Jorge Luis Borges
El paisaje del campo es la retórica. Es decir, las reacciones del
individuo ante la madeja visual y acústica que lo integra han sido ya
delimitadas. Hasta hoy –1921– ninguna reacción nueva se ha sumado a la
totalidad de reacciones ya conocidas: actitud lacrimosa, actitud panteísta,
actitud estoica y antitética entre el –supuesto– lujo ciudadano y el escueto
franciscanismo de la visión rural. (Apuntemos de paso cómo el mismo fray Luis
de León, tan verdadero, tan arrebujado en la vida campestre, escamotea muchas
veces el paisaje que lo ciñe y le concede únicamente un valor de contrapeso
espiritual, de sordina o cilicio contra los incentivos de la vida ambiciosa. Y
cómo el oro, el jaspe, los techos artesonados y demás prestigiosas zarandajas
que anatematiza, le sirven para decorar sus poemas…)
Ir a admirar adrede el
paisaje es paralelizarnos con los salvajes de la cultura, con esos indios
blancos que desfilan en piaras militarizadas por los museos y se quedan con los
ojos arrodillados ante cualquier lienzo garantido por una firma sólida, y no saben
muy bien si están ebrios de admiración o si esa misma voluntad de entusiasmo
les ha inhibido la facultad de admirarse.
Desconfiemos de su
indecencia emocional.
Desconfiemos de las
reacciones organizadas, de las emociones previstas y de las actitudes de
recluta en que se plasman los espíritus amaestrados. El Arte –comprendido, como
ellos lo comprenden, con A mayúscula– es una falsedad, es una cosa que en lugar
de enriquecer la vida la estruja y empobrece.
El paisaje –como todas
las cosas en sí– no es absolutamente nada. La palabra paisaje es la
condecoración verbal que otorgamos a la visualidad que nos rodea, cuando ésta
nos ha untado con cualquier barniz conocido de la literatura. Desgraciadamente
no hay gran acervo de barnices. El ruiseñor que se derrama entero en el
quietismo de la selva nos sugiere, con una regularidad geometral, los instantes
del Intermedio Lírico, y el tren que opera la bisección de la planicie mansa,
espolea inevitablemente en nosotros los recuerdos de dos visiones literarias ya
trasnochadas: la del naturalismo (nexo causal inaflojable, enfermedades
hereditarias, puestas o salidas de sol en los momentos oportunos…) y la de los
albores del futurismo (belleza del esfuerzo, Whitman mal traducido al italiano,
instalación de luz eléctrica en la retórica…) Y no me refiero al agotamiento
del tren y del ruiseñor como elementos literarios. Pluma en ristre, les
impondremos la traducción que más nos convenga, y descubriremos en el ruiseñor
ironía, desesperanza o cualquier otra cosa, y diremos que su cantar le saca
punta al silencio, o que se enreda en las estrellas, o que sacude el liso
corazón del plenilunio…
Eso hablando en urdidor
de verbalismos. Pero hablando en espectador “aprofesional” del paisaje, las
viejas sugestiones clásicas y románticas aún me doblegan, y lo veo persistente,
enorme, tedioso y como atorado de ritmos sentimentales, de estatuaria
esponjosa, de proyectos y de posturas de alma gastadas.
El paisaje de campo es la
mentira.
Por eso he vuelto la
espalda a sus alcores, a sus tablados y a los colorines gesticulantes de sus
ponientes.
Hasta que alguna vez –obliterados
ya los versos que Juan Ramón Jiménez dibujó en mi pizarra espiritual– pueda
volver y descubrir, sin desviación ni finalidad artística alguna, la mejorana y
el tomillo.
Lo bello es lo
espontáneo, lo que carece de últimos planos declamatorios o egocéntricos. (La
idea estilizada en frases bien peinaditas y eslabonadas sobre una firma en
letras de molde, siempre será inferior a la idea repartida humanamente,
sencillamente, sin mirar de reojo a la fama y ofrecida a los demás como quien
ofrece un pitillo.)
Un verso puede ser muy
bello, pero nunca un libro de versos.
Lo marginal es lo más
bello.
Por ejemplo: Cualquier
casita del arrabal, seria, pueril y sosegada. El café donde estoy (cuyos
detalles sólo nebulosamente conozco). El paisaje urbano que los verbalismos no
mancharon aún. La cantinela intermitente de un organillo que se derrama por los
cangilones de los ruidos más duros.
(Tomado
de www.bibliotecaignoria.blogspot.com)
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