Vanessa Téllez
Aunque
participaba con entusiasmo
en las marchas magisteriales y pese a ser
desde
hacía cinco años un jubilado más, el de Julián era un perfil bajo. Más que un profesor entusiasta en el parloteo social, lo que lo impulsaba a participar en las muchas caminatas que
con motivos de aumento salarial
se daban comúnmente a
principio de cada mes, era la
posibilidad de andar una
buena cantidad de kilómetros.
Llevaba menos de un año viviendo al fin solo.
Tras mucho discutir con Daniela, su mujer, Julián había acordado que lo único
que podía salvarlo de la mutilación moral sería irse a vivir solo. Y
aparentemente lo hacía bastante bien. Aunque nunca pudo tener hijos y luego de
gastarse el ahorro de cinco años en tratamientos para combatir la infertilidad que
un médico le diagnosticó, decidió que lo último que le quedaba de dinero sería para
dárselo a la mujer que, mal que bien, había decidido, o al menos intentado,
quererlo los últimos veinte años de su vida.
Abandonó su anterior casa, con apenas el
dinero suficiente para pagar el alquiler de un departamento. Los nuevos gastos no
eran nada en comparación a la vida que había llevado anteriormente bajo el comando
de su ahora ex esposa. Lejos estaban los días en que, por presunción de una
vida cercana a la clase media alta, pasaban los fines de semana comprando
electrodomésticos en cómodas mensualidades. Se anunciaban tiempos de bonanza para
todas las clases. La promesa de una felicidad costeable empezaría por el nuevo
sistema de compra a crédito. Familias enteras se arremolinaban en los centros comerciales
y agencias de automóviles porque, como nunca antes se había visto, se podían adquirir
en la misma igualdad de condiciones una licuadora y un auto.
Para Julián lo más importante era estar
solo. Evitaba por tanto toda aglomeración o bullicio. Después de todo, no era un
hombre tutelado por el apetito de lo efímero que buscara abastecer trópico mental
o desventaja emocional a razón de compras sin sentido que más tarde se inflarían
y le terminarían quitando los pocos pesos que ya recibía en un cheque mensual.
Lo único que pedía era tener agua caliente por la mañana y vino para tomar por
la noche.
Su departamento se encontraba en el último
piso de un vecindario de clase media baja. Como era de esperarse, aquellas edificaciones
encumbradas en la parte más alta de la ciudad eran la representación rústica y
de mal gusto de la planeación de sexenios pasados. Se habían elegido materiales
viejos o reciclados para la construcción de al menos una veintena de edificios.
A los defectos evidentes en la planeación arquitectónica se agregaba además lo ridículo
de las medidas en altura, y el calor que por la deficiente calidad de los techos
era, de tan sofocante, la bandera que parecía izarse como representatividad popular.
Profesores y burócratas de oficinas gubernamentales eran los principales inquilinos.
La practicidad era emblema del crecimiento en el país y metáfora de planeación
constructiva en todas las viviendas de interés social no importando que fueran departamentos
o pequeñas casas. Cada habitación, pared, pasillo o escalera estaba
desarrollada en función del aprovechamiento de cada espacio. Como la mayoría de
las viviendas de interés social, aquella en que vivía Julián contaba con áreas verdes dedicadas al sano esparcimiento
familiar. La formación por la cultura de la salud había sido acogida con relativo
entusiasmo entre los altos jerarcas del gobierno que sexenio a sexenio continuaban
el programa que había dejado su predecesor. De tal suerte, añadida a los espacios deportivos,
se adjuntaba la creación de pequeños establecimientos llamados popularmente
Casas de Cultura. Talleres de manualidades como orfebrería, cerámica o pintura se
intercalaban con pequeños módulos de lenguajes que incluían además del inglés,
japonés o mandarín y francés.
En su departamento, contaba apenas con los
muebles necesarios. Aunque viejo, le resultaba bastante útil un sofá que hacía
las veces de cama. La mayoría de los muebles se encontraban colocados en las
áreas de la cocina y la sala, que por su estrechez, hacía las veces de comedor y
lobby. Tenía un pequeño radio que portaba consigo al caminar. Por la noche lo dejaba
en el piso con el volumen ligeramente más bajo, le gustaba escuchar muy
temprano un programa por A. M. en donde los locutores analizaban casi entre líneas el porvenir de la siguiente década. Especialistas de diversas ramas acudían y exponían las debilidades financieras
en los recientes programas de crecimiento económico, la mayoría veía un futuro colmado
de deudas e intereses altísimos que haría perder al menos a la mitad de la población
la casa que estaba comprando.
No tenía amigos. A pesar de su carácter retraído,
Julián era educado y amable con quien le solicitara algún favor inesperado.
Casi siempre las peticiones eran formuladas por vecinas mayores de edad que
buscaba quien les ayudara a subir garrafones de agua, bolsas de mandado, o bien,
bajar la basura cuando el camión para recogerla anunciaba su inminente paso.
Como las demandas a partir de su amabilidad fueron creciendo, Julián tuvo que buscar
una buena razón para escapar sin parecer grosero e indiferente al llamado comunitario.
Le pareció que usar las áreas verdes podría ayudarle a simular un horario
deportivo. Se acostumbró a ponerse un ajuar de atleta y caminar largos trayectos.
Avanzaba por pequeñas pendientes y avenidas de menor importancia. De cuando en
cuando, y aprovechando el buen clima, el trayecto se prolongaba hasta caer la noche.
Recibió la invitación a participar en la primera
marcha con motivo de aumento salarial y la repartición gratuita de útiles escolares, un martes por la noche. Todo
lo que tenía que hacer era caminar, presentarse el miércoles en el zócalo principal y acceder a portar alguna pancarta que anunciara demandas de coyuntura. La idea
no
era mala, Julián caminaba desde hacía al menos seis meses con una puntualidad inquebrantable. Accedió sin mostrar mayor interés que el que ya le provocaba su ejercicio diario.
El miércoles se presentó muy temprano a la cita. Saludó a algunos
compañeros y sin preguntar qué pancarta le tocaba, tomó una de las muchas que
se encontraban esparcidas en el piso, luego la colocó sobre el pecho y comenzó
a andar. Aquella manifestación reunió al menos unos seiscientos profesores,
jubilados y en activo. Con el éxito de la primera marcha vinieron otras más.
Con la popularidad de las siguientes, aquello se hizo una tradición en el rubro
magisterial. Desde luego, no siempre las peticiones concluían con
éxito, pero al menos mantenía en vilo a las autoridades magisteriales que
redescubrieron en las multitudinarias manifestaciones, que el ímpetu y rebeldía
en la planilla del profesorado no había sido mermada ni por malos salarios ni por
reformas educativas impulsadas por mancuernas entre el gobierno y sindicato o
coordinadoras.
Una tarde, cansado de las recientes trifulcas
en las que participó, Julián decidió tomarse una semana de reposo. Quedarse en su
departamento sería tanto como esperar que el teléfono sonara y alguien pidiera su
presencia. Tomó una pequeña valija y salió caminando rumbo a la terminal de autobuses. Pasaría unos días de reposo en una playa no muy lejana de la ciudad. El lugar era idéntico a la fotografía impresa en los panfletos de promoción. Pasó los días
siguientes dando largas
caminatas rumbo a la playa. Por la
tarde nadaba y tomaba una o dos cervezas en un folclórico restaurante cercano a la bahía.
La
playa estaba apartada de grandes construcciones,
y debido a su difícil acceso apenas había algunos visitantes como él. Una
noche, mientras volvía a su bungalow, encontró a una mujer
llorando. Julián, que nunca
había sido indiferente al dolor, se acercó
hasta la
mujer sentada sobre la arena. Aunque con un poco de desconfianza, la mujer se prestó al diálogo que Julián le invitaba. Luego de conversar lacónicamente, la mujer al fin le
confió a
Julián que no tenía dinero para llevar a su hijo al doctor. Julián, como es natural,
se sintió abrumado y ofreció más de la
cantidad de dinero que ella necesitaba. Por supuesto la mujer cogió el dinero asombrada
de ver tantos billetes en un mismo lugar. Aunque sus trabajos eran casuales y
mal remunerados,
y pese a que nunca había ejercido la prostitución, la mujer considero que el hombre
que iba a salvar a su hijo merecía algo más que el agradecimiento desesperado de una madre.
Caminaron rumbo
al bungalow sin volver a dirigirse la palabra. Todavía estaba
oscuro cuando la mujer abandonó a Julián por la madrugada. Al día siguiente él
debía volver a la ciudad. Durante el camino recordó la sonrisa de la mujer cuyo
nombre no se atrevió a preguntar. Algo en Julián había cambiado, se sentía
torpe mientras iba subiendo los escalones hacia su departamento. Más que
aliviado por unos días de reposo, los días en la playa lo habían dejado extremadamente
agobiado. Sentía que arrastraba losas y no sus pies mientras se desplazaba del
baño hasta el sofá, o de la cocina hasta su pequeño estudio. Descolgó el
teléfono pues lo último que tenía en mente era atender bullas ajenas. Pensó que
lo único que necesitaba era otra
semana sin levantarse del sofá. El hambre,
luego de acabar con los enlatados de su alacena, lo haría salir.
En el primer
piso de su edificio una mujer acaba de mudarse. Viste de negro pues hace menos de dos días enterró
a su hijo. Esa misma
tarde, la mujer saldrá de su departamento y comenzará a buscar empleo. Cinco pisos arriba, Julián descubrirá
que sólo tiene agua. Se ha
cumplido una semana, y como vaticinó, el hambre que ha comenzado a acumular lo
obligará a salir de su departamento.
(Tomado de Varios, Lados B. Narrativa de
alto riesgo, Nitro/Press, México, 2014)
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