viernes, 31 de julio de 2026

Peces como lemmings

Úrsula Fuentesberain

 

Nadie tiene una respuesta. Los periódicos dicen… qué extraño suena esto. Los periódicos no dicen nada, ellos, igual que todos nosotros, solo crean más palabras silentes.

Hace poco se restablecieron los noticieros. Los comentaristas de siempre fueron reemplazados por voces electrónicas en off e imágenes de lo que está pasando en todo el mundo.

El gobierno le dio dinero a la empresa donde Mario trabaja para que desarrolle un software que imite con mayor precisión la voz humana a la hora de convertir texto en audio.

Él me atosiga con las consignas de los comunicados oficiales: que hay que seguir adelante, adaptarnos al cambio, trascenderlo. No ha transcurrido ni un año desde lo que nos pasó y ya quieren que olvidemos lo que perdimos. Algunos incluso dicen que es parte de nuestra evolución como especie.

Recuerdo un verso de Fabián Casas: “Me pregunto cuándo los dinosaurios sintieron que algo andaba mal”. ¿Por qué la gente no se da cuenta de que éste es el principio de nuestro fin?

 

Ya casi no salgo de la casa. No me importó que la universidad redujera mi salario, les dije que ya solo impartiría clases en línea. Me niego a plantarme frente a mis alumnos sin poder decir calambur, tropo o anagnórisis.

Cuando era niña mi madre me llevó a terapia de lenguaje porque no podía pronunciar la ese correctamente. A partir de entonces, me obsesioné con tener una dicción perfecta. Y lo logré. Hasta antes de todo esto, yo era la voz oficial de la Facultad de Letras. Si había que presentar una mesa redonda o dar alguna entrevista para la radio universitaria, siempre me llamaban a mí. Los alumnos se burlaban a mis espaldas por mi forma excesivamente correcta de hablar.

Ahora paso todo el día frente a la computadora viendo películas. Me gustan sobre todo los musicales, esos filmados en Technicolor.

 

Lía insiste en visitarme, quiere que conozca a su hija. Siempre le doy largas, le digo que mejor me escriba, pero a ella nunca le gustó escribir. No entiendo qué pretende mi hermana, ¿que nos sentemos en la sala a vernos las caras y a escuchar el llanto sordo de su recién nacida?

Ella me contó que cuando Marianela nació, el pediatra le aspiró las flemas y con ellas se fue la lengua, se le desprendió como si hubiera sido una mucosidad más, un sobrante. Lo mismo les ha pasado a cientos de bebés en todo el mundo.

 

Mario llegó el otro día y empezó a repetir los balbuceos con los que se comunican en su oficina. Lo paré en seco. Prefiero el silencio a la discapacidad.

No quiero besarlo. No hay sensación más horrible que la de abrir los labios y sentir el vacío de su boca.

 

Extraño decir traste, oblea, sinvergüenza. Me pongo frente al espejo y trato de articularlas. No hay forma. Solo puedo emitir sonidos mongólicos. Abro la boca y miro dentro. No quedó nada, ni siquiera una cicatriz. Es como si nunca hubiera existido nada ahí.

 

La prótesis que habían anunciado los periódicos desde hace meses falló.

¿Por qué la gente no está devastada? Leí, incluso, la declaración de un pastor evangélico que le daba gracias a Dios por habernos puesto a prueba de esta forma, que le hacía recordar cómo, tras la muerte de Jesús, los apóstoles predicaron sus enseñanzas en distintas lenguas y que ahora nos tocaba a nosotros encontrar nuevas vías de comunicar la palabra divina.

 

Recuerdo el día que empezó todo esto. Era un lunes. Mario y yo habíamos ido a cenar. Le estaba diciendo que el coche necesitaba servicio, que toda la parte de abajo estaba llena de herrumbre. Esa fue mi última palabra: herrumbre.

Terminé de pronunciarla y sentí cómo mi lengua se soltó y cayó sobre la mesa como un pez muerto.

A Mario y a todos los demás les pasó lo mismo. No hubo sangre, solo gritos sordos.

 

Llovizna, urdimbre, soliloquios. Hoy es jueves y extraño el sonido de la doble ele, la ere, la ese.

 

Hace tiempo leí sobre un hombre que había perdido el sentido del olfato y del gusto a causa de una lesión cerebral. Un día despertó y sintió un chispazo muy tenue de sabor en su café, tomó su pipa y pudo percibir, aunque muy sutilmente, el aroma del tabaco. Cuando escanearon su cerebro para saber cómo y por qué el hombre había recuperado estos sentidos, su médico cayó en cuenta de que el hombre no estaba probando el café ni oliendo el tabaco, sino recordándolos.

¿En veinte años recordaremos la sensación de pronunciar una erre?

 

Hoy, una noticia le dio la vuelta al mundo: En Lucerna nació un bebé sin lengua.

¿Cómo es que hay gente que lo celebra? ¿Por qué hay quien llama a este engendro el Primer Eslabón?

 

Los trabalenguas, el canto, los besos, los sabores, el sexo oral… Hoy es martes y extraño todo eso.

 

Los chimpancés que saben lenguaje de señas se comunican mejor con nosotros que nosotros mismos. Yo me rehúso a ir a las clases que da el gobierno. No estoy sorda. Es más, daría lo que fuera por volver a escuchar mi nombre en la boca de alguien: Tábata.

 

La palabra lingua habló primero del órgano y después del lenguaje. Siempre les decía a mis alumnos que esa era una metonimia hermosa.

 

Por decreto oficial se prohibieron los alimentos sólidos. Ya van decenas de muertos por asfixia. Las tiendas empezaron a vender jugos con olor a espagueti a la carbonara, pollo pibil y otros platillos que ya nunca nadie podrá probar. Los restaurantes están quebrando masivamente. Dicen que los van a reemplazar por lugares donde a través del olfato se estimule el apetito. Ya solo falta que nos condicionen con campanas, como a los perros.

 

Para los jóvenes es como si no hubiera pasado nada. Se sientan lado a lado con sus celulares, se mandan imágenes y ruidos absurdos. La risa, al parecer, es lo único nuestro que quedó intacto.

Pero, ¿quién puede reír después de lo que nos pasó?

 

Ñandú, añada, añicos. Miércoles de eñe y su belleza perdida.

 

Hace poco vi a unos niños jugando. Los escuché lanzar esos cloqueos horribles. Su comunicación se reducía a balbuceos y sonidos guturales. Me dieron asco.

 

Inenarrable, delicuescente, maravedí. Hoy presenté mi renuncia.

 

Vehemente, soliloquio, arlequín. Encontré un catálogo en línea con libros enteros leídos por sus autores… el delicioso retumbar de las palabras.

 

Zarzal, ánfora, obnubilar. Dejé a Mario. Ya estaba harta de que me hostigara con que tengo que tomar los jugos alimenticios. No quiero. ¿Para qué? No saben a nada.

 

Hace dos noches soñé que estaba en el restaurante donde empezó todo. El único ruido que se escuchaba era el de los jugos subiendo por nuestros popotes. Entonces un pequeño que brincaba en un taburete proyectó su voz sobre el plafón y empezó a balbucear. Ae y señaló su boca. Aaao, a su mamá. Jaie, una silla. Fuo, allá afuera. Todos lo miramos con respeto y asentimos. Sabíamos que esa había sido nuestra primera lección.

 

Ramadán, ciprés, edén. Ayer soñé que miles de peces caían del cielo. Nosotros abríamos las bocas y recibíamos su acuosidad con gusto. Los dejábamos retozar dentro, implantarse, hacerse uno con nuestras mucosas. Pero una música que nacía de nuestras profundidades los llamaba a desprenderse, a nadar rumbo a nuestras gargantas, a dejarse llevar por las cascadas de saliva, como lemmings.

 

(Tomado de Varios autores, Lados B. Narrativa de alto riesgo, Nitro/Press, Cdmx, 2014)

 

Flores en la ventana

Juan Gerardo Aguilar

 

Hoy, por fin, decidí hablarle. Como todas las mañanas, desde hace casi un año, el despertador sonó a la misma hora. Traté de sincronizarlo con su reloj biológico. Las primeras veces me costó trabajo dejar la cama para verla; pero poco a poco se convirtió en parte de mi rutina. Hizo mella en mi corazón pese a que nuestros encuentros no duraban nada. ¿Alguna vez nos vimos a los ojos? Creo que no. Aunque yo siempre adiviné un azul profundo en ellos, un azul que quería ocultar su temor a la longevidad. Era suficiente ver el ímpetu que imprimía a cada zancada para darse cuenta que no deseaba ser vieja, y eso –más que un genuino interés por su salud– la impulsaba a correr cada día varios kilómetros.

Podría decirse que ese miedo la llevó hasta mí. De no ser por él, jamás hubiera pasado frente a mi ventana. Ningún otro acontecimiento de mi vida logró sacudirme tanto como saber que ella existía. Durante el verano, cuando las mañanas se iluminan más pronto, salía a verla con el pretexto de tirar la basura en el contenedor o de recoger el periódico. Y era entonces cuando observaba su figura al fondo de la calle, pequeña en un principio; pero aumentaba de tamaño a medida que se acercaba.

Me fascinó su trote, decidido y fino al mismo tiempo, elegante como una pantera. Y aun así me inspiraba una gran ternura. Su esfuerzo me parecía tan inútil: correr en dirección contraria a las manecillas del reloj no tiene sentido, se lo podría haber dicho yo, que siempre cifré mi esperanza en un cuerpo esbelto, abatido más tarde, contra mi voluntad, por una protuberante barriga y una calva tan cómica como obscena.

Nunca volteó a verme, ni siquiera de reojo. La entiendo: los años me han cobrado la factura. Nacer es como una chapuza del destino. Lo supe desde el día que enterramos a la abuela. Pobre vieja, estoy seguro que con frecuencia hizo eco en su cabeza la idea de desheredarme –muchas veces me lo dijo–; pero al final se arrepintió. No era gran cosa: un par de cuentas en el banco y la casa de huéspedes en la que vivíamos ambos. Un amigo abogado me ayudó con todo lo necesario para tomar posesión de los bienes, seguido de lo cual, contraté un administrador para la casa, renuncié a mi trabajo y compré este departamento. Así que podríamos decir también que la muerte de mi abuela me trajo esa belleza que veo todas las mañanas.

Aunque lo intenté, jamás obtuve algún indicio que me permitiera dar con su paradero. No vivía en el vecindario. Según me dijo Epifanio, el conserje del edificio, ella corría diariamente, sábados y domingos, todo el año; solo faltaba algunos días en invierno, cuando las nevadas intensas impedían a la gente salir de su casa. El muy puerco no dudó en hacerme saber que la observaba desde hacía más tiempo que yo.

Y sin embargo, algo me hizo pensar que su aparición en mi vida no era un hecho meramente azaroso. Siempre creí en el destino, con todo y sus tretas, con los obstáculos y las libaciones que pone. Ya decía yo que el haber incorporado precisamente esta calle a su cotidiano recorrido no tenía nada de errático. Muchas noches, al acostarme, estudié la manera de hablarle. Mientras en la televisión pasaba una telenovela, yo trataba de concentrarme en encontrar un pretexto, si no perfecto, por lo menos verosímil. En vano la evocaba; no era más que un intento fútil por construir su personalidad, sus gustos, su nombre. Me rondaron ideas tan absurdas como seguirla para averiguar dónde vivía. Pero si así hubiera sido, qué seguiría después: seguramente algo tan risible como escribirle mensajes anónimos y deslizarlos debajo de su puerta, al más puro estilo del admirador secreto. No cabe duda que la edad aloja en los hombres los pensamientos más ridículos y las cursilerías más disparatadas. Una conducta de este tipo es un signo inequívoco de que los años nos están ganando la partida. A final de cuentas, ella y yo no éramos tan distintos: le temíamos a lo mismo, solo que a mí el futuro ya me había dado alcance.

La juventud se vuelve un doloroso recuerdo sin que uno se dé cuenta. Por lo regular, lo notas cuando alguien más te lo dice; aunque en mi caso no fue así: tuve que escucharlo de voz de un par de mozalbetes que hicieron bromas a mi costa y se mofaron de mi aspecto en los baños de la oficina. Sus comentarios y la certeza de que había entrado a la tercera edad me impidieron cagar a gusto. No se dieron cuenta que yo estaba escuchándolos. Abrí la puerta del baño y no les dije nada. Siempre fui así: nunca reclamaba, bien podían orinarme la cara sin que yo hiciese algo al respecto. Por fortuna, la muerte de la abuela también me libró de ellos y me dio la oportunidad de largarme a vivir al otro extremo de la ciudad.

Si bien no trabé amistad con los demás inquilinos del edificio nunca me hicieron ninguna grosería. Mi relación con ellos era tan cercana como lo permite un buenosdías o un hastaluego. Platicaba más con el conserje. En varias ocasiones, cuando llegué en la madrugada, pude respirar el tufo a mariguana en el cuartucho de la planta baja donde él vivía. Me invitaba a pasar y me ofrecía una copa de aguardiente. Creo que yo era el único que escuchaba sus interminables pláticas acerca de mujeres, de fútbol o de sus numerosos hijos; aunque, a decir verdad, yo no tenía otra cosa mejor que hacer en mi departamento. Fue él mismo quien me contó que “Epifanio” era un nombre para hombres de verdad, que por eso le habían puesto así. No le quedaba otra opción que resignarse, los nombres son tan arbitrarios: yo mismo no sé qué estaba pensando la abuela cuando le ordenó a mi madre que me llamara Apolonio.

Cierta noche, volvía de la calle cuando Epifanio me ofreció un trago y comenzó a hablar de ella. Ahí supe que no era yo el único. ¿Por qué demonios pensé eso? Es que acaso creí que podría voltear a verme un día, que aceptaría subir conmigo y meterse en mi cama así nada más, porque un vejete barrigón como yo se lo pedía con palabras dulces. Más ebrio que una cuba, el conserje me decía que con seguridad era una buscona, que él también había intentado, sin éxito, seguirla una vez; pero como siempre, ella traía esas cosas puestas en los oídos y con seguridad ni siquiera reparó en que alguien la venía siguiendo. Quizá por eso Epifanio la odia, y no creo que pueda superarlo en mucho tiempo.

A pesar de que ya transcurrieron varios días, aún tengo en mi mente su imagen. Ese día salí más para verla que para recoger el periódico, la vi detener su marcha y fijar su atención en el jarrón con girasoles que tenía sobre mi ventana. Nunca como en ese momento anhelé haberme quedado en el departamento. La oportunidad de verla a los ojos se me había ido de las manos. No hizo nada más que observar unos segundos los girasoles y reanudar su trote.

No obstante, eso me indicó, por lo menos, que le agradaban las flores, igual que a mí. De mi abuela heredé el gusto por ellas. Me cautivaron por la apacible sensación que insuflan, porque hacen buena compañía y viven solo lo necesario; a las flores no se les llora cuando mueren, es la ventaja que tienen sobre otros seres vivos, incluso sobre los seres humanos.

No había comprado un ramo desde que puse uno de alelíes sobre la tumba de la abuela. Pero desde que percibí que esa mañana ella interrumpió su trote ante las flores, las seguí comprando todos los días: girasoles, gardenias, gladiolos, tulipanes. Y las puse diariamente en el mismo sitio con una devoción enfermiza, para que cuando les echara un vistazo se detuviera un instante. Apenas sonaba el despertador, tomaba el florero de la mesa, corría a colocarlo en la moldura de la ventana y me ocultaba en un sitio donde pudiera observarla. Pero después de algún tiempo eso ya no fue suficiente para mí. Por eso, justo para hoy, resuelto a abandonar mi patética cobardía, compré una orquídea para abordarla y ponerla en sus manos.

No tengo por qué negarlo: igual que Epifanio, yo también he deseado hacerle el amor. Hubo ocasiones en las que la soledad se cernía de más en el departamento y yo no hacía otra cosa que recordarla. Entonces salía a la calle, buscaba a la lívida mujer de siempre y la llevaba a cenar a un modesto restaurante para después terminar tratando de acariciarla, no sin cierta vergüenza, en un sillón de mi departamento; aunque todo el tiempo evocaba aquel trote, aquel atuendo deportivo ceñido a su armonioso cuerpo. En mi mente recreaba una situación distinta: creía que era ella la que caminaba hacia la ventana para aspirar el perfume de las flores.

Prácticamente no dormí: solo pude pensar en ella y en lo que iba a decirle cuando me atravesara en su camino. Apenas iba a cerrar los ojos cuando el sonido de los primeros coches inundó la habitación. Había programado el despertador para que sonara antes de su puntual paso por la calle, calculé que me sobrarían algunos minutos para bañarme con tranquilidad y vestirme con lo más apropiado de mi guardarropa; pero no sonó. Hasta había comprado una caja de cigarros pensando que sería un buen momento para empezar a fumar; a final de cuentas, los espacios vacíos entre una y otra actividad estaban llenos de humo de tabaco, aunque intuí que no me atrevería a hacerlo.

Alcancé mi reloj de bolsillo del buró y comprobé que estaba con el tiempo en contra. Abandoné la cama y de inmediato me metí a la regadera. Al tiempo que me duchaba frenéticamente, recordé a la abuela diciendo en alguna ocasión que las orquídeas eran obscenas y que los hombres con malsanas intenciones se las regalaban a las jovencitas esperando ser retribuidos con favores de otro tipo. La abuela sabía muchas historias acerca de las flores.

El minutero me indicó que ya era hora. Me vestí lo más pronto que pude, bajé las escaleras dando traspiés, asiendo con firmeza el obsequio para que no cayera, y me apersoné en la acera de enfrente. No tardó mucho en aparecer al final de la calle, junto con el maldito titubeo y mi temblor de manos. Me vi tentado a huir; pero discurrí que si no era hoy, no sería nunca. Al verla cada vez más cerca, decidí aprovechar el momento en que se detuviera a observar las flores en la ventana para interrumpirla y quizá decirle algo sobre ellas, antes de entregarle la orquídea. Creí que eso sería suficiente para que este inusual arranque de coraje se impusiera a mi patética y blanduque voluntad.

No sé cómo, pero en un instante, su figura en movimiento cruzó ante mis ojos, sin verle siquiera el polvo, y se perdió entre las calles. No se detuvo. Permanecí ahí un momento, desconcertado, con el estuche transparente en las manos. Me encaminé luego a la entrada del edificio y mientras subía con pasos alargados los escalones recordé con amargura que había olvidado el jarrón con flores sobre la mesa.

 

(Tomado de www.ficticia.com)

 

Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829–1874)

Jorge Luis Borges

 

I'm looking for the face I had
Before the world was made.
–Yeats: The Winding Stair

 

El seis de febrero de 1829, los montoneros que, hostigados ya por Lavalle, marchaban desde el Sur para incorporarse a las divisiones de López, hicieron alto en una estancia cuyo nombre ignoraban, a tres o cuatro leguas del Pergamino; hacia el alba, uno de los hombres tuvo una pesadilla tenaz: en la penumbra del galpón, el confuso grito despertó a la mujer que dormía con él. Nadie sabe lo que soñó, pues al otro día, a las cuatro, los montoneros fueron desbaratados por la caballería de Suárez y la persecución duró nueve leguas, hasta los pajonales ya lóbregos, y el hombre pereció en una zanja, partido el cráneo por un sable de las guerras del Perú y del Brasil. La mujer se llamaba Isidora Cruz; el hijo que tuvo recibió el nombre de Tadeo Isidoro.

Mi propósito no es repetir su historia. De los días y noches que la componen, solo me interesa una noche; del resto no referiré sino lo indispensable para que esa noche se entienda. La aventura consta en un libro insigne; es decir, en un libro cuya materia puede ser todo para todos (1 Corintios 9:22), pues es capaz de casi inagotables repeticiones, versiones, perversiones. Quienes han comentado, y son muchos, la historia de Tadeo Isidoro, destacan el influjo de la llanura sobre su formación, pero gauchos idénticos a él nacieron y murieron en las selváticas riberas del Paraná y en las cuchillas orientales. Vivió, eso sí, en un mundo de barbarie monótona. Cuando, en 1874, murió de una viruela negra, no había visto jamás una montaña ni un pico de gas ni un molino. Tampoco una ciudad. En 1849, fue a Buenos Aires con una tropa del establecimiento de Francisco Xavier Acevedo; los troperos entraron en la ciudad para vaciar el cinto: Cruz, receloso, no salió de una fonda en el vecindario de los corrales. Pasó ahí muchos días, taciturno, durmiendo en la tierra, mateando, levantándose al alba y recogiéndose a la oración. Comprendió (más allá de las palabras y aun del entendimiento) que nada tenía que ver con él la ciudad. Uno de los peones, borracho, se burló de él. Cruz no le replicó, pero en las noches del regreso, junto al fogón, el otro menudeaba las burlas, y entonces Cruz (que antes no había demostrado rencor, ni siquiera disgusto) lo tendió de una puñalada. Prófugo, hubo de guarecerse en un fachinal: noches después, el grito de un chajá le advirtió que lo había cercado la policía. Probó el cuchillo en una mata: para que no le estorbaran en la de a pie, se quitó las espuelas. Prefirió pelear a entregarse. Fue herido en el antebrazo, en el hombro, en la mano izquierda; malhirió a los más bravos de la partida; cuando la sangre le corrió entre los dedos, peleó con más coraje que nunca; hacia el alba, mareado por la pérdida de sangre, lo desarmaron. El ejército, entonces, desempeñaba una función penal; Cruz fue destinado a un fortín de la frontera Norte. Como soldado raso, participó en las guerras civiles; a veces combatió por su provincia natal, a veces en contra. El veintitrés de enero de 1856, en las Lagunas de Cardoso, fue uno de los treinta cristianos que, al mando del sargento mayor Eusebio Laprida, pelearon contra doscientos indios. En esa acción recibió una herida de lanza.

En su oscura y valerosa historia abundan los hiatos. Hacia 1868 lo sabemos de nuevo en el Pergamino: casado o amancebado, padre de un hijo, dueño de una fracción de campo. En 1869 fue nombrado sargento de la policía rural. Había corregido el pasado; en aquel tiempo debió de considerarse feliz, aunque profundamente no lo era. (Lo esperaba, secreta en el porvenir, una lúcida noche fundamental: la noche en que por fin vio su propia cara, la noche que por fin oyó su nombre. Bien entendida, esa noche agota su historia; mejor dicho, un instante de esa noche, un acto de esa noche, porque los actos son nuestro símbolo). Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es. Cuéntase que Alejandro de Macedonia vio reflejado su futuro de hierro en la fabulosa historia de Aquiles; Carlos XII de Suecia, en la de Alejandro. A Tadeo Isidoro Cruz, que no sabía leer, ese conocimiento no le fue revelado en un libro; se vio a sí mismo en un entrevero y un hombre. Los hechos ocurrieron así:

En los últimos días del mes de junio de 1870, recibió la orden de apresar a un malevo, que debía dos muertes a la justicia. Era este un desertor de las fuerzas que en la frontera Sur mandaba el coronel Benito Machado; en una borrachera, había asesinado a un moreno en un lupanar; en otra, a un vecino del partido de Rojas; el informe agregaba que procedía de la Laguna Colorada. En este lugar, hacía cuarenta años, habíanse congregado los montoneros para la desventura que dio sus carnes a los pájaros y a los perros; de ahí salió Manuel Mesa, que fue ejecutado en la plaza de la Victoria, mientras los tambores sonaban para que no se oyera su ira; de ahí, el desconocido que engendró a Cruz y que pereció en una zanja, partido el cráneo por un sable de las batallas del Perú y del Brasil. Cruz había olvidado el nombre del lugar; con leve pero inexplicable inquietud lo reconoció… El criminal, acosado por los soldados, urdió a caballo un largo laberinto de idas y de venidas; estos, sin embargo lo acorralaron la noche del doce de julio. Se había guarecido en un pajonal. La tiniebla era casi indescifrable; Cruz y los suyos, cautelosos y a pie, avanzaron hacia las matas en cuya hondura trémula acechaba o dormía el hombre secreto. Gritó un chajá; Tadeo Isidoro Cruz tuvo la impresión de haber vivido ya ese momento. El criminal salió de la guarida para pelearlos. Cruz lo entrevió, terrible; la crecida melena y la barba gris parecían comerle la cara. Un motivo notorio me veda referir la pelea. Básteme recordar que el desertor malhirió o mató a varios de los hombres de Cruz. Este, mientras combatía en la oscuridad (mientras su cuerpo combatía en la oscuridad), empezó a comprender. Comprendió que un destino no es mejor que otro, pero que todo hombre debe acatar el que lleva adentro. Comprendió que las jinetas y el uniforme ya lo estorbaban. Comprendió su íntimo destino de lobo, no de perro gregario; comprendió que el otro era él. Amanecía en la desaforada llanura; Cruz arrojó por tierra el quepis, gritó que no iba a consentir el delito de que se matara a un valiente y se puso a pelear contra los soldados junto al desertor Martín Fierro.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

jueves, 30 de julio de 2026

Reencarnación

Agustín Monsreal

 

¡Carajo, otra vez perro!

 

(Tomado de www.1antologiademinificcion.blogspot.com)

 

Algo alrededor de tu cuello

Chimamanda Ngozi Adichie

 

Creías que en Estados Unidos todo el mundo tenía un coche y una pistola; tus tíos y tus primos también lo creían. Justo después de que te tocara la visa a Estados Unidos en la lotería, te dijeron: “Dentro de un mes tendrás un gran coche. Luego una gran casa. Pero no te compres una pistola como esos americanos”.

Entraron en tropel en la habitación de Lagos donde vivías con tus padres y tus tres hermanas, y se apoyaron contra las paredes despintadas, porque no había suficientes sillas para todos, para decirte adiós en voz alta y añadir muy bajito lo que querían que les mandaras. Al lado del coche y la gran casa (y posiblemente la pistola), lo que ellos querían eran tonterías: bolsos, zapatos, perfumes y ropa. Tú dijiste que no había problema.

Tu tío de América, que había inscrito a toda la familia en la lotería de visas, te ofreció que vivieras con él hasta que consiguieras arreglártelas por ti sola. Fue a recogerte al aeropuerto y te compró un enorme perrito caliente con mostaza que te causó náuseas. Tu iniciación a Estados Unidos, dijo riéndose. Vivía en una pequeña ciudad de blancos en Maine, en una casa de treinta años junto a un lago. Te explicó que la compañía para la que trabajaba le había ofrecido unos cuantos miles de dólares más que el sueldo medio además de la opción de compra de acciones, solo porque estaban desesperados por dar una imagen de diversidad. En todos los folletos aparecía una foto suya, hasta en los que no tenían nada que ver con su departamento. Se rio y dijo que era un buen trabajo, que valía la pena vivir en una ciudad de blancos aunque su mujer tenía que conducir una hora para encontrar una peluquería que le arreglara el pelo. El secreto estaba en comprender lo que era Estados Unidos, un toma y daca. Renunciabas a muchas cosas pero ganabas otras tantas.

Te enseñó a rellenar una solicitud de empleo para cajera en una estación de servicio de Main Street y te apuntó a un centro de educación terciaria, donde las chicas tenían los muslos gruesos, y llevaban las uñas pintadas de rojo brillante y autobronceador que las hacía parecer naranjas. Te preguntaban dónde habías aprendido inglés, si en África había casas de verdad y si antes de ir a Estados Unidos habías visto un coche. Se quedaban perplejas con tu pelo. ¿Se levanta o cae cuando te quitas las trenzas?, querían saber. ¿Se queda todo él levantado? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Utilizas un peine? Tú sonreías agarrotada cuando te hacían esas preguntas. Tu tío te dijo que contaras con ello, una mezcla de ignorancia y arrogancia, lo llamó. Luego dijo que a los pocos meses de que ellos se mudaran a su barrio, los vecinos comentaban que las ardillas habían empezado a desaparecer. Habían oído decir que los africanos comían toda clase de animales salvajes.

Te reías con tu tío y te sentías a gusto en su casa; su mujer te llamaba nwanne, hermana, y sus dos hijos en edad escolar, tía. Hablaban igbo y comían garri al mediodía, y era como estar en casa. Hasta que tu tío entró en el abarrotado sótano donde dormías entre cajas y cartones, y te atrajo hacia sí a la fuerza, apretándote las nalgas y gimiendo. No era tu tío en realidad; era un hermano del marido de la hermana de tu padre, no tenía ningún lazo consanguíneo. Cuando lo rechazaste, él se sentó en tu cama –era su casa, después de todo–, sonrió y dijo que a los veintidós años ya no eras una niña. Que si lo dejabas continuar haría muchas cosas por ti. Las mujeres listas lo hacían continuamente. ¿Cómo creía que lo habían conseguido todas esas mujeres de Lagos con empleos bien remunerados? Hasta las mujeres de la ciudad de Nueva York.

Te encerraste en el baño hasta que subió de nuevo y a la mañana siguiente te fuiste. Echaste a andar por la larga carretera serpenteante oliendo las crías de pescado del lago. Lo viste pasar en coche. Siempre te había dejado en Main Street, pero ese día no tocó la bocina. Te preguntaste cómo explicaría a su mujer que te habías ido. Luego recordaste lo que te había dicho, que Estados Unidos era un toma y daca.

Terminaste en Connecticut, otra ciudad pequeña, porque era la última parada del autobús Greyhound al que te subiste. Entraste en un restaurante con un toldo limpio y reluciente, y te ofreciste a trabajar por dos dólares menos que las demás camareras. El gerente, Juan, tenía el pelo negro azabache y sonrió dejando ver un diente de oro. Dijo que nunca había tenido una empleada nigeriana, pero que todos los inmigrantes trabajaban duro. Lo sabía, lo había visto. Te pagaría un dólar menos pero en negro; no le gustaban todos los impuestos que lo hacían pagar.

No podías permitirte seguir estudiando porque tenías que pagar el alquiler de una diminuta habitación con el tapete manchado. Además, en la pequeña ciudad de Connecticut no había ningún centro de educación terciaria y los créditos de la universidad estatal costaban demasiado. De modo que ibas a la biblioteca municipal, consultabas los programas de estudios en los websites y leías algunos de los libros que recomendaban. A veces te sentabas en el colchón con bultos de tu cama individual y pensabas en tu casa, en tus tías que vendían pescado seco con plátano, engatusando a los transeúntes para que les compraran y acto seguido insultándolos por no hacerlo; tus tíos que bebían la ginebra local y hacinaban a su familia y sus vidas en habitaciones individuales; tus amigos que habían ido a despedirse antes de que te fueras, para alegrarse de que hubieras ganado la visa y para confesarte su envidia; tus padres que a menudo se cogían de la mano al ir a la iglesia los domingos por la mañana mientras los vecinos de las habitaciones contiguas se reían y burlaban de ellos; tu padre que volvía del trabajo con los viejos periódicos del jefe y obligaba a tus hermanos a leerlos; tu madre cuyo sueldo apenas daba para pagar las matrículas de tus hermanos en la escuela secundaria donde los profesores daban un sobresaliente cuando alguien les entregaba un sobre marrón.

Tú nunca habías tenido que pagar por un sobresaliente, nunca habías dado un sobre marrón a un profesor de la escuela secundaria. Aun así, comprabas sobres alargados y marrones para enviar la mitad de tu sueldo a la dirección de la paraestatal donde limpiaba tu madre; siempre utilizabas los billetes de dólar que te daba Juan porque, a diferencia de los de las propinas, eran nuevos. Todos los meses. Envolvías el dinero en una hoja blanca pero no escribías nada. No había nada de que escribir.

Las semanas que siguieron, sin embargo, te entraron ganas de escribir porque tenías cosas que contar. Querías escribir sobre la asombrosa franqueza de los norteamericanos, lo deseosos que estaban de hablarte de la lucha de su madre contra el cáncer o del bebé prematuro de su cuñada, la clase de cosas que uno debía ocultar o revelar solo a los familiares bien intencionados. Quería escribir sobre la cantidad de comida que dejaban en el plato junto a unos billetes arrugados, como si fuera una ofrenda, una expiación por la comida desperdiciada. Querías escribir sobre la niña que empezó a berrear, a mesarse su pelo rubio y a tirar las cartas de los menús al suelo, y sobre sus padres que, en lugar de hacerla callar, le suplicaron, a una niña que no tenía ni cinco años, y luego todos se levantaron y se marcharon. Querías escribir sobre los ricos que vestían con ropa vieja y tenis tronados, que tenían el aspecto de los vigilantes nocturnos que había frente a los grandes recintos de Lagos. Querías escribir que los norteamericanos ricos eran delgados mientras que los norteamericanos pobres eran gordos, y que muchos no tenían una gran casa y un coche; sin embargo, seguías sin estar muy segura de las pistolas, porque podían llevarlas en el bolsillo.

No era solo a tus padres a los que querías escribir, también a tus amigos, a tus primos y tíos. Pero no podías permitirte comprar suficientes perfumes, bolsos y zapatos para todos, y pagar el alquiler con lo que ganabas de camarera, de modo que no le escribías a nadie.

Nadie sabía dónde estabas, porque no se lo habías dicho a nadie. A veces te sentías invisible e intentabas cruzar la pared de tu habitación y salir al pasillo, y cuando chocabas con ella, te salían moretones en los brazos. Una vez Juan te preguntó si te pegaba algún hombre, porque se ocuparía de él, y tú te reíste de forma misteriosa.

Por la noche algo se enroscaba alrededor de tu cuello. Algo que casi te asfixiaba antes de que te quedaras dormida.

 

Muchos clientes del restaurante te preguntaban cuándo habías llegado de Jamaica, porque se creían que todos los negros con acento extranjero eran jamaiquinos. O los que adivinaban que eras africana, te decían que les encantaban los elefantes y que querían ir de safari.

De modo que cuando él te preguntó en la penumbra del restaurante, después de que le recitaras las especialidades del día, de qué país africano eras, respondiste Nigeria y esperaste que dijera que había hecho un donativo para luchar contra el sida en Botswana. Pero él te preguntó si eras yoruba o igbo, porque no tenías cara de fulani. Te sorprendiste; pensaste que debía ser profesor de antropología en la universidad estatal, un poco joven a sus veinte años, pero nunca se sabía. Igbo, respondiste. Él te preguntó cómo te llamabas y dijo que Akunna era un nombre bonito. Afortunadamente no te preguntó qué significaba, porque estabas harta de que la gente dijera: ¿La riqueza de tu padre? ¿Quieres decir que tu padre te venderá a un marido?

Él te explicó que había estado en Ghana, Uganda y Tanzania, que le gustaba la poesía de Okot p’Bitek y las novelas de Amos Tutuola, que había leído mucho sobre los países africanos subsaharianos, su historia, sus complejidades. Querías sentir desdén y demostrarlo al llevarle lo que había pedido, porque son igual de condescendientes los blancos que sienten demasiado entusiasmo por África que los que no sienten ninguno. Pero él no sacudió la cabeza con superioridad como ese profesor Cobbledick del centro de educación terciaria de Maine durante una discusión en clase sobre la descolonización de África. No puso la expresión del profesor Cobbledick, esa expresión de quien se cree mejor que la gente que conoce. Volvió al día siguiente y se sentó a la misma mesa, y cuando le preguntaste si estaba bueno el pollo, te preguntó a su vez si habías crecido en Lagos. Volvió un tercer día y antes de pedir empezó a hablarte de su viaje a Bombay, y que quería ir a Lagos para ver cómo vivía realmente la gente en los barrios de chabolas, porque él nunca hacía las estúpidas rutas turísticas cuando viajaba al extranjero. Habló sin parar y tuviste que decirle que iba en contra de las normas del restaurante. Él te rozó la mano cuando dejaste el vaso de agua en la mesa. El cuarto día, cuando lo viste llegar, dijiste a Juan que ya no querías atender esa mesa. Esa noche después de tu turno él te esperaba fuera con unos auriculares puestos, y te propuso salir con él porque tu nombre rimaba con hakuna matata y El rey león era la única película sensiblera que le había gustado. Tú no sabías qué era El rey león. Lo miraste a la brillante luz y te fijaste en que tenía los ojos del color del aceite de oliva extra virgen, un dorado verdoso. Ese aceite era lo único que te gustaba, te gustaba de verdad, de Estados Unidos.

Él era estudiante de último curso en la universidad estatal. Te dijo cuántos años tenía y le preguntaste por qué no se había licenciado aún. Después de todo estaban en Estados Unidos, no era como en su país donde las universidades cerraban tan a menudo que las carreras se alargaban tres años más y los profesores se sumaban a huelga tras huelga y aun así no cobraban. Él respondió que se había tomado un par de años sabáticos para encontrarse a sí mismo y viajar por África y Asia sobre todo. Le preguntaste dónde acabó encontrándose y él se rio. Tú no te reíste. No sabías que la gente podía escoger sencillamente no estudiar, que la gente podía dictar el curso de su vida. Estabas acostumbrada a aceptar lo que la vida te daba, a escribir lo que la vida te dictaba.

Rehusaste salir con él los siguientes cuatro días, porque no te sentías cómoda con la intensidad de su expresión, esa forma de consumirte con la mirada que te impulsaba a despedirte y al mismo tiempo te hacía reacia a irte. Pero cuando la quinta noche no lo viste al salir de tu turno, te entró el pánico. Rezaste por primera vez en mucho tiempo, y cuando apareció detrás de ti y dijo “eh”, dijiste que sí, que saldrías con él, aun antes de que él te lo pidiera. Temiste que no volviera a preguntártelo.

Al día siguiente te invitó a cenar al Chang’s y en tu galleta de la suerte encontraste dos papelitos. Los dos estaban en blanco.

 

Supiste que te sentías cómoda con él cuando le contaste que veías Jeopardy en el televisor del restaurante y que apoyabas a los participantes por el siguiente orden: mujeres negras, hombres negros, mujeres blancas y, por último, hombres blancos, lo que significaba que nunca apoyabas a los hombres blancos. Él se rio y dijo que estaba acostumbrado a que nadie lo apoyara, que su madre era profesora de estudios de la mujer.

Y supiste que habías entrado en confianza cuando le dijiste que en realidad tu padre no era maestro de escuela en Lagos, sino chofer en una compañía de la construcción. Y le explicaste aquel día que se vieron atrapados en un atasco en Lagos en el destartalado Peugeot 504 que conducía tu padre; llovía y tu asiento estaba mojado porque había un agujero en el techo oxidado. Había mucho tráfico, siempre había mucho tráfico en Lagos, y cuando llovía era el caos. Las carreteras se convertían en charcos lodosos, los coches se quedaban atascados y algunos de tus primos se ganaban algo de dinero ofreciéndose a empujarlos. La lluvia, el barro resbaladizo, pensaste, hicieron que tu padre pisara demasiado tarde los frenos aquel día. Oíste la abolladura antes de notarla. El coche contra el que tu padre había chocado era grande, extranjero, de color verde oscuro con los faros dorados como los ojos de un leopardo. Tu padre se puso a llorar y a suplicar aun antes de bajar del coche, y se tumbó en la carretera provocando bocinazos. Lo siento, señor, lo siento, señor, repetía. Si nos vende a mí y a toda mi familia no le dará ni para comprar un neumático. Lo siento, señor.

El pez gordo sentado en el asiento trasero no se apeó, pero lo hizo su chofer, que examinó los daños y miró con el rabillo del ojo la forma espatarrada de tu padre suplicando como si fuera pornografía, un espectáculo con el que le avergonzaba admitir que disfrutaba. Al final dejó marchar a tu padre. Lo despidió con un ademán. Se oyeron más bocinazos y los conductores blasfemaron. Cuando tu padre se sentó de nuevo al volante, te negaste a mirarlo, porque era como los cerdos que se revolcaban en los pantanos de detrás del mercado. Tu padre era nsi. Mierda.

Después de oírte, él apretó los labios y te cogió la mano, y dijo que entendía cómo te sentías. Tú le apartaste, repentinamente enfadada, porque se creía que el mundo estaba o tenía que estar lleno de gente como él. Le dijiste que no había nada que entender, que así eran las cosas.

 

Encontró la tienda africana en las páginas amarillas de Hartford y te llevó a ella. Al ver la familiaridad con que se movía por ella, inclinando la botella de vino de palma para ver cuánto sedimento había en el fondo, el dueño ghanés le preguntó si era africano como algunos keniatas o sudafricanos blancos, y él respondió que sí pero que llevaba mucho tiempo en Estados Unidos. Pareció satisfecho de que el dueño le creyera. Esa noche tú cocinaste con lo que habías comprado, y después de comer garry y sopa de onugbu, él vomitó en tu fregadero. Pero no te importó, porque ahora podrías cocinar sopa de onugbu con carne.

Él no comía carne porque no aprobaba cómo mataban los animales; dijo que el miedo de los animales liberaba toxinas y que las toxinas del miedo volvían paranoica a la gente. Los trozos de carne que comías en tu país, cuando había carne, eran del tamaño de tu dedo índice. Pero no se lo dijiste. Tampoco le dijiste que los cubos de dawadawa con los que tu madre cocinaba todo, porque el curry y el tomillo eran demasiado caros, tenían glutamato monosódico, eran glutamato monosódico. Él decía que el glutamato monosódico provocaba cáncer, que era la razón por la que le gustaba el restaurante Chang’s; Chang no cocinaba con glutamato monosódico.

Una vez dijo al camarero del Chang’s que había estado recientemente en Shanghai y que hablaba algo de mandarín. El camarero, entusiasmado, le dijo cuál era la mejor sopa, luego preguntó: “¿Tiene novia en Shanghai?”. Y él sonrió y no dijo nada.

Tú perdiste el apetito, en lo más profundo del pecho sentiste un nudo. Esa noche no gemiste cuando estuvo dentro de ti, te mordiste los labios y fingiste que no te habías corrido porque sabías que él se preocuparía. Más tarde le explicaste la razón de tu enfado, que a pesar de que habían ido juntos al Chang’s tan a menudo y se habían besado antes de que llegaran los platos, el chino había asumido que tú no podías ser su novia, y él había sonreído y no había dicho nada. Antes de disculparse, te miró sin comprender y supiste que no lo entendía.

 

Te hacía regalos y cuando tú protestabas por el precio, él decía que su abuelo de Boston había sido rico, pero se apresuraba a añadir que había repartido su fortuna entre muchos y que el fondo fideicomiso que le había dejado a él no era tan grande. Sus regalos te dejaban confundida. Una bola de cristal del tamaño de un puño dentro de la cual había una pequeña muñeca bien proporcionada y vestida de rosa que daba vueltas si la sacudías. Una piedra brillante cuya superficie adquiría el color de lo que tocabas. Un pañuelo caro pintado a mano en México. Por fin le dijiste, con la voz cargada de ironía, que en el mundo del que venías los regalos siempre eran útiles. La piedra, por ejemplo, tendría utilidad si se pudiera moler algo con ella. Él se rio mucho y muy fuerte, pero tú no te reíste con él. Te diste cuenta de que en su mundo él podía comprar regalos que eran solo eso y nada más, no tenían ninguna utilidad. Cuando él empezó a comprarte zapatos, ropa y libros, le pediste que no lo hiciera, que no querías regalos. Él te los compraba de todos modos y tú los guardabas para tus primos y tus tíos, para cuando fueras a verlos algún día, aunque no sabías cómo ibas a permitirte comprar un boleto y pagar al mismo tiempo el alquiler. Él dijo que quería conocer Nigeria y que pagaría los boletos de los dos. Tú no querías que él pagara tu boleto. No querías que fuera a Nigeria y que añadiera tu país a la lista de países donde iba a mirar embobado cómo vivían los pobres que nunca podrían mirar embobados su vida. Se lo dijiste un día soleado que te llevó a ver el estrecho de Long Island y discutieron, alzaron la voz mientras caminaban a lo largo de las aguas tranquilas. Él dijo que te equivocabas al decir que tenía una actitud de superioridad moral. Tú le dijiste que se equivocaba al creer que solo los pobres de Bombay eran indios de verdad. ¿Acaso él no era un norteamericano de verdad porque no vivía como los pobres obesos que habían visto en Hartford? Él se adelantó, con el torso desnudo y pálido, levantando arena con las chanclas, pero luego retrocedió y te tendió una mano. Se reconciliaron e hicieron el amor, y se acariciaron el pelo, el suyo suave y rubio como las oscilantes espigas del maíz al crecer, el tuyo oscuro y saltarín como el relleno de una almohada. A él le había dado demasiado el sol y tenía la piel del color de una sandía madura y tú le besaste la espalda antes de extenderle una loción.

Ese algo que se te enroscaba en el cuello, lo que casi te asfixiaba antes de quedarte dormida, empezó a aflojarse hasta desprenderse.

 

Sabías que no eran normales por la reacción de la gente, el modo en que las personas desagradables se mostraban demasiado desagradables y las agradables demasiado agradables. Los hombres y mujeres blancos de edad avanzada que murmuraban y lo fulminaban a él con la mirada, los hombres negros que sacudían la cabeza al verte, las mujeres negras cuyos ojos compasivos lamentaban tu falta de autoestima, tu odio hacia ti misma, o te dedicaban breves sonrisas de solidaridad; los hombres negros que se esforzaban por perdonarte, saludándolo a él con un hola demasiado estridente; los hombres y mujeres blancos que decían “Qué buena pareja hacen” demasiado alegremente, demasiado fuerte, como para demostrarse a sí mismos lo abiertos de miras que eran.

Pero los padres de él eran diferentes; casi te hicieron creer que todo era normal. Su madre te dijo que él nunca había traído a casa a una amiga, excepto para el baile de fin de curso del instituto, y él sonrió brevemente y te cogió la mano. El mantel ocultaba sus manos entrelazadas. Él apretó la tuya y tú apretaste la suya, y te preguntaste por qué estaba tan rígido, por qué sus ojos color aceite de oliva extra virgen se ensombrecían cuando hablaba con sus padres. Su madre se quedó encantada cuando te preguntó si habías leído a Nawal el Saadawi y tú respondiste que sí. Su padre te preguntó si la comida india se parecía a la nigeriana, y te tomaron el pelo con pagar cuando llegó la cuenta. Los miraste y agradeciste que no te contemplaran como un trofeo exótico, un colmillo de marfil.

Luego él te habló de sus problemas con sus padres, cómo racionaban su amor como si fuera un pastel de cumpleaños, cómo le daban solo un trozo grande si accedía a estudiar derecho. Tú trataste de solidarizarte con él. Pero solo conseguiste enfadarte.

Te enojaste aún más cuando él te dijo que se había negado a ir con ellos un par de semanas a Canadá, a su casa de veraneo de Quebec. Hasta le habían pedido que te llevara. Él le había enseñado fotos de la casa y te preguntaste por qué lo llamaba casa cuando los edificios de ese tamaño en tu país eran bancos o iglesias. Se te cayó un vaso y se hizo añicos contra el suelo de madera de su departamento, y él te preguntó qué pasaba y tú le dijiste nada, aunque pensaste que pasaban muchas cosas. Más tarde, en la ducha, te echaste a llorar. Observaste cómo el agua diluía las lágrimas sin saber por qué llorabas.

 

Por fin escribiste a casa. Una carta breve a tus padres entre los crujientes billetes de dólar junto con tu dirección. Recibiste una respuesta por correo unos días después. Era tu madre quien escribía; lo supiste por la letra de patas de araña, por las faltas de ortografía.

Tu padre había muerto; se había desplomado sobre el volante del coche de la compañía. Hacía cinco meses, escribía. Habían utilizado el dinero que habías enviado para darle un buen funeral. Habían matado una cabra para los invitados y lo habían enterrado en un buen ataúd. Te acurrucaste en la cama, con las rodillas contra el pecho, y trataste de recordar qué habían estado haciendo mientras tu padre moría, qué habías estado haciendo en los meses que llevaba muerto. Tal vez había muerto el día que habías amanecido con el cuerpo lleno de granos duros como el arroz crudo que no habías sabido explicar, de los que Juan se había burlado diciendo que te iba a llevar al chef para que el calor de la cocina te calentara. Tal vez había muerto uno de esos días que ibas en coche a Mystic o veías un partido del Manchester o cenabas en el Chang’s.

Él te abrazó mientras llorabas, te acarició el pelo, se ofreció a pagarte un boleto, a acompañarte a ver a tu familia. Le dijiste que no, que necesitabas ir tú sola. Él te preguntó si volverías, te recordó que tenías una tarjeta de residencia y que la perderías si no regresabas en un año. Te dijo que ya sabías qué quería decir, que sí volverías, ¿volverías?

Tú te diste la vuelta sin decir nada, y cuando te llevó en coche al aeropuerto, lo abrazaste muy fuerte durante largo rato y luego lo soltaste.

 

(Tomado de Ngozi Adichie, Chimamanda, Algo alrededor de tu cuello, Random-House, 2023)