lunes, 20 de julio de 2026

Los clarividentes

Jorge Eduardo Alcalá

 

Íbamos de la casa abandonada al puente. Éramos los fracasados, los que así tuviéramos veinte oportunidades de recomenzar lo haríamos mal. Beatrice, por ejemplo. Beatrice había sido una estupenda bailarina, pero cuando la llamó la mejor compañía de danza, ella se fracturó los tobillos y ahora apenas caminaba. O Víctor. Policía de primera, candidato al premio municipal de Altos Honores hasta antes de conocer a Rita. Y Val. Val era un luchador sueco en declive que no podía hilar ni siquiera cinco abdominales. Y yo, por supuesto, que en mis mejores tiempos había sido galán de altura, pero ahora buscaba una mujer que me sacara a flote. Éramos los que sin querer dan paso a la existencia de los héroes, los que fallaban quinientas veces los penales. Los momentos clave simplemente no estaban hechos para nosotros.

A decir verdad, la situación era incómoda, pero se podía vivir. Entre la casa y el puente, yo prefería la casa, a pesar de que por doquier se veía el desorden: gatos invadiendo la mesa al menor descuido, vendas y ediciones suecas del Playboy tiradas en el suelo, todo impregnado de un olor a orines que dejaba Val en sus borracheras, pues vivía convencido de que el excusado estaba en cualquier lugar.

Pero eso se podía sobrellevar: Val se retiraba al puente y miraba el río mientras se bebía una tremenda botella de dos litros de vodka sin decir palabra. Beatrice jamás dejaba de quejarse, pero nunca se iba. Víctor postulaba cada año a la policía de nuevo, pero nunca lo matriculaban porque Rita era la jefa de personal. Yo imaginaba negocios que me permitían regresar al ambiente de traje y corbata… Y así nos transcurría la vida; casi sin darnos cuenta íbamos de aquí para allá, de tropezón en tropezón, coleccionando nuestras fallas como otros hacen con insectos o timbres postales.

–Míralos, son asquerosos –me decía Beatrice mientras los muchachos pateaban una pelota hecha de periódicos–. Son como perros: dales un juguete o un hueso. No necesitan nada más para decirle adiós al mundo.

–De acuerdo. Pero al menos hacen algo –era mi respuesta. Ella no la escuchaba porque de nuevo se estaba quejando.

–Además la casa huele horrible. Val es un cerdo. Y Víctor es un inútil.

Y el juego se prolongaba minutos u horas, dependiendo de “mi” tiempo disponible, que no era otro sino el que estaba dispuesto a ceder oyendo confabulaciones y sinsentidos.

Del puente a la casa abandonada: cuando Víctor, Val o yo conseguíamos algún dinero, lo primero era convencer a Beatrice de que su destino estaba aquí y ahora, comprarle algún póster de danza y ella a regañadientes nos acompañaba al puente a ver los barcos que partían mientras Val vaciaba su monumental botella de vodka. Pero ella no bebía, solo refunfuñaba. Al poco tiempo se le oía mascullar “me largo, hato de cerdos”, y después volvía con nosotros porque no sabía el camino de vuelta a casa ni los tobillos le daban para caminar más. Pobre Beatrice, no era hermosa –ni por dentro ni por fuera–: cuando se maquillaba se le corría el rímel y perdía el equilibrio al primer paso. Tampoco era raro encontrarla en el porche del vecino esperando que alguien le abriera la puerta porque no sabía cómo hacerlo. Dos cosas no cabían en su pequeño mundo: la ciudad y sus convenciones.

Val no. Val había atesorado un carácter duro allá en los viejos días de la Suecia de los cincuentas, en medio de arenas de lucha internacionales. Hablaba todavía del Brasil coronado, de Olof Palme, de la fábrica de autos Opel y de las vacaciones en Upsala. Llenaban su memoria su madre, sus hermanas, sus títulos y su retiro obligado por alcoholismo justo antes de pelear contra un ruso por el campeonato del mundo. Pero ahora apenas si podía llegar al puente a ver los barcos que se iban, empinar el codo y perderse en su colección de Playboy: su redondo cuerpo no daba para más.

Víctor en cambio pasaba largas horas imaginando lo que podía haber sido al lado de Rita. Tenía la pensión de desempleado, pero casi nunca la hacía efectiva.

–Stergios –me decía– en el momento menos pensado me la subo a un auto y nos vamos hacia el sur.

–¿Pero en qué auto? –replicaba yo.

–No se preocupe por eso que lo resuelvo en dos minutos. Lo difícil es Rita.

–Claro. Ahora resulta que las mujeres más hermosas del mundo se largan a la aventura con desempleados. Más encima en autobús.

Pero él vivía convencido de que un día de esos iba a conseguir un Volkswagen para recorrer las largas cadenas montañosas del sur y las playas en compañía de la mujer de sus sueños. El único inconveniente era que esa mujer lo odiaba a muerte.

El primer signo de que algo andaba mal vino de Beatrice –que por esos días andaba con el rímel corrido y parecía sacada de una película de horror de los 50’s– que un día dijo, sin mayor antecedente:

–¡Ja! Este maldito cerdo piensa que va a ganar. Lo que no sabes –añadió mientras señalaba a Val– es que estás acabado. ¡Finish! ¡Te van a mandar al hospital! Y por Dios, deja de orinarte en las paredes.

No le hicimos caso. Casi enseguida Val se levantó a orinar. Víctor me golpeó con el codo. Yo lo miré fastidiado puesto que no me importaba dónde hacía Val sus necesidades.

–Mire. Está orinando la pared.

–¿Y?

–Que la Duncan lo predijo –se refería a Beatrice como “la Duncan”– Acá hay un gato y una liebre.

–¡Por Dios, si eso lo hace todos los días!

–Sí, pero ahora es distinto.

Beatrice contemplaba furiosa la escena, maldijo quince veces, gritó “me largo” y golpeó la puerta.

–Hay que ver qué quiso decir con lo de “ganar” –prosiguió Víctor.

–Es natural. Ella sabe que el gordo es luchador.

–Claro. Pero también sabe que hace años no pelea –dijo Víctor.

En ese preciso instante alguien tocó la puerta. Un intermediario le ofreció a Val cien dólares por dejarse vencer en la tercera caída ante Zulema, una luchadora sin prejuicios, decidida a abrirse paso a como diera lugar, incluso a costa de veteranos y de héroes cansados.

–¡Qué tal! –gritó Val jubiloso con los treinta dólares de adelanto en la mano– El Gran Valerio Robson está de vuelta. ¡Como Brasil!

Como era de esperarse, justo la noche de su inverosímil regreso, Val se emborrachó tanto que no pudo llegar ni al fin de la primera caída. A los dos minutos vomitó en el ring. El réferi lo echó. Zulema lo pateó de verdad porque había manchado sus botines de charol dorado. El público aventaba cáscaras de cacahuates y cocacolas. Víctor y yo sacamos al enorme Val, como un paquidermo derrotado que se movía a duras penas y lo llevamos al hospital porque comenzó a sangrar por la nariz. Poco antes de entrar a la sala de urgencias, cuando ya estaba en camilla me confesó: “Stergios, no hay caso. La muchacha ya sabe que usted es un pobre diablo. Además, no conjeturen. No los va a llevar a nada”.

Me quedé de una pieza. Lo que estaba ocurriendo era increíble. Nadie sabía que yo cortejaba a una vendedora de zapatos. Menos ese luchador venido a menos. Víctor me miró y dijo:

–¿Es cierto lo que dijo Val?

–¿Qué? –pregunté, haciéndome el que no entendía.

–Ya sabe, lo de la muchacha.

Yo pensé que Víctor se estaba entrometiendo en mi vida privada.

–¿A usted qué carajos le importa? Supongamos que yo estoy saliendo con una mujer ¿cuál es el problema? –dije, envalentonándome.

–¿No lo ve? –contestó Víctor, como si estuviera descubriendo un secreto de la CIA– Val y la Duncan son clarividentes.

–Me está diciendo que una bailarina que no se sostiene por sí misma y un luchador que ya va cuesta abajo saben el futuro. No me chingue…

–Stergios, despierte. Explíqueme por qué Val sabe lo de la muchacha. La Duncan predijo exactamente lo que pasó hoy, lo del hospital incluido ¿qué me dice?

Yo le respondí con mi mejor argumento, esperando que la farsa se le viniera abajo.

–Ya le dije que no jodiera. Además ¿por qué hace unas horas Val gritó que Valerio No-se-qué estaba de vuelta? ¿Eh? Evidentemente se equivocó… evidentemente no sabe…

–¡Los que no sabemos nada somos nosotros! –gritó Víctor– No sabemos nada, excepto que Val y la Duncan son clarividentes…

–Ya basta de la broma –dije yo– Hay que tomar un café. Pronto van a traer el informe médico.

–Espere –me interrumpió– el gordo también predijo esta discusión. “No conjeturen”, ¿lo recuerda? “No los va a llevar a nada”.

–Mierda –susurré y solté una sonrisa de incredulidad–. Es cierto.

Nos sentamos en el lobby del hospital por un rato sin saber qué decir. Parecía que la situación tomaba un rumbo incómodo y a ninguno de los dos nos agradaba. La enfermera pasó por ahí y nos dijo que Val estaría en terapia intensiva por lo menos 48 horas.

–¡Imbéciles! –gritó Beatrice– ¡Dejaron la puerta cerrada con candado! ¿Creen que no me doy cuenta?

–Tranquila –dijo Víctor–- Ya llegamos. Además está abierto.

–¡No es cierto! Stergios tiene la llave. Pone el candado y ya nadie puede entrar nunca más a la casa.

Me acerqué y giré la perilla de la puerta, que se abrió inmediatamente.

–Por favor –intentó calmarla Víctor, conduciéndola hacia el interior de la casa– ¿Lo ve? Este muchacho…

–¡No lo defienda! –le espetó Beatrice y luego me gritó – Es usted un cretino. Desperdicia su vida ligando zapateras. Lo peor es que va a terminar buscando extraterrestres. ¿Me está escuchando?

Intentó seguir, pero la crisis nerviosa se le agudizó y las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas. Víctor la condujo a su habitación en medio de toses y balbuceos ininteligibles. Yo estaba en medio de la casa, estupefacto, golpeado, aturdido. Me sentía como un tonto a quien acaban de decirle la verdad. El olor a orines fue entonces tan intenso que tuve náuseas. Por primera vez reparé en uno de los gatos que invadían la mesa: sus ojos eran de un azul sobrecogedor y parecía un ser inteligente, de otro mundo. Sin detenerme a pensarlo más recogí una Playboy del suelo, saqué una botella de vodka y tomé rumbo hacia el puente. Tenía mucho miedo de convertirme en uno de esos personajes estrafalarios que cazan ovnis y entrevistan abducidos.

A las dos noches, Val regresó hecho una piltrafa. Tenía la mandíbula rota, collarín y un brazo en cabestrillo. En cuanto llegó, se fue directamente a la cama. Víctor lo apaleó a preguntas, pero como tenía la mandíbula rota no podía responder. Al darle lápiz y papel nos dimos cuenta de que tampoco podía escribir. A señas casi indescifrables nos preguntó si Zulema le había entregado a alguien los 70 dólares restantes. Nos exasperamos con su falta de interés sobre la clarividencia. Víctor lo tomó de la camisa, lo amenazó diciéndole “Deje de jugar”, pero Val no podía entender muy bien y se recostó de lado. Al poco rato empezó a roncar. Casi al unísono mascullamos un carajo. Después nos fuimos al puente a beber. Salvo eso, no había otra cosa por hacer esa noche.

Víctor un día dijo –tenía los ojos en blanco y los brazos extendidos como los monjes budistas– “las cosas se van a poner más feas”. Y se cumplió como palabra escrita en piedra. Val insistía en que golpeáramos a Zulema para cobrarle. Beatrice se encerró por días enteros y de vez en cuando soltaba frases en lenguas desconocidas como “Behemot, behemot, tuero behemot”. Víctor otro día dijo “Stergios, Rita es una cualquiera. Se acuesta con el jefe de la sección, pero el día menos pensado me la subo a un auto y me largo hacia el sur”. Yo iba a contestarle lo de siempre, pero me contuve. Sospechaba que él también había adquirido la enfermedad de la clarividencia.

A pesar de que la situación seguía igual en apariencia (la casa invadida de gatos, el suelo tapizado de fotografías de mujeres desnudas, Víctor deduciendo cada vez más inteligentemente acerca de las situaciones, Val bebiendo y orinando, Beatrice perdida en sus laberintos interiores, los barcos tomando rumbo desconocido) ciertas sutilezas en ellos tres había cambiado. Parecían invadidos. Beatrice andaba por la casa como sonámbula, con los brazos extendidos y hablando en sánscrito o sabe Dios qué idioma. Víctor hacía comentarios más categóricos y acertados, sacaba conclusiones asombrosas y sus argumentos eran imbatibles. No dejaba de preguntarme si se gestaba en sus mentes una nueva inteligencia, acaso superior.

Con esta inquietud en mente, me encontré esa misma tarde con la chica que vendía zapatos. Lucía impresionante. Parecía haber crecido unos centímetros más. Cuando la miré a los ojos, demasiado azules y sobrecogedores, las escasas dudas que albergaba se disiparon.

 

Años después me encontré con Víctor en una de esas cantinas de paredes desportilladas que solo visitan los alcohólicos irremediables. Estábamos viejos, sucios, vencidos. Bebimos no sé cuántas cervezas, casi en silencio, conscientes de que no traíamos dinero suficiente para pagarlas y que nos echarían del lugar en forma vergonzosa.

–¿Por qué se fue cuando vivíamos con Val y Beatrice? ¿Qué sentido tenía irse? –me dijo.

–Vamos –le contesté– Yo era un hombre crédulo y usted un policía en busca de un caso.

–Bah. Con que eso fue.

–¿Qué pasó con ellos? –pregunté.

–Es una historia rara. Muy rara. Luego de que usted se fue, Val se empleó con Zulema. La Duncan vive de una herencia, habla en lenguas y todavía no puede abrir las puertas, es increíble. Rita se largó conmigo al sur, pero nos alcanzó la fatiga y ya nunca nos volveremos a ver. El tiempo pesa, uno se cansa…

Hicimos una pausa porque la única solución que nos quedaba luego de esa revisión tan inclemente del pasado estaba en la cerveza. No era fácil darse cuenta de que la vida se nos había ocultado entre casas abandonadas, fatales rings de lucha, mujeres que se iban y destinos brumosos, erráticos al menos.

–¿Y el asunto de la clarividencia? En el fondo parecía bastante cierto –inquirí al cabo de un rato.

–Fracasamos –me dijo y le dio un profundo trago a la cerveza– Parece que la clarividencia tampoco estaba hecha para nosotros.

–Sí, mierda. Sé a lo que se refiere –le contesté casi murmurando, triste, demolido, sabiendo en el fondo que todavía le miraba los ojos a las personas, a la busca del fatídico azul, como un barco que navega intuyendo que el horizonte es en realidad un precipicio.

 

(Tomado de www.laotrarevista.com)

 

Fábula novena

Juan Benet

 

El criado, en estado de intenso azoramiento, llegó al mediodía a casa de su amo, un rico comerciante, y con las siguientes palabras le vino a explicar el trance, por el que había pasado:

–Señor, esta mañana mientras paseaba por el mercado de telas para comprarme un nuevo sudario, me he topado con la Muerte, que me ha preguntado por ti. Me ha preguntado también si acostumbras a estar en casa por la tarde, pues en breve piensa hacerte una visita. He pensado, señor, si no será mejor que lo abandonemos todo y huyamos de esta casa a fin de que no nos pueda encontrar en el momento en que se le antoje.

El comerciante quedó muy pensativo.

–¿Te ha mirado a la cara, has visto sus ojos? –preguntó el comerciante, sin perder su habitual aplomo.

–No, señor. Llevaba la cara cubierta con un paño de hilo, bastante viejo, por cierto.

–¿Y además se tapaba la boca con un pañuelo?

–Sí, señor. Era un pañuelo barato y bastante sucio, por cierto.

–Entonces no hay duda, es ella –dijo el comerciante, y tras recapacitar unos minutos añadió–: Escucha, no haremos nada de lo que dices; mañana volverás al mercado de telas y recorrerás los mismos almacenes y si te es dado encontrarla en el mismo o parecido sitio procura saludarla a fin de que te aborde. En modo alguno deberás sentirte amedrentado. Y si te aborda y pregunta por mí en los mismos o parecidos términos, le dirás que siempre estoy en casa a última hora de la tarde y que será un placer para mí recibirla y agasajarla como toda dama de alcurnia se merece.

Hízolo así el criado y al mediodía siguiente estaba de nuevo en casa de su amo, en un estado de irreprimible zozobra.

–Señor, de nuevo he encontrado a la Muerte en el mercado de telas y le he transmitido tu recado que, por lo que he podido observar, ha recibido con suma complacencia. Me ha confesado que suele ser recibida con tan poca alegría que nunca logra visitar a una persona más de una vez y que por ser tu invitación tan poco común piensa aprovecharla en la primera oportunidad que se le ofrezca. Y que piensa corresponder a tu amabilidad demostrándote que hay mucha leyenda en lo que se dice de ella. ¿No será mejor que nos vayamos de aquí sin que nos demuestre nada?

–¿Lo ves? –repuso el comerciante, con evidente satisfacción–. La hemos ahuyentado; puedo asegurarte que ya no vendrá en mucho tiempo, si es que un día se decide a venir. Tiene a gala esa dama presumir de que ella no busca a nadie, sino que todos –voluntaria o involuntariamente– la requieren y persiguen. Y, por otra parte, nada le gusta tanto como las sorpresas y nada detesta como el emplazamiento a fecha fija. Debes conocer esa historia de la Antigüedad que narra el encuentro que tuvo con ella un hombre que trataba de huir de una cita que ella no había preparado. Pues bien, me atrevo a afirmar que ahora que la hemos invitado no acudirá a esta casa, a no ser que cualquiera de nosotros dos pierda el aplomo y se deje arrastrar a alguna de sus astutas estratagemas.

Aquella tarde, la Muerte –con un talante sinceramente amistoso y desenfadado– acudió a la casa del comerciante para, aprovechando un rato de ocio, testimoniarle su afecto y disfrutar de su compañía y de su conversación. Pero el criado al abrir la puerta no pudo reprimir su espanto al verla en el umbral, la cara cubierta con un paño de hilo muy viejo y protegida la boca con un pañuelo sucio, y sospechando que se trataba de una añagaza compuesta entre su amo y la dama para perderle, se precipitó ciego de ira en el gabinete donde descansaba aquél y, sin siquiera anunciarle la visita, lo apuñaló hasta matarle y huyó por otra puerta.

Cuando la Muerte, extrañada del silencio que reinaba en la casa y de la poca atención que le demostraba aquel hombre que ni siquiera le invitaba a entrar, por sus propios pasos se introdujo en el gabinete del comerciante, al observar su cuerpo exánime sobre un charco de sangre no pudo reprimir un gesto de asombro que pronto quedó subsumido en un pensamiento habitual y resignado:

–En fin, lo de siempre. Otra vez será.

 

(Tomado de www.talesofmytery.blogspot.com)

 

El asalto al Gran Convoy

Dino Buzzati

 

Arrestado en un callejón de la ciudad y condenado solamente por contrabando –porque tuvo la suerte de no ser reconocido– Gaspar Planetta, capitán de bandidos, permaneció tres años en prisión.

Al salir libre estaba muy cambiado. Consumido por la enfermedad, con una gran barba, parecía un viejo y no el famoso capo brigante, el mejor tirador conocido, que no sabía errar un disparo.

Con sus cosas en una bolsa, se puso en camino hacia el Monte Fumo, su antiguo reino, donde suponía que debían estar sus compañeros.

Era un domingo de junio cuando se internó en el valle donde estaba su casa. Los senderos del bosque no habían cambiado: aquí afloraba una raíz: allá una piedra que recordaba perfectamente. Todo estaba igual que antes. Como era fiesta, la banda debía estar reunida en su casa. Al acercarse, Planetta oyó voces y carcajadas. La puerta, a diferencia de sus tiempos, estaba cerrada.

Golpeó dos o tres veces. Adentro se hizo un silencio. Después preguntaron:

–¿Quién es?

–Vengo de la ciudad –respondió– vengo de parte de Planetta.

Tenía pensado darles una sorpresa, pero en cuanto abrieron la puerta, se dio cuenta de que no lo reconocían. Solo el viejo perro, el esquelético Tromba, le saltó encima con alegría.

Al principio sus antiguos compañeros, Cosimo, Marco, Felpa y también tres o cuatro desconocidos, lo rodearon, pidiéndole noticias de Planetta. Les contó que había conocido al jefe en prisión; dijo que Planetta sería liberado un mes más tarde y que, mientras tanto, lo había enviado a él para saber cómo marchaban las cosas.

Al rato, los bandoleros ya habían perdido todo interés en el recién llegado y lo dejaban con un pretexto cualquiera. Solo Cosimo se quedó hablando con él, pero sin reconocerlo.

–¿Y qué piensa hacer cuando vuelva?

–¿Cómo qué piensa hacer? ¿Es que acaso no puede volver acá?

–Ah, sí, sí… yo no digo nada. Solo estaba pensando en él. Las cosas aquí han cambiado mucho. Y él va a querer mandar todavía, se entiende… pero no sé…

–¿Qué es lo que no sabe?

–No sé si Andrea estará dispuesto… no va a querer. Por mí que vuelva, nosotros dos siempre nos llevamos bien.

Así supo Gaspare Planetta que el nuevo jefe era Andrea, uno de sus antiguos compañeros.

En ese momento se abrió la puerta de par en par y entró el propio Andrea, que se paró en medio del cuarto. Planetta recordaba un tipo alto y flaco. Ahora tenía delante una formidable estampa de forajido, con una cara dura y unos espléndidos bigotes. Tampoco lo reconoció.

–¿Ah sí? –dijo a propósito de Planetta– ¿Y cómo fue que no consiguió fugarse? No debe ser demasiado difícil. También a Marco lo metieron adentro, pero no llegó a estar ni seis días. Tampoco a Stella le resultó difícil evadirse. Y en cambio él, que era el jefe, precisamente él, no hizo buen papel.

–Es que ya las cosas no son como antes –repuso Planetta con una sonrisa burlona– Hay muchos guardias ahora, cambiaron las rejas, jamás nos dejaban solos. Y además él se enfermó.

Mientras hablaba se iba dando cuenta que lo habían dejado afuera, comprendía que un capo brigante no puede dejarse capturar y mucho menos permanecer encerrado tres a cuatro años como un desgraciado cualquiera, comprendía que estaba viejo, que ya no había lugar para él allí, que su tiempo había terminado.

–Me dijo –prosiguió con voz cansada– Planetta me dijo que había dejado aquí su caballo, un caballo blanco que se llama Polak, me parece, y que tiene un bulto detrás de la rodilla.

–Tenía, querrá decir, tenía… –dijo Andrea arrogante, comenzando a sospechar que era el propio Planetta el que tenía delante– Si el caballo se murió, no es culpa nuestra.

–Me dijo– continuó con toda calma Planetta– que también dejó aquí su ropa, una linterna y un reloj– y sonriendo sutilmente se acercó a la ventana para que todos pudieran verlo bien.

Y todos, en efecto, lo vieron, reconociendo en aquel viejo flaco lo que quedaba de su famoso jefe Gaspare Planetta, el mejor tirador conocido, que no sabía errar un solo tiro.

Sin embargo, ninguno habló. Tampoco Cosimo se atrevió a decir nada. Todos simularon no haberlo reconocido porque estaba presente Andrea, el nuevo jefe y le temían.

Y Andrea hacía como si no pasara nada.

–Nadie ha tocado sus cosas –respondió Andrea– deben estar por ahí, en algún cajón. De la ropa, no sé nada. Probablemente alguien la usó.

–Me dijo –continuó imperturbable Planetta, aunque esta vez ya no sonreía–, me dijo que dejó aquí su fusil, su escopeta de precisión.

–Su fusil está aquí –dijo Andrea– y puede venir por él cuando quiera.

–Me decía, siempre me decía: quién sabe qué trato le han dado a mi fusil, quién sabe en qué chatarra me lo encuentro convertido a mi regreso.

–Yo lo usé algunas veces– admitió Andrea con cierto tono de desafío– pero no creo que por eso se haya estropeado.

Gaspare Planetta se sentó sobre un banco. Se sentía afiebrado, cosa que solía pasarle; no mucho, pero lo suficiente para sentir la cabeza pesada.

–Dime –insistió, volviéndose a Andrea– ¿Me lo podrías dejar ver?

–Adelante –respondió Andrea, haciéndole señas a uno de los nuevos integrantes de la banda– Ve, ve a buscarlo.

Un momento después le entregaron el fusil a Planetta. Lo observó minuciosamente, con aire preocupado y poco a poco, mientras acariciaba el cañón, pareció serenarse.

–Bien –dijo después de una larga pausa–… y también me dijo que dejó aquí las municiones. Lo recuerdo bien: seis medidas de pólvora y ochenta y cinco proyectiles.

–Adelante –ordenó Andrea secamente–. Tráiganle todo. ¿Hay alguna otra cosa?

–Eso –dijo Planetta acercándose a Andrea con la mayor calma y sacándole de la cintura un puñal envainado–. Todavía falta ésta. Su cuchilla de caza –y volvió a sentarse.

Corrió un largo y pesado silencio.

–Bien… buenas noches– dijo por fin Andrea para hacerle comprender a Planetta que la entrevista había terminado.

Gaspare Planetta levantó los ojos midiendo la poderosa corpulencia del otro.

¿Habría podido desafiarlo, enfermo y cansado como estaba? Se levantó lentamente, esperó que le dieran el resto de sus cosas, metió todas en la bolsa y se echó el fusil al hombro.

–Buenas noches, señores –dijo, encaminándose hacia la puerta.

Los hombres quedaron mudos, paralizados de estupor, porque jamás hubieran imaginado que Gaspare Planetta, el famoso capo brigante pudiera terminar así, permitiendo que lo mortificaran impunemente.

Solo Cosimo consiguió emitir una voz extrañamente ronca:

–¡Adiós, Planetta! –exclamó, haciendo a un lado toda simulación–. ¡Adiós y buena suerte!

Planetta se alejó por el bosque, en medio de las sombras de la noche, silbando.

 

***

Eso le sucedió a Planetta, que ya no era más capo brigante sino solamente Gaspare Planetta, de Severino, del año cuarenta y ocho, sin residencia fija. Aunque, en realidad, dónde vivir tenía, una cabaña sobre el Monte Fumo, de troncos y piedra, en el medio del bosque, donde se refugiara una vez que lo perseguían los guardias.

Planetta llegó a su cabaña, encendió el fuego, contó el dinero que tenía (podía alcanzarle para algunos meses) y comenzó a vivir solo.

Pero una noche, mientras estaba sentado junto al fuego, se abrió de golpe la puerta y apareció un joven, con un fusil. Tendría unos diecisiete años.

–¿Qué pasa? –preguntó Planetta sin siquiera levantarse.

El muchacho tenía un aire desenfadado, se parecía a él, Planetta, una treintena de años antes.

–¿Está aquí la gente del Monte Fumo? Hace tres días que los busco.

El muchacho se llamaba Pietro. Explicó sin titubeos que quería unirse a la banda. Había vivido siempre vagabundeando y hacía años que tenía ese proyecto, pero como para ser bandolero debía contar por lo menos con un fusil, no había tenido más remedio que esperar un poco; ahora había robado uno bastante bueno.

–Llegaste a buen lugar; yo soy Planetta.

–¿Planetta el capitán, quiere decir?

–El mismo.

–Pero, ¿no estaba en prisión?

–Allí estuve, por así decirlo –explicó irónicamente Planetta–. Estuve tres días: no tuvieron la suerte de retenerme más tiempo.

El muchacho lo miró entusiasmado.

–¿Y ahora quieres que me quede contigo?

–¿Quedarte conmigo? –dijo Planetta– Está bien, por esta noche duerme aquí, mañana veremos.

Los dos vivieron juntos. Planetta no desengañó al muchacho, lo dejó creer que seguía siendo el jefe, le explicó que prefería vivir solo y encontrarse con los compañeros nada más que cuando era necesario.

El muchacho lo creía poderoso y esperaba de él grandes cosas. Pero pasaban los días y Planetta no hacía nada, a excepción de cazar un poco. El resto del tiempo lo pasaba siempre junto al fuego.

–Jefe –decía Pietro– ¿cuándo vamos a dar un golpe?

–Uno de estos días –respondía Planetta–. Llamaré a los compañeros y te sacarás el gusto.

Pero los días siguieron pasando.

–Jefe –insistía el muchacho–. Supe que mañana pasará por el camino del valle un tal Francisco, que debe tener los bolsillos llenos.

–¿Un tal Francisco? –repetía Planetta sin demostrar interés– Lo conozco hace tiempo. Es un hombre astuto, un verdadero zorro: cuando viaja no lleva un solo escudo encima, de miedo a los ladrones.

–Jefe –decía el muchacho–. Supe que mañana pasan dos carros de buena mercadería. Todos cosas de comer. ¿Qué dice, jefe?

–¿De veras? –respondía Planetta– ¿Cosas de comer? –y dejaba languidecer el asunto, como si no fuera digno de él.

–Jefe –decía el muchacho–, mañana es la fiesta de la ciudad y habrá mucho movimiento de gente, pasarán cantidad de carruajes y muchos regresarán de noche. ¿No tendríamos que intentar algo?

–Cuando hay gente –contestaba Planetta– más vale no hacer nada. Hay gendarmes por todos lados los días de fiesta. No hay que fiarse. Precisamente fue en un día de fiesta que me capturaron.

–Jefe –decía después de unos días Pietro– di la verdad, a ti te pasa algo. No tienes ganas de hacer nada. Ni siquiera de ir a cazar. No quieres ver a los compañeros. Debes estar mal, seguramente, ayer también tuviste fiebre. Siempre estás al lado del fuego. ¿Por qué no hablas claro?

–Puede que no esté bien –decía Planetta sonriendo–, pero no es lo que tú piensas. Si quieres que te lo diga, así por lo menos me dejas tranquilo, es una estupidez fatigarse para embolsarse algunas pocas monedas. Si hago algo, quiero que valga la pena. Bien: he decidido esperar al Gran Convoy.

Se refería al Gran Convoy que una vez al año, precisamente el 12 de setiembre, llevaba a la capital un cargamento de oro, todo lo recaudado por concepto de impuestos en las provincias del sur. Avanzaba entre sonidos de cuernos a lo largo del camino principal, custodiado por guardia armada. El Gran Convoy Imperial con el gran carro de hierro, todo lleno de monedas metidas en sacos. No había bandolero que no soñara con él en las noches tranquilas, pero desde hacía cien años nadie había logrado asaltarlo impunemente. Trece bandidos habían muerto, veinte estaban en prisión. Ya nadie pensaba en el Gran Convoy en serio; año tras año la recaudación de impuestos se hacía más grande y la escolta armada era reforzada. Iban soldados adelante y atrás, patrullas a caballo a los lados; los cocheros, los jinetes y los servidores, todos armados. Lo precedía una especie de avanzada con trompeta y bandera. Después venían veinticuatro guardias a caballo, armados con fusiles, pistolas y espadones, y enseguida el carro de hierro con la insignia imperial en relieve tirado por dieciséis caballos. Otros veinticuatro soldados en la retaguardia, otros doce a los lados. Cien mil ducados de oro, mil onzas de plata, destinados a la casa imperial.

El Convoy pasaba a galope cerrado. Luca Toro, cien años antes, había tenido el coraje de asaltarlo y le había ido milagrosamente bien. Era la primera vez: la escolta se asustó y Luca Toro pudo huir a Oriente y darse la gran vida.

Otros bandoleros lo habían intentado: Giovanni Borro, para nombrar algunos, el Tedesco, Sergio de Topi, el Conde y el Jefe de los treinta y ocho. Todos, a la mañana siguiente, aparecieron al borde del camino con la cabeza partida.

–¿El Gran Convoy? –preguntó el muchacho maravillado– ¿De veras quieres arriesgarte?

–Sí, quiero arriesgarme. Si lo logro, estoy hecho para siempre.

Eso dijo Gaspare Planetta, pero estaba lejos de pensarlo. Aun contando con una veintena de hombres habría sido una locura… ¡cuanto más solo!

Lo había dicho por bromear, pero el muchacho se lo había tomado en serio y miraba a Planetta con admiración.

–Dime– preguntó–… ¿y cuántos seríamos?

–Quince, por lo menos.

–¿Y para cuándo?

–Hay tiempo –respondió Planetta–. Tengo que hablar con mi gente. Esto no es cosa de juego.

Pero los días siguieron pasando y los bosques empezaron a ponerse rojos. El muchacho esperaba con impaciencia. Planetta no lo desengañaba y en las largas noches que pasaban junto al fuego, discutía el gran proyecto y se divertía también él. Y en algunos momentos él mismo llegaba a creer que era verdad.

 

***

El 11 de septiembre, el día de la víspera, el muchacho estuvo afuera hasta la noche. Regresó con una cara sombría.

–¿Qué pasa? – preguntó Planetta, sentado como de costumbre junto al fuego.

–Por fin me encontré con tus compañeros.

Se hizo un largo silencio y se oyó el restallar del fuego. También se escuchaba la voz del viento que soplaba en el bosque.

–Y bien… –preguntó Planetta con tono que quería parecer divertido– ¿Te lo dijeron todo?

–Seguro. Me lo contaron todo.

–Bien– añadió Planetta y se hizo otra pausa en el cuarto iluminado solo por el fuego.

–Me dijeron que me fuera con ellos, que hay mucho trabajo.

–Entiendo –aprobó Planetta–. Sería una tontería no ir.

–Jefe –dijo entonces Pietro con voz casi llorosa–, ¿por qué no me dijiste la verdad? ¿Por qué tantas historias?

–¿Qué historias? –dijo Planetta, que hacía esfuerzos por mantener su habitual tono alegre– ¿Qué historias te he contado yo? Te dejé creer, no te quise desengañar, eso fue todo.

–No es verdad –repitió el muchacho–. Me retuviste aquí con falsas promesas, solo por atormentarme. Mañana, bien lo sabes…

–¿Qué pasa mañana? –preguntó Planetta, otra vez tranquilo– ¿Te refieres al Gran Convoy?

–Eso mismo. ¡Y yo que te creí! Aunque tenía que haberme dado cuenta, enfermo como estás… no sé cómo hubieras podido… –Pietro se calló algunos segundos y después, en voz baja, anunció:

–Mañana me voy.

 

***

Pero el otro día, Planetta fue el primero en levantarse. Se vistió de prisa sin despertar al muchacho y tomó el fusil. Cuando llegaba al umbral Pietro se despertó.

–Jefe –dijo, llamándolo así por la fuerza de la costumbre–. ¿Adónde vas a esta hora, se puede saber?

–Sí señor, se puede saber –respondió Planetta sonriendo–. Voy a esperar al Gran Convoy.

Pietro ni siquiera se molestó en responder. Se limitó a darse vuelta en la cama, como para hacerle ver que ya estaba cansado de aquella estúpida historia.

Pero esta vez no era solo una historia. Para cumplir una promesa que había hecho en broma, se disponía a asaltar el Gran Convoy. Ya lo habían fastidiado bastante sus compañeros; por lo menos, que aquel muchacho supiera quién era Gaspare Planetta. Pero, no… no era el muchacho lo que le importaba. En el fondo, lo hacía por él mismo, para sentirse el de antes, aunque fuera por última vez.

Probablemente nadie lo vería y hasta quizá, si lo mataban enseguida, nadie lo supiera jamás, pero eso no tenía importancia. Era un asunto personal con el poderoso Planetta de antes. Una especie de apuesta a favor de una empresa desesperada.

Pietro dejó que Planetta se fuera. Pero después lo asaltó una duda. ¿No se propondría de veras Planetta llevar a cabo el asalto? A pesar de que le parecía una idea absurda, Pietro se levantó y salió a averiguar. Muchas veces Planetta le había mostrado el sitio ideal para esperar al Gran Convoy, y hacia allí se dirigió.

El día ya había amanecido pero el cielo estaba cubierto por largas nubes de tormenta. La luz era clara y grisácea. De tanto en tanto se oía el canto de un pájaro. En los intervalos, se escuchaba el silencio.

Pietro corrió por el bosque hacia el fondo del valle, donde pasaba el camino principal. Avanzaba con prudencia entre los matorrales en dirección a un grupo de castaños, donde seguramente se encontraba Planetta.

Allí estaba, en efecto, escondido detrás de un tronco y se había hecho un pequeño parapeto de ramas para que no lo pudieran ver. Se había apostado sobre una especie de colina que dominaba una brusca vuelta del camino: una fuerte subida que obligaba a los caballos a andar más despacio. Todo lo que pasara por allí se convertía en un blanco fácil.

El muchacho miró la llanura del sur que se perdía en el infinito, cortada en dos por el camino. Allá, en el fondo, vio una polvareda que se movía, avanzaba por el camino: era el polvo que levantaba el Gran Convoy.

Planetta estaba colocando el fusil con la mayor calma, cuando oyó que algo se agitaba cerca de él. Se volvió y vio a Pietro con su fusil en el árbol vecino.

–Jefe –dijo Pietro jadeando–. Planetta, tienes que salir de aquí. ¿Te volviste loco?

–Cállate –respondió sonriendo Planetta–. Que yo sepa, no estoy loco. Vete de aquí enseguida.

–Estás loco, te digo. Crees que van a venir tus compañeros, pero no vendrán, me lo dijeron, nunca pensaron venir.

–Vendrán, por Dios que vendrán, solo es cuestión de esperar un poco. Tienen la manía de llegar siempre tarde.

–Planetta –suplicó el muchacho–. Dame el gusto, sal de ahí. Era solo una broma, nunca pensé dejarte.

–Lo sé, lo sé –rio bonachonamente Planetta–. Pero ahora basta, vete, te digo. Este no es lugar para ti.

–Planetta– insistió el muchacho–. ¿No ves que es una locura? ¿Qué puedes hacer tú solo?

–Por Dios, vete de una vez –gritó con voz ahogada Planetta, que ya no razonaba–. ¿No te das cuenta de que vas a echarlo todo a perder?

En ese momento se comenzaban a distinguir, en el fondo del camino principal, los soldados que escoltaban el Gran Convoy, el carro, la bandera.

–¡Por última vez, vete! –repitió, furioso, Planetta. El muchacho, reaccionando por fin, empezó a arrastrarse entre el pastizal hasta que desapareció.

Planetta escuchó los cascos de los caballos, dio una ojeada a las grandes nubes de plomo, vio tres o cuatro cuervos en el cielo. El Gran Convoy ahora avanzaba despacio, iniciando la subida.

Planetta tenía ya el dedo en el gatillo cuando advirtió que el muchacho regresaba, arrastrándose, y se apostaba otra vez detrás del árbol.

–¿Viste? –susurró Pietro–. ¿Viste cómo no vinieron?

–Canallas –murmuró Planetta sin mover ni siquiera la cabeza y esbozando una sonrisa–. ¡Canallas! Es demasiado tarde para retroceder. ¡Atención, muchacho, que ahora comienza lo bueno!

Trescientos. Doscientos metros. El Gran Convoy se acercaba. Ya se distinguía la gran insignia en relieve sobre los lados del carro, se oían las voces de los soldados que conversaban entre ellos.

Solo entonces el muchacho tuvo miedo. Comprendió que estaba embarcado en una empresa disparatada, de la que no se podía escapar.

–¿Viste que no vinieron? Por caridad, no dispares.

Pero Planetta no se conmovió.

–¡Atención! –murmuró alegremente, como si no lo hubiera oído–. ¡Señores, la función va a comenzar!

Planetta ajustó la mira, su formidable mira que no podía fallar. Pero en aquel instante sonó un disparo del otro lado del valle.

–¡Cazadores! –comentó el capo brigante, divertido, mientras resonaba un terrible eco–. No son más que cazadores. ¡Nada de miedo, eh! Cuánto más confusión, mejor.

Pero no eran cazadores. Gaspare Planetta oyó un gemido. Volvió la cabeza y vio al muchacho que soltaba el fusil y se desplomaba sobre la tierra.

–¡Me hirieron, Planetta! ¡Oh, mama!

No habían sido cazadores los que habían disparado, sino los soldados de la escolta encargados de adelantarse al Convoy para evitar una emboscada. Eran todos expertos tiradores, seleccionados en los combates. Tenían fusiles de precisión.

Uno de ellos, mientras escrutaba el bosque, había visto al muchacho moverse entre los árboles y tenderse después al lado del viejo bandolero.

Planetta lanzó una blasfemia. Se fue levantando con precaución hasta quedar de rodillas, disponiéndose a socorrer al compañero. Sonó un segundo disparo. El proyectil atravesó el valle bajo las nubes tormentosas y después empezó a descender de acuerdo a las leyes de la balística. Había sido dirigido a la cabeza, pero en cambio entró en el pecho, cerca del corazón.

Planetta cayó de golpe. Se hizo un gran silencio, como jamás había oído. El Gran Convoy se había detenido. El temporal no terminaba de desatarse. Los cuervos estaban allá, en el cielo. Todos se mantenían expectantes.

El muchacho volvió la cabeza y sonrió:

–Tenía razón –balbuceó–. Al final vinieron, los compañeros. ¿Los viste, jefe?

Planetta no respondió, pero haciendo un supremo esfuerzo, miró en la dirección indicada.

Detrás de ellos, en un claro del bosque, habían aparecido una treintena de jinetes con el fusil en bandolera. Parecían diáfanos como una nube y sin embargo se distinguían netamente sobre el fondo oscuro de la floresta. Por sus divisas absurdas y sus caras bravías, se hubiera dicho que eran bandidos.

En efecto, Planetta los reconoció enseguida. Eran sus antiguos compañeros, los bandoleros muertos que venían por él. Rastros curtidos por el sol y atravesados por largas cicatrices, horribles mostachos, barbas sacudidas por el viento, ojos duros y clarísimos, espuelas inverosímiles, grandes botones dorados, caras simpáticas, polvorientas de tanto combatir.

Ahí estaba el buen Paolo, lento de entendederas el pobre, muerto en el asalto del Mulino; Pietro del Ferro, que jamás había conseguido aprender a cabalgar; Giorgio Pertica; Frediano, muerto de frío… todos los buenos y viejos compañeros, que había visto morir uno a uno.

¿Y ese facineroso de grandes bigotes y un fusil casi tan largo como él, montado en el caballo blanco y flaco, no era el Conde, el famoso bandolero también caído por causa del Gran Convoy? Sí, era él, el Conde, con el rostro iluminado de cordialidad y satisfacción. ¿Y acaso se equivocaba Planetta o el último de la izquierda que se mantenía erguido y orgulloso, era el propio Marco Grande en persona, ahorcado en la capital en presencia del Emperador y de cuatro regimientos de soldados? Marco Grande, cuyo nombre, cincuenta años después todavía se pronunciaba en voz baja… sí, también había venido para honrar a Planetta, el último valiente y desafortunado capitán.

Los bandidos muertos estaban silenciosos, evidentemente conmovidos, pero llenos de una común felicidad. Esperaban que Planetta hiciera algo.

Y Planetta (lo mismo que el muchacho) se levantó, ya no de carne y hueso como antes sino transparente como los otros y, sin embargo, idéntico a sí mismo.

Lanzando una mirada sobre su pobre cuerpo que yacía en el suelo, Planetta se encogió de hombros, como para convencerse de que ya no importaba nada de eso y se dirigió al claro, indiferente a los posibles disparos. Avanzó hacia los viejos compañeros, feliz.

Estaban por comenzar los saludos particulares, cuando en primera fila advirtió un caballo ensillado a la perfección y sin jinete. Instintivamente se acercó sonriendo.

–Por casualidad –dijo, maravillado por el tono extrañísimo de su nueva voz– ¿no será Polak este caballo?

Era Polak, de verdad, su caballo. Al reconocer a su dueño lanzó una especie de relincho (es necesario definirlo así, porque la voz de los caballos muertos es mucho más dulce que la que conocemos). Planetta le dio dos o tres palmadas afectuosas y desde ya empezó a saborear la delicia de la próxima cabalgata, junto a sus fieles amigos, hacia el reino de los bandoleros muertos que si bien no conocía, era legítimo imaginar lleno de sol, acariciado por un aire de primavera, con largos caminos blancos y sin polvo, que seguramente conducían a milagrosas aventuras. Apoyando la mano izquierda sobre la silla, como si se dispusiera a montar, Gaspar Planetta habló.

–Gracias, muchachos –dijo, tratando de no dejarse dominar por la emoción–. Les juro que… –y se interrumpió al recordar a Pietro, que también transformado en sombra se mantenía apartado, con el embarazo que produce estar entre personas que apenas se conoce–, perdona –le dijo Planetta–, éste es un bravo compañero –agregó dirigiéndose a los bandoleros muertos–. Tenía solo diecisiete años. Hubiera sido todo un hombre.

Los bandidos muertos sonrieron y bajaron levemente la cabeza en señal de bienvenida.

Planetta calló y miró a su alrededor, indeciso. ¿Qué debía hacer? ¿Irse con sus compañeros, dejando al muchacho solo? Volvió a dar dos o tres palmadas al caballo, hizo como que tosía y le dijo a Pietro.

–Bien, ¡adelante! ¡Monta en mi caballo! Es justo que te diviertas. ¡Vamos, vamos, nada de historias! –agregó con fingida severidad, viendo que el muchacho no se animaba a aceptar.

–Si realmente quieres… –exclamó Pietro por fin, evidentemente halagado. Y con una agilidad que jamás hubiera supuesto, dada la poca práctica que tenía en materia de equitación, el muchacho saltó sobre la silla.

Los bandoleros agitaron los sombreros, saludando a Gaspare Planetta. Alguno guiñó un ojo, como diciendo hasta la vista. Todos espolearon los caballos y partieron al galope.

Se alejaron como disparados entre los árboles. Era maravilloso ver cómo se lanzaban en lo más intrincado del bosque y lo atravesaban sin que su marcha se viera entorpecida en ningún momento. Los caballos tenían un galope suave y hermoso de ver. El muchacho y algunos de los bandidos todavía agitaban el sombrero.

Planetta, que había quedado solo, dio una ojeada en torno. Su inútil cuerpo seguía al pie del árbol. Parecía seguir mirando hacia el camino.

El Gran Convoy estaba todavía detenido más allá de la curva y por eso no era visible. En el camino solo se veían seis o siete soldados de la escolta que miraban en dirección a Planetta. Aunque parezca increíble, habían visto toda la escena: las sombras de los bandidos muertos, los saludos, la cabalgata. Nunca se sabe lo que puede pasar en ciertos días de septiembre, bajo las nubes de tormenta.

Cuando Planetta, que había quedado solo, se volvió, el capitán del pequeño destacamento se dio cuenta que era observado. Entonces se irguió y saludó militarmente, como se saluda entre soldados.

Planetta le devolvió el saludo tocándose el sombrero, con un gesto de familiaridad pero lleno de hidalguía y sonrió. Después se encogió de hombros, por segunda vez en el día. Se apoyó en la pierna izquierda, dio la espalda a los soldados, hundió las manos en los bolsillos y se alejó silbando, sí señor, una marchita militar, en la misma dirección por la que habían desaparecido sus compañeros.

Iba hacia el mundo de los bandoleros muertos, que si bien no conocía, era lícito suponer mejor que éste. Los soldados lo vieron hacerse cada vez más pequeño y diáfano; su aspecto de viejo contrastaba con su paso ágil y rápido, el mismo paso alegre y despreocupado que tienen los muchachos de veinte años, cuando son felices.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)