Cynthia Ozick
Stella,
fría, fría, la frialdad del infierno. Cómo anduvieron juntas por los caminos,
Rosa, con Magda acurrucada entre sus pechos doloridos, Magda envuelta en el
chal… a veces Stella llevaba a Magda en brazos, pero estaba celosa de ella. Una
niña flaca de catorce años, demasiado pequeña, con unos pechos menudos, Stella
quería ir arropada en un chal, oculta, dormida, mecida por la marcha, ser un
bebé, una criatura rolliza en brazos. Magda se agarraba al pezón de Rosa, y
Rosa nunca dejaba de caminar, una cuna andante. No había bastante leche, a
veces Magda tragaba solo aire y entonces lloraba. Stella estaba hambrienta. Sus
rodillas eran tumores sobre dos palos; sus codos, huesos de pollo.
Rosa no sufría el hambre; se sentía
ligera, no con la ligereza del caminar sino como si estuviera a punto de
desvanecerse, en trance, presa de un paroxismo, como si ya fuera un ángel,
alerta y viéndolo todo, pero en el aire, sin tocar el camino, o tambaleándose
de puntillas sobre el filo de las uñas. Veía la cara de Magda a través de un
hueco entre los pliegues del chal: una ardilla en su nido, a salvo, nadie podía
alcanzarla en el cobijo de las vueltas del manto. La cara muy redonda, una cara
en un espejo de bolsillo; pero no era la tez hosca de Rosa, oscura como el
cólera, sino una cara completamente distinta: ojos azules como el aire, suave
plumón de pelo casi tan amarillo como la estrella bordada en el abrigo de Rosa.
Cualquiera habría creído que era una de sus criaturas.
Rosa, flotando, soñaba con dejar a Magda
en uno de los pueblos. Podía abandonar la fila un instante y entregar a Magda a
cualquier mujer a la vera del camino; pero si se apartaba de la fila
seguramente dispararían. Y aunque saliera una fracción de segundo de la fila y
soltara el fardo del chal en las manos de una desconocida, ¿lo cogería la
mujer? Tal vez se sorprendería, o se asustaría; tal vez dejaría caer el chal, y
Magda se golpearía la cabeza en el suelo y moriría. Su cabecita redonda. Era
tan buena niña que dejó de llorar, y luego ya solo mamaba por el sabor del
pezón seco. La diestra presión de sus pequeñas encías. Un diente asomaba en la
encía de abajo, qué brillante, resplandecía como una lápida diminuta de mármol
blanco. Sin quejarse, Magda renunció a los pezones de Rosa, primero al
izquierdo, luego al derecho; los dos estaban agrietados, sin rastro de leche.
La brecha del conducto extinto, un volcán apagado, ojo ciego, agujero frío, así
que Magda empezó a amamantarse con la punta del chal. Chupaba, chupaba,
empapando las hebras. El buen sabor del chal, leche de lino.
Era un chal mágico, podía alimentar a una
criatura durante tres días y tres noches. Magda no murió, siguió viva, aunque
muy callada. Su boca exhalaba un olor peculiar, a canela y almendras. Mantenía
los ojos abiertos en todo momento, se olvidó de pestañear o de dormir, y Rosa y
a veces Stella observaban su intenso color azul. En el camino levantaban el
peso de una pierna después de la otra y observaban la cara de Magda. “Aria”,
dijo Stella con un hilo de voz, y a Rosa le pareció que Stella miraba a Magda
como una joven caníbal. Y cuando Stella dijo “aria”, a Rosa le sonó como si en
realidad hubiera dicho “Vamos a devorarla”.
Pero Magda vivió hasta que pudo caminar.
Llegó a caminar, aunque no muy bien, en parte porque solo tenía quince meses y
en parte porque las varillas de sus piernas no podían sostenerle la barriga,
llena de aire, hinchada y redonda. Rosa le daba casi toda su comida a Magda,
Stella no le daba nada; Stella estaba hambrienta, al fin y al cabo también era
una niña en edad de crecer, aunque no crecía mucho. Stella no menstruaba. Rosa
no menstruaba. Rosa estaba hambrienta, pero a la vez no lo estaba; aprendió de
Magda a beber el sabor de un dedo en la boca. Estaban en un lugar sin piedad,
toda la piedad de Rosa quedó aniquilada, miraba los huesos de Stella sin
piedad. Estaba segura de que Stella esperaba a que Magda muriera para hincarle
el diente a sus pequeños muslos.
Rosa sabía que Magda moriría muy pronto; a
esas alturas ya tendría que estar muerta, pero se había quedado enterrada en
las profundidades del chal mágico, confundida con el bulto tembloroso de los
pechos de Rosa; Rosa se ceñía el chal como si solo la cubriera a ella. Nadie se
lo quitó. Magda era muda. Nunca lloraba. Rosa la escondió en los barracones,
tapada con el chal, pero sabía que un día alguien la delataría; o que un día
alguien, puede que ni siquiera Stella, robaría a Magda para comérsela. Cuando
Magda empezó a caminar Rosa supo que moriría muy pronto, que algo pasaría.
Temía quedarse dormida; dormía apresando el cuerpo de Magda con el muslo; le
daba miedo asfixiar a Magda bajo su peso. El peso de Rosa era cada vez menor;
Rosa y Stella se iban transformando poco a poco en aire.
Magda estaba callada, pero sus ojos
seguían terriblemente vivos, como tigres azules. Vigilaba. A veces se reía;
parecía una risa, pero ¿cómo iba a serlo? Magda nunca había visto reír a nadie.
Aun así, Magda se reía cuando el viento levantaba las puntas del chal, el
viento malo con residuos negruzcos que hacía que a Stella y a Rosa les lloraran
los ojos. Los ojos de Magda estaban siempre claros, sin lágrimas. Vigilaba como
un tigre. Custodiaba su chal. Nadie más que Rosa podía tocarlo. A Stella no se
lo permitía. Magda se aferraba al chal como si fuera su propia criatura, la
niña de sus ojos, su hermana pequeña. Se enredaba en él y chupaba una de las
puntas cuando quería quedarse muy quieta.
Entonces Stella le quitó el chal e hizo
que Magda muriera.
“Me había quedado fría”, diría luego
Stella.
Y después fue siempre fría, siempre. El
frío caló en su corazón; Rosa vio que Stella tenía un corazón frío. Magda
avanzó a trompicones con sus piernas de palillo y fue zigzagueando de un lado a
otro en busca del chal; los palillos flaquearon en la entrada del barracón,
donde empezaba la claridad. Rosa la vio y fue tras ella, pero Magda ya estaba
en el patio de los barracones, a la alegre luz del día. Era el recinto donde
pasaban lista. Cada mañana Rosa tenía que esconder a Magda debajo del chal
arrimada contra una pared del barracón y salir a formar en el patio con Stella
y centenares más, a veces durante horas; Magda, abandonada, se quedaba bajo el
chal sin hacer ruido, chupando una de las puntas. Cada día Magda guardaba
silencio, y por eso no murió. Rosa vio que ese día Magda moriría, y al mismo
tiempo sintió que una alegría parecida al horror le recorría las palmas de las
manos. Los dedos le ardían, estaba atónita, febril: Magda, a la luz del sol,
tambaleándose sobre sus piernas de palillo, empezó a aullar. Desde que a Rosa
se le habían secado los pezones, desde el último grito de Magda en el camino,
no había salido una sola sílaba de su garganta; Magda era muda. Rosa creía que
le pasaba algo en las cuerdas vocales, en la tráquea, en la cavidad de la laringe;
Magda era deficiente, sin voz; quizá fuera sorda; puede que sufriera algún
retraso mental; Magda era lela. Incluso la risa que le salía cuando el viento
salpicado de ceniza convertía el chal de Magda en un payaso, era solo el aire
que se le escapaba entre los dientes. Incluso cuando los piojos, los piojos del
pelo y del cuerpo, la enloquecían tanto que se ponía rabiosa como una de las
grandes ratas que saqueaban los barracones al romper el alba en busca de
carroña, ella se frotaba y se rascaba y pataleaba y mordía y se revolcaba sin
una queja. Sin embargo, ahora la boca de Magda derramaba la cuerda larga y
viscosa de un grito.
“Maaaa…”
Era el primer sonido que salía de la
garganta de Magda desde que a Rosa se le habían secado los pezones.
“¡Maaaa… maaa!”
¡Otra vez! Magda titubeaba bajo el
peligroso sol del patio, zigzagueando sobre sus patéticas canillas arqueadas.
Rosa lo vio. Vio que Magda lloraba por la pérdida de su chal, vio que Magda iba
a morir. Una oleada de órdenes martilleó los pezones de Rosa, ¡ve, recoge,
trae!, pero no sabía qué hacer, si ir antes por Magda o por el chal. Si saltaba
al patio y alzaba a Magda en brazos, los aullidos no cesarían, porque Magda
seguiría sin el chal; en cambio, si volvía corriendo al barracón a buscarlo, y
si lo encontraba, y si perseguía a Magda sacudiéndolo para que lo viera, podría
llevarla de vuelta, y Magda se metería el chal en la boca y sería muda otra
vez.
Rosa se adentró en la oscuridad. Fue fácil
descubrir el chal. Stella dormía arropada con él, encogida, en los huesos. Rosa
le arrancó el chal y volvió volando –podía volar, era solo aire– hasta el
patio. El calor del sol murmuraba sobre otra vida, sobre las mariposas en
verano. La luz era plácida, suave. Al otro lado de la alambrada, a lo lejos,
había prados verdes salpicados de dientes de león y violetas de un color muy
vivo; detrás, un poco más lejos, inocentes lirios atigrados, altos, erguían sus
tocas naranjas. En los barracones se hablaba de “flores”, de “lluvia”:
excrementos, cagarrutas prietas, y la cascada fétida y parduzca que se
derramaba lentamente de los catres superiores, el hedor mezclado con un humo
acre y grasiento que flotaba en el aire y a Rosa se le pegaba en la piel. Se
detuvo un instante en el margen del patio. A veces parecía que la electricidad
de la alambrada susurrara; incluso Stella decía que solo eran imaginaciones
suyas, pero Rosa oía sonidos reales en el alambre: voces ásperas y tristes.
Cuanto más alejada estaba de la valla, con más claridad la acosaban las voces.
Clamaban con lamentos tan convincentes, tan fervorosos, que resultaba imposible
sospechar que fueran fantasmas. Las voces le dijeron que levantara el chal en
alto; las voces le dijeron que lo agitara, que lo hiciera ondear en el aire,
que lo desplegara como una bandera. Rosa lo levantó, lo sacudió, lo hizo ondear
en el aire, lo desplegó. Lejos, muy lejos, Magda se dobló por la cintura con su
barriga llena de aire y levantó las varillas de sus brazos. Iba en alto,
elevada, cargada sobre el hombro de alguien. Pero el hombro que cargaba a Magda
no se acercaba hacia Rosa y el chal, sino que se alejaba, y Magda se hacía cada
vez más pequeña en la distancia brumosa. Por encima del hombro relucía un
casco. La luz golpeteaba en el casco y lo transformaba en un cáliz centelleante.
Bajo el casco, un cuerpo negro como una ficha de dominó y un par de botas
negras se precipitaban en dirección a la alambrada. Las voces eléctricas
empezaron a parlotear desquiciadas. “Maaamaaa, maaamaaa”, susurraban todas a la
vez. ¡Qué lejos estaba ahora Magda de Rosa, al otro lado del patio, separadas
las dos por una docena de barracones, en el extremo opuesto del recinto! Era
apenas más grande que una polilla.
De pronto Magda estaba surcando el aire.
Magda, toda ella, viajaba por las alturas. Parecía una mariposa a punto de
posarse en una vid plateada. Y en el momento en que la cabecita redonda de
Magda, sus piernas de palillo, su barriga hinchada como un globo y sus brazos
en zigzag chocaron contra la alambrada, las aceradas voces enloquecieron en sus
gruñidos y apremiaron a Rosa a correr hasta donde Magda había caído en su vuelo
contra la valla electrificada, pero por supuesto Rosa no las obedeció. Se quedó
donde estaba, porque si corría, dispararían, y si intentaba recoger las
astillas del cuerpo de Magda, dispararían, y si dejaba salir el aullido de lobo
que le subía ahora por la escalera del esqueleto, dispararían; así que agarró
el chal de Magda y se lo metió en la boca, poco a poco, hasta que se pudo
tragar el aullido de lobo y sintió el regusto a canela y almendras de la saliva
de Magda; y Rosa bebió el chal de Magda hasta que se secó.
(Tomado
de www.lecturia.org)