viernes, 9 de enero de 2026

El duende de las papas fritas

José Candás

 

–¡AY!

¿Alguien se había quejado?

Esteban se asomó a la sala y vio a su mamá, aburridísima con el partido. También estaba su hermana Nuria, dibujando en su cuaderno, sin hacer caso a los pitidos del árbitro o a los berrinches de Papá, quien se quejaba amargamente de los jugadores, pero no por dolor. Todo estaba normal.

Esteban se olvidó de aquello y abrió la bolsa, brillante y llena de papas saladas. Iba tan distraído que no notó que al meter la mano, al sacar un puñado de papas, se estaba llevando a la boca una figurita carnosa, que al verse en peligro gritó aterrada:

–¡NO ME COMAAAAAAS!

Esteban vio entonces algo increíble. Entre sus dedos y dos papas había un hombrecito rechoncho y pálido, que aullaba para no convertirse en botana. No era más grande que una salchicha cóctel, pero tenía dos ojos enormes y llenos de miedo. Al encontrarse con ellos, se llevó la mayor sorpresa de su vida.

¡AHHHHHH!

¡GOOOOOOOL!

¡MAMÁÁÁÁÁÁÁ!

Esteban lo lanzó al aire, dando un brinco por el susto. De la cocina salió corriendo a la sala. La bolsa quedó tirada y las papas se regaron por todo el piso. Su grito fue tremendo, pero lo cubrió el gol proclamado por el locutor y los festejos de su padre por la inesperada victoria.

Trató de explicarles a sus padres lo que había visto, pero antes de poder decir nada lo interrogaron acerca de la misión que le habla sido asignada.

–¿Dónde están las papas que te pedí?

Esteban les contó todo, pero nadie le hizo caso. Sus padres entraron en la cocina, y se enojaron con él, al ver las papas regadas por el suelo.

Él quería que le creyeran, pero se dio cuenta de que los adultos no eran capaces de entender algo tan simple como la existencia de un duende escondido entre las botanas, junto a las bolsitas de salsa picosa y los tazos con figuritas del Pato Lucas. Por eso mejor se mantuvo calladito, y dejó que todos se olvidaran del asunto. Él sabía que el hombrecillo era real, y que aún andaba escondido por algún lugar de la cocina. Lo único que tenía que hacer para encontrarlo de nuevo era esperar.

Esa noche fingió que estaba dormido. Le costó mucho trabajo no cerrar los ojos, pero su curiosidad era mucho más fuerte que el sueño. Caminó empiyamado hasta la cocina, evitando hacer ruido para no despertar a sus papás y a su hermanita, y entró ahí, decidido a encontrarse con el duende botanero.

Con cuidado buscó en anaqueles y cajones, pero nada encontró, excepto cazuelas, platos y otras cosas para comer y cocinar. Finalmente, cuando creyó que todo había sido un sueño, lo descubrió, escondido tras los plátanos del frutero. Estaba ahí, temblando de frío, con sus ropas manchadas por la grasa de las papas, y el rostro cachetón crispado de miedo y pena.

El duende le contó a Esteban su aventura. Vivía con su familia en el techo de una fábrica de botanas, y los papás del pequeñín, que se llamaba Grupi, le tenían prohibido asomarse a ver las maquinarias de los gigantes. Él apenas era un niño como Esteban (iba a cumplir noventa y siete años en pocos días), y los había desobedecido. Se cayó desde su casa hasta la empacadora, y se había quedado atrapado en una bolsa. Vivió ahí por varios días, comiéndose las papas para sobrevivir, hasta que Esteban lo liberó.

Esteban notó que Grupi estaba muy triste y trató de alegrarlo, pero el duende se puso a llorar sin consuelo.

–¡Quiero a mi mamá y a mi papá! ¡Ayúdame, por favor!

Y eso hizo Esteban. Le dijo que tendría que esperar un poco, pero que muy pronto regresaría con su familia. Estuvo pensando por un buen rato en un plan, hasta que por fin tuvo una idea.

Corrió al bote de basura, y se puso a buscar la bolsa de papas en la que Grupi había llegado. La encontró bajo unas cáscaras de piña y los cartones del pastel de la cena. En ella venía impresa la dirección de la fábrica donde vivía el duende. Velozmente la copió en un sobre, y le dijo a Grupi que lo mandaría por correo a casa. Al escucharlo, éste dejó de llorar y se metió allí, dando espectaculares brincos de alegría.

–Algún día te lo agradeceré, Esteban. Nunca lo olvidaré. ¡Gracias!

Esteban le puso en el sobre unas galletas marías molidas, se despidió de Grupi, y de un lengüetazo selló el sobre con el duende dentro.

Esa fue la última vez que vio a su amigo, pues a la mañana siguiente lo llevó a la oficina postal. Compró un timbre, se lo pegó al sobre, y metió la carta al buzón del servicio express para que llegara pronto a su destino.

Por la noche, rezó con todas sus fuerzas para que el duende de las papas fritas llegara a su destino, sano y salvo, con sus papás y sus otros amigos duendes. Soñó esa noche con la ciudad de Grupi, entre las vigas de la fábrica, con sus pequeños habitantes sobre las máquinas de tostitos, justo después de decir amén.

Los días pasaron muy rápido, y Esteban se olvidó de Grupi, hasta que una mañana, despertó al escuchar las voces de su padre y la de otro hombre, discutiendo. Los descubrió en la puerta, mientras varios empleados metían en la sala cajas y más cajas con papas fritas de todos los sabores y variedades, que se iban amontonando sin parar. El hombre que las traía respondía a las reclamaciones de su padre con la misma frase indiferente:

–Yo no sé. A mí me dieron esta dirección, y cumplo órdenes. No sé por qué se queja, si ya hasta están pagadas. Yo no tengo la culpa de que haya duendes en la computadora.

 

(Tomado de www.ficticia.com)

 

A través del túnel

Doris Lessing

 

La primera mañana de vacaciones, mientras se dirigía a la costa, el niño inglés se detuvo en una curva del camino y miró hacia abajo, hacia la cala salvaje y rocosa, y después hacia la atestada playa que tan bien conocía de los años anteriores. Su madre caminaba delante de él, con una colorida bolsa de rayas en la mano. El otro brazo, que se balanceaba relajado, se veía muy blanco bajo el sol. El niño observó el brazo blanco y desnudo, y dirigió la mirada, que ocultaba un gesto de desaprobación, hacia la cala y después de nuevo hacia su madre. Ella, al notar que no iba a su lado, giró sobre sus talones.

–¡Oh, estás ahí, Jerry! –dijo. Lo miró con impaciencia y después le sonrió–. ¿Es que no quieres venir conmigo, cariño? ¿Preferirías…? –Frunció el entrecejo, se quedó preocupada por las diversiones que su hijo estaría anhelando en secreto, diversiones que ella ni siquiera había imaginado, por un exceso de ajetreo o por descuido. Ya estaba hecho a esa ansiosa sonrisa de disculpa. El arrepentimiento lo empujó a correr detrás de ella. Y sin embargo, mientras corría, volvió la mirada por encima del hombro hacia la cala; y durante la mañana, mientras jugaba en la playa resguardada, había estado pensando en ella.

A la mañana siguiente, cuando llegó la rutinaria hora del baño y del sol, su madre le dijo:

–¿Estás cansado de la playa de siempre, Jerry? ¿Te gustaría ir a algún otro lugar?

–¡Oh, no! –respondió él al instante, con una sonrisa que obedecía a ese inagotable empuje de arrepentimiento, una especie de gesto caballeroso. Aun así, al descender por el camino junto a ella, se le escapó–: Me gustaría ir a esas rocas de allí abajo y echar un vistazo.

Ella concedió toda la atención de que fue capaz a esa idea. Era un lugar de aspecto salvaje y no había nadie allí, pero dijo:

–Por supuesto, Jerry. Cuando te canses de estar allí, vienes a la playa grande. O ve directamente al pueblo, si lo prefieres –se fue, con aquel brazo desnudo que se balanceaba, ahora ligeramente enrojecido por el sol del día anterior. Y Jerry estuvo a punto de correr detrás de ella porque se le hacía insoportable el hecho de que se fuera sola. Pero no lo hizo.

Ella pensaba: por supuesto que es lo bastante mayor para estar a salvo sin mí. ¿Lo he tenido muy atado? No tiene que sentirse obligado a quedarse a mi lado. Debo ser prudente.

Era hijo único, tenía once años. Ella era viuda. Estaba decidida a no ser posesiva ni a mostrarse falta de dedicación. Se marchó preocupada hacia la playa.

En cuanto a Jerry, una vez que vio que su madre había llegado a la playa, inició el descenso hacia la cala. Desde donde estaba, en lo alto, por encima de las rocas de color marrón rojizo, la costa era un cucharón verde azulado en movimiento, ribeteado de blanco. Al descender, vio que se extendía en pequeños promontorios y ensenadas de roca abrupta y afilada, y el vigor y chapoteo de la superficie se teñían de morado y azul oscuro. Finalmente, cuando descendió los últimos metros, entre resbalones y rasguños, divisó una orilla de olas blancas y el movimiento superficial y luminoso del agua sobre la arena blanca y, más allá, un azul intenso y puro.

Corrió en línea recta hacia el agua y empezó a nadar. Era un buen nadador. Pasó rápido por encima de la arena reluciente, por encima de una zona donde las rocas yacían bajo la superficie como monstruos desvaídos y entonces se encontró en el verdadero mar, un mar cálido donde las frías corrientes irregulares sacudían sus piernas desde las profundidades.

Cuando llegó lo bastante adentro para volver la vista atrás y ver no sólo la pequeña cala sino más allá del promontorio que se alzaba entre ésta y la playa grande, se quedó flotando y buscó con la mirada a su madre. Allí estaba, una mancha amarilla debajo de una sombrilla que parecía la cáscara de una naranja. Nadó de vuelta a la costa, aliviado al cerciorarse de que estaba allí, aunque fuera sola.

Junto a un pequeño saliente de tierra en el que la cala limitaba con el promontorio, había un grupo de rocas. En ellas, algunos muchachos se estaban quitando la ropa. Corrieron desnudos y se arrojaron al agua desde las rocas. El niño inglés nadó hacia ellos, pero se mantuvo a la distancia de un tiro de piedra. Eran gente de aquella costa; lucían un bronceado intenso y hablaban una lengua que no comprendía. Estar con ellos, ser uno de ellos, eso era lo que ansiaba con todas sus fuerzas. Se acercó a nado un poco más; voltearon y lo observaron con los ojos oscuros entrecerrados, en señal de alerta. Entonces uno le sonrió e hizo un gesto. Era suficiente. En un minuto llegó nadando y ya estaba en las rocas junto a ellos, con una sonrisa nerviosa, de súplica desesperada. Lanzaron alegres gritos de saludo; y después, dado que aún conservaba esa incomprensible sonrisa nerviosa, se dieron cuenta de que era un extranjero que se había alejado de su playa y se olvidaron de él. Pero estaba contento. Estaba con ellos.

Comenzaron a tirarse de cabeza una y otra vez desde un punto elevado a una poza de mar azul entre rocas abruptas y afiladas. Después de zambullirse y salir de nuevo a la superficie rodeaban el escollo a nado, volvían a trepar y esperaban turno para lanzarse otra vez. Eran mayores; para Jerry, hombres. Se lanzó al agua y ellos lo observaron; y cuando nadó para volver a guardar turno, le hicieron sitio. Se sintió aceptado y se lanzó de nuevo, concentrándose, orgulloso de sí mismo.

El mayor de los muchachos no tardó en prepararse, se tiró al agua y no salió. Los otros seguían en su sitio y miraban. Después de esperar a que apareciera el impecable rostro bronceado, Jerry lanzó un grito de alarma; lo miraron con despreocupación y volvieron la vista al agua. Después de un buen rato, el chico salió del otro lado de una gran roca oscura, soltando el aire de los pulmones con un jadeo y un chillido de triunfo. De inmediato, los otros saltaron. En un momento, la mañana parecía repleta de muchachos parlanchines; al siguiente instante, el aire y la superficie del agua estaban vacíos. Pero a través del intenso azul podían verse las oscuras siluetas que se movían y avanzaban.

Jerry se zambulló, a la caza de la especie de nadadores subacuáticos, vio una pared rocosa negra que se cernía sobre él, la tocó y salió de inmediato a la superficie, donde la pared era una pequeña barrera por encima de la cual se podía mirar. No había nadie a la vista; debajo de él, en el agua, las tenues siluetas de los nadadores habían desaparecido. Entonces un muchacho, y después uno tras otro, aparecieron del lado más apartado de la barrera rocosa, y Jerry entendió que la habían atravesado por alguna brecha o un agujero. Se sumergió otra vez. No podía ver nada en el agua salada, que le escocía, salvo la roca lisa. Cuando salió a la superficie todos los muchachos estaban en la roca desde donde se lanzaban, preparándose para repetir la hazaña. Y en ese momento, presa del pánico ante la posibilidad de fracaso, gritó, en inglés:

–¡Mírenme! ¡Miren! –y comenzó a chapotear y a dar patadas en el agua como un perro tonto.

Ellos miraron hacia abajo, serios, con el entrecejo fruncido. Conocía ese gesto. En los momentos de fracaso, cuando hacía el payaso para llamar la atención de su madre, ella lo recompensaba precisamente con esa severa e incómoda inspección. A pesar de la sofocante vergüenza, mientras sentía la suplicante sonrisa en su rostro como si fuera una huella que nunca podría borrar, miró hacia arriba, al grupo de muchachotes bronceados de la roca y gritó: “Bonjour! Merci! Au revoir! Monsieur, monsieur!”, a la vez que agitaba los dedos junto a sus oídos.

Le entró agua en la boca, se atragantó, se hundió, volvió a salir a la superficie. La roca, que hasta hacía poco sostenía a los muchachos, daba la sensación de elevarse sobre el agua cuando desaparecía el peso. Ahora volaban hacia abajo por encima de él, al agua; el aire estaba lleno de cuerpos que caían. Entonces la roca quedó vacía, al calor del sol. Contó uno, dos, tres…

Cuando llegó a cincuenta estaba aterrado. Debían de estar ahogándose por debajo de él, en las cuevas submarinas de la roca. Al llegar a cien, miró a su alrededor hacia la ladera desolada, preguntándose si debía gritar para pedir ayuda. Empezó a contar más y más deprisa, para apremiarlos, para que salieran rápido a la superficie o para que se ahogaran rápido. Cualquier cosa antes que el horror de seguir contando y contando en la mañana azul que se había quedado vacía. Y entonces, cuando iba por ciento sesenta, el agua que estaba al otro lado de la roca se llenó de muchachos que resoplaban como si fueran ballenas. Volvieron nadando a la orilla sin dirigirle ni una mirada.

Trepó de nuevo por la roca que hacía de trampolín mientras sentía su abrasadora aspereza bajo los muslos. Los muchachos ya estaban recogiendo su ropa y corrían por la orilla hacia otro promontorio. Se iban para alejarse de él. Gritó abiertamente, con una mirada amenazante. Nadie lo miró, gritaba al vacío.

Le dio la sensación de que había pasado mucho tiempo y nadó hacia algún punto desde donde pudiera ver a su madre. Sí, aún seguía allí, una mancha amarilla debajo de una sombrilla anaranjada. Regresó hacia la gran roca, trepó por ella y se zambulló entre los cantos afilados y rabiosos. Se sumergió hasta tocar otra vez la pared. Pero la sal le escocía tanto los ojos que no podía ver nada.

Salió a la superficie, nadó hasta la costa y regresó al pueblo a esperar a su madre. Poco después la vio subir despacio por el camino, balanceando la bolsa de rayas, con el brazo colorado y desnudo colgando a un lado.

–Quiero unas gafas de buceo –dijo jadeando, con un tono a medio camino entre la insolencia y la súplica.

Ella le dirigió una mirada paciente, inquisitiva, mientras respondía, con aire despreocupado:

–Sí, por supuesto, cariño.

Pero ¡ahora, ahora, ahora! Las necesitaba en ese preciso instante y en ninguno más. Refunfuñó y estuvo dando la lata hasta que fueron a la tienda. En cuanto le hubo comprado las gafas, se las arrebató como si su madre fuera a quedárselas, y salió corriendo camino abajo, hacia la cala.

Jerry nadó hasta la enorme pared rocosa, se ajustó las gafas de buceo y se zambulló. El impacto del agua arruinó el vacío cercado de plástico y las gafas se aflojaron. Comprendió que debía sumergirse hasta la base de la roca desde la superficie. Se fijó las gafas, llenó los pulmones y flotó, boca abajo, sobre el agua. Ahora podía ver. Era como si tuviera otros ojos; unos ojos de pez que lo mostraban todo con nitidez y delicadeza en el agua refulgente.

Debajo de él, a unos dos metros de profundidad, el suelo era de arena blanca pura y brillante, y la marea había formado en ella ondas perfiladas y contundentes. Dos siluetas grisáceas se movían por allí, como piezas redondeadas de madera o teja. Eran peces. Los observó mientras se acercaban de frente el uno al otro; después se quedaron inmóviles, avanzaron de pronto, se apartaron y volvieron a dar la vuelta. Era como una danza acuática. Unos palmos más arriba, el agua resplandecía como si alguien lanzara lentejuelas. Peces de nuevo, un sinnúmero de pececillos del tamaño de su uña iban a la deriva, y durante un instante sintió su ligero roce en las extremidades. Era como nadar entre plata desmenuzada. La enorme roca que los muchachos habían atravesado nadando se alzaba contundente sobre la blanca arena, negra, con algunas hierbas verdosas en lo alto. No alcanzaba a ver en ella ninguna brecha. Se sumergió hasta la base.

Subía una y otra vez, se llenaba de aire los pulmones y volvía a sumergirse. Una y otra vez tanteó la superficie de la roca, sintiéndola, casi abrazándola en su necesidad desesperada de encontrar la entrada. Y entonces, de pronto, mientras seguía aferrado a la pared negra, sus rodillas se elevaron y sus pies salieron disparados hacia delante y no hallaron ningún obstáculo. Había encontrado el agujero.

Salió a la superficie, trepó entre las piedras que descansaban en la pared rocosa hasta que encontró una grande y, con esta en los brazos, se dejó caer a un lado de la roca. Descendió, por el peso, directamente hasta el suelo de arena. Se agarró con fuerza a la piedra que le hacía de ancla, se quedó a su lado y miró en el interior de la oscura plataforma, justo en el lugar donde habían penetrado sus pies. Podía ver el agujero. Era un hueco oscuro, pero no podía ver el interior. Soltó el ancla, se aferró con las manos a los bordes del agujero e intentó meterse en él.

Logró introducir la cabeza, se le atascaron los hombros, los movió hacia los lados y pudo ahondar hasta la cadera. No podía ver nada. Algo blando y pegajoso le tocaba la boca; vio una fronda oscura que se movía contra la roca grisácea y le entró pánico. Pensó en pulpos, en algas viscosas. Volvió hacia atrás y entrevió, mientras retrocedía, un tentáculo de algas inofensivo que se amontonaba en la boca del túnel. Pero ya era suficiente. Alcanzó la luz del sol, nadó hasta la orilla y se tendió en la roca que hacía de trampolín. Miró hacia abajo, a la poza azul de agua. Sabía que debía encontrar la manera de abrirse camino a través de la cueva, o agujero, o túnel, y salir del otro lado.

En primer lugar, pensó, tenía que aprender a controlar la respiración. Se metió otra vez en el agua con una gran piedra en los brazos, para poder quedarse en el fondo del mar sin esfuerzo. Contó. Uno, dos, tres. Contó tranquilamente. Oía los latidos en el pecho. Cincuenta y uno, cincuenta y dos… Comenzaba a dolerle el pecho. Soltó la roca y salió a la superficie. Vio que el sol estaba bajo. Salió disparado hacia el pueblo y encontró a su madre en el supermercado.

–¿Te la pasaste bien? –fue lo único que le preguntó. Y él contestó:

–Sí.

El muchacho estuvo soñando toda la noche con la cueva de la roca, y nada más acabar el desayuno se dirigió hacia la cala.

Aquella noche sangró mucho por la nariz. Había estado cuatro horas bajo el agua para aprender a mantener la respiración, y ahora se sentía débil y mareado.

–Yo, en tu lugar, mediría mis fuerzas, cariño –le dijo su madre.

Ese día y el siguiente, Jerry ejercitó sus pulmones como si todo, su vida entera, todo lo que pudiera llegar a ser, dependiera de ello. Por la noche volvió a sangrarle la nariz, y su madre insistió en que se quedara con ella al día siguiente. Lo atormentaba perder un día de su concienzudo entrenamiento, pero estuvo con su madre en la otra playa, que ahora le parecía un lugar para niños pequeños, un lugar donde su madre podía tumbarse a tomar el sol tranquilamente. No era su playa.

Al día siguiente no pidió permiso para ir a su playa. Se fue antes de que su madre tuviera tiempo de considerar las ventajas y los inconvenientes del asunto. Comprobó que un día de descanso había mejorado su resistencia en diez segundos. Llegó a contar hasta ciento sesenta cuando los muchachos mayores atravesaron el conducto. Había contado rápido, por el miedo. Ahora, probablemente, si lo intentara, sería capaz de atravesar el túnel, pero no iba a intentarlo todavía. Una curiosa perseverancia, insólitamente madura, una impaciencia controlada, lo llevó a esperar. Mientras tanto, permanecía bajo el agua, en la arena blanca, sujeto a las piedras que había cogido en la superficie, y estudiaba la entrada del túnel. Conocía todos sus ángulos y rincones, en la medida en que estaban a la vista. Era como si ya sintiera su aspereza sobre los hombros.

Cuando su madre no estaba, se sentaba junto al reloj del pueblo y comprobaba su capacidad. Descubrió, primero con incredulidad y después con asombro, que podía contener la respiración sin esfuerzo durante dos minutos. Las palabras “dos minutos”, que el reloj acreditaba, lo acercaban a la aventura que para él resultaba tan necesaria.

Una mañana, su madre le dijo de pasada que debían regresar a casa al cabo de cuatro días. Decidió que lo haría el día antes de partir. Lo haría aunque muriera en el intento, se dijo a sí mismo en tono desafiante. Pero dos días antes de marcharse –una jornada triunfal en la que había sumado quince segundos más a su cómputo– sangró tanto por la nariz que se mareó y tuvo que tumbarse rendido, como una mata de algas, sobre la gran roca, mientras observaba la espesa sangre que corría y goteaba lentamente hasta el mar. Se asustó. ¿Y si se mareaba en el túnel? ¿Y si moría allí, atrapado? ¿Y si…? Le daba vueltas la cabeza bajo el tórrido sol y estuvo a punto de rendirse. Pensó en regresar a la casa y acostarse, y el próximo verano, quizá, cuando contara con un año más a sus espaldas, entonces atravesaría el túnel.

Pero después de haber tomado esa decisión, o de pensar que la había tomado, se vio a sí mismo sentado en lo alto de la roca, mirando al agua; y supo que ese instante, ese momento, justo cuando su nariz acababa de dejar de sangrar y todavía le dolía la cabeza y notaba las punzadas, era el momento de hacerlo. Si no lo hacía entonces no lo haría nunca. Temblaba de miedo por si no lo hacía; y temblaba de espanto ante el larguísimo túnel bajo la roca, bajo el mar. Incluso a la luz del sol, la pared rocosa parecía muy ancha y profunda; toneladas de rocas ejercían presión en el lugar al que él se dirigía. Si moría, permanecería allí hasta que un día –quizá hasta el próximo verano– los muchachos mayores encontrasen el acceso bloqueado.

Se puso las gafas, se las ajustó y comprobó que no entrara aire. Le temblaban las manos. Luego eligió la piedra más pesada que pudo cargar y se deslizó por el borde de la roca hasta que la mitad de su cuerpo se introdujo en el agua fría, acogiéndolo, y la otra mitad quedó al sol. Dirigió la mirada al cielo despejado, se llenó los pulmones de aire una vez, dos veces, y se sumergió rápidamente hasta el fondo con ayuda de la piedra. La soltó y empezó a contar. Se agarró a los bordes del agujero y penetró en él, moviendo los hombros en cuanto recordó que debía hacerlo, sacudiendo las piernas para avanzar.

Pronto estuvo bien adentro. Se encontraba en un pequeño agujero lleno de agua verde amarillenta. La pared del techo era rugosa y le arañaba la espalda. Se impulsó hacia dentro con las manos –rápido, rápido– y usó las piernas a modo de palanca. Su cabeza chocó contra algo; un punzante dolor lo dejó aturdido. Cincuenta, cincuenta y uno, cincuenta y dos… No había nada de luz, y era como si el agua descargara sobre él todo el peso de la roca. Setenta y uno, setenta y dos… No notaba ninguna molestia en los pulmones. Se sentía como un globo inflado, sus pulmones estaban ligeros y relajados, pero sentía latidos en la cabeza.

Notaba todo el tiempo encima de él la presión de la roca, que era rugosa y a la vez viscosa. Pensó otra vez en los pulpos y se preguntó si habría algas en las que pudiera quedarse enredado. Dio una patada de pánico, convulsa, hacia delante, agachó la cabeza y nadó. Sus pies y sus manos se movían con libertad, como si estuviera mar adentro. El agujero debía de haberse ensanchado. Pensó que estaba nadando muy rápido, y tenía miedo de golpearse la cabeza si el túnel se estrechaba de repente.

Cien, ciento uno… El agua se iluminaba. Sintió la victoria. Comenzaban a dolerle los pulmones. Unas cuantas brazadas más y estaría fuera. Contaba frenéticamente; llegó a ciento quince y luego, al cabo de un rato, repitió ciento quince. A su alrededor el agua era del color de una esmeralda. Entonces vio, por encima de su cabeza, una grieta que se abría en la roca. Por allí entraba el sol y permitía ver la roca lisa, oscura, del túnel, la concha de un mejillón y delante la oscuridad.

Estaba al límite de sus fuerzas. Miró hacia arriba, a la grieta, como si contuviera aire en vez de agua, como si pudiera acercar su boca a ella y sorber el aire. Ciento quince, se oyó decir a sí mismo en su mente; aunque ya lo había dicho hacía rato. Debía avanzar en la oscuridad o se ahogaría. Se le estaba hinchando la cabeza, los pulmones se le desgarraban. Ciento quince, ciento quince, retumbaba en su cabeza, y se agarraba débilmente a las rocas en la oscuridad, empujándose hacia delante, dejando atrás el pequeño espacio de agua iluminada por el sol. Sentía que se estaba muriendo. Estaba a punto de perder la conciencia. Luchó en la oscuridad, ya en medio de intervalos de inconsciencia. Un dolor terrible, cada vez más intenso, le azotaba la cabeza, y en ese momento la oscuridad se quebró en un estallido de luz verde. Sus manos, a tientas, no dieron con nada; sus pies, a patadas, lo impulsaron hacia el mar abierto.

Se quedó flotando en la superficie, con el rostro vuelto hacia el cielo. Boqueaba como un pez. Le dio la sensación de que se iba a hundir y se ahogaría; casi no podía nadar los pocos metros que lo separaban de la roca. Cuando lo logró se quedó tumbado boca abajo, jadeando. No podía ver nada salvo una mancha de oscuridad surcada de venas rojas. Pensó que se le habían reventado los ojos; estaban llenos de sangre. Se arrancó las gafas y una gota de sangre cayó al mar. Le sangraba la nariz y las gafas estaban llenas de sangre.

Recogió, haciendo un cuenco con las manos, agua para echársela a la cara, y no sabía si el sabor que notaba era el de la sangre o el de la sal. Después de un rato su corazón se calmó, se le aclaró la vista y logró incorporarse. Podía ver a los muchachos del pueblo zambulléndose y jugando a unos cientos de metros de allí. No quería estar con ellos. No quería otra cosa que volver a casa y tumbarse.

Al cabo de poco rato, Jerry nadó hacia la orilla y subió lentamente por el camino hacia la casa. Se echó en su cama y se quedó dormido, y se despertó al oír pasos fuera. Su madre regresaba. Se precipitó al cuarto de baño, pensando que ella no debía verlo con restos de sangre, o de lágrimas, en la cara. Salió del baño y se encontró con su madre cuando entraba en la casa, sonriente, con los ojos iluminados.

–¿Te la pasaste bien esta mañana? –le preguntó, mientras apoyaba un instante la mano sobre su hombro moreno y cálido.

–Oh, sí, gracias –respondió él.

–Estás un poco pálido –y luego dijo, en tono cortante y angustiado–: ¿Con qué te golpeaste la cabeza?

–Oh, es sólo un golpe –le contestó.

Ella lo miró más de cerca. Él estaba tenso; tenía los ojos vidriosos. Ella se inquietó. Y entonces se dijo: ¡Oh, no es para tanto! No puede ocurrirle nada. Nada como un pez.

Comieron juntos.

–Mamá –le dijo–, puedo aguantar debajo del agua dos, tres minutos –le salió de dentro de pronto.

–¿Ah, sí, cariño? –contestó ella–. Bueno, no deberías pasarte. Me parece que ya está bien de nadar por hoy.

Estaba lista para una disputa de voluntades, pero él cedió al instante. Ir a la cala ya no tenía la más mínima importancia.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

Sensación de poder

Isaac Asimov

 

Jehan Shuman estaba acostumbrado a tratar con los hombres que se hallaban en el poder en la Tierra, envuelta en continuas guerras desde hacía largo tiempo. Él sólo era un civil, pero era el responsable de determinados modelos de programación que habían producido computadoras autónomas de alto nivel destinadas a usos bélicos. Por lo tanto, los generales, al igual que los presidentes de comités del Congreso, prestaban atención a sus palabras.

En aquel momento había un representante de cada grupo en la sala de reuniones especial del Nuevo Pentágono. El general Weider era un hombre de rostro quemado por los continuos viajes espaciales, y su pequeña boca estaba casi siempre fruncida. El congresista Brant tenía los ojos claros y unas tersas mejillas. Fumaba tabaco denebio con el aire despreocupado de alguien cuyo patriotismo es tan notorio que puede permitirse tales libertades.

Shuman, programador de primera clase, de elevada estatura y porte distinguido, se sentía totalmente seguro ante ellos.

–Caballeros –dijo–, les presento a Myron Aub.

–El hombre poseedor de un don poco corriente que usted descubrió por puro azar, ¿no es así? –comentó plácidamente el congresista Brant.

Y se dedicó a inspeccionar al hombrecillo de calva cabeza de huevo con afable curiosidad.

Éste se retorcía los dedos con nerviosismo. Era la primera vez que estaba en presencia de hombres tan importantes. Él sólo era un técnico de bajo grado, de edad avanzada, que hacía mucho tiempo no había logrado superar las pruebas establecidas para seleccionar a los seres superdotados de la humanidad y se había adaptado a su rutinaria y poco calificada labor. Lo único destacable que había en él era aquella afición que el gran programador había descubierto y con la que se había armado tanto revuelo.

–Encuentro absolutamente pueril toda esta atmósfera de misterio –dijo el general Weider.

–Pronto dejará de parecérselo –repuso Shuman–. No es algo que pueda revelarse a cualquiera… ¡Aub! –llamó.

Había algo autoritario en su modo de pronunciar aquel monosílabo, pero al fin y al cabo se trataba de un gran programador dirigiéndose a un simple técnico.

–¡Aub! –repitió–. ¿Cuánto es nueve por siete?

Aub dudó un momento. En sus acuosos ojos brilló una débil ansiedad.

–Sesenta y tres –repuso.

Brant enarcó las cejas.

–¿Es exacto?

–Compruébelo usted mismo, señor Brant.

El político sacó su computadora de bolsillo, oprimió dos veces sus bordes desgastados, examinó la pantalla del aparato, colocado en la palma de su mano, y volvió a guardárselo, al tiempo que decía:

–¿Es éste el don que nos quería demostrar? ¿Un ilusionista?

–Más que eso, señor. Aub se sabe de memoria algunas operaciones y con ellas es capaz de realizar cálculos sobre papel.

–¿Una computadora de papel? –dijo el general, con aspecto abrumado.

–No, general –repuso Shuman, paciente–. No se trata de una computadora de papel. Sólo de una simple hoja de papel. General, ¿querría usted tener la bondad de decirme un número cualquiera?

–Diecisiete –dijo el general.

–¿Y usted, señor Brant?

–Veintitrés.

–¡Bien! Aub, multiplique esos números y haga el favor de mostrar a estos señores cómo lo hace.

–Sí, programador –dijo Aub, inclinando la cabeza.

Sacó un pequeño bloc de un bolsillo de la camisa y un bolígrafo de artista, fino como un cabello, de otro. Su frente se llenó de arrugas mientras trazaba trabajosamente algunos signos sobre el papel.

El general Weider lo interrumpió bruscamente:

–A ver, enséñeme eso.

Aub le tendió el papel, y Weider exclamó:

–En efecto, parece la cifra diecisiete.

Brant asintió, observando:

–Sí, efectivamente, pero supongo que cualquiera es capaz de copiar las cifras de una computadora. Yo mismo creo que llegaría a hacer un diecisiete bastante aceptable aun sin práctica.

–Tengan la bondad de dejar continuar a Aub, señores –dijo Shuman con indiferencia.

Aub siguió escribiendo cifras, con mano algo temblorosa. Finalmente, dijo en voz baja:

–La solución es trescientos noventa y uno.

Brant sacó de nuevo su computadora.

–Caray, pues es verdad. ¿Cómo lo adivinó?

–No lo adivinó, señor Brant –dijo Shuman–. Lo calculó por sí solo. Lo calculó sobre esa hoja de papel.

–No diga usted necedades –dijo el general, con impaciencia–. Una computadora es una cosa, y otra muy distinta unos cuantos garabatos sobre el papel.

–Explíqueselo, Aub –le invitó Shuman.

–Sí, programador… pues verán, señores, empiezo por escribir diecisiete y luego, debajo, escribo veintitrés. Después me digo: siete por tres…

El político lo atajó con gesto suave:

–Pero escuche, Aub, el problema consiste en saber cuánto es diecisiete por veintitrés.

–Sí, ya lo sé –se apresuró a responder el pequeño técnico–, pero empiezo diciendo siete por tres, porque así tiene que efectuarse esta operación. Como decía, siete por tres es veintiuno.

–¿Y cómo lo sabe usted? –le preguntó el político.

–Porque lo aprendí de memoria. La computadora siempre da veintiuno. He podido comprobarlo docenas de veces.

–Sin embargo, eso no significa que siempre dé ese resultado. ¿No es verdad? –objetó el político.

–Tal vez no –vaciló Aub–. Yo no soy un matemático. Pero siempre consigo soluciones exactas.

–Prosiga.

–Siete por tres veintiuno, así es que escribo veintiuno. Después, uno por tres es tres, y por lo tanto escribo un tres bajo el dos de veintiuno.

–¿Y por qué debajo del dos? –le espetó Brant.

–Porque… –Aub miró con aire desvalido a su superior–. Es difícil de explicar.

Shuman intervino:

–Les ruego que de momento acepten sus resultados; podemos dejar los detalles para los matemáticos.

Brant calló y Aub siguió diciendo:

–Tres y dos son cinco, y así el veintiuno se convierte en cincuenta y uno. Ahora dejemos eso por un momento y volvamos a empezar. Si multiplicamos siete por dos, nos dará catorce, y uno por dos, dos. Repitamos la operación anterior y nos dará treinta y cuatro. Poniendo este treinta y cuatro bajo el cincuenta y uno de la manera que aquí lo he hecho y sumándolos entonces, obtendremos el resultado de trescientos noventa y uno.

Reinó un instante de silencio, y luego el general Weider dijo:

–No lo creo. Este hombre ha armado un verdadero galimatías, formando números, multiplicándolos y sumándolos a su antojo, pero a pesar de todo no lo creo. Es demasiado complicado. No es más que una engañifa.

–Nada de eso, general –dijo Aub, sudoroso–. Sólo parece complicado porque usted no está acostumbrado a hacerlo. En realidad, las reglas son muy sencillas, y se aplican a cualquier número.

–A cualquier número, ¿eh? –dijo el general–. Vamos a ver. –Sacó su propia computadora (un severo modelo militar) y la accionó al azar–. Escriba cinco siete tres ocho en el papel. O sea cinco mil setecientos treinta y ocho.

–Sí, señor –dijo Aub, tomando una nueva hoja de papel.

–Ahora –prosiguió el general, tras accionar nuevamente la computadora– siete dos tres nueve. Siete mil doscientos treinta y nueve.

–Ya está, señor.

–Y ahora multiplique esos dos números.

–Requerirá mucho tiempo –tartamudeó Aub.

–No tenemos prisa –repuso el general.

–Adelante, Aub –le ordenó Shuman con voz tensa.

Aub puso manos a la obra, muy encorvado. Tomó una hoja de papel y luego otra. El general terminó por sacar su reloj para consultarlo.

–¿Ya terminó sus operaciones mágicas?

–Casi, general… mire, ya está. Cuarenta y un millones, quinientos treinta y siete mil, trescientos ochenta y dos.

Exhibió las cifras escritas en la hoja de papel.

El general Weider sonrió irónicamente. Oprimió el botón de multiplicar de su computadora y esperó a que se formase el resultado. Luego lo miró estupefacto y dijo con voz aguda y entrecortada:

–¡Gran Galaxia, este individuo acertó!

 

El presidente de la Federación Terrestre cada vez aparecía con aire más cansado y abrumado en su despacho; y en la intimidad dejaba que una expresión de profunda melancolía se esparciera por sus delicadas facciones. La guerra con Deneb, que había empezado tan brillantemente, respaldada por un poderoso movimiento popular, se había convertido en una deslucida serie de ataques y contraataques, mientras el descontento cundía a ojos vistas entre la población terrestre. Era posible que lo mismo estuviera pasando en Deneb.

Y por si eso no fuera suficiente, allí estaba Brant, presidente del importantísimo Comité de Requisa Militar, haciéndole perder media hora hablándole de tonterías, risueño y satisfecho.

–Calcular sin una computadora es algo que resulta contradictorio por definición –dijo el presidente, que empezaba a perder la paciencia.

–El cálculo no es más que un sistema de manejar datos –repuso el político–. Una máquina puede hacerlo, pero también el cerebro humano. Permita que le dé un ejemplo.

Y empleando la nueva habilidad que había aprendido, realizó sencillas sumas y multiplicaciones, hasta que el presidente empezó a sentirse interesado a pesar suyo.

–¿No falla nunca?

–Nunca, señor presidente. Es un método absolutamente seguro.

–¿Y es difícil de aprender?

–Yo tardé una semana en dominarlo. Creo que usted lo conseguiría antes.

–Desde luego –admitió el presidente–, reconozco que se trata de un interesante juego de salón, pero no le veo mayor utilidad.

–¿Cuál es la utilidad de un niño recién nacido, señor presidente? De momento no sirve para nada, pero… ¿No ve usted que esto señala el camino que conduce a la liberación de la esclavitud impuesta por la máquina? Tenga usted en cuenta, señor presidente –dijo levantándose el congresista, mientras su voz de barítono adquiría automáticamente un tono elocuente y oratorio–, que la guerra con Deneb es una guerra de computadoras que luchan entre sí. Las computadoras del enemigo crean una cortina impenetrable de proyectiles que hacen estallar a los nuestros, y nosotros hacemos lo propio. Cuando nosotros creamos una computadora más perfeccionada, ellos no tardan en hacerlo también. Así se ha mantenido durante cinco años un precario equilibrio que no ha beneficiado a ninguno de los dos bandos en lucha.

“Pero ahora tenemos en nuestras manos un medio para ultrapasar la computadora, saltando sobre ella, dejándola atrás. Combinaremos la mecánica del cálculo con el pensamiento humano; tendremos el equivalente de unas computadoras inteligentes: miles de millones. No puedo predecirle en detalle cuáles serán las consecuencias de esto, pero le aseguro que serán incalculables”.

El presidente dijo, turbado:

–¿Y qué quiere usted que haga?

–Apoye con todo el poder de la administración un proyecto secreto para desarrollar el cálculo humano. Llámelo “Proyecto Número”, si le parece. Yo puedo responder de mi comité, pero necesitaré contar también con el apoyo del gobierno.

–Pero, ¿hasta dónde puede llegar el cálculo humano?

–No hay límite. Según el programador Shuman, que fue quien me comunicó este descubrimiento…

–Conozco a Shuman, desde luego.

–Sí. Pues bien, el doctor Shuman me asegura que en teoría no hay nada que pueda hacer la computadora que no pueda hacerlo también la mente humana. La computadora se limita a barajar un número finito de datos para realizar un número también finito de operaciones con ellos. El cerebro humano puede duplicar ese proceso.

El presidente reflexionó antes de decir:

–Si es Shuman quien lo afirma, en principio me siento inclinado a creerle… al menos en teoría. Pero, en la práctica, ¿cómo puede saber alguien cómo funciona una computadora?

Brant rio con tono indulgente.

–Sepa usted, señor presidente, que yo también hice la misma pregunta. Parece ser que hubo un tiempo en que las computadoras fueron construidas directamente por seres humanos. Se trataba de computadoras sencillas, pero eso, naturalmente, ocurrió mucho antes que se hiciera un uso racional de las computadoras para diseñar otras más perfeccionadas.

–Sí, sí. Prosiga.

–Al parecer, el técnico Aub se dedicaba por afición a reconstruir algunos de estos antiguos aparatos y, al hacerlo, estudió los detalles de su funcionamiento y descubrió que era capaz de imitarlos. La multiplicación que acabo de efectuar para usted es una simple imitación del funcionamiento de una computadora.

–¡Asombroso!

El político carraspeó cortésmente.

–Si usted me permite, señor presidente… cuanto más podamos desarrollar este proyecto, tanto más apartaremos el esfuerzo federal de la producción y mantenimiento de computadoras. A medida que éstas vayan siendo sustituidas por cerebros humanos, podremos consagrar mayor energía a empresas pacíficas, y el peso de la guerra se dejará sentir menos sobre el hombre de la calle. Esto repercutirá de manera muy favorable sobre los que ocupen el poder, téngalo usted por seguro.

–Ah –exclamó el presidente–, ya comprendo. Bien, tome usted asiento, Brant, por favor. Deme algún tiempo para pensarlo… Pero entre tanto, vuelva a enseñarme ese truco de la multiplicación. Vamos a ver si yo también soy capaz de hacerlo.

 

El programador Shuman no quería forzar las cosas. Loesser era un hombre muy conservador, excesivamente conservador, y estaba muy encariñado con las computadoras, como lo habían estado su padre y su abuelo. Por otra parte, dirigía el combinado de computadoras de Europa Occidental, y si conseguía persuadirlo para que pasara a engrosar las filas del Proyecto Número con todo su entusiasmo, Shuman se habría apuntado un tanto importantísimo.

Pero Loesser se hacía el remolón, diciendo:

–No creo que me guste esa idea de quitar importancia a las computadoras. La mente humana es algo caprichoso y arbitrario. La computadora dará la misma solución al mismo problema miles de veces. ¿Qué garantía tenemos de que el cerebro humano haga lo mismo?

–El cerebro humano, calculador Loesser, sólo maneja hechos. Importa poco que sea el cerebro humano o una máquina quienes lo hagan. En ese caso, no son más que herramientas.

–Sí, sí. Ya he visto su ingeniosa demostración, según la cual el cerebro puede imitar a la computadora, pero me parece un poco endeble. Le concedo que en teoría tiene usted razón, pero nada nos permite suponer que de la teoría podamos pasar a la práctica.

–Por el contrario, creo que tenemos motivos fundados para suponerlo, señor. Si bien se mira, las computadoras no han existido siempre. Los hombres de las cavernas, con sus trirremes, hachas de piedra y ferrocarriles, no tenían computadoras.

–Y lo más probable es que no calculasen.

–Usted sabe que calculaban. Incluso la construcción de un ferrocarril o de un zigurat requería efectuar ciertas operaciones de cálculo, y esos hombres primitivos debieron realizarlas sin disponer de las computadoras actuales.

–¿Acaso quiere usted sugerir que las realizaban de la manera que acaba de mostrarme?

–Probablemente no. Después de todo, este método, al que llamaremos “grafítico”, de la antigua palabra europea grafos, que significa “escribir”, ha sido tomado directamente de las propias computadoras, lo cual hace imposible que sea anterior a ellas. Sin embargo, los hombres de las cavernas debieron poseer algún sistema, ¿no cree usted?

–¡Por Dios, no me hable usted ahora de artes perdidas!

–No, no. Yo no soy un entusiasta de las artes perdidas, aunque no niego su existencia. No olvidemos que el hombre se alimentaba de trigo antes de comer productos hidropónicos, y que si los primitivos comían trigo, es porque lo plantaban en la tierra. ¿Qué otra cosa podían haber hecho?

–No lo sé, pero creeré en los cultivos realizados en la tierra cuando alguien consiga hacer crecer una semilla en el suelo. Y cuando alguien me demuestre que es posible hacer fuego frotando dos pedernales, también creeré en ello.

Shuman se mostró conciliador.

–Bien, dejemos eso y volvamos a la grafítica. Ésta forma parte del proceso de eterealización. El transporte mediante aparatos voluminosos va dando paso a la transferencia directa de masas. Los aparatos de comunicaciones cada vez se hacen menos voluminosos y más eficaces. Por ejemplo, compare usted su computadora de bolsillo con las enormes máquinas de hace mil años. ¿Qué impide pues que el último paso consista en la eliminación completa de las computadoras? Vamos, señor, lo invito a unirse al Proyecto Número, que actualmente ya está en marcha y realizando notables progresos. Pero necesitamos su valiosa ayuda. Si el patriotismo no es bastante, considere la aventura intelectual que esto representa.

Pero Loesser seguía mostrándose escéptico.

–¿Notables progresos? ¿Pueden hacer algo más allá de la multiplicación? ¿Son capaces de integrar una función trascendental?

–Todo llegará, señor. Todo llegará. Durante el mes pasado aprendí a dividir. Puedo determinar, correctamente, cocientes integrales y cocientes decimales.

–¿Cocientes decimales? ¿Hasta cuántos decimales?

El programador Shuman trató de conservar su tono indiferente.

–¡Los decimales que quiera!

Loesser se quedó boquiabierto.

–¿Sin computadora?

–Póngame un problema.

–Divida veintisiete entre trece. Hasta seis decimales.

Cinco minutos después, Shuman dijo:

–Dos punto cero siete seis nueve dos tres.

Loesser comprobó la operación.

–Desde luego, es sorprendente. La multiplicación no me impresionó mucho, teniendo en cuenta que se realizaba con números enteros, y pensé que con algún hábil truco se podía conseguir. Pero con decimales…

–Y esto aún no es todo. Se ha realizado un nuevo descubrimiento, que hasta ahora se mantiene en el más riguroso secreto, y que a decir verdad, yo no debería mencionar, ni siquiera a usted. Pero… hemos empezado a sacar raíces cuadradas.

–¿Raíces cuadradas?

–Presenta algunos aspectos muy difíciles y aún no hemos llegado a resolverlos del todo, pero el técnico Aub, el genial inventor de esta ciencia y que posee una sorprendente intuición, asegura que casi ha resuelto del todo el problema. Y no es más que un técnico, pese a todo su genio. ¡Imagínese lo que haría un hombre como usted, un matemático de gran talento! Ninguna dificultad sería insoslayable.

–Vaya… raíces cuadradas –murmuraba Loesser, conquistado a pesar suyo.

–Y después vendrán las raíces cúbicas. Bien… ¿Podemos contar con usted?

De pronto Loesser le tendió la mano.

–Cuenten conmigo.

 

El general Weider se paseaba de un lado a otro en el fondo de la sala, dirigiéndose a sus oyentes como haría un profesional encolerizado a un grupo de alumnos recalcitrantes. Al general no le importaba en absoluto que los reunidos fuesen los sabios civiles que dirigían el Proyecto Número. El general era el jefe indiscutible, y así se consideraba en todo momento.

Con voz atronadora, decía:

–Las raíces cuadradas me parecen estupendas. Yo no sé hacerlas ni comprendo cómo se hacen, pero eso no impide que las encuentre estupendas. Sin embargo, no permitiré que el proyecto se desvíe hacia lo que algunos de ustedes llaman los fundamentos. Ya tendrán tiempo de jugar con la grafítica todo el tiempo que les dé la gana una vez terminada la guerra, pero ahora tenemos problemas concretos y de orden muy práctico que resolver.

En un extremo alejado de la sala, el técnico Aub escuchaba atentamente. Ya no era un técnico, desde luego, pues había sido relevado de sus deberes y destinado al proyecto con un título altisonante y una hermosa paga. Pero las diferencias sociales subsistían, y las grandes eminencias científicas jamás querrían considerarlo un igual ni admitirlo en sus filas. Ni por otra parte Aub lo deseaba, justo es reconocerlo. Se sentía tan incómodo entre ellos como ellos con él.

El general estaba diciendo en aquel momento:

–Nuestro objetivo es muy sencillo, caballeros: la sustitución de la computadora. Una nave que pueda navegar por el espacio sin computadora a bordo puede construirse en una quinta parte del tiempo invertido en la construcción de una nave provista de computadoras, y a un costo diez veces más bajo que ésta. Podríamos construir flotas cinco veces, diez veces más poderosas que las de Deneb, si pudiéramos eliminar la computadora.

“Y vislumbro algo más, después de esto. Puede parecer fantástico ahora, un simple sueño… ¡pero en el futuro veo el misil tripulado por un piloto humano!”

Resonó un murmullo entre el auditorio.

El general prosiguió:

–En la actualidad, el obstáculo principal con que tropezamos es la limitada inteligencia de los misiles. La computadora que los gobierna debe tener unas dimensiones limitadas; por este motivo, no pueden enfrentarse satisfactoriamente con las defensas antimisiles, sujetas a un continuo cambio. Muy pocos misiles consiguen hacer blanco, y a causa de ello, la guerra a base de misiles se encuentra en un impasse; tanto para el enemigo, afortunadamente, como para nosotros.

“Por otra parte, un misil con un par de hombres en su interior, o con uno solo, dedicados a gobernar su vuelo por medio de la grafítica, sería más ligero, tendría más movilidad y poseería mayor inteligencia. Nos permitiría obtener una primacía que podría conducirnos muy bien a la victoria. Además, caballeros, las exigencias de la guerra nos obligan a recordar otra cosa. Un hombre es mucho menos valioso que una computadora. Podríamos lanzar los misiles tripulados en un número y en unas circunstancias que ningún general enfrentaría, si se tratara de misiles con cerebro electrónico…”

Dijo muchas cosas más, pero el técnico Aub no quiso esperar más tiempo.

 

En la intimidad de su alojamiento, el técnico Aub pulió meticulosamente la nota que pensaba dejar. En su redacción final, decía como sigue:

“Cuando comencé el estudio de lo que ahora se conoce por el nombre de grafítica, para mí no representó más que un simple pasatiempo. Únicamente veía en él un modo interesante de distraerme, un ejercicio mental.

“Cuando se inició el Proyecto Número, confié en el juicio y la prudencia de mis superiores; pensé que se haría un uso pacífico de la grafítica, en beneficio de la humanidad, para contribuir tal vez a la creación de aparatos de transporte por transferencia de masas que fuesen verdaderamente prácticos. Pero hoy veo que sólo se utiliza esta ciencia para la muerte y la destrucción.

“Por lo tanto, no puedo asumir la responsabilidad de haber inventado la grafítica”.

Luego volvió deliberadamente hacia sí el foco de un despolarizador de proteínas, y cayó instantáneamente muerto, sin haber experimentado el menor dolor.

 

Todos rodeaban la tumba del pequeño técnico, rindiendo tributo a su grandioso descubrimiento.

El programador Shuman mantenía la cabeza inclinada, como el resto de los presentes, pero no experimentaba la menor emoción. El técnico había cumplido su parte y ya no era necesario. Era el creador de la grafítica, pero a la sazón la ciencia seguiría avanzando por sí sola con paso arrollador, triunfalmente, hasta hacer posibles los misiles pilotados, y Dios sabía qué más.

–Nueve por siete son sesenta y tres –se dijo Shuman, con honda satisfacción–, y maldita la falta que me hace una computadora para saberlo. ¡Tengo una computadora en la cabeza!

Y era sorprendente la sensación de poder que eso le producía

 

(Tomado de Asimov, Isaac, Cuentos completos. Volumen I, Ediciones B, Madrid, 2002)