domingo, 21 de junio de 2026

Nieve silenciosa, nieve secreta

Conrad Aiken

 

1

Por qué tuvo que suceder precisamente o por qué tuvo que suceder exactamente cuando tuvo lugar, era algo a lo que no podía responder, y que quizá tampoco se había preguntado. Ante todo, se trataba de un secreto, de algo que había que esconder celosamente de la madre y del padre; y a este hecho en sí se debía en gran parte el deleite. Era como una chuchería extrañamente bella para llevar, sin hablar de ella, en el bolsillo del pantalón –un sello curioso, una moneda antigua, unos diminutos eslabones de oro hallados pisoteados y deformados en el camino del parque, una piedrecita de calcedonia roja, una concha que se destacaba de las demás por una mancha o una raya infrecuente– y, como si se tratara de algo así, él experimentaba esa cálida y persistente sensación, ese sentimiento cada vez más hermoso, de llevar consigo aquella posesión a todas partes. Tampoco era solo una sensación de posesión, era también una sensación de protección. Era como si, de alguna mágica manera, su secreto le diera una fortaleza, un muro detrás del cual podía escapar hacia un aislamiento celestial. Eso fue casi la primera cosa que él notó –aparte de la rareza de la cosa en sí misma– y era eso lo que ahora, una vez más, por quincuagésima vez, se le ocurría pensar mientras estaba sentado en el aula. Era la media hora de la clase de geografía. Con un dedo y lentamente, la señorita Buell daba vueltas a un globo terráqueo enorme que había colocado en su escritorio. Los continentes verdes y amarillos pasaban y volvían a pasar, se formulaban preguntas y los alumnos respondían, y ahora la niña sentada delante de él, Deirdre, la que tenía una extraña y pequeña constelación de pecas en la nuca, exactamente como la Osa Mayor, se ponía en pie y le respondía a la señorita Buell que el Ecuador era la línea que recorre la Tierra por la mitad.

La cara de la señorita Buell –vieja, pero afable, con unos rizos canosos y rígidos a ambos lados de las mejillas, y unos ojos que nadaban brillantemente, como dos pececillos, detrás de los gruesos lentes– se arrugó más aún en una sucesión de mohines aguantando la risa.

–¡Ah! Ya veo. La Tierra lleva puesto un cinturón o una faja. ¡O quizá alguien dibujó una línea alrededor de ella!

–Oh, no… eso no… quiero decir que…

Él no participó en la risotada general, o solo un poquito. Pensaba en las regiones árticas y antárticas que, por supuesto, en el globo, eran blancas. La señorita Buell les hablaba ahora de los trópicos, las junglas, el calor vaporoso de los pantanos ecuatoriales, donde los pájaros y las mariposas, y hasta las serpientes, eran como joyas vivientes. Mientras escuchaba estas cosas, ya con la sensación agradable de estar haciendo un esfuerzo a medias, interpuso su secreto entre él y las palabras. ¿De veras era un esfuerzo? Porque un esfuerzo sugería algo voluntario, y quizá incluso algo que uno hacía sin querer especialmente; mientras que esto era evidentemente placentero, y llegaba casi por sí solo. Lo único que tenía que hacer era pensar en aquella mañana, la primera, y luego en todas las demás…

¡Pero todo era tan absurdamente sencillo! Equivalía a tan poco. No era nada, solo una idea –y precisamente ¿por qué tenía que haberse convertido en algo tan maravilloso, tan permanente?: eso era un misterio–, un misterio muy agradable, es cierto, pero también divertidamente tonto. Y no obstante, sin dejar de escuchar a la señorita Buell, quien ya estaba por la zona templada del norte, deliberadamente evocó el recuerdo de aquella primera mañana. Sucedió al poco de despertarse, o quizá en el mismo momento del despertar. Pero, precisando, ¿había de verdad un momento exacto? ¿Se despierta uno de golpe? ¿O es algo gradual? De todas maneras, fue una mañana de diciembre, después de extender una mano perezosa hacia la cabecera de la cama, después de bostezar y de haberse vuelto a arrebujar entre sus mantas calientes, de lo más agradecido de que aquello hubiera sucedido. De repente, sin venir a cuento, pensó en el cartero, se acordó del cartero. Quizá no había nada raro en eso. A fin de cuentas, escuchaba al cartero todas y cada una de las mañanas de su vida: podía oír sus pesadas botas pisando fuerte, dando la vuelta en la esquina, en la cima de la pequeña calle en forma de colina adoquinada, y luego –progresivamente más cercanos, progresivamente más resonantes– los dos aldabonazos que daba en cada puerta, cruzando y volviendo a cruzar la calle, hasta que por fin los torpes pasos llegaban trastabillando hasta su propia puerta, y, con ellos, el tremendo aldabonazo que estremecía la casa.

(La señorita Buell decía: “Extensos trigales en Norteamérica y en Siberia”. Deirdre, de momento, se había llevado la mano izquierda a la nuca). Pero aquella mañana en particular, la primera mañana, mientras se quedaba allí tumbado, con los ojos cerrados, por alguna razón había esperado al cartero. Había querido oírlo dar la vuelta a la esquina. Y precisamente eso era lo curioso: nunca lo hizo. Nunca dio la vuelta a la esquina. Porque cuando por fin oyó los pasos, estaba seguro de que ya procedían de un poco más abajo de la cima de la colina, a la altura de la primera casa; y aun así, curiosamente los pasos sonaban distintos: más suaves, con un nuevo secreto, apagados y confusos; y a pesar de que el ritmo era el mismo, ahora decían cosas nuevas: decían paz, decían lejanía, decían frío, decían sueño. Y él comprendió la situación enseguida –nada le hubiera podido parecer más simple–: había nevado durante la noche, tal como él había deseado todo el invierno, y eso era lo que había hecho inaudibles los primeros pasos del cartero, y lo que amortiguaba los que venían después. ¡Por supuesto! ¡Qué bonito! E incluso ahora debía estar nevando –iba a ser un día nevado–, las largas y desiguales ráfagas blancas ventiscaban esparciéndose a lo largo de la calle, pasando por las fachadas de las viejas casas, susurrando e imponiendo silencio, formando pequeños triángulos de blancura en las esquinas, entre los adoquines, revoloteando un rato, cuando el viento las soplaba a ras de suelo hasta un rincón donde se amontonaba la nieve; y así estaría acumulándose durante todo el día, cada vez más profunda y silenciosa.

(La señorita Buell dijo: “La tierra de las nieves perpetuas”). Durante todo este tiempo, por supuesto (mientras permanecía en la cama), había mantenido los ojos cerrados, escuchando la progresión cada vez más cercana del cartero, los pasos apagados golpeando y resbalando en los adoquines alfombrados de nieve; y todos los demás sonidos –los aldabonazos dobles, una o dos voces heladas y lejanas, un timbre sonando débil y bajo, como si estuviera debajo de una lámina de hielo– tenían esa misma propiedad ligeramente abstraída, como si estuvieran separados de la realidad por un grado, como si todo en el mundo hubiera quedado aislado por la nieve. Pero cuando por fin, agradecido, abrió los ojos, y los dirigió hacia la ventana, para ver ese milagro tan largamente anhelado y ahora tan claramente imaginado, lo que vio fue la luz del sol fulgurando sobre un tejado; y cuando, asombrado, saltó de la cama y miró hacia abajo, a la calle, esperando ver los adoquines sepultados por la nieve, no vio sino los propios adoquines brillantes y desnudos.

Fue extraño el efecto que esta sorpresa extraordinaria produjo en él; durante toda la mañana tuvo la sensación de que la nieve caía a su alrededor, una nueva y secreta mampara de nieve entre él y el mundo. Si no había soñado aquello, entonces ¿cómo podía haberlo soñado mientras estaba despierto?… ¿De qué otra forma podría explicarlo? De todos modos, la alucinación había sido tan vívida como para afectar toda su conducta. Ahora no podía recordar si fue la primera o la segunda mañana –¿o acaso la tercera?– cuando su madre le llamó la atención por ciertos detalles de su comportamiento.

–Pero, cariño –le había dicho en la mesa mientras desayunaban–, ¿qué te pasa? No parece que estés escuchando…

¡Y con cuánta frecuencia eso mismo había sucedido a partir de entonces!

(La señorita Buell preguntaba ahora si alguien sabía la diferencia entre el Polo Norte y el polo magnético. Deirdre levantó una temblorosa mano morena, y él pudo ver los cuatro hoyitos que marcaban los nudillos).

Quizá no había sido ni la segunda ni la tercera mañana, ni siquiera la cuarta o la quinta. ¿Cómo podía estar seguro? ¿Cómo podía estar seguro de cuándo exactamente la deliciosa progresión había devenido tan clara? ¿Justo cuando todo realmente había empezado? Los intervalos no eran muy precisos… Solo sabía que en algún momento –quizá el segundo día, quizá el sexto– había notado que la presencia de la nieve era un poco más insistente, su sonido más nítido; y que, a la inversa, el sonido de los pasos del cartero se volvía más indistinto. No solo no podía escuchar los pasos dando la vuelta a la esquina, ni siquiera podía oírlos en la primera casa. Los oía venir desde más abajo de la primera casa; y luego, unos días más tarde, desde más abajo de la segunda casa; y unos días después, más abajo de la tercera. Poco a poco, la nieve se volvía más tenaz, el susurro de su revoloteo aumentaba, los adoquines eran cada vez más sordos. Cuando cada mañana –al asomarse a la ventana, después del ritual de escuchar– descubría que los tejados y los adoquines estaban tan descubiertos como siempre, no le importaba. Después de todo, ya se lo esperaba. Incluso eso era lo que le gustaba, lo que lo recompensaba: la cosa era suya, no pertenecía a nadie más.

Nadie conocía su secreto, ni siquiera su madre ni su padre. Allí fuera estaban los adoquines desnudos; y, aquí dentro, la nieve. La nieve que se volvía cada vez más tenaz con el paso de los días, amortiguando el mundo, ocultando lo feo, y –sobre todo– desvaneciendo cada vez más los pasos del cartero.

–Pero, cariño –le dijo ella mientras almorzaban–, ¿qué te pasa? No parece que escuches cuando la gente te habla. Ésta es la tercera vez que te pido que me alcances tu plato…

¿Cómo podría explicarle aquello a su madre o a su padre? Por supuesto, no había nada que hacer al respecto: nada. Lo único que podía hacer era reírse desazonadamente, fingiendo estar un poco avergonzado, pedir disculpas, e interesarse repentina, y no del todo sinceramente, por lo que estaban haciendo o diciendo en la mesa: que si el gato se había quedado fuera toda la noche, que si tenía una curiosa hinchazón en la sien izquierda –quizá alguien le había dado una patada o una pedrada–, que si la señorita Kempton venía o no venía a tomar el té; que si iban a limpiar la casa –o a “ponerla patas arriba”– el miércoles en vez del viernes; que si le iban a regalar una lámpara nueva para que estudiara por las noches –quizá era la vista cansada lo que explicaba aquel nuevo despiste suyo tan peculiar–; la madre lo miraba divertida mientras decía esto, pero al mismo tiempo dejaba traslucir otra emoción. ¿Una lámpara nueva? Una lámpara nueva. Sí, madre. No, madre. Sí, madre.

La escuela iba bien. La geometría es muy fácil. La historia es muy aburrida. La geografía es muy interesante, particularmente cuando lo lleva a uno al Polo Norte.

¿Por qué el Polo Norte? Oh, pues, sería divertido ser explorador. Ser otro Peary o un Scott o un Shackleton. Y entonces, abruptamente, descubrió que ya no sentía interés por la charla, miró el pudín en su plato, escuchó, esperó, y de nuevo empezó: ¡ah, qué maravilloso era también al principio oírla o sentirla!, porque… ¿de veras podía oírla?

¿Podía oír la nieve silenciosa, la nieve secreta?

(La señorita Buell les hablaba de la búsqueda del paso del noroeste, de Hendrik Hudson, del Half Moon).

De hecho, aquél era el único aspecto perturbador de la nueva experiencia: el hecho de que tan a menudo provocara esa especie de mudo –y hasta conflictivo– malentendido con sus padres. Era como si intentara vivir una doble vida. Por una parte, tenía que ser Paul Hasleman, y aparentar ser esa persona –lavarse, vestirse y responder de manera inteligente cuando alguien le hablaba–; y, por otra, tenía que explorar ese nuevo mundo que se había abierto ante él. Tampoco cabía ninguna duda –ni la más mínima duda– de que el nuevo mundo era el más profundo y maravilloso de los dos. Era irresistible. Era milagroso. Simple y llanamente su belleza iba más allá de cualquier cosa –más allá tanto del lenguaje como del pensamiento–, era algo absolutamente inefable. Pero, entonces, ¿cómo iba a mantener el equilibrio entre esos dos mundos de los que era constantemente consciente? Tenía que levantarse, tenía que bajar a desayunar, tenía que hablar con su madre, ir a la escuela, hacer sus deberes, y, en medio de todo eso, tratar de no parecer demasiado tonto. Pero si durante todo ese tiempo también trataba de deleitarse con aquella otra existencia tan distinta, de la que difícilmente (por no decir en modo alguno) se podía hablar… ¿cómo se las iba a arreglar? ¿Cómo iba a explicarlo? ¿Estaba seguro de poderlo explicar? ¿No resultaría absurdo? ¿No equivaldría sencillamente a meterse en una especie de oscuro lío?

Estas ideas iban y venían, iban y venían, tan suave y clandestinamente como la nieve; no eran precisamente un trastorno, a lo mejor hasta eran placenteras; a él le gustaba rumiarlas; casi podía palparlas, acariciarlas con la mano, sin cerrar los ojos, y sin dejar de ver a la señorita Buell y el aula y el globo terráqueo y las pecas en la nuca de Deirdre; sin embargo, en cierto sentido sí dejaba de ver, o dejaba de ver el mundo exterior evidente, sustituyéndolo por esa visión de la nieve, por el sonido de la nieve, y la aproximación lenta, casi inaudible, del cartero. Ayer los pasos del cartero se dejaron oír solo a la altura de la sexta casa; la capa de nieve era ahora mucho más profunda, los copos caían más rápidamente y con más fuerza, el rumor de su revoloteo era más claro, más tranquilizador, más persistente. Y esta mañana –según sus cálculos– los pasos del cartero se habían dejado oír poco antes de llegar a la séptima casa, quizá solo uno o dos pasos antes: como mucho, había escuchado dos o tres pasos antes de que sonara el aldabonazo… y a medida que se reducía la esfera, mientras más se acercaba el límite donde por primera vez el cartero se tornaba audible, resultaba extraño cuanto más bruscamente se incrementaba la cantidad de ilusión que tenía que poner en los asuntos ordinarios de la vida cotidiana. Cada día era más difícil salir de la cama, asomarse a la ventana, mirar a la calle, como siempre, perfectamente vacía y sin nieve. Cada día era más arduo cumplir con la elemental rutina de saludar a la madre o al padre en el desayuno, responder a sus preguntas, recoger sus libros e ir al colegio. Y en la escuela, cuán extraordinariamente difícil resultaba conciliar exitosa y simultáneamente la vida pública con la otra vida que era un secreto. A ratos deseaba hablarles a todos del asunto, realmente suspiraba por hacerlo, por soltarlo en una explosión, pero inmediatamente experimentaba una sensación lejana, como de una vaga absurdidad inherente a todo aquello –pero… ¿era absurdo?– y, más importante aún, experimentaba un misterioso sentimiento de poder en su afán de clandestinidad. Sí: aquello había que mantenerlo en secreto. Eso estaba cada vez más claro. Mantenerlo en secreto a toda costa, pese a quien pese y duela a quien duela…

(La señorita Buell lo miró directamente, y dijo sonriendo: “¿Qué tal si le preguntamos a Paul? Estoy segura de que Paul saldrá de su ensueño el tiempo necesario para darnos la respuesta. ¿No es verdad, Paul?”. Él se levantó de la silla, apoyando una mano en el pupitre tersamente barnizado, y deliberadamente traspasó la nieve con su mirada para ver la pizarra. Era un esfuerzo, pero casi le divirtió hacerlo. “Sí”, dijo lentamente, “era lo que ahora llamamos el río Hudson. Él creyó que era el paso del noroeste. Estaba decepcionado”. Se sentó de nuevo, y mientras lo hacía, Deirdre se volvió en su silla y le regaló una sonrisa tímida, de aprobación y de admiración).

Pese a quien pese y duela a quien duela.

Esta parte del asunto era extraña, muy extraña. Su madre era muy simpática, y también lo era su padre. Sí, todo eso era verdad. Él quería ser simpático con ellos, contarles todo, y no obstante, ¿de verdad era tan malo él por querer tener un lugar secreto para sí solo?

La noche anterior, a la hora de ir a la cama, su madre le había dicho: “Si esto sigue así, querido, tendremos que llamar al médico, ¡sí, señor! No podemos permitir que nuestro hijo…” Pero ¿qué era lo que había dicho a continuación?: “¿…que nuestro hijo viva en otro mundo?” o “¿…que viva tan alejado?” Había usado la palabra “alejado”, de eso estaba seguro, y entonces su madre había cogido una revista y se había reído un poco, pero con una expresión que no era alegre. Y él sintió lástima por ella…

El timbre sonó señalando el final de la clase. El sonido le llegó como a través de largos y curvados paralelos de nieve cayendo. Vio levantarse a Deirdre, y él también se levantó, casi al mismo tiempo, pero no tan pronto como ella.

 

2

En el camino de vuelta a casa, que era eterno, le gustaba ver a través del acompañamiento o del contrapunto de la nieve los detalles meramente externos del recorrido. Había muchas clases de ladrillos en las aceras, y puestos de muy diversas maneras. Las cercas de los jardines también eran distintas, unas hechas con estacas de madera, otras de yeso, otras de piedra. Las ramitas de los arbustos se derramaban sobre los muros; los capullos invernales de las lilas, duros y verdes, con tallos grises, gruesos y con vainas; otras ramas eran muy delgadas y finas y negras y estaban desecadas. Los gorriones manchados se apiñaban en los arbustos, y sus colores eran tan desteñidos como las frutas muertas que quedaban en los árboles sin hojas. Un solo estornino chilló en una veleta. En el arroyo de la calle, al lado de una alcantarilla, había un trozo de periódico rasgado y mugriento, atrapado en un pequeño delta de suciedad: la palabra ECZEMA apareció en mayúsculas y, debajo de ella, una carta de la señora Amelia D. Cravath, 2100 Pine Street, Fort Worth, Texas, especificando que después de sufrir durante años, se había curado con el ungüento Caley. En el pequeño delta, al lado del continente de fango marrón en forma de abanico y profundamente surcado por numerosos riachuelos, había unas ramitas extraviadas, caídas de la planta madre, una cerilla con la cabeza carbonizada, el erizo mohoso de un castaño de Indias, una pequeña concentración de grava centelleante en el borde del sumidero, un fragmento de cáscara de huevo, una raya de serrín amarillo que estuvo mojado y ahora estaba seco y congelado, una piedrecita de color marrón y una pluma rota. Más allá, había una acera de cemento, dividida en paralelogramos geométricos, con una placa de latón conmemorativa incrustada en un extremo, en recuerdo de los contratistas que la habían hecho, y, atravesando la acera, una desordenada sucesión de huellas de perro, inmortalizadas en la piedra sintética. Conocía muy bien esas huellas, y siempre las pisaba; tapar los hoyitos con su pie siempre le producía un extraño placer; hoy lo hizo una vez más, pero a la ligera, con cierta indiferencia, pensando todo el tiempo en otra cosa. Hacía mucho tiempo un perro había pisado por descuido el cemento cuando todavía estaba fresco. Probablemente había sacudido la cola, pero esto no había quedado grabado. Ahora, Paul Hasleman, a sus doce años, de camino a casa desde el colegio, atravesaba el mismo río, que entretanto se había congelado y petrificado. Hacia casa a través de la nieve, la nieve que caía en el sol brillante.

¿Hacia casa?

Luego venía la portada con jambas coronadas por sendas piedras en forma de huevo ingeniosamente equilibradas en sus puntas, como si fuera obra de Colón, y argamasadas en el mismo acto de equilibrio: una fuente permanente de asombro. Un poco más allá, en la pared de ladrillos, aparecía rotulada la letra H, supuestamente por algún motivo. ¿H? H.

La boca de incendios verde, con una pequeña cadena pintada de verde, sujetada al tapón metálico de rosca.

El olmo cuya corteza mostraba la gran herida gris en forma de riñón en la que siempre ponía la mano: para sentir la madera fría, pero viva. Estaba convencido de que la herida se debía a los mordiscos de un caballo atado al tronco del árbol. Pero ahora solo merecía una caricia, una mirada meramente tolerante. Había cosas más importantes. Milagros. Cosas que estaban más allá de las reflexiones acerca de los árboles, de los simples olmos. Más allá de las meditaciones sobre las aceras, las simples piedras, los simples ladrillos, el simple cemento. Incluso más allá de los pensamientos de sus propios zapatos, que pisaban estas aceras de manera obediente, llevando una carga –muy por encima de ellos– de intrincado misterio. Los miró.

No estaban muy bien lustrados; los tenía abandonados, por un buen motivo: formaban parte del creciente cúmulo de dificultades que entrañaba el regreso diario a la vida cotidiana, la lucha de cada mañana. Levantarse, tras haber abierto por fin los ojos, asomarse a la ventana y descubrir que no hay nieve, lavarse, vestirse, bajar la escalera siguiendo sus curvas para desayunar…

Sin embargo –pese a quien pese y duela a quien duela–, tenía que perseverar en la ruptura, ya que así lo exigía la inefabilidad de la experiencia. Por supuesto, era conveniente ser amable con la madre y con el padre, especialmente teniendo en cuenta que parecían tan preocupados, pero también era preciso ser resuelto. Si decidían –como parecía probable– llamar al médico, el doctor Howells, y pedirle que examinara a Paul, que auscultara su corazón usando una especie de dictáfono, sus pulmones, su estómago, pues eso estaba bien. Se sometería al chequeo. También contestaría a sus preguntas: ¿acaso con respuestas que ellos no esperarían? No. Eso nunca estaría bien. Porque el mundo secreto había que preservarlo, a toda costa.

La casita de los pájaros en el manzano estaba vacía: no era la época de reyezuelos. La negra abertura redondeada que hacía las veces de puerta había perdido su encanto. Los reyezuelos disfrutaban de otras casas, de otros nidos, de otros árboles más remotos. Pero ésta era también una noción que consideraba solo vaga y superficialmente, como si, de momento, se conformara con rozarla; había algo más allá, algo que ya asumía una importancia más trascendental; que ya lo tentaba con guiños seductores, encandilando también los recovecos de su mente. Era curioso que a pesar de desear y esperar tanto aquello, se regodeara en aquel devaneo pasajero con la pajarera en forma de casa, como si pospusiera y enriqueciera deliberadamente el placer que se avecinaba. Sabía que se estaba retrasando, era consciente de su risueña y desinteresada –y ahora casi incomprensiva– mirada dirigida a la pequeña casita de los pájaros; sabía lo que iba a mirar después: su propia calle, la colina adoquinada, su propia casa, el riachuelo al pie de la colina, la tienda de comestibles con el hombre de cartón en la ventana; y ahora, pensando en todo esto, volvió la cabeza –todavía sonriendo– rápidamente a izquierda y a derecha, mirando a través de la luz del sol impregnada de nieve.

Y, como había previsto, la neblina de la nieve todavía estaba en la luz: un fantasma de nieve cayendo en la brillante luz solar, flotando suave y constantemente, dando vueltas y haciendo pausas, encontrándose silenciosamente con la nieve que tapaba, como con un espejismo transparente, los brillantes adoquines desnudos.

Amaba la nieve, se quedó quieto, adorándola. Su belleza lo paralizó; más allá de toda palabra, de toda experiencia, de todo sueño. Aquello no se podía comparar con ninguno de los cuentos de hadas que había leído: ninguno le había dado aquella extraordinaria combinación de etérea hermosura con algo más, un no sé qué inenarrable, casi imperceptible y deliciosamente aterrador. ¿Qué era aquello?

Mientras pensaba en ello, miró hacia arriba, a la ventana de su habitación, que estaba abierta, y fue como si hubiera mirado directamente dentro de la habitación y se viera a sí mismo tumbado en la cama, medio despierto. Allí estaba: en aquel preciso instante aún estaba allí, acaso de verdad… más verdaderamente allí que de pie aquí, en la acera de la calle-colina adoquinada, haciendo pantalla con una mano para protegerse los ojos del resplandor de la nieve solar. ¿De verdad había salido alguna vez de su habitación en todo aquel tiempo, desde aquella primera mañana? ¿No sería que todavía toda la progresión estaba verificándose allí, no sería que todavía estaba en aquella primera mañana y aún no se había despertado del todo? Incluso era posible que el cartero aún no hubiera llegado para dar la vuelta a la esquina…

Esta idea lo divirtió, y cuando se le ocurrió, automáticamente levantó la cabeza para mirar la cima de la colina. Por supuesto, allí no había nada, nada ni nadie. La calle estaba vacía y silenciosa. Y ya que estaba desierta, se le antojó contar las casas: una cosa que, por extraño que parezca, nunca antes se le había ocurrido hacer. Por supuesto, sabía que no había muchas casas –o sea, no había muchas en la acera donde estaba su casa, que eran las que figuraban en la marcha del cartero– y, no obstante, le produjo una especie de sorpresa descubrir que había exactamente seis más arriba de su casa; su casa era la séptima.

¡Seis!

Asombrado, contempló su propia casa –miró la puerta con el número trece– y entonces se dio cuenta de que todo aquello ya debería saberlo exacta, lógica y absurdamente. De todos modos, advertirlo le produjo abruptamente –incluso un poco sobrecogedoramente– una sensación de premura. Se sintió urgido… lo apremiaban. Porque –frunció el ceño– no podía estar equivocado: era justo encima de la séptima casa, su propia casa, donde el cartero se había tornado audible por primera vez esta mañana. Pero, de ser así –en ese caso–, ¿quería decir que mañana no escucharía nada? El golpe de aldaba que había oído debió de ser el golpe llamando a su propia puerta. ¿Significaba eso –y esta idea lo dejó realmente sorprendido– que nunca volvería a escuchar al cartero?… ¿Que mañana por la mañana el cartero ya habría pasado por la casa, andando por una capa de nieve para entonces tan profunda que sus pasos resultaran totalmente inaudibles? ¿Se acercaría por la calle nevada tan silenciosamente, tan clandestinamente, que él, Paul Hasleman, allí tumbado en la cama, no se despertaría a tiempo, o que, al despertarse, no habría escuchado nada?

Pero aquello era imposible, a menos que la aldaba estuviera cubierta de nieve, ¿congelada, quizá?… Pero, en ese caso…

Fue presa de un vago sentimiento de frustración, de una vaga tristeza, como si sintiera que lo privaban de algo que había anhelado durante mucho tiempo, algo muy valioso. Después de todo aquello, de toda esa hermosa progresión, del lento y delicioso avance del cartero por la nieve silenciosa y secreta, los aldabonazos sonando cada día y cada vez más cercanos, y los pasos acercándose más y más, el perímetro acústico del mundo reduciéndose, reduciéndose, reduciéndose día tras día, a medida que la nieve se adueñaba de todo sosegada y maravillosamente, acumulándose en capas cada vez más profundas… ¿después de todo eso iba a verse frustrado en la única cosa que tanto deseaba: poder contar, como fuera, los últimos dos o tres pasos solemnes, cuando por fin se aproximaban a su propia puerta? ¿Al final todo iba a suceder tan súbitamente? ¿O en realidad ya había sucedido? ¿Habría tenido lugar sin ninguna lenta y sutil gradación de amenaza con la que pudiera deleitarse?

De nuevo miró hacia arriba, hacia su ventana que destellaba al sol: y esta vez lo hizo casi con la convicción de que sería mejor si estuviera en la cama, en aquella habitación; porque en tal caso significaría que aún debía de ser la primera mañana, y, por tanto, quedarían seis mañanas más por venir; o bien podrían ser siete, ocho o nueve –¿cómo iba a saberlo?– o incluso más.

 

3

Después de cenar, comenzó la inquisición. De pie frente al doctor, bajo la lámpara, se sometió en silencio a los ruidos sordos y a los golpecitos rutinarios.

–Ahora, por favor, di “¡Ah!”

–¡Ah!

–Ahora, otra vez, por favor, si no te importa.

–Ah.

–Dilo lentamente y prolóngalo, si puedes…

–Ah-h-h-h-h-h…

–Bien.

Qué tonto era todo aquello. ¡Como si tuviera algo que ver con su garganta! ¡O con su corazón o sus pulmones!

Relajando la boca, cuyas comisuras le dolían después de todos esos estiramientos absurdos, evitó la mirada del doctor y volvió los ojos a la chimenea, más allá de los pies de su madre (unos zapatos grises) sobresaliendo de un sillón verde, y de los pies de su padre (unos zapatos cafés) primorosamente posadas, unas al lado de las otras, en la alfombra.

–Mmm. Desde luego, aquí no hay nada anormal…

Sentía los ojos del doctor clavándose en él, y, solo por educación, le devolvió la mirada, pero con una sensación de evasión justificable.

–Ahora, jovencito, dime… ¿te sientes bien?

–Sí, señor, muy bien.

–¿Ningún dolor de cabeza? ¿Mareos?

–No. Creo que no.

–Vamos a ver. Vamos a coger un libro, si no te importa… sí, gracias, ése servirá a las mil maravillas… y ahora, Paul, me gustaría que lo leyeras, sujetándolo como lo harías normalmente…

Paul cogió el libro y leyó:

–“Y otro elogio tengo para ésta, nuestra ciudad madre, el regalo de un gran dios, gloria de la tierra más alta; el poderío de los caballos, el poder de los potros, la potencia del mar… Porque vos, hijo de Cronos, nuestro señor Poseidón, habéis entronizado en ella este orgullo, ya que en estas calles mostrasteis por primera vez el freno que doma el furor de los corceles. Y el remo bien proporcionado, apto para las manos del hombre, adquiere una velocidad prodigiosa en el mar, siguiendo a las Nereidas de cien pies… Oh, tierra elogiada por encima de todas las tierras, ahora es el momento de que esos brillantes elogios se conviertan en hechos”.

Se calló, vacilante, y bajó el pesado libro.

–No… como había pensado… desde luego no hay ninguna evidencia de que tenga la vista cansada.

El silencio se agolpó en la habitación, y se sintió escudriñado por las tres personas que lo rodeaban…

–Podríamos examinarle los ojos… pero creo que no es eso.

–¿Y qué puede ser? –Era la voz de su padre.

–Es solo ese curioso despiste… –era la voz de su madre.

En presencia del doctor, ambos parecían avergonzados, como si pidieran disculpas por la conducta de su hijo.

–Yo creo que es algo más. Ahora, Paul… me gustaría hacerte un par de preguntas. ¿Me las responderás, verdad?… Como sabes, soy un viejo amigo tuyo, ¿verdad? ¡Eso es!…

El médico le dio dos palmadas en la espalda con su mano adiposa y luego le regaló una sonrisa fingidamente amable mientras con la uña rascaba el botón superior de su chaleco. Más allá del hombro del médico estaba el fuego, los dedos de las llamas haciendo prestidigitaciones de luz contra el fondo de la chimenea, la suave crepitación de su aleteo al azar era el único sonido.

–Me gustaría saber una cosa… ¿hay algo que te preocupa?

De nuevo el doctor sonreía, sus párpados caían sobre las pequeñas pupilas negras, en cada una de las cuales había un diminuto punto blanco de luz. ¿Por qué tenía que responderle? En modo alguno tenía que responderle. “Pese a quien pese, y duela a quien duela”… pero todo aquello era una lata, esa necesidad de resistencia, esa necesidad de concentración: era como si lo hubieran puesto en un escenario brillantemente iluminado, bajo el gran incendio circular de un reflector; como si no fuera más que una foca amaestrada, o un perro de circo, o un pez sacado de la pecera y sujetado por la cola. Se lo tendrían merecido si él se hubiera limitado a ladrar o a gruñir. ¿Y mientras tanto tenía que perder estas últimas horas tan preciosas, aquellos minutos, cada uno de los cuales era más bello que el anterior, más amenazador…? Se quedó mirando, como desde una gran distancia, los puntitos de luz en los ojos del doctor, su petrificada y falsa sonrisa, y más allá, de nuevo, los zapatos de su madre y las de su padre, y la suave danza del fuego. Incluso allí, pese a encontrarse entre aquellas presencias hostiles, y en medio de esa luz ordenada, podía ver la nieve, podía escucharla: estaba en los rincones de la sala, donde más profundas eran las sombras, debajo del sofá, detrás de la puerta entreabierta que conducía al comedor. Allí era más ameno y más suave su aletear en el aire, su susurro más silencioso, como si, por respeto al salón, hubiera decidido comportarse “educadamente”; se mantenía fuera de la vista, se eclipsaba, pero diciéndole a las claras: “¡Ah, pero espera! ¡Espera a que estemos solos! ¡Entonces empezaré a contarte algo nuevo! ¡Algo blanco! ¡Algo frío! ¡Algo dormido! ¡Algo que tiene que ver con el cesar, con la paz, y con la larga curva luminosa del espacio! Diles que se vayan. Destiérralos. Niégate a hablar. Déjalos, vete arriba, a tu habitación, apaga la luz y métete en la cama… yo te acompañaré, yo te estaré esperando, yo te contaré un cuento mucho mejor que el de la pequeña Kay de los patines, o el fantasma de la nieve… yo rodearé tu cama, cerraré las ventanas, amontonaré un ventisquero contra la puerta, para que nadie jamás vuelva a entrar. ¡Háblales!…” Parecía como si la voz sibilante llegara desde una lenta espiral blanca de copos que caían en un rincón, cerca de la ventana de enfrente… pero no estaba seguro. Entonces notó que sonreía, y le dijo al médico, pero sin mirarlo, sin dejar de mirar más allá de él:

–Oh, no, creo que no…

–Pero ¿estás seguro, hijo mío? –La voz de su padre sonó suave y fríamente… el conocido tono de sedosa amonestación…– No has de responder enseguida, Paul… recuerda que intentamos ayudarte… piénsalo, pues debes estar bien seguro, ¿vale?

Otra vez notó que sonreía ante la idea de estar muy seguro. ¡Qué chistoso! ¡Como si no estuviera seguro de que estar seguro ya no era necesario, y de que todo aquel interrogatorio era una ridícula farsa, una parodia grotesca! ¿Qué podrían saber ellos de aquello? ¿Qué podían entender esas inteligencias vulgares, esas mentes mediocres tan atadas a lo convencional, a lo ordinario? ¡Era imposible contarles nada de aquello! ¿Para qué? ¿Acaso ahora mismo, con la evidencia tan abundante, tan formidable, tan inminente, tan horrorosamente presente allí, en aquella misma habitación, podrían creérselo? ¿Podría incluso su madre creérselo? No… saltaba a la vista que si decía cualquier cosa acerca de aquello, si hacía la más mínima alusión, ellos se mostrarían incrédulos… se reirían… dirían “¡Eso es absurdo!”… pensarían de él cosas que no eran verdad…

–Pues no, no estoy preocupado… ¿por qué debería estarlo?

Entonces miró directamente a los párpados caídos del médico, miró primero un ojo y luego el otro, desplazándose desde un puntito de luz hasta el otro, y se echó a reír.

El doctor parecía desconcertado. Empujó la silla hacia atrás, apoyando las regordetas manos blancas en las rodillas. La sonrisa desapareció lentamente de su rostro.

–¡Paul! –dijo, y guardó un grave silencio–. Me temo que no estás tomando esto con la debida seriedad. Creo que quizá no te das cuenta… no te das cuenta… –respiró hondo y rápidamente volteó hacia los otros, con un gesto de impotencia, como si no tuviera palabras con que expresarse.

Pero tanto la madre como el padre permanecieron callados… ellos no podían ayudarlo.

–Seguramente sabes, supongo que serás consciente de que… de que no has sido tú mismo últimamente. ¿Acaso no sabes que…?

Era divertido presenciar el esfuerzo renovado del médico por sonreír, su extraño aspecto descompuesto, como de turbación confidencial.

–Me siento bien, señor –dijo, y de nuevo se rio un poco.

–Estamos intentando ayudarte –el tono del doctor se volvió más severo.

–Sí, señor, lo sé. Pero ¿por qué? Estoy bien. Simplemente estoy pensando, esto es todo.

Su madre se inclinó rápidamente hacia delante, apoyando una mano en el respaldo de la silla del doctor.

–¿Pensando? –dijo–. Pero, cariño… ¿en qué?

Era un desafío directo… y tendría que salir directamente al paso. Pero antes buscó otra vez en el rincón, cerca de la puerta, como para tranquilizarse. Sonrió de nuevo a lo que vio, a lo que escuchó. La pequeña espiral todavía estaba allí, todavía daba vueltas suavemente, como el fantasma de un gatito blanco persiguiendo el fantasma de una cola blanca, emitiendo susurros apenas perceptibles. ¡Estaba bien!

Bastaría con ser capaz de mantenerse firme, y todo saldría bien.

–Oh, en todo y en nada… ¡ sabes cómo se hace!

–¿Quieres decir… fantaseando?

–¡Oh, no… pensando!

–Pero… ¿pensando en qué?

–En cualquier cosa.

Se rio por tercera vez, pero esta vez, al mirar la cara de su madre, le espantó ver el efecto que su risa parecía producir en ella. Su boca se había abierto en una expresión de horror… ¡Qué mala suerte! ¡Qué desgracia! Desde luego, él sabía que causaría dolor, pero no se le había ocurrido pensar que la cosa llegaría hasta ese punto. Quizá si… quizá si les diera solo una pequeñísima pista reluciente…

–En la nieve –dijo.

–¿Qué demonios dices? –Era la voz de su padre. Los zapatos cafés se acercaron en la alfombra de la chimenea.

–Pero cariño, ¿qué quieres decir? –Era la voz de su madre.

El médico se limitaba a mirarlo fijamente.

–Simplemente en la nieve, eso es todo. Me gusta pensar en ella.

–Háblanos de ella, hijo mío.

–Pero eso es todo lo que hay. No hay nada que contar. Ustedes saben qué es la nieve.

Esto lo dijo casi enfadado, porque creía que intentaban arrinconarlo. Se volvió a un lado para no tener que seguir frente al doctor, y para ver mejor la pulgada de negrura entre el alféizar de la ventana y la cortina bajada: la fría pulgada de noche deliciosa y tentadora. Enseguida se sintió mejor, más seguro.

–Madre… ¿ya puedo irme a dormir, por favor? Me duele la cabeza.

–Pero pensaba que habías dicho…

–Acaba de empezarme a doler. ¡Es por culpa de todas estas preguntas…! ¿Puedo, madre?

–Podrás ir cuando termine el doctor.

–¿No te parece que deberíamos entrar en este asunto a fondo y ahora? –Era la voz del padre. De nuevo los zapatos cafés se acercaron un paso, la voz había adoptado el bien conocido tono de “castigo”, resonante y cruel.

–¡Oh, de qué servirá, Norman…!

De pronto, todos se callaron. Y sin mirarlos directamente, sabía que los tres lo miraban con una intensidad extraordinaria –de hito en hito– como si hubiera hecho algo monstruoso, o como si él mismo fuera una especie de monstruo. Podía escuchar el débil e irregular aleteo de las llamas; el tictac del reloj; a lo lejos, el chisporroteo de dos risas en la cocina, interrumpidas tan súbitamente como habían empezado; el murmullo del agua en la tubería; y después, el silencio que parecía volverse más profundo, extendiéndose, dilatándose como el mundo, ensanchándose como el mundo, haciéndose eterno y sin forma definida, y concentrándose inevitable y minuciosamente, con una concentración lenta y adormilada, pero enorme en todo su poder, en el principio de un nuevo sonido. Él sabía perfectamente en qué se iba a convertir ese nuevo sonido. Podría empezar con un silbido, pero terminaría con un rugido… no había tiempo que perder… tenía que escapar. Aquello no debía suceder allí…

Sin decir una palabra más dio media vuelta y subió la escalera corriendo.

 

4

Llegó por los pelos. La oscuridad ya entraba en largas olas blancas. Un prolongado silbido inundaba la noche –una inmensa furia sin fisuras, de influencia salvaje, la atravesó abruptamente–, un zumbido bajo y frío hizo temblar las ventanas. Cerró la puerta y se quitó la ropa precipitadamente en medio de la oscuridad. El suelo negro y desnudo era como una pequeña balsa sacudida por oleadas de nieve, a punto de irse a pique, ora emblanquecidamente hundida, ora saliendo a flote de nuevo, zozobrando entre espirales ondulantes de plumas. La nieve se reía: de todas partes le llegaba su voz al mismo tiempo: ciñéndolo mientras corría y saltaba a la cama triunfante.

–¡Escúchanos! –le dijo la nieve–. ¡Escucha! Hemos venido para contarte la historia de la que te hablamos. ¿Te acuerdas? Acuéstate. Cierra los ojos, ahora… ya no verás mucho… en esta blanca oscuridad, ¿quién podría o querría ver? Nosotros lo sustituiremos todo… Escucha…

Un hermoso y cambiante baile de nieve empezó en la habitación, avanzaba y retrocedía, se aplastaba hasta llegar al suelo, alzándose luego como un surtidor hasta el techo, se balanceaba, se restablecía formando un nuevo remolino de copos que entraba derramándose y riéndose por la ventana, que zumbaba, avanzaba de nuevo, levantando unos largos brazos blancos. Decía paz, decía lejanía, decía frío… decía…

Pero entonces una cuchillada de luz horrorosa atravesó brutalmente la habitación desde la puerta que se abrió –la nieve retrocedió silbando–; algo ajeno había entrado en la habitación: algo hostil. Esa cosa corrió hacia él, se aferró a él, lo sacudió; no solamente estaba horrorizado, estaba lleno de un odio que jamás había experimentado. ¿Qué era aquello? ¿Qué era esa cruel interrupción? ¿Ese acto de ira y de odio? Era como si tuviera que extenderse la mano hacia otro mundo para poder comprenderlo: un esfuerzo del que a duras penas era capaz. Pero de aquel otro mundo todavía recordaba lo bastante para conocer los conjuros del exorcismo. Esas palabras se desgarraron de su otra vida repentinamente…

–¡Madre! ¡Madre! ¡Lárgate! ¡Te odio!

Y con ese esfuerzo, todo se resolvió, todo volvió a estar bien: el silbido sin fisuras avanzó de nuevo, las largas y oscilantes ráfagas blancas se alzaron y cayeron como enormes olas musitantes, el susurro devino más fuerte, las risas se multiplicaron.

–¡Escucha! –oyó que le decían–. Te vamos a contar la última historia, la más bella y secreta… cierra los ojos… es un cuento muy breve… un cuento que cada vez se hace más corto… que avanza hacia dentro en vez de abrirse como una flor… es una flor que se convierte en una semilla… una pequeña semilla fría… ¿escuchas?

Nos acercaremos más a ti…

El susurro era ahora un rugido, el mundo entero era un vasto telón móvil de nieve; pero incluso ahora decía paz, decía lejanía, decía frío, decía dormir.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

Cinco marineros y un ataúd verde

Francisco Coloane

 

Un día de principios de invierno arribó a Punta Arenas un barco tan deslastrado que llevaba más de media paleta de la hélice fuera del agua; el casco plomizo, algo descascarado por la intemperie o por las faenas de pintura en alta mar, estaba surcado de grandes manchas de azarcón rojo que semejaban heridas cuya sangre aún no se lograba restañar.

En sus prolongadas singladuras, generalmente estos vagabundos pasan de largo por el Estrecho de Magallanes, y si se detienen en el puerto lo hacen solo para arreglar algún desperfecto de sus máquinas o alguna avería vital.

Este pidió ser recibido por la capitanía de puerto; pero junto con el gallardete de la solicitud izó en el mástil de trinquete una bandera de grandes paños negros y amarillos que quería decir “muerto a bordo”.

Efectivamente, después de que la lancha de la autoridad marítima se hubo desprendido de su costado, una chalupa fue arriada de los pescantes del barco, y, tripulada por cuatro remeros y un patrón, se dirigió a toda boga hacia el muelle del puerto.

La embarcación atracó cerca del malecón, que a esa hora de la baja marea se encontraba bastante alejado del nivel del mar.

Dos de sus tripulantes treparon ágilmente por los pilotes hasta la plataforma, y los de abajo les lanzaron dos chicotes de soga que empezaron a recoger cuidadosamente, surgiendo desde el interior de la chalupa, como si lo fueran sacando desde el fondo del mar, un extraño cajón pintado de verde, que, aunque toscamente confeccionado, tenía la característica forma de una caja de muerto.

Fue depositado cuidadosamente en el borde el muelle, y, luego de dejar asegurada la chalupa, subieron los otros tres marineros, le quitaron las amarras y levantándolo en vilo colocáronlo sobre los hombros de cuatro de ellos, y con el quinto por todo cortejo echáronse a andar en busca de la salida del puerto. Las calles estaban nevadas y los marineros tuvieron que marchar con cuidado, pisando inseguros, lo que les daba un cierto vaivén a sus hombros y al ataúd, cuyo verde color hacía recordar un trozo de mar llevado en hombros de esos marineros.

A la salida del muelle preguntaron a un guarda por el camino del cementerio, y hacia allá dirigieron sus acompasados pasos. Era alrededor del mediodía y en las calles solitarias y blancas solo encontraron uno que otro transeúnte que se dirigía apresuradamente a su almuerzo, pero no tanto como para no descubrirse con respeto ante el encuentro de la muerte y después de dar vueltas repetidas veces la cabeza, pararse a mirar el extraño funeral de los cuatro marineros con su ataúd verde sobre los hombros.

Al doblar una esquina se toparon con un individuo bajo, recio, que descubrió su recia cabezota, de nariz chata, y que con insólita actitud se puso a caminar junto al féretro, con la vista agachada y un notorio compungimiento en el rostro, como si se tratara de un deudo. Era Mike, el hijo idiota del pastelero, que tenía la funeraria costumbre de acompañar todo entierro que encontrara en su camino, con el más patético de los dolores… pero algo raro debió haber hallado en este funeral, cuando a poco de andar se puso de nuevo la gorra y abandonó el cortejo, reanudando su vagar de loco suelto.

Al llegar a las afueras, una ventisca cargada de nieve empezó a azotar a los conductores del ataúd, que tuvieron que defender sus rostros cambiando de hombros más a menudo para guarecerse en el costado del cajón menos azotado por el vendaval. Siempre iba uno atrás, descansando, en renovada escolta.

En uno de estos cambios le correspondió dejar el ataúd a un tripulante algo viejo, entrecano, que se detuvo a descansar plenamente, mientras se pasaba el pañuelo por el rostro mojado tanto por la ventisca como por el sudor que perlaba su frente. Era Foster, el más amigo de Martín, el lamparero de a bordo, que ahora iban a enterrar; compartían la misma cabina en el Gastelu y quién sabe por qué razón transpiraba tanto… a lo mejor el ataúd pesaba más para sus hombros que para los de los otros compañeros del lamparero muerto…

Mas, de pronto, sus ojos tropezaron con un letrero que se destacaba sobre el dintel de una casa y que decía en letras azules y rojas “Bar Hamburgo”. Echó un vistazo temeroso a sus compañeros que se alejaban sin darse cuenta de su detención, capeándole a la ventisca con presurosos pasos, y volviendo a mirar el letrero entró rápidamente en el bar.

En el mostrador pidió al cantinero una ginebra doble que se zampó de un trago, pasándose luego el dorso de la mano por los labios, que rechuparon el bigote con fruición. Y se sintió más alivianado, no porque el ataúd hubiera pesado más para él que para los otros hombres, sino porque se trataba de Martín el lamparero, su compañero de cabina, cuyos ojos, al darse vuelta con la última mirada de la vida, habían volcado en los suyos, en su alma apeñascada por la codicia, un peso que en vano había tratado de aliviar.

Él mismo fue el que propuso sepultarlo en tierra y no en el mar, temeroso de una vieja superstición marinera que dice que los sepultados en el mar vuelven siempre a sus casas a visitar a menudo los lugares en donde vivieron, vengándose muchas veces de los que les hicieron daño. Y tratándose de un crimen o de algo parecido, la leyenda exaltaba la venganza de tal manera que el alma de la víctima llegaba a incorporarse en la del victimario, hasta enfermarlo y hacerlo perecer… ¡supersticiones, patrañas, pero tan ciertas a veces como las “luces de San Telmo” que se encienden en las colas y en las crucetas de los mástiles poco antes de que un barco vaya a naufragar en medio de una tempestad!

Aun cuando no había pasado el cabo Froward, último peñón continental de la América meridional, él, Foster, se había apresurado a fabricar a serrucho y martillo la tosca caja de pino que hubo de pintar con pintura verde, porque otra pintura no había a bordo, fuera de la negra brea, imposible de utilizar por el largo tiempo que demora en secarse. Se había apresurado, e insistió ante el piloto para que no se lanzara al mar el cuerpo de Martín, y en cambio descansara en paz bajo la tierra, y tal vez lo dejara descansar a él también; porque mientras estuviera sobre la superficie o vagando por las profundidades del mar, el peso aquel que volcara sobre su ánimo la última mirada del lamparero no lo alivianaría ni con todos los vasos de ginebra que pudiera beberse en su vida.

No pudo continuar en sus reflexiones; de súbito hicieron bulliciosa irrupción en el “Bar Hamburgo” sus cuatro compañeros, que al darse cuenta de que él ya no los seguía, se detuvieron a esperarlo un rato; mas uno de ellos, como marinero sediento, también había visto de soslayo el letrero rojo y azul que decía en la pared de la casa “Bar Hamburgo”, y no les cupo duda alguna de que el ausente se había metido de cabeza allí mezquinamente unos tragos. Acomodaron el ataúd en una depresión del terreno semiurbano, entre la acera y la calzada, para que fuera menos notorio su respetuoso abandono, y se dirigieron los cuatro en pos del bellaco que se había pasado a beber solo.

No sin sorpresa los recibió Foster; pero haciendo de tripas corazón pidió inmediatamente una corrida para todos y, cosa rara por su fama de tacaño, pidió otra y se adelantó a pagarlas.

–¿Heredaste de Martín, que estás tan generoso? –le dijo, riendo, un pelirrojo de cara acuchillada.

–¡Viejo pillastre, te pillamos!… ¡Apuesto que te estás tomando la plata que Martín tenía en el escondrijo que solo tú y él conocían!

Foster se pasó nuevamente el pañuelo por la frente y trató de sonreír, mientras se llevaba la copa a los labios, invitando a los demás con el gesto.

–¿Y te la ibas a chupar solito, no, viejo? –dijo otro.

–¡No sean así, siempre he tomado solo, pero con mi plata!

–¡Entonces ponga una botella entera de ginebra! –exclamó el pelirrojo–. ¡El viejo Foster paga!

El mesonero descorchó una botella de barro y la puso sobre el mostrador… los marineros se acercaron y leyeron en la etiqueta: “Su color ámbar pálido comprueba la vejez”, y empezaron a escanciarla.

Afuera la ventisca se fue convirtiendo en tupida nevada, y solo las muertas alas de la nieve se acercaron a acompañar a Martín, como una ofrenda de la inmensidad sobre su abandonado féretro.

 

Si da el verde con el verde
y el colorado con su igual,
entonces nada se pierde,
siga el rumbo cada cual.

 

Todos coreaban el estribillo con que el lamparero Martín recordaba la posición de las luces cuando los barcos se encuentran en plena navegación en la noche; estribillo que todo lamparero o timonel repetía a menudo para no equivocarse en el rumbo que debía tomar en tales circunstancias.

Las luces también se habían encendido en el interior del bar, porque la noche ya había caído afuera, sin que los marineros se diesen cuenta de su llegada. Gente de mar, pescadores, bebían con bullicio, y el fuerte humo de sus cachimbas y toscanos llenaba el ambiente del bar con una pesada atmósfera. De vez en cuando alguien ponía una moneda de níquel en la ranura de una caja de música apernada en la pared, y saltaban al aire los acordes de alguna vieja marcha, polca o vals, con gran estridencia de bombos y platillos.

Uno de los marineros miró por la ventana hacia la noche y se detuvo un rato contemplando melancólico cómo jugueteaban en los vidrios los copos de nieve, semejando una bandada de mariposas que pugnaban por atravesar el cristal hacia la luz, escurriéndose luego en grandes lágrimas que rasguñaban el vidrio empavonado de la evaporación. La música, el bailoteo de los alados pies de la nieve en los vidrios a su destemplado ritmo… quizás qué, trajeron a la mente del marinero una obsesión, y se levantó para conversar al oído con uno de los mesoneros del bar. Después se quedó un rato pensativo, acodado junto al mostrador y mirando hacia sus cuatro compañeros; el viejo Foster dormitaba y los otros tres bebían pausadamente, anegados ya por el alcohol. Lanzó un solapado silbido que solo fue percibido por el pelirrojo de cara acuchillada, que se acercó al instante al mesón.

–¡Vamos a divertirnos por ahí? –propuso.

¡All right! –contestó el pelirrojo, haciendo restallar la lengua; pero, dudando de pronto, agregó–: ¿Y Martín?

–¡Que lo entierren ellos… si pueden! –replicó haciendo un gesto despectivo hacia los que continuaban en la mesa.

Salieron sigilosamente y la noche se los tragó. Solo después de un largo rato los de adentro se percataron de la ausencia; pero la borrachera había sido tan súbita, que poca cuenta se daban de la hora y de las circunstancias en que se hallaban.

–Vamos… a enterrar a Martín –balbuceó uno de ellos.

–¡Cuando los otros vuelvan! –profirió el otro.

Foster continuaba dormitando pesadamente y despertaba de tarde en tarde solo para estirar la mano y llevarse, vacilante, la copa a los labios marchitos, que revivían por algunos momentos al ardiente contacto del alcohol.

–¡Pobre Martín! –gimoteó el uno.

–¡Pobre! –repitió en letanía el otro.

–¿Te acuerdas cuando nos dio de tomar a todos en Tocopilla?

–¡Sí, me acuerdo; a todos nos costeó el trago con sus gracias!

–Tocaba mejor que esta endiablada música, con su armónica…

Por unos momentos pasó por la mente de los borrachos la imagen inolvidable del lamparero del Gastelu, el mejor camarada de a bordo: la visión de cuando los alegraba con su armónica de boca, o de aquellas ocasiones en que, sin un centavo en el bolsillo, en un bar de un puerto cualquiera, salía a bailar con alguno de sus compañeros, tocando la armónica y acompañándose con una verdadera batería de cucharas antepuestas entre los dedos, que tamborileaban al compás del baile por la cabeza, la frente y el lomo, en una grotesca y extraña danza. Después del baile con que hacía reír a los parroquianos, Martín saludaba y al rato era el convidado de todas las mesas; pero en ellas no podía beber sin sus estimados compañeros…

–¿Te acuerdas del naufragio del María Cristina?

–Cuando se sacó el chaleco salvavidas y se lo pasó a Foster…

–Para que se salvara, porque era más viejo que él…

–Y él casi la entregó, braceando desde mar afuera sin salvavidas…

–Y ahora el viejo bribón duerme y ni siquiera entierra al que le salvó la vida…

–Nosotros tampoco…

–Ni esos traidores que se fueron y que todavía no vuelven…

–Ni nadie… hip… hip… este mundo es muy perro… apenas uno se da vuelta y ya nadie se acuerda… –gimoteó el más borracho, llenándosele el rostro de gruesos lagrimones, y agregó entre hipidos y llantos–: ¡Pobre Martín! “Si da el verde con el verde y el colorado con su igual, entonces nada se pierde, siga el rumbo cada cual…”

La sirena de un barco comenzó a horadar angustiosa e intermitentemente la alta noche; se dejó oír en el interior del bar, traspasando el bullicio y la música. Era un aullido que tenía algo de voz humana que viniera de la inmensidad; una voz ululante, enternecedora. Era el pito del Gastelu, que clamaba por sus cinco tripulantes desembarcados en misión de piedad…

–¡A ver… marineros… hace media hora que un barco está llamando a su gente!… –exclamó el patrón del bar, sacudiendo a los dos que quedaban dormitando sobre la mesa en que por la tarde se habían sentado los cinco.

Le costó trabajo despertarlos. Por suerte lo consiguió en los mismos instantes en que la sirena del barco reiniciaba sus angustiosos y prolongados lamentos, llamando de nuevo a sus tripulantes para zarpar antes de que la marea se le pusiera a la salida del estrecho.

Restregándose los ojos aún, los dos marineros reconocieron en los intermitentes pitazos la voz del Gastelu.

–¡Es él, nuestro barco!

–¡Está llamando apurado! –profirió el otro.

–¿Y nuestros compañeros? –preguntó uno de ellos, algo despejado por la dormida.

–¡Se fueron… hace algunas horas… en busca de otra diversión! –replicó el patrón.

–¿Y Foster también?

–¿Quién es Foster?

–¡Los otros dos se irían a ver mujeres; pero Foster, el viejo, debiera estar con nosotros!

–¡Ah!… El viejo, sí; vi que se quedó con ustedes, pero hace rato que ha desaparecido… ¡a lo mejor, cuanto más viejo, más mujeriego!

En ese instante la bocina del Gastelu empezó de nuevo a clamar con sus pitazos intermitentes por sus hombres tragados por la ciudad, y los dos últimos parroquianos del “Bar Hamburgo” partieron, poniéndose las gorras apresuradamente.

Afuera se toparon con la negra noche; pero los helados tentáculos que salían de las negruras les abanicaron el rostro y les despejaron algo la borrachera.

–¿Y Martín? –dijo uno, acordándose súbitamente del ataúd que habían abandonado en la solera.

–¡No lo enterramos!… y pongámonos de acuerdo con los demás en la chalupa.

–¡Alguien lo sepultará mañana cuando lo encuentren! –replicó el otro, y se perdieron como dos sombras más densas que la noche misma, camino del muelle.

Pero al día siguiente nadie encontró ataúd alguno en el puerto, porque la nieve había caído durante toda la noche, formando una capa de cerca de un metro de espesor y cubriendo con su altura todas las cosas, y continuaba nevando, pausada, pero tan copiosamente que nadie iba a andar buscando ataúdes en las soleras de las calles aquel día. Ni en ese ni en los otros que fueron solidificando la gruesa costra de hielo…

Era como si el lamparero Martín hubiese regresado de nuevo al mar, después de muerto, como las almas de aquellos náufragos que siguen la estela de los que fueron sus barcos o el rastro de los que los atormentaron en vida o en la hora de la muerte.

Como a la media mañana de aquel día. don Erico, el dueño del “Bar Hamburgo”, empezó a asear su establecimiento, y cuál no sería su asombro al encontrar detrás de unos barriles, en una pieza contigua a los servicios higiénicos, que servía de bodega, a un marinero viejo, entrecano, que aún dormía la mona.

–¿Y usted? –le dijo, despertándolo con la punta del pie.

–¿Yo?… Soy del Gastelu… –contestó Foster, balbuceando, mientras se ponía de pie restregándose los ojos y aún no dándose bien cuenta del lugar en donde se encontraba.

–¿Del barco que llamó toda la noche a su gente?

–¡Sí!… ¿Se fueron… mis compañeros… y me dejaron? –agregó balbuceante.

–¡Ahora que me acuerdo, preguntaron por un tal Foster! ¿Es usted Foster?

–¡Sí, yo soy Foster!

–¡Y yo que les dije que se había ido con los otros… detrás de las mujeres! –dijo don Erico con una indiferente y bestial carcajada.

–¿Y el barco?

–¡Ya estará lejos! ¡Por un marinero ningún barco espera!

–¡Deme, por favor, una ginebra! –musitó Foster, tentándose los bolsillos en busca de dinero.

Pasaron al bar, donde don Erico le sirvió un vaso grande de ginebra.

–¡Yo también fui marinero! –le dijo–. Por muchos años navegué en la Hapag ¡y más de una vez me dejó el barco y volví a encontrar embarque en otro!

Con la ginebra, a Foster dejaron de castañetearle los dientes, tan aterido estaba por el frío de la noche pasada; y después de afirmarse con otra copa se dirigió hacia el puerto.

–¡No salga, que está nevando fuerte! –le advirtió don Erico.

–¡No importa, puede que esté el barco todavía! –respondió.

–¡Ya habría tocado la bocina de nuevo! –replicó el dueño.

Sin embargo, Foster bajó hasta el muelle para escrutar la bahía envuelta en la bruma de la nevada, y para encontrar solo pontones atados a sus grilletes, barcos de cabotaje y uno que otro lanero tardío de alto bordo. El Gastelu no estaba por ninguna parte; a esas horas. Seguramente, ya estaría saliendo por la boca oriental del estrecho, rumbo al África, y luego a Europa, al Mediterráneo, a través de sus largas singladuras. Por todo lo que había oído, ese era su último viaje; estaba demasiado viejo y le habían prohibido navegar. Seguramente algún armador los iba a adquirir para desguazarlo y aprovechar algo de él… su apeñascado corazón se hendió como una puñalada… si no volvía a encontrarse con el Gastelu en ningún otro puerto del mundo, o lo desguazaban como era lo más probable, ¿a dónde iba a ir a parar el dinero que Martín había escondido en lo alto del palo trinquete, debajo de un farol, junto a la cofa? ¿Quién iba a ser el afortunado dueño de ese pequeño tesoro por el cual él había cometido el acto más vil de su vida? ¿Al no pasarle el vaso de agua con el remedio a su compañero, en los instantes de su agonía?

Fue poco a poco después de haber cruzado el Paso del Abismo, en los canales, cuando Martín se sintió mal y lo llamó para revelarle el lugar en donde había escondido sus ahorros de los años de navegación en el carguero Gastelu; dinero con el cual pensaba retirarse a la aldea de donde era oriundo, en el interior de Pontevedra, en la que aún vivía su vieja madre, para quien serían ahora esos ahorros. En la Capitanía de Vigo la conocían ya por las mesadas que solía enviarle; allí podría Foster dejarle los ahorros; pero si disponía de algún tiempo, era preferible que fuera a entregárselos personalmente a la aldea. ¡Era su único y último deseo!

Desde ese instante empezó a surgir dentro de él una lenta pero inexorable sombra. “¿Qué será? –se dijo–. ¿Podré yo ser así, tan malo?” Había cuidado solícitamente a Martín en su enfermedad; pero después de la revelación, algo dudoso empezó a entorpecer todos sus actos con el enfermo. Lo rehuía y hasta surgió, pleno, el deseo de que muriera cuanto antes para que dejara de “embromar” tanto… ¿Por qué quería que falleciera luego? ¿Por el dinero de la cofa? ¡No! ¡Él no podía ser tan malvado para quedarse con eso, que el otro había ahorrado para sí y para la pobre vieja!

En fin… ya vería lo que iba a suceder con ese dinero… algo llevaría a las manos de la vieja… porque era bastante y alcanzaba para los dos.

¡Se estremeció al descubrirse, por segunda vez, ese pensamiento maligno! ¿Tan malo era? Y bien, si él era así en realidad, tan malo, y solo ahora se descubría ante esa circunstancia, ante esa prueba del Destino, ¿por qué no quedarse con toda la plata y retirarse de una vez de esos barcos viejos, de dudosas rutas y más dudosos cargamentos, a donde iba a parar la escoria de los puertos? ¡El dinero lo era todo en la vida y allí estaba su oportunidad!

¡Y eso fue lo que lo hizo vacilar tanto, en la agonía de Martín, al querer pasar el vaso de agua con el remedio que tan desesperadamente le pidió! ¡Ese vaso de agua que le podía significar un poco más de vida! Quién sabe si la vida entera… porque ¿quién conocía los designios de Dios?

Sin embargo, se demoró en pasarle el vaso de agua con el remedio, como si un grillete invisible lo hubiera detenido, amarrándolo a los pies.

Hasta que el propio Martín se dio cuenta de las intenciones de su amigo, y entonces fue cuando el lamparero volvió esa extraña mirada sobre su malvado compañero. Fue la última, la del instante de la muerte; pero su fulgor inundó la cabina, se impregnó en las paredes y no lo dejó ya, ni siquiera dormir.

Con ese fulgor de espanto u odio, esa mirada había pasado a la eternidad, había quedado en la atmósfera como un hálito más de dolor ante la humana maldad. Aire enrarecido que le empezó a circundar por todas partes desde el día de la muerte de Martín; ya fuera dando vueltas las cabillas del timón o rascando la pintura en la intemperie; allí estaba siempre impregnándolo de un raro desasosiego.

Y en esa hora cruel del abandono, cuando atestiguaba definitivamente la partida del Gastelu con su pequeño tesoro escondido en el mástil hacia otros mares, la atmósfera se había enrarecido aún más, a pesar de la nevada, cuyos pétalos blancos venían, innúmeros, a palparlo, como si alguien desde la lejanía tratara de reconocer al hombre… sorprendido de que pudiera de pronto trocarse en otro hombre, en tal forma y tanto…

Foster vagó por el puerto como un fantasma que busca otro fantasma… Y poco a poco se fue dando cuenta con horror de que la superstición marinera se estaba cumpliendo en él y que él mismo era el que llevaba a ese otro fantasma adentro.

La pérdida, el abandono, la falta de dinero, aumentaron los remordimientos e hicieron mella en sus años. Anonadado, guardó el secreto y a nadie preguntó ni comunicó el extraño caso del ataúd que tan afanosamente buscaba… las circunstancias se habían concitado también para que ignorara completamente el lugar en donde sus compañeros lo habían dejado. Y después, la borrachera… bueno, la borrachera había sido la culpa de todo lo demás.

¿Dónde estaba el cadáver de Martín? ¿Se había resbalado misteriosamente por las pendientes nevadas, regresando de nuevo al mar, para no dejarlo vivir en paz? ¿Se había incorporado ya su alma a la suya partiéndola en dos y atormentándole, mientras su cuerpo permaneciera a flor de tierra o deambulara por las profundidades marinas?

Indagó sigilosamente por el cementerio; pero nadie le dio indicio alguno. Don Erico, el dueño del bar, tampoco sabía nada. Todo el mundo ignoraba el misterioso suceso.

La vida se le hizo angustiosa, insoportable. Vagó como un mendigo de puerta en puerta, encendiéndoles el fuego en las mañanas a las cantinas y a los bares por un pedazo de pan o una copa de aguardiente. Después, ya ni siquiera pudo seguir realizando estos minúsculos trabajos domésticos y le faltó el alcohol que lo sostenía.

Una madrugada lo encontraron helado dentro de una pequeña cueva que la erosión había hecho en los acantilados que quedan en las afueras del puerto, por el lado del oriente. Tenía la característica mueca de los escarchados, y sus ojos abiertos, fijos, miraban intensamente hacia el este, hacia la desembocadura del estrecho, en cuyo horizonte se pierden los mástiles de esos viejos vagabundos de los mares, que pasan de largo por el puerto o recalan solo porque tienen que reparar alguna avería o dejar algún enfermo.

Sobrevino lo que llaman el “veranito de San Juan” y el macilento sol austral aumentó por algunos días sus calorías, deshelando la gruesa capa de nieve que se había formado con las tormentas pasadas. En una calle de las afueras, camino del cementerio, apareció un buen día un extraño cajón de muerto, pintado de verde y con su cadáver helado adentro. El hallazgo conmovió a las autoridades; la policía realizó investigaciones, autopsias; pero nadie pudo saber a ciencia cierta nada.

Sólo Mike, el hijo medio loco del pastelero, cuando se encontró con el ataúd que sacaban de la morgue para conducirlo al cementerio y se puso gorra en mano a su lado para acompañarlo, trató de decir algo, mostró los cinco dedos, bamboleó como un marinero, indicó el ataúd insistentemente; pero nadie comprendió que con su mímica quería decir:

“Cinco marineros y un ataúd verde”.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)