Gilma Luque
Quien
ama a dios no puede esperar
que dios le corresponda
Baruch
Spinoza
El
cuerpo pende de las vigas proyectando una sombra que ella intenta atrapar. La madre
siempre está haciendo espectáculos. Esa mañana, después de perseguir la sombra,
vencida, se deja caer justo debajo del cuerpo de Darío y lo mira con la desesperación
de quien sabe que el tiempo no tiene retorno. El hombre juega a ser la aguja de
un péndulo, rodeado de abejas, eso piensa el niño de las moscas que en círculos
revolotean alrededor del cuerpo de su padre.
Entra
al autobús en los brazos de su madre. La oscuridad del lugar sólo
le
permite ver siluetas, para él todos los pasajeros son el ropavejero. Tiene cuatro años y una
lista
infinita de terrores. Abraza a su madre con fuerza. Ella lo separa. Me lastimas, Cosmos, duerme. No puede dormir porque su madre ha llorado, porque
el camino pasa oscuro y rayado por ventana, porque se escuchan
murmullos, voces de personas o animales, eso piensa el niño. Tiene frío. Abraza
a su madre, ella se deja mirando la oscuridad. El camión huele a fruta agria.
Un señor tose sin descanso, el sonido hace eco, choca contra las ventanas como si
fuera un ejército de palomillas. Cosmos no quiere bajar los pies, cree que hay serpientes
bajo el asiento. Esa idea crece en su cabeza, y entonces ellas andan por todo el
piso, se arrastran. Su madre llora en silencio porque un hombre de pelo largo y
cano le gritó que había sido culpa suya. Después la calle fría como una continuación
de los insectos y la noche.
Cosmos necesita orinar, ha pasado mucho
tiempo, tanto que el paisaje tiene un poco de rosa también rayoneado que
aparece y desaparece entre las muchas curvas del camino. Morir es algo en lo
que no debería pensar un niño, pero él se lo imagina a menudo, esta vez que el camión
se voltea, se ve a sí mismo muerto, él es un muerto que lo mira todo desde una
nube por siempre, esas dos palabras le dan más miedo que el viejo del costal,
las serpientes y las abejas que custodian a su padre, “por siempre” le aterra
porque no lo puede comprender. Cree que se aburriría de la nube y de lo que pasa
en la tierra. Se lo dijo a su madre cuando murió Ballena, su pez. Él está en el cielo. ¿Sin
agua? Eso ya no importa, ¿o sí? Desde ahí te mirará “por siempre”.
¿Toda
la vida, siempre siempre siempre? Sí. ¿Sin agua? Sí. Siempre se le hace algo cansado y no comprende cómo es que el niño Jesús lo logra. Necesita ir al baño. No se atreve
a arrastrarse por el piso
a causa
de las
serpientes. Su madre se ha quedado dormida y por más que él la llama ella no despierta. Cosmos se orina en los pantalones, siente
un
calor que lo reconforta, pues el aire acondicionado
del autobús le congela el
cuerpo,
pero el calor de la orina pronto se convierte en hielo también. El color pálido en la distancia se parece cada vez más al sol. Teme ver el cuerpo que pende cuando el sol aparece. Cosmos no quiere que su madre despierte hasta que su ropa esté seca, pero ese sol está ahí entre las montañas que lo llenan
todo,
entre las nubes, iluminando cada árbol. Cosmos cierra los ojos, pero el sol traspasa sus párpados, lo invade. Han llegado
a Huatusco.
La casa de los abuelos tiene un pórtico lleno de plantas
e insectos que revolotean y se enredan
entre las hojas y sus ramas.
El
niño mete su cabeza entre la larga cabellera de su
madre,
es una
cueva,
un refugio contra el terror a los seres alados. Los rizos de su madre esa misma noche desaparecerán. Talía no ha dejado de llorar y Cosmos no quiere separarse de ella a pesar de que el abuelo le ha dicho déjala en paz, ya está mejor. Ven vamos a dar de
comer a los pájaros. La abuela mira todo desde la cocina.
Cosmos se acostumbra pronto a los ojos negros de su abuela, a ese poder que
tiene de mirar a través de los muros, de mirar desde donde sea que se
encuentre. Eso cree él.
Cosmos está cansado de contar hormigas. El
abuelo no le permite matarlas, las sacará del baño, se lo promete, pero le pide
que las cuente para que no se les vaya a escapar ninguna. Después del pórtico
su madre caminó hacia el baño y no ha querido salir de ahí, tiene la cara roja.
Una, dos, tres, cuatro… le parece que es mejor hacer grupos, pero
se
confunde, están ahí todas, rojas, de un lado para otro. Cosmos mata algunas y las esconde para no tener que contarlas, no puede
con tantas, no se sabe tantos números. El sueño lo invade, llega de pronto. ¿Los sueños tienen alas? Su madre lo ignora,
saca unas tijeras de un cajón donde había hilos, agujas y botones de todos
tamaños y colores, una canica que Cosmos observa maravillado, un cajón en el que
también hay hormigas. Talía se tasajea los rulos desde la raíz. Cosmos los mira caer uno a uno haciendo círculos, le parecería hermoso verlos volar si no fuera
porque
su madre
grita como si el cabello
le doliera. El niño no se atreve a decir nada. Recoge todos los rizos
que puede, los huele. La abuela llega con una escoba y barre el resto. Todo pasará,
se dirige a su hija que está junto a Cosmos, sobre las hormigas. Una que otra escapa
de entre sus piernas: una, dos, tres, cuatro… cuenta el niño. El abuelo no regresa
como se lo prometió.
La noche es larga, las serpientes del autobús
los siguieron hasta la casa de los abuelos, ahora están bajo la cama que
comparte con su madre quien duerme sin cabello, duerme profundamente después del
té que le preparó la abuela. Las estrellas ocupan todo el cielo. Él no puede dormir porque se siente
lejos. Porque no tiene frío, porque el olor de su madre
le
inunda el rostro.
Los
gallos despiertan a Cosmos, su madre no está en la cama y una angustia inmensa se
apodera de él, ¿y si ya no la vuelve a ver jamás? ¿Y si murió mientras dormía? Se
avienta de la cama, por el día no hay serpientes, sólo hormigas, se arrastra
hasta la ventana y la abre, el viento es húmedo, las nubes no sólo están en el cielo
sino en todas partes. La neblina de Huatusco lo embelesa. Piensa que será más complicado
encontrar a su madre entre tanta nube. Arrastrándose por el piso frío, en calzones,
va hasta la cocina, cruza el patio, se raspa con la tierra, llora lo que él supone
una pérdida terrible.
La abuela cocina, nunca duerme. Sobre la mesa
hay fruta y leche, también pan. Ahí está su madre tusada y seria.
–Te vas a enfermar, criatura –dice la
abuela cuando lo ve en el piso con la cara sucia de tierra y lágrimas. Lo cubre con un mantel y lo levanta hasta una
silla. Le acerca un vaso de leche. Cosmos mira a su madre que sigue mirando la oscuridad
aunque el sol inunde la cocina, ilumine el pan que el niño devora, ilumine el cuerpo
de su padre, que él imagina en movimiento perpetuo. Escucha las abejas, al
menos diez rondan los bizcochos. Cosmos preferiría que no estuvieran ahí,
comienza a sudar a pesar del frío del amanecer, el mantel de la abuela le pesa.
No
puede
correr,
nunca
lo ha hecho, además
no
quiere
que su madre sepa que él
tiene
miedo, ya
le
ha dicho que
las
abejas sólo hacen su
trabajo,
que
no
quiere un
hijo
cobarde. Su padre está ahí creando
intermitencias. Los mira. Talía no puede
verlo.
La abuela
sin dejar de hacer cosas
con el fuego dice:
–Todo
estará bien. Tu cabello
tardará en crecer, pero lo hará.
Darío acaricia la
cabeza de Talía como si ella fuera una niña pequeña, más pequeña que Cosmos, al cual ignora. Las abejas
no dejan
de hacer ese ruido y el
corazón
del niño golpea como martillo. La abuela
lo nota y le dice que necesita abrigarse, que un
mantel de verano no es suficiente; espanta a las abejas que tras un solo manotazo vuelan a otro
sitio,
al menos hasta que ellos cruzan la puerta que da al patio, que da al frío. Cosmos quiere quedarse con su madre, pero le aterra Darío y sus manos
largas.
–Juega, criatura, que en
un rato
viene tu madre por ti.
Cosmos mira desde
la ventana del cuarto al abuelo caminar lentamente con sus manos entrelazadas en la espalda, el abuelo mira al piso y de vez en cuando
recoge
algo que guarda en los bolsillos de su chaqueta gris. Camina, saca lo que ha guardado
y lo contempla por largo rato. Eso debe
ser parte de un tesoro, para Cosmos. Las abejas han quedado atrás pero el martilleo
continúa, ahora en su panza, vomita la leche y el pan, las hormigas prestas invaden
lo
que hay en el piso. Ése es el juego, mirar a las hormigas volver rojo los restos
de comida. El abuelo le pregunta a Cosmos su edad, no le da la mano, el niño va
con su paso lento tras él. Trae las férulas
que incrementan el dolor de sus
pies,
prefiere no hablar, se concentra
en
sus pasos, y las huellas que deja en la tierra no son
como las
del abuelo, las de él se
alargan,
parecen una sola pisada. El abuelo le dice
que
va a llover, que si
sabe cómo se hace la lluvia. Cosmos niega con la cabeza y sigue mirando al piso. Las hormigas se han quedado atrás, todas viven en casa de los abuelos, las más grandes en el pasillo que lleva a los cuartos del fondo, un pasillo oscuro aun de día. Le han dado una linterna para que ilumine el piso cuando tenga que pasar por ahí, la linterna
hace
que las
hormigas aparezcan.
–Si continúas mirando el piso nunca vas a
entender la lluvia.
Cosmos no despega los ojos de sus pasos, por ahora prefiere pensar en las hormigas que en la lluvia.
–Tendrías que ver las nubes. No falta mucho para que se caigan.
Cosmos cosmos cosmos su nombre significa universo, eso dice su abuelo y él
lo sabe todo. Le dice también
que
las estrellas
que
ve ya no existen. ¿Cómo no van a
existir si yo las veo? No, lo que ves es el resplandor que dejaron hace millones de años.
¿Y
yo existo
o
soy como
las
estrellas? Tú eres real. El niño
las
mira. El sol
es una
estrella, se ve pequeño porque está muy lejos. El sol se va a morir, le dice su abuelo. Cosmos piensa en el frío, todo se va a
llenar de nieve y siempre
siempre va a ser de noche. Los gallos
van a desaparecer, y los animales van a estar dormidos sin descanso, lo mismo
Pato,
la gallina blanca y sucia de su abuelo, esa gallina
parece un perro que lo sigue
a todos
lados, es vieja, se llama Pato porque parpa. La luna no es
una
estrella, continúa el anciano, no es de fuego, es una roca.
Cosmos no puede dormir esa noche, su madre duerme como
cada noche, plácidamente gracias al té que le ha hecho la abuela. Cosmos preferiría
dormir con ella pero su abuela lo abraza y le cuenta historias. Jesús vive en el
cielo, se esconde detrás de las nubes, dice la abuela con un hilo de voz. ¿Y cuando
no hay nubes en dónde está Jesús? Está en todos lados, en todos. ¿Eso es posible,
abuela? Claro que sí. ¿Y en dónde duerme? No duerme jamás. ¿Y qué come? No
come. ¿Y por qué no se muere de hambre? No es un humano, es Dios. Yo quiero ser
dios. No digas eso, Cosmos, te vas a ir al infierno. No me quiero ir al infierno,
abuela. ¿Sabes la historia de Luzbel? Cosmos mira a la gallina del abuelo que
no deja de hacer sus ruidos de pato mientras el abuelo ronca en la cama contigua,
el niño no quiere saber esa historia, tiene miedo, la abuela habla: era el ángel
favorito de Dios, el más bello, pero Luzbel era muy vanidoso, y quiso ser como Dios,
entonces él lo castigo, le puso cuernos y cola y lo expulsó del paraíso. ¿Dios es
malo? Claro que no. ¿Y por qué castigó a Luzbel? Porque pecó de soberbia. ¿Qué es soberbia? Amarte
más
a ti que a
Dios, ¿tú amas más a
Dios,
verdad? Sí. Cosmos se arrastra hasta la cama donde duerme el abuelo, le abraza una pierna, el abuelo lo acaricia como lo hace con su gallina y demás animales, con el revés de su mano, suave para no hacerle daño.
La infancia lo define todo. Cosmos está seguro de ser un ángel, un ángel terrible. No ama a Dios más que a sí mismo, pero sí le teme de manera absoluta. Ese pavor lo hace estar atento, buscarlo noche y día. La abuela le dijo que tiene que ser bueno, que Dios
lo sabe
todo, que aunque
se
esconda puede verlo. Se lo dice porque Cosmos ha robado los puros del abuelo. Yo no
los
tengo, abuela. Tiene una caja con tesoros, la esconde en lo más recóndito del jardín. Cada día guarda algo nuevo. La caja era de su padre. Cosmos se siente mirado por Dios, perseguido. Tú tienes los puros, criatura, dime dónde están. Cosmos se delata.
La abuela va al jardín y regresa con los puros. Él tarda
tiempo en regresar a ese lugar. Piensa que ha
sido
malo. No quiere tener una cola, pero quiere ver lo que ha guardado en la caja: los insectos muertos, las plumas
que
deja Pato a
su paso,
la comida que su madre escupe, las moronas del abuelo.
Su madre ha dejado de existir aunque no haya muerto, es sólo que ya no lo mira. Él aprende a quererla como se quiere a una amiga, como quiere a Lumi, la hija
de Nieves. Su madre parece un mueble. La abuela la cuida, la baña, le da de comer en la boca.
Su madre
mastica lento, otras veces tienen que obligarla a ingerir algo, la abuela le pide al niño que le
abra la
boca para poder meter el alimento dentro. Talía escupe. Todo lo hace impávida, lejos. El abuelo los mira desde su sillón bañado por el sol de la mañana o por la lámpara
de
la noche. Los mira sin dejar de hacer pequeñísimas moronas de pan para alimentar a los pájaros de nadie.
Su madre se rinde: la abuela es una gran guerrera. Y él un
lisiado
al que los abuelos protegen. Cada vez que su madre entra en crisis es a él
a quien abrazan, al
que
dejan arrastrarse y comer en el piso. Pobre criatura, mira que tener esta madre. Su madre
se
pierde. No sale de la
casa,
pero mira sin chistar hacia las vigas del techo repletas de hormigas. Cosmos abraza a la
abuela,
que huele a cloro
y
tiene las manos ásperas. ¡Que Dios la bendiga!, dice la abuela entre murmullos. Jamás llora. El abuelo refuta: dios no existe, y Talía se recuperará, mujer, ya verás,
lo hará por su criatura.
La criatura es él, un día lo entiende: con
pie equino, pero un rostro deforme.
El
abuelo que va por todo el jardín alimentando aves, salvando gusanos y catarinas
es quien cae en la cuenta: hace mucho que tu hija no regresa, mujer.
La abuela sigue con las labores aunque la
casa está limpia, el piso sobre todo, lo hace por Cosmos para que no
se ensucie tanto. Se niega a usar las férulas que trajo su madre de la
ciudad,
cada vez le aprietan más. Tampoco
quiere
usar por las
noches los zapatos que el
abuelo
fabricó con un
palo
de madera
en medio para que los
pies tomen la forma correcta. Eso
significa un gran dolor para Cosmos. No hay que obligarlo
a
usarlos, ya de
por
sí sufre mucho por su madre. El niño
escucha
eso cada
noche,
después de que
el
abuelo intenta convencerlo de usar los zapatos. Podrás correr, adoptaremos un perro. No, el niño
es categórico,
no le molesta arrastrarse y ha descubierto algunos privilegios por su mal. Pero
ese día no hablan de él, hablan de su madre que lleva meses sin volver en sí. La
abuela continúa con las labores pero su rostro tiene algo diferente, algo nuevo.
El abuelo lo nota. No son muy amorosos entre ellos, pero deja a los caracoles y
va hacia ella con una bolsa de plástico para que pueda echar las hojas secas.
Ya, mujer, ya regresará. Cosmos se arrastra hasta ellos, el abuelo lo acaricia.
Luminaria
es la hija de Nieves, es el apodo que en el pueblo le han puesto, tiene una
enfermedad en la piel, algo sale de su cuero cabelludo que no es caspa ni liendres
sino un talco blanco que se parece al polen de las flores. El mismo polvo se
desprende de distintas partes de su cuerpo: brazos, piernas, codos y principalmente
de las manos, en donde las costras son más grandes. Sus manos llueven, piensa
Cosmos. Nieves va a casa de los abuelos el último día de la semana; debido a su enfermedad nadie quiere contratarla. Ella sabe lavar ropa y planchar. La
gente del pueblo siente asco. La abuela no, pero si Nieves
hiciera el aseo ella no tendría nada que hacer, entonces pasaría todo el tiempo pensando y se
moriría,
eso contesta
siempre que el abuelo le
dice,
ya estate quieta, mujer, descansa. No, no sólo los gatos
muren por el ocio. Cosmos no sabe qué es ocio, pero no quiere que se
muera su abuela y tampoco los gatos que el abuelo adoptó. No es el ocio lo que los mata
sino
la curiosidad, mujer. La madre de los gatos
desapareció y ellos morirían solos, así que el abuelo los llevó
a la casa y los alimenta con un gotero. Nieves visita la casa
de
los abuelos, barre el jardín y recoge las hojas secas, guarda algunas en un rincón, ahí reposa
el niño después de
merodear
por el jardín. Cada viernes el jardín es blanco, eso piensa Cosmos que intenta recoger el polvo que Nieves
suelta.
Ella tiene una hija de la edad de Cosmos. Lumina, quien no habla. Nieves lo ha intentado
todo,
pero Lumi prefiere no aprender. La abuela
siempre
le dice que si le comieron la lengua los ratones, la niña sonríe, es hermosa a pesar de una mancha muy grande
y
llena de pequeños lunares que tiene en la mejilla, es una mancha de nacimiento. Cosmos piensa que son miles de insectos diminutos viviendo ahí, multiplicándose. Mientras Nieves barre y al
mismo tiempo tira polvo, Cosmos y Lumina
juegan.
Él la quiere, por eso le cuenta las historias que su abuela le ha contado por la
noche, le habla de Luzbel. Lumi abre los ojos, llora. Cosmos la abraza. Le
habla de su madre que está en el cuarto mirando el techo con el cabello informe.
Le enseña los dibujos que ha hecho para ella. Son animales. El abuelo se ha
lastimado la espalda pegándolos ahí. Le gustan mucho, le dice Cosmos a la niña,
por eso los mira todo el tiempo, ¿quieres hacer uno? Lumina asiente con la cabeza.
Dibuja un avestruz, Cosmos nunca ha visto uno y no sabe cómo es que ella los conoce
y él no. ¿Me lo puedo quedar? Es para mamá. Lumina
asiente
y sonríe.
Cosmos rompe el dibujo cuando ellas se van de casa.
Eso
pasa cada viernes: la niña dibuja un avestruz y él
lo rompe, ella los busca en el techo y él piensa
que se parece a su madre. Le gusta que mire
al
cielo. No le da explicaciones.
Cumplir
cinco años lo convierte en un niño grande. Llueve desde hace días en Huatusco. Los
insectos buscan los focos encendidos, dan vueltas de manera absurda alrededor de
ellos, hacen ese ruido con sus diminutas alas que desquicia a Cosmos quien espera
que la abuela acabe de bañar a su madre. La abuela se divierte con la muñeca en
la que se ha convertido Talía. El abuelo está en el jardín con unas botas de agua
y un sombrero por el que le escurren grandes chorros de lluvia. Intenta salvar a los insectos atrapados en los charcos. Cosmos le grita, necesita ir al baño y un gusano color naranja y de grandes ojos camina lento y sobre el piso, cada paso todo su cuerpo se contrae y se alarga.
Cosmos está aterrado. ¡Mátalo,
abuelo, mátalo! ¿Qué pasa, criatura, por qué esos gritos? Cosmos se ha orinado.
El abuelo que deja huellas de lodo por todo el piso toma una hoja de papel y espera a que el gusano trepe. Lo lleva al jardín. Cosmos llora en un charco
de orina. La abuela sale y grita porque el piso está sucio, estuvo todo el día lavándolo. Me oriné, fue por
culpa del abuelo. A Dios no le gustan las mentiras. Lo carga, él va dejando
gotas en el piso. Su madre está en piyama, su cabello está trenzado. La abuela desviste
a Cosmos y lo baña. Tendré que limpiar otra vez, murmura la anciana. Cosmos sigue
llorando. La abuela lo deja en el piso bajo el agua y por primera vez el niño reconoce
un sentimiento negativo que lo aterra porque Dios lo sabe: odia a su madre porque
lo abandonó. Abandonó a su criatura. No regresó como dijo el abuelo que lo haría.
El abuelo miente. Ella sigue ahí tonta con el peinado que la abuela le hizo
mirando los terribles animales que él dibuja. Los abuelos dicen: el niño sufre por
culpa de ella. Él los escuchó, su madre tiene la culpa de todo, de que le
duelan los pies, de los tontos zapatos que el abuelo hizo, del gusano naranja,
de las manchas de lodo en el piso, del enojo de la abuela, de que él lleve mucho
tiempo bajo el agua que ya está fría. Ese día es su cumpleaños y él no es un niño
grande pues se orina en los calzones. La abuela llega al baño, sudando a pesar de
la lluvia, del frío de Huatusco. Ya está limpio el piso y en un momento lo estarás
tú. Cosmos no le habla. Te hice un pastel de elote, se lo compré a Nieves, el
pastel está blanco, tu abuelo dice que a ver si no enfermamos. ¿Qué te pasa,
criatura? Lo lleva al comedor. Lo sube a una silla. El abuelo lee el periódico,
le dice sin mirarlo que el gusano ya está a salvo. Cosmos come pastel y piensa
que así debe saber la nieve, que cuando se muera el sol así sabrá todo. No
habla durante la merienda. El niño está
enojado, dice la abuela. Es que ya se está volviendo adulto, contesta el
abuelo.
Cosmos sonríe. Los abuelos le regalan un telescopio
que el abuelo mandó traer de la capital. Para que veas las estrellas, muchacho. Tiene seis años y el abuelo ya no lo llama criatura, la
abuela sí, siempre. Ese
día la abuela le habla de Jesús otra vez. Cosmos, ya que no
irás a la escuela deberías al menos ir al catecismo. Conoce más de Dios y de Jesús,
su hijo. Él fue un hombre muy bueno, pero sufrió mucho. Cada vez que tú dices
mentiras lo lastimas. ¿Yo? Sí, tú. Debes ser bueno como él. Así el día del Juicio
Final te irás al paraíso. ¿Qué es eso, abuela? El día en que vendrá Dios y se llevará a los que fueron justos, buenos. ¿Y los malos a dónde van? Al
infierno, un lugar terrible. El abuelo deja salir una risotada. La abuela lo ignora. No quiero
ir al infierno, abuela. Sé bueno, Cosmos. En esta vida venimos a sufrir, criatura, ve a tu madre. La
abuela siembra en Cosmos una de las ideas que lo rondarán el resto de su vida: estamos
aquí para sufrir. A su corta edad Cosmos siente que roza su destino. Desde
ese día él espera lo peor. Sabe
que se ganará el cielo.
Su abuelo no está de acuerdo con que el
niño vaya al catecismo, pero la abuela insiste: hay
que alejar al demonio, Demetrio. El niño debería de ir a la escuela, aprender
a leer. No puede
caminar, y llegó al pueblo un sacerdote muy
joven que con gusto le enseñará al niño
sobre Dios, además el pobre hombre necesita un trabajo
honrado, puede
venir a casa. Lo que el niño necesita es aprender a leer y el
hombre ese trabajar. Pues que
aprenda a leer y también a amar a Dios.
Que sea lo que tú decidas, mujer.
(Tomado de Varios autores, Lados B. Narrativa de
alto riesgo, Nitro/Press, México, 2014)