Stella Benson
Había un ruido fuerte en los oídos de
Victoria; era como la luz verde alrededor de ella traducida en sonido. Dentro de
su cabeza todo estaba claro y tranquilo. Miró frente a ella a Amos, quien con aquella redondez en la cabeza caminaba tan raro como un animal irritado, plantando sus enormes patas en jardines y removiendo animales y flores.
“Este es el hombre que yo amo”, pensó
Victoria
al mirarlo a través del agua. Y cuando ella
lo pensó, él dio un paso descuidado
y brincó lejos, a algún lugar
donde ya no pudo verlo. Ella solo podía ver un paisaje oscurecido desde la mirilla de su escafandra. Victoria no llevaba un traje completo de buzo, solo la escafandra
y su propio traje de baño. Sentía un gran peso
encima.
Llevaba el tubo del aire bajo
el brazo. En la escafandra había
un
poco de aire atrapado. Ella podía inclinar su cuerpo sin peso un poco, sin aceptar riesgos, para manejar la vista. Vio plantas blancas, agujeros blancos, ramas, hierbajos, pececillos que se movían, como si fueran mosquitos, alrededor de sus pies. Mirándose los pies, verdes bajo un cuerpo que se sentía tan pesado de arriba, intentó bailar uno o dos pasos. De inmediato se
elevó por error, de espaldas, de lado, y tocó fondo con un pie.
“¿A quién se parece ese hombre?”, se le ocurrió de golpe mientras se movía en el agua, incapaz de detenerse, incapaz de caer. Pensaba en el hombre a cargo de la bomba del aire, allá arriba, en la superficie del mar. “¿A quién
se parece?” Sus ojos lo recordaron
en
camiseta, enojado con los marineros que hacían funcionar la bomba, dándose vuelta para disculparse con ella y con Amos. Su oído
también recordó: “Aquí
no vienen damas que quieran bucear por puro gusto. Usted no aguantaría el traje completo, señora. Bueno, mire, no podría ni moverlo. Pruébese una bota. Bueno,
mire, ni puede con tanto peso. Ochenta kilos. Claro que se aligera en cuanto se
hunde en el agua, pero usted no podría ni llegar al agua. Pero me gustaría que
usted bajara a ver ese barco, Quimera, acostado tan bonito, allí nomás a
diez metros. Para mañana en la noche ya habremos acabado de sacar el whisky, al
menos eso creo, a ver si es cierto que nada más traía cien cajas. No vale la
pena poner el barco a flote, está viejo y se dañó contra la roca aquella. El
whisky vale dinero, yo sé lo que le digo. Bueno, mire señora, voy a ayudarla a
verlo. ¿Por qué no baja con la escafandra? Solamente la escafandra y el tubo
del aire. Para un descenso corto resulta igual.
“Bueno, mire”, lo repitió
con frecuencia. ¿A quién se parecía? El modo
de
hablar era como el de Nana. Podría ser el hijo de Nana.
Por eso
ella se había sentido tan incómoda. Todo lo relacionado con Nana era desagradable. El recuerdo de Nana le puso en la mente una juventud de comodidades y olvidos hasta el día en que Amos descubrió que Nana, ya para
entonces su ama de llaves, durante diez años había hurtado cientos de libras del dinero que le
entregaban para la atención del niño.
Al expulsar de la casa a Nana, Amos le gritó: “Tienes suerte de que no llamemos a la policía”. Poco después llegó el hijo de Nana, un marinero.
–¿Y usted es un caballero? –gritó–, ¿y así
le pagan a mi madre una vida de servicios? Bueno, mire, ya lo agarraré solo.
Algún día me vengaré.
Solo en aquella ocasión había visto al
hijo de Nana; nunca antes ni después.
El hombre que estaba arriba era como él. Amos
no pudo notarlo, él veía mal de lejos. Además, habían pasado veinte años. Pero
el hombre de arriba tenía la voz del hijo de Nana. ¿O era coincidencia?
Victoria y Amos estaban allí, en las Indias Occidentales, por mera casualidad. Habían venido a distraerse.
Supieron del naufragio. ¡Ah, allí habrá buceo! ¡Vamos, Vi! Y aquí andan ya; por
distraerse, en el fondo del océano, y a merced del hombre que está en la
superficie, el que es igual al hijo de Nana. “Algún día me
vengaré”,
había jurado.
¿Era
o no era el hijo de Nana? De pronto, Victoria recordó que él le había dicho a Amos: “Bueno, mire, hay gente que bucea por gusto, y otras
que
lo hacen
una vez y no regresan”. Y Amos había respondido: “Nos guste o no, nosotros no volveremos a bucear”. Y el hijo de Nana había
replicado: “Quizá no”. (Era el hijo de Nana). Y poco
antes
le había
gritado a los que hacían funcionar la bomba del aire: “Quítense. Lo haré yo mismo”.
La mujer, solitaria en el agua silenciosa, miró aterrorizada a su alrededor. Pensó,
sedienta
de aire, en la luz del
cielo,
en las aves, en la seguridad de Inglaterra. Ah, estar
en Inglaterra, ahora que abril
llega.
Victoria dio a su tubo de aire un jalón
lento, señal para pedir ayuda del bote. Y no hubo jalón de respuesta. Quizá podría
nadar hasta la superficie sin ayuda, incluso tenía cierta dificultad para permanecer
en el fondo. Pero Amos, en su pesado traje de buzo, ¿dónde andaba? ¿Dónde estaría
el Quimera? Allí lo encontraría.
Victoria comenzó a trepar por el talud de
una depresión, una cuesta suave de tal vez dos metros, y sin embargo tan difícil
para sus pies como una montaña. Por fin, al encumbrarla, pudo descubrir el naufragio.
Era muy distinto de lo que esperaba. Parecía una casita ladeada con su puerta de
resorte, y la luz verdosa le daba aspecto amenazante. Entonces vio a Amos.
Cuando su esposa se acercó, Amos, con un paso
largo quiso animarla a acercarse al naufragio, pero resbaló y cayó, todo ello con
una pesantez desconcertante. La escafandra no permitió ver que su expresión cambiaba
hacia la sonrisa, y por un momento se pareció al perrito
angustiado la primera vez que intenta trepar
un escalón. Victoria, sin embargo,
no sonrió.
Como pudo,
llegó al barco hundido y,
al esforzarse en
ponerse en pie logró asirse cuidadosamente a un pie de
Amos,
y Amos
cayó
de nuevo, y con
disgusto
le hizo un gesto de no me toques.
“Amos, ven rápido, ése es el hijo de Nana,
estamos en peligro”, gritó ella y se aturdió en su escafandra. Casi volvió a
caer. Amos no podía oírla.
Él se movía
de
nuevo sin control. “Amos, Amos”, ella lo jaló de un pie, era lo más que conseguía alcanzar y él insistía en alejarla con mímica de enojo. Ella señaló hacia arriba. Él orientó su mirilla hacia ella y Victoria vio que Amos movía la boca detrás del cristal. Recargado en el barco hundido, señaló a Victoria y luego apuntó hacia arriba, para expresar: si quieres subir hazlo y déjame aquí. Y allí estaba, envuelto en su mundo, aislado de todo sonido. Un pez cruzó entre él y ella.
“Amos, Amos”, gritó Victoria, y una
vez más la detuvo el retumbo del sonido encerrado en su escafandra. ¿Le habían cortado el aire desde arriba? Amos retiró el pie
del
alcance de ella, casi se puso en pie y repitió el mensaje de que se alejara de él. Se
alejó
de ella
con
un paso largo. Y como paso resultó
fallido, pero como vuelo fue bellísimo. Pareció un salto hacia atrás, voló
hacia su mujer y por un segundo pareció posarse en la escafandra de Victoria, quien
lo abrazó por la cintura. Él escapaba de nuevo, ella se aferró a un brazo: “Es
el hijo de Nana, el que está arriba, hay peligro”. Victoria trató de empujar a Amos
hacia arriba, y se dio cuenta de que por fin él parecía alarmado; no entendía la actitud errática de
su mujer. Amos jaló su cuerda. Ambos fueron izados al instante. Sus
escafandras chocaron en la superficie, al inicio de la escalera.
Alguien le
quitó a Victoria la escafandra. De
nuevo era ella misma, en traje de baño, segura, como si
regresara de nadar,
Un rostro se inclinó sobre ella. ¿El hijo de Nana? ¿Qué es lo que ella había
estado pensando? Este hombre, bajo
y ancho, en nada se parecía al hijo de Nana, que
era alto. Éste era claramente australiano. Ella lo supuso desde las primeras
palabras que no fueron: “Bueno, mire”, sino “escuche, señora”. ¿En qué laguna
de la memoria había caído allá abajo, en aquel mundo nuevo lleno de sombras y
de fría sensibilidad?
Amos fue ayudado a trepar por la escalera.
Alguien abrió la ventana de la escafandra y su voz, como un gorrión que escapa
de la jaula, saltó irritada: “Caramba, Vi, ¿qué es lo que te sucede?”
(Tomado
de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)
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