César Aira
Es inevitable entrar en el detalle, para contar
bien una historia. Si uno piensa que una historia siempre es la historia de una
vida, y cree como creo yo que los grandes efectos salen de pequeñas causas, se
encuentra frente a una cantidad innumerable de pequeños episodios de los que no
debe saltearse ninguno porque en cualquiera puede estar el momento decisivo. Y
eso no es lo peor. Lo peor es que el pequeño episodio, hasta el más minúsculo e
insignificante, está hecho de episodios más pequeños. De ahí deriva una ley del
relato: cuanto menos importante es un hecho, más cuesta contarlo. “Una
revolución puede contarse en tres líneas, un adulterio puede despacharse en un
párrafo, pero contar cómo se hizo para pinchar con el tenedor una arveja exige
tres páginas de la prosa más precisa y los recursos más avanzados del arte de
la narración”. Por supuesto, hay mil probabilidades contra una de que esas
trabajosas maniobras con el tenedor no sean el momento decisivo de una vida,
pero eso nunca se sabe de antemano, y hay que arremeter contra ese detalle, y
otros muchísimos. Todo termina pareciendo inútil. No puede extrañar que el
estado de ánimo habitual de los escritores sea el desaliento.
(Tomado de www.bibliotecaignoria.blogspot.com)
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