domingo, 19 de julio de 2026

Bajo el mar

Stella Benson

 

Había un ruido fuerte en los oídos de Victoria; era como la luz verde alrededor de ella traducida en sonido. Dentro de su cabeza todo estaba claro y tranquilo. Miró frente a ella a Amos, quien con aquella redondez en la cabeza caminaba tan raro como un animal irritado, plantando sus enormes patas en jardines y removiendo animales y flores.

“Este es el hombre que yo amo”, pensó Victoria al mirarlo a través del agua. Y cuando ella lo pensó, él dio un paso descuidado y brincó lejos, a algún lugar donde ya no pudo verlo. Ella solo podía ver un paisaje oscurecido desde la mirilla de su escafandra. Victoria no llevaba un traje completo de buzo, solo la escafandra y su propio traje de baño. Sentía un gran peso encima. Llevaba el tubo del aire bajo el brazo. En la escafandra había un poco de aire atrapado. Ella podía inclinar su cuerpo sin peso un poco, sin aceptar riesgos, para manejar la vista. Vio plantas blancas, agujeros blancos, ramas, hierbajos, pececillos que se movían, como si fueran mosquitos, alrededor de sus pies. Mirándose los pies, verdes bajo un cuerpo que se sentía tan pesado de arriba, intentó bailar uno o dos pasos. De inmediato se elevó por error, de espaldas, de lado, y tocó fondo con un pie.

“¿A quién se parece ese hombre?”, se le ocurrió de golpe mientras se movía en el agua, incapaz de detenerse, incapaz de caer. Pensaba en el hombre a cargo de la bomba del aire, allá arriba, en la superficie del mar. “¿A quién se parece?” Sus ojos lo recordaron en camiseta, enojado con los marineros que hacían funcionar la bomba, dándose vuelta para disculparse con ella y con Amos. Su oído también recordó: “Aquí no vienen damas que quieran bucear por puro gusto. Usted no aguantaría el traje completo, señora. Bueno, mire, no podría ni moverlo. Pruébese una bota. Bueno, mire, ni puede con tanto peso. Ochenta kilos. Claro que se aligera en cuanto se hunde en el agua, pero usted no podría ni llegar al agua. Pero me gustaría que usted bajara a ver ese barco, Quimera, acostado tan bonito, allí nomás a diez metros. Para mañana en la noche ya habremos acabado de sacar el whisky, al menos eso creo, a ver si es cierto que nada más traía cien cajas. No vale la pena poner el barco a flote, está viejo y se dañó contra la roca aquella. El whisky vale dinero, yo sé lo que le digo. Bueno, mire señora, voy a ayudarla a verlo. ¿Por qué no baja con la escafandra? Solamente la escafandra y el tubo del aire. Para un descenso corto resulta igual.

“Bueno, mire”, lo repitió con frecuencia. ¿A quién se parecía? El modo de hablar era como el de Nana. Podría ser el hijo de Nana. Por eso ella se había sentido tan incómoda. Todo lo relacionado con Nana era desagradable. El recuerdo de Nana le puso en la mente una juventud de comodidades y olvidos hasta el día en que Amos descubrió que Nana, ya para entonces su ama de llaves, durante diez años había hurtado cientos de libras del dinero que le entregaban para la atención del niño.

Al expulsar de la casa a Nana, Amos le gritó:Tienes suerte de que no llamemos a la policía”. Poco después llegó el hijo de Nana, un marinero.

–¿Y usted es un caballero? –gritó–, ¿y así le pagan a mi madre una vida de servicios? Bueno, mire, ya lo agarraré solo. Algún día me vengaré.

Solo en aquella ocasión había visto al hijo de Nana; nunca antes ni después.

El hombre que estaba arriba era como él. Amos no pudo notarlo, él veía mal de lejos. Además, habían pasado veinte años. Pero el hombre de arriba tenía la voz del hijo de Nana. ¿O era coincidencia?

Victoria y Amos estaban allí, en las Indias Occidentales, por mera casualidad. Habían venido a distraerse. Supieron del naufragio. ¡Ah, allí habrá buceo! ¡Vamos, Vi! Y aquí andan ya; por distraerse, en el fondo del océano, y a merced del hombre que está en la superficie, el que es igual al hijo de Nana. “Algún día me vengaré”, había jurado. ¿Era o no era el hijo de Nana? De pronto, Victoria recordó que él le había dicho a Amos: “Bueno, mire, hay gente que bucea por gusto, y otras que lo hacen una vez y no regresan”. Y Amos había respondido: “Nos guste o no, nosotros no volveremos a bucear”. Y el hijo de Nana había replicado: “Quizá no”. (Era el hijo de Nana). Y poco antes le había gritado a los que hacían funcionar la bomba del aire: “Quítense. Lo haré yo mismo”.

La mujer, solitaria en el agua silenciosa, miró aterrorizada a su alrededor. Pensó, sedienta de aire, en la luz del cielo, en las aves, en la seguridad de Inglaterra. Ah, estar en Inglaterra, ahora que abril llega.

Victoria dio a su tubo de aire un jalón lento, señal para pedir ayuda del bote. Y no hubo jalón de respuesta. Quizá podría nadar hasta la superficie sin ayuda, incluso tenía cierta dificultad para permanecer en el fondo. Pero Amos, en su pesado traje de buzo, ¿dónde andaba? ¿Dónde estaría el Quimera? Allí lo encontraría.

Victoria comenzó a trepar por el talud de una depresión, una cuesta suave de tal vez dos metros, y sin embargo tan difícil para sus pies como una montaña. Por fin, al encumbrarla, pudo descubrir el naufragio. Era muy distinto de lo que esperaba. Parecía una casita ladeada con su puerta de resorte, y la luz verdosa le daba aspecto amenazante. Entonces vio a Amos.

Cuando su esposa se acercó, Amos, con un paso largo quiso animarla a acercarse al naufragio, pero resbaló y cayó, todo ello con una pesantez desconcertante. La escafandra no permitió ver que su expresión cambiaba hacia la sonrisa, y por un momento se pareció al perrito angustiado la primera vez que intenta trepar un escalón. Victoria, sin embargo, no sonrió. Como pudo, llegó al barco hundido y, al esforzarse en ponerse en pie logró asirse cuidadosamente a un pie de Amos, y Amos cayó de nuevo, y con disgusto le hizo un gesto de no me toques.

“Amos, ven rápido, ése es el hijo de Nana, estamos en peligro”, gritó ella y se aturdió en su escafandra. Casi volvió a caer. Amos no podía oírla.

Él se movía de nuevo sin control. “Amos, Amos”, ella lo jaló de un pie, era lo más que conseguía alcanzar y él insistía en alejarla con mímica de enojo. Ella señaló hacia arriba. Él orientó su mirilla hacia ella y Victoria vio que Amos movía la boca detrás del cristal. Recargado en el barco hundido, señaló a Victoria y luego apuntó hacia arriba, para expresar: si quieres subir hazlo y déjame aquí. Y allí estaba, envuelto en su mundo, aislado de todo sonido. Un pez cruzó entre él y ella.

“Amos, Amos”, gritó Victoria, y una vez más la detuvo el retumbo del sonido encerrado en su escafandra. ¿Le habían cortado el aire desde arriba? Amos retiró el pie del alcance de ella, casi se puso en pie y repitió el mensaje de que se alejara de él. Se alejó de ella con un paso largo. Y como paso resultó fallido, pero como vuelo fue bellísimo. Pareció un salto hacia atrás, voló hacia su mujer y por un segundo pareció posarse en la escafandra de Victoria, quien lo abrazó por la cintura. Él escapaba de nuevo, ella se aferró a un brazo: “Es el hijo de Nana, el que está arriba, hay peligro”. Victoria trató de empujar a Amos hacia arriba, y se dio cuenta de que por fin él parecía alarmado; no entendía la actitud errática de su mujer. Amos jaló su cuerda. Ambos fueron izados al instante. Sus escafandras chocaron en la superficie, al inicio de la escalera.

Alguien le quitó a Victoria la escafandra. De nuevo era ella misma, en traje de baño, segura, como si regresara de nadar,

Un rostro se inclinó sobre ella. ¿El hijo de Nana? ¿Qué es lo que ella había estado pensando? Este hombre, bajo y ancho, en nada se parecía al hijo de Nana, que era alto. Éste era claramente australiano. Ella lo supuso desde las primeras palabras que no fueron: “Bueno, mire”, sino “escuche, señora”. ¿En qué laguna de la memoria había caído allá abajo, en aquel mundo nuevo lleno de sombras y de fría sensibilidad?

Amos fue ayudado a trepar por la escalera. Alguien abrió la ventana de la escafandra y su voz, como un gorrión que escapa de la jaula, saltó irritada: “Caramba, Vi, ¿qué es lo que te sucede?”

 

(Tomado de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)

 

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