evitar, llegó a suceder: el presidente dejó de estar enamorado. No fue, para mi desdicha, su desamoramiento gradual, sino súbito, sin que me diera tiempo de prepararme. Sencillamente, las cartas que llegaban ya fueron desde entonces tiradas al canasto y no se me llamó, sino de tarde en tarde, para que leyera alguna que otra –más bien por curiosidad que por otra cosa– haciéndoseme contestarlas en breves y apresuradas líneas para tratar de poner fin al asunto. Toda la desesperación y mortal angustia de mi alma fueron vertidas en esas líneas y en las pocas cartas de ella que aún tuve la suerte de leer al presidente puse a mi vez las más tiernas, las más entrañables y apasionada súplicas de amor que haya proferido mujer alguna; pero con tan poco éxito que aún a veces se me suspendía la lectura a mitad de la carta. Para colmo de desdicha las que ella me escribía eran más que todo de reproche para mí por demorar las contestaciones, y poseída por los celos, se atrevía a poner en duda que todavía estuviera preso, llegando aún a insinuar que tal vez nunca en mi vida había estado preso. La última vez en la que ya ni siquiera se me hizo llegar de etiqueta a la Casa Presidencial, sino que en la propia cárcel me fue dictada por un guardia una ruptura ya completamente definitiva, me hizo saber que ella, mi libertad y todo, había llegado a su fin. Las postreras y desgarradoras palabras para Selma Borjesson fueron escritas.

Se me había dejado aún en mi celda unas cuantas hojas de papel y una pluma, tal vez por si acaso se ofrecía alguna carta más, supongo yo. Si el presidente no me ha mandado a matar, porque me queda agradecido o porque puede necesitarme después si alguna otra enamorada le escribe de Suecia, o sencillamente porque ya se olvidó de mí, yo no lo sé. Ignoro también si mi amada, Selma Borjesson, me ha seguido escribiendo o si ya ella tampoco se acuerda de mí (aún pienso en el absurdo terrible de que tal vez ni siquiera ha existido sino que fue todo tramado por algún enemigo del presidente, debido a una costumbre de pensar absurdos que aquí en la cárcel se me ha desarrollado).

Han transcurrido ya más de cuatro años desde entonces y ya otra vez perdí las esperanzas en la terminación del período del presidente porque este nuevamente se ha reelegido. En vista de lo cual, decidí ocupar la pluma y las pocas hojas de papel que ya no tiene objeto, en relatar mi historia. Escribo en sueco para que el presidente no lo entienda si esto llega a sus manos. En el caso remoto de que algún compatriota mío acierte por casualidad a leer estas páginas, le ruego se acuerde de Eric Hjalmar Ossiannilsson, si aún no me he muerto.

 

*

NOTA: Un amigo mío que estuvo preso encontró este manuscrito en la cárcel, casi destruido por la humedad, debajo de un ladrillo. Parece haber sido escrito hace ya muchos años. Y años más tarde un representante sueco de la Compañía de Teléfonos Ericksson nos lo tradujo. No hemos podido encontrar ningún dato referente a la persona que lo escribió. Yo he publicado el texto como me ha sido dado, haciéndole obvias correcciones de redacción y de gramática.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)