Juan Antonio Fernández Madrigal
El
Consejo del Mundo Humano avanzó por la Catedral, rodeando las capillas cerradas
que guardaban celosamente con rejas oxidadas su interior oscuro y vacío de
sacras figuras. Las vidrieras en lo alto habían sido, o bien sustituidas por
cristal de rubí veteado, o bien teñidas de sangre fresca. La última posibilidad
aguijoneó algunos estómagos y apartó rápidamente algunas miradas demasiado
atrevidas. El grupo se deslizó un poco más rápido.
El gran órgano comenzó a quejarse cuando las
figuras se apresuraron bajo él. Sus lamentos vibraron dentro de los oídos, en
los pulmones agitados, bajo las pieles, recorrieron el trayecto hacia los nodos
del árbol del miedo. El sonido de metal sincronizó con las redes nerviosas y
aumentó las señales de histeria que habían comenzado a producir. Nadie pulsaba
el teclado del órgano ni manipulaba sus registros. Ellos lo sabían.
Bailaba arriba y abajo la mancha oscura de los
ropajes del Chambelán, encabezando el grupo, rozando desagradablemente el suelo
descarnado. De vez en cuando saltaba torpe alguna de las pulidas losas de
mármol negro que habían sobrevivido al saqueo, jadeando baboso al caer. Casi
nunca miraba hacia atrás. Se le agradecía. Su rostro de lepra permanecía oculto
bajo la capucha manchada de putridez.
El Consejo del Mundo Humano avanzó por la Catedral
hasta llegar frente al altar, que ahora era el trono dorado de la Emperatriz, y
continuó observando, pues poco más podía hacer.
El mantel blanco yacía sobre los brazos del supremo
asiento. Una estola trazaba su franja púrpura sobre la perfecta palidez,
acariciando el suelo polvoriento con sus flecos rubios. Los símbolos circulares
eran interrumpidos por uno de los hombros nacarados, hombros que no acusaban la
respiración, hombros cubiertos de oro derretido uno, y de hostias enhebradas en
cabellos azabache el otro, hombros que parecían no necesitar músculos para
demostrar poder.
Sobre los hombros crecía la terrible belleza del
cuello esbelto, el mentón aguzado, los labios sorprendentemente carnosos, la
nariz fina, los ojos de plata o mar ensombrecidos por las cejas gruesas, los
cabellos libres en su exagerada longitud, ocultando el resto.
El Consejo del Mundo Humano se detuvo frente a la
Emperatriz, Magna Viperia Morphis. En ese momento se percataron del delicado e
irreductible sabor del néctar de miedo.
–Su Majestad, el Consejo.
El Chambelán sorbió ruidosamente y se alejó del
grupo, resquebrajando la única barrera que los había separado de la Dama.
Pronto se hizo evidente que ni siquiera esa tenue membrana había llegado a ser
real. Se hallaban en el reino de la ilusión, Imperio Víbora.
La Emperatriz se alzó en su
desnudez blanca interrumpida únicamente por la placa de oro de cáliz derretido
y el collar de hostias impuras, y acercó la esbeltez perfecta hacia el Consejo,
que no pudo evitar vacilar. La vacilación se generalizó cuando un golpe sordo
estalló bajo las bóvedas. Nadie volvió la mirada hacia el bulto empequeñecido
del Chambelán, que se levantaba torpemente de su no menos torpe caída.
El joven de la izquierda vaciló triplemente al
verla acercarse a él.
La distancia entre ambos se convirtió en tiempo,
luego en espacio elástico, luego en dolor, en placer, en gas de hiel, en amor y
en distancia de nuevo, y por último en nada, pues los dedos larguísimos de la
Dama se elevaban ya hasta el mentón de incipiente pelo recio y lo palpaban, y
lo acariciaban, mientras el resto del cuerpo se aproximaba con el propósito
evidente de llevar los labios deseables y deseados junto a los de él y dar
palabras a la muerte.
–Ego te absorbo.
Una leve sonrisa de ironía ácida golpeó los oídos
del muchacho con fuerza de carcajada justo antes, o en el mismo instante, en
que ambas bocas se unían y la carne enjugaba los jugos de la carne, y los dedos
enmarcaban la yugular palpitante y la otra mano tomaba sin dudas los genitales
ya abultados y los sopesaba y los acunaba y los acariciaba.
Cuando los labios se separaron, el joven de la
izquierda permaneció inerte, pero en su interior corría hacia el final del
túnel sin poder evitarlo.
La Emperatriz se olvidó de él y caminó despacio
ante el resto del grupo sin dejar de mirar a nadie ni dejar que nadie dejara de
mirar sus senos impávidos, su sexo oscuro, sus piernas altas, su mano ondulando
el aire. Sus ojos de metal gris o azul.
Al fin el aire fue roto en pedazos por la risa de
río que brotó del cuello delgado.
–Hablad.
Eso, por supuesto, no suponía ninguna diferencia.
Las palabras surgirían como si la orden se hubiera dado un instante antes. O en
una eternidad pretérita.
–Señora, hemos venido para…
La mujer pelirroja mediocre detuvo su primera frase
antes de terminarla, y al mismo tiempo que su terror se incrementaba conforme
la distancia entre ella y la Dama disminuía, se preguntó si sería necesario
acabarla, porque enteramente parecía que no.
–Espera –los dedos que momentos antes habían
atraído la sangre y algo más a esponjosas cavernas de carne hicieron un veloz
movimiento sobre su frente. Quiso sentir dolor, y lo sintió, pero luego se
convenció de que solo existía en su mente aterrada.
–Ahora estás mejor.
La mujer no pudo verse y no comprendió nada.
Algunos cabellos habían sido apartados, otros dejados caer, en un movimiento
que le recordó las manos de su madre muchos años antes, cuando iba a salir de
casa a escuchar poesía.
–…para… –la fuerza se le escurría– …haceros
partícipe… de la decisión… de la decisión unánime del Cons… –la fuerza– …Consejo
acerca de vuestra elección… –se le escurría.
–…de escoger esta… –imitó la Emperatriz, encogida
la frente, temblando los labios, las manos casi ocultando los pechos en
ridículo pero perfecto pudor– …cat… catedral para establecer vuestra… –la
fuerza de la mujer se escurría hacia la Dama, que la utilizaba para ser ella– …residencia
de… –un último encogimiento, un trémulo fin– …invierno…
La mujer pelirroja se dio cuenta de que mantenía
cada músculo en la misma posición que la Emperatriz. En ese momento pudo dejar
caer los brazos, porque el espejo viviente había dejado lacios los suyos, y
terminó la frase.
–…Señora.
La Señora le sonrió y le fueron perdonados todos
sus pecados.
–¿No os gusta mi catedral? –La Emperatriz vertió
una lágrima que recorrió no solo su rostro, sino su cuerpo entero. Se dio la
vuelta y caminó de nuevo frente al grupo.
El Consejo del Mundo Humano pareció desconcertado.
Se miraron unos a otros. Hombres y mujeres. Nobles y burgueses. Músicos,
poetas, artistas, gente mediocre. Sabios e incultos, que aunque no lo supieran
habrían estado obligados a intercambiar sus actitudes. Líderes, hábiles
urdidores de falacias. Conspiradores. Hipócritas. Desconocidos, al fin, para
ellos mismos.
–Os creéis muy valientes al venir a decírmelo a mi
propia casa –dijo la Dama de repente enfadada, gruñendo, encías rojas entre
pálidos labios y nacarados incisivos, lengua viva gesticulando obscena por un
instante–. Pero mirad:
La Emperatriz extendió los brazos delicadamente, en
una figura de baile, y se sostuvo de puntillas como si no pesara, abriendo más
aún su desnudez a su perturbado público.
–¿Quién es el valiente aquí, amados? –Su sonrisa
creaba distancias inconmensurables–. Yo os muestro mi alma, oh, ¿y qué veo en
vosotros? ¿Acaso esas corazas no ocultan la necesidad de cubrir podredumbres de
igual volumen? Miradme bien. Yo soy la leona. Vosotros, las hienas.
Y diciendo esto inclinó el rostro dejando que la
tersa inocencia que lo había inundado al hablar se trocara en diabólica
astucia, y desapareció.
Sonó un estampido en el lugar en que había estado,
al penetrar el aire súbito.
Y la Emperatriz, Magna Viperia Morphis, se abatió
desde el aire como gris arpía sobre otra mujer, joven, rubia, de piel tostada,
y la mordió en el cuello, en el vientre, entre las piernas, en la cabeza, la
espalda, el trasero, las pantorrillas.
Claro, que poco de eso pudo verse dada la mortal
rapidez de sus actos de amor.
En pocos segundos la mirada oblicua se alzó dejando
ver la boca goteando sangre sobre los destrozados restos del cadáver. La
Emperatriz se limpió con las manos, el rostro, la lengua y el cuerpo, y caminó
altiva y despacio hasta su trono.
Al leve eructo le siguió una leve sonrisa.
–Tal como su Excelencia conoce, y esto no satisface
nuestra ansia de verdad. Sabed que en este año de gracia, primero de nuestro
milenio, resulta un gran peligro para la Iglesia, en el mejor de los casos,
este ángel caído que nos azota con sus maldades, sus herejías y sus actos
caníbales. Algunos ven en él al Anticristo con forma de mujer, aunque a
conclusiones tan atrevidas solo puede llegar Su Santidad. Para un humilde
fraile y filósofo, llegar a tanto supondría quebrantar varios hechos lógicos
incuestionables. El diablo muestra pechos de mujer, pero ¿acaso no son las
mujeres indignas de representar incluso al príncipe de los mezquinos? ¿Acaso
han sido vistas las señales del Apocalipsis? Ella, maldito sea su nombre, se
nos muestra desnuda; pues bien, muchos testigos hay que niegan la existencia de
cualquier marca en su piel. ¡Ella misma ha hurgado entre sus cabellos, sonriente
mientras nos mostraba el cráneo limpio del número maldito! Otros supervivientes
han descrito esta misma carencia en las partes de su cuerpo más impuras. No.
Permitidme adelantar esta idea con todo respeto: ella no es el Anticristo.
¿Quién es, pues, la que nos atormenta? ¿Otro de los seguidores de Satanás
encarnado desde los infiernos? Si es así, ¿por qué no es portadora de las
deformidades que en los libros secretos observamos? ¿Por qué no adora a su
señor con aquelarres malditos? ¿Por qué parece tan libre de servidumbres?
“Como veis, son legión las cuestiones que nos
acucian. El abad nos presta toda su ayuda, pero ésta no puede ser sino escasa,
y la Catedral, que ella ha tomado hace poco como residencia de invierno, está
demasiado cerca.
“Nuestro mayor temor es que la chispa acabe
prendiendo el bosque.
“Que Dios nos ampare”.
–¡Chambelán!
–gritó la Emperatriz cuando se hallaba sola y el crepúsculo ensangrentaba las
piedras. El cojear ruidoso se acercó al instante. Había otros siervos en la
Catedral, pero no estaban en su mente.
El Chambelán llegó ante el trono, jadeante,
sudoroso y maloliente.
–No te cubras ante mí, apreciado bastardo –le
ordenó con una cándida sonrisa blanca.
La capucha cayó arrastrando colgajos de piel y
algunos mechones de pelo rubio. La Dama se irguió contoneando las caderas
mientras deslizaba la lengua húmeda entre los labios.
–Desnúdate. Del todo.
El hombre tembló. Luego tembló más y dejó caer con
lentitud la sotana oscura que había cambiado de color en tan poco tiempo merced
a los productos de su enfermedad. El pus relucía en todo su cuerpo, pues no
había más ropas. Su propio olor se expandió como una bofetada. La Emperatriz lo
recogió con agrado, se acercó más, se relamió más, le empujó, él cayó al suelo,
sonó un crujido de huesos rotos, casi se desmayó, la Dama se acercó, se puso a
horcajadas, le tocó, le acarició, le lamió, le besó, y por último le montó.
Tardó poco tiempo en conseguirlo todo de él,
principalmente porque había muerto de placer y dolor unos instantes después de
comenzar la supurante cópula.
A pesar de eso continuó sola hasta saciarse, luego
se levantó y se limpió toda con su propia lengua, y cuando su respiración
descendió y el sudor dejó de perlar su piel, se fue.
–Esta noche no me esperes para cenar. Me apetece
dar un paseo.
Los pies desnudos no hicieron el menor ruido al
alejarse, aunque tampoco había nadie que pudiera no escuchar sus palabras por
ello.
Corría por el tiempo y por el bosque sin dirección.
La humedad de Europa la enfriaba. El sol bermellón desaparecía entre las hojas.
Daba igual. Ella corría por el bosque y por el tiempo sin dirección: se
perseguía a sí misma.
Aquella noche no cenó. Se bañó en el riachuelo,
subió a los árboles más altos, se revolcó en el manto de la tierra, rio para sí
y para todo lo demás, voló con la lechuza y cazó con el lobo, cediéndole a éste
su presa. Se convirtió en cernícalo y al alba fue de nuevo mujer.
Acuclillada en la torre de la abadía se percató de
los primeros movimientos. Cuando algunos monjes se apresuraron a sus tareas y
oraciones, esperó. Cuando el que cuidaba del reloj se dirigió a su capilla del
tiempo, esperó. Cuando el herbolario salió a por las tiernas hojas cubiertas de
rocío, esperó, ella misma bajo una capa de escarcha. Cuando aquel a quien
buscaba entró en su celda después del rezo, desapareció, y el trueno que
produjo tras de sí se hizo portavoz de las nubes grises que se avecinaban.
El fraile levantó el crucifijo y se santiguó en
silencio al distinguirla en el interior de las penumbras de su cuarto de
piedra,
–Cierra la puerta.
Pero se volvió obediente para cerrar la puerta de
madera oscura, que se lamentó por el simple esfuerzo.
–¿Q… quién eres?
Ella avanzó un paso para que algo de claridad
pudiera reflejarla. Rio con suavidad. La escarcha estaba formando un charco en
el suelo bajo sus pies.
–Soy una flor del amanecer –observó recogiendo con
un dedo el agua de su vientre. Apagó la risa cálidamente y volvió a mirarle. Su
rostro se torció hacia la derecha. Hacia la izquierda. Intentaba buscar un
nuevo punto de vista. Sus ojos grises o azules llegaron mucho más allá del hábito
y la túnica.
–Qué quieres de mí. No profanarás este templo.
En ese momento ella se puso muy seria. Parecía
víctima de una tristeza abrumadora, casi lloró. Él mantenía en alto la vieja
cruz. Vaciló.
El demonio desnudo se acercó como la brisa y le
besó en la frente.
–Tú lo sabes, ¿verdad? –le preguntó, pero antes de
que él pudiera recapacitar sobre alguna cosa, ya no estaba. La puerta oscilaba
abierta.
Volvió al bosque, llorando libremente de alegría y
de nostalgia. La esperanza se convirtió en impaciencia que se convirtió en
carrera. En el claro se detuvo, cazó, despedazó, desgarró, mordió y desayunó
liebre cruda.
Había escuchado el canto de la niña varias millas
antes. Cuando llegó al estanque aún no había acabado la primera estrofa.
Los bucles de oro caían sobre el vestido sucio y
bastante gris, adornado pésimamente con trazos negros y rosas, rompiendo con la
vida que llevaba en su interior. Un pequeño chapoteo sonó en el estanque. La
niña en el borde buscó algo en el suelo. Se giró a un lado. El rostro
resplandecía al sol naciente. Era muy pequeña para estar sola.
La Dama no salió de entre los árboles hasta que la
canción se hubo desvanecido.
Su cuerpo frío descendió junto al de la niña.
Se miraron hasta que la niña le habló.
–Hola. Yo me llamo Claudia. ¿Quién eres tú?
–No lo sé.
–No seas mentirosa. Mi mamá dice que es muy feo
mentir, y que Dios te castiga cuando dices mentiras. Dame esa flor, por favor.
La Dama se volvió, enseñó los dientes y recogió la
flor blanca. Se la dio.
–¿Por qué tiemblas? ¿Tienes frío?
–Tengo miedo.
–¿Y de qué tienes miedo? –insistió la pequeña
Claudia mientras engarzaba la flor junto a las otras para terminar de formar
algo. Los pies oscilaban al ritmo de la canción que volaba aún por su mente.
–De ti. De todos. De mí misma.
Claudia la miró dubitativa. Luego rio.
–Mira lo que estoy haciendo. Es una corona de
flores.
–¿Quién SOY, Claudia?
–¿Quieres ser una Emperatriz? –le preguntó la niña
a su vez mientras alzaba la corona para situarla sobre los cabellos negros. La
desnudez de la Dama se encogió para que pudiera llegar tan alto, y allí
encogida y oculta lloró levemente. Cuando las manos de la pequeña se retiraron,
la recién coronada Emperatriz levantó el rostro sonriente y se tocó las flores
lánguidas. Había dejado de temblar.
–¿Qué tienes en los ojos?
–¿Qué tengo en los ojos? –repitió la Dama creyendo
que la preocupación de Claudia era fingida. No tardó en darse cuenta de su
error cuando los dedos regordetes se acercaron curiosos.
–Tienes algo en los ojos. Déjame ver…
–¡No! –gritó de improviso levantándose bruscamente.
Su rostro reflejó tantas emociones en un instante que ni ella misma pudo
comprender qué estaba haciendo. Y lo peor: por qué.
–Tus ojos. Parece que…
La corona cayó flotando en el aire. La Emperatriz
desnuda se alejó corriendo más desnuda que nunca; huyó aullando y espantando a
todos los demonios del bosque. Pero los de su interior solo rieron un poco más
alto.
Cuando abrió los ojos grises o azules él la estaba
mirando. Se irguió con calma en su trono, donde había estado durmiendo no sabía
cuánto tiempo después de volver del bosque, y parpadeó lentamente. Pero estaba
muy lejos de sentirse lenta: los sentidos se le habían aguzado al instante al
verle de pie frente a ella.
La sorpresa que había sobrevolado el rostro del
fraile alejó su sombra fugaz. Ahora la miraba a los ojos fijamente. Ella se
puso en pie.
–¿Lo vas a hacer?
–Por qué viniste a mi celda.
La Emperatriz se alzó un poco más, dando la
ilusión, o no, de flotar ligeramente por encima de las baldosas polvorientas,
proyectando la luz blanca de su piel sobre el corazón encogido. Él respiró un
poco más agitado; había poder dentro, a pesar del evidente miedo.
–Hace mucho tiempo que viajo –comenzó a hablar la
Dama como si no quisiera contestarle, aunque realmente era eso lo que estaba
haciendo. Le acarició los hombros con sus manos perfectas, acercó su rostro al
hábito pasando tan cerca de sus labios que él pudo constatar perfectamente la inhumana
falta de respiración en aquel cuerpo maldito. Ella olió las ropas del fraile:
el bosque, la comida de la abadía, el aroma rancio de los libros. Luego se
apartó no sin antes hacer rozar los bajos vientres sin disimulo. Se sentó de
nuevo en el trono. Sus muslos se separaron dejando ver, con la más absoluta
negación del pudor.
–Admitamos que pago tu pequeño precio, así que
escúchame con atención –dijo sin apartar los ojos implacables del pequeño
hombre, haciendo una breve pero perceptible flexión de sus labios carnosos para
confirmar sus futuros actos–. He llegado aquí siguiendo los caminos de viento
de mil soles, y diez mil mundos. Cuando tú no existías yo ya era. Provengo de
una raza que tiene magníficas mentes de serpiente, sin embargo tuvimos que
llegar a la amarga conclusión de que no sabemos realmente nada de nosotras.
Quizás por eso cambiamos de forma constantemente, casi sin poder evitarlo.
El silencio cayó bruscamente para levantarse de
nuevo. La Dama se movió preocupada, ligeramente, como en una ilusión. Parecía
continuar en el mismo lugar y al mismo tiempo haber saltado hacia cualquier
otro sitio con su velocidad atroz. Volvió a ser una realidad constante cuando
su voz se volvió a elevar, decidida.
–Después de huir hasta aquí solo se me permitió
guardar ciertos recuerdos, extraños, enfermizos. Fue el castigo.
–De qué infierno te expulsaron.
Ella rio y el corazón de él se encogió luchando
casi, casi, casi sin éxito contra un despiadado sentimiento de amar aquella
amalgama: de abrazar el caos, fundirse en su bella carne, matar con ella, y
luego acunarla en sus rodillas para protegerla del castigo divino que los
devoraría a ambos. Le temblaron las piernas; se santiguó bajando la mirada.
El sol se movió apreciablemente tras las
cristaleras. O quizás era otra ilusión cuyo único sentido era ser rota.
–Ven a mí ahora.
Las sandalias sucias dieron un paso imposible de
detener con la voluntad de un dios, ni de cien mil, y otro paso, y otro más
aún; saborearon el polvo de los escalones que subían hacia el trono. Llamas
imaginarias brotaron a ambos lados dándole la bienvenida al infierno en la
tierra. Se detuvo casi entre las piernas de ella, y supo que no había sido él
quien había ordenado a sus músculos que dejaran de tensarse. Ni siquiera fue
capaz de gritar, exhalar un último y gran No, y renunciar a vivir.
El fuerte olor del sexo de ella le mareó. Estuvo
una eternidad contemplando la piel blanquísima perla, el vello oscuro como un
umbral, la roja puerta al abismo entreabierta para él, dándole la bienvenida,
exudando los jugos de Lucifer, la carne perversa palpitando al ritmo de su
propio corazón.
No supo si lo había conseguido por puro azar,
propia voluntad, o una orden inaudible de ella, pero sus ojos terminaron
confundiendo el vello negro con las cascadas de cabello azabache, escalando por
ellas durante un milenio como un lento insecto-sísifo despreciable y
simbiotizante, hasta que finalmente los destellos de metal gris azulado de los
iris le dieron la bienvenida a un extraño averno frío y duro como el hielo, uno
de los muchos que albergaba aquel ser.
–La larga búsqueda ha esparcido todos los extremos
de mi carne por las encrucijadas de los siglos, ha hecho sangrar mis poros y
mutilado para siempre la conexión sagrada con mis hermanas, convirtiéndome en
una disidente del NOSOTRAS. ¿Te estás dando cuenta de que te estoy suplicando?
Dios, la voz de ella era una cadena alrededor de su
alma. Los círculos de sus ojos, bocanadas de enfermedad insaciables. Las
pupilas, pozos sin regreso. La Emperatriz, Magna Viperia Morphis, acercó su
aliento inexistente hasta fundir su calor con el de él, y le enseñó los dientes
en un gruñido de bestia.
–Así que ni se te ocurra jugar conmigo.
Y entonces, por algún capricho infantil del
destino, vio lo que había dentro de los ojos de ella.
–Dios mío, tus ojos…
El fraile cayó hacia atrás a causa del tremendo
golpe. La tierra del suelo deshecho se elevó en una nube que se añadió al dolor
súbito y le impidió distinguir nada. Luego sintió una leve presión en el
vientre. Cuando el polvo se posó vio que ella estaba a horcajadas sobre su
cuerpo.
–¿Las ves en mis ojos, despreciable trozo de carne?
Ellas aún siguen ahí, lo sé.
Él la sorprendió con el aroma corporal de la
aceptación última. Ella tuvo que frenar la muerte que acumulaba dentro. Era más
fuerte de lo que había imaginado. Era la clase de persona contra la que sus
ataques físicos serían inútiles.
Como desahogo le desgarró la piel del hombro de un
mordisco, que se llevó parte de la vieja tela. Él no gritó.
–Veo el infierno detrás de tus ojos, todos tus
hermanos demonios volando ahí dentro, esperando que regreses de tu cacería. Si
quieres puedes llevarte esta presa, pero nunca seré tuyo, Satanás.
La Emperatriz tuvo un instante de duda. Luego
acercó sus labios a la herida y la lamió acariciándola hasta el más profundo
músculo desgarrado. Él no protestó, se arrebujó en una letanía como si
estuviera muy lejos de allí.
–…debería condenarte al infierno, pero te veo mucho
más allá de él. Podría perdonarte tus infinitos pecados para que pudieras
alcanzar la gloria eterna, pero también de allí te escaparías. Solo dime por
qué viniste a mí y por qué piensas que yo puedo ayudarte.
–Te he buscado para que veas más allá. Navega
dentro de mí, cariño –canturreó mientras su cuerpo se movía excitante–,
navégame, navégame, navégame, extírpame a mis hermanas y enséñame lo que busco:
quién soy sin ellas.
Él tragó saliva y notó el sabor de ella en el
fluido que se internaba hasta sus entrañas. Se sintió imposiblemente ligado (un
poco más aún) a aquella criatura. Tragó de nuevo, tragó otra vez. El sabor no
se iba.
–Sois multitud. Y ninguna de vosotras sois una
única meretriz. Pero tú has salido de cacería sola, te has escapado y ahora no
sabes encontrar el camino de vuelta a tu Gehena.
–Te equivocas, querido: no deseo volver.
–No. Tú te has equivocado: no puedo mostrarte un
camino. Ni siquiera el de vuelta.
Ella le miró con lágrimas en los ojos. La súbita
humedad recorrió sus tersos pómulos, resbaló por su mentón, cuando la cabeza se
alzó apuntando a la lejana cúpula el flujo transparente se deslizó por su
cuello y entre sus senos, goteó hasta su sexo y finalmente empapó los jugos que
allí empapaban los manchados hábitos. El líquido salado continuó fluyendo hasta
que los ojos de metal volvieron a descender hasta los del fraile, sus manos le
acariciaron las mejillas y sus labios besaron delicadamente los labios que
nunca habían conocido aquel contacto.
–Está bien, no puedes hacer más. Pero yo también
veo dentro de ti. Sembrarás tu semilla y crecerá en terreno fértil. Sembrarás
criaturas que se conocerán a sí mismas. Algún día esas criaturas serán
multitud, y luego una única cosa, y luego, o mientras, quizás podréis servirme
de ayuda.
Las caricias se hicieron más firmes, los dedos
afilados se hundieron en la carne. Los ojos de él se abrieron mucho. Las manos
blancas presionaron hacia dentro, rodearon la frágil cabeza, empujaron y
estiraron, arañaron y dibujaron con la sangre que derramaban. Hasta que
golpearon con fuerza sirviendo de compás a los gritos que emanaban de la
garganta tan joven.
Inesperadamente la Emperatriz detuvo sus ataques y
se levantó brusca comenzando a correr por la Catedral. Aullidos, chillidos de
ave rapaz en busca de su presa, ladridos deformes inundaban el aire cambiando
con rapidez de un punto a otro. Algunas vidrieras estallaron y cayeron. El
fraile pudo ver a través de las cortinas calientes de sangre que le resbalaban
por los ojos cómo una de las rejas saltaba en pedazos al pasar junto a la
capilla la sombra fugaz de la criatura desnuda. El suelo temblaba, los candeleros
caían, los tapices se prendían. Consiguió levantarse con un gemido que no pudo
evitar y que parecía surgir de sus costillas. Tenía la vista nublada, pero el
olor a humo se intensificaba por momentos. La Catedral estaba en llamas. Tenía
que salir de allí.
Entre el fuego el torbellino de la Emperatriz
creaba bucles que se estiraban hasta alcanzar otros lugares aún a salvo. La
madera crepitaba. Los tubos del órgano emitieron golpes al dilatarse cargados
de temor metálico. Algunos cuadros comenzaron a arder, y el calor hizo que más
cristales llovieran del cielo.
Intentó cortar la hemorragia de su cabeza haciendo
presión con la tela de su hábito mientras procuraba apartar la vista de la
sangre que se derramaba cálida. Corrió entre humo, calor y polvo. Los aullidos
inundaban de furia y desesperación el templo.
Al fin la providencia le auxilió y se encontró de
improviso corriendo hacia el bosque. Las heridas habían dejado de verter, pero
fue entonces cuando comenzó a marearse y tuvo que sentarse junto a un árbol
mientras observaba impotente la infernal destrucción.
Y sin saber cómo, supo que nadie volvería a ver a
la Emperatriz en aquel mundo, viniese del mundo que viniese; fuese quien fuese
o fuese lo que fuese.
(Tomado
de www.talesofmytery.blogspot.com)