lunes, 20 de julio de 2026

Los clarividentes

Jorge Eduardo Alcalá

 

Íbamos de la casa abandonada al puente. Éramos los fracasados, los que así tuviéramos veinte oportunidades de recomenzar lo haríamos mal. Beatrice, por ejemplo. Beatrice había sido una estupenda bailarina, pero cuando la llamó la mejor compañía de danza, ella se fracturó los tobillos y ahora apenas caminaba. O Víctor. Policía de primera, candidato al premio municipal de Altos Honores hasta antes de conocer a Rita. Y Val. Val era un luchador sueco en declive que no podía hilar ni siquiera cinco abdominales. Y yo, por supuesto, que en mis mejores tiempos había sido galán de altura, pero ahora buscaba una mujer que me sacara a flote. Éramos los que sin querer dan paso a la existencia de los héroes, los que fallaban quinientas veces los penales. Los momentos clave simplemente no estaban hechos para nosotros.

A decir verdad, la situación era incómoda, pero se podía vivir. Entre la casa y el puente, yo prefería la casa, a pesar de que por doquier se veía el desorden: gatos invadiendo la mesa al menor descuido, vendas y ediciones suecas del Playboy tiradas en el suelo, todo impregnado de un olor a orines que dejaba Val en sus borracheras, pues vivía convencido de que el excusado estaba en cualquier lugar.

Pero eso se podía sobrellevar: Val se retiraba al puente y miraba el río mientras se bebía una tremenda botella de dos litros de vodka sin decir palabra. Beatrice jamás dejaba de quejarse, pero nunca se iba. Víctor postulaba cada año a la policía de nuevo, pero nunca lo matriculaban porque Rita era la jefa de personal. Yo imaginaba negocios que me permitían regresar al ambiente de traje y corbata… Y así nos transcurría la vida; casi sin darnos cuenta íbamos de aquí para allá, de tropezón en tropezón, coleccionando nuestras fallas como otros hacen con insectos o timbres postales.

–Míralos, son asquerosos –me decía Beatrice mientras los muchachos pateaban una pelota hecha de periódicos–. Son como perros: dales un juguete o un hueso. No necesitan nada más para decirle adiós al mundo.

–De acuerdo. Pero al menos hacen algo –era mi respuesta. Ella no la escuchaba porque de nuevo se estaba quejando.

–Además la casa huele horrible. Val es un cerdo. Y Víctor es un inútil.

Y el juego se prolongaba minutos u horas, dependiendo de “mi” tiempo disponible, que no era otro sino el que estaba dispuesto a ceder oyendo confabulaciones y sinsentidos.

Del puente a la casa abandonada: cuando Víctor, Val o yo conseguíamos algún dinero, lo primero era convencer a Beatrice de que su destino estaba aquí y ahora, comprarle algún póster de danza y ella a regañadientes nos acompañaba al puente a ver los barcos que partían mientras Val vaciaba su monumental botella de vodka. Pero ella no bebía, solo refunfuñaba. Al poco tiempo se le oía mascullar “me largo, hato de cerdos”, y después volvía con nosotros porque no sabía el camino de vuelta a casa ni los tobillos le daban para caminar más. Pobre Beatrice, no era hermosa –ni por dentro ni por fuera–: cuando se maquillaba se le corría el rímel y perdía el equilibrio al primer paso. Tampoco era raro encontrarla en el porche del vecino esperando que alguien le abriera la puerta porque no sabía cómo hacerlo. Dos cosas no cabían en su pequeño mundo: la ciudad y sus convenciones.

Val no. Val había atesorado un carácter duro allá en los viejos días de la Suecia de los cincuentas, en medio de arenas de lucha internacionales. Hablaba todavía del Brasil coronado, de Olof Palme, de la fábrica de autos Opel y de las vacaciones en Upsala. Llenaban su memoria su madre, sus hermanas, sus títulos y su retiro obligado por alcoholismo justo antes de pelear contra un ruso por el campeonato del mundo. Pero ahora apenas si podía llegar al puente a ver los barcos que se iban, empinar el codo y perderse en su colección de Playboy: su redondo cuerpo no daba para más.

Víctor en cambio pasaba largas horas imaginando lo que podía haber sido al lado de Rita. Tenía la pensión de desempleado, pero casi nunca la hacía efectiva.

–Stergios –me decía– en el momento menos pensado me la subo a un auto y nos vamos hacia el sur.

–¿Pero en qué auto? –replicaba yo.

–No se preocupe por eso que lo resuelvo en dos minutos. Lo difícil es Rita.

–Claro. Ahora resulta que las mujeres más hermosas del mundo se largan a la aventura con desempleados. Más encima en autobús.

Pero él vivía convencido de que un día de esos iba a conseguir un Volkswagen para recorrer las largas cadenas montañosas del sur y las playas en compañía de la mujer de sus sueños. El único inconveniente era que esa mujer lo odiaba a muerte.

El primer signo de que algo andaba mal vino de Beatrice –que por esos días andaba con el rímel corrido y parecía sacada de una película de horror de los 50’s– que un día dijo, sin mayor antecedente:

–¡Ja! Este maldito cerdo piensa que va a ganar. Lo que no sabes –añadió mientras señalaba a Val– es que estás acabado. ¡Finish! ¡Te van a mandar al hospital! Y por Dios, deja de orinarte en las paredes.

No le hicimos caso. Casi enseguida Val se levantó a orinar. Víctor me golpeó con el codo. Yo lo miré fastidiado puesto que no me importaba dónde hacía Val sus necesidades.

–Mire. Está orinando la pared.

–¿Y?

–Que la Duncan lo predijo –se refería a Beatrice como “la Duncan”– Acá hay un gato y una liebre.

–¡Por Dios, si eso lo hace todos los días!

–Sí, pero ahora es distinto.

Beatrice contemplaba furiosa la escena, maldijo quince veces, gritó “me largo” y golpeó la puerta.

–Hay que ver qué quiso decir con lo de “ganar” –prosiguió Víctor.

–Es natural. Ella sabe que el gordo es luchador.

–Claro. Pero también sabe que hace años no pelea –dijo Víctor.

En ese preciso instante alguien tocó la puerta. Un intermediario le ofreció a Val cien dólares por dejarse vencer en la tercera caída ante Zulema, una luchadora sin prejuicios, decidida a abrirse paso a como diera lugar, incluso a costa de veteranos y de héroes cansados.

–¡Qué tal! –gritó Val jubiloso con los treinta dólares de adelanto en la mano– El Gran Valerio Robson está de vuelta. ¡Como Brasil!

Como era de esperarse, justo la noche de su inverosímil regreso, Val se emborrachó tanto que no pudo llegar ni al fin de la primera caída. A los dos minutos vomitó en el ring. El réferi lo echó. Zulema lo pateó de verdad porque había manchado sus botines de charol dorado. El público aventaba cáscaras de cacahuates y cocacolas. Víctor y yo sacamos al enorme Val, como un paquidermo derrotado que se movía a duras penas y lo llevamos al hospital porque comenzó a sangrar por la nariz. Poco antes de entrar a la sala de urgencias, cuando ya estaba en camilla me confesó: “Stergios, no hay caso. La muchacha ya sabe que usted es un pobre diablo. Además, no conjeturen. No los va a llevar a nada”.

Me quedé de una pieza. Lo que estaba ocurriendo era increíble. Nadie sabía que yo cortejaba a una vendedora de zapatos. Menos ese luchador venido a menos. Víctor me miró y dijo:

–¿Es cierto lo que dijo Val?

–¿Qué? –pregunté, haciéndome el que no entendía.

–Ya sabe, lo de la muchacha.

Yo pensé que Víctor se estaba entrometiendo en mi vida privada.

–¿A usted qué carajos le importa? Supongamos que yo estoy saliendo con una mujer ¿cuál es el problema? –dije, envalentonándome.

–¿No lo ve? –contestó Víctor, como si estuviera descubriendo un secreto de la CIA– Val y la Duncan son clarividentes.

–Me está diciendo que una bailarina que no se sostiene por sí misma y un luchador que ya va cuesta abajo saben el futuro. No me chingue…

–Stergios, despierte. Explíqueme por qué Val sabe lo de la muchacha. La Duncan predijo exactamente lo que pasó hoy, lo del hospital incluido ¿qué me dice?

Yo le respondí con mi mejor argumento, esperando que la farsa se le viniera abajo.

–Ya le dije que no jodiera. Además ¿por qué hace unas horas Val gritó que Valerio No-se-qué estaba de vuelta? ¿Eh? Evidentemente se equivocó… evidentemente no sabe…

–¡Los que no sabemos nada somos nosotros! –gritó Víctor– No sabemos nada, excepto que Val y la Duncan son clarividentes…

–Ya basta de la broma –dije yo– Hay que tomar un café. Pronto van a traer el informe médico.

–Espere –me interrumpió– el gordo también predijo esta discusión. “No conjeturen”, ¿lo recuerda? “No los va a llevar a nada”.

–Mierda –susurré y solté una sonrisa de incredulidad–. Es cierto.

Nos sentamos en el lobby del hospital por un rato sin saber qué decir. Parecía que la situación tomaba un rumbo incómodo y a ninguno de los dos nos agradaba. La enfermera pasó por ahí y nos dijo que Val estaría en terapia intensiva por lo menos 48 horas.

–¡Imbéciles! –gritó Beatrice– ¡Dejaron la puerta cerrada con candado! ¿Creen que no me doy cuenta?

–Tranquila –dijo Víctor–- Ya llegamos. Además está abierto.

–¡No es cierto! Stergios tiene la llave. Pone el candado y ya nadie puede entrar nunca más a la casa.

Me acerqué y giré la perilla de la puerta, que se abrió inmediatamente.

–Por favor –intentó calmarla Víctor, conduciéndola hacia el interior de la casa– ¿Lo ve? Este muchacho…

–¡No lo defienda! –le espetó Beatrice y luego me gritó – Es usted un cretino. Desperdicia su vida ligando zapateras. Lo peor es que va a terminar buscando extraterrestres. ¿Me está escuchando?

Intentó seguir, pero la crisis nerviosa se le agudizó y las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas. Víctor la condujo a su habitación en medio de toses y balbuceos ininteligibles. Yo estaba en medio de la casa, estupefacto, golpeado, aturdido. Me sentía como un tonto a quien acaban de decirle la verdad. El olor a orines fue entonces tan intenso que tuve náuseas. Por primera vez reparé en uno de los gatos que invadían la mesa: sus ojos eran de un azul sobrecogedor y parecía un ser inteligente, de otro mundo. Sin detenerme a pensarlo más recogí una Playboy del suelo, saqué una botella de vodka y tomé rumbo hacia el puente. Tenía mucho miedo de convertirme en uno de esos personajes estrafalarios que cazan ovnis y entrevistan abducidos.

A las dos noches, Val regresó hecho una piltrafa. Tenía la mandíbula rota, collarín y un brazo en cabestrillo. En cuanto llegó, se fue directamente a la cama. Víctor lo apaleó a preguntas, pero como tenía la mandíbula rota no podía responder. Al darle lápiz y papel nos dimos cuenta de que tampoco podía escribir. A señas casi indescifrables nos preguntó si Zulema le había entregado a alguien los 70 dólares restantes. Nos exasperamos con su falta de interés sobre la clarividencia. Víctor lo tomó de la camisa, lo amenazó diciéndole “Deje de jugar”, pero Val no podía entender muy bien y se recostó de lado. Al poco rato empezó a roncar. Casi al unísono mascullamos un carajo. Después nos fuimos al puente a beber. Salvo eso, no había otra cosa por hacer esa noche.

Víctor un día dijo –tenía los ojos en blanco y los brazos extendidos como los monjes budistas– “las cosas se van a poner más feas”. Y se cumplió como palabra escrita en piedra. Val insistía en que golpeáramos a Zulema para cobrarle. Beatrice se encerró por días enteros y de vez en cuando soltaba frases en lenguas desconocidas como “Behemot, behemot, tuero behemot”. Víctor otro día dijo “Stergios, Rita es una cualquiera. Se acuesta con el jefe de la sección, pero el día menos pensado me la subo a un auto y me largo hacia el sur”. Yo iba a contestarle lo de siempre, pero me contuve. Sospechaba que él también había adquirido la enfermedad de la clarividencia.

A pesar de que la situación seguía igual en apariencia (la casa invadida de gatos, el suelo tapizado de fotografías de mujeres desnudas, Víctor deduciendo cada vez más inteligentemente acerca de las situaciones, Val bebiendo y orinando, Beatrice perdida en sus laberintos interiores, los barcos tomando rumbo desconocido) ciertas sutilezas en ellos tres había cambiado. Parecían invadidos. Beatrice andaba por la casa como sonámbula, con los brazos extendidos y hablando en sánscrito o sabe Dios qué idioma. Víctor hacía comentarios más categóricos y acertados, sacaba conclusiones asombrosas y sus argumentos eran imbatibles. No dejaba de preguntarme si se gestaba en sus mentes una nueva inteligencia, acaso superior.

Con esta inquietud en mente, me encontré esa misma tarde con la chica que vendía zapatos. Lucía impresionante. Parecía haber crecido unos centímetros más. Cuando la miré a los ojos, demasiado azules y sobrecogedores, las escasas dudas que albergaba se disiparon.

 

Años después me encontré con Víctor en una de esas cantinas de paredes desportilladas que solo visitan los alcohólicos irremediables. Estábamos viejos, sucios, vencidos. Bebimos no sé cuántas cervezas, casi en silencio, conscientes de que no traíamos dinero suficiente para pagarlas y que nos echarían del lugar en forma vergonzosa.

–¿Por qué se fue cuando vivíamos con Val y Beatrice? ¿Qué sentido tenía irse? –me dijo.

–Vamos –le contesté– Yo era un hombre crédulo y usted un policía en busca de un caso.

–Bah. Con que eso fue.

–¿Qué pasó con ellos? –pregunté.

–Es una historia rara. Muy rara. Luego de que usted se fue, Val se empleó con Zulema. La Duncan vive de una herencia, habla en lenguas y todavía no puede abrir las puertas, es increíble. Rita se largó conmigo al sur, pero nos alcanzó la fatiga y ya nunca nos volveremos a ver. El tiempo pesa, uno se cansa…

Hicimos una pausa porque la única solución que nos quedaba luego de esa revisión tan inclemente del pasado estaba en la cerveza. No era fácil darse cuenta de que la vida se nos había ocultado entre casas abandonadas, fatales rings de lucha, mujeres que se iban y destinos brumosos, erráticos al menos.

–¿Y el asunto de la clarividencia? En el fondo parecía bastante cierto –inquirí al cabo de un rato.

–Fracasamos –me dijo y le dio un profundo trago a la cerveza– Parece que la clarividencia tampoco estaba hecha para nosotros.

–Sí, mierda. Sé a lo que se refiere –le contesté casi murmurando, triste, demolido, sabiendo en el fondo que todavía le miraba los ojos a las personas, a la busca del fatídico azul, como un barco que navega intuyendo que el horizonte es en realidad un precipicio.

 

(Tomado de www.laotrarevista.com)

 

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