sábado, 10 de enero de 2026

El árbol, el tesoro y el tiempo

Elías Barón

 

La comprensión del universo se escapa de toda medida y lógica; sabemos muy poco, casi nada. Dominamos lo más básico: existen reglas que apenas comprendemos; rutinas que harían sonrojar a los más asiduos obsesivos compulsivos, ya que son una constante “universal”. Mas al analizarlas, nos damos cuenta de que ni siquiera raspamos la superficie.

El sistema solar está comprendido por los planetas Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y, hace algunos años, quitamos a Plutón y estamos indecisos en incluir a Eris dentro de la clasificación. De todos estos planetas podemos deducir millares de cosas. Los hechos más claros son que muchos de estos planetas tienen agua (aun los que parecen más secos y áridos), en muchos de estos planetas hay oro de gran pureza justo en la superficie, tan sólo para tomarlo. Saturno y sus lunas son un claro ejemplo; diamantes de todos los tamaños y purezas los podremos encontrar en Neptuno y Urano como algo normal; plutonio es fácil de encontrar en Plutón. Todos los minerales que consideramos “valiosos” por su utilidad en los campos de la medicina, tecnología y economía están afuera esperándonos. Varios planetas contienen de todo, pero los humanos no nos hemos dado cuenta de que lo más valioso, que no encontramos en otros planetas, es “la madera”.

Se dice que en la Vía Láctea (un conjunto de nada menos de cuarenta galaxias) es nuestra galaxia. Aquí también encontramos un sistema solar donde están en órbita siete exoplanetas de tamaño muy parecido a la Tierra, con agua, tierra y minerales valiosos como aquí. Su nombre es Trappist-1, K2-18b, entre otros, de tal forma que existen posibilidades de que haya otros planetas con características y riquezas similares a la Tierra. Los científicos, astrónomos, hombres y mujeres de ciencia, a pesar de estas brillantes observaciones, mencionan que existe la esperanza de que algún día podamos llegar a ellos y colonizarlos, mas siempre está la misma observación: no hay posibilidad de que en este u otro sistema solar conocido de entre cientos de galaxias observables, exista un planeta que pueda albergar árboles. No hay ningún otro planeta que contenga madera.

Pasaron muchos años y muchos daños. Es así como el programa espacial del gobierno mundial fundado después de la Cuarta Guerra Mundial (larga vida a los Anunakis) puso en marcha el plan de llevar a la colonia marciana un árbol para analizar su supervivencia, así como la posibilidad de generar un microclima y propiciar su reproducción. Se dice que ningún lugar está colonizado hasta que no sembremos y nos mantengamos de lo que tienen que ofrecer sus tierras. Para este fin se construyó una cámara de estasis, bastante especial, que proporcionaba ozono, dióxido de carbono y radiación ultravioleta de baja frecuencia. Tenía un recolector de agua ambiental, su propio efecto invernadero, así como una dotación de nutrientes, por lo cual podría sobrevivir en cualquier entorno, por inhóspito que este fuera.

Todo estaba dispuesto para lograr la hazaña (que era no tan asombrosa si la comparamos con la liberación de los pueblos del dominio extraterrestre de los reptilianos) y poder llevar algo verde al planeta rojo, más aún después de haberlo sobreexplotado, dejándolo seco de oro, platino y piedras preciosas. Salió la nave con tres astronautas: Jin, John y Pedro-Pedro, famosos por haber pasado todas las pruebas de consumo de productos como Cola Coca, Pecsi, Zabritas, Brimbo, y ni qué decir de Mapple y Andruid. Todo estuvo a tiempo gracias a la transportadora de energía oscura del hipermega loop, patrocinada por los vasallos del gran colisionador de hadrones. Sí, todo estaba calculado, excepto por un error de cálculo de la causalidad, ya que un agujero negro que pasaba por la zona no fue contemplado. Hoy todo el mundo sabe que los agujeros negros, a pesar de su súper masa, se comportan como entes vivos; los hay de todos tamaños y formas, además son portales para acceder a otras dimensiones, tantas como tiene la luz fragmentación. La nave, una especie de tren espacial con tres compartimientos, perdió toda su valiosa carga. Los astronautas llegaron al planeta rojo con las manos vacías (pero con sus vidas, lo cual era casi lo mismo), y esto no aliviaba su dolor.

Parte de la carga perdida era el árbol con su cápsula. Gracias a ella, el árbol no sufrió ninguna transformación o transmutación al pasar a través del agujero negro. Del otro lado le esperan una serie de aventuras que, por ser un ser arbóreo, no tendría memoria o ninguna noción de lo sucedido. El árbol era un pino de aproximadamente dos metros de altura, con algunas piñas y frondosas agujas.

Cuando pasó al otro lado, la dimensión que le esperaba era de un color magenta con amarillo, tonos violetas y azules. En este plano había un paneta pequeño y árido. En este planeta, que medía treinta y un mil cuatrocientos dieciséis metros de diámetro, había pequeños seres extraterrestres de aproximadamente treinta centímetros de altura. Estos eran medianamente inteligentes (ya verán por qué). La típica visión de los extraterrestres desnudos, de color gris, con grandes ojos color negro, viviendo con mascarillas que les aportaban el oxígeno necesario para sobrevivir. La cápsula entró en la atmósfera del planeta, se calentó, pero no lo suficiente para tener algún daño. Cuando cayó al suelo, levantó mucho polvo y rocas, llamó encarecidamente la atención de algunos de estos extraterrestres (que, dicho sea de paso, no eran extraterrestres en su planeta, sino “silvanos grises”). Todas las conversaciones y comentarios de estos seres, a partir de este momento, serán traducidos y recolectados por mí, el recolector de datos, o narrador para efectos prácticos.

Como podrán imaginarse, el árbol de dos metros era en realidad un gigante para estas pequeñas criaturas. Dicho esto, podemos anticipar un poco de contexto: este triste y árido planeta no siempre fue así. De hecho, algún tiempo tenía una serie de bosques y lagunas (árboles pequeños para nosotros, normales para ellos, los más grandes medían apenas un metro). Habían logrado un desarrollo tecnológico sobresaliente, mas, como es de esperarse, abusaron de su poder creativo. Las tecnologías no fueron aplicadas para el bien de su medio ambiente, y la sobreexplotación de su medio hizo que su planeta se tornara en una masa de tierra seca. Salieron a otros mundos en busca de vida vegetal, árboles y, sobre todo, madera, ya que esta era combustible, casa y medio para conservar tanto la temperatura como el agua de su desgastado planeta. Respiraban oxígeno como nosotros, entonces, cuando vieron llegar la cápsula con un árbol tan grande y verde, su reacción de sorpresa no se hizo esperar.

Algunos reaccionaron con alegría, pensando que una nueva oportunidad tocaba a su puerta alienígena; otros pensaron que era la oportunidad de hacerse con el valioso recurso que no habían podido encontrar en ninguna parte de su galaxia. Se nombraron dos dirigentes (porque, tristemente, hasta los alienígenas necesitan políticos), los cuales se sentaron en sillas flotantes para dialogar de manera telepática (así se comunicaban) sobre cuál sería la mejor opción para toda su raza.

Debemos recaudar el recurso, hacernos del poder sobre el árbol para que los demás no acaben nuevamente con la fuente de madera.

–No, debemos ver la manera de estudiarlo, analizarlo y reproducirlo, y en un futuro no muy lejano, para el bien de los congéneres, liberarlo.

Mientras tanto, un viejo alienígena, que aún era muy joven cuando los árboles comenzaron a escasear, se acercó a la cápsula. Sintió que el árbol le hablaba, le decía que lo dejara salir, que le permitiera que sus raíces tocaran la tierra. El viejo silvano, sin pensarlo dos veces, sacó una cortadora láser de bolsillo (aunque no tenían bolsillos) y le hizo un agujero por debajo. Algunas raíces salieron y tocaron el suelo. Llevaron un generador de agua, que transforma el oxígeno y el hidrógeno del medio ambiente en agua pura. Mientras todo esto sucedía, los políticos seguían debatiendo cuál era el mejor plan de acción. Cuando pasaron siete días silvanos (doscientas treinta y una horas terrestres) y por fin habían decidido qué hacer (en beneficio de los dirigentes y no del pueblo, obviamente), grande fue su sorpresa cuando llegaron a ver qué hacer con el árbol. Éste estaba plantado en la tierra de su árido planeta, pero no sólo eso: había logrado conectarse con raíces profundas de los antiguos árboles de los bosques devastados y, por su condición extraterrestre, los había hecho germinar nuevamente. Pequeños brotes de árboles locales salieron del suelo. Silvanos sentados alrededor del árbol estaban dispuestos a defenderlo; querían una nueva oportunidad para tener árboles.

Los años silvanos pasaron, el planeta volvía a tomar verdor, y en el centro de todo, un gran pino terrestre que, gracias a la casualidad y la causalidad, era un trago amargo (sin tanta importancia para los terrestres en ese momento). El silvano viejo decía:

Casi nadie aprovecha o valora lo que se tiene de sobra. Nosotros tuvimos que aprender de mala forma, pero siempre que exista la oportunidad, como nosotros los silvanos, deberíamos ayudar a la naturaleza, a que las cosas fluyan y lleven su curso natural. No me imagino de dónde vino ese árbol milagroso, probablemente de un lugar donde son valorados y bien respetados. Repartidos y respetados por una raza superior, muy inteligente, mandado por la galaxia como la maravillosa fuente de vida y recursos que son, procuraremos seguir con ese legado.

 

(Tomado de Varios autores, Universos alternos. Relatos de ciencia ficción en español, Factor Literario, Estados Unidos, 2024)

 

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