Antonio Ballesteros
Cuenta una vieja leyenda
de los indios sioux que una vez llegaron hasta la tienda del viejo brujo de la
tribu. Tomados de la mano, iban Toro Bravo, el más valiente y honorable de los
jóvenes guerreros, y Nube Alta, la hija del cacique y una de las más hermosas
mujeres de la tribu.
–Nos
amamos –empezó el joven.
–Y
nos vamos a casar –dijo ella.
–Y
nos queremos tanto que tenemos miedo. Queremos un hechizo, un conjuro, un
talismán. Algo que nos garantice que podremos estar siempre juntos. Que nos
asegure que estaremos uno al lado del otro hasta encontrar a Manitú el día de
la muerte.
–Por
favor –repitieron–, ¿hay algo que podamos hacer?
El
viejo los miró y se emocionó de verlos tan jóvenes, tan enamorados, tan
anhelantes esperando su palabra.
–Hay
algo… –dijo el viejo después de una larga pausa–. Pero no sé… conseguirlo es
una tarea muy difícil y sacrificada.
–No
importa –dijeron a la vez los dos–. Lo que sea –ratificó Toro Bravo.
–Bien…
–dijo pensativo el brujo–. Nube Alta, ¿ves el monte al norte de nuestra aldea?
Deberás escalarlo sola y sin más armas que una red y tus manos, y deberás cazar
el halcón más hermoso y vigoroso del monte. Si lo atrapas, deberás traerlo aquí
con vida el tercer día después de la luna llena. ¿Comprendiste?
La
joven asintió en silencio.
–Y
tú, Toro Bravo – siguió el brujo – deberás partir en dirección contraria y
escalar la Montaña del Trueno; cuando llegues a la cima, encontrarás la más
brava de todas las águilas y, solamente con tus manos y una red, deberás
atraparla sin heridas y traerla ante mí, viva, el mismo día en que vendrá Nube
Alta con el halcón más hermoso y vigoroso del monte… ¡Salgan ahora!
Los
jóvenes se miraron con ternura y después de una fugaz sonrisa salieron a
cumplir la misión encomendada, ella hacia el norte, él hacia el sur…
Todo
salió mejor de lo que los jóvenes habían imaginado en sus mejores sueños, y el
día establecido, frente a la tienda del brujo, los dos jóvenes esperaban con
sendas bolsas de tela que contenían las aves solicitadas.
El
viejo les pidió que con mucho cuidado las sacaran de las bolsas. Los jóvenes lo
hicieron y expusieron ante la aprobación del viejo las aves cazadas. Eran
verdaderamente hermosos ejemplares, sin duda lo mejor de su estirpe.
–
¿Volaban alto? –preguntó el brujo.
–
Sí, sin duda. Hicimos todo tal y como lo pediste… ¿y ahora…? –preguntó el
joven, impaciente– ¿los mataremos y beberemos el honor de su sangre?
–No
–dijo el viejo–. Los dejaremos vivir.
–Los
cocinaremos y comeremos el valor en su carne –propuso la joven.
–No
–repitió el viejo–. Harán lo que les digo: Tomen las aves y átenlas entre sí
por las patas con estas tiras de cuero… cuando las hayan anudado, suéltenlas y
que vuelen libres para siempre, igual que ustedes quieren hacerlo.
El
guerrero y la joven hicieron lo que se les pedía y soltaron los pájaros. El
águila y el halcón intentaron levantar vuelo, pero sólo consiguieron revolcarse
en el piso. Unos minutos después, irritadas por la incapacidad, las aves
arremetieron a picotazos entre sí hasta lastimarse.
Entonces
el brujo habló: “Este es el conjuro… jamás olviden lo que han visto. Son
ustedes como un águila y un halcón; si se atan el uno al otro, aunque lo hagan
por amor, no sólo vivirán arrastrándose, sino que además, tarde o temprano,
empezarán a lastimarse uno al otro. Si quieren que el amor entre ustedes
perdure, vuelen juntos pero jamás atados”.
(Tomado de www.tallermecontasunahistoriadale.blogspot.com)
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