Antonio Ballesteros
Hace años mi familia regentaba una heladería. Venía
mucha gente a saborear los magníficos helados que mis padres elaboraban. En el negocio
ayudábamos todos, aunque yo, que soy el pequeño de la familia, tenía menos obligaciones
que mis hermanos mayores. Cuando me tocaba ayudar, me acompañaba Fabricio. Es un
loro que todavía, quince años más tarde, sigue conmigo.
Casi
siempre descansaba en mi hombro, y eso a la gente le parecía gracioso.
A Fabri le gustaban
mucho los helados y había que tener cuidado con él. Si el que le servía a algún
cliente era de sus preferidos, en cuanto me descuidaba el pájaro exclamaba con su
estentórea voz rrrrrrrrrrico, saltaba hacia el helado y lo picoteaba. Eso ya no
les hacía tanta gracia a los clientes, y mucho menos a mi madre.
Cuando eso ocurría,
ella amenazaba con matar al animalito. Más exactamente prometía ahogarlo, o “curtirnos
a palos” a los dos, a Fabricio y a mí.
Una tarde la heladería
estaba repleta, y cuando fui a servir su helado a una niña, Fabri extendió sus alas,
gritó rrrrrrrrrrico, dio un salto hacia la muchachita y picoteó el cucurucho. La
niña se asustó tanto que dejó caer el helado contra el suelo mientras empezaba a
llorar.
Su mamá inició un
tremendo alboroto que acompañó con grandes aspavientos. Fabricio también se espantó
y revoloteaba a lo largo y ancho de la heladería, lo que revolucionó irremisiblemente
a todos los que se encontraban allí, sobre todo a los más pequeños.
Ante aquella desmesurada
algarabía, mi mamita se enfadó tanto que de sus ojos –mientras intentaba disculparse
con la señora y la niña– salían llamaradas incandescentes y lacerantes chispas hacia
mí. Tantos rayos y serpientes y malos bichos salían de sus ojos, que dentro de mi
cabeza empecé a sentir avispas o alimañas parecidas que amenazaban con taladrarme
los tímpanos, y decidí salir corriendo del local con Fabricio, que entretanto, sin
saber dónde meterse, había vuelto a mi hombro.
Vámonos de aquí,
Fabri, le dije, esto se pone muy feo.
Y nos fuimos lejos
de allí, a la playa. Horas después, cuando me entró sed le dije a Fabricio que necesitábamos
dinero. Nunca supe si me entiende o no, pero cuando le hablaba de dinero siempre
me contestaba lo que yo le había enseñado: parapán, parapán, quieropán. Eso bastaba
para que la gente se nos quedara mirando. En ese momento yo ponía cara de niño triste
y decía eso tan socorrido de ¿me da para comprar pan?, señora, al tiempo que extendía
con languidez la mano. Siempre había alguien que nos daba alguna moneda.
Cuando reuníamos
el dinero suficiente, Fabricio y yo nos íbamos a una heladería industrial del malecón
y nos comprábamos uno de esos grandes helados de turrón que tanto nos gustan a los
dos. No estaban tan ricos como los que hacían mis padres, pero igual eran refrescantes
y nos quitaban la sed y el hambre.
Luego se hacía de
noche y, como siempre que desaparecíamos de la heladería o de casa, uno de mis hermanos
llegaba hasta la playa a buscarnos, por si queríamos cenar y para que no nos pasara
nada malo.
(Tomado
de www.tallermecontasunahistoriadale.blogspot.com)
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